textos, pretextos y otras mentiras...

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Allá va, pudo decir quien lo vio. Una cabeza chica agigantada por la cabellera gris, mustia y abundante. Unos hombros de niño que nunca terminaron de crecer. Unas manos huesudas y largas que asomaban temblorosas por las mangas del saco. Unos ojos hundidos, vivaces y al mismo tiempo temerosos que miraban con recelo bajo las cejas exageradamente peludas. El ánimo descabezado del que permaneció postrado en la cama durante tres días. El caminar del burócrata. El burócrata. Era una larga y estrecha calle ligeramente empinada que se iba curvando poco a poco hacia la derecha y desde la que se podía ver la parte alta de los cerros que a lo lejos asomaban sus lomos rugosos y amarillos. Calzadas a lado y lado, también estrechas, y sendas hileras de casas pegadas la una de la otra, de ventanas y puertas alargadas que, abiertas en las paredes de tono pastel, seguían el monótono pasar de los transeúntes. sin que ninguno pareciera notar el discreto desprecio con que lo han hecho durante años. Pero, quien sabe, quizás y este viejo estuviera cerca de notarlo. Quizás de allí esa sensación de incomodidad que lo embargaba desde el mismo momento en que, tras cerrar la puerta al salir, puso el pie en la calle. Hileras de casas de lado a lado por entre las que su vista se perdió como si intentara asir la lejanía. Pero qué lejanía, si estaban allí, al alcance de la mano. Eran casas como las de aquella maqueta de su sueño, advirtió Medina, que iba por el medio de la calle. Pero ahora no era un sueño. No, claro que no, se decía Medina mientras se rascaba levemente el muslo derecho con la mano metida en el bolsillo. 

Al salir, de haber mirado hacia la izquierda, hacia abajo, como se dice en Buenaventura cuando se hace referencia en dirección al mar, hubiese alcanzado ver el brillo de la placa de concreto del malecón, y más allá el modo en que el azul marino se mezclaba con el azul demacrado del cielo. Por alguna razón que no logró precisar, no quiso mirar, como siempre lo había hecho al salir de casa, en tal dirección. Se puso directamente camino a la oficina, como si del otro lado no hubiese mar ni cielo, y aquella incomprensible enormidad más bien le pesase como un aplastante encierro. Unos cuantos pasos y se cruzó con un grupo de pescadores descamisados, charlatanes y patones que, recién terminada la jornada, bajaban por la misma calle camino al mercado y lo acosaban con su repentino silencio. Era ésa, ahora asfaltada, la misma calle de polvo y barro por la que regresó aquél día que ahora le parecía tan próximo, como si acabara de llegar, como si más de treinta años hubiesen transcurrido en menos de veinticuatro horas. Tengo un gran proyecto en mente para eso que tú llamas pueblucho miserable. Que mierda. La misma pestilencia de corral y desilusión humana, las mismas miradas de soslayo, las pieles envejecidas de antemano, esos huesos y esos músculos que andan solos, las casas cerradas tras el calor, y él mismo, vivo por un día más. Siguió de largo, sin mirar a los lados ‒o haciéndolo de reojo‒ al tiempo que se sentía mirado desde puertas y ventanas. Fantasma encarnado o carne enfantasmada, lo que fuese aquella cosa erecta apoyada en sus dos pies, nadie imaginó que Medina volvería a ver el sol. Pero allí iba. El sol caía sobre sus espaldas, lo acogían los colores del día, invadidos por su gris venido de la tumba del anoche.

Allí va, pudo decir quien lo vio. De uno en uno, cada quién a su manera iba lanzando su ojeada sobre el espectro, seguida de acucioso asombro ante lo que no podía creer. Y así, cuando todos lo suponían muerto, Medina aparecía, como de costumbre, camino a su oficina ¿Y qué dicen ahora? No lo creen ¿eh? Pues sí. Aquí tienen al maldito viejo otra vez de pie. Me halagan esas caritas de mierda hechas de espanto y duda. Disimulo ¿Será un fantasma o qué coño será éso? Lo que sea. No logran disimular esa inquietud que les inspira y los arranca de la vil modorra. Vamos. A moveros todos, sanguijuelas. Fuera de vuestras cuevas craneales. Hace rato, no sé en qué momento o mundo, pasaba el viejo por aquí, a rastras, arrastrando las piernas varadas. Pero eso era sólo un sueño, o al menos eso creo. Ahora sí que estáis allí, todos y cada uno ¿Y si esto también es un sueño? Ah, no lo creo. Si hasta puedo sentir la punta de sus hocicos asomados a las puertas y ventanas. Y esto que pellizco aquí abajo es mi pierna derecha. No. Esto no es un sueño. Aquí voy, como siempre, camino a mi oficina. Allá debe estar, como siempre, el Licenciado Valbuena. Quién sabe. El maldito gordo; hasta puede que ya haya ocupado mi escritorio. Pero me va a escuchar, el maldito gordo. No. Esto no es un sueño. Lo que pasa es que este pueblucho es así. Se da aire de cementerio; algo así como su antesala. Eso, Una sala de espera. Uno va por aquí y por allá, y sabe que allí abajo, del otro lado, está la tierra sembrada de muertos. Bueno, pues Buenaventura está sembrada de vivos. La semilla de la vida ¿dónde escuché eso? Ah, sí, claro. Clase de Biología. Los granos de caraota aprisionados contra la pared de vidrio se agitaban y soltaban aquellos hilos blanquecinos que parecían gusanos. Mamá los recorría con su dedo, al tiempo que me miraba pensando, digo yo, que el muchacho ése iba a ser médico. La semilla de la vida que, al fin y al cabo, primero hay que enterrarla, como a los muertos. Y por eso ahora a los muertos no se los entierra, sino que se los siembra, como si fueran matas, según dicen los chavistas de mierda.

Al llegar a la plaza, Medina dobló a la derecha. Podía oler la brisa marina que venía por el lado izquierdo. Pero no miró en esa dirección. Sí pensó que probablemente la brisa marina fuese la única diferencia entre Buenaventura y los cementerios. Pasó frente a la Iglesia. Por el mismo sitio por el que había pasado corriendo aquella madrugada de hacía más de veinte años, cuando se escapó de sus secuestradores. Malditos. La sensación era la misma siempre que pasaba por allí. La maldición también. Pared de tres paños color barro claro. Puerta de madera en arco, bajo torre triangular más ancha que alta, y flanqueada por dos columnas blancas de base más ancha y plisada. La torre central está flanqueada por dos torres laterales, más pequeñas y en forma de campana y que simulan apoyarse en sendas columnas que enmarcan la pared frontal. A lado de cada una de estas columnas, sobresalen dos torres enanas en comparación con la pared frontal y con las que se acentúa esa sensación de aplastamiento que predomina en todo el cuerpo de la edificación. Como está colocada dos escalones por encima del nivel de la plaza y tres por encima del de la calle, luce relativamente alta. Pero se trata, en realidad, de una edificación enana para ser iglesia, al menos. Quién sabe, después de todo, quizás el Padre Claudio tenía razón y esas torres falsas y esas columnas falsas que sostienen el arco falso en dinteles falsos, estaban de más. Él dice que esas son pendejadas del Mediterráneo que lucen como la mierda de este lado. Aquí las cosas son peladas o no son. En fin, siempre jodiendo, el cura. El siempre prefirió la edificación pelada. Pero al final aceptó el proyecto de restauración. De mala gana, pero lo aceptó.

Y eso ¿qué es? Mujer encorvada. Ha de haver sido la mano de la desolación la que la insertó en ese vestido negro con lunares blancos, y la e la desesperanza la que dejó su cabeza envuelta en ese manto negro. Ahora emerge como un fantasma del interior de la iglesia lleno de sombra fresca. Y sobre ella cae el inclemente sol. ¡Pobre Bernarda! No se recuperará nunca del trauma. Aunque, en realidad, el niño no murió. Nació muerto. Vaya uno a saber lo que pasa en ese vientre. Pero de allí, nada ha salido vivo. Rita siempre le echó al culpa del asunto al Moise, como todos por acá. Pero, la verdad, ese vientre está jodido de mucho antes. El cura ha de habérsela calado completa. De llanto en llanto. Dicen que está medio tarada. Y fea no es. En fin, ese es su trabajo, Padre. Cada quien ha de atenerse al suyo. Míreme a mí. Aquí voy, a seguir lidiando con los menesteres de este pueblucho. La misma miseria y desolación. Sólo Dios sabe cuánto habría querido yo cambiar toda esta mierda apilada durante generaciones sobre una mina de oro. Pero nadie me tomó en serio jamás. Hasta he llegado a pensar que ni el mismísimo Montenegro hablaba en serio. El cura me lo advirtió una vez. Entonces fui yo quien no tomó en serio al cura. Pero es que me contradice en todo, así como lo hizo con la restauración ésta. Que, al final, tan mal no quedó, pese a lo que piense el cura. Pero ahora habrá que pintarla de nuevo. Mira esas paredes todas escarapeladas. Ya hablaré con el cura.

El cura. Debe estar allí en este momento ¿Será que paso de una vez a verlo? No. Mejor luego. Primero a la oficina. Yo mismo lo saqué de la cama aquella madrugada que iban a matarme los muy malditos. Casi no lo recuerdo. Yo estaba obnubilado. Pero me parece que no me tomó muy en serio, el curita ¿o es ahora que lo siento así? Pero, eso sí, me prestó atención. Conmigo también se la caló esa mañana. Me dio el librito. También debe haberle dado uno a la Bernarda, supongo. Claro. El librito. Las oraciones. El Cura. Debe haber sido él ¿Quién más? Esas deben haber sido aquellas palabras que escuchaba anoche. Voz murmurando allí, junto a la oreja del viejo. Creo que sí. Supongo que debo pasar a verle. Más tarde. Hay tiempo para todo. Que mucho no me aprecia el cura. Santo de su devoción no soy. Bien lo sé. Pero es hombre que sabe cumplir con su deber. Hay que reconocerlo.

De nuevo a la derecha. Brisa y rumoreo marino a la espalda. Cartel destartalado. Pensión Rita. Se alquilan habitaciones. Y, también, se come mierda. Porque no me jodas, vieja, esa sopa ya no es lo que era. Eso sólo es menjurje perfumado para turistas que se han creído eso de la magia del pescado. Pescado azul, el abundante en grasa, como la sardina. Pescado blanco, el poco graso, como la merluza y el lenguado, recomendado para sanos regímenes alimenticios. Pescado para la inteligencia y el corazón. Pescado para la energía sexual. A la mierda. Los turistas comen mierda, y juran regenerarse aquí, zambulléndose en tu sopa de pescado. Yo no creo en eso. Yo siempre creí en tu cruzado. Cazuela bíblica. Por sobre la superficie turbia, grasosamente natural, salpicada aquí y allá de verdes hojas lustrosas partidas en tres gajos dentados, asoman sus cuerpos rugosos las verduras y las carnes múltiples y huesudas del reino animal. Allí debes estar. Tengo hambre. De regreso veré qué hay. Pensión Rita. Se alquilan habitaciones. Y, también, se come mierda. Pero eso es lo que hay.

Jefatura Civil. Se podía leer en la placa de la entrada. Aunque Medina no lo leyó. Sólo supo que la placa seguía allí. Pequeño salón cuadrado, de cuatro metros por lado, con piso de baldosas verdes y una estrecha ventana junto a la puerta. A un costado, un largo y viejo sillón de cuero que Medina se trajo consigo cuando regresó. Al otro, una larga biblioteca cuyos anaqueles estaban atiborrados de libros, carpetas y documentos que se trajo en el mismo camión. Antesala, llamó Medina este salón desde el día de su regreso, luego de haberlo mandado a pintar todo de blanco y colgar esa gran litografía de Rómulo, de punta en blanco, pipa en mano y borsalino a la cabeza, en el lado de la pared que la puerta y la ventana dejaban libre. Si éste pudo, con esa cara, ¿por qué yo no? Se decía siempre Medina cuando miraba a aquél personaje rechoncho, lujosamente forrado en el traje blanco, pañuelo doblado en pico en el bolsillo y sombrero ladeado, fumando su pipa y mirando desde sus ojos hinchados y fijos tras los gruesos y redondos anteojos. Los hombres mueren de soledad o ambición. A la mierda con Montenegro. Pero tenía razón.

Ya, pues, en su despacho, parado en medio de aquella antesala, mientras la luz brillante que entraba por la ventana creaba un contraste que no permitía distinguir bien el rostro del viejo, el primero en estregarse los ojos ante aquella aparición fue el Lic. Valbuena, su secretario, que tan rápido se había acostumbrado a la ausencia de su jefe, según pudo advertir el propio Medina.



‒Buenos días –balbuceó el secretario.

‒Buenos días –respondió Medina, y siguió de largo hacía la puerta de su oficina.



El Licenciado Valbuena lo siguió con la mirada confusa y la boca abierta. Medina iba moviendo las mandíbulas ligeramente, como si mascullara su propio silencio. Al entrar a su oficina cerró la puerta. Invadido por el nerviosismo, el Licenciado Valbuena se secó el sudor, sin dejar de ver hacia aquella puerta cerrada. Aquello no podía ser ¿O se estaría volviendo loco por los efectos de la mala conciencia? ¿Mala conciencia? Pero si yo no he hecho nada malo. Sólo pongo las cosas en orden ¿En orden? Que se lo creyó el viejo. El Licenciado Valbuena miraba la torre de carpetas y papeles que recién había sacado de la oficina de Medina y amontonado en uno de los anaqueles de la biblioteca. Pensaba revisarlos después, a ver si, antes de echarlos a la basura, encontraba algo que valiera la pena conservar. Le pareció que aquellas carpetas, medio abiertas, se burlaban de él. Bueno, echar a la basura únicamente lo que se sabe que no sirve. Sí, claro, que se lo creyó el viejo. Ahora vas y le das un beso para que sepa lo feliz que te hace su regreso. Bueno, pero y quién dice que ha regresado. Será ficción mía. Estaré viendo cosas que no son. Después de tantos años…qué sé yo. Al poco rato, se escuchó del otro lado el doble carraspeo automático de la garganta del viejo, y, en seguida, se percibió el olor del tabaco negro del cigarrillo sin filtro que, como siempre hacía, encendió Medina antes de comenzar sus tareas ese día.



–Y tú ¿qué haces aquí? –preguntó el Licenciado Valbuena.

–¿Qué yo qué? Vine porque tú me lo pediste. ¿O ya se te olvidó? Anoche dijiste que querías que te ayudara aquí, arreglando este desastre. Eso fue lo que dijiste ¿o no? –dijo la mujer, mientras dejaba sobre el escritorio del Licenciado Valbuena una pequeña caja.

–Ssssssssh…No hables en voz alta –advirtió el Licenciado Valbuena.

–¿Qué pasa contigo? Mira como estás sudando, y todavía ni siquiera has almorzado ¿Viste un espanto, o qué? –preguntó la mujer en voz baja.

–La verdad, no lo sé. Ahora que lo mencionas...quién sabe. –dijo el Licenciado Valbuena mientras, de nuevo, miraba hacia la puerta cerrada del consultorio de Medina.

–Oye, oye…soy yo, Josefina, tú mujer ¿eh? Aquí, desde el planeta tierra, querido ¿Sabes dónde queda eso, verdad? ¿Todavía te suena familiar, espero? Bien. Ahora ¿Quieres decirme qué pasa contigo? –replicó la mujer.

–Está allí –dijo en voz baja el Licenciado Valbuena, al tiempo que señalaba tímidamente la puerta cerrada de la oficina de Medina. La mujer volteó para mirar hacia la puerta. Luego volvió a mirar de nuevo al Licenciado, y le preguntó:

–¿Quién se supone que está allí?.

–Medina. –respondió el Lic. Valbuena.

–¿El viejo? –preguntó la mujer.

–Ajá. –dijo el Licenciado Valbuena.

–¿Estás borracho o qué? –replicó la mujer.

–Acaba de pasar por aquí, en frente mío, hace un momento. Lo vi. –dijo el Licenciado Valbuena.

–¿Estás hablando en serio? –preguntó la mujer con dureza.

–Claro que sí. –respondió el Lic. Valbuena.

–Pero tú me dijiste anoche que estuviste en casa de Medina, y que ya el asunto era un caso acabado, que hasta el cura hubo de ser llamado. Entonces anoche no hablabas tan en serio.

–Por supuesto que sí. Cuando salí de lo de Medina, el cura…

–El cura cuernos –interrumpió con brusquedad la mujer– ¿Sabes qué? Estoy harta. Hace no sé cuántos años me vine contigo a Buenaventura (y sabrá Dios por qué hice algo así) a cuenta de que aquí todo iba a ser diferente. Tengo más de quince años escuchando tus cuentos acerca de un futuro mejor. ¿Recuerdas el mismísimo maldito día que llagamos? Estábamos paseando por allá abajo, por el malecón. Te detuviste y dijiste ¿cómo fue? ¿lo recuerdas? Mi amor, si uno ve el asunto desde aquí, mirando hacia esos cerros, dice que buenaventura es el último rincón del mundo. Pero si lo ve mirando hacia éste otro lado, hacia donde brilla la inmensidad del horizonte, habrá que decir que es la entrada al mundo ¿no te parece? No, si lo recuerdo como si fuese ayer. ¿Tienes idea de cuanta palabrería he debido escuchar calladamente acerca de proyectos y proyecciones de futuro? La última vez fue con el policía ése. El Comisario Romero esto, el Comisario Romero lo otro ¿Qué Comisario Romero? Ese no es más que un loco, un ladrón huyendo vaya uno a saber de qué, o qué sé yo. No, si no más llegó el Comisario Romero, llegó le civilización a Buenaventura. Anoche Medina estaba en camino a la tumba. Hoy está en su oficina. Todos ustedes no son más que unos pobres diablos. –concluyó la mujer, y salió.

Del otro lado de la puerta cerrada de la oficina y mientras escuchaba la voz lejana de la mujer, sin entender del todo lo que decía, Medina fumaba su cigarro de tabaco negro. Bola de humo se disipa sobre el vacío escritorio que durante un rato Medina estuvo contemplando: pelado, lleno de peladuras. Yo no lo dejé así. Aquel escritorio siempre había estado lleno de papeles que asomaban sus bordes sucios por las ranuras de las gavetas, o que cubrían en pequeños y amorfos montículos la superficie de la mesa. Como fuese, sucios, amarillentos, inútiles, totalmente desconocidos o difícilmente recordados, aquellos papeles habían representado el papel de Medina en el vida. Sus cuerpos lisos y planos, enfermos de tinta y palabra que padecían hasta en la última coma el coma de su inutilidad, eran, sin él saberlo, todo para él. Allí estaba su secreto, el aristotélico ser de su universo inamovible hasta hoy. Blancos, azules, rosados o amarillos. Medina vivía de memoria los tonos descoloridos, las urgencias vencidas y hundidas en el pozo de las tramitaciones inconclusas. Seguramente el Licenciado Valbuena los había recogido, clasificado y dispuesto según el parecer de su propio ritual de inoperancia. Aquellos papeles, sus papeles. Lo que más hubiera anhelado Medina aquella mañana era encontrarlos allí, donde siempre. Maldito gordo ¿Qué espera para presentarse aquí, en mi oficina? ¿O es que acaso ya no es mi oficina? Bien, gordo. Puedes tomarte el tiempo que quieras. Algún día tendrás que entrar aquí. Veremos qué traes.

Cuando el Lic. Valbuena entró al despacho, Medina estaba parado junto a la ventana y con el dedo índice hacía surcos en el polvo acumulado sobre el vidrio. Aunque sabía que el secretario estaba allí, detrás suyo, no se volteó a mirarlo. Gordo. Tu rostro enrojecido suda encerrado entre los trazos redondos de la barba. Tus ojos brillan, un poco asustados, pero quietos y dispuestos a quedar bien. Te repones por fuera. Pronto tendrás lista, a mano, disponible esa cortesía inorgánica que te ha salvado durante toda tu gorda vida. Gordo. Mi secretario. Hombre de confianza, que le dicen. El segundo de a bordo en este barco varado. Pero ahí vamos. El viejo continuó haciendo trazos extraños que, salidos de su mano temblorosa, captaron la atención del Licenciado Valbuena. Círculos que no terminaban de cerrarse, líneas retorcidas que se cruzaban entre sí como si el viejo jugara a la vieja consigo mismo. Pero Medina dejaba casi todos los recuadros vacíos, mientras que, a su vez, el Lic. Valbuena iba ocupando imaginariamente las posiciones que le permitirían trazar la línea recta de la victoria.



–Valbuena, ¿no hay quien limpie las ventanas de esta oficina? –preguntó Medina.

–No, Señor ...digo, sí. –respondió el Licenciado Valbuena.

–¿Entonces? –preguntó el viejo

–¿Entonces qué, Señor? –replicó el gordo.

–Que las limpien de inmediato, Valbuena. –ordenó el viejo.

–Sí, señor. –acató el gordo y se dispuso a salir. Pero apenas había puesto la mano en el picaporte de la puerta, Medina volvió a hablar.

–Valbuena.

–¿Señor? –dijo el gordo.

–¿A dónde va? –preguntó el viejo.

–A buscar quien limpie las ventanas. –respondió el gordo.

–¿Y quién? –preguntó el viejo.

–Normalmente lo hace Rita. Lo ha hecho durante muchos años. Limpia aquí y en su casa. –dijo el gordo.

–Eso ya lo sé. UD. me habla como si fuese la primera vez que estoy aquí. –dijo el viejo.

–Pero UD. me preguntó a dónde iba ¿no? –replicó el gordo.

–Está bien. Pero dígame, Valbuena ¿Por qué Rita no ha venido a limpiar las ventanas? –preguntó el viejo.

–No lo sé, Señor. –respondió el gordo.

–¿Desde cuando no viene? –preguntó el viejo.

–Desde…–dijo el gordo.

–No me lo diga. Déjeme adivinar. Desde hace tres días ¿o no? –dijo el viejo.

–¿Desde hace tres días? Sí, mas o menos. –respondió el gordo. Luego agregó –Pero lo descontaremos de su paga.

–Está bien, Valbuena. Olvídelo por ahora ¿Y la agenda de hoy? –preguntó el viejo.

–¿La agenda, Señor? –respondió el gordo, que hubiese querido salir en lugar de seguir siendo interrogado.

–Sí, Valbuena, la agenda. Siempre hemos diseñado una ¿o no?. Siempre ha estado aquí, sobre mi escritorio, en la mañana, al empezar el día. Es cierto que, dirá UD., muchas veces ni siquiera la he ojeado. Pero siempre ha estado aquí, al empezar el día. Y ahora que no está, uno se siente extraño ¿Sabe, Valbuena? Es como un ritual. Uno no lo sabe hasta que desaparece. Pero, cuando desaparece, entonces comienzan a aparecer cosas en las que uno no había pensado. Por ejemplo, me pregunto ¿por qué mi secretario no habrá dejado aquí, en mi escritorio, la agenda, como todos los días? ¿Se le habrá olvidado? ¿Y desde cuando no lo hace? No me responda. Déjeme adivinar: desde hace tres días. Y sigo percibiendo aquí extrañas ausencia ¿Será que mi secretario tiene, digamos, tres días, levantando mi oficina? Déjeme ver algo ¿Es esta mi silla? Por lo que veo sí. Todavía no se la ha llevado. Imagino que pensaba cambiarla por la suya ¿o no? UD. no cabe en ésta.

Sin saber qué contestar, el secretario se ruborizó. Empezó a rascarse la espesa barba que le circundaba la cara. Abría y cerraba los ojos diminutos, más diminutos cuando, por el efecto del cristal, se ponía los anteojos para volvérselos a quitar. Sudaba copiosamente. Medina se sentó, encendió otro cigarrillo, y continuó.



–UD. no ha preparado la agenda para hoy, Valbuena. Supongo que no lo consideró necesario ¿verdad? Claro, para qué, si el viejo no vuelve a esta oficina. Que todo se llene de polvo y mierda.

–Lo que sucede, Señor ...es que... –intentó hablar el gordo.

–Ni agenda, ni papeles ...nada. Mi escritorio vacío, las ventanas sucias y UD. mirándome como un bobo, como quien ve a un fantasma. Ya no hay quien mande aquí ¿No es así? ¿0 sí?

–Lo que sucede, Señor... es que...

–Yo sé bien lo que sucede, Valbuena. –dijo el viejo.

–Yo pensaba...

–Claro que lo sé –siguió Medina sin parar mientras se levantaba fatigosamente de la silla –hace ya tiempo que lo sé. Yo diría, para que todo no quede en mera majadería de viejo enfermo, que lo sé desde el día que escuché a Montenegro decir que los hombres mueren de ambición o de soledad. No le presté mucha atención entonces. Pero, con el pasar del tiempo, aquel decir como que me invadía, las más de las veces sin yo darme cuenta, y le daba vueltas, una y otra, para, al final, concluir en cuánta razón tenía el maldito. Una y otra vez. Así fue esta mañana. Yo era un tipo tranquilo, en paz. UD. mismo lo debe recordar ¿no? Cuando fue a parar a la biblioteca ¿lo recuerda? Aquel era un lugar tranquilo, afable, frío, a veces demasiado frío, quizás ¿recuerda la sinusitis de Ojeda? El pobre. Aquella pelota en el cuello y todo el día paseando su nariz apestosa por el edificio. Pero, en fin, era un lugar tranquilo. Así lo recuerdo siempre. Es la sensación que más fresca tengo, desde que volví a Buenaventura. Porque, le diré, mi querido secretario, que ni en Buenaventura me he sentido así. Aquí en Buenaventura, hay tranquilidad, por supuesto. Claro que sí. Demasiada, diría yo. Pero es una tranquilidad… cómo decirle ¿recuerda los libros de historia en la escuela? Esos rostros y esos párrafos como piedras ¿verdad? Bueno, la de Buenaventura es una tranquilidad así, de libro que cuenta cosas pasadas hace mucho. Allá, en la biblioteca, era otra cosa. Transcurrían las horas, y uno tenía la sensación de que no había pasado nada. Aquel era un lugar así, como yo era. Ni siquiera pensé en casarme alguna vez, UD. sabe, para evitar problemas. Entonces, sin saber cómo, me topé de nuevo un día con Montenegro, es decir, el tío Segismundo, el mismo, al que nunca pude volver a llamar así. Cuando supo que yo aún seguía en la biblioteca, me mandó llamar. Y tú sigues allí, dijo. Si lo hubiese sabido antes. El viejo estaba desecho. Aún no andaba en silla de ruedas, pera ya caminaba con bastón y mucha dificultad. Eso sí: podrido en dinero, el maldito. Ahora quería explotar la mina de oro que, según él, era Buenaventura. Al principio me mostré indiferente. Incluso hablé de lo cómodo que me hallaba en la biblioteca. Hasta hubiese podido ser presidente, me atreví a decir, pero preferí la tranquilidad de la biblioteca. Entonces el viejo pegó la carcajada. Quien lo iba a engañar con esas soberbias mediocres. No digo yo. Quién sabe, me dije por dentro. A lo mejor ésta es tu oportunidad, Medina, insistía esa voz estúpida que al final me trajo de nuevo a Buenaventura. Lo demás UD. lo conoce. Una larga espera que ha compartido conmigo. Hasta que, entonces, uno empieza a desaparecer. UD. me entiende, Valbuena ¿o no? Uno puede desaparecer aunque siga allí, delante de todos. Todos ven a algo que no miran. Ah sí, el viejo ¿qué dijo? Ah sí, el viejo. Nadie te toma en serio. Hasta que uno mismo, sin darse cuenta, comienza a ver esa cosa extraña que todos ven y no se toman en serio. Así ha sido desde hace rato, mientras venía para acá. No me parecía venir yo, sino una cosa extraña, que ya no soy yo y que sólo me dediqué a seguir por curiosidad ¿Cree que estoy loco, verdad, Valbuena? Pues le diré que los hombres mueren de ambición o de soledad. Quizás de las dos cosas, digo yo. Quizás se trate de caras de la misma mierda ¿No cree UD.? –el viejo se calló por un momento, y encendió otro cigarrillo. El secretario Valbuena lo miraba como a un loco y sin decir palabra. Loco no. Escapado de la tumba.



–Vamos, Valbuena, no continúe mirándome UD. así, como si le estuviera hablando desde el otro mundo. –dijo Medina tras soltar la primera bocanada de humo. –Ya quisieran algunos que hubiera yo dado el salto. Pero le digo que mientras estuve metido en esa cama ni por un segundo perdí la conciencia de estar vivo. Quieto sí, como muerto sí. Pero nunca me abandonó la idea de volver al mundo de los vivos. –concluyó Medina, simulando un toque de orgullo o dignidad muy poco convincente.

–¿Algunos quiénes, Señor? –preguntó el Licenciado Valbuena.

–No tema, Valbuena, no me refiero a UD. Al menos no por ahora. ¿Quiere un cigarrillo? –preguntó el viejo.

–UD. sabe, Señor, que no fumo. –respondió el gordo.

–Ah sí. No sé por qué pregunté eso. Yo estaba pensando en… Pasa que hay cosas que sé, es decir, las recuerdo, pero las siento como nuevas. En fin, yo estaba pensando…

–Montenegro – se adelantó el secretario.

–No, no en él. En UD. –dijo el viejo.

–¿En mí? –preguntó el gordo.

–Sí. Pero, igual, sigamos con Montenegro, a quien, después de todo, todo ha terminado por pertenecerle aquí, cosas y hombres. En realidad, siempre le han pertenecido, quiero decir. Hay hombres así. El siempre ha dicho quién sí y quién no, cuándo y a cuanto, sin haber pronunciado palabra, sin haber estado nunca. Nunca volvió a Buenaventura ¿Ha pensado en ello, Valbuena? Vivimos de esperarlo. Mierda ¿Sabe que, luego de haber vuelto yo a Buenaventura, le he visto dos o tres veces en mi vida? Hace años ya, y nunca lo he olvidado. La última vez que lo intenté fue el día que me secuestraron los malditos comunistas. Cuando niño me parecía uno cualquiera. Lo que más me agradaba era montarme en el flamante Ford. Después, mucho tiempo después, cuando ya quería parecerme a él, las pocas veces que lo vi frente a mí no dejé de admirar su traje. !Vaya que iba vestido el desgraciado!. Demacrado, debilucho, lleno de marchitas, casi una mujercita enferma. Pero ¿qué importancia pueden tener detalles así cuando se va metido en un traje así? Era viejo, más que yo ahora, creo. Sólo en eso he llegado a parecerme. Entonces éramos menos viejos. Bebimos güisqui, yo casi la botella entera, él no más de un trago. Esa era su medida, decía cada vez que yo, luego de preguntar si quería más, me servía uno, y otro. Quizás por eso me sentía tan cortejado como una dama, como una puta, diría ahora. Yo le contaba de Buenaventura. En tono casi poético le describía las hileras de casuchas, los cocoteros, el verdinegro del mar… qué se yo, tenía la boca llena de güisqui y aquel discursillo de agencia de viajes. Fue divertido.

–Sí, fue divertido –asintió Valbuena y reafirmó con mecánica carcajada. Medina nunca dejó de sorprenderse por el modo cómo aquel hombre podía reír en cualquier momento, inventar carcajadas sin ningún esfuerzo, en cualquier clase de circunstancia.

–¿Cómo dice? –preguntó el viejo.

–Que sí, que fue divertido –replicó el gordo.

–¿Y UD. cómo lo sabe, si no estaba allí? –preguntó el viejo.

–Ya me lo ha contado otras veces, Señor. –respondió el gordo, apenado.

–¿Ya se lo he contado? ¿Está seguro? Eso no lo recuerdo. Tengo la sensación de que es la primera vez que hablo del asunto ¿También le conté lo del revólver? –preguntó el viejo.

–¿El revólver? –preguntó el gordo.

–Sí, el Smith que me regaló…–dijo el viejo.

–Ah, eso. Claro. –dijo el gordo.

–¿Le conté? –preguntó Medina.

–Sí, claro, por supuesto. Hace tiempo. Me había olvidado del asunto ¿Todavía lo conserva UD? La última vez que el arma fu en su casa, mientras la limpiaba. Pero eso fue hace mucho tiempo.

–¿Qué cosa? –preguntó el viejo.

–El revólver, digo –replicó el gordo.

–Sí. Aún lo conservo. Esta mañana lo saqué de su caja. No sé por qué. Lo tomé, nada más. Estaba allí, donde siempre, y lo tomé. Yo pensé… No, olvídelo, yo no pensé nada. ¿Le decía… ? –dijo el viejo.

–Que Montenegro… –dijo el gordo.

–Sí. Que, al final, decía yo, todo Buenaventura había sido transformado como por mandato divino. Donde yo había puesto el “Claro de Luna”, Montenegro, corriendo hacia un lado ese bar de pieza, había construido un "Nigth Club" lleno de pistas de baile y salas de juego. En lugar de la pensión de Rita, un enorme Hotel de cinco estrellas. La ranchería convertida en condominios. Nada de viajeros conmovidos por gaviotas y conchas marinas. Montenegro pensaba en turistas de mar adentro, en busca de aire puro, pasiones caras y cocaína. Yo era la pieza central del rompecabezas de todo aquel proyecto. Así me llamó Montenegro, !Y cuánto brindamos por ello!… –de súbito, la voz del viejo se apagó.



El Lic. Valbuena continuaba sin decir palabra. Olor a tabaco negro. Aliento medicinal. Esputo que lucha por salir. Carraspeo incesante. La vida debe continuar. El Lic. Valbuena sólo dejaba que el viejo, mientras pudiera, hablara, que soltara sus palabras de delirio. Mientras, el secretario, atento, reparaba en cuán velludas eran las cejas del viejo. Nunca se había puesto a observar con detenimiento aquellas cejas, aquella frente chica y rajada, el modo cómo la boca se le torcía hacía el lado derecho cuando pronunciaba las aes y se asomaba en el vértice de la comisura la saliva. Sólo ahora, que el viejo parecía un muerto momentáneamente escapado de la tumba, le parecía el más extraño de los seres. Nada significaban más de veinticinco años compartiendo con él la misma oficina, el mismo oficio, la misma dedicación a la tarea inútil. De haber surgido algo de intimidad durante tantos años, le habría sugerido, ahora, que se recortara un poco aquellos gusanos peludos adheridos a los arcos superciliares.

–No hay nada de eso– interrumpió de pronto el Lic. Valbuena.

–¿Qué dice? –preguntó el viejo.

–Que no hay nada de eso. –replicó el gordo.

–¿Hace cuanto volvimos aquí, Valbuena? –preguntó el viejo.

–Veinticinco años, mas o menos. –dijo el gordo.

–Veinticinco años esperando la gran oportunidad, y cuando aparecen los billetes estoy fuera. O siempre he estado fuera. Siempre hemos estado fuera ¿Qué le parece? –dijo el viejo.

–Me refiero a Montenegro. –insistió el gordo.

–¿Qué pasa con él? –inquirió el viejo, luego de mirar al gordo con curiosidad..

–Está muerto. –dijo el gordo.

–¿Quién lo dice? –preguntó el viejo.

–El mismo Martín Romero. –respondió el gordo.

–¿Habla en serio? –preguntó el viejo.

–Hablo en serio. –reafirmó el gordo.

–Y ¿por qué no me lo había dicho? –preguntó el viejo.

–Me enteré hace unos días atrás. –respondió el gordo.

–Nos estafó, entonces, el policía. –comentó el viejo, mientras volvía la mirada hacia la ventana.

–Mas o menos. –dijo el gordo.

–¡Más o menos? ¿Por qué lo dice así?. –preguntó el viejo.

–UD. y yo sabemos que lo de Montenegro ya era una mera bola de humo. Quizás el Comisario Romero se aprovechó del asunto. Quizás, como él mismo dice, no tiene nada que ver con el asunto. Lo mandaron aquí y nada más. Como sea, no creo que haya mucha diferencia. Con Montenegro vivo, o muerto, en Buenaventura no iba a pasar nada nuevo. Eso es algo que UD. y yo sabemos desde hace tiempo. –concluyó el gordo.

De pronto, Medina, haciendo bruscamente a un lado su tono de añoranza, se mostró enérgicamente rabioso, hasta dónde su cuerpo se lo permitía.



–Ya veremos ¿En qué piensa, Valbuena?– preguntó Medina luego de encender otro cigarrillo

–¿Yo? –preguntó el gordo, evasivo.

–Sí ¿Hay alguien más aquí? Lo conozco, Valbuena. Casi puedo escuchar las voces que resuenan allí, dentro de su cabeza. –inquirió el viejo.

–Pues, si insiste, le diré, si me lo permite, lo que pienso. UD. odia al Comisario Romero no por lo de Montenegro. Mas bien por lo de Susana. UD. sabe que es cierto lo que digo. –cortó el gordo el seco.

–¿Y UD. por qué asegura algo así? –preguntó el viejo en tono de notoria resignación.

–¡Vamos, no porfíe! Dejemos de seguir jugando a la misma eterna mentira ¿no le parece? Ya se lo he dicho. Lo de Montenegro, lo sabemos desde hace mucho, es una bola de humo. Hace tiempo dejamos de creer en eso. Es cierto que, cuando llegó el Comisario Romero, volvimos a retomar viejas esperanzas y proyectos. De hecho, el hombre llegó con su carta y todo, y hasta yo mismo me animé. ¡Ja, que si me animé! Hasta convencí a la Josefina de que ahora sí ¿Ahora sí qué? Preguntó la pobre. ¡Saldremos de abajo!, juré, con una sonrisa a flor de piel. Seguramente que no me creyó, pero sonrió. Ella también sonrió. Pero algo me decía que la cosa, esta vez, tampoco iba en serio ¿Recuerda el día que hablamos en su casa, los tres, el Comisario, UD, y yo? Allí ya estaba claro que no había nada. De hecho, como ya le dije, y como supe tiempo después, para entonces, ese mismo día, ya Montenegro estaba muerto. No dije nada porque, para entonces, ya UD. estaba en cama. –dijo el gordo.

–Está bien, Valbuena. Será como UD. dice. Pero eso no le da derecho al policía éste a venir a abusar de la hospitalidad que se le ha brindado en Buenaventura ¿No le parece? –preguntó el viejo.

–Eso es otra cosa. –dijo el gordo secamente, y se dispuso a retirarse.

–¿A dónde va, Valbuena? –preguntó el viejo, al ver que el gordo iba a salir de la oficina.

–¿Yo? –preguntó el gordo mientras se señalaba a sí mismo con el dedo –La verdad, no sé. Aquí mismo, al lado, a mi escritorio, supongo ¿A dónde más? ¿Eh? Imagino que UD. quiere que traiga todas sus cosas de vuelta aquí ¿o no? Sí, creo que eso haré. Quiero decir, no sé si quiere que lo haga ahora, o más tarde. O, mejor, primero busco a Rita para que limpie esas ventanas, y luego yo traigo lo que haya que traer aquí. –dijo el gordo, en tono de resignación, mientras confirmaba que el viejo estaba tan vivo como de costumbre.

–No hay que engañarse, Valbuena ¿verdad? Ser el jefe no es más que calentarle la silla al que te va a joder. –dijo el viejo.

–Ahora sí que se refiere a mí. –aseguró el gordo.

–Sí. Pero no tema. Por ahora tengo cuentas más importantes en qué pensar. Déjeme sólo y que nadie me moleste. Aunque mi escritorio esté vacío, todavía soy el jefe aquí. –dijo el viejo. Calló un instante. Carraspeo. El Lic. Valbuena clavó su mirada en el movimiento de la garganta del viejo. Medina Prosiguió.



–Por cierto, quería preguntarle ¿Ha visto UD. al Padre Claudio? –preguntó el viejo.

–Ayer. En su casa. Todos estuvimos allí. –respondió el gordo.

–¿Y qué decían? –preguntó el viejo.

–¿Qué decíamos? –preguntó el gordo.

–Sí ¿De qué hablaban anoche? –insistió el viejo impaciente.

–Supongo que lo normal en estos casos. –dijo el gordo.

–¿Y qué es lo normal en estos casos? –insistía el viejo.

–No sé… –titubeó el gordo.

–¿Qué es lo normal cuando alguien se está muriendo? –insistía el viejo.

–Bueno. El médico dijo: no hay ya nada qué hacer, sino esperar. Todos nos miramos. –dijo el gordo con esfuerzo.

–Ajá ¿Y entonces? –dijo el viejo.

–Y entonces decidimos que había que llamar al cura. –agregó el gordo.

–¿Y qué dijo el cura? –preguntó el viejo.

–No mucho. Entró calladamente. En realidad, entramos juntos, quiero decir. Yo mismo salí a buscarlo. Miró a todos con paciencia, saludó levemente con la mano y todos le seguimos hasta la habitación.

–¿También el Comisario Romero? –interrumpió el viejo.

–No. A decir verdad, el Comisario Romero era el único que faltaba. Esperábamos que apareciera en cualquier momento, pero, que va. Nada. UD. sabe cómo es ese sujeto. –afirmó el gordo.

–¿Y cómo es? –interrumpió el viejo.

–No sé. A veces me parece que no está bien de la cabeza, el Comisario. La verdad, siempre se lo he dicho a UD., el tipo nunca me inspiró mucha confianza. No me parece un mal sujeto. No. No es que me desagrade del todo. Sólo eso. Me parece algo deschavetado. Últimamente se la pasa por allí, caminando sólo. Lo siguen un perro y el muchacho aquél, no sé si medio hermano o medio primo del Moise; el que es mudo y medio tarado. En fin, lo que sea. Dígame UD. ¿qué hace un policía para arriba y para abajo con esos dos detrás pegados como un chicle? ¿eh? Si uno pregunta por él en el Comando, dicen: ¿El Comisario Romero? Está de guardia. UD. sabe. Lo dicen en tono de disimilada burla. Y tienen razón, me parece. Con un Jefe así. El único que aún guarda discreción al respecto es Colmenares. Cuestión de lealtad, supongo. Anoche mismo dijo que el Comisario Romero estaba de guardia. UD. sabe. –dijo el gordo.

–¿Y el cura? ¿Qué dijo? –preguntó el gordo.

–No mucho. Es de esos a los que, si no quiere, no se le puede sacar nada. UD. sabe. Le seguí un par de cuadras y luego entramos. Pasó a la habitación y…–se calló de súbito el gordo.

–¿Y qué? –preguntó el viejo.

–Nos sorprendimos de lo rápido con que zanjó la cuestión. –dijo el gordo.

–¿Qué cuestión? –preguntó el viejo.

–Bueno, se supone que iba a aplicar al sacramento, y que esas cosas tienen su tono sagrado. La extremaunción ¿no? Todo fue tan rápido que casi ni nos dimos cuenta. –dijo apenado el gordo.

–¿No rezó? –preguntó el viejo.

–La verdad, no. Cuando nos vinimos. Él se quedó en la casa. No sé qué habrá hecho entonces. –aclaró el gordo.

–Listo, habrá dicho UD. entonces. Cuando el cura aparece, no hay nada más qué decir. Eso es así. También es cierto que a este cura cada vez se le saca menos. Por lo que UD. dice, yo no pude sacarle ni un Padre Nuestro. Antes no era así. Recuerdo el día que me secuestraron los comunistas. Lo saqué temprano de la cama. Somnoliento y todo, el hombre prestó atención a todo cuanto yo decía. Y vaya que estaba yo molesto y desesperado, lleno de impotencia. Pero el hombre escuchaba y, aunque hablaba poco, su sola presencia era un consuelo, digo yo. Fue la primera vez que me dio uno de estos. –dijo Medina al tiempo que enseñaba el librito de oraciones al gordo. Luego preguntó:

–¿Será que ese cura ya no reza?

–Dicen que en el entierro del Moise no lo hizo. A ver si este negro puede pasar, y que fue todo lo que dijo. –dijo el gordo.

–Y en el del Indio parece que fue igual. Dicen que algo leyó de la Biblia, pero, como dice Rita, aquello no era una oración, sino algo de la boca para fuera. Este pueblo está jodido. Ni el cura ora por él. Será que estaba recién llegado a Buenaventura, el cura, digo yo. Lo cierto es que el cura cambió y, cuando habla, las pocas veces que se lo permite, parece hacerlo desde kilómetros de distancia. Parece como de piedra. Rita dice que la gente aquí se reseca, que el alma se le vuelve como de cartón. Quién sabe si la vieja tiene más razón de la que siempre le he concedido. Como sea, hay veces en que el cura me parece un loco ¿Recuerda el día que apareció el Moise? Y la vez que le hablé del proyecto Montenegro ¿sabe lo que dijo?: ¿progreso? Lo mejor de Buenaventura es lo que UD. llama estúpidamente atraso. Me llamó estúpido, el curita ¿Qué le parece? Tiene una forma muy especial para ofender, el cura ¿No le parece? Pero, le diré, que, en el fondo, me parece un buen tipo. No puedo negarlo. Quizás el sol, la molicie, la soledad… ‒no sabría asegurar qué‒ le hayan chamuscado un poco el cerebro. No sé. Me habría gustado verle el tiempo que permaneció allí, en la misma habitación. –comentó el viejo.

–Dicen que toda la noche. Pero dígame algo ¿No lo vio ni habló con él? UD. acaba de decir que siempre estuvo consciente. –advirtió el gordo.

–Bueno, sí. Pero… ¿cómo explicarle?… En realidad, yo no me movía. Estaba como muerto. Eso sí. Yo sentía como si el cuerpo hubiera muerto primero, y antes de morir completo uno se quedara pensando, como quien se va de viaje y, antes de cerrar la puerta, echa una ojeada atrás a ver qué se le olvida. Estaba, pues, quieto, completamente quieto. Hasta yo mismo me confundía con el asunto. Sin embargo, en medio de aquella quietud, percibía cosas. El olfato, el oído, la intuición… qué sé yo. Todo eso junto, quizás. Yo no sé si estaba yo, lo que se dice, consciente. Pero olía y escuchaba cosas. Sabía que estaban allí. Cosas que seguían vivas y vivían como si yo estuviera muerto, incapaz de olerlas y escucharlas. Creo que también soñaba. Olores, ruidos y presencias que se mezclaban con mi sueño. Pero si yo me daba cuenta de que soñaba es porque no todo era un sueño ¿no es cierto? Recuerdo un olor que ahora sé que era jabón. Y recuerdo también rumores, como de oración; quizás meras palabras dichas en tono bajo ¿Llevaba algo, el cura? –preguntó el viejo.

–¿El cura? –replicó el gordo.

–Sí, el cura. Cuando llegó a la casa y entró a la habitación ¿no vio si llevaba algo? –preguntó el viejo.

–No, que yo sepa. Bueno, sí. Un librito. Sólo un librito… que yo recuerde. No sé. –dijo el gordo.

–¿Uno así? –preguntó el viejo, al tiempo que le mostraba el librito de oraciones al gordo.

–Así parece. –dijo el gordo.

–Está bien, Valbuena. Puede retirarse. –dijo el viejo.

TEMPORAL

Una historia acerca del hecho de escribir historias

(novela filosófica) 

...sucede que la vida no tiene inicios ni finales, y que sólo en el ámbito y contexto de una narración es susceptible de adquirirlos. Lo que me recuerda, por cierto, aquello que una vez dijera Beckett: ese fue mi error, uno de mis errores; exigirme una historia, cuando sólo la vida bastaba. Si es así, entonces estoy aquí para perpetrar mi propio error. Y hasta puede que ésta sea la forma de haber empezado a hacerlo. Más me vale.

Introducción General

El Bolívar histórico del que se ocupa este trabajo no es, hablando en términos rigurosos, el del pensamiento político y la estrategia militar, aunque, desde luego, mucho tendrá que ver con ello. Pero no es un análisis de ese tipo lo que busco en su discurso sino, más bien, al discurso mismo como herramienta del político y el hombre de guerra. Se trata del Bolívar de la palabra. El lenguaje como signo de conciencia histórica, como dimensión de temporalidad y como fuente de heroicidad. Del discurso de Bolívar no me interesa tanto el pensamiento como su narrativa; su inteligencia política o militar, como la semántica o discursiva. Del Bolívar histórico no busco la verdad, sino el estilo.

Introito

Un día, cuando todavía era estudiante de historia y me desempeñaba como investigador en el archivo histórico del antiguo Congreso Nacional, al fondo de la bóveda, en medio de un cúmulo de trastos tan viejos como valiosos, me topé con una desvencijada edición del Diario de Bucaramanga. Sumido en la molicie que mi burocrático cargo ya me inspiraba, aquél libro me distrajo y, allí mismo, en un improvisado asiento de cajones, lo leí. Para cuando retorné de la bóveda, mi imagen de Bolívar -como la de casi todos, determinada por ese formalismo patriota propio de la historiografía de banco de escuela, como la llama Vallenilla Lanz- cambió. Este libro es el resultado de un intento por captar y comprender aquello que cambió.

CARTAGENA: del destierro a la gloria

La Memoria dirigida a los ciudadanos de la Nueva Granada por un caraqueño, mejor conocida como el Manifiesto de Cartagena, se considera el primero de los grandes documentos políticos de Bolívar. Fechado 15 de diciembre de 1812, recoge la experiencia del incipiente gobierno republicano que, a mediados de ese mismo año, ha sucumbido en Venezuela bajo los embates del ejército español. Se trata de una memoria de la derrota, producida por alguien que ha participado como oficial en la guerra el gobierno español y que, salido al exilio, ha llegado a la Nueva Granada con el propósito de obtener hombres y recursos que le permitan invadir su país de origen y restablecer la república. Esta memoria no es, pues, el mero relato pasivo de lo que aconteció, de cómo el ejército español ha vuelto a tomar de una de las plazas más importantes y estratégicas de la América insurrecta, sino del plan para recuperarla. Se expone aquí el análisis crítico de una experiencia republicana particular, de la que se extraen conclusiones políticas y doctrinales que proporcionan una nueva perspectiva del proceso de emancipación no sólo en Venezuela, sino en toda la América Meridional. Se puede compartir en mayor o menor medida tales conceptos. Pero, en cualquier caso, es indiscutible que estamos ante la primera visión sistemática, general y de conjunto que, más allá de la dimensión logística y militar que impone la guerra, nos proporciona el primer concepto histórico y estratégico de la emancipación americana. Al menos, el primero producido por un soldado con una clara visión política. En este sentido, estamos ante la primera teoría revolucionaria de la lucha por la independencia.

CARÚPANO: vindicta, libertad y barbarie

En el Manifiesto de Cartagena nada indica Bolívar respecto a la cuestión social. Cuestión ésta tan conflictiva que, siglo por medio, llevaría al historiador Vallenilla Lanz a definir la guerra de independencia como una guerra civil. De ello nos da una particular perspectiva el Manifiesto de Carúpano. No pasó mucho tiempo para que el discurso de Bolívar hubiese de encarar el tema tabú en Cartagena. El momento sobrevino con la caída de la Segunda República, tras ese fenómeno tan contundente como efímero que fue Boves para el proceso de independencia. Efímero en cuanto a su personal actuación y liderazgo, pero en alguna medida permanente en cuanto a la guerra como forma de vida para los sectores populares y el ejército como vía de transformación de una estructura social que hundía sus raíces en la colonia. Acaso fuera Boves el más encarnizado enemigo de la república. Pese a lo cual, la república, a la postre y para ser tal, fue su más genuina heredera. De él recibió su ejército, su dinámica social y hasta el estilo de su liderazgo. A tono con la dialéctica de la guerra, los llaneros que siguieron a Boves pasaron de bandidos a patrimonio de la república. Patrimonio que en algún momento hizo decir a Bolívar que la revolución estaba sentada en un volcán social a punto de hacer explosión. Pero eso sería más tarde y en privado. En Carúpano, todavía este ejército sólo representa el modo en que la barbarie se opone a bien supremo de la libertad.

JAMAICA: Historia, Semántica y Geopolítica

1815: el descenso de Napoleón se cruza con el ascenso de Bolívar. Ambos han partido al exilio, a Santa Helena y a Jamaica, respectivamente. Tres años más tarde, el americano meridional, que ha tomado Angostura, la plaza estratégica que inclinará el curso de la guerra en favor de la causa patriota, dirá de sí mismo: yo busqué asilo en una isla extranjera, y fui a Jamaica solo, sin recursos y casi sin esperanzas. Perdida Venezuela y la Nueva Granada, todavía me atreví a pensar en expulsar a sus tiranos.1 De modo que el exilio, que para Napoleón dictamina el final de un imperio en Europa, para Bolívar anuncia el renacimiento de un proyecto en América. Esta conjunción en el cosmos simbólico de la historia que involucra la carera de dos grandes líderes políticos y militares, alude también a un cambio de época, determinado, desde el punto de vista geopolítico, por el ascenso de las potencias del capitalismo industrial y la caída del colonialismo mercantilista. A ello tributan diversos procesos: la ilustración, el nacionalismo, el industrialismo, la revolución francesa, la expansión napoleónica, la independencia estadounidense, la emancipación en América Latina. Es ésta una coyuntura en el proceso de largo plazo que lleva de la era agrícola a la era industrial. En este contexto se fraguan los cauces iniciales de un proceso histórico de alcance planetario. La Carta de Jamaica forma parte de este contexto. Es una forma de asomarse a él y otearlo desde los agrestes montes de una América irredenta. Tal es el punto de partida de este ensayo.

ANGOSTURA: el guerrero creador de repúblicas

La Carta de Jamaica concluye con la afirmación según la cual la clave para poner fin a la dominación española y fundar un gobierno libre es la unión, obtenida por efectos sensibles y esfuerzos bien dirigidos. Lo que por entonces queda en un escueto enunciado, en Angostura va a ser objeto de un denso desarrollo. Eso es el Discurso de Angostura: un efecto sensible, un esfuerzo bien dirigido. En atención a las lineas principales de su estructura discursiva, es una apelación a la conciencia histórica, un plan estratégico centrado en la implantación del Estado Nacional, y un instrumento de significación del movimiento de independencia como proceso histórico. Pronunciado por Bolívar el 15 de febrero de 1819, en el acto de instalación del segundo congreso que se daba a sí misma una república en medio de los avatares de la guerra, constituye una de las piezas oratorias más importantes de su haber político. Dicho ello por su contenido en sí mismo considerado. Y dicho también por el modo en que marca una diferencia de dimensiones estratégicas entre un antes y un después del proceso de independencia. En la visión totalizadora del Discurso de Angostura confluye lo político y lo militar. Para ganar la guerra en el siempre inhóspito campo de batalla, es preciso ganarla también en el de la política; por cierto, no menos inhóspito, agreste y peligroso que aquél.

BOLIVIA: el hombre de las dificultades como legislador

El guerrero ciudadano es aquél al que le es dado despojarse del mando. Así en la Caracas que le otorgó el título de Libertador, así en la Angostura que lo ratificó como Jefe Supremo, y dos años después lo llevara a ser designado en Cúcuta Presidente de La Gran Colombia. Las dificultades comienzan cuando la historia lo despoja a él de la guerra y se queda sin esa fuente de gloria que, hasta entonces, había sido el enorme campo de batalla y de política que, visto desde Pasto, se extendía entre el Orinoco y el Potosí. Así, Ayacucho consigna en la historia americana la emancipación, ciertamente; y en el destino particular del guerrero ciudadano el retorno de la cima de la gloria a la sima de las miserias de la burocracia y la administración. Siendo el campo de batalla la fuente fundamental de su gloria, dentro de él lo es todo; fuera de él nada, o tan sólo un ciudadano recto e iluminado que, apegado a su prestigio y honor, está llamado a dar la cara a esa oleada de anarquía que, en la paz, devora cuanto ha venido edificando en la guerra. Consumada la independencia o, más exactamente, el proceso de la guerra que habría de conducir a ella, el enorme mapa del nuevo mundo se ha teñido de una no menos enorme complejidad. Mientras se triunfa en Ayacucho se conspira en Caracas. Al tiempo que se finiquitan los últimos detalles del Congreso de Panamá, las recién creadas repúblicas se hunden en la lucha intestina y doméstica que atenta contra la anfictionía. En carta a Santander, fechada en Lima, el 6 de enero de 1825, es decir, a un mes escaso del triunfo en Ayacucho, encontramos esta situación descrita en palabras del propio Bolívar:

OCAÑA: el clamor del pueblo

Desde el punto de vista de su estructura semántica, el libertador, como instancia fundamental del discurso, representa la condición esencial de Bolívar como máximo dirigente político y militar de la emancipación americana. Más que como mera parte de la historia, el libertador concibe, administra y conduce el discurso como conciencia e instrumento hacedor de ella. Sin embargo, y como es de esperar, se trata de un discurso que siempre ha sido concebido y pronunciado desde el entorno de la dirigencia política a la que pertenece, aún en aquellos temas sensibles en que la actuación de dicha dirigencia pueda ser cuestionada por en su mensaje. Desde este punto de vista, el libertador siempre ha sido una instancia discursiva de una u otra manera asociada al estrecho círculo de la élite civil y militar que comanda el proceso independentista. Así, por ejemplo, El guerrero ciudadano del Discurso de Angostura, que dichoso convoca a la representación nacional y se despoja del mando ante ella es, con ello, al mismo tiempo, legitimado por ella. Como parte de la dirigencia, el guerrero ciudadano es jefe supremo entre iguales. En este sentido, los discursos fundamentales de El Libertador como creador de un nuevo tiempo histórico son documentos de identidad con el entorno dirigente del proceso de independencia, palancas ideológicas de su legitimación ante ella como máximo líder.

Epílogo

Hasta aquí me trajo el Bolívar con el que un día, hace mucho tiempo ya, me topé en el Diario de Bucaramanga. El hombre histórico de los discursos. El de la palabra y el estilo. El de la conciencia moderna y la faena semántica. El de la revolución como concepto y del heroísmo como ejercicio de voluntad de poder. Su discurso marca el paso de la barbarie a la civilización, con todo lo bueno y todo lo malo que una transición así supone para la gestión de su propia historia por parte de un pueblo. Y como pueblo, no tenemos conciencia de tal significación porque la historiografía de banco de escuela se ha hecho cargo de ello, bien haciendo de Bolívar una venerable pieza de museo, bien poniéndolo a comer mangos para popularizarlo. Al respecto, me limito a recordar las palabras de Vallenilla Lanz:

HERÓDOTO: los orígenes de la historiografía

Si uno se deja guiar por lo más estrictos rigores académicos, incluso los de la historia, probablemente los menos estrictos de todos, muy a pesar de los historiadores académicos, un trabajo de este tipo luce desde muchos puntos de vista desalentador, bien por lo poco con se cuenta para realizarlo, bien por la poca estima que se guarda hacia lo poco que se tiene, incluso los escritos de aquel a quien Cicerón, si no me equivoco, dio en llamar Padre de la Historia. Y lo hizo en el marco de una larga tradición representada por críticos para los que Heródoto era ya casi tan extraño como para nosotros y que, salvo contadas excepciones, se caracterizó por su desprecio, acusándolo de mal escritor, de inútil, y hasta de mercenario.

Capítulo 1: el hombre, la obra, el contexto.

Es muy difícil establecer un imperativo ideológico, filosófico, político o moral que nos ayude a comprender la aparición de la historiografía en una íntima relación con el contexto histórico en que ello tiene lugar. La vaga generalidad de la que aquí me valgo, es decir, comprender la aparición de la historiografía como parte del humanismo característico de la Grecia Clásica, que tuvo su máxima expresión en el arte y la filosofía, es fácilmente aceptable, pero, se entiende, muy poco precisa. Ese humanismo, la ruptura respecto a la mitología que a él es inherente, comienza a gestarse en la Grecia Arcaica, con la filosofía jónica y la aún ingenua pero inequívoca proximidad que ella representa respecto a la naturaleza. Por otra parte, como se sabe, dicho humanismo se prolonga mucho más allá de la época de Heródoto y en plena decadencia ateniense producirá lo más acabado de su filosofía. Este humanismo griego es, pues, el espacio histórico cultural de muchas cosas, amplio contexto en el que la historiografía luce como un ínfimo detalle, acaso el más prescindible de todos.

Capítulo 2: mito, filosofía, historiografía.

Partamos del hecho, tan magistralmente representado por la cruel simpleza del mito de Sísifo, de que el hombre es una especie condenada a la historicidad. A nadie le es dado elegir no vivir la historia. Encadenado a la infinita finitud del tiempo, el hombre histórico transcurre sin la certeza de saber para qué. Toda la historia humana pudiera comprenderse como la obsesión de este hombre histórico por darse sentido a sí mismo. Todas las cosmogonías lo han adscrito, de una u otra manera, a vagar fuera de lo eterno, perecer una y otra vez. Y todas intentan, al final, reconciliarse con el proscrito, traerlo de nuevo a casa, el paraíso perdido que, en algunos casos, puede ser, incluso, la nada cósmica, peculiar forma de eternidad que nos permite suponer que hasta la supresión de la existencia es preferible al castigo de la existencia histórica. Esta caída en el tiempo es el nudo gordiano de todo el drama bíblico y, en muy otro contexto, es, también, el mayor suplicio que la mitología griega pudo imaginar para el hombre réprobo

Capítulo 3: dioses, hombres, historias.

Heródoto cree en el Oráculo. Es fácil demostrarlo a través de la cita de párrafos como, por ejemplo, el que nos habla de la furia de Taltibio1 contra los espartanos, y otros en los que hace referencia al plano de lo divino como la última salida que encuentra para explicar, -¿o justificar?- un determinado acontecimiento histórico. Sabemos que esto le ha costado a Heródoto buena parte de las censuras que lo descalifican como historiador ya que, se supone, la historia debe explicar al hombre y sus acciones por el hombre mismo. Como se sabe, ha llegado a ser norma del oficio que recurrir a Dios es hacer trampa. Una suerte de principio epistemológico pende como espada de Damocles sobre el historiador cada vez que su discurso historiográfico apela al deus ex maquina. Heródoto puede ser, según esta misma norma, demasiado ingenuo o primitivo .

Capítulo 4: hombre, historia, tragedia.

Si nos pusiéramos a plantearnos los problemas de epistemología y método en los Nueve Libros, probablemente no hallaríamos asidero sólido alguno para el análisis y la reflexión. En realidad, estrictamente hablando, tales problemas no existen para aquella historiografía que, desde sus mismos inicios, se colocó al margen de la sabiduría y se dio a sí misma el despropósito de alimentar la memoria humana, salvar el vertiginoso acontecer humano del olvido humano. Sin embargo, pese a una tarea tan metafísicamente pobre y, en parte gracias a ello, aquella primera historiografía estaba llamada a sentar las bases para una cruel desmitificación de dicho acontecer. El hombre histórico que recién ha descubierto es objeto de paciente y crítica observación; no se le puede tomar a la ligera, tal cual lo encontramos, ni creer de buenas a primeras lo que dice y piensa de sì mismo. Racionalista pero curiosa, tolerante pero desconfiada, fue ésta una historiografía que se aproximó a su hombre histórico con acucioso sigilo, alerta a los juicios y creencias que históricamente su objeto de observación había generado respecto, y a partir de, su propia historicidad. El hombre histórico y la cultura, ámbito al que es inherente el desencadenamiento de sus acciones en el espacio y el tiempo, abrieron así el pensamiento humano hacia una dimensión hasta entonces desconocida.

 

 

Preliminar

He visto a Dios. Es espantoso. No hemos hablado. Para escucharme, tendría que ser yo hombrte de fe. Y, para escucharlo, un esquizofrénico. Pero pululamos en el mismo universo. Él en su cueva y yo en la mía, somos vecinos del mismo barrio; el del misterio. Sólo que yo la habito con la suficiente molicie e ignorancia como para no perder la cabeza. Él no. El misterio lo ha enfermado. Y, convencido de ser la verdad que lo despeja y que, por lo tanto, nos haría libres, ha perdido la suya.

De la caída a la salvación: la historia inconclusa de la creación.

La caída simboliza el inicio de la historia, al menos para la criatura; es decir, la existencia temporal a la que, tras rebelarse, ha sido condenada por su creador. Y la salvación la recuperación de una criatura que, ahora, como pecador; o sea, habiendo comprobado por experiencia lo que su creador por omnisciencia ya sabía y se negó a revelar, retorna arrepentida al paraíso en que fuera creada, y lo hace por gracia del que la condenó. Así, entre caída y salvación -fin del tiempo de por medio- el reino de este dios describe un ciclo único y total hacia la eternidad propiamente dicha, suponemos, ya que, hasta la culminación de dicho ciclo, dicho reino no ha sido otra cosa que un proyecto histórico; una teleología en la que Dios hace de sentido inmanente y la eternidad de meta trascendente.

De cómo no fui echado del paraíso: me largué yo mismo

El Génesis, como se sabe, es el primer capítulo en la historia de un dios que creó el mundo, la historia; vale decir, el pasar en que las cosas pasan y el tiempo con que lo captamos. Según esta historia, en siete días -merecido descanso incluido- este dios, emergido de las tinieblas, configuró el universo total: estableció su reino eterno, creó la criatura llamada a adorarlo por la eternidad, actualizó el abismo temporal al cual arrojarla cuando se resistió, y, por último, concibió el plan para rescatarla de su temporalidad y retornarla a su seno. Más que una historia de dios, ésta es la de un proyecto de dios. Con lo cual esta historia deja fuera lo más interesante del objeto a historiar: las tinieblas mismas, el abismo y el origen del dios-héroe que, venido de ellas, encarna la luz que ha de iluminar el nuevo todo en que se dispone a reinar. De modo que esta historia, que no indaga en su tema y que, aún así, pretende dar razón de la temporalidad mediante la eternidad, nos deja en ascuas, pues sólo vale para confirmar que la vida eterna junto al dios que nos ha creado no es menos absurda que la temporal a la que nos ha condenado. No obstante, hagámonos de la vista gorda con este detalle menor, y ocupémonos de un dios al que, en esta parte de su historia, toca hacer de inicio en la historia toda del universo. Porque, en esencia, no de otra cosa hablamos aquí: de un dios que actúa y que, sólo en cuanto tal, ha podido ser objeto de narración.

De cómo andando el camino correcto terminé en el punto de partida.

Me parece que era Artaud quien decía que Dios no existe, y que, si existe, es una mierda. Esta idea de dios es un dilema que apunta, por una parte, a su real y efectiva existencia y, por la otra, a que, en caso de existir, sea cosa digna de creencia. Y si bien la real existencia de una cosa es condición previa del juicio sobre de ella, en el caso de los dioses es tema casi irrelevante, si se lo compara con la idea de dios, que sí es históricamente real. La existencia o no de uno que se hace llamar Dios es indemostrable. Pero la idea que de él tengamos es crucial. Pasa que nuestra inteligencia, memoria y voluntad de entes temporles que para ecistir han de hacerlo históricamente es el único hilo que vincula al dios en el que pretendemos creer con la eternidad en la que debería reinar; eternidad ésta de la que vendríamos y a la que, consumada nuestra temporalidad, habríamos de retornar. El problema acá es que, entonces, hablamos de un dios, un reino, una eternidad; en suma, un ser pleno que ha salido de sí y ya no es tal, pues ha sido intervenido, socavado y puesto patas arriba por la temporalidad misma de la criatura que estaba llamada a constituirlo. De modo que, si alguna vez fue, este dios ya no tiene ser, pues ha devenido y, por tanto, sólo puede tener historia. Y el mayor problema para este dios es que, en efecto, la tiene. Se la conoce como sagrada. Lo cual no es sino un infeliz oximorón, que me veo en la obligación de corregir. Porque, el otro problema no menor para este dios, es que, además de también tener una historia, tengo, gracias a ello, una idea de dios; por cierto, ontológicamente mucho menos generosa que la de Artaud.

De mi autocondena

Una cosa es ser expulsado del paraíso, tras una patafa en el culo, y muy otra abandonarlo por los propios pies: o sra, arrojarse uno mismo. La voluntad hace la diferencia. Lo que procede entonces es la autocondena. Ello equivale a la condena de Dios, sólo que despojada de su divinidad por el acto voluntario de quien se la autoimpone. Éste es el dato fundamental acá. La rebelión de la criatura sólo acarreó la expulsión del rebelde y no alcanzó su cometido. Ciertamente, desató la ira de Dios, pero no afectó su divinidad. Sin embargo, fuera de los predios del reino, la rebelión continúa: se torna secular. Sujeta al curso de su propio devenir, si la criatura se proclama pecador, su castigo se convierte en causa y su destino en botín de guerra. Lo que a este dios toca ahora enfrentar no es la conjura, sino la reivindicación del pecado respecto a un reino que sólo molicie, desprecio e indiferencia puede inspirar. Lo cual es mucho más difícil para uno tan propenso a la cólera y que tanto requiere de ser adorado.

De Dios como significación de un pasar que no lo requiere.

El pasar no rquiere de dioes, sino de historias, que lo signifiquen como pasado-presente-futuro y den forma a la existencia temporal. Son los dioses los que rrquieren de una historia para tener sentido como artífices del pasar. Dios tiene una. Se la conoce como la sagrada. Lo cual encierra un total contrasentido, ya que si, a diferencia del mito, cuyo papel es reconocer un pasado, el de la historia es indagarlo, con lo cual toda historia es, por definición, profana; incluso la de este dios, pese a que su intención sea la de hacernos reconocer en un único y por lo tanto verdadero pasado cósmico.

De gracia divina y conciencia histórica

La Salvación es el remiendo metafísico del error ontológico de la Creación. Dios intenta recoger al final del tiempo el desastre que ocasionó con su inicio. El intento de corregir el error con que comprometió su ser pleno lo conducirá a uno aún mayor, y que hará de la eternidad un imposible. En aquel entonces se equivocó al echar a la criatura del reino, porque con ello dio paso a la historia y a sí mismo como proyecto. Ahora está dispuesto a equivocarse de nuevo, haciéndola regresar al lugar del que la echó, porque con ello se trae la conciencia y la memoria, que han de desmerecerlo por completo como ser. Si Dios, como espera, pudiera ser adorado por el pecador, éste no sería tal, pues en la eternidad no puede haber conciencia ni memoria, que es de lo que está hecho todo pecador en tanto que arte y parte de la existencia temporal. Pero este dios jura que la Salvación del pecador es su salvación como dios. Según su propia historia, lo que lo mueve a recuperar su antigua criatura no es el arrepentimiento, sino el perdón y la misericordia, en el entendido de que a quien corresponde arrepentirse es al pecador mismo. Su gracia está, pues, dirigida a aquél que, sobre la base de tal arrepentimiento, se hace acreedor del perdón y la misericordia, que es lo que de nuevo lo conducirá a la vida eterna que perdió tras su rebelión. Toca entonces considerar las implicaciones que tiene esta en apariencia armónica conciliación de gracia divina y conciencia histórica.

Epílogo

La eternidad sólo puede entenderse tal y como Platón define el ser: lo uno siempre igual a sí mismo. El tiempo, nos indica en el Timeo, es imagen móvil de la eternidad. Para Aristóteles dios vendría a ser la causa primera, el motor a partir del cual todo entra en movimiento, sin que determine el curso del movimiento al que da lugar. De tal manera que la eternidad no es espacio en el que sucedan cosas, ni un modo particular en que las cosas suceden o hayan de suceder. La eternidad es una idea, un principio, un axioma; nunca un atributo de algo distinto de ella; mucho menos el estadio superior de algo que, habiendo iniciado en calidad de temporal, se haga eterno tras dejar atrás y superar su temporalidad. La eternidad sólo podría ser la negación absoluta del antes y el después, del inicio y el final. Si algo cambia, hay movimiento, tiene una dimensión duradera y, por lo tanto, temporal, En consecuencia, la eternidad no puede ser anterior ni posterior a nada, pues sería mera episodio de lo que sucede. Y en ella nada puede suceder, porque, a diferencia de lo que sucede en las historias, no hay inicio ni final. Si algo tiene historia, no le cabe eternidad, aunque dure eternamente.

LA RATA

Yo habitaba en una vieja casa vacacional abandonada, colgada de lo alto de un cerro pedregoso y desde el que se podía ver abajo el mar en su quieta enormidad, yendo y viniendo en monótonas embestidas contra las rocas negras del acantilado en el que, por ahora, espero. 

LA ÚLTIMA CENA

Por obra y gracia del espíritu santo sigo aquí, como de costumbre, aludiendo y mendigando a cada transeúnte que pasa frente a mí. Ocupo el primer escalón de los doce que conducen a la taquilla de una sala de cine donde sólo entran hombres solos. La verdad no sé si es el primero, porque, contando desde la acera, éste sería, en realidad, el segundo. Con lo cual. el total de escalones de la escalera entonces sumaría trece, Por otra parte, trece, según he escuchado decir desde siempre, es número de mala suerte. Luego la diferencia entre doce y trece no sería sólo de un escalón, sino de un destino. De modo que ocupar el segundo o el primero no es cuestión que se pueda tomar a la ligera. Y, ciertamente, que no lo hago así. Sólo que, en mis consideraciones al respecto, encuentro razones igualmente lógicas e irrefutables como para afirmar que estoy en una o en otra posición. Esto es cosa que me gustaría resolver cuanto antes. Por primera vez, no sé por qué, me hallo en la circunstancia en que me gustaría saber, a ciencia cierta -como también se suele decir- en dónde estoy. Nunca imaginé que de un escalón a otro pudiera haber semejante diferencia. El mundo, que para mí siempre ha sido la acera, sería el primer escalón, con lo que yo estaría, entonces, a un escalón menos del cielo y a dos más del infierno. Esto en caso de que el cielo esté arriba, el infierno abajo y yo en el medio. En la perspectiva de este sanguche cósmico puede que la diferencia no se sienta tan enorme como entre el primer y segundo escalón, quizás porque la diferencia entre cielo e infierno es más de fe que de cálculo. Pero, por otra parte, la diferencia entre fe y cálculo es tan enorme como la que puede haber entre un escalón y un destino. Es el tipo de cosas que me gustaría resolver. Allá, por la acera de enfrente, va el gordo de las corbatas anchas y los zapatos chillones. A veces viene. Es el tipo de evento que siempre me distrae de mis resoluciones.

LA QUINTA PATA

Octubre. Lluvia, llovizna, tormenta o aguacero. Lo cierto es que desde hacía ya tiempo el agua no dejaba de caer como una maldición del cielo. Si, hasta cuando cesaba por un rato, no era sino para mostrarse en esa forma de bruma, neblina, calima o calina. La misma maldición; sólo que elevándose desde la tierra sobre la que ha llovido sin parar. A la hora de ser andada, no había sino dos opciones: la maleza o el barrial. Tú eliges, se dijo a sí mismo en el instante incierto en que intentaba dar con el camino para emprender la huida. De súbito, la noche se detuvo. Un relámpago de inamovilidad con el que el aguacero cesó de golpe. Y entonces fue esa quietud que parece escucharlo todo con los oídos de su silencio. Extenuado, se sentó y miró de nuevo al cielo. Durante un largo rato, ni los mismísimos dioses osaron asomarse por cima de los muros de la noche, hasta que de nuevo se dejó oír el monótono canto de los grillos.

TAXIDERMIA

A ver. Acaso esté yo en el curioso procedimiento de comprobar a través del sueño que el alma, si no se refiere a la mera forma de la materia, tal y como Aristóteles fue el primero en sugerir, es el más degenerado e infame de los conceptos. Menos mal y me leí a tiempo aquel tratado que Amanda, mi mujer, dice que lleva título de espanto o aparecido. Como sea, ya sabía yo que no podía ser tan inútil haberlo hecho, tal y como ella siempre aseguró, con ese pragmatismo repugnante tan propio del género femenino y que se va acentuando con la edad. Ella siempre dice: no creo en santo que come y caga, ni en loco que no come mierda. Y, en cierto modo, compartimos la misma poca fe. Aunque para no creer en los santos ni para creer en los locos, requiera yo concebirlos avocados a tan vitales funciones. En todo caso, por ahora, el curioso procedimiento al que aquí me refiero es la única posibilidad que me queda para salir del atolladero en que me encuentro desde hace… Ni siquiera sabría decir cuánto tiempo, pues lo primero que resalta en este asunto es la perdida de la certidumbre que el tiempo nos proporciona como el principal referente de lo que existe.

PORNOAVENTURA

¿Cómo se puede ser, durante algún tiempo, tan vital y, al mismo tiempo. morir sin necesidad alguna de haber vivido por razón distinta a la de follar? Tal era la pregunta que se hacía Henry al caer la tarde y cuya respuesta el crepúsculo se iba llevando a los confines del anochecer confundido con su propia noche de viejo y como quien, con sumo cuidado y sigilo, oculta algo muy preciado pero que le ha de resultar comprometedor o embarazoso. El Henry -dicho así, en su recuerdo, porque así lo llamaron siempre en los tiempos en que vivir era algo más que recordar- estaba sentado ante uno de los largos ventanales que iluminaban el largo pasillo donde la pasaba desde la una, tras haber tomado su almuerzo y haberse negado, como siempre, a hacer la siesta. Éste nunca quiere dormir, había exclamado, como siempre, la señora Pérez. Y allí seguía Henry, empotrado en su silla de espectador del paisaje vespertino. Durante toda la tarde llovió. Y aunque había amainado ya, aún seguía cayendo esa leve llovizna, seguramente gracias a la cual el jardín, los árboles, la calle, los cerros lejanos que todavía encajaban sus puntas en los restos de una nubosidad fragmentada y el paisaje todo, o al menos hasta donde la vista aguzada alcanzara atisbar desde aquella ventana, adquiría esa transparencia rosa que a Henry tanto agradaba. Hasta que, como siempre, a las siete y según orden inapelable de la señora Pérez, Henry fue largado a su habitación. A dormir hasta el día siguiente, como siempre.

LA PIEL INMATERIAL DE LA NOCHE

Ahora sí que estoy jodido, se dijo a sí mismo, con resignación. Boca arriba, a la vez que dibuja garabatos ininteligibles en la piel inmaterial de la noche, llega hasta él un olor agridulce, de fruta fermentada o de licor. Mas bien de las dos cosas juntas, mezcladas, concluyó, ya que la gorda había incorporado al enorme pastel que estuvo preparando durante la mañana una generosa porción de cada una. Y en ese momento, cuando ya arribaba a la media noche, volvió a recorrer, una vez más, los detalles de aquella faena, que habían ido a parar a su memoria, como lo que sobró del pastel, de un golpe seco, habla ido a parar al fondo del bote de donde emanaba aquél olor.

LA CUARENTA Y OCHO

Entré al bar. Fui hasta el extremo solitario de la barra desde el que me observaba, pedí una cerveza y me volví a la mesa de siempre, o al menos la que yo esperaba que fuese tal cada vez que entraba, y que, por esta vez al menos, ciertamente, estaba desocupada. Estuve bebiendo mi cerveza poco a poco, algo así como a un sorbo cada vez que intercambiábamos miradas. Hasta que por fin ella también se vino a la mesa de siempre. Entonces la noche, como el silencio de Dios, se fue hundiendo en el barro de nuestro mutuo decir. Barro nuestro que caes del cielo. El amanecer nos sorprendió a solas, o más bien juntos en la misma soledad desde la que cada quien defendía su propia soledad, ahora sí, sin nada que decirnos, en medio del barrial que nos había arrastrado hasta la cuarenta y ocho.

EL CENTENARIO DE STOKER

Cuando suena la hora lúgubre de los espíritus, la novia bebe el vino de un rojo sombrío como la sangre. Una vez más, aquellos versos de Goethe, que lo hacían sentir tan orgulloso de sí, resonaron en su memoria, apenas se asomó a la ventana y la noche le rozó el rostro. Luego fue esa mirada acuciosa lanzada allende los suburbios nubosos de la ciudad, más allá de los cuales se extendía la rígida horizontalidad del cementerio. Quietud. sosiego, reposo, descanso… iba buscando la palabra más apropiada para definir lo que aquél otear el horizonte de la noche le inspiraba, hasta que la encontró: ausencia. Eso. Porque la muerte no es más que ausencia. Ni menos tampoco. Entonces emprendió el vuelo.

LA POSE

De los talones a la cabeza mediría no más de metro y medio. Y si uno se fijaba bien, venida de sus adentros a flor de piel, como el alma que le daba forma en una sola y fugaz pincelada de existencia, la insignificancia demarcaba el todo de su cuerpo quieto y menudo. Quizás fuese esto, la manera en que esa insignificancia determinaba la absoluta armonía entre el ser y el aparecer lo que la hiciera lucir más joven de lo que realmente fuese, como si a estas alturas de su biografía aún no contara con una historia única y propia en la que hubiese valido la pena desgastarse y envejecer. El resto de aquella su presencia era lozanía triste, quietud de lagartija a la una de la tarde y que administra su energía en medio de un paisaje árido y sofocante. No obstante, al mismo tiempo, su pose era tan curiosa y estudiada, tan artificiosa que lo que le faltaba en tamaño y significación le sobraba en gracia y seducción. Al menos eso fue lo que pensé cuando me disponía a entrar a la tienda y la vi, parada allí, de espaldas a la puerta y con los codos apoyados en el mostrador mientras seleccionaba los botones de las cajitas que el viejo tendero iba poniendo de dos en dos a la disposición de su minuciosa inspección.

 

 

Historia

Mundial

Contemporánea

A mi modo de entender, los que están persuadidos a que por la historia particular se puede uno instruir lo bastante en la universal, son en un todo semejantes a aquellos que, viendo los miembros separados de un cuerpo poco antes vivo y hermoso, se presumen estar suficientemente enterados del espíritu y gallardía que le animaba. Pero si uno, uniendo de repente los miembros y dando de nuevo su perfecto ser al cuerpo y gracia al alma, se lo mostrase por segunda vez a aquellos mismos, bien sé yo que al instante confesarían que su pretendido conocimiento distaba antes infinito de la verdad y se asemejaba mucho a los sueños. Y ciertamente, que por las partes se forme idea del todo, es fácil; pero que se alcance una ciencia y conocimiento exacto, imposible. Por lo cual debemos estar persuadidos a que la historia particular conduce muy poco a la inteligencia y crédito de la universal, de la que únicamente el reflexivo conseguirá y podrá sacar utilidad y deleite, confrontando y comparando entre sí los acontecimientos, las relaciones y diferencias. (Polibio. Historia Universal. Exordio.)

EL CONCEPTO DE MEMORIA

...sólo de aquellos seres vivos que son conscientes del tiempo puede decirse que recuerdan y hacen esto con aquella parte del alma que es consciente del tiempo. Aristóteles. De la memoria y del recuerdo.

Grande es la virtud de la memoria y algo que me causa horror, Dios mío: multiplicidad infinita y profunda. Y esto es el alma y esto soy yo mismo.  San Agustín. Confesiones

Introducción

...sólo de aquellos seres vivos que son conscientes del tiempo puede decirse que recuerdan y hacen esto con aquella parte del alma que es consciente del tiempo.

Aristóteles.

De la memoria y del recuerdo.

 

Grande es la virtud de la memoria y algo que me causa horror, Dios mío: multiplicidad infinita y profunda. Y esto es el alma y esto soy yo mismo. 

San Agustín.

Confesiones

 

...el pasado se conserva por sí mismo, automáticamente. Todo entero, sin duda, nos sigue a cada instante: lo que hemos sentido, pensado, querido desde nuestra primera infancia, está ahí, pendiendo sobre el presente con el que va a unirse, ejerciendo presión contra la puerta de la conciencia que querría dejarlo fuera.

...no pensamos más que con una pequeña parte de nuestro pasado; pero es con nuestro pasado entero, comprendida en él nuestra curvatura original del alma, con el que deseamos, queremos y actuamos.

Henri Bergson.

La evolución creadora

La memoria: un misterio, una estructura, un proceso

Para Aristóteles la memoria residía en el corazón. Captadas por los sentidos, suponía que las impresiones que se perciben del entorno eran conducidas por la sangre hasta allí. En general, para la filosofía antigua el corazón es el reservorio de la actividad espiritual del hombre. Allí se asienta lo que para nosotros es su existencia psíquica. De modo que el corazón era tenido por el lugar de las emociones y los sentimientos, idea que, por lo demás, ha permanecido a lo largo de la historia en las más diversas culturas hasta hoy. De hecho, en latín, recordar -recorsi- significa de nuevo en el corazón. Esta creencia se mantuvo durante siglos. No es sino hasta mediados de la edad media cuando la memoria comienza a ser ubicada en la parte posterior del cerebro1. Aunque sin datos abundantes y determinantes al respecto desde un punto de vista científico, es la fisiología moderna la que la ha localizado en el cerebro. E. Kandel2, premio nobel por sus investigaciones en este campo, ha definido la memoria como una representación interna de la información adquirida mediante aprendizaje; información que se halla codificada, espacial y temporalmente, en circuitos neuronales, mediante cambios operados en las propiedades reactivas de las neuronas. Con todo, en el mundo de la ciencia aún no hay consenso en cuanto al modo como reside la memoria en el cerebro. Hay quienes piensan que la memoria tiene localizaciones específicas, que se corresponden con un determinado tipo de ella, y quienes piensan que, por el contrario, la memoria es una y que alcanza amplias regiones cerebrales que operan conjuntamente y de manera coordinada, según diversos niveles de complejidad en el registro de datos y evocación del recuerdo. También hay quien piensa que ambas hipótesis no son excluyentes entre sí y que es posible que apunten con certeza al mismo fenómeno considerado desde puntos de vistas diferentes y complementarios3.

Aristóteles: memoria, alma y experiencia

Al concebirla como parte del proceso cognitivo -junto con la percepción y el aprendizaje- la psicología cognitiva ha puesto en evidencia la complejidad de la memoria y resaltado la conexión existente entre memoria y otras funciones tanto fisiológicas como espirituales del ser y el proceder humanos. Conexión ésta que ya había sido planteada por Aristóteles. Así, por ejemplo, en Metafísica establece la relación directa y biunívoca entre memoria y experiencia de la siguiente manera:

San Agustín: memoria, alma y dios

Agustín se ocupa del tema de la memoria en el Libro X de Confesiones. Hay quien dice que este capítulo constituye una suerte de bisagra que une la primera parte de la obra, es decir, la parte autobiográfica, que recogerían los libros del I al IX, con la siguiente, la parte conceptual, correspondiente a los libros XI-XIII. Tal estructura expresaría la intención misma del autor, con el propósito de reflejar en ello su concepción de la memoria como la función mediadora entre el hombre y dios1. Aunque no hay constancia de que esto sea así, es una interpretación muy plausible. Por lo demás, cualquiera sea el caso, se trata de una interpretación que en nada contradice el concepto mismo de memoria que maneja Agustín y que constituye una excelente guía en la lectura de la obra. También, en La Trinidad trata Agustín el tema de la memoria, particularmente en los Libros del X al XIII, aunque aquí no de manera específica, sino en conjunción con el entendimiento y la voluntad, y en tanto que las tres -memoria, entendimiento y voluntad- son las facultades que a su entender definen el alma humana. Ello supone un giro completo en el concepto de alma y, en consecuencia, en el de memoria con respecto a la visión materialista de Aristóteles. Pasamos de la entelequia que define lo vivo en la naturaleza -de lo cual el hombre es una especie- al hombre cuya individualidad plena está determinada más que por la naturaleza, por su conexión con dios y la dimensión de lo divino. El alma de Aristóteles da lugar a una especie natural con conciencia del tiempo. La de Agustín a un hombre histórico conectado con la naturaleza sólo en su dimensión material y cuya conciencia del tiempo no es otra cosa que su vínculo con la eternidad.

La dimensión social de la memoria

Entre el Tratado del Alma y el Tratado de la Santísima Trinidad se abre uno de los episodios más plenos de significación en la historia de la filosofía occidental. El cristianismo avanza sobre las ruinas de un paganismo que ha sido, al mismo tiempo, fuente de inspiración y modelo de su filosofía. Esto se hace evidente en el tema de la memoria. El concepto de Aristóteles emerge de las dimensiones materiales de la naturaleza y que el cristianismo depreciará como el terreno de lo profano. El de Agustín es un concepto que desciende de los cielos. Tejida con el hilo de la lógica pagana, la memoria de Agustín se inserta en el tapete de la fe y el misterio supraterrenal de lo divino. En este tema, como en otros, el decisivo avance que el materialismo aristotélico representa respecto al idealismo de Platón, es un camino que de nuevo recorre Agustín, pero en sentido contrario. Su concepto de alma -y con él el de memoria- constituye, digámoslo así, un ejercicio de desmaterialización de lo que encontramos como tal en Aristóteles.

Mito, memoria e historia

Se dice que recordar es hacer presente el pasado. Ciertamente. Una hermosa metáfora, como casi todas las que, al jugar con el sentido de los términos, pero sin contradecir su sentido, crean una atmósfera de contrasentido que, sin estar reñida con la lógica, la ironizan, en cierto modo se mofan de ella. Una metáfora, además, muy acertada en todo sentido. Sin embargo, ello no obsta a la hora de precisar hasta qué punto es posible hacer presente el pasado, en qué grado y en qué sentido. Pues el pasado presente no es lo mismo que el pasado, El recuerdo no es mostrar lo que hay en la memoria, sino la realización de un constante proceso de selección, ordenamiento y elaboración de ella. El recuerdo es una intervención intencionada y sofisticada desde el entendimiento del material bruto de la memoria. No sólo el recuerdo vive de la memoria, sino que, a su vez, la memoria vive de la aportación y el enriquecimiento que el proceso de recordación le aporta. De modo que, como resultado del recuerdo, el pasado presente no es el pasado, sino lo que de él hemos seleccionado, ordenado y elaborado, y lo que nos decimos acerca de los resultados de tales operaciones sobre la memoria. Y como seleccionar supone, en alguna medida, el olvido -inconsciente o voluntario- hay veces en que hasta el olvido es una forma de decir acerca del pasado recordado. Si a todo esto se agrega que todas estas tareas inherentes al recuerdo y el olvido se realizan desde y a través del lenguaje, que son en sí mismos procedimiento lingüísticos, resulta entonces que la memoria es un procesamiento semántico de la experiencia temporal. Saber del pasado, individual o colectivo, es en sí mismo un proceso de significación.

 

 

HISTORIA Y CIENCIA
El silogismo se compone de proposiciones, las proposiciones de términos; los términos no tienen otro valor que el de las nociones. He aquí por qué si las nociones (y éste es punto fundamental) son confusas debido a una abstracción precipitada, lo que sobre ellas se edifica carece de solidez; no tenemos, pues, confianza más que en una legítima inducción. F. Bacon
Introducción

Soy de la generación a la que tocó aprender en clase de historia que la historia es la ciencia que estudia el pasado y, respecto al más importante hecho que da inicio a la historia, que el hombre desciende del mono. Aunque aquí el asunto nunca quedó del todo claro por aquello del eslabón perdido. Acto seguido, receso de por medio, me tocaba aprender en clase de religión que, de acuerdo a la historia sagrada, el hombre era creación de dios. Esta vez el asunto quedaba todavía menos claro, pues con ello se hacía participar al hombre de una doble naturaleza, histórica y divina. Siguiendo el razonamiento científico -que también hube de aprender en clase de física y de matemáticas- si la historia es una ciencia, la historia sagrada también lo es. Entonces ¿cómo era posible que una misma ciencia tuviera posturas científicas tan disímiles en relación al hecho más importante con el que se iniciaba la historia de la humanidad? ¿O es que hay historias científicas e historias que no lo son? Porque en el mundo de la ciencia hay más teorías falsas o erróneas que teorías verdaderas, y todas por igual son expresión del mismo modelo de conocimiento, es decir, forman parte del mismo proceso de desarrollo de ése modelo y de ese conocimiento tenido por científico. Hay verdades científicas y también falsedades que, no por tales, dejan de ser científicas, pues las unas y las otras son resultado del mismo proceder. Claro que el que la historia sagrada sea científica es bocado del conocimiento que lucía realmente grueso de tragar.

La concepción de la realidad: la relación sujeto-objeto

La caída de un individuo de lo alto de un edilicio de diez pisos puede ser interpretada de muchas maneras. Como un suicidio, es decir, el resultado de la intención de quitarse la vida, o como accidente resultado del descuido mientras contemplaba el paisaje, o como un homicidio, si es que el sujeto en cuestión fue empujado por otro o, incluso, de alguna manera inducido a acometer su propia caída. Este tipo de causa puede llegar a constituir un entramado muy sutil y complejo porque, precisamente, no supone necesariamente datos evidentes, observables y medibles, sino indicios de una posible intención o conducta particular del individuo en cuestión y, también, de otros que pudieran estar de alguna manera involucrados en su caída desde lo alto de un edificio. Por otra parte, son datos evidentes, observables y medibles, tales como la masa del individuo que cae y la distancia que lo separa del centro de la tierra, los que, convertidos en variables de una rigurosa formulación matemática con enorme capacidad de predicción, nos explican la caída del individuo desde el punto de vista científico. La diferencia entre una y otra situación a la hora de interpretar el mismo fenómeno es la objetividad científica o, dicho en otros términos, el concepto científico de realidad en el que se ha basado y se basa todo el pensamiento científico y sus nociones de conocimiento y verdad.

El historiador como sujeto y el hombre histórico como objeto

Gracias a la Ley de Gravitación Universal, la caída de un individuo de lo alto de un edilicio de diez pisos puede ser comprendida científicamente, si me fijo en los datos apropiados del evento y lo defino de la manera apropiada. Lo cual requiere, como es obvio, un observador específicamente consciente y premeditadamente preparado para ello. Esto es, un observador según lo que el método científico entiende como tal. Si como observador no me interesa la distancia del piso diez a la superficie de la calle, ni la masa molecular del individuo; si, además, no tengo la capacidad de combinar estos datos como variables de un acontecer ecuable, no soy el observador indicado para una apreciación científica del evento. Y, muy probablemente, la mayoría no lo es. Lo cual, sin embargo, no nos excluye como observadores, y dará lugar a muy diversas formas de interpretar el evento, distintas, todas ellas, a la propia de la ciencia. Lo primero que cabe preguntar es si, al ser esto así, se trata del mismo evento.

La naturaleza científica de la historia: un despropósito metodológico.

Luego de aprender a distinguir un poco, gracias a Aristóteles y Tucídides, lo que la ciencia y la historia son, o pueden ser, aquella idea que hube de aprender en la escuela según la cual ésta última es la ciencia del pasado luce como el más remoto y anquilosado arquetipo de la infancia de cualquier historiador. Pero lo mismo fui a aprender en la escuela de historia en la que me formé. Siempre recuerdo a mi profesor de ciencias sociales asegurando que la historia es una ciencia porque tiene un método, es decir -ilustraba haciendo el correspondiente gesto con su mano- un camino hacia el conocimiento que ha de ser andado. Por mi parte yo, que antes de ingresar a la Escuela de Historia había cursado durante dos años ciencias actuariales y matemática aplicada en la de Estadística -a tono con el cruel lema de mi profesor de cálculo: deriva el que sabe, integra el que puede- me preguntaba cómo es eso que, para definir un método científico, los historiadores hemos de conformarnos y apegarnos a una metáfora como, en este caso, la del caminante. Yo podía estar muy de acuerdo con una metáfora que, después de todo, se corresponde con la etimología del término método. Pero nunca con la naturaleza científica de lo que una metáfora así estaba llamada a ilustrar. Si de caminar se trata, he allí a Heródoto en el Asia Menor, o cualquier estudiante de historia por las atestadas calles que conducen al Archivo General de la Nación, la Biblioteca Nacional o la Academia Nacional de la Historia. Pero que jamás han de conducir a la ciencia.

Historia y ciencias sociales

La historia es la más antigua de las ciencias sociales. Esto afirma Fernand Braudel, y añade que lo que la diferencia de ellas no es sólo su antigüedad, sino la peculiar dificultad de que el historiador trabaja sobre lo que ya no es. Por otra parte, Georges Duby, quien, al igual que Braudel, asigna un carácter decisivo tratamiento documental, señala una estrecha vinculación entre la historia y la creación literaria, y resalta el hecho de que la historia, entre las disciplinas que habitualmente llamamos ciencias humanas, es la única que constituye un género literario.1 Tales no son distinciones diferentes o excluyentes. En realidad, la una es consecuencia de la otra. La historia es narración, porque sólo a través de la narración podemos acceder al tiempo, significar el transcurrir de la existencia como temporalidad especifica y representar lo que ya no es. Fue ese ya no ser el que llevó al sustancialismo antiguo a afirmar que de la historia no se podía extraer conocimiento alguno, pues no se puede conocer lo que deviene, sino lo esencial y permanente, lo siempre igual a sí mismo. Es ese no ser el que, todavía hoy, traza la frontera epistemológica entre ciencia e historia. Debate del cual Braudel se aparta, por considerarlo estéril, y con razón. Sólo que con ello se pierde todo derecho a considerar la historia una ciencia. Y, por último, es ese ya no ser el que hace del tiempo histórico una dimensión sólo posible de ser planteada en el contexto específico de una narración. En virtud de lo cual Duby reconoce su naturaleza decisiva como género literario. Ciertamente, hay que convenir en que la historia se distingue de las ciencias sociales por su antigüedad, y por tratar de lo que ya no es. Sólo que la más elemental consecuencia de ello es que la historia no es, en realidad, una ciencia social, sino, como muy bien dice el mismo Braudel, el arte frágil de escribir historia.

El surgimiento de la historia ciencia y las ciencias sociales

Las ciencias sociales son uno de los más genuinos productos institucionales y académicos de la sociedad industrial. Si bien el término suele utilizarse en contraposición al de ciencias naturales, y sugiere que el estudio de la sociedad no se rige por los mismos parámetros, en sus orígenes son el intento de crear lo que Comte llamaba una física social, cuyo propósito no era otro que aplicar los criterios y métodos científicos al ámbito de la sociedad y la acción humanas. La sociología no comenzó a ser reconocida como una disciplina académica hasta finales del siglo XIX, particularmente con los trabajos de Durkheim, epígono de Comte y Saint-Simon, y cuyo radicalismo científico impone una línea de trabajo que concebía la realidad social como un objeto de estudio independiente de la subjetividad del individuo. En contraposición a este concepto, posteriormente, Max Weber, más influenciado por el marxismo, aducía que no se puede estudiar la vida del hombre y sus relaciones en sociedad sin tener en cuenta el modo en que la dimensión subjetiva de su existencia incidíe en la realidad social. Las ciencias sociales surgen en el marco de esta controversia. Pero son, en conjunto, expresión del desarrollo de la sociedad industrial, de una cultura para la que la ciencia es símbolo del saber y de control sobre la existencia, bien y valor fundamental del desarrollo social. Y la historia, como ciencia social, aparece también entonces o, si se quiere, el oficio del historiador se inserta en esta cosmogonía característica del mundo contemporáneo. Dicho en otros términos, no es que la historia sea una ciencia social, sino que la historia, como ciencia, es una forma particular de concebir y escribir historia, tan reciente como las ciencias sociales con las que comparte, o intenta compartir, el mismo espacio institucional y académico.

Las ciencias sociales: signo de modernidad de la era industrial

La historiografía. Lo que desde los tiernos años de la escuela nos enseñaron a definir como la ciencia que estudia el pasado ¿por qué, en lugar de seguir sentada a las puertas del reino de la ciencia social, no emigrar al infame barrio de la narrativa. donde nació y creció sin complejos el mismísimo Heródoto? Yo creo que en buena parte ello se debe a que el empobrecimiento del historiador como narrador no es cosa que se queda en el plano del papel, sino que invade toda su interioridad como sujeto. El estilo no se aprende ni se copia; se forja en el marco de una disposición personal. El historiador científico se enajena a sí mismo como sujeto, y lo hace en aras de una falsa objetividad en virtud de la cual cree que el conocimiento histórico está fuera de sí mismo, en esa supuesta realidad del pasado que, en realidad, no existe. La idea de que la historia es la ciencia que estudia el pasado es la representación sintética de esta enajenación, reproducción del servilismo epistemológico que le otorga su dudoso rango científico y, al mismo tiempo, lo anula como narrador.