Octubre. Lluvia, llovizna, tormenta o aguacero. Lo cierto es que desde hacía ya tiempo el agua no dejaba de caer como una maldición del cielo. Si, hasta cuando cesaba por un rato, no era sino para mostrarse en esa forma de bruma, neblina, calima o calina. La misma maldición; sólo que elevándose desde la tierra sobre la que ha llovido sin parar. A la hora de ser andada, no había sino dos opciones: la maleza o el barrial. Tú eliges, se dijo a sí mismo en el instante incierto en que intentaba dar con el camino para emprender la huida. De súbito, la noche se detuvo. Un relámpago de inamovilidad con el que el aguacero cesó de golpe. Y entonces fue esa quietud que parece escucharlo todo con los oídos de su silencio. Extenuado, se sentó y miró de nuevo al cielo. Durante un largo rato, ni los mismísimos dioses osaron asomarse por cima de los muros de la noche, hasta que de nuevo se dejó oír el monótono canto de los grillos.
¿En dónde estaría el negro? Porque, si bien esperaba que en el otro mundo, y de ser posible, algo más allá del cielo o del infierno, el hecho era que allí debería estar el cuerpo; en éste, el del barrial y maleza bajo aquel diluvio de mierda. Por otra parte, el hecho: hablar en tales términos es buena señal −se dijo como para tranquilizarse un poco y controlar el miedo. Entonces sintió que algo se le caía de la mano. Sin saber qué, y sin atreverse a hurgar a ciegas en el barro, se limitó a descifrar por el sonido el posible lugar en el que había caído. Fuera lo que fuese, era un hecho que tenía que estar allí, cerca de sus pies. Pero no se atrevía a moverlos. En lugar de ello, estuvo largo rato escudriñando alrededor, más sin ver nada, o mirándolo todo sin saber lo qué miraba.
Media noche. Probablemente. El tiempo. Vomo hablar de los hechos, calcular el tiempo también es buena señal. Acaso la mejor de todas. ¿Qué podía importar la hora, a esa hora, en medio de aquél barrial? Pero cuánto no habría querido ser más preciso. ¿Y cómo? Si no sólo había perdido la noción del tiempo, sino el reloj mismo —pensaba mientras giraba la muñeca izquierda entre la mano derecha arqueada y ajustada a la forma del hueso. No sería posible hallarlo en aquella negrura que chorreaba como el agua. A lo mejor y era eso lo que había caído: el reloj. Lo importante es que estoy vivo —se dijo. Puede que esto también fuese un hecho, como que el negro debería estar allí, muerto. Lo importante eran los hechos. Entonces optó por palparse todo el cuerpo en busca de alguna posible herida. Ciertamente; pero, sobre todo, para confirmar que realmente estaba allí, en cuerpo y alma. O al menos en cuerpo, que para estar era más que suficiente. Ninguna herida. Y en cuanto a a su realmente estaba allí: la misma duda. Lo que sí: el reloj, que no se le había caído, sino que, en algún momento, debió haberlo guardado en aquel bolsillo. Lo cual debía haber hecho antes de que comenzara la pelea; quien sabe si mucho antes de llegar allí, donde se había citado con Pulido para esa misma noche. Era de suponer que se trataba de la misma noche. Pero no recordó nada al respecto. En otro de los bolsillo encontró una caja de cigarrillos, completamente empapada, como él mismo. Y entonces ¿qué podía ser aquello que se la había caído poco antes? −se preguntaba, mientras hacía una pelota de la cajetilla mojada y, con toda su fuerza, la arrojaba al río.
¡Ah! Era que allí mismo estaba el río, el cadáver de Pulido en la orilla, como si hubiese aparecido de súbito en el mismo instante en que arrojó la bola y en el mismo sitio en que, según recordó, había tenido lugar la trifulca. ¿Cómo no lo había advertido antes? En fin, si ni siquiera había visto el río, o al menos escuchado su sonido. Era como si aquél cadáver hubiese caído del cielo de su propio miedo y que, por su parte, el haber sobrevivido lo convirtiera en dios del barrial: acababa de matar a Pulido. No podí creerlo. Mataste al negro −se dijo− y varias veces lo repitió, al tiempo que se pellizcaba un brazo como para confirmar el hecho. Más esto hacía con una voz que no le parecía suya, sino de esa amorfa realidad de la noche que no terminaba de convencerlo. Pero lo importante era que los hechos, aún cuando muy imprecisos, iban tomando forma en aquella oscuridad que lo era tanto de la noche como de su propio recuerdo.
Otro hecho era que Pulido no se llamaba Pulido, sino que le decían así en alusión al filoso cuchillo por el que ya era famoso. Nunca falla; siempre a por lo suyo, y mata. Si hasta no faltaba quien aseguraba que todo el poder del negro radicaba en el maldito cuchillo, como si el brillo de su mítico filo, al modo de un diabólico ángel de la guarda, lo protegiera y lo guiara en cada lance. Sin embargo, con toda y la tenebrosa reputación del negro, el hecho era que el cadáver estaba allí. Y fue sólo entonces que, como si despertara de una pesadilla, se levantó para ver el cuerpo de cerca. Al dar el primer paso, tropezó el cuchillo ensangrentado junto a sus pies. Entonces cayó en cuenta que no era el suyo, sino el del muerto. Qué ángel ni qué mierda de la guarda. El hecho era que el cuchillo estaba allí; de nuevo en su mano.
De modo que, en efecto, el negro se había ido al otro mundo −lo que era un alivio− pero dejando en éste ese cadáver embarrado, que pesaba y pasaba a ser ahora el asunto a resolver: o lo terminaba de empujar al río, y que la corriente terminara de hacerse cargo del negro de mierda, o él mismo lo arrastraba hasta los matorrales para ocultarlo. En cualquier caso, ¿cuál sería la diferencia? Igual lo encontrarían. No más los zamuros comenzaran a revolotear arriba, o el viento a esparcir los hedores, alguien daría con el cadáver del negro. Por otra parte, no podía enterrarlo, ya que no tenía ni la disposición ni con qué. Al fin y al cabo ¿a quién se le ocurriría ir a un duelo con pala y linterna? −pensó. Pero −quién sabe, se dijo seguidamente− si, de haber estado seguro de que sobreviviría, acaso hubiera traído lo que necesitara para enterrar al negro. Pero éste no era el caso. Al contrario, había salido de casa sin esperanza alguna, dispuesto a que lo mataran; convencido de que su muerte era un hecho. Y recordó el modo en que, a punto de salir, lo hizo como un condenado que se dirige a su cadalso, mientras empuñaba su modesto cuchillo.
¿Y si, después de todo, no estaba vivo, y aquella noche no era sino un vivir su propia muerte? Aunque esto de vivir la muerte después de muerto no tenía sentido, por otra parte, se correspondería con la quietud y el silencio iniciales de aquella noche en la que, simplemente, había aparecido. Ciertamente. Pero eso bo se correspondía con el canto de los grillos, o con el sonido del río, o sus estimaciones del tiempo y su idea de los hechos. Entonces volvió a revisar su cuerpo en busca de heridas. Y de nuevo confirmó que, al parecer, no había ninguna. Miró otra vez hacia el cadáver, opaco en su barro y, en partes, salpicado de destellos trasparentes; como si le sonriera su inercia. Tena, pues, que salir de dudas. Así que terminó de llegar hasta él y, cuando lo gizo, lo movió con un pie. Estaba más muerto que él mismo vivo. ¿Y mi cuchillo? —se preguntó, al tiempo que giraba y recorría con la mirad el pequeño trayecto desde el tronco en que había aparecido sentado a la orilla en que había aparecido el cadáver de Pulido.
Se puso a buscarlo allí mismo y por los alrededores más próximos. Pero no encontró su supuesto cuchillo. ¡Bah! No era más que un cuchillo de mierda. En fin. Que la policía se haga cargo, concluyó. Y si iban a por él, diría que fue en defensa propia, como efecto había sucedido. Aunque él había asistido a a cita por voluntad propia. Otra cosa hubiese sido cobardía. Y una cosa es el miedo, y otra la cobardía. Pero no había que entrar en detalles de este tipo. Diría que se encontró al negro en el camino. Por lo demás, y siendo justo, matando al negro no había hecho otra cosa que librar a aquel pueblo de mierda del azote en que se había convertido el negro desde el mismo día en que nació. El mote de Pulido no se lo había ganado éste por ser un angelito. Esto también era un hecho. Deberían darme una medalla −se dijo, dispuesto ya a dejarlo todo así y regresar por donde había venido. Por lo demás, y pensándolo bien, tampoco requería de una medalla, ni de nada parecido. Que aquel cuchillo era todo un trofeo para quien, como él, había sobrevivido. Porque el hecho −a la sazón, el más importante y al que tributaban todos los demás que pudiera establecer− era que seguía vivo.
Igualmente embarrado que aquél cadáver, pero vivo. Sin necesidad de mirar al cielo, advertía por su propia carne que comenzaba a llover otra vez. Entonces se volvió para tomar del suelo el impermeable que había traído y del que hasta entonces se había olvidado por completo. Pero, pese a la reanudada amenaza de tormenta ¿para qué ponérselo en las condiciones en que estaba? De modo que sólo lo sacudió, hizo un rollo, lo metió bajo el brazo. Así, y empuñando el cuchillo al que ahora consideraba suyo, se puso camino de regreso, por el mismo sendero por el que había venido y confundido entre tupidos matorrales a lo largo la mayor parte de su curso. No detendría el paso ni por instante, hasta estar de nuevo en casa.
Además de la que caía del cielo, agua la que le chorreaba por el rostro. A ratos, lo acotaban ráfagas de aire frío, como si la puta oscuridad lo manoseara en un pasillo del burdel de la noche. Lo que mayor agotamiento le ocasionaba era, precisamente, el esfuerzo de penetrar esa oscuridad para ver por dónde iba. Se guiaba más por la memoria que por la vista. El resto de los sentidos sólo servían para aumentar su desazón. Pese a ello, tal y como se había propuesto, no se detenía. Y también, mientras palpaba el bulto del reloj en el bolsillo, trataba de cronometrar el tiempo, igualmente de memoria, no porque el dato resolviera algo en el curso de su travesía, sino porque el tiempo es el único dato de conciencia que indica a lo que vive que sigue vivo, pese a su travesía y cualquiera esta sea. Y cuando sobrevenía aquella extraña sensación de que alguien o algo lo seguía, más se aferraba al hecho: medir el tiempo indicaba que duraba, y si algo dura es porque sigue vivo. Otras veces sentía que lo que fuese aquella cosa iba delante suyo, y era él quien la seguía. Lo que nunca pasa con el tiempo, que es una sucesión de antes y después; que inspira orden. Y orden es lo que necesitaba para llegar a su destino. Pero lo que fuese aquella cosa, real o imaginaria, inspiraba miedo.
Sin embargo, era éste un miedo distinto a aquél que había sentido cuando salió de casa a su encuentro con Pulido, y ante la posibilidad, más que cierta, de caer muerto por su cuchillo. Éste, el del regreso vivo, era un miedo que más bien tenía que ver con la total incertidumbre de haberlo matado. Había sido demasiado fácil; es decir, le parecía demasiado fácil por el modo en que lo poco que recordaba de aquella pelea permanecía en la penumbra de lo ambiguo. Nada podía recordar con la suficiente precisión que requería el hecho para ser tal. Si el negro había muerto y él seguía vivo es porque lo uno y lo otro formaban parte del mismo hecho. Sólo pensar y saber en términos de hechos podía ser buena señal. El resto no era sino miedo.
Hasta entonces sólo había alcanzado precisar un detalle de aquél hecho: los ojos desorbitados del negro, cuando enterró el puñal en algún punto entre la panza y el pecho, según suponía, y que ahora lo seguían mirando desde algún punto, tan indeterminado como el de aquella puñalada percibida desde la noche misma de su confuso recuerdo; tan cerrada y oscura como aquella en la que andaba desde hacía ya un tiempo que tampoco pudo determinar. Lo cual, pese a toda su ambigüedad, era algo. Ya que, después de todo, no hay precisión sino en medio de la ambigüedad. Lo que importaba era no perder la noción del hecho.
Ahora la pregunta era ¿cómo había pasado el cuchillo de Pulido a sus propias manos? Puede que el negro estuviese tan borracho que lo hizo todo mucho más fácil de lo que cabía esperar. Aún así, si matar a Pulido era de por sí toda una hazaña ¿cuánto más no lo sería el haberlo hecho con su propio cuchillo? Se preguntaba a sí mismo, mientras apretaba el cuchillo. De súbito, dejó el monte y salió a lo llano. Sólo entonces se detuvo por un instante, para voltear y ver la supuesta cosa que se quedaba atrás y lo dejaba ir. Pero en esa dirección no había más que monte confundido en la negrura de la noche y la transparencia de la lluvia. Reanudó la marcha y no volvió detenerse hasta que alcanzó la puerta de su casa, tras la que se encerrara durante los días siguientes, Cuando arribó, exhausto, colgó el impermeable y, con el cuchillo todavía en la mano, se fue directo al catre, en donde se echó cuán largo era.
No obstante, su permanencia en la casa fue más corta de lo que pensó la víspera. Apenas había conciliado un par de horas de sueño, cuando despertó. Quedó sin moverse, con la mirada clavada en el techo y sintiendo cómo, al poco rato, el día lo iba envolviendo en su húmedo clarear. Así permaneció hasta casi el mediodía, a la espera de quien −o lo que− pudiera presentarse a su puerta. Pero nadie o nada se presentó, salvo el sonido de la furgoneta que, a eso de las tres y según los comentarios de los vecinos, llevaba el cadáver de Pulido al cementerio. Como todos, se había asomado a la puerta para verlo pasar y, como todos, volvió a encerrarse cuando el vehículo se perdió al final del callejón, y no sin sentir sobre su cuerpo vivo las miradas de todos, que de alguna manera imaginaban o sabían lo que había pasado. Era un hecho: cuestión de tiempo para que de un momento a otro apareciera la policía para hacerle rendir declaración. Entonces, en lugar de volver al catre, como había pensado, y esperar mientras preparaba su defensa, se dispuso a salir cuanto antes de la casa. Era tal su entusiasmo que, al abrir la puerta y advertir que lloviznaba, hubo de volverse para ponerse el impermeable. De paso, tomó el cuchillo del catre y lo introdujo en uno de los bolsillos.
Primero fue una ojeada furtiva al gris nuboso del cielo. Luego, tras atravesar con calma calculada la calle embarrada, metido, como iba, en el ancho impermeable, cuando nadie lo esperaba, entró al bar del gordo. ¿O acaso era lo que todos esperaban? −se preguntó, al ver esas caras expectantes y maliciosas que lo observaron al entrar. En todo caso, al hacerlo, se corrió la capucha que le cubría la cabeza; como si nada, a sabiendas de que todos sabían lo que había sucedido y convencido de que aquél saber colectivo lo hacía más temible de lo que el mismo Pulido, en vida, había sido. El que, ahora muerto, sus paisanos le estuvieran buscando cinco patas al gato, a cuenta de que el espíritu de éste seguiría jodiendo al homicida hasta arrastrarlo a la mismísima tumba en que había sido recién enterrado el negro, no era sino habladuría; la natural consecuencia de esa terrible reputación que, en vida, se había ganado el negro, y a la que contribuía hasta su mote mismo asociado a la hoja de su cuchillo. Se fue hasta una mesa apartada, se sacó el impermeable y, antes de colgarlo del respaldo de una de las sillas, palpó por el mango del cuchillo.
Se sentó, y todas las miradas, que hasta entonces lo habían seguido, se recogieron sobre sí mismas, para dar lugar al susurro, que era como mirar, a hurtadillas, con los labios del habla y la malicia de la habladuría. Ya no se trataba de medirse con un matón como el negro, sino con lo que la gente, tras haberlo matado, pensaba del hecho de seguir vivo. Hasta entonces no había pensado en ello. Pero ahora, sentado a aquella mesa en la que bebía su cerveza y mientras su mirada se cruzaba por instantes con la de los otros que hacían lo propio, de alguna manera, haber matado a Pulido con su propio cuchillo no era el final, sino apenas el inicio de un desafío en el que, sin saberlo, había apostado a sí mismo. De la noche anterior a esta parte, el hecho, pues, había crecido; no sólo con la habladuría, que es el mejor alimento para ello, sino, además, con su propio convencimiento, según el cual ya no podría echar para atrás, y menos aún por la supuesta amenaza que pudiese representar el negro después de muerto. Concluido esto, de inmediato pidió más cerveza.
−¿Lo tienes allí?− preguntó el primero en voz baja, cuando se acercó a la mesa y se sentó.
−¿Qué cosa?
−El cuchillo.
−Ah, eso.
−Dicen y que no estaba por todo eso cuando recogieron a Pulido. Lo mejor será que te deshagas de esa vaina. −aseguró el otro.
−¿Por qué lo dices? ¿Por la policía? −preguntó.
−A la policía le importa una mierda. Piensan lo que todos: Pulido está bien muerto. Favor el que le has hecho a todos aquí.
−Es el cuchillo de Pulido. Sí. Y mucho más cuchillo que el mío. Esa mierda ni siquiera era un cuchillo. Éste es un cuchillo. Lo he podido comprobar.
−¿Y crees que todo termina aquí, que matas al negro y ya, y que andas por allí con su cuchillo como si nada?− preguntó el otro.
−Por supuesto que no− intervino un tercero, que se había acercado a la mesa y sentado del otro lado. Entonces, ante la mirada expectante del homicida, continuó −No me mires así. Sabes bien a lo que me refiero. Todos aquí están conformes con la muerte de Pulido. Pero también sabemos que ése no nos va a dejar en paz. Muerto, ése negro es peor que cuando vivo. Yo que te lo digo ¿De verdad crees que el muy maldito se va a ir a la tumba así, sin más? A más de uno aquí le sobraban razones para hacer lo que tú. A ver, sin importar cuáles ¿por qué crees que ninguno hizo lo mismo? Ese negro era una mierda. En él había algo maligno. Y todavía lo hay. Te lo puedo asegurar.
−Tú también eres negro. Sólo que mucho más viejo y con la tomuza blanca.
−Yo no me refiero al cuerpo, sino al espíritu.
−¡Ah, eso!
Los tres de la mesa callaron, mientras observaban acercarse al gordo; lento, con premeditada parsimonia, la camisa desabotonada y un martillo y un enorme clavo en la mano. Su vientre llegó primero, luego la enorme mano con la que de un golpe colocó lo que traía sobre la mesa. Pero no se sentó. Se quedó parado y desde lo alto dijo:
−Tú no crees en los espíritus. ¿Cierto? Piensas que un muerto es un muerto, y ya. ¿Cierto? Entonces, digo yo ¿por qué no vas esta noche y clavas este clavo en la cruz donde enterraron a Pulido? Yo mismo puse allí esa cruz, porque, aunque nadie quería hacerlo, es lo único que se puede hacer para conjurar el espíritu del negro; lo único que se puede hacer por un muerto, más aún en el caso de ese negro maldito. Cualquiera ha podido matarlo. Pero sólo tú has tenido las bolas para hacerlo. Bien. Veamos cuánto te queda de bolas para esto.
Al tiempo que el gordo se retiraba sin decir más, otros se acercaban y quedaban alrededor, cuchicheando mientras observaban el clavo y el martillo que había dejado en la mesa. Todavía no tenía la más puta idea de cómo había salido ileso del mortal trance en que Pulido resultara muerto a manos suyas, y ya tenía que vérselas con su espíritu. ¿Acaso sería ésta la cosa que lo había acompañado la noche anterior mientras volvía del río donde había dejado al negro muerto? En todo caso, ya no se trataba de vencer al más malo de todos los negros, sino al miedo que a todos inspiraba, sobre todo ahora, que estaba muerto y enterrado, y que se sumaba al que tanto había inspirado cuando vivo. Era un hecho: había negro y maldición para nunca acabar. Era como si la cosa, salida del monte en que creía haberla dejado, ahora se multiplicara en todos y cada uno de los que entraban y salían del bar, mirando y cuchicheando. Pidió más cerveza. Y fue el mismo gordo quien la trajo. Tras colocar la botella en la mesa, dijo, refiriéndose al clavo y el martillo:
−Si no vas a hacer nada con esto, me lo llevo.
Pero cuando estiró el brazo para recogerlos, se interpuso la mano firme del aludido:
−Que me los llevo yo, gordo. A que mañana te devuelvo sólo el martillo.
De un solo trago terminó la cerveza que el gordo había traído. De inmediato, se levantó de la mesa y se puso el sobretodo. Se quedó mirando a gordo, mientras empuñaba el cuchillo en el interior del bolsillo. Luego fijó la mirada en la mesa: tomó el clavo y el martillo. Por último, antes de salir, escupió en el suelo, como si lo hiciera en la cara de escrúpulo y superstición de todos.
Al salir, la llovizna seguía allí, cayendo en la oscuridad que lo esperaba, y con cierto tono de complicidad y cortesía en su caída; como si, tras haber entrado al bar, se hubiera quedado afuera, esperándolo. Se subió la capucha y se puso camino al cementerio. Durante un rato todavía pudo escuchar el murmullo de voces que quedó encerrado atrás, mientras su cada vez más ambigua y escueta figura se iba desdibujando en la oscuridad, hasta desaparecer por completo.
Caminaba lento pero decidido. Todas las imágenes en su mente giraban en torno a la cruz en la tumba de Pulido, en cuyo madero debía clavar el enorme clavo que llevaba en un bolsillo, junto con el martillo, sujeto por el mango. En el otro llevaba igualmente sujeto, el cuchillo. De manera tal que, además de paliar el frío, llevar las manos en los bolsillos lo ayudaba a concentrarse en la marcha firme y constante, y en aquella cruz como objetivo. Clavar el clavo: era un hecho, y el único que debía contar hasta llegar al cementerio; y aún, ya viejo, contando el maldito cuento.
Clavar el clavo. Era como matar al negro por segunda vez. Pero, entonces, no era éste un echo distinto al de haberlo matado la primera, sino el mismo; algo así como su continuación. El hecho seguía, pues, creciendo; alimentándose incluso de aquella acción futura que aún no era un hecho, pero que daba por hecho, o no tendría la voluntad suficiente para consumarlo. Lo importante −se repitió una vez más− son los hechos. El problema con ellos es que hay que hacerlos en un toma y dame de nunca acabar y que es inseparable de la voluntad, de la imaginación, y, como en su caso, hasta del miedo. Matar a Pulido por primera vez había requerido de un cuchillo, tanto como, ahora, la segunda, requería de un clavo y un martillo. Pero la voluntad, la imaginación y el miedo eran los mismos. Al respecto no había diferencia entre el negro y su espíritu. Lo cierto era que aún no tenía la más puta idea de cómo salió ileso de la primera, y ya tenía que vérselas con la incertidumbre de cómo saldría de la segunda. Pero como la fatalidad de la muerte no está en dejar de vivir, sino en cómo se va muriendo, no tenía más opción que ir y clavar el clavo. Lo único que requería para ello era alcanzar aquella cruz, y cumplir con lo que el gordo había indicado en su desafío. Mañana, a esta misma hora, en la misma mesa, le estaría arrojando el martillo: así se mata un espíritu. Si para entonces no se le ocurriera algo mejor, esto le diría al gordo y a todos lo que, seguramente, iban a estar allí. Por lo pronto, se trataba de no pensar en otra cosa que en clavar ese clavo.
Para cuando alcanzó la misma entrada por la que, de regreso, lo traía del río y que, ahora, lo volvía a él, la llovizna había devenido brutal aguacero. Ya sabía que aquella casi seductora manera que había mostrado a la salida del bar no duraría mucho. Mentira. Sabía nada. Sólo esperaba lo peor, y lo peor reventó, tal y como había sucedido la noche anterior; tal y como solía suceder siempre por estos meses de lluvia. Se detuvo para asomarse por un momento a la boca del camino: el mismo monte y la misma oscuridad que no se dejaba penetrar. Igual, por allí no había nada qué buscar. El hecho había cambiado de ubicación, en dirección al cementerio. El mismo chasquido de sus pasos, el roce entre las piernas al caminar, el frío en la coyuntura de los dedos, el vapor en la boca y la nariz. Agua la que le chorreaba por el rostro. El mismo canto de grillo y croar de rana que se acallaba conforme aumentaba el golpeteo sobre el barro y las hojas.
La noche volvía s ser una con la de su recuerdo. Y debe haber sido por ello que, con claridad fugaz e intermitente de luciérnaga, iban apareciendo los detalles de la muerte de Pulido: la borrachera del negro; el agua corriendo por entre las rocas que sobresalían del lecho del río; el negro cayendo cuando tropezó en su huida; el cuchillo en la barriga, el negro arrastrado de nuevo a la orilla y que apenas si alcanzaba mantenerse en pie; sus ojos desorbitados; el negro doblado; la sangre como otro río: el agua que indiferente seguía corriendo; y una vez más el mismo río, cuyo sonido, hoy como aquella noche, casi no dejaba oír el aguacero. Claro −se dijo a sí mismo− pasa que el negro nunca creyó que yo asistiría a la cita y, sorprendido cuando lo hice y menos se lo esperaba, en medio de su borrachera salió corriendo y él mismo se jodió en la huida. De modo que nunca enterró el cuchillo en aquella barriga; tan sólo lo había desenterrado. Con lo cual, el hecho no sólo crecía, sino que, además, creciendo, despojado de su heroísmo de mierda, cambiaba por completo. Esto también era un hecho: la mierda. De todas las posibles verdades, la más verdadera.
Y ahora ¿qué coño podía importar que los hechos fuese lo más importante a tener en cuenta? Sólo le quedaba seguir y, a como diera lugar, coronar su falsa gloria enterrando aquel clavo en la cruz de la tumba de negro, tal y como creyó haber enterrado el cuchillo en su barriga. Ya podía ver la explanada del cementerio, los montículos desdibujados bajo el sonoro torrente de la noche; la noche misma, no menos oscura, pero si, descargada del follaje, más penetrable que la anterior. En algún lugar de aquella inmensidad sembrada de muertos estaba la tumba de Pulido. Habría que buscarla al fondo, entre las más recientes. Fue entonces que volvió a sentir la cosa: delante, detrás, a los lados, como si ocupara al mismo tiempo la explanada del cementerio en su cada vez más grande inmensidad. De súbito tropezó y, tras caer en medio de unos matorrales, Sacó el cuchillo del bolsillo del impermeable y estuvo blandiendo cuchilladas absurdas al aire, hasta que el esfuerzo lo agotó y quedó hundido en su propio desvanecimiento. Durante un rato sólo escuchó el agua caer. Cuando volvió en sí, se estregó los ojos y, decepcionado de su desacierto, se recriminó: Pulido estaba muerto; yacía dos metros bajo tierra. Fuese lo que fuese aquella cosa, ya de pie, se sintió ridículo en medio de aquellos matorrales que se burlaban de su torpeza. Entonces aceleró el paso, y no tardó en alcanzar la última línea del cementerio. Había amainado el aguacero y dio con la tumba mucho antes de lo que había esperado. Quizás fue eso lo que restableció su entusiasmo, recién perdido en la ridícula reyerta que acababa de tener con la nada.
Ya estaba allí. El negro estaba muerto, Yacía dos metros bajo tierra. ¿A cuenta de qué buscarle cinco patas al gato? En todo caso, la quinta pata era la que le daba a él la oportunidad de dejarlos a todos callados y al mismísimo gordo sentado de culo. Aunque no lo hubiera matado la primera vez, era como volver a matar a Pulido; no ya en el cuerpo, ni siquiera en el espíritu, sino en su propia memoria de homicida fallido. Aunque no lo hubiera matado la primera vez, aquella habría sido una muerte fácil. Ciertamente. La verdaderamente jodida era ésta. La definitiva. Se acabó el negro. Nadie podía ser tan inacabable como el negro hubiera querido y todos creían que era; hasta él mismo. Veremos −dijo, como si hablara con el negro sepulto− qué tendrán que decir todos mañana, luego de comprobar que el enorme clavo ha sido enterrado hasta el fondo.
Miró al cielo encapotado y, dispuesto terminar la faena antes de que la tormenta arreciara de nuevo, guardó el cuchillo. Tomó el martillo y el clavo del otro bolsillo. Se colocó sobre el montículo y tanteó la parte superior del madero. Cuando estuvo seguro del punto justo, colocó el clavo y atinó el primer martillazo; firme, seco, contundente en medio de la noche, y que sólo él escuchó, confundido en medio de la lluvia que se reiniciaba y bajo la que siguió propinando martillazos sobre la punta del madero, como si lo estuviera haciendo sobre el mismo muerto que, cuando se volvió para marcharse y reiniciar el camino de regreso, lo tomaba por la manga del impermeable, sujetándolo con fuerza, hasta hacerlo caer por su propio peso sobre la tumba. Tras este inesperado jalón, fue como si el espíritu se le muriese primero y arrastrase el cuerpo en su caída.
A media mañana, el gordo y los demás, en medio del jaleo a que daba lugar la interrogante acerca de lo que podría haber sucedido, se pusieron en camino al cementerio. Cuando llegaron a la tumba, lo encontraron muerto, semitendido a un lado del montículo: el rostro marcado por una última mueca de horror, el martillo aún fuertemente sujeto en la mano derecha; la izquierda arriba, en puño cerrado, colgando de la punta de la manga del impermeable que, sin darse cuenta, había claveteado en el madero.
−¿Qué pasó?− preguntó uno.
−Es un hecho: lo jodió el negro− respondió el gordo.




