Por obra y gracia del espíritu santo sigo aquí, como de costumbre, aludiendo y mendigando a cada transeúnte que pasa frente a mí. Ocupo el primer escalón de los doce que conducen a la taquilla de una sala de cine donde sólo entran hombres solos. La verdad no sé si es el primero, porque, contando desde la acera, éste sería, en realidad, el segundo. Con lo cual. el total de escalones de la escalera entonces sumaría trece, Por otra parte, trece, según he escuchado decir desde siempre, es número de mala suerte. Luego la diferencia entre doce y trece no sería sólo de un escalón, sino de un destino. De modo que ocupar el segundo o el primero no es cuestión que se pueda tomar a la ligera. Y, ciertamente, que no lo hago así. Sólo que, en mis consideraciones al respecto, encuentro razones igualmente lógicas e irrefutables como para afirmar que estoy en una o en otra posición. Esto es cosa que me gustaría resolver cuanto antes. Por primera vez, no sé por qué, me hallo en la circunstancia en que me gustaría saber, a ciencia cierta -como también se suele decir- en dónde estoy. Nunca imaginé que de un escalón a otro pudiera haber semejante diferencia. El mundo, que para mí siempre ha sido la acera, sería el primer escalón, con lo que yo estaría, entonces, a un escalón menos del cielo y a dos más del infierno. Esto en caso de que el cielo esté arriba, el infierno abajo y yo en el medio. En la perspectiva de este sanguche cósmico puede que la diferencia no se sienta tan enorme como entre el primer y segundo escalón, quizás porque la diferencia entre cielo e infierno es más de fe que de cálculo. Pero, por otra parte, la diferencia entre fe y cálculo es tan enorme como la que puede haber entre un escalón y un destino. Es el tipo de cosas que me gustaría resolver. Allá, por la acera de enfrente, va el gordo de las corbatas anchas y los zapatos chillones. A veces viene. Es el tipo de evento que siempre me distrae de mis resoluciones.
No obstante, todo por acá está igual que siempre, hasta donde creo. Al frío de la noche se sumó el de la mañana y su agitación, a lo que poco después siguió el interregno del mediodía, esa tierra de nadie del tiempo cargado de sus horas tediosas y el esfuerzo paralizante de sus estómagos saciados. Entonces, poco a poco, advino la siempre esperada y repetida muerte del día, cuando el día se convierte en tarde, cuando la tarde se convierte en día que cae y cuando lo que cae se apaga cayendo en la oscuridad. A la fase declinante que precede a su final se suele llamar crepúsculo. Es decir, a esa claridad mortecina que dura desde que el Sol se pone hasta que se sobrepone de noche. Pero también se llama así a la que lo hace desde que raya el día hasta que sale el Sol. Luego la diferencia entre una claridad y otra claridad, entre las que doce horas median, aún cuando se comporten igual y se llamen igual, ha de ser tanta como la que hay o debería haber entre nacer y morir. ¿O acaso no hay tal, aún cuando, en apariencia, se trate de cosas tan distintas como sus nombres sugieren?. Allá, por la acera de enfrente, va el gordo de las corbatas anchas y los zapatos chillones. A veces viene. Pero me decía que por acá todo está igual que siempre. Hasta donde creo. Lo sé porque, hasta donde puedo ver, lo veo, y lo siento hasta donde lo puedo sentir, en las caras cansinas de los transeúntes en retorno, como si fuera mi propia cara la que retorna, sin que ni ellos ni yo sepamos de dónde. Sin embargo, y no sé por qué, mi propio retorno me aparta en mí de todo cuanto veo y siento.
Esto es algo que comencé a sentirlo así esta misma mañana, de forma inusitada, extraña y que me hace sentir extraño. Es la acera de siempre. La que ahora miro desde el primer escalón -o el segundo si, como digo, cuento la acera como el primero en relación con la escalera. ¿Será por eso mi extrañeza? Después de todo, la diferencia entre un escalón y un destino, que, como presumo, no es poca cosa, sin duda ha de incidir de modo decisivo en mis observaciones, bien sea por la estrechez y banalidad del escalón, bien por la enormidad y complejidad del destino. Pero, a decir verdad, no sabría decidirlo. Ni siquiera tengo la manera convencerme de que un escalón sea menos complejo que un destino, o un destino menos banal que un escalón. Insisto en que me gustaría mucho resolver este tipo de cosas. Pero, mientras más me esfuerzo en ello, la cuestión se torna más ambigua y confusa. Y, por otra parte, como al mismo tiempo que me esfuerzo en ello, estoy pendiente del gordo de las corbatas anchas y los zapatos chillones, que va por allá, por la acera de enfrente, y a veces viene, de súbito mi esfuerzo se diluye. Ya no sé si dudar de mi voluntad, de mi capacidad de atención, de mi razonamiento o de mi fe.
Como sea, el caso es que desde hace bastante rato ya un escalofrío me recorre el espinazo como una gota de mercurio. Mi estómago ha empezado a arder. Puede que el mercurio de mi hambre haya llegado hasta allí. Un vacío vacía por dentro lo que nunca estuvo lleno. Es el modo en que mi extrañeza toma cuerpo en mi cuerpo. Por momentos pienso si no será eso que llaman alma lo que tiene esta extraña forma de manifestarse que me torna extraño. Es algo sobre lo que tampoco puedo afirmar nada concluyente. Bien conozco el ardor y el vacío. Pero no sabría distinguir entre el que corresponde al alma y el que corresponde al hambre. Porque, sin duda, deben ser distintos. O puede que entre uno y otro haya tanta diferencia como la que entre cielo y tierra, o tanta coincidencia como la que entre el crepúsculo del inicio y el del final del día. Otra cosa más que me gustaría resolver cuanto antes. Quiero decir, antes de que el gordo de las corbatas anchas y los zapatos chillones que va por allá, por la acera de enfrente, venga. En todo caso, mi pelo, digo lo poco que de él queda ya, desde hace rato está erizado. Y los gusanos, esos parientes lejanos que habitan en mí como en otro mundo, se han alborotado. Quizás presientan algo.
No sé si es lástima o desprecio lo que sienten. No me refiero en este momento a los gusanos, sino a aquellos que me miran, cuando, al momento de pasar, advierten que estoy aquí aludiendo y mendigando a cada transeúnte que pasa. Cuando lo hacen, miran mi cuerpo como si yo no tuviera ojos con los que, a su vez, mirarlos. Y cuando los miro entiendo muy bien que es el asco, esa sacudida imperceptible del desprecio disimulado, lo que les dibuja esa mueca que de seguro ha de empezar en el estómago y, mientras le recorre el esófago el pecho, les va desbaratando la compostura del rostro. Siempre lo lamento. Soy la piedrita en el zapato de la indiferencia a la que tienen pleno derecho. Pero es curioso que yo, que nada soy, pueda, al mismo tiempo, ser tan incómodo. Siento que invado hasta lo más profundo de esas almas, digo, si de eso se trata, de tener una de esas que yo no sé tener. Recuerdo que con mi madre era igual. Y lo digo sólo por recordar, porque desde esta mañana ando diciéndome cosas que siempre me he dicho pero que hoy están de más. Bueno. No es que estén de más. Es que hoy me empeño, no sé por qué, en resolver, aún cuando haya transcurrido todo mi existencia sin hacerlo. Por lo que ya debía haberme acostumbrado a su irresolución. Me parece estar sintiendo ahora mi pellejo junto al suyo. No al de la irresolución; al de mi madre, digo. Allí está el calor de su cuerpo esmirriado, la ternura de sus tetas al ras del suelo. Son cosas que me digo, sin más, sólo eso, Es como juntar piezas de hueso que encuentro en el revuelto sarcófago de mi memoria e ir armando con ellas el esqueleto deforme de lo que fue una vez, cuando ser era vivir que nos teníamos. Ahora sólo me cuento historias, que en conjunto conforman esa extraña forma que va adquiriendo el no ser en cada ser. Claro. De ahí debe venir la sensación de extrañeza.¿Dónde estará ahora? No. No estoy pensando en la extrañeza. Sobre eso nada sé. Estoy pensando a mi madre, acerca de cuyo destino tampoco sé. Pero, aún cuando se llamen igual, este no saber es distinto de aquel. Si yo creyera en el cielo, diría que está allí; por falta de espacio no será, digo. Pero estar en el cielo no es asunto de cálculo, sino de fe. El cielo está allí, lo veo, como al gordo de las corbatas anchas y los zapatos chillones que va por allá, por la acera de enfrente, y que a veces viene. Pero no sé qué es lo que hay que creer de algo así. Por otro lado, como tampoco sé qué creer del infierno, aunque lo vea y lo sienta, como ahora lo siento, aquí, bajo mi vientre pegado al piso del segundo escalón de la escalera, en caso de contar la acera como el primero, no sé, pues, donde intentar saber del destino último de quien, como se dice, me trajo al mundo. Es decir, a la acera.
Y hablando de acera. Allá, por la de enfrente, va el gordo de las corbatas anchas y los zapatos chillones. A veces viene. Es el tipo de evento que siempre me distrae de mis consideraciones. Parece que se aleja. Se ha entretenido con otro menos gordo, pero igual de rosado. No. Más rosado, acaso porque es más joven que el gordo y de corbatas menos anchas. Esto seguramente porque, al ser menos gordo, no las necesita igual de anchas. No lo sé. Si pudiera, se lo preguntaría al gordo. Me conformaría con su respuesta, cualquiera esta sea, con tal de sentirla como una auténtica resolución a uno de tantos dilemas que hoy fluyen ante mí. Me conformaría con su respuesta, cualquiera esta sea, ya que, al parecer, por mís propias consideraciones soy incapaz de resolver nada. ¿Ya, por fin, al parecer el gordo de las corbatas anchas y los zapatos chillones se dispone a cruzar la calle? Siempre que lo hace, cuando llega a la acera, a ésta, respecto a la cual el escalón en el que ahora estoy sería el segundo de la escalera que va a la taquilla, destapa su portaviandas y me deja comer lo que ha quedado de su almuerzo. Siento que mi existencia forma parte de la suya cuando como aquellos restos. Pero ahora parece que se aleja. Por lo que se ve, hoy no habrá cena.
Comienzan a llegar los primeros espectadores. Se van ubicando uno detrás del otro. Dentro de un rato la fila ya descenderá por la escalinata y se extenderá a lo largo de la acera. Claro que esto me lo estoy diciendo de memoria, porque, la verdad, intento mover la cabeza para mirar hacia arriba, hacia la taquilla, y no alcanzo hacerlo. Ya no se trata de un escalofrío, sino de un entumecimiento me torna rígido, como de piedra, que se va apoderando de todo mi cuerpo y ya no me deja girar el cuello. Sí. Debo ser la piedrita en e zapato. ¿O mas bien será que el alma comienza a tomar cuerpo en mí? ¿O que comienza a tomar mi cuerpo, que no es lo mismo, creo? ¿A ver? No. Es inútil. Ya no puedo girar la cabeza. Me duele hasta lo que no siento. Apenas si logro, todavía, girar los ojos, hasta donde una puntada en el centro de la cabeza me lo permite, y con lo cual sólo alcanzo ver hasta el quinto escalón, o el sexto, como siempre dependiendo de donde comience a contar. Será mejor seguir mirando hacia la calle. Mejor que me conforme con eso, quise decir. En la acera de enfrente sigue el gordo hablando con el menos gordo pero un poco más rosado por más joven. Aunque, en realidad, ya no alcanzo a notar la diferencia. Hablo basado en mi recuerdo de hace un momento, pero que me parece ya lejano, parte de una historia. Después de todo, cuanto me he dicho siempre y me pueda seguir diciendo ha estado basado en una historia. Ahora me doy cuenta. Debe ser por eso que es tan difícil llegar a afirmaciones concluyentes. Entonces resulta que cada cual tiene su historia. El gordo, el menos gordo que el gordo también. A éste nunca lo había visto, y ya debe formar parte de mi historia, porque siento por él lo que por todo aquello respecto a lo cual nada puedo concluir. El menos gordo parece como un subproducto del mismo gordo. Nunca lo había visto y ya puedo ir sacando conclusiones de las que no me termino de convencer, pero me ocupan. ¿O sí? A lo mejor sí lo he visto antes. En cuyo caso, entonces, puede que hasta la memoria la está perdiendo. O puede que tan sólo lo esté imaginando, con lo cual también estaré perdiendo la cordura, y resulta que mis historias, con las que creo saber, sean tan útiles como las cosas que no sé. Lo que equivale a decir que las cosas que no sé, al no saberlas, también forman parte de mi historia. Como sea, el otro, mal recordado o imaginado, debe haber dicho algo muy gracioso, porque el gordo ríe con ganas. Y en esto creo que sí no me equivoco. Cuando el gordo ríe, su sonrisa recorre la calle de largo a largo. Quien sabe si ésta no sea sino una sonrisa más de las tantas que ya ha abandonado en esta calle y que ahora la recorre como un fantasma.
Pero la calle no es lo único que me distrae de mis cavilaciones. Ahora, cuando estaba sacando algunas posibles conclusiones respecto al gordo y el menos gordo, y dado que ya no puedo voltear la cabeza, mi inamovilidad me empuja a preguntar, y de hecho me pregunto, por quién estará hoy en la taquilla. Sólo puedo pensar en las posibles opciones de que dispongo por el recuerdo. ¿El negro corpulento que casi no cabe dentro? Cuando se le ve detrás del vidrio, parece que toda su corpulencia estuviera a punto de derramarse por las paredes de vidrio de la taquilla y rodar, densa como aceite, escalera abajo, hasta debajo de mi vientre frío pegado al piso. Otra opción es que quien está hoy a cargo es la rubia falsa que pone cara de disgusto cada vez que el comprador de turno –y son los más– la corteja. Entonces es como si sus cabellos negros se rebelaran y asomaran por debajo del dorado crepuscular de su cabellera. Porque también se podría llamar crepúsculo a la luz negra que emite cuando el tinte ha entrado en su fase final. ¡Cómo me gustaría saber quien está hoy a cargo! Creo que aliviaría un tanto esta sensación de extrañeza que invade mi inamovilidad. ¿O que la ocasiona? En todo caso, lo que interesa es que, aunque parezca muy tonto, mucho me gustaría saber quién está hoy a cargo. Siento que cada detalle que pierdo es una forma de ir siendo menos. Ni siquiera sé si no es ninguno de los dos, pues bien puede suceder, como ya ha sucedido antes desde que ocupo este escalón -sea el segundo, sea el primero- que haya un vendedor nuevo, que nunca he visto, ni pintado de amarillo, ni pintado de negro. Sólo otro, que no imagino ahora. Sólo imagino su posibilidad como otra forma de ser un desconocido, un no saber más que, como cada quien, incluso yo mismo, pase por ello a formar parte de mi historia.
Para saber algo así, y cualquier cosa que suceda a mis espaldas, tendría que girar el cuello. Y ¿alguien podría asegurar que todo cuanto le acontece no sucede a sus espaldas? Buena pregunta ¿eh?. Por supuesto, sin respuesta. Pero no es eso lo que ahora me importa. Voltear mi cabeza. Eso es lo que realmente quiero, sin importar lo que sepa. También quiero comer. La verdad no tengo hambre. Sólo ganas de comer. El ardor en mi estómago es cada vez más intenso. Pero eso no es lo que importa. Importa que quisiera, al menos, ver y oler lo que lleva hoy el gordo en el portaviandas. Sigue en la acera de enfrente, junto al menos gordo. Menos mal y sólo son dos. El gordo y el menos gordo. No sabría como nombrar a un tercero. El rosado de uno y el menos rosado del otro se entrecruzan. Sé que son dos. Pero no puedo distinguirlos en la luz de cada uno, sino en el amasijo de sus presencias distantes. Sí puedo notar que se han movido hacia la pared para no molestar el paso de los transeúntes. Si es así, está muy bien. Siempre dije que el gordo es un tipo decente. Y, a lo que parece, el menos gordo también lo es. Aunque, en atención a la sana lógica, quizás lo sea algo menos, por ser menos gordo. Claro que también es posible que no haya una correspondencia lógica entre decencia y volumen; algo así como la que no hay entre fe y cálculo. El caso es que nunca, entonces, podré determinar nada con precisión en relación con el grado de correspondencia entre lo uno y lo otro.
Ahora los veo a ratos, tras el pasar constante de la gente, entre los huecos del río de gente. El gordo ha visto hacia acá. Lo menos en dos oportunidades. Incluso en una de ellas ha señalado con el dedo. Entonces el menos gordo también miró hacia acá. No puedo saber a dónde, si a mí o al mero acá, incluyéndome, de este lado de la calle, en lo que para ellos es la otra acera. Entonces me doy cuenta de que la vista también me falla más de lo que pensaba hasta hace un momento; se me nubla, como si las cosas estuvieran envueltas en humo. El humo crepuscular, diría yo. Ciertamente, no he visto el dedo del gordo, ni siquiera los ojos del gordo, que recuerdo redondos, grandes y brillantes, aunque parecen más chicos de lo que realmente son por las bolsitas que se forman en torno a la semiluna inferior. Si. Sus ojos son como el menguante de la luna de su mirada. La verdad, no he logrado ver nada, y por eso recurro a señalamientos que no son más que metáforas para disimular mi incapacidad. Tan sólo percibí el movimiento de lo que supuse sería un brazo que, por alguna razón, me pareció dirigido hacia acá, seguido de su mirada y la del otro, hacia este lado de la calle, el otro para el gordo de las corbatas anchas y los zapatos chillones, que sigue del otro lado, o que yo creo que sigue allí, tras el pasar constante de esas sombras que imagino son transeúntes en medio del humo del transcurrir por la acera.
Si fuese así -deduzco por lógica- es posible que el gordo estuviera haciendo alguna referencia a la película de hoy. La de las tetas gigantes. ¿Se referirá a ella? ¿Seguirá allí el anuncio de ayer? Dada mi inamovilidad, tampoco he podido ver el cartel que colocan al lado de la taquilla para anunciar la función del día. Y hasta puede que, con lo que me queda de vista, tampoco alcanzara verlo ni que me lo pusieran delante de los ojos. Hasta ayer aparecía una mujer desnuda. Siempre desnudas y con los zapatos puestos, como si no tuvieran otra cosa qué hacer sino dedicarse a esa desnudez encaramada en altísimos tacones. A decir de su cara, la de esta semana, según recuerdo, parecía que le estuvieran clavando un cuchillo por la espalda y que, pese a ello, disfrutase con ello. Lo cual redundaría en favor de mi tesis de que la historia de cada quien es como la de cosas que suceden a nuestras espaldas sin que podamos voltear la cabeza para ver. Al principio pensé que se trataba de películas de terror. De hecho, a veces esas mujeres están sonriendo como si fuesen demonios. Otras veces se están viendo de cuerpo entero frente al espejo, como si fueran demonios que no se hubieran visto nunca. En fin, ¿Habrán cambiado el cartel de hoy? Sé que lo hacen todas las semanas. Pero ¿qué día de la semana es hoy? Quizás eso que podría ser el alma tomando cuerpo en mi cuerpo, o tomando mi cuerpo, no sea otra cosa que el tiempo que ya no logra distinguir entre ayer, hoy y mañana. Lo cual muy bien explicaría mi sensación de extrañeza, el ardor en el estómago y la ruina de mi memoria. Mi cabeza se confunde, como si la rigidez del cuello alcanzase también las imágenes y los recuerdos que se forman dentro de ella y estos no pudieran voltear a ver lo que sucede a sus espaldas. Quizás yo mismo sea tales espaldas. Esto parece muy lógico. Pero, en cualquier caso, sólo pienso en que el no saber ni tan siquiera qué día es hoy es el colmo de la ignorancia.
La fila ha comenzado a avanzar. Digo, porque entre las sombras que nublan mi mirada y mi entendimiento, me parece que la parte de la fila que, mas allá de la escalera, se prolonga por la acera, se mueve. Es como un lento gusano. Sin darme cuenta he perdido al gordo de vista. Quizás porque el dolor ya me cierra los ojos, quizás porque el cansancio del dolor ya no me deja distinguir las siluetas que se me confunden con la penumbra y sólo veo sombras que se mueven; noches sin rumbo dentro de la noche en la que anochezco. Lo cierto es que siento la ausencia del gordo, que su presencia se me escapa como se me han ido escapando todas las cosas que hicieron de esta calle llena de transeúntes desconocidos durante el día, de sombras y silencios durante la noche, mi historia. Nunca reparé con reproche en el asco que a todos e inspirado. Fue ésta mi forma de convivir con ellos. Nunca reparé con reproche en la muerte o cualquier otra ausencia, porque esa fue mi forma de romper con ellos. Nunca reparé con reproche en la soledad que me inspiraron, porque esa fue la forma de saberme a mí mismo e inspirarlos en la suya. Siempre fui callado y sólo aceptado en mi silencio, tolerado en la podrida existencia que no escogí pero viví como mía y sin necesidad de historia alguna, hasta hoy. Ahora un silencio impuesto no sé por qué o por quién, mucho más profundo y total que el que me ha asignado cada transeúnte, va llenando el hueco de toda la boca callada que soy. Me duele el alma que no tengo, como si la tuviera. Reconozco en ella un dolor intangible como el hambre. Pero en esto tampoco reparo, que si de dolor se trata es mucho más verdadero es un dolor de muelas, como ya alguien, con mucha más certeza que yo, ha sabido decir. Para sentir la vida, me han bastado las carnes siempre flacas, ya entumecidas que aún cargo como un alma inútil y roída sobre los huesos y que sólo los gusanos saben apreciar.
Moverme ya no puedo. Ni siquiera girar los ojos, que apenas si captan a medias las sombras de lo que alrededor supongo que se sigue moviendo. Sin embargo, mis oídos, siempre finos, aún oyen. Como si siguieran vivos por su cuenta, captan esos sonidos de lo que se mueve y que son lo único vivo que aún llega hasta mí. Sí. Aún puedo sentir los pasos cortos y arrastrados de quienes, apretujados en la fila, avanzan uno tras otro en la fila. En esta oscuridad mía, más negra y adelantada que la noche imaginada en caer, puedo oír claro, como si lo estuviera viendo, el instante en que cada pie sube el primer escalón -o el segundo- de los doce -o los trece- que conducen a la taquilla. Y es gracias a esta atención que pende de mis solos oídos donde, de súbito, reconozco el chirriar del cuero de unos zapatos. Es inconfundible. Son unos zapatos anchos, lustrosos y arrugados. Sé que no puedo estar equivocado.
De modo que, en efecto, el gordo no se había ido, como supuse. Sólo se retrasó, por la charla con el menos gordo, razón por la cual ha de venir de último en la fila de espectadores. Todavía alcanzo escuchar el sonido que producen sus manos al manipular y destapar el portaviandas, el crujir del envoltorio cuando desempaca lo que viene dentro. En este momento, si aún gozara yo de mí olfato, distinguiría los olores de comida y perfume que emanan de sus manos. Pero a estas alturas del crepúsculo es imposible: ni siquiera, luego de que el gordo, como siempre hace, coloca los restos de su almuerzo frente a la nariz de mis restos. Ya tampoco escucho el chirriar de sus zapatos. Puede que aún esté parado aquí, viéndome morir sin saber que muero. Por mi parte, se lo agradezco, y si pudiera, como siempre hice en estos casos, movería la cola para hacérselo saber. Pero ya no tengo hambre. Ni siquiera ganas de comer.




