El perro sigue sin nombre. En vez de ocuparme en ello, me he pasado la semana pensando en en el hecho de haber llamado a ésta una historia imposible. Entiendo que hay libros posibles acerca de historias imposibles. Me refiero a aquellos que, a medida que más se insertan en el curso de su propio laberinto, no encuentran la salida. Cosa que no ha de preocupar mucho a quien, como yo, hasta hace poco ni siquiera había dado con la entrada; esto en caso de que, como creo, ya lo haya conseguido. Ejemplos de tal imposibilidad son El Nacimiento de la Tragedia, o Ser y Tiempo; según lo dejaron indicado sus propios autores. Sin embargo, ésta aún es imposibilidad que me queda grande. Con lo cual no aludo tanto la grandeza de estas obras como el hecho de que ésta aún no ha concluido; o sea, experimentado la imposibilidad de su conclusión. Lo cual, como sugieren Nietzsche o Heidegger, es una curiosa forma de concluir. También las hay imposibles como aquélla última de Camus, que nunca concluyó y de la que, en vísperas de su muerte el autor dijo: cuando termine este monstruoso libro, me sentiré mejor.
Monstruoso. Puede que no haya libros imposibles, sino amasijos que se valen de su imposibilidad como forma de mostrar la monstruosidad de su tema. Y, si no es monstruoso ¿será, en verdad, un tema; es decir. un motivo que valga la pena como para sentarse a escribir? Por lo pronto, hoy he despertado pensando no tanto en la posible imposibilidad de esta historia, como en la del libro que habría de contenerla. Y, si bien para ello también habría que esperar a que concluya, no he podido evitar adelantarme a dar por hecho esta otra imposibilidad. Según Borges. un libro es un objeto flotando a solas en el universo hasta dar con el lector adecuado. Y hasta donde alcanzo imaginar, el único adecuado para éste sería el viejo Rangel. Pero nunca lo leerá. Ni siquiera sabrá de su existencia, ya que el viejo ha muerto. Lo cual otorga al hecho de haber estado calificando de imposible este libro el mismo día en que el viejo se suicidó, un dejo de premonición que me hace sentir un tanto responsable, o, más bien, cómplice, de su suicidio. Es como si con ello hubiese estado aludiendo, sin saberlo, a este sentido específico del término imposible que aquella muerte, acaecida ese mismo día, me revela hoy.
Como haya sido, no importa ya a qué me hubiera podido estar refiriendo con lo de imposible. De llegar a libro, este amasijo habrá de conformarse con el sublime y solitario flotar en el universo, pues el viejo Rangel, a los efectos no sólo el único lector adecuado, sino, sobre todo, el único, ha muerto. En realidad, si acaso se salvara del viento, nunca he creído en que este amasijo alcance ir más allá de la gaveta. Con lo cual, también estoy exagerando un poco, ya que ni siquiera gaveta tengo. En este recinto en que lo escribo todo está regado; incluso yo y par de resmas que me traje conmigo desde la habitación del fondo. ¡Qué universo ni qué universo de mierda! El viento. Sólo el viento −el único lector adecuado− ha de saber lo que es mejor para este amasijo, ya que, llegue o no a tener ser de libro, siempre será, en esencia, amasijo. Después de todo, y aunque a la mierda se vaya, en ello hay implícita una forma de flotar, si, como bien sabemos, al igual que los libros, independientemente de la adecuación de sus posibles −o imposibles− lectores, hasta la mierda flota. Cosa que, por cierto, hace igualmente a solas.
Tras haber dado inicio a esta historia y, seguidamente, recibir noticia respecto al modo en que el viejo daba fin a la suya, al día siguiente preparé la maleta y de inmediato me puse en camino. Lo hice, pese haberme jurado un día, a mí mismo y delante del mismo viejo Rangel, que jamás volvería a salir de Buenaventura, como dije entonces, ni para asistir a tu entierro, viejo. Eso no será necesario, Romero. Ya sabes que conmigo no van los sepelios; seré incinerado, y cuento contigo para ello −replicó de inmediato Rangel. Así, quedé comprometido. Y como quiera que bien sabía yo que nadie iba a velar por los designios de aquel muerto, yo mismo debía asegurarme de que fuese incinerado. Se lo debía al viejo, pensé al acostarme, mucho antes de lo que acostumbro a hacerlo y con el propósito de salir a la mañana siguiente lo más temprano posible. Y esto seguía pensando, cuando, en efecto, abordé el autobús muy temprano en la mañana y sin haber pegado un ojo durante toda la noche. De hecho, durante las largas horas que duró el viaje, no pensé en otra cosa que en llevarlo al crematorio. Tenía que hacerlo por el viejo: muerto, salvarlo del entierro que en vida tanto aborreció. Esa era mi misión. Me la repetí varias veces, hasta que, en medio del bamboleo, el sueño. por fin, me venció.
De manera tal que la última vez que vi al viejo Rangel fue hace poco más de una semana, en la morgue, a la que arribé poco después del mediodía, exhausto y con el ánimo lo suficientemente destripado como para seguir convenciéndome de que alcanzaría mi objetivo. MI destripamiento tocó fondo no más fijarme en la cara del funcionario que, sin mirarme, me indicó con el dedo que esperara afuera. Supe entonces lo que debía haber sentido Adán cuando, con la boca llena, lo largaron del paraíso. Después de todo, la morgue es embajada de la eternidad en el fugaz mundo del pasar. Pero ¿cómo es eso que, creada, es decir, habiendo tenido inicio, era eterna la criatura? Lo cierto fue que la pregunta saltó a mi mente mientras era arrojado de la oficina de aquel funcionario. Me sentía como el creado a su imagen y semejanza. Debe ser por haber llegado a la morgue en mis propios pies, y no en una bolsa negra, que es cómo realmente se llega allí. En fin. Lo que cuenta es haber sido arrojado de aquella oficina, como del paraíso del que manaban los vapores de la inercia y el formol.
Ya afuera, en el patio, no podía dar crédito a la realidad: había salido de aquél edificio igual que como había entrado: caminando. Debe ser que no todos los paraísos quedan en lo alto y no todas las caídas han de ser tan espectaculares y estrambóticas como la de Adán; que también las hay planas, cósmicamente chatas y de a pie, tal y como era la mía aquel mediodía. En cualquier caso, pasa que, como la creaciones −que, en el caso de este dios, duró siete días− tampoco las caídas pueden ser eternas −o no serían tales. Pasa que sin un arriba y un abajo, un inicio y un final, un antes y un después, no hay cómo caer. Por donde se le mirara, una vez más, el tiempo, cual mortal virus, volvía a contaminar el cuerpo de una eternidad enferma de finitud. No sólo la eternidad de la criatura estaba en cuestión, sino que, además, ahora me preguntaba cuánto tiempo habría tomado Adán en caer. Y lo hacía justo cuando, una hora más tarde −según estimación imaginaria del tiempo transcurrido desde que salí de la oficina− el mismo sujeto, pegado a aquél dedo todopoderoso, me llamaba desde la puerta por la que se había asomado para hacerme pasar al depósito de cadáveres. Así como un momento antes me había arrojado, un momento después aquél dedo demandaba mi regreso. Antes y después. Inicio y final. Tenía material de sobra para seguir pensando en este dios y los inconvenientes que el tiempo opone a su proyecto divino; comenzando por el hecho de ser él mismo un proyecto. Pero de inmediato me paré y fui directo a la puerta en la que el funcionario me esperaba.
Siguiendo el mismo dedo, pasé. Lo seguí por el pasillo indicado, que dejaba a un costado su oficina, hasta que, al final del mismo, el sujeto abrió una de las dos hojas de la compuerta de una enorme cámara de cadáveres. Pasé, igualmente, siguiendo aquel dedo que, desde el momento en que había arribado al edificio, marcaba mi destino. Muerto de cansancio, resucitaba yo de entre los muertos, impregnado de su frío y respirando su aroma. Desordenadamente distribuidos, bien de largo a largo en el piso, bien recostados en las columnas y paredes, parecían estar cada uno en lo suyo y, sin embargo, al mismo tiempo, tributar con su inercia al todo del congelamiento común. Caminando entre ellos, atravesamos la quietud que, entre todos, sostenían con la mirada de su particular ausencia. La sucia luz de la calle se metía por los largos ventanales ubicados en lo más alto de las paredes y se esparcía en distintos planos y direcciones, a lo largo y ancho del frío recinto.
El viejo Rangel yacía en calzoncillos, tendido, cuan largo era, en una estrecha camilla, por cuyo respaldo inclinado sobresalía su cabeza pálida y, por el otro extremo, los blancos pies, y con una etiqueta atada en el dedo gordo del derecho que lo identificaba como el trece. El de la mala suerte, pensé. De seguida, pensé en el martes, y en cómo, si el deceso hubiera tenido lugar ese día, podría ser interpretado como resultado de esta combinación fatídica. Y, ciertamente, el viejo se había suicidado el martes. Pero ese martes no era trece. Con lo que su muerte perdía el encanto que siempre proporciona la superstición. No sé por qué me fui por allí. En realidad, no soy supersticioso, salvo en el tema filosófico, en donde no hay más remedio que serlo. Y como, una vez que se ha nacido, la muerte es el tema filosófico por excelencia, puede que ello explique el haberme ido por allí.
En todo caso, dos días antes el viejo se había ahorcado. Entonces volví a fijarme sólo en el cadáver que ahora tenía delante. En cierto modo, se diría que estaba cómodo, a no ser por esa mueca de desagrado que se dibujaba en la boca y que de inmediato reconocí: era la misma que, cuando vivo, aparecía en momentos de contrariedad, y que ahora, después de muerto, quedaba suspendida en el vacío de su expresión. Entonces fijé la mirada en los cuatro pelos que nunca se resignaron a desaparecer del desierto de su calvicie: también seguían allí, como cuando en vida. Los reconocí enseguida; finos hilos erguidos dibujando formas caprichosas en el aire frío y quieto del recinto. Eran un sello de identidad, que, apenas en este momento, en que los evoco ya como parte del cadáver, advierto como tal.
Cosa ésta que, por cierto, llama mi atención, y me siento empujado a considerar con algo más de detenimiento. Pues pasa que, pese a ser tan familiares para mi, aquellos cuatro pelos eran detalle banal en el que nunca había reparado como lo hice entonces, mientras reconocía aquel cuerpo inerte, precisamente en sus más ínfimos detalles, y como, también, lo hago ahora, mientras escribo a propósito de aquel reconocimiento, que ya pasa a formar parte de esta historia. Y, al respeto, hay que señalar dos cosas. Primero la muerte: es el cadáver el que demanda mi atención sobre aquellos cuatro pelos, harto conocidos mientras compartí con Rangel en vida, pero inadvertidos como señal hasta que tuve su cadáver frente a mí. Luego la escritura, a través de la cual no sólo capto el cadáver del viejo y sus cuatro pelos, sino a mí mismo contemplándolo según acucioso reconocimiento: en efecto, se trataba de cuatro pelos; era la primera vez que los contaba. Y es entonces que, pese a la banalidad del detalle, los mismos cuatro palos de siempre pasan a ser un sello de identidad; algo sin lo cual el viejo Rangel no sería y jamás hubiese sido el viejo Rangel.
Todo lo cual me sugiere que eso de que las historias adquieren vida propia no es mera exaltación de su autonomía. Hay algo más; algo que tiene que ver con el proceso que en sí mismo es la escritura, y en virtud del cual descubrimos, sabemos, advertimos o simplemente nos topamos con cosas, o lados, o caras, o formas de las cosas que, de otra manera, distinta al ejercicio de la escritura, nos estarían vedados. En este sentido, sin importar cuánto pueda haber meditado su historia, revisado y ordenado los datos que han de alimentarla, o previsto la trama que ha de sostenerla: sentado a escribirla, el escribidor es una inteligencia en absoluta soledad ante la incertidumbre absoluta. De no ser así, sería mero copista de sí mismo; es decir, el amanuense que ya sabe, antes de sentarse a escribir, lo que ha de ser escrito. Mas escribir no es el mero expresar lo que ya se sabe, sino el llegar a saber lo que sólo escribiendo puede llegar a ser sabido. Si esto es así, escribir es abrir las puertas del ser al entendimiento y, sobre todo, a la duda. En fin, aquella famosa sentencia religiosa según la cual lo escrito escrito está, tiene mucho de sagrado y bien poco de escritura.
Allí seguían, pues, aquellos cuatro pelos. Como si no hubieran muerto cuando murió el viejo, seguían allí, señalando ahora hacia su muerte como poco antes lo hicieran hacia su vida. Por mi parte, tras recibir la noticia, hube de rodar más de trescientos kilómetros para estar allí, en medio de aquella sala fría y rodeado de materia inerte en proceso de descomposición pero que todavía conservaba su forma humana. Aún así, llegué a tiempo como para contemplar el agua que ya drenaban los talones del cadáver.
Yo siempre había pensado que la muerte es rigurosamente personal. Hasta ese día, en que hube de caminar entre cadáveres para llegar hasta donde estaba el del viejo. Cualesquiera sean los rasgos particulares de cada uno considerado por separado, los muertos participan de la misma cara inexpresiva y única de la ausencia; que es lo que los torna tan quietamente brutales. No los diferencia la muerte misma, sino el modo en que llegaron a ella; lo que, por definición, no es muerte aún. La muerte está en la carne; hace su inercia y descomposición, y lo que nos conmueve como vivos al contemplarlos es la tan reacia disposición a despojarse de ella. En cierto modo, nos desprecian.
De súbito caí en cuenta de que, si bien no era el de Rangel el único cadáver en aquella sala enorme, sí el único con el privilegio de reposar en camilla. Según una rápida mirada en derredor, el resto estaba en el suelo; algunos recostados de las columnas y las paredes. Acaso se tratara de una consideración del funcionario de turno, a efectos del correspondiente reconocimiento. Nunca supe la razón de tal privilegio, pero creo que fue gracias a ello que de súbito recobré algo del ánimo que había perdido completamente al entrar, y pude volver a pensar en la remota posibilidad de llevarme el cadáver del viejo Rangel al crematorio.
Sí, en efecto, era Rangel, manifesté al funcionario que, acto seguido, me extendió el oficio que, según indicó, había que firmar en estos casos, y que de momento no tomé en mis manos. El viejo quería ser incinerado, comenté primero, sin dejar de observar el cadáver del viejo y mientras pensaba que, hecho ceniza, se vería mucho mejor que expuesto en tan brutal desnudez. A lo que el funcionario nada respondió en ese momento. El sujeto se limitó a aproximarme de nuevo el oficio. Entonces estampé mi firma. Tras lo que el sujeto, apelando a su dedo índice, una vez más me indicó que esperase afuera. Me dispuse entonces a volver al patio, lo que hice, no sin que antes el sujeto me arrancara de la mano el bolígrafo con el que había firmado el oficio y que por descuido no le había devuelto. Ésta vez, al menos, fui objeto de una leve mirada de desprecio, con lo que el sujeto me pareció un poco más humano de lo que hasta entonces había alcanzado imaginar.
Pero no fue ésta impresión que durase mucho, ya que, como es bien sabido, la espera es el néctar de los dioses que moran en el Olimpo de la burocracia. Una vez afuera, volví a sentirme como Adán tras haber caído. Y como a toda caída lo que sigue es la espera, pasé el resto de la tarde en el patio contiguo al depósito de cadáveres, compartiendo el calor y el olor a carne humana que venía desde allá dentro, y junto a otros caídos que, como yo, igualmente esperaban por su muerto. Rangel era el mío. Y lo era por defecto; porque no era de nadie más, porque hasta en la muerte se puede estar de sobra en este mundo, y en el otro, en caso de haberlo. Me sentía como en una novela de Kafka que el dios bíblico leyera tras haber creado el mundo y, concluida su lectura, quedarse mirando en derredor, rascándose la cabeza y sin saber qué hacer con lo que había creado. Se me hace que este dios pudo seguir siendo dios gracias a que claro, para entonces, no pudo haber leído a kafka ni la Biblia. No se hubiese atrevido. Seguramente el autor de El Proceso lo habría hecho sudar y dudar. Pero esto era fantasía de caído en horizontal por las puertas de la morgue. Ojalá y este dios supiese leer y escribir, en lugar de perder su tiempo jugando al mago. Si algún día llegase a tener la más puta idea de la literatura, en el acto dejaría de ser dios. No soy experto en teología. Pero sólo la ignorancia y el analfabetismo pueden salvar a un ente así de aquello de lo cual, precisamente por ignorante y analfabeto, pretende salvarnos.
Así transcurría la tarde. Hecho a mi espera afuera, que ya había confluido con la del viejo Rangel adentro, e imaginando al susodicho dios sentado a mi lado, como todos en aquel patio, también a la espera de su muerto. En el reino de la burocracia no valía aquello de levántate y anda. De ser posible, yo habría recurrido a él. ¿Y de qué murió el señor? −pregunté yo, como es usual entre deudos a la espera. De un empujón, respondió él. ¿Un empujón? −pregunté con asombro. Sí. En una rabieta; lo empujé y cayó. En ese momento yo estaba ciego de ira con el comilón. Fue mi culpa y me arrepiento de todo corazón. Sin embargo, que conste que él me provocó −concluía él, justificándose a sí mismo. Al rato agregó: y encima de todo, el muy glotón, culpa a la mujer, y, por ende, a mí, que fui quien se la dió. Es un insolente. ¡Cómo no patear al muy cretino! Y lo peor de todo es que aún tengo que salvarlo, llevándolo de nuevo a casa, o estoy perdido.
Por respeto −y vale que mucho lo hubiera disfrutado− me privé de inmiscuirme en tan peliagudo conflicto consigo mismo. De modo que nada dije. Lo que sí pensé fue que ya era demasiado tarde y que aquel muerto debía haber dejado la morgue hace mucho tiempo. Pero ¿qué iba a saber del tiempo el que, como este dios, nunca ha narrado, que es la única forma de crearlo? Allí me dí cuenta que aquél diálogo con un mago ignorante y analfabeta jamás conduciría a ninguna parte. Ni siquiera era un diálogo de sordos. Que, no por sordo, se es menos consciente de la naturaleza temporal. Así que opté por dejarlo de ese tamaño, y me callé. Fue ésta una forma de estar a su diestra sin necesidad de haber muerto. Y para qué, si ya para entonces estaba yo más cerca de la muerte que si hubiera muerto.
Además, me distrajo el traqueteo de la tranca cuando el funcionario abrió la puerta, asomó su cabeza y emitió un gruñido con el que, como entendí al rato, se refería a mi nombre. Todos los que aguardábamos afuera dirigimos la mirada hacia la misma puerta. Eran casi las cinco de la tarde. Habían transcurrido más de cinco horas desde mi llegada a la morgue. Entonces el funcionario hizo señas para que me acercara ¿Yo? Pregunté, señalándome a mi mismo con el dedo gordo de mi mano derecha. Miré a mi lado: el susodicho se había esfumado. Seguramente habría volado hacia su cielo. Bajé la vista y volví a mirar a todos en el patio. Sí, era a mí a quien el funcionario había señalado, confirmaron todos los demás al volver su mirada sobre mí. Yo era, pues, el elegido, aquél para el que había sonado la hora. Pero todo en mí, hasta la más ínfima de mis células, se negaba a serlo. El cuerpo me pesaba como el de cualquiera de aquellos muertos del otro lado de la puerta. O como todos ellos juntos, para mejor decir. Porque, la verdad ¿quién, después de muerto, puede tener disposición a levantarse? Ah, sí; Lázaro, cuando escuchó a Jesús que le dijo levántate y anda. ¡Anda tú, al carajo con tu milagro de mierda! Que lo que soy yo no salgo de esta fosa ni que me vuelvas a crear.
Pero salí. El milagro funcionó. Me levanté y anduve hasta aquella puerta, en la que el funcionario, con las manos metidas en los bolsillos de su bata blanco mugriento, aguardaba, con evidente paciencia, por el resucitado. Con lo que quedaba de sol a mi espalda, alcanzaba ver su cabeza rapada y su cara huesuda resaltando sobre el trasfondo apagado del pasillo que conducía al depósito. No sabría cómo definir aquella mirada. Fija sobre mí, pero como si no mirara. Entonces la dí por la del muerto que todos llevamos dentro. Y creo que está bien así. Era una mirada que no desentonaba; en armonía con aquella tarde y con aquella hora.
Ahora todas las miradas se posaron sobre el resucitado: ese caminar desganado, incierto, de quien barrunta que, si ha vuelto a la vida, ha de ser objeto de algo que no le conviene. Por fin estaba parado otra vez ante el funcionario. Entonces se me informó —su voz no parecía suya, sino de otro que, lejano, se comunicaba a través de un altavoz— que el cadáver del viejo Rangel, por razones legales, no podía ser incinerado, pues no se trataba de una muerte natural, sino violenta. Por el tono con que el funcionario remarcó lo de legales, era evidente que, más que proporcionar una información, me acababa de hacer una advertencia. El tono amenazador y satisfecho se le dibujaba en pleno rostro. Obviamente, como sucede en estos casos, el sujeto entendía por natural la muerte por decrepitud. Como si la vejez no fuera violenta, y el estallido de un órgano ‒corazón, hígado, páncreas‒ o una metástasis fuese una muestra de paciencia y comedimiento de la fisiología. Yo no sabía que era así, y entiendo lo que dice; pero se trata de un suicidio −reparé en voz baja, como si los muertos del depósito al fondo fueran a escuchar algo que no debían. Luego agregué −dígame una cosa: ¿qué podría ser más natural en un vivo que decidir sobre la propia vida y a causa de ella? Y luego, en voz aún más baja y no exenta despreciable timidez, concluí: se equivoca UD. señor; lo que tenemos acá no es una muerte violenta, sino voluntaria, que es algo bien distinto.
Me habría gustado ser mucho más categórico. Recuerdo mi timidez, y no dejo de recriminarme por ello. Por primera vez en toda la jornada sentí que le fallaba al viejo. El funcionario se quedó observándome sin inmutarse. Sin embargo, por su expresión huraña, se diría que mi lógica lo había puesto contra la pared, cosa que ningún burócrata es capaz de perdonar. Como sea, acaso por desaprobación, acaso por total falta de entendimiento −cosas difíciles de distinguir cuando de la burocracia se trata− el funcionario frunció el entrecejo de modo que me pareció gracioso, hasta que se llevó el dedo índice de la mano derecha a la sien, en señal de yo estaba loco. Debí haberlo puesto de nuevo contra la pared. Mas no con la lógica, sino con los puños. Pero no lo hice. Más bien seguí recurriendo a la razón. Piénselo −insistí, intentando ser persuasivo, pero sin poder disimular del todo mi disgusto.
Piénselo. Pero aquel cerebro era sólo la punta de un cuerpo que no estaba hecho para algo así. En un acceso de contrariedad o de abulia, el estómago, el hígado o el páncreas podían desautorizar cualquier iniciativa en esa dirección y, con ello, desatar una rebelión contra la supuesta hegemonía que la materia gris ha de tener en esta materia. En ese momento, tras mi ineficaz piénselo, una rebelión de este tipo debía tener lugar en la humanidad del funcionario; lo supe por el modo en que su hostilidad no era lo suficientemente pura como para sobreponerse del todo a los rudos trazos con que la estupidez afloraba a su rostro. De súbito, las fuerzas que se debatían en aquel sujeto trajeron a mi mente el conflicto entre el Dr Jeckill y Mr Hide, aunque, sin duda, en una versión mucho menos sublime que esta clásica representación del bien y del mal. Aquí todo iba mal. Nada, pues, había que hacer en favor de aquello por lo que siempre había abogado el viejo Rangel en relación con el tema de la muerte. y en el que ahora, tendido en su camilla, estaba tan involucrado como nunca imaginó: la incineración.
Decía Rangel −siguiendo a Céline− que enterrar a un hombre no es más que un discurso a los gusanos. Y ahora yo, que había rodado trescientos kilómetros en favor de este parecer, nada podía hacer que no fuese asumir la farsa de un funeral y, además, hacerlo por razones legales. Con mi firma, acababa de convertir al viejo en mi muerto. Y ahora, como el dueño, me correspondía realizar los trámites del sepelio. No obstante, en un débil atisbo de luz en medio de las tinieblas, tanteé al funcionario, a ver si había alguna manera de esquivar tales razones. A lo que de inmediato el funcionario, que obviamente esperaba mi ambigua sugerencia para lucirse, replicó −¿Acaso pretende el caballero sobornar a un servidor público?. La solemnidad de la pregunta, salida como gusano del tumor de su orgullo, me volvieron de un porrazo a los sótanos de mi impotencia. A estas alturas, ya había yo perdido hasta las ganas de tomar aquel sujeto por el cuello y golpear su cabeza contra la maciza columna de concreto ubicada justo detrás de él, las veces que fuese necesario, y ya no para que entendiera, por cierto. En fin, como suele pasar, por más que se ponga en evidencia su sinsentido, contra la tradición y las razones legales que la sostienen nada puede el sentido común ni la semántica. A Rangel había que enterrarlo, y punto.
Lo del punto −de uso tan de moda para imprimir carácter a nuestras expresiones, no por su contenido específico, sino por la sintaxis− remarcaba el desprecio de aquel sujeto hacia mis consideraciones, arrasadas por la mediocridad de espíritu con la que hacía uso de su poder para imponer las suyas. Que ni siquiera eran suyas, sino del orden que representaba el cabeza cuadrada con el que acababa de protagonizar un duelo filosófico del que el cadáver del viejo Rangel había sido el único testigo y del que yo salía con las tablas en la cabeza. Por un momento tuve la intención de ir, una vez más, hasta el fondo, no de la controversia, sino del depósito de cadáveres, para hacerle saber a mi muerto que había hecho cuanto había podido por satisfacer sus ambiciones cósmicas ante un cabeza cuadrada al que le parecían descabelladas. Un oportuno sentido del ridículo me inmovilizó.
Fue entonces que, de súbito, advertí que el funcionario miraba por encima de mi hombro, de un lado a otro y como buscando con la mirada a alguien o algo. Hasta que de pronto emitió un silbido estridente y al que respondió de inmediato el alguien o algo: un negro gordo, alto, con ceñida franela negra que exaltaba su voluminosa barriga, y que, salido de la nada del patio, se puso en camino hacia la puerta en la que permanecíamos el funcionario y yo. Aquel silbido había sido como presionar el botón de una máquina que la pone en marcha.
Fue así como el funcionario de la morgue me puso en contacto con quien, previo acuerdo sobre el precio, se encargaría del servicio fúnerario. Es lo más económico que le puedo ofrecer, amigo mío −dijo el negro con estudiada cortesía. Eso es del todo cierto, caballero −agregó seguidamente el funcionario. Es más −insistió éste último− le puedo asegurar que no conseguirá mejor precio por tan buen servicio en cien cuadras a la redonda. Puede comprobarlo por UD. mismo, si así lo quiere. Pero recuerde que ese cuerpo ya ha entrado en su fase crítica ‒remató, al tiempo que señalaba con el dedo hacia el fondo del depósito, en donde permanecía el viejo desde hacía casi cuarenta y ocho horas.
Acto seguido, el funcionario se dio media vuelta y cerró la puerta. Por su parte el negro, notoriamente condolido, depositó su enorme mano sobre mi hombro: eso déjelo de mi parte −afirmó, señalando en el mismo sentido en que lo acababa de hacer el funcionario para referirse al proceso de descomposición en que había entrado el cadáver. Nada que la cal no pueda corregir o disimular. Yo le garantizo, amigo, un entierro decoroso. Pero, eso sí, tiene UD. que decidir rápido. El tiempo apremia. Dicho lo cual, el negro se dio media vuelta y volvió a colocarse en la esquina de dónde, como entonces advertí, había venido.
Mientras lo veía alejarse, yo me preguntaba: ¿es que acaso puede haber entierro decoroso? No empieces, Romero, no empieces. Está claro que lo único decoroso que puede haber aquí es salir de aquí. Rangel ya lo hizo; quiero decir, salir de este mundo, como quien dice. A ti toca sacarlo de la morgue, lo cual es un poco más costoso y jodido. Aunque no sea para meterlo en un horno y quedarte con las cenizas, sino en un hueco bajo tierra para que termine de pudrirse. De lo que ahora se trata es de poner punto final a episodio tan soez. Lo demás es filosofía, que, como bien has podrido comprobar, gracias al cabeza cuadrada, también es una forma de salir, sólo que con las tablas en la cabeza.
Por cierto que, cuando me hablo así, en segunda persona, tal y como supongo suele hacer todo el mundo, como si se mirara a un espejo, siempre he tenido la sensación de que quien habla es el cadáver que en potencia soy. Alguien me dijo alguna vez que tuviera cuidado, que eso le sonaba a esquizofrenia. Puede ser. Pero tuvo que reconocer que, dicho esto en el más riguroso sentido aristotélico, implícito en el concepto mismo de entelequia, no es esquizofrenia, sino lógica. Lo que aquél día, al final de mi estadía en la morgue, y pese al fracaso de la misión que me había impuesto, confirmaba.
Entonces miré hacia el negro, que permanecía de pie en su esquina estratégica. De alguna manera su esquina, que ocupaba atento y al acecho de su presa; yo, en este caso. El irse como lo había hecho, tras retirar su mano de mi hombro, era gesto premeditado, con el propósito de mostrar respeto por el deudo que, en solitaria reflexión, ha de decidir sobre el modo de someter sus pareceres morales o filosóficos a las condiciones pecuniarias que el proceso de putrefacción impone. Por mi parte, yo me mantuve junto la puerta cerrada, ya cerrada, por unos cuantos minutos más, haciéndome el que, en efecto, reflexionaba. Con lo que hacía mi propio aporte al melodrama. Quizás procedí así para contrarrestar mi contrariedad, o para no incitar la del negro y que, en respuesta, me subiera la tarifa del servicio que estaba a punto de contratar. Lo más seguro es que lo hiciera por las dos cosas y, sobre todo, porque quería salir de allí cuanto antes.
A estas alturas, ya me importaba un bledo que el pobre del viejo Rangel no fuera, como siempre pretendió y le correspondía, incinerado. Casi que me arrepentía de haber llegado hasta allí. Lo cierto es que, haciendo de regreso el recorrido del resucitado, fui hasta el rincón donde el negro aguardaba. Tras intercambio casi automático de monosílabos, la cuestión quedó convenida. Lo que de algún modo me alivió. La presa había caído en la trampa. El cazador venía por lo suyo, y se cargó la cesta. A estas alturas de la farsa, me iba mucho mejor haciendo de conejo gordo y blanco que de resucitado.
De inmediato, el negro puso manos a la obra, y desapareció tras la puerta del deposito de cadáveres. Una vez más, entraba yo en fase de espera. Pude haberme largado de aquél lugar, volverme por donde había venido y olvidarme para siempre del asunto. Quiero decir, pensé en ello. Pero ni me moví. Bien sabía que un olvido así no era posible. Hay acciones que se acometen y no tienen vuelta atrás; nos colocan del otro lado, en el que ya no somos los mismos. Salir como un héroe de Buenaventura, luego de haberme jurado que jamás lo volvería a hacer ni aunque el viejo muriera, y hacerlo, precisamente, para salvar su cadáver del ritual de un sepelio, no podía ser menos que una de ellas.
Sin embargo, ya no es el viejo Rangel, Romero. Se trata sólo de su cadáver, −insistía el cadáver que en potencia soy y al que, en esta oportunidad, dejé hablando solo y por su cuenta. No me sentía de ánimo para prestar atención a lo que decía. O yo sabía tan bien lo que decía, que no requería prestar atención alguna. Se trata sólo de un cadáver. Era posible que sólo se tratase de eso. Pero, igual, cada vez que yo volvía la mirada hacia la puerta cerrada tras la que ese cadáver yacía junto con todos aquellos muertos, dejarlo allí se me hacía mucho más infame que el infame funeral del que mi espera —tal y como la sentía entonces— ya formaba parte. Ahora lo sé: mi espera era la antesala de aquel funeral, y había comenzado desde el mismo momento en que dejé Buenaventura, blandiendo la espada de la razón en favor de una causa justa. Mi espera era la antesala de un indeseado funeral, en la que yo hacía de oficiante. El viejo no era ya sólo un cadáver, sino, además, mi muerto. ¿Cómo, entonces, dejarlo allí, en medio de una jornada que aún no terminaba y que sólo terminaría cuando, muy a pesar suyo y de mi, le diera sepultura?
Pasa que, para que en vida haya muerte, cadáver y muerto han de ser el mismo; pero no son lo mismo. El cadáver es materia que se libera de la vida para que siga habiendo vida; o, lo que es lo mismo, vida liberando materia, como quien dice, porque le conviene. El muerto es materia que nunca se libera. Condenada, como queda, a cargar en sus espaldas con su propia historia, se niega a la vida; es sólo testimonio y luto. Aquél era el cadáver del viejo Rangel; frío y tieso, de largo a largo en su camilla, quieto y en descomposición. Su muerte no era mía, sino de la vida. El muerto era otra cosa: el mismo viejo; mi muerto, porque era parte de mi vida.
De modo que, a la postre, a eso has venido desde tan lejos: oficiar en un ritual en el que no crees y hacerlo a partir de la decepcionante certeza de que el muerto menos. En fin. No podemos hacer otra cosa, Romero. En eso consiste ser tu muerto. Este no era tu destino. Pero no más salir de Buenaventura, lo convertiste en tal; más aún si se tiene en cuenta que, aún a sabiendas de tu fracaso, no habrías dejado de hacerlo. Ciertamente, algo de trágico ha de haber en todo ello, me dije. O no sería destino. Y para cuando la noche terminó de cerrar el último pliegue mortecino del día que aún podía atisbar por cima de la arboleda, el negro, como si hablara la misma noche, vino a avisarnos que todo estaba listo, y me indicó que lo siguiera. Entonces caminamos hasta el estacionamiento, donde abordamos la carroza que ya había abordado Rangel. Tal y como decía el viejo cada vez que íbamos a El Mesón: lo que importa, Romerito, es tener dónde morir cada noche. Con la sola diferencia de que, esta vez, ya contaba con un ataúd para ello.
Al subir, el negro sonrió y me preguntó que si me molestaba la música. Cosa en la que yo, distraído con el recuerdo del viejo y El Mesón, ni siquiera había reparado. Lo que sonaba era uno de esos boleros suicidas, que son los únicos textos a los que reconozco rango ontológico en cuestión de amor … no quiero la vida, si es de verte ajena, pues sin tu cariño, no vale la pena… Para nada, respondí, Y lo hice con énfasis. No sólo porque en verdad me gustaba, sino, también, como para despejar cualquier posible hostilidad que, al menos de mi parte, pudiera empañar la fase nocturna de aquella fúnebre jornada, que ya era, como mi muerto, igualmente mía. Entonces el negro supo que podía escuchar la radio en paz, y me dejó en paz. Gracias a lo cual, la mayor parte del trayecto lo pudimos completar en silencio, sólo interrumpido por las disculpas que él negro daba a propósito de trámites rutinarios, tales como como equipar gasolina, comprar pan o beber un café. A esto último accedí con un entusiasmo que me causó algo de pena, pero que, en realidad, no pude disimular. Incluso, señalando con el pulgar la parte de atrás de la carroza, llegué a comentar: al viejo le hubiera gustado; el café, aclaré, toda vez que el negro lanzó aquella mirada en forma de pregunta por el inesperado comentario. Luego agregué: éste se tomaba lo menos diez de estos al día. Pero no era el café lo que iba a matarlo —aclaré. No. El señor se ahorcó −interrumpió el negro en tono grave, y se persignó.
El negro ni cuenta se dio, pero, con aquella señal de a cruz, destapó la botella de la que habría de salirse el genio del cadáver que en potencia soy. Yo —la botella— me limité a recostarme del sillón y mirar las calles por las que circulábamos: porque sólo Dios da y quita la vida, el suicidio es signo de rebelión; si se quiere, algo así como forjarse uno su propia caída y convertirse en pecador por voluntad propia. Se entiende que sea el tipo de cosas que quién te ha creado no puede tolerar. El negro no se atrevió a persignarse de nuevo, pero me miraba como si yo fuese el mismo demonio. Eso pensaba Rangel, dije, señalando hacia el ataúd que traíamos en el compartimiento de atrás. Noté que, desde entonces y hasta que llegamos a nuestro destino, el negro no dejó de lanzar miradas furtivas por el retrovisor. Todo ello iba imprimiendo un aire curiosamente familiar a nuestro paseo en carroza, pese a las incomodidades teológicas que aquellos comentarios pudieran acarrear.
A eso de las diez llegamos a casa del negro. Bajamos el ataúd y lo instalamos en el velatorio, o lo que hacía de tal al fondo del garaje. Esto no era necesario, pues nadie se había planteado celebrar velorio alguno. Pero toda vez que, como ya había observado el negro cuando bajábamos el féretro, teníamos que esperar hasta la mañana siguiente a las diez, no había más remedio que pasar la noche allí. Así que igual habría velorio, aunque yo fuese el único asistente. Y, en efecto, allí estuve hasta el día siguiente. Lo cuál hizo aún más familiar la jornada, ya que aquella era la casa en la que el negro vivía con su familia.
Era un recinto anexo, pero desde el que se escuchaba el ajetreo familiar del otro lado de la pared. También era estrecho, pero lo suficientemente amplio para difuntos con pocos deudos o, como en el caso, uno y de vaina. Cuando el negro se dispuso a prender el candelabro que había traído desde un rincón y colocado a la cabecera del féretro, le pedí que no lo hiciera, argumentando, además, que con la luz de la luna, que se metía por el enorme ventanal ubicado a la entrada, era más que suficiente. Como quiera, dijo. Se encogió de hombros, dejo el candelabro allí mismo y se perdió por la puerta de fondo. Por la misma puerta, entraba de cuando en vez, con café o cigarrillos, y en el ínterin iba dejando fragmentos de su propia biografía que también iban formando parte del evento. Al salir siempre lanzaba una mirada de reojo al ataúd en que habían atrapado al suicida. Así, en este ir y venir, supe, entre otras cosas, que tenía veintitrés años de experiencia en el oficio. Puedo decir, amigo mío, que lo he visto todo, aseguraba con orgullo necrofílico. Observación con la cual probablemente haya querido despejar mi supuesta incomodidad por cargar con un suicida, que, en el plano del culto religioso, estaba privado de la oración tanto como, en el legal, de la posibilidad de ser incinerado.
Por mi parte, yo llamé la atención del negro sobre el hecho de que, curiosamente, el tiempo que él llevaba en el servicio fúnebre coincidía con el mío como profesor de historia. Lo cual el negro celebró con su ya característica cortesía. Acaso no lo hubiera hecho si, además, −advierto en el instante en que registro este dato− hubiera yo agregado que la coincidencia no estaba dada sólo por el tiempo de servicio, sino, también, por la naturaleza misma del oficio: pues ¿qué hace un sujeto dedicado a algo así sino oficiar en el cementerio del devenir, cumplir con el ritual de enseñar lo que él cree saber del cadáver que el pasado es? Pero de esto no dije nada, porque presentía que hacerlo hubiese equivalido a introducir una nota discordante en lo que aún restaba de la ljornada fúnebre, de la que mi espera era el hilo conductor, y que el negro, como entonces reconocí, había contribuido a hacer más llevadera.
El negro siguió allí, en presencia intermitente, según el ya mencionado ir y venir, que no cesó por completo hasta pasada la media noche. A partir de entonces yo me hacía cargo. Consciente de lo cual, sobrevino en mi ánimo un peso cósmico para el que no estaba preparado. Hasta entonces mi espera había sido, por decirlo así, de naturaleza institucional; con fuertes lazos que la mantenían atada a la burocracia. Con vergüenza advertí entonces que, en cierto modo, sólo me había diferenciado del cabeza cuadrada en que él quería meter al viejo Rangel en un hueco frío, y yo en un horno caliente; él rendía culto a los gusanos, mientras yo a las cenizas- Cosa ésta que yo justificaba como defensor de los intereses cósmicos del muerto, y aquél contradecía con la ley y la costumbre. De resto, salvo ese ingenuo heroísmo que me arrancó de mi molicie de escribidor y en un instante me colmó de voluntad para salir de Buenaventura, bien poco era lo que me había inspirado la muerte del viejo Rangel; hasta entonces, mi muerto ajeno; el que había ido a parar a la morgue con la misma naturalidad con que lo hubiera hecho al mismo infierno.
Así concluía −y de ello me doy cuenta ahora, con la precisión que sólo da el dividir el curso devenir‒ la fase inicial, preparatoria; la antesala del velorio. Y comenzaba propiamente el velorio. Que, en realidad, no era tal. pero, en cierto modo, sí aquello en lo que debería consistir un velorio; esto es, un momento de intimidad con el difunto, una formalidad que nos invita a participar de su muerte, más como cómplices que como meros espectadores de ella. Por primera vez, desde que dejamos la morgue, quedé mirando el ataúd en que yacía el viejo Rangel hundido en cal. De allí que pesara tanto cuando lo bajamos de la carroza el negro y yo. Aún cuando ninguno de los dos dijo nada, ya que, en estos casos, sin silencio no hay decoro. De modo que no sólo no había logrado salvar al viejo de un aborrecible entierro, sino que, además, iba a enterrarlo dos veces. La primera ya era un hecho, no más salir de la morgue, bajo la promesa del negro de tener un entierro decoroso. La segunda tendría lugar mañana, a las diez.
Hacia poco más de la media noche, momento a partir del cual el negro no regresó más, quedamos a solas: yo y mi muerto. La noche observaba con su ojo lunar, a través del ventanal, cuyos cristales reflejaban en el piso las sombras picudas y alargadas del enrejado. Toda vez que, a petición mía, el candelabro seguía apagado, yo y mi muerto quedamos en medio de una penumbra hecha de la negra oscuridad interior, y que la claridad lunar del exterior diluía muy gradualmente. De manera que, a lo largo de aquel recinto, prevalecía un intervalo de transparencia casi geométrica, a la que tributaban las sombras rectas y la perfecta horizontalidad del cajón. Junto al cajón, el cadáver que en potencia soy, sentado en un antiguo mueble de madera, de apoyaderos arqueados, y al que recién debían haber tapizado los rojos cojines, a decir del penetrante aroma a pegamento y tela nueva que aún se dejaba sentir en el ambiente.
¡Que vaina, viejo! A estas alturas ya se entenderá que lo decía mucho menos por lamentar su muerte que por el modo en que ella nos involucraba en la misma farsa. Indeseada, ciertamente. Pero que, a esa hora, ya comenzaba a encontrarle cierto sentido. No sé por qué. Acaso porque, en lugar de seguir pensando en ello, estuve pensando en el suicidio del viejo. Recordaba el modo en que, cuando bebíamos o comíamos juntos, su protuberante nuez o manzana de Adán subía y bajaba a lo largo de su cuello. Eso se debe a que un trozo del fruto prohibido se atascó en la garganta de Adán, según dice el Génesis ‒aclaraba el viejo Rangel cuando alguien, como yo mismo hice en alguna oportunidad, llamaba su atención sobre su pronunciado cartílago tiroides angular. Por supuesto que el viejo Rangel consideraba esto un relato necio, entre tantos otros de esa literatura de mal gusto que son las Sagradas Escrituras, ‒lo de literatura iba enmarcado en las grotescas comillas que dibujaba con los dedos índice y medio de sus largas manos. Luego venían sus curiosas conclusiones al respecto, y que paso a resumir de la manera más literal que me sea posible.
Yo pienso que ese cartílago está allí como señal de una fisiología que nos es propia y nos sugiere la posibilidad del ahorcamiento como la forma más expedita de quitarse la vida por voluntad propia. Digo sólo posibilidad; lo de terrible habrá que imputarlo a la religión, la psicología o la sociología. En todo caso, y si la consideras con el debido detenimiento, la sugerencia tiene sus ventajas, Romerito, pues para suicidarse no se requiere de artefactos ‒como las pistolas o los cuchillos‒ ni de la sofisticada química del envenenamiento, que siempre oculta engorrosos secretos, para la mayoría inaccesibles. Con ese cartílago, la inteligencia fisiológica nos está diciendo que para quitarnos la vida nos basta nuestro propio peso, por flaco que se sea ‒y decía esto último dejando entrever cierto orgullo que corría a lo largo de su propia corporeidad cuando la señalaba con su mano. Tampoco se requiere de grandes alturas para ello. Cualquiera podría quedar colgado a uno o dos centímetros del suelo; no se requiere de grandes rascacielos. Sólo se trata de una sugerencia fisiológica objetiva y al alcance de la mano para cualquier mortal. Es la tradición religiosa la que ha lanzado un velo de censura sobre dicha posibilidad, con el propósito de enajenarse la voluntad humana, que tiene en el suicidio ‒y no sólo en al acto, sino en el pensamiento mismo al respecto‒ una de sus más elocuentes dimensiones. No en balde, fueron los cristianos los primeros en negar el suicidio. Que, en realidad, no es otra cosa que hacer de la negativa a participar de la existencia un acto voluntario, y de la muerte una cuestión de honor, tal y como se practicó en la antigua Roma o en Mesoamérica ¿Tú sabías, Romerito, que en la jerarquía del otro mundo de aztecas y mayas el primer sitial estaba reservado para los muertos en la guerra y los que morían por mano propia, que, hasta cierto punto, son lo mismo, pues quien va a la guerra por su propia voluntad, como el suicida, lo hace en pos de su propia muerte? Lo sé: parecen cosas del otro mundo, pero lo son de éste. En la jerarquía del más allá, guerreros y suicidas están por encima, incluso, de las mujeres muertas en parto, que, no en balde, ocupaban el segundo lugar en la escala de dignidad del más allá, porque, en su caso, mueren dando vida. Lo cual no es menos sublime que quitarse la propia. Yo no sé qué piensas tú, Romerito. Pero, por mi parte, puedo asegurarlo: el suicidio no es una anomalía, como piensan nuestros insignes psicólogos y sociólogos, que creen haber penetrado la mente humana; ni una inmoralidad, como aseguran los curas, que creen haber penetrado la de Dios. Que es Dios quien da la vida y la quita: eso sí que es falaz y, sobre todo, tamaña inmoralidad; una auténtica farsa para pervertidos prestos a identificar la muerte con el mal y el pecado. Y si acaso existiese un dios dador y quitador de vida ¿para qué coño el cielo o el infierno? En fin, exista o no, a la mierda con éste y cualquier otro dios con semejantes ínfulas. Lo que yo afirmo es que la sola posibilidad del suicidio es evidencia de que estamos naturalmente equipados para el acto. La manzana de Adán es el modo en que la teología le pone la mano a lo que no es más que una señal fisiológica, equivalente a las que se usan en las carreteras para indicar que sigue un puente o una curva peligrosa, o las que se utilizan a la entrada de los baños para diferenciar el de damas del de caballeros.
Y, tras decir esto, el viejo tocaba con sus dedos esa manzana de Adán que yo recordaba aquella noche, tan claro como ahora, que tantas veces hizo de motivo para sus reflexiones acerca de la muerte y el suicidio, y que aquí he transcrito del modo más literal posible, según el actual recuerdo que guardo de cómo las recordaba yo aquella noche en tanto que único asistente al forzoso velorio del viejo Rangel. Metido en su caja y saturado de cal, Rangel se había convertido en la comprobación de su propia teoría, toda vez que la había perpetrado no contra sí mismo ‒como suponen los ingenuos‒ sino contra una tradición que, ahora, en contrapartida, dado que los suicidas están privados de oración y de cielo, le negaba una salvación a la que, como es obvio suponer, el viejo Rangel nunca había aspirado. Lo injusto no es, pues, que te nieguen la salvación, sino que lo priven a uno de la purificación del fuego y, en consecuencia, fuercen al cadáver a cumplir con un ritual de muerte que lo niega a uno en su misma muerte. La perversa estética del sepelio pone en evidencia su mismísima ética.
Esto me decía yo, en silencio. Sin embargo. ya no me hablaba a mí mismo. O, para decirlo mejor, esto hacía, sí, pero inserto en lo que, hasta el momento en que me lo dije, había sido el infranqueable silencio que el viejo se había impuesto por mano propia y que, a esa hora de la noche, ya trascendía el cajón sellado y sus restos mismos, mudos y hundidos, en un petrificado mar de cal. Silencio compartido entre lo vivo y lo muerto. Entre un yo y su muerto. Ahora creo que de eso se trata. Fracasando en mi misión ‒rescatar el cadáver del viejo‒ he remontado el Leteo del silencio. Y, que se sepa, de tamaña hazaña sólo Ulises ha salido ileso. Sólo que, a diferencia de lo que a Ulises sucedió, no me encuentro por acá con espectro alguno al cual animar con la sangre prestada de la imaginación, y de manera que, por un momento, el infeliz desmemoriado adquiera vida, como la que gozan los personajes de una narración. Aquí sólo está mi muerto, el que me sacó de Buenaventura, y al que, a su vez, vine a sacar de la morgue, siguiendo la farsa de un ritual cuyo curso nos ha traído a ambos hasta aquí: el común silencio entre lo vivo y lo muerto. La memoria no cuenta sino para mí, que sigo vivo. Mi muerto no la necesita. No es, pues, el viejo Rangel, sino yo mismo el espectro al que he de rescatar del ensueño de silencio al que me ha conducido su muerte.
Ahora lo entiendo. Quiero decir, lo descubro escribiéndolo: la farsa del ritual no ha sido otra cosa que el ardid del que se ha valido el destino para llevarnos de la mano, a mí y a mi muerto, a este espacio común, sólo posible en una dimensión narrativa que me abre sus puertas en el curso de la escritura de esta historia. Y al traspasar esa puerta lo he sabido, como no lo habría podido saber de otra manera: con mi decir sólo tributo al mismo silencio al que el viejo Rangel con su suicidio. Con mi vida, digo de la muerte; con el suicidio del viejo, dice la muerte misma. Y esta historia no es más que el epitafio que grabo en la piedra del silencio con el buril temporal de mi existir.
Es por esto que, siendo el viejo ya no sólo un cadáver, sino, además, mi muerto, he de hacerle el espacio que le corresponde en esta historia. A los efectos diré que, como mi maestro, o como compañero de tragos, siempre estuve cerca del viejo Rangel; incluso como teórico del suicidio. Pero nunca tan cerca como aquella noche que pasé en vela junto a su féretro y que ahora adquiere su auténtica dimensión gracias a la escritura de la historia de la que ya el viejo forma parte. Por eso digo que no es que aquella noche sintiera que el viejo, como suele decirse en estos casos, viviera en mi memoria o pensamiento; ni mucho menos que me sintiera heredero o parte de un legado que nunca dejó. Rangel jamás miró con ansiedad hacia la posteridad, ese discurso a los gusanos. Ni pretendió dejar rastro o huella alguna. Asumió este mundo como una ópera bufa de la que siempre fuera mero y asiduo espectador. Gracias a lo cual, al morir por su propia mano y en apego a su pagana idea de la existencia temporal, murió completo. Nunca estaré conforme con haberlo enterrado en contra de su voluntad. No obstante, es un hecho que entre el ardiente horno y la fría huesa no media la suficiente diferencia como para afectar en lo más mínimo tal completitud. Esto es lo que más de dos mil años de cristianismo tanto y tan bien nos han enseñado a temer: el morir completo. Pero, como me dije entonces, mientras mis párpados caían por su propio peso, dos mil años más dos mil menos tampoco harían diferencia alguna.
Debo haber dormitado durante más de dos mil años. Lo cierto es que, cuando el frío alto de la madrugada me llegó a la cara, abrí los ojos en plena oscuridad y, preguntándome por la hora, mi mirada quedó clavada en su negrura, a la espera de que algo se dejara caer en el suelo de mi conciencia sin fondo. No se puede vivir sin saber la hora a la que se hace. Porque somos devenir y la vida suceder, no hay nada que suceda si no lo hace a una hora determinada. Y, a todas estas, yo sin relój.
Entonces me levanté del sillón y caminé a tientas hasta el ventanal. Afuera ya no había luna, y no me interesé por alguna otra cosa que pudiera ver en el cielo que no fuese su negrura. Mas bien me quedé viendo la calle quieta y vacía; el modo en que, apenas iluminada por la luz amarillenta del poste, se internaba en más negrura. Al voltear, la oscuridad en el interior era tan densa como la de afuera. Desde donde yo estaba, apenas se podía distinguir el sillón y el ataúd, gracias más a la memoria que guardaba de ambos objetos que a la visión propiamente dicha que en ese momento pudiera tener de ellos. Hubiera querido encender una luz, pero no tenía la más puta idea de dónde podría estar el interruptor, si es que había alguno allí. El candelabro no era opción; el sólo pensarlo me repugnó.
Todo indicaba que era la hora de salir de aquél estrecho recinto, llevarme al viejo al cementerio y terminar de una vez con una farsa de la que ya había tenido suficiente. Como igualmente había tenido suficiente de aquél silencio, que ya no pude diferenciar de la total oscuridad en medio de la cual acababa de despertar. Entonces volví a preguntarme por la hora, lo que me era imposible de calcular. Encendí un cigarrillo y me quedé viendo la puerta por la que el negro había estado entrando y saliendo la víspera. Presté especial atención a cualquier posible ruido que se dejara escuchar del otro lado. Pero nada. Dí un paso, e inmediatamente retrocedí. No quería volver a mi sillón de velador. Entonces opté por quedarme parado junto al ventanal hasta que el negro diera señales de vida.
Mas no tuve que hacerlo por mucho tiempo. Había transcurrido no más de media hora, cuándo de súbito noté que empezaba a rayar el día. Lo cual me tranquilizó más de lo que esperaba hasta ese momento. Paulatinamente, el sillón y el ataúd iban recobrando la forma de la que la oscuridad los había despojado. Todo era cuestión de esperar un poco más a que apareciese el negro por esa puerta. Entraría en cualquier momento. Encendí otro cigarrillo. Cuando espero por algo, a veces funciona el milagro: sucederá antes de que termine de fumar. Y, en efecto, al poco rato apareció el negro, con una taza de café en la manos, que amablemente me acercó mientras daba los buenos días.
Apagué el cigarrillo y, luego del primer sorbo, le pedí al hombre que partiéramos cuanto antes al cementerio. El negro, que con su mirada me hizo saber que se había percatado de mi impaciencia, asintió de buena gana, pero no sin dejar de observar que primero habría que realizar algunos trámites de rutina, como el del papeleo en la alcaldía, lo cual no sería posible hasta una hora y media mas tarde, lo menos. La burocracia volvía a asomar su cabeza cuadrada en el horizonte. Así que terminé mi café en silencio, mientras que el negro, que había salido por un momento y regresado a la brevedad posible cepillo en mano, se puso a barrer la sala.
Casi tres horas más tarde, luego de llenar los formularios que una enorme gorda somnolienta nos puso delante, y tras haber pagado el impuesto correspondiente al hueco en el que meteríamos al viejo Rangel, salíamos de la alcaldía. De allí, nos dirigimos a la ferretería indicada por la gorda, con un vale por el valor de veinte tabelones de arcilla, seis bolsas de arena y un saco de cemento. Cuando volvimos a lo del negro, eran casi las once de la mañana. Volvimos a tomar café, en medio de los ya clásicos, irónicos y despectivos comentarios que toca hacer a la ciudadanía cada vez que sale de una oficina pública, y que se mezclaban con el ajetreo de mujeres y niños del otro lado de la puerta. El negro volvió el candelabro al rincón de dónde lo había tomado la noche anterior, y luego se llevó el cepillo con que había estado barriendo la sala. Inamovible en su horizontalidad, sólo el cajón del viejo Rangel se empeñaba en continuar la farsa de un velorio que para todos había terminado, incluido para el viejo mismo, que a estas alturas ya se habría resignado a ser enterrado.
Cuando el negro regresó, cargamos con el cajón, lo metimos en la carroza y, por fin, nos fuimos al cementerio. Al llegar, caminamos hasta el fondo, colocamos el pesado ataúd junto al hueco, y nos retiramos al arbusto más cercano, para sentarnos a esperar por los sepultureros. Eran dos. Aparecieron hora y media más tarde, pala y escardilla al hombro, vestidos con franela y gorra rojas alusivas a la revolución. ¿Y el difunto? Pregunto uno de ellos. Allá, respondió el negro, y señaló con el dedo el sitio donde lo habíamos dejado. ¿Y la gente? preguntó el otro. Aquí, dije yo, señalando a mi mismo. Los dos hombres se miraron, se encogieron de hombros y se pusieron en marcha a lo que habían venido.
El negro y yo fuimos detrás. Cuando tocó descender el ataúd al fondo de la fosa, el negro y yo nos hicimos cargo de una de las correas, mientras los otros dos dirigían el procedimiento y sujetaban la otra. Más pesada que la víspera, la carga descendió lentamente y con notorio esfuerzo por parte de los cuatro que controlábamos su descenso al fondo paciente de la tierra abierta. Cuando tocó fondo, el negro se persignó, y los otros dos se quedaron mirando, acaso esperando que yo dijera algo. Me quedé mirando el cajón en el hueco, y al poco rato yo mismo arrojé las primeras paladas de tierra, mientras los sepultureros acarreaban el pegamento y los bloques para sellar la tapa. Exhaustos bajo el sol, cuando terminó el trabajo, todos se retiraron. Primero los sepultureros, que se alejaron por donde vinieron, mientras el negro y yo los observábamos. Luego el negro, que se ofreció a trasladarme a donde yo me dirigiese en ese momento. Y entonces yo, que en ese momento caía en cuenta de que no me dirigía a ningún lado que no fuese al hotel, a donde debía ir para recoger mis cosas y volverme a Buenaventura, decidí quedarme un rato más.
Tras comunicar mi decisión al negro, y mientras nos dábamos un apretón de manos, le agradecí por sus servicios. Él me entregó una tarjeta que todavía guardo en mi cartera. Me apena deshacerme de esa tarjeta; es como si con ello traicionara al negro; su condescendencia, ese toque de servilismo comercial y la familiaridad con la que lo involucra a uno en el servicio que presta. Yo lo recomendaría a cualquiera que requiriese de un servicio funerario de bajo costo y se viese en aprietos a la hora de llevarse su muerto de la morgue. Lo juro: no conseguirá nada mejor en los alrededores. Por mi parte espero no tener que involucrarme en otro enterramiento, salvo en el mío propio, digo, en caso de que, como Rangel, con mi muerte no logre sobrepasar las sutilezas conceptuales llamadas a distinguir entre violencia y voluntad.
En esto estaba pensando cuando el negro se alejaba y quedé a solas en el cementerio, junto al viejo, ahora un metro bajo tierra. Dejé ir la mirada a lo largo y ancho de la tierra colorada y recalentada. Lo que trajo a mi memoria el entierro del Moise en Buenaventura, más de veinte años antes, pero bajo el mismo sol. Entonces yo fungía como comisario de Buenaventura. O más bien fingía, como hasta hace poco fingí de profesor, o como ese día Rangel de difunto y yo de deudo. Todo un trabajo en equipo para rendir culto a la muerte según ritual que nos era ajeno, pero que, precisamente, gracias a la farsa en que nos involucraba, nos había colocado tan próximos el uno del otro. Y si el viejo me viera ahora, en este ahora narrativo, diría que finjo de narrador tan bien como él de objeto narrado. Debe ser por eso que me viene a la memoria el epitafio de aquella tumba, que escribiera para sí mismo el sepultado en ella: aquí yace Moliere, el mejor actor del mundo; en esta ocasión hace de muerto, y lo hace muy bien.




