Una cosa es ser expulsado del paraíso, tras una patafa en el culo, y muy otra abandonarlo por los propios pies: o sra, arrojarse uno mismo. La voluntad hace la diferencia. Lo que procede entonces es la autocondena. Ello equivale a la condena de Dios, sólo que despojada de su divinidad por el acto voluntario de quien se la autoimpone. Éste es el dato fundamental acá. La rebelión de la criatura sólo acarreó la expulsión del rebelde y no alcanzó su cometido. Ciertamente, desató la ira de Dios, pero no afectó su divinidad. Sin embargo, fuera de los predios del reino, la rebelión continúa: se torna secular. Sujeta al curso de su propio devenir, si la criatura se proclama pecador, su castigo se convierte en causa y su destino en botín de guerra. Lo que a este dios toca ahora enfrentar no es la conjura, sino la reivindicación del pecado respecto a un reino que sólo molicie, desprecio e indiferencia puede inspirar. Lo cual es mucho más difícil para uno tan propenso a la cólera y que tanto requiere de ser adorado.
En efecto, lo que a Dios ahora se le viene encima no es la mera ignominia de aquél que una vez pretendió ser su igual. Lo que ahora ha de enfrentar es a una criatura que, una vez marcada con el pecado, y precisamente gracias a ello, ya no pretende algo así, ni mucho menos ocupar su lugar. En vez de la ignominia inicial de la criatura, lo que le toca padecer es su apartamiento y abandono. Y a estas alturas del proceso, este dios debe saber ya que pretender ser su igual, de parte de una criatura que estaba allí para adorarle, es, sin duda, falta muy grave, pero un juego de niños, comparado con no aspirar algo así, por parte de quien se niega a adorarle y hasta reniega de haber sido creado a su imagen y semejanza. Yo no sólo vengo del mono, sino que me dispongo ir hacia él, con tal y la gracia de este señor no me alcance jamás. Como todo tirano, este dios ha de vivir de la envidia de aquel al que, como Adán, tiraniza. Pero yo no soy Adán. Tengo plena conciencia de mi desnudez, y jamás he tenido que disimular inocencia ante los encantos de una fémina. Si la envidia ho ha lugar, la tiranía de este dios no tiene sentido, y es al tirano a quien toca padecer su propio desacierto. Antes de que me arroje de su paraíso, me arrojo yo mismo.
Yo no sólo vengo del mono, sino que me dispongo ir hacia él, con tal y la gracia de este señor, que, a diferencia de lo que supone, no es acreedor de mi devoción ni objeto de mi ambición, no me alcance nunca jamás. Una apreciación así de pasar por la mente del par de mocosos en pelotas con que este dios hubo de dar inicio a la historia. Pero, más temprano que tarde, al tenor de la experiencia histórica, la perspectiva habría de cambiar. Si, como ha quedado consignado en las sagradas escrituras, comer del fruto prohibido fue el resultado de la tentación que, a su vez, condujo a la supuestamente inocente criatura a tentar a la muerte, todo ello quedó en el amague. El escándalo que Dios armó entonces no permitió a nadie fijarse en los detalles del evento, que solamente la perspectiva histórica, como siempre pasa, permite apreciar con más calma y objetividad de la que a este dios conviene. En todo caso, aspirar a la conciencia no fue, en realidad, una rebelión, sino una mera provocación, que las sagradas escrituras, en su rancio estilo antifeminista de narrar al servicio del patriarcado, imputan, como era de esperar, a la mujer. Pero si es eficaz y verdadera, la rebelión no podría conducir a otra cosa que a la autocondenación. Para ello no basta con haber caído; se precisa, además, de aborrecerse como criatura y reivindicarse como pecador. He ahí la auténtica y única rebelión posible ante un dios que se vale y vabngloria de las caídas de los inocentes.
En efecto. Como sabemos, la condena de Dios consiste en excluir a la criatura del reino de la eternidad, única dimensión en la que puede haber perfecta comunión con el creador, y del que ha sido apartada por las razones ya expuestas. De modo que el pecador es ya, en sí mismo, un condenado a la finitud de una existencia determinada por la muerte y, por lo tanto, temporal. Es Pedro. en el Apocalipsis, quien distorsiona este planteamiento original de la condena, mostrando ese infierno de fuego y rechinar de dientes al que, según él, será destinado el pecador que se niegue a sí mismo la gracia divina. De modo que podemos hablar de una condena en primera instancia, determinada por el relato de la Caída en el Antiguo Testamento, y una en segunda instancia -de sufrimiento eterno en el inframundo- de la que se hace cargo Pedro, el sucesor de Dios, en el Nuevo. Si Dios consideró que una existencia marcada por la finitud y la muerte era lo suficientemente infernal como para cumplir con el espíritu de su condena. Pedro, que no sólo se limita a administrar los asuntos de su señor en la tierra, sino que, por la vía del hecho, se considera, más que su igual, superior a él, consideró que tal infierno no era suficiente. Entonces, más que como santo, como ideólogo, se inventó ese relato obsceno e infantil del infierno como eternidad paralela a la del paraíso, con el que pretende infundir al hombre histórico −respecto al cual tiene mucha más experiencia histórica de la que pueda tener cualquier dios− el terror. Con lo cual Pedro nos viene a confirmar que la mala literatura no había dado todo lo que tenía que dar de sí. Y, una vez más, la vemos interviniendo en favor de la tiranía; incluso, corrigiéndole la plana al tirano.
No obstante, esto no afecta, en lo esencial, el concepto de condenación que Dios se viera forzado a elaborar en un arranque de ira. Sin duda que, al hacer de la muerte una encrucijada entre dos eternidades, la opción de vivir eternamente en el infierno, equivalente a una finitud sin final entre llamas, azufre y rechinar de dientes, empuja a que el pecador vea en la existencia temporal a la que fue condenado casi que un paraíso y no una condena propiamente dicha. Y si bien generaciones de sucesores de Pedro han hecho uso de su espíritu literario, no es menos cierto que, en tiempos más recientes, ni siquiera ellos lo toman muy en serio. En todo caso, en cualquiera de sus versiones o instancias, la condenación es exclusión de la vida eterna en comunión perfecta con Dios. Mover la frontera del infierno un poco más allá o más acá, no es sino regulación del terror, que en nada cambia el concepto mismo. Como tampoco cambia el que sólo la gracia de un dios puede rectificar la condena y, en consecuencia, el que la autocondenación sea el proceso de conciencia en virtud del cual el pecador se niega a recibirla.
Obviamente, la autocondenación es un eherccio de conciencia que torna el juicio final mero accesorio y ornamento de una escatología de neuróticos. Este dios puede seguirlo siendo por y en la eternidad. Pero su reino ya no puede competir en significación con uno que, como, el histórico, nunca la ga tenido y que, al quedar, tal y como él mismo lo determinara, sujeto al tiempo sólo puede ser justificado como objeto de arte y de lenguaje. Nada que ver con la gracia. De tal manera que, más que expulsar a su criatura del reino, lo que este dios ha hecho es obsequiarla con uno en el que ella pudo darle la espalda y del que, ahora, arrepentido, se esfuerza en arrancarla. El problema, para este dios, es que el pecador le tomó el pulso como modelo a imitar. A la postre, se ha hecho su igual porque, en plena impotencia, de ser a su imagen y semejanza, se ha convertido en su adversario.
Se condena quien, aspirando la vida eterna y la salvación, por mala conducta o predestinación, no es objeto de la gracia de Dios. Para lo cual, desde luego, hay que desear la gracia que tal dios, en realidad, no ofrece, sino que impone. En muy otro sentido, se autocondena no aquél a quien Dios niega la gracia, sino quien se niega a recibirla, en correspondencia con su negativa de retornar al reino del que una vez se largó por cuenta propia. El autocondenado se define a sí mismo como un des-graciado, no por ser objeto de abandono y castigo divinos, sino por voluntad propia, resultante de un ejercicio de conciencia y reivindicación de su propia historia como sede cosmogónica. El autocondenado sólo aspira al mundo en que respira. Sólo lo insalvable y lo que, como la muerte, no tiene remedio, es capaz de seducirlo.
Quien fuera expulsado del paraíso acaso albergue la esperanza de que Dios, de regreso de su ira y en su discreta misericordia, acceda a proporcionarle de nuevo cobijo. Para aspirar a lo cual, obviamente, primero ha de comprometerse a no volver a defraudar a su tirano. En suma, ha de concederle la razón y, así, relevarlo en su arrepentimiento como creador con el arrepentimiento de sí mismo como criatura. Éste es el único modo en que el orden eterno podría ser restablecido. Hasta tal punto depende este de dios de su pecador. En tal sentido, la gracia de Dios salva al hombre. Pero la salvación a quien salva es al mismísimo Dios.
De tal manera que, quien fue expulsado del paraíso acaso aspire a la salvación. Pero el que se largó por sí mismo no lo hizo para salvarse, sino para morir, porque la muerte es el único modo de reconciliarse consigo mismo. Entonces, si la muerte es su signo ¿a cuenta de qué ha de despreciarse el pecador a sí mismo? Para quien es histórico porque sólo así puede existir -tener ser- ¿cómo podría ser liberación trocar su mortalidad en nunca morir? Sólo la mala literatura puede haber sido capaz de insertar rdta falacia en la mente de este dios. ¿Misericordia por la muerte de lo mortal, por el fin de lo finito; por lo que pasa del pasar? Esto no es misericordia, sino capricho. Sólo en virtud de lo cual se puede entender su ira y la mezquina generosidad con que pretende corregirla.
Por otra parte, muy a diferencia de Adán, quien se arroja a sí mismo del reino de este dios ingenuo y malcriado no disimula su desnudez, ni se avergüenza de ella. Y mucho menos culpa de su caída a la mujer que su señor le adjudicó. Desde la perspectiva de Dios, el sujeto debió haber sido castigado, sin duda. Pero no por haber comido del árbol prohibido, sino por pusilánime. Pero esto es algo a lo que ya me he referido. Quien se arroja a sí mismo del reino de este dios no espera que tirano venga a leerle la cartilla, ni mucho menos procura aparecer como víctima tras cometer el crimen de rebelarse contra él. Respecto a su crimen, quien se arroja a sí mismo del paraíso entiende que no es suficiente haber cometido el crimen: ha de perpetrarlo a modo de destino y vivir la historia completa al que dicho crimen ha dado lugar. La caída sólo puede tener sentido si, como la muerte, es completa, irreversible y sin regreso. De lo contrario, sólo habrá sido un paseo de muchacho de vacaciones por los alrededores del reino. Ante tan burdo cuadro de mediocridad ontológica, el autocondenado clama como Beckett: dejádme ir al infierno; sólo eso os pido.
Comer del árbol prohibido no podía ser menos. Uno no se rebela para recular bajando la cabeza, sino para que se la corten, y de un tajo. La Caída es la guillotina del tiempo cercenando la cabeza de la eternidad con la que habría sido agraciada la criatura. La guillotina es la única revelación para quien, por propia voluntad, se ha rebelado adelantándose a la rebelión de la Caída. Si en vez de la historia de Adán el Génesis relatara la mía, todo este asunto habría terminado allí. La caída habría sido, como en efecto denbó ser, el fin de la eternidad para la criatura, y de cualquier otra posible vinculación de ésta con su creador. Pero para ello se ameritaba de uno que se tomara la cosa algo más en serio. Entonces habría tenido lugar el gran borrón cosmogónico y, de nuevo en medio de la nada, este dios hubiera tenido a sus pies toda una eternidad para crearse otro reino que, al tenor de sus soberbias apetencias de adoración, funcionase mejor. Pero no. Y en lugar de aceptar con parsimonia y sabiduría el fracaso de su proyecto, se empeñó en perpetuarlo. Ha pasado otras veces en la historia. Los dioses mayas y los aztecas, debieron repetir la creación varias veces, porque les salía mal. Incluso, cada cierto tiempo, todo debía ser destruido, para empezar de cero. Claro que, para ello, la eternidad de tales dioses no podía depender, como la de Dios, de la temporalidad de sus infames criaturas. Vaya reino el de este dios, que la súbita ocurrencia de una serpiente y un par de mocosos bastó para sabotear. Por eso la artimaña de la salvación, esa suerte de restauración cosmogónica de un reino que, no más estrenarlo, el primer necio descalabró. Insistir en ello no puede ser sino un despropósito. De requerir yo la gracia, me lo pensaría muy bien antes de confiar el alma que no tengo a la que pudiera otorgarme un dios así. Prefiero seguir siendo un desalmado,
La caída no es más que una apuesta a lo histórico en la, quien cae, se juega la eternidad a sabiendas de que la perderá. Mirando desde su malogrado reino, a este dios, al parecer, sólo le ha quedado contemplar el espectáculo de un jugador empedernido. Con ello, en cierto modo, al caer, la criatura ha arrastrado a su creador en su caída. Es como el jugador cuyo vicio arrastra a su familia. Si Dios se lo hubiera pensado bien y no fuese un sentimental, se hubiera tragado su ira. Lanzar su condena fue un acto del todo irresponsable que puso el orden cósmico en manos de un irresponsable mortal. Pero quien se arroja a sí mismo del reino de este dios, inicia, pues, su camino, de espaldas a él y de cara al polvo. No espera gracia ni salvación, si es que ese dios se guía por la doctrina de la predestinación de San Agustín, para quien, independientemente del obrar bien o mal de cada quien, Dios tiene este asunto resuelto de antemano. Lo cual es indiferente para el autocondenado, quien también ha resuelto el asunto por su cuenta. Sí, como reza la condena de Dios en el Génesis, del polvo vienes y en polvo te convertirás, el autocondenado no hace otra cosa que cumplir con el ciclo; sólo que, como digo, por cuenta propia.
Ahora bien. Toda vez que la autocondena viene a ser la auténtica reivindicación del pecador, el concepto de pecado sobre el que se basa, requiere algo más de precisión. Como es bien sabido, el dogma cristiano nos indica que la consecuencia directa de la Caída fue el pecado; esto es, la irreparable disolución de la comunión del hombre con Dios y la eternidad, y, como correlato, su sujeción a la finitud y la muerte. Digo irreparable porque, a partir de entonces, todo lo que Dios haga por su criatura es hacerlo por un pecador, que ya no es propiamente tal, sino oveja descarriada de un rebaño que habrá de ser recontituido al final del tiempo con entes temporales salvados de su temporalidad. En alguna medida, la salvación es el modo en que este dios muestra su generosidad, actuando en favor de que quien no la merece. La disolución de la comunidad dios-criatura, en virtud de la ambición de conocimiento, es lo que se conoce como pecado original; pecado angélico, lo llama Melmoth, con más sentido poético. No obstante, en el Nuevo Testamento los comentarios acerca de lo relatado en el Génesis a este respecto son tan ambiguos como escasos. Algo se encuentra en Romanos 5:12, donde Pablo dice:
Por tanto, como el pecado entró en el mundo por un hombre y por el pecado la muerte, así la muerte pasó a todos los hombres, por cuanto todos pecaron.
Lo cual, desde el punto de vista de la justicia divina, luce un tanto agarrado por los pelos. Pero, como todos descendemos del par de mocosos aquellos y, como reza el dicho que aquí se origina, han de pagar justos por pecadores, vaya y pase. Es poco, pero creo que suficiente para entender que el pecado no se refiere sólo al acto perpetrado por el primer hombre contra Dios, sino, además y sobre todo, al estado en que, a partir de aquél acto, se encuentra el hombre como criatura por el simple hecho de serlo: su mortalidad. Las precisiones de la doctrina al respecto se deben principalmente a San Agustín y su idea de la predestinación, así como, posteriormente, a las conclusiones del Concilio de Trento (1545-1563), para el que todo hombre nacido después de la expulsión del Edén es continuador del mismo pecado iniciado con la ignominia de Adán y Eva. Aunque, en refutación a las tesis de San Agustín, el concilio sostuvo que el buen obrar del hombre podía contribuir a su salvación. ya que el pecado original, pese a haberla dañado en su esencia, no había destruido por completo la naturaleza de la criatura. Según el concilio, pues, el daño es reparable, y el hombre puede ayudarse a sí mismo en el camino a la salvación. Lo que para Agustín, como ya se ha indicado, no cuenta.
De lo dicho creo que es fácil deducir que el concepto de pecado original es la base fundacional de todo el edificio cosmogónico cristiano. No es gratuito que buena parte de la disputa teológica gire en torno de este tema. Por lo demás, nociones no menos esenciales como la de salvación están en directa e íntima conexión con él; son, sin más, su corolario. Al parecer, este dios no sólo creó al hombre, sino que, al esto hacer, construía un puente entre su reino divino y la profana historia. Con la Caída se rompió el puente que, con la salvación, ha de ser restaurado. Con lo que tenemos que la Creación es un sólo proceso cosmogónico que aún no ha terminado.
En efecto, del pecado original a la salvación por la gracia, la creación describe un proceso dialéctico cuyo propósito, filosóficamente hablando, es el de subsumir la historia humana en un entorno divino. La idea del reino de Dios se corresponde así con un concepto dialéctico de totalidad. Como todo, este dios y su proyecto incluyen la historia, que viene a ser algo así como la cantera temporal de donde el creador toma las piedras para re-edificar su eternidad. La Caída es el elemento táctico en la propuesta estratégica de posesionarse de la historia. De modo que lo que el Génesis relata como maldición es, en realidad, la cabeza de playa de este dios en la conquista del mundo histórico. Y la primera tarea en esta misión de conquista ha sido la de convertir el devenir en el obligado e inevitable camino del hombre hacia el ser divino. En esencia, he ahí la genialidad del cristianismo como propuesta religiosa. A diferencia de los dioses en la culturas politeístas, que pasarán a ser paganas a medida que el monoteísmo bíblico se expande, el dios cristiano no juega con un particular acontecer a su capricho. Este dios se ha encaprichado con la historia entera como dimensión de la existencia. Nada quiere tanto este dios único del hombre como su maldita historicidad. La salvación ve en ella la pieza más valiosa del museo de la eternidad.
Puede uno concluir que Dios es tal no tanto por haber creado al hombre (lo que en nada o muy poco afectaría la historia de éste, como de hecho sucede en la mayoría de los mitos politeístas, en los que los dioses son algo así como el signo de la fortuna en un cosmos de incertidumbre) sino, sobre todo, por ser el único que se ha asignado a sí mismo la exclusiva misión de sacarlo del foso temporal en que él mismo lo ha arrojado. Este es, a mi entender, el meollo del asunto. Mientras que para la mayoría de las mitologías no cristianas lo divino y lo histórico son líneas paralelas, que nunca se tocan, para el cristianismo se juntan en un proceso dialéctico. El cosmos es así una suerte de encrucijada, dimensión en la que confluyen ser y devenir, eternidad y tiempo. Lejos estamos de la rigurosa divisoria que Platón, en el Timeo, traza entre lo uno y lo otro.
Lo que esta dialéctica en realidad describe es una lucha por el poder entre Dios y hombre, que el dogma resuelve adjudicando a uno la facultad postrera de la gracia y al otro, entelequia de la des-gracia, la opción de reconocerla y aceptarla. Es la dialéctica amo–esclavo. Desde este punto de vista, puede considerarse el reino de este dios como la síntesis entre Dios y hombre; la consumación de la creación, edificada sobre la ruinas de lo temporal, según una curiosa lógica que hace de la eternidad ese estadio superior que sigue a la temporalidad. De allí que el reino de este dios sea una teleología, subsidiaria fundamental de la teología cristiana. Pero allí, donde está el meollo del asunto, también está la debilidad de un dios que ha hecho depender su poder y naturaleza como tal de aquello que se ha planteado destruir al final del tiempo: la historia misma como dimensión de la existencia. Y ¿tendrá tiempo?
Nadie sabe cuánto duró la criatura sin comer del árbol prohibido, es decir, cuánto tiempo tardó en rebelarse. Probablemente no lo sabremos nunca. Pero si, entre su creación y su rebelión, hubo algún transcurrir de la criatura, aunque no podamos medirlo, igual sólo una pregunta cabe: ¿cómo pudo haber tiempo en la eternidad? Quizás ello explicaría la conciencia de quien, pese a su inocencia, quiere saber y teme la muerte. Pero pondría de cabeza el concepto mismo de Dios como símbolo de eternidad. Una vez más, estamos lejos del Timeo, en el que el tiempo es una imagen móvil de lo que, por eterno y siempre igual a sí mismo, no se mueve.
Lo que sí sabemos es que, una vez acometida, la rebelión afectó a la criatura, que cambio de signo. Si Dios puso el árbol allí, con la advertencia de no comer bajo pena de muerte, es porque su criatura era eterna y él pretendía que se mantuviera como tal. Esto fue lo que la rebelión cambió: hizo a la criatura mortal. Pero al acarrear la mortalidad de la criatura, también acabó con las pretensiones del creador. Lo cual equivale tanto como a decir que el acto de la creación quedó a medias o fue saboteado. Al menos que asumamos que lo que Dios quiso desde un principio fuese crear un mortal. De modo que, si bien le había sido insuflada la vida, aún faltaba marcarlo con la muerte. Para eso puso allí el árbol, a sabiendas de la criatura no resistiría la tentación. Si tal fuese el caso, la serpiente no es más que el chivo expiatorio en una estratagema urdida por el Creador, y en la que el árbol es en sí mismo la tentación salida de las manos de Dios. Ello implicaría un largo proceso en el que para ser el hombre criatura de Dios ha de morir primero. Esto deja dos opciones: o este dios se ha equivocado y lo del hombre fue un rotundo fracaso, o la creación es acto que aún está en proceso, que no ha terminado todavía y que, incluso, falta por realizar la parte más difícil y tediosa, cual es arrancarlo de la historia y hacerlo coincidir con la eternidad.
Pero, además de esto, el tiempo y la muerte empujan a otras contradicciones jamás resueltas. Hasta ahora, a los ojos de Dios, si bien sacado del polvo, el pecador no ha hecho otra cosa que revolcarse en el polvo, tal cual Dios prescribió en su condena primera. Y así hasta el fin de los tiempos. Pero y ¿qué la muerte para el ente temporal que para existir ha de hacerlo históricamente si no el fin del tiempo? ¿en qué lugar y en qué condiciones aguardan los muertos que mueren antes del fin de los tiempos? Porque, hasta el juicio final, es decir, la revisión de la causa de la humanidad como especie, no tendría lugar el fin de lo tiempos. Sólo entonces, sin historia y sin tiempo, tapando la tronera que la Caída dejó abierta en el reino, puede tener lugar la verdadera eternidad y concluir, por fin, el acto de la creación.
Pero pasemos por alto estas contradicciones que surgen de no respetar, en cuestión religiosa, la frontera que el modelo platónico sabiamente estableció. De cumplirse los designios de un proyecto divino que se ha empeñado en juntar en el mismo destino dios y hombre, esto es, si este dios alcanza tomar a la criatura de las orejas y, a fuerza de terror, traerla de regreso al reino, entonces, rescatada de lo histórico, revertida su naturaleza pecaminosa heredada de su primer ancestro, sólo cabe la pregunta: ¿volverá este hombre a ser lo que la criatura antes de comer del fruto prohibido? Y no sólo esto, sino que ¿seguirá plantado en medio del huerto el árbol maldito? ¿o la experiencia histórica del salvado lo hará, como es esperar, del todo innecesario? ¿Puede este hombre, sacado una vez más de los infames polvos de la historia, ser un auténtico inocente, tal y como Dios lo quiso siempre, y aún lo requiere para ser adorado? Y, de ser así ¿qué caso tiene, entonces, haber acumulado toda su experiencia histórica, confirmado su conciencia de muerte y todo cuanto aprendió según libre albedrío, incluida la verdad de Dios como tal?
A partir del pecado original, la idea de la salvación plantea un problema frente al que la teología no puede sino hacerse de la vista gorda: ¿cómo es posible la vida eterna en quien, una vez arrojado al abismo de la historia y experimentado su propia existencia temporal, ha sido sacado de ella y convertido en sujeto de adoración y objeto de eternidad? ¿Cómo retorna a la inocente desnudez quién, como Adán, ya goza de la plena conciencia de ella? ¿Cómo puede el hombre con conciencia histórica vivir en la eternidad como si no la tuviera? Porque si la experiencia histórica y, por lo tanto, la conciencia de la muerte y lo perecedero, para nada cuentan en el reino de Dios o dimensión de la eternidad, significa que la salvación no es más que una condena a la amnesia total; suerte de lobotomía divina que no permitiría al hombre reconocerse en su propio camino –la historia– hacia Dios. Este amnésico total ni siquiera reconocería a Cristo y su estadía en la tierra, que es en sí misma la experiencia histórica en la que puede tener sentido su sacrificio como redentor.
Y para quien piense que estoy jugando con las palabras, me permito recordar que la salvación es gracia divina, independientemente de los matices que podamos encontrar en el espectro teológico que va del libre albedrío a la predestinación; que Dios es fuente única de gracia, y que, dado el pecado original, que es lo que define a la especie como objeto de redención, tal gracia sólo es a partir del paso de Cristo por la tierra, es decir, de su experiencia como hombre y suceso históricos. Insisto en el hecho según el cual, a diferencia de la mitología no cristiana, en la que los dioses tenían a la historia por mero espectáculo prescindible, del cual, incluso, como atestigua Zeus, podían aburrirse, al monoteísmo cristiano le es imposible prescindir de ella. Por el contrario, al posesionarse de la historia, este dios hizo de ella el cautiverio de la eternidad. No hay por qué dudar que a este dios le bastaría mover un dedo para destruirla. Sólo que, con ello, se quedaría nuevamente a solas en su reino. Lo que se fue a la historia el día de la Caída no fue sólo la criatura, sino el reino entero. La pregunta inevitable de nuevo: ¿salvado, cómo puede el hombre histórico reconocerse como tal en comunión con Dios, si la eternidad, al hacer de él de nuevo un inocente, lo priva de su conciencia histórica? Y si, por el contrario, no lo priva de ella ¿está este hombre realmente salvado? ¿es posible completar el acto de la creación con una criatura que se fue por el despeñadero de la historia y un dios que lo tolera y emula como única forma de rescatarlo?
Si, al crearlo, Dios no hizo sino crear la criatura equivocada en tanto que eminente pecador, al salvarla habrá creado, o recreado, en el mejor de los casos, un desmemoriado, o de nuevo se habrá equivocado, confirmando la versión original de un inocente que no es tal. Al arrojarlo del paraíso debió haberlo olvidado, tenerlo por error irreparable, dejarlo a solas con su historicidad y su muerte a cuestas como merecido castigo. Pero al irse tras él, perseguirlo en su caída, intentar salvarlo, este dios cayó en su propia trampa, se enredó en el infierno de la historicidad al cual lo condenó; de esta condena a la historicidad están hechas las cadenas temporales que sujetan su divinidad a voluntad y capricho humanos. Ciertamente, cuando la criatura comió del árbol, descubrió su desnudez. Mas cuando fue castigado por ello, Dios descubrió la suya. Así fue como este dios, al plantar el árbol, símbolo de tentación, estaba construyendo la trampa de una caída en el tiempo en la que él mismo terminaría cayendo.
Puede que, como reza el dogma, lo haya echo por amor y por la generosidad de dotar a su criatura de libre albedrío. Lo cual, sin embargo, aparte de confirmarlo en su error, no es más que un argumento falaz, pues ¿qué puede significar el libre albedrío para aquél cuyo destino ha sido escrito por otro, aunque se tratede un dios? Si, parado frente al árbol prohibido, podía el hombre elegir entre el bien y el mal y, si además, dicha elección estaba en el campo del discernimiento humano y no sujeta al mero capricho divino, de no haber elegido la criatura el camino que tomó -es decir, el mal- ¿cómo habría podido saber que, al no hacerlo, optaba por la vida eterna? El libre albedrío es asunto de conciencia y experiencia, y si la criatura fue creada con este don, no podía ser, por definición, un inocente. Para vincular al hombre con Dios, es decir, para hacer de un dios la justificación de la existencia humana, era preciso exponerlo a la historia, haciendo de ella el vehículo hacia el reino de Dios. El Génesis queda así entrampado en la contradicción, que supone el acto creador, entre una criatura pura e ingenua, obediente de Dios y eterna, y el hombre histórico, que vendría a ser la misma criatura pero soberbia y pecadora, rebelada contra su señor y, por tanto, ni pura ni inocente. El libre albedrío supone el discernimiento ético, moral en el ejercicio de la voluntad humana accionando en la existencia temporal. Fuera de ésta, en el campo de la fe y el destino manifiesto según designio, es una falacia, un punto de vista mal empleado.
El concepto de pecado original no existe en la sagradas escrituras, ni siquiera en la patrística. Sin embargo, es preciso reconocer que en esto Agustín, aunque muchos más terrible que sus sucesores, es mucho más coherente al presentar el asunto en términos de predestinación. Para Agustín, no se trata de negar el libre albedrío, sino de apartarlo como esencia del mito de la creación y la salvación ¿Qué puede importar la conducta de un hombre que está condenado a la muerte?, se pregunta. Y con una pregunta así sólo pretende salvar, teológicamente, a Dios del error que éste pudiera haber cometido míticamente al plantar el árbol donde lo plantó. Agustín sabe que en este asunto para nada cuenta la criatura que Dios insufló, sino la que cayó. A Dios, como a Agustín, no obsesiona tanto el hombre puro, como el histórico. Y el libre albedrío no puede ser sino la reafirmación del hombre como entidad histórica. La eternidad, como paraíso o como infierno, sólo puede tener sentido como destino manifiesto, el inevitable y único camino que ha de concumar la especie hacia la trascendencia de la historia y la conjunción con el reino divino. Por ello la salvación no puede depender del discernimiento humano, sino de la gracia divina, o este estaría, al final, supeditado al hombre.
A la postre, pues, puede que Dios haya actuado por amor o libre albedrío. Pero, si así es, igual, sólo habrá confirmado su equivocación. El hombre histórico es, como tal, insalvable, irreducible en su mortalidad. Por otra parte, el tejido que una vez lo unió con la eternidad fue roto por la conciencia histórica inherente al pecado original, y no puede, por lo mismo, ser restituido, pues tal conciencia histórica hace de la eternidad sólo una posibilidad y de la Creación una obra inconclusa y que depende de la historia para ser concluida. Si, como dice Pablo, la muerte entró al mundo de manos de un pecador que marcó a toda su descendencia, con ello se cerraron las puertas del reino. Los querubines apostados al este del Edén, no eran, en realidad, necesarios. El pecador, con el que se inicia la historia tras la caída en el tiempo, no retornará jamás a sus orígenes, pues sólo sujeto de historicidad puede tener conciencia de Dios, amarlo y hasta morir por él. Pero jamás podrá coexistir con él en el mismo reino. La Caída no es más que historia y, como toda historia, irreversible. No se recupera la inocencia de la criatura porque se le despoje de la conciencia que lo condenó a la existencia temporal. Sólo desde la historia ha podido concebir la idea de dios, sujetarse a su proyecto, sentirse, incluso, en comunidad con él y aspirar a ser parte de su reino. Nada de esto cabía en su inocencia, si en realidad era tal la esencia de la criatura a la que este dios insufló la vida.
La teleología cristiana nos conduce así a la curiosa perspectiva según la cual la creación del hombre es un acto inútil por sí mismo, inconcluso, y al que sólo la historia puede dar significación, y que el pecado no es mera causal de castigo, sino un estado y una dimensión de la existencia temporal, sólo desde la cual es posible concebir y justificar a un dios como creador. El pecador no es sólo el hombre, el mero barro objeto del hálito divino, relamiéndose luego de comer del árbol que no debía, sino el hombre histórico, el eternamente caído en la temporalidad, el sujeto de la historia como fuente y dimensión de voluntad y conciencia humanas, y sin lo cual no puede haber proyecto divino, pues no habría a quién convocar para su realización. Acaso la vida eterna sea el más preciado bien con que la teleología cristiana seduce al pecador. Pero sólo desde la conciencia histórica puede un bien así tener sentido; el que jamás habría podido obtener en estado de inocencia. El pecador es, pues, el único modo de saber que sin historia la criatura no sería más que un imposible en medio de la posible eternidad en la que un dios la forjó a imagen y semejanza de sí mismo. Pero que, para ser hubo de pecar. Quen quiera sea este dios, se lo debe todo un pecador.
Si bien el concepto supone en alguna medida una regulación moral de la conducta humana, la salvación es independiente de lo humano y exclusiva facultad de orden divino. Al margen de los matices teológicos que puedan encontrarse entre los extremos de un espectro que va de la predestinación al libre albedrío, la salvación es, por definición, gracia divina. En tanto que pecador por maldición divina, el hombre no es merecedor de la gracia. Y como entidad moral poco puede hacer para ganársela, pues:
…”cuando se manifestó la bondad de Dios, nuestro Salvador, y su amor para con la humanidad, nos salvó, no por obras de justicia que nosotros hubiéramos hecho, sino por su misericordia, por el lavamiento de la regeneración y por la renovación en el Espíritu Santo, el cual derramó en nosotros abundantemente por Jesucristo, nuestro Salvador, para que, justificados por su gracia, llegáramos a ser herederos conforme a la esperanza de la vida eterna”... (Tito 3:4-7, RV95)
Queda claro que la salvación, si bien tiene como propósito la restitución del hombre a la eternidad, no representa, desde ningún punto de vista, alguna forma de interrelación entre pecador y salvador. Por el contrario, reafirma la ruptura que, desde la Caída, ha tenido lugar entre Dios y su criatura. Sólo por misericordia sigue este dios pendiente de aquél que cayó. Ni siquiera Cristo representa un puente en el abismo que entonces se abrió, pues éste no es más que la encarnación de la gracia divina, algo así como la prueba histórica del poder divino y de la gracia como único vehículo de salvación.
No obstante, quien se autocondena sabe que la salvación pretende corregir el yerro de la Caída. El que por ira fue echado del paraíso, por misericordia ha de ser recuperado y devuelto a él. Sin embargo ¿cómo es eso que la misericordia es buena para el fin de los tiempos, pero no para sus inicios? Cuestión de designio divino, como tanto gustaba decir a Agustín. Pero, no obstante, llama la atención que lo que en el Antiguo Testamento no se tolera en el Nuevo se perdona. Sin duda algo tendrá que ver en esto el paso del pueblo elegido, según lo entendía el dogma judío, a la designación de la humanidad entera como pueblo elegido de Dios, según el dogma católico. Pero, por lo pronto, esto es harina de otro costal. Lo que me interesa aquí es desafiar a este dios que, luego de condenarme a la existencia temporal, pretende salvarme de ella.
No hallo gracia alguna en su gracia, pues para nada me parece graciosa la vida eterna. Ya vivir la historia es bastante estúpido, pero al menos tiene la dignidad de lo efímero, de lo que para ser ha de dejar de ser. No tengo a la muerte como desgracia, sino como dignidad y fuente de inspiración. Como carezco de alma, he de morir completo. La muerte no es sino la esencia, o más bien la especificidad, que otorga a la historia su rango como estilo, es decir, la posibilidad de ser apreciada como arte y hacerla inteligible mediante el lenguaje. La historia no requiere de ser trascendida; se justifica a sí misma como fuente de voluntad. Por eso, si para mí la eternidad no vale lo que una sinfonía de Bethoven, un párrafo de Pessoa o un pasaje del Quijote y jamás cambiaría cualquiera de estas efímeras experiencias históricas por una y mil vidas eternas ¿cómo podría ser salvado?
Lo único que hace a la inocencia tal es el ser, una vez perdida, irrecuperable. En la metáfora que este dios es, el paraíso quedó convertido en reino de paso, y la Caída en camino a ningún lugar al que siempre ha de conducir una historia sin final. Mi autocondena es un acto humanístico de libertad y una estética de la existencia temporal. Me propongo así desandar el camino correcto. Desandar, que no es lo mismo que caminar en reversa, en el mismo sentido que desaprender no es lo mismo que volver a ignorar. Con ello estoy diciendo que mi autocondena es, al final, como todo proceso de desandar lo andado, un estado relativo de conciencia. Con lo que se entiende que, pese a que este dios todo lo observa, ha devenido un objeto más en de mis contemplaciones. Sin importar donde esté, aunque incluso esté, como se dice, en todas partes, no puede ser más que un objeto de contemplación, una metáfora de mi propia existencia temporal. El reino de mi contemplación es lo único que queda a este dios luego de haberse jugado el suyo marcándome con el signo de la muerte. A mí, además de la muerte y gracias a ella, me queda la facultad de pensarlo, que no es más que la consecuencia de él haber perdido la apuesta en el garito del universo y el modo en que ha de pagar la deuda que ha contraído con mi inteligencia. Como dejo dicho, todo lo debe a un pecador. Y qué soy, todo yo, si no el pecado mismo en chancletas.




