Era una ciudad desierta. No. Pudo serlo. Desierta y todo, alguna vez una gran ciudad, hecha a la medida de comerciantes complacientes y especuladores, y repleta de colorados turistas contentos y estafados que, venidos de su gris aburrimiento del otro lado del mar y al contacto de los amarillos, verdes y azules de este lado, hubieran hecho de Buenaventura la mina de oro con la que Medina tanto soñó, en los tiempos en que aún soñaba, cuando, asomado a la ventana del despacho, quedaba viendo de largo aquella calle desolada, una de las tres que atravesaban Buenaventura de cerro a mar. ¿Y quien dice que no estoy, ahora, dormido, soñando con aquel otrora soñar despierto? En cualquier caso, nunca ha habido aquí gran ciudad alguna, digo, si es que acaso sigo aún en Buenaventura. ¿Y en dónde más? Dos callejas, una adicional. Hileras de casas. Se extendían desde el llano hasta ir trepando en los faldones bajos de los cerros. Una tras otra, adentro va el aliento de esa nada cósmica que se amontona soporífera debajo de las brillantes techumbres inclinadas. Hay días en que los vientos, acorralados entre el mar y los cerros, se entremezclan, y con sus murmullos van golpeando las paredes hasta arremolinarse mudos en los rincones. Horas hay, también, durante las que no se mueve una brizna y el sol se queda allí, como varado en la ciénaga luminosa de su propia incandescencia. Parece que se fuese a quedar allí para siempre. Pero no hay sol que dure cien años ni pueblo miserable de dos calles, una adicional que lo resista. La noche siempre llega.
Dos calles, una adicional. Desierto. Cosas: casas. Ausencia: casas sin gente. Hileras de casas sin gente. Si hubiese gente se notaría. Aunque ésos de allí se escondan en sus casas, siempre se nota porque, al igual que en los cementerios, la quietud en Buenaventura no se puede esconder. Se le siente en los rincones vacíos o en los huecos ocultos. Buenaventura es un gran hueco lleno de luz y de sombra, en el que cada quien, a su manera, va perpetrando su propia ausencia. Pero aquí, en este momento, es real ausencia. Rincones vacíos o huecos ocultos. Una maqueta de vida, o más bien de los escondrijos por los que ella ha transcurrido alguna vez. Una maqueta tan chica que Medina, parado, podía verla toda a sus pies. Con la punta de sus dedos habría rasgado la cochambre de los techos, doblado por la copa los árboles que sobresalían aquí y allá, o aplastado esos cerros enanos tras los que se ocultaba y, al mismo tiempo, se alejaba del mar. Sin más, un movimiento al ras del suelo, y su pie lo habría barrido todo. Un soplido, y aquella maqueta habría desaparecido en medio de la liviana polvareda levantada por su propio aliento. Ese hubiera sido el final de aquel sueño. Pero cuanto final hay más allá del final de cada cosa. Cuanto habría dado por extender sobre el agreste paisaje los camiones de concreto del progreso. El hombre es un hacedor de cosas para el que la naturaleza es un ingenuo fracaso. Algo así como un dios que empezó de cero, venido a enmendar la obra de Dios ¿Quién dijo eso? El Padre Claudio, creo. Siempre jodiendo, el cura. Y esa sensación de que está o ha estado aquí, el cura, muy cerca ¿a cuenta de qué? Quién sabe. Pero algo grande va y viene como una sombra inquieta y que no termina de caber. ¿En dónde? La habitación, debe ser. Ese es el último sitio que puedo recordar: mi habitación. Sí. Ésta debe ser mi habitación. ¿Qué más? Llena de sombras y de soledades amontonadas como días. De pronto siento todos esos días aquí, al mismo tiempo, en este maldito segundo que no termina. Y, hablando de días ¿qué día será hoy? Porque debe siempre de ser un día de un mes de un año determinado. La lógica lo dice. El tiempo es lógico porque se lo mide. Siempre he sido un tipo muy lógico. Así me recuerdo. ¿Cómo que e recuerdo? ¿Por qué todo lo que me digo lo siento como si recordara? Estas son preguntas tenebrosas? ¿Por qué hacerme preguntas así?. Eso es lo tenebroso. Estaré borracho, acaso. Aunque, la verdad, no me siento tal. Cuando estoy borracho, siento una acidez que me recorre del estómago al cuello. Eso también lo recuerdo. Y ahora ni siquiera siento el estómago. Bien. Por lo pronto, debe ser de noche, cualquier fecha, pero de noche. Por eso las sombras. Sí. Debe ser. Y esa visión que ahora tengo de Buenaventura como una maqueta a mis pies debe ser, entonces, un sueño. Debo estar soñando. De modo que todo es cuestión de despertar para aclarar esta confusión.
El viejo permanecía de pie, sin moverse, contemplando aquella maqueta de Buenaventura. A sus pies. Allí Medina. Iba a caminar ¿A dónde? Quién sabe. Sólo me dispuse a caminar. Quería irme de allí. Un poco espantado. Lo confieso. Tan sólo quería irme de allí. Pero mis piernas comenzaban a debilitarse. Primero hubo viento y un frío húmedo. Al principio no lo supe, no lo noté en mis carnes secas. Sólo lo imaginé, creo, y por imaginación llegué a la certidumbre de que si intentaba mover las piernas me iría al suelo lentamente, sin caer del todo, pero siempre cayendo. Piernas débiles. Deficiencia que se despereza y comienza a hormiguear por el tejido muscular. Piernas hormigueadas y pies que ya no alcanzan siquiera despegar del suelo. Piernas que se doblan, pese al esfuerzo, a la altura de las blandas rodillas, como si carecieran de rótula. Articulación del fémur con la tibia. Siquiera correosos cartílagos circunyacentes. Nada. Sólo rodilla sola. Sin estructura de rodilla. De rodillas. Rodillas dobladas y apoyadas sobre el suelo, como si descansara el cuerpo sobre ellas solas. Pero sin descanso. El reiterado intento de erguirse. Imposible. Las manos también al suelo. Cuadrúpedo. No. A cuatro patas y sólo aparentemente, y por momentos. En los cuadrúpedos la rodilla une el antebrazo con la caña. Yo sigo teniendo brazos, tensos y aferrados brazos de los que me valgo para arrastrar éstas, mis inútiles piernas. Bípedo a rastras. Allá voy ¿A dónde?. Si estoy en mi habitación, ¿a dónde?. Y esas sombras y esas voces aquí, en lo que debe ser mi habitación. No recuerdo otro lugar.
De pronto, sin embargo, esas callejas vacías por las que corre un viento burlón que levanta enanas polvaredas. Ya no había maqueta, sino las mismísimas dos calles y una adicional de Buenaventura que alguien, de haberlo habido, hubiera visto desiertas... a no ser por aquel extraño animal en tránsito. Dos patas adelante, a rastras lo demás. Pesada carga. Se mueve lento ¿Qué es? Suerte de caracol sin concha salido de la concha de su propio sueño. El viejo. Sí, claro, el viejo. Eso también lo recuerdo. El viejo en su habitación. Aunque no alcanzo oler nada, he recordado, sí, un olor a medicamento, y también olor a jabón y talco.
Palabras, o mas bien sonidos que parecen palabras. Caen en el charco de la incertidumbre, que es como una llaga en la carne dúctil del entendimiento. Sonidos ininteligibles, o mas bien retazos de lenguaje que carecen de sentido alguno y se pierden en el ondear difuso de una representación onírica. Ya no hay día, sino una luz gris. Si el gris pudiese alumbrar, lo haría así. Ya no me arrastro afuera. No hay calles ni vientos. Encierro, eso es lo que siento. Por lo que, insisto, esto debe ser mi habitación. Si es así, de este, el lado izquierdo, debe estar la ventana desde la que suelo ver la calle y a los que transitan por ella con lentitud. A ratos, me parece haber percibido hacia ese lado una enorme sombra. Ya no está, creo. No logro ver nada, pero ya no hay sombra allí. Permanezco sólidamente postrado en mi propia cama ¿Cómo saberlo? No lo sé. Pero uno siempre sabe cuándo se trata de su propia cama, aunque no la vea. No hay forma de equivocarse. Mi cama. El artesano que la hizo, por cierto, perdió, según él, un dedo mientras la hacía, y luego quiso imputarlo al costo del encargo. Eso es algo que recuerdo claramente. Nunca le creí, aunque en verdad sí que lo perdió. Aún puedo recordar, también, el muñón en alto con que me recriminaba. Vendado. Venda ensangrentada. Y yo ¿qué culpa tengo? Anda a la mierda, viejo, dijo el maldito mocho. Así que me la traje sin terminar. No fui yo quién le mochó el dedo; entonces ¿por qué iba a pagar? Luego mandé a tornear las patas y le mandé a hacer esa cabecera tan especial llena de arabescos. No puedo verla. Pero ahí debe estar, detrás de mi cabeza. El recuerdo es claro. Ésta es, pues, mi cama, aunque yo no sepa, en realidad, dónde estoy. Luego ésta debería ser mi habitación. Y si es mi habitación, debo estar en mi casa. Y si es mi casa, en Buenaventura, y si es Buenaventura quiere decir que estoy en la misma mierda de siempre. Bueno. Pero el punto es ¿estoy? Mierda. La sola preguntita me escalofría. Siempre me he burlado de la filosofía y los filósofos, por empeñarse en preguntas así. Y ahora qué. Mierda. Desde hace no sé cuanto tiempo, un mismo frío húmedo me recorre la mitad del cuerpo cada vez que me lo pregunto. Por la otra mitad, de la cintura para abajo, no hay nada que preguntar, al menos por ahora. La existencia de esa otra mitad no es tan sólida como mi cama. Mi dentadura se deshace. Todas las piezas van desordenadas dentro de la boca. Si quiero las muevo de un lado a otro con mi lengua. Encías peladas. Se les siente blandas y babosas. Esto parece un recuerdo. Sí. Hubo un tiempo en que llevaba dientes, claro. Estoy seguro de ello. Que ahora se revuelvan en mi boca debe ser mera sensación creada por el sueño. Olores. Se quedan allí, a la entrada de las fosas nasales, como si tuvieran pena o miedo de seguir por estos conductos olvidados por los que todavía sopla un débil hálito de vida ¿Qué estoy diciéndome? ¿Hablo como muerto, acaso? Huele ¿A qué? Normalmente respondo rápido: a mierda. Pero en verdad aquí hay olores que no distingo. Sé que están allí. Por un instante rondan mi enorme nariz. Eh, narizotas. También recuerdo llamados así, cuando chico, en pleno patio de la escuela. Narizotas tu madre. Pero tenía razón el maldito. Sé que mi nariz es larga, ancha y encorvada. Pero no la veo ahora. No sé por qué. Siempre ha estado allí, delante, entre los ojos, provocándome visión doble si persisto en verla. Ahora, que no la veo, reparo en ello. Bueno, pero igual sé que está allí, delante de mí, entre las sombras que deben estar cubriendo mi rostro. Y también sé que los olores rondan por allí, alrededor de sus grotescos agujeros velludos, y que siguen de largo o se esfuman en la punta, me burlan antes que pueda identificarlos, traerlos a mí, darles un maldito nombre de cosa conocida. Deben ser mierda, esos olores, aunque no hiedan. Sonidos. Olores. Largas horas. Pero ¿por qué largas horas si no tengo puta idea de cuánto tiempo llevo aquí? Por alguna razón siento que es mucho. Quizás esté enfermo. Puede ser. Pero dolor no siento. Si estoy enfermo, será de algo que no duele. A lo mejor estoy podrido. He visto enfermos así. Lo recuerdo. A mi abuelo lo sacamos podrido de la cama. Pobre. Íbamos detrás con las narices arrugadas y tratando de respirar por la boca. A ver. Sonidos. Olores. Largas horas. Son como espectros sin cerebro donde ocultarse. Síntomas sin procedimiento. Es como no estar. Quizás haya muerto, y todo éste recordar o imaginar cosas sea un síntoma de podredumbre, como un hedor. Acaso, si estuviera vivo ¿podría estarme diciendo cosas así sin romper en la desesperación y el llanto? Sin embargo, nada siento, a no ser ese frío, que es algo así como un miedo inútil. Si estoy muerto, nada puede matarme ya. Pues habrá que considerar esa posibilidad. En cuyo caso, lo terrible ya no será la muerte, sino la posibilidad de recordar, sentir, imagunar o pensar después de muerto. Sin tiempo. Por la eternidad. De ser así, éste sería el auténtico infierno.
En fin. Muerto. A ver. Puede que eso explique lo de las piernas. Ya no están allí. Pero ¿y la otra mitad? ¿La otra mitad con la que me digo lo que ahora? Debe quedar la cabeza y algo más. En realidad no la veo. No huelo. No escucho. Pero sé que aquí hay olores y sonidos. No me jodan. A veces me llega lo que creo puede ser un aroma a jabón y talco. Y esa sombra enorme que ya no ha pasado más, pero que ha pasado. Tampoco sé lo que pasa en mi boca. Pero aquí está mi boca. Hasta siento sed. Mucha sed. La epiglotis, epi mas glotis. Lámina fibrocartilaginosa: abre y cierra la apertura superior de la laringe. Mapa del cuerpo humano. Cabeza. Corte longitudinal, como si a uno lo cortaran por la mitad entre los ojos. Clase de biología. Siempre fui el mejor de la clase en biología. Muy malo en lo demás. Pero excelente para hurgar en aquel mundillo de sangre, hueso y cartílago ¿Médico? Serás excelente médico, decía mamá. Sí, sigue esperando, mamá. Al principio yo también me lo creía. Cualquier cosa que tuviera que ver con la fisiología humana llamaba poderosamente mi atención. Pero, al mismo tiempo, mientras más me adentraba en aquel mundillo, más me atemorizaba. Sentía no sé qué. Asqueroso y aterrado. Nunca podría ser médico. Pero mamá aseguraba que aquello era vocación. Bueno, como sea. ¿Muerto?. Bien. Que así sea. Eso explicaría lo de las piernas. Ya no están allí. Pero ¿y la otra mitad? ¿La otra mitad con la que me digo lo que ahora? ¿Y si la muerte es así: comienza por los pies?
Quizás comience por los pies para darle tiempo a uno de decirse las cosas de última hora. Tú sabes. Recapacitar, que le dicen, o algo parecido. Quizás una oración. Suena lógico ¿Y qué debería decirme? Porque, hasta ahora, sólo huelo y escucho cosas que no sé. Analizo la mitad que me queda. Recuerdo mis dientes y a mi madre. Mierda. Nada de esto es lógico. Ni siquiera recuerdo una oración completa. Padre Nuestro que estás en los cielos... ¿Por qué no terminas de llevarte a este viejo medio muerto? Encomienda. Quizás no haya quien la ejecute. Por allí debe estar aquél librito de oraciones que me regaló el cura. Pero tenía la letra muy menuda. A ver. Como sea, la cuestión alcanza hasta las piernas, ambas inclusive. Lo más hasta la cintura. Mi estómago aún debe estar, porque, además de sed, creo que eso que siento por allí es hambre. Bueno, quizás la cuestión sea así: un proceso lento. Habrá que esperar ¿Pero cuánto? Ni siquiera tengo forma de medir el tiempo. Ah, mi reloj ¿Dónde estará? Era un gran reloj. Fue a la Antártica con la marina norteamericana. Y con Medina a Buenaventura. Eso también lo recuerdo. Cómo olvidarlo. Acero inoxidable. Esfera blanca. El peso, en la muñeca. A ver. Puede ser que aún esté allí.
Exhausto. Leve hormigueo a lo largo de las piernas. Se diría que he caminado durante días sin parar, aunque todo indica que he permanecido acostado. Aquí, en mi cama. Mi cama. Bien. Entonces por allí van las piernas. Esto ha sido como un largo e impreciso paseo por el más allá. Pero, por lo que se ve, sigo acá. La ventana. Mi cama. A la derecha debe estar la puerta. Ya no hay nada aquí. Ni olores, ni sonidos. O ya no puedo percibirlos. En ese caso, a lo mejor... A lo mejor nada. Partamos de la idea de que aún estoy acá. Mi reloj, mi cama, la ventana, la puerta. Si ésa, la puntada de allí, es ganas de orinar, entonces la cuestión comienza mucho más abajo del estómago, mucho más debajo de lo que yo creía. Si se ha movido, lo ha hecho en sentido contrario. Quizás la cuestión sea al revés: comienza en la cabeza y se corre poco a poco hacia los pies, como mamá cuando descorría la sábana para hacerme salir de la cama. Entonces ¿Cuál es la parte muerta? Bueno, entonces ¿de qué se trata? ¿muerte al revés? Resurrección. No digo yo; jamás creí en esa mierda. A lo mejor lo que sigue aún vivo es la parte baja de las piernas, luego de empezar a morir por la cabeza, y lo que me digo lo hago desde los pies. Mierda. Demasiado viejo para este tipo de vainas. Lo único que parece cierto es que sigo aquí. La ventana, la puerta, mi cama, mi reloj. Me conformaré con eso. Además, después de todo, nadie entra al cielo en plenas ganas de mear ¿En el cielo? Con cama y todo. Joder. Frío en los pies ¿Por qué no el infierno? Con cama y todo. Viejo, en el otro mundo, qué importa en cuál, meándose en la cama. No puede ser. Me conformaré con esta mierda de estar aquí, hasta que una nueva señal me indique otra cosa.
Desbañada del negro nocturno la bahía entera se dejaba ver una vez más. Otra mañana descubría abiertos sus muslos de mujer recibiendo esos azules aun tenues aparentemente quietos de bordes espumosos al golpear contra las rocas verdes. Debió haber sido cuando el calor derritió los hielos del planeta que apareció esa lengua de mar, se adentró por entre los cerros, arrastró esas piedras y esos matorrales que ahora yacen en el fondo de su alma geológica. A lo lejos el azul ya más intenso se iba degradando hasta confundirse con el más claro, blanquecino, brumoso del cielo. Los muslos rugosos se disponían a mostrar sus peladuras amarillentas y, al centro, tras la púbica arboleda, se escondían las casas blancas, regadas a lo largo de las dos callejas y una adicional de Buenaventura. Así lo vio Medina la primera vez que subió hasta allá, el día en que se marchaba de Buenaventura por sugerencia del tío Segismundo. Así lo vio a través de la ventanilla trasera del negro y puntiagudo ford de llantas adornadas con gruesas bandas blancas que todos rodeaban con temor y asombro cada vez que aparecía en Buenaventura y que ahora roncaba trepando a la parte más alta del cerro buscando la salida a la civilización. Así lo vio y así lo escuchó desde siempre como ahora que volvía a verlo y escucharlo, postrado en la que debería ser su cama . Para venir y olvidarse de todo, Buenaventura, Muy bien. Pero, si te quedas, se olvidan de ti, y eso no es bueno, decía el tío mientras miraba al muchacho mirar a la bahía ya lejana. La imagen se grabó en la mente de Medina y, mucho tiempo después, en uno de esos momentos de extrema somnolencia que lo atacaba en la oficina, fue que la asoció con la de una mujer de muslos abiertos echada al borde de la playa. En época de vacaciones, cuando venía a atemperar y olvidarse de todo en Buenaventura, se detenía durante largo rato allí mismo, en la cima, a confirmar la coincidencia. Un día construiría allí un gran mirador, un atrapa turistas, como lo llamó el licenciado Valbuena cuando Medina le comentó sobre el asunto. Así lo recordó ahora cuando la mañana empezaba a meterse por la ventana. Desde antes de las seis la luminosidad del amanecer ya venía forzando las primeras rasgaduras en el encierro de la noche. Por allí fue penetrando una transparencia morada, paulatinamente más azul. Las cosas iban tomando cuerpo. Indiferentes y perezosos, sus volúmenes eran cada vez más precisos. Todo volvía a estar allí, en su sitio, como quien dice. Aunque, en realidad, nada se hubiese movido nunca de siu sitio. Mientras el cielo se tornaba más tibio, la cima de los cerros al pie de los cuales se recuesta el caserío de Buenaventura en ligera pendiente hacia el mar se tiñó de amarillo naranja, paulatinamente más refulgente, que dejaba ver capas pedregosas, peladuras y espigas enhiestas al cielo azul. Mas abajo se extendía la sombra aún fresca de un día más, transparente, a través del cual se veía el blanco de las casas de cal, el verde milenario de las hojas, y más abajo las hileras de cocoteros emergiendo de las arenas rosadas y lamidas por las aguas aún frías. Verde intenso a esta hora de la mañana en la franja de la playa más pegada a la costa. Azul a medida que la vista se perdía mar adentro.
En algún momento imposible de determinar parte de aquella claridad incipiente de fuera alcanzó el interior de la habitación y descubrió el rostro lánguido de Medina. Blanca y quieta fatiga avivada con ásperos trazos de recelo e incertidumbre: el viejo, por fin, abrió los ojos. Sin moverse miró a un lado y otro entornando los ojos cuanto pudo y, luego, durante largo rato, estuvo imprimiendo temerosos y sutiles movimientos a distintas partes de aquel cuerpo que sintió tan extraño y tanto tardaría en volver a asumir como suyo. Ojos. Boca. Nariz. Brazos. Dedos. Piernas. Pies. Manos. Un inventario de existencia corporal poco alentador. Pero existencia, al fin y al cabo. Giró la cabeza hacia la mesa de noche y. entre el desorden de frascos y demás objetos, alcanzó ver el librito de oraciones y algo que le sonreía. Ah, mi dentadura. Rápido recorrido de lengua por las encías peladas. Mi dentadura. He aquí, pues, al viejo, lo que del hombre queda, postrado en la cama. Mi cama. Espalda y trasero adoloridos. Quizás escaras. Cuando estiró la cabeza hacia atrás, se remarcaron los tendones a lo largo del cuello, como si algo trepara por aquel cuello hasta aquella cabeza estirada hacia atrás y apoyada en la cabecera llena de arabescos. Mi cama. Aunque muy débil, todo indicaba que, al parecer, podría levantarse. Intento. Nada. Nuevo intento. Ahora sí. Por poco y se va al suelo. No, ni siquiera. Sintió que podía irse al suelo. Entonces sacó los pies de la cama con la intención de permanecer sentado un rato, mientras se preparaba para levantarse del todo. Ahora sí que se iba al suelo. Sujeto a las sábanas y el borde de la cama, Medina estuvo otro largo rato. Cuerpo retorcido cubierto por la pijama ajada. Las piernas resbalando. Aún sirven. Una rabia que se mezclaba con el miedo se le iba intermitente a la cara. Las sábanas se deslizaron poco a poco, hasta que se soltaron, y Medina terminó de culo en el piso frío. De nuevo en lugar seguro. Imposible saber de dónde venía aquella orden: “levántate, y anda” ¿Voluntad, que le llaman? Lo que fuese, no debía venir de boca de Dios, porque Medina ni se levantó ni anduvo hasta media mañana. Sentado en el suelo, con la cabeza doblada sobre el pecho, más bien parecía decirse “ya voy, ya voy” ¿A dónde? Y qué sé yo. El asunto es que aquí estoy. La puerta. La ventana. Mi cama. Mi dentadura. Mi reloj. A ver ¿qué hora es? Casi las diez.
Voluntad, que le llaman. No siempre funciona. Bueno ¿y ahora qué? Al parecer estoy completo. Aquí yo y allá mi dentadura. Piernas que no sostienen. Boca que no muerde. Existencia inservible. Pero existencia al fin ¿Por qué estará todo tan regado? Yo no lo dejé así ¿Desde cuándo? Días. Igual podrían ser años. Alguien estuvo aquí. Mi cama. Mi cuarto. Mi casa. No se escucha nada. Afuera el viento. Mucho más lejos, el rumoreo del mar. Suena vaga, sorda y continuamente. En realidad, no lo escucho. Sólo lo recuerdo, creo. Pero es igual. Suena igual. Allá en la cuenca del océano, o aquí, entre las cuatro paredes de mi cerebro, nunca ha dejado de sonar. Y ésta es una de ésas mañanas que tempranamente lo cubre a uno con su salitre. Aunque no lo escuche. Rumoreo. Allí debe estar. Me gustaría verlo. Azul intenso. Azul profundo. Azul ancestral. Allí debía estar ese azul que, hacia el mediodía y sin saberlo, sabía Medina, se torna verde en las zona más próxima a la costa. Azul intenso. Azul profundo. Azul ancestral. Esos azules y esos verdes, allí debían estar. Hay que levantarse. Con sentarme en la cama me conformaré.
A media mañana había logrado volver a la cama. Allí estuvo sentado hasta casi el mediodía. Miraba el reloj a cada rato. Ya no contaba horas ni minutos. Sino bloques enteros de tiempo, amasijos de inercia transcurrida. Gran reloj. Acero inoxidable, con esfera amarillenta. Desde donde estaba podía escuchar el tic tac. Lo soltó de su muñeca. Lo tomó por la cadena. Lo acercó a su oído. Sí, todavía sonaba. Aún no se había terminado la cuerda. Se puso a darle cuerda. Entonces, no pudo haber estado en cama más de tres o cuatro días. Lo que dura la cuerda. Cuando llegó al tope, se puso a mirarlo casi con orgullo. Reconocimiento de las altas esferas de la burocracia a quienes, con tesón y paciencia, la sostienen desde abajo. Quizás sería eso a lo que se refería el tío Segismundo, el hermano medio rico de papá fracaso y que un día, de paseo por aquí, se lo vino a llevar: es mejor que el muchacho se venga conmigo. Aquí no hay nada que buscar, dijo. Cuando la civilización no llega hasta donde uno está, es preciso ir gasta ella. Y, la verdad, si aquí no había nada qué buscar ¿qué había que buscar allá? Futuro. Claro. Un gran futuro, dijo mamá una y otra vez, mientras miraba al cielo y pensaba, con regocijo, que el muchacho sería médico ¿Médico? ¿Estás delirando, mujer? ¿Médico éste? Preguntaba papá fracaso en medio de la borrachera y señalaba al muchacho flaco y callado que, sentado a la mesa, manipulaba ociosamente y con desgano el plato de comida que le habían servido. Entonces el manotazo por la cabeza que casi le hace meter la cara en el plato. ¡Ey, ey, no es forma de tratar al muchacho ¿Qué pretendes? El tío Segismundo siempre salvándome de los manotazos de papá fracaso. Que tío nada. Pero así me enseñó a llamarlo mamá. Quizás fuese amor o lástima, quién sabe. Está bien. Puede que no tenga pasta para médico, lo sé. Pero a punta de manotazos no vas a hacer que sirva para algo ¿eh? Déjamelo a mí. Tengo contactos en Caracas. Ahora, con la Revolución, todo cambia. Lo que viene es una histórica movida de mata, y allí estoy muy bien ubicado. Tú sabes cómo es. A éste, seguro que lo pongo a trabajar en cualquier sitio, Y si quiere estudiar, ya veremos. El tío Segismundo siempre hablaba de la Revolución. Yo lo escuchaba desde mi habitación, tarde ya, su voz confundida entre los ronquidos de papá fracaso. Que si Rómulo aquello, que si Rómulo esto. Yo no entendía nada. Pero el Rómulo se las sabía todas. Esto es un país al revés. Los comunistas llegan primero, y atrás vienen los demócratas a sacarlos del poder ¿Eh? ¿Qué te parece? ¿No que el comunismo era la última fase de la historia? Deberías escribir sobre eso, en lugar de esas novelas a lo Hemingway que ya nadie quiere publicar. En fin, al final, eso no tiene importancia, y lo cierto es, como te digo, que andinos y comunistas se jodieron. Esta es nuestra oportunidad. Yo no entendía nada, y hasta me daba miedo lo que escuchaba, el tono sigiloso con que hablaba. Sentía como si el tío Segismundo preparase mi entrada a un infierno lleno de serpientes y enanos de cien mil años. Pero, aún así, mejor irse para evitar más manotazos de papá fracaso. Lo de médico jamás sería, pero mejor irse. Pobre mamá. Menos mal y se murió pensando que éste, su muchacho de mierda, sería médico. Médico no. Pero instinto de supervivencia sí que tiene éste, el muchacho de mierda. Si hasta pude ser presidente. Lo que pasa es que, claro, pasó la Revolución y tío Segismundo, que nunca supo qué hacer conmigo, me dejó en la bóveda de aquella biblioteca pública. La Revolución se fue a la mierda y hasta tío Segismundo se jodió, o al menos eso creí yo durante el largo tiempo en que no volví a verlo. Pero yo permanecí, durante diez años, hasta la próxima Revolución. Por fin entendí mejor el asunto, cuando ya era director y Rómulo llenó mi discreto y solitario despacho de orgullosos y famélicos guasineros que pululaban por los rincones más olvidados e inmundos de la administración. Yépez, un capitán de fragata obsesionado con los cañones y los arsenales de Puerto Cabello, que no hablaba con nadie sino sólo para mostrarnos las tiritas recortadas de lo que había logrado publicar en algún diario de escueta circulación local acerca de Bartolomé Salón, prócer de aquella localidad, ente cuyas virtudes contaba siempre la de que Bolívar lo había considerado un hombre lleno de ellas. Vaya para insoportable, este Yepez. Guerrero era otra cosa. Comprometido con la elaboración de la obra que mostraría al desnudo las más descarnadas crueldades de la dictadura, iba de un lado para otro con aquellas parrafadas que a nadie interesaban ya. Allá ’viene Guerrero. Y cada quien disi,ulaba su discreta huida. Ojeda, que al parecer no albergaba mayores ambiciones intelectuales, pasaba la mañana caminando de un lado para otro, sin sentarse nunca, llevando siempre consigo aquella desagradable protuberancia junto a la oreja y que, en los momentos de mayor encono de la discusión con Guerrero, señalaba con su dedo índice mientras decía: esto es Guasina. Si Guerrero no lo hubiese matado la cirrosis antes de lo previsto y hubiera escrito su libro, hubiera tenido que dedicar un capítulo entero a aquella protuberancia. Todos mirábamos el cuello del furibundo Ojeda. Todos condescendíamos en callar. Todos allí, incluso el mismísimo día que velamos a Guerrero, todos siempre allí, los pobres trajes raídos, las corbatas pasadas de moda, los rostros flojos -menos el del difunto- y apenas sostenidos por una dignidad opaca y trasnochada. Valbuena, mucho más joven que todos los demás, gordo, pero menos que ahora, fue el último en llegar. Nunca se mezclaba en aquellas disputas, pero estaba siempre atento a todo. Sin yo saber cómo, se convirtió en mi secretario. Sólo ahora me pregunto cómo. Siempre tan callado, siempre tan servil y tan callado el Licenciado. Fue por entonces que un día, en honor a veinticinco años de servicio, me condecoraron con un botón y me obsequiaron el reloj. El reloj que fue a la Antártica con la marina norteamericana. Y, como quien dice, de vuelta, con Medina a Buenaventura. Se lo puso de nuevo en la muñeca.
Abrió la gaveta. Tan decepcionado estaba de sí mismo que, en un exceso de autocrítica, pensó en suicidarse. Revólver. Pavón negro. Obsequio de Montenegro. 1975. O 1976. No estoy seguro. Pero después de casi treinta años, ya no le decía tío Segismundo. Del mismo modo que él me llamaba Medina. Ah, Montenegro. ¡Qué tiempos aquellos!. Hombres como tú es lo que requiere este país. Vaya forma de llegar la del maldito. Ladrones, pobres y recalentados comunistas ¿eh? A ver, dime algo ¿por qué pensar en la presidencia de un país tan jodido, cuando se puede ser rey en su propia comarca, eh? piénsalo, Medina. Y yo que lo pienso. Y mientras estoy en ello, callado a ver por dónde se viene, el viejo saca el obsequio de su gaveta y lo pone sobre el escritorio. ¡Vaya estilo! Recuerdo, sí, la lujosa caja azul oscuro, con finas y plateadas franjas transversales en la esquina superior izquierda y la silueta del caballito. Adentro un paño, un manual, el arma envuelta en papel fino, como de seda, y en la contratapa la biografía del gringo ése que en 1855, según relataba Montenegro mientras yo sacaba el arma de la caja, edificó una inmensa armería en el sur de no sé donde, que era muy bueno con sus obreros, y se embolsilló una fortuna con la guerra de civil. Esos son los hombres que saben plantarse en este mundo, mi querido Medina; en la guerra o en la paz, no hay diferencia al final. Los hombres son los hombres. Los mata la soledad o la ambición. Sólo que tan sólo unos pocos lo saben, y son menos los que, aún sabiéndolo, actúan en consecuencia, es decir: estar vivo es empeñarse por encima de las circunstancias en permanecer y convertir cualquier circunstancia en una oportunidad. Tú deberías volver a Buenaventura. A tu padre lo mató la soledad. Bien. Ya sabes que tú también vas a morir. Que te mate la ambición, entonces. Es preferible ¿O no? Tengo un gran proyecto en mente para eso que tú llamas pueblucho miserable ¿Qué dices, eh? Cilindro giratorio de seis cámaras ¿Cuántos años? ¿Responderían a la percusión aquellos cartuchos? Jamás lo había accionado. Si lo hubiera cargado conmigo el día que los malditos me vinieron a joder. Quién sabe.
Sus dedos caminaban sobre el tambor que giraba muy lentamente. Uno. Dos. Tres. Cuatro. Cinco. Seis. Y otra vez uno. Otro ciclo. Hacerlo ahora sería ¿locura? ¿estupidez? ¿traición? Quién sabe. Soledad o ambición, según Montenegro. Ah, el muy maldito, treinta años después, lo vuelve a hacer. Tengo un gran proyecto en mente para eso que tú llamas pueblucho miserable. Y yo, estúpido, que creí que, con el policía ése que había enviado, ahora sí. Será que de espera también se muere. Soledad o ambición ¿no digo yo? Al parecer, el Montenegro sabía bien lo que decía. Y ahora que también está muerto. Me gustaría verlo así, muerto. No sé por qué. Pólvora sin poder. Tiro de leche en polvo. En la boca. En la sien. Qué importa. Así nadie se suicida. La vida es la vida. Poca o mucha, intensa o arruinada, da igual. Nada vive a medias, y para arrancarlo de la vida, por viejo y enfermo que esté, hay que hacerlo de un solo tajo y completo. Éste es un cuerpo maldito porque, por muerto que ya esté, aún está lleno de vida. Hay una grosera contradicción en esto. Volvió a colocar el revólver dentro del cajón de la mesa de noche.
Caminó mentalmente hasta la cocina. Ah, viejo inútil, bien sabes que es mucho más rápido y seguro hacerlo así que por tus propios pies. Cuchillos, tenedores, cucharones y cucharas. Estridencia metálica. Todo amontonado allí, en el interior de las gavetas ¿Qué haces? ¿En qué piensas, realmente? Esto del suicidio es mera majadería. Destajarte como un pollo. Es gracioso. El cuarto de fondo. Allí hay una soga. Varios metros. Un rollo enorme. Nylon irrompible ¿Y tú qué vas a romper con ese cuerpecillo de damisela envenenada? Bueno, sí. En cierto modo envenenado. De rabia, impotencia y hasta de éste amanecer a cuenta de qué. Nuevo no es. Es el mismo que dejé a medias aquel día ¿Qué día? Joder ¿Cuántos días? Ah sí. Lo más tres. La soga. A ver, aquí, en el cuello ¿Por encima o por debajo de este hueso? Mejor por debajo. A lo mejor se corre. Cuidado. Y si Susana entrara, en ese preciso instante, y encontrase a éste colgado de la viga ¿Rojo? ¿Verde? ¿Morado? Los ojos abiertos, brotados, de saltamontes. Cuerpo y cuero de saltamontes. Crujido en la viga. No jodas. No hay peso para algo así. No. Además, seguramente ella no se daría cuenta. Ni siquiera advertiría esa cosa vieja allí, pendiente del techo, como una piñata de desecho echa de pellejo. Olor a cosa limpia y perfumada venido de en medio de la oscuridad. Cosa lista para marcharse no más el viejo pegara el salto al otro mundo. Claro. Bien sabes que la Susana ya no está aquí. Prueba no más abrir la puerta de su habitación. Ése era aquél olor. Esa era ella. Maldito olor. Jabón. Jabón y talco. Yo se los compraba por docenas que ella amontonaba en el armario. Azules. Rosados. Amarillos. Esos olores. Los llevaba por toda la casa. Cómo olvidarlo ¿Te echaste talco? Axila y pubis blancos de talco. Desata ya esa soga. Saca de allí el cuello. Bájate de una vez de esa viga. Maldito viejo, imaginariamente colgado de la viga. Cuerpo muerto, incapaz de controlar los esfínteres chorreando mierda por los talones. Descuelguen a ese viejo cagarria. Habría hablado el policía de turno. Martín Romero ¿Cuál otro?. Al tiempo que se tapaba la nariz, mientras tomaba su almuerzo y cuidaba que se cumplieran los rigores del procedimiento. Después de todo la vida es cuestión de procedimientos. Y la muerte también. Largo, tedioso, burocrático procedimiento con el que cada quien llena el expediente de su estadía en esta mierda. Mejor dejarlo así. El rollo de soga allá, en la habitación del fondo. El revólver allí, en la gaveta. Medina a un costado de su cama. Todo está en su sitio.
Cadáver pendiente que él no era. Cadáver vivo caído de los cielos del techo, se fue hasta el baño. Sentado en el retrete. Buen sitio para terminar de decidirse a seguir vivo. Si había algún futuro que planificar, no se requería de más. Ahora era un cagarria no muerto. Los codos apoyados en las rodillas, la barbilla entre las manos abiertas que la sostenían, porque de no hacerlo habría caído su cabeza y rodado por el suelo como una bola de hueso y materia gris revestida de piel y pelo. Medina se concentraba en su mejor esfuerzo. Lúgubre melancolía e inconfesable estreñimiento. Alma y vísceras: todo condenado al mismo tiempo en el mismo cuerpo. Medina quieto, atento sólo a los sonidos que nunca paran pero que casi nunca se escuchan: una alimaña rasga con sus patas la pared, y cae al piso. Leve ondear de la cortina que, al parecer, no se mueve. Silbido metálico del agua que incansable corre por la tubería empotrada en las paredes. Tantas cosas que se dicen a sí mismas, solas, sin que nadie les pregunte, y que no se sienten. Ánimas de lo inorgánico. Así es el alma de los hombres, en cierto modo, un ruido de ser inexistente que suena sin parar tras las carnosas paredes de la anatomía. Humedad del piso bajo la planta de los pies. Escalofrío en las entrañas vaciadas. Sol calentando intensamente la lentitud del día. Gotear del grifo en el lavabo.
El viejo volvió a la habitación. Se puso los anteojos. Tomó en su mano la dentadura postiza, y regresó al baño. Fijó la mirada en la mirada fija del espejo. Algo extraño había en aquellos ojos, pero Medina ni siquiera se animó a inquirir sobre algo así. Los dio por ojos de enfermo. Aparte de eso, le parecieron los ojos de siempre: chicos, redondos, insignificantes bajo las cejas exageradamente peludas, como el resto de aquella cara cubierta de barba y desconsuelo. Mientras pensaba en rasurarse, sus dedos recorrieron los pómulos salientes, la nariz puntiaguda y la boca de labios finos, semi escondidos. Casi niños en su trazo, viejos en los silencios del durar, abrió aquellos labios y se mostró las encías peladas, la lengua y todo cuanto pudo ver dentro, hasta la garganta.
Así, estuvo cepillando la dentadura, mientras, a ratos, abría la boca todo lo que podía para observar en su interior. Allí, más allá de la garganta, comenzaba otra existencia, continuaba a oscuras el misterioso latir de la fisiología, el equilibrio entre órganos, tejidos y vísceras que sostienen un sistema cuando están de buenas y se rebelan contra él en la enfermedad. Conciencia individual frente al todo de la individualidad, la enfermedad puede considerarse como la coyuntura anatómica en virtud de la cual lo que hasta entonces había sido mera parte del mismo orden aspira independizarse, vivir su propia vida como muerte aparte. ¿No había sido él mismo víctima de una rebelión semejante y consecuencia de la cual hubo de extraérsele la vesćula? Desde entonces no podía no probar los granos. Como todas las rebeliones, éstas también acarrean graves consecuencias. Hipocondríaco, achacoso y enfermizo. Mierda. Pero es la verdad. La primera forma de rebelión humana no la inicio el hombre, sino un estómago, un hígado o un bazo que adquirió conciencia de sí. Enfermó. Desastre éste que riene lugar en medio de un universo que el cerebro es capaz de comprender tanto como un estómago, un hígado o un bazo. En realidad, el cerebro no es más que un déspota ilustrado en el reino analfabeta del cuerpo. La fisiología pura ideología. Para derribarlo no es menester ser letrado. Una gangrena o un cáncer, comandados por un páncreas o una médula ineptos, ¿qué pueden ser si no formas peculiares de la justicia ciega de la muchedumbre celular?
Una vez lavada, la dentadura volvió a la boca del viejo. De aquel rostro, ya menos extraño para sí mismo, se había caído la máscara de pensador-biólogo en bancarrota, para mostrar el crudo espectáculo de la bancarrota. De nuevo ante el lavabo y el espejo, el Medina de siempre hizo su habitual sesión de gárgaras. Tomó la toalla y se la estrujó con graciosa dureza. Volvió a mirarse al espejo. Sí. Un rostro algo menos extraño para sí mismo, confundido entre los pelos blancos y tiesos de la barba rala, y sobre el que caía la maraña gris de cabello. Habría que rasurarse, no sólo la cara, sino el ánimo completo.
De regreso, el cuerpo enjuto cubierto con las telas suaves del pijama ancho atravesó el largo pasillo hasta la habitación de la que había salido. Sólo se detuvo por un instante frente a la puerta del cuarto de Susana, pero no la abrió, porque temió encontrarse con su vacío, ya iluminado a esa hora por la luz de las once y media, cuyo reflejo en la cama, las paredes y el piso el viejo sabía de memoria. Ya en su habitación, permaneció un largo rato parado frente al escaparate abierto de par en par. Un pantalón, una camisa, una corbata y un saco, los únicos, todo colgado del mismo perchero, porque Susana, pensó el viejo, no creyó que fuese necesario más que una muda de ropa, la que vestiría dentro del féretro. Tomó el perchero y se lo trajo consigo hasta la cama, al borde de la cual hizo el intercambio de rigor. Ahora él hacía las veces de perchero y, como tal, se disponía salir a la calle a airear sus ropas viejas recién planchadas.
Abrió la puerta. El sol le golpeó en plena cara. Así, en pleno mediodía, cuando todos ya lo daban por muerto, Medina iba a paso lento, camino a su oficina, por una de las dos callejas y una adicional de Buenaventura.




