Recogida. Mujer que vive retirada en determinada casa, con clausura voluntaria o forzosa. Rita podría ser. Pero esa donde ha transcurrido toda su existencia no es casa de recogidas, sino la “Pensión Rita”. ¡Nada más y nada menos! Así dijo el Indio cuando así la llamó y aún llevaba en la mano la brocha con la que había terminado de pintar el letrero que, de inmediato, procedió a colgar a la entrada. Ya verás cómo aumenta la clientela. Agregó. Rita mirando. Claro que, durante la semana la gente es poca. O, mejor dicho, ninguna. Nadie va a salir de su casa a comer en la casa de al lado ¿verdad? Pero el fin de semana, ya verás. Siguió el Indio hablando, al tiempo que remataba su obra con los últimos martillazos de rigor. Cuando estuvo seguro de que el letrero no se caería, soltó el martillo, que le cayó sobre el pie. Pero no se quejó. Sólo continuó su visión acerca del volumen de la clientela. Sábado de gloria. Domingo de resurrección. El lunes, ¡bueh! De vuelta a las catacumbas hasta el viernes, cuando comience de nuevo el milagro. Rita se quedó parada sin decir palabra. Un tablón fondeado de amarillo con letras en negro bordeadas de rojo y verde. Que pasión por el color, la del Indio. El pobre. Tan buena intención en todo lo que dice y hace. Listo. De los anchos labios del Indio brotó una sonrisa blanca hasta donde alcanzaban los pocos dientes y que todavía está allí, pese a la carcoma del tiempo.
Voluntaria o forzosa. Si se le preguntara a Rita, a estas alturas le daría igual responder cualquier cosa. Allí ha vivido toda su vida. Y si de cuánto le queda se trata, es como si ya lo hubiera vivido también. De tal manera que Rita sí que echó ya, como se dice, el resto. De pronto, le ha sobrado existencia. Sólo hay que esperar a que termine de morir ¿Cuánto falta para eso? Quién lo sabe. Mucho no será. El caso Rita ha sido largo, más de lo esperado y hasta un poco diríamos ¿burocrático? Puede ser. Porque, luego de tantos años, Rita parece que se ha quedado a la deriva, como esos inofensivos ciudadanos en el frío pasillo de la más impenetrable oficina gubernamental. Hay días en que, por momentos, algún detalle rompe la rutinaria ilación de su memoria. Edad, por ejemplo. Rita se queda en blanco, y luego, mientras recuerda cosas, sigue esperando. Si Rita hubiese aprendido a coser o a bordar, tendría ahora con qué entretenerse. Y ésa que va a aprender, si no hace más que brincar como un muchacho. ¿Quién diría eso? Seguramente la tía Trinidad. Es el tipo de cosas que ella diría de Rita. Bien. Quizás Rita se entretenga bordando recuerdos en el intangible tejido de su propia muerte, en proceso, como todas. Una espera así es cosa extraña para quien no haya esperado, como Rita, sin esperar nada. Mana como un sudor del alma hasta que deviene alma que mana como un sudor. Las consecuencias fluidas del error de haber nacido. Debe ser.
¿Achaques? No muchos. Sin embargo, hoy, al amanecer, de nuevo ese dolor frío en los huesos y que desde hace tiempo ya se viene repitiendo. A media mañana va pasando. De él entonces sólo queda una señal. Se lo sabe, pero no se lo siente. Quizá sea una forma de recordarlo hasta el día siguiente. Como sea, curioso frío éste, el de la oculta osamenta en medio de tanto calor aplatanado contra la piel al descubierto. Con todo, al final del mediodía va cediendo su latoso recorrido de adentro, como si cansara también, y entonces Rita ya puede moverse con más agilidad. Esa muchacha parece un ratón. Y esta vieja también, aunque mas lenta. A esa hora del día, Rita termina de preparar el almuerzo, hace las viandas y sale a llevarlas al comando policial. Porque lo que es durante la semana, no hay alma que pene por aquí. De vuelta, Rita pasa la tarde sentada en una silla hacia una esquina del patio. Poco tiempo atrás se dedicaba todavía a regar las matas cuyos materos el Indio ubicaba a veces aquí, a veces allá. Ponla donde tú quieras. Y allá va el Indio, matero en mano, caminado hacia aquí y hacia allá, siempre tan preocupado porque la vieja tenga un patio bonito ¿Por qué no las has regado? Ahora Rita sólo se dedica a ver cómo se van secando. Porque, salvo para la mujeres bellas, marchitarse también tiene su encanto. Ese, donde las hojas del tallo ya pelón han ido cayendo, es buen sitio para mirar. Rita no podría explicarlo, pero ha aprendido a escuchar los golpes de sus cuerpos livianos al caer sobre la tierra cuarteada. Así oficia Rita en la íntima liturgia de sus contemplaciones de tarde en tarde. Al final de esta tarde, le ha cortado el cuello a una gallina y la ha pelado. Trabajo limpio. Sangre, la mínima necesaria. Cacareo, ninguno. Muerte silenciosa. Silencio profesional el de Rita cuando se levanta de la silla, toma el machete y zás. Todo ha quedado listo para la comida de mañana. Ahora va atravesando el patio en diagonal, camino a la ducha. Nadie hablaría de muerte. Otra más.
La mano tendinosa agarró el grifo, lo giró con monótona lentitud aprendida de memoria, mientras los ojillos se clavaban en los ochenta y cinco huequitos salitrosos y, venidos de la boca agujereada de la regadera, los ochenta y cinco hilos de agua corrieron a lo largo del cuerpo corto de Rita abajo. Ahora, Rita de brazos recogidos contra el pecho. Qué pensará mientras corre esa agua fría sobre la superficie pelada de la piel caliente. Tirita. Quizás no piense. Quizás sólo se ocupe en tiritar. Los labios tiemblan. De la afilada barbilla que sigue por sí sola las remarcadas comisuras de la boca, caen gotas de agua que brillan al ser atravesadas por la luz. Siempre ha sido así en Buenaventura. Fuera del baño, un calor como de fin de mundo. Bajo la ducha, el fin del mundo a modo de cuerpo torturado por el agua fría. Luego del baño, Rita sentada al borde de la cama. Rita estirando las piernas para meter los pies en los zapatos de tela suave y floja. Regalo del Indio para que a la vieja no se le maltraten las patas. Patas no. Pies. Pero Rita siempre habló de patas cuando se miraba los pies. Rita calzada. Rita levantada ya. Sus manos tomaron el vestido extendido sobre la cama. Se lo puso y caminó hasta el espejo empotrado en la puerta del escaparate. Es la hora en la que el sol refleja una fuerte y última luminosidad sobre el espejo que no deja ver. Lastimoso chillido de bisagra. Así, abierta hasta allí. Entonces Rita vio la imagen de Rita en el espejo.
De los pies a la cabeza acaso metro y medio, y algo más que, de tan poco, a quién podría importar. La verdad, sobraba espejo. Metro y medio. Medida desde el pie izquierdo si éste estaba apoyado por completo en el suelo. Nunca los dos pies. Porque si el izquierdo estaba de verdad plantado en el piso, al derecho, entonces, le faltaba siempre algo más para plantarlo allí mismo. Esto si quería mantener los hombros al mismo nivel. De manera que si se paraba, como se dice, sobre los dos pies, todo su cuerpo lucía descompensado por una ligera torcedura que lo recorría de largo a largo. No importa, Rita, que lo lindo de cada quien va en el espíritu. Sí, está bien. El espíritu. Si cuando se es coja, hasta el espíritu cojea. Allá va. Pero si casi no se nota. No claro. Sólo al caminar. No era para tanto. Pero cuánto no deseó que aquél algo más que inútilmente la coronaba por cima de la cabeza hubiera servido para compensar el poco menos que la traicionaba por los pies. Qué hacer. La vida es así. Hasta en una de metro y medio puede que sobre lo suficiente para joder al universo entero del corazón. Unos centímetros más o menos, y todo se va a la mierda por una pierna que no terminó de nacer. El cuerpo se bambolea. Disimulo. Igual, aunque uno no quiera, algo le pesa a ese cuerpo, y anda, claro, jalonado por una monótona desgracia de algo más de metro y medio que desde lo profundo del suelo le indica el camino a empujones. Por allí ¡Pum! No suena, pero igual se siente cómo golpea en el orgullo. Ésta como que no crece más ¿Quién dijo eso? Ah, la tía Trinidad. Y ¿cuántos años tiene ya? Cuando se pregunta así, la vida va mal. Porque la pregunta es ¿cuántos años tiene?, y ya. Para qué preguntar ¿cuántos años tiene ya? Como si se le hubiera olvidado algo en el transcurrir. ¿Por qué ese maldito ya encajado allí, al final, como una acusación? Ah, claro. Sucede que algo debía haber sucedido ya y no había sucedido ¿Cuántos años tiene ya? Mala señal.
¿Cuántos años tiene ya? Sólo ambiguas estimaciones. Ninguna fecha precisa. Cuando el fulano tal ganó las elecciones, Josefina contaba más de dos meses de embarazo. A ver. Dos menos nueve son siete, y las elecciones fueron en diciembre del año tal. O, cuando Josefina murió, Rita estaba así. Apenas si caminaba. No. De caminar, caminaba. Bueno, la Rita siempre floja, hasta para caminar. Yo no sé. Como que la amamantaron con postura de pato. Uno la manda y ya puede sentarse a esperar. Tú sabes que en todo eso tiene la mano metida La Pelona. Si no fuese por La Pelona la madre aún estaría viva y Rita no sería coja. Pero ¿cuántos años tiene ya? Rita siempre tuvo la edad que a cada quien le parecía según sus deducciones, cálculos y largos comentarios de pasada. Y mientras duró la ambigüedad, metro y medio. Ya crecerá. Y fueron naciendo otros que crecieron más. Metro y medio. Era fácil de nombrar. Allá va metro y medio. Y se jodieron esos centímetros de algo más que, por lo demás, ya debía haberlos perdido, porque cuando uno envejece no sólo se encorva, sino que se va encogiendo como tela de mala calidad. Como decía la tía Trinidad: mira nada más, una lavada y ya tiene uno que andar con el ombligo afuera. Quizás fue por eso que, durante tantos años, Rita había vivido con el ombligo afuera. Aunque en Buenaventura algo así era normal. Tela de mala calidad. Sólo las viejas se cuidaban de algo así metiéndose en esos vestidos largos adornados con lunares o florcitas de escote hasta arriba y, más arriba, el aparejo de tendones a flor de piel que todavía sostienen el esmirriado cuello. Rita terminó de abotonarse y se dispuso a peinar su cabello.
La insignificancia, que ella siempre sintió como vacío, pero que los demás siempre observaron como poquita cosa, debía ser eso que casi siempre se llama alma o espíritu. No importa, Rita, que lo lindo de cada quien va en el espíritu. La gente habla sin saber. Lo que fuese, llenaba su cuerpo menudo y se derramaba por fuera de él, piel sin color sobre la piel. Quizás eso la hacia lucir mucho más joven de lo que realmente era. Cuánto lo era, no podría decirlo con exactitud. No tenía papel, documento o huella alguna relativo a su nacimiento. Una partida de bautismo, sí. Pero tarde ya, cuando mamá ya había muerto y todos habían perdido la cuenta, hasta la tía Trinidad, que había dejado de gritarle, después de que, primero, dejó de tirarle las de las orejas. Rita se echó una última mirada. El cabello recogido hacia atrás y tras las orejas. Vaya con la vieja. Ya metida en la caja, y parecía seguir mandando. Peinada cabellera plateada sobre los pliegues del tafetán plateado. Nariz filuda tras el cristal. Un poco más y le machucan la punta. Uno se acercaba y era como si lo oliera a uno con aquella punta. Rostro quieto trazado en los magistrales y diminutos pliegues de la sombría vejez. Cómo miraba a todos desde su muerte, la tía Trinidad. Uno a uno, asomados a ver lo que había pasado tras aquel cristal. Ahora ella de cabello recogido hacia atrás y tras las orejas. Cierto parecido había. Menos en la nariz. Si, además de corta y coja, le hubiese tocado llevar esa nariz, a la mierda. Menos mal y hay cosas que no se heredan.
Sin embargo, cuando la tía Trinidad pasó a mejor vida, Rita también. Ésta era su cama, tan oscura y tan alta que, para bajarse, Rita debía estirar lo más posible las piernas para tocar el piso. Ésta era su almohada. Éste su cubrecama hecho como de corazoncitos acolchados. Ésa su lámpara. Aquel su escaparate de dos puertas −la izquierda con espejo− y lleno de vestidos largos que colgaban su vacío de tía muerta, todos exactamente del mismo tamaño. Aquél rincón, a continuación del escaparate, era su altar, lleno de velones y santos. El murmullo que aún podía escucharse en ese rincón, las voces repetidas de lo que era su oración. En efecto, el tiempo de ese rincón silbaba aún los vientos sutiles de su siseo y que sólo el oído de Rita era capaz de percibir. En el día, correr y brincar por la zona del malecón, sin importar la cojera. En las noches, desde su habitación, inmóvil en su catre de insomne, mientras escuchaba las largas letanías y percibía el inquieto resplandor de los velones del altar al centro de la habitación y el piso sobre el que se proyectaba la sombra sentada de la tía Trinidad, Rita juraba que se iría de Buenaventura. Así envejeció Rita.
Así, durante años, la memoria de Rita había transcurrido a punta del juramento repetido según el cual un día se marcharía de Buenaventura y no volvería jamás. Lo de no volver jamás le daba al juramento una contundencia y convicción lo suficientemente engañosas como para no percatarse de que, al final, se trataba mas bien de un diferido anhelo. Porque era sólo eso, un anhelo, una forma tediosa de comprometerse con la nada vivida de las cosas que nunca son, y atisbar desde lo más remoto de sí misma el horizonte dormido en su eterno sueño de ausencia y lejanía. Pobre Rita, se decía a sí misma, sin que sintiera su voz como algo suyo, sino de un ser siempre extraño, venido de un mundo que no estaba del lado del suyo, que le hablaba en un lenguaje cada vez más inteligible. Así envejeció Rita, al ritmo de su íntimo juramento. Sólo por el cansancio y el ácido úrico acumulado en las coyunturas, sin saber qué eran, lo sabía. Su vejez nada tenía que ver con una forma especial de sentir o saber de la vida. Sólo un día a día, una colección de actos y escenas que iban desde ver nacer y morir a la gente de Buenaventura, hasta preparar café. Por cierto, ya había que cambiar esa bolsa, que de tiesa y emborronada, se parecía a la cara de la tía Trinidad hasta en lo marrón con que mancha la borra. Siempre había querido cambiarla, pero no por otra bolsa, como siempre hizo, sino por una de esas máquinas pesadas y con tubería y manijas cromadas, que soplan agudo su vapor mientras el comensal, ansioso, aguarda atrapado en la magia del aroma. Un restauran sin máquina no era tal. Seguía siendo un comedor de casa. Siempre oía decir a los viajeros que nada como el café colado y la comida casera. Pero Rita hubiera querido un restauran de verdad. Con máquina y letrero iluminado. No con esos pescados que el Indio pintaba a lo largo de las paredes de color amarillo, rojo y verde sobre el fondo azul a media altura. Éste, el mar. Hasta aquí. El azul claro de arriba, el cielo ¿Ves? Pescado frito. Cruzado. Tostones de plátano verde. Coco frío. Y al lado de cada título el plato dibujado según el dudoso virtuosismo del Indio. Pobre. Lo hace con la mejor intención. Pero eso no era un restauran, sino una casa grande con paredes pintarrajeadas y llenas de dibujos bobos. Ambiente familiar. Sí, claro que familiar.
Ya de grande ¿Grande? Preguntaba la tía Trinidad cada vez que Rita, en clásico gesto de rebeldía, decía que ya estaba grande. Y entonces sobrevenía un instante de silencio durante el cuál la vieja lanzaba aquella gran mirada de desprecio sobre el metro y medio. Rita, contenida, salía corriendo. Directo al malecón. De no haber sido por el mar, habría seguido corriendo. Pero ¿quién puede con algo tan inmenso? Mar largo. Mar ancho. Mar sin final. Mar de mierda. Para mí el más grande símbolo de la libertad ¿no te parece? ¿Y a éste qué le pasa? Los turistas, vestidos, o más bien semidesnudos con prendas de colores muy diversos, iban y venían riendo y agazapados bajo sus gorras y sus sombreros. El de éste era un sombrero de paja, de ala ancha y muy caído al frente, que ocultaba su cara en la sombra. Sólo se dejaba ver la boca. Se sentó, así, sin más, al lado de Rita, y sin reparar lo más mínimo en lo enfurruñada que estaba. Daba insistentes chupadas al pitillo que brotaba del termo plástico que traía consigo ¿Quieres? Lo que habrá quedado de aquella chupada. Anda, no te de pena. Es sólo agua de coco. Está fría. Sí, fría que estaba. La chupada se le fue a Rita hasta la frente en una prolongada puntada ¿Rica, verdad? Una sonrisa borró con su magia la rabia en la cara de Rita. Quizás el mar le comenzaba a parecer un símbolo de libertad, o lo que fuese, y no ese charco imposible de cruzar por o enorme. El sujeto hablaba en palabras tan raras como ininteligibles, pero que a Rita se le antojaron tan bellas. Salidas de entre sus labios, aquellas palabras eran sueños a la mano. ¡Qué labios! Gruesos, y como si alguien los hubiese dibujado a propósito, sólo para que Rita los viera allí, bajo la sombra de aquel sombrero, húmedos, chupando, diciendo cosas. Qué podía importar lo que pudieran decir unos labios así. La verdad, el sujeto estaba un poco chiflado ¿El sujeto? Rita recordó que jamás supo cómo se llamaba. Mejor así. El mar es la pasión de la inmensidad ¿Qué cosa? La pasión perfecta, si pudiera decirse así. Extraña libertad que lo arrincona a uno en la intimidad de su propio pensamiento y soledad. Poesía, en fin. Poesía aquellos labios chupando. Ven. Vamos a caminar, dijeron aquellos labios desde lo alto, luego de que el sujeto se puso de pie. Rita casi se para también. Dispuesta que estaba a sujetar la mano de aquel extraño parlanchín de hermosos labios. Casi. Antes de pararse echó una mirada al hombre ya arriba. Viéndolo, uno entiende a Descartes: pienso, luego existo. El famoso cogito, tú sabes. Pero ven. Casi. El impulso se le atascó a Rita en el culo. Sí, conozco bien esa desgracia. Y a quién le importar el maldito cojo ése. Rita sentada. Rita vuelta al mar de mierda. Rita muda, hasta que el sujeto, harto de insistir y esperar, se largó de allí y se llevó aquellos labios siempre chupando.
¿El amor de su vida? Podría ser. Pero, que va. habría tenido que pasar sentada toda la vida. Te amo, Mi vida. Mi vida piernas encogidas y cruzadas. Mi vida siempre sentada. ¡Pum! Mi vida en la cama. ¡Pum! Mi vida en la silla. ¡Pum! Mi vida en las piernas. ¡Pum! Mi vida de vuelta al muro enano del malecón, a lo largo de la playa, donde Mi vida se quedó sentada mirando qué. Ah sí. Mar largo. Mar ancho. Mar sin final. Mar de mierda. Porque no importa dónde estuviera Mi vida. De alguna manera, siempre, día tras día, uncida al carro del juramento según el cual un día se marcharía de Buenaventura para no volver nunca jamás, se quedó allá, al borde del malecón, sin que nadie la mirase al pasar y mirada sólo por el mar largo, mar ancho, mar sin final, mar de mierda. Y dale con este mismísimo mar. De tanto ventear su aliento ya debe haber secado la piel de Mi vida de sueño en sueño que ya no sueña. Sus transparentes colores hace rato ya deben haber asimilado tanta mirada echada por Mi vida a los confines de su lejanía. En la mañana sus verdes. Azules por la tarde. Los deja allí, a ver si Mi vida se distrae un rato jugando con ellos. Pero Mi vida no entiende, o no sabe jugar con la luz y los colores que el mismísimo mar le trae de tan lejos durante el día para volvérselos a llevar por la noche. Todos los días lo mismo. Mi vida ya entenderá. Paciencia la que se requiere. Paciencia la de este mar empeñado en hacer reír a Mi vida con las morisquetas geológicas de su inmensidad. Hasta sus pies ha llevado ese arrecife y la música de las piedras de retorno en la resaca. Cuando hay lluvia, le hace trompetillas desde el horizonte brumoso. Tanto movimiento, tanta cosa que aparece y desaparece, y Mi vida absorta, quieta, empeñada en durar, sigue sentada en su muro sin mirar. Mareas las que se han tragado las noches de Mi vida. Amaneceres los que han dado cuenta de sus días. Mar largo. Mar ancho. Mar sin final. Mar de mierda. Sus ojos de sal en sal la convirtieron. Eso le pasa a Mi vida de tanto jugar a la espera con el mar largo, mar ancho, mar sin final, mar de mierda.
No todo es como ese mar inmenso e incomprensible, con el que, al parecer, sólo pueden entenderse los poetas y el cojito aquel ¿cómo se llamaba?. Como se llame. A quién le importa. A Rita no hay cojo que le gane. Por dinero es diferente. Ella lo sabe. Se ofrece lo que se tiene y se toma lo que hay. Mi vida nada tiene que ver en el asunto. Ella allá, historia en la historia del mismísimo mar. Rita aquí, donde no hay historia que contar, sino día a día entre hombres y esperar. Nada de consideraciones. Así es la vida. Salvo las del justo precio, claro está. Así, todo tiene un límite, y no sólo la estatura de Rita o su pierna inconclusa. Todo tiene un límite, hasta el tiempo. Ah, sobre todo el tiempo. Mídase en centímetros, minutos o billetes. Todo tiene un tiempo. Fue durante algún tiempo que, si alguien quería de verdad tirar en Buenaventura, nada como la coja. Muy buena debió haber sido, porque, por dinero, a nadie importó cuánto media, nadie podía esperar a que terminara de crecer. Si hubo hasta quien dijera, con perverso afecto, mi cojita, mi cojita, mientras caminaba detrás, aferrado al cuello de Rita, pegajoso y zumbando como un moscardón. Y hasta hubo quién ni siquiera se fijó ¿Qué todas son iguales? ¡Hum! Ya verás. Nada que ver en aquella oscuridad húmeda. Pero los más en Buenaventura aseguraban que quien llegara hasta allí se había ganado media hora de cielo, y media hora más, si tenía con qué pagar. Las más envidiaban aquello que oían decir, y dejaban correr rumores de temor y desprecio que, salidos de las sigilosas habitaciones del cuchicheo, se iban a la calle en reguero, trepaban por las paredes y se dejaban caer desde los techos. Cosa de brujería, se decía siempre de Rita por allí, como si Buenaventura hablara consigo mismo. Lo que pasa es que te han echado pelo en la bebida. Eso no es bueno ¿Sería el pelo, entonces, lo que enredó a Medina? Medina. Que si no es porque se larga de Buenaventura, mata a más de uno. Pregunta al mismísimo Colmenares, que tuvo que salir corriendo calle abajo con ropa y zapatos en la mano. Maña es maña, sin importar a quién se la hagan. Que si es el sobrino del prefecto. Que si no es más que un pata en el suelo. En el caldo o la bebida, pelo es pelo.
Mirada de Rita al comedor. El hombre no la advierte, pero es una acuciosa mirada que se viene desde el fondo del patio, y se fija en esa silueta que camina pausado a lo largo de la hilera de mesas del comedor. Algo de tarde. Un retazo tardío, mas bien, aún pedía clemencia que la noche no estaba dispuesta a conceder. Ahora, sombra sentada en medio de la sombra. Cara debía tener. Fogonazo. La brasa del cigarrillo indicaba que por allí estaba la boca. Bocanada de humo. Aroma de café. ¡Ah, café! Nada como esta hora de sol vencido invadida por ese aroma. Y ése ¿quién será? A esta hora. Rita se acercó sigilosa.
−Buenos noches −dijo Martín Romero. Rita encendió la luz.
−Ah, el comisario Romero, debe ser −respondió Rita, con voz gutural, al tiempo que detallaba la facha del recién llegado.
−¿Y UD cómo lo sabe? −preguntó el hombre.
−¿Qué es lo que aquí no se sabe? En un pueblo tan pequeño llegar o marcharse es todo un acontecimiento. Desde hace días todo el mundo comenta acerca de la llegada del nuevo jefe de la policía. Además, Colmenares, en el comando, me lo ha confirmado varas veces ¿Quién más podría ser? ¿Café?−preguntó Rita.
−Por supuesto. −respondió Martín Romero, y la mujer se fue a la cocina.
Mientras esperaba por el café, Martín Romero observó las mesas cubiertas con mantel plástico de cuadritos rojos y blancos. Al centro de cada una un florero larguirucho de vidrio con un manojo de flores plásticas cubiertas de polvo. Primero pensó en el jardín de Montenegro. Y luego en Amanda adornando los salones de la mansión con aquellos nutridos ramos de hermosas rosas traídas desde el jardín. Has bajado de categoría, Romero. Como un plomo. Si por el decorado es, has llagado al mismo infierno. Mentira. En verdad no lo sentía así. Así lo habría sentido Amanda. Para Martín Romero sólo era el mismo infierno. De un lado frondosos jardines. En el otro sólo el plástico y el polvo florecen. Veamos el café. Eso sí es importante. Luego del primer sorbo, el hombre sentenció:
−Excelente.
Lo afirmó sin titubeos, por el café y para la mujer, con un leve entusiasmo en los ojos que, por un instante, despejó su somnolencia. Desde hacía muchos años Rita no escuchaba una palabra así, menos aún pronunciada en tono tan especial, sutilmente verdadero, como si el hombre la hubiese pronunciado para sí mismo, en voz alta, mientras, por descuido, la miraba a los ojos con agradecimiento. Había que ser extranjero para sentir tan sincero entusiasmo por algo así. Pero, con todo, debía ser una opinión muy sincera, porque era venida de un hombre cuyo aspecto, cuando le vio sentado allí, no se diferenciaba del de un muerto sentado esperando que pase la caja en donde lo han de meter. Y si alguien conocía de hombres, esa era Rita. El instante la hizo transportar a remotos tiempos, la prehistoria de su biograía, olvidada como toda historia, incomprensible ya en los signos y significados fósiles de su hermosura. Su figura era una sombra opaca en medio de las paredes amarillentas y escarapeladas del comedor. Pero su imaginación era otra cosa, una imagen de sí misma en otro tiempo y otro espacio. Si ella hubiese sido joven, quién sabe en qué hubiese terminado ese entusiasmo por el café. Y Rita se sonreía cuando pensaba así, se sonreía sin querer, con una malicia de mujer que se perdía entre los pliegues resecos que le quedaban de lo que una vez fue, a decir de más de uno, la boca más deliciosa que había besado. Quizás fue por ello que, tras una fugaz florescencia en la mirada de Rita, desapareció por segundos el desierto en las cuencas de sus ojos. Por su parte Martín Romero, que en medio de aquella opaca atmósfera no podía percibir el aire de modesta liberación que sopló por entre los rincones ya intransitables de la juventud de la mujer, dio aquella sonrisa por una expresión diabólica.
−¿Ya se estuvo UD. por lo de Medina? −preguntó Rita.
−Aún no. Recién llego, y estoy un poco cansado. −respondió Martín Romero. luego preguntó −Hay habitaciones aquí ¿no?
−Si, claro. Modestas. Pero habitaciones. −dijo Rita, y señaló hacia el patio interior de la casa. Martín Romero vio las puertas cerradas a lo largo del corredor que bordeaba el patio.
−Se ve fresco −opinó Martín Romero.
−No se confíe. Aquí en Buenaventura, cuando uno menos lo espera, el calor mata. Pero puedo poner un ventilador en la suya, si lo desea. De verdad que se le ve cansado. −dijo Rita
−El viaje fue largo. Pero nada que un baño y unas cuantas horas de sueño no puedan remediar −dijo Martín Romero.
−Las habitaciones no tienen baño. Pero puedo darle la que esté más cerca. Si quiere pasar, está lista −dijo Rita un poco apenada.
−No hay prisa ¿Más café? −preguntó Martín Romero con amable sonrisa.
−Traeré más café −se apresuró a decir Rita con entusiasmo,
Pese al calor y el cansancio, Martín Romero sintió que de súbito lo invadía el sosiego de transcurrir sin necesidad de imponerse un para qué. ¿Para qué va el viento de un lado para otro? Quizás fuese la noche, que traía consigo aquella generosa brisa marina. En cualquier caso, confirmaba Martín Romero, lo que un par de horas atrás: éste es el lugar. Ésta es la brisa frente a la que me debo tender. Éste el café que debo beber. Ésta la vieja coja que debo escuchar. La sabiduría del pueblo, diría Rengifo. Yo no quiero su sabiduría. Más bien su inmisericorde ignorancia de piedra expuesta al sol en medio de un camino que no elegí. Algo así será suficiente para mí. Estas flores plásticas pueden ser el jardín por el que no he de desvivirme para cuidar y esos pescados y tostones de la pared muy bien pueden ser el arte que he de admirar. Ah, si Salvador estuviera aquí ya se le hubiera arrugado el alma viendo ese mural. Cómo me habría gustado verlo en esta silla, apartando lejos de sí este pocillo cochambroso. Cuántas bocas pegadas a su escarapelado borde de peltre. La humanidad entera sorbiendo en el mismo borde, Aquí yo, a poner mi granito de arena. Sorbito. Bien podría ser este pocillo tu pieza de colección ¿No te parece? Martín Romero coleccionista. Hoy se expone en la galería tal el pocillo de Martín Romero. Si Amanda supiera lo que estoy pensando. No tienes remedio, Romero. Sí, eso diría ella. No tengo remedio. No. No lo tengo.
–Más café −dijo Rita, y colocó un termo lleno en la mesa.
Fue un gesto inesperado que Martín Romero celebró con entusiasmo mientras se servía el pocillo completo. Rita sonrió. Debe haber adivinado que el hombre quería seguir allí. Y ésta su manera de expresarlo. Desde entonces, y sin que ninguno de los dos supiera cómo o por qué, tuvo lugar entre ambos una especial intimidad, que, ciertamente, nunca trascendería los límites de la formalidad, pero que siempre hizo espacio a una peculiar, tímida y tosca camaradería, como la que se da entre los sirvientes fieles, cuya vida es la suma de las miserias de la vida. Había días en que Martín Romero pasaba la mañana entera escuchando cuentos y anécdotas banales, en buena medida −para él− escasos de significación, pero que, en boca de Rita, adquirían una suerte de sentido sublime y religioso, como el de los dioses y rituales pasados, a los que ya no se venera, pero se les rinde culto correspondiente a lo pasado. Eran cosas que a veces tenían que ver con la fe y la superchería −que para Martín Romero eran la misma cosa− como en el caso del Moise y el modo cómo éste emergió de entre los muertos para vengarse de toda Buenaventura.
−Tenga cuidado, comisario. Se va a desvelar. −advirtió Rita.
−¿Qué se le hace? Está bueno −respondió Martín Romero luego de un sorbo al pocillo. Al rato agregó, mientras miraba en derredor −Mucha gente no viene por aquí ¿verdad?
−Sólo los fines de semana. Turistas. De resto, es poco lo que hay que hacer. Preparar el almuerzo a la gente del comando. Les llevo las viandas todos los días. No es gran cosa. Pero, en fin. Mejor que nada. −explicó Rita.
−Inclúyame en la lista −dijo Martín Romero
−¿Vianda para UD. también? −preguntó Rita
−Ajá −dijo Martín Romero
−Como UD. diga. −dijo Rita
−Dígame algo… −Martín Romero esperaba que la mujer dijera su nombre.
−Rita. −aclaró la mujer
−Rita. ¿Es UD. de aquí, de Buenaventura? −preguntó Martín Romero.
−Sí −respondió Rita
−Y, al parecer, ha vivido siempre aquí −dijo Martín Romero
−¿Cómo lo sabe? −preguntó Rita.
−Sólo lo imaginé −respondió Martín Romero.
−Toda la vida. −respondió Rita, entonces.
−Entonces debe saber UD. todo cuánto sucede aquí, y conocer bien a Medina, supongo. Dígame algo, Rita ¿Es cierto que una vez iban a matarlo? −preguntó Martín Romero,
−Y UD. ¿cómo sabe eso? −preguntó Rita.
−En realidad no lo sé. Uno escucha cosas, husmea, mete el hocico por aquí y por allá. Es lo que hace un policía ¿no? −dijo Martín Romero.
−Medina. Hace mucho que nadie cree en lo que dice Medina. Eso fue hace muchos años, y yo no sé en realidad lo que pasó. Nadie lo sabe. Sólo lo que Medina dijo. Un día, todavía era un retaco así, Medina se fue de Buenaventura. Se lo llevó un tío medio rico que siempre le decía al viejo Medina: este muchacho, en esta lejanía, se va a perder. Deja que me lo lleve y te lo devuelvo hecho completo. Ya verás. Hasta que lo convenció. Y luego llegó el día en que tenía que volver, pero se quedó. Sólo venía de visita, porque, la política, decía Medina, lo tenía muy ocupado. Pasaba por aquí los fines de semana, y todo el mundo detrás de Medina. Y ya verán cómo van a cambiar las cosas aquí en Buenaventura. Y así como hablaba muy fino y muy técnico, no había diputado tal y el juez tal que no fueran sus amigos del alma, todo el mundo abría la boca como idiota para que le cupiera tanto proyecto y promesa de Medina. Yo creo que se le subieron os humos de más. Le digo, comisario, que a mí nunca me convenció. Jamás he salido de Buenaventura, pero sé muy bien cómo se pierde un hombre cuando se va completo por sus ambiciones de jeta. Eso fue lo que pasó con Medina. Un día volvió, y se quedó, como todos los demás. Pero seguía hablando lo que ya nadie creía. Ahora yo no sé si eso fue también un invento. Pero, lo que sea, hubo muerto. −dijo Rita hablando pausadamente
−¿Muerto? −interrumpió curioso Martín Romero
−Medina siempre ha acusado del asunto al Indio y el Moise. Con el Indio no hizo nada. Pero con el otro…
−¿Qué paso con el Moise? −preguntó Martín Romero
−Ese negro, Comisario, yo que se lo digo, no descansará hasta aniquilar al último de nosotros, sobretodo a Medina. −dijo Rita
−¿Y por qué a él, especialmente? −preguntó Martín Romero.
−Porque fue quien lo mató. −aseguró Rita.
− Y...¿cómo lo sabe UD.? −insistió Martín Romero.
−Aquí todo se sabe. −dijo Rita.
−¿Por qué no está Medina preso, entonces? −preguntó Martín Romero.
−Nadie apostaría un centavo por ese negro, y menos en contra de Medina. Después de todo es el jefe aquí ¿no? Pero el destino, Comisario, siempre hace justicia; ya lo verá. −dijo Rita.
−Pero, y si está muerto…−dijo Martín Romero.
−Muerto, pero sale −se adelantó la vieja.
−Ah. Ya entiendo. −dijo Martín Romero.
−UD. no cree en esas cosas ¿verdad, Comisario? Pero es así. Muchos le han visto por aquí. Dicen que casi siempre está en la casa abandonada… −dijo Rita.
−¿Del malecón, al final de la playa? −preguntó Martín Romero.
−Sí ¿Cómo lo sabe? −preguntó la vieja.
−Vengo de allá. −replicó Martín Romero. La vieja lo miró con extrañeza. Y el hombre agregó
−Sólo paseaba. Llegué al malecón y de súbito me dio por caminar en esa dirección. Iba a ser una gran casa, por lo que se ve.
−La mandó construir el tío de Medina, que jamás estuvo por aquí. Luego, un día cualquiera, se detuvo la construcción. Medina quiso terminarla. Pero desde que el Moise apareció allí, ni el mismo Medina se atrevió a quedarse allí. −dijo la vieja.
Rita calló y observó a Martín Romero que apuntaba mentalmente: Mi primer caso es, o debería ser, el asesinato de un negro que sigue vivo. Nada que ver con la ortodoxia según la cual no hay crimen si no hay cuerpo del delito. Pero, al parecer, aquí todo el mundo es cuerpo del delito del crimen perpetrado por la nada, el tiempo o el mero aburrimiento. El universo entero está bajo sospecha.
−¿Pasa algo, comisario? −preguntó Rita
−No. Sólo tomo nota, UD. sabe. Aquí, en la cabeza. −respondió Martín Romero, mientras indicaba con su dedo índice en la sien.
Para quien, como Rita, estaba habituado a vivir la vida de memoria, era completamente extraño el que alguien tuviera que “apuntar” las cosas. Martín Romero se apresuró a cerrar “el cuaderno”, esconder las imágenes que como un relámpago iluminaban por instantes su propio absurdo en medio del absurdo. Desde entonces, lo que realmente gustaba Martín Romero era esa sensación de abismo en cada una de las evocaciones de Rita. Si fuese posible sentir el infinito universo a través de los huecos finitos de lo cotidiano, debía sentirse así, pues lo mismo sentía, incluso, en los casos en que Rita no hablaba de muertos y venganzas del destino, sino de meras recetas, platos preparados en los tiempos de una pasada bonanza. Así supo Martín Romero del pescado relleno de Rita, aderezado con ajo y pimentón picado que, a decir del gesto de su mano izquierda a modo de cuchillo sobre el dedo índice apoyado en la superficie pelada de la mesa, debía ir en trozos muy menudos. De su pasado, amores y puterío, Rita nunca dijo nada. Era como esas cosas sagradas, que se practican, pero de las que no se habla.
−Por cierto ¿cómo llego a la oficina de Medina? −preguntó Martín Romero.
−Es aquí cerca. Se vuelve a la principal, y sube una cuadra, como si fuese a salir de Buenaventura. −dijo la vieja, mientras recogía el termo y el pocillo de café de la mesa.
−Bien −dijo Martín Romero al tiempo que se levantaba de la mesa.
−¿No va UD. a comer algo, Comisario? −preguntó Rita.
−Por hoy no. Tengo sueño. −respondió Martín Romero, y se terció el maletín.
Entonces la vieja también se se levantó, e hizo señas al hombre para que la siguiera hasta la habitación. Fue entonces que Martín Romero se percató de su cojera, que pudo fijar en el más minucioso detalle, ya que se mantuvo detrás ella a lo largo del recorrido. Ambos caminaron a paso lento por el pasillo que bordeaba el patio, iluminado de tramo en tramo por una bombilla amarillenta que colgaba de la pared a la altura de la puerta de cada habitación. La que estaba al final, donde terminaba el pasillo, era, tal y como volvió a indicar la vieja una vez más, la más cercana al baño. Privilegio de comisario, se decía a sí mismo Martín Romero, tras haberse duchado y volver a la que ahora era su habitación, pelada, desde la que se dejaba ver la inmensidad de la noche a través de una ventana chica. Y así permaneció despierto hasta ya muy entrada la madrugada. La vieja tenía razón, Romero. Se te pasó la mano con el café.




