−¡Está ocupado! −gritó el que, del otro lado, a decir de su voz, debía ser un hombre luego de que Martín Romero tocara a la puerta. A esperar. Martín Romero echó una mirada en torno al patio interior de la “Pensión Rita”, que, acaso por el fuerte sol que lo bañaba a media mañana, le pareció más grande que la tarde anterior, cuando arribó, al atardecer. Cuando salió de la habitación no había nadie por los alrededores. Caminó por el pasillo aún estaba vacío y en sombra. Las diez, calculó, tras advertir la posición del sol. Ya no tardaba en empujar la sombra en el pasillo. Iba a encender un cigarrillo, pero los había dejado en la habitación. Aunque lo pensó, no se animó a devolverse a la habitación. Tomó la toalla que traía bajo el brazo, la miró como si hasta entonces no se hubiese dado cuenta de que la llevaba allí, giró media vuelta a la izquierda hacia el patio, regresó la toalla a dónde estaba y esperó. Giró media vuelta más, y ahora quedó mirando de nuevo el pasillo por donde había venido, y más allá la entrada principal, y por sobre el muro el lomo terroso y polvoriento de un cerro lejano. Por un rato, a intervalos prolongados, estuvo mirando alternativamente la puerta del baño y el lomo del cerro.
Hay ruindades de la vida cotidiana, como hacer gárgaras o sacarse los mocos, acaso mucho más íntimas que el pensamiento, el sexo o las indecibles cosas que sólo borracho se dicen ante el mudo espejo y sin creerlo. Pero el energúmeno de allá adentro no parece pensar lo mismo que tú, Romero ¿Se estará practicando un exorcismo a sí mismo o qué? Paciencia, Romero, paciencia. Que este conjuro de moco y baba ya levanta un enjambre de visiones. Es cuestión de tomar el tiempo al asunto, y dar con el momento más despejado para acometer la vil rutina. Siempre hay un momento despejado. Sí, la muerte es el momento despejado de cualquier vida. Está bien. Eso ya lo sabemos. Pero aquí no se trata de entrar al otro mundo, sino al baño; y de hacerlo antes de que te mees los pantalones. A ver. Mira lo que viene por allá, a lo largo del pasillo que hoy parece más largo. El reverso de la señora tetas nalgas secas. Parece más chica que vista de frente, por el modo en que ha encogido los brazos, inclinado la cabeza y sujeta con la manos el palo con el que mueve el coleto de un lado para otro del piso del pasillo. No vemos los brazos ni las manos; sí apenas el ligero bulto del cabello gris atado en la nuca. Percibimos el pendular del palo a un lado y otro de las rectas y desiguales piernas de palo de la señora tetas nalgas secas. Eso sí lo vemos. El paso lento y descompasado hacia atrás. Se posa el pie izquierdo; el derecho tarda más. Casi no se nota por lo lento, pero allí están esos centímetros de más, o de menos, dependiendo de la pierna que se considere. Eso sí lo percibimos. La ausencia de carne, el silencioso espectáculo de la grandiosa materia venida a menos, el alma, si la tiene, allí pelada, como una segunda piel asida a la piel asidos a los huesos. Quizás por eso parece más chica. Subsumida la sola espalda en un movimiento pausado sin brazos ni manos. Aunque, también, es posible que se haya achicado más desde ayer. Sí, es posible que durante la noche la señora tetas nalgas secas haya vivido un centímetro cúbico más en favor de la nada cósmica y que, según ley universal, ha de ser restado de su volumen corporal. Se acerca. Ha alcanzado poco más de la mitad del pasillo. Sabe que estoy aquí. Me ha de haber visto desde que salió de la cocina. Sin embargo no se ha volteado a mirar hacia acá. Se viene de espaldas, sujeta al palo en incesante movimiento pendular, se diría que armoniosamente descompasada ¿Y qué? ¿Nos quedamos aquí parados a esperar que nos pase por encima? La señora tetas nalgas secas no pasa por encima de las cosas; las atraviesa y sigue de largo, al margen de nuestra vana corporeidad, como si no estuviésemos aquí. Quién sabe, Romero, quién sabe. Puede que ni siquiera estemos. Pero, de todas maneras, por qué no te arrimas un poco hacia allá y le haces paso. Mira que si la vieja se tropieza, se va al suelo con palo y todo, y termina con los huesos rotos. Ya no mires más esa puerta, que el maldito no va a salir. Escúchalo. Ahora canta bajo la ducha.
Mamita, mamita
No hay día en que
Yo no sueñe
Con esa cara bonita
Buenos días, Comisario. Buenos días, señora tetas nalgas secas ¿Amaneció bien, el Comisario? No. El comisario amaneció como la mierda. Bueno, que, como quien dice, nadie amanece. UD. entiende ¿no, señora tetas nalgas secas? Pasa que el día se nos mete a empujones por los ojos. Si éste al que ve aquí parado con esa cara de pocos amigos mientras aguarda su turno al baño fuera el amanecer, aún sería de noche en Buenaventura. Noche cerrada. Se lo aseguro. Me alegro que esté bien. Nosotros también.
−¿Esperando turno, Comisario? −sorprendió Rita, que habló justo cuando Martín Romero miraba hacia la puerta del baño.
−¿Yo? Ah sí. Esperando −respondió Martín Romero, al tiempo que se encogía de hombros y se cambiaba de brazo la toalla.
−Es lo malo de tener un sólo baño. −dijo Rita. Luego agregó −Y si éste sigue cantando…!Bueno. Aquí afuera están esperando, ¿eh?! −gritó Rita al de adentro.
−No hay problema. Déjelo. Puedo esperar un poco más. −dijo Martín Romero.
−Se lo he dicho mil veces. Los clientes primero. Pero él, no. Él se mete en la ducha a cantar. No digo yo. −habló Rita molesta, mientras con la mano señalaba la puerta del baño.
De súbito, mamita, mamita… se esfumó. Adentro se detuvo el ruido que producía al caer el agua de la ducha. Crujió la tranca metálica de la puerta del baño. Al salir, el Indio obsequió unos amables buenos días que en muy poco coincidían con el mal humor de Martín Romero. Por su parte fue como haberlos tirado ahí, en el piso de aquel ánimo que apenas alcanzó para un medio responder del medio policía …ños días. El otro siguió de largo, retaco, vientre redondo, cara redonda, rasgos brutales, cabello largo, lacio, de ese amarillento con que el sol y el salitre manchan luego de mucho tiempo. Ya se había alejado y todavía podía escucharse el plat plat plat…de las enormes chancletas en las que iban metidos… ¿los pies? Bueno. La verdad no los había visto. No importa. Quien viera aquella cara ya podía imaginarse aquellos los pies ¿no? Plat, plat, plat.. el hombre nuevo circunda el círculo de su eterno futuro, dijo para sí Martín Romero mientras cerraba la puerta del baño. Un poco más gordo y más viejo, le pareció hoy, en relación a lo que recordaba de ayer, cuando iba en el autobús. Sólo eso. El camino correcto. Siempre se sigue uno. Lo mejor es hacerlo en chancletas.
Luego de un refrescante baño, cuando Martín Romero volvió a su habitación, se sorprendió a sí mismo inusitadamente animado. Venía pensando en el sujeto retaco, vientre redondo, cara redonda, rasgos brutales. Muy probablemente el Indio. No podría asegurarlo de manera absoluta, salvo porque Clarita lo había señalado como tal. Pero, después de todo, aunque la mujer no hubiese dicho nada al respecto ¿quién otro podría ser? Ah, la sensación de tenerlo allí, a la mano, arrancado de aquel pasado que transcurría como un sueño. El hombre nuevo, veinte años más viejo y más desarrapado, le proporcionaba un sutil pero inequívoco regocijo. Sería por esa sensación de estarse topando con antiguos fantasmas. Desfile de fantasmas. Ahí va el primero, flamante en sus enormes chancletas de caucho. A éste, cuando lo dejé por última vez, estaba borracho y vencido, que yo recuerde. ¡Vaya con el alboroto que armaba en el baño cada mañana el hombre nuevo! Intentó recordar otras escenas más sobre el Indio. Pero se confundía ¿Falla de memoria? Puede ser. Pasa cuando uno quiere recordarlo todo de una vez. Es como los sueños. No se les puede reconstruir con la coherencia que desearíamos. Hay que tener calma, y aguardar con paciencia, camuflado en un matorral del bosque del inconsciente, que se vayan devalando los detalles. El pasado, como los sueños, en algún momento siempre traiciona sus enigmas. Un día pierde todo pudor y muestra sus groseras intimidades. Las nuestras. Entonces intercalamos pasajes lógicos, artificios, que seguramente los tergiversan en su absurdo esencial, pero los colocan a nuestro alcance y de quien nos escucha. Yo, por ejemplo, tengo comprobada experiencia en luchar contra esos dinosaurios que, de pronto, aparecen en la plaza Bolívar. Siempre lo hago al amanecer y en calzoncillos. Y todos aplauden mi heroísmo. Menos Amanda, claro.
Al mismo tiempo, se interponía la imagen de Rita. Y en un impulso habitual sacó el cuaderno del maletín y se puso a escribir. Una nota a modo de informe ¿A quién? A nadie. Sólo una nota, a modo de informe, como las de los diarios, pero con un toque inequívocamente impersonal. Es decir, una nota no para la intimidad, sino, por el contrario, para la externidad. Además de incorrecto, sonaba feo. Sí. Pero, en el caso de Martín Romero, el mundo exterior al yo era una suerte de intimidad execrada, que había de arrastrar pese a todo el esfuerzo por desprenderse de ella. La otra, la intimidad propiamente dicha, era sólo la parte que todavía quedaba dentro y de la que ya daría cuenta también. A su tiempo. Eso es. Eso es lo que quería decir con la nota a modo de informe.
Me hospedé en la Pensión Rita. Así llama la dueña las cuevas esas que bordean el patio interior y cuyos techos de cinc brillan entre los árboles del lado este de la plaza. Durante la semana suele estar vacía. Sólo turistas de mala muerte y gringos aventureros las ocupan los fines de semana. La vieja desgreñada, de encías peladas y lívidas que se cierran en una línea babosa, como una segunda boca detrás de la boca, es Rita. Me acabo de topar con ella al final del pasillo, mientras aguardaba mi turno para entrar al baño. Sus ojos sanguinolentos no parecen, en verdad, de ella, sino de algo demoníaco que se abate dentro y lucha por salir. Algo demoníaco hay también en su nariz pequeña y puntiaguda, en sus orejas grandes, demasiado grandes para ser humanas. Estuvo parada frente a mí, mopa en mano. Veo su vientre abultado, los senos secos. Luego, al seguir, sus espaldas esqueléticas, las nalgas también secas. Lo demoníaco no es sino miseria. Viéndola bien, quien sabe si, en vez de crecerle las orejas, se le haya achicado la cabeza.
A ver cómo quedó. Mierda. Pero si es sólo una vieja. Cualquiera podría decirlo en términos bien sencillos: pobre vieja. Y Ya. Todo lo demás es invento tuyo. Lo hacen los poetas con el mar y con el cielo. Bien. Allá ellos. Pero Martín Romero tiene que hacerlo con la pobre vieja. Pobre vieja. No se necesita un cuaderno para eso, Romero. Senos secos. Nalgas secas. Siempre pasa. ¡Uy, y esas orejas picudas! ¿de veras te dan mucho miedo? La mopa puede ser su tridente. Pero seguro que ya se te ocurrió algo así. Vete a la mierda, Romero. A luchar a la plaza. Todos esperan que los salves del dinosaurio mañanero. Tus calzoncillos están listos. Por lo que a esta nota se refiere, si sigues así, tu informe se puede convertir, en el mejor de los casos y si no esquivas el camino correcto, en un tratado de paleontología. Espera un poco y ya tendrás las medidas exactas que necesitas. Metro y medio. Edad comprendida entre tantos y tantos miles de años. A ver. Sí. Sujeto de sexo femenino. Hay ciertas características óseas especiales para decir eso de un esqueleto. Y que cada quien imagine en donde iban las nalgas y las tetas. Hasta ahora pobre vieja. Ya puedes cerrar el maldito cuaderno. La señora tetas nalgas secas. Bueno, eso de ponerle nombre a las personas es otra cosa. Quizás lo único que has logrado en tu vida. Aunque, en este caso, tendrás que esforzarte más. Pero está bien. tetas nalgas secas está bien, por ahora. Igual ya puedes cerrar el maldito cuaderno ¿si?. Tampoco es necesrio para eso.
Martín Romero echó el cuaderno a un lado. Mera debilidad de su aburrimiento. Se vistió, cuando ya el sol comenzaba a calentar el techo y las paredes. Encajó en la cintura el revólver y la cabeza en la gorra. Se detuvo en lo de Rita para tomar café y fumar un cigarrillo. La señora tetas nalgas secas estuvo diciendo cosas que en realidad no escuchó. Hablaba de una gallina. O quizás lo pensó así por los trozos que manipulaba en sus manos para el aderezo. Pero en realidad sólo supo de un murmullo de mar lejano ahogado en el mar de su propia lejanía y ese ligero eco de silbido expectorante que venía del pecho de la señora tetas nalgas secas. Quién pudiera captar con palabras esos murmullos y esos ecos que traspasan las podridas carnes y sobreviven las podridas palabras esputo de cuanto se intenta decir. Podría llenar el cuaderno con todo lo que dice la señora tetas nalgas secas y jamás lograría ese tono de muerte parlante de la vieja parlando. La señora tetas nalgas secas no es más que una corneta. Un surtidor más de esos murmullos, esos ecos. Anda a ver cómo le haces con tu cuaderno lleno de palabras escritas con tu horrible letra. Es como si para decir del brillo y el movimiento de la sardina, destapáramos la lata. A la mierda con este oficio de llena–cuadernos y destapa–latas. Martín Romero salió de la “Pensión Rita” y se puso camino a la oficina de Medina.
Cuando llegó a la oficina de Medina no había nadie, o al menos eso fue lo que pensó hasta que, de súbito, se percató de que, semioculto, tras la puerta, alguien refunfuñaba en voz baja. Esta mierda está fría. Maldición. Voz entrecortada, ronca. La maldición no coincidía con la entonación de aquella voz, más bien rutinaria. Lo que fuese que estuviese frío, o no lo estaba tanto o simplemente ya se había acostumbrado a ello y sólo por hábito lo maldecía. Martín Romero ahora podía observar la espalda y el trasero medio asomados. El señor culo plano. Acto seguido, su cara. Barba escasa y embarrada de gris sucio, bigotes abigarrados, ojos de párpados caídos y bordeados de la sombra de unas incorregibles ojeras. Cuando el hombre se quitó la gorra para enjugase el sudor mostró la frente amplia hasta convertirse en calva. El señor bola arrugada. También podría ser. Pero le sobraba esa barba y esas ojeras. No te engañes, Romero. Fallaste. Esa barba y esas ojeras son mucho más significativas que esa calva a medias y que no termina de triunfar en el campo de batalla de aquel aspecto. Aquí no hay nada decidido. Éste está desmadrado, pero no lo suficiente como para despachar el asunto tan rápido. Por ahora lo conoces al reverso. De frente sigue siendo un completo desconocido. Quizás haya que inventar dos nombres para éste. Uno para cuando viene. Otro para cuando se va. Un caso de doble personalidad. Ya veremos. El hombre miró con sorpresa a Martín Romero:
−Buenos días. Martín Romero. −dijo Martín Romero.
−¿El Comisario Romero? Si me hubieran avisado a tiempo, hubiera ido a buscarlo yo mismo. Me dijeron que había llegado. Me enteré casi al anochecer, al terminar la guardia de ayer. Me volví al comando, pero me dijeron que por allí no había ido ningún comisario. Me vine a lo de Medina, y tampoco ¿Entonces?, me pregunté. ¿Qué podía hacer? Pensé que era pura habladuría. UD. sabe, la gente habla sin saber. −dijo Colmenares en medio de un infantil nerviosismo.
−Clarita ¿no? −interrumpió Martín Romero.
−¿Clarita? −replicó Colmenares
−Sí. Imagino que fue ella quien le habló de mí. −aclaró Martín Romero
−Ah, sí. Clarita me estuvo contando que en el autobús venían Uds. Hablando…
−Y dijo que yo estaba medio loco, o algo así. −volvió a interrumpir Martín Romero.
−Bueno, no…ella dijo…un tipo raro. Eso fue lo que dijo. La verdad no sé qué quiso decir. −comentó Colmenares apenado.
−Bueno, eso quise decir. Es lo mismo. No tiene importancia. Entiendo que Clarita dijera algo así. Que no parece un policía ¿No dijo eso, o algo por el estilo? −preguntó Martín Romero. Colmenares calló por un momento, al tiempo que buscaba determinar en la mirada del otro el ánimo con que hacía la pregunta. Luego habló.
−La verdad, sí. Eso fue lo que dijo. Pero, Clarita, en realidad ¿qué va a saber? ¿qué puede saber una mujer de policías y demás, eh?
−Quién sabe, Colmenares, quién sabe. Tú eres Colmenares ¿no? −se interrumpió a sí mismo Martín Romero.
−¿Yo? Sí, claro. Colmenares, para servirle, Jefe −dijo el otro, mientras se aproximaba a darle la mano derecha. Luego, mientras mostraba el vaso de café que llevaba en la otra mano y al tiempo que señalaba hacia la cafetera en un rincón de la pared, agregó −Le ofrecería un poco. Pero está como muerto. Se lo advierto. Si no le importa. UD. dirá. −agregó,
−No hay problema, Colmenares. Gracias, de todas formas. Recién acabo de beber café en lo de Rita. Es bueno el café en lo de Rita. Ya lo creo que es bueno. Anoche bebí tanto, que quizás por eso no pude pegar un ojo. Esas cafeteras son la mierda. −comentó Martín Romero señalando a su vez la cafetera.
−Vainas de Medina, Jefe. Yo también lo prefiero colado a mano en bolsita. Pero a Medina siempre le han gustado las cosas modernas. Tiene obsesión por los aparatos. Con decirle, que en su casa tiene hasta dos microondas, sin que haya podido utilizar ninguno de los dos porque, según el médico, esos aparatos son mortales para quienes sufren del corazón. Ésta la compró a un árabe que solía traer todo tipo de coroto fiado aquí a Buenaventura. Hasta que un día el tipo se fue por un voladero. Luego de rescatarlo casi muerto, estuvimos tres días sacando peroles de allá abajo. El tipo no volvió más nunca. Perdimos el único contacto con la civilización, recuerdo que dijo Medina un día que comentábamos el asunto. −narró Colmenares.
−Ésta es la oficina de Medina ¿no?. −dijo Martín Romero, mientras echaba una mirada en derredor.
−Sí. Medina y el Licenciado Valbuena están allí, reunidos en su despacho desde temprano. −Colmenares señaló hacia la puerta cerrada del fondo.
−Esperaremos, entonces. Imagino cuán ocupados deben estar Medina y el secretario ¿Cómo dijiste que se llamaba? −preguntó Martín Romero.
−Valbuena. −respondió Colmenares, y correspondió con una sonrisa leve la ironía de su interlocutor.
−¿Puedo sentarme allí? −preguntó Martín Romero al tiempo que señalaba hacia una silla.
−Por supuesto, Jefe. −se apresuró a decir Colmenares. −¿Ya estuvo por la comisaría?
−Aún no −respondió Martín Romero −Preferí venir primero por acá. Después de todo, Medina es la máxima autoridad ¿o no? −dijo Martín Romero.
−Ah sí, claro. −dijo Colmenares, y sonrió de nuevo igual que antes. Luego añadió −Que mucho trabajo no hay aquí, Jefe. En verdad, que éste es un pueblo tranquilo. Con decirte que jamás lo he usado. −y señaló hacia el revólver que llevaba al cinto.
−Se nota, Colmenares, se nota. Mejor así. Pero dime ¿desde cuándo no limpias esa vaina?. −replicó Martín Romero.
Colmenares se quedó viendo el viejo y opaco treinta y ocho enfundado, mientras intentaba recordar la última vez que lo había sacado de la funda. Le vino el recuerdo del Moise; el negro metido dentro del saco mientras lo ataba, el tiro rasante, la voz trémula del negro que desde adentro susurró ¡comandante, aún no estoy muerto! Luego fue el sonido seco del saco al caer al fondo de la tumba…fue la primera… y la última…
−Por lo que veo, viejo, mucho más de lo que yo creía ¿eh? Hay que tener cuidado con eso. Buenaventura puede ser muy tranquilo. Y mejor así. ¿Pero una vaina es tu arma de reglamento, y otra una pieza de museo? ¿No crees tú? −interrumpió Martín Romero la evocación del subalterno.
−La limpiaré no más vuelva a la comisaría. −aseguró Colmenares.
Martín Romero se sentó en una de las sillas de hierro colocadas a lo largo de la antesala. La luz de las once y media se metía por la ventana y desdibujaba un enorme manchón amarillento sobre el piso de baldosas verdes y marrones. Al frente había un escritorio abarrotado de carpetas y papeles cuyo orden, si lo tenía, sólo el mismísimo secretario Valbuena podría descifrar. Entre policías y burócratas se sostenía ese ambiente hostil de oficina pública del que ya, desde el mismo momento en que puso pie en la oficina, comenzó a sentirse parte. Bienvenido, Romero. Puedo escuchar ese silencio aplanado entre las quietas hojas de las carpetas, en su tono de disimulo y bellaquería. Aunque los escritorios de la policía son, en realidad, distintos. Siempre pelados, vacías sus gavetas, como si nadie los ocupara nuca. Pero, igual, la tardanza voluntaria de su decir.
En el anaquel de hierro situado detrás del escritorio del secretario Valbuena, se había ido acumulando un lote de libros. Polvorientos y arrumbados, mostraban sus bordes sucios de cosa que nadie leyó nunca. Martín Romero se levantó y se aproximó hasta el anaquel, mientras Colmenares lo observaba con adormilada curiosidad. Al rato, volteó para ver al Licenciado Valbuena, que salía silencioso de la oficina de Medina. Lo siguió con la mirada hasta que se detuvo junto a Martín Romero.
−La típica literatura que a nadie interesa. −dijo el secretario. El señor cerdito. Qué otra cosa cabe. Estoy de acuerdo contigo, Romero. Con este no hay problema. Es igualmente redondo por donde se le mire. No importa si va o si viene. Es tu día de suerte, Romero. Si todo en la vida fuese tan fácil de identificar ¿eh?
−Compilaciones de documentos y discursos. Es lo más que hallará allí. −prosiguió el secretario, luego de percatarse de la curiosa mirada de Martín Romero− Salidos una vez de alguno de esos sótanos de archivo público, llenos de personas momificadas y máquinas que en treinta años no han movido una tecla. Ya sabe cómo es. Allí conoció Medina la virtud democrática de haber envejecido mascullando comentarios en contra de los tiempos de la dictadura, al frente de cuatro o cinco subalternos que, mientras compartían obligadamente su sueño de pasado heroísmo, seleccionaban y organizaban papeles viejos. Yo era uno de los cuatro o cinco.
−¡Coño, Valbuena!, el Comisario Romero apenas acaba de llegar y ya te vienes tú con tus majaderías. Deja que al menos el hombre se aclimate ¿no? −dijo Colmenares desde su silla. El secretario volteó y lo miró con indiferencia. Entonces replicó:
−¿Y qué debo hacer? −luego, dirigiéndose de nuevo a Martín Romero− A lo mejor lo que Colmenares sugiere es que yo le hable de las bondades de Buenaventura, de lo bien que nos la pasamos aquí. Cuando esté en la calle, Comisario, y sienta la brisa (eso es lo que sobra en Buenaventura) no piense UD. en el clima, la topografía o la posible tormenta. Es Buenaventura, que avanza. −Martín Romero sonrió, y luego preguntó, mientras volvía la mirada a los viejos anaqueles.
−Tiene UD. bastante tiempo trabajando con Medina ¿no?
−Yo digo que son un matrimonio de toda la vida −insertó Colmenares con sorna. Luego aclaró −Aunque el Licenciado es casado, como Dios manda.
−Era una bóveda larga, profunda, llena de hongos, polvo y gruesos tomos. Medina la abrió y me dijo: aquí hay trabajo para toda la vida, Valbuena (no era yo todavía licenciado), así que, lo mejor es que comience cuanto antes. Hace ya casi cuarenta años. Y aquí sigo. Yo creo que en el continuo y monótono transcurrir de todos los días, los hay especiales respecto al resto. Uno no se da cuenta. Los vive todos como si fuese iguales. Pero no es así. Los hay de valor específico; para bien o para mal, marcan nuestro destino hasta el final. Aquel día, parado yo a la puerta de aquella bóveda, fue uno de esos días. Me lo digo ahora, casi cuarenta años después. Entonces no me dije nada. Era un día más. Necesitaba el trabajo, era lo único que me importaba, y pasé al interior de aquella cueva. −concluyó el secretario.
−Bueno, Valbuena. Tampoco te quejes tanto. Después de todo no te ha ido tan mal. Medina nunca te ha abandonado. Siempre has tenido trabajo. Y si no es así ¿por qué, digo yo, no lo has mandado al carajo de una vez? −dijo Colmenares.
−No, habla más alto, para que el viejo nos escuche ¿eh? −dijo el secretario. Luego, dirigiéndose de nuevo a Martín Romero −Como puede ver, Comisario, para la gente aquí, en Buenaventura, las cosas son simples al extremo. Si te gusta por qué no lo dejas. Si te quejas para qué sigues. Es un síntoma de barbarie ¿no lo cree, Comisario? Quien haya vivido en las grandes ciudades, sabe que las cosas no son tan simples. Uno no sabe si está haciendo algo por obligación o propia voluntad ¿no le ha pasado?
−Por supuesto. −dijo Martín Romero.
−¿Te das cuenta, Colmenares? Es lo que siempre digo. Aquí todos son como animales salvajes. No es por ofender, que para nada es esa mi intención. UD. me entiende, Comisario. −dijo el secretario. Se dio el tiempo necesario para tomar un libro de los anaqueles, y prosiguió. −Medina siempre habló de aquella bóveda como si albergara el más caro de los tesoros. No había allí gran hombre que no hubiese aportado su cuota de sacrificio desde el estrado, el púlpito o la mismísima plaza pública para levantar esta patria del agreste y perezoso catre de la nada. No olvido esas frases, no podría olvidarlas nunca, allí, en medio de la penumbra que se repartí entre el pasillo de la oficina y el interior de la bóveda. Parecía un sacerdote. Hasta se lo dije un día. No sé de dónde me salió, pero se lo dije. Sacerdote menor en el sagrado templo de la burocracia, replicó Medina. Por aquí, agregó, sólo verá viejos ociosos y estudiantes aburridos. Si unos y otros tuvieran otra cosa qué hacer, jamás los veríamos por aquí. Pero, nuestro trabajo, es cuidar de esta bóveda, y eso haremos ¿Le parece, Valbuena? Creo que fue la primera vez que me llamó por mi nombre (ya era yo licenciado), o eso sentí yo, y también sentí sobre mí la terrible amenaza de quedar sin trabajo Sus manos, suaves, temblorosas y manchadas de nicotina no cesaban de manipular gruesos volúmenes que su dedo índice recorría veloz, casi de memoria. ¡Valbuena! Este no es. Tráigame el tomo trescientos veinticinco. Y allá iba Valbuena con el tomo trescientos veinticinco hasta la mesa de Medina. La primera constitución, el primer presupuesto, el primer acto internacional de reconocimiento, la primera celebración. Todo estaba allí, hasta su primer discurso, pronunciado en una sesión clandestina y que terminó en desbandada cuando llegó la policía. No desaprovechaba Medina oportunidad alguna de mostrar aquella versión rouseaumana de dos páginas acerca de la libertad. Estos eran sus héroes. −concluyó el secretario, al tiempo que indicaba una fotografía del libro que había tomado y que acercó a Martín Romero.
−El Rómulo y los demás. −aseveró convencido Colmenares.
−Ja. Éste lo dice como si se tratara de un delincuente al que estamos buscando. −exclamó el secretario.
−Nadie lo está buscando, pero… −dijo Colmenares.
−A ver si te escucha Medina. −advirtió el secretario.
−¿Se molesta Medina? −preguntó Martín Romero.
−Según él, el único político de verdad de este país. Se conoce de memoria todos los discursos y cartas. Yo mismo debía estar pendiente de cuanto papelucho original pudiera aparecer en aquella bóveda. Veinte años hurgando entre hojas mohosas de aquella bóveda de la democracia, como quien desconcha un coco reseco. Y, le digo, hubiera seguido haciéndolo, si un brusco e inesperado cambio de partido en el poder no nos hubiera lanzado fuera de aquella bóveda y puesto a peregrinar de oficina en oficina, con nuestras impecables credenciales de demócratas y que nos otorgaban el privilegio de mendigar un cargo público. En fin, uno aprende que en la democracia, el partido político opuesto podía ser más vil que el más vil de los dictadores. Así dice Medina. Un día volvió a Buenaventura, según mandato de algún alma benévola y anónima que, compadecida del gran demócrata, le facilitó el nombramiento de Jefe Civil. Y yo me vine con él. Qué otra cosa podía hacer. Es lo que le digo. Hay días que marcan el destino de uno, sin uno saberlo sino hasta mucho más tarde. Todos esos libros, incluido el anaquel, se lo trajo Medina. ¿Y para qué?, le pregunté entonces. Nada me respondió. Para que su oficina estuviera adornada, imagino. Pero soy yo el que debo limpiar esta vaina todo el tiempo. −concluyó el secretario, y fue a sentarse a su escritorio.
−Tampoco te quejes mucho de eso. Mira que polvero. −observó Colmenares. El secretario nada respondió.
Martín Romero siguió observando un rato la fotografía, que resumían la historia del siglo XX: generación del 28, casi todos muertos, enterrados como baluartes del régimen, en aquel entonces jóvenes de cabello atusado y mirada encendida de heroísmo decimonónico y antiimperialismo. Luego, demócratas por convicción, funcionarios de corazón, anticomunistas y generación del cincuenta y ocho.
−Hoy, carcamales. −sentenció con desprecio Medina, mientras asomaba su cabeza gris por el lado en que Martín Romero sostenía el libro.
−Todos muertos. O casi −advirtió Martín Romero señalando la fotografía.
−Bueno, sí. Pero tienen sus epígonos. A eso me refiero. Sólo que son como ratas en el albañal de la política. Husmean en los más recónditos escondrijos del poder y andan siempre prestos a acomodar el trasero donde mejor les quepa. −aclaró Medina.
−Es la política ¿no? −sonrió Martín Romero.
−¿Es esa opinión de ciudadano o de policía? −preguntó Medina.
−No lo sé. Nunca lo he pensado. Creo que es lo mismo, en mi caso.
−respondió Martín Romero.
−Bien. Como sea, no debería ser. Sí, es la política. Pero no debería ser. Es la cagada en que se ha convertido el político. Por eso digo que no debería ser. La política, sin el más leve tono de grandeza, Comisario ¿a dónde cree que nos va a conducir? No soy un moralista, ni mucho menos. Pero ya lo verá. Todos lo verán. Mientras esos políticos de hoy se la pasan negociando cargos y prebendas (porque no es otra cosa lo que hacen) va a llegar un día en que se van a quedar sin nada. El día menos pensado un militar alzado, un fascista o hasta los mismísimos comunistas, se los ganan. Que lo diga el zambo ése. Lo sacaron de la cárcel, y mire. Yo que se lo digo. Hoy todos se llenan la boca hablando de Oxford y liberalismo. Pero no son más que mendigos de partido. Malcriados herederos. Pero se van a joder. El zambo los va a joder. Ya verá cómo se van a joder, por puticas. −dijo Medina.
−Quizá exagera un poco UD. −dijo Martín Romero.
−¿Exagero? ¿Piensa UD. que exagero? ¡Ah, omisario. Bien se ve que está UD. al margen de la política! −exclamó Medina
−Que no sé nada sobre ello, quiere decir −interrumpió Martín Romero
−Eso. Perdone UD. −dijo Medina.
−No hay por qué. En realidad es así. No sé nada sobre el asunto. −insistió Martín Romero
−Pero yo sé muy bien lo que le digo. Si digo que el burro es gris es porque tengo los pelos en la mano. Claro que nadie tomará en serio a un viejo. Sólo es cuestión de tiempo para que en este país todo se vaya a la mierda. Luego los veremos lamentándose, a estos políticos. Puticas, sólo eso. En este país ya no hay clase política, como se dice. Sino puticas.
Martín Romero, advirtiendo la cara de paciencia y modorra del Licenciado Valbuena, que continuaba sentado a su escritorio, atrás de Medina, notó que lo que el viejo decía lo hacía ya más por costumbre que por rabia, y sintiéndose al margen más por la lejanía de Buenaventura que por sus principios morales. Y cuando esto hacía, comprobaría muchas veces después, tras un leve encogimiento de hombros, terminaba concluyendo que él también podría, de habérselo propuesto, haber sido presidente. Seguramente era a este tipo de cosas al que se refería Rita cuando hablaba de Medina y su perdición por la boca. Medina encendió un cigarrillo y un olor a tabaco negro se esparció rápidamente por el ambiente. De pronto, el viejo, como si se hallara perdido, se volteó buscando la cara de su secretario.
−¡Valbuena! Ah, ahí está. No sé qué magia se da para estar como si no estuviera. Éste Valbuena. Lo ve, Valbuena −dijo Medina señalando a Martín Romero con los dedos entre los que sostenía el cigarrillo recién encendido− siempre hay alguien que muestra interés por la historia. No todos son tan indolentes como en Buenaventura. Las verdades de la historia sólo enseñan a quienes curiosean entre los escombros por lo que ya nadie se interesa ¿No es así, Comisario? Cómo era que decía…
−Quien no conoce su historia está condenado a repetirla. −dijo Martín Romero que, por si acaso, había abierto su baúl de frases hechas.
−Eso, eso mismo es ¿Quién lo dijo? −preguntó Medina
−No lo sé. Pero tanto se ha repetido. −dijo Martín Romero
−Bueno. No importa quién lo haya dicho. Importa que es así. Aunque nadie se lo tome en serio. −dijo Medina que, sin darse cuenta, se había separado dos o tres pasos de Martín Romero .
Martín Romero se dio vuelta, con el propósito de volver el libro al lugar de dónde lo había tomado el secretario. Se volvió hacia Medina, que ahora estaba de espaldas e indicaba algo al secretario Valbuena. Escuchó el carraspeo de su laringe tupida de moco y nicotina. Medina era un fósil sostenido en pie más por vanidad y ambición de nunca dejar de ser el mandamás de Buenaventura, que por sus huesos y músculos. Medina daba chupadas al cigarrillo. Se volvió hacia Martín Romero. Su rostro de pellejo y amargura quedaba envuelto en el humo tras cada bocanada. Otra chupada. Aquel si que era un rostro escapando de la muerte, pero lleno de su sombra. Si éste no se ha muerto, no será por falta de condición física. Alma debe tener. Porque, lo que es cuerpo…sería más útil en el cielo que en una sala de anatomía. El viejo, luego de que se esfumase la bocanada de humo, se quedó viendo fijamente a Martín Romero:
−Tal cual, me dije al verlo: el Comisario Martín Romero. −y alargó su mano para estrechar la del policía.
Y pensar que era esto lo que había que matar para conquistar el mundo mejor. Está medio loco, el pobre viejo. Mano blanca. Mano larga. Mano fría. Es como acariciar una rana que se consume en medio del sofocante calor ¿El señor rana? Puede ser. Ya veremos. El mismísimo Medina. Reconocería esa debilidad babosa aunque me vendaran los ojos y él fuese vestido con armadura de hierro. La misma de hace años no sé cuántos años, cuando lo correteé tomado del brazo por entre aquel monte nocturno. Entonces creí que era miedo, natural miedo. Pero es baba. Natural baba. Y ese tono de desdén y, al mismo tiempo, de amabilidad que fluye torpemente de su boca: también es baba. Cuanto de él recuerdo o pueda recordar, será baba. Lo que en verdad pretende es demostrar ante el visitante que, pese a su porte amilanado, la poca jerarquía e insignificante autoridad, la oficina pobre y su condición de enfermo y fracasado, es hombre suspicaz, de carácter inconmovible, conocedor de la naturaleza humana y, por lo tanto, capaz de saber en cinco minutos todo lo que tenga que saber de mí. Más baba.
¿Lo habría reconocido en alguna medida? Martín Romero no podía saber cuánto. Acaso Medina lo hubiera reconocido en algo, o su actitud fuese mera farsa. Y antes de distraerse con la duda apeló al sobre que Montenegro le había dado y lo entregó a Medina. Este ni siquiera lo miró. Intuía lo que contenía el sobre y que, con el gesto, el nuevo Comisario no estaba dispuesto a sometérsele. Lo pasó, sin más, al secretario. Para Martín Romero era el mismo hombre que hacía veinte años había dejado escapar una madrugada en medio del monte. Había envejecido prematuramente, por la enfermedad quizás. Pero igual le era fácil recordar aún esa carne temblorosa en medio de la noche. Un pasado insignificante y que creía muerto, aplastado e incapaz de tomar forma de recuerdo, ahora, sin él habérselo propuesto, revivía con tan sólo mirarlo a través de los pliegues de la senectud, escucharlo correr como piedra por rl riachuelo de su ronquera, confundir su fantasmal brillo en la fumarada de tabaco negro. Medina, una vez más al alcance de su mano. Vivir dos veces la misma estupidez, la agigantaba, la tornaba más estúpida y más sublime.
−Ya conoció al Licenciado Valbuena, mi secretario… −un acceso de tos de Medina lo interrumpió bruscamente. Al rato, cuando se hubo calmado, prosiguió.
−Es el cigarrillo. Demasiados años. Puede que me decida a dejarlo ahora. El Licenciado Valbuena siempre me lo dice, y creo que tiene razón. Pero, UD. sabe cómo es esto. Un día de estos…y cuando menos te das cuenta, a la mierda con la decisión. A uno se le olvida. −dijo Medina
−Quizás no sea necesario −dijo Martín Romero, pensando ahora que Medina se moriría antes de sufrir la supresión del vicio al que imputaba la tos.
−¿UD. también fuma, Comisario? −preguntó entonces Medina.
−Algo. −respondió Martín Romero.
−Comenzamos a coincidir. Eso es bueno, Comisario. Como comprobará por UD. mismo, este pueblo no es lo suficientemente grande como para que quepan los desacuerdos. Yo espero que nos entendamos. −y mientras hablaba, tomó al Comisario por el brazo y lo condujo a su oficina. Cerró la puerta con paciencia. Martín Romero observaba sus movimientos lentos y compulsivos. Invitó a Martín Romero a sentarse. El viejo se sentó al escritorio, del otro lado. Martín Romero esperó a que se acomodara. Entonces dijo:
−Yo también.
−¿UD. También qué, Comisario? −preguntó Medina como si recién apareciera en escena.
−UD. decía que esperaba que nos entendiéramos. Yo digo que también espero eso. −aclaró Martín Romero
−Ajá. −se quedó Medina absorto e intentando recordar. Luego continuó. −Disposición, claro. Eso es lo que cuenta. Y, desde luego, que cada quien haga su trabajo, lo justo necesario. Ni más allá ni más acá ¿No le parece? Siempre lo he dicho: las cosas comienzan a andar mal entre los hombres cuando confunden sus tareas. Pero si cada quien se dedica a lo suyo, el resultado es muy diferente. Siempre lo he inculcado a mi gente. El Licenciado Valbuena lo sabe ¿Ya conoció al Licenciado Valbuena?.
−Acaba de presentármelo allá afuera. −dijo Martín Romero.
−Ah sí, claro. ¡Licenciado Valbuena! −Medina pegó un destartalado alarido a su secretario. Esperó.
−Creo que no hay nadie allá afuera. Salían cuando UD. cerró esa puerta −observó Martín Romero
−Sí. No me acostumbro, pero así es el Licenciado Valbuena. Las doce en punto. Su estómago funciona como un reloj. −dijo Medina apenado. Luego, intentando reparar la pena, agregó −¿Ya son las doce?
−Y unos minutos más −respondió Martín Romero
−Sí, las doce −dijo Medina mientras observaba su propio reloj.
−Lindo reloj −observó Martín Romero, tras recordar que era el mismo reloj que Medina llevaba aquella noche.
−Bueno, UD. sabe, Comisario, como son estas cosas. Uno no siempre cuenta con el equipo idóneo. ¡Ah, que no habría hecho yo de haber contado con el equipo apropiado!. Puede que hasta hubiese llegado a Presidente. ¿Por qué no? La verdad, le confieso, nunca he tenido ambiciones en ese sentido, así que no culpo a nadie. Pero hay que reconocer que, en una república donde los presidentes han salido de los más remotos escondrijos del país, ser presidente es ambición de provinciano. Cualquiera puede lograrlo ¿No le parece? Lo que se requiere es un buen equipo. Y yo, la verdad, no lo he tenido. ¡Valbuena! –agregó Medina al final, como si cantara.
Ante el silencio sepulcral del otro lado de la oficina, la cara del viejo mandamás de Buenaventura volvió a ser invadida por la pena. En el cajón de su mente se revolvían como trastos pensamientos, ideas, fantasías y recuerdos con los que pudiera prologar su discurso que, al principio, tenía el sutil propósito de incluir al Comisario en lo que llamó "su gente", pero que luego sólo fue una forma de dar tiempo a ver si aparecía el maldito secretario. La indiferencia de Martín Romero aumentaba la contrariedad de Medina, y lo iba convenciendo cada vez más de que el nuevo Comisario no era más que un cancerbero de Montenegro. Entonces decidió cambiar de actitud:
−Sí. Valbuena se debe haber ido ya. UD. Comisario ¿nunca ha querido ser presidente? −preguntó de pronto Medina.
−¿Yo qué? Jamás. −respondió concluyente Martín Romero.
−Lo dice como si sólo el pensarlo fuese pecado. Se ve que nunca lo ha querido, de verdad. −dijo Medina. Esperó un momento, y continuó −Y a propósito ¿cómo está el Sr. Montenegro? Hace tiempo que no recibo noticias suyas.
−Si con todos los sobres que recibe hace lo que con aquel… −dijo Martín Romero, al tiempo que señalaba hacia fuera de la oficina, indicando con ello que el sobre había quedado sin abrir sobre el escritorio lleno de papeles del secretario. Medina hizo caso omiso de la alusión, y continuó.
−Yo diría que el Sr. Montenegro es...−Medina sentía que se hundía en el fango de su propia adulación, particularmente pesada por lo inútil. La adulación, sabía Medina, es un instrumento fundamental de la política. Al populacho se le adula siempre, y a los hombres en el momento preciso. Este no era el momento preciso, su disposición a la adulación era estúpida, y tal estupidez lo hizo sentirse parte del populacho.
−Un hombre de bien, diría yo −abrevió Martín Romero en tono irónico que Medina, al parecer, omitió.
−Sí. Eso iba yo a decir. Un hombre de bien. En otras oportunidades he hablado largamente con él acerca del gran potencial que tiene Buenaventura como centro turístico. UD. habrá podido comprobarlo por sí mismo. Es algo obvio. Esas playas, esas montañas. En fin. En eso siempre hemos coincidido. Pero claro está, y como UD. bien comprenderá, creo, Comisario, no se puede medir todo según las estadísticas de la economía de mercado. Hay también factores humanos, culturales, geográficos y naturales que tomar en cuenta. Yo no me niego al progreso y, desde luego, creo que Buenaventura debe abrirse al mundo moderno, pero hay que hacerlo con prudencia. No todo en la vida es cuestión de dinero ¿Un cigarrillo?
Medina hablaba de Montenegro como si estuviese en la oficina de al lado esperando por las más profundas y meditadas resoluciones de su prudencia. La idea de un Montenegro paciente, caminando de un lado para otro, con una enorme bolsa dé dinero que pondría en sus manos no más Medina se dignara abrir la puerta de Buenaventura al progreso como si abriera la de su oficina, durante mucho tiempo había alimentado la vanidad del viejo burócrata, ayudado a mantenerlo en pie y soportar la espera. Y aunque no había vuelto a ver a Montenegro, ahora, frente a su emisario, hablaba como si estuvieran en plenos trámites, dando los últimos toques a aquel proyecto de progreso y ya estuviera en camino el camión del que bajarían obreros y máquinas que arrasarían con medio poblacho de mierda para levantar un Buenaventura completo. Desde la ventana de su oficina, Medina señalaba en distintas direcciones, donde, según su dedo y su esperanza, iban apareciendo edificaciones que emergían enhiestas, blancas e impecables del fondo de la tierra pedregosa y colorada. Estas apariciones iban acompañadas de secas estadísticas acerca de costos, tiempo, administración, generación de empleo y demás expresiones numéricas que las revestían con el manto de seriedad y sensatez del cálculo matemático y hacían de toda aquella fantasmagoría aprendida de memoria una proyección científica del futuro de Buenaventura ¿De dónde habrá sacado todo eso? Ha de haber pasado año tras año revisando los mismos cálculos y las mismas propuestas, una y otra vez. Que yo sepa Montenegro apenas ha pensado en algunas posibilidades, como dice. Tan turbias como ambiguas y nada más. Éste, en realidad ¿se creerá todo lo que dice? Porque si es así, de verdad que está de remate, el pobre Medina. Ajá, sí, un gran condominio ¿Dónde? Allí mismo. Hotel y restauran ¿En lo de Rita? El sitio es estratégico, comercialmente hablando ¿Y Rita? Rita entenderá. Esa mano de rana, blanca, temblorosa y burocrática seguía apuntándolo todo con el índice.
Al final el pobre Medina quedó exhausto, y, para rematar, un nuevo ataque de tos, que lo puso tan colorado como aquella tierra inhóspita por cuyo futuro siempre había velado, lo hizo concluir en tono compulsivo:
−Por ahora le pido me excuse UD., Comisario. Pero ceo que por ahora es suficiente pata mí. Debo volver a casa. Estoy demasiado cansado. Colmenares... por cierto, ¿ya conoció a Colmenares?
−Sí. Allá fuera −dijo Martín Romero
−¡Colmenares! −volvió a gritar Medina
−Ya se han ido todos. −dijo Martín Romero. Pero de súbito, se abrió la puerta de la oficina y apareció el rostro de Colmenares.
−¿Y qué hora es? −preguntó Medina
−La una y cuarto −respondió Colmenares.
−La una y cuarto −dijo Medina, como tratando de recordar algo, mientras miraba su propio reloj.
−Lindo reloj −repitió Martín Romero a propósito.
−Bien. Colmenares lo llevará hasta el comando, Comisario. Yo me voy un poco más tarde. Luego hablamos. −dijo Medina, mientras señalaba hacia la puerta para salir.
Los dos policías salieron. Caminaron un poco sin hablar. Colmenares fue el primero en abrir la boca, para decir:
−Que no lo inquiete demasiado, Jefe. Ladra más de lo que muerde. Hoy está especialmente locuaz. Debe ser por UD. Siempre es así cuando habla con algún nuevo visitante. Así fue con el árabe aquél, aunque al tipo no se incomodaba mucho por ello, según aseguraba. Mientras más habla cliente, cliente más compra, decía siempre.
Era obvio que Colmenares quería que el Comisario no lo confundiera con un incondicional de viejo, y que tenía la suficiente sensatez como para tomar distancia de su atropellada habladuría. Sin embargo, Martín Romero preguntó:
−¿A quién te refieres?
−Pues a Medina, por supuesto ¿quién más? −respondió rápidamente Colmenares. Luego agregó −Yo creo que ya le ha pegado demasiado la vejez. A veces lo he sorprendido hablando solo. Pero, como si estuviese alguien delante de él, mueve los brazos y lo señala así.
−Todos hacemos eso, Colmenares −replicó Martín Romero.
−Sí. Pero no dando un discurso, por ejemplo. Lo he visto, justo allí, junto al anaquel de libros. No grita. Lo hace en voz muy baja, pero con los gestos de quien habla a una multitud. No me diga que eso es normal. Nadie ya se toma en serio nada de lo que dice el viejo. Esa es la verdad. Siempre ha sido muy hablador, y bastante embustero, por cierto. Nadie puede hablar tanto sin mentir ¿no le parece? Pero mientras más viejo, más disparatado. Desde que supo que UD. venía, volvió a entrarle al asunto ése del turismo en Buenaventura. Ya todos nos habíamos olvidado de eso. Hacía tiempo que no mencionaba el asunto. Yo no sé qué tiene que ver la policía con el turismo, pero desde que se supo de la venida del nuevo comisario, vuelta con los planes sobre el futuro de Buenaventura. Al pobre Valbuena lo ha tenido a monte. Que tráeme esta carpeta. Que no es esa. La del proyecto nuevo. Que todos son viejos. Han pasado horas encerrados en la oficina. Carpetas van, carpetas vienen. De pronto, uno escucha los gritos del viejo adentro, y al rato el pobre de Valbuena que sale rojo y sudado ¿Tú sabes algo del asunto, Jefe?
Martín Romero advirtió el súbito cambio del UD por el tú, lo que, por lo demás, le pareció muy apropiado, sobre todo porque Colmenares era mucho mayor. Tras una pausa prolongada, dijo:
−He escuchado a Montenegro hablar del asunto. Comentarios vagos. Nada en claro, y, la verdad, no me interesa. Es más ¿sabes qué pienso de algo así? Que, en caso de ser, lo que sea no será más que una lluvia de mierda para este pueblo. Cuando venía para acá, hablaba con Clarita del asunto.
−¿Clarita? −preguntó Colmenares.
−Sabes quién es ¿verdad? −dijo Martín Romero.
−Clarita. Sí, claro, por supuesto. −dijo Colmenares.
−Bueno. Ella se lamenta de que nunca llegue la civilización a Buenaventura. Lo dicen así, como si se tratara de construir casas y edificios, y soltar a la gente que va y viene. Ella se lamenta, como, me imagino, lo hace el secretario ése. Yo digo que habría que dar gracias al cielo por una bendición así. −dijo Martín Romero mientras miraba al cielo, justo en el momento en que ambos se detuvieron a la puerta del comando y se disponían a entrar.
−¿En verdad piensas eso, Jefe? −preguntó Colmenares tras una mueca de asombro.
−Sí. −confirmó Martín Romero.
−Que raro. Que lo piense yo, o uno como yo, se entiende, Pero, para ser citadino, es muy raro. Sin embargo, yo como que estoy de acuerdo contigo, Jefe. −dijo Colmenares.
−En fin. Como dice Medina, comenzamos a coincidir. −dijo Martín Romero, y ambos pasaron a la sede del comando policial.
Era una casa larga. Un pequeñísimo salón completamente vacío a la entrada, salvo por una pequeña mesita y silla de hierro ubicadas en el rincón izquierdo. El salón era seguido de un largo pasillo con tres dependencias laterales y que terminaba en otro salón similar al primero y separado por una reja que daba al patio de fondo, a la derecha del cual había una dependencia más. Viendo por entre los barrotes, Martín Romero preguntó.
−¿Y qué hay allí?
−El calabozo. −respondió Colmenares. Tomó las llaves y crujió la reja cuando el hombre abrió. El Comisario pasó. Colmenares se quedó atrás, junto a la reja. Martín Romero caminó lentamente a lo largo del hueco húmedo de unos ocho metros cuadrados, calculó. Se detuvo frente a la reja, se sujetó a ella y miró dentro durante largo rato las paredes escarapeladas, la estructura de cemento a lo largo de la pared del fondo, a modo de asiento o cama. Al fondo, detrás de la media pared, supuso estaría el excusado. Hacia arriba, por entre los barrotes del estrecho tragaluz, se abría paso la resolana del mediodía en la que, al invadir el húmedo interior de la celda, flotaban partículas de polvo. El techo, notó Martín Romero, también había sido fuertemente enrejado. Martín Romero se volvió hacia Colmenares, y luego ambos retornaron al interior del comando. Crujió de nuevo la reja cuando Colmenares cerró. Mientras caminaba por el pasillo, Martín Romero miraba hacia el interior de las habitaciones, ahora ubicadas al lado izquierdo. Sólo había escritorios y sillas vacías.
−Los de guardia hoy están por volver. No van a perderse el almuerzo, te lo aseguro. −dijo Colmenares entre risas. Y cuando llegaron a la primera habitación, la única con puerta y ventana al exterior, en la que había un sólo escritorio y una única silla, y donde aún logró el Comisario percibir el aroma del detergente de una reciente limpieza cuando la puerta se abrió, se detuvo el subalterno y agregó:
−Tu oficina, Jefe.




