Yo habitaba en una vieja casa vacacional abandonada, colgada de lo alto de un cerro pedregoso y desde el que se podía ver abajo el mar en su quieta enormidad, yendo y viniendo en monótonas embestidas contra las rocas negras del acantilado en el que, por ahora, espero.
Mojado entre las rocas mojadas, con ojos semiabiertos he dejado ir una mirada de largas horas que ya se hunde en la noche y trae de vuelta hasta mí el brillo lunar de las aguas salobres y espumosas. Toda vez que soy de incorregibles hábitos nocturnos, mil veces he presenciado el espectáculo de este mar yendo y viniendo, sin preguntarme nunca por qué lo hace y yo lo contemplo, salvo hoy. Lo que indica que estoy enfermo, de quietud, o de algo que por lo pronto no sé llamar de otra manera. Sin embargo, nada de nuevo hay en todo ello. Sólo que hoy soy parte de ello y, como los muertos, además de contemplador me siento contemplado. Pero los muertos no sienten, dirá el acucioso observador. Bueno. Tampoco yo he muerto. Por ahora sólo quieto.
Yo habitaba en esta vieja casa vacacional abandonada. Al menos yo creía que estaba abandonada. Eso fue lo que creí, hasta hoy, en que me encuentro revisándolo todo, con mi pensamiento de siempre pero que, al caer sobre mí, no parecieran mío sino de otro yo que me piensa pensando.
No sabría decir cómo llegué aquí. Arribé, sin más y sin saberlo, y sobre todo sin que para nada me importara no saberlo. A golpes. Que, por cierto, es la forma más cierta de llegar, igual que ese verde ahora negro de ese mar reventando en espuma. Igual me iré, supongo. A golpes, Como se ve, no me inquieta ni el principio y el fin de las cosas. Sólo tengo una memoria irreal del principio y el fin. Está allí, como el resto del paisaje que en ella conservo. Pero nada en ella es decisivo cuando de seguir vivo se trata. Y no en otra cosa consisto que en seguir vivo. Lo supe al nacer, de inmediato, en el mismísimo instante en que la vida me explotó en la cara. A golpes. Nacer es el primero. Mi alma es la forma en que mi memoria configura como un todo esa infinita retahíla de imágenes, colores, olores, sabores, y sonidos acumulados a lo largo de mi existencia temporal. Mi alma es el expediente de lo aprendido, lo registrado como experiencia y que defiendo como mío. Vivir que estoy vivo es todo cuanto hay en mí como vida. No requiero de historia, porque mi vida es la elemental sumatoria de segundos, minutos, horas día tras día. ¿Monótona existencia? Para nada. No puede haber monotonía cundo de lo que se trata es de salvar la vida. ¿Y para qué? Ésta es pregunta que sólo cabe a los historiadores y sólo responden los dioses. Y a mí no alcanza la trascendencia de estos ni la fatiga de los tratados de aquellos.
En realidad no era ésta una casa abandonada. Deshabitada sí, que es otra cosa, salvo por mí, que la habité a mis anchas hasta hoy. Ahora entiendo ese olor a cosa humana que, al principio, cuando llegué, no comprendí, porque me era del todo desconocido. Pero ahora sé bien que lo humano es una impronta, que, en lugar de ser, la humanidad se perpetra y que la civilización toda es como Atila.
Desde que llegué a la casa han transcurrido los días, y yo con ellos. Cada día siendo lo que al siguiente dejo de ser. Estoy hecho de miedo, astucia y voluntad. De vez en cuando el placer de un segmento de sueño, que se mezcla con el rito de contemplar y oír ese mar que semeja mi propia, fugaz eternidad. Recuerdos tengo, como digo. Que también he ensuciado la nada con mi presencia, dejado en ella mis huellas, llevado hasta sus narices mi hedor de cosa viva. Al fin y al cabo soy parte de la civilización. Furtivo, como un ladrón, he asaltado la paz de lo que nunca fue. Me gusta este juego.
Yo era ése que, durante el día deambulaba por entre las piedras calientes, confundido el pellejo con la tierra colorada y la sombra de algo verde por los alrededores, cuando lo había. Pero nunca dejé que mi piel se tostara bajo el sol como una hoja absurda expuesta al absurdo del cielo. Más allá del mediodía, el silencio y la imaginación me iban hundiendo en el letargo, junto a mi propia sombra, hasta que ya no quedaba nada de mí que no fuese reposo y sombra. Todo a mi alrededor me aniquilaba poco a poco; sin matarme me dejaba respirar y que durase placenteramente vencido. El resto del día lo pasaba en la casa, envuelto en su sombra fresca, como una segunda, prehistórica piel. Me refugiaba en ése, mi caparazón de cemento y ladrillo con su techumbre de media agua y ventanas pequeñas, a lado y lado de la puerta de entrada, que le daban un aspecto de muñeco triste embadurnado de cal que alguien dejó abandonado en la cima del cerro y con vista al mar por la puerta de atrás. Hubo días en que la lluvia golpeó monótona sobre el techo. Yo escuchaba, atento, y nada más.
El día mismo de mi llegada hice un recorrido por toda la casa. Husmeé cada rincón, muebles y demás objetos. Era realmente grande o, a lo mejor, la forma desordenada en que la recorrí y el modo en que cada objeto atrapaba mi atención la hacían sentir más grande de lo que en realidad era. Pero mi impresión era la de hallarme perdido en el universo. Se han escrito tratados filosóficos completos al respecto. Pero yo no vine aquí a perder el tiempo. Por lo demás, aquella sensación no era cosa a la que ya no estuviera acostumbrado. De haberme puesto yo a filosofar sobre el asunto, ni obra ya ocuparía una biblioteca entera, junto a otros grandes clásicos del pensamiento inútil y profundo. Pero como yo siempre he preferido recorrer el universo que pensarlo, ese día igualmente hice lo propio. Todas las habitaciones y dependencias estaban vacías, a excepción de una de ellas, la ubicada al fondo, en la que habían arrumbado herramientas, enseres de todo tipo, muebles diversos. Era la habitación más grande. Pese a tanto trasto, aún quedaban claros espacios libres. Todo cubierto de una densa capa de polvo y penetrado por el pesado aroma de la humedad. También había libros, periódicos y revistas viejas que no sirven para nada, pero ideales para que te den calor. Todo lo escudriñé al milímetro. Con el tiempo hice de este sitio mi sitio. Bien que se puede estar en cualquier mundo. Para ello nada como creer que se tiene un sitio.
Mas esa sensación duró hasta hoy. Muy temprano en la mañana, escuché el bullicio afuera. Primero fue el ronquido de un motor al subir la cuesta que lleva hasta la cima del cerro. Se detenía como un animal jadeante y, de súbito, se apagaba. Entonces, el sonido ronco del motor dejaba paso al siseo del vapor caliente que escapaba del radiador. Y así fue durante un largo rato, hasta que el vehículo se detuvo definitivamente al frente de la casa. Luego escuché las puertas que se abrían y cerraban, cuyos chirridos y golpes se mezclaban con la charlatanería de quienes venían dentro. Me levante de un brinco y me asomé sigilosamente a la puerta de la habitación. Mi miedo fue más intenso cuando escuché la llave al ser introducida en la cerradura. Me quedé mirando atentamente el picaporte, que giraba. Y hasta se podía sentir la fuerza de la mano que, del otro lado de la puerta, lo manipulaba. Por fin, tras denodado esfuerzo e impacientes sacudidas, la cerradura cedió.
Entonces apareció un hombre blanco, barrigón, de una calvicie imparable y cuyo ridículo peinado de oreja a oreja no lograba disimular. Por el contrario, era obvio que aquella calvicie se había posesionado de un cráneo que consideraba suyo desde el día del nacimiento, cuando empezó la cruel guerra de invasión y conquista, pero que, al mismo tiempo, era lo suficientemente necio como para creer que había ganado la batalla con la vana estrategia de peinarse así. El hombre se pasó la mano por la cabeza semipelada ‒mas pelada que semi‒ y mostró un rostro sonriente, como si el orgullo le sonriera en los ojos redondos y las orejas rosadas de cerdo. Sin embargo, al poco rato, había cambiado su luminosa expresión, según lo indicaba el entrecejo fruncido y el modo en que la tensión se la fue hasta los ojos redondos y las orejas rosadas de cerdo. Al semblante de satisfacción del que por fin ha llegado a su destino, siguió al instante siguiente la mueca de asco al hedor del destino:
‒¡Huele a mierda!.
Dijo el maldito, como si su propio olor fuese la mismísima fuente de la pulcritud y el placer, me dije, al tiempo que miraba sus axilas peludas. El áurea rosa del cerdo dejaba paso a la negra espesura del infierno. Sé que esto contradice la clásica imagen del infierno ‒que debemos al San Pedro del Apocalipsis, quien fue que la inventó‒ en la que el condenado grita su padecimientos al tenor de las incandescentes llamas de la hoguera. Pero para quien, como yo, dispone de tan sofisticado olfato, hay otros y mucho peores infiernos, como lo es el del pestilente sobaco velludo en que todo grito se ahoga entes de poder ser escuchado. Y a este gordo maldito lo que le faltaba en la cabeza le sobraba en los sobacos. De haberlos peinado de la manera apropiada, hubiera hecho mucho más para disimular aquella calva, Si hasta es posible que ésta hubiera salido huyendo en busca de otro cuero que la dejase respirar.
Por fin, entró el hombre. Para mí el maldito al que le sobraba en los sobacos lo que en faltaba en la cabeza. Tras él entraron la mujer, la suegra y los dos niños. Y yo que creía haberlo visto todo con haber visto a aquél. Ahora era el olor inconfundible de la humanidad entera. La mezcla de lo masculino, lo femenino, lo imberbe, y lo viejo, que no tiene sexo ni edad, sino pellejo. Con la edad llega la igualdad de género. Todos quedaron allí parados por un rato, sin saber qué hacer ni qué decir de aquel espectáculo de abandono que, al parecer, no se esperaban. Su mirada inconforme iba por los alrededores. Se rascaban las narices, que se le habían llenado de pelusa y polvo, y en sus rostros distintos se dibujaba un mismo gesto de asco que los tornaba iguales.
La mujer dio un paso al frente. Las manos en la cintura, Sólo supe que era la cintura cuando se llevó las manos allí. Los cabellos pintarrajeados; quiero decir, de pintura decolorada, mezcla de rojo, amarillo, negro, y no sabría decir de qué más, pero sí que lo más era lo que añade al color la decadente manía de lucier más joven de lo que realmente se es. A ésta, mejor le habría ido una calva como la del marido. Lo que fuese aquello que le cubría la cabeza, le caía sobre la frente; lo que le daba un inicial aspecto infantil que la hacía mas siniestra a medida que la vista recorría el resto de su corporeidad, en forma de tetas curiosamente erguidas si se las comparaba con las del marido y su propio vientre fofo, hecho y rehecho de pliegues, estriás y demás desidias pos parto. Enseñó sus dientes blancos. No sonreía. Sólo enseño sus dientes, como si hubiera otro ser dentro de su ser, que se asomaba sin poder salir, y la impotencia de lo que fuese que no terminaba de salir se le retorciera detrás de las mandíbulas. El gancho entre los ojos era su nariz, deduje, por el modo en que la dirigía a su alrededor, tratando de captar los olores agazapados en los rincones, al tiempo que se dibujaban inquietas, acaso involuntarias muecas en su boca. Sentí aquella nariz sobre mí, como si me mirara con sus huecos peludos y me señalara con su punta aguileña. Automáticamente me oculté más de lo que ya estaba.
De la vieja no digo nada porque, a pesar de que la recuerdo en conjunto, no alcancé detallarla. En realidad, tras el marido gordo de ojos redondos y orejas rosadas de cerdo, la hija concentró toda mi atención e inspiró todo mi horror. De la vieja, lo único que hay en mi memoria es una voluminosa masa blanca con dos puntitos que deben ser los ojos y cruzada de arrugas. De lo que deduzco era una vieja gorda. Las cosas pegadas a sus faldas, tras las piernas, eran, imagino, los dos niños. Niño o niña, da igual. No encuentro diferencia alguna y me inspiran la misma repulsión. Toda su inocencia es poca cosa, si se la compara con su maldad demoníaca, que los adultos suelen identificar como malcriadez o travesura pero que, en realidad, es signo inequívoco de su naturaleza infernal. Dejad que los niños se acerquen a mí, dicen que dijo Cristo, y desde entonces no me inspira ninguna confianza el personaje. Claro, a dudar: quizás no haya sido Cristo quien lo dijo, sino Herodes. La historia es otra cosa que tampoco me inspira confianza alguna. En realidad soy muy desconfiado. Es mi naturaleza. Por cierto, de uno de aquellos niños recuerdo, sí, su expresión estúpida, que debía ser igual a la del otro.
Bien. Listo el cuadro familiar. Prosigamos.
‒Hay que sacudirlo todo, hasta el último rincón. ‒Dijo implacable el ama de casa.
Hasta la mugre tembló.
Acto seguido comenzaron a movilizarse todos. Con ferocidad de hormiga se entregaron a la misión. El hombre movía de un lado a otro los muebles del salón. Las mujeres tomaron la escoba y los trapos, y arremetieron contra la inmundicia. La paz de la porquería acumulada iba cediendo ante la arremetida del trapo, la mopa y el detergente. Los niños correteaban por doquier, mientras que la madre vociferaba sus maldiciones contra los demonios del infierno. Juraba matarlos. Aseguraba que los atraparía y arrancaría los brazos y la cabeza. Yo aguardando con impaciencia e inquietud que la mujer se decidiera a cumplir con sus justas promesas. Pero nada. Los demonios del infierno ni se daban por enterados. Se burlaban de su dios. Le hacían trompetillas desde los cuatro costados de su reino.
Por su parte, la abuela, es decir, la vieja gorda de los puntitos, recriminaba a la hija por sus abominables amenazas, y al mismo tiempo acariciaba la cabeza de los demonios del infierno que, malévolos y llorosos, se escudaban tras sus piernas. Por su parte, el padre o, para mí, el maldito gordo, no prestaba atención al asunto, y cuando lo hizo, fue breve y conciso: una encogida de hombros, como si los vellos del sobaco los empujaran para arriba, para luego seguir moviendo los muebles. Enrojecido y a punto de explotar como un tumor de obstinación y cansancio, el hombre sudaba copiosamente, hasta que, extenuado, se volcaba por un rato en el piso, con el vientre entre sus brazos y las piernas semiabiertas. Entonces la mujer lo recriminaba. Por perezoso, necio e indolente. El hombre no escuchaba, y volvía a la carga. La mujer doblada estrujaba la mopa. Entonces también se grabó en mi memoria sus nalgas planas. La anciana suegra, quiero decir, la mismísima masa blanca con puntitos, ya se había desvanecido y permanecería aplastada en todo su volumen en un sofá, sujetándose el pecho informe, grasoso, rojizo, por el que corrían goticas de sudor y salpicado de manchitas.
‒¿Y la habitación? ‒Preguntó la mujer, al tiempo que señalaba hacia la puerta tras la que yo, hasta entonces, había permanecido petrificado.
‒Luego veremos. ‒Respondió el gordo maldito, y salió afuera. Tenía que respirar aire puro, dijo, y salió, como si fuera un santo en busca de la gracia divina.
Así, cumplidas las iniciales labores de limpieza, comenzaron a meter en la casa todo lo que habían traído. Iban y venían. Era mi oportunidad para salir de la casa que creí abandonada. Amontonaron cajas, sillas, mesas, ropa. Todo tirado en medio del salón. El gordo maldito, que, ahora, sin camisa, mostraba en todo su esplendor su configuración porcina, se detuvo por un rato, bebía de una lata cerveza y miraba por momentos la televisión, que recién había encendido y le arrancaba aquellos improperios debidos a ña imagen defectuosa que el aparato trasmitía. Los demonios del infierno, hambrientos, gritaban y gemían. En la cocina las dos gordas, la vieja que ya no podía disimular su envejecimiento y la que había envejecido hasta más no poder, ya ordenaban los víveres en la alacena. Podía sentirse el olor a sal y harina empaquetada. Poco rato después, comenzaron los primeros humos y los primeros olores venidos de la sartén. Cuando todo parecía retornar a la calma, de súbito los niños ‒quiero decir, los demonios del infierno‒ gritaron al unísono:
‒¡Una rata!‒
Llenos de pánico y náusea, se abalanzaron sobre el gordo maldito que, somnoliento frente a la pantalla del televisor, se sobresaltó y, por un instante, se quedó mirando con sus ojos redondos y escuchando con sus orejas de cerdo a su alrededor y sin saber lo que pasaba.
‒¡Una rata! ¡Una rata!‒ insistían los demonios del infierno.
Entonces el gordo maldito se levantó, tomó una pala de entre lo que habían bajado hasta el salón y fue hasta el rincón a buscar al bicho que de modo tan infame había aterrado a los demonios, ahora llorosos, con su sola presencia húmeda, peluda, de patas ralas y bigote tenso, ojos saltones y rabo latigoso, lleno de miedo y esperando. El hombre mostró su presencia enorme, erguida casi hasta el techo, que se iba doblando poco a poco, paso a paso. El resto de la familia había salido en lote de la casa y desde la puerta, las mujeres y los niños, apeñuscados unos contra otros, vociferaban al ritmo de su miedo asqueroso.
–Dale, dale, dale…
Sus palabras contra el bicho se mezclaban con los palazos del hombre enfurecido.
‒Este bicho es muy rápido. ‒Decía el gordo maldito, apenado, en medio de su rabia impotencia, para así disimular su torpeza.
‒Dale, dale, dale… ‒Insistía el coro familiar desde fuera de la casa y con los puños en alto.
El gordo maldito sudaba. Sus cálculos se le nublaban en los ojos. Pero no desmayaba en su acoso, Se restregaba la frente sudada y la boca babosa. Así fue por largo rato. Hasta que el silencio sobrevino, por fin, cuando logró estampar el trastazo que todos esperaban sobre el lomo hinchado y duro del animal. Apenas se escuchó un chillido, que un segundo golpe de gracia acalló.
Pero, en verdad, no morí.
Lo que el hombre tomó del piso con la misma pala y, luego de caminar hasta el borde del cerro, lanzó por el precipicio hasta el acantilado abajo, fue un amasijo de hueso y carne, quieto; un todo yo vuelto instintiva mansedumbre. Todos creyeron que estaba muerto. Pero sólo me hice el muerto. En este juego de muerte en que se juega a vivir no se puede uno dar el lujo de caer, porque no hay retorno. Aún puedo percibir las palpitaciones de mi corazón, el calor de mi cuerpo, la vibración de mis bigotes. Hasta mi hocico sigue llegando el olor a sangre y mierda de la vida. Sigo siendo una máquina perfecta, una voluntad formidable como ese mar que ahora me salpica, pero no me ahoga, que me deja éste, mi segmento temporal en la historia sin fin de la existencia. Sólo me he quedado quieto, como si hubiera muerto.
Desde el fondo del acantilado puedo escuchar las voces alegres de los que se deshicieron de mí y, con ello, percibir el modo desfachatado en que se entregan a su existencia desmugrecida. Esos sonidos, combinados con los datos de mi memoria, animan las imágenes que de ellos me traje hasta aquí, al fondo de éste, mi acantilado, en el que segundo tras segundo retorno. Una vez más, voy renaciendo de las cenizas de mi espera. La casa abandonada ya no es tal. En ella se ha instalado el grupo familiar. En la habitación del fondo continúa mi ausencia. Sin que nadie lo advierta, ella se mezcla con la paz de mis repulsivos y fracasados asesinos; los convencidos de mi muerte. Algo dolorido, por ahora, sigo, como siempre, en medio de la nada que a todos nos contiene. Soy los ojos de esa nada de la que nada quieren saber y que, sin embargo, los contempla.




