textos, pretextos y otras mentiras...

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Entre la tercera y cuarta largada, veintitrés años. Entre la cuarta y la quinta, dos días. Entiéndase por largada ida y vuelta, y Buenaventura por la mismísima mierda. Ya comienzo a sentirme como en casa. Más sólo lo siento así cuando estoy aquí, en la ensenada, y la casa sigue allá, del otro lado del promontorio de monte y piedra tras el que se esconde vista desde aquí, y de la que me separa ese sendero por el que casi todos los dias voy y vengo; que me conozco de memoria y del que, sin embargo, desconozco su longitud. Un día de estos cuento los pasos. Lo que ahora me ocupa son esos veintitrés años, más lo que llevo desde entonces hasta hoy, hasta hace un rato, hasta el instante en que tuve la ocurrencia de hacer un ejercicio del tipo durmientes de Cerdeña. Aunque en mi caso no dormí durante esos veintitrés años ¿o sí?. En todo caso, de lo que se trata es de unir el ahora anterior con el posterior en un único ahora narrativo

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Para empezar, he dicho ...estoy aquí, en la ensenada... Cuando, en realidad, como es obvio, estoy en la mesa, escribiendo que ...estoy aquí, en la ensenada... Como también es obvio que al decirlo así, no como si lo contara lo que pasó sino como si lo viviera lo que está pasandoasigno la distancia necesaria entre el yo y el amasijo como para contar lo que en este momento vivo como si fuera aquél. Esa magia de la narrativa salida del sombrero del lenguaje y la semántica, está en la esencia misma de nuestra existencia temporal; es la que nos permite que, viviendo temporalmente, existamos históricamente. Con lo cual me queda claro que la unión entre ahoras no es tan sólo cronológica. Quiero decir que no tan sólo se trata una suma de momentos o instantes fijos y fijados por la memoria que guardamos del pasar; sino que, además de eso y sobre todo es una acción de intervención intencional de la conciencia que asigna forma específica al pasar.

En esto pensaba cuando desperté, hace un rato ya, precisamente en la ensenada, como cadáver que el mar dejó en la playa del seguir, a solas y volviendo sobre las huellas que la marea del pasar ha borrado. En realidad, hoy no amanecí. Más bien anochecí. Tras pasar la mayor parte de la tarde en la ensenada, al final, sin darme cuenta, me quedé dormido. Desperté gracias a Diógenes, que con inquieto hocico estuvo husmeando por las orejas y cuello del cadáver que yo era, probablemente alarmado por tanta demora en levantarme de mi catre de arena. Esto me ha hecho pensar en la escritura como una guerra. Pero no sólo una contra el misterio de la existencia, sino, la más de las veces, contra la indiferencia y el tedio que tal misterio pueda inspirar, y que suele manifestarse en esa particular forma de inteligencia corporal que es el cansancio. Esto demuestra que no sólo se piensa con la mente y el espíritu, sino de cuerpo entero, y que la carne es sensible no sólo a los estímulos físicos, sino, también, a esos materialmente inaprensibles que llamamos ideas.

Al menos en Buenaventura, el cansancio siempre está a la vuelta de la esquina. Cuando no te vence la molicie, lo hace el sueño, como me ha sucedido hoy. Claro que, durmiendo, nadie tiene la oportunidad de lamentarse por lo que no hace, o por no tener la capacidad ni la disposición a hacerlo. Quizás Diógenes imaginó que yo estaba muerto. Pero la muerte no es cansancio, sino un acto de consagración, en virtud del cual el cadáver que en potencia soy se habrá realizado plenamente. Por otra parte, sin embargo el perro no se equivocó al proceder como lo hizo, pues, de no haberlo hecho así, quien sabe si seguiría yo allí, por los siglos e los siglos, hasta despertar, no obstante, junto al amasijo. Pero no morí, salvo por la porción que en esto de seguir vivo le corresponda al cadáver que en potencia soy. Dicho en apego a la dialéctica de Quevedo: el que muere no tiene más qué morir, y el que vive tiene que morir más. Y como aún soy de este último tipo, por más que el sueño me demorara y en mi demora confundiera al mismísimo Diógenes, al final terminé levantándome de mi enorme catre de arena. Fue en ese momento que se me ocurrió lo del ejercicio.

A diferencia del chinchorro, que me seduce con su curvatura, ese catre de arena en el que abrí los ojos al inminente negro de la noche me reta con su horizontalidad. De vuelta a la casa y mientras me alejaba, me era más fácil percibir ese aire de tumba al aire libre que se da. Después de todo pensabapuede que el universo tenga mucho de misterio; pero, sin duda, es el más grande y popular de los cementerios. Como sea, lo cierto es que aquél enorme catre de arena ha tomado vida gracias a la idea que me sugiere del sueño y de la muerte, que, sin ser lo mismo, tanto se parecen en que no percibimos el pasar y nos desentendemos del tiempo; vale decir, de la existencia misma. De modo que, sin que yo me lo haya propuesto, este catre de arena ya forma parte de esta historia, que he reiniciado gracias a lo que me sugiere.

Pero esto lo percibo ahora, mientras lo escribo e intento atrapar en la escritura el instante que va entre, digamos, abrir los ojos, gracias el contacto con el perro, y retornar a la casa, movido por el impulso de sentarme a escribir de inmediato. Sólo que, no más poner el culo en la silla, y aquél impulso lo sentí ajeno, como si la ensenada por sí misma me hubiese arrancado de mi catre de arena que en realidad no es mío para lanzarme a lo mío: el amasijo de mierda. Supongo que la voluntad tiene formas muy curiosas de manifestarse. Así, de nuevo andaba yo por ese más allá que la escritura es, en el que los espectros deambulan a la espera de adquirir vida por un rato gracias a la sangre prestada de la narrativa. En alguna medida, todo escribidor de historias es un Odiseo remontando el Leteo del pasar. Así he arribado al Hades de veintitrés años atrás.

Lo primero: estoy en la barra de El Mesón, divagando acerca de creer en lo que hago; cualquier cosa, pero, muy particularmente, en esto de escribir libros. Es lo que hago: divagar, junto al viejo Rangel ya bastante pasado de tragos, y un poco a propósito lo hago; como si le echara en cara el haberme sacado de Buenaventura y encaramado en el estrado. El viejo me mira con sorna. Saca un billete de su cartera y lo extiende sobre el mesón. Luego hace señas a Manolo y, cuando éste se acerca, le pide que se lo cambie en monedas sueltas. Manolo asiente yse va con el billete. Yo sigo con lo mío. El asunto no radica en dar con el objeto de nuestra creencia, sino, como decía Onetti, con el sentido en sí mismo del creer. Si el creer en algo es lo que da sentido a ese algo ¿qué es lo que da sentido al creer? ¿Creer en creer? ¿Y cómo se hace eso? El viejo se ríe, mientras, con el dedo y una a una, cuenta las monedas que Manolo ha traído de vuelta. Luego se para, toma las monedas, y se fue hasta la rocola.

Yo sigo en lo mío. Pero ahora a solas. Cuando intentaba convencerme de escribir, Rangel tenía razón en una cosa: no te preguntas por el sentido de la tarea; te conformas con poseer la capacidad de realizarla, si es que en realidad la tienes, lo cual no sabrás hasta que te avoques por entero a ella y sin dar importancia alguna a otra cosa que no sea despejar la duda que ha aparecido no más proponértela. Yo que te lo digo, Romero, quien fracasa escribiendo siempre será más escribidor que el que cree en el triunfo de haberlo logrado, sin advertir que quien escribe no puede llegar a ser más que un buen plagiario de sí mismo y cuyo único destino sólo puede ser el irse quedando sin que decir. El silencio no es la ausencia de decir, sino aquello contra lo que todo decir ha de estrellarse.

No sé por qué, hasta ahora, no había reparado en observación tan incisiva y que en este momento recuerdo como si estuviera escuchando la voz viejo Rangel allí mismo; no esa noche en El Mesón, sin mucho tiempo antes, en el chinchorro, meciéndose mientras lo decía, y mientras yo observaba desde aquí, sentado a esta mesa y en la misma silla, los cuatro pelos que sobresalían de la calva asomada por el borde tenso de la maya que cortaba su rostro en diagonal. Al mismo tiempo, eso de no preguntar-se por el sentido de la tarea y conformarse con la capacidad de realizarla, me ha recordado igualmente los tiempos en que estuve al servicio de Montenegro, muchísimo antes, cuando volví por segunda vez a Buenaventura y yo era lo que él llamaba un ejecutor; es decir, uno que cumple con la tarea asignada sin preguntar por ella. Ahora, en mi tercera venida a Buenaventura y de donde él mismo me sacara, era el viejo Rangel quien me asignaba la tarea. Y no porque de libros se tratase he hallado en ello diferencia alguna.

Pero pasa que Rangel está muerto y que su ausencia viene a completar esta suma de ahoras que intento unir. Nadie, pues, demanda o dispone la tarea de escribir libros que yo debo ejecutar escribiéndolos. Lo cual sería para cualquier ejecutor que se precie de tal más que suficiente para dejar de escribirlos. Y esto debe ser lo que tanto temo. En realidad, no tengo forma de creer en este amasijo, ya que ni siquiera sé si llegará a ser libro. Pero, a la vez, no quiero dejar de escribirlo, acaso, precisamente, porque es la única forma que tengo de saberlo. Estoy entrampado. Aunque no sepa muy bien cómo, por primera vez he asumido como propio un destino que hasta entonces me era impuesto. Con lo cual, me siento como el que lo ha dispuesto todo para tenga lugar su esplendorosa derrota. A ello me avoco con todo el ingenio y la voluntad de la que soy capaz. Sólo así habré encontrado sentido a la tarea que ahora yo y no ya otro me he asignado.

El meollo del asunto está en otra parte: quien te asigna una tarea hace tu destino y, con ello, te ahorra la imperiosa necesidad de encontrarle un sentido. Se ejecuta lo que otro dispone o demanda; y es éste el que tiene que determinar el sentido de la tarea que aquél ejecuta. Ahora bien, de ser así, ¿qué gracia puede haber en ser ejecutor al servicio de uno mismo? Me doy cuenta ahora de que, poniéndome a escribir libros, en apego a la persistencia del viejo Rangel, de alguna manera yo asumía que el que disponía y demandaba la tarea era él. Yo no era más que el llamado a ejecutarla, y, por lo mismo, no era responsable de darle sentido a la misma. Y es esto lo que, mucho tiempo después, me pone de cara a creer en el creer. Para que este amasijo tenga sentido, ya no basta con el desafío de escribirlo. Si así fuera, hasta en mi fracaso cabría plenitud. Pero, muerto el viejo Rangel, me toca creer en el creer que tenga sentido escribirlo. Y, la verdad, sigo sin saber cómo se hace eso.

Cuando retornó de la rocola, el viejo se encaramó de nuevo en su taburete, giró un cuarto de vuelta, como para quedar de frente, y alzó su mano, con el índice en señal de que algo iba a decir. Acostumbrado como yo estaba a su histrionismo en medio de los vapores del alcohol, no le hice mucho caso. Lo que sí me sorprendió fue que, de súbito, era como si no hubiese bebido ni un trago. No era la primera vez que presenciaba este tipo de cambio en su estado etílico, que él mismo llamaba el arte del borracho. Pero, que yo recordara, nunca lo había visto emular de modo tan perfecto la sobriedad. Entonces giré mi cuarto de vuelta, mientras preguntaba por lo que le había sacado a la rocola. Gramófono aclaró el viejogramófono que funciona con monedas. Calló por un rato, y luego volvió: para existir, no se precisa de que la existencia tenga sentido. Existimos. Lo del sentido viene después, y en forma de historia, por cierto. Es como un accesorio; un anexo del acta o del actode nacimiento. Según Sartre, primero la existencia y luego la esencia; luego, ya sabes, no somos más que un proyecto finito y mortal. Como quien dice, un ensayo de ida y vuelta. Yo estoy por concluir el mío.

El viejo volvió a alinear su frente con el de la barra, y durante los siguientes diez minutos dijimos nada. Pasa que ya, para esa hora, mi estado etílico estaba lejos de ser la emulación de la lucidez. Recuerdo las palabras; algunas con toda precisión, como acta y acto; y reconozco en su juego, sin duda, la mano del viejo Rangel. Más no lo recuerdo pronunciándolas. Igualmente, recuerdo la palabra Sartre, así como las ideas asociadas a ella. Pero tampoco recuerdo al viejo haciendo la asociación; la mirada y los gestos que han debido estar involucrados en ello. Lo puedo imaginar, claro. Lo que sugiere, sin embargo, que algo también puede haber de mi en la forma en que estructuro lo que recuerdo de ese ahora en la barra de El Mesón; de los anteriores y de los posteriores. También recuerdo que no quería beber más; el movimiento impulsivo y repulsivo en mi gargata. En señal de lo cual empuje el vaso con mis dedos, como evitando que el vaso atrapara mi mano. Y, en ese preciso instante, el viejo me detuvo, y, como antes, volvió a alzar la mano, con el índice en señal de que algo iba a decir. Pero nada dijo. Se limitó a señalar su oído, convocándome a escuchar las piezas que una a una iban saltando en la rocola. Gramófono volvió a aclarar el viejo. Aunque yo no había dicho nada, y como si se estuviese adelantando a éste, el momento en que lo escribo.

Lo único que pasaba por mi mente en aquel momento era lo incongruente de aquellos minutos, en los que yo preguntaba al viejo por lo que había sacado a la rocola y el viejo me contestaba con frases de filosofía; yo empujaba mi vaso con un dedo, y el viejo me detenía para que prestara atención a lo que venía de una rocola que él se empeñaba en llamar gramófono que funciona con monedas. No sé cuántas piezas cayeron. No recuerdo ni una; pero sí el que sonaban una a una, inclusive el intervalo que la maquina, en su reproducción, abría entre cada una. Por lo que debo corregir: aquél silencio duró mucho más de diez minutos, y no fue para nada un silencio, sino un callar en el que hacia aguas cualquier cosa que estuviera a punto de decir. Y estuve a punto de decir más de una. Lo recuerdo muy bien, aunque no recuerde ninguna. Damos por sentado que el recuerdo lo es conforme las palabras de las que nos valemos para evocarlo, cuando, en realidad, lo más de él es inaprensible para la narración; sólo que, precisamente gracias a la palabra, gozamos de la auténtica facultad de re-crear, como existir, lo que vivimos. En cirto odo, toda nuestra existencia no es más ni menos tampocoque un decir intencional acerca de esa realidad. en sí misma inaprensible, que es vivir.

Durase lo que durase, así fue en aquél ahora aquél silencio que, recordado en este, no es tal; hasta que el viejo Rangel, en un brusco cuarto de giro y en medio de un intervalo, clavó su mirada en mí, mientras señalaba al aire con el mismo dedo con que antes había indicado su oído, y cayó la pieza: el famoso Volver, de Gardel. Que esa sí que la recuerdo. Pero no porque recuerde su sonar esa noche, sino porque desde hace mucho que me la aprendí de memoria. De hecho, la asocio con cosas de la vida cotidiana de mi niñez, como, por ejemplo, cuando mi padre hacía trampa en el dominó, para facilitar a su compañero una base de cálculo a partir de la cual considerar la posibilidad de trancar o no la partida, cantando aquella estrofa que incluye que veinte años no es nada. Y éste es dato de un ahora remoto con el que, hasta ahora, para nada contaba.

Yo adivino el parpadeo de las luces que a lo lejos

Van marcando mi retorno

Son las mismas que alumbraron con sus pálidos reflejos

Hondas horas de dolor

 

Y aunque no quise el regreso

Siempre se vuelve al primer amor

La vieja calle donde el eco dijo

Tuya es su vida, tuyo es su querer

 

Bajo el burlón mirar de las estrellas

Que con indiferencia

Hoy me ven volver

 

Volver

Con la frente marchita

Las nieves del tiempo platearon mi sien

Sentir

Que es un soplo la vida

Que veinte años no es nada

Que febril la mirada

Errante en las sombras, te busca y te nombra

 

Vivir

Con el alma aferrada

A un dulce recuerdo que lloro otra vez

 

Tengo miedo del encuentro con el pasado que vuelve

A enfrentarme con mi vida

Tengo miedo de las noches que pobladas de recuerdos

Encadenen mi soñar

 

Pero el viajero que huye

Tarde o temprano detiene su andar

Y aunque el olvido que todo destruye

Haya matado mi vieja ilusión

Guardo escondida una esperanza humilde

Que es toda la fortuna de mi corazón

 

Volver...

 



Vuelvo aquella noche en su hora decadente, en la barra de El Mesón. Ahí la tienes dijo el viejo Rangel: toda una lección de filosofía de la historia. Pidió dos tragos más. Los últimos aclaró, adelantándose a mi previsible negativa.

Hasta allí la escena en mi recuerdo. Trazada en gruesas, toscas y ambiguas líneas, la he reconstruido hasta donde puedo. Aunque lo que haya reconstruido no sea más que un haber sido, en memoria; independientemente de la correspondencia real que guarde con la realidad de aquella noche que ya no es; o que sólo puede ser en tanto que ahora narrado. Ya que revivir algo mediante el recuerdo no es repetirlo en su devenir, sino darle forma de acontecer, que es la única forma en que, realmente, más que vivirlo, o revivirlo, lo somos. Vivimos el pasar dejando de ser, y sólo el tiempo nos da ser, y esta es la única forma de darlo: interpretando el pasar a modo de acontecer. Y aún cuando yo no haya reparado, hasta hoy, en aquella observación del viejo respecto al más famoso de los tangos de Gardel y que determina para mí el significado de aquél ahora narrado, más de veintitrés años después viene a adquirir todo su sentido en este ahora narrativo. El problema acá no es, pues, cuánta razón cabe a observación como ésa, sino cuánto he de haberme ido a la mismísima mierda para captarla en su dimensión hermenéutica.

Al final, he retornado de la ensenada a la casa también, como dice el tango, bajo el burlón mirar de las estrellas, y su dulce indiferencia el toque de dulzura lo agrego tras haberlo tomado del extranjero de Camus que espera en su celda la hora de su ejecución. En mi caso, hablo de retornar al amasijo. Que no es un dulce recuerdo que me haga a llorar, ni mucho menos. Pero sí, mucho más que eso, un procesador de memoria que me ha hecho parir, incluso, una escena tan brumosa y ambigua como la de esa noche en la barra de El Mesón. Debe ser por eso bruma y ambigüedadpor lo que no la había tomado en cuenta, hasta hoy. No lo sé. Lo cierto es que al despertar en la ensenada, con las primeras luces del anochecer en mi mirada, aquella noche en El Mesón fue lo primero que vino a mi mente y, particularmente, aquella conclusión de Rangel respecto al más famoso tango de Gardel. De inmediato, comencé a hilar aquél ahora narrado, con lo que alcanzaba atrapar en medio de la bruma y ambigüedad de la memoria. No. No es el pasado el que empuja la puerta de la conciencia que quisiera dejarlo fuera. Si acaso hay tal puerta, ésta siempre está abierta. Más bien es la conciencia la que constantemente ha de estar saliendo a la oscura noche del pasar para poner a salvo, hacer entrar y dar cobijo a su propio haber sido. Sin lo cual, no sería más que un fantasma hucheando su vacío en el bosque encantado y absurdo de un devenir sin sentido. Si hay tal puerta, no será para que el pasado no entre, sino, por el contrario, para que no se vaya. En este sentido, el pasado es como el vampiro literario: no puede entrar a la casa a la que no haya sido previamente invitado. En todo caso, allí, en aquella escena brumosa y ambigua, convertida, gracias a esta historia, en ahora narrado, empieza la escritura de esta historia; no en cuanto a la acción de escribir, pero sí en lo que tiene que ver con su ahora narrativo. Al menos, ha de tener allí uno de sus comienzos, pues, seguramente, a lo largo de veintitrés años, podría yo dar con más de uno.

He repasado varias veces ese tango. No sólo en su texto, sino en el todo de su decir que, además de apalabrado, es, sobre todo, obviamente musical. La primera lección acaso sea que no se debería prescindir de la musica a la hora de hablar del pasado. Pues es la música lo que pone en evidencia que el pasado bien poco tiene que ver con esa idea de colección de anticuario, de la que tanto gustan los eruditos de la ciencia histórica, sino que, por el contrario, el pasado es siempre lo que en la historia que este tango: el protagonista de un viaje existir que, finito y mortal, consiste en pasar o, para guardar mucho más apego a su tono, en ese soplo que es vivir. El pasado es, ciertamente, lo que pasó, pues, para que tega gracia y sentido, ha de guardar alguna relación con la realidad de un devenir en el que todo lo real deviene irreal. Pero, por otra parte, el pasado nunca es todo lo que pasó, sino aquello susceptible de ser, en presencia, un haber sido en relación con la ausencia real y total del pasar. Dicho de otro modo, porque se trata de la vida misma en su pasar, el pasado nunca pasa, aunque, para que así sea, necesariamente tenga que ser parte de lo que del pasar pasó; más siempre según voluntad y conciencia en acto narrativo. El pasado no es la vida, pero sí aquello que de la vida, en su pasar, sigue, a modo de presencia, vivo. El pasado es un haber sido; o sea, ausencia que vivimos. Es eso y no la realidad del pasarlo que con el recuerdo y las historias reconstruimos.

En tanto que arte y parte del acto narrativo, todo pasado es lenguaje. Aun cuando pueda estar determinado por diversos materiales vestigios de todo tipono tiene materialidad alguna, ni forma alguna que no implique la palabra en su configuración como todo narrado. Con lo cual, obviamente, el pasado no será la mera suma de palabras, sino que, para ser pasado, ha de serlo estructurado en un decir; o sea, la afirmación de un ser, o, mejor dicho, de un haber sido, que es lo que proporciona ser a lo que en pasar consiste. Por eso digo que el pasado es el autentico protagonista de la historia que relata este tango; encarnado, claro está, en esa presencia que la misma define como el viajero que huye y que tarde o temprano detiene su andar. Hablamos, más que de un pasado a cuestas, evocado, de esos que tocan la puerta de la conciencia que quisiera dejarlo fuera, de uno que es la conciencia misma; nuestro ser mismo en un fugaz viaje de ida y vuelta. Y ¿qué es tal fugacidad sino la dimensión total de la presencia en y ante el pasar?

Con lo cual, tenemos otra lección. El tiempo da ser en la medida en que somos la ausencia o sea, el ya no ser del pasar que nos asignamos narrativamente como pasado, o que igualmente, podría sernos negamos a ser el que otra narrativa pretende darnos. Hecho de lo que pasó, y al contrario de lo que nos han enseñado los coleccionistas de antiguallas, el pasado no pasa; siempre está allí, siendo nuestra presencia misma en y ante el pasar. Y no es que esté, por cierto, como dice Bergson, de modo tan melodramático, detrás de la puerta de la conciencia que quisiera dejarlo fuera, sino que lo está como acto narrativo en presencia y sin el cual ni siquiera tendríamos conciencia. ¡Qué digo está, como si se tratara de un objeto distinto de nuestro propio estar! Si el pasado no es otra cosa que ejercicio de conciencia realizado en ese campo de entrenamiento del existir que es la memoria. El pasado, sin duda, es memoria. Pero al decir esto, estamos diciendo mucho más que esto: el pasado es presencia, mediante la memoria, en tanto que acto narrativo respecto del pasar en que consistimos.

Y es tal el protagonismo del pasado en la historia de este tango, que el héroe le teme; teme a su encuentro con el pasado que vuelve a enfrentarlo con su vida. Porque su pasado no es otra cosa que la vida misma o, para mejor decirlo, la vida interpretándose a sí misma en su pasar a través de un pasado. El pasado no es, pues, una reconstrucción de lo que quedó allá, del otro lado de la vida. y tenido por tal a partir de una frontera que llamamos presente. El presente no existe como dimensión temporal. y el pasado no es otra cosa que la ausencia del pasar que somos en presencia en y ante el pasar mismo. Por eso el temor del héroe. Su heroísmo en esta historia no consiste en otra cosa que en su temor a enfrentarse consigo mismo. A diferencia de esa visión coleccionista que tenemos del pasado gracias a los historiadores, deberíamos aprender de este tango a escuchar que el pasado está vivo, no porque esté ahí, sino porque lo somos, junto con el futuro mismo, como nuestro propio estar ahí, en el laberinto del tiempo del pasar.

El pasar es devenir; incluida su vivencia, a la que estamos sometido con tan sólo estar ahí. El devenir no tiene adelante ni atrás. Somos nosotros los que, a partir de la expectación y la memoria, le asignamos un antes y un después. Es nuestra forma de lidiar con él: intervenirlo racionalmente, sometiéndolo al lenguaje y, así, hacerlo susceptible de narratividad. Futuro y pasado son los equivalentes cósmicos del antes y el después marrativos, y que nos sirven para distinguir entre lo que aún no es y lo que ya no es; es decir, para lidiar con la realidad de un devenir en el que todo lo real deviene irreal, y que es la única de la que los entes temporales con inteligencia, memoria y voluntad nos toca extraer un ser histórico. Y, en este sentido, el futuro es lo que hace de todo pasado un desafío lanzado al horizonte del pasar, que, como todo horizonte, al moverse mientras nos movemos, siempre será imposible de alcanzar, ya que, desde nuestra presencia, todo lo que será no es más que un futuro haber sido.

Y he aquí otra de ls pardojas a la que nos asoma el más famoso tango de Gardel. Es más, diría que es su tema crucial: el eterno retorno de la existencia. Y no se trata de un retorno mítico, celestial, atemporal… sino fenomenológico, en el estricto sentido en que ya lo planteara Husserl, cuando afirmaba que todo lo que es, a consecuencia de que es, habrá sido, y, a consecuencia de que es, es un futuro haber sido. De modo que este tango no es sólo una narrativa que apunta a la fugacidad de la existencia; cosa ésta que, por lo demás, es y ha sido tema bastante recurrente en todos los ámbitos de la narrativa humana, Su originalidad no está allí, sino en el modo en que rompe con la supuesta linealidad del devenir; algo a lo que nos hemos acostumbrado gracias a las más consuetudinarias metáforas de la filosofía de la historia representativas del pasar, como lo son, por ejemplo, la del camino con que se identifica la teleología del judeocristianismo y de la revolucióno la del río con la que Heráclito, a decir de Platón, simbolizaba el movimiento del que participa todo cuanto existe. No obstante, el pasar al que se refiere el tango de Gardel no encaja en este tipo de imagen lineal, colocándonos, al ritmo de su cadencia, en una visual sutilmente compleja y en la que, a medida que avanza, es cada vez más difícil distinguir entre el antes y el después del viajero que huye y que, tarde o temprano, ha de detener su andar.

En efecto. Este tango es una historia no sólo porque nos relate un episodio en el andar de su héroe, sino, sobre todo, por el modo en que hace de ello el retrato de un momento, un ahora narrativo en el que el héroe despliega todo su poder de penetración como ente temporal; entiéndase como estar ahí o presencia que, a partir de la memoria y la expectación, experimenta el pasar. Con lo cual, más que una historia, este tango es una auténtica metáfora de presencia en y ante el pasar; o de aquél fluir de todo en un eterno presente del que hablara Joyce; o del triple presente con el que Agustín copia a su maestro Aristóteles en el tema del tiempo. Este tango es una versión vívida y musical de la fenomenología.

En efecto. Cuando el héroe adivina el parpadeo de las luces que a lo lejos van marcando su retorno, lo que adivina es el pasado; pero no en tanto que evocación, sino en cuanto que futuro hacia el que se dirige; por eso, más antes que recordar, adivina. Y, si bien se trata del punto del que ha partido, no obstante, ahora que retorna, el ir hacia él forma parte del mismo andar, que es su ser histórico mismo. Si esto no es un principio hermenéutico expuesto poéticamente, no sabría cómo llamarlo. He ahí el ahora narrativo en que se centra el relato. Ya no se trata, como se puede ver, del mero diálogo entre pasado y presente, sino, mucho más que eso, de presencia en y ante el pasar en este caso del héroe narrador descubriéndose a sí misma en su pasar, y haciéndolo a través de la confluencia entre pasado y futuro que el retorno por históricoimplica. Por eso las luces −por cierto, las mismas que ya alumbraron con hondas horas de dolor el ayer de su idamarcan su regreso al hoy convertido en haber sido al que se dirige. Porque esas luces no son ni del pasado, ni del presente, ni del futuro, por sí mismo considerados, sino acto de presencia en tanto que tiempo extenso; o, si se quiere, fluir de todo su pasar en un eterno presente.

Ciertamente, tal y como nos lo ha indicado Carr, podemos entender toda historia como un diálogo entre pasado y presente. Al menos, pareciera razonable. Pero, también, demasiado simplista, respecto al pasar mismo y nuestra condición de entes temporales que para existir han de hacerlo históricamente. Ya que no existe presente, sino presencia en y ante el pasar —es decir, percepción desde nuestro estar ahí, en el laberinto— y tampoco existe pasado, sino ausencia del pasar, con la que, a partir de expectación y la memoria, hemos de relacionarnos para darnos ser —histórico. El pasar es mucho más paradójico de lo que un diálogo entre cosas inexistentes puede sugerir. Lo que aún no es ya es un futuro haber sido, y el pasado sólo es posible como la dimensión narrativa de un haber sido. Por lo que, a la hora de metaforizar lo que una historia es, acaso sea más preciso pensar en ella como un monólogo, en el que el pasado es muñeco y la presencia ventrílocuo. Al final, un diálogo; pero conscientemente ficticio y, sobre todo, realista; como corresponde a las historias, que, si bien no pueden ser reales porque la realidad de su objeto ha devenido irreal, sí están llamadas a emular la realidad con su realismo.

No esperemos, pues, en la historia que este tango es por los hechos y las causas: un motivo, este amor, o aquél recuerdo dan exactamente igual; el héroe no se interesa por lo que pasa, sino por el pasar mismo. En este sentido, y pese a partir de su propia experiencia, su heroísmo se limita a ser el narrador a través del cual se manifiesta el demonio del pasar, que, en el fondo, es el verdadero héroe o, si se quiere, antihéroe, de la historia que el tango nos relata. Si el héroe adivina es porque lo hace desde una perspectiva de futuro, es decir, desde la expectación. Lo que nos está indicando que el aún no ser del futuro se revela como el ya no ser del pasado al que retorna, y al que, sin embargo, el héroe se enfrenta con expectativa de futuro. La historia nos coloca así ante la paradoja, según la cual el héroe adivina un futuro que se revela como pasado. Y esto pasa bajo el burlón mirar de las estrellas que con indiferencia hoy lo ven, precisamente, en un paradójico ir, que no es otro que un volver.

Como digo, esta historia expresa una narrativa que rompe con la linealidad del devenir para llevarnos al laberinto del pasar, que es el mismo devenir, sólo que sujeto a presencia, es decir, a la experiencia resultante de ese complejo proceso de existir en que participa la expectación, la percepción y la memoria. Está en la esencia misma del existir el nunca librarnos de un círculo en virtud del cual yendo al futuro vamos al pasado; y no podemos hacerlo porque la existencia, más que un camino, o que el curso de un río, es nudo de ahoras en el haber de nuestra temporalidad. Por supuesto que hay mil y un caminos o ríos; sólo que de ida y vuelta, y atrapados en el mismo laberinto del tiempo y el pasar.

Se me ocurre que si Husserl no se hubiese dedicado a fundar la fenomenología y hubiese sido argentino, no hubiese podido escribir mejor tango a propósito del del pasar que éste que escribiera Le Pera. Como casi siempre sucede con el tango, sus historias no pueden prescindir de un trasfondo de ironía que da vida a la vida misma en una última y postrera sonrisa. Empero. en este caso, se trata de una que es, toda ella, un tributo al movimiento que en sí mismo es vivir. Este tango es una historia acerca de por qué los entes temporales con inteligencia memoria y voluntad tienen que narrar-se historias para existir. Por lo que no me cabe la menor duda de que el demonio del pasar ha de haber asesorado a su autor en la escritura de esta historia, al final de la cual no cabe sino preguntar si es que, después de tanto andar y seguir, de idas y venidas sin parar, acaso hay en este mundo de la existencia temporal algo que realmente se haya movido, o, mejor dicho, que no tenga que rendirse ante la ficción de su propio andar por el laberinto. Ésta es la historia del viajero que huye, el que tarde o temprano detiene su andar; más no la de aquello que le pasa, sino la de su pasar mismo sujeto a los caprichos del mismo demonio que, así como hoy marca su retorno, un día lo pusiera a andar. Como quien dice, uno debería estar yéndose siempre a la mismísima mierda, pero sin llegar nunca.

Llegado a este punto, debo decir que, en el caso de mi retorno a Buenaventura, no ha habido luces a lejos que lo marcaran, sino lejanía pura. Cada vez que voy y vengo, la recuerdo más. Con lo que se va haciendo a sí misma más lejana. Lo que no quiere decir, por otra parte, que no haya allí un pasado dispuesto a enfrentarme conmigo mismo. Pero esto ya es rutina. Si hasta puede que entrambos, el pasado y el yo, nos hayamos hartado un poco del jueguito. Tampoco ha habido parpadeo, ni señal alguna que adivinar; sólo esa suma de mar y cerros que una caprichosa geología ha ido arrumando en su pasar de milenios y que el sol alumbra, para que, acto seguido, la luna venga a transparentar con su noche lo que el día disimula con su luz. Y en cuanto a las nieves del tiempo, qué puedo decir: ni siquiera tuvieron tiempo de platear mi sien. Más bien diría que me fui con una cabeza sobre los hombros y volví con esa curiosa bola gris entre manos, que no era sólo pelo, sino, sobre todo, ceniza; de esa que el fuego del pasar siempre deja, tras su fugaz llama. Como sea, lo cierto es que, habiendo retornado, la bola sigue allí: es como esos regalos incómodos que uno no espera y que, recibidos, ni siquiera sirven para adornar la sala de nuestra espera. De modo que habrá que seguir cargando con ella. Después de todo, no se precisa de una cabeza sobre los hombros; que, como los adivinos, con una bola entre manos igual se piensa.

Algunos otros detalles que vale la pena referir. Lo de la vieja calle tampoco cabe en éste, mi retorno, ya que en Buenaventura siempre han sido siempre las mismas tres. Sólo que hoy, gracias al celo, cuidado y sentido de progreso del Licenciado Valbuena, el precario rancherío de la guerra fria ha devenido lujosa guarida de turistas opulentos y colorados que, en plena globalización, todavía vienen al último de los mundos que en su momento llamaban tercero a disfrutar de la tenebrosa magia de la de la pobreza y a bajarse de la mula de la civilización en valiosos dólares. Por otra parte, lo del ecova. Aún cuando no dice, se le siente a lo largo y ancho de toda la geografía de Buenaventura. Es como el rumoreo del mar, que, sin revelarlos, prolonga sus secretos más allá de la playa; o como la plenitud del mediodía, chamuscando la joroba de esos cerros que se niegan a crecer más; o como los vientos, que burlones siempre llevan su mensaje, a sabiendas de que es indescifrable. Sí, el eco sí va en éste, mi eterno retorno. Es como alma al aire libre de idas y venidas. Se le siente como bisbiseo cósmico del laberinto. No importa cuántas veces vaya y vuelva. El eco es la música del retorno, o el retorno mismo en forma de música; el tango de este cosmos en que, yendo y viniendo, me he convertido.

Insisto en lo del eco. Sólo un eco: el de un murmullo, musitar o bisbiseo. Pero no un decir; nunca un decir, sino el no saber nunca qué dicen esas mil y una voces de la ausencia que siempre está allí en modo pasado-presente-futuro. Sólo un eco. No un decir. El decir lo ponemos nosotros, los que vamos y volvemos. Y lo hacemos en forma de lenguaje que se estrella contra el negro cristal del silencio. Pero funciona. Vivimos del estallido. Por eso siempre se vuelve bajo el mirar burlón e indiferente de las mismas estrellas que nos vieron partir: porque no andamos el aséptico camino del no ser ontológico del devenir, sino que recorremos, una y otra vez, con nuestra presencia, el mundano laberinto de la ausencia de ser. Finitos y mortales, nuestro no ser no es platónico, sino temporal y, por ello, narrativamente histórico; es decir, lo somos. No venimos del paraíso y, si acaso fuésemos a él, no se trataría más que de un vulgar volver. Pero, en realidad, no somos adanes caídos del cielo, sino espectros que vagan un hades de fuego y materia al que hemos puesto el nombre redondo de mundo. Que puede ser mejor o peor; pero siempre nuestro objeto predilecto de narración. Con todo lo cual, somos los más fieles imitadores de Odiseo, remontando nuestro propio leteo del pasar. En este infinito laberinto de temporalidad, no somos más que expectación y memoria, a la grupa de un ánima de carne y hueso.

Bien. Todo esto para decir que, como sea, volví a Buenaventura. Y no he vuelto a salir de aquí, salvo por el par de días en que, como ya lo he indicado, hube de ocuparme de enterrar al viejo Rangel. De lo cual he dicho más que suficiente. Solo lo menciono ahora para insistir en que escribir no es cuestión de musas, sino de voluntad; no de inspiración, sino de supervivencia. Y el término sobrevivir es acá el más apropiado, pues vivo después de la muerte de Rangel, después de no encontrar sentido alguno al creer y, por añadidura, lo hago con escasos medios y en condiciones precarias. No se puede exigir más precisión semántica y biográfica en el uso del término. Hasta el viejo Rangel lo celebraría. Y a estas alturas me pregunto si acaso será por todo esto que hoy, cuando me senté a escribir, lo hice convencido de que debía empezar con mi salida del cementerio el día del sepelio del viejo Rangel. Como es obvio, no lo he hecho. Sin embargo, está bien que haya sido así, pues éste es el momento para seguir con aquel volver.

Ese día, al salir del cementerio, me puse en dirección a la universidad, con el propósito de recoger mi carta de despido, de cuya existencia sabía desde un año antes, por comunicación telefónica del jefe de personal, y tras casi dos de haber abandonado el cargo. No sé si será por sus efectos legales y el modo en que ello incide en la vida de las personas, pero los documentos oficiales gozan del poder mágico que sólo la estricta formalidad puede otorgar. Y para mí aquella carta era el reconocimiento máximo a veintitrés años de farsa dedicada y laboriosa que, habiendo empezado en la mismísima mierda, terminaban en un volver a ella.

Desde entonces quise tener esa carta en mis manos y verme reflejado, con la plenitud de mi fracaso, en el documento oficial que me acreditaba como desertor de las filas de la docencia y que no dejaría lugar a dudas de que yo había sido despedido por abandono de cátedra, tal y como contempla la ley en estos casos. Más cual no sería mi sorpresa cuando, al leerla, advertí que dicha causal no aparecía por ninguna parte del texto. Tras hacerle ver aquella ausencia y exigir una rectificación al hombre que, hasta el momento en que me entregó la carta, me había tratado con la cortesía con la que se evita patear a un perro callejero quizás porque había sido alumno mio me miró con asombro y sin entender mi reclamo.

Preferí pasar por alto su condición de exalumno, y mantener así la mayor distancia posible. Entonces me senté frente a él. Releí algunas líneas de aquella carta. Hecho lo cual, levanté la mirada y le dije sin dejar de mirarlo: érase una vez un profesor leyendo en su cubículo una novela de Vásquez Montalbán El Delantero Centro Murió al Atardecer, creo Se la recomiendo. Particularmente llamó su atención el momento en que el detective Carvalho, a propósito de una reflexión sobre el arte, decía que él siempre se había interesado por el arte, pero para traficar con él y no, como le sucediera en algún momento de su vida, para enseñar arte. Enseñar al que no sabe es oficio de mediocres, concluye aquel personaje, tan dado a circundar lo sórdido y todo un experto en la culinaria española; que aborrece las olimpiadas y para el que un buen chorizo representa mucho mejor el nacionalismo que cualquier teoría política. Por aquel entonces la cuestión no pasó del reconfortante efecto literario que siempre había despertado en él aquella novelística policíaca. Con el tiempo, sin embargo, la cuestión se fue tornando un tanto más inquietante. Hasta que advirtió que le había tomado veintitrés años aprender lo que Carvalho en un segundo literario. Entonces se largó a la mismísima mierda. ¿Se entiende?.

Ahora pregunto ¿Cómo se llama eso? Y respondo, para su información: abandono de cátedra. No hay de otra, mi estimado Jefe de Personal. Pero en esta carta sólo se refieren pareceres y ambigüedades entiéndase chismesincluida esa suerte de concierto de la comunidad académica que, se entiende vendría a legitimar mi despido. ¿Y es que, en verdad, se requiere de tal concierto para dar una patada en el culo al sujeto que abandonó su lugar de trabajo?. Está en la ley, señor Jefe de Personal. Es causal inapelable. Y coloqué la carta sobre el escritorio, en señal de que debía ser redactada de nuevo y en apego a los rigores legales a los que estaba sujeta aquella institución.

No soy yo quien ha redactado esa carta, Profesor replicó el sujeto, esmerándose en imprimir a Profesor el mismo tono irónico que yo había utilizado al pronunciar su cargo. Luego agregó: esa carta emana directamente del Decanato. Yo no tengo nada que ver ni en su redacción ni en el procedimiento que a UD. lo afecta. No, por supuesto. Usted sólo es la voz cantante en el concierto de una comunidad académica que no puede dejar pasar una oportunidad en la que hacer gala de su mal gusto. Incluso una tan insignificante como la remoción de un sujeto que abandona su cargo. En fin repliqué, mientras me levantaba de la silla ésta es una de las cosas a las que uno se acostumbra luego de veintitrés años, durante los cuales me he revolcado en la charca de la burocracia, he chapoteado a mis anchas en sus aguas turbias, y hasta he vivido de ello. Y, por favor agregué al momento de salir de aquella oficina no me llames profesor; que, si ésta fuera una carta seria, tendría en mi mano el documento que me acreditaría para negarme a ello.

Una vez en la calle, tiré la carta. Habría preferido metérmela por el culo, que es lo que realmente me merecía. Pero así es la justicia: nunca la hay cuando se la necesita. Trasnochado como estaba, me fui al hotel, donde dormí el resto de la tarde. Soñé que el viejo Rangel me visitaba y, sentado en la silla junto a la ventana que reflejaba el blanco de la luna, sin que pudiera ver su cara y mientras bebía una cerveza, me felicitaba por mi decisión de abandonar la cátedra. No abandoné; apenas si desentoné en el concierto de la comunidad de mierda. ¿Y ahora tú, quien tanto insistió en que ingresara a ella, me felicita por ello? Preguntaba yo en medio de una irónica sonrisa. Pues sí. Y no me arrepiento de mi empeño. Al fin y al cabo, para salir fuera hay que haber estado dentro. Pero lo cierto en este momento es que hiciste lo que yo nunca me atreví a hacer, replicó el viejo Rangel. Yo me dejé pudrir lentamente, concluyó.

Aunque cada vez que yo le hablaba de mi cada vez mayor disposición a largarme a la mismísima mierda, el viejo se había referido a su pudrirse más o menos en los mismos términos. Imagino que fue mi decepción a propósito de la carta de mierda el material con que mi psique elaboró aquél encuentro onírico. Sobre todo con la mierda. Empero, ciertamente que fue el viejo Rangel el que a empujones me sacó de Buenaventura y me encaramó en el estrado. Cosa que logró a pesar de que como el viejo mismo dijera en más de una oportunidadcuando él remaba en esa dirección, yo lo hiciera en sentido contrario. A los efectos, el mismo viejo Rangel en persona se presentó aquí, en Buenaventura, en la casa, una tarde, que me sería imposible de determinar con exactitud, y con una botella de ron en las manos, que puso en la mesa cuando dijo: nos vamos. ¿Cómo vamos? −repliqué− Yo ya me fui, a la mismísima mierda; es decir, me vine; estamos aquí. Así que ten en cuenta que hablamos desde ella.

Lo cual no pasó de ser un mero jugar a la lógica. Cosa a lo que el viejo ya estaba más que acostumbrado y que, por lo pronto, lo hizo sonreír, mientras destapaba la botella y escrutaba en derredor en busca de un vaso. No obstante, aunque yo no insistí y con mi sonrisa me incorporé al entusiasmo de la suya, yo hablaba en serio o al menos, claro, creía hacerlo así. En todo caso, recuerdo mis palabras y, también, mi convencimiento. Pero nada respecto al modo en que me dejé llevar; y no lo digo sólo en sentido metafórico. Lo cierto es que nunca he sabido dilucidar por qué accedí con tan relativa facilidad a aquella demanda. Yo estaba bien aquí. Como siempre dije, y me sigo diciendo ahora, éste es el lugar, porque cualquiera ha podido ser el lugar para quien sólo aspira largarse a la mismísima mierda. Que recuerde, es lo único para lo que he tenido vocación acoté, tras el primer sorbo del vaso que el viejo empujó hasta mí. Siempre habrá tiempo para algo así, dijo el viejo Rangel, sentado de ese lado de la mesa, hacia el que ahora miro mientras tomo el café con el que se inicia, para mí, la noche. Ahora sería tanto como perderte el momento más interesante de la historia política de este país acotó por su parte el viejo Rangel.

Me eran del todo familiares las opiniones del viejo Rangel a este respecto. Lo que no alcanzaba ver era su validez como argumento para convencerme de que éste no era, por ahora, el lugar, sino aquél, el del estrado en el aula. Por lo demás, jamás he sido propenso a la cuestión política. Y, por añadidura, ese estilo cristiano, misional, mesiánico y salvacionista con que gigante muerto la concebía siempre me repugnó. Más no me cuesta reconocer que el sujeto era un fenómeno de masas cuyas victorias electorales terminaron por convertirlo en líder histórico, pese a que los continuadores de su legado lo hayan convertido en nuestro gigante, es decir, el bobo mitológico bajo cuya sombra disimulan su histórica y fatal mezquindad. En fin. Yo iba arrimando argumentos que se quedaban allí, sobre la mesa y en medio de los dos.

Ese no es el punto objetaba el viejo Rangel a cualquier cosa que yo dijese. Se trata de que, para bien o para mal, estamos ante una marejada sin precedente, Romerito. Lo cual no era cierto. Desde los tiempos de la independencia, la historia de este país es la de una marejada de frustración. Pero no dije nada al respecto, y me limité a escuchar lo que el viejo Rangel continuó diciendo. Yo no te estoy sugiriendo que hagas la revolución; tan sólo que no te prives de presenciar el espectáculo. Pero para eso no necesito ingresar a la docencia; desde aquí, en Buenaventura, puedo verlo todo; como un paisaje objeté por mi parte. Claro que no. Pero necesitas un trabajo. Lo dejas cuando quieras. Te vuelves cuando quieras. Siempre habrá tiempo para largarse a la mismísima mierda. Por lo demás, tendrás que darme la razón en una cosa: ¿cómo puedes estar seguro de que la mismísima mierda está aquí y no allá, a donde yo mismo me he largado? ¿O en realidad crees que eres el único que ha tenido la genial idea de largarse a la mismísima mierda? Después de todo, no eres muy original. Yo que te lo digo. No hay lugar sin momento. Si me convences de que éste es el lugar y éste el momento, te lo juro, Romero, que no insisto más. Es más, si me convences, puede que hasta yo mismo me quede acá, en Buenaventura.

Fue aquí cuando, en algún punto, me perdí. Más que sus argumentos, lo que me cautivaba era el tono de complicidad con que el viejo los exponía. De alguna manera −me daba cuenta entonces− era aquel tono que imprimía a todo lo que decía lo que me había empujado a seguir y terminar la carrera y, ahora, a seguir al mismo viejo en su terminar, que, a la postre, se hizo mucho más largo de lo que él y yo creíamos. Todavía recuerdo, con una aplastante precisión, cómo entre sus argumentos dejaba flotando la pregunta: cuando te viniste a Buenaventura, haciendo de policía ¿inquiriste acaso en las razones por las cuáles lo hacías? ¿A cuenta de qué tanto prurito ahora para hacer de profesor? A estas alturas casi habíamos terminado la botella de ron que el viejo Rangel había traído consigo y, prácticamente, exigiéndome que lo convenciera, me había convencido.

Complicidad. Debe haber algo más preciso que eso. Pues cuando me largué por tercera vez a Buenaventura lo hice con tal convicción que todavía me asombra la facilidad con la que accedí a la demanda del viejo. De hecho, tengo que reconocer que, después de graduarme, no tenía otra opción. Por lo que, si lo pienso bien, alardear de mi convicción sería jactarme de bien poco. Me otorgaron el grado a regañadientes; después de lo cual, nada tenía yo que buscar en una escuela de historia de cuyo nombre no quiero acordarme y a donde sólo se va a aprender que la historia es una ciencia, para salir convencido de que no lo es. En cuanto a futuro, tampoco tenía nada que buscar. Jamás he tenido interés alguno en ese mundo del que Rengifo siempre decía: hay que ir a por él. Como siempre le dije a Rengifo, este sentido de apropiación me repugna, y un mundo que responda a él me repugna mucho más. De modo que, en tal situación, largarme a la mismísima mierda era lo más esperable y natural.

Pero regresar-me no me parece igual. Pese a toda la influencia y seducción que el peculiar carácter del viejo pudiera ejercer sobre mí, me parece que debe haber algo más. Y yo creo que ese algo más tiene que ver con el destino; quiero decir, con la posibilidad de que en verdad haya uno que, independiente de nosotros, nos arrastre, sin intervención alguna de la conciencia, salvo aquella en la que se hace de mero testigo. De esto, obviamente, no dije nada al viejo en aquel ahora, porque es en este ahora en que lo pienso. De la misma manera que, para aquél entonces, el viejo aún no era tan viejo y tan muerto como ha llegado a ser al momento en que escribo esta historia. El problema acá es que toda historia se narra desde el futuro al que ya ha arribado su pasado, y que sólo ese pasado, narrado desde ese futuro que ya no es tal, puede dar cuenta de lo que pasó. El ser histórico es una paradoja de yuxtaposición temporal.

Esa noche me pasé al catre, ya que el viejo Rangel se empeñó en dormir en el chinchorro. Cosa en la que, sin duda, se daba mucha más maña que yo, como bien pude comprobar mientras se mecía ligeramente y se escuchaba el rechinar de los mecates anudados, que terminaría por sumirme a mí también en un sueño profundo. Pero antes de que así pasara, e viejo dijo en voz baja y pausada, como si hablara consigo mismo: tienes razón cuando dices que éste es el lugar porque cualquiera ha podido serlo. Una pausa, y agregó: o te vas conmigo, o nos quedamos los dos. La verdad es que, a estas alturas, me da igual.

Nada respondí. En ese momento me daba cuenta de que el asunto estaba decidido por mi parte. Por lo demás, si no fuese así, con imaginar al viejo cada mañana saliendo del chinchorro, me habría bastado para terminar de decidirlo. No fue hasta la mañana siguiente cuando retomé el asunto, tras regresar del patio, donde Perro se había echado a morir en un rincón. Nos iremos. Pero tendremos que esperar algunos días. El perro está mal, y no quisiera dejarlo así. Ya es cuestión de tiempo, como quien dice. Por su parte Rangel, que permanecía sentado en el chinchorro, hizo un gesto de lamentación con la mano y apuntó: lo vi entrar en la madrugada y pasar directo al patio ¿siempre dejas la puerta abierta? Miré hacia la puerta, como si dejarla siempre abierta fuese lo más normal. Si no es Perro ¿quién más entraría aquí? Dije. ¿Y el mudo? Preguntó el viejo y él mismo respondió: ayer, casi al anochecer, mientras tú estabas en el patio, hizo igual que el perro; ni siquiera se dio cuenta de que yo estaba aquí, en el chinchorro. Sí, Mudito. Claro. Mudito también, dije. Siempre fuimos un equipo los tres. No sé de qué ni para qué. Pero un equipo. Ya sabes. Algo une. Algo se comparte. Aunque nunca sepamos bien qué. Los perros y los pobres dicho en ese orden son la mejor fuente de inspiración para algo así. Son como musas que iluminan nuestra propia miseria. En todo caso, es una de las pocas cosas que habré de romper cuando me vaya. Lo demás está roto de antemano; ya lo estaba con mi llegada. Bueno, en eso, reparó Rangel, el perro se te ha adelantado. Sí, es verdad. Después de todo, siempre fue el más inteligente de los tres.

A la mañana siguiente Perro había muerto. Poco antes del mediodía, ya lo había enterrado. La víspera permanecí despierto hasta que la madrugada me venció. Hasta entonces lo contemplé. La muerte se daba demasiado tiempo, pese a que el animal debía desearla tanto como yo. Aunque por razones distintas, nos liberaría. Más durar tiene sus rigores. Compartirlos forma parte del proceso. Debe haber sido esto lo que trajo el recuerdo de los ratos en que solíamos compartir cualquier bocado. El primero fue aquél en el malecón, cuando lo vi por segunda vez, y logré que aceptara parte del chocolate que yo comía. Sin embargo, para bocado, el que nos tocó aquella última madrugada en el patio, el de la mutua espera entre dos por la muerte de uno. Yo sentado en un cajón, lo suficientemente próximo como para largar mi mano de vez en cuando y dejar una caricia en su cabeza o su cuello. Él flaco, con las patas delanteras ligeramente abiertas, cansinas, y una respiración entrecortada. Estuvo igual sentado toda la noche. Yo lo miraba a él mirando desde la lejanía que le iba llenando los ojos con lo que a mí no me tocaba aún mirar. Tendré mi oportunidad. Poco antes de amanecer, como digo, me venció el sueño. Me dormí allí mismo, ahora sentado en el suelo y recostado de la pared. Desperté, y lo primero en mi mente fue la imagen del perro, como si no se hubiese apartado de mí ni por un segundo, como si hubiese estado todo el tiempo allí, velando mi sueño desde el solo portal de su muerte. El perro ya estaba muerto. Aún tibio y con los ojos abiertos, que ya no miraban, yertos en la misma lejanía, pero desde la que ya no había nada que ver. El cuerpo quedó tendido de largo a largo. Al levantarlo, advertí, por la posición de la pata trasera que estaba aún debajo, que el perro había muerto sentado. Al final, morir había sido el modo en que el soplo de la vida se lo había llevado de lado en el proceso total del morir.

Me lo eché al hombro. Tomé la pala y me fui camino de la ensenada. Bordeé lentamente el promontorio que se interna en el mar y en el que Mudito y yo por poco caemos el día que llegué por segunda vez a Buenaventura. Aunque el mar no estaba tan picado como aquella vez. Por el contrario, mucho más tranquilo, parecía hacer una concesión de su parte para con el exiguo cortejo. Ya del otro lado, atravesé la franja de árboles de raíces peladas y ramales retorcidos que normalmente separa la playa del monte. Pelé de monte un pedazo de terreno. Marqué el rectángulo de la fosa y me puse a cavar. Como era tiempo lluvioso, la tierra estaba húmeda y la hoja de la pala se encajaba con suavidad. Esto es bueno. El hueco se hace siguiendo un cuadrado casi perfecto. La proporción geométrica, me parece, dignifica el proceso. Entonces uno aprende que el más allá no está tan allá y que lo que tiene de más no es más que unos cuantos centímetros cavados con las propias manos en un modesto lote de tierra húmeda. Pero suficiente para hacerse un lugar en la nada cósmica. Se acabó. No hablaré de mi melancolía. Eso último no cuenta. Otro tema. El de la muerte se agota en la sepultura.

Cuando ya me disponía a volver a la casa, Mudito, a lo lejos, entraba en escena. Su tomuza asomaba por el mismo promontorio por el que yo había venido un rato antes y por el que ahora me disponía a volver. Me quedé parado, mientras clavaba la pala en la arena. Al principio no lo reconocí, por el atuendo. Pero, a medida que se aproximaba, se iba despejando la duda. Con una mano en el agarradero de la pala, me quedé esperando a que terminara de llegar. Se le dibujaba una sonrisa de oreja a oreja, a través de la cual mostraba sus enormes dientes y que se hacía más grande a medida que se acercaba. Sólo le vi una sonrisa similar la última vez que me fui de Buenaventura y le obsequie la gorra que tanto había codiciado durante el tiempo que, por aquel entonces, había pasado aquí. Como siempre, cada vez que venía y cada vez que se iba, me quedé observando ese caminar desgarbado, que yo sabía de memoria, registrado en sus más ínfimos detalles y que, incluso, hasta había compartido siguiendo la dialéctica de ida y vuelta de Mudito, Policía, Perro; Perro, Policía, Mudito; propia de nuestras caminatas por Buenaventura. Las grandes zancadas de sus piernas largas marcan el paso acelerado, mientras el mar observa las huellas que van dejando esos pies, para venirse a borrarlas. Sus brazos, también largos, van alternativamente hacia adelante y hacia atrás, según el ritmo de cada uno, ya que, aunque cuelgan del mismo cuerpo, parecen llevar una existencia independiente. Su cabeza describe un movimiento de balancín, interrumpido constantemente por una breve pausa en la que parece calcular los efectos de aquél.

Todo eso lo conocía yo muy bien. Pero en aquella falta de garbo sobraba algo que yo no alcanzaba determinar. Algo del todo desconocido para mí y que, acaso por el modo en que acentuaba la intensidad de los movimientos de cada miembro, me llevó a pensar que Mudito sufría de algún trastorno. Y como quiera que dejaba atrás la pubertad, quizás hubiese sobradas razones para pensarlo así. A unos pocos metros de mí, como un corredor victorioso, levantó los brazos en señal de que había llegado a la meta. Entonces me fijé en su atuendo, al que Mudito, mostrando con orgullo la franela y gorra rojas con que lo habían vestido ese día, señalaba con entusiasmo. La revolución había llegado a Buenaventura. Dos días después yo me marché, convencido de que no volvería nunca. Y, cuando volví, aquél convencimiento fue lo primeo que recordé.

TEMPORAL

Una historia acerca del hecho de escribir historias

(novela filosófica) 

...sucede que la vida no tiene inicios ni finales, y que sólo en el ámbito y contexto de una narración es susceptible de adquirirlos. Lo que me recuerda, por cierto, aquello que una vez dijera Beckett: ese fue mi error, uno de mis errores; exigirme una historia, cuando sólo la vida bastaba. Si es así, entonces estoy aquí para perpetrar mi propio error. Y hasta puede que ésta sea la forma de haber empezado a hacerlo. Más me vale.

Introducción General

El Bolívar histórico del que se ocupa este trabajo no es, hablando en términos rigurosos, el del pensamiento político y la estrategia militar, aunque, desde luego, mucho tendrá que ver con ello. Pero no es un análisis de ese tipo lo que busco en su discurso sino, más bien, al discurso mismo como herramienta del político y el hombre de guerra. Se trata del Bolívar de la palabra. El lenguaje como signo de conciencia histórica, como dimensión de temporalidad y como fuente de heroicidad. Del discurso de Bolívar no me interesa tanto el pensamiento como su narrativa; su inteligencia política o militar, como la semántica o discursiva. Del Bolívar histórico no busco la verdad, sino el estilo.

Introito

Un día, cuando todavía era estudiante de historia y me desempeñaba como investigador en el archivo histórico del antiguo Congreso Nacional, al fondo de la bóveda, en medio de un cúmulo de trastos tan viejos como valiosos, me topé con una desvencijada edición del Diario de Bucaramanga. Sumido en la molicie que mi burocrático cargo ya me inspiraba, aquél libro me distrajo y, allí mismo, en un improvisado asiento de cajones, lo leí. Para cuando retorné de la bóveda, mi imagen de Bolívar -como la de casi todos, determinada por ese formalismo patriota propio de la historiografía de banco de escuela, como la llama Vallenilla Lanz- cambió. Este libro es el resultado de un intento por captar y comprender aquello que cambió.

CARTAGENA: del destierro a la gloria

La Memoria dirigida a los ciudadanos de la Nueva Granada por un caraqueño, mejor conocida como el Manifiesto de Cartagena, se considera el primero de los grandes documentos políticos de Bolívar. Fechado 15 de diciembre de 1812, recoge la experiencia del incipiente gobierno republicano que, a mediados de ese mismo año, ha sucumbido en Venezuela bajo los embates del ejército español. Se trata de una memoria de la derrota, producida por alguien que ha participado como oficial en la guerra el gobierno español y que, salido al exilio, ha llegado a la Nueva Granada con el propósito de obtener hombres y recursos que le permitan invadir su país de origen y restablecer la república. Esta memoria no es, pues, el mero relato pasivo de lo que aconteció, de cómo el ejército español ha vuelto a tomar de una de las plazas más importantes y estratégicas de la América insurrecta, sino del plan para recuperarla. Se expone aquí el análisis crítico de una experiencia republicana particular, de la que se extraen conclusiones políticas y doctrinales que proporcionan una nueva perspectiva del proceso de emancipación no sólo en Venezuela, sino en toda la América Meridional. Se puede compartir en mayor o menor medida tales conceptos. Pero, en cualquier caso, es indiscutible que estamos ante la primera visión sistemática, general y de conjunto que, más allá de la dimensión logística y militar que impone la guerra, nos proporciona el primer concepto histórico y estratégico de la emancipación americana. Al menos, el primero producido por un soldado con una clara visión política. En este sentido, estamos ante la primera teoría revolucionaria de la lucha por la independencia.

CARÚPANO: vindicta, libertad y barbarie

En el Manifiesto de Cartagena nada indica Bolívar respecto a la cuestión social. Cuestión ésta tan conflictiva que, siglo por medio, llevaría al historiador Vallenilla Lanz a definir la guerra de independencia como una guerra civil. De ello nos da una particular perspectiva el Manifiesto de Carúpano. No pasó mucho tiempo para que el discurso de Bolívar hubiese de encarar el tema tabú en Cartagena. El momento sobrevino con la caída de la Segunda República, tras ese fenómeno tan contundente como efímero que fue Boves para el proceso de independencia. Efímero en cuanto a su personal actuación y liderazgo, pero en alguna medida permanente en cuanto a la guerra como forma de vida para los sectores populares y el ejército como vía de transformación de una estructura social que hundía sus raíces en la colonia. Acaso fuera Boves el más encarnizado enemigo de la república. Pese a lo cual, la república, a la postre y para ser tal, fue su más genuina heredera. De él recibió su ejército, su dinámica social y hasta el estilo de su liderazgo. A tono con la dialéctica de la guerra, los llaneros que siguieron a Boves pasaron de bandidos a patrimonio de la república. Patrimonio que en algún momento hizo decir a Bolívar que la revolución estaba sentada en un volcán social a punto de hacer explosión. Pero eso sería más tarde y en privado. En Carúpano, todavía este ejército sólo representa el modo en que la barbarie se opone a bien supremo de la libertad.

JAMAICA: Historia, Semántica y Geopolítica

1815: el descenso de Napoleón se cruza con el ascenso de Bolívar. Ambos han partido al exilio, a Santa Helena y a Jamaica, respectivamente. Tres años más tarde, el americano meridional, que ha tomado Angostura, la plaza estratégica que inclinará el curso de la guerra en favor de la causa patriota, dirá de sí mismo: yo busqué asilo en una isla extranjera, y fui a Jamaica solo, sin recursos y casi sin esperanzas. Perdida Venezuela y la Nueva Granada, todavía me atreví a pensar en expulsar a sus tiranos.1 De modo que el exilio, que para Napoleón dictamina el final de un imperio en Europa, para Bolívar anuncia el renacimiento de un proyecto en América. Esta conjunción en el cosmos simbólico de la historia que involucra la carera de dos grandes líderes políticos y militares, alude también a un cambio de época, determinado, desde el punto de vista geopolítico, por el ascenso de las potencias del capitalismo industrial y la caída del colonialismo mercantilista. A ello tributan diversos procesos: la ilustración, el nacionalismo, el industrialismo, la revolución francesa, la expansión napoleónica, la independencia estadounidense, la emancipación en América Latina. Es ésta una coyuntura en el proceso de largo plazo que lleva de la era agrícola a la era industrial. En este contexto se fraguan los cauces iniciales de un proceso histórico de alcance planetario. La Carta de Jamaica forma parte de este contexto. Es una forma de asomarse a él y otearlo desde los agrestes montes de una América irredenta. Tal es el punto de partida de este ensayo.

ANGOSTURA: el guerrero creador de repúblicas

La Carta de Jamaica concluye con la afirmación según la cual la clave para poner fin a la dominación española y fundar un gobierno libre es la unión, obtenida por efectos sensibles y esfuerzos bien dirigidos. Lo que por entonces queda en un escueto enunciado, en Angostura va a ser objeto de un denso desarrollo. Eso es el Discurso de Angostura: un efecto sensible, un esfuerzo bien dirigido. En atención a las lineas principales de su estructura discursiva, es una apelación a la conciencia histórica, un plan estratégico centrado en la implantación del Estado Nacional, y un instrumento de significación del movimiento de independencia como proceso histórico. Pronunciado por Bolívar el 15 de febrero de 1819, en el acto de instalación del segundo congreso que se daba a sí misma una república en medio de los avatares de la guerra, constituye una de las piezas oratorias más importantes de su haber político. Dicho ello por su contenido en sí mismo considerado. Y dicho también por el modo en que marca una diferencia de dimensiones estratégicas entre un antes y un después del proceso de independencia. En la visión totalizadora del Discurso de Angostura confluye lo político y lo militar. Para ganar la guerra en el siempre inhóspito campo de batalla, es preciso ganarla también en el de la política; por cierto, no menos inhóspito, agreste y peligroso que aquél.

BOLIVIA: el hombre de las dificultades como legislador

El guerrero ciudadano es aquél al que le es dado despojarse del mando. Así en la Caracas que le otorgó el título de Libertador, así en la Angostura que lo ratificó como Jefe Supremo, y dos años después lo llevara a ser designado en Cúcuta Presidente de La Gran Colombia. Las dificultades comienzan cuando la historia lo despoja a él de la guerra y se queda sin esa fuente de gloria que, hasta entonces, había sido el enorme campo de batalla y de política que, visto desde Pasto, se extendía entre el Orinoco y el Potosí. Así, Ayacucho consigna en la historia americana la emancipación, ciertamente; y en el destino particular del guerrero ciudadano el retorno de la cima de la gloria a la sima de las miserias de la burocracia y la administración. Siendo el campo de batalla la fuente fundamental de su gloria, dentro de él lo es todo; fuera de él nada, o tan sólo un ciudadano recto e iluminado que, apegado a su prestigio y honor, está llamado a dar la cara a esa oleada de anarquía que, en la paz, devora cuanto ha venido edificando en la guerra. Consumada la independencia o, más exactamente, el proceso de la guerra que habría de conducir a ella, el enorme mapa del nuevo mundo se ha teñido de una no menos enorme complejidad. Mientras se triunfa en Ayacucho se conspira en Caracas. Al tiempo que se finiquitan los últimos detalles del Congreso de Panamá, las recién creadas repúblicas se hunden en la lucha intestina y doméstica que atenta contra la anfictionía. En carta a Santander, fechada en Lima, el 6 de enero de 1825, es decir, a un mes escaso del triunfo en Ayacucho, encontramos esta situación descrita en palabras del propio Bolívar:

OCAÑA: el clamor del pueblo

Desde el punto de vista de su estructura semántica, el libertador, como instancia fundamental del discurso, representa la condición esencial de Bolívar como máximo dirigente político y militar de la emancipación americana. Más que como mera parte de la historia, el libertador concibe, administra y conduce el discurso como conciencia e instrumento hacedor de ella. Sin embargo, y como es de esperar, se trata de un discurso que siempre ha sido concebido y pronunciado desde el entorno de la dirigencia política a la que pertenece, aún en aquellos temas sensibles en que la actuación de dicha dirigencia pueda ser cuestionada por en su mensaje. Desde este punto de vista, el libertador siempre ha sido una instancia discursiva de una u otra manera asociada al estrecho círculo de la élite civil y militar que comanda el proceso independentista. Así, por ejemplo, El guerrero ciudadano del Discurso de Angostura, que dichoso convoca a la representación nacional y se despoja del mando ante ella es, con ello, al mismo tiempo, legitimado por ella. Como parte de la dirigencia, el guerrero ciudadano es jefe supremo entre iguales. En este sentido, los discursos fundamentales de El Libertador como creador de un nuevo tiempo histórico son documentos de identidad con el entorno dirigente del proceso de independencia, palancas ideológicas de su legitimación ante ella como máximo líder.

Epílogo

Hasta aquí me trajo el Bolívar con el que un día, hace mucho tiempo ya, me topé en el Diario de Bucaramanga. El hombre histórico de los discursos. El de la palabra y el estilo. El de la conciencia moderna y la faena semántica. El de la revolución como concepto y del heroísmo como ejercicio de voluntad de poder. Su discurso marca el paso de la barbarie a la civilización, con todo lo bueno y todo lo malo que una transición así supone para la gestión de su propia historia por parte de un pueblo. Y como pueblo, no tenemos conciencia de tal significación porque la historiografía de banco de escuela se ha hecho cargo de ello, bien haciendo de Bolívar una venerable pieza de museo, bien poniéndolo a comer mangos para popularizarlo. Al respecto, me limito a recordar las palabras de Vallenilla Lanz:

HERÓDOTO: los orígenes de la historiografía

Si uno se deja guiar por lo más estrictos rigores académicos, incluso los de la historia, probablemente los menos estrictos de todos, muy a pesar de los historiadores académicos, un trabajo de este tipo luce desde muchos puntos de vista desalentador, bien por lo poco con se cuenta para realizarlo, bien por la poca estima que se guarda hacia lo poco que se tiene, incluso los escritos de aquel a quien Cicerón, si no me equivoco, dio en llamar Padre de la Historia. Y lo hizo en el marco de una larga tradición representada por críticos para los que Heródoto era ya casi tan extraño como para nosotros y que, salvo contadas excepciones, se caracterizó por su desprecio, acusándolo de mal escritor, de inútil, y hasta de mercenario.

Capítulo 1: el hombre, la obra, el contexto.

Es muy difícil establecer un imperativo ideológico, filosófico, político o moral que nos ayude a comprender la aparición de la historiografía en una íntima relación con el contexto histórico en que ello tiene lugar. La vaga generalidad de la que aquí me valgo, es decir, comprender la aparición de la historiografía como parte del humanismo característico de la Grecia Clásica, que tuvo su máxima expresión en el arte y la filosofía, es fácilmente aceptable, pero, se entiende, muy poco precisa. Ese humanismo, la ruptura respecto a la mitología que a él es inherente, comienza a gestarse en la Grecia Arcaica, con la filosofía jónica y la aún ingenua pero inequívoca proximidad que ella representa respecto a la naturaleza. Por otra parte, como se sabe, dicho humanismo se prolonga mucho más allá de la época de Heródoto y en plena decadencia ateniense producirá lo más acabado de su filosofía. Este humanismo griego es, pues, el espacio histórico cultural de muchas cosas, amplio contexto en el que la historiografía luce como un ínfimo detalle, acaso el más prescindible de todos.

Capítulo 2: mito, filosofía, historiografía.

Partamos del hecho, tan magistralmente representado por la cruel simpleza del mito de Sísifo, de que el hombre es una especie condenada a la historicidad. A nadie le es dado elegir no vivir la historia. Encadenado a la infinita finitud del tiempo, el hombre histórico transcurre sin la certeza de saber para qué. Toda la historia humana pudiera comprenderse como la obsesión de este hombre histórico por darse sentido a sí mismo. Todas las cosmogonías lo han adscrito, de una u otra manera, a vagar fuera de lo eterno, perecer una y otra vez. Y todas intentan, al final, reconciliarse con el proscrito, traerlo de nuevo a casa, el paraíso perdido que, en algunos casos, puede ser, incluso, la nada cósmica, peculiar forma de eternidad que nos permite suponer que hasta la supresión de la existencia es preferible al castigo de la existencia histórica. Esta caída en el tiempo es el nudo gordiano de todo el drama bíblico y, en muy otro contexto, es, también, el mayor suplicio que la mitología griega pudo imaginar para el hombre réprobo

Capítulo 3: dioses, hombres, historias.

Heródoto cree en el Oráculo. Es fácil demostrarlo a través de la cita de párrafos como, por ejemplo, el que nos habla de la furia de Taltibio1 contra los espartanos, y otros en los que hace referencia al plano de lo divino como la última salida que encuentra para explicar, -¿o justificar?- un determinado acontecimiento histórico. Sabemos que esto le ha costado a Heródoto buena parte de las censuras que lo descalifican como historiador ya que, se supone, la historia debe explicar al hombre y sus acciones por el hombre mismo. Como se sabe, ha llegado a ser norma del oficio que recurrir a Dios es hacer trampa. Una suerte de principio epistemológico pende como espada de Damocles sobre el historiador cada vez que su discurso historiográfico apela al deus ex maquina. Heródoto puede ser, según esta misma norma, demasiado ingenuo o primitivo .

Capítulo 4: hombre, historia, tragedia.

Si nos pusiéramos a plantearnos los problemas de epistemología y método en los Nueve Libros, probablemente no hallaríamos asidero sólido alguno para el análisis y la reflexión. En realidad, estrictamente hablando, tales problemas no existen para aquella historiografía que, desde sus mismos inicios, se colocó al margen de la sabiduría y se dio a sí misma el despropósito de alimentar la memoria humana, salvar el vertiginoso acontecer humano del olvido humano. Sin embargo, pese a una tarea tan metafísicamente pobre y, en parte gracias a ello, aquella primera historiografía estaba llamada a sentar las bases para una cruel desmitificación de dicho acontecer. El hombre histórico que recién ha descubierto es objeto de paciente y crítica observación; no se le puede tomar a la ligera, tal cual lo encontramos, ni creer de buenas a primeras lo que dice y piensa de sì mismo. Racionalista pero curiosa, tolerante pero desconfiada, fue ésta una historiografía que se aproximó a su hombre histórico con acucioso sigilo, alerta a los juicios y creencias que históricamente su objeto de observación había generado respecto, y a partir de, su propia historicidad. El hombre histórico y la cultura, ámbito al que es inherente el desencadenamiento de sus acciones en el espacio y el tiempo, abrieron así el pensamiento humano hacia una dimensión hasta entonces desconocida.

 

 

Preliminar

He visto a Dios. Es espantoso. No hemos hablado. Para escucharme, tendría que ser yo hombrte de fe. Y, para escucharlo, un esquizofrénico. Pero pululamos en el mismo universo. Él en su cueva y yo en la mía, somos vecinos del mismo barrio; el del misterio. Sólo que yo la habito con la suficiente molicie e ignorancia como para no perder la cabeza. Él no. El misterio lo ha enfermado. Y, convencido de ser la verdad que lo despeja y que, por lo tanto, nos haría libres, ha perdido la suya.

De la caída a la salvación: la historia inconclusa de la creación.

La caída simboliza el inicio de la historia, al menos para la criatura; es decir, la existencia temporal a la que, tras rebelarse, ha sido condenada por su creador. Y la salvación la recuperación de una criatura que, ahora, como pecador; o sea, habiendo comprobado por experiencia lo que su creador por omnisciencia ya sabía y se negó a revelar, retorna arrepentida al paraíso en que fuera creada, y lo hace por gracia del que la condenó. Así, entre caída y salvación -fin del tiempo de por medio- el reino de este dios describe un ciclo único y total hacia la eternidad propiamente dicha, suponemos, ya que, hasta la culminación de dicho ciclo, dicho reino no ha sido otra cosa que un proyecto histórico; una teleología en la que Dios hace de sentido inmanente y la eternidad de meta trascendente.

De cómo no fui echado del paraíso: me largué yo mismo

El Génesis, como se sabe, es el primer capítulo en la historia de un dios que creó el mundo, la historia; vale decir, el pasar en que las cosas pasan y el tiempo con que lo captamos. Según esta historia, en siete días -merecido descanso incluido- este dios, emergido de las tinieblas, configuró el universo total: estableció su reino eterno, creó la criatura llamada a adorarlo por la eternidad, actualizó el abismo temporal al cual arrojarla cuando se resistió, y, por último, concibió el plan para rescatarla de su temporalidad y retornarla a su seno. Más que una historia de dios, ésta es la de un proyecto de dios. Con lo cual esta historia deja fuera lo más interesante del objeto a historiar: las tinieblas mismas, el abismo y el origen del dios-héroe que, venido de ellas, encarna la luz que ha de iluminar el nuevo todo en que se dispone a reinar. De modo que esta historia, que no indaga en su tema y que, aún así, pretende dar razón de la temporalidad mediante la eternidad, nos deja en ascuas, pues sólo vale para confirmar que la vida eterna junto al dios que nos ha creado no es menos absurda que la temporal a la que nos ha condenado. No obstante, hagámonos de la vista gorda con este detalle menor, y ocupémonos de un dios al que, en esta parte de su historia, toca hacer de inicio en la historia toda del universo. Porque, en esencia, no de otra cosa hablamos aquí: de un dios que actúa y que, sólo en cuanto tal, ha podido ser objeto de narración.

De cómo andando el camino correcto terminé en el punto de partida.

Me parece que era Artaud quien decía que Dios no existe, y que, si existe, es una mierda. Esta idea de dios es un dilema que apunta, por una parte, a su real y efectiva existencia y, por la otra, a que, en caso de existir, sea cosa digna de creencia. Y si bien la real existencia de una cosa es condición previa del juicio sobre de ella, en el caso de los dioses es tema casi irrelevante, si se lo compara con la idea de dios, que sí es históricamente real. La existencia o no de uno que se hace llamar Dios es indemostrable. Pero la idea que de él tengamos es crucial. Pasa que nuestra inteligencia, memoria y voluntad de entes temporles que para ecistir han de hacerlo históricamente es el único hilo que vincula al dios en el que pretendemos creer con la eternidad en la que debería reinar; eternidad ésta de la que vendríamos y a la que, consumada nuestra temporalidad, habríamos de retornar. El problema acá es que, entonces, hablamos de un dios, un reino, una eternidad; en suma, un ser pleno que ha salido de sí y ya no es tal, pues ha sido intervenido, socavado y puesto patas arriba por la temporalidad misma de la criatura que estaba llamada a constituirlo. De modo que, si alguna vez fue, este dios ya no tiene ser, pues ha devenido y, por tanto, sólo puede tener historia. Y el mayor problema para este dios es que, en efecto, la tiene. Se la conoce como sagrada. Lo cual no es sino un infeliz oximorón, que me veo en la obligación de corregir. Porque, el otro problema no menor para este dios, es que, además de también tener una historia, tengo, gracias a ello, una idea de dios; por cierto, ontológicamente mucho menos generosa que la de Artaud.

De mi autocondena

Una cosa es ser expulsado del paraíso, tras una patafa en el culo, y muy otra abandonarlo por los propios pies: o sra, arrojarse uno mismo. La voluntad hace la diferencia. Lo que procede entonces es la autocondena. Ello equivale a la condena de Dios, sólo que despojada de su divinidad por el acto voluntario de quien se la autoimpone. Éste es el dato fundamental acá. La rebelión de la criatura sólo acarreó la expulsión del rebelde y no alcanzó su cometido. Ciertamente, desató la ira de Dios, pero no afectó su divinidad. Sin embargo, fuera de los predios del reino, la rebelión continúa: se torna secular. Sujeta al curso de su propio devenir, si la criatura se proclama pecador, su castigo se convierte en causa y su destino en botín de guerra. Lo que a este dios toca ahora enfrentar no es la conjura, sino la reivindicación del pecado respecto a un reino que sólo molicie, desprecio e indiferencia puede inspirar. Lo cual es mucho más difícil para uno tan propenso a la cólera y que tanto requiere de ser adorado.

De Dios como significación de un pasar que no lo requiere.

El pasar no rquiere de dioes, sino de historias, que lo signifiquen como pasado-presente-futuro y den forma a la existencia temporal. Son los dioses los que rrquieren de una historia para tener sentido como artífices del pasar. Dios tiene una. Se la conoce como la sagrada. Lo cual encierra un total contrasentido, ya que si, a diferencia del mito, cuyo papel es reconocer un pasado, el de la historia es indagarlo, con lo cual toda historia es, por definición, profana; incluso la de este dios, pese a que su intención sea la de hacernos reconocer en un único y por lo tanto verdadero pasado cósmico.

De gracia divina y conciencia histórica

La Salvación es el remiendo metafísico del error ontológico de la Creación. Dios intenta recoger al final del tiempo el desastre que ocasionó con su inicio. El intento de corregir el error con que comprometió su ser pleno lo conducirá a uno aún mayor, y que hará de la eternidad un imposible. En aquel entonces se equivocó al echar a la criatura del reino, porque con ello dio paso a la historia y a sí mismo como proyecto. Ahora está dispuesto a equivocarse de nuevo, haciéndola regresar al lugar del que la echó, porque con ello se trae la conciencia y la memoria, que han de desmerecerlo por completo como ser. Si Dios, como espera, pudiera ser adorado por el pecador, éste no sería tal, pues en la eternidad no puede haber conciencia ni memoria, que es de lo que está hecho todo pecador en tanto que arte y parte de la existencia temporal. Pero este dios jura que la Salvación del pecador es su salvación como dios. Según su propia historia, lo que lo mueve a recuperar su antigua criatura no es el arrepentimiento, sino el perdón y la misericordia, en el entendido de que a quien corresponde arrepentirse es al pecador mismo. Su gracia está, pues, dirigida a aquél que, sobre la base de tal arrepentimiento, se hace acreedor del perdón y la misericordia, que es lo que de nuevo lo conducirá a la vida eterna que perdió tras su rebelión. Toca entonces considerar las implicaciones que tiene esta en apariencia armónica conciliación de gracia divina y conciencia histórica.

Epílogo

La eternidad sólo puede entenderse tal y como Platón define el ser: lo uno siempre igual a sí mismo. El tiempo, nos indica en el Timeo, es imagen móvil de la eternidad. Para Aristóteles dios vendría a ser la causa primera, el motor a partir del cual todo entra en movimiento, sin que determine el curso del movimiento al que da lugar. De tal manera que la eternidad no es espacio en el que sucedan cosas, ni un modo particular en que las cosas suceden o hayan de suceder. La eternidad es una idea, un principio, un axioma; nunca un atributo de algo distinto de ella; mucho menos el estadio superior de algo que, habiendo iniciado en calidad de temporal, se haga eterno tras dejar atrás y superar su temporalidad. La eternidad sólo podría ser la negación absoluta del antes y el después, del inicio y el final. Si algo cambia, hay movimiento, tiene una dimensión duradera y, por lo tanto, temporal, En consecuencia, la eternidad no puede ser anterior ni posterior a nada, pues sería mera episodio de lo que sucede. Y en ella nada puede suceder, porque, a diferencia de lo que sucede en las historias, no hay inicio ni final. Si algo tiene historia, no le cabe eternidad, aunque dure eternamente.

LA RATA

Yo habitaba en una vieja casa vacacional abandonada, colgada de lo alto de un cerro pedregoso y desde el que se podía ver abajo el mar en su quieta enormidad, yendo y viniendo en monótonas embestidas contra las rocas negras del acantilado en el que, por ahora, espero. 

LA ÚLTIMA CENA

Por obra y gracia del espíritu santo sigo aquí, como de costumbre, aludiendo y mendigando a cada transeúnte que pasa frente a mí. Ocupo el primer escalón de los doce que conducen a la taquilla de una sala de cine donde sólo entran hombres solos. La verdad no sé si es el primero, porque, contando desde la acera, éste sería, en realidad, el segundo. Con lo cual. el total de escalones de la escalera entonces sumaría trece, Por otra parte, trece, según he escuchado decir desde siempre, es número de mala suerte. Luego la diferencia entre doce y trece no sería sólo de un escalón, sino de un destino. De modo que ocupar el segundo o el primero no es cuestión que se pueda tomar a la ligera. Y, ciertamente, que no lo hago así. Sólo que, en mis consideraciones al respecto, encuentro razones igualmente lógicas e irrefutables como para afirmar que estoy en una o en otra posición. Esto es cosa que me gustaría resolver cuanto antes. Por primera vez, no sé por qué, me hallo en la circunstancia en que me gustaría saber, a ciencia cierta -como también se suele decir- en dónde estoy. Nunca imaginé que de un escalón a otro pudiera haber semejante diferencia. El mundo, que para mí siempre ha sido la acera, sería el primer escalón, con lo que yo estaría, entonces, a un escalón menos del cielo y a dos más del infierno. Esto en caso de que el cielo esté arriba, el infierno abajo y yo en el medio. En la perspectiva de este sanguche cósmico puede que la diferencia no se sienta tan enorme como entre el primer y segundo escalón, quizás porque la diferencia entre cielo e infierno es más de fe que de cálculo. Pero, por otra parte, la diferencia entre fe y cálculo es tan enorme como la que puede haber entre un escalón y un destino. Es el tipo de cosas que me gustaría resolver. Allá, por la acera de enfrente, va el gordo de las corbatas anchas y los zapatos chillones. A veces viene. Es el tipo de evento que siempre me distrae de mis resoluciones.

LA QUINTA PATA

Octubre. Lluvia, llovizna, tormenta o aguacero. Lo cierto es que desde hacía ya tiempo el agua no dejaba de caer como una maldición del cielo. Si, hasta cuando cesaba por un rato, no era sino para mostrarse en esa forma de bruma, neblina, calima o calina. La misma maldición; sólo que elevándose desde la tierra sobre la que ha llovido sin parar. A la hora de ser andada, no había sino dos opciones: la maleza o el barrial. Tú eliges, se dijo a sí mismo en el instante incierto en que intentaba dar con el camino para emprender la huida. De súbito, la noche se detuvo. Un relámpago de inamovilidad con el que el aguacero cesó de golpe. Y entonces fue esa quietud que parece escucharlo todo con los oídos de su silencio. Extenuado, se sentó y miró de nuevo al cielo. Durante un largo rato, ni los mismísimos dioses osaron asomarse por cima de los muros de la noche, hasta que de nuevo se dejó oír el monótono canto de los grillos.

TAXIDERMIA

A ver. Acaso esté yo en el curioso procedimiento de comprobar a través del sueño que el alma, si no se refiere a la mera forma de la materia, tal y como Aristóteles fue el primero en sugerir, es el más degenerado e infame de los conceptos. Menos mal y me leí a tiempo aquel tratado que Amanda, mi mujer, dice que lleva título de espanto o aparecido. Como sea, ya sabía yo que no podía ser tan inútil haberlo hecho, tal y como ella siempre aseguró, con ese pragmatismo repugnante tan propio del género femenino y que se va acentuando con la edad. Ella siempre dice: no creo en santo que come y caga, ni en loco que no come mierda. Y, en cierto modo, compartimos la misma poca fe. Aunque para no creer en los santos ni para creer en los locos, requiera yo concebirlos avocados a tan vitales funciones. En todo caso, por ahora, el curioso procedimiento al que aquí me refiero es la única posibilidad que me queda para salir del atolladero en que me encuentro desde hace… Ni siquiera sabría decir cuánto tiempo, pues lo primero que resalta en este asunto es la perdida de la certidumbre que el tiempo nos proporciona como el principal referente de lo que existe.

PORNOAVENTURA

¿Cómo se puede ser, durante algún tiempo, tan vital y, al mismo tiempo. morir sin necesidad alguna de haber vivido por razón distinta a la de follar? Tal era la pregunta que se hacía Henry al caer la tarde y cuya respuesta el crepúsculo se iba llevando a los confines del anochecer confundido con su propia noche de viejo y como quien, con sumo cuidado y sigilo, oculta algo muy preciado pero que le ha de resultar comprometedor o embarazoso. El Henry -dicho así, en su recuerdo, porque así lo llamaron siempre en los tiempos en que vivir era algo más que recordar- estaba sentado ante uno de los largos ventanales que iluminaban el largo pasillo donde la pasaba desde la una, tras haber tomado su almuerzo y haberse negado, como siempre, a hacer la siesta. Éste nunca quiere dormir, había exclamado, como siempre, la señora Pérez. Y allí seguía Henry, empotrado en su silla de espectador del paisaje vespertino. Durante toda la tarde llovió. Y aunque había amainado ya, aún seguía cayendo esa leve llovizna, seguramente gracias a la cual el jardín, los árboles, la calle, los cerros lejanos que todavía encajaban sus puntas en los restos de una nubosidad fragmentada y el paisaje todo, o al menos hasta donde la vista aguzada alcanzara atisbar desde aquella ventana, adquiría esa transparencia rosa que a Henry tanto agradaba. Hasta que, como siempre, a las siete y según orden inapelable de la señora Pérez, Henry fue largado a su habitación. A dormir hasta el día siguiente, como siempre.

LA PIEL INMATERIAL DE LA NOCHE

Ahora sí que estoy jodido, se dijo a sí mismo, con resignación. Boca arriba, a la vez que dibuja garabatos ininteligibles en la piel inmaterial de la noche, llega hasta él un olor agridulce, de fruta fermentada o de licor. Mas bien de las dos cosas juntas, mezcladas, concluyó, ya que la gorda había incorporado al enorme pastel que estuvo preparando durante la mañana una generosa porción de cada una. Y en ese momento, cuando ya arribaba a la media noche, volvió a recorrer, una vez más, los detalles de aquella faena, que habían ido a parar a su memoria, como lo que sobró del pastel, de un golpe seco, habla ido a parar al fondo del bote de donde emanaba aquél olor.

LA CUARENTA Y OCHO

Entré al bar. Fui hasta el extremo solitario de la barra desde el que me observaba, pedí una cerveza y me volví a la mesa de siempre, o al menos la que yo esperaba que fuese tal cada vez que entraba, y que, por esta vez al menos, ciertamente, estaba desocupada. Estuve bebiendo mi cerveza poco a poco, algo así como a un sorbo cada vez que intercambiábamos miradas. Hasta que por fin ella también se vino a la mesa de siempre. Entonces la noche, como el silencio de Dios, se fue hundiendo en el barro de nuestro mutuo decir. Barro nuestro que caes del cielo. El amanecer nos sorprendió a solas, o más bien juntos en la misma soledad desde la que cada quien defendía su propia soledad, ahora sí, sin nada que decirnos, en medio del barrial que nos había arrastrado hasta la cuarenta y ocho.

EL CENTENARIO DE STOKER

Cuando suena la hora lúgubre de los espíritus, la novia bebe el vino de un rojo sombrío como la sangre. Una vez más, aquellos versos de Goethe, que lo hacían sentir tan orgulloso de sí, resonaron en su memoria, apenas se asomó a la ventana y la noche le rozó el rostro. Luego fue esa mirada acuciosa lanzada allende los suburbios nubosos de la ciudad, más allá de los cuales se extendía la rígida horizontalidad del cementerio. Quietud. sosiego, reposo, descanso… iba buscando la palabra más apropiada para definir lo que aquél otear el horizonte de la noche le inspiraba, hasta que la encontró: ausencia. Eso. Porque la muerte no es más que ausencia. Ni menos tampoco. Entonces emprendió el vuelo.

LA POSE

De los talones a la cabeza mediría no más de metro y medio. Y si uno se fijaba bien, venida de sus adentros a flor de piel, como el alma que le daba forma en una sola y fugaz pincelada de existencia, la insignificancia demarcaba el todo de su cuerpo quieto y menudo. Quizás fuese esto, la manera en que esa insignificancia determinaba la absoluta armonía entre el ser y el aparecer lo que la hiciera lucir más joven de lo que realmente fuese, como si a estas alturas de su biografía aún no contara con una historia única y propia en la que hubiese valido la pena desgastarse y envejecer. El resto de aquella su presencia era lozanía triste, quietud de lagartija a la una de la tarde y que administra su energía en medio de un paisaje árido y sofocante. No obstante, al mismo tiempo, su pose era tan curiosa y estudiada, tan artificiosa que lo que le faltaba en tamaño y significación le sobraba en gracia y seducción. Al menos eso fue lo que pensé cuando me disponía a entrar a la tienda y la vi, parada allí, de espaldas a la puerta y con los codos apoyados en el mostrador mientras seleccionaba los botones de las cajitas que el viejo tendero iba poniendo de dos en dos a la disposición de su minuciosa inspección.

 

 

Historia

Mundial

Contemporánea

A mi modo de entender, los que están persuadidos a que por la historia particular se puede uno instruir lo bastante en la universal, son en un todo semejantes a aquellos que, viendo los miembros separados de un cuerpo poco antes vivo y hermoso, se presumen estar suficientemente enterados del espíritu y gallardía que le animaba. Pero si uno, uniendo de repente los miembros y dando de nuevo su perfecto ser al cuerpo y gracia al alma, se lo mostrase por segunda vez a aquellos mismos, bien sé yo que al instante confesarían que su pretendido conocimiento distaba antes infinito de la verdad y se asemejaba mucho a los sueños. Y ciertamente, que por las partes se forme idea del todo, es fácil; pero que se alcance una ciencia y conocimiento exacto, imposible. Por lo cual debemos estar persuadidos a que la historia particular conduce muy poco a la inteligencia y crédito de la universal, de la que únicamente el reflexivo conseguirá y podrá sacar utilidad y deleite, confrontando y comparando entre sí los acontecimientos, las relaciones y diferencias. (Polibio. Historia Universal. Exordio.)

EL CONCEPTO DE MEMORIA

...sólo de aquellos seres vivos que son conscientes del tiempo puede decirse que recuerdan y hacen esto con aquella parte del alma que es consciente del tiempo. Aristóteles. De la memoria y del recuerdo.

Grande es la virtud de la memoria y algo que me causa horror, Dios mío: multiplicidad infinita y profunda. Y esto es el alma y esto soy yo mismo.  San Agustín. Confesiones

Introducción

...sólo de aquellos seres vivos que son conscientes del tiempo puede decirse que recuerdan y hacen esto con aquella parte del alma que es consciente del tiempo.

Aristóteles.

De la memoria y del recuerdo.

 

Grande es la virtud de la memoria y algo que me causa horror, Dios mío: multiplicidad infinita y profunda. Y esto es el alma y esto soy yo mismo. 

San Agustín.

Confesiones

 

...el pasado se conserva por sí mismo, automáticamente. Todo entero, sin duda, nos sigue a cada instante: lo que hemos sentido, pensado, querido desde nuestra primera infancia, está ahí, pendiendo sobre el presente con el que va a unirse, ejerciendo presión contra la puerta de la conciencia que querría dejarlo fuera.

...no pensamos más que con una pequeña parte de nuestro pasado; pero es con nuestro pasado entero, comprendida en él nuestra curvatura original del alma, con el que deseamos, queremos y actuamos.

Henri Bergson.

La evolución creadora

La memoria: un misterio, una estructura, un proceso

Para Aristóteles la memoria residía en el corazón. Captadas por los sentidos, suponía que las impresiones que se perciben del entorno eran conducidas por la sangre hasta allí. En general, para la filosofía antigua el corazón es el reservorio de la actividad espiritual del hombre. Allí se asienta lo que para nosotros es su existencia psíquica. De modo que el corazón era tenido por el lugar de las emociones y los sentimientos, idea que, por lo demás, ha permanecido a lo largo de la historia en las más diversas culturas hasta hoy. De hecho, en latín, recordar -recorsi- significa de nuevo en el corazón. Esta creencia se mantuvo durante siglos. No es sino hasta mediados de la edad media cuando la memoria comienza a ser ubicada en la parte posterior del cerebro1. Aunque sin datos abundantes y determinantes al respecto desde un punto de vista científico, es la fisiología moderna la que la ha localizado en el cerebro. E. Kandel2, premio nobel por sus investigaciones en este campo, ha definido la memoria como una representación interna de la información adquirida mediante aprendizaje; información que se halla codificada, espacial y temporalmente, en circuitos neuronales, mediante cambios operados en las propiedades reactivas de las neuronas. Con todo, en el mundo de la ciencia aún no hay consenso en cuanto al modo como reside la memoria en el cerebro. Hay quienes piensan que la memoria tiene localizaciones específicas, que se corresponden con un determinado tipo de ella, y quienes piensan que, por el contrario, la memoria es una y que alcanza amplias regiones cerebrales que operan conjuntamente y de manera coordinada, según diversos niveles de complejidad en el registro de datos y evocación del recuerdo. También hay quien piensa que ambas hipótesis no son excluyentes entre sí y que es posible que apunten con certeza al mismo fenómeno considerado desde puntos de vistas diferentes y complementarios3.

Aristóteles: memoria, alma y experiencia

Al concebirla como parte del proceso cognitivo -junto con la percepción y el aprendizaje- la psicología cognitiva ha puesto en evidencia la complejidad de la memoria y resaltado la conexión existente entre memoria y otras funciones tanto fisiológicas como espirituales del ser y el proceder humanos. Conexión ésta que ya había sido planteada por Aristóteles. Así, por ejemplo, en Metafísica establece la relación directa y biunívoca entre memoria y experiencia de la siguiente manera:

San Agustín: memoria, alma y dios

Agustín se ocupa del tema de la memoria en el Libro X de Confesiones. Hay quien dice que este capítulo constituye una suerte de bisagra que une la primera parte de la obra, es decir, la parte autobiográfica, que recogerían los libros del I al IX, con la siguiente, la parte conceptual, correspondiente a los libros XI-XIII. Tal estructura expresaría la intención misma del autor, con el propósito de reflejar en ello su concepción de la memoria como la función mediadora entre el hombre y dios1. Aunque no hay constancia de que esto sea así, es una interpretación muy plausible. Por lo demás, cualquiera sea el caso, se trata de una interpretación que en nada contradice el concepto mismo de memoria que maneja Agustín y que constituye una excelente guía en la lectura de la obra. También, en La Trinidad trata Agustín el tema de la memoria, particularmente en los Libros del X al XIII, aunque aquí no de manera específica, sino en conjunción con el entendimiento y la voluntad, y en tanto que las tres -memoria, entendimiento y voluntad- son las facultades que a su entender definen el alma humana. Ello supone un giro completo en el concepto de alma y, en consecuencia, en el de memoria con respecto a la visión materialista de Aristóteles. Pasamos de la entelequia que define lo vivo en la naturaleza -de lo cual el hombre es una especie- al hombre cuya individualidad plena está determinada más que por la naturaleza, por su conexión con dios y la dimensión de lo divino. El alma de Aristóteles da lugar a una especie natural con conciencia del tiempo. La de Agustín a un hombre histórico conectado con la naturaleza sólo en su dimensión material y cuya conciencia del tiempo no es otra cosa que su vínculo con la eternidad.

La dimensión social de la memoria

Entre el Tratado del Alma y el Tratado de la Santísima Trinidad se abre uno de los episodios más plenos de significación en la historia de la filosofía occidental. El cristianismo avanza sobre las ruinas de un paganismo que ha sido, al mismo tiempo, fuente de inspiración y modelo de su filosofía. Esto se hace evidente en el tema de la memoria. El concepto de Aristóteles emerge de las dimensiones materiales de la naturaleza y que el cristianismo depreciará como el terreno de lo profano. El de Agustín es un concepto que desciende de los cielos. Tejida con el hilo de la lógica pagana, la memoria de Agustín se inserta en el tapete de la fe y el misterio supraterrenal de lo divino. En este tema, como en otros, el decisivo avance que el materialismo aristotélico representa respecto al idealismo de Platón, es un camino que de nuevo recorre Agustín, pero en sentido contrario. Su concepto de alma -y con él el de memoria- constituye, digámoslo así, un ejercicio de desmaterialización de lo que encontramos como tal en Aristóteles.

Mito, memoria e historia

Se dice que recordar es hacer presente el pasado. Ciertamente. Una hermosa metáfora, como casi todas las que, al jugar con el sentido de los términos, pero sin contradecir su sentido, crean una atmósfera de contrasentido que, sin estar reñida con la lógica, la ironizan, en cierto modo se mofan de ella. Una metáfora, además, muy acertada en todo sentido. Sin embargo, ello no obsta a la hora de precisar hasta qué punto es posible hacer presente el pasado, en qué grado y en qué sentido. Pues el pasado presente no es lo mismo que el pasado, El recuerdo no es mostrar lo que hay en la memoria, sino la realización de un constante proceso de selección, ordenamiento y elaboración de ella. El recuerdo es una intervención intencionada y sofisticada desde el entendimiento del material bruto de la memoria. No sólo el recuerdo vive de la memoria, sino que, a su vez, la memoria vive de la aportación y el enriquecimiento que el proceso de recordación le aporta. De modo que, como resultado del recuerdo, el pasado presente no es el pasado, sino lo que de él hemos seleccionado, ordenado y elaborado, y lo que nos decimos acerca de los resultados de tales operaciones sobre la memoria. Y como seleccionar supone, en alguna medida, el olvido -inconsciente o voluntario- hay veces en que hasta el olvido es una forma de decir acerca del pasado recordado. Si a todo esto se agrega que todas estas tareas inherentes al recuerdo y el olvido se realizan desde y a través del lenguaje, que son en sí mismos procedimiento lingüísticos, resulta entonces que la memoria es un procesamiento semántico de la experiencia temporal. Saber del pasado, individual o colectivo, es en sí mismo un proceso de significación.

 

 

HISTORIA Y CIENCIA
El silogismo se compone de proposiciones, las proposiciones de términos; los términos no tienen otro valor que el de las nociones. He aquí por qué si las nociones (y éste es punto fundamental) son confusas debido a una abstracción precipitada, lo que sobre ellas se edifica carece de solidez; no tenemos, pues, confianza más que en una legítima inducción. F. Bacon
Introducción

Soy de la generación a la que tocó aprender en clase de historia que la historia es la ciencia que estudia el pasado y, respecto al más importante hecho que da inicio a la historia, que el hombre desciende del mono. Aunque aquí el asunto nunca quedó del todo claro por aquello del eslabón perdido. Acto seguido, receso de por medio, me tocaba aprender en clase de religión que, de acuerdo a la historia sagrada, el hombre era creación de dios. Esta vez el asunto quedaba todavía menos claro, pues con ello se hacía participar al hombre de una doble naturaleza, histórica y divina. Siguiendo el razonamiento científico -que también hube de aprender en clase de física y de matemáticas- si la historia es una ciencia, la historia sagrada también lo es. Entonces ¿cómo era posible que una misma ciencia tuviera posturas científicas tan disímiles en relación al hecho más importante con el que se iniciaba la historia de la humanidad? ¿O es que hay historias científicas e historias que no lo son? Porque en el mundo de la ciencia hay más teorías falsas o erróneas que teorías verdaderas, y todas por igual son expresión del mismo modelo de conocimiento, es decir, forman parte del mismo proceso de desarrollo de ése modelo y de ese conocimiento tenido por científico. Hay verdades científicas y también falsedades que, no por tales, dejan de ser científicas, pues las unas y las otras son resultado del mismo proceder. Claro que el que la historia sagrada sea científica es bocado del conocimiento que lucía realmente grueso de tragar.

La concepción de la realidad: la relación sujeto-objeto

La caída de un individuo de lo alto de un edilicio de diez pisos puede ser interpretada de muchas maneras. Como un suicidio, es decir, el resultado de la intención de quitarse la vida, o como accidente resultado del descuido mientras contemplaba el paisaje, o como un homicidio, si es que el sujeto en cuestión fue empujado por otro o, incluso, de alguna manera inducido a acometer su propia caída. Este tipo de causa puede llegar a constituir un entramado muy sutil y complejo porque, precisamente, no supone necesariamente datos evidentes, observables y medibles, sino indicios de una posible intención o conducta particular del individuo en cuestión y, también, de otros que pudieran estar de alguna manera involucrados en su caída desde lo alto de un edificio. Por otra parte, son datos evidentes, observables y medibles, tales como la masa del individuo que cae y la distancia que lo separa del centro de la tierra, los que, convertidos en variables de una rigurosa formulación matemática con enorme capacidad de predicción, nos explican la caída del individuo desde el punto de vista científico. La diferencia entre una y otra situación a la hora de interpretar el mismo fenómeno es la objetividad científica o, dicho en otros términos, el concepto científico de realidad en el que se ha basado y se basa todo el pensamiento científico y sus nociones de conocimiento y verdad.

El historiador como sujeto y el hombre histórico como objeto

Gracias a la Ley de Gravitación Universal, la caída de un individuo de lo alto de un edilicio de diez pisos puede ser comprendida científicamente, si me fijo en los datos apropiados del evento y lo defino de la manera apropiada. Lo cual requiere, como es obvio, un observador específicamente consciente y premeditadamente preparado para ello. Esto es, un observador según lo que el método científico entiende como tal. Si como observador no me interesa la distancia del piso diez a la superficie de la calle, ni la masa molecular del individuo; si, además, no tengo la capacidad de combinar estos datos como variables de un acontecer ecuable, no soy el observador indicado para una apreciación científica del evento. Y, muy probablemente, la mayoría no lo es. Lo cual, sin embargo, no nos excluye como observadores, y dará lugar a muy diversas formas de interpretar el evento, distintas, todas ellas, a la propia de la ciencia. Lo primero que cabe preguntar es si, al ser esto así, se trata del mismo evento.

La naturaleza científica de la historia: un despropósito metodológico.

Luego de aprender a distinguir un poco, gracias a Aristóteles y Tucídides, lo que la ciencia y la historia son, o pueden ser, aquella idea que hube de aprender en la escuela según la cual ésta última es la ciencia del pasado luce como el más remoto y anquilosado arquetipo de la infancia de cualquier historiador. Pero lo mismo fui a aprender en la escuela de historia en la que me formé. Siempre recuerdo a mi profesor de ciencias sociales asegurando que la historia es una ciencia porque tiene un método, es decir -ilustraba haciendo el correspondiente gesto con su mano- un camino hacia el conocimiento que ha de ser andado. Por mi parte yo, que antes de ingresar a la Escuela de Historia había cursado durante dos años ciencias actuariales y matemática aplicada en la de Estadística -a tono con el cruel lema de mi profesor de cálculo: deriva el que sabe, integra el que puede- me preguntaba cómo es eso que, para definir un método científico, los historiadores hemos de conformarnos y apegarnos a una metáfora como, en este caso, la del caminante. Yo podía estar muy de acuerdo con una metáfora que, después de todo, se corresponde con la etimología del término método. Pero nunca con la naturaleza científica de lo que una metáfora así estaba llamada a ilustrar. Si de caminar se trata, he allí a Heródoto en el Asia Menor, o cualquier estudiante de historia por las atestadas calles que conducen al Archivo General de la Nación, la Biblioteca Nacional o la Academia Nacional de la Historia. Pero que jamás han de conducir a la ciencia.

Historia y ciencias sociales

La historia es la más antigua de las ciencias sociales. Esto afirma Fernand Braudel, y añade que lo que la diferencia de ellas no es sólo su antigüedad, sino la peculiar dificultad de que el historiador trabaja sobre lo que ya no es. Por otra parte, Georges Duby, quien, al igual que Braudel, asigna un carácter decisivo tratamiento documental, señala una estrecha vinculación entre la historia y la creación literaria, y resalta el hecho de que la historia, entre las disciplinas que habitualmente llamamos ciencias humanas, es la única que constituye un género literario.1 Tales no son distinciones diferentes o excluyentes. En realidad, la una es consecuencia de la otra. La historia es narración, porque sólo a través de la narración podemos acceder al tiempo, significar el transcurrir de la existencia como temporalidad especifica y representar lo que ya no es. Fue ese ya no ser el que llevó al sustancialismo antiguo a afirmar que de la historia no se podía extraer conocimiento alguno, pues no se puede conocer lo que deviene, sino lo esencial y permanente, lo siempre igual a sí mismo. Es ese no ser el que, todavía hoy, traza la frontera epistemológica entre ciencia e historia. Debate del cual Braudel se aparta, por considerarlo estéril, y con razón. Sólo que con ello se pierde todo derecho a considerar la historia una ciencia. Y, por último, es ese ya no ser el que hace del tiempo histórico una dimensión sólo posible de ser planteada en el contexto específico de una narración. En virtud de lo cual Duby reconoce su naturaleza decisiva como género literario. Ciertamente, hay que convenir en que la historia se distingue de las ciencias sociales por su antigüedad, y por tratar de lo que ya no es. Sólo que la más elemental consecuencia de ello es que la historia no es, en realidad, una ciencia social, sino, como muy bien dice el mismo Braudel, el arte frágil de escribir historia.

El surgimiento de la historia ciencia y las ciencias sociales

Las ciencias sociales son uno de los más genuinos productos institucionales y académicos de la sociedad industrial. Si bien el término suele utilizarse en contraposición al de ciencias naturales, y sugiere que el estudio de la sociedad no se rige por los mismos parámetros, en sus orígenes son el intento de crear lo que Comte llamaba una física social, cuyo propósito no era otro que aplicar los criterios y métodos científicos al ámbito de la sociedad y la acción humanas. La sociología no comenzó a ser reconocida como una disciplina académica hasta finales del siglo XIX, particularmente con los trabajos de Durkheim, epígono de Comte y Saint-Simon, y cuyo radicalismo científico impone una línea de trabajo que concebía la realidad social como un objeto de estudio independiente de la subjetividad del individuo. En contraposición a este concepto, posteriormente, Max Weber, más influenciado por el marxismo, aducía que no se puede estudiar la vida del hombre y sus relaciones en sociedad sin tener en cuenta el modo en que la dimensión subjetiva de su existencia incidíe en la realidad social. Las ciencias sociales surgen en el marco de esta controversia. Pero son, en conjunto, expresión del desarrollo de la sociedad industrial, de una cultura para la que la ciencia es símbolo del saber y de control sobre la existencia, bien y valor fundamental del desarrollo social. Y la historia, como ciencia social, aparece también entonces o, si se quiere, el oficio del historiador se inserta en esta cosmogonía característica del mundo contemporáneo. Dicho en otros términos, no es que la historia sea una ciencia social, sino que la historia, como ciencia, es una forma particular de concebir y escribir historia, tan reciente como las ciencias sociales con las que comparte, o intenta compartir, el mismo espacio institucional y académico.

Las ciencias sociales: signo de modernidad de la era industrial

La historiografía. Lo que desde los tiernos años de la escuela nos enseñaron a definir como la ciencia que estudia el pasado ¿por qué, en lugar de seguir sentada a las puertas del reino de la ciencia social, no emigrar al infame barrio de la narrativa. donde nació y creció sin complejos el mismísimo Heródoto? Yo creo que en buena parte ello se debe a que el empobrecimiento del historiador como narrador no es cosa que se queda en el plano del papel, sino que invade toda su interioridad como sujeto. El estilo no se aprende ni se copia; se forja en el marco de una disposición personal. El historiador científico se enajena a sí mismo como sujeto, y lo hace en aras de una falsa objetividad en virtud de la cual cree que el conocimiento histórico está fuera de sí mismo, en esa supuesta realidad del pasado que, en realidad, no existe. La idea de que la historia es la ciencia que estudia el pasado es la representación sintética de esta enajenación, reproducción del servilismo epistemológico que le otorga su dudoso rango científico y, al mismo tiempo, lo anula como narrador.