textos, pretextos y otras mentiras...

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He observado que, al parecer, en esto de largase a la mismísima mierda siempre ha de haber una puerta de por medio. En mi caso, por ejemplo, aquella a la que apuntaba el científico dedo de la gorda de Lacatos. También, aquélla otra, la del aula, que yo mismo, como siempre, abriera al entrar, y, por última vez, cerrara al salir, tras veinte mil años transcurridos en el país de la ciencia de eunucos y doncellas, el día en que la tierra se llenó de peludos y cabezones, para volverme a Buenaventura. Aunque esto de volver, lo sé bien, siempre ha sido parte del mismo y reiterado largarse en que consiste este pasar con forma de laberinto. Hablamos del devenir mismo; de ese no ser en curso, que, sujeto a tiempo, adquiere forma de historia para tener y dejar de tener ser.

En cuanto a las puertas, las hay algo más definitivas de las que mencioné, como aquella que, al poco tiempo de haberme largado a Buenaventura —para siempre, según creí— abrió la mano suicida del viejo Rangel, por la que entramos los dos, a media mañana, y por la que salí yo sólo —y más solo— al atardecer: la del cementerio. Vista desde aquí, ya no desde aquél Buenaventura al que me largué una y otra vez, sino desde éste, al que, una vez más, he arribado, se trata de una gran verja, de viejo y pesado hierro, que empieza abajo, al ras de un suelo verdadero, en una linea recta y gruesa, y termina arriba, al ras de la falsedad del cielo, en forma de arco y llena de arabescos. Irónicas, grotescas y cursis: ¿por qué las puertas de los cementerios siempre son así? Quizás, si nos tomáramos la muerte un poco más en serio, no nos permitiríamos el mal gusto a propósito de algo tan crucial, que, como la muerte, no es, sino que somos. Nuestra autoestima pasa por nuestra mortalidad. Y pasar por aquella puerta fue perderla. Aún asi, el viejo y yo traspasamos; él para ser enterrado y yo para enterrarlo.

Sea como sea, aunque la ignoremos, o ni siquiera reparemos en ella, nuestro estar ahí, en el laberinto, tiende a tener forma de puerta, que se abre o que se cierra, pero que, de alguna manera, hace nuestro pasar indescifrable, hasta que la tras-pasamos. Es este traspasar el que dota al pasar de posible narratividad; de antes y después, de inicio y de final. Sin puertas, no hay cambio ni curso, y, por lo tanto, tampoco relato, ni mucho menos hermenéutica. Requerimos de ellas para estar ahí, siendo, y darnos significado, comprendiendo. En tal sentido, las puertas son los oráculos del laberinto.

Y hablando de puertas. Me gustaría saber ahora por dónde se habrá largado el glotón de Adán. Por cuál borde del Edén cayó el sujeto tras la patada cósmica que le propinara su propio creador. Y que no se tome esto por pregunta rebuscada; acaso capciosa —difícilmente haya una que para la teología no lo sea— pero no rebuscada. Porque ¿acaso, como el pasar sujeto a historia, puede la eternidad tener límites, o puertas? O ¿por dónde —entiéndase por cuál puerta— se habrá metido la serpiente aquélla que este dios condenara a arrastrarse por la tierra? Ya que, digo yo, si serpiente era aquello a lo que este dios imputa la tentación ¿de qué podría valer semejante condena? Es como si a mí me condenara a escribir historias porque me ha descubierto escribiendo ésta. Esto es algo a lo que sólo puedo condenarme yo mismo; pero nunca un dios que ni siquiera tiene cómo captar el sentido de semejante condena. Una cosa es crear el reptil, y muy otra ufanarse de haberlo condenado a que se arrastre por el suelo.

En fin, el asunto acá es ¿cómo tomarse en serio a un dios que condena las cosas a ser lo que ya son? ¿Es un creador de hecho, o sólo un ente más al que toca, como a mí, lidiar con lo ya existente, en cuyo caso la creación no es más que un descubrimiento y, como tal, para que tenga sentido, un juicio? Ya que crear es acción que sólo tiene sentido como acto dador de sentido. Toda historia es creación porque da ser a un pasar, sin lo cual dicho pasar no existiría; es decir, quedaría en su mero no ser. Si este dios dijo haya luz, y hubo luz, es porque previamente a su creación había oscuridad. Y si creó la oscuridad, es porque previamente había luz. De hecho, según su propia historia, el tiempo y el espacio ya eran, y, por si fuese poco, hasta nos dice qué eran: caos, confusión y oscuridad por encima del abismo. Con lo cual, tenemos la única parte de esta historia que nos podría interesar: el abismo. Que si el día, que si la noche; que si las plantas con semillas y los árboles con frutos, y las aves aladas —esto no lo digo yo; es redundancia sagrada— que si el calendario, y ese sujeto retorcido, hecho, no obstante, a su imagen y semejanza: con su historia, este dios —para el que cada cosa que iba haciendo días tras día estaba bien— no hace otra cosa que llover sobre mojado, es decir, justificarse a sí mismo. Un dios que hace es un dios en curso, y, si en curso, no es pleno, y si no pleno, no tiene ser, o sólo es capaz de ser su no ser; y si no es ¿cómo ser dios? Estas preguntas ya me aburren un poco. Pero me asaltan de modo inevitable.

Aunque, por otra parte, al parecer no todo estaba tan bien como suponía este creador sin criterio ontológico durante aquellos primeros siete días de una historia, como la de la creación, con inicio y final, y que, sin embargo, todavía no termina. Esta creación es como un primer capítulo introductorio; más bien el espectacular prefacio de un largarse a la mismísima mierda que llega hasta hoy. De hecho, tras unos cuántos milenios, que han de ser bien poca cosa vistos desde su supuesta eternidad, a este dios se le fue a la mierda el entusiasmo inicial, según el cual todo estaba bien. Tras lo cual optó por el exterminio total de la vida, con un diluvio. Siempre pasa con las historias, que aquéllos polvos traen estos barros. Y la de este dios no es excepción. Hasta aquí, su luna de miel como creador en el laberinto temporal de la voluntad y del quehacer. Ya no más el estático, insípido está bien de la primera semana de la historia; su historia. De hecho, el mismísimo dios que, arrancando a Adán del polvo, lo volvió polvo, confesó ante el único mortal probo —el bueno de Noé— estar arrepentido de haber creado aquella cosa que, pese a haber sido hecha a su imagen y semejanza, hubo de echar del paraíso, para que trajera tras de sí toda esa caterva de descendientes de mierda, enanos de cien mil años, y que no hacían otra cosa para existir que acarrear más mierda a la historia de mierda que él había iniciado con la creación. No quiero ni imaginar a este dios, lloroso y pataleando, cual niño rico, solo y malcriado en medio de su frustrada fiesta, quejándose ante un Noe que lo observa con paciencia: yo sólo quería que me adorasen ¿cómo iba a imaginar que todo resultaría en esta mierda? No lo puedo creer. No lo vuelvo a hacer… Es éste un dios, no de la eternidad, sino de la experiencia; arrepentido, fracasado, histórico y humillado por su propia y defectuosa obra tras no se sabe cuántos miles de años de degeneración. Y menos aún quisiera imaginar al bueno de Noe, a quien tocó asumir los platos rotos y la regeneración. 

De modo que, ensayo y error; había que mandarlo todo a la mismísima mierda y empezar de cero. Aún cuando, historia y experiencia de por medio, esto de empezar de cero hay que leerlo siempre como continuar de cero. Y hasta los dioses son muy sensibles a la semántica; sobre todo aquellos que, como éste, penden de la memoria. En todo caso, hablamos de un nuevo inicio, o de un reiniciar lo ya iniciado; lo que es, obviamente, el colmo de su historicidad. Con lo cual, queda claro que, más que un tema de eternidad, la creación es dato de amarga experiencia. Y lo de amarga es lo de menos. Pues siendo esta suerte de creación en segundo grado —en la que participa un mortal—  partía de todos y cada uno de los ejemplares de la vida que este dios arrepentido se propone exterminar, hablamos, ni más ni menos, que de experiencia respecto del pasar. Y si algo demuestra la historia de este dios, sobre todo en su iracundia, es no estar preparado para algo así —ningún ser histórico lo está; precisamente por eso es histórico— amén de no poder resistirse a algo así. Humano, demasiado humano, diría alguien por allí. Sospechosamente humano, cabe colegir.

No obstante, demos algún crédito a esta historia, que, de una semana en la que todo estaba bien, pasó a gesta milenaria en la que todo estaba mal. La cuestión es que a este dios el acto creador se le ha ido de las manos. De alguna manera, siempre pasa. Allí esta Frankenstein: ¿quién para dar mayor fe de ello? El asunto acá, sin embargo, es que no hablamos de un científico obcecado y ambicioso, sino del dios al que debemos el ser. Lo cua contradice la idea central a la que se aferra esta historia acerca del hecho de contar historias: es el tiempo el que da —y quita— ser. El problema no es, pues, crear el mundo, sino el que, para hacerlo, haya que narrarlo. Asignar un inicio al pasar —lo cual implica un final— no nos habla tanto de lo que pasa, como de la voluntad que en si es el acto narrativo. Con lo cual el acto creador —simbología pura— degenera en acción; es decir, relato, discurso e intención. Y esto, aunque inevitable, no por inevitable es bueno para un dios y su eternidad, ya que, inevitablemente, lo temporaliza. Y, de ser posible, un dios temporal sólo podría ser pasajero; es decir, acaso un creador de tiempo —como cualquier ente con conciencia de su propia finitud y mortalidad— pero nunca creador del tiempo, como la teología pretende presentarnos a éste. El unico creador del tiempo que podemos imaginar es el pasar mismo, y sólo en la medida en que únicamente el pasar puede ser narrado y en que lo único que podemos hacer ante el hecho de que todo pasa es, precisamente, narrarlo.

En efecto, sólo el pasar es susceptible de un antes y un después, en torno a los cuáles se teje el todo temporal de ese ser —histórico— que adquiere forma en una narración. Empero, en relación con un dios,, el antes y el después no es sino el talón de Aquiles de un ser despojado de plenitud por la misma historicidad que demanda; es decir, un dios des-eternizado y, como tal, entrampado —pasajero— en su propia ser histórico. Tal cual el más infame de los entes finitos y mortales, marcado por el tiempo —incluso por el mismísimo calendario— y puesto a crear el mundo en siete días, este creador, supuestamente anterior a todo, en realidad, se da de narices con lo dado; y lo llama abismo, con el fútil propósito de él representar lo opuesto —la luz— y legitimarse como aquello que ha de ser adorado. Por lo que no ha podido más que dar nombre a lo que ya era. Y, en esto, tampoco fue mucho más original que el resto de peludos y cabezones, llamando a la luz día y a la oscuridad noche. Es tan temporal este dios, que hasta se ocupa de las estrellas que han de servir de señales para las estaciones, los dias y los años, y las conmemoraciones en su honor. 

A diferencia de otros menos dignos de adoración, este dios no viene del caos, confusión y oscuridad por encima del abismo. Por el contrario, va hacia ello. Como aliento divino recorre la acuática faz de lo insondable —con lo cual sólo hago un aporte expresivo que mejoraría en mucho el pésimo estilo narrativo del Génesis. Empero ¿qué puede tener de divino el ser que se mueve y actúa; con una historia que contar y con los días contados de una historia? ¿No es más que obvio que su supuesta criatura es la que ha hecho a este dios a su imagen y semejanza? Como sea, no puedo creer que, ante semejante espectáculo, como lo es el del abismo, lo único que se le ocurra a este dios sea encender la modesta vela cósmica de un reino aparte; el suyo, al que llama paraíso y en el que se dispone a reunir un puñado de idiotas —inocentes, sin conciencia y absolutamente ignorantes— que lo adoren. Hay que ser idiota para adorar lo otro —cualquier cosa esto sea. Pero aspirar a ser adorado por un idiota no cabe en la idiotez. Con lo cual este dios lo único que ha hecho es convertirse en el señor de una fértil y prolija huerta; acaso muy extensa, incluso envidiable, pero no infinita; ni siquiera eterna, pues el abismo ha quedado fuera.

Pero ¿cómo? ¿eternidad con fronteras; opuesta a algo distinto de ella y con lo que ha de competir en ser? Yo no sé qué piensa este dios, si es que acaso piensa. Pero, dicho en términos ontológicos, hay una enorme diferencia entre largarse a la mismísima mierda y heder. Si no es absoluta, la eternidad no es. Claro, puede que la suya sí —hablando en términos narrativos— por ser demasiado histórica, y convertirlo a él, como creador, en puerta —propia de un común pasar— entre su reino y la historia. Con lo cual, a este dios ha pasado lo que a Beckett: exigirse una historia, cuando con ser bastaba. Y ese ha sido su error.; uno de sus errores. Y como, según él mismo asegura, con la creación ha puesto la cagada, lo veremos cometer una y otra vez el mismo error, tan eternamente esencial en los entes temporales que para existir han de hacerlo históricamente, pero del todo aberrante en el caso de uno que, para ser, nunca ha debido salir de sí. Menos aún a crear el otro que lo reconozca y adore. El infierno es los demás, decía Sartre. Cosa que ya habrá pensado Noé, mientras compilaba uno a uno en el arca los ejemplares con los que salvar la raza que su dios se había propuesto exterminar; el compilador el primero.

Este dios es tan histórico, que depende del tiempo y del espacio desde los que se ve a sí mismo como creador. Si en lugar de tomar forma en el Oriente Fértil lo hubiese hecho en la Grecia Clásica, Platón y Aristóteles, de buena gana, lo hubiesen salvado a tiempo. Y no porque lo retornaran al reino desde el que nunca ha debido salir, sino, precisamente, porque jamás lo hubiesen dejado salir de él. Pero ya es tarde para eso. La puerta, en cursi forma de árbol, ha sido abierta. Y la narrativa se ha hecho cargo de un dios que, arrepentido, se ha largado a la mismísima mierda por su propios pies. No me extrañaría encontrármelo por acá, en Buenaventura. Quién sabe. Hasta puede que, sin saberlo, ya haya compartido con él una de esas jornadas revolucionarias en las que el Licenciado Valbuena nos arenga mientras echa de comer. Puede que no sea más que un muerto de hambre que viene a por su bolsa. Después de todo, si, como señala su propia historia, acaso ya estuvo en el laberinto para experimentar la muerte, nada pierde con experimentarla un poco más, y aprender, con Quevedo, que el que muere no tiene más qué morir, y el que vive tiene que morir más. Esto, seguramente, no es sutileza fácil de captar para un dios que ha tomado partido entre la luz y la oscuridad. Pero le puedo asegurar que la relación entre vida y muerte es algo más interesante que ese maniqueo y cursi contraste ente fallecer y resucitar. 

Porque este dios tiene pies. Y acaso de mucha mayor envergadura que las mismísimas patas de Mudito. Casi nunca se habla de ello, salvo en el caso del Jesús ése, que es el mismo dios que, histórico como el que más, tras poner la cagada con lo de la creación e ir a por la vindicta con lo del diluvio, ahora le toca hacer de pregonero de su propia historia y de sus planes a futuro. Porque este dios es tan histórico que, no conforme con tener un pasado de mierda, ha de pensar en un porvenir de mierda con el cual corregir aquél. Por eso anda por allí, cual demagogo en campaña, reclutando muertos de hambre de mierda para su causa de mierda, y que son los que, con su propia historia de mierda, siempre han de pagar las consecuencias. ¡Quién lo diría! Después de tanto tiempo y esfuerzo, que lo único que haya logrado este dios sea parecerse cada vez más al Licenciado Valbuena. Sólo que, dada su talla, sería mucho más difícil dar con una cruz que le ajustase al gordo. Pero lo importante no está en la materia, sino en la esencia: el Jesús y el gordo son la misma mierda.

Casi nunca se habla de este dios visto por los pies, salvo, en su forma crístológica, para lavárselos. Acaso porque aquellos eran los tiempos en que, creyendo la tierra plana, era mucho más fácil que ahora, sabiéndola redonda, y que estar ahí es gravitar, confundir el largarse con el caer; siendo que éste no es más que un accidente en que se expresa aquél. Pero el hecho es que este dios es tan historico que tiene pies, con los que largarse a la mismísima mierda en busca de un futuro mejor que corrija su equívoco pasado, y ser así parte —desde hace tiempo ya— del mismo laberinto. Con lo que su acto creador sólo cabe como accidente en el curso de una eternidad que, por lo tanto, no es tal, o que, abriendo la puerta de la historia, se historizó a sí misma; esto es, como acción y sólo con sentido en un todo narrativo. Este dios no la cagó, como él mismo cree, creando aquella raza que él mismo exterminó con el diluvio, sino con la acción misma de crear. Después de lo cual, convertido en ente que para existir actúa, no le quedaba otra cosa que seguir actuando; como quien dice, largarse a la mismísima mierda, o, dicho con más sutileza, en palabras de Beckett, hay que seguir, voy a seguir. Que esto hiciera en forma de paloma o de pregonero, es cuestión de estilo. A otros nos da por escribir libros.

Lo que cuenta aquí es que se ha entrampado. Ya no se trata de ser en el cielo, sino de devenir en el laberinto,  donde lo que vale no es lo verdadero, sino lo narrativo. Ya no más ser pleno. Si tiene inicio, a este dios le toca lidiar con el salido de sí mismo, como cualquier ente atrapado por el tiempo en las redes del lenguaje y engullido por el animal de su propio discurso. Si tiene historia, tiene destino. Sólo ha de largarse a la mismísima mierda para saber cuál y, sobre todo, para saber que da igual cuál sea. Tras haber enfermado de tiempo con la pócima de la narratividad ¿qué puede importan cuál sea el destino de un dios que, comko cualquier ente temporal, se ha condenado a tener uno? Según su poropia historia, este dios es a la historia lo que la vagina al nacer: una puerta. Otra cosa es que, no conforme con ello, se haya empeñado en traspasarla él mismo. Y pasa no se apuesta a lo temporal sin perder en lo divino.

Ahora bien ¿y qué del abismo? ¿Acaso se puede existir por la eternidad —lo cual es ya una contradicción, que, desmereciendo su ser pleno, la haría en sí misma trascurrir— haciéndose de la vista gorda con lo del abismo? Si para algo ser descubierto o sabido —traer a lo claro, diría Heidegger— primero ha de ser en el abismo ¿cómo pretende este dios el ser eterno al margen del caos, la confusión y la oscuridad? Si el hágase la luz no despejó absolutamente todo, entonces no hay eternidad, pues, de ser, ésta no habría podido dar lugar a algo tan infame como la historia y sin la cual este dios no habría tenido a donde arrojar su infame criatura. La historia —es decir, el tiempo y el pasar— no es más que evidencia de que la eternidad de este dios es por sí misma insuficiente. Requiere del laberinto, que no es otra cosa que el abismo mismo como fuente de ser histórico y de inspiración para su narrativa. El amor al saber con el que históricamente se define la filosofía es inseparable del abismo. El acérrimo odio de Tertuliano y la patrística a los filósofos y la filosofía —lo más propio de lo que los cristianos llamaron paganismo— no es sino la reivindicación de ese amor ciego a lo divino en que consiste la Fe y que hace de este dios el más antifilosófico de los dioses y, sin embargo, al mismo tiempo, tan histórico como para dar lugar a la filosofía de la historia. Lo que para cualquier dios pagano habría sido despropósito, a éste, creador historizado, condena a la historicidad

Ciertamente. El tema con este dios es que, para ser, ha devenido inteligencia, memoria y voluntad. Es un dios obstinado, creador y arrepentido, que ha de valerse de artimañas para lidiar con su infame criatura en el laberinto. Extermina la primera raza, pero guarda su semilla para eternizarla. Se convierte en paloma y pregonero, y hasta es capaz de morir en el intento para reivindicarla. Más no se trata de una muerte auténtica, sino de éso: una artimaña. Y, al parecer, ni siquiera se da cuenta de que, haciendo de la muerte una experiencia pasajera que espera lo confirme en su eternidad, hace de la eternidad misma la gran patraña.

A la postre, como chicle pegado a la divina suela de su acto creador, devenido mera acción, este dios no se ha podido deshacer del abismo. Por más que haya encandilado a su criatura y, con ello, pretendido que existiera eternamente de espaldas al abismo y con el único sentido de adorar a su creador, el abismo sigue allí. tan rico en pasar como intacto en su caos, confusión y oscuridad. De allí que, habiendo largado a su criatura, el reino quedara sitiado por el mismísimo abismo, del que este dios pretendió montar carpa aparte. Porque, más allá del árbol del fruto prohibido ¿qué del abismo si no el mismísimo laberinto del tiempo y del pasar? Este dios me recuerda al positivista aquél que, habiendo extraviado la moneda que se le cayera del bolsilo mientras transitaba por la acera, fue interpelado por un discípulo que pasaba por allí y lo sorprendió buscándola en segmento de la calle iluminado por un poste del alumbrado público: —¿qué hace, maestro? Buscando una moneda que se me acaba de caer. Ah, se le cayó por aquí —dijo el discípulo, mientras señalaba el entorno iluminado y se disponía a colaborar en la búsqueda. No; no, por allá —replicó el maestro, señalando hacia el lado más oscuro de la calle. Perplejo, el discípulo preguntó: —¿Y, entonces, por qué la busca aquí? Porque aquí hay luz.

Mientras este dios, ante el abismo, creaba la luz con la que iluminar la pequeña y mítica huerta de la que él mismo se proclamara señor, debo haber quedado del otro lado; el del caos, confusión y oscuridad. Soy parte de la anónima manada de peludos y cabezones, hijos todos del caos, la confusión y la oscuridad. Tal la raza maldita y formidable a la que realmente pertenezco, y que nada tiene que ver con su mítica descendencia y con la que, según su propia historia, este dios ha de seguir lidiando históricamente por la eternidad, siempre a medio camino entre el exterminio y la salvación.

En todo caso, a lo que voy: este dios no es más que una de tantas puertas narrativas que la historia ha abierto para acceder a su propio laberinto; que es el mismísimo abismo. Más no mirado desde arriba, desde su cielo atemporal e infantil, como hace este señor desde su huerta, sino vivido como minotauro; como quien dice, desde la mismísima mierda de su adentro. Ciertamente, aquí todo es caos, confusión y oscuridad. Y, sin embargo, a su vez, la única dimensión posible para la existencia temporal. El abismo es el corazón a desentrañar del animal vivo del pasar. Sin la sangre a borbotones de su narratividad no hay sentido. Este sacrificio ante el altar de la incertidumbre es lo que hace la diferencia entre estar ahí y eternidad.

Y no sé por qué, pero en Buenaventura es más fácil dilucidar estos misterios teológicos que, valiéndose de la atemporalidad del mito, en realidad, cojean de la temporalidad de su narrativa. Debe ser que, por estos lares, entre sol y arena, se advierte cuán poco tiempo nos hemos tomado peludos y cabezones en evolucionar. Ahí está Mudito, por ejemplo, que de un salto pasó de la caverna de Platón a la revolución del Licenciado Valbuena. Y qué decir de mí mismo, que en los mismos veintitrés años, pasé de bárbaro a escribidor, a sabiendas de que jamás superaré la barbarie, que es el cordón umbilical que me une al abismo del que este dios pretendiera apartarme. No es posible en tan corto tiempo olvidar a los ancestros y copartícipes del mismo abismo. Diógenes es el más clásico de los tres. Aunque menos cabezón, ése sí que se pasó de peludo. Pero lo que en realidad nos diferencia es que él anda en cuatro patas. Lo cual puede que sea una señal de superioridad disimulada, si se la interpreta, tal y como he llegado a hacer aquí en Buenaventura, como que el negarse a la posición erguida es la forma más inteligente de cuidarse de la inteligencia. En rodo caso, así es Buenaventura; un abismo de sol y arena, en el que los dioses son inseparables de los tiempos, tanto como el cielo lo es de la tierra. Separar la luz de la oscuridad es pretensión de necio.

Pero no siempre las puertas abren paso a las historias. En el caso de las de amor, que son las más difíciles de narrar sin caer en la farsa o la cursilería, al parecer lo cierran. Y es en esto en lo que pensaba cuando me senté a escribir. Lo que pasa es que me distraje con este dios, que de amor si que no tiene la más puta idea. El ama a todos, como si fuesen sus hijos. Vaya amor de mierda. Cualquiera puede ser dios valiéndose de un amor así. Mas no es a esa fruslería a la que me refiero aquí. Sino a la otra. A la que te pone a lidiar con el otro, en carne y hueso; con su carne y con su hueso temporales en la paila de un mismo infierno.

Ciertamente. Cualquiera puede contar la historia de una guerra, como, de hecho, lo hace magistralmente Tucídides. Pero ya quisiera verlo contando la historia entre dos, en la que ninguno gana y ambos mueren. Porque en el laberinto no sólo es posible morir para subir al cielo a reunirse con un dios que ni siquiera existe. También se puede descender a lo más profundo de ese abismo entre dos que es el amor y no regresar jamás, sino seguir descendiendo. Aquí no vale eso de recorrer como un aliento divino la acuática faz de lo insondable. Hay que mojarse, y completo. De tal manera que las puertas no siempre están allí para traspasarlas. Hay veces en que, para largarse a la mismísima mierda, sólo se requiere del otro que lo haga; de modo que con quedarnos de este lado es más que suficiente. Así fue como pasó con Amanda. Así que voy a intentar lo que Tucídides, aún cuando con una guerra imposible de narrar. Pero que, por lo mismo, cabe en una historia imposible como esta.

¡Ay! el mismo Romero de siempre. Eso dijo Amanda, y lo hizo así, sin coma. A lo que me refiero es a que no dijo: ...el mismo de siempre, Romero. Porque, para ser exactos, cuando lo dijo, no se refería propiamente a mí —en ese momento su interlocutor— sino a esa cosa extraña y ajena en que nos convertimos, vistos desde la perspectiva de aquél otro en cuya existencia hemos estado involucrados, como se lo está en un crimen o cualquier otra forma de estar que implique algún grado de complicidad. Nos habíamos dado una segunda oportunidad, que, al igual que la primera, estaba por dejar de ser tal: una puerta, no de las que se abren, sino de las que se cierran. Pasa que el amor no es como la eventualidad en virtud de la cual el destino nos pone a compartir el mismo asiento en un autobús, sino el autobús mismo en virtud de cuyo movimiento creemos ser entre dos el destino. y todo lo demás eventualidad. Los destinos no se cruzan; se confrontan y revuelcan al traspasar una misma puerta del azar.

Aunque lo que Amanda hubiera querido es que compartiéramos el mismo asiento en el autobús de la revolución con destino al mundo mejor, esto no cambia, en lo esencial, lo que digo. Por el contrario, lo confirma, y con algún grado de escalofriante certeza, si se piensa que, con ello, Amanda no hacía otra cosa que identificar su propio destino −el nuestro− con el camino correcto; en este caso, el de la revolución, que venía a reivindicar lo que de por sí era absurdo: el amor. Pero ¿cómo? −preguntaba yo. Si su absurdo es lo más atractivo que el amor pueda tener, hasta el punto de eximirlo de todo significado.  No lo requiere. Es el amor el que significa, por atracción fatal; no por sentido. Es lo que nos empuja a bordear el abismo de la pasión, que es una de las más atractivas facetas del caos, la confusión y la oscuridad de las que tu dios, por cierto, siempre ha pretendido privarnos. Tan sublime como ciego, tan sutil como bestial ¿cómo puede haber amor sin abismo; sin ser en caída libre? Eso es el amor, el acto del abismo. Todas sus acciones han de conducir al mismo acto: el abismo de la pasión. No hay lugar al sentido. El sentido lo desmerece. Ese discurso psicológico y sociológico del equilibrio y la comunicación puede ser muy bueno para curar el amor. Sólo que, si se le cura, será, ciertamente, equilibrio y comunicación, pero nunca amor. El amor termina donde empieza la comunicación. Se esfuma cuando, conjurando su absurdo, se le encuentra sentido. Y cuando por fin advertí que Amanda me miraba con la tolerancia y paciencia con la que se espera que el orate calle, callé. Entonces, allí intervino ella, con su amable acusación: ¡Ay! el mismo Romero de siempre. 

Fue entonces que, habiendo yo caído en la trampa del equilibrio y la comunicación, para explicarme mejor, me vine con algo que ya he mencionado en alguna otra parte que por ahora no recuerdo: en cuestión de amor sólo se ha de dar crédito al bolero. Y también, podría ser, al cine negro, que en mucho participa del mismo instinto atento. ¿Recuerdas Adiós Muñeca, la película de Robert Mitchum? —pregunté, con ánimo sincero. Amanda para nada la recordaba, o no quería hacerlo, pese a que la habíamos visto juntos más de una vez: yo no sé qué le ves tú a esas películas, que ni color tienen −fue lo único que dijo, para desmerecer de antemano cualquier posible argumento de mi parte. Pese a lo cual, yo insistí. Quiero que consiga a mi Belma −dice un Mus Maloy, del tamaño de la estatua de la libertad, al ya cansino y escéptico detective Marlov. Y esto hace tras haber pasado siete años en prisión, por asaltar un banco, haber salido de la cárcel con el único propósito de reunirse con su amada, y poder así, al fin, disfrutar juntos del  botín. Pero Belma, que durante ese tiempo ha seguido su propio y engorroso destino, y sin poder zafarse del sabueso Marlov, no más ver a su otrora amante, le dispara al estómago. A lo que un asombrado Mus, cayendo, sin entender y a punto de exhalar el último suspiro, responde con voz trémula ¿por qué? Para terminar yéndose a la mismísima mierda sin saberlo. Gracias al amor, a Mus, el amante, no le importó la traición ni el engaño. Y si acaso hubiese sido posible sobrevivir a aquellos terribles y mortales disparos, ni siquiera le habría importado el ser asesinado por la mujer que ama. Aquí no cabe el equilibrio ni la comunicación, que sólo atienden a la conciencia social y moral. Eso es amor. Una vez más, ¡Ay! el mismo Romero de siempre. 

Si el dios de Amanda hubiese participado de la estética del cine negro no habría cometido y acometido el yerro de apartar su reino del abismo, sino que, por el contrario, se habría insertado él mismo en la única dimensión en que la luz puede tener algún sentido. No es que el blanco y negro carezca de color; es la ausencia de color como identidad de la luz con el abismo, de la vida con la muerte, del inicio con el final, del ser con el no ser. Por eso, para ser, la existencia ha de ser narrada; lo cual sólo se puede hacer partiendo del abismo que en sí mismo es pasar. Una narración sólo puede tener sentido en medio del caos, la confusión y la oscuridad. No importa a dónde vaya, porque lo que cuenta es ir y seguir. Pero claro, esto no lo puede entender un dios cuyo único propósito sea ser adorado. Y tampoco una Amanda que quiere saberse amada. Sin embargo ¿quién se queda sentado, a adorar lo que ya sabe, a sabiendas de ese caos, confusión y oscuridad que lo aguarda a la vuelta de la esquina para pasar la noche de su vida? Siempre he pensado que, más que un pecador, Adán es un pusilánime. No obstante, estoy seguro de que, si le preguntaran si lo volvería a hacer, diría lo que Wilde: la experiencia carece de valor ético. Lo único que realmente demuestra es que nuestro futuro será igual a nuestro pasado, y que el pecado que hemos cometido una vez, y con amargura, lo repetiremos muchas veces, y con alegría.

Por supuesto que nada de esto trasmití a Amanda. En su casa no se hablaba mal de su dios, ni de su Gigante Muerto, que era como una suerte de réplica provisional, en carne y hueso, que todavía no había muerto. Pero yo nunca he hablado mal de lo uno ni de lo otro —replicaba yo, en tono resignado, o, más bien, ridículo, como si estuviera a punto de ser expulsado de aquel paráiso llamado su casa. Sólo he pretendido ir un poco más allá de la mera adoración. ¡Ay! el mismo Romero de siempre. No lo dijo en ese momento, porque no le di tiempo y, antes de que fuese a hacerlo, agregué algunas observaciones más o menos inocuas. Lo bueno de las películas en blanco y negro es que no necesitan del color, que tanto distrae al espectador y tanto contribuye a su existir sin saberlo. Así nos lo indica Buñuel al inicio de Un Perro Andaluz, cortometraje en donde, no digamos ya el color; ni siquiera la palabra es necesaria. ¿Acaso sería factible esta ausencia si no en blanco y negro? —¿lo recuerdas?. Si, claro, porque a Romero le parece muy bonito que le estén arrancando el ojo a una persona en plena pantalla como inicio de una historia. Sí, en efecto, Amanda recordaba a Un Perro Andaluz. Habíamos visto el corto tiempo atrás. Pero nunca había mostrado semejante asco, brillando, como ahora, en el horizonte límpido del equilibrio y la comunicación. Sólo que, comparado con su respuesta, un ¡Ay! el mismo Romero de siempre habría sido un consuelo. 

Ya no supe por dónde seguir. Como digo, pasar del amor al equilibrio y la comunicación es como irse de culo por la pendiente escarpada de la pasión que se derrumbó. No se nota; la derrapada va por dentro. Pero como parte del equilibrio y la comunicación es hacer de tripas corazones, uno insiste y sonríe, con la esperanza de que el otro lo haga primero. No obstante, la magia no funciona. Una vez que se ha metido la pata, sólo queda seguirla metiendo; que, en cuestión de amor, no en otra cosa consiste ir a fondo. Es como irse a la mismísima mierda, pero en vertical. En fin. Cura al amor del absurdo, y tendrás acaso una de esas pandillas disciplinadas que llamamos familia; una célula de la sociedad para la que lo mejor que puede pasar es existir en sociedad, sirviendo a su orden y aunque todo los males provengan de ella. Pero qué puede importar algo así cuando, gracias a la familia, se puede vivir en sociedad aislado de los demás y acorde con una historia mediocre, al titmo de la cual envejecer en paz contigo mismo y en conjunción con los demás que hacen la misma mierda. En familia, nadie aspira largarse a la mismísima mierda; ya se está en ella. En este punto, hasta un ¡Ay! el mismo Romero de siempre le quedaba corto a Amanda. Sólo se limitaba a mirar, con sus ojos de perro andaluz brotados por la cuchilla de mi decir. Aún así, tras una pausa casi imperceptible, seguí. El amor no puede ser un proyecto, de orden divino o secular. Tu dios no ama, Te lo puedo asegurar. Siendo dios, sólo puede tener ojos para sí mismo. Y si no, fíjate en aquella Ángela, la mística; desnuda por calles y plazas, y de cuyo noble cuello cuelgan pedazos de carne y pescado, proclamándose a sí misma como la criatura más vil. Eso sí que es amar a su dios, por imposible. Esto es, como Mus ama a su Belma; absurdamente.

Amanda ya no me miraba. Quiero decir, sus ojos seguían sobre mí; pero sólo sus ojos, fijos en el mismo Romero de siempre, pero sin mirarme; como si lo que mirasen no fuese yo, sino la mera frase, hecha de caracteres ininteligibles; que es en lo que se convierte el objeto amado cuando naufraga en el manso mar del equilibrio y la comunicación. Ya no venía al caso seguir metiendo la pata. Pero como, cuando se va al fondo de las cosas, nunca se toca fondo, yo habría podido seguir un poco más con lo de Mus y Ángela.  Igual lo puedo seguir haciendo ahora, a solas, aquí en Buenaventura, a donde ha ido a parar aquél objeto amado que sigo siendo; sólo que largado a la mismísima mierda del otro lado de la puerta. Al fin y al cabo, esos ojos siguen allí, fijos sobre el mismo Romero de siempre. Si el vacío tuviera mirada, se le sentiría así.

En tanto que amantes, Mus y Ángela, cada uno a su manera, solo son en la medida en que su objeto de amor es imposible. Mus ama una Belma en cuya historia ya no pincha ni corta, e incapaz de reconocer el trágico heroísmo en virtud del cual la ha seguido amando interrumpidamente durante siete años. Belma —el imposible de Mus— sólo puede existir, en tanto que objeto de amor, en la dimensión heroica de Mus. No es que Belma no sea real. Es que su realidad la hace tan imposible como amable. Y qué decir de Ángela, que no solo ama lo desconocido, sino lo que ni siquiera es susceptible de existir. Pero pasa que el amor de Ángela es tan grande y trascendente que ni siquiera requiere de existencia por parte del objeto amado; una vez más, no es su irrealidad la que cuenta aquí, sino su real imposibilidad. Y acá hay también un heroísmo trágico, en virtud del cual la heroina, como Mus, se basta a sí misma en tanto que dimensión real del amor. Y uno se regunta ¿quién tan orgulloso de su virtud como Ángela de su vileza? El amor de Mus, como, igualmente, el de Ángela, sólo es posible en la medida en que le es imposible ser correspondido. Ésta es la clave de su absurdo. Gracias a lo cual, prevalece por sí mismo. En el caso de Mus, no lo afecta la traición ni la muerte. Y ¿cómo podría el dios de Ángela corresponde al suyo? Si, para amar a todos, este dios no puede tener compromiso con ninguno. Completamente racional e interesado, el de su dios es un amor de segunda; propio de un objeto de amor que no ama, y que sólo está allí para ser amado. Mientras que el de Ángela —inspirado en la infamia de su propia existencia— la enaltece. Gracias a su vileza y, más allá de ella, es un amor total, corpóreo; toda ella, por sí sola, putrefacta y desnuda. Mus y Ángela nos enseñan que quién en verdad ama abraza lo imposible y se abrasa en su imposibilidad. Para lo cual, no se requiere de vida ni de ropa. La pasión está en comunión directa con lo imposible. Si algo hay que aprender de las historias de amor de Mus y de Ángela, es que equilibrio y comunicación son dimensión de lo posible. Y, al parecer, quien en verdad ama requiere del abismo de la pasión. porque sólo lo imposible es capaz de conmoverlo.

Esos ojos siguen allí, como si siguieran línea a línea lo que escribo Pero bien sé que no es así; que soy yo el que, gracias al recuerdo, hace las veces de mirada de ellos. Y es por eso que acaso en el recuerdo, dada la ausencia e imposibilidad que siempre conlleva el recordar, haya mucho mas amor del que somos capaces de profesar en plena presencia. En la medida en que también es pasar, puede que recordar sea la única forma en que el amor adquiera sentido —histórico— y textura; ser, sin más. Si, en lugar de esos ojos que siguen allí sin mirar, Amanda estuviese aquí, seguramente, estaríamos hablando del mismo romero de siempre. Más, devenidos entre dos lo mutuamente imposible, ya no cabe el decir en forma de equilibrio y comunicación. A cada quien toca amar por su cuenta un posible imposible configurado como recuerdo. Además del par de ojos inútiles que sigue allí, cuyo espléndido no mirar sólo puede tener significado para mí en el contexto de esta historia, recuerdo aquella tarde en la ciudad universitaria, cuando tuvo lugar nuestro reencuentro. Quiero decir, además de recordar, apunto lo recordado en este amasijo. Con lo cual, me hago de mi propio imposible. Amanda, por su parte, se ha hecho el suyo. Lo llama revolución. Lo cual es una forma de amar al tiempo. No como yo, que lo que intento es un equilibrio y comunicación con el pasar, a través de el tiempo. Pasa que, visto así, el tiempo no es un imposible, sino la forma en la que todos los caminos posibles conducen a lo imposible.

En fin, el hecho es que los ojos de Amanda quedaron allí, en las cuencas sin fondo del vacío. Hasta ese momento, su disposición al equilibrio y la comunicación se había limitado a ¡Ay! el mismo Romero de siempre. Que no tomó mucho más decir para convertirse en la sentencia —mi sentencia— para siempre: lo que yo quiero es una relación para construir. Supongo que la revolución le enseñó eso Tras lo cual, la vi salir por aquella puerta. Fue así que, largándose ella a la mismísima mierda, me largaba yo mismo. Para lo cual nada como una buena puerta, de las que resuenan entre las cuatro paredes en que se ha compartido ese toda una vida en que el amor consiste, y cuyo eco retumba en las cavernas de la memoria, en las que huchea el fantasma de una mutua ausencia. Y eso también es amor: el huchear de la mutua ausencia entre dos. Que nunca cesa, ya que el amor, como todo pasar, sólo en las historias puede tener inicio y final. Cosa de la cual intento hacerme cargo. Es así como el mismo Romero de siempre interpreta su sentencia.

Sigo del otro lado de la puerta. Aquellos ojos, también; en su inolvidable no mirar. Una relación para construir que se ha ido a la mismísima mierda. Sí, ciertamente, he pensado mucho en el asunto. Se sabe de casos conmovedores, como el del monarca musulmán que construyó el Taj Mahal, ese gran mausoleo levantado en honor a una esposa que murió dando a luz a su decimocuarto hijo, y al que el poeta Tagore se refiere como una lágrima en la mejilla del tiempo. ¡Lágrima!, la que derramaron los más de veinte mil obreros y más de mil elefantes que, durante la temporal mejilla de más veintidós años de trabajo forzado, participaron en el sublime enterramiento de una mujer que no parió más. Hay relaciones para construir de las que, sólo llorando, el mundo se ha liberado. Pero también hay casos mucho menos escandalosos y algo más discretos. En efecto, menos sonado y algo más lúgubre, es el del extraño sujeto −creo que londinense; aún cuando por el estilo podría ser irlandés, pero cuyo nombre igual no recuerdo− que se pasó la vida construyendo para su amada una mansión de piedra en la que envejeció solo y que aquella nunca habitó. Si esto no es, en su más puro estado y curioso solipsismo, una relación para construir, no sabría cómo llamarlo. Y en este tema, por cierto, en el que el amor se convierte en la puerta arquitectónica que se abre al ser entre dos en medio de un devenir que todo arrastra y sin necesidad alguna de distinguir entre uno y otro, el cine en blanco y negro también tiene qué decir, o ¿qué representan un ya calvo ciudadano Kane y la fracasada cantante de su esposa, juntos y aislados en el inaccesible Xanadu, si no una relación para construir? Nunca se lo dije a Amanda, porque, en auella segunda oportunidad, no me dio oportunidad. Empero habría que tener más cautela y prudencia con la metáfora, pues, si bien no es la realidad misma, sino una mera forma lingüística de referirla, su poder sí que es real, y podría tener un alcance mucho más allá de la semántica.

La primera vez que Amanda dijo ¡Ay! el mismo Romero de siempre, comenzaba lo que, sin saberlo, a la postre sería, como digo, nuestra segunda oportunidad de irnos a la mismísima mierda; vale decir, una segunda puerta. Pero una cosa era el Romero que Amanda tenía al frente mientras departíamos en un cafetín de la universidad, tras haberse topado con él en medio de un pasillo por el que transitaba el gentío de finales de la tarde, y otra muy distinta ése, el mismo Romero de siempre. He dicho segunda puerta. Pero más bien, esta segunda oportunidad era como regresar por la misma puerta por la que nos habíamos largado en la primera. Pasa que si el amor, sólo pleno en su absurdo, se permitiera tales disquisiciones, no sería tal. De allí que el mismo Romero de siempre fuera, pues, uno degradado y que jamás podría reivindicar el delito de ser el mismo. Aquél otro, el que de súbito apareció aquella tarde, era uno del mundo ideal. El mismo de siempre, lo era de la experiencia y la memoria. 

El hecho es que ya no es aquella tarde en la ciudad universitaria, que ahora recuerdo, y que solo en la dimensión de mi personal soledad es susceptible de tener ser. Valga esto como apunte de teoría y método de la historia. Tema: el hecho. El hecho es que ya no es aquel ahora —el anterior— que reconfiguro en éste —el posterior— a partir del recuerdo que evoco a los efectos de esta historia. La historia no tiene método. Es el método del que se valen los entes temporales con inteligencia, memoria y voluntad para existir históricamente.

Si se me hubiese ocurrido aquella tarde, a lo mejor hubiese bastado para darme ánimo y entrar a dictar la clase. Pero lo cierto es que no quería asistir; que mi cabeza estaba más vacía que los ojos esos, que siguen allí. Justamente, por aquél pasillo voy a paso lento, mientras busco en aquél vacío el argumento que me dé la excusa para no asistir. A tres horas de la pautada, albergaba la esperanza de que algún evento catastrófico me lo impidieron. Que el dios este se topara de nuevo con el abismo y los vientos de su misma temporalidad ni siquiera lo dejaran encender la vela con que alumbrar la huerta en la que reina. O que los vientos de la lógica, que igual lo són de la temporalidad, hicieran que Noé naufragara en el charco del diluvio, ya que el arca no soportó con semejante peso. Aquella tarde, cualquier detalle, sencillo y catastrófico, hubiera estado bien como motivo justificado para no entrar al salón de clase y exponerme aquella suma de miradas de peludos y cabezones echándome en cara su gran problema. Y en este ahora, esos ojos también sigue allí, sujetos, como los de Amanda, a las inexistentes cuencas del mismo vacío. No obstante, todavía puedo distinguir su no mirada de la de los ojos de Amanda. Era la cuarta o quinta vez que repetía el mismo recorrido por el tramo del pasillo que circunda el edificio de aquella escuela de hstoria de cuyo nombre no quiero acordarme.

Pasillo largo y ancho, de techo abovedado, sin inicio ni final, como el pasar de los que lo hacen en un sentido y los que en sentido contrario. Cada quien en lo suyo mismo, todos hacemos lo mismo. Así es el laberinto. Una brisa amable llega hasta allí; amable y cortés, como la sombra que nos acoge en el curso de nuestro recorrido. Nunca entendí el lema preferido de esa universidad: la casa que vence las sombras. Y cómo, si lo mejor que tiene esa casa, precisamente, es la sombra, a lo ancho y largo del pasillo sin inicio y sin final que la recorre. Ese lema ha de haber sido inspirado por el mismo esta bién que hizo recular al dios este que. tras toparse de narices con el abismo, fue a refugiarse en su huerta, con la esperanza de que una pandilla de idiotas cuide de su divinidad. No es de extrañar. Pasa que lo intangible siempre se las ingenia para estar por encima de la existencia material de las cosas. Si lo sabrán los dioses, que no solo no existen aunque tengan ser; es que no se atreven a hacerlo, porque no sabrían cómo y no lo soportarían. Su incontrovertible ausencia y nefasto silencio, no es más que cobardía. Porque, para existir aquí, en el laberinto, hay que tener cojones ontológicos con que ganarse el ser y no conformarse con un otro que nos lo dé. Técnicamente, lo que Nietzsche llamaba voluntad de poder. Y los dioses no pueden. Que todopoderoso como el que más, que no más con mover un dedo... Ya les digo yo a los dioses estos lo que pueden hacer con el dedito ese y por dónde se lo pueden meter. Si no, que lo haga Aristóteles, que siempre ha tenido mucho más tacto que yo para estos menesteres.

En una de tantas veces que hice el mismo recorrido por aquél pasillo, me detuve en un puesto de libros. La mujer que, de súbito, advertí a mi lado, hojeaba un ejemplar de la Italia Loca, de Malaparte. Tenía el libro abierto entre sus manos largas con uñas pintadas de gris claro. Eran unas manos sin mucha gracia femenina, pero agradables, fuertes y, en cierto modo, temibles. Cuidado, señorita −dije, al tiempo que señalaba el libro que sostenía en sus manos− que ese sujeto es un fascista. A lo que la mujer, tras un gesto de repudio, dijo entre dientes: Uy, con razón se llama así. Yo solté una carcajada, como seguramente lo habría hecho Malaparte de haber estado allí. 

Entonces la mujer me miró y, antes de que yo le explicara, como me correspondía y había propuesto hacer, el por qué había dicho lo que dije de aquél autor, me interrumpió: ¿Romero? Sí −dije sin haberla reconocido. ¿No me reconoces? −preguntó. Pero yo no recordaba a ninguna mujer con el cabello casi tan corto como el de un varón y que, ligeramente abombado sobre las orejas, le daba una curiosa apariencia de joven paje. ¿Romerito? −preguntó, la mujer, sin dejar de mirarme directo a los ojos. Fue entonces que reconocí aquella voz, y ésa, la peculiar entonación que adquiría al pronunciar el diminutivo. Y, cuando besó mi mejilla, también reconocí ese olor. Y no me refiero al perfume, sino al hormonal, la marca por la que nos guiamos los perros. Y echo una mirada de soslayo a Diógenes que, a esta hora de la madrugada, duerme en rincón. 

Por los momentos, a la mierda con Malaparte. Reconocer a Amanda fue el empujón temporal que me hizo caer en la trampa del reencuentro. Y, al hacerlo, he de haberme mostrado tan dócil que, tras esa graciosa sonrisa que deslumbraba en su rostro cuando presentía que la situación estaba bajo su control, Amanda se tomó de mi brazo como una colegiala y ella misma me condujo hasta el cafetín. Una oferta que yo no podría rechazar, según advirtió, en medio de una maliciosa sonrisa, y con la que me recordaba que tal era una de mis frases favoritas durante el tiempo que estuvimos juntos. Con lo que, obviamente, la alusión iba mucho más allá del objeto aludido. 

Pero no me detuve a pensar en ello. Sólo pensé que, al decir de su maliciosa sonrisa, Amanda, al igual que yo, también era la misma de siempre y que, tras nuestro primer sorbo de café, iba a preguntar en qué estaba yo pensando. Y, en efecto, al verme absorto tomando mi café, eso fue lo que preguntó. No cabía duda: la misma de siempre, sin comas. ¿Me estás escuchando, Romero? −insistió. Si, claro. Estaba yo pensando en lo que hace un rato; en la casualidad de habernos encontrado y cuando me dirigía a ti, como una desconocida, a propósito del libro que estabas hojeando. Por cierto, no es que Malaparte sea un fascista; pasa que en medio del desquiciado entusiasmo que generó Mussolini, escribió La Italia Loca −respondí. Y esto era lo que en realidad yo estaba pensando. Pero Amanda nada dijo al respecto. Sólo preguntó: ¿y por qué tan seguro de que fue casualidad? Yo me quedé mirando aquellos ojos redondos, vivaces y, al mismo tiempo, esperando por las palabras que habrían de colarse por entre aquellos labios gruesos. Ella, que advirtió mi espera, se contuvo por un momento, como si revisara al detalle lo que estaba a punto de soltar. Entonces continuó: es curioso que para alguien, a quien tanto obsesiona el destino, exista la casualidad. Pero acá, como en todo, yo que te lo digo, Romerito, nada de azar: sólo necesidad y causalidad −concluyó la mujer, mientras se llevaba la taza de café la boca, y se recostaba suavemente en el respaldo de la silla. 

Le habría hablado a Amanda de la idea que ya he expresado aquí, y en virtud de la cual lo que llamamos destino no es otra cosa que nuestra percepción —necesariamente histórica— del pasar como entes que, a su vez, pasan. Captamos ausencia que sólo es tal en relación con nuestra presencia, y que a la vez nos refiere a lo irremediable del pasado y a la incertidumbre del futuro. Pero, para entonces, esto era algo en lo que aún no había pensado. Lo que sí no dejó de causarme impresión fue el que Amanda se hubiese fijado en algo así como mi obsesión por el destino −que no es otra cosa que mi obvia obsesión por el tiempo− aun cuando lo hiciera según ese modelo maniqueo de destino basado en la idea de necesidad y causalidad. Entonces, desde la relativa lejanía que había ganado con sus estudiados movimientos, volvió mirarme. Yo hubiera querido prolongar aquél silencio que, de súbito, había surgido entre los dos; porque me era agradable y porque, además, hay temas que sólo dan para uno; que sólo se pueden asumir en soledad, asomados al abismo que somos. Pero, convencido como estaba de que Amanda también seguía siendo la misma de siempre, la prolongación de aquél silencio le sería tan incierta como hostil. 

Y como quiera que yo no quería algo así para ella, me apresuré a decir, sin pensar mucho en lo que decía y sin recordar, hasta que lo dije, que ya lo había dicho en alguna otra oportunidad: son los deterministas decimonónicos y los autores de libros de autoayuda quienes creen en la necesidad y la causalidad. De súbito, el cadáver que en potencia soy me interrumpió: la cagaste, Romero; la cagaste. Mira esos ojos, esa boca… por qué no dejar pasar un tema que, ya sabemos, no conduce a nada que no sea esa cara de inconformidad. Y pensar que, además, estuve a punto de llamar la atención sobre cierto tono tan intelectual para alguien tan pragmática. Al final, fue Amanda la que se hizo cargo de que saliéramos de aquel silencio sin mucho que lamentar, cuando, sin tomar en cuenta mi comentario, dijo: la verdad, ese encuentro en el pasillo se lo debes −se lo debemos− al Profesor Rangel. ¿Al viejo Rangel, dices? −Interrumpí con asombro. No sé por qué te refieres de esa manera a él. Es un gran tipo, ese señor. A mí, en lo particular, me ha ayudado muchísimo −replicó Amanda. Si no lo hago por ofender ni mucho menos. Le digo así desde siempre. También le guardo mucho afecto al viejo −reparé a tiempo. 

Entonces supe que, gracias a tan valiosa ayuda, Amanda se había recuperado de nuestro rompimiento cuando me fui a Buenaventura, que había ingresado a las misiones educativas de la revolución −que abrieron, como decía, un nuevo horizonte en su vida, como lo habían abierto en la vida de todo el pueblo− y que estaba a punto de graduarse en Ciencias de la Educación. Rangel aseguraba que podía ser muy buena para la docencia, según observó. Sí, el viejo es todo un experto en cuestión vocacional. De mi dice que soy bueno para escribir libros −observé por mi parte. Y ante la pregunta de si había escrito alguno, respondí que no; sólo notas sueltas, por montones, a propósito de posibles libros. Estoy hasta aquí de ellas. Pero ninguno me parece posible −dije, al tiempo que indicaba con la mano que no quería hablar más del asunto. Recuerdo que fue la primera vez que esto de la escritura me pareció un tabú. Sólo hablaba del asunto con el viejo Rangel, como si fuese mi confesor. Y no sé por qué, en este momento se me ocurre que si algún día llegara a hablar con Mudito del asunto sentiría lo mismo que aquella tarde con Amanda. Por suerte, ese día nunca llegará. Pero aquella misma tarde, en medio de una risa tan inocente como sonora, Amanda, que no había reparado en mi seña, agregó algo que yo no olvidaría jamas: entonces tendrás que escribir uno imposible. Fue en ese preciso momento que comencé a pensar en éste que ahora escribo, aún cuando no comenzaría a hacerlo hasta mucho tiempo después, luego de venirme, una vez más, a Buenaventura.

Tendrás que escribir uno imposible. Sin saber cómo ni por qué, la ocurrencia me sonaba a maldición y condena; lo que despertaba en mi cierta fascinación. Ahora lo sé: la idea del libro como imposible no es más que la sublimación del acto de escribir; lo imposible haciendo de la escritura justificación de sí misma. Por el momento, ambos festejamos la ocurrencia con la misma intensidad con que nos olvidamos de ella, y Amanda no tendría nunca la más puta idea de la puerta que, sin querer, había abierto. Lo único que por entonces importó, es que habíamos traspasado el silencio.

Esa misma tarde supe que había ido a la universidad con el premeditado propósito de dar conmigo y que se había detenido en lo del librero sólo para hacer tiempo y coincidir con mi horario de clases; información ésta que, a los efectos, le había proporcionado el viejo Rangel. Fue por su intermedio que también supo Amanda que yo había regresado, y que lo había hecho de la mano del mismo viejo Rangel, que en persona me fue a rescatar del pueblucho ése de mierda −¿cómo se llama?. Ella también sabía que, gracias a Rangel, había ocupado una plaza docente, por lo que yo debía considerarme un tipo con suerte, pues más de uno desearía estar en mi lugar. De todo lo cual jamás se habría enterado por mí mismo, se quejaba con sutiliza Amanda, al mismo tiempo que, por otra parte, celebraba con entusiasmo que yo estuviese de vuelta. Todo lo cual no dejaba de incomodarme un poco, sobre todo por el modo en que dicho entusiasmo, de alguna manera, me dejaba tácitamente comprometido como ese deber ser que se asomaba desde el trasfondo de su mirada, cuando dijo: a ver si por fin Romero sienta cabeza. Según Amanda, esto fue lo que dijo al viejo Rangel, poco antes de ella decidirse a reencontrarse conmigo. Nada dije. Convencido como estaba de que lo único que una cabeza requiere para sentarse es ser culo, callé a tiempo. Es el tipo de silencio que el tiempo torna proteico y del se alimenta este amasijo.

A todas estas, yo me limité a preguntar: ¿y qué más dijo el vejo Rangel? Que sí −se apresuró a responder Amanda− Que ya veremos. Yo no creo que el viejo Rangel haya dicho eso, pero sí que Amanda quería escucharlo decir eso, y que lo dio por dicho. Cosa que, en aquel momento, para nada me importó. Disfrutaba de su compañía, de su gracia y de sus gestos, y hasta de ese tono intelectual que ponía en todo lo que decía, y que era algo del todo desconocido para mí, pero que, al mismo tiempo, como digo, disfrutaba y me hacía sentir tan cómodo en su compañía. Y si lo que quería era prologar esta sensación, lo único que podía hacer por mí mismo era que Amanda dejara de hablar de mí. Para lo cual, recurrí al viejo truco: ya no hablemos de mi, que es aburrido; ¿porque no hablamos de ti? Y, sin dejarla responder, agregué lo bonita que estaba, no sin dejar entrever mi torpeza: estás más bonita que cuando me fui, fue exactamente lo que dije. Por suerte, Amanda antepuso su satisfacción por el halago a cualquier otra consideración. La gracia con la que sonrió no dejó duda al respecto. 

Cuando le pedí que hablásemos de ella, Amanda sólo habló de la revolución. Sólo que antes de comenzar, primero quiso saber cuál era mi condición política. Cosa que hizo, a la usanza y estilo de la revolución, preguntando que si yo estaba con el proceso. Y cómo responder a eso, si nunca se está con el proceso, sino en el proceso. No es cuestión de parecer, sino de ser en un contexto. Lo que tú quieres saber es hasta qué punto ello me complace o no. Entonces ella saltó al ruedo con el cuchillo de su progresismo entre los dientes: o sea que eres un escuálido −sentenció, y la luz mortecina de la decepción apagó su rostro. Aún agregó: sorprende, de alguien tan inteligente como tú. Por mi parte, hubiera preferido que Amanda me tomara por bruto −y acaso lo sea mucho más de lo que ella pueda imaginar− y que tuviera mi brutalidad por razón suficiente para no ser revolucionario. Pero eso de reconocer mi supuesta inteligencia de hecho, para tener el derecho a descalificarla moralmente era del todo innecesario.

Debía hacer algo antes de que los mismos Romero y Amanda de siempre se nos fueran de las manos. Pero hasta en eso el amor es absurdo. Lo único que se me ocurrió fue apelar a un argumento con el que me las jugaba todas: no soy un escuálido y, a los efectos, en todo caso, sería un reaccionario. Que tampoco lo soy, por cierto, pues para ello tendría que estar viviendo un proceso venido a destruir el podrido capitalismo de mierda; lo que tampoco es el caso, como es, por lo demás, evidente u obvio. O sea, esto no es una revolución. La Rusia bolchevique: esa es una revolución. Porque una revolución lo es hasta en su mismísimo fracaso. Y ésta, la que ustedes llaman, proceso, ni siquiera tiene la oportunidad de fracasar, sencillamente porque no lo es −terminé concluyendo. Una vez más; la cagaste, Romero. Ciertamente. Pero supuse que para Amanda sería muy preferible que el proceso no fuese una revolución a que yo fuese un escuálido. Y no me equivoqué. Para cuando volví la mirarla, el velo de la decepción estaba corrido y su rostro se dejaba ver de nuevo en esa gracia espontánea. 

Entonces Amanda tuvo su turno: yo no veo la diferencia. Y como si yo no hubiese dicho nada, aseguró: para mí se está o no se está con el proceso. Si se está, se quiere el bien del pueblo. Los escuálidos son los que no lo quieren. Es tan simple como eso, Romerito Se detuvo un instante, como buscando con qué aderezar tanta simplicidad, y entonces continuó: ¿Sabes qué? La primera vez que me fijé en Chávez me di cuenta de que era un líder auténtico. Así lo he pensado hasta hoy y creo que no me equivoco en esto. Porque no me negarás que eso de analizarlo todo desde la ciencia histórica y hacer del pueblo el protagonista de su propia historia no se había visto nunca en la historia de este país −sentenció, satisfecha, con todo el aplomo y seguridad que siempre proporciona el pragmatismo; no importa que, como en este caso, raye casi en el  desparpajo con que los líderes de la revolución suelen distinguir entre quienes los siguen y quienes no. 

A estas alturas, ya se podía sentir en aquel cafetín el intenso calor con que el diálogo de sordos puede alimentar la llama de la pasión. Y si es cierto que, como reza el dicho, donde hubo fuego cenizas quedan, en lo adelante, con tal y algo ser entre ambos, cada uno podía seguir siendo el mismísimo mismo de siempre. Era mi turno. Podría haberme venido con lo peor que se me ocurriese, que Amanda seguiría igualmente tranquila, fresca, incluso risueña. Ya no era la Amanda casi analfabeta que una vez amé con toda la fuerza de mi siempre analfabeto corazón, sino una que había entrado al escenario de la historia política por la puerta grande que el verbo de Gigante Muerto había abierto de par en par a esa masa, tan variopinta como amorfa, que él mismo llamara el pueblo. Segura como estaba de que en cada una de sus palabras la seguía el pueblo, Amanda me miró: ya podía el mismo Romero de siempre decir lo que se le ocurriese. Sin embargo, lo pensé dos veces. Y como quiera que no estaba seguro de ir a  meter la pata, me fui por lo seguro y la meti por por completo.

Ni la historia es una ciencia, ni eso de que el pueblo es el protagonista de su propia historia es original de Chávez; eso ya lo dijo el más ilustre de los desarrollistas que ha parido este país −observé con malicia, a sabiendas de que Amanda ya sabía a quién me refería. De inmediato replicó, casi que saltando de su silla: vamos, Romero, no vas a comparar al Presidente con ese gordo escuálido y repulsivo. Pareciera exagerado, pero los que creen que la historia es una ciencia, al margen de cuánto se contrapongan sus verdades, están condenados a coincidir en la forma de creerlo; como si fueran siameses. Por lo demás, en este caso, las coincidencias son asombrosas. Lo que, en todo caso, no quita al ilustre desarrollista ni lo gordo ni lo escuálido; ni al Presidente lo popular y lo revolucionario −precisé. Y me quedé disfrutando de la mirada perpleja de Amanda cuando dijo: quién te entiende, Romerito; eres historiador, pero como que no crees en la historia. 

La historia no es para creer en ella, sino para cuestionar el creer mismo del que dependemos para ser. No es oración, sino imaginación. No trata de dios, sino de dioses. No apunta a la verdad, sino a su imposible. No es la reconstrucción del pasar tal cual, sino su narración posible y necesaria para hacernos de un pasado y un futuro. No es la ciencia de lo que pasa, sino el pasar mismo en clave discursiva. En lo que no creo es en la cientificidad de las narraciones, y mucho menos de las históricas, precisamente porque son lo único que se puede tener de la existencia temporal. Y no se cree en la existencia temporal, o se deja de creer en ella, en el mismo sentido que se está o no con el proceso, como dicen ustedes, los revolucionarios. Se está ahí, en ella, aunque no se sepa cómo ni para qué. Y acaso porque estar en ella, justamente, consista en no saberlo, es que podemos escribir historias, y aún estamos obligados a ello. Dicho en otros términos, si supiéramos para qué existimos, no precisaríamos de las narraciones históricas y éstas no tendrían razón de ser. En tal sentido, la existencia temporal es una farsa; lo que no le quita lo terriblemente real. No se trata, pues, de que eso que llamamos verdad histórica no exista y no se le requiera, sino de que para existir ha de ser contemplada como tal en un relato. A diferencia de los dioses, la existencia temporal no es para creer o no en ella, sino para ejercerla como lo que es: voluntad de poder. Si el tiempo está de por medio, no hay lugar para la fe. El tiempo es un mago haciéndote creer que te da con una mano lo que, en realidad, te está quitando con la otra. La existencia temporal no es más que un acto de magia, y nosotros, a la vez que su objeto, espectadores en vilo. Mucho nos gustaría mirar tras bastidores para descubrir cómo funciona. Sólo que, de descubrirlo, perdería toda su gracia y ya no habría magia; se abuchea al mago cuyo acto se ha descifrado y que, incapaz de preservar el misterio que lo engrandece, nos priva con ello de nuestra embelesamiento. 

De súbito afvierto que, traído a este ahora, aquel diálogo de sordos ha devenido simple y vulgar monólogo. Qué le voy a hacer. Ando como dormido en esta historia. Como un sonámbulo, la cuento y, al mismo tiempo, me la cuento. En fin. Recuerdo que en algún momento callé, y que Amanda volvió a la carga, sin que ya importe en qué momento lo hizo y cómo. En todo caso, habló para decir que yo parecía más un poeta que otra cosa. Y ya sabemos que cuando alguien dice eso nos está indicando con toda cortesía que estamos diciendo chorradas. Y ella, por supuesto, pensaba que había que tener los pies en la realidad. Yo no iba a discutir eso. Menos aún cuando aquellos, sus divinos pies, eran más reales que cualquier realidad que hayan podido pisar alguna vez. También recuerdo que dijo que ella era de los que piensan que las cosas pueden cambiar si se empuja en la dirección correcta, y que eso era lo más importante que nos había enseñado el comandante, hoy Gigante Muerto. Ésta debería ser la esencia del ser de todo revolucionario en una revolución que no lo es. Esto último, desde luego, que no lo dijo Amanda; lo agregué yo, pensándolo y sin decirlo. 

Según Amanda, a los efectos del empujón, el camino lo marca el pueblo, y aseguraba que los escuálidos no son más que unos fascistas que empujan en dirección contraria. Es así de simple −concluyó. Siempre me asombró su enorme capacidad para no caer en las garras de lo complejo, gracias a la destreza que tenía para conformarse a lo simplejo −el término no es invento mío, sino de García Bacca. Lo cierto es que entonces se me hizo mucho más coherente el tono intelectual en alguien tan pragmático como Amanda, pues ¿qué puede ser más práctico que la necesidad y la causalidad a la hora de creer que estamos en el camino correcto? Sin embargo, el problema para mí, el mismo Romero de siempre, no era creer que estuviéramos o no en el camino correcto, sino el que el curso de la existencia temporal pudiera estar sujeto a algo así como un camino que, calificado de correcto, es eminentemente moral. ¿Y acaso es esto lo que puede esperarse de una ciencia, como la historia, sujeta a la necesidad y la causalidad? Sé que, en tanto que relación presencia-ausencia, el pasar implica el juicio respecto de lo que pasó. Pero ¿qué puede tener de científica una apreciación moral del pasar?

Pero esto son cosas que agrego a aquél ahora vivido, en éste, en el que lo narro. De no ser así, la relación entre ahoras no tendría sentido, y, con ello, sería imposible la narración de historias, pues al ahora narrado no sería sino la mera repetición del ahora vivido, sin que mediara entre ellos esa posibilidad de distinción e interpretación que, más allá del cuándo y el qué, sólo puede proporcionar el cómo a través del tiempo extenso. 

Y podría agregar muchas más cosas. Como, por ejemplo, el nombre que, a lo largo de la filosofía de la historia, ha recibido el teleológico y bíblico camino correcto. Kant hablaba de un plan oculto de la naturaleza, según el cual, persiguiendo sus intereses egoístas, los hombres, sin saberlo, empujan hacia el bien común que prevalecerá en la humanidad futura. Como bien se sabe, a esta esencia o motor de la historia, Voltare llamó progreso y Hegel autoconcepto. Marx le dio el nombre algo más brutal de lucha de clases. Y así por el estilo, nunca falta el gran tratado de magia, en el que cada uno da nombre al conejo que saca del sombrero de su narrativa a correr por el bosque de la existencia temporal.

Cualquiera sea el caso, la idea de tales tratados siempre ha sido que el camino correcto lo es porque conduce a un imposible en la historia misma y, por lo tanto, trascendente, y que, como tal, presupone el fin de la historia. De modo tal que la filosofía de la historia no es otra cosa que asignar al devenir un inicio y un final; esto es, sin más, hacer del pasar un lo que pasa. Con lo que el filósofo no ha hecho otra cosa que lo que cualquier narrador. Pero si respetamos la diferencia entre devenir y acontecer −entiéndase por tal devenir narrado y sujeto a inicio y final como todo temporal− preciso es concluir que en el plano de la existencia temporal todos los caminos posibles conducen a lo imposible. Dicho en otros términos: el paraíso nunca puede ser temporal ni histórico. Ha de haber sido el caradura de Adán el primero en comprenderlo así, si, como es de suponer, la crucial experiencia de pasar del plano divino al secular, de criatura a pecador, de inmortal a mortal no fue el resultado de una reprimenda en balde. 

Claro que nada de esto dije a Amanda aquella tarde. Todavía estaría metiendo la pata. Y eso es lujo que uno sólo se puede dar escribiendo una historia, como ésta, imposible. Aparte de que sólo ahora lo veo algo más claro. Por lo demás, Amanda se mostraba tan contenta y plena en sus convicciones que me pareció un exabrupto incomodarla con el escepticismo del mismo Romero de siempre. Que la revolución no fuese más que una pelota de mierda que se agigantaba a medida que rodaba cuesta abajo por el propio camino correcto que aseguraba seguir, no podía ser dato más relevante que Amanda con sus poderosas manos tomando de su bolso el estuche con el que se disponía a retocar su maquillaje; lo que hizo con una maestría que me era harto familiar. Luego volvió el estuche a su lugar, mientras decía: estoy retrasada, Romerito. E imagino que tú también. ¿Nos volveremos a ver? Claro que sí. 

Y nos volveríamos a ver, una y otra vez, hasta que se nos acabase la historia que, ese día, llamamos segunda oportunidad. Ya al anochecer, nos despedimos con un beso que, de haberse prolongado algo más, habría terminado al día siguiente, cuando, salidos de la cama, no hubiese quedado otra cosa que volverse a besar. Amanda seguía siendo, toda ella, un testimonio de los poderes hormonales de la existencia temporal. Porque el tiempo, al parecer, no sólo da ser, sino que el que da siempre ha de tener mucho más de animal de lo que la metafísica está dispuesta a reconocer. Los filósofos lo saben; incluso los de la filosofía de la historia, porque son historia en sí misma; es decir, existencia temporal que, como una mujer, tan absurda como ella, se mira a sí misma en los mil espejos del acto de narrar.

Mas yo no estaba, como Amanda, retrasado. Para cuando ella se hubo marchado, retorné al pasillo por el que había venido. Pero caminé en dirección opuesta al salón de clases. Ese día no habría mono que se encaramara en la tarima a hacer el número que le correspondía en el circo de la ciencia histórica. Ese día el maldito se había escapado y no habría quien desentonara en el coro de eunucos y doncellas. Iba solo por el pasillo por el que a esa hora apenas transitaba alguno que otro, quién sabe si, como yo, mono escapado de su propio jaula. Iba pensando en mi encuentro con Amanda. Era aquél un pensar distraído, laxo, ambiguo que se fijaba más en su olor o sus gestos mudos y los míos que en lo que nos habíamos dicho. Un pensar agradable, que se desvanecía al mezclarse con el frescor de la noche recién caída y que caía con ella, hasta perderse, de largo y cortés, en el abismo que yo era. 

Me sentía liberado de no haber tenido la necesidad de disimular por temor a espantar a Amanda. Si acaso se espantó, fue ella la que hubo de disimular su espanto. Y, de ser así, la Amanda de siempre lo había hecho muy bien. Sólo en una cosa había yo mentido: cuando dije que no había podido escribir libro alguno. Al principio no supe por qué lo hice. Mas, a medida que avanzaba en mi recorrido de vuelta, la cuestión se fue aclarando. En realidad, para entonces ya había escrito dos manuales de historia, uno sobre este país, y otro sobre este mundo, aunque en éste último no aparecía aquel país, ni la mayoría de los muchos de que el mundo consta. También había escrito una novela en la que afirmaba, como ya lo he indicado arriba, que todos los caminos posibles conducen a lo imposible. Yo escribía por encargo, hasta me pagaban por hacerlo, pero jamás había tenido la satisfacción de haberlo hecho. 

Alguna vez, acorde con su estilo burlón y estrafalario, el viejo Rangel me dijo que no reparara mucho en ello, pues no pocas veces pasa que, queriendo ser escritor, de tanto pretenderlo, se convierte uno en mero escribidor. Lo dijo riéndose, pero con absoluta convicción, como si se hubiera estado preparando para ello y esperando la ocasión para decirlo. Incluso agregó: puede que lo de escritor no sea más que el nombre que, por convicción, damos a la imposibilidad contra la que sólo somos capaces de estrellarnos como escribidores. En realidad, Romero, no hay consagración; puede que fama, y hasta gloria, pero nunca consagración. La consagración de uno como escritor no puede ser otra cosa que la huesa en que ese uno se convierte para enterrar el cadáver de la escritura. En todo caso −digo yo ahora, en honor a las palabras del viejo− lo que hace a la escritura no es tanto el libro, como el acto de escribir, en tanto que autocondena de escribidor. 

Y por eso −pienso ahora− mentí a Amanda. Se trató de una mentira piadosa, porque no quería hablar de consagración y porque, de haberlo hecho, ella jamás lo entendería. Ni yo mismo lo supe entonces, al menos no del modo en que he llegado a saberlo tras haber ido muriendo poco a poco en el intento y pese a lo que aún me falte por morir en saberlo. Eso sí: sin quererlo, Amanda −la misma de siempre− había abierto una puerta, que sólo el mismo Romero de siempre estaba llamado a traspasar, y a hacerlo solo.

TEMPORAL

Una historia acerca del hecho de escribir historias

(novela filosófica) 

...sucede que la vida no tiene inicios ni finales, y que sólo en el ámbito y contexto de una narración es susceptible de adquirirlos. Lo que me recuerda, por cierto, aquello que una vez dijera Beckett: ese fue mi error, uno de mis errores; exigirme una historia, cuando sólo la vida bastaba. Si es así, entonces estoy aquí para perpetrar mi propio error. Y hasta puede que ésta sea la forma de haber empezado a hacerlo. Más me vale.

Introducción General

El Bolívar histórico del que se ocupa este trabajo no es, hablando en términos rigurosos, el del pensamiento político y la estrategia militar, aunque, desde luego, mucho tendrá que ver con ello. Pero no es un análisis de ese tipo lo que busco en su discurso sino, más bien, al discurso mismo como herramienta del político y el hombre de guerra. Se trata del Bolívar de la palabra. El lenguaje como signo de conciencia histórica, como dimensión de temporalidad y como fuente de heroicidad. Del discurso de Bolívar no me interesa tanto el pensamiento como su narrativa; su inteligencia política o militar, como la semántica o discursiva. Del Bolívar histórico no busco la verdad, sino el estilo.

Introito

Un día, cuando todavía era estudiante de historia y me desempeñaba como investigador en el archivo histórico del antiguo Congreso Nacional, al fondo de la bóveda, en medio de un cúmulo de trastos tan viejos como valiosos, me topé con una desvencijada edición del Diario de Bucaramanga. Sumido en la molicie que mi burocrático cargo ya me inspiraba, aquél libro me distrajo y, allí mismo, en un improvisado asiento de cajones, lo leí. Para cuando retorné de la bóveda, mi imagen de Bolívar -como la de casi todos, determinada por ese formalismo patriota propio de la historiografía de banco de escuela, como la llama Vallenilla Lanz- cambió. Este libro es el resultado de un intento por captar y comprender aquello que cambió.

CARTAGENA: del destierro a la gloria

La Memoria dirigida a los ciudadanos de la Nueva Granada por un caraqueño, mejor conocida como el Manifiesto de Cartagena, se considera el primero de los grandes documentos políticos de Bolívar. Fechado 15 de diciembre de 1812, recoge la experiencia del incipiente gobierno republicano que, a mediados de ese mismo año, ha sucumbido en Venezuela bajo los embates del ejército español. Se trata de una memoria de la derrota, producida por alguien que ha participado como oficial en la guerra el gobierno español y que, salido al exilio, ha llegado a la Nueva Granada con el propósito de obtener hombres y recursos que le permitan invadir su país de origen y restablecer la república. Esta memoria no es, pues, el mero relato pasivo de lo que aconteció, de cómo el ejército español ha vuelto a tomar de una de las plazas más importantes y estratégicas de la América insurrecta, sino del plan para recuperarla. Se expone aquí el análisis crítico de una experiencia republicana particular, de la que se extraen conclusiones políticas y doctrinales que proporcionan una nueva perspectiva del proceso de emancipación no sólo en Venezuela, sino en toda la América Meridional. Se puede compartir en mayor o menor medida tales conceptos. Pero, en cualquier caso, es indiscutible que estamos ante la primera visión sistemática, general y de conjunto que, más allá de la dimensión logística y militar que impone la guerra, nos proporciona el primer concepto histórico y estratégico de la emancipación americana. Al menos, el primero producido por un soldado con una clara visión política. En este sentido, estamos ante la primera teoría revolucionaria de la lucha por la independencia.

CARÚPANO: vindicta, libertad y barbarie

En el Manifiesto de Cartagena nada indica Bolívar respecto a la cuestión social. Cuestión ésta tan conflictiva que, siglo por medio, llevaría al historiador Vallenilla Lanz a definir la guerra de independencia como una guerra civil. De ello nos da una particular perspectiva el Manifiesto de Carúpano. No pasó mucho tiempo para que el discurso de Bolívar hubiese de encarar el tema tabú en Cartagena. El momento sobrevino con la caída de la Segunda República, tras ese fenómeno tan contundente como efímero que fue Boves para el proceso de independencia. Efímero en cuanto a su personal actuación y liderazgo, pero en alguna medida permanente en cuanto a la guerra como forma de vida para los sectores populares y el ejército como vía de transformación de una estructura social que hundía sus raíces en la colonia. Acaso fuera Boves el más encarnizado enemigo de la república. Pese a lo cual, la república, a la postre y para ser tal, fue su más genuina heredera. De él recibió su ejército, su dinámica social y hasta el estilo de su liderazgo. A tono con la dialéctica de la guerra, los llaneros que siguieron a Boves pasaron de bandidos a patrimonio de la república. Patrimonio que en algún momento hizo decir a Bolívar que la revolución estaba sentada en un volcán social a punto de hacer explosión. Pero eso sería más tarde y en privado. En Carúpano, todavía este ejército sólo representa el modo en que la barbarie se opone a bien supremo de la libertad.

JAMAICA: Historia, Semántica y Geopolítica

1815: el descenso de Napoleón se cruza con el ascenso de Bolívar. Ambos han partido al exilio, a Santa Helena y a Jamaica, respectivamente. Tres años más tarde, el americano meridional, que ha tomado Angostura, la plaza estratégica que inclinará el curso de la guerra en favor de la causa patriota, dirá de sí mismo: yo busqué asilo en una isla extranjera, y fui a Jamaica solo, sin recursos y casi sin esperanzas. Perdida Venezuela y la Nueva Granada, todavía me atreví a pensar en expulsar a sus tiranos.1 De modo que el exilio, que para Napoleón dictamina el final de un imperio en Europa, para Bolívar anuncia el renacimiento de un proyecto en América. Esta conjunción en el cosmos simbólico de la historia que involucra la carera de dos grandes líderes políticos y militares, alude también a un cambio de época, determinado, desde el punto de vista geopolítico, por el ascenso de las potencias del capitalismo industrial y la caída del colonialismo mercantilista. A ello tributan diversos procesos: la ilustración, el nacionalismo, el industrialismo, la revolución francesa, la expansión napoleónica, la independencia estadounidense, la emancipación en América Latina. Es ésta una coyuntura en el proceso de largo plazo que lleva de la era agrícola a la era industrial. En este contexto se fraguan los cauces iniciales de un proceso histórico de alcance planetario. La Carta de Jamaica forma parte de este contexto. Es una forma de asomarse a él y otearlo desde los agrestes montes de una América irredenta. Tal es el punto de partida de este ensayo.

ANGOSTURA: el guerrero creador de repúblicas

La Carta de Jamaica concluye con la afirmación según la cual la clave para poner fin a la dominación española y fundar un gobierno libre es la unión, obtenida por efectos sensibles y esfuerzos bien dirigidos. Lo que por entonces queda en un escueto enunciado, en Angostura va a ser objeto de un denso desarrollo. Eso es el Discurso de Angostura: un efecto sensible, un esfuerzo bien dirigido. En atención a las lineas principales de su estructura discursiva, es una apelación a la conciencia histórica, un plan estratégico centrado en la implantación del Estado Nacional, y un instrumento de significación del movimiento de independencia como proceso histórico. Pronunciado por Bolívar el 15 de febrero de 1819, en el acto de instalación del segundo congreso que se daba a sí misma una república en medio de los avatares de la guerra, constituye una de las piezas oratorias más importantes de su haber político. Dicho ello por su contenido en sí mismo considerado. Y dicho también por el modo en que marca una diferencia de dimensiones estratégicas entre un antes y un después del proceso de independencia. En la visión totalizadora del Discurso de Angostura confluye lo político y lo militar. Para ganar la guerra en el siempre inhóspito campo de batalla, es preciso ganarla también en el de la política; por cierto, no menos inhóspito, agreste y peligroso que aquél.

BOLIVIA: el hombre de las dificultades como legislador

El guerrero ciudadano es aquél al que le es dado despojarse del mando. Así en la Caracas que le otorgó el título de Libertador, así en la Angostura que lo ratificó como Jefe Supremo, y dos años después lo llevara a ser designado en Cúcuta Presidente de La Gran Colombia. Las dificultades comienzan cuando la historia lo despoja a él de la guerra y se queda sin esa fuente de gloria que, hasta entonces, había sido el enorme campo de batalla y de política que, visto desde Pasto, se extendía entre el Orinoco y el Potosí. Así, Ayacucho consigna en la historia americana la emancipación, ciertamente; y en el destino particular del guerrero ciudadano el retorno de la cima de la gloria a la sima de las miserias de la burocracia y la administración. Siendo el campo de batalla la fuente fundamental de su gloria, dentro de él lo es todo; fuera de él nada, o tan sólo un ciudadano recto e iluminado que, apegado a su prestigio y honor, está llamado a dar la cara a esa oleada de anarquía que, en la paz, devora cuanto ha venido edificando en la guerra. Consumada la independencia o, más exactamente, el proceso de la guerra que habría de conducir a ella, el enorme mapa del nuevo mundo se ha teñido de una no menos enorme complejidad. Mientras se triunfa en Ayacucho se conspira en Caracas. Al tiempo que se finiquitan los últimos detalles del Congreso de Panamá, las recién creadas repúblicas se hunden en la lucha intestina y doméstica que atenta contra la anfictionía. En carta a Santander, fechada en Lima, el 6 de enero de 1825, es decir, a un mes escaso del triunfo en Ayacucho, encontramos esta situación descrita en palabras del propio Bolívar:

OCAÑA: el clamor del pueblo

Desde el punto de vista de su estructura semántica, el libertador, como instancia fundamental del discurso, representa la condición esencial de Bolívar como máximo dirigente político y militar de la emancipación americana. Más que como mera parte de la historia, el libertador concibe, administra y conduce el discurso como conciencia e instrumento hacedor de ella. Sin embargo, y como es de esperar, se trata de un discurso que siempre ha sido concebido y pronunciado desde el entorno de la dirigencia política a la que pertenece, aún en aquellos temas sensibles en que la actuación de dicha dirigencia pueda ser cuestionada por en su mensaje. Desde este punto de vista, el libertador siempre ha sido una instancia discursiva de una u otra manera asociada al estrecho círculo de la élite civil y militar que comanda el proceso independentista. Así, por ejemplo, El guerrero ciudadano del Discurso de Angostura, que dichoso convoca a la representación nacional y se despoja del mando ante ella es, con ello, al mismo tiempo, legitimado por ella. Como parte de la dirigencia, el guerrero ciudadano es jefe supremo entre iguales. En este sentido, los discursos fundamentales de El Libertador como creador de un nuevo tiempo histórico son documentos de identidad con el entorno dirigente del proceso de independencia, palancas ideológicas de su legitimación ante ella como máximo líder.

Epílogo

Hasta aquí me trajo el Bolívar con el que un día, hace mucho tiempo ya, me topé en el Diario de Bucaramanga. El hombre histórico de los discursos. El de la palabra y el estilo. El de la conciencia moderna y la faena semántica. El de la revolución como concepto y del heroísmo como ejercicio de voluntad de poder. Su discurso marca el paso de la barbarie a la civilización, con todo lo bueno y todo lo malo que una transición así supone para la gestión de su propia historia por parte de un pueblo. Y como pueblo, no tenemos conciencia de tal significación porque la historiografía de banco de escuela se ha hecho cargo de ello, bien haciendo de Bolívar una venerable pieza de museo, bien poniéndolo a comer mangos para popularizarlo. Al respecto, me limito a recordar las palabras de Vallenilla Lanz:

HERÓDOTO: los orígenes de la historiografía

Si uno se deja guiar por lo más estrictos rigores académicos, incluso los de la historia, probablemente los menos estrictos de todos, muy a pesar de los historiadores académicos, un trabajo de este tipo luce desde muchos puntos de vista desalentador, bien por lo poco con se cuenta para realizarlo, bien por la poca estima que se guarda hacia lo poco que se tiene, incluso los escritos de aquel a quien Cicerón, si no me equivoco, dio en llamar Padre de la Historia. Y lo hizo en el marco de una larga tradición representada por críticos para los que Heródoto era ya casi tan extraño como para nosotros y que, salvo contadas excepciones, se caracterizó por su desprecio, acusándolo de mal escritor, de inútil, y hasta de mercenario.

Capítulo 1: el hombre, la obra, el contexto.

Es muy difícil establecer un imperativo ideológico, filosófico, político o moral que nos ayude a comprender la aparición de la historiografía en una íntima relación con el contexto histórico en que ello tiene lugar. La vaga generalidad de la que aquí me valgo, es decir, comprender la aparición de la historiografía como parte del humanismo característico de la Grecia Clásica, que tuvo su máxima expresión en el arte y la filosofía, es fácilmente aceptable, pero, se entiende, muy poco precisa. Ese humanismo, la ruptura respecto a la mitología que a él es inherente, comienza a gestarse en la Grecia Arcaica, con la filosofía jónica y la aún ingenua pero inequívoca proximidad que ella representa respecto a la naturaleza. Por otra parte, como se sabe, dicho humanismo se prolonga mucho más allá de la época de Heródoto y en plena decadencia ateniense producirá lo más acabado de su filosofía. Este humanismo griego es, pues, el espacio histórico cultural de muchas cosas, amplio contexto en el que la historiografía luce como un ínfimo detalle, acaso el más prescindible de todos.

Capítulo 2: mito, filosofía, historiografía.

Partamos del hecho, tan magistralmente representado por la cruel simpleza del mito de Sísifo, de que el hombre es una especie condenada a la historicidad. A nadie le es dado elegir no vivir la historia. Encadenado a la infinita finitud del tiempo, el hombre histórico transcurre sin la certeza de saber para qué. Toda la historia humana pudiera comprenderse como la obsesión de este hombre histórico por darse sentido a sí mismo. Todas las cosmogonías lo han adscrito, de una u otra manera, a vagar fuera de lo eterno, perecer una y otra vez. Y todas intentan, al final, reconciliarse con el proscrito, traerlo de nuevo a casa, el paraíso perdido que, en algunos casos, puede ser, incluso, la nada cósmica, peculiar forma de eternidad que nos permite suponer que hasta la supresión de la existencia es preferible al castigo de la existencia histórica. Esta caída en el tiempo es el nudo gordiano de todo el drama bíblico y, en muy otro contexto, es, también, el mayor suplicio que la mitología griega pudo imaginar para el hombre réprobo

Capítulo 3: dioses, hombres, historias.

Heródoto cree en el Oráculo. Es fácil demostrarlo a través de la cita de párrafos como, por ejemplo, el que nos habla de la furia de Taltibio1 contra los espartanos, y otros en los que hace referencia al plano de lo divino como la última salida que encuentra para explicar, -¿o justificar?- un determinado acontecimiento histórico. Sabemos que esto le ha costado a Heródoto buena parte de las censuras que lo descalifican como historiador ya que, se supone, la historia debe explicar al hombre y sus acciones por el hombre mismo. Como se sabe, ha llegado a ser norma del oficio que recurrir a Dios es hacer trampa. Una suerte de principio epistemológico pende como espada de Damocles sobre el historiador cada vez que su discurso historiográfico apela al deus ex maquina. Heródoto puede ser, según esta misma norma, demasiado ingenuo o primitivo .

Capítulo 4: hombre, historia, tragedia.

Si nos pusiéramos a plantearnos los problemas de epistemología y método en los Nueve Libros, probablemente no hallaríamos asidero sólido alguno para el análisis y la reflexión. En realidad, estrictamente hablando, tales problemas no existen para aquella historiografía que, desde sus mismos inicios, se colocó al margen de la sabiduría y se dio a sí misma el despropósito de alimentar la memoria humana, salvar el vertiginoso acontecer humano del olvido humano. Sin embargo, pese a una tarea tan metafísicamente pobre y, en parte gracias a ello, aquella primera historiografía estaba llamada a sentar las bases para una cruel desmitificación de dicho acontecer. El hombre histórico que recién ha descubierto es objeto de paciente y crítica observación; no se le puede tomar a la ligera, tal cual lo encontramos, ni creer de buenas a primeras lo que dice y piensa de sì mismo. Racionalista pero curiosa, tolerante pero desconfiada, fue ésta una historiografía que se aproximó a su hombre histórico con acucioso sigilo, alerta a los juicios y creencias que históricamente su objeto de observación había generado respecto, y a partir de, su propia historicidad. El hombre histórico y la cultura, ámbito al que es inherente el desencadenamiento de sus acciones en el espacio y el tiempo, abrieron así el pensamiento humano hacia una dimensión hasta entonces desconocida.

 

 

Preliminar

He visto a Dios. Es espantoso. No hemos hablado. Para escucharme, tendría que ser yo hombrte de fe. Y, para escucharlo, un esquizofrénico. Pero pululamos en el mismo universo. Él en su cueva y yo en la mía, somos vecinos del mismo barrio; el del misterio. Sólo que yo la habito con la suficiente molicie e ignorancia como para no perder la cabeza. Él no. El misterio lo ha enfermado. Y, convencido de ser la verdad que lo despeja y que, por lo tanto, nos haría libres, ha perdido la suya.

De la caída a la salvación: la historia inconclusa de la creación.

La caída simboliza el inicio de la historia, al menos para la criatura; es decir, la existencia temporal a la que, tras rebelarse, ha sido condenada por su creador. Y la salvación la recuperación de una criatura que, ahora, como pecador; o sea, habiendo comprobado por experiencia lo que su creador por omnisciencia ya sabía y se negó a revelar, retorna arrepentida al paraíso en que fuera creada, y lo hace por gracia del que la condenó. Así, entre caída y salvación -fin del tiempo de por medio- el reino de este dios describe un ciclo único y total hacia la eternidad propiamente dicha, suponemos, ya que, hasta la culminación de dicho ciclo, dicho reino no ha sido otra cosa que un proyecto histórico; una teleología en la que Dios hace de sentido inmanente y la eternidad de meta trascendente.

De cómo no fui echado del paraíso: me largué yo mismo

El Génesis, como se sabe, es el primer capítulo en la historia de un dios que creó el mundo, la historia; vale decir, el pasar en que las cosas pasan y el tiempo con que lo captamos. Según esta historia, en siete días -merecido descanso incluido- este dios, emergido de las tinieblas, configuró el universo total: estableció su reino eterno, creó la criatura llamada a adorarlo por la eternidad, actualizó el abismo temporal al cual arrojarla cuando se resistió, y, por último, concibió el plan para rescatarla de su temporalidad y retornarla a su seno. Más que una historia de dios, ésta es la de un proyecto de dios. Con lo cual esta historia deja fuera lo más interesante del objeto a historiar: las tinieblas mismas, el abismo y el origen del dios-héroe que, venido de ellas, encarna la luz que ha de iluminar el nuevo todo en que se dispone a reinar. De modo que esta historia, que no indaga en su tema y que, aún así, pretende dar razón de la temporalidad mediante la eternidad, nos deja en ascuas, pues sólo vale para confirmar que la vida eterna junto al dios que nos ha creado no es menos absurda que la temporal a la que nos ha condenado. No obstante, hagámonos de la vista gorda con este detalle menor, y ocupémonos de un dios al que, en esta parte de su historia, toca hacer de inicio en la historia toda del universo. Porque, en esencia, no de otra cosa hablamos aquí: de un dios que actúa y que, sólo en cuanto tal, ha podido ser objeto de narración.

De cómo andando el camino correcto terminé en el punto de partida.

Me parece que era Artaud quien decía que Dios no existe, y que, si existe, es una mierda. Esta idea de dios es un dilema que apunta, por una parte, a su real y efectiva existencia y, por la otra, a que, en caso de existir, sea cosa digna de creencia. Y si bien la real existencia de una cosa es condición previa del juicio sobre de ella, en el caso de los dioses es tema casi irrelevante, si se lo compara con la idea de dios, que sí es históricamente real. La existencia o no de uno que se hace llamar Dios es indemostrable. Pero la idea que de él tengamos es crucial. Pasa que nuestra inteligencia, memoria y voluntad de entes temporles que para ecistir han de hacerlo históricamente es el único hilo que vincula al dios en el que pretendemos creer con la eternidad en la que debería reinar; eternidad ésta de la que vendríamos y a la que, consumada nuestra temporalidad, habríamos de retornar. El problema acá es que, entonces, hablamos de un dios, un reino, una eternidad; en suma, un ser pleno que ha salido de sí y ya no es tal, pues ha sido intervenido, socavado y puesto patas arriba por la temporalidad misma de la criatura que estaba llamada a constituirlo. De modo que, si alguna vez fue, este dios ya no tiene ser, pues ha devenido y, por tanto, sólo puede tener historia. Y el mayor problema para este dios es que, en efecto, la tiene. Se la conoce como sagrada. Lo cual no es sino un infeliz oximorón, que me veo en la obligación de corregir. Porque, el otro problema no menor para este dios, es que, además de también tener una historia, tengo, gracias a ello, una idea de dios; por cierto, ontológicamente mucho menos generosa que la de Artaud.

De mi autocondena

Una cosa es ser expulsado del paraíso, tras una patafa en el culo, y muy otra abandonarlo por los propios pies: o sra, arrojarse uno mismo. La voluntad hace la diferencia. Lo que procede entonces es la autocondena. Ello equivale a la condena de Dios, sólo que despojada de su divinidad por el acto voluntario de quien se la autoimpone. Éste es el dato fundamental acá. La rebelión de la criatura sólo acarreó la expulsión del rebelde y no alcanzó su cometido. Ciertamente, desató la ira de Dios, pero no afectó su divinidad. Sin embargo, fuera de los predios del reino, la rebelión continúa: se torna secular. Sujeta al curso de su propio devenir, si la criatura se proclama pecador, su castigo se convierte en causa y su destino en botín de guerra. Lo que a este dios toca ahora enfrentar no es la conjura, sino la reivindicación del pecado respecto a un reino que sólo molicie, desprecio e indiferencia puede inspirar. Lo cual es mucho más difícil para uno tan propenso a la cólera y que tanto requiere de ser adorado.

De Dios como significación de un pasar que no lo requiere.

El pasar no rquiere de dioes, sino de historias, que lo signifiquen como pasado-presente-futuro y den forma a la existencia temporal. Son los dioses los que rrquieren de una historia para tener sentido como artífices del pasar. Dios tiene una. Se la conoce como la sagrada. Lo cual encierra un total contrasentido, ya que si, a diferencia del mito, cuyo papel es reconocer un pasado, el de la historia es indagarlo, con lo cual toda historia es, por definición, profana; incluso la de este dios, pese a que su intención sea la de hacernos reconocer en un único y por lo tanto verdadero pasado cósmico.

De gracia divina y conciencia histórica

La Salvación es el remiendo metafísico del error ontológico de la Creación. Dios intenta recoger al final del tiempo el desastre que ocasionó con su inicio. El intento de corregir el error con que comprometió su ser pleno lo conducirá a uno aún mayor, y que hará de la eternidad un imposible. En aquel entonces se equivocó al echar a la criatura del reino, porque con ello dio paso a la historia y a sí mismo como proyecto. Ahora está dispuesto a equivocarse de nuevo, haciéndola regresar al lugar del que la echó, porque con ello se trae la conciencia y la memoria, que han de desmerecerlo por completo como ser. Si Dios, como espera, pudiera ser adorado por el pecador, éste no sería tal, pues en la eternidad no puede haber conciencia ni memoria, que es de lo que está hecho todo pecador en tanto que arte y parte de la existencia temporal. Pero este dios jura que la Salvación del pecador es su salvación como dios. Según su propia historia, lo que lo mueve a recuperar su antigua criatura no es el arrepentimiento, sino el perdón y la misericordia, en el entendido de que a quien corresponde arrepentirse es al pecador mismo. Su gracia está, pues, dirigida a aquél que, sobre la base de tal arrepentimiento, se hace acreedor del perdón y la misericordia, que es lo que de nuevo lo conducirá a la vida eterna que perdió tras su rebelión. Toca entonces considerar las implicaciones que tiene esta en apariencia armónica conciliación de gracia divina y conciencia histórica.

Epílogo

La eternidad sólo puede entenderse tal y como Platón define el ser: lo uno siempre igual a sí mismo. El tiempo, nos indica en el Timeo, es imagen móvil de la eternidad. Para Aristóteles dios vendría a ser la causa primera, el motor a partir del cual todo entra en movimiento, sin que determine el curso del movimiento al que da lugar. De tal manera que la eternidad no es espacio en el que sucedan cosas, ni un modo particular en que las cosas suceden o hayan de suceder. La eternidad es una idea, un principio, un axioma; nunca un atributo de algo distinto de ella; mucho menos el estadio superior de algo que, habiendo iniciado en calidad de temporal, se haga eterno tras dejar atrás y superar su temporalidad. La eternidad sólo podría ser la negación absoluta del antes y el después, del inicio y el final. Si algo cambia, hay movimiento, tiene una dimensión duradera y, por lo tanto, temporal, En consecuencia, la eternidad no puede ser anterior ni posterior a nada, pues sería mera episodio de lo que sucede. Y en ella nada puede suceder, porque, a diferencia de lo que sucede en las historias, no hay inicio ni final. Si algo tiene historia, no le cabe eternidad, aunque dure eternamente.

LA RATA

Yo habitaba en una vieja casa vacacional abandonada, colgada de lo alto de un cerro pedregoso y desde el que se podía ver abajo el mar en su quieta enormidad, yendo y viniendo en monótonas embestidas contra las rocas negras del acantilado en el que, por ahora, espero. 

LA ÚLTIMA CENA

Por obra y gracia del espíritu santo sigo aquí, como de costumbre, aludiendo y mendigando a cada transeúnte que pasa frente a mí. Ocupo el primer escalón de los doce que conducen a la taquilla de una sala de cine donde sólo entran hombres solos. La verdad no sé si es el primero, porque, contando desde la acera, éste sería, en realidad, el segundo. Con lo cual. el total de escalones de la escalera entonces sumaría trece, Por otra parte, trece, según he escuchado decir desde siempre, es número de mala suerte. Luego la diferencia entre doce y trece no sería sólo de un escalón, sino de un destino. De modo que ocupar el segundo o el primero no es cuestión que se pueda tomar a la ligera. Y, ciertamente, que no lo hago así. Sólo que, en mis consideraciones al respecto, encuentro razones igualmente lógicas e irrefutables como para afirmar que estoy en una o en otra posición. Esto es cosa que me gustaría resolver cuanto antes. Por primera vez, no sé por qué, me hallo en la circunstancia en que me gustaría saber, a ciencia cierta -como también se suele decir- en dónde estoy. Nunca imaginé que de un escalón a otro pudiera haber semejante diferencia. El mundo, que para mí siempre ha sido la acera, sería el primer escalón, con lo que yo estaría, entonces, a un escalón menos del cielo y a dos más del infierno. Esto en caso de que el cielo esté arriba, el infierno abajo y yo en el medio. En la perspectiva de este sanguche cósmico puede que la diferencia no se sienta tan enorme como entre el primer y segundo escalón, quizás porque la diferencia entre cielo e infierno es más de fe que de cálculo. Pero, por otra parte, la diferencia entre fe y cálculo es tan enorme como la que puede haber entre un escalón y un destino. Es el tipo de cosas que me gustaría resolver. Allá, por la acera de enfrente, va el gordo de las corbatas anchas y los zapatos chillones. A veces viene. Es el tipo de evento que siempre me distrae de mis resoluciones.

LA QUINTA PATA

Octubre. Lluvia, llovizna, tormenta o aguacero. Lo cierto es que desde hacía ya tiempo el agua no dejaba de caer como una maldición del cielo. Si, hasta cuando cesaba por un rato, no era sino para mostrarse en esa forma de bruma, neblina, calima o calina. La misma maldición; sólo que elevándose desde la tierra sobre la que ha llovido sin parar. A la hora de ser andada, no había sino dos opciones: la maleza o el barrial. Tú eliges, se dijo a sí mismo en el instante incierto en que intentaba dar con el camino para emprender la huida. De súbito, la noche se detuvo. Un relámpago de inamovilidad con el que el aguacero cesó de golpe. Y entonces fue esa quietud que parece escucharlo todo con los oídos de su silencio. Extenuado, se sentó y miró de nuevo al cielo. Durante un largo rato, ni los mismísimos dioses osaron asomarse por cima de los muros de la noche, hasta que de nuevo se dejó oír el monótono canto de los grillos.

TAXIDERMIA

A ver. Acaso esté yo en el curioso procedimiento de comprobar a través del sueño que el alma, si no se refiere a la mera forma de la materia, tal y como Aristóteles fue el primero en sugerir, es el más degenerado e infame de los conceptos. Menos mal y me leí a tiempo aquel tratado que Amanda, mi mujer, dice que lleva título de espanto o aparecido. Como sea, ya sabía yo que no podía ser tan inútil haberlo hecho, tal y como ella siempre aseguró, con ese pragmatismo repugnante tan propio del género femenino y que se va acentuando con la edad. Ella siempre dice: no creo en santo que come y caga, ni en loco que no come mierda. Y, en cierto modo, compartimos la misma poca fe. Aunque para no creer en los santos ni para creer en los locos, requiera yo concebirlos avocados a tan vitales funciones. En todo caso, por ahora, el curioso procedimiento al que aquí me refiero es la única posibilidad que me queda para salir del atolladero en que me encuentro desde hace… Ni siquiera sabría decir cuánto tiempo, pues lo primero que resalta en este asunto es la perdida de la certidumbre que el tiempo nos proporciona como el principal referente de lo que existe.

PORNOAVENTURA

¿Cómo se puede ser, durante algún tiempo, tan vital y, al mismo tiempo. morir sin necesidad alguna de haber vivido por razón distinta a la de follar? Tal era la pregunta que se hacía Henry al caer la tarde y cuya respuesta el crepúsculo se iba llevando a los confines del anochecer confundido con su propia noche de viejo y como quien, con sumo cuidado y sigilo, oculta algo muy preciado pero que le ha de resultar comprometedor o embarazoso. El Henry -dicho así, en su recuerdo, porque así lo llamaron siempre en los tiempos en que vivir era algo más que recordar- estaba sentado ante uno de los largos ventanales que iluminaban el largo pasillo donde la pasaba desde la una, tras haber tomado su almuerzo y haberse negado, como siempre, a hacer la siesta. Éste nunca quiere dormir, había exclamado, como siempre, la señora Pérez. Y allí seguía Henry, empotrado en su silla de espectador del paisaje vespertino. Durante toda la tarde llovió. Y aunque había amainado ya, aún seguía cayendo esa leve llovizna, seguramente gracias a la cual el jardín, los árboles, la calle, los cerros lejanos que todavía encajaban sus puntas en los restos de una nubosidad fragmentada y el paisaje todo, o al menos hasta donde la vista aguzada alcanzara atisbar desde aquella ventana, adquiría esa transparencia rosa que a Henry tanto agradaba. Hasta que, como siempre, a las siete y según orden inapelable de la señora Pérez, Henry fue largado a su habitación. A dormir hasta el día siguiente, como siempre.

LA PIEL INMATERIAL DE LA NOCHE

Ahora sí que estoy jodido, se dijo a sí mismo, con resignación. Boca arriba, a la vez que dibuja garabatos ininteligibles en la piel inmaterial de la noche, llega hasta él un olor agridulce, de fruta fermentada o de licor. Mas bien de las dos cosas juntas, mezcladas, concluyó, ya que la gorda había incorporado al enorme pastel que estuvo preparando durante la mañana una generosa porción de cada una. Y en ese momento, cuando ya arribaba a la media noche, volvió a recorrer, una vez más, los detalles de aquella faena, que habían ido a parar a su memoria, como lo que sobró del pastel, de un golpe seco, habla ido a parar al fondo del bote de donde emanaba aquél olor.

LA CUARENTA Y OCHO

Entré al bar. Fui hasta el extremo solitario de la barra desde el que me observaba, pedí una cerveza y me volví a la mesa de siempre, o al menos la que yo esperaba que fuese tal cada vez que entraba, y que, por esta vez al menos, ciertamente, estaba desocupada. Estuve bebiendo mi cerveza poco a poco, algo así como a un sorbo cada vez que intercambiábamos miradas. Hasta que por fin ella también se vino a la mesa de siempre. Entonces la noche, como el silencio de Dios, se fue hundiendo en el barro de nuestro mutuo decir. Barro nuestro que caes del cielo. El amanecer nos sorprendió a solas, o más bien juntos en la misma soledad desde la que cada quien defendía su propia soledad, ahora sí, sin nada que decirnos, en medio del barrial que nos había arrastrado hasta la cuarenta y ocho.

EL CENTENARIO DE STOKER

Cuando suena la hora lúgubre de los espíritus, la novia bebe el vino de un rojo sombrío como la sangre. Una vez más, aquellos versos de Goethe, que lo hacían sentir tan orgulloso de sí, resonaron en su memoria, apenas se asomó a la ventana y la noche le rozó el rostro. Luego fue esa mirada acuciosa lanzada allende los suburbios nubosos de la ciudad, más allá de los cuales se extendía la rígida horizontalidad del cementerio. Quietud. sosiego, reposo, descanso… iba buscando la palabra más apropiada para definir lo que aquél otear el horizonte de la noche le inspiraba, hasta que la encontró: ausencia. Eso. Porque la muerte no es más que ausencia. Ni menos tampoco. Entonces emprendió el vuelo.

LA POSE

De los talones a la cabeza mediría no más de metro y medio. Y si uno se fijaba bien, venida de sus adentros a flor de piel, como el alma que le daba forma en una sola y fugaz pincelada de existencia, la insignificancia demarcaba el todo de su cuerpo quieto y menudo. Quizás fuese esto, la manera en que esa insignificancia determinaba la absoluta armonía entre el ser y el aparecer lo que la hiciera lucir más joven de lo que realmente fuese, como si a estas alturas de su biografía aún no contara con una historia única y propia en la que hubiese valido la pena desgastarse y envejecer. El resto de aquella su presencia era lozanía triste, quietud de lagartija a la una de la tarde y que administra su energía en medio de un paisaje árido y sofocante. No obstante, al mismo tiempo, su pose era tan curiosa y estudiada, tan artificiosa que lo que le faltaba en tamaño y significación le sobraba en gracia y seducción. Al menos eso fue lo que pensé cuando me disponía a entrar a la tienda y la vi, parada allí, de espaldas a la puerta y con los codos apoyados en el mostrador mientras seleccionaba los botones de las cajitas que el viejo tendero iba poniendo de dos en dos a la disposición de su minuciosa inspección.

 

 

Historia

Mundial

Contemporánea

A mi modo de entender, los que están persuadidos a que por la historia particular se puede uno instruir lo bastante en la universal, son en un todo semejantes a aquellos que, viendo los miembros separados de un cuerpo poco antes vivo y hermoso, se presumen estar suficientemente enterados del espíritu y gallardía que le animaba. Pero si uno, uniendo de repente los miembros y dando de nuevo su perfecto ser al cuerpo y gracia al alma, se lo mostrase por segunda vez a aquellos mismos, bien sé yo que al instante confesarían que su pretendido conocimiento distaba antes infinito de la verdad y se asemejaba mucho a los sueños. Y ciertamente, que por las partes se forme idea del todo, es fácil; pero que se alcance una ciencia y conocimiento exacto, imposible. Por lo cual debemos estar persuadidos a que la historia particular conduce muy poco a la inteligencia y crédito de la universal, de la que únicamente el reflexivo conseguirá y podrá sacar utilidad y deleite, confrontando y comparando entre sí los acontecimientos, las relaciones y diferencias. (Polibio. Historia Universal. Exordio.)

EL CONCEPTO DE MEMORIA

...sólo de aquellos seres vivos que son conscientes del tiempo puede decirse que recuerdan y hacen esto con aquella parte del alma que es consciente del tiempo. Aristóteles. De la memoria y del recuerdo.

Grande es la virtud de la memoria y algo que me causa horror, Dios mío: multiplicidad infinita y profunda. Y esto es el alma y esto soy yo mismo.  San Agustín. Confesiones

Introducción

...sólo de aquellos seres vivos que son conscientes del tiempo puede decirse que recuerdan y hacen esto con aquella parte del alma que es consciente del tiempo.

Aristóteles.

De la memoria y del recuerdo.

 

Grande es la virtud de la memoria y algo que me causa horror, Dios mío: multiplicidad infinita y profunda. Y esto es el alma y esto soy yo mismo. 

San Agustín.

Confesiones

 

...el pasado se conserva por sí mismo, automáticamente. Todo entero, sin duda, nos sigue a cada instante: lo que hemos sentido, pensado, querido desde nuestra primera infancia, está ahí, pendiendo sobre el presente con el que va a unirse, ejerciendo presión contra la puerta de la conciencia que querría dejarlo fuera.

...no pensamos más que con una pequeña parte de nuestro pasado; pero es con nuestro pasado entero, comprendida en él nuestra curvatura original del alma, con el que deseamos, queremos y actuamos.

Henri Bergson.

La evolución creadora

La memoria: un misterio, una estructura, un proceso

Para Aristóteles la memoria residía en el corazón. Captadas por los sentidos, suponía que las impresiones que se perciben del entorno eran conducidas por la sangre hasta allí. En general, para la filosofía antigua el corazón es el reservorio de la actividad espiritual del hombre. Allí se asienta lo que para nosotros es su existencia psíquica. De modo que el corazón era tenido por el lugar de las emociones y los sentimientos, idea que, por lo demás, ha permanecido a lo largo de la historia en las más diversas culturas hasta hoy. De hecho, en latín, recordar -recorsi- significa de nuevo en el corazón. Esta creencia se mantuvo durante siglos. No es sino hasta mediados de la edad media cuando la memoria comienza a ser ubicada en la parte posterior del cerebro1. Aunque sin datos abundantes y determinantes al respecto desde un punto de vista científico, es la fisiología moderna la que la ha localizado en el cerebro. E. Kandel2, premio nobel por sus investigaciones en este campo, ha definido la memoria como una representación interna de la información adquirida mediante aprendizaje; información que se halla codificada, espacial y temporalmente, en circuitos neuronales, mediante cambios operados en las propiedades reactivas de las neuronas. Con todo, en el mundo de la ciencia aún no hay consenso en cuanto al modo como reside la memoria en el cerebro. Hay quienes piensan que la memoria tiene localizaciones específicas, que se corresponden con un determinado tipo de ella, y quienes piensan que, por el contrario, la memoria es una y que alcanza amplias regiones cerebrales que operan conjuntamente y de manera coordinada, según diversos niveles de complejidad en el registro de datos y evocación del recuerdo. También hay quien piensa que ambas hipótesis no son excluyentes entre sí y que es posible que apunten con certeza al mismo fenómeno considerado desde puntos de vistas diferentes y complementarios3.

Aristóteles: memoria, alma y experiencia

Al concebirla como parte del proceso cognitivo -junto con la percepción y el aprendizaje- la psicología cognitiva ha puesto en evidencia la complejidad de la memoria y resaltado la conexión existente entre memoria y otras funciones tanto fisiológicas como espirituales del ser y el proceder humanos. Conexión ésta que ya había sido planteada por Aristóteles. Así, por ejemplo, en Metafísica establece la relación directa y biunívoca entre memoria y experiencia de la siguiente manera:

San Agustín: memoria, alma y dios

Agustín se ocupa del tema de la memoria en el Libro X de Confesiones. Hay quien dice que este capítulo constituye una suerte de bisagra que une la primera parte de la obra, es decir, la parte autobiográfica, que recogerían los libros del I al IX, con la siguiente, la parte conceptual, correspondiente a los libros XI-XIII. Tal estructura expresaría la intención misma del autor, con el propósito de reflejar en ello su concepción de la memoria como la función mediadora entre el hombre y dios1. Aunque no hay constancia de que esto sea así, es una interpretación muy plausible. Por lo demás, cualquiera sea el caso, se trata de una interpretación que en nada contradice el concepto mismo de memoria que maneja Agustín y que constituye una excelente guía en la lectura de la obra. También, en La Trinidad trata Agustín el tema de la memoria, particularmente en los Libros del X al XIII, aunque aquí no de manera específica, sino en conjunción con el entendimiento y la voluntad, y en tanto que las tres -memoria, entendimiento y voluntad- son las facultades que a su entender definen el alma humana. Ello supone un giro completo en el concepto de alma y, en consecuencia, en el de memoria con respecto a la visión materialista de Aristóteles. Pasamos de la entelequia que define lo vivo en la naturaleza -de lo cual el hombre es una especie- al hombre cuya individualidad plena está determinada más que por la naturaleza, por su conexión con dios y la dimensión de lo divino. El alma de Aristóteles da lugar a una especie natural con conciencia del tiempo. La de Agustín a un hombre histórico conectado con la naturaleza sólo en su dimensión material y cuya conciencia del tiempo no es otra cosa que su vínculo con la eternidad.

La dimensión social de la memoria

Entre el Tratado del Alma y el Tratado de la Santísima Trinidad se abre uno de los episodios más plenos de significación en la historia de la filosofía occidental. El cristianismo avanza sobre las ruinas de un paganismo que ha sido, al mismo tiempo, fuente de inspiración y modelo de su filosofía. Esto se hace evidente en el tema de la memoria. El concepto de Aristóteles emerge de las dimensiones materiales de la naturaleza y que el cristianismo depreciará como el terreno de lo profano. El de Agustín es un concepto que desciende de los cielos. Tejida con el hilo de la lógica pagana, la memoria de Agustín se inserta en el tapete de la fe y el misterio supraterrenal de lo divino. En este tema, como en otros, el decisivo avance que el materialismo aristotélico representa respecto al idealismo de Platón, es un camino que de nuevo recorre Agustín, pero en sentido contrario. Su concepto de alma -y con él el de memoria- constituye, digámoslo así, un ejercicio de desmaterialización de lo que encontramos como tal en Aristóteles.

Mito, memoria e historia

Se dice que recordar es hacer presente el pasado. Ciertamente. Una hermosa metáfora, como casi todas las que, al jugar con el sentido de los términos, pero sin contradecir su sentido, crean una atmósfera de contrasentido que, sin estar reñida con la lógica, la ironizan, en cierto modo se mofan de ella. Una metáfora, además, muy acertada en todo sentido. Sin embargo, ello no obsta a la hora de precisar hasta qué punto es posible hacer presente el pasado, en qué grado y en qué sentido. Pues el pasado presente no es lo mismo que el pasado, El recuerdo no es mostrar lo que hay en la memoria, sino la realización de un constante proceso de selección, ordenamiento y elaboración de ella. El recuerdo es una intervención intencionada y sofisticada desde el entendimiento del material bruto de la memoria. No sólo el recuerdo vive de la memoria, sino que, a su vez, la memoria vive de la aportación y el enriquecimiento que el proceso de recordación le aporta. De modo que, como resultado del recuerdo, el pasado presente no es el pasado, sino lo que de él hemos seleccionado, ordenado y elaborado, y lo que nos decimos acerca de los resultados de tales operaciones sobre la memoria. Y como seleccionar supone, en alguna medida, el olvido -inconsciente o voluntario- hay veces en que hasta el olvido es una forma de decir acerca del pasado recordado. Si a todo esto se agrega que todas estas tareas inherentes al recuerdo y el olvido se realizan desde y a través del lenguaje, que son en sí mismos procedimiento lingüísticos, resulta entonces que la memoria es un procesamiento semántico de la experiencia temporal. Saber del pasado, individual o colectivo, es en sí mismo un proceso de significación.

 

 

HISTORIA Y CIENCIA
El silogismo se compone de proposiciones, las proposiciones de términos; los términos no tienen otro valor que el de las nociones. He aquí por qué si las nociones (y éste es punto fundamental) son confusas debido a una abstracción precipitada, lo que sobre ellas se edifica carece de solidez; no tenemos, pues, confianza más que en una legítima inducción. F. Bacon
Introducción

Soy de la generación a la que tocó aprender en clase de historia que la historia es la ciencia que estudia el pasado y, respecto al más importante hecho que da inicio a la historia, que el hombre desciende del mono. Aunque aquí el asunto nunca quedó del todo claro por aquello del eslabón perdido. Acto seguido, receso de por medio, me tocaba aprender en clase de religión que, de acuerdo a la historia sagrada, el hombre era creación de dios. Esta vez el asunto quedaba todavía menos claro, pues con ello se hacía participar al hombre de una doble naturaleza, histórica y divina. Siguiendo el razonamiento científico -que también hube de aprender en clase de física y de matemáticas- si la historia es una ciencia, la historia sagrada también lo es. Entonces ¿cómo era posible que una misma ciencia tuviera posturas científicas tan disímiles en relación al hecho más importante con el que se iniciaba la historia de la humanidad? ¿O es que hay historias científicas e historias que no lo son? Porque en el mundo de la ciencia hay más teorías falsas o erróneas que teorías verdaderas, y todas por igual son expresión del mismo modelo de conocimiento, es decir, forman parte del mismo proceso de desarrollo de ése modelo y de ese conocimiento tenido por científico. Hay verdades científicas y también falsedades que, no por tales, dejan de ser científicas, pues las unas y las otras son resultado del mismo proceder. Claro que el que la historia sagrada sea científica es bocado del conocimiento que lucía realmente grueso de tragar.

La concepción de la realidad: la relación sujeto-objeto

La caída de un individuo de lo alto de un edilicio de diez pisos puede ser interpretada de muchas maneras. Como un suicidio, es decir, el resultado de la intención de quitarse la vida, o como accidente resultado del descuido mientras contemplaba el paisaje, o como un homicidio, si es que el sujeto en cuestión fue empujado por otro o, incluso, de alguna manera inducido a acometer su propia caída. Este tipo de causa puede llegar a constituir un entramado muy sutil y complejo porque, precisamente, no supone necesariamente datos evidentes, observables y medibles, sino indicios de una posible intención o conducta particular del individuo en cuestión y, también, de otros que pudieran estar de alguna manera involucrados en su caída desde lo alto de un edificio. Por otra parte, son datos evidentes, observables y medibles, tales como la masa del individuo que cae y la distancia que lo separa del centro de la tierra, los que, convertidos en variables de una rigurosa formulación matemática con enorme capacidad de predicción, nos explican la caída del individuo desde el punto de vista científico. La diferencia entre una y otra situación a la hora de interpretar el mismo fenómeno es la objetividad científica o, dicho en otros términos, el concepto científico de realidad en el que se ha basado y se basa todo el pensamiento científico y sus nociones de conocimiento y verdad.

El historiador como sujeto y el hombre histórico como objeto

Gracias a la Ley de Gravitación Universal, la caída de un individuo de lo alto de un edilicio de diez pisos puede ser comprendida científicamente, si me fijo en los datos apropiados del evento y lo defino de la manera apropiada. Lo cual requiere, como es obvio, un observador específicamente consciente y premeditadamente preparado para ello. Esto es, un observador según lo que el método científico entiende como tal. Si como observador no me interesa la distancia del piso diez a la superficie de la calle, ni la masa molecular del individuo; si, además, no tengo la capacidad de combinar estos datos como variables de un acontecer ecuable, no soy el observador indicado para una apreciación científica del evento. Y, muy probablemente, la mayoría no lo es. Lo cual, sin embargo, no nos excluye como observadores, y dará lugar a muy diversas formas de interpretar el evento, distintas, todas ellas, a la propia de la ciencia. Lo primero que cabe preguntar es si, al ser esto así, se trata del mismo evento.

La naturaleza científica de la historia: un despropósito metodológico.

Luego de aprender a distinguir un poco, gracias a Aristóteles y Tucídides, lo que la ciencia y la historia son, o pueden ser, aquella idea que hube de aprender en la escuela según la cual ésta última es la ciencia del pasado luce como el más remoto y anquilosado arquetipo de la infancia de cualquier historiador. Pero lo mismo fui a aprender en la escuela de historia en la que me formé. Siempre recuerdo a mi profesor de ciencias sociales asegurando que la historia es una ciencia porque tiene un método, es decir -ilustraba haciendo el correspondiente gesto con su mano- un camino hacia el conocimiento que ha de ser andado. Por mi parte yo, que antes de ingresar a la Escuela de Historia había cursado durante dos años ciencias actuariales y matemática aplicada en la de Estadística -a tono con el cruel lema de mi profesor de cálculo: deriva el que sabe, integra el que puede- me preguntaba cómo es eso que, para definir un método científico, los historiadores hemos de conformarnos y apegarnos a una metáfora como, en este caso, la del caminante. Yo podía estar muy de acuerdo con una metáfora que, después de todo, se corresponde con la etimología del término método. Pero nunca con la naturaleza científica de lo que una metáfora así estaba llamada a ilustrar. Si de caminar se trata, he allí a Heródoto en el Asia Menor, o cualquier estudiante de historia por las atestadas calles que conducen al Archivo General de la Nación, la Biblioteca Nacional o la Academia Nacional de la Historia. Pero que jamás han de conducir a la ciencia.

Historia y ciencias sociales

La historia es la más antigua de las ciencias sociales. Esto afirma Fernand Braudel, y añade que lo que la diferencia de ellas no es sólo su antigüedad, sino la peculiar dificultad de que el historiador trabaja sobre lo que ya no es. Por otra parte, Georges Duby, quien, al igual que Braudel, asigna un carácter decisivo tratamiento documental, señala una estrecha vinculación entre la historia y la creación literaria, y resalta el hecho de que la historia, entre las disciplinas que habitualmente llamamos ciencias humanas, es la única que constituye un género literario.1 Tales no son distinciones diferentes o excluyentes. En realidad, la una es consecuencia de la otra. La historia es narración, porque sólo a través de la narración podemos acceder al tiempo, significar el transcurrir de la existencia como temporalidad especifica y representar lo que ya no es. Fue ese ya no ser el que llevó al sustancialismo antiguo a afirmar que de la historia no se podía extraer conocimiento alguno, pues no se puede conocer lo que deviene, sino lo esencial y permanente, lo siempre igual a sí mismo. Es ese no ser el que, todavía hoy, traza la frontera epistemológica entre ciencia e historia. Debate del cual Braudel se aparta, por considerarlo estéril, y con razón. Sólo que con ello se pierde todo derecho a considerar la historia una ciencia. Y, por último, es ese ya no ser el que hace del tiempo histórico una dimensión sólo posible de ser planteada en el contexto específico de una narración. En virtud de lo cual Duby reconoce su naturaleza decisiva como género literario. Ciertamente, hay que convenir en que la historia se distingue de las ciencias sociales por su antigüedad, y por tratar de lo que ya no es. Sólo que la más elemental consecuencia de ello es que la historia no es, en realidad, una ciencia social, sino, como muy bien dice el mismo Braudel, el arte frágil de escribir historia.

El surgimiento de la historia ciencia y las ciencias sociales

Las ciencias sociales son uno de los más genuinos productos institucionales y académicos de la sociedad industrial. Si bien el término suele utilizarse en contraposición al de ciencias naturales, y sugiere que el estudio de la sociedad no se rige por los mismos parámetros, en sus orígenes son el intento de crear lo que Comte llamaba una física social, cuyo propósito no era otro que aplicar los criterios y métodos científicos al ámbito de la sociedad y la acción humanas. La sociología no comenzó a ser reconocida como una disciplina académica hasta finales del siglo XIX, particularmente con los trabajos de Durkheim, epígono de Comte y Saint-Simon, y cuyo radicalismo científico impone una línea de trabajo que concebía la realidad social como un objeto de estudio independiente de la subjetividad del individuo. En contraposición a este concepto, posteriormente, Max Weber, más influenciado por el marxismo, aducía que no se puede estudiar la vida del hombre y sus relaciones en sociedad sin tener en cuenta el modo en que la dimensión subjetiva de su existencia incidíe en la realidad social. Las ciencias sociales surgen en el marco de esta controversia. Pero son, en conjunto, expresión del desarrollo de la sociedad industrial, de una cultura para la que la ciencia es símbolo del saber y de control sobre la existencia, bien y valor fundamental del desarrollo social. Y la historia, como ciencia social, aparece también entonces o, si se quiere, el oficio del historiador se inserta en esta cosmogonía característica del mundo contemporáneo. Dicho en otros términos, no es que la historia sea una ciencia social, sino que la historia, como ciencia, es una forma particular de concebir y escribir historia, tan reciente como las ciencias sociales con las que comparte, o intenta compartir, el mismo espacio institucional y académico.

Las ciencias sociales: signo de modernidad de la era industrial

La historiografía. Lo que desde los tiernos años de la escuela nos enseñaron a definir como la ciencia que estudia el pasado ¿por qué, en lugar de seguir sentada a las puertas del reino de la ciencia social, no emigrar al infame barrio de la narrativa. donde nació y creció sin complejos el mismísimo Heródoto? Yo creo que en buena parte ello se debe a que el empobrecimiento del historiador como narrador no es cosa que se queda en el plano del papel, sino que invade toda su interioridad como sujeto. El estilo no se aprende ni se copia; se forja en el marco de una disposición personal. El historiador científico se enajena a sí mismo como sujeto, y lo hace en aras de una falsa objetividad en virtud de la cual cree que el conocimiento histórico está fuera de sí mismo, en esa supuesta realidad del pasado que, en realidad, no existe. La idea de que la historia es la ciencia que estudia el pasado es la representación sintética de esta enajenación, reproducción del servilismo epistemológico que le otorga su dudoso rango científico y, al mismo tiempo, lo anula como narrador.