textos, pretextos y otras mentiras...

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Hela aquí. Una historia acerca del hecho de escribir historias. En realidad, hasta ahora, apenas un par de líneas, y no completo. Aún así, pese a lo exiguo, en ellas ya va implícito un primer dilema: ese ahora. Adverbio que, en este caso, alude a un instante temporal y narrativo a la vez. Temporal, porque hace casi ya dos meses que estoy de regreso en Buenaventura lo que alude al curso de mi propia temporalidady sigo sin saber por dónde empezar, no yo, que hace tiempo que lo hice, sino esta historia, que sigue esperando por mí para hacerlo. Con lo cual este ahora refiere, además, un asunto, como digo, eminentemente narrativo, cual es el de su inicio. Asunto éste que, por lo demás, es igualmente narrativo y temporal, ya que el inicio de una historia no es el mismo ni es lo mismosi se trata del qué, el dónde y el cómo que dan comienzo a la acción narrada, o si se trata de los mismos adverbios, pero cuando lo dan a la acción de escribirla. Todo lo cual, no deja de ser curioso. Yo, que, habiendo empezado hace tiempo ya, espero mi propio final, ando en busca de un inicio que, igual, me sea propio, aun cuando en muy otro sentido. Empero, sucede que la vida no tiene inicios ni finales, y que sólo en el ámbito y contexto de una narración es susceptible de adquirirlos. Lo que me recuerda, por cierto, aquello que una vez dijera Beckett: ese fue mi error, uno de mis errores; exigirme una historia, cuando sólo la vida bastaba. Si es así, entonces estoy aquí para perpetrar mi propio error. Y hasta puede que ésta sea la forma de haber empezado a hacerlo. Más me vale.

Sin embargo, la afirmación de Beckett obvia −y, al hacerlo, plantea− cuestión mucho más de fondo, cual es el que, en realidad, la vida no es tanto la que vivimos, como la que recordamos y el modo en que nos la narramos. En tal sentido, vivir es ya encarnar el personaje principal de la historia en que consistimos. Participamos de un ser que, por histórico, es eminentemente narrativo. De modo tal que el exigirse una historia no es, pues, una opción, sino la única posibilidad de existir históricamente, tal y como corresponde a los entes temporales con conciencia de su temporalidad. De modo que lo inquietante de exigirnos una historia no es que sea un error −que seguramente sí− sino el tener que cometerlo −y sobre todo acometerlo− hasta morir.

A ver. Se me pcurre que a esto se pudiera replicar que, si nacer es ya un inicio y morir es ya un final ¿para qué, entonces, una historia? Ciertamente. Sólo que inicio y final que no vivimos en tanto que tales, sino como determinación absoluta de nuestra finitud y mortalidad. De modo que, aunque nacer y morir, implícitos en nuestro devenir mismo, son datos que determinan nuestra duración, en modo alguno la significan. De hecho, a nadie le es dado ver en su nacimiento o muerte un inicio o un final por el hecho de haber nacido o de haber muerto. No es el hecho el que es capaz de ver, sino el todo al que tributa y a partir de lo cual comienza a gozar de sentido como tal. Del héroe decimos que nació tal día y en tal lugar. Lo cual no es, en rigor, cierto. Lo que hay en ese instante, ese ahora del nacer, no es más que un ente nato. Lo que lo hace heroico es el modo en que interpretamos y significamos su actuar como ser −histórico, y no en otra cosa consiste ser histórico que en interpretar y ser interpretado− en un todo narrativo; y nunca el hecho por sí mismo de haber nacido.

Pero, por otra parte, nació. Y, mientras viva, ha de hacerlo muriendo. En tal sentido, nacer no es sino el primer acto que aquello que viene a la vida protagoniza en la escena de su propia muerte. A diferencia de nuestro final biológico, que está pautado con el nacer mismo, el histórico no; éste ha de ser creado. De modo que, como toda escena, la de la vida histórica también requiere del desarrollo de una trama y de unidad de acción. De lo contrario, no hay todo en que encajar su duración. Y sin todo, no hay significación. Un vez nacido, pues, para el ente temporal con conciencia de temporalidad, la diferencia entre durar y existir la hace el acto narrativo: el inicio y el final, el antes y el después, la coexistencia de ahoras en el mismo todo temporal que se los concede. Como quien dice, las historias. Las que nos exigimos, y vaya que hay que invertir esfuerzo en el error. Como digo, más que cometerlo, hay que acometerlo. Nunca se muere en un día. Hay que tomarse toda una vida para ello. Pese a lo indicado por Beckett, las historias son la prueba de que, para el ente temporal con conciencia de temporalidad, la vida nunca basta.

Entonces, si, como ya advirtiera García Márquez, la vida no es la que vivimos, sino la que recordamos y −hay que agregar− el modo en que nos la narramos, hasta para el más inepto o tosco de los entes temporales con conciencia de temporalidad vivir es un arte; y lo que solemos llamar acaso no sea más que un accesorio y artificio redundante. Puede que el viejo Rangel tuviese más razón de la que él creía el día que me dijo que escribir es hacerse de un borrador que hay que corregir una y otra vez hasta dar con lo que se sabe o piensa. Existir es mas o menos igual: al nacer nos hacemos del borrador que hemos de corregir hasta dar con el sentido de lo que, viviendo, muere. Entiendo a Beckett. A mí también me pudre un poco esta calidad narrativa de la existencia. Y hasta me hace sentir que esta historia de mierda está de más; como si tuviese terminada antes de empezar.

No obstante, por otra parte, ésta es sólo una cara de esa narratividad de la existencia; la que atañe a la experiencia y el pasar que, narrado, tenemos por acontecer; que no es lo mismo. Aquí comienza la otra cara de esa narratividad; mucho más difícil de apreciar, y que tiene que ver con el tiempo y la memoria, que son, como quien dice, el néctar y la ambrosía del demonio del pasar, y lo que hace de la existencia temporal el auténtico laberinto del pasar. No. Esta historia no ha comenzado. El lobo de su escabroso tema apenas si ha asomado las picudas orejas por el horizonte brumoso de mi espera. He de ir a por él antes de que él venga y me coma. Éste no es como el de Caperucita, que aguarda su pasar por el camino; sino como el pasar mismo, que te come al caminar. El futuro es ingenio del ente temporal con conciencia de su pasar. Nadie lo conquista. Lo que estamos llamados a conquistar es esa muerte con que el devenir premia la existencia temporal. Vivir no se trata sólo de morir, sino de ganarnos, como Melmoth, el derecho a no existir más. Por lo demás, tampoco hay abuelita que espere por mi llegada. No soy más que mi propia espera, en chancletas, disfrazada de escribidor de mierda. Hace ya un buen rato que llegué a Buenaventura, y ya hubiese querido yo encontrarme a un lobo en el catre o en el chinchorro, vestido de vieja de mierda y mostrándome sus afilados colmillos. Con eso tendría al menos una historia que contar, aunque repetida. Pero, como digo, hace ya un buen rato que llegué a Buenaventura, y sigo sin saber por dónde empezar. No obstante. al menos he visto al lobo, sentido sus colmillos en la carne de mi voluntad. Sé que está aquí, porque me ha traído hasta aquí, como su presa. Somos el uno para el otro. Sobre todo yo, que soy para él. Quien tiene lobo no requiere de dios.

Sí. Al menos esto lo tenía claro. E iba yo pensando en ello mientras caminaba, una vez más, rumbo a la ensenada, distrayendo así a ese otro lobo, el del hambre. y a la espera, no sólo de dar inicio a esta historia, sino, también, de que Mudito apareciera en el vacío horizonte con algo para llenar la barriga. Sólo que, ya de vuelta en la casa y antes de que apareciera, me he sentado a la mesa. No a comer, sino a escribir, que es como la conciencia lo engulle a uno uno cuando piensa, o al menos pretende hacerlo. Si hasta puedo sentir, en las carnes frías de mi ánimo, la dentelladas calientes del lenguaje. Al menos así interpreto yo aquella afirmación de Joyce de que el lenguaje es conciencia. ¡Qué digo que el lobo está aquí! Soy lo que se retuerce en las fauces de su pensar y decir. Cosa que, como era de esperar, pone en evidencia lo que ya he indicado: cuando de existir se trata, exigirse una historia es error que ha de ser cometido y acometido.

De la mesa al chinchirro, del chinchorro al catre, y de nuevo a la mesa. No sé cuánto tiempo habrá pasado. No hay cómo medirlo. Mudito que aún no llega. Y el hambre no computa el pasar en segundos, sino en siglos. Las manecillas de su relój son colmillos. Claro, el maldito lobo que no me suelta ni por un segundo. En fin. En la mesa sigo. Esto podría ser un inicio para esta historia, Romero. Me he dicho, o, más bien, ha dicho el cadáver que en potencia soy, tras revisar lo dicho hasta aquí: enuncia el tiempo −que es el concepto en torno a cual gira el todo de nuestra temporalidad−, la conciencia temporal −que siempre es histórica; esencia de ser histórico− y el lenguaje −que es su forma y contenido; es decir, el ser mismo de la conciencia. Y esta historia, tal cual la imagino −pues toda historia es dar forma al pasar, o sea, imaginarlo− ha de girar en torno a ello: temporalidad, voluntad de ser y narración.

De ser así, lo hasta acá dicho no estaría del todo mal para empezar. En cualquier caso, es cuanto se me ha ocurrido tras estar, durante días, yendo y viniendo entre la casa y la ensenada en busca de algo que me sirva como inicio. Durante días: el mismo recorrido de hormiga por las arenas del pensar; de un lado el mar, monótono en su rumor y movimiento, y del otro los cerros, que se yerguen como testigos quietos, pelados y amarillentos. Durante días: cargando en las espaldas de la voluntad las hojas caídas de la imaginación, para meterlas en el hormiguero de la ocurrencia. Durante días: hasta que me senté a empezar, aquí mismo, en esta silla en la que desde hace días me siento cada mañana, como lo acabo de hacer hoy, a rascarme la cabeza y sin saber por dónde iniciar esta historia imposible, pero que, por imposible que sea, lo cierto es que, para ser tal, como cualquier historia ha de tener un inicio y un final. Así de simple y de engorroso al mismo tiempo.

Es el devenir el que puede darse el lujo de no tenerlos, ya que, por absurdo, no lo necesita. Y porque, como consecuencia de ello, para tenerlos ha de quedar inserto en una narración; esto es, sujeto a una trama y atrapado en un todo temporal. En cuyo caso ya no será devenir, movimiento sujeto a mero pasar, sino acontecer; es decir, acción narrada y, por lo tanto, capaz de entretejer, temporalmente, la trama de un relato acerca del pasar. Precisamente, todo relato es imaginación relativa al pasar. Desde este punto de vista, el devenir es la presa inenarrable del pasar que, atrapada en la trampa narrativa del ahora −lo que también podría llamarse la hora de la conciencia− se deja narrar. Es esto lo que las historias hacen: creando acontecer, dan ser −forma− al pasar informe. Para distinguirlo del platónico, a este ser lo llamamos histórico, muy a pesar de Platón. Pero funciona igual, por aquello del platón que todos llevamos dentro. En este sentido, narrar es la operación ontológica a la que sometemos el devenir para sobrevivir a su no ser; vale decir, para ser-lo. Pero lo que sea que logremos en el intento de dar ser al pasar, ya no será, como digo, devenir, sino acontecer; o sea, la configuración de la acción como hecho. Algo que debemos a la magia del relato y a ese mago que hace la diferencia entre devenir y acontecer: el tiempo. Aquí sigo a Heidegger, en cierto modo, cuando dice que el tiempo da ser. Sólo que, según lo veo, el ser que da no es otro que el que nosotros mismos creamos narrativamente gracias al concepto de tiempo.

Precisamente, el devenir es absurdo porque en él no hay acontecer, sino pasar puro. No es como el acontecer, que está hecho de hechos, sino como la ausencia de ser; o sea, no ser −en el sentido de aún no ser y/o ya no ser− a la espera de una presencia que se lo restituya. Sólo que los hechos del acontecer no salen del devenir mismo −como se suele creer gracias a las llamadas historias reales− sino del sombrero de la temporalidad, del que el narrador los saca, como conejos. Es la magia del tiempo, el más racional de los conceptos del que hacemos uso al narrar, la que hace posible configurar la acción, a través de los hechos, como acontecer. De modo que hacer uso del tiempo no se limita a una mera operación de medida del devenir, sino que, mucho más allá de eso, es un acto de creación de temporalidad. De hecho, no soy yo quien mide duración. Creados por mí, el reloj o el calendario lo hacen. Pero cuando narro a partir de lo medido creo el pasado, el presente y el futuro que dan identidad y dimensión temporal al pasar del que mi narración se ocupa. Pasar es, pues, devenir y acontecer a un mismo tiempo. Dicho de otra manera, desprovista de inicios y finales, de antes y después y de la coexistencia de ahoras, la realidad del devenir obliga a la imaginación acontecer, ya que no hay posibilidad de existir históricamente, tal y como asegura Heidegger corresponde a lo entes temporales, sino a partir del umbral de una historia y mediante los ojos de un narrador.

Lo que no nos permite advertir esta distinción entre devenir y acontecer acaso sea esa idea que tenemos de lo real como algo distinto de nosotros; que no somos y que sólo está allí, afuera, para captarlo como objeto, y no para vivirlo como sujeto. Vemos la realidad como Caperucita al lobo: algo extraño, que no somos, que nos puede comer, y sin terminar de comprender que existir consiste, precisamente, en ser comido. Mas esta idea es tan real como la realidad de la que pretende separarnos, al menos si se entiende que la realidad del devenir radica en el mismísimo pasar del que es inseparable la percepción y comprensión de él como acontecer. Este pasar consiste en que, como ya dijera Husserl, todo lo real deviene irreal, ya que todo lo que es, por simple hecho de ser, es un futuro haber sido, y que, igualmente, por simple hecho de ser, habrá sido. En tal sentido, nuestras ideas son tan reales como la realidad del devenir al que pretendan referir. Otra cosa es que sean más o manos falsas, más o menos verdaderas en cuanto que creación de acontecer. Mientras los historiadores la vean como el mero instrumento para captar la realidad del devenir y no como el interminable ejercicio hermenéutico de construir acontecer, seguirán viendo la historia al modo de Caperucita, sin terminar de entender que esa realidad del pasar, de la que tanto se jactan las historias reales, más que ser, la somos.

Nada representa mejor este divorcio entre sujeto y objeto, pasar y percepción de lo que pasa que la maniquea definición según la cuál la historia es la ciencia del pasado. Es esto lo más nocivo que debí haber aprendido en una escuela de historia de cuyo nombre no quiero acordarme y a la que sólo se va a aprender que la historia es una ciencia, para terminar enseñando que no lo es. Ni ciencia. ni del pasado. No puede haberla del haber sido, al que sólo cabe narración. Y tampoco puede ser reducida a mero manía de anticuario; pues no trata del pasado, sino del pasar; de su comprensión hermenéutica y generadora de temporalidad. Es esto, y no una supuesta ciencia del pasado, lo que permite a los entes temporales con inteligencia, memoria y voluntad existir, tal y como exige su naturaleza finita y mortal en y ante el pasar, históricamente.

El pasado no es lo que pasó, sino, precisamente, lo que del pasar queda, conforme a una historia y según el modo en que ella sea capaz de atrapar devenir entre un inicio y un final: vale decir, en un todo tamporal y, por lo tanto, con sentido. El devenir no se vive sino en la medida en que la narración hace de él acontecer y a partir de una multiplicidad de historias, que, antes que reales y/o verdaderas, son únicas. Cada historia no es una suma de hechos previamente dados, sino el todo narrativo sólo en el cual los hechos son. Mientras el devenir es infinito e inabarcable como tal, las historias son animales narrativos que gozan de unidad y ser propios. Se puede decir de ellas lo que Aristóteles del drama: se ha de alcanzar el todo en una sola mirada. Lo cual, obviamente, no es posible sin un inicio y un final.

Esto, por otra parte, me lleva a señalar algo que complica aún más el asunto: he dicho que no sé por dónde empezar, lo que para nada significa que no haya escrito una letra y me halle ante la romántica hoja en blanco. No espero por la musa de mi inspiración. A esa la tomé por la oreja, la arrastre conmigo hasta Buenaventura y, desde que arribamos, no he hecho sino torturarla hasta que desembuche. Así que, en lugar de una hoja en blanco,, tengo sobre la mesa un mazo de las dudosas confesiones que le he podido arrancar y que, mientras más grueso, más agudiza mi incertidumbre en este asunto del inicio y del final. El amasijo; tras más de dos meses, así llamo a este fajo de hojas sobre la mesa. Y mucho me temo que si en los próximos días ‒u horas‒ no alcanzo despejar esta incertidumbre, voy a arrojarlo a los cuatro vientos: ¡y vaya que viento es lo que sobra en Buenaventura! Estos vientos, como alas del devenir que son, siempre sabrán, mucho mejor que yo, lo que haya que hacer con los inicios y los finales de mierda. Sin embargo. Mientras los vientos no sean favorables, mejor seguir intentando resolver esta cuestión crucial para cualquier historia, pues yo mismo soy el que se ha impuesto la condena de escribir ésta. Y no exagero al así decirlo. Fuera de sí misma, la escritura no tiene razón de ser. Como el licor o el tabaco, que tanto han tenido que ver con ella, por cierto, sólo se le puede justificar como lo que es: un vicio.

Lo único que hasta ahora queda claro con este amasijo: una cosa es empezar a escribir una historia y otra bien distinta por dónde ha de empezar la historia que se escribe. A ver. Hoy inicio la escritura de una historia cuyo inicio se ha perdido en el ayer. No, no se ha perdido; es que ese ayer nunca lo ha tenido, hasta que lo consigno como tal desde hoy, y se lo asigno. Esta diferenciación se expresa hasta en la naturaleza lingüística de los términos que utilizo. El primer inicio −el referido a la escritura de la historia hoy− es verbo. Mientras que el inicio que refiere al ayer, es sustantivo. Y esto es así porque el primero designa una acción que realizo hoy, mientras que con el segundo realizo una definición de lo que, iniciando la escritura de esta historia, concibo como ayer. Tanta razón tenía Borges cuando afirmaba que en el hoy están los ayeres y que el tiempo es la trampa en que consistimos.

Bueno. Al menos hasta ahora. para esto ha servido este amasijo. Si en este mismo momento, en que creo haber dado con el inicio de esta historia, lo dejara todo hasta aquí, habría cumplido su cometido. Pero como ello más bien me anima a seguir, por lo pronto, el viento tendrá que aguantarse las ganas que le tiene. Recuerdo que, hace tiempo ya, aquí mismo, cuando vine por segunda vez a Buenaventura y en medio de los mismos vientos, jamás tuve necesidad alguna de plantearme este tipo de dilema en relación con la escritura. Claro que yo no pasaba de apuntar frases sueltas en uno de esos cuadernos escolares, que en más de una oportunidad hube de salvar del basurero. A diferencia de este amasijo, aquél cuaderno, al que terminé llamando el mugroso, no requería de sublimes vientos que dieran cuenta de él: un cesto era más que suficiente, y acaso las impolutas manos de una Amanda o una Susana, que lejos estaban de inspirar estas disquisiciones acerca del inicio y el final. A diferencia de mí ahora, que todo lo someto a la sabiduría del viento, aquellas sí que eran manos en las que no temblaba el pulso. ¡Mierda! Debo haberme hecho mucho más viejo de lo que creía. Esto último lo dice el cadáver que en potencia soy. Y estoy de acuerdo.

Todavía debe estar por allí, el mugroso, digo; en alguno de los cajones que me traje y en los que no he querido hurgar desde que los dejé allá atrás, en la habitación del fondo de la casa, Aquellos tiempos también quedaron atrás; no de la casa, sino de mi existir, que también tiene habitación de fondo. De modo que, a estas alturas, he escrito lo suficiente como para venirme con esto de que no sé por dónde empezar. Al menos, claro, de que ésa sea, precisamente, una forma de empezar esta historia. En cuyo caso, habré salvado este amasijo del viento, como alguna vez al mugroso del cesto. De ser así, he sellado mi condena, vendiendo el alma que no tengo al demonio de un lobo disfrazado de escritura. En cuanto al alma, me las he ingeniado para adquirir aquella que me haga más susceptible de esta condena. En fin. Con esto sólo intento adelantar una definición que, partida en dos, ilumine mi autoimpuesta tarea. La escritura: esa piedra de Sísifo. El escribidor: Sísifo mismo.

Si algún día llega a feliz término, no habría forma de saber si escribí el inicio de esta historia partiendo de cero, o tras no sé cuantos intentos que, a los efectos, me hayan permitido barruntar de dónde viene y a dónde va. Este amasijo no ha engrosado solo. Del sombrero de mi temporalidad ha saltado más de un conejo. Así que ya me veo volviendo una y otra vez sobre este mismo inicio que, por ahora, luce como el más apropiado, pero que, con sólo cambiar una palabra, ya será otro. Si algún día esta historia llega a feliz término, cuántas veces he hecho el viaje de ida y vuelta entre el inicio y el final, nadie podrá saberlo; ni siquiera yo mismo. Y por feliz me refiero a verdaderamente terminar; es decir, no a la posible verdad que pueda implicar el final, sino a que sea el que esta historia requiera para ser tal.

Ciertamente. Sea cual fuere el posible inicio de esta historia ¿quién asegura que no volveré sobre él una y otra vez. mientras más me aproxime a su posible final y descubra o precise de otros sentidos y otras coherencias dentro del todo que ella es, o debería de llegar a ser? Porque éste es otro dato a tener en cuenta acá: el todo no es algo dado. Se hace y rehace en el curso de la escritura. Se sospecha de él. Se le atisba aquí y allá. De súbito, se cree ver su silueta en el claroscuro de un párrafo que cambia de línea a línea, de día en día, y nunca es igual a sí mismo. Si, como digo, la escritura de una historia es la construcción de una trampa temporal para cazar devenir, para que ésta funcione no puede haber inicio y final dados, sino creados una y otra vez. El escribidor no es como ese dios que creó el mundo, ni la escritura como su creación. Lo hecho en siete días no puede servir más que como indicio, bosquejo, hipótesis de trabajo y amasijo. Esto, si es probablemente bueno, y no una mierda más que echar al viento o al cesto de la basura. La famosa máxima del polvo vienes y en polvo te convertirás no es más que una falacia ontológica, que, proferida por un ente, como el susodicho dios, incapaz de narrar su propia historia, ha de conformarse con ser personaje de una ajena. En todo caso, como escribidor sé que lo que viene del polvo del devenir nunca deja de ser polvo y siempre está a punto de perder su forma; ésa, la que le asignan el tiempo y el lenguaje. Después de todo, el juicio del viento no aplica sólo a los amasijos profanos como éste; vale, igualmente, para los sagrados, que, en tanto que narraciones, sólo les es dado profanar la divinidad de la que se ocupan. Si es escritura, es profana por definición. Ningún dios está a salvo de ello, Sólo es posible no profanar al mudo absoluto y del que que sea imposible obtener noticia alguna. Mudo, pues, no como Mudito, sino como imposible, que es la única forma en que la idea de dios podría tener sentido. Por supuesto, hago la aclaratoria no para Mudito, que, por suerte para él, no tiene cómo ni por qué acceder a este amasijo.

Pero yo sí, igualmente, por suerte, pero para mí. Es como asomarme al laberinto del pasar sujeto, no del hilo de Ariadana, sino del de mi propia narración. Empero no vengo a hacer de teseo que, heroico, busca la salida, sino de minotauro que, dejando de ser objeto de heroísmo puro y ajeno, pasa a ser engendro temporal y pasajero de su propia historia. No ando en busca de la salida, ni aspiro a la pureza apolínea que a los héroes consagra como dioses. Mi liberación no va con ello, sino que la perpetro como esencia misma del encierro temporal al que me ha confinado el absurdo devenir. De modo que no me alimento de bellas doncellas ni de jóvenes mancebos, sino de los dioses mismos a los que estos sirven de carnada. Como creador de tiempo que soy, los devoro, hasta que de su grandeza no quede sino el cuero metafísico. Como Sísifo, vivo de mi condena. Maldita e imposible, esta historia, la que escribo, me absolverá. No lo dice Platón, que tanto odiaba a historiadores e historias, pero sí el Maldoror que todos los minotauros llevamos dentro.

Lo que uno no entiende es por qué tanto odio por la historia, si ésta no es sino lo que el mismo Platón dice del discurso en general: un animal con vida propia. Y este amasijo ya da señales claras de eso. A veces me parece que no quiere nada conmigo; que soy lo suficientemente estúpido como para tomarse en serio lo que digo. Otras veces, parece que lamentara el que no lo sea como para decirlo. A la postre, creo que entre ambos se ha generado la típica relación de odio fascinación propia entre creador y criatura. Pero no al estilo bíblico, sino, más bien, romántico. En efecto, yo no aspiro a salvarlo ni él a ser salvado. Si yo fuese Frankenstein, él sería mi engendro. Si yo su creador, él mi dueño. En todo caso, las historias no se escriben como se vive la vida, día a día, o como sea que se la mida, sino como el todo a través del cual hacer de ella algo más que el día a día en que la gastamos sin ni siquiera advertirlo, salvo, quizás, cuando nos miramos al espejo y advertimos lo poco que queda por mirar. Entonces, cuando llega la hora de dejar decir al viento, una simple mirada al espejo es ya toda una historia; un animal en silencio de cara al silencio. Si Heidegger tiene razón en partir de la premisa de que somos entes temporales que para existir han de hacerlo históricamente, entonces, las historias son los animales narrativos que hacen la diferencia durar y existir. Queda apuntado.

Dicho todo esto, pareciera que no otra es la cuestión sobre la que ha de versar esta historia. Ciertamente: una historia acerca del hecho de contar historias. Lo cual, sin embargo, hace del asunto algo bastante más complicado de lo que sufiere a primera vista, pues el término hecho no alude aquí solamente al mero evento o contingencia, sino al acto narrativo con el que los entes temporales con conciencia de temporalidad vamos al encuentro del pasar con el propósito de existir. Una historia acerca del hecho de escribir historias implica, pues, una premisa de la que habrá que partir: la calidad narrativa de nuestra conciencia en tanto que máquina generadora de temporalidad. Narrar no es sólo una acción de comunicar lo que pasó, sino un acto de ser el no ser del pasar mismo en que consistimos en tanto que entes temporales con conciencia de temporalidad. Dicho en otros términos, no sólo somos conscientes del pasar, sino de que pasamos, y hemos de actuar en función de ello para darnos ser, o sea, existir.

Por otra parte, como el tiempo es el hilo que entreteje la trama narrativa de cualquier historia, en última instancia, para cumplir su cometido, esta historia tendrá que serlo también acerca del tiempo. Con lo cual inevitablemente habrá de invadir los predios de la filosofía y, a la par, dejarse invadir por ésta. Suerte de interconexión ontológica que me recuerda otra premisa a contemplar en el curso de su escritura: narrar es la única forma de acceder al devenir del que pende y depende la existencia temporal. El devenir carece de pasado y de futuro. Somos nosotros los que requerimos de un pasado para tener un futuro al cual ir y que, a su vez, será pasado, para tener una comprensión narrativa del pasar mismo.

Recuerdo que, cuando le comenté tales premisas, el viejo Rangel observó con mucha paciencia: el asunto suena bien, aún cuando, acaso, excesivamente racional; digo, ya que dudo que la racionalidad sea lo más característico de la historia. Observación en la que, sin duda, tenía toda la razón. Pero fue precisamente en ese momento cuando caí en cuenta de que, en tanto que acto narrativo, hasta la más absurda de las historias es la más racional de las acciones, porque implica el más racional de los conceptos: el tiempo. Aquí no se trata de que una determinada historia sea más o menos absurda. De hecho, las más absurdas suelen ser las mejores. Sino de que la acción misma de narrar es siempre y ante todo premeditada e intencional, y, en tal sentido, obligadamente racional. Narrar es intervenir del devenir, que, sin razón o justificación, es de por sí absurdo, hasta que se le somete a la coherencia e ilación propias del acto narrativo y se lo enmarca en una estructura temporal con inicio y final. De ello puede resultar una historia absurda. Sin embargo, el absurdo resultante no nos invade y arrasa con su sin sentido; nos pertenece, pues somos, ejerciendo nuestra temporalidad, sus auténticos creadores; lo que lo justifica y le da sentido como todo narrado; esto es, como historia. Obtenido por vía narrativa, el absurdo es como el teorema cuyo resultado ilógico confirma la premisa. De manera tal que el absurdo que una historia impone narrativamente es bien distinto del que nos impone el pasar que nos ha empujado a escribirla.

Para aquél entonces, cuando aún comentaba estas ideas con el viejo Rangel ‒a quien en buena medida debo el empuje, cuando no la culpa, de empeñarme en escribir esta historia‒ aún no había decidido si se trataba de una historia en el sentido que la entienden los historiadores, o en el que la entienden los literatos; es decir:¿historia o novela? Si uno lo piensa bien, esto es más engorroso de dilucidar que saber por dónde empezar. En donde menos uno se lo imagina se encuentra una historia. Hasta en los libros de matemáticas se puede encontrar una ¿o qué es la demostración de un teorema general, o la solución de un problema particular, si no las aventuras de la lógica en su lucha por escapar de las garras de la contradicción y el absurdo? ¿Acaso Prigogine no clamaba por una física concebida como una historia del universo? Esto puede ser una digresión insoportable. Pero, quizás sea eso ‒lo insoportable‒ lo que en realidad pueda dar algún valor a una historia, como ésta, imposible. Ya veremos.

Venido de un historiador, es éste curioso dilema, advirtió el viejo Rangel. Recuerdo su cara dura y sus ojos vivaces mirando el vaso de cerveza. Se diría que se frotaba las manos para seguirme empujando. Pensó por un instante, y agregó: aunque la historia no sea una ciencia ‒como aseguras‒ a diferencia de la novela, se supone que trata de cosas reales, que realmente acontecieron; lo cual ha de hacer enorme diferencia, entre lo uno y lo otro, supongo. Pero yo no me amilané ante lo que parecía una aplastante observación hecha con toda malicia. Para entonces, y a punto como estaba de venirme a la mismísima mierda, bien que conocía el estilo del viejo Rangel. Está bien, Aristóteles ‒repliqué. Pero antes de continuar, el viejo me interrumpió: mira que si lo dice Aristóteles habrá que tomarlo con la seriedad que corresponde ‒replicó a su vez el viejo, en ese tono burlón del que se valía para hacerlo a uno cómplice de sus ironías. Lo que tomé como otro empujón a quien, como yo, estaba a punto de largarse a la mismísima mierda de Buenaventura y en la que ahora intento dilucidar la naturaleza de esta historia. Una vez más la coexistencia e interacción entre ahoras.

Si algo aprendí del viejo Rangel fue que, en realidad, Aristóteles tenía la idea más ingenua que se pueda tener de la historia. Tal y como si lo estuviera viendo en este momento, al viejo, digo, pero, en cierto modo, al mismísimo Aristóteles también, muchísimo más viejo todavía, largo y desgarbado como era, mirando desde la punta del estrado que daba a los ventanales del salón lo que aún restaba del día, grisáceo, como la opinión del más grande de los filósofos acerca de la historia, expresada en el más famoso de los pasajes del más citado de los libros escrito a propósito, no del ser de la historia, sino del de la poesía: lo que Alcibíades hizo o padeció. Una cosa es leer aquél juicio en la Poética, como tantas veces he hecho, y muy otra verlo emerger, como ahora que lo recuerdo y apunto, temeroso y asustadizo, de esa caverna de la ironía que era el viejo Rangel cuando enseñaba en una escuela de historia a dónde sólo se va a aprender que la historia es una ciencia para enseñar que no lo es. Dicho lo cual, con parsimonia y al ritmo de sus largos pasos, retornó al escritorio, dejando a Aristóteles allá, encogido hombros y sin consuelo. Luego, sin mirarnos y como quien resta toda importancia a un asunto trivial, agregó, mientras recogía los materiales de la clase de ese día: eso, mis estimados historiadores, pensaba Aristóteles que era la historia; lo suficientemente fatuo como dar qué pensar hasta la próxima.

Como era de esperar en una escuela de historia a la que sólo se entra a aprender que la historia es una ciencia, para enseñar que no lo es, para los más, se trataba de un viejo al que le había llegado la hora de largarse a la mismísima mierda. No obstante, nunca faltaba a quien, como en mi caso,estuviese dispuesto a advertir que sólo así podía aquel viejo seguir asistiendo dos veces por semana a sus clases de filosofía. Hasta que un día no hubo más viejo que atentase contra nuestra ignorancia, y la burocrática lápida de la jubilación selló la tumba en la que el quehacer institucional suele sepultar la sabiduría. Yo fui el único que siguió frecuentando al viejo, en El Mesón, una tasca, como él, pasada de moda, y a la que durante un tiempo asistimos cada noche, como él mismo solía decir, a morir un rato. Y no exageraba al decirlo, pues, como el mismo viejo solía preguntar, aludiendo con ello pbviamente a Quevedo, ¿qué es la vida si no el rato que cada quien se toma en morir? Claro, hay quienes lo hacen en un segundo, y quienes se toman toda una biografía en ello. Sí señor, los unos son meros entes, y los otros antes...y después, por supuesto, fanfarroneaba el viejo Rangel.

Y, ciertamente, morir es vivir, si es que uno, realmente, se ha dado cuenta de que existe. Si no hubiese habido más nada que aprender del viejo, esto habría sido suficiente para empeñarme en escribir esta historia. Como quiera que sea, el caso es que fue allí, en El Mesón, y en aquél ahota, donde seguimos tratando el tema del concepto aristotélico de la historia. Lo que, según puedo advertir en este ahora, el narrativo, me puso en el umbral de esta historia acerca del hecho de escribir historias. Lo que Alcibíades hizo o padeció es frase de hermosa simpleza, como corresponde a la durante dos milenios comprobada sobriedad aristotélica. Y que algo así pensara Aristóteles de la historia que Heródoto escribió, vaya y pase. Sin embargo, que lo siguera pensando luego de que Tucídides escribiera la suya, es cosa que da qué pensar. Sea lo que sea aquello a lo que esto se deba, lo cierto es que, después de Tucídides, aquella definición se torna tan ramplona en su concepto como sosa en su simpleza. Sólo un profundo desprecio ontológico puede haber dado lugar a tal definición de la historia. Fue este desprecio el que denunciara Heidegger, cuando, poniendo en cuestión no sé cuántos siglos de metafísica, afirmaba que había que volver al ser. Lo que yo leo como volver al ser histórico, pese al estilo premeditadamente incomprensible del que siempre disfrutó el autor de Ser y Tiempo. Como sea, acaso sea tal desprecio ontológico lo que impidió a Aristóteles advertir que cuanto dice en su tratado acerca del arte dramático es igualmente aplicable a la historia; que allí mismo define, como queda dicho, en términos tan ramplones: lo que Alcibíades hizo o padeció, Después de todo, y si en realidad se toma en cuenta lo que Alcibíades hizo o padeció. este es el modo en que, según el autor de la Poética, la historia se refiere a la existencia temporal. Pero pasa que, donde el sofisticado de Aristóteles funda una poética, hacía tiempo ya que el rudo de Tucídides había fundado una histórica. ¿Qué es, si no, ese preámbulo de la Arqueología, con el que inicia Las Guerras del Peloponeso, y el modo mismo en que su autor comprende este conflicto bélico? ¿Sabías que ése ha sido el libro de cabecera de quienes han dirigido la geopolítica mundial desde entonces hasta hoy? ‒pregunté. Sin duda ‒respondió el viejo Rangel. Y seguidamente agregó: ¿qué quieres que te diga? Estos griegos; lo inventaron todo, hasta el hacerse de la vista gorda, como, al parecer, ha hecho Aristóteles. Con lo que advertí que me había comprendido mucho más de lo que esperaba. Cosa que, por lo demás, me reafirmó en mi disposición a seguir pensando en escribir esta historia. Esto es, otro empujón de los varios que, a lo largo de nuestros reiterados encuentros, me terminaron trayendo hasta aquí, sentado en esta silla, ante este amasijo, y a la altura del proceso de escritura en que me encuentro ahora.

Y hablando de que lo dicho del ser de la poesía en la Poética se puede aplicar al de la historia, en qué quedamos ¿historia o novela? Esto no debería preocuparme, pero no deja de ser una muy rica veta para pensar en el acto narrativo como esencia de la existencia temporal misma; vale decir, de la conciencia con que recolectamos la leña del bosque de pasar con la que encedemos la hoguera del existir. Así que, drama o historia, de lo que se trata aquí es de tiempo, memoria y voluntad. De eso es de lo que está hecha la existencia temporal; de eso ha de ocuparse una historia imposible como ésta, y las posibles también. Desde este punto de vista, el del acto narrativo, toda historia no es más que un dispositivo lingüístico administrador de temporalidad. Y es de ello sobre lo que ésta ha de versar.

¿Drama o historia? Cuando Aristóteles afirma que si las narraciones de Heródoto fuesen escritas en verso no dejarían por ello de ser historia, tiene razón. La diferencia acá no es de sintaxis ni de estilo, sino de contenido, pues, a diferencia del poeta o dramaturgo, el historiador no se puede permitir, como advirtiera Tucídides, hablar de cosas de cuyo acontecer no tenga comprobada ocurrencia a través de indicios y testimonios. Pero, por otra parte, eso no cambia que, reflejada en un libro de historia, la realidad sea tan ficticia como aquella de la que se ocupa una novela, que, por lo demás, puede incluir referentes tan reales como los de cualquier historia real, aun cuando no esté obligada, como los libros de historia, a rendir cuenta heurística de ello. Sucede que la diferencia entre real y ficticio no pasa por la narración en sí misma, sino por su referente, que es otra cosa. Nada es tan real e inaprensible como el devenir. Como es igualmente real que una realidad así de nada sirve por sí misma, en bruto, digamos, ya que carece de hechos, inicios y finales, antes y después, coexistencia de ahoras y, por lo tanto, de acontecer; todas ellos estructuras lingüísticas llamadas a configurar una trama que, siguiemdo un hilo temporal en el todo narrativo, da sentido a un pasar. No sé si, como pretendía Heidegger, será posible llevar la verdad der ser al lenguaje. Empero, aún en el caso de que tal verdad sea imposible, sí que sólo en la dimensión del lenguaje puede el devenir gozar de significado. Por lo tanto, hechos y acontecer no son la realidad del devenir por sí misma, sino formas racionales que dicha realidad puede adquirir únicamente en el todo temporalmente estructurado de una narración. Queda apuntado. Pero insistamos.

En efecto, el devenir es realidad en bruto. Hay que interrogarla, fragmentarla, reordenarla, sistematizarla; como se le llame, la intervenimos de manera intencional. De dicha intervención brotan los hechos, que se articulan en un acontecer, que llamamos histórico porque nos proporciona una idea del pasar como un todo, y distinto de la suma informe todo lo que pasa. Es así como, puestos frente al devenir, y nosotros mismos deviniendo, nuestras historias imponen forma al pasar; es decir, son formas que proporcionan coherencia y sentido a lo que de por sí no tiene pies ni cabeza, hasta que es sometido al acto narrativo, que en sí es intencional y, por lo tanto, juicio. ¿Quién mató a Sócrates? En términos absolutos, la cicuta. ¿Quién puede discutirlo? Pero, como entes temporales que para existir han de hacerlo históricamente, lo que nos interesa no es su muerte biológica, sino la histórica; y ésta nunca es absoluta, sino relativa a un entorno de pasar que requiere de trama narrativa y todo temporal para ser captado como susceptible de explicar la muerte de tan grande personaje. En su realidad concreta, el Sócrates que muere es filósofo o sabio de carne y hueso. En la narrativa que capta aquella es, ante todo, personaje.

Como escribidor de historias, Tucídides no se conforma con lo que Alcibíades hizo o padeció. Más que lo que pasó al ente Alcibíades, lo que interesa a Tucídides es el ser del pasar en el que el personaje hace y padece. Desde este punto de vista, por real que pueda ser, la mera suma de lo que deviene es, por sí misma, en cuanto que significado, nada. Sólo sujeto a tiempo puede el devenir ser algo más que mero movimiento. Y no se trata sólo de medirlo en cuanto duración, sino, sobre todo, de someterlo en cuanto irracionalidad, y de esto hacer con el propósito de darle forma de acontecer. ¿Alcibíades? Sí. Pero no se trata de enumerar lo que hizo o padeció, sino, para decirlo a tono con la ontología de la Poética, de insertarlo en un todo temporal, con inicio y final, en el que transcurre una acción y que puede ser captado en una mirada, aunque dure un siglo. En otras palabras, lo que Alcibíades hizo y padeció no será Alcibíades hasta que escriba su biografía, o una historia de Grecia en cuya trama le asigne un rol especifico como personaje. El acontecer es devenir pensado y que, sometido al acto narrativo, da al pasar esa forma que llamamos ser histórico.

De modo tal que no hay que poner la carreta delante de los caballos. No es el acontecer la supuesta realidad dada y a la espera, como pretendía el viejo Ranke, de ser captada por una narración ceñida a los hechos tal cual acontecieron realmente, pues, en realidad, los hechos no acontecen, son el acontecer con que interpretamos narrativamente el pasar real, y sólo puede haberlo, precisamente, a partir de las historias. El devenir no espera por nosotros para revelarnos el secreto que como realidad, no posee. Somos los que vamos a por él, con el cuchillo de acto narrativo entre dientes. Todo pasa; nosotros mismos incluidos, y sólo cuanto alcanzamos arrancar al devenir queda. Nuestro existir es tiempo y narración.

Y entonces me pregunto qué pueda ser este experimento de una historia acerca del hecho de escribir historias ¿historia o novela? A ver. Si de realidad se trata, soy un personaje real. Hasta donde se puede dar crédito a la conciencia, Mudito cuyo nombre desconozco, por cierto y el perro a quien, por lo demás, no he puesto nombre todavía (recordar poner nombre al perro) también lo son. Entre los tres, hacemos parte de esta misma historia, Que estoy de vuelta en Buenaventura, también es real, así como que a éste hecho lo he denominado por razones que en su momento han de ir apareciendo en esta historia largarse a la mismísima mierda; es decir, que se trata de un proceso, en virtud del cual, como seguramente habrá oportunidad de explicar más adelante, no es lo mismo irse a la mismísima mierda que arribar a ella. Me gusta el término, sobre todo en el sentido en que se dice de un buque cuando gira abriendo el ángulo que forma la dirección de la quilla con la del viento. Eso describe muy bien las noches transcurridas junto al viejo Rangel en El Mesón. Pero todo arribar siempre termina en un vulgar llegar, un instalarse en un destino que, hasta entonces, daba sentido al movimiento y que, con la llegada, deviene mera quietud. De modo tal que, entre el largarse y el llegar opera una dialéctica al tenor de la cual el heroísmo con que se parte se degrada hasta desaparecer, para dar lugar al mediocre día a día del que uno creía haberse librado cuando partió.

Esta historia está hecha, pues, de cosas reales, pero que, no por ello, dejan de ser acciones y personajes en el contexto de una historia; es decir, cosas del devenir real pero que, para gozar de sentido, han de tomarlo prestado de un todo narrativo, y sólo dentro del cual pueden tener significado. Todo esto es tan real como ese sol y ese mar con los que me topo cada vez que salgo de la casa, que lo son no sólo por sí mismos, sino, además, porque me topo con ellos e invaden mi presencia mientras pienso en cómo empezar esta historia e intento determinar su posible naturaleza. Horas después, vuelvo a entrar, sin saberlo. Es lo único que por ahora me interesa resolver. Pero el no saber también es real, Acaso mucho más que lo que hasta ahora creo haber resuelto. Lo único que me falta para terminar de instalarme aquí, en el reino de la mismísima mierda que me he propuesto conquistar con esta historia, es que la quilla de este amasijo sea una y la misma con la dirección de los vientos que soplan en Buenaventura. De lo contrario se volcará. En cuyo caso el escribidor que me he empeñado en ser no habra sido más que el hacedor de un naufragio. Y lo de empeñar lo digo en su sentido más exacto para mí en este asunto: o sea, el de dejar algo en prenda como garantía del cumplimiento de un compromiso. Yo mismo soy la`prenda que he consignado ante la mismísima mierda. Esto también es real.

Y en cuanto al posible Naufragio, qué más da. Si la existencia no es más que un experimento que hay narrar una y otra vez. Porque lo que cuenta a la hora de existir es hacerño históricamente; no es fracasar, ni siquiera triunfar, sino que el pasar tenga algún sentido. Lo que me sugiere que una historia acerca del hecho de contar historias debería ser ima suerte de génesis y evolución de la semántica a través del relato y el discurso históricos. Y seguramente que algo de ello va en esta. Pero de lo que en realidad se trata para mí es del hecho de sentarse a escribir-la. Y no me refiero a esta silla, esta mesa y este amasijo, sino a cómo esta silla en la que estoy sentado a la mesa en la que manipulo este amasijo se ha convertido en punto de mira de mí mismo como creador de tiempo, hacedor de inicios y finales, jugador al antes y el después, gestor de ahoras. Todo narrador es un manipulador de estas instancias del discurso llamado a captar pasar. Y aclarado sea que el término no sólo es sinónimo de maniobrero, sino que, también, así se designa al aparato destinado a abrir y cerrar el circuito en las líneas telegráficas. Y, en relación con el torrente del devenir ¿qué es un narrador si no un dispositivo de este tipo? En fin, esta historia versa acerca de cómo he llegado aquí al reino de la mismísima mierdaa escribir una historia acerca del hecho de escribir historias que no sé por dónde empezar y ya ha empezado, y, respecto a lo cual, ya me siento comprometido con darle un final para que termine siendo una historia. ¿Qué me puede importa ya fracasar en el intento, si sólo lo que se intenta es susceptible de fascinar?



A menudo se afirma que escribir historias es nuestro modo de consignar la experiencia, y que quien no conoce su historia está condenado a repetirla. Seguramente que sí. Aunque, visto desde esta silla en la que me siento a esta mesa a manipular este amasijo, yo mismo me he condenado a repetirla, y no por desconocerla, sino porque pretendo perpetrar el error del que habla Beckett y que arriba he indicado. Sin embargo, en todo caso, escribir historias es mucho más que acumular pasado como fuente de saber e inspiración para seguir siendo. Si es tal, el pasado nunca pasa, y gracias a ello nos inserta en una temporalidad que implica el futuro. De hecho, siempre estamos yendo al futuro como única forma de hacernos de un pasado que no pasa y sigue allí. Ésta es la dialéctica esencial del ser histórico y a la que toda historia tributa. El fracaso no cuenta en esta determinación de la temporalidad de la que nadie puede escapar como ente temporal que para existir ha de hacerlo históricamente. La idea de que aprendemos de nuestros fracasos no es sino la forma universalmente aceptada de que nadie está dispuesto a aprender del hecho mismo de fracasar, pues algo así sería tanto como renunciar a actuar, lo cual es mil veces peor que fracasar. Cuánta razón tenía Wilde cuando decía que la experiencia no tiene valor moral, que tan sólo demuestra que nuestro futuro será igual a nuestro pasado, y que el pecado que hemos cometido una vez, y con amargura, lo repetiremos muchas veces, y con alegría.

Lo cual suena un poco a eterno retorno, idea que Borges tenía por la más horrorosa que Nietzsche puso a la expectación de la gente. Lo cual me parece un poco exagerado para alguien tan incisivo en cuestión de tiempo y memoria, y sólo imputable a un catolicismo mojigato y ensordecedor. En todo caso, no sè si el pasar se repita como mero objeto de sí mismo, o si, por el contrario, tal y como afirman lo progresistas −creyentes o ateos− y la revolución, vamos al mundo mejor. Lo que sí puedo afirmar es que en éste, el mejor de los posibles por ser el único posible, para determinar lo uno o lo otro, sólo es dable hacerlo narrativamente. Y en este sentido, la revolución no es otra cosa que eso, una narrativa que da forma total al pasar. No se trata de la historia de un hecho o conjunto de ellos, sino de la idea del devenir como hecho único y total, del cual ella, la revolución, es la clave hermenéutica. Con lo cual, como es obvio, ya no me estoy refiriendo meramente al Licenciado Valbuena cuando, encendido en rojo rojito, nos arenga con su discurso en la plaza, sino a la idea misma de revolución como voluntad de ser del pasar, y cuyo poder radica, no tanto en el modo como narra el cambio de las cosas en su devenir, como en la ontología del cambio mismo. La revolución, pues, no narra hechos extraídos del pasar, sino que hace del èl el hecho total de nuestra existencia histórica. Claro, otra cosa es que este gordo no sea sino el demagogo movido por oscuros intereses al que toca lidiar con la pandilla de muertos de hambre llamados a satisfacer los designios del mundo mejor. Pero, en fin. Toda revolución ha de tener su Jesús y, en el cristianismo, su modelo. Ya lo decía Nietzsche de la modernidad de los siglos XVIII y XIX: mató al dios cristiano para seguirse apoyando en la moral cristiana.

No otra cosa podría haber dicho aquél para quien el mundo era un segmento temporal entre dos nadas, que sólo podría justificarse como fenómeno estético, y que, con insoportable certeza, afirmaba que nadie podría asegurar que un mundo con sentido fuese mejor que uno que no lo tuviese. Lo cual, para mí, reafirma, de modo más que contundente, que la existencia histórica a la que se deben los entes temporales con inteligencia, memoria y voluntad es eminentemente narrativa, y que el pasar, en cuanto que devenir y en cuanto que captación de lo que pasa, no está determinado por un ser no histórico trascendente y sólo puede ser, por tanto, objeto de sí mismo. Esto es eterno retorno: ser histórico entrampado al infinito en su propio devenir, movimiento y temporalidad absolutos. Lo que en esta historia llamo el laberinto del pasar. Quién sabe. Acaso sea la hora de empezar a tomarse un poco más en serio una idea antigua que el cristianismo y la modernidad desmerecieron como mero mito.

El eterno retorno sólo puede ser horroroso para quienes creen que la historia no es sino el transcurrir provisorio al mundo mejor, y aunque tal mundo no sea más que el eje de la narrativa a la cual los grandes demagogos de la historia deben su grandeza; Cristo y este gordo entre ellos. Pero, en realidad, el eterno retorno no es otra cosa que una forma de conciencia temporal que a cada quien coloca de cara ante sí mismo como sujeto y objeto de existencia. Finitos y mortales, vivimos nuestra propia muerte como parte de un pasar infinito. Los dioses no tienen vela en este entierro. Como parte del pasar mismo en que consistimos, no estamos ontológicamente predeterminados por creador alguno; somos nuestros propios creadores de tiempo. Nos damos ser a nosotros mismos narrándo-nos desde nuestra presencia finita en y ante el pasar infinito. Por eso Sartre definía la libertad como soledad total en responsabilidad total. No la verdad, sino el absurdo nos puede hacer libres, Si esto es así, entonces no se escriben historias para despejar el misterio de la existencia, sino para integrarse temporalmente a él, y de alguna forma ser en su seno, conforme al no ser de un pasar que sólo puede tener sentido mediante esa coexistencia entre ahoras que el tiempo es.

El tiempo no es ente, sino relación, un concepto; herramienta del pensar con la que medimos duración y relacionamos ahoras. Pero no siempre ha sido así, tal y como se desprende de algunos datos históricos que habrá que tener en cuenta a lo largo de una historia que se ocupa de temporalidad, voluntad de ser y narración. Allí, en esa caja de Pandora de la ontología que es el libro IV de la Física, dejó Aristóteles encerrado el demonio del tiempo. Con lo que la metafísica tuvo entonces las manos libres para reinar en el Olimpo del pensar filosófico durante más de dos mil años. Hasta que un día a alguien se le ocurrió que la existencia precede a la esencia; el hombre no es más que el perpetuo proceso por hacerse de una. Esto propusieron los existencialistas, con lo que cambiaron la historia de la filosofía en el siglo XX, y la historia misma, que, durante el XIX, se había convertido en una suerte de mucama de la filosofía. Lo que, por cierto, me recuerda al sujeto aquél de aquella escuela de historia de cuyo nombre no quiero acordarme, a la que sólo se va a aprender que la historia es una ciencia y en la que yo pretendía enseñar que no lo era, cuando, en plena reunión de cátedra, se quejaba contra mí proclamando que él no era, precisamente, un pendejo existencialista. Ciertamente ‒dije‒ yo puedo asegurar que UD. de existencialista no tiene nada. Desde entonces me persiguió hasta el día en que me marché a la mismísima mierda.

Aunque por razones bien distintas, y pese a partir de la misma premisa según la cual la existencia precede a la esencia ‒la esencia del ser es existir, afirma‒ Heidegger se oponía a incluir su filosofía en el existencialismo. Y se las vio cuesta arriba en este asunto, pues, acaso sin quererlo, creó nada más y nada menos que al monstruo de Sartre. De la misma manera, que, también sin quererlo, Husserl había creado al monstruo de Heidegger cuando dijo de Ser y Tiempo que eso no era fenomenología. Más, gracias a su revolución fenomenológica, Husserl no sólo era el padre de la criatura, sino que, con ella, se convertía en el abuelo de El ser y la Nada. Bien se puede decir que aquellos polvos de la fenomenología trajeron estos barros del existencialismo ‒que hasta entonces, y pese a la decisiva incidencia de Kierkegaard en el proceso, había pasado por mera malcriadez de pendejos; sujeto aquel incluido.

Ante la vorágine de una existencia temporal absurda y que hacía tambalear las bases cosmológicas que Descartes y Newton con tanto rigor científico establecieron, Nietzsche pareciera tomar venganza de la modernidad, pese a ser tenido, como siempre se dijo, por mejor filósofo fuera que dentro de Alemania ‒o quizás gracias a ello, quien sabe. Lo cierto fue que Heidegger intentó refugiarse en el lenguaje, al que adjudicó el rimbombante título de la Casa del Ser, en la que el hombre histórico hacía de guardián llamado a cuidar de ella. Deudor tanto de Nietzsche como de Dilthey, y renegando del existencialismo, mientras Sartre celebra su célebre conferencia sobre el humanismo, Heidegger, en respuesta, guiñaba un ojo a Marx, afirmando que la concepción de la historia de éste era superior a todas las demás y que, dado que Husserl y Sartre no reconocen la esencialidad de lo histórico en el ser, es imposible que la fenomenología y el existencialismo lleguen a un diálogo productivo con el marxismo. Hay una verdad del ser, asegura el ontólogo de Ser y Tiempo, y que la tarea del pensar no es otra que la de llevarla al lenguaje, de lo cual los filósofos, aislados de la historicidad por los muros de la metafísica, se han olvidado desde los tiempos antiguos. Pero esta propuesta igual se le fue de las manos y terminó por convertirse en una de las más importantes puertas abiertas de par en par a lo que en poco tiempo más se llamaría el giro lingüístico.

Entonces. lenguaje y narratividad ‒término nuevo y sintomático para designar la calidad narrativa de la existencia en todos sus órdenes‒ se convirtieron en poco menos que la única realidad posible, o la única forma posible de acceder a ella: una vez más ‒y para lamentación de Heidegger, que tanto insistió siempre en ello como el error fundamental de la filosofía‒ confundido con lo ente, el ser perdió la exclusividad de su rango ontológico. Y, como era de esperar, su sublime casa, invadida por la muchedumbre ruidosa y desordenada venida del barrio de la narratividad, pasó a ser guarida de una existencia en tropel. Esto sucede cuando el devenir, que siempre fue objeto de ojeriza por parte de la filosofía y campo agreste que sólo el historiógrafo estaba dispuesto a cultivar, pasa a ser el protagonista del quehacer del filósofo. Desde que Marx proclamó que basta de contemplar al mundo porque de lo que se tata es de transformarlo, y puso manos a la obra con los tres tomos de El Capital, la existencia temporal se convirtió en el campo de batalla de las representaciones, y el tiempo ‒gracias a Nietzsche y sobre todo a Heidegger‒ escapado del cajón del no ser en que Aristóteles lo había dejado a buen resguardo, desencadenó ese movimiento telúrico que terminó por derribar lo que la ontología había construido durante más de dos mil años a la luz de las ideas platónicas. En el ínterin, Agustín, el creador de la filosofía de la historia, aportó lo suyo, haciendo del tiempo una prolongación del alma. Pero, como dice Heidegger, el santo dejó al asunto allí detenido, para no decir que enterrado bajo la arenas de la teología, y a donde hubo de ir a desenterrarlo Husserl armado con la pala de la fenomenología.

De manera tal que, habiendo devenido la casa del ser vecindad de lo ente, aquella verdad del ser por la que tanto abogaba Heidegger ante una humanidad que, según pensaba, no estaba preparada para que le fuese revelada, tendrá que seguir esperando. Y si para ello primero hay que terminar de entender Ser y Tiempo, entonces se trata de una espera verdaderamente larga. Más aún si se toma en cuenta que, como asegura el mismo autor, esta obra no es más que la fase preparatoria del pensar para que éste esté en condiciones de iniciar la tarea, ya indicada, de llevar la verdad del ser al lenguaje.

Claro que la misión luce ahora mucho más ardua que cuando Heidegger la propuso por primera vez, pues habrá que comenzar a desalojar la casa del ser de lo ente invasor. Esto ha de requerir de volver a escribir Ser y Tiempo, una vez más, lo menos, y de un pensar realmente dispuesto a ello y que, a estas alturas, no haya resuelto que busquen a otro para la jodida tarea y que el haberse olvidado del ser acaso sea lo mejor que la filosofía haya podido hacer por la humanidad. Mientras se resuelve tan engorroso asunto y la verdad del ser se viene a lo claro ‒dicho al estilo de Heidegger‒ tenemos ser y tiempo, las manos libres y un pensar contra el que siempre conspira la molicie, pero que sigue allí, participando del misterio de la existencia; todo ello en cantidad suficiente ‒espero‒ como para escribir esta historia acerca del hecho de escribir historias que me he impuesto. Lo cual no creo que alcance para llevar la verdad del ser a la casa del lenguaje. Pero que al menos será suficiente para terminar de llevarme yo mismo a la mismísima mierda, que ya es bastante.

Mi tarea incluye a Mudito y al perro. No es que Mudito tenga mucha pericia en cuestión literaria, y el perro menos. Pero están aquí, son los que me siguen, y yo el que los sigue a ellos. Hay días que permanecemos aquí en la casa, que no es la del ser, sino la de los muertos de hambre que, agazapados como ladrones, aguardan una oportunidad de ser. Los hay también en que, para salir, asomamos nuestras cabezas al sol, enfilamos por el sendero pedregoso, salimos a lo claro de las arenas calientes. Con ese mar azul a la izquierda y esos cerros amarillentos y pelones a la derecha, seguimos por el malecón y subimos hasta la plaza, cuando la revolución tiene a bien echarnos algo de comer. y donde el Licenciado Valbuena nos arenga con uno de esos discursos acerca de un mundo mejor y del que siempre estamos de regreso.

Ahora sí. De nuevo en la ensenada, se me hace que esta historia acerca del hecho de escribir historias ha comenzado. Tiene, pues, un inicio. Ahora habrá que dar con un final. Una vez más en Buenaventura. Ésta es la cuarta, y espero que la ultima. No es la vida, sino la muerte que ella realiza en su enrevesado curso lo que hace de la existencia un destino. Mi muerte, pues, es mi único y auténtico final. El de esta historia es otra cosa. Una y otra vez, ella ha de extraviarse en los pasajes de su propio laberinto. Pero si, como convencido quedo, aquí, frente al mar, ha conseguido su inicio, aquí mismo habrá de encontrar su final. Pero ese es otro asunto. Por ahora, mientras pienso en el nombre que he de poner al perro, mejor retornar a la casa, a ver si Mudito ya está de vuelta y con algo que llevar a la barriga.



TEMPORAL

Una historia acerca del hecho de escribir historias

(novela filosófica) 

...sucede que la vida no tiene inicios ni finales, y que sólo en el ámbito y contexto de una narración es susceptible de adquirirlos. Lo que me recuerda, por cierto, aquello que una vez dijera Beckett: ese fue mi error, uno de mis errores; exigirme una historia, cuando sólo la vida bastaba. Si es así, entonces estoy aquí para perpetrar mi propio error. Y hasta puede que ésta sea la forma de haber empezado a hacerlo. Más me vale.

Introducción General

El Bolívar histórico del que se ocupa este trabajo no es, hablando en términos rigurosos, el del pensamiento político y la estrategia militar, aunque, desde luego, mucho tendrá que ver con ello. Pero no es un análisis de ese tipo lo que busco en su discurso sino, más bien, al discurso mismo como herramienta del político y el hombre de guerra. Se trata del Bolívar de la palabra. El lenguaje como signo de conciencia histórica, como dimensión de temporalidad y como fuente de heroicidad. Del discurso de Bolívar no me interesa tanto el pensamiento como su narrativa; su inteligencia política o militar, como la semántica o discursiva. Del Bolívar histórico no busco la verdad, sino el estilo.

Introito

Un día, cuando todavía era estudiante de historia y me desempeñaba como investigador en el archivo histórico del antiguo Congreso Nacional, al fondo de la bóveda, en medio de un cúmulo de trastos tan viejos como valiosos, me topé con una desvencijada edición del Diario de Bucaramanga. Sumido en la molicie que mi burocrático cargo ya me inspiraba, aquél libro me distrajo y, allí mismo, en un improvisado asiento de cajones, lo leí. Para cuando retorné de la bóveda, mi imagen de Bolívar -como la de casi todos, determinada por ese formalismo patriota propio de la historiografía de banco de escuela, como la llama Vallenilla Lanz- cambió. Este libro es el resultado de un intento por captar y comprender aquello que cambió.

CARTAGENA: del destierro a la gloria

La Memoria dirigida a los ciudadanos de la Nueva Granada por un caraqueño, mejor conocida como el Manifiesto de Cartagena, se considera el primero de los grandes documentos políticos de Bolívar. Fechado 15 de diciembre de 1812, recoge la experiencia del incipiente gobierno republicano que, a mediados de ese mismo año, ha sucumbido en Venezuela bajo los embates del ejército español. Se trata de una memoria de la derrota, producida por alguien que ha participado como oficial en la guerra el gobierno español y que, salido al exilio, ha llegado a la Nueva Granada con el propósito de obtener hombres y recursos que le permitan invadir su país de origen y restablecer la república. Esta memoria no es, pues, el mero relato pasivo de lo que aconteció, de cómo el ejército español ha vuelto a tomar de una de las plazas más importantes y estratégicas de la América insurrecta, sino del plan para recuperarla. Se expone aquí el análisis crítico de una experiencia republicana particular, de la que se extraen conclusiones políticas y doctrinales que proporcionan una nueva perspectiva del proceso de emancipación no sólo en Venezuela, sino en toda la América Meridional. Se puede compartir en mayor o menor medida tales conceptos. Pero, en cualquier caso, es indiscutible que estamos ante la primera visión sistemática, general y de conjunto que, más allá de la dimensión logística y militar que impone la guerra, nos proporciona el primer concepto histórico y estratégico de la emancipación americana. Al menos, el primero producido por un soldado con una clara visión política. En este sentido, estamos ante la primera teoría revolucionaria de la lucha por la independencia.

CARÚPANO: vindicta, libertad y barbarie

En el Manifiesto de Cartagena nada indica Bolívar respecto a la cuestión social. Cuestión ésta tan conflictiva que, siglo por medio, llevaría al historiador Vallenilla Lanz a definir la guerra de independencia como una guerra civil. De ello nos da una particular perspectiva el Manifiesto de Carúpano. No pasó mucho tiempo para que el discurso de Bolívar hubiese de encarar el tema tabú en Cartagena. El momento sobrevino con la caída de la Segunda República, tras ese fenómeno tan contundente como efímero que fue Boves para el proceso de independencia. Efímero en cuanto a su personal actuación y liderazgo, pero en alguna medida permanente en cuanto a la guerra como forma de vida para los sectores populares y el ejército como vía de transformación de una estructura social que hundía sus raíces en la colonia. Acaso fuera Boves el más encarnizado enemigo de la república. Pese a lo cual, la república, a la postre y para ser tal, fue su más genuina heredera. De él recibió su ejército, su dinámica social y hasta el estilo de su liderazgo. A tono con la dialéctica de la guerra, los llaneros que siguieron a Boves pasaron de bandidos a patrimonio de la república. Patrimonio que en algún momento hizo decir a Bolívar que la revolución estaba sentada en un volcán social a punto de hacer explosión. Pero eso sería más tarde y en privado. En Carúpano, todavía este ejército sólo representa el modo en que la barbarie se opone a bien supremo de la libertad.

JAMAICA: Historia, Semántica y Geopolítica

1815: el descenso de Napoleón se cruza con el ascenso de Bolívar. Ambos han partido al exilio, a Santa Helena y a Jamaica, respectivamente. Tres años más tarde, el americano meridional, que ha tomado Angostura, la plaza estratégica que inclinará el curso de la guerra en favor de la causa patriota, dirá de sí mismo: yo busqué asilo en una isla extranjera, y fui a Jamaica solo, sin recursos y casi sin esperanzas. Perdida Venezuela y la Nueva Granada, todavía me atreví a pensar en expulsar a sus tiranos.1 De modo que el exilio, que para Napoleón dictamina el final de un imperio en Europa, para Bolívar anuncia el renacimiento de un proyecto en América. Esta conjunción en el cosmos simbólico de la historia que involucra la carera de dos grandes líderes políticos y militares, alude también a un cambio de época, determinado, desde el punto de vista geopolítico, por el ascenso de las potencias del capitalismo industrial y la caída del colonialismo mercantilista. A ello tributan diversos procesos: la ilustración, el nacionalismo, el industrialismo, la revolución francesa, la expansión napoleónica, la independencia estadounidense, la emancipación en América Latina. Es ésta una coyuntura en el proceso de largo plazo que lleva de la era agrícola a la era industrial. En este contexto se fraguan los cauces iniciales de un proceso histórico de alcance planetario. La Carta de Jamaica forma parte de este contexto. Es una forma de asomarse a él y otearlo desde los agrestes montes de una América irredenta. Tal es el punto de partida de este ensayo.

ANGOSTURA: el guerrero creador de repúblicas

La Carta de Jamaica concluye con la afirmación según la cual la clave para poner fin a la dominación española y fundar un gobierno libre es la unión, obtenida por efectos sensibles y esfuerzos bien dirigidos. Lo que por entonces queda en un escueto enunciado, en Angostura va a ser objeto de un denso desarrollo. Eso es el Discurso de Angostura: un efecto sensible, un esfuerzo bien dirigido. En atención a las lineas principales de su estructura discursiva, es una apelación a la conciencia histórica, un plan estratégico centrado en la implantación del Estado Nacional, y un instrumento de significación del movimiento de independencia como proceso histórico. Pronunciado por Bolívar el 15 de febrero de 1819, en el acto de instalación del segundo congreso que se daba a sí misma una república en medio de los avatares de la guerra, constituye una de las piezas oratorias más importantes de su haber político. Dicho ello por su contenido en sí mismo considerado. Y dicho también por el modo en que marca una diferencia de dimensiones estratégicas entre un antes y un después del proceso de independencia. En la visión totalizadora del Discurso de Angostura confluye lo político y lo militar. Para ganar la guerra en el siempre inhóspito campo de batalla, es preciso ganarla también en el de la política; por cierto, no menos inhóspito, agreste y peligroso que aquél.

BOLIVIA: el hombre de las dificultades como legislador

El guerrero ciudadano es aquél al que le es dado despojarse del mando. Así en la Caracas que le otorgó el título de Libertador, así en la Angostura que lo ratificó como Jefe Supremo, y dos años después lo llevara a ser designado en Cúcuta Presidente de La Gran Colombia. Las dificultades comienzan cuando la historia lo despoja a él de la guerra y se queda sin esa fuente de gloria que, hasta entonces, había sido el enorme campo de batalla y de política que, visto desde Pasto, se extendía entre el Orinoco y el Potosí. Así, Ayacucho consigna en la historia americana la emancipación, ciertamente; y en el destino particular del guerrero ciudadano el retorno de la cima de la gloria a la sima de las miserias de la burocracia y la administración. Siendo el campo de batalla la fuente fundamental de su gloria, dentro de él lo es todo; fuera de él nada, o tan sólo un ciudadano recto e iluminado que, apegado a su prestigio y honor, está llamado a dar la cara a esa oleada de anarquía que, en la paz, devora cuanto ha venido edificando en la guerra. Consumada la independencia o, más exactamente, el proceso de la guerra que habría de conducir a ella, el enorme mapa del nuevo mundo se ha teñido de una no menos enorme complejidad. Mientras se triunfa en Ayacucho se conspira en Caracas. Al tiempo que se finiquitan los últimos detalles del Congreso de Panamá, las recién creadas repúblicas se hunden en la lucha intestina y doméstica que atenta contra la anfictionía. En carta a Santander, fechada en Lima, el 6 de enero de 1825, es decir, a un mes escaso del triunfo en Ayacucho, encontramos esta situación descrita en palabras del propio Bolívar:

OCAÑA: el clamor del pueblo

Desde el punto de vista de su estructura semántica, el libertador, como instancia fundamental del discurso, representa la condición esencial de Bolívar como máximo dirigente político y militar de la emancipación americana. Más que como mera parte de la historia, el libertador concibe, administra y conduce el discurso como conciencia e instrumento hacedor de ella. Sin embargo, y como es de esperar, se trata de un discurso que siempre ha sido concebido y pronunciado desde el entorno de la dirigencia política a la que pertenece, aún en aquellos temas sensibles en que la actuación de dicha dirigencia pueda ser cuestionada por en su mensaje. Desde este punto de vista, el libertador siempre ha sido una instancia discursiva de una u otra manera asociada al estrecho círculo de la élite civil y militar que comanda el proceso independentista. Así, por ejemplo, El guerrero ciudadano del Discurso de Angostura, que dichoso convoca a la representación nacional y se despoja del mando ante ella es, con ello, al mismo tiempo, legitimado por ella. Como parte de la dirigencia, el guerrero ciudadano es jefe supremo entre iguales. En este sentido, los discursos fundamentales de El Libertador como creador de un nuevo tiempo histórico son documentos de identidad con el entorno dirigente del proceso de independencia, palancas ideológicas de su legitimación ante ella como máximo líder.

Epílogo

Hasta aquí me trajo el Bolívar con el que un día, hace mucho tiempo ya, me topé en el Diario de Bucaramanga. El hombre histórico de los discursos. El de la palabra y el estilo. El de la conciencia moderna y la faena semántica. El de la revolución como concepto y del heroísmo como ejercicio de voluntad de poder. Su discurso marca el paso de la barbarie a la civilización, con todo lo bueno y todo lo malo que una transición así supone para la gestión de su propia historia por parte de un pueblo. Y como pueblo, no tenemos conciencia de tal significación porque la historiografía de banco de escuela se ha hecho cargo de ello, bien haciendo de Bolívar una venerable pieza de museo, bien poniéndolo a comer mangos para popularizarlo. Al respecto, me limito a recordar las palabras de Vallenilla Lanz:

HERÓDOTO: los orígenes de la historiografía

Si uno se deja guiar por lo más estrictos rigores académicos, incluso los de la historia, probablemente los menos estrictos de todos, muy a pesar de los historiadores académicos, un trabajo de este tipo luce desde muchos puntos de vista desalentador, bien por lo poco con se cuenta para realizarlo, bien por la poca estima que se guarda hacia lo poco que se tiene, incluso los escritos de aquel a quien Cicerón, si no me equivoco, dio en llamar Padre de la Historia. Y lo hizo en el marco de una larga tradición representada por críticos para los que Heródoto era ya casi tan extraño como para nosotros y que, salvo contadas excepciones, se caracterizó por su desprecio, acusándolo de mal escritor, de inútil, y hasta de mercenario.

Capítulo 1: el hombre, la obra, el contexto.

Es muy difícil establecer un imperativo ideológico, filosófico, político o moral que nos ayude a comprender la aparición de la historiografía en una íntima relación con el contexto histórico en que ello tiene lugar. La vaga generalidad de la que aquí me valgo, es decir, comprender la aparición de la historiografía como parte del humanismo característico de la Grecia Clásica, que tuvo su máxima expresión en el arte y la filosofía, es fácilmente aceptable, pero, se entiende, muy poco precisa. Ese humanismo, la ruptura respecto a la mitología que a él es inherente, comienza a gestarse en la Grecia Arcaica, con la filosofía jónica y la aún ingenua pero inequívoca proximidad que ella representa respecto a la naturaleza. Por otra parte, como se sabe, dicho humanismo se prolonga mucho más allá de la época de Heródoto y en plena decadencia ateniense producirá lo más acabado de su filosofía. Este humanismo griego es, pues, el espacio histórico cultural de muchas cosas, amplio contexto en el que la historiografía luce como un ínfimo detalle, acaso el más prescindible de todos.

Capítulo 2: mito, filosofía, historiografía.

Partamos del hecho, tan magistralmente representado por la cruel simpleza del mito de Sísifo, de que el hombre es una especie condenada a la historicidad. A nadie le es dado elegir no vivir la historia. Encadenado a la infinita finitud del tiempo, el hombre histórico transcurre sin la certeza de saber para qué. Toda la historia humana pudiera comprenderse como la obsesión de este hombre histórico por darse sentido a sí mismo. Todas las cosmogonías lo han adscrito, de una u otra manera, a vagar fuera de lo eterno, perecer una y otra vez. Y todas intentan, al final, reconciliarse con el proscrito, traerlo de nuevo a casa, el paraíso perdido que, en algunos casos, puede ser, incluso, la nada cósmica, peculiar forma de eternidad que nos permite suponer que hasta la supresión de la existencia es preferible al castigo de la existencia histórica. Esta caída en el tiempo es el nudo gordiano de todo el drama bíblico y, en muy otro contexto, es, también, el mayor suplicio que la mitología griega pudo imaginar para el hombre réprobo

Capítulo 3: dioses, hombres, historias.

Heródoto cree en el Oráculo. Es fácil demostrarlo a través de la cita de párrafos como, por ejemplo, el que nos habla de la furia de Taltibio1 contra los espartanos, y otros en los que hace referencia al plano de lo divino como la última salida que encuentra para explicar, -¿o justificar?- un determinado acontecimiento histórico. Sabemos que esto le ha costado a Heródoto buena parte de las censuras que lo descalifican como historiador ya que, se supone, la historia debe explicar al hombre y sus acciones por el hombre mismo. Como se sabe, ha llegado a ser norma del oficio que recurrir a Dios es hacer trampa. Una suerte de principio epistemológico pende como espada de Damocles sobre el historiador cada vez que su discurso historiográfico apela al deus ex maquina. Heródoto puede ser, según esta misma norma, demasiado ingenuo o primitivo .

Capítulo 4: hombre, historia, tragedia.

Si nos pusiéramos a plantearnos los problemas de epistemología y método en los Nueve Libros, probablemente no hallaríamos asidero sólido alguno para el análisis y la reflexión. En realidad, estrictamente hablando, tales problemas no existen para aquella historiografía que, desde sus mismos inicios, se colocó al margen de la sabiduría y se dio a sí misma el despropósito de alimentar la memoria humana, salvar el vertiginoso acontecer humano del olvido humano. Sin embargo, pese a una tarea tan metafísicamente pobre y, en parte gracias a ello, aquella primera historiografía estaba llamada a sentar las bases para una cruel desmitificación de dicho acontecer. El hombre histórico que recién ha descubierto es objeto de paciente y crítica observación; no se le puede tomar a la ligera, tal cual lo encontramos, ni creer de buenas a primeras lo que dice y piensa de sì mismo. Racionalista pero curiosa, tolerante pero desconfiada, fue ésta una historiografía que se aproximó a su hombre histórico con acucioso sigilo, alerta a los juicios y creencias que históricamente su objeto de observación había generado respecto, y a partir de, su propia historicidad. El hombre histórico y la cultura, ámbito al que es inherente el desencadenamiento de sus acciones en el espacio y el tiempo, abrieron así el pensamiento humano hacia una dimensión hasta entonces desconocida.

 

 

Preliminar

He visto a Dios. Es espantoso. No hemos hablado. Para escucharme, tendría que ser yo hombrte de fe. Y, para escucharlo, un esquizofrénico. Pero pululamos en el mismo universo. Él en su cueva y yo en la mía, somos vecinos del mismo barrio; el del misterio. Sólo que yo la habito con la suficiente molicie e ignorancia como para no perder la cabeza. Él no. El misterio lo ha enfermado. Y, convencido de ser la verdad que lo despeja y que, por lo tanto, nos haría libres, ha perdido la suya.

De la caída a la salvación: la historia inconclusa de la creación.

La caída simboliza el inicio de la historia, al menos para la criatura; es decir, la existencia temporal a la que, tras rebelarse, ha sido condenada por su creador. Y la salvación la recuperación de una criatura que, ahora, como pecador; o sea, habiendo comprobado por experiencia lo que su creador por omnisciencia ya sabía y se negó a revelar, retorna arrepentida al paraíso en que fuera creada, y lo hace por gracia del que la condenó. Así, entre caída y salvación -fin del tiempo de por medio- el reino de este dios describe un ciclo único y total hacia la eternidad propiamente dicha, suponemos, ya que, hasta la culminación de dicho ciclo, dicho reino no ha sido otra cosa que un proyecto histórico; una teleología en la que Dios hace de sentido inmanente y la eternidad de meta trascendente.

De cómo no fui echado del paraíso: me largué yo mismo

El Génesis, como se sabe, es el primer capítulo en la historia de un dios que creó el mundo, la historia; vale decir, el pasar en que las cosas pasan y el tiempo con que lo captamos. Según esta historia, en siete días -merecido descanso incluido- este dios, emergido de las tinieblas, configuró el universo total: estableció su reino eterno, creó la criatura llamada a adorarlo por la eternidad, actualizó el abismo temporal al cual arrojarla cuando se resistió, y, por último, concibió el plan para rescatarla de su temporalidad y retornarla a su seno. Más que una historia de dios, ésta es la de un proyecto de dios. Con lo cual esta historia deja fuera lo más interesante del objeto a historiar: las tinieblas mismas, el abismo y el origen del dios-héroe que, venido de ellas, encarna la luz que ha de iluminar el nuevo todo en que se dispone a reinar. De modo que esta historia, que no indaga en su tema y que, aún así, pretende dar razón de la temporalidad mediante la eternidad, nos deja en ascuas, pues sólo vale para confirmar que la vida eterna junto al dios que nos ha creado no es menos absurda que la temporal a la que nos ha condenado. No obstante, hagámonos de la vista gorda con este detalle menor, y ocupémonos de un dios al que, en esta parte de su historia, toca hacer de inicio en la historia toda del universo. Porque, en esencia, no de otra cosa hablamos aquí: de un dios que actúa y que, sólo en cuanto tal, ha podido ser objeto de narración.

De cómo andando el camino correcto terminé en el punto de partida.

Me parece que era Artaud quien decía que Dios no existe, y que, si existe, es una mierda. Esta idea de dios es un dilema que apunta, por una parte, a su real y efectiva existencia y, por la otra, a que, en caso de existir, sea cosa digna de creencia. Y si bien la real existencia de una cosa es condición previa del juicio sobre de ella, en el caso de los dioses es tema casi irrelevante, si se lo compara con la idea de dios, que sí es históricamente real. La existencia o no de uno que se hace llamar Dios es indemostrable. Pero la idea que de él tengamos es crucial. Pasa que nuestra inteligencia, memoria y voluntad de entes temporles que para ecistir han de hacerlo históricamente es el único hilo que vincula al dios en el que pretendemos creer con la eternidad en la que debería reinar; eternidad ésta de la que vendríamos y a la que, consumada nuestra temporalidad, habríamos de retornar. El problema acá es que, entonces, hablamos de un dios, un reino, una eternidad; en suma, un ser pleno que ha salido de sí y ya no es tal, pues ha sido intervenido, socavado y puesto patas arriba por la temporalidad misma de la criatura que estaba llamada a constituirlo. De modo que, si alguna vez fue, este dios ya no tiene ser, pues ha devenido y, por tanto, sólo puede tener historia. Y el mayor problema para este dios es que, en efecto, la tiene. Se la conoce como sagrada. Lo cual no es sino un infeliz oximorón, que me veo en la obligación de corregir. Porque, el otro problema no menor para este dios, es que, además de también tener una historia, tengo, gracias a ello, una idea de dios; por cierto, ontológicamente mucho menos generosa que la de Artaud.

De mi autocondena

Una cosa es ser expulsado del paraíso, tras una patafa en el culo, y muy otra abandonarlo por los propios pies: o sra, arrojarse uno mismo. La voluntad hace la diferencia. Lo que procede entonces es la autocondena. Ello equivale a la condena de Dios, sólo que despojada de su divinidad por el acto voluntario de quien se la autoimpone. Éste es el dato fundamental acá. La rebelión de la criatura sólo acarreó la expulsión del rebelde y no alcanzó su cometido. Ciertamente, desató la ira de Dios, pero no afectó su divinidad. Sin embargo, fuera de los predios del reino, la rebelión continúa: se torna secular. Sujeta al curso de su propio devenir, si la criatura se proclama pecador, su castigo se convierte en causa y su destino en botín de guerra. Lo que a este dios toca ahora enfrentar no es la conjura, sino la reivindicación del pecado respecto a un reino que sólo molicie, desprecio e indiferencia puede inspirar. Lo cual es mucho más difícil para uno tan propenso a la cólera y que tanto requiere de ser adorado.

De Dios como significación de un pasar que no lo requiere.

El pasar no rquiere de dioes, sino de historias, que lo signifiquen como pasado-presente-futuro y den forma a la existencia temporal. Son los dioses los que rrquieren de una historia para tener sentido como artífices del pasar. Dios tiene una. Se la conoce como la sagrada. Lo cual encierra un total contrasentido, ya que si, a diferencia del mito, cuyo papel es reconocer un pasado, el de la historia es indagarlo, con lo cual toda historia es, por definición, profana; incluso la de este dios, pese a que su intención sea la de hacernos reconocer en un único y por lo tanto verdadero pasado cósmico.

De gracia divina y conciencia histórica

La Salvación es el remiendo metafísico del error ontológico de la Creación. Dios intenta recoger al final del tiempo el desastre que ocasionó con su inicio. El intento de corregir el error con que comprometió su ser pleno lo conducirá a uno aún mayor, y que hará de la eternidad un imposible. En aquel entonces se equivocó al echar a la criatura del reino, porque con ello dio paso a la historia y a sí mismo como proyecto. Ahora está dispuesto a equivocarse de nuevo, haciéndola regresar al lugar del que la echó, porque con ello se trae la conciencia y la memoria, que han de desmerecerlo por completo como ser. Si Dios, como espera, pudiera ser adorado por el pecador, éste no sería tal, pues en la eternidad no puede haber conciencia ni memoria, que es de lo que está hecho todo pecador en tanto que arte y parte de la existencia temporal. Pero este dios jura que la Salvación del pecador es su salvación como dios. Según su propia historia, lo que lo mueve a recuperar su antigua criatura no es el arrepentimiento, sino el perdón y la misericordia, en el entendido de que a quien corresponde arrepentirse es al pecador mismo. Su gracia está, pues, dirigida a aquél que, sobre la base de tal arrepentimiento, se hace acreedor del perdón y la misericordia, que es lo que de nuevo lo conducirá a la vida eterna que perdió tras su rebelión. Toca entonces considerar las implicaciones que tiene esta en apariencia armónica conciliación de gracia divina y conciencia histórica.

Epílogo

La eternidad sólo puede entenderse tal y como Platón define el ser: lo uno siempre igual a sí mismo. El tiempo, nos indica en el Timeo, es imagen móvil de la eternidad. Para Aristóteles dios vendría a ser la causa primera, el motor a partir del cual todo entra en movimiento, sin que determine el curso del movimiento al que da lugar. De tal manera que la eternidad no es espacio en el que sucedan cosas, ni un modo particular en que las cosas suceden o hayan de suceder. La eternidad es una idea, un principio, un axioma; nunca un atributo de algo distinto de ella; mucho menos el estadio superior de algo que, habiendo iniciado en calidad de temporal, se haga eterno tras dejar atrás y superar su temporalidad. La eternidad sólo podría ser la negación absoluta del antes y el después, del inicio y el final. Si algo cambia, hay movimiento, tiene una dimensión duradera y, por lo tanto, temporal, En consecuencia, la eternidad no puede ser anterior ni posterior a nada, pues sería mera episodio de lo que sucede. Y en ella nada puede suceder, porque, a diferencia de lo que sucede en las historias, no hay inicio ni final. Si algo tiene historia, no le cabe eternidad, aunque dure eternamente.

LA RATA

Yo habitaba en una vieja casa vacacional abandonada, colgada de lo alto de un cerro pedregoso y desde el que se podía ver abajo el mar en su quieta enormidad, yendo y viniendo en monótonas embestidas contra las rocas negras del acantilado en el que, por ahora, espero. 

LA ÚLTIMA CENA

Por obra y gracia del espíritu santo sigo aquí, como de costumbre, aludiendo y mendigando a cada transeúnte que pasa frente a mí. Ocupo el primer escalón de los doce que conducen a la taquilla de una sala de cine donde sólo entran hombres solos. La verdad no sé si es el primero, porque, contando desde la acera, éste sería, en realidad, el segundo. Con lo cual. el total de escalones de la escalera entonces sumaría trece, Por otra parte, trece, según he escuchado decir desde siempre, es número de mala suerte. Luego la diferencia entre doce y trece no sería sólo de un escalón, sino de un destino. De modo que ocupar el segundo o el primero no es cuestión que se pueda tomar a la ligera. Y, ciertamente, que no lo hago así. Sólo que, en mis consideraciones al respecto, encuentro razones igualmente lógicas e irrefutables como para afirmar que estoy en una o en otra posición. Esto es cosa que me gustaría resolver cuanto antes. Por primera vez, no sé por qué, me hallo en la circunstancia en que me gustaría saber, a ciencia cierta -como también se suele decir- en dónde estoy. Nunca imaginé que de un escalón a otro pudiera haber semejante diferencia. El mundo, que para mí siempre ha sido la acera, sería el primer escalón, con lo que yo estaría, entonces, a un escalón menos del cielo y a dos más del infierno. Esto en caso de que el cielo esté arriba, el infierno abajo y yo en el medio. En la perspectiva de este sanguche cósmico puede que la diferencia no se sienta tan enorme como entre el primer y segundo escalón, quizás porque la diferencia entre cielo e infierno es más de fe que de cálculo. Pero, por otra parte, la diferencia entre fe y cálculo es tan enorme como la que puede haber entre un escalón y un destino. Es el tipo de cosas que me gustaría resolver. Allá, por la acera de enfrente, va el gordo de las corbatas anchas y los zapatos chillones. A veces viene. Es el tipo de evento que siempre me distrae de mis resoluciones.

LA QUINTA PATA

Octubre. Lluvia, llovizna, tormenta o aguacero. Lo cierto es que desde hacía ya tiempo el agua no dejaba de caer como una maldición del cielo. Si, hasta cuando cesaba por un rato, no era sino para mostrarse en esa forma de bruma, neblina, calima o calina. La misma maldición; sólo que elevándose desde la tierra sobre la que ha llovido sin parar. A la hora de ser andada, no había sino dos opciones: la maleza o el barrial. Tú eliges, se dijo a sí mismo en el instante incierto en que intentaba dar con el camino para emprender la huida. De súbito, la noche se detuvo. Un relámpago de inamovilidad con el que el aguacero cesó de golpe. Y entonces fue esa quietud que parece escucharlo todo con los oídos de su silencio. Extenuado, se sentó y miró de nuevo al cielo. Durante un largo rato, ni los mismísimos dioses osaron asomarse por cima de los muros de la noche, hasta que de nuevo se dejó oír el monótono canto de los grillos.

TAXIDERMIA

A ver. Acaso esté yo en el curioso procedimiento de comprobar a través del sueño que el alma, si no se refiere a la mera forma de la materia, tal y como Aristóteles fue el primero en sugerir, es el más degenerado e infame de los conceptos. Menos mal y me leí a tiempo aquel tratado que Amanda, mi mujer, dice que lleva título de espanto o aparecido. Como sea, ya sabía yo que no podía ser tan inútil haberlo hecho, tal y como ella siempre aseguró, con ese pragmatismo repugnante tan propio del género femenino y que se va acentuando con la edad. Ella siempre dice: no creo en santo que come y caga, ni en loco que no come mierda. Y, en cierto modo, compartimos la misma poca fe. Aunque para no creer en los santos ni para creer en los locos, requiera yo concebirlos avocados a tan vitales funciones. En todo caso, por ahora, el curioso procedimiento al que aquí me refiero es la única posibilidad que me queda para salir del atolladero en que me encuentro desde hace… Ni siquiera sabría decir cuánto tiempo, pues lo primero que resalta en este asunto es la perdida de la certidumbre que el tiempo nos proporciona como el principal referente de lo que existe.

PORNOAVENTURA

¿Cómo se puede ser, durante algún tiempo, tan vital y, al mismo tiempo. morir sin necesidad alguna de haber vivido por razón distinta a la de follar? Tal era la pregunta que se hacía Henry al caer la tarde y cuya respuesta el crepúsculo se iba llevando a los confines del anochecer confundido con su propia noche de viejo y como quien, con sumo cuidado y sigilo, oculta algo muy preciado pero que le ha de resultar comprometedor o embarazoso. El Henry -dicho así, en su recuerdo, porque así lo llamaron siempre en los tiempos en que vivir era algo más que recordar- estaba sentado ante uno de los largos ventanales que iluminaban el largo pasillo donde la pasaba desde la una, tras haber tomado su almuerzo y haberse negado, como siempre, a hacer la siesta. Éste nunca quiere dormir, había exclamado, como siempre, la señora Pérez. Y allí seguía Henry, empotrado en su silla de espectador del paisaje vespertino. Durante toda la tarde llovió. Y aunque había amainado ya, aún seguía cayendo esa leve llovizna, seguramente gracias a la cual el jardín, los árboles, la calle, los cerros lejanos que todavía encajaban sus puntas en los restos de una nubosidad fragmentada y el paisaje todo, o al menos hasta donde la vista aguzada alcanzara atisbar desde aquella ventana, adquiría esa transparencia rosa que a Henry tanto agradaba. Hasta que, como siempre, a las siete y según orden inapelable de la señora Pérez, Henry fue largado a su habitación. A dormir hasta el día siguiente, como siempre.

LA PIEL INMATERIAL DE LA NOCHE

Ahora sí que estoy jodido, se dijo a sí mismo, con resignación. Boca arriba, a la vez que dibuja garabatos ininteligibles en la piel inmaterial de la noche, llega hasta él un olor agridulce, de fruta fermentada o de licor. Mas bien de las dos cosas juntas, mezcladas, concluyó, ya que la gorda había incorporado al enorme pastel que estuvo preparando durante la mañana una generosa porción de cada una. Y en ese momento, cuando ya arribaba a la media noche, volvió a recorrer, una vez más, los detalles de aquella faena, que habían ido a parar a su memoria, como lo que sobró del pastel, de un golpe seco, habla ido a parar al fondo del bote de donde emanaba aquél olor.

LA CUARENTA Y OCHO

Entré al bar. Fui hasta el extremo solitario de la barra desde el que me observaba, pedí una cerveza y me volví a la mesa de siempre, o al menos la que yo esperaba que fuese tal cada vez que entraba, y que, por esta vez al menos, ciertamente, estaba desocupada. Estuve bebiendo mi cerveza poco a poco, algo así como a un sorbo cada vez que intercambiábamos miradas. Hasta que por fin ella también se vino a la mesa de siempre. Entonces la noche, como el silencio de Dios, se fue hundiendo en el barro de nuestro mutuo decir. Barro nuestro que caes del cielo. El amanecer nos sorprendió a solas, o más bien juntos en la misma soledad desde la que cada quien defendía su propia soledad, ahora sí, sin nada que decirnos, en medio del barrial que nos había arrastrado hasta la cuarenta y ocho.

EL CENTENARIO DE STOKER

Cuando suena la hora lúgubre de los espíritus, la novia bebe el vino de un rojo sombrío como la sangre. Una vez más, aquellos versos de Goethe, que lo hacían sentir tan orgulloso de sí, resonaron en su memoria, apenas se asomó a la ventana y la noche le rozó el rostro. Luego fue esa mirada acuciosa lanzada allende los suburbios nubosos de la ciudad, más allá de los cuales se extendía la rígida horizontalidad del cementerio. Quietud. sosiego, reposo, descanso… iba buscando la palabra más apropiada para definir lo que aquél otear el horizonte de la noche le inspiraba, hasta que la encontró: ausencia. Eso. Porque la muerte no es más que ausencia. Ni menos tampoco. Entonces emprendió el vuelo.

LA POSE

De los talones a la cabeza mediría no más de metro y medio. Y si uno se fijaba bien, venida de sus adentros a flor de piel, como el alma que le daba forma en una sola y fugaz pincelada de existencia, la insignificancia demarcaba el todo de su cuerpo quieto y menudo. Quizás fuese esto, la manera en que esa insignificancia determinaba la absoluta armonía entre el ser y el aparecer lo que la hiciera lucir más joven de lo que realmente fuese, como si a estas alturas de su biografía aún no contara con una historia única y propia en la que hubiese valido la pena desgastarse y envejecer. El resto de aquella su presencia era lozanía triste, quietud de lagartija a la una de la tarde y que administra su energía en medio de un paisaje árido y sofocante. No obstante, al mismo tiempo, su pose era tan curiosa y estudiada, tan artificiosa que lo que le faltaba en tamaño y significación le sobraba en gracia y seducción. Al menos eso fue lo que pensé cuando me disponía a entrar a la tienda y la vi, parada allí, de espaldas a la puerta y con los codos apoyados en el mostrador mientras seleccionaba los botones de las cajitas que el viejo tendero iba poniendo de dos en dos a la disposición de su minuciosa inspección.

 

 

Historia

Mundial

Contemporánea

A mi modo de entender, los que están persuadidos a que por la historia particular se puede uno instruir lo bastante en la universal, son en un todo semejantes a aquellos que, viendo los miembros separados de un cuerpo poco antes vivo y hermoso, se presumen estar suficientemente enterados del espíritu y gallardía que le animaba. Pero si uno, uniendo de repente los miembros y dando de nuevo su perfecto ser al cuerpo y gracia al alma, se lo mostrase por segunda vez a aquellos mismos, bien sé yo que al instante confesarían que su pretendido conocimiento distaba antes infinito de la verdad y se asemejaba mucho a los sueños. Y ciertamente, que por las partes se forme idea del todo, es fácil; pero que se alcance una ciencia y conocimiento exacto, imposible. Por lo cual debemos estar persuadidos a que la historia particular conduce muy poco a la inteligencia y crédito de la universal, de la que únicamente el reflexivo conseguirá y podrá sacar utilidad y deleite, confrontando y comparando entre sí los acontecimientos, las relaciones y diferencias. (Polibio. Historia Universal. Exordio.)

EL CONCEPTO DE MEMORIA

...sólo de aquellos seres vivos que son conscientes del tiempo puede decirse que recuerdan y hacen esto con aquella parte del alma que es consciente del tiempo. Aristóteles. De la memoria y del recuerdo.

Grande es la virtud de la memoria y algo que me causa horror, Dios mío: multiplicidad infinita y profunda. Y esto es el alma y esto soy yo mismo.  San Agustín. Confesiones

Introducción

...sólo de aquellos seres vivos que son conscientes del tiempo puede decirse que recuerdan y hacen esto con aquella parte del alma que es consciente del tiempo.

Aristóteles.

De la memoria y del recuerdo.

 

Grande es la virtud de la memoria y algo que me causa horror, Dios mío: multiplicidad infinita y profunda. Y esto es el alma y esto soy yo mismo. 

San Agustín.

Confesiones

 

...el pasado se conserva por sí mismo, automáticamente. Todo entero, sin duda, nos sigue a cada instante: lo que hemos sentido, pensado, querido desde nuestra primera infancia, está ahí, pendiendo sobre el presente con el que va a unirse, ejerciendo presión contra la puerta de la conciencia que querría dejarlo fuera.

...no pensamos más que con una pequeña parte de nuestro pasado; pero es con nuestro pasado entero, comprendida en él nuestra curvatura original del alma, con el que deseamos, queremos y actuamos.

Henri Bergson.

La evolución creadora

La memoria: un misterio, una estructura, un proceso

Para Aristóteles la memoria residía en el corazón. Captadas por los sentidos, suponía que las impresiones que se perciben del entorno eran conducidas por la sangre hasta allí. En general, para la filosofía antigua el corazón es el reservorio de la actividad espiritual del hombre. Allí se asienta lo que para nosotros es su existencia psíquica. De modo que el corazón era tenido por el lugar de las emociones y los sentimientos, idea que, por lo demás, ha permanecido a lo largo de la historia en las más diversas culturas hasta hoy. De hecho, en latín, recordar -recorsi- significa de nuevo en el corazón. Esta creencia se mantuvo durante siglos. No es sino hasta mediados de la edad media cuando la memoria comienza a ser ubicada en la parte posterior del cerebro1. Aunque sin datos abundantes y determinantes al respecto desde un punto de vista científico, es la fisiología moderna la que la ha localizado en el cerebro. E. Kandel2, premio nobel por sus investigaciones en este campo, ha definido la memoria como una representación interna de la información adquirida mediante aprendizaje; información que se halla codificada, espacial y temporalmente, en circuitos neuronales, mediante cambios operados en las propiedades reactivas de las neuronas. Con todo, en el mundo de la ciencia aún no hay consenso en cuanto al modo como reside la memoria en el cerebro. Hay quienes piensan que la memoria tiene localizaciones específicas, que se corresponden con un determinado tipo de ella, y quienes piensan que, por el contrario, la memoria es una y que alcanza amplias regiones cerebrales que operan conjuntamente y de manera coordinada, según diversos niveles de complejidad en el registro de datos y evocación del recuerdo. También hay quien piensa que ambas hipótesis no son excluyentes entre sí y que es posible que apunten con certeza al mismo fenómeno considerado desde puntos de vistas diferentes y complementarios3.

Aristóteles: memoria, alma y experiencia

Al concebirla como parte del proceso cognitivo -junto con la percepción y el aprendizaje- la psicología cognitiva ha puesto en evidencia la complejidad de la memoria y resaltado la conexión existente entre memoria y otras funciones tanto fisiológicas como espirituales del ser y el proceder humanos. Conexión ésta que ya había sido planteada por Aristóteles. Así, por ejemplo, en Metafísica establece la relación directa y biunívoca entre memoria y experiencia de la siguiente manera:

San Agustín: memoria, alma y dios

Agustín se ocupa del tema de la memoria en el Libro X de Confesiones. Hay quien dice que este capítulo constituye una suerte de bisagra que une la primera parte de la obra, es decir, la parte autobiográfica, que recogerían los libros del I al IX, con la siguiente, la parte conceptual, correspondiente a los libros XI-XIII. Tal estructura expresaría la intención misma del autor, con el propósito de reflejar en ello su concepción de la memoria como la función mediadora entre el hombre y dios1. Aunque no hay constancia de que esto sea así, es una interpretación muy plausible. Por lo demás, cualquiera sea el caso, se trata de una interpretación que en nada contradice el concepto mismo de memoria que maneja Agustín y que constituye una excelente guía en la lectura de la obra. También, en La Trinidad trata Agustín el tema de la memoria, particularmente en los Libros del X al XIII, aunque aquí no de manera específica, sino en conjunción con el entendimiento y la voluntad, y en tanto que las tres -memoria, entendimiento y voluntad- son las facultades que a su entender definen el alma humana. Ello supone un giro completo en el concepto de alma y, en consecuencia, en el de memoria con respecto a la visión materialista de Aristóteles. Pasamos de la entelequia que define lo vivo en la naturaleza -de lo cual el hombre es una especie- al hombre cuya individualidad plena está determinada más que por la naturaleza, por su conexión con dios y la dimensión de lo divino. El alma de Aristóteles da lugar a una especie natural con conciencia del tiempo. La de Agustín a un hombre histórico conectado con la naturaleza sólo en su dimensión material y cuya conciencia del tiempo no es otra cosa que su vínculo con la eternidad.

La dimensión social de la memoria

Entre el Tratado del Alma y el Tratado de la Santísima Trinidad se abre uno de los episodios más plenos de significación en la historia de la filosofía occidental. El cristianismo avanza sobre las ruinas de un paganismo que ha sido, al mismo tiempo, fuente de inspiración y modelo de su filosofía. Esto se hace evidente en el tema de la memoria. El concepto de Aristóteles emerge de las dimensiones materiales de la naturaleza y que el cristianismo depreciará como el terreno de lo profano. El de Agustín es un concepto que desciende de los cielos. Tejida con el hilo de la lógica pagana, la memoria de Agustín se inserta en el tapete de la fe y el misterio supraterrenal de lo divino. En este tema, como en otros, el decisivo avance que el materialismo aristotélico representa respecto al idealismo de Platón, es un camino que de nuevo recorre Agustín, pero en sentido contrario. Su concepto de alma -y con él el de memoria- constituye, digámoslo así, un ejercicio de desmaterialización de lo que encontramos como tal en Aristóteles.

Mito, memoria e historia

Se dice que recordar es hacer presente el pasado. Ciertamente. Una hermosa metáfora, como casi todas las que, al jugar con el sentido de los términos, pero sin contradecir su sentido, crean una atmósfera de contrasentido que, sin estar reñida con la lógica, la ironizan, en cierto modo se mofan de ella. Una metáfora, además, muy acertada en todo sentido. Sin embargo, ello no obsta a la hora de precisar hasta qué punto es posible hacer presente el pasado, en qué grado y en qué sentido. Pues el pasado presente no es lo mismo que el pasado, El recuerdo no es mostrar lo que hay en la memoria, sino la realización de un constante proceso de selección, ordenamiento y elaboración de ella. El recuerdo es una intervención intencionada y sofisticada desde el entendimiento del material bruto de la memoria. No sólo el recuerdo vive de la memoria, sino que, a su vez, la memoria vive de la aportación y el enriquecimiento que el proceso de recordación le aporta. De modo que, como resultado del recuerdo, el pasado presente no es el pasado, sino lo que de él hemos seleccionado, ordenado y elaborado, y lo que nos decimos acerca de los resultados de tales operaciones sobre la memoria. Y como seleccionar supone, en alguna medida, el olvido -inconsciente o voluntario- hay veces en que hasta el olvido es una forma de decir acerca del pasado recordado. Si a todo esto se agrega que todas estas tareas inherentes al recuerdo y el olvido se realizan desde y a través del lenguaje, que son en sí mismos procedimiento lingüísticos, resulta entonces que la memoria es un procesamiento semántico de la experiencia temporal. Saber del pasado, individual o colectivo, es en sí mismo un proceso de significación.

 

 

HISTORIA Y CIENCIA
El silogismo se compone de proposiciones, las proposiciones de términos; los términos no tienen otro valor que el de las nociones. He aquí por qué si las nociones (y éste es punto fundamental) son confusas debido a una abstracción precipitada, lo que sobre ellas se edifica carece de solidez; no tenemos, pues, confianza más que en una legítima inducción. F. Bacon
Introducción

Soy de la generación a la que tocó aprender en clase de historia que la historia es la ciencia que estudia el pasado y, respecto al más importante hecho que da inicio a la historia, que el hombre desciende del mono. Aunque aquí el asunto nunca quedó del todo claro por aquello del eslabón perdido. Acto seguido, receso de por medio, me tocaba aprender en clase de religión que, de acuerdo a la historia sagrada, el hombre era creación de dios. Esta vez el asunto quedaba todavía menos claro, pues con ello se hacía participar al hombre de una doble naturaleza, histórica y divina. Siguiendo el razonamiento científico -que también hube de aprender en clase de física y de matemáticas- si la historia es una ciencia, la historia sagrada también lo es. Entonces ¿cómo era posible que una misma ciencia tuviera posturas científicas tan disímiles en relación al hecho más importante con el que se iniciaba la historia de la humanidad? ¿O es que hay historias científicas e historias que no lo son? Porque en el mundo de la ciencia hay más teorías falsas o erróneas que teorías verdaderas, y todas por igual son expresión del mismo modelo de conocimiento, es decir, forman parte del mismo proceso de desarrollo de ése modelo y de ese conocimiento tenido por científico. Hay verdades científicas y también falsedades que, no por tales, dejan de ser científicas, pues las unas y las otras son resultado del mismo proceder. Claro que el que la historia sagrada sea científica es bocado del conocimiento que lucía realmente grueso de tragar.

La concepción de la realidad: la relación sujeto-objeto

La caída de un individuo de lo alto de un edilicio de diez pisos puede ser interpretada de muchas maneras. Como un suicidio, es decir, el resultado de la intención de quitarse la vida, o como accidente resultado del descuido mientras contemplaba el paisaje, o como un homicidio, si es que el sujeto en cuestión fue empujado por otro o, incluso, de alguna manera inducido a acometer su propia caída. Este tipo de causa puede llegar a constituir un entramado muy sutil y complejo porque, precisamente, no supone necesariamente datos evidentes, observables y medibles, sino indicios de una posible intención o conducta particular del individuo en cuestión y, también, de otros que pudieran estar de alguna manera involucrados en su caída desde lo alto de un edificio. Por otra parte, son datos evidentes, observables y medibles, tales como la masa del individuo que cae y la distancia que lo separa del centro de la tierra, los que, convertidos en variables de una rigurosa formulación matemática con enorme capacidad de predicción, nos explican la caída del individuo desde el punto de vista científico. La diferencia entre una y otra situación a la hora de interpretar el mismo fenómeno es la objetividad científica o, dicho en otros términos, el concepto científico de realidad en el que se ha basado y se basa todo el pensamiento científico y sus nociones de conocimiento y verdad.

El historiador como sujeto y el hombre histórico como objeto

Gracias a la Ley de Gravitación Universal, la caída de un individuo de lo alto de un edilicio de diez pisos puede ser comprendida científicamente, si me fijo en los datos apropiados del evento y lo defino de la manera apropiada. Lo cual requiere, como es obvio, un observador específicamente consciente y premeditadamente preparado para ello. Esto es, un observador según lo que el método científico entiende como tal. Si como observador no me interesa la distancia del piso diez a la superficie de la calle, ni la masa molecular del individuo; si, además, no tengo la capacidad de combinar estos datos como variables de un acontecer ecuable, no soy el observador indicado para una apreciación científica del evento. Y, muy probablemente, la mayoría no lo es. Lo cual, sin embargo, no nos excluye como observadores, y dará lugar a muy diversas formas de interpretar el evento, distintas, todas ellas, a la propia de la ciencia. Lo primero que cabe preguntar es si, al ser esto así, se trata del mismo evento.

La naturaleza científica de la historia: un despropósito metodológico.

Luego de aprender a distinguir un poco, gracias a Aristóteles y Tucídides, lo que la ciencia y la historia son, o pueden ser, aquella idea que hube de aprender en la escuela según la cual ésta última es la ciencia del pasado luce como el más remoto y anquilosado arquetipo de la infancia de cualquier historiador. Pero lo mismo fui a aprender en la escuela de historia en la que me formé. Siempre recuerdo a mi profesor de ciencias sociales asegurando que la historia es una ciencia porque tiene un método, es decir -ilustraba haciendo el correspondiente gesto con su mano- un camino hacia el conocimiento que ha de ser andado. Por mi parte yo, que antes de ingresar a la Escuela de Historia había cursado durante dos años ciencias actuariales y matemática aplicada en la de Estadística -a tono con el cruel lema de mi profesor de cálculo: deriva el que sabe, integra el que puede- me preguntaba cómo es eso que, para definir un método científico, los historiadores hemos de conformarnos y apegarnos a una metáfora como, en este caso, la del caminante. Yo podía estar muy de acuerdo con una metáfora que, después de todo, se corresponde con la etimología del término método. Pero nunca con la naturaleza científica de lo que una metáfora así estaba llamada a ilustrar. Si de caminar se trata, he allí a Heródoto en el Asia Menor, o cualquier estudiante de historia por las atestadas calles que conducen al Archivo General de la Nación, la Biblioteca Nacional o la Academia Nacional de la Historia. Pero que jamás han de conducir a la ciencia.

Historia y ciencias sociales

La historia es la más antigua de las ciencias sociales. Esto afirma Fernand Braudel, y añade que lo que la diferencia de ellas no es sólo su antigüedad, sino la peculiar dificultad de que el historiador trabaja sobre lo que ya no es. Por otra parte, Georges Duby, quien, al igual que Braudel, asigna un carácter decisivo tratamiento documental, señala una estrecha vinculación entre la historia y la creación literaria, y resalta el hecho de que la historia, entre las disciplinas que habitualmente llamamos ciencias humanas, es la única que constituye un género literario.1 Tales no son distinciones diferentes o excluyentes. En realidad, la una es consecuencia de la otra. La historia es narración, porque sólo a través de la narración podemos acceder al tiempo, significar el transcurrir de la existencia como temporalidad especifica y representar lo que ya no es. Fue ese ya no ser el que llevó al sustancialismo antiguo a afirmar que de la historia no se podía extraer conocimiento alguno, pues no se puede conocer lo que deviene, sino lo esencial y permanente, lo siempre igual a sí mismo. Es ese no ser el que, todavía hoy, traza la frontera epistemológica entre ciencia e historia. Debate del cual Braudel se aparta, por considerarlo estéril, y con razón. Sólo que con ello se pierde todo derecho a considerar la historia una ciencia. Y, por último, es ese ya no ser el que hace del tiempo histórico una dimensión sólo posible de ser planteada en el contexto específico de una narración. En virtud de lo cual Duby reconoce su naturaleza decisiva como género literario. Ciertamente, hay que convenir en que la historia se distingue de las ciencias sociales por su antigüedad, y por tratar de lo que ya no es. Sólo que la más elemental consecuencia de ello es que la historia no es, en realidad, una ciencia social, sino, como muy bien dice el mismo Braudel, el arte frágil de escribir historia.

El surgimiento de la historia ciencia y las ciencias sociales

Las ciencias sociales son uno de los más genuinos productos institucionales y académicos de la sociedad industrial. Si bien el término suele utilizarse en contraposición al de ciencias naturales, y sugiere que el estudio de la sociedad no se rige por los mismos parámetros, en sus orígenes son el intento de crear lo que Comte llamaba una física social, cuyo propósito no era otro que aplicar los criterios y métodos científicos al ámbito de la sociedad y la acción humanas. La sociología no comenzó a ser reconocida como una disciplina académica hasta finales del siglo XIX, particularmente con los trabajos de Durkheim, epígono de Comte y Saint-Simon, y cuyo radicalismo científico impone una línea de trabajo que concebía la realidad social como un objeto de estudio independiente de la subjetividad del individuo. En contraposición a este concepto, posteriormente, Max Weber, más influenciado por el marxismo, aducía que no se puede estudiar la vida del hombre y sus relaciones en sociedad sin tener en cuenta el modo en que la dimensión subjetiva de su existencia incidíe en la realidad social. Las ciencias sociales surgen en el marco de esta controversia. Pero son, en conjunto, expresión del desarrollo de la sociedad industrial, de una cultura para la que la ciencia es símbolo del saber y de control sobre la existencia, bien y valor fundamental del desarrollo social. Y la historia, como ciencia social, aparece también entonces o, si se quiere, el oficio del historiador se inserta en esta cosmogonía característica del mundo contemporáneo. Dicho en otros términos, no es que la historia sea una ciencia social, sino que la historia, como ciencia, es una forma particular de concebir y escribir historia, tan reciente como las ciencias sociales con las que comparte, o intenta compartir, el mismo espacio institucional y académico.

Las ciencias sociales: signo de modernidad de la era industrial

La historiografía. Lo que desde los tiernos años de la escuela nos enseñaron a definir como la ciencia que estudia el pasado ¿por qué, en lugar de seguir sentada a las puertas del reino de la ciencia social, no emigrar al infame barrio de la narrativa. donde nació y creció sin complejos el mismísimo Heródoto? Yo creo que en buena parte ello se debe a que el empobrecimiento del historiador como narrador no es cosa que se queda en el plano del papel, sino que invade toda su interioridad como sujeto. El estilo no se aprende ni se copia; se forja en el marco de una disposición personal. El historiador científico se enajena a sí mismo como sujeto, y lo hace en aras de una falsa objetividad en virtud de la cual cree que el conocimiento histórico está fuera de sí mismo, en esa supuesta realidad del pasado que, en realidad, no existe. La idea de que la historia es la ciencia que estudia el pasado es la representación sintética de esta enajenación, reproducción del servilismo epistemológico que le otorga su dudoso rango científico y, al mismo tiempo, lo anula como narrador.