Durante toda la noche el Indio fue velado en la misma habitación de cuyo techo lo lo descolgaron al mediodía. Pese a las observaciones en sentido contrario del cura y según insistió la vieja con absoluta determinación, ése era el lugar en que había que hacerlo, porque era su habitación. Nacer y morir en el mismo sitio ¿acaso cabe mayor rigor? Así que se le vela aquí. El cura se encogió de hombros, se abrió paso por entre el grupo de los primeros asomados y salió. Acto seguido, entraron los del servicio. Mejor hubiese sido en el comedor, como sugirió el cura. Es más amplio y no hay que cargar todo hasta acá. Pero la vieja lo quiere aquí. Así que coloquen todo allí, como puedan. Hay que llevarse esa cama y ese escaparate. La misma Rita estuvo barriendo con el esmero de siempre. Hurgó hasta en el último rincón. La urna en lugar de la cama. Vaya que pesa el condenado. Un porrón de flores a los pies en lugar de dos. A ver. Cuatro sillas en lugar de diez ¿Y los que no quepan? Se quedan de pie. Y la gente ¿por dónde pasa para ver al muerto? Por la izquierda ¿Y entonces? Se devuelven por donde vinieron. La cortina púrpura para cubrir esa ventana. Faltó ventana. No. Más bien sobró cortina, la suficiente como para cubrir casi toda la pared. Así se ve mejor. ¿Y ese crucifijo? Se queda donde está. A la cabecera del difunto, como cuando vivo, que lo mismo servirá. Cuando todo estuvo listo, todos salieron. La vieja, que fue la última en abandonar la habitación, cerró la puerta, no sin antes observar durante algunos segundos el interior que dejaba en penumbra tras haber encendido el candelabro. El resto de la tarde siguieron arribando los asomados.
Casi al anochecer, Rita regresó vestida de negro y abrió la puerta. Los presentes la vieron pasar al interior de la habitación e instalarse en la silla del fondo, la última de las cuatro que colocaron a lo largo de la pared al costado derecho del féretro. Semejante a una estatuilla de madera, recta, tiesa, inmóvil y hierática la vieja adornaba su fúnebre rincón silueteada por el candelabro que iluminaba el rostro del difunto y cuyo tenue resplandor la dejaba en la penumbra. Sólo los ojos de la vieja se movían, de un lado a otro, de arriba a abajo fijando la mirada en los más ínfimos detalles de la estrecha habitación que, entonces, le pareció más estrecha: los lamparones que la humedad había ido dejando en la parte baja de las paredes, el piso desconchado, los agujeros del techo… Cuántas veces le dijo al Indio que remendara esos huecos para evitar las goteras. Mientras esos huequitos no estén en la parte baja de la canaleta, no hay problema, vieja; por allì sólo pueden pasar hilitos de luz, pero no agua. Y Ahí estaban los hilitos de luz, que, ciertamente, no se podían ver a esta hora, porque ya era de noche. A esta hora sólo pueden pasar por esos huequitos hilitos de oscuridad, que no se ven porque se confunden con la oscuridad de dentro ¿verdad, Indio? Mañana volverán a ser hilitos de luz los que pasen por esos huequitos, pero el Indio no los verá, porque él seguirá en lo oscuro y, como siempre, sin saber a dónde va. En fin. Aquella era la habitación del Indio, y Rita acababa de decidir que se quedaría así par siempre, luego que carguen con él y vuelvan a traer aquí, donde ahora está ese cajón, la cama en la que dormía. Habitación cerrada. Dentro quedará el quieto recuerdo ocupándolo todo como un inútil señor. Los hilitos de luz y oscuridad, y el olor a vela derretida también se quedarán. A estas alturas, qué puede importar lo chica que sea la habitación.
Rita siempre supo que el Indio jamás tendría a donde ir. Desde el día en que nació y se lo dejaron, como un animal, chiquito ¿a dónde iba a ir? Solo y abandonado. Barrigón. Como esos perros enclenques que destetan muy temprano. Estaba allí, hediondo a meado. El pobre. Y se reía. Tan buena intención en todo lo que dice y hace. Decía y hacía. Mirada al cajón de madera desde la silla de fondo en la que Rita permaneció sentada durante toda la noche. Y vaya que costó caro, el cajoncito. Habría que vivir cien años más para adquirir otro igual. También recordó la sonrisa blanca hasta donde alcanzaban los pocos dientes y que, de seguidas a cuanto decía y hacía el Indio, brotaba por entre medio de los gruesos labios. Mirada al cajón de madera desde la silla de fondo en la que Rita permaneció sentada durante toda la noche. Sólo que esta vez la vieja hizo el ademán de ir a pararse y se detuvo. Nadie supo por qué. Quizás, porque en ese momento entraba Medina. Puede ser, barruntó el padre Claudio.
Escuetos grupos de gente se formaban en el patio y se iban turnando para dar el vistazo de rigor al difunto. Adentro reinaba un pesado silencio que, mezclado con el calor, se hacía más denso a medida que la noche transcurría. Hasta allí llegaba el bisbiseo que venía del patio, los pasos cortos y lerdos de los que por turno se acercaban, asomaban la cabeza a la penumbra, lanzaban una mirada al interior que, sigilosa, empezaba por el techo, como si el difunto estuviera aún colgado de la viga principal, y luego pasaban. Con recelo, como si el de adentro los mirase, se asomaban al ataúd por un momento y devolvían para ir hasta donde Rita estaba sentada y darle el sentido pésame. Está más gordo. No, no gordo; hinchado. La policía dijo que pasó lo menos diez horas guindando como racimo, y borracho, porque, al parecer, de la pea casi no podía sostenerse en pie. Como para reventar. Sí, como para reventar. Por eso estaba tan pesado. Como plomo ¿Y quién lo encontró? La misma Rita a media mañana. O sea que la cuestión ha debido ser en la madrugada. Se escucharon ruidos que venían del techo, como de gato, o algo así ¿Mucha bulla? Demasiado para un gato. Pero nadie se movió. ¿Y cómo habrá hecho para encaramarse tan alto? ¿Qué tan alto? Si con una silla es mas que suficiente. Algo más de dos metros. Medio metro para la silla y medio metro para la cuerda. De vaina si cabía en el medio, por retaco que fuese. Claro que, al mover la silla, las piernas quedan al aire, así. Ha de haber pasado largo tiempo, digo, por lo grueso del cuello ¿no? Quien sabe si a lo mejor se arrepintió a última hora, y de un sólo soplo se le pasó la pea y se arrepintió. ¡Pobre! ¿Imaginas? A última hora buscando la silla con los pies, así. ¡Pobre del Indio! El negro lo traía de mal en peor. Ese negro es un mierda. Desde el día en que se le apareció en el cementerio, el Indio ya no volvió a tener paz. En la noche rondaba la casa sin cesar ¿Quién puede dormir así? La Bernarda se quejaba: ¡anda a ver qué pasa, anda a ver qué pasa! Que no pasa nada ¿Cómo que no pasa nada? Y eso que se arrastra ¿qué? No pasa nada, no pasa nada. Eres un estúpido y un cobarde. Y cuando el Indio salía afuera, machete en mano, nada, ni sombra del negro. Bueno, sombra sí, moviéndose sigilosa por ente los matorrales. Porque, dime tú ¿quién machetea una jodida sombra? Llega una brisa fría y que hiede a azufre. Sabes que está allí, pero no lo ves. ¿Tú lo viste? Todos lo han visto. Pero no todos lo dicen. Por eso abortó la Bernarda. Dos veces, ya. Y en el hospital hay quien dice que hasta tres. Quizás sea mejor así. Ese negro es una mierda. Y que sigue en lo del cura desde hace dos días. Se le apareció a la policía. Le dispararon, pero que va. El negro puede estar aquí y su sombra allá. Siempre es así ¿Quién le va a atinar? Igual, habría que matar a ese negro. Bueno. Pero ¿y no está muerto ya, desde aquel día, en el cementerio? ¿Cómo se mata a un muerto? Volviéndolo a matar. Será.
Instalado bajo el dintel de la puerta, el Padre Claudio contemplaba con inusitada paciencia aquella paz, o más bien pasta anímica de la que sin querer se sentía tan parte como el mismo difunto. Se diría que el rigor mortis se extendía en todas direcciones, incluso en su manera quieta de permanecer como un poste a la entrada de la habitación. Debe haber sido por eso que, según el parecer del cura. aquel velorio se iba convirtiendo el caldo de cultivo que al día siguiente desataría el tumulto que terminaría, como en efecto sucedió, con el linchamiento del Moise después del sepelio del Indio. Veía a cada vecino pasar por la puerta, lo saludaba con una sutil inclinación de cabeza. Lo veía al salir y lo despedía de la misma manera ¿Y eso qué es? ¿Qué hace el cura de Buenaventura moviendo así la cabeza? ¿Será deferencia para con sus ovejas? ¿O mas bien mero derramamiento de su pasmosa indiferencia frente al disimulado desagrado de cada uno que no considera correcto eso de estar escondiendo al negro en casa? Porque lo que es esas caras ya no dejan lugar a dudas: tu grey te abandona, mi querido cura. Quizás se sienten traicionados, afligidos o estafados. Esos rostros. La verdad que estos no parecen ovejas, sino más bien hienas. El cura de Buenaventura y su rebaño de hienas ¿En verdad creíste alguna vez que podrías conducirlo al redil del cielo? ¿Cuánto hiciste por la salvación de cada uno, cura de Buenaventura? Orar. Vamos ¿oración sin magia? ¿Dónde se ha visto? ¿De qué sirve una oración así, sin la fuerza instintiva de la inspiración y el milagro? No es la palabra la que salva, recuerda, sino el corazón portavoz de la irracional luz de lo divino. Tú ya no tienes corazón para algo así. Quizás hayas perdido esa ingenuidad brutal que requiere la verdadera fe. Tienes ideas, muchas, demasiadas. El árbol del conocimiento te lo tragaste entero, y al final no diste con nada verdadero. Así es el pensamiento; y sin regreso. Puedes pasar aquí toda la noche viéndolos entrar y salir mientras los ojos se te nublan de sueño. Tú eres sólo un burócrata. Estás al frente del altar como el cajero al frente de la taquilla ¿Desde cuándo no elevas tus oraciones al cielo? En realidad, tú ya no elevas tus oraciones. Más bien las dejas caer en un monótono decir. Fieles a la recomendación de nuestro salvador nos atrevemos a decir... claro que nos atrevemos, y en tu caso es todo un atrevimiento, profano atrevimiento. Ah, sí; también dejas tus libritos en manos de estos infelices. Que se las arreglen como puedan. Menos mal y trajiste bastantes. Aunque, por cierto, casi se acabaron los libritos esos. Que cada quien se eche su alma al hombro y se encomiende a su propia muerte. Mira. Ahí viene la hiena mayor, la de las cejas peludas. Inclinación de cabeza, así, casi nada; más que saludo, la obvia intención. La verdad que, con esa cara, a Medina no hay forma de que le encaje la salvación. Bien. Adelante. Está allá, al fondo. El viejo camina como si estuviera consultando cada paso con el piso. Y ahora, me pregunto qué estará pensando allí, asomado a la urna
Cuando Medina llegó a la puerta, saludó al cura y observó que, en efecto, en el interior de la habitación no había nadie, sólo Rita, que no se había movido de su silla. Volvió a mirar al cura. Luego miró al techo, con recelo, como si temiera que pudiera caerse, esperó unos instantes y entonces pasó al interior. Se asomó a la urna y vio la cara amoratada del Indio tras el cristal. La marca de la soga en el grueso cuello. Te ganaste el infierno, muchacho. Quién sabe. Quizás sea castigo del cielo por tus malas intenciones ¿Querías joderme, no? Claro que querías. Enorme cara. Casi no cabe dentro. Es una cara estúpida. Pobre diablo. Sólo porque Rita me lo pidió te dejé tranquilo. Si no hubieras ido a parar con el negro al mismo foso aquella noche. Y, de no haber sido por Colmenares, los dos estarían ahora bajo tierra. Bueno, para allá vas, después de todo. Cuestión de horas. Mañana estarás donde te corresponde. Quién sabe. Quizás sea castigo del cielo. Y luego vendrá el negro, estoy seguro ¿Creían que iban a escaparse, eh? No. Nadie escapa de Medina. Bueno, quizás sólo el imbécil que me tuvo encerrado en el rancho y que no tuvo cojones para matarme. Y eso porque nunca volvió aquí. Si el muy maldito estuviera aquí, ya vería quién es Medina. Luego miró hacia Rita. Se acercó hasta ella. Le dio el sentido pésame. La mujer ni se inmutó. Y volvió a salir de la habitación.
El cura, en realidad, no estaba tan seguro de lo mal que iba a terminar aquella jornada fúnebre que ya llevaba varias horas, o más bien no lograba contagiar a nadie del convencimiento que lo inquietaba, pese a su calma. Un presentimiento. Sólo un presentimiento. Puede ser. Quizás, lo más seguro, es que no pase nada. Pero el presentimiento seguía asomado allí, en el horizonte de su ánimo. Quizás fue por eso que, a petición suya, el Comisario Martín Romero y Colmenares, al final, siempre accedieron a turnarse para permanecer de guardia, sin que, no obstante, durante toda la noche se suscitara evento alguno que lamentar.
−La verdad, Jefe, quizás tenga razón el Padre. Si te detienes a observar, esto es lo que puede llamarse una calma tensa −dijo Colmenares cuando Martín Romero, casi a la media noche, salió de la habitación contigua y vino hasta afuera para reemplazarlo.
−Quizás sea sólo una noche, oscura, bastante estrellada y sin luna. Una noche en calma, y la tensión la ponemos nosotros. Tú lo dijiste; que te sentías un poco culpable ¿Recuerdas? Y aquí en Buenaventura yo diría que todos lo somos. −dijo Martín Romero mientras echaba una mirada al cielo.
−¿Incluyéndote? −preguntó Colmenares.
−Incluyéndome −respondió Martín Romero.
−Si tú lo dices, Jefe…tus razones tendrás. Pero no entiendo a lo que te refieres. A ver ¿tú por qué? Recién acabas de llegar, como quien dice ¿Qué tienes tú que ver en todo esto, Jefe? No lo creo. −dijo Colmenares.
−Tengo mi parte, Colmenares; claro que la tengo. No sabría cómo explicarlo ahora. En fin, pero la tengo. Te lo aseguro. −dijo Martín Romero. Colmenares, con la habitual extrañeza a la que ya estaba acostumbrado cuando el Comisario se mostraba tan ambiguo y oscuro como ahora, se encogió de hombros y se marchó.
Mientras Martín Romero miraba a su subalterno alejarse, se topó con la figura rechoncha del Licenciado Valbuena. Y un poco más allá con la de Susana, que se mantenía al margen de todo, seguramente aguardando la salida de Medina. Llevaba un vestido blanco, largo hasta las rodillas y ceñido a la cintura. Llevaba medias y zapatos también blancos. El cabello, atado hacia atrás en una cola, acentuaba la redondez de su cara y de sus ojos. Era obvio que no gustaba de vestir así y que lo había hecho obligada −seguramente por Medina, imaginó Martín Romero− según los rigores de la ocasión. Por eso movía su pie derecho, adelante y atrás, arrastrando las piedritas del suelo. Cuando su mirada se cruzó con la del policía, éste pudo advertir la rabia y la pena de la muchacha. No era la mirada risueña del primer día, ni la sonrisa blanca de sus sueños. Era una mirada hosca, la de quien no quería estar allí, y mucho menos vestida así.
Medina tuvo un prolongado ataque de tos, e inmediatamente todos, desde el patio, voltearon a mirar al interior de la habitación. Cuando Medina salió, la habitación volvió a quedar quieta, silenciosa y vacía, sólo con Rita, que permanecía sentada en la misma silla. Martín Romero, que se había acercado hasta la puerta, se hizo a un lado para dejarlo pasar y se colocó de espaldas al viejo. Sigue de largo, manos de rana; sigue de largo. Pero nada. Ahí estaba, en el hombro del policía. Es pesada y húmeda. No es fuerte, como la de Rita. Pero es peor que fuerte. Pesada y húmeda. No la recuerdo así. De aquella noche aún conservo la imagen clara y precisa de muchas cosas. Su miedo. Sus ojos aterrados. El copioso sudor en la frente arrugada. El modo en que se sujetó de mis hombros cuando, en medio del monte, pensó que iba a matarlo. Recuerdo aquellas manos sujetándose, pero no recuerdo esta sensación de pesadez y humedad que se prolonga aunque ya no estén sujetas a nada. Por más que lo intento, no la recuerdo. Esa sensación del todo nueva para mí. Quizás estés viejo, Romero, y lo que sientes como pesadez y humedad sea tu propia piel desgastada. Puede ser. Como sea, luego de veinte años, debo haber desarrollado una especial sensibilidad para este tipo de cosas. Veinte años.
−Comisario Martín Romero −escuchó el policía a sus espaldas y, segundos después, percibió el olor a tabaco negro de Medina. Martín Romero se volteó, y del desagrado no atinó a decir nada. Cuando Medina fijó la mirada en el policía, notó que éste se había quedado viendo a Susana, que no se había acercado a ellos y se alejaba junto al Padre Claudio.
−Ella no quiere pasar a ver al difunto. Y para qué ¿verdad? −dijo Medina. Luego preguntó− Y UD. Comisario ¿no va a pasar?
−No. Ya he visto bastante. −respondió Martín Romero.
−¿Y a dónde va el Padre? −preguntó Medina.
−A la cocina, por café. Puede ir con ellos, si lo desea. −respondió Martín Romero. Medina confirmó que el policía sólo quería quitárselo de encima y aquella había sido su oportunidad.
−Vaya desgracia la de este muchacho ¿no? −continuó Medina mientras señalaba hacia el interior de la habitación− Siempre le dije a Rita que las juntas con ese negro no me parecían. No podía terminar bien. Pero, total, ella tampoco podía hacer nada. Aunque nunca pensé que,,, en fin. −dijo Medina.
−Que se colgara del techo− intervino Martín Romero.
−Bueno, sí. Eso quise decir. Sólo que uno no se imagina que estas cosas puedan pasar en Buenaventura. UD. sabe cómo es, Comisario. Estas cosas pasan todos los días, imagino que UD. debe estar acostumbrado. Pero que pasen cerca de uno… en fin −respondió Medina
−Sin embaro, UD. habla como si el Moise hubiera matado al Indio, o fuera la causa de su muerte. −dijo Martín Romero.
−Bueno, Comisario, ¿y acaso en cierto modo no ha sido así? UD. no ha permanecido tanto tiempo aquí en Buenaventura como para captar ciertos matices. En realidad, el culpable, o los culpables, mejor dicho, son aquellos infelices que vinieron a meterle ideas raras en la cabeza al Negro, y a éste que ahora yace allí también. Desde ese día… Esos son los verdaderos culpables. Y ahí tiene UD. ¿dónde están los héroes de la justicia social y el mundo mejor? Vaya UD. a saber. Seguramente engordando junto a su mujer y sus hijos. Como sea, se esfumaron, y aquí se quedó este par. Por cierto, he sabido que el Negro está en casa del Padre Claudio ¿No? −preguntó Medina
−Sí, así es −respondió el policía. Luego agregó −Y si los tuviera aquí ¿qué les haría?
−¿A quienes? −preguntó Medina distraído.
−A los “verdaderos culpables” −dijo Martín Romero
−Ah, ésos. No lo sé. Si por mí fuera, le aseguro que estarían presos. Ya sabe cuál es mi parecer en estas cuestiones. Quien subvierte el orden, se le somete, o se paga caro a la larga. En este país ha faltado siempre mano dura ¿no le parece?. −dijo Medina.
−No. No me parece −dijo Martín Romero
−¿Y qué piensa hacer con él? −preguntó Medina
−Con quién? −preguntó Martín Romero.
−Con el Moise, digo. Yo no sé lo que UD. vaya a hacer, Comisario. Lo que sí le digo es que esta gente está inquieta. Mírelos. −bisbisó Medina mientras miraba en derredor− ¿Acaso no siente la pesadez? Aquí puede pasar cualquier cosa. −insistió Medina
−Ah, eso. ¿Y qué sugiere UD.? ¿Voy y le pego un tiro? Quizás deba yo ir a cavar un hoyo en el cementerio y pegarle otro tiro al Negro, a ver si ahora sí se muere ¿No le parece? Si quiere, esta vez podemos llevarnos a todo Buenaventura, para que sea testigo de que el Negro está de verdad muerto. −replicó a su vez Martín Romero.
−Yo no sé de qué habla UD., Comisario −disimuló Medina.
−UD. sabe muy bien de qué hablo ¿Quiere que Colmenares venga y le refresque la memoria? −dijo Martín Romero.
−Vaya, de manera que Colmenares...
−Colmenares nada, Medina. Antes, hace un rato, cuando me escabulló el bulto, le decía que no estaba de acuerdo. Me refería a que aquí, en este país, no ha faltado “mano dura”, como UD. dice ufanamente, sino que más bien han sobrado dictadorcillos como UD. que se llenan la boca hablando de orden y están más podridos que el mismo orden que juran defender. UD. no es mejor que el Moise, mi querido Medina. Todo este pueblo junto no alcanza reunir un pedacito de virtud que lo haga mejor que ese Negro de mierda que vaga de vez en cuando por sus calles.
−¿Y a cuenta de qué me dice UD. todo esto, Comisario? Convengo que sea UD. hombre de confianza de Montenegro, y le aseguro que sólo por eso le he tenido más confianza de la debida. Pero, le advierto: se ha pasado UD. de la raya. Sea UD. lo que sea, yo soy la máxima autoridad aquí, y es mejor que no lo olvide. −sentenció Medina.
−¿Quiere que le diga lo que pienso de su autoridad? Bien: si sirviera para limpiarme el culo, me sobraría culo. Pero descuide. Su autoridad no sirve ni para eso.
Tras gesto de violenta indignación, al continuar su camino Medina tropezó con el Padre Claudio, que, poco antes, se había aproximado con una taza de café en la mano. El cura se sacudió la camisa con molestia, mientras veía alejarse a Medina, que tomó a la muchacha del brazo y salió rápidamente de la pensión.
−No es una concepción muy sublime de la autoridad, Comisario, pero, en este caso, al menos, se entiende. Se lo aseguro. Claro que lo entiendo. −dijo el cura y alcanzó la taza de café al policía.
–Gracias, Padre. La verdad, si quiere que le diga, no sé qué me pasó. Yo no tenía ni la más remota intención de decir nada de lo que le dije a ese viejo. Pero de pronto… qué sé yo… no más verlo allí parado, hablándome de la desgracia del Indio y preguntando por lo que iba yo a hacer con el Moise. No sé. Me entró como un ataque de asco. −intentó explicar Martín Romero.
−Con ese tipo de ataques han empezado las grandes revoluciones en el mundo, Comisario −comentó el cura en medio de una sonrisa.
−No, no es mi caso, Padre. Soy más bien del tipo indolente. Si algo hay de lo que no puedo jactarme es de mi espíritu de sacrificio y mi voluntad asentada en férreos principios. Se lo aseguro. Si la gente fuese como yo, aún viviríamos en las cavernas. −dijo el policía.
−Hay muchos para los que venir a Buenaventura sería todo un sacrificio −dijo el cura.
−Ciertamente. Pero no es mi caso. Me enviaron aquí, y vine. Pudo haber sido cualquier otra parte. Me habría dado lo mismo. −dijo el policía
−Bueno pero, en cuanto a eso de permanecer en las cavernas, igual, no se aflija, Comisario. Que, después de todo, no hay posibilidad de alejarnos mucho. Eso lo he aprendido aquí, en Buenaventura. −sentenció el cura.
−Pues yo juraba que UD. creía en el mundo mejor, Padre. No obstante, lo que dice no me cuadra. −dijo el policía.
−Yo creo en el mundo mejor −afirmó el cura.
−¿Y entonces? −preguntó el policía.
−Éste es el mundo mejor. Hace tiempo ya que lo alcanzamos. Desde el mismo momento de La Caída, diría yo. Sólo que no lo aceptamos. Claro. Habría que ser un trágico griego para algo así. −dijo el cura.
−¿Y qué tiene esto de mejor? −preguntó el policía.
−En realidad, nada. Pero la sola idea de que avanzamos en esa dirección, lo hace parecer mejor. Si UD. está enfermo, mejora en el mismo momento de tomar la aspirina. No porque en realidad mejore, sino porque se siente en el camino a mejorar. La perfección es sólo una idea; la ficción que nos mantiene activos. −dijo el cura.
−Entiendo eso. Pero, un momento, Padre. Pongamos las cosas en orden ¿sí?. UD. debería intentar convencerme de que vamos al cielo, o como se le quiera llamar a la perfección ¿cierto? Sólo Dios podría ser perfecto ¿Acaso no cree UD. en Dios, el cielo? −preguntó el policía
−Claro que sí. −respondió el cura.
−Y entonces? −insistió el policía.
−Sólo que no vamos para allá. −dijo el cura.
−¿Ah no? −exclamó el policía.
−No, porque, en realidad, no vamos a ninguna parte. Estamos en la historia. Transcurrimos como episodio de su infinito transcurrir. Moriremos, a Dios gracia, pero jamás nos desharemos del tiempo. Cielo y tierra son dimensiones inconexas. −dijo el Padre Claudio.
−¿y el alma? −preguntó el policía.
−Un mero asunto de conciencia −dijo el cura. Calló por un momento y luego, viendo que el policía no le quitaba la mirada de encima, agregó− no me mire UD. así. Sé lo que piensa. Si mis jefes supieran, me quitaban de en medio. Bueno, pues no es necesario. Estar en Buenaventura es la forma ideal de quitarse de en medio. Por eso estoy aquí. La Iglesia, como toda corporación, se sostiene en la impenetrable textura institucional de su enorme burocracia ¿Quién prestaría atención a las íntimas profanaciones de un cura de pueblo?
−Y UD. le dice eso a ellos −preguntó el policía, al tiempo que señalaba con la boca hacia la gente que permanecía en el patio.
−Por supuesto que no. Dejarían de ser mis íntimas profanaciones ¿no le parece? Cuando son realmente íntimas, ni siquiera el pueblo se interesa por algo así. Sólo me animo a hablar de ello con los policías que sufren repentinos ataques de asco y que, si bien no alcanzan para una revolución, al menos sí para un sublime concepto de la autoridad. −dijo el cura al mismo tiempo que, mientras miraba a la gente en el patio, sonreía.
Ambos callaron por un rato. Por lo demás hubo poca gente. Ciertamente, casi todo Buenaventura se hizo presente. Sin embargo, en ningún momento, durante el tiempo que permaneció el cadáver en la habitación en que Rita insistió fuese velado el Indio, no hubo mucha gente acumulada. Los vecinos desfilaban frente al cadáver por goteo, daban el pésame a la vieja de uno en uno y volvían a salir al patio. Pasada la media noche no hubo más visitantes. Lo enrarecido del aire aquella madrugada debía ser, sin duda, los comentarios susurrados a espaldas del difunto.
−Quizás –dijo el Padre Claudio− se deba a que saben que el suicidio no es cosa de cristianos y se imaginan, como es natural, que éste, ya condenado, es una suerte de muerto enfermo contaminado con la lepra del infierno. −dijo el cura, mientras encendía el cigarrillo que había tomado de la cajetilla que le alcanzó Martín Romero. El policía notó una expresividad inusualmente quieta en el rostro del cura. Quizás sea el gris nocturno que le sienta así.
–El suicida es un execrado. Y ellos lo saben, bien sea por intuición o por desdén propio de sobreviviente que, no sabiendo cómo justificar su supervivencia, desprecia a todo aquel que atenta contra la de sí ¿Ve cómo se asoman al ataúd, después de haber visto primero al techo? Con curiosidad y asco. Con temor y desprecio. Hasta al mismo Medina lo he visto observar así. Por debajo de las cejas peludas, un tono acusador ensombrece su ya mezquina mirada. −dijo el cura, sin moverse de debajo de la puerta y mientras volteaba hacia el patio para ver al secretario Valbuena que se acercaba con su mujer.
−Y vaya que peludas. Para mí que le han crecido últimamente ¿no cree? −confirmó Martín Romero. El cura miró con gesto de interrogación.
−Medina, digo, Medina −repuso el policía, mientras se tocaba las cejas.
−Ah, sí. Medina. Esas cejas. Quién sabe. Yo siempre lo he visto igual. Ni siquiera parece más viejo. Pero, si es como UD. dice, quizás sea el encierro. Últimamente casi no sale de la casa. −dijo el cura.
−Estará enfermo −comentó Martín Romero.
−Es posible. −dijo el cura.
−Yo creo que está un poco tacado de la cabeza −dijo el policía.
−Es hipocondríaco. −afirmó el cura.
−Eso lo explica −dijo el policía, mientras se apartaba hacia un lado.
−Buenas noches −dijo el gordo al entrar.
−Buenas noches –respondieron el cura y el policía casi al unísono.
–Y estos ¿cómo saben que el suicidio es pecado mortal, creo? ¿No? ¿quién se lo dijo? −preguntó el policía
−¿Cómo quién se lo dijo −replicó el Padre Claudio
−Sí ¿Cómo se entraron, me refiero? −insistió Martín Romero.
−Bueno, Comisario, es la norma ¿No? ¿UD. no lo sabe, acaso? −preguntó el cura.
−La verdad, me estoy enterando. Por eso se lo pregunto. −dijo el policía
−¿En serio? −preguntó el cura.
−En serio. −dijo el Comisario
−Cristianos, judíos, musulmanes. Todos tienen prohibido el suicidio. Obviamente UD. no es ni lo uno ni lo otro, y por eso no lo sabe.
−¿Y eso por qué? −preguntó el policía
−Algo así sería largo de explicar si uno se atiene a los detalles históricos. Pero, si lo quiere en pocas palabras, Comisario, puedo decirle que quien se compromete con la vida, −eterna, se entiende− pierde el derecho a disponer de ella. −dijo el cura. Al poco rato, agregó− Si uno lo piensa con cuidado, hay que reconocer que tiene cierta lógica el asunto ¿no le parece?
−La verdad, Padre, y sin ánimo de contradecir por contradecir, nunca he podido hallar mucha lógica en las cuestiones religiosas. Quizás por eso no sea ni lo uno ni lo otro, digo yo. Si Dios existe, debe tener de mí una imagen de sujeto bastante inútil. Para mi la fe es como un traje especial que no a todo el mundo sienta bien ¿UD. me entiende, no? No rindo gran culto a la lógica ni a la ciencia, créame. Es más, pienso que la inteligencia es un recurso muy limitado, pero, en cualquier caso, está reñida con la fe. −dijo el policía.
−Bueno, esa es la lógica a la que me refería. Algo muy elemental. Si alguien quiere vida eterna ¿para qué se la quita?. Claro, la cuestión aquí es que cuando UD. reconoce, aspira, y acepta el don de la eternidad, ha enajenado su condición de ser libre. La vida es un bien natural, o mas bien sobrenatural que se tiene, respecto a Dios, de quien se recibe. La vida, como don, deja de pertenecerle al hombre de fe, se pierde todo derecho sobre ella. Por eso Dios penaliza el suicidio y execra al suicida. −comentó el cura
−Eso suena a chantaje. −dijo el policía.
−En cierto modo, mi querido Comisario, en cierto modo lo es. Mucho de la vinculación entre el hombre y lo divino se basa en el chantaje. Me porto bien porque me han ofrecido el cielo. Si no ¿se imagina las atrocidades de las que sería capaz? −dijo el Padre Claudio.
−Y Dios ¿Qué haría Dios en ése caso? −preguntó Martín Romero.
−No lo sé. Podría hasta destruirme. Sin embargo ¿de qué le serviría destruido? Débil y temeroso el hombre es útil. Debilidad y temor son las fuentes del amor a Dios. Mientras se viva en la incertidumbre uno se conduce de acuerdo a las normas que nos enseñan… por si acaso, al menos. Libre, el hombre no sirve para adorar cielo alguno. −dijo el cura.
−Me pregunto si estará el Indio así condenado ¿Cuánto habrá aún, en verdad, por condenar en esa caja? –preguntó el policía mientras miraba al cajón donde estaba metido el Indio.
−ara Séneca era un acto de libertad. Para San Agustín, un pecado. A ver ¿A quién haremos caso, en este caso? Libertad o pecado. Que gigantescos suenan esos nombres aquí en la Pensión Rita ¿no le parece, Comisario?. El pobre diablo que metieron en esa caja murió atribulado, borracho, zarandeado, diría yo, por una mezcla de ira y terror. La sombra del Moise ¿A qué dogma moral pertenece todo ello? Al que sea, lo cierto es que, esta muerte, la de un suicida, no se corresponde con los rituales ordinarios que siguen. Ni siquiera debía haber velatorio. Y mañana, misa a las nueve, sepelio a las diez. Pero igual, se hará.
−Lo dice como si no quisiera hacerlo, Padre ¿O me equivoco? −preguntó Martín Romero.
−No. No se equivoca, Comisario −respondió el cura en tono algo apenado.
−Bien. Si todo este ritual no tiene lugar, según la norma ¿no?, pues no va y se acabó, Padre. La norma regula la fe, y quienes comparten la fe tienen que acatarla. No va y se acabó. −dijo el policía
−El problema no es exactamente ése, Comisario. Mire ése ataúd ¿ve la madera pulida? Se imagina lo que cuesta uno de esos aquí, en Buenaventura. La vieja Rita debe haberse gastado todos sus ahorros en ello. En casos así la norma me importa un bledo. No le negaré a esa vieja un velatorio y un sepelio. −dijo el cura.
−¿Y entonces? −preguntó el policía.
−El problema, me temo, soy yo mismo. −dijo el cura.
−Eso sí suena jodido −dijo el policía, e inmediatamente agregó −perdón, Padre.
−Vine a Buenaventura porque, como sacerdote, quise darme una oportunidad.
−Algo así como que... –mientras el policía buscaba completar la frase, el cura interrumpió.
−Algo así como que mi jodida fe se había ido a la misma mierda. −el cura esperó a que la mirada asombrada del policía terminara de cruzar su rostro. Luego continuó− Dicho así, sin tapujos, Comisario, es mejor. Mi fe valía tanto como la autoridad de Medina. Claro, eso lo digo y lo veo ahora con precisión. En aquel momento era algo pasajero, cuestión de meditar, estar con uno mismo y demás pendejadas. En los círculos académicos suele llamarse a este tipo de experiencias crisis filosófica o depresión o, como gustaba decir uno de mis superiores, las pruebas que nos pone Dios. Pero yo le aseguro, Comisario, que se trata del mismísimo infierno, y lo que tiene, precisamente, de infierno es que no se retorna de él. Imagine sólo por un momento, Comisario, la misma vestimenta, los objetos sagrados, el altar, todos allí reunidos a la sombra del templo del Señor y a este infeliz en el centro de todo aquel espectáculo dispuesto a realizar su faena espiritual. Ah, pero el cura titubea ¿Se imagina? El cura elevando la copa. El cura con la mirada elevada al cielo. Pero el cura no ve nada de eso. Sólo una copa. Y, arriba, una mediocre imitación del juicio final, que si por mí hubiera sido, se lo juro, la mando quitar de inmediato a brochazo limpio. ¡Qué cursilería tan insultante! Un día se lo dije al Obispo mismo en persona, yo mismo, y ¿sabe qué me respondió? –el policía se encogió de hombros− ¿y qué tiene de malo que sea una imitación, Padre Claudio? Ni modo que traigamos el original aquí ¿verdad? Lo que importa es el símbolo. No veo cuál es su problema, Padre. ¡Mí problema! Y ése era el obispo. Conozco el asco del que hablaba hace rato, se lo aseguro. Bueno, pero el asunto es otro. El asunto es que razón tenía el obispo, después de todo. Claro que es mi problema. −de súbito, el cura calló, miró a Martín Romero, y dijo− disculpe, Comisario, pero ¿me daría UD. otro cigarrillo?
−Desde luego, Padre −dijo el policía y le acercó la cajetilla al cura. Éste continuó en silencio durante un par de bocanadas, y luego volvió a hablar.
−Mi problema se ha ido aclarando desde que llegué a Buenaventura.
−Hace ya,,, −interrumpió Martín Romero
−Unos veinte años, más o menos. Un poco lento ¿no le parece?
−Depende. Pero, entonces, UD. estaba aquí cuando el Moise y el Indio... −dijo Martín Romero
−Sí, claro. Estaba aquí. Ellos eran parte del grupito ése comunista que tanto ha ocupado las majaderías de Medina. Claro que sí. Se la pasaban por aquí los fines de semana, hablando del mundo mejor. UD. sabe cómo es ese comunismo de fin de semana. Un día hasta trajeron un grupo de teatro. “El Candidato”, creo que se llamaba la obra. Buena, me pareció. La única vez que se ha visto algo así en Buenaventura. Le decía qué… −dijo el cura.
−UD. decía que su problema…−retomó Martín Romero.
−Sí. Cuando llegué a Buenaventura… En fin. Como UD. acaba de decir, ciertamente, la inteligencia parece tener sus limitaciones. Tiempo después, luego de un par de amonestaciones, que dieron lugar a la apertura de un expediente, decidí convencerme de aquello de la prueba que nos pone el Señor. Bien, me dije, lejos de la jerarquía y el rigor que imponen las formalidades de ley, henos aquí, Tú y yo a solas, como quien dice. Veamos cuál es esa prueba que debo superar. Entonces, me sentí libre; quiero decir, solitario como nunca, y, también, temeroso pero, al mismo tiempo, voluntarioso, del todo dispuesto a enfrentar lo que tuviese que enfrentar, por parte de Dios o de mi mismo, de ese mar que me observaba con paciencia ¿Sabe? Nunca me ha gustado el mar. Jamás me he animado a meter un dedo en sus aguas. Pero ese día, en ese momento, esas mismas aguas fueron, digo yo, algo así como fuente de inspiración para mi voluntad. Confieso que, al principio, mi actitud tenía algo de místico, una suerte de mezcla de soberbia y fervor, UD. sabe, quizás más de soberbia que de fervor. Pero, lo que sí le digo con toda seguridad, es que era una actitud sincera.
Sobrevino otro prolongado silencio del cura. El comisario Martín Romero esperó. Luego, impaciente por continuar escuchando aquel relato, dijo:
−Otro cigarrillo, Padre.
−No, no Comisario. No es necesario. Estaba pensando, ahora que le digo todo esto, que si Dios está escuchando ¿cómo se sentirá? Me lo he preguntado muchas veces desde aquel día que llegué a Buenaventura. Me pregunto si no querría Él, también, hablar, que alguien oiga sus vicisitudes, exponernos al abismo de su conciencia total. Durante muchos años me he ido haciendo una extraña idea de Él ¿sabe? Solemos verlo desde el ángulo más superficial: creer o no creer en su existencia. Burda literatura de catecismo la que nos alimenta, hasta que realmente decidimos mirar en profundidad. Pero el verdadero drama del hombre y Dios sólo comienza cuando se acepta su existencia, quiero decir, se hace de tal existencia una verdad indiscutible y, por ende, trivial. El problema de Dios no es existir, ni siquiera el ser adorado. El problema de Dios es ser escuchado. Nos empeñamos en que nos escuche, sin tener la más remota idea de cuánto habrá padecido Él el no ser escuchado. Hay versiones, claro, místicas, pero nada confiables si se atiende a la personalidad del místico. Si alguien me preguntara si he visto a Dios −y quizás UD. se lo esté preguntando en este momento− diría que sí; lo he visto, claro que sí, a través de esa transparencia que, como los insomnios, nos proporciona el pensamiento inútil y profundo. Lo he visto atribulado, harto de esperar por nosotros, descubriendo, con gran pena, que el abismo que nos separa es, en realidad, infranqueable. De alguna forma, Él y yo sabemos que la única forma de seguir siendo Dios es que jamás podamos asirlo, como pretenden los místicos, ni convivir en la misma dimensión, como una vez nos fue prometido. El paraíso es una mera añoranza. Lo que en la historia ha caído jamás será recuperado. La historia, mi querido Comisario, es el infierno mismo. Las pruebas que Dios nos pone no son acerca de su existencia y de nuestro amor por Él. No se es Dios para regodearse en trivialidades y afirmar el ser en ruegos infantiles de salvación y esperanza de vida eterna de quien no ha aprendido a morir. Dios no nos pone prueba; nos expone a su conciencia abierta de par en par, nos lanza gritos desde el irrecuperable reino en que lo dejamos a solas al partir. Sólo que no escuchamos, absortos, como estamos, en la ficción de alabarlo.
El cura se había largado aquel discurso como si hablara solo. Hasta que, de súbito, fijó de nuevo la mirada en su interlocutor, y entonces dijo:
−Supongo que ahora se preguntará UD. por qué sigo siendo sacerdote ¿no?
−¿Yo? No. Es decir… sí; ya que lo dice, me lo pregunto −dijo el policía.
−Es mi forma de permanecer aquí. No tengo donde ir, ni quiero ir a ninguna parte. −dijo el cura. Al rato agregó− Por cierto, ya no tendrá UD, que soportar esas largas esperas.
−¿Cómo dice? −preguntó el policía.
−Me refiero al baño. −aclaró el cura
−Ah, eso. Sí. Es cierto. −confirmó el policía, y luego agregó− Sin embargo, debo decir que ya he acordado con Rita que me mudaré. Lo hubiera hecho hoy mismo. Pero era mejor esperar y estar aquí, por si acaso. −respondió el policía
−No lo sabía. Y ¿a dónde se muda? −preguntó el cura.
−A la casa donde habitaba el Indio, precisamente. Ella dice que quedará abandonada −dijo el policía.
−¿Está seguro? −preguntó el cura.
−Sí. Pero ¿por qué pregunta? −preguntó a su vez el policía.
−Por nada. Sólo que, según entiendo, esa casa está bastante destartalada. −respondió el cura.
−Eso me han dicho. Pero me las arreglaré. −dio el policía.
−Bien, si no le importa, Comisario, creo que iré a dormir un rato.
−Claro, Padre, claro. Vaya tranquilo. Yo me quedo. En la mañana temprano vuelve Colmenares. −dijo el policía.
−Yo también vendré en la mañana. −dijo el cura y se puso en camino. Tras un par de pasos, se volvió al policía y dijo:
−¿Recuerda, Comisario, que dijo que este lugar, Buenaventura, digo, era un lugar extraño, como que envuelto... ¿cómo fue que dijo? ¿en una magia? Que todo lo penetra cuando uno mira en derredor −preguntó el cura.
−Sí, eso dije −respondió el policía.
−Le dije que yo sabía lo que UD. quería decir ¿cierto? Bueno, ésta es mi versión del coco.
Pensión Rita. Por la puerta va saliendo el féretro, lentamente, según el clásico bamboleo con el que parecieran arrullar al difunto para que no se despierte antes de llegar al hueco donde lo van a dejar. Quizás el difunto lo sepa y, por eso, ese empeño en pesar de más a los que van abajo metiendo el hombro y sudando la gota gorda. Ya asomó más de la mitad, y la cosa se ha puesto crítica, pues los de adelante ya han bajado el escalón mientras que los de atrás aún siguen montados en la acera. El peso se les viene encima a los que van al frente y deben sujetar el cajón fuertemente con las manos para que no se les deslice y se les vaya al suelo. Están rojos y apuran a los de atrás. Por fin, ya todos están al mismo nivel, en la calle. Ahora comienzan a girar a la derecha, como quien va a salir de Buenaventura. Los de adelante no avanzan, sólo giran sobre sus propios pies mientras los de atrás dan pasitos de lado. Giro completo de noventa grados. Por fin. Ya se han enderezado respecto a la calle. Ahora unos cuantos pasos sobre sí mismos, sin avanzar, para corregir los desajustes de la sujeción y retomar el ritmo. Listo. De nuevo comienza la avanzada. Paso corto, al ras del suelo, coordinado entre ocho como si sólo fuesen dos pies. Un dos, un dos. No alcanza para tres. Se sienten las manos sudadas y el asfalto caliente bajo los pies. Y quién diría que éste iba a salir tan pesado. Nadie lo hubiera imaginado. Un poco gordo, sí. Ancho y retaco. Pero vaya que pesa, el condenado. Tendrá huesos de piedra. Es que después de muerto uno pesa como la mierda.
Detrás iba el Padre Claudio, junto a Rita y, un poco más atrás, Medina, el Licenciado Valbuena y su mujer, a los que se fue sumando la gente amontonada en el patio. Poco poco, uno a uno iban desfilando hacia la calle según el ritmo de la curiosidad, la molicie y el desgano; todo mezclado en sus extrañas caras. Vaya que son extrañas, venidas de otro mundo, de este mundo en el que me metió Montenegro. Y en cierto modo me sigue metiendo. Muerto tiene una peculiar forma de seguir siendo. Esas caras. Vistas así, todas juntas, más extrañas aún. Las he visto casi a diario, en el zaguán, asomadas a la ventana, a lo largo de la acera, al cruzar y desaparecer en la esquina. Pero todas juntas, respirando el mismo aire y ceñudas al unísono; ese lote de cabezas, ese mural de rostros y miradas que, no más verlo, se le viene a uno encima. Mira como miran. Aunque no te miren te miran ¿Y Susana? Martín Romero no la vio por los alrededores. La había visto en la mañana temprano ayudando a Rita en el ajetreo para salir al cementerio. Pero esa no tiene cara para sepelio. Bien, los últimos, ya se van. Fuera, fuera. Que tengan un feliz sepelio. Martín Romero caminó detrás y se quedó parado en la puerta. Por fin el Indio ha encontrado quien cargue con él, y un seguro destino. Al final, el nutrido séquito partió a las diez y media.
−A este paso, terminaremos lo menos al mediodía. −se quehó Colmenares mientras se levantaba la gorra y se secaba el sudor.
−Así es esto. Oye, yo me vuelvo adentro, a dormir un poco y recoger mis cosas −dijo Martín Romero.
−Está bien, Jefe −respondió Colmenares. Luego agregó −¿Es verdad que te mudas a la casa aquella?
−Sí ¿Por qué? −preguntó Martín Romero.
−No, por nada −dijo Colmenares.
−A ver, di lo que estás pensando, Colmenares −inquirió Martín Romero.
−Nada, nada. Es sólo que esa casa,,, en fin, tú sabes lo que dicen, que el Moise la desgració y esas cosas. Yo sé que tu no crees en estas vainas, Jefe. Pero uno no sabe. Todo el mundo dice que el negro rondaba esa casa, noche tras noche, sin descanso, hasta que echó al Indio de allí. Primero fue la mujer, que abortó el muchacho. Luego el Indio, y mira en qué terminó. −dijo Colmenares.
−Sí, como dicen, esa casa está poseída, ya veremos. Tendrá que hacerme un lugar el negro. No tengo otro sitio para escoger, por los momentos, al menos. Y, la verdad, viejo, que esta habitación aquí en la pensión ya me ahoga. Es tan chica como la del Indio, pero la ventana es más estrecha aún. Siento que no quepo allí. Hace días que ya se lo había comentado a Rita. Tú sabes, con tacto, pues la vieja se ha comportado muy bien conmigo, no puedo quejarme. Pero fue más fácil de lo que pensé. De ella misma fue la idea de que tomara la casa. No me pareció nada mal. Sé, por lo que veo, que esa casa está ya condenada al abandono, Pero acepté, y hasta le estoy agradecido. Así que ya veremos. −dijo Martín Romero
−Está bien, Jefe, está bien. Pero es mejor tener cuidado ¿no te parece? −dijo Colmenares.
−La verdad, Colmenares, no entiendo bien en qué estamos. Tú y yo hemos pasado la noche aquí ¿no que cuidando que estos energúmenos vayan a joder al Moise? Y ahora estamos hablando de cuidarnos del negro, de su sombra o su espíritu ¿Te das cuenta? Hablamos como si lo hiciéramos de un muerto, y el negro está allí, en casa del cura. Dime algo ¿Tú, en realidad, crees en esas bainas que dicen, Colmenares? −preguntó Martín Romero
−Ni creo ni dejo de creer −respondió Colmenares.
−Es la respuesta que me temía de ti. Por si acaso, entonces, no te mudarías allí ¿cierto? −dijo Martín Romero.
−No, claro que no. Por si acaso −respondió Colmenares.
−Bueno. Sigue tú. Cualquier cosa, me vienes a avisar ¿bien? −dijo Martín Romero
−Seguro, Jefe. −respondió Colmenares.
Cuando Martín Romero se volvió a su habitación, se topó de frente con el silencio que siguió a la retirada de todos. Sobre el patio pelado caía el sol de las once, calculó, y arrancaba al suelo una opacidad calurosa que se elevaba como un gran bostezo entre las paredes. A un costado, a la entrada de la cocina, vio la silla en la que solía sentarse Rita durante las tardes, después del baño. En el mostrador de la entrada aún quedaban algunas porciones de torta de frutas. Tuvo la idea de tomar una. La señora tetas nalgas secas no se molestará por algo así. Pero siguió. De salida, quizás de salida. Continuó caminando lentamente por el pasillo, pasó frente a la habitación del Indio −ahora cerrada− miró de reojo hacia la puerta, mientras aminoraba el paso, pero sin detenerse por completo. No hay nada allí ¿En realidad no hay nada allí? ¿Por qué será que la ausencia se le siente, así, como extraña presencia? Ah, Rengifo, deberías estar aquí. Es como si siguieran allí sus voces, el modo en que arrastraba los muebles, sus alaridos bajo la ducha y el moqueo de cada mañana. Todo igual, sin parar nunca, sólo que en silencio, como quien contempla una película muda. Peor. Sin sonido y sin imagen. Sólo la escena continúa, sin parar nunca. Puedo abrir esa puerta y sé lo que encontraré: vacío, penumbra, y ese sopor venido del techo cruzado por las gruesa vigas de madera. Buena madera. Ha de ser muy buena para haber sostenido durante más de diez horas al Indio. Mañana, según a indicado Rita, de nuevo estarán allí la cama y escaparate. No encontraré al Indio, pero su ausencia será más aguda y pesada que su cuerpo mismo. Y mira que pesaba, el Indio. Para eso no es necesario abrir puertas ni mirar detrás de ellas. Está aquí y en cualquier parte de la pensión. Hasta puedo sentirme mirado, sin ver nada en ninguna parte. Creo que un baño me vendría bien.
A punto de entrar en su habitación, Martín Romero se devolvió y entró al baño. Antes de desvestirse hubo, como siempre, de encender la luz, pues era un lugar oscuro y húmedo, y apagarla mientras permanecía sentado en el retrete, para no incrementar la sensación de calor. Entonces podía verse claramente la luz que venía desde afuera por debajo de la puerta. El retrete. El sublime trono en el reino de la intimidad de cada quien. Así, en esta posición, es donde uno debe hacerse las preguntas fundamentales. Que si el alma. Ese cura tiene razón. Vivir no es más que el trabajo de cargar con estos kilos de humanidad que se tornan día a día más pesados. Es verdad, Romero. Feliz el que, como tú, logra agacharse cada veinticuatro horas. Luego se metió bajo la ducha y, mientras se bañaba, vio por debajo de la puerta que algo pasaba a lo largo del pasillo ¿Algo o alguien? Agudizó el oído para escuchar mejor, pero sólo escuchó el agua caer a sus pies. Cerró el grifo. Pero nada pudo oír. Salió de la ducha y empezó a vestirse. Un gato. No. No tenía cuatro patas. Sólo dos. Y no eran patas. Sino pies. Nadie, se supone, hay aquí. La ausencia, sí. Pero las ausencias no tienen pies.
Martín Romero tomó el revólver y, sin ponerse la camisa, se dispuso a salir del baño. Abrió la puerta con sigilo, agachado miró hacia fuera, asomó lentamente la cabeza. Luego se levantó y se dispuso a salir. Desde la puerta del baño miró hacia la habitación del Indio, que continuaba cerrada. Acto seguido, volvió la cabeza hacia el otro lado y notó que la puerta de su propia habitación estaba ligeramente entreabierta. Se acercó, tomó el picaporte:
−¿Quién está allí? −gritó, pero no recibió respuesta.
Introdujo la mano buscando el interruptor en la pared, encendió la luz y, de un empujón, terminó de abrir la puerta. Apuntó en varias direcciones, hasta que se topó con la mirada de Susana que estaba quieta en un rincón.
−¿Tú? −preguntó el policía, al tiempo que bajaba el revólver. Se volvió hacia la puerta, dejó escapar un prolongado resuello. Se metió el revólver en la cintura. Se volvió de nuevo hacia la muchacha y, con las manos a media altura, dijo:−¿Estás loca, muchacha? ¿Qué es eso de entrar aquí así? Dime. Y si del susto te vuelo la cabeza ¿qué? La puertas se tocan ¿entiendes? Así. Se toca primero, antes de entrar. Uno pregunta: ¿está fulano? A lo mejor fulano no está. A lo mejor fulano está en pelotas, o durmiendo o qué sé yo. Pero, primero, se toca ¿Nadie te ha enseñado eso?
Susana lo miraba asustada. Martín Romero se sentó en la cama, de espaldas a la muchacha que, pasado el susto, y aprovechando que el hombre no podía verla desde la posición en que reencontraba, comenzaba a sonreír tímidamente pero con irreprimible agrado. De pronto, el policía se volteó y la sorprendió en su actitud. Entonces dijo:
−Ah, te ríes, encima de todo, te ríes ¿De qué te ríes? ¿Puedo saber de qué te ríes, muchachita?
−Estás bravo −dijo Susana
−Sí ¿Y eso te causa gracia? −preguntó el policía.
−Cuando la gente está brava no sé qué decir, y me río. −dijo la muchacha.
−¿Y qué haces aquí? −preguntó el policía.
−Vine a verte −respondió la muchacha.
−Sí, supongo. Hasta te metiste en mi habitación. Y ¿a verme para qué? −preguntó el policía.
−Sólo a verte −dijo la muchacha.
−Ven acá −dijo el policía. Susana, en un par brincos, se paró frente a él. Entonces el policía continuó −¿Sabes lo que haría Medina si supiera que estás aquí, metida en mi habitación?
−Él está en el entierro y no sabe que estoy aquí ¿vas a decírselo? −preguntó la muchacha.
−No. Claro que no. Pero no me gusta para nada esa manera alegre y segura en que lo preguntas. Sabes que no voy a decírselo, porque te metería en un lío, yo mismo me metería en un tremendo lío. Medina no me quiere para nada, y menos después de esta noche. Imagínate si ahora voy y le cuento esto.
−Él dice que eres un farsante −dijo la Susana.
−¿Eso dice? −preguntó Martín Romero.
−Ajá.
−¿Y qué más dice, Medina? −reiteró el policía.
−Primero dime qué es un farsante −dijo la muchacha.
−Un farsante es un tramposo, un embaucador, alguien que todo lo que hace no es más que una representación… como un teatro...
−¿Por qué te callas? −preguntó la muchacha ante el silencio en el que de súbito se halló inmerso el policía. Al rato, éste respondió.
−Quizás el viejo tenga razón. Creo que soy un farsante. −dijo el policía.
−Estás en el teatro ¿qué teatro? −preguntó la muchacha. Calló por un momento y, ante el silencio del policía, agregó −Mi abuela dice que, hace años vino un teatro a Buenaventura. Cuatro hombres y una mujer. Y que montaron una obra que se llamaba… ¿ cómo era?,,, El Candidato, creo que se llamaba.
−¿Quién es tu abuela? −preguntó Martín Romero.
−Rita −respondió Susana.
−¿Rita? −preguntó el policía
−Bueno, no es mi abuela. Pero es como si lo fuera.−dijo la muchacha.
−¿Qué pasa con todos aquí, en este pueblucho? ¿Fueron arrancados de una mata? ¿O qué? −dijo el policía
−No entiendo −dijo Susana
−Olvídalo. −dijo el policía.
Sobrevino un prolongado silencio que Susana no se atrevió a interferir. Por alguna extraña razón, sabía que había momentos en los que debía dejar las cosas así y que, de insistir, ocasionaría una suerte de recarga en el ánimo del policía y del que sólo resultaría un tan desagradable como inútil encontronazo. Esto fue algo que intuyó desde el primer momento. Se puso, entonces, a mover los pies.
−¿Y tus zapatos? −preguntó el policía, mientras miraba los pies de Susana.
−En el cuarto de Rita −respondió la muchacha.
Eran los pies del primer día. Los mismos de aquel primer sueño de hace días. Si la comida, como dicen, entra por los ojos, las ganas de fornicar empieza por los pies.
A paso de vencedores, los vecinos llegaron vencidos al cementerio. Hasta El Indio iba ya más pesado, como si quisiera que lo bajaran allí mismo. Por poco y lo bajan allí, a la entrada, de mala gana, en medio del sofoco que compartían todos. Porque para llevarlo hasta adentro había que llegar hasta el final del callejón principal de tierra colorada, doblar a la derecha y remontar la cuesta hasta donde habían abierto el foso. Desde hacía tiempo ya el cementerio se había ido tragando las partes más bajas del cerro. Si las cosas siguen así mejor que los metan directo al cielo, con pecado y todo, para adentro ¿Quién dijo eso? Preguntó el cura. Nadie habló. Pero hay que reconocer que el muy majadero tenía razón. Mirada al cielo. Ni tan alta como para alcanzar al altísimo, ni tan baja como para hundirse en el bajísimo, al ras del suelo. Justo allí, a la cresta del cerro, como si por sobre la cima se hubiese asomado el mismísimo para echar una ojeada desde el cielo pleno de vacío a ésta su tierra sembrada de muertos. La muerte, sublime flor de la nada. Tu paraíso, Señor, del que una vez nos echaste, desde aquí florece. Henos aquí con más simiente sobre los hombros. Pesada. Mira que pesa, Señor. Si por lo menos fuésemos en bajada. Pero ¿qué más podemos caer? Así que, al final, claro, lo llevaron hasta donde tenían que llevarlo. La faena se completó. Lo que hubo que terminar de andar lo anduvieron. Lo que hubo que subir lo subieron. Y, por fin, ya al borde del foso, lo que hubo de meter adentro lo metieron. Lo que el cura tuvo que decir lo dijo, Libro cerrado. Cayeron las palabras y las paladas. Por último aquella bendición de arriba a abajo, de izquierda a derecha, con la que el caso quedó listo. Bien, mi querido Indio, ya tienes tu boleto al más allá. Por mi parte, más nada puedo hacer. Que los gusanos, así como se encargan de los restos, se encarguen también del resto.
Aquél otro entierro que tenía lugar en la “Pensión Rita”, habitación de Martín Romero, colchón mullido y mojado, también concluía. No hubo bendición, claro, y el caso para nada quedaba cerrado. Volveré mañana. Porque quieres que vuelva mañana ¿o no? ¿Cómo que volverás? ¿Estás loca? Ah, entonces no me quieres. Está bien. No dije eso. Pero no puedes volver mañana. Además, mañana ya no estaré aquí. Entonces iré a la casa ¿Qué casa? Allá, donde te vas ¿Cómo sabes? Todo se sabe. Sí, ese es el problema. Aquí todo se sabe. Por eso no puedes volver mañana. Entonces no me quieres. No dije eso. Entonces volveré. La puerta se cerró y Martín Romero, envuelto en el calor sofocante de aquella hora, y pese a la somnolencia, pudo escuchar los pasos de Susana que se fue corriendo por el pasillo. Era un golpe seco, sobre el piso polvoriento, el de aquellos pies descalzos. Se quedó tumbado boca abajo. Un brazo y una pierna colgados fuera de la cama. La gotas de sudor rodaban por la cara del policía. Ojos cerrados. Respiración pesada. Ahora era como si aquellos pies siguieran allí, invisibles en medio de la penumbra, caminando por la habitación. Pero el policía, ya sumido en el sueño, ni siquiera se percató.
Programado para las diez de la mañana, el entierro del Indio concluyó al mediodía y ya para entonces había gente reunida en la plaza. Otros se fueron directo del cementerio hasta la casa del cura. Cuando el cura regresó, ya habían volado la puerta y se habían llevado a palos al negro a lo largo de la calle, vía la carretera, con el propósito de que el negro volviera al monte.
−¡Largo de aquí, largo de aquí, negro inmundo! −gritaban furibundos los ajusticiadores, durante un prolongado rato. Hasta que aparecieron Colmenares y otros dos policías, que se bajaron del “jeep” e hicieron unos cuanto disparos al aire. Entonces la muchedumbre se dispersó. Sobrevino un silencio sepulcral, mientras los policías se aproximaban al montoncito de carne y harapos que dejaron en medio de la calle, justo a la altura del camino que daba al “Claro de luna”, tendido de largo a largo, de cara contra el pavimento caliente, sin moverse. Hasta allá fue el cura. Lo que quedó lo recogieron. De vuelta casa. Ya está muerto, dijo el cura cuando, al poco rato, llegó Martín Romero. Encontró al cura limpiando la sangre y la tierra que cubría casi todo el cuerpo.
Al día siguiente, muy temprano, apenas consiguieron la urna más barata, lo fueron a enterrar. Fue un escueto séquito el que acompañó al Moise a su última morada: El Padre Claudio, Martín Romero, Colmenares y, por si acaso, dos policías más, pues se sabía que la gente en Buenaventura era reticente a que lo enterraran en el mismo cementerio que a todos los demás. Sin embargo, no hubo tumulto. Todos, incluyendo al muerto, montaron en el “jeep”, y se lo llevaron al hueco. Allí no encontraron a nadie. El cuidador, sólo porque la policía se lo exigió, los dejó pasar. Así que, los mismos que lo transportaron, tuvieron que bajarlo y palear. Lo hicieron rápido. Se lanzaron miradas entre sí, mientras se sacudían el polvo de la faena y se disponían al regreso.
−¿Ni siquiera unas palabras, Padre? −dijo Colmenares.
−No. No las necesitará −respondió el cura a secas. Pero como quiera que el cura advirtió que el policía cuestionaba aquella respuesta, se volvió hacia el montículo y, con la mirada fija en el suelo, dijo: Señor, allá va el negro. Recíbelo en tu reino. Déjalo pasar, al menos por la puerta de atrás. Nadie lo advertirá −tras unos minutos de silencio, mientras miraba uno a uno a los que, a su vez, lo miraban con extrañeza, añadió−¿Nos vamos?




