Pies descalzos. De muchacha. De Susana, deben ser. No hay cara. Sólo pies, que también son rostro. Graciosos. Que sonríen, puede decirse así. Una sonrisa blanca que, como vida paralela, recorre la de esos pies descalzos en movimiento. Sin embargo, Martín Romero no logra asir con la precisión que quisiera la imagen de la muchacha que, en puntillas, va dando pasos de revés. Uno, dos. Uno, dos. Así, de dos en dos. No alcanza para contar tres. Aquellos pies, descalzos. El hombre los sigue a lo largo del zaguán ensombrecido y fresco que desemboca en el patio interior de lo que debería ser la casa de Medina. El viejo debería aparecer, en cualquier momento del trayecto ¿Medina? Debería ser. Eso sería lo lógico. Zaguán interminable, no lógico. No hay patio, ni Medina, y de pronto ya ni siquiera zaguán por donde regresar. Quisiera regresar. Presiento que este sueño termina aquí. Los sueños son así. Al fin y al cabo, tampoco hubiera querido regresar. Mejor quedarse allí ¿Dónde? Y qué sé yo. Sólo allí, solo. Sólo mar. Aroma de alga, aliento de inmensidad, señales invisibles de un horizonte sin fin ¿Y Susana? Tampoco hay ya muchacha. Debe haberse quedado allá atrás ¿Dónde? Y qué sé yo. Pies y sonrisa. Nada. Ni rastro dejó. Buenaventura pelada que moja sus pies de arena en la playa. Mejor no despertar. Mejor volver atrás. Susana. Pies descalzos, en puntillas. Pasos de revés. Blanco sonrisa. ¡Bah! Nada. No hay retorno. Cada quien sueña para ser arrojado de su sueño. Es como que lo echen a uno de sí mismo, por los huecos de los ojos, a lo que llamamos realidad ¿Realidad? Debe ser. Huele mal.
Martín Romero despertaba. Intentó inútilmente conservarse en aquel ambiente de imágenes y sensaciones inasibles. Pero nada. Despertaba al atardecer. Lo supo cuando, aún volcado boca abajo, desde la cama alcanzó ver a través de la estrecha ventana en lo alto lo que supuso era manchones de un crepúsculo que, aburrido de contemplarlo, ya mostraba su mansa disposición a dejarse tragar por la noche. Hay días en que la luz del día nos mira como un mendigo a un mendigo. Iba a agregar algo más, pero entonces sobrevinieron aquellos golpes en la puerta. ¡Mierda! ¿Quién será? La realidad. Huele mal.
−Eres tú , Colmenares. −dijo el Comisario asomado por detrás de la puerta y mientras contemplaba aquella realidad inesperada que se ofrecía a modo de calva, ligeramente rojiza, pecosa, brillante ...un, dos, tres por dos... sí, no más de seis u ocho pelos, incluyendo un margen de error, no más de diez... ¿Qué hay, Jefe? A ver. Y Colmenares hubo de llevarse la mano regordeta hasta la cabeza, se alisó los escasos pelos y el Comisario Martín Romero bajó la mirada hasta los ojos del subalterno que lo miraban con incertidumbre y ligero nerviosismo.
−¿Estás bien, Jefe? −preguntó Colmenares.
−¿Qué? −preguntó Martín Romero
−Que si estás bien, digo −insistió Colmenares
−Sí, claro que sí ¿Por qué preguntas? −dijo Martín Romero.
−No sé. Te noto como perdido. −dijo Colmenares mientras hacía el clásico gesto giratorio en la sien con que los cuerdos presumen de su cordura para referirse a a locura de los locos.
−¿Y cómo es perdido? −preguntó Martín Romero
−¡Qué sé yo! Mirabas como si de pronto te hubiera alumbrado a la cara con una bombilla de 200 vatios. Bueno, y la verdad que en esta oscuridad −agregó Colmenares al tiempo que lanzaba una ojeada al interior de la habitación.
−La verdad, ahora que lo dices, casi nunca enciendo la luz. No había reparado en eso. Mientras estoy aquí, duermo. −respondió Martín Romero.
−¡Vaya Que si duermes! Jefe. Pero, en fin, siento mucho haberte despertado. −dijo Colmenares.
−Es igual. Tenía que pasar. ¿Y qué es lo que traes? −preguntó Martín Romero.
−Tuve que venir, Jefe. Te estuvimos esperando en el comando. Luego vine para acá y, desde hace rato ya, estuve esperando. Rita dijo que no debíamos molestarte. Tú sabes cómo se esmera la vieja en cuidar a su huésped preferido.
−Lo dices como si fuera un privilegiado −dijo Martín Romero
−Más o menos, más o menos. El comisario está profundamente dormido. Es mejor esperar a que despierte. No tardará en salir de la habitación a tomar su café, y señala el pocillo ése de peltre que dice es tú pocillo. Parece tu mamá. −dijo entre sonrisas burlonas y entrecortadas Colmenares.
−No sentirás envidia por algo así ¿verdad, Colmenares? −preguntó martín Romero.
−¡Por favor, Jefe!. Sólo bromeaba −se apresuró a acotar Colmenares.
−En verdad, ése es mi pocillo −advirtió Martín Romero.
−¿El blanco con florcitas? −preguntó Colmenares.
−Sí. Con el borde azul, algo mordisqueado. Ese es. No me negarás que es un gran pocillo −afirmó Martín Romero. Luego insistió− Bueno, pero ¿y qué es lo que traes?
−Yo no quería sacarte de la cama, pero tuve que hacerlo. Como que no ibas a despertar nunca. Vaya hasta allá, vaya hasta allá y toque la puerta, dijo el Padre Claudio cuando llegó. Me convenció, y entonces me vine. −relató Colmenares en tono de excusa.
−¿El cura está aquí? −preguntó Martín Romero.
−Sí. Allá en el comedor, con Rita. Bueno, en realidad, no con Rita. Él en el comedor. Rita en la cocina. El cura no está hoy de humor. Llegó hace un rato. Se sentó sin decir nada. Rita le sirvió. Se puso a buscarle la lengua. El cura ni la miró. O mejor, sí la miró, vaya que la miró, de tal manera que Rita se levantó y volvió a la cocina. También él quería hablar contigo. −respondió Colmenares.
−¿Y qué hora es? −preguntó Martín Romero
−Casi las seis. Menuda faena ¿no? −dijo Colmenares.
−¿Qué faena? −preguntó Martín Romero
−En lo de Clarita, digo. −aclaró Colmenares.
−Ah, eso. No es para tanto. Lo de siempre, tú sabes. −antes de continuar, Martín Romero se retiró hasta la mesa de noche y tomó la caja de cigarrillos. Encendió uno. Retornó y ofreció uno a Colmenares.
−Yo no fumo, Jefe. Tú lo sabes. −respondió el otro extrañado.
−Cierto. No sé qué estoy pensando. La verdad no estoy pensando ¿Quieres que te diga algo, Colmenares? Todavía tengo sueño. Seguiría durmiendo hasta mañana, lo menos. Qué digo hasta mañana. No debería levantarme de esa cama para nada nunca más. −dijo Martín Romero mientras miraba hacia el patio de la pensión un viejo matero del que sobresalía el tronco reseco de una planta.
−Lo siento, Jefe. Pero tenía que venir a…
−Está bien. Está bien. No lo dije para que te sientas culpable, Colmenares. Tenías que venir y listo. Es tu trabajo. Igual yo hubiera tenido que ir al comando. Es mi trabajo. ¡Ja! ¿Qué tal el moralismo profesional de tu Jefe? ¿eh? −Colmenares se quedó mirando sin saber qué decir− No. Olvídalo. No es el momento. Lo entiendo. A ver ¿Cuál es el asunto?
−La gente... −dijo Colmenares, sin saber cómo continuar.
−La gente ¿Qué gente? −preguntó Martín Romero
−La gente aquí, en Buenaventura… −seguía un Colmenares dudoso, que se rascaba la cabeza y miraba alrededor.
−¿Qué pasa con la gente de Buenaventura? −Inquirió impaciente Martín Romero.
−Ya todo el mundo sabe que El Moise apareció de nuevo y que está en casa del Padre Claudio. Yo creo que él vino también a hablar del asunto contigo. Bueno. Creo no. Vino a eso. Me lo acaba de decir, mientras esperaba a que te levantases. Creo que por eso me dijo que viniera a tocarte la puerta.
−Está bien. ¿Y qué es lo que pasa con la gente? −preguntó Martín Romero.
−La gente está alborotada, Jefe. Mira. Esta tarde, había un grupo frente a la casa del Padre Claudio. Durante horas estuvieron allí con un jaleo. Pedían hablar con él. Se quejaban de que tenían mucho rato esperando. Sabemos que el negro está allí, decían. Incluso uno de ellos, el más enardecido, golpeó varias veces la puerta, con violencia, mientras que exigía al cura que abriera o lo lamentaría. La cuestión no me gustó nada, como es obvio, y tuve que dispersarlos. No fue fácil. Tuve que insistir. Pero, al final, me hicieron caso. Al más alzado, sin embargo, hube de llevármelo un par de horas al comando. Y luego estuvieron allá también. Se quejaban de lo mismo.
−Supongo que por lo del Moise. −dijo Martín Romero.
−Ajá. Que lo sacaran de allí. Eso querían, a gritos. −confirmó Colmenares.
−Y ¿qué es lo que esperan? ¿Acaso que ahorque al negro, o que lo fusile? ¿O qué? −preguntó Martín Romero
−La gente piensa que el Moise es el propio demonio en persona. tú sabes cómo son estas vainas, Jefe.
−Tú ¿qué piensas? −interrumpió Martín Romero.
−¿Yo? −titubeó Colmenares.
−Sí, Colmenares ¿Qué piensas tú? −Insistió Martín Romero.
−No sé. Creo que El Moise es un pobre diablo. No creo que sea, en verdad, peligroso.
−Por supuesto que no tiene nada de peligroso. Además ¿ya no lo fusilaron una vez? −Insistió impaciente Martín Romero. Luego, durante un rato, ambos quedaron en silencio. Martín Romero dejó la puerta abierta, se retiró y se sentó en una esquina de la cama, donde encendió otro cigarrillo. La noche había caído casi por completo. Cuando un aire ligeramente frío atravesó la habitación, ambos se miraron, mientras pensaban en el desgraciado negro. Seguidamente Colmenares dio un paso y se animó a seguir.
−La verdad, Jefe, no sé cómo decirlo… me siento un poco culpable en todo esto. Nunca imaginé que las cosas fuesen a tomar ese rumbo con lo del pobre negro. La noche que Medina y yo lo llevamos al cementerio −al Moise, digo ¿recuerdas que te lo conté, no?− Medina estaba realmente convencido de matarlo. Entonces no lo pensé así. Para mí, el viejo sólo quería darle un escarmiento. Pero con el tiempo, he pensado que de verdad quería matarlo. El viejo tenía una cara extraña ¿sabes?, un brillo en los ojos que lo delataba. Orgullo, soberbia… se sentía maléfico.
−A mí me ha reclamado el por qué lo dejamos ir −dijo Martín Romero.
−Sí, es lo que yo digo, que la ha agarrado con el negro, desde hace tiempo, además. Al Padre Claudio siempre le ha reclamado lo mismo. Un día, hace tiempo ya, luego que el Moise se marchó, como siempre hace, Medina, luego de enterarse de que lo habíamos dejado ir, reclamó al cura y hasta le gritó que si era un verdadero cristiano o un maldito comunista.
−¿En serio? −interrumpió Martín Romero en medio de un inesperado ataque de risa.
−En serio, Jefe. Las vainas de Medina, digo yo ¿no? Pero el viejo, de verdad, que estaba furioso. Todos en el comando escuchamos el alboroto y nos fuimos a asomar al patio, tú sabes, a la entrada de la reja en la que siempre metemos al Moise. El Padre Claudio siempre recoge el trapero sucio que deja el negro cuando se va. Medina estaba rojo de furia y le hablaba al cura señalándolo así con el dedo, como si fuese a meterle el dedo por los ojos. Sólo que no alcanzaba, claro; tú sabes lo chiquito que es Medina. Se veía gracioso. Y el cura, desde arriba, mirando al otro como a un bicho raro que se le quiere subir por las piernas. Tú sabes lo alto que es el cura. Suerte que el Padre Claudio es un tipo calmado y paciente ¿No te parece? Si no, de un solo manotazo habría mandado a Medina al otro lado del patio.
−O al otro mundo. Bueno ¿y entonces? −inquirió Martín Romero
−¿Entonces qué? −preguntó distraído Colmenares.
−Aquella noche… decías −recordó Martín Romero
−Ah, sí, claro. Aquella noche. Medina me ordenó que fuese a prender al negro. Fue fácil. Di una vuelta por allí y lo encontré en la plaza, como siempre, completamente borracho. Para eso, en el caso del Moise, bastan un par de tragos. Se jactaba delante de otros de lo que había hecho con Medina.
−¿Y qué había hecho? −interrumpió Martín Romero
−Según él, iba a fusilar a Medina, lo tenía ya listo. Pero que unos maricones burgueses −así los llamó− lo dejaron escapar. Eso decía, mientras vociferaba cualquier tipo de maldiciones al cielo. Después de lo del cementerio, el negro no volvió a hablar. Yo no iba a matarlo, por supuesto, y me pareció que con un escarmiento así era más que suficiente. Pero después de aquella noche, no volvió a hablar.
−¡Coño, Colmenares! ¿y qué esperabas? Lo ponen a cavar su propia tumba, lo meten en un saco, le echan un tiro y lo lanzan al foso. Lo menos que odía pasar al negro de mierda es perder el habla −dijo Martín Romero
−¿Sabes? Incluso alcancé a oír cuando dijo: aún no estoy muerto. −dijo Colmenares en voz baja.
−Quizás hubiese sido preferible matarlo ¿No te parece? −preguntó Martín Romero.
−No lo sé. Pero yo no iba a matarlo, y la verdad, en aquel momento, no vi el asunto tan grave. Para mí seguía vivo, y eso era lo importante. Durante un largo tiempo no apareció más por Buenaventura. Nadie sabe dónde se la pasa el negro. De pronto aparece, y pasan vainas aquí que la gente adjudica a su mala influencia. Por eso la gente piensa que el negro...
−¿Y tú qué piensas? −preguntó Martín Romero
−¿Yo? Y qué sé yo. Es verdad que el Moise y el Indio anduvieron un tiempo con unos locos que venían por allí, estudiantes, digo yo, y que Medina tenía por comunistas. Para mí eran turistas, como tantos que vienen por acá. Pero como él a todo el mundo acusa de lo mismo. Siempre ha sido así. En todo caso, no creo que hubiese nada de eso de que fuesen a fusilarlo o algo parecido. Es verdad que se perdió un par de días, pero no es la primera vez que pasa. Para mí que andaban de putas. Acaso no conoceré yo a Medina.
−¿Y por qué, entonces, esa tirria con el negro? −preguntó Martín Romero.
−Yo no creo que Medina tema, o haya temido alguna vez que El Moise pudiera hacerle daño o algo parecido. No. Ese no es el problema de Medina con el negro. Lo que Medina ha temido siempre es que, luego de acusar al Moise de comunista y de atentar contra su vida, el mismo negro, que siempre ha sido medio bobo, lo ponga en ridículo, sin querer, y todos en Buenaventura concluyan que la noche del supuesto atentado no fue más que una estúpida farsa. Desde entonces Medina hizo creer a todos que Buenaventura iba a ser invadida por guerrilleros venidos de Cuba o cualquier parte, y cosas así. Tú sabes, como dice el Padre Claudio, para esta gente no hay mucha diferencia entre un comunista y un demonio.
−De lo cual los protegería Medina −interrumpió Martín Romero.
−Ajá −confirmó Colmenares.
−¿Y de verdad esta gente cree algo así? −preguntó Martín Romero
−Quizás al principio ¿Quién sabe? En el fondo yo creo que a Medina nunca lo han tomado muy en serio aquí. Pero el asunto es que muchos creen que el Moise está muerto, y que se aparece a joder a los vivos. El primero en verlo escaparse de la tumba, según dice él mismo, fue El Indio, la noche del supuesto fusilamiento, tú sabes.
−¿Un testigo? −preguntó Martín Romero
−Es posible. Imagino que, luego de irnos Medina y yo, El Moise se salió del hueco y El Indio lo vio. Tamaño susto se debe haber llevado.
−¿Y Medina no teme que el Indio…?
−No hombre, qué va. Si el Indio nunca ha hecho otra cosa que hablar del Moise como un aparecido. Si andaban con comunistas o no, ya es cosa que a nadie importa. Al final, Jefe, ni el mismo Medina cree ya nada esas vainas. Que si los comunistas esto, que si los comunistas lo otro. Su joda con el negro es pura majadería. La gente tampoco; pero sí cree que El Moise es un espíritu maléfico. Y lo quieren joder. Yo te lo aseguro. Hay que hacer algo ¿No crees? −concluyó Colmenares.
−Bueno. Por lo momentos está a salvo, el negro. Mientras esté en casa del Padre Claudio, no creo que le vaya a pasar nada. Ya veremos. Por ahora, deja que me vista y salgo. El cura ya debe estar más que impaciente. Dile al cura que ya voy ¿Sí?. No más me visto. Luego voy al Comando. Me esperas allá. −encomendó Martín Romero al subalterno.
Luego de salir de la habitación, cuando Martín Romero pasó por la cocina, encontró a Rita parada junto a la estufa mientras preparaba café. En verdad que la vieja se las ingeniaba para coincidir con las entradas y salidas del comisario Martín Romero. Como lo hacía, no podía saberlo, pero siempre encontraba café recién colado, venido en las manos resecas y huesudas de la vieja que sostenían el humeante pocillo. Mi pocillo. Ahí viene, se acerca, el mordisqueado borde azul busca mis labios. El encuentro. Rita coloca el pocillo de manera tal que el policía pueda tomarlo por el asa y no quemarse. Ella sabe que soy un cobarde en eso. Mis manos jamás alcanzarán la heroica resistencia de costra de las suyas. Humo bajo la nariz. Tímido sorbito. Una vez más, henos aquí.
−Le he guardado un plato de hervido del mediodía, Comisario. Puedo calentarlo, si lo desea. −dijo Rita, mientras veía al policía beber del pocillo.
−Por ahora no, Rita. Quizás luego. d−ijo Martín Romero
¿−Y torta? p−reguntó Rita
–No, tampoco. Estoy bien así. Quizás luego. El Padre...
−Allá lo espera, en la mesa. No se ha ido porque aguardaba por UD., Comisario −se adelantó a decir Rita, con tal aspereza, que Martín Romero se vio obligado a preguntar
−¿Pasa algo con él? −y señaló con la cabeza hacia la mesa donde estaba sentado el Padre Claudio.
−Nada, nada. Sólo que hay cosas que el Padre Claudio no entiende.
−Tiene que ver con El Moise, supongo −observó Martín Romero
−Sí. La verdad, nadie aquí entiende qué tiene que hacer el negro en casa del cura.
−¿Cómo qué? Lo de siempre. El tipo está completamente perdido. Aparece de repente. El Padre le da algo de comer, ropa y qué sé yo. Es sólo cuestión de caridad. No veo nada de malo en ello. No entiendo de qué se queja UD. ¿Qué les pasa a todos? ¿Están locos o qué? −dijo Martín Romero en tono evidentemente seco.
−UD. No entiende, Comisario −dijo Rita paciente
−No. Claro que no entiendo. Dejen al pobre negro en paz y ya. Ese no le hace daño a nadie. −dijo Martín Romero.
−Ese negro, Comisario, es de mala entraña −dijo Rita. Luego, se acercó lo más posible al policía para susurrar −María… la pelona− agregó en voz casi imperceptible.
−¿La pelona? −preguntó Martín Romero. El cura, desde la mesa en la que continuaba sentado, volteó inmediatamente al escuchar lo que ya sospechaba había dicho Rita. La vieja miró al cura, luego a Martín Romero, se llevó el dedo a la boca− Shsssss…− dijo al policía. Luego miró al cura, y este volvió su mirada al plato, el policía la suya a Rita, y la vieja miró al pocillo vacío en la manos de Martín Romero.
−¿Más café, Comisario? −preguntó.
Martín Romero le dio el pocillo a Rita para que lo llenara de nuevo. Cuando la vieja retornó con el pocillo lleno, Martín Romero, que se disponía a ir hasta la mesa donde lo aguardaba el cura, sintió la mano de Rita en su antebrazo. Mucho más fuerte de lo que hubiera podido imaginar en aquel cuerpo escuálido, era como ser sujetado por una tenaza. Su voz gutural, dura y sólida, era un eco que resonaba entre las paredes inasibles de la somnolencia que invadía el cerebro de Martín Romero. A ratos, el cura los observaba con ojos adormecidos por el peso de la superchería y como oscurecidos por la seriedad del arrugado entrecejo, que hacia las veces de una segunda forma de mirar profundamente marcada por el desprecio. Como bibliotecaria frente a la estantería del más allá, la vieja iba revisando casos. En el torrente de su discurso rodaban animales degollados, ruidos de pasos y voces abiertas como rasgaduras en la quieta piel de la noche, bolas de pelo, huesos, como salidos de las manos blancas de la negra esa confundida en la negrura de la noche. Ojos encendidos, siempre. Porque con tan sólo el mirar de aquellos ojos confundidos en el blanco enorme, uno enfermaba. Y señalaba el lado de su pierna corta como prueba. Para mí que ésa no dormía nunca ¿Y cómo? Quien pacta con el diablo, no duerme. ¿Por qué se le fue el homvre, si no? Porque la pelona le puso pelo en la sopa.
−Yo sé lo que digo, Comisario. Si no tendré yo experiencia en estas cosas. No sale uno de una desgracia cuando ya el demonio lo revuelve todo para colocarnos en otra. Hace días que la pesca es mala ¿no se ha fijado?. El padre Claudio −recalcó la vieja al tiempo que movía la cabeza para mirar al sacerdote, que seguía sentado a la mesa− ha dicho, aquí y en misa que eso nada tiene que ver con los maleficios. Pero lo dice sólo por tranquilizar. Yo sé cómo son estas cosas. Empiezan con la pesca mala. siguen con las trifulcas, donde siempre sale algún muerto que nadie sabe quién mató, las mujeres se preñan sin haber tenido hombre y los hombres, que siempre escasean, escasean más. ¿Supo ya lo de Bernarda, Comisario?
El comisario se entretenía sintiendo el vapor del café en los labios y la nariz, el modo cómo se iba enfriando, como la vida, antes de haber concluido, No tenía la más remota idea de quién era Bernarda, pero escuchar su nombre en la voz gutural que sonaba en lo mas profundo de su ensimismamiento, le bastaba para sentirla como un recuerdo.
−¿Me escucha UD. −Comisario?
–−Sí. por supuesto.
−Pues esta mañana la sacaron directo al hospital, y allí está todavía. Para mí que lo pierde antes de parir, Siempre le pasa lo mismo cada vez que aparece el negro. Todo el mundo dice que Medina lo debió haber trincado ya, pero yo creo que no lo ha hecho porque no puede. A ese negro no se le jode sólo con policía.
−Bueno. El que tendría que hacer eso soy yo. −aclaró Martín Romero
−Y el Comisario no es tan necio como para dejarse llevar por los rumores de la gente. Cosa con la que tú, Rita, deberías entusiasmarte menos, por cierto. −gritó el Padre Claudio desde su silla. Súbitamente la mujer calló, de mala gana. El policía se retiró hacia la mesa y se sentó junto al Pcura. Martín Romero sacó la caja de cigarrillos y lo convidó. Cuando ambos estuvieron fumando, Martín Romero habló.
−Esta pelona de la que habla rita...
−La madre del Moise −dijo el Padre Claudio. Esperó soltar la bocanada de humo y luego continuó −Al menos es eso lo que dicen todos aquí. Para todos una bruja y, por ciertos detalles, parece que en verdad practicaba el oficio. Se supone que tenía vínculos con el diablo, –el Moise sería fruto de tal relación– que le daban poderes especiales, como que Rita naciera coja y estéril, y que su marido, o el que ella consideraba tal, se fuese un día de Buenaventura. −relató el cura
−¿Y dónde vive la pelona? −preguntó Martín Romero.
−Un día le quemaron el rancho y la sacaron a palos de aquí. −dijo el cura.
−Entiendo −dijo martín Romero
−Días después, de en medio de los escombros aún humeantes, apareció el Moise. −agregó el cura
−¡Mierda! −expresó Martín Romero.
−Y hasta hay quien dice que era un niño blanco, que así fue el parto de la negra. Rita misma es una de las que asegura que lo vio al nacer. Pero, en castigo, UD. Sabe, la candela hizo justicia. −dijo el cura
−Bueno, Padre, no negará UD. que, al menos, imaginación tienen. ¿eh? −comentó el policía.
−¿Imaginación? ¡Ja! Si el mundo se acabara, si Dios diera por un error su creación, esta gente se las ingeniaría para inventarlo de nuevo. Esta gente está cada día mas trastornada, Comisario. Sé que no me luce muy bien, como sacerdote, al menos, decirlo así. Pero es la verdad. Lo que quiero decir es que, en cierto modo, pienso de ellos lo mismo que del Moise: nada se puede hacer por ellos. Puede que alguien como UD. no halle inconveniente alguno en ello. Pero yo soy cura. Se supone que estoy aquí para hacer algo por ellos. Ese es mi problema. Hoy vine aquí. Lo hago una o dos veces por semana, desde hace tiempo ya. Para despejar la mente, que le dicen ¿no? −el cura señalaba su frente con los dedos con que sujetaba el cigarrillo− ¡Y vaya despeje! No le queda a uno idea en pie en miles de kilómetros a la redonda de ese desierto que la mente. Quizás ya esté viejo para esto, digo yo.
−¿Para qué? −preguntó Martín Romero
−Para escuchar estas cosas, digo. El modo en que la gente pinta los más espeluznantes paisajes a su alrededor y luego se sienta a contemplar horrorizada su obra. Lo peor es que alguien debe pagar por ello. Sin un culpable al que podamos lanzar a las pailas del infierno, el horror es ¿cómo diríamos? ¿ilegítimo? En fin, como sea. En este caso, el culpable es El Moise. −respondió el cura
−Bueno, Padre, pero todo ello es parte del oficio ¿o no? Imagino lo que habrá escuchado en el confesionario, por decir lo menos. −dijo Martín Romero
−¡El confesionario! Si yo le cuento, Comisario. −dijo el cura, y sonrió. esperó un momento y luego agregó −Aunque, en honor a la verdad, debo decir que mis encuentros en el confesionario con esa gente son cada vez menos frecuente. Al principio no era así. Pero últimamente, mire, casi puedo contar con los dedos de estas manos las confesiones que celebro por mes. Hay meses en que me sobran dedos. Yo creo que la gente cada vez atiende menos esas formalidades del espíritu. En parte, quizás, buena culpa tenga yo en ello. Aquí entre nos, Comisario, cada vez me siento menos propenso a ello. Y UD. dirá ¿Por qué? ¿Se tambalea la fe? No lo sé. Lo que sí sé es que puede UD. ir y encender la radio, lo hago todas las mañanas ¿Cómo puedo yo competir con un sujeto que habla delante de una masa de gente al mismísimo demonio que ha ocupado la personalidad de un desgraciado? ¿Estás ahí, Lucifer? ¿Eh? Claro que estás allí. No te hagas, Lucifer. Y Lucifer comienza a chillar desde aquella garganta desgañitada. Ajá. Duele ¿verdad? Claro que duele. Temes al Señor, maldito. Claro que le temes. Y más chillidos. Hordas completas, obsequiadas con aguas del Mar Negro y granitos de las arenas del Sinaí, se extasían durante horas frente al espectáculo del mediocre exorcismo. No. No se puede competir con algo así.
−Entonces, quizás pase que uno llega a estar viejo para escuchar. Y, en su caso, más de la mitad del oficio consiste en escuchar, supongo. Aunque, le diré, que a mí me habría gustado estar en su lugar. −dijo Martín Romero.
−Bromea, Comisario, o no sabe lo que dice. −dijo el cura.
–No, Padre. Lo digo en serio. ¿Sabe por qué? Siempre he querido… y esto es confesión ¿de acuerdo? −el cura mostró la palma de su mano en señal de acuerdo− siempre he querido… no, siempre no; a veces he querido escribir un libro. No sé exactamente qué cosa. Imagino que una novela podría ser. Si estuviera detrás de un confesionario ¿imagina cuánta trama para algo así? −dijo Martín Romero
−Bueno, Comisario, pero para eso no hace falta ser cura. −replicó el Padre Claudio.
−En mi caso, sí −aseguró Martín Romero
−¿Por qué tan seguro? −preguntó el cura
−Porque, en realidad no soy escritor. No tengo maña, ni paciencia, ni mucho menos talento. Soy perezoso y muy aguado de ánimo. Cuando se me ocurre algo, soy incapaz de continuarlo, no sólo por mi pereza, por cierto, sino porque, además, ante el tímido e inicial empeño surge una voz que se burla de mí. Es como si mi conciencia se desdoblara una y otra vez. Tuve un profesor que dice que yo soy un poco estúpido. Que el desdoblamiento de conciencia es una de las minas más ricas para cualquier escritor, cualquier sea su género. Pero yo me amilano, y dejo las cosas así. Si yo estuviera detrás de un confesionario, transcribiría lo que la gente dice, sin necesidad de penetrar su intimidad, ni exponerme a los desdoblamientos de conciencia ni de nada, sino, simplemente, dejándome colmar por ella. −dijo Martín Romero
−Bueno. Pero lo que la gente dice son retazos, diversos, sin ilación. Cada quien por su cuenta es una historia aparte. Y, a veces, hasta la historia de una misma persona está hecha de retazos inconexos. Tendría UD. que concatenarlos para obtener una historia, un libro. Eso es lo que hace un escritor, creo. −advirtió el cura
–Pero para eso basta con un policía. −concluyó Martín Romero.
−Pero ¿por qué me dice UD. todo eso −preguntó el Padre Claudio, a quien le pareció que el policía estaba más hablador que de costumbre.
De súbito, el cura y el policía callaron. Ambos se quedaron viendo pasar al hombre rechoncho que cruzaba el patio de la pensión. Andaba descompuesto por la borrachera e iba soltando injurias y maldiciones a las que el cielo les quedaba chico. Elevaba los brazos y lanzaba manotazos al viento, hasta que se perdió tras la puerta de la habitación del fondo, mostrando su espalda desolada, como quien, según él mismo decía, partiera al más allá.
−Ahí tiene. Comisario. Toda una historia. Y no necesita ser cura. Sólo escuchar, si realmente tiene el ánimo para ello. −dijo el Padre Claudio, armado de tolerancia y sin poder, no obstante, ocultar los trazos de la obstinación y la contrariedad que se dibujaron en su rostro. Para Martín Romero, que lo observaba desde atrás de la taza de café que se había llevado a los labios, eran trazos ya familiares.
−Y, por cierto, ahora que lo veo. Este sujeto ocupa la habitación contigua a la mía aquí en la pensión... −dijo Martín Romero.
−El Indio −interrumpió el cura
−¿El Indio? −preguntó el policía
−Así le dicen −aclaró el cura
−Uno de los que andaba con el Moise la noche de lo de Medina ¿no? −preguntó Martín Romero
−Éso dice Medina −respondió el cura.
−Bueno. El sujeto ocupa la habitación contigua a la mía aquí en la pensión. Si lo escuchara UD. cada mañana cuando entra al baño. Un concierto completo de retortijones, gárgaras y escupitajos. El punto es que el tipo ocupa la habitación contigua, pero no siempre está allí. Con frecuencia, creo, pero no siempre. Sin embargo, lo he visto, y así fue el primer día, cuando llegué a Buenaventura, en una casa ubicada poco más allá del malecón, un poco más allá de donde termina el paseo.
−Sí. Sé cuál es la casa. Es su casa. Quiero decir, allí vive con Bernarda, la mujer de la que hace rato hablaba Rita. Ella, Rita, es la dueña de esa casa, según creo. Los dos, El Indio y su mujer, viven como perros y gatos, en una constante riña. Por eso lo ve tan a menudo por aquí. No se hospeda en la pensión. En realidad, vive en ella. Es una especie de hijastro y utilero de Rita. No sabría cómo llamarlo. Rita nunca pudo tener hijos, según dice ella misma. El Indio viene a ser una suerte de sucedáneo. UD. sabe, uno de esos ambiguos vínculos, nadie sabe bien de qué naturaleza, algo similar a la de esos hijos adoptivos que se convierten en sirvientes de la casa que los adopta. Así es desde que yo estoy aquí. Como casi todos vive de la pesca. Aunque este, los fines de semana se dedica a vender baratijas, hechas o robadas, a los turistas que transitan por el paseo del malecón. ¿Por qué? ¿Algún problema con él? −explicó el Padre Claudio.
−No. Para nada. Sólo que, según me ha dicho Colmenares, éste fue el que inició la bola de que El Moise había vuelto de la tumba. −dio Martín Romero.
−No sé si lo inició, pero asegura haberlo visto con sus propios ojos. −aseguró el cura. −agregó luego.
−Imagine UD., Padre, que presencia el momento en que al negro le pegan un tiro y lo dejan caer en el foso de la tumba y que, al rato, lo ve emerger de ella ¿qué pensaría? −preguntó Martín Romero
−Macabra escena. Supongo que saldría corriendo. No lo sé −dijo el cura.
−Eso fue lo que le pasó a éste. −dijo Martín Romero al mismo tiempo que señalaba hacia el patio, por donde acababa de pasar el Indio.
−Si es así, no es para menos. Y ¿cómo lo sabe UD.? −preguntó el cura
−Colmenares me lo dijo −respondió el policía. Luego agregó− Lo que quiero decir, Padre, es que, contrariamente a lo que indicaba hace un rato a Rita, en cierto modo uno entiende que pasen estas cosas. Éste es un lugar extraño. ¿Recuerda que una vez me habló de cuando UD. llegó aquí y de cómo lo que al principio pareció una liberación se tornó agobiante y pesado? −se detuvo Martín Romero.
−Ah, eso. Sí, claro, lo recuerdo. −respondió el cura
−Bien. He pensado en el asunto. Y creo que, como le digo, éste es un lugar extraño. No sé a qué me refiero exactamente cuando lo califico así. Hay como una magia aquí, que todo lo penetra cuando uno mira en derredor, sin querer. Un lugar curiosamente abierto al mar y, al mismo tiempo, encerrado en sí mismo, aislado, entre esas dos enormes montañas de allá atrás. Me he parado en al comienzo de esa carretera y le juro que me faltan fuerzas para regresarme, aunque haya pensado en ello. Es como si uno estuviera parado frente a un enorme muro infranqueable. Me pasó anoche, antes de toparme con El Moise en la plaza. Me sobrevienen sensaciones extrañas, y no soy precisamente supersticioso, se lo aseguro. Si uno quisiera echar a la basura un pueblo, sin que nadie se diese cuenta, lo haría aquí. A veces, cuando camino distraídamente por el malecón, por ejemplo −se reirá UD.− he sentido miedo ¿De qué? ¿Qué me atraquen o me maten? No. Nada de eso. Aquí se llega a sentir miedo de lo que uno pueda llegar a sentir.
−Creo que sé lo que quiere decir, Comisario. −dijo el Padre Claudio
−Puedo ilustrarlo de otra manera −sugirió Martín Romero
−A ver −dijo el cura con curiosidad
−¿Recuerda el coco? −preguntó Martín Romero
−¿El coco? −replicó el cura.
−¿De niño nunca lo amenazaron con que se lo iba a comer el coco? −preguntó Martín Romero
−Ah, eso. Por supuesto que sí −dijo el cura sonriendo
−¿Y recuerda cómo se sentía ese miedo?. −preguntó Martín Romero
−Entiendo. Sólo que, de adulto, o más bien de viejo, habría que decir, no se le siente tan ligero ¿verdad?. −concluyó el cura.
−Es como si esas montañas circundantes estuvieran siempre a punto de cerrase sobre uno, como si uno estuviese parado en la mismísima garganta de la inmensidad. Esa, creo, es una sensación que se vuelca sobre todos. Unos la pagan con el Moise. Otros nos sabemos del todo inútiles frente a ello. Nos comerá el coco. −dijo Martín Romero
−¿Y el Moise? −preguntó el cura
−A ése ya se lo comió −dijo Martín Romero.
−¿Qué hacemos con él? −preguntó el cura
−Quizás lo mejor sea llevarlo al comando −respondió Martín Romero.
−Dejémoslo por uno días. −propuso el Padre Claudio.
−¿Ve lo que digo, Padre? El Moise no lo deja en paz. Véalo UD, mismo. El pobre diablo se está volviendo loco.−aseguró Rita que, sin que ninguno de los dos se diera cuenta, se había aproximado hasta la mesa. Luego de asomar la cabeza al patio y confirmar que la puerta seguía cerrada, continuó− Y no es para menos. Durante el último mes, noche tras noche, el negro se ha aparecido en su habitación. Yo sé que al Padre no le gusta que uno hable de estas cosas −continuó Rita huyendo de la censura del cura y dirigiéndose al Martín Romero− pero es la verdad.
−La verdad, está atolondrado− dijo el cura con desgano.
Iba a agregar que, sin embargo, eso no quería decir que todas las patrañas que llenaban la cabeza de Rita y de todos en Buenaventura tuvieran sentido alguno. Pero le faltó ánimo, y lo dejó hasta allí, en un cerrar de ojos que, por un instante, relajó su fruncido entrecejo y transformó su rostro, como si descansara el cerebro entero. Acto seguido, arrimó su taza hacia delante, se despidió y salió. Rita esperó a que el cura se marchara. En tono de complicidad, siguió hablando de aquel que atravesó el patio en medio de un zafarrancho, ya para entonces tan lejano y extraño que se había quedado hundido en el silencio tras la puerta de la habitación. Unas catorce horas más tarde, a pleno mediodía, gubo que descolgar al Indio de la viga principal.
Fue Colmenares el que trajo la noticia. En el comando los policías se rascaban la panza después de un suculento almuerzo. Esta vez no habría siesta de la una. Todos se miraron entre sí. Rostros sudorosos. Ojos apagados. Indio colgado. Muy a su pesar, Martín Romero y tres de sus hombres se pusieron en camino a la Pensión Rita ¿Cuánto pesará? A ochenta kilos, sale a veinte por cabeza. Aunque con un litro de caldo en el estómago, el peso, lo menos, se duplica. Y este sol ¡Diablos! Parece más plomizo que de costumbre. Aunque no lo creo. Debe ser la idea de ir a descolgar un muerto a la una lo que lo hace más plomizo que de costumbre. Cómo sea, es igual. Al final más plomizo que de costumbre. Pies de plomo, también. Mira a Colmenares. Casi se arrastra. Pobre ¿Por qué pobre? Y qué sé yo. El sudor que le corre por el cuello le ha empapado la camisa, y un hombre, de espaldas, camino bajo el sol, siempre inspira algo de conmiseración. ¿Y tú? No lo sé. No puedo verme de espaldas. Pero siento el sudor. Puedo imaginarme. Pobre. Y esa gente. ¡Mierda! Zamuros. Habrá que abrirse paso a través del gentío, sumirse en ese calor humano, compartir su respiración, esquivar su jaleo. Sigue tú, sigue. Mejor que Colmenares siga adelante. Es bastante corpulento. Te vas detrás, pegadito. Te dejará siquiera medio respirar. Allá está el gordo Valbuena. Desde aquí se puede distinguir su camisa blanca arremangada, y la cosa gorda pegada por detrás: su mujer, supongo. Y va llegando más gente, de todos lados. La cosa se pone más jodida para el Moise. Mejor que luego me lo lleve al comando. Ya veremos.
La gente se había acumulado a la entrada. Martín Romero caminó detrás de Colmenares, que con los brazos a un lado y otro iba apartando a los curiosos. De pronto, en medio del tumulto, apareció Susana. Martín Romero, que había percibido la insistente mirada de la muchacha, volteó a mirar, vio sus ojos y su boca pero, sin detenerse, siguió directo a los pies. El piso estaba lleno de pies. Grandes. Chicos. Gordos. Anchos. Todos chancletudos. Si allí estaban los de Susana, ni lo notó. Ahora si fue a mirar a la muchacha. Pero no la encontró. Bueno, y ¿esta mocosa qué? Otro fantasma.
Una vez dentro de la pensión, la misma Rita los llevó hasta la habitación del Indio. Aunque Martín Romero la observó con detenimiento, no captó ninguna expresión especial en el rostro de la mujer. El de Rita era de esos rostros donde ya no cabe más expresión. Martín Romero se dispuso a cerrar la puerta, pero Rita no lo dejó. Lo tomó de nuevo por el antebrazo. Martín Romero, al igual que el día anterior, miró la tenaza. El Comisario, entonces, hizo señal a sus hombres para iniciar la faena. En pleno trajín se les notaba el peso del sueño en los ojos, la torpeza en los movimientos, hasta la molestia en el ánimo por aquél que había escogido hora tan chata para aparecer colgado.
Rodearon al Indio y, luego de mirarse entre sí, todos miraron hacia arriba. Estaba inmóvil, tieso, con los ojos abiertos. El torso desnudo. extrañamente encogido, como si tuviera frío. Llevaba puesto un pantalón ancho y recortado a la altura de las rodillas, las piernas ligeramente separadas, los pies descalzos de dedos entreabiertos. Un hilo de saliva, ya reseca, remarcaba la comisura izquierda de la boca. Trajeron una escalera. Todos volvieron a mirarse, y Martín Romero subió. Encaramado arriba, observó al hombre de perfil, el pronunciado entrecejo, la nariz chata, la boca prominente y gruesa. Miraba como los pescados, con esa mirada vidriosa de los animales de sangre fría. Bueno, el Indio ya es de sangre fría. Frialdad cadavérica. Enfriamiento del cuerpo después de la muerte. Si está determinada principalmente por la temperatura ambiental, este ya debe ser un trozo de hielo en medio del horno de Buenaventura. Lividez cadavérica, coloración violácea que aparece en las partes declives del cuerpo, y que es el resultado de la acumulación de sangre. La coagulación de la sangre, así como la autólisis se inician al poco tiempo de la muerte. Desintegración de las células causada por enzimas en un organismo muerto. El cerebro muere primero, a los quince minutos. Bueno, en esto el Indio le llevaba una buena ventaja a la muerte. Rigor mortis, por coagulación de la proteína muscular. Lo que es éste lleva lo menos cinco o seis horas de muerto.
−Oye, Jefe, ¿qué pasa allá arriba? −preguntó Colmenares.
−¿Qué? −preguntó Martín Romero
−Que si te vas a pasar allí todo el día. Bájalo ya, antes de que empiece a pudrirse ¿eh? −apremió Colmenares en voz baja.
Martín Romero miró hacia la puerta, donde Rita permanecía parada. Quizás no oyó, la vieja. Quizás es así, la vieja. Si al caminar brotara un horripilante monstruo de debajo de sus pies, se asustaría, seguramente, pero nadie encontraría el rastro de aquel susto en el desierto de su rostro. El policía, que aún sentía la mirada impaciente de Colmenares abajo, desató la correa que bordeaba el cuello del ahorcado, escuchó el leve sonido seco que produjo el cuero al desprenderse de la piel, observó la marca profunda y negra en derredor. Abajo, Colmenares y otro lo sujetaban por sendas piernas, con movimiento a un lado y otro para conservar el equilibrio. Aquí. Allá. Cuidado. No lo dejen caer. Se va, se va. Ya. Así, poco a poco, en medio de la tensión de lo vivo y lo muerto, el asco y el jadeo, lo condujeron hasta acomodarlo en el suelo.
−Está bastante tieso ¿eh? −dijo Colmenares a Martín Romero cuando éste bajó de la escalera.
−Lo menos doce horas, digo yo −dijo Martín Romero
Rita, que se había abierto paso por entre el grupo de curiosos, trajo una sábana. Colmenares tomó una punta y Martín Romero la otra. El indio continuaba con los ojos abiertos, la misma cara de borracho furibundo de los tiempos en que, recordó entonces Martín Romero al reconocerlo, hablaba del "hombre nuevo", Si Rengifo estuviera aquí. Su porte militar, sus voluntad de acabar con el sucio capitalismo, su mirada atisbando siempre el mundo mejor. Ya llegará, ya llegará. No más dejen que nos deshagamos de este montón de esperanza corrompida antes de que nos desanime el mal olor. Es cuestión de abrir un pequeño hueco,,, no, un gran hueco, en este caso, para que éste quepa, y ya. Lo sembramos. Siempre vivirá con nosotros. Su espíritu, se entiende. Ese no ocupa espacio y no hiede. Éste y Rengifo eran muy unidos, o al menos el Indio requería que así fuese, que Rengifo lo adoptara, y Rengifo lo adoptó. ¡Ah la revolución! el gran lema de los desgraciados, la ilusión de ese estar aquí sólo y porque el tiempo en su pasar nos depara algo mejor ¿Qué diría ahora Rengifo, viendo este bulto bajo la sábana?.




