Mi tema de hoy cayó del cielo de ayer. Mientras retornaba de la ensenada y el día se iba apagando —y yo con él— me preguntaba por el antes y el después en medio de este eterno retorno que el existir es. Por sí solo el pasar es devenir El antes y el después están implícitos en nuestra percepción misma del pasar; es el modo en que el lenguaje le da forma y, con ello, a nosotros mismos como entes temporales. El antes y el después no es cosa que está en el pasar, sino aquello que somos al decírnoslo en tanto que pasamos; es decir presencia en y ante el pasar mismo.
De modo tal que la sentencia clave de toda la ontología de Heidegger según a cual somos entes temporales que para existir han de hacerlo históricamente, apunta a esta forma, en sí misma narrativa, de nuestra presencia. Llevar la verdad del ser al lenguaje es, para mí, poner en evidencia su dimensión en sí misma narrativa, que es la única manera de captar con sentido el no ser en que, pasando, consistimos. En el hoy, pues, no sólo están los ayeres —como bien ya apuntaba Borges— sino, igualmente, los mañanas. Si somos entes temporales que para existir han de hacerlo históricamente es porque todo presente sólo puede tener sentido en tanto que contenedor de pasados y futuros. No hay presencia en y ante el el pasar sin el antes y el después como forma temporal de captarlo. Lo que hace de ella, por sí misma, acto narrativo.
Y esto es así hasta el punto de que no sólo afecta y determina nuestra temporalidad como entes que pasamos, es decir, que, sujetos a finitud y mortalidad, duramos, sino que, igualmente, afecta y determina toda proyección metahistórica y trascendente a nuestra duración temporalmente determinada. Cualquiera sea el dios y la dimensión divina a la que se la impute, no hay eternidad que tenga sentido sino desde la dimensión temporal del antes y el después. Bien sea que la idea de dios se la conciba como el origen mismo de la historia, bien como el destino final de ella — o las dos cosas, lo cual no es sino un eterno retorno absoluto— ya con ello adquiere forma de antes y después; es decir, ya con ello forma parte de una historia, sin que a los efectos cuente para nada lo real —entiéndase realista— o fantástica que esa historia pueda ser. En este sentido, se puede ser santo o vampiro; el más real de los personajes o el más ficticio. En realidad, el pecador no es más que presencia en y ante el pasar. Viene de un pasado —ruptura con su dios— y va hacia un futuro —reconciliación con él. Lo uno y lo otro son acto narrativo de su propio presente, y no hay modo alguno en que pueda desentenderse de ésa, su propia temporalidad —la que siempre le exige una maldita historia— pues sus orígenes mismos no son más que un antes, y hasta su salvación nunca podrá ser más que un después.
Pasa con el pecador que, siendo parte del pasar mismo y sin un dios a mano siquiera capaz de maldecir, para maldecir-se ha debido crear un dios tal que lo hiciera por él; y esto hacer, como el creador de tiempo que en presencia es; o sea, mediante acto narrativo. Por eso este dios, como todo dios, también tiene su historia. Ya que, en realidad, en lugar de crear, este dios ha sido creado como creador, por un solitario temporal creador de tiempo y que, negándose a reconocer su propia soledad cósmica —lo único que, por cierto, lo haría libre— le da vida como personaje de su propia historia, con el artero propósito de imputarle la finitud y mortalidad de la que participa sin saber para qué. Con lo cual, siendo entes temporales, hemos enajenado nuestra naturaleza finita y mortal; esto es, la dimensión real y concreta —duración— en que se expresa dicha entidad. a la más infame de las ficciones narrativas, haciendo con ello del no ser que somos vulgar pecado. No hay cielo capaz de compensar este crimen ontológico y tamaña vulgaridad moral contra la temporalidad que es el alma de la vida. Si cupiera, haría mía la demanda de Beckett: dejadme ir al infierno; sólo eso os pido. Sin embargo, no es necesario. En realidad, si somos entes temporales que para existir han de hacerlo históricamente, no es la verdad, sino el absurdo de existir lo que nos haría libres.
Y hablando de Beckett, del inicio y del final, recordemos cómo asoman al universo negro y total los pies fríos de Malone mientras brota del enorme coño de la existencia. Quién lo sabe. Pero puede que la vida no sea sino eso, la jugosa, enorme y total vagina del devenir, contrayéndose y distendiéndose al ritmo fálico de su movimiento. En todo caso, cualquier cosa será muy preferible a ser creado a la imagen y semejanza de un dios que sólo es capaz de maldecir a aquél al que ha creado para que lo adorase. Jamás podría asemejarme a un ente superior que para ser requiere del reconocimiento del otro inferior. Es como si yo, para ser, requiriese, no de historia, sino de que Diógenes me adorase. Semejante semejanza es una estupidez. Y puede que yo también tenga mucho de estúpido. Pero no lo suficiente como para jactarme de ello, y que sería lo único que puede justificar la adoración como sentido del ser. De tal manera que, si bien, en tanto que ente temporal, para existir requiero de una historia, no requiero, sin embargo, de la de ser creado, y mucho menos por un dios que otro ha creado y que, como diría Cioran, jamás podría abrazar.
Así que, por absurdo que pueda parecer a espíritus susceptibles de adoración, mejor brotar del enorme coño de la existencia —ese cubilete siempre agitado por la inquieta mano del devenir— que ser creado por un dios que ni siquiera se basta a sí mismo para ser, y mucho menos para satisfacer su malcriadez con nuestra propia temporalidad. Nacemos al modo del dado que, arrojado en plena partida, la determina, a la vez que es determinado por ella. Nacer es, entonces, sumarse a ese todo de entes finitos en que consiste el garito infinito del pasar. Así, finitos y mortales, gracias al morir somos la posibilidad de vivir el pasar como nuestra más extrema posibilidad de ser —históricos. Más que un fin, o un cesar, la muerte es un final; como el de las historias, la consagración de nuestra propia temporalidad. Con lo cual la eternidad queda como moralismo pasajero, basado en la vulgar creencia de que el existir sólo puede tener sentido postrándose ante un dios que no lo tiene. En realidad, la muerte no nos coge al final de la vida. Se nace abrazado a ella y para que el vivir tenga un final que haga del nacer un inicio. No sólo le debemos casi todo, como ya asegurara Cioran; sino que, para ser —históricamente— la somos. Si el tiempo es su demonio, la muerte es el estilo de la existencia temporal. Lo que hace del antes y el después algo mucho más allá de las meras formas adverbiales que en sí mismo son. El antes y el después implícitos en el tiempo: no se trata sólo de medir el pasar, sino, más allá de ello, de los mil y un ahoras involucrados en su posible lectura y comprensión. Caído del cielo de ayer, éste es mi tema en la tierra de hoy.
Parecía tema sencillo. Y lo es, al menos, en una perspectiva cronométrica y sintáctica, hasta cierto punto. Más allá del cual, nuestra presencia en y ante el pasar, en tanto que acto narrativo, se despliega en un complejo, rico y variado espectro de posibilidades de interconexión de ahoras, que constituye la auténtica dimensión narrativa de nuestra temporalidad. El pasado-presente-futuro no está hecho tanto de siglos, días o segundos, como del antes y el después con que captamos la movimiento de las cosas que pasan. De hecho, el que pasen —es decir, el que las veamos pasar en un siglo, un día o un segundo— es ya un modo de fijarlas como todo específico entre un antes y un después. Si no está comprendido entre un antes y un después, no hay modo de que un ahora tenga lugar, es decir, que pase. Empero, además, si no es en sí mismo un antes o un después, tampoco hay modo de establecer una conexión histórica desde el ahora narrativo con ese ahora como pasar. Nuestra presencia en y ante el pasar es en sí misma coexistencia de ahoras determinados según el antes y el después en un constante proceso de expectación, percepción y memoria. Independientemente del grado de realidad que se atribuya a las cosas que pasan,, para ser vivido —o sea, existir históricamente— no captamos el pasar como mera sucesión. Para que tenga sentido más allá de la mera sucesión, hemos de interpretarlo como coexistencia de ahoras.
En princpio, el antes y el después son función cronométrica del tiempo que da sentido de sucesión al pasar; sucesión de cosas que pasan y que, para ser tales, han de tener su momento, con inicio y final. Pero, con ello, en la dimensión propiamente narrativa de nuestra presencia, el antes y el después es lo que nos permite hacer de la ausencia que implica el devenir de las cosas que pasan el todo en que coexisten los posibles ahoras con que identificamos su pasar. En tal sentido, el ahora es el modo en que el pasar, hecho de ausencia —mero dejar de ser— se hace presencia, susceptible de narración en la medida en que asignamos un antes y un después a lo que pasa. Existir históricamente implica, pues, configurar, una y otra vez, ese infinito juego de ausencia de los ahoras, a partir de la expectación, la percepción y la memoria. En otras palabras, existir históricamente es este coexistir de presencia y ausencia mediado por el antes y el después, que, a los efectos, es corolario de nuestro concepto de tiempo. Temporalmente, pasamos; como parte del devenir total, nada nos distingue de lo que deviene en tanto que no ser. No obstante, y aunque participemos del no ser del devenir, gracias al tiempo no somos mero pasar. Históricamente, somos lo que del pasar nunca pasa; precisamente aquello que nuestra conciencia narrativa atrapa como ahora entre un antes y un después.
Dicho en otros términos, para existir históricamente, nuestro concepto de tiempo hace del devenir y su no ser una paradoja, según la cual sólo pasa —en el sentido de suceder— lo que nunca pasa —en el sentido de deja de ser. Con lo cual, si el tiempo, como siempre digo, es el demonio de la existencia temporal, hélo aquí, en chancletas, paseándose a sus anchas por el laberinto del pasar. Y A ver ahora cómo le hago, pues esto es algo que no estaba en mis planes; al menos no hasta esta mañana, cuando, tras despertar sin tener la más puta idea de por dónde seguir, algo −que no sé qué es− me lo indicó como posible camino, y por allí me vine hasta aquí. También habrá que decir algo de ese algo, si es que acaso, en el curso de esta jornada, alcanzo determinarlo.
Comenzaré con un relato acerca de sí mismo que, venido de labios del viejo Rangel, escuchado por mi y conservado en mi memoria, me dispongo a recrear como parte de esta historia acerca del hecho de escribir historias, que ahora, −y desde hace unos cuantos ahoras ya− escribo. En este ahora narrativo confluyen —y diría que hasta se funden— ahoras distintos y de naturaleza diversa. Por decir lo menos: el vivido por el viejo Rangel mismo mientras se dirigía a El Mesón; el que éste relata en El Mesón, tras haberlo vivido; el ahora del que lo escucha en aquél momento y el ahora del que lo recuerda en éste −al caso yo, el mismo, pero, a su vez, en ahoras distintos y separados por no se cuántos años ha− y el ahora narrativo mismo en el que me encuentro en este momento, pero que, como tal, no es mero receptáculo temporal de pasar −es decir, recuerdo− sino, además de eso, y sobre todo, proceso en el que se elabora y re-elabora un decir: esto es, un ahora en el que interviene la voluntad de narrar, en correspondencia con la conciencia e intención de la historia que se narra.
De modo tal que, en tanto dimensión temporal, este ahora narrativo viene a ser una suerte de hoguera de expectación, percepción y memoria, encendida con la diversa leña de los ahoras que el hacha de mi voluntad, de manera intencional, ha cortado y preparado a los efectos en el siempre espeso, salvaje y apiñado bosque del pasar. El decir y el estilo son el combustible. Todo lo cual, como es de esperar y, más allá de la mera sucesión cronológica que en principio sugiere, hace del antes y el después uno de los más complejos procesos de temporalización del existir, y en el que, por lo demás, se basa la posibilidad de toda historia. Veamos cómo opera el proceso en este caso.
Lo primero, pues, el relato, tal cual lo escuché de boca del viejo Rangel, luego de haber dado cuenta de los dos primeros tragos. A ver. Allá va. Ciertamente. Esa calva es inconfundible. Y por el modo en que sobresale del mar de cabezas, posiblemente ni la note la mayoría, que no alcanza tu estatura, pelón. Pero vista desde arriba, es otra cosa. A nadie vas a engañar con esos cuatro pelos. Y, claro, tú nunca harías lo que Calígula, que, para atreverse a salir a las calles de Roma, primero debía decretar la pena de muerte para todo aquél que se atreviese a subir a lo alto de algún balcón o azotea con el propósito de ver pasar al emperador. Tú no eres emperador, ni te has ganado un merecido lugar en la historia elevando a un grado sublime la estupidez. Como todos, vives tu propia estupidez, pero sin lugar en la memoria; tú sólo pasas. Inmerso en la resaca humana que de cinco a seis atiborra la avenida, te dejas ir, cual mortal común, en la corriente municipal y espesa del día a día. Nunca tendrás un lugar en la historia, salvo el que seas capaz de ocupar de culo, como el de aquellos viejos que pasan la tarde hablando en la plaza. Los has visto. Siempre te toca verlos, porque has de pasar por allí cuando te diriges, como casi todas las tardes, a El Mesón. Y, de regreso, te toca ver las sillas vacías y quietas hechas a la mudez de la noche. ¿Que es lo que pasa, pelón? (De súbito, el hombre paró y, sin reparar en las protestas de los transeúntes que hubieron de tropezar con él, se quedó mirando hacia la plaza que había dejado atrás, mientras que, por efecto de la inercia, se apartaba a un lado. Ahora, detenido frente al aparador en que lo ha sorprendido su reflejo, observa con extrañeza la imagen en el cristal. Ha sacado un pañuelo de su bolsillo y, desde hace un rato, ha estado secándose el sudor que le corría por la frente y el cuello. Respira hondo. Se afloja el nudo de la corbata y se alisa los cuatro pelos que aún sostienen su desolada rebeldía contra la calvicie. Habrá que dejar de fumar, Pelón. Al menos en atención a lo que te queda de cuerpo. Que, por el desánimo, bien poco lo que se puede hacer; es mal de viejo. Entonces, antes de emprender de nuevo su camino, vuelve a fijar su atención en aquella imagen de sí mismo reflejaba en el cristal del aparador, pero como si no fuese suya, sino de alguien u algo extraño, pero que, en cierto modo, como si le sonriera, le sugiere complicidad. ¿Y ahora qué, Pelón? Como si esa imagen en el espejo no fuese el reflejo de ti mismo, tú mismo, sino otro. Así pasa con los perros ¿sabes?. Cuando los refleja, no se ven a sí mismos en el espejo, sino a otro. Por eso ladran al espejo, es decir, al desconocido que los mira. ¿Y ahora qué? Mira, Pelón, que te esperan en El Mesón. Parece una canción. Sí, tú canción. ¿Seguimos o nos quedamos aquí parados, ladrando a éste?
Hasta aquí las palabras del viejo Rangel. Textuales hasta donde mi recuerdo de aquella tarde −casi noche− en El Mesón me permite ceñirme a su relato; incluidos los paréntesis en tercera persona, y cierta cadencia en el tono, que en principio yo asociara a la incertidumbre, hasta que el viejo precisó: quien ha hablado es la muerte. Sucedió pocos días después de mi encuentro con Amanda, hacia finales de la tarde, apenas el viejo arribó a El Mesón, tal y como habíamos convenido, a eso de las seis y media, y tras jactarse de su puntualidad. Ciertamente, como él mismo determinó, poniendo su muñeca delante de mis ojos para mostrarme la hora en su reloj, apenas si se había retrasado treinta minutos. Sólo que respecto a las seis del día siguiente al estipulado en nuestra cita.
Como creo haberlo señalado ya en alguna otra parte, entre las virtudes del viejo Rangel no contaba la puntualidad; cosa a la que, por lo demás, me había acostumbrado. De hecho, me causó gracia la gesticulación torpe de sus largos brazos, sus ojos saltones asomados por encima de los anteojos, su mirada en busca de mi aprobación. Me causó gracia todo cuánto se le desgastaba en el inútil esfuerzo de reivindicarse. Igualmente me había acostumbrado a este desgaste, que en esta oportunidad se prolongó hasta que asentí con una leve afirmación de cabeza, sin mirarlo y sin darle importancia a lo que decía. Sólo entonces se sentó y, sin mediar ningún otro comentario, tras libar de un tirón los dos primeros tragos, hizo el breve relato al que he referido.
Cuando concluyó, por mi parte, en plena expectativa y a la espera de que me explicara a qué venía aquello, me quedé mirando al viejo, que, a su vez, se había quedado mirando el vaso vacio en su mano. De súbito, hizo señas a Manolo para que le sirviera otro trago Ya seguía mirándolo, como a la espera. Sin embargo, durante largo rato, no volvió a pronunciar palabra. Era como si con el prolongado silencio que siguiera −conjeturo yo ahora, en este momento en que lo describo− esperase a que me grabara aquellas tras las cuales se había callado de súbito.
Y esto es lo primero que llama mi atención: mi conjetura lo es del ahora en que escribo esta historia, y respecto a algo de lo que había sido inconsciente hasta este momento del proceso. De manera que, lo que sea que me lleve a esta conjetura, no forma parte de aquél ahora de hace más de veinticinco años en El Mesón, sino de éste, en mi mesa, el narrativo, y del modo en que su proceso nos involucra, según mi recuerdo, a mí y al viejo en un mismo todo temporal en el que hacemos de personajes. En todo caso, a lo que voy: aquél antes en el que escucho y comparto el mismo silencio con el viejo, está en alguna medida intervenido por este después en el que lo recuerdo y escribo. Los mismos veinticinco años que los separan, los unen. Con lo cual salta a la vista que el antes y el después que siempre media en nuestra apreciación temporal del pasar, no remite sólo a una sucesión de cosas en un mismo momento, o en momentos muy próximos, sino que, muy por el contrario, pueden formar parte de momentos muy distintos y distanciados entre sí, y, no obstante, gracias al acto narrativo, operar, a los efectos de nuestra percepción, como si fuesen temporalmente sucesivos. De hecho, toda historia guarda con su objeto del pasar una relación antes y después de este tipo.
Esto me indica que el antes y el después no sólo está implícito, como es evidente y obvio, en la acción narrada, sino, además, en el acto narrativo mismo que da lugar a ella, ya que toda narración es en sí misma la relación entre la anterioridad de su objeto y la posterioridad del sujeto que lo narra. El antes y el después no se reduce a la mera sucesión cronológica del llamado tiempo objetivo, sino que, en la dimensión subjetiva de nuestra presencia, constituye la esencia misma de la relación presencia-ausencia a la que está sujeto el pasar captado a partir de la expectación, percepción y la memoria. Y es esta relación la que determina, desde el ahora narrativo, la posibilidad del ahora con sentido en el torrente sin sentido del devenir.
Tan es así que, en este caso, por ejemplo, aquél ahora −tarde noche en El Mesón a propósito de un relato− tal y como es desde el ahora narrativo de esta historia, no lo es desde el ahora del viejo Rangel. Y no me refiero sólo a que esté muerto, sino al hecho de que la presencia en el pasar, en tanto que forma de narrar, es infinita como fuente generadora de ahoras. Lo que sí habría que añadir −respecto a la muerte, digo− es que ésta, en su sentido amplio de ya no ser y desde este punto de vista −el acto narrativo como relación entre un antes y un después− podría definirse como ahora pleno de ausencia, incapaz de generar ahora alguno y sólo susceptible de ser generado a su vez.
Con todo lo cual queda claro que no hay ahoras en la realidad del devenir, sino en la captación de él como pasar, a partir de la expectación, percepción y memoria. O sea, que no hay ahoras en el pasar salvo los que, en acto narrativo, concebimos como tales y que no son, en realidad, propios del pasar, sino formas del antes y el después con que pretendemos imaginar cómo es la realidad de lo que pasa. Cosa ésta que hacemos con el propósito de proporcionarnos la historicidad que requerimos para existir como entes temporales con conciencia, memoria y voluntad. Dicho en otros términos, el antes y el después no es sino el modo en que se expresa, narrativamente hablando, nuestra facultad de concebir y contrastar a un mismo tiempo eventos que han tenido lugar en momentos distintos.
Por lo pronto, aquél ahora −tarde noche en El Mesón a propósito de un relato− me incluye a mi como escucha, al viejo y su relato, y al silencio que, de súbito, hicimos entrambos. En todos estos elementos juntos y en la forma en que se relacionan ha de mediar una clave fisiológica que no alcanzo determinar y que, por lo pronto, al menos, es lo que menos importa. Lo cierto es que yo, sin saber cómo, me grabé el relato del viejo como niño que se aprende la lección de memoria. Y lo más curioso todavía es que, recién ahora, lo acabo de comprobar así, tras despertar esta mañana, pensando en cómo seguir escribiendo esta historia. En efecto, no había terminado de salir del camastro, cuando el relato referido, sin mediar intención alguna de mi parte, se vino solo a lo claro de la memoria; inclusive aquella, la aclaratoria del viejo, de que era la muerte la que había hablado y que, por entonces, no me tomé muy en serio, hasta ahora.
Aún somnoliento y torpe, mientras preparaba el café escuchaba la voz del viejo Rangel narrando ese último tramo en una sus consuetudinarias idas vespertinas a El Mesón, a dónde, como siempre dijo, iba cada noche a morir un rato. Este recuerdo incluye lo de Mira, Pelón, que te esperan en El Mesón. ¡Vaya que parece una canción! −tal y como bisbisó el viejo cuando concluyó. Luego de la mencionada aclaratoria acerca de quién había hablado, me miró y aseguró que, hasta ese día, había llevado corbata, como si aquella imagen extraña en el aparador lo hubiera liberado de lo que entonces llamara el vil lazo. Esto también lo he recordado sin proponérmelo, así como el hecho de pensar, cuando lo dijo, que yo no tenía nada contra esa prenda de vestir y que, por el contrario, durante el tiempo en que me tocó llevarla, hasta me jactaba de hacerlo con el nudo perfecto; incluso, nunca faltó quien hubiera de recurrir a mí en esta materia −entre ellos Rangel mismo− cosa que me halagaba: Romero ¿me haces el nudo? Y en menos de un minuto Romero devolvía el lazo por el que el solícito compañero metía la cabeza, para, seguidamente, satisfecho y conforme, deslizar el nudo corredizo hasta el cuello. Mas no se trataba del vil lazo, sino del nudo perfecto. Mas nada dije al respecto.
A resaltar que este último dato incluye en aquél ahora algo asi como ahoras colaterales —como, por ejemplo, las veces que hube de hacer el nudo de la corbata del viejo Rangel— pero que sólo cuentan por mi parte, y sólo yo, desde este ahora en que lo escribo −y no el viejo− puedo apreciar así. Lo que cuenta en la conformación de aquél ahora es que, como digo, nada dije al respecto, y que no lo hice porque no venía al caso para quien, como yo en ese momento, se hallaba en consonancia con esa curiosa solemnidad que el monólogo impone. Y digo esto porque un monólogo no es lo mismo que hablar solo, sino, muy por el contrario, hacerlo, expresamente, ante un espectador; contrastar lo que se dice con el callar del que escucha; esto es, valerse de un silencio para un decir.
¿Y acaso no será eso precisamente lo que hago ahora, desplegar el monólogo de este ahora narrativo ante el silencio de aquél ahora vivido? ¿No es esto lo que, en cierto modo, siempre hacemos al narrar? ¿No es toda narración un monólogo del sujeto ante el expectante e inconmovible silencio de esa ausencia que llamamos objeto narrado? En todo caso, gracias a Beckett sabemos que todo decir se estrella contra el negro cristal del silencio. Sin embargo, caben sutilezas. Si el que habla es voz, la escritura revelación. Lo uno es indicio de que las palabras se las lleva el viento, y lo otro de que el mismo viento, trayéndolas, las perpetra. Y si bien el relato del viejo Rangel, por la razón que sea, ha podido quedar en mi memoria, entonces ya no es habla, sino huella; esto es, desde el punto de vista de nuestra temporalidad, forma.
Por lo que se puede ver, la relación que la narración establece entre la anterioridad de su objeto y la posterioridad del sujeto que lo narra, no sólo determina la posibilidad de ser de un ahora, sino, además, con ello, su perpetración como huella en un pasar que, de otra manera, no sería más que arena. ¿Que luego viene a estas playas de la existencia temporal el mar del absurdo y todo lo borra? Por supuesto que sí. Por eso el mar, que, a diferencia de ese emulador de realidades que es el ahora, sí que es real.
En fin. Como digo, no sé cómo ni por qué aquellas palabras se grabaron en mi memoria con la inusitada nitidez con que, según compruebo ahora, lo hicieron. Pero mucho más me asombra que, mientras me empeño en seguir escribiendo esta historia, sin tener la más puta idea de cómo, el relato que conforman me salga al paso ofreciéndose como la forma de mi seguir. Ya sé que la lógica indica que no es el relato el que se ofrece, sino yo quien lo toma. Pero, por otra parte, no lo tomaría si no me pareciese, o sintiese que está allí, precisamente, como para que ser tomado.
Y éste es el punto. Porque de suyo es obvio que estas palabras −las que me grabé como relato del viejo− no son solas, por sí mismas, sino en tanto que combinación de símbolos, gracias a la cual se desliza hasta aquí −de aquél ahora en la barra del bar en que bebía una cerveza escuchando al viejo Rangel a éste ahora en la mesa en que escribo una historia valiéndome de lo que a tales efectos recuerdo− un sentido. De modo tal que lo que la memoria graba no son sólo palabras, sino el sentido mismo al que, más allá del orden sintáctico y gramatical al que se deben para poder tenerlo, tributan. Yo no me había propuesto hablar del antes y el después −de hecho, no tenía la más puta idea de cómo seguir. Es éste, el relato referido, el que, emergido de la memoria, me lo ha propuesto como forma de seguir.
Por curioso y extraño que pudiera parecer, es este deslizamiento de sentido entre ahoras lo que hace de una historia la dimensión narrativa en que coexisten el antes y el después. Sin ello no habría ni antes, ni después; ni siquiera existencia temporal, ni forma alguna de existir o de saber de la existencia. Lo que me lleva a pensar que, de alguna manera, si el tiempo es el demonio de la existencia temporal, entonces, la narración ha de ser un conjuro. Yo diría que, de modo que no puedo explicar, al despertar esta mañana he invocado aquél relato. Y que, a la hora de sentarme a escribir a partir de la memoria que del mismo guardo, lo que en realidad he hecho no es tanto copiarlo o reproducirlo, como insertarme yo mismo como personaje en la trama que entretejo en torno a él y me permite participar de este que escribo. Con lo cual, desde el punto de vista del narrador, he encarnado al viejo Rangel como personaje de aquélla, su historia, de la misma manera y en la misma medida en que me encarno a mí mismo como personaje de ésta, la que escribo, a partir de aquella, la que recuerdo.
Todo ello ha hecho evidentes cosas en las que, de otra manera, no habría reparado. Una de ellas, el ya mencionado detalle de la corbata. Ciertamente, sé que hubo un tiempo en que el viejo llevó corbata y otro en el que no. Pero lo sé vagamente. He fijado, pues, mi atención en un objeto del que ni siquiera sé cómo era y no puedo, por tanto, describir. Sólo sé que se trata de uno en una historia en que le toca hacer de vil lazo, lo que en nada cambiaría una u otra corbata cualquiera. De modo que, aunque no pueda hacer la más mínima precisión cronológica al respecto, lo que me interesa de esta corbata es, una vez más, el antes y el después, que representa un corte en el curso de la biografía del viejo Rangel, y que es distinto de aquél en que lo que media no es un corte, sino, tal y como lo he señalado, un deslizamiento de sentido, como el ya indicado entre memoria y escritura a partir de la súbita emergencia de un recuerdo.
Lo que me reafirma que la coexistencia del antes y el después en una historia es mucho más compleja y retorcida de lo que la mera sucesión cronológica pudiera sugerir. Antes y después son como diablillos que se interceptan, superponen y solapan en un juego temporal intencionado y que semeja más un desbordado remolino que una sobria linea recta. El tiempo es el demonio de la existencia temporal, y cada historia, en virtud del conjuro del antes y el después, un compendio de artimañas para hacer del devenir un acontecer; es decir, más que una mera sucesión, un pasar con sentido. Sin ello no hay historia, ni forma de seguir. Es lo que, sin habérmelo propuesto, he aprendido esta mañana de escritura. Aún así, hay cosas que quedan en su oscuridad.
Hay que seguir, voy a seguir. Bien, es la ley del escribidor. Pero ¿por qué ésta y no otra ha sido la forma de seguir? ¿por qué un relato del viejo Rangel, al que hasta ahora no había prestado mayor atención, y no otra cosa para seguir? Supongo que, aunque no conozca las razones, soy yo el que ha escogido tal relato. Pero, precisamente por no conocerlas, tampoco tengo forma de saber si acaso sea él, el relato, el que me ha escogido a mí, el escribidor; al menos no hay forma de demostrar lo contrario, quiero decir. Hay un cierto dejo espeluznante en este asunto, en el que no reparamos gracias, precisamente, a la ley del hay que seguir, voy a seguir, que es ciega, como corresponde a la naturaleza misma del pasar. Porque, de suyo, escribir acerca del pasar, es, también. pasar. De no ser así, ya habría mandado esta historia a la mismísima mierda; pero de verdad, sin ambages ni amagues, que es en lo que siempre me quedo cuando me lo propongo, y que, por lo que veo, no es más que mi particular estilo, engorroso y degenerado, de seguir.
En todo caso, yo no he estado pensando en el viejo Rangel; al menos no durante los último días, quiero decir. Anoche me fui a dormir, como casi siempre, sin tener la más puta idea de por dónde y cómo seguir. Cosa ésta a la que me voy acostumbrando y por lo que ya no temo al impulso de mandarlo todo a la mismísima mierda. El impulso sobreviene siempre, pero nada puede contra mi molicie: a la postre, se congela en su hielo. De alguna manera, como digo, me voy acostumbrando. No sé si será bueno o malo. Y lo peor es que tampoco me interesa saberlo, pues ya no creo ni en lo uno ni lo otro cuando de escribir se trata. Como sea, le he perdido el respeto; a la mismísima mierda, digo. He llegado a estar tan ido a ella, tan confortable en su seno, que es a ella a la que toca padecerme y determinar qué hacer conmigo. Sé de ella que no podría mandarme a la mismísima mierda, pues eso sería contradicción que se resiste a la lógica y, por lo demás, de ser posible algo así, sus efectos no podrían ser otros que estar más en ella, hundirme en lo más profundo de su ser, confundirme con su ser; ser ella misma. Lo que de alguna manera me conmueve: nos quejamos tanto del destino, sin nunca reparar en cuánto nos puede llegar a padecer el muy maldito como su objeto, insufrible contenido. Más allá de estas consideraciones, he llegado a la conclusión de que irse a la mismísima mierda, en cualquiera de sus versiones −historias incluidas− no es más que una vulgar forma de seguir. Lo siento, pues, por todos los dioses: no estoy maldito; soy la maldición misma del antes y el después, en chancletas.
Tal y como vengo diciendo, no tengo forma alguna de determinar por qué éste, el del relato del viejo Rangel, y no otro, ha sido el recuerdo que me proporcionara el material para seguir. No dejo de pensar si acaso, de haber estado yo escribiendo otra historia, y no ésta, habría cambiado esta determinación. Probablemente sí. Pero la pregunta en relación con el material para seguir seguiría allí: ¿por qué éste y no otro? Pregunta capciosa, que acaso sólo sirva para confundir y que deja los orígenes de la escritura −no los históricos, sino los existenciales, los inherentes al acto narrativo que implica el existir mismo− en penumbra, más allá de la cual su génesis como momento creador se torna impenetrable; se hunde, como el pasado mismo y la evocación de la que se vale, en una inquietante incertidumbre que la remite al ambiguo claroscuro entre lo escrito y lo no escrito.
Quizás por allí pase algo de aquella diferencia de la que hablaba Derrida entre querer-escribir y el deseo de escribir, según la cual el escribir no es la determinación ulterior de un querer primitivo, sino, por el contrario, el acto que despierta el sentido de voluntad de la voluntad: libertad, ruptura con el devenir empírico según acuerdo con la esencia oculta de lo que deviene; como quien dice, con la pura historicidad. Querer-escribir y no deseo de escribir −creo que dice textualmente Derrida− pues no se trata de afección sino de libertad. Ser afectado es ser finito: y escribir sería actuar desde y con la finitud que determina nuestra existencia como entes temporales. En fin, y aunque esto no aclare mucho el asunto, puede que el antes y el después no sea otra cosa que el síntoma de aquella esencia oculta; las dos caras de ausencia de esa misma moneda que es muestra presencia en y ante el pasar. Después de todo, si es oculta, ¿qué sentido podría tener saber la esencia?
De modo que, a los efectos de seguir, mejor hacerlo con las connotaciones de aquél relato del viejo Rangel. Por ahora reparo en su inspiración suicida, como no lo había hecho nunca, hasta hoy. Toda vez que el suicidio del viejo se ha consumado y que, por mi parte, he fracasado en salvar su cadáver de un sepelio despreciable, era de esperar que hechos como estos influyeran en esta apreciación. Lo cual me indica otra forma de ser del antes y el después; a la sazón, una en virtud de la cual este último, el después, determina las posibilidades de captación y comprensión de aquél, el antes. En este caso, el deslizamiento de sentido tiene lugar no ya de aquel ahora a este ahora, sino, a la inversa, de éste, el narrativo, a aquél, el narrado.
Con lo cual el antes y el después echa por tierra la manida idea de que el pasado ilumina el presente. ¿Y cómo lo haría, si el presente nunca es, y el pasado, para tener ser, ha de esperar por un futuro que se lo dé y que, para hacerlo, y al hacerlo, deja de ser tal? Eso de que el pasado ilumina el presente está muy bien para el funcionario de turno al que toca dar el discurso el día de la fecha patria. Le va de maravilla al Licenciado Valbuena y su revolución. Pero, en realidad, el pasado no ilumina el presente: tira de él, como el muerto desde su oscura tumba hace con lo que lo sobrevive. Quizás por eso Bergson decía que el pasado siempre está allí, tras la puerta de la conciencia que quisiera dejarlo fuera. Pero yo pienso que, más bien, pasa lo contrario: es la conciencia la que siempre está allí, clamando por su propio ya no ser que le ha cerrado la puerta en la cara. ¿Y es que acaso, para seguir, valiéndome del relato del viejo, he hecho yo algo distinto a clamar ante el ya no ser del viejo, tal y como lo consigné en aquella tumba en que lo metimos el negro y yo, bajo el sol pleno de un mediodía que nos aplastaba con su luz entre un cielo indiferente y la tierra disecada del cementerio, tal y como el viejo deseaba que nunca pasara? Pero pasó. Pasó el viejo y lo que nunca quiso que pasara como destino último de su pasar y que no debió haber pasado a un suicida que, como él, detestaba el ritual.
¿Y quién dice −me pregunto ahora− que haber recordado su relato y haberlo utilizado como material para seguir no es sino una forma de recriminarme por ello? Esta es una posibilidad. Sin embargo, como no me interesa hacer un ejercicio de psicología, a lo que voy: en este relato no habla el viejo Rangel, sino, como él mismo lo indicara en aquél ahora, la muerte. Y es en este ahora en el que percibo que la muerte es el personaje de aquél relato. Su muerte misma, si se quiere; la que, gracias a los cuatro pelos que lo hacen inconfundible, lo atisba desde lejos, confundido en el río de gente que corre a esa hora por la avenida; una muerte que con sobrentendido afecto lo llama Pelón: que compara su condición de hombre común con la majestad de un emperador excéntrico y cruel; que le sugiere dejar de fumar e ironiza acerca de la extrañeza con la que el viejo percibe su propio reflejo, tal y como sucede a los perros. He aquí la inteligencia del suicidio expuesta en todo su esplendor. Vida y muerte no son contrarios, sino, como el antes y el después, concurrentes, coexisten en el curso de la existencia temporal; son dimensiones de el existir mismo que el antes y el después hacen posible y necesario.
No se trata de que todos vamos a morir, sino de saber que empezamos a hacerlo el día en que nacimos. Nacer es ya un largarse: el que nos coloca de súbito en la mismísima mierda del movimiento. En el curso de su existencia temporal, lo único que diferencia al suicida del que, como yo, espera la muerte, es hacer del fin —a diferencia de lo que nunca se puede hacer con el inicio— un acto voluntario y, en este sentido, mucho más honroso que morir de viejo. Dicho en otros términos; gracias al suicidio, el viejo Rangel, aunque viejo, no murió de viejo, sino como efecto de su propia inteligencia.
Muy a diferencia de mí, que tanto me obstino en hablar de irme a la mismísima mierda, el viejo Rangel no lo necesitaba, pues mal podría gastarse en algo así quien ya no se plantea irse a la mismísima mierda porque, mucho más allá de eso, se ha reconciliado totalmente con ella. A efectos de largarse, El Mesón y Buenaventura son la misma mierda. Me es mucho más fácil advertirlo ahora, mientras soy en la misma escena de aquel relato, en que me veo haciendo exactamente lo mismo que el viejo para llegar y que, incluida como queda en esta historia, hace de ambos, viejo y yo, personajes del mismo todo narrativo. A la postre, como si estuviésemos hechos del mismo reflejo, lo único que me cabe es ladrar. Y no otra cosa es lo que hago cuando esto escribo; lo sé bien, porque lo escribo, porque en eso consiste la escritura: el ladrido entre el antes y el después que dice lo que pasa en medio del silencio de un pasar.
De manera tal que no sólo hay que seguir, voy a seguir. He dado con otra ley del acto narrativo: la realidad es reflejo, la escritura ladrido y el escribidor perro. Bien Romero, bien. Ya se viene éste de nuevo. Me había olvidado de él. Vamos, Romero, que quien no sabe o se olvida del cadáver que en potencia es es un ingenuo, y no es la ingenuidad uno de tus defectos, o virtudes; como quieras entenderlo. No querer saber es cosa muy distinta y que puedo dejar pasar. En todo caso, creo que vas bien, Romero. Escribiendo, no te has conformado con inventar tu propio universo, como se dice −y sin lo cual no habría escritura ni dimensión narrativa en la cual existir− sino que, además, hasta vas descubriendo las leyes de su funcionamiento. Bien que podemos decirlo, Romero: sin quererlo, te vas convirtiendo en el Newton de la mismísima mierda. Aunque, por otra parte, si uno lo piensa bien, hecho de la misma materia, espacio y tiempo, puede que dicho universo no sea distinto de aquél. Sí, puede ser.
Como siempre, puede que éste tenga razón. Después de todo ¿qué otra cosa es la matemática si no la racional herramienta con la que el hombre de ciencia se abre camino a la mismísima mierda del universo? Lo que quiere decir que, a su manera, cada quien escribe su historia acerca de lo imposible. Vaya pues. Newton y yo: muy posiblemente se trate de variaciones sobre el mismo tema. Bien, Romero. Has captado la idea.
Y ahora qué, ¿cómo seguir? Porque, a esta alturas, donde hasta el mismísimo Newton se ha visto involucrado sin querer en el mismo antes y después, estamos como esta mañana al despertar: hay que seguir, voy a seguir, y las manos en sendas nalgas. Al menos que entremos a El Mesón de nuevo. Pero no ese día, el del relato al que me vengo refiriendo, sino el anterior, aquél en que el viejo nunca llegó y por cuyo relato había pensado que podía comenzar, ya que recoge la causa por la que me cité con el viejo para vernos en El Mesón. Con lo cual, este ahora narrativo retrotrae el antes de aquél ahora al que me vengo refiriendo, veinticuatro horas, convirtiendo la parte centrada en el relato del viejo en un después del que, a su vez, se alimenta el ahora en el que escribo.
Ése día, no más entré y, en efecto, tal y como me temía, el viejo brillaba por su ausencia. Lo cual es un decir que nunca a nadie aplicó mejor, me decía a mi mismo mientras caminaba hacia el final de la barra, donde estaba, brillando en su vacío, el taburete que el viejo Rangel solía ocupar. La barra de El Mesón es larga; casi tan larga como el recinto mismo. Tras entrar, hay que seguir por el estrecho corredor que queda entre la hilera de taburetes a la izquierda y la de pequeñas mesas para dos pegadas a la pared de la derecha. Más allá del extremo final de la barra, este corredor se amplía en un pequeño espacio cuadrado; éste sí, con mesas para cuatro, pero que casi nunca están ocupadas, acaso por el olor a orines viejos que viene de los baños al fondo. Me encaramé en el taburete del extremo final de la barra, el mismo, como digo, donde siempre se sentaba Rangel desde hacía más de quince años. Este cálculo es según la cuenta que sacó Manolo, cuando se acercó para servir una cerveza y me dijo que Rangel no había estado por allí en ningún momento del día: debía haber llegado ya −agregó− al tiempo que miraba el reloj de pared colgado hacia el otro extremo de la barra, próximo a la batiente que daba paso a la cocina.
Luego de trapear la barra, Manolo se perdió tras la mencionada batiente y de nuevo quedé a solas en aquel recinto. No sé si fue por ese olor a quietud y cosa húmeda que se hace sentir en estos sitios cuando se quedan vacíos; lo cierto es que, una vez más, tal y como me venía sucediendo desde mi encuentro con Amanda −lo que también ha de haber contado para ello− me encontré revisando mi situación de caso acabado, quiero decir, la de aquél que, habiéndose largado a la mismísima mierda, ha retornado de ella y ya no alcanza distinguir muy bien en qué consiste el haberse largado: si en la ida a, o en el retorno de, Buenaventura. La verdad es que, aunque no crea que la mismísima mierda se detenga ante sutilezas preposicionales, todavía, por aquél entonces, de la idea de retorno emanaba un cierto tufo a resurrección que me confundía. Y ese tufo llega hasta aquí, confundido con el efluvio de quietud y cosa húmeda que en ese momento reinaba en El Mesón. Sin embargo, ya no me confunde, para nada. Hay que ser cristo para volver de la muerte. Y tebdría que divinizarme para no comprender que de lo que se trata, por mortal, es de ir hacia ella. Aferrado a la vida eterna, la resurrección es debilidad de lo que no sabe morir. Lo que vuelve de la muerte nunca ha muerto. La muerte no es cosa que pasa, sino el pasar mismo en que consistimos, que opera en cada uno como una inteligencia superior y que comienza con la certeza de que, para morir, sólo cabe hacerlo completo. Retornar de la mismísima mierda no es más que parte en el todo del proceso.
Volví a ver el reloj que me quedaba enfrente. Cada vez que lo hacía, la ausencia del viejo Rangel se me hacía más pesada. Sin embargo, en lugar de marcharme, no sé por qué me empeñaba en seguir esperando. Manolo trajo otra cerveza. Luego de lo cual volvió a perderse tras la batiente. Aunque agradecido con el viejo Rangel por haber hecho posible mi encuentro con Amanda, sin embargo, no dejaba de molestarme un tanto el que lo hubiera hecho sin consultarme y sin consentimiento de mi parte. Pensaba que, tal y como había procedido respecto a mi destino profesional, lo hacía con el sentimental. De eso hubiera querido hablar esa noche. Y, pese a que me preparaba para ello mientras bebía mi cerveza y esperaba su llegada, mi predisposición a hacerlo se debilitaba; minuto tras minuto iba perdiendo interés en ello, como si el ánimo me diera la espalda en una tarea que minuto a minuto me parecía más vana.
Por lo demás, debo confesar que arribé a El Mesón casi que con el único objetivo de quejarme. A tales efectos, al comparar mi situación de entonces con la de mi ostracismo voluntario en Buenaventura, me sentía invadido por lo que otro decidía sobre lo que ya estaba decidido. Porque, de alguna manera, mis idas a Buenaventura siempre significaron eso: el último gesto de desprecio sobre lo que ya estaba decidido. No importaba quién o qué lo hubiese decidido, ni las razones ciertas o falsas que hubiese que imponerse para hacerlo, sino que se trataba de lo consumado, de lo que ya no tiene remedio y es, como ese personaje de Green que en secreto trama su suicidio en Un Caso Acabado.
Caso acabado. Era esta la imagen con el que se me había ocurrido ilustrar el asunto al Viejo Rangel, según el argumento que iba elaborando a lo largo de mi espera y que podría resumir más o menos así: lo decidido siempre es eso, un caso acabado, cosa con vida propia, coherencia y sentido porque, precisamente, se acabó. De allí su fuerza y enorme significación sobre las que se edifican las idas a la mismísima mierda y que, inspiradas en el desprecio hacia lo decidido, extraen toda su fuerza de lo que se acaba. Volví a mirar el reloj y, cuando lo consideré suficientemente acabado, cerré mi argumento así: las idas a la mismísima mierda son hijas putativas de los casos acabados, abrevan en su ruina; es lo que las hace heroicas. Al mismo tiempo, bien que sabía cuánto celebraría el viejo mi ocurrencia.
No obstante, de inmediato advertí la diferencia de connotación entre el acabado de mi argumento y mi propia condición de caso acabado. Lo que abonó aún más en mi desánimo respecto a mi predisposición a aquella queja que, de vana, se tornaba estúpida. Entonces pedí otra cerveza, y me dejé llevar por lo primero que se me viniera a la mente. En efecto, cuando el viejo Rangel me sacó de la mismísima mierda a la que por fin había arribado, destejió mi destino de caso acabado, aniquiló su fuerza y significación, me despojó de su heroísmo. Eso era lo que había pasado y, al suscitar mi encuentro con Amanda, había seguido pasando. Al final no tenía más remedio que reconocer que yo mismo me había traicionado, ya que, queda claro, que sólo yo había decidido, aún cuando −también queda claro− sin la intervención de viejo jamás hubiese habido cosa sobre la que decidir.
Como era de esperar, a esas alturas de mis reflexiones, mientras seguía esperando la llegada del viejo, mis intenciones de recriminar su actitud me hicieron sentir ridículo. Si de lo que se trata es de largarte a la mismísima mierda −me dije− ¿por qué no lo haces y ya, en lugar de andar haciendo estúpidos reclamos al viejo? Sospecho que debe haber sido el cadáver que en potencia soy el que lo dijo, no lo sé, Pero como desde que volví de Buenaventura no había vuelto a intervenir en mis reflexiones, no podía estar muy seguro de ello. Aquí −es decir, ahora allá− es cosa que no funciona igual. En todo caso, de inmediato me respondí: porque nadie se larga a la mismísima mierda como quien de súbito, mientras hojea una guía turística, decide hacer un viaje para escapar del aburrimiento. Para ello hay que acumular un expediente completo como caso acabado. Largarse a la mismísima mierda no es escapar del absurdo de la existencia temporal, sino condenarse a él, por decreto propio y sin derecho a amnistía. Hay que hacer de la existencia un caso acabado, si queremos y estamos dispuestos a reinar sobre nuestra propia derrota en la guerra para darle sentido.
Ahora bien, cuando digo mis idas a Buenaventura se entiende que, visto desde aquí y ahora, son, en realidad, mis venidas. De lo cual ya he hablado antes: no es lo mismo irse a la mismísima mierda que llegar a ella. Tras haberme largado, me doy cuenta que de nada me sirve haber llegado, pues, al hacerlo, me he quedado sin misión. Entonces, para tener una, hube de iniciar el expediente que, como quien dice, renovaba mi condición de caso acabado: hélo aquí, trabajo en ello; pretendo convertirlo en libro. De manera que no me hice escribidor porque Rangel así lo quiso, sino por decreto propio, porque no tengo remedio o porque soy, como Amanda siempre dijo, el mismo Romero de siempre.
Y ya sabemos lo que eso significa. Entre estos cuadernos, el viejo −al que llamo el mugroso− y el nuevo −el amasijo− entre las notas y tachaduras de aquél y las páginas y párrafos de éste, sólo hay diferencia de extensión, pero ninguna de intención. Ésta es siempre la misma, la del escribidor, la voluntad, cuando se escribe −si es que hay algo que escribir− incluso cuando no se hace −pese a lo mucho que haya por hacer− cuando se va y cuando se llega; siempre la misma mierda: querer-escribir. Hay que seguir. voy a seguir: es la forma en la que Beckett decía lo mismo. Sólo que, al decirlo al final de un libro, no tuvo que seguir más, o al menos trasladó el seguir a otro libro. Lo jodido es hacerlo a la mitad de uno del que no se tiene puta idea de la otra mitad y, por lo tanto, ni siquiera se puede saber si ésta parte es ya la mitad, y tener que seguir escribiéndolo. Hay que seguir, voy a seguir; sin tener nunca puta idea de qué camino tomar. ¿Y es que acaso habrá alguno? La escritura de una historia no es como el pasar, en el que no hay ni inicio ni final. Sólo los pueblos elegidos y las revoluciones que los emulan creen haber hallado el camino correcto. El escribidor no puede creer en caminos así, porque, de hacerlo, no habría necesidad de escritura alguna, ni cabría el querer-escribir. Correctos o no, los caminos sólo pueden ser andados. Escribirlos es sólo posible como forma de ponerlos en duda, revelar lo que son en tanto que indicio de que todos los caminos posibles conducen a lo imposible. He aquí una tercera ley del acto narrativo. Cuando la descubrí era más de la media noche, y el viejo aún no había llegado. Manolo se negó a servirme más cerveza, y no tuve más alternativa que marcharme de El Mesón.
Hay que seguir. Voy a seguir. Pero antes habrá que abrir esa puerta. Ha de ser Mudito ¿Quién si no? Otro sujeto a la ley del hay que seguir, voy a seguir. ¿Y qué otra cosa podría hacer con esas patas? Sigue golpeando la puerta. Volveré.
Vuelvo a la carga. Mudito trajo maíz para la gallina y, de paso, se quedó a dormir. Acaba de irse, muy temprano. Al parecer le espera una movida jornada, por una oleada de turistas que ha arribado a la hostería. Otra forma de irse −en este caso, venirse− a a ensimisma mierda, pero sin saberlo. Yo hubiera querido seguir durmiendo, pero no hubo sueño suficiente para eso. Así que mejor seguir escribiendo. Ahora ya es lo que anoche todavía era el día siguiente y que, por llegar a ser, llamo hoy. De modo que lo que hasta este momento llevo dicho la magia del tiempo lo ha convertido en el presente del ayer. De nuevo el antes y el después; en esta parte del ahora narrativo, en una de sus formas más paradójicas: en el hoy están los ayeres, y los mañanas.
Las narraciones siempre son engañosas, por esa maña que se da el tiempo no sólo en dar ser, sino, sobre todo, en hacer que el ser que da pase a ya no ser como única forma de llegar a ser. En realidad, no hay presente, ni pasado ni futuro. La existencia temporal no es sino presencia desde la que vivimos el espectáculo del pasar jugando al antes y el después. En fin. Pasa que la ontología me pilló mientras me recordaba sentado a la barra de un bar, a dónde había ido a reunirme con el viejo Rangel días después de mi encuentro con Amanda y mientras me largaba algunas consideraciones acerca del modo en que intervenía en mi devenir. Menos mal y el viejo nunca llegó. Para cuando me retiré de El Mesón, ya me había olvidado por completo del asunto.
Lo que sí no estaba dispuesto a dejar pasar por debajo de la mesa era el haberme dejado allí toda la noche. No sé por qué me pasa, Romero, −dijo el viejo Rangel al día siguiente− tras el largo silencio que siguió a su relato. Yo pregunté que a qué se refería, pensando que tenía que ver con aquél relato. Pero no. Sólo respondió: me temo que no alcanzaré llegar a la hora ni aún el día de mi sepelio. No tendrías que preocuparte por algo así −dije− ya que no hay otra forma de morir que la de ser puntual. Y además −agregué− ¿qué sepelio? Si tú lo que quieres es ser incinerado. Esto dije como una forma de poner en evidencia que con aquella imagen de su falta de puntualidad lo que pretendía era esquivar el tema. Y, en efecto, lo esquivó. Fue entonces cuando me hizo prometerle que yo me haría cargo de que su cadáver fuese incinerado. Y nada de romanticismo en este tema −agregó− y de que hay que subir a la montaña para arrojar desde su cima las cenizas a volar con el viento. Que. a tales efectos, hasta la poceta es buen lugar. Y no pongas esa cara −prosiguió el viejo, tras advertir mi gesto de repugnancia− que en algunos países, como en Cuba, llaman así a la depresión natural de la costa que se ha llenado de agua por efecto de la marea. En otros, como en México, es término que designa los baches del pavimento, igualmente llenos de agua, en este caso por efecto de la lluvia. Sólo en este país es el receptáculo del retrete. Pero como yo nací en este país y muero en este país: no me cabe hacer salvedad semántica alguna. En esta última acepción también vale lo que te digo: nada de romanticismo, que, si de volar se trata, prefiero bolar en la mierda, si se entiende por esto último, al uso popular, hacer bola, y no, como indica el diccionario, un sinónimo de tierra. Además, ¡qué carajo! Romero. Si ser enterrado no es más que otra manera de irse a la mismísima mierda, como tú le llamas; sólo que más cara y de mal gusto, como demanda la estética cristiana. Los cadáveres son para ser incinerados, como el hedor tan sabiamente sugiere en aras de la salubridad, incluso ése que en potencia eres y que, según tú, te habla. En fin −concluía el viejo Rangel− ser incinerado es todo lo que pido. Considéralo un legado, el único posible en mi caso acabado −como también gustas decir− pues, en este trance que es la muerte y hacia la que avanzo con la velocidad de la que sólo los viejos son capaces de desarrollar, no tengo para decir más que lo que Moliere en su testamento: nada tengo, lo demás se lo dejo a los pobres.
Ambos volvimos a callar por un rato, hasta que yo hablé: y yo que anoche me vine a El Mesón con la sola intención de mandarte a la mismísima mierda. No lo hagas, Romero −respondió de inmediato en tono vivaz el viejo− que bien podría yo tomarlo como una invitación para volver juntos a Buenaventura, lo cual, como sabemos, siempre ha sido tentador.
Por mi parte, de inmediato recordé que lo mismo había dicho el viejo años antes, cuando vino a sacarme de Buenaventura. Y, años después, en el momento en que esto escribo, toda vez que el viejo, ya muerto, ha sido incluido en esta historia, puede que aquello que decía fuese una premonición y ésta la forma en que se ha cumplido; quiero decir, largado a la mismísima mierda —conmigo. Al fin y al cabo, la muerte es el estilo de la existencia temporal, el tiempo su demonio y esta historia el compendio de artimañas con el que, partiendo de aquél ahora, me deja jugar durante un rato al antes y el después en este ahora narrativo.




