El historiador y su objeto
Un día, cuando todavía era estudiante de historia y me desempeñaba como investigador en el archivo histórico del antiguo Congreso Nacional, al fondo de la bóveda, en medio de un cúmulo de trastos tan viejos como valiosos, me topé con una desvencijada edición del Diario de Bucaramanga. Sumido en la molicie que mi burocrático cargo ya me inspiraba, aquél libro me distrajo y, allí mismo, en un improvisado asiento de cajones, lo leí. Para cuando retorné de la bóveda, mi imagen de Bolívar -como la de casi todos, determinada por ese formalismo patriota propio de la historiografía de banco de escuela, como la llama Vallenilla Lanz- cambió. Este libro es el resultado de un intento por captar y comprender aquello que cambió.
Había concluido la compilación documental que complementa la transcripción y edición de la las Actas del Congreso Constituyente de 1830, que fueron publicadas por aquellos días, muy a regañadientes de la Academia Nacional de la Historia que, movida por lo que el mencionado Vallenilla, al inicio de Cesarismo Democrático, llama curiosidad tenebrosa, no dejaba de ver en esta publicación un atentado contra la gloria de Bolívar y contra su propia gloria institucional como ente rector de la memoria de la Nación. El editor recibió una carta de protesta del presidente de la Academia, en la que se ponía en tela de juicio la exactitud y veracidad de aquellas transcripciones. A sugerencia mía, el editor decidió que esta misiva fuese incluida en la publicación, junto con una muestra facsimilar de las actas taquigráficas originales. Lo cual, aparte de ser una manera justa de zanjar la controversia, no dejaba de ser, al mismo tiempo, una también justa ironía que me hacía sonreír cada vez que imaginaba al inconforme presidente frente a una réplica de la documentación que al más experto taquígrafo del país le había tomado más de diez años transcribir. La historiografía de banco de escuela no es cosa de niños.
Más allá de los celos y recelos interinstitucionales, la curiosidad tenebrosa de la Academia era, desde su punto de vista, la más natural reacción a aquel congreso antibolivariano que a su vez era la culminación del proceso de disolución de la Gran Colombia iniciado con el movimiento de La Cosiata cuatro años antes. Por eso era antibolivariano, porque con su traición destruía el sublime proyecto del hombre más grande de Venezuela y de América, y además porque, infamándolo, destruía tal grandeza, al hacer de él mismo un proscrito enviado al décimo círculo del infierno de la historia. Todo esto era cierto, pero sólo hasta cierto punto, mas allá del cual uno comienza a comprender que aquel antibolivarianismo del congreso que da inicio a la República, en realidad, era mucho más corrosivo respecto al mito de Bolívar como culto fundacional de lo que en su momento había sido respecto al Bolívar histórico.
Para entonces, pese a mi juventud e inexperiencia profesional, gozaba yo de la suficiente conciencia y madurez como para no conformarme con una perspectiva tan simplista como la que suele tener la historiografía de banco de escuela acerca de personalidades y procesos históricos cuya complejidad, por el contrario, rebasa en mucho los intereses grupales, ideológicos, religiosos, institucionales y políticos que ella está llamada a camuflar académicamente. No obstante, mi para entonces recién concluida experiencia como compilador de los documentos que iba insertando en cada sesión de debates, me permitió estar lo suficientemente cerca del antibolivarianismo de aquél congreso como para llamar mi suspicacia respecto a su mayor pesadilla y obsesión: Bolívar. Y haciendo uso de la misma metáfora con la que Mella ironiza acerca del revolucionario complaciente respecto al orden que está llamado a destruir, cuando dice: así habrás bailado que te aplaudió el oso, comencé a preguntarme si el baile político de Bolívar, a diferencia del artístico, y que tantos siempre admiraron, no había sido lo suficientemente complaciente como para que el oso de la oligarquía, atrincherado en los salones de la misma Valencia donde gruñía desde mediados de la década de 1820, lo aplaudiera.
Indicios se percibían por doquier. Y no sólo en aquellas actas, en las que se podía leer entre líneas la influencia en el nuevo orden de un presidente que tanto había contribuido a la secesión y que, sin embargo, poco tiempo después, sería el primero en reclamar la repatriación de los restos del proscrito y la reivindicación de su memoria. A esta república no le faltaban instituciones. Pero la Nación carecía de mito fundacional. Y pensar que el fundador idóneo estaba allí, a la vuelta de la esquina, frío y a la mano del otro lado de la frontera que ahora dividía en dos lo que el proscrito siempre había pretendido que fuera uno y le valió su proscripción. Hubo resistencia tenaz, desde luego, y se prolongó por casi una década. Pero la repatriación se consumó. Siempre me he preguntado por lo que Bolívar habría pensado del hecho de que, por fin, muerto, iba a Caracas a ratificar aquello a lo que tanto se había negado en vida. Y desde entonces, nunca me deja de impresionar un poco el patético cinismo que a veces mueve a la historia.
Expresión de tal cinismo era una república que, concluida la guerra de independencia, disuelta la Gran Colombia, y cuando ya el liberalismo y la movilización campesina que llevó a la generación siguiente a involucrarse en la guerra mas devastadora del siglo XIX, todavía abrazaba una institución tan anacrónica y nefasta como la esclavitud. Un día me tope con un material impreso en vísperas de la disolución de la Gran Colombia y en el que Joaquín Mosquera, uno de los hombres más cercanos a Bolívar, me lo explicaba con una claridad meridiana y sólo equiparable a la meridiana mezquindad de los conceptos que utiliza para criticar la ley de manumisión del Congreso de Cúcuta1. Es así como, quien ha reconocido que, ciertamente,
…”la causa de los esclavos ha sido llevada al tribunal de la razón, de la política y de la religión por tantos escritores ilustres por más de medio siglo, para que pueda revocarse a duda. Ni deben repetirse ya estos discursos, porque han sido vistos por todo el mundo; y la opinión, este poder irresistible, ha dado su fallo en un modo irrevocable, de lo que han escrito en referencia a la libertad del hombre, y contra el comercio de los negros, Montesqueau, Raynal, Necker, el abate Genty, el obispo Gregoire, Saint Lambert, Gravencoaur, el Sr. Froissard y otros más modernos. No ignoro lo que se ha dicho por los legisladores de Gran Bretaña y de los Estados Unidos de Norteamérica. Por consiguiente, no pretendo oponerme a lo que ha sancionado la opinión universal”…
se muestra, sin embargo, más indignado ante la injusticia, mucho mayor que la esclavitud, que para la augusta república representa la ley de manumisión de 1821;
“La esclavitud no ha sido otra cosa en los pueblos que hoy componen la República de Colombia (tomada económicamente) que la garantía que dio la nación a los propietarios de esclavos de que el usufructo de sus obras sería perpetuo por medio de los partos. De aquí proviene que los esclavos han circulado en toda clase de contratos como un papel moneda garantizado y emitido por la nación. El último tenedor que ha adquirido esclavos con las economías de su industria de muchos años, ha empleado un capital bajo la buena fe de las garantías legales. Por consiguiente, el soberano no puede libertarlos, o lo que es lo mismo, extinguir los vales, sin reembolsar al propietario de la suma que ha invertido. Así, cuando liberta a los nuevamente nacidos, sin pagar su valor, no hace otra cosa que ir rompiendo los vales, la suma del valor que representan. Semejante conducta es opuesta a la máxima fundamental de la moral, y de la política, que manda dar a cada uno lo que es lo suyo.”
El hombre lo que un vale. La propiedad y la usura como fuente de la justicia. La libertad, mera operación de reembolso. ¿Y eran estos los republicanos que con tanta saña, antes y después de la disolución de la Gran Colombia, nos muestran un Bolívar déspota, dictador, autócrata sólo sensible a las mieles del poder y demás vicios políticos a los que ellos mismo era tan adictos? A la luz de tales presupuestos y una vez hecho el trabajo sucio de la guerra, cuyo peso descansó sobre los hombros de quien ellos mismos aclamaron como Libertador ¿cuánto de la disolución de la Gran Colombia no fue, a la postre, sino la manera de retrotraer el proceso de independencia a aquél primer modelo republicano instaurado en 1811 y que, en medio de la parafernalia republicana, hacía de la oligarquía mantuana la mera heredera del poderío colonial que se derrumbaba? Es demasiado simplista imputar la disolución de la Gran Colombia a un mero acto de traición. Páez y el círculo oligárquico que lo cortejó, en realidad, no traicionó a Bolívar, porque, si bien involucrados en el mismo proyecto, nunca lo compartieron como propio y tan sólo se apegaron rigurosamente a sí mismos, incluso cuando lo apoyaron. Hoy soy de los que piensa, como el mismísimo Bolívar -aunque de ello nada nos diga la historiografía de banco de escuela- que la disolución era inevitable. Con lo cual, sin embargo, para nada estoy justificando el que la república salida de la guerra de independencia haya devenido en la paz reducto de oligarcas que se mantuvieron en el poder y oportunistas que, venidos del campo de batalla, lo asaltaron.
De modo que, concluidas mis tareas como compilador, si bien la imagen que me hacía de Bolívar no era la del rostro criminal que me mostraba el Congreso Constituyente de 1830, tampoco era del todo la que la curiosidad tenebrosa de una academia inconforme con aquella publicación me sugería. Yo permanecía, digámoslo así, en una posición neutral, determinada más por el desinterés en el tema, que por la supuesta objetividad de un oficio en la que nunca he creído. Fue entonces que me tope, como digo, con el Diario de Bucaramanga. En medio de la improvisada lectura de aquél libro, aquella cosa ajena e histórica que llamaba Bolívar me enviaba señales de que era un hombre. No lo supe así entonces. Es algo que sólo comienzo a captar ahora, cuando advierto que con la lectura de aquel libro me estaba comprometiendo conmigo mismo a escribir algún día los ensayos que recoge éste.
E. Carr hizo famosa la máxima según la cual la historia es un dialogo entre el pasado y el presente, pero nada dijo de ese diálogo cuando se trata del pasado y del presente de la existencia personal misma del historiador. Me he detenido en esta anécdota porque de ella se pueden extraer curiosas lecciones acerca de cómo construye el historiador el objeto del discurso historiográfico. En este caso se trata de uno que ha tardado más de treinta años en ser definido como tal, aunque mi posición frente a él es, en lo esencial, poco más o menos la misma antes y ahora. Curiosa lección, como digo, que tanto tiempo he tardado en aprender y de la que, seguramente, es mucho lo que aún me queda por asimilar.
El hombre histórico: gloria,mito y realidad
Muy probablemente el hombre que encontré en el Diario de Bucaramanga haya sido. en alguna medida, retocado por su autor, y hasta por las azarosas incidencias posteriores a que haya habido lugar, como corresponde sospechar de una edición tardía del manuscrito. En todo caso, respecto a la posible naturaleza apócrifa de este libro, se ha dicho todo lo que se tenía que decir, no más apareció. Pero esto en nada invalida el inmediato interés que en mí despertó por el personaje histórico de que se ocupa. Como tampoco desmerece la opinión, sostenida por autores y académicos serios, según la cual sus descripciones y referencias lucen muy ajustadas a la personalidad de Bolívar.
Por mi parte, soy de los que piensa que muy difícilmente el Bolívar de Delacroix pueda ser una mera invención. A la luz de la extensa documentación de que hoy disponemos, estamos mucho más cerca de la personalidad de Bolívar de lo que el autor del Diario pudo haber estado en ese trance pasajero que fue la estadía en Bucaramanga. El Bolívar irónico e incisivo, racionalista y burlón, arrogante y emotivo, sintético y penetrante del libro lo encontramos en la suficientemente rica y representativa de documentación a la que su autor nunca accedió. De hecho, yo puedo hoy, como cualquier historiador, representar un Bolívar histórico mucho más rico y verosímil que el que Delacroix pueda haber inventado valiéndose de un Bolívar en vida. Otra cosa es, por supuesto, que el autor del Diario pueda haber recogido invenciones inconscientes o premeditadas del mismo Bolívar, las cuales, en todo caso, a la hora de aproximarnos a su personalidad, son tan valiosas como sus más sinceras y rigurosas verdades.
Para ilustrar un poco todo esto voy a ser uso de un ejemplo, harto caro y sensible para la historiografía de banco de escuela y la memoria colectiva de la nación, de la que es su artífice. Se trata de la poco edificante referencia que, según el Diario de Bucaramanga, hace Bolívar respecto Ricaurte, el héroe de San Mateo. Según Bolívar, el heroico sacrificio de éste oficial neogranadino al frente del polvorín de aquél fuerte patriota fue un invento suyo posterior, para granjearse el apoyo colombiano, pues, en realidad, el personaje en cuestión se retiraba con los suyos en pleno combate, y lo encontró muerto en un desfiladero. Si esto es cierto, el libertador ha vuelto para aguarle la fiesta sin querer a los ideólogos del mito nacional. Y si no, también, pero queriéndolo. Pero si lo imputamos a mera invención del autor del libro, nos habremos librado de tan incómodo compromiso en que, doscientos años después, nos coloca una verdad, o una mentira así. Aunque no del todo, pues aún queda muy cuesta arriba explicar el por qué Bolívar no hace mención alguna de tan heroica hazaña en el parte de guerra de San Mateo. Éste es dato para nada menor, más aún si se tiene en cuenta el esmero y cuidado que siempre puso Bolívar en sus partes y proclamas como herramientas de semántica y significación de la guerra.
Uno asiste al museo de San Mateo. Trepa a la casa alta. Bajo el sol inclemente, se halla de súbito en el patio desolado, a medio amurallar y de piso empedrado, contemplando el crucifijo hecho de metal pulido que alguien dejó allí como testimonio cursi que, en medio de la ruina, nos indica el sitio exacto donde se inmoló el héroe. Luego atraviesa el pasillo que desemboca en la sala de armas y de allí pasa al frente de la edificación, en el que ahora contempla la alta estatua elevada en honor del héroe y desde la que éste parece dominar, más allá del trapiche abajo, del otro lado de la carretera que parte en dos la antigua hacienda, el extenso valle, como si aún fuera el salvaje escenario de batalla que una vez fue, y no la podada hacienda de uno de los más connotados grupos oligárquicos amos del azúcar, del valle y del país, y que entre otras cosas produce uno de los más conocidos y reconocidos rones del continente. El Diario de Bucaramanga no ha hecho otra cosa que venir a desmantelar la paz de museo de la que se alimenta la historia patria. Como es obvio, el problema aquí no es tanto derribar con un dedo aquel monumento imponente, sino cuanto se vendría abajo con él. El peso del héroe es siempre enorme. Pero a la hora de bajarlo del pedestal, pesa mucho más que cuando se le subió. Es ésta una extraña ley de la física que sólo funciona cuando se trata de la materia, el espacio y el tiempo históricos. Pero no voy a entrar por ahora en ese tema.
Con todo, El Diario de Bucaramanga nunca dejará de ser un testimonio endeble. Pero no por ello más endeble que el de la negra Matea, ya centenaria, en pleno acto oficial de la era guzmancista, asegurando que el niño Ricaurte los puso a todos a salvo y se fue a pegar fuego al polvorín. O el del funcionario que, mucho más tarde, pero movido por una ingenuidad muy similar, frente al clásico de Arturo Michelena que representa la escena, en pleno acto oficial, asegura al Presidente: aquí lo vemos, tizón en mano, dispuesto cumplir las órdenes del General Bolívar. El heroísmo es el néctar y la ambrosía de nuestra visión histórica, incluso de aquélla que busca en el pasado lo antiheroico. Pero a la hora de precisarlo, no hay nada más polémico que la acción concreta devenida acto heroico.
Acá hay muchas cosas a considerar, de diversa índole, distinta dimensión y que, todas juntas, no caben en el simplismo de la historia de banco de escuela, ni encajan en el objetivismo de la historia ciencia, su parienta rica, por más desdén con que la mire. Se trata del típico dilema en que, más tarde o más temprano, siempre está involucrado el historiador. El diálogo entre pasado y presente es, en lo esencial, un conflicto desatado en el campo de batalla de las representaciones, en que se enfrentan el historiador consigo mismo, culto y conocimiento, ideología y verdad, memoria e historia. La historia, como bien pensaba Polibio, nunca podrá ir más allá de un diálogo de conciencia con uno mismo. Las más elevadas montañas de documentación no son sino eso, cerros, cacharros arqueológicos. Su no existencia es lo que define al pasado. Es el modo en que lo muerto se desentiende de lo que sigue vivo y se afana en ajustar las cuentas con lo que ha sido. Nada que una ocurrencia de última hora. como la de Bolívar, no pueda poner patas arriba.
El hombre histórico con que me topé en el Diario de Bucaramanga se fue haciendo día a día más inasible y complejo. Díscolo e irreverente, no era esa emanación etérea y sublime que había hecho de él la repatriación, ni ese cacharro extraído con cuidado de no romperlo de entre las capas geológicas de pasado. Por el contrario, tan díscolo e irreverente como lo fue en vida, lo era como objeto historiográfico después de casi dos siglos de muerto. Y lo sigue siendo. Se trataba de algo irreductible a los rigores de la historiografía. Una sombra aquí. Una luz allá. Mientras más me acercaba, más confuso se tornaba. Cuando creía asirlo como objeto, mis manos de sujeto lo rompían, o se rompía a sí mismo como un cristal estrellado contra mi objetividad. A estas alturas de nuestro quehacer historiográfico, no temo tanto despertar una curiosidad tenebrosa -lo cual, sin embargo, es siempre posible-, como sucumbir en medio de la ambigüedad y las sutilizas que, cuando de Bolívar se trata, cualquier tema supone.
Se ha dicho que Bolívar es un representante de su clase, lo cual me parece tan cierto como inicuo y superficial. También se le ha presentado como la reencarnación del espíritu popular, lo cual me parece una vulgar exageración, e igualmente superficial. Bolívar es un personaje histórico tan atrayente como complejo, incluso aparentemente contradictorio y del que se puede decir casi cualquier cosa, lo cual depende del tema o aspecto que se elija tratar, así como de nuestra manera de plantearlo, más que del propio personaje histórico en sí mismo considerado. Su complejidad es en buena medida expresión de la complejidad en la que actúa. Pues Bolívar no es tan contradictorio como la contradictoria y abrumadora bibliografía que existe sobre él hace suponer. Por el contrario, es uno de los personajes históricos de concepciones más claras, precisas y constantes a lo largo de toda su existencia política y militar. Sólo que mucho de lo que percibimos de el Bolívar histórico está, en alguna medida, y de modo muchas veces imperceptible, mediado por el mitológico, el que una vez muerto deviene leña para la hoguera de la infamia, o muy rico material mítico para la fundación de la patria y el culto nacional. Y acaso sea éste, de una u otra manera, el signo que marca el destino de todo hombre de gloria. Pero en Bolívar es mucho más acentuado. Luego de la caída de la Primera República, cuando propiamente, a mi entender, comienza su existencia política, el Bolívar histórico por el que aquí me intereso pasa, en menos de dos décadas, del destierro a la gloria y de la gloria a la proscripción. Y a menos de tres años de su muerte en Santa Marta, inicia su existencia mítica, al servicio de la nación que para ser tal lo proscribió, si se considera como punto de partida oficial de tal existencia los trámites del Páez presidente para la repatriación.
Una de las primeras manifestaciones de la existencia mítica en la que se prolonga la existencia del hombre histórico, ha sido la clásica distinción entre su nacimiento biológico y el simbólico. Como es sabido, el Juramento en el Monte Sacro ha quedado consignado como el acta de nacimiento de El Libertador. Y aunque la posible polémica a éste respecto pueda parecer girar en torno a un tema del todo infructuoso para el conocimiento histórico, he de detenerme un tanto en ella, pues es muy significativa para determinar el Bolívar histórico por el que intereso en este trabajo. El heroísmo no es sólo hechura mítica, sino, también, conciencia histórica y voluntad de poder del hombre histórico que trama su heroicidad. Bolívar es un héroe consciente de sí mismo como tal; percibe, concibe y actúa desde sí mismo como circunstancia y como símbolo. Esto es lo que un poco intento ilustrar al detenerme en el tema del nacimiento del libertador.
Como testimonio, es preciso reconocer que el Juramento del Monte Sacro no es menos endeble que el Diario de Bucaramanga. Salvo por el hecho de que la figura de Simón Rodríguez es mucho más sagrada de lo que nunca podrá ser la de Delacroix, nos encontramos ante lo que un individuo dice que dijo otro. Nos obligamos más a creer en el testigo de Roma que en el de Bucaramanga, porque forma parte del culto nacional que compartimos, tiene el aval del mismísimo Libertador y viene a traernos la buena nueva del nacimiento de éste y su compromiso con un destino portador del germen de la Nación. Bolívar mismo tiene la mano metida en este asunto, cuando veinte años después, en la famosa carta de Pativilca, hace referencia del juramento a su maestro, definiendo aquél evento como un día de eterna gloria, aunque, al parecer, sin mucha esperanza de realizar lo que juraba:
...¿Se acuerda Vd. cuando fuimos juntos al Monte Sacro en Roma, a jurar sobre aquella tierra santa la libertad de la patria? Ciertamente no habrá Vd. olvidado aquel día de eterna gloria para nosotros; día que anticipó, por decirlo así, un juramento profético a la misma esperanza que no debíamos tener.2
Éste es el Bolívar histórico actuando desde su propio heroísmo, agregando un ladrillo más a la torre de su glorioso destino. Cuando la posteridad sentencia que entonces nació el libertador, viene a sumar su propio ladrillo mítico a la misma obra, y como una manera de posesionarse de ella. A la postre, resultado de esta doble acción en la estructuración del tiempo histórico, la independencia no es otra cosa que el producto de aquella inspiración y del destello de lucidez con que ella alumbra hasta hoy el curso de la historia.
Sin embargo, por otra parte, sucede que el Juramento del Monte Sacro luce mucho más inverosímil que el Diario de Bucaramanga. Lo más interesante de este discurso no es, por cierto, el empalagoso juramento con el que concluye, sino su visión de la historia de la civilización romana hecha línea a línea, según brotan de ella las más agudas y penetrantes metáforas sobre la república imperial. Para nada estamos ante un discurso improvisado, resultado de la súbita inspiración en medio de un paseo solaz, descuidado y hasta un tanto aburrido en el que el futuro libertador, en compañía del sabio maestro, fue de súbito sorprendido por el abrupto y luminoso llamado de la historia que hablaba con voz ronca desde las ruinas del Aventino. Más que una proclama, este discurso parece la lección que el alumno rinde al maestro sobre la tarea encomendada acerca del tema historia de Roma. Yo no dudo de que el joven Bolívar haya podido escribir algo así, ni de que ello sea testimonio de una genialidad temprana. Pero sí del escenario tan artificial que le sirve de contexto, con el premeditado propósito de afirmar que, entonces, nacía el Libertador,
Acaso en Roma no haya habido un nacimiento, sino una defunción, y lo que sucede ese día, que el Bolívar histórico, el libertador que se ve a sí mismo dos décadas antes jurando por la libertad de América, califica de eterna gloria, sea más bien que haya muerto el hombre vano y atribulado que no sabe qué hacer con su vida. Y no del todo, por cierto. A poco de un año del Juramento en el Monte Sacro Bolívar se refiere así a la expedición de Miranda:
...Recibo su apreciada de 20 del corriente en la cual me dices que piensas venir a París dentro de poco: esto me complacería mucho: todas las noticias que se nos dan sobre la expedición de Miranda son un poco tristes, pues se dice que él tiene el proyecto de sublevar al país, lo cual puede causar mucho daño a los habitantes de la Colonia. Pero a pesar de todo esto, yo quisiera ya estar allí, pues mi presencia en mi país podría posiblemente evitarme muchos perjuicios; ¡pero el destino quiere que yo me encuentre tan lejos de mi patria, y sin los menores recursos!3
Tiempo después escribe a Teresa Laisney de Tristán:
...Yo no le he escrito desde mi partida de París; ¡ah! ¿qué le habría podido decir? No tenía nada que referirle que pudiera interesarle. ¡Siempre el mismo tren de vida, siempre el mismo fastidio! Voy a buscar otro modo de existencia; estoy harto de la Europa y de sus viejas sociedades; me vuelvo a América; ¿qué haré allí? No lo sé. Vd. sabe que todo en mí es espontáneo, que nunca hago proyectos. La vida del salvaje tendría encantos para mí, es probable que yo construya una choza en medio de las bellas selvas de Venezuela. Podré, allí, romper a mi gusto las ramas de los árboles, sin temor de que se me regañe, como lo hacía Vd. cuando yo tenía la desgracia de coger algunas hojas de sus míseros naranjos. ¡Ah!, querida Teresa, felices aquellos que creen en un mundo mejor, pues éste es muy árido
...En cuanto a mí, la naturaleza me parece tan monótona como el hombre que la atormenta. Voy a ver de nuevo otros hombres, otra naturaleza. Los recuerdos de mi infancia les prestan un encanto que se desvanecerá cuando los haya visto; pero el gran emperador acaba de invadir a España y yo quiero ser testigo de la acogida que tendrá este acontecimiento en América..4
El que así se expresa puede ser el mismo Bolívar del juramento, pero no un libertador. Obviamente que, a la luz del contraste de estos testimonios luce un tanto exagerado decir que El Libertador nació en Roma, incluso aunque el mismo Bolívar se refiera a aquél momento como un día de eterna gloria. En cualquier caso, éste es el hombre histórico que la grosera luminosidad del nacimiento no deja ver. En Roma no hay solo una proclama, sino, mucho más que eso, un aristócrata atribulado, un dandy sin oficio, la curiosa mezcla de mantuanaje y rebeldía sin causa que va dejando tras de sí una orfandad y una viudez tempranas y que, como confesara el mismo Bolívar luego, en el Diario de Bucaramanga, de no haber sido así habría terminado como alcalde de San Mateo. Lo cual es también una visión del héroe sobre sí mismo, tan valiosa como puede ser la de Pativilca.
Lo significativo acá es que, ciertamente, el Juramento en el Monte Sacro puede ser leído como un manifiesto político, un compromiso con los principios universales de la libertad y la justicia, contraído a nombre de la humanidad entera. Pero igualmente como una declaración personal de guerra frente a una historia sin razón de ser, como una liberación de sí mismo y un desafío a esa misma humanidad. Pasamos de la inamovilidad del tiempo histórico hecho de pasado a la vorágine de la revolución, es decir, del tiempo histórico hecho de voluntad de poder y de futuro. Desde este punto de vista, y para seguir haciendo uso de la metáfora del nacimiento, yo más bien diría que el libertador nació en el Magdalena, o, también dicho en palabras del mismo Bolívar: Caracas me dio la vida. Colombia me dio la gloria.
En efecto, El Libertador nace en Cartagena. No es la luz pura que ilumina desde los cielos impolutos de la historiografía de banco de escuela, sino un subproducto de los barros de la historia. Muy al contrario de lo que esta historiografía nos enseña, el heroísmo no es la causa sublime de la historia, sino la más terrenal de sus consecuencias. Puede que el Manifiesto de Cartagena sea el clamor de un hijo de la infeliz Caracas venido a pedir la solidaridad patria de sus hermanos neogranadinos. Pero en ello hay algo más de fondo. Parido por la derrota, el libertador es el hijo putativo del oficial bisoño que perdió la plaza de Puerto Cabello. Nace como aprendiz de su propio fracaso como militar y del fracaso político de una república que se vino abajo con el terremoto y el descontento social. El libertador nace como parte de una teoría revolucionaria hecha con las ruinas todavía humeantes que la capitulación dejó. Es un utópico, pero tiene más de Maquiavelo y Voltaire que de Moro, y sus utopías primero pasan por el filtro del centralismo ortodoxo y la geopolítica continental y mundial. En Cartagena asistimos al trabajo de parto. A lo largo de la campaña que comienza en el Magdalena y termina en Puerto Cabello, al alumbramiento. Cuando de historia se trata, todo parto es voluntad, violencia y desgarramiento. Para nacer, un libertador requiere de algo más que de un bucólico paseo por lo jardines podados de la civilización. El libertador del aquí se trata es el más genuino hijo de la selva y la barbarie que a lo largo toda su existencia política y militar intentará domeñar. En este sentido, y vista desde su propia biografía, que no es, desde luego, el todo de ella, la emancipación americana nació del acto de insubordinación de un hijo de la infeliz Caracas que, incorporado al ejército neogranadino y enviado a patrullar un apartado rincón de la selva colombiana, en dos meses tomó Cúcuta, y con ello el título de Ciudadano de la Nueva Granada y Brigadier de la Unión. Seis meses más tarde la toma de Caracas le vale el de Libertador.
El Magdalena es, desde el punto de vista simbólico, de una más grande significación en la existencia del Bolívar histórico que el mismísimo Monte Sacro. Puede que en Roma se haya vivido un día de eterna gloria. Pero más que un día, el Magdalena representa en la vida de Bolívar un destino. Y con ello me refiero más que al hado o fatum de la cosmogonía antigua, a la acepción de consignación, señalamiento o aplicación de una cosa o de un lugar para determinado fin. Bolívar es y deja de ser a lo largo del Magdalena. Aunque esté lejos de él, bien en Lima, bien en Caracas, sus corrientes lo llaman; lo mismo parecen señalarle el camino de la victoria y la gloria que el del destierro y la muerte. Marca el Magdalena su ascenso como militar en la independencia de un continente sujeto a trescientos años de dominación colonial, así como su descenso político en una república que se hunde en el caudillismo y la anarquía. El Magdalena es el inicio y el fin de ese laberinto en que terminó por convertirse su existencia histórica como libertador, del que el mismo Bolívar dijo no saber cómo salir, y del que la posteridad ha pretendido rescatarlo por medio una existencia mítica que no siempre da con él.
Tiempo después, tras la victoria de Carabobo en junio de 1821 y mientras planificaba ya su avance hacia Quito5, decía Bolívar ...No iré, si la gloria no me ha de seguir, porque ya estoy en el caso de perder el camino de la vida, o de seguir siempre el de la gloria... Bolívar es de los que distinguen entre lo uno y lo otro, el camino de la gloria y el camino de la vida. El primero lo inició remontando el Magdalena, lo que lo llevaría a su entrada triunfal a Caracas. El segundo terminó en el mismo río, 18 años más tarde, de vuelta de las victorias de Junín y Ayacucho, con las que ha concluido la campaña del sur y la liberación del continente americano. Como si desandara su propia gloria, el Bolívar que ha hecho realidad las ficciones de Casacoima, ha retomado el camino de la vida para contemplar la desintegración de su propia obra. Es ésta una travesía marcada por la cruel desproporción entre la grandeza del héroe político militar y la pequeñez física y espiritual que lo empuja al sepulcro. A diferencia de aquella, ésta no fue una heroica travesía de liberación, realizada al mando de un puñado de hombres medio armados y que en menos de un mes desalojó del Magdalena al ejército español. Fue esta una travesía de desolación desde la que se podía apreciar una miseria hecha de hombres sin oficio ni destino, venidos de las filas del ejército libertador, y viudas apostadas en las orillas como cuervos pensativos bajo el sol abrasador, dicho en palabras del escritor Gabriel García Márquez6. El libertador de América se ha convertido en el más grande proscrito de su historia.
Perder el camino de la vida o seguir siempre el de la gloria. Éste es el hombre histórico que tiene plena conciencia de sí mismo como tal. Nos lo dice con toda precisión y claridad. No el Bolívar mítico del que se ha posesionado la posteridad, sino el real, el de la humana voluntad de poder, el histórico. Percibiéndose parte de la historia, hay quienes se disponen a acatarla, y quienes a crearla. La diferencia entre lo uno y lo otro, es lo que llamamos heroísmo; del cual solemos tener una perspectiva ingenua, mágica, fantasiosa, pero que, en realidad, no es otra cosa que una peculiar forma de conciencia histórica, y de estar en la historia como hombre histórico. La historia es una representación del pasado humano, en el mismo sentido, y a la par, que el heroísmo lo es de la voluntad humana. En este sentido, Bolívar es lo que Hegel, para referirse a la modernidad, llamaba un creador de mundos.
Bolívar es, pues, un hombre histórico que camina hacia la gloria. En esto consiste su estar en la historia. Y su camino lo reitera a cada paso con una ironía y un escepticismo que lo hacen aún más histórico que su propia gloria. Es un hijo de la infeliz Caracas el que hace de la guerra de independencia una guerra revolucionaria, y un libertador el que pierde la Segunda República e imputa la derrota a la chusma esclavizada que se niega a ser libre. Es un paisano visionario que asienta sus utopías en los más rigurosos y adelantados cálculos geopolíticos. Dice ser el instrumento de la providencia, el vil juguete de la historia, y que un demonio dirige su destino en esa historia. Pero, al mismo tiempo, apegado a la filosofía política de Maquiavelo, vive obsesionado por mantener el máximo equilibrio posible entre fortuna y virtud. Pragmático y utópico, es un guerrero que teme más a la paz que a la guerra. El hombre público de la guerra a muerte, es el que años después, en privado, afirma que los españoles se acabarán pronto ¿pero nosotros cuándo?. Es el hombre de las dificultades, el que detesta la burocracia y la tribuna, el tirso de Mercurio que reúne las serpientes. Y el que en su cenit asegura, casi con desparpajo, cosas como que nunca ha visto con buenos ojos las revoluciones, o que 1814 fue su mejor año. Y pese a que la dictadura sea el escollo de las repúblicas, la asume, lo cual le cuesta un atentado perpetrado por aquellos que dicen defender la democracia y la república, la proscripción y, sobre todo, una lúcida reflexión con la que expresa la lucha consigo mismo, sus opiniones y su gloria:
Ya estoy arrepentido de la muerte de Piar, de Padilla y de los demás que han perecido por la misma causa: en adelante no habrá más justicia para castigar el más feroz asesino, porque la vida de Santander es el pendón de las impunidades más escandalosas. Lo peor es que mañana le darán un indulto y volverá a hacer la guerra a todos mis amigos y a favorecer a todos mis enemigos. Su crimen se purificará en el crisol de la anarquía, pero lo que más me atormenta todavía es el justo clamor con que se quejarán los de la clase de Piar y de Padilla. Dirán, con sobrada justicia, que yo no he sido débil sino en favor de ese infame blanco que no tenía los servicios de aquellos famosos servidores de la patria.7
Hay quienes admiran a Washington por haber colgado a tiempo los guantes y mantener con ello su gloria intacta. Seguramente los mismos que desprecian al Bolívar histórico que, por no haber hecho lo propio, manchaba como dictador la suya. Esta comparación es tan ingenua como extemporánea. Ingenua porque arroja un manto de disimulo que hace de los más acérrimos enemigos de Bolívar el mero y sublime reservorio del republicanismo frente al despotismo que éste ha sido llamado a representar desde los tiempos de la Convención de Ocaña. Extemporánea porque no atina al Bolívar histórico, sino a ése otro, el que la mojigatería de la democracia pura e impoluta -contra la que Bolívar, por cierto, tanto combatió en la guerra y en la paz- pretende conseguir. Ella denota, por lo demás, una total incomprensión del político realista y pragmático que Bolívar fue hasta el final de su existencia política y física. Bolívar no fue un autócrata precisamente porque le faltaran las más lisonjeras oportunidades que la misma oligarquía le ofreciera para ello, entre otros medios, a través del heroico Páez. Y hasta puede decirse que no aceptó porque no quiso morder el anzuelo que lo arruinaría, lo cual, en todo caso, no es prueba de su espíritu despótico, sino de inteligencia política.
En esta comparación está implícita una cuestión de estilo que marca la diferencia, y que es a la que me quiero referir para retomar el Bolívar histórico por el que me intereso aquí. Aunque pasó por su mente en más de una oportunidad, nunca estuvo en sus cálculos, como político y como hombre de prestigio, irse a su casa a sobrellevar en la quietud de un jardín florido la lánguida vejez de un hombre que se sabe condenado a morir enfermo y a hora temprana, mucho menos a hacerlo en aras de una gloria que, sólo con ello, dejaba de ser tal. La dictadura no fue otra cosa que lo él mismo una vez definiera con toda precisión como el chimborazo de nieve con que el libertador pretendió apagar la hoguera de la anarquía de la que eran beneficiarios los partidos y las oligarquías locales venidas de la época colonial. ¿Esfuerzo infructuoso? En efecto. Lo que en Perú funcionó en medio de la guerra, en Colombia fracasaba en medio de la paz. La dictadura es más una cuestión de estrategia que de principio. Y si acaso ello se puede considerar signo del conservadurismo de Bolívar, no sera precisamente el republicanismo de oligarcas y militares oportunistas la perspectiva apropiada desde la cual se le pueda evaluar. A quien revise la evolución del pensamiento político de Bolívar, sin ánimo de encontrar al teórico ramplón deslumbrado por la filosofía europea, no será muy difícil advertir que tal conservadurismo es más expresión de la coherencia de su realismo político desde los tiempos de Cartagena que de la propensión al despotismo que la comparación con Washington sugiere. Eso de admirar más un Bolívar empantuflado que uno que se lanza al abismo es extemporáneo, pero, sobre todo, no es, en realidad, admiración, sino cobardía a la que, doscientos años después, nos obliga nuestra ética de buenos demócratas hoy en un mundo tan libre como decadente. Pero nosotros también somos históricos, vivimos y percibimos desde el futuro que aquel hombre histórico en alguna medida ya barruntaba, y que nos alcanzó..
Cuestión de historia, y de estilo, como digo. Bolívar sólo podía morir derrotándose a sí mismo, y con tal de que lo hiciera, como lo hizo, al pie de su última proclama. Él mismo lo dice, cuando afirma que prefiere una derrota a una capitulación. Y no podía ser de otra manera cuando el combate era consigo mismo. ¿Héroes? Son tan finitos como el resto de los mortales. Pero los hay que mueren de cara a la historia y sacan de la huesa vacía que los espera su último acto de gloria. También los hay que capitulan frente a sí mismos.
Historia y modernidad: el concepto de revolución
Reinhart Koselleck, el artífice de la llamada historia conceptual y, específicamente, de esa perspectiva historiográfica por él definida como la semántica de los tiempos históricos, nos proporciona una panorámica de la modernidad en la que ésta surge como una nueva forma de conciencia histórica o, dicho con mayor precisión, un cambio radical en el modo en que hombre se relaciona con en el tiempo y vive su historicidad. Hasta entonces, el pasado fue la dimensión fundamental a la que se remitía su experiencia de lo temporal. A partir de entonces, sobre la base de una ruptura cada vez más profunda con el pasado, el hombre tiende a proyectar la experiencia de lo temporal hacia el porvenir. De registrador de experiencia, la modernidad lo va convirtiendo en creador de ella. La modernidad, como forma de conciencia histórica, ha cambiado la posición del hombre respecto a su propio devenir. Más que como un resultado constituido de pasado, se ve a sí mismo como un agente constructor de futuro. La filosofía de la historia ha jugado el papel fundamental en un proceso cuyos orígenes se ubican hacia la segunda mitad del siglo XVIII8.
La existencia no es un concepto. Pero sin un concepto de ella no habría forma de existir. No creo que la realidad pueda ser reducida a una expresión lingüística de ella. Pero, por otra parte, sólo a través del lenguaje podemos acceder a ella; captarla e intervenirla, esto es, conceptuarla. Si, como decía Joyce, el lenguaje es conciencia, es porque a través de él construimos los conceptos con que captamos la experiencia y la acumulamos como conocimiento. En tal sentido, percibimos y conocemos a través de la conciencia. Somos experiencia asimilada y trasmitida a través del lenguaje. Es así como existimos; es decir, nos ejercemos a sí mismos en tanto que voluntad de poder, diría Nietzsche para afirmar que transcurrimos, acontecemos, nos relacionamos de un modo específico con el tiempo, construimos temporalidad que da sentido y significación al devenir en que consiste toda existencia. Nuestros conceptos no son, pues, el todo de la realidad, pero sí el modo en que fijamos su todo, nos insertamos en él y la transformamos en mayor o menor medida. Esta relación entre lenguaje y realidad la establece Koselleck de una manera lo suficientemente clara, sencilla y equilibrada como para prevenir posibles excesos:
Toda semántica apunta más allá de sí misma, aunque sea igualmente cierto que nada perteneciente al ámbito objetivo puede aprehenderse o experimentarse sin alguna clase de contribución semántica desde el lenguaje. Las teorías actualmente en boga que reducen la realidad al lenguaje olvidan que todo lenguaje tiene siempre dos caras. Por un lado, el lenguaje es receptivo y registra lo que sucede fuera de sí mismo, descubriendo aquello que se le impone sin ser en sí mismo lingüístico, a saber: el mundo, tal y como se nos presenta prelingüísticamente (y no lingüísticamente). Por otro lado, el lenguaje, en su función activa, asimila todos estos contenidos y estados de cosas extra-lingüísticos. Cualquier cosa extra-lingüística que haya de experimentarse, conocerse y comprenderse debe ser previamente conceptuada. Como decíamos más arriba, sin conceptos no hay experiencia y sin experiencia no hay conceptos.
...Así pues, todo lenguaje es a la vez activo y receptivo; toma nota del mundo, pero al mismo tiempo es un factor activo en la percepción, en la cognición y en el conocimiento de las cosas. La propia realidad no se deja reducir a su significado y forma lingüística pero sin tales contribuciones lingüísticas probablemente no habría realidad, al menos para nosotros. Esta determinación diferencial implica, además, que cada concepto tiene una historia...9
Los conceptos son parte de la realidad histórica de la cultura. Al asignarles una historia y definirlos como entidades lingüísticas con estructura temporal interna, Koselleck no sólo ubica la relación realidad-lenguaje en una dimensión apropiada, sino que, además, abre paso a un dato fundamental respecto a dicha relación, como es el hecho de que el cambio -o la permanencia- en una parte de la relación no necesariamente se corresponde con la forma en que cambia o permanece la otra. Consecuencia de lo cual podemos tener notable y hasta contundente transformación histórica de un concepto, sin que haya una transformación del mismo alcance en la realidad a la que ese concepto se refiere: es decir, lo que cambia no es la realidad, sino nuestra percepción de ella. Esto lo ilustra Koselleck con un ejemplo, el concepto de revolución, nada más y nada menos acaso el concepto más propio, genuino y característico de la modernidad10 como proceso de semántica histórica. Hay conceptos que cambian cuando cambia la realidad, y los hay que se tornan anacrónicos por el modo en que permanecen aunque la realidad cambie:
...la historia del concepto de «revolución» nos sirve para ilustrar el tipo de cambio opuesto. El concepto cambia, pero la secuencia de las revoluciones, en tanto que acontecimientos históricos, sigue sucediéndose de la misma o similar manera. Hasta mediados del siglo XVIII, «revolución» significaba una convulsión que se repetía periódicamente en el curso de la historia constitucional. Relacionada con las manifestaciones características de la guerra civil, que incluyen alzamiento, rebelión, traición, violencia e innumerables crímenes, la revolución produce un cambio constitucional que no va más allá de las formas de gobierno tradicionales que se consideran humanamente posibles, es decir: democracia, aristocracia, monarquía o cualquiera de sus formas degeneradas. Así, «revolución» se refería a la recurrencia de lo mismo en el largo plazo, sin que fuera posible cambiar nada relativo a las fases sangrientas de las guerras civiles.
En el siglo XVIII este concepto adquirió una dimensión radicalmente nueva. A partir de la ilustración y la Revolución Francesa pasó a referirse a un proceso único, particular, capaz de deparar de una vez por todas, con un nivel decreciente de violencia un futuro completamente distinto, consistente en la pacífica auto organización de los pueblos. Este nuevo concepto de revolución omitió el hecho de que estas revoluciones progresivas conducirían necesariamente a una sangrienta guerra civil, tal y como sucedió en la mayoría de los casos. Fue así como se redefinió un concepto utópico de revolución que restó énfasis a los elementos de guerra civil que suelen aparecer reiteradamente en la historia, repitiéndose en todas las épocas. Surgió una concepción optimista y lineal del futuro que ignoraba en gran parte, o al menos ponía entre paréntesis desde el punto de vista conceptual, las brutales y sangrientas prácticas de la guerra civil. Sin embargo, más allá de las palabras, la realidad de la guerra civil no dejó de hacerse presente. De este modo, el concepto había cambiado desde finales del siglo XVIII, mientras que la realidad a que tal concepto se refería permaneció comparativamente inmutable: el asesinato, la violencia y la guerra siguieron apareciendo recurrentemente, a despecho de todos los programas utópicos.11
Con lo que, dicho en lo esencial, y desde el punto de vista de su categórico papel en la semántica del tiempo histórico, podríamos definir a la modernidad como la sublimación utópica del conflicto social y político expresado en la guerra civil, o lo que Marx llamó la lucha de clases, y de lo cual fue, por cierto, uno de sus más connotados exponentes. Desde esta nueva perspectiva impuesta por una semántica del tiempo histórico que transforma el concepto de cambio, la revolución es la historia concebida desde el futuro, percibida a través de conceptos fijados más en la expectativa que en la experiencia, o que, incluso, hacen de la experiencia una fuente de expectativa y una legitimación del porvenir mediante la esperanza. De ello extrae Koselleck la siguiente regla semántica:
...a menor contenido experiencial, mayor carga de expectativas. A partir de la Revolución Francesa, esta regla de «compensación» semántica se ha infiltrado en todo el vocabulario político incluso a escala internacional. Vista históricamente, esta regla parece presentar ciertas reminiscencias teológicas: recuerda la bien conocida capacidad para la reiteración de las profecías incumplidas, las cuales van aumentando su alcance en la medida en que siguen sin cumplirse en la realidad. Y, si la volvemos hacia el futuro, nuestra regla de compensación semántica contiene un potencial extra de utopismo, puesto que ha sido y es capaz de promover e impulsar constantemente nuevas acciones.12
A lo cual habría que añadir que el concepto de revolución impuesto por la semántica moderna como modo de concebir la realidad no sólo guarda reminiscencias teológicas, sino que es un concepto de naturaleza esencialmente teológica, o en él está implícita la carga teológica que corresponde a cualquier visión teleológica de la historia, incluidas las deístas -como las de Voltaire- o las específicamente antireligiosas -como las de Marx. En tal sentido, la modernidad ha realizado una tarea semántica sobre el tiempo histórico basada en una lectura de la historia hecha desde el futuro, pero que incluye todo el pasado humano que hace del futuro su meta inmanente. La revolución es la semántica de la metahistoria, el más acabado subproducto de la filosofía de la historia, genial invento de San Agustín y fuente originaria de toda la teleología moderna.
La revolución es un concepto esencialmente teleológico, enraizado en el material teológico y metafísico del juedeocristianismo y que llega al mundo contemporáneo a través del largo proceso de secularización de la ilustración europea. No encontraremos revoluciones antes del siglo XVII -me refiero a la inglesa de 1640- no por falta de hambre, explotación y miseria, que es lo que más ha sobrado siempre en la historia, sino porque a nadie se le había ocurrido la genial idea de convertir el futuro en un hecho histórico, político, resultado de la voluntad humana. Hecho histórico no acontecido, se entiende. Lo que es una aberración desde cualquier punto de vista racional que se le considere, y por lo cual se explica que a un Heródoto, Tucídides o Polibio no se les hubiera ocurrido. No es que fuesen faltos de imaginación. Es que como historiadores no eran filósofos, y no podían ser, en consecuencia, teleológicos. Habrá que esperar a San Agustín para ver a la teología echando mano de la historia, y que aparezca ese extraña y contradictoria mezcla dialéctica de lo divino y lo terreno, lo infinito y finito, llamada filosofía de la historia, y que a la postre, pese a los esmeros ideológicos del cancerbero de Hipona para mantener el reino a salvo de la muchedumbre, será caldo de cultivo para el estallido de todas las revoluciones. Detrás de toda teleología, incluso de las más ateas y antirreligiosas, hay un cura agazapado e iracundo que trama su venganza.
La revolución es la perpetración del pecado original con premeditación y alevosía. Si dios es consecuente con sus demandas desde el mismo día de la creación, la humanidad entera, lo menos desde Voltaire hasta hoy, ya debe haber sido condenada. La Sodoma y Gomorra bíblicas son un juego de niños si se las compara con el festín ideológico de la Ilustración. Al final el hombre, arrojado del paraíso por las inconfesables pretensiones de emular a su señor, se ha salido con la suya. Sea por impaciente majadero o por incorregible pecador, el hombre, incapaz de aguardar el fin del mundo, se ha dado a generar sus propios apocalipsis terrenales. El héroe revolucionario es el Moisés de la era contemporánea. Sus tablas se las entregó un enciclopedista. Recorre por igual desiertos devenidos urbes malolientes que salvajes imperios de ultramar dominados por metrópolis enciclopedistas. Peregrino en busca de la tierra que se ha prometido a sí mismo, construye paraísos con el polvo al que dios lo condenó. En tono tan secular como soberbio los llama mundo mejor. Con su finitud ha contaminado la eternidad del acto creador y, a diferencia de dios -lo que en cierto modo lo hace más poderoso que él- es capaz de patearlo. Como creador, el revolucionario hasta se parangona con su creador, al que ahora considera su igual y hasta lo compadece en la desgracia mutua que, en genial gesto de ironía, está dispuesto a compartir con insignes personajes literarios: Jesucristo, Don Quijote y yo, los tres grandes majaderos de la historia.
Revolución y heroísmo: el libertador como instancia semántica
La modernidad es una representación de la conciencia histórica basada en dos conceptos fundamentales: heroísmo y revolución. De la enorme tarea semántica que tales conceptos han ejercido sobre nuestra percepción de la realidad, la narrativa de Bolívar es una forma específica. El libertador es la instancia semántica fundamental de esta narrativa.
El héroe siempre ha existido a lo largo de la historia. Los hay que salvan pobres de la pobreza; los que salvan doncellas del malvado que pretende mancillarlas; los que salvan al hombre del pecado, sin que por ello los pobres dejen de ser pobres, las doncellas objetos de maldad, ni el hombre un pecador. Ciertamente, siempre han existido héroes, sólo que la grandeza de sus hazañas es proporcional al estrecho ámbito de sus acciones. Son héroes cuyas acciones transcurren, sin que nada cambie.
El mundo de la modernidad es históricamente heroico, pero de un heroísmo que supone un cambio total del concepto de cambio. La semántica de la revolución es la fuente cósmica de este heroísmo. El héroe moderno no ha venido a salvar a éste o aquél del específico mal que lo aqueja, sino a la humanidad total de su mal total: una historia sin sentido. Nietzsche decía que sólo como fenómeno estético se puede justificar la existencia del mundo, y señalaba hacia él como un mundo sin principio ni fin, un segmento entre dos nadas. El héroe ha venido a llenar ese abismo que se abre a los pies de toda filosofía trágica. ¿Cómo es eso que no hay manera de demostrar que un mundo con sentido es mejor que uno que no lo tiene? Emerge el héroe del torbellino revolucionario para imponer su quehacer a esta estética contemplativa del filósofo y el poeta. Dicho en palabras de Marx: no se trata de contemplar el mundo, sino de transformarlo. El héroe moderno es también, como todo héroe, un salvador, pero que sólo puede acometer su hazaña desde las entrañas mismas de la historia, para hacer caer su salvación sobre la historia toda, dando así lugar a una nueva relación con ella y con el tiempo.
El tema de la conciencia histórica podría ilustrarse con una metáfora, aquella que recoge una de las aporías cruciales de Fernando Pessoa en El Libro del Desasosiego y que reza más o menos así: el futuro no existe, el pasado ya no lo tengo; el uno me abruma como la posibilidad de nada, el otro me pesa como la ausencia de todo. Con la precisión de la que sólo la poesía es capaz, el poeta nos ha colocado ante una cruel representación de la conciencia histórica, de esas que alguna vez hicieron decir a Levi Straus que habría que llorar ante el hecho de que exista historia. Es aquí donde el héroe entra en escena. Viene a salvarnos del sublime abismo arrojándonos con él. ¿Incertidumbre y ausencia? Lo que al poeta inmoviliza, al héroe desafía. Si el poeta es un contemplador, el héroe es un cuenta cuentos, porque el héroe no es poético, sino histórico y, por lo tanto, narrativo. Y quien narra no se conforma con el instante de lo eterno; sino que requiere del tiempo de lo finito. Todo ha de ponerlo en marcha para que pueda ser narrado. El héroe es una máquina de devenir. No es contemplación, sino voluntad de poder. He aquí el Bolívar histórico. Éste es su lugar en la visión cósmica de la historia humana. Desde él se eleva como conciencia y como hacedor de ella. Es instrumento de la providencia, vil juguete del destino, débil paja arrastrada por el huracán revolucionario; todos datos simbólicos que expresan las dos caras de una misma dimensión que el mundo moderno asigna a la historia: heroísmo y revolución. El libertador, como instancia semántica, no es otra cosa que la forma específica que esta representación de la historia adquiere en la narrativa de la independencia que Bolívar construye a través de su discurso.
La conciencia histórica es siempre aporética. No resuelve el dilema del tiempo; lo carga en hombros y opera desde él. Es la obrera sin descanso en la eterna faena de construcción de temporalidad y tiempo histórico, que no es sino significación temporal de aquello que por definición desconoce. Resultado de la faena, el humanismo antiguo inventó el eterno retorno, y el judeocristianismo la teleología. En tiempos más recientes, del primero extrajo Nietzsche su concepto de voluntad de poder y, del segundo el liberalismo su idea de revolución. Sendas lecturas terrenales, históricas de la dimensión de lo divino hechas con la mirada profana de la Europa ilustrada. Es la semántica histórica de la modernidad la que hace del héroe un salvador, de la revolución un destino y del mundo mejor un paraíso. La revolución del mundo contemporáneo -los procesos de independencia de América Latina incluidos- es expresión de este proceso de secularización del tiempo y el devenir que empezó con el pensamiento ilustrado.
La revolución es una utopía respecto al por qué y el para qué del transcurrir en el tiempo. Al fijar el futuro, la revolución crea tiempo histórico y convierte el héroe en una emulación de dios. Es esta emulación de lo divino lo que ha hecho de la revolución y el heroísmo los conceptos más poderosos de cambio de la era moderna. La revolución no es sino una utopía encarnada en el hombre heroico. Pero una utopía que ha movido al mundo contemporáneo desde el punto de vista político, filosófico y simbólico tanto como la máquina de vapor, la electricidad o el motor a combustión interna lo han hecho desde el punto de vista técnico y económico. El Bolívar histórico -El Libertador- es a la emancipación americana, lo que el libertador -la instancia semántica- a la narrativa de su discurso sobre dicha emancipación.
Como parte del acontecer histórico, la revolución, es propia del mundo contemporáneo, de ése cuyos inicios se ubican hacia finales del siglo XVIII y cuyos procesos políticos han supuesto grandes y diversos cambios en la existencia humana basados en una intensa movilización social, He aquí un importante dato respecto al héroe moderno. Las empresas de publicidad son capaces de movilizar masas. Pero sólo los héroes son capaces de involucrar pueblos en la movilización colectiva que suponen sus proyectos, y sólo pueden hacerlo como resultado de la específica comprensión y significación de la historia a la que la realización de tales proyectos pueda dar lugar. Como máquina de transformación, en tanto que creador de tiempo histórico, el héroe es creador de pueblo, conciencia a través de la cual el pueblo se inserta en un nuevo tiempo histórico, en una nueva percepción de su historicidad.
No otra cosa es el libertador de la narrativa de Bolívar: un creador de pueblo, en el sentido rousseauniano del término, en el que éste queda asociado a los conceptos de bien común y soberanía. En Cartagena aún no hay libertador, sólo un hijo de la infeliz Caracas que, pese a su modestia, deja ver claros indicios de su disposición a convertirse en tal. En Carúpano lo veremos culpando del fracaso y caída de la república a la ruin esclavitud de esclavos que se niegan a dejar de serlo. En Angostura lo veremos hacer las veces de guerrero ciudadano, el partero militar de la república y la ciudadanía, el artífice geopolítico de una utopía con proyección continental. En Bolivia lo vemos hacer de legislador, Solón y Licurgo de América, el inexperto piloto de la débil barca en que la naciente república ha de cruzar el mar borrascoso de la anarquía. En Ocaña lo veremos descender de la tribuna de líder presidente a las calles del vulgo municipal y espeso, como diría Rubén Darío, para clamar, como vulgar ciudadano, por leyes inexorables. A lo largo de la narrativa bolivariana, vemos al libertador asumiendo distintos papeles, desdoblándose según las circunstancias. Es la inteligencia que construye y ordena el discurso, que se mueve entre escenario y bastidores, la que asigna los roles.
Este papel de el libertador como creador de pueblo es expresión del concepto mismo de revolución característico de la modernidad. De hecho, como es sabido, las revoluciones del mundo contemporáneo abrevan en las fuentes un pensamiento político que viene evolucionando desde el Renacimiento Europeo, pero son, en sí mismas, una divisoria respecto al pasado del que son tributarias. Dicha divisoria viene dada por el modo en que el pueblo queda integrado como concepto en el nuevo tiempo histórico definido por la modernidad, y como componente de la nueva existencia formal, política, e institucional al que la revolución da lugar. Para bien o para mal, después de la Revolución Francesa, el pueblo, como totalidad conceptual, pasó a ser ciudadanía, independientemente de las condiciones de precariedad a que pudiera seguir sometida la parte mas grande, miserable y excluida de ese todo colectivo redefinido como tal. Hasta entonces, la muchedumbre descontenta se retiraba al Aventino, si de la plebe romana hablamos, o desbastaba los enormes feudos de la nobleza, si nos referimos a las masas ingentes campesinas que tan equivocadamente se entusiasmaron con las prédicas de Lutero que dan inicio a La Reforma en Europa. Eran los tiempos en que la teleología tenía un contenido religioso, expresado en el mito judeocristiano de recuperar el paraíso perdido tras la aparición misma del hombre en el mundo histórico. El héroe contemporáneo robó al mundo divino la idea. La mera muchedumbre se convirtió en pueblo elegido, y bajo el concepto de revolución quedó integrada a la evolución del estado nacional moderno. Ésta es otra faceta de la tarea semántica asignada a el libertador en la narrativa de Bolívar. La podemos ver en toda su expresión en el Discurso de Angostura. Pero, incluso, es esa acta de la derrota que es el Manifiesto de Carúpano, pues el rechazo de la muchedumbre al proyecto independentista, tal y como se le cuestiona en este documento, ¿qué es sino la incomprensión de una gesta revolucionaria que a todos involucra en el mismo proceso de construcción de la nación? El esclavo de Carúpano lo es porque actúa en sentido contrario a su inserción que la evolución demanda. Recuérdese aquella paradoja de Rousseau en virtud de la cual todo hombre será libre, y el que no será obligado a ello. En Carúpano, ha hablado un auténtico rousseauniano.
Carlyle afirma que, entre todas sus virtudes, la sinceridad es la que define al héroe. Los hay de todo tipo. Religiosos como Mahoma. Esquizoides como Cromwell. Literatos como Dante. Y hasta analfabetos como Odin. Lo que cuenta en el héroe es su sinceridad, esto es, identidad absoluta entre héroe y entorno. De ahí que el amor y respeto que debemos tributar al héroe como signo del pasado -afirma también Carlyle- es la justa retribución que nos reafirma a nosotros mismos como presente. Ciertamente, Carlyle nos ha colocado el camino que conduce al culto y reafirma la connotación teológica, no sólo del concepto de revolución, sino, igualmente, de su correlativo: el heroísmo. Sin embargo, el héroe -y esto también queda claro en Carlyle- no es emanación divina, sino histórica. El héroe no es un elegido de dios, sino un parto de la historia. A diferencia de Cristo, no es redentor que se conforma con sacrificarse en el fango de la historia, sino que ha de consagrarse en ella misma como voluntad de poder. Bolívar nos hace un excelente retrato de sí mismo que ilustra por sí solo este contraste:
Dejamos a los supersticiosos creer que la providencia es la que me ha enviado o destinado para redimir a Colombia y que me tenia reservado para esto. Las circunstancias, mi genio, mi carácter, mis pasiones son las que me pusieron en el camino; mi ambición, mi constancia y la fogosidad de mi imaginación me lo han hecho seguir y me han mantenido en el.13
Y si pudiera caber alguna duda de su convicción a este respecto, vemos el cuadro que hace de la religión el opio del pueblo, como la calificaran más tarde Lenin y sus epígonos:
Lo que es el pueblo; su credulidad é ignorancia hace de los cristianos una secta de idolatras: echamos contra los paganos porque adoraban unas estatuas, y nosotros ¿que hacemos; no adoramos igualmente algunos pedazos de piedras, de madera groseramente esculpidos y algunos retazos de lienzo muy mal embadurnados, como aquellos que acabamos de ver y como la tan reputada virgen de Chiquinquira que es la pintura la mas fea que haya visto, y quizás la mas reverenciada del Mundo y la que mas dinero produce? ¡Ah sacerdotes hipócritas ó ignorantes! en estas dos clases les pongo todos: si están en la primera ¿porque el pueblo se deja dirigir por. unos embusteros? y si están en la segunda ¿por. que se deja conducir por unas bestias?...14
Pese a sus connotaciones teológicas, de lo cual el culto es un irrefutable testimonio, el héroe es una entidad esencialmente histórica, que hace de la miseria de lo temporal su reino y la fuente de su gloria. La muerte es su signo sublime, el acto de integración a la historia, el sello de un pacto entre su propia realidad como individuo único y la especie como acontecer. Por eso ése Bolívar descamisado en Santa Marta no tiene interés alguno en el cielo. Morir es esperar por las condiciones que él mismo impone para bajar tranquilo al sepulcro. El culto se encargará de sublimar a aquél cuyo sacrificio fue tal que, al morir, ni siquiera tenía camisa propia que vestir. Pero el héroe, en realidad, no requiere de camisa. Es un aristócrata de la guerra y de la historia, una conciencia de ella y de sí mismo. Aunque se sepa uno más en el viscoso torrente por el que se precipita la especie en su acontecer, sólo una muerte sublime lo puede reivindicar. Como dios en su reino, el héroe en el suyo requiere de lo humano, posesionarse de su historia y fecundarla con su muerte. Tal es la esencia del héroe como voluntad de poder.
El héroe es a la historia lo que el místico a la divinidad. Eso es lo que muestra el libertador como instancia fundamental de la narrativa a la que se apega Bolívar hasta en la misma muerte, y con la que se proyecta hacia lo inmortal. En la historia el héroe nace y muere, pero, sobretodo, se hace a sí mismo como signo de transformación. Emerge de su finitud sin sentido y de la misma manera retorna a ella, tras haber fabricado su inmortalidad con el material de lo mortal. Y éste es para mí el punto de partida, si nos permitimos, por un momento, hacer a un lado la parafernalia del siempre sublime mundo mejor para poder ver, a solas, en el siempre miserable instante de lo histórico, al individuo histórico.
...la historia de las naciones era escrita por un historiógrafo privilegiado; y que a lo que decía se le daba fe sin examen: a los pueblos solos pertenece ahora escribir sus anales y juzgar sus grandes hombres. Venga pues sobre mi el juicio del pueblo colombiano; es el que quiero, el que apreciare el que hará mi gloria, y no el juicio de mi ministro del interior...15
1 Archivo Histórico del Congreso de la República. Congreso Constituyente. Tomo XII, Fol.. 16-30. Impreso.
2Doctrina del Libertador. p. 242
3Documento No, 27. Carta escrita desde Paris a Alejandro Dehollain. Www.archivodellibertador.gob.ve
4Documento No. 29. Carata a Teresa Laisney de Tristán. Www.archivodellibertador.gob,ve
5Mi amigo, voy a hacer a Vd. una visita, dejando esto ya arreglado y tranquilo en cuanto es posible. Antes de ir al congreso pienso pasar por Maracaibo a arreglar aquello, que no está muy arreglado, según se dice. Luego sigo a Cúcuta, y a mediados de setiembre estaré en Bogotá de paso para Quito. Pero cuidado, amigo, que me tenga Vd. adelante 4.000 o 5.000 hombres, para que el Perú me dé dos hermanas de Boyacá y Carabobo. No iré, si la gloria no me ha de seguir, porque ya estoy en el caso de perder el camino de la vida, o de seguir siempre el de la gloria. El fruto de once años no lo quiero perder con una afrenta, ni quiero que San Martín me vea, sino es como corresponde al hijo predilecto [1]. Repito que mande Vd. todo lo que tenga al Sur para que allí se forme lo que se llama un ejército libertador. Documento 6073. Carta oficial de Bolívar al general Francisco de Paula Santander, fechada en El Tocuyo el 16 de agosto de 1821, www.archivodellibertador.gob.ve
6...De cuánto habían cambiado las cosas se dio cuenta el mismo José Palacios al cuarto día de viaje, cuando empezaron a ver en las orillas de los pueblos las filas de mujeres que esperaban el paso de los champanes. «Ahí están las viudas», dijo. El general se asomó y las vio, vestidas de negro, alineadas en la orilla como cuervos pensativos bajo el sol abrasador, esperando aunque fuera un saludo de caridad... Gabriel García Márquez. El General en su Laberinto. p. 59
7Documento 1851. Carta del Libertador Simón Bolívar a Pedro Briceño Mendez. Fechada en Bogotá, el 16 de Noviembre de 1828. www.archivodellibertador.gob.ve
8,,,Quien liberó el comienzo de la modernidad de su propio pasado y también abrió con un nuevo futuro nuestra modernidad fue, sobre todo, la filosofía de la historia. Desde las sombras de la política absolutista se formó, primero ocultamente y luego de forma abierta, una conciencia del tiempo y del futuro que surgió de una arriesgada combinación entre política y profecía. Se trata de una mezcla, propia del siglo XVIII, entre pronóstico racional de futuro y esperanza cierta de la salvación, que forma parte de la filosofía del progreso. Reinhart Koselleck. Futuro pasado. Para una semántica de los tiempos históricos. Ediciones Paidós Ibérica. España. 1993. p. 35.
9Reinhart Koselleck. Historia de los conceptos y conceptos de historia. p. 4
10La noción de modernidad suele estar sujeta a una acepción fundamentalmente filosófica e ideológica en la que se pierde su inicial vinculación con la periodicidad histórica, particularmente con la era moderna, que da origen al término. De hecho, el impacto de la modernidad, es decir, de las ideas que, desde el renacimiento a la ilustración europeas, inciden de una manera determinante en los procesos histórico diversos de un mundo que tiende hacia la conformación de una civilización de alcance planetario, sólo se deja sentir en toda su contundencia en la era contemporánea, es decir, de la Revolución Francesa y La Revolución Industrial hasta nuestros días. Aunque considero que la era contemporánea es un período histórico distinto de la era moderna, aquí lo utilizo como sinónimo de modernidad, es decir del enorme impacto de su cosmovisión en el mondo contemporáneo.
11Koselleck. Op cita. pp. 6-7
12Idem. pp.11-12
13Perú Delacroix. Diario de Bucaramanga. p.
14Idem p.
15Idem p.




