...perros blancos hijos de puta, levantados, vende gente, que aquí lo que vale es el negro, el indio y el zambo, y que la laguna deje de dar sus frutos para ver qué van a comerciar los valencianos...
María Bonifacia Pérez, india tributaria de Los Guayos. 1812
...No comparéis vuestras fuerzas físicas con las enemigas, porque no es comparable el espíritu con la materia. Vosotros sois hombres, ellos son bestias, vosotros sois libres, ellos esclavos. Combatid, pues, y venceréis. Dios concede la victoria a la constancia.
Simón Bolívar, Manifiesto de Carúpano. 1814
Introducción
En el Manifiesto de Cartagena nada indica Bolívar respecto a la cuestión social. Cuestión ésta tan conflictiva que, siglo por medio, llevaría al historiador Vallenilla Lanz a definir la guerra de independencia como una guerra civil. De ello nos da una particular perspectiva el Manifiesto de Carúpano. No pasó mucho tiempo para que el discurso de Bolívar hubiese de encarar el tema tabú en Cartagena. El momento sobrevino con la caída de la Segunda República, tras ese fenómeno tan contundente como efímero que fue Boves para el proceso de independencia. Efímero en cuanto a su personal actuación y liderazgo, pero en alguna medida permanente en cuanto a la guerra como forma de vida para los sectores populares y el ejército como vía de transformación de una estructura social que hundía sus raíces en la colonia. Acaso fuera Boves el más encarnizado enemigo de la república. Pese a lo cual, la república, a la postre y para ser tal, fue su más genuina heredera. De él recibió su ejército, su dinámica social y hasta el estilo de su liderazgo. A tono con la dialéctica de la guerra, los llaneros que siguieron a Boves pasaron de bandidos a patrimonio de la república. Patrimonio que en algún momento hizo decir a Bolívar que la revolución estaba sentada en un volcán social a punto de hacer explosión. Pero eso sería más tarde y en privado. En Carúpano, todavía este ejército sólo representa el modo en que la barbarie se opone a bien supremo de la libertad.
Por eso he incluido el Manifiesto de Carúpano en este trabajo. Pues a pesar de su cortedad y aparente superficialidad, si se lo compara con otros otros documentos y discursos de Bolívar, es una referencia ideológica fundamental respecto al tema social, particularmente en lo referido a los sectores populares y lo que se ha dado en llamar la rebelión popular surgida del seno mismo de la guerra de independencia. A su manera, Bolívar reconoce la guerra social, y nos ofrece aquí la perspectiva de su liderazgo. Habla el mantuano, convertido en Libertador; es decir, el político que intenta mantener por sobre cualquier circunstancia, la independencia como objetivo estratégico. Quienes siguen a Boves son inconscientes, enajenados y pervertidos por la codicia y la secular esclavitud que los torna incapaces de apreciar el sublime bien de la libertad. Así queda zanjado el tema de la caída de la segunda república, Aunque, ciertamente, de una manera un tanto caprichosa y arbitraria, pero suficiente para la elaboración de una proclama política dirigida a sus conciudadanos por quien el año anterior había entrado triunfante a Caracas y recibía el título de Libertador. El objeto del Manifiesto de Carúpano es claro. Por una parte, reivindicar el papel de Bolívar como jefe del ejército republicano y sostener su posición como máximo líder: por la otra, que el proyecto independentista no se descarrile por la senda de la guerra social, pues la independencia y la implantación del Estado Nacional ha de primar sobre cualquier otra forma de conflicto.
Por otra parte, la selección también obedece a que, desde el punto de vista del discurso como instrumento político de transformación, este documento tiene un particular interés, ya que en él aparecen varios de los elementos simbólicos característicos de la narrativa de Bolívar y que serán desarrollados posteriormente. El libertador, como instancia fundamental del discurso, aparece por primera vez. Otros elementos son: el libertador como elegido de la providencia e instrumento de la fortuna; el soldado como héroe y protector del pueblo; la libertad como signo de la existencia humana e inmanencia de la historia; el pueblo como expresión de la noción de soberanía y la necesidad de su formación como republicano. Estos son, entre otros, algunos de los elementos fundamentales de la semántica bolivariana que, por ahora, en el Manifiesto de Carúpano, aparecen apenas esbozados, enunciados como parte de la argumentación en la que se apoya el objeto del discurso, que no es otro, como ya se ha indicado, que presentar la solvencia moral del autor en tanto que responsable de la catástrofe del año 1814 y reafirmar el proyecto independentista que lidera como una guerra entre realistas y republicanos en el que no hay lugar para el conflicto social.
Desde el punto de vista de su estructura semántica, en el Manifiesto de Carúpano el discurso se resuelve en tres instancias principales. El emisor, -el libertador-, en este caso máximo responsable militar en el proceso de liberación iniciado desde finales de 1812 en la Nueva Granada. El destinatario, que es la ciudadanía objeto de dicha liberación y que ha sucumbido víctima de la vorágine de la rebelión popular. Por último, la rebelión popular -identificada con la persistencia de la esclavitud- y que es presentada como enajenación pérfida que, por los momentos, ha desmantelado el proyecto independentista y conducido, una vez más, a la pérdida de la república.
Comparado con otros documentos posteriores, como la Carta de Jamaica o el Discurso de Angostura, puede que el Manifiesto de Carúpano luzca un tanto pobre, o más bien empobrecido por el peso que en el discurso tiene la vindicta pública a la que aspira su autor. Pero, al mismo tiempo, si se observa con más cuidado, es un documento mucho más significativo de lo que en primera instancia parece. Y lo primero a destacar a este respecto es el hecho de que en él se reconoce el conflicto social que ha estallado en el seno de la guerra y nos muestra la visión que de ello tiene el liderazgo mantuano, en este caso personificado en El Libertador. Bolívar es un representante de su clase. Esto no es cosa a la que uno deba aproximarse con timidez. Este discurso es una excelente oportunidad para ello. Pero, además, también es la oportunidad para no hacerlo con la simpleza maniquea con la que se suele hacer. Pues Bolívar no sólo es un representante de su clase -lo cual, por sí sólo, es casi una perogrullada- sino de la modernidad en tanto que era generadora de un nuevo tiempo histórico. Se trata del discurso de un estratega con el agua de la derrota al cuello, asignando significación histórica plena a un momento que, marcado por el desastre militar, el autor no está dispuesto a dejar en el mero evento militar. En Carúpano se realiza una tarea semántica de primer orden de cara al conflicto social que ha desencadenado la guerra y que es imposible disimular. En Carúpano, el conflicto social y la pérdida militar de la república no son datos por sí mismos, sino signos del destino histórico que ha de seguir la América irredenta. Dicho en otros términos, en uno de las circunstancias más difíciles de la guerra, tanto desde el punto de vista militar como social, al hacer del eventual fracaso parte del proceso histórico que lo trasciende y significa, el discurso se activa como máquina generadora de un nuevo tiempo histórico. El Manifiesto de Carúpano es, como se ha indicado, el acta de la derrota. Pero también, al mismo tiempo, el acta de nacimiento de el libertador como instancia fundamental del discurso a todo lo largo de la carrera política y militar de Bolívar. Si con el Manifiesto de Cartagena nace El Libertador, el estratega histórico, con el Manifiesto de Carúpano nace el libertador semántico.
Para captar la significación de este documento en los términos planteados hay que tener en cuenta el contexto en que se produce. Aunque esto pueda ser válido para cualquier documento, en este caso lo es mucho más, pues el Manifiesto de Carúpano prácticamente no aporta ningún dato histórico concreto, lo cual, sin embargo, no resta a su enorme significación en cuanto a la concepción del proyecto independentista y el desarrollo ulterior del discurso como instrumento de significación. Por allí comenzaré.
El proyecto independentista mantuano y el rápido ascenso de Boves
La caída de la Primera República puede considerarse el resultado del fracaso militar y político, ya analizado exhaustivamente por el propio Bolívar en el Manifiesto de Cartagena. Pero la caída de la Segunda es inseparable del fracaso político e ideológico de una dirigencia ciega en medio del entorno social en que desempeña su papel como tal. La grandeza de su proyección militar -tal cual quedó representada con el liderazgo de Bolívar en Occidente, como con el de Mariño en Oriente- sólo es comparable con la estrechez de mira de su proyección social. Para el pueblo llano, víctima ya secular del mantuanaje, un proyecto así no representaba la libertad, sino una argolla más añadida a la cadena, como dice Juan Vicente González. Libertad negativa llama este autor al sentimiento de odio y venganza que empujó a ese pueblo llano a engrosar las filas realistas. En cualquier caso, en 1814, Boves y las hordas criminales que lo siguen deciden el aniquilamiento no del proyecto independentista dirigido por los mantuanos, sino del mantuanaje mismo. Dicho en términos más sintéticos, a un año de su promulgación, la guerra a muerte decretada en Trujillo ha devenido guerra social en La Puerta.
Como es sabido, el movimiento independentista surge en el contexto de la crisis política que la expansión napoleónica ha desencadenado en España. Bajo la hegemonía ideológica del sector mantuano, es decir, bajo una concepción del mismo que limitaba sus alcances a los sectores dominantes de la sociedad colonial (mantuanos, blancos criollos, alta jerarquía eclesiástica y militar) y excluía a los sectores populares (pardos, negros, mulatos indios), se inicia un conflicto político militar que no tardará mucho en rebasar la polarización entre colonia y metrópoli, y trascender a lo social. Los lazos coloniales se rompen con la Primera República. Pero el orden colonial comienza resquebrajarse de manera irreversible en la Segunda.
La Primera República nace en el seno de un congreso conformado por las élites caraqueñas y provinciales, legitimada por una constitución que, si bien abolía los fueros y proclamaba la libertad y la igualdad ante la ley, instauró un sistema electoral censatario, prohibía el trafico de esclavos pero nada decía respecto a la abolición de la esclavitud, y salvaguardaba el derecho de propiedad -incluso sobre los esclavos-. Con todo ello, la dirigencia independentista definía la frontera ideológica e institucional hasta donde llegaba su propuesta de cambio. En sus manos, la independencia era una transferencia de poder de la Corona a los blancos mantuanos. La desigualdad y la segregación, propios de la era colonial, continúa, incluso en el ejército llamado a defender el nuevo orden, en el que blancos, pardos y negros permanecen sujetos a una jerarquía que en sus propias filas reproduce la estructura social. La Primera República está, pues, marcada por la inicial hegemonía de la dirigencia mantuana y excluyente.
Las primeras insurrecciones de pardos tienen lugar en Valencia, a pocos días de la declaración de independencia, y fueron duramente reprimidas por el nuevo régimen republicano. En los inicios de la Segunda República (1812-1814) tienen lugar diversos alzamientos de esclavos en los Valles de Aragua, los Valles del Tuy y Barlovento. La represión, ahora republicana y que en muy poco se diferenciaba de la colonial, tampoco se hizo esperar. Comienza por entonces la incorporación de pardos, negros, indios y esclavos a las filas de Boves y, a la postre, el rápido crecimiento y expansión de un ejército que, más allá de su incidencia en la actividad bélica, es síntoma inequívoco de un conflicto social.
Particularmente, en lo referente a la región de los llanos, un signo inequívoco de la concepción excluyente de la dirigencia mantuana durante la primera república fue la publicación en 1811 de las Ordenanzas de Llanos, cuyo propósito fue consolidar la incipiente propiedad privada en la región. A través de esta legislación se imponían multas y azotes en diverso grado a cualquiera que violara sus disposiciones, que en todo favorecían a los grandes terratenientes. El castigo podía llegar incluso a la muerte. En virtud de ello, toda actividad relativa al ganado era controlada por los propietarios de grandes extensiones. Es bastante obvio que el propósito de esta legislación era fijar el ganado a la propiedad de la tierra y eliminar los usos comunes, con lo que los llaneros quedaban sujetos a una posición de peonaje servil. Independientemente de cómo haya sido aplicada esta legislación y cuál fue su impacto social específico, es un claro testimonio de la política social de los primeros años de la república.
De manera tal que donde los mantuanos sólo ven la oportunidad de perpetuarse, y perpetrar su condición de clase explotadora como dignos herederos del poder colonial que se han propuesto derribar, es de esperarse que pardos, negros, zambos, indios y esclavos sólo vieran la de liberarse de un orden que los subyuga desde hace trescientos años. Esto es casi cuestión de sentido común y que en buena medida explica la conformación en tan poco tiempo y de manera aparentemente súbita de un ejército activo de 10.000 hombres que, más que oponerse al proyecto independentista, se propone destruir el mantuanaje y los mantuanos. Lo que sucede, en realidad, es que con Boves y sus hordas, el proyecto independentista se ha topado de cara contra el muro que el mantuanaje mismo ha erigido entre tal proyecto y los sectores populares, imponiéndose a sí mismo su propia sentencia de muerte como sector dirigente. De modo que, en 1814, la dialéctica de la guerra ha llevado a la dialéctica social de la lucha de clases. Ciertamente, una serie de contundentes fracasos militares del ejército republicano frente a las tropas de Boves llevan a la caída de la Segunda República. Pero, en realidad, lo que acabó con la Segunda República no fue el fracaso militar. Éste es más el efecto que la causa de un desastre que ha de ser imputado al fracaso del proyecto político mismo.
Ahora bien. Si uno se deja guiar por la concepción episódica que ha predominado en nuestra historiografía cuando de tratar el pasado independentista se trata, uno está tentado a pensar que el terrible año 1814 comienza el 12 de febrero, con el triunfo que ese día alcanza el ejército republicano en La Victoria bajo la dirección de José Félix Ribas. Pareciera que, del sublime triunfo de finales del año inmediato anterior -5 de diciembre de 1813- en Araure, conocido como el marengo de Bolívar, pasamos como por arte de magia al episodio militar no menos sublime de La Victoria. Sin embargo, unos ocho meses antes, hacia mediados de 1813, cuando Bolívar hacía su entrada triunfal a Caracas, Boves emergía en los llanos e iniciaba sus propias campañas al frente del Ejército Real de Barlovento, integrado por unos setecientos jinetes llaneros, contingente que aumentaba rápidamente a medida que ampliaba su radio de acción. El 13 de septiembre Boves derrota en Santa Catalina a Tomás Montilla. El 23 toma Calabozo. El 18 de octubre es derrotado por Campo Elías en Mosquitero, quien recupera Calabozo y somete a los llaneros a una feroz represión, lo que muy probablemente haya contribuido a aumentar significativamente su adhesión al ejército de Boves. Este ejército llega tener hasta 20.000 hombres, al menos la mitad plenamente operativos: 7.000 jinetes y 3.000 infantes. Para diciembre, mientras Bolívar triunfa en Araure, Boves ya está en capacidad de enfrentar a los republicanos en campo abierto. El 8 de diciembre los derrota en San Marcos, y se inicia con ello una ofensiva que, tras la derrota decisiva de los republicanos en la segunda batalla de La Puerta -15 de junio de 1814- concluirá con la toma de Caracas un mes después -el 17 de julio-.
De la I a la II República: bandas de tártaros pretenden aniquilar la América Culta
Poco más de seis meses y unas cuantas batallas libradas en el más estricto apego al espíritu de la guerra a muerte, le bastaron a Boves para arrasar el proyecto republicano. Caído del cielo o brotado de la tierra, Boves representa en nuestra historiografía la súbita maldición en que el siempre incomprensible azar se manifiesta contra la república, un poco al modo en que la naturaleza ya lo hiciera en 1812 tras el terremoto que asoló Caracas y otras regiones del país. Y, en cierto modo, un movimiento telúrico aun más desbastador va a destruir la república, sólo que, esta vez, venido no de las profundidades geológicas de la tierra, sino de las entrañas del mismo cuerpo social. Porque, al final, éste es el problema: lo terrible del año 1814 no es Boves por sí mismo, cuya crueldad acaso compartiera con otros personajes, incluso republicanos. Lo terrible está en la fuerza social demoledora que, por circunstancias personales y sociales es capaz de controlar y conducir. No hay que engañarse al respecto. Boves es una eventualidad en nuestra historia. La frustración y el descontento popular una constante, hacia la que una historiografía heroica siempre se ha negado mirar. Y el mismo Bolívar es la fuente primera en la que se ha inspirado ésta visión historiográfica.
En efecto. Al poco tiempo de emitir su Manifiesto de Carúpano, y de nuevo en Cartagena (a donde se ha dirigido, como dos años antes, en busca de apoyo para resucitar una república que, una vez más, ha sido conducida al sepulcro) Bolívar se refiere a la segunda batalla de La Puerta como la súbita desgracia que en una jornada arrasó con lo que la fortuna venía coronando hasta entonces a favor del ejército patriota en más de cien1. Perdida la Provincia de Caracas, El Libertador ha debido emigrar a Oriente. De hecho, se ha perdido la República. Las causas no quedan claras: Un conjunto de causas inexplicable por su enlace y extensión han concurrido poderosa e inevitablemente a nuestra ruina2, afirma. Respecto a lo cual, sólo alcanza describir de manera sucinta un crítico cuadro que, desde el punto de vista logístico, ha debido ser, sin duda, determinante en la derrota militar.
La sublevación general de todo el interior de Caracas daba al enemigo un número de tropas incomparable con las pocas que la capital y sus pueblos vecinos, podían contribuirme para oponerle; la devastación absoluta y espantosa de todo el territorio, me privaba hasta de los víveres necesarios para la mantención del ejército, que obrando en orden y haciendo una guerra de nación no podía subsistir mucho tiempo sin los auxilios que le faltaban, mientras el enemigo, pillando, destruyendo y usando de una desenfrenada licencia, de nada necesitaba. Así los pocos pueblos que combatían conmigo por la libertad desmayaron, cuando el enemigo se aumentaba prodigiosamente y se conciliaba el afecto de sus tropas. Tales fueron las causas radicales que han conducido la República de Venezuela al sepulcro3.
Este pequeño párrafo destaca más por sus indicios y sugerencias que por sus dilucidaciones y respuestas. Desde el punto de vista militar la cuestión queda resuelta: sin tropa y sin recursos, imposible sostener la guerra y la república. La cuestión, sin embargo, es qué ha sucedido para que ello fuese así, para que el imbatible ejército que brilló en Cúcuta, Taguanes y Araure se haya reducido de modo tan significativo y sus dirigentes hayan tenido que recurrir a levas como la de Arismendi en víspera de la batalla de la Victoria, en la que anunciaba que pasaría por las armas a todo aquel que no acudiera a la plaza a enrolarse y fuese encontrado en la calle o en su casa4. Por otra parte, cuando el ejército español, diezmado y perseguido hasta Puerto Cabello, último reducto de Monteverde, ha sido derrotado. ¿Cómo explicar este vuelco inusitado de una república triunfal a una república al borde del precipicio según la dialéctica de una guerra en que ahora los bandidos han logrado lo que ejércitos disciplinados no habían obtenido? Bolívar está consciente de este contraste, y lo ilustra de la siguiente manera:
Cuatrocientos soldados de la Nueva Granada en menos de dos meses rompieron las cadenas que el pérfido Monteverde os puso; y un puñado de venezolanos arrolló en Maturín los batallones españoles más numerosos. El Ejército Libertador de Venezuela ha destruido las tropas de Salomón en Bárbula, las Trincheras y Vigirima; ha reconquistado el Occidente de Caracas y sus Provincias con la sola batalla de Araure. En el Mosquitero se decidió de la suerte de los Llanos. Pero sucesos inesperados y funestos nos han privado de los Llanos y del Occidente, sin que los enemigos hayan triunfado más que de Aldao y Campo Elías. De resto, si hemos abandonado territorios, ha sido siempre venciendo, salvando el honor y las armas de la República. Nada ha tomado el enemigo por la fuerza. La incomunicación en que han puesto a nuestros ejércitos las partidas de bandidos que cubren las inmensas Provincias que ocupábamos, han reducido a nuestras tropas a carecer de municiones, de alimentos y de noticias. Los bandidos han logrado lo que ejércitos disciplinados no habían obtenido.5
Se puede decir que la caída de la Segunda República comienza con el sitio geopolítico que Boves y sus ejércitos impone desde la vasta región de los Llanos sobre la región norte Caracas-Valencia, sede del poder político. Esta situación es clara al menos desde principios de enero del año 1814, y es lo que hace a Bolívar presionar con insistencia a Mariño, en el sentido de que sin la cooperación de los ejércitos de oriente y occidente la caída de la república es inevitable. En comunicación en la que reclama a éste que no retire la escuadra de Puerto Cabello, indica que la insurrección en la región de Barlovento y la de los Llanos equivale a la perdida de occidente y, en consecuencia, a la pérdida de la república:
..he visto desaparecer de los valles de Barlovento que están en insurrección, la división del Coronel Ariosa, lo que alentará más a los facciosos, pudiendo temerse con fundamento que efectúen una reunión que hasta este momento divididas no nos han hecho quizás males irreparables, porque no han logrado obrar de acuerdo. En una palabra, Excelentísimo Señor, el Occidente de Venezuela va a ser destruido si los poderosos socorros de V.E. no le salvan en la peligrosa lucha en que está empeñado, si la escuadrilla no continúa bloqueando a Puerto Cabello, si el Coronel Ariosa no vuelve con su división a oponerse a los sediciosos de Barlovento...
Boves con la adhesión que los pueblos del bajo llano profesan a la tiranía, con la funesta derrota del Coronel Aldao, ha podido aumentar sus tropas hasta tres o cuatro mil hombres. Este es hoy día un enemigo terrible, obligándonos a dividir las fuerzas la multitud de facciones que están esparcidas en lo interior de la provincia.6
Este último párrafo habla por sí mismo. Sin duda alguna, el enemigo no es el mismo. Las tropas vienen del interior de la provincia de Caracas, de los llanos, fundamentalmente. Región insistentemente calificada por Bolívar como sublevada, y cantera de contingentes militares que se sirven del saqueo y pillaje como forma de hacerse con los enormes recursos, de los que a su vez carece el ejército patriota. En ningún momento Bolívar rebasa la perspectiva militar en la evaluación de una situación que amenaza con destruir la República, salvo para indicar que los pueblos que siguen a Boves no es que odian a los mantuanos, sino que profesan la tiranía.
Pero se trata de pueblos ¿sublevados contra qué? En realidad, lo que más llama la atención del modo en que Bolívar expone la caída de la Segunda República es su premeditada o cuidada superficialidad. En principio, Bolívar no desconoce la rebelión popular, y tampoco el enorme impacto que ella ha tenido sobre la gesta exitosa que él mismo ha liderado a todo lo largo del año 1813. Sólo que, al calificarla de sublevación general de todo el interior de Caracas, se niega o camufla su naturaleza popular, se la estigmatiza como un acto ilícito e ilegítimo contra el orden social y económico que el proyecto republicano ha dejado intacto. Con ello, el fracaso republicano queda circunscrito a la mera adversidad circunstancial que genera la desolación del territorio y la imposibilidad de abastecer los ejércitos patriotas. De modo que, al final, puesto Bolívar a comprender o justificar el fracaso del proyecto independentista, el conjunto de causas inexplicable por su enlace y extensión de súbito se torna explicable como simple y mera derrota militar.
Uno revisa el Manifiesto de Cartagena y se consigue con una exposición contundente y precisa que relaciona las causas de la caída de la Primera República. Es este documento cuyo resuelto autor no deja dudas en su análisis de lo político, lo militar y lo ideológico. Pero ahora, el claro y realista analista de la caída de la Primera República se torna trémulo y tímido puesto a analizar el desastre en que ha terminado la Segunda. El Bolívar que por segunda vez aparece derrotado en Cartagena, a diferencia de aquél, no sabe, no quiere o no puede enfrentar este nuevo factor social que atenta contra el orden republicano, antes de que éste alcance consolidarse política y militarmente. Cualquiera sea el caso, al colocar la rebelión popular como una mera reacción criminal de un ejército realista contra el proyecto independentista, Bolívar se muestra prisionero de las limitaciones de un proyecto político hegemonizado por las elites mantuanas y excluyente respecto a los sectores populares. Incapaz ante la amenaza que representa la rebelión popular, el modo en que se yergue como cielo encapotado -para utilizar la conocida imagen del futuro himno de La Federación- sobre el horizonte del proceso independentista, intenta, de modo poco menos que desesperado, contenerla en una narrativa que no alcanza superar la retórica circunstancial. En proclama dirigida a los habitantes de la Provincia de Caracas en vísperas de la Batalla de La Victoria, dice Bolívar:
Un jefe de bandidos, conocido por su atrocidad, el perverso Boves ha podido penetrar hasta la Villa de Cura, reuniendo esas cuadrillas de salteadores esparcidos en los caminos de los Llanos. Ejércitos disciplinados no han podido avasallarnos, y sólo han combatido para su oprobio: ¿y una irrupción de viles asesinos podría, pueblos generosos, envilecer vuestro indómito brío? ¿Podrían ser alguna vez infamados esos venezolanos invencibles, terror de la España, honor de la América, admiración del mundo? No, vuestra indignación exaltada vuela ya con una noble cólera, a castigar tantos ultrajes. Armaos en el instante, pueblos todos; que un ladrón no puede desolar ni deshonrar impunemente; corred a presentaros en La Victoria y Valencia, inflamados de ese valor sublime que os dio el imperio de Venezuela7.
Y en la proclama dirigida a los soldados al día siguiente de la esta batalla, afirma:
¡Caraqueños! el sanguinario Boves intentó llevar hasta vuestras puertas, el crimen y la ruina; a esa inmortal ciudad, la primera que dio el ejemplo de la libertad en el hemisferio de Colombia¡Insensato! Los tiranos no pueden acercarse a sus muros invencibles, sin expiar con su impura sangre la audacia de sus delirios. El general Ribas, sobre quien la adversidad no puede nada, el héroe de Niquitao y los Horcones, será desde hoy titulado El Vencedor de los Tiranos en La Victoria.
Volad, vencedores, sobre las huellas de los fugitivos; sobre esas bandas de tártaros, que embriagados de sangre, intentaban aniquilar la América culta, cubrir de polvo los monumentos de la virtud y del genio; pero en vano, porque vosotros habéis salvado la patria8.
Obviamente que, al tratarse de proclamas emitidas a propósito y en medio de la guerra, nadie puede esperar de ellas un detenido análisis sociológico. Pero, al mismo tiempo, no es menos cierto que estas referencias ponen en evidencia la preocupación de Bolívar por evitar que el conflicto bélico se solape con el social y sea desplazado por éste. Tal y como lo ha planteado Bolívar desde los tiempos del decreto de Guerra a Muerte, la guerra ha de ser concebida como un conflicto entre republicanos y realistas, patriotas y españoles. Lo cual quedará claramente reflejado en el Manifiesto de Carúpano. En cualquier caso, lo que resalta en estas referencias son dos datos fundamentales. Por una parte, la rebelión popular no es tal, sino el despliegue militar de una facción realista integrada por sangrientas y criminales hordas de saqueadores venidos del llano que siguen a un jefe infame. Por la otra, circunscribirla a la polarización que ha impuesto el propio proyecto independentista entre realistas y republicanos. La bandas de tártaros que vienen a aniquilar la América culta, representan el comportamiento no ajustado a los principios militares de una guerra de nación. Por lo demás, la sublevación general de la que habla Bolívar, es de naturaleza ilícita e ilegítima. Los sublevados son criminales antes, incluso, de integrar las filas de Boves y accionar contra la república. Su comportamiento criminal no es sino la mas natural consecuencia de este primer crimen original que por definición cuestiona su participación como sector social en la guerra. De otra manera ¿por qué llamar fugitivos a estos inconsecuentes sublevados? ¿será que se refiere a las oleadas de esclavos y demás explotados que desde los inicios mismos de la guerra rompen con el orden de explotación impuesto por el mantuanaje y que están siendo reprimidos desde lo inicios mismos de la vida republicana? Aquí comienza, diría uno, esa matriz historiográfica que siempre ha hecho de la independencia la obra política de las élites y, al mismo tiempo, sataniza, o sencillamente borra, la presencia de los sectores populares en dicho proceso.
Insurrección popular: libertad sublime, esclavitud infame
Seguramente, muy pocos darían crédito a una exposición que comenzara citando el testimonio de Juana María Herrera y María Bonifacia Pérez, indias tributarias, naturales y vecinas del pueblo de Los Guayos, cuando en pleno estado de ebriedad en medio de la calle afirmaban:
...perros blancos hijos de puta, levantados, vende gente, que aquí lo que vale es el negro, el indio y el zambo, y que la laguna deje de dar sus frutos para ver qué van a comerciar los valencianos...9
Pero, si en lugar de estas tan poco decorosas dos líneas, dicha exposición comenzara con otras dos, realmente excelsas, como, por ejemplo, las de Bolívar cuando, en las postrimerías de año 1814 y en medio de las ruinas todavía humeantes de su ambicioso proyecto, pide no confundir la materia con el espíritu, e implora a sus conciudadanos en Carúpano:
...No comparéis vuestras fuerzas físicas con las enemigas, porque no es comparable el espíritu con la materia. Vosotros sois hombres, ellos son bestias, vosotros sois libres, ellos esclavos...10
seguramente muy otra sería la actitud. Pasa, como es evidente, que lo que aquí media es una perspectiva política y ética, que siempre determina nuestra comprensión del pasado y con la que lo significamos de manera muy diversa, a veces contradictoria, incluso conflictiva. Habrá, pues, que detenerse un tanto en el crudo contraste que representan ambas citas consideradas en conjunto.
Bolívar hace una proclama, se dirige a sus conciudadanos, aquellos mismos a los que la derrota militar ha convertido en víctimas de la caída de la república. En cuanto a impacto y magnitud, la grandeza de la campaña de 1813 sólo es comparable con el desastre y la ruina de 1814. La tarea que no pudo realizar el ejército regular español. empujado por los patriotas hasta Puerto Cabello en aquél año, lo lograron las bestias que arrasaron con la Provincia de Caracas y empujaron a la aristocracia mantuana hasta las costas de oriente al año siguiente. A diferencia del analista de Cartagena, el Bolívar de Carúpano habla como moralista, según un concepto de libertad basado en la relación amo-esclavo. En este sentido, el papel de el libertador como instancia del discurso es simplista, plano y maniqueo. Su tarea consiste en dividir el mundo involucrado en la vorágine de la guerra entre buenos y malos, reivindicar su propio papel como dirigente y comprometerse a seguir en la lucha.
Un corto número de sucesos por parte de nuestros contrarios ha desplomado el edificio de nuestra gloria, estando la masa de los pueblos descarriada por el fanatismo religioso, y seducida por el incentivo de la anarquía devoradora. A la antorcha de la libertad, que nosotros hemos presentado a la América como la guía y el objeto de nuestros conatos, han opuesto nuestros enemigos la hacha incendiaria de la discordia, de la devastación y el grande estímulo de la usurpación de los honores y de la fortuna de los hombres envilecidos por el yugo de la servidumbre y embrutecidos por la doctrina de la superstición. ¿Cómo podría preponderar la simple teoría de la filosofía política sin otros apoyos que la verdad y la naturaleza, contra el vicio armado con el desenfreno de la licencia, sin más límites que su alcance y convertido de repente por un prestigio religioso en virtud política y en caridad cristiana? No, no son los hombres vulgares los que pueden calcular el eminente valor del reino de la libertad, para que lo prefieran a la ciega ambición y a la vil codicia. De la decisión de esta importante cuestión ha dependido nuestra suerte: ella estaba en manos de nuestros compatriotas que pervertidos han fallado contra nosotros: de resto todo lo demás ha sido consiguiente a una determinación más deshonrosa que fatal, y que debe ser más lamentable por su esencia que por sus resultados.11
Aquí está la esencia de cómo interpreta El Libertador el desplome del proyecto independentista en 1814. Como hemos visto más arriba, a la hora de explicar la caída de la segunda república, Bolívar no sobrepasa el ámbito de lo logístico, militar y geopolítico. Súbita desgracia imputada a unos pocos sucesos inexplicables. Pero, llámesele como se le llame, la rebelión popular está allí, el desgarramiento social ha desbordado los diques que le debía imponer la misma guerra como conflicto entre patriotas y colonialistas, republicanos y realistas. Desde luego, no se trata de un movimiento concebido y decretado como tal, pero sí de la comprobación irrefutable de que el movimiento liderado por El Libertador no cuenta con el apoyo de los excluidos y del efecto disolvente que ello puede tener en el proyecto independentista. De allí que, ahora, el mismo corto numero de sucesos que determinó la derrota militar del ejército patriota es asociado a la masa de los pueblos fanática, supersticiosa y anárquica, envilecida por la servidumbre e insensible a la luz de la libertad con que dicho proyecto ilumina toda América. La filosofía frente a la superstición; la virtud frente al vicio; la verdad y la naturaleza frente a la ambición y la codicia. En el Manifiesto de Carúpano el discurso no fluye, sino que se petrifica en un contraste maniqueo entre bien y mal. A diferencia de la Carta de Jamaica o el Discurso de Angostura, el libertador no opera aquí como la inteligencia que mueve los hilos del discurso, sino como el encomendero que, cansino y exhausto, lo empuja a su objetivo moral. El sentimiento de de libertad sólo puede reposar en el espíritu de una élite ilustrada. Decidir por la libertad no es cosa de hombres vulgares. De tal incomprensión ha dependido el curso de los fatales acontecimientos. La guerra social ha sido convertida en cuestión de esencia, lucha ideal entre vicio y virtud.
El Manifiesto de Carúpano es el testimonio de la derrota, el acta moral de su consignación. El libertador apela a sus conciudadanos, es decir, a los que lo han seguido -a veces incluso a su pesar- en su proyecto político, fuera del cual todo es barbarie y esclavitud. Aquél que en Trujillo se comprometió con el perdón de los Americanos aunque fuesen culpables, en Carúpano asegura que no es justo exterminar a los que no quieren ser libres.
El ejército libertador exterminó las bandas enemigas, pero no ha podido ni debido exterminar unos pueblos por cuya dicha ha lidiado en centenares de combates. No es justo destruir los hombres que no quieren ser libres, ni es libertad la que se goza bajo el imperio de las armas contra la opinión de seres fanáticos cuya depravación de espíritu les hace amar las cadenas como los vínculos sociales.12
Pero los hace responsables, como hermanos, de todas las desgracias que han destruido la existencia de sus conciudadanos.
No os lamentéis, pues, sino de vuestros compatriotas que instigados por los furores de la discordia os han sumergido en ese piélago de calamidades, cuyo aspecto solo hace estremecer a la naturaleza, y que sería tan horroroso como imposible pintaros. Vuestros hermanos y no los españoles han desgarrado vuestro seno, derramado vuestra sangre, incendiado vuestros hogares y os han condenado a la expatriación.13
Y se exculpa a sí mismo y los soldados que, como siempre sucede en la narrativa bolivariana, cuando de exposiciones públicas se trata, juegan el papel de héroes protectores:
Vuestros clamores deben dirigirse contra esos ciegos esclavos que pretenden ligaros a las cadenas que ellos mismos arrastran; y no os indignéis contra los mártires que fervorosos defensores de vuestra libertad han prodigado su sangre en todos los campos, han arrostrado todos los peligros, y se han olvidado de sí mismos por salvaros de la muerte o de la ignominia.14
En cierto modo, el Manifiesto de Carúpano sigue la pauta del decreto de Guerra a Muerte, en el sentido, quiero decir, de mantener la percepción de la guerra como la expresión inevitable del conflicto entre españoles y americanos. Como es de esperarse, el concepto de libertad en Bolívar, al menos en sus pronunciamientos públicos, siempre gira en torno a esta simbología. Ahora bien, si el decreto de Guerra a Muerte, como tantas veces se ha dicho, traza una divisoria internacional para legitimar la guerra de independencia como justa y necesaria frente al yugo español, el Manifiesto de Carúpano traza una social entre mantuanaje y plebe, que intenta ser subsumida en la misma simbología del conflicto entre españoles y americanos. El primero se corresponde con una dimensión del conflicto donde lo militar es determinante. El segundo, con una dimensión social, en la que la lucha de clases es el elemento definitorio en el proceso. En Trujillo, el libertador de 1813 creó un mundo terrible de españoles y americanos en guerra. El de 1814, en Carúpano, uno en el que hombres libres frente a esclavos encadenados -espíritu y materia- se confrontan y en el que los primeros están llamados a resistir como forma de conciencia, el embate ciego y feroz de los segundos. Se trata de un mundo en el que, más allá de la coyuntura política, la libertad se abre paso en medio de las tinieblas y la ignorancia que fluye del pueblo llano.
Ahora bien, las indias tributarias, naturales y vecinas del pueblo de Los Guayos, históricamente anónimas, no hablan a nombre de proyecto alguno, sino de la bestialidad y barbarie mismas de la historia. Su opinión representa el odio que resuma la materia social, el objeto de indignación de la existencia espiritual. Claro -hay que reconocerlo- no es una pieza oratoria de colección y que gustosos guardaríamos junto a los tomos de Demóstenes, Cicerón o del mismo Bolívar. También es cierto que el estado de ebriedad en que fueron dichas estas palabras resta mucho decoro al pensamiento político de quien las pronunció. Tampoco es texto que alcance para leer entre líneas, como gustan los coleccionistas de reliquias pasadas. Aunque todo él es indicio de profundo odio social, de clase, no es suficiente como para destruir el orden colonial, del que ya se han hecho cargo los ilustrados del Congreso que sí saben de estas cosas. Pero, en todo caso y hablando en lenguaje coloquial, a esto se llama ir al grano. Al menos eso hay que reconocer a esta literatura política de poca monta. Y, también, que quiérase o no son palabras para la historia, aunque hayan sabios -antes y ahora- apegados a la máxima a palabras necias oídos sordos y se nieguen a reconocer que ellas solas, incluso, constituyen la rica fuente doctrinal en la que abrevaron Boves y los diez mil filósofos15 que le siguieron de Calabozo a Caracas y de Caracas a Urica, para dictar una de las más crueles y dramáticas lecciones en los anales de la historia política de la República.
En este sentido, el Manifiesto de Carúpano representa el modo en que la elite independentista se apropia del concepto de libertad como identidad histórica. y es parte de la fuente ideológica en que se inspira una historiografía que replica, como eco a través del tiempo, esta apropiación. Al definir la guerra como una lucha entre el bien y el mal, entre hombre libres y esclavos, se salta el escollo que interpone el conflicto social al proyecto independentista como la guía al reino de la justicia, la igualdad y la libertad que representa la república para toda América y ante el que la barbarie del hombre sometido a la esclavitud es del todo insensible. Con ello, esta elite independentista se concibe a sí misma como exclusiva hacedora del porvenir, como fuente espiritual e intelectual única de la que brota dicho porvenir. Considerado desde este punto de vista que impone el discurso de Carúpano, el proceso de independencia es la apropiación del devenir y sentido históricos de la sociedad colonial en descomposición por parte del sector social y económicamente dominante de dicha sociedad. La independencia, es decir, la ruptura de los lazos coloniales, es una reivindicación de sí misma como clase dominante identificada con el valor universal de la libertad. La manida idea según la cual los pueblos venidos de la dominación colonial y la abyecta esclavitud nunca están preparados para la vida republicana y que se les impute la anarquía y el fracaso que, como en el caso de 1814, llevaron a la pérdida de la Segunda República, es corolario de esta identidad.
Tendencia ésta que encontraremos en muchas oportunidades tanto en los discursos políticos de Bolívar como en la historiografía que, apegándose a ello, hizo de la independencia una mera confrontación maniquea de patriotas y realistas. Incluso la abolición de la esclavitud, dictaminada por Bolívar dos años más tarde, encierra, de hecho, un contrasentido evidente: se otorga la libertad al esclavo como una contraprestación por sus servicios en las filas del ejército patriota. Vale decir que el amo personal -Bolívar- y el amo social -el mantuanaje- hacen uso de su poder de dominación y el sagrado derecho de propiedad para determinar el destino de su propiedad según sus propios intereses políticos. Desde el punto de vista estratégico cualquiera puede entender esta medida. Pero desde una perspectiva ética y filosófica es un claro síntoma de una concepción de la libertad que en sí misma conlleva un esencial criterio de exclusión. El mismo Juan Vicente González advierte esta cuestión cuando afirma:
...El mando político de los que eran sus señores naturales no era para el pueblo la libertad, sino una argolla más añadida a la cadena. La oposición parecía entonces la Independencia, y constituyó una bandera, de libertad negativa, que se unió a las banderas realistas.16
Fortuna y Virtud
Como queda indicado, el Manifiesto de Carúpano no es sólo un diagnóstico sobre una guerra social con el propósito de que ésta continúe siendo concebida como un conflicto político e internacional entre realistas y republicanos, españoles y americanos, patriotas y colonialistas. Es también la reivindicación del liderazgo militar en general, y muy en particular de el propio autor como libertador y máximo jefe del proyecto independentista: lo que el mismo Bolívar llama su vindicta. Planteada desde los inicios mismos del discurso, tal reivindicación queda asociada a dos ideas fundamentales -que serán constantes a lo largo de toda la obra política de Bolívar- fortuna y virtud, y que nos recuerdan la filosofía histórica de Maquiavelo en sus Discursos sobre la Primera Década de Tito Livio.
En efecto, son los conceptos de fortuna y virtud los que en esta obra representan el equilibrio en que se asienta el devenir histórico. Ante el dictamen de la fortuna y sus rigores desconocidos, el hombre ha de actuar con la suficiente cautela y un inteligente apego a la virtud que le permita sobreponerse a los desconciertos de la fortuna. Fortuna y virtud articulan la dialéctica a la que está sujeta la voluntad humana.
...es verdad, conforme se ve en todas las historias, que los hombres pueden secundar la fortuna y no oponerse a ella, tejer sus hilos y no romperlos. Por consiguiente, harán bien en no confiarse, porque no sabiendo cuál será su fin, que recorre caminos extraviados y desconocidos, siempre han de esperar y no distraerse en cualquier caso y fatiga en que se hallen"...17
A mediados de 1814 ha comenzado para Bolívar la fatiga que lo llevará de nuevo a la Nueva Granada, y a su exilio en Jamaica al año siguiente. Como es de esperarse, sobre El Libertador recae una implacable censura de la que ha de defenderse. El Manifiesto de Carúpano es su declaratoria antes de partir, en la que comienza clamando por su honor e inocencia:
Infeliz del magistrado que autor de las calamidades o de los crímenes de su Patria se ve forzado a defenderse ante el tribunal del pueblo de las acusaciones que sus conciudadanos dirigen contra su conducta; pero es dichosísimo aquel que corriendo por entre los escollos de la guerra, de la política y de las desgracias públicas, preserva su honor intacto y se presenta inocente a exigir de sus propios compañeros de infortunio una recta decisión sobre su inculpabilidad.
Así, este discurso comienza con el tipo de sutiliza, tan característico de la narrativa bolivariana, con la que se interviene en la percepción de la realidad. El que se sabe perdido se adelanta a las consecuencias de un desastre que lo deja solo en medio del inhóspito desierto que siempre impone la responsabilidad en estos casos. Colocado a la defensiva, el libertador invierte el orden de las cosas. No es él el que se defiende, sino el que corre, por entre los más diversos escollos y dificultades, con su honor intacto, a presentarse ante sus censores, que en realidad son sus compañeros de infortunio, a exigir de ellos una recta decisión sobre su inculpabilidad. Dichoso en medio de la ruina, inocente pese al fracaso consumado. Así es el libertador que emerge de entre la brumosa y pesada humareda del infortunio. No es cualquiera, sino el elegido para la realización de la más noble tarea, el instrumento de la providencia para la consumación de un destino que, por lo pronto, arriba a la dimensión de la derrota y lo incierto, pues su tarea es aquella que, llamada a la realización de los más sublimes fines -paz y libertad-, al mismo tiempo, arrastra consigo los más terribles males -guerra y esclavitud.
Yo he sido elegido por la suerte de las armas para quebrantar vuestras cadenas, como también he sido, digámoslo así, el instrumento de que se ha valido la Providencia para colmar la medida de vuestras aflicciones. Sí, yo os he traído la paz y la libertad, pero en pos de estos inestimables bienes han venido conmigo la guerra y la esclavitud.
Los censores convertidos en compañeros de infortunio. Quien ha de exponerse al juicio, más bien lo exige, pues no cabe dudar de la inocencia de quien ha sido elegido por la fortuna para realizar la gran tarea y no es, en esencia, más que un instrumento de la providencia. De esta manera, la vindicta queda asociada a una dimensión cósmica, liberada de mera argumentación que la ata los hechos concretos; vale decir, los escollos de la guerra, de la política y de las desgracias públicas, respecto a los cuales no se hace mención alguna. Y así como la fortuna ha hecho depender el destino de la república de la ambición y la codicia de hombres vulgares incapaces de estimar el reino de la libertad, no es la voluntad del líder la que, por sí misma, puede determinar el orden de las cosas ni contener el torrente de la pasiones humanas que se desatan en medio de la revolución.
Es una estupidez maligna atribuir a los hombres públicos las vicisitudes que el orden de las cosas produce en los Estados, no estando en la esfera de las facultades de un general o magistrado contener en un momento de turbulencia, de choque, y de divergencia de opiniones el torrente de las pasiones humanas, que agitadas por el movimiento de las revoluciones se aumentan en razón de la fuerza que las resiste.
La derrota ha sido convertida en fuente de inspiración y sublimación de la guerra. El papel de la fortuna en la historia tiene un carácter determinante en el discurso como forma de comprender un episodio terrible, pero parte del proceso total y de mucho mayor alcance, que es en sí la independencia. De esta manera, el fracaso del proyecto independentista a mediados de 1814 es desplazado del plano exclusivamente político y militar hacia el del comportamiento propio de las revoluciones en el mundo histórico, en el que se entrecruzan hechos y circunstancias en una trama en alguna medida determinada por los designios de la fortuna. Con ello, además, la pérdida de la república se convierte en un episodio del proceso de transformación histórica que en sí mismo lo trasciende. Todo el discurso de Carúpano ha sido construido en base a esta perspectiva, que Bolívar desarrollará de manera más extensa y elaborada en documentos posteriores como la Carta de Jamaica y el Discurso de Angostura. La metáfora de la revolución como el proceso trascendente que, en pos del bien supremo de la libertad, arrastra consigo, al mismo tiempo, incertidumbre y males indecibles venidos del mundo de la ignominia y la esclavitud; y del líder guerrero como juguete vil del huracán revolucionario, surgen en el desconcierto que deja tras de sí el fracaso militar y político de 1814 y pasan a ser, desde entonces, signos esenciales de la semántica bolivariana como creadora de tiempo histórico.
Y es precisamente esta perspectiva histórica del discurso la que lo salva de quedar en la mera argumentación que de alguna manera le impone el propósito de la vindicta. El libertador no pierde tiempo desgastándose en un ejercicio testimonial con el que muy poco habría ganado. Por el contrario, toda la fuerza semántica del discurso la emplea para sostener su liderazgo. Su reivindicación no queda separada del modo en que ha conceptuado el fracaso como parte de la historia, sino que es íntimamente asociada con ella. De hecho, la vindicta comienza con una premisa rigurosamente apegada a la concepción de Maquiavelo antes referida:
El hombre es el débil juguete de la fortuna, sobre la cual suele calcular con fundamento muchas veces, sin poder contar con ella jamás,
Con lo que pasa a definir sin ambages su responsabilidad, pero haciéndolo no como mero jefe militar, sino desde una perspectiva trascendente, histórica y sublime:
Yo, muy distante de tener la loca presunción de conceptuarme inculpable de la catástrofe de mi patria, sufro al contrario, el profundo pesar de creerme el instrumento infausto de sus espantosas miserias; pero soy inocente porque mi conciencia no ha participado nunca del error voluntario o de la malicia, aunque por otra parte haya obrado mal y sin acierto.
Que no está dispuesto a debatir detalles respecto a su conducta con sus censores, es decir, con sus compañeros de infortunio, queda expresamente indicado a continuación:
La convicción de mi inocencia me la persuade mi corazón, y este testimonio es para mí el más auténtico, bien que parezca un orgulloso delirio. He aquí la causa porque desdeñando responder a cada una de las acusaciones que de buena o mala fe se me puedan hacer, reservo este acto de justicia, que mi propia vindicta exige, para ejecutarlo ante un tribunal de sabios, que juzgarán con rectitud y ciencia de mi conducta en mi misión a Venezuela. Del Supremo Congreso de la Nueva Granada hablo, de este augusto cuerpo que me ha enviado con sus tropas a auxiliaros como lo han hecho heroicamente hasta expirar todas en el campo del honor.
Y que el objetivo fundamental del Manifiesto de Carúpano, basado en la perspectiva histórica que recoge, es más sostener su condición de jefe supremo que debatir sobre su actuación como tal, queda igualmente expresado de manera directa cuando afirma:
Yo os juro, amados compatriotas, que este augusto título que, vuestra gratitud me tributó cuando os vine a arrancar las cadenas no será vano. Yo os juro que libertador o muerto, mereceré siempre el honor que me habéis hecho; sin que haya potestad humana sobre la tierra que detenga el curso que me he propuesto seguir hasta volver segundamente a libertaros, por la senda del occidente, regada con tanta sangre y adornada de tantos laureles.
En el Manifiesto de Carúpano encontramos ya claramente enunciados los rasgos mas genuinos de la semántica bolivariana, caracterizada por el modo en que el discurso siempre intenta colocar lo eventual en un horizonte histórico que lo trasciende. Puede incluso tratarse de las circunstancias mas adversas; Bolívar, -a través de el libertador como instancia fundamental- siempre obtendrá de ello un visual trascendente, significativa en el sentido histórico. Más aún, yo diría que la adversidad es, en este sentido, fuente fundamental de inspiración y simbología para la narrativa bolivariana, es lo que hace de la independencia el más sublime de los bienes, el bien supremo, el único que hemos adquirido a costa de los demás, como indica al concluir el discurso que, a inicios del año 1830 pronuncia con motivo de la instalación del Congreso y su renuncia definitiva al mando de la Gran Colombia.
El Manifiesto de Carúpano ha sido fuente generadora de suspicacia y prejuicio respecto a la figura histórica de Bolívar, y ello particularmente por parte de quienes, sintiéndose parte de las tendencias más progresistas en el sublime mundo del pensamiento social, encuentran en dicho discurso una prueba incontestable de los rasgos conservadores, cuando no reaccionarios, de Bolívar. Son los que quisieran que un documento así no hubiera existido, pues de alguna manera es el tipo de dato que compromete la admiración que, por otra parte, han de sentir por El Libertador y máximo líder político y militar de la emancipación americana. Hay para quienes la gloria del gran hombre está reñida con la mezquindad del que, en Carúpano, en pos de la vindicta, maldice del pueblo. De modo tal que en Carúpano nos encontramos a un mantuano -un representante de su clase- que viene a reivindicarse a sí mismo como líder político y militar de un proyecto que ha excluido al pueblo de sus planes de transformación social, y que reparte el mundo sumido en la vorágine de la guerra entre buenos y malos, según la divisoria que este mismo proyecto impone. Es la lectura ideal para quien pretenda una diatriba contra Bolívar, más no para quien se solaza en su gloria y su nobleza. Pero en todo ello hay mucho de mojigatería y superficialidad; mucho de historiografía de banco de escuela, para decirlo en términos de Vallenilla Lanz.
Que Bolívar es un representante de su clase es cosa que se puede afirmar de todo individuo, o sea es decir bien poco. Por sí sólo considerado, es un lugar común o una perogrullada. Pero, además, también puede ser una forma de desdecir de su acción y su obra, sobre todo si ello está asociado a explicar o justificar la opinión poco generosa que dicho individuo pueda tener respecto al pueblo. Y la opinión de Bolívar en este tema es muy poco generosa, en Carúpano y a lo largo de toda su obra. Como diría una vez, comentando su Discurso de Angostura, cualquiera puede deducir de él que tengo muy poca confianza en mis conciudadanos. Porque para el Bolívar líder del proceso de independencia y la implantación la Nación, el ciudadano de la proyectada república no existe en América, hay que forjarlo, a punta de educación y control ideológico, social y moral por parte del estado. Su concepto de pueblo es enciclopedista, más jurídico que sociológico, y está identificado con el soberano. Más que un representante de su clase, Bolívar es un representante de una forma de ver el mundo a la que sólo los de su clase podían acceder; se inspira en el Voltaire que piensa la civilización, no en el Marx que piensa la lucha de clases. Bolívar es un representante de la inteligencia de la modernidad, un creador de tiempo histórico en conexión con el futuro.
Por otra parte¿cuál es el sublime pueblo del que tanto desdice en Carúpano? ¿Se trata, en realidad, de algo distinto a una horda desenfrenada de criminales y degolladores que siguen a un jefe cruel y ambicioso? Una cosa es ver en ello, como creo que corresponde, la expresión de un enconado conflicto social que ha puesto de relieve el siempre nefasto proceso de la guerra, y otra muy distinta considerarlo fuente de inspiración de esa imagen sublime que todo espíritu progresista ha de tener respecto al pueblo. Ciertamente que, donde unos ven rebelión popular, Bolívar sólo ve el mal, la codicia y ambición de espíritus sometidos a la ignominia de trescientos años de esclavitud. Y aunque ello sea una visión parcial, y hasta si se quiere premeditadamente sesgada ¿es del todo equivocada? En cualquier caso, se trata de la opinión de un estratega. El Manifiesto de Carúpano es un documento político en el contexto de un desastre militar; no un tratado de ética o sociología. Por lo demás, la idea de rebelión popular, que popularizó Juan Uslar Pietri en su famoso libro, no es un concepto, nunca fue desarrollado como tal. Lo que en realidad hace este autor es cuestionar a los sectores más moderados y tibios de la dirigencia independentista que juegan a una revolución sin tener plena conciencia y responsabilidad del impacto de ella en los sectores populares. Sector dirigente que no incluye, por cierto, a Bolívar. Pero en ningún momento define de manera precisa la rebelión popular como tal, que sólo alude a la ambigua inconformidad y descontento del pueblo llano. En este sentido, es mucho más preciso Juan Vicente González cuando habla de libertad negativa.
Y es que, en realidad, más allá de ser considerada síntoma del conflicto social que se dispara con el estallido mismo de la guerra de independencia, tal rebelión es muy difícil de definir. Ni Boves es un dirigente revolucionario que pretende rebelarse contra el orden colonial, ni quienes lo siguen lo hacen en función de tal. El único móvil de la supuesta rebelión popular es el odio y la venganza de quienes emulan la crueldad de su líder, y hacen de la vorágine de la guerra un estilo de vida basado en la matanza y el pillaje. El pueblo que nutre esta supuesta rebelión popular es el mismo que dos años más tarde veremos siguiendo a Páez y el movimiento independentista hasta Bolivia. Entonces Bolívar lo halagará tanto como en Carúpano una vez lo condenó, aunque en lo esencial siga teniendo respecto a él las mismas reservas que lo llevaban a hablar de una revolución sentada sobre un volcán social a punto de entrar en erupción. Por eso, la visión sociológica de guerra social, despojada de los rasgos sublimes implícitos en la ambigua idea de rebelión popular, tal cual la plantea Vallenilla, puede ser discutible en muchos aspectos, pero al final siempre será mucho más ajustada a la realidad y mucho más fructífera para el análisis histórico.
Si bien no es un análisis histórico de este tipo lo que cabe esperar del Manifiesto de Carúpano, no es menos cierto que una lectura excesivamente superficial de él es lo que no permite captar su significación en el desarrollo de la semántica histórica del proceso de independencia y el papel de primera línea que en dicho desarrollo tiene la narrativa bolivariana. Hay en este discurso señales que distraen y que, al mismo tiempo, consideradas con la debida atención, lo retrotraen al nivel de su verdadero sentido como herramienta de significación. En Carúpano, aunque se anuncia, la vindicta no se realiza; es tema para los sabios del congreso neogranadino y no para sus posibles censores, que el libertador, en los mismos inicios del discurso, ha convertido en compañeros de infortunio. Y si bien la caída de la república es imputada a la codicia y la ambición de aquellos a quienes la esclavitud ha tornado insensibles a bien supremo de la libertad, con ello el libertador rebasa la contingencia militar de la derrota elevándola al plano cósmico de la lucha entre el bien el mal, que es lo que en realidad mueve el proceso de independencia. De allí que la derrota sea más lamentable por su esencia que por sus reclutados. El que se reivindica no es el mero jefe militar y político, sino el libertador como vil juguete de la historia, instrumento de la providencia; el que trayendo el supremo bien de la libertad acarrea los males y desgracias que todo proyecto, con miras a lo noble y grandioso, impone. Con ello, el descalabro de un proyecto político ha quedado convertido en un episodio más del mismo. El conflicto social, forjado en los crueles hornos de la guerra, queda subsumido en la cosmovisión de la lucha entre el bien y el mal que representa el proceso histórico de la independencia. Es en este plano -el de la semántica histórica- donde Bolívar se juega su genialidad como visionario del mundo moderno. El Manifiesto de Carúpano puede leerse como la improvisada cartilla de filosofía de la historia con que un político pragmático interpreta un proceso de largo plazo en el interregno circunstancial de la derrota.
1Aunque la fortuna constantemente coronó nuestros esfuerzos, decidiendo en favor de la República más de 100 combates, fue bastante una sola desgracia, experimentada en La Puerta el 15 de junio último, para que se apoderase el enemigo de la Provincia de Caracas. Perdido en aquella infausta jornada el único ejército que protegía la capital contra las incursiones del más feroz tirano , me vi en la dura necesidad de abandonarla, y el 7 de julio próximo pasado me retiré a Barcelona, con objeto de reunir mis tropas a las que el General en Jefe del Oriente de Venezuela organizaba para auxiliarme. Documento 925. Comunicación de Bolívar al Presidente del Congreso de la Nueva Granada, Camilo Torres, fechada en Cartagena el 20 de septiembre de 1814, en la que expone las causas del fracaso de la república en Venezuela y solicita auxilio para restaurarla.. www.archivodellibertador.gob.ve
2Idem.
3Idem
4Citar documento.
5Documento 728. Proclama de Bolívar a los venezolanos, fechada en San Mateo el 24 de marzo de 1814. www.archivodellibertador.gob.ve
6Documento 573. Comunicación de Bolívar al General Santiago Mariño, fechada el 3 de enero de 1814, respecto a la necesaria cooperación militar para salvar la república. www.archivodellibertador.gob.ve
7Documento 677. Proclama del Libertador dirigida a los habitantes de la Provincia de Caracas, fechada en Valencia el 5 de febrero de 1814. Correspondencia Oficial. Periodo del 1 de enero al 7 de septiembre de 1814. www.archivodellibertador.gob.ve
8Documento 692. Proclama del Libertador dirigida a los soldados del ejercito vencedor en La Victoria, fechada en Valencia el 13 de febrero de 1814. Correspondencia Oficial. Periodo del 1 de enero al 7 de septiembre de 1814. www.archivodellibertador.gob.ve
9“Causa seguida de Oficio por el Comandante Político y Militar Contra Juana María Herrera y María Bonifacia Pérez, indias tributarias, naturales y vecinas del pueblo de Guayos, por palabras subversivas contra el legítimo Gobierno [1812]”, AGN, Sección Causas de Infidencia, tomo XIII, exp. 10, fs. 325-334; [1812], AGN, Sección Causas de Infidencia, tomo IV, exp. 10, fs. 411-443. Memorias de la Insurgencia. 2da Edición. 2011
10Documento 924. Manifiesto del Libertador. Fechado en Carúpano el 7 de septiembre de 1814. www.archivodellibertador.gob.ve
11Idem
12Idem
13Idem
14Idem
15Hago uso aquí de un recurso del Libertador con motivo de la negociaciones de armisticio con los jefes españoles hacia mediados de 1820: ...”mándeme con Ramón mis papeles y libros, porque todos se necesitan para estos negocios diplomáticos, bien que con las autoridades respetables de los publicistas más acreditados entre nosotros: Infante, Carbajal, Rangel y Aramendi, y cien otros autores clásicos, llevaremos la controversia victoriosamente.” Documento 4736. Carta de Bolívar para Santander, fechada el 24 de julio de 1820 en El Rosario. www.archivodellibertador.gob.ve
16 Juan Vicente González. José Félix Ribas. Caracas, Ministerio de Educación-Academia Nacional de la Historia, 1988, pp. 105-107
17Nicolás Maquiavelo. Discursos sobre la Primera Década de Tito Livio. Libro II, cap. XXIX, p.622




