textos, pretextos y otras mentiras...

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Permitidme que animado de un celo patriótico me atreva a dirigirme a vosotros, para indicaros ligeramente las causas que condujeron a Venezuela a su destrucción; lisonjeándome que las terribles y ejemplares lecciones que ha dado aquella extinguida República, persuadan a la América a mejorar de conducta, corrigiendo los vicios de unidad, solidez y energía que se notan en sus gobiernos.

Bolívar

Cartagena de Indias, 1812

 

Introducción

La Memoria dirigida a los ciudadanos de la Nueva Granada por un caraqueño, mejor conocida como el Manifiesto de Cartagena, se considera el primero de los grandes documentos políticos de Bolívar. Fechado 15 de diciembre de 1812, recoge la experiencia del incipiente gobierno republicano que, a mediados de ese mismo año, ha sucumbido en Venezuela bajo los embates del ejército español. Se trata de una memoria de la derrota, producida por alguien que ha participado como oficial en la guerra el gobierno español y que, salido al exilio, ha llegado a la Nueva Granada con el propósito de obtener hombres y recursos que le permitan invadir su país de origen y restablecer la república. Esta memoria no es, pues, el mero relato pasivo de lo que aconteció, de cómo el ejército español ha vuelto a tomar de una de las plazas más importantes y estratégicas de la América insurrecta, sino del plan para recuperarla. Se expone aquí el análisis crítico de una experiencia republicana particular, de la que se extraen conclusiones políticas y doctrinales que proporcionan una nueva perspectiva del proceso de emancipación no sólo en Venezuela, sino en toda la América Meridional. Se puede compartir en mayor o menor medida tales conceptos. Pero, en cualquier caso, es indiscutible que estamos ante la primera visión sistemática, general y de conjunto que, más allá de la dimensión logística y militar que impone la guerra, nos proporciona el primer concepto histórico y estratégico de la emancipación americana. Al menos, el primero producido por un soldado con una clara visión política. En este sentido, estamos ante la primera teoría revolucionaria de la lucha por la independencia.

El discurso ha sido estructurado en dos grandes partes. La primera, ocupada del análisis crítico en que se expone las causas que llevaron a la caída de la Primera República. Todas ellas, imputadas, en última instancia, a la autoridad débil, tolerante y burocrática que caracterizó al gobierno republicano. En la segunda se propone la organización de una expedición militar para recuperar el territorio que ha recaído en manos de los españoles, lo cual considera el autor una acción de orden estratégico para la supervivencia del movimiento independentista en la Nueva Granada y en toda América.

En cuanto a la primera parte, el análisis crítico señala una serie de errores que condujeron a la caída de la Primera República. Desde el punto de vista militar, Bolívar observa que la ausencia de una fuerza armada permanente y centralizada bajo un mando único fue causa fundamental del fracaso de proyecto independentista. Pero no se trata de una mera derrota militar. La caída de la Primera República es, también, un fracaso político e institucional que, de no ser advertido y asimilado de manera clara, haría ingenuo e ilusorio todo el proyecto de independencia. Así, visto a luz de este documento fundamental en los anales de la historia política de Venezuela, la caída de la Primera República es también la consecuencia del sistema federal que se adoptó, lo que dio lugar a un gobierno débil, excesivamente burocrático y tolerante frente a los delitos de estado. La Primera República nació viciada de la debilidad que le impuso un sistema de gobierno inaplicable en aquellas circunstancias. Ni la guerra, ni la naturaleza de los pueblos recién liberados del yugo español hacían posible un gobierno federal que anteponía los más liberales principios a las circunstancias políticas, militares e históricas más adversas. De ello provino una suerte de decadencia moral que se expresa en la impunidad frente al delito, la mala administración de las rentas públicas, la falta de unidad y conciencia ciudadana. Además de estos factores, el fracaso republicano también es imputable a factores circunstanciales, como el terremoto del 26 de marzo de 1812 y la nefasta influencia de eclesiásticos contrarios a la Independencia, que se apresuraron a manipular políticamente aquel evento catastrófico como el castigo divino por la rebelión. Por último, para Bolívar queda claro que no se puede concebir este proyecto de independencia sin la unión de Venezuela y la Nueva Granada. Todo ello lo resume Bolívar de la siguiente manera:

...entre las causas que han producido la caída de Venezuela, debe colocarse en primer lugar la naturaleza de su constitución; que, repito, era tan contraria a sus intereses, como favorable a los de sus contrarios. En segundo, el espíritu de misantropía que se apoderó de nuestros gobernantes. Tercero: la oposición al establecimiento de un cuerpo militar que salvase la República y repeliese los choques que le daban los españoles. Cuarto: el terremoto acompañado del fanatismo que logró sacar de este fenómeno los más importantes resultados; y últimamente las facciones internas que en realidad fueron el mortal veneno que hicieron descender la patria al sepulcro.1

En la segunda parte, expone Bolívar su propuesta estratégica; invadir Venezuela, recuperar la república y evitar así la amenaza que el retorno de la dominación española representa para la misma Nueva Granada y para todo el movimiento emancipador en el continente americano. Aunque tal proyecto pueda parecer dificultoso y hasta impracticable, Bolívar aduce una serie de argumentos en favor del mismo. El primero es que no se puede subestimar la amenaza que una Caracas vuelta a la dominación española, argumento que ilustra con el ejemplo de lo que fue Coro para la caída de la misma Caracas. Coro es a Caracas, lo que Caracas a toda la América, afirma. Por otra parte, en las condiciones que vive España bajo Napoleón, es posible que se desate una emigración que reforzaría en América su dominación, emigración que tendría una favorable acogida en Venezuela y sería la base para el levantamiento de una fuerza que arrasaría con el movimiento de emancipación en todo el continente. Desde el punto de vista estratégico, es preciso repeler al enemigo más allá de las fronteras; toda guerra defensiva es ruinosa para el movimiento independentista. La debilidad de España representa un momento propicio para el inicio inmediato de la campaña que propone; diferirla puede ser perder una oportunidad que acaso no vuelva a presentarse. Por último, se trata de un deber moral de la Nueva Granada para con sus hermanos del continente involucrados en el mismo proceso de liberación.

El honor de la Nueva Granada exige imperiosamente escarmentar a esos osados invasores, persiguiéndolos hasta sus últimos atrincheramientos. Como su gloria depende de tomar a su cargo la empresa de marchar a Venezuela, a libertar la cuna de la independencia colombiana, sus mártires y aquel benemérito pueblo caraqueño, cuyos clamores sólo se dirigen a sus amados compatriotas los granadinos, que ellos aguardan con una mortal impaciencia, como a sus redentores. Corramos a romper las cadenas de aquellas víctimas que gimen en las mazmorras, siempre esperando su salvación de vosotros; no burléis su confianza; no seáis insensibles a los lamentos de vuestros hermanos. Id veloces a vengar al muerto, a dar vida al moribundo, soltura al oprimido, y libertad a todos.

Bolívar ha ido a la Nueva Granada con el claro propósito de refundar la república en Venezuela. Pero, además de éste objeto inmediato y de corto plazo, en el Manifiesto de Cartagena aparece claramente la idea de hacer del proyecto independentista un movimiento de alcance continental. Considerado tanto en su diagnóstico, como en su propuesta estratégica, este documento puede definirse como la base de una teoría revolucionaria del proceso de emancipación americana.

Aunque, nota al margen, si bien Bolívar proporciona aquí una visión de totalidad del proceso de la independencia, una cosa echa en falta, tan significativa como notable por su acaso premeditada ausencia: el conflicto social que ya ha empezado a emerger en medio de la guerra. Cuanta conciencia tenía el autor del Manifiesto de Cartagena de aquello que, casi dos años más tarde, constituirá el tema central de su Manifiesto de Carúpano es cosa difícil de determinar. Por lo pronto, lo que Vallenilla Lanz llama guerra social es un fantasma cuyo hucheo es ahogado en el estruendo de los fusiles y el patriotismo, bien por la falta de percepción del autor respecto a este dato, bien porque su discurso pretende ser, entre otras cosas, una forma de contenerlo y no dejarle espacio en un proyecto que su sola mención arruinaría de antemano. En todo caso, tal ausencia también es parte característica de esta primera versión de la teoría revolucionaria que el Manifiesto de Cartagena propone para el desarrollo del movimiento emancipador, y que, en alguna medida, su futuro máximo líder tendrá que ir ajustando posteriormente.

De allí la importancia del Manifiesto de Cartagena, pues, siendo así, éste documento contiene los presupuestos políticos y doctrinales que encontraremos desarrollados en documentos del futuro Libertador. Si bien, para un trabajo que gira en torno al tema del discurso de Bolívar como representante de la modernidad y creador de tiempo histórico, no es tan rico desde el punto de vista de su arquitectura semántica, como, por ejemplo, la Carta de Jamaica o el Discurso de Angostura, por otra parte representa la fuente originaria de las ideas que, en lo esencial, definen el perfil de Bolívar como máximo dirigente político y militar. Del diagnóstico expuesto en esta memoria respecto a la caída de la república en Venezuela, Bolívar extrae la lección según la cual es preciso corregir los vicios de unidad, solidez y energía de los incipientes regímenes republicanos. Desde entonces, todo su pensamiento político va a girar en torno a esta máxima. De modo tal que, cualquiera sea el área de interés de un estudio específico sobre el discurso del más grande líder de la emancipación americana, no puede pasar por alto un documento que, a los efectos, es poco menos que la partida de nacimiento de tal grandeza.

 

El contexto

El Manifiesto de Cartagena se ubica entre dos momentos que, aunque de signo contrario, son igualmente cruciales para los primeros años del movimiento independentista: la capitulación de Miranda, de julio de 1812, que consumó la caída del régimen republicano que se había instaurado un año antes, y la entrada triunfal de Bolívar a Caracas a principios de Agosto de 1813, tras la culminación de la fulminante campaña que había propuesto como objetivo en esta memoria, y que, iniciada en la región del Magdalena, a la postre empujó a Monteverde hasta las costas de Puerto Cabello a finales del mismo año. De modo tal que aquel que salió a la isla Curazao, por salvoconducto de su peor enemigo, y mas tarde llegó a la Nueva Granada a exponer la primera teoría revolucionaria sobre el proceso de independencia, es un exiliado. El que retorna a Caracas un libertador que, apegado al plan propuesto en Cartagena, se ha hecho con la máxima jefatura del movimiento independentista en Venezuela y recobrado para la causa patriota una de las más importantes plazas del continente. Dicho en términos más sintéticos: en poco más de medio año, la existencia política del autor del Manifiesto de Cartagena ha operado un giro de 180 grados, y la geopolítica del proceso de independencia también.

¿Cuánto de este cambio situacional, propio y especifico de esa coyuntura entre la capitulación y la recuperación de Caracas, se deriva del Manifiesto de Cartagena como reservorio de doctrina política y estratégica? Al parecer, en sus inicios y considerado por sí mismo, no mucho, salvo por el hecho, claro está, de que la Campaña Admirable -como se le llamó posteriormente- era la propuesta central del plan expuesto en este documento considerado en el corto plazo y en su aspecto militar y estratégico. Desde luego, no es para nada desdeñable una salvedad así. Pero a juzgar por el modo en que tuvieron lugar los acontecimientos, como digo, inicialmente, Bolívar logró un muy modesto apoyo a los conceptos emitidos en su memoria.

Sin duda que es el año victorioso de 1813 el que transforma nuestra perspectiva del Manifiesto de Cartagena, tanto como ha debido transformar la conciencia de sus contemporáneos en el tiempo histórico de la independencia. Más que las ideas y el análisis político del exiliado, son los triunfos militares de Cartagena a Caracas, y de Caracas a Araure, lo que generó el impacto que hizo de aquellas ellas ideas un reservorio doctrinal de obligada consulta a la hora de comprender, antes y después, el proceso de independencia. No estamos aquí en el caso del estadista que allana el camino al militar, como puede ser, por ejemplo, Angostura. Por el contrario, en Cartagena es el hombre de acción, calculador, voluntarioso y pragmático, el que viene a rescatar al ideólogo que, por entonces, ha quedado a la espera de circunstancias más propicias. El Bolívar de que aquí tratamos nos ofrece varias facetas que se entrecruzan. El exiliado es un aristócrata que se cartea con las altas autoridades del gobierno neogranadino. El que escribe el Manifiesto, un pensador y un propagandista que analiza la independencia. El que en poco menos de un mes libera a la Nueva Granada, un militar insubordinado que con sus acciones pone en evidencia la mediocridad de sus jefes, y a pulso va aumentando los timoratos favores que inicialmente ha conseguido. El que triunfa en Cúcuta es el brigadier del ejército neogranadino y ciudadano de la unión que, con su gloria como militar, ha convertido sus propuestas como exiliado en la fuente primera del torrente ideológico que engrandece su influencia como pensador y político. Ampliemos un poco, desde diverso ángulos, esta visión de contexto.

Como es sabido, tradicionalmente la historiografía ubica el inicio el proceso de independencia en Venezuela hacia 1810, con el movimiento del 19 de abril. Sin embargo, dicho movimiento no es algo que se produzca en el vacío. Por el contrario, desde finales del siglo XIX el orden colonial ha sido impactado por rebeliones y movimiento insurreccionales de diverso tipo que son indicio de hasta qué punto el descontento sacude a la sociedad colonial. Las sublevaciones de José Leonardo Chirino (1795), de Gual y España (1797) y hasta del mismo Francisco de Miranda (1806), movimiento de la más diversa índole, hablan ello. Todos estos movimientos fracasaron. Particularmente, los dos primeros eran de una clara connotación igualitaria que le valió a sus prosélitos y dirigentes el ser objetos de la más cruel represión; represión en la que, por cierto, participan directamente algunos de los más importantes personeros que luego veremos al frente de la vida institucional de la República instaurada en 1811. Si bien, hacia inicios del siglo XVIII, esta república marca el comienzo de un proceso sin retorno, ella fue, también, la continuación de la represión de finales del siglo XVIII. La constitución promulgada en diciembre de ese año, así como, por ejemplo, leyes infames como la de ordenanzas de los llanos, sugieren que esta primera república, pese a sus formalidades liberales, fue poco menos que la instauración de la tiranía mantuana llamada a sustituir la autoridad del rey de España.

En tales circunstancias, lo que por entonces se conoció como la guerra de colores no se hizo esperar. El conflicto étnico y social, incubado en la sociedad colonial desde tiempo atrás, recrudeció en el seno de un régimen republicano dominado por el mantuanaje. La ruptura del lazo colonial trajo consigo la ruptura de la relación amo-esclavo. En junio de 1812, rebeliones en Barlovento y los Valles del Tuy causaron innumerables destrozos en las propiedades de los hacendados. Los indígenas de Siquisique, al mando de Juan de los Reyes Vargas, se sumaron las tropas realistas que, desde Coro y Maracaibo, marchaban al centro del país. En los llanos de Calabozo, los mestizos ingresaban al ejército de Antoñanzas con el propósito de arrasar con una República de mantuanos. El saqueo y el terror como táctica era, al mismo tiempo, para los descontentos, una forma de hacerse de recursos y riqueza. El terrorífico Boves que en 1814 aplasta la segunda República nació en el terreno que el descontento había abonado en la primera. La diferenciación entre la primera y la segunda república, al que nos ha acostumbrado la historiografía, es una frontera política e institucional que en realidad, ha sido borrada por la guerra social.

De modo que, con antecedentes en las insurrecciones de las postrimerías de la época colonial, es, sin embargo, a partir de 1810 que el cabildo como institución política fundamental de la colonia, la dirigencia criolla -que incluye un puñado de jóvenes entusiastas nacionalistas- y el pueblo llano -una compleja y difusa amalgama de diversos sectores sociales a la expectativa- se ven involucrados en una misma ruptura política e institucional que deshace los nexos coloniales y da lugar a la implantación del primer régimen republicano, que llega a su fin con la capitulación de Francisco de Miranda, firmada el 25 de julio de 1812, frente al ejército realista comandado por el entonces Capitán General de la provincia Domingo Monteverde. Esta república fue tan efímera como rica en experiencia política y militar. De ello extrae el Manifiesto de Cartagena sus lecciones fundamentales y una visión estratégica de la que hasta entonces había carecido el proyecto independentista.

Más la lección que brilla por su ausencia es la social. Nada nos indica el Manifiesto acerca de la guerra de colores. Éste será, por lo pronto, el tema tabú de un plan para retomar Caracas y basado en una visión estratégica en virtud de la cual la independencia es el objetivo único, por encima de cualquier otra consideración de cualquier tipo, de la guerra de emancipación. Es difícil pensar que una inteligencia como la de Bolívar no advirtiera entonces la importancia del factor social en la caída de la Primera República a manos de Monteverde. Y también es muy posible pensar que, de haberlo incluido en su análisis de Cartagena, tendríamos poco más o menos que un adelanto de lo que al respecto dirá dos años más tarde en Carúpano, tras la caída de la Segunda a manos de Boves. Por lo cual todo parece indicar que, mientras pueda serlo, el tema social será diferido, en aras de la simplificación de la realidad que el proyecto independentista exige desde el punto de vista de la guerra de signos. Tomando esto en consideración, la ausencia del tema de la guerra social en el discurso de Cartagena no se puede imputar a falta de visión o torpeza de su autor, sino, por el contrario, a la inteligencia estratégica que lo articula.

Acogidos a la capitulación de julio de 1812, diversos dirigentes políticos y militares salieron del país. Entre ellos, Simón Bolívar, el coronel responsable de la caída de plaza de Puerto Cabello, hecho que antecedió a la definitiva derrota y capitulación. Gracias a las influencias de su amigo Francisco Iturbe, y acaso también por el papel que jugó en el encarcelamiento de Francisco de Miranda, a Bolívar le fue otorgado el pasaporte para embarcarse rumbo a Curazao el 27 de agosto, junto a otros patriotas como Miguel, Fernando y Manuel Carabaño, y el español Manuel Cortes de Campamonte. Su estadía en Curazao fue corta. Mantuvo contacto con otros exiliados venezolanos. Contó con el apoyo de Mordechay Ricardo, abogado e intérprete publico del Gobierno de la isla. A mediados de noviembre de 1812 se embarcó rumbo a Cartagena, la primera provincia del reino de la Nueva Granada en proclamar su independencia de Espala un año antes, lo que en alguna medida la hacía el espacio propicio para reiniciar el combate por la independencia bajo su propia y personal dirección. Y no es esto un mero decir, sino un dato a considerar. Pues Bolívar llega a Cartagena, ciertamente, con el propósito de retomar Caracas y reiniciar el movimiento independentista, pero está implícito en tal propósito que el exiliado que arriba a Cartagena se convierta en el máximo líder del proyecto independentista, y acaso de toda la América Meridional, si nos atenemos al enfoque geopolítico que recoge en su memoria. La intensa actividad política y propagandística que despliega a su llegada, así como las inmediatas decisiones que, tomadas a título personal apenas ha sido incorporado al ejército neogranadino y dan lugar a las heroicas acciones que signan la campaña del Magdalena, son indicios en este sentido.

De hecho, la experiencia que recoge el Manifiesto de Cartagena da lugar al conocido análisis de las causas objetivas que llevaron a la caída de la República, aunque en todo ello hay algo que brilla por su ausencia: la figura del para entonces jefe militar máximo, como era Francisco de Miranda. El que Bolívar nada diga respecto a este importante personaje seguramente tiene que ver con el premeditado cuidado de no contaminar su imagen y sus propuesta con la rivalidad personal. La tendencia a la despersonalización del discurso con el propósito de dar la voz más a las fuerzas anónimas de la política y la historia que a la opinión del hombre particular, será característica de toda la narrativa bolivariana, y ya está presente en este primer documento público. Pero, por lo demás, cabe suponer que Bolívar no está dispuesto a repetir como jefe del movimiento independentista el papel de aquel que, como Miranda, asume su jefatura con las manos atadas por el enorme peso con que la mojigatería ideológica y la burocracia institucional contrarrestaron la eficacia de la acción militar llamada a defender el régimen republicano instaurado a mediados del año 1811. Miranda fue un excelso militar forjado en Europa que, en la salvaje América -y por razones que incluso rayan hasta en el prejuicio racial- fue víctima de la política. Acaso sea ésta la primera gran lección que Bolívar ha sacado de la experiencia republicana. Bolívar es un militar pragmático, que ha aprendido la lección y que, antes de convertirse en víctima de la política, se prepara para no serlo. Es decir, ha llegado a Cartagena como parte de su plan de convertirse, él mismo, en máximo jefe político.

Sin embargo, en la antigua Nueva Granada soplaban aires turbulentos. Las provincias que una vez habían formado parte del antiguo reino constituyeron juntas supremas autónomas. De ellas, las había que, aunque autónomas, seguían siendo fieles a Fernando VII. También había otras en las que, declaradas igualmente independientes y republicanas, cundía, no obstante, el enconado enfrentamiento filosófico y político entre federalismo y centralismo. Así, desde 1812, federalistas y centralistas se han ido a las manos en un conflicto que marcará todo el desarrollo del proceso de independencia en general, tanto como la carrera política y militar de Bolívar en particular. El Manifiesto de Cartagena en sí mismo ya forma parte de esta disputa.

La provincia Cundinamarca suscribe un proyecto autonomista liderado por José María Ortega y Nariño, que confronta al Congreso de las Provincias Unidas. Los hechos conflictivos de Ventaquemada (2 de diciembre de 1812) y Bogotá (9 de enero de 1813), son expresión de tal confrontación. Cuando Bolívar arriba a la Nueva Granada, las banderas del centralismo hondean en Cundinamarca -la provincia con sede en Bogotá. Las Provincias Unidas de la Nueva Granada -con sede en Tunja, liderada por Camilo Torres– era el bastión el federalismo. Bolívar hubo de maniobrar políticamente para no inmiscuirse en el conflicto y evitar que el mismo redundara en contra del apoyo que requería para la realización de su campaña en Venezuela. Pese a lo cual, su memoria, en su misma tesis central, lo identifica sin duda alguna con el centralismo.

Surge aquí un dato significativo que pone en evidencia el tino de Bolívar al buscar el apoyo neogranadino y proponer la campaña de reconquista de Venezuela como la fase inicial de una estrategia en virtud de la cual el movimiento independentista contra España exigía una alianza y proyección continentales. De alguna manera, tal estrategia fue percibida como muy apropiada, si se toma en cuenta que el apoyo a la campaña de Bolívar supuso, al menos, un congelamiento del enconado conflicto entre centralistas y federalistas en la Nueva Granada, que optan por hacer a un lado sus diferencias y concentrar esfuerzos en luchar contra el régimen español que aún subsiste en el vecino país y, con ello, amenaza los logros del movimiento independentista en casa. En principio, ciertamente, el apoyo político y militar al proyecto de Bolívar no es ni inmediato ni amplio. Pero, una vez iniciada la campaña del Magdalena, y liberadas Ocaña y Cúcuta, tiene lugar a finales de marzo de 1813, en Bogotá, una reunión con los representantes de Cundinamarca, en la que se firma el acuerdo en virtud del cual la comandancia suprema del ejército nacional queda en manos de Nariño, y se garantiza el apoyo a las tropas de Bolívar, ubicadas en Cúcuta, por parte de Cundinamarca y el Congreso de las Provincias Unidas para derrotar el ejército español en Venezuela2. Desde luego, estamos hablando de un Bolívar que, tras liberar el Magdalena, ya es Brigadier de la Unión y Ciudadano de la Nueva Granada3, y no el coronel derrotado recién llegado a finales del año anterior. Pero, para llegar a un acuerdo así, ha debido haber muchas conversaciones y acercamientos anteriores que, en alguna medida, giraron en torno a los conceptos y planes anunciados por Bolívar en el Manifiesto de Cartagena.

Por lo pronto, y no obstante el conflicto entre federalista y centralistas, el coronel derrotado y el exilado mantiene una intensa actividad desde su llegada a Cartagena. El 2 de noviembre de 1812 publica el folleto Sobre la conducta del Gobierno de Monteverde. A los Americanos, discurso donde expone a los ciudadanos de Cartagena su indignación por el carácter despótico y cruel del gobierno de Monteverde y que, con lenguaje encendido y estudiado patriotismo, plantea la necesidad impostergable de emprender la guerra total y definitiva contra el Imperio Español. No ha lugar en este documento espacio alguno para la reconciliación o cualquier otra forma entendimiento. Su autor deja claro como única alternativa el rompimiento total. Con lo cual está haciendo una lectura indirecta de la engorrosa disputa que, como se sabe, antecedió a la declaración de la independencia en julio de 1811, como a la influencia que tal disputa sigue teniendo en los círculos políticos dirigentes y las autoridades. En cierto modo, este radicalismo respecto a la guerra como signo de rompimiento total es parte de su estrategia; la parte que, dese el punto de vista simbólico y de exacerbación del patriotismo viene a complementar el análisis conceptual, objetivo y pormenorizado del manifiesto que verá la luz a mediados del próximo diciembre.

…cerremos para siempre la puerta a la conciliación, y la armonía: que ya no se oiga otra voz, que la de indignación. Venguemos tres siglos de ignominia, que vuestra criminal bondad ha prolongado, y sobre todo venguemos condignamente los asesinatos, robos y violencias que los vándalos de España están cometiendo.4

Esto sugiere que, desde su llegada a Cartagena, Bolívar intenta sensibilizar a la opinión pública y a las autoridades con el propósito de conseguir el apoyo que requiere para la realización de la campaña que ha planeado. En este folleto, de carácter netamente propagandístico, apela de manera directa al plano emocional del patriotismo indignado y un concepto de la guerra como la única alternativa posible. Más allá de los desmanes de Monteverde que lo motivan y justifican, es la historia, la secular ignominia la que así lo exige. Emergida de la criminal bondad de los americanos, la venganza es dignificada como signo de voluntad y justicia. Es éste un ejercicio que, realizado en el campo de la simbología por quien ya se concibe a sí mismo como el instrumento de la historia, anuncia de manera clara el Bolívar por venir, ese mismo que, en Trujillo o en Jamaica, se nos presenta, duramente asido a la palanca de la semántica, en su incansable labor de abrir una cada vez más ancha y profunda la brecha entre América y España.

Y uso aquí brecha en su acepción fundamental: rotura de un frente de combate. Es éste dato que nos habla del modo en que Bolívar concibe el proceso independentista: la ruptura con España, ésa que en Trujillo adquiere el rostro de la guerra a muerte, o en Jamaica se describe como más inmensa que el océano que separa a América de Europa, es el objetivo por antonomasia, la meta y bien a realizar por encima de cualquier otra circunstancia. Desde entonces, la narrativa de Bolívar queda definida como ejercicio de semántica histórica realizado en base a éste único y esencial objetivo. El discurso que de ella nace, incluso el más elaborado, bien en Jamaica o Angostura, en Bolivia o en Ocaña, es, ante todo, herramienta política y simbólica de guerra. Si el Manifiesto de Cartagena es el análisis riguroso de la experiencia republicana y la presentación del plan estratégico para recuperarla y hacerla permanente, éste folleto es parte de la campaña de sensibilización de la opinión pública respecto a dicho plan. Aquél es el basamento inicial de una teoría revolucionaria; éste la arenga para la movilización de la opinión. Con ello Bolívar muestra la plena conciencia que tiene respecto al proyecto independentista como tal, y de sí mismo como líder político y militar.

Pero Bolívar no es sólo un publicista, o un opinador de oficio, mucho menos. Mantuvo constante comunicación con las autoridades de la Nueva Granada, lo que, en alguna medida, terminó por granjearle la protección del Presidente de la Federación, Camilo Torres, y otras personalidades influyentes. Solicita prestar servicios como soldado en el ejército de Cartagena. Resultado de lo cual se le reconoce el grado de oficial con el que ha llegado, y es asignado a una insignificante guarnición de 70 hombres en la localidad de Barranca, donde ha de desempeñar labores de vigilancia, según las órdenes del oficial francés Pierre Labatut, al que está subordinado y con el que, por cierto, mantiene una rivalidad que se remonta a los tiempos en que ambos sirvieron en Venezuela, bajo las órdenes de Miranda. Comienzan aquí los obstáculos por parte de sus jefes militares a los planes de Bolívar, en lo que jugará un papel estelar el General Manuel del Castillo y Rada, Comandante General de la Vanguardia del Ejército del Norte y que operaba contra las fuerzas realistas en la provincia de Pamplona. Pero el conflicto sobrevendrá después. Por lo pronto, cuando este jefe solicita refuerzos al Brigadier Simón Bolívar, Comandante del Ejército del Estado de Cartagena, Bolívar se apresta a enviar la tropa, sin dejar por ello de aprovechar la oportunidad de significar tal circunstancia como un símbolo de la unidad entre Venezuela y la Nueva Granada en la lucha por la independencia, tal y como rezan los principios estratégicos enunciados en Cartagena:

Convencido el Excmo. señor Presidente del Estado de la necesidad urgente que tienen los Estados de la Nueva Granada en general, y la Provincia de Pamplona en particular, de los refuerzos que V.S. me ha hecho el honor de pedirme para libertar ese bello país de la invasión de las tropas españolas al mando del Comandante Correa, ha venido en concedernos a V.S. este pequeño auxilio, y a mí la gloria incomparable de ir a servir al lado de mis compatriotas de Pamplona y su digno Jefe, combatiendo contra los opresores de Cúcuta y Venezuela.5

Pero, por lo pronto, en manos del oficial francés que lo designa, tal designación es una manera de subestimar al oficial recién llegado de Caracas y relegarlo a un rincón de la selva colombiana lo suficientemente oscuro como para borrarlo del mapa de la dirigencia política y militar. Y esto es algo que también ha debido estar en los cálculos de Bolívar mientras preparaba sus discursos, pues, sin duda, la participación en el ejército, por insignificante que fuese la plaza a la que pudieran asignarlo, le brindaba la oportunidad de mantenerse activo y desplegar, como de hecho lo hizo, sus dotes como dirigente militar. A la larga, como en efecto sucedió, ello redundaría en favor del apoyo que necesita de las autoridades neogranadinas para retomar Caracas. Conocía a su comandante, Y fue a Barranca, como se le indicó, pero a subordinársele como patrullero no, sino a iniciar su propia campaña como libertador.

En cualquier caso, Bolívar llega a la plaza que le han asignado el 21 de diciembre, y dos días después, desobedeciendo las expresas órdenes de su jefe, toma Tenerife6. De este modo, la campaña en el Magdalena, es decir, la fase neogranadina de la a la postre conocida como la Campaña Admirable, se iniciaba con un acto de insubordinación, que es también claro indicio de los cálculos de Bolívar y síntoma del espíritu creativo que caracterizará toda su accionar militar y político. Luego de Tenerife, Bolívar toma a los realistas El Guamal y El Banco. El 1ro de enero Chirihuana. El 3 de enero triunfa en Tamalameque y ocupa Puerto Real. El 8 de enero ocupa Ocaña, con lo que desplaza al ejército realista de la región del bajo Magdalena. El 9 de febrero Bolívar inicia el paso de la cordillera de Los Andes en dirección a Cúcuta. El 18 derrota a Correa en San Antonio y ocupa Cúcuta. El 28 de febrero de 1813 tiene lugar la Batalla de Cúcuta, con la que desplazó de aquella importante región las fuerzas españolas comandas por Ramón Correa. Y así, el que una vez salió de la infeliz Caracas al exilio y llegó derrotado a Cartagena, retornó ocho meses más tarde triunfante por Cúcuta, tras una fulminante campaña militar en la que más tiempo le tomó hacerse con la autorización para ingresar a territorio venezolano que retomar la capital de la provincia.

Si el Manifiesto de Cartagena no tuvo en lo inmediato el impacto y el apoyo que cabría esperar, su autor se encargó personalmente de que así fuese en poco menos de un mes. La campaña del Magdalena no sólo liberó la región del control del ejército realista, sino que proporcionaba al movimiento de emancipación americana una nueva dimensión política, geopolítica y simbólica que tiene su primer contenido específico en éste documento. Luego de la campaña que, iniciada en Barranca, a regañadientes de un jefe mediocre, concluyó en Puerto Cabello con la expulsión del Capitán General de Venezuela, Cartagena se convertía en el primer escenario de una la guerra ofensiva y total planteada en este documento. El decreto de Guerra a Muerte confirmaba su carácter internacional ya enunciado en Cartagena. Y el desarrollo mismo de la exitosa campaña empuja la unidad de Venezuela y la Nueva Granada como primer signo de su proyección continental. Con ello, no sólo se ha cumplido con creces el cometido del Manifiesto de Cartagena, sino que el proyecto republicano comienza a ser formulado sobre la base de nuevos conceptos políticos, militares, administrativos e institucionales, según lo exige la nefasta experiencia de la Primera República. En virtud de lo cual, este documento puede considerarse el primer paso firme y decisivo en la concepción de una teoría revolucionaria de la lucha por la independencia, teoría con la que se reinicia el proceso y que seguirá evolucionando a lo largo de su desarrollo. Orden y la disciplina, unidad nacional y la proyección continental serán, en lo adelante, principios axiomáticos de la doctrina que ha de guiar la lucha por la independencia.

 

El discurso

Considerado, pues, en relación con el contexto en el que surge, el Manifiesto de Cartagena es expresión de esa coyuntura del proceso de independencia ubicada entre la caída de la república en 1812, tras la capitulación del ejército patriota, y su rápida recuperación al año siguiente por ese mismo ejército reorganizado desde cero en la Nueva Granada y a instancia de las gestiones que realiza Bolívar a finales de ese año. Comandado por el mismo oficial que otrora perdiera la plaza de Puerto Cabello y saliera al exilio por salvoconducto del Capitán General, éste ejército ha protagonizado una de las campañas más brillantes en los anales de la historia militar del continente. Si bien los planes del recién llegado asilado puedan no haber causado gran entusiasmo y, por el contrario, han de enfrentar obstáculos de todo tipo, vista desde las cumbres de la victoria la memoria de Cartagena se enaltece, se torna grande y fundamental. En su análisis crítico, es fuente de doctrina política. En su propuesta, es visión estratégica. Con la capitulación de 1812 se produce el reflujo del proyecto independentista. Con la proeza militar que le sigue, su renacimiento. Desde el punto de vista del discurso como herramienta semántica creadora de significación y tiempo histórico, el Manifiesto de Cartagena se ha convertido en el primer pivote de un proceso de largo alcance. Hemos pasado de la eventualidad del destierro a la trascendencia de la gloria, del memorial al símbolo, del análisis a la visión. Considerada esta coyuntura en su totalidad, en Cartagena ha hablado el libertador.

En efecto, tras el Manifiesto de Cartagena el movimiento independentista ha quedado definido como la herramienta histórica de implantación del Estado Nacional en la América irredenta, que ha decidido liberarse del yugo español. No es que el tema fuera nuevo. Por el contrario, ha dado lugar al enfrentamiento entre centralistas y federalistas que, mucho más allá de la guerra de independencia, siempre estará presenta en la historia política del continente. Pero Bolívar lo ha llevado al plano concreto de la experiencia histórica y la guerra, Ha rebasado su dimensión puramente teórica y doctrinal, para insertarla en la dialéctica del conflicto bélico y la realidad que la herencia del sistema colonial impone a los conceptos y principios del pensamiento político. Es esto lo que pone de relieve la crítica tan dura y total, como precisa y contundente que este documento político y estratégico ejerce respecto al comportamiento del régimen republicano instaurado en 1811. La estrecha vinculación entre pensamiento político y realidad concreta, tan característica de Bolívar como hombre de acción, comienza aquí, en Cartagena, y ha dado sus primeros frutos con la Campaña Admirable.

Considerando el contexto en que se produce, la genialidad del Manifiesto de Cartagena no radica tanto en el pensamiento y las premisas políticas que expone como en el modo en que su exposición se apropia del fracaso del régimen republicano en la vecina provincia de Venezuela para replantear el movimiento independentista en su conjunto y en una perspectiva continental. En este sentido, la salida el exilio de Bolívar es, sin duda, una consecuencia de la capitulación del ejército patriota. Pero es, también, una acción cuidadosamente calculada, el interregno en que se ha propuesto cambiar el escenario político y geopolítico de la guerra de independencia. Si se observa con detenimiento el plan presentado, la profusa acción propagandística a la que se avoca, la resolución con la que intenta atraer hacia sí mismo el peso de las acciones militares, así como la inmediatez y rapidez con que las emprende no más tiene la primera oportunidad de ello, no puede caber duda de que su corta estadía en la Nueva Granada fue calculada y concebida de antemano con el propósito de dar un giro contundente al proyecto independentista. Lo que incluía convertirse él mismo en su máximo líder. Por lo demás, Bolívar sabe que la capitulación firmada por Miranda representa más una derrota de los republicanos que un triunfo de los realistas, pues en ello ha pesado más el espíritu de facción de un civismo con muy poco entusiasmo patriota, la intriga y la burocracia del propio bando republicano, que la solidez y poderío del ejército español. Bolívar sabe que puede derrotarlo, si actúa, claro está, con la sorpresa y rapidez que se ha propuesto. Esto es algo en lo que insiste en todas sus comunicaciones, antes y después del incoo de la campaña, y que quedó demostrado con la realización de ella.

Y así como en lo militar este plan no deja espacio a nada que no se apegue a su táctica de sorpresa, decisión y rapidez, igualmente en lo político es una forma de cerrarle el paso a ese liberalismo puro que se satisface mirándose el ombligo y se desentiende de la realidad. En Cartagena, Bolívar pone la primera piedra de su concepción centralista, lo que a la larga le acarreará una fuerte oposición y los más enconados conflictos como líder y como presidente. Lo que a su vez lo obligará a recurrir a un discurso tan sofisticado como inteligente a la hora de sortear las más difíciles circunstancias. Pero eso vendrá después, Por lo pronto, en Cartagena se retrata de cuerpo entero. Nada de filosofía pura ni de repúblicas aéreas. La república no puede ser la mera proclamación de principios libertarios en el marco de una formalidad institucional. Ni la independencia la mera ruptura de los lazos coloniales, sino, mucho más que eso, la gestación, desde el seno mismo de la guerra, de una nación llamada a transformar la historia política e institucional del continente. En Cartagena, la independencia, de fin en sí mismo, ha sido convertida en estrategia que involucra un cambio total a nivel de las instituciones y la forma de gobierno. Lo que sin duda no ha debido causar mucha gracia a los federalistas,por otra parte le granjeaba al autor el apoyo del bando contrario. Lo cual habría de ser suficiente para hacerse de los recursos necesarios para la realización de la campaña militar que se propone. Bolívar lo sabe. Después de todo, la experiencia histórica apoya sus argumentos centralistas, y la guerra misma los favorecen. De allí la posición clara y decidida del que clama por un gobierno fuerte y se ejercita en el análisis crítico. En Cartagena no sólo se ha reiniciado la guerra contra el poder español en Venezuela, sino que, para que esto sea así, se ha abierto un nuevo campo de batalla en toda la América irredenta para la guerra ideológica a la que da lugar la instauración del estado nacional. Ciertamente, Bolívar ha ido a la Nueva Granada por el apoyo y los recursos que su plan exige, y también a clavar sus propias banderas doctrinales en el campo de batalla de la política.

Tal es, en esencia, el concepto que sintetiza la significación del Manifiesto de Cartagena como la primera sistematización de una teoría revolucionaria del proyecto independentista. El que el joven Bolívar, por lo pronto un hijo de la infeliz Caracas, un activista fracasado venido de entre las ruinas de la república por gracia del tirano Monteverde, esté llamado a convertirse en el máximo jefe político y militar de aquel proyecto, aún está por verse, es cosa que dictaminará el curso de los acontecimientos. Pero en la medida en que ello vaya siendo así, es algo que tendrá su origen y carta de naturaleza en este primer gran documento público de sus haberes políticos.

Aquí no encontraremos aun el discurso manejado como esa herramienta simbólica y semántica sofisticada, siempre a la mano en el cajón de los pertrechos del jefe militar y a la que continua y conscientemente apela en sus arengas, cartas y exposiciones institucionales para construir significación y tiempo histórico como líder político. El Bolívar que con la espada del lenguaje se abre paso a través del agreste y sinuoso camino de un presente salvaje hacia el futuro de la civilización, no aparece todavía. Para ello habrá que esperar por el título de Libertador, su primer gran triunfo en la guerra cósmica de los signos, arrancado de manera decidida y feroz de ese destello fulminante que fue la Campaña Admirable. El título de libertador es el dispositivo simbólico que activa la poderosa maquinaria del lenguaje como constructor de tiempo histórico. Sin embargo, el Bolívar de los discursos que hacen de la independencia un proceso único, total y trascendente emanado del seno mismo de la historia y los principios universales que en ella actúan, bien sea en Jamaica o Angostura, en Bolivia o en Ocaña; ése Bolívar, digo, que evoluciona y madura apegado a la realidad en la que combate, siempre vuelve, de una u otra manera, a lo que dejó consignado como esencia de la emancipación americana en Cartagena.

Como teoría revolucionaria, el Manifiesto de Cartagena fue un giro completo en la concepción del proceso de la emancipación americana. Esto no es fácil de evaluar, pues solemos tener una percepción de este proceso casi exclusivamente vinculada a la ruptura del orden colonial y la disolución de los lazos políticos, militares, institucionales y económicos que mantuvieron a América sujeta a la metrópoli española desde los tiempos de Colón. Nuestra visión de este proceso está anclada en el pasado, se ocupa casi por completo de las dimensiones de una era mercantilista ya decadente, de la que el mismo proceso de independencia forma parte, y deja muy poco espacio para percibir los signos de su porvenir. Sin embargo, así como el movimiento de emancipación americana forma parte del declive del colonialismo mercantilista, en el continente y otras partes del planeta, también, a su vez, integra esa tendencia de largo plazo en virtud de la cual el estado nacional se va convirtiendo en el unidad político administrativa característica del mundo contemporáneo. La civilización mundial que hoy vivimos se construyó en base a una revolución económica de alcance planetario -la implantación del modo de producción industrial como forma económica- y una revolución política, igualmente planetaria, que hizo del estado nacional la forma de organización política por excelencia. Que nuestra visión del proceso de independencia esté anclada en el pasado colonial y mercantilista, es, en buena medida, imputable a una historiografía que, igualmente anclada en el pasado, muy poco ha hecho por vincularlo con nuestro presente. Si esto es así, aún hoy, es de esperar que lo fuese mucho más en aquel entonces.

Ahora bien. Hacer de la implantación del estado nacional el objeto histórico que el proyecto de independencia está llamado a realizar, es hacer de la guerra de independencia y la ruptura del lazo colonial la mera estrategia en virtud de la cual es preciso tomar el poder para conseguirlo. Es el abc por el que comienza cualquier teoría revolucionaria: seleccionar su objetivo histórico; definir las dimensiones tácticas y estratégicas que un proyecto se asigna a sí mismo en la realización de su objetivo. Y esto es lo que ha hecho Bolívar en Cartagena. Hasta entonces, remitir la independencia a la mera ruptura del lazo colonial y el desmantelamiento del orden político, económico e institucional sujeto a la metrópoli española, hacía de la revolución de independencia un proceso de connotaciones meramente negativas; es decir, no era, o no podía ser, en realidad, una revolución, pues toda revolución es, por definición, una utopía, una manera de hacerse del futuro como sentido y significación, de construirse para sí misma la temporalidad específica que la hace posible. Es esto lo que Reinhart Koselleck llama la semántica del tiempo histórico, y de lo que el Manifiesto de Cartagena constituye un primer e incipiente ejercicio, incluso en lo que a la premeditada rudeza y sencillez de sus argumentos críticos se refiere.

Mucho se ha insistido en que Bolívar hace de la independencia un mero enfrentamiento entre españolea y americanos, republicanos y realistas, libertad y esclavitud, Concepción maniquea de la que ha sido heredera una historiografía que, apegada al culto del héroe, no ha permitido captar en su amplia y compleja dimensión éste proceso. Y, ciertamente, desde el punto de vista historiográfico, sin duda, esto es así. Pero desde el punto de vista político y estratégico, acusar a Bolívar de algo así es poco menos que uno de esos ejercicios de mojigatería perpetrado en aras de la ecuanimidad científica. Desde luego que Bolívar ha de simplificar, traducir una muy compleja realidad a símbolos sencillos, totales y contundentes, como lo hará por ejemplo en Trujillo, en 1813, o en Carúpano, al año siguiente. O como lo hace en el mismo Manifiesto de Cartagena cuando afirma:

Los códigos que consultaban nuestros magistrados no eran los que podían enseñarles la ciencia práctica del Gobierno, sino los que han formado ciertos buenos visionarios que, imaginándose repúblicas aéreas, han procurado alcanzar la perfección política, presuponiendo la perfectibilidad del linaje humano. Por manera que tuvimos filósofos por Jefes, filantropía por legislación, dialéctica por táctica, y sofistas por soldados. Con semejante subversión de principios y de cosas, el orden social se sintió extremamente conmovido, y desde luego corrió el Estado a pasos agigantados a una disolución universal, que bien pronto se vio realizada.

Bolívar viene a cambiar la historia -para lo cual la historia ha de ser sometida a la síntesis interpretativa del símbolo y el lenguaje- y no a analizarla como excelso intelectual. El papel de Bolívar -y de allí su genialidad- no es, como el del científico social, poner en evidencia la enorme complejidad de un determinado tema a cuya solución sólo puede hacer un modesto aporte. Por el contrario, de lo que se trata es de traducir la enorme complejidad de la realidad a la sencillez del símbolo con significación total. Sin duda que puede discutirse hasta qué punto la manera en que Bolívar explica la caída de la república cubre todos los aspectos de la realidad, o deja fuera muchos que, por lo mismo, hacen de tal explicación una visión parcial, cuando no parcializada del fenómeno. Pero nadie puede negar que la serie de antítesis premeditadamente calculada, desde el punto de vista lingüístico -filósofo-jefe; filantropía-legislación; dialéctica-táctica; sofista-soldado- tiene, por sintética, un poder de contundencia mucho mayor que el de cualquiera de nuestras más ricas hipótesis resultado de una acuciosa investigación.

En todo caso, y de manera muy precisa, si algo critica Bolívar a los políticos de la época es esa propensión a los modelos puros y el modo en que ello impone un divorcio criminal entre el proyecto independentista y la realidad. Tesis de la que también, por cierto, ha sido heredera una historiografía para nada heroica como, por ejemplo, la que representa Vallenilla Lanz. Es ésta una constante a lo largo de toda la obra política de Bolívar, desde Cartagena, donde inicia su periplo como libertador, hasta la Bogotá de principios de 1830, cuando depone de manera definitiva el mando y se consuma su declive como líder. Apegado a la máxima de Montesqueau según la cual las leyes deben ser apropiadas a las circunstancias históricas y sociales en las que han de prevalecer -apego que encontraremos expresamente enunciado años más tarde en documentos tan importantes como, por ejemplo, el Discurso de Angostura, aunque, desde luego, con el tacto y la elaboración que dista mucho del pragmatismo y realismo desenfrenados de Cartagena- afirma Bolívar:

...Es preciso que el Gobierno se identifique, por decirlo así, al carácter de las circunstancias, de los tiempos y de los hombres, que lo rodean. Si éstos son prósperos y serenos, él debe ser dulce y protector; pero si son calamitosos y turbulentos, él debe mostrarse terrible, y armarse de una firmeza igual a los peligros, sin atender a leyes, ni constituciones...

Pragmatismo y realismo, expuesto a flor de piel en un discurso plano, conciso, que va directo a las causas de la caída de república y a los argumentos en favor de la campaña militar que ha de ser emprendida desde la Nueva Granada para recuperarla. Así es el Manifiesto de Cartagena. No es éste, como digo, discurso que brille por su sofisticada inteligencia semántica y el manejo del lenguaje y el estilo como forma de conciencia, Todavía el libertador no es la instancia de la que emana la inteligencia y el poder de significación de sus venideros grandes discursos. Pero, sin duda que, por otra parte, su precisión y capacidad de síntesis convierten a este documento en el basamento inicial de una teoría revolucionaria hasta entonces inexistente, al menos de una manera pública y sistemática, y en la que Bolívar insistirá a lo largo del desarrollo de su carrera política y militar como máximo líder de la emancipación americana.

En efecto, éste es un discurso que se apega rigurosamente, sin ninguna otra consideración, a los objetivos claramente expuestos al inicio del mismo por el emisor a su destinatario, la opinión pública de la Nueva Granada. y de cuyo apoyo depende el que pueda emprender la campaña militar con la que se ha planteado recuperar Caracas:

Libertar a la Nueva Granada de la suerte de Venezuela y redimir a ésta de la que padece, son los objetos que me he propuesto en esta memoria.

Como ha quedado indicado más arriba, es el título de Libertador el dispositivo simbólico que activa la narrativa bolivariana como máquina semántica generadora de significación histórica. Pero, por ahora, liberado de él, o, dicho me manera precisa, no habiendo sido aún sometido a él, quien habla en Cartagena es un mero activista y soldado del movimiento independentista que, en base a su propia experiencia, viene a exponer las causas del desastre republicano, el modo en que ello amenaza al vecino que le otorga asilo, y su propuesta para recuperar tan importante plaza como es Caracas y, con ello, salvar la emancipación americana del desastre total. No es para nada poco ambicioso su mensaje. Cualquiera puede entender que se haya tomado a su autor como poco menos que un loco. Pero, por otra parte, el que habla es el analista crudo, directo, realista y pragmático. Todo su poder de convencimiento reside en ello, y de ello conseguir el apoyo que requiere como político y militar. No hay tiempo ni lugar para sugestivos preámbulos, salvo el de declararse siempre fiel al sistema liberal y declarar a la Nueva Granada el país donde tan gloriosamente tremolan los estandartes de la independencia. A tener en cuenta dato no menor, como es el que se trata de un centralista anunciando su plan en la para entonces meca del federalismo de dicho país.

Desde luego que, como es de esperar, Bolívar se cuidará mucho de no inmiscuirse en el enconado conflicto que protagonizan federalistas y centralistas en la Nueva Granada. Pero ello dicho desde el punto de vista militar. Porque, desde el punto de vista político, nadie podría esperar que fuese igual, pues, en la perspectiva de Bolívar un gobierno fuerte y que, además, le corresponde actuar en un contexto de guerra internacional, ha de ser un gobierno centralizado. Esto es algo esencial a su teoría revolucionaria, de la concepción pragmática y realista que la determina como visión política y estratégica.

De modo que, anunciado los objetivos de su memoria. a renglón seguido comienza la relación de las terribles y ejemplares lecciones que han de persuadir a toda América de cambiar su equivocada conducta política, corrigiendo los vicios de unidad, solidez y energía que se notan en sus gobiernos. De esta manera, acaso más libre como exiliado y analista de lo que luego podría ser como libertador -aunque mucho menos influyente, desde luego- el Bolívar de Cartagena entra al escenario político por la puerta de enfrente, sin el irónico decoro al que será tan propenso luego, premeditamente rudo y voluntarioso a imponer su dictamen como crítico a todo un continente. Su premisa es una: la necesidad de establecer un gobierno apropiado a las circunstancias, los tiempos y los hombres. Entiéndase fuerte, enérgico y altamente centralizado. El analista de Cartagena es un centralista que para nada disimula sus preferencias en materia de doctrina política y que sienta la tesis en la que se funda su memoria en hacer del fatal federalismo la cuna de todos los males que han sobrevenido y han de sobrevenir en lo sucesivo a la instauración y desarrollo del régimen republicano en América:

El más consecuente error que cometió Venezuela, al presentarse en el teatro político fue, sin contradicción, la fatal adopción que hizo del sistema tolerante; sistema improbado como débil e ineficaz, desde entonces, por todo el mundo sensato, y tenazmente sostenido hasta los últimos períodos, con una ceguedad sin ejemplo.

Se refiere, como es obvio, al sistema federal que, como se indica más adelante, luego de referirse a la ausencia de un ejército disciplinado y entrenado, como causa de la caída de la república desde el punto de vista militar, Bolívar precisa de la siguiente manera:

Pero lo que debilitó más el Gobierno de Venezuela fue la forma federal que adoptó, siguiendo las máximas exageradas de los derechos del hombre, que autorizándolo para que se rija por sí mismo, rompe los pactos sociales, y constituye a las naciones en anarquía. Tal era el verdadero estado de la Confederación. Cada Provincia se gobernaba independientemente; y a ejemplo de éstas, cada ciudad pretendía iguales facultades alegando la práctica de aquéllas, y la teoría de que todos los hombres y todos los pueblos gozan de la prerrogativa de instituir a su antojo el gobierno que les acomode.

El sistema federal, bien que sea el más perfecto y más capaz de proporcionar la felicidad humana en sociedad, es, no obstante, el más opuesto a los intereses de nuestros nacientes estados. Generalmente hablando todavía nuestros conciudadanos no se hallan en aptitud de ejercer por sí mismos y ampliamente sus derechos; porque carecen de las virtudes políticas que caracterizan al verdadero republicano; virtudes que no se adquieren en los Gobiernos absolutos, en donde se desconocen los derechos y los deberes del ciudadano.

Es así como el analista político de Cartagena nos proporciona en menos de media página, lo que seis años más tarde al guerrero ciudadano de Angostura le tomará más de veinte y el resto todo de su liderazgo político. La tesis central del Manifiesto de Cartagena lo es de toda la existencia política de Bolívar; bien en su fase de ascenso de Carabobo a Ayacucho; o en su retorno y descenso de Bolivia a Santa Marta. Cambian las circunstancias y, por lo tanto, los detalles y los matices, los acentos y coloridos de un discurso que, preso de la misma obsesión por la implantación de un gobierno fuerte, centralizado y un régimen de sólidas instituciones, se sigue alimentando de la misma crítica que ya planteó en Cartagena. Aunque mucho más cruel, y dotado de la sutileza y sofisticación que sólo la decepción total pueden otorgar, el mero ciudadano que declara la guerra a los políticos atrincherados en la Convención de Ocaña, o el dictador aclamado en Bogotá, piensan igual, se guían por el mismo olor pestilente de ese liberalismo puro que emana de las oficinas de la burocracia y orden institucional.

Yo soy de sentir que mientras no centralicemos nuestros gobiernos americanos, los enemigos obtendrán las más completas ventajas; seremos indefectiblemente envueltos en los horrores de las disensiones civiles, y conquistados vilipendiosamente por ese puñado de bandidos que infestan nuestras comarcas.

Marcada por la capitulación, la caída de la república a mediados de 1812 es, en principio y de manera evidente, el resultado de la derrota militar. Pero por determinante que ello fuera, la cuestión militar constituye sólo un dato en el análisis que hace Bolívar al respecto. Y, aún así, ella misma es expresión del mismo mal fundamental: la debilidad de un régimen que, como el federal, no podía ajustarse a la realidad social, política y económica de naciones recién salidas de una secular dominación; y que se hacía más nefasto en las de por sí difíciles circunstancias de la guerra. De allí provenía la impunidad de los delitos de estado, la negativa a levantar tropas veteranas y profesionales, la disipación de las restas públicas y la corrupción, la organización político administrativa ineficiente, la manipulación de las elecciones populares, la benevolencia para con la iglesia y su conspiración a través del modo cómo manipuló hechos dramáticos como el terremoto de Caracas.

De esta manera, el análisis de la caída de la primera república rebasa el ámbito de lo militar y va a lo que considera esencial, desde el punto de vista de su realidad política. Esto es lo que hace del Manifiesto de Cartagena un documento que se desarrolla en el plano conceptual y que, por ello, proporciona los elementos básicos para una teoría revolucionaria. La independencia no es sólo la ruptura del lazo colonial, sino, mucho más que eso, la implantación del Estado Nacional. De su enunciado inicial y del análisis pormenorizado que le sigue, se desprende que sin un gobierno fuerte y el establecimiento de sólidas instituciones, el proyecto independentista está condenado al fracaso. Aún cuando desde el punto de vista militar lograra la derrota del ejército realista y el derrumbe del imperio español en América, quedaría a la deriva en el mar de la incertidumbre y la anarquía. Todo en el Manifiesto de Cartagena es parte de las lecciones acerca de lo que no debe ser, si se quiere triunfar en la guerra de emancipación americana y, por contrapartida, un llamado sobre la importancia determinante del estado y sus instituciones en el curso mismo de la lucha. La destrucción del pasado es, al mismo tiempo, la construcción del futuro. De modo que, concibiendo como el objetivo histórico del proyecto independentista la creación del estado nacional, Bolívar lo asigna a la utopía revolucionaria que lo significa como proceso histórico de transformación. La independencia en sí misma queda convertida en un dato estratégico.

El desarrollo de este dato estratégico será el tema del que se ocupa la segunda parte del discurso, es decir la que sigue como consecuencia inmediata de su análisis crítico, basado en el desacierto de haber optado por la forma federal de gobierno, que no correspondía a la circunstancias y naturaleza de los pueblos americanos liberados, y mucho menos en condiciones de guerra contra el poderío español. La independencia, como estrategia de guerra, ha de tener una proyección continental de ella como proyecto político, sin lo cual el proyecto emancipador está igualmente condenado al fracaso en todo el continente americano.

...presento como una medida indispensable para la seguridad de la Nueva Granada, la reconquista de Caracas. A primera vista parecerá este proyecto inconducente, costoso y quizás impracticable; pero examinado atentamente con ojos previsivos, y una meditación profunda, es imposible desconocer su necesidad como dejar de ponerlo en ejecución, probada la utilidad.

Aunque por lo pronto lo que Bolívar busca es el apoyo para reconquistar Caracas, el Manifiesto de Cartagena no es sólo una solicitud de recursos para emprender la campaña que en lo inmediato propone. Es también un análisis geopolítico basado en una visión total del proyecto independentista para toda América, del cual, la retoma de Caracas, es sólo un paso inicial. Aquí echa mano Bolívar de las lecciones que toma de la fracasada experiencia republicana en su país, extrapolándola a todo el continente.

Lo primero que se presenta en apoyo de esta operación, es el origen de la destrucción de Caracas, que no fue otro que el desprecio con que miró aquella ciudad la existencia de un enemigo que parecía pequeño, y no lo era considerándolo en su verdadera luz.

Coro ciertamente no habría podido nunca entrar en competencia con Caracas, si la comparamos, en sus fuerzas intrínsecas, con ésta; mas como en el orden de las vicisitudes humanas no es siempre la mayoría de la masa física la que decide, sino que es la superioridad de la fuerza moral la que inclina hacia sí la balanza política, no debió el Gobierno de Venezuela, por esta razón, haber descuidado la extirpación de un enemigo, que aunque aparentemente débil tenía por auxiliares a la Provincia de Maracaibo; a todas las que obedecen a la Regencia; el oro y la cooperación de nuestros eternos contrarios los europeos que viven con nosotros; el partido clerical, siempre adicto a su apoyo y compañero el despotismo; y sobre todo, la opinión inveterada de cuantos ignorantes y supersticiosos contienen los límites de nuestros Estados. Así fue que apenas hubo un oficial traidor que llamase al enemigo, cuando se desconcertó la máquina política, sin que los inauditos y patrióticos esfuerzos que hicieron los defensores de Caracas, lograsen impedir la caída de un edificio ya desplomado por el golpe que recibió de un solo hombre.

...Coro es a Caracas, como Caracas es a la América entera; consiguientemente el peligro que amenaza a este país está en razón de la anterior progresión; porque poseyendo la España el territorio de Venezuela, podrá con facilidad sacarle hombres y municiones de boca y guerra, para que bajo la dirección de jefes experimentados contra los grandes maestros de la guerra, los franceses, penetren desde las Provincias de Barinas y Maracaibo hasta los últimos confines de la América meridional.

Retomar Caracas, es decir, la campaña propuesta en el corto plazo, no es una alternativa o una opción, sino el único camino que queda a la Nueva Granada -y a la América entera- para salvarse a sí misma. Bolívar se esmera en presentar su plan como la respuesta a una necesidad imperiosa del proyecto independentista. Con la metáfora Coro es a Caracas como Caracas es a la América entera Bolívar convierte el fracaso republicano en fuente de inspiración para una estrategia de alcance continental. Y lo que a la luz de los acontecimiento posteriores pudiera parecer sencillo, por elemental, en realidad no lo era. De lo contrario, la retoma de Caracas, en lugar de esperar hasta agosto, se habría producido en los primeros meses del año 1813, pues el apoyo prestado al plan propuesto no habría sido objeto de tantos obstáculos; por el contrario, habría sido rápido, inmediato y mucho mayor. Lo que en este sentido pueda haber entorpecido su plan, habrá de suplirlo el mismo Bolívar a punta de su propia creatividad y voluntad.

Voluntad de poder. Tal es el signo del Bolívar autor del Manifiesto de Cartagena, y de toda su narrativa política posterior. Esto es, una narrativa llamada a captar la realidad transformándola, que es, a un tiempo, conciencia de ella y acción sobre ella. Esta narrativa da lugar a un discurso que, como tal, es representación de la realidad, pero que no se conforma con emularla, sino que la rompe, la hace saltar en pedazos con los que intenta armar un nuevo rompecabezas de ella. Racionalista y pragmático, este discurso es, en lo filosófico, volteriano, y en lo político jacobino. A lo primero debe su precisión de felino en la fijación y persecución de su objetivo, así como la propensión a la ironía característica de su estilo. A lo segundo, los conceptos fundamentales de su republicanismo, incluida la importancia determinante que otorga a la forma de gobierno como gestor del todo social de la existencia republicana. Prolija en la metáfora contundente y precisa, esta narrativa dota al discurso de una capacidad de síntesis que lo convierte en una poderosa herramienta en la guerra simbólica implícita en toda guerra. Y es éste poder el que ha hecho de la guerra de independencia una guerra revolucionaria. Revolucionaria porque de ella emerge una nación cuyo espíritu yacía sepultado bajo las capas geológicas de trescientos años de dominación; porque es una lucha entre fuerzas antitéticas que mueven la historia: esclavitud y libertad, justicia e injusticia, ética e ignominia; porque abre las puertas de la civilización a la América irredenta y bárbara, etc. Acaso por ello la guerra no será menos cruel y espantosa, pero la semántica bolivariana la habrá adscrito a una narrativa histórica y universal que la legitima y dignifica como proceso. Con la narrativa bolivariana, el discurso, vehículo semántico de la modernidad en América, ha sido convertido en herramienta creadora de tiempo histórico. La guerra entre el pasado y el presente queda declarada. Y es ésta la primera guerra que se propone ganar Bolívar cuando marcha a la Nueva Granada, antes, incluso, que la de ha de librar contra Monteverde para retomar Caracas. El Manifiesto de Cartagena es el documento de esta declaración.

Para concluir. Desde el punto de vista del perfeccionamiento del discurso, es de esperar que el Manifiesto de Cartagena no alcance los niveles de estilísticos posteriores, como, por ejemplo, la Carta de Jamaica o el Discurso de Angostura. La complejidad semántica y el estilo sofisticado de estos materiales son, sin duda, muy superiores. Comparado con ellos, la memoria de Cartagena es, como antes se ha indicado, un discurso plano, de una sencillez y simplicidad rayanas en la rudeza. Esto es así incluso si se le compara con documentos muy similares, en cuanto a su propósito principal -la crítica al sistema federal de gobierno- como el caso, por ejemplo, del Mensaje a la Convención de Ocaña. El líder político y militar no es el mismo, evoluciona en el tiempo, madura y, entre otras muchos cambios, perfecciona su estilo. Pero, por otra parte, no creo que la sencillez y simplicidad, la textura eminentemente plana del Manifiesto de Cartagena sea exclusivamente imputable a esta, como digo, natural evolución que se espera de la existencia política de cualquier individuo. Por el contrario, creo que en ello también hay no poco calculo y premeditación, muy propio de lo que antes he indicado: la voluntad de poder como signo del Bolívar que marcha a la Nueva Granada.

Claro indicio de ello es la hipótesis en la que se basa, tanto en su crítica como en su propuesta, el plan que presenta el Manifiesto de Cartagena. Si acaso Bolívar pretende no inmiscuirse en el enconado conflicto que centralistas y federalistas vienen protagonizando en el país desde 1812, habría que considerar un error, o cuando menos una enorme falta de tacto, un discurso en el que autor se retrata de cuerpo entero con el bando centralista. Pero si se tiene en cuenta que, en realidad, el propósito de dicho plan va mucho más allá de la cuestión logística que requiere resolver para retomar Caracas, nuestra perspectiva cambia. La metáfora Coro es a Caracas lo que Caracas es a toda la América, no una mero dato literario sólo imputable al estilo que el futuro Libertador se hará cargo de perfeccionar. Es, mucho más allá de eso, expresión del ejercicio semántico que significa el plan para quien esté dispuesto a captarlo completo. Allí está la verdadera dimensión del ambicioso plan de largo plazo que presenta el modesto hijo de la infeliz Caracas y que, por los momentos, sólo forma parte de los argumentos que justifican la inmediata urgencia de retomar la importante plaza recién caída en manos del ejército español. Dicho en otros términos, retomar Caracas es sólo la dimensión de corto plazo, logística, militar del plan. Hacer de ella el foco inicial del mal que arrasará con los logros que hasta entonces pueda haber alcanzado el proyecto independentista y, sobre todo, con los que el futuro pueda alcanzar, es pasar del evento al proceso, generar visión estratégica de largo plazo, creación de tiempo histórico y significación para dicho proyecto.

En virtud de ello, una cosa es que Bolívar se cuide de el enconado conflicto entre centralistas y federalistas no lo distraiga de sus objetivos inmediatos, es decir, no ocuparse de una guerra que tiene por secundaria en relación con la guerra fundamental, que ha de ser contra España, y otra muy distinta que no esté dispuesto a inmiscuirse. Pues, en realidad, considerado en su misma esencia, el Manifiesto de Cartagena no es otra cosa que eso: tomar partido por el bando de los centralistas, y hacerlo de manera tan clara y precisa como para que no quede duda de ello. En este sentido, la implacable crítica del sistema federal no es sólo contra la República instaurada en la Venezuela de 1811, sino, mucho más que eso, un tiro por elevación al federalismo en la Nueva Granada y toda la América involucrada en la emancipación. Las duras lecciones que la memoria Cartagena recoge del fracaso republicano en Venezuela no son para que se queden en casa, sino para cambiar por completo el escenario político y geopolítico de un continente en guerra. Bolívar, ciertamente, ha ido a la Nueva Granada a buscar apoyo para su campaña. Pero también a tomar anticipadamente una posición estratégica en el agreste terreno de la lucha política que le permita, más temprano que tarde, regresar a cumplir con el cometido del plan completo. Cartagena es una cima estratégica, política, y militar. Desde ella, el asilado de Monteverde mira a su ciudad natal, y el futuro libertador a toda América.

Por lo demás, es de esperar que el centralista del Manifiesto de Cartagena no despertara un gran entusiasmo en los federalistas; acaso, más bien, se haya ganado su aversión, y es factible, igualmente, una reacción inversa por parte del bando contrario. Todo lo cual indica que Bolívar ha de haber recibido un apoyo mediano pero, en cualquier caso, suficiente, al menos para sus propósitos políticos, tanto como lo puede haber sido para los militares el que lo hayan enviado como patrullero a un rincón de la selva colombiana. Bolívar sabe que todo lo más depende de él mismo como hombre de acción. El Manifiesto de Cartagena no es lugar para floritura. Tan implacable en su crítica como inequívoco en su propuesta, su único objetivo es dar un vuelco de total al escenario político y geopolítico de la guerra de independencia. De allí el lenguaje sencillo y preciso del discurso, la claridad de los conceptos, la rigurosidad expositiva y ese estilo básico de manual estratégico que caracteriza a éste, su primer gran documento público que, más allá del plan presentado por un militar para recuperar Caracas, es su carta de presentación como líder político ante toda la América irredenta.

Y así como a la hora de evaluar la historia de la guerra de independencia habrá que tener en cuenta aquello de que Coro es a Caracas lo que Caracas a toda América, a la hora de evaluar la biografía política de Bolívar, como parte del proceso de dicha historia, habrá que reconocer que si, como suele decirse, el estadista nació en Angostura, fue gracias al parto que el hijo de la infeliz Caracas inició en Cartagena. Aquellos polvos trajeron estos barros.

1Documento 112. Memoria dirigida a os ciudadanos de la Nueva Granada por un caraqueño. Escrita por Simón Bolívar en Cartagena de Indias, el 15 de diciembre de 1812. www.archivodellibertador.gob.ve Salvo que se indique lo contrario, todas las citas relativas a este documento han sido tomadas de la misma fuente.

2El apoyo esperado por Bolívar durante dos meses se concretó: “Ciento veinticinco infantes, veinticinco artilleros y dos piezas de campaña fueron llevados por el entonces capitán José María Ortega y Nariño, como contribución de Cundinamarca. Más de 500 hombres se complementaron con los reunidos por Camilo Torres en la capital provisional de la Nueva Granada, compuestos por “batallones de cartageneros y momposinos, y por los cuadros de oficiales de los batallones terceros, cuarto y quinto de la Unión Granadina” esto unido con los 700 soldados que estaban en Cúcuta, reforzaba los ánimos y la esperanza para llegar al combate y retomar la independencia y la libertad que se había sembrado en Caracas.” Manuel José Forero, Historia Extensa de Colombia Tomo V, p. 357

3...”el galardón que he recibido no guarda proporción con la pequeñez del mérito que he contraído en las pasadas campañas de Santa Marta y Cúcuta, donde hemos encontrado enemigos tan despreciables que degradan nuestros triunfos”... www.archivodellibertador.gob.ve Dice Bolívar en respuesta al reconocimiento oficial que recibe tras su fulminante campaña que libera la región del Magdalena. Después de la victoria de Cúcuta, Bolívar reanudó correspondencia con todos los que podían favorecer su proyecto de avanzar sobre Venezuela. Las acciones comandadas por Bolívar demostraban cuan grandes resultados podía lograr una dirección hábil y enérgica, aún de tropas poco numerosas. Esto se traducía en un apoyo directo a Bolívar, a pesar de los constantes informes del Coronel Manuel del Castillo, en los que lo acusaba de incapaz, despilfarrador y, sobre todo, de querer arriesgar a las tropas granadinas. Sin duda las victorias de Bolívar fueron razones para que el Congreso de la Unión le concediera el grado de Brigadier de la Unión y el título de ciudadano de la Nueva Granada. Acaso el menospreciar al enemigo que hasta entonces había tenido que enfrentar en su campaña iniciada en Cartagena era una manera de persuadir a las autoridades de la factibilidad de de prolongarla hasta Caracas.

4“Sobre la Conducta del Gobierno de Monteverde. A los Americanos.” Cartagena 2 de noviembre de 1812. En: Vicente Lecuna, Proclamas y Discursos del Libertador, Caracas, Litografía El Comercio, 1939. Pp 4-6.

5Documento No. 122. www.archivodellibertador.gob.ve

6Labatut que ya conocía á Bolívar por haber militado con él en Venezuela á órdenes de Miranda, recibió con disgusto la noticia de su marcha de Barranca, y envidioso le ordenó inmediatamente volviese á ocupar su puesto. La respuesta del delincuente subalterno fue la relación de sus triunfos, y trató de paliar su conducta alegando la debilidad de la posición que ocupaba, expuesta á los ataques del enemigo, que al concentrar sus fuerzas, forzosamente le habría destruido, mientras que moviéndose él con secreto y celeridad lo derrotaría, como lo había hecho, poniendo la provincia de Cartagena al abrigo de todo peligro. —Esta disculpa no produjo el objeto deseado; Labatut se quejó al gobierno provincial de la insubordinación de Bolívar y pidió se le juzgase inmediatamente ante un consejo de guerra. Su petición fue desatendida, porque los servicios que Bolívar acababa de prestar le merecieron las alabanzas de Torices y la gratitud de Cartagena. Exasperado Labatut con la contestación del presidente se trasladó á la capital, y allí empleó en vano, ruegos y amenazas para conseguir su fin; porque más que la negativa del presidente le mortificaba el aplauso y admiración con que se hablaba de su rival y los públicos regocijos con que se celebraban sus triunfos. Memorias del General O’Leary, tomo 27, p.100.

TEMPORAL

Una historia acerca del hecho de escribir historias

(novela filosófica) 

...sucede que la vida no tiene inicios ni finales, y que sólo en el ámbito y contexto de una narración es susceptible de adquirirlos. Lo que me recuerda, por cierto, aquello que una vez dijera Beckett: ese fue mi error, uno de mis errores; exigirme una historia, cuando sólo la vida bastaba. Si es así, entonces estoy aquí para perpetrar mi propio error. Y hasta puede que ésta sea la forma de haber empezado a hacerlo. Más me vale.

Introducción General

El Bolívar histórico del que se ocupa este trabajo no es, hablando en términos rigurosos, el del pensamiento político y la estrategia militar, aunque, desde luego, mucho tendrá que ver con ello. Pero no es un análisis de ese tipo lo que busco en su discurso sino, más bien, al discurso mismo como herramienta del político y el hombre de guerra. Se trata del Bolívar de la palabra. El lenguaje como signo de conciencia histórica, como dimensión de temporalidad y como fuente de heroicidad. Del discurso de Bolívar no me interesa tanto el pensamiento como su narrativa; su inteligencia política o militar, como la semántica o discursiva. Del Bolívar histórico no busco la verdad, sino el estilo.

Introito

Un día, cuando todavía era estudiante de historia y me desempeñaba como investigador en el archivo histórico del antiguo Congreso Nacional, al fondo de la bóveda, en medio de un cúmulo de trastos tan viejos como valiosos, me topé con una desvencijada edición del Diario de Bucaramanga. Sumido en la molicie que mi burocrático cargo ya me inspiraba, aquél libro me distrajo y, allí mismo, en un improvisado asiento de cajones, lo leí. Para cuando retorné de la bóveda, mi imagen de Bolívar -como la de casi todos, determinada por ese formalismo patriota propio de la historiografía de banco de escuela, como la llama Vallenilla Lanz- cambió. Este libro es el resultado de un intento por captar y comprender aquello que cambió.

CARTAGENA: del destierro a la gloria

La Memoria dirigida a los ciudadanos de la Nueva Granada por un caraqueño, mejor conocida como el Manifiesto de Cartagena, se considera el primero de los grandes documentos políticos de Bolívar. Fechado 15 de diciembre de 1812, recoge la experiencia del incipiente gobierno republicano que, a mediados de ese mismo año, ha sucumbido en Venezuela bajo los embates del ejército español. Se trata de una memoria de la derrota, producida por alguien que ha participado como oficial en la guerra el gobierno español y que, salido al exilio, ha llegado a la Nueva Granada con el propósito de obtener hombres y recursos que le permitan invadir su país de origen y restablecer la república. Esta memoria no es, pues, el mero relato pasivo de lo que aconteció, de cómo el ejército español ha vuelto a tomar de una de las plazas más importantes y estratégicas de la América insurrecta, sino del plan para recuperarla. Se expone aquí el análisis crítico de una experiencia republicana particular, de la que se extraen conclusiones políticas y doctrinales que proporcionan una nueva perspectiva del proceso de emancipación no sólo en Venezuela, sino en toda la América Meridional. Se puede compartir en mayor o menor medida tales conceptos. Pero, en cualquier caso, es indiscutible que estamos ante la primera visión sistemática, general y de conjunto que, más allá de la dimensión logística y militar que impone la guerra, nos proporciona el primer concepto histórico y estratégico de la emancipación americana. Al menos, el primero producido por un soldado con una clara visión política. En este sentido, estamos ante la primera teoría revolucionaria de la lucha por la independencia.

CARÚPANO: vindicta, libertad y barbarie

En el Manifiesto de Cartagena nada indica Bolívar respecto a la cuestión social. Cuestión ésta tan conflictiva que, siglo por medio, llevaría al historiador Vallenilla Lanz a definir la guerra de independencia como una guerra civil. De ello nos da una particular perspectiva el Manifiesto de Carúpano. No pasó mucho tiempo para que el discurso de Bolívar hubiese de encarar el tema tabú en Cartagena. El momento sobrevino con la caída de la Segunda República, tras ese fenómeno tan contundente como efímero que fue Boves para el proceso de independencia. Efímero en cuanto a su personal actuación y liderazgo, pero en alguna medida permanente en cuanto a la guerra como forma de vida para los sectores populares y el ejército como vía de transformación de una estructura social que hundía sus raíces en la colonia. Acaso fuera Boves el más encarnizado enemigo de la república. Pese a lo cual, la república, a la postre y para ser tal, fue su más genuina heredera. De él recibió su ejército, su dinámica social y hasta el estilo de su liderazgo. A tono con la dialéctica de la guerra, los llaneros que siguieron a Boves pasaron de bandidos a patrimonio de la república. Patrimonio que en algún momento hizo decir a Bolívar que la revolución estaba sentada en un volcán social a punto de hacer explosión. Pero eso sería más tarde y en privado. En Carúpano, todavía este ejército sólo representa el modo en que la barbarie se opone a bien supremo de la libertad.

JAMAICA: Historia, Semántica y Geopolítica

1815: el descenso de Napoleón se cruza con el ascenso de Bolívar. Ambos han partido al exilio, a Santa Helena y a Jamaica, respectivamente. Tres años más tarde, el americano meridional, que ha tomado Angostura, la plaza estratégica que inclinará el curso de la guerra en favor de la causa patriota, dirá de sí mismo: yo busqué asilo en una isla extranjera, y fui a Jamaica solo, sin recursos y casi sin esperanzas. Perdida Venezuela y la Nueva Granada, todavía me atreví a pensar en expulsar a sus tiranos.1 De modo que el exilio, que para Napoleón dictamina el final de un imperio en Europa, para Bolívar anuncia el renacimiento de un proyecto en América. Esta conjunción en el cosmos simbólico de la historia que involucra la carera de dos grandes líderes políticos y militares, alude también a un cambio de época, determinado, desde el punto de vista geopolítico, por el ascenso de las potencias del capitalismo industrial y la caída del colonialismo mercantilista. A ello tributan diversos procesos: la ilustración, el nacionalismo, el industrialismo, la revolución francesa, la expansión napoleónica, la independencia estadounidense, la emancipación en América Latina. Es ésta una coyuntura en el proceso de largo plazo que lleva de la era agrícola a la era industrial. En este contexto se fraguan los cauces iniciales de un proceso histórico de alcance planetario. La Carta de Jamaica forma parte de este contexto. Es una forma de asomarse a él y otearlo desde los agrestes montes de una América irredenta. Tal es el punto de partida de este ensayo.

ANGOSTURA: el guerrero creador de repúblicas

La Carta de Jamaica concluye con la afirmación según la cual la clave para poner fin a la dominación española y fundar un gobierno libre es la unión, obtenida por efectos sensibles y esfuerzos bien dirigidos. Lo que por entonces queda en un escueto enunciado, en Angostura va a ser objeto de un denso desarrollo. Eso es el Discurso de Angostura: un efecto sensible, un esfuerzo bien dirigido. En atención a las lineas principales de su estructura discursiva, es una apelación a la conciencia histórica, un plan estratégico centrado en la implantación del Estado Nacional, y un instrumento de significación del movimiento de independencia como proceso histórico. Pronunciado por Bolívar el 15 de febrero de 1819, en el acto de instalación del segundo congreso que se daba a sí misma una república en medio de los avatares de la guerra, constituye una de las piezas oratorias más importantes de su haber político. Dicho ello por su contenido en sí mismo considerado. Y dicho también por el modo en que marca una diferencia de dimensiones estratégicas entre un antes y un después del proceso de independencia. En la visión totalizadora del Discurso de Angostura confluye lo político y lo militar. Para ganar la guerra en el siempre inhóspito campo de batalla, es preciso ganarla también en el de la política; por cierto, no menos inhóspito, agreste y peligroso que aquél.

BOLIVIA: el hombre de las dificultades como legislador

El guerrero ciudadano es aquél al que le es dado despojarse del mando. Así en la Caracas que le otorgó el título de Libertador, así en la Angostura que lo ratificó como Jefe Supremo, y dos años después lo llevara a ser designado en Cúcuta Presidente de La Gran Colombia. Las dificultades comienzan cuando la historia lo despoja a él de la guerra y se queda sin esa fuente de gloria que, hasta entonces, había sido el enorme campo de batalla y de política que, visto desde Pasto, se extendía entre el Orinoco y el Potosí. Así, Ayacucho consigna en la historia americana la emancipación, ciertamente; y en el destino particular del guerrero ciudadano el retorno de la cima de la gloria a la sima de las miserias de la burocracia y la administración. Siendo el campo de batalla la fuente fundamental de su gloria, dentro de él lo es todo; fuera de él nada, o tan sólo un ciudadano recto e iluminado que, apegado a su prestigio y honor, está llamado a dar la cara a esa oleada de anarquía que, en la paz, devora cuanto ha venido edificando en la guerra. Consumada la independencia o, más exactamente, el proceso de la guerra que habría de conducir a ella, el enorme mapa del nuevo mundo se ha teñido de una no menos enorme complejidad. Mientras se triunfa en Ayacucho se conspira en Caracas. Al tiempo que se finiquitan los últimos detalles del Congreso de Panamá, las recién creadas repúblicas se hunden en la lucha intestina y doméstica que atenta contra la anfictionía. En carta a Santander, fechada en Lima, el 6 de enero de 1825, es decir, a un mes escaso del triunfo en Ayacucho, encontramos esta situación descrita en palabras del propio Bolívar:

OCAÑA: el clamor del pueblo

Desde el punto de vista de su estructura semántica, el libertador, como instancia fundamental del discurso, representa la condición esencial de Bolívar como máximo dirigente político y militar de la emancipación americana. Más que como mera parte de la historia, el libertador concibe, administra y conduce el discurso como conciencia e instrumento hacedor de ella. Sin embargo, y como es de esperar, se trata de un discurso que siempre ha sido concebido y pronunciado desde el entorno de la dirigencia política a la que pertenece, aún en aquellos temas sensibles en que la actuación de dicha dirigencia pueda ser cuestionada por en su mensaje. Desde este punto de vista, el libertador siempre ha sido una instancia discursiva de una u otra manera asociada al estrecho círculo de la élite civil y militar que comanda el proceso independentista. Así, por ejemplo, El guerrero ciudadano del Discurso de Angostura, que dichoso convoca a la representación nacional y se despoja del mando ante ella es, con ello, al mismo tiempo, legitimado por ella. Como parte de la dirigencia, el guerrero ciudadano es jefe supremo entre iguales. En este sentido, los discursos fundamentales de El Libertador como creador de un nuevo tiempo histórico son documentos de identidad con el entorno dirigente del proceso de independencia, palancas ideológicas de su legitimación ante ella como máximo líder.

Epílogo

Hasta aquí me trajo el Bolívar con el que un día, hace mucho tiempo ya, me topé en el Diario de Bucaramanga. El hombre histórico de los discursos. El de la palabra y el estilo. El de la conciencia moderna y la faena semántica. El de la revolución como concepto y del heroísmo como ejercicio de voluntad de poder. Su discurso marca el paso de la barbarie a la civilización, con todo lo bueno y todo lo malo que una transición así supone para la gestión de su propia historia por parte de un pueblo. Y como pueblo, no tenemos conciencia de tal significación porque la historiografía de banco de escuela se ha hecho cargo de ello, bien haciendo de Bolívar una venerable pieza de museo, bien poniéndolo a comer mangos para popularizarlo. Al respecto, me limito a recordar las palabras de Vallenilla Lanz:

HERÓDOTO: los orígenes de la historiografía

Si uno se deja guiar por lo más estrictos rigores académicos, incluso los de la historia, probablemente los menos estrictos de todos, muy a pesar de los historiadores académicos, un trabajo de este tipo luce desde muchos puntos de vista desalentador, bien por lo poco con se cuenta para realizarlo, bien por la poca estima que se guarda hacia lo poco que se tiene, incluso los escritos de aquel a quien Cicerón, si no me equivoco, dio en llamar Padre de la Historia. Y lo hizo en el marco de una larga tradición representada por críticos para los que Heródoto era ya casi tan extraño como para nosotros y que, salvo contadas excepciones, se caracterizó por su desprecio, acusándolo de mal escritor, de inútil, y hasta de mercenario.

Capítulo 1: el hombre, la obra, el contexto.

Es muy difícil establecer un imperativo ideológico, filosófico, político o moral que nos ayude a comprender la aparición de la historiografía en una íntima relación con el contexto histórico en que ello tiene lugar. La vaga generalidad de la que aquí me valgo, es decir, comprender la aparición de la historiografía como parte del humanismo característico de la Grecia Clásica, que tuvo su máxima expresión en el arte y la filosofía, es fácilmente aceptable, pero, se entiende, muy poco precisa. Ese humanismo, la ruptura respecto a la mitología que a él es inherente, comienza a gestarse en la Grecia Arcaica, con la filosofía jónica y la aún ingenua pero inequívoca proximidad que ella representa respecto a la naturaleza. Por otra parte, como se sabe, dicho humanismo se prolonga mucho más allá de la época de Heródoto y en plena decadencia ateniense producirá lo más acabado de su filosofía. Este humanismo griego es, pues, el espacio histórico cultural de muchas cosas, amplio contexto en el que la historiografía luce como un ínfimo detalle, acaso el más prescindible de todos.

Capítulo 2: mito, filosofía, historiografía.

Partamos del hecho, tan magistralmente representado por la cruel simpleza del mito de Sísifo, de que el hombre es una especie condenada a la historicidad. A nadie le es dado elegir no vivir la historia. Encadenado a la infinita finitud del tiempo, el hombre histórico transcurre sin la certeza de saber para qué. Toda la historia humana pudiera comprenderse como la obsesión de este hombre histórico por darse sentido a sí mismo. Todas las cosmogonías lo han adscrito, de una u otra manera, a vagar fuera de lo eterno, perecer una y otra vez. Y todas intentan, al final, reconciliarse con el proscrito, traerlo de nuevo a casa, el paraíso perdido que, en algunos casos, puede ser, incluso, la nada cósmica, peculiar forma de eternidad que nos permite suponer que hasta la supresión de la existencia es preferible al castigo de la existencia histórica. Esta caída en el tiempo es el nudo gordiano de todo el drama bíblico y, en muy otro contexto, es, también, el mayor suplicio que la mitología griega pudo imaginar para el hombre réprobo

Capítulo 3: dioses, hombres, historias.

Heródoto cree en el Oráculo. Es fácil demostrarlo a través de la cita de párrafos como, por ejemplo, el que nos habla de la furia de Taltibio1 contra los espartanos, y otros en los que hace referencia al plano de lo divino como la última salida que encuentra para explicar, -¿o justificar?- un determinado acontecimiento histórico. Sabemos que esto le ha costado a Heródoto buena parte de las censuras que lo descalifican como historiador ya que, se supone, la historia debe explicar al hombre y sus acciones por el hombre mismo. Como se sabe, ha llegado a ser norma del oficio que recurrir a Dios es hacer trampa. Una suerte de principio epistemológico pende como espada de Damocles sobre el historiador cada vez que su discurso historiográfico apela al deus ex maquina. Heródoto puede ser, según esta misma norma, demasiado ingenuo o primitivo .

Capítulo 4: hombre, historia, tragedia.

Si nos pusiéramos a plantearnos los problemas de epistemología y método en los Nueve Libros, probablemente no hallaríamos asidero sólido alguno para el análisis y la reflexión. En realidad, estrictamente hablando, tales problemas no existen para aquella historiografía que, desde sus mismos inicios, se colocó al margen de la sabiduría y se dio a sí misma el despropósito de alimentar la memoria humana, salvar el vertiginoso acontecer humano del olvido humano. Sin embargo, pese a una tarea tan metafísicamente pobre y, en parte gracias a ello, aquella primera historiografía estaba llamada a sentar las bases para una cruel desmitificación de dicho acontecer. El hombre histórico que recién ha descubierto es objeto de paciente y crítica observación; no se le puede tomar a la ligera, tal cual lo encontramos, ni creer de buenas a primeras lo que dice y piensa de sì mismo. Racionalista pero curiosa, tolerante pero desconfiada, fue ésta una historiografía que se aproximó a su hombre histórico con acucioso sigilo, alerta a los juicios y creencias que históricamente su objeto de observación había generado respecto, y a partir de, su propia historicidad. El hombre histórico y la cultura, ámbito al que es inherente el desencadenamiento de sus acciones en el espacio y el tiempo, abrieron así el pensamiento humano hacia una dimensión hasta entonces desconocida.

 

 

Preliminar

He visto a Dios. Es espantoso. No hemos hablado. Para escucharme, tendría que ser yo hombrte de fe. Y, para escucharlo, un esquizofrénico. Pero pululamos en el mismo universo. Él en su cueva y yo en la mía, somos vecinos del mismo barrio; el del misterio. Sólo que yo la habito con la suficiente molicie e ignorancia como para no perder la cabeza. Él no. El misterio lo ha enfermado. Y, convencido de ser la verdad que lo despeja y que, por lo tanto, nos haría libres, ha perdido la suya.

De la caída a la salvación: la historia inconclusa de la creación.

La caída simboliza el inicio de la historia, al menos para la criatura; es decir, la existencia temporal a la que, tras rebelarse, ha sido condenada por su creador. Y la salvación la recuperación de una criatura que, ahora, como pecador; o sea, habiendo comprobado por experiencia lo que su creador por omnisciencia ya sabía y se negó a revelar, retorna arrepentida al paraíso en que fuera creada, y lo hace por gracia del que la condenó. Así, entre caída y salvación -fin del tiempo de por medio- el reino de este dios describe un ciclo único y total hacia la eternidad propiamente dicha, suponemos, ya que, hasta la culminación de dicho ciclo, dicho reino no ha sido otra cosa que un proyecto histórico; una teleología en la que Dios hace de sentido inmanente y la eternidad de meta trascendente.

De cómo no fui echado del paraíso: me largué yo mismo

El Génesis, como se sabe, es el primer capítulo en la historia de un dios que creó el mundo, la historia; vale decir, el pasar en que las cosas pasan y el tiempo con que lo captamos. Según esta historia, en siete días -merecido descanso incluido- este dios, emergido de las tinieblas, configuró el universo total: estableció su reino eterno, creó la criatura llamada a adorarlo por la eternidad, actualizó el abismo temporal al cual arrojarla cuando se resistió, y, por último, concibió el plan para rescatarla de su temporalidad y retornarla a su seno. Más que una historia de dios, ésta es la de un proyecto de dios. Con lo cual esta historia deja fuera lo más interesante del objeto a historiar: las tinieblas mismas, el abismo y el origen del dios-héroe que, venido de ellas, encarna la luz que ha de iluminar el nuevo todo en que se dispone a reinar. De modo que esta historia, que no indaga en su tema y que, aún así, pretende dar razón de la temporalidad mediante la eternidad, nos deja en ascuas, pues sólo vale para confirmar que la vida eterna junto al dios que nos ha creado no es menos absurda que la temporal a la que nos ha condenado. No obstante, hagámonos de la vista gorda con este detalle menor, y ocupémonos de un dios al que, en esta parte de su historia, toca hacer de inicio en la historia toda del universo. Porque, en esencia, no de otra cosa hablamos aquí: de un dios que actúa y que, sólo en cuanto tal, ha podido ser objeto de narración.

De cómo andando el camino correcto terminé en el punto de partida.

Me parece que era Artaud quien decía que Dios no existe, y que, si existe, es una mierda. Esta idea de dios es un dilema que apunta, por una parte, a su real y efectiva existencia y, por la otra, a que, en caso de existir, sea cosa digna de creencia. Y si bien la real existencia de una cosa es condición previa del juicio sobre de ella, en el caso de los dioses es tema casi irrelevante, si se lo compara con la idea de dios, que sí es históricamente real. La existencia o no de uno que se hace llamar Dios es indemostrable. Pero la idea que de él tengamos es crucial. Pasa que nuestra inteligencia, memoria y voluntad de entes temporles que para ecistir han de hacerlo históricamente es el único hilo que vincula al dios en el que pretendemos creer con la eternidad en la que debería reinar; eternidad ésta de la que vendríamos y a la que, consumada nuestra temporalidad, habríamos de retornar. El problema acá es que, entonces, hablamos de un dios, un reino, una eternidad; en suma, un ser pleno que ha salido de sí y ya no es tal, pues ha sido intervenido, socavado y puesto patas arriba por la temporalidad misma de la criatura que estaba llamada a constituirlo. De modo que, si alguna vez fue, este dios ya no tiene ser, pues ha devenido y, por tanto, sólo puede tener historia. Y el mayor problema para este dios es que, en efecto, la tiene. Se la conoce como sagrada. Lo cual no es sino un infeliz oximorón, que me veo en la obligación de corregir. Porque, el otro problema no menor para este dios, es que, además de también tener una historia, tengo, gracias a ello, una idea de dios; por cierto, ontológicamente mucho menos generosa que la de Artaud.

De mi autocondena

Una cosa es ser expulsado del paraíso, tras una patafa en el culo, y muy otra abandonarlo por los propios pies: o sra, arrojarse uno mismo. La voluntad hace la diferencia. Lo que procede entonces es la autocondena. Ello equivale a la condena de Dios, sólo que despojada de su divinidad por el acto voluntario de quien se la autoimpone. Éste es el dato fundamental acá. La rebelión de la criatura sólo acarreó la expulsión del rebelde y no alcanzó su cometido. Ciertamente, desató la ira de Dios, pero no afectó su divinidad. Sin embargo, fuera de los predios del reino, la rebelión continúa: se torna secular. Sujeta al curso de su propio devenir, si la criatura se proclama pecador, su castigo se convierte en causa y su destino en botín de guerra. Lo que a este dios toca ahora enfrentar no es la conjura, sino la reivindicación del pecado respecto a un reino que sólo molicie, desprecio e indiferencia puede inspirar. Lo cual es mucho más difícil para uno tan propenso a la cólera y que tanto requiere de ser adorado.

De Dios como significación de un pasar que no lo requiere.

El pasar no rquiere de dioes, sino de historias, que lo signifiquen como pasado-presente-futuro y den forma a la existencia temporal. Son los dioses los que rrquieren de una historia para tener sentido como artífices del pasar. Dios tiene una. Se la conoce como la sagrada. Lo cual encierra un total contrasentido, ya que si, a diferencia del mito, cuyo papel es reconocer un pasado, el de la historia es indagarlo, con lo cual toda historia es, por definición, profana; incluso la de este dios, pese a que su intención sea la de hacernos reconocer en un único y por lo tanto verdadero pasado cósmico.

De gracia divina y conciencia histórica

La Salvación es el remiendo metafísico del error ontológico de la Creación. Dios intenta recoger al final del tiempo el desastre que ocasionó con su inicio. El intento de corregir el error con que comprometió su ser pleno lo conducirá a uno aún mayor, y que hará de la eternidad un imposible. En aquel entonces se equivocó al echar a la criatura del reino, porque con ello dio paso a la historia y a sí mismo como proyecto. Ahora está dispuesto a equivocarse de nuevo, haciéndola regresar al lugar del que la echó, porque con ello se trae la conciencia y la memoria, que han de desmerecerlo por completo como ser. Si Dios, como espera, pudiera ser adorado por el pecador, éste no sería tal, pues en la eternidad no puede haber conciencia ni memoria, que es de lo que está hecho todo pecador en tanto que arte y parte de la existencia temporal. Pero este dios jura que la Salvación del pecador es su salvación como dios. Según su propia historia, lo que lo mueve a recuperar su antigua criatura no es el arrepentimiento, sino el perdón y la misericordia, en el entendido de que a quien corresponde arrepentirse es al pecador mismo. Su gracia está, pues, dirigida a aquél que, sobre la base de tal arrepentimiento, se hace acreedor del perdón y la misericordia, que es lo que de nuevo lo conducirá a la vida eterna que perdió tras su rebelión. Toca entonces considerar las implicaciones que tiene esta en apariencia armónica conciliación de gracia divina y conciencia histórica.

Epílogo

La eternidad sólo puede entenderse tal y como Platón define el ser: lo uno siempre igual a sí mismo. El tiempo, nos indica en el Timeo, es imagen móvil de la eternidad. Para Aristóteles dios vendría a ser la causa primera, el motor a partir del cual todo entra en movimiento, sin que determine el curso del movimiento al que da lugar. De tal manera que la eternidad no es espacio en el que sucedan cosas, ni un modo particular en que las cosas suceden o hayan de suceder. La eternidad es una idea, un principio, un axioma; nunca un atributo de algo distinto de ella; mucho menos el estadio superior de algo que, habiendo iniciado en calidad de temporal, se haga eterno tras dejar atrás y superar su temporalidad. La eternidad sólo podría ser la negación absoluta del antes y el después, del inicio y el final. Si algo cambia, hay movimiento, tiene una dimensión duradera y, por lo tanto, temporal, En consecuencia, la eternidad no puede ser anterior ni posterior a nada, pues sería mera episodio de lo que sucede. Y en ella nada puede suceder, porque, a diferencia de lo que sucede en las historias, no hay inicio ni final. Si algo tiene historia, no le cabe eternidad, aunque dure eternamente.

LA RATA

Yo habitaba en una vieja casa vacacional abandonada, colgada de lo alto de un cerro pedregoso y desde el que se podía ver abajo el mar en su quieta enormidad, yendo y viniendo en monótonas embestidas contra las rocas negras del acantilado en el que, por ahora, espero. 

LA ÚLTIMA CENA

Por obra y gracia del espíritu santo sigo aquí, como de costumbre, aludiendo y mendigando a cada transeúnte que pasa frente a mí. Ocupo el primer escalón de los doce que conducen a la taquilla de una sala de cine donde sólo entran hombres solos. La verdad no sé si es el primero, porque, contando desde la acera, éste sería, en realidad, el segundo. Con lo cual. el total de escalones de la escalera entonces sumaría trece, Por otra parte, trece, según he escuchado decir desde siempre, es número de mala suerte. Luego la diferencia entre doce y trece no sería sólo de un escalón, sino de un destino. De modo que ocupar el segundo o el primero no es cuestión que se pueda tomar a la ligera. Y, ciertamente, que no lo hago así. Sólo que, en mis consideraciones al respecto, encuentro razones igualmente lógicas e irrefutables como para afirmar que estoy en una o en otra posición. Esto es cosa que me gustaría resolver cuanto antes. Por primera vez, no sé por qué, me hallo en la circunstancia en que me gustaría saber, a ciencia cierta -como también se suele decir- en dónde estoy. Nunca imaginé que de un escalón a otro pudiera haber semejante diferencia. El mundo, que para mí siempre ha sido la acera, sería el primer escalón, con lo que yo estaría, entonces, a un escalón menos del cielo y a dos más del infierno. Esto en caso de que el cielo esté arriba, el infierno abajo y yo en el medio. En la perspectiva de este sanguche cósmico puede que la diferencia no se sienta tan enorme como entre el primer y segundo escalón, quizás porque la diferencia entre cielo e infierno es más de fe que de cálculo. Pero, por otra parte, la diferencia entre fe y cálculo es tan enorme como la que puede haber entre un escalón y un destino. Es el tipo de cosas que me gustaría resolver. Allá, por la acera de enfrente, va el gordo de las corbatas anchas y los zapatos chillones. A veces viene. Es el tipo de evento que siempre me distrae de mis resoluciones.

LA QUINTA PATA

Octubre. Lluvia, llovizna, tormenta o aguacero. Lo cierto es que desde hacía ya tiempo el agua no dejaba de caer como una maldición del cielo. Si, hasta cuando cesaba por un rato, no era sino para mostrarse en esa forma de bruma, neblina, calima o calina. La misma maldición; sólo que elevándose desde la tierra sobre la que ha llovido sin parar. A la hora de ser andada, no había sino dos opciones: la maleza o el barrial. Tú eliges, se dijo a sí mismo en el instante incierto en que intentaba dar con el camino para emprender la huida. De súbito, la noche se detuvo. Un relámpago de inamovilidad con el que el aguacero cesó de golpe. Y entonces fue esa quietud que parece escucharlo todo con los oídos de su silencio. Extenuado, se sentó y miró de nuevo al cielo. Durante un largo rato, ni los mismísimos dioses osaron asomarse por cima de los muros de la noche, hasta que de nuevo se dejó oír el monótono canto de los grillos.

TAXIDERMIA

A ver. Acaso esté yo en el curioso procedimiento de comprobar a través del sueño que el alma, si no se refiere a la mera forma de la materia, tal y como Aristóteles fue el primero en sugerir, es el más degenerado e infame de los conceptos. Menos mal y me leí a tiempo aquel tratado que Amanda, mi mujer, dice que lleva título de espanto o aparecido. Como sea, ya sabía yo que no podía ser tan inútil haberlo hecho, tal y como ella siempre aseguró, con ese pragmatismo repugnante tan propio del género femenino y que se va acentuando con la edad. Ella siempre dice: no creo en santo que come y caga, ni en loco que no come mierda. Y, en cierto modo, compartimos la misma poca fe. Aunque para no creer en los santos ni para creer en los locos, requiera yo concebirlos avocados a tan vitales funciones. En todo caso, por ahora, el curioso procedimiento al que aquí me refiero es la única posibilidad que me queda para salir del atolladero en que me encuentro desde hace… Ni siquiera sabría decir cuánto tiempo, pues lo primero que resalta en este asunto es la perdida de la certidumbre que el tiempo nos proporciona como el principal referente de lo que existe.

PORNOAVENTURA

¿Cómo se puede ser, durante algún tiempo, tan vital y, al mismo tiempo. morir sin necesidad alguna de haber vivido por razón distinta a la de follar? Tal era la pregunta que se hacía Henry al caer la tarde y cuya respuesta el crepúsculo se iba llevando a los confines del anochecer confundido con su propia noche de viejo y como quien, con sumo cuidado y sigilo, oculta algo muy preciado pero que le ha de resultar comprometedor o embarazoso. El Henry -dicho así, en su recuerdo, porque así lo llamaron siempre en los tiempos en que vivir era algo más que recordar- estaba sentado ante uno de los largos ventanales que iluminaban el largo pasillo donde la pasaba desde la una, tras haber tomado su almuerzo y haberse negado, como siempre, a hacer la siesta. Éste nunca quiere dormir, había exclamado, como siempre, la señora Pérez. Y allí seguía Henry, empotrado en su silla de espectador del paisaje vespertino. Durante toda la tarde llovió. Y aunque había amainado ya, aún seguía cayendo esa leve llovizna, seguramente gracias a la cual el jardín, los árboles, la calle, los cerros lejanos que todavía encajaban sus puntas en los restos de una nubosidad fragmentada y el paisaje todo, o al menos hasta donde la vista aguzada alcanzara atisbar desde aquella ventana, adquiría esa transparencia rosa que a Henry tanto agradaba. Hasta que, como siempre, a las siete y según orden inapelable de la señora Pérez, Henry fue largado a su habitación. A dormir hasta el día siguiente, como siempre.

LA PIEL INMATERIAL DE LA NOCHE

Ahora sí que estoy jodido, se dijo a sí mismo, con resignación. Boca arriba, a la vez que dibuja garabatos ininteligibles en la piel inmaterial de la noche, llega hasta él un olor agridulce, de fruta fermentada o de licor. Mas bien de las dos cosas juntas, mezcladas, concluyó, ya que la gorda había incorporado al enorme pastel que estuvo preparando durante la mañana una generosa porción de cada una. Y en ese momento, cuando ya arribaba a la media noche, volvió a recorrer, una vez más, los detalles de aquella faena, que habían ido a parar a su memoria, como lo que sobró del pastel, de un golpe seco, habla ido a parar al fondo del bote de donde emanaba aquél olor.

LA CUARENTA Y OCHO

Entré al bar. Fui hasta el extremo solitario de la barra desde el que me observaba, pedí una cerveza y me volví a la mesa de siempre, o al menos la que yo esperaba que fuese tal cada vez que entraba, y que, por esta vez al menos, ciertamente, estaba desocupada. Estuve bebiendo mi cerveza poco a poco, algo así como a un sorbo cada vez que intercambiábamos miradas. Hasta que por fin ella también se vino a la mesa de siempre. Entonces la noche, como el silencio de Dios, se fue hundiendo en el barro de nuestro mutuo decir. Barro nuestro que caes del cielo. El amanecer nos sorprendió a solas, o más bien juntos en la misma soledad desde la que cada quien defendía su propia soledad, ahora sí, sin nada que decirnos, en medio del barrial que nos había arrastrado hasta la cuarenta y ocho.

EL CENTENARIO DE STOKER

Cuando suena la hora lúgubre de los espíritus, la novia bebe el vino de un rojo sombrío como la sangre. Una vez más, aquellos versos de Goethe, que lo hacían sentir tan orgulloso de sí, resonaron en su memoria, apenas se asomó a la ventana y la noche le rozó el rostro. Luego fue esa mirada acuciosa lanzada allende los suburbios nubosos de la ciudad, más allá de los cuales se extendía la rígida horizontalidad del cementerio. Quietud. sosiego, reposo, descanso… iba buscando la palabra más apropiada para definir lo que aquél otear el horizonte de la noche le inspiraba, hasta que la encontró: ausencia. Eso. Porque la muerte no es más que ausencia. Ni menos tampoco. Entonces emprendió el vuelo.

LA POSE

De los talones a la cabeza mediría no más de metro y medio. Y si uno se fijaba bien, venida de sus adentros a flor de piel, como el alma que le daba forma en una sola y fugaz pincelada de existencia, la insignificancia demarcaba el todo de su cuerpo quieto y menudo. Quizás fuese esto, la manera en que esa insignificancia determinaba la absoluta armonía entre el ser y el aparecer lo que la hiciera lucir más joven de lo que realmente fuese, como si a estas alturas de su biografía aún no contara con una historia única y propia en la que hubiese valido la pena desgastarse y envejecer. El resto de aquella su presencia era lozanía triste, quietud de lagartija a la una de la tarde y que administra su energía en medio de un paisaje árido y sofocante. No obstante, al mismo tiempo, su pose era tan curiosa y estudiada, tan artificiosa que lo que le faltaba en tamaño y significación le sobraba en gracia y seducción. Al menos eso fue lo que pensé cuando me disponía a entrar a la tienda y la vi, parada allí, de espaldas a la puerta y con los codos apoyados en el mostrador mientras seleccionaba los botones de las cajitas que el viejo tendero iba poniendo de dos en dos a la disposición de su minuciosa inspección.

 

 

Historia

Mundial

Contemporánea

A mi modo de entender, los que están persuadidos a que por la historia particular se puede uno instruir lo bastante en la universal, son en un todo semejantes a aquellos que, viendo los miembros separados de un cuerpo poco antes vivo y hermoso, se presumen estar suficientemente enterados del espíritu y gallardía que le animaba. Pero si uno, uniendo de repente los miembros y dando de nuevo su perfecto ser al cuerpo y gracia al alma, se lo mostrase por segunda vez a aquellos mismos, bien sé yo que al instante confesarían que su pretendido conocimiento distaba antes infinito de la verdad y se asemejaba mucho a los sueños. Y ciertamente, que por las partes se forme idea del todo, es fácil; pero que se alcance una ciencia y conocimiento exacto, imposible. Por lo cual debemos estar persuadidos a que la historia particular conduce muy poco a la inteligencia y crédito de la universal, de la que únicamente el reflexivo conseguirá y podrá sacar utilidad y deleite, confrontando y comparando entre sí los acontecimientos, las relaciones y diferencias. (Polibio. Historia Universal. Exordio.)

EL CONCEPTO DE MEMORIA

...sólo de aquellos seres vivos que son conscientes del tiempo puede decirse que recuerdan y hacen esto con aquella parte del alma que es consciente del tiempo. Aristóteles. De la memoria y del recuerdo.

Grande es la virtud de la memoria y algo que me causa horror, Dios mío: multiplicidad infinita y profunda. Y esto es el alma y esto soy yo mismo.  San Agustín. Confesiones

Introducción

...sólo de aquellos seres vivos que son conscientes del tiempo puede decirse que recuerdan y hacen esto con aquella parte del alma que es consciente del tiempo.

Aristóteles.

De la memoria y del recuerdo.

 

Grande es la virtud de la memoria y algo que me causa horror, Dios mío: multiplicidad infinita y profunda. Y esto es el alma y esto soy yo mismo. 

San Agustín.

Confesiones

 

...el pasado se conserva por sí mismo, automáticamente. Todo entero, sin duda, nos sigue a cada instante: lo que hemos sentido, pensado, querido desde nuestra primera infancia, está ahí, pendiendo sobre el presente con el que va a unirse, ejerciendo presión contra la puerta de la conciencia que querría dejarlo fuera.

...no pensamos más que con una pequeña parte de nuestro pasado; pero es con nuestro pasado entero, comprendida en él nuestra curvatura original del alma, con el que deseamos, queremos y actuamos.

Henri Bergson.

La evolución creadora

La memoria: un misterio, una estructura, un proceso

Para Aristóteles la memoria residía en el corazón. Captadas por los sentidos, suponía que las impresiones que se perciben del entorno eran conducidas por la sangre hasta allí. En general, para la filosofía antigua el corazón es el reservorio de la actividad espiritual del hombre. Allí se asienta lo que para nosotros es su existencia psíquica. De modo que el corazón era tenido por el lugar de las emociones y los sentimientos, idea que, por lo demás, ha permanecido a lo largo de la historia en las más diversas culturas hasta hoy. De hecho, en latín, recordar -recorsi- significa de nuevo en el corazón. Esta creencia se mantuvo durante siglos. No es sino hasta mediados de la edad media cuando la memoria comienza a ser ubicada en la parte posterior del cerebro1. Aunque sin datos abundantes y determinantes al respecto desde un punto de vista científico, es la fisiología moderna la que la ha localizado en el cerebro. E. Kandel2, premio nobel por sus investigaciones en este campo, ha definido la memoria como una representación interna de la información adquirida mediante aprendizaje; información que se halla codificada, espacial y temporalmente, en circuitos neuronales, mediante cambios operados en las propiedades reactivas de las neuronas. Con todo, en el mundo de la ciencia aún no hay consenso en cuanto al modo como reside la memoria en el cerebro. Hay quienes piensan que la memoria tiene localizaciones específicas, que se corresponden con un determinado tipo de ella, y quienes piensan que, por el contrario, la memoria es una y que alcanza amplias regiones cerebrales que operan conjuntamente y de manera coordinada, según diversos niveles de complejidad en el registro de datos y evocación del recuerdo. También hay quien piensa que ambas hipótesis no son excluyentes entre sí y que es posible que apunten con certeza al mismo fenómeno considerado desde puntos de vistas diferentes y complementarios3.

Aristóteles: memoria, alma y experiencia

Al concebirla como parte del proceso cognitivo -junto con la percepción y el aprendizaje- la psicología cognitiva ha puesto en evidencia la complejidad de la memoria y resaltado la conexión existente entre memoria y otras funciones tanto fisiológicas como espirituales del ser y el proceder humanos. Conexión ésta que ya había sido planteada por Aristóteles. Así, por ejemplo, en Metafísica establece la relación directa y biunívoca entre memoria y experiencia de la siguiente manera:

San Agustín: memoria, alma y dios

Agustín se ocupa del tema de la memoria en el Libro X de Confesiones. Hay quien dice que este capítulo constituye una suerte de bisagra que une la primera parte de la obra, es decir, la parte autobiográfica, que recogerían los libros del I al IX, con la siguiente, la parte conceptual, correspondiente a los libros XI-XIII. Tal estructura expresaría la intención misma del autor, con el propósito de reflejar en ello su concepción de la memoria como la función mediadora entre el hombre y dios1. Aunque no hay constancia de que esto sea así, es una interpretación muy plausible. Por lo demás, cualquiera sea el caso, se trata de una interpretación que en nada contradice el concepto mismo de memoria que maneja Agustín y que constituye una excelente guía en la lectura de la obra. También, en La Trinidad trata Agustín el tema de la memoria, particularmente en los Libros del X al XIII, aunque aquí no de manera específica, sino en conjunción con el entendimiento y la voluntad, y en tanto que las tres -memoria, entendimiento y voluntad- son las facultades que a su entender definen el alma humana. Ello supone un giro completo en el concepto de alma y, en consecuencia, en el de memoria con respecto a la visión materialista de Aristóteles. Pasamos de la entelequia que define lo vivo en la naturaleza -de lo cual el hombre es una especie- al hombre cuya individualidad plena está determinada más que por la naturaleza, por su conexión con dios y la dimensión de lo divino. El alma de Aristóteles da lugar a una especie natural con conciencia del tiempo. La de Agustín a un hombre histórico conectado con la naturaleza sólo en su dimensión material y cuya conciencia del tiempo no es otra cosa que su vínculo con la eternidad.

La dimensión social de la memoria

Entre el Tratado del Alma y el Tratado de la Santísima Trinidad se abre uno de los episodios más plenos de significación en la historia de la filosofía occidental. El cristianismo avanza sobre las ruinas de un paganismo que ha sido, al mismo tiempo, fuente de inspiración y modelo de su filosofía. Esto se hace evidente en el tema de la memoria. El concepto de Aristóteles emerge de las dimensiones materiales de la naturaleza y que el cristianismo depreciará como el terreno de lo profano. El de Agustín es un concepto que desciende de los cielos. Tejida con el hilo de la lógica pagana, la memoria de Agustín se inserta en el tapete de la fe y el misterio supraterrenal de lo divino. En este tema, como en otros, el decisivo avance que el materialismo aristotélico representa respecto al idealismo de Platón, es un camino que de nuevo recorre Agustín, pero en sentido contrario. Su concepto de alma -y con él el de memoria- constituye, digámoslo así, un ejercicio de desmaterialización de lo que encontramos como tal en Aristóteles.

Mito, memoria e historia

Se dice que recordar es hacer presente el pasado. Ciertamente. Una hermosa metáfora, como casi todas las que, al jugar con el sentido de los términos, pero sin contradecir su sentido, crean una atmósfera de contrasentido que, sin estar reñida con la lógica, la ironizan, en cierto modo se mofan de ella. Una metáfora, además, muy acertada en todo sentido. Sin embargo, ello no obsta a la hora de precisar hasta qué punto es posible hacer presente el pasado, en qué grado y en qué sentido. Pues el pasado presente no es lo mismo que el pasado, El recuerdo no es mostrar lo que hay en la memoria, sino la realización de un constante proceso de selección, ordenamiento y elaboración de ella. El recuerdo es una intervención intencionada y sofisticada desde el entendimiento del material bruto de la memoria. No sólo el recuerdo vive de la memoria, sino que, a su vez, la memoria vive de la aportación y el enriquecimiento que el proceso de recordación le aporta. De modo que, como resultado del recuerdo, el pasado presente no es el pasado, sino lo que de él hemos seleccionado, ordenado y elaborado, y lo que nos decimos acerca de los resultados de tales operaciones sobre la memoria. Y como seleccionar supone, en alguna medida, el olvido -inconsciente o voluntario- hay veces en que hasta el olvido es una forma de decir acerca del pasado recordado. Si a todo esto se agrega que todas estas tareas inherentes al recuerdo y el olvido se realizan desde y a través del lenguaje, que son en sí mismos procedimiento lingüísticos, resulta entonces que la memoria es un procesamiento semántico de la experiencia temporal. Saber del pasado, individual o colectivo, es en sí mismo un proceso de significación.

 

 

HISTORIA Y CIENCIA
El silogismo se compone de proposiciones, las proposiciones de términos; los términos no tienen otro valor que el de las nociones. He aquí por qué si las nociones (y éste es punto fundamental) son confusas debido a una abstracción precipitada, lo que sobre ellas se edifica carece de solidez; no tenemos, pues, confianza más que en una legítima inducción. F. Bacon
Introducción

Soy de la generación a la que tocó aprender en clase de historia que la historia es la ciencia que estudia el pasado y, respecto al más importante hecho que da inicio a la historia, que el hombre desciende del mono. Aunque aquí el asunto nunca quedó del todo claro por aquello del eslabón perdido. Acto seguido, receso de por medio, me tocaba aprender en clase de religión que, de acuerdo a la historia sagrada, el hombre era creación de dios. Esta vez el asunto quedaba todavía menos claro, pues con ello se hacía participar al hombre de una doble naturaleza, histórica y divina. Siguiendo el razonamiento científico -que también hube de aprender en clase de física y de matemáticas- si la historia es una ciencia, la historia sagrada también lo es. Entonces ¿cómo era posible que una misma ciencia tuviera posturas científicas tan disímiles en relación al hecho más importante con el que se iniciaba la historia de la humanidad? ¿O es que hay historias científicas e historias que no lo son? Porque en el mundo de la ciencia hay más teorías falsas o erróneas que teorías verdaderas, y todas por igual son expresión del mismo modelo de conocimiento, es decir, forman parte del mismo proceso de desarrollo de ése modelo y de ese conocimiento tenido por científico. Hay verdades científicas y también falsedades que, no por tales, dejan de ser científicas, pues las unas y las otras son resultado del mismo proceder. Claro que el que la historia sagrada sea científica es bocado del conocimiento que lucía realmente grueso de tragar.

La concepción de la realidad: la relación sujeto-objeto

La caída de un individuo de lo alto de un edilicio de diez pisos puede ser interpretada de muchas maneras. Como un suicidio, es decir, el resultado de la intención de quitarse la vida, o como accidente resultado del descuido mientras contemplaba el paisaje, o como un homicidio, si es que el sujeto en cuestión fue empujado por otro o, incluso, de alguna manera inducido a acometer su propia caída. Este tipo de causa puede llegar a constituir un entramado muy sutil y complejo porque, precisamente, no supone necesariamente datos evidentes, observables y medibles, sino indicios de una posible intención o conducta particular del individuo en cuestión y, también, de otros que pudieran estar de alguna manera involucrados en su caída desde lo alto de un edificio. Por otra parte, son datos evidentes, observables y medibles, tales como la masa del individuo que cae y la distancia que lo separa del centro de la tierra, los que, convertidos en variables de una rigurosa formulación matemática con enorme capacidad de predicción, nos explican la caída del individuo desde el punto de vista científico. La diferencia entre una y otra situación a la hora de interpretar el mismo fenómeno es la objetividad científica o, dicho en otros términos, el concepto científico de realidad en el que se ha basado y se basa todo el pensamiento científico y sus nociones de conocimiento y verdad.

El historiador como sujeto y el hombre histórico como objeto

Gracias a la Ley de Gravitación Universal, la caída de un individuo de lo alto de un edilicio de diez pisos puede ser comprendida científicamente, si me fijo en los datos apropiados del evento y lo defino de la manera apropiada. Lo cual requiere, como es obvio, un observador específicamente consciente y premeditadamente preparado para ello. Esto es, un observador según lo que el método científico entiende como tal. Si como observador no me interesa la distancia del piso diez a la superficie de la calle, ni la masa molecular del individuo; si, además, no tengo la capacidad de combinar estos datos como variables de un acontecer ecuable, no soy el observador indicado para una apreciación científica del evento. Y, muy probablemente, la mayoría no lo es. Lo cual, sin embargo, no nos excluye como observadores, y dará lugar a muy diversas formas de interpretar el evento, distintas, todas ellas, a la propia de la ciencia. Lo primero que cabe preguntar es si, al ser esto así, se trata del mismo evento.

La naturaleza científica de la historia: un despropósito metodológico.

Luego de aprender a distinguir un poco, gracias a Aristóteles y Tucídides, lo que la ciencia y la historia son, o pueden ser, aquella idea que hube de aprender en la escuela según la cual ésta última es la ciencia del pasado luce como el más remoto y anquilosado arquetipo de la infancia de cualquier historiador. Pero lo mismo fui a aprender en la escuela de historia en la que me formé. Siempre recuerdo a mi profesor de ciencias sociales asegurando que la historia es una ciencia porque tiene un método, es decir -ilustraba haciendo el correspondiente gesto con su mano- un camino hacia el conocimiento que ha de ser andado. Por mi parte yo, que antes de ingresar a la Escuela de Historia había cursado durante dos años ciencias actuariales y matemática aplicada en la de Estadística -a tono con el cruel lema de mi profesor de cálculo: deriva el que sabe, integra el que puede- me preguntaba cómo es eso que, para definir un método científico, los historiadores hemos de conformarnos y apegarnos a una metáfora como, en este caso, la del caminante. Yo podía estar muy de acuerdo con una metáfora que, después de todo, se corresponde con la etimología del término método. Pero nunca con la naturaleza científica de lo que una metáfora así estaba llamada a ilustrar. Si de caminar se trata, he allí a Heródoto en el Asia Menor, o cualquier estudiante de historia por las atestadas calles que conducen al Archivo General de la Nación, la Biblioteca Nacional o la Academia Nacional de la Historia. Pero que jamás han de conducir a la ciencia.

Historia y ciencias sociales

La historia es la más antigua de las ciencias sociales. Esto afirma Fernand Braudel, y añade que lo que la diferencia de ellas no es sólo su antigüedad, sino la peculiar dificultad de que el historiador trabaja sobre lo que ya no es. Por otra parte, Georges Duby, quien, al igual que Braudel, asigna un carácter decisivo tratamiento documental, señala una estrecha vinculación entre la historia y la creación literaria, y resalta el hecho de que la historia, entre las disciplinas que habitualmente llamamos ciencias humanas, es la única que constituye un género literario.1 Tales no son distinciones diferentes o excluyentes. En realidad, la una es consecuencia de la otra. La historia es narración, porque sólo a través de la narración podemos acceder al tiempo, significar el transcurrir de la existencia como temporalidad especifica y representar lo que ya no es. Fue ese ya no ser el que llevó al sustancialismo antiguo a afirmar que de la historia no se podía extraer conocimiento alguno, pues no se puede conocer lo que deviene, sino lo esencial y permanente, lo siempre igual a sí mismo. Es ese no ser el que, todavía hoy, traza la frontera epistemológica entre ciencia e historia. Debate del cual Braudel se aparta, por considerarlo estéril, y con razón. Sólo que con ello se pierde todo derecho a considerar la historia una ciencia. Y, por último, es ese ya no ser el que hace del tiempo histórico una dimensión sólo posible de ser planteada en el contexto específico de una narración. En virtud de lo cual Duby reconoce su naturaleza decisiva como género literario. Ciertamente, hay que convenir en que la historia se distingue de las ciencias sociales por su antigüedad, y por tratar de lo que ya no es. Sólo que la más elemental consecuencia de ello es que la historia no es, en realidad, una ciencia social, sino, como muy bien dice el mismo Braudel, el arte frágil de escribir historia.

El surgimiento de la historia ciencia y las ciencias sociales

Las ciencias sociales son uno de los más genuinos productos institucionales y académicos de la sociedad industrial. Si bien el término suele utilizarse en contraposición al de ciencias naturales, y sugiere que el estudio de la sociedad no se rige por los mismos parámetros, en sus orígenes son el intento de crear lo que Comte llamaba una física social, cuyo propósito no era otro que aplicar los criterios y métodos científicos al ámbito de la sociedad y la acción humanas. La sociología no comenzó a ser reconocida como una disciplina académica hasta finales del siglo XIX, particularmente con los trabajos de Durkheim, epígono de Comte y Saint-Simon, y cuyo radicalismo científico impone una línea de trabajo que concebía la realidad social como un objeto de estudio independiente de la subjetividad del individuo. En contraposición a este concepto, posteriormente, Max Weber, más influenciado por el marxismo, aducía que no se puede estudiar la vida del hombre y sus relaciones en sociedad sin tener en cuenta el modo en que la dimensión subjetiva de su existencia incidíe en la realidad social. Las ciencias sociales surgen en el marco de esta controversia. Pero son, en conjunto, expresión del desarrollo de la sociedad industrial, de una cultura para la que la ciencia es símbolo del saber y de control sobre la existencia, bien y valor fundamental del desarrollo social. Y la historia, como ciencia social, aparece también entonces o, si se quiere, el oficio del historiador se inserta en esta cosmogonía característica del mundo contemporáneo. Dicho en otros términos, no es que la historia sea una ciencia social, sino que la historia, como ciencia, es una forma particular de concebir y escribir historia, tan reciente como las ciencias sociales con las que comparte, o intenta compartir, el mismo espacio institucional y académico.

Las ciencias sociales: signo de modernidad de la era industrial

La historiografía. Lo que desde los tiernos años de la escuela nos enseñaron a definir como la ciencia que estudia el pasado ¿por qué, en lugar de seguir sentada a las puertas del reino de la ciencia social, no emigrar al infame barrio de la narrativa. donde nació y creció sin complejos el mismísimo Heródoto? Yo creo que en buena parte ello se debe a que el empobrecimiento del historiador como narrador no es cosa que se queda en el plano del papel, sino que invade toda su interioridad como sujeto. El estilo no se aprende ni se copia; se forja en el marco de una disposición personal. El historiador científico se enajena a sí mismo como sujeto, y lo hace en aras de una falsa objetividad en virtud de la cual cree que el conocimiento histórico está fuera de sí mismo, en esa supuesta realidad del pasado que, en realidad, no existe. La idea de que la historia es la ciencia que estudia el pasado es la representación sintética de esta enajenación, reproducción del servilismo epistemológico que le otorga su dudoso rango científico y, al mismo tiempo, lo anula como narrador.