textos, pretextos y otras mentiras...

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No es, ciertamente, el interés de los príncipes o de las familias reinantes, ni los de una u otra nación, los que principalmente influyen en las combinaciones de la política europea. Estas son regularmente unas causas secundarias que contribuyen sólo a promover los intereses primarios y muchas veces, bajo el pretexto de vengar un agravio hecho a algún soberano, vemos encenderse, en beneficio de otro, una guerra funesta al bienestar de su pueblo. 

Bolívar. Junio, 1814

Introducción

1815: el descenso de Napoleón se cruza con el ascenso de Bolívar. Ambos han partido al exilio, a Santa Helena y a Jamaica, respectivamente. Tres años más tarde, el americano meridional, que ha tomado Angostura, la plaza estratégica que inclinará el curso de la guerra en favor de la causa patriota, dirá de sí mismo: yo busqué asilo en una isla extranjera, y fui a Jamaica solo, sin recursos y casi sin esperanzas. Perdida Venezuela y la Nueva Granada, todavía me atreví a pensar en expulsar a sus tiranos.1 De modo que el exilio, que para Napoleón dictamina el final de un imperio en Europa, para Bolívar anuncia el renacimiento de un proyecto en América. Esta conjunción en el cosmos simbólico de la historia que involucra la carera de dos grandes líderes políticos y militares, alude también a un cambio de época, determinado, desde el punto de vista geopolítico, por el ascenso de las potencias del capitalismo industrial y la caída del colonialismo mercantilista. A ello tributan diversos procesos: la ilustración, el nacionalismo, el industrialismo, la revolución francesa, la expansión napoleónica, la independencia estadounidense, la emancipación en América Latina. Es ésta una coyuntura en el proceso de largo plazo que lleva de la era agrícola a la era industrial. En este contexto se fraguan los cauces iniciales de un proceso histórico de alcance planetario. La Carta de Jamaica forma parte de este contexto. Es una forma de asomarse a él y otearlo desde los agrestes montes de una América irredenta. Tal es el punto de partida de este ensayo.

La Carta de Jamaica es un documento geopolítico en dos sentidos. Por una parte, desde el punto de vista temático, parte de sus contenidos está dedicada de manera expresa al tema. Por la otra, considerada desde el punto de vista del contexto, ella es, en sí misma, un mensaje al mundo, relativo al proceso de emancipación americana y sus implicaciones en el orden político y geoeconómico internacional. En la Carta de Jamaica encontramos tres párrafos expresamente dedicados a la geopolítica. Pero a lo largo de todo el discurso se hacen señalamientos que difícilmente se pueden separar del orden geopolítico mundial en aclarado proceso de transformación. Por último, la Carta de Jamaica, considerada en su estructura semántica y en relación con el contexto en que se produce, es geopolítica. Estamos ante un documento geopolítico en el sentido temático y en el sentido contextual.

Este ensayo se propone una lectura geopolítica de la Carta de Jamaica, hecha al tenor de la semántica característica de la modernidad. Con lo cual se apunta a la importancia que el tema tiene en el proceso de la emancipación americana, desde entonces hasta hoy. Para ello partiré de un planteamiento general que ubica este documento en el plano de la geopolítica. Luego haré una apretada síntesis de la geopolítica europea, que sirva para contrastar los planteamientos de Bolívar respecto al tema. A continuación, una revisión de la carta, junto con algunos otros documentos sobre geopolítica anteriores y posteriores a ella; en conjunto, una muestra de la aguda visión de Bolívar en este asunto. Por último, unas consideraciones finales.

 

La arquitectura semántica y el contexto geopolítico

En Jamaica Bolívar reafirma los conceptos políticos esenciales de Cartagena y su teoría revolucionaria. Pero hay una diferencia, un cambio de signo que es determinante en el contraste; no se trata esta vez del líder político que se dirige a los americanos, sino de un americano que por sí mismo se dirige al mundo. La visión de una revolución, ya concebida como un proceso de alcance continental, se enriquece con las consideraciones sobre su inserción en una dinámica extra continental. De modo que no sólo se reafirma la teoría revolucionaria, sino que, además, se la redimensiona a la luz de la geopolítica mundial.

En cuanto a su connotación semántica, en Cartagena el discurso va de arriba a abajo. Es el análisis del líder político el que ilumina y señala el camino que ha de tomar el proyecto independentista. Considerado, pues, desde el punto de vista discursivo, el Manifiesto de Cartagena es plano, lineal y mecánico. Tiene la forma del dictamen, se apega al rigor del análisis lógico. El discurso va, como decían los antiguos estoicos, a donde el logos indique. La Carta de Jamaica sigue la misma dirección. Sin embargo, está sujeta a una arquitectura semántica mucho más compleja, inteligente, sutil, y que se corresponde con la estrategia de un mensaje circunscrito, en lo fundamental, a la visión geopolítica. En este sentido, la Carta de Jamaica es sinuosa; apunta a un horizonte diverso, circunstancial y cambiante, ante el cual lo único que puede afirmarse con certeza es el carácter irreversible de la emancipación americana.

El discurso en el Manifiesto de Cartagena discurre por las instancias del diagnóstico, el análisis y la arenga. Su impulso lo determina lo racional concreto, la lógica y el realismo político. El de la Carta de Jamaica lo hace de un modo mucho más ambiguo y difícil de captar. Apela a lo impersonal. Se mueve con sigilo en la dimensión de lo abstracto y lo conceptual. Su autor no es un profeta, ni un riguroso analista como el de Cartagena, pues, a diferencia de éste, califica sus juicios de conjeturas arbitrarias, dictadas -como él mismo afirma- por un deseo racional, y no por un raciocinio probable.2 El discurso de la Carta de Jamaica es, también, racional, pero racional despersonalizado; es decir, apela a lo racional no como signo de lo concreto particular, sino de lo abstracto universal. Dicho en otros términos, la Carta de Jamaica no determina la razón de ser de las cosas humanas; más bien sigue su razón de ser según la descubre en principios universales que rigen el acontecer humano a través de la historia: la justicia, la libertad, la igualdad.

De manera que el autor de la Carta de Jamaica no dirige su mensaje a la América, sino al mundo. Su destinatario ideal no es ese mundo colonial agreste y resquebrajado que se hunde en medio de las bucólicas ruinas de la era agrícola, sino el otro, el industrial, el que emerge sucio y apabullante de entre la humareda de la máquina de vapor. El destinatario personal, concreto es un noble ciudadano británico, que en el discurso deviene la ventana geopolítica por la que el remitente puede ver y hablarle al mundo. El remitente es el mismo que una vez, anónimo en medio de la multitud apretujada, presenció en Europa el cenit de Bonaparte, y que ahora -solitario, libertador y fracasado en un rincón del Caribe- se haya a la suficiente distancia anímica y geográfica como para contemplar en toda su magnitud la aparatosa caída del emperador. Ésta es la visual de la Carta de Jamaica, lo que subyace tras la diversidad y colorido de su contenido. Su tema fundamental sigue siendo, desde luego, una América resquebrajada e irredenta. Pero no nos habla de esa América que una vez, sin proponérselo y gracias a los errores de cálculo de Colón, quedó ensartada en el mundo parcial y aislado de los reinos de Castilla y Aragón. Sino de la otra, la que avizora desde la visual de la geopolítica, la que de algún modo ha de ser insertada en el mundo interconectado y total que está llamada a representar la Inglaterra Victoriana.

Carta de Jamaica. Hay quien gusta de leerla de rodillas, y seguramente disfruta con pasivo fervor del dictamen de la profecía. Es una lectura posible y acaso muy adecuada para la conmemoración. Sólo que así nos perdemos lo mejor de ella: el modo en que una de las inteligencias más finas de la época nos invita a captar la riqueza del discurso, las sutilizas del estilo y a mirar de reojo las inadvertidas señales del contexto. La lectura de la Carta de Jamaica, si es inteligente y no meramente evocativa de la memoria y tributaria del culto, ha de ser en alguna medida un ejercicio semántico. En tal sentido, el remitente, como fuente del discurso, se desdobla reiteradamente en dos instancias que es preciso diferenciar: el libertador y el americano meridional.

Tal diferenciación no es meramente accesoria y decorativa, sino estratégica y conceptual. Gracias a este recurso el discurso se despersonaliza, se libera del mero parecer personal, se pierde anónimo en lo abstracto y retorna convertido en una suerte de colorida imagen de la conciencia histórica. La Carta de Jamaica es un documento histórico no por la grandeza de su autor, ni por los registros históricos que pueda recoger, sino, sobre todo, porque asigna temporalidad específica a una América irredenta, anónima y desconocida. En la Carta de Jamaica no habla, como en el Manifiesto de Cartagena, el hombre genial del proyecto político independentista, sino el genio de la independencia misma; hablan los valores supremos de la historia, de los pueblos. La genialidad está en el modo como ha sido construida la que pretende ser la caja de resonancia de la voz aunada y anónima de los muy oprimidos americanos meridionales.

El americano meridional responde a aquello que al sensible y conmovido señor Cullen tanto inquieta sobre el destino de esa, la América española descuartizada por la guerra y en las que todavía humean las ruinas de la última experiencia republicana. El destinatario, prestigioso comerciante británico, es definido como un caballero de esta isla3. El destinatario, definido al igual que el remitente como indeterminado, se convierte en otra instancia del discurso: más que un personaje, es el signo del foro.

El americano meridional representa lo anónimo en busca de un nombre, lo amorfo que requiere de forma. Suerte de patriota sin patria, republicano sin república, el americano meridional integra ese pequeño género humano, que la historia ha arrojado al mundo a labrar su propio destino, paradoja que florece en tierras ignotas tras tres siglos de estéril y nefasta dominación colonial. Por otra parte, el americano meridional es premeditadamente modesto y cortés; limitado en sus opiniones, bien por falta de información, bien por su propia incapacidad4. Todo lo cual -bien claro queda- no hace mella en su disposición a cumplir el cometido. El americano meridional es, en tal sentido, un abnegado servidor al que mueve el instinto patrio, así como los valores universales de la civilización, y cuya existencia esa misma civilización parece ignorar cuando de este lado del planeta se trata. Por supuesto que al americano meridional lo indigna la dominación española. Pero no lo indigna menos la indiferencia de la civilización respecto al proceso de emancipación por el que aboga.

Pese a todos los obstáculos e inconvenientes, el americano meridional se apresura a responder al sensible destinatario. Pero lo hace desde la instancia pasiva, descriptiva de la memoria. Reúne cuanto está al alcance de su mano, se esfuerza por penetrar lo que ni el mismísimo Humboldt alcanzaría penetrar. El americano meridional es la instancia que en el discurso se hace cargo del informe o el inventario. Asume su trabajo con modestia y tesón. No lo mueve la ilustración del sabio, sino la humildad sensible y tesonera del hombre cotidiano, la paciencia y la entereza del paisano. El americano meridional es la humanidad sencilla en la que reposa por lo pronto la masa crítica de la revolución. Ante ello, la indiferencia es poco menos que un acto de injusticia.

Mientras que el americano meridional suda la gota gorda en su labor, en otra instancia del discurso opera la inteligencia, el analista frío y silencioso, el hacedor de estrategia, el libertador; el que ha fijado la mirada en Europa y Norteamérica, el que piensa en términos geopolíticos; en realidad, el otro que mueve y empuja tras bastidores a el americano meridional; ilumina, da vida e intensidad con su lucidez a la faena plana y memorística del americano meridional. Es el libertador el que califica el tiempo histórico, asignándole sentido específico como temporalidad5. Significa la revolución como fuerza creadora de una nueva historia que nada podrá detener6. Señala con dedo decidido hacia la tácita furia implícita en la mansedumbre de los americanos meridionales.7 No ahorra ironía a la hora de desmerecer con desdén al enemigo en tono consejero.8 No es ingenuo, ni se entrega a la ciega esperanza. Ha aprendido del pensamiento ilustrado que la libertad implica un proceso de desarrollo de la conciencia histórica, sin la cual no hay libertad posible.9 Y también sabe, como después sabrá Carlyle, que los héroes no son elegidos del cielo, sino hombres en íntima conexión con las circunstancias en las que actúan. Acaso por eso, para identificarse a sí mismo como líder, aclara que no es el héroe, gran profeta, el capaz de operar los prodigios que conduzcan a la liberación, sino la unión, alcanzada por no por prodigio divino, sino por efectos sensibles y esfuerzos bien dirigidos.

El americano meridional es el objeto de la revolución puesto a narrarse a sí mismo como sujeto. Representa el apego al suelo de una colonia en proceso de dejar de serlo a sangre y fuego. El libertador es el que piensa la revolución, actualiza y redimensiona su teoría en las condiciones geopolíticas de un mundo que se asoma a la era postnapoleónica. Dicho en términos más sintéticos, el discurso de la Carta de Jamaica es una auténtica faena semántica de la modernidad, en la que han sido repartidas las tareas simbólicas en la construcción del mensaje: el americano meridional hace un inventario; el libertador es un hacedor de americanos meridionales y, por lo tanto, de historia. Su misión es hemisférica. Pero su proyección es mundial. Está cuidadosamente descrita al final de la carta, en el párrafo inmediatamente previo a la despedida y que, si se observa con detenida atención a cada detalle, se advertirá que constituye una síntesis perfecta de todo el documento y que es de una precisión política y geopolítica poco común:

Cuando los sucesos no están asegurados, cuando el Estado es débil, y cuando las empresas son remotas, todos los hombres vacilan; las opiniones se dividen, las pasiones las agitan, y los enemigos las animan para triunfar por este fácil medio. Luego que seamos fuertes, bajo los auspicios de una nación liberal que nos preste su protección, se nos verá de acuerdo cultivar las virtudes y los talentos que conducen a la gloria: entonces seguiremos la marcha majestuosa hacia las grandes prosperidades a que está destinada la América Meridional; entonces las ciencias y las artes que nacieron en el Oriente y han ilustrado la Europa, volarán a Colombia libre que las convidará con un asilo.10

Acaso a ello se deba esa sensación de exposición inacabada que nos deja de tramo en tramo la lectura de la carta. Bolívar toca todo lo que considera fundamental, pero no como una exposición meditada de motivos y motivaciones de su proyecto político, sino como un inventario de escenarios y situaciones marcado por el estancamiento al que parece haber arribado el proceso revolucionario tras la caída de la segunda república. Con esto no estoy diciendo que se trate de un discurso desordenado o incoherente. Por el contrario, desde el punto de vista de la disposición de sus contenidos, el discurso es perfectamente ordenado en tres grandes bloques, o más bien orientaciones temáticas fáciles de detectar. En el primero se hace un diagnóstico general del estado en que se encuentra América y el proceso de independencia para el momento, que incluye una reivindicación de la legitimidad de este proceso y una caracterización de su situación por país o región. El discurso sugiere un ambiente general de estancamiento que, en alguna medida, habrá que imputar al estado personal del autor, pero que, no por ello, deja de tener una correspondencia con la realidad. En la segunda parte se hace referencia directa a la cuestión geopolítica, con señalamientos específicos respecto a la posición de Inglaterra y Estados Unidos, así como a las condiciones de la economía internacional y el modo cómo la emancipación americana habría de incidir en dichas condiciones. La tercera parte se refiere al futuro del proceso de emancipación americana, los posibles regímenes políticos que caracterizarían a las naciones surgidas de dicho proceso, así cómo el señalamiento expreso de la unión como único medio en que este proceso puede consolidarse.

Pero el propósito de la Carta de Jamaica, a diferencia del Manifiesto de Cartagena, no es tanto el análisis de las causas del proceso de independencia, como la presentación de dicho proceso como causa legítima, y su proyección en la historia de una civilización mundial que sigue el derrotero que le han marcado los valores ideológicos de la libertad y el progreso. Más que demostrar, Bolívar pretende mostrar, vender su proyecto político como un proyecto histórico. Más que explicar, pretende legitimar. Y aunque al final de su vida política haya tenido que dictaminar sobre sí mismo con aquella famosa frase qué puede un hombre solo contra el mundo, por ahora lo que pretende no es ir contra el mundo sino, por el contrario, seducirlo. La Carta de Jamaica debe ser leída como la credencial que Bolívar presenta ante la historia a nombre del subcontinente desconocido de los americanos meridionales.

Bolívar, el libertador que se identifica como un americano meridional, nos dice que habla a nombre de una América sola; una América, como él, aislada en medio del universo, y que lo hace sólo por no ser descortés para con su gentil destinatario. Éste es el pivote del discurso en la Carta de Jamaica, la definición del tema de la independencia desde el punto de vista geopolítico: insertar a América en el contexto mundial. Con ello, al final de la carta, notamos que el autor se ha colocado premeditadamente en el límite entre lo cruel y lo cursi, y que sólo un giro de oportuna e igualmente premeditada modestia lo ha salvado de caer por el abismo. Es característico del estilo de Bolívar exponerse a los límites del lenguaje sin sucumbir. Quien mejor que aquel, que a la postre se caracterizará a sí mismo como el hombre de las dificultades, para dejar constancia de que es un maestro en manejar recursos así. Como diría Rufino Blanco Fombona, El Libertador de América también lo es de la escritura. Y como dice el mismo hombre de las dificultades: que me dejen seguir mi diabólica inclinación y al cabo habré hecho el bien que puedo. Pero, en realidad ¿qué es esta referencia a la soledad y el aislamiento si no una manera literaria de colocar el tema en las coordenadas de la geopolítica? Hay veces en que la genialidad de Bolívar se mimetiza con los más pueriles detalles del estilo. Entonces, dejan de ser pueriles.

Este despersonalizarse como individuo para individualizarse como signo del contexto temporal, es un recurso discursivo al que Bolívar recurre con frecuencia. Es Cartagena habla un hijo de la infeliz Caracas que pretende retomarla. En Jamaica un americano meridional que, cuando todo se ha perdido, aún se atreve a pensar en la liberación de un continente. En Angostura, un ciudadano; título que, asegura, es superior al de Libertador que le otorgaran en Caracas, al de Pacificador que le otorgaran en Cundinamarca, o cualesquiera otros que el mundo entero le pudiera otorgar. Este tipo de metáfora evoca la sencillez ordinaria del paisano y sugiere el sutil desdén del héroe por lo grande que lo torna aún más grande. El americano meridional es este paisano metafórico colocado en la primera línea del frente de batalla del discurso. En política como en literatura, hay quienes se dejan llevar por la inspiración, y quienes la ejercen. Quien se haya familiarizado con el estilo de Bolívar sabe que éste forma parte de su instrumental político. En sus manos, el discurso no reposa en el escritorio o la biblioteca; viaja con los pertrechos.

Ahora bien,¿cómo es eso que el riguroso e implacable analista de Cartagena cede el paso tan mansamente al dudoso y modesto opinador sin oficio de Jamaica? Este Bolívar es tan republicano, centralista, anticlerical, antimonárquico y antiespañol como aquél. Esto es algo que deja entrever, pero sobre lo que no se extiende; es decir, son características que fluyen en el torrente de ideas y descripciones; no es el centro del discurso. El Bolívar de 1815 piensa lo mismo que el de 1812: el movimiento emancipador de América sólo es factible en unidad y proyección continental. De hecho, es lo único que puede asegurar: sólo la unión razonada, gestionada y planificada -dice- puede salvarnos, y esto -también lo dice al final- es lo único capaz de afirmar con toda certeza. Todo lo cual, por lo demás, como se ha dicho, se hace extensivo a Angostura. ¿Por qué, entonces, ese notorio cambio de estilo de Cartagena a Jamaica, que resulta en premeditada modestia y superficialidad? Yo pienso que este cambio se corresponde con un cambio de escenario y de propósito que son evidentes. El autor no se dirige a América, sino, desde América, al mundo. Con lo cual el discurso queda adscrito a la visión geopolítica.

Yo no imagino que Bolívar haya escrito la Carta de Jamaica mirando lacónico las estrellas o prendado de una bola de cristal. Mas bien lo imagino contemplando atento el tablero de las relaciones internacionales, mientras se balancea en la hamaca y golpea uno contra otro los talones, dibuja mapas en su mente y hojea periódicos de diversa procedencia que van quedando regados a su alrededor. La Carta de Jamaica no ha de haber sido escrita en el rincón sublime de la meditación, sino en el trajinar agotador y compulsivo de un lado a otro de la habitación. Lo que de ello resultó fue ese documento que, en realidad, no es una carta, sino un mensaje en el foro de la geopolítica mundial, recogido en un discurso a medio camino entre la denuncia y el análisis; el informe y la propaganda, la declaración y la noticia. Como respuesta a un caballero de esta isla -ciudadano británico- es, al mismo tiempo, un tiro por elevación al Imperio Británico y a Norteamérica, una convocatoria a captar el valor geopolítico de la emancipación americana. El famoso párrafo acerca de la América Central es un ejemplo ilustrativo a este respecto:

Los Estados del Istmo de Panamá hasta Guatemala formarán quizás una asociación. Esta magnífica posición entre los dos grandes mares podrá ser con el tiempo el emporio del universo. Sus canales acortarán las distancias del mundo; estrecharán los lazos comerciales de Europa, América y Asia; traerán a tan feliz región los tributos de las cuatro partes del globo. ¡Acaso sólo allí podrá fijarse algún día la capital de la tierra, como pretendió Constantino que fuese Bizancio la del antiguo hemisferio!.

Concebida al tenor de la geopolítica, esta cita, impecable por su precisión y naturaleza sintéticas, es resultado del cálculo premeditado y no de la espontánea inspiración. En boca de el americano meridional, esta convocatoria es una representación fantástica de quien duerme, es decir, un ensueño. Pero, al mismo tiempo, concebida por la inteligencia de el libertador, es el dato geopolítico que concentra toda la energía del discurso.

Si se atiende a su contexto histórico y a su estructura semántica, no puede dejar de advertirse que a la postre todo en la Carta de Jamaica es tributario de la gran metáfora política y geopolítica de América irrumpiendo en el mundo por el camino rudo y cruel al que la ha arrastrado la dominación colonial y su correlato dialéctico: la independencia. La Carta de Jamaica es la credencial cósmica del siglo XIX que muy pocos, de uno y otro lado del Atlántico, habrían podido emitir. Sus datos están allí. Somos un pequeño género humano que incluye invasores e invadidos. Somos civilización y barbarie. Somos lo original que siempre resulta de las cosas habidas y en conflicto. Somos lo peculiar y lo paradójico que apareció tras rasgar el velo de la dominación. La inmensidad del océano es tan apropiada para medir el odio que nos separa de España como para atisbar las inmensas posibilidades del comercio internacional, en el que una América liberada tiene mucho que aportar. El istmo de Panamá puede significar para esta América lo que una vez el de Corinto para la antigua Grecia: la metáfora no sólo es espacial, sino, también, geohistórica. La Carta de Jamaica no da tanta importancia al tipo de régimen político que han de darse las naciones venidas a conformar una América independiente, como a la idea en sí misma de nación, y del derecho a darse una nación como unidad político administrativa que ha de regular su existencia social en su porvenir. Y así como la unión de América en una sola nación luce imposible, la confederación es dato del todo factible, consumación de lo que califica como proceso de regeneración. ¿Acaso hay en todo ello algo que pueda considerarse al margen del registro geopolítico? En lo fundamental de su intención y su mensaje, todo en esta documento son datos geopolíticos que la inteligencia estratégica de el libertador pone en boca de el americano meridional. Preciso es reiterarlo. La Carta de Jamaica no es una profecía. Es un concepto. No predice; diagnostica. No adivina, sino que propone. Este es el discurso como constructor de tiempo histórico en el mundo moderno.

Claro que la Carta de Jamaica, ciertamente, puede leerse, como de hecho ha sucedido, de muy diversas maneras. Podemos hacer de ella un retrato psicológico, sociológico, antropológico, simbólico, religioso, político o cultural. Pero habremos hecho sólo eso: un retrato parcial tomado de la parte del inventario que nos ocupe. Pero cualquiera sea el camino que tomemos, si lo transitamos hasta el final, si nos fijamos menos en el retrato que en la sección de la estantería de la que lo hemos tomado, cualquiera sea el camino que tomemos, digo, termina en el foro incipiente de la geopolítica mundial. Por eso esa sensación de cortedad, de alusión truncada en la que aparece y desaparece cada tema, como retratado en un lienzo que le quedó corto al elocuente pintor. Yo creo que ello tiene que ver con el propósito y naturaleza específicas del documento: la presentación de América y su proceso de independencia como realidad en el contexto mundial que ya anuncia claramente la caída de Napoleón en Europa. El discurso de la Carta de Jamaica es un crisol de situaciones sin conexión histórica, porque a los efectos no la requiere. Pues no se trata tanto de un análisis histórico, sino del inventario de pedazos de historia que un imperio desmantelado pone a crear su propia historia. La Carta de Jamaica no es la explicación de un episodio histórico, sino la construcción de una cosmogonía. Requiere, sí, y en mucho, de un discurso cuya única ilación es la lucha por la independencia, presentada ésta como una legítima aspiración fundada en principios universales -justicia, igualdad, libertad- y llamada a jugar un papel fundamental como factor geopolítico en el advenimiento del concierto mundial de las naciones de la era postnapoleónica.

En este sentido, este documento es un dispositivo táctico en la reanudación del proyecto independentista, más cerca del parte de guerra y la visión estratégica, que de la reflexión filosófica o el precepto doctrinal. Por eso el Bolívar de Jamaica no se ocupa tanto de la segunda república como el de Cartagena se ocupó de la primera. Aquí no se trata de un diagnóstico y la elaboración de una teoría revolucionaria. Se trata de un auténtico ejercicio de realpolitik. Si en Cartagena Bolívar elaboró un manifiesto para iniciar o reiniciar la guerra en el continente, lo que elabora en Jamaica es una disertación para venderla al mundo. Una disertación que aboga por los intereses de una América irredenta y su posible inserción en el todo real y complejo de las relaciones de poder inherentes a un proceso histórico que se torna planetario. Contraviniendo los presupuestos de Clausewitz, la “paz” de Jamaica -es decir, el interregno de la guerra- es la continuación de la guerra por otros medios. Por eso en la Carta de Jamaica no encontramos desarrollo de doctrina política. No se interesa por la teoría política, filosófica o moral, aunque haya referencias aisladas aquí y allá. No es una forma de concebir la realidad, sino de enfrentarla y responder a ella. Jamaica es un interregno en la guerra por la emancipación que Bolívar convierte en el improvisado y escueto foro hablar al mundo geopolítico de la primera mitad del siglo XIX.

 

La caída de Napoleón Bonaparte: síntesis del contexto geopolítico europeo

Napoleón Bonaparte es el personaje que mas impactó el orden geopolítico europeo de la primera mitad del siglo XIX. Como es sabido, la expansión napoleónica, al desequilibrar el orden internacional europeo, desequilibraba el orden colonial en América. La ocupación de España por parte del ejército napoleónico, la abdicación de los monarcas españoles, la promulgación de la Constitución de Bayona en 1808 que, si bien reconocía la autonomía de las colonias respecto de Fernando VII, pretendía que estás reconocieran la autoridad suprema del emperador de los franceses, son factores geopolíticos que tributaron al proceso de la emancipación americana.

La campaña en Rusia y la Guerra de la Independencia Española marcan la caída del imperio francés en Europa. La Sexta Coalición, que agrupaba Inglaterra, Rusia, España, Portugal, Prusia, Austria, Suecia y ciertos pequeños Estados alemanes arrinconó a las fuerzas de Napoleón. La batalla de Leipzig, que tuvo lugar del 16 al 19 de octubre del año 1813, también conocida como la batalla de las Naciones, fue el mayor enfrentamiento armado de todas las guerras napoleónicas y se tradujo en la derrota de más alto impacto para la hegemonía francesa. París fue ocupada el 31 de marzo de 1814. Depuesto por el Senado, Napoleón abdica el 4 de abril de ese año, abdicación que será ratificada dos días después de manera incondicional. Según lo estipulado en el tratado de Fontainebleau, firmado el 11 de abril, es exiliado a la isla de Elba. A poco menos de un año de destierro, en febrero de 1815, escapa de Elba. El 20 de marzo es aclamado en Francia, donde rápidamente levanta un ejército regular de 140.000 efectivos, y un cuerpo de voluntarios de casi 200.000 hombres. Así comienzan los llamados Cien Días, que concluirán en Bélgica, tras su derrota en Waterloo el 18 de junio de 1815.

Tras la caída de Napoleón, se organiza en 1814-1815 el llamado Congreso de Viena, según lo que se conocerá como la doctrina Metternich, para entonces el canciller de Austria. El objetivo de este organismo fue restablecer las fronteras y el orden institucional de la Europa del antiguo régimen. Se trataba de retornar Europa al orden anterior a 1789 y garantizar un equilibrio de poder entre los estados europeos que evitase nuevos conflictos políticos y militares a gran escala, como los que habían sacudido al continente durante casi dos décadas, tras la revolución francesa y la expansión napoleónica. Marcado por un fuerte conservadurismo, el Congreso realizó una serie de encuentros diversos, desde el 1 de octubre de 1814 al 9 de junio de 1815. Tuvo como presupuestos doctrinales dos grandes principios: el principio monárquico de legitimidad y el principio de equilibrio de poder internacional. Participaron Inglaterra, Francia, Austria, Prusia y Rusia. No dio lugar a amplias reuniones plenarias, sino más bien a encuentros bilaterales o de pequeños grupos, marcados por un sentido muy pragmático, en lo fundamental orientado a disipar las amenazas del jacobinismo y el nacionalismo en el continente, así como resolver situaciones concretas.

De esta manera, sobre las ruinas del poderío napoleónico, se impuso un nuevo orden, para Francia y para Europa, que incluso se pretendió válido para el mundo entero, al menos en teoría. Las antiguas casas dinásticas comenzaron a retornar al gobierno: en Francia los Borbones; la casa de Saboya en el reino de Piamonte y Cerdeña; Lombardia y Véneto pasan a ser provincias de los Habsburgo; Fernando I, un borbón, fue coronado rey de las Dos Sicilias; los Estados Pontificios pasaron a dominio temporal del Papa Pío VII; en Portugal retorna la Casa de Braganza y en España Fernando VII. Y, ante las sacudidas que padece el imperio español en América, se creyó que la doctrina Metternich era igualmente válida y aplicable de este lado del mundo donde, sin embargo, la doctrina Monroe de América para los americanos trazaba una clara divisoria en la geopolítica mundial. Así, las dos grandes regiones hegemónicas del mundo contemporáneo iniciaban tempranamente una lucha silenciosa que se prolongará a todo lo largo del siglo XIX y que veremos estallar a principios del XX, con la Primera Guerra Mundial que, en este sentido, representa el desplazamiento de Europa por Norteamérica.

Acaso hubo una auténtica restauración, tal y como la pretendía la Santa Alianza, en España, Suiza, algunas regiones de Alemania, Roma y los Estados Pontificios, donde el Papa prohibió el alumbrado público por considerarlo un mal de la ilustración francesa. Pero restauración sólo en estas regiones y, aún así, no duradera. En 1823, por ejemplo, Fernando VII se vio obligado a restituir las cortes. No tardó en ponerse en evidencia que el retorno de las antiguas casas dinásticas satisfacía la apetencia de poder que, por derecho o privilegio, tenían éstas, Pero ello no significaba, en verdad, una vuelta a los tiempos anteriores a 1789. Esto es un aspecto que, como veremos, Bolívar comentará con una claridad sorprendente, que demuestra la atención que prestaba al tema.

Mucho más que una vuelta al pasado, la restauración puede comprenderse como un período de transición hacia la expansión de la sociedad burguesa e industrial en Europa. Para entonces, el foco generador de esta transformación está en Inglaterra, quien acusó el más contundente perjuicio económico tras la expansión napoleónica y el bloqueo que la administración francesa impuso a la entrada de productos británicos al continente, La guerra perjudicaba a Inglaterra, al estrechar las oportunidades para el libre comercio. La máquina de vapor y los telares, los inicios de la industria química y la siderúrgica, han transformado la perspectiva económica británica sobre Europa y la misma Inglaterra, Para Inglaterra, la paz en el continente es fundamental, cualquiera sea la forma de régimen político que un estado en particular asuma. Su política será desde entonces contener la expansión territorial y cualquier forma de hegemonía en el continente europeo. Sobre este particular, igualmente hace Bolívar afirmaciones sorprendentes en su precisión y claridad.

Desde el otro extremo del continente y de la evolución político ideológica de Europa, Rusia ve tras la caída del imperio napoleónico la gran oportunidad de participar de modo activo y directo en los asuntos europeos, vieja y tradicional ambición desde tiempos de Pedro El Grande. En el Congreso de Viena, Alejandro I de Rusia se sienta en la mesa de negociaciones como el representante de la gran potencia autocrática. Junto con Prusia y Austria-Hungria está dispuesto a negociar con Inglaterra el destino de Francia, el enemigo común, por razones bien distintas entre sí, y el de Europa entera.

El Congreso de Viena tuvo, pues, la difícil y a la larga fallida tarea de conciliar los diversos intereses de las para entonces grandes potencias europeas en el marco de un equilibrio geopolítico que permitiera convivir a Inglaterra y Francia, cabezas del parlamentarismo y la institucionalidad burguesa, junto con Prusia, Austria y Rusia, entidades multiétnicas, de tipo dinástico y escaso desarrollo económico, en comparación con los avances que la industrialización ya había puesto en evidencia del otro lado del canal. El Congreso de Viena fue expresión del pragmatismo político. Ni Inglaterra exigió a Rusia una reforma política hacia el régimen parlamentario, ni Rusia exigió a aquella una restauración de la monarquía absoluta. No son los principios políticos ni los valores dinásticos los que han primado en este consenso, sino los intereses económicos y geopolíticos, afirma Bolívar al comentar el asunto.

Y, en efecto, el Congreso de Viena se centro el procurar un mínimo de orden internacional que coadyuvara a la paz. La cuestión del régimen político de un Estado en particular quedó, de hecho, como asunto particular de ese Estado. Y cuando la doctrina Metternich planteaba como legítimo el derecho de intervención para socorrer a una casa dinástica amenazada por la revuelta política en cualquier parte de Europa o fuera de ella, no hablaba, aunque así lo hubiera querido, a título del Congreso, sino de los Habsburgo y demás casas dinásticas. Así lo demuestran los hechos concretos cuando, por ejemplo, Inglaterra no apoyó el llamado en favor de Fernando VII a propósito de los levantamientos independentistas en América; o cuando Rusia e Inglaterra apoyan por igual y de mutuo acuerdo el movimiento independentista en Gracia. Tempranamente, pues, comienza a mostrarse que el concierto europeo no era lo suficientemente sólido como para estar por encima de las vicisitudes particulares de la geopolítica europea.

 

La visión geopolítica de Bolívar

Toda vez que lo que se plantea respecto al tema geopolítico en la Carta de Jamaica es parte de una visión geopolítica que Bolívar ha venido desarrollando desde antes de su llegada a la isla y que continuará después de escrita la carta, es preciso revisar algunos otros documentos que nos aproximen a ella desde el punto de vista contextual.

A poco de iniciado el año 1814 Bolívar, que al parecer ya tiene noticias abundantes y precisas sobre cómo se ha ido tornando cada vez más adversa la suerte de Napoleón en Europa, se propone enviar una misión diplomática a Inglaterra. Bolívar ya se plantea, como lo reiterará en Jamaica, la necesidad de realizar todos los esfuerzos a su alcance para conseguir el apoyo inglés a la causa independentista. Ello sería una forma de neutralizar el poderío Español. Si, en realidad, esto es algo que estuvo planteado desde los inicios de la guerra de independencia, pese a lo infructuoso de los esfuerzos en tal sentido, ahora pasará a ser una constante en los cálculos estratégicos y diplomáticos de Bolívar. En carta dirigida a Camilo Torres desde Puerto Cabello el 2 de febrero, Bolívar advierte que liberada España de la dominación francesa recuperará el dominio perdido en América. Con el propósito de adelantase a esta situación, insiste en la necesidad urgente de enviar representantes a Londres.

Una ocurrencia de la primera importancia, sobre la cual escribo a Vd. oficialmente, me obliga a hablarle también de ella en esta carta. Es la derrota de Bonaparte en el Norte de la Europa, suceso demasiado confirmado, y cuya trascendencia es tan inmediata sobre nosotros. Así es que la España evacuada ya por los franceses afianzara más sólidamente su independencia, y volverá sus miras hacia la América. Es menester prevenir aceleradamente este golpe, pues aunque estoy seguro que la Nueva Granada y Venezuela no cederían a la fuerza, no es menos cierto que podríamos ser envueltos.

Hay una medida que urge adoptar en el instante, y es poner a la Inglaterra en nuestros intereses. Ella ejerce ya una preponderancia decidida sobre los negocios de la España; y aún sin esto, si ella abraza nuestro partido como Señora de los Mares, burlará los esfuerzos de aquella, si se obstina en subyugarnos.

Un diputado, pues, de la Nueva Granada unido a otro de Venezuela, que representando estas dos regiones, pasarán a Londres, y reclamarán vigorosamente los auxilios de la Nación; es el partido que naturalmente indican las circunstancias...11

Pero Bolívar no se limita a considerar la inminente caída de Napoleón como una cuestión de implicaciones meramente diplomáticas. Por el contrario, sabe que la paz en Europa abre las puertas a un nuevo orden europeo cuyos efectos no se limitan al viejo continente, sino que inciden, de una u otra manera -y en una escala muy importante-, en el curso del proceso de la emancipación americana en particular, y en el resto del mundo en general. La vida económica, política a institucional no será la misma después de Napoleón. Es por ello que Bolívar se dispone a empeñar todos los esfuerzos a su alcance para hacer participar a una América, tan salvaje como irredenta, en el escenario geopolítico de escala mundial. El fin de la era napoleónica pareciera dejar el campo fértil para el florecimiento de una visión mundial de la historia de la civilización en la que, incluida la América emancipada, ésta avanza hacia una nueva era del progreso. La paz en Europa no es el mero final de dos décadas de guerra. No se trata de un asunto meramente militar, ni que pueda tenerse por restringido al ámbito europeo. El fin de la hegemonía francesa nos la presenta Bolívar como una cuestión mundial, que toca no sólo a una región, sino a la civilización entera. Es aquí donde, una vez más, el estilo hace la diferencia. Un artículo publicado en la Gaceta de Caracas el 28 de abril de 1814, comienza anunciando grandes acontecimientos que han tenido lugar en un muy corto tiempo, y a los que Bolívar se propone significar en una dimensión de gran alcance. Más que un acontecimiento militar, la batalla de Leipzig es el símbolo de la libertad y la independencia de una Europa ante la que se repliega el conquistador. Porque Bolívar no habla aquí de Napoleón; lo despersonaliza y, al hacerlo, lo convierte en fuerza inmanente del mal que durante interminables años ha azotado a pueblos que renacen de debajo de la botas de un ejército implacable. Si hasta la misma España está involucrada en un movimiento histórico que toca por igual a Europa y América ¿no luce acaso del todo paradójico que quien allá lucha por su independencia pretenda al mismo tiempo imponer su yugo acá? Bolívar establece un colorido y agudo contraste entre la Europa que se libera de Napoleón Bonaparte y la América que hace lo propio respecto de Fernando VII.

Grandes acontecimientos se han sucedido en un pequeño período de tiempo. Las Potencias del Norte que se hallaban dominadas o amenazadas por el Mediodía de la Europa, han sacudido el yugo, y hemos visto renacer otra vez aquellos bellos monumentos de la política, que habían entrado en la nulidad más completa, porque un conquistador había querido enseñorearse de la mitad del mundo. La Alemania, la Prusia, la Suiza, la Holanda, la España, las Repúblicas de Venecia, y Génova, los Estados Pontificios, todo o había desaparecido, o estaba bajo la influencia del conquistador. Un movimiento simultáneo de todas estas Potencias, animado por la Gran Bretaña, y auxiliado poderosamente por el Emperador de la Rusia que también se hallaba amenazado, ponen en acción grandes masas que resisten el choque del dominador, y por fin en Leipzig se decide de la libertad e independencia de la Europa. A aquel acontecimiento para siempre memorable, varía enteramente la política de todos los gabinetes. Los mismos pueblos que renacían a la libertad, no creían poder disfrutarla; los políticos más profundos jamás pensaron que en un momento, se destruyesen veinte años de conquistas gloriosas, y no obstante la Europa toda salió de aquel estado de entorpecimiento en que la habían sumergido las legiones del conquistador; los pueblos todos piensan en sus primeras instituciones políticas; y les vemos otra vez amar la gloria, y aquella libertad e independencia que es el colmo de la felicidad humana. La España misma ha hecho sacrificios gloriosos por esta libertad e independencia que defienden a tanta costa los pueblos de la Europa, y que es también el objeto de los más vivos deseos de todos los de la América Española. La historia presenta pocas veces el contraste singular que se advierte en la política de la Nación Española; ella quiere ser libre; ella combate por su independencia, y al mismo tiempo quiere imponer el yugo a unos pueblos que defienden los mismos sagrados derechos. Sus impotentes esfuerzos se han estrellado en la América, pues la justicia triunfa de uno al otro extremo del globo. No es éste el solo contraste que la España presenta a la faz de la Europa12.

Sin duda que, la batalla de Leipzig tuvo un alcance estratégico que determinó en poco tiempo la caída de Napoleón. Obsérvese, sin embargo, cómo Bolívar hace emerger de una coyuntura militar un escenario universal para la historia, en el que se decide la libertad y la independencia del continente entero, en el que se voltean los gabinetes y renacen los pueblos hasta entonces sometidos por las legiones de un conquistador. En esta visión casi apocalíptica, la libertad y la independencia son expresión de la fuerza trascendente de la historia que toca por igual a los pueblos, los de Europa y los de la América Española. Ésta es la semántica de la modernidad significando el tiempo histórico, sometiéndolo a sus designios de hacedora de historia. En este documento Bolívar adelanta, tanto en su estilo como en sus contenidos, los aspectos característicos de la geopolítica en la que está involucrada la lucha por la independencia y que, año y medio más tarde, encontraremos nuevamente planteados en la Carta de Jamaica. La inminente paz parece descorrer el velo de una historia plagada de calamidades. Por encima incluso del restablecimiento de antiguos poderes dinásticos, la paz coloca al mundo en una nueva dirección. ¿Cuál debe ser en esta transformación de alcance mundial la suerte de América? Con una pregunta así Bolívar pone en evidencia las contradicciones de las grandes potencias de occidente que, empeñadas en desterrar el despotismo en sus espacios, se hacen de la vista gorda respecto a procesos equivalentes, implícitos en la misma corriente histórica mundial que tienen lugar en América.

Mas la época de las calamidades parece ha llegado a su término. Una perspectiva la más lisonjera se presenta a los ojos del observador imparcial. Por más que resuenen los papeles públicos del Continente de la Europa del restablecimiento de los Borbones en Francia, ni la política, ni el bienestar de la Europa, ni la aptitud de Buonaparte, ni sus relaciones, pueden llevar a efecto este quimérico pensamiento. En un Congreso general se trata de los intereses del Mundo. Los Ministros de las Naciones beligerantes activan sus trabajos; la paz, es el objeto sincero de los deseos de todas las potencias; los pueblos todos están cansados de una guerra exterminadora, que ha esparcido la desolación, la miseria, el llanto, la orfandad en aquel Continente desgraciado. Todos la piden, todos la desean, la Inglaterra misma se presta a la pacificación del Mundo. Deben esperarse resultados favorables. Mas en medio de todas estas transacciones, ¿cuál debe ser la suerte de la América? Este problema que en otro tiempo presentaba dificultades inmensas parece que no es ahora difícil de resolver. Echemos una ligera ojeada sobre la actual situación de la América Española; presentemos un ligero cuadro de sus generosos esfuerzos por conseguir su independencia, y no será difícil hacer las deducciones más justas, y legítimas.13

Y al igual que lo hará posteriormente en Jamaica, Bolívar considera que la emancipación americana, además de ser una aspiración inscrita en la tendencia universal de los valores del derecho y la justicia, es también una oportunidad para el desarrollo del comercio y la actividad económica entre las naciones del mundo. El inmenso océano que en la Carta de Jamaica representa la magnitud del odio que separa a América de España, representa aquí, medido al tenor de las nuevas condiciones geopolíticas, las enormes posibilidades para el intercambio comercial y la reconciliación con el viejo continente. Esta Europa que deja atrás el terrible episodio de las guerras napoleónicas es presentada como un renacer inexorable que no puede ser ciego ante la evidencia según la cual la paz de Europa y la independencia de América son signo de un mismo destino.

Las bellas y ricas producciones de este Continente, sus minas, sus tesoros, ¿serían más tiempo la exclusiva posesión de una potencia mezquina, que con sus leyes bárbaras ha hecho la infelicidad durante tres centurias de tantos millones de habitantes? No es posible, ni así conviene a las miras de las potencias comerciales, que hallarán en los pueblos de la América el cambio de sus manufacturas, la afección de sus habitantes, y riquezas inmensas, que sin restricciones dictadas por la más estúpida avaricia, harán la felicidad de entrambos Continentes. Siglos enteros han estado preparando el feliz momento, la aurora lisonjera que aparece ya para la América Española. El término de una guerra desastrosa parece que se acerca. ¿Permitirán más tiempo las potencias que tienen un interés en su conservación, la devastación horrorosa de este Continente? Tampoco es posible. La España misma al conocer su impotencia en la reducción de la América, renunciará a su loca empresa; así ella economizará la sangre de tantas víctimas que hace traspasar el Océano, para encontrar la muerte sobre el territorio de Colombia. No, no existen ya las expediciones enviadas a combatir contra la Nueva España, Buenos-Aires y Venezuela. El mismo desastroso resultado deben tener iguales tentativas. ¿Qué debe pues deducirse, en fin, de estos grandes acontecimientos, del prospecto actual de la Europa, y de la aptitud guerrera de la América? Que es infalible la paz de la Europa, y la libertad e independencia del Continente Americano14.

No obstante, este tono casi épico, para narrar un mundo convulsionado por fuerzas impersonales, en el que pueblos y hombres sublimes pero sin rostro, de un lado y otro del Atlántico inmutable y a la espera, se desperezan y entrecruzan al vaivén de un destino que tiene siglos gestándose y se torna común, es útil para referirse sólo a una cara de la moneda de la geopolítica. Es la cara de la modernidad, de la semántica de la revolución dispuesta a enderezar destinos retorcidos, dispersos en las noches del despotismo. Es la cara que mira al futuro, irradiada por el alba que ilumina la nueva temporalidad forjada en los hornos ilustrados de la teleología y el progreso.

Pero hay otra cara de la moneda geopolítica. Mas circunspecta, la del entrecejo fruncido, que mira a lo menudo, llamada a lidiar con los objetos despreciables de los bajos fondos de la historia y dispuesta a adentrarse en los barrios inaccesibles del poder. De este lado de la geopolítica, Bolívar muestra una impresionante visión de análisis que le permite distinguir el específico papel de Inglaterra en el consenso entre las grandes potencias europeas, el modo cómo la tradición dinástica y la filantropía quedan al servicio de los intereses económicos y geopolíticos; como, en suma, el consenso entre las potencias es síntoma del conflicto entre sus particulares intereses. Es lo que explica que la liberal Inglaterra tenga su más importante aliado en la aristocrática Rusia que, no obstante, puede convertirse de un momento a otro en su más enconada rival. Bolívar sabe que la verdad nunca aflora por sí sola a la superficie. Como Tucídides -el insustituible y aún vigente modelo de la historia geopolítica- Bolívar sabe muy bien diferenciar en la maraña de declaraciones y discursos del orden internacional los factores aparentes de los reales, y estar atento al modo en que el ruido de las motivaciones inmediatas suele despistar acerca del silencio de las verdaderas causas. Así lo muestra el fino escepticismo de unas reflexiones publicadas en la Gaceta de Caracas el 9 de junio de 1814, respecto a la restauración europea y la hegemonía británica, y en las que vale la pena extenderse, pues constituyen una pieza maestra de análisis que cualquier observador moderno ratificaría.

No es, ciertamente, el interés de los príncipes o de las familias reinantes, ni los de una u otra nación, los que principalmente influyen en las combinaciones de la política europea. Estas son regularmente unas causas secundarias que contribuyen sólo a promover los intereses primarios y muchas veces, bajo el pretexto de vengar un agravio hecho a algún soberano, vemos encenderse, en beneficio de otro, una guerra funesta al bienestar de su pueblo.

Los derechos de los Borbones, de que tanto han hablado los ingleses, de algún tiempo a esta parte, no han sido más que el objeto ostensible de su política. El fin es asegurar su preponderancia marítima, destruyendo el poder colosal que tarde o temprano podía arruinarlo. El empeño con que se han procurado disolver cuantas coaliciones se han formado contra ella, manifiesta bien cuanto pesaban sobre sus miras.

Pero por fortuna suya, el que dirigía la máquina en el Continente era el más a propósito para hacerles triunfar de un modo raro y extraordinario. El despotismo y arbitrariedad de Bonaparte, es el tema de que se han valido para conseguir esta victoria.

Uno de los efectos necesarios de este nuevo orden de cosas es el restablecimiento del equilibrio político entre las naciones del continente. Dícese entre estas naciones porque semejante equilibrio no existe ya, ni puede existir por mucho tiempo, con relación a la Gran Bretaña. Esta ha ganado su poder marítimo por medio de combates gloriosos a que han dado causa los desórdenes de la Europa, y no es creíble que por un desprendimiento extraordinario del que no hay ejemplo en la historia Británica, cuando se trata de intereses comerciales, venga ahora a colocarse por su voluntad al nivel de las demás naciones, antiguamente de su misma especie.

Es, pues, a este equilibrio a que se deben los primeros progresos de la Independencia Americana. La Francia auxilió al Norte con tropas y embarcaciones de guerra, no por un efecto de su filantropía, o por amor al pueblo americano, sino porque perdidos sus establecimientos en el Canadá, era preciso despojar a su rival de las otras Provincias del Norte, y disminuir así su influjo en la balanza del poder. De otra suerte ¿cómo es posible que la Francia diese a sus posesiones coloniales un ejemplo tan fatal? ¿cómo la España misma había de manifestar su aquiescencia a lo que había hecho en el particular el Gabinete de Saint Cloud? pero la Inglaterra a su turno fomentó la insurrección de Santo Domingo, y ha mucho tiempo que son conocidos sus planes para dar la libertad a las colonias españolas.

Si convenimos, pues, como es necesario convenir, que aun restablecido este nuevo equilibrio en la Europa, los intereses de la Gran Bretaña son enteramente opuestos a los de las Potencias Continentales ¿cómo incurrir en la demencia de creer que siendo hoy la Inglaterra la única nación marítima del Universo, vaya a prestarse a que la España vuelva a afianzar aquí su dominación? Aun suponiendo que la España hiciese con la Gran Bretaña los tratados más favorables a su comercio ¿la simple fe de los tratados sería la garantía suficiente de su cumplimiento?

Es preciso no conocer el genio previsor del Gabinete inglés para entregarse a semejantes conjeturas. Destruido el poder de Bonaparte ¿no es posible encontrar otro jefe, enemigo de la preponderancia inglesa? Quizá el mismo Emperador Alejandro, que se ha puesto hoy a la cabeza de los aliados para destruirlo, es mañana el que fomenta una coalición continental, más fuerte que cuantas se han hecho hasta el presente. ¿Y en estas vicisitudes de la política Europea, querrá la Inglaterra que la América, permaneciendo bajo la dependencia de alguna potencia continental, vaya con sus riquezas y población inmensa a aumentar la masa del poder que puede resistirle?

Es por esta razón que la emancipación de América ha estado siempre en los cálculos del Gabinete inglés. La Gran Bretaña, colocada entre el antiguo y nuevo Continente, va por este nuevo equilibrio del Universo a llegar al último punto de grandeza y de poder a que ningún pueblo del mundo había osado aspirar.15

De súbito han desaparecido las fuerzas trascendentes, la luminosidad del renacer. Del alba de lo teleológico y sublime, Bolívar pasa a alumbrar con el modesto candil del pragmatismo lo que sigue sucediendo a la sombra de la noche. Desde esta perspectiva considera la situación de América en este contexto geopolítico. Se trata de un pueblo agricultor y rico por naturaleza, al que se asigna una posición específica en la división internacional del trabajo y la producción. Bolívar nada nos dice respecto a las complejas consecuencias de ello, pues su propósito con esta sugerencia lógica y simplista no es económico, sino político16; es decir, significar y dar sentido al proceso político de la independencia en el orden económico internacional. De tal manera que, si bien la revolución de independencia es un proceso irreversible, habría que ver en ello, particularmente por parte de las grandes potencias involucradas en la construcción de la paz, si no un legítimo designio de la justicia, al menos la apertura favorable de esta parte del mundo al crecimiento económico y el comercio, lo cual es, por sí mismo, un beneficio para ellas.

Queda pues ahora la cuestión del imperio de los mares reservada para calculistas más profundos. Nosotros solamente divisamos a lo lejos la Gran Bretaña, confundida y abrumada con el peso enorme de sus riquezas, y a la América formando el imperio más poderoso de la tierra.

Nuestra revolución, por otra parte, ha tenido un aspecto tan importante, que no es posible sofocarla por la fuerza. México, el Perú, Chile, Buenos Aires, la Nueva Granada y Venezuela, forman hoy por la identidad de sus principios y sentimientos, una liga formidable, incapaz de ser destruida por más que lo intenten sus enemigos.

Si hubiésemos de considerar aisladamente algunas de estas partes, podríamos calcular de otro modo. Debe ser un gran consuelo para nosotros saber que cualquier ultraje que se haga a una pequeña porción del suelo Colombiano, será vengado por infinidad de pueblos hermanos esparcidos sobre el nuevo hemisferio.

Mas queremos suponer que la Europa en masa quiera subyugarnos. En este caso, es necesario suponer también que la guerra civil va a causar mayores estragos de uno a otro extremo de nuestro Continente y a destruir cuanto la industria y el arte habían hecho en tres siglos. Para admitir esta época calamitosa, es preciso no conocer cuanto las riquezas y producciones del Nuevo Mundo han influido en las costumbres y en la política de los europeos. El interés bien entendido de todas las naciones, y particularmente el de la Nación inglesa, es poner expeditos los canales del comercio, impidiendo que la guerra consuma todos los materiales con que su industria recibirá un fomento considerable.

La América se halla además por fortuna en circunstancias de no poder inspirar recelos a los que viven del comercio y la industria. Nosotros por mucho tiempo no podemos ser otra cosa que un pueblo agricultor, y un pueblo agricultor capaz de suministrar las materias más preciosas a los mercados de Europa, es el más calculado para fomentar conexiones amigables con el negociante y el manufacturero.

Reconocida nuestra independencia, y abiertos estos países indistintamente a los extranjeros, no podemos imaginar cuánto aumentará la demanda pública todos los años. Los artículos de exportación se multiplicarán hasta lo infinito, y las importaciones irán siempre buscando el equilibrio comercial con nuestras producciones. Cuando consideramos nuestra suerte futura por este aspecto, deducimos sin la menor fuerza que la emancipación de la América va a producir en el lujo, en las riquezas de las naciones, en una palabra, en las costumbres del género humano, una revolución mucho más espantosa que la que trajo su descubrimiento.

Si es, pues, bien averiguado que la independencia del Norte es más benéfica a la Inglaterra que su dependencia ¿qué diremos de nuestros países, cuya importancia política no puede jamás entrar en paralelo con la de los Estados Unidos? Es esta una demostración tan clara a los ojos de la Europa entera, que sin un gran trastorno de la razón, no es posible concebir que con preferencia a todo, adopten ideas iliberales, cuyo resultado ha sido siempre la miseria y opresión17

 

La visión geopolítica de Bolívar en Jamaica

Desde el observatorio de esa nueva historicidad que la revolución y el progreso imponen desde finales del siglo XVIII, Bolívar atisba una realidad mundial determinada, entre otras cosas, por la disolución del imperio mercantilista español en América y el ascenso de las grandes potencias industriales de Europa y Norteamérica. Y también sabe que todos observan lo mismo, cada quien desde su particular interés y posición geoestratégica. Así desde Norteamérica, que permanece en la política de aislamiento heredada de Washington, y también desde Europa que, tras la caída de Napoleón, intenta restaurar los antiguos regímenes dinásticos a través de la Santa Alianza.

La Carta de Jamaica incluye tres párrafos específicamente dedicados al tema geopolítico.18 Allí se resume en lo fundamental lo que hasta entonces Bolívar ha planteado al respecto. Desde luego, con un total énfasis en la guerra de emancipación americana, la cuestión queda circunscrita a la modesta opinión de el americano meridional que no alcanza comprender por qué la civilizada Europa y la liberal Norteamérica se mantienen al margen de tan crucial proceso para la historia del mundo. Sólo una España retrógrada y decadente se empecina en sostener su falaz y funesta dominación. Este es el centro de la denuncia que el libertador nos muestra a través del americano meridional: la dominación española es un cadáver insepulto que un nuevo orden geopolítico está llamado a terminar de enterrar.

El primero de estos párrafos es una especie de mapa introductorio que, presentado en forma numérica, según leguas y habitantes, deslumbra con su enormidad y la perplejidad, no menos enorme, que resulta de inquirir las razones por las que la Europa civilizada permite que la vieja serpiente devore la más hermosa región del mundo:

Este cuadro representa una escala militar de 2.000 leguas de longitud y 900 de latitud en su mayor extensión en que 16.000.000 americanos defienden sus derechos, o están comprimidos por la nación española, que aunque fue en algún tiempo el más vasto imperio del mundo, sus restos son ahora impotentes para dominar el nuevo hemisferio, y hasta para mantenerse en el antiguo. ¿Y la Europa civilizada, comerciante y amante de la libertad, permite que una vieja serpiente, por sólo satisfacer su saña envenenada, devore la más bella parte de nuestro globo? ¡Qué! ¿está la Europa sorda al clamor de su propio interés? ¿No tiene ya ojos para ver la justicia? ¿Tanto se ha endurecido para ser de este modo insensible? Estas cuestiones, cuanto más las medito, más me confunden; llego a pensar que se aspira a que desaparezca la América; pero es imposible porque toda la Europa no es España. ¡Qué demencia la de nuestra enemiga, pretender reconquistar la América, sin marina, sin tesoros, y casi sin soldados! Pues los que tiene apenas son bastantes para retener a su propio pueblo en una violenta obediencia y defenderse de sus vecinos. Por otra parte, ¿podrá esta nación hacer el comercio exclusivo de la mitad del mundo sin manufacturas, sin producciones territoriales, sin artes, sin ciencias, sin política? Lograda que fuese esta loca empresa, y suponiendo más, aun lograda la pacificación, los hijos de los actuales americanos unidos con los de los europeos reconquistadores, ¿no volverían a formar dentro de veinte años los mismos patrióticos designios que ahora se están combatiendo?19

El americano meridional entra de nuevo en escena. Y, sin abandonar en ningún momento ese toque de ingenuidad que siempre denota al iniciar su intervención, sin que nos demos cuenta, nos lleva rápidamente de la perplejidad a la indignación. Este recurso se repite en muchos otros pasajes de la carta. Es el que permite al documento compartir esa doble naturaleza. a la que antes nos hemos referido, entre el informe y la denuncia, la modesta opinión del paisano y el dictamen de la leyenda negra. Sólo el virtuosismo estilístico permite este fluir natural, constante entre extremos, a todo lo largo del discurso.

Y a renglón seguido, sosteniendo el efecto recriminatorio, el americano meridional se queja de la indiferencia europea frente al proceso de la independencia americana. Tal proceso es condición para lograr el equilibrio del mundo y el crecimiento del comercio. Algo en lo que, como se ha visto, vienen insistiendo Bolívar desde tiempo atrás.

La Europa haría un bien a la España en disuadirla de su obstinada temeridad, porque a lo menos le ahorrará los gastos que expende, y la sangre que derrama; a fin de que fijando su atención en sus propios recintos, fundase su prosperidad y poder sobre bases más sólidas que las de inciertas conquistas, un comercio precario y exacciones violentas en pueblos remotos, enemigos y poderosos. La Europa misma, por miras de sana política debería haber preparado y ejecutado el proyecto de la independencia americana, no sólo porque el equilibrio del mundo así lo exige, sino porque este es el medio legítimo y seguro de adquirirse establecimientos ultramarinos de comercio. La Europa, que no se halla agitada por las violentas pasiones de la venganza, ambición y codicia, como la España, parece que estaba autorizada por todas las leyes de la equidad a ilustrarla sobre sus bien entendidos intereses.20

Tono recriminatorio con que, igualmente, hace referencia a Norteamérica:

Cuantos escritores han tratado la materia se acordaban en esta parte. En consecuencia, nosotros esperábamos con razón que todas las naciones cultas se apresurarían a auxiliarnos, para que adquiriésemos un bien cuyas ventajas son recíprocas a entrambos hemisferios. Sin embargo ¡cuán frustradas esperanzas! No sólo los europeos, pero hasta nuestros hermanos del Norte, se han mantenido inmóviles espectadores de esta contienda, que por su esencia es la más justa, y por sus resultados la más bella e importante de cuantas se han suscitado en los siglos antiguos y modernos; por­que ¿hasta dónde se puede calcular la trascendencia de la libertad del hemisferio de Colón?21

La atención que presta Bolívar a la realidad internacional será constante a lo largo de toda su tarea como líder del proceso de independencia. Como es obvio suponer, en la medida que cambian los acontecimientos y el consenso europeo se va muestra más conservador, Bolívar se mostrará a su vez mucho más escéptico.22 Por lo pronto, todavía en Jamaica, a mediados de diciembre de 1815 publica un artículo en el que insiste en aquello que había sido planteado como fundamental en la Carta de Jamaica: las ventajas de un proceso de transformación política que, como el de la emancipación americana, al arrasar con el mercantilismo, será beneficioso para la expansión del comercio entre las naciones. En este sentido, en este artículo Bolívar sugiere que, al margen de las terribles condiciones y efectos propios de la guerra, enfocar la cuestión de la independencia americana desde el punto de vista económico y comercial permite advertir las enormes ventajas que ella traería para el fortalecimiento de los intercambios y de la vida económica en general del hemisferio:

...Despojémonos, si ello es posible, de unos sentimientos tan sinceros de simpatía y conmiseración hacia quienes sufren, y esforcémonos en calcular el proceso desde el punto de vista del beneficio comercial. Las provincias de América del Sur, una vez libertadas del injusto dominio de la metrópoli tendrán entre sus primeras atenciones el establecimiento de los reglamentos que un pueblo libre requiere para estimular las actividades de la industria, únicas capaces de sostener con alguna firmeza la posesión de la libertad. El comercio, en dichos Estados, ha de ser ejercido sin miras de monopolio; debe ser abolida la abominable doctrina que concede al soberano, o a cualesquiera corporaciones colegiadas o compañías establecidas por la ley, el derecho de adquirir privilegios que excluyan al resto de un pueblo del disfrute de los bienes que la naturaleza prodiga, en cualquier rama de la agricultura o del comercio: se acabarán las prohibiciones de exportar o de importar excepto tan sólo, en la medida en que sean modificadas por las disposiciones protectoras requeridas a fin de promover ventajosamente el bien público. Las restricciones, entonces, como ocurre en el Código de Comercio británico, actúan a modo de saludable estímulo al bien común. ¿Es ésta una vana especulación, estoy resucitando inoportunamente los sueños de Moro [2] y de Fenelón [3] Los Estados Unidos [4], si continúan progresando como hasta ahora, tendrán dentro de cincuenta años treinta millones de habitantes, y un millón de marineros; lo que está al alcance del hombre en una región, no es absolutamente imposible en otra. Porque a pesar del desnaturalizado sistema de la decrépita España, sus colonias, sumidas en la desesperación y los ultrajes, habían alcanzado antes de comenzar la fatal guerra actual, una población de catorce millones de habitantes; así lo expone Humboldt [5], basándose en documentos los más auténticos, cálculos que probablemente estén más bien por debajo que por encima de la cifra exacta: quítenseles sus cadenas —en lugar de éstas, establézcanse todas las leyes que la experiencia de naciones más afortunadas ofrece tan ampliamente, que las obras de escritores sancionados por la aprobación universal han inculcado— y la América del Sur pueda rivalizar en número y vigor con las más favorecidas comunidades. Este mismo año, inclusive, si la mente del pueblo de esas colonias se fijase decididamente en el establecimiento de un gobierno bien regulado, un número tan considerable de pedidos de mercancías serían dirigidos a Kingston y a Gran Bretaña, que ni siquiera nuestras fuentes de manufacturas existentes bastarían para proveerlas. La demanda crecería con el aumento de la población; y en un período de cincuenta años la Gran Bretaña encontraría, en el extraordinario incremento de su población, el resorte principal de su prosperidad manando en amplias corrientes desde las colonias españolas. Gran Bretaña e Irlanda, colocadas bajo la misma égida de protección universal, que abre las tierras, así como el mar, a la legítima acción del interés propio, tendrían en el mismo espacio de tiempo no menos de treinta millones de habitantes.—Esta opinión me lleva de nuevo a mi afirmación con respecto a las colonias españolas; y, adonde quiera que el pensamiento se dirija, de todas partes surgirán observaciones de la más fácilmente comprensible concepción, que convencen de la absoluta conveniencia de estimular un buen gobierno en ese país: almacigo de las más ilimitadas ventajas para la Gran Bretaña23.

 

Consideraciones finales

Documentos como los indicados sugieren de modo muy claro que la Carta de Jamaica no salió de la nada, ni es el resultado de un momento de inspiración profética en el marco de una situación personal de derrota, vicisitudes y dificultades económicas que, exaltadas de manera romántica, exaltan la grandeza del héroe. Por el contrario, la Carta de Jamaica forma parte de un proceso de reflexión continua y meditada sobre las posibilidades concretas de la independencia americana, el contexto geopolítico internacional en que ésta tiene lugar, así como de los requerimiento y condiciones que deben ser considerados para su conservación y desarrollo más allá de las coyunturas que la guerra impone. En su exilio en Jamaica, Bolívar retoma temas estratégicos que ya han sido planteados de manera muy precisa en ocasiones anteriores, lo menos desde el Manifiesto de Cartagena. Así la idea de la unidad americana y de que la independencia sólo es posible en un plano hemisférico y no solo regional; el papel de Inglaterra en la transformación del cuadro de relaciones de poder y el comercio mundial; la necesidad de gobiernos fuertes, altamente centralizados en contraste con los sistemas federales, considerados como inapropiados en las condiciones políticas y culturales de América. Son estos temas políticos y geopolíticos que han ocupado a Bolívar desde tiempo atrás, y en los que insiste en la Carta de Jamaica. Y son estos los temas sobre los que opina con un mayor grado de certeza y en los que se muestra tan pragmático como en anteriores ocasiones. Pues, sobre todo lo demás, como él mismo indica a su destinatario, sólo es capaz de hacer arbitrarias conjeturas.

El mensaje de la Carta de Jamaica está dirigido al mundo occidental, el que emerge de la Enciclopedia y la Revolución Francesa; un mundo en el que se ha impuesto el dominio británico en los mares y las telas de Manchester y Liverpool en el comercio internacional; un mundo que se historiza al tenor de la filosofía alemana y la expansión del nacionalismo; un mundo, decimos, que se ve a sí mismo como futuro de la historia humana -dicho en palabras de Habermas24. La Carta de Jamaica se ubica en medio de esa corriente entre dos aguas que marca buena parte del siglo XIX en todos los planos de la evolución histórica: la desintegración de un orden aristocrático, agrícola y mercantilista, por una parte; el ascenso y la paulatina consolidación de uno burgués, industrial e imperialista, por la otra. Se trata de un proceso amplio, complejo, en buena medida aún desconocido para entonces, pero que ya muestra una tendencia planetaria y que hará de la geopolítica uno de los temas más importantes para comprender el acontecer de la civilización durante los dos siglos siguientes. Tal es el mundo al que ya mira con acucioso empeño el Bolívar derrotado de 1814, y sobre el que llama la atención el Bolívar que en Jamaica espera la oportunidad para reiniciar la lucha.

Mientras, escribe aquella carta, la calificada de profética pero que, en realidad, constituye todo un testimonio de modernidad, de esa nueva semántica que el concepto de revolución impone al tiempo histórico. El que habla no es el profeta bíblico, sino el hombre de la enciclopedia ilustrada; el visionario de la historia y el analista pragmático del orden geopolítico. A través de un tan magistral como sutil desdoblamiento del estilo, se impone la fuerza semántica de una nueva historicidad, en la que revolución y geopolítica juegan un papel determinante. Lo que pudiera tener de pasivo como relator de la historia el americano meridional, lo sobrepasa el libertador como implacable hacedor de ella. Bolívar es lo más representativo de aquella definición que Hegel daba del hombre moderno: el que edifica la realidad de acuerdo a su pensamiento.

Todo en la Carta de Jamaica está marcado por la incertidumbre y la duda. En lo único que Bolívar osa insistir con toda certeza es en algo que ya está planteado desde Cartagena: la unión. Quien concluye la carta no es el americano meridional, sino el libertador. Es un final que nada tiene que ver con la romántica profecía, sino con la misma teoría, que pone énfasis en la realidad geopolítica que se presenta en la mira. Una afirmación tenaz, inequívoca y en íntima conexión lógica y racional con el mundo de principios del siglo XIX.

Yo diré a usted lo que puede ponernos en aptitud de expulsar a los españoles, y de fundar un gobierno libre. Es la unión, ciertamente; mas esta unión no nos vendrá por prodigios divinos, sino por efectos sensibles y esfuerzos bien dirigidos. La América está encontrada entre sí, porque se halla abandonada de todas las naciones, aislada en medio del universo, sin relaciones diplomáticas ni auxilios militares y combatida por la España que posee más elementos para la guerra, que cuantos nosotros furtivamente podemos adquirir.

Hoy se dice que la modernidad ha entrado en crisis, y seguramente en más de un sentido es posible que sea válido un enunciado así. Pero el verdadero problema de esta crisis, supuesta o cierta, acaso sea hasta qué punto un enunciado así signifique el desprecio por el pasado de los pueblos, una invalidación de su valor como forma de conciencia. En la raíz de este asunto hay un cambio geopolítico fundamental: el paso de la guerra fría a la globalización. La crisis de la modernidad comenzó antes. Jacques Derrida dice que le causa aburrimiento el modo en que hoy se proclama como novedosa una crisis que ya se vivía tras la segunda guerra mundial. Pero sin duda que, la proclamación de el fin de la historia que siguió al fin de la guerra fría era parte de la cruzada ideológica del capitalismo neoliberal por la conquista integral del planeta. Cruzada que aún vivimos hoy y ante cuya vorágine el desprecio por la historia es la forma más segura de sucumbir.

Desde un punto de vista geopolítico, los procesos de independencia en América Latina se ubican a medio camino en esa tendencia general del mundo contemporáneo que lleva de la expansión mercantil al imperialismo industrial. Y, en tal sentido, van a ser procesos en alguna medida determinados por este cambio geopolítico paulatino de alcance mundial y de largo plazo. No es esto algo exclusivo de tales procesos. Lo encontraremos igual en el Japón Meiji, la India de Roy y del Congreso Nacional Indio, o la China que va de la República Nacionalista a la República Popular. Igualmente lo encontraremos en la Grecia a donde fue a morir heroicamente el poeta Bayron, y en la Italia de Rey Víctor Manuel y del guerrillero Garibaldi. En realidad, quienes siguen la tesis de la geopolítica atlántica para explicar de modo unilateral los procesos de independencia en América Latina no han descubierto gran cosa. Apenas han emulado el estilo frío característico de las mesas de negociación internacional de la Europa decimonónica, en las que no se hablaba de revoluciones, sino de la cuestión oriental, o la cuestión balcánica, o la cuestión italiana. Si hasta en la misma Francia, de la Gironda a Termidor, cualquiera puede encontrar el peso de la geopolítica mundial en el proceso político: conflicto algo-francés, se llamaba a esta cuestión, y fue la que en buena medida determinó la caída de un Robespierre tan temeroso de la guerra, como el vertiginoso ascenso de un Napoleón tan ansioso de ella.

Nadie duda de que en el mundo contemporáneo -me refiero al que va de finales del siglo XVIII a nuestros días- toda revolución tiene dos caras: la que mira al interior de la sociedad en la que tiene lugar, y la que mira al exterior de un proceso histórico que se torna mundial. Obviamente, si nos quedamos mirando sólo lo que pasa en casa, sin atender a lo que ocurre en el vecindario, tendremos una visión cuando menos chucuta de la revolución. En alguna medida, la historia de la revolución contemporánea es el modo histórico particular en que una sociedad es afectada por el proceso de desarrollo de una civilización mundial y se inserta en ella. Los procesos de independencia en América Latina no son, desde luego, la excepción a esta relación dialéctica entre lo particular y lo general característico del mundo contemporáneo.

Si alguien advirtió tempranamente esto fue Bolívar en la Carta de Jamaica y otros documentos. Lo cual vincula la realidad geopolítica de la América Latina y el Caribe hoy con aquella de los tiempos de la independencia. No se trata de parangonar el pasado con el presente, o de recurrir a metáforas panfletarias que fuerzan groseras semejanzas entre pasado y presente. Cuando pasado y presente nos lucen igual, es porque no hemos comprendido ni lo uno ni lo otro, ni aprendido nada de la historia. Comprender el devenir es precisamente captar la diferencia que el cambio impone. Bolívar vio los inicios de un proceso que llega hasta hoy, hasta un presente que nos coloca en la responsabilidad, también, no de ver lo mismo, sino lo que nos corresponde ver dentro del mismo proceso. Esto es conciencia histórica.

La crisis de la modernidad no es algo que afecte por igual a quienes habitan de un lado y otro del Atlántico. Hay para quienes nación, independencia y soberanía siguen siendo conceptos tan fundamentales en el marco de la globalización, tanto como lo fueron en tiempos de la Carta de Jamaica. Por lo que considerar éste documento como profecía acaso sea más que suficiente para su conmemoración. Pero, desde el punto de vista de la conciencia histórica, las cosas no son tan sencillas. La Carta de Jamaica no es un catecismo, sino un dato geopolítico de la conciencia histórica. Si de lo que se trata es de comprendernos como pueblo inserto en el desarrollo de una civilización mundial, mas nos vale estudiar y prepararnos para utilizarla como el excelente manual de geopolítica que ella es.

Al final, sólo quedan dos formas de leer la Carta de Jamaica: con inteligencia o de rodillas. En cualquier caso, todos estaremos de acuerdo en que se trata de un legado. De ser así, veamos entonces lo que al respecto tiene que decir el filósofo Jacques Derrida:

Si la legibilidad de un legado fuera dada, natural, transparente, unívoca, si no apelara y al mismo tiempo desafiara a la interpretación, aquél nunca podría ser heredado. Se estaría afectado por él como por una causa —natural o genética—. Se hereda siempre de un secreto —que dice: «Léeme. ¿Serás capaz de ello?»— 25

 

1 www.archivodellibertador.gob.ve / Proclama de Bolívar a los venezolanos. Angostura, 22 de octubre de 1818

2Así se presenta el autor al inicio de la carta. Lo cual es reafirmado al final de la misma, cuando dice a su interlocutor que lo ha hecho más que por sentirse capacitado para iluminar con sus luces el destino de esa América sola, aislada en medio del universo, sólo por no ser descortés para con quien se ha condolido con su destino.

3A efectos de la sencillez y en virtud de la relevancia que hoy tiene el tema, he preferido centrar este estudio en lo geopolítico, por cuanto éste es el propósito del mensaje, y en el mecanismo discursivo a través del cual éste se realiza; es decir, el desdoblamiento semántico de la unidad del remitente en el libertador y el americano meridional, las dos instancias fundamentales del discurso. No obstante soy consciente de que esta arquitectura semántica es mucho más rica y compleja. Habría que incluir en ella instancias accesorias como, por ejemplo, la que incorpora la sensibilidad como valor ético. Es notorio que ésta está prácticamente declarada en el título del documento, definido como una contestación a un caballero de esta isla, y que está representada por el destinatario, pero que, a su vez, es un signo que comparte con el americano meridional. Bolívar explota este elemento discursivo desde el inicio mismo:

Sensible, como debo, al interés que V. ha querido tomar por la suerte de mi patria, afligiéndose con ella por los tormentos que padece desde su descubrimiento hasta estos últimos períodos, por parte de sus destructores los españoles, no siento menos el comprometimiento en que me ponen las solícitas demandas que V. me hace, sobre los objetos más importantes de la política americana. Así, me encuentro en un conflicto, entre el deseo de corresponder a la confianza con que V. me favorece, y el impedimento de satisfacerla, tanto por la falta de documentos y de libros, cuanto por los limitados conocimientos que poseo de un país tan inmenso, variado y desconocido como el Nuevo Mundo.

La modestia de el americano meridional queda enlazada con la sensibilidad de el caballero de esta isla. El efecto de la despersonalización es contundente; más que un diálogo entre dos personajes, lo que el discurso traduce es un encuentro entre dos valores que fluyen en el mismo destino. Dos párrafos más adelante, reitera:

Como me conceptúo obligado a prestar atención a la apreciable carta de V., no menos que a sus filantrópicas miras, me animo a dirigir estas líneas, en las cuales ciertamente no hallará V. las ideas luminosas que desea, mas sí las ingenuas expresiones de mis pensamientos."

Párrafo de por medio, el americano meridional muestra su gratitud hacia el generoso gesto del sensible caballero de esta isla que ha tomado partido en favor de la causa independentista. ¿Pero es que acaso hay otra opción para un alma sensible?

¡Con cuánta emoción de gratitud leo el pasaje de la carta de V. en que me dice "!qué espera que los sucesos que siguieron entonces a las armas españolas, acompañen ahora a las de sus contrarios, los muy oprimidos americanos meridionales! Yo tomo esta esperanza por una predicción, si la justicia decide las contiendas de los hombres.

Los americanos meridionales -la intención del plural es más que obvia- y la sensibilidad como valor supremo quedan adscritos a la misma dimensión, la que la razón prescribe: libertad, justicia etc. El remitente, según se desprende de sus reiteradas indicaciones, construye su respuesta según los comentarios que el destinatario hace. Cada una de estas indicaciones es una oportunidad para resaltar el valor de la sensibilidad y, haciéndola coincidir con las opiniones de el americano meridional, lograr un efecto legitimador de éstas. Así:

Siempre las almas generosas se interesan en la suerte de un pueblo que se esmera por recobrar los derechos con que el Criador y la naturaleza le han dotado; y es necesario estar bien fascinado por el error o por las pasiones para no abrigar esta noble sensación; V. ha pensado en mi país, y se interesa por él; este acto de benevolencia me inspira el más vivo reconocimiento.

 

4Como se ha indicado en la anterior cita, esto está declarado en los mismos inicios del discurso. Esta modesta va aunada a la ignorancia producto de la escasez de información:

En mi opinión es imposible responder a las preguntas con que V. me ha honrado. El mismo barón de Humboldt, con su univer­salidad de conocimientos teóricos y prácticos, apenas lo haría con exactitud, porque aunque una parte de la estadística y revolución de América es conocida, me atrevo a asegurar que la mayor está cubierta de tinieblas.

Aún así, un instinto hacia lo racional lo mueve en sus opiniones:

No obstante que es una especie de adivinación indicar cuál será el resultado de la línea de política que la América siga, me atrevo a aventurar algunas conjeturas que desde luego caracterizo de arbitrarias, dictadas por un deseo racional, y no por un raciocinio probable.

Al final, su disposición, signo de cortesía, somete sus opiniones al juicio del destinatario:

Tales son, señor, las observaciones y pensamientos que tengo el honor de someter a V. para que los rectifique o deseche según su mérito; suplicándole se persuada que me he atrevido a expo­nerlos, más por no ser descortés, que porque me crea capaz de ilustrar a V. en la materia.

5Tres siglos ha, dice V., que empezaron las barbaridades que los españoles cometieron en el grande hemisferio de Colón. Barbaridades que la presente edad ha rechazado como fabulosas, porque parecen superiores a la perversidad humana; y jamás serían creídas por los críticos modernos, si constantes y repetidos documentos no testificasen estas infaustas verdades.

6El velo se ha rasgado; ya hemos visto la luz y se nos quiere volver a las tinieblas; se han roto las cadenas; ya hemos sido libres, y nuestros enemigos pretenden de nuevo esclavizarnos. Por lo tanto, la América combate con despecho; y rara vez la desesperación no ha arrastrado tras sí la victoria.

7¿no está el Nuevo Mundo entero, conmovido y armado para su defensa?

8La Europa haría un bien a la España en disuadirla de su obstinada temeridad,

9Es más difícil, dice Montesqueau, sacar un pueblo de la servidumbre, que subyugar uno libre.

10Documento 1302. Carta de Jamaica. www.archivodellibertador.gob.ve. Todas las citas utilizadas en este ensayo relativas a la Carta de Jamaica provienen de la misma fuente.

11Documento No. 667. Carta del Libertador dirigida a Camilo Torres, fechada en Puerto Cabello el 2 de febrero de 1814, en la cual analiza la situación política internacional y recomienda en misión diplomática a dos diputados. www.archivodellibertador.gob.ve

12Documento No. 779. Artículo del Libertador publicado en la Gaceta de Caracas, el 28 de abril de 1814, sobre los acontecimiento políticos en Europa y América. www.archivodellibertador.gob.ve

13Idem.

14Idem.

15Documento No. 852, sobre la situación política en Europa y América, publicado en la Gaceta de Caracas, el 19 de junio de 1814. www.archivodellibertador.gob.ve

16Lo cual también pone en evidencia la total ingenuidad de Bolívar en cuanto a la naturaleza expansiva y hegemónica del Imperio Británico en particular, y de las potencias industriales en general. Ello es la más natural consecuencia del obligado desconocimiento que para entonces se podía tener, por incipiente, del desarrollo del capitalismo industrial y su expansión a lo largo y ancho del planeta.

17Idem.

18Me refiero a los tres párrafos continuos que constituyen la segunda parte antes indicada. Como se ha reiterado varias veces en este ensayo, existen muchos otros señalamientos que, directa o indirectamente, apuntan en la misma dirección.

19Documento 1302. Carta de Jamaica. www.archivodellibertador.gob.ve

20Idem.

21Idem

22Véase, por ejemplo, un artículo publicado en Lima, fechado en Huamachuco, el 4 de mayo de 1824, en los que hace una relación de la posición respecto al proceso de independencia de los países europeos y Norteamérica, en la que se sigue esta tendencia conservadora, salvo en los casos de Estados Unidos e Inglaterra. Para entonces, el concierto europeo ya muestras claros signos de disolución, como quedó en evidencia desde 1820, con la insurrección de Riego. Dicho artículo termina así: “Concluiremos, pues, este resumen diciendo que la Inglaterra, los Estados Unidos y todo el Nuevo Mundo nos protegen con el más decidido empeño en la causa contra el Perú español. Que la Rusia no se ha decidido aun, aunque los sentimientos de Alejandro son contra la santa libertad: del resto, nada puede en América encontrando la oposición de la más grande marina del mundo; que las demás naciones europeas ven con gusto abrirse un inmenso mercado a su comercio, y que la España, única interesada en nuestra destrucción, semejante a la desdentada serpiente de la fábula da tarascadas en vano contra la acerada América. Sin un peso, sin un navío, y sin soldados serviles ¿qué podrá esta moribunda y venenosa vieja? nada!!! nada!!! nada!!!” Documento No. 9405. www.achivodellibertador.gob.ve

23Documento No. 1311. Carta dirigida al editor de The ST. Lago Gazette, con artículo anexo, publicado en Inglés, el 16 de diciembre de 1815. www.archivolibertador.gob.ve

24...en la comprensión de Baudelaire la modernidad tiene como norte el que el momento transitorio encuentre confirmación como pasado auténtico de una actualidad futura. La modernidad se acredita como aquello que en algún momento será clásico. Jürgen Habermas. El discurso filosófico de la modernidad. Versión castellana de Manuel Jiménez Redondo. Tauro Ediciones. España. 1993. p. 18

25Jacques Derrida. Espectros de Marx. Editorial Trotta. p. 25

 

TEMPORAL

Una historia acerca del hecho de escribir historias

(novela filosófica) 

...sucede que la vida no tiene inicios ni finales, y que sólo en el ámbito y contexto de una narración es susceptible de adquirirlos. Lo que me recuerda, por cierto, aquello que una vez dijera Beckett: ese fue mi error, uno de mis errores; exigirme una historia, cuando sólo la vida bastaba. Si es así, entonces estoy aquí para perpetrar mi propio error. Y hasta puede que ésta sea la forma de haber empezado a hacerlo. Más me vale.

Introducción General

El Bolívar histórico del que se ocupa este trabajo no es, hablando en términos rigurosos, el del pensamiento político y la estrategia militar, aunque, desde luego, mucho tendrá que ver con ello. Pero no es un análisis de ese tipo lo que busco en su discurso sino, más bien, al discurso mismo como herramienta del político y el hombre de guerra. Se trata del Bolívar de la palabra. El lenguaje como signo de conciencia histórica, como dimensión de temporalidad y como fuente de heroicidad. Del discurso de Bolívar no me interesa tanto el pensamiento como su narrativa; su inteligencia política o militar, como la semántica o discursiva. Del Bolívar histórico no busco la verdad, sino el estilo.

Introito

Un día, cuando todavía era estudiante de historia y me desempeñaba como investigador en el archivo histórico del antiguo Congreso Nacional, al fondo de la bóveda, en medio de un cúmulo de trastos tan viejos como valiosos, me topé con una desvencijada edición del Diario de Bucaramanga. Sumido en la molicie que mi burocrático cargo ya me inspiraba, aquél libro me distrajo y, allí mismo, en un improvisado asiento de cajones, lo leí. Para cuando retorné de la bóveda, mi imagen de Bolívar -como la de casi todos, determinada por ese formalismo patriota propio de la historiografía de banco de escuela, como la llama Vallenilla Lanz- cambió. Este libro es el resultado de un intento por captar y comprender aquello que cambió.

CARTAGENA: del destierro a la gloria

La Memoria dirigida a los ciudadanos de la Nueva Granada por un caraqueño, mejor conocida como el Manifiesto de Cartagena, se considera el primero de los grandes documentos políticos de Bolívar. Fechado 15 de diciembre de 1812, recoge la experiencia del incipiente gobierno republicano que, a mediados de ese mismo año, ha sucumbido en Venezuela bajo los embates del ejército español. Se trata de una memoria de la derrota, producida por alguien que ha participado como oficial en la guerra el gobierno español y que, salido al exilio, ha llegado a la Nueva Granada con el propósito de obtener hombres y recursos que le permitan invadir su país de origen y restablecer la república. Esta memoria no es, pues, el mero relato pasivo de lo que aconteció, de cómo el ejército español ha vuelto a tomar de una de las plazas más importantes y estratégicas de la América insurrecta, sino del plan para recuperarla. Se expone aquí el análisis crítico de una experiencia republicana particular, de la que se extraen conclusiones políticas y doctrinales que proporcionan una nueva perspectiva del proceso de emancipación no sólo en Venezuela, sino en toda la América Meridional. Se puede compartir en mayor o menor medida tales conceptos. Pero, en cualquier caso, es indiscutible que estamos ante la primera visión sistemática, general y de conjunto que, más allá de la dimensión logística y militar que impone la guerra, nos proporciona el primer concepto histórico y estratégico de la emancipación americana. Al menos, el primero producido por un soldado con una clara visión política. En este sentido, estamos ante la primera teoría revolucionaria de la lucha por la independencia.

CARÚPANO: vindicta, libertad y barbarie

En el Manifiesto de Cartagena nada indica Bolívar respecto a la cuestión social. Cuestión ésta tan conflictiva que, siglo por medio, llevaría al historiador Vallenilla Lanz a definir la guerra de independencia como una guerra civil. De ello nos da una particular perspectiva el Manifiesto de Carúpano. No pasó mucho tiempo para que el discurso de Bolívar hubiese de encarar el tema tabú en Cartagena. El momento sobrevino con la caída de la Segunda República, tras ese fenómeno tan contundente como efímero que fue Boves para el proceso de independencia. Efímero en cuanto a su personal actuación y liderazgo, pero en alguna medida permanente en cuanto a la guerra como forma de vida para los sectores populares y el ejército como vía de transformación de una estructura social que hundía sus raíces en la colonia. Acaso fuera Boves el más encarnizado enemigo de la república. Pese a lo cual, la república, a la postre y para ser tal, fue su más genuina heredera. De él recibió su ejército, su dinámica social y hasta el estilo de su liderazgo. A tono con la dialéctica de la guerra, los llaneros que siguieron a Boves pasaron de bandidos a patrimonio de la república. Patrimonio que en algún momento hizo decir a Bolívar que la revolución estaba sentada en un volcán social a punto de hacer explosión. Pero eso sería más tarde y en privado. En Carúpano, todavía este ejército sólo representa el modo en que la barbarie se opone a bien supremo de la libertad.

JAMAICA: Historia, Semántica y Geopolítica

1815: el descenso de Napoleón se cruza con el ascenso de Bolívar. Ambos han partido al exilio, a Santa Helena y a Jamaica, respectivamente. Tres años más tarde, el americano meridional, que ha tomado Angostura, la plaza estratégica que inclinará el curso de la guerra en favor de la causa patriota, dirá de sí mismo: yo busqué asilo en una isla extranjera, y fui a Jamaica solo, sin recursos y casi sin esperanzas. Perdida Venezuela y la Nueva Granada, todavía me atreví a pensar en expulsar a sus tiranos.1 De modo que el exilio, que para Napoleón dictamina el final de un imperio en Europa, para Bolívar anuncia el renacimiento de un proyecto en América. Esta conjunción en el cosmos simbólico de la historia que involucra la carera de dos grandes líderes políticos y militares, alude también a un cambio de época, determinado, desde el punto de vista geopolítico, por el ascenso de las potencias del capitalismo industrial y la caída del colonialismo mercantilista. A ello tributan diversos procesos: la ilustración, el nacionalismo, el industrialismo, la revolución francesa, la expansión napoleónica, la independencia estadounidense, la emancipación en América Latina. Es ésta una coyuntura en el proceso de largo plazo que lleva de la era agrícola a la era industrial. En este contexto se fraguan los cauces iniciales de un proceso histórico de alcance planetario. La Carta de Jamaica forma parte de este contexto. Es una forma de asomarse a él y otearlo desde los agrestes montes de una América irredenta. Tal es el punto de partida de este ensayo.

ANGOSTURA: el guerrero creador de repúblicas

La Carta de Jamaica concluye con la afirmación según la cual la clave para poner fin a la dominación española y fundar un gobierno libre es la unión, obtenida por efectos sensibles y esfuerzos bien dirigidos. Lo que por entonces queda en un escueto enunciado, en Angostura va a ser objeto de un denso desarrollo. Eso es el Discurso de Angostura: un efecto sensible, un esfuerzo bien dirigido. En atención a las lineas principales de su estructura discursiva, es una apelación a la conciencia histórica, un plan estratégico centrado en la implantación del Estado Nacional, y un instrumento de significación del movimiento de independencia como proceso histórico. Pronunciado por Bolívar el 15 de febrero de 1819, en el acto de instalación del segundo congreso que se daba a sí misma una república en medio de los avatares de la guerra, constituye una de las piezas oratorias más importantes de su haber político. Dicho ello por su contenido en sí mismo considerado. Y dicho también por el modo en que marca una diferencia de dimensiones estratégicas entre un antes y un después del proceso de independencia. En la visión totalizadora del Discurso de Angostura confluye lo político y lo militar. Para ganar la guerra en el siempre inhóspito campo de batalla, es preciso ganarla también en el de la política; por cierto, no menos inhóspito, agreste y peligroso que aquél.

BOLIVIA: el hombre de las dificultades como legislador

El guerrero ciudadano es aquél al que le es dado despojarse del mando. Así en la Caracas que le otorgó el título de Libertador, así en la Angostura que lo ratificó como Jefe Supremo, y dos años después lo llevara a ser designado en Cúcuta Presidente de La Gran Colombia. Las dificultades comienzan cuando la historia lo despoja a él de la guerra y se queda sin esa fuente de gloria que, hasta entonces, había sido el enorme campo de batalla y de política que, visto desde Pasto, se extendía entre el Orinoco y el Potosí. Así, Ayacucho consigna en la historia americana la emancipación, ciertamente; y en el destino particular del guerrero ciudadano el retorno de la cima de la gloria a la sima de las miserias de la burocracia y la administración. Siendo el campo de batalla la fuente fundamental de su gloria, dentro de él lo es todo; fuera de él nada, o tan sólo un ciudadano recto e iluminado que, apegado a su prestigio y honor, está llamado a dar la cara a esa oleada de anarquía que, en la paz, devora cuanto ha venido edificando en la guerra. Consumada la independencia o, más exactamente, el proceso de la guerra que habría de conducir a ella, el enorme mapa del nuevo mundo se ha teñido de una no menos enorme complejidad. Mientras se triunfa en Ayacucho se conspira en Caracas. Al tiempo que se finiquitan los últimos detalles del Congreso de Panamá, las recién creadas repúblicas se hunden en la lucha intestina y doméstica que atenta contra la anfictionía. En carta a Santander, fechada en Lima, el 6 de enero de 1825, es decir, a un mes escaso del triunfo en Ayacucho, encontramos esta situación descrita en palabras del propio Bolívar:

OCAÑA: el clamor del pueblo

Desde el punto de vista de su estructura semántica, el libertador, como instancia fundamental del discurso, representa la condición esencial de Bolívar como máximo dirigente político y militar de la emancipación americana. Más que como mera parte de la historia, el libertador concibe, administra y conduce el discurso como conciencia e instrumento hacedor de ella. Sin embargo, y como es de esperar, se trata de un discurso que siempre ha sido concebido y pronunciado desde el entorno de la dirigencia política a la que pertenece, aún en aquellos temas sensibles en que la actuación de dicha dirigencia pueda ser cuestionada por en su mensaje. Desde este punto de vista, el libertador siempre ha sido una instancia discursiva de una u otra manera asociada al estrecho círculo de la élite civil y militar que comanda el proceso independentista. Así, por ejemplo, El guerrero ciudadano del Discurso de Angostura, que dichoso convoca a la representación nacional y se despoja del mando ante ella es, con ello, al mismo tiempo, legitimado por ella. Como parte de la dirigencia, el guerrero ciudadano es jefe supremo entre iguales. En este sentido, los discursos fundamentales de El Libertador como creador de un nuevo tiempo histórico son documentos de identidad con el entorno dirigente del proceso de independencia, palancas ideológicas de su legitimación ante ella como máximo líder.

Epílogo

Hasta aquí me trajo el Bolívar con el que un día, hace mucho tiempo ya, me topé en el Diario de Bucaramanga. El hombre histórico de los discursos. El de la palabra y el estilo. El de la conciencia moderna y la faena semántica. El de la revolución como concepto y del heroísmo como ejercicio de voluntad de poder. Su discurso marca el paso de la barbarie a la civilización, con todo lo bueno y todo lo malo que una transición así supone para la gestión de su propia historia por parte de un pueblo. Y como pueblo, no tenemos conciencia de tal significación porque la historiografía de banco de escuela se ha hecho cargo de ello, bien haciendo de Bolívar una venerable pieza de museo, bien poniéndolo a comer mangos para popularizarlo. Al respecto, me limito a recordar las palabras de Vallenilla Lanz:

HERÓDOTO: los orígenes de la historiografía

Si uno se deja guiar por lo más estrictos rigores académicos, incluso los de la historia, probablemente los menos estrictos de todos, muy a pesar de los historiadores académicos, un trabajo de este tipo luce desde muchos puntos de vista desalentador, bien por lo poco con se cuenta para realizarlo, bien por la poca estima que se guarda hacia lo poco que se tiene, incluso los escritos de aquel a quien Cicerón, si no me equivoco, dio en llamar Padre de la Historia. Y lo hizo en el marco de una larga tradición representada por críticos para los que Heródoto era ya casi tan extraño como para nosotros y que, salvo contadas excepciones, se caracterizó por su desprecio, acusándolo de mal escritor, de inútil, y hasta de mercenario.

Capítulo 1: el hombre, la obra, el contexto.

Es muy difícil establecer un imperativo ideológico, filosófico, político o moral que nos ayude a comprender la aparición de la historiografía en una íntima relación con el contexto histórico en que ello tiene lugar. La vaga generalidad de la que aquí me valgo, es decir, comprender la aparición de la historiografía como parte del humanismo característico de la Grecia Clásica, que tuvo su máxima expresión en el arte y la filosofía, es fácilmente aceptable, pero, se entiende, muy poco precisa. Ese humanismo, la ruptura respecto a la mitología que a él es inherente, comienza a gestarse en la Grecia Arcaica, con la filosofía jónica y la aún ingenua pero inequívoca proximidad que ella representa respecto a la naturaleza. Por otra parte, como se sabe, dicho humanismo se prolonga mucho más allá de la época de Heródoto y en plena decadencia ateniense producirá lo más acabado de su filosofía. Este humanismo griego es, pues, el espacio histórico cultural de muchas cosas, amplio contexto en el que la historiografía luce como un ínfimo detalle, acaso el más prescindible de todos.

Capítulo 2: mito, filosofía, historiografía.

Partamos del hecho, tan magistralmente representado por la cruel simpleza del mito de Sísifo, de que el hombre es una especie condenada a la historicidad. A nadie le es dado elegir no vivir la historia. Encadenado a la infinita finitud del tiempo, el hombre histórico transcurre sin la certeza de saber para qué. Toda la historia humana pudiera comprenderse como la obsesión de este hombre histórico por darse sentido a sí mismo. Todas las cosmogonías lo han adscrito, de una u otra manera, a vagar fuera de lo eterno, perecer una y otra vez. Y todas intentan, al final, reconciliarse con el proscrito, traerlo de nuevo a casa, el paraíso perdido que, en algunos casos, puede ser, incluso, la nada cósmica, peculiar forma de eternidad que nos permite suponer que hasta la supresión de la existencia es preferible al castigo de la existencia histórica. Esta caída en el tiempo es el nudo gordiano de todo el drama bíblico y, en muy otro contexto, es, también, el mayor suplicio que la mitología griega pudo imaginar para el hombre réprobo

Capítulo 3: dioses, hombres, historias.

Heródoto cree en el Oráculo. Es fácil demostrarlo a través de la cita de párrafos como, por ejemplo, el que nos habla de la furia de Taltibio1 contra los espartanos, y otros en los que hace referencia al plano de lo divino como la última salida que encuentra para explicar, -¿o justificar?- un determinado acontecimiento histórico. Sabemos que esto le ha costado a Heródoto buena parte de las censuras que lo descalifican como historiador ya que, se supone, la historia debe explicar al hombre y sus acciones por el hombre mismo. Como se sabe, ha llegado a ser norma del oficio que recurrir a Dios es hacer trampa. Una suerte de principio epistemológico pende como espada de Damocles sobre el historiador cada vez que su discurso historiográfico apela al deus ex maquina. Heródoto puede ser, según esta misma norma, demasiado ingenuo o primitivo .

Capítulo 4: hombre, historia, tragedia.

Si nos pusiéramos a plantearnos los problemas de epistemología y método en los Nueve Libros, probablemente no hallaríamos asidero sólido alguno para el análisis y la reflexión. En realidad, estrictamente hablando, tales problemas no existen para aquella historiografía que, desde sus mismos inicios, se colocó al margen de la sabiduría y se dio a sí misma el despropósito de alimentar la memoria humana, salvar el vertiginoso acontecer humano del olvido humano. Sin embargo, pese a una tarea tan metafísicamente pobre y, en parte gracias a ello, aquella primera historiografía estaba llamada a sentar las bases para una cruel desmitificación de dicho acontecer. El hombre histórico que recién ha descubierto es objeto de paciente y crítica observación; no se le puede tomar a la ligera, tal cual lo encontramos, ni creer de buenas a primeras lo que dice y piensa de sì mismo. Racionalista pero curiosa, tolerante pero desconfiada, fue ésta una historiografía que se aproximó a su hombre histórico con acucioso sigilo, alerta a los juicios y creencias que históricamente su objeto de observación había generado respecto, y a partir de, su propia historicidad. El hombre histórico y la cultura, ámbito al que es inherente el desencadenamiento de sus acciones en el espacio y el tiempo, abrieron así el pensamiento humano hacia una dimensión hasta entonces desconocida.

 

 

Preliminar

He visto a Dios. Es espantoso. No hemos hablado. Para escucharme, tendría que ser yo hombrte de fe. Y, para escucharlo, un esquizofrénico. Pero pululamos en el mismo universo. Él en su cueva y yo en la mía, somos vecinos del mismo barrio; el del misterio. Sólo que yo la habito con la suficiente molicie e ignorancia como para no perder la cabeza. Él no. El misterio lo ha enfermado. Y, convencido de ser la verdad que lo despeja y que, por lo tanto, nos haría libres, ha perdido la suya.

De la caída a la salvación: la historia inconclusa de la creación.

La caída simboliza el inicio de la historia, al menos para la criatura; es decir, la existencia temporal a la que, tras rebelarse, ha sido condenada por su creador. Y la salvación la recuperación de una criatura que, ahora, como pecador; o sea, habiendo comprobado por experiencia lo que su creador por omnisciencia ya sabía y se negó a revelar, retorna arrepentida al paraíso en que fuera creada, y lo hace por gracia del que la condenó. Así, entre caída y salvación -fin del tiempo de por medio- el reino de este dios describe un ciclo único y total hacia la eternidad propiamente dicha, suponemos, ya que, hasta la culminación de dicho ciclo, dicho reino no ha sido otra cosa que un proyecto histórico; una teleología en la que Dios hace de sentido inmanente y la eternidad de meta trascendente.

De cómo no fui echado del paraíso: me largué yo mismo

El Génesis, como se sabe, es el primer capítulo en la historia de un dios que creó el mundo, la historia; vale decir, el pasar en que las cosas pasan y el tiempo con que lo captamos. Según esta historia, en siete días -merecido descanso incluido- este dios, emergido de las tinieblas, configuró el universo total: estableció su reino eterno, creó la criatura llamada a adorarlo por la eternidad, actualizó el abismo temporal al cual arrojarla cuando se resistió, y, por último, concibió el plan para rescatarla de su temporalidad y retornarla a su seno. Más que una historia de dios, ésta es la de un proyecto de dios. Con lo cual esta historia deja fuera lo más interesante del objeto a historiar: las tinieblas mismas, el abismo y el origen del dios-héroe que, venido de ellas, encarna la luz que ha de iluminar el nuevo todo en que se dispone a reinar. De modo que esta historia, que no indaga en su tema y que, aún así, pretende dar razón de la temporalidad mediante la eternidad, nos deja en ascuas, pues sólo vale para confirmar que la vida eterna junto al dios que nos ha creado no es menos absurda que la temporal a la que nos ha condenado. No obstante, hagámonos de la vista gorda con este detalle menor, y ocupémonos de un dios al que, en esta parte de su historia, toca hacer de inicio en la historia toda del universo. Porque, en esencia, no de otra cosa hablamos aquí: de un dios que actúa y que, sólo en cuanto tal, ha podido ser objeto de narración.

De cómo andando el camino correcto terminé en el punto de partida.

Me parece que era Artaud quien decía que Dios no existe, y que, si existe, es una mierda. Esta idea de dios es un dilema que apunta, por una parte, a su real y efectiva existencia y, por la otra, a que, en caso de existir, sea cosa digna de creencia. Y si bien la real existencia de una cosa es condición previa del juicio sobre de ella, en el caso de los dioses es tema casi irrelevante, si se lo compara con la idea de dios, que sí es históricamente real. La existencia o no de uno que se hace llamar Dios es indemostrable. Pero la idea que de él tengamos es crucial. Pasa que nuestra inteligencia, memoria y voluntad de entes temporles que para ecistir han de hacerlo históricamente es el único hilo que vincula al dios en el que pretendemos creer con la eternidad en la que debería reinar; eternidad ésta de la que vendríamos y a la que, consumada nuestra temporalidad, habríamos de retornar. El problema acá es que, entonces, hablamos de un dios, un reino, una eternidad; en suma, un ser pleno que ha salido de sí y ya no es tal, pues ha sido intervenido, socavado y puesto patas arriba por la temporalidad misma de la criatura que estaba llamada a constituirlo. De modo que, si alguna vez fue, este dios ya no tiene ser, pues ha devenido y, por tanto, sólo puede tener historia. Y el mayor problema para este dios es que, en efecto, la tiene. Se la conoce como sagrada. Lo cual no es sino un infeliz oximorón, que me veo en la obligación de corregir. Porque, el otro problema no menor para este dios, es que, además de también tener una historia, tengo, gracias a ello, una idea de dios; por cierto, ontológicamente mucho menos generosa que la de Artaud.

De mi autocondena

Una cosa es ser expulsado del paraíso, tras una patafa en el culo, y muy otra abandonarlo por los propios pies: o sra, arrojarse uno mismo. La voluntad hace la diferencia. Lo que procede entonces es la autocondena. Ello equivale a la condena de Dios, sólo que despojada de su divinidad por el acto voluntario de quien se la autoimpone. Éste es el dato fundamental acá. La rebelión de la criatura sólo acarreó la expulsión del rebelde y no alcanzó su cometido. Ciertamente, desató la ira de Dios, pero no afectó su divinidad. Sin embargo, fuera de los predios del reino, la rebelión continúa: se torna secular. Sujeta al curso de su propio devenir, si la criatura se proclama pecador, su castigo se convierte en causa y su destino en botín de guerra. Lo que a este dios toca ahora enfrentar no es la conjura, sino la reivindicación del pecado respecto a un reino que sólo molicie, desprecio e indiferencia puede inspirar. Lo cual es mucho más difícil para uno tan propenso a la cólera y que tanto requiere de ser adorado.

De Dios como significación de un pasar que no lo requiere.

El pasar no rquiere de dioes, sino de historias, que lo signifiquen como pasado-presente-futuro y den forma a la existencia temporal. Son los dioses los que rrquieren de una historia para tener sentido como artífices del pasar. Dios tiene una. Se la conoce como la sagrada. Lo cual encierra un total contrasentido, ya que si, a diferencia del mito, cuyo papel es reconocer un pasado, el de la historia es indagarlo, con lo cual toda historia es, por definición, profana; incluso la de este dios, pese a que su intención sea la de hacernos reconocer en un único y por lo tanto verdadero pasado cósmico.

De gracia divina y conciencia histórica

La Salvación es el remiendo metafísico del error ontológico de la Creación. Dios intenta recoger al final del tiempo el desastre que ocasionó con su inicio. El intento de corregir el error con que comprometió su ser pleno lo conducirá a uno aún mayor, y que hará de la eternidad un imposible. En aquel entonces se equivocó al echar a la criatura del reino, porque con ello dio paso a la historia y a sí mismo como proyecto. Ahora está dispuesto a equivocarse de nuevo, haciéndola regresar al lugar del que la echó, porque con ello se trae la conciencia y la memoria, que han de desmerecerlo por completo como ser. Si Dios, como espera, pudiera ser adorado por el pecador, éste no sería tal, pues en la eternidad no puede haber conciencia ni memoria, que es de lo que está hecho todo pecador en tanto que arte y parte de la existencia temporal. Pero este dios jura que la Salvación del pecador es su salvación como dios. Según su propia historia, lo que lo mueve a recuperar su antigua criatura no es el arrepentimiento, sino el perdón y la misericordia, en el entendido de que a quien corresponde arrepentirse es al pecador mismo. Su gracia está, pues, dirigida a aquél que, sobre la base de tal arrepentimiento, se hace acreedor del perdón y la misericordia, que es lo que de nuevo lo conducirá a la vida eterna que perdió tras su rebelión. Toca entonces considerar las implicaciones que tiene esta en apariencia armónica conciliación de gracia divina y conciencia histórica.

Epílogo

La eternidad sólo puede entenderse tal y como Platón define el ser: lo uno siempre igual a sí mismo. El tiempo, nos indica en el Timeo, es imagen móvil de la eternidad. Para Aristóteles dios vendría a ser la causa primera, el motor a partir del cual todo entra en movimiento, sin que determine el curso del movimiento al que da lugar. De tal manera que la eternidad no es espacio en el que sucedan cosas, ni un modo particular en que las cosas suceden o hayan de suceder. La eternidad es una idea, un principio, un axioma; nunca un atributo de algo distinto de ella; mucho menos el estadio superior de algo que, habiendo iniciado en calidad de temporal, se haga eterno tras dejar atrás y superar su temporalidad. La eternidad sólo podría ser la negación absoluta del antes y el después, del inicio y el final. Si algo cambia, hay movimiento, tiene una dimensión duradera y, por lo tanto, temporal, En consecuencia, la eternidad no puede ser anterior ni posterior a nada, pues sería mera episodio de lo que sucede. Y en ella nada puede suceder, porque, a diferencia de lo que sucede en las historias, no hay inicio ni final. Si algo tiene historia, no le cabe eternidad, aunque dure eternamente.

LA RATA

Yo habitaba en una vieja casa vacacional abandonada, colgada de lo alto de un cerro pedregoso y desde el que se podía ver abajo el mar en su quieta enormidad, yendo y viniendo en monótonas embestidas contra las rocas negras del acantilado en el que, por ahora, espero. 

LA ÚLTIMA CENA

Por obra y gracia del espíritu santo sigo aquí, como de costumbre, aludiendo y mendigando a cada transeúnte que pasa frente a mí. Ocupo el primer escalón de los doce que conducen a la taquilla de una sala de cine donde sólo entran hombres solos. La verdad no sé si es el primero, porque, contando desde la acera, éste sería, en realidad, el segundo. Con lo cual. el total de escalones de la escalera entonces sumaría trece, Por otra parte, trece, según he escuchado decir desde siempre, es número de mala suerte. Luego la diferencia entre doce y trece no sería sólo de un escalón, sino de un destino. De modo que ocupar el segundo o el primero no es cuestión que se pueda tomar a la ligera. Y, ciertamente, que no lo hago así. Sólo que, en mis consideraciones al respecto, encuentro razones igualmente lógicas e irrefutables como para afirmar que estoy en una o en otra posición. Esto es cosa que me gustaría resolver cuanto antes. Por primera vez, no sé por qué, me hallo en la circunstancia en que me gustaría saber, a ciencia cierta -como también se suele decir- en dónde estoy. Nunca imaginé que de un escalón a otro pudiera haber semejante diferencia. El mundo, que para mí siempre ha sido la acera, sería el primer escalón, con lo que yo estaría, entonces, a un escalón menos del cielo y a dos más del infierno. Esto en caso de que el cielo esté arriba, el infierno abajo y yo en el medio. En la perspectiva de este sanguche cósmico puede que la diferencia no se sienta tan enorme como entre el primer y segundo escalón, quizás porque la diferencia entre cielo e infierno es más de fe que de cálculo. Pero, por otra parte, la diferencia entre fe y cálculo es tan enorme como la que puede haber entre un escalón y un destino. Es el tipo de cosas que me gustaría resolver. Allá, por la acera de enfrente, va el gordo de las corbatas anchas y los zapatos chillones. A veces viene. Es el tipo de evento que siempre me distrae de mis resoluciones.

LA QUINTA PATA

Octubre. Lluvia, llovizna, tormenta o aguacero. Lo cierto es que desde hacía ya tiempo el agua no dejaba de caer como una maldición del cielo. Si, hasta cuando cesaba por un rato, no era sino para mostrarse en esa forma de bruma, neblina, calima o calina. La misma maldición; sólo que elevándose desde la tierra sobre la que ha llovido sin parar. A la hora de ser andada, no había sino dos opciones: la maleza o el barrial. Tú eliges, se dijo a sí mismo en el instante incierto en que intentaba dar con el camino para emprender la huida. De súbito, la noche se detuvo. Un relámpago de inamovilidad con el que el aguacero cesó de golpe. Y entonces fue esa quietud que parece escucharlo todo con los oídos de su silencio. Extenuado, se sentó y miró de nuevo al cielo. Durante un largo rato, ni los mismísimos dioses osaron asomarse por cima de los muros de la noche, hasta que de nuevo se dejó oír el monótono canto de los grillos.

TAXIDERMIA

A ver. Acaso esté yo en el curioso procedimiento de comprobar a través del sueño que el alma, si no se refiere a la mera forma de la materia, tal y como Aristóteles fue el primero en sugerir, es el más degenerado e infame de los conceptos. Menos mal y me leí a tiempo aquel tratado que Amanda, mi mujer, dice que lleva título de espanto o aparecido. Como sea, ya sabía yo que no podía ser tan inútil haberlo hecho, tal y como ella siempre aseguró, con ese pragmatismo repugnante tan propio del género femenino y que se va acentuando con la edad. Ella siempre dice: no creo en santo que come y caga, ni en loco que no come mierda. Y, en cierto modo, compartimos la misma poca fe. Aunque para no creer en los santos ni para creer en los locos, requiera yo concebirlos avocados a tan vitales funciones. En todo caso, por ahora, el curioso procedimiento al que aquí me refiero es la única posibilidad que me queda para salir del atolladero en que me encuentro desde hace… Ni siquiera sabría decir cuánto tiempo, pues lo primero que resalta en este asunto es la perdida de la certidumbre que el tiempo nos proporciona como el principal referente de lo que existe.

PORNOAVENTURA

¿Cómo se puede ser, durante algún tiempo, tan vital y, al mismo tiempo. morir sin necesidad alguna de haber vivido por razón distinta a la de follar? Tal era la pregunta que se hacía Henry al caer la tarde y cuya respuesta el crepúsculo se iba llevando a los confines del anochecer confundido con su propia noche de viejo y como quien, con sumo cuidado y sigilo, oculta algo muy preciado pero que le ha de resultar comprometedor o embarazoso. El Henry -dicho así, en su recuerdo, porque así lo llamaron siempre en los tiempos en que vivir era algo más que recordar- estaba sentado ante uno de los largos ventanales que iluminaban el largo pasillo donde la pasaba desde la una, tras haber tomado su almuerzo y haberse negado, como siempre, a hacer la siesta. Éste nunca quiere dormir, había exclamado, como siempre, la señora Pérez. Y allí seguía Henry, empotrado en su silla de espectador del paisaje vespertino. Durante toda la tarde llovió. Y aunque había amainado ya, aún seguía cayendo esa leve llovizna, seguramente gracias a la cual el jardín, los árboles, la calle, los cerros lejanos que todavía encajaban sus puntas en los restos de una nubosidad fragmentada y el paisaje todo, o al menos hasta donde la vista aguzada alcanzara atisbar desde aquella ventana, adquiría esa transparencia rosa que a Henry tanto agradaba. Hasta que, como siempre, a las siete y según orden inapelable de la señora Pérez, Henry fue largado a su habitación. A dormir hasta el día siguiente, como siempre.

LA PIEL INMATERIAL DE LA NOCHE

Ahora sí que estoy jodido, se dijo a sí mismo, con resignación. Boca arriba, a la vez que dibuja garabatos ininteligibles en la piel inmaterial de la noche, llega hasta él un olor agridulce, de fruta fermentada o de licor. Mas bien de las dos cosas juntas, mezcladas, concluyó, ya que la gorda había incorporado al enorme pastel que estuvo preparando durante la mañana una generosa porción de cada una. Y en ese momento, cuando ya arribaba a la media noche, volvió a recorrer, una vez más, los detalles de aquella faena, que habían ido a parar a su memoria, como lo que sobró del pastel, de un golpe seco, habla ido a parar al fondo del bote de donde emanaba aquél olor.

LA CUARENTA Y OCHO

Entré al bar. Fui hasta el extremo solitario de la barra desde el que me observaba, pedí una cerveza y me volví a la mesa de siempre, o al menos la que yo esperaba que fuese tal cada vez que entraba, y que, por esta vez al menos, ciertamente, estaba desocupada. Estuve bebiendo mi cerveza poco a poco, algo así como a un sorbo cada vez que intercambiábamos miradas. Hasta que por fin ella también se vino a la mesa de siempre. Entonces la noche, como el silencio de Dios, se fue hundiendo en el barro de nuestro mutuo decir. Barro nuestro que caes del cielo. El amanecer nos sorprendió a solas, o más bien juntos en la misma soledad desde la que cada quien defendía su propia soledad, ahora sí, sin nada que decirnos, en medio del barrial que nos había arrastrado hasta la cuarenta y ocho.

EL CENTENARIO DE STOKER

Cuando suena la hora lúgubre de los espíritus, la novia bebe el vino de un rojo sombrío como la sangre. Una vez más, aquellos versos de Goethe, que lo hacían sentir tan orgulloso de sí, resonaron en su memoria, apenas se asomó a la ventana y la noche le rozó el rostro. Luego fue esa mirada acuciosa lanzada allende los suburbios nubosos de la ciudad, más allá de los cuales se extendía la rígida horizontalidad del cementerio. Quietud. sosiego, reposo, descanso… iba buscando la palabra más apropiada para definir lo que aquél otear el horizonte de la noche le inspiraba, hasta que la encontró: ausencia. Eso. Porque la muerte no es más que ausencia. Ni menos tampoco. Entonces emprendió el vuelo.

LA POSE

De los talones a la cabeza mediría no más de metro y medio. Y si uno se fijaba bien, venida de sus adentros a flor de piel, como el alma que le daba forma en una sola y fugaz pincelada de existencia, la insignificancia demarcaba el todo de su cuerpo quieto y menudo. Quizás fuese esto, la manera en que esa insignificancia determinaba la absoluta armonía entre el ser y el aparecer lo que la hiciera lucir más joven de lo que realmente fuese, como si a estas alturas de su biografía aún no contara con una historia única y propia en la que hubiese valido la pena desgastarse y envejecer. El resto de aquella su presencia era lozanía triste, quietud de lagartija a la una de la tarde y que administra su energía en medio de un paisaje árido y sofocante. No obstante, al mismo tiempo, su pose era tan curiosa y estudiada, tan artificiosa que lo que le faltaba en tamaño y significación le sobraba en gracia y seducción. Al menos eso fue lo que pensé cuando me disponía a entrar a la tienda y la vi, parada allí, de espaldas a la puerta y con los codos apoyados en el mostrador mientras seleccionaba los botones de las cajitas que el viejo tendero iba poniendo de dos en dos a la disposición de su minuciosa inspección.

 

 

Historia

Mundial

Contemporánea

A mi modo de entender, los que están persuadidos a que por la historia particular se puede uno instruir lo bastante en la universal, son en un todo semejantes a aquellos que, viendo los miembros separados de un cuerpo poco antes vivo y hermoso, se presumen estar suficientemente enterados del espíritu y gallardía que le animaba. Pero si uno, uniendo de repente los miembros y dando de nuevo su perfecto ser al cuerpo y gracia al alma, se lo mostrase por segunda vez a aquellos mismos, bien sé yo que al instante confesarían que su pretendido conocimiento distaba antes infinito de la verdad y se asemejaba mucho a los sueños. Y ciertamente, que por las partes se forme idea del todo, es fácil; pero que se alcance una ciencia y conocimiento exacto, imposible. Por lo cual debemos estar persuadidos a que la historia particular conduce muy poco a la inteligencia y crédito de la universal, de la que únicamente el reflexivo conseguirá y podrá sacar utilidad y deleite, confrontando y comparando entre sí los acontecimientos, las relaciones y diferencias. (Polibio. Historia Universal. Exordio.)

EL CONCEPTO DE MEMORIA

...sólo de aquellos seres vivos que son conscientes del tiempo puede decirse que recuerdan y hacen esto con aquella parte del alma que es consciente del tiempo. Aristóteles. De la memoria y del recuerdo.

Grande es la virtud de la memoria y algo que me causa horror, Dios mío: multiplicidad infinita y profunda. Y esto es el alma y esto soy yo mismo.  San Agustín. Confesiones

Introducción

...sólo de aquellos seres vivos que son conscientes del tiempo puede decirse que recuerdan y hacen esto con aquella parte del alma que es consciente del tiempo.

Aristóteles.

De la memoria y del recuerdo.

 

Grande es la virtud de la memoria y algo que me causa horror, Dios mío: multiplicidad infinita y profunda. Y esto es el alma y esto soy yo mismo. 

San Agustín.

Confesiones

 

...el pasado se conserva por sí mismo, automáticamente. Todo entero, sin duda, nos sigue a cada instante: lo que hemos sentido, pensado, querido desde nuestra primera infancia, está ahí, pendiendo sobre el presente con el que va a unirse, ejerciendo presión contra la puerta de la conciencia que querría dejarlo fuera.

...no pensamos más que con una pequeña parte de nuestro pasado; pero es con nuestro pasado entero, comprendida en él nuestra curvatura original del alma, con el que deseamos, queremos y actuamos.

Henri Bergson.

La evolución creadora

La memoria: un misterio, una estructura, un proceso

Para Aristóteles la memoria residía en el corazón. Captadas por los sentidos, suponía que las impresiones que se perciben del entorno eran conducidas por la sangre hasta allí. En general, para la filosofía antigua el corazón es el reservorio de la actividad espiritual del hombre. Allí se asienta lo que para nosotros es su existencia psíquica. De modo que el corazón era tenido por el lugar de las emociones y los sentimientos, idea que, por lo demás, ha permanecido a lo largo de la historia en las más diversas culturas hasta hoy. De hecho, en latín, recordar -recorsi- significa de nuevo en el corazón. Esta creencia se mantuvo durante siglos. No es sino hasta mediados de la edad media cuando la memoria comienza a ser ubicada en la parte posterior del cerebro1. Aunque sin datos abundantes y determinantes al respecto desde un punto de vista científico, es la fisiología moderna la que la ha localizado en el cerebro. E. Kandel2, premio nobel por sus investigaciones en este campo, ha definido la memoria como una representación interna de la información adquirida mediante aprendizaje; información que se halla codificada, espacial y temporalmente, en circuitos neuronales, mediante cambios operados en las propiedades reactivas de las neuronas. Con todo, en el mundo de la ciencia aún no hay consenso en cuanto al modo como reside la memoria en el cerebro. Hay quienes piensan que la memoria tiene localizaciones específicas, que se corresponden con un determinado tipo de ella, y quienes piensan que, por el contrario, la memoria es una y que alcanza amplias regiones cerebrales que operan conjuntamente y de manera coordinada, según diversos niveles de complejidad en el registro de datos y evocación del recuerdo. También hay quien piensa que ambas hipótesis no son excluyentes entre sí y que es posible que apunten con certeza al mismo fenómeno considerado desde puntos de vistas diferentes y complementarios3.

Aristóteles: memoria, alma y experiencia

Al concebirla como parte del proceso cognitivo -junto con la percepción y el aprendizaje- la psicología cognitiva ha puesto en evidencia la complejidad de la memoria y resaltado la conexión existente entre memoria y otras funciones tanto fisiológicas como espirituales del ser y el proceder humanos. Conexión ésta que ya había sido planteada por Aristóteles. Así, por ejemplo, en Metafísica establece la relación directa y biunívoca entre memoria y experiencia de la siguiente manera:

San Agustín: memoria, alma y dios

Agustín se ocupa del tema de la memoria en el Libro X de Confesiones. Hay quien dice que este capítulo constituye una suerte de bisagra que une la primera parte de la obra, es decir, la parte autobiográfica, que recogerían los libros del I al IX, con la siguiente, la parte conceptual, correspondiente a los libros XI-XIII. Tal estructura expresaría la intención misma del autor, con el propósito de reflejar en ello su concepción de la memoria como la función mediadora entre el hombre y dios1. Aunque no hay constancia de que esto sea así, es una interpretación muy plausible. Por lo demás, cualquiera sea el caso, se trata de una interpretación que en nada contradice el concepto mismo de memoria que maneja Agustín y que constituye una excelente guía en la lectura de la obra. También, en La Trinidad trata Agustín el tema de la memoria, particularmente en los Libros del X al XIII, aunque aquí no de manera específica, sino en conjunción con el entendimiento y la voluntad, y en tanto que las tres -memoria, entendimiento y voluntad- son las facultades que a su entender definen el alma humana. Ello supone un giro completo en el concepto de alma y, en consecuencia, en el de memoria con respecto a la visión materialista de Aristóteles. Pasamos de la entelequia que define lo vivo en la naturaleza -de lo cual el hombre es una especie- al hombre cuya individualidad plena está determinada más que por la naturaleza, por su conexión con dios y la dimensión de lo divino. El alma de Aristóteles da lugar a una especie natural con conciencia del tiempo. La de Agustín a un hombre histórico conectado con la naturaleza sólo en su dimensión material y cuya conciencia del tiempo no es otra cosa que su vínculo con la eternidad.

La dimensión social de la memoria

Entre el Tratado del Alma y el Tratado de la Santísima Trinidad se abre uno de los episodios más plenos de significación en la historia de la filosofía occidental. El cristianismo avanza sobre las ruinas de un paganismo que ha sido, al mismo tiempo, fuente de inspiración y modelo de su filosofía. Esto se hace evidente en el tema de la memoria. El concepto de Aristóteles emerge de las dimensiones materiales de la naturaleza y que el cristianismo depreciará como el terreno de lo profano. El de Agustín es un concepto que desciende de los cielos. Tejida con el hilo de la lógica pagana, la memoria de Agustín se inserta en el tapete de la fe y el misterio supraterrenal de lo divino. En este tema, como en otros, el decisivo avance que el materialismo aristotélico representa respecto al idealismo de Platón, es un camino que de nuevo recorre Agustín, pero en sentido contrario. Su concepto de alma -y con él el de memoria- constituye, digámoslo así, un ejercicio de desmaterialización de lo que encontramos como tal en Aristóteles.

Mito, memoria e historia

Se dice que recordar es hacer presente el pasado. Ciertamente. Una hermosa metáfora, como casi todas las que, al jugar con el sentido de los términos, pero sin contradecir su sentido, crean una atmósfera de contrasentido que, sin estar reñida con la lógica, la ironizan, en cierto modo se mofan de ella. Una metáfora, además, muy acertada en todo sentido. Sin embargo, ello no obsta a la hora de precisar hasta qué punto es posible hacer presente el pasado, en qué grado y en qué sentido. Pues el pasado presente no es lo mismo que el pasado, El recuerdo no es mostrar lo que hay en la memoria, sino la realización de un constante proceso de selección, ordenamiento y elaboración de ella. El recuerdo es una intervención intencionada y sofisticada desde el entendimiento del material bruto de la memoria. No sólo el recuerdo vive de la memoria, sino que, a su vez, la memoria vive de la aportación y el enriquecimiento que el proceso de recordación le aporta. De modo que, como resultado del recuerdo, el pasado presente no es el pasado, sino lo que de él hemos seleccionado, ordenado y elaborado, y lo que nos decimos acerca de los resultados de tales operaciones sobre la memoria. Y como seleccionar supone, en alguna medida, el olvido -inconsciente o voluntario- hay veces en que hasta el olvido es una forma de decir acerca del pasado recordado. Si a todo esto se agrega que todas estas tareas inherentes al recuerdo y el olvido se realizan desde y a través del lenguaje, que son en sí mismos procedimiento lingüísticos, resulta entonces que la memoria es un procesamiento semántico de la experiencia temporal. Saber del pasado, individual o colectivo, es en sí mismo un proceso de significación.

 

 

HISTORIA Y CIENCIA
El silogismo se compone de proposiciones, las proposiciones de términos; los términos no tienen otro valor que el de las nociones. He aquí por qué si las nociones (y éste es punto fundamental) son confusas debido a una abstracción precipitada, lo que sobre ellas se edifica carece de solidez; no tenemos, pues, confianza más que en una legítima inducción. F. Bacon
Introducción

Soy de la generación a la que tocó aprender en clase de historia que la historia es la ciencia que estudia el pasado y, respecto al más importante hecho que da inicio a la historia, que el hombre desciende del mono. Aunque aquí el asunto nunca quedó del todo claro por aquello del eslabón perdido. Acto seguido, receso de por medio, me tocaba aprender en clase de religión que, de acuerdo a la historia sagrada, el hombre era creación de dios. Esta vez el asunto quedaba todavía menos claro, pues con ello se hacía participar al hombre de una doble naturaleza, histórica y divina. Siguiendo el razonamiento científico -que también hube de aprender en clase de física y de matemáticas- si la historia es una ciencia, la historia sagrada también lo es. Entonces ¿cómo era posible que una misma ciencia tuviera posturas científicas tan disímiles en relación al hecho más importante con el que se iniciaba la historia de la humanidad? ¿O es que hay historias científicas e historias que no lo son? Porque en el mundo de la ciencia hay más teorías falsas o erróneas que teorías verdaderas, y todas por igual son expresión del mismo modelo de conocimiento, es decir, forman parte del mismo proceso de desarrollo de ése modelo y de ese conocimiento tenido por científico. Hay verdades científicas y también falsedades que, no por tales, dejan de ser científicas, pues las unas y las otras son resultado del mismo proceder. Claro que el que la historia sagrada sea científica es bocado del conocimiento que lucía realmente grueso de tragar.

La concepción de la realidad: la relación sujeto-objeto

La caída de un individuo de lo alto de un edilicio de diez pisos puede ser interpretada de muchas maneras. Como un suicidio, es decir, el resultado de la intención de quitarse la vida, o como accidente resultado del descuido mientras contemplaba el paisaje, o como un homicidio, si es que el sujeto en cuestión fue empujado por otro o, incluso, de alguna manera inducido a acometer su propia caída. Este tipo de causa puede llegar a constituir un entramado muy sutil y complejo porque, precisamente, no supone necesariamente datos evidentes, observables y medibles, sino indicios de una posible intención o conducta particular del individuo en cuestión y, también, de otros que pudieran estar de alguna manera involucrados en su caída desde lo alto de un edificio. Por otra parte, son datos evidentes, observables y medibles, tales como la masa del individuo que cae y la distancia que lo separa del centro de la tierra, los que, convertidos en variables de una rigurosa formulación matemática con enorme capacidad de predicción, nos explican la caída del individuo desde el punto de vista científico. La diferencia entre una y otra situación a la hora de interpretar el mismo fenómeno es la objetividad científica o, dicho en otros términos, el concepto científico de realidad en el que se ha basado y se basa todo el pensamiento científico y sus nociones de conocimiento y verdad.

El historiador como sujeto y el hombre histórico como objeto

Gracias a la Ley de Gravitación Universal, la caída de un individuo de lo alto de un edilicio de diez pisos puede ser comprendida científicamente, si me fijo en los datos apropiados del evento y lo defino de la manera apropiada. Lo cual requiere, como es obvio, un observador específicamente consciente y premeditadamente preparado para ello. Esto es, un observador según lo que el método científico entiende como tal. Si como observador no me interesa la distancia del piso diez a la superficie de la calle, ni la masa molecular del individuo; si, además, no tengo la capacidad de combinar estos datos como variables de un acontecer ecuable, no soy el observador indicado para una apreciación científica del evento. Y, muy probablemente, la mayoría no lo es. Lo cual, sin embargo, no nos excluye como observadores, y dará lugar a muy diversas formas de interpretar el evento, distintas, todas ellas, a la propia de la ciencia. Lo primero que cabe preguntar es si, al ser esto así, se trata del mismo evento.

La naturaleza científica de la historia: un despropósito metodológico.

Luego de aprender a distinguir un poco, gracias a Aristóteles y Tucídides, lo que la ciencia y la historia son, o pueden ser, aquella idea que hube de aprender en la escuela según la cual ésta última es la ciencia del pasado luce como el más remoto y anquilosado arquetipo de la infancia de cualquier historiador. Pero lo mismo fui a aprender en la escuela de historia en la que me formé. Siempre recuerdo a mi profesor de ciencias sociales asegurando que la historia es una ciencia porque tiene un método, es decir -ilustraba haciendo el correspondiente gesto con su mano- un camino hacia el conocimiento que ha de ser andado. Por mi parte yo, que antes de ingresar a la Escuela de Historia había cursado durante dos años ciencias actuariales y matemática aplicada en la de Estadística -a tono con el cruel lema de mi profesor de cálculo: deriva el que sabe, integra el que puede- me preguntaba cómo es eso que, para definir un método científico, los historiadores hemos de conformarnos y apegarnos a una metáfora como, en este caso, la del caminante. Yo podía estar muy de acuerdo con una metáfora que, después de todo, se corresponde con la etimología del término método. Pero nunca con la naturaleza científica de lo que una metáfora así estaba llamada a ilustrar. Si de caminar se trata, he allí a Heródoto en el Asia Menor, o cualquier estudiante de historia por las atestadas calles que conducen al Archivo General de la Nación, la Biblioteca Nacional o la Academia Nacional de la Historia. Pero que jamás han de conducir a la ciencia.

Historia y ciencias sociales

La historia es la más antigua de las ciencias sociales. Esto afirma Fernand Braudel, y añade que lo que la diferencia de ellas no es sólo su antigüedad, sino la peculiar dificultad de que el historiador trabaja sobre lo que ya no es. Por otra parte, Georges Duby, quien, al igual que Braudel, asigna un carácter decisivo tratamiento documental, señala una estrecha vinculación entre la historia y la creación literaria, y resalta el hecho de que la historia, entre las disciplinas que habitualmente llamamos ciencias humanas, es la única que constituye un género literario.1 Tales no son distinciones diferentes o excluyentes. En realidad, la una es consecuencia de la otra. La historia es narración, porque sólo a través de la narración podemos acceder al tiempo, significar el transcurrir de la existencia como temporalidad especifica y representar lo que ya no es. Fue ese ya no ser el que llevó al sustancialismo antiguo a afirmar que de la historia no se podía extraer conocimiento alguno, pues no se puede conocer lo que deviene, sino lo esencial y permanente, lo siempre igual a sí mismo. Es ese no ser el que, todavía hoy, traza la frontera epistemológica entre ciencia e historia. Debate del cual Braudel se aparta, por considerarlo estéril, y con razón. Sólo que con ello se pierde todo derecho a considerar la historia una ciencia. Y, por último, es ese ya no ser el que hace del tiempo histórico una dimensión sólo posible de ser planteada en el contexto específico de una narración. En virtud de lo cual Duby reconoce su naturaleza decisiva como género literario. Ciertamente, hay que convenir en que la historia se distingue de las ciencias sociales por su antigüedad, y por tratar de lo que ya no es. Sólo que la más elemental consecuencia de ello es que la historia no es, en realidad, una ciencia social, sino, como muy bien dice el mismo Braudel, el arte frágil de escribir historia.

El surgimiento de la historia ciencia y las ciencias sociales

Las ciencias sociales son uno de los más genuinos productos institucionales y académicos de la sociedad industrial. Si bien el término suele utilizarse en contraposición al de ciencias naturales, y sugiere que el estudio de la sociedad no se rige por los mismos parámetros, en sus orígenes son el intento de crear lo que Comte llamaba una física social, cuyo propósito no era otro que aplicar los criterios y métodos científicos al ámbito de la sociedad y la acción humanas. La sociología no comenzó a ser reconocida como una disciplina académica hasta finales del siglo XIX, particularmente con los trabajos de Durkheim, epígono de Comte y Saint-Simon, y cuyo radicalismo científico impone una línea de trabajo que concebía la realidad social como un objeto de estudio independiente de la subjetividad del individuo. En contraposición a este concepto, posteriormente, Max Weber, más influenciado por el marxismo, aducía que no se puede estudiar la vida del hombre y sus relaciones en sociedad sin tener en cuenta el modo en que la dimensión subjetiva de su existencia incidíe en la realidad social. Las ciencias sociales surgen en el marco de esta controversia. Pero son, en conjunto, expresión del desarrollo de la sociedad industrial, de una cultura para la que la ciencia es símbolo del saber y de control sobre la existencia, bien y valor fundamental del desarrollo social. Y la historia, como ciencia social, aparece también entonces o, si se quiere, el oficio del historiador se inserta en esta cosmogonía característica del mundo contemporáneo. Dicho en otros términos, no es que la historia sea una ciencia social, sino que la historia, como ciencia, es una forma particular de concebir y escribir historia, tan reciente como las ciencias sociales con las que comparte, o intenta compartir, el mismo espacio institucional y académico.

Las ciencias sociales: signo de modernidad de la era industrial

La historiografía. Lo que desde los tiernos años de la escuela nos enseñaron a definir como la ciencia que estudia el pasado ¿por qué, en lugar de seguir sentada a las puertas del reino de la ciencia social, no emigrar al infame barrio de la narrativa. donde nació y creció sin complejos el mismísimo Heródoto? Yo creo que en buena parte ello se debe a que el empobrecimiento del historiador como narrador no es cosa que se queda en el plano del papel, sino que invade toda su interioridad como sujeto. El estilo no se aprende ni se copia; se forja en el marco de una disposición personal. El historiador científico se enajena a sí mismo como sujeto, y lo hace en aras de una falsa objetividad en virtud de la cual cree que el conocimiento histórico está fuera de sí mismo, en esa supuesta realidad del pasado que, en realidad, no existe. La idea de que la historia es la ciencia que estudia el pasado es la representación sintética de esta enajenación, reproducción del servilismo epistemológico que le otorga su dudoso rango científico y, al mismo tiempo, lo anula como narrador.