textos, pretextos y otras mentiras...

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Del chinchorro al catre, del catre a la ventana, de la ventana al patio, del patio a la a la ensenada, de la ensenada a la mismísima mierda, de la mismísima mierda a la nada. De vuelta a la casa, por entre los vientos de Buenaventura, arrastro las cadenas de la molicie que me ata a ése amasijo. Ése, hasta que entro a la casa y me siento a la mesa; entonces, éste. Me siento, pues, a la mesa fantasma perezoso a ver si escribo. Con lo de fantasma, y sobre todo con lo de perezoso, me refiero al sentir y al sentarme, que son lo mismo. En este caso, un sentir que se sienta o un sentarse que se siente, no hacen diferencia. Escribiendo esta historia he aprendido que la molicie consiste en homologaciones semánticas así. En todo caso, cuando se escribe, la molicie no es abandono que libera, sino mera indiferencia que, por el contrario, apreta más aún el nudo que te ata aquello de lo que ni siquiera te permites pensar en librarte. Tres días en esto, y nada; al menos hasta hoy.

Debe ser esta molicie la que me ha colocado ante la evidencia de que el proceso de escritura no se limita únicamente a la acción misma de escribir, sino que, más allá de ella, involucra una amplia gama de operaciones y momentos que habría que incluir en un mismo ahora narrativo. Como cualquiera, éste también es un ahora temporal. Pero no del tipo de los que coexisten en el mismo todo temporal de una narración, sino que coexiste con ella, sí, sólo que lo hace desde fuera de ella, y, hasta cierto grado, al margen de ella y a pesar de ella. Por otra parte, sin embargo, hasta en la lejanía es inseparable de ella. El ahora narrativo es vida, pasar, devenir y cotidianeidad subyugada al proceso de escritura. En la narración coexisten los ahoras que contribuyen a su todo y que el ahora narrativo concibe, piensa y procesa para que esto sea así. Pero el ahora narrativo nunca es parte del todo narrado, apenas si su creador jalonado por su engendro. El ahora narrativo ni siquiera es un todo, sino una suma de operaciones y momentos inconexos sometidos al mismo engendro, comprometidos con sus fines y que normalmente llamamos obra. Sin ser un todo, para el ahora narrativo el todo del engendro lo es todo. En este sentido, narrar es condena; fascinación y maldición al mismo tiempo.

Esto hace del ahora narrativo un tiempo defectuoso. Sin inicio ni final, sin antes ni después, y sin ahoras temporales que coexistan en él, no es propiamente tiempo histórico, sino más, un eterno presente operativo y sujeto a un hacer interminable. En este sentido, el ahora narrativo es una suerte de eternidad coja, que, consciente de sí misma y de su falsedad, persiste asomada al abismo de su inicio y clama por el final que ha de librarla de sí misma. Si para la narración, entre el inicio y el final hay la historia de un pasar, para el escribidor sólo puede haber una tarea de la que liberar su propio pasar. Si el todo temporal de lo narrado es tiempo de expresión y comprensión, el del ahora narrativo lo será de obsesión, fascinación y condena.

Todo lo cual me obliga a ver de nuevo la cara a ese demonio del pasar que es el tiempo. Nietzsche lo llamaría ese espíritu dionisíaco que prevalece en la existencia en devenir, en contraposición al apolíneo ser que lo niega o desmerece. Sé bien que el sólo término demonio deja en entredicho la seriedad del planteamiento, al menos la académica, quiero decir. Lo que, por lo demás, bien poco ha de importar en el Buenaventura de la mismísima mierda. Sin embargo, me pregunto qué ha sido la filosofía de la historia si no una gran casa semántica de los espíritus; esos, los que los grandes visionarios de esta narrativa han colocado, tras bastidores, a mover los hilos en el vasto escenario del pasar. Pasa que, a los efectos, si Agustín nos habla de un plan divino; Kant de uno que oculta de la naturaleza; Hegel de uno que realiza el Autoconcepto; o Marx de uno que implica la dialéctica enajenación y conciencia, lo damos por cosa seria.

Pero, en realidad, estos espíritus o fuerzas determinantes del todo universal, no son otra cosa que supra-personajes de una historia total del mundo. Pero ¿existe tal historia; o sea, una que involucre al devenir total, y que, por lo mismo, implique su inicio y su final? El problema con estos espíritus de la narrativa filosófica de la historia es que son, al mismo tiempo que protagonistas históricos, entidades meta históricas que trascienden la historia que han sido llamados a protagonizar. Lo cual, como es obvio, su realización como supra-personajes de la historia implica el fin de la historia. Dicho en otras palabras, la filosofía de la historia es metahistoria condenada a desaparecer mordiendo su cola histórica, ya que, si la historia tiene alguna meta, ésta habrá de ser igualmente histórica, pues la historia no es otra cosa que la forma en que existimos los entes temporales con inteligencia, memoria y voluntad.

Se entiende, pues. que estos supra-personajes de la narrativa filosófica son los llamados a hacer de la historia toda un todo. No obstante, desde este punto de vista, el narrativo, que es la que a esta historia corresponde, cabe preguntar ¿qué tienen estos supra-personajes que no tenga un demonio del tiempo encarnado en el pasar mismo del que participamos en tanto que entes temporales que. para existir. han de hacerlo históricamente? Estos supra-personajes de la filosofía de la historia son concebidos como fuerzas inminentes y/o trascendentes del pasar, con lo cual el pasar deja de ser tal, y la historia es despojada de su condición eminentemente narrativa y se identifica al ser histórico no con una forma temporal del devenir, sino con el no ser del devenir mismo.

A mi entender, el problema acá es que se confunde devenir y acontecer. Para mí, devenir es pasar; vivencia y experiencia del movimiento. El acontecer está hecho de hechos. La diferencia entre devenir y acontecer la hace el tiempo; el todo temporal y narrado sólo dentro del cual son posibles los hechos. No hay hecho sin todo narrativo al que tribute como tal. No hay acontecer sin narración histórica. No se narra los hechos Se narra lo que pasó, y esto se hace a través de esas formas temporales u ahoras narrados que llamamos hechos y que sólo lo son en relación con el todo narrado. Independientemente de los conejos que la magia de la filosofía de la historia pueda sacar del sombrero de la teleología, los supra-personajes de esta narrativa no son otra cosa que arquetipos teleológicos del pasar. Nada pueden decir de la historia, porque la historia no es lo que pasa, sino la narración acerca de lo que pasa. Por lo tanto, la filosofía de la historia es una historia de ficción basada en un arquetipo atemporal, o que, pese a requerir de pasar y tiempo para su realización, trasciende pasar y tiempo en su ser.

Frente al devenir, cada uno de estos supra-personajes es un héroe que lucha contra el monstruo del absurdo y el misterio. El dios de Agustín lo hunde en su silencio. La razón Hegeliana lo difumina en su propia bruma. La conciencia de Marx aguarda a que el pasar supere la prehistoria de la enajenación, para dar comienzo a la historia propiamente dicha. Son héroes del pasar que actúan desde más allá del pasar, pero que se valen del pasar mismo para hacer de su heroicidad un todo trascendente al pasar. El problema acá es que, habiendo dado cuenta del pasar, ninguno de ellos encuentra cómo seguir siendo. En realidad, los supra personajes de esta narrativa no pasan, o sólo lo hacen para ser lo que, antes de pasar, ya se sabe que son: su sentido último. Pero, entonces ¿qué sentido puede tener un sentido sin aquello a que dar sentido? Con lo cual ya tienen la batalla perdida de antemano, pues si el pasar tuviese un sentido último, de allí en lo adelante no cabría existencia temporal, sino eternidad. Y en la eternidad, los héroes, que sólo son susceptibles de narración y entidad temporal, están de más.

Por su parte, la gran ventaja narrativa de un demonio del tiempo y que es la que yo intento practicar en esta historiaes que no requiere de heroísmo alguno. No está llamada a luchar contra el absurdo y el misterio, sino, muy por el contrario, a participar de ello. Para esta narrativa no se trata de conjurar ell demonio del tiempo, sino de invocarlo, ya que, para desbaratar la tarea de los todos los héroes metahistóricos juntos, se basta a sí mismo. En cierto modo, es también un héroe, sólo que, en este sentido villano. Ya lo hemos visto haciendo de las suyas en el paraíso del que Adán hubo de salir con las tablas en la cabeza. Desde el punto de vista de la narrativa teleológica, hablamos de un auténtico demonio: no ser que no requiere de ser ni de trascender, sino de acontecer; que no justifica el movimiento que es la vida porque, si se la justifica, ya no es vida. Este demonio del tiempo ni siquiera requiere de un pasar con sentido, sino de entes temporales con inteligencia, memoria y voluntad que, no más narrarlo, le adjudican mil y uno, y que, con ello, hacen de la existencia temporal, más que camino, laberinto.

Hay un no ser ontológico del tiempo y un tiempo narrativo del no ser. El uno está representado en su aporía; tanto como el otroen la narrativa. De lo uno a lo otro hay sólo un paso: el ahora. El ahora tiene tanta realidad como nuestra idea del tiempo. Y ni siquiera es tiempo, sino vivencia del tiempo, o, para ser más preciso, del pasar que, mediante el tiempo, vivimos. Aun cuando, desde el punto de vista ontológico, el ahora es tan aporético como el tiempo mismo, la narración sólo es tal en la medida que en su todo, que en sí mismo ya es un ahora, coexisten más de un ahora. Esto es lo que hace que el tiempo, como problema de conciencia, no tenga una solución lógica, sino, justamenete, narrativa. En realidad, el tiempo no es un ente real, sino un concepto que nos relaciona con la realidad; o, para mejor decirlo, con un pasar en el que todo lo real deviene irreal. En tal sentido, ese adverbio demostrativo que el ahora es, no representa más ni tampoco menosque la expresión temporal por excelencia de nuestra presencia en y ante el pasar. Es nuestra presencia la que hace al ahora y, pasando, a su vez lo convierte en un generador de ahoras relativos al pasar que presenciamos. Dicho de otra forma, la presencia puede verse como una gran ahora entre nacimiento y muerte, llamado a configurar, en el curso de su devenir, los ahoras que, a su imagen y semejanza, dan al pasar y su ausencia de ser forma: lo que ya no es y lo que aún no es sólo pueden ser comprendidos como ahoras y, a su vez, desde un ahora. Pero acá ya entramos a la dimensión narrativa de nuestra temporalidad; es decir, la historia, o, si se quiere, las historias, de lo que depende nuestra existencia como entes temporales. ¿Cómo se llega a ello?

Tiempo y ahora. Si se sigue a Aristóteles, una aporía lleva a la otra. Sin embargo, bien que lo definamos como la determinación de un antes y un después según medida del pasar; bien como ese continuo de partes unidas entre sí pasado-presente-futuro con que representamos el pasar, el tiempo, además de ser un concepto, implica la vivencia del pasar, que, por sí misma, nos remite al no ser del pasar mismo. Sólo que no lo hace en un sentido lógico, sino en el real, o más bien realista de ausencia de ser: lo que ya no es y lo que aún no es. La ausencia de ser no es cuestión de lógica, sino de experiencia; implica memoria y expectación, o sea conciencia o sea, presenciaque la perciba como tal. Todo ahora conlleva esta relación entre presencia nuestra percepción del pasar a partir de la memoria y la expectacióny ausencia, que es el modo en que imputamos al devenir un antes y un después, pues ésta es la única manera que tenemos de relacionarnos con aquello que siendo deja de ser, o sea, lo que ontológicamente se conoce como su no ser.

De modo tal que su pasado y su futuro no se limitan al mero no ser ontológico de una cosa, sino que incluyen la ausencia de ser temporal mediante la cual, desde nuestra presencia igualmente pasajera y temporal nos relacionamos con su devenir mismo y le asignamos existencia histórica. En esencia, esto no cambia la aporía aristotélica, según la cual el tiempo, al estar compuesto de cosas que no son, como el pasado, el presente y el futuro, no puede incluirse en el ser. No obstante, sí que la convierte en la puerta del otro ado de la cual está la dimensión narrativa de la existencia temporal. No es la lógica, sino el lenguaje la llave que puede abrir esa puerta.

Pasado-presente-futuro. Tal es la expresión, frase o fórmula eidética con la que se suele hacer referencia al tiempo o, más propiamente, al pasar que pretendemos aprehender y representar mediante el concepto. Sugiere continuidad. Pero no una continuidad bruta, brutal, incesante, como de hecho lo es el devenir, sino ordenada y separable en partes que, como tales, han de contribuir a su todo. Porque, como a todo lo que clama significación, a nuestra representación del pasar tampoco basta la suma; requiere de síntesis. Por eso los guiones esos, más semánticos que las palabras mismas, y cuyo contexto, más que el texto, es nuestra existencia misma. Porque, si bien reconocibles, las partes de ese todo han de permanecer juntas, inseparables para que prevalezca la continuidad, pero nunca revueltas, para que siempre haya la posibilidad de sentido que requieren los entes temporales para existir pasando; o sea, históricamente.

En tal sentido, pasado-presente-futuro es ya forma histórica, y, como tal, auténtica trampa semántica del pasar y de la que pende la existencia misma de los entes temporales con inteligencia, memoria y voluntad. Nunca acertó tanto Borges como cuando afirmara que el tiempo es la trampa en que consistimos. Ciertamente. El pasado-presente-futuro es concepto racional; es decir, magia de la razón, en modo todo, conjurando la irracionalidad del pasar total, empujándolo no ya a la lógica —cosa que, sin duda, la ausencia de ser del devenir impide pero sí a la narratividad. Es por ello que la magia —del todo racional del tiempo —entiéndase del pasado-presente-futuro se esfuma no más someterla al rigor del análisis ontológico: no es abstracta, sino vivencial y experimental; para nada teórica ni metodológica, sino hermenéutica. Aristóteles fue el primero en romper el encanto, cuando, en su forma inicial de plantear el pasado-presente-futuro, nos indica que una parte de él ha acontecido y ya no es, otra está por venir y no es todavía, y de ambas partes se compone tanto el tiempo infinito como el periódico. Pero parece imposible, se resigna a concluir, que lo que está compuesto de no ser tenga parte en el ser.

El tiempo, pues, no es, y así de sencillo pareciera ser determinarlo. Sin embargo, cabe la sutileza de preguntar acerca esta cosa extraña que llamamos tiempo, y que el mismo Aristóteles describe como oscura y difícil de captar: ¿compuesto de no ser; o. más bien, de lo que ha sido y, por lo tanto, ya no es, y de lo que aún no ha sido y, por lo tanto, aún no es? En estricta lógica, hay que reconocer que no es lo mismo no ser que ya no ser y aún no ser, y que la metafísica del ser llama no ser a estas formas verbales del presente continuo con que se designa el movimiento, sin que ello explique por qué con el infinitivo no lo hace. Pasa que el ser de la metafísica no es un verbo, sino un sustantivo. Y como el sustantivo, a diferencia del verbo, no designa movimiento sino cosas, resulta que el no ser ontológico es la forma de designar la cosa que el movimiento no es, es decir, ser. Es en este sentido, que la diferencia entre no ser y ausencia de ser no la hace la lógica, sino la narrativa.

El no ser del tiempo que resulta de la aporía aristotélica queda entrampado en la misma sustantivización del verbo a la que obliga ontológicamente la metafísica. Pero, además, aplicado esto al pasado-presente-futuro, como si se tratase de la realidad misma del devenir, y no de una representación de ella, se ha confundido tiempo medida y/o comprensión del movimientocon devenir movimiento a ser medido y/o comprendido. De tal manera que, preguntando por el ser real del tiempo, se ha respondido con no ser ontológico del devenir. En otras palabras, del tiempo se ha hecho un ente. En lugar de un concepto que nos relaciona con el pasar, se le ha identificado con el pasar mismo de la existencia temporal.

Pero la aporía del tiempo no se queda allí, y arrastra a la del ahora, que es como la prolongación de un razonamiento lógico que, en la medida que lo identifica con el pasar, hace del tiempo el más aporético de todos los problemas metafísicos. En efecto, en la medida en que el pasado-presente-futuro con que representamos el pasar supone que el tiempo es divisible, a la inconsistencia lógica de un tiempo sin ser, hay que agregar la de que estamos dando por descontado que las partes de las que consta, sin embargo, son. Al respecto indica Aristóteles: si ha de existir algo divisible en partes, entonces será necesario que, cuando exista, existan también las partes, o todas o algunas. Pero, aunque el tiempo es divisible, algunas de sus partes ya han sido, otras están por venir, y ninguna «es». El ahora no es una parte, pues una parte es la medida del todo, y el todo tiene que estar compuesto de partes, pero no parece que el tiempo esté compuesto de ahoras. Ciertamente, no; el tiempo no está compuesto de ahoras. Pero es el tiempo el que, a modo del ahora narrativo que la presencia misma implica, permite a estos coexistir en ese todo temporal que llamamos narración.



Por lo demás, argumenta Aristóteles que si el ahora fuese parte del tiempo tendría duración. Pero entonces no sería un ahora, pues si el presente tuviese duración, tendría una parte anterior y otra posterior, cada una de las cuales sería presente; con lo cual, el ahora entonces sería a la vez futuro y pasado, lo cual es absurdo. Estamos así, papiamento hablando, ante la aporía del ahora, que conduce a una nueva contradicción: si el ahora es uno e idéntico, sería el tiempo mismo. Y si fuese siempre distinto, el tiempo no sería otra cosa que una sucesión de ahoras; lo cual niega la misma aporía. En suma, tampoco es posible identifica el ahora con el presente, cosa a la que, por cierto, somos tan propensos.

De nuevo el análisis formal del tiempo nos coloca en un callejón sin salida. El problema ahora es haber identificado el ahora con el presente, es decir, con una parte del pasado-presente-futuro al que, previamente y en su totalidad, la aporía misma ha negado el ser. Y no podía ser de otra manera, ya que el análisis ha partido de la misma confusión entre tiempo y devenir. Si tuviera duración, el ahora nunca sería igual a sí mismo, es decir, sería devenir. Y si siempre igual a sí mismo, sería ser. Pero pasa que el pasado-presente-futuro objeto de la aporía no es ni lo uno ni lo otro, sino, como llevo dicho, una representación del pasar; es decir, representación del ya no ser y del aun no ser del devenir, visto, no en la dimensión ontológica del no ser que la metafísica del ser le ha asignado como su contrario, sino en la narrativa de la ausencia de ser y de la que participa su curso. Divisible es el tiempo, en cuanto que concepto y representación del devenir; nunca el devenir mismo, en cuanto que dimensión en la que todo lo real deviene irreal.

Aristóteles hubo de conformarse con una cosa oscura y difícil de tratar, respecto de la cuál, como él mismo lo indica, no había información suficiente. Pero ni el mismo Einstein hubiese sido suficiente para despejar esta oscuridad, ya que, como Bergson, Aristóteles tenía una idea del tiempo que no se limitaba a su objetividad. Hubiera reaccionado de una manera similar a la teoría de la relatividad. El tiempo no es movimiento. Pero no hay tiempo sin movimiento. Y, en consecuencia. sin percepción de movimiento, tampoco, tal y como nos lo sugiere el mito de aquellos durmientes de Cerdeña que, tras siglos de sueño, despiertan junto a sus héroes. En todo caso, pese a su forma contradictoria e irreductible o, quizás, más bien gracias a ellay deslizándose de la lógica hacia la lingüística, a la postre, la aporía terminó siendo la puerta abierta a otra dimensión del tiempo: la narración. A lo cual, por cierto, el mismo Aristóteles, sin pretenderlo, hacía el primer gran aporte; ya no desde la Física, sino con el Tratado de la Reminiscencia y la Poética.

Pasa que si algo deja en evidencia la aporía aristotélica es que el tiempo no es ente, y que, en consecuencia, una cosa será el no ser del tiempo y muy otra el tiempo del no ser; entiéndase, del devenir. Ya que el problema con esta cosa oscura y dificil de dilucidar es que, como dirá más tarde Agustín: porque lo vivo, sé lo que el tiempo es, mientras no pretenda dar razón de lo que es. A partir, pues, de la misma vivencia que comparten todos los entes con conciencia de pasar, Aristóteles fue a parar al hilemorfismo y la concepción de una existencia basada en materia y forma; potencia y acto. Agustín, por su parte, se fue directo al cielo, que, en su caso, es el allá donde el santo habría de resolver el problema que el filósofo se planteara aquí en la tierra. Hasta ahora, nadie sabe cómo le fue al obsesionado de Agustín, ya que, como sabemos, el tiempo es tema respecto al cual a los dioses sólo cabe guardar silencio. En cualquier caso, la existencia en devenir sigue su curso, sin esperar por la solución de Agustín, que, como ya apuntara Heidegger, deja el tema del tiempo allí, congelado, en la inescrutable cueva del alma; hábitat de su hombre interior.

Muy a diferencia del de Agustín, el hombre de Aristóteles es un animal que recuerda con aquella parte del alma que es consciente del tiempo. Hasta mucho tiempo después no se supo cuál. Pero para Aristóteles, esto no conectaba a su hombre con dios alguno y, por el contrario, era la facultad que le otorgaba entidad eminentemente temporal. De allí que este animal, con conciencia plena de su propia temporalidad, ande al aire libre, compartiendo con la naturaleza la misma materia, finitud y mortalidad. Incluso hasta la misma incertidumbre en cuanto a de dónde viene y a dónde va. No es que este hombre no tenga alma, sino que ésta no es adentro, sino forma, en sí misma temporal y que en su curso se actualiza, de un ser que en potencia tiene vida. El hombre de Aristóteles es duración, y, como todo ente temporal, una entelequia. El tiempo lo es del ahora percibido como anterior y posterior en movimiento; y nunca de la eternidad. Porque el tiempo, al final, es justamente eso: número del movimiento según el antes y después.

Desde un punto de vista sintáctico, ahora de adverbio demostrativo, circunstancial y de tiempo que denota presente de la acción. Lo cual ya es bastante ambiguo, si se reconoce la imposibilidad de fijar los límites de cualquier presente. Ahora también es equivalente a frases, igualmente adverbiales, como en o este momento; en o el tiempo actual; como cuando se habla de la juventud de ahora. Lo cual aumenta en mucho más su ambigüedad, ya no sólo en relación con sus límites temporales, sino, además, con el actor mismo de la acción a la que se refiere. Tal ambigüedad, si bien tan contraproducente en el análisis ontológico, pareciera ser, sin embargo, de una enorme riqueza desde el punto de vista narrativo, ya que, de algún modo, siempre coincide con la imposibilidad absoluta de definir límites en el devenir.

En tal sentido, desde un punto de vista lógico, a quien intente determinar el ahora le será tan imposible como a Aristóteles, y por las mismas razones: la imposibilidad de acotar sus límites por sí mismo y de que el tiempo pueda ser identificado con una mera sucesión de ahoras. Por lo cual, tendrá que hacer lo mismo que Aristóteles: hacer del tiempo una cuestión inseparable del movimiento y, aún más, de la percepción del movimiento. O, lo que es lo mismo, hacer de la cuestión del tiempo una forma de conciencia respecto del pasar, basada en el reconocimiento y la interrelación entre un antes y un después. Pero no hay modo de plantear esto sin involucrar a la memoria y la expectación; es decir, nuestra experiencia como entes temporales que no sólo captan pasar, sino que, al tiempo que lo hacen, igualmente, pasan.

Es por esto que Aristóteles, aunque parco y riguroso, pero que requiere ilustrar el ahora con el mayor énfasis posible, recurre a leyenda tan estrambótica como la de los durmientes de Cerdeña; aquéllos que, tras siglos de sueño, despiertan junto a sus héroes. Lo que importa acá no es lo fantástico de la escena, sino el que a estos míticos entes temporales pasa lo que hubiera pasado a todo ente temporal en su lugar: enlazar el ahora anterior con el posterior y unificarlos en un único ahora, omitiendo el tiempo intermedio entiéndase pasaren el que habían estado insensibles al pasar. El tiempo no es movimiento. Pero, para que haya tiempo, tiene que haber percepción de movimiento. El ahora, entonces, no es tiempo, ciertamente; pero sí percepción del movimiento que, a partir de la memoria y la expectación, lo hace posible como dimensión del pasar. Y pasa que esta dimensión del pasar, basada en la memoria y la expectación, al margen de su contenido más o menos mítico, es esencialmente narrativa. Y esto es algo que, como se ve, hasta con la más fantástica leyenda es posible de ilustrar.

Aristóteles decía que la percepción lo es del presente, la memoria del pasado y la expectación del futuro. Para decir lo mismo, Agustín hablaba de un triple presente. Lo cual no es otra cosa que llamar a la percepción presente de la cosas presentes; a la memoria presente de las cosas pasadas; y la expectación presente de las cosas futuras. Hay que reconocer, sin embargo, que este triple presente agustiniano nos acerca mucho más al ahora como dimensión de nuestra presencia en y ante el pasar. Cercanía que Joyce llevaría a su más sintética expresión, cuando concluye: todo fluye en un eterno presente. De lo cual, por cierto, acaso sea el Ulises la más completa de las ilustraciones.

El caso es que el tiempo no es ente, no tiene ser. Ni pasado, ni presente ni futuro son; dicho en el sentido de que no son cosas que están ahí, sino, precisamente, la ausencia del estar ahí de las cosas en su pasar y con la que nos relacionamos desde nuestro pasar mismo en presencia. Y es esto lo que hacemos a través del concepto de tiempo y de la narración: relacionarnos con la realidad de un devenir en el que sólo es posible ser dejando de ser y en el que, por lo mismo, todo lo real deviene irreal. En este sentido, el ahora no es tiempo, sino comprensión de lo real en su irrealidad misma sujeta a tiempo y al todo temporal de lo narrado. Por lo que se puede decir que la narración no es otra cosa que un ahora determinado como dimensión temporal del pasar y en el que a su vez coexisten más de un ahora. El ahora no es tiempo porque, como queda dicho, el tiempo no es ente. Empero sí es la forma en que el tiempo configura el pasar en un todo narrado. Podríamos llamar ahora a la narración relativa a un sujeto y que recoge en un todo su pasar. Pero normalmente a este todo temporal solemos llamarlo biografía, y en él esperamos encontrar el retrato de diversos ahoras, tales como infancia, juventud y vejez. El ahora no tiene límites precisos, ni lógicos ni ontológicos, sino contextura narrativa; o sea, disposición y unión respectiva de las partes que juntas componen un todo narrado. De hecho, aím cuando puedan estar fijados cronológicamente, el antes y el después, el inicio y el final, sólo se corresponden formal o simbólicamente con el número de dicha fijación; lo cual para nada invalida la esencial ambigüedad de la que se vale el ahora para emular la continuidad persistente y redundante del pasar y su imposibilidad misma de ser lógicamente dividido. El ahora insistamosno es tiempo, sino el modo en que el tiempo se va creando y configurando a sí mismo como ahora en el curso de una narración.

Curso narrativo. Que, si bien emula el pasar, nunca es el pasar mismo. De suyo, que ni tiene por qué serlo, pues, si fuese posible repetir el pasar, sería tanto como re-vivir su inmediatez sin comprensión ni sentido. El curso narrativo de cualquier historia es pasar comprendido; entiéndase, captado, seleccionado, ordenado, procesado, interpretadoen suma, intencionado. No otra es la tarea de la conciencia en acto narrativo. Lo cual resulta del ejercicio de la facultad más propia y esencial de los entes temporales que para existir han de hacerlo históricamente: captar, seleccionar, ordenar, procesar, intrpretar... en un mismo momento actual eventos que han tenido lugar en momentos distintos. Y como el ejercicio de dicha facultad sólo es posible a partir del antes y el después, o sea, en una dimensión narrativa, podríamos decir lo mismo afirmando que se trata de ser o estar presente, en un mismo ahora temporal, ante un pasar que se corresponde con ahoras temporales distintos. Obviamente, no se trata de omnipresencia, al estilo divino, sino de presencia narrativa, al estilo temporal, y que es la única forma de ser o estar en la realidad de un devenir en el que todo lo real deviene irreal.

Lo que quiere decir, entonces, que el ahora no es sólo aquél que, junto a otros, coexiste como forma temporal del pasar en un mismo todo narrado, sino también presencia temporal desde la que se concibe y configura el todo en que coexisten los ahoras narrados, y que, en correspondencia con ello, podríamos llamar ahora narrativo, que es el que nos permite hacer lo que con tiempo y narración hacemos: captar, seleccionar, ordenar, procesar, interpretar, comprender... en un mismo momento eventos que han tenido lugar en momentos distintos. O sea que, mientras el ahora narrado es pasivo, el ahora narrativo es voluntad; implica acción. Si aquél se corresponde con la ausencia de ser del devenir en curso, éste lo será en el mismo curso del ente temporal que lo presencia. Una cosa es niño, joven y viejo como ahoras narrados en la biografía que nos cuenta el pasar del sujeto, y otra el sujeto presenciando pasar al modo del niño, el joven y el viejo. Y si el mismo sujeto escribiera su autobiografía, niño, joven y viejo volverían a ser ahoras narrados llamados a coexistir en un todo temporal; aunque, seguramente, dado que se trata de otro ahora narrativo, serían bien distintos de aquellos que lo son en la biografía que otro escribiera.

Ser temporal es existir de cara al pasar y la ausencia de ser implícita en todo cuanto deviene, porque deviene. Y esto, existir, hemos de hacerlo históricamente; es decir, en modo pasado-presente-futuro, que es ya la forma narrativa por excelencia de asumir nuestra temporalidad y la de lo que nos rodea. La imposibilidad ontológica de dar ser al tiempo conlleva la posibilidad narrativa de dar tiempo al ontológico no ser del devenir. El mismo Aristóteles hubo de asociar el tiempo al movimiento y la percepción del movimiento. Con lo que involucra en el tratamiento de esa cosa oscura y difícil de dilucidar y que no puede incluir en el ser a la memoria y la expectación; esto es, las herramientas fundamentales con las que opera nuestra conciencia narrativa. Es por ello que las aporías del tiempo y del ahora que en el fondo son la misma aporíaabren las puertas de par en par a la dimensión narrativa de la existencia pasajera, finita y mortal, pues no hay otro modo de ser históricamenteel no ser ontológico del devenir que narrando la ausencia de ser en que el pasar en su cursose va expresando según medida. Ciertamente, el tiempo no tiene ser, porque, para que tenga alguno, es preciso crearlo narrativamente hablando y, así, darnos ser a nosotros mismos históricamente hablando.

Entre el ahora narrado y el narrativo, la diferencia la hace la voluntad. Si, como dice Aristóteles, no hay tiempo sin movimiento, mucho menos lo habrá sin narración. Por lo cual todo tiempo implica un ahora narrativo desde el que se lo genera y configura como todo narrado en el que coexisten más de un ahora. En tal sentido, desde el punto de vista de nuestra entidad temporal, el ahora narrativo viene a ser la base de operaciones del acto narrativo. Es allí donde jugamos al inicio y el final; al antes y el después; a la coexistencia de los ahoras y las más diversas formas de correlación entre ellos: ordenación, sucesión, jerarquía, causa y efecto; hasta los hechos, que no son otra cosa que eso, una forma de correlación en el todo narrado del acontecer.

Claro que el ahora narrativo no es voluntad pura y por sí sola lidiando con el pasar, sino voluntad frente al pasar y a partir de la experiencia del pasar. Se trata de una dimensión de la consciencia temporal en la que confluyen expectación y memoria. De modo que no se presencia devenir por casualidad y a ver si, de pronto, arroja algún sentido, sino por requerimiento existencial y con la intención premeditada, obligada y manifiesta de arrancarle al menos uno. Con nuestra presencia en y ante el pasar, éste deja de ser mero pasar, Nuestra vivencia y experiencia del pasar lo convierten en objeto intencional de nuestro propósito de significación. De modo tal que expectación y memoria son dimensión de la conciencia en la que el devenir ya deviene escenario de la existencia. Y, en tal sentido, el ahora narrativo viene a ser el tras bastidores en y desde el cual se mueven los hilos de la historia narrada. Es allí, en esa dimensión de la conciencia en la que nos jugamos nuestra propia temporalidad, y gracias a esa herramienta del existir que es el lenguaje, donde el pasar adquiere su dimensión propiamente semántica y sin la cual su su ser dejando de ser para ser no tendría sentido; nos sería inaccesible.

Cuánta razón cabía y cabe aún a Volitare cuando afirmaba que toda historia es una obra de teatro. Ciertamente, el nudo de una trama a resolver entre un inicio y un final, según el hilo semántico del antes y el después que entreteje sus ahoras, hasta conseguir ese paño de una pieza que es el todo de una historia. Por eso todo ahora narrativo es un acto de voluntad ejercido a través de una narrativa. En tanto que presencia, pues, el ahora narrativo, como el narrado, también es pasar; sólo que pasar consciente de sí como pasar en acto narrativo. Dicho en otros términos, si toda historia es pasar narrado −esto es, acontecerel ahora narrativo desde el que se la concibe y configura es pasar que narra; que construye acontecer.

Llegado a este punto me doy cuenta de algo inherente a la acción misma de la escritura y su proceso que tiene que ver, precisamente, con el ahora narrativo. Y es que, durante los últimos días, he pretendido hablar del presente en el que escribo esta historia, y sólo ahora entiendo que de lo que se trata es de hacerlo del ahora narrativo en que lo hago, que no es un presente, sino parte de mi presencia misma; la ocupada en este amasijo, o que este amasijo ocupa en su proceso, por mejor decir. Empero esto es algo que sé, como digo, sólo ahora; es decir, llegado a este punto de mi análisis del tiempo y del ahora. De modo que llegar a saberlo así ya es parte del ahora narrativo en que escribo esta historia; de su proceso, habría que decir, pues, en tanto que pasar consciente de sí y presencia, el ahora narrativo es también proceso, sujeto no sólo a la acción misma de escribir, sino a muchas otras cosas, entre las que tengo que incluir, por ejemplo, una molicie de tres días. No perderé el tiempo mencionando muchas otras cosas que seguramente habría que incluir aquí, como no se cuántas idas y venidas a la ensenada sólo, o a la plaza, en compañía de Mudito y Diógenes, o, incluso, que yo recuerde, la primera vez que pensé en escribir esta historia, cuando ni siquiera me había largado a la mismísima mierda en que ahora la escribo y sin la cual no habría sido escrita jamás. Me perdería en semejante inventario, pero que me sirve para imaginar cuán ambiguo puede ser un ahora narrativo, arrastrado por el pasar mismo y desperdigado, aquí y allá, en señales. Con lo cual, se me hace que esta cuestión está de tal manera minada de trampas y sutilezas, que requiere de mucha más acuidad de lo que había supuesto cuando me la propuse; hace tres días más o menos,según creo.

Debe ser por eso que no me senté a escribir hasta esta noche; y hasta que cayó la noche, como si esperara tomar este amasijo por asalto. Como sea, lo cierto es que desde hacía tres días que no apuntaba una palabra en este amasijo, digo ahora, cuando ya llevo apuntadas más de cinco mil y me percato de que, durante los tres días en que no apunté ni una y pasaba de largo mirándolo de reojo, no me refería al amasijo como este, sino como ese amasijo. Este cambio en el demostrativo parece cosa vana. Pero, no obstante, tiene enormes implicaciones para el ahora narrativo en que me encuentro.

Lo primero es que obliga. Ya que si decir ese amasijo implica que entre escribidor y amasijo media alguna distancia, de manera que, al menos, no lo tengo yo entre las manos en el preciso momento en que lo digo, entonces ¿cómo es que lo estoy escribiendo? Pasa, pues, que si me estoy refiriendo a él en el momento en que escribo, hay que hablar de este, y no ese amasijo. Sin embargo, si bien es cierto que la sustitución de ese por este se corresponde con un cambio de posición y proximidad, la cuestión no puede ser reducida a lo meramente espacial, ya que tal reducción deja fuera la dimensión semántica de ese amasijo, en virtud de la cual la distancia material entre escribidor y amasijo se convierte en la lejanía mucho más que física, moral, emocional o anímica que impone una molicie de tres días. Y esta lejanía y esta molicie son datos entre muchos otros, sin dudade este ahora narrativo en e que escribo esta historia, pero que no se limita a la sola acción de la escritura e involucra mucho más que dicha acción. Por sutiles e indiferentes que se me puedan antojar, esta lejanía y esta molicie están implícitos en su pasar mismo y suman a su proceso como ahora en acto narrativo. Captadas y narradas por mí, esta lejanía y esta molicie son presencia. Porque, al parecer, una cosa es el ahora narrativo en tanto que el conjunto de acciones físicas e intelectuales que implica la escritura, y otra en tanto de acto narrativo, que implica la voluntad de escribir el querer escribir, del que hablaba Derriday que, más allá de las acciones y operaciones inherentes a la escritura, implica el existir mismo.





Con lo cual, parece obvio que el ahora narrativo se despliega en un muy complejo proceso, que no se limita al momento de la acción física y material de la escritura y de la interacción con el amasijo, sino que, por el contrario, en tanto que pasar que es, puede involucrar los más diversos momentos y experiencias que contribuyen a su temporalidad. Medido en horas, días, y hasta años, el ahora narrativo abre las puertas de la presencia en y ante el pasar a las más diversas y acaso infinitas posibilidades de lectura de lo que pasa; incluida la incertidumbre de no poder saber nunca cuánto dura o hasta dónde llega dicho ahora; dónde y cuándo comienza; donde y cuándo termina; ¿de qué está hecho su pasar? Porque, de hecho, no está hecho de lo mismo de lo que está hecho el ahora narrado de las historias, que sólo está hecho de aquello que a su narración conviene y determina como tal.

A Joyce le tomó siete años escribir una historia que transcurre en un día. Medida esta relación en términos matemáticos, quiere decir que esa historia su ahora narrado total, por decirlo asícabría dos mil quinientas cincuenta y cinco veces en el ahora narrativo en que fue escrita. Obviamente, no es esta lógica cuantitativa la que mejor pueda dar razón de este asunto. Pero sin duda que será muy útil para ilustrar la sutileza y complejidad que implican el tiempo y el ahora. Cuando se dice que una historia cabría dos mil quinientas cincuenta y cinco veces en el ahora en que fue escrita, lo que se está refiriendo es un pasar cuantificado en días como unidad de medida temporal. Con lo que, sin embargo, nada se está diciendo acerca de lo que pasa; como si los días, en cuanto que pasar, fuesen siempre iguales a sí mismos, tal y como lo son en cuanto que unidad de medida del pasar. Sin embargo, la historia que nos narra un día de pasar nunca será lo mismo que un día de pasar sin historia que lo narre. Y aún cuando se tratase de la más monótona cotidianidad, una cosa es el pasar y otra lo que pasa. Precisamente, porque lo que pasa es pasar experimentado y comprendido que, sujeto a memoria y expectación, su narración convertido en lo que pasó, la diferencia entre lo uno y lo otro la hace la voluntad de narrar, el acto narrativo, o, si se quiere, la conciencia temporal en ahora narrativo. Los siete años que tomó a Joyce el ahora narrativo en que escribió el Ulises son pasar puro −salvo, claro está, para el mismo Joyce, o aquel de sus biógrafos que hiciera de dicho pasar un objeto de narración. Pero la historia de lo que pasa en un día que el Ulises nos narra, es, como ya dijera el mismo Joyce de Dublineses, una historia moral de Irlanda.

Ahora bien. Siete años de ahora narrativopara narrar la historia de un día es decir, hacer de un día el todo de un ahora narrado. Es por ello que Aristóteles no puede definir el ahora; porque, en términos de presencia, no hay límite, frontera o divisoria entre las dimensiones de la experiencia respecto al pasar percepción, expectación y memoriasino, muy por el contrario, la confluencia voluntaria y narrativa de todas ellas. Y es esta confluencia en la presencia en y ante el pasar, y no la medida del pasar, lo que hace al ahora.

El triple presente de Agustín apunta a la misma dimensión narrativa del ahora. Sólo que, en este caso, sí tenemos la primera elaboración del tiempo extenso, o lo que normalmente conocemos como tiempo histórico. En efecto, Agustín afirma que del tiempo sólo captamos manifestaciones que, en realidad, provienen de nuestra propia experiencia y vida interior: el presente de las cosas pasadas, que identifica con la memoria; el presente de cosas presentes, que identifica con la visión; y el presente de las cosas futuras, que identifica con la expectación. En pocas palabras, vomo diría Joyce, todo fluye en un eterno presente, o lo que aquí prefiero llamar presencia. Ahora bien, por otra parte, este triple presente hace del tiempo un tema de conciencia que capta y procesa pasar, pero a la que, al mismo tiempo, le ha sido vedado determinar qué es el tiempo. Dicho en otros términos, según Agustín, no sabemos lo que el tiempo es porque saberlo es de designio divino. Sólo, pues, vivimos el tiempo y en el tiempo, y esto hacemos como extensión del alma con que la divinidad nos ha dotado y con la que nos mantiene sujetos a aquél designio. Llegado a este punto, es obvio que el santo rompe con el filósofo cuyo esquema lógico ha copiado. De modo que, en cuanto al manejo del tiempo y su aporía, la diferencia entre Aristóteles y Agustín no la hace la lógica, sino el alma, que en el uno es forma, y en el otro don.

Si bien, en cuestión de tiempo, Agustín, hasta donde puede y le conviene, es más aristotélico que Aristóteles, al que ha seguido a pie puntillas en su aporía, en cuestión de dioses es más platónico que Platón. De manera que, arribado a la aporía, Aristóteles deja el tiempo como cosa oscura y difícil de dilucidar, y siempre asociada al movimiento. Pero Agustín, que, antes que filósofo, es pecador, partiendo de la misma aporía, celebra su oscuridad lógica como aquello que ilumina su ser temporal mismo respecto a su dios. Si bien esto es algo que jamás podría haber pasado por la mente ecuánime y materialista de un filósofo como Aristóteles, para un muchacho, dispuesto a hacer de su vida disipada un camino de redención, la lógica de la aporía era como lacerar su espalda filosófica con el vergajo del misterio y designio de su creador. En este sentido, hay que decir que Agustín ama la aporía, al modo en que los místicos el sufrimiento, y ve en su imposibilidad lógica no una cuestión de procedimiento o información, sino aquello que sólo se puede ver cuando el alma de la criatura está en sintonía con el dios que la creó.

Implicaciones teológicas aparte, más propias de la biografía confesional que del análisis ontológico, lo cierto de todo esto es que, mientras la prudencia del filósofo nos deja en la aporía, la temeridad del pecador nos deja, como quie dice, hacer de tripas corazones. Lo que quiero decir es que, a diferencia de Aristóteles, Agustín no se da de narices con la puerta cerrada del no ser del tiempo entiéndase del pasarsino que, por el contrario, la empuja y abre de par en par a la presencia en y ante el pasar. Su triple presente reúne en un mismo ahora es decir, presencialo que en el esquema ontológico aristotélico permanece dividido. De modo tal que ya no se trata de someter a la lógica del no ser el pasado-presente-futuro con el que identificamos el pasar, pues éste no es sino una representación del pasar, reconstruida con las manifestaciones provenientes de nuestra experiencia y vida interior. Lo cual es posible gracias a que, cuando Agustín coloca a un dios como creador del tiempo y con ello hace de su supuesto ser algo inaccesible para la razón, de hecho lo que está haciendo es separar tiempo y devenir, con lo que coloca a la aporía a salvo de todo razonamiento lógico y hace del pasado-presente-futuro una representación del pasar basada en la experiencia. Dicho en otras palabras, y al margen de sus consideraciones teológicas, el libro XI de Confesiones sigue un camino muy distinto del IV de Física, abriendo la imposibilidad lógica de la aporía a las posibilidades temporales del ahora y la presencia, sólo posibles en una dimensión narrativa. Del ahora aristotélico e indeterminable, en que coinciden, o deberían coincidir, el fin del tiempo que ha pasado y el futuro del que ha por venir, Agustín ha hecho un presente entiéndase presenciade cosas de diversa procedencia que se recuerdan, que se viven, que se proyectan− y que, en tanto que extensión del alma, se apresta a desplegar todo su potencial narrativo como captador de pasar.

Bien como cosa oscura y difícil de dilucidar, bien como designio divino y, por lo tanto, imposible de dilucidar, el tiempo, concebido como ente, ha elevado una muralla ontológica casi infranqueable entre existencia y narración. No hay que confundir tiempo y devenir. Pasa la vida, que es en sí misma movimiento. El tiempo no pasa; sólo mide y comprende pasar en un contexto necesariamente narrativo. Cuando decimos que vivimos el tiempo, lo que en realidad vivimos pasando es el pasar, aún cuando esto hagamos, ciertamente, mediante nuestra idea misma del tiempo. El tiempo no es devenir, sino la idea que le da ser y forma a su no ser o, mas bien, a su ausencia de ser, que es lo que captamos y experimentamos desde el ahora de nuestra presencia y de lo que se alimentan los ahoras narrados de las historias. Tampoco ha sido creado por dios alguno y como dimensión en la que existen los entes temporales. Muy por el contrario, son los entes temporales con inteligencia, memoria y voluntad los llamados a crearlo, narrativamente hablando, como su modo propio de existir históricamente. Es por ello que la aporía del tiempo y el ahora no tiene una solución lógica, sino narrativa. La ontología del tiempo será un estudio del ser; sí, pero no del tiempo, sino de la narración como todo temporal. El tiempo por sí mismo no tiene entidad. Y no lo necesita, porque, siendo concepto que nos relaciona con el pasar en un ahora narrativo desde el que se constituyen los ahoras narrados de una historia, no está allí para tener ser, sino para dárnoslo a nosotros mismos, como los personajes que somos de esa narración acerca del pasar en la que consiste la existencia temporal. El pasado-presente-futuro con que normalmente aludimos al tiempo, no es, pues, la realidad del pasar, sino la metáfora realista del pasar Es en el ahora narrativo donde el pasar adquiere ser como no ser y forma como acontecer.

El no ser del pasar obliga al tiempo como representación. No es un procedimiento ontológico. Es algo que impone la vida misma; nos lo exige nuestro existir de entes temporales con conciencia del pasar y de su propio pasar. Exigencia que a la postre termina por hacer de la aporía un falso dilema y que siempre llevará a la trampa narrativa del tiempo extenso. Cuando en su Física Aristóteles suspende su intento de determinar lo que el tiempo es, para referirse a él como cosa indeterminada en su naturaleza y de la que sólo se puede dar razón en función del movimiento, hace del pasado-presente-futuro una representación de la realidad del movimiento. Lo que de alguna manera equivale a abandonar la concepción del tiempo ente del que ha partido la aporía y superar la confusión inicial que identifica tiempo y devenir. Y cuando Agustín, de manera similar, tampoco puede dar con el ser del tiempo y, más allá de los límites de la lógica, lo transfiere por vía teológica a los misteriosos designios de su creador, está haciendo lo mismo: convirtiendo en representación de un devenir en el que todo lo real deviene irreal aquello a lo que, como el tiempo, no puede dar ser ontológico.

Esto se comprende mejor cuando, respecto a la cuestión del tiempo, se compara a Aristóteles y Agustín con Platón. En efecto. El autor del Timeo se ahorró este tipo de dilema ontológico, por cuanto para él, a diferencia de Aristóteles y Agustín, el no ser del tiempo no es una conclusión lógica, y que necesariamente lleva a la aporía, sino el mismísimo punto de partida de su ontología. En cuanto al no ser del tiempo, pues, Platón, sólo se deshizo axiomáticamente del tema que a Aristóteles y Agustín correspondió agotar en su análisis lógico. En todo caso, agradezcamos no a la lógica, y mucho menos a dios alguno, sino al mismísimo absurdo, que el devenir, en su empeño de ser siempre otro, se niegue a sí mismo el ser; que en su no ser ontológico radica nuestra gran y única oportunidad de darnos uno histórico; el único que podemos tener en tanto que no somos otra cosa que entes temporales que para existir han de hacerlo históricamente. Por cierto que esto, de súbito, me ha recorddo a Napoleón, cuando decía que se puede vivir sin dios, pero no sin religión. Y, ciertamente ¿qué es la religión si no una narrativa entiéndase ejercicio de temporalidadacerca de la atemporalidad? En fin. Si algo pone en evidencia la aporía del tiempo y del ahora es que se puede vivir sin ser, pero no sin narración.

El pasado-presente-futuro no es, pues, el pasar, sino la forma narrativa de aludir su no ser ontológico, o, más bien, su ausencia de ser, que es lo que lo hace susceptible de narrativa, con el propósito de darle forma de acontecer; que es lo que nos da ser histórico. Y esto hacemos desde nuestra presencia y a partir de un ahora narrativo, que es tiempo específicamente sujeto a presencia; es decir, tiempo extenso. Sin lo cual hubiese sido imposible que, tras siglos de sueño, los durmientes de Cerdeña despertaran junto a sus héroes; o que yo, el escribidor de esta historia, en este ahora narrativo en que me encuentro, incluyera, como en efecto hago, la molicie de tres días. Más que de instantes para la medición, el tiempo extenso está hecho de vivencia para la comprensión. ¿Y qué otra cosa sugiere esto si no la narratividad misma del pasar? ¿qué otra cosa podría ser aquella cuarta dimensión del tiempo así entiende Heidegger la presenciasi no la visual de un narrador?

Ahora bien. Luego de este vuelo rasante por los cielos de la ontología, vuelvo a las cuevas de mi oscuro ahora narrativo, en el que escribo esta historia acerca del hecho de escribir historias. Emerjo del chinchorro. Pero no junto a los héroes. Que si a los de Cerdeña les hubiese tocado, como a Diógenes, Mudito y a mí, despertar en Buenaventura, lo habrían hecho junto al Licenciado Valbuena. En todo caso, tras una molicie de tres días, yo despierto junto al amasijo y emerjo del chinchorro que, si no es el alma, es lo que mejor define la forma de este ahora narrativo que, desde hace tres días, hace aguas a la deriva en el mar de la molicie. Por cierto que, quien no haya experimentado la visión que se tiene del pasar desde un chinchorro, no entenderá este achinchorramiento ontológico desde el que puedo observarlo todo como si me fuese ajeno, incluido a mí mismo escribiendo.

A diferencia de Agustín, no tengo vida interior. O soy interior al aire libre, como Buenaventura. Aunque lo de interior me suena a hueco, y el único hueco del que tengo noticia es este universo; mi laberinto. Y dios tampoco tengo. Que si acaso lo tuviera, no habría necesidad alguna de ir hasta él ni de él llegar a mí. En todo caso, si hay dios no será mío, y que haga lo que el aristotélico: pensarse a sí mismo, que es la mejor forma de ser adorado y seguir siendo dios, sin poner su eternidad en entredicho. Lo que, por cierto, me lleva a pensar en que, además de genial, este Aristóteles era astuto. Asignó a su dios una tarea tal que éste no tuviera la más mínima oportunidad para joder en el mundo temporal. De haber hecho Agustín lo mismo con el suyo, habría fundado la fenomenología y la hermenéutica. Como sea, lo cierto es que, para lidiar con el tiempo, los dioses no se dan maña; carecen de la actitud narrativa que el ser temporal demanda. Ni pueden tenerla, porque han enfermado de eternidad; mal ontológico para el que la filosofía no tiene cura. Si la aporía abre las puertas de la dimensión narrativa de la existencia, la eternidad nos las cierra en la cara y la torna imposible.

Lo que llevo dicho, incluso esto último, ha de ser computado como parte de este ahora narrativo, que no está hecho sólo de molicie, sino de molicie que ve y siente, aunque sólo sea para encogerse de hombros. Y ese es el punto ¿Cuánto puede caber en un ahora narrativo? El problema acá es que, como representación del tipo pasado-presente-futuro, en la que no hay cómo definir límites, el tiempo, como el pasar, no es divisible, aún cuando su unidad de medida de la duración lo sea, numéricamente hablando. En un siglo de duración caben cien años de duración. Pero, como pasado-presente-futuro, el ahora de un siglo, es decir, un siglo temporalmente representado, no está hecho sólo de duración numéricamente cuantificable, sino de memoria y expectación históricamente comprensible. Reloj y calendario miden duración, que sólo la narración puede configurar como un todo en el cual comprender, más allá de su mero durar, lo que dura. Por ser el tiempo aporético y todo ahora narrativo acto de presencia, el ahora es hermenéutico. En cuanto a su naturaleza específicamente temporal se refiere, toda historia es un ahora. Pero no necesariamente todo ahora es una historia, al menos no hasta que se constituya en ese todo, con inicio y final, que las historias requieren para ser tales. ¿Y cuál sería ese todo en este ahora narrativo en el que escribo esta historia acerca del hecho de escribir historias y, al mismo tiempo, vago por los bosques de la molicie; disperso, ocioso, o simplemente hundido en la incertidumbre, en el sueño, o en el olvido?

En cada ahora narrativo confluye la suma brutal de nuestro propio pasar. Eso son los siete años que tomó a Joyce narrar la historia de un día. Gracias al no ser del devenir, el acontecer, sujeto al ahora narrativo, puede fingir ser lo que pasa. es decir, aquello que de su ausencia establecemos como tal. Si el tiempo, como todo narrado, es la máscara racional con que el demonio del pasar sigue su danza en la paz del entendimiento. en su ahora narrativo el escribidor no es otra cosa que su propio demonio, y su máscara la escritura. Es lo malo de escribir historias: uno sabe que lo está haciendo. Lo bueno es que lo disfruta. Mi ahora narrativo es la danza del lenguaje en el torrente engorroso de mi pasar mismo, y este amasijo la danza misma. Si acaso algún otro escribiera esta misma historia; incluso si lo hiciera yo mismo, pero en otro ahora, otro demonio danzaría.

Las historias, esos todos temporales con sus configurados ahoras narrados, sus ficticios inicios y finales, el cebo de su argumento y la zanahoria de su sentido, son trampas temporales para atrapar pasar y en las que la ausencia de ser hace de presa. Así nos damos ser histórico. Es cierto que el demonio del pasar siempre se las ingenia para no dejarse atrapar. Sin embargo, como el gato con el ratón, siempre nos deja jugar al antes y el después. En realidad, puestos a ser precisos al extremo, tendríamos que decir que no es que el tiempo da ser, como bien afirmaba Heidegger, sino que, como el gato, no nos deja morir antes de que se acabe el juego. Empero, para que la trampa funcione, se requiere de un ahora narrativo, que, a su modo, también es una trampa, sólo que en muy otro sentido; esto es, en relación con el escribidor y la historia que crea, como se suele decir a los efectos. En tal sentido, sólo diré que, si éste que, durante los últimos tres días ha sido ése, tal y como antes lo he referidoes el amasijo y yo su escribidor, entonces, el ahora narrativo es la trampa del engendro mismo, para que el creador cumpla el cometido.

Tres días: desde hace tres días que no apunto una palabra en ese amasijo. Fue lo que me dije esta mañana al despertar, y que, ahora que lo escribo, me remite a un ahora anterior que, insertado en el posterior en que lo escribo, hace de éste último un ahora extenso, hecho de no sé cuántos ahoras, de cada uno de los cuales podría inferir no sé cuántos más, y que, a estas alturas, entre todos, suman casi dieciocho horas y gozan de la plasticidad narrativa de una molicie de tres días. Es lo que me decía hace casi dieciocho horas ya. Unos minutos más, y será lo que me he dicho ayer. Es casi la media noche. Pero, en realidad, en un ahora narrativo no hay un hoy, ni un ayer, ni un mañana; sino la temporalidad de la conciencia que, como fantasma que huchea su relato, arrastra su cadena de ahoras por los caminos abruptos y sinuosos de la expectación y la memoria. El ahora es la rueca temporal con que la presencia en y ante el pasar trama el existir, y esto hace a partir de los hilos que entresaca de la infinita madeja de la ausencia.

Si, como dijera Borges, el tiempo es la trampa en que consistimos, y si en el hoy están los ayeres, no esperemos entonces otra cosa del mañana que los hoyes, a los que corresponderá estar allá, en la medida en que devengan ayeres. Lo que por cierto me recuerda al sujeto aquél −Eloy, se llamaba el muy cretino− cuando, cada vez que entraba al salón de clases y lo encontraba sentado en primera fila, me decía a mí mismo: si así es elhoy, cómo será el mañana. Pero, hablando en serio, el mañana ya no me ocupa, porque, pese a lo que Eloy seguramente me echaría en cara, no hay hoy, ni ayer ni mañana, sino ese demonio del pasar que, disfrazado de pasado-presente-futuro y valiéndose de nuestra presencia, al modo de esos rituales en los que se invoca la lluvia para que brote la vida de la tierra seca, danza su ausencia en las reales-irreales tierras del pasar. En tanto que entes temporales que para existir han de hacerlo históricamente, no hacemos otra cosa que invocarlo en en nuestras historias; aquellas narraciones en las que el tiempo y el ahora hacen de conjuro.

TEMPORAL

Una historia acerca del hecho de escribir historias

(novela filosófica) 

...sucede que la vida no tiene inicios ni finales, y que sólo en el ámbito y contexto de una narración es susceptible de adquirirlos. Lo que me recuerda, por cierto, aquello que una vez dijera Beckett: ese fue mi error, uno de mis errores; exigirme una historia, cuando sólo la vida bastaba. Si es así, entonces estoy aquí para perpetrar mi propio error. Y hasta puede que ésta sea la forma de haber empezado a hacerlo. Más me vale.

Introducción General

El Bolívar histórico del que se ocupa este trabajo no es, hablando en términos rigurosos, el del pensamiento político y la estrategia militar, aunque, desde luego, mucho tendrá que ver con ello. Pero no es un análisis de ese tipo lo que busco en su discurso sino, más bien, al discurso mismo como herramienta del político y el hombre de guerra. Se trata del Bolívar de la palabra. El lenguaje como signo de conciencia histórica, como dimensión de temporalidad y como fuente de heroicidad. Del discurso de Bolívar no me interesa tanto el pensamiento como su narrativa; su inteligencia política o militar, como la semántica o discursiva. Del Bolívar histórico no busco la verdad, sino el estilo.

Introito

Un día, cuando todavía era estudiante de historia y me desempeñaba como investigador en el archivo histórico del antiguo Congreso Nacional, al fondo de la bóveda, en medio de un cúmulo de trastos tan viejos como valiosos, me topé con una desvencijada edición del Diario de Bucaramanga. Sumido en la molicie que mi burocrático cargo ya me inspiraba, aquél libro me distrajo y, allí mismo, en un improvisado asiento de cajones, lo leí. Para cuando retorné de la bóveda, mi imagen de Bolívar -como la de casi todos, determinada por ese formalismo patriota propio de la historiografía de banco de escuela, como la llama Vallenilla Lanz- cambió. Este libro es el resultado de un intento por captar y comprender aquello que cambió.

CARTAGENA: del destierro a la gloria

La Memoria dirigida a los ciudadanos de la Nueva Granada por un caraqueño, mejor conocida como el Manifiesto de Cartagena, se considera el primero de los grandes documentos políticos de Bolívar. Fechado 15 de diciembre de 1812, recoge la experiencia del incipiente gobierno republicano que, a mediados de ese mismo año, ha sucumbido en Venezuela bajo los embates del ejército español. Se trata de una memoria de la derrota, producida por alguien que ha participado como oficial en la guerra el gobierno español y que, salido al exilio, ha llegado a la Nueva Granada con el propósito de obtener hombres y recursos que le permitan invadir su país de origen y restablecer la república. Esta memoria no es, pues, el mero relato pasivo de lo que aconteció, de cómo el ejército español ha vuelto a tomar de una de las plazas más importantes y estratégicas de la América insurrecta, sino del plan para recuperarla. Se expone aquí el análisis crítico de una experiencia republicana particular, de la que se extraen conclusiones políticas y doctrinales que proporcionan una nueva perspectiva del proceso de emancipación no sólo en Venezuela, sino en toda la América Meridional. Se puede compartir en mayor o menor medida tales conceptos. Pero, en cualquier caso, es indiscutible que estamos ante la primera visión sistemática, general y de conjunto que, más allá de la dimensión logística y militar que impone la guerra, nos proporciona el primer concepto histórico y estratégico de la emancipación americana. Al menos, el primero producido por un soldado con una clara visión política. En este sentido, estamos ante la primera teoría revolucionaria de la lucha por la independencia.

CARÚPANO: vindicta, libertad y barbarie

En el Manifiesto de Cartagena nada indica Bolívar respecto a la cuestión social. Cuestión ésta tan conflictiva que, siglo por medio, llevaría al historiador Vallenilla Lanz a definir la guerra de independencia como una guerra civil. De ello nos da una particular perspectiva el Manifiesto de Carúpano. No pasó mucho tiempo para que el discurso de Bolívar hubiese de encarar el tema tabú en Cartagena. El momento sobrevino con la caída de la Segunda República, tras ese fenómeno tan contundente como efímero que fue Boves para el proceso de independencia. Efímero en cuanto a su personal actuación y liderazgo, pero en alguna medida permanente en cuanto a la guerra como forma de vida para los sectores populares y el ejército como vía de transformación de una estructura social que hundía sus raíces en la colonia. Acaso fuera Boves el más encarnizado enemigo de la república. Pese a lo cual, la república, a la postre y para ser tal, fue su más genuina heredera. De él recibió su ejército, su dinámica social y hasta el estilo de su liderazgo. A tono con la dialéctica de la guerra, los llaneros que siguieron a Boves pasaron de bandidos a patrimonio de la república. Patrimonio que en algún momento hizo decir a Bolívar que la revolución estaba sentada en un volcán social a punto de hacer explosión. Pero eso sería más tarde y en privado. En Carúpano, todavía este ejército sólo representa el modo en que la barbarie se opone a bien supremo de la libertad.

JAMAICA: Historia, Semántica y Geopolítica

1815: el descenso de Napoleón se cruza con el ascenso de Bolívar. Ambos han partido al exilio, a Santa Helena y a Jamaica, respectivamente. Tres años más tarde, el americano meridional, que ha tomado Angostura, la plaza estratégica que inclinará el curso de la guerra en favor de la causa patriota, dirá de sí mismo: yo busqué asilo en una isla extranjera, y fui a Jamaica solo, sin recursos y casi sin esperanzas. Perdida Venezuela y la Nueva Granada, todavía me atreví a pensar en expulsar a sus tiranos.1 De modo que el exilio, que para Napoleón dictamina el final de un imperio en Europa, para Bolívar anuncia el renacimiento de un proyecto en América. Esta conjunción en el cosmos simbólico de la historia que involucra la carera de dos grandes líderes políticos y militares, alude también a un cambio de época, determinado, desde el punto de vista geopolítico, por el ascenso de las potencias del capitalismo industrial y la caída del colonialismo mercantilista. A ello tributan diversos procesos: la ilustración, el nacionalismo, el industrialismo, la revolución francesa, la expansión napoleónica, la independencia estadounidense, la emancipación en América Latina. Es ésta una coyuntura en el proceso de largo plazo que lleva de la era agrícola a la era industrial. En este contexto se fraguan los cauces iniciales de un proceso histórico de alcance planetario. La Carta de Jamaica forma parte de este contexto. Es una forma de asomarse a él y otearlo desde los agrestes montes de una América irredenta. Tal es el punto de partida de este ensayo.

ANGOSTURA: el guerrero creador de repúblicas

La Carta de Jamaica concluye con la afirmación según la cual la clave para poner fin a la dominación española y fundar un gobierno libre es la unión, obtenida por efectos sensibles y esfuerzos bien dirigidos. Lo que por entonces queda en un escueto enunciado, en Angostura va a ser objeto de un denso desarrollo. Eso es el Discurso de Angostura: un efecto sensible, un esfuerzo bien dirigido. En atención a las lineas principales de su estructura discursiva, es una apelación a la conciencia histórica, un plan estratégico centrado en la implantación del Estado Nacional, y un instrumento de significación del movimiento de independencia como proceso histórico. Pronunciado por Bolívar el 15 de febrero de 1819, en el acto de instalación del segundo congreso que se daba a sí misma una república en medio de los avatares de la guerra, constituye una de las piezas oratorias más importantes de su haber político. Dicho ello por su contenido en sí mismo considerado. Y dicho también por el modo en que marca una diferencia de dimensiones estratégicas entre un antes y un después del proceso de independencia. En la visión totalizadora del Discurso de Angostura confluye lo político y lo militar. Para ganar la guerra en el siempre inhóspito campo de batalla, es preciso ganarla también en el de la política; por cierto, no menos inhóspito, agreste y peligroso que aquél.

BOLIVIA: el hombre de las dificultades como legislador

El guerrero ciudadano es aquél al que le es dado despojarse del mando. Así en la Caracas que le otorgó el título de Libertador, así en la Angostura que lo ratificó como Jefe Supremo, y dos años después lo llevara a ser designado en Cúcuta Presidente de La Gran Colombia. Las dificultades comienzan cuando la historia lo despoja a él de la guerra y se queda sin esa fuente de gloria que, hasta entonces, había sido el enorme campo de batalla y de política que, visto desde Pasto, se extendía entre el Orinoco y el Potosí. Así, Ayacucho consigna en la historia americana la emancipación, ciertamente; y en el destino particular del guerrero ciudadano el retorno de la cima de la gloria a la sima de las miserias de la burocracia y la administración. Siendo el campo de batalla la fuente fundamental de su gloria, dentro de él lo es todo; fuera de él nada, o tan sólo un ciudadano recto e iluminado que, apegado a su prestigio y honor, está llamado a dar la cara a esa oleada de anarquía que, en la paz, devora cuanto ha venido edificando en la guerra. Consumada la independencia o, más exactamente, el proceso de la guerra que habría de conducir a ella, el enorme mapa del nuevo mundo se ha teñido de una no menos enorme complejidad. Mientras se triunfa en Ayacucho se conspira en Caracas. Al tiempo que se finiquitan los últimos detalles del Congreso de Panamá, las recién creadas repúblicas se hunden en la lucha intestina y doméstica que atenta contra la anfictionía. En carta a Santander, fechada en Lima, el 6 de enero de 1825, es decir, a un mes escaso del triunfo en Ayacucho, encontramos esta situación descrita en palabras del propio Bolívar:

OCAÑA: el clamor del pueblo

Desde el punto de vista de su estructura semántica, el libertador, como instancia fundamental del discurso, representa la condición esencial de Bolívar como máximo dirigente político y militar de la emancipación americana. Más que como mera parte de la historia, el libertador concibe, administra y conduce el discurso como conciencia e instrumento hacedor de ella. Sin embargo, y como es de esperar, se trata de un discurso que siempre ha sido concebido y pronunciado desde el entorno de la dirigencia política a la que pertenece, aún en aquellos temas sensibles en que la actuación de dicha dirigencia pueda ser cuestionada por en su mensaje. Desde este punto de vista, el libertador siempre ha sido una instancia discursiva de una u otra manera asociada al estrecho círculo de la élite civil y militar que comanda el proceso independentista. Así, por ejemplo, El guerrero ciudadano del Discurso de Angostura, que dichoso convoca a la representación nacional y se despoja del mando ante ella es, con ello, al mismo tiempo, legitimado por ella. Como parte de la dirigencia, el guerrero ciudadano es jefe supremo entre iguales. En este sentido, los discursos fundamentales de El Libertador como creador de un nuevo tiempo histórico son documentos de identidad con el entorno dirigente del proceso de independencia, palancas ideológicas de su legitimación ante ella como máximo líder.

Epílogo

Hasta aquí me trajo el Bolívar con el que un día, hace mucho tiempo ya, me topé en el Diario de Bucaramanga. El hombre histórico de los discursos. El de la palabra y el estilo. El de la conciencia moderna y la faena semántica. El de la revolución como concepto y del heroísmo como ejercicio de voluntad de poder. Su discurso marca el paso de la barbarie a la civilización, con todo lo bueno y todo lo malo que una transición así supone para la gestión de su propia historia por parte de un pueblo. Y como pueblo, no tenemos conciencia de tal significación porque la historiografía de banco de escuela se ha hecho cargo de ello, bien haciendo de Bolívar una venerable pieza de museo, bien poniéndolo a comer mangos para popularizarlo. Al respecto, me limito a recordar las palabras de Vallenilla Lanz:

HERÓDOTO: los orígenes de la historiografía

Si uno se deja guiar por lo más estrictos rigores académicos, incluso los de la historia, probablemente los menos estrictos de todos, muy a pesar de los historiadores académicos, un trabajo de este tipo luce desde muchos puntos de vista desalentador, bien por lo poco con se cuenta para realizarlo, bien por la poca estima que se guarda hacia lo poco que se tiene, incluso los escritos de aquel a quien Cicerón, si no me equivoco, dio en llamar Padre de la Historia. Y lo hizo en el marco de una larga tradición representada por críticos para los que Heródoto era ya casi tan extraño como para nosotros y que, salvo contadas excepciones, se caracterizó por su desprecio, acusándolo de mal escritor, de inútil, y hasta de mercenario.

Capítulo 1: el hombre, la obra, el contexto.

Es muy difícil establecer un imperativo ideológico, filosófico, político o moral que nos ayude a comprender la aparición de la historiografía en una íntima relación con el contexto histórico en que ello tiene lugar. La vaga generalidad de la que aquí me valgo, es decir, comprender la aparición de la historiografía como parte del humanismo característico de la Grecia Clásica, que tuvo su máxima expresión en el arte y la filosofía, es fácilmente aceptable, pero, se entiende, muy poco precisa. Ese humanismo, la ruptura respecto a la mitología que a él es inherente, comienza a gestarse en la Grecia Arcaica, con la filosofía jónica y la aún ingenua pero inequívoca proximidad que ella representa respecto a la naturaleza. Por otra parte, como se sabe, dicho humanismo se prolonga mucho más allá de la época de Heródoto y en plena decadencia ateniense producirá lo más acabado de su filosofía. Este humanismo griego es, pues, el espacio histórico cultural de muchas cosas, amplio contexto en el que la historiografía luce como un ínfimo detalle, acaso el más prescindible de todos.

Capítulo 2: mito, filosofía, historiografía.

Partamos del hecho, tan magistralmente representado por la cruel simpleza del mito de Sísifo, de que el hombre es una especie condenada a la historicidad. A nadie le es dado elegir no vivir la historia. Encadenado a la infinita finitud del tiempo, el hombre histórico transcurre sin la certeza de saber para qué. Toda la historia humana pudiera comprenderse como la obsesión de este hombre histórico por darse sentido a sí mismo. Todas las cosmogonías lo han adscrito, de una u otra manera, a vagar fuera de lo eterno, perecer una y otra vez. Y todas intentan, al final, reconciliarse con el proscrito, traerlo de nuevo a casa, el paraíso perdido que, en algunos casos, puede ser, incluso, la nada cósmica, peculiar forma de eternidad que nos permite suponer que hasta la supresión de la existencia es preferible al castigo de la existencia histórica. Esta caída en el tiempo es el nudo gordiano de todo el drama bíblico y, en muy otro contexto, es, también, el mayor suplicio que la mitología griega pudo imaginar para el hombre réprobo

Capítulo 3: dioses, hombres, historias.

Heródoto cree en el Oráculo. Es fácil demostrarlo a través de la cita de párrafos como, por ejemplo, el que nos habla de la furia de Taltibio1 contra los espartanos, y otros en los que hace referencia al plano de lo divino como la última salida que encuentra para explicar, -¿o justificar?- un determinado acontecimiento histórico. Sabemos que esto le ha costado a Heródoto buena parte de las censuras que lo descalifican como historiador ya que, se supone, la historia debe explicar al hombre y sus acciones por el hombre mismo. Como se sabe, ha llegado a ser norma del oficio que recurrir a Dios es hacer trampa. Una suerte de principio epistemológico pende como espada de Damocles sobre el historiador cada vez que su discurso historiográfico apela al deus ex maquina. Heródoto puede ser, según esta misma norma, demasiado ingenuo o primitivo .

Capítulo 4: hombre, historia, tragedia.

Si nos pusiéramos a plantearnos los problemas de epistemología y método en los Nueve Libros, probablemente no hallaríamos asidero sólido alguno para el análisis y la reflexión. En realidad, estrictamente hablando, tales problemas no existen para aquella historiografía que, desde sus mismos inicios, se colocó al margen de la sabiduría y se dio a sí misma el despropósito de alimentar la memoria humana, salvar el vertiginoso acontecer humano del olvido humano. Sin embargo, pese a una tarea tan metafísicamente pobre y, en parte gracias a ello, aquella primera historiografía estaba llamada a sentar las bases para una cruel desmitificación de dicho acontecer. El hombre histórico que recién ha descubierto es objeto de paciente y crítica observación; no se le puede tomar a la ligera, tal cual lo encontramos, ni creer de buenas a primeras lo que dice y piensa de sì mismo. Racionalista pero curiosa, tolerante pero desconfiada, fue ésta una historiografía que se aproximó a su hombre histórico con acucioso sigilo, alerta a los juicios y creencias que históricamente su objeto de observación había generado respecto, y a partir de, su propia historicidad. El hombre histórico y la cultura, ámbito al que es inherente el desencadenamiento de sus acciones en el espacio y el tiempo, abrieron así el pensamiento humano hacia una dimensión hasta entonces desconocida.

 

 

Preliminar

He visto a Dios. Es espantoso. No hemos hablado. Para escucharme, tendría que ser yo hombrte de fe. Y, para escucharlo, un esquizofrénico. Pero pululamos en el mismo universo. Él en su cueva y yo en la mía, somos vecinos del mismo barrio; el del misterio. Sólo que yo la habito con la suficiente molicie e ignorancia como para no perder la cabeza. Él no. El misterio lo ha enfermado. Y, convencido de ser la verdad que lo despeja y que, por lo tanto, nos haría libres, ha perdido la suya.

De la caída a la salvación: la historia inconclusa de la creación.

La caída simboliza el inicio de la historia, al menos para la criatura; es decir, la existencia temporal a la que, tras rebelarse, ha sido condenada por su creador. Y la salvación la recuperación de una criatura que, ahora, como pecador; o sea, habiendo comprobado por experiencia lo que su creador por omnisciencia ya sabía y se negó a revelar, retorna arrepentida al paraíso en que fuera creada, y lo hace por gracia del que la condenó. Así, entre caída y salvación -fin del tiempo de por medio- el reino de este dios describe un ciclo único y total hacia la eternidad propiamente dicha, suponemos, ya que, hasta la culminación de dicho ciclo, dicho reino no ha sido otra cosa que un proyecto histórico; una teleología en la que Dios hace de sentido inmanente y la eternidad de meta trascendente.

De cómo no fui echado del paraíso: me largué yo mismo

El Génesis, como se sabe, es el primer capítulo en la historia de un dios que creó el mundo, la historia; vale decir, el pasar en que las cosas pasan y el tiempo con que lo captamos. Según esta historia, en siete días -merecido descanso incluido- este dios, emergido de las tinieblas, configuró el universo total: estableció su reino eterno, creó la criatura llamada a adorarlo por la eternidad, actualizó el abismo temporal al cual arrojarla cuando se resistió, y, por último, concibió el plan para rescatarla de su temporalidad y retornarla a su seno. Más que una historia de dios, ésta es la de un proyecto de dios. Con lo cual esta historia deja fuera lo más interesante del objeto a historiar: las tinieblas mismas, el abismo y el origen del dios-héroe que, venido de ellas, encarna la luz que ha de iluminar el nuevo todo en que se dispone a reinar. De modo que esta historia, que no indaga en su tema y que, aún así, pretende dar razón de la temporalidad mediante la eternidad, nos deja en ascuas, pues sólo vale para confirmar que la vida eterna junto al dios que nos ha creado no es menos absurda que la temporal a la que nos ha condenado. No obstante, hagámonos de la vista gorda con este detalle menor, y ocupémonos de un dios al que, en esta parte de su historia, toca hacer de inicio en la historia toda del universo. Porque, en esencia, no de otra cosa hablamos aquí: de un dios que actúa y que, sólo en cuanto tal, ha podido ser objeto de narración.

De cómo andando el camino correcto terminé en el punto de partida.

Me parece que era Artaud quien decía que Dios no existe, y que, si existe, es una mierda. Esta idea de dios es un dilema que apunta, por una parte, a su real y efectiva existencia y, por la otra, a que, en caso de existir, sea cosa digna de creencia. Y si bien la real existencia de una cosa es condición previa del juicio sobre de ella, en el caso de los dioses es tema casi irrelevante, si se lo compara con la idea de dios, que sí es históricamente real. La existencia o no de uno que se hace llamar Dios es indemostrable. Pero la idea que de él tengamos es crucial. Pasa que nuestra inteligencia, memoria y voluntad de entes temporles que para ecistir han de hacerlo históricamente es el único hilo que vincula al dios en el que pretendemos creer con la eternidad en la que debería reinar; eternidad ésta de la que vendríamos y a la que, consumada nuestra temporalidad, habríamos de retornar. El problema acá es que, entonces, hablamos de un dios, un reino, una eternidad; en suma, un ser pleno que ha salido de sí y ya no es tal, pues ha sido intervenido, socavado y puesto patas arriba por la temporalidad misma de la criatura que estaba llamada a constituirlo. De modo que, si alguna vez fue, este dios ya no tiene ser, pues ha devenido y, por tanto, sólo puede tener historia. Y el mayor problema para este dios es que, en efecto, la tiene. Se la conoce como sagrada. Lo cual no es sino un infeliz oximorón, que me veo en la obligación de corregir. Porque, el otro problema no menor para este dios, es que, además de también tener una historia, tengo, gracias a ello, una idea de dios; por cierto, ontológicamente mucho menos generosa que la de Artaud.

De mi autocondena

Una cosa es ser expulsado del paraíso, tras una patafa en el culo, y muy otra abandonarlo por los propios pies: o sra, arrojarse uno mismo. La voluntad hace la diferencia. Lo que procede entonces es la autocondena. Ello equivale a la condena de Dios, sólo que despojada de su divinidad por el acto voluntario de quien se la autoimpone. Éste es el dato fundamental acá. La rebelión de la criatura sólo acarreó la expulsión del rebelde y no alcanzó su cometido. Ciertamente, desató la ira de Dios, pero no afectó su divinidad. Sin embargo, fuera de los predios del reino, la rebelión continúa: se torna secular. Sujeta al curso de su propio devenir, si la criatura se proclama pecador, su castigo se convierte en causa y su destino en botín de guerra. Lo que a este dios toca ahora enfrentar no es la conjura, sino la reivindicación del pecado respecto a un reino que sólo molicie, desprecio e indiferencia puede inspirar. Lo cual es mucho más difícil para uno tan propenso a la cólera y que tanto requiere de ser adorado.

De Dios como significación de un pasar que no lo requiere.

El pasar no rquiere de dioes, sino de historias, que lo signifiquen como pasado-presente-futuro y den forma a la existencia temporal. Son los dioses los que rrquieren de una historia para tener sentido como artífices del pasar. Dios tiene una. Se la conoce como la sagrada. Lo cual encierra un total contrasentido, ya que si, a diferencia del mito, cuyo papel es reconocer un pasado, el de la historia es indagarlo, con lo cual toda historia es, por definición, profana; incluso la de este dios, pese a que su intención sea la de hacernos reconocer en un único y por lo tanto verdadero pasado cósmico.

De gracia divina y conciencia histórica

La Salvación es el remiendo metafísico del error ontológico de la Creación. Dios intenta recoger al final del tiempo el desastre que ocasionó con su inicio. El intento de corregir el error con que comprometió su ser pleno lo conducirá a uno aún mayor, y que hará de la eternidad un imposible. En aquel entonces se equivocó al echar a la criatura del reino, porque con ello dio paso a la historia y a sí mismo como proyecto. Ahora está dispuesto a equivocarse de nuevo, haciéndola regresar al lugar del que la echó, porque con ello se trae la conciencia y la memoria, que han de desmerecerlo por completo como ser. Si Dios, como espera, pudiera ser adorado por el pecador, éste no sería tal, pues en la eternidad no puede haber conciencia ni memoria, que es de lo que está hecho todo pecador en tanto que arte y parte de la existencia temporal. Pero este dios jura que la Salvación del pecador es su salvación como dios. Según su propia historia, lo que lo mueve a recuperar su antigua criatura no es el arrepentimiento, sino el perdón y la misericordia, en el entendido de que a quien corresponde arrepentirse es al pecador mismo. Su gracia está, pues, dirigida a aquél que, sobre la base de tal arrepentimiento, se hace acreedor del perdón y la misericordia, que es lo que de nuevo lo conducirá a la vida eterna que perdió tras su rebelión. Toca entonces considerar las implicaciones que tiene esta en apariencia armónica conciliación de gracia divina y conciencia histórica.

Epílogo

La eternidad sólo puede entenderse tal y como Platón define el ser: lo uno siempre igual a sí mismo. El tiempo, nos indica en el Timeo, es imagen móvil de la eternidad. Para Aristóteles dios vendría a ser la causa primera, el motor a partir del cual todo entra en movimiento, sin que determine el curso del movimiento al que da lugar. De tal manera que la eternidad no es espacio en el que sucedan cosas, ni un modo particular en que las cosas suceden o hayan de suceder. La eternidad es una idea, un principio, un axioma; nunca un atributo de algo distinto de ella; mucho menos el estadio superior de algo que, habiendo iniciado en calidad de temporal, se haga eterno tras dejar atrás y superar su temporalidad. La eternidad sólo podría ser la negación absoluta del antes y el después, del inicio y el final. Si algo cambia, hay movimiento, tiene una dimensión duradera y, por lo tanto, temporal, En consecuencia, la eternidad no puede ser anterior ni posterior a nada, pues sería mera episodio de lo que sucede. Y en ella nada puede suceder, porque, a diferencia de lo que sucede en las historias, no hay inicio ni final. Si algo tiene historia, no le cabe eternidad, aunque dure eternamente.

LA RATA

Yo habitaba en una vieja casa vacacional abandonada, colgada de lo alto de un cerro pedregoso y desde el que se podía ver abajo el mar en su quieta enormidad, yendo y viniendo en monótonas embestidas contra las rocas negras del acantilado en el que, por ahora, espero. 

LA ÚLTIMA CENA

Por obra y gracia del espíritu santo sigo aquí, como de costumbre, aludiendo y mendigando a cada transeúnte que pasa frente a mí. Ocupo el primer escalón de los doce que conducen a la taquilla de una sala de cine donde sólo entran hombres solos. La verdad no sé si es el primero, porque, contando desde la acera, éste sería, en realidad, el segundo. Con lo cual. el total de escalones de la escalera entonces sumaría trece, Por otra parte, trece, según he escuchado decir desde siempre, es número de mala suerte. Luego la diferencia entre doce y trece no sería sólo de un escalón, sino de un destino. De modo que ocupar el segundo o el primero no es cuestión que se pueda tomar a la ligera. Y, ciertamente, que no lo hago así. Sólo que, en mis consideraciones al respecto, encuentro razones igualmente lógicas e irrefutables como para afirmar que estoy en una o en otra posición. Esto es cosa que me gustaría resolver cuanto antes. Por primera vez, no sé por qué, me hallo en la circunstancia en que me gustaría saber, a ciencia cierta -como también se suele decir- en dónde estoy. Nunca imaginé que de un escalón a otro pudiera haber semejante diferencia. El mundo, que para mí siempre ha sido la acera, sería el primer escalón, con lo que yo estaría, entonces, a un escalón menos del cielo y a dos más del infierno. Esto en caso de que el cielo esté arriba, el infierno abajo y yo en el medio. En la perspectiva de este sanguche cósmico puede que la diferencia no se sienta tan enorme como entre el primer y segundo escalón, quizás porque la diferencia entre cielo e infierno es más de fe que de cálculo. Pero, por otra parte, la diferencia entre fe y cálculo es tan enorme como la que puede haber entre un escalón y un destino. Es el tipo de cosas que me gustaría resolver. Allá, por la acera de enfrente, va el gordo de las corbatas anchas y los zapatos chillones. A veces viene. Es el tipo de evento que siempre me distrae de mis resoluciones.

LA QUINTA PATA

Octubre. Lluvia, llovizna, tormenta o aguacero. Lo cierto es que desde hacía ya tiempo el agua no dejaba de caer como una maldición del cielo. Si, hasta cuando cesaba por un rato, no era sino para mostrarse en esa forma de bruma, neblina, calima o calina. La misma maldición; sólo que elevándose desde la tierra sobre la que ha llovido sin parar. A la hora de ser andada, no había sino dos opciones: la maleza o el barrial. Tú eliges, se dijo a sí mismo en el instante incierto en que intentaba dar con el camino para emprender la huida. De súbito, la noche se detuvo. Un relámpago de inamovilidad con el que el aguacero cesó de golpe. Y entonces fue esa quietud que parece escucharlo todo con los oídos de su silencio. Extenuado, se sentó y miró de nuevo al cielo. Durante un largo rato, ni los mismísimos dioses osaron asomarse por cima de los muros de la noche, hasta que de nuevo se dejó oír el monótono canto de los grillos.

TAXIDERMIA

A ver. Acaso esté yo en el curioso procedimiento de comprobar a través del sueño que el alma, si no se refiere a la mera forma de la materia, tal y como Aristóteles fue el primero en sugerir, es el más degenerado e infame de los conceptos. Menos mal y me leí a tiempo aquel tratado que Amanda, mi mujer, dice que lleva título de espanto o aparecido. Como sea, ya sabía yo que no podía ser tan inútil haberlo hecho, tal y como ella siempre aseguró, con ese pragmatismo repugnante tan propio del género femenino y que se va acentuando con la edad. Ella siempre dice: no creo en santo que come y caga, ni en loco que no come mierda. Y, en cierto modo, compartimos la misma poca fe. Aunque para no creer en los santos ni para creer en los locos, requiera yo concebirlos avocados a tan vitales funciones. En todo caso, por ahora, el curioso procedimiento al que aquí me refiero es la única posibilidad que me queda para salir del atolladero en que me encuentro desde hace… Ni siquiera sabría decir cuánto tiempo, pues lo primero que resalta en este asunto es la perdida de la certidumbre que el tiempo nos proporciona como el principal referente de lo que existe.

PORNOAVENTURA

¿Cómo se puede ser, durante algún tiempo, tan vital y, al mismo tiempo. morir sin necesidad alguna de haber vivido por razón distinta a la de follar? Tal era la pregunta que se hacía Henry al caer la tarde y cuya respuesta el crepúsculo se iba llevando a los confines del anochecer confundido con su propia noche de viejo y como quien, con sumo cuidado y sigilo, oculta algo muy preciado pero que le ha de resultar comprometedor o embarazoso. El Henry -dicho así, en su recuerdo, porque así lo llamaron siempre en los tiempos en que vivir era algo más que recordar- estaba sentado ante uno de los largos ventanales que iluminaban el largo pasillo donde la pasaba desde la una, tras haber tomado su almuerzo y haberse negado, como siempre, a hacer la siesta. Éste nunca quiere dormir, había exclamado, como siempre, la señora Pérez. Y allí seguía Henry, empotrado en su silla de espectador del paisaje vespertino. Durante toda la tarde llovió. Y aunque había amainado ya, aún seguía cayendo esa leve llovizna, seguramente gracias a la cual el jardín, los árboles, la calle, los cerros lejanos que todavía encajaban sus puntas en los restos de una nubosidad fragmentada y el paisaje todo, o al menos hasta donde la vista aguzada alcanzara atisbar desde aquella ventana, adquiría esa transparencia rosa que a Henry tanto agradaba. Hasta que, como siempre, a las siete y según orden inapelable de la señora Pérez, Henry fue largado a su habitación. A dormir hasta el día siguiente, como siempre.

LA PIEL INMATERIAL DE LA NOCHE

Ahora sí que estoy jodido, se dijo a sí mismo, con resignación. Boca arriba, a la vez que dibuja garabatos ininteligibles en la piel inmaterial de la noche, llega hasta él un olor agridulce, de fruta fermentada o de licor. Mas bien de las dos cosas juntas, mezcladas, concluyó, ya que la gorda había incorporado al enorme pastel que estuvo preparando durante la mañana una generosa porción de cada una. Y en ese momento, cuando ya arribaba a la media noche, volvió a recorrer, una vez más, los detalles de aquella faena, que habían ido a parar a su memoria, como lo que sobró del pastel, de un golpe seco, habla ido a parar al fondo del bote de donde emanaba aquél olor.

LA CUARENTA Y OCHO

Entré al bar. Fui hasta el extremo solitario de la barra desde el que me observaba, pedí una cerveza y me volví a la mesa de siempre, o al menos la que yo esperaba que fuese tal cada vez que entraba, y que, por esta vez al menos, ciertamente, estaba desocupada. Estuve bebiendo mi cerveza poco a poco, algo así como a un sorbo cada vez que intercambiábamos miradas. Hasta que por fin ella también se vino a la mesa de siempre. Entonces la noche, como el silencio de Dios, se fue hundiendo en el barro de nuestro mutuo decir. Barro nuestro que caes del cielo. El amanecer nos sorprendió a solas, o más bien juntos en la misma soledad desde la que cada quien defendía su propia soledad, ahora sí, sin nada que decirnos, en medio del barrial que nos había arrastrado hasta la cuarenta y ocho.

EL CENTENARIO DE STOKER

Cuando suena la hora lúgubre de los espíritus, la novia bebe el vino de un rojo sombrío como la sangre. Una vez más, aquellos versos de Goethe, que lo hacían sentir tan orgulloso de sí, resonaron en su memoria, apenas se asomó a la ventana y la noche le rozó el rostro. Luego fue esa mirada acuciosa lanzada allende los suburbios nubosos de la ciudad, más allá de los cuales se extendía la rígida horizontalidad del cementerio. Quietud. sosiego, reposo, descanso… iba buscando la palabra más apropiada para definir lo que aquél otear el horizonte de la noche le inspiraba, hasta que la encontró: ausencia. Eso. Porque la muerte no es más que ausencia. Ni menos tampoco. Entonces emprendió el vuelo.

LA POSE

De los talones a la cabeza mediría no más de metro y medio. Y si uno se fijaba bien, venida de sus adentros a flor de piel, como el alma que le daba forma en una sola y fugaz pincelada de existencia, la insignificancia demarcaba el todo de su cuerpo quieto y menudo. Quizás fuese esto, la manera en que esa insignificancia determinaba la absoluta armonía entre el ser y el aparecer lo que la hiciera lucir más joven de lo que realmente fuese, como si a estas alturas de su biografía aún no contara con una historia única y propia en la que hubiese valido la pena desgastarse y envejecer. El resto de aquella su presencia era lozanía triste, quietud de lagartija a la una de la tarde y que administra su energía en medio de un paisaje árido y sofocante. No obstante, al mismo tiempo, su pose era tan curiosa y estudiada, tan artificiosa que lo que le faltaba en tamaño y significación le sobraba en gracia y seducción. Al menos eso fue lo que pensé cuando me disponía a entrar a la tienda y la vi, parada allí, de espaldas a la puerta y con los codos apoyados en el mostrador mientras seleccionaba los botones de las cajitas que el viejo tendero iba poniendo de dos en dos a la disposición de su minuciosa inspección.

 

 

Historia

Mundial

Contemporánea

A mi modo de entender, los que están persuadidos a que por la historia particular se puede uno instruir lo bastante en la universal, son en un todo semejantes a aquellos que, viendo los miembros separados de un cuerpo poco antes vivo y hermoso, se presumen estar suficientemente enterados del espíritu y gallardía que le animaba. Pero si uno, uniendo de repente los miembros y dando de nuevo su perfecto ser al cuerpo y gracia al alma, se lo mostrase por segunda vez a aquellos mismos, bien sé yo que al instante confesarían que su pretendido conocimiento distaba antes infinito de la verdad y se asemejaba mucho a los sueños. Y ciertamente, que por las partes se forme idea del todo, es fácil; pero que se alcance una ciencia y conocimiento exacto, imposible. Por lo cual debemos estar persuadidos a que la historia particular conduce muy poco a la inteligencia y crédito de la universal, de la que únicamente el reflexivo conseguirá y podrá sacar utilidad y deleite, confrontando y comparando entre sí los acontecimientos, las relaciones y diferencias. (Polibio. Historia Universal. Exordio.)

EL CONCEPTO DE MEMORIA

...sólo de aquellos seres vivos que son conscientes del tiempo puede decirse que recuerdan y hacen esto con aquella parte del alma que es consciente del tiempo. Aristóteles. De la memoria y del recuerdo.

Grande es la virtud de la memoria y algo que me causa horror, Dios mío: multiplicidad infinita y profunda. Y esto es el alma y esto soy yo mismo.  San Agustín. Confesiones

Introducción

...sólo de aquellos seres vivos que son conscientes del tiempo puede decirse que recuerdan y hacen esto con aquella parte del alma que es consciente del tiempo.

Aristóteles.

De la memoria y del recuerdo.

 

Grande es la virtud de la memoria y algo que me causa horror, Dios mío: multiplicidad infinita y profunda. Y esto es el alma y esto soy yo mismo. 

San Agustín.

Confesiones

 

...el pasado se conserva por sí mismo, automáticamente. Todo entero, sin duda, nos sigue a cada instante: lo que hemos sentido, pensado, querido desde nuestra primera infancia, está ahí, pendiendo sobre el presente con el que va a unirse, ejerciendo presión contra la puerta de la conciencia que querría dejarlo fuera.

...no pensamos más que con una pequeña parte de nuestro pasado; pero es con nuestro pasado entero, comprendida en él nuestra curvatura original del alma, con el que deseamos, queremos y actuamos.

Henri Bergson.

La evolución creadora

La memoria: un misterio, una estructura, un proceso

Para Aristóteles la memoria residía en el corazón. Captadas por los sentidos, suponía que las impresiones que se perciben del entorno eran conducidas por la sangre hasta allí. En general, para la filosofía antigua el corazón es el reservorio de la actividad espiritual del hombre. Allí se asienta lo que para nosotros es su existencia psíquica. De modo que el corazón era tenido por el lugar de las emociones y los sentimientos, idea que, por lo demás, ha permanecido a lo largo de la historia en las más diversas culturas hasta hoy. De hecho, en latín, recordar -recorsi- significa de nuevo en el corazón. Esta creencia se mantuvo durante siglos. No es sino hasta mediados de la edad media cuando la memoria comienza a ser ubicada en la parte posterior del cerebro1. Aunque sin datos abundantes y determinantes al respecto desde un punto de vista científico, es la fisiología moderna la que la ha localizado en el cerebro. E. Kandel2, premio nobel por sus investigaciones en este campo, ha definido la memoria como una representación interna de la información adquirida mediante aprendizaje; información que se halla codificada, espacial y temporalmente, en circuitos neuronales, mediante cambios operados en las propiedades reactivas de las neuronas. Con todo, en el mundo de la ciencia aún no hay consenso en cuanto al modo como reside la memoria en el cerebro. Hay quienes piensan que la memoria tiene localizaciones específicas, que se corresponden con un determinado tipo de ella, y quienes piensan que, por el contrario, la memoria es una y que alcanza amplias regiones cerebrales que operan conjuntamente y de manera coordinada, según diversos niveles de complejidad en el registro de datos y evocación del recuerdo. También hay quien piensa que ambas hipótesis no son excluyentes entre sí y que es posible que apunten con certeza al mismo fenómeno considerado desde puntos de vistas diferentes y complementarios3.

Aristóteles: memoria, alma y experiencia

Al concebirla como parte del proceso cognitivo -junto con la percepción y el aprendizaje- la psicología cognitiva ha puesto en evidencia la complejidad de la memoria y resaltado la conexión existente entre memoria y otras funciones tanto fisiológicas como espirituales del ser y el proceder humanos. Conexión ésta que ya había sido planteada por Aristóteles. Así, por ejemplo, en Metafísica establece la relación directa y biunívoca entre memoria y experiencia de la siguiente manera:

San Agustín: memoria, alma y dios

Agustín se ocupa del tema de la memoria en el Libro X de Confesiones. Hay quien dice que este capítulo constituye una suerte de bisagra que une la primera parte de la obra, es decir, la parte autobiográfica, que recogerían los libros del I al IX, con la siguiente, la parte conceptual, correspondiente a los libros XI-XIII. Tal estructura expresaría la intención misma del autor, con el propósito de reflejar en ello su concepción de la memoria como la función mediadora entre el hombre y dios1. Aunque no hay constancia de que esto sea así, es una interpretación muy plausible. Por lo demás, cualquiera sea el caso, se trata de una interpretación que en nada contradice el concepto mismo de memoria que maneja Agustín y que constituye una excelente guía en la lectura de la obra. También, en La Trinidad trata Agustín el tema de la memoria, particularmente en los Libros del X al XIII, aunque aquí no de manera específica, sino en conjunción con el entendimiento y la voluntad, y en tanto que las tres -memoria, entendimiento y voluntad- son las facultades que a su entender definen el alma humana. Ello supone un giro completo en el concepto de alma y, en consecuencia, en el de memoria con respecto a la visión materialista de Aristóteles. Pasamos de la entelequia que define lo vivo en la naturaleza -de lo cual el hombre es una especie- al hombre cuya individualidad plena está determinada más que por la naturaleza, por su conexión con dios y la dimensión de lo divino. El alma de Aristóteles da lugar a una especie natural con conciencia del tiempo. La de Agustín a un hombre histórico conectado con la naturaleza sólo en su dimensión material y cuya conciencia del tiempo no es otra cosa que su vínculo con la eternidad.

La dimensión social de la memoria

Entre el Tratado del Alma y el Tratado de la Santísima Trinidad se abre uno de los episodios más plenos de significación en la historia de la filosofía occidental. El cristianismo avanza sobre las ruinas de un paganismo que ha sido, al mismo tiempo, fuente de inspiración y modelo de su filosofía. Esto se hace evidente en el tema de la memoria. El concepto de Aristóteles emerge de las dimensiones materiales de la naturaleza y que el cristianismo depreciará como el terreno de lo profano. El de Agustín es un concepto que desciende de los cielos. Tejida con el hilo de la lógica pagana, la memoria de Agustín se inserta en el tapete de la fe y el misterio supraterrenal de lo divino. En este tema, como en otros, el decisivo avance que el materialismo aristotélico representa respecto al idealismo de Platón, es un camino que de nuevo recorre Agustín, pero en sentido contrario. Su concepto de alma -y con él el de memoria- constituye, digámoslo así, un ejercicio de desmaterialización de lo que encontramos como tal en Aristóteles.

Mito, memoria e historia

Se dice que recordar es hacer presente el pasado. Ciertamente. Una hermosa metáfora, como casi todas las que, al jugar con el sentido de los términos, pero sin contradecir su sentido, crean una atmósfera de contrasentido que, sin estar reñida con la lógica, la ironizan, en cierto modo se mofan de ella. Una metáfora, además, muy acertada en todo sentido. Sin embargo, ello no obsta a la hora de precisar hasta qué punto es posible hacer presente el pasado, en qué grado y en qué sentido. Pues el pasado presente no es lo mismo que el pasado, El recuerdo no es mostrar lo que hay en la memoria, sino la realización de un constante proceso de selección, ordenamiento y elaboración de ella. El recuerdo es una intervención intencionada y sofisticada desde el entendimiento del material bruto de la memoria. No sólo el recuerdo vive de la memoria, sino que, a su vez, la memoria vive de la aportación y el enriquecimiento que el proceso de recordación le aporta. De modo que, como resultado del recuerdo, el pasado presente no es el pasado, sino lo que de él hemos seleccionado, ordenado y elaborado, y lo que nos decimos acerca de los resultados de tales operaciones sobre la memoria. Y como seleccionar supone, en alguna medida, el olvido -inconsciente o voluntario- hay veces en que hasta el olvido es una forma de decir acerca del pasado recordado. Si a todo esto se agrega que todas estas tareas inherentes al recuerdo y el olvido se realizan desde y a través del lenguaje, que son en sí mismos procedimiento lingüísticos, resulta entonces que la memoria es un procesamiento semántico de la experiencia temporal. Saber del pasado, individual o colectivo, es en sí mismo un proceso de significación.

 

 

HISTORIA Y CIENCIA
El silogismo se compone de proposiciones, las proposiciones de términos; los términos no tienen otro valor que el de las nociones. He aquí por qué si las nociones (y éste es punto fundamental) son confusas debido a una abstracción precipitada, lo que sobre ellas se edifica carece de solidez; no tenemos, pues, confianza más que en una legítima inducción. F. Bacon
Introducción

Soy de la generación a la que tocó aprender en clase de historia que la historia es la ciencia que estudia el pasado y, respecto al más importante hecho que da inicio a la historia, que el hombre desciende del mono. Aunque aquí el asunto nunca quedó del todo claro por aquello del eslabón perdido. Acto seguido, receso de por medio, me tocaba aprender en clase de religión que, de acuerdo a la historia sagrada, el hombre era creación de dios. Esta vez el asunto quedaba todavía menos claro, pues con ello se hacía participar al hombre de una doble naturaleza, histórica y divina. Siguiendo el razonamiento científico -que también hube de aprender en clase de física y de matemáticas- si la historia es una ciencia, la historia sagrada también lo es. Entonces ¿cómo era posible que una misma ciencia tuviera posturas científicas tan disímiles en relación al hecho más importante con el que se iniciaba la historia de la humanidad? ¿O es que hay historias científicas e historias que no lo son? Porque en el mundo de la ciencia hay más teorías falsas o erróneas que teorías verdaderas, y todas por igual son expresión del mismo modelo de conocimiento, es decir, forman parte del mismo proceso de desarrollo de ése modelo y de ese conocimiento tenido por científico. Hay verdades científicas y también falsedades que, no por tales, dejan de ser científicas, pues las unas y las otras son resultado del mismo proceder. Claro que el que la historia sagrada sea científica es bocado del conocimiento que lucía realmente grueso de tragar.

La concepción de la realidad: la relación sujeto-objeto

La caída de un individuo de lo alto de un edilicio de diez pisos puede ser interpretada de muchas maneras. Como un suicidio, es decir, el resultado de la intención de quitarse la vida, o como accidente resultado del descuido mientras contemplaba el paisaje, o como un homicidio, si es que el sujeto en cuestión fue empujado por otro o, incluso, de alguna manera inducido a acometer su propia caída. Este tipo de causa puede llegar a constituir un entramado muy sutil y complejo porque, precisamente, no supone necesariamente datos evidentes, observables y medibles, sino indicios de una posible intención o conducta particular del individuo en cuestión y, también, de otros que pudieran estar de alguna manera involucrados en su caída desde lo alto de un edificio. Por otra parte, son datos evidentes, observables y medibles, tales como la masa del individuo que cae y la distancia que lo separa del centro de la tierra, los que, convertidos en variables de una rigurosa formulación matemática con enorme capacidad de predicción, nos explican la caída del individuo desde el punto de vista científico. La diferencia entre una y otra situación a la hora de interpretar el mismo fenómeno es la objetividad científica o, dicho en otros términos, el concepto científico de realidad en el que se ha basado y se basa todo el pensamiento científico y sus nociones de conocimiento y verdad.

El historiador como sujeto y el hombre histórico como objeto

Gracias a la Ley de Gravitación Universal, la caída de un individuo de lo alto de un edilicio de diez pisos puede ser comprendida científicamente, si me fijo en los datos apropiados del evento y lo defino de la manera apropiada. Lo cual requiere, como es obvio, un observador específicamente consciente y premeditadamente preparado para ello. Esto es, un observador según lo que el método científico entiende como tal. Si como observador no me interesa la distancia del piso diez a la superficie de la calle, ni la masa molecular del individuo; si, además, no tengo la capacidad de combinar estos datos como variables de un acontecer ecuable, no soy el observador indicado para una apreciación científica del evento. Y, muy probablemente, la mayoría no lo es. Lo cual, sin embargo, no nos excluye como observadores, y dará lugar a muy diversas formas de interpretar el evento, distintas, todas ellas, a la propia de la ciencia. Lo primero que cabe preguntar es si, al ser esto así, se trata del mismo evento.

La naturaleza científica de la historia: un despropósito metodológico.

Luego de aprender a distinguir un poco, gracias a Aristóteles y Tucídides, lo que la ciencia y la historia son, o pueden ser, aquella idea que hube de aprender en la escuela según la cual ésta última es la ciencia del pasado luce como el más remoto y anquilosado arquetipo de la infancia de cualquier historiador. Pero lo mismo fui a aprender en la escuela de historia en la que me formé. Siempre recuerdo a mi profesor de ciencias sociales asegurando que la historia es una ciencia porque tiene un método, es decir -ilustraba haciendo el correspondiente gesto con su mano- un camino hacia el conocimiento que ha de ser andado. Por mi parte yo, que antes de ingresar a la Escuela de Historia había cursado durante dos años ciencias actuariales y matemática aplicada en la de Estadística -a tono con el cruel lema de mi profesor de cálculo: deriva el que sabe, integra el que puede- me preguntaba cómo es eso que, para definir un método científico, los historiadores hemos de conformarnos y apegarnos a una metáfora como, en este caso, la del caminante. Yo podía estar muy de acuerdo con una metáfora que, después de todo, se corresponde con la etimología del término método. Pero nunca con la naturaleza científica de lo que una metáfora así estaba llamada a ilustrar. Si de caminar se trata, he allí a Heródoto en el Asia Menor, o cualquier estudiante de historia por las atestadas calles que conducen al Archivo General de la Nación, la Biblioteca Nacional o la Academia Nacional de la Historia. Pero que jamás han de conducir a la ciencia.

Historia y ciencias sociales

La historia es la más antigua de las ciencias sociales. Esto afirma Fernand Braudel, y añade que lo que la diferencia de ellas no es sólo su antigüedad, sino la peculiar dificultad de que el historiador trabaja sobre lo que ya no es. Por otra parte, Georges Duby, quien, al igual que Braudel, asigna un carácter decisivo tratamiento documental, señala una estrecha vinculación entre la historia y la creación literaria, y resalta el hecho de que la historia, entre las disciplinas que habitualmente llamamos ciencias humanas, es la única que constituye un género literario.1 Tales no son distinciones diferentes o excluyentes. En realidad, la una es consecuencia de la otra. La historia es narración, porque sólo a través de la narración podemos acceder al tiempo, significar el transcurrir de la existencia como temporalidad especifica y representar lo que ya no es. Fue ese ya no ser el que llevó al sustancialismo antiguo a afirmar que de la historia no se podía extraer conocimiento alguno, pues no se puede conocer lo que deviene, sino lo esencial y permanente, lo siempre igual a sí mismo. Es ese no ser el que, todavía hoy, traza la frontera epistemológica entre ciencia e historia. Debate del cual Braudel se aparta, por considerarlo estéril, y con razón. Sólo que con ello se pierde todo derecho a considerar la historia una ciencia. Y, por último, es ese ya no ser el que hace del tiempo histórico una dimensión sólo posible de ser planteada en el contexto específico de una narración. En virtud de lo cual Duby reconoce su naturaleza decisiva como género literario. Ciertamente, hay que convenir en que la historia se distingue de las ciencias sociales por su antigüedad, y por tratar de lo que ya no es. Sólo que la más elemental consecuencia de ello es que la historia no es, en realidad, una ciencia social, sino, como muy bien dice el mismo Braudel, el arte frágil de escribir historia.

El surgimiento de la historia ciencia y las ciencias sociales

Las ciencias sociales son uno de los más genuinos productos institucionales y académicos de la sociedad industrial. Si bien el término suele utilizarse en contraposición al de ciencias naturales, y sugiere que el estudio de la sociedad no se rige por los mismos parámetros, en sus orígenes son el intento de crear lo que Comte llamaba una física social, cuyo propósito no era otro que aplicar los criterios y métodos científicos al ámbito de la sociedad y la acción humanas. La sociología no comenzó a ser reconocida como una disciplina académica hasta finales del siglo XIX, particularmente con los trabajos de Durkheim, epígono de Comte y Saint-Simon, y cuyo radicalismo científico impone una línea de trabajo que concebía la realidad social como un objeto de estudio independiente de la subjetividad del individuo. En contraposición a este concepto, posteriormente, Max Weber, más influenciado por el marxismo, aducía que no se puede estudiar la vida del hombre y sus relaciones en sociedad sin tener en cuenta el modo en que la dimensión subjetiva de su existencia incidíe en la realidad social. Las ciencias sociales surgen en el marco de esta controversia. Pero son, en conjunto, expresión del desarrollo de la sociedad industrial, de una cultura para la que la ciencia es símbolo del saber y de control sobre la existencia, bien y valor fundamental del desarrollo social. Y la historia, como ciencia social, aparece también entonces o, si se quiere, el oficio del historiador se inserta en esta cosmogonía característica del mundo contemporáneo. Dicho en otros términos, no es que la historia sea una ciencia social, sino que la historia, como ciencia, es una forma particular de concebir y escribir historia, tan reciente como las ciencias sociales con las que comparte, o intenta compartir, el mismo espacio institucional y académico.

Las ciencias sociales: signo de modernidad de la era industrial

La historiografía. Lo que desde los tiernos años de la escuela nos enseñaron a definir como la ciencia que estudia el pasado ¿por qué, en lugar de seguir sentada a las puertas del reino de la ciencia social, no emigrar al infame barrio de la narrativa. donde nació y creció sin complejos el mismísimo Heródoto? Yo creo que en buena parte ello se debe a que el empobrecimiento del historiador como narrador no es cosa que se queda en el plano del papel, sino que invade toda su interioridad como sujeto. El estilo no se aprende ni se copia; se forja en el marco de una disposición personal. El historiador científico se enajena a sí mismo como sujeto, y lo hace en aras de una falsa objetividad en virtud de la cual cree que el conocimiento histórico está fuera de sí mismo, en esa supuesta realidad del pasado que, en realidad, no existe. La idea de que la historia es la ciencia que estudia el pasado es la representación sintética de esta enajenación, reproducción del servilismo epistemológico que le otorga su dudoso rango científico y, al mismo tiempo, lo anula como narrador.