Por alguna razón, en la que el Padre Claudio no mostró interés alguno, Medina no terminaba de marcharse. Incluso el cura se dirigió a la puerta de la sacristía que daba directo a la calle, pero Medina hizo un gesto según el cual indicaba que volvería por donde vino. El cura se encogió ligeramente de hombros, y esperó. El viejo hurgaba en sus bolsillos, miraba hacia la puerta de salida, los libros amontonados, el cura y la radio. El cura aguardaba. Por fin, desde afuera, ya en la nave de la iglesia, a través del curso tardo de la luz que ya ha dejado atrás la verticalidad del mediodía, se desdibujan los cuerpos que quedan allí dentro; cura y cosas inmersos en la sombra recalentada de aquella habitación, como si se disolvieran en la mirada amarga del viejo.
El cura, de ojos hinchados y rostro cansino mira al viejo sin saber para qué mirarlo más. Ya se va, ya se va. Dele, pues. Siga su camino ¿A qué eso de estar allí parado en medio del pasillo como un perro? Siga, siga, no más. Y el cura va empujando la puerta de a poquito. Hasta que, dispuesto a no esperar más, el cura cierra la puerta con cuidado y suavidad, como si no quisiera que Medina dé cuenta. Tras. No sonó, la puerta. En verdad no sonó, nada se escuchó. Pero cualquiera sabe que, de haber sonado, se hubiera escuchado un profundo y ahogado tras, cuyo eco hubiera retumbado entre las paredes adornadas con retablos e imágenes religiosas. Medina comenzó a caminar de regreso por donde había venido. Era como volver de un inútil peregrinaje a una tierra prometida que nadie le prometió. Bien. Me voy, me voy. Que duerma tranquilo, Padre Claudio. Lo miraban los ojos de una virgen rodeada de santos y que llevaba un niño desnudo en brazos. El viejo miraba de reojo. Hasta el muchachito ése de cachetes rosados y ojos como remarcados con lápiz de mujer, lo miraba con descaro. Este cura. Sería incapaz de decirme que me vaya a la mismísima mierda. El prefiere hacerlo así, pausado y quedito. San Metodio y San Cirilo, vaya uno a saber qué hacen aquí desde tan lejos. Ese retablo lo trajo el Padre Claudio y dijo que eran rusos. Debe ser. Tienen cara de comunistas. No más mira como miran. Medinita, vete a la mismísima mierdita, como quien dice. Siempre tan cuidadoso y sutil, Padre Claudio. San Francisco, el pordiosero. San Miguel, el protector de tenderos y marineros. ¡Bah! Este cura no te toma en serio. Me escuchó. Es verdad. Lo reconozco. Me escuchó, como siempre lo ha hecho las pocas veces que ha tenido que hacerlo. Es un hombre que cumple con su trabajo. Siempre lo he dicho. La luz, que se mete por el portón. Aquí todavía está fresco, en comparación con el calor de allá afuera. Podría sentarme un rato en la punta de este banco. La madera es lisa y fresca. Quien sabe si hasta rezo algo. Mierda, cuánto tiempo que no lo hago. A ver. A lo mejor con un padre nuestro, un credo y alguna otra cosa que no recuerdo de esas tres que siempre van juntas y me encajaban en cada penitencia en lotes de cinco o diez, dependiendo de la magnitud del castigo que hubiese que pagar. Eso es algo que nunca entendí. Rezar, digo yo, es como hablar con Dios, y hablar con Dios debería ser lo más anhelado, digo yo. Entonces ¿cómo es posible que te lo impusieran como castigo? Bueno, no es que me queje ahora, es sólo que recuerdo. Tú sabes. En fin, Dios entenderá, digo yo… porque uno, ya viejo, que carajo, la memoria falla ¿no? Veamos. O este reclinatorio es muy duro o estas rodillas mías demasiado huesudas, pero esta vaina es el propio calvario… perdón… No es que me esté quejando ahora. Dios entenderá, digo yo. Mejor que me siente. Sentado. De rodillas. Es igual, supongo ¿no? O un rato sentado, un rato de rodillas; eso también puede servir, digo. O, quizás, mientras más incomodidad y sufrimiento, la cuestión es más efectiva. Sabemos que estos santos, que tanto me miran, sabemos que lo son sobretodo por el hambre que pasaron y las enfermedades que padecieron, la pobreza a la que se entregaron. Pero yo no soy santo. ¡Ja! Santo yo, Medina. No soy más que un mortal de mierda. Eso lo sabemos bien. Bueno ya. Suficiente de consideraciones. Si vas a rezar, venga de una vez con la primera. A ver, la cuestión comienza con padre nuestro que estás en los cielos… sí, claro, lo sabemos. Pero ¿y el tono? Por queese no es el tono ¿como colegial leyendo de memoria? Vete a la mierda, Medina. Sí, como no; el cielo entero debe haberse conmovido con tu rezo. Los ángeles vierten sus lágrimas no más escucharte. De corazón, viejo, de corazón, como quien dice. Bueno, sí, pero y ¿cuál es el tono? Porque ha de haber un tono para estas vainas; si no ¿qué gracia tiene? La Gracia, claro, a eso, al tono, se refiere la gente cuando habla de La Gracia ¿Y entonces? Esto no tiene sentido. Yo sólo quería disfrutar un poco del fresco y en este banco. Estaba dispuesto incluso a rezar, porque es lo que se hace en un reclinatorio. Mierda, todo se veía tan sencillo como la madera de estos bancos provocativos. Pero que va. Viene un viejo de mierda, se sienta, que si recuerda, que si el castigo, que si los huesitos picudos de las rodillas. Demasiado complicado. Creo que lo mejor es dejarlo así y salir. Igual hay que salir. No puedo hacer como el cura, que se encierra a dormir allá adentro. Que duerma. Tendrá mucho sueño.
Bueno, pero igual hay tiempo. Tampoco tengo que salir corriendo. Nadie me está echando, que yo sepa. Puedo tomarme el asunto con calma. Comencemos por pararnos poco a poco ¿En qué estaba? Ah, sí, el cura. El cura, digo, me ayudó. No sé a qué, la verdad, pero me ayudó. Cierto, no lo sé. Como tampoco sé qué hago en este banco, sentándome y arrodillándome, y vuelto a sentar y vuelto a arrodillarme, buscando el tonito a un Padre Nuestro. No digo yo, ni que fuera una canción. Sin embargo, el cura, sí, esa forma de reír, de repente. No sé. Vaya uno a saber lo que pensaba el cura mientras yo hablaba. Ahí se levanta lo que yo llamo el negro del pensamiento ajeno. Esa pared por la que nadie puede, aunque lo intente, trepar. Siempre es así. Recuerdo a la Susana, cuando yo le traía los jabones y los talcos que tan divinos le iban en esa piel… estamos en la iglesia ¿eh? ¿Te gusta? Y movía así la cabeza, y hasta sonreía, la Susana, con esa sonrisa espléndida que le entreabría los gruesos labios… quiero decir, sonreía, con lo que yo entendía que sí, que le agradaban mucho aquellos jabones y aquellos talcos que yo traía por cajas del mercado cuando iba a Caracas. El avituallamiento, General, el avituallamiento, decía siempre el dependiente. Creía que yo era general retirado. Fue ocurrencia suya, cuando dijo UD. es… déjeme adivinar… General, general retirado, pero igual, siempre General. Uno no debe guiarse por el tamaño, que va. Los más pequeños suelen ser los más severos y temibles; bien que lo aprendí en el ejército, Mi General. Yo me quedé callado desde la primera vez. Vaya que el tipo sabía vender. Susana abría las cajas y sonreía. Pero también estaba allí ese silencio, según el cual jamás supe lo que en realidad pensaba. Y me pregunto ¿en qué pensaría el cura éste cuando estalló en risa? Quizás esté medio loco el cura, Pero los locos también piensan. Esa es la cuestión; no hay quien no lo haga. Siempre en silencio, a hurtadillas. Cuanto me gustaría saberlo. Eso. Siempre me ha gustado: saber lo que la gente está pensando. No es algo que se pueda descifrar en palabras. No, que va. Las palabras corrompen ese silencio tan íntimo y hermético. Es algo que sé por mí mismo. ¡Vaya que si lo sé!. De niño siempre me imaginaba como testigo dentro de la cabeza de quien hablaba. Por ejemplo, del para entonces todavía tío Segismundo. Lo recuerdo en la penumbra del salón de la enorme casa que nunca terminó de construir, hablando con papá y mamá de sus enormes planes. Vaya que pensaba en grande, el viejo. Lo que pensaba, de grande, parecía no caber en aquella enorme casa. Papá y mamá lo veían con cara aburrida. Yo me preguntaba por lo que no decía, por ese silencio que me imaginaba como una suerte de animalillo oculto en el hueco del cerebro y mirando a través de los huecos de los ojos. A veces imaginaba que era un ratón; otras una rana. Hasta llegué a imaginarlo como un grillo. Eso me gustaba, porque brincaba de una lado a otro de aquella cueva huesuda, a lo mejor eran muchos grillos brincando. ¡Ja! Que bobo. Nunca conté a nadie esas locas imaginerías, pero, acosado por ellas, era que solía ver a hablar al tío Segismundo, incluso mucho después, cuando se convirtió en el viejo Montenegro y no volví nunca a llamarlo por su nombre. Ahora recuerdo el movimiento de sus ojos y, también, de sus orejas. Sus largas orejas se le movían cuando hablaba, como si estuvieran sujetas con un hilo invisible a la filosa mandíbula. No recuerdo lo que decía. En realidad, nunca presté atención a lo que decía. Más picaba, como digo, mi curiosidad lo que pensaría, lo que podría yo escuchar de asomarme a los adentros de su cerebro revuelto, decía yo, en grillos silenciosos y saltarines. El pensamiento. ¡Oh, el pensamiento! Todos ponen esas caras largas y meticulosas al estilo filosófico. Pero que va, Medina no cree en esa mierda sublime. A mí mas bien me parece chillidos en silencio, verdades ocultas y cochinas que nos llevamos a la tumba luego de ir muriendo de a poquito. Cuando alguien habla, en realidad, no dice la mitad de lo que piensa, y si a eso se suma que la mitad de lo que la gente dice es mentira, resulta que todos siempre hemos estado en silencio mientras hacemos bulla, como las guacharacas, cuando la tarde cae y le gritan a la noche, digo yo. Bulla silenciosa. Bueno, yo me entiendo. Sí… ¿qué estaría pensando el cura? ¡Bah! Quédate ahí. Que duerma tranquilo, el cura. Sacristía. Ese lugar es un desastre. El cura, pobre; parece un coroto más en ese cuartucho lleno de libros y corotos. Aunque no parece lamentarse mucho por ello. No sé por dónde empezar. Mentira. Eso no es cierto. Él lo sabe. Ese cura ya no es capaz de empezar nada por ningún lado. La Rita tiene razón. Anda como perdido, el cura. Lo entiendo. Aquello sólo lo dijo por disimular. Bueno ¿y qué? Termina de salir. Sí. Ya voy. Mis rodillas.
Sol de la una, una y media, mas o menos, debe ser. A ver. No puede ser. Esta mierda se paró. Pero si le di cuerda esta mañana, y lo comprobé antes de salir. Nunca me ha fallado. ¿Por qué ahora? Las once y veinticinco. Entonces todavía estaba yo en lo del cura. Ni cuenta me di. La verdad es que estaba yo entretenido hablando más que una cotorra. Que si la confesión esto, la confesión lo otro; que si la oración esto, la oración lo otro ¿Y qué me puede importar a mí todo eso? Después de viejo, teólogo ¿O qué? Hablando con un cura las mierdas que no me interesan, en verdad. Que mierda. Esto nunca me había pasado. Le di cuerda esta mañana, temprano, y todavía estaba andando. Sacudón de muñeca. Nada. Como muerto ¿Por qué te paras? Golpecitos con la punta del dedo sobre la mica. Tac, tac, tac. A la Antártida con la marina norteamericana, y a la mierda con el viejo esta mañana. Justo hoy. No digo yo. Todos me abandonan. Hasta el maldito reloj. En fin. Mañana será otro día ¿Estás seguro? ¿Quién dijo eso? No. Un momento. Nadie lo ha dicho. Yo mismo, debe ser. Quizás lo he pensado, y sólo creí haberlo oído. Este reloj me ha sacado de quicio. Eso es lo que pasa. No te quejes. Durante largos años jamás te falló. Sí, eso es cierto ¿En cuántos años? Muchos. Ahora no lo sé, pero muchos años allí en mi muñeca dando la hora. Pasa que uno se acostumbra a los relojes que no fallan. De pronto, fallan. Y entonces uno se siente tan extraño. Veamos ¿a dónde vamos?
Al despacho no. Quizás valdría la pena pasar por allí un rato, a ver qué pasa. Verle la cara a Valbuena. Esas paredes, esas ventanas, esos anaqueles. La imagen del Rómulo allí, medio tostada. Nos jodimos, viejo. El mestizo de primero en las encuestas ¿Qué te parece? Tú no hubieras permitido que algo así pasase. Claro que no. Tú y yo lo sabemos. Pero sólo tú y yo, por lo que veo. Le dieron cuerda al soldadito, y mira cómo les picó adelante. Estos maricones no son más que políticos de micrófono. Porque eso sí, para lamerse un micrófono y tomarse la foto siempre están prestos y listos, los muy maricones. Siempre listos, con su caritas ceja levantada. Imagino que hasta sentados en el retrete levantan la cejita los muy maricones. Tú sabes, es preciso emprender una completa y estructural reforma del Estado, y esas mariqueras en la que ya llevan no sé cuantos años. Y lo dicen con las cejas así, hacia arriba, porque para ellos la inteligencia es cuestión de cejas bien decoradas. Reformen todo lo que quieran, muy bien. Pero en política al enemigo se le tiene cerca, o muerto. Ellos no. Ellos lo confinan a una celda, y luego se sacuden las manos como si con eso el asunto estuviera resuelto. Ahí estuvo el primer error. Le dan toda la pantalla a un carajo que se declara responsable por lo que ha hecho ¿Dónde se ha visto que en este país alguien se declare responsable de algo? Con eso ya lo habían sentado en la silla. Pero ellos ¿qué? ¿Se dieron cuenta? Ni puta idea de la cagada que pusieron. De vuelta a la televisión, a lamer micrófonos y levantar las cejas. No, claro, si ya lo pararon, a éste, con sus titulitos de mierda. Está bien que les pase. Que los joda el soldadito y termine de irse a la mierda este país ¿Y yo? Yo sigo en mi despacho. Esas paredes, esas ventanas, esos anaqueles. La imagen del Rómulo allí, medio tostada. Pero mi despacho, al fin y al cabo, donde el país no parece terminar de llegar nunca. El olor de las carpetas y los papeles. Puedo recordarlo. Como si lo estuviera oliendo desde aquí. Mi despacho. El centro mismo de esta vida que aún no termina de dejarme del todo ¿Estás seguro? Sí, estoy seguro. Esas voces no me podrán a dudar. Ya les voy tomando el ritmo. ¡Ja! Medina es de los que sobrevive hasta en el más allá. Sí, señor. Mi despacho. Tú despacho ¿Ves? Así es el lugar de trabajo. Después de tantos años, pasa que uno ha ido dejando su presencia en tantas cosas insignificantes, pero que lo son todo. Mis carpetas. Mis papeles. He sabido de viejos que, aunque vivos, han muerto de melancolía luego de haberlos sacado del lugar de trabajo. No importa cuán estúpido sea tu trabajo. Fuera, estás fuera. Es mejor podrirse dentro que, fuera y viejo, no tener a dónde podrirse. Esa es la lógica de durar. No hay otra. Debe ser eso lo que pasa.
Pero yo no estoy melancólico. Sigo siendo el jefe aquí. Además, pasa que no quiero ver al gordo ahora. A lo mejor hasta lo despido. Ya pensaré mejor el asunto. El problema es dónde hallar un sustituto. Porque, un despacho sin secretario, no es tal. El secretario es la antesala; la distancia y, al mismo tiempo, la llave de acceso. Un despacho sin secretario… no, que va. Al final, ha resultado fundamental el gordo, mira tú. Todavía debe estar allí. Seguro que no se marchará hasta última hora de la tarde, para que yo no tenga razón alguna para reclamar. Sí, el gordo es todo un secretario, claro. Pero si supiera el gordo que no sé por qué razón eso no me importa hoy. Pensaré el asunto con más cuidado. Más me preocupa el reloj… y ¿qué otra cosa me preocupa? ¿a ver? Mierda con las preguntas que me hago. Las cosas se me olvidan. Pierdo el hilo. Este sol y esta brisa no me sientan bien. Quizás más tarde, pero no ahora. Sí, quizás más tarde vaya a mi despacho. Cualquier cosa, para eso tengo un secretario. Mi despacho. Eso siempre suena bien, ¿eh, Medina?
Digo yo, que me las hago yo ¿Qué cosa? Las preguntas. Ah, sí, las preguntas. De pronto, lo que me digo parece venir en forma de voces extrañas y confusas que, si vienen de mí, me son ajenas, provenientes de lugares que desconozco de mi. Son como murmullos de vieja. Pero ya las voy controlando. Claro que sí. Vamos, viejo, tú como que estás un poco tarado ¿Ves? ¿Ves lo que digo? Pero ¿a quién le hablo? Eso es otra cosa ¿A quién le hablo? Bueno, lo que sea ¿En qué andaba yo? Ah, sí ¿A dónde vamos? Por momentos pierdo el hilo. Cualquier cosa, la más insignificante, me distrae. El secretario. Mis carpetas. Mis papeles. Debo poner más cuidado, o ni siquiera lograré volver a casa hoy ¿A dónde vamos? Por ahora a lo del gordo no voy; digo, a mi despacho, quiero decir. Ese gordo… no sé. A decir verdad, un mal secretario no es. Pero eso de mudar mis papeles es imperdonable, sobretodo en un secretario ¿Dónde está la lealtad, el que da la cara por uno atrapado en lo vericuetos de la burocracia? El gordo estaba dispuesto a dar la cara, y de qué manera, sentándose en mi propio escritorio. No digo yo. Nada. Alta traición. No se puede llamar de otra manera. Nunca pensé que llegaría tan lejos. No se lo perdonaré jamás. El muy cretino dejó pelado el despacho, el escritorio de toda la vida. Que vida ¿Cuántos años? ¿Cuántas veces vas preguntar cuántos años? ¡Vaya que es rápido el desgraciado! Licenciado Valbuena, UD es una mala persona y un traidor. Así que lárguese de inmediato de mi despacho. No. Demasiado emotivo. No hay que dar explicaciones. Que se pudra él mismo buscándolas, si es que las requiere. Ese es el tono. A ver. Licenciado Valbuena, he aquí su renuncia. Le agradezco se sirva firmarla de inmediato. Eso está mejor. Luego ver su cara impávida mientras piensa en la gorda de su mujer, los dos sentados a la mesa, comiendo con desgano mientras imaginan qué van a comer mañana. Sí, eso está mucho mejor, impersonal, tono de memorando, desgracia silenciosa mientras mueven las mandíbulas lentamente. Ya tengo el memorando aquí. Lo escribiré cuando vuelva de nuevo a mi escritorio. Pensaré en el asunto cuando pase por el despacho. Mi despacho. Allí debe estar todavía, el gordo. Pero, también sé que, a esta hora, ya debe haber retornado todas las carpetas y papeles al escritorio. Lo conozco, al gordo. Jamás se me ha enfrentado. Nunca lo hará. Es más bien silencioso, astuto, adulador y callado. Claro, su misma ruindad lo hace tan buen secretario. Quién sabe si hasta haya limpiado las cochinas ventanas. No, eso es algo que no hará nunca. También es un perezoso. En fin, da igual. Nada de esto tiene importancia ahora. Que por ahora duerma tranquilo también, el gordo.
El gordo. Su cara estúpida delante de mí, y ahora, luego de pensar en él, no puedo deshacerme de esa cara. No es la primera vez que me pasa. Claro que no. Sólo que ahora, que pienso en echarlo a la calle, me molesta que siga allí. A ver. Sal para allá, gordo. Nada. Me mira con su mirada incansable. Porque tiene una mirada incansable, el gordo. No cambia de tono. Como si dejara los ojos encendidos mirando, y el resto del cuerpo estuviese, mientras tanto, descansando. Bueno, ya se irá, el gordo. Así ha sido siempre. Cuando menos lo pienso, ya no está allí. Si me empeño, será peor. Por ahora me iré a lo de Rita. Ya no quiero que estos que, de vez en cuando, van o vienen, me sigan mirando al pasar como si yo fuese un extraño. Bueno, que la verdad, aquí parado, en medio de la calle, mirando a un lado y hacia otro, te hace lucir bastante extraño. Debo llevar lo menos poco más de media hora en esto. Pero ya no puedo confiar en mis cálculos mentales y mi percepción del tiempo. Cálculos mentales. En este momento eso me suena a cálculos renales ¿por qué será? No digo yo. Sin reloj, que mierda. Sin reloj, todo es incierto. Si el reloj está descompuesto ¿cuál es el momento? No, no. Por ahí no. Olvida ya el maldito reloj y ponte en camino. Vamos.
Ahí va Medina. El viejo camina a paso lerdo por la calle que lo conduce a la Pensión Rita. Ocultos tras las puertas y ventanas a lado y lado de la calle, algún ojo aquí, otro más allá, sigue con paciencia tan pausado transcurrir. Porque, la verdad, Medina se parece a las horas y minutos de esta hora, en la que el sol, aunque menos incandescente que al mediodía, es más lento y perezoso. Entre tantos ojos, los de Rita, que ha visto cómo el sol de la tarde proporciona esa textura vidriosa al gris de la cabellera de Medina y una sombra larguirucha y oblicua que sigue a su paso por la derecha, para quienes le ven de espalda, luego de pasar; por la izquierda para quienes lo hacen de frente, antes de haber pasado, como Rita. La brisa, parece que lo empujara, o más bien que pasara a uno y otro lado en leves ráfagas que, tropezándolo, lo ignoran, le levantan el cabello y el saco desde atrás, y se le vienen los mechones a la cara. Medina intenta volverlos a su sitio pasándose la mano de dedos entreabiertos por la enmarañada cabeza. Se detiene. Mira hacia atrás. Reinicia la caminata. El siempre paciente y voluntarioso Medina, pero cuanto tarda, el viejo. Un paso demasiado lento para ser Medina, que siempre fue de paso corto pero rápido. Hoy es de paso corto y lento, como si no quisiera terminar de llegar, como si buscase emular la hazaña del reloj que aún lleva en la muñeca. Eso huele a muerto. Sí, si la muerte hiede, en este caso, debe hacerlo así, a paso corto y lento. Lo dices porque estás viejo y desengañado. Sólo yo sé cuanto he muerto, cada quien ha de saberlo por sí solo.
Allí se acerca, Medina, al ritmo de esas piernitas blancas de rana. Ayer, en la tardecita, estaban ocultas bajo las sábanas. En aquella cama ancha aquellas piernitas blancas de rana. Las puntitas elevadas como piquitos al final del cuerpo corto y recto. De veras que se veía chiquito, como si se hubiera encogido después de lavarlo muchas veces. Porque, además, mira que estaba blanco. Uno diría que lo remojaron durante días en cloro. Y ahora ¿qué hará allí, parado como un palo frente a la entrada? Tiene la mirada perdida. Dicen y que, hace un rato, estuvo parado más de una hora en medio de la calle. Y ahora parado allí, con esa mirada perdida sobre el cartel. Mira que ojeras y que amarillo. Pobre viejo. No sé por qué lo digo ahora. Sólo eso. Pobre viejo. Sigue vivo.
Pensión Rita. Habría que cambiar ese deteriorado cartel. Se lo dije el mismo día que decidió abrir la pensión, luego de vender el “Claro de Luna”. Que tontería. Botó la mejor oportunidad que jamás haya tenido alguien en esta mierda de lugar. En fin. Y yo que hasta le había conseguido nombre al lugar, y estaba dispuesto a poner el dinero que hiciese falta, y Rita que no, que ella no quería seguir llevando esa vida. Pendejadas, Rita; pendejadas. La verdad que, también, ya vieja, claro. Pero tú sólo tienes que administrar, Rita, administrar; el trabajo siempre sobra quien lo haga . Piensa. Tienes que cambiar esa mentalidad. Que cortedad. No pienses con el entrepiernas. Piensa con la cabeza ¿Por qué preocuparse? Y nada. La Rita que vende y se viene para acá. Pensión Rita. Pero ¿y qué? Ahí está Colmenares, que con su salario de policía jamás podrá hacer ninguna de las remodelaciones en las que yo pensaba, salvo la de levantar esa cueva de cartón y cinc al fondo del patio para que los clientes no lo hagan por lo rincones. Pero que, a pesar de eso, Colmenares le saca al asunto más de lo que cualquiera creería ¿El Colmenares? Que un día de estos se retira, y ya. Por cierto ¿dónde andará? No lo he visto en todo el día. Después me llego hasta el comando. Eso. Bueno, el asunto es que yo estaba dispuesto a invertir en el “Claro de Luna”, y aún lo haría. Pero Colmenares jamás lo permitirá. Ese energúmeno; con el progreso, nada. En cierto modo es como Rita, y como todos en esta mierda, que viven de lo que les caiga del cielo. El cura dice que eso, en el fondo, es idiosincrasia. Pero eso no es más que mierda. Si lo sabré yo. El “Claro de Luna” es una mina. Centavo que caiga en ese estercolero, florece. Pero en esta pocilga ¿quién? Y la Rita que no. Y encima de todo viene y cuelga allí ese horrible cartel que pintó Joe. Yo sabía que iba a fracasar.
Ahora no huele a muerto. Huele a café. Esto sí es oler. No esas cosas raras que te has dicho durante todo el día sin saber por qué. A ver. Una taza no vendría mal ¿eh? Eso sí quiero. Café. Es el primer deseo que realmente experimento hoy. Así que debo estar más vivo de lo que yo pienso ¿Ves? Bien. Veamos. Primero me sentaré ¿Dónde? A ver. Aquí, desde donde puedo ver la calle. La calle está vacía, aunque cuando aquel que pase por allí casi lo desnudan a punta de mirada oculta tras las paredes, está vacía. Bien miradas, las miradas humanas todo lo vacían. Majaderos mirones. No. Mejor allá. Desde allá puedo ver cuando aparezca Rita. Lo hará en silencio, como si casi no tocara el piso con los pies ¿Y qué importa Rita? Rita vendrá por allí, al vaivén de su ya vieja cojera, tan vieja como ella misma, y cubierta con esas ropas grises y negras que usa en señal de luto desde que el Indio se colgó ¿Se habrá mudado el vestido de lunares? Hay para quienes el vestido es como la piel para ciertos animales, parte de sí mismo y, aunque se le mude, sigue siendo parte de uno mismo. Rita es así, y yo mismo me siento así. No me gusta mucho eso, pero es la verdad. Este es mi saco gris, ésta mi camisa blanca, estos mi pantalón y mis zapatos marrón claro; parte de mí mismo. Y Rita, peor desde que se impuso luto. Pobre del Joe, aunque, en cierto modo, merecido se lo tenía, después de todo. Todos piensan que fue culpa del Moise que no descansó hasta llevárselo consigo. Pero no es menos cierto que el mismo Joe tuvo su merecido. El estuvo con El Moise en el mismo asunto. Son igualmente responsables y culpables. Es más, él más que el mismo negro, porque El Moise no era más que un idiota, si a ver vamos. Ah, pero cómo me hubiera gustado atrapar a la pandillita esa de citadinos comunistas que vino a embaucar a ese par. Venir a joder a Buenaventura. No volvieron. Me habría gustado que lo hicieran ¿Y? ¿Qué tiene todo eso de particular? Nada. Te lo sabes de memoria ¿Y acaso hay algo en Buenaventura que no me sepa de memoria? No, creo que no. Y, sin embargo, me siento tan extraño como si acabara de llegar. La verdad hacía tiempo que no venía por lo de Rita. Pero veo que nada ha cambiado aquí. Nada hay de nuevo. Sin embargo, tengo la sensación de cosas que se me escapan. Qué sé yo. Venga ese café. Y algo de comer. También quiero comer. De pronto he sentido mucha hambre. ¡Que si estoy vivo! ¡Ja! Ahora es que hay Medina para rato. A ver ¿Sopa? Una sopa estaría bien. Tomaré sopa. Eso me vendrá bien. La sopa siempre viene bien ¿Dónde me sentaré? En fin, mejor que me quede aquí mismo, y ya.
Rita, que había visto la figura escuálida de Medina acercarse y pararse frente a la entrada de la pensión, esperó un poco antes de salir. Es cierto. El viejo en pie. Luego escuchó el ruido de la silla que el viejo movió para sentarse. Tira del respaldo de la silla una mano blanca temblorosa llena de manchas blancas. Las patas crujen levemente. Allí, en el asiento plano, el trasero seco del viejo. Aquellas piernitas blancas de rana, se doblan. Las patas de la silla vuelven a crujir levemente. Entonces era cierto. Medina se había parado de la cama. Ahora se sentaba en el comedor ¿Quién lo pensaría? Cuando todo volvió a ser silencio, Rita se levantó de la silla del patio interior, en la que solía pasar las largas y calenturientas horas de la tarde. El viejo, desde la mesa pelada en la que esperaba, miraba hacia la ancha puerta que daba al patio interior. Eso que se asomó por allí era el rostro de Rita. Tal y como la había imaginado: envuelta en sus ropas grises y negras, y al vaivén de su eterna cojera. Pensar que una vez amó a esa cosa, y que la cosa, a su vez, había amado a la cosa que él ya era. Quien no va a sentirse extraño si, de pronto, aparece involucrado en semejante entramado de arrugas y años. Y en el caso de Rita, puede que no haya viejo en Buenaventura, si aún está vivo, que, como tú, no sienta algo parecido. Porque, lo que es ésta, muy cojita, sí. Pero eso no es cosa que cuente en la cama. Si se hubiera quedado con el “Claro de Luna”. Sin importar su historial, sería la dueña, y su rostro impondría esa cierta sensación de poder o triunfo que tanto revitaliza hasta en los momentos más oscuros. Pero así no es más que la puta que se secó.
‒¡Eh!, Rita ¿Qué pasa? ¿Vas a quedarte allí todo el día? Tengo hambre ¿O Qué? ¿Ya no sirven comida en esta pensión? Sopa. Deseo un buen plato de sopa. Tengo mucha hambre. ‒dijo el viejo en forzado tono de entusiasmo. Rita lo escuchó en medio de una mirada de desdén. Esperó un momento. Lo miró directo a los ojos. El viejo esquivó aquella mirada escudriñadora. Luego la vieja habló.
‒¿Y a ti qué te sucede, viejo? ¿eh? ¿Es la primera vez que andas por acá, o algo así? ¿Eres turista, ahora? ¿O qué? No digo yo. Tres días en cama y qué ¿vienes del otro mundo, otro planeta? Pues te digo, viejo: mira que estás aquí, en Buenaventura, el mismo Buenaventura de siempre ¿eh? Así que no te vengas con ese tonito de recién llegado que no sabe donde está. ‒dijo la vieja. Medina la observó con amarga resignación.
‒Tengo hambre ‒repitió el viejo.
‒Veré qué queda en la cocina ‒replicó la vieja.
‒Sopa. Un buen plato. Sólo eso quería. Y ahora tú ¿Cómo es eso de que verás qué queda en la cocina? ¿Qué te has creído? Mierda. Nadie puede disfrutar así una comida. Las sobras para Medina, claro. Viejo sobras. ‒dijo el viejo entre dientes.
Encogimiento de hombros. Rita siempre se encoge de hombros cuando quiere mostrar su desprecio. Ahora, de pronto, lo sé. Nunca me había detenido en ello, y ahora me es fácil recordar y fijar, sobretodo fijar, todos sus encogimientos de hombro cuando me levantaba sudado y exhausto en aquel horno del “Claro de Luna” y le preguntaba ¿te gustó? Y la Rita, que se levantaba a su vez, sin decir nada, y se encogía de hombros. Claro. Pero yo sólo me fijaba en su cojera. Ahora no. Ahora me fijo en el encogimiento de hombros de esta vieja, sin que me importe la cojera, y el modo en que deja allí, regadas en el aire, esa mirada y esa sonrisa uno no sabe si de burla o lamentación, mientras va a traer la sopa suculenta que desde hace un rato esperas y que renovará tus fuerzas. Sobras. Un buen plato. Y un profundo desprecio el que le pesa en los ojos a esa mujer. Quizás por tu presencia inesperada. No es la primera vez que te muestra esos ojos. Sí, ahora lo sé. Claro que tú lo sabes. ¡Bah!. Que traiga esa sopa, la vieja. Voy a pagar, siempre lo he hecho y que duerma tranquila también, la vieja. Por allí va, camino los olores aquellos que vienen de la cocina. Pescado. Siempre pescado. También perejil. Algo siempre habrá en los costrosos fondos de aquellas hoyas ahumadas. Mira esas canillas. Canijas. O encanijadas, mas bien. Porque esas pantorrillas no eran así ¿Recuerdas? Flacas sí, un poco. Pero macizas, redondeadas, firmes ¿Imaginas esos muslos secos colgando a lado y lado de las caderas picudas? No. Es preferible no pensar en algo así. Y en medio la vulva. ¡Ah qué tiempos ¿no?! Allí, el torrente pegajoso que tantas veces drenó de sus blandas paredes vibrantes, se llevó quién sabe a dónde el ensueño de tanto hombre en la misma cama arrancándole al coito su pedazo de placer. Amor descuartizado. Hay para todos. Sí, qué tiempos aquellos. Cuernos, los de la abundancia, digo. Habría que levantar un monumento a esa vulva de Buenaventura. Una gran vulva, gigante, de seis metros por tres, lo menos, y plantarla en medio de la plaza. Dios, perdónalo, que no sabe lo que dice. No. Sé muy bien lo que digo.
¿Y ésta qué? ¿Estará raspando el fondo de la hoya, o mas bien exhumando la maldita sopa? Paciencia. Salón alargado flanqueado por sendas hileras de mesas cubiertas con manteles de plástico. De cuadritos. Siempre de cuadritos. Tan feos los desmadrados manteles como el cartel de allá afuera. Retazos de tarde que se meten por los huecos de los bloques de ventilación arriba. Ahora, primero le dan una textura polvorienta y amarillenta a la cabellera de Medina y, después, más abajo, se extienden por el suelo. La figura pausada y ligera de Rita se perdió por un rato tras la puerta de la cocina. Luego de encender un cigarrillo, la mirada de Medina, caída del planeta de su propio recuerdo, se arrojó sobre la mesa y se puso a contar los cuadritos del mantel. Luego de encender un cigarrillo, el rostro desencajado e inmóvil del viejo sobras, desdibujado entre la humareda, va de cuadrito en cuadrito. Uno rojo. Uno blanco. Le sudan la frente y las manos. El zumbido era, en realidad, la mezcla engorrosa del de dos moscas que revoloteaban en pleno ajetreo de apareamiento. Se posaban aquí, allá, nerviosas, inquietas, la una sobre la otra, cópula entrecortada. Bizma. Emplasto inmundo y confortante. Vida. Brota sin parar, como la mala hierba. Cuernos, los de la abundancia. Ojos irritados. Párpados a punto de caer. A ver ¿Cuántos cuadritos? Rojo. Blanco. Rojo. Y de nuevo a empezar, cada vez que pierde la cuenta confundido entre la tonalidad rojiza del mantel, el calor y ese zumbido imparable ¿Será que, en realidad, sigo en mi cama, soñando aquel sueño desagradable de la mañana en el que recorría Buenaventura como un animal en dos patas? Mierda. A lo mejor no me he movido de esa maldita cama. Quien sabe si el encuentro con el gordo, con el cura y, ahora, con Rita, no sean más que continuación del mismo sueño. Lo peor de todo ¿y si ya estás muerto? A lo mejor en eso consiste el asunto, soñar una y otra vez la repetida mierda que ya has vivido, como si uno aún estuviese vivo: se siente hambre y calor; como cuando se está vivo, se desea el café. Claro, y por eso el cura se reía. Y por eso el reloj está parado. Pero yo me siento más o menos igual. Estoy débil, quiero café y sopa. A la mierda, se puede desear cosas así si se está muerto. Eso no es lo que yo suponía, ni nadie, creo. Y esos ramales secos como de uva de playa pelada ¿qué es? Brazos largos y huesudos, ligeramente arqueados, aparecen de repente sobre aquellos incontables cuadros. Rojo. Blanco. Rojo. Y esa mano. Es una mano ¿o qué? Porque si es una mano es horrible, y si no lo es, más que horrible, espantoso, venido de otro planeta o qué sé yo ¿Y eso como un platillo volador que desciende dejando una estela de vapor y suena tiling cuando se posa sobre la mesa? Sí, y si aguardas un poco, seguramente que comienzan a bajarse los marcianitos verdes. Estas de remate, viejo. Lo que suena es un plato. Turbio líquido salpicado de manchitas verdes. Vapor que se eleva. Siente la brasa del cigarrillo consumido entre los dedos. De un sobresalto el viejo casi se cae de la silla.
‒¿Qué pasa contigo? –preguntó Rita.
‒¿Qué es? –replicó a su vez Medina.
‒Sopa. Pediste sopa ¿O no? Es lo que hay. Si no la quieres me la puedo llevar. Siempre reclamas lo mismo. No haces más que quejarte de la sopa. Mierda de años quejándote de la maldita sopa ¿Por qué vienes aquí, entonces? ‒dijo Rita, a punto de retirar el plato que había colocado sobre la mesa.
‒No, no. Está bien. Déjalo, mujer. ‒dijo Medina, mientras se pasaba ligeramente la punta de la lengua por el dedo lastimado.
Rita retiró sus huesudas manos y Medina quedó viendo el plato humeante que la vieja había dejado delante de él. Mierda de años quejándote de la maldita sopa. Es verdad. La mujer se sentó. Y allí, ahora frente al viejo, lo miró con curiosidad. Medina tomó la cuchara. Una mano blanca temblorosa llena de manchas blancas. El viejo se quedó viendo el plato que tenía ante sí. Luego la introdujo en el caldo. Paciencia de muerto, casi.
‒¿Me dormí? –preguntó al rato el viejo.
‒¿Cómo? –replicó la vieja.
‒¿Que si estaba dormido, ahora, cuando trajiste la sopa? ‒insistió el viejo.
‒Y qué se yo. ‒dijo la vieja.
‒No puedo dormir. Para nada. No quiero. No puedo. ‒insistió el viejo en tono casi suplicante.
‒Pues haces muy mal. Con esa cara, deberías irte a la cama por unos días más ¿Qué ganas con andar por allí, en ese estado? ‒preguntó la vieja.
‒O por el resto de la eternidad ¿verdad? Tú no entiendes. No sabes nada de lo que pasa. ‒replico el viejo.
‒De lo que pasa ¿en dónde? ‒preguntó la vieja.
‒Conmigo, quiero decir. ‒replicó en viejo.
‒La verdad, todo el mundo aquí, hasta anoche, te daba por muerto. ¿Qué quieres que te diga? Yo misma escuché al médico cuando dijo que no había nada qué hacer más que esperar. Luego pasamos a la habitación, con el cura. Nada que hacer, dijo el médico. Esperar ¿Y el cura? Ya lo habían mandado llamar. La verdad, nadie sabe para qué vino. Despachó el asunto en un segundo. Este cura ya no me inspira confianza. Todo lo hace es apurado y rapidito. Hasta en la misa, se le siente cansado, pendiente más de terminar que de los serios detalles. Ni siquiera mira a la gente, sino nadie sabe a donde, como si diera la misa de espalda o estuviera, en verdad, ocupado de otra cosa. Vaya uno a saber. Tú sabes. Ya viste cómo estuvo con el asunto del Moise. Uno no podía decirle nada al respecto, porque no lo tomaba en serio.
‒Esta mañana estuve allá.‒interrumpió el viejo.
‒¿En dónde? ‒preguntó la vieja.
‒En lo del cura –dijo el viejo.
‒¿Y qué te dijo? ¿Fuiste a confesarte o qué? ‒preguntó la vieja en medio de un sonrisa irónica.
‒Hablamos. De mí… qué sé yo. Me he sentido muy extraño hoy. Yo que te lo digo. ‒dijo el viejo.
‒La verdad, no sé qué haces por ahí en pie. Mira que muy bueno no te ves ¿eh? Deberías volver a la cama. Y si no, por lo menos tómate esa sopa. No es gran cosa, pero en fin. ‒dijo a vieja.
‒¿Cuánto tiempo? ‒preguntó Medina.
‒¿Cuánto tiempo qué? ‒replicó la vieja.
‒¿Cuánto tiempo estuvieron allí, en la habitación? ‒aclaró el viejo.
‒No lo sé. ‒respondió la vieja.
‒¿Cómo que no sabes? Estabas allí ¿o no? ‒insistió el viejo.
‒Sí. Pero no sé cuánto tiempo. La verdad, no fue mucho tiempo. El cura, como te digo, hizo todo rapidito. La verdad, todos nos quedamos sorprendidos con lo rápido que despachó el asunto. Tú sabes cómo es el cura, ahora, quiero decir. Se ha vuelto raro, como si no estuviera, en realidad, aquí. A mi hace tiempo ya que no me inspira mucha confianza. Al principio era otra cosa. En fin. ‒dijo la vieja.
‒Ya no hables más del cura. ‒interrumpió el viejo. Rita se encogió de hombros, y se quedó callada..
‒¿Por qué te quedas callada de repente? ‒preguntó el viejo.
‒Porque no tengo nada más que decir. ‒respondió la vieja.
‒¿Y Romero? ‒preguntó el viejo.
‒¿Qué pasa con el Comisario? ‒preguntó la vieja.
‒¿Estuvo anoche allí? ‒preguntó el viejo.
‒No. El no estuvo allí. ‒dijo la vieja.
‒Claro. ‒exclamó el viejo.
‒Según Colmenares, el Comisario estaba de guardia. Es su trabajo ¿no? ‒añadió la vieja.
‒De guardia. Claro que estaría de guardia ¿Te imaginas qué guardia, no? ¿Y Susana? ‒preguntó el viejo.
Rita siguió sin responder. Miró a Medina a los ojos, y lo que fuera que el viejo percibiera en aquella mirada, lo hizo temblar. Luego continuó la mujer.
‒La Susana sí estaba allí. ‒dijo la vieja, sólo para terminar lo que el viejo había interrumpido, y volvió a callar.
‒¿Por qué te quedas callada, mujer? ‒insistió el viejo.
‒No tengo nada que decir ‒repitió la vieja.
‒¿En qué estás pensando, Rita? Dímelo. ‒insistió el viejo.
‒Muerte es lo que veo.‒dijo la vieja. Muerte era sólo lo que le inspiraba aquel cuerpo, con una mano blanca temblorosa llena de manchas blancas a medio alzar, a punto de llevarse la cuchara a la boca.
‒¿La muerte de quién? ‒preguntó el viejo.
–Tú sabes muy bien de qué hablo, viejo. Si estabas casi muerto, en cama, y, de pronto, te recuperaste, deberías estar en este momento en casa, pendiente, precisamente, de tu propia recuperación. Es lo que hace cualquiera que haya estado tan enfermo como tú. Habrías llamado al médico para tomar las precauciones del caso, y demás. Pero tú, no. Tú andas por allí, que si en el despacho, deambulando por la calle, y ahora aquí, quejándote de la sopa y averiguando dónde anda Martín Romero. Tú lo que andas es buscando camorra. Y lo sabes. Escucha lo que voy a decirte. Ese sujeto, el Comisario, es un tipo como quien dice tranquilo. Ese no es el que se va estar buscando un problema porque la pasión le nuble la mente o el corazón. Parece un anciano harto de vivir. Quizás en eso nos parecemos un poco, el comisario y yo. Claro que él mucho más joven. Yo ni creo que él se haya interesado mucho en la Susana. Mas bien es la Susana la que le metió por los ojos. No te engañes. Tú y yo sabemos que es así. Y yo no creo que estés en condiciones de buscar ese tipo de pelea. Así que mejor vuelve a tu casa y piensa el asunto con calma. Verás que tengo razón. Ya estás viejo, Medina ¿Qué piensas? ¿Matarlo o qué? Es un tipo tranquilo, el Comisario. Creo conocer un poco a ese sujeto, y me parece que sería incapaz de matar una mosca ¿Sabías que últimamente se la pasa por allí, con un perro? Uno que andaba por lo muelles desde hace meses. Pues ahora parece que el hombre se lo llevó a su casa y lo adoptó. Bueno, lo que digo es que me parece que es un tipo tranquilo. Pero eso no quiere decir que se vaya a quedar sentado esperando lo que tú hagas. Por el contrario. Yo pienso que si tú te empeñas en joder, puedes terminar más bien jodido. Te lo habrás buscado. Estas viejo, Medina. Deja las cosas así. ‒sentenció la vieja. Medina encendió un cigarrillo, esperó a que la primera bocanada de humo calmara su exaltación. Entonces continuó.
‒Todos como que se acostumbraron rapidito a mi muerte ¿verdad? Ni siquiera me habían enterrado, y ya el gordo había mudado mi escritorio. El Comisario Romero se lleva a la Susana. Tú, me sirves sobras. ‒dijo el viejo, mirando hacia otra parte mientras hacía su inventario de desilusión.
‒¿Ves? Lo que te digo. ‒reafirmó la vieja.
‒Quisieran que estuviera muerto. Todos. Eso es lo que todos quisieran ¿eh? Pero, al fin y al cabo, no es la primera vez. Siempre me he salvado. Al fin y al cabo, duro como piedra, el viejo, duro, muy duro ¿No te parece? Cuando me fui de aquí, nadie pensó que el bichito ese enclenque sobreviviría. Pero lo hice. Y volví. Luego los comunistas, y conmigo se jodieron. Tampoco pudieron con Medina. Por cierto, que el cura acaba de decirme que el Chávez y que anda de primero en las encuestas. Lo dijeron por la radio ¿Qué te parece? Este país se fue a la mierda, definitivamente.
‒¿Y quién es ése? ‒preguntó la vieja.
‒¿Cómo quién? ¿Dónde vives, Rita? Chávez, el golpista, el que armó la joda en febrero ¿En verdad no sabes quién es? Y, claro, a quién puede extrañar que, con tanta ignorancia, el coñito ese ande de primero en las encuestas. Que si Bolívar para arriba, que si Bolívar para abajo, que si la patria y los héroes. La patria y los héroes al panteón, donde deben estar ¿A quién se le ocurre andar en este mundo de progreso y tecnología con ese discursito nacionalista hecho de cosas viejas sacadas de los libros de historia? Nacionalista, y comunista, también, porque ese gran carajo, yo que te lo digo, vieja, ese gran carajo no es más que un comunista disfrazado. Sigan con la joda. Voten por el comandante, voten por ese gorilita retardatario, y ya verán cómo este país se termina de ir a la misma mierda. ‒concluyó el viejo.
‒Yo No sé quién es. Pero, si tú lo dices. ‒dijo la vieja y se encogió de hombros.
‒Yo sí sé muy bien lo que te digo. Pero, claro, a tí que va a importarte lo que diga el viejo de mierda. Esa fue la venganza de Caldera. Porque, no me jodan, ése lo indultó a propósito; antes de irse al panteón, el muy momia lo sacó de la cárcel para que nos jodiéramos todos. Allí debió haberse podrido, el comandante. Yo que te lo digo. ‒sentenció Medina, y se calló por un rato.
‒Quizás estés exagerando. Siempre has sido un poco exagerado. Así fue con lo de los comunistas aquellos…
‒Mejor no me hables de eso ¿eh? Mira que al negro y al Joe no los jodí como debía, por ti. ‒advirtió el viejo.
‒¡Bah! ‒exclamó la vieja.
‒¡Bah! Qué importa lo que yo diga ¿verdad? Tú también me crees muerto ¿eh? Pero mírame, estoy aquí, bien vivo, como siempre lo he estado. Pero si es como tú dices, que me veo tan mal y qué sé yo, aún así, digo, tendré tiempo suficiente como para llevarme a alguno que otro conmigo ¿No te parece? ‒dijo con sorna el viejo.
‒Te refieres al Comisario Romero, supongo. ‒dijo la vieja.
‒Sí, me refiero a él, y cualquier otro. Y, por cierto ¿se fue por fin a la casa abandonada, el Comisario? ‒preguntó el viejo.
‒Sí. El hombre recogió sus cosas y se fue allá. Yo le dije que si estaba loco, que esa casa estaba en el abandono total. El único que se la pasaba allí era el Moise, que era, como quien dice, un animal. Pero, en fin, el Comisario, como si yo no le dijera nada. Igual se fue. Pero de eso hace ya más de una semana ¿Acaso no lo sabías? ‒dijo la vieja.
‒Algo escuché. Parece cierto aquello de que Montenegro se la cedió. A mí ni que me regalen esa vaina me voy a vivir allá, botado en aquella punta de Buenaventura, donde hasta el viento se devuelve. Para eso que me manden al cementerio de una vez. ‒dijo el viejo.
‒Pero el Comisario sí lo hace. Lo que te digo, es un tipo extraño. Pero a nadie molesta con eso. Y ahora resulta que tú estás pensando en ir hasta allá. ¿O me equivoco? ‒advirtió la vieja.
‒¿Sabes lo que creo? Que a lo mejor ya estaba yo listo para dar el salto, puede que hasta estuviera del otro lado, pero volví. Por eso volví. Puede que hasta sea un muerto, un fantasma esto que ves. Es igual. ‒dijo el viejo.
‒Estás viejo ¿Qué puede importar todo eso? ‒preguntó la vieja.
‒Tú no entiendes. ‒se quejó el viejo.
‒Te dije que se iría. Y volverá a hacerlo cuantas veces tenga la oportunidad. Tú lo sabes ¿Qué esperabas? Es una niña. ‒dijo la vieja.
‒Tú tampoco me tomas en serio. Pero no importa. Igual imagino dónde está. Cuando la traiga de nuevo a casa le daré el castigo que se merece. ‒dijo el viejo.
‒Estás viejo. Nada más. ‒comentó la vieja.
‒Esa lo es todo para mí. Si tú supieras lo que es sentirse traicionado hasta por aquél a quién uno ha cuidado. No sé por qué te digo estas cosas. Confesión extraña, estúpida más bien. Sí, eso es, estúpida, de viejo estúpido y acabado. Lo sé. Así fue esta mañana, en lo del cura. Me siento traicionado hasta por el tiempo. Qué gracioso, ¿no te parece? Un espectro. Me he convertido en éso, en un espectro. Creo que si yo saliera por allí esta noche, los asustaría a todos. ‒comentó el viejo en medio de una sonrisa amarga.
‒Ya lo has hecho. ‒dijo la vieja.
‒Sí, yo también creo que ya lo he hecho. Cuando llegué a la oficina esta mañana me vieron como si hubiera muerto. Hasta mi propio secretario me observaba como si yo fuese un bicho raro, de esos a los que la gente teme porque supone de otro mundo. Y, después de todo, digo yo, cuando se es viejo se es de otro mundo. Lo malo es que uno sigue vivo, con ganas de seguir ¿Entiendes? No. creo que no entiendes. Habría que estar en mi pellejo para eso. ‒dijo el viejo resignado.
‒Estás viejo, y ya. ‒insistía Rita.
‒¿Es que no tienes otra cosa qué decir, mujer? Está bien, como tú quieras. Ya lo sé. Pero cada vez que lo repites parece como si echaras otro tanto de años encima. Si tú piensas que yo no debo ir a buscar al Comisario, está bien. Quizás tengas razón. Te haré caso. Me quedaré quieto, pero con una condición: vas tú misma y me traes a la Susana de vuelta, ¿harías eso, no? Después de todo, estás en deuda conmigo ¿o no?
‒Estás viejo. ‒repetía maquinalmente la vieja.
‒¿A no? ‒preguntó el viejo.
‒Ya no. La causa de esa deuda de la que hablas se colgó del techo hace dos semanas. Ahora, viejo, tómate esa sopa. ‒concluyó la vieja secamente, y se levantó de la mesa.
Ya ves. Tampoco ésta te toma en serio ¿Y quien va a tragarse ese caldo flojo y salado? Antes las cosas no eran así. En esta casucha se bebía buena sopa. Y la mejor para mí. Deja ese plato allí y vete ya. Nada que hacer aquí. A la mierda. Pensión Rita, a la espalda el aviso aquel destartalado. Ni qué voltear. Para qué verlo. Para qué mirar atrás. Ya se sabe que habría que cambiarlo. Adelante, siempre adelante. Todos dicen lo mismo, o deberían decirlo. Bueno, dicen eso porque hasta que se llega a viejo nadie sabe, en verdad, lo que hay. Y ahora ese rostro de viejo otra vez en la calle golpeado por el viento de la tarde; un poco más y de la noche. Un poco más, y ya. Esta noche se avecina larga ¿Cómo harás para no dormir? Tendrás que usar de esos palillos que le ponen en los ojos a los muertos para sostener los párpados abiertos. Que feo. Ya veremos. Al menos ya ni siquiera hambre tengo. A ver. Caminar. Caminar es bueno para eludir el sueño. Ahí están mis piernas. Ahí van. Me llevan. Me traen. ¿Camino al despacho? No. Eso después, quizás. Por ahora lo mejor sería ir al Comando Policial, me encuentro con el Romero y matamos esta culebra de una buena vez ¿Y el revólver? Mierda. Mejor que primero vaya a buscarlo a casa.
Al final de la tarde Medina salió de su casa con el paquete donde llevaba el revólver debajo del brazo y se fue directo al despacho. Al llegar, colocó la caja sobre el escritorio. El resto de la tarde la pasó Medina en su despacho, tumbado en el sillón, la botella de güisqui que el secretario había dejado sobre su escritorio, las manos cruzadas sobre el vientre, contemplando el montón de papeles y carpetas que el Licenciado Valbuena había traído de nuevo, el polvo amontonado en los rincones, las humedades y las telarañas del techo, el vacío de aquel despacho lleno de años transcurridos. Nada sucedió aquella tarde, al menos que a la amarga sed de venganza de un viejo contra el mundo pueda considerarse algo. Silencio y espera. Sólo el rostro mofletudo del Licenciado Valbuena apareció por un instante tras la puerta para anunciar que se marchaba.
Cuando se quedó solo, Medina se levantó y miró hacia la ventana, en cuyos vidrios se reflejaba su imagen. Luego miró hacia la caja. 38 Smith & Weasson especial. Leyó varias veces. Medina abrió la caja, retiró el paño, tomó el revólver y se lo introdujo entre la pretina y la barriga. Se quedó tieso, bajó lo brazos con cuidado y, así, caminó hacia la ventana. Pero, entes de llegar, el arma se le fue por el interior de las piernas del pantalón hacia los pies. Se agachó, levantó el ruedo y lo dejó caer del todo al piso. Entonces lo recogió y retornó al escritorio. No quiso pensar en lo demasiado flaco que estaba. Simplemente tomó la correa, la desenganchó y la ajustó lo más que pudo. Volvió a tomar el revólver y lo introdujo de nuevo entre la pretina y la barriga. Esta vez cuidó que la cacha quedara lo suficientemente fuera. Se puso otra vez tieso, caminó hasta la ventana y regresó al escritorio. Palpó la masa del arma, y notó con satisfacción que no se había movido. Se volvió de nuevo hacia la ventana. La imagen del viejo seguía allí. Esta vez intentaría sacar el arma con la mayor rapidez posible. Cuestión de estar preparado, mentalmente dispuesto a cualquier cosa. A ver. Pero el arma quedaba enganchada en algún punto entre la pretina y la barriga. El viejo tiraba del revólver, y nada. Quizás había ajustado demasiado la correa. Se sentó, sirvió un trago y lo bebió por completo de una sola vez. Mejor y sácate eso de allí. En el bolsillo estará bien.
Medina salió a la calle de nuevo y caminó hasta el Comando Policial. Al llegar fue directo a la oficina donde, suponía, debía estar Martín Romero. Pero a quien encontró fue a Colmenares:
‒¿Y el Comisario? ‒preguntó el viejo.
‒¿El Comisario? ‒respondió Colmenares, aún somnoliento.
‒Sí, Romero ¿Dónde está Romero? ‒insistió el viejo con nerviosismo.
‒No está aquí. ‒dijo Colmenares, mientras se levantaba de su silla.
‒¿Y donde está? ‒preguntó el viejo.
‒No lo sé. Imagino que en su casa. Hoy no tiene guardia ¿Qué es lo que pasa; Medina? ‒dijo Colmenares.
Medina sacó la mano del bolsillo donde llevaba el revólver y se quedó un rato mirando alternativamente hacia la calle y al pasillo. El policía, desconfiado, se quedó mirando el bulto y fue inevitable imaginar lo que allí llevaba el viejo. Medina se detenía, se rascaba la cabeza, retrocedía unos pasos, asomaba la cabeza a lo largo del vacío pasillo, volvía a mirar a la calle, volvía a entrar a la oficina. Tenía la cara levemente enrojecida y lo suficientemente descompuesta, como para que Colmenares notara los efectos del licor. Por lo demás, el aliento del viejo no dejaba lugar a dudas. Mierda. Y ahora ¿qué bronca se traerá éste? Se lo advertí al jefe.
‒No lo encontrarás aquí, te lo aseguro. ‒advirtió Colmenares.
‒Está bien. Está bien. ‒dijo el viejo mientras alzaba levemente la mano.
‒¿Quieres que lo mande a buscar? Digo, si es tan urgente, como parece ¿Qué es lo que está pasa, viejo? ‒preguntó Colmenares en tono suficientemente cortés como para disimular sus sospechas.
‒No. Nada. Está bien. No es necesario. Está bien. Pero, dime una cosa, Colmenares ¿No es éste su escritorio acaso, el del comisario, quiero decir? ‒preguntó Medina mientras miraba con curiosidad el escritorio pelado al que estaba sentado Colmenares..
‒¿Éste? ¿Este escritorio? ‒preguntó Colmenares, extrañado por aquella pregunta, al tiempo que señalaba con el dedo el escritorio al que estaba sentado.
‒Sí, este escritorio ¿hay otro aquí, acaso? ‒insistió el viejo y miraba hacia los lados.
‒Pues, la verdad, sí, es el escritorio del Comisario. Pero, igual, todos nos sentamos aquí. Bueno, la verdad, sería el escritorio del Comisario, sí claro. Pero, de hecho, aquí se sienta quien esté de guardia, digo; él o yo, nunca hemos pensado de quién es el escritorio. Hasta García y los muchachos se sientan aquí. Es sólo un escritorio, pelado, ya ves. ‒concluyó Colmenares, extrañado por una pregunta que le pareció tan fuera de lugar. Luego de un momento de silencio, preguntó:
‒¿Por qué preguntas?
‒Por nada, por nada. Sólo me dio curiosidad. UDS. los policías tienen una extraña forma de ver las cosas ¿verdad? No sé. Para mí los escritorios son objetos personales; es el sitio de trabajo de cada quien, y, como tal, algo muy personal. Yo no aceptaría que alguien se sentara a mi escritorio. Pero UDS. los policías son tan impersonales. En fin ¿Puedo sentarme un rato? ‒terminó preguntando el viejo.
‒Sí, claro. Por supuesto. Pero… un momento ‒y luego, gritando hacia el pasillo, agregó –García, tráete una silla. ‒una sonrisa incómoda y a esperar .
Tarda García. Es que es torpe y lento, el García. Nadie sabe por qué tan flaco, porque quien lo vea moverse no puede adivinar en qué gasta la energía. Medina y Colmenares permanecían en paciente silencio, en medio de los ecos metálicos que se producían en las habitaciones huecas y polvorientas de aquella edificación, hasta que el hombre, que por fin sacó la silla nadie sabe de qué torre, vino con ella a rastras hasta la oficina. Atentos al estruendo, Medina y Colmenares se miraron. Así es García. Jamás puede cargar las cosas. Sólo sabe arrastrarlas. Ahí está. Siempre esa gorra torcida. Mejor sería que se la quitara. Cuando García apareció, entonces Colmenares volvió a hablar.
‒¿Qué pasó allá atrás? ‒preguntó Colmenares.
‒Nada, señor. Es que tuve que… ‒el hombre se quedó callado, absorto al ver a Medina.
‒Bien. Bien. Ponla allí mismo ¿sí?. Gracias, García… cualquier cosa te vuelvo a llamar. Por ahora puedes retirarte. ‒Pero García no se movía, distraído como estaba viendo a Medina. Colmenares insistió.
‒Está bien, García, gracias. Déjala allí mismo ¿Sí? ‒Hasta que por fin García hizo lo que le pedían y salió de la oficina. Luego, dirigiéndose a Medina, agregó: ‒El muchacho, tú. sabes, está cansado. Somos pocos aquí, y uno se trasnocha, aunque no haya trabajo, uno se trasnocha y eso agota. Y, claro, además, no esperaba verte por aquí… en fin, pero siéntate. La verdad hace tiempo que no venías por el Comando ¿no? Desde que el Comisario Romero se instaló aquí, casi no volviste
‒Sí. Ya sé. Todos me han visto igual. Un fantasma ¿No? ‒dijo el viejo mientras se sentaba. Luego encendió un cigarrillo y agregó. ‒¿Sabes qué, Colmenares? Hoy ha sido el día más raro de mi vida. Anoche, y digo anoche si es que esta mañana realmente amaneció para un viejo enfermo como yo, soñé cosas; mezcla de cosas, mezcla desagradable. Como todo sueño, tú sabes, uno está en un sitio que, de pronto, no es ese sitio, sino otro. Pero no importa, uno como que sabe dónde está… en fin, el absurdo propio de los sueños, que uno acepta porque son sueños ¿no? Luego, al despertar, recordé esas cosas soñadas, y reconocí su absurdo, algo natural. Y más tarde, cuando amaneció, aún las recordaba, como ahora, por ejemplo. Me vestí, salí, fui a la oficina. Eso fue lo primero que hice. Luego a lo del cura. De ahí me fui a lo de Rita. Toco mi carne, mi cara, mis manos. Huelo café y lo deseo. Debo estar vivo ¿no? Vivo y despierto. Eso me digo. Sin embargo, a lo largo del día, ha habido momentos en que no sé; siento, como en los sueños, ese absurdo. Oigo voces, dudo de si realmente habré despertado ¿Sabes que el reloj se jodió, por cierto? ‒preguntó el viejo de pronto.
‒¿El reloj? ‒preguntó a su vez Colmenares mientras miraba hacia la muñeca del viejo.
‒Sí. Eso nunca me había pasado. Jamás me imaginé que podría pasar. Que un día se detuviera el tiempo no me extrañaría tanto como que se pare este maldito reloj. No me lo quito porque no me acostumbraría. ‒comentó el viejo.
‒Anoche lo tenías puesto. ‒observó Colmenares.
‒Sí, anoche. Me dijeron que estuviste allí, con los otros ¿Qué pensaste, Colmenares? Se jodió el viejo… ¿no? ‒preguntó el viejo.
‒Lo que todos, viejo, lo que todos. El médico habló…
‒Sí, ya lo sé. El médico dijo se jodió, y luego vino el cura a terminar de rematar lo que se había jodido. Tu sabes, has vivido suficiente ¿eh? Aunque siempre te parezca poco, pero suficiente, y el cura a recoger los profanos desperdicios con la palita infalible de su teología. ¡Ja! No se lo dije esta mañana en su casa, porque sólo hace un rato, cuando venía para acá, se me ocurrió. Será el güisqui, digo ¿no? Quizás después pase por su casa de nuevo y se lo diga. Sí, quizás mantengamos otra charla; a ver cuánto se ríe, el cura. En fin, no te gastes contándome lo que ya me han dicho hoy varias veces. ‒calló un momento Medina.
‒Bueno, el cura hizo lo que tenía que hacer. ‒dijo Colmenares.
‒Y rapidito. ‒prosiguió el viejo.
‒¿Rapidito? ‒preguntó el policía.
‒Así dice Rita. Dicho en dos platos: un mateo. Pero no el bíblico ¿eh? Un mateo espiritual para el viejo; las sobras, pues, para el viejo, siempre las sobras. Viejo sobras. ‒dijo el viejo.
‒No exageres, Medina, no exageres. Además, el cura estuvo hasta pasada la media noche allí. Me consta. Y sólo, porque, que yo se sepa, ni la Susana estaba allí… ‒Colmenares calló súbitamente al ver la cara de disgusto de Medina.
‒Olvídalo, no quiero hablar de ésa. Estaba pensando cuando venía para acá ¿Recuerdas el día que apareció El Moise? ‒preguntó el viejo.
‒¿El Moise? ‒replicó el policía.
‒Sí, hombre. M refiero a la primera vez aquella, en que volvimos a verlo luego que lo dejáramos en el cementerio. Estábamos aquí, en el Comando, y habíamos pasado todo el día tratando de sacarle algo al Joe, empeñado, como estaba, en que él había visto al negro días atrás. Varios vinieron aquí, corriendo y asustados, diciendo que lo habían visto por la plaza, y tú y yo no podíamos creerlo. ‒dijo el viejo.
‒Tú no podías creerlo. Tú siempre te empeñaste en creer que el negro estaba muerto. Yo te lo dije bien claro: no lo maté. Pero tú pensabas que yo lo decía sólo por quitarme la culpa de encima. Así que a mi no me pareció para nada extraño cuando el negro reapareció. Eras tú quien no podía creerlo. ‒aclaró Colmenares.
‒Sí, es cierto, claro. Yo estaba convencido de que el negro estaba muerto. ‒consintió el viejo.
‒Sí, claro que lo recuerdo. Armaste un berrinche que se levantó el techo. Dijiste que yo era un inepto y que para que algo fuese bien hecho habría que hacerlo uno mismo. Pues si lo que tú querías era que matara al negro, (te dije yo entonces) ve y mátalo tú mismo. Y te lo repito ahora. Yo no iba a matar a ese pobre diablo. Quizás fue peor lo que hice, no creas. Pero, igual, prefiero mil veces no haberlo matado. Según tú, eso serviría de escarmiento a todos los que quisieran seguir jodiendo con los comunistas citadinos aquellos, que nunca volvieron, por cierto ¿Tú crees que yo iba a cargar con un muerto sólo porque tú querías dar a todos un escarmiento? No, que va. ‒sentenció Colmenares con sequedad.
‒Bueno, ese asunto está olvidado; no es el caso. A lo que yo me refería es al hecho de que te dije lo que te dije porque era evidente que el negro no estaba muerto. Pero, en el fondo, siempre me ha quedado la duda...
‒Ya te dije que no lo maté; sólo le disparé de cerca, para que tú creyeras que lo había hecho y nos largáramos de una vez del maldito cementerio y dejaras al negro en paz y la majadería con lo del escarmiento. ‒interrumpió con energía Colmenares.
‒Está bien, está bien. Cálmate. No digo que lo hayas hecho. Pero para todos aquí, el negro estaba muerto y lo que andaba por allí salido de pronto nadie sabe de dónde, era un espíritu ¿o no? ‒aclaró Medina.
‒Sí. Y que piensen lo que quieran. Así es la gente. Pero yo siempre supe que estaba vivo. De hecho, pasaba períodos enteros en la casa abandonada que dejó a medio hacer el viejo Montenegro. Hubo días en que lo vi por allí. Ya sabes, a nadie le gusta acercarse mucho por aquella punta; menos aún luego de que por allí apareciese el negro. ‒prosiguió Colmenares.
‒Eso también lo sabemos. Pero, me pregunto, cómo se sentiría el negro ¿eh? Cuando todos te miran como un fantasma y te tratan como tal, seas lo que seas, como si ya hubieras muerto y eso que tienen delante no es más que un espectro ¿cómo termina uno sintiéndose? ¿qué termina uno pensando de su propia realidad como cosa que aún vive? ¿eh? Un completo extraño, Colmenares, un bicho extraño hasta para contigo mismo. Extrañas hasta tu propia voz, o voces; porque, lo que uno piensa o se dice es como si se lo pensaran o dijesen otra voces distintas a eso que uno llama uno mismo. Claro, ahí están tu cara, tu cuerpo, tus manos, tu hambre y tu sed de todos los días, tus sentidos… todo eso que ya conoces de memoria y en lo que nunca te fijas porque son las cosas con las que miras, tocas, te miran y te dejas tocar; pero que, de pronto, tienes delante de ti, como si te tropezaras con un mueble mal ubicado en el salón de siempre ¿y esto qué es?… ah, sí, mi cabeza, mi estómago estragado, esas ganas de beber café… No, que va, así no se responde en estos casos; lo sabemos. Nadie respondería así en un caso así ¿verdad? Claro que no. Uno se sobrecoge, mira a lo lados, detalla el espacio ¿Cómo que mi cabeza? ¿Qué es lo que me pasa? ¿Quién me habla? ¿O a quién le estoy hablando? Me estaré volviendo loco. Tres días sin pararme de la cama ¿Y es que acaso sigo vivo o qué? Si el negro estaba realmente vivo, como tú dices, entonces, al ser mirado por todos, debía sentirse como me siento yo hoy. Curioso ¿no? O mas bien irónico, habría que decir. Sí, irónico, muy irónico ¿Qué te parece, Colmenares? Medina y el negro, al final, la misma vaina. Fantasmas del mismo foso. Orgulloso no me siento, te lo aseguro. Y, digo yo, uno se pregunta y se pregunta vainas que, se sabe, nunca, tendrán respuesta, porque, si no, no te las hicieras a ti mismo… ¿qué tal si la vaina no es algo especial en el caso del negro o Medina? Tú, por ejemplo, no has pensado que termine pasándote igual? ‒preguntó el viejo.
–¿A mí? ¿A mí qué? Yo no tengo culpa de nada en este asunto. Y lo que está pasando aquí, viejo, es que te está pesando la culpa. Acéptalo, Medina, se te fue la mano con el negro; no era necesario joder así al pobre diablo. Ahora, luego que lo molieron a golpes hasta matarlo, ahora sí, bien muerto, la vaina te pesa ¿eh?. Claro que te pesa ¿O es que si todo el mundo aquí en Buenaventura tenía al negro por un diablo, espíritu maligno o como quieras llamarlo, no fue gracias a tu joda? Yo lo recogí del suelo como un mazacote; yo mismo, porque los muchachos no se atrevieron ni a tocarlo. Yo lo vi, pero tú no, viejo. Me gustaría que lo hubieras visto, a ver qué cara pones. Eso es lo que pasa. Tienes una pelota de mierda de culpa que no te cabe en la conciencia. De allí salen esas cosas que imaginas, viejo. Estás recién salido de la cama, has tomado todo tipo de pepas ¿has comido bien? ‒se interrumpió a sí mismo Colmenares.
‒Estuve en lo de Rita. Pero eso no es comida. ‒dijo el viejo con disgusto.
‒¿Ves? Ni siquiera has comido y, además, por lo que se ve, le has estado dando al codo más arriba de lo que debes ¿o no? No lo niegues, que hasta aquí te hiede el estómago. No andas bien. Imposible que puedas pensar con claridad ¿No te parece? Deberías calmarte, descansar ¿Por qué no hablas con el Padre Claudio? Qué sé yo, confiésate; es lo que procede en estos casos ¿no? ‒preguntó Colmenares.
‒¿Con ése? Te digo que estuve allá esta mañana ¿Hablar? Claro que puedes hablar con el Padre Claudio. Puedes pasar toda una mañana, hablando solo. Él se sienta allí, frente a uno que se desnuda como una puta, hasta que, de pronto, te ves con las manos en las nalgas sin saber qué hacer. No, olvídalo; curas e iglesias ya no son para mí. De muchacho me parecían algo normal, un tanto temible; pero normal. Hoy, luego de salir de allá, me son del todo sospechosos. Esas figuras, esas imágenes, ese aroma a cera derretida y ramita seca. El mismísimo cura; me es fácil imaginarlo en pelotas tratando de rascarse la espalda o sentado en el retrete. Y ¿sabes qué? Cuando a uno le es fácil imaginar a seres especiales en esas vainas, es porque ya no son especiales. ‒dijo el viejo y se quedó mirando al policía esperando una respuesta.
‒Por supuesto, viejo. El cura es un ser humano, como cualquiera, y se comporta como cualquiera ¿qué esperabas? Mira que eres majadero ¿eh?. ‒observó Colmenares.
‒No se trata de que sean humanos, sino de cómo uno los ve. Hay una magia que, cuando desaparece, entonces es un mierda igual que tú. Alguien que entiende de Dios, que habla con Dios, que es su emisario ¿cómo va a ser igual que tú o yo? Si a mi se me presentara Dios aquí en éste momento, no sabría qué hacer. Tendría que salir corriendo a buscar al cura para que sirviera de intermediario. Pero ¿a este cura? ¿para qué? ‒se preguntaba a sí mismo Colmenares.
‒Si aquí se apareciera Dios en este momento, tú no lo distinguirías, viejo. Pero, está bien, olvídate del cura. Yo solo digo que entre la culpa y la bebida, tienes la cabeza y el ánimo vuelto añicos. Yo no sé mucho de estas vainas. Lo que sí sé es que hay que estar en calma para poder fiarse de lo que uno piensa. El remordimiento pincha y el licor aplasta. ‒sentenció el policía.
‒Hablando de beber ¿Tienes algo por allí? Tú siempre tienes algo a mano. ‒dijo el viejo.
‒Vamos, Medina. Déjalo así. Está bien por hoy ¿no te parece? ¿por qué no vas…
‒Otro que va a mandarme a casa. A dormir. El viejo a dormir. Si se muriera de una buena vez, tranquilo, mientras duerme, tanto mejor. ¡Bah! Si no quieres convidarme, está bien. Vete a la misma mierda que todos y ya… Y duerme tranquilo, como todos, como te encontré ¿quieres? Por qué no se van todos UDS. a dormir. A lo mejor hasta se mueren en pleno sueño. ‒interrumpió Medina.
‒Oye, no seas tan grosero ¿eh? Ese ha sido siempre uno de tus peores defectos: eres un malagradecido. Mira cómo te quejas del cura, y el muy pendejo se la pasa toda la noche en vela junto a tu cama. Yo no lo hubiera hecho; nadie lo habría hecho. En fin, lo que te digo lo hago por tu bien. Allá tú. Este será, como tú dices, el día más raro de tu vida. Pero, la verdad, sigues siendo el mismo viejo de mierda y majadero de siempre. Te lo aseguro. ‒concluyó Colmenares.
‒¿Qué tienes? ‒preguntó Medina, sin reparar en lo que el otro decía.
‒Lo de siempre ‒dijo Colmenares mientras abría la gaveta del escritorio.
‒Anís ‒adivinó el viejo.
‒Es lo que bebo. Tú lo sabes. Si no te apetece, allá tú. Esto es un Comando Policial, no un bar. Si no ¿por qué no te vas al “Claro de Luna”? ‒dijo Colmenares entre risas.
‒Es igual, hombre. A ver ‒dijo el viejo mientras tomaba la botella. Primero bebió, y luego agregó: ‒¿Y Romero?
‒Él no bebe esta vaina. ‒respondió el policía.
‒Me refería a dónde está. ‒replicó el viejo.
‒¿Vas a seguir con eso? Ya te dije. Pero ¿por qué no dejas ese asunto, eh? ‒preguntó el policía.
‒¿Qué asunto? ‒replicó el viejo.
‒¡Vamos! No te hagas el pendejo ¿Crees que no me he dado cuenta de lo que llevas allí? ‒preguntó el policía.
‒¿Dónde? ‒preguntó el viejo.
‒Allí, en el bolsillo. –dijo Colmenares.. Esperó un rato y luego agregó ‒Anda a ver si te pegas un tiro en un pata, para que te pases unos cuantos días más en la cama, soñando pendejadas, y luego vengas aquí, cojo… y que si estoy vivo, y que si estoy muerto, que si el fantasma… Además, eso puede ser lo de menos ¿oyes? Te digo, y escúchame bien. Romero, allí donde tú lo ves, medio lunático y todo lo tú quieras, no es ningún pendejo, y te puedo asegurar, porque lo he observado lo suficiente, que ya ha tomado sus precauciones, ya se lo espera, ya ha pensado en el asunto, ya está dispuesto al asunto. Así es este sujeto. Te diré más. Ése es capaz de meterse un tiro él mismo; a veces dice vainas, y me pregunto por qué no lo ha hecho, y creo que ni él mismo lo sabe. Pero antes de que tú se lo metas te aseguro que te vuela la cabeza o te abre una tronera así en el pecho, y para eso anda con una mierda así. Antes de que tú logres saber dónde está y sacar esa mierda para darle, Romero te sienta de culo en el infierno. Después, seguramente, seguirá pensando en suicidarse, y preguntándose por qué no lo ha hecho. Así es este sujeto. ‒dijo Colmenares.
‒Al final, no sabemos nada del Romero. A lo mejor ni siquiera es policía. ‒dijo el viejo.
‒Quién sabe. Y, además, qué puede importar eso. Yo no sé decirte cuán buen policía será. Buenaventura no es el mejor escenario para poner a prueba las destrezas. Pero de que tiene el espíritu apropiado, lo tiene. Puedo asegurártelo. Si por alma es, ése es más policía que todos aquí juntos, incluyéndome. ‒advirtió Colmenares.
‒¿Crees que le tengo miedo? ‒preguntó el viejo.
–¡Vaya! No has escuchado nada de lo que te he dicho ¿verdad? ¿Y, para qué, si Medina es inmortal, no? No se trata de eso, viejo. Se trata de que tú lo andas buscando y mucho me temo que te lo vas a encontrar. Alguien está rifando una urna, y tú ligas que el tuyo sea el número ganador. Bien. Te lo estoy advirtiendo. Allá tú con tu terquedad. Si no quieres tomar consejo, bien; ahora es a ti a quien te toca irte a la mierda ¿si? ‒dijo el policía.
‒Dame otro trago de mierda de ésa, y ya ‒dijo el viejo, al tiempo que señalaba con los labios la botella que Colmenares había dejado sobre el escritorio.
‒La verdad, no es mala idea. Puede que así termines tan pesado que no puedas ni pararte de esa silla, y termine yp, por fin, llevándote cargado a tu casa. Ese es el trabajo de un policía aquí, en Buenaventura. Cargar mierda. A veces viva. A veces muerta. A la celda, al cementerio. Siempre hay alguna que cargar. Tú sabrás. Toma. ‒dijo el policía, y pasó la botella al viejo.
‒No pienses que soy tan estúpido. Sé lo que hago. Quizás no sea tan buen policía como UDS., pero yo también estoy dispuesto al asunto, a lo que sea, y preparado. Así que sólo un poco; tú sabes, para mantener despierto el ánimo. ‒dijo el viejo. Luego de beber un trago, agregó, mientras mostraba la botella al aire ‒además, no es mucho lo que queda aquí ¿eh? Después de todo, como que tendré que ir al “Claro de Luna”. Sí, seguro paso por allá. Por cierto, Colmenares ¿cómo anda el negocio?
‒¿El “Claro de Luna? ‒preguntó el policía.
‒Ajá ‒dijo Medina.
‒Bien, bastante bien. Tú sabes cómo es. Esas vainas nunca van mal, ni cuando están mal. La gente no piensa y, cuando lo hace, prefiere no saberlo. Para distraerse nada como jugar con lo que se tiene entre las piernas. Licor y sexo, viejo: ni los miserables se resisten. Así dice Clarita, y es verdad. ‒dijo el policía.
‒Y qué con la “boca e’ burro” ¿sigue allí? ‒preguntó Medina.
‒¿Clarita? ‒preguntó el policía.
‒¿Quién más? ¿Ya le contrataste un arquitecto que le remodelara la jeta, acaso? Para eso no hace falta un dentista, sino un ingeniero. ‒preguntó Medina.
‒Este pueblo es una mierda. No pueden dejar a la pobre en paz. En fin. Sí, sigue allí. En realidad, ella es la que se encarga de todo. No me quejo. Es muy buena para eso. Para las cuentas y para traer gente. No sé, tiene un imán muy especial. ‒dijo Colmenares.
‒Pero podría ir mejor. ‒dijo el viejo.
‒¡Bah! No me vengas con tu joda y planes de progreso. Que si con Montenegro construimos el paraíso en Buenaventura. Eso es mierda, viejo. Pura fantasía, y menos mal que es así. Esta vaina está bien así. ‒dijo Colmenares, mientras veía al viejo empinarse lo que quedaba en el fondo de la botella.
‒Es el problema de esta gente. Se niega a progresar. Esta mierda se acabó. Me voy al “Claro de Luna” ‒dijo Medina, y se dispuso a salir.
‒Yo me quedo, de guardia. Ya tendré que salir por allí a recogerte del suelo. Si no es muy lejos, mejor ¿eh? Esperaré a que vengan a avisarme dónde. ‒quedó gritando Colmenares mientras veía las espaldas del viejo al salir.
A lo lejos la bombilla roja colgada en la pared. ¡Ja!. La luz al final del túnel. Que mierda. Y qué ¿esta vaina la empujaron más allá o qué? Estos no son capaces ni de echar una pelada al monte. Supongo que éste es el camino. Pero en esta oscuridad ¿Echaron pegoste o qué? ¡Coño, el zapato! ¿Dónde coño está el zapato? Los zapatos; casi nuevos. ¡Aquí está! Que mierda ¿Y cómo hago para ponérmelo? A ver. Viejo de mierda sentado de culo. Allá está la lucecita. Pero ¿se aleja o qué? Levántate y anda, y deja de quejarte. Esta vaina como pica. Malditos. Pero allá está la luz, al final del camino. Siempre hay una luz al final del camino ¿Y la cartera? Aquí está, menos mal y no se cayó, porque para conseguirla en esta oscuridad, ya te veo. El revólver. ¡Coño, el revólver! Menos mal y lo llevaba en el bolsillo, porque lo traigo en la cintura y ya te cuento el hueco en el estómago. Bueno, allá me termino de sacudir y me arranco los cadillos. Que mierda. Y, después que llegues allá, qué. No sé. Ya veremos. Pero no voy a devolverme ahora. Ya he hecho más de la mitad de este camino de mierda. Pero esa luz parece cada vez más lejos. Sí, esa luz al final del camino es una mierda ¿Y qué tal si esto es el mismo maldito sueño del que creo haber despertado esta mañana? Eso explicaría ese alejamiento. La verdad, parece que no voy a llegar nunca ¿Cuánto faltará? Y si es el mismo maldito sueño ¿qué puede importar cuánto falta? Sea lo que sea, tiene que terminar. A ver, un poco más. Llueve. Sí, llovizna. No me jodas. Cuando de mierda se trata, hasta del cielo ha de caer.
Cuando por fin Medina empujó la puerta del "Claro de Luna", se quedó parado en medio del salón lleno de gente. Al fondo, podía observarse el patio vacío bajo la llovizna y parte del techo de cinc de la pieza. Al principio, nadie lo notó. En medio del jaleo y la charlatanería, el viejo avanzó hasta la barra y se encaramó en un taburete. Entonces comenzó a caer mirada tras mirada sobre aquella figura que se sostenía como un pájaro friolento posado sobre un alambre bajo la lluvia. Al fondo se escuchaba alguna tonada cursi e insulsa, el rumoreo de la clientela, un anónimo cuchicheo de putas. Un trago de ron en uno de esos vasitos cortos. El que lo sirvió, se apartó enseguida. Otro cagón más. Está vivo. Claro que está vivo. No te lo dije; lo vi esta mañana. Pero ¿es el viejo, de verdad? Ahí está ¿Qué apuestas que voy y me le siento al lado? Estás loca. Yo no voy a atender esa cosa ¿Qué apuestas? Ajá, y si se empeña en que quiere ir a la pieza ¿qué? ¿te lo vas a tirar? Ésta es capaz de cualquier cosa. Bueno ¿qué apuestan? La mitad de la propina ¿va? Mira que nos deja peladas, la muy puta ¿eh? No, yo no voy con nada. Si quieres ir, vas. Allá tú. Clarita se acercó y colocó su mano sobre el hombro del viejo. De reojo, Medina observó las uñas largas color leche.
‒Tú. ‒gruñó el viejo.
‒¿De dónde sales tú, viejo? Cuánto tiempo ¿eh? ‒preguntó Clarita.
‒¿Yo? De la tumba, o al menos eso piensan todos ¿Tú no? ‒dijo Medina.
‒Pues viéndote bien… así parece. Mira nada más ¿Dónde agarraste todo ese barro? ‒dijo la mujer mientras arrancaba algunos cadillos de la ropa del viejo.
‒¿Has visto a Romero? ‒preguntó Medina.
‒Sí ‒Respondió Clarita.
‒¿Cuándo? ‒preguntó el viejo.
‒Temprano, esta noche estuvo por aquí. ‒respondió la mujer.
‒¿Volverá? ‒preguntó el viejo.
‒No lo creo. Estuvo un rato. Ni siquiera bebió. Bueno, sí, pero sólo una cerveza, que de tanto que la manoseó se le debe haber vuelto caldo. ‒dijo la mujer, al mismo tiempo que iba aproximando muy lentamente su mano a la pierna del viejo.
‒Se fue temprano, entonces. ‒susurró entre dientes el viejo.
‒Ajá ‒exclamó la mujer.
‒Claro. Alguien debe esperarlo en la casa ¿No? Su nueva casa, como quien dice ‒dijo el viejo.
‒No lo sé. Dicen que se mudó a la casona abandonada, allá, en la otra punta del malecón. Hasta donde yo sé, esa vaina es una ruina ¿no? Sólo perros y locos se meten allí ¿A quién se le ocurre? Bueno, se sabe que el Comisario es medio raro ¿Sabías que ahora se la pasa con un perro? Hoy, cuando estuvo por aquí, el animal lo esperó afuera ¿Por qué tan rápido, mijito? Le pregunté cuando se iba. Me esperan allá, dijo señalando con el dedo gordo hacia la puerta ¿Quién? Pregunté. Perro, dijo él. Ah, el perro, sí, dije sin poder contener la risa. Perro, cortó el hombre secamente. Yo lo miré sin entender. Se llama Perro, insistió, y luego se fue ¿Qué te parece, eh? El perro se llama Perro ¿Tú le pondrías un nombre así a un perro? Está medio loco, el Comisario. Pero es un buen sujeto. La verdad, así me parece. A veces me pregunto si no anda huyendo de algo, o alguien. La gente se mete en cada lío. Quién sabe si éste no anda hasta el cuello. Tú sabes, si quieres perderte del resto del planeta, nada como Buenaventura. ‒la mujer calló de súbito, cuando sintió el bulto en el bolsillo del viejo. Entonces preguntó: ‒¿y qué llevas allí?
‒Lío en el que se metió conmigo el policía. ‒dijo el viejo con la mirada fija en el vacío de su propia rabia.
‒Vamos, viejo. Déjate de eso. Ya todo el mundo sabe lo de la bronca que le tienes al Comisario por lo de Susana. No vale la pena. Yo que te lo digo. Por qué no te relajas un poco y nos vamos a la pieza ¿eh? ‒dijo la mujer mientras continuaba con su mano hacia el entrepiernas.
‒¡Ahora no. No estoy para eso! ‒cortó Medina.
‒Vaya. ¿Qué pasa esta noche que los hombres? Humor de perro, el que tienen! ‒exclamó molesta la mujer y se alejó.
A medida que escampaba, algunos se iban al patio y se quedaban viendo al viejo, ahora solo en la barra, sumido en el odio y ante el horror de su propio espectáculo, que se iba tomando más horroroso a medida que avanzaba la noche. Me gustaría saber la hora. Eso me gustaría saber. Pero este reloj. Mierda. Para qué verlo ¿Acaso no habría sido mejor morir anoche, sobre la cama limpia e impecable que su endeble cuerpo no había sido capaz siquiera de arrugar? ¡Ja! Este cuerpo, si no está muerto ya, cuánto pesa, el miserable. A lo mejor ya está muerto, y lo único que he hecho es sacarlo a pasear por esta callejas de mierda. Quién sabe. Puede que sea esto lo que los filósofos llaman estar con uno mismo. Lo que sea, es un cuerpo lamentable por el que no me puedo lamentar; un envase, eso; un envase sucio y golpeado y lleno de tierra, que he tomado prestado a la eternidad y llegó la hora de devolverlo. Toma. Aquí está tu mierda. Te lo devuelvo. ¡Ja! mira que usadito. Puede que ni siquiera lo acepte la eternidad. No, claro. La eternidad no acepta esos cacharros. Por eso entierran a la gente, para que los gusanos limpien la podrida carne de la osamenta. Al menos, anoche, habría muerto limpio y en su lugar, este cuerpo de mierda. Todo estaba tan quieto; la noche y sus sutiles transparencias, la luna lejana y fría, el conocido y siempre inescrutable sonido del mar. Todo, incluso él mismo, estaba poseído por la armonía del desprendimiento, y no, como ahora, revoloteando en tomo suyo, cayendo en el abismo de sí mismo. Si hasta el cura cumplía con la divina misión de bendecir todo aquello. Pidió una botella para llevar.
Quienes entraban o salían del "Claro de Luna", veían a un Medina de cabeza volcada sobre la barra y que a duras penas se sostenía sobre el taburete. Hundía las manos en la cabellera enmarañada. Mejor que me levante y me vaya. La camisa blanca, sudada y sucia se le salía por los bordes del pantalón a la altura de la cintura ¿Y cómo hago ahora para bajarme de esta vaina? Los comentarios iban y venían de una punta a otra del "Claro de Luna". A ver; primero un pie. Casi todos presagiaban un desenlace fatal, y había quienes apostaban que el desastre no pasaría del amanecer. Todo era tan distinto anoche, aquella noche, que ahora me parece tan lejana, tan quieta y silenciosa, en comparación con este ahora. Entre los vapores del ron y las lamentaciones, Medina escuchaba el ambiguo y confuso rumiar de todos en tomo suyo. La muchedumbre, su Juicio final e interminable. Por qué no se callarán todos de una maldita vez, a ver si termino de bajar de esta vaina. Cuando me encaramé, no parecía tan alto. Las murmuraciones caían como una lluvia que enturbiaba el mar y llegaba hasta sí para dejar en las playas de su muerte la estúpida opinión de cada quien. Ahí voy. De súbito, se produjo entonces la estrepitosa caída. Medina se fue de lado y, desde el piso, observó aquellas cabezas que lo observaban desde lo alto. Era la primera vez que veía a Buenaventura desde abajo. Aquellos zarrapastrosos parecían haber tomado el cielo por asalto. Jalonado por brazos y manos que salían de todas partes, Medina se incorporó entre desprecios y maldiciones que prodigó generosamente. El reloj ya no estaba en su muñeca. Pero el viejo ni se percató de ello.
Ya fuera del “Claro de Luna”, aunque caminaba rozando las paredes para no caerse, volvió a caer varias veces. Anduvo el estrecho sendero entre el monte, hasta que alcanzó la calle. Se sentía perdido a lo largo de aquellas calles harto conocidas. Luego de más de una hora, como pudo llegó hasta la zona del malecón, con el propósito de caminar en línea recta hasta la casa de Martín Romero. Pero ya habría tiempo para eso. Primero estuvo largo rato caminando por la playa. En la arena húmeda se dibujaban las curiosas huellas de sus pasos de caso acabado y hombre soberbio, al que sólo le iba quedando su cabo y su soberbia, y que la marea borraba en un ir y venir indiferente ¿La muerte acecha? Debe ser ese ruidito extraño, que sólo un especialista en cosas extrañas, como yo, puede percibir. Ese pitido, tenue pero constante, allí, enredado en el cuerpo invisible de la brisa que trae el aliento de la noche. O ese olor, igual enredado en la brisa marina. O ese chasquido en que terminan las olas rotas. También la adivino en la transparencia negra de los cielos, o en ese transcurrir ya frío que me suda en las manos. Que monótono es todo esto. El modo en que cada cosa, tan diferente, habla, sin embargo, en el mismo lenguaje indiferente. Pero aún estoy vivo y soy quien manda aquí. Quien no lo entienda así, se las verá conmigo ¿Y a quién lo dices? No importó a quién. Era casi la media noche cuando lo juró así, en medio del ruido del viento y una amarga melancolía que nadie escuchó. Tanto mar y tanta noche. Tampoco te toman en serio. Sacó el revólver del bolsillo y lo disparó al aire. La detonación y la borrachera lo sentaron. ¡Ja! El viejo de culo. Que no es lo mismo que culo de viejo ¿eh? Bueno. No importa. No lo intentaré por ahora. Reposaré un rato. Será más fácil bajarme de aquí que de ese maldito taburete. Viejo de culo sentado con ese culo de viejo que ya no siento. A ver. Calculemos. Si a seis le quito uno me quedan cinco, bisbisaba al tiempo que veía, como si en vez de verlas las recordara, las olas de brillante cresta que se repetían una tras otra. Viento, sol apagado, luna llena, olor a alga y hierro, piedras, sonido de piedras arrastradas en el vaivén de la resaca y su propia resaca cuerpo adentro que por no saber cómo sentir suya sintió ajeno. Estás viejo.




