El padre Claudio había conducido su existencia de acuerdo a una línea trazada mentalmente entre lo profano y lo divino. O al menos todavía quería creer que así lo había hecho, hasta donde pudo hacerlo. Y supo hasta dónde el día que de súbito se sorprendió a sí mismo en plena oración y, al mismo tiempo, pensando en Dios. Instante de luz, el que lo desplomó. Eso de tener un pie a cada lado de la línea en torno a la cual había concebido su existencia le pareció una insostenible farsa. Cuando se ora, a Dios se le siente, se le ama o se le odia, incluso, pero no se le piensa. Si Dios es objeto de pensamiento, la oración no puede ser más que una mecánica letanía sin gracia y que, por cierto, lo aleja a uno de la Gracia a la que se pretende acceder cuando se ora. Qué línea ni qué línea. Mera, imaginaria geometría que, como toda geometría, nos asigna una ubicación en el universo hasta que descubrimos que estamos en medio del universo desnudo cubriendo nuestra desnudez con los desnudos brazos de la razón. Cuando la fe ya no alcanza para completar una señal de la cruz más, nuestra humanidad ha sobrevivido a toda simbología e impuesto su desolada e inútil simbología al todo en que hemos sobrevividp. Hemos llegado a donde ha de llegar todo lo que piensa cuando, pensándose, se le agota el tema de su mismísima humanidad y lo hace a un lado, como el comensal con el plato objeto de su hartazgo y del que ya no quiere comer más. A eso había llegado el cura. El llegadero, llamaba a esa suerte de desierto intelectual en el que se quedaba mirando a su alrededor sin saber qué mirar. Qué línea ni qué línea, se repetía cada vez con más frecuencia desde el momento en que, ya en Buenaventura, iba advirtiendo día a día su imposibilidad de diferenciar entre lo profano y lo divino. Profano, lo que no es sagrado o no sirve a lo divino. Y, bien pensado, todo lo es, porque lo sagrado sólo puede serlo en cuanto impensable, ya que el sólo pensarlo lo profana. Una vez más, el cura y sus rigurosas majaderías racionalistas. Luego a quejarse de que la fe no le dura. Bueno, no es cierto. En realidad, este cura ya no se queja. Sólo que mira y comenta como una vieja asomada a la ventana de su ánimo ¿Qué? ¿No tiene nada qué hacer? ¿Algo útil en qué empeñar el tiempo? La verdad, no. Quien sabe, a lo mejor no debió haber sido cura. Como si valiera de algo decírselo ahora. Como si valiera de algo habérselo dicho antes o después de ahora.
Pero, eso sí, el traje siempre le sentó bien. Es verdad que, medido por las piernas y los pies, este cura debió haber sido futbolista o corredor de los cien metros planos. Pero, medido por dentro, la pereza física era más grande que su pereza mental y sus extremidades. Además, por otra parte, también es verdad que este cura siempre tuvo cara de cura. Cabello de recluta, lentes redondos y esa expresión de personaje shakesperiano perdido en un siglo que ya no le va como el suyo. Ah, silenciosa calavera largándose su abismal monólogo frente al espejo de un aburrido sí mismo. Bien, bien, a parar ya, que, independientemente del tamaño de las patas y la pereza, línea ya no hay. No hay frontera posible en un universo del que sólo podemos sabernos atrapados. Tierra de nadie. Sólo fugitivos, ladrones furtivos y patones curas de paso transitan por allí. Mira: se encienden y apagan como luciérnagas en la noche interminable de una historia sin final. El rumor de fondo debe ser, como siempre, el mar. Esa claridad metálica que nunca terminará de estallar debe ser la falsa luz lunar. A veces, croan las ranas. Con el tiempo, casi olvidado del asunto, el padre Claudio sólo miraba al cielo de vez en cuando como quien mira al patio vacío y silencioso del vecino y se pregunta, curioso, si el sujeto aún seguirá allí. Para nada le hubiese extrañado saber que no, que se mudó a otro lugar. Los aires de Buenaventura. Será que no le sentaron bien. El cura tomó la Metafísica y volvió a colocarlo en su lugar. Era el único libro que aún tenía un lugar en aquella habitación. Ya no lo leía. Se lo sabía de memoria. Sólo que, a menudo, lo tocaba y, mientras reposaba entre sus manos, rememoraba pasadas experiencias que giraban en torno al ejercicio consumado de su lectura.
En realidad, había dicho Julián, el anciano maestro del seminario, respecto a la susodicha línea, no es así, pero funciona. La realidad no sirve para nada. La metafísica para todo. Créeme, muchacho, Aristóteles es la mejor manera de aguantar las cosas en su lugar, que no se te vengan encima y te sepulte el caos bajo la lápida de tu propia incertidumbre. Yo que te lo digo: la humanidad le debe más a ese sujeto de lo que solemos reconocer. Y la Iglesia también ¿eh? Aunque sus autoridades no sean precisamente pródigas a la hora de reconocerlo. ¿Cuánto crees que habría soportado sin un sistema eficiente que la pusiera a salvo de la efímera emoción de la rebelión y la catacumbas? Habríamos enloquecido, pasado la página y a otra cosa. ¿Pero qué? Las páginas pasan. y allí seguimos. Cuida, pues, de esa línea y te perderás lo menos posible ¿Y la oración? Preguntaba el discípulo. La oración. La oración es ritmo de la emoción, entusiasta reloj de la fe, la invocación fundamental. Yo hablo de disciplina mental ¿Entiendes eso, no? ¿Eh? He dicho más de lo que me hubiera permitido de no ser tú, muchacho. No me pongas en la odiosa circunstancia de explicarlo con más detalle. La oración salva almas. Sirve para eso, que ya es bastante, pero para nada más. Para todo lo demás sólo la razón puede conducir a algún sitio. Tú verás. A menos, claro, que te dé por el misticismo. Eso es otra cosa. Yo digo que para una propuesta así hay que disponer de un verdadero genio poético y, aún así, ser un gran suertudo para que el camino de la oscuridad te conduzca a la luz. Y no es fácil poseer dotes semejantes. Y si se poseen, entonces no se precisa de líneas. La frontera se borra. La razón se aparta. Y te conduces a tus anchas en el desordenado universo del corazón. Es la mejor manera de vivir sin lugar. Tú decides. Algo así siempre será tu decisión. Duda apremiante que no te dejará. Por lo que es bueno precisarlo cuanto antes. Aún tienes tiempo. Pero no te confíes en que te sobre. Nunca sobra. El tiempo nunca sobra para los mortales. La eternidad es un bien que nos seduce sólo a partir de la resignación que nos impone la muerte y el hecho inminente de que estamos condenados a morir. Al menos, claro, que seas un pagano antiguo: a esos sí que les sobraba el tiempo. Demasiado tiempo. Nunca supieron qué hacer con él. Tenían dioses, pero no lo que nosotros llamamos una mentalidad religiosa. El Olimpo no es cielo ni eternidad, sino tiempo total que no se puede medir. Si lo piensas bien, te darás cuenta de que mientras la teología es ciencia del misterio, la mitología es mero inventario de deidad y poderío, recreación de la historia como cúmulo de camnos posibles que conducen siempre a lo imposible. Y no me mires así. Pausa. Piensa, muchacho. Muchacho piensa. A ver, dime ¿por qué crees que los antiguos no tuvieron libro sagrado? ¿eh? Nunca te lo has preguntado ¿verdad? Preguntas así no se enseñan, pero son las que nos enseñan. Sin doctrina, verdad, futuro...¿cómo construyes uno de esos libros? Mitología: apuntes de la experiencia, sólo eso. Poesía. Sublimación de lo inexplicable. Dramatización excelsa del sin sentido. ¡Ah, estos griegos!. Son unos vivos. Yo que te lo digo. No resolvieron nada. Cristo nos salva muriendo en la cruz ¿cierto? El asunto está resuelto; es el signo de toda revelación. Ahora dime algo que resuelva Sísifo ¿Te das cuenta? Los griegos no resolvieron absolutamente nada. Una suerte de culto a lo imposible los mantiene a salvo de las soluciones y los terribles compromisos morales que tales soluciones pueden imponer. Nuestros maestros nos enseñan hoy que el hombre antiguo es una suerte de ser amoral. Pero, en realidad, es de una moral incomprensible para nuestra moral cristiana. Toda una moral que llega hasta el borde del abismo y, allí, se encoge de hombros frente a lo impenetrable. Por eso digo: no resolvieron nada; se mezclaron en la nada como parte del problema mismo. Zeus. Piensa. Tiempo. No hay más dios para el griego antiguo. Para nosotros el tiempo es el gran problema, desde Agustín, lo menos ¿o no? Bien. El tiempo es, pues, el problema que nos lleva a buscar a Dios, mientras que el antiguo se conforma con asignarle un nombre sublime ¿Te das cuenta? La estética, muchacho, la estética, y no la teología, es la que permite concebir la historia misma como Dios, contemplarlo sin sacar conclusiones morales que nos comprometan con la nada a la que pertenecemos sin saber cómo ni por qué. Geniales sujetos, hay que reconocerlo. ¿Para qué un gran libro cuando lo que se tiene de la vida es apenas pequeñas ideas, reflejos posibles de lo imposible de concebir, poesía en el más riguroso sentido trágico? Geniales.
El Padre Claudio echó una mirada más al libro que acababa de colocar en su anaquel. Lo tomó de nuevo. La voz dulce y al mismo tiempo recia del maestro se iba apagando gradualmente a medida que se mezclaba con el aire moderadamente frío, o que daba la sosegada sensación de tal. Descansado, sereno, milenario pero exento de las lastimosas fatigas de lo milenariamente acontecido: así era el aire que imperaba en aquel quieto recinto y que el padre Claudio, en las mañanas, cuando se lo proponía en su recuerdo, casi podía sentir de nuevo. Seguir sintiéndolo tras una interrupción de ¿cuántos años? ¿treinta? Podían ser treinta siglos. El recuerdo es quietud, espacio suspendido en el que nada transcurre, suma de instantes habidos, amontonados al margen de las miserias de la cronología. Quien sabe, a lo mejor fue en aquél agradable recinto donde comenzó la racional duda con la que, en plena oración, solía mirar a Dios.
Largas hileras de anaqueles llenos de tomos inmóviles que bordean en derredor la larga mesa impecable. Duermen, se diría, en sus cuerpos macizos. Miran desde el codiciado secreto de sus emparedadas páginas. Ese olor a papel impreso y madera pulida que en tono sagrado invita a la profanación. Vibración quieta de sabiduría silente, integrada a la sombra fresca y húmeda de un tiempo en el que ya nada transcurre y que casi se deja tocar en la mansedumbre de su indiferencia. Es mi rincón medieval, dijo Julián la primera vez que lo invitó a entrar. Y el padre Claudio lo repite en la voz de su recuerdo cada vez que recuerda el lugar. La voz del anciano ha vuelto a elevarse de tono. Cordialidad que se mezcla con la dignidad del maestro eclesiástico. Entra, muchacho. Muchacho entra. Cuando ya nadie te toma en serio ha llegado la hora de ponernos a pensar. No es mucho. Nuestro objeto nunca es tan grandioso como creemos. Es el momento crucial, la única prueba para nuestra vana inteligencia, o lo que nos quede de ella luego de haberla malgastado en las vicisitudes vanas de la academia. Tú sabes, la gran oportunidad para largarte un par de opiniones más o menos válidas, o medio valiosas. Quizás te alcancen para envejecer lo suficiente, para esperar sin desesperar, quiero decir, tú sabes. Tampoco esperes mucho más ¿eh? No es decoroso morir y cerrarle la puerta en la cara a tu propio fantasma de esperanza. Así que, cuidado: el buen gusto debe privar. Cierra la puerta. Muchacho cierra.
Inhalación profunda que no alcanza, sin embargo, para que se enderece la figura encorvada del anciano Julián. Sonrisa. Se dibuja en sus labios estrechos que apenas si se abren, pero ilumina oscuramente su rostro entero. Acaso sea ese sutil tono diabólico el que lo hace tan encantador. ¡Ah, venid, mis demonios todos!. Que ésta, mi soledad, no es un castigo, sino mi vana misión. Mirada al vacío hasta que se detiene en uno de los anaqueles de la biblioteca. Aquí: historia, hasta allá, señala el brazo corto en alto, como quien saluda algún personaje a lo lejos pasar ¿Ves? Hasta aquí griegos y romanos. De aquí para allá cristianos. Mejor mantenerlos separados. La mezcla puede ser inútilmente volátil. Sonrisa cómplice. Recuerda: Aristóteles, siempre Aristóteles. Aquí Edad Media. Esta franja de abajo, moros. Tampoco es bueno mezclarlos; eso sí que puede ser explosivo. Bien. Sin embargo, no todo es malo, como dicen, de este lado. Inquisición y miseria. Es verdad. Occamistas y ciencia, también. Hacia allá más ciencia, y más ciencia. La desolación de la historia contra sí misma y el antropomorfismo genial. El hombre a solas, presa de su propio genio. También se le conoce como civilización y progreso, tu sabes. Ceño fruncido y mirada acuciosa fija sobre un improvisado, rápido y engorroso movimiento de dedos. Invento, y más invento. Homo fáber, que le dicen, ¿no? Locus febrilis, también podría uno decir. Ah, y mira esto: místicos, de todas clases, y también novelas de misterio. Me gustan las novelas de misterio ¿A ti no?
Como sabemos, los misterios en sí son insolubles. Por sí mismos no son nada. ¡Pero vaya potencia la que son capaces de generar!. Nada atiza tanto la pasión como su incógnita, la respuesta imposible a la que condenan nuestro entendimiento. En realidad, hay que ser sinceros: a nadie le interesa resolverlos. De no ser así perderían toda gracia, para el místico y cualquiera que intente vincularse con Dios y cualquier forma de orden cósmico. Sin misterio, sin su oscuridad impenetrable, no hay luz que brille. ¿Comprendes lo que digo? Los griegos inventaron la filosofía y la historia. ¿Sabes por qué?, muchacho: se cansaron de lo divino, lo sagrado se les gastó demasiado pronto. Un cosmos encerrado en la mecánica sosera mítica se les torno harto tedioso. Sus dioses eran muy próximos al hombre como para recrearse en auténticos misterios, y, al mismo tiempo, demasiado alejados de él como para razonar a partir de ellos. Rebelión del intelecto. Inevitable. Siempre pasa. El problema con el cielo es que siempre está uno a punto de caerse de él ¿Te das cuenta? No es lugar seguro, según parece. Por eso la Metafísica y las novelas siempre resuelven el misterio que se plantean ¿Cuál fue la causa? ¿Quién fue el asesino? ¡Je, je…! Un par de preguntas hechas en un segundo alcanza para entretenerte una vida entera.
Muchacho de ojos fascinados que siguen el caminar pausado del anciano Julián por el pasillo libre entre los anaqueles y la larga mesa. Mientras camina, el anciano apoya su mano blanca sobre el respaldo arqueado de cada silla y va sujetando muy levemente el arco de cada una rigurosamente alineada a lo largo del borde también curvo de la mesa. Cada dos cortos pasos, una silla. Nunca le vi sentado mientras visité aquella biblioteca. Caminaba con una coordinación tal que no se cansaría jamás. Debe haber muerto caminando. El otro mundo. La nada, quizás. Quién lo sabe. A dónde sea, debe haber entrado caminando.
Y casi siempre el padre Claudio recordaba el brillo en los ojos de aquel anciano, algo jocoso en sus maneras y que, pese a su edad y lo encorvado, lucía tan fresco y vertical. En aquel entonces le pareció el brillo de la sabiduría. Ahora, desde este más acá recalentado y quieto que es Buenaventura, quizás fuese lúcido, mero, locuaz disimulo de sutil locura. Pero había funcionado, hasta donde funcionó. La línea divisoria había funcionado. Era preciso reconocerlo. Desde el día en que quedó trazada a punta de lápiz aristotélico, ni el mismo acto de la creación, en caso de repetirse, alcanzaría borrarla. Inicialmente, mozalbete, era una frontera impoluta, rigurosamente dibujada según el parecer de una mente rigurosamente deductiva, en el universo plano y perfecto de esta soledad. Mi misión. Aquí yo. Allá Dios. El cura caminaba de un lugar a otro de aquella frontera mental. Las cosas fueron cambiado un poco desde entonces. La frontera se tornó móvil y borrosa, divisoria en una soledad convertida en paraje agreste, campo minado. Lo profano y lo divino se traspasaban entre sí, comían de la misma espera, se agotaban en el mismo tedio, retozaban en una tregua metafísica cada vez más prolongada y descuidada, incierta, casi promiscua. Por más que lo intentó, el Padre Claudio no había alcanzado a Dios. Se lo había topado en el camino, sin querer, como quien pisa a un transeúnte en la acera. Perdón, señor. O mas bien ¿perdón, Señor?, debo decir. El encuentro debe haber tenido lugar en algún momento indefinido de mi tiempo mental, sin que por ello brillara luz alguna en el más apartado rincón de un universo demasiado común y confuso como para llamarlo reino.
Últimamente, cada mañana el Padre Claudio se burlaba de sí mismo cuando, parado en la puerta de la sacristía, a la que accedía directamente desde su habitación, con una taza de café humeante en sus manos, se decía: mi rincón medieval, e imaginaba la mirada que el anciano maestro lanzaría hacia aquel desordenado lugar. Debes reír de algo así, viejo, o quizás compadecerme por algo así, cada vez que el vaho de este cuartucho llega hasta tu rostro de otro mundo. Paredes blancuzcas. Techos de opaca madera ennegrecida que cruje con los vientos inesperados que azotan los recovecos de la memoria. Los libros, que con tanto esmero seleccionó y empacó para traérselos a Buenaventura, habían ido saliendo de las cajas desatadas y se habían ido amontonando en torres por lo rincones. De un lado un catre y el escaparate en que guardaba los objetos sagrados del culto. Del otro una mesa destartalada pegada a la pared, sobre la mesa un radio, que el cura encendió maquinalmente, como hacía cada mañana, y a su la lado un atril sobre el que reposaba una gorda Biblia cerrada. Había días en que recordaba los días pasados en la biblioteca de Julián. La magistral armonía entre el silencio y el ejercicio mental de quien, atento, se había entregado a la lectura incansable de aquellos densos volúmenes. Vorágine de la razón. Sensación, duda y evidencia sometidas a procedimiento. Ritmo del pensamiento.
Hoy, vuelto de lo de Medina, había pasado la madrugada en vela, y eso lo tenía de mal humor aquella mañana. Decidió cerciorarse por sí mismo de cuánto de cierto había en los rumores que pululaban desde temprano por Buenaventura y según los cuales Medina se había instalado de nuevo en su despacho. Cosa que, hasta el momento en que lo vio traspasar la puerta de la sacristía, ifual que todos no podía creer. A ver si comienzan a hacer con ése lo que con el Moise. Ah, si tuviera yo la mitad de una imaginación así ya sería una célebre figura de la literatura romántica. O, quien sabe, el más aguerrido de los místicos. Después de todo son lo mismo: inmoladores del alma. El cadáver aún tibio y ya han visto al pobre diablo vagando por allí como alma en pena. No, si no me extraña, para nada. Ya han comenzado a entretejer los primeros hilos. Una aparición por aquí otra por allá. Después le agregarán vagas intenciones que hagan vibrar su alma al ritmo del lamento y la venganza. No tardarán en responsabilizarlo de esto o de aquello. En cierto modo los entiendo. La ortodoxia no permite aceptar este tipo de cosas, lo sé. Pero las ortodoxias se ablandan mientras más se aproxima uno a lo humano. Qué se le va a hacer. Uno mismo envejece, y se va ablandando en el barrizal de sus propios empeños por mantenerse firme. Tú sabes. Entre oración y oración, pensamiento y pensamiento, vacío y vacío. Sin saber cómo, comienza a escaparse un suspiro aquí, uno allá. Al final, no tardan en sobrevenir la sonrisa y el bostezo. Las puertas se han abierto: he ahí lo que la ortodoxia no puede conjurar. Superchería. Dios verdadero. Guerra a muerte a la herejía. Lo sé. Pero no es tan sencillo ¿No que había que estar cerca del hombre? Seminarios, libros: tienen algo de hermoso que, creo, es la distancia que guardan con lo real y desconocen. Pero cuando esa distancia se acorta, ¡ah Señor!, la disciplina y los rigores se trastocan, se desdibujan las nociones, el alma se nos encoge, nos queda corta. Una cosa es estar cerca del hombre, y otra de los hombres, compartir con ellos una a una las majaderías del día a día. He allí tu rebaño, la mismísima horda de siempre entregada a su magistral locura: toda su historia es, teológicamente, una infamia que los convierte en feroces criaturas tras la presa de la salvación. El mito los conciliaba irremediablemente con la nada. La teología, la gran opción imposible los colocaba contra de ella. De no haberles Tú prometido un paraíso, se habrían inventado uno. Te lo aseguro. Pero, mientras tanto, les sobra imaginación. Mira que, por lo demás, hay que reconocerlo, el viejo es un excelente tema de historieta. Hasta donde yo la dejé, me pareció que estaba muerto.
Quizás fue la oleada de sueño que le sobrevino y el ruido de la radio encendida lo que no le dejó escuchar los pasos que venían desde la nave de la iglesia. Un pequeño golpe de tacón sobre el piso de cemento pulido a lo largo del pasillo que quedaba libre por entre las sendas hileras de bancos de madera a lado y lado. La mano blanca y temblorosa que iba tocando uno a uno cada respaldo. La mirada sobre el altar, y sobre la pared blanca al fondo del altar sobre la que colgaba una gran cruz de gruesa madera pulida. Sin Cristo, la sola, pelada y limpia madera simbolizando el sublime sacrificio es mas sugestiva que la dramatización del sacrificio mismo ¿Está seguro, Padre? Por supuesto que sí. Pero parece que falta algo; un toque de vida ¿Toque de vida? ¿Cuál toque? ¿La corona de espinas? ¿Los clavos? ¿El gesto dolorido, caído y sangrante de un cuerpo que expira? Nada de eso. El símbolo, mientras más sencillo más símbolo. En fin, así es este cura. El cura así lo quiso. Giro a la derecha. Giro a la izquierda. Llamamiento. Advertencia. Quizás desesperanza. Lo que fuese, el Padre Claudio no escuchó. Pero allí estaba. Aparecido. Aparejado con su propio espectro. Medina sonriendo. Desde el catre en el que había permanecido sentado durante largo rato, el sacerdote pudo ver ahora la dentadura postiza metida dentro de la boca del viejo. Era igual que verla afuera, sólo que allí, semioculta tras los labios, parecía el ente que daba vida a lo que hasta la noche anterior había supuesto muerto. Hasta donde yo lo dejé, me pareció que estaba muerto. Y lo mismo me sigue pareciendo. Es el espectro perfecto. Nada que añadirle. Nada que quitarle. Palo forrado en el cuero de una biología exhausta, harta de sí misma. Rostro alargador de largas fantasías, cubierto de cabello blanco gris y también largo. El pobre, ha hecho todo cuando pudo por peinarlo ¿Cómo es posible que en cuerpo tan corto quepan cosas tan largas?.
Medina echó lo que él creyó una rápida mirada en derredor, pero que, en realidad, era un escudriñamiento lo suficientemente lerdo y desfachatado como para que el cura advirtiera la censura que su gesto dejaba caer sobre aquel desorden. Lo dejó así. Ya el viejo hablaría por sí solo. Y por fin el viejo habló.
‒Buenas días, Padre. –dijo el viejo.
‒Buenos días. UD. por aquí. ¡Vaya que es una sorpresa! –exclamó el cura al levantarse. Acto seguido apagó la radio.
‒Una sorpresa. Por lo que se ve, todos como que piensan lo mismo ¿Por qué una sorpresa? –preguntó el viejo.
‒Bueno, entenderá que, hasta ayer…–dijo el cura.
‒Hasta ayer todos me daban por muerto. –interrumpió el viejo en ostensible tono de inconformidad.
‒Bueno, bueno. Fueron días enteros en cama ¿no? ¿Qué esperaba UD.? Incluso el médico…Pero, adelante, adelante. Me sorprendió en plena faena. Aunque, en realidad, aún no sé por dónde empezar. La verdad, cada día que pasa lo sé menos. Quizás éste sea el único orden posible aquí. UD. no me cree ¿verdad? Cree que lo digo por decir. –dijo el cura, mientras acompañaba a Medina en su mirada en derredor.
‒¿Dónde empezar? –preguntó el viejo.
‒Sí. Me refiero a poner orden aquí. –dijo el cura.
‒Ajá. –exclamó el viejo.
‒No sé que es más estorboso, si los libros o la moral sublime que uno desarrolla hacia ellos. En fin. Puede tomar una de esas sillas, si lo desea. –dijo el cura, al tiempo que señalaba hacia la mesa que tenía enfrente.
‒Bien.–aceptó el viejo.
‒¿Ya conoce la noticia? –preguntó el cura.
‒¿La noticia? ¿Qué noticia? –preguntó el viejo.
‒Chávez amaneció de primero en las encuestas. –dijo el cura.
‒De primero en las encuestas. No digo yo. Uno la pasa en cama tres días, y el país aparece patas arriba. No puede uno descuidarse ¿verdad, Padre? –exclamó con sorna el viejo.
‒Hablo en serio. –advirtió el cura.
‒¿Habla en serio, Padre, o me toma UD el pelo? –preguntó con asombro el viejo.
‒Para nada. Hablo en serio. Acaban de decirlo por la radio. –insistió el cura, al tiempo que señalaba hacia el aparato que acaba de apagar.
‒Bueno, ahora me dará UD. la razón ¿no? Como siempre vengo diciendo, este país se fue a la mismísima mierda. Y, por favor, perdone que me exprese así, aquí en su casa. Pero no hay otra manera de decirlo. –dijo el viejo al tiempo que inclinaba la cabeza.
‒No exagere, Medina, no exagere. –dijo el cura.
‒Exagero ¿Cree UD. Que exagero? Le diré, mi querido Padre, ese sujeto es peor que un comunista. Ese aún no muestra lo que realmente es. –insistió el viejo.
‒Bueno. Si fuera como UD. dice, Medina, sería primero candidato presidencial, antes que haber intentado un golpe de estado ¿no le parece?. Reconozco que tiene un discurso nacionalista y antiliberal, pero ¿es eso malo? Es una forma de pensar, una forma de ver las cosas, tan válida como cualquier otra, y, quién sabe, si más válida que la que defienden los niños consentidos de Oxford. –dijo el cura.
‒Tenga cuidado con lo que dice, Padre ¿Desde cuando la Iglesia lo autoriza a defender comunistas y asesinos? –preguntó el viejo.
‒La Iglesia, Medina, es muy grande y diversa. Se sorprendería de saber cuánto. Y si por excomulgarme es, le aseguro que ya he hecho méritos, mucho antes de que Chávez apareciese de primero en las encuestas. –dijo el cura.
‒UD. sabrá. Pero en fin, esto es culpa de los políticos. De los viejos y de los nuevos, digo. Caldera, el primero, que por soberbia y venganza, lo indultó. Y los otros, que mierda; son unos estúpidos ¿Por qué extrañarse, la verdad? Siempre me pareció que estos políticos modernos, mucho master y mucha especialización, pero unos niñitos de papá. Esos no saben lo que es partirse el culo en política. No hombre. Ellos están en el poder viviendo de las glorias de papá democracia. Que si la gerencia esto, que si la gerencia lo otro. Que mierda ni que mierda. La política es lidiar con el diablo. Pero ellos, sólo llenándose la boca. Sólo para eso sirven. De repente ¿qué pasó? Ahí está: viene un oscuro comandante, comunista disfrazado de militar, y se les cuela por donde menos lo esperan. Porque yo digo, que este loco se impusiera como militar, a la fuerza, vaya y pase. Pero que les gane en su propio terreno, que se lo restriegue en sus caras de especialistas. Vayan a la mierda. Para eso hubieran dejado que el tipo se montara en el coroto, y ya. De ser así era cuestión de bajarlo ¿no le parece? Pero no, estos genios lo llevan preso, lo sacrifican delante de todos, se olvidan del asunto, siguen como si nada hubiese pasado y ahora lo tienen como presidente. –habló el viejo.
‒Sólo de primero en las encuestas, por ahora –advirtió el cura.
‒Ese por ahora le va a costar a este país Dios y su ayuda. ¿Le parece poco? Ni en las encuestas pueden disimularlo. De poder, ya lo hubiesen hecho. –replicó Medina.
‒¿No va a sentarse? –preguntó el cura.
Medina aproximó la silla con mucha paciencia. Permaneció callado mientras miraba hacia las torres de libros amontonados en los rincones de la habitación y, al mismo tiempo, luego de hurgar en uno y otro de sus bolsillos, sacaba del interior del saco el librito de oraciones. Lo acercó al cura. Sólo entonces se sentó.
‒¿Y eso? –preguntó el cura.
‒Vengo a devolvérselo. –dijo el viejo secamente.
‒No es necesario. –dijo el cura, ligeramente apenado.
‒Ya me ha dado UD. uno igual ¿Lo recuerda? Fue hace muchos años. Aquella mañana que yo vine aquí, muy temprano... –dijo el viejo.
‒Sí. Ya lo recuerdo. –interrumpió el cura y, apenado, tomó el librito de la mano de Medina.
‒Susto el que me llevé esa día ¿sabe? Esos malditos…Perdón. Ahora están muertos y enterrados, y sé que no debo expresarme así, menos aún aquí, en su casa, Padre. Pero es que, en fin, UD. entenderá, creo. Siempre recuerdo esos momentos angustiosos, mientras me tenían con los ojos vendados...y luego dando vueltas por el monte...y luego corriendo perdido en la oscuridad. ¡Qué se yo!. Francamente angustiante.
‒Los comunistas. –dijo el cura.
‒Sí, los comunistas. –asintió el viejo.
‒¡Por favor. Medina! Hablamos del Indio y el Moise. –exclamó el cura.
‒Yo sé que UD. nunca le ha dado importancia al asunto. Pero tampoco nadie le dio importancia a Chávez, y ya ve. Bueno, pero a lo que iba. Aquél fue un día jodido. Pero nada como lo de anoche, Padre. –dijo el viejo.
‒¿A qué se refiere? –preguntó el cura.
‒Lo de anoche, digo... Por cierto, debo decir que también he venido para agradecerle que hubiera estado allí. Fue muy considerado de su parte. –respondió el viejo.
‒¿En dónde? –preguntó el cura.
‒Pues en mi casa. Estuvo UD. allí, en mi habitación, mientras yo... ¿o no?. –preguntó el viejo.
‒Sí. Pero no es necesario que agradezca nada... ¿Y cómo sabe que estuve allí, Medina? Yo pensaba que UD. estaba inconsciente. Al menos eso fue lo que el médico dijo. –advirtió el cura.
‒Lo deduje por el librito. Yo estaba inconsciente, como se dice. Pero, créame, pasaron cosas...no sé cómo describirlas. Incluso creo que le escuché rezar, o algo así ¿Rezaba UD.? –preguntó el viejo.
‒Un poco. A ratos. Es lo que se hace en estos casos ¿o no? –dijo el cura, evasivo.
‒Sí. Claro. –dijo el viejo, seco.
vQuizás soñaba UD., Medina. Eso puede confundir. Es normal, creo. –dijo el cura.
‒Sí, supongo que soñaba. También lo he pensado. Pero era como si discutiera conmigo mismo en el sueño acerca de lo que soñaba, y, en plena discusión, escuchara voces y sintiera olores que estaban allí mismo, en la habitación ¿Nunca le ha pasado soñar y, al mismo tiempo, saber que está soñando, y preguntarse cosas que uno, al final, no sabe si forman parte del sueño o la vigilia?... Uno siente, huele y escucha, pero no sabe lo que siente, huele o escucha. De alguna manera uno sabe que está allí, pero no entiende para nada el estar allí. Es como contemplar el espectáculo que uno mismo protagoniza, en silencio, a solas, sin entender nada. Pensará UD. que estoy loco. Pero es que no hay forma de describir con lógica algo que no la tiene ¿Sabe lo que pienso? –dijo el viejo.
‒No. –respondió el cura.
Medina calló por unos segundos. Advirtió la ya tradicional y conocida distancia que el cura imponía cuando su conversación con él iba algo más allá del saludo. Así, reclinándose sobre sus piernas, se acercó un poco hacia el cura para decirle en voz baja, como en secreto:
‒Que estaba muerto... o casi listo, como quien dice. –prosiguió el viejo.
‒Un pie en la tumba. –añadió el cura.
Había sentido el aliento del viejo en la cara y visto de cerca aquella dentadura que lo miraba de cerca. Habló con voz firme, más que para Medina, para contener su repulsión. Pensó que si no dejaba lugar a dudas de que entendía muy bien, Medina se retiraría, cuanto antes, convencido de que era innecesario aproximarse tanto. Hacia atrás, por favor.
‒Un pie, y algo más. –agregó Medina.
Y, sólo entonces, se retiró hacia atrás. Su espalda retornó cansina al respaldo de la silla. Desde allí, como quien espera que el comensal convidado opine sobre el plato que se le acaba de servir, aguardó ansioso lo que su interlocutor tuviera que opinar.
El padre Claudio, que no terminaba de sobreponerse a su reciente repulsión y creía sentir aún la tibieza de aquel aliento sobre el rostro, aquella dentadura a punta de mordisquearlo, se pasó el dorso de la mano por la cara y, acto seguido, posó sobre Medina una paciente mirada venida con desgano de sus ojos hinchados por el cansancio y la falta de sueño. Actitud de espera. Rostro viejo en actitud de espera. Viejo sólido como plomo derretido en su silla de madera ¿Qué espera? Quiere que muestre mi rostro impresionado por el abismo al que me ha asomado. Quiere que sienta miedo, temor, duda. Quiere conmoverme. Me has conmovido. Lo que se me viene encima debe ser lo menos una jornada de dos horas de entrega a la charla inútil ¿Por qué a mí? ¿Ves lo que digo? Mira tu rebaño. Tu oveja trasquilada, llena de un miedo intransmisible que la lastima hasta los huesos. Y yo, sostenido sólo por mis huesos, no sé qué decir. En realidad, nada hay que yo quiera decir. La muerte es cosa íntima. Un tabú. Medina retira su mirada y se la lleva de nuevo hacia las torres de libros en los rincones de la habitación. Por fin. Contempla el desorden. Al rato, impaciente, Medina se adelantó.
‒Debo confesarle...Padre... –el viejo duda.
‒¿Si?... –dice maquinalmente el cura.
‒En realidad no es una confesión. Digamos... mas bien… es algo no oficial, quiero decir. Me entiende UD. ¿verdad? ‒preguntó el viejo.
‒No oficial. No entiendo. ‒dijo el cura.
‒Más bien una forma de sincerarse ¿Comprende? ‒volvió el viejo.
‒Creo que sí, con tal que no me obligue UD. a aceptar que no hay sinceridad en la confesión.‒sonrió con cortesía el cura.
–Claro que no. Sólo me refería a que no es una confesión de... ‒el viejo buscaba la palabra apropiada.
‒Que no se refería UD. al sacramento, quiere decir. ‒dijo el cura..
‒Exacto. ‒celebró el viejo.
‒Confesión de amigo, digamos. ‒comentó el cura con gran esfuerzo.
‒Ajá. ‒asintió el viejo.
‒Porque también podría ser confesión de reo ¿No? –agregó el cura.
‒No, claro que no. ‒se apresuró el viejo.
‒¿Y qué tiene en contra del sacramento? Lo pregunto porque quizás sea una manera de comenzar esa confesión no oficial de la que habla. ‒dijo el cura, extrañado del tono institucional que, sin querer, lo invadió por un instante.
‒UD., siempre tan adecuado a la circunstancia. ‒celebró de nuevo el viejo. El cura iba a dejar que Medina terminara aquella sonrisa que se le olvidó en la boca mientras pensaba en otra cosa. Pero la cosa, al parecer, se alargaba demasiado. Entonces hubo de llamar su atención.
‒¿Y qué tiene contra el sacramento? ‒preguntó el cura.
‒Contra el sacramento...la verdad, nada. Nada. ‒aseguró el viejo.
‒¿Y entonces? ‒replicó el cura.
‒La verdad, hace mucho que no me confieso, en un confesionario, quiero decir, y frente a un cura, formalmente. Hace muchos años, muchos desde la última vez, que yo recuerde. Lo que sí recuerdo, cuando me viene a la mente el asunto, es que para hacerlo pasaba yo largos momentos en… ¿cómo se llama? ‒preguntó el viejo.
‒Constricción. ‒respondió el cura.
‒Ajá. Constricción de corazón, creo que le dicen ¿no? Era el primer paso, creo, de aquel proceso espiritual, o no sé bien cómo llamarlo. Lo cierto es que uno se siente como quien arrastra un fardo pesado, muy pesado. Entonces comenzaba el inventario de pecados. Luego propósito de enmienda y, por último, decir los pecados al confesor. ‒dijo el viejo.
‒Y cumplir la penitencia ‒agregó el cura.
–Ah, sí. Claro, claro. La penitencia. El Padre Nuestro y cosas así. Mientras más cochino uno, más oraciones incluía la penitencia. En mi caso, de niño me tocó un cura bastante jodido ¿sabe? Yo le calculaba un Padre Nuestro a razón de tres o cuatro groserías. Cuando hacía mi inventario de pecados, trataba de reducir lo más posible; por ejemplo, tres o cuatro mentadas de madre las contaba como una sola, porque si no imagine UD., todavía estaría yo rezando padres nuestros. Claro que, por allí, se colaba otro tipo de culpa, porque yo no dejaba de pensar que estaba haciendo trampa. Pero, claro, como era la misma mentada de madre… Yo me preguntaba ¿qué será lo que Dios castiga? ¿la mentada de madre en sí, o las veces que uno la mienta? Yo no sé qué piense UD., Padre, pero yo nunca pude dilucidar el asunto, y, por supuesto, que jamás me atreví a averiguarlo con mi confesor, temiendo, como temía, que mi método no fuese el más apropiado. ¡Si ustedes los curas, Padre, supiesen de las dudas que acosan a los que estamos del otro lado!. Para ustedes todo parece fácil; en lo que tiene que ver con Dios y demás cosas inmortales, quiero decir, parecen saberlo todo. Pero de este lado, le juro que no es así. De niño estudié en un colegio de monjas ¿sabía?. ‒comentó el viejo entre dientes.
‒De curas, querrá decir. ‒aclaró el cura.
–No, no. De monjas. Había muchachas y muchachos. Y era dirigido por monjas. Idea del tío Segismundo. Para entonces aún no era sólo Montenegro. El decía que allí recibiría una buena formación. A mi no me gustaban esas mujeres trajeadas en blanco largo, ni esos crucifijos enormes colgados en sus pechos como en las paredes. Pero, en fin, no había nada qué hacer. Le diré que son mucho más déspotas que los curas –sin ofender–. Hay dos cosas que nunca olvido: rezar el rosario completo luego del recreo. Imagine UD. el sudor y el cansancio de cuarenta muchachos metidos en una estrecha capilla durante una hora y media de monótono rosario. Bueno, quiero decir, algo muy largo, para un muchacho ¿No le parece? Lo otro: la confesión, semanal. Semana tras semana. Yo pasaba largos momentos rebuscando pecados durante los últimos siete días transcurridos. Si no ¿cómo presentarse uno ante el confesor? ¿sin nada? ¿con las manos vacías? Ningún confesor creería algo así. Además, algo así era una suerte de papelote, de ridículo. Como fuese, uno se esforzaba en reunir la mayor cantidad de groserías dichas no repetidas y pensamientos sucios albergados que hicieran de uno un digno pecador. Menos mal y la Iglesia contempla el pecado de pensamiento. Allí pueden pasar muchas cosas, y nunca queda muy claro lo que realmente es y lo que uno se imagina. Usted sabe. El tema casi siempre era el mismo: sexo e inmundicia en general ¿Qué otra cosa puede caber en la cabeza y jeta de un muchacho? Era un procedimiento exhausto, se lo aseguro. Imagine, semana tras semana. Y como uno nunca sabía quién podía estar escuchando sus pecados del otro lado del confesionario, estaba descartado repetir los de la semana pasada.
‒Pero, al final, siempre repetiría algo, supongo. ‒dijo el cura.
–Por supuesto ¿Qué otra cosa podía hacer? ¿Cuántas groserías se pueden decir? ¿Cuántas tetas o pubis pelones se pueden ver en una semana? A veces, cuando no iba a misa, y como no hacerlo es pecado mortal, me sentía flamante. Pecador completo. No es que me sintiera orgulloso de algo así, o que no me importara, desde luego. Si se es cristiano, esas cosas pegan. Pero ese día no tenía que esforzarme en inventar muchos pecados (¿veniales?, creo que se dice), dado que llevaba uno mortal, que valía mucho más que todos los de la semana juntos, deducía yo. No tenía forma de estar seguro, pero si uno va a la silla eléctrica por matar a alguien, poca importancia tiene si no era legal el arma con que la mató ¿No cree UD.? Bueno, pero, como sea, no podía abusar mucho de esta especie, pues la falta a misa, aparte de ser una falta grave, era causa de rebaja en las calificaciones de la escuela, lo que suponía vérmelas con mi tío Segismundo al fin de mes, cosa nada halagadora para el espíritu, mucho menos para el trasero. ‒dijo el viejo.
‒Segismundo. Se refiere a… ‒dijo el cura.
‒Segismundo Montenegro. Sí, a Montenegro. Sólo que, como le digo, por entonces todavía era el Tío Segismundo. UD. sabe. Desde que me fui de Buenaventura, se hizo cargo de mí. Bueno, hasta cierto momento. Llegó el día en que no volví a verlo. Y cuando, años después, supe de él de nuevo, ya lo llamaba simplemente Montenegro. No sé por qué. ‒aclaró el viejo. Medina sonrió. Hizo un gesto de parada con la mano. Se detuvo para toser y mondar garganta y pecho con carraspeos repetidos. Luego, algo enrojecido, miró al cura con cierta pena.
‒¿Puedo fumar? ‒preguntó el viejo.
‒Sí. Aunque… ‒dijo el cura.
‒Ya sé. ‒interrumpió el viejo‒ Déjeme así. Un poco más de humo y nicotina no hará gran diferencia ¿No cree? Además, estar mas o menos enfermo, le aseguro, Padre, no es cosa que me importe ahora. Si saliera a la calle en este momento y escuchara el estruendo de un ferrocarril, igual cruzaría. Se lo aseguro. ‒comentó el viejo mientras encendía el cigarrillo que se había llevado a la boca.
‒Si UD. lo dice. ‒dijo el cura.
‒Decía UD... –dijo el viejo.
‒Yo no. UD. hablaba de los tiempos en que aún se confesaba. ‒dijo el cura.
‒Sí. Hace tiempo. ‒dijo el viejo.
‒Del inventario de pecados. ‒insistió el cura.
‒De cuánto costaba de muchacho inventarme uno cada semana... Sí. Uno cuenta sus propias historias como si fuesen ajenas ¿verdad, Padre? Y, de pronto, cae en cuenta que son suyas, que ése de la historieta es uno mismo… En fin. Pero, además, la cuestión no queda allí, digo ahora. Uno deja de confesarse cuando envejece porque, en realidad, no haya cómo hacerse del pecado, ni mucho menos cómo trasmitirlo a confesor alguno. Un muchacho miente o dice groserías. Confiesa: mentí a mi mamá; el lunes dije tales cochinadas, el martes pensé tales otras. El miércoles vi tales teticas. Es simple. Se trata de una versión muy ligera del pecado ¿No le parece? ‒dijo el viejo.
‒Quizás se corresponda con la ligereza con la que el joven suele ver la vida, supongo. ‒respondió el cura, al tiempo que se sentía ridículo por decir cosas así. Pero, con cosas así, mantendría a Medina a raya.
‒Eso mismo digo yo. Cuando se envejece, y más cuando se llega a viejo sin remedio, se tiene una visión muy distinta del asunto. Imagínese si uno se pone a ir al confesionario cada vez que dice una grosería o se entrega a alguna inmundicia. El pecado tiene otra cara. El detalle cuenta poco. Más que al acto de un día, es algo que le sucede a la vida entera. Ambición, lujuria, gula...qué se yo... capitales, ¿no?. Preguntó el viejo.
‒El que destruye la gracia y nos hace dignos de pena eterna. ‒sentenció el cura que, en este caso, quedó muy conforme con el tono de sentencia.
‒Peor todavía. En fin, pregunto yo ¿cómo se les confiesa, digo yo? Si de verdad están allí, destruyendo el alma, como UD. dice y marcando la historia de cada quién, no son cosas que suceden el lunes o el martes, y de las que nos podemos limpiar el domingo, una vez cumplido el propósito de enmienda y la penitencia. No señor. Son la vida, la vida como una enorme destrucción, será ¿Cómo debo decirlo a mi confesor? ¿Hay vida que pueda repararse con una par de oraciones? La ambición no se comete. Se entrega uno a ella, sin importar lo que realmente se alcance con una entrega así. Yo, por mi parte, lo he ambicionado todo, aunque sólo haya llegado a Jefe Civil de Buenaventura. Ridículo ¿no le parece? Pero eso poco importa. En esto, el resultado es un mero detalle ¿Qué debería hacer? ¿Confesar mi ambición y devolver el cargo? ¿Me redimiría? ¿O, más bien, mi confesor estallaría de risa? Yo que se lo digo: el resultado, el fracaso, en mi caso, aquí no cuenta, sino la entrega, el ejercicio sin descanso. ‒el viejo calló de súbito.
–Vender el alma al diablo, que le dicen. –comentó el cura para rellenar el hueco del silencio repentino. Pero nada. El silencio se prolongó más de lo que el cura hubiese deseado.
‒¿Cómo dijo? ‒preguntó el viejo.
‒Vender el alma al diablo… ‒repitió el cura.
‒Eso es lo que cuenta. Siempre lo hacemos ¿O no? Algunos, como yo, obtienen sólo una jefatura en un pueblucho miserable. Otros gloria eterna que llena páginas completas de historia. Al final, el juicio final, No hay confesor que asista a nadie. César: el gran emperador. Medina: el viejo de mierda encerrado en su despacho. En cuanto a logros, ni qué decir tiene: la diferencia no es poca. Pero, digo yo, en cuanto pecadores, ambiciosos frente al tribunal de Dios ¿hay realmente diferencia? ‒preguntó el viejo.
Al mismo tiempo el cura miraba. Desgastado el cielo, harto del vaho de la terrena esperanza, brotó el humor de la costra de lo eterno. De su azulada paz inanimada emerge apocalíptico el brazo justiciero que indica el final del tiempo. San Agustín, ya puedes descansar en paz. Humanidad impotente y sometida, sorprendida en su inútil quehacer histórico, gira en la doble espiral ya cósmica del todo. Unos suben, por la derecha y otros bajan, por la izquierda. En simétrico, implacable movimiento concuerdan salvación y condena, bienaventuranza y maldición alrededor de un escorzado Cristo en majestad rodeado de sumisa corte: virgen implorando, santos, apóstoles, patriarcas, mártires, bienaventurados, confesores y demás segundones del miedo divino rendidos en absorta contemplación. Arriba, en los lunetos superiores, ángeles portan los símbolos de la Pasión: corona de espinas, cruz y columna. Abajo, parrilla de San Lorenzo y piel mortuoria de San Bartolomé. Los nuevos vivos se evaporan, livianos tras deshacerse del lastre de la carne. Los muertos en todo su peso continúan cayendo al montón último del infierno. Burocracia y multitud, vulgo municipal y espeso, como diría el poeta, historia sin final que largo trámite os reserva el sufrimiento. Esperad pacientes vuestro turno. El barquero Caronte, cabeza de gato y mirada pérfida, agita su remo para trasladaros ante Minos, terrible escribano de este más allá, cuerpo rodeado de serpiente. Boca de Leviatán. Y para que nadie duerma en paz y podáis integraros sin descanso a esta eternidad de insomnes, ahí está, presta a escandalizar por los siglos de los siglos amén, la corte de ángeles trompeteros.
–¿Me escucha UD. padre?
Preguntó el viejo, al ver al cura que se había quedado callado por completo y con la mirada perdida y quieta. Emergió la voz de Medina abriéndose camino por entre ruidosos acordes de trompeta. Pero el padre Claudio no logró distinguir a Medina. Después de todo, el viejo tiene razón, según parece. El anonimato es la esencia del pecado. Todos somos, en cuanto pecadores, originarios, mendigos en tránsito tras los que se cerró el enorme portón nebuloso de la eternidad. Quien ponga cuidado aún podrá escuchar tras sus pasos el cruel crujir de las bisagras y el estruendo del enorme pestillo. Una vez caídos en ésta, la fosa común de la historia, compartimos el mismo padecimiento, nos ejercitamos en el hades de lo temporal, ponemos nuestras almas a tono, vacías de las banalidades de lo particular, para exponernos, platónicos, a la transferencia última, al mismo juicio, imputados de la misma causa. Tú no piensas en éste o aquél pecado. Para Ti no hay criatura preferida, aunque, según Agustín, pueda haber, como él, privilegiados. Sólo tienes ojos divinos para el acto de pecar. Y, digo yo, es que acaso ¿hay acto que no lo sea? Tu criatura se consume generación tras generación en borroso transcurrir sin matices. Tú sólo te interesas en su disposición a entregarse al pecado todo e inevitable de la historia. Medina o César, da igual. El terror implacable de tu espiral no se detiene en matices biográficos ni dicta sentencia personal. El juicio final no atiende argumentos. Más que un acto de justicia, es una orden de leva, que homologa a todos y los reparte entre los que se quedan y se van. Les abriste las puertas del tiempo para volvérselas a cerrar. En tu divina soledad pareces haberte creado muy grandiosos escenarios del principio, y del final. Grandiosidad que le queda grande a una criatura tan mediocre y formidable. Llegaste haciendo mucho ruido, y, al parecer, así te vas. Y ahora ¿qué harás? Sin tiempo no hay misterio. Sin caída no hay pecado y sin pecado no hay historia. Y sin historia, digo yo, ¿qué puede hacer un dios? Sólo se adora y se requiere lo imposible, aquello, la tierra prometida, mientras se trate de aquello a lo que no se puede acceder. Habiendo accedido a ella hemos profanado tu reino. Libres ya de voluntad y pecado, la misma razón por la que nos largaste, nos convierte ahora, dentro, en inmutables huéspedes indeseables ¿O acaso es posible adorar lo eterno desde la mismísima eternidad?
El padre Claudio no pudo evitar soltar una risotada. Medina quedó en silencio, sin saber qué pensar de aquella actitud.
‒No piense UD. mal, Medina. Le he seguido en todo, de veras. Es sólo que me ha causado gracia el modo cómo lo plantea. ‒dijo el cura.
‒Le parece que estoy loco ¿verdad? ‒preguntó el viejo.
‒Por supuesto que no. No he dicho eso. Ni siquiera pretendo insinuarlo. Pensaba, no más. Veía cosas, mientras UD. hablaba ¿Que Dios no hace diferencia? No. En verdad, creo que no. Si quiere que le sea sincero, le diré que no creo que haya nada más difícil y complicado que tratar con Él. vcomentó el cura.
‒¿Con quién? ‒preguntó el viejo.
‒Con Dios, digo. ‒insistió el cura.
–Ajá. –exclamó el viejo.
‒Cuando uno se embragueta de todo corazón en el asunto, se lo aseguro, no es fácil. Definitivamente no lo es. ‒seguía insistiendo el cura, como si estuviera hablando solo.
vImagínese, si lo dice UD. ¿qué quedará para los demás?
‒Los demás no se embraguetan, de verdad. Les basta con libritos como éste. ‒replicó el cura.
‒Pero UD. también usa el librito ese ¿no? Que yo sepa, todo el mundo aquí ha de tener uno. ‒dijo el viejo, con moderada sorna.
‒Sí, es cierto. Y no diré que sea muy halagador para con mi persona. Pero, por otra parte, es suficiente para lo que los demás quieren. A muy pocos interesa saber realmente de Dios. Les basta con estar, o creer que están de buenas con él. Estar en Gracia, para hablar en el lenguaje técnico apropiado. Sólo el místico, o el ateo, se siente en cabal compromiso en este asunto. Yo sólo soy un sacerdote, al fin y al cabo. Un funcionario, como un policía o como UD. jefe civil. Los demás sólo quieren dormir tranquilos. Mi misión es cantarles canciones de cuna en ese lecho de muerte que su existencia es. ‒dijo el cura, que seguía hablando como si estuviera solo. De haber hablado a Medina, seguramente, pensó, no habría dicho nada.
‒Eso es verdad. Yo que se lo digo. No quisiera volver a pasar otra noche así. ‒dijo el viejo.
‒¿Lo ve? Nadie quiere saber de trompetas. ‒advirtió el cura.
‒¿Qué trompetas? ‒preguntó el viejo.
‒Las que mantienen vivos a los muertos en el infierno. ‒dijo el cura, y esta vez sí miró a Medina.
Lo ojos del viejo se clavaron aterrados en los del sacerdote. Con torpes movimientos, sus manos temblorosas sacaron otro cigarrillo de tabaco negro y lo encendieron. Sobrevino la tos y el carraspeo. El rostro de Medina enrojeció sin dejar de mirar al cura. Nadie podría decir de dónde viene tanto fuego en un cuerpo tan débil y pequeño. Cuanto teme, como todos, al infierno, o cualquier cosa que lo insinúe. Yo, que ya no soy capaz de un temor así, sé lo que Te digo. Hay quienes un terror así pueden retornártelo en encendida fe. La oración que ya no puedo pronunciar ¿qué quieres que te diga? Bueno, mejor sigo con éste, o se le va a encender la cara.
‒No se alarme, Medina. Es sólo una manera figurada de referirse a, digamos ¿la conciencia?. Eso lo entiende, creo. ‒dijo el cura.
‒¡Horrible!. ‒exclamó el viejo.
‒No es para tanto ¿Nunca ha escuchado UD. los trompetazos? ‒preguntó de nuevo el cura.
‒Claro que no. ‒respondió el viejo.
‒Y entonces ¿por qué está aquí hablando de pecado… y todo lo demás? ‒preguntó el cura..
‒Ah. UD. se refiere a que uno anda ¿cómo decirlo? ‒preguntó el viejo.
‒Agobiado, creo que es la palabra. ‒dijo el cura.
–Sí. Eso es. Tras años de letargo, de pronto la inquietud desconocida nos quita el sueño y comenzamos a hacernos preguntas que no tienen respuesta. Trompetazos que nos retumban en las paredes del ánimo durante días enteros, quien sabe si durante toda una vida.
Medina se dio tiempo para largase un par de bocanadas mientras ordenaba lo que iba a decir a continuación. El Padre Claudio esperó. Entonces el viejo continuó.
‒Lo que sentí anoche es que yo no estaba preparado. ‒comenzó de nuevo el viejo.
‒¿Preparado para qué? ‒inquirió el cura, impaciente.
‒Es como si uno tuviera que salir de viaje, de repente, sin saber a dónde ni para qué, sin haber hecho las maletas, revisado cuentas, garantizado el hospedaje… ¿me entiende?
‒Creo que sí. ‒dijo el cura.
‒No estoy preparado. Sería mejor morir de golpe. Sin víspera. ‒concluyó el viejo.
‒Puede que nunca se esté preparado. Si alguien lo estuviera, probablemente no tendría tiempo para otra cosa. Y, aún así, siempre aparecerían, en algún momento, detalles pendientes. Ahora, dígame una cosa, Medina, ¿A qué precisamente le teme? ¿Al hecho de morir, o a lo que pueda esperarle después de la muerte? ‒preguntó el cura.
‒Eso. Imagine que la muerte sea no despertar nunca de un pavoroso sueño, a sabiendas que uno está soñando. Ese es el punto. Uno duerme, pero, de alguna manera, uno lo sabe; sin despertar, lo sabe. El médico dijo que yo estaba inconsciente ¿no? Bueno, dormido, vaya y pase. Puede ser. Pero ¡Inconsciente cuernos!. Le diré, Padre: ahí estaba mi rabia de viejo, suelta desde tres días antes buscando vengarme de la Susana y de todo lo que me daba por muerto y, si no, viejo, que es lo mismo que no estar, pero burlado. Escuché cada palabra, sentido cada gesto y movimiento, olfateado el aroma a piel y vulva lavadas. En el momento todo era confuso. Pero, ya despierto, uno precisa las cosas. Todo lo que aconteció en aquella maldita habitación lo viví segundo a segundo sin poder saber de qué se trataba. Incluso sentía hambre y frío. Y, digo yo, ahora, qué tal si morir no es más que llevarse toda esta maldita vida a la otra vida, que no es, en verdad, vida, sino arrastrar por la noche los mismos ruidos, los mismos gestos y los mismos olores, la misma hambre y el mismo frío, sin saber que son la mismísima mierda que ya vivimos y que, sin embargo, nos acompañará por la eternidad. ‒dijo el viejo.
‒En verdad ¿lo imagina UD. así? ‒preguntó el cura, en el fondo sorprendido porque en la mente de aquel viejo cupieran imágenes así.
‒Así mismo. Como esos mendigos locos que arrastran por la calle latas, ropas viejas, artefactos y demás peroles sin saber qué son. Así me lo imagino. Lo de anoche no fue un simple sueño. Sino un ensayo. Yo que se lo digo, padre, no puede haber peor castigo. No quiero volver a dormir nunca. ‒aseguró el viejo.
El cura se levantó del catre en donde había permanecido sentado. Con el librito de oraciones entre las manos, caminó hacia la caja de donde lo había sacado y lo echó dentro.
‒Tengo hambre. ‒dijo el viejo.
El cura escuchó la voz de Medina a sus espaldas. Esperó unos segundos. Se volteó, y se quedó mirando al viejo, que ya se había levantado de la silla y se disponía a marcharse. Medina prosiguió con amarga cortesía:
‒Antes de pasar por aquí, me disponía a ir a comer algo a lo de Rita. Si gusta, lo convido.
‒No, gracias ‒respondió el cura tras una ligera sonrisa‒ Yo tengo sueño, y prefiero, pese a su invitación, primero dormir un poco.
‒Está bien. ‒dijo el viejo, mientras se volteaba para salir. Ya en la puerta, se detuvo y preguntó al cura:
‒Por cierto, Padre ¿ha visto UD. a Susana?
‒Anoche. Cuando estaba en su casa. ‒respondió el cura.
‒¿Y el comisario Romero? ‒preguntó seguidamente el viejo.
‒Él no. Según dijo Colmenares, estaba de guardia. ‒respondió el cura.
‒De guardia. Sí, claro. De guardia. ‒iba murmurando el viejo mientras se disponía a marcharse.
Bostezo del cura. Mirada en derredor que se pasa a Medina como si no estuviera allí. Se rasca la cabeza, el cura, cabizbajo entre torres de libros levantadas por todos los rincones de la desordenada habitación. A otra cosa. Dormir sería lo mejor.




