textos, pretextos y otras mentiras...

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Si uno se deja guiar por lo más estrictos rigores académicos, incluso los de la historia, probablemente los menos estrictos de todos, muy a pesar de los historiadores académicos, un trabajo de este tipo luce desde muchos puntos de vista desalentador, bien por lo poco con se cuenta para realizarlo, bien por la poca estima que se guarda hacia lo poco que se tiene, incluso los escritos de aquel a quien Cicerón, si no me equivoco, dio en llamar Padre de la Historia. Y lo hizo en el marco de una larga tradición representada por críticos para los que Heródoto era ya casi tan extraño como para nosotros y que, salvo contadas excepciones, se caracterizó por su desprecio, acusándolo de mal escritor, de inútil, y hasta de mercenario.

Pero ya se sabe que este tipo de título al que se hacen acreedores algunos hombres en la historia por ser considerados pioneros en algún oficio termina por convertirse en uno de los más clásicos moldes del academicismo, que no pocas veces equivale a la hermosa lápida bajo la que, suponemos, yace el importante cadáver de quien ha sido olvidado, pero del que realmente conocemos bien poco, incluso del que bien poco puede significar lo que conozcamos. Yo aprendí a ignorar a Heródoto. Para mí, como para casi todos, fue siempre una mera anticualla de la prehistoria historiográfica.

He oído decir a mis alumnos que lo de Heródoto no es más que un cuento. Y no han mostrado el menor gesto de duda cuando los pongo a elegir entre sus libros y los de Ranke. He leído a especialistas que afirman que su racionalismo es ingenuo, una suerte de coladera mental por la que se traspasan falsas maravillas e interferencias divinas que desmerecen la verdad histórica. Heródoto no tiene método; y de los nueve libros que componen una obra sobre las Guerras Médicas, sólo los tres últimos se dedican al tema, sin dejar por ello de tocar cosas que, para nuestro gusto, nos lucen fuera tema. Este historiador hace una historia de retazos; la verdad, no tiene tema, ni rigor; es vago y disperso. Hay a quienes parece un chismógrafo profesional. Quienes le han concedido alguna virtud como historiador lo han parangonado con el positivismo, o lo han visto inmerso en la atmósfera de su tiempo haciendo todo cuanto aquella atmósfera le permitió. A veces me he preguntado qué hubiera sido de Heródoto de no haber nacido griego, y si no es sólo por algo así que le guardamos ese indiscutible pero, al mismo tiempo, en el fondo, muy dudoso respeto. Y claro que nos esforzamos en ello.

Nadie puede dudar de las limitaciones técnicas, metodológicas y heurísticas de la obra de Heródoto, vista desde nuestros días. Pero creo que, paradójicamente, mucho de lo que normalmente imputamos en ella a la ingenuidad y la ignorancia, constituye o forma parte de lo fundamental de esa obra y su sabiduría. La pregunta es ¿Cuánto de esa duda que nos generan los Nueve Libros no es el resultado de la mera debilidad académica e intelectual de su autor sino, por el contrario, de la discreta fuerza, el potencial introspectivo propio de toda actitud auténticamente humanística? Volveremos sobre esto. Por ahora sólo me interesa señalar que, probablemente por esto, Heródoto nunca ha dejado de ser un autor polémico. Y eso es bueno.

Así, por ejemplo, le miramos con simpatía cuando piensa, como nosotros, en la expansión territorial como causa o, como nos gusta decir a los modernos, motor de la historia, pero reprobarnos su concepción trágica de la vida y las acciones humanas, tan contraria a nuestra idea de progreso. Aplaudimos su realismo, su esfuerzo por llevar el relato al plano terreno, al margen de los dioses, pero le despreciamos cada vez que se detiene a relatar oráculos y sentencias sobre el proceder de lo humano y lo divino. Celebramos su esfuerzo de objetividad y racionalismo, pero miramos con suspicacia su método de historia oral y testigo presencial en que se basa lo fundamental de su obra. Rechazamos su forma de exponer causas e interpretaciones en discursos inventados y adjudicados a sus personajes, y olvidamos que nosotros hacemos lo mismo responsabilizando a los nuestros, según interpretación teórica, de la parte del proceso que le adjudicamos. Nos gusta su humanismo, pero apenas si perdonamos su substancialismo.

Quizás yo debería convertir este ensayo en una suerte de exégesis de los textos herodotianos y demostrar que mucho de la indiferencia, el desprecio o la condescendencia con se mira la obra del padre de la historia. es imputable a una lectura equivoca por extemporánea, hegeliana y cientificista que no nos permite comprender, por ejemplo, que no siempre que Heródoto abre las puertas de lo terreno a los dioses o al trágico destino está poniendo en sus manos la explicación histórica, sino en las nuestras una semblanza filosófica. Y algo de esto haré, inevitablemente.

Sin embargo, mentiría si dijera que éste es mi propósito. Para empezar, por supuesto que no creo que tenga yo que defender a Heródoto de nada. El sentido de la salvación que siempre imponemos en estas cosas poco significaría para un pagano convencido de que, al final, buenos y malos cumplen con el mismo destino de retorno a la nada cósmica. Hay hombres cuyo tipo de inteligencia hace completamente inútiles las retribuciones celestiales. Pero, además, (y creo que ésta puede ser una de las principales causas por las que este ensayo sería rechazado) en verdad, no encuentro nada de malo en que la historia sea un cuento, carezca de método y que su camino, si lo tiene, sea algo esencialmente distinto de lo que llamamos ciencia, o los griegos antiguos en su época filosofía, es decir, la sabiduría por sí misma. Hay veces en que se nos acusa de aquello que, en nuestro interior, tenemos por virtud. Nuestra defensa, entonces, no consiste en demostrar la falsedad de dichas acusaciones y la equivocación de quien nos acusa, sino en aceptar que no somos aceptados.

Desde este punto de vista, Heródoto no es un mal o un pobre historiador; es un historiador inaceptable. Y lo aparentemente paradójico de esta situación es que muchas de las objeciones que el historiador moderno hace a la obra historiográfica de Heródoto son las que se han hecho y aún se hacen a la historia como disciplina, a propósito de lo cual haré algunas consideraciones preliminares, partiendo del prácticamente único y muy conocido párrafo de La Poética en el que Aristóteles nos legó su lapidaria opinión sobre la historia:



la poesía es más filosófica y de mayor peso que la historia, pues que la poesía habla de aquello que es universal, la historia de lo que es particular. Al decir universal me refiero a que este o aquel tipo de hombre dirá o hará estas o aquellas cosas según un criterio de probabilidad o necesidad; tal es el cómputo de la poesía, el añadir nombres propios a los caracteres. Con el vocablo particular, al contrario, entiendo lo que Alcibíades hizo y padeció. ”1

Claro que lo que a Aristóteles le tomó diez líneas, a Poper le tomará uno o dos libros enteros. Pero, salvo por las complejidades propias de estos tiempos, bien poco agrega a la simplicidad de lo dicho por Aristóteles, que de un mortal plumazo acabó con las posibilidades de la historia como conocimiento verdadero, o científico, como diríamos hoy. Todo lo que se pueda decir en contra de la historia como saber ya ha sido dicho, y tempranamente, no más que apareció el oficio. Lo demás no ha sido sino variaciones, a veces excesivamente largas, sobre el mismo tema. Sustituyamos la palabra poesía con ciencia y, desde luego, cambiemos a Alcibíades por Churchill. Tendremos el juicio de un epistemólogo moderno. La historia nace y ya desde el primer momento queda al descubierto. El historiador se ha convertido en el cancerbero de lo particular. Y algo de cierto debe haber en ello, pues si no ¿por qué todo ensayo sobre epistemología de la historia termina convirtiéndose, tarde o temprano, en una reflexión sobre las imposibilidades epistemológicas de la historia? Y esto sólo en caso de que se trate de un buen ensayo.

De modo que ni antes frente a la filosofía, ni después frente a la ciencia, ha gozado la historia de alta estima, salvo, podemos suponer, el reducido grupo de quienes la cultivan y disfrutan como forma de ”conocimiento”. Del mismo modo que, ni antes ni después, la historia ha desplazado al mito. Pese a Heródoto, los hombres siguieron consultando el oráculo, viviendo a tono con los paradigmas morales implícitos en el arte y la poesía, y no ha habido, y muy probablemente no habrá suficiente historiografía como para cesar la obsesión humana por el más allá en cualquiera de sus formas o expresiones... históricas, por cierto.

Ni filosofía o ciencia, ni mito o poesía; ni una forma digna de sabiduría ni una forma sublime de imaginación. La historia, desde sus mismos orígenes, parece estar condenada a ocupar el vulgar y poco estimado espacio de las particularidades, contar las ondas que la vida humana, como la hoja caída de un árbol, produce en el estanque de la nada y presenciar cómo se pierden en su quietud. Que oficio tan inútil para quien busca la verdad, si esa verdad aspira a un rango aristotélico. Sin embargo, el hombre ha demostrado que es capaz de sobrevivir sin ciencia, economía, psicología, sociología; aún sin filosofía y sin matemáticas; pero es inherente a él la tendencia a perpetuarse, incluso perpetrarse, en la memoria. La historiografía es, en principio, sólo una forma individual, culturalmente erudita y sofisticada de cultivar ese instinto.

Por otro lado, sería falso, cuando menos completamente vano, suponer una evolución de la conciencia humana según la cual el hombre pasaría de la atemporalidad del mito a la temporalidad de la historia, como si la aparición de la historiografía se correspondiese con una nueva era en la que el hombre, iluminado por el conocimiento de la historia, se fuese despojando del primitivo e ilusorio mundo de la imaginación mítica. Si, en el contexto del humanismo griego definimos, como creo que puede hacerse, la aparición de la historiografía como la percepción constante de lo humano a través de la transformación y caducidad de lo humano, y el empeño en conservar dicha percepción a través de la escritura, ella es, entonces, una ruptura con la idea de lo eterno, pese a que la eternidad, lo que no cambia siguiera siendo fundamental tanto para el arquetipo mítico como para el pensamiento filosófico. La aparición de la historiografía no supone el paso de la atemporalidad del mito a la temporalidad de la historia. El hombre pasó de la atemporalidad del mito a la atemporalidad de la metafísica, la religión, el arte etc. El colectivo, primitivo o actual, se recrea en la atemporalidad característica del mito, no por más verdadera o real, sino por eterna y universal; se reproduce a si mismo no en el tiempo acontecido, sino, precisamente, en el que nunca acontecerá. A la noción del pasado como dimensión temporal es inherente la ruptura del hombre con lo eterno y lo divino. El hombre histórico es siempre un execrado del paraíso de lo atemporal, y su existencia una condena a la historicidad.

En cierto modo mito e historia comparten un objeto común: intentan dar sentido al pasado. Pero, a diferencia del mito, tal función intentará ejercerla el historiador sujeto a los limites de lo terreno. es decir, buscando lo que Khaler ha llamado una “coherencia concebida”2 en función de las acciones del hombre en un tiempo y el espacio determinados. Para diferenciar, digamos que el mito, más que dar sentido al pasado, lo que busca es hacerse de un pasado que de sentido al transcurrir del tiempo, mientras que el pensamiento histórico intenta dar sentido al acontecer en que se expresa ese transcurrir. Pero esto sólo puede hacerse desde una conciencia individual, no válida, o no apta, para el colectivo. La conciencia mítica aprende, memoriza y repite el pasado según el esquema arquetípico de un acontecer original, sin tiempo ni espacio. Dicho de otro modo, la conciencia mítica sabe el pasado; mientras que el pensamiento histórico lo desconoce (niega el arquetipo como pasado) y sólo por eso se plantea indagarlo. El historiador, a diferencia del poeta mítico, dejará de contemplar la perfección al infinito del pasado para despedazarla en retazos imperfectos de finitud. La historia no es apolínea, sino dionisíaca. Así, pues, podría afirmarse, como se ha hecho, que el ahistórico mito de la comunidad primitiva tuvo a su cargo la función que posteriormente se asignó la historia a sí misma dar significación al pasado. Pero tal tarea la realiza la historiografía sobre la base de una afirmación individual y la correspondiente separación respecto de la conciencia colectiva. Toda obra histórica, incluso las que calificamos como malas por estar llenas de mito, supone dos cosas, al menos. El paso de la experiencia y memoria colectiva del pasado a la experiencia y memoria individual, y la reconstrucción consciente del pasado sobre la base de un determinado conjunto de valoraciones de tal experiencia individual. La historia escrita es, siempre y a diferencia del mito, una experiencia personal.

Desde luego se entiende que la historia, desde Heródoto hasta hoy, no ha estado del todo eximida de interferencias míticas. Pese a todo el rigor alcanzado por el conocimiento histórico, la historia nunca ha dejado de ser objeto de la especulación metafísica, incluso por parte del propio historiador. Al parecer, el historiador nunca ha dejado de mirar, sin saber qué ver, en ese lugar oscuro, indescifrable en el que, al parecer, sólo la mirada mítica tiene algo que decir. Puede que el criterio de causalidad, la idea de desarrollo o del mundo mejor representen el lazo atávico que nos une a la más primitiva de las comunidades.

Suponemos que la Historia comienza con Heródoto, porque no sabemos de algún otro individuo que, con anterioridad, nos ofrezca ese subproducto acabado de la cultura griega clásica del siglo V, cuya característica más general y definitoria es su humanismo. Suerte de rebelión intelectual contra la estructura mental arquetípica del mito, la indagación etnográfica de Heródoto supone una forma de conciencia que adscribe al hombre y su acontecer a una dimensión temporal y espacial, terrenalmente autónoma respecto al todo cósmico. No importa tanto cuándo apareció, como que cuando lo hace la historia abre una fisura en la conciencia humana, un desgarrón en el tejido que, hasta entonces, mantenía unidos los hilos del mito y la existencia terrena. Caído desde el cielo, el historiador ha tomado el exilio de lo terrenal, se ha apartado de la perfección y atemporalidad de lo eterno mecánicamente reproducidas por la memoria colectiva. Se ha individualizado, como siempre ha sucedido al hombre frente a Dios, por el simple hecho de querer saber.

Mas no es, como al filósofo, la sabiduría lo que lo ha conducido a ello, sino la voluntad humana, el saberse perecedero. Así, incapaz de respirar en la atmósfera de lo absoluto y lo verdadero, el historiador se resigna a no ser sabio, no en el sentido griego, al menos, que reservaba tal privilegio sólo al filósofo Se conforma con ser un vagabundo sin oficio por las calles del espacio y el tiempo. La tarea que lo ocupa no es más que una mirada tolerante y acuciosa lanzada a la imperfección de lo humano. Lo que lo atrae y fascina no son las esencias, sino las cosas mismas por perecederas. Su objetivo es registrar y experimentar el acontecer, el contraste de los hechos. Su método, la curiosidad. No se pida mas a quien piensa que la Historia es historias y admite que su relato . ”desde el principio anda en busca de agregados”

Esta condición de ser cultural e intelectual con la que nace la historia. la sobria humildad con la que el historiador acepta hacerse cargo de una tarea que el filósofo desprecia, duró lo que la Grecia Clásica, y desapareció con ella. Tucídides es ya la expresión historiográfica de esta desaparición; su método de la ”causa profunda” es la primera forma sistemática de abstracción histórica, su psicología penetra la decadencia de una civilización. Con Polibio, la diversidad de la etnografía herodotiana se cambia en totalidad y universalidad de la expansión romana; su método interpreta la evolución política como ciclos de ascenso y decadencia de las instituciones; su curiosidad es una mezcla de pragmatismo y estoicismo.

La tardía y moralizante historiografía romana viene a llenar el vacío ideológico de un imperio que, salido de las ruinas de la República, intenta legitimarse como continuidad de su glorioso pasado. Allí convergen historiografía pagana y mito bíblico, en pugna mientras se cumplió aquello de que al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios. Pero, como es sabido, con el tiempo Dios y César terminaron por sentarse a la misma mesa. Los detalles minuciosos de este cambio de los tiempos los recogió Eusebio de Cesárea, cuya obra es el modelo historiográfico de San Agustín y la historiografía cristiana medieval. Con la historiografía cristiana, occidente ha roto con las raíces paganas de su civilización, y la historia, definitivamente adscrita a un plan divino, se torna apocalíptica, justificable sólo desde un futuro meta histórico al que se somete no ya un ”pueblo elegido” sino la humanidad entera elegida por Dios. Así, la historia universal, no la griega original, sino la que forja el molde ideológico de lo que a la larga se conocerá como cultura occidental, comienza con un acto de soberbia e intolerancia intelectual, corolario de la intolerancia religiosa, que era tenida por Heródoto como el más despreciable de los vicios.

Con el humanismo renacentista, esfuerzo cristiano por reivindicar lo pagano, la historia se torna localista ’y nacionalista. La desacralización de la historia pasa, en manos de Maquiavelo y Guichiardini, por un rechazo de lo universal, que tenían por uno de los más repulsivas taras del ”oscurantismo medieval”. Tal desacralización continúa con el enciclopedismo y el modo cómo Voltaire y sus epígonos han penetrado todo el quehacer intelectual, político e ideológico de los siglos XIX y XX. La historia, sin embargo, retorna con estos últimos a los proyectos universalistas que, en lugar de Dios, ahora estarán a cargo de la ciencia, la razón y el progreso.

Así como una vez el pensamiento histórico griego original se sobrepuso al arquetipo mítico, la teleología se sobrepondrá a él, y el eterno retorno, transferido a la temporalidad humana, será execrado como base de la concepción histórica dominante en Occidente. Salvo contadas excepciones, Heródoto y sus epígonos serán tenidos por curiosidades intelectuales, sus obras por arcaísmo.

Una de estas excepciones fue Juan Bautista Vico, que no es un historiador, sino, como San Agustín, un pensador de la historia. En La Nueva Ciencia, reaparece el olvidado río heraclitiano, así como los ciclos polibianos que, aplicados a la civilización, dan lugar a tres etapas comunes a toda cultura: la edad divina, la edad heroica, la edad humana. La obvia correspondencia de esta periodización con la biología humana es característica de la época, y la encontraremos presente todavía en Spencer y otros grandes historiadores de la civilización. Con su curso y recurso reaparece la concepción cíclica de la historia, en el marco de una cosmogonía cristiana pero que, a diferencia de Agustín, sólo le deja a dios la monótona tarea de cuidar que la historia nunca se detenga. En realidad, el dios de Vico está más cerca de Spinoza que de Agustin; más que un rector del todo, es el todo mismo. Dios dispone del movimiento de la historia, pero está fuera de ella; cuida de su transcurrir eterno, pero no lo protagoniza. Más que a un hacedor de la historia, el planificador divino de lo terreno, Dios se parece al universo en el que la historia se precipita. Si, como, dice Ferrater Mora, con Platón dios es un demiurgo, con Agustin un arquitecto, con Vico es un burócrata del tiempo ante el que cada país, pueblo o cultura gestiona los trámites de su propia historia. Más como todo burócrata nada resuelve, sólo difiere, de ciclo en ciclo, el ser inalcanzable para la historia. El hombre de Vico, como el del pensamiento histórico griego, es eternamente perecedero, nunca consuma el final de la historia. Puede que esto sea una forma de ser eterno, o al menos de durar, cuando la misma historia es el único argumento posible a favor de la imposible eternidad.

Vista desde hoy, la obra de Eusebio de Cesárea aparece como la primera piedra del muro filosófico que edificó San Agustin y tras el cual quedaron las primeras concepciones históricas. patrimonio de lo que Pessoa llamó un paganismo derrotado. Aplicado a la historia, esto quiere decir que, de una u otra manera, todos somos portadores de hegelianismo, agustines de bolsillo que accedemos al sentir histórico sólo a través del filtro mental de nuestro pensar teleológico.

La historia de la historiografía, disciplina relativamente reciente, nace de este lado del muro, no escapa a esta forma de pensar la historia. De allí que, normalmente, se acuse a la historiografía antigua de substancialismo y carencia de una idea de progreso o desarrollo. Y esto es cierto, Pero, para aquella historiografía, acusación semejante equivale tanto como acusar a un ateo de falta de dios. Así, también, en opinión de Marc Bloc, la segunda mitad del siglo XVII fue un ”gran momento en la historia de la inteligencia humana”; pues con Mabillon nace el ”método histórico” y la historia adquiere, entonces, un status científico. Es ésta opinión que lleva implícito un dilema para una historia de la historiografía

Si la historia es una ciencia, sólo a partir de Mabillon (o de cualquier otro pensador al que se le atribuya la significación que le atribuye Marc Bloc) puede considerarse la existencia de ella. Toda la obra de historiadores anteriores, sería, por no científica, seudo historia, y ellos seudo historiadores. Si es así, esto será un ensayo sobre seudo historiografía. Lo que me recuerda que así como se ha afirmado que durante el Imperio Romano la historia fue ”sirvienta de la moral”; durante la Edad Media, ”sirvienta de la teología”… ¿acaso seremos nosotros practicantes de una historia que, más que científica, se convirtió en ”sirvienta de la ciencia”?

Adjudicar a la historia un carácter científico, o de cualquier otra índole especial, es un contrasentido, explicable en el marco de la mentalidad cientificista de la sociedad industrial, pero injustificable a la hora de valorar el curso diverso del quehacer historiográfico. Si queremos reconstruir una historia de la historiografía, no hay forma de definir una naturaleza única del conocimiento histórico, por cuanto éste ha sido y expresado cosas muy distintas para cada pueblo, época o cultura que se considere. Si Heródoto fue, como afirma José Luis Romera, un historiador de la cultura, todos, se entiende, lo han sido.

Al contrario de la ciencia, y de otras formas de conocimiento como la poesía y la filosofía, la historia no es construcción de esencia, sino imposibilidad de ella. Esto estaba claro para Aristóteles y Platón, y aún para los pocos historiadores de la Grecia y Roma antiguas; ni siquiera Polibio llegó a considerar su labor como un saber propiamente hablando, sino como un conocimiento práctico. Para Cicerón, o Quintiliano, era sólo una manera de dar relieve al discurso. En cierto modo, hasta la era industrial, la historia fue, tal cual la definirla Heródoto, un ritual de la memoria.

Sin embargo, es preciso caracterizar de alguna manera la historia, o no se le podrá distinguir del mito, la literatura, la teología o la metafísica. Tal caracterización es posible si no aspiramos a afirmaciones excesivamente rigurosas y de las que se hace un uso muy laxo, tales como ”la historia es la ciencia del pasado”, y nos conformamos con puntos de partida mucho más ambiguos y generales que permitan suponer la historia como una forma de pensamiento presente allí donde hay una representación temporal y espacial del hombre y sus acciones, en oposición a la representación atemporal que suponen el mito, la metafísica, la literatura etc., y ello independientemente de que tal representación temporal se asiente sobre la celebérrima objetividad de un Tucídides o adjudique a Dios la conversión de Constantino. Tenemos a nuestra disposición métodos, técnicas, recursos y fuentes documentales que nos proporcionan mil veces más información que el más prolijo de los viajes de Heródoto, Sin duda nos hemos enterado más, Pero ¿somos por ello más sabios o verdaderos? ¿Pensaría Aristóteles de un historiador moderno, científico, de hoy, algo distinto de lo que ya pensó de Heródoto y su labor?

Pese a los avances de método, técnica y erudición, el historiador de hoy no hace algo esencialmente distinto de lo que ya hicieron los historiadores en el pasado. Es espectador diferente del mismo espectáculo de transcurrir. Es un agente cultural, un embajador de otro tiempo en el país de un acontecer que, como todo acontecer, se traduce en ausencia de esencia y eternidad, dionisiaco devenir, apolíneo creer que somos por y para algo que nunca es. Buscar al hombre, conocernos, como diría Marc Bloc, a través de su pasado temporal -no mítico- no es, desde el punto de vista epistemológico, científico, sino humanístico, y, desde el punto de vista mítico, cruel. La historia es un procedimiento intelectual que consiste en despojar al hombre de las garantías míticas que él mismo, históricamente, (casi siempre sin saberlo) se ha proporcionado a través del mito, la poesía, la teología. Eternidad y atemporalidad, paraíso y dioses, origen y finalidad; los hombres viven y matan por aquello que para el historiador verdadero no son verdades, sino meros conceptos rendidos a los pies de su curiosidad. Sobre el historiador pueden pesar montañas de testimonio y documento, y su labor será siempre, como ya dijo Aristóteles, de menos peso metafísico de la poesía. A menos que, claro está, nos obsequiemos la ironía de que, después de todo, la metafísica refiere todo aquello que no se puede pesar.

Debemos suponer que, como forma de conciencia humana, y sólo en tal sentido, la historia es tan antigua como el hombre, consecuencia de la percepción que el hombre tiene de si mismo, su devenir y lo perecedero. Pero esta conciencia no es una entidad absoluta, universal, aunque conciba entidades que, como Dios, la verdad son tenidas por absolutas y universales. ¿Cual sería, entonces, el objetivo, el ”campo inteligible” de estudio de una historia de la historiografía?

A medida que la historia, en un arranque de orgullo e histeria secular, se despoja de sus vestiduras míticas, menos posibilidades tiene de sustituir o desplazar al mito, y ello no por carecer de significado, sino porque su significado, a diferencia de la eternidad y universalidad que traduce el mito, está sujeto a la temporalidad del acontecer humano, muy poco que ver con lo eterno y lo divino, muy poco que decir respecto al por qué y el para qué como causas primeras y finales del acontecer humano. Salvo los salmos triunfales de la historia oficial, y otros tipos de desprestigiada expresión historiográfica, la historia nada tiene que decir al colectivo, al menos que, como Heródoto, el historiador se dedique a leer en voz alta sus relatos en la plaza pública, en cuyo caso la historia será sólo una forma de entretenimiento; objetivo para el cual muy pocos historiadores posteriores a él se dignarían prestarse y, de hacerlo, ¿acaso alguien los escucharía? La historia es labor de solitarios, aunque trabajen en equipo; es, en el más auténtico sentido griego, una forma intelectual de ostracismo

Si no se reduce a la compilación y el glosario, la historia de la historiografía, supone, en cuanto aparición de la historia escrita, comprender la confluencia y coexistencia entre mito e historia, el paso histórico de la conciencia humana de una percepción atemporal del pasado humano a una temporal. Paso éste en el que juega un papel crucial la experiencia religiosa y filosófica de la ”comunidad primitiva”, Supone, además, el establecimiento de una relación de significado entre momento histórico y discurso historiográfico. La historia de la historiografía es, por ello, un intento de aproximación a la evolución de la conciencia humana como fenómeno histórico, la reconstrucción del modo cómo su condena a la historicidad se ha expresado a través del tiempo.

He hecho este breve bosquejo general con el propósito de dejar lo más claro posible que este ensayo sobre historiografía es expresión de una concepción de ella que no supone un Heródoto como la primera piedra de un mosaico peregrinar autor en autor hacia la tierra prometida de la historia científica, o de alguna otra predeterminada forma de expresión historiográfica; porque, en el más cabal apego a los orígenes de ella, entiende que en historia no hay tierra prometida. Podemos colocar a Heródoto como el antecedente de Ranke y Marc Bloc, y estaremos haciendo de él lo que Hegel con Sócrates, la primera forma de aparición de un espíritu absoluto, que hoy llamaríamos Historia, como si la Historia fuese, tal cual la razón o el autoconcepto hegelianos, una cosa única y no la suma de sus expresiones historiográficas. Sólo intentaré dar significación a una de ellas, la primera, que sepamos, vista en la perspectiva de cuatros aspectos principales: lo contextual, lo filosófico, lo cosmogónico y lo estético



1 Aristóteles. Poética.

2 Eric Khaler. ¿Qué es la historia? p. 18

TEMPORAL

Una historia acerca del hecho de escribir historias

(novela filosófica) 

...sucede que la vida no tiene inicios ni finales, y que sólo en el ámbito y contexto de una narración es susceptible de adquirirlos. Lo que me recuerda, por cierto, aquello que una vez dijera Beckett: ese fue mi error, uno de mis errores; exigirme una historia, cuando sólo la vida bastaba. Si es así, entonces estoy aquí para perpetrar mi propio error. Y hasta puede que ésta sea la forma de haber empezado a hacerlo. Más me vale.

Introducción General

El Bolívar histórico del que se ocupa este trabajo no es, hablando en términos rigurosos, el del pensamiento político y la estrategia militar, aunque, desde luego, mucho tendrá que ver con ello. Pero no es un análisis de ese tipo lo que busco en su discurso sino, más bien, al discurso mismo como herramienta del político y el hombre de guerra. Se trata del Bolívar de la palabra. El lenguaje como signo de conciencia histórica, como dimensión de temporalidad y como fuente de heroicidad. Del discurso de Bolívar no me interesa tanto el pensamiento como su narrativa; su inteligencia política o militar, como la semántica o discursiva. Del Bolívar histórico no busco la verdad, sino el estilo.

Introito

Un día, cuando todavía era estudiante de historia y me desempeñaba como investigador en el archivo histórico del antiguo Congreso Nacional, al fondo de la bóveda, en medio de un cúmulo de trastos tan viejos como valiosos, me topé con una desvencijada edición del Diario de Bucaramanga. Sumido en la molicie que mi burocrático cargo ya me inspiraba, aquél libro me distrajo y, allí mismo, en un improvisado asiento de cajones, lo leí. Para cuando retorné de la bóveda, mi imagen de Bolívar -como la de casi todos, determinada por ese formalismo patriota propio de la historiografía de banco de escuela, como la llama Vallenilla Lanz- cambió. Este libro es el resultado de un intento por captar y comprender aquello que cambió.

CARTAGENA: del destierro a la gloria

La Memoria dirigida a los ciudadanos de la Nueva Granada por un caraqueño, mejor conocida como el Manifiesto de Cartagena, se considera el primero de los grandes documentos políticos de Bolívar. Fechado 15 de diciembre de 1812, recoge la experiencia del incipiente gobierno republicano que, a mediados de ese mismo año, ha sucumbido en Venezuela bajo los embates del ejército español. Se trata de una memoria de la derrota, producida por alguien que ha participado como oficial en la guerra el gobierno español y que, salido al exilio, ha llegado a la Nueva Granada con el propósito de obtener hombres y recursos que le permitan invadir su país de origen y restablecer la república. Esta memoria no es, pues, el mero relato pasivo de lo que aconteció, de cómo el ejército español ha vuelto a tomar de una de las plazas más importantes y estratégicas de la América insurrecta, sino del plan para recuperarla. Se expone aquí el análisis crítico de una experiencia republicana particular, de la que se extraen conclusiones políticas y doctrinales que proporcionan una nueva perspectiva del proceso de emancipación no sólo en Venezuela, sino en toda la América Meridional. Se puede compartir en mayor o menor medida tales conceptos. Pero, en cualquier caso, es indiscutible que estamos ante la primera visión sistemática, general y de conjunto que, más allá de la dimensión logística y militar que impone la guerra, nos proporciona el primer concepto histórico y estratégico de la emancipación americana. Al menos, el primero producido por un soldado con una clara visión política. En este sentido, estamos ante la primera teoría revolucionaria de la lucha por la independencia.

CARÚPANO: vindicta, libertad y barbarie

En el Manifiesto de Cartagena nada indica Bolívar respecto a la cuestión social. Cuestión ésta tan conflictiva que, siglo por medio, llevaría al historiador Vallenilla Lanz a definir la guerra de independencia como una guerra civil. De ello nos da una particular perspectiva el Manifiesto de Carúpano. No pasó mucho tiempo para que el discurso de Bolívar hubiese de encarar el tema tabú en Cartagena. El momento sobrevino con la caída de la Segunda República, tras ese fenómeno tan contundente como efímero que fue Boves para el proceso de independencia. Efímero en cuanto a su personal actuación y liderazgo, pero en alguna medida permanente en cuanto a la guerra como forma de vida para los sectores populares y el ejército como vía de transformación de una estructura social que hundía sus raíces en la colonia. Acaso fuera Boves el más encarnizado enemigo de la república. Pese a lo cual, la república, a la postre y para ser tal, fue su más genuina heredera. De él recibió su ejército, su dinámica social y hasta el estilo de su liderazgo. A tono con la dialéctica de la guerra, los llaneros que siguieron a Boves pasaron de bandidos a patrimonio de la república. Patrimonio que en algún momento hizo decir a Bolívar que la revolución estaba sentada en un volcán social a punto de hacer explosión. Pero eso sería más tarde y en privado. En Carúpano, todavía este ejército sólo representa el modo en que la barbarie se opone a bien supremo de la libertad.

JAMAICA: Historia, Semántica y Geopolítica

1815: el descenso de Napoleón se cruza con el ascenso de Bolívar. Ambos han partido al exilio, a Santa Helena y a Jamaica, respectivamente. Tres años más tarde, el americano meridional, que ha tomado Angostura, la plaza estratégica que inclinará el curso de la guerra en favor de la causa patriota, dirá de sí mismo: yo busqué asilo en una isla extranjera, y fui a Jamaica solo, sin recursos y casi sin esperanzas. Perdida Venezuela y la Nueva Granada, todavía me atreví a pensar en expulsar a sus tiranos.1 De modo que el exilio, que para Napoleón dictamina el final de un imperio en Europa, para Bolívar anuncia el renacimiento de un proyecto en América. Esta conjunción en el cosmos simbólico de la historia que involucra la carera de dos grandes líderes políticos y militares, alude también a un cambio de época, determinado, desde el punto de vista geopolítico, por el ascenso de las potencias del capitalismo industrial y la caída del colonialismo mercantilista. A ello tributan diversos procesos: la ilustración, el nacionalismo, el industrialismo, la revolución francesa, la expansión napoleónica, la independencia estadounidense, la emancipación en América Latina. Es ésta una coyuntura en el proceso de largo plazo que lleva de la era agrícola a la era industrial. En este contexto se fraguan los cauces iniciales de un proceso histórico de alcance planetario. La Carta de Jamaica forma parte de este contexto. Es una forma de asomarse a él y otearlo desde los agrestes montes de una América irredenta. Tal es el punto de partida de este ensayo.

ANGOSTURA: el guerrero creador de repúblicas

La Carta de Jamaica concluye con la afirmación según la cual la clave para poner fin a la dominación española y fundar un gobierno libre es la unión, obtenida por efectos sensibles y esfuerzos bien dirigidos. Lo que por entonces queda en un escueto enunciado, en Angostura va a ser objeto de un denso desarrollo. Eso es el Discurso de Angostura: un efecto sensible, un esfuerzo bien dirigido. En atención a las lineas principales de su estructura discursiva, es una apelación a la conciencia histórica, un plan estratégico centrado en la implantación del Estado Nacional, y un instrumento de significación del movimiento de independencia como proceso histórico. Pronunciado por Bolívar el 15 de febrero de 1819, en el acto de instalación del segundo congreso que se daba a sí misma una república en medio de los avatares de la guerra, constituye una de las piezas oratorias más importantes de su haber político. Dicho ello por su contenido en sí mismo considerado. Y dicho también por el modo en que marca una diferencia de dimensiones estratégicas entre un antes y un después del proceso de independencia. En la visión totalizadora del Discurso de Angostura confluye lo político y lo militar. Para ganar la guerra en el siempre inhóspito campo de batalla, es preciso ganarla también en el de la política; por cierto, no menos inhóspito, agreste y peligroso que aquél.

BOLIVIA: el hombre de las dificultades como legislador

El guerrero ciudadano es aquél al que le es dado despojarse del mando. Así en la Caracas que le otorgó el título de Libertador, así en la Angostura que lo ratificó como Jefe Supremo, y dos años después lo llevara a ser designado en Cúcuta Presidente de La Gran Colombia. Las dificultades comienzan cuando la historia lo despoja a él de la guerra y se queda sin esa fuente de gloria que, hasta entonces, había sido el enorme campo de batalla y de política que, visto desde Pasto, se extendía entre el Orinoco y el Potosí. Así, Ayacucho consigna en la historia americana la emancipación, ciertamente; y en el destino particular del guerrero ciudadano el retorno de la cima de la gloria a la sima de las miserias de la burocracia y la administración. Siendo el campo de batalla la fuente fundamental de su gloria, dentro de él lo es todo; fuera de él nada, o tan sólo un ciudadano recto e iluminado que, apegado a su prestigio y honor, está llamado a dar la cara a esa oleada de anarquía que, en la paz, devora cuanto ha venido edificando en la guerra. Consumada la independencia o, más exactamente, el proceso de la guerra que habría de conducir a ella, el enorme mapa del nuevo mundo se ha teñido de una no menos enorme complejidad. Mientras se triunfa en Ayacucho se conspira en Caracas. Al tiempo que se finiquitan los últimos detalles del Congreso de Panamá, las recién creadas repúblicas se hunden en la lucha intestina y doméstica que atenta contra la anfictionía. En carta a Santander, fechada en Lima, el 6 de enero de 1825, es decir, a un mes escaso del triunfo en Ayacucho, encontramos esta situación descrita en palabras del propio Bolívar:

OCAÑA: el clamor del pueblo

Desde el punto de vista de su estructura semántica, el libertador, como instancia fundamental del discurso, representa la condición esencial de Bolívar como máximo dirigente político y militar de la emancipación americana. Más que como mera parte de la historia, el libertador concibe, administra y conduce el discurso como conciencia e instrumento hacedor de ella. Sin embargo, y como es de esperar, se trata de un discurso que siempre ha sido concebido y pronunciado desde el entorno de la dirigencia política a la que pertenece, aún en aquellos temas sensibles en que la actuación de dicha dirigencia pueda ser cuestionada por en su mensaje. Desde este punto de vista, el libertador siempre ha sido una instancia discursiva de una u otra manera asociada al estrecho círculo de la élite civil y militar que comanda el proceso independentista. Así, por ejemplo, El guerrero ciudadano del Discurso de Angostura, que dichoso convoca a la representación nacional y se despoja del mando ante ella es, con ello, al mismo tiempo, legitimado por ella. Como parte de la dirigencia, el guerrero ciudadano es jefe supremo entre iguales. En este sentido, los discursos fundamentales de El Libertador como creador de un nuevo tiempo histórico son documentos de identidad con el entorno dirigente del proceso de independencia, palancas ideológicas de su legitimación ante ella como máximo líder.

Epílogo

Hasta aquí me trajo el Bolívar con el que un día, hace mucho tiempo ya, me topé en el Diario de Bucaramanga. El hombre histórico de los discursos. El de la palabra y el estilo. El de la conciencia moderna y la faena semántica. El de la revolución como concepto y del heroísmo como ejercicio de voluntad de poder. Su discurso marca el paso de la barbarie a la civilización, con todo lo bueno y todo lo malo que una transición así supone para la gestión de su propia historia por parte de un pueblo. Y como pueblo, no tenemos conciencia de tal significación porque la historiografía de banco de escuela se ha hecho cargo de ello, bien haciendo de Bolívar una venerable pieza de museo, bien poniéndolo a comer mangos para popularizarlo. Al respecto, me limito a recordar las palabras de Vallenilla Lanz:

HERÓDOTO: los orígenes de la historiografía

Si uno se deja guiar por lo más estrictos rigores académicos, incluso los de la historia, probablemente los menos estrictos de todos, muy a pesar de los historiadores académicos, un trabajo de este tipo luce desde muchos puntos de vista desalentador, bien por lo poco con se cuenta para realizarlo, bien por la poca estima que se guarda hacia lo poco que se tiene, incluso los escritos de aquel a quien Cicerón, si no me equivoco, dio en llamar Padre de la Historia. Y lo hizo en el marco de una larga tradición representada por críticos para los que Heródoto era ya casi tan extraño como para nosotros y que, salvo contadas excepciones, se caracterizó por su desprecio, acusándolo de mal escritor, de inútil, y hasta de mercenario.

Capítulo 1: el hombre, la obra, el contexto.

Es muy difícil establecer un imperativo ideológico, filosófico, político o moral que nos ayude a comprender la aparición de la historiografía en una íntima relación con el contexto histórico en que ello tiene lugar. La vaga generalidad de la que aquí me valgo, es decir, comprender la aparición de la historiografía como parte del humanismo característico de la Grecia Clásica, que tuvo su máxima expresión en el arte y la filosofía, es fácilmente aceptable, pero, se entiende, muy poco precisa. Ese humanismo, la ruptura respecto a la mitología que a él es inherente, comienza a gestarse en la Grecia Arcaica, con la filosofía jónica y la aún ingenua pero inequívoca proximidad que ella representa respecto a la naturaleza. Por otra parte, como se sabe, dicho humanismo se prolonga mucho más allá de la época de Heródoto y en plena decadencia ateniense producirá lo más acabado de su filosofía. Este humanismo griego es, pues, el espacio histórico cultural de muchas cosas, amplio contexto en el que la historiografía luce como un ínfimo detalle, acaso el más prescindible de todos.

Capítulo 2: mito, filosofía, historiografía.

Partamos del hecho, tan magistralmente representado por la cruel simpleza del mito de Sísifo, de que el hombre es una especie condenada a la historicidad. A nadie le es dado elegir no vivir la historia. Encadenado a la infinita finitud del tiempo, el hombre histórico transcurre sin la certeza de saber para qué. Toda la historia humana pudiera comprenderse como la obsesión de este hombre histórico por darse sentido a sí mismo. Todas las cosmogonías lo han adscrito, de una u otra manera, a vagar fuera de lo eterno, perecer una y otra vez. Y todas intentan, al final, reconciliarse con el proscrito, traerlo de nuevo a casa, el paraíso perdido que, en algunos casos, puede ser, incluso, la nada cósmica, peculiar forma de eternidad que nos permite suponer que hasta la supresión de la existencia es preferible al castigo de la existencia histórica. Esta caída en el tiempo es el nudo gordiano de todo el drama bíblico y, en muy otro contexto, es, también, el mayor suplicio que la mitología griega pudo imaginar para el hombre réprobo

Capítulo 3: dioses, hombres, historias.

Heródoto cree en el Oráculo. Es fácil demostrarlo a través de la cita de párrafos como, por ejemplo, el que nos habla de la furia de Taltibio1 contra los espartanos, y otros en los que hace referencia al plano de lo divino como la última salida que encuentra para explicar, -¿o justificar?- un determinado acontecimiento histórico. Sabemos que esto le ha costado a Heródoto buena parte de las censuras que lo descalifican como historiador ya que, se supone, la historia debe explicar al hombre y sus acciones por el hombre mismo. Como se sabe, ha llegado a ser norma del oficio que recurrir a Dios es hacer trampa. Una suerte de principio epistemológico pende como espada de Damocles sobre el historiador cada vez que su discurso historiográfico apela al deus ex maquina. Heródoto puede ser, según esta misma norma, demasiado ingenuo o primitivo .

Capítulo 4: hombre, historia, tragedia.

Si nos pusiéramos a plantearnos los problemas de epistemología y método en los Nueve Libros, probablemente no hallaríamos asidero sólido alguno para el análisis y la reflexión. En realidad, estrictamente hablando, tales problemas no existen para aquella historiografía que, desde sus mismos inicios, se colocó al margen de la sabiduría y se dio a sí misma el despropósito de alimentar la memoria humana, salvar el vertiginoso acontecer humano del olvido humano. Sin embargo, pese a una tarea tan metafísicamente pobre y, en parte gracias a ello, aquella primera historiografía estaba llamada a sentar las bases para una cruel desmitificación de dicho acontecer. El hombre histórico que recién ha descubierto es objeto de paciente y crítica observación; no se le puede tomar a la ligera, tal cual lo encontramos, ni creer de buenas a primeras lo que dice y piensa de sì mismo. Racionalista pero curiosa, tolerante pero desconfiada, fue ésta una historiografía que se aproximó a su hombre histórico con acucioso sigilo, alerta a los juicios y creencias que históricamente su objeto de observación había generado respecto, y a partir de, su propia historicidad. El hombre histórico y la cultura, ámbito al que es inherente el desencadenamiento de sus acciones en el espacio y el tiempo, abrieron así el pensamiento humano hacia una dimensión hasta entonces desconocida.

 

 

Preliminar

He visto a Dios. Es espantoso. No hemos hablado. Para escucharme, tendría que ser yo hombrte de fe. Y, para escucharlo, un esquizofrénico. Pero pululamos en el mismo universo. Él en su cueva y yo en la mía, somos vecinos del mismo barrio; el del misterio. Sólo que yo la habito con la suficiente molicie e ignorancia como para no perder la cabeza. Él no. El misterio lo ha enfermado. Y, convencido de ser la verdad que lo despeja y que, por lo tanto, nos haría libres, ha perdido la suya.

De la caída a la salvación: la historia inconclusa de la creación.

La caída simboliza el inicio de la historia, al menos para la criatura; es decir, la existencia temporal a la que, tras rebelarse, ha sido condenada por su creador. Y la salvación la recuperación de una criatura que, ahora, como pecador; o sea, habiendo comprobado por experiencia lo que su creador por omnisciencia ya sabía y se negó a revelar, retorna arrepentida al paraíso en que fuera creada, y lo hace por gracia del que la condenó. Así, entre caída y salvación -fin del tiempo de por medio- el reino de este dios describe un ciclo único y total hacia la eternidad propiamente dicha, suponemos, ya que, hasta la culminación de dicho ciclo, dicho reino no ha sido otra cosa que un proyecto histórico; una teleología en la que Dios hace de sentido inmanente y la eternidad de meta trascendente.

De cómo no fui echado del paraíso: me largué yo mismo

El Génesis, como se sabe, es el primer capítulo en la historia de un dios que creó el mundo, la historia; vale decir, el pasar en que las cosas pasan y el tiempo con que lo captamos. Según esta historia, en siete días -merecido descanso incluido- este dios, emergido de las tinieblas, configuró el universo total: estableció su reino eterno, creó la criatura llamada a adorarlo por la eternidad, actualizó el abismo temporal al cual arrojarla cuando se resistió, y, por último, concibió el plan para rescatarla de su temporalidad y retornarla a su seno. Más que una historia de dios, ésta es la de un proyecto de dios. Con lo cual esta historia deja fuera lo más interesante del objeto a historiar: las tinieblas mismas, el abismo y el origen del dios-héroe que, venido de ellas, encarna la luz que ha de iluminar el nuevo todo en que se dispone a reinar. De modo que esta historia, que no indaga en su tema y que, aún así, pretende dar razón de la temporalidad mediante la eternidad, nos deja en ascuas, pues sólo vale para confirmar que la vida eterna junto al dios que nos ha creado no es menos absurda que la temporal a la que nos ha condenado. No obstante, hagámonos de la vista gorda con este detalle menor, y ocupémonos de un dios al que, en esta parte de su historia, toca hacer de inicio en la historia toda del universo. Porque, en esencia, no de otra cosa hablamos aquí: de un dios que actúa y que, sólo en cuanto tal, ha podido ser objeto de narración.

De cómo andando el camino correcto terminé en el punto de partida.

Me parece que era Artaud quien decía que Dios no existe, y que, si existe, es una mierda. Esta idea de dios es un dilema que apunta, por una parte, a su real y efectiva existencia y, por la otra, a que, en caso de existir, sea cosa digna de creencia. Y si bien la real existencia de una cosa es condición previa del juicio sobre de ella, en el caso de los dioses es tema casi irrelevante, si se lo compara con la idea de dios, que sí es históricamente real. La existencia o no de uno que se hace llamar Dios es indemostrable. Pero la idea que de él tengamos es crucial. Pasa que nuestra inteligencia, memoria y voluntad de entes temporles que para ecistir han de hacerlo históricamente es el único hilo que vincula al dios en el que pretendemos creer con la eternidad en la que debería reinar; eternidad ésta de la que vendríamos y a la que, consumada nuestra temporalidad, habríamos de retornar. El problema acá es que, entonces, hablamos de un dios, un reino, una eternidad; en suma, un ser pleno que ha salido de sí y ya no es tal, pues ha sido intervenido, socavado y puesto patas arriba por la temporalidad misma de la criatura que estaba llamada a constituirlo. De modo que, si alguna vez fue, este dios ya no tiene ser, pues ha devenido y, por tanto, sólo puede tener historia. Y el mayor problema para este dios es que, en efecto, la tiene. Se la conoce como sagrada. Lo cual no es sino un infeliz oximorón, que me veo en la obligación de corregir. Porque, el otro problema no menor para este dios, es que, además de también tener una historia, tengo, gracias a ello, una idea de dios; por cierto, ontológicamente mucho menos generosa que la de Artaud.

De mi autocondena

Una cosa es ser expulsado del paraíso, tras una patafa en el culo, y muy otra abandonarlo por los propios pies: o sra, arrojarse uno mismo. La voluntad hace la diferencia. Lo que procede entonces es la autocondena. Ello equivale a la condena de Dios, sólo que despojada de su divinidad por el acto voluntario de quien se la autoimpone. Éste es el dato fundamental acá. La rebelión de la criatura sólo acarreó la expulsión del rebelde y no alcanzó su cometido. Ciertamente, desató la ira de Dios, pero no afectó su divinidad. Sin embargo, fuera de los predios del reino, la rebelión continúa: se torna secular. Sujeta al curso de su propio devenir, si la criatura se proclama pecador, su castigo se convierte en causa y su destino en botín de guerra. Lo que a este dios toca ahora enfrentar no es la conjura, sino la reivindicación del pecado respecto a un reino que sólo molicie, desprecio e indiferencia puede inspirar. Lo cual es mucho más difícil para uno tan propenso a la cólera y que tanto requiere de ser adorado.

De Dios como significación de un pasar que no lo requiere.

El pasar no rquiere de dioes, sino de historias, que lo signifiquen como pasado-presente-futuro y den forma a la existencia temporal. Son los dioses los que rrquieren de una historia para tener sentido como artífices del pasar. Dios tiene una. Se la conoce como la sagrada. Lo cual encierra un total contrasentido, ya que si, a diferencia del mito, cuyo papel es reconocer un pasado, el de la historia es indagarlo, con lo cual toda historia es, por definición, profana; incluso la de este dios, pese a que su intención sea la de hacernos reconocer en un único y por lo tanto verdadero pasado cósmico.

De gracia divina y conciencia histórica

La Salvación es el remiendo metafísico del error ontológico de la Creación. Dios intenta recoger al final del tiempo el desastre que ocasionó con su inicio. El intento de corregir el error con que comprometió su ser pleno lo conducirá a uno aún mayor, y que hará de la eternidad un imposible. En aquel entonces se equivocó al echar a la criatura del reino, porque con ello dio paso a la historia y a sí mismo como proyecto. Ahora está dispuesto a equivocarse de nuevo, haciéndola regresar al lugar del que la echó, porque con ello se trae la conciencia y la memoria, que han de desmerecerlo por completo como ser. Si Dios, como espera, pudiera ser adorado por el pecador, éste no sería tal, pues en la eternidad no puede haber conciencia ni memoria, que es de lo que está hecho todo pecador en tanto que arte y parte de la existencia temporal. Pero este dios jura que la Salvación del pecador es su salvación como dios. Según su propia historia, lo que lo mueve a recuperar su antigua criatura no es el arrepentimiento, sino el perdón y la misericordia, en el entendido de que a quien corresponde arrepentirse es al pecador mismo. Su gracia está, pues, dirigida a aquél que, sobre la base de tal arrepentimiento, se hace acreedor del perdón y la misericordia, que es lo que de nuevo lo conducirá a la vida eterna que perdió tras su rebelión. Toca entonces considerar las implicaciones que tiene esta en apariencia armónica conciliación de gracia divina y conciencia histórica.

Epílogo

La eternidad sólo puede entenderse tal y como Platón define el ser: lo uno siempre igual a sí mismo. El tiempo, nos indica en el Timeo, es imagen móvil de la eternidad. Para Aristóteles dios vendría a ser la causa primera, el motor a partir del cual todo entra en movimiento, sin que determine el curso del movimiento al que da lugar. De tal manera que la eternidad no es espacio en el que sucedan cosas, ni un modo particular en que las cosas suceden o hayan de suceder. La eternidad es una idea, un principio, un axioma; nunca un atributo de algo distinto de ella; mucho menos el estadio superior de algo que, habiendo iniciado en calidad de temporal, se haga eterno tras dejar atrás y superar su temporalidad. La eternidad sólo podría ser la negación absoluta del antes y el después, del inicio y el final. Si algo cambia, hay movimiento, tiene una dimensión duradera y, por lo tanto, temporal, En consecuencia, la eternidad no puede ser anterior ni posterior a nada, pues sería mera episodio de lo que sucede. Y en ella nada puede suceder, porque, a diferencia de lo que sucede en las historias, no hay inicio ni final. Si algo tiene historia, no le cabe eternidad, aunque dure eternamente.

LA RATA

Yo habitaba en una vieja casa vacacional abandonada, colgada de lo alto de un cerro pedregoso y desde el que se podía ver abajo el mar en su quieta enormidad, yendo y viniendo en monótonas embestidas contra las rocas negras del acantilado en el que, por ahora, espero. 

LA ÚLTIMA CENA

Por obra y gracia del espíritu santo sigo aquí, como de costumbre, aludiendo y mendigando a cada transeúnte que pasa frente a mí. Ocupo el primer escalón de los doce que conducen a la taquilla de una sala de cine donde sólo entran hombres solos. La verdad no sé si es el primero, porque, contando desde la acera, éste sería, en realidad, el segundo. Con lo cual. el total de escalones de la escalera entonces sumaría trece, Por otra parte, trece, según he escuchado decir desde siempre, es número de mala suerte. Luego la diferencia entre doce y trece no sería sólo de un escalón, sino de un destino. De modo que ocupar el segundo o el primero no es cuestión que se pueda tomar a la ligera. Y, ciertamente, que no lo hago así. Sólo que, en mis consideraciones al respecto, encuentro razones igualmente lógicas e irrefutables como para afirmar que estoy en una o en otra posición. Esto es cosa que me gustaría resolver cuanto antes. Por primera vez, no sé por qué, me hallo en la circunstancia en que me gustaría saber, a ciencia cierta -como también se suele decir- en dónde estoy. Nunca imaginé que de un escalón a otro pudiera haber semejante diferencia. El mundo, que para mí siempre ha sido la acera, sería el primer escalón, con lo que yo estaría, entonces, a un escalón menos del cielo y a dos más del infierno. Esto en caso de que el cielo esté arriba, el infierno abajo y yo en el medio. En la perspectiva de este sanguche cósmico puede que la diferencia no se sienta tan enorme como entre el primer y segundo escalón, quizás porque la diferencia entre cielo e infierno es más de fe que de cálculo. Pero, por otra parte, la diferencia entre fe y cálculo es tan enorme como la que puede haber entre un escalón y un destino. Es el tipo de cosas que me gustaría resolver. Allá, por la acera de enfrente, va el gordo de las corbatas anchas y los zapatos chillones. A veces viene. Es el tipo de evento que siempre me distrae de mis resoluciones.

LA QUINTA PATA

Octubre. Lluvia, llovizna, tormenta o aguacero. Lo cierto es que desde hacía ya tiempo el agua no dejaba de caer como una maldición del cielo. Si, hasta cuando cesaba por un rato, no era sino para mostrarse en esa forma de bruma, neblina, calima o calina. La misma maldición; sólo que elevándose desde la tierra sobre la que ha llovido sin parar. A la hora de ser andada, no había sino dos opciones: la maleza o el barrial. Tú eliges, se dijo a sí mismo en el instante incierto en que intentaba dar con el camino para emprender la huida. De súbito, la noche se detuvo. Un relámpago de inamovilidad con el que el aguacero cesó de golpe. Y entonces fue esa quietud que parece escucharlo todo con los oídos de su silencio. Extenuado, se sentó y miró de nuevo al cielo. Durante un largo rato, ni los mismísimos dioses osaron asomarse por cima de los muros de la noche, hasta que de nuevo se dejó oír el monótono canto de los grillos.

TAXIDERMIA

A ver. Acaso esté yo en el curioso procedimiento de comprobar a través del sueño que el alma, si no se refiere a la mera forma de la materia, tal y como Aristóteles fue el primero en sugerir, es el más degenerado e infame de los conceptos. Menos mal y me leí a tiempo aquel tratado que Amanda, mi mujer, dice que lleva título de espanto o aparecido. Como sea, ya sabía yo que no podía ser tan inútil haberlo hecho, tal y como ella siempre aseguró, con ese pragmatismo repugnante tan propio del género femenino y que se va acentuando con la edad. Ella siempre dice: no creo en santo que come y caga, ni en loco que no come mierda. Y, en cierto modo, compartimos la misma poca fe. Aunque para no creer en los santos ni para creer en los locos, requiera yo concebirlos avocados a tan vitales funciones. En todo caso, por ahora, el curioso procedimiento al que aquí me refiero es la única posibilidad que me queda para salir del atolladero en que me encuentro desde hace… Ni siquiera sabría decir cuánto tiempo, pues lo primero que resalta en este asunto es la perdida de la certidumbre que el tiempo nos proporciona como el principal referente de lo que existe.

PORNOAVENTURA

¿Cómo se puede ser, durante algún tiempo, tan vital y, al mismo tiempo. morir sin necesidad alguna de haber vivido por razón distinta a la de follar? Tal era la pregunta que se hacía Henry al caer la tarde y cuya respuesta el crepúsculo se iba llevando a los confines del anochecer confundido con su propia noche de viejo y como quien, con sumo cuidado y sigilo, oculta algo muy preciado pero que le ha de resultar comprometedor o embarazoso. El Henry -dicho así, en su recuerdo, porque así lo llamaron siempre en los tiempos en que vivir era algo más que recordar- estaba sentado ante uno de los largos ventanales que iluminaban el largo pasillo donde la pasaba desde la una, tras haber tomado su almuerzo y haberse negado, como siempre, a hacer la siesta. Éste nunca quiere dormir, había exclamado, como siempre, la señora Pérez. Y allí seguía Henry, empotrado en su silla de espectador del paisaje vespertino. Durante toda la tarde llovió. Y aunque había amainado ya, aún seguía cayendo esa leve llovizna, seguramente gracias a la cual el jardín, los árboles, la calle, los cerros lejanos que todavía encajaban sus puntas en los restos de una nubosidad fragmentada y el paisaje todo, o al menos hasta donde la vista aguzada alcanzara atisbar desde aquella ventana, adquiría esa transparencia rosa que a Henry tanto agradaba. Hasta que, como siempre, a las siete y según orden inapelable de la señora Pérez, Henry fue largado a su habitación. A dormir hasta el día siguiente, como siempre.

LA PIEL INMATERIAL DE LA NOCHE

Ahora sí que estoy jodido, se dijo a sí mismo, con resignación. Boca arriba, a la vez que dibuja garabatos ininteligibles en la piel inmaterial de la noche, llega hasta él un olor agridulce, de fruta fermentada o de licor. Mas bien de las dos cosas juntas, mezcladas, concluyó, ya que la gorda había incorporado al enorme pastel que estuvo preparando durante la mañana una generosa porción de cada una. Y en ese momento, cuando ya arribaba a la media noche, volvió a recorrer, una vez más, los detalles de aquella faena, que habían ido a parar a su memoria, como lo que sobró del pastel, de un golpe seco, habla ido a parar al fondo del bote de donde emanaba aquél olor.

LA CUARENTA Y OCHO

Entré al bar. Fui hasta el extremo solitario de la barra desde el que me observaba, pedí una cerveza y me volví a la mesa de siempre, o al menos la que yo esperaba que fuese tal cada vez que entraba, y que, por esta vez al menos, ciertamente, estaba desocupada. Estuve bebiendo mi cerveza poco a poco, algo así como a un sorbo cada vez que intercambiábamos miradas. Hasta que por fin ella también se vino a la mesa de siempre. Entonces la noche, como el silencio de Dios, se fue hundiendo en el barro de nuestro mutuo decir. Barro nuestro que caes del cielo. El amanecer nos sorprendió a solas, o más bien juntos en la misma soledad desde la que cada quien defendía su propia soledad, ahora sí, sin nada que decirnos, en medio del barrial que nos había arrastrado hasta la cuarenta y ocho.

EL CENTENARIO DE STOKER

Cuando suena la hora lúgubre de los espíritus, la novia bebe el vino de un rojo sombrío como la sangre. Una vez más, aquellos versos de Goethe, que lo hacían sentir tan orgulloso de sí, resonaron en su memoria, apenas se asomó a la ventana y la noche le rozó el rostro. Luego fue esa mirada acuciosa lanzada allende los suburbios nubosos de la ciudad, más allá de los cuales se extendía la rígida horizontalidad del cementerio. Quietud. sosiego, reposo, descanso… iba buscando la palabra más apropiada para definir lo que aquél otear el horizonte de la noche le inspiraba, hasta que la encontró: ausencia. Eso. Porque la muerte no es más que ausencia. Ni menos tampoco. Entonces emprendió el vuelo.

LA POSE

De los talones a la cabeza mediría no más de metro y medio. Y si uno se fijaba bien, venida de sus adentros a flor de piel, como el alma que le daba forma en una sola y fugaz pincelada de existencia, la insignificancia demarcaba el todo de su cuerpo quieto y menudo. Quizás fuese esto, la manera en que esa insignificancia determinaba la absoluta armonía entre el ser y el aparecer lo que la hiciera lucir más joven de lo que realmente fuese, como si a estas alturas de su biografía aún no contara con una historia única y propia en la que hubiese valido la pena desgastarse y envejecer. El resto de aquella su presencia era lozanía triste, quietud de lagartija a la una de la tarde y que administra su energía en medio de un paisaje árido y sofocante. No obstante, al mismo tiempo, su pose era tan curiosa y estudiada, tan artificiosa que lo que le faltaba en tamaño y significación le sobraba en gracia y seducción. Al menos eso fue lo que pensé cuando me disponía a entrar a la tienda y la vi, parada allí, de espaldas a la puerta y con los codos apoyados en el mostrador mientras seleccionaba los botones de las cajitas que el viejo tendero iba poniendo de dos en dos a la disposición de su minuciosa inspección.

 

 

Historia

Mundial

Contemporánea

A mi modo de entender, los que están persuadidos a que por la historia particular se puede uno instruir lo bastante en la universal, son en un todo semejantes a aquellos que, viendo los miembros separados de un cuerpo poco antes vivo y hermoso, se presumen estar suficientemente enterados del espíritu y gallardía que le animaba. Pero si uno, uniendo de repente los miembros y dando de nuevo su perfecto ser al cuerpo y gracia al alma, se lo mostrase por segunda vez a aquellos mismos, bien sé yo que al instante confesarían que su pretendido conocimiento distaba antes infinito de la verdad y se asemejaba mucho a los sueños. Y ciertamente, que por las partes se forme idea del todo, es fácil; pero que se alcance una ciencia y conocimiento exacto, imposible. Por lo cual debemos estar persuadidos a que la historia particular conduce muy poco a la inteligencia y crédito de la universal, de la que únicamente el reflexivo conseguirá y podrá sacar utilidad y deleite, confrontando y comparando entre sí los acontecimientos, las relaciones y diferencias. (Polibio. Historia Universal. Exordio.)

EL CONCEPTO DE MEMORIA

...sólo de aquellos seres vivos que son conscientes del tiempo puede decirse que recuerdan y hacen esto con aquella parte del alma que es consciente del tiempo. Aristóteles. De la memoria y del recuerdo.

Grande es la virtud de la memoria y algo que me causa horror, Dios mío: multiplicidad infinita y profunda. Y esto es el alma y esto soy yo mismo.  San Agustín. Confesiones

Introducción

...sólo de aquellos seres vivos que son conscientes del tiempo puede decirse que recuerdan y hacen esto con aquella parte del alma que es consciente del tiempo.

Aristóteles.

De la memoria y del recuerdo.

 

Grande es la virtud de la memoria y algo que me causa horror, Dios mío: multiplicidad infinita y profunda. Y esto es el alma y esto soy yo mismo. 

San Agustín.

Confesiones

 

...el pasado se conserva por sí mismo, automáticamente. Todo entero, sin duda, nos sigue a cada instante: lo que hemos sentido, pensado, querido desde nuestra primera infancia, está ahí, pendiendo sobre el presente con el que va a unirse, ejerciendo presión contra la puerta de la conciencia que querría dejarlo fuera.

...no pensamos más que con una pequeña parte de nuestro pasado; pero es con nuestro pasado entero, comprendida en él nuestra curvatura original del alma, con el que deseamos, queremos y actuamos.

Henri Bergson.

La evolución creadora

La memoria: un misterio, una estructura, un proceso

Para Aristóteles la memoria residía en el corazón. Captadas por los sentidos, suponía que las impresiones que se perciben del entorno eran conducidas por la sangre hasta allí. En general, para la filosofía antigua el corazón es el reservorio de la actividad espiritual del hombre. Allí se asienta lo que para nosotros es su existencia psíquica. De modo que el corazón era tenido por el lugar de las emociones y los sentimientos, idea que, por lo demás, ha permanecido a lo largo de la historia en las más diversas culturas hasta hoy. De hecho, en latín, recordar -recorsi- significa de nuevo en el corazón. Esta creencia se mantuvo durante siglos. No es sino hasta mediados de la edad media cuando la memoria comienza a ser ubicada en la parte posterior del cerebro1. Aunque sin datos abundantes y determinantes al respecto desde un punto de vista científico, es la fisiología moderna la que la ha localizado en el cerebro. E. Kandel2, premio nobel por sus investigaciones en este campo, ha definido la memoria como una representación interna de la información adquirida mediante aprendizaje; información que se halla codificada, espacial y temporalmente, en circuitos neuronales, mediante cambios operados en las propiedades reactivas de las neuronas. Con todo, en el mundo de la ciencia aún no hay consenso en cuanto al modo como reside la memoria en el cerebro. Hay quienes piensan que la memoria tiene localizaciones específicas, que se corresponden con un determinado tipo de ella, y quienes piensan que, por el contrario, la memoria es una y que alcanza amplias regiones cerebrales que operan conjuntamente y de manera coordinada, según diversos niveles de complejidad en el registro de datos y evocación del recuerdo. También hay quien piensa que ambas hipótesis no son excluyentes entre sí y que es posible que apunten con certeza al mismo fenómeno considerado desde puntos de vistas diferentes y complementarios3.

Aristóteles: memoria, alma y experiencia

Al concebirla como parte del proceso cognitivo -junto con la percepción y el aprendizaje- la psicología cognitiva ha puesto en evidencia la complejidad de la memoria y resaltado la conexión existente entre memoria y otras funciones tanto fisiológicas como espirituales del ser y el proceder humanos. Conexión ésta que ya había sido planteada por Aristóteles. Así, por ejemplo, en Metafísica establece la relación directa y biunívoca entre memoria y experiencia de la siguiente manera:

San Agustín: memoria, alma y dios

Agustín se ocupa del tema de la memoria en el Libro X de Confesiones. Hay quien dice que este capítulo constituye una suerte de bisagra que une la primera parte de la obra, es decir, la parte autobiográfica, que recogerían los libros del I al IX, con la siguiente, la parte conceptual, correspondiente a los libros XI-XIII. Tal estructura expresaría la intención misma del autor, con el propósito de reflejar en ello su concepción de la memoria como la función mediadora entre el hombre y dios1. Aunque no hay constancia de que esto sea así, es una interpretación muy plausible. Por lo demás, cualquiera sea el caso, se trata de una interpretación que en nada contradice el concepto mismo de memoria que maneja Agustín y que constituye una excelente guía en la lectura de la obra. También, en La Trinidad trata Agustín el tema de la memoria, particularmente en los Libros del X al XIII, aunque aquí no de manera específica, sino en conjunción con el entendimiento y la voluntad, y en tanto que las tres -memoria, entendimiento y voluntad- son las facultades que a su entender definen el alma humana. Ello supone un giro completo en el concepto de alma y, en consecuencia, en el de memoria con respecto a la visión materialista de Aristóteles. Pasamos de la entelequia que define lo vivo en la naturaleza -de lo cual el hombre es una especie- al hombre cuya individualidad plena está determinada más que por la naturaleza, por su conexión con dios y la dimensión de lo divino. El alma de Aristóteles da lugar a una especie natural con conciencia del tiempo. La de Agustín a un hombre histórico conectado con la naturaleza sólo en su dimensión material y cuya conciencia del tiempo no es otra cosa que su vínculo con la eternidad.

La dimensión social de la memoria

Entre el Tratado del Alma y el Tratado de la Santísima Trinidad se abre uno de los episodios más plenos de significación en la historia de la filosofía occidental. El cristianismo avanza sobre las ruinas de un paganismo que ha sido, al mismo tiempo, fuente de inspiración y modelo de su filosofía. Esto se hace evidente en el tema de la memoria. El concepto de Aristóteles emerge de las dimensiones materiales de la naturaleza y que el cristianismo depreciará como el terreno de lo profano. El de Agustín es un concepto que desciende de los cielos. Tejida con el hilo de la lógica pagana, la memoria de Agustín se inserta en el tapete de la fe y el misterio supraterrenal de lo divino. En este tema, como en otros, el decisivo avance que el materialismo aristotélico representa respecto al idealismo de Platón, es un camino que de nuevo recorre Agustín, pero en sentido contrario. Su concepto de alma -y con él el de memoria- constituye, digámoslo así, un ejercicio de desmaterialización de lo que encontramos como tal en Aristóteles.

Mito, memoria e historia

Se dice que recordar es hacer presente el pasado. Ciertamente. Una hermosa metáfora, como casi todas las que, al jugar con el sentido de los términos, pero sin contradecir su sentido, crean una atmósfera de contrasentido que, sin estar reñida con la lógica, la ironizan, en cierto modo se mofan de ella. Una metáfora, además, muy acertada en todo sentido. Sin embargo, ello no obsta a la hora de precisar hasta qué punto es posible hacer presente el pasado, en qué grado y en qué sentido. Pues el pasado presente no es lo mismo que el pasado, El recuerdo no es mostrar lo que hay en la memoria, sino la realización de un constante proceso de selección, ordenamiento y elaboración de ella. El recuerdo es una intervención intencionada y sofisticada desde el entendimiento del material bruto de la memoria. No sólo el recuerdo vive de la memoria, sino que, a su vez, la memoria vive de la aportación y el enriquecimiento que el proceso de recordación le aporta. De modo que, como resultado del recuerdo, el pasado presente no es el pasado, sino lo que de él hemos seleccionado, ordenado y elaborado, y lo que nos decimos acerca de los resultados de tales operaciones sobre la memoria. Y como seleccionar supone, en alguna medida, el olvido -inconsciente o voluntario- hay veces en que hasta el olvido es una forma de decir acerca del pasado recordado. Si a todo esto se agrega que todas estas tareas inherentes al recuerdo y el olvido se realizan desde y a través del lenguaje, que son en sí mismos procedimiento lingüísticos, resulta entonces que la memoria es un procesamiento semántico de la experiencia temporal. Saber del pasado, individual o colectivo, es en sí mismo un proceso de significación.

 

 

HISTORIA Y CIENCIA
El silogismo se compone de proposiciones, las proposiciones de términos; los términos no tienen otro valor que el de las nociones. He aquí por qué si las nociones (y éste es punto fundamental) son confusas debido a una abstracción precipitada, lo que sobre ellas se edifica carece de solidez; no tenemos, pues, confianza más que en una legítima inducción. F. Bacon
Introducción

Soy de la generación a la que tocó aprender en clase de historia que la historia es la ciencia que estudia el pasado y, respecto al más importante hecho que da inicio a la historia, que el hombre desciende del mono. Aunque aquí el asunto nunca quedó del todo claro por aquello del eslabón perdido. Acto seguido, receso de por medio, me tocaba aprender en clase de religión que, de acuerdo a la historia sagrada, el hombre era creación de dios. Esta vez el asunto quedaba todavía menos claro, pues con ello se hacía participar al hombre de una doble naturaleza, histórica y divina. Siguiendo el razonamiento científico -que también hube de aprender en clase de física y de matemáticas- si la historia es una ciencia, la historia sagrada también lo es. Entonces ¿cómo era posible que una misma ciencia tuviera posturas científicas tan disímiles en relación al hecho más importante con el que se iniciaba la historia de la humanidad? ¿O es que hay historias científicas e historias que no lo son? Porque en el mundo de la ciencia hay más teorías falsas o erróneas que teorías verdaderas, y todas por igual son expresión del mismo modelo de conocimiento, es decir, forman parte del mismo proceso de desarrollo de ése modelo y de ese conocimiento tenido por científico. Hay verdades científicas y también falsedades que, no por tales, dejan de ser científicas, pues las unas y las otras son resultado del mismo proceder. Claro que el que la historia sagrada sea científica es bocado del conocimiento que lucía realmente grueso de tragar.

La concepción de la realidad: la relación sujeto-objeto

La caída de un individuo de lo alto de un edilicio de diez pisos puede ser interpretada de muchas maneras. Como un suicidio, es decir, el resultado de la intención de quitarse la vida, o como accidente resultado del descuido mientras contemplaba el paisaje, o como un homicidio, si es que el sujeto en cuestión fue empujado por otro o, incluso, de alguna manera inducido a acometer su propia caída. Este tipo de causa puede llegar a constituir un entramado muy sutil y complejo porque, precisamente, no supone necesariamente datos evidentes, observables y medibles, sino indicios de una posible intención o conducta particular del individuo en cuestión y, también, de otros que pudieran estar de alguna manera involucrados en su caída desde lo alto de un edificio. Por otra parte, son datos evidentes, observables y medibles, tales como la masa del individuo que cae y la distancia que lo separa del centro de la tierra, los que, convertidos en variables de una rigurosa formulación matemática con enorme capacidad de predicción, nos explican la caída del individuo desde el punto de vista científico. La diferencia entre una y otra situación a la hora de interpretar el mismo fenómeno es la objetividad científica o, dicho en otros términos, el concepto científico de realidad en el que se ha basado y se basa todo el pensamiento científico y sus nociones de conocimiento y verdad.

El historiador como sujeto y el hombre histórico como objeto

Gracias a la Ley de Gravitación Universal, la caída de un individuo de lo alto de un edilicio de diez pisos puede ser comprendida científicamente, si me fijo en los datos apropiados del evento y lo defino de la manera apropiada. Lo cual requiere, como es obvio, un observador específicamente consciente y premeditadamente preparado para ello. Esto es, un observador según lo que el método científico entiende como tal. Si como observador no me interesa la distancia del piso diez a la superficie de la calle, ni la masa molecular del individuo; si, además, no tengo la capacidad de combinar estos datos como variables de un acontecer ecuable, no soy el observador indicado para una apreciación científica del evento. Y, muy probablemente, la mayoría no lo es. Lo cual, sin embargo, no nos excluye como observadores, y dará lugar a muy diversas formas de interpretar el evento, distintas, todas ellas, a la propia de la ciencia. Lo primero que cabe preguntar es si, al ser esto así, se trata del mismo evento.

La naturaleza científica de la historia: un despropósito metodológico.

Luego de aprender a distinguir un poco, gracias a Aristóteles y Tucídides, lo que la ciencia y la historia son, o pueden ser, aquella idea que hube de aprender en la escuela según la cual ésta última es la ciencia del pasado luce como el más remoto y anquilosado arquetipo de la infancia de cualquier historiador. Pero lo mismo fui a aprender en la escuela de historia en la que me formé. Siempre recuerdo a mi profesor de ciencias sociales asegurando que la historia es una ciencia porque tiene un método, es decir -ilustraba haciendo el correspondiente gesto con su mano- un camino hacia el conocimiento que ha de ser andado. Por mi parte yo, que antes de ingresar a la Escuela de Historia había cursado durante dos años ciencias actuariales y matemática aplicada en la de Estadística -a tono con el cruel lema de mi profesor de cálculo: deriva el que sabe, integra el que puede- me preguntaba cómo es eso que, para definir un método científico, los historiadores hemos de conformarnos y apegarnos a una metáfora como, en este caso, la del caminante. Yo podía estar muy de acuerdo con una metáfora que, después de todo, se corresponde con la etimología del término método. Pero nunca con la naturaleza científica de lo que una metáfora así estaba llamada a ilustrar. Si de caminar se trata, he allí a Heródoto en el Asia Menor, o cualquier estudiante de historia por las atestadas calles que conducen al Archivo General de la Nación, la Biblioteca Nacional o la Academia Nacional de la Historia. Pero que jamás han de conducir a la ciencia.

Historia y ciencias sociales

La historia es la más antigua de las ciencias sociales. Esto afirma Fernand Braudel, y añade que lo que la diferencia de ellas no es sólo su antigüedad, sino la peculiar dificultad de que el historiador trabaja sobre lo que ya no es. Por otra parte, Georges Duby, quien, al igual que Braudel, asigna un carácter decisivo tratamiento documental, señala una estrecha vinculación entre la historia y la creación literaria, y resalta el hecho de que la historia, entre las disciplinas que habitualmente llamamos ciencias humanas, es la única que constituye un género literario.1 Tales no son distinciones diferentes o excluyentes. En realidad, la una es consecuencia de la otra. La historia es narración, porque sólo a través de la narración podemos acceder al tiempo, significar el transcurrir de la existencia como temporalidad especifica y representar lo que ya no es. Fue ese ya no ser el que llevó al sustancialismo antiguo a afirmar que de la historia no se podía extraer conocimiento alguno, pues no se puede conocer lo que deviene, sino lo esencial y permanente, lo siempre igual a sí mismo. Es ese no ser el que, todavía hoy, traza la frontera epistemológica entre ciencia e historia. Debate del cual Braudel se aparta, por considerarlo estéril, y con razón. Sólo que con ello se pierde todo derecho a considerar la historia una ciencia. Y, por último, es ese ya no ser el que hace del tiempo histórico una dimensión sólo posible de ser planteada en el contexto específico de una narración. En virtud de lo cual Duby reconoce su naturaleza decisiva como género literario. Ciertamente, hay que convenir en que la historia se distingue de las ciencias sociales por su antigüedad, y por tratar de lo que ya no es. Sólo que la más elemental consecuencia de ello es que la historia no es, en realidad, una ciencia social, sino, como muy bien dice el mismo Braudel, el arte frágil de escribir historia.

El surgimiento de la historia ciencia y las ciencias sociales

Las ciencias sociales son uno de los más genuinos productos institucionales y académicos de la sociedad industrial. Si bien el término suele utilizarse en contraposición al de ciencias naturales, y sugiere que el estudio de la sociedad no se rige por los mismos parámetros, en sus orígenes son el intento de crear lo que Comte llamaba una física social, cuyo propósito no era otro que aplicar los criterios y métodos científicos al ámbito de la sociedad y la acción humanas. La sociología no comenzó a ser reconocida como una disciplina académica hasta finales del siglo XIX, particularmente con los trabajos de Durkheim, epígono de Comte y Saint-Simon, y cuyo radicalismo científico impone una línea de trabajo que concebía la realidad social como un objeto de estudio independiente de la subjetividad del individuo. En contraposición a este concepto, posteriormente, Max Weber, más influenciado por el marxismo, aducía que no se puede estudiar la vida del hombre y sus relaciones en sociedad sin tener en cuenta el modo en que la dimensión subjetiva de su existencia incidíe en la realidad social. Las ciencias sociales surgen en el marco de esta controversia. Pero son, en conjunto, expresión del desarrollo de la sociedad industrial, de una cultura para la que la ciencia es símbolo del saber y de control sobre la existencia, bien y valor fundamental del desarrollo social. Y la historia, como ciencia social, aparece también entonces o, si se quiere, el oficio del historiador se inserta en esta cosmogonía característica del mundo contemporáneo. Dicho en otros términos, no es que la historia sea una ciencia social, sino que la historia, como ciencia, es una forma particular de concebir y escribir historia, tan reciente como las ciencias sociales con las que comparte, o intenta compartir, el mismo espacio institucional y académico.

Las ciencias sociales: signo de modernidad de la era industrial

La historiografía. Lo que desde los tiernos años de la escuela nos enseñaron a definir como la ciencia que estudia el pasado ¿por qué, en lugar de seguir sentada a las puertas del reino de la ciencia social, no emigrar al infame barrio de la narrativa. donde nació y creció sin complejos el mismísimo Heródoto? Yo creo que en buena parte ello se debe a que el empobrecimiento del historiador como narrador no es cosa que se queda en el plano del papel, sino que invade toda su interioridad como sujeto. El estilo no se aprende ni se copia; se forja en el marco de una disposición personal. El historiador científico se enajena a sí mismo como sujeto, y lo hace en aras de una falsa objetividad en virtud de la cual cree que el conocimiento histórico está fuera de sí mismo, en esa supuesta realidad del pasado que, en realidad, no existe. La idea de que la historia es la ciencia que estudia el pasado es la representación sintética de esta enajenación, reproducción del servilismo epistemológico que le otorga su dudoso rango científico y, al mismo tiempo, lo anula como narrador.