textos, pretextos y otras mentiras...

..

Por alguna razón, en la que el Padre Claudio no mostró interés alguno, Medina no terminaba de marcharse. Incluso el cura se dirigió a la puerta de la sacristía que daba directo a la calle, pero Medina hizo un gesto según el cual indicaba que volvería por donde vino. El cura se encogió ligeramente de hombros, y esperó. El viejo hurgaba en sus bolsillos, miraba hacia la puerta de salida, los libros amontonados, el cura y la radio. El cura aguardaba. Por fin, desde afuera, ya en la nave de la iglesia, a través del curso tardo de la luz que ya ha dejado atrás la verticalidad del mediodía, se desdibujan los cuerpos que quedan allí dentro; cura y cosas inmersos en la sombra recalentada de aquella habitación, como si se disolvieran en la mirada amarga del viejo.

El cura, de ojos hinchados y rostro cansino mira al viejo sin saber para qué mirarlo más. Ya se va, ya se va. Dele, pues. Siga su camino ¿A qué eso de estar allí parado en medio del pasillo como un perro? Siga, siga, no más. Y el cura va empujando la puerta de a poquito. Hasta que, dispuesto a no esperar más, el cura cierra la puerta con cuidado y suavidad, como si no quisiera que Medina dé cuenta. Tras. No sonó, la puerta. En verdad no sonó, nada se escuchó. Pero cualquiera sabe que, de haber sonado, se hubiera escuchado un profundo y ahogado tras, cuyo eco hubiera retumbado entre las paredes adornadas con retablos e imágenes religiosas. Medina comenzó a caminar de regreso por donde había venido. Era como volver de un inútil peregrinaje a una tierra prometida que nadie le prometió. Bien. Me voy, me voy. Que duerma tranquilo, Padre Claudio. Lo miraban los ojos de una virgen rodeada de santos y que llevaba un niño desnudo en brazos. El viejo miraba de reojo. Hasta el muchachito ése de cachetes rosados y ojos como remarcados con lápiz de mujer, lo miraba con descaro. Este cura. Sería incapaz de decirme que me vaya a la mismísima mierda. El prefiere hacerlo así, pausado y quedito. San Metodio y San Cirilo, vaya uno a saber qué hacen aquí desde tan lejos. Ese retablo lo trajo el Padre Claudio y dijo que eran rusos. Debe ser. Tienen cara de comunistas. No más mira como miran. Medinita, vete a la mismísima mierdita, como quien dice. Siempre tan cuidadoso y sutil, Padre Claudio. San Francisco, el pordiosero. San Miguel, el protector de tenderos y marineros. ¡Bah! Este cura no te toma en serio. Me escuchó. Es verdad. Lo reconozco. Me escuchó, como siempre lo ha hecho las pocas veces que ha tenido que hacerlo. Es un hombre que cumple con su trabajo. Siempre lo he dicho. La luz, que se mete por el portón. Aquí todavía está fresco, en comparación con el calor de allá afuera. Podría sentarme un rato en la punta de este banco. La madera es lisa y fresca. Quien sabe si hasta rezo algo. Mierda, cuánto tiempo que no lo hago. A ver. A lo mejor con un padre nuestro, un credo y alguna otra cosa que no recuerdo de esas tres que siempre van juntas y me encajaban en cada penitencia en lotes de cinco o diez, dependiendo de la magnitud del castigo que hubiese que pagar. Eso es algo que nunca entendí. Rezar, digo yo, es como hablar con Dios, y hablar con Dios debería ser lo más anhelado, digo yo. Entonces ¿cómo es posible que te lo impusieran como castigo? Bueno, no es que me queje ahora, es sólo que recuerdo. Tú sabes. En fin, Dios entenderá, digo yo… porque uno, ya viejo, que carajo, la memoria falla ¿no? Veamos. O este reclinatorio es muy duro o estas rodillas mías demasiado huesudas, pero esta vaina es el propio calvario… perdón… No es que me esté quejando ahora. Dios entenderá, digo yo. Mejor que me siente. Sentado. De rodillas. Es igual, supongo ¿no? O un rato sentado, un rato de rodillas; eso también puede servir, digo. O, quizás, mientras más incomodidad y sufrimiento, la cuestión es más efectiva. Sabemos que estos santos, que tanto me miran, sabemos que lo son sobretodo por el hambre que pasaron y las enfermedades que padecieron, la pobreza a la que se entregaron. Pero yo no soy santo. ¡Ja! Santo yo, Medina. No soy más que un mortal de mierda. Eso lo sabemos bien. Bueno ya. Suficiente de consideraciones. Si vas a rezar, venga de una vez con la primera. A ver, la cuestión comienza con padre nuestro que estás en los cielos… sí, claro, lo sabemos. Pero ¿y el tono? Por queese no es el tono ¿como colegial leyendo de memoria? Vete a la mierda, Medina. Sí, como no; el cielo entero debe haberse conmovido con tu rezo. Los ángeles vierten sus lágrimas no más escucharte. De corazón, viejo, de corazón, como quien dice. Bueno, sí, pero y ¿cuál es el tono? Porque ha de haber un tono para estas vainas; si no ¿qué gracia tiene? La Gracia, claro, a eso, al tono, se refiere la gente cuando habla de La Gracia ¿Y entonces? Esto no tiene sentido. Yo sólo quería disfrutar un poco del fresco y en este banco. Estaba dispuesto incluso a rezar, porque es lo que se hace en un reclinatorio. Mierda, todo se veía tan sencillo como la madera de estos bancos provocativos. Pero que va. Viene un viejo de mierda, se sienta, que si recuerda, que si el castigo, que si los huesitos picudos de las rodillas. Demasiado complicado. Creo que lo mejor es dejarlo así y salir. Igual hay que salir. No puedo hacer como el cura, que se encierra a dormir allá adentro. Que duerma. Tendrá mucho sueño.

Bueno, pero igual hay tiempo. Tampoco tengo que salir corriendo. Nadie me está echando, que yo sepa. Puedo tomarme el asunto con calma. Comencemos por pararnos poco a poco ¿En qué estaba? Ah, sí, el cura. El cura, digo, me ayudó. No sé a qué, la verdad, pero me ayudó. Cierto, no lo sé. Como tampoco sé qué hago en este banco, sentándome y arrodillándome, y vuelto a sentar y vuelto a arrodillarme, buscando el tonito a un Padre Nuestro. No digo yo, ni que fuera una canción. Sin embargo, el cura, sí, esa forma de reír, de repente. No sé. Vaya uno a saber lo que pensaba el cura mientras yo hablaba. Ahí se levanta lo que yo llamo el negro del pensamiento ajeno. Esa pared por la que nadie puede, aunque lo intente, trepar. Siempre es así. Recuerdo a la Susana, cuando yo le traía los jabones y los talcos que tan divinos le iban en esa piel… estamos en la iglesia ¿eh? ¿Te gusta? Y movía así la cabeza, y hasta sonreía, la Susana, con esa sonrisa espléndida que le entreabría los gruesos labios… quiero decir, sonreía, con lo que yo entendía que sí, que le agradaban mucho aquellos jabones y aquellos talcos que yo traía por cajas del mercado cuando iba a Caracas. El avituallamiento, General, el avituallamiento, decía siempre el dependiente. Creía que yo era general retirado. Fue ocurrencia suya, cuando dijo UD. es… déjeme adivinar… General, general retirado, pero igual, siempre General. Uno no debe guiarse por el tamaño, que va. Los más pequeños suelen ser los más severos y temibles; bien que lo aprendí en el ejército, Mi General. Yo me quedé callado desde la primera vez. Vaya que el tipo sabía vender. Susana abría las cajas y sonreía. Pero también estaba allí ese silencio, según el cual jamás supe lo que en realidad pensaba. Y me pregunto ¿en qué pensaría el cura éste cuando estalló en risa? Quizás esté medio loco el cura, Pero los locos también piensan. Esa es la cuestión; no hay quien no lo haga. Siempre en silencio, a hurtadillas. Cuanto me gustaría saberlo. Eso. Siempre me ha gustado: saber lo que la gente está pensando. No es algo que se pueda descifrar en palabras. No, que va. Las palabras corrompen ese silencio tan íntimo y hermético. Es algo que sé por mí mismo. ¡Vaya que si lo sé!. De niño siempre me imaginaba como testigo dentro de la cabeza de quien hablaba. Por ejemplo, del para entonces todavía tío Segismundo. Lo recuerdo en la penumbra del salón de la enorme casa que nunca terminó de construir, hablando con papá y mamá de sus enormes planes. Vaya que pensaba en grande, el viejo. Lo que pensaba, de grande, parecía no caber en aquella enorme casa. Papá y mamá lo veían con cara aburrida. Yo me preguntaba por lo que no decía, por ese silencio que me imaginaba como una suerte de animalillo oculto en el hueco del cerebro y mirando a través de los huecos de los ojos. A veces imaginaba que era un ratón; otras una rana. Hasta llegué a imaginarlo como un grillo. Eso me gustaba, porque brincaba de una lado a otro de aquella cueva huesuda, a lo mejor eran muchos grillos brincando. ¡Ja! Que bobo. Nunca conté a nadie esas locas imaginerías, pero, acosado por ellas, era que solía ver a hablar al tío Segismundo, incluso mucho después, cuando se convirtió en el viejo Montenegro y no volví nunca a llamarlo por su nombre. Ahora recuerdo el movimiento de sus ojos y, también, de sus orejas. Sus largas orejas se le movían cuando hablaba, como si estuvieran sujetas con un hilo invisible a la filosa mandíbula. No recuerdo lo que decía. En realidad, nunca presté atención a lo que decía. Más picaba, como digo, mi curiosidad lo que pensaría, lo que podría yo escuchar de asomarme a los adentros de su cerebro revuelto, decía yo, en grillos silenciosos y saltarines. El pensamiento. ¡Oh, el pensamiento! Todos ponen esas caras largas y meticulosas al estilo filosófico. Pero que va, Medina no cree en esa mierda sublime. A mí mas bien me parece chillidos en silencio, verdades ocultas y cochinas que nos llevamos a la tumba luego de ir muriendo de a poquito. Cuando alguien habla, en realidad, no dice la mitad de lo que piensa, y si a eso se suma que la mitad de lo que la gente dice es mentira, resulta que todos siempre hemos estado en silencio mientras hacemos bulla, como las guacharacas, cuando la tarde cae y le gritan a la noche, digo yo. Bulla silenciosa. Bueno, yo me entiendo. Sí… ¿qué estaría pensando el cura? ¡Bah! Quédate ahí. Que duerma tranquilo, el cura. Sacristía. Ese lugar es un desastre. El cura, pobre; parece un coroto más en ese cuartucho lleno de libros y corotos. Aunque no parece lamentarse mucho por ello. No sé por dónde empezar. Mentira. Eso no es cierto. Él lo sabe. Ese cura ya no es capaz de empezar nada por ningún lado. La Rita tiene razón. Anda como perdido, el cura. Lo entiendo. Aquello sólo lo dijo por disimular. Bueno ¿y qué? Termina de salir. Sí. Ya voy. Mis rodillas.

Sol de la una, una y media, mas o menos, debe ser. A ver. No puede ser. Esta mierda se paró. Pero si le di cuerda esta mañana, y lo comprobé antes de salir. Nunca me ha fallado. ¿Por qué ahora? Las once y veinticinco. Entonces todavía estaba yo en lo del cura. Ni cuenta me di. La verdad es que estaba yo entretenido hablando más que una cotorra. Que si la confesión esto, la confesión lo otro; que si la oración esto, la oración lo otro ¿Y qué me puede importar a mí todo eso? Después de viejo, teólogo ¿O qué? Hablando con un cura las mierdas que no me interesan, en verdad. Que mierda. Esto nunca me había pasado. Le di cuerda esta mañana, temprano, y todavía estaba andando. Sacudón de muñeca. Nada. Como muerto ¿Por qué te paras? Golpecitos con la punta del dedo sobre la mica. Tac, tac, tac. A la Antártida con la marina norteamericana, y a la mierda con el viejo esta mañana. Justo hoy. No digo yo. Todos me abandonan. Hasta el maldito reloj. En fin. Mañana será otro día ¿Estás seguro? ¿Quién dijo eso? No. Un momento. Nadie lo ha dicho. Yo mismo, debe ser. Quizás lo he pensado, y sólo creí haberlo oído. Este reloj me ha sacado de quicio. Eso es lo que pasa. No te quejes. Durante largos años jamás te falló. Sí, eso es cierto ¿En cuántos años? Muchos. Ahora no lo sé, pero muchos años allí en mi muñeca dando la hora. Pasa que uno se acostumbra a los relojes que no fallan. De pronto, fallan. Y entonces uno se siente tan extraño. Veamos ¿a dónde vamos?

Al despacho no. Quizás valdría la pena pasar por allí un rato, a ver qué pasa. Verle la cara a Valbuena. Esas paredes, esas ventanas, esos anaqueles. La imagen del Rómulo allí, medio tostada. Nos jodimos, viejo. El mestizo de primero en las encuestas ¿Qué te parece? Tú no hubieras permitido que algo así pasase. Claro que no. Tú y yo lo sabemos. Pero sólo tú y yo, por lo que veo. Le dieron cuerda al soldadito, y mira cómo les picó adelante. Estos maricones no son más que políticos de micrófono. Porque eso sí, para lamerse un micrófono y tomarse la foto siempre están prestos y listos, los muy maricones. Siempre listos, con su caritas ceja levantada. Imagino que hasta sentados en el retrete levantan la cejita los muy maricones. Tú sabes, es preciso emprender una completa y estructural reforma del Estado, y esas mariqueras en la que ya llevan no sé cuantos años. Y lo dicen con las cejas así, hacia arriba, porque para ellos la inteligencia es cuestión de cejas bien decoradas. Reformen todo lo que quieran, muy bien. Pero en política al enemigo se le tiene cerca, o muerto. Ellos no. Ellos lo confinan a una celda, y luego se sacuden las manos como si con eso el asunto estuviera resuelto. Ahí estuvo el primer error. Le dan toda la pantalla a un carajo que se declara responsable por lo que ha hecho ¿Dónde se ha visto que en este país alguien se declare responsable de algo? Con eso ya lo habían sentado en la silla. Pero ellos ¿qué? ¿Se dieron cuenta? Ni puta idea de la cagada que pusieron. De vuelta a la televisión, a lamer micrófonos y levantar las cejas. No, claro, si ya lo pararon, a éste, con sus titulitos de mierda. Está bien que les pase. Que los joda el soldadito y termine de irse a la mierda este país ¿Y yo? Yo sigo en mi despacho. Esas paredes, esas ventanas, esos anaqueles. La imagen del Rómulo allí, medio tostada. Pero mi despacho, al fin y al cabo, donde el país no parece terminar de llegar nunca. El olor de las carpetas y los papeles. Puedo recordarlo. Como si lo estuviera oliendo desde aquí. Mi despacho. El centro mismo de esta vida que aún no termina de dejarme del todo ¿Estás seguro? Sí, estoy seguro. Esas voces no me podrán a dudar. Ya les voy tomando el ritmo. ¡Ja! Medina es de los que sobrevive hasta en el más allá. Sí, señor. Mi despacho. Tú despacho ¿Ves? Así es el lugar de trabajo. Después de tantos años, pasa que uno ha ido dejando su presencia en tantas cosas insignificantes, pero que lo son todo. Mis carpetas. Mis papeles. He sabido de viejos que, aunque vivos, han muerto de melancolía luego de haberlos sacado del lugar de trabajo. No importa cuán estúpido sea tu trabajo. Fuera, estás fuera. Es mejor podrirse dentro que, fuera y viejo, no tener a dónde podrirse. Esa es la lógica de durar. No hay otra. Debe ser eso lo que pasa.

Pero yo no estoy melancólico. Sigo siendo el jefe aquí. Además, pasa que no quiero ver al gordo ahora. A lo mejor hasta lo despido. Ya pensaré mejor el asunto. El problema es dónde hallar un sustituto. Porque, un despacho sin secretario, no es tal. El secretario es la antesala; la distancia y, al mismo tiempo, la llave de acceso. Un despacho sin secretario… no, que va. Al final, ha resultado fundamental el gordo, mira tú. Todavía debe estar allí. Seguro que no se marchará hasta última hora de la tarde, para que yo no tenga razón alguna para reclamar. Sí, el gordo es todo un secretario, claro. Pero si supiera el gordo que no sé por qué razón eso no me importa hoy. Pensaré el asunto con más cuidado. Más me preocupa el reloj… y ¿qué otra cosa me preocupa? ¿a ver? Mierda con las preguntas que me hago. Las cosas se me olvidan. Pierdo el hilo. Este sol y esta brisa no me sientan bien. Quizás más tarde, pero no ahora. Sí, quizás más tarde vaya a mi despacho. Cualquier cosa, para eso tengo un secretario. Mi despacho. Eso siempre suena bien, ¿eh, Medina?

Digo yo, que me las hago yo ¿Qué cosa? Las preguntas. Ah, sí, las preguntas. De pronto, lo que me digo parece venir en forma de voces extrañas y confusas que, si vienen de mí, me son ajenas, provenientes de lugares que desconozco de mi. Son como murmullos de vieja. Pero ya las voy controlando. Claro que sí. Vamos, viejo, tú como que estás un poco tarado ¿Ves? ¿Ves lo que digo? Pero ¿a quién le hablo? Eso es otra cosa ¿A quién le hablo? Bueno, lo que sea ¿En qué andaba yo? Ah, sí ¿A dónde vamos? Por momentos pierdo el hilo. Cualquier cosa, la más insignificante, me distrae. El secretario. Mis carpetas. Mis papeles. Debo poner más cuidado, o ni siquiera lograré volver a casa hoy ¿A dónde vamos? Por ahora a lo del gordo no voy; digo, a mi despacho, quiero decir. Ese gordo… no sé. A decir verdad, un mal secretario no es. Pero eso de mudar mis papeles es imperdonable, sobretodo en un secretario ¿Dónde está la lealtad, el que da la cara por uno atrapado en lo vericuetos de la burocracia? El gordo estaba dispuesto a dar la cara, y de qué manera, sentándose en mi propio escritorio. No digo yo. Nada. Alta traición. No se puede llamar de otra manera. Nunca pensé que llegaría tan lejos. No se lo perdonaré jamás. El muy cretino dejó pelado el despacho, el escritorio de toda la vida. Que vida ¿Cuántos años? ¿Cuántas veces vas preguntar cuántos años? ¡Vaya que es rápido el desgraciado! Licenciado Valbuena, UD es una mala persona y un traidor. Así que lárguese de inmediato de mi despacho. No. Demasiado emotivo. No hay que dar explicaciones. Que se pudra él mismo buscándolas, si es que las requiere. Ese es el tono. A ver. Licenciado Valbuena, he aquí su renuncia. Le agradezco se sirva firmarla de inmediato. Eso está mejor. Luego ver su cara impávida mientras piensa en la gorda de su mujer, los dos sentados a la mesa, comiendo con desgano mientras imaginan qué van a comer mañana. Sí, eso está mucho mejor, impersonal, tono de memorando, desgracia silenciosa mientras mueven las mandíbulas lentamente. Ya tengo el memorando aquí. Lo escribiré cuando vuelva de nuevo a mi escritorio. Pensaré en el asunto cuando pase por el despacho. Mi despacho. Allí debe estar todavía, el gordo. Pero, también sé que, a esta hora, ya debe haber retornado todas las carpetas y papeles al escritorio. Lo conozco, al gordo. Jamás se me ha enfrentado. Nunca lo hará. Es más bien silencioso, astuto, adulador y callado. Claro, su misma ruindad lo hace tan buen secretario. Quién sabe si hasta haya limpiado las cochinas ventanas. No, eso es algo que no hará nunca. También es un perezoso. En fin, da igual. Nada de esto tiene importancia ahora. Que por ahora duerma tranquilo también, el gordo.

El gordo. Su cara estúpida delante de mí, y ahora, luego de pensar en él, no puedo deshacerme de esa cara. No es la primera vez que me pasa. Claro que no. Sólo que ahora, que pienso en echarlo a la calle, me molesta que siga allí. A ver. Sal para allá, gordo. Nada. Me mira con su mirada incansable. Porque tiene una mirada incansable, el gordo. No cambia de tono. Como si dejara los ojos encendidos mirando, y el resto del cuerpo estuviese, mientras tanto, descansando. Bueno, ya se irá, el gordo. Así ha sido siempre. Cuando menos lo pienso, ya no está allí. Si me empeño, será peor. Por ahora me iré a lo de Rita. Ya no quiero que estos que, de vez en cuando, van o vienen, me sigan mirando al pasar como si yo fuese un extraño. Bueno, que la verdad, aquí parado, en medio de la calle, mirando a un lado y hacia otro, te hace lucir bastante extraño. Debo llevar lo menos poco más de media hora en esto. Pero ya no puedo confiar en mis cálculos mentales y mi percepción del tiempo. Cálculos mentales. En este momento eso me suena a cálculos renales ¿por qué será? No digo yo. Sin reloj, que mierda. Sin reloj, todo es incierto. Si el reloj está descompuesto ¿cuál es el momento? No, no. Por ahí no. Olvida ya el maldito reloj y ponte en camino. Vamos.

Ahí va Medina. El viejo camina a paso lerdo por la calle que lo conduce a la Pensión Rita. Ocultos tras las puertas y ventanas a lado y lado de la calle, algún ojo aquí, otro más allá, sigue con paciencia tan pausado transcurrir. Porque, la verdad, Medina se parece a las horas y minutos de esta hora, en la que el sol, aunque menos incandescente que al mediodía, es más lento y perezoso. Entre tantos ojos, los de Rita, que ha visto cómo el sol de la tarde proporciona esa textura vidriosa al gris de la cabellera de Medina y una sombra larguirucha y oblicua que sigue a su paso por la derecha, para quienes le ven de espalda, luego de pasar; por la izquierda para quienes lo hacen de frente, antes de haber pasado, como Rita. La brisa, parece que lo empujara, o más bien que pasara a uno y otro lado en leves ráfagas que, tropezándolo, lo ignoran, le levantan el cabello y el saco desde atrás, y se le vienen los mechones a la cara. Medina intenta volverlos a su sitio pasándose la mano de dedos entreabiertos por la enmarañada cabeza. Se detiene. Mira hacia atrás. Reinicia la caminata. El siempre paciente y voluntarioso Medina, pero cuanto tarda, el viejo. Un paso demasiado lento para ser Medina, que siempre fue de paso corto pero rápido. Hoy es de paso corto y lento, como si no quisiera terminar de llegar, como si buscase emular la hazaña del reloj que aún lleva en la muñeca. Eso huele a muerto. Sí, si la muerte hiede, en este caso, debe hacerlo así, a paso corto y lento. Lo dices porque estás viejo y desengañado. Sólo yo sé cuanto he muerto, cada quien ha de saberlo por sí solo.

Allí se acerca, Medina, al ritmo de esas piernitas blancas de rana. Ayer, en la tardecita, estaban ocultas bajo las sábanas. En aquella cama ancha aquellas piernitas blancas de rana. Las puntitas elevadas como piquitos al final del cuerpo corto y recto. De veras que se veía chiquito, como si se hubiera encogido después de lavarlo muchas veces. Porque, además, mira que estaba blanco. Uno diría que lo remojaron durante días en cloro. Y ahora ¿qué hará allí, parado como un palo frente a la entrada? Tiene la mirada perdida. Dicen y que, hace un rato, estuvo parado más de una hora en medio de la calle. Y ahora parado allí, con esa mirada perdida sobre el cartel. Mira que ojeras y que amarillo. Pobre viejo. No sé por qué lo digo ahora. Sólo eso. Pobre viejo. Sigue vivo.

Pensión Rita. Habría que cambiar ese deteriorado cartel. Se lo dije el mismo día que decidió abrir la pensión, luego de vender el “Claro de Luna”. Que tontería. Botó la mejor oportunidad que jamás haya tenido alguien en esta mierda de lugar. En fin. Y yo que hasta le había conseguido nombre al lugar, y estaba dispuesto a poner el dinero que hiciese falta, y Rita que no, que ella no quería seguir llevando esa vida. Pendejadas, Rita; pendejadas. La verdad que, también, ya vieja, claro. Pero tú sólo tienes que administrar, Rita, administrar; el trabajo siempre sobra quien lo haga . Piensa. Tienes que cambiar esa mentalidad. Que cortedad. No pienses con el entrepiernas. Piensa con la cabeza ¿Por qué preocuparse? Y nada. La Rita que vende y se viene para acá. Pensión Rita. Pero ¿y qué? Ahí está Colmenares, que con su salario de policía jamás podrá hacer ninguna de las remodelaciones en las que yo pensaba, salvo la de levantar esa cueva de cartón y cinc al fondo del patio para que los clientes no lo hagan por lo rincones. Pero que, a pesar de eso, Colmenares le saca al asunto más de lo que cualquiera creería ¿El Colmenares? Que un día de estos se retira, y ya. Por cierto ¿dónde andará? No lo he visto en todo el día. Después me llego hasta el comando. Eso. Bueno, el asunto es que yo estaba dispuesto a invertir en el “Claro de Luna”, y aún lo haría. Pero Colmenares jamás lo permitirá. Ese energúmeno; con el progreso, nada. En cierto modo es como Rita, y como todos en esta mierda, que viven de lo que les caiga del cielo. El cura dice que eso, en el fondo, es idiosincrasia. Pero eso no es más que mierda. Si lo sabré yo. El “Claro de Luna” es una mina. Centavo que caiga en ese estercolero, florece. Pero en esta pocilga ¿quién? Y la Rita que no. Y encima de todo viene y cuelga allí ese horrible cartel que pintó Joe. Yo sabía que iba a fracasar.

Ahora no huele a muerto. Huele a café. Esto sí es oler. No esas cosas raras que te has dicho durante todo el día sin saber por qué. A ver. Una taza no vendría mal ¿eh? Eso sí quiero. Café. Es el primer deseo que realmente experimento hoy. Así que debo estar más vivo de lo que yo pienso ¿Ves? Bien. Veamos. Primero me sentaré ¿Dónde? A ver. Aquí, desde donde puedo ver la calle. La calle está vacía, aunque cuando aquel que pase por allí casi lo desnudan a punta de mirada oculta tras las paredes, está vacía. Bien miradas, las miradas humanas todo lo vacían. Majaderos mirones. No. Mejor allá. Desde allá puedo ver cuando aparezca Rita. Lo hará en silencio, como si casi no tocara el piso con los pies ¿Y qué importa Rita? Rita vendrá por allí, al vaivén de su ya vieja cojera, tan vieja como ella misma, y cubierta con esas ropas grises y negras que usa en señal de luto desde que el Indio se colgó ¿Se habrá mudado el vestido de lunares? Hay para quienes el vestido es como la piel para ciertos animales, parte de sí mismo y, aunque se le mude, sigue siendo parte de uno mismo. Rita es así, y yo mismo me siento así. No me gusta mucho eso, pero es la verdad. Este es mi saco gris, ésta mi camisa blanca, estos mi pantalón y mis zapatos marrón claro; parte de mí mismo. Y Rita, peor desde que se impuso luto. Pobre del Joe, aunque, en cierto modo, merecido se lo tenía, después de todo. Todos piensan que fue culpa del Moise que no descansó hasta llevárselo consigo. Pero no es menos cierto que el mismo Joe tuvo su merecido. El estuvo con El Moise en el mismo asunto. Son igualmente responsables y culpables. Es más, él más que el mismo negro, porque El Moise no era más que un idiota, si a ver vamos. Ah, pero cómo me hubiera gustado atrapar a la pandillita esa de citadinos comunistas que vino a embaucar a ese par. Venir a joder a Buenaventura. No volvieron. Me habría gustado que lo hicieran ¿Y? ¿Qué tiene todo eso de particular? Nada. Te lo sabes de memoria ¿Y acaso hay algo en Buenaventura que no me sepa de memoria? No, creo que no. Y, sin embargo, me siento tan extraño como si acabara de llegar. La verdad hacía tiempo que no venía por lo de Rita. Pero veo que nada ha cambiado aquí. Nada hay de nuevo. Sin embargo, tengo la sensación de cosas que se me escapan. Qué sé yo. Venga ese café. Y algo de comer. También quiero comer. De pronto he sentido mucha hambre. ¡Que si estoy vivo! ¡Ja! Ahora es que hay Medina para rato. A ver ¿Sopa? Una sopa estaría bien. Tomaré sopa. Eso me vendrá bien. La sopa siempre viene bien ¿Dónde me sentaré? En fin, mejor que me quede aquí mismo, y ya.

Rita, que había visto la figura escuálida de Medina acercarse y pararse frente a la entrada de la pensión, esperó un poco antes de salir. Es cierto. El viejo en pie. Luego escuchó el ruido de la silla que el viejo movió para sentarse. Tira del respaldo de la silla una mano blanca temblorosa llena de manchas blancas. Las patas crujen levemente. Allí, en el asiento plano, el trasero seco del viejo. Aquellas piernitas blancas de rana, se doblan. Las patas de la silla vuelven a crujir levemente. Entonces era cierto. Medina se había parado de la cama. Ahora se sentaba en el comedor ¿Quién lo pensaría? Cuando todo volvió a ser silencio, Rita se levantó de la silla del patio interior, en la que solía pasar las largas y calenturientas horas de la tarde. El viejo, desde la mesa pelada en la que esperaba, miraba hacia la ancha puerta que daba al patio interior. Eso que se asomó por allí era el rostro de Rita. Tal y como la había imaginado: envuelta en sus ropas grises y negras, y al vaivén de su eterna cojera. Pensar que una vez amó a esa cosa, y que la cosa, a su vez, había amado a la cosa que él ya era. Quien no va a sentirse extraño si, de pronto, aparece involucrado en semejante entramado de arrugas y años. Y en el caso de Rita, puede que no haya viejo en Buenaventura, si aún está vivo, que, como tú, no sienta algo parecido. Porque, lo que es ésta, muy cojita, sí. Pero eso no es cosa que cuente en la cama. Si se hubiera quedado con el “Claro de Luna”. Sin importar su historial, sería la dueña, y su rostro impondría esa cierta sensación de poder o triunfo que tanto revitaliza hasta en los momentos más oscuros. Pero así no es más que la puta que se secó.

‒¡Eh!, Rita ¿Qué pasa? ¿Vas a quedarte allí todo el día? Tengo hambre ¿O Qué? ¿Ya no sirven comida en esta pensión? Sopa. Deseo un buen plato de sopa. Tengo mucha hambre. ‒dijo el viejo en forzado tono de entusiasmo. Rita lo escuchó en medio de una mirada de desdén. Esperó un momento. Lo miró directo a los ojos. El viejo esquivó aquella mirada escudriñadora. Luego la vieja habló.

‒¿Y a ti qué te sucede, viejo? ¿eh? ¿Es la primera vez que andas por acá, o algo así? ¿Eres turista, ahora? ¿O qué? No digo yo. Tres días en cama y qué ¿vienes del otro mundo, otro planeta? Pues te digo, viejo: mira que estás aquí, en Buenaventura, el mismo Buenaventura de siempre ¿eh? Así que no te vengas con ese tonito de recién llegado que no sabe donde está. ‒dijo la vieja. Medina la observó con amarga resignación.

‒Tengo hambre ‒repitió el viejo.

‒Veré qué queda en la cocina ‒replicó la vieja.

‒Sopa. Un buen plato. Sólo eso quería. Y ahora tú ¿Cómo es eso de que verás qué queda en la cocina? ¿Qué te has creído? Mierda. Nadie puede disfrutar así una comida. Las sobras para Medina, claro. Viejo sobras. ‒dijo el viejo entre dientes.

Encogimiento de hombros. Rita siempre se encoge de hombros cuando quiere mostrar su desprecio. Ahora, de pronto, lo sé. Nunca me había detenido en ello, y ahora me es fácil recordar y fijar, sobretodo fijar, todos sus encogimientos de hombro cuando me levantaba sudado y exhausto en aquel horno del “Claro de Luna” y le preguntaba ¿te gustó? Y la Rita, que se levantaba a su vez, sin decir nada, y se encogía de hombros. Claro. Pero yo sólo me fijaba en su cojera. Ahora no. Ahora me fijo en el encogimiento de hombros de esta vieja, sin que me importe la cojera, y el modo en que deja allí, regadas en el aire, esa mirada y esa sonrisa uno no sabe si de burla o lamentación, mientras va a traer la sopa suculenta que desde hace un rato esperas y que renovará tus fuerzas. Sobras. Un buen plato. Y un profundo desprecio el que le pesa en los ojos a esa mujer. Quizás por tu presencia inesperada. No es la primera vez que te muestra esos ojos. Sí, ahora lo sé. Claro que tú lo sabes. ¡Bah!. Que traiga esa sopa, la vieja. Voy a pagar, siempre lo he hecho y que duerma tranquila también, la vieja. Por allí va, camino los olores aquellos que vienen de la cocina. Pescado. Siempre pescado. También perejil. Algo siempre habrá en los costrosos fondos de aquellas hoyas ahumadas. Mira esas canillas. Canijas. O encanijadas, mas bien. Porque esas pantorrillas no eran así ¿Recuerdas? Flacas sí, un poco. Pero macizas, redondeadas, firmes ¿Imaginas esos muslos secos colgando a lado y lado de las caderas picudas? No. Es preferible no pensar en algo así. Y en medio la vulva. ¡Ah qué tiempos ¿no?! Allí, el torrente pegajoso que tantas veces drenó de sus blandas paredes vibrantes, se llevó quién sabe a dónde el ensueño de tanto hombre en la misma cama arrancándole al coito su pedazo de placer. Amor descuartizado. Hay para todos. Sí, qué tiempos aquellos. Cuernos, los de la abundancia, digo. Habría que levantar un monumento a esa vulva de Buenaventura. Una gran vulva, gigante, de seis metros por tres, lo menos, y plantarla en medio de la plaza. Dios, perdónalo, que no sabe lo que dice. No. Sé muy bien lo que digo.

¿Y ésta qué? ¿Estará raspando el fondo de la hoya, o mas bien exhumando la maldita sopa? Paciencia. Salón alargado flanqueado por sendas hileras de mesas cubiertas con manteles de plástico. De cuadritos. Siempre de cuadritos. Tan feos los desmadrados manteles como el cartel de allá afuera. Retazos de tarde que se meten por los huecos de los bloques de ventilación arriba. Ahora, primero le dan una textura polvorienta y amarillenta a la cabellera de Medina y, después, más abajo, se extienden por el suelo. La figura pausada y ligera de Rita se perdió por un rato tras la puerta de la cocina. Luego de encender un cigarrillo, la mirada de Medina, caída del planeta de su propio recuerdo, se arrojó sobre la mesa y se puso a contar los cuadritos del mantel. Luego de encender un cigarrillo, el rostro desencajado e inmóvil del viejo sobras, desdibujado entre la humareda, va de cuadrito en cuadrito. Uno rojo. Uno blanco. Le sudan la frente y las manos. El zumbido era, en realidad, la mezcla engorrosa del de dos moscas que revoloteaban en pleno ajetreo de apareamiento. Se posaban aquí, allá, nerviosas, inquietas, la una sobre la otra, cópula entrecortada. Bizma. Emplasto inmundo y confortante. Vida. Brota sin parar, como la mala hierba. Cuernos, los de la abundancia. Ojos irritados. Párpados a punto de caer. A ver ¿Cuántos cuadritos? Rojo. Blanco. Rojo. Y de nuevo a empezar, cada vez que pierde la cuenta confundido entre la tonalidad rojiza del mantel, el calor y ese zumbido imparable ¿Será que, en realidad, sigo en mi cama, soñando aquel sueño desagradable de la mañana en el que recorría Buenaventura como un animal en dos patas? Mierda. A lo mejor no me he movido de esa maldita cama. Quien sabe si el encuentro con el gordo, con el cura y, ahora, con Rita, no sean más que continuación del mismo sueño. Lo peor de todo ¿y si ya estás muerto? A lo mejor en eso consiste el asunto, soñar una y otra vez la repetida mierda que ya has vivido, como si uno aún estuviese vivo: se siente hambre y calor; como cuando se está vivo, se desea el café. Claro, y por eso el cura se reía. Y por eso el reloj está parado. Pero yo me siento más o menos igual. Estoy débil, quiero café y sopa. A la mierda, se puede desear cosas así si se está muerto. Eso no es lo que yo suponía, ni nadie, creo. Y esos ramales secos como de uva de playa pelada ¿qué es? Brazos largos y huesudos, ligeramente arqueados, aparecen de repente sobre aquellos incontables cuadros. Rojo. Blanco. Rojo. Y esa mano. Es una mano ¿o qué? Porque si es una mano es horrible, y si no lo es, más que horrible, espantoso, venido de otro planeta o qué sé yo ¿Y eso como un platillo volador que desciende dejando una estela de vapor y suena tiling cuando se posa sobre la mesa? Sí, y si aguardas un poco, seguramente que comienzan a bajarse los marcianitos verdes. Estas de remate, viejo. Lo que suena es un plato. Turbio líquido salpicado de manchitas verdes. Vapor que se eleva. Siente la brasa del cigarrillo consumido entre los dedos. De un sobresalto el viejo casi se cae de la silla.

‒¿Qué pasa contigo? –preguntó Rita.

‒¿Qué es? –replicó a su vez Medina.

‒Sopa. Pediste sopa ¿O no? Es lo que hay. Si no la quieres me la puedo llevar. Siempre reclamas lo mismo. No haces más que quejarte de la sopa. Mierda de años quejándote de la maldita sopa ¿Por qué vienes aquí, entonces? ‒dijo Rita, a punto de retirar el plato que había colocado sobre la mesa.

‒No, no. Está bien. Déjalo, mujer. ‒dijo Medina, mientras se pasaba ligeramente la punta de la lengua por el dedo lastimado.

Rita retiró sus huesudas manos y Medina quedó viendo el plato humeante que la vieja había dejado delante de él. Mierda de años quejándote de la maldita sopa. Es verdad. La mujer se sentó. Y allí, ahora frente al viejo, lo miró con curiosidad. Medina tomó la cuchara. Una mano blanca temblorosa llena de manchas blancas. El viejo se quedó viendo el plato que tenía ante sí. Luego la introdujo en el caldo. Paciencia de muerto, casi.

‒¿Me dormí? –preguntó al rato el viejo.

‒¿Cómo? –replicó la vieja.

‒¿Que si estaba dormido, ahora, cuando trajiste la sopa? ‒insistió el viejo.

‒Y qué se yo. ‒dijo la vieja.

‒No puedo dormir. Para nada. No quiero. No puedo. ‒insistió el viejo en tono casi suplicante.

‒Pues haces muy mal. Con esa cara, deberías irte a la cama por unos días más ¿Qué ganas con andar por allí, en ese estado? ‒preguntó la vieja.

‒O por el resto de la eternidad ¿verdad? Tú no entiendes. No sabes nada de lo que pasa. ‒replico el viejo.

‒De lo que pasa ¿en dónde? ‒preguntó la vieja.

‒Conmigo, quiero decir. ‒replicó en viejo.

‒La verdad, todo el mundo aquí, hasta anoche, te daba por muerto. ¿Qué quieres que te diga? Yo misma escuché al médico cuando dijo que no había nada qué hacer más que esperar. Luego pasamos a la habitación, con el cura. Nada que hacer, dijo el médico. Esperar ¿Y el cura? Ya lo habían mandado llamar. La verdad, nadie sabe para qué vino. Despachó el asunto en un segundo. Este cura ya no me inspira confianza. Todo lo hace es apurado y rapidito. Hasta en la misa, se le siente cansado, pendiente más de terminar que de los serios detalles. Ni siquiera mira a la gente, sino nadie sabe a donde, como si diera la misa de espalda o estuviera, en verdad, ocupado de otra cosa. Vaya uno a saber. Tú sabes. Ya viste cómo estuvo con el asunto del Moise. Uno no podía decirle nada al respecto, porque no lo tomaba en serio.

‒Esta mañana estuve allá.‒interrumpió el viejo.

‒¿En dónde? ‒preguntó la vieja.

‒En lo del cura –dijo el viejo.

‒¿Y qué te dijo? ¿Fuiste a confesarte o qué? ‒preguntó la vieja en medio de un sonrisa irónica.

‒Hablamos. De mí… qué sé yo. Me he sentido muy extraño hoy. Yo que te lo digo. ‒dijo el viejo.

‒La verdad, no sé qué haces por ahí en pie. Mira que muy bueno no te ves ¿eh? Deberías volver a la cama. Y si no, por lo menos tómate esa sopa. No es gran cosa, pero en fin. ‒dijo a vieja.

‒¿Cuánto tiempo? ‒preguntó Medina.

‒¿Cuánto tiempo qué? ‒replicó la vieja.

‒¿Cuánto tiempo estuvieron allí, en la habitación? ‒aclaró el viejo.

‒No lo sé. ‒respondió la vieja.

‒¿Cómo que no sabes? Estabas allí ¿o no? ‒insistió el viejo.

‒Sí. Pero no sé cuánto tiempo. La verdad, no fue mucho tiempo. El cura, como te digo, hizo todo rapidito. La verdad, todos nos quedamos sorprendidos con lo rápido que despachó el asunto. Tú sabes cómo es el cura, ahora, quiero decir. Se ha vuelto raro, como si no estuviera, en realidad, aquí. A mi hace tiempo ya que no me inspira mucha confianza. Al principio era otra cosa. En fin. ‒dijo la vieja.

‒Ya no hables más del cura. ‒interrumpió el viejo. Rita se encogió de hombros, y se quedó callada..

‒¿Por qué te quedas callada de repente? ‒preguntó el viejo.

‒Porque no tengo nada más que decir. ‒respondió la vieja.

‒¿Y Romero? ‒preguntó el viejo.

‒¿Qué pasa con el Comisario? ‒preguntó la vieja.

‒¿Estuvo anoche allí? ‒preguntó el viejo.

‒No. El no estuvo allí. ‒dijo la vieja.

‒Claro. ‒exclamó el viejo.

‒Según Colmenares, el Comisario estaba de guardia. Es su trabajo ¿no? ‒añadió la vieja.

‒De guardia. Claro que estaría de guardia ¿Te imaginas qué guardia, no? ¿Y Susana? ‒preguntó el viejo.



Rita siguió sin responder. Miró a Medina a los ojos, y lo que fuera que el viejo percibiera en aquella mirada, lo hizo temblar. Luego continuó la mujer.



‒La Susana sí estaba allí. ‒dijo la vieja, sólo para terminar lo que el viejo había interrumpido, y volvió a callar.

‒¿Por qué te quedas callada, mujer? ‒insistió el viejo.

‒No tengo nada que decir ‒repitió la vieja.

‒¿En qué estás pensando, Rita? Dímelo. ‒insistió el viejo.

‒Muerte es lo que veo.‒dijo la vieja. Muerte era sólo lo que le inspiraba aquel cuerpo, con una mano blanca temblorosa llena de manchas blancas a medio alzar, a punto de llevarse la cuchara a la boca.

‒¿La muerte de quién? ‒preguntó el viejo.

–Tú sabes muy bien de qué hablo, viejo. Si estabas casi muerto, en cama, y, de pronto, te recuperaste, deberías estar en este momento en casa, pendiente, precisamente, de tu propia recuperación. Es lo que hace cualquiera que haya estado tan enfermo como tú. Habrías llamado al médico para tomar las precauciones del caso, y demás. Pero tú, no. Tú andas por allí, que si en el despacho, deambulando por la calle, y ahora aquí, quejándote de la sopa y averiguando dónde anda Martín Romero. Tú lo que andas es buscando camorra. Y lo sabes. Escucha lo que voy a decirte. Ese sujeto, el Comisario, es un tipo como quien dice tranquilo. Ese no es el que se va estar buscando un problema porque la pasión le nuble la mente o el corazón. Parece un anciano harto de vivir. Quizás en eso nos parecemos un poco, el comisario y yo. Claro que él mucho más joven. Yo ni creo que él se haya interesado mucho en la Susana. Mas bien es la Susana la que le metió por los ojos. No te engañes. Tú y yo sabemos que es así. Y yo no creo que estés en condiciones de buscar ese tipo de pelea. Así que mejor vuelve a tu casa y piensa el asunto con calma. Verás que tengo razón. Ya estás viejo, Medina ¿Qué piensas? ¿Matarlo o qué? Es un tipo tranquilo, el Comisario. Creo conocer un poco a ese sujeto, y me parece que sería incapaz de matar una mosca ¿Sabías que últimamente se la pasa por allí, con un perro? Uno que andaba por lo muelles desde hace meses. Pues ahora parece que el hombre se lo llevó a su casa y lo adoptó. Bueno, lo que digo es que me parece que es un tipo tranquilo. Pero eso no quiere decir que se vaya a quedar sentado esperando lo que tú hagas. Por el contrario. Yo pienso que si tú te empeñas en joder, puedes terminar más bien jodido. Te lo habrás buscado. Estas viejo, Medina. Deja las cosas así. ‒sentenció la vieja. Medina encendió un cigarrillo, esperó a que la primera bocanada de humo calmara su exaltación. Entonces continuó.

‒Todos como que se acostumbraron rapidito a mi muerte ¿verdad? Ni siquiera me habían enterrado, y ya el gordo había mudado mi escritorio. El Comisario Romero se lleva a la Susana. Tú, me sirves sobras. ‒dijo el viejo, mirando hacia otra parte mientras hacía su inventario de desilusión.

‒¿Ves? Lo que te digo. ‒reafirmó la vieja.

‒Quisieran que estuviera muerto. Todos. Eso es lo que todos quisieran ¿eh? Pero, al fin y al cabo, no es la primera vez. Siempre me he salvado. Al fin y al cabo, duro como piedra, el viejo, duro, muy duro ¿No te parece? Cuando me fui de aquí, nadie pensó que el bichito ese enclenque sobreviviría. Pero lo hice. Y volví. Luego los comunistas, y conmigo se jodieron. Tampoco pudieron con Medina. Por cierto, que el cura acaba de decirme que el Chávez y que anda de primero en las encuestas. Lo dijeron por la radio ¿Qué te parece? Este país se fue a la mierda, definitivamente.

‒¿Y quién es ése? ‒preguntó la vieja.

‒¿Cómo quién? ¿Dónde vives, Rita? Chávez, el golpista, el que armó la joda en febrero ¿En verdad no sabes quién es? Y, claro, a quién puede extrañar que, con tanta ignorancia, el coñito ese ande de primero en las encuestas. Que si Bolívar para arriba, que si Bolívar para abajo, que si la patria y los héroes. La patria y los héroes al panteón, donde deben estar ¿A quién se le ocurre andar en este mundo de progreso y tecnología con ese discursito nacionalista hecho de cosas viejas sacadas de los libros de historia? Nacionalista, y comunista, también, porque ese gran carajo, yo que te lo digo, vieja, ese gran carajo no es más que un comunista disfrazado. Sigan con la joda. Voten por el comandante, voten por ese gorilita retardatario, y ya verán cómo este país se termina de ir a la misma mierda. ‒concluyó el viejo.

‒Yo No sé quién es. Pero, si tú lo dices. ‒dijo la vieja y se encogió de hombros.

‒Yo sí sé muy bien lo que te digo. Pero, claro, a tí que va a importarte lo que diga el viejo de mierda. Esa fue la venganza de Caldera. Porque, no me jodan, ése lo indultó a propósito; antes de irse al panteón, el muy momia lo sacó de la cárcel para que nos jodiéramos todos. Allí debió haberse podrido, el comandante. Yo que te lo digo. ‒sentenció Medina, y se calló por un rato.

‒Quizás estés exagerando. Siempre has sido un poco exagerado. Así fue con lo de los comunistas aquellos…

‒Mejor no me hables de eso ¿eh? Mira que al negro y al Joe no los jodí como debía, por ti. ‒advirtió el viejo.

‒¡Bah! ‒exclamó la vieja.

‒¡Bah! Qué importa lo que yo diga ¿verdad? Tú también me crees muerto ¿eh? Pero mírame, estoy aquí, bien vivo, como siempre lo he estado. Pero si es como tú dices, que me veo tan mal y qué sé yo, aún así, digo, tendré tiempo suficiente como para llevarme a alguno que otro conmigo ¿No te parece? ‒dijo con sorna el viejo.

‒Te refieres al Comisario Romero, supongo. ‒dijo la vieja.

‒Sí, me refiero a él, y cualquier otro. Y, por cierto ¿se fue por fin a la casa abandonada, el Comisario? ‒preguntó el viejo.

‒Sí. El hombre recogió sus cosas y se fue allá. Yo le dije que si estaba loco, que esa casa estaba en el abandono total. El único que se la pasaba allí era el Moise, que era, como quien dice, un animal. Pero, en fin, el Comisario, como si yo no le dijera nada. Igual se fue. Pero de eso hace ya más de una semana ¿Acaso no lo sabías? ‒dijo la vieja.

‒Algo escuché. Parece cierto aquello de que Montenegro se la cedió. A mí ni que me regalen esa vaina me voy a vivir allá, botado en aquella punta de Buenaventura, donde hasta el viento se devuelve. Para eso que me manden al cementerio de una vez. ‒dijo el viejo.

‒Pero el Comisario sí lo hace. Lo que te digo, es un tipo extraño. Pero a nadie molesta con eso. Y ahora resulta que tú estás pensando en ir hasta allá. ¿O me equivoco? ‒advirtió la vieja.

‒¿Sabes lo que creo? Que a lo mejor ya estaba yo listo para dar el salto, puede que hasta estuviera del otro lado, pero volví. Por eso volví. Puede que hasta sea un muerto, un fantasma esto que ves. Es igual. ‒dijo el viejo.

‒Estás viejo ¿Qué puede importar todo eso? ‒preguntó la vieja.

‒Tú no entiendes. ‒se quejó el viejo.

‒Te dije que se iría. Y volverá a hacerlo cuantas veces tenga la oportunidad. Tú lo sabes ¿Qué esperabas? Es una niña. ‒dijo la vieja.

‒Tú tampoco me tomas en serio. Pero no importa. Igual imagino dónde está. Cuando la traiga de nuevo a casa le daré el castigo que se merece. ‒dijo el viejo.

‒Estás viejo. Nada más. ‒comentó la vieja.

‒Esa lo es todo para mí. Si tú supieras lo que es sentirse traicionado hasta por aquél a quién uno ha cuidado. No sé por qué te digo estas cosas. Confesión extraña, estúpida más bien. Sí, eso es, estúpida, de viejo estúpido y acabado. Lo sé. Así fue esta mañana, en lo del cura. Me siento traicionado hasta por el tiempo. Qué gracioso, ¿no te parece? Un espectro. Me he convertido en éso, en un espectro. Creo que si yo saliera por allí esta noche, los asustaría a todos. ‒comentó el viejo en medio de una sonrisa amarga.

‒Ya lo has hecho. ‒dijo la vieja.

‒Sí, yo también creo que ya lo he hecho. Cuando llegué a la oficina esta mañana me vieron como si hubiera muerto. Hasta mi propio secretario me observaba como si yo fuese un bicho raro, de esos a los que la gente teme porque supone de otro mundo. Y, después de todo, digo yo, cuando se es viejo se es de otro mundo. Lo malo es que uno sigue vivo, con ganas de seguir ¿Entiendes? No. creo que no entiendes. Habría que estar en mi pellejo para eso. ‒dijo el viejo resignado.

‒Estás viejo, y ya. ‒insistía Rita.

‒¿Es que no tienes otra cosa qué decir, mujer? Está bien, como tú quieras. Ya lo sé. Pero cada vez que lo repites parece como si echaras otro tanto de años encima. Si tú piensas que yo no debo ir a buscar al Comisario, está bien. Quizás tengas razón. Te haré caso. Me quedaré quieto, pero con una condición: vas tú misma y me traes a la Susana de vuelta, ¿harías eso, no? Después de todo, estás en deuda conmigo ¿o no?

‒Estás viejo. ‒repetía maquinalmente la vieja.

‒¿A no? ‒preguntó el viejo.

‒Ya no. La causa de esa deuda de la que hablas se colgó del techo hace dos semanas. Ahora, viejo, tómate esa sopa. ‒concluyó la vieja secamente, y se levantó de la mesa.

Ya ves. Tampoco ésta te toma en serio ¿Y quien va a tragarse ese caldo flojo y salado? Antes las cosas no eran así. En esta casucha se bebía buena sopa. Y la mejor para mí. Deja ese plato allí y vete ya. Nada que hacer aquí. A la mierda. Pensión Rita, a la espalda el aviso aquel destartalado. Ni qué voltear. Para qué verlo. Para qué mirar atrás. Ya se sabe que habría que cambiarlo. Adelante, siempre adelante. Todos dicen lo mismo, o deberían decirlo. Bueno, dicen eso porque hasta que se llega a viejo nadie sabe, en verdad, lo que hay. Y ahora ese rostro de viejo otra vez en la calle golpeado por el viento de la tarde; un poco más y de la noche. Un poco más, y ya. Esta noche se avecina larga ¿Cómo harás para no dormir? Tendrás que usar de esos palillos que le ponen en los ojos a los muertos para sostener los párpados abiertos. Que feo. Ya veremos. Al menos ya ni siquiera hambre tengo. A ver. Caminar. Caminar es bueno para eludir el sueño. Ahí están mis piernas. Ahí van. Me llevan. Me traen. ¿Camino al despacho? No. Eso después, quizás. Por ahora lo mejor sería ir al Comando Policial, me encuentro con el Romero y matamos esta culebra de una buena vez ¿Y el revólver? Mierda. Mejor que primero vaya a buscarlo a casa.

Al final de la tarde Medina salió de su casa con el paquete donde llevaba el revólver debajo del brazo y se fue directo al despacho. Al llegar, colocó la caja sobre el escritorio. El resto de la tarde la pasó Medina en su despacho, tumbado en el sillón, la botella de güisqui que el secretario había dejado sobre su escritorio, las manos cruzadas sobre el vientre, contemplando el montón de papeles y carpetas que el Licenciado Valbuena había traído de nuevo, el polvo amontonado en los rincones, las humedades y las telarañas del techo, el vacío de aquel despacho lleno de años transcurridos. Nada sucedió aquella tarde, al menos que a la amarga sed de venganza de un viejo contra el mundo pueda considerarse algo. Silencio y espera. Sólo el rostro mofletudo del Licenciado Valbuena apareció por un instante tras la puerta para anunciar que se marchaba.

Cuando se quedó solo, Medina se levantó y miró hacia la ventana, en cuyos vidrios se reflejaba su imagen. Luego miró hacia la caja. 38 Smith & Weasson especial. Leyó varias veces. Medina abrió la caja, retiró el paño, tomó el revólver y se lo introdujo entre la pretina y la barriga. Se quedó tieso, bajó lo brazos con cuidado y, así, caminó hacia la ventana. Pero, entes de llegar, el arma se le fue por el interior de las piernas del pantalón hacia los pies. Se agachó, levantó el ruedo y lo dejó caer del todo al piso. Entonces lo recogió y retornó al escritorio. No quiso pensar en lo demasiado flaco que estaba. Simplemente tomó la correa, la desenganchó y la ajustó lo más que pudo. Volvió a tomar el revólver y lo introdujo de nuevo entre la pretina y la barriga. Esta vez cuidó que la cacha quedara lo suficientemente fuera. Se puso otra vez tieso, caminó hasta la ventana y regresó al escritorio. Palpó la masa del arma, y notó con satisfacción que no se había movido. Se volvió de nuevo hacia la ventana. La imagen del viejo seguía allí. Esta vez intentaría sacar el arma con la mayor rapidez posible. Cuestión de estar preparado, mentalmente dispuesto a cualquier cosa. A ver. Pero el arma quedaba enganchada en algún punto entre la pretina y la barriga. El viejo tiraba del revólver, y nada. Quizás había ajustado demasiado la correa. Se sentó, sirvió un trago y lo bebió por completo de una sola vez. Mejor y sácate eso de allí. En el bolsillo estará bien.

Medina salió a la calle de nuevo y caminó hasta el Comando Policial. Al llegar fue directo a la oficina donde, suponía, debía estar Martín Romero. Pero a quien encontró fue a Colmenares:



‒¿Y el Comisario? ‒preguntó el viejo.

‒¿El Comisario? ‒respondió Colmenares, aún somnoliento.

‒Sí, Romero ¿Dónde está Romero? ‒insistió el viejo con nerviosismo.

‒No está aquí. ‒dijo Colmenares, mientras se levantaba de su silla.

‒¿Y donde está? ‒preguntó el viejo.

‒No lo sé. Imagino que en su casa. Hoy no tiene guardia ¿Qué es lo que pasa; Medina? ‒dijo Colmenares.

Medina sacó la mano del bolsillo donde llevaba el revólver y se quedó un rato mirando alternativamente hacia la calle y al pasillo. El policía, desconfiado, se quedó mirando el bulto y fue inevitable imaginar lo que allí llevaba el viejo. Medina se detenía, se rascaba la cabeza, retrocedía unos pasos, asomaba la cabeza a lo largo del vacío pasillo, volvía a mirar a la calle, volvía a entrar a la oficina. Tenía la cara levemente enrojecida y lo suficientemente descompuesta, como para que Colmenares notara los efectos del licor. Por lo demás, el aliento del viejo no dejaba lugar a dudas. Mierda. Y ahora ¿qué bronca se traerá éste? Se lo advertí al jefe.

‒No lo encontrarás aquí, te lo aseguro. ‒advirtió Colmenares.

‒Está bien. Está bien. ‒dijo el viejo mientras alzaba levemente la mano.

‒¿Quieres que lo mande a buscar? Digo, si es tan urgente, como parece ¿Qué es lo que está pasa, viejo? ‒preguntó Colmenares en tono suficientemente cortés como para disimular sus sospechas.

‒No. Nada. Está bien. No es necesario. Está bien. Pero, dime una cosa, Colmenares ¿No es éste su escritorio acaso, el del comisario, quiero decir? ‒preguntó Medina mientras miraba con curiosidad el escritorio pelado al que estaba sentado Colmenares..

‒¿Éste? ¿Este escritorio? ‒preguntó Colmenares, extrañado por aquella pregunta, al tiempo que señalaba con el dedo el escritorio al que estaba sentado.

‒Sí, este escritorio ¿hay otro aquí, acaso? ‒insistió el viejo y miraba hacia los lados.

‒Pues, la verdad, sí, es el escritorio del Comisario. Pero, igual, todos nos sentamos aquí. Bueno, la verdad, sería el escritorio del Comisario, sí claro. Pero, de hecho, aquí se sienta quien esté de guardia, digo; él o yo, nunca hemos pensado de quién es el escritorio. Hasta García y los muchachos se sientan aquí. Es sólo un escritorio, pelado, ya ves. ‒concluyó Colmenares, extrañado por una pregunta que le pareció tan fuera de lugar. Luego de un momento de silencio, preguntó:

‒¿Por qué preguntas?

‒Por nada, por nada. Sólo me dio curiosidad. UDS. los policías tienen una extraña forma de ver las cosas ¿verdad? No sé. Para mí los escritorios son objetos personales; es el sitio de trabajo de cada quien, y, como tal, algo muy personal. Yo no aceptaría que alguien se sentara a mi escritorio. Pero UDS. los policías son tan impersonales. En fin ¿Puedo sentarme un rato? ‒terminó preguntando el viejo.

‒Sí, claro. Por supuesto. Pero… un momento ‒y luego, gritando hacia el pasillo, agregó –García, tráete una silla. ‒una sonrisa incómoda y a esperar .

Tarda García. Es que es torpe y lento, el García. Nadie sabe por qué tan flaco, porque quien lo vea moverse no puede adivinar en qué gasta la energía. Medina y Colmenares permanecían en paciente silencio, en medio de los ecos metálicos que se producían en las habitaciones huecas y polvorientas de aquella edificación, hasta que el hombre, que por fin sacó la silla nadie sabe de qué torre, vino con ella a rastras hasta la oficina. Atentos al estruendo, Medina y Colmenares se miraron. Así es García. Jamás puede cargar las cosas. Sólo sabe arrastrarlas. Ahí está. Siempre esa gorra torcida. Mejor sería que se la quitara. Cuando García apareció, entonces Colmenares volvió a hablar.

‒¿Qué pasó allá atrás? ‒preguntó Colmenares.

‒Nada, señor. Es que tuve que… ‒el hombre se quedó callado, absorto al ver a Medina.

‒Bien. Bien. Ponla allí mismo ¿sí?. Gracias, García… cualquier cosa te vuelvo a llamar. Por ahora puedes retirarte. ‒Pero García no se movía, distraído como estaba viendo a Medina. Colmenares insistió.

‒Está bien, García, gracias. Déjala allí mismo ¿Sí? ‒Hasta que por fin García hizo lo que le pedían y salió de la oficina. Luego, dirigiéndose a Medina, agregó: ‒El muchacho, tú. sabes, está cansado. Somos pocos aquí, y uno se trasnocha, aunque no haya trabajo, uno se trasnocha y eso agota. Y, claro, además, no esperaba verte por aquí… en fin, pero siéntate. La verdad hace tiempo que no venías por el Comando ¿no? Desde que el Comisario Romero se instaló aquí, casi no volviste

‒Sí. Ya sé. Todos me han visto igual. Un fantasma ¿No? ‒dijo el viejo mientras se sentaba. Luego encendió un cigarrillo y agregó. ‒¿Sabes qué, Colmenares? Hoy ha sido el día más raro de mi vida. Anoche, y digo anoche si es que esta mañana realmente amaneció para un viejo enfermo como yo, soñé cosas; mezcla de cosas, mezcla desagradable. Como todo sueño, tú sabes, uno está en un sitio que, de pronto, no es ese sitio, sino otro. Pero no importa, uno como que sabe dónde está… en fin, el absurdo propio de los sueños, que uno acepta porque son sueños ¿no? Luego, al despertar, recordé esas cosas soñadas, y reconocí su absurdo, algo natural. Y más tarde, cuando amaneció, aún las recordaba, como ahora, por ejemplo. Me vestí, salí, fui a la oficina. Eso fue lo primero que hice. Luego a lo del cura. De ahí me fui a lo de Rita. Toco mi carne, mi cara, mis manos. Huelo café y lo deseo. Debo estar vivo ¿no? Vivo y despierto. Eso me digo. Sin embargo, a lo largo del día, ha habido momentos en que no sé; siento, como en los sueños, ese absurdo. Oigo voces, dudo de si realmente habré despertado ¿Sabes que el reloj se jodió, por cierto? ‒preguntó el viejo de pronto.

‒¿El reloj? ‒preguntó a su vez Colmenares mientras miraba hacia la muñeca del viejo.

‒Sí. Eso nunca me había pasado. Jamás me imaginé que podría pasar. Que un día se detuviera el tiempo no me extrañaría tanto como que se pare este maldito reloj. No me lo quito porque no me acostumbraría. ‒comentó el viejo.

‒Anoche lo tenías puesto. ‒observó Colmenares.

‒Sí, anoche. Me dijeron que estuviste allí, con los otros ¿Qué pensaste, Colmenares? Se jodió el viejo… ¿no? ‒preguntó el viejo.

‒Lo que todos, viejo, lo que todos. El médico habló…

‒Sí, ya lo sé. El médico dijo se jodió, y luego vino el cura a terminar de rematar lo que se había jodido. Tu sabes, has vivido suficiente ¿eh? Aunque siempre te parezca poco, pero suficiente, y el cura a recoger los profanos desperdicios con la palita infalible de su teología. ¡Ja! No se lo dije esta mañana en su casa, porque sólo hace un rato, cuando venía para acá, se me ocurrió. Será el güisqui, digo ¿no? Quizás después pase por su casa de nuevo y se lo diga. Sí, quizás mantengamos otra charla; a ver cuánto se ríe, el cura. En fin, no te gastes contándome lo que ya me han dicho hoy varias veces. ‒calló un momento Medina.

‒Bueno, el cura hizo lo que tenía que hacer. ‒dijo Colmenares.

‒Y rapidito. ‒prosiguió el viejo.

‒¿Rapidito? ‒preguntó el policía.

‒Así dice Rita. Dicho en dos platos: un mateo. Pero no el bíblico ¿eh? Un mateo espiritual para el viejo; las sobras, pues, para el viejo, siempre las sobras. Viejo sobras. ‒dijo el viejo.

‒No exageres, Medina, no exageres. Además, el cura estuvo hasta pasada la media noche allí. Me consta. Y sólo, porque, que yo se sepa, ni la Susana estaba allí… ‒Colmenares calló súbitamente al ver la cara de disgusto de Medina.

‒Olvídalo, no quiero hablar de ésa. Estaba pensando cuando venía para acá ¿Recuerdas el día que apareció El Moise? ‒preguntó el viejo.

‒¿El Moise? ‒replicó el policía.

‒Sí, hombre. M refiero a la primera vez aquella, en que volvimos a verlo luego que lo dejáramos en el cementerio. Estábamos aquí, en el Comando, y habíamos pasado todo el día tratando de sacarle algo al Joe, empeñado, como estaba, en que él había visto al negro días atrás. Varios vinieron aquí, corriendo y asustados, diciendo que lo habían visto por la plaza, y tú y yo no podíamos creerlo. ‒dijo el viejo.

‒Tú no podías creerlo. Tú siempre te empeñaste en creer que el negro estaba muerto. Yo te lo dije bien claro: no lo maté. Pero tú pensabas que yo lo decía sólo por quitarme la culpa de encima. Así que a mi no me pareció para nada extraño cuando el negro reapareció. Eras tú quien no podía creerlo. ‒aclaró Colmenares.

‒Sí, es cierto, claro. Yo estaba convencido de que el negro estaba muerto. ‒consintió el viejo.

‒Sí, claro que lo recuerdo. Armaste un berrinche que se levantó el techo. Dijiste que yo era un inepto y que para que algo fuese bien hecho habría que hacerlo uno mismo. Pues si lo que tú querías era que matara al negro, (te dije yo entonces) ve y mátalo tú mismo. Y te lo repito ahora. Yo no iba a matar a ese pobre diablo. Quizás fue peor lo que hice, no creas. Pero, igual, prefiero mil veces no haberlo matado. Según tú, eso serviría de escarmiento a todos los que quisieran seguir jodiendo con los comunistas citadinos aquellos, que nunca volvieron, por cierto ¿Tú crees que yo iba a cargar con un muerto sólo porque tú querías dar a todos un escarmiento? No, que va. ‒sentenció Colmenares con sequedad.

‒Bueno, ese asunto está olvidado; no es el caso. A lo que yo me refería es al hecho de que te dije lo que te dije porque era evidente que el negro no estaba muerto. Pero, en el fondo, siempre me ha quedado la duda...

‒Ya te dije que no lo maté; sólo le disparé de cerca, para que tú creyeras que lo había hecho y nos largáramos de una vez del maldito cementerio y dejaras al negro en paz y la majadería con lo del escarmiento. ‒interrumpió con energía Colmenares.

‒Está bien, está bien. Cálmate. No digo que lo hayas hecho. Pero para todos aquí, el negro estaba muerto y lo que andaba por allí salido de pronto nadie sabe de dónde, era un espíritu ¿o no? ‒aclaró Medina.

‒Sí. Y que piensen lo que quieran. Así es la gente. Pero yo siempre supe que estaba vivo. De hecho, pasaba períodos enteros en la casa abandonada que dejó a medio hacer el viejo Montenegro. Hubo días en que lo vi por allí. Ya sabes, a nadie le gusta acercarse mucho por aquella punta; menos aún luego de que por allí apareciese el negro. ‒prosiguió Colmenares.

‒Eso también lo sabemos. Pero, me pregunto, cómo se sentiría el negro ¿eh? Cuando todos te miran como un fantasma y te tratan como tal, seas lo que seas, como si ya hubieras muerto y eso que tienen delante no es más que un espectro ¿cómo termina uno sintiéndose? ¿qué termina uno pensando de su propia realidad como cosa que aún vive? ¿eh? Un completo extraño, Colmenares, un bicho extraño hasta para contigo mismo. Extrañas hasta tu propia voz, o voces; porque, lo que uno piensa o se dice es como si se lo pensaran o dijesen otra voces distintas a eso que uno llama uno mismo. Claro, ahí están tu cara, tu cuerpo, tus manos, tu hambre y tu sed de todos los días, tus sentidos… todo eso que ya conoces de memoria y en lo que nunca te fijas porque son las cosas con las que miras, tocas, te miran y te dejas tocar; pero que, de pronto, tienes delante de ti, como si te tropezaras con un mueble mal ubicado en el salón de siempre ¿y esto qué es?… ah, sí, mi cabeza, mi estómago estragado, esas ganas de beber café… No, que va, así no se responde en estos casos; lo sabemos. Nadie respondería así en un caso así ¿verdad? Claro que no. Uno se sobrecoge, mira a lo lados, detalla el espacio ¿Cómo que mi cabeza? ¿Qué es lo que me pasa? ¿Quién me habla? ¿O a quién le estoy hablando? Me estaré volviendo loco. Tres días sin pararme de la cama ¿Y es que acaso sigo vivo o qué? Si el negro estaba realmente vivo, como tú dices, entonces, al ser mirado por todos, debía sentirse como me siento yo hoy. Curioso ¿no? O mas bien irónico, habría que decir. Sí, irónico, muy irónico ¿Qué te parece, Colmenares? Medina y el negro, al final, la misma vaina. Fantasmas del mismo foso. Orgulloso no me siento, te lo aseguro. Y, digo yo, uno se pregunta y se pregunta vainas que, se sabe, nunca, tendrán respuesta, porque, si no, no te las hicieras a ti mismo… ¿qué tal si la vaina no es algo especial en el caso del negro o Medina? Tú, por ejemplo, no has pensado que termine pasándote igual? ‒preguntó el viejo.

–¿A mí? ¿A mí qué? Yo no tengo culpa de nada en este asunto. Y lo que está pasando aquí, viejo, es que te está pesando la culpa. Acéptalo, Medina, se te fue la mano con el negro; no era necesario joder así al pobre diablo. Ahora, luego que lo molieron a golpes hasta matarlo, ahora sí, bien muerto, la vaina te pesa ¿eh?. Claro que te pesa ¿O es que si todo el mundo aquí en Buenaventura tenía al negro por un diablo, espíritu maligno o como quieras llamarlo, no fue gracias a tu joda? Yo lo recogí del suelo como un mazacote; yo mismo, porque los muchachos no se atrevieron ni a tocarlo. Yo lo vi, pero tú no, viejo. Me gustaría que lo hubieras visto, a ver qué cara pones. Eso es lo que pasa. Tienes una pelota de mierda de culpa que no te cabe en la conciencia. De allí salen esas cosas que imaginas, viejo. Estás recién salido de la cama, has tomado todo tipo de pepas ¿has comido bien? ‒se interrumpió a sí mismo Colmenares.

‒Estuve en lo de Rita. Pero eso no es comida. ‒dijo el viejo con disgusto.

‒¿Ves? Ni siquiera has comido y, además, por lo que se ve, le has estado dando al codo más arriba de lo que debes ¿o no? No lo niegues, que hasta aquí te hiede el estómago. No andas bien. Imposible que puedas pensar con claridad ¿No te parece? Deberías calmarte, descansar ¿Por qué no hablas con el Padre Claudio? Qué sé yo, confiésate; es lo que procede en estos casos ¿no? ‒preguntó Colmenares.

‒¿Con ése? Te digo que estuve allá esta mañana ¿Hablar? Claro que puedes hablar con el Padre Claudio. Puedes pasar toda una mañana, hablando solo. Él se sienta allí, frente a uno que se desnuda como una puta, hasta que, de pronto, te ves con las manos en las nalgas sin saber qué hacer. No, olvídalo; curas e iglesias ya no son para mí. De muchacho me parecían algo normal, un tanto temible; pero normal. Hoy, luego de salir de allá, me son del todo sospechosos. Esas figuras, esas imágenes, ese aroma a cera derretida y ramita seca. El mismísimo cura; me es fácil imaginarlo en pelotas tratando de rascarse la espalda o sentado en el retrete. Y ¿sabes qué? Cuando a uno le es fácil imaginar a seres especiales en esas vainas, es porque ya no son especiales. ‒dijo el viejo y se quedó mirando al policía esperando una respuesta.

‒Por supuesto, viejo. El cura es un ser humano, como cualquiera, y se comporta como cualquiera ¿qué esperabas? Mira que eres majadero ¿eh?. ‒observó Colmenares.

‒No se trata de que sean humanos, sino de cómo uno los ve. Hay una magia que, cuando desaparece, entonces es un mierda igual que tú. Alguien que entiende de Dios, que habla con Dios, que es su emisario ¿cómo va a ser igual que tú o yo? Si a mi se me presentara Dios aquí en éste momento, no sabría qué hacer. Tendría que salir corriendo a buscar al cura para que sirviera de intermediario. Pero ¿a este cura? ¿para qué? ‒se preguntaba a sí mismo Colmenares.

‒Si aquí se apareciera Dios en este momento, tú no lo distinguirías, viejo. Pero, está bien, olvídate del cura. Yo solo digo que entre la culpa y la bebida, tienes la cabeza y el ánimo vuelto añicos. Yo no sé mucho de estas vainas. Lo que sí sé es que hay que estar en calma para poder fiarse de lo que uno piensa. El remordimiento pincha y el licor aplasta. ‒sentenció el policía.

‒Hablando de beber ¿Tienes algo por allí? Tú siempre tienes algo a mano. ‒dijo el viejo.

‒Vamos, Medina. Déjalo así. Está bien por hoy ¿no te parece? ¿por qué no vas…

‒Otro que va a mandarme a casa. A dormir. El viejo a dormir. Si se muriera de una buena vez, tranquilo, mientras duerme, tanto mejor. ¡Bah! Si no quieres convidarme, está bien. Vete a la misma mierda que todos y ya… Y duerme tranquilo, como todos, como te encontré ¿quieres? Por qué no se van todos UDS. a dormir. A lo mejor hasta se mueren en pleno sueño. ‒interrumpió Medina.

‒Oye, no seas tan grosero ¿eh? Ese ha sido siempre uno de tus peores defectos: eres un malagradecido. Mira cómo te quejas del cura, y el muy pendejo se la pasa toda la noche en vela junto a tu cama. Yo no lo hubiera hecho; nadie lo habría hecho. En fin, lo que te digo lo hago por tu bien. Allá tú. Este será, como tú dices, el día más raro de tu vida. Pero, la verdad, sigues siendo el mismo viejo de mierda y majadero de siempre. Te lo aseguro. ‒concluyó Colmenares.

‒¿Qué tienes? ‒preguntó Medina, sin reparar en lo que el otro decía.

‒Lo de siempre ‒dijo Colmenares mientras abría la gaveta del escritorio.

‒Anís ‒adivinó el viejo.

‒Es lo que bebo. Tú lo sabes. Si no te apetece, allá tú. Esto es un Comando Policial, no un bar. Si no ¿por qué no te vas al “Claro de Luna”? ‒dijo Colmenares entre risas.

‒Es igual, hombre. A ver ‒dijo el viejo mientras tomaba la botella. Primero bebió, y luego agregó: ‒¿Y Romero?

‒Él no bebe esta vaina. ‒respondió el policía.

‒Me refería a dónde está. ‒replicó el viejo.

‒¿Vas a seguir con eso? Ya te dije. Pero ¿por qué no dejas ese asunto, eh? ‒preguntó el policía.

‒¿Qué asunto? ‒replicó el viejo.

‒¡Vamos! No te hagas el pendejo ¿Crees que no me he dado cuenta de lo que llevas allí? ‒preguntó el policía.

‒¿Dónde? ‒preguntó el viejo.

‒Allí, en el bolsillo. –dijo Colmenares.. Esperó un rato y luego agregó ‒Anda a ver si te pegas un tiro en un pata, para que te pases unos cuantos días más en la cama, soñando pendejadas, y luego vengas aquí, cojo… y que si estoy vivo, y que si estoy muerto, que si el fantasma… Además, eso puede ser lo de menos ¿oyes? Te digo, y escúchame bien. Romero, allí donde tú lo ves, medio lunático y todo lo tú quieras, no es ningún pendejo, y te puedo asegurar, porque lo he observado lo suficiente, que ya ha tomado sus precauciones, ya se lo espera, ya ha pensado en el asunto, ya está dispuesto al asunto. Así es este sujeto. Te diré más. Ése es capaz de meterse un tiro él mismo; a veces dice vainas, y me pregunto por qué no lo ha hecho, y creo que ni él mismo lo sabe. Pero antes de que tú se lo metas te aseguro que te vuela la cabeza o te abre una tronera así en el pecho, y para eso anda con una mierda así. Antes de que tú logres saber dónde está y sacar esa mierda para darle, Romero te sienta de culo en el infierno. Después, seguramente, seguirá pensando en suicidarse, y preguntándose por qué no lo ha hecho. Así es este sujeto. ‒dijo Colmenares.

‒Al final, no sabemos nada del Romero. A lo mejor ni siquiera es policía. ‒dijo el viejo.

‒Quién sabe. Y, además, qué puede importar eso. Yo no sé decirte cuán buen policía será. Buenaventura no es el mejor escenario para poner a prueba las destrezas. Pero de que tiene el espíritu apropiado, lo tiene. Puedo asegurártelo. Si por alma es, ése es más policía que todos aquí juntos, incluyéndome. ‒advirtió Colmenares.

‒¿Crees que le tengo miedo? ‒preguntó el viejo.

–¡Vaya! No has escuchado nada de lo que te he dicho ¿verdad? ¿Y, para qué, si Medina es inmortal, no? No se trata de eso, viejo. Se trata de que tú lo andas buscando y mucho me temo que te lo vas a encontrar. Alguien está rifando una urna, y tú ligas que el tuyo sea el número ganador. Bien. Te lo estoy advirtiendo. Allá tú con tu terquedad. Si no quieres tomar consejo, bien; ahora es a ti a quien te toca irte a la mierda ¿si? ‒dijo el policía.

‒Dame otro trago de mierda de ésa, y ya ‒dijo el viejo, al tiempo que señalaba con los labios la botella que Colmenares había dejado sobre el escritorio.

‒La verdad, no es mala idea. Puede que así termines tan pesado que no puedas ni pararte de esa silla, y termine yp, por fin, llevándote cargado a tu casa. Ese es el trabajo de un policía aquí, en Buenaventura. Cargar mierda. A veces viva. A veces muerta. A la celda, al cementerio. Siempre hay alguna que cargar. Tú sabrás. Toma. ‒dijo el policía, y pasó la botella al viejo.

‒No pienses que soy tan estúpido. Sé lo que hago. Quizás no sea tan buen policía como UDS., pero yo también estoy dispuesto al asunto, a lo que sea, y preparado. Así que sólo un poco; tú sabes, para mantener despierto el ánimo. ‒dijo el viejo. Luego de beber un trago, agregó, mientras mostraba la botella al aire ‒además, no es mucho lo que queda aquí ¿eh? Después de todo, como que tendré que ir al “Claro de Luna”. Sí, seguro paso por allá. Por cierto, Colmenares ¿cómo anda el negocio?

‒¿El “Claro de Luna? ‒preguntó el policía.

‒Ajá ‒dijo Medina.

‒Bien, bastante bien. Tú sabes cómo es. Esas vainas nunca van mal, ni cuando están mal. La gente no piensa y, cuando lo hace, prefiere no saberlo. Para distraerse nada como jugar con lo que se tiene entre las piernas. Licor y sexo, viejo: ni los miserables se resisten. Así dice Clarita, y es verdad. ‒dijo el policía.

‒Y qué con la “boca e’ burro” ¿sigue allí? ‒preguntó Medina.

‒¿Clarita? ‒preguntó el policía.

‒¿Quién más? ¿Ya le contrataste un arquitecto que le remodelara la jeta, acaso? Para eso no hace falta un dentista, sino un ingeniero. ‒preguntó Medina.

‒Este pueblo es una mierda. No pueden dejar a la pobre en paz. En fin. Sí, sigue allí. En realidad, ella es la que se encarga de todo. No me quejo. Es muy buena para eso. Para las cuentas y para traer gente. No sé, tiene un imán muy especial. ‒dijo Colmenares.

‒Pero podría ir mejor. ‒dijo el viejo.

‒¡Bah! No me vengas con tu joda y planes de progreso. Que si con Montenegro construimos el paraíso en Buenaventura. Eso es mierda, viejo. Pura fantasía, y menos mal que es así. Esta vaina está bien así. ‒dijo Colmenares, mientras veía al viejo empinarse lo que quedaba en el fondo de la botella.

‒Es el problema de esta gente. Se niega a progresar. Esta mierda se acabó. Me voy al “Claro de Luna” ‒dijo Medina, y se dispuso a salir.

‒Yo me quedo, de guardia. Ya tendré que salir por allí a recogerte del suelo. Si no es muy lejos, mejor ¿eh? Esperaré a que vengan a avisarme dónde. ‒quedó gritando Colmenares mientras veía las espaldas del viejo al salir.

A lo lejos la bombilla roja colgada en la pared. ¡Ja!. La luz al final del túnel. Que mierda. Y qué ¿esta vaina la empujaron más allá o qué? Estos no son capaces ni de echar una pelada al monte. Supongo que éste es el camino. Pero en esta oscuridad ¿Echaron pegoste o qué? ¡Coño, el zapato! ¿Dónde coño está el zapato? Los zapatos; casi nuevos. ¡Aquí está! Que mierda ¿Y cómo hago para ponérmelo? A ver. Viejo de mierda sentado de culo. Allá está la lucecita. Pero ¿se aleja o qué? Levántate y anda, y deja de quejarte. Esta vaina como pica. Malditos. Pero allá está la luz, al final del camino. Siempre hay una luz al final del camino ¿Y la cartera? Aquí está, menos mal y no se cayó, porque para conseguirla en esta oscuridad, ya te veo. El revólver. ¡Coño, el revólver! Menos mal y lo llevaba en el bolsillo, porque lo traigo en la cintura y ya te cuento el hueco en el estómago. Bueno, allá me termino de sacudir y me arranco los cadillos. Que mierda. Y, después que llegues allá, qué. No sé. Ya veremos. Pero no voy a devolverme ahora. Ya he hecho más de la mitad de este camino de mierda. Pero esa luz parece cada vez más lejos. Sí, esa luz al final del camino es una mierda ¿Y qué tal si esto es el mismo maldito sueño del que creo haber despertado esta mañana? Eso explicaría ese alejamiento. La verdad, parece que no voy a llegar nunca ¿Cuánto faltará? Y si es el mismo maldito sueño ¿qué puede importar cuánto falta? Sea lo que sea, tiene que terminar. A ver, un poco más. Llueve. Sí, llovizna. No me jodas. Cuando de mierda se trata, hasta del cielo ha de caer.

Cuando por fin Medina empujó la puerta del "Claro de Luna", se quedó parado en medio del salón lleno de gente. Al fondo, podía observarse el patio vacío bajo la llovizna y parte del techo de cinc de la pieza. Al principio, nadie lo notó. En medio del jaleo y la charlatanería, el viejo avanzó hasta la barra y se encaramó en un taburete. Entonces comenzó a caer mirada tras mirada sobre aquella figura que se sostenía como un pájaro friolento posado sobre un alambre bajo la lluvia. Al fondo se escuchaba alguna tonada cursi e insulsa, el rumoreo de la clientela, un anónimo cuchicheo de putas. Un trago de ron en uno de esos vasitos cortos. El que lo sirvió, se apartó enseguida. Otro cagón más. Está vivo. Claro que está vivo. No te lo dije; lo vi esta mañana. Pero ¿es el viejo, de verdad? Ahí está ¿Qué apuestas que voy y me le siento al lado? Estás loca. Yo no voy a atender esa cosa ¿Qué apuestas? Ajá, y si se empeña en que quiere ir a la pieza ¿qué? ¿te lo vas a tirar? Ésta es capaz de cualquier cosa. Bueno ¿qué apuestan? La mitad de la propina ¿va? Mira que nos deja peladas, la muy puta ¿eh? No, yo no voy con nada. Si quieres ir, vas. Allá tú. Clarita se acercó y colocó su mano sobre el hombro del viejo. De reojo, Medina observó las uñas largas color leche.



‒Tú. ‒gruñó el viejo.

‒¿De dónde sales tú, viejo? Cuánto tiempo ¿eh? ‒preguntó Clarita.

‒¿Yo? De la tumba, o al menos eso piensan todos ¿Tú no? ‒dijo Medina.

‒Pues viéndote bien… así parece. Mira nada más ¿Dónde agarraste todo ese barro? ‒dijo la mujer mientras arrancaba algunos cadillos de la ropa del viejo.

‒¿Has visto a Romero? ‒preguntó Medina.

‒Sí ‒Respondió Clarita.

‒¿Cuándo? ‒preguntó el viejo.

‒Temprano, esta noche estuvo por aquí. ‒respondió la mujer.

‒¿Volverá? ‒preguntó el viejo.

‒No lo creo. Estuvo un rato. Ni siquiera bebió. Bueno, sí, pero sólo una cerveza, que de tanto que la manoseó se le debe haber vuelto caldo. ‒dijo la mujer, al mismo tiempo que iba aproximando muy lentamente su mano a la pierna del viejo.

‒Se fue temprano, entonces. ‒susurró entre dientes el viejo.

‒Ajá ‒exclamó la mujer.

‒Claro. Alguien debe esperarlo en la casa ¿No? Su nueva casa, como quien dice ‒dijo el viejo.

‒No lo sé. Dicen que se mudó a la casona abandonada, allá, en la otra punta del malecón. Hasta donde yo sé, esa vaina es una ruina ¿no? Sólo perros y locos se meten allí ¿A quién se le ocurre? Bueno, se sabe que el Comisario es medio raro ¿Sabías que ahora se la pasa con un perro? Hoy, cuando estuvo por aquí, el animal lo esperó afuera ¿Por qué tan rápido, mijito? Le pregunté cuando se iba. Me esperan allá, dijo señalando con el dedo gordo hacia la puerta ¿Quién? Pregunté. Perro, dijo él. Ah, el perro, sí, dije sin poder contener la risa. Perro, cortó el hombre secamente. Yo lo miré sin entender. Se llama Perro, insistió, y luego se fue ¿Qué te parece, eh? El perro se llama Perro ¿Tú le pondrías un nombre así a un perro? Está medio loco, el Comisario. Pero es un buen sujeto. La verdad, así me parece. A veces me pregunto si no anda huyendo de algo, o alguien. La gente se mete en cada lío. Quién sabe si éste no anda hasta el cuello. Tú sabes, si quieres perderte del resto del planeta, nada como Buenaventura. ‒la mujer calló de súbito, cuando sintió el bulto en el bolsillo del viejo. Entonces preguntó: ‒¿y qué llevas allí?

‒Lío en el que se metió conmigo el policía. ‒dijo el viejo con la mirada fija en el vacío de su propia rabia.

‒Vamos, viejo. Déjate de eso. Ya todo el mundo sabe lo de la bronca que le tienes al Comisario por lo de Susana. No vale la pena. Yo que te lo digo. Por qué no te relajas un poco y nos vamos a la pieza ¿eh? ‒dijo la mujer mientras continuaba con su mano hacia el entrepiernas.

‒¡Ahora no. No estoy para eso! ‒cortó Medina.

‒Vaya. ¿Qué pasa esta noche que los hombres? Humor de perro, el que tienen! ‒exclamó molesta la mujer y se alejó.

A medida que escampaba, algunos se iban al patio y se quedaban viendo al viejo, ahora solo en la barra, sumido en el odio y ante el horror de su propio espectáculo, que se iba tomando más horroroso a medida que avanzaba la noche. Me gustaría saber la hora. Eso me gustaría saber. Pero este reloj. Mierda. Para qué verlo ¿Acaso no habría sido mejor morir anoche, sobre la cama limpia e impecable que su endeble cuerpo no había sido capaz siquiera de arrugar? ¡Ja! Este cuerpo, si no está muerto ya, cuánto pesa, el miserable. A lo mejor ya está muerto, y lo único que he hecho es sacarlo a pasear por esta callejas de mierda. Quién sabe. Puede que sea esto lo que los filósofos llaman estar con uno mismo. Lo que sea, es un cuerpo lamentable por el que no me puedo lamentar; un envase, eso; un envase sucio y golpeado y lleno de tierra, que he tomado prestado a la eternidad y llegó la hora de devolverlo. Toma. Aquí está tu mierda. Te lo devuelvo. ¡Ja! mira que usadito. Puede que ni siquiera lo acepte la eternidad. No, claro. La eternidad no acepta esos cacharros. Por eso entierran a la gente, para que los gusanos limpien la podrida carne de la osamenta. Al menos, anoche, habría muerto limpio y en su lugar, este cuerpo de mierda. Todo estaba tan quieto; la noche y sus sutiles transparencias, la luna lejana y fría, el conocido y siempre inescrutable sonido del mar. Todo, incluso él mismo, estaba poseído por la armonía del desprendimiento, y no, como ahora, revoloteando en tomo suyo, cayendo en el abismo de sí mismo. Si hasta el cura cumplía con la divina misión de bendecir todo aquello. Pidió una botella para llevar.

Quienes entraban o salían del "Claro de Luna", veían a un Medina de cabeza volcada sobre la barra y que a duras penas se sostenía sobre el taburete. Hundía las manos en la cabellera enmarañada. Mejor que me levante y me vaya. La camisa blanca, sudada y sucia se le salía por los bordes del pantalón a la altura de la cintura ¿Y cómo hago ahora para bajarme de esta vaina? Los comentarios iban y venían de una punta a otra del "Claro de Luna". A ver; primero un pie. Casi todos presagiaban un desenlace fatal, y había quienes apostaban que el desastre no pasaría del amanecer. Todo era tan distinto anoche, aquella noche, que ahora me parece tan lejana, tan quieta y silenciosa, en comparación con este ahora. Entre los vapores del ron y las lamentaciones, Medina escuchaba el ambiguo y confuso rumiar de todos en tomo suyo. La muchedumbre, su Juicio final e interminable. Por qué no se callarán todos de una maldita vez, a ver si termino de bajar de esta vaina. Cuando me encaramé, no parecía tan alto. Las murmuraciones caían como una lluvia que enturbiaba el mar y llegaba hasta sí para dejar en las playas de su muerte la estúpida opinión de cada quien. Ahí voy. De súbito, se produjo entonces la estrepitosa caída. Medina se fue de lado y, desde el piso, observó aquellas cabezas que lo observaban desde lo alto. Era la primera vez que veía a Buenaventura desde abajo. Aquellos zarrapastrosos parecían haber tomado el cielo por asalto. Jalonado por brazos y manos que salían de todas partes, Medina se incorporó entre desprecios y maldiciones que prodigó generosamente. El reloj ya no estaba en su muñeca. Pero el viejo ni se percató de ello.

Ya fuera del “Claro de Luna”, aunque caminaba rozando las paredes para no caerse, volvió a caer varias veces. Anduvo el estrecho sendero entre el monte, hasta que alcanzó la calle. Se sentía perdido a lo largo de aquellas calles harto conocidas. Luego de más de una hora, como pudo llegó hasta la zona del malecón, con el propósito de caminar en línea recta hasta la casa de Martín Romero. Pero ya habría tiempo para eso. Primero estuvo largo rato caminando por la playa. En la arena húmeda se dibujaban las curiosas huellas de sus pasos de caso acabado y hombre soberbio, al que sólo le iba quedando su cabo y su soberbia, y que la marea borraba en un ir y venir indiferente ¿La muerte acecha? Debe ser ese ruidito extraño, que sólo un especialista en cosas extrañas, como yo, puede percibir. Ese pitido, tenue pero constante, allí, enredado en el cuerpo invisible de la brisa que trae el aliento de la noche. O ese olor, igual enredado en la brisa marina. O ese chasquido en que terminan las olas rotas. También la adivino en la transparencia negra de los cielos, o en ese transcurrir ya frío que me suda en las manos. Que monótono es todo esto. El modo en que cada cosa, tan diferente, habla, sin embargo, en el mismo lenguaje indiferente. Pero aún estoy vivo y soy quien manda aquí. Quien no lo entienda así, se las verá conmigo ¿Y a quién lo dices? No importó a quién. Era casi la media noche cuando lo juró así, en medio del ruido del viento y una amarga melancolía que nadie escuchó. Tanto mar y tanta noche. Tampoco te toman en serio. Sacó el revólver del bolsillo y lo disparó al aire. La detonación y la borrachera lo sentaron. ¡Ja! El viejo de culo. Que no es lo mismo que culo de viejo ¿eh? Bueno. No importa. No lo intentaré por ahora. Reposaré un rato. Será más fácil bajarme de aquí que de ese maldito taburete. Viejo de culo sentado con ese culo de viejo que ya no siento. A ver. Calculemos. Si a seis le quito uno me quedan cinco, bisbisaba al tiempo que veía, como si en vez de verlas las recordara, las olas de brillante cresta que se repetían una tras otra. Viento, sol apagado, luna llena, olor a alga y hierro, piedras, sonido de piedras arrastradas en el vaivén de la resaca y su propia resaca cuerpo adentro que por no saber cómo sentir suya sintió ajeno. Estás viejo.

TEMPORAL

Una historia acerca del hecho de escribir historias

(novela filosófica) 

...sucede que la vida no tiene inicios ni finales, y que sólo en el ámbito y contexto de una narración es susceptible de adquirirlos. Lo que me recuerda, por cierto, aquello que una vez dijera Beckett: ese fue mi error, uno de mis errores; exigirme una historia, cuando sólo la vida bastaba. Si es así, entonces estoy aquí para perpetrar mi propio error. Y hasta puede que ésta sea la forma de haber empezado a hacerlo. Más me vale.

Introducción General

El Bolívar histórico del que se ocupa este trabajo no es, hablando en términos rigurosos, el del pensamiento político y la estrategia militar, aunque, desde luego, mucho tendrá que ver con ello. Pero no es un análisis de ese tipo lo que busco en su discurso sino, más bien, al discurso mismo como herramienta del político y el hombre de guerra. Se trata del Bolívar de la palabra. El lenguaje como signo de conciencia histórica, como dimensión de temporalidad y como fuente de heroicidad. Del discurso de Bolívar no me interesa tanto el pensamiento como su narrativa; su inteligencia política o militar, como la semántica o discursiva. Del Bolívar histórico no busco la verdad, sino el estilo.

Introito

Un día, cuando todavía era estudiante de historia y me desempeñaba como investigador en el archivo histórico del antiguo Congreso Nacional, al fondo de la bóveda, en medio de un cúmulo de trastos tan viejos como valiosos, me topé con una desvencijada edición del Diario de Bucaramanga. Sumido en la molicie que mi burocrático cargo ya me inspiraba, aquél libro me distrajo y, allí mismo, en un improvisado asiento de cajones, lo leí. Para cuando retorné de la bóveda, mi imagen de Bolívar -como la de casi todos, determinada por ese formalismo patriota propio de la historiografía de banco de escuela, como la llama Vallenilla Lanz- cambió. Este libro es el resultado de un intento por captar y comprender aquello que cambió.

CARTAGENA: del destierro a la gloria

La Memoria dirigida a los ciudadanos de la Nueva Granada por un caraqueño, mejor conocida como el Manifiesto de Cartagena, se considera el primero de los grandes documentos políticos de Bolívar. Fechado 15 de diciembre de 1812, recoge la experiencia del incipiente gobierno republicano que, a mediados de ese mismo año, ha sucumbido en Venezuela bajo los embates del ejército español. Se trata de una memoria de la derrota, producida por alguien que ha participado como oficial en la guerra el gobierno español y que, salido al exilio, ha llegado a la Nueva Granada con el propósito de obtener hombres y recursos que le permitan invadir su país de origen y restablecer la república. Esta memoria no es, pues, el mero relato pasivo de lo que aconteció, de cómo el ejército español ha vuelto a tomar de una de las plazas más importantes y estratégicas de la América insurrecta, sino del plan para recuperarla. Se expone aquí el análisis crítico de una experiencia republicana particular, de la que se extraen conclusiones políticas y doctrinales que proporcionan una nueva perspectiva del proceso de emancipación no sólo en Venezuela, sino en toda la América Meridional. Se puede compartir en mayor o menor medida tales conceptos. Pero, en cualquier caso, es indiscutible que estamos ante la primera visión sistemática, general y de conjunto que, más allá de la dimensión logística y militar que impone la guerra, nos proporciona el primer concepto histórico y estratégico de la emancipación americana. Al menos, el primero producido por un soldado con una clara visión política. En este sentido, estamos ante la primera teoría revolucionaria de la lucha por la independencia.

CARÚPANO: vindicta, libertad y barbarie

En el Manifiesto de Cartagena nada indica Bolívar respecto a la cuestión social. Cuestión ésta tan conflictiva que, siglo por medio, llevaría al historiador Vallenilla Lanz a definir la guerra de independencia como una guerra civil. De ello nos da una particular perspectiva el Manifiesto de Carúpano. No pasó mucho tiempo para que el discurso de Bolívar hubiese de encarar el tema tabú en Cartagena. El momento sobrevino con la caída de la Segunda República, tras ese fenómeno tan contundente como efímero que fue Boves para el proceso de independencia. Efímero en cuanto a su personal actuación y liderazgo, pero en alguna medida permanente en cuanto a la guerra como forma de vida para los sectores populares y el ejército como vía de transformación de una estructura social que hundía sus raíces en la colonia. Acaso fuera Boves el más encarnizado enemigo de la república. Pese a lo cual, la república, a la postre y para ser tal, fue su más genuina heredera. De él recibió su ejército, su dinámica social y hasta el estilo de su liderazgo. A tono con la dialéctica de la guerra, los llaneros que siguieron a Boves pasaron de bandidos a patrimonio de la república. Patrimonio que en algún momento hizo decir a Bolívar que la revolución estaba sentada en un volcán social a punto de hacer explosión. Pero eso sería más tarde y en privado. En Carúpano, todavía este ejército sólo representa el modo en que la barbarie se opone a bien supremo de la libertad.

JAMAICA: Historia, Semántica y Geopolítica

1815: el descenso de Napoleón se cruza con el ascenso de Bolívar. Ambos han partido al exilio, a Santa Helena y a Jamaica, respectivamente. Tres años más tarde, el americano meridional, que ha tomado Angostura, la plaza estratégica que inclinará el curso de la guerra en favor de la causa patriota, dirá de sí mismo: yo busqué asilo en una isla extranjera, y fui a Jamaica solo, sin recursos y casi sin esperanzas. Perdida Venezuela y la Nueva Granada, todavía me atreví a pensar en expulsar a sus tiranos.1 De modo que el exilio, que para Napoleón dictamina el final de un imperio en Europa, para Bolívar anuncia el renacimiento de un proyecto en América. Esta conjunción en el cosmos simbólico de la historia que involucra la carera de dos grandes líderes políticos y militares, alude también a un cambio de época, determinado, desde el punto de vista geopolítico, por el ascenso de las potencias del capitalismo industrial y la caída del colonialismo mercantilista. A ello tributan diversos procesos: la ilustración, el nacionalismo, el industrialismo, la revolución francesa, la expansión napoleónica, la independencia estadounidense, la emancipación en América Latina. Es ésta una coyuntura en el proceso de largo plazo que lleva de la era agrícola a la era industrial. En este contexto se fraguan los cauces iniciales de un proceso histórico de alcance planetario. La Carta de Jamaica forma parte de este contexto. Es una forma de asomarse a él y otearlo desde los agrestes montes de una América irredenta. Tal es el punto de partida de este ensayo.

ANGOSTURA: el guerrero creador de repúblicas

La Carta de Jamaica concluye con la afirmación según la cual la clave para poner fin a la dominación española y fundar un gobierno libre es la unión, obtenida por efectos sensibles y esfuerzos bien dirigidos. Lo que por entonces queda en un escueto enunciado, en Angostura va a ser objeto de un denso desarrollo. Eso es el Discurso de Angostura: un efecto sensible, un esfuerzo bien dirigido. En atención a las lineas principales de su estructura discursiva, es una apelación a la conciencia histórica, un plan estratégico centrado en la implantación del Estado Nacional, y un instrumento de significación del movimiento de independencia como proceso histórico. Pronunciado por Bolívar el 15 de febrero de 1819, en el acto de instalación del segundo congreso que se daba a sí misma una república en medio de los avatares de la guerra, constituye una de las piezas oratorias más importantes de su haber político. Dicho ello por su contenido en sí mismo considerado. Y dicho también por el modo en que marca una diferencia de dimensiones estratégicas entre un antes y un después del proceso de independencia. En la visión totalizadora del Discurso de Angostura confluye lo político y lo militar. Para ganar la guerra en el siempre inhóspito campo de batalla, es preciso ganarla también en el de la política; por cierto, no menos inhóspito, agreste y peligroso que aquél.

BOLIVIA: el hombre de las dificultades como legislador

El guerrero ciudadano es aquél al que le es dado despojarse del mando. Así en la Caracas que le otorgó el título de Libertador, así en la Angostura que lo ratificó como Jefe Supremo, y dos años después lo llevara a ser designado en Cúcuta Presidente de La Gran Colombia. Las dificultades comienzan cuando la historia lo despoja a él de la guerra y se queda sin esa fuente de gloria que, hasta entonces, había sido el enorme campo de batalla y de política que, visto desde Pasto, se extendía entre el Orinoco y el Potosí. Así, Ayacucho consigna en la historia americana la emancipación, ciertamente; y en el destino particular del guerrero ciudadano el retorno de la cima de la gloria a la sima de las miserias de la burocracia y la administración. Siendo el campo de batalla la fuente fundamental de su gloria, dentro de él lo es todo; fuera de él nada, o tan sólo un ciudadano recto e iluminado que, apegado a su prestigio y honor, está llamado a dar la cara a esa oleada de anarquía que, en la paz, devora cuanto ha venido edificando en la guerra. Consumada la independencia o, más exactamente, el proceso de la guerra que habría de conducir a ella, el enorme mapa del nuevo mundo se ha teñido de una no menos enorme complejidad. Mientras se triunfa en Ayacucho se conspira en Caracas. Al tiempo que se finiquitan los últimos detalles del Congreso de Panamá, las recién creadas repúblicas se hunden en la lucha intestina y doméstica que atenta contra la anfictionía. En carta a Santander, fechada en Lima, el 6 de enero de 1825, es decir, a un mes escaso del triunfo en Ayacucho, encontramos esta situación descrita en palabras del propio Bolívar:

OCAÑA: el clamor del pueblo

Desde el punto de vista de su estructura semántica, el libertador, como instancia fundamental del discurso, representa la condición esencial de Bolívar como máximo dirigente político y militar de la emancipación americana. Más que como mera parte de la historia, el libertador concibe, administra y conduce el discurso como conciencia e instrumento hacedor de ella. Sin embargo, y como es de esperar, se trata de un discurso que siempre ha sido concebido y pronunciado desde el entorno de la dirigencia política a la que pertenece, aún en aquellos temas sensibles en que la actuación de dicha dirigencia pueda ser cuestionada por en su mensaje. Desde este punto de vista, el libertador siempre ha sido una instancia discursiva de una u otra manera asociada al estrecho círculo de la élite civil y militar que comanda el proceso independentista. Así, por ejemplo, El guerrero ciudadano del Discurso de Angostura, que dichoso convoca a la representación nacional y se despoja del mando ante ella es, con ello, al mismo tiempo, legitimado por ella. Como parte de la dirigencia, el guerrero ciudadano es jefe supremo entre iguales. En este sentido, los discursos fundamentales de El Libertador como creador de un nuevo tiempo histórico son documentos de identidad con el entorno dirigente del proceso de independencia, palancas ideológicas de su legitimación ante ella como máximo líder.

Epílogo

Hasta aquí me trajo el Bolívar con el que un día, hace mucho tiempo ya, me topé en el Diario de Bucaramanga. El hombre histórico de los discursos. El de la palabra y el estilo. El de la conciencia moderna y la faena semántica. El de la revolución como concepto y del heroísmo como ejercicio de voluntad de poder. Su discurso marca el paso de la barbarie a la civilización, con todo lo bueno y todo lo malo que una transición así supone para la gestión de su propia historia por parte de un pueblo. Y como pueblo, no tenemos conciencia de tal significación porque la historiografía de banco de escuela se ha hecho cargo de ello, bien haciendo de Bolívar una venerable pieza de museo, bien poniéndolo a comer mangos para popularizarlo. Al respecto, me limito a recordar las palabras de Vallenilla Lanz:

HERÓDOTO: los orígenes de la historiografía

Si uno se deja guiar por lo más estrictos rigores académicos, incluso los de la historia, probablemente los menos estrictos de todos, muy a pesar de los historiadores académicos, un trabajo de este tipo luce desde muchos puntos de vista desalentador, bien por lo poco con se cuenta para realizarlo, bien por la poca estima que se guarda hacia lo poco que se tiene, incluso los escritos de aquel a quien Cicerón, si no me equivoco, dio en llamar Padre de la Historia. Y lo hizo en el marco de una larga tradición representada por críticos para los que Heródoto era ya casi tan extraño como para nosotros y que, salvo contadas excepciones, se caracterizó por su desprecio, acusándolo de mal escritor, de inútil, y hasta de mercenario.

Capítulo 1: el hombre, la obra, el contexto.

Es muy difícil establecer un imperativo ideológico, filosófico, político o moral que nos ayude a comprender la aparición de la historiografía en una íntima relación con el contexto histórico en que ello tiene lugar. La vaga generalidad de la que aquí me valgo, es decir, comprender la aparición de la historiografía como parte del humanismo característico de la Grecia Clásica, que tuvo su máxima expresión en el arte y la filosofía, es fácilmente aceptable, pero, se entiende, muy poco precisa. Ese humanismo, la ruptura respecto a la mitología que a él es inherente, comienza a gestarse en la Grecia Arcaica, con la filosofía jónica y la aún ingenua pero inequívoca proximidad que ella representa respecto a la naturaleza. Por otra parte, como se sabe, dicho humanismo se prolonga mucho más allá de la época de Heródoto y en plena decadencia ateniense producirá lo más acabado de su filosofía. Este humanismo griego es, pues, el espacio histórico cultural de muchas cosas, amplio contexto en el que la historiografía luce como un ínfimo detalle, acaso el más prescindible de todos.

Capítulo 2: mito, filosofía, historiografía.

Partamos del hecho, tan magistralmente representado por la cruel simpleza del mito de Sísifo, de que el hombre es una especie condenada a la historicidad. A nadie le es dado elegir no vivir la historia. Encadenado a la infinita finitud del tiempo, el hombre histórico transcurre sin la certeza de saber para qué. Toda la historia humana pudiera comprenderse como la obsesión de este hombre histórico por darse sentido a sí mismo. Todas las cosmogonías lo han adscrito, de una u otra manera, a vagar fuera de lo eterno, perecer una y otra vez. Y todas intentan, al final, reconciliarse con el proscrito, traerlo de nuevo a casa, el paraíso perdido que, en algunos casos, puede ser, incluso, la nada cósmica, peculiar forma de eternidad que nos permite suponer que hasta la supresión de la existencia es preferible al castigo de la existencia histórica. Esta caída en el tiempo es el nudo gordiano de todo el drama bíblico y, en muy otro contexto, es, también, el mayor suplicio que la mitología griega pudo imaginar para el hombre réprobo

Capítulo 3: dioses, hombres, historias.

Heródoto cree en el Oráculo. Es fácil demostrarlo a través de la cita de párrafos como, por ejemplo, el que nos habla de la furia de Taltibio1 contra los espartanos, y otros en los que hace referencia al plano de lo divino como la última salida que encuentra para explicar, -¿o justificar?- un determinado acontecimiento histórico. Sabemos que esto le ha costado a Heródoto buena parte de las censuras que lo descalifican como historiador ya que, se supone, la historia debe explicar al hombre y sus acciones por el hombre mismo. Como se sabe, ha llegado a ser norma del oficio que recurrir a Dios es hacer trampa. Una suerte de principio epistemológico pende como espada de Damocles sobre el historiador cada vez que su discurso historiográfico apela al deus ex maquina. Heródoto puede ser, según esta misma norma, demasiado ingenuo o primitivo .

Capítulo 4: hombre, historia, tragedia.

Si nos pusiéramos a plantearnos los problemas de epistemología y método en los Nueve Libros, probablemente no hallaríamos asidero sólido alguno para el análisis y la reflexión. En realidad, estrictamente hablando, tales problemas no existen para aquella historiografía que, desde sus mismos inicios, se colocó al margen de la sabiduría y se dio a sí misma el despropósito de alimentar la memoria humana, salvar el vertiginoso acontecer humano del olvido humano. Sin embargo, pese a una tarea tan metafísicamente pobre y, en parte gracias a ello, aquella primera historiografía estaba llamada a sentar las bases para una cruel desmitificación de dicho acontecer. El hombre histórico que recién ha descubierto es objeto de paciente y crítica observación; no se le puede tomar a la ligera, tal cual lo encontramos, ni creer de buenas a primeras lo que dice y piensa de sì mismo. Racionalista pero curiosa, tolerante pero desconfiada, fue ésta una historiografía que se aproximó a su hombre histórico con acucioso sigilo, alerta a los juicios y creencias que históricamente su objeto de observación había generado respecto, y a partir de, su propia historicidad. El hombre histórico y la cultura, ámbito al que es inherente el desencadenamiento de sus acciones en el espacio y el tiempo, abrieron así el pensamiento humano hacia una dimensión hasta entonces desconocida.

 

 

Preliminar

He visto a Dios. Es espantoso. No hemos hablado. Para escucharme, tendría que ser yo hombrte de fe. Y, para escucharlo, un esquizofrénico. Pero pululamos en el mismo universo. Él en su cueva y yo en la mía, somos vecinos del mismo barrio; el del misterio. Sólo que yo la habito con la suficiente molicie e ignorancia como para no perder la cabeza. Él no. El misterio lo ha enfermado. Y, convencido de ser la verdad que lo despeja y que, por lo tanto, nos haría libres, ha perdido la suya.

De la caída a la salvación: la historia inconclusa de la creación.

La caída simboliza el inicio de la historia, al menos para la criatura; es decir, la existencia temporal a la que, tras rebelarse, ha sido condenada por su creador. Y la salvación la recuperación de una criatura que, ahora, como pecador; o sea, habiendo comprobado por experiencia lo que su creador por omnisciencia ya sabía y se negó a revelar, retorna arrepentida al paraíso en que fuera creada, y lo hace por gracia del que la condenó. Así, entre caída y salvación -fin del tiempo de por medio- el reino de este dios describe un ciclo único y total hacia la eternidad propiamente dicha, suponemos, ya que, hasta la culminación de dicho ciclo, dicho reino no ha sido otra cosa que un proyecto histórico; una teleología en la que Dios hace de sentido inmanente y la eternidad de meta trascendente.

De cómo no fui echado del paraíso: me largué yo mismo

El Génesis, como se sabe, es el primer capítulo en la historia de un dios que creó el mundo, la historia; vale decir, el pasar en que las cosas pasan y el tiempo con que lo captamos. Según esta historia, en siete días -merecido descanso incluido- este dios, emergido de las tinieblas, configuró el universo total: estableció su reino eterno, creó la criatura llamada a adorarlo por la eternidad, actualizó el abismo temporal al cual arrojarla cuando se resistió, y, por último, concibió el plan para rescatarla de su temporalidad y retornarla a su seno. Más que una historia de dios, ésta es la de un proyecto de dios. Con lo cual esta historia deja fuera lo más interesante del objeto a historiar: las tinieblas mismas, el abismo y el origen del dios-héroe que, venido de ellas, encarna la luz que ha de iluminar el nuevo todo en que se dispone a reinar. De modo que esta historia, que no indaga en su tema y que, aún así, pretende dar razón de la temporalidad mediante la eternidad, nos deja en ascuas, pues sólo vale para confirmar que la vida eterna junto al dios que nos ha creado no es menos absurda que la temporal a la que nos ha condenado. No obstante, hagámonos de la vista gorda con este detalle menor, y ocupémonos de un dios al que, en esta parte de su historia, toca hacer de inicio en la historia toda del universo. Porque, en esencia, no de otra cosa hablamos aquí: de un dios que actúa y que, sólo en cuanto tal, ha podido ser objeto de narración.

De cómo andando el camino correcto terminé en el punto de partida.

Me parece que era Artaud quien decía que Dios no existe, y que, si existe, es una mierda. Esta idea de dios es un dilema que apunta, por una parte, a su real y efectiva existencia y, por la otra, a que, en caso de existir, sea cosa digna de creencia. Y si bien la real existencia de una cosa es condición previa del juicio sobre de ella, en el caso de los dioses es tema casi irrelevante, si se lo compara con la idea de dios, que sí es históricamente real. La existencia o no de uno que se hace llamar Dios es indemostrable. Pero la idea que de él tengamos es crucial. Pasa que nuestra inteligencia, memoria y voluntad de entes temporles que para ecistir han de hacerlo históricamente es el único hilo que vincula al dios en el que pretendemos creer con la eternidad en la que debería reinar; eternidad ésta de la que vendríamos y a la que, consumada nuestra temporalidad, habríamos de retornar. El problema acá es que, entonces, hablamos de un dios, un reino, una eternidad; en suma, un ser pleno que ha salido de sí y ya no es tal, pues ha sido intervenido, socavado y puesto patas arriba por la temporalidad misma de la criatura que estaba llamada a constituirlo. De modo que, si alguna vez fue, este dios ya no tiene ser, pues ha devenido y, por tanto, sólo puede tener historia. Y el mayor problema para este dios es que, en efecto, la tiene. Se la conoce como sagrada. Lo cual no es sino un infeliz oximorón, que me veo en la obligación de corregir. Porque, el otro problema no menor para este dios, es que, además de también tener una historia, tengo, gracias a ello, una idea de dios; por cierto, ontológicamente mucho menos generosa que la de Artaud.

De mi autocondena

Una cosa es ser expulsado del paraíso, tras una patafa en el culo, y muy otra abandonarlo por los propios pies: o sra, arrojarse uno mismo. La voluntad hace la diferencia. Lo que procede entonces es la autocondena. Ello equivale a la condena de Dios, sólo que despojada de su divinidad por el acto voluntario de quien se la autoimpone. Éste es el dato fundamental acá. La rebelión de la criatura sólo acarreó la expulsión del rebelde y no alcanzó su cometido. Ciertamente, desató la ira de Dios, pero no afectó su divinidad. Sin embargo, fuera de los predios del reino, la rebelión continúa: se torna secular. Sujeta al curso de su propio devenir, si la criatura se proclama pecador, su castigo se convierte en causa y su destino en botín de guerra. Lo que a este dios toca ahora enfrentar no es la conjura, sino la reivindicación del pecado respecto a un reino que sólo molicie, desprecio e indiferencia puede inspirar. Lo cual es mucho más difícil para uno tan propenso a la cólera y que tanto requiere de ser adorado.

De Dios como significación de un pasar que no lo requiere.

El pasar no rquiere de dioes, sino de historias, que lo signifiquen como pasado-presente-futuro y den forma a la existencia temporal. Son los dioses los que rrquieren de una historia para tener sentido como artífices del pasar. Dios tiene una. Se la conoce como la sagrada. Lo cual encierra un total contrasentido, ya que si, a diferencia del mito, cuyo papel es reconocer un pasado, el de la historia es indagarlo, con lo cual toda historia es, por definición, profana; incluso la de este dios, pese a que su intención sea la de hacernos reconocer en un único y por lo tanto verdadero pasado cósmico.

De gracia divina y conciencia histórica

La Salvación es el remiendo metafísico del error ontológico de la Creación. Dios intenta recoger al final del tiempo el desastre que ocasionó con su inicio. El intento de corregir el error con que comprometió su ser pleno lo conducirá a uno aún mayor, y que hará de la eternidad un imposible. En aquel entonces se equivocó al echar a la criatura del reino, porque con ello dio paso a la historia y a sí mismo como proyecto. Ahora está dispuesto a equivocarse de nuevo, haciéndola regresar al lugar del que la echó, porque con ello se trae la conciencia y la memoria, que han de desmerecerlo por completo como ser. Si Dios, como espera, pudiera ser adorado por el pecador, éste no sería tal, pues en la eternidad no puede haber conciencia ni memoria, que es de lo que está hecho todo pecador en tanto que arte y parte de la existencia temporal. Pero este dios jura que la Salvación del pecador es su salvación como dios. Según su propia historia, lo que lo mueve a recuperar su antigua criatura no es el arrepentimiento, sino el perdón y la misericordia, en el entendido de que a quien corresponde arrepentirse es al pecador mismo. Su gracia está, pues, dirigida a aquél que, sobre la base de tal arrepentimiento, se hace acreedor del perdón y la misericordia, que es lo que de nuevo lo conducirá a la vida eterna que perdió tras su rebelión. Toca entonces considerar las implicaciones que tiene esta en apariencia armónica conciliación de gracia divina y conciencia histórica.

Epílogo

La eternidad sólo puede entenderse tal y como Platón define el ser: lo uno siempre igual a sí mismo. El tiempo, nos indica en el Timeo, es imagen móvil de la eternidad. Para Aristóteles dios vendría a ser la causa primera, el motor a partir del cual todo entra en movimiento, sin que determine el curso del movimiento al que da lugar. De tal manera que la eternidad no es espacio en el que sucedan cosas, ni un modo particular en que las cosas suceden o hayan de suceder. La eternidad es una idea, un principio, un axioma; nunca un atributo de algo distinto de ella; mucho menos el estadio superior de algo que, habiendo iniciado en calidad de temporal, se haga eterno tras dejar atrás y superar su temporalidad. La eternidad sólo podría ser la negación absoluta del antes y el después, del inicio y el final. Si algo cambia, hay movimiento, tiene una dimensión duradera y, por lo tanto, temporal, En consecuencia, la eternidad no puede ser anterior ni posterior a nada, pues sería mera episodio de lo que sucede. Y en ella nada puede suceder, porque, a diferencia de lo que sucede en las historias, no hay inicio ni final. Si algo tiene historia, no le cabe eternidad, aunque dure eternamente.

LA RATA

Yo habitaba en una vieja casa vacacional abandonada, colgada de lo alto de un cerro pedregoso y desde el que se podía ver abajo el mar en su quieta enormidad, yendo y viniendo en monótonas embestidas contra las rocas negras del acantilado en el que, por ahora, espero. 

LA ÚLTIMA CENA

Por obra y gracia del espíritu santo sigo aquí, como de costumbre, aludiendo y mendigando a cada transeúnte que pasa frente a mí. Ocupo el primer escalón de los doce que conducen a la taquilla de una sala de cine donde sólo entran hombres solos. La verdad no sé si es el primero, porque, contando desde la acera, éste sería, en realidad, el segundo. Con lo cual. el total de escalones de la escalera entonces sumaría trece, Por otra parte, trece, según he escuchado decir desde siempre, es número de mala suerte. Luego la diferencia entre doce y trece no sería sólo de un escalón, sino de un destino. De modo que ocupar el segundo o el primero no es cuestión que se pueda tomar a la ligera. Y, ciertamente, que no lo hago así. Sólo que, en mis consideraciones al respecto, encuentro razones igualmente lógicas e irrefutables como para afirmar que estoy en una o en otra posición. Esto es cosa que me gustaría resolver cuanto antes. Por primera vez, no sé por qué, me hallo en la circunstancia en que me gustaría saber, a ciencia cierta -como también se suele decir- en dónde estoy. Nunca imaginé que de un escalón a otro pudiera haber semejante diferencia. El mundo, que para mí siempre ha sido la acera, sería el primer escalón, con lo que yo estaría, entonces, a un escalón menos del cielo y a dos más del infierno. Esto en caso de que el cielo esté arriba, el infierno abajo y yo en el medio. En la perspectiva de este sanguche cósmico puede que la diferencia no se sienta tan enorme como entre el primer y segundo escalón, quizás porque la diferencia entre cielo e infierno es más de fe que de cálculo. Pero, por otra parte, la diferencia entre fe y cálculo es tan enorme como la que puede haber entre un escalón y un destino. Es el tipo de cosas que me gustaría resolver. Allá, por la acera de enfrente, va el gordo de las corbatas anchas y los zapatos chillones. A veces viene. Es el tipo de evento que siempre me distrae de mis resoluciones.

LA QUINTA PATA

Octubre. Lluvia, llovizna, tormenta o aguacero. Lo cierto es que desde hacía ya tiempo el agua no dejaba de caer como una maldición del cielo. Si, hasta cuando cesaba por un rato, no era sino para mostrarse en esa forma de bruma, neblina, calima o calina. La misma maldición; sólo que elevándose desde la tierra sobre la que ha llovido sin parar. A la hora de ser andada, no había sino dos opciones: la maleza o el barrial. Tú eliges, se dijo a sí mismo en el instante incierto en que intentaba dar con el camino para emprender la huida. De súbito, la noche se detuvo. Un relámpago de inamovilidad con el que el aguacero cesó de golpe. Y entonces fue esa quietud que parece escucharlo todo con los oídos de su silencio. Extenuado, se sentó y miró de nuevo al cielo. Durante un largo rato, ni los mismísimos dioses osaron asomarse por cima de los muros de la noche, hasta que de nuevo se dejó oír el monótono canto de los grillos.

TAXIDERMIA

A ver. Acaso esté yo en el curioso procedimiento de comprobar a través del sueño que el alma, si no se refiere a la mera forma de la materia, tal y como Aristóteles fue el primero en sugerir, es el más degenerado e infame de los conceptos. Menos mal y me leí a tiempo aquel tratado que Amanda, mi mujer, dice que lleva título de espanto o aparecido. Como sea, ya sabía yo que no podía ser tan inútil haberlo hecho, tal y como ella siempre aseguró, con ese pragmatismo repugnante tan propio del género femenino y que se va acentuando con la edad. Ella siempre dice: no creo en santo que come y caga, ni en loco que no come mierda. Y, en cierto modo, compartimos la misma poca fe. Aunque para no creer en los santos ni para creer en los locos, requiera yo concebirlos avocados a tan vitales funciones. En todo caso, por ahora, el curioso procedimiento al que aquí me refiero es la única posibilidad que me queda para salir del atolladero en que me encuentro desde hace… Ni siquiera sabría decir cuánto tiempo, pues lo primero que resalta en este asunto es la perdida de la certidumbre que el tiempo nos proporciona como el principal referente de lo que existe.

PORNOAVENTURA

¿Cómo se puede ser, durante algún tiempo, tan vital y, al mismo tiempo. morir sin necesidad alguna de haber vivido por razón distinta a la de follar? Tal era la pregunta que se hacía Henry al caer la tarde y cuya respuesta el crepúsculo se iba llevando a los confines del anochecer confundido con su propia noche de viejo y como quien, con sumo cuidado y sigilo, oculta algo muy preciado pero que le ha de resultar comprometedor o embarazoso. El Henry -dicho así, en su recuerdo, porque así lo llamaron siempre en los tiempos en que vivir era algo más que recordar- estaba sentado ante uno de los largos ventanales que iluminaban el largo pasillo donde la pasaba desde la una, tras haber tomado su almuerzo y haberse negado, como siempre, a hacer la siesta. Éste nunca quiere dormir, había exclamado, como siempre, la señora Pérez. Y allí seguía Henry, empotrado en su silla de espectador del paisaje vespertino. Durante toda la tarde llovió. Y aunque había amainado ya, aún seguía cayendo esa leve llovizna, seguramente gracias a la cual el jardín, los árboles, la calle, los cerros lejanos que todavía encajaban sus puntas en los restos de una nubosidad fragmentada y el paisaje todo, o al menos hasta donde la vista aguzada alcanzara atisbar desde aquella ventana, adquiría esa transparencia rosa que a Henry tanto agradaba. Hasta que, como siempre, a las siete y según orden inapelable de la señora Pérez, Henry fue largado a su habitación. A dormir hasta el día siguiente, como siempre.

LA PIEL INMATERIAL DE LA NOCHE

Ahora sí que estoy jodido, se dijo a sí mismo, con resignación. Boca arriba, a la vez que dibuja garabatos ininteligibles en la piel inmaterial de la noche, llega hasta él un olor agridulce, de fruta fermentada o de licor. Mas bien de las dos cosas juntas, mezcladas, concluyó, ya que la gorda había incorporado al enorme pastel que estuvo preparando durante la mañana una generosa porción de cada una. Y en ese momento, cuando ya arribaba a la media noche, volvió a recorrer, una vez más, los detalles de aquella faena, que habían ido a parar a su memoria, como lo que sobró del pastel, de un golpe seco, habla ido a parar al fondo del bote de donde emanaba aquél olor.

LA CUARENTA Y OCHO

Entré al bar. Fui hasta el extremo solitario de la barra desde el que me observaba, pedí una cerveza y me volví a la mesa de siempre, o al menos la que yo esperaba que fuese tal cada vez que entraba, y que, por esta vez al menos, ciertamente, estaba desocupada. Estuve bebiendo mi cerveza poco a poco, algo así como a un sorbo cada vez que intercambiábamos miradas. Hasta que por fin ella también se vino a la mesa de siempre. Entonces la noche, como el silencio de Dios, se fue hundiendo en el barro de nuestro mutuo decir. Barro nuestro que caes del cielo. El amanecer nos sorprendió a solas, o más bien juntos en la misma soledad desde la que cada quien defendía su propia soledad, ahora sí, sin nada que decirnos, en medio del barrial que nos había arrastrado hasta la cuarenta y ocho.

EL CENTENARIO DE STOKER

Cuando suena la hora lúgubre de los espíritus, la novia bebe el vino de un rojo sombrío como la sangre. Una vez más, aquellos versos de Goethe, que lo hacían sentir tan orgulloso de sí, resonaron en su memoria, apenas se asomó a la ventana y la noche le rozó el rostro. Luego fue esa mirada acuciosa lanzada allende los suburbios nubosos de la ciudad, más allá de los cuales se extendía la rígida horizontalidad del cementerio. Quietud. sosiego, reposo, descanso… iba buscando la palabra más apropiada para definir lo que aquél otear el horizonte de la noche le inspiraba, hasta que la encontró: ausencia. Eso. Porque la muerte no es más que ausencia. Ni menos tampoco. Entonces emprendió el vuelo.

LA POSE

De los talones a la cabeza mediría no más de metro y medio. Y si uno se fijaba bien, venida de sus adentros a flor de piel, como el alma que le daba forma en una sola y fugaz pincelada de existencia, la insignificancia demarcaba el todo de su cuerpo quieto y menudo. Quizás fuese esto, la manera en que esa insignificancia determinaba la absoluta armonía entre el ser y el aparecer lo que la hiciera lucir más joven de lo que realmente fuese, como si a estas alturas de su biografía aún no contara con una historia única y propia en la que hubiese valido la pena desgastarse y envejecer. El resto de aquella su presencia era lozanía triste, quietud de lagartija a la una de la tarde y que administra su energía en medio de un paisaje árido y sofocante. No obstante, al mismo tiempo, su pose era tan curiosa y estudiada, tan artificiosa que lo que le faltaba en tamaño y significación le sobraba en gracia y seducción. Al menos eso fue lo que pensé cuando me disponía a entrar a la tienda y la vi, parada allí, de espaldas a la puerta y con los codos apoyados en el mostrador mientras seleccionaba los botones de las cajitas que el viejo tendero iba poniendo de dos en dos a la disposición de su minuciosa inspección.

 

 

Historia

Mundial

Contemporánea

A mi modo de entender, los que están persuadidos a que por la historia particular se puede uno instruir lo bastante en la universal, son en un todo semejantes a aquellos que, viendo los miembros separados de un cuerpo poco antes vivo y hermoso, se presumen estar suficientemente enterados del espíritu y gallardía que le animaba. Pero si uno, uniendo de repente los miembros y dando de nuevo su perfecto ser al cuerpo y gracia al alma, se lo mostrase por segunda vez a aquellos mismos, bien sé yo que al instante confesarían que su pretendido conocimiento distaba antes infinito de la verdad y se asemejaba mucho a los sueños. Y ciertamente, que por las partes se forme idea del todo, es fácil; pero que se alcance una ciencia y conocimiento exacto, imposible. Por lo cual debemos estar persuadidos a que la historia particular conduce muy poco a la inteligencia y crédito de la universal, de la que únicamente el reflexivo conseguirá y podrá sacar utilidad y deleite, confrontando y comparando entre sí los acontecimientos, las relaciones y diferencias. (Polibio. Historia Universal. Exordio.)

EL CONCEPTO DE MEMORIA

...sólo de aquellos seres vivos que son conscientes del tiempo puede decirse que recuerdan y hacen esto con aquella parte del alma que es consciente del tiempo. Aristóteles. De la memoria y del recuerdo.

Grande es la virtud de la memoria y algo que me causa horror, Dios mío: multiplicidad infinita y profunda. Y esto es el alma y esto soy yo mismo.  San Agustín. Confesiones

Introducción

...sólo de aquellos seres vivos que son conscientes del tiempo puede decirse que recuerdan y hacen esto con aquella parte del alma que es consciente del tiempo.

Aristóteles.

De la memoria y del recuerdo.

 

Grande es la virtud de la memoria y algo que me causa horror, Dios mío: multiplicidad infinita y profunda. Y esto es el alma y esto soy yo mismo. 

San Agustín.

Confesiones

 

...el pasado se conserva por sí mismo, automáticamente. Todo entero, sin duda, nos sigue a cada instante: lo que hemos sentido, pensado, querido desde nuestra primera infancia, está ahí, pendiendo sobre el presente con el que va a unirse, ejerciendo presión contra la puerta de la conciencia que querría dejarlo fuera.

...no pensamos más que con una pequeña parte de nuestro pasado; pero es con nuestro pasado entero, comprendida en él nuestra curvatura original del alma, con el que deseamos, queremos y actuamos.

Henri Bergson.

La evolución creadora

La memoria: un misterio, una estructura, un proceso

Para Aristóteles la memoria residía en el corazón. Captadas por los sentidos, suponía que las impresiones que se perciben del entorno eran conducidas por la sangre hasta allí. En general, para la filosofía antigua el corazón es el reservorio de la actividad espiritual del hombre. Allí se asienta lo que para nosotros es su existencia psíquica. De modo que el corazón era tenido por el lugar de las emociones y los sentimientos, idea que, por lo demás, ha permanecido a lo largo de la historia en las más diversas culturas hasta hoy. De hecho, en latín, recordar -recorsi- significa de nuevo en el corazón. Esta creencia se mantuvo durante siglos. No es sino hasta mediados de la edad media cuando la memoria comienza a ser ubicada en la parte posterior del cerebro1. Aunque sin datos abundantes y determinantes al respecto desde un punto de vista científico, es la fisiología moderna la que la ha localizado en el cerebro. E. Kandel2, premio nobel por sus investigaciones en este campo, ha definido la memoria como una representación interna de la información adquirida mediante aprendizaje; información que se halla codificada, espacial y temporalmente, en circuitos neuronales, mediante cambios operados en las propiedades reactivas de las neuronas. Con todo, en el mundo de la ciencia aún no hay consenso en cuanto al modo como reside la memoria en el cerebro. Hay quienes piensan que la memoria tiene localizaciones específicas, que se corresponden con un determinado tipo de ella, y quienes piensan que, por el contrario, la memoria es una y que alcanza amplias regiones cerebrales que operan conjuntamente y de manera coordinada, según diversos niveles de complejidad en el registro de datos y evocación del recuerdo. También hay quien piensa que ambas hipótesis no son excluyentes entre sí y que es posible que apunten con certeza al mismo fenómeno considerado desde puntos de vistas diferentes y complementarios3.

Aristóteles: memoria, alma y experiencia

Al concebirla como parte del proceso cognitivo -junto con la percepción y el aprendizaje- la psicología cognitiva ha puesto en evidencia la complejidad de la memoria y resaltado la conexión existente entre memoria y otras funciones tanto fisiológicas como espirituales del ser y el proceder humanos. Conexión ésta que ya había sido planteada por Aristóteles. Así, por ejemplo, en Metafísica establece la relación directa y biunívoca entre memoria y experiencia de la siguiente manera:

San Agustín: memoria, alma y dios

Agustín se ocupa del tema de la memoria en el Libro X de Confesiones. Hay quien dice que este capítulo constituye una suerte de bisagra que une la primera parte de la obra, es decir, la parte autobiográfica, que recogerían los libros del I al IX, con la siguiente, la parte conceptual, correspondiente a los libros XI-XIII. Tal estructura expresaría la intención misma del autor, con el propósito de reflejar en ello su concepción de la memoria como la función mediadora entre el hombre y dios1. Aunque no hay constancia de que esto sea así, es una interpretación muy plausible. Por lo demás, cualquiera sea el caso, se trata de una interpretación que en nada contradice el concepto mismo de memoria que maneja Agustín y que constituye una excelente guía en la lectura de la obra. También, en La Trinidad trata Agustín el tema de la memoria, particularmente en los Libros del X al XIII, aunque aquí no de manera específica, sino en conjunción con el entendimiento y la voluntad, y en tanto que las tres -memoria, entendimiento y voluntad- son las facultades que a su entender definen el alma humana. Ello supone un giro completo en el concepto de alma y, en consecuencia, en el de memoria con respecto a la visión materialista de Aristóteles. Pasamos de la entelequia que define lo vivo en la naturaleza -de lo cual el hombre es una especie- al hombre cuya individualidad plena está determinada más que por la naturaleza, por su conexión con dios y la dimensión de lo divino. El alma de Aristóteles da lugar a una especie natural con conciencia del tiempo. La de Agustín a un hombre histórico conectado con la naturaleza sólo en su dimensión material y cuya conciencia del tiempo no es otra cosa que su vínculo con la eternidad.

La dimensión social de la memoria

Entre el Tratado del Alma y el Tratado de la Santísima Trinidad se abre uno de los episodios más plenos de significación en la historia de la filosofía occidental. El cristianismo avanza sobre las ruinas de un paganismo que ha sido, al mismo tiempo, fuente de inspiración y modelo de su filosofía. Esto se hace evidente en el tema de la memoria. El concepto de Aristóteles emerge de las dimensiones materiales de la naturaleza y que el cristianismo depreciará como el terreno de lo profano. El de Agustín es un concepto que desciende de los cielos. Tejida con el hilo de la lógica pagana, la memoria de Agustín se inserta en el tapete de la fe y el misterio supraterrenal de lo divino. En este tema, como en otros, el decisivo avance que el materialismo aristotélico representa respecto al idealismo de Platón, es un camino que de nuevo recorre Agustín, pero en sentido contrario. Su concepto de alma -y con él el de memoria- constituye, digámoslo así, un ejercicio de desmaterialización de lo que encontramos como tal en Aristóteles.

Mito, memoria e historia

Se dice que recordar es hacer presente el pasado. Ciertamente. Una hermosa metáfora, como casi todas las que, al jugar con el sentido de los términos, pero sin contradecir su sentido, crean una atmósfera de contrasentido que, sin estar reñida con la lógica, la ironizan, en cierto modo se mofan de ella. Una metáfora, además, muy acertada en todo sentido. Sin embargo, ello no obsta a la hora de precisar hasta qué punto es posible hacer presente el pasado, en qué grado y en qué sentido. Pues el pasado presente no es lo mismo que el pasado, El recuerdo no es mostrar lo que hay en la memoria, sino la realización de un constante proceso de selección, ordenamiento y elaboración de ella. El recuerdo es una intervención intencionada y sofisticada desde el entendimiento del material bruto de la memoria. No sólo el recuerdo vive de la memoria, sino que, a su vez, la memoria vive de la aportación y el enriquecimiento que el proceso de recordación le aporta. De modo que, como resultado del recuerdo, el pasado presente no es el pasado, sino lo que de él hemos seleccionado, ordenado y elaborado, y lo que nos decimos acerca de los resultados de tales operaciones sobre la memoria. Y como seleccionar supone, en alguna medida, el olvido -inconsciente o voluntario- hay veces en que hasta el olvido es una forma de decir acerca del pasado recordado. Si a todo esto se agrega que todas estas tareas inherentes al recuerdo y el olvido se realizan desde y a través del lenguaje, que son en sí mismos procedimiento lingüísticos, resulta entonces que la memoria es un procesamiento semántico de la experiencia temporal. Saber del pasado, individual o colectivo, es en sí mismo un proceso de significación.

 

 

HISTORIA Y CIENCIA
El silogismo se compone de proposiciones, las proposiciones de términos; los términos no tienen otro valor que el de las nociones. He aquí por qué si las nociones (y éste es punto fundamental) son confusas debido a una abstracción precipitada, lo que sobre ellas se edifica carece de solidez; no tenemos, pues, confianza más que en una legítima inducción. F. Bacon
Introducción

Soy de la generación a la que tocó aprender en clase de historia que la historia es la ciencia que estudia el pasado y, respecto al más importante hecho que da inicio a la historia, que el hombre desciende del mono. Aunque aquí el asunto nunca quedó del todo claro por aquello del eslabón perdido. Acto seguido, receso de por medio, me tocaba aprender en clase de religión que, de acuerdo a la historia sagrada, el hombre era creación de dios. Esta vez el asunto quedaba todavía menos claro, pues con ello se hacía participar al hombre de una doble naturaleza, histórica y divina. Siguiendo el razonamiento científico -que también hube de aprender en clase de física y de matemáticas- si la historia es una ciencia, la historia sagrada también lo es. Entonces ¿cómo era posible que una misma ciencia tuviera posturas científicas tan disímiles en relación al hecho más importante con el que se iniciaba la historia de la humanidad? ¿O es que hay historias científicas e historias que no lo son? Porque en el mundo de la ciencia hay más teorías falsas o erróneas que teorías verdaderas, y todas por igual son expresión del mismo modelo de conocimiento, es decir, forman parte del mismo proceso de desarrollo de ése modelo y de ese conocimiento tenido por científico. Hay verdades científicas y también falsedades que, no por tales, dejan de ser científicas, pues las unas y las otras son resultado del mismo proceder. Claro que el que la historia sagrada sea científica es bocado del conocimiento que lucía realmente grueso de tragar.

La concepción de la realidad: la relación sujeto-objeto

La caída de un individuo de lo alto de un edilicio de diez pisos puede ser interpretada de muchas maneras. Como un suicidio, es decir, el resultado de la intención de quitarse la vida, o como accidente resultado del descuido mientras contemplaba el paisaje, o como un homicidio, si es que el sujeto en cuestión fue empujado por otro o, incluso, de alguna manera inducido a acometer su propia caída. Este tipo de causa puede llegar a constituir un entramado muy sutil y complejo porque, precisamente, no supone necesariamente datos evidentes, observables y medibles, sino indicios de una posible intención o conducta particular del individuo en cuestión y, también, de otros que pudieran estar de alguna manera involucrados en su caída desde lo alto de un edificio. Por otra parte, son datos evidentes, observables y medibles, tales como la masa del individuo que cae y la distancia que lo separa del centro de la tierra, los que, convertidos en variables de una rigurosa formulación matemática con enorme capacidad de predicción, nos explican la caída del individuo desde el punto de vista científico. La diferencia entre una y otra situación a la hora de interpretar el mismo fenómeno es la objetividad científica o, dicho en otros términos, el concepto científico de realidad en el que se ha basado y se basa todo el pensamiento científico y sus nociones de conocimiento y verdad.

El historiador como sujeto y el hombre histórico como objeto

Gracias a la Ley de Gravitación Universal, la caída de un individuo de lo alto de un edilicio de diez pisos puede ser comprendida científicamente, si me fijo en los datos apropiados del evento y lo defino de la manera apropiada. Lo cual requiere, como es obvio, un observador específicamente consciente y premeditadamente preparado para ello. Esto es, un observador según lo que el método científico entiende como tal. Si como observador no me interesa la distancia del piso diez a la superficie de la calle, ni la masa molecular del individuo; si, además, no tengo la capacidad de combinar estos datos como variables de un acontecer ecuable, no soy el observador indicado para una apreciación científica del evento. Y, muy probablemente, la mayoría no lo es. Lo cual, sin embargo, no nos excluye como observadores, y dará lugar a muy diversas formas de interpretar el evento, distintas, todas ellas, a la propia de la ciencia. Lo primero que cabe preguntar es si, al ser esto así, se trata del mismo evento.

La naturaleza científica de la historia: un despropósito metodológico.

Luego de aprender a distinguir un poco, gracias a Aristóteles y Tucídides, lo que la ciencia y la historia son, o pueden ser, aquella idea que hube de aprender en la escuela según la cual ésta última es la ciencia del pasado luce como el más remoto y anquilosado arquetipo de la infancia de cualquier historiador. Pero lo mismo fui a aprender en la escuela de historia en la que me formé. Siempre recuerdo a mi profesor de ciencias sociales asegurando que la historia es una ciencia porque tiene un método, es decir -ilustraba haciendo el correspondiente gesto con su mano- un camino hacia el conocimiento que ha de ser andado. Por mi parte yo, que antes de ingresar a la Escuela de Historia había cursado durante dos años ciencias actuariales y matemática aplicada en la de Estadística -a tono con el cruel lema de mi profesor de cálculo: deriva el que sabe, integra el que puede- me preguntaba cómo es eso que, para definir un método científico, los historiadores hemos de conformarnos y apegarnos a una metáfora como, en este caso, la del caminante. Yo podía estar muy de acuerdo con una metáfora que, después de todo, se corresponde con la etimología del término método. Pero nunca con la naturaleza científica de lo que una metáfora así estaba llamada a ilustrar. Si de caminar se trata, he allí a Heródoto en el Asia Menor, o cualquier estudiante de historia por las atestadas calles que conducen al Archivo General de la Nación, la Biblioteca Nacional o la Academia Nacional de la Historia. Pero que jamás han de conducir a la ciencia.

Historia y ciencias sociales

La historia es la más antigua de las ciencias sociales. Esto afirma Fernand Braudel, y añade que lo que la diferencia de ellas no es sólo su antigüedad, sino la peculiar dificultad de que el historiador trabaja sobre lo que ya no es. Por otra parte, Georges Duby, quien, al igual que Braudel, asigna un carácter decisivo tratamiento documental, señala una estrecha vinculación entre la historia y la creación literaria, y resalta el hecho de que la historia, entre las disciplinas que habitualmente llamamos ciencias humanas, es la única que constituye un género literario.1 Tales no son distinciones diferentes o excluyentes. En realidad, la una es consecuencia de la otra. La historia es narración, porque sólo a través de la narración podemos acceder al tiempo, significar el transcurrir de la existencia como temporalidad especifica y representar lo que ya no es. Fue ese ya no ser el que llevó al sustancialismo antiguo a afirmar que de la historia no se podía extraer conocimiento alguno, pues no se puede conocer lo que deviene, sino lo esencial y permanente, lo siempre igual a sí mismo. Es ese no ser el que, todavía hoy, traza la frontera epistemológica entre ciencia e historia. Debate del cual Braudel se aparta, por considerarlo estéril, y con razón. Sólo que con ello se pierde todo derecho a considerar la historia una ciencia. Y, por último, es ese ya no ser el que hace del tiempo histórico una dimensión sólo posible de ser planteada en el contexto específico de una narración. En virtud de lo cual Duby reconoce su naturaleza decisiva como género literario. Ciertamente, hay que convenir en que la historia se distingue de las ciencias sociales por su antigüedad, y por tratar de lo que ya no es. Sólo que la más elemental consecuencia de ello es que la historia no es, en realidad, una ciencia social, sino, como muy bien dice el mismo Braudel, el arte frágil de escribir historia.

El surgimiento de la historia ciencia y las ciencias sociales

Las ciencias sociales son uno de los más genuinos productos institucionales y académicos de la sociedad industrial. Si bien el término suele utilizarse en contraposición al de ciencias naturales, y sugiere que el estudio de la sociedad no se rige por los mismos parámetros, en sus orígenes son el intento de crear lo que Comte llamaba una física social, cuyo propósito no era otro que aplicar los criterios y métodos científicos al ámbito de la sociedad y la acción humanas. La sociología no comenzó a ser reconocida como una disciplina académica hasta finales del siglo XIX, particularmente con los trabajos de Durkheim, epígono de Comte y Saint-Simon, y cuyo radicalismo científico impone una línea de trabajo que concebía la realidad social como un objeto de estudio independiente de la subjetividad del individuo. En contraposición a este concepto, posteriormente, Max Weber, más influenciado por el marxismo, aducía que no se puede estudiar la vida del hombre y sus relaciones en sociedad sin tener en cuenta el modo en que la dimensión subjetiva de su existencia incidíe en la realidad social. Las ciencias sociales surgen en el marco de esta controversia. Pero son, en conjunto, expresión del desarrollo de la sociedad industrial, de una cultura para la que la ciencia es símbolo del saber y de control sobre la existencia, bien y valor fundamental del desarrollo social. Y la historia, como ciencia social, aparece también entonces o, si se quiere, el oficio del historiador se inserta en esta cosmogonía característica del mundo contemporáneo. Dicho en otros términos, no es que la historia sea una ciencia social, sino que la historia, como ciencia, es una forma particular de concebir y escribir historia, tan reciente como las ciencias sociales con las que comparte, o intenta compartir, el mismo espacio institucional y académico.

Las ciencias sociales: signo de modernidad de la era industrial

La historiografía. Lo que desde los tiernos años de la escuela nos enseñaron a definir como la ciencia que estudia el pasado ¿por qué, en lugar de seguir sentada a las puertas del reino de la ciencia social, no emigrar al infame barrio de la narrativa. donde nació y creció sin complejos el mismísimo Heródoto? Yo creo que en buena parte ello se debe a que el empobrecimiento del historiador como narrador no es cosa que se queda en el plano del papel, sino que invade toda su interioridad como sujeto. El estilo no se aprende ni se copia; se forja en el marco de una disposición personal. El historiador científico se enajena a sí mismo como sujeto, y lo hace en aras de una falsa objetividad en virtud de la cual cree que el conocimiento histórico está fuera de sí mismo, en esa supuesta realidad del pasado que, en realidad, no existe. La idea de que la historia es la ciencia que estudia el pasado es la representación sintética de esta enajenación, reproducción del servilismo epistemológico que le otorga su dudoso rango científico y, al mismo tiempo, lo anula como narrador.