textos, pretextos y otras mentiras...

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Peludos y cabezones. Ciertamente, nuestro gran problema. ¿Acaso yo mismo no he vuelto a Buenaventura con esta bola mustia y gris entre las manos, sin otro sitio que adornar con ella que el cadáver que en potencia soy a la altura de los hombros? Nunca como ahora había comprendido aquello en lo que Cioran siempre insistió: tanto empeño pone uno en forjase una conciencia, para terminar advirtiendo, con horror, que no puede deshacernos de ella. Es lo que intento hacer con esta historia desde que volví—creía yo. Para lo cual, como es obvio, he de valerme de la memoria. Empero ¿cómo deshacerse de la conciencia cuando ella es, precisamente, síntoma y expresión de la dialéctica de los ahoras; esto es, su forma temporal peculiar y concreta? En la hoguera de esta forma temporal que la conciencia es, la memoria es leña que sólo arde con el combustible del lenguaje. De manera que, peludos y cabezones, imposible deshacernos de aquello en que consistimos, precisamente, por ser temporales. Entes finitos y mortales, demandamos historicidad. ¿Cómo, entonces, deshacerse de la conciencia que nos hace tales? En fin. Neandertales y cromañones, idos todos a la mismísima mierda; a por vuestro destino. Que, al fin y al cabo, formáis parte de esta historia. Y ésta, mustia y gris con la que he vuelto, no es sino la bola de cristal con que la escribo. A seguir, pues —queráis o no— vuestra travesía por el laberinto. Que si de algo hay que deshaceros es de vosotros mismos. Y de eso se hace cargo el pasar mismo del que tan conscientes somos.

El gran problema, pues, no es existir, sino el grado de conciencia que, precisamente, existiendo, se puede llegar a tener de ello. Nuestra temporalidad viene a ser la fiebre del cadáver que en potencia somos. Medida por el termómetro de la conciencia, a mayor conciencia, mayor horror. No obstante, este horror, al parecer, no es una sensación que priva o paraliza la acción misma de existir, sino, por el contrario, que aviva la llama de esa temporalidad implícita en el movimiento que es la vida. Sin conciencia no habría tiempo ni temporalidad. Y tampoco dioses ni eternidad; o cualquier forma trascendente, sólo posible de imaginar desde la conciencia temporal de peludos y cabezones arrojados al laberinto del tiempo y el pasar. Conciencia que ya es en sí misma —a priori, diría Kant— la forma constitutiva de su realidad. Sólo que tal realidad —la de nuestro propio devenir y la de aquello que nos rodea— es inseparable de la narrativa y la narración que le dan forma. Las cosas son porque pasan, y, porque pasan, lo único que podemos hacer con ellas y por ellas es narrarlas. Es así como damos ser al tiempo que nos da ser. A partir del pasar que, gracias al tiempo, nos lo anuncia como aún no ser y nos lo quita como haber sido, somos, narrativamente hablando; esto es, históricamente. 

Antes he dicho que los adecos me trajeron a Buenaventura y que la revolución me sacó de ella. Pero nada acerca de cómo me ha vuelto a traer, veintitrés años después. ¿Y si la revolución, que está allí para tener la culpa de todo, en realidad, nada tiene que ver en este asunto? La verdad es que no lo sé. Puede que, sin darme cuenta, como la lagartija que soy, pase que ya no ande yo largándome a la mismísima mierda, sino huyendo de ella. O que ella me acosa, me persigue y me desprecia. Esto último nunca se me había ocurrido. Acaso le tuviera mucha fe. Y la fe siempre es ciega. Es la ventaja de entenderse con la materia; que no nos entiende, que es tan dulcemente indiferente.

Con todo lo cual este ahora narrativo está incompleto; como envuelto en la bruma de la incertidumbre. Sin embargo, al menos ahora sé cómo han de haberse sentido mis antepasados, aquellos peludos y cabezones que pasaban mucho trabajo y de pronto llenaron el planeta. Yo ni siquiera tengo trabajo. Pero igual me basto para llenarlo con sólo haber aparecido, una vez más, de vuelta en Buenaventura. En este sentido, tan alejado y, al mismo tiempo, tan cerca de mis inciertos y ancestrales orígenes, y siendo la revolución la narrativa que abre las puertas del mundo moderno, me voy por allí: narrativa-modernidad-revolución-buenaventura-peludo-y-cabezón-una-vez-más. Con suerte, quién quita que así completo este ahora de lagartija en este planeta de barro y dinosaurios.

Decía Ricoeur que el referente de toda narración, real o ficticia, es el tiempo. Lo cual me ocasiona tanta confusión como la que el término tiempo acarrea cuando refiere, indistintamente, el pasar y su medida. Paso yo —que duro en tanto que finito y mortal— no el tiempo. El tiempo es lo que me relaciona con el pasar; el propio y el de aquello que me rodea, en tanto y cuanto que compartimos la misma entidad temporal. Si el tiempo, como digo, no es ente, sino relación consciente de lo ente que pasa con el pasar mismo, quiere decir, entonces, que con el narrar no pretendemos acceder al tiempo, sino al pasar. Y esto hacemos, justamente, a través del tiempo; o más exactamente, sometiendo el pasar a la forma temporal pasado-presente-futuro de la que emanan todos los seres históricos. Ésta es la forma en que racionalizamos su entidad pasajera, que orden en su torrente informe y lo haga cronológicamente medible y significativamente comprensible. De modo que, no siendo para mí el tiempo ente misterioso al que hay que acceder, sino la herramienta racional y narrativa con la que accedemos a la existencia en devenir, prefiero partir de que el referente de toda historia es el pasar mismo, al que los entes temporales hemos de dar forma para existir históricamente. Siempre hay una narrativa del pasar implícita en la narración de lo que pasó. Narrativa de la que el pasado es su más crucial invención.

Bien lejos de lo que piensa la historia ciencia, el pasado no es el pasar, ni lo que pasó; sino aquello que del pasar queda. Atrapado en la memoria y narrativamente concebido desde el futuro de lo que pasó, todo pasado es el presente de lo que pasó. Toda historia es el resultado de esta interacción presencia-ausencia entre lo que aún no es y lo que ya no es determinada por el devenir y su no ser ontológico. Narrada desde un ahora futuro respecto al pasar objeto de narración, si toda historia representa un ahora posterior al ahora que en ella se narra, la diferencia entre pasar y pasado la hace, precisamente, esta posterioridad, sin la cual sería imposible el acto narrativo. Posterioridad que, por cierto, no se limita a una mera y aséptica separación cronométrica entre ahoras —como suele suponer la historia ciencia— sino que, por el contrario, implica una muy compleja interacción de todo tipo entre ellos. 

En realidad, es imposible narrar los hechos tal cual acontecieron, pues hechos y acontecer no son anteriores al relato, sino parte de su ahora narrativo; aparecen con él; más que relatados, son el relato mismo. Em efecto, hechos y acontecer no son cosas dadas en el pasar por sí mismo, sino creadas en el proceso narrativo con que configuramos el pasar como aquello que pasó; esto es, como un pasado, o lo que del pasar queda haciendo nuestro presente mismo. El pasar es devenir percibido y vivido como tal. Hechos y acontecer sólo los hay en el pasar narrado; en el contexto del todo narrativo que comprende una acción. En este sentido, independientemente del rigor heurístico en que se funde, todo pasado es invención. 

Recuerdo que cuando lo decía en aquella escuela de historia de cuyo nombre no quiero acordarme, todos me miraban como al hereje; el impío que atentaba contra los hechos reales y el rigor de relatarlos tal cual acontecieron. En todo caso, tempranamente, mucho antes de que la lluvia escéptica del posmodernismo nublara los cielos del cientifismo historiográfico en la segunda mitad del siglo XX, ya en la segunda del XIX Droysen se refería a este apego a los hechos reales del pasar como positivismo ingenuo. Y al respecto aducía que con nuestras narraciones históricas no reconstruimos el pasado, sino la posible idea que del pasar tenemos a propósito de un determinado momento, o conjunto de ellos, en un determinado lapso del pasar. Y tanta razón tenía Droysen en esto que para nadie es un secreto que, separados por un siglo o un milenio, dos narradores tendrán una lectura bien distinta del mismo evento.

Por lo demás, la pretensión de narrar los hechos tal cual acontecieron no se queda en la mera ingenuidad cientificista. Incapaz de reconocer el papel determinante del presente y del futuro en la configuración del pasado, este cientifismo tampoco parece advertir la inutilidad existencial que representaría el pasar tal cual, pues, si acaso tal apego a una realidad como la del pasar, en la que todo deviene irreal, fuese posible ¿de qué nos serviría volver a pasar narrativamente lo que pasó realmente? Sin la conciencia del ahora posterior en que es narrada ¿cómo podría una historia ser posible comprensión del ahora anterior que ella narra? Sin posterioridad entre ahoras y la interacción presencia-ausencia a que ello da lugar, no habría historia −ni hechos ni acontecer− pues no habría lo que en esencia requiere historiar en tanto que acto narrativo: conciencia temporal. El pasar no está allí para reproducirlo, sino para ser-lo temporalmente, y, para ello, es preciso interpretarlo en un todo necesariamente narrativo; pues el pasar está en el verbo, tanto como el tiempo en el adverbio. Si somos entes temporales que para existir han de hacerlo históricamente, hemos de reconocer que hechos y acontecer no son reales, sino realistas; esto es, formas históricas inseparables del lenguaje.

Habrá que volver sobre esto, y, seguramente, en más de una oportunidad. Pero, por ahora, no insisto más en el pasado como invención. Me sigo ocupando del pasado, pero como narrativa. Porque la conciencia temporal es intencional. Nadie va al pasado como una hoja en blanco, en la que apuntar los hechos tal cual acontecieron. Toda narración implica un todo, y el todo una intención —significativa— que hace de toda narración la expresión de una narrativa. El pasado no es, pues, reconstrucción y/o reproducción de la realidad del pasar, sino una representación narrada de una determinada relación entre ahoras temporales, basada en una determinada narrativa. Tomando en cuenta esta condición del pasado como narrativa del pasar, echemos un ojo a esa narrativa llamada modernidad, que, curiosamente, pese a remontarse a más de cinco siglos, nunca repara en su propia antigüedad; ni siquiera en su vejez. Por supuesto, no es que la modernidad no tenga pasado; sino que, como narrativa, reniega de él. Precisamente es esto lo que la define como una narrativa del futuro.

La modernidad es tiempo histórico haciéndose a si mismo desde el futuro; es decir, el ente temporal con inteligencia, memoria y voluntad —y no dios alguno— concebido como el auténtico hacedor y creador de tiempo. En este sentido, la modernidad puede tener un inicio —a los efectos, cualquiera da igual. Pero jamás un final, pues esto la convertiría en pasado —narrativa del pasado. Lo cual sería fatal para la narrativa de un tiempo histórico que, como el de la modernidad, identifica la existencia temporal no con la particularidad de un pasado, sino con la universalidad del pasar mismo. De hecho, la llamada posmodernidad no es el fin de la modernidad, sino la mirada resentida que ejerce sobre sí mismo un tiempo histórico harto del futuro y su vacío. ¿Dejaremos algún día de ser modernos? ¿o, por e contrario, nos hemos condenados nosotros mismos a ello; o sea, a envejecer y pasar como modernistas hartos de esa curiosa eternidad que seguimos llamando modernidad? Quién sabe. En tanto que civilización, acaso nos hayamos convertido en una suerte de melmoth que en silencio clama por el fin de su temporal eternidad, pero sin siquiera gozar del consuelo del merecido infierno.

En efecto, la narrativa de la modernidad puede comenzar con los más diversos datos: el más famoso de los cogitos, la más sonada de las leyes del universo, o los más atrevidos viajes transoceánicos; la primera vuelta al mundo incluida. Al margen del plano de la existencia histórica al que estén referidos, hay un sentido que es común a todos ellos: la posibilidad para el ente con inteligencia, memoria y voluntad de pensar la existencia al margen de la idea de dios, aún cuando un dios pueda seguir allí como espectador. Para pensar el tiempo, Agustín hubo de partir de que un dios —su dios— lo creó. Luego Agustín piensa el tiempo como evidencia de la divinidad. Pero en el cogito cartesiano, se lo imputa a un dios perfecto porque hay un ente temporal que así lo piensa. Acaso sea el mismo que ha creado el universo. Pero, en todo caso, en un universo sometido a la gravitación universal, hay un ente que lo piensa y lo calcula; el mismo que, con su primera vuelta al mundo, ha vuelto añicos la jerarquía plana según la cual el cielo estaba arriba y el mundo abajo. Todo indica que el dios de Adán ya no puede seguir privando a la bestia formidable de conocimiento. Para entonces, ya es cuestión de tiempo y, sobre todo, de porvenir, no sólo que se rebele, sino, además, que se revele a sí mismo sus secretos. Se inicia así una narrativa que, apropiándose del futuro, hace del ente consciente de su propia temporalidad, no un creador del tiempo —que para nada lo necesita— sino el auténtico creador de tiempo. Con lo cual, la narrativa del pasado —que lo es de la memoria— hasta entonces predominante, da paso a la narrativa del futuro, que lo será de la expectación.

La narrativa del pasado tiene inicio y final. Es la narrativa del todo temporal, sin el cual no sería posible el pasado. Pero la narrativa del futuro, si bien recisa de un inicio —que le es fundamental como forma de romper con todo pasado— sólo podría tener un final a costa de sí misma. Es decir, rehuye de su final, o sólo podría tener uno históricamente  expectante y eternamente diferido. De modo tal que, tras más de quinientos años de transcurrir, sin embargo, seguimos siendo modernos; como si acabásemos de llegar, peludos y cabezones, a una eternidad temporal, que nos condena a transformarla, pero que nunca nos revelará su secreto, que sólo el futuro conoce. Somos los mismo peludos y cabezones que, dotados de inteligencia, memoria y voluntad, además de llenar el mundo, fueron a por él. Pero, tras más de quinientos años de haber sido, en tanto que entes temporales que para existir han de hacerlo históricamente, puede que añoremos envejecer; incluso morir; aunque sea un poco, y que, como ya le ocurriera a Melmoth, que cese esta aborrecible eternidad sea nuestra única esperanza. Cualquier cosa, con tal y tener un final. No otra cosa es la posmodernidad: envidia de no gozar del ser en si de un pasado intransmutable, hartazgo de expectación y añoranza de final.

Como sea, era cuestión de tiempo para que la narrativa de la modernidad se consagrara a sí misma como la de la era que se hace a sí misma −creo que fue Habermas quien la describió así. Ya Hegel hablaba del hombre moderno como un hacedor de tiempo. De allí que el más genuino concepto que la caracteriza sea el de revolución. Y lo primero a señalar respecto del término, es que se trata de la base lingüística para una nueva y compleja semántica del movimiento en la narrativa de la modernidad. En mecánica designa el giro de una pieza en su eje. En astronomía, el movimiento orbital de un astro. En geometría, la rotación de una figura alrededor de una eje, que configura un sólido o una superficie. En política y sociología, insurrección, rebelión, asonada y demás rupturas qie conllevan cambios profundos y violentos en la estructura de una comunidad.

En realidad, a los efecto de la conformación de la narrativa de la modernidad, la idea de revolución es el modo en que el mundo de la ciencia y de la técnica rebasa sus propios límites y penetra el de la moral y de la historia, afectando profundamente las nociones mismas de tiempo y movimiento en la valoración del devenir en general. Aunque desde el punto de vista físico, los giros de un motor, o los de un astro en su órbita, nos hablan más bien de la estabilidad propia y recurrente de su movimiento, en la narrativa histórica revolución alude al cambio rápido y profundo de transformación de cualquier cosa en otra. En la narrativa histórica, la revolución conlleva una semántica de continuidad —relativa a la cosa en curso— pero, al mismo tiempo, de ruptura —relativa a su cambio y transformación en otra.

Con lo cual, más que una narrativa del pasado, la de la modernidad lo es del pasar y su sentido en sí mismo. Inspirado en el modelo teleológico agustiniano, y haciendo del pasado mera fuente de cambio de la que emerge y del futuro su propia metahistoria trascendente, el concepto de revolución representa el pivote de una auténtica filosofía del pasar. Ciertamente. Si toda historia se escribe desde un ahora futuro en relación con el ahora narrado, nos proporciona del pasar un saber no absoluto, sino relativo a lo que pasó y que, retenido en la memoria, conforma esa relación temporal especifica con el pasar total que llamamos pasado. La idea de revolución no cambia esta relación esencial entre el ahora narrativo y el ahora narrado, que involucra tiempo y pasar. Lo que sí cambia es la idea de tiempo y pasar mismos, haciendo del futuro ya no un mero ahora pasajero y específico, sino una dimensión trascendente del tiempo y con el poder de proporcionar un saber absoluto acerca del pasar total. En otras palabras, no es que la revolución narre la historia desde el futuro, sino que es, en sí misma, la narrativa que hace del futuro justificación y sentido del pasar narrado, incluido el pasado, a los efectos lo suficientemente tenebroso y oscuro como para que, rompiendo con él, emerja de él la fuerza luminosa del porvenir. Con lo que la idea de cambio como el movimiento propio del no ser ontológico del devenir, cambia el mundo mismo por otro asombrosamente parecido al paraíso del que un dios nos echara y que la narrativa de la revolución designa como mejor.

Pisamos así el fangoso terreno de la filosofía de la historia; el gran invento cristiano de Agustín para conciliar lo que para el paganismo antiguo era inconciliable: ser y devenir. Pero si algo aprendió Agustín del paganismo, es que el tiempo es el talón de Aquiles de su Señor. Convertido, pues, en su mucamo filosófico, Agustín fue el primero en darse cuenta de que a este dios no le bastaba con haber creado el mundo. Tras un poco e haber histórico, había que sacarlo del eterno retorno pagano, en el cual no tenia futuro y, sin futuro —trascendente— no había paraiso posible. Siendo que en el mundo del eterno retorno no hay futuro distinto del movimiento mismo y el pasar, pasa que, para la patrística heredera del poder imperial y que tiene la tarea de dar forma institucional a ese cristianismo de catacumbas con el que su Señor no iba a ninguna parte, hizo de la existencia histórica de lo entes temporales con conciencia de su temporalidad una teleología, determinada como tal por inaccesible designio divino. 

De hecho, tocó a Eusebio de Cesárea hacer el trabajo sucio, escribiendo la primera gran crónica universal. que, hasta el advenimiento del mundo moderno, constituyó el modelo de las historias de este género; las primeras, por cierto, en proporcionar una narrativa del mundo como un todo, al mismo tiempo teológico y teleológico. Aunque en esto la historiografía cristiana deba a la antigua tanto o más de lo que, en filosofía, debe a Platón. Y me refiero a otro gran pagano, Polibio; a decir de su idea de totalidad, el más moderno de todos los historiadores antiguos, por ser el primero en escribir una auténtica historia del mundo, cuando el mundo todavía era una dimensión distinta e irreconciliable con lo divino, por lo ponto limitada al Imperio Romano y sus alrededores.

En todo caso, éste, el de Agustín, fue el modelo con el que se hizo la modernidad para generar la narrativa del pasar con la que el ente temporal, para existir históricamente, se apropiaba del futuro y se convertía, él mismo, en creador de tiempo, en detrimento de cualquier posible creador del tiempo. Con lo cual, hablamos de una narrativa, como la de la revolución, capaz no sólo de decapitar reyes, sino, igualmente, al dios que, desde los inicios mismo del mundo moderno, les había servido de modelo. Visto desde este ahora, el de la modernidad, quién lo diría —en aquél ahora, el de Agustín— que el más genial de sus inventos filosóficos, a la postre, terminaría siendo cuchillo para la garganta de su señor. Acaso pueda este dios haber quedado satisfecho con la ocurrencia de Agustín. Al menos durante diez siglos gozó de los dividendos ideológicos de la filosofía de la historia. Pero verse expuesto a su propia muerte filosófica, seguramente ha de ser muy duro. No hay modo de saber qué habrá sido de Agustín después de muerto. Por su bien, esperemos que haya muerto completo. Porque, si por mucho menos, como fue el mordisco que a Adán le valió su expulsión del paraíso, no quiero ni pensar lo que le habrá costado a Agustín el haber comprometido el reino de su Señor poniéndolo a navegar el picado mar temporal de su teleología. 

Si este dios convirtió a su criatura en pecador, la modernidad convirtió al pecador en creador de tiempo; como lo llamara Hegel, a los efectos, el más visionario de todos los filósofos de la historia. Ahora sí que, de espaldas al mito de su creación, la bestia formidable −otrora criatura que, por ambición de saber, deviniera pecador− está dispuesta a reivindicar en toda su envergadura la dimensión temporal de su Caída. Era cuestión de tiempo para que este dios, que Agustín convirtió en rehén de la historia, fuese expropiado del mundo temporal del que, miticamente —atemporalmente— se había apropiado. Y vaya que lo ha pagado caro. El enciclopedismo constituyó el expediente que lo condenó a morir en la hoguera de la ilustración. Y aunque los excelsos filósofos que lo condenaron no esperaran llegar tan lejos, hasta la chusma lo celebró. La moderna Francia de Robespierre −como más tarde la atrasada, pero igualmente moderna Rusia de Lenin− fueron la plaza pública en que la chusma enardecida fue testigo de su ejecución.

Claro que también era cuestión de tiempo el que se pusiese en evidencia, tal y como advirtieron Napoleón en Europa, o Bolívar en América, que se puede vivir sin dios, pero no sin religión. Con lo cual, el cadáver de este dios, vestido y acicalado para la ocasión histórica, hubo de ser restituido a su trono celestial; eso sí, lo más lejos posible del paraíso terrenal, pero lo suficientemente cerca como para cuidar, entre otras cosas, que a la chusma no se le fuera la mano a la hora de crear tiempo para el advenimiento del mundo mejor. En esto, la revolución siempre nos recuerda a Crono. Y ello no sólo por el modo en que, como todo transcurrir, es susceptible de cronometría, sino, sobre todo, por la vieja truco, siempre tan histórico como ella misma, de comerse a sus hijos.

Las revoluciones latinoamericanas del siglo XXI son herederas de este largo proceso, en el que la revolución, esa teleología creadora de creadores de tiempo, se hace con los privilegios y atributos hasta entonces exclusivos del dios que derrocó. Aunque tales revoluciones han llegado un poco tarde al reparto mundial del paraíso. De modo que, a la grupa de una narrativa degenerada, cargan con el divino muerto, y del mundo mejor han de hacerse con las sobras. Pero como no aspiran a destruir al capitalismo, sino a que los ricos, cada vez más ricos, sean algo más benignos para con los muertos de hambre, cada vez más muertos, su naturaleza subversiva a nadie daña, y con las sobras les es más que suficiente para satisfacer la gloria de sus dirigentes y sus demandas. Así arribamos, una vez más, a la mismísima mierda de la historia; a los efectos, Buenaventura, que, en mi caso, es la Roma a la que todos los caminos conducen.

Recapitulemos. La primera vez que vine, Buenaventura era de color blanco adeco con que se pintó la revolución de octubre y que ya se había comido a sus hijos hacía tiempo. Para entonces hacía yo de revolucionario, de la especie heredera del Che y a la caza del hombre nuevo. Cuando, veinte años más tarde, y esta vez haciendo de policía, hube de matar a Medina, seguía siendo del mismo color. Ésta fue la segunda vez que vine. La tercera, poco tiempo después, me vine con el propósito de no regresar nunca jamás. Y todavía me causa gracia mi convicción. Tan profunda como efímera, fue bien poco lo que me duró; gracias, principalmente, a la tenaz intervención del viejo Rangel, a lo que ya me he referido. Para el momento en que me marché de vuelta −esta vez para hacer de profesor en una escuela de historia de cuyo nombre no quiero acordarme− Buenaventura ya era roja rojita. Veintitrés años después, volví, y lo sigue siendo. Ahora, haciendo de escribidor, no me propongo sino durar. Por lo pronto, formo parte del ejército de muertos de hambre que algún día, cualquier dios mediante, y en cuanto al mundo se refiere, sustituirá este de mierda por uno mejor. Mientras tanto, mejor seguir escribiendo esta historia acerca del hecho de escribir historias. 

Hasta aquí la colorida historia de un pueblo contada por uno que se ha empeñado en arribar a él como una forma de largarse a la mismísima mierda. En cierto modo, una historia en blanco y negro y que, pese al colorido paisaje en el que está inserto, me recuerda a Deuter, ese clásico del cine negro en el que Al, el pianista, condenado de ante mano, hace de marioneta de un destino que le es tan propio como lo siente ajeno, y que opera, como un ladrón, desde las sombras, tal y como sugiere la estética de esta cinematografía. Sólo que en Buenaventura somos nosotros mismos, sus muertos de hambre, el algo que opera desde la sombra y hace de este pueblo la marioneta de todos los que habitamos en él; de los que brotan de sus arenas y de los que, como yo, juran haberse largado a la mismísima mierda porque han arribado a él. Y es en esto en lo que ahora pienso: el creer que uno maneja su propio destino, por el mero largarse en el que he puesto tanto empeño. 

Nunca he dado mucho crédito al destino. Hacerlo, me parece, sería como reconocer a un dios desconocido, transfiriendo a su dimensión no temporal mi propia condición de ente temporal dotado de inteligencia, memoria y voluntad. Es muy preferible existir en soledad, a hacerlo en mala compañía. En todo caso, la idea de destino está asociada más a nuestra forma de percibir y apreciar el pasar que a una fuerza trascendente que, en razón de su desconocida extratemporalidad, determine el devenir. Esta lectura del pasar como un fatum es en cierto modo inevitable y del todo comprensible, pues, siendo el pasar un constante ir al futuro que siempre ha de arribar al pasado, ya estamos, en tal sentido, por intrínseca temporalidad, predestinados. Es decir, nuestro destino siembre será un pasado al que se arriba yendo al futuro. O sea, no estamos predestinados según un determinado destino ya escrito, pero sí, por nuestra propia condición de entes temporales, ha escribir-nos uno; hacernos de un haber sido que, por definición, es irrenunciable, irremediable, ineludible y en nada puede cambiar. Más que un destino, existir es la paradoja que describe el movimiento mismo: siendo lo que aun no somos, en la medida que lo somos, terminando no siendo lo que ya somos. Esto es lo que hace del pasado ese ser en sí del que hablaba Sartre y que, al mismo tiempo que nos da identidad histórica como entes temporales en presencia, no es del todo ajeno en su ausencia. De tal manera que, en tanto que ser en sí y ya no devenir para sí, el problema con el pasado para quien, finito y mortal, sigue pasando, es que está allí como expresión de nuestra presencia siendo, sin embargo, ausencia; es decir, que, siendo nuestro, nos es ajeno; dándonos ser, nos lo ha quitado. 

Más allá de esta paradoja, no hay que dar mucho crédito al destino, y, más bien, apreciar las enormes posibilidades narrativas que ella implica para nuestra existencia temporal. Cuando pienso en mis idas y venidas a Buenaventura, sujeto a las más súbitas circunstancias, me pregunto cuánta razón no tenía Mallarmé al afirmar que la existencia es un juego jugado por un idiota. O cuánta no asistía a Agustín pensando que acaso no seamos sino personajes de una pesadilla soñada por su dios; con lo que la divinidad no sería sino el más grande e incurable caso de esquizofrenia hasta ahora registrado en los anales de la psiquiatría. De manera tal que no sólo somos entes temporales que para existir han de hacerlo históricamente; esto es, narrando-nos el pasar, sino que, además, la naturaleza paradójica del tiempo mismo como forma de acceder al pasar, constituye, por sí misma, la más rica fuente semántica y metafórica de nuestra conciencia temporal. Asombra que, históricamente hablando, un dios y un idiota puedan valer lo mismo. 

En todo caso, en este tema del destino, me apego al clásico Heródoto cuando hace decir a Creso que nada está predeterminado de antemano. Esto es lo que el sabio dice al soberbio Jerjes que, complacido, contempla la poderosa flota con la que espera derrotar a los griegos en Salamina. Pero ¿y si se trata de un idiota, de cuya idiotez participamos según sea el caso: si desciframos la jugada, lo llamamos dios, o ley o razón; en caso contrario, azar? Tal es la esencia del oráculo. Si lo sabría el lidio Creso, por cierto, que, siguiendo las observaciones del oráculo, según las cuales destruiría un gran imperio, se lanzó a la guerra contra los persas y, en efecto, lo confirmó, destruyendo así su propio imperio. Y como el desesperado rey derrotado, que tanto se quejara de tan desastroso destino, reclamó a la pitia, ésta replicó: yo no soy ni bruja ni adivina; allá Creso y su lectura del Oráculo. Y. ciertamente, el mensaje de la pitia nunca es vaticinio del futuro, sino enigma del pasar respecto a la voluntad y acción. 

Escribiendo esta historia, en la que mi conciencia hace de pitia, configuro mi propio oráculo: te largarás a la mismísima mierda, Romero. Desde el día en que nací no he hecho otra cosa. Bien sea ante el dios de cuyo reino yo mismo me he arrojado, o ante la gorda de Lacatos, cuyo brazo, igualmente furibundo, me indicara la puerta por la que me arrojé de aquel aula, no he hecho otra cosa que seguir el oráculo que me ha traído una y otra vez a Buenaventura. Sin embargo, ahora me hallo en una paradoja equivalente a la de Creso e igualmente imputable a mi lectura, ya que, si bien, como yo mismo he pensado, uno debería estar yéndose siempre a la mismísima mierda pero sin llegar nunca, con lo que ahora me encuentro es que, al parecer, nunca se termina de arribar a la mismísima mierda, sino que se rebota contra ella. Si se tratara de un idiota, un dios o un niño que juega con una pelota de goma lanzándola una y otra vez contra la pared de la mismísima mierda, yo sería la pelota. Y quizás se trate de eso, de un idiota, de un dios o de un niño, que es lo más parecido al destino. Después de todo, si, al ver a un niño jugando a la orilla del mar, Nietzsche pensó en el eterno retorno ¿por qué no pensar en el mismo mocoso cuando uno se encuentra una y otra vez dándose de cabezazos contra la pared de la mismísima mierda? 

Hay muchas formas de largarse a la mismísima mierda, y una sola de nunca llegar: a cabezazos, rebotando contra ella. Por lo demás, todas igualmente narrativas y con su peculiar estilo. Una de las más famosas es la de Adán. Ambientada en el entorno infantil y perverso del Edén, constituye uno de los más enconados misterios que nadie ha osado despejar, pues, hasta ahora, la teología no tiene cómo explicar qué hacía un viejo en bata husmeando en aquellos jardines lo que un par de mocosos en pelotas hacen. Que distinto es este dios de aquél que Aristóteles tan elegantemente condenó al puro pensar. Por lo demás, vista desde el ente −al caso la criatura que se ha de largar− es una narrativa de estilo premeditadamente pusilánime, pues, para largarse, este Adán requiere de una hembra a la que imputar la culpa y de un señor que lo demande y lo consuma de una patada en el culo. 

Pero ni los mismísimos dioses se salvan de largarse como el modo de vérselas con el tiempo y el pasar. El Espíritu Santo y Cristo son notables ejemplos de ello. El primero, representado por la paloma que vino a consumar lo que a la del tosco José le fuera tan injustamente negado. Como en el caso de Adán, vuelve a mediar aquí asunto de macho y hembra. Y si bien la teología lo ha llamado de la Santísima Trinidad, según parece éste es tema en el que este dios siempre actúa a la sombra del misterio. Y, respecto al ente temporal, en este caso representado por el cornudo carpintero, esta narrativa también tiene su estilo: la del ingenuo. El otro, Cristo, es dios en chancletas; el paisano que pasa y comparte con todos los que pasan el mismísimo pasar. En otras palabras, Cristo viene a ser un dios representando su papel político en el país de la mismísima mierda, frente a los muertos de hambre de mierda, a los que, tal cual hace el Licenciado Valbuena en Buenaventura, promete el mundo mejor mientras hace milagros con la mierda. En cuanto al ente temporal, el estilo de esta narrativa lleva la impronta de lo universal: la de los muertos de hambre y su papel en la historia.

Hay, pues, muchas formas de largarse a la mismísima mierda. Pero no es lo mismo hacerlo de una adorable patada en el culo, que andando y por los propios pies, sin aquél a quien echar la culpa y con la promesa de volver si uno se porta bien. Largarse no representa problema alguno cuando se trata de la caída del cielo a la tierra. Por teológico y moralista que nos la pinten, la caída no es más que un tema de acción y de inercia. Para largarse a la mismísima mierda, el mismísimo dios que empujó a Adán ha debido autoempujarse como paloma o como hijo, ya que toda caída no consiste en otra cosa que insertarse en el movimiento que es la vida y participar de su pasar. El verdadero problema de existir se presenta de la tierra para abajo, cuando ya no hay a dónde caer ni abajo del cual volver al cielo. Por eso Heidegger se refiere a la existencia en el mundo como un estar ahí; no como el caído y a la espera de recuperar la eternidad de la que cayó, sino como pasar arrojado al pasar. Lo arrojado nunca es criatura, ser con entidad preconcebida y dada, sino aquello que sólo la puede adquirir en su pasar mismo y en tanto que ente temporal que para existir ha de hacerlo históricamente.

Bien lejos ya de los dioses y de las gordas de Lacatos, a cabezazos contra la pared de la mismísima mierda, uno aprende que sólo cabe largarse sin llegar nunca. Lo único que me diferencia del gran Creso, es que, precisamente de él. he aprendido que tampoco cabe quejarme ante la pitia de mi conciencia. No es bruja ni adivina, sino la voz misma del enigma que me empuja a la narrativa que ha de resolverlo. No. No cabe quejarse del destino que yo mismo soy. Por el contrario, con esta historia acerca del hecho de escribir historias, asumo la lectura de mi propio oráculo. ¡Qué digo su lectura! De hecho, lo escribo.

En mi última partida de Buenaventura, de la mano del viejo Rangel, aseguré a Mudito que algún día volvería. Y, sin creer mucho en ello, cumplí. Sólo que me tomé más de veinte años en hacerlo. Para entonces, ya Mudito hablaba en el sofisticado lenguaje de señas que la revolución le enseñara. De modo que, a los efectos de comunicarse, ya no más aquellos gestos brutales de antaño, con los que más bien parecía estar dándose de puñetazos contra contra el viento. Sin embargo, igual yo sigo sin entender un carajo. Al menos antes me era relativamente fácil saber cuando estaba alegre o triste; apaciguado o iracundo. Por otra parte, tampoco habíamos necesitado nunca saber mucho más el uno del otro. El mudo y yo escribidor; con lo cual no aprendí mucho acerca de la comunicación, pero si lo suficiente acerca de a escritura como mudez a descifrar.

Pero ahora es distinto. Con más frecuencia de la deseada, por él y por mí, Mudito se atasca en su silente discurso; no por él, que no sólo habla, literalmente, hasta por los codos y con los codos mismos, sino por mí, que, como digo, no entiendo un carajo de lo que dice, salvo por algunas expresiones que, aisladas, no dicen mucho. Ajá, repito a cada momento, respecto a alguna posible palabra, pero como quién ha comprendido la oración entera. En principio, todo fluye. No obstante, cuando Mudito se da cuenta de que no es así, de que ese ajá va solo y por su cuenta, sonando a su libre albedrío y atravesando el silencio de su discurso, como si no hubiera discurso, entonces afluye a su rostro una impotencia que lo paraliza. Yo lo prefería puñeteando al viento. Aquel Mudito me parecía más locuaz y auténtico en su barbarie, que éste, que se impacienta en medio de su elaborado discurso. Es como si yo me pusiera a leer este amasijo esperando de éste, o de cualquier otro mudito, algo más que un ajá.

En fin. Cada vez me convenzo más de aquello que afirmaba el ya mencionado Green en Un Caso Acabado: ningún ser humano comprende a otro ser humano. Y si uno de ellos es Mudito y el otro uno que hace de escribidor, no se diga más: estamos doblemente acabados. De manera que, en el mutuo intercambio entre su mudez y la mía, me guió más por los rasgos del viejo Mudito de hace más de veinte años −cuando aún era un patón cavernario y troglodita− que aún perviven en el Mudito nuevo, que, aun cuando va vestido de rojo rojito y mucho más viejo, sigue inserto en la misma oquedad, contra la que nada pueden tanto amor y progreso como los que la revolución nos ha dado. 

Entre esos rasgos del viejo Mudito, hay dos que siguen siendo determinantes en nuestra comunicación. Uno de ellos, esa sonrisa brutal iluminando la negrura su rostro, lo cual es señal indiscutible de alegría. El otro, el total y abigarrado arrugamiento de su frente, como señal de tristeza o iracundia. Aunque más veinte años más viejo y convertido por la revolución en Mudito nuevo, sus facciones han permanecido casi intactas. Para verlo envejecer completo habrá que esperar a que encanezca su tomuza, Entonces tendremos un negativo de Mudito, listo para sumar su haber sido a la colorida historia de este Buenaventura en blanco negro. Por suerte, para entonces, yo habré muerto completo. Una de las grandes ventajas de la existencia temporal es que, gracias a nuestra mortalidad, nos permite prever en vida las cosas que, una vez captadas en sus inefables dimensiones, hacen de la muerte la única esperanza a la que jamás renunciaríamos. 

Por su parte, pese al largo tiempo transcurrido, Mudito me recibió como si me hubiera marchado el día anterior. Apenas me bajé del autobús, me puse en camino hacia el malecón, vía la casa, aunque sin siquiera saber si allí seguiría la casa; anhelando que así fuese y lamentando de antemano la posibilidad de tener que buscar otra casa. Ya en el malecón, me detuve y quedé mirando en dirección a la ensenada: al menos el mar y los cerros en los que se adentraba, vistos desde aquí, seguían siendo los mismos. Se diría que me esperaban. Lo primero que me recordaron fue a Perro, y el modo en que hube de dejarlo aquella mañana derramada en aguacero. Ahora, desde allá venía un viento fresco. Lo cual, cada vez que arribo a Buenaventura, lo tomo como una cortesía. Reinicié la marcha. Fue entonces que me topé con Mudito, cuando ya dejaba atrás el malecón y me adentraba en las arenas, sobre las que el mar mecía sus idas y venidas: cien mil años más, e, igualmente, hubiera reconocido esa sonrisa brutal que se abría paso desde sus enormes pies hasta emerger poderosa de la espesa negrura de su rostro infantil. Si hay quienes, para reír, han de hacerlo de cuerpo entero, Mudito es el primero.

Venía en sentido contrario y, al verme, acortó la distancia con veloz carrera. Y lo primero que hizo cuando me alcanzó fue tomarme por el brazo y señalar hacia el lugar en donde —entonces ya no me cupo duda al respecto— seguía estando la casa de la que me había marchado hacía veintitrés años. Tras mirar hacia donde me había indicado, miré a Mudito; el muchacho, aplastado bajo la montaña de años que lo habían convertido en hombre nuevo y, a mí, en uno cada vez más viejo. Sacudí con mi mano su cabeza, toda ella vibrante en vivaz sonrisa, mientras él arrancaba el maletín de mi otra mano. De inmediato, reanudamos la marcha. Como era obvio, Mudito había estado cuidando de la casa durante mi larga ausencia. Lo cual devino en una conexión inmediata entre aquel ahora, el de mi partida, y éste, el del tardío regreso, Fue como si hubiese vuelto al día siguiente. No lo había sentido así hasta mi reencuentro con Mudito. Y si llegué a sentirlo así, fue gracias a él; no me dejó otra opción más que la de imitarlo en el sentir.

Cuando arribamos a la casa, me quedé observando cómo el monte de los alrededores había sido mantenido a raya; con mucho más rigor del que yo jamás hubiera impuesto. Abrimos la puerta y entramos: allí encontré al futuro Diógenes. Dada la ferocidad con la que se opuso a mi entrada en la casa, era obvio que el perro venía participando en las labores de hábitat y vigilancia, Engrifado, no se movió de la puerta hasta que Mudito, tras dejar el maletín en el suelo, con su característico arrugamiento de rostro y un amenazador brazo en alto, lo intimidó. El perro se calmó casi de inmediato y, al rato, ya me había aceptado como el mejor amigo del perro. Tomé el maletín que Mudito había dejado a la puerta y entramos. 

Luego supe que el perro había nacido allí mismo −en el rincón en que todavía se echa− y que era el único sobreviviente de una camada que el hambre se llevó con progenitora y todo. Una forma de irse a la mismísima mierda, en la que nunca había pensado como tal, y que, a la larga, me ha hecho repensar la mía: hay quien, para largarse, ni siquiera ha de moverse del rincón en el que fue arrojado. Sentí pena por mí mismo; digo, de que sobre mi ridícula soberbia, hecha de mera y vulgar distancia, el más perro de los perros tuviese la última palabra. ¿Cómo se llama? —pregunté a Mudito, que, cuando por fin entendió, no hizo más que encogerse de hombros; no sólo para indicar que el animal no tenía nombre, sino, además, para darme a entender que a cuenta de qué habría de tener uno. Entonces, habrá que ponerle uno. Lo dije mientras colocaba el maletín sobre la mesa. Al hacerlo, fue inevitable mostrar mi asombro, cuando advertí que la mesa no había sido movida de lugar. Estoy seguro de ello. Y lo que más asombró me causó no fue tanto el hecho de que mi memoria conservase con tal nitidez detalle tan insignificante, como el que se valiera de algo así para mostrarme, cuando menos lo esperaba y de un solo fogonazo, que habían transcurrido veintitrés años para venirme a sentar a la misma mesa que ni siquiera había sido movida de lugar. Volví la mirada al perro: aunque te muevas, uno no se ha largado a la mismísima mierda hasta con volver al mismo lugar.

Mientras recordaba en fragmentos salteados parte del diálogo que allí mismo había tenido con el viejo Rangel la víspera de mi partida, saqué la silla de debajo de la mesa para sentarme y recrear aquel ahora con más calma y detalle. Ahora que estaba de vuelta, me pareció que algo así podría ser un ejercicio muy fructífero para esta historia. Y, de hecho, así sería. Pero en ese preciso momento no tuve tiempo para pensar más en algo así, pues al poco rato apareció Mudito, que venía corriendo desde el patio con una gallina entre las manos: la futura Clotilde, Con las dos que Mudito trajo hace unos días, ya suman tres. Por eso llevo varios días trabajando en la jaula para las gallinas. Estamos progresando. Ya no habrá que esperar a que uno coma hoy para tener derecho a la postura de mañana. Cuando crezca el rebaño todo irá mejor. Pero para eso hará falta un gallo. Por la cara que puso, creo que Mudito ha entendido y se ha marchado con un objetivo claro, que al menos dará sentido a su existencia, y también a la mía, por un tiempo más. 

Si, estamos progresando. Casi no hay día en que no hablemos del futuro gallinero; quiero decir, Mudito gesticula como una gallina y yo digo ajá. Pero no es éste un ajá de escribidor, sino de gallina; la otra que responde. Cuando hacemos de gallinas, nos entendemos mucho mejor. Es como si mudo y escribidor hicieran voto de mudez y se apartaran, oara hacer espacio al futuro gallinero. Hasta entonces, hemos de seguir administrando las miserables raciones que, por mera convención, seguimos llamando almuerzo. En una disciplina extrema, muy parecida a la abulia, pero mucho menos intelectual. he reducido al mínimo el ritmo y los movimiento físicos, de modo que mi energía, cada vez más mermada según se elevan los precios, me alcance para una media jornada de escritura, al menos. Me someto a tan dura disciplina desde que advertí que quedarme quieto y sin hacer nada me agota más. Ya es jodido padecer hambre. Pero pensar en y a partir de ella es un largarse a la mismísima mierda sin habérselo propuesto jamás; algo así como arrancarse de la mugrosa piel de la existencia como si uno fuese el más indeseable de sus parásitos y destriparse con el zapato de la propia conciencia. El diccionario hace bien en no aceptar esta última forma verbal para destripar, con lo cual, sin embargo, se priva a los muertos de hambre de la única forma digna que tendrían de dejar este mundo. Por suerte, los muertos de hambre no requieren de destriparse para morir; ya están muertos. Tan sólo deambulamos por allí, hucheando nuestro silencio, como fantasmas de carne y hueso por las calles de la revolución, cuya narrativa ha convertido la existencia temporal en verdadero cuento.

A los efectos, y sometido al mismo rigor, el ánimo del perro alcanza para los dos. Mueve la cola cuando lo miro. Lo que yo interpreto como que sigue escribiendo ese libro de mierda, Romero; con lo que se torna un poco más imposible de lo que ya es. De seguir así, si no se lo lleva uno de esos vientos de Buenaventura, a este amasijo se lo lleva ese otro viento, el que sopla por dentro de la casona abandonada que el cuerpo es cuando no se tiene qué comer. Aún no llegamos allí. Pero avanzamos por el camino correcto. Y si hablo en plural no es por mero convencionalismo del que tanto gusta aquella ciencia de eunucos y doncellas que se ocupa del pasado, sino porque el hambre a nombre de la que lo hago no es sólo mía; la comparto con Mudito y Diógenes, y vaya uno a saber con cuántos más. Lo sabría si saliera de la casa con más frecuencia. Pero, da igual: saber con cuántos más en nada cambiaría lo que entre todos sabemos ya. 

Desde entonces practico una suerte de encierro purificador, hasta donde puedo, y que incluye mis ya irrenunciables idas y venidas a la ensenada. Con lo cual se trata de una suerte de encierro en el universo, en su todo, junto con todos, pero sin ninguno, que es lo que lo hace tan purificador. El infierno son los demás, dice Sartre. Ciertamente. No requiero de ninguno para purificarme en el fuego de su todo, y en el que todos al final hacemos lo mismo: de tripas corazones, dice el dicho. En cualquier caso, ésta es la única forma que tengo de cumplir con la misión que yo mismo me he asignado de terminar con este libro, o de que este libro termine conmigo. Y también, curiosamente, de sobrevivir a ese repulsivo estilo misionero que la revolución ha impuesto a los muertos de hambre como forma de sobrevivir. Así, pues, queda sellado el pacto con el propio demonio que soy. No le vendo el alma que no tengo. Se la regalo. Me molesta y no la necesito. Con el cadáver que en potencia soy me basta y sobra para hacerme cargo de este amasijo. El lo sabe, el amasijo, digo, y este universo en que me encierro es testigo; que sólo yo, por ahora, se interpone entre su apretujada hojarasca y los prestos vientos de Buenaventura.

Por ahora, salvo por el hambre que la inspira, esta idea no está nada mal. Como sea, el final de esta historia, como el mio propio, es cosa que escapa por completo de mis manos. Pese a lo que yo mismo pretendo defender en esta historia, en realidad, sólo cuando no se pasa hambre se tiene el derecho a pensar que el destino no existe. Para los más, los que tienen que esperar por la postura de una gallina o por una bolsa que un día pueda caer del cielo, la vida es un fatum perpetrado por una fuerza ajena, y que, si no te arrastra, es porque antes ya te ha dejado en el camino; cualquier camino, sea que lleve al mundo mejor o al peor de ellos. Al final, hay muchas formas de hacerse de un destino. La pobreza es el más inevitable, por fatal. Menos mal y Rengifo no está aquí, siendo testigo de este momento de intimidad entre la miseria y yo. De no ser así, ya puedo escucharlo diciéndome: la miseria está en tu mente. Y luego la estúpida anécdota del niño que, viniendo de la miseria, se volvió rico, porque ésta, la miseria, no estaba en su mente, no era un fantasma, sino un mal real, y que pudo vencer, gracias al esfuerzo propio y constante que le permitió triunfar. Si. Menos mal que no está aquí, el Rengifo. Soy un privilegiado de su ausencia. Qué digo privilegiado; casi que un bienaventurado. Por algo debo estar de vuelta en Buenaventura.

Triunfo. Para describirlo he sido repugnantemente literal. Lo que me aterra, pues quizás haya hablado el Rengifo que todos llevamos dentro. Y sobre todo la mierda misma, que no sólo sirve para largarse a ella, sino, a veces, también para no pensar en la mismísima mierda en que puede llegar a consistir el pensamiento. En todo caso, a lo que voy: ¿a cuenta de qué este sujeto, que jura ser mi amigo, presupone que, algún día, cuando la triste flor de mi entendimiento se abra al sol de la realidad, pueda yo estimar y aspirar un triunfo así? Si me dicen que ese niño, antes de cumplir los diez o quince, se cargó a punta de cuchillo o de pistola a cuanto viejo rico pudo, lo celebraría; no sin dejar de admitir una profunda tristeza en lo más profundo de mi regocijo. Pero que, viejo y rico, el mismo niño, complaciente y comemierda para con la maldita realidad, pueda llegar a ser el modelo de triunfo para quien, como yo, gracias a su propio y real fracaso, sabe que el esfuerzo de aquel niño pobre no ha consistido en otra cosa que en legitimar el concepto de triunfo de un sistema −y, con ello, el sistema mismo− basado en la real y esencial existencia de pobres y ricos, es ya mucho pedir. La miseria no se lleva en la mente, sino en un estómago que, gracias a la magia real del vacío, corre como carencia a lo largo del flujo sanguíneo del existir mismo. El hambre no es mental, como gusta de decir mi amigo Rengifo, sino proteica. Puede que ello me haga un poco estúpido, sin duda. Pero creer en la mierda de triunfo del niño pobre que ha devenido viejo rico es cargar con la estupidez misma atravesada como mojón en la cañería de la cabeza y por la que desde hace tiempo han dejado de correr las aguas de la inteligencia. De eso vive el capitalismo; de su propia pestilencia.

La pobreza no es un destino. Por supuesto que no. Pero sí el estilo —y con el término aludo al instrumento con que escribían los antiguos en las tablillas de cera— con que mejor se lo marca en la tablilla de la existencia temporal. El mío es miserable. Hiede a mayoría electoral y populacho infame; a vulgo municipal y espeso, habría dicho Rubén Darío. Es a este estilo del ser a lo que la revolución llama pueblo −nuestro pueblo, siempre dice el Licenciado Valbuena− y que, al parecer, tiene forma de charca que deja la tormenta de la historia. Lo digo, porque los revolucionarios de la revolución se exigen unos a otros que, para ser tal, hay que estar siempre dispuesto a darse un baño de pueblo, tal y como solía demandar el ahora Gigante Muerto. Sólo con baños de este tipo, aseguraba, se alimenta y restablece la entereza necesaria para seguir adelante. ¿O acaso alguien duda de que de lo que aquí se trata es de ir hacia adelante? Sin preguntar nunca cómo ni a dónde, siempre hacia adelante, bajo pena de pasar por traidor; de victoria en victoria, como dice el Licenciado Valbuena, en su rudo estilo mosaico, y también diría su mujer, si la señora del gordo tuviera algo que decir. A este ritmo avanzamos todos, ricos y pobres, en pos de la tierra prometida, según lo ha indicado aquél que, después de muerto y gracias a ello, la revolución ha convertido en gigante −nuestro gigante. De súbito, su muerte nos ha convertido a todos en herederos de su legado, tal y como sucedía con la desaparición física de los antiguos patriarcas bíblicos. Aunque mucho me temo que la revolución no haya hecho otra cosa que equiparar a su insigne héroe con aquél otro, el verde, también gigante, el de las arvejas enlatadas. Allí ha de estar el legado.

Sin embargo ¿hay legado sin heredero que lo interprete? preguntaba Derrida, siempre con esa tan incómodo mirada fija en la narrativa. Mejor no responder a algo así. Por lo pronto, lo que sí sabemos es que Gigante Muerto nos legó como pueblo a este gordo. Somos el atado de muertos de hambre que de la mano del gordo pasea por las calles de la historia de Buenaventura de victoria en victoria. Yo no sé cómo le hace este sujeto para soportar tanta victoria, una sobre otra. Lo cierto es que sus victorias ya se acumulan como capas geológicas y van haciendo de la revolución, más que la era del cambio, la de la victoria petrificada, y de la que empieza a manar el inconfundible hedor del triunfo. El mismo, por cierto, que emite el esfuerzo del niño pobre devenido viejo rico de las historietas de Rengifo.

Aún así, al aguerrido ejército de muertos de hambre que Gigante Muerto dejara rodilla en tierra y que, heredado su legado, ha de seguir arrodillado, nos queda claro aquello en lo que tanto insiste el Licenciado Valbuena cuando nos arenga: lo que hasta ahora hemos logrado es nada en comparación con lo que falta por lograr. Aunque debo confesar que, a veces, me corroe la duda, en medio de la estridencia que genera tanta victoria. En efecto, es tal el empuje de la revolución hacia el mundo mejor que, por momentos, asomado a mi ventanilla en el autobús de la revolución, la incertidumbre me abruma. A tal punto, que no puedo evitar preguntarme, respecto al mundo mejor, si acaso no lo habremos alcanzado ya y, sin advertirlo, enceguecidos de entusiasmo, hemos seguido de largo. Puede que sea eso lo que haya sicedido, y que los muertos de hambre ni nos diéramos cuenta.

De hecho, ya ha sucedido otras veces a lo largo de la historia. Desde que Moro se vino con lo de la utopía y los franceses con lo de la guillotina, esto de precisar los límites entre el peor de los mundos y el mejor no es cosa fácil. Dada la filiación teológica que corre por las venas teleológicas de su narrativa, la revolución tiene mucho de acto de fe, y, como tal, mientras a los muertos de hambre convierte en acreedores de ese curioso cielo al ras del suelo, tras bastidores, los ricos aprovechan para convertirse ellos mismos en dueños del terreno. Claro que, en el caso de la bolivariana, no ha habido necesidad de un Robespierre que apelara a la guillotina para cortar con el pasado monárquico; tampoco de un Napoleón que, con la misma espada con que ganaba batallas, pusiera a raya a la chusma excesivamente entusiasmada en casa. Para su correspondiente tarea revolucionaria, el socialismo del siglo XXI cuenta con ese presidencialismo megalómano heredado del heroísmo independentista, siempre al servicio de una iglesia recelosa y de retrógrados ricos, viejos y nuevos; todos igualmente oportunistas, y aún cuando todo cuanto anuncia y pregona haya de hacerlo a nombre de la misma pandilla de muertos de hambre que en esta historieta de más de doscientos años seguimos haciendo de pueblo. ¿Quién dice que Gigante Muerto no nos dejó un legado, si la revolución, toda ella y por sí sola −gigantomaquia incluida− lo es? 

Incapaz de golpear el orden capitalista burgués ni con el pétalo de una rosa, la quinta república no es sino el modo en que se retuerce dicho orden luego de tomar el brebaje histórico de la chusma desatada que la decadencia de la cuarta alborotó. Convertida en pócima que ha de beber ese capitalismo postrado en la cama de su propia molicie, la democracia ha desencadenado el vómito de la revolución. Con su socialismo del XXI, los revolucionarios de esta revolución creyeron haber superado las limitaciones y el atraso del llamado socialismo real, el soviético. Cuando, en realidad, se han quedado mucho más atrasadas que el más obtuso de los bolcheviques. Su supuesta modernidad no es sino la total carencia de proyección estratégica de una propuesta reformista y sin alcance histórico más allá de la mera gestión administrativa de un gobierno que se regodea de estar pagando la deuda social que los explotadores del pueblo contrajeron desde tiempos de Colón −y de hacerlo con bolsas de comida que caen del cielo. La furia que la revolución inspira a derechistas no es sino el eco de un capitalismo envenenado que perdió el control de la chusma, y el socialismo del siglo XXI el conformismo de quienes, asumiendo dicho control, se dispone a ejercerlo en favor de sus legítimos dueños. Sólo que haciéndolo a nombre de una revolución que, vociferando que viene a destruir el orden capitalista burgués, marcha a su ritmo y en total apego a su siempre decadentes instituciones. La revolución ha de ser cosa muy real, pues no hay modo de que algo, que no lo sea, describa una dialéctica tan repulsiva.

Ciertamente. Venida de las fosas malolientes de la cuarta, la quinta ya ha entrado en la fase de madurez que le permite expeler sus propios hedores. Ya ha acumulado miasma más que rica y suficiente como para seguir escribiendo esa zaga de frustración popular a la que, una vez más, gracias a la revolución, queda reducida la historia de la patria. Que no es historia patria ni de banco de escuela a lo que aquí me refiero, sino a la vileza real de un proceso, tan repulsivo como repetitivo, del que los muertos de hambre de siempre −¡claro que sí!− somos auténticos herederos.

¿Qué estoy haciendo? Debo estar mucho más cansado de lo que pensé. Y apenas es mediodía. Esto es una mierda. He seguido en esta historia un camino que no me había propuesto. Que, en realidad, no me había propuesto ninguno, salvo, quizás, determinar qué me trajo de nuevo a Buenaventura. En todo caso, no me gusta esto de hablar de la revolución. Me siento perdido; pero, sobre todo, estúpido, y como si esta estupidez aflorara, en forma de escozor, a las puntas de mis dedos. Será que en la escritura hay también un algo que actúa desde la sombra. Siendo alma el estilo, es posible que fluya mucho mejor de cara al absurdo de la existencia temporal que ante la realidad de una revolución que pretende darle sentido. En cualquier caso, sitiado por el hambre que ya no inspira y el sueño que empuja al aturdimiento, lo mejor será que este escribidor se vaya a achinchorrar un rato y vuelva cuando haya que volver, si es el caso. Es como irse a la mismísima mierda, pero sin hacer alarde de ello; que sólo tiene que dejarse caer, de rebote, como la pelota que es y con la que juega el idiota o el niño de mierda aquél. Espero no tomarme en el rebote otros veinte años. Ya veremos. 

Héme aquí de nuevo. De rebote, al día siguiente, he vuelto. No me tomó veintitrés años, pero sí más de veinte horas. La mitad durmiendo y la otra mitad esperando a Godot. Pero el que llegó fue Mudito. Al mediodía. Entró elocuente y alterado. Que aquí. Que allá. ¿Cómo? No entiendo ¿Dónde? Así. Ah, gordo. No, gorda. Por fin: la bolsa había llegado. Entonces nos dispusimos a salir de inmediato. Ya afuera, la brisa cálida nos infundió más ánimo todavía que el que ya venía con la noticia. Cerré la puerta, nos miramos, y los tres nos pusimos en marcha, camino de la plaza, en donde la revolución nos esperaba con los brazos abiertos para echarnos algo de comer.

Lengua afuera, Diógenes marcaba el paso. Buenaventura estaba de fiesta. Todos íbamos con la lengua afuera. Ya en la plaza, atiborrada, nos incorporamos a una de las largas filas que se iban formando y en la que departimos con perros y vecinos acerca de lo que la bolsa traía o no, de las razones por las que venía odiosamente abierta y de los odiosos que, furtivamente, se habían quedado con lo que en ella faltaba. En mi afán por poner nombres a las cosas, he llamado a estos intercambios en medio de la espera diálogos del hambre. De ser debidamente compilados, constituirían un basto acervo revolucionario. Muy útil, por cierto, a la hora de idear futuras excursiones al mundo mejor por parte de aquellos que, cegados por la luz de tanto amor como el que profesan a ese pueblo hediondo con el que se bañan, ni se enteran de lo que realmente pasa. 

Pero no es tanto esto lo que llama mi atención en estos diálogos, como el modo en que el hambre hace de inteligencia. Es como si los estómagos, directamente, y sin apelar a la superioridad intelectual del cerebro en materia fisiológica, antepusieran su material vacío a cualquier otra consideración. Aún cuando nada tengan de platónicos, y por poco sublimes que luzcan, estos diálogos siempre se generan a partir de un motivo específico que, una vez puesto en marcha, da lugar a una reacción en cadena de comentarios bien poco halagadores para con los anónimos encargados de repartir los panes que la revolución ha hecho el milagro de multiplicar. A medida que, a su vez, los comentarios se multiplican, se convierten en una suerte de maná inverso, de lluvia al revés de quejas e insultos que cae de la tierra del hambre al cielo de la revolución. Puede que el mundo mejor no sea más que este mismo de mierda al revés. Lo que explicaría esa sensación, que siempre hemos tenido los muertos de hambre a lo largo de la historia, de que nunca llegamos a él, o, lo que es peor, que lo hemos pasado de largo hace tiempo ya. Por suerte, a la postre del todo irrelevante, esta lluvia inversa se va apagando, como el crepúsculo sigue a la tarde, a medida que la mansa chusma se dispersa y, uno a uno, abrazado a su milagro, va desapareciendo en la penumbra por la que retorna a la oscuridad del su hábitat y de la que ha emergido la víspera su enervada y huesuda mano cada vez que la bolsa llega.

En esta ocasión, en la fila donde Mudito y yo esperábamos, la cuestión empezó con ¿quién habría sido el infeliz que había sustituido el codiciado azúcar con una infame lata de sardinas? Nunca se sabrá. Pero, sea quien haya sido, a decir de la vieja encolerizada que hizo la denuncia, si el muy infeliz hubiese aparecido por la plaza aquella tarde, vaya uno a saber en qué habría degenerado tanta mansedumbre. Cuando por fin llegó nuestro turno, firmé y, como todos, nos fuimos retirando, sin poder disimular del todo nuestro desasosiego; cada quien abrazado a su propia miseria en forma de bolsa en la que aquél anónimo maldito nos había burlado el azúcar. dejando en su lugar una lata de sardinas. Un esfuerzo más de la revolución para con su amado pueblo, según dijo el gordo, que, seguramente, refiriéndose a la bolsa, no había tenido tiempo para enterarse del ultraje del que el amado pueblo había sido objeto.

El Licenciado Valbuena había arribado a la plaza de súbito, antes de que cada quien emprendiera la retirada al mausoleo de la mansedumbre revolucionaria. Celoso con la realización de estos operativos, con los que, como siempre asegura, la revolución mantiene en alto la moral de nuestro pueblo, el gordo en persona los supervisa y, de paso, aprovecha para arengarlo. Llegó a bordo de su lujosa camioneta y acompañado de su mujer, ya vieja y raída, y que, aunque mucho menos gorda, es igualmente lujosa. Como era de esperar, ambos Iban de rojo rojito y rodeados de la temible escolta que siempre los acompaña para salvaguardarlos nadie sabe de qué; de la mansa chusma, debe ser. 

He sabido que, durante mi ausencia, el Licenciado Valbuena adquirió la Pensión Rita, en cuyo lugar construyó una moderna hostería en la que se ha de pagar en dólares por la lujosa existencia que su amado pueblo jamás podría disfrutar en bolívares. Lo cual, sin embargo, para nada afecta el negocio, pues el Licenciado Valbuena se ocupa más de satisfacer a los turistas que llegan por mar para disfrutar de las bondades naturales de la mismísima mierda, que de los muertos de hambre que se revuelcan en ella y que, para seguir existiendo, habrían de largarse a la mismísima mierda antes de que el hambre los termine de matar. No obstante, la solidaridad cristiano-revolucionaria del gordo hace lo que puede por los que se quedan. En caso como los de Mudito, por ejemplo, les da trabajo en la hostería, y siempre les echa de comer algo extra. Por nuestra parte, Diógenes y yo hemos de reconocer que, en más de una oportunidad, ha sido la generosidad del gordo lo que nos ha salvado.

El gordo cuenta ya con tres elecciones seguidas en su haber revolucionario metiéndose la alcaldía en el bolsillo, comentan los envidiosos y maldicientes de Buenaventura. Cosa que los muy cretinos nunca se atrevieron a decir de Medina, que jamás hubo de medirse en un proceso electoral y que sí era un verdadero dictador, replica siempre el gordo ante tan corrosivos y tendenciosos rumores que ponen en duda su integridad política y moral de revolucionario. De lo que a nadie puede ya caber duda, es de que el gordo morirá con las botas puestas, como asegura siempre él mismo, pues, si bien es cierto que, últimamente, se le ve más cansado que de costumbre, no por ello ha dejado de ir de una lado para otro −como hoy, aún cuando arribara a a plaza con retraso− ni de lanzar esos interminables discursos acerca del mundo mejor, con que, desde lo alto de la colorida tarima, su encendido verbo nos adormece en la baja cuna de la conformidad. El Licenciado Valbuena está mucho más viejo, pero igual de gordo y, sin lugar a dudas, mucho más rojo que nunca. Un día de estos el gordo se va a morir; y puede que, de lo rojo rojito, adormilados como bebés de mierda en nuestra monstruosa cuna, ni siquiera nos demos cuenta de que el gordo se nos ha ido al otro mundo; el que viene después del mejor, pero con las botas puestas.

Ya de vuelta en la casa, brilló el fogón encendido que sostenía la enorme hoya llena de agua y espagueti. También brillaron los dientes con que habríamos de comer lo que no teníamos con qué más comer. Y cuando ya no tuviéramos ni dientes con qué comerlo, lo haríamos con las encías peladas; o como lo hacen las gallinas, que también participan del festín revolucionario, pero a picotazos. Una vez saciados, nos echamos afuera, hasta que el sueño nos empujó de vuelta adentro. 

Y yo que no quería hablar de la revolución. A la mierda. A quien no tiene Godot, no le falta Mudito. Pasa que la revolución no pasa sin ir a por uno; lo saca de su encierro, sea cual sea el rincón del universo en que uno se esconda, y lo pone a protagonizar el papel estelar de pueblo amado que siempre reserva a los muertos de hambre en su narrativa. Y no hay cómo renunciar a tan gran honor histórico. El hambre no se conforma a la intimidad de los estómagos, Los trasciende. Sin por ello dejar de ser lo más temporal de nuestra temporalidad.

Para cuando volví a sentarme a la mesa, ya había abandonado la idea de deshacerme de este amasijo. De alguna manera, el milagro de la revolución, que Diógenes iniciara la víspera con sus estridentes ladridos cuando Mudito apareció con la noticia de que la bolsa había llegado, lo había salvado otra vez. Si se toma en cuenta el desánimo con que lo abandoné tras la última jornada, que ni siquiera alcancé concluir, yo diría que se trata de un verdadero milagro. Quizás haya sido por eso que, tras haberme sentado de nuevo a seguir, lo estuve observando durante un largo rato, pero sin tocarlo, como si fuera un muerto recién resucitado y que, contaminado de triunfo, al mismo tiempo, se estuviera burlando de mí, mostrándome sus hojas alineadas como dientes de la sonrisa sarcástica que asomaba por entre los bordes de sus tapas sucias y manoseadas. Hélo aquí −dijo en su silencio el cadáver que en potencia soy: el demonio con el que has pactado. Y, por cierto, nada acerca de lo que te volvió a Buenaventura veintitrés años después. ¿O sí?

TEMPORAL

Una historia acerca del hecho de escribir historias

(novela filosófica) 

...sucede que la vida no tiene inicios ni finales, y que sólo en el ámbito y contexto de una narración es susceptible de adquirirlos. Lo que me recuerda, por cierto, aquello que una vez dijera Beckett: ese fue mi error, uno de mis errores; exigirme una historia, cuando sólo la vida bastaba. Si es así, entonces estoy aquí para perpetrar mi propio error. Y hasta puede que ésta sea la forma de haber empezado a hacerlo. Más me vale.

Introducción General

El Bolívar histórico del que se ocupa este trabajo no es, hablando en términos rigurosos, el del pensamiento político y la estrategia militar, aunque, desde luego, mucho tendrá que ver con ello. Pero no es un análisis de ese tipo lo que busco en su discurso sino, más bien, al discurso mismo como herramienta del político y el hombre de guerra. Se trata del Bolívar de la palabra. El lenguaje como signo de conciencia histórica, como dimensión de temporalidad y como fuente de heroicidad. Del discurso de Bolívar no me interesa tanto el pensamiento como su narrativa; su inteligencia política o militar, como la semántica o discursiva. Del Bolívar histórico no busco la verdad, sino el estilo.

Introito

Un día, cuando todavía era estudiante de historia y me desempeñaba como investigador en el archivo histórico del antiguo Congreso Nacional, al fondo de la bóveda, en medio de un cúmulo de trastos tan viejos como valiosos, me topé con una desvencijada edición del Diario de Bucaramanga. Sumido en la molicie que mi burocrático cargo ya me inspiraba, aquél libro me distrajo y, allí mismo, en un improvisado asiento de cajones, lo leí. Para cuando retorné de la bóveda, mi imagen de Bolívar -como la de casi todos, determinada por ese formalismo patriota propio de la historiografía de banco de escuela, como la llama Vallenilla Lanz- cambió. Este libro es el resultado de un intento por captar y comprender aquello que cambió.

CARTAGENA: del destierro a la gloria

La Memoria dirigida a los ciudadanos de la Nueva Granada por un caraqueño, mejor conocida como el Manifiesto de Cartagena, se considera el primero de los grandes documentos políticos de Bolívar. Fechado 15 de diciembre de 1812, recoge la experiencia del incipiente gobierno republicano que, a mediados de ese mismo año, ha sucumbido en Venezuela bajo los embates del ejército español. Se trata de una memoria de la derrota, producida por alguien que ha participado como oficial en la guerra el gobierno español y que, salido al exilio, ha llegado a la Nueva Granada con el propósito de obtener hombres y recursos que le permitan invadir su país de origen y restablecer la república. Esta memoria no es, pues, el mero relato pasivo de lo que aconteció, de cómo el ejército español ha vuelto a tomar de una de las plazas más importantes y estratégicas de la América insurrecta, sino del plan para recuperarla. Se expone aquí el análisis crítico de una experiencia republicana particular, de la que se extraen conclusiones políticas y doctrinales que proporcionan una nueva perspectiva del proceso de emancipación no sólo en Venezuela, sino en toda la América Meridional. Se puede compartir en mayor o menor medida tales conceptos. Pero, en cualquier caso, es indiscutible que estamos ante la primera visión sistemática, general y de conjunto que, más allá de la dimensión logística y militar que impone la guerra, nos proporciona el primer concepto histórico y estratégico de la emancipación americana. Al menos, el primero producido por un soldado con una clara visión política. En este sentido, estamos ante la primera teoría revolucionaria de la lucha por la independencia.

CARÚPANO: vindicta, libertad y barbarie

En el Manifiesto de Cartagena nada indica Bolívar respecto a la cuestión social. Cuestión ésta tan conflictiva que, siglo por medio, llevaría al historiador Vallenilla Lanz a definir la guerra de independencia como una guerra civil. De ello nos da una particular perspectiva el Manifiesto de Carúpano. No pasó mucho tiempo para que el discurso de Bolívar hubiese de encarar el tema tabú en Cartagena. El momento sobrevino con la caída de la Segunda República, tras ese fenómeno tan contundente como efímero que fue Boves para el proceso de independencia. Efímero en cuanto a su personal actuación y liderazgo, pero en alguna medida permanente en cuanto a la guerra como forma de vida para los sectores populares y el ejército como vía de transformación de una estructura social que hundía sus raíces en la colonia. Acaso fuera Boves el más encarnizado enemigo de la república. Pese a lo cual, la república, a la postre y para ser tal, fue su más genuina heredera. De él recibió su ejército, su dinámica social y hasta el estilo de su liderazgo. A tono con la dialéctica de la guerra, los llaneros que siguieron a Boves pasaron de bandidos a patrimonio de la república. Patrimonio que en algún momento hizo decir a Bolívar que la revolución estaba sentada en un volcán social a punto de hacer explosión. Pero eso sería más tarde y en privado. En Carúpano, todavía este ejército sólo representa el modo en que la barbarie se opone a bien supremo de la libertad.

JAMAICA: Historia, Semántica y Geopolítica

1815: el descenso de Napoleón se cruza con el ascenso de Bolívar. Ambos han partido al exilio, a Santa Helena y a Jamaica, respectivamente. Tres años más tarde, el americano meridional, que ha tomado Angostura, la plaza estratégica que inclinará el curso de la guerra en favor de la causa patriota, dirá de sí mismo: yo busqué asilo en una isla extranjera, y fui a Jamaica solo, sin recursos y casi sin esperanzas. Perdida Venezuela y la Nueva Granada, todavía me atreví a pensar en expulsar a sus tiranos.1 De modo que el exilio, que para Napoleón dictamina el final de un imperio en Europa, para Bolívar anuncia el renacimiento de un proyecto en América. Esta conjunción en el cosmos simbólico de la historia que involucra la carera de dos grandes líderes políticos y militares, alude también a un cambio de época, determinado, desde el punto de vista geopolítico, por el ascenso de las potencias del capitalismo industrial y la caída del colonialismo mercantilista. A ello tributan diversos procesos: la ilustración, el nacionalismo, el industrialismo, la revolución francesa, la expansión napoleónica, la independencia estadounidense, la emancipación en América Latina. Es ésta una coyuntura en el proceso de largo plazo que lleva de la era agrícola a la era industrial. En este contexto se fraguan los cauces iniciales de un proceso histórico de alcance planetario. La Carta de Jamaica forma parte de este contexto. Es una forma de asomarse a él y otearlo desde los agrestes montes de una América irredenta. Tal es el punto de partida de este ensayo.

ANGOSTURA: el guerrero creador de repúblicas

La Carta de Jamaica concluye con la afirmación según la cual la clave para poner fin a la dominación española y fundar un gobierno libre es la unión, obtenida por efectos sensibles y esfuerzos bien dirigidos. Lo que por entonces queda en un escueto enunciado, en Angostura va a ser objeto de un denso desarrollo. Eso es el Discurso de Angostura: un efecto sensible, un esfuerzo bien dirigido. En atención a las lineas principales de su estructura discursiva, es una apelación a la conciencia histórica, un plan estratégico centrado en la implantación del Estado Nacional, y un instrumento de significación del movimiento de independencia como proceso histórico. Pronunciado por Bolívar el 15 de febrero de 1819, en el acto de instalación del segundo congreso que se daba a sí misma una república en medio de los avatares de la guerra, constituye una de las piezas oratorias más importantes de su haber político. Dicho ello por su contenido en sí mismo considerado. Y dicho también por el modo en que marca una diferencia de dimensiones estratégicas entre un antes y un después del proceso de independencia. En la visión totalizadora del Discurso de Angostura confluye lo político y lo militar. Para ganar la guerra en el siempre inhóspito campo de batalla, es preciso ganarla también en el de la política; por cierto, no menos inhóspito, agreste y peligroso que aquél.

BOLIVIA: el hombre de las dificultades como legislador

El guerrero ciudadano es aquél al que le es dado despojarse del mando. Así en la Caracas que le otorgó el título de Libertador, así en la Angostura que lo ratificó como Jefe Supremo, y dos años después lo llevara a ser designado en Cúcuta Presidente de La Gran Colombia. Las dificultades comienzan cuando la historia lo despoja a él de la guerra y se queda sin esa fuente de gloria que, hasta entonces, había sido el enorme campo de batalla y de política que, visto desde Pasto, se extendía entre el Orinoco y el Potosí. Así, Ayacucho consigna en la historia americana la emancipación, ciertamente; y en el destino particular del guerrero ciudadano el retorno de la cima de la gloria a la sima de las miserias de la burocracia y la administración. Siendo el campo de batalla la fuente fundamental de su gloria, dentro de él lo es todo; fuera de él nada, o tan sólo un ciudadano recto e iluminado que, apegado a su prestigio y honor, está llamado a dar la cara a esa oleada de anarquía que, en la paz, devora cuanto ha venido edificando en la guerra. Consumada la independencia o, más exactamente, el proceso de la guerra que habría de conducir a ella, el enorme mapa del nuevo mundo se ha teñido de una no menos enorme complejidad. Mientras se triunfa en Ayacucho se conspira en Caracas. Al tiempo que se finiquitan los últimos detalles del Congreso de Panamá, las recién creadas repúblicas se hunden en la lucha intestina y doméstica que atenta contra la anfictionía. En carta a Santander, fechada en Lima, el 6 de enero de 1825, es decir, a un mes escaso del triunfo en Ayacucho, encontramos esta situación descrita en palabras del propio Bolívar:

OCAÑA: el clamor del pueblo

Desde el punto de vista de su estructura semántica, el libertador, como instancia fundamental del discurso, representa la condición esencial de Bolívar como máximo dirigente político y militar de la emancipación americana. Más que como mera parte de la historia, el libertador concibe, administra y conduce el discurso como conciencia e instrumento hacedor de ella. Sin embargo, y como es de esperar, se trata de un discurso que siempre ha sido concebido y pronunciado desde el entorno de la dirigencia política a la que pertenece, aún en aquellos temas sensibles en que la actuación de dicha dirigencia pueda ser cuestionada por en su mensaje. Desde este punto de vista, el libertador siempre ha sido una instancia discursiva de una u otra manera asociada al estrecho círculo de la élite civil y militar que comanda el proceso independentista. Así, por ejemplo, El guerrero ciudadano del Discurso de Angostura, que dichoso convoca a la representación nacional y se despoja del mando ante ella es, con ello, al mismo tiempo, legitimado por ella. Como parte de la dirigencia, el guerrero ciudadano es jefe supremo entre iguales. En este sentido, los discursos fundamentales de El Libertador como creador de un nuevo tiempo histórico son documentos de identidad con el entorno dirigente del proceso de independencia, palancas ideológicas de su legitimación ante ella como máximo líder.

Epílogo

Hasta aquí me trajo el Bolívar con el que un día, hace mucho tiempo ya, me topé en el Diario de Bucaramanga. El hombre histórico de los discursos. El de la palabra y el estilo. El de la conciencia moderna y la faena semántica. El de la revolución como concepto y del heroísmo como ejercicio de voluntad de poder. Su discurso marca el paso de la barbarie a la civilización, con todo lo bueno y todo lo malo que una transición así supone para la gestión de su propia historia por parte de un pueblo. Y como pueblo, no tenemos conciencia de tal significación porque la historiografía de banco de escuela se ha hecho cargo de ello, bien haciendo de Bolívar una venerable pieza de museo, bien poniéndolo a comer mangos para popularizarlo. Al respecto, me limito a recordar las palabras de Vallenilla Lanz:

HERÓDOTO: los orígenes de la historiografía

Si uno se deja guiar por lo más estrictos rigores académicos, incluso los de la historia, probablemente los menos estrictos de todos, muy a pesar de los historiadores académicos, un trabajo de este tipo luce desde muchos puntos de vista desalentador, bien por lo poco con se cuenta para realizarlo, bien por la poca estima que se guarda hacia lo poco que se tiene, incluso los escritos de aquel a quien Cicerón, si no me equivoco, dio en llamar Padre de la Historia. Y lo hizo en el marco de una larga tradición representada por críticos para los que Heródoto era ya casi tan extraño como para nosotros y que, salvo contadas excepciones, se caracterizó por su desprecio, acusándolo de mal escritor, de inútil, y hasta de mercenario.

Capítulo 1: el hombre, la obra, el contexto.

Es muy difícil establecer un imperativo ideológico, filosófico, político o moral que nos ayude a comprender la aparición de la historiografía en una íntima relación con el contexto histórico en que ello tiene lugar. La vaga generalidad de la que aquí me valgo, es decir, comprender la aparición de la historiografía como parte del humanismo característico de la Grecia Clásica, que tuvo su máxima expresión en el arte y la filosofía, es fácilmente aceptable, pero, se entiende, muy poco precisa. Ese humanismo, la ruptura respecto a la mitología que a él es inherente, comienza a gestarse en la Grecia Arcaica, con la filosofía jónica y la aún ingenua pero inequívoca proximidad que ella representa respecto a la naturaleza. Por otra parte, como se sabe, dicho humanismo se prolonga mucho más allá de la época de Heródoto y en plena decadencia ateniense producirá lo más acabado de su filosofía. Este humanismo griego es, pues, el espacio histórico cultural de muchas cosas, amplio contexto en el que la historiografía luce como un ínfimo detalle, acaso el más prescindible de todos.

Capítulo 2: mito, filosofía, historiografía.

Partamos del hecho, tan magistralmente representado por la cruel simpleza del mito de Sísifo, de que el hombre es una especie condenada a la historicidad. A nadie le es dado elegir no vivir la historia. Encadenado a la infinita finitud del tiempo, el hombre histórico transcurre sin la certeza de saber para qué. Toda la historia humana pudiera comprenderse como la obsesión de este hombre histórico por darse sentido a sí mismo. Todas las cosmogonías lo han adscrito, de una u otra manera, a vagar fuera de lo eterno, perecer una y otra vez. Y todas intentan, al final, reconciliarse con el proscrito, traerlo de nuevo a casa, el paraíso perdido que, en algunos casos, puede ser, incluso, la nada cósmica, peculiar forma de eternidad que nos permite suponer que hasta la supresión de la existencia es preferible al castigo de la existencia histórica. Esta caída en el tiempo es el nudo gordiano de todo el drama bíblico y, en muy otro contexto, es, también, el mayor suplicio que la mitología griega pudo imaginar para el hombre réprobo

Capítulo 3: dioses, hombres, historias.

Heródoto cree en el Oráculo. Es fácil demostrarlo a través de la cita de párrafos como, por ejemplo, el que nos habla de la furia de Taltibio1 contra los espartanos, y otros en los que hace referencia al plano de lo divino como la última salida que encuentra para explicar, -¿o justificar?- un determinado acontecimiento histórico. Sabemos que esto le ha costado a Heródoto buena parte de las censuras que lo descalifican como historiador ya que, se supone, la historia debe explicar al hombre y sus acciones por el hombre mismo. Como se sabe, ha llegado a ser norma del oficio que recurrir a Dios es hacer trampa. Una suerte de principio epistemológico pende como espada de Damocles sobre el historiador cada vez que su discurso historiográfico apela al deus ex maquina. Heródoto puede ser, según esta misma norma, demasiado ingenuo o primitivo .

Capítulo 4: hombre, historia, tragedia.

Si nos pusiéramos a plantearnos los problemas de epistemología y método en los Nueve Libros, probablemente no hallaríamos asidero sólido alguno para el análisis y la reflexión. En realidad, estrictamente hablando, tales problemas no existen para aquella historiografía que, desde sus mismos inicios, se colocó al margen de la sabiduría y se dio a sí misma el despropósito de alimentar la memoria humana, salvar el vertiginoso acontecer humano del olvido humano. Sin embargo, pese a una tarea tan metafísicamente pobre y, en parte gracias a ello, aquella primera historiografía estaba llamada a sentar las bases para una cruel desmitificación de dicho acontecer. El hombre histórico que recién ha descubierto es objeto de paciente y crítica observación; no se le puede tomar a la ligera, tal cual lo encontramos, ni creer de buenas a primeras lo que dice y piensa de sì mismo. Racionalista pero curiosa, tolerante pero desconfiada, fue ésta una historiografía que se aproximó a su hombre histórico con acucioso sigilo, alerta a los juicios y creencias que históricamente su objeto de observación había generado respecto, y a partir de, su propia historicidad. El hombre histórico y la cultura, ámbito al que es inherente el desencadenamiento de sus acciones en el espacio y el tiempo, abrieron así el pensamiento humano hacia una dimensión hasta entonces desconocida.

 

 

Preliminar

He visto a Dios. Es espantoso. No hemos hablado. Para escucharme, tendría que ser yo hombrte de fe. Y, para escucharlo, un esquizofrénico. Pero pululamos en el mismo universo. Él en su cueva y yo en la mía, somos vecinos del mismo barrio; el del misterio. Sólo que yo la habito con la suficiente molicie e ignorancia como para no perder la cabeza. Él no. El misterio lo ha enfermado. Y, convencido de ser la verdad que lo despeja y que, por lo tanto, nos haría libres, ha perdido la suya.

De la caída a la salvación: la historia inconclusa de la creación.

La caída simboliza el inicio de la historia, al menos para la criatura; es decir, la existencia temporal a la que, tras rebelarse, ha sido condenada por su creador. Y la salvación la recuperación de una criatura que, ahora, como pecador; o sea, habiendo comprobado por experiencia lo que su creador por omnisciencia ya sabía y se negó a revelar, retorna arrepentida al paraíso en que fuera creada, y lo hace por gracia del que la condenó. Así, entre caída y salvación -fin del tiempo de por medio- el reino de este dios describe un ciclo único y total hacia la eternidad propiamente dicha, suponemos, ya que, hasta la culminación de dicho ciclo, dicho reino no ha sido otra cosa que un proyecto histórico; una teleología en la que Dios hace de sentido inmanente y la eternidad de meta trascendente.

De cómo no fui echado del paraíso: me largué yo mismo

El Génesis, como se sabe, es el primer capítulo en la historia de un dios que creó el mundo, la historia; vale decir, el pasar en que las cosas pasan y el tiempo con que lo captamos. Según esta historia, en siete días -merecido descanso incluido- este dios, emergido de las tinieblas, configuró el universo total: estableció su reino eterno, creó la criatura llamada a adorarlo por la eternidad, actualizó el abismo temporal al cual arrojarla cuando se resistió, y, por último, concibió el plan para rescatarla de su temporalidad y retornarla a su seno. Más que una historia de dios, ésta es la de un proyecto de dios. Con lo cual esta historia deja fuera lo más interesante del objeto a historiar: las tinieblas mismas, el abismo y el origen del dios-héroe que, venido de ellas, encarna la luz que ha de iluminar el nuevo todo en que se dispone a reinar. De modo que esta historia, que no indaga en su tema y que, aún así, pretende dar razón de la temporalidad mediante la eternidad, nos deja en ascuas, pues sólo vale para confirmar que la vida eterna junto al dios que nos ha creado no es menos absurda que la temporal a la que nos ha condenado. No obstante, hagámonos de la vista gorda con este detalle menor, y ocupémonos de un dios al que, en esta parte de su historia, toca hacer de inicio en la historia toda del universo. Porque, en esencia, no de otra cosa hablamos aquí: de un dios que actúa y que, sólo en cuanto tal, ha podido ser objeto de narración.

De cómo andando el camino correcto terminé en el punto de partida.

Me parece que era Artaud quien decía que Dios no existe, y que, si existe, es una mierda. Esta idea de dios es un dilema que apunta, por una parte, a su real y efectiva existencia y, por la otra, a que, en caso de existir, sea cosa digna de creencia. Y si bien la real existencia de una cosa es condición previa del juicio sobre de ella, en el caso de los dioses es tema casi irrelevante, si se lo compara con la idea de dios, que sí es históricamente real. La existencia o no de uno que se hace llamar Dios es indemostrable. Pero la idea que de él tengamos es crucial. Pasa que nuestra inteligencia, memoria y voluntad de entes temporles que para ecistir han de hacerlo históricamente es el único hilo que vincula al dios en el que pretendemos creer con la eternidad en la que debería reinar; eternidad ésta de la que vendríamos y a la que, consumada nuestra temporalidad, habríamos de retornar. El problema acá es que, entonces, hablamos de un dios, un reino, una eternidad; en suma, un ser pleno que ha salido de sí y ya no es tal, pues ha sido intervenido, socavado y puesto patas arriba por la temporalidad misma de la criatura que estaba llamada a constituirlo. De modo que, si alguna vez fue, este dios ya no tiene ser, pues ha devenido y, por tanto, sólo puede tener historia. Y el mayor problema para este dios es que, en efecto, la tiene. Se la conoce como sagrada. Lo cual no es sino un infeliz oximorón, que me veo en la obligación de corregir. Porque, el otro problema no menor para este dios, es que, además de también tener una historia, tengo, gracias a ello, una idea de dios; por cierto, ontológicamente mucho menos generosa que la de Artaud.

De mi autocondena

Una cosa es ser expulsado del paraíso, tras una patafa en el culo, y muy otra abandonarlo por los propios pies: o sra, arrojarse uno mismo. La voluntad hace la diferencia. Lo que procede entonces es la autocondena. Ello equivale a la condena de Dios, sólo que despojada de su divinidad por el acto voluntario de quien se la autoimpone. Éste es el dato fundamental acá. La rebelión de la criatura sólo acarreó la expulsión del rebelde y no alcanzó su cometido. Ciertamente, desató la ira de Dios, pero no afectó su divinidad. Sin embargo, fuera de los predios del reino, la rebelión continúa: se torna secular. Sujeta al curso de su propio devenir, si la criatura se proclama pecador, su castigo se convierte en causa y su destino en botín de guerra. Lo que a este dios toca ahora enfrentar no es la conjura, sino la reivindicación del pecado respecto a un reino que sólo molicie, desprecio e indiferencia puede inspirar. Lo cual es mucho más difícil para uno tan propenso a la cólera y que tanto requiere de ser adorado.

De Dios como significación de un pasar que no lo requiere.

El pasar no rquiere de dioes, sino de historias, que lo signifiquen como pasado-presente-futuro y den forma a la existencia temporal. Son los dioses los que rrquieren de una historia para tener sentido como artífices del pasar. Dios tiene una. Se la conoce como la sagrada. Lo cual encierra un total contrasentido, ya que si, a diferencia del mito, cuyo papel es reconocer un pasado, el de la historia es indagarlo, con lo cual toda historia es, por definición, profana; incluso la de este dios, pese a que su intención sea la de hacernos reconocer en un único y por lo tanto verdadero pasado cósmico.

De gracia divina y conciencia histórica

La Salvación es el remiendo metafísico del error ontológico de la Creación. Dios intenta recoger al final del tiempo el desastre que ocasionó con su inicio. El intento de corregir el error con que comprometió su ser pleno lo conducirá a uno aún mayor, y que hará de la eternidad un imposible. En aquel entonces se equivocó al echar a la criatura del reino, porque con ello dio paso a la historia y a sí mismo como proyecto. Ahora está dispuesto a equivocarse de nuevo, haciéndola regresar al lugar del que la echó, porque con ello se trae la conciencia y la memoria, que han de desmerecerlo por completo como ser. Si Dios, como espera, pudiera ser adorado por el pecador, éste no sería tal, pues en la eternidad no puede haber conciencia ni memoria, que es de lo que está hecho todo pecador en tanto que arte y parte de la existencia temporal. Pero este dios jura que la Salvación del pecador es su salvación como dios. Según su propia historia, lo que lo mueve a recuperar su antigua criatura no es el arrepentimiento, sino el perdón y la misericordia, en el entendido de que a quien corresponde arrepentirse es al pecador mismo. Su gracia está, pues, dirigida a aquél que, sobre la base de tal arrepentimiento, se hace acreedor del perdón y la misericordia, que es lo que de nuevo lo conducirá a la vida eterna que perdió tras su rebelión. Toca entonces considerar las implicaciones que tiene esta en apariencia armónica conciliación de gracia divina y conciencia histórica.

Epílogo

La eternidad sólo puede entenderse tal y como Platón define el ser: lo uno siempre igual a sí mismo. El tiempo, nos indica en el Timeo, es imagen móvil de la eternidad. Para Aristóteles dios vendría a ser la causa primera, el motor a partir del cual todo entra en movimiento, sin que determine el curso del movimiento al que da lugar. De tal manera que la eternidad no es espacio en el que sucedan cosas, ni un modo particular en que las cosas suceden o hayan de suceder. La eternidad es una idea, un principio, un axioma; nunca un atributo de algo distinto de ella; mucho menos el estadio superior de algo que, habiendo iniciado en calidad de temporal, se haga eterno tras dejar atrás y superar su temporalidad. La eternidad sólo podría ser la negación absoluta del antes y el después, del inicio y el final. Si algo cambia, hay movimiento, tiene una dimensión duradera y, por lo tanto, temporal, En consecuencia, la eternidad no puede ser anterior ni posterior a nada, pues sería mera episodio de lo que sucede. Y en ella nada puede suceder, porque, a diferencia de lo que sucede en las historias, no hay inicio ni final. Si algo tiene historia, no le cabe eternidad, aunque dure eternamente.

LA RATA

Yo habitaba en una vieja casa vacacional abandonada, colgada de lo alto de un cerro pedregoso y desde el que se podía ver abajo el mar en su quieta enormidad, yendo y viniendo en monótonas embestidas contra las rocas negras del acantilado en el que, por ahora, espero. 

LA ÚLTIMA CENA

Por obra y gracia del espíritu santo sigo aquí, como de costumbre, aludiendo y mendigando a cada transeúnte que pasa frente a mí. Ocupo el primer escalón de los doce que conducen a la taquilla de una sala de cine donde sólo entran hombres solos. La verdad no sé si es el primero, porque, contando desde la acera, éste sería, en realidad, el segundo. Con lo cual. el total de escalones de la escalera entonces sumaría trece, Por otra parte, trece, según he escuchado decir desde siempre, es número de mala suerte. Luego la diferencia entre doce y trece no sería sólo de un escalón, sino de un destino. De modo que ocupar el segundo o el primero no es cuestión que se pueda tomar a la ligera. Y, ciertamente, que no lo hago así. Sólo que, en mis consideraciones al respecto, encuentro razones igualmente lógicas e irrefutables como para afirmar que estoy en una o en otra posición. Esto es cosa que me gustaría resolver cuanto antes. Por primera vez, no sé por qué, me hallo en la circunstancia en que me gustaría saber, a ciencia cierta -como también se suele decir- en dónde estoy. Nunca imaginé que de un escalón a otro pudiera haber semejante diferencia. El mundo, que para mí siempre ha sido la acera, sería el primer escalón, con lo que yo estaría, entonces, a un escalón menos del cielo y a dos más del infierno. Esto en caso de que el cielo esté arriba, el infierno abajo y yo en el medio. En la perspectiva de este sanguche cósmico puede que la diferencia no se sienta tan enorme como entre el primer y segundo escalón, quizás porque la diferencia entre cielo e infierno es más de fe que de cálculo. Pero, por otra parte, la diferencia entre fe y cálculo es tan enorme como la que puede haber entre un escalón y un destino. Es el tipo de cosas que me gustaría resolver. Allá, por la acera de enfrente, va el gordo de las corbatas anchas y los zapatos chillones. A veces viene. Es el tipo de evento que siempre me distrae de mis resoluciones.

LA QUINTA PATA

Octubre. Lluvia, llovizna, tormenta o aguacero. Lo cierto es que desde hacía ya tiempo el agua no dejaba de caer como una maldición del cielo. Si, hasta cuando cesaba por un rato, no era sino para mostrarse en esa forma de bruma, neblina, calima o calina. La misma maldición; sólo que elevándose desde la tierra sobre la que ha llovido sin parar. A la hora de ser andada, no había sino dos opciones: la maleza o el barrial. Tú eliges, se dijo a sí mismo en el instante incierto en que intentaba dar con el camino para emprender la huida. De súbito, la noche se detuvo. Un relámpago de inamovilidad con el que el aguacero cesó de golpe. Y entonces fue esa quietud que parece escucharlo todo con los oídos de su silencio. Extenuado, se sentó y miró de nuevo al cielo. Durante un largo rato, ni los mismísimos dioses osaron asomarse por cima de los muros de la noche, hasta que de nuevo se dejó oír el monótono canto de los grillos.

TAXIDERMIA

A ver. Acaso esté yo en el curioso procedimiento de comprobar a través del sueño que el alma, si no se refiere a la mera forma de la materia, tal y como Aristóteles fue el primero en sugerir, es el más degenerado e infame de los conceptos. Menos mal y me leí a tiempo aquel tratado que Amanda, mi mujer, dice que lleva título de espanto o aparecido. Como sea, ya sabía yo que no podía ser tan inútil haberlo hecho, tal y como ella siempre aseguró, con ese pragmatismo repugnante tan propio del género femenino y que se va acentuando con la edad. Ella siempre dice: no creo en santo que come y caga, ni en loco que no come mierda. Y, en cierto modo, compartimos la misma poca fe. Aunque para no creer en los santos ni para creer en los locos, requiera yo concebirlos avocados a tan vitales funciones. En todo caso, por ahora, el curioso procedimiento al que aquí me refiero es la única posibilidad que me queda para salir del atolladero en que me encuentro desde hace… Ni siquiera sabría decir cuánto tiempo, pues lo primero que resalta en este asunto es la perdida de la certidumbre que el tiempo nos proporciona como el principal referente de lo que existe.

PORNOAVENTURA

¿Cómo se puede ser, durante algún tiempo, tan vital y, al mismo tiempo. morir sin necesidad alguna de haber vivido por razón distinta a la de follar? Tal era la pregunta que se hacía Henry al caer la tarde y cuya respuesta el crepúsculo se iba llevando a los confines del anochecer confundido con su propia noche de viejo y como quien, con sumo cuidado y sigilo, oculta algo muy preciado pero que le ha de resultar comprometedor o embarazoso. El Henry -dicho así, en su recuerdo, porque así lo llamaron siempre en los tiempos en que vivir era algo más que recordar- estaba sentado ante uno de los largos ventanales que iluminaban el largo pasillo donde la pasaba desde la una, tras haber tomado su almuerzo y haberse negado, como siempre, a hacer la siesta. Éste nunca quiere dormir, había exclamado, como siempre, la señora Pérez. Y allí seguía Henry, empotrado en su silla de espectador del paisaje vespertino. Durante toda la tarde llovió. Y aunque había amainado ya, aún seguía cayendo esa leve llovizna, seguramente gracias a la cual el jardín, los árboles, la calle, los cerros lejanos que todavía encajaban sus puntas en los restos de una nubosidad fragmentada y el paisaje todo, o al menos hasta donde la vista aguzada alcanzara atisbar desde aquella ventana, adquiría esa transparencia rosa que a Henry tanto agradaba. Hasta que, como siempre, a las siete y según orden inapelable de la señora Pérez, Henry fue largado a su habitación. A dormir hasta el día siguiente, como siempre.

LA PIEL INMATERIAL DE LA NOCHE

Ahora sí que estoy jodido, se dijo a sí mismo, con resignación. Boca arriba, a la vez que dibuja garabatos ininteligibles en la piel inmaterial de la noche, llega hasta él un olor agridulce, de fruta fermentada o de licor. Mas bien de las dos cosas juntas, mezcladas, concluyó, ya que la gorda había incorporado al enorme pastel que estuvo preparando durante la mañana una generosa porción de cada una. Y en ese momento, cuando ya arribaba a la media noche, volvió a recorrer, una vez más, los detalles de aquella faena, que habían ido a parar a su memoria, como lo que sobró del pastel, de un golpe seco, habla ido a parar al fondo del bote de donde emanaba aquél olor.

LA CUARENTA Y OCHO

Entré al bar. Fui hasta el extremo solitario de la barra desde el que me observaba, pedí una cerveza y me volví a la mesa de siempre, o al menos la que yo esperaba que fuese tal cada vez que entraba, y que, por esta vez al menos, ciertamente, estaba desocupada. Estuve bebiendo mi cerveza poco a poco, algo así como a un sorbo cada vez que intercambiábamos miradas. Hasta que por fin ella también se vino a la mesa de siempre. Entonces la noche, como el silencio de Dios, se fue hundiendo en el barro de nuestro mutuo decir. Barro nuestro que caes del cielo. El amanecer nos sorprendió a solas, o más bien juntos en la misma soledad desde la que cada quien defendía su propia soledad, ahora sí, sin nada que decirnos, en medio del barrial que nos había arrastrado hasta la cuarenta y ocho.

EL CENTENARIO DE STOKER

Cuando suena la hora lúgubre de los espíritus, la novia bebe el vino de un rojo sombrío como la sangre. Una vez más, aquellos versos de Goethe, que lo hacían sentir tan orgulloso de sí, resonaron en su memoria, apenas se asomó a la ventana y la noche le rozó el rostro. Luego fue esa mirada acuciosa lanzada allende los suburbios nubosos de la ciudad, más allá de los cuales se extendía la rígida horizontalidad del cementerio. Quietud. sosiego, reposo, descanso… iba buscando la palabra más apropiada para definir lo que aquél otear el horizonte de la noche le inspiraba, hasta que la encontró: ausencia. Eso. Porque la muerte no es más que ausencia. Ni menos tampoco. Entonces emprendió el vuelo.

LA POSE

De los talones a la cabeza mediría no más de metro y medio. Y si uno se fijaba bien, venida de sus adentros a flor de piel, como el alma que le daba forma en una sola y fugaz pincelada de existencia, la insignificancia demarcaba el todo de su cuerpo quieto y menudo. Quizás fuese esto, la manera en que esa insignificancia determinaba la absoluta armonía entre el ser y el aparecer lo que la hiciera lucir más joven de lo que realmente fuese, como si a estas alturas de su biografía aún no contara con una historia única y propia en la que hubiese valido la pena desgastarse y envejecer. El resto de aquella su presencia era lozanía triste, quietud de lagartija a la una de la tarde y que administra su energía en medio de un paisaje árido y sofocante. No obstante, al mismo tiempo, su pose era tan curiosa y estudiada, tan artificiosa que lo que le faltaba en tamaño y significación le sobraba en gracia y seducción. Al menos eso fue lo que pensé cuando me disponía a entrar a la tienda y la vi, parada allí, de espaldas a la puerta y con los codos apoyados en el mostrador mientras seleccionaba los botones de las cajitas que el viejo tendero iba poniendo de dos en dos a la disposición de su minuciosa inspección.

 

 

Historia

Mundial

Contemporánea

A mi modo de entender, los que están persuadidos a que por la historia particular se puede uno instruir lo bastante en la universal, son en un todo semejantes a aquellos que, viendo los miembros separados de un cuerpo poco antes vivo y hermoso, se presumen estar suficientemente enterados del espíritu y gallardía que le animaba. Pero si uno, uniendo de repente los miembros y dando de nuevo su perfecto ser al cuerpo y gracia al alma, se lo mostrase por segunda vez a aquellos mismos, bien sé yo que al instante confesarían que su pretendido conocimiento distaba antes infinito de la verdad y se asemejaba mucho a los sueños. Y ciertamente, que por las partes se forme idea del todo, es fácil; pero que se alcance una ciencia y conocimiento exacto, imposible. Por lo cual debemos estar persuadidos a que la historia particular conduce muy poco a la inteligencia y crédito de la universal, de la que únicamente el reflexivo conseguirá y podrá sacar utilidad y deleite, confrontando y comparando entre sí los acontecimientos, las relaciones y diferencias. (Polibio. Historia Universal. Exordio.)

EL CONCEPTO DE MEMORIA

...sólo de aquellos seres vivos que son conscientes del tiempo puede decirse que recuerdan y hacen esto con aquella parte del alma que es consciente del tiempo. Aristóteles. De la memoria y del recuerdo.

Grande es la virtud de la memoria y algo que me causa horror, Dios mío: multiplicidad infinita y profunda. Y esto es el alma y esto soy yo mismo.  San Agustín. Confesiones

Introducción

...sólo de aquellos seres vivos que son conscientes del tiempo puede decirse que recuerdan y hacen esto con aquella parte del alma que es consciente del tiempo.

Aristóteles.

De la memoria y del recuerdo.

 

Grande es la virtud de la memoria y algo que me causa horror, Dios mío: multiplicidad infinita y profunda. Y esto es el alma y esto soy yo mismo. 

San Agustín.

Confesiones

 

...el pasado se conserva por sí mismo, automáticamente. Todo entero, sin duda, nos sigue a cada instante: lo que hemos sentido, pensado, querido desde nuestra primera infancia, está ahí, pendiendo sobre el presente con el que va a unirse, ejerciendo presión contra la puerta de la conciencia que querría dejarlo fuera.

...no pensamos más que con una pequeña parte de nuestro pasado; pero es con nuestro pasado entero, comprendida en él nuestra curvatura original del alma, con el que deseamos, queremos y actuamos.

Henri Bergson.

La evolución creadora

La memoria: un misterio, una estructura, un proceso

Para Aristóteles la memoria residía en el corazón. Captadas por los sentidos, suponía que las impresiones que se perciben del entorno eran conducidas por la sangre hasta allí. En general, para la filosofía antigua el corazón es el reservorio de la actividad espiritual del hombre. Allí se asienta lo que para nosotros es su existencia psíquica. De modo que el corazón era tenido por el lugar de las emociones y los sentimientos, idea que, por lo demás, ha permanecido a lo largo de la historia en las más diversas culturas hasta hoy. De hecho, en latín, recordar -recorsi- significa de nuevo en el corazón. Esta creencia se mantuvo durante siglos. No es sino hasta mediados de la edad media cuando la memoria comienza a ser ubicada en la parte posterior del cerebro1. Aunque sin datos abundantes y determinantes al respecto desde un punto de vista científico, es la fisiología moderna la que la ha localizado en el cerebro. E. Kandel2, premio nobel por sus investigaciones en este campo, ha definido la memoria como una representación interna de la información adquirida mediante aprendizaje; información que se halla codificada, espacial y temporalmente, en circuitos neuronales, mediante cambios operados en las propiedades reactivas de las neuronas. Con todo, en el mundo de la ciencia aún no hay consenso en cuanto al modo como reside la memoria en el cerebro. Hay quienes piensan que la memoria tiene localizaciones específicas, que se corresponden con un determinado tipo de ella, y quienes piensan que, por el contrario, la memoria es una y que alcanza amplias regiones cerebrales que operan conjuntamente y de manera coordinada, según diversos niveles de complejidad en el registro de datos y evocación del recuerdo. También hay quien piensa que ambas hipótesis no son excluyentes entre sí y que es posible que apunten con certeza al mismo fenómeno considerado desde puntos de vistas diferentes y complementarios3.

Aristóteles: memoria, alma y experiencia

Al concebirla como parte del proceso cognitivo -junto con la percepción y el aprendizaje- la psicología cognitiva ha puesto en evidencia la complejidad de la memoria y resaltado la conexión existente entre memoria y otras funciones tanto fisiológicas como espirituales del ser y el proceder humanos. Conexión ésta que ya había sido planteada por Aristóteles. Así, por ejemplo, en Metafísica establece la relación directa y biunívoca entre memoria y experiencia de la siguiente manera:

San Agustín: memoria, alma y dios

Agustín se ocupa del tema de la memoria en el Libro X de Confesiones. Hay quien dice que este capítulo constituye una suerte de bisagra que une la primera parte de la obra, es decir, la parte autobiográfica, que recogerían los libros del I al IX, con la siguiente, la parte conceptual, correspondiente a los libros XI-XIII. Tal estructura expresaría la intención misma del autor, con el propósito de reflejar en ello su concepción de la memoria como la función mediadora entre el hombre y dios1. Aunque no hay constancia de que esto sea así, es una interpretación muy plausible. Por lo demás, cualquiera sea el caso, se trata de una interpretación que en nada contradice el concepto mismo de memoria que maneja Agustín y que constituye una excelente guía en la lectura de la obra. También, en La Trinidad trata Agustín el tema de la memoria, particularmente en los Libros del X al XIII, aunque aquí no de manera específica, sino en conjunción con el entendimiento y la voluntad, y en tanto que las tres -memoria, entendimiento y voluntad- son las facultades que a su entender definen el alma humana. Ello supone un giro completo en el concepto de alma y, en consecuencia, en el de memoria con respecto a la visión materialista de Aristóteles. Pasamos de la entelequia que define lo vivo en la naturaleza -de lo cual el hombre es una especie- al hombre cuya individualidad plena está determinada más que por la naturaleza, por su conexión con dios y la dimensión de lo divino. El alma de Aristóteles da lugar a una especie natural con conciencia del tiempo. La de Agustín a un hombre histórico conectado con la naturaleza sólo en su dimensión material y cuya conciencia del tiempo no es otra cosa que su vínculo con la eternidad.

La dimensión social de la memoria

Entre el Tratado del Alma y el Tratado de la Santísima Trinidad se abre uno de los episodios más plenos de significación en la historia de la filosofía occidental. El cristianismo avanza sobre las ruinas de un paganismo que ha sido, al mismo tiempo, fuente de inspiración y modelo de su filosofía. Esto se hace evidente en el tema de la memoria. El concepto de Aristóteles emerge de las dimensiones materiales de la naturaleza y que el cristianismo depreciará como el terreno de lo profano. El de Agustín es un concepto que desciende de los cielos. Tejida con el hilo de la lógica pagana, la memoria de Agustín se inserta en el tapete de la fe y el misterio supraterrenal de lo divino. En este tema, como en otros, el decisivo avance que el materialismo aristotélico representa respecto al idealismo de Platón, es un camino que de nuevo recorre Agustín, pero en sentido contrario. Su concepto de alma -y con él el de memoria- constituye, digámoslo así, un ejercicio de desmaterialización de lo que encontramos como tal en Aristóteles.

Mito, memoria e historia

Se dice que recordar es hacer presente el pasado. Ciertamente. Una hermosa metáfora, como casi todas las que, al jugar con el sentido de los términos, pero sin contradecir su sentido, crean una atmósfera de contrasentido que, sin estar reñida con la lógica, la ironizan, en cierto modo se mofan de ella. Una metáfora, además, muy acertada en todo sentido. Sin embargo, ello no obsta a la hora de precisar hasta qué punto es posible hacer presente el pasado, en qué grado y en qué sentido. Pues el pasado presente no es lo mismo que el pasado, El recuerdo no es mostrar lo que hay en la memoria, sino la realización de un constante proceso de selección, ordenamiento y elaboración de ella. El recuerdo es una intervención intencionada y sofisticada desde el entendimiento del material bruto de la memoria. No sólo el recuerdo vive de la memoria, sino que, a su vez, la memoria vive de la aportación y el enriquecimiento que el proceso de recordación le aporta. De modo que, como resultado del recuerdo, el pasado presente no es el pasado, sino lo que de él hemos seleccionado, ordenado y elaborado, y lo que nos decimos acerca de los resultados de tales operaciones sobre la memoria. Y como seleccionar supone, en alguna medida, el olvido -inconsciente o voluntario- hay veces en que hasta el olvido es una forma de decir acerca del pasado recordado. Si a todo esto se agrega que todas estas tareas inherentes al recuerdo y el olvido se realizan desde y a través del lenguaje, que son en sí mismos procedimiento lingüísticos, resulta entonces que la memoria es un procesamiento semántico de la experiencia temporal. Saber del pasado, individual o colectivo, es en sí mismo un proceso de significación.

 

 

HISTORIA Y CIENCIA
El silogismo se compone de proposiciones, las proposiciones de términos; los términos no tienen otro valor que el de las nociones. He aquí por qué si las nociones (y éste es punto fundamental) son confusas debido a una abstracción precipitada, lo que sobre ellas se edifica carece de solidez; no tenemos, pues, confianza más que en una legítima inducción. F. Bacon
Introducción

Soy de la generación a la que tocó aprender en clase de historia que la historia es la ciencia que estudia el pasado y, respecto al más importante hecho que da inicio a la historia, que el hombre desciende del mono. Aunque aquí el asunto nunca quedó del todo claro por aquello del eslabón perdido. Acto seguido, receso de por medio, me tocaba aprender en clase de religión que, de acuerdo a la historia sagrada, el hombre era creación de dios. Esta vez el asunto quedaba todavía menos claro, pues con ello se hacía participar al hombre de una doble naturaleza, histórica y divina. Siguiendo el razonamiento científico -que también hube de aprender en clase de física y de matemáticas- si la historia es una ciencia, la historia sagrada también lo es. Entonces ¿cómo era posible que una misma ciencia tuviera posturas científicas tan disímiles en relación al hecho más importante con el que se iniciaba la historia de la humanidad? ¿O es que hay historias científicas e historias que no lo son? Porque en el mundo de la ciencia hay más teorías falsas o erróneas que teorías verdaderas, y todas por igual son expresión del mismo modelo de conocimiento, es decir, forman parte del mismo proceso de desarrollo de ése modelo y de ese conocimiento tenido por científico. Hay verdades científicas y también falsedades que, no por tales, dejan de ser científicas, pues las unas y las otras son resultado del mismo proceder. Claro que el que la historia sagrada sea científica es bocado del conocimiento que lucía realmente grueso de tragar.

La concepción de la realidad: la relación sujeto-objeto

La caída de un individuo de lo alto de un edilicio de diez pisos puede ser interpretada de muchas maneras. Como un suicidio, es decir, el resultado de la intención de quitarse la vida, o como accidente resultado del descuido mientras contemplaba el paisaje, o como un homicidio, si es que el sujeto en cuestión fue empujado por otro o, incluso, de alguna manera inducido a acometer su propia caída. Este tipo de causa puede llegar a constituir un entramado muy sutil y complejo porque, precisamente, no supone necesariamente datos evidentes, observables y medibles, sino indicios de una posible intención o conducta particular del individuo en cuestión y, también, de otros que pudieran estar de alguna manera involucrados en su caída desde lo alto de un edificio. Por otra parte, son datos evidentes, observables y medibles, tales como la masa del individuo que cae y la distancia que lo separa del centro de la tierra, los que, convertidos en variables de una rigurosa formulación matemática con enorme capacidad de predicción, nos explican la caída del individuo desde el punto de vista científico. La diferencia entre una y otra situación a la hora de interpretar el mismo fenómeno es la objetividad científica o, dicho en otros términos, el concepto científico de realidad en el que se ha basado y se basa todo el pensamiento científico y sus nociones de conocimiento y verdad.

El historiador como sujeto y el hombre histórico como objeto

Gracias a la Ley de Gravitación Universal, la caída de un individuo de lo alto de un edilicio de diez pisos puede ser comprendida científicamente, si me fijo en los datos apropiados del evento y lo defino de la manera apropiada. Lo cual requiere, como es obvio, un observador específicamente consciente y premeditadamente preparado para ello. Esto es, un observador según lo que el método científico entiende como tal. Si como observador no me interesa la distancia del piso diez a la superficie de la calle, ni la masa molecular del individuo; si, además, no tengo la capacidad de combinar estos datos como variables de un acontecer ecuable, no soy el observador indicado para una apreciación científica del evento. Y, muy probablemente, la mayoría no lo es. Lo cual, sin embargo, no nos excluye como observadores, y dará lugar a muy diversas formas de interpretar el evento, distintas, todas ellas, a la propia de la ciencia. Lo primero que cabe preguntar es si, al ser esto así, se trata del mismo evento.

La naturaleza científica de la historia: un despropósito metodológico.

Luego de aprender a distinguir un poco, gracias a Aristóteles y Tucídides, lo que la ciencia y la historia son, o pueden ser, aquella idea que hube de aprender en la escuela según la cual ésta última es la ciencia del pasado luce como el más remoto y anquilosado arquetipo de la infancia de cualquier historiador. Pero lo mismo fui a aprender en la escuela de historia en la que me formé. Siempre recuerdo a mi profesor de ciencias sociales asegurando que la historia es una ciencia porque tiene un método, es decir -ilustraba haciendo el correspondiente gesto con su mano- un camino hacia el conocimiento que ha de ser andado. Por mi parte yo, que antes de ingresar a la Escuela de Historia había cursado durante dos años ciencias actuariales y matemática aplicada en la de Estadística -a tono con el cruel lema de mi profesor de cálculo: deriva el que sabe, integra el que puede- me preguntaba cómo es eso que, para definir un método científico, los historiadores hemos de conformarnos y apegarnos a una metáfora como, en este caso, la del caminante. Yo podía estar muy de acuerdo con una metáfora que, después de todo, se corresponde con la etimología del término método. Pero nunca con la naturaleza científica de lo que una metáfora así estaba llamada a ilustrar. Si de caminar se trata, he allí a Heródoto en el Asia Menor, o cualquier estudiante de historia por las atestadas calles que conducen al Archivo General de la Nación, la Biblioteca Nacional o la Academia Nacional de la Historia. Pero que jamás han de conducir a la ciencia.

Historia y ciencias sociales

La historia es la más antigua de las ciencias sociales. Esto afirma Fernand Braudel, y añade que lo que la diferencia de ellas no es sólo su antigüedad, sino la peculiar dificultad de que el historiador trabaja sobre lo que ya no es. Por otra parte, Georges Duby, quien, al igual que Braudel, asigna un carácter decisivo tratamiento documental, señala una estrecha vinculación entre la historia y la creación literaria, y resalta el hecho de que la historia, entre las disciplinas que habitualmente llamamos ciencias humanas, es la única que constituye un género literario.1 Tales no son distinciones diferentes o excluyentes. En realidad, la una es consecuencia de la otra. La historia es narración, porque sólo a través de la narración podemos acceder al tiempo, significar el transcurrir de la existencia como temporalidad especifica y representar lo que ya no es. Fue ese ya no ser el que llevó al sustancialismo antiguo a afirmar que de la historia no se podía extraer conocimiento alguno, pues no se puede conocer lo que deviene, sino lo esencial y permanente, lo siempre igual a sí mismo. Es ese no ser el que, todavía hoy, traza la frontera epistemológica entre ciencia e historia. Debate del cual Braudel se aparta, por considerarlo estéril, y con razón. Sólo que con ello se pierde todo derecho a considerar la historia una ciencia. Y, por último, es ese ya no ser el que hace del tiempo histórico una dimensión sólo posible de ser planteada en el contexto específico de una narración. En virtud de lo cual Duby reconoce su naturaleza decisiva como género literario. Ciertamente, hay que convenir en que la historia se distingue de las ciencias sociales por su antigüedad, y por tratar de lo que ya no es. Sólo que la más elemental consecuencia de ello es que la historia no es, en realidad, una ciencia social, sino, como muy bien dice el mismo Braudel, el arte frágil de escribir historia.

El surgimiento de la historia ciencia y las ciencias sociales

Las ciencias sociales son uno de los más genuinos productos institucionales y académicos de la sociedad industrial. Si bien el término suele utilizarse en contraposición al de ciencias naturales, y sugiere que el estudio de la sociedad no se rige por los mismos parámetros, en sus orígenes son el intento de crear lo que Comte llamaba una física social, cuyo propósito no era otro que aplicar los criterios y métodos científicos al ámbito de la sociedad y la acción humanas. La sociología no comenzó a ser reconocida como una disciplina académica hasta finales del siglo XIX, particularmente con los trabajos de Durkheim, epígono de Comte y Saint-Simon, y cuyo radicalismo científico impone una línea de trabajo que concebía la realidad social como un objeto de estudio independiente de la subjetividad del individuo. En contraposición a este concepto, posteriormente, Max Weber, más influenciado por el marxismo, aducía que no se puede estudiar la vida del hombre y sus relaciones en sociedad sin tener en cuenta el modo en que la dimensión subjetiva de su existencia incidíe en la realidad social. Las ciencias sociales surgen en el marco de esta controversia. Pero son, en conjunto, expresión del desarrollo de la sociedad industrial, de una cultura para la que la ciencia es símbolo del saber y de control sobre la existencia, bien y valor fundamental del desarrollo social. Y la historia, como ciencia social, aparece también entonces o, si se quiere, el oficio del historiador se inserta en esta cosmogonía característica del mundo contemporáneo. Dicho en otros términos, no es que la historia sea una ciencia social, sino que la historia, como ciencia, es una forma particular de concebir y escribir historia, tan reciente como las ciencias sociales con las que comparte, o intenta compartir, el mismo espacio institucional y académico.

Las ciencias sociales: signo de modernidad de la era industrial

La historiografía. Lo que desde los tiernos años de la escuela nos enseñaron a definir como la ciencia que estudia el pasado ¿por qué, en lugar de seguir sentada a las puertas del reino de la ciencia social, no emigrar al infame barrio de la narrativa. donde nació y creció sin complejos el mismísimo Heródoto? Yo creo que en buena parte ello se debe a que el empobrecimiento del historiador como narrador no es cosa que se queda en el plano del papel, sino que invade toda su interioridad como sujeto. El estilo no se aprende ni se copia; se forja en el marco de una disposición personal. El historiador científico se enajena a sí mismo como sujeto, y lo hace en aras de una falsa objetividad en virtud de la cual cree que el conocimiento histórico está fuera de sí mismo, en esa supuesta realidad del pasado que, en realidad, no existe. La idea de que la historia es la ciencia que estudia el pasado es la representación sintética de esta enajenación, reproducción del servilismo epistemológico que le otorga su dudoso rango científico y, al mismo tiempo, lo anula como narrador.