–Vamos a la pieza
Clarita ha dicho. Y cuando Clarita dice, Martín Romero calla como para mejor dejarse guiar hasta allá. En la boca de Clarita luce una sonrisa petrificada que muestra su propia luz mortecina por entre los gruesos labios. Siempre ha sido así. Mientras espera que el policía mire hacia el fondo del patio, ella sonríe así y le extiende la mano. Mano larga, delgada, hombruna. Siempre igual. Una vez a la semana ¿Para qué más? Suficiente. Más que suficiente. Siempre el policía mira hacia el mismo lugar después que Clarita ha dicho: vamos a la pieza. Entonces la mujer sonríe. Se queda así, fija, como una fotografía en la penumbra sobre la que se derrama un reflejo blancuzco, mientras el policía mira hacia el fondo del patio. La pieza. Pieza en el rompecabezas del fracaso, a la pieza se le puede ver desde aquí. Lata y cartón piedra pintados de blanco. Blanco nuevo. Clarita misma se ha hecho cargo. La puerta angosta. El techo exageradamente inclinado. Hacia atrás hay que andar inclinado. El reflejo lunar sobre el cinc. Luego retorna la mirada del policía a la boca de Clarita. Entonces la mujer
deja de sonreír ¿El policía mira sus pies? Debe ser. Primero debe haber mirado las rodillas, las mismas que le recuerdan la primera vez, cuando arribaba a Buenaventura el autobús que trajo a ambos. Pero no es lo mismo cuando Clarita está sentada. De pie, esas rodillas parecen un friso desconchado. Luego, pies largos, anchos, hombrunos. Se levanta. El policía también. Clarita toma la gorra del policía por la visera y se la baja sobre la cara hasta taparle los ojos. Se supone que el policía sonríe abajo. Se ponen en camino. O mas bien se van a la mierda, como diría Martín Romero. Como diría ella también. Como dirían todos, si dijeran, y acabemos de una vez. Allá van. Ella adelante. El detrás. Un. Dos. No alcanza para tres. Tan eficiente, Clarita. Marcha, Clarita. Todo cuanto realiza, hasta el más banal de sus gestos, es siempre seguro, decidido, completo. No le tiembla la mano, ni el pie para nada, y, cuando marcha hacia la pieza, los bordes de sus nalgas asomadas por el pantaloncillo vibran con vida propia. Un, dos. Un, dos. No alcanza para más. Y una sutil honda muscular corre muslos abajo, hasta hacerse más intensa, más allá de la corva, en la carnosa y abultada pantorrilla erguida sobre los puntiagudos zapatos. Ahí va el policía, tomado de esa larga mano femenina y hombruna, atraviesa el patio hasta la pieza del fondo, cruje el latón de la puerta estrecha, allí lo suelta Clarita, a un lado del camastro. El hombre mira la cubeta rosada llena de agua que siempre hay detrás de la puerta, el velón encendido hacia el mismo rincón, la sábana amarillenta y decolorada que deja traslucir las flores azules del colchón, y también las del recuerdo de niño acostado en un colchón de flores verdes. ¿Por qué siempre flores en el colchón? Cuántas flores multiplicadas por cuántos colchones. Policía sentado en el colchón mullido de flores azules que la sábana amarillenta descolorada deja traslucir. Cruje la cama en las junturas, se escucha el cerrojo al correr por dentro: el policía se ha instalado, Clarita misma, como siempre, se ha hecho cargo. Esos dos no salen ya. Claro. Como el policía tiene real. ¿Quién dice? Todos lo dicen. Ahora ésta se cree la reina del carnaval. Hasta mañana. A lo largo de la noche se puede escuchar las risitas y, por entre las rendijas de los planchones empatados, verse las sombras que se retuercen y entrecruzan extrañamente bajo la luz de la bombilla pelada que cuelga de la techumbre como del cielo esa luna blanca que alcanza hasta donde puede para iluminar cuanto afuera se quedó. Como si estuvieran asesinando a alguien adentro. Parece. A veces uno diría que lo están velando. Bueno, pero igual, primero han debido matarlo. Claro.
Amor de pieza. Amor verdadero. O, al menos, el único posible, que ya es ser más verdadero que cualquier otra cosa. Como sea. Lo bueno es que todo queda aquí adentro, en éste, mi cuadrado corazón de latón y cartón piedra. Nada trasciende las cuatro paredes de su ocasional encierro, salvo lo que pueda filtrarse por las hendiduras. Amor de policía, Romero: veinticuatro por veinticuatro, también. Eso. Dentro de la pieza, Clarita es todo en medio de la nada del universo. Fuera de ella nada en medio de este universo desmigajado bajo los zapatos de cada quien. Fuera los zapatos. Bien, bien. Pero mejor no mirar mucho esos pies un poco largos y un poco anchos ¿Cómo los de Glamour, quieres decir? Eso. No lo había pensado. Como los de Glamour. Lo estás pensando. Pero en el caso de Glamour era gracioso. Pies de hombre en zapatos de mujer. En el caso de Clarita... pies hombrunos. Manos, también hombrunas. ¿Qué será de Glamour? Quien sabe. Azúcar. Taza vacía sostenida entre las manos de hombre de Glamour, Romerito... así como las manos hombrunas de Clarita sostienen ahora tu cabeza, hacia arriba, tú sentado, abajo, a la altura del ombligo de Clarita. Arriba. Que tus ojos somnolientos miren esos otros arriba, chicos, y esa boca y esa lengua grandes. Mira cómo se relame. Tiene un cierto aire ofídico. Esto ya es ofiolatría. Que lengua tan grande ¿Te parece? Y en esto, nadie puede ganarme, dicen todos. Podría tragarte entero, mi policía. Y algo así haré, de seguro. Suelta esa cabeza.
Clarita iba despojándose una a una de sus prendas, mientras el policía asomaba uno a uno los billetes de su bolsillo, según el monótono juego ya acordado de siempre. La idea fue de Martín Romero. Genial, Romero, genial. Por eso reunía durante la semana todo el dinero menudo. Genial, Romero, genial. Habrás de comprarte un cochinito y romperlo aquí, en la pieza. Paciencia aprendida. Ilusión amaestrada. Danza del despojo. Mira. Ahí vienen los senos flacos, de rosetas grandes y oscuras. Bajo la blusa, no parecen así. Más bien redondos. No más fuera, cuelgan como si estuvieran a medias llenos de agua. Mi cuadrado corazón de latón y cartón piedra. Mi templo en que se consuma éste, mi ritual de mala muerte. Bah, Romero, no fastidies. Ahora viene el ombligo ése, hundido en la carne plana y algo fofa del abdomen. Es gracioso. Si Clarita tuviera un solo ojo, miraría así. Sólo aquí se puede ser todo, gracias a la insolencia de ser nada. Y las manos de Clarita recorrían con pasmosa lentitud el surco invisible que iba del pecho, vía el ombligo, directo al pubis, que apenas asomaba el borde de su velludo rostro. Como si nadie supiera lo que tiene entre las piernas. Pero me gusta esa expresión de misterio de mala muerte. Mierda. Clarita a punto de mostrar las nalgas y al policía se le acabaron los billetes, porque este día no los trajo de suficiente baja denominación. Te lo dije, Romero. El cochinito. Grande, muy grande y gordo, para que nunca se termine. Pero qué importa. Clarita no sólo es eficiente, sino, además, generosa. No se detiene. Continua su danza. Desaparece sus mandíbulas. Aparecen sus nalgas de bebé gigante, un poco planas y graciosamente cuadradas como las de los bebes. Más abajo sus muslos y demás que el policía no vio porque antes la paciencia del que contempla se le rompió en ganas de manosear lo contemplado.
Fuera de la pieza. Amor verdadero se acabó. Este corazón de lata y cartón piedra, apagado ya, ha abierto su estrecha puerta a la madrugada. De cara al sereno, Martín Romero ya puede despedirse y marcharse, guiado, ahora sí, por una patada en el culo. Vuelve pronto. Volveré. Clarita ha dicho. Martín Romero también, en voz baja, sin que nadie lo escuchara. Cree él. Adentro todo quedó a oscuras. Pero se le escuchó. Afuera la luna sostenía una transparencia opacada por la nubosidad. Los ojos de Martín Romero elevaron una mirada tímida. ¿Acaso lluvia? Es posible. Aunque sin truenos ni relámpagos. Entonces sólo nubes, sin lluvia. La mirada se perdió y el policía se fue calladito, sediento y medio lerdo por el caminito que llevaba del “Claro de Luna” de vuelta a la calle principal. A la altura de las pantorrillas sentía la humedad del monte crecido a los costados del camino. Escuchaba el roce ligero de sus zapatos y el entrepiernas del pantalón. Ya en la calle, se sacudió y se puso a quitarse uno a uno los cadillos. Luego anduvo hasta la plaza y en la esquina donde siempre se detenía a hacer sus cálculos del tiempo se detuvo para encender un cigarrillo. Qué cosa ésta de andar de ritual en ritual. Estás viejo, Romero. Estoy viejo. Mas de lo que creo, seguramente. Debo haber envejecido en un mes lo que no me atreví en cuarenta años. Hasta hace poco tenía recuerdos automáticos. Fogonazos en la noche de la memoria. Pero últimamente me pierdo tratando de reconstruir cosas pasadas. No sé por qué lo hago, ni por qué me fijo en ello. Los recuerdos son como historietas lejanas, que no debo haber aprendido cabalmente cuando las viví y de las que conservo retazos que no siempre empato bien. Se me descosen las costuras de lo que fue. Mirar mi historia desde aquí es como hacerlo a través de las hendiduras de la pieza. Deben ser los aires de Buenaventura, como dice el Padre Claudio. Quien sabe. Montenegro murió y se rompieron todas mis ataduras. Quizás sea algo así. Desde entonces las cosas han cambiado. Pero tenía que morirse, el viejo, al fin y al cabo. Bueno, sí. Pero, y ahora ¿qué hago? Demasiada libertad para un solo hombre, no te parece, Romero. Debe ser, debe ser. Cuando Rengifo me llevó aquella mañana a lo de Montenegro yo era de los que todavía defienden a pies juntillas su mezquino concepto de libertad. Yo. Yo. Yo. Es como la voz repetida de un orgullo cuyos ecos se pierden en la negrura del universo. No sé si creía en ello. No me parece, ahora, al menos. Sólo lo defendía. Como un marido celoso defiende a su mujer aunque no se interese para nada en ella y sólo alcance sumirse en un enorme bostezo cuando la siente palpitar. Libertad. Nunca supe lo que es. Sólo sé del invento judeocristiano de liberarse. Pero nunca supe de qué. Todo el mundo sabe que tiene que liberarse ¿o alguien hay que se niegue a ello? Lo que nadie sabe es de qué hay que liberarnos. Pero qué importa. Allá vamos. Nos empujamos los unos a los otros. El Reino ¿Dónde? Nadie lo ve. Pero todos sabemos que está allá. Los que saben del tiempo lo llaman futuro. Bien. Vamos. Uno tras otro nos pateamos el culo. ¡Qué mierda, con El Reino ¿no?!. Estás aquí porque te toca ir para allá. ¡Y dale!. El conejo tras la zanahoria. Esa es tu misión. Y si no quiero. ¡Ah, con que eres un maldito pagano!. Eso lo aprendí luego, creo. Mientras tanto, aquella mañana, en lo de Montenegro casi se podía escuchar mi odio, mientras esperaba en la sala que el viejo nos dejara pasar a la Biblioteca ¿Y quién es este maldito para venirme a quitar mi zanahoria? ¿Con qué derecho viene a cagarse en el blanco invisible de mi eterno reino de allá? Ah, de haber podido habría derribado aquella puerta y lo habría descuartizado. Apoyado mi pie sobre su podrido cadáver, habría elevado en alto mi florida zanahoria. Ni siquiera me fijé en aquella hermosa puerta de madera. Puerta hermosa. Tranquilo, Romero, tranquilo. Me calmaba Rengifo. No recuerdo sus palabras. Sólo el tono de su voz y la luz suplicante de su mirada cuando lo decía. También recuerdo que ese tono y esa luz me envalentonaban. ¡Qué miserable soy! En realidad lo que sentía era como si me crecieran grotescamente los colmillos. No me parece que a un sentimiento así se le pueda llamar valor ¿O sí? En fin. Un trabajo. Sólo un trabajo. Y de nuevo tono de voz y luz suplicante de mirada a lo Rengifo. Quizás se notaba lo de mis colmillos. Un día le preguntaré. Entonces entré y vi al viejo hundido hasta la cintura en la enorme silla de cuero su escritorio. ¡Vaya silla! Uno siente que le sobran las piernas y que fue un inútil paso en la evolución aquello de lograr la posición erguida. Mi sentimiento de libertad dio paso a la pena que sentí por mi glorioso antepasado. Desde ese momento algo se marchitó en el vergel de mi vehemencia. Debe haber sido la zanahoria, claro ¿Qué mas? Quedé contratado.
Y después de quince años, mierda, se muere el maldito viejo, y ahora no sé dónde estoy parado. Pero es sólo un trabajo, dijo siempre Rengifo. En realidad nunca lo has sabido, Romero. Bien. Sólo que hasta entonces no me importó algo así. Y ¿no que la cuestión era ser libre, que tal es el bien más preciado del hombre, y que hay que luchar por ello, hasta morir, si es preciso...? Claro. Una libertad obtenida sin querer ¿cuánto puede valer? Hay cosas a las que sólo la desgracia y el sufrimiento asignan cierto valor. Calla, calla. ¡Qué hombre ni qué hombre! La luna. Brilla. En silencio, brilla. Cuando salí de lo de Clarita no brillaba así. Ni había tanta bullanga aquí. Está bien, Romero. Me callo.
De súbito despejada, la noche se había tornado clara, invadida por una luna refulgente. Que extraño. Yo merodeando sin oficio por mis inútiles ambigüedades y esta luna que parece saberlo todo. Brilla. Sin pedírselo. De repente. Vaya que brilla. Estilo hombre lobo. Se palpó las mejillas. Algo barbudo. Sí. Pero no lo suficiente como para la ocasión. Lástima. Comprendo bien al sujeto ése. Bajo esta luna, bañado por esta luz fría, con ese frescor que llega a la cara ¿quién no muta y sale? Haría mis rondas en cuatro patas. Chasss, chasss… ¿Por qué chasss? Me imagino desplazándome a grandes zancadas. Está bien, Romero ¿Qué más? Mostraría mis colmillos a cada quien en cada esquina. Por eso la sonrisa. No. Lo de la sonrisa es porque me imagino al viejo. Me asomaría a la ventana de Medina. Luego caminaría por la playa, monótono y lento. Como el perro aquel que se la pasa por el malecón. Claro. Como el perro aquel. No lo he vuelto a ver. Ya nos encontraremos, estoy seguro. Ése es como yo: libre, y cuando se es tan libre no se puede ir muy lejos. A uno le pesan los pies. Como si la muerte te estuviera jalando desde abajo. Ya voy. Ése tampoco puede haber ido muy lejos. Ya vamos ¿Escuchas el mar? Siempre. Es bueno pensar mientras se le escucha: te mantiene a salvo de las trampas que nos ponemos a solas ¿Cómo será el mar de noche? Nunca se sabrá. Es, por lo tanto, tenebroso. Sólo se ve su quietud. El plano inamovible y silencioso sobre el que se extiende su impenetrable transparencia. Y, sin embargo, suena. Debe ser también la quietud, lo que así suena, como piedras ¿Y eso? Se preguntó Martín Romero, sentado, mientras miraba hacia atrás, por encima del hombro. Y pudo ver un bulto en el banco del fondo, el más próximo a la entrada de la Iglesia, donde solía sentarse con el Padre Claudio. ¿Y eso? Algo grande. Una maleta. Un saco. Una caja no, porque no es cuadrado. Es amorfo, largamente amorfo. Quien lo haya dejado allí, no volverá. Lo sé. Las cosas abandonadas trasmiten a todos su abandono. Pero ¿quién lo habrá dejado allí? En realidad no pienso en eso, sino en Montenegro. Este asunto me recuerda a Montenegro. El viejo me dejó aquí, en Buenaventura, y no volverá. Aunque erguido, yo debo trasmitir lo mismo. Ya decía yo que era todo un dios, el maldito viejo. Estoy hecho de la informe materia de su abandono. Soy amorfo, como la cosa ésa. Sólo que de pie, todavía. Si me dejara caer de largo a largo sobre este banco, me vería igual que la cosa ésa.
Las sombras de los árboles no dejaban distinguir qué cosa. ¿Se mueve? Creo. Quizás sólo sea el efecto de las mismas sombras. Es posible ¿Y si no? Es extraño. Aquí, a esta hora. El hombre lobo. Cállate, Romero. Comisario de Buenaventura: podrías pensar en algo serio. A ver. Martín Romero se llevó la mano al revólver, lo sustrajo, se levantó y empezó a caminar lentamente en dirección al banco. Si, lo que sea esa cosa, se levanta ¿Qué debería yo hacer? Pegarle un tiro. No. Excesivo, excesivo. Hay que averiguar primero. Está bien, ya lo sé. Pero, por si acaso. Mientras se aproximaba tiró del martillo. Entonces le mostraré mi placa ¿Y si fuera el hombre lobo? Se la mostraré también. Está bien, Romero, está bien. Pero tú como que lo que tienes es miedo ¿A qué le temes, realmente? ¿A la oscuridad? ¿A que la cosa esa te mate? Quizás a que esta oscuridad me mate, o me haya matado ya, o sea mi misma muerte por la que transito ¿desde cuándo?. Conozco este miedo. No es algo que me aturda o desespere. Es mas bien como una especial incomodidad. Siempre pasa cuando vuelvo del “Claro de Luna” y cruzo por esta plaza camino a lo de Rita. Por eso me detengo aquí. Nada hay que calcular. La luna no es para calcular el tiempo. Parece reloj varado. Una idea absurda e informe acerca del tiempo. La luna es sólo para hombres lobo. Cuando el día comienza a clarear, entonces me marcho, casi corriendo. Quizás sea a eso a lo que temo. El continuar ¿Y esa cosa allí? Nunca la había visto.
Lo que fuese aquello, comenzó a erguirse poco a poco. Entonces Martín Romero lo apuntó con el arma y le gritó:
−Alto allí.
La cosa quedó sentada en el banco. Ahora, parado a escasos metros de ella, se veía mucho más menuda de lo que el policía, mientras se aproximaba, se hubiera imaginado. Las sombras de los árboles mecidos por la brisa se entrecruzaban sobre su ambigua corporeidad. Estaba completamente cubierta por una manta o algo similar, y Martín Romero no podía estar seguro si le apuntaba por el frente o por la espalda.
−¡Arriba! −ordenó el policía
Nada. La cosa no se movió. El Policía disparó al aire. Y entonces fue que la cosa se paró y salió corriendo en dirección contraria a la que se había aproximado Martín Romero. Éste corrió tras ella, y logró cortarle el paso cuando ésta, acorralada, se volvió a la puerta de la Iglesia. La cosa se pegó a la madera, y se dejó ir, poco a poco, hasta quedar sentada, con la piernas encogidas. Martín Romero la tenía al alcance de la mano. Estiró el brazo. Sintió algo acolchado. Tomó la cubierta y la corrió. Apareció la cabeza del Moise.
−A la mierda. Tú de nuevo −dijo el Padre Claudio que, al escuchar el disparo que había hecho el policía, se despertó y fue corriendo hasta la ventana, desde donde había visto toda la escena.
−Padre −dijo Martín Romero
−Es mejor que lo llevemos adentro, Comisario. −dijo el cura
−¿Adentro? −preguntó Martín Romero
−Sí, sí. Adentro. −respondió el cura
−Pero puedo llevármelo al comando, como siempre. UD. no tiene por qué molestarse. Mañana... −dijo Martín Romero.
−No, no. Mejor adentro. −insistió el cura, mientras se acercaba al Moise y lo tomaba por el brazo. −Está asustado− agregó, mientras intentaba levantarlo.
−Debe haber sido por el disparo −dijo Martín Romero− Déjeme que le ayude, Padre.
Entre ambos, levantaron al Moise. Pesado como roca, estaba. Y muy tieso. No debiste haber disparado, Romero. Entraron a la casa del cura, lo recostaron en un sillón, y el cura lo tapó con la misma cobija que traía puesta.
−Está tieso, el negro. No debí haber hecho ese disparo. −insistió Martín Romero.
−No podía saber que era él, Comisario. Además, el Moise es así. Parece un palo. Siempre es así. Y la verdad que, en la sombra, así, bajo esa cobija, le mete miedo a cualquiera. −dijo el cura.
−¿Lo vio UD.? −preguntó el policía.
−Vi cuando salió corriendo, desde aquí, en la ventana. −respondió el cura −Se le nota cansado, Comisario. Larga ronda, supongo ¿Quiere café? Ya casi amanece. Lo preparo en un momento.
−No, Padre, no. La verdad, es mejor que me vaya a dormir. Estoy cansado. Muy cansado. Vendré mañana. −dijo Martín Romero, al tiempo que bostezaba.
−Está bien. −respondió el cura.
El Padre Claudio acompañó al policía hasta la puerta. Luego retornó al salón, donde habían dejado al Moise. Los pies mugrientos, anchos y abiertos del negro asomaban por debajo de la cobija. Tenía las manos juntas, bajo la barbilla salpicada por la barba rala. Todo lo demás quedaba oculto. Tu cobija escocesa, curita. Nunca la usaste ¿A quién se le ocurre? A Buenaventura con una cobija así. Este cura sí que está medio loco. Tejido. Cuadros. Flequitos. Se te fueron los ojos cuando la viste colgada en la tienda y la compraste. Luego no supiste qué hacer con ella y te la trajiste a Buenaventura. Y aquí que todos andan medio desnudos. Pobre cura. El paraíso. Eso fue lo que dijiste ¿no? El paraíso.




