textos, pretextos y otras mentiras...

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Era una ciudad desierta. No. Pudo serlo. Desierta y todo, alguna vez una gran ciudad, hecha a la medida de comerciantes complacientes y especuladores, y repleta de colorados turistas contentos y estafados que, venidos de su gris aburrimiento del otro lado del mar y al contacto de los amarillos, verdes y azules de este lado, hubieran hecho de Buenaventura la mina de oro con la que Medina tanto soñó, en los tiempos en que aún soñaba, cuando, asomado a la ventana del despacho, quedaba viendo de largo aquella calle desolada, una de las tres que atravesaban Buenaventura de cerro a mar. ¿Y quien dice que no estoy, ahora, dormido, soñando con aquel otrora soñar despierto? En cualquier caso, nunca ha habido aquí gran ciudad alguna, digo, si es que acaso sigo aún en Buenaventura. ¿Y en dónde más? Dos callejas, una adicional. Hileras de casas. Se extendían desde el llano hasta ir trepando en los faldones bajos de los cerros. Una tras otra, adentro va el aliento de esa nada cósmica que se amontona soporífera debajo de las brillantes techumbres inclinadas. Hay días en que los vientos, acorralados entre el mar y los cerros, se entremezclan, y con sus murmullos van golpeando las paredes hasta arremolinarse mudos en los rincones. Horas hay, también, durante las que no se mueve una brizna y el sol se queda allí, como varado en la ciénaga luminosa de su propia incandescencia. Parece que se fuese a quedar allí para siempre. Pero no hay sol que dure cien años ni pueblo miserable de dos calles, una adicional que lo resista. La noche siempre llega. 

Dos calles, una adicional. Desierto. Cosas: casas. Ausencia: casas sin gente. Hileras de casas sin gente. Si hubiese gente se notaría. Aunque ésos de allí se escondan en sus casas, siempre se nota porque, al igual que en los cementerios, la quietud en Buenaventura no se puede esconder. Se le siente en los rincones vacíos o en los huecos ocultos. Buenaventura es un gran hueco lleno de luz y de sombra, en el que cada quien, a su manera, va perpetrando su propia ausencia. Pero aquí, en este momento, es real ausencia. Rincones vacíos o huecos ocultos. Una maqueta de vida, o más bien de los escondrijos por los que ella ha transcurrido alguna vez. Una maqueta tan chica que Medina, parado, podía verla toda a sus pies. Con la punta de sus dedos habría rasgado la cochambre de los techos, doblado por la copa los árboles que sobresalían aquí y allá, o aplastado esos cerros enanos tras los que se ocultaba y, al mismo tiempo, se alejaba del mar. Sin más, un movimiento al ras del suelo, y su pie lo habría barrido todo. Un soplido, y aquella maqueta habría desaparecido en medio de la liviana polvareda levantada por su propio aliento. Ese hubiera sido el final de aquel sueño. Pero cuanto final hay más allá del final de cada cosa. Cuanto habría dado por extender sobre el agreste paisaje los camiones de concreto del progreso. El hombre es un hacedor de cosas para el que la naturaleza es un ingenuo fracaso. Algo así como un dios que empezó de cero, venido a enmendar la obra de Dios ¿Quién dijo eso? El Padre Claudio, creo. Siempre jodiendo, el cura. Y esa sensación de que está o ha estado aquí, el cura, muy cerca ¿a cuenta de qué? Quién sabe. Pero algo grande va y viene como una sombra inquieta y que no termina de caber. ¿En dónde? La habitación, debe ser. Ese es el último sitio que puedo recordar: mi habitación. Sí. Ésta debe ser mi habitación. ¿Qué más? Llena de sombras y de soledades amontonadas como días. De pronto siento todos esos días aquí, al mismo tiempo, en este maldito segundo que no termina. Y, hablando de días ¿qué día será hoy? Porque debe siempre de ser un día de un mes de un año determinado. La lógica lo dice. El tiempo es lógico porque se lo mide. Siempre he sido un tipo muy lógico. Así me recuerdo. ¿Cómo que e recuerdo? ¿Por qué todo lo que me digo lo siento como si recordara? Estas son preguntas tenebrosas? ¿Por qué hacerme preguntas así?. Eso es lo tenebroso. Estaré borracho, acaso. Aunque, la verdad, no me siento tal. Cuando estoy borracho, siento una acidez que me recorre del estómago al cuello. Eso también lo recuerdo. Y ahora ni siquiera siento el estómago. Bien. Por lo pronto, debe ser de noche, cualquier fecha, pero de noche. Por eso las sombras. Sí. Debe ser. Y esa visión que ahora tengo de Buenaventura como una maqueta a mis pies debe ser, entonces, un sueño. Debo estar soñando. De modo que todo es cuestión de despertar para aclarar esta confusión.

El viejo permanecía de pie, sin moverse, contemplando aquella maqueta de Buenaventura. A sus pies. Allí Medina. Iba a caminar ¿A dónde? Quién sabe. Sólo me dispuse a caminar. Quería irme de allí. Un poco espantado. Lo confieso. Tan sólo quería irme de allí. Pero mis piernas comenzaban a debilitarse. Primero hubo viento y un frío húmedo. Al principio no lo supe, no lo noté en mis carnes secas. Sólo lo imaginé, creo, y por imaginación llegué a la certidumbre de que si intentaba mover las piernas me iría al suelo lentamente, sin caer del todo, pero siempre cayendo. Piernas débiles. Deficiencia que se despereza y comienza a hormiguear por el tejido muscular. Piernas hormigueadas y pies que ya no alcanzan siquiera despegar del suelo. Piernas que se doblan, pese al esfuerzo, a la altura de las blandas rodillas, como si carecieran de rótula. Articulación del fémur con la tibia. Siquiera correosos cartílagos circunyacentes. Nada. Sólo rodilla sola. Sin estructura de rodilla. De rodillas. Rodillas dobladas y apoyadas sobre el suelo, como si descansara el cuerpo sobre ellas solas. Pero sin descanso. El reiterado intento de erguirse. Imposible. Las manos también al suelo. Cuadrúpedo. No. A cuatro patas y sólo aparentemente, y por momentos. En los cuadrúpedos la rodilla une el antebrazo con la caña. Yo sigo teniendo brazos, tensos y aferrados brazos de los que me valgo para arrastrar éstas, mis inútiles piernas. Bípedo a rastras. Allá voy ¿A dónde?. Si estoy en mi habitación, ¿a dónde?. Y esas sombras y esas voces aquí, en lo que debe ser mi habitación. No recuerdo otro lugar.

De pronto, sin embargo, esas callejas vacías por las que corre un viento burlón que levanta enanas polvaredas. Ya no había maqueta, sino las mismísimas dos calles y una adicional de Buenaventura que alguien, de haberlo habido, hubiera visto desiertas... a no ser por aquel extraño animal en tránsito. Dos patas adelante, a rastras lo demás. Pesada carga. Se mueve lento ¿Qué es? Suerte de caracol sin concha salido de la concha de su propio sueño. El viejo. Sí, claro, el viejo. Eso también lo recuerdo. El viejo en su habitación. Aunque no alcanzo oler nada, he recordado, sí, un olor a medicamento, y también olor a jabón y talco.

Palabras, o mas bien sonidos que parecen palabras. Caen en el charco de la incertidumbre, que es como una llaga en la carne dúctil del entendimiento. Sonidos ininteligibles, o mas bien retazos de lenguaje que carecen de sentido alguno y se pierden en el ondear difuso de una representación onírica. Ya no hay día, sino una luz gris. Si el gris pudiese alumbrar, lo haría así. Ya no me arrastro afuera. No hay calles ni vientos. Encierro, eso es lo que siento. Por lo que, insisto, esto debe ser mi habitación. Si es así, de este, el lado izquierdo, debe estar la ventana desde la que suelo ver la calle y a los que transitan por ella con lentitud. A ratos, me parece haber percibido hacia ese lado una enorme sombra. Ya no está, creo. No logro ver nada, pero ya no hay sombra allí. Permanezco sólidamente postrado en mi propia cama ¿Cómo saberlo? No lo sé. Pero uno siempre sabe cuándo se trata de su propia cama, aunque no la vea. No hay forma de equivocarse. Mi cama. El artesano que la hizo, por cierto, perdió, según él, un dedo mientras la hacía, y luego quiso imputarlo al costo del encargo. Eso es algo que recuerdo claramente. Nunca le creí, aunque en verdad sí que lo perdió. Aún puedo recordar, también, el muñón en alto con que me recriminaba. Vendado. Venda ensangrentada. Y yo ¿qué culpa tengo? Anda a la mierda, viejo, dijo el maldito mocho. Así que me la traje sin terminar. No fui yo quién le mochó el dedo; entonces ¿por qué iba a pagar? Luego mandé a tornear las patas y le mandé a hacer esa cabecera tan especial llena de arabescos. No puedo verla. Pero ahí debe estar, detrás de mi cabeza. El recuerdo es claro. Ésta es, pues, mi cama, aunque yo no sepa, en realidad, dónde estoy. Luego ésta debería ser mi habitación. Y si es mi habitación, debo estar en mi casa. Y si es mi casa, en Buenaventura, y si es Buenaventura quiere decir que estoy en la misma mierda de siempre. Bueno. Pero el punto es ¿estoy? Mierda. La sola preguntita me escalofría. Siempre me he burlado de la filosofía y los filósofos, por empeñarse en preguntas así. Y ahora qué. Mierda. Desde hace no sé cuanto tiempo, un mismo frío húmedo me recorre la mitad del cuerpo cada vez que me lo pregunto. Por la otra mitad, de la cintura para abajo, no hay nada que preguntar, al menos por ahora. La existencia de esa otra mitad no es tan sólida como mi cama. Mi dentadura se deshace. Todas las piezas van desordenadas dentro de la boca. Si quiero las muevo de un lado a otro con mi lengua. Encías peladas. Se les siente blandas y babosas. Esto parece un recuerdo. Sí. Hubo un tiempo en que llevaba dientes, claro. Estoy seguro de ello. Que ahora se revuelvan en mi boca debe ser mera sensación creada por el sueño. Olores. Se quedan allí, a la entrada de las fosas nasales, como si tuvieran pena o miedo de seguir por estos conductos olvidados por los que todavía sopla un débil hálito de vida ¿Qué estoy diciéndome? ¿Hablo como muerto, acaso? Huele ¿A qué? Normalmente respondo rápido: a mierda. Pero en verdad aquí hay olores que no distingo. Sé que están allí. Por un instante rondan mi enorme nariz. Eh, narizotas. También recuerdo llamados así, cuando chico, en pleno patio de la escuela. Narizotas tu madre. Pero tenía razón el maldito. Sé que mi nariz es larga, ancha y encorvada. Pero no la veo ahora. No sé por qué. Siempre ha estado allí, delante, entre los ojos, provocándome visión doble si persisto en verla. Ahora, que no la veo, reparo en ello. Bueno, pero igual sé que está allí, delante de mí, entre las sombras que deben estar cubriendo mi rostro. Y también sé que los olores rondan por allí, alrededor de sus grotescos agujeros velludos, y que siguen de largo o se esfuman en la punta, me burlan antes que pueda identificarlos, traerlos a mí, darles un maldito nombre de cosa conocida. Deben ser mierda, esos olores, aunque no hiedan. Sonidos. Olores. Largas horas. Pero ¿por qué largas horas si no tengo puta idea de cuánto tiempo llevo aquí? Por alguna razón siento que es mucho. Quizás esté enfermo. Puede ser. Pero dolor no siento. Si estoy enfermo, será de algo que no duele. A lo mejor estoy podrido. He visto enfermos así. Lo recuerdo. A mi abuelo lo sacamos podrido de la cama. Pobre. Íbamos detrás con las narices arrugadas y tratando de respirar por la boca. A ver. Sonidos. Olores. Largas horas. Son como espectros sin cerebro donde ocultarse. Síntomas sin procedimiento. Es como no estar. Quizás haya muerto, y todo éste recordar o imaginar cosas sea un síntoma de podredumbre, como un hedor. Acaso, si estuviera vivo ¿podría estarme diciendo cosas así sin romper en la desesperación y el llanto? Sin embargo, nada siento, a no ser ese frío, que es algo así como un miedo inútil. Si estoy muerto, nada puede matarme ya. Pues habrá que considerar esa posibilidad. En cuyo caso, lo terrible ya no será la muerte, sino la posibilidad de recordar, sentir, imagunar o pensar después de muerto. Sin tiempo. Por la eternidad. De ser así, éste sería el auténtico infierno.

En fin. Muerto. A ver. Puede que eso explique lo de las piernas. Ya no están allí. Pero ¿y la otra mitad? ¿La otra mitad con la que me digo lo que ahora? Debe quedar la cabeza y algo más. En realidad no la veo. No huelo. No escucho. Pero sé que aquí hay olores y sonidos. No me jodan. A veces me llega lo que creo puede ser un aroma a jabón y talco. Y esa sombra enorme que ya no ha pasado más, pero que ha pasado. Tampoco sé lo que pasa en mi boca. Pero aquí está mi boca. Hasta siento sed. Mucha sed. La epiglotis, epi mas glotis. Lámina fibrocartilaginosa: abre y cierra la apertura superior de la laringe. Mapa del cuerpo humano. Cabeza. Corte longitudinal, como si a uno lo cortaran por la mitad entre los ojos. Clase de biología. Siempre fui el mejor de la clase en biología. Muy malo en lo demás. Pero excelente para hurgar en aquel mundillo de sangre, hueso y cartílago ¿Médico? Serás excelente médico, decía mamá. Sí, sigue esperando, mamá. Al principio yo también me lo creía. Cualquier cosa que tuviera que ver con la fisiología humana llamaba poderosamente mi atención. Pero, al mismo tiempo, mientras más me adentraba en aquel mundillo, más me atemorizaba. Sentía no sé qué. Asqueroso y aterrado. Nunca podría ser médico. Pero mamá aseguraba que aquello era vocación. Bueno, como sea. ¿Muerto?. Bien. Que así sea. Eso explicaría lo de las piernas. Ya no están allí. Pero ¿y la otra mitad? ¿La otra mitad con la que me digo lo que ahora? ¿Y si la muerte es así: comienza por los pies?

Quizás comience por los pies para darle tiempo a uno de decirse las cosas de última hora. Tú sabes. Recapacitar, que le dicen, o algo parecido. Quizás una oración. Suena lógico ¿Y qué debería decirme? Porque, hasta ahora, sólo huelo y escucho cosas que no sé. Analizo la mitad que me queda. Recuerdo mis dientes y a mi madre. Mierda. Nada de esto es lógico. Ni siquiera recuerdo una oración completa. Padre Nuestro que estás en los cielos... ¿Por qué no terminas de llevarte a este viejo medio muerto? Encomienda. Quizás no haya quien la ejecute. Por allí debe estar aquél librito de oraciones que me regaló el cura. Pero tenía la letra muy menuda. A ver. Como sea, la cuestión alcanza hasta las piernas, ambas inclusive. Lo más hasta la cintura. Mi estómago aún debe estar, porque, además de sed, creo que eso que siento por allí es hambre. Bueno, quizás la cuestión sea así: un proceso lento. Habrá que esperar ¿Pero cuánto? Ni siquiera tengo forma de medir el tiempo. Ah, mi reloj ¿Dónde estará? Era un gran reloj. Fue a la Antártica con la marina norteamericana. Y con Medina a Buenaventura. Eso también lo recuerdo. Cómo olvidarlo. Acero inoxidable. Esfera blanca. El peso, en la muñeca. A ver. Puede ser que aún esté allí.

Exhausto. Leve hormigueo a lo largo de las piernas. Se diría que he caminado durante días sin parar, aunque todo indica que he permanecido acostado. Aquí, en mi cama. Mi cama. Bien. Entonces por allí van las piernas. Esto ha sido como un largo e impreciso paseo por el más allá. Pero, por lo que se ve, sigo acá. La ventana. Mi cama. A la derecha debe estar la puerta. Ya no hay nada aquí. Ni olores, ni sonidos. O ya no puedo percibirlos. En ese caso, a lo mejor... A lo mejor nada. Partamos de la idea de que aún estoy acá. Mi reloj, mi cama, la ventana, la puerta. Si ésa, la puntada de allí, es ganas de orinar, entonces la cuestión comienza mucho más abajo del estómago, mucho más debajo de lo que yo creía. Si se ha movido, lo ha hecho en sentido contrario. Quizás la cuestión sea al revés: comienza en la cabeza y se corre poco a poco hacia los pies, como mamá cuando descorría la sábana para hacerme salir de la cama. Entonces ¿Cuál es la parte muerta? Bueno, entonces ¿de qué se trata? ¿muerte al revés? Resurrección. No digo yo; jamás creí en esa mierda. A lo mejor lo que sigue aún vivo es la parte baja de las piernas, luego de empezar a morir por la cabeza, y lo que me digo lo hago desde los pies. Mierda. Demasiado viejo para este tipo de vainas. Lo único que parece cierto es que sigo aquí. La ventana, la puerta, mi cama, mi reloj. Me conformaré con eso. Además, después de todo, nadie entra al cielo en plenas ganas de mear ¿En el cielo? Con cama y todo. Joder. Frío en los pies ¿Por qué no el infierno? Con cama y todo. Viejo, en el otro mundo, qué importa en cuál, meándose en la cama. No puede ser. Me conformaré con esta mierda de estar aquí, hasta que una nueva señal me indique otra cosa.

Desbañada del negro nocturno la bahía entera se dejaba ver una vez más. Otra mañana descubría abiertos sus muslos de mujer recibiendo esos azules aun tenues aparentemente quietos de bordes espumosos al golpear contra las rocas verdes. Debió haber sido cuando el calor derritió los hielos del planeta que apareció esa lengua de mar, se adentró por entre los cerros, arrastró esas piedras y esos matorrales que ahora yacen en el fondo de su alma geológica. A lo lejos el azul ya más intenso se iba degradando hasta confundirse con el más claro, blanquecino, brumoso del cielo. Los muslos rugosos se disponían a mostrar sus peladuras amarillentas y, al centro, tras la púbica arboleda, se escondían las casas blancas, regadas a lo largo de las dos callejas y una adicional de Buenaventura. Así lo vio Medina la primera vez que subió hasta allá, el día en que se marchaba de Buenaventura por sugerencia del tío Segismundo. Así lo vio a través de la ventanilla trasera del negro y puntiagudo ford de llantas adornadas con gruesas bandas blancas que todos rodeaban con temor y asombro cada vez que aparecía en Buenaventura y que ahora roncaba trepando a la parte más alta del cerro buscando la salida a la civilización. Así lo vio y así lo escuchó desde siempre como ahora que volvía a verlo y escucharlo, postrado en la que debería ser su cama . Para venir y olvidarse de todo, Buenaventura, Muy bien. Pero, si te quedas, se olvidan de ti, y eso no es bueno, decía el tío mientras miraba al muchacho mirar a la bahía ya lejana. La imagen se grabó en la mente de Medina y, mucho tiempo después, en uno de esos momentos de extrema somnolencia que lo atacaba en la oficina, fue que la asoció con la de una mujer de muslos abiertos echada al borde de la playa. En época de vacaciones, cuando venía a atemperar y olvidarse de todo en Buenaventura, se detenía durante largo rato allí mismo, en la cima, a confirmar la coincidencia. Un día construiría allí un gran mirador, un atrapa turistas, como lo llamó el licenciado Valbuena cuando Medina le comentó sobre el asunto. Así lo recordó ahora cuando la mañana empezaba a meterse por la ventana. Desde antes de las seis la luminosidad del amanecer ya venía forzando las primeras rasgaduras en el encierro de la noche. Por allí fue penetrando una transparencia morada, paulatinamente más azul. Las cosas iban tomando cuerpo. Indiferentes y perezosos, sus volúmenes eran cada vez más precisos. Todo volvía a estar allí, en su sitio, como quien dice. Aunque, en realidad, nada se hubiese movido nunca de siu sitio. Mientras el cielo se tornaba más tibio, la cima de los cerros al pie de los cuales se recuesta el caserío de Buenaventura en ligera pendiente hacia el mar se tiñó de amarillo naranja, paulatinamente más refulgente, que dejaba ver capas pedregosas, peladuras y espigas enhiestas al cielo azul. Mas abajo se extendía la sombra aún fresca de un día más, transparente, a través del cual se veía el blanco de las casas de cal, el verde milenario de las hojas, y más abajo las hileras de cocoteros emergiendo de las arenas rosadas y lamidas por las aguas aún frías. Verde intenso a esta hora de la mañana en la franja de la playa más pegada a la costa. Azul a medida que la vista se perdía mar adentro.

En algún momento imposible de determinar parte de aquella claridad incipiente de fuera alcanzó el interior de la habitación y descubrió el rostro lánguido de Medina. Blanca y quieta fatiga avivada con ásperos trazos de recelo e incertidumbre: el viejo, por fin, abrió los ojos. Sin moverse miró a un lado y otro entornando los ojos cuanto pudo y, luego, durante largo rato, estuvo imprimiendo temerosos y sutiles movimientos a distintas partes de aquel cuerpo que sintió tan extraño y tanto tardaría en volver a asumir como suyo. Ojos. Boca. Nariz. Brazos. Dedos. Piernas. Pies. Manos. Un inventario de existencia corporal poco alentador. Pero existencia, al fin y al cabo. Giró la cabeza hacia la mesa de noche y. entre el desorden de frascos y demás objetos, alcanzó ver el librito de oraciones y algo que le sonreía. Ah, mi dentadura. Rápido recorrido de lengua por las encías peladas. Mi dentadura. He aquí, pues, al viejo, lo que del hombre queda, postrado en la cama. Mi cama. Espalda y trasero adoloridos. Quizás escaras. Cuando estiró la cabeza hacia atrás, se remarcaron los tendones a lo largo del cuello, como si algo trepara por aquel cuello hasta aquella cabeza estirada hacia atrás y apoyada en la cabecera llena de arabescos. Mi cama. Aunque muy débil, todo indicaba que, al parecer, podría levantarse. Intento. Nada. Nuevo intento. Ahora sí. Por poco y se va al suelo. No, ni siquiera. Sintió que podía irse al suelo. Entonces sacó los pies de la cama con la intención de permanecer sentado un rato, mientras se preparaba para levantarse del todo. Ahora sí que se iba al suelo. Sujeto a las sábanas y el borde de la cama, Medina estuvo otro largo rato. Cuerpo retorcido cubierto por la pijama ajada. Las piernas resbalando. Aún sirven. Una rabia que se mezclaba con el miedo se le iba intermitente a la cara. Las sábanas se deslizaron poco a poco, hasta que se soltaron, y Medina terminó de culo en el piso frío. De nuevo en lugar seguro. Imposible saber de dónde venía aquella orden: “levántate, y anda” ¿Voluntad, que le llaman? Lo que fuese, no debía venir de boca de Dios, porque Medina ni se levantó ni anduvo hasta media mañana. Sentado en el suelo, con la cabeza doblada sobre el pecho, más bien parecía decirse “ya voy, ya voy” ¿A dónde? Y qué sé yo. El asunto es que aquí estoy. La puerta. La ventana. Mi cama. Mi dentadura. Mi reloj. A ver ¿qué hora es? Casi las diez.

Voluntad, que le llaman. No siempre funciona. Bueno ¿y ahora qué? Al parecer estoy completo. Aquí yo y allá mi dentadura. Piernas que no sostienen. Boca que no muerde. Existencia inservible. Pero existencia al fin ¿Por qué estará todo tan regado? Yo no lo dejé así ¿Desde cuándo? Días. Igual podrían ser años. Alguien estuvo aquí. Mi cama. Mi cuarto. Mi casa. No se escucha nada. Afuera el viento. Mucho más lejos, el rumoreo del mar. Suena vaga, sorda y continuamente. En realidad, no lo escucho. Sólo lo recuerdo, creo. Pero es igual. Suena igual. Allá en la cuenca del océano, o aquí, entre las cuatro paredes de mi cerebro, nunca ha dejado de sonar. Y ésta es una de ésas mañanas que tempranamente lo cubre a uno con su salitre. Aunque no lo escuche. Rumoreo. Allí debe estar. Me gustaría verlo. Azul intenso. Azul profundo. Azul ancestral. Allí debía estar ese azul que, hacia el mediodía y sin saberlo, sabía Medina, se torna verde en las zona más próxima a la costa. Azul intenso. Azul profundo. Azul ancestral. Esos azules y esos verdes, allí debían estar. Hay que levantarse. Con sentarme en la cama me conformaré.

A media mañana había logrado volver a la cama. Allí estuvo sentado hasta casi el mediodía. Miraba el reloj a cada rato. Ya no contaba horas ni minutos. Sino bloques enteros de tiempo, amasijos de inercia transcurrida. Gran reloj. Acero inoxidable, con esfera amarillenta. Desde donde estaba podía escuchar el tic tac. Lo soltó de su muñeca. Lo tomó por la cadena. Lo acercó a su oído. Sí, todavía sonaba. Aún no se había terminado la cuerda. Se puso a darle cuerda. Entonces, no pudo haber estado en cama más de tres o cuatro días. Lo que dura la cuerda. Cuando llegó al tope, se puso a mirarlo casi con orgullo. Reconocimiento de las altas esferas de la burocracia a quienes, con tesón y paciencia, la sostienen desde abajo. Quizás sería eso a lo que se refería el tío Segismundo, el hermano medio rico de papá fracaso y que un día, de paseo por aquí, se lo vino a llevar: es mejor que el muchacho se venga conmigo. Aquí no hay nada que buscar, dijo. Cuando la civilización no llega hasta donde uno está, es preciso ir gasta ella. Y, la verdad, si aquí no había nada qué buscar ¿qué había que buscar allá? Futuro. Claro. Un gran futuro, dijo mamá una y otra vez, mientras miraba al cielo y pensaba, con regocijo, que el muchacho sería médico ¿Médico? ¿Estás delirando, mujer? ¿Médico éste? Preguntaba papá fracaso en medio de la borrachera y señalaba al muchacho flaco y callado que, sentado a la mesa, manipulaba ociosamente y con desgano el plato de comida que le habían servido. Entonces el manotazo por la cabeza que casi le hace meter la cara en el plato. ¡Ey, ey, no es forma de tratar al muchacho ¿Qué pretendes? El tío Segismundo siempre salvándome de los manotazos de papá fracaso. Que tío nada. Pero así me enseñó a llamarlo mamá. Quizás fuese amor o lástima, quién sabe. Está bien. Puede que no tenga pasta para médico, lo sé. Pero a punta de manotazos no vas a hacer que sirva para algo ¿eh? Déjamelo a mí. Tengo contactos en Caracas. Ahora, con la Revolución, todo cambia. Lo que viene es una histórica movida de mata, y allí estoy muy bien ubicado. Tú sabes cómo es. A éste, seguro que lo pongo a trabajar en cualquier sitio, Y si quiere estudiar, ya veremos. El tío Segismundo siempre hablaba de la Revolución. Yo lo escuchaba desde mi habitación, tarde ya, su voz confundida entre los ronquidos de papá fracaso. Que si Rómulo aquello, que si Rómulo esto. Yo no entendía nada. Pero el Rómulo se las sabía todas. Esto es un país al revés. Los comunistas llegan primero, y atrás vienen los demócratas a sacarlos del poder ¿Eh? ¿Qué te parece? ¿No que el comunismo era la última fase de la historia? Deberías escribir sobre eso, en lugar de esas novelas a lo Hemingway que ya nadie quiere publicar. En fin, al final, eso no tiene importancia, y lo cierto es, como te digo, que andinos y comunistas se jodieron. Esta es nuestra oportunidad. Yo no entendía nada, y hasta me daba miedo lo que escuchaba, el tono sigiloso con que hablaba. Sentía como si el tío Segismundo preparase mi entrada a un infierno lleno de serpientes y enanos de cien mil años. Pero, aún así, mejor irse para evitar más manotazos de papá fracaso. Lo de médico jamás sería, pero mejor irse. Pobre mamá. Menos mal y se murió pensando que éste, su muchacho de mierda, sería médico. Médico no. Pero instinto de supervivencia sí que tiene éste, el muchacho de mierda. Si hasta pude ser presidente. Lo que pasa es que, claro, pasó la Revolución y tío Segismundo, que nunca supo qué hacer conmigo, me dejó en la bóveda de aquella biblioteca pública. La Revolución se fue a la mierda y hasta tío Segismundo se jodió, o al menos eso creí yo durante el largo tiempo en que no volví a verlo. Pero yo permanecí, durante diez años, hasta la próxima Revolución. Por fin entendí mejor el asunto, cuando ya era director y Rómulo llenó mi discreto y solitario despacho de orgullosos y famélicos guasineros que pululaban por los rincones más olvidados e inmundos de la administración. Yépez, un capitán de fragata obsesionado con los cañones y los arsenales de Puerto Cabello, que no hablaba con nadie sino sólo para mostrarnos las tiritas recortadas de lo que había logrado publicar en algún diario de escueta circulación local acerca de Bartolomé Salón, prócer de aquella localidad, ente cuyas virtudes contaba siempre la de que Bolívar lo había considerado un hombre lleno de ellas. Vaya para insoportable, este Yepez. Guerrero era otra cosa. Comprometido con la elaboración de la obra que mostraría al desnudo las más descarnadas crueldades de la dictadura, iba de un lado para otro con aquellas parrafadas que a nadie interesaban ya. Allá ’viene Guerrero. Y cada quien disi,ulaba su discreta huida. Ojeda, que al parecer no albergaba mayores ambiciones intelectuales, pasaba la mañana caminando de un lado para otro, sin sentarse nunca, llevando siempre consigo aquella desagradable protuberancia junto a la oreja y que, en los momentos de mayor encono de la discusión con Guerrero, señalaba con su dedo índice mientras decía: esto es Guasina. Si Guerrero no lo hubiese matado la cirrosis antes de lo previsto y hubiera escrito su libro, hubiera tenido que dedicar un capítulo entero a aquella protuberancia. Todos mirábamos el cuello del furibundo Ojeda. Todos condescendíamos en callar. Todos allí, incluso el mismísimo día que velamos a Guerrero, todos siempre allí, los pobres trajes raídos, las corbatas pasadas de moda, los rostros flojos -menos el del difunto- y apenas sostenidos por una dignidad opaca y trasnochada. Valbuena, mucho más joven que todos los demás, gordo, pero menos que ahora, fue el último en llegar. Nunca se mezclaba en aquellas disputas, pero estaba siempre atento a todo. Sin yo saber cómo, se convirtió en mi secretario. Sólo ahora me pregunto cómo. Siempre tan callado, siempre tan servil y tan callado el Licenciado. Fue por entonces que un día, en honor a veinticinco años de servicio, me condecoraron con un botón y me obsequiaron el reloj. El reloj que fue a la Antártica con la marina norteamericana. Y, como quien dice, de vuelta, con Medina a Buenaventura. Se lo puso de nuevo en la muñeca.

Abrió la gaveta. Tan decepcionado estaba de sí mismo que, en un exceso de autocrítica, pensó en suicidarse. Revólver. Pavón negro. Obsequio de Montenegro. 1975. O 1976. No estoy seguro. Pero después de casi treinta años, ya no le decía tío Segismundo. Del mismo modo que él me llamaba Medina. Ah, Montenegro. ¡Qué tiempos aquellos!. Hombres como tú es lo que requiere este país. Vaya forma de llegar la del maldito. Ladrones, pobres y recalentados comunistas ¿eh? A ver, dime algo ¿por qué pensar en la presidencia de un país tan jodido, cuando se puede ser rey en su propia comarca, eh? piénsalo, Medina. Y yo que lo pienso. Y mientras estoy en ello, callado a ver por dónde se viene, el viejo saca el obsequio de su gaveta y lo pone sobre el escritorio. ¡Vaya estilo! Recuerdo, sí, la lujosa caja azul oscuro, con finas y plateadas franjas transversales en la esquina superior izquierda y la silueta del caballito. Adentro un paño, un manual, el arma envuelta en papel fino, como de seda, y en la contratapa la biografía del gringo ése que en 1855, según relataba Montenegro mientras yo sacaba el arma de la caja, edificó una inmensa armería en el sur de no sé donde, que era muy bueno con sus obreros, y se embolsilló una fortuna con la guerra de civil. Esos son los hombres que saben plantarse en este mundo, mi querido Medina; en la guerra o en la paz, no hay diferencia al final. Los hombres son los hombres. Los mata la soledad o la ambición. Sólo que tan sólo unos pocos lo saben, y son menos los que, aún sabiéndolo, actúan en consecuencia, es decir: estar vivo es empeñarse por encima de las circunstancias en permanecer y convertir cualquier circunstancia en una oportunidad. Tú deberías volver a Buenaventura. A tu padre lo mató la soledad. Bien. Ya sabes que tú también vas a morir. Que te mate la ambición, entonces. Es preferible ¿O no? Tengo un gran proyecto en mente para eso que tú llamas pueblucho miserable ¿Qué dices, eh? Cilindro giratorio de seis cámaras ¿Cuántos años? ¿Responderían a la percusión aquellos cartuchos? Jamás lo había accionado. Si lo hubiera cargado conmigo el día que los malditos me vinieron a joder. Quién sabe.

Sus dedos caminaban sobre el tambor que giraba muy lentamente. Uno. Dos. Tres. Cuatro. Cinco. Seis. Y otra vez uno. Otro ciclo. Hacerlo ahora sería ¿locura? ¿estupidez? ¿traición? Quién sabe. Soledad o ambición, según Montenegro. Ah, el muy maldito, treinta años después, lo vuelve a hacer. Tengo un gran proyecto en mente para eso que tú llamas pueblucho miserable. Y yo, estúpido, que creí que, con el policía ése que había enviado, ahora sí. Será que de espera también se muere. Soledad o ambición ¿no digo yo? Al parecer, el Montenegro sabía bien lo que decía. Y ahora que también está muerto. Me gustaría verlo así, muerto. No sé por qué. Pólvora sin poder. Tiro de leche en polvo. En la boca. En la sien. Qué importa. Así nadie se suicida. La vida es la vida. Poca o mucha, intensa o arruinada, da igual. Nada vive a medias, y para arrancarlo de la vida, por viejo y enfermo que esté, hay que hacerlo de un solo tajo y completo. Éste es un cuerpo maldito porque, por muerto que ya esté, aún está lleno de vida. Hay una grosera contradicción en esto. Volvió a colocar el revólver dentro del cajón de la mesa de noche.

Caminó mentalmente hasta la cocina. Ah, viejo inútil, bien sabes que es mucho más rápido y seguro hacerlo así que por tus propios pies. Cuchillos, tenedores, cucharones y cucharas. Estridencia metálica. Todo amontonado allí, en el interior de las gavetas ¿Qué haces? ¿En qué piensas, realmente? Esto del suicidio es mera majadería. Destajarte como un pollo. Es gracioso. El cuarto de fondo. Allí hay una soga. Varios metros. Un rollo enorme. Nylon irrompible ¿Y tú qué vas a romper con ese cuerpecillo de damisela envenenada? Bueno, sí. En cierto modo envenenado. De rabia, impotencia y hasta de éste amanecer a cuenta de qué. Nuevo no es. Es el mismo que dejé a medias aquel día ¿Qué día? Joder ¿Cuántos días? Ah sí. Lo más tres. La soga. A ver, aquí, en el cuello ¿Por encima o por debajo de este hueso? Mejor por debajo. A lo mejor se corre. Cuidado. Y si Susana entrara, en ese preciso instante, y encontrase a éste colgado de la viga ¿Rojo? ¿Verde? ¿Morado? Los ojos abiertos, brotados, de saltamontes. Cuerpo y cuero de saltamontes. Crujido en la viga. No jodas. No hay peso para algo así. No. Además, seguramente ella no se daría cuenta. Ni siquiera advertiría esa cosa vieja allí, pendiente del techo, como una piñata de desecho echa de pellejo. Olor a cosa limpia y perfumada venido de en medio de la oscuridad. Cosa lista para marcharse no más el viejo pegara el salto al otro mundo. Claro. Bien sabes que la Susana ya no está aquí. Prueba no más abrir la puerta de su habitación. Ése era aquél olor. Esa era ella. Maldito olor. Jabón. Jabón y talco. Yo se los compraba por docenas que ella amontonaba en el armario. Azules. Rosados. Amarillos. Esos olores. Los llevaba por toda la casa. Cómo olvidarlo ¿Te echaste talco? Axila y pubis blancos de talco. Desata ya esa soga. Saca de allí el cuello. Bájate de una vez de esa viga. Maldito viejo, imaginariamente colgado de la viga. Cuerpo muerto, incapaz de controlar los esfínteres chorreando mierda por los talones. Descuelguen a ese viejo cagarria. Habría hablado el policía de turno. Martín Romero ¿Cuál otro?. Al tiempo que se tapaba la nariz, mientras tomaba su almuerzo y cuidaba que se cumplieran los rigores del procedimiento. Después de todo la vida es cuestión de procedimientos. Y la muerte también. Largo, tedioso, burocrático procedimiento con el que cada quien llena el expediente de su estadía en esta mierda. Mejor dejarlo así. El rollo de soga allá, en la habitación del fondo. El revólver allí, en la gaveta. Medina a un costado de su cama. Todo está en su sitio.

Cadáver pendiente que él no era. Cadáver vivo caído de los cielos del techo, se fue hasta el baño. Sentado en el retrete. Buen sitio para terminar de decidirse a seguir vivo. Si había algún futuro que planificar, no se requería de más. Ahora era un cagarria no muerto. Los codos apoyados en las rodillas, la barbilla entre las manos abiertas que la sostenían, porque de no hacerlo habría caído su cabeza y rodado por el suelo como una bola de hueso y materia gris revestida de piel y pelo. Medina se concentraba en su mejor esfuerzo. Lúgubre melancolía e inconfesable estreñimiento. Alma y vísceras: todo condenado al mismo tiempo en el mismo cuerpo. Medina quieto, atento sólo a los sonidos que nunca paran pero que casi nunca se escuchan: una alimaña rasga con sus patas la pared, y cae al piso. Leve ondear de la cortina que, al parecer, no se mueve. Silbido metálico del agua que incansable corre por la tubería empotrada en las paredes. Tantas cosas que se dicen a sí mismas, solas, sin que nadie les pregunte, y que no se sienten. Ánimas de lo inorgánico. Así es el alma de los hombres, en cierto modo, un ruido de ser inexistente que suena sin parar tras las carnosas paredes de la anatomía. Humedad del piso bajo la planta de los pies. Escalofrío en las entrañas vaciadas. Sol calentando intensamente la lentitud del día. Gotear del grifo en el lavabo.

El viejo volvió a la habitación. Se puso los anteojos. Tomó en su mano la dentadura postiza, y regresó al baño. Fijó la mirada en la mirada fija del espejo. Algo extraño había en aquellos ojos, pero Medina ni siquiera se animó a inquirir sobre algo así. Los dio por ojos de enfermo. Aparte de eso, le parecieron los ojos de siempre: chicos, redondos, insignificantes bajo las cejas exageradamente peludas, como el resto de aquella cara cubierta de barba y desconsuelo. Mientras pensaba en rasurarse, sus dedos recorrieron los pómulos salientes, la nariz puntiaguda y la boca de labios finos, semi escondidos. Casi niños en su trazo, viejos en los silencios del durar, abrió aquellos labios y se mostró las encías peladas, la lengua y todo cuanto pudo ver dentro, hasta la garganta.

Así, estuvo cepillando la dentadura, mientras, a ratos, abría la boca todo lo que podía para observar en su interior. Allí, más allá de la garganta, comenzaba otra existencia, continuaba a oscuras el misterioso latir de la fisiología, el equilibrio entre órganos, tejidos y vísceras que sostienen un sistema cuando están de buenas y se rebelan contra él en la enfermedad. Conciencia individual frente al todo de la individualidad, la enfermedad puede considerarse como la coyuntura anatómica en virtud de la cual lo que hasta entonces había sido mera parte del mismo orden aspira independizarse, vivir su propia vida como muerte aparte. ¿No había sido él mismo víctima de una rebelión semejante y consecuencia de la cual hubo de extraérsele la vesćula? Desde entonces no podía no probar los granos. Como todas las rebeliones, éstas también acarrean graves consecuencias. Hipocondríaco, achacoso y enfermizo. Mierda. Pero es la verdad. La primera forma de rebelión humana no la inicio el hombre, sino un estómago, un hígado o un bazo que adquirió conciencia de sí. Enfermó. Desastre éste que riene lugar en medio de un universo que el cerebro es capaz de comprender tanto como un estómago, un hígado o un bazo. En realidad, el cerebro no es más que un déspota ilustrado en el reino analfabeta del cuerpo. La fisiología pura ideología. Para derribarlo no es menester ser letrado. Una gangrena o un cáncer, comandados por un páncreas o una médula ineptos, ¿qué pueden ser si no formas peculiares de la justicia ciega de la muchedumbre celular?

Una vez lavada, la dentadura volvió a la boca del viejo. De aquel rostro, ya menos extraño para sí mismo, se había caído la máscara de pensador-biólogo en bancarrota, para mostrar el crudo espectáculo de la bancarrota. De nuevo ante el lavabo y el espejo, el Medina de siempre hizo su habitual sesión de gárgaras. Tomó la toalla y se la estrujó con graciosa dureza. Volvió a mirarse al espejo. Sí. Un rostro algo menos extraño para sí mismo, confundido entre los pelos blancos y tiesos de la barba rala, y sobre el que caía la maraña gris de cabello. Habría que rasurarse, no sólo la cara, sino el ánimo completo.

De regreso, el cuerpo enjuto cubierto con las telas suaves del pijama ancho atravesó el largo pasillo hasta la habitación de la que había salido. Sólo se detuvo por un instante frente a la puerta del cuarto de Susana, pero no la abrió, porque temió encontrarse con su vacío, ya iluminado a esa hora por la luz de las once y media, cuyo reflejo en la cama, las paredes y el piso el viejo sabía de memoria. Ya en su habitación, permaneció un largo rato parado frente al escaparate abierto de par en par. Un pantalón, una camisa, una corbata y un saco, los únicos, todo colgado del mismo perchero, porque Susana, pensó el viejo, no creyó que fuese necesario más que una muda de ropa, la que vestiría dentro del féretro. Tomó el perchero y se lo trajo consigo hasta la cama, al borde de la cual hizo el intercambio de rigor. Ahora él hacía las veces de perchero y, como tal, se disponía salir a la calle a airear sus ropas viejas recién planchadas.

Abrió la puerta. El sol le golpeó en plena cara. Así, en pleno mediodía, cuando todos ya lo daban por muerto, Medina iba a paso lento, camino a su oficina, por una de las dos callejas y una adicional de Buenaventura.

TEMPORAL

Una historia acerca del hecho de escribir historias

(novela filosófica) 

...sucede que la vida no tiene inicios ni finales, y que sólo en el ámbito y contexto de una narración es susceptible de adquirirlos. Lo que me recuerda, por cierto, aquello que una vez dijera Beckett: ese fue mi error, uno de mis errores; exigirme una historia, cuando sólo la vida bastaba. Si es así, entonces estoy aquí para perpetrar mi propio error. Y hasta puede que ésta sea la forma de haber empezado a hacerlo. Más me vale.

Introducción General

El Bolívar histórico del que se ocupa este trabajo no es, hablando en términos rigurosos, el del pensamiento político y la estrategia militar, aunque, desde luego, mucho tendrá que ver con ello. Pero no es un análisis de ese tipo lo que busco en su discurso sino, más bien, al discurso mismo como herramienta del político y el hombre de guerra. Se trata del Bolívar de la palabra. El lenguaje como signo de conciencia histórica, como dimensión de temporalidad y como fuente de heroicidad. Del discurso de Bolívar no me interesa tanto el pensamiento como su narrativa; su inteligencia política o militar, como la semántica o discursiva. Del Bolívar histórico no busco la verdad, sino el estilo.

Introito

Un día, cuando todavía era estudiante de historia y me desempeñaba como investigador en el archivo histórico del antiguo Congreso Nacional, al fondo de la bóveda, en medio de un cúmulo de trastos tan viejos como valiosos, me topé con una desvencijada edición del Diario de Bucaramanga. Sumido en la molicie que mi burocrático cargo ya me inspiraba, aquél libro me distrajo y, allí mismo, en un improvisado asiento de cajones, lo leí. Para cuando retorné de la bóveda, mi imagen de Bolívar -como la de casi todos, determinada por ese formalismo patriota propio de la historiografía de banco de escuela, como la llama Vallenilla Lanz- cambió. Este libro es el resultado de un intento por captar y comprender aquello que cambió.

CARTAGENA: del destierro a la gloria

La Memoria dirigida a los ciudadanos de la Nueva Granada por un caraqueño, mejor conocida como el Manifiesto de Cartagena, se considera el primero de los grandes documentos políticos de Bolívar. Fechado 15 de diciembre de 1812, recoge la experiencia del incipiente gobierno republicano que, a mediados de ese mismo año, ha sucumbido en Venezuela bajo los embates del ejército español. Se trata de una memoria de la derrota, producida por alguien que ha participado como oficial en la guerra el gobierno español y que, salido al exilio, ha llegado a la Nueva Granada con el propósito de obtener hombres y recursos que le permitan invadir su país de origen y restablecer la república. Esta memoria no es, pues, el mero relato pasivo de lo que aconteció, de cómo el ejército español ha vuelto a tomar de una de las plazas más importantes y estratégicas de la América insurrecta, sino del plan para recuperarla. Se expone aquí el análisis crítico de una experiencia republicana particular, de la que se extraen conclusiones políticas y doctrinales que proporcionan una nueva perspectiva del proceso de emancipación no sólo en Venezuela, sino en toda la América Meridional. Se puede compartir en mayor o menor medida tales conceptos. Pero, en cualquier caso, es indiscutible que estamos ante la primera visión sistemática, general y de conjunto que, más allá de la dimensión logística y militar que impone la guerra, nos proporciona el primer concepto histórico y estratégico de la emancipación americana. Al menos, el primero producido por un soldado con una clara visión política. En este sentido, estamos ante la primera teoría revolucionaria de la lucha por la independencia.

CARÚPANO: vindicta, libertad y barbarie

En el Manifiesto de Cartagena nada indica Bolívar respecto a la cuestión social. Cuestión ésta tan conflictiva que, siglo por medio, llevaría al historiador Vallenilla Lanz a definir la guerra de independencia como una guerra civil. De ello nos da una particular perspectiva el Manifiesto de Carúpano. No pasó mucho tiempo para que el discurso de Bolívar hubiese de encarar el tema tabú en Cartagena. El momento sobrevino con la caída de la Segunda República, tras ese fenómeno tan contundente como efímero que fue Boves para el proceso de independencia. Efímero en cuanto a su personal actuación y liderazgo, pero en alguna medida permanente en cuanto a la guerra como forma de vida para los sectores populares y el ejército como vía de transformación de una estructura social que hundía sus raíces en la colonia. Acaso fuera Boves el más encarnizado enemigo de la república. Pese a lo cual, la república, a la postre y para ser tal, fue su más genuina heredera. De él recibió su ejército, su dinámica social y hasta el estilo de su liderazgo. A tono con la dialéctica de la guerra, los llaneros que siguieron a Boves pasaron de bandidos a patrimonio de la república. Patrimonio que en algún momento hizo decir a Bolívar que la revolución estaba sentada en un volcán social a punto de hacer explosión. Pero eso sería más tarde y en privado. En Carúpano, todavía este ejército sólo representa el modo en que la barbarie se opone a bien supremo de la libertad.

JAMAICA: Historia, Semántica y Geopolítica

1815: el descenso de Napoleón se cruza con el ascenso de Bolívar. Ambos han partido al exilio, a Santa Helena y a Jamaica, respectivamente. Tres años más tarde, el americano meridional, que ha tomado Angostura, la plaza estratégica que inclinará el curso de la guerra en favor de la causa patriota, dirá de sí mismo: yo busqué asilo en una isla extranjera, y fui a Jamaica solo, sin recursos y casi sin esperanzas. Perdida Venezuela y la Nueva Granada, todavía me atreví a pensar en expulsar a sus tiranos.1 De modo que el exilio, que para Napoleón dictamina el final de un imperio en Europa, para Bolívar anuncia el renacimiento de un proyecto en América. Esta conjunción en el cosmos simbólico de la historia que involucra la carera de dos grandes líderes políticos y militares, alude también a un cambio de época, determinado, desde el punto de vista geopolítico, por el ascenso de las potencias del capitalismo industrial y la caída del colonialismo mercantilista. A ello tributan diversos procesos: la ilustración, el nacionalismo, el industrialismo, la revolución francesa, la expansión napoleónica, la independencia estadounidense, la emancipación en América Latina. Es ésta una coyuntura en el proceso de largo plazo que lleva de la era agrícola a la era industrial. En este contexto se fraguan los cauces iniciales de un proceso histórico de alcance planetario. La Carta de Jamaica forma parte de este contexto. Es una forma de asomarse a él y otearlo desde los agrestes montes de una América irredenta. Tal es el punto de partida de este ensayo.

ANGOSTURA: el guerrero creador de repúblicas

La Carta de Jamaica concluye con la afirmación según la cual la clave para poner fin a la dominación española y fundar un gobierno libre es la unión, obtenida por efectos sensibles y esfuerzos bien dirigidos. Lo que por entonces queda en un escueto enunciado, en Angostura va a ser objeto de un denso desarrollo. Eso es el Discurso de Angostura: un efecto sensible, un esfuerzo bien dirigido. En atención a las lineas principales de su estructura discursiva, es una apelación a la conciencia histórica, un plan estratégico centrado en la implantación del Estado Nacional, y un instrumento de significación del movimiento de independencia como proceso histórico. Pronunciado por Bolívar el 15 de febrero de 1819, en el acto de instalación del segundo congreso que se daba a sí misma una república en medio de los avatares de la guerra, constituye una de las piezas oratorias más importantes de su haber político. Dicho ello por su contenido en sí mismo considerado. Y dicho también por el modo en que marca una diferencia de dimensiones estratégicas entre un antes y un después del proceso de independencia. En la visión totalizadora del Discurso de Angostura confluye lo político y lo militar. Para ganar la guerra en el siempre inhóspito campo de batalla, es preciso ganarla también en el de la política; por cierto, no menos inhóspito, agreste y peligroso que aquél.

BOLIVIA: el hombre de las dificultades como legislador

El guerrero ciudadano es aquél al que le es dado despojarse del mando. Así en la Caracas que le otorgó el título de Libertador, así en la Angostura que lo ratificó como Jefe Supremo, y dos años después lo llevara a ser designado en Cúcuta Presidente de La Gran Colombia. Las dificultades comienzan cuando la historia lo despoja a él de la guerra y se queda sin esa fuente de gloria que, hasta entonces, había sido el enorme campo de batalla y de política que, visto desde Pasto, se extendía entre el Orinoco y el Potosí. Así, Ayacucho consigna en la historia americana la emancipación, ciertamente; y en el destino particular del guerrero ciudadano el retorno de la cima de la gloria a la sima de las miserias de la burocracia y la administración. Siendo el campo de batalla la fuente fundamental de su gloria, dentro de él lo es todo; fuera de él nada, o tan sólo un ciudadano recto e iluminado que, apegado a su prestigio y honor, está llamado a dar la cara a esa oleada de anarquía que, en la paz, devora cuanto ha venido edificando en la guerra. Consumada la independencia o, más exactamente, el proceso de la guerra que habría de conducir a ella, el enorme mapa del nuevo mundo se ha teñido de una no menos enorme complejidad. Mientras se triunfa en Ayacucho se conspira en Caracas. Al tiempo que se finiquitan los últimos detalles del Congreso de Panamá, las recién creadas repúblicas se hunden en la lucha intestina y doméstica que atenta contra la anfictionía. En carta a Santander, fechada en Lima, el 6 de enero de 1825, es decir, a un mes escaso del triunfo en Ayacucho, encontramos esta situación descrita en palabras del propio Bolívar:

OCAÑA: el clamor del pueblo

Desde el punto de vista de su estructura semántica, el libertador, como instancia fundamental del discurso, representa la condición esencial de Bolívar como máximo dirigente político y militar de la emancipación americana. Más que como mera parte de la historia, el libertador concibe, administra y conduce el discurso como conciencia e instrumento hacedor de ella. Sin embargo, y como es de esperar, se trata de un discurso que siempre ha sido concebido y pronunciado desde el entorno de la dirigencia política a la que pertenece, aún en aquellos temas sensibles en que la actuación de dicha dirigencia pueda ser cuestionada por en su mensaje. Desde este punto de vista, el libertador siempre ha sido una instancia discursiva de una u otra manera asociada al estrecho círculo de la élite civil y militar que comanda el proceso independentista. Así, por ejemplo, El guerrero ciudadano del Discurso de Angostura, que dichoso convoca a la representación nacional y se despoja del mando ante ella es, con ello, al mismo tiempo, legitimado por ella. Como parte de la dirigencia, el guerrero ciudadano es jefe supremo entre iguales. En este sentido, los discursos fundamentales de El Libertador como creador de un nuevo tiempo histórico son documentos de identidad con el entorno dirigente del proceso de independencia, palancas ideológicas de su legitimación ante ella como máximo líder.

Epílogo

Hasta aquí me trajo el Bolívar con el que un día, hace mucho tiempo ya, me topé en el Diario de Bucaramanga. El hombre histórico de los discursos. El de la palabra y el estilo. El de la conciencia moderna y la faena semántica. El de la revolución como concepto y del heroísmo como ejercicio de voluntad de poder. Su discurso marca el paso de la barbarie a la civilización, con todo lo bueno y todo lo malo que una transición así supone para la gestión de su propia historia por parte de un pueblo. Y como pueblo, no tenemos conciencia de tal significación porque la historiografía de banco de escuela se ha hecho cargo de ello, bien haciendo de Bolívar una venerable pieza de museo, bien poniéndolo a comer mangos para popularizarlo. Al respecto, me limito a recordar las palabras de Vallenilla Lanz:

HERÓDOTO: los orígenes de la historiografía

Si uno se deja guiar por lo más estrictos rigores académicos, incluso los de la historia, probablemente los menos estrictos de todos, muy a pesar de los historiadores académicos, un trabajo de este tipo luce desde muchos puntos de vista desalentador, bien por lo poco con se cuenta para realizarlo, bien por la poca estima que se guarda hacia lo poco que se tiene, incluso los escritos de aquel a quien Cicerón, si no me equivoco, dio en llamar Padre de la Historia. Y lo hizo en el marco de una larga tradición representada por críticos para los que Heródoto era ya casi tan extraño como para nosotros y que, salvo contadas excepciones, se caracterizó por su desprecio, acusándolo de mal escritor, de inútil, y hasta de mercenario.

Capítulo 1: el hombre, la obra, el contexto.

Es muy difícil establecer un imperativo ideológico, filosófico, político o moral que nos ayude a comprender la aparición de la historiografía en una íntima relación con el contexto histórico en que ello tiene lugar. La vaga generalidad de la que aquí me valgo, es decir, comprender la aparición de la historiografía como parte del humanismo característico de la Grecia Clásica, que tuvo su máxima expresión en el arte y la filosofía, es fácilmente aceptable, pero, se entiende, muy poco precisa. Ese humanismo, la ruptura respecto a la mitología que a él es inherente, comienza a gestarse en la Grecia Arcaica, con la filosofía jónica y la aún ingenua pero inequívoca proximidad que ella representa respecto a la naturaleza. Por otra parte, como se sabe, dicho humanismo se prolonga mucho más allá de la época de Heródoto y en plena decadencia ateniense producirá lo más acabado de su filosofía. Este humanismo griego es, pues, el espacio histórico cultural de muchas cosas, amplio contexto en el que la historiografía luce como un ínfimo detalle, acaso el más prescindible de todos.

Capítulo 2: mito, filosofía, historiografía.

Partamos del hecho, tan magistralmente representado por la cruel simpleza del mito de Sísifo, de que el hombre es una especie condenada a la historicidad. A nadie le es dado elegir no vivir la historia. Encadenado a la infinita finitud del tiempo, el hombre histórico transcurre sin la certeza de saber para qué. Toda la historia humana pudiera comprenderse como la obsesión de este hombre histórico por darse sentido a sí mismo. Todas las cosmogonías lo han adscrito, de una u otra manera, a vagar fuera de lo eterno, perecer una y otra vez. Y todas intentan, al final, reconciliarse con el proscrito, traerlo de nuevo a casa, el paraíso perdido que, en algunos casos, puede ser, incluso, la nada cósmica, peculiar forma de eternidad que nos permite suponer que hasta la supresión de la existencia es preferible al castigo de la existencia histórica. Esta caída en el tiempo es el nudo gordiano de todo el drama bíblico y, en muy otro contexto, es, también, el mayor suplicio que la mitología griega pudo imaginar para el hombre réprobo

Capítulo 3: dioses, hombres, historias.

Heródoto cree en el Oráculo. Es fácil demostrarlo a través de la cita de párrafos como, por ejemplo, el que nos habla de la furia de Taltibio1 contra los espartanos, y otros en los que hace referencia al plano de lo divino como la última salida que encuentra para explicar, -¿o justificar?- un determinado acontecimiento histórico. Sabemos que esto le ha costado a Heródoto buena parte de las censuras que lo descalifican como historiador ya que, se supone, la historia debe explicar al hombre y sus acciones por el hombre mismo. Como se sabe, ha llegado a ser norma del oficio que recurrir a Dios es hacer trampa. Una suerte de principio epistemológico pende como espada de Damocles sobre el historiador cada vez que su discurso historiográfico apela al deus ex maquina. Heródoto puede ser, según esta misma norma, demasiado ingenuo o primitivo .

Capítulo 4: hombre, historia, tragedia.

Si nos pusiéramos a plantearnos los problemas de epistemología y método en los Nueve Libros, probablemente no hallaríamos asidero sólido alguno para el análisis y la reflexión. En realidad, estrictamente hablando, tales problemas no existen para aquella historiografía que, desde sus mismos inicios, se colocó al margen de la sabiduría y se dio a sí misma el despropósito de alimentar la memoria humana, salvar el vertiginoso acontecer humano del olvido humano. Sin embargo, pese a una tarea tan metafísicamente pobre y, en parte gracias a ello, aquella primera historiografía estaba llamada a sentar las bases para una cruel desmitificación de dicho acontecer. El hombre histórico que recién ha descubierto es objeto de paciente y crítica observación; no se le puede tomar a la ligera, tal cual lo encontramos, ni creer de buenas a primeras lo que dice y piensa de sì mismo. Racionalista pero curiosa, tolerante pero desconfiada, fue ésta una historiografía que se aproximó a su hombre histórico con acucioso sigilo, alerta a los juicios y creencias que históricamente su objeto de observación había generado respecto, y a partir de, su propia historicidad. El hombre histórico y la cultura, ámbito al que es inherente el desencadenamiento de sus acciones en el espacio y el tiempo, abrieron así el pensamiento humano hacia una dimensión hasta entonces desconocida.

 

 

Preliminar

He visto a Dios. Es espantoso. No hemos hablado. Para escucharme, tendría que ser yo hombrte de fe. Y, para escucharlo, un esquizofrénico. Pero pululamos en el mismo universo. Él en su cueva y yo en la mía, somos vecinos del mismo barrio; el del misterio. Sólo que yo la habito con la suficiente molicie e ignorancia como para no perder la cabeza. Él no. El misterio lo ha enfermado. Y, convencido de ser la verdad que lo despeja y que, por lo tanto, nos haría libres, ha perdido la suya.

De la caída a la salvación: la historia inconclusa de la creación.

La caída simboliza el inicio de la historia, al menos para la criatura; es decir, la existencia temporal a la que, tras rebelarse, ha sido condenada por su creador. Y la salvación la recuperación de una criatura que, ahora, como pecador; o sea, habiendo comprobado por experiencia lo que su creador por omnisciencia ya sabía y se negó a revelar, retorna arrepentida al paraíso en que fuera creada, y lo hace por gracia del que la condenó. Así, entre caída y salvación -fin del tiempo de por medio- el reino de este dios describe un ciclo único y total hacia la eternidad propiamente dicha, suponemos, ya que, hasta la culminación de dicho ciclo, dicho reino no ha sido otra cosa que un proyecto histórico; una teleología en la que Dios hace de sentido inmanente y la eternidad de meta trascendente.

De cómo no fui echado del paraíso: me largué yo mismo

El Génesis, como se sabe, es el primer capítulo en la historia de un dios que creó el mundo, la historia; vale decir, el pasar en que las cosas pasan y el tiempo con que lo captamos. Según esta historia, en siete días -merecido descanso incluido- este dios, emergido de las tinieblas, configuró el universo total: estableció su reino eterno, creó la criatura llamada a adorarlo por la eternidad, actualizó el abismo temporal al cual arrojarla cuando se resistió, y, por último, concibió el plan para rescatarla de su temporalidad y retornarla a su seno. Más que una historia de dios, ésta es la de un proyecto de dios. Con lo cual esta historia deja fuera lo más interesante del objeto a historiar: las tinieblas mismas, el abismo y el origen del dios-héroe que, venido de ellas, encarna la luz que ha de iluminar el nuevo todo en que se dispone a reinar. De modo que esta historia, que no indaga en su tema y que, aún así, pretende dar razón de la temporalidad mediante la eternidad, nos deja en ascuas, pues sólo vale para confirmar que la vida eterna junto al dios que nos ha creado no es menos absurda que la temporal a la que nos ha condenado. No obstante, hagámonos de la vista gorda con este detalle menor, y ocupémonos de un dios al que, en esta parte de su historia, toca hacer de inicio en la historia toda del universo. Porque, en esencia, no de otra cosa hablamos aquí: de un dios que actúa y que, sólo en cuanto tal, ha podido ser objeto de narración.

De cómo andando el camino correcto terminé en el punto de partida.

Me parece que era Artaud quien decía que Dios no existe, y que, si existe, es una mierda. Esta idea de dios es un dilema que apunta, por una parte, a su real y efectiva existencia y, por la otra, a que, en caso de existir, sea cosa digna de creencia. Y si bien la real existencia de una cosa es condición previa del juicio sobre de ella, en el caso de los dioses es tema casi irrelevante, si se lo compara con la idea de dios, que sí es históricamente real. La existencia o no de uno que se hace llamar Dios es indemostrable. Pero la idea que de él tengamos es crucial. Pasa que nuestra inteligencia, memoria y voluntad de entes temporles que para ecistir han de hacerlo históricamente es el único hilo que vincula al dios en el que pretendemos creer con la eternidad en la que debería reinar; eternidad ésta de la que vendríamos y a la que, consumada nuestra temporalidad, habríamos de retornar. El problema acá es que, entonces, hablamos de un dios, un reino, una eternidad; en suma, un ser pleno que ha salido de sí y ya no es tal, pues ha sido intervenido, socavado y puesto patas arriba por la temporalidad misma de la criatura que estaba llamada a constituirlo. De modo que, si alguna vez fue, este dios ya no tiene ser, pues ha devenido y, por tanto, sólo puede tener historia. Y el mayor problema para este dios es que, en efecto, la tiene. Se la conoce como sagrada. Lo cual no es sino un infeliz oximorón, que me veo en la obligación de corregir. Porque, el otro problema no menor para este dios, es que, además de también tener una historia, tengo, gracias a ello, una idea de dios; por cierto, ontológicamente mucho menos generosa que la de Artaud.

De mi autocondena

Una cosa es ser expulsado del paraíso, tras una patafa en el culo, y muy otra abandonarlo por los propios pies: o sra, arrojarse uno mismo. La voluntad hace la diferencia. Lo que procede entonces es la autocondena. Ello equivale a la condena de Dios, sólo que despojada de su divinidad por el acto voluntario de quien se la autoimpone. Éste es el dato fundamental acá. La rebelión de la criatura sólo acarreó la expulsión del rebelde y no alcanzó su cometido. Ciertamente, desató la ira de Dios, pero no afectó su divinidad. Sin embargo, fuera de los predios del reino, la rebelión continúa: se torna secular. Sujeta al curso de su propio devenir, si la criatura se proclama pecador, su castigo se convierte en causa y su destino en botín de guerra. Lo que a este dios toca ahora enfrentar no es la conjura, sino la reivindicación del pecado respecto a un reino que sólo molicie, desprecio e indiferencia puede inspirar. Lo cual es mucho más difícil para uno tan propenso a la cólera y que tanto requiere de ser adorado.

De Dios como significación de un pasar que no lo requiere.

El pasar no rquiere de dioes, sino de historias, que lo signifiquen como pasado-presente-futuro y den forma a la existencia temporal. Son los dioses los que rrquieren de una historia para tener sentido como artífices del pasar. Dios tiene una. Se la conoce como la sagrada. Lo cual encierra un total contrasentido, ya que si, a diferencia del mito, cuyo papel es reconocer un pasado, el de la historia es indagarlo, con lo cual toda historia es, por definición, profana; incluso la de este dios, pese a que su intención sea la de hacernos reconocer en un único y por lo tanto verdadero pasado cósmico.

De gracia divina y conciencia histórica

La Salvación es el remiendo metafísico del error ontológico de la Creación. Dios intenta recoger al final del tiempo el desastre que ocasionó con su inicio. El intento de corregir el error con que comprometió su ser pleno lo conducirá a uno aún mayor, y que hará de la eternidad un imposible. En aquel entonces se equivocó al echar a la criatura del reino, porque con ello dio paso a la historia y a sí mismo como proyecto. Ahora está dispuesto a equivocarse de nuevo, haciéndola regresar al lugar del que la echó, porque con ello se trae la conciencia y la memoria, que han de desmerecerlo por completo como ser. Si Dios, como espera, pudiera ser adorado por el pecador, éste no sería tal, pues en la eternidad no puede haber conciencia ni memoria, que es de lo que está hecho todo pecador en tanto que arte y parte de la existencia temporal. Pero este dios jura que la Salvación del pecador es su salvación como dios. Según su propia historia, lo que lo mueve a recuperar su antigua criatura no es el arrepentimiento, sino el perdón y la misericordia, en el entendido de que a quien corresponde arrepentirse es al pecador mismo. Su gracia está, pues, dirigida a aquél que, sobre la base de tal arrepentimiento, se hace acreedor del perdón y la misericordia, que es lo que de nuevo lo conducirá a la vida eterna que perdió tras su rebelión. Toca entonces considerar las implicaciones que tiene esta en apariencia armónica conciliación de gracia divina y conciencia histórica.

Epílogo

La eternidad sólo puede entenderse tal y como Platón define el ser: lo uno siempre igual a sí mismo. El tiempo, nos indica en el Timeo, es imagen móvil de la eternidad. Para Aristóteles dios vendría a ser la causa primera, el motor a partir del cual todo entra en movimiento, sin que determine el curso del movimiento al que da lugar. De tal manera que la eternidad no es espacio en el que sucedan cosas, ni un modo particular en que las cosas suceden o hayan de suceder. La eternidad es una idea, un principio, un axioma; nunca un atributo de algo distinto de ella; mucho menos el estadio superior de algo que, habiendo iniciado en calidad de temporal, se haga eterno tras dejar atrás y superar su temporalidad. La eternidad sólo podría ser la negación absoluta del antes y el después, del inicio y el final. Si algo cambia, hay movimiento, tiene una dimensión duradera y, por lo tanto, temporal, En consecuencia, la eternidad no puede ser anterior ni posterior a nada, pues sería mera episodio de lo que sucede. Y en ella nada puede suceder, porque, a diferencia de lo que sucede en las historias, no hay inicio ni final. Si algo tiene historia, no le cabe eternidad, aunque dure eternamente.

LA RATA

Yo habitaba en una vieja casa vacacional abandonada, colgada de lo alto de un cerro pedregoso y desde el que se podía ver abajo el mar en su quieta enormidad, yendo y viniendo en monótonas embestidas contra las rocas negras del acantilado en el que, por ahora, espero. 

LA ÚLTIMA CENA

Por obra y gracia del espíritu santo sigo aquí, como de costumbre, aludiendo y mendigando a cada transeúnte que pasa frente a mí. Ocupo el primer escalón de los doce que conducen a la taquilla de una sala de cine donde sólo entran hombres solos. La verdad no sé si es el primero, porque, contando desde la acera, éste sería, en realidad, el segundo. Con lo cual. el total de escalones de la escalera entonces sumaría trece, Por otra parte, trece, según he escuchado decir desde siempre, es número de mala suerte. Luego la diferencia entre doce y trece no sería sólo de un escalón, sino de un destino. De modo que ocupar el segundo o el primero no es cuestión que se pueda tomar a la ligera. Y, ciertamente, que no lo hago así. Sólo que, en mis consideraciones al respecto, encuentro razones igualmente lógicas e irrefutables como para afirmar que estoy en una o en otra posición. Esto es cosa que me gustaría resolver cuanto antes. Por primera vez, no sé por qué, me hallo en la circunstancia en que me gustaría saber, a ciencia cierta -como también se suele decir- en dónde estoy. Nunca imaginé que de un escalón a otro pudiera haber semejante diferencia. El mundo, que para mí siempre ha sido la acera, sería el primer escalón, con lo que yo estaría, entonces, a un escalón menos del cielo y a dos más del infierno. Esto en caso de que el cielo esté arriba, el infierno abajo y yo en el medio. En la perspectiva de este sanguche cósmico puede que la diferencia no se sienta tan enorme como entre el primer y segundo escalón, quizás porque la diferencia entre cielo e infierno es más de fe que de cálculo. Pero, por otra parte, la diferencia entre fe y cálculo es tan enorme como la que puede haber entre un escalón y un destino. Es el tipo de cosas que me gustaría resolver. Allá, por la acera de enfrente, va el gordo de las corbatas anchas y los zapatos chillones. A veces viene. Es el tipo de evento que siempre me distrae de mis resoluciones.

LA QUINTA PATA

Octubre. Lluvia, llovizna, tormenta o aguacero. Lo cierto es que desde hacía ya tiempo el agua no dejaba de caer como una maldición del cielo. Si, hasta cuando cesaba por un rato, no era sino para mostrarse en esa forma de bruma, neblina, calima o calina. La misma maldición; sólo que elevándose desde la tierra sobre la que ha llovido sin parar. A la hora de ser andada, no había sino dos opciones: la maleza o el barrial. Tú eliges, se dijo a sí mismo en el instante incierto en que intentaba dar con el camino para emprender la huida. De súbito, la noche se detuvo. Un relámpago de inamovilidad con el que el aguacero cesó de golpe. Y entonces fue esa quietud que parece escucharlo todo con los oídos de su silencio. Extenuado, se sentó y miró de nuevo al cielo. Durante un largo rato, ni los mismísimos dioses osaron asomarse por cima de los muros de la noche, hasta que de nuevo se dejó oír el monótono canto de los grillos.

TAXIDERMIA

A ver. Acaso esté yo en el curioso procedimiento de comprobar a través del sueño que el alma, si no se refiere a la mera forma de la materia, tal y como Aristóteles fue el primero en sugerir, es el más degenerado e infame de los conceptos. Menos mal y me leí a tiempo aquel tratado que Amanda, mi mujer, dice que lleva título de espanto o aparecido. Como sea, ya sabía yo que no podía ser tan inútil haberlo hecho, tal y como ella siempre aseguró, con ese pragmatismo repugnante tan propio del género femenino y que se va acentuando con la edad. Ella siempre dice: no creo en santo que come y caga, ni en loco que no come mierda. Y, en cierto modo, compartimos la misma poca fe. Aunque para no creer en los santos ni para creer en los locos, requiera yo concebirlos avocados a tan vitales funciones. En todo caso, por ahora, el curioso procedimiento al que aquí me refiero es la única posibilidad que me queda para salir del atolladero en que me encuentro desde hace… Ni siquiera sabría decir cuánto tiempo, pues lo primero que resalta en este asunto es la perdida de la certidumbre que el tiempo nos proporciona como el principal referente de lo que existe.

PORNOAVENTURA

¿Cómo se puede ser, durante algún tiempo, tan vital y, al mismo tiempo. morir sin necesidad alguna de haber vivido por razón distinta a la de follar? Tal era la pregunta que se hacía Henry al caer la tarde y cuya respuesta el crepúsculo se iba llevando a los confines del anochecer confundido con su propia noche de viejo y como quien, con sumo cuidado y sigilo, oculta algo muy preciado pero que le ha de resultar comprometedor o embarazoso. El Henry -dicho así, en su recuerdo, porque así lo llamaron siempre en los tiempos en que vivir era algo más que recordar- estaba sentado ante uno de los largos ventanales que iluminaban el largo pasillo donde la pasaba desde la una, tras haber tomado su almuerzo y haberse negado, como siempre, a hacer la siesta. Éste nunca quiere dormir, había exclamado, como siempre, la señora Pérez. Y allí seguía Henry, empotrado en su silla de espectador del paisaje vespertino. Durante toda la tarde llovió. Y aunque había amainado ya, aún seguía cayendo esa leve llovizna, seguramente gracias a la cual el jardín, los árboles, la calle, los cerros lejanos que todavía encajaban sus puntas en los restos de una nubosidad fragmentada y el paisaje todo, o al menos hasta donde la vista aguzada alcanzara atisbar desde aquella ventana, adquiría esa transparencia rosa que a Henry tanto agradaba. Hasta que, como siempre, a las siete y según orden inapelable de la señora Pérez, Henry fue largado a su habitación. A dormir hasta el día siguiente, como siempre.

LA PIEL INMATERIAL DE LA NOCHE

Ahora sí que estoy jodido, se dijo a sí mismo, con resignación. Boca arriba, a la vez que dibuja garabatos ininteligibles en la piel inmaterial de la noche, llega hasta él un olor agridulce, de fruta fermentada o de licor. Mas bien de las dos cosas juntas, mezcladas, concluyó, ya que la gorda había incorporado al enorme pastel que estuvo preparando durante la mañana una generosa porción de cada una. Y en ese momento, cuando ya arribaba a la media noche, volvió a recorrer, una vez más, los detalles de aquella faena, que habían ido a parar a su memoria, como lo que sobró del pastel, de un golpe seco, habla ido a parar al fondo del bote de donde emanaba aquél olor.

LA CUARENTA Y OCHO

Entré al bar. Fui hasta el extremo solitario de la barra desde el que me observaba, pedí una cerveza y me volví a la mesa de siempre, o al menos la que yo esperaba que fuese tal cada vez que entraba, y que, por esta vez al menos, ciertamente, estaba desocupada. Estuve bebiendo mi cerveza poco a poco, algo así como a un sorbo cada vez que intercambiábamos miradas. Hasta que por fin ella también se vino a la mesa de siempre. Entonces la noche, como el silencio de Dios, se fue hundiendo en el barro de nuestro mutuo decir. Barro nuestro que caes del cielo. El amanecer nos sorprendió a solas, o más bien juntos en la misma soledad desde la que cada quien defendía su propia soledad, ahora sí, sin nada que decirnos, en medio del barrial que nos había arrastrado hasta la cuarenta y ocho.

EL CENTENARIO DE STOKER

Cuando suena la hora lúgubre de los espíritus, la novia bebe el vino de un rojo sombrío como la sangre. Una vez más, aquellos versos de Goethe, que lo hacían sentir tan orgulloso de sí, resonaron en su memoria, apenas se asomó a la ventana y la noche le rozó el rostro. Luego fue esa mirada acuciosa lanzada allende los suburbios nubosos de la ciudad, más allá de los cuales se extendía la rígida horizontalidad del cementerio. Quietud. sosiego, reposo, descanso… iba buscando la palabra más apropiada para definir lo que aquél otear el horizonte de la noche le inspiraba, hasta que la encontró: ausencia. Eso. Porque la muerte no es más que ausencia. Ni menos tampoco. Entonces emprendió el vuelo.

LA POSE

De los talones a la cabeza mediría no más de metro y medio. Y si uno se fijaba bien, venida de sus adentros a flor de piel, como el alma que le daba forma en una sola y fugaz pincelada de existencia, la insignificancia demarcaba el todo de su cuerpo quieto y menudo. Quizás fuese esto, la manera en que esa insignificancia determinaba la absoluta armonía entre el ser y el aparecer lo que la hiciera lucir más joven de lo que realmente fuese, como si a estas alturas de su biografía aún no contara con una historia única y propia en la que hubiese valido la pena desgastarse y envejecer. El resto de aquella su presencia era lozanía triste, quietud de lagartija a la una de la tarde y que administra su energía en medio de un paisaje árido y sofocante. No obstante, al mismo tiempo, su pose era tan curiosa y estudiada, tan artificiosa que lo que le faltaba en tamaño y significación le sobraba en gracia y seducción. Al menos eso fue lo que pensé cuando me disponía a entrar a la tienda y la vi, parada allí, de espaldas a la puerta y con los codos apoyados en el mostrador mientras seleccionaba los botones de las cajitas que el viejo tendero iba poniendo de dos en dos a la disposición de su minuciosa inspección.

 

 

Historia

Mundial

Contemporánea

A mi modo de entender, los que están persuadidos a que por la historia particular se puede uno instruir lo bastante en la universal, son en un todo semejantes a aquellos que, viendo los miembros separados de un cuerpo poco antes vivo y hermoso, se presumen estar suficientemente enterados del espíritu y gallardía que le animaba. Pero si uno, uniendo de repente los miembros y dando de nuevo su perfecto ser al cuerpo y gracia al alma, se lo mostrase por segunda vez a aquellos mismos, bien sé yo que al instante confesarían que su pretendido conocimiento distaba antes infinito de la verdad y se asemejaba mucho a los sueños. Y ciertamente, que por las partes se forme idea del todo, es fácil; pero que se alcance una ciencia y conocimiento exacto, imposible. Por lo cual debemos estar persuadidos a que la historia particular conduce muy poco a la inteligencia y crédito de la universal, de la que únicamente el reflexivo conseguirá y podrá sacar utilidad y deleite, confrontando y comparando entre sí los acontecimientos, las relaciones y diferencias. (Polibio. Historia Universal. Exordio.)

EL CONCEPTO DE MEMORIA

...sólo de aquellos seres vivos que son conscientes del tiempo puede decirse que recuerdan y hacen esto con aquella parte del alma que es consciente del tiempo. Aristóteles. De la memoria y del recuerdo.

Grande es la virtud de la memoria y algo que me causa horror, Dios mío: multiplicidad infinita y profunda. Y esto es el alma y esto soy yo mismo.  San Agustín. Confesiones

Introducción

...sólo de aquellos seres vivos que son conscientes del tiempo puede decirse que recuerdan y hacen esto con aquella parte del alma que es consciente del tiempo.

Aristóteles.

De la memoria y del recuerdo.

 

Grande es la virtud de la memoria y algo que me causa horror, Dios mío: multiplicidad infinita y profunda. Y esto es el alma y esto soy yo mismo. 

San Agustín.

Confesiones

 

...el pasado se conserva por sí mismo, automáticamente. Todo entero, sin duda, nos sigue a cada instante: lo que hemos sentido, pensado, querido desde nuestra primera infancia, está ahí, pendiendo sobre el presente con el que va a unirse, ejerciendo presión contra la puerta de la conciencia que querría dejarlo fuera.

...no pensamos más que con una pequeña parte de nuestro pasado; pero es con nuestro pasado entero, comprendida en él nuestra curvatura original del alma, con el que deseamos, queremos y actuamos.

Henri Bergson.

La evolución creadora

La memoria: un misterio, una estructura, un proceso

Para Aristóteles la memoria residía en el corazón. Captadas por los sentidos, suponía que las impresiones que se perciben del entorno eran conducidas por la sangre hasta allí. En general, para la filosofía antigua el corazón es el reservorio de la actividad espiritual del hombre. Allí se asienta lo que para nosotros es su existencia psíquica. De modo que el corazón era tenido por el lugar de las emociones y los sentimientos, idea que, por lo demás, ha permanecido a lo largo de la historia en las más diversas culturas hasta hoy. De hecho, en latín, recordar -recorsi- significa de nuevo en el corazón. Esta creencia se mantuvo durante siglos. No es sino hasta mediados de la edad media cuando la memoria comienza a ser ubicada en la parte posterior del cerebro1. Aunque sin datos abundantes y determinantes al respecto desde un punto de vista científico, es la fisiología moderna la que la ha localizado en el cerebro. E. Kandel2, premio nobel por sus investigaciones en este campo, ha definido la memoria como una representación interna de la información adquirida mediante aprendizaje; información que se halla codificada, espacial y temporalmente, en circuitos neuronales, mediante cambios operados en las propiedades reactivas de las neuronas. Con todo, en el mundo de la ciencia aún no hay consenso en cuanto al modo como reside la memoria en el cerebro. Hay quienes piensan que la memoria tiene localizaciones específicas, que se corresponden con un determinado tipo de ella, y quienes piensan que, por el contrario, la memoria es una y que alcanza amplias regiones cerebrales que operan conjuntamente y de manera coordinada, según diversos niveles de complejidad en el registro de datos y evocación del recuerdo. También hay quien piensa que ambas hipótesis no son excluyentes entre sí y que es posible que apunten con certeza al mismo fenómeno considerado desde puntos de vistas diferentes y complementarios3.

Aristóteles: memoria, alma y experiencia

Al concebirla como parte del proceso cognitivo -junto con la percepción y el aprendizaje- la psicología cognitiva ha puesto en evidencia la complejidad de la memoria y resaltado la conexión existente entre memoria y otras funciones tanto fisiológicas como espirituales del ser y el proceder humanos. Conexión ésta que ya había sido planteada por Aristóteles. Así, por ejemplo, en Metafísica establece la relación directa y biunívoca entre memoria y experiencia de la siguiente manera:

San Agustín: memoria, alma y dios

Agustín se ocupa del tema de la memoria en el Libro X de Confesiones. Hay quien dice que este capítulo constituye una suerte de bisagra que une la primera parte de la obra, es decir, la parte autobiográfica, que recogerían los libros del I al IX, con la siguiente, la parte conceptual, correspondiente a los libros XI-XIII. Tal estructura expresaría la intención misma del autor, con el propósito de reflejar en ello su concepción de la memoria como la función mediadora entre el hombre y dios1. Aunque no hay constancia de que esto sea así, es una interpretación muy plausible. Por lo demás, cualquiera sea el caso, se trata de una interpretación que en nada contradice el concepto mismo de memoria que maneja Agustín y que constituye una excelente guía en la lectura de la obra. También, en La Trinidad trata Agustín el tema de la memoria, particularmente en los Libros del X al XIII, aunque aquí no de manera específica, sino en conjunción con el entendimiento y la voluntad, y en tanto que las tres -memoria, entendimiento y voluntad- son las facultades que a su entender definen el alma humana. Ello supone un giro completo en el concepto de alma y, en consecuencia, en el de memoria con respecto a la visión materialista de Aristóteles. Pasamos de la entelequia que define lo vivo en la naturaleza -de lo cual el hombre es una especie- al hombre cuya individualidad plena está determinada más que por la naturaleza, por su conexión con dios y la dimensión de lo divino. El alma de Aristóteles da lugar a una especie natural con conciencia del tiempo. La de Agustín a un hombre histórico conectado con la naturaleza sólo en su dimensión material y cuya conciencia del tiempo no es otra cosa que su vínculo con la eternidad.

La dimensión social de la memoria

Entre el Tratado del Alma y el Tratado de la Santísima Trinidad se abre uno de los episodios más plenos de significación en la historia de la filosofía occidental. El cristianismo avanza sobre las ruinas de un paganismo que ha sido, al mismo tiempo, fuente de inspiración y modelo de su filosofía. Esto se hace evidente en el tema de la memoria. El concepto de Aristóteles emerge de las dimensiones materiales de la naturaleza y que el cristianismo depreciará como el terreno de lo profano. El de Agustín es un concepto que desciende de los cielos. Tejida con el hilo de la lógica pagana, la memoria de Agustín se inserta en el tapete de la fe y el misterio supraterrenal de lo divino. En este tema, como en otros, el decisivo avance que el materialismo aristotélico representa respecto al idealismo de Platón, es un camino que de nuevo recorre Agustín, pero en sentido contrario. Su concepto de alma -y con él el de memoria- constituye, digámoslo así, un ejercicio de desmaterialización de lo que encontramos como tal en Aristóteles.

Mito, memoria e historia

Se dice que recordar es hacer presente el pasado. Ciertamente. Una hermosa metáfora, como casi todas las que, al jugar con el sentido de los términos, pero sin contradecir su sentido, crean una atmósfera de contrasentido que, sin estar reñida con la lógica, la ironizan, en cierto modo se mofan de ella. Una metáfora, además, muy acertada en todo sentido. Sin embargo, ello no obsta a la hora de precisar hasta qué punto es posible hacer presente el pasado, en qué grado y en qué sentido. Pues el pasado presente no es lo mismo que el pasado, El recuerdo no es mostrar lo que hay en la memoria, sino la realización de un constante proceso de selección, ordenamiento y elaboración de ella. El recuerdo es una intervención intencionada y sofisticada desde el entendimiento del material bruto de la memoria. No sólo el recuerdo vive de la memoria, sino que, a su vez, la memoria vive de la aportación y el enriquecimiento que el proceso de recordación le aporta. De modo que, como resultado del recuerdo, el pasado presente no es el pasado, sino lo que de él hemos seleccionado, ordenado y elaborado, y lo que nos decimos acerca de los resultados de tales operaciones sobre la memoria. Y como seleccionar supone, en alguna medida, el olvido -inconsciente o voluntario- hay veces en que hasta el olvido es una forma de decir acerca del pasado recordado. Si a todo esto se agrega que todas estas tareas inherentes al recuerdo y el olvido se realizan desde y a través del lenguaje, que son en sí mismos procedimiento lingüísticos, resulta entonces que la memoria es un procesamiento semántico de la experiencia temporal. Saber del pasado, individual o colectivo, es en sí mismo un proceso de significación.

 

 

HISTORIA Y CIENCIA
El silogismo se compone de proposiciones, las proposiciones de términos; los términos no tienen otro valor que el de las nociones. He aquí por qué si las nociones (y éste es punto fundamental) son confusas debido a una abstracción precipitada, lo que sobre ellas se edifica carece de solidez; no tenemos, pues, confianza más que en una legítima inducción. F. Bacon
Introducción

Soy de la generación a la que tocó aprender en clase de historia que la historia es la ciencia que estudia el pasado y, respecto al más importante hecho que da inicio a la historia, que el hombre desciende del mono. Aunque aquí el asunto nunca quedó del todo claro por aquello del eslabón perdido. Acto seguido, receso de por medio, me tocaba aprender en clase de religión que, de acuerdo a la historia sagrada, el hombre era creación de dios. Esta vez el asunto quedaba todavía menos claro, pues con ello se hacía participar al hombre de una doble naturaleza, histórica y divina. Siguiendo el razonamiento científico -que también hube de aprender en clase de física y de matemáticas- si la historia es una ciencia, la historia sagrada también lo es. Entonces ¿cómo era posible que una misma ciencia tuviera posturas científicas tan disímiles en relación al hecho más importante con el que se iniciaba la historia de la humanidad? ¿O es que hay historias científicas e historias que no lo son? Porque en el mundo de la ciencia hay más teorías falsas o erróneas que teorías verdaderas, y todas por igual son expresión del mismo modelo de conocimiento, es decir, forman parte del mismo proceso de desarrollo de ése modelo y de ese conocimiento tenido por científico. Hay verdades científicas y también falsedades que, no por tales, dejan de ser científicas, pues las unas y las otras son resultado del mismo proceder. Claro que el que la historia sagrada sea científica es bocado del conocimiento que lucía realmente grueso de tragar.

La concepción de la realidad: la relación sujeto-objeto

La caída de un individuo de lo alto de un edilicio de diez pisos puede ser interpretada de muchas maneras. Como un suicidio, es decir, el resultado de la intención de quitarse la vida, o como accidente resultado del descuido mientras contemplaba el paisaje, o como un homicidio, si es que el sujeto en cuestión fue empujado por otro o, incluso, de alguna manera inducido a acometer su propia caída. Este tipo de causa puede llegar a constituir un entramado muy sutil y complejo porque, precisamente, no supone necesariamente datos evidentes, observables y medibles, sino indicios de una posible intención o conducta particular del individuo en cuestión y, también, de otros que pudieran estar de alguna manera involucrados en su caída desde lo alto de un edificio. Por otra parte, son datos evidentes, observables y medibles, tales como la masa del individuo que cae y la distancia que lo separa del centro de la tierra, los que, convertidos en variables de una rigurosa formulación matemática con enorme capacidad de predicción, nos explican la caída del individuo desde el punto de vista científico. La diferencia entre una y otra situación a la hora de interpretar el mismo fenómeno es la objetividad científica o, dicho en otros términos, el concepto científico de realidad en el que se ha basado y se basa todo el pensamiento científico y sus nociones de conocimiento y verdad.

El historiador como sujeto y el hombre histórico como objeto

Gracias a la Ley de Gravitación Universal, la caída de un individuo de lo alto de un edilicio de diez pisos puede ser comprendida científicamente, si me fijo en los datos apropiados del evento y lo defino de la manera apropiada. Lo cual requiere, como es obvio, un observador específicamente consciente y premeditadamente preparado para ello. Esto es, un observador según lo que el método científico entiende como tal. Si como observador no me interesa la distancia del piso diez a la superficie de la calle, ni la masa molecular del individuo; si, además, no tengo la capacidad de combinar estos datos como variables de un acontecer ecuable, no soy el observador indicado para una apreciación científica del evento. Y, muy probablemente, la mayoría no lo es. Lo cual, sin embargo, no nos excluye como observadores, y dará lugar a muy diversas formas de interpretar el evento, distintas, todas ellas, a la propia de la ciencia. Lo primero que cabe preguntar es si, al ser esto así, se trata del mismo evento.

La naturaleza científica de la historia: un despropósito metodológico.

Luego de aprender a distinguir un poco, gracias a Aristóteles y Tucídides, lo que la ciencia y la historia son, o pueden ser, aquella idea que hube de aprender en la escuela según la cual ésta última es la ciencia del pasado luce como el más remoto y anquilosado arquetipo de la infancia de cualquier historiador. Pero lo mismo fui a aprender en la escuela de historia en la que me formé. Siempre recuerdo a mi profesor de ciencias sociales asegurando que la historia es una ciencia porque tiene un método, es decir -ilustraba haciendo el correspondiente gesto con su mano- un camino hacia el conocimiento que ha de ser andado. Por mi parte yo, que antes de ingresar a la Escuela de Historia había cursado durante dos años ciencias actuariales y matemática aplicada en la de Estadística -a tono con el cruel lema de mi profesor de cálculo: deriva el que sabe, integra el que puede- me preguntaba cómo es eso que, para definir un método científico, los historiadores hemos de conformarnos y apegarnos a una metáfora como, en este caso, la del caminante. Yo podía estar muy de acuerdo con una metáfora que, después de todo, se corresponde con la etimología del término método. Pero nunca con la naturaleza científica de lo que una metáfora así estaba llamada a ilustrar. Si de caminar se trata, he allí a Heródoto en el Asia Menor, o cualquier estudiante de historia por las atestadas calles que conducen al Archivo General de la Nación, la Biblioteca Nacional o la Academia Nacional de la Historia. Pero que jamás han de conducir a la ciencia.

Historia y ciencias sociales

La historia es la más antigua de las ciencias sociales. Esto afirma Fernand Braudel, y añade que lo que la diferencia de ellas no es sólo su antigüedad, sino la peculiar dificultad de que el historiador trabaja sobre lo que ya no es. Por otra parte, Georges Duby, quien, al igual que Braudel, asigna un carácter decisivo tratamiento documental, señala una estrecha vinculación entre la historia y la creación literaria, y resalta el hecho de que la historia, entre las disciplinas que habitualmente llamamos ciencias humanas, es la única que constituye un género literario.1 Tales no son distinciones diferentes o excluyentes. En realidad, la una es consecuencia de la otra. La historia es narración, porque sólo a través de la narración podemos acceder al tiempo, significar el transcurrir de la existencia como temporalidad especifica y representar lo que ya no es. Fue ese ya no ser el que llevó al sustancialismo antiguo a afirmar que de la historia no se podía extraer conocimiento alguno, pues no se puede conocer lo que deviene, sino lo esencial y permanente, lo siempre igual a sí mismo. Es ese no ser el que, todavía hoy, traza la frontera epistemológica entre ciencia e historia. Debate del cual Braudel se aparta, por considerarlo estéril, y con razón. Sólo que con ello se pierde todo derecho a considerar la historia una ciencia. Y, por último, es ese ya no ser el que hace del tiempo histórico una dimensión sólo posible de ser planteada en el contexto específico de una narración. En virtud de lo cual Duby reconoce su naturaleza decisiva como género literario. Ciertamente, hay que convenir en que la historia se distingue de las ciencias sociales por su antigüedad, y por tratar de lo que ya no es. Sólo que la más elemental consecuencia de ello es que la historia no es, en realidad, una ciencia social, sino, como muy bien dice el mismo Braudel, el arte frágil de escribir historia.

El surgimiento de la historia ciencia y las ciencias sociales

Las ciencias sociales son uno de los más genuinos productos institucionales y académicos de la sociedad industrial. Si bien el término suele utilizarse en contraposición al de ciencias naturales, y sugiere que el estudio de la sociedad no se rige por los mismos parámetros, en sus orígenes son el intento de crear lo que Comte llamaba una física social, cuyo propósito no era otro que aplicar los criterios y métodos científicos al ámbito de la sociedad y la acción humanas. La sociología no comenzó a ser reconocida como una disciplina académica hasta finales del siglo XIX, particularmente con los trabajos de Durkheim, epígono de Comte y Saint-Simon, y cuyo radicalismo científico impone una línea de trabajo que concebía la realidad social como un objeto de estudio independiente de la subjetividad del individuo. En contraposición a este concepto, posteriormente, Max Weber, más influenciado por el marxismo, aducía que no se puede estudiar la vida del hombre y sus relaciones en sociedad sin tener en cuenta el modo en que la dimensión subjetiva de su existencia incidíe en la realidad social. Las ciencias sociales surgen en el marco de esta controversia. Pero son, en conjunto, expresión del desarrollo de la sociedad industrial, de una cultura para la que la ciencia es símbolo del saber y de control sobre la existencia, bien y valor fundamental del desarrollo social. Y la historia, como ciencia social, aparece también entonces o, si se quiere, el oficio del historiador se inserta en esta cosmogonía característica del mundo contemporáneo. Dicho en otros términos, no es que la historia sea una ciencia social, sino que la historia, como ciencia, es una forma particular de concebir y escribir historia, tan reciente como las ciencias sociales con las que comparte, o intenta compartir, el mismo espacio institucional y académico.

Las ciencias sociales: signo de modernidad de la era industrial

La historiografía. Lo que desde los tiernos años de la escuela nos enseñaron a definir como la ciencia que estudia el pasado ¿por qué, en lugar de seguir sentada a las puertas del reino de la ciencia social, no emigrar al infame barrio de la narrativa. donde nació y creció sin complejos el mismísimo Heródoto? Yo creo que en buena parte ello se debe a que el empobrecimiento del historiador como narrador no es cosa que se queda en el plano del papel, sino que invade toda su interioridad como sujeto. El estilo no se aprende ni se copia; se forja en el marco de una disposición personal. El historiador científico se enajena a sí mismo como sujeto, y lo hace en aras de una falsa objetividad en virtud de la cual cree que el conocimiento histórico está fuera de sí mismo, en esa supuesta realidad del pasado que, en realidad, no existe. La idea de que la historia es la ciencia que estudia el pasado es la representación sintética de esta enajenación, reproducción del servilismo epistemológico que le otorga su dudoso rango científico y, al mismo tiempo, lo anula como narrador.