Me parece que era Artaud quien decía que Dios no existe, y que, si existe, es una mierda. Esta idea de dios es un dilema que apunta, por una parte, a su real y efectiva existencia y, por la otra, a que, en caso de existir, sea cosa digna de creencia. Y si bien la real existencia de una cosa es condición previa del juicio sobre de ella, en el caso de los dioses es tema casi irrelevante, si se lo compara con la idea de dios, que sí es históricamente real. La existencia o no de uno que se hace llamar Dios es indemostrable. Pero la idea que de él tengamos es crucial. Pasa que nuestra inteligencia, memoria y voluntad de entes temporles que para ecistir han de hacerlo históricamente es el único hilo que vincula al dios en el que pretendemos creer con la eternidad en la que debería reinar; eternidad ésta de la que vendríamos y a la que, consumada nuestra temporalidad, habríamos de retornar. El problema acá es que, entonces, hablamos de un dios, un reino, una eternidad; en suma, un ser pleno que ha salido de sí y ya no es tal, pues ha sido intervenido, socavado y puesto patas arriba por la temporalidad misma de la criatura que estaba llamada a constituirlo. De modo que, si alguna vez fue, este dios ya no tiene ser, pues ha devenido y, por tanto, sólo puede tener historia. Y el mayor problema para este dios es que, en efecto, la tiene. Se la conoce como sagrada. Lo cual no es sino un infeliz oximorón, que me veo en la obligación de corregir. Porque, el otro problema no menor para este dios, es que, además de también tener una historia, tengo, gracias a ello, una idea de dios; por cierto, ontológicamente mucho menos generosa que la de Artaud.
Si tiene una historia, este dios ha de tener muerte. Y no me refiero a un escándalo de fin de semana, hecho de espina, crucifijo, chisme y melodrama. Hablo de ser mortal, al que sólo le es dado vivir muriendo, y de darle a este dios la oportunidad de tener una historia en la que morir realmente. Si no es para tener inicio y final, para qué historias. En todo caso, morir es lo único que a este dios, historizado ya por su propio acto creador de un criatura que se le fue de las manos, podría reivindicar. Con lo cual, su historia dejaría de ser sagrada, ciertamente. Pero ¿acaso puede importar cuando se muere realmente? Si se considera que fracasar, creando un universo en el que la criatura ya se ha hecho con sobrados motivos para barruntar que Dios está de más, no es poca cosa, hay que pensar en su posible y plausible muerte. Por lo demás, el haberse jugado su condición divina con una criatura echa a su imagen y semejanza, y de la que, a la postre, resultara ese engendro insalvable, no por pecador, sino por temporal, es razón más que suficiente como para que cualquier dios opte por terminar consigo mismo. Para un dios así, propongo el suicidio como única salida. Lo afirmo en tanto que genuino e insalvable pecador: si algo se aprende en existencia temporal es que mejor morir que nunca haber sido.
Observo con estupefacción que nadie habla de la muerte de Dios. Ni a devotos ni a impíos parece preocupar tan delicado asunto. No me refiero, claro está, al sentido en que lo hiciera el racionalismo del siglo XVIII o el cientifismo del XIX, sino al rigurosamente necrofílico. El último que mostró interés al respecto fue Maldoror, en sus Cantos del último tercio del siglo XIX, que constituyen la épica de una auténtica guerra sin cuartel entre el cielo y la tierra librada en las arenas del lenguaje, y que tanta influencia tuvo en el movimiento surrealista de la primera mitad del XX. Pero, con todo y ello, siempre se ha tratado de una muerte en la cultura y la filosofía, de una disolución del fervor y de un no contar con Dios en la comprensión del ser, tal y como han hecho todos los filósofos desde Kant. Husserl comienza la fenomenología en el famoso Libro XI de las Confesiones de Agustín, sin ni siquiera rozar la idea de Dios. Heidegger tampoco se compromete en cuestiones teológicas porque, como bien afirma, la eternidad es inaccesible ontológicamente. Su hermenéutica sólo puede tener sentido en el ámbito de lo temporal.
Claro que, si Dios no existe y de morir se trata, sólo la idea que de tal dios se tiene puede morir. Y es precisamente esta idea la que me autoriza a pensar en su posible muerte, en el sentido necreofílicamente dado, objetivo, irreversible y absoluto que la muerte ha de tener para ser realmente tal. Aquí no vale morir para resucitar, sino el vivir muriendo y el morir viviendo propios de la existencia temporal. Porque, si no se es ente temporal ¿cómo se puede morir? Si se es eterno ¿cómo experimentar la muerte y saber de ella? Sólo lo que está sujeto a duración es susceptible de existir y dejar de existir. Heidegger tenía razón al afirmar que la eternidad no es un tema filosófico. El único tema auténticamentre filosófico es la finitud y mortalidad de los entes temporales.
Es este dios el que ha invadido predios que no le coresponden y lo degradan ontológicamente. En virtud de ello, lo puedo imaginar, en su reino en ruinas y colgando del árbol que él mismo plantara como trampa para su criatura, y en la que, en efecto, ésta cayó. La serpiente se limitó a empujarla, haciendo, como quien dice, el trabajo sucio al que Dios no se atrevió, limitándose a prohibir a la criatura que comiera del susodicho árbol. Lo cual es ya incitación. El verdadero tramposo, pues, no fue quien la convenció de caer, sino quien concibió y puso la trampa. Tal es la auténtica escena de la caída. Lo que vino después, la expulsión de la criatura, no es más que el empujón que le propiciara su señor enceguecido por la ira. Plantar el árbol es indicio de que la criatura ni era tan inocente como su dios presumía, y, con ello, de que la caída tuvo lugar en un reino que no era tan eterno, sino en el que las cosas transcurrían a plena conciencia. De ser así, la historia no es consecuencia de la caída, sino, por el contrario, su causa. Y este dios no habría creado el tiempo, sino que habría sido creado por él.
A estas alturas, el susodicho árbol ya no es el prohibido, sino el olvidado. O, en el mejor de los casos, el monumento de ese lugar de memoria en que se habrá convertido un reino que sólo ha servido de trampa cósmica en la que caer y que ya no tuvo sentido alguno después de haber caído, es decir, de haber dado paso a la historia, pues la criatura, cuyo único sentido era adorar a su creador, se ha dado identidad a sí misma en tanto que ente temporal. Lo que debe a su propia iniciativa y rebelión, y no a los designios de su creador que sólo le puso la trampa. Esta criatura no sólo ha caído en la trampa, sino que sólo es capaz de seguir revolcándose en ella. Tras lo cual, el reino ha quedado vacío. Desde entonces, historizado como inicio de la historia y ennoblecido con el grandioso suicidio del que lo plantó, aquél árbol seguirá allí, en medio de una eternidad sin significado, o que sólo puede tenerlo como punto de partida símbólico de una criatura cuya historia que nunca termina. Con lo cual, el dios que de sus resecas ramas cuelga se habrá reivindicado como creador, pues no es poca cosa haber creado el tiempo muriendo en el acto y gracias a la rebelión de una criatura que sólo deviniendo podía demostrar de lo que es capaz.
Ahora bien. El problema con este dios, si se empeña en su eternidad, es que se exige teológicamente lo que ontológicamente es imposible para su criatura. Lo que crea una barrera infranqueable entre ambos y hace de ésta algo insalvable, o, lo que es mucho peor, que sólo podría salvarse a costa de la naturaleza divina de aquél. Pasa que, si Dios existe como eterno, es, no deviene, y como tal, sólo puede ser el inútil que Pkatón sublimaba como idea, y que Aristóteles, por su parte, confinó a la perfección y la pureza del ser pleno que nunca cambia. Pero, de la mano de Agustín, este dios no crea la historia para ignorarla y ser al margen de ella, sino para participar de ella. Y ¿cómo revolcarse en el mismo lodo que su criatura sin que el fango salpique su eternidad? Ël mismo cayó en la trampa que con tan mala intención tendió a su criatura. Y ahora la criatura, como pecador, le espeta en la cara lo que el engenfro de Frankenstein a su creador: tú eres mi creador, pero yo soy tu dueño. Y si bien podría destruir a su criatura con sólo levantar un dedo -cosa que, según su historia, ya ha hecho en más de una oportunidad- ni aún eso lo salvaría de su fracaso como creador. Si la criatura cayó en la trampa que su creador le tendió es porque no era inocente; tenía conciencia plena de ello, hasta el punto de arrastrar al tramposo en su caída.
A diferencia de la chucuta eternidad de este dios, el universo de lo temporal es lo suficientemente rico y amplio como para sugerir otras muchas posibilidades de su muerte, además del suicidio. Sólo sugiero ésta como la más conciente y sublime. Lo otro sería esperar un accidente, en el que se rompiera la cabeza al tropezar, o cualquier otro evento soez. El punto es que, así como crea, un dios, para ser tal, habría de gozar del infinito poder de descrearse. Acaso por eso es la iglesia tan celosa en excluir de su seno al suicida. Pero tal sería la forma más sublime de morir de un dios que, como éste, se ha historizado: acometiendo el auténtico suicidio cósmico, y en virtud de lo cual quedaría flotando en el universo como un astro más, o como un libro que nunca encontró su lector apropiado, para utilizar la sublime imagen con la que Borges representaba el destino de su propia literatura.
Y ¿quién puede asegurar que el universo no sea otra cosa que el cadáver de Dios, es decir, el hábitat cósmico que compartimos, más que como pecadores, como parásitos, de un devenir sin sentido último, que este dios ha dejado en suspenso con su suicidio y sin más allá de la historia que más historia? Convertido en dios que no sólo no espera a su criatura, sino que, sobre todo, nada espera de ella ¿qué mayor prueba de su poder ininito que su cósmico suicidio? ¿Qué gracia más conmovedora para la criatura que cayó del reino que reconciliarse con el cadáver del creador colgando del árbol ante el que ella sucumbió y con el que él tramó su caída? Tal sería la más elocuente lección que podría recibir, tras su rebelión, el ahora pecador, en una instantánea que señala lo que a Heidegger tomaría tres tomos decir -y conste que inconclusos. No se trata, pues, de una lección menor. Sólo que, para ello, no basta con ser eterno; hay que saber morir. Y es aquí donde este dios se muestra débil, siempre reculando, y dispuesto a esperar ki que se nacesario por un universo histórico en el que la muerte haga lugar a su posible eternidad. Lo que hace de éste un dios históricamente entrampado en su propia trampa temporal.
Como se ve, el asunto de la muerte de Dios, en el sentido necrofílico planteado, tiene muy diversas e interesantes posibilidades como metáfora para la existencia temporal, y que para nada contradicen su espíritu de creador. Sólo lo colocan en la perspectiva adecuada; la úńica posible para el que se ha enredado con el tiempo y con la historia. Después de todo ¿acaso no se dejó caer él mismo en la hoguera de la temporalidad a modo de experimentar la muerte? ¿No se come de su carne y bebe de su sangre en el ritual que la conmemora? Si, para congeniar con su criatura -y no otro es el sentido de la gracia- lo que este dios requería era morir, lo que sugiero es una muerte de verdad, y hacerlo como sólo dotado de existencia temporal se puede hacer: por completo, con ausencia total y plena, y no con una morisqueta como la de su resurrección.
Aún así, aun cuando sólo se tratase de una parodia, la curiosidad de este dios por la muerte ha de haber sido enorme y, por cierto, muy similar a la de la criatura para comer del árbol aquél. Desde cualquier punto de vista que se le considere, tal curiosidad ha debido cambiar por completo su perspectiva sobre sí mismo. Imaginarse compartiendo el destino al que él mismo condenara a su criatura ha debido afectar su concepto de sí mismo como dios y creador; ésta, seguramente, fue su primera gran lección acerca de tiempo y de la muerte. Pues, de no haber sido así, Dios no puede ser más que un cínico y un embustero, lo cual no necesariamente atenta contra su naturaleza divina, pero sí que afecta nuestra percepción de él.
En efecto. Si no ha asumido su fracaso en tanto que dios y, en consecuencua, suicidado, este dios no puede ser más que un cínico y un embustero. Si hemos de creer en lo que los evangelios dicen acerca de la condena y la salvación, donde aparece como la fuente de gracia de la que depende el retorno al paraíso por parte del pecador, no puede ser más que el protagonista de una bufonada. Claro está que el de los evangelios es un dios para místicos y adoradores, y no para quien requiere de pensarlo como el niño que lo desmonta en piezas y movido por la curiosidad de lo que se pueda hacer con los pedazos.
En todo caso, luego de dar paso a la historia, y de arrojar su criatura a ella, a este dios no le ha quedado más remedio que arrojarse él mismo para conquistarla. Como no puede justigicarse por si mismo, y sujeto al capricho de una existencia temporal que se le fue de las manos, han de legitimarlo sus intenciones y sus actos como gesto de generosidad para con la ingrata criatura que degeneró en pecador. Sin Judas, o las no menos infames debilidades de Pedro, su paso por la tierra habría sido un paseo. Precisamente, el valor de su muerte radica en haberla consumado por los impíos. Nos lo indica Pablo en La Epístola a los Romanos:
A la verdad, apenas hay quien quisiese morir por un justo: tal vez se hallaría quien tuviese valor de dar su vida por un bienhechor. Pero lo que hace brillar más la caridad de Dios hacia nosotros: es que entonces mismo cuando éramos aún pecadores, fue cuando al tiempo señalado, murió Cristo por nosotros,
Pero aquí no se habla de muerte, sino de caridad y sacrificio. La más extrema posibilidad de ser del pecador y el modo absoluto en que ella lo determina en tanto que ente, es mero decorado de la generosidad de su señor. Como era de esperar, la muerte -esenciamisma del pecador- nada significa para quien, como este dios, se tiene por eterno. Este dios, que nada sabe ni puede respecto de la muerte, salvo resucitar, sólo muere a sabiendas de lo que la muerte significa para la criatura mortal y con el único propósito de escandalizarla moralmente. Es decir, en realidad, no muere, sino que se presta a una pantomima cuyo único propósito es escandalizar a la criatura mortal y a fin de que reconozca su generosidad como su señor. La gracia es como plantar de nuevo el árbol, para que la criatura -ahora pecador- caiga en la misma trampa pero de signo contrario. Si la escena cuenta hasta con su propia serpiente, sólo que en esta caso se llama Pablo. En fin. Habiendo condenado a su criatura a la muerte, pero incapaz de morir él mismo, este dios sólo puede abusar de su condena con una morisqueta moralista y superficial.
De hecho, el descenso de Cristo a este infierno de la existencia temporal, gesto equivalente al del político en campaña por el barrio, nos indica cuán decisivo es el pecado como fuente de inspiración y justificación. Dios no es como el aristócrata que para ser sólo toma de sí mismo, sino como el político que requiere de las masas para acometer su destino, Es Dios el primero en otorgar al pecado, hecho muchedumbre, el carácter de agente histórico. Tal gesto, como sabemos, ha sido reivindicado como símbolo de su generosidad para con el impío. Pero se trata de eso, de una reivindicación política. En tanto que dios, un gesto así sólo puede ser tomado como signo de sus debilidades. La muerte de este dios, pues, no habla de su gloria, sino de su astucia. No es acto, sino ardid. No es una muerte ontológica, en correspondencia con el ser de un ente pleno; ni siquiera necrofílica o simbólica, sino vulgarmente política y en correspondencia con un hacer. De manera tal que Su resurrección no es prueba de divinidad ni de eternidad, sino argucia de mago, capaz de fingir la muerte, pero al que le está vedado el morir.
De allí que la sugerencia de su suicidio me luzca mucho más apropiada y menos vulgar para un dios que, habiéndose condenado condenando a su criatura, con su muerte auténtica le enseñaría mucho más de lo que pretendió ocultar plantando el árbol con que la perdió, y colgándose del cual no lo salvaría, pero mantendría viva la lección y, con ello, se reivindicaría a sí mismo como dios. Al menos para mí, que no pretendo creer en dios alguno, sino pensar éste como la idea que es, sólo su suicidio cósmico restablecería su prestigio.
Pero pensar-lo es lo que, precisamente, me aleja del camino correcto que este dios ha trazado como destino a una criatura que, en realidad, no es tal, sino el modo en que pretende apropiarse del ente temporal con inteligencia, memoria y voluntad, Para lo cual no le bastaba una criatura hecha a su imagen y semejanza, sino que la hubo de convertir en pecador. Lo cual es otra argucia, pues ¿cómo podría caer en tentación la criatura, es decir, distinguir entre bien y mal, si era inocente, hasta el punto de ni siquiera ser consciente de su desnudez? Este dios no ha creado nada. Se topó con todo hecho, y tan sólo pretende apropiárselo. Lo cual deja en entredicho la plenitud de su ser. Por eso juega a la historia. Lo ha apostado todo: su reino mismo, a ser y su sentido. Con lo que este dios no tiene ser, sino que aún está por hacerse como tal. No es un dios, sino un proyecto. Y si acaso lo tiene, su ser no le pertenece, sino en cuanto funge de inmanencia y trascendencia del devenir temporal; la historia. Y si es inmanente, es esencia inseparable de la historia misma, aún cuando pueda distinguirse racionalmente de ella. Llevada al extremo, tal distinción es lo que lo haría trascendente. Pero si es trascendente -y no otro es el sentido del más allá que Dios y su reino son en tanto que eternidad- ya no es racional.
Para un dios que sólo pretende ser adorado, la argucia de la caída -que lleva de la criatura al pecador- y de la gracia -del pecador a la criatura restituida en su signo originario- está muy bien. No representa un gran desafío. Sólo requiere de unos cuanto preceptos morales y un puñado de oraciones. Tomansp en cuenta que el trabajo arduo ya lo hizo Agustín lidiando con Platón y Aristóteles, armado de un catecismo cualquier ingenuo, desmemoriado y falto voluntad puede satisfacer vanagloria semejante. Amar y/u odiar a Dios sólo requiere de un cierto grado de emoción que vincule por igual con un dios así. Pero con sólo pensarlo, con que el nombre de Dios con el que este dios se nombra a sí mismo, aparezca en medio de una estructura lógica, el vínculo se desvanece. Entte este dios y la existencia temporal, la razón es un abismo, comparado con el cual el infierno es un juego de niños. Y para percibir esto no hay que ser impío, Pensar al dios que se hace llamar Dios, nos coloca del todo fuera de su alcance. A diferencia del impío, quien piensa a Dios se torna, en el acto, insalvable. En esto, Pablo tiene razón; incapaz de morir de veras, éste es un dios para morir sólo por impíos.
Podría reescribir la historia de Dios a partir de la siguiente premisa, Si yo fuese su criatura, tras devorar el árbol entero, pensaría que sólo privándome de la vida eterna ha podido este dios darme una propia. Tuvo entonces lugar el auténtico acto creador, que en esencia es movimiento: el inicio que abrió las puertas de la historia a la existencia temporal que dios califica de pecado, y a la inteigencia, memoria y voluntad, que son esencia del pecador mismo. No fui creado, pues, a imagen y semejanza de Dios, que es eterno, sino, por el contrario, como ente finito y mortal que para existir ha de hacerlo históricamente. Con lo cual, la creación se le fue de las manos a este dios, y, en consecuencia, se disolvió todo posible vínculo entre creador y criatura. Y así, despojado de sus ataduras, el universo puede volver a ser aquello a lo que hemos ido a parar sin saber cómo; de una patada en el culo. Lo mismo da quién o qué la propinó. Lo que cuenta aquí es la patada, que no en otra cosa consiste ésa, mi libertad, la autocondena que que me impongo y que me distancia un reino ya vacío, en cuyo centro se yergue un árbol reseco y de cuyas ramas, al vaivén de la ventisca, cuelga el cadáver de un suicida. En virtud de todo ello, no me basta con ser pecador, Requiero de ser impío. Y, sobre todo, de ser insalvable. A estas alturas, lo único que puede hacerse por la criatura ya no lo puede hacer dios alguno: ser-se, sola, en el más extremo abandono cósmico, del que nada podría rescatarla. Héme aquí, pues, en el eterno punto de partida. Allende, cuando me da por mirar, sólo un cielo que se mueve constantemente entre lo azul y lo negro. Yo creo que es el guiño del gran ojo de un universo que ya no alcanza herir las sombras de mi fresca ignorancia.




