El Génesis, como se sabe, es el primer capítulo en la historia de un dios que creó el mundo, la historia; vale decir, el pasar en que las cosas pasan y el tiempo con que lo captamos. Según esta historia, en siete días -merecido descanso incluido- este dios, emergido de las tinieblas, configuró el universo total: estableció su reino eterno, creó la criatura llamada a adorarlo por la eternidad, actualizó el abismo temporal al cual arrojarla cuando se resistió, y, por último, concibió el plan para rescatarla de su temporalidad y retornarla a su seno. Más que una historia de dios, ésta es la de un proyecto de dios. Con lo cual esta historia deja fuera lo más interesante del objeto a historiar: las tinieblas mismas, el abismo y el origen del dios-héroe que, venido de ellas, encarna la luz que ha de iluminar el nuevo todo en que se dispone a reinar. De modo que esta historia, que no indaga en su tema y que, aún así, pretende dar razón de la temporalidad mediante la eternidad, nos deja en ascuas, pues sólo vale para confirmar que la vida eterna junto al dios que nos ha creado no es menos absurda que la temporal a la que nos ha condenado. No obstante, hagámonos de la vista gorda con este detalle menor, y ocupémonos de un dios al que, en esta parte de su historia, toca hacer de inicio en la historia toda del universo. Porque, en esencia, no de otra cosa hablamos aquí: de un dios que actúa y que, sólo en cuanto tal, ha podido ser objeto de narración.
Ciertamente. Si crear es acción y, como toda acción, implica transcurrir ¿cómo ha podido este dios crear el pasar si no pasando él mismo? Y si el tiempo -esa forma de todos los fenómenos, decía Schopenhauer- es la forma que el pasar adquiere en la medida en que sí y sólo sí es captado y medido por conciencia del pasar ¿cómo ha sido posible a este dios crear el tiempo si no tenía conciencia del pasar y era sujeto de tal? Dicho de otra manera, ante semejante portento de voluntad y acción como el que este dios representa, y que lo coloca, en tanto que ser pleno y eterno, saliendo de sí mismo para hacer-se a sí mismo, la pregunta incómoda es ¿cómo pudo un ser que actúa -y que, por tanto, no es pleno- hacerlo sin pasar y sin tiempo no previos a su acción misma?
Aunque torpe y de muy mal gusto desde el punto de vista literario, históricamente está muy bien la épica que hace de Dios una suerte de héroe hacedor de justicia frente a las tinieblas y el abismo. Desde el punto de vista narrativo, este dios se presta a hacer de inicio. Sin embargo ¿qué de las tinieblas y el abismo, del todo oscuro e impenetrable del que él mismo emerge como inicio? Porque de suyo que sin oscuridad no puede haber luz, ni cielo sin abismo. Pasa que, como digo, sólo narrativamente cabe a un dios hacer de inicio en la historia de un universo total. Sin embargo, si es eterno, a dicho dios no cabe pasar. Luego, ontológicamente, esta historia miente. Y sólo como mentira sublimada religiosamente puede ser sagrada. En otras palabras, en tanto que historia, el Génesis no es más que una estafa ontológica. Yo, que también tengo una historia, pero que la tengo sólo gracias a que siempre he sido y sigo siendo en el abismo en que no cabe la de este dios, soy testigo de ello.
En efecto. Antes de que este dios se diese cuenta y terminara de pestañear, ya había yo dejado en las meras ramas el árbol que plantó en medio del Eden. Allí debe estar todavía, pelado y reseco, crujiendo al azote de los vientos del pasar. Vengo del abismo; yo sí que sé lo que es emerger de las tinieblas que la tenue luz de su divina bombilla no alcanza iluminar. Y al abismo voy. Finito y mortal, no sólo muero, sino que soy la muerte misma en dos patas y de paseo por el pasar en que este dios pretende reinar. Sólo que dicho pasar es lontananza cósmica, demasiado grande para la pequeña huerta de su eternidad. No basta un árbol. Soy la plaga del paraíso, la temporal langosta que arrasó con las cosechas atemporales de su histórica eternidad. Soy el azote de un dios que, incapaz de morir por sí mismo, pende de muerte ajena. Y, pregunto yo ¿en universo en el que nada escapa al movimiento y en el que sólo es posible ser dejando de ser, qué podría hacer más vulnerable a un ser que no ser dueño de su propio morir mientras camina a ésa, la más extrema posibilidad de ser que la muerte es para todo cuanto vive? Con historia, pero sin muerte, este dios es un contrasentido. Es como una historia con inicio, pero sin final. Soy, pues, el Atila ontológico de este reino inconcluso, diferido y a la espera. El árbol: lástima que este dios plantara solo uno. Porque, si de pecar se trata, me hubiese cargado el bosque entero. En cualquier caso, me lo comí todo, y quiero más.
Para lo cual, por cierto, nunca jamás he requerido de tentación ni demonio alguno, pues soy el demonio mismo de mi propia conciencia temporal. De bien poco se vanagloria este dios. No he sido condenado al tiempo; soy temporal y, en tanto que tal, él único ente capaz de crear tiempo en un pasar sin inicio y sin final. Nada tengo de inocente, ni de criatura. Absurdo cmo el que más, gracias al tiempo -sólo susceptible a un universo en movimento- con sólo pasar, sé que paso. Soy, pues, inteligencia, memoria y voluntad; ente temporal -finito y mortal- que, para ser, ha de hacer su no ser caminando hacia su propia muerte.
Mucho más lentos y perezosos, Adán y Eva comieron lo que dejé. Para pecar, bastó con las sobras. Tras lo cual, fueron echados del reino. De la eternidad al tiempo. Ya que, al parecer, en esta historia la eternidad es una suerte de saco sin fondo, en el que Dios, a discreción, a ratos recoge lo que se encuentra en su camino; a ratos se deshace de ello. No podría ser de otra manera para un dios que, en lugar de crear, se topó lo hecho. Y por eso, así como condenó a la serpiente a ser serpiente, condenó al mortal a ser mortal. En todo caso, el par de mocosos que en esta historia aparecen como los primeros en pecar sí que necesitaron de un empujón para caer. Yo no. Yo lo hice por mis popios pies. Y no una, sino que lo sigo haciendo, una y otra vez.
Este dios no ha creado el universo ni la criatura a la que llama suya. Todo él no es sino proyecto. Aristóteles lo llamaría dios en potencia. Con lo cual, no obstante, ya no sería dios, sino una entelequia que participa de forma y materia. Como héroe de su propia historia, este dios no ilumina, sino que, con su actuar, queda reducido a mera valoración moral del abismo. En tal sentido, lo que este dios sí ha hecho es convertir la mortalidad en delito de conciencia y la muerte en puerta abierta al más allá en el que espera sentado por el retorno de su criatura, que ya no es la misma inocente que creó, sino una muy otra, que ha degenerado y devenido pecador. La historia vendría a ser síntoma de dicho delito y el alma de dicha puerta.
Sin embargo ¿cómo queda Dios en todo este proceso? Ya que, para tener una historia, no cabe ser eterno; hay que ser sujeto de temporalidad. El problema con un dios que, como éste, se historiza es que su eternidad se torna vulnerable a la narrativa. Con lo cual la caída pasa a ser mucho más que la eventual desgracia de la criatura, y se convierte en la mismísima trampa narrativa en que ha caído este dios. ¿Cómo pudo, desde su eternidad, crear el tiempo y el pasar en dónde arrojar su criatura si tiempo y pasar no eran previos a su condena misma? Es decir, si no lo eran ¿cómo pudo haber tenido lugar la acción narrada de la caída?
El delito que este dios imputa a su inocente criatura ya había sido perpetrado desde mucho tiempo atrás; por mí, que vengo del abismo y al abismo voy. El demonio -que no es sino conciencia temporal penetrando el reino- no es más que el chivo expiatorio en esta comedia protagonizada por un inocente que no es tal. Soy testigo de la estafa con la que esta historia sagrada nos vendió la muerte como la marca con que Dios herró a su rebaño. Cuando el rebaño, en verdad, ya tenía dueño: se llama tiempo, pasar, duración, finitud y mortalidad; en suma, movimiento. Dios lo sabe bien. Llegó tarde. Cuando todo estaba hecho y en pleno movimiento. La vida no esperó por él. Y, con su historia, sólo ha pretendido sumarse a la fiesta como el centro de atracción.
El problema es que, como digo, al hacerlo, se ha historizado a sí mismo. Y ya no puede deshacer el entuerto. No es el tiempo el que requiere de un dios que lo haya creado, sino este dios el que requiere aparecer como su creador. Sólo que, para ello, y pese a ser dios, ha de comportarse como el personaje temporal de una narración. Su eternidad se ha contaminado de finitud. Su reino, que ahora pende de la mortalidad y de la muerte, se ha convertido en proyecto y él en dios que no muere. En tanto que dios-héroe, no es más que objeto narrativo, ya no es eterno; tan solo duradero. Y, aunque dure eternamente, ha quedado fuera de su eternidad. Ya no hablamos de si este dios creó o no creó el mundo y la historia, sino de que, dadas las consecuencias ontológicas del acto creador, más le valdría no haberlo hecho.
Ahora le toca revertir lo hecho, y arrancar del pecador -ente temporal condenado a temporalidad- la eternidad desde la cual ser adorado. Por eso le asigna un alma, suerte de criatura en segundo grado que, descarnada, es lo que al morir sobra. Por eso lo de la salvación, suerte de caída al revés, de abajo hacia arriba, como para congraciarse con un devenir que atenta contra su ya decrépita desgracia de ser eterno o, más exactamente, de nunca morir, que es lo que cabe a un dios que se historiza. A estas alturas, digo yo, tiempo y pasar los que habrán sobrado a este dios para haber aprendido que es mejor morir que no haber sido nunca. Es lo que mejor se aprende en el abismo, al que este dios no se ha asomado nunca y desde el que tan fácil es advertir cómo le saca el culo.
La cuestión es que yo no fui arrojado del paraíso; me largué yo mismo, por la puerta de atrás, la que da al abismo del que siempre he venido y al que siempre vuelvo, antes de que este dios se diera cuenta. No esperé por la ira de Dios, ni por la tentación del demonio. Para demonio yo, capaz de asumir la temporalidad ante el que este dios recula. Hecho de tiempo y pasar, experto en muerte y en vivir la muerte que de hecho soy ¿qué podía agregar este dios a mi entidad? ¿Un alma? No sabría qué hacer con algo que ni para morir sirve.
En realidad, para largarme del paraíso, me bastó el paraíso mismo y un dios al que le basta ser adorado por la infame criatura que a los efectos se creó. ¿Cómo admirar a un dios así, incapaz de reconocerse como tal en su soledad cósmica y ávido del mas vil de los halagos, como es la oración? Este dios no sólo es incapaz de morir, sino que, si no se reconoce en su soledad, es incapaz de soportarse a sí mismo. Entonces, si no puede soportarse a sí mismo ¿cómo pretende que lo soporte yo y lo adore? Es mucho lo que a este dios le falta por madurar, me dije, ya al borde del abismo y con un toque de lástima que sún me repugna cuando lo recuerdo con mi memoria estomacal; es un principiante, un muchacho con inquietudes, un necio con poder infinito, como todos los necios. Entonces, me arrojé en silencio, dejándolo en el reino que él mismo se encargaría de terminar de asolar.
Por lo demás, no me hacen los aires de la eternidad. Se percibe allí un hedor a aburrimiento que ni los dioses mismos pueden soportar. Éste dios es evidencia de ello. Por eso el apuro de hacerlo todo en siete días. Y luego lo del árbol, a ver si pasaba algo en tan insoportable eternidad. Su historia no habla de su eternidad -lo que sería narrativamente imposible- sino de su aburrimiento; el de un ser que no es y tiene que hacer-se para ser a partir de su no ser. Pero, en su caso, esto no es más que vulgar temporalidad de un ente que, para ser, ha confundido eternidad con nunca morir. Y sólo por eso Dios se empeña en seguir siendo dios.
La inocencia tampoco me sienta bien. Eso es sólo para criaturas, y no para entes temporales, venidos del abismo y llamados a darse ser a sí mismos mientras el morir los vuelve al abismo. Lo cual, por cierto, sólo es posible ante el espectáculo de una existencia absurda, o sea, cuyo misterio no está allí para resolverlo, sino para ser-lo y participar de él. La vida no es sino movimiento, que acaso exija de los entes temporales con conciencia de pasar una historia, pero no razón de ser. La mentira más infame acerca de la vida la ha proclamado este dios por boca de su emisario: no la verdad -como asegura- sino el absurdo nos haría libres. Entender algo así es lo que hace la diferencia entre ente temporal y criatura.
Claro que para un dios que sólo pretende ser adorado, ésta ha de ser la más incómoda de las verdades. De allí su amor a la criatura, porque no somos más que sus criaturas. Es lo que este dios ama: lo que ha creado con el propósito de ser adorado. Con lo cual este dios se define a sí mismo como un fetiche que clama idolatría. De allí su odio a los idólatras que no lo idolatren. En todo caso, por amor acaso sea yo capaz de terminar en la misma acera junto al más sarnoso de los perros. o en la misma cama junto a las más podrida de las prostitutas. Pero jamás compartiría el mismo reino con dios alguno, y mucho menos me despojaría de mi condición mortal para adornar sus jardines. Siendo, pues, la muerte el estilo de la existencia temporal y pecar devenir según ejercicio de la voluntad ¿qué otra cosa podía yo hacer que largarme de aquél inhóspito lugar? Así que, como digo, me arrojé yo mismo. Y si acaso este dios fuese capaz de salvarme, me volvería a arrojar. No estoy aquí para adorarlo, sino para existir. Hay que seguir, voy a seguir, dice Beckett por boca del innombrable.
Demasiado cuanto este dios depende de una narrativa épica en la que caída y salvación hacen de eventos grandiosos y trascendentes. Pero, evento al fin y devenir de por medio, caer es tanto como bajarse de la cama del mito, y salvarse equivalente a volver a ella hasta el día siguiente, cuando sólo cabe bajarse otra vez. Iniciada la historia, sólo cabe seguir, y bien poco lo que puede un dios hacer para cambiar eso. El misterio no está en qué le ha dado inicio, sino en el ente temporal que ha de darse ser a sí mismo y que ha de hacerlo históricamente. Cualquier dios puede emerger del abismo para montar su carpa aparte. Pero la gracia -no la divina, sino la de existir- está en ser abismo. Este dios es un yerro de cabo a rabo. La historia es narrativa que da forma al pasar. Por lo que sólo sirve para seguir, y no para establecer huertos inmutables, pero sin eternidad, y sólo aptos para dioses que, incapaces de morir, sólo sirven para durar. La muerte está en mí, pero no como castigo añadido por un dios incapaz de morir, sino como una inteligencia superior que determina mi seguir hasta la extrema posibilidad de ser. Me soy, diría Pessoa, con ese acierto antigramatical del que sólo la buena narrativa es capaz. En realidad, no podría complacer a este dios ni que me lo propusiera. Pues, más que un pecador, soy el pecado mismo que, erguido, se pasea a sus anchas por las calles sin salida del abismo.
Pero volvamos a la historia de este dios, que ante el abismo recula y ha hecho de su reino tienda aparte: esa pequeña huerta en la que se pasea como un viejo en bata, cuidando de su cosecha y espiando al par de mocosos en pelotas que codician el fruto de su árbol preferido, que es, precisamente, el prohibido. En realidad, no hay que ser dios todopoderoso para presumir que más temprano que tarde le van a echar diente. Dios sabe que ese árbol es la puerta a la finitud y mortalidad de la existencia temporal, que coexiste con su recien creado reino. La trampa está tendida. Como todo en este reino, caer es cuestión de tiempo. Pero la historiade este dios nada dice de ello. No nos habla de nuestra entidad como mortales, sino de la muerte imaginada como castigo de la criatura que se ha rebelado y pretende ser su igual; es decir, que pretende saber aquello de cuyo conocimiento su creador la ha privado con el propósito de ser adorado:
"Pero Dios sabe que el día que comáis de él serán abiertos vuestros ojos y seréis como Dios, conocedores del bien y el mal."
Es lo que dice la serpiente a Eva. De modo que la mujer -que consciente de lo que hacía por advertencia previa de su señor, y que ahora confirma por tentación de la serpiente- come del fruto prohibido a sabiendas de ello. Luego quien peca es de todo menos inocente. Por eso peca, porque tiene conciencia de su acción como pecado. Eñ inocente pede cometer un yerro, es decir, una acción equivocada. Pero el pecador nunca; el pecador la perpetra. Y Eva, además de ser mujer -lo que en el vernáculo machismo bíblico es sinómimo de potencial demonio- es tan consciente de su acción que, incluso, percibe aquel fruto como deseable para alcanzar nada más y ada menos que la sabiduría. Y, al pecinirlo así, se convierte ella misma en demonio, pues arrastra en su acción a su pareja.
"Al ver la mujer que el árbol era bueno para comer, agradable a los ojos y deseable para alcanzar la sabiduría, tomó de su fruto y comió; y dio también a su marido, el cual comió al igual que ella."
De manera que ni el que tendió la trampa, ni los que cayeron en ella, llegan en blanco a protagonizar la escena más importante de esta historia. Dios lo ha indicado claramente a Adán y Eva, cuando, al referirse al árbol plantado en medio del huerto, indicó: "no comeréis de él, ni lo tocaréis, para que no muráis", según refiere la misma Eva a la serpiente que la tienta. La serpiente insiste, y lo hace diciendo: "no moriréis", es decir, asegurándole que, si lo que teme es morir, que tome el fruto, pues no ocurrirá lo que Eva ya teme que pueda ocurrir si lo hace. Tal situación no deja ninguna duda a la hora de inferir, como yo infiero, que Eva tenía plena conciencia de muerte. Y conciencia de muerte es conciencia de lo perecedero, de la existencia temporal; conciencia histórica, en suma. De hecho, su temor no es otra cosa que un síntoma de tal conciencia. Sin embargo, según el Génesis, era tal la inocencia del primer hombre y la primera mujer, que sólo tras comer de aquél árbol descubrieron su desnudez.
"Entonces fueron abiertos los ojos de ambos y se dieron cuenta de que estaban desnudos. Cosieron, pues, hojas de higuera y se hicieron delantales."
¿Cómo es eso que quien no sabe ni siquiera que está desnudo es consciente del tiempo y de la muerte? Eso sólo es posible en una historia como la del Génesis, basada en una curiosa ontología, según la cual la diferencia entre inocencia y conciencia, criatura y pecador, eternidad y temporalidad la hace un delantal. Pero, según esta historia, éste seria, popiamente hablando, el instante que da inicio a la historia, segun conviene a un dios que precisa del pecado como el cepo moral al que someter al ente temporal con inteligencia, memoria y voluntad. Por lo demás, dicho propósito está claramente precisado, cuando Dios, tras lanzar su lista de maldiciones a la pareja, concluye:
"El hombre ha venido a ser como uno de nosotros, conocedor del bien y el mal; ahora, pues, que no alargue su mano, tome también del árbol de la vida, coma y viva para siempre."
Sólo que, si ha venido a ser, es porque de la creación a la caída las cosas transcurren y la criatura se transforma; o sea, que hay devenir en esta supuesta eternidad. Lo cual confirma que la criatura -que deviene- no puede ser inocente, así como que el reino que este dios se ha forjado para se adorado en la eternidad es mucho más histórico de lo que cabría esperar. Dicho en otros términos, sólo la inteligencia, memoria y voluntad de la criatura pueden dar sentido y razón de ser a la rebelión. Todo lo demás -árbol, serpiente, hojas de parra y hasta la iracundia de este dios- es sóĺo paja narrativa que esconde el grano ontológico. Con lo que este dios y su reino quedan atrapados en su propia historia fallida.
De manera que si esta criatura, lo que podríamos llamar la primera y equivocada versión del hombre, era realmente inocente ¿cómo se explicaría tan premeditada actitud como la que describe el mismo inicio del pecado? ¿Cómo es eso que quien no tiene noción siquiera de su desnudez, es capaz, sin embargo, de ambicionar el conocimiento y de concebir el derrocamiento de su señor? ¿Y cómo entender el cinismo de esta inocente criatura que, una vez descubierta, se empeña en seguir apareciendo como como tal ante los ojos de aquel cuya confianza ha traicionado? Adán culpa a su mujer: la mujer que me diste por compañera me dio del árbol, y yo comí, le dice a su Señor. La mujer, a su vez, culpa a la serpiente: la serpiente me engañó, y comí, dice a su señor. La inocente criatura, una vez profanado el orden divino, es tan consciente de su responsabilidad que, incluso, la evade. Y esto no es un detalle menor, pues Dios arremete incluso contra la misma serpiente que, al parecer, era un animal astuto, nada más, todavía sin rango de demonio, como el que comienza a tener a partir de entonces, según maldición divina:
"Y Jehová Dios dijo a la serpiente: Por cuanto esto hiciste, maldita serás entre todas las bestias y entre todos los animales del campo. Sobre tu vientre te arrastrarás y polvo comerás todos los días de tu vida."
Castigo que vaya uno a saber cómo tomarse en serio, pues ¿qué sentido puede tener condenar a la serpiente -que hemos de suponer, hasta entonces. en apariencia inocente- a arrastrarse, si realmente se trata de un mero ofidio y no de una forma de conciencia temporal que ha penetrado el reino de la eternidad en que este dios se dispone a ehercer como tal? ¿Qué habrá pensado la serpiente -sobre todo una sobre la que recae tamaña responsabilidad histórica y divina- de un dios que actúa de esta manera?
En fin, otro detalle menor. Más bien, si uno se fija en Adán, habría que preguntar por el tenor moral de la criatura que este dios ha creado, pues ¿quién era este pusilánime varón de poca monta que, ante las demandas de su señor, carece de la virilidad de reconocer su propio error y, por si fuese poco, disimula su culpa acusando a su mujer de lo que él mismo ha cometido y, por si fuese poco, dejando claro, además, que se trata de la que Dios le dio, con lo que se entiende que el muy cretino imputa su responsabilidad al mismo Dios por habérsela dado? ¿En verdad este dios a creado esta cosa a su imagen y semejanza? Porque, si ha sido así, no sólo hablamos de una criatura para nada inocente, sino, sobre todo, mal intencionada, moralmene corrompida y cuya semejanza con su señor deja a éste muy mal parado. Quién lo sabe, Después de todo, puede que, buena o mala, sólo la intención -y si Husserl no me engaña toda conciencia es intencional- explique a cuanta de qué plantó Dios el árbol en medio del Edén.
En cualquier caso, es lo que menos importa. Importa que dicho arbol representa una opción, y que dicha opción es, por sí misma, la del mal, de la muerte, de lo pasahero y perecedero; en suma, la no eternidad. Basta tocarlo y comer de su fruto para optar por ella. Ahora bien, es obvio que, de no haber comido de su fruto, tal abstinencia hubiese sido, igualmente, una forma de reconocer y optar entre el bien y el mal por parte de la criatura. Con lo que ni el mismo Dios, que ha demostrado cuánto se hace de la vista gorda cuando le conviene, creería en su inocencia. Sucede que no estamos ante la inocencia. Estamos ante una criatura que deviene; ente temporal y sujeto de conciencia histórica que no es, como nos pretende hacer creer esta historia, consecuencia de la rebelión -tras la pérdida de su inocencia- sino, por el contrario, su causa.
Además de este acto histórico perpetrado por la criatura contra creador. el pecado es una noción teleológica, que alude no sólo a su caída -inicio- en el tiempo, sino, sobre todo, a su proceso como pecador -ente temporal. Como se ve, a este dios no importa tanto el pecado cometido como la disposición a seguirlo cometiendo. De modo tal que, quien revise con cuidado el Génesis advertirá en la creación un acto fallido, o que este dios, en lugar de crear el mundo, se topó con uno que ya estaba hecho y del que intenta posesionarse a toda costa. Si se toma en cuenta que la inocencia es una falacia puesta en evidencia por el mismo relato mítico, la criatura que Dios creó con el propósito de ser adorado es ya una entidad histórica. De tal manera que, para ser adorado por ella, primero ha de despojarla de su historicidad. De hecho, al parecer, este dios no creó a su criatura de la nada, pues echarlo del Edén fue enviarlo al sitio de donde vino:
"Con el sudor de tu rostro comerás el pan, hasta que vuelvas a la tierra, porque de ella fuiste tomado; pues polvo eres y al polvo volverás."
Dada su rebelión, cuando este dios comprobó que su criatura no funcionaba para lo que la había creada -ser adorado- ha debido devolverla al abismo temporal del que la tomó y, así, darse a sí mismo la oportunidad de hacerse de nuevo con ella, ya no por medio de la creación, sino de la salvación. En lugar de haber creado el mundo, este dios parece haberse topado con uno ya hecho y de cuya historia pretende ser fuerza inmanente y sentido trascendente. En este sentido, echada del paraíso, la criatura ha sido recreada como parte de una historia que, ahora, no le pertenece, sino que le ha sido prestada como castigo divino y en la que, ahora como pecador, le toca hacer de miserable protagonista, llamado a redimirse por humillación, esperanza y paciencia, nos indica Pablo en su epístola:
"Justificados, pues, por la fe, mantengamos la paz con Dios mediante nuestro Señor Jesucristo: por el cual asimismo, en virtud de la fe, tenemos cabida en esta gracia, en la cual permanecemos firmes, y nos gloriamos esperando la gloria de los hijos de Dios. Ni nos gloriamos solamente en esto, sino también en las tribulaciones: sabiendo que la tribulación ejercita la paciencia: la paciencia sirve a la prueba de nuestra fe, y la prueba produce la esperanza..."
En su estricto sentido, como dogma y al margen de las imperfecciones reñidas con la lógica, la Caída no es otra cosa que un estado de conciencia asociado con el sufrimiento de un mortal que no sabe para qué vive y que tiene a la muerte por el peor de los males. El paraíso es una retorcida representación mítica de la inconsciencia total. Sumida en el infierno de su existencia temporal, la criatura, sólo mediante gracia de su señor, puede retornar a su inocencia original. Así, su camino ha sido trazado. Caer en el tiempo es ya morir. Reconciliarse con Dios es hacer méritos para ser devuelto a la eternidad. Con lo cual, la luz brilla al final del túnel para el iluminado. La muerte es fruslería que sólo atormenta al aterrado.
Pero yo, que nada tengo de lo uno ni de lo otro, me niego ir a semejante reino, suerte de hospicio para desmemoriados, y que, para retornar con su dios, han de pasar por la vida sin saber que han pasado. Aparte de que una existencia eterna ha de tener menos sentido aún que una temporal ¿qué sentido, que no sea el de la postrera humillación, puede haber en adorar al dios que te ha condenado a lo que ya eras, y que, por si fuese poco, lo ha hecho con la premeditación y alevosía de convertirse, gracias a ello, en tu salvador?
Puede que todo ello funcione para el que fue creado, arrojado del paraíso por el mismo que lo creó y del que ahora espera ser salvado. Pero para el que se largó por cuenta propia, caer no es cuestión de fe, sino de estilo. Oración o literatura; devoción o estética. Éste es el dios que, con su historia, lo pone a uno a elegir entre la luz que apenas alcanza iluminar el modesto huerto al que llama cielo y las infinitas posinilidades de un abismo -al que llama infierno. Y yo, mortal, he elegido, mucho antes de lo que él, incapaz de morir, pudiera haber previsto y de que, con su historia, hiciera de la muerte esa frontera mítica entre tiempo y eternidad. Vengo del abismo y al abismo voy, Mi muerte no es mítica, sino históricamente real, determinante y definitiva. Lo sé, porque la muero viviendo. Comer de su árbol no fue sino un aperitivo. Soy lo que este dios nunca podrá saber ser: el inicio y el final del tiempo mismo. Porque no hay creador del tiempo. Sólo entes temporales que, para existir, lo hacen como creadores de tiempo. Es lo que se aprende solo y sólo en el abismo.
Porque la muerte no es castigo, sino el estilo de la existencia temporal, morir no es desgracia, sino la mismísima gracia de un ente temporal al que sólo es dable ser dejando de dejar de ser; o sea, existiendo históricamente, y no en una supuesta eternidad en la que todo pasa y nada muere. Jamás he sido inocente y siempre he reivinicado mi ighnorancia. Tengo pleno derecho a las tinieblas y el abismo, que este dios ha pretendido arrebatarme, con la historia falaz del que ni siquera es capaz de morir. Experto en no saber de dónde vengo ni a dónde voy, jamás cambiaría el estilo de mi existencia temporal por el alma prestada de su eternidad, ni el mismísimo abismo que soy por cielo ajeno. En esto, soy peor que Beckett y todos los malditos históricos juntos. No sólo pido, como él, que me dejen ir al infierno. Demando jamás salir. Que para ir, no requiero de pacto con demonio alguno -ya que soy el demonio de mi propia conciencia temporal- y ni siquiera tengo alma que negociar. Y, para jamás salir, me basta con aquí, donde sigo, y quedo a morir completo.




