textos, pretextos y otras mentiras...

..

Rodillas. Si Baudelaire estuviera aquí. Ya hubiese escrito lo menos otro tomo de Las Flores del Mal. No sé por qué digo eso. Sólo lo hago por exagerar. Lo sé bien. Siempre lo hago, aquí, allá, así, mudo siseo por entre los huesos de lo que, imagino yo, debe ser mi mente: allá voy, calladito, oculto, disimuladamente oculto en el bosquecillo de esta imaginación necia que nunca, por lo que puedo ver, me dejará en paz. Porque, lo juro, el asunto me viene a la mente sin querer. Mi poderosa mente deductiva: la que se topa, sin saber cómo ni para qué, con sus conclusiones. El policía. Sí, claro, el policía, diría Rengifo si ahora estuviese aquí. Si Baudelaire estuviera aquí, se reiría. El sujeto, el título… alguna vez lo estuve hojeando, no sé hace cuánto tiempo ya. Bastante ya. No fue en lo de Montenegro. De eso sí estoy seguro. Mucho antes. Mierda. Aún estábamos en la universidad, y Salvador me pasó el libro. Ahora lo recuerdo. Siempre tan exquisito, el Salvador. Te lo regalo, dijo. Sé que no te gusta la poesía. Pero ésta te gustará. Fueron las palabras exactas de Salvador. No sé por qué lo recuerdo con tanta precisión. Bien, Romero. Ya no importa. Es sólo eso: un sujeto, un título, las fugaces hojeadas y la ojeada repentina de un recuerdo. Nada más. Pero Romero tiene que exagerar, claro. Entonces se viene con lo de un segundo tomo, y demás. Unas rodillas, y ya. Por cierto, bonito título ¿no? La verdad, eso sí es un título, Romero. Ese sí que sabía nombrar cosas. Pero tú. Que si el señor tequeño. Que si el señor manos de noche ¿Qué más? !Por favor, Romero! Bueno, que éste es todo un poeta, y yo ni que me trague entera la biblioteca del viejo. Eso es cierto.

Hermosas rodillas ¿Qué más puedo decir? No soy poeta ni obsesivo. Que me provoca rozarlas con mis dedos, cosquillearlas así, con las puntas de mis dedos arqueados, sí. No lo niego. Es lo único que me inspiran unas rodillas así. Macizas. En realidad, viendo el asunto con más cuidado, no pueden ser hermosas, porque ni siquiera necesitan serlo. Sólo macizas. Más que suficiente para ser rodilla. Pero, al final, ni que me trague entera la biblioteca de Montenegro hallaría yo en esas rodillas otro motivo que la cosquilla. No es lo mismo leer que escribir, y mucho menos leer por leer. Al final, las palabras. Sacadas de contexto, como se dice, es su silencio inútil el que en verdad dice. Qué extraño poder sin nada ser ¿no? Las palabras. Se las lleva el viento. Sí, por supuesto. Lo malo es que igual se las trae. No hay modo de librarse de ellas. Si hasta las mismísimas cosas, a veces, si uno lo piensa bien, parecen estar allí sólo para que se las nombre y se les aprehenda a punta de nombrarlas. Esas rodillas, por ejemplo. A ver, Romero ¿Qué pasa con las rodillas ésas?

Macizas rodillas. Sí, ya lo sabemos. Allí siguen. También lo sabemos. Rodillas vistas de reojo. Y que te han de dejar tuerto si sigues viéndolas así. Podría verlas directamente, con descaro. Pero ¿y si ésta no está, en verdad, dormida? Si supiera que no está dormida, miraría hacia esas rodillas con descaro. Pero yo debo suponer que está dormida, si es que en realidad no lo está, porque eso es lo que ella quiere que yo suponga, creo. Rodillas: unión del muslo con la pierna. Hecha de partes blandas, duras y hasta porciones líquidas. Hasta allí todo está claro. Ahora, allí asomadas. No, no es tan sencillo como parece. Más bien habría que decir premeditadamente abandonadas al asomo, que no es lo mismo que tan sólo asomarse, pueden sugerir desenfrenado deseo y pasión. Quisieras tú. Observadas en su mera estructura, voluntad y convicción, por aquello de rodilla en tierra, como gusta decir Chávez y sus seguidores. Pero dobladas y apoyadas en el suelo, mientras el cuerpo entero está descansando sobre ellas, pueden mas bien sugerir respeto, veneración, castigo, penitencia o sumisión. Pero, además, la cosa no tiene por qué terminar allí, ¿o acaso no puede el castigo, o la sumisión sugerir deseo; o la rodilla en tierra una forma de oración? Por eso es que siempre le he dicho a Rangel que para escribir habría que vérselas de frente con el monstruo de mil cabezas que Uds. los escritores tan irresponsablemente llaman significación, lo que supone escoger entre posibilidades infinitas de combinación y, por si fuese poco, ser verosímil y coherente. Ah, y por añadidura, agradar y atrapar al lector. No digo yo. Atrapa moscas; eso son. Lo siento, Rangel. Definitivamente no estoy hecho para ello. Sólo Rangel es capaz de empeñarse en algo así. Lo admiro, de veras. Pero para nada lo envidio. Mas bien diría, si hubiese algo que decir en este caso, que él envidia un poco mi consagrada molicie en el asunto. Nunca se lo he dicho, claro. Prefiero callarme, que correr el riesgo de ofenderle. Yo no me lo perdonaría, en verdad, aunque Rangel creo que sí. Tiene un gran corazón. Pero, pese a ello, en el fondo, sospecho que los muy lúcidos no dejan de guardar un sutil pesar por el bien ajeno de la conformidad y la ignorancia. Para mí está bien con ese cuaderno que nunca terminaré de llenar. Amanda creyó haberse desecho de él. Pero lo traigo aquí, guardado, en el bolso. Con todo el desprecio o lástima que pueda yo sentir hacia ese cuaderno, me gusta saber que está allí. Mierda. Casi requiero que esté allí, sin que yo aspire a otra cosa. Amanda siempre decía que si yo aspirara a algo sería aspiradora. Yo me mostraba ofendido para que ella no sintiera que su crítica era inútil. Pero, en realidad, creo que es la percepción más acertada sobre mí mismo. Enchufado a la vida, comienza el motorcito de la voluntad su imparable vibración, mientras el chupón de la conciencia recorre de punta a punta la interminable alfombra polvorienta de la existencia. Cielos, Romero, cuanta poesía, cuán profundo eres capaz de llegar. Bueno, bueno, no quiero exagerar. Me conformo con ese cuaderno, y me conformo con que esté allí. Eso es todo. Pudiera agregar que nombro las cosas para mi propio consumo. No estoy obligado a trasmitir algo más. Allá Rangel, naufragando en el mar de su propio genio. Hay quienes nos disponemos sólo a chapotear en la charca de nuestra propia mediocridad.

Martín Romero intentó callar por un momento esa extraña y curiosa vocería que, suponía, era su mente. Cuando esto hacía, se pasaba la mano derecha por la cabeza, de adelante hacia atrás, como si se alisara el cabello, y se rascaba ligeramente la nuca. Esa sensación de más de una voz hablando al mismo tiempo, incidiendo y opinando sobre lo que era su ánimo, sin que en realidad supiese qué era, se había ido haciendo más intensa en los pocos días transcurridos desde que habló de ello a Salvador. Lo que fuese aquello, ahora, lo inquietaba un poco. Quizás fuese el viaje lo que acrecentaba su inquietud, pensó por un instante, al tiempo que lanzaba una tímida mirada alrededor y reparaba en los monótonos detalles del ronquido del motor en el fatigoso trabajo de tragar aquella cuesta interminable. Luego optó por recostar la cabeza completamente en el respaldo del asiento e intentó fijar su mirada adelante, en la estrecha porción de carretera que se alcanzaba a ver a través de la ventana delantera del autobús, hacia el lado derecho del conductor, quien –notó entonces- maniobraba afanosamente de un lado a otro, contorneando su voluminoso cuerpo, según las acentuadas curvas del sinuoso trazado que se alargaba por entre los cerros y los matorrales a un lado y otro de la vía. A ratos, el conductor tomaba un trapo de entre sus piernas y se enjugaba el rostro. Luego lo soltaba, giraba el volante hacia un lado, luego hacia el otro, volvía a tomar el trapo, a soltarlo, y de veulta a girar el volante a un lado y luego al otro. Sin moverse en su asiento, Martín Romero sentía aquel esfuerzo ajeno como suyo propio; la tensión en el cuello, espalda y brazos, contracción en la frente y fijación de la mirada que no añcanzaba ver pero que estaba allí, del otro lado de la cabeza redonda y trasquilada fija sobre el sinuoso trazado del camino que él, por su parte, en su quietud, también intentaba fijar. Por momentos el sol pretendía irradiarlo todo. Sin embargo, las más de las veces, las sombras movedizas de los árboles se interponían unas sobre otras, trayendo una frescura breve y fugaz. A ratos, Martín Romero captaba la mirada del conductor reflejada en el retrovisor y de la que se desprendía una remota familiaridad que, por confusa, lo incomodaba levemente.

Y ésta qué ¿se habrá dormido, en verdad? ¿o más bien yo, que sigo aquí, sentado a su lado, luego de no sé cuántas horas de camino, sólo imaginé que se había dormido porque ella quiso que lo imaginara así? Mierda, Romero, di lo que tengas que decirle, hazlo y ya. De lo contrario, trata entonces de dejar en un sitio fijo la cabezota llena de vaguedades, a ver si logramos dormir por un rato, porque lo que es este carcamal de hierro y gasolina antes de que llegue nos llaga de culo en la butaca. Quién sabe si la muy disimulada viene escuchando hasta lo que pienso. Es como si hubiera dejado esas rodillas allí, olvidadas al borde del asiento y semi hundidas en el respaldo del asiento delantero. Es como si se hubiese dormido y me mirara con las rodillas, y no cesara ni un instante esa mirada huesuda sobre mi huesuda presencia del otro lado del asiento ¿Las habrá dejado allí para mí, quiero decir, para cualquiera que venga sentado a su lado, lo que, vaya uno a saber por qué, hoy me ha tocado a mí? De pronto y a ratos, ese calor de su brazo sobre el mío me recuerda a Amanda. No sé por qué. Ella no se parece a Amanda, salvo en el calor que emite lo femenino. Será eso. Tengo la idea de que las mujeres son más calientes que lo hombres, pero nunca lo digo porque me repugna esa significación de vanidoso apasionamiento tropical que tiene el término de este lado del planeta. Yo me refiero a la temperatura corporal, sólo eso, y a la relación que, imagino, guarda el asunto con el componente hormonal que recorre el sistema circulatorio. Lo demás no me interesa. Que alguien sea capaz de engullir vivo a otro con las incandescentes mandíbulas de su pasión no me parece para nada edificante. Y, hablando de mandíbulas, mira que ésta las tiene como para temer ¿eh?. Provoca acariciárselas, como para mantenerla en calma, digo. Si yo la amara, siempre la tomaría por esas mandíbulas, no me descuidaría ni un instante.

Mierda. De cocido ya debo traer el culo cosido. No te quejes, Romero. Fuiste tú el que se empeñó en venir en autobús. Que si te traías el vehículo que te ofreció Montenegro, no, porque tendrías que estar pendiente del vehículo. Que si te traía Rengifo, no, porque ibas a tener que soportar a Rengifo.

 

−Falta poco. −indicó Clarita, mientras se enderezaba en el asiento. Martín Romero observó cómo la mujer retiraba las rodillas del respaldo del asiento delantero, sobre cuya superficie de cuero quedó el brillo del sudor. Luego replicó, mientras levantaba levemente la mirada hacia el rostro de la mujer y se percataba de sus ojos algo hinchados, lo que le indicó que, al parecer, si venía en realidad dormida.

−No tengo idea. Ni siquiera sé dónde estoy. Si cuando lleguemos logro despegarme del asiento, me daré por satisfecho.

−Cuando comencemos a bajar faltará poco menos de media hora. −dijo la mujer, y un instante después el autobús comenzó el descenso.

−Debes haber hecho el mismo viaje más de una vez ¿no? −observó Martín Romero.

−¿No viste las columnas rotas allá atrás? −preguntó Clarita.

−¿Las columnas? No. La verdad no. −respondió Martín Romero.

−Bueno. Ése era el mirador. Mientras funcionó, los autobuses se detenían allí. Se puede ver todo Buenaventura allá abajo. Se ve bonito, al menos a lo lejos, desde aquí arriba. Pero hace mucho que no funciona. −dijo la mujer, mientras hurgaba en el interior del bolso, del que sacó una polvera para acicalarse. Martín Romero observaba de reojo las manos gruesas de la mujer. Con la izquierda sostenía el estuche, con la derecha manipulaba la pequeña mota que se pasó varias veces por la cara.

−Hace calor ¿eh? −dijo Martín Romero. Vaya que estoy lúcido para estos comentarios, pensó, mientras seguía viendo de reojo a la mujer, que ahora se untaba pintura de labios.

−Tranquilo. En una o dos semanas no te importará. −respondió la mujer, mientras movía los labios entre sí para fijar la pintura. Luego agregó −Buenaventura es caliente, pero es fácil aclimatarse. Digo, si se dura lo suficiente ¿no? Tú ¿en que plan vienes?

−Buenaventura −bisbisó Martín Romero.

−¿Cómo? –preguntó Clarita, que con un peine acomodaba su cabello hacia atrás con el propósito de juntarlo en una cola. Martín Romero volteó para ver directamente a la mujer; observó sus axilas recién afeitadas y el movimiento de los senos bajo la franela ceñida, mientras la mujer, ligeramente inclinada hacia delante, levantaba los brazos para atarse el cabello.

−Nada... Buenaventura…sólo pensaba en voz alta. −dijo Martín Romero.

−¿Has venido antes aquí? −preguntó Clarita.

−No. −dijo Martín Romero. Acto seguido agregó −¿Y cómo sabes que voy a quedarme tanto tiempo?

−No lo sé. Tú lo estás diciendo ahora. Y ¿qué? ¿de vacaciones o qué? Porque hoy es martes. Es raro ver a un turista por aquí de lunes a viernes. −comentó la mujer.

−Policía −dijo Martín Romero.

−¿Cómo? −preguntó Clarita. Martín Romero advirtió que la extrañeza de la mujer era, al parecer, auténtica, por lo que dedujo que debía parecer, en verdad, policía.

−Policía. −repitió Martín Romero. Y fijo la mirada directamente en el rostro de la mujer, con el propósito de detectar cualquier indicio que le hiciera suponer que ésta dudaba de lo que decía. Frente al silencio de la mujer, Martín Romero repitió por tercera vez.

−Policía ¿qué nunca has visto uno o qué? −Clarita se mantuvo unos instantes más en silencio, hasta que, por fin, dijo, como si hablara consigo misma:

−Entonces era verdad lo que dijo Colmenares el otro día.

−¿Quién es Colmenares? −preguntó Martín Romero.

−El encargado, por ahora, del comando. −respondió Clarita.

−Ya ¿Y qué dijo Colmenares? −preguntó Martín Romero.

−Que mandarían un nuevo comisario a Buenaventura. −dijo la mujer.

−Está bien. Eso dijo Colmenares. −replicó Martín Romero.

−¿Así que tú eres el comisario…? ¿Cómo fue que dijo Colmenares? No recuerdo bien…algo así como… ¿Tortolero? ¿Rebolledo? −preguntaba Clarita a ver si acertaba.

−Romero. Martín Romero. −interrumpió Martín Romero.

−¡Eso! Claro. Romero. −dijo Clarita, al tiempo que señalaba con el dedo a Martín Romero. Luego, mientras bajaba el dedo y se fijaba con detalle sobre el hombre, agregó; −Yo te hacía más alto y más gordo. Colmenares dijo que nunca te había visto, pero yo te imaginé más alto y más gordo.

−Bueno, quién sabe. Quizás sólo hayan enviado poco más o menos la mitad del Comisario a Buenaventura. Puede que más atrás venga la otra mitad. −dijo Martín Romero.

−No lo dije para que te molestaras. Sólo te imaginé más alto y más gordo −dijo la mujer.

−¿Como Colmenares? –−preguntó Martín Romero.

−Pues sí. Más o menos. Como Colmenares podría ser. −dijo la mujer.

−¿Y cómo es Colmenares? −preguntó Martín Romero.

−Pues más gordo y más alto. −respondió Clarita en tono cansino.

−¿Cuánto más? −preguntó Martín Romero. Acto seguido, la mujer se volteó en el asiento hacia Martín Romero, para verlo de frente. Martín Romero esperó a que la mujer recorriera su vista por todo el cuerpo, como quien observa un cadáver, pensó Martín Romero, a ver si la posible causa de muerte salta a simple vista. Luego dijo, en tono frío, muy frío, pensó Martín Romero:

 

−El doble.

 

Martín Romero se reacomodó en el asiento. Por un momento se había olvidado del calor, pero la espalda empapada de sudor volvió a recordárselo. Se tocó la caja de cigarrillos que llevaba en el bolsillo de la camisa.

 

−¿Me das uno? −dijo Clarita.

−¿Un cigarrillo? −preguntó Martín Romero.

−Sí. −replicó Clarita.

 

Martín Romero tomó la caja de su bolsillo, y obsequió a la mujer. Tomó otro para sí. Luego estuvo buscando el yesquero en todos sus bolsillos, y en el bolso, hasta que por fin lo halló donde menos lo esperaba. Encendió el cigarrillo que la mujer se había llevado a la boca, y el suyo.

 

−Debes pensar que soy un poco estúpido. −dijo Martín Romero mientras soltaba la primera bocanada de humo.

−No. Un poco distraído sí. −dijo la mujer.

−No. Sí lo soy, de veras, aparte de distraído, quiero decir −replicó Martín Romero. Esperó un instante, mientras observaba la mirada de extrañeza de la mujer, y entonces continuó −Si uno dice que es brillante, Uds. las mujeres puede que le crean. Pero si uno dice de una vez que es un estúpido, desconfían ¿verdad? Luego, con el pasar del tiempo, se dan cuenta de que, en verdad, el tipo es un estúpido, y se entregan por entero a su exquisita decepción por haber pensado que se trataba de un tipo brillante. Y ahora estarás pensando, bueno ¿y a éste qué le pasa? La verdad no parece policía. No me equivoco ¿verdad? En fin, no espero que me respondas. Sólo pienso en voz alta. −concluyó Martín Romero.

−Además es pelón. −dijo de pronto Clarita.

−¿Pelón? −preguntó Martín Romero.

−Colmenares, digo. Ya se ha quedado calvo. Apenas le quedan unas pelusas así, enrolladas por encima de las orejas, y unos blancuzcos bigotes gruesos y despeluzados que casi le tapan la boca entera. Yo le digo que para qué tanto pelo en la boca; que debería transplantárselo a la cabeza. El siempre se ríe. Se pone más rojo de lo que es. Buena gente, el viejo Colmenares. Siempre compartimos, y ahora ¿qué? Hasta vamos a tener el mismo jefe. −dijo Clarita, al tiempo que estiraba su mano y propinaba un apretón al muslo de Martín Romero..

−No entiendo. −dijo Martín Romero, mientras reía.

−Colmenares es el dueño del “Claro de Luna” ¿No lo sabías? Claro. Cómo ibas a saberlo ¿eh? Pero, te digo, ése iba a ser el bar más lujoso de Buenaventura. Pero, en fin, es lo mejor de Buenaventura. Yo me hago cargo de todo cuando Colmenares no está. Dice que en poco tiempo, cuando lo jubilen, le meterá más dinero al sitio, haremos las remodelaciones y todo irá mejor. Yo sé que eso nunca será. Pero, en fin. Tú eres el jefe de Colmenares, y Colmenares es mi jefe, así que también eres mi jefe ¿o no? −y la mujer volvió a repetir el apretón en la pierna del hombre. Luego agregó −Es muy cómico cuando uno lo ve de espaldas.

−¿Quién? −preguntó Martín Romero, que ahora veía la mano que lo había apretado un instante antes.

−Colmenares, digo. Con esa pelusa blanca por encima de las orejas y el cuello. −dijo la mujer. De pronto, mientras se erguía para alcanzar ver al chofer por sobre la hilera de asientos, la mujer gritó −Bueno, Indio ¿qué pasa contigo? ¿es para hoy o qué? −Martín Romero alcanzó ver la mirada de impaciencia del chofer reflejada en el retrovisor, y entendió por qué le parecía familiar.

−¿Cómo lo llamaste? −preguntó Martín Romero a la mujer.

−¿A quién? ¿a éste? −preguntó Clarita.

−Sí, al chofer, digo ¿cómo lo llamaste? −insistió Martín Romero.

−¿El Indio? Es el Indio. Así lo llaman todos en Buenaventura desde que nació. En verdad no es él el chofer del cacharro éste. Lo que pasa es que cuando el hombre se enferma, el dueño, digo, éste le hace quite con el viaje. Todo el mundo se queja porque y que es muy lento. Yo no sé. A mí me parece que anda igual que todos. Pero, en fin…de pronto hay que quejarse ¿no crees tú? Uno siempre se queja. Si no se lo digo yo se lo dice otro cualquiera. Al final ¿qué mas da? Y Tú ¿por qué preguntas?

−Por nada, por nada. Sólo me pareció curioso que lo llamaras así. −dijo Martín Romero.

−Ja!. Si por eso es, aquí todos tienen un apodo. Si te hago la lista, dirías que allá abajo lo que hay es un zoológico. En verdad El Indio es uno de los pocos que no tiene sobrenombre de animal. Pero, igual, los indios son como animales ¿o no? −dijo Clarita, y se puso a mirar hacia fuera por la ventana.

−¿Y por qué dices eso? −preguntó Martín Romero.

−¿Por qué digo qué? −preguntó Clarita.

−Lo de que los indios son como animales −dijo Martín Romero.

−Bueno, no serán animales, pero son salvajes. Eso es lo que quise decir. La civilización va por un lado. Ellos van por otro. Allá abajo lo que hay son indios y animales. La civilización quedó atrás, yo que te lo digo. Si yo te contara todos los planes tejidos en torno al “Claro de Luna”. Pero que va. La civilización no tiene cabida allí. Por qué no se dejan de tanta pendejada, viejitos de mierda ¿eh?, les decía yo siempre. A Colmenares no le gustaba, pero al final me dio la razón y hasta una pequeña parte en el negocio. Al final soy yo la que se encarga de todo, porque lo que es Colmenares, si se queda solo, tiene que cerrar esa vaina. No me quejo. Es mejor que nada allá abajo, en esa vaina. Pero, en fin, como digo, uno se aclimata. −terminó concluyendo Clarita.

−Dos o tres semanas ¿no? −preguntó Martín Romero.

−Sí. En poco tiempo. No es tan malo, después de todo. Yo que te lo digo, es un lugar muy bonito. −replicó la mujer.

−Y tú qué ¿perteneces a la civilización o a allá abajo? −preguntó Martín Romero.

−Las dos cosas, creo. Sólo que en la civilización cabe cada vez menos gente. Aquí no. Allá abajo sobra espacio. Que si sobra. −respondió Clarita mientras sonreía.

 

Aparecieron las primeras casas a lado y lado. El autobús se deslizaba lentamente a lo largo de una calle empinada. Clarita se levantó del asiento a la primera parada:

 

−¡Te quedas aquí? −preguntó Martín Romero.

−Por ese camino, al final. El “Claro de Luna”. No encontrarás nada mejor en Buenaventura. −dijo la mujer, mientras señalaba una vereda que se abría al costado izquierdo de la calle. Martín Romero también se levantó y tomó su maletín.

−Pero tú puedes baarte más adelante. Dos cuadras. Antes de llegar a la plaza. El cacharro éste llega hasta allí. Si quieres le digo al Indio que te avise, y ya. Estarás más cerca del comando. −dijo Clarita.

−Eso no importa. Prefiero bajar aquí mismo. Caminaré. No es mucho, después de todo. −insistió Martín Romero.

 

Martín Romero alcanzó advertir el modo en que el chofer del autobús miraba a los dos que se apeaban. Y desde la acera, lo miró con mayor detenimiento, pero no logró recordarlo. La leve familiaridad inicial de la víspera se esfumó. Si se trataba del Indio, como había dicho Clarita, no alcanzaba reconocerlo. El autobús reinició la marcha, y Martín Romero se sintió algo decepcionado. Miró a su alrededor, y luego a lo largo de la calle, desolada a esa hora. El hombre y la mujer cruzaron la calle.

 

−Yo me voy por allí −dijo Clarita al tiempo que señalaba la estrecha vereda.

−Antes de que te vayas −dijo Martín Romero− Hay por aquí una casa…cómo decirlo ¿lujosa? Entiendo que está abandonada, en ruinas, pero, ya sabes, una de esas casas construida con mucha soberbia, como quien dice ¿Sabes dónde está? No debe haber muchas por aquí.

−Sí, claro. Queda casi fuera del pueblo. Desde el malecón, caminado a lo largo de la playa, llegas directo. Pero esa vaina está arruinada por completo, entiendo ¿Qué vas a hacer allí?

−No, sólo preguntaba. −dijo esquivo Martín Romero.

−Mira −agregó la mujer, mientras señalaba calle abajo− Un par de cuadras, consigues la plaza, tomas a la izquierda, pasas la Iglesia y estás en tu Comando. Si tomas a la derecha, en lugar de a la izquierda, te consigues con la pensión de Rita. Digo. No sé donde vas a dormir. Si continúas derecho, estarás en el malecón. Caminado hacia la izquierda, llegas a las ruinas esas. Y si quieres algo de aquello, aguardiente y compañía, ya sabes, te vienes al “Claro de Luna”, por aquí. −terminó, mientras se volteaba y señalaba hacia la vereda, por la que comenzó a caminar.

 

Martín Romero aguardó que la mujer se perdiera a lo largo de la vereda. La mujer. El cuerpo de la mujer. El cuerpo desmontable en piezas. Las piezas. Hasta que nada quedó tras la curva. De súbito le pareció extrañar aquella presencia, el olor del cosmético al rozar su mejilla en el beso de despedida, la manera de siempre sonreír, la mano en la frente para tapar su cara del sol mientras decía: y si quieres algo de ambiente, aguardiente y compañía. Superficial y muy ligera melancolía que no caló, apenas si cruzó de largo a largo el rostro del hombre. Aunque, la verdad, yo más bien diría la monomanía de Romero de alejar las cosas, como los viejos el papel que intentan leer, y detallarlas con la morbosa curiosidad con que nos hacemos de los recuerdos. Tú y yo lo sabemos, Romero. Y ahora ¿por qué no nos movemos, a ver si logramos quitarnos este sol de encima por un momento, eh? Dos cuadras. A la izquierda el Comando. A la derecha ¿la pensión qué? Algo de agua y un café. Vamos, Romero, mueve esos pies. Antes, el hombre sacó del bolso una gorra negra y se la encasquetó.

Tras una cuadra de camino, Martín Romero alcanzó ver la plazoleta y las lanchas atadas al muelle del malecón. Más al fondo, el mar entre los dos promontorios que flanqueaban a lado y lado la quieta ensenada de Buenaventura. Sin pensar en otra cosa, continuó caminado en línea recta. Verde. Pero no sólo verde. Allí también cuenta un gris que no termina dejar de ser al verde lo verde que podría ser. Y, entonces, qué decir ¿El gris resta al verde o lo enriquece? ¿O será el verde el que aplasta al gris a punto de vencerlo hasta desaparecer camino de la noche, cuando ya no habrá ni gris ni verde? Porque el gris lunar de la noche no es este mismo gris plomizo dela tarde. Es un negro resquebrajado por el blanco lunar. Como una herida en la negrura que mana sangre luminosa. Claro, si hay luna. Eso lo sabemos bien. Lo sabrás tú, Romero. Porque yo, aunque reconozco que suena bien, no lo sé. Y esto qué es, por cierto ¿el paisaje como un crimen o algo así? Quizás, el primer crimen que debe investigar el comisario Romero. También suena bien. Por favor, Romero ¿Qué no tienes hambre, o sed o deseos de dormir? Mira, atrás, a la derecha ¿recuerdas? Pensión no sé qué; un nombre de mujer. Un almuerzo tardío o una cena prematura, lo que sea a esta hora, y una cama nos vendría bien. Lejanía. Se diría que Buenaventura es la antesala. Y eso sí que lo recuerdo bien. Veinte años atrás, lo sentí exactamente igual. No me lo dije así, como ahora. No me dije nada. Sólo sentí lo que ahora, al decírmelo, recuerdo a plenitud. Pero aquello que por entonces no me dije, lo callé en el mismo tono burocrático con que ahora se instala en mi ánimo la palabra antesala. El silencio también tiene tono, que podemos tardar años en percibir. El siguiente ¿Yo? Sí, UD. Nadie más hay aquí ¿O UD. ve a alguien más aquí? No. Nadie. Bien ¿Cuál es el caso? Caso Martín Romero: otro que tramita su pasaporte a la mierda ¿El policía? ¿El mismísimo comisario? Sí, señor. Bien. Veamos ¿Al cielo o al infierno? No, no, nada de mitología. A la mismísima mierda, el lugar de donde vengo, como no haber nacido nunca, digamos ¿Me entiende, ahora? Ah, eso. Está bien. Espere un momento, por favor, dice la mecánica voz que, como bien se sabe, no ha entendido nunca. Espera en la antesala. Se espera en la antesala. Se puede esperar toda la vida en la antesala. Mientras más se espera, la lejanía es más lejana. Y a este mar de Buenaventura que, como cualquier mar, ya alguien describió de color verde moco, le ha sido asignado su significado.

El muchacho, semidesnudo, con un pantalón descuartizado a la altura de las rodillas, descalzo y patón, venía pateando sobre el piso de cemento caliente cubierto de fina capa de arena que el viento traía desde los bordes pelados de la playa. El sol de las tres y media aún arrancaba una luminosidad reseca de la cabeza del muchacho, y bajo los talones costrosos, a paso duro y constante, saltaban montoncitos de arena que, dispersos, volvían a caer. Cuando vio la silueta del hombre a lo lejos, se detuvo ¿Quién sería aquél, aparecido de repente, allá, que miraba en derredor y dejaba caer al vacío sus ya a esta hora muertas impresiones y gestos cansinos? El muchacho frunció el entrecejo y se llevó la mano en forma de visera a la frente para ver mejor. Cansado estaba. Esperó. El hombre quería fumar, pero la brisa no le dejaba encender el cigarrillo. Entonces el hombre se encorvaba, como si fuese a meter la cabeza hacia el ombligo. Luego chupaba. Pero nada. Que bobo. El muchacho se fue poco a poco hacia una esquina, hasta que se sentó sobre uno de los antiguos cañones oxidados y carcomidos que apuntaban hacia el mar.

¿De dónde los habrán traído? ¿De quién habrá sido la idea de ponerlos ahí, a lo largo del paseo, a cuidar qué cosa? No es la primera vez que pasa. Cañones destruidos por el tiempo adornando la costa con sus bocas sucias e inútiles mirando hacia el océano. Decorado histórico para una historia destruida. El extraño se sentó a un lado del cañón que observaba, uno de los tantos colocados a tramos de cinco metros para adornar el enano muro de piedra que se extendía a lo largo de la playa. El hombre recorrió con la mirada el muro que, desde el embarcadero, describía una trayectoria sinuosa hasta la plazoleta, en la que estaba el muchacho, y que se cerraba en ángulo recto. En medio de la plazoleta se erguía un carrasposo pedestal que sostenía un busto. Por allí se vino el hombre, mientras una voz, la suya misma, supuso, pero que le pareció tan extraña, acaso por el modo en que se mezclaba con el sonido del mar, decía: me gusta éste sitio. Ojalá y fuese cierta esa apariencia de último rincón del mundo que tiene y que como manto de olvido cae sobre cada uno, seres y cosas, que adornan su quietud. Taciturno conformismo; la sombra que oscureció sus ojos.

Desde la esquina de la plazoleta en la que permanecía sentado, el muchacho observaba acucioso al hombre extraño desde que se vino del otro lado. Tipos así había visto, y muchos, los fines de semana. Pero no un lunes. Tenía un caminar curioso, como si arrastrara los pies. Pies de plomo. Lo fue detallando por partes. Los zapatos de cuero marrón, de esos de suela blanda y que apenas tienen dos ojetes por las que pasan unas trenzas largas. El clásico blue jeans. Un maletín grande terciado al hombro izquierdo. Una chaqueta también marrón, ligera, que colgaba de los dedos en el hombro izquierdo. La franela se transparentaba por la amplia mancha de sudor en la espalda. Todo aquello lo contemplaba casi con fruición. Pero lo que más le gustó de todo fue la gorra militar de larga e inclinada visera que tapaba casi por completo la frente y cubría con una sombra oscura el resto de la cara ¿Qué tan alto sería? Se preguntaba el muchacho a fin de calcular cuánto habría de brincar para arrancársela. Le dejaría todo lo demás. Sólo quería esa gorra, se planteaba, como transacción justa y con la esperanza de que, de pronto, el hombre se sentara. Porque lo que era de pie, nada. El hombre no era tan alto. Pero él si era aún demasiado chico.

Más allá del límite de la plazoleta, hasta donde el muro del paseo terminaba, la playa continuaba su curso natural, por donde había venido el muchacho desde hacía rato. El extraño miró en ese sentido. Y el muchacho volteó para ver hacia dónde miraba el extraño. Cuando volvió la mirada, notó que el extraño ya no miraba y se había detenido un momento frente al busto. En la inscripción apenas se leía Dr. y otras letras sueltas más. Lo demás había ido desapareciendo, o apenas se distinguía a trazo borroso, como la cicatriz de una herida de la que la piedra se había curado.

El muchacho se impacientó. Quizás el extraño ni siquiera se había dado cuenta de que él lo observaba. Seguía parado allí, frente a la estatua, un poco inclinado hacia delante, tratando de descifrar la inscripción. Si se agachara un poco más, sólo un poco más sería suficiente. A una altura así había grandes posibilidades. Un par de brincos, un manotazo en la cabeza, y a correr se ha dicho. No lo alcanzaría jamás. Claro que tendría que estar a la altura correcta justo cuando él pasara a su lado en veloz carrera. Pero el hombre se erguía, se sacaba la gorra por un momento, se secaba el sudor con el antebrazo, volvía ponerse la gorra, y se quedaba viendo otra vez las letras desdibujadas. El muchacho pensó en otras opciones. Por momentos soñaba que se la pedía y el hombre, amablemente, se la obsequiaba. Entonces le parecía un gran sujeto. Pero luego, dada su corta estatura y esmirriados brazos, lp percibía tan inalcanzable que le parecía un ser abominable, al que patearía, si pudiera, hasta hacerse con aquella gorra que lo deslumbraba con tan sólo imaginarse bajo ella.

Cuando el extraño se volteó para seguir, el muchacho se sobresaltó, y fue entonces que Martín Romerp se percató de que el muchacho estaba allí. Apenas le hizo señas para que viniera, la actitud de gato en cacería que hasta entonces mantenía tenso al zagaletón, se desarmó. Desinflado, bajó del cañón. Obediente caminó. El hombre lo vio aproximarse. Al caminar, los pies largos y curtidos volvieron a levantar la arena esparcida por el viento sobre el piso de cemento de la plazoleta. Hay vida aquí. Incluso el lunes. Extraño espécimen. Cerebro cubierto de una gruesa capa de pelo. Quizás un segundo cerebro; más que suficiente para sobrevivir en este inhóspito medio. A través de sus ojos ovalados llega hasta este tiempo una mirada de otro tiempo, que se remonta al terciario, lo menos. Como permanece fuera del agua, puede suponerse que no tiene branquias. Y como no tiene alas, puede suponerse, en consecuencia, que no es alado. Me inclino, pues, a pensar que es mamífero bípedo, hasta que la experiencia me indique lo contrario. La poderosa mente deductiva de Martín Romero. Estaré atento. Muy bípedo. Sus patas son así de grandes. Acaso duerma parado ¿Vives aquí? No, idiota, se cayó del cielo. Que no es una hipótesis descabellada, Romero. Quizás sea el cielo la expresión inmensa y sublime del gran fracaso cósmico, y cada quién un síntoma particular de ello. ¿Cómo te llamas? No. Un nombre destruiría su encanto. Mejor anónimo. Un episodio impreciso en esa ambigüedad existencial sin existencia que llaman evolución de la especie. Mejor así ¿Preguntarías por el nombre del primer bípedo o del primer reptil? Eso de poner nombre a los animales es parte de las miserias de la civilización. El primer bípedo ¿Te interesarías por su éxito o su fracaso? Ajá ¿Y ahora qué? Tendrás que quitártelo de encima. Esa sensación de molestia indica, sin margen de error, que la criatura es humana. Si fuese del reino animal no habría preguntas ni angustia. Pero no se va. Bien. Disimulo. Cualquier cosa.

 

−¿Y este quien es? −¿preguntó Martín Romero cuando el muchacho llegó hasta él. Pero el muchacho no contestó. Apenas lo miró con tímida curiosidad por un instante y bajó la mirada. Entonces el hombre se agachó, lo tocó en el hombro y volvió a preguntar:

−¿Éste, ¿quién es?. No le han puesto aquí si no fuese alguno importante. Entonces ¿Quién es?

 

Necio el falso interés que ponía en la pregunta. Necio el tono en que era hecha. Necia la cara del muchacho callado. Necio el mundo desde el que se quedó viéndolo. Muchacho idiota. El otro sólo estaba absorto por la gorra, que ahora tenía tan cerca, y privado de impotencia ya, que la sola idea de arrebatársela, avivada por la proximidad, se desintegró cuando vio la cacha del revólver que se asomaba por el borde del pantalón a la altura del cinto.

 

–Bueno. Olvídalo. Si este fuese el mismo Dios, tampoco te habrías dado cuenta. Ni tú ni yo ¿verdad? Así que ¿Qué más da? Aunque mal no le vendría pasar un día por aquí ¿verdad? y echarle un vistazo a este lado del mundo que Él creó, a ver qué hay de su pesadilla en pleno transcurrir. Bueno, que mucha actividad aquí no hay ¿verdad? −agregó el hombre mientras echaba una mirada en derredor− ¿Quizás se haya hartado de éste, su sueño repetido. Eso pasa. Yo que te lo digo. En fin, olvídalo.

 

Martín Romero calló por un momento. Luego preguntó:

 

−¿Oye ¿Eres mudo?

 

Martín Romero ya no sabía qué más decir. Se sentía culpable por haberlo llamado y ahora, que el chico no se movía de allí, no sabía que hacer con él. No hubiera sido justo un "lárgate de aquí", que no se merecía, y optó por largarse él mismo, a lo que ya se había hecho acreedor por demanda propia. Pero apenas anduvo unos pasos más allá de la plazoleta, se volvió y vio que el muchacho seguía allí. Claro que seguía allí. Si no podía caminar sin sentir su mirada pegada a la espalda, como si se agrandara e hiciera más intensa la mancha de sudor de la franela. Entonces se volvió otra vez e hizo señas al muchacho para que lo siguiera. Esperó y, cuando em muchacho se hubo acercado, preguntó:

 

−¿Qué hay allá? −al tiempo que señalaba hacia el lado de la playa por la que había venido el muchacho y que, según calculó, a doscientos o trescientos metros se perdía de vista luego de dar vuelta en torno a un montículo enano y pedregoso que se internaba en el mar. Conforme con que no le sacaría una sola palabra, al rato agregó −¿Vienes conmigo, si quieres. Pero me llevas la maleta un rato ¿de acuerdo?.

 

El muchacho, que seguía sin hablar, al menos entendía, porque de buena gana se terció el maletín, y ambos se pusieron caminando. Bien. Martín Romero, se iba diciendo para sí mismo, comienzas a cumplir con tu misión en Buenaventura que, hasta ahora, consiste en esperar. Suponía que Montenegro, si lo viera, estaría orgulloso de él. !Ah!, que bien Romero, ha conseguido UD. un negrito sordomudo para que le cargue la maleta. Siempre he dicho que tiene UD. un ojo especial para escoger a la gente y mover las piezas. Ya sabe lo que dicen: primero escuchar luego actuar... iban y venían a su mente palabras y frases sueltas, pronunciadas al ritmo de la voz estridente del viejo, y como empaquetadas en la formalidad distante y no del todo exenta de burla con la que Montenegro halagaba la fría y maquinal actitud de su subalterno. Si lo pienso bien, este viejo no me adora. Pero tampoco me toca esperar de él la medalla al mérito. Ni de ningún otro. Sólo me corresponde esperar. Ésa es mi única función. Puede tratarse del fin del mundo o del autobús; del mundo mejor o del niño Jesús. Es igual. Esperar. Sólo esperar. Bien, Romero, muy bien: autobús rima con Jesús. A escasas dos horas de haber arribado a Buenaventura, y ya tiene lugar tu primer estallido poético. Serán los aires de Buenaventura, como quien dice. Debe ser. Y Martín Romero pensó en el cuaderno que se había traído. A última hora, lo sacó de la papelera donde lo había echado Amanda y lo metió en el bolso. Entonces se detuvo, frío y se quedó viendo al muchacho que venía detrás y que, a su vez, también se detuvo. Martín Romero sonrió. Segundos después, reanudaron la marcha.

Entonces advirtió que sentía por aquel cuaderno lo que por el pordiosero dormido en la acera que de súbito nos topamos a la vuelta de la esquina y ante el que intentamos reprimir un gesto a medio camino entre el desprecio y la vergüenza. Después de todo, pensó tras un encogimiento de hombros, ese cuaderno soy yo. En el basurero. En el bolso. Si ahora mismo tuviera la disposición de arrojarlo a este mar gris y picado, seguiría siendo yo, hecho de esa retahíla de citas que, por alguna razón, se han desprendido de los libros de la biblioteca del viejo y han ido a parar a los escondrijos de mi memoria, desde la que hago uso de ellas según se me antoja de ocasión en ocasión. Sí. ¿Qué duda puede caber? Ese cuaderno soy yo. Soy mi propio cofre metido en mi propia cabeza. Y éste es el lugar, porque cualquiera ha podido ser el lugar.

Quizás debió haber hecho caso a Amanda, pues ahora, en aquel lugar inmenso se sentía preso entre la tierra y el cielo, hasta el punto que llegó a añorar aquel nidito, mas modesto, de veinte metros con mujer y todo dentro. Pero bien sabía que tampoco servía para eso. Así como aquí el aire se metía en masa por la nariz, allá le faltaba cada vez que Amanda le decía te quiero. El también la quería, pero con la suficiente pereza y desidia entre cada encuentro. No había en su corazón un manantial de sentimiento, sino, también, un cofre. Y hacia falta algo más para que las mujeres, que tanto gustan de los cofrecitos, se sientan amadas de verdad.

Martín Romero seguía caminando, junto al muchacho un poco más atrás que no dejaba de mirar aquella gorra inalcanzable. Sus zancadas iban dejando huecos en la arena que marcaban un camino a ninguna parte y que poco más tarde la marea se encargaría de borrar. Cuando Martín Romero se volteaba a ver al muchacho, éste lo dejaba de mirar, y colocaba su mirada hacia el otro lado, donde el mar seguía en sus incesante tarea de traer ruidos de piedras y conchas arrastradas que mostraba por unos momentos para volvérselas a llevar. Martín Romero miraba la cabeza chica del muchacho, redonda, cubierta de una pelusa corta y abigarrada como la de esos cepillos viejos arrumados que han dejado de limpiar. Se detuvieron cuando apareció entre los matorrales a la izquierda, la techumbre de la casa.

 

−Espera un momento. −ordenó Martín Romero, y se aproximó a ella. Entró al enorme corredor del frente y se detuvo para mirar el techo. En realidad, estaba mucho más enteró de lo que imaginó inicialmente. Se volteó e hizo señas al muchacho para que lo siguiera. Pero el muchacho no se movió. Martín Romero insistió, y el muchacho, en una actitud de miedo, le replicó que no moviendo la mano de una lado a otro. Aunque hecha sólo de gesto, era la primera vez que obtenía de él un respuesta. Entonces, Martín Romero se devolvió.

 

−¿Qué es lo que pasa? ¿Por qué no vienes? Sólo quería ver la casa. Pareces que hubieras visto un espanto o ¿qué? Bueno. No importa. −concluyó para sí Martín Romero, mientras echaba otra mirada a la casa. Luego volteó de nuevo hacia la playa. Calculó en unos cincuenta metros más allá la distancia hasta el promontorio que, internado en el mar, ponía tope al camino por el que habían venido.

−¿Y ahora? −preguntó Martín Romero. El muchacho sólo se quedó viendo. −Si, ya sé. El sabio escucha, el necio calla. Pero quizás tú, además de mudo, seas sordo. Así que no te hagas. Somos igualmente necios. Sólo que a mí se me nota más. Bien. Sigamos por allí, entonces.

Ambos siguieron caminando. Comenzaron a bordear el cerro por la parte de las rocas que se internaban en el mar. El mar picado les salpicaba sobre la cara. Pese a que iban en cuatro patas, el muchacho no dejaba de mirar la gorra de Martín Romero que iba adelante. Y así, distraído, resbaló. Martín Romero lo advirtió a tiempo e inmediatamente lo tomó por un brazo. De un tirón, más fuerte de lo necesario para el peso del muchacho, lo trajo hacia si, y éste se estrelló contra el pecho de Martín Romero, que quedó sentado con muchacho y maletín encima. Ya casi habían llegado al otro lado, donde el mar estaba mucho más picado y la playa se estrechaba por la vegetación reseca que la separaba de tierra adentro. Más allá, otro cerro igual al que acababan de bordear. Martín Romero se detuvo junto a un tronco, y se sentó. El muchacho, que ahora podía ver la gorra a su misma altura, no le quitaba los ojos fascinados de encima. Pero Martín Romero, que creyó que aquello era miedo, le dijo:

 

−¡Vaya susto!, ¿eh, mudito?. Bueno. He salvado a la especie. La evolución puede continuar. Pero ya no caminemos más ¿te parece? Esto fue una bobada de mi parte. Tú sabes, debilidad, que le dicen. Vamos hacia allá. Necio. No hay nada que buscar más allá. Más arena, más matorral, más piedra y más mar. Con este es suficiente ¿no te parece? El mar es bello, lo sé, aunque para ti una belleza a sí te debe saber a mierda. Pero así es el mar: uno ve una onza y ya lo ha visto todo. Oye, baja esa maleta ¿quieres? o te vas a achicar más de lo que ya eres. Toma −dijo mientras le acercaba la mitad de una barra de chocolate− para que te recuperes del susto. Mira. Descansamos. Me llevas a un sitio donde pueda pasar la noche. Cuándo me bajé allá arriba, alguien me dijo que fuera a la Pensión no sé qué. No debe haber muchas aquí, supongo. Me llevas hasta allá. Te recompensaré ¿De acuerdo?. Eso es lo bueno contigo. El acuerdo fluye rápido. Bien. Termina de comerte eso.

A esta hora, una franja de sombra cubría ya las tres cuartas partes del cerro a su izquierda. El de la derecha, bañado por la luz de la tarde, mostraba su rostro de tierra colorada salpicada de vegetación enana y reseca. Martín Romero se levantó y estuvo un largo rato estirándose. Dio media vuelta. Se había movido en el mismo sentido que lo hace el planeta, cumpliendo con el mismo sin sentido de su movimiento. El mar quedaba a sus espaldas. Ahora el sol estaba del otro lado, el cerro de la izquierda era el de la derecha y viceversa. A todo este absurdo placentero, si quería, podía llamarlo armonía, gravitación universal. Sólo eso hacia, y sólo a ello se dedicaría: nombrar cosas, Este era Mudito, sin mas. Si, sólo a eso se dedicaría, nombrar cosas, como si el nombre les diera sentido por sí solo e hiciera innecesario cualquier forma de ser. Nombrar cosas, suponer que ellas son eso con que las nombro y, a veces, hasta apunto en mi cuaderno. Soy ese cuaderno. Rumio su vacío. Jamás lo llenaré. Tampoco lo necesito. Soy ese cuaderno.

 

−Este es el lugar, Mudito, porque cualquiera ha podido ser el lugar. −dijo de repente en voz alta, al tiempo que se quitaba la gorra y alzaba los brazos. El muchacho, sentado en el tronco sin moverse, lo miró como a un loco. Por primera vez se fijó en el hombre y no en la gorra, que Martín Romero volvió a ponerse. Luego el hombre agregó, mirando fijamente al muchacho a los ojos:

 

−¿Sabes, Mudito? No sé por cuánto tiempo más siga excavando esta tumba abierta de lo vivo. A veces, cuando me siento a descansar al borde del enorme hueco, sueño mi muerte. Y para quien espera la muerte, o mejor dicho, su momento, éste es el lugar, porque cualquiera ha podido ser el lugar. No sé cuál será el momento, pero sé que llegará, lo voy adivinando como un pájaro la lluvia. Está próximo, comienzo a vivir esa proximidad, cada vez me es más familiar. Probablemente, se me ocurre, no esté más allá de octubre o noviembre. Acaso todavía llegue al día de la raza, de los santos, de los muertos. Sólo fechas. Sí, puede que todavía alcance ver un escolar recitando su lección sobre el Descubrimiento de América, o una viuda de domingo camino al cementerio. Nada de esto importa. El día llegará y yo transcurriré con él. De todo ello, al final, me habrá quedado la estupidez de pensar en todo ello, vivirlo y haber creído en vivirlo −concluyó Martín Romero como si sacara cuentas en un libro de auditoría. Estuvo un rato protegiéndose de la brisa mientras intentaba encender un cigarrillo. Cuando por fin lo consiguió, fue a sentarse al lado del muchacho. Durante varias bocanadas mantuvo silencio hasta que, volviendo a posar su mirada sobre la del muchacho, retornó al monólogo:

 

−Imagino que tú crees en los muertos ¿verdad, Mudito? Pues aquí tienes uno. ¡Qué vaina, Mudito! Todo es tan lejano como este mar. Tan cálido como este sol, sin que me logre alcanzar su calor. Tan vivo como esta brisa, sin que su luz pueda invadir la oscuridad de mi fascinación muerta. Soy el monumento antropológico a mi propia estupidez. Y aún me empeño en seguir registrándolo todo (hechos, recuerdos, circunstancias o sueños), cuanto me desencaje del tedio y letargo que, por simple comodidad de lenguaje, ahora llamo paz. Quiero que sepas que no vengo buscando la paz interior del alma que no tengo, la solvencia existencial del que se encuentra a si mismo. Ni cielo ni infierno. Sino el posible apagamiento de mí mismo, el disimulo de no pensar y no sentir, la sutil renuncia a ser algo, yo que soy nada. Mi aislamiento, Mudito, no es tal, sino una forma de sumar mi nada a la nada de cada cosa. Incluso la tuya. Y, la verdad −concluyó tras sacudir levemente la cabeza del muchacho− luego de disfrutar más de una hora de tu compañía, siento que he empezado con muy buen pie.

 

Martín Romero tomó el maletín e hizo una señal al muchacho para que volvieran. Antes de iniciar el retomo se quedó viendo la vegetación abigarrada que quedaba hacia atrás. Lo conmovieron esos raros árboles que, sin saber dónde nacían, se erguían frente a ellos, según una trama abigarrada de raíces desnudas y ramales retorcidos, que se hundían en las arenas y emergían de ellas; cuarteados y resecos, sus múltiples brazos rugosos se extendían por la playa como criaturas prehistóricas. Si yo volviera a nacer, pensó en este momento, si no estuviera condenado a pensarlo todo para creer que soy algo, desearía ser uno de esos árboles, apenas uno de sus ramales sin nombre.

 

–Vamos, Mudito.

 

Caminaron de vuelta hasta la plazoleta. El muchacho hizo señas para seguir hasta el embarcadero. Cuando llegaron al mismo sitio donde el extraño había aparecido, Martín Romero se detuvo. Eran casi las cinco, y una brisa húmeda y grasosa traía un olor a alga fresca que se mezclaba con el del aceite quemado y la madera podrida de los muelles. Nadie había por allí a esa hora. A lo lejos, por una calleja a medias empinada que se abría camino por entre el montón de casas blancas de cal, un perro caminaba con el hocico y la cola pegados al piso. El agua mecía levemente los pedazos de palo, las manchas de aceite y las lanchas amarradas en el embarcadero. ¡Qué vaina! Más de veinte años diciendo que el país está en crisis, al borde de la guerra y el desastre; siempre vociferándolo. Y de pronto ¿qué? El país sólo está allí, al borde de un mar que con pereza moja su panza arenosa de lagarto. Me gusta este sitio. Quizás más tarde apunte alguna frase al respecto en el cuaderno ¿Otra más? Otra más.

Un grupo de pescadores que se preparaba en los muelles para salir se les quedó mirando al pasar. Martín Romero les sonrió sin ganas, como si con algo así fuese a pasar, como hubiera querido entonces, inadvertido. Pero nadie podría quitarse de encima aquéllas miradas. Se pegaban como moscas. Se siente uno algo así como un tumor o una herida putrefacta. Bueno, y en cierto modo ¿qué eres, Romero? Tampoco es para tanto. Ni que estuviera podrido. Suerte que el alma es inodora. Una cuadra hacia arriba, por donde mismo vine, en sentido hacia la plaza principal, y aún puedo sentir las podridas miradas de ésos ¿El zumbido? Quién sabe. A lo mejor es el de sus curiosidades estúpidas, absortas e implacables. Bien. Déjalos ya ¿Y éste a dónde va? Ah, dobló en la esquina. Linda iglesia. Toda una simbología de la pobreza. Mira que imitación de columnas. La cagada. Estos retoques de fastuosidad degradan la sobriedad esencial de la pobreza. Es como cuando Amanda se ponía esos vestidos con ribetes brillantes o imitación de lentejuela. La prefería en chancletas. La plaza. Este Mudito no es tan tonto. La cruza en diagonal. Bolívar en versión económica. Se ve que no hubo dinero para más. Ni caballo ni espada. Nada de eso. Un poco menos y en lugar de un busto ponen ahí la cabeza pelada. "Comando Policial". Mi nueva oficina. Pero no entraré ahora. No. Buenas tardes. Y todos mirándome con esa cara de apendejeados que deben tener a esta hora. Mejor no. Además ¿cuál es el apuro? Volveré mañana, y ya. Yo también estoy bastante apendejeado. Sólo una mirada, así, de soslayo y rapidito, de esas que, en verdad, no pretenden ver nada, sino sólo pasar, de largo. Ya. Vaya cueva oscura. Si hay alguien allí debe tener hongos. No. En este calor, no lo creo. Hongos en el cerebro. De eso tenemos todos. Materia gris. Sí, ya te digo de qué está hecha. Mejor me apuro o voy a perderlo. Este Mudito y sus zancadas ¿Es que no se va detener? Claro, con esas patas. Por fin: "Pensión Rita". Sí, así dijo Clarita. Lo mejor de Buenaventura. Martín Romero miró el letrero y luego al Mudito. El muchacho se encogió de hombros. Esa en su rostro no es, en realidad, una expresión bobalicona. No. Es su rostro mismo, cuya presencia ya empieza a cansarme. Mudito. El muchacho tomó los billetes que Martín Romero puso en su mano cuando dijo:

 

−Toma. Cortesía de Montenegro. No tienes puta idea de quién es, pero, por lo mismo, puedes hacer con él lo que se hace con Dios: considerarlo tu benefactor. La verdad, el viejo tendrá que invertir mucho más para hacer de todo esto un paraíso ¿Está bien? Ahora puedes irte.

 

Parado a la entrada, como si calculara el enorme peso de la modorra que lo invadía, lanzó una ojeada en derredor. Del día quedaban una transparencia de tonalidades gris rosa, una brisa perezosa, y unas cuantas brasas de cielo vespertino que empezaban a consumirse en el horizonte. Luego retornó la mirada al interior. Aquellos retazos de luz eran aún suficientes para ver el patio que se abría dentro de la casa, parte de la hilera de columnas que lo bordeaban y sostenían los techos de cinc y caña, y sobre el que se reflejaba la claridad decadente del cielo. Una mirada más Mudito, que todavía seguía allí. Se dispuso a transitar por el corredor, a lo largo de la hilera de mesas vacías cubiertas con manteles de cuadritos. El muchacho no se movió. Pero igual Martín Romero tomó el maletín que éste había dejado en el piso, y pasó adentro con la sensación de que se internaba en una eternidad ajena donde el tiempo se había paralizado por completo.

TEMPORAL

Una historia acerca del hecho de escribir historias

(novela filosófica) 

...sucede que la vida no tiene inicios ni finales, y que sólo en el ámbito y contexto de una narración es susceptible de adquirirlos. Lo que me recuerda, por cierto, aquello que una vez dijera Beckett: ese fue mi error, uno de mis errores; exigirme una historia, cuando sólo la vida bastaba. Si es así, entonces estoy aquí para perpetrar mi propio error. Y hasta puede que ésta sea la forma de haber empezado a hacerlo. Más me vale.

Introducción General

El Bolívar histórico del que se ocupa este trabajo no es, hablando en términos rigurosos, el del pensamiento político y la estrategia militar, aunque, desde luego, mucho tendrá que ver con ello. Pero no es un análisis de ese tipo lo que busco en su discurso sino, más bien, al discurso mismo como herramienta del político y el hombre de guerra. Se trata del Bolívar de la palabra. El lenguaje como signo de conciencia histórica, como dimensión de temporalidad y como fuente de heroicidad. Del discurso de Bolívar no me interesa tanto el pensamiento como su narrativa; su inteligencia política o militar, como la semántica o discursiva. Del Bolívar histórico no busco la verdad, sino el estilo.

Introito

Un día, cuando todavía era estudiante de historia y me desempeñaba como investigador en el archivo histórico del antiguo Congreso Nacional, al fondo de la bóveda, en medio de un cúmulo de trastos tan viejos como valiosos, me topé con una desvencijada edición del Diario de Bucaramanga. Sumido en la molicie que mi burocrático cargo ya me inspiraba, aquél libro me distrajo y, allí mismo, en un improvisado asiento de cajones, lo leí. Para cuando retorné de la bóveda, mi imagen de Bolívar -como la de casi todos, determinada por ese formalismo patriota propio de la historiografía de banco de escuela, como la llama Vallenilla Lanz- cambió. Este libro es el resultado de un intento por captar y comprender aquello que cambió.

CARTAGENA: del destierro a la gloria

La Memoria dirigida a los ciudadanos de la Nueva Granada por un caraqueño, mejor conocida como el Manifiesto de Cartagena, se considera el primero de los grandes documentos políticos de Bolívar. Fechado 15 de diciembre de 1812, recoge la experiencia del incipiente gobierno republicano que, a mediados de ese mismo año, ha sucumbido en Venezuela bajo los embates del ejército español. Se trata de una memoria de la derrota, producida por alguien que ha participado como oficial en la guerra el gobierno español y que, salido al exilio, ha llegado a la Nueva Granada con el propósito de obtener hombres y recursos que le permitan invadir su país de origen y restablecer la república. Esta memoria no es, pues, el mero relato pasivo de lo que aconteció, de cómo el ejército español ha vuelto a tomar de una de las plazas más importantes y estratégicas de la América insurrecta, sino del plan para recuperarla. Se expone aquí el análisis crítico de una experiencia republicana particular, de la que se extraen conclusiones políticas y doctrinales que proporcionan una nueva perspectiva del proceso de emancipación no sólo en Venezuela, sino en toda la América Meridional. Se puede compartir en mayor o menor medida tales conceptos. Pero, en cualquier caso, es indiscutible que estamos ante la primera visión sistemática, general y de conjunto que, más allá de la dimensión logística y militar que impone la guerra, nos proporciona el primer concepto histórico y estratégico de la emancipación americana. Al menos, el primero producido por un soldado con una clara visión política. En este sentido, estamos ante la primera teoría revolucionaria de la lucha por la independencia.

CARÚPANO: vindicta, libertad y barbarie

En el Manifiesto de Cartagena nada indica Bolívar respecto a la cuestión social. Cuestión ésta tan conflictiva que, siglo por medio, llevaría al historiador Vallenilla Lanz a definir la guerra de independencia como una guerra civil. De ello nos da una particular perspectiva el Manifiesto de Carúpano. No pasó mucho tiempo para que el discurso de Bolívar hubiese de encarar el tema tabú en Cartagena. El momento sobrevino con la caída de la Segunda República, tras ese fenómeno tan contundente como efímero que fue Boves para el proceso de independencia. Efímero en cuanto a su personal actuación y liderazgo, pero en alguna medida permanente en cuanto a la guerra como forma de vida para los sectores populares y el ejército como vía de transformación de una estructura social que hundía sus raíces en la colonia. Acaso fuera Boves el más encarnizado enemigo de la república. Pese a lo cual, la república, a la postre y para ser tal, fue su más genuina heredera. De él recibió su ejército, su dinámica social y hasta el estilo de su liderazgo. A tono con la dialéctica de la guerra, los llaneros que siguieron a Boves pasaron de bandidos a patrimonio de la república. Patrimonio que en algún momento hizo decir a Bolívar que la revolución estaba sentada en un volcán social a punto de hacer explosión. Pero eso sería más tarde y en privado. En Carúpano, todavía este ejército sólo representa el modo en que la barbarie se opone a bien supremo de la libertad.

JAMAICA: Historia, Semántica y Geopolítica

1815: el descenso de Napoleón se cruza con el ascenso de Bolívar. Ambos han partido al exilio, a Santa Helena y a Jamaica, respectivamente. Tres años más tarde, el americano meridional, que ha tomado Angostura, la plaza estratégica que inclinará el curso de la guerra en favor de la causa patriota, dirá de sí mismo: yo busqué asilo en una isla extranjera, y fui a Jamaica solo, sin recursos y casi sin esperanzas. Perdida Venezuela y la Nueva Granada, todavía me atreví a pensar en expulsar a sus tiranos.1 De modo que el exilio, que para Napoleón dictamina el final de un imperio en Europa, para Bolívar anuncia el renacimiento de un proyecto en América. Esta conjunción en el cosmos simbólico de la historia que involucra la carera de dos grandes líderes políticos y militares, alude también a un cambio de época, determinado, desde el punto de vista geopolítico, por el ascenso de las potencias del capitalismo industrial y la caída del colonialismo mercantilista. A ello tributan diversos procesos: la ilustración, el nacionalismo, el industrialismo, la revolución francesa, la expansión napoleónica, la independencia estadounidense, la emancipación en América Latina. Es ésta una coyuntura en el proceso de largo plazo que lleva de la era agrícola a la era industrial. En este contexto se fraguan los cauces iniciales de un proceso histórico de alcance planetario. La Carta de Jamaica forma parte de este contexto. Es una forma de asomarse a él y otearlo desde los agrestes montes de una América irredenta. Tal es el punto de partida de este ensayo.

ANGOSTURA: el guerrero creador de repúblicas

La Carta de Jamaica concluye con la afirmación según la cual la clave para poner fin a la dominación española y fundar un gobierno libre es la unión, obtenida por efectos sensibles y esfuerzos bien dirigidos. Lo que por entonces queda en un escueto enunciado, en Angostura va a ser objeto de un denso desarrollo. Eso es el Discurso de Angostura: un efecto sensible, un esfuerzo bien dirigido. En atención a las lineas principales de su estructura discursiva, es una apelación a la conciencia histórica, un plan estratégico centrado en la implantación del Estado Nacional, y un instrumento de significación del movimiento de independencia como proceso histórico. Pronunciado por Bolívar el 15 de febrero de 1819, en el acto de instalación del segundo congreso que se daba a sí misma una república en medio de los avatares de la guerra, constituye una de las piezas oratorias más importantes de su haber político. Dicho ello por su contenido en sí mismo considerado. Y dicho también por el modo en que marca una diferencia de dimensiones estratégicas entre un antes y un después del proceso de independencia. En la visión totalizadora del Discurso de Angostura confluye lo político y lo militar. Para ganar la guerra en el siempre inhóspito campo de batalla, es preciso ganarla también en el de la política; por cierto, no menos inhóspito, agreste y peligroso que aquél.

BOLIVIA: el hombre de las dificultades como legislador

El guerrero ciudadano es aquél al que le es dado despojarse del mando. Así en la Caracas que le otorgó el título de Libertador, así en la Angostura que lo ratificó como Jefe Supremo, y dos años después lo llevara a ser designado en Cúcuta Presidente de La Gran Colombia. Las dificultades comienzan cuando la historia lo despoja a él de la guerra y se queda sin esa fuente de gloria que, hasta entonces, había sido el enorme campo de batalla y de política que, visto desde Pasto, se extendía entre el Orinoco y el Potosí. Así, Ayacucho consigna en la historia americana la emancipación, ciertamente; y en el destino particular del guerrero ciudadano el retorno de la cima de la gloria a la sima de las miserias de la burocracia y la administración. Siendo el campo de batalla la fuente fundamental de su gloria, dentro de él lo es todo; fuera de él nada, o tan sólo un ciudadano recto e iluminado que, apegado a su prestigio y honor, está llamado a dar la cara a esa oleada de anarquía que, en la paz, devora cuanto ha venido edificando en la guerra. Consumada la independencia o, más exactamente, el proceso de la guerra que habría de conducir a ella, el enorme mapa del nuevo mundo se ha teñido de una no menos enorme complejidad. Mientras se triunfa en Ayacucho se conspira en Caracas. Al tiempo que se finiquitan los últimos detalles del Congreso de Panamá, las recién creadas repúblicas se hunden en la lucha intestina y doméstica que atenta contra la anfictionía. En carta a Santander, fechada en Lima, el 6 de enero de 1825, es decir, a un mes escaso del triunfo en Ayacucho, encontramos esta situación descrita en palabras del propio Bolívar:

OCAÑA: el clamor del pueblo

Desde el punto de vista de su estructura semántica, el libertador, como instancia fundamental del discurso, representa la condición esencial de Bolívar como máximo dirigente político y militar de la emancipación americana. Más que como mera parte de la historia, el libertador concibe, administra y conduce el discurso como conciencia e instrumento hacedor de ella. Sin embargo, y como es de esperar, se trata de un discurso que siempre ha sido concebido y pronunciado desde el entorno de la dirigencia política a la que pertenece, aún en aquellos temas sensibles en que la actuación de dicha dirigencia pueda ser cuestionada por en su mensaje. Desde este punto de vista, el libertador siempre ha sido una instancia discursiva de una u otra manera asociada al estrecho círculo de la élite civil y militar que comanda el proceso independentista. Así, por ejemplo, El guerrero ciudadano del Discurso de Angostura, que dichoso convoca a la representación nacional y se despoja del mando ante ella es, con ello, al mismo tiempo, legitimado por ella. Como parte de la dirigencia, el guerrero ciudadano es jefe supremo entre iguales. En este sentido, los discursos fundamentales de El Libertador como creador de un nuevo tiempo histórico son documentos de identidad con el entorno dirigente del proceso de independencia, palancas ideológicas de su legitimación ante ella como máximo líder.

Epílogo

Hasta aquí me trajo el Bolívar con el que un día, hace mucho tiempo ya, me topé en el Diario de Bucaramanga. El hombre histórico de los discursos. El de la palabra y el estilo. El de la conciencia moderna y la faena semántica. El de la revolución como concepto y del heroísmo como ejercicio de voluntad de poder. Su discurso marca el paso de la barbarie a la civilización, con todo lo bueno y todo lo malo que una transición así supone para la gestión de su propia historia por parte de un pueblo. Y como pueblo, no tenemos conciencia de tal significación porque la historiografía de banco de escuela se ha hecho cargo de ello, bien haciendo de Bolívar una venerable pieza de museo, bien poniéndolo a comer mangos para popularizarlo. Al respecto, me limito a recordar las palabras de Vallenilla Lanz:

HERÓDOTO: los orígenes de la historiografía

Si uno se deja guiar por lo más estrictos rigores académicos, incluso los de la historia, probablemente los menos estrictos de todos, muy a pesar de los historiadores académicos, un trabajo de este tipo luce desde muchos puntos de vista desalentador, bien por lo poco con se cuenta para realizarlo, bien por la poca estima que se guarda hacia lo poco que se tiene, incluso los escritos de aquel a quien Cicerón, si no me equivoco, dio en llamar Padre de la Historia. Y lo hizo en el marco de una larga tradición representada por críticos para los que Heródoto era ya casi tan extraño como para nosotros y que, salvo contadas excepciones, se caracterizó por su desprecio, acusándolo de mal escritor, de inútil, y hasta de mercenario.

Capítulo 1: el hombre, la obra, el contexto.

Es muy difícil establecer un imperativo ideológico, filosófico, político o moral que nos ayude a comprender la aparición de la historiografía en una íntima relación con el contexto histórico en que ello tiene lugar. La vaga generalidad de la que aquí me valgo, es decir, comprender la aparición de la historiografía como parte del humanismo característico de la Grecia Clásica, que tuvo su máxima expresión en el arte y la filosofía, es fácilmente aceptable, pero, se entiende, muy poco precisa. Ese humanismo, la ruptura respecto a la mitología que a él es inherente, comienza a gestarse en la Grecia Arcaica, con la filosofía jónica y la aún ingenua pero inequívoca proximidad que ella representa respecto a la naturaleza. Por otra parte, como se sabe, dicho humanismo se prolonga mucho más allá de la época de Heródoto y en plena decadencia ateniense producirá lo más acabado de su filosofía. Este humanismo griego es, pues, el espacio histórico cultural de muchas cosas, amplio contexto en el que la historiografía luce como un ínfimo detalle, acaso el más prescindible de todos.

Capítulo 2: mito, filosofía, historiografía.

Partamos del hecho, tan magistralmente representado por la cruel simpleza del mito de Sísifo, de que el hombre es una especie condenada a la historicidad. A nadie le es dado elegir no vivir la historia. Encadenado a la infinita finitud del tiempo, el hombre histórico transcurre sin la certeza de saber para qué. Toda la historia humana pudiera comprenderse como la obsesión de este hombre histórico por darse sentido a sí mismo. Todas las cosmogonías lo han adscrito, de una u otra manera, a vagar fuera de lo eterno, perecer una y otra vez. Y todas intentan, al final, reconciliarse con el proscrito, traerlo de nuevo a casa, el paraíso perdido que, en algunos casos, puede ser, incluso, la nada cósmica, peculiar forma de eternidad que nos permite suponer que hasta la supresión de la existencia es preferible al castigo de la existencia histórica. Esta caída en el tiempo es el nudo gordiano de todo el drama bíblico y, en muy otro contexto, es, también, el mayor suplicio que la mitología griega pudo imaginar para el hombre réprobo

Capítulo 3: dioses, hombres, historias.

Heródoto cree en el Oráculo. Es fácil demostrarlo a través de la cita de párrafos como, por ejemplo, el que nos habla de la furia de Taltibio1 contra los espartanos, y otros en los que hace referencia al plano de lo divino como la última salida que encuentra para explicar, -¿o justificar?- un determinado acontecimiento histórico. Sabemos que esto le ha costado a Heródoto buena parte de las censuras que lo descalifican como historiador ya que, se supone, la historia debe explicar al hombre y sus acciones por el hombre mismo. Como se sabe, ha llegado a ser norma del oficio que recurrir a Dios es hacer trampa. Una suerte de principio epistemológico pende como espada de Damocles sobre el historiador cada vez que su discurso historiográfico apela al deus ex maquina. Heródoto puede ser, según esta misma norma, demasiado ingenuo o primitivo .

Capítulo 4: hombre, historia, tragedia.

Si nos pusiéramos a plantearnos los problemas de epistemología y método en los Nueve Libros, probablemente no hallaríamos asidero sólido alguno para el análisis y la reflexión. En realidad, estrictamente hablando, tales problemas no existen para aquella historiografía que, desde sus mismos inicios, se colocó al margen de la sabiduría y se dio a sí misma el despropósito de alimentar la memoria humana, salvar el vertiginoso acontecer humano del olvido humano. Sin embargo, pese a una tarea tan metafísicamente pobre y, en parte gracias a ello, aquella primera historiografía estaba llamada a sentar las bases para una cruel desmitificación de dicho acontecer. El hombre histórico que recién ha descubierto es objeto de paciente y crítica observación; no se le puede tomar a la ligera, tal cual lo encontramos, ni creer de buenas a primeras lo que dice y piensa de sì mismo. Racionalista pero curiosa, tolerante pero desconfiada, fue ésta una historiografía que se aproximó a su hombre histórico con acucioso sigilo, alerta a los juicios y creencias que históricamente su objeto de observación había generado respecto, y a partir de, su propia historicidad. El hombre histórico y la cultura, ámbito al que es inherente el desencadenamiento de sus acciones en el espacio y el tiempo, abrieron así el pensamiento humano hacia una dimensión hasta entonces desconocida.

 

 

Preliminar

He visto a Dios. Es espantoso. No hemos hablado. Para escucharme, tendría que ser yo hombrte de fe. Y, para escucharlo, un esquizofrénico. Pero pululamos en el mismo universo. Él en su cueva y yo en la mía, somos vecinos del mismo barrio; el del misterio. Sólo que yo la habito con la suficiente molicie e ignorancia como para no perder la cabeza. Él no. El misterio lo ha enfermado. Y, convencido de ser la verdad que lo despeja y que, por lo tanto, nos haría libres, ha perdido la suya.

De la caída a la salvación: la historia inconclusa de la creación.

La caída simboliza el inicio de la historia, al menos para la criatura; es decir, la existencia temporal a la que, tras rebelarse, ha sido condenada por su creador. Y la salvación la recuperación de una criatura que, ahora, como pecador; o sea, habiendo comprobado por experiencia lo que su creador por omnisciencia ya sabía y se negó a revelar, retorna arrepentida al paraíso en que fuera creada, y lo hace por gracia del que la condenó. Así, entre caída y salvación -fin del tiempo de por medio- el reino de este dios describe un ciclo único y total hacia la eternidad propiamente dicha, suponemos, ya que, hasta la culminación de dicho ciclo, dicho reino no ha sido otra cosa que un proyecto histórico; una teleología en la que Dios hace de sentido inmanente y la eternidad de meta trascendente.

De cómo no fui echado del paraíso: me largué yo mismo

El Génesis, como se sabe, es el primer capítulo en la historia de un dios que creó el mundo, la historia; vale decir, el pasar en que las cosas pasan y el tiempo con que lo captamos. Según esta historia, en siete días -merecido descanso incluido- este dios, emergido de las tinieblas, configuró el universo total: estableció su reino eterno, creó la criatura llamada a adorarlo por la eternidad, actualizó el abismo temporal al cual arrojarla cuando se resistió, y, por último, concibió el plan para rescatarla de su temporalidad y retornarla a su seno. Más que una historia de dios, ésta es la de un proyecto de dios. Con lo cual esta historia deja fuera lo más interesante del objeto a historiar: las tinieblas mismas, el abismo y el origen del dios-héroe que, venido de ellas, encarna la luz que ha de iluminar el nuevo todo en que se dispone a reinar. De modo que esta historia, que no indaga en su tema y que, aún así, pretende dar razón de la temporalidad mediante la eternidad, nos deja en ascuas, pues sólo vale para confirmar que la vida eterna junto al dios que nos ha creado no es menos absurda que la temporal a la que nos ha condenado. No obstante, hagámonos de la vista gorda con este detalle menor, y ocupémonos de un dios al que, en esta parte de su historia, toca hacer de inicio en la historia toda del universo. Porque, en esencia, no de otra cosa hablamos aquí: de un dios que actúa y que, sólo en cuanto tal, ha podido ser objeto de narración.

De cómo andando el camino correcto terminé en el punto de partida.

Me parece que era Artaud quien decía que Dios no existe, y que, si existe, es una mierda. Esta idea de dios es un dilema que apunta, por una parte, a su real y efectiva existencia y, por la otra, a que, en caso de existir, sea cosa digna de creencia. Y si bien la real existencia de una cosa es condición previa del juicio sobre de ella, en el caso de los dioses es tema casi irrelevante, si se lo compara con la idea de dios, que sí es históricamente real. La existencia o no de uno que se hace llamar Dios es indemostrable. Pero la idea que de él tengamos es crucial. Pasa que nuestra inteligencia, memoria y voluntad de entes temporles que para ecistir han de hacerlo históricamente es el único hilo que vincula al dios en el que pretendemos creer con la eternidad en la que debería reinar; eternidad ésta de la que vendríamos y a la que, consumada nuestra temporalidad, habríamos de retornar. El problema acá es que, entonces, hablamos de un dios, un reino, una eternidad; en suma, un ser pleno que ha salido de sí y ya no es tal, pues ha sido intervenido, socavado y puesto patas arriba por la temporalidad misma de la criatura que estaba llamada a constituirlo. De modo que, si alguna vez fue, este dios ya no tiene ser, pues ha devenido y, por tanto, sólo puede tener historia. Y el mayor problema para este dios es que, en efecto, la tiene. Se la conoce como sagrada. Lo cual no es sino un infeliz oximorón, que me veo en la obligación de corregir. Porque, el otro problema no menor para este dios, es que, además de también tener una historia, tengo, gracias a ello, una idea de dios; por cierto, ontológicamente mucho menos generosa que la de Artaud.

De mi autocondena

Una cosa es ser expulsado del paraíso, tras una patafa en el culo, y muy otra abandonarlo por los propios pies: o sra, arrojarse uno mismo. La voluntad hace la diferencia. Lo que procede entonces es la autocondena. Ello equivale a la condena de Dios, sólo que despojada de su divinidad por el acto voluntario de quien se la autoimpone. Éste es el dato fundamental acá. La rebelión de la criatura sólo acarreó la expulsión del rebelde y no alcanzó su cometido. Ciertamente, desató la ira de Dios, pero no afectó su divinidad. Sin embargo, fuera de los predios del reino, la rebelión continúa: se torna secular. Sujeta al curso de su propio devenir, si la criatura se proclama pecador, su castigo se convierte en causa y su destino en botín de guerra. Lo que a este dios toca ahora enfrentar no es la conjura, sino la reivindicación del pecado respecto a un reino que sólo molicie, desprecio e indiferencia puede inspirar. Lo cual es mucho más difícil para uno tan propenso a la cólera y que tanto requiere de ser adorado.

De Dios como significación de un pasar que no lo requiere.

El pasar no rquiere de dioes, sino de historias, que lo signifiquen como pasado-presente-futuro y den forma a la existencia temporal. Son los dioses los que rrquieren de una historia para tener sentido como artífices del pasar. Dios tiene una. Se la conoce como la sagrada. Lo cual encierra un total contrasentido, ya que si, a diferencia del mito, cuyo papel es reconocer un pasado, el de la historia es indagarlo, con lo cual toda historia es, por definición, profana; incluso la de este dios, pese a que su intención sea la de hacernos reconocer en un único y por lo tanto verdadero pasado cósmico.

De gracia divina y conciencia histórica

La Salvación es el remiendo metafísico del error ontológico de la Creación. Dios intenta recoger al final del tiempo el desastre que ocasionó con su inicio. El intento de corregir el error con que comprometió su ser pleno lo conducirá a uno aún mayor, y que hará de la eternidad un imposible. En aquel entonces se equivocó al echar a la criatura del reino, porque con ello dio paso a la historia y a sí mismo como proyecto. Ahora está dispuesto a equivocarse de nuevo, haciéndola regresar al lugar del que la echó, porque con ello se trae la conciencia y la memoria, que han de desmerecerlo por completo como ser. Si Dios, como espera, pudiera ser adorado por el pecador, éste no sería tal, pues en la eternidad no puede haber conciencia ni memoria, que es de lo que está hecho todo pecador en tanto que arte y parte de la existencia temporal. Pero este dios jura que la Salvación del pecador es su salvación como dios. Según su propia historia, lo que lo mueve a recuperar su antigua criatura no es el arrepentimiento, sino el perdón y la misericordia, en el entendido de que a quien corresponde arrepentirse es al pecador mismo. Su gracia está, pues, dirigida a aquél que, sobre la base de tal arrepentimiento, se hace acreedor del perdón y la misericordia, que es lo que de nuevo lo conducirá a la vida eterna que perdió tras su rebelión. Toca entonces considerar las implicaciones que tiene esta en apariencia armónica conciliación de gracia divina y conciencia histórica.

Epílogo

La eternidad sólo puede entenderse tal y como Platón define el ser: lo uno siempre igual a sí mismo. El tiempo, nos indica en el Timeo, es imagen móvil de la eternidad. Para Aristóteles dios vendría a ser la causa primera, el motor a partir del cual todo entra en movimiento, sin que determine el curso del movimiento al que da lugar. De tal manera que la eternidad no es espacio en el que sucedan cosas, ni un modo particular en que las cosas suceden o hayan de suceder. La eternidad es una idea, un principio, un axioma; nunca un atributo de algo distinto de ella; mucho menos el estadio superior de algo que, habiendo iniciado en calidad de temporal, se haga eterno tras dejar atrás y superar su temporalidad. La eternidad sólo podría ser la negación absoluta del antes y el después, del inicio y el final. Si algo cambia, hay movimiento, tiene una dimensión duradera y, por lo tanto, temporal, En consecuencia, la eternidad no puede ser anterior ni posterior a nada, pues sería mera episodio de lo que sucede. Y en ella nada puede suceder, porque, a diferencia de lo que sucede en las historias, no hay inicio ni final. Si algo tiene historia, no le cabe eternidad, aunque dure eternamente.

LA RATA

Yo habitaba en una vieja casa vacacional abandonada, colgada de lo alto de un cerro pedregoso y desde el que se podía ver abajo el mar en su quieta enormidad, yendo y viniendo en monótonas embestidas contra las rocas negras del acantilado en el que, por ahora, espero. 

LA ÚLTIMA CENA

Por obra y gracia del espíritu santo sigo aquí, como de costumbre, aludiendo y mendigando a cada transeúnte que pasa frente a mí. Ocupo el primer escalón de los doce que conducen a la taquilla de una sala de cine donde sólo entran hombres solos. La verdad no sé si es el primero, porque, contando desde la acera, éste sería, en realidad, el segundo. Con lo cual. el total de escalones de la escalera entonces sumaría trece, Por otra parte, trece, según he escuchado decir desde siempre, es número de mala suerte. Luego la diferencia entre doce y trece no sería sólo de un escalón, sino de un destino. De modo que ocupar el segundo o el primero no es cuestión que se pueda tomar a la ligera. Y, ciertamente, que no lo hago así. Sólo que, en mis consideraciones al respecto, encuentro razones igualmente lógicas e irrefutables como para afirmar que estoy en una o en otra posición. Esto es cosa que me gustaría resolver cuanto antes. Por primera vez, no sé por qué, me hallo en la circunstancia en que me gustaría saber, a ciencia cierta -como también se suele decir- en dónde estoy. Nunca imaginé que de un escalón a otro pudiera haber semejante diferencia. El mundo, que para mí siempre ha sido la acera, sería el primer escalón, con lo que yo estaría, entonces, a un escalón menos del cielo y a dos más del infierno. Esto en caso de que el cielo esté arriba, el infierno abajo y yo en el medio. En la perspectiva de este sanguche cósmico puede que la diferencia no se sienta tan enorme como entre el primer y segundo escalón, quizás porque la diferencia entre cielo e infierno es más de fe que de cálculo. Pero, por otra parte, la diferencia entre fe y cálculo es tan enorme como la que puede haber entre un escalón y un destino. Es el tipo de cosas que me gustaría resolver. Allá, por la acera de enfrente, va el gordo de las corbatas anchas y los zapatos chillones. A veces viene. Es el tipo de evento que siempre me distrae de mis resoluciones.

LA QUINTA PATA

Octubre. Lluvia, llovizna, tormenta o aguacero. Lo cierto es que desde hacía ya tiempo el agua no dejaba de caer como una maldición del cielo. Si, hasta cuando cesaba por un rato, no era sino para mostrarse en esa forma de bruma, neblina, calima o calina. La misma maldición; sólo que elevándose desde la tierra sobre la que ha llovido sin parar. A la hora de ser andada, no había sino dos opciones: la maleza o el barrial. Tú eliges, se dijo a sí mismo en el instante incierto en que intentaba dar con el camino para emprender la huida. De súbito, la noche se detuvo. Un relámpago de inamovilidad con el que el aguacero cesó de golpe. Y entonces fue esa quietud que parece escucharlo todo con los oídos de su silencio. Extenuado, se sentó y miró de nuevo al cielo. Durante un largo rato, ni los mismísimos dioses osaron asomarse por cima de los muros de la noche, hasta que de nuevo se dejó oír el monótono canto de los grillos.

TAXIDERMIA

A ver. Acaso esté yo en el curioso procedimiento de comprobar a través del sueño que el alma, si no se refiere a la mera forma de la materia, tal y como Aristóteles fue el primero en sugerir, es el más degenerado e infame de los conceptos. Menos mal y me leí a tiempo aquel tratado que Amanda, mi mujer, dice que lleva título de espanto o aparecido. Como sea, ya sabía yo que no podía ser tan inútil haberlo hecho, tal y como ella siempre aseguró, con ese pragmatismo repugnante tan propio del género femenino y que se va acentuando con la edad. Ella siempre dice: no creo en santo que come y caga, ni en loco que no come mierda. Y, en cierto modo, compartimos la misma poca fe. Aunque para no creer en los santos ni para creer en los locos, requiera yo concebirlos avocados a tan vitales funciones. En todo caso, por ahora, el curioso procedimiento al que aquí me refiero es la única posibilidad que me queda para salir del atolladero en que me encuentro desde hace… Ni siquiera sabría decir cuánto tiempo, pues lo primero que resalta en este asunto es la perdida de la certidumbre que el tiempo nos proporciona como el principal referente de lo que existe.

PORNOAVENTURA

¿Cómo se puede ser, durante algún tiempo, tan vital y, al mismo tiempo. morir sin necesidad alguna de haber vivido por razón distinta a la de follar? Tal era la pregunta que se hacía Henry al caer la tarde y cuya respuesta el crepúsculo se iba llevando a los confines del anochecer confundido con su propia noche de viejo y como quien, con sumo cuidado y sigilo, oculta algo muy preciado pero que le ha de resultar comprometedor o embarazoso. El Henry -dicho así, en su recuerdo, porque así lo llamaron siempre en los tiempos en que vivir era algo más que recordar- estaba sentado ante uno de los largos ventanales que iluminaban el largo pasillo donde la pasaba desde la una, tras haber tomado su almuerzo y haberse negado, como siempre, a hacer la siesta. Éste nunca quiere dormir, había exclamado, como siempre, la señora Pérez. Y allí seguía Henry, empotrado en su silla de espectador del paisaje vespertino. Durante toda la tarde llovió. Y aunque había amainado ya, aún seguía cayendo esa leve llovizna, seguramente gracias a la cual el jardín, los árboles, la calle, los cerros lejanos que todavía encajaban sus puntas en los restos de una nubosidad fragmentada y el paisaje todo, o al menos hasta donde la vista aguzada alcanzara atisbar desde aquella ventana, adquiría esa transparencia rosa que a Henry tanto agradaba. Hasta que, como siempre, a las siete y según orden inapelable de la señora Pérez, Henry fue largado a su habitación. A dormir hasta el día siguiente, como siempre.

LA PIEL INMATERIAL DE LA NOCHE

Ahora sí que estoy jodido, se dijo a sí mismo, con resignación. Boca arriba, a la vez que dibuja garabatos ininteligibles en la piel inmaterial de la noche, llega hasta él un olor agridulce, de fruta fermentada o de licor. Mas bien de las dos cosas juntas, mezcladas, concluyó, ya que la gorda había incorporado al enorme pastel que estuvo preparando durante la mañana una generosa porción de cada una. Y en ese momento, cuando ya arribaba a la media noche, volvió a recorrer, una vez más, los detalles de aquella faena, que habían ido a parar a su memoria, como lo que sobró del pastel, de un golpe seco, habla ido a parar al fondo del bote de donde emanaba aquél olor.

LA CUARENTA Y OCHO

Entré al bar. Fui hasta el extremo solitario de la barra desde el que me observaba, pedí una cerveza y me volví a la mesa de siempre, o al menos la que yo esperaba que fuese tal cada vez que entraba, y que, por esta vez al menos, ciertamente, estaba desocupada. Estuve bebiendo mi cerveza poco a poco, algo así como a un sorbo cada vez que intercambiábamos miradas. Hasta que por fin ella también se vino a la mesa de siempre. Entonces la noche, como el silencio de Dios, se fue hundiendo en el barro de nuestro mutuo decir. Barro nuestro que caes del cielo. El amanecer nos sorprendió a solas, o más bien juntos en la misma soledad desde la que cada quien defendía su propia soledad, ahora sí, sin nada que decirnos, en medio del barrial que nos había arrastrado hasta la cuarenta y ocho.

EL CENTENARIO DE STOKER

Cuando suena la hora lúgubre de los espíritus, la novia bebe el vino de un rojo sombrío como la sangre. Una vez más, aquellos versos de Goethe, que lo hacían sentir tan orgulloso de sí, resonaron en su memoria, apenas se asomó a la ventana y la noche le rozó el rostro. Luego fue esa mirada acuciosa lanzada allende los suburbios nubosos de la ciudad, más allá de los cuales se extendía la rígida horizontalidad del cementerio. Quietud. sosiego, reposo, descanso… iba buscando la palabra más apropiada para definir lo que aquél otear el horizonte de la noche le inspiraba, hasta que la encontró: ausencia. Eso. Porque la muerte no es más que ausencia. Ni menos tampoco. Entonces emprendió el vuelo.

LA POSE

De los talones a la cabeza mediría no más de metro y medio. Y si uno se fijaba bien, venida de sus adentros a flor de piel, como el alma que le daba forma en una sola y fugaz pincelada de existencia, la insignificancia demarcaba el todo de su cuerpo quieto y menudo. Quizás fuese esto, la manera en que esa insignificancia determinaba la absoluta armonía entre el ser y el aparecer lo que la hiciera lucir más joven de lo que realmente fuese, como si a estas alturas de su biografía aún no contara con una historia única y propia en la que hubiese valido la pena desgastarse y envejecer. El resto de aquella su presencia era lozanía triste, quietud de lagartija a la una de la tarde y que administra su energía en medio de un paisaje árido y sofocante. No obstante, al mismo tiempo, su pose era tan curiosa y estudiada, tan artificiosa que lo que le faltaba en tamaño y significación le sobraba en gracia y seducción. Al menos eso fue lo que pensé cuando me disponía a entrar a la tienda y la vi, parada allí, de espaldas a la puerta y con los codos apoyados en el mostrador mientras seleccionaba los botones de las cajitas que el viejo tendero iba poniendo de dos en dos a la disposición de su minuciosa inspección.

 

 

Historia

Mundial

Contemporánea

A mi modo de entender, los que están persuadidos a que por la historia particular se puede uno instruir lo bastante en la universal, son en un todo semejantes a aquellos que, viendo los miembros separados de un cuerpo poco antes vivo y hermoso, se presumen estar suficientemente enterados del espíritu y gallardía que le animaba. Pero si uno, uniendo de repente los miembros y dando de nuevo su perfecto ser al cuerpo y gracia al alma, se lo mostrase por segunda vez a aquellos mismos, bien sé yo que al instante confesarían que su pretendido conocimiento distaba antes infinito de la verdad y se asemejaba mucho a los sueños. Y ciertamente, que por las partes se forme idea del todo, es fácil; pero que se alcance una ciencia y conocimiento exacto, imposible. Por lo cual debemos estar persuadidos a que la historia particular conduce muy poco a la inteligencia y crédito de la universal, de la que únicamente el reflexivo conseguirá y podrá sacar utilidad y deleite, confrontando y comparando entre sí los acontecimientos, las relaciones y diferencias. (Polibio. Historia Universal. Exordio.)

EL CONCEPTO DE MEMORIA

...sólo de aquellos seres vivos que son conscientes del tiempo puede decirse que recuerdan y hacen esto con aquella parte del alma que es consciente del tiempo. Aristóteles. De la memoria y del recuerdo.

Grande es la virtud de la memoria y algo que me causa horror, Dios mío: multiplicidad infinita y profunda. Y esto es el alma y esto soy yo mismo.  San Agustín. Confesiones

Introducción

...sólo de aquellos seres vivos que son conscientes del tiempo puede decirse que recuerdan y hacen esto con aquella parte del alma que es consciente del tiempo.

Aristóteles.

De la memoria y del recuerdo.

 

Grande es la virtud de la memoria y algo que me causa horror, Dios mío: multiplicidad infinita y profunda. Y esto es el alma y esto soy yo mismo. 

San Agustín.

Confesiones

 

...el pasado se conserva por sí mismo, automáticamente. Todo entero, sin duda, nos sigue a cada instante: lo que hemos sentido, pensado, querido desde nuestra primera infancia, está ahí, pendiendo sobre el presente con el que va a unirse, ejerciendo presión contra la puerta de la conciencia que querría dejarlo fuera.

...no pensamos más que con una pequeña parte de nuestro pasado; pero es con nuestro pasado entero, comprendida en él nuestra curvatura original del alma, con el que deseamos, queremos y actuamos.

Henri Bergson.

La evolución creadora

La memoria: un misterio, una estructura, un proceso

Para Aristóteles la memoria residía en el corazón. Captadas por los sentidos, suponía que las impresiones que se perciben del entorno eran conducidas por la sangre hasta allí. En general, para la filosofía antigua el corazón es el reservorio de la actividad espiritual del hombre. Allí se asienta lo que para nosotros es su existencia psíquica. De modo que el corazón era tenido por el lugar de las emociones y los sentimientos, idea que, por lo demás, ha permanecido a lo largo de la historia en las más diversas culturas hasta hoy. De hecho, en latín, recordar -recorsi- significa de nuevo en el corazón. Esta creencia se mantuvo durante siglos. No es sino hasta mediados de la edad media cuando la memoria comienza a ser ubicada en la parte posterior del cerebro1. Aunque sin datos abundantes y determinantes al respecto desde un punto de vista científico, es la fisiología moderna la que la ha localizado en el cerebro. E. Kandel2, premio nobel por sus investigaciones en este campo, ha definido la memoria como una representación interna de la información adquirida mediante aprendizaje; información que se halla codificada, espacial y temporalmente, en circuitos neuronales, mediante cambios operados en las propiedades reactivas de las neuronas. Con todo, en el mundo de la ciencia aún no hay consenso en cuanto al modo como reside la memoria en el cerebro. Hay quienes piensan que la memoria tiene localizaciones específicas, que se corresponden con un determinado tipo de ella, y quienes piensan que, por el contrario, la memoria es una y que alcanza amplias regiones cerebrales que operan conjuntamente y de manera coordinada, según diversos niveles de complejidad en el registro de datos y evocación del recuerdo. También hay quien piensa que ambas hipótesis no son excluyentes entre sí y que es posible que apunten con certeza al mismo fenómeno considerado desde puntos de vistas diferentes y complementarios3.

Aristóteles: memoria, alma y experiencia

Al concebirla como parte del proceso cognitivo -junto con la percepción y el aprendizaje- la psicología cognitiva ha puesto en evidencia la complejidad de la memoria y resaltado la conexión existente entre memoria y otras funciones tanto fisiológicas como espirituales del ser y el proceder humanos. Conexión ésta que ya había sido planteada por Aristóteles. Así, por ejemplo, en Metafísica establece la relación directa y biunívoca entre memoria y experiencia de la siguiente manera:

San Agustín: memoria, alma y dios

Agustín se ocupa del tema de la memoria en el Libro X de Confesiones. Hay quien dice que este capítulo constituye una suerte de bisagra que une la primera parte de la obra, es decir, la parte autobiográfica, que recogerían los libros del I al IX, con la siguiente, la parte conceptual, correspondiente a los libros XI-XIII. Tal estructura expresaría la intención misma del autor, con el propósito de reflejar en ello su concepción de la memoria como la función mediadora entre el hombre y dios1. Aunque no hay constancia de que esto sea así, es una interpretación muy plausible. Por lo demás, cualquiera sea el caso, se trata de una interpretación que en nada contradice el concepto mismo de memoria que maneja Agustín y que constituye una excelente guía en la lectura de la obra. También, en La Trinidad trata Agustín el tema de la memoria, particularmente en los Libros del X al XIII, aunque aquí no de manera específica, sino en conjunción con el entendimiento y la voluntad, y en tanto que las tres -memoria, entendimiento y voluntad- son las facultades que a su entender definen el alma humana. Ello supone un giro completo en el concepto de alma y, en consecuencia, en el de memoria con respecto a la visión materialista de Aristóteles. Pasamos de la entelequia que define lo vivo en la naturaleza -de lo cual el hombre es una especie- al hombre cuya individualidad plena está determinada más que por la naturaleza, por su conexión con dios y la dimensión de lo divino. El alma de Aristóteles da lugar a una especie natural con conciencia del tiempo. La de Agustín a un hombre histórico conectado con la naturaleza sólo en su dimensión material y cuya conciencia del tiempo no es otra cosa que su vínculo con la eternidad.

La dimensión social de la memoria

Entre el Tratado del Alma y el Tratado de la Santísima Trinidad se abre uno de los episodios más plenos de significación en la historia de la filosofía occidental. El cristianismo avanza sobre las ruinas de un paganismo que ha sido, al mismo tiempo, fuente de inspiración y modelo de su filosofía. Esto se hace evidente en el tema de la memoria. El concepto de Aristóteles emerge de las dimensiones materiales de la naturaleza y que el cristianismo depreciará como el terreno de lo profano. El de Agustín es un concepto que desciende de los cielos. Tejida con el hilo de la lógica pagana, la memoria de Agustín se inserta en el tapete de la fe y el misterio supraterrenal de lo divino. En este tema, como en otros, el decisivo avance que el materialismo aristotélico representa respecto al idealismo de Platón, es un camino que de nuevo recorre Agustín, pero en sentido contrario. Su concepto de alma -y con él el de memoria- constituye, digámoslo así, un ejercicio de desmaterialización de lo que encontramos como tal en Aristóteles.

Mito, memoria e historia

Se dice que recordar es hacer presente el pasado. Ciertamente. Una hermosa metáfora, como casi todas las que, al jugar con el sentido de los términos, pero sin contradecir su sentido, crean una atmósfera de contrasentido que, sin estar reñida con la lógica, la ironizan, en cierto modo se mofan de ella. Una metáfora, además, muy acertada en todo sentido. Sin embargo, ello no obsta a la hora de precisar hasta qué punto es posible hacer presente el pasado, en qué grado y en qué sentido. Pues el pasado presente no es lo mismo que el pasado, El recuerdo no es mostrar lo que hay en la memoria, sino la realización de un constante proceso de selección, ordenamiento y elaboración de ella. El recuerdo es una intervención intencionada y sofisticada desde el entendimiento del material bruto de la memoria. No sólo el recuerdo vive de la memoria, sino que, a su vez, la memoria vive de la aportación y el enriquecimiento que el proceso de recordación le aporta. De modo que, como resultado del recuerdo, el pasado presente no es el pasado, sino lo que de él hemos seleccionado, ordenado y elaborado, y lo que nos decimos acerca de los resultados de tales operaciones sobre la memoria. Y como seleccionar supone, en alguna medida, el olvido -inconsciente o voluntario- hay veces en que hasta el olvido es una forma de decir acerca del pasado recordado. Si a todo esto se agrega que todas estas tareas inherentes al recuerdo y el olvido se realizan desde y a través del lenguaje, que son en sí mismos procedimiento lingüísticos, resulta entonces que la memoria es un procesamiento semántico de la experiencia temporal. Saber del pasado, individual o colectivo, es en sí mismo un proceso de significación.

 

 

HISTORIA Y CIENCIA
El silogismo se compone de proposiciones, las proposiciones de términos; los términos no tienen otro valor que el de las nociones. He aquí por qué si las nociones (y éste es punto fundamental) son confusas debido a una abstracción precipitada, lo que sobre ellas se edifica carece de solidez; no tenemos, pues, confianza más que en una legítima inducción. F. Bacon
Introducción

Soy de la generación a la que tocó aprender en clase de historia que la historia es la ciencia que estudia el pasado y, respecto al más importante hecho que da inicio a la historia, que el hombre desciende del mono. Aunque aquí el asunto nunca quedó del todo claro por aquello del eslabón perdido. Acto seguido, receso de por medio, me tocaba aprender en clase de religión que, de acuerdo a la historia sagrada, el hombre era creación de dios. Esta vez el asunto quedaba todavía menos claro, pues con ello se hacía participar al hombre de una doble naturaleza, histórica y divina. Siguiendo el razonamiento científico -que también hube de aprender en clase de física y de matemáticas- si la historia es una ciencia, la historia sagrada también lo es. Entonces ¿cómo era posible que una misma ciencia tuviera posturas científicas tan disímiles en relación al hecho más importante con el que se iniciaba la historia de la humanidad? ¿O es que hay historias científicas e historias que no lo son? Porque en el mundo de la ciencia hay más teorías falsas o erróneas que teorías verdaderas, y todas por igual son expresión del mismo modelo de conocimiento, es decir, forman parte del mismo proceso de desarrollo de ése modelo y de ese conocimiento tenido por científico. Hay verdades científicas y también falsedades que, no por tales, dejan de ser científicas, pues las unas y las otras son resultado del mismo proceder. Claro que el que la historia sagrada sea científica es bocado del conocimiento que lucía realmente grueso de tragar.

La concepción de la realidad: la relación sujeto-objeto

La caída de un individuo de lo alto de un edilicio de diez pisos puede ser interpretada de muchas maneras. Como un suicidio, es decir, el resultado de la intención de quitarse la vida, o como accidente resultado del descuido mientras contemplaba el paisaje, o como un homicidio, si es que el sujeto en cuestión fue empujado por otro o, incluso, de alguna manera inducido a acometer su propia caída. Este tipo de causa puede llegar a constituir un entramado muy sutil y complejo porque, precisamente, no supone necesariamente datos evidentes, observables y medibles, sino indicios de una posible intención o conducta particular del individuo en cuestión y, también, de otros que pudieran estar de alguna manera involucrados en su caída desde lo alto de un edificio. Por otra parte, son datos evidentes, observables y medibles, tales como la masa del individuo que cae y la distancia que lo separa del centro de la tierra, los que, convertidos en variables de una rigurosa formulación matemática con enorme capacidad de predicción, nos explican la caída del individuo desde el punto de vista científico. La diferencia entre una y otra situación a la hora de interpretar el mismo fenómeno es la objetividad científica o, dicho en otros términos, el concepto científico de realidad en el que se ha basado y se basa todo el pensamiento científico y sus nociones de conocimiento y verdad.

El historiador como sujeto y el hombre histórico como objeto

Gracias a la Ley de Gravitación Universal, la caída de un individuo de lo alto de un edilicio de diez pisos puede ser comprendida científicamente, si me fijo en los datos apropiados del evento y lo defino de la manera apropiada. Lo cual requiere, como es obvio, un observador específicamente consciente y premeditadamente preparado para ello. Esto es, un observador según lo que el método científico entiende como tal. Si como observador no me interesa la distancia del piso diez a la superficie de la calle, ni la masa molecular del individuo; si, además, no tengo la capacidad de combinar estos datos como variables de un acontecer ecuable, no soy el observador indicado para una apreciación científica del evento. Y, muy probablemente, la mayoría no lo es. Lo cual, sin embargo, no nos excluye como observadores, y dará lugar a muy diversas formas de interpretar el evento, distintas, todas ellas, a la propia de la ciencia. Lo primero que cabe preguntar es si, al ser esto así, se trata del mismo evento.

La naturaleza científica de la historia: un despropósito metodológico.

Luego de aprender a distinguir un poco, gracias a Aristóteles y Tucídides, lo que la ciencia y la historia son, o pueden ser, aquella idea que hube de aprender en la escuela según la cual ésta última es la ciencia del pasado luce como el más remoto y anquilosado arquetipo de la infancia de cualquier historiador. Pero lo mismo fui a aprender en la escuela de historia en la que me formé. Siempre recuerdo a mi profesor de ciencias sociales asegurando que la historia es una ciencia porque tiene un método, es decir -ilustraba haciendo el correspondiente gesto con su mano- un camino hacia el conocimiento que ha de ser andado. Por mi parte yo, que antes de ingresar a la Escuela de Historia había cursado durante dos años ciencias actuariales y matemática aplicada en la de Estadística -a tono con el cruel lema de mi profesor de cálculo: deriva el que sabe, integra el que puede- me preguntaba cómo es eso que, para definir un método científico, los historiadores hemos de conformarnos y apegarnos a una metáfora como, en este caso, la del caminante. Yo podía estar muy de acuerdo con una metáfora que, después de todo, se corresponde con la etimología del término método. Pero nunca con la naturaleza científica de lo que una metáfora así estaba llamada a ilustrar. Si de caminar se trata, he allí a Heródoto en el Asia Menor, o cualquier estudiante de historia por las atestadas calles que conducen al Archivo General de la Nación, la Biblioteca Nacional o la Academia Nacional de la Historia. Pero que jamás han de conducir a la ciencia.

Historia y ciencias sociales

La historia es la más antigua de las ciencias sociales. Esto afirma Fernand Braudel, y añade que lo que la diferencia de ellas no es sólo su antigüedad, sino la peculiar dificultad de que el historiador trabaja sobre lo que ya no es. Por otra parte, Georges Duby, quien, al igual que Braudel, asigna un carácter decisivo tratamiento documental, señala una estrecha vinculación entre la historia y la creación literaria, y resalta el hecho de que la historia, entre las disciplinas que habitualmente llamamos ciencias humanas, es la única que constituye un género literario.1 Tales no son distinciones diferentes o excluyentes. En realidad, la una es consecuencia de la otra. La historia es narración, porque sólo a través de la narración podemos acceder al tiempo, significar el transcurrir de la existencia como temporalidad especifica y representar lo que ya no es. Fue ese ya no ser el que llevó al sustancialismo antiguo a afirmar que de la historia no se podía extraer conocimiento alguno, pues no se puede conocer lo que deviene, sino lo esencial y permanente, lo siempre igual a sí mismo. Es ese no ser el que, todavía hoy, traza la frontera epistemológica entre ciencia e historia. Debate del cual Braudel se aparta, por considerarlo estéril, y con razón. Sólo que con ello se pierde todo derecho a considerar la historia una ciencia. Y, por último, es ese ya no ser el que hace del tiempo histórico una dimensión sólo posible de ser planteada en el contexto específico de una narración. En virtud de lo cual Duby reconoce su naturaleza decisiva como género literario. Ciertamente, hay que convenir en que la historia se distingue de las ciencias sociales por su antigüedad, y por tratar de lo que ya no es. Sólo que la más elemental consecuencia de ello es que la historia no es, en realidad, una ciencia social, sino, como muy bien dice el mismo Braudel, el arte frágil de escribir historia.

El surgimiento de la historia ciencia y las ciencias sociales

Las ciencias sociales son uno de los más genuinos productos institucionales y académicos de la sociedad industrial. Si bien el término suele utilizarse en contraposición al de ciencias naturales, y sugiere que el estudio de la sociedad no se rige por los mismos parámetros, en sus orígenes son el intento de crear lo que Comte llamaba una física social, cuyo propósito no era otro que aplicar los criterios y métodos científicos al ámbito de la sociedad y la acción humanas. La sociología no comenzó a ser reconocida como una disciplina académica hasta finales del siglo XIX, particularmente con los trabajos de Durkheim, epígono de Comte y Saint-Simon, y cuyo radicalismo científico impone una línea de trabajo que concebía la realidad social como un objeto de estudio independiente de la subjetividad del individuo. En contraposición a este concepto, posteriormente, Max Weber, más influenciado por el marxismo, aducía que no se puede estudiar la vida del hombre y sus relaciones en sociedad sin tener en cuenta el modo en que la dimensión subjetiva de su existencia incidíe en la realidad social. Las ciencias sociales surgen en el marco de esta controversia. Pero son, en conjunto, expresión del desarrollo de la sociedad industrial, de una cultura para la que la ciencia es símbolo del saber y de control sobre la existencia, bien y valor fundamental del desarrollo social. Y la historia, como ciencia social, aparece también entonces o, si se quiere, el oficio del historiador se inserta en esta cosmogonía característica del mundo contemporáneo. Dicho en otros términos, no es que la historia sea una ciencia social, sino que la historia, como ciencia, es una forma particular de concebir y escribir historia, tan reciente como las ciencias sociales con las que comparte, o intenta compartir, el mismo espacio institucional y académico.

Las ciencias sociales: signo de modernidad de la era industrial

La historiografía. Lo que desde los tiernos años de la escuela nos enseñaron a definir como la ciencia que estudia el pasado ¿por qué, en lugar de seguir sentada a las puertas del reino de la ciencia social, no emigrar al infame barrio de la narrativa. donde nació y creció sin complejos el mismísimo Heródoto? Yo creo que en buena parte ello se debe a que el empobrecimiento del historiador como narrador no es cosa que se queda en el plano del papel, sino que invade toda su interioridad como sujeto. El estilo no se aprende ni se copia; se forja en el marco de una disposición personal. El historiador científico se enajena a sí mismo como sujeto, y lo hace en aras de una falsa objetividad en virtud de la cual cree que el conocimiento histórico está fuera de sí mismo, en esa supuesta realidad del pasado que, en realidad, no existe. La idea de que la historia es la ciencia que estudia el pasado es la representación sintética de esta enajenación, reproducción del servilismo epistemológico que le otorga su dudoso rango científico y, al mismo tiempo, lo anula como narrador.