textos, pretextos y otras mentiras...

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Carta de Rengifo. Otra. Se habrá vuelto a morir Montenegro. El próximo sobre ni siquiera lo abriré. Qué digo lo abriré. Lo tomaré con pinzas, lejos de las emanaciones de su posible mensaje, y lo dejaré allí, perfecto en el rectángulo de su cuerpo plano, en sus cuatro dobleces y en el cierre de su lengua adherente. Tendrás que hacerte de una gaveta para este tipo de cosas, Romero. Sí, así se hará. Tesoros despreciables que no está bien arrojar. Hay que colocarlos allí, con el cuidado y la sabia sutileza del que ha aprendido a estar por encima de su curiosidad. Estas manos jamás los tocarán. Todo cuanto llegue permanecerá allí, al cobijo de la fresca oscuridad de la gaveta, sagrado, a salvo de la profana curiosidad. El treceavo mandamiento: no actuarás. La curiosidad... ¿acaso no lo es? ¿no es qué? El Pecado. Ah, sí; el original. El que nos trajo hasta aquí. Puede que el cura tenga razón. Nada hay fuera de la historia que nos pueda salvar de ella. Así que, como siempre, el tiempo se encargará de todo lo demás. El próximo sobre se tornará amarillento, y el papel, lo que envuelve y lo envuelto, fundidos en un solo y abandonado cuerpo plano, irá perdiendo su fibra, se tornará seco, endurecido; y ya sin la flexibilidad de la pulpa: quebradizo, liviano, presto a deshacerse y dejarnos no más al ser mirado, incluso recordado. Así será ¿Y la gaveta? Mierda. Ni una en toda la casa. Pero tienes casa.

Si Amanda supiera. Una casa sin gavetas: se quejaría, seguramente. Lo que ella no entiende es que, en realidad, no tengo casa. La casa me tiene a mí. Me metí adentro, sólo eso. Aún parado en la puerta, mirada al salón rectangular, pelado. De un lado el hueco sin puerta que llevaba a la cocina. Al fondo el pequeño rectángulo que llevaba a las únicas dos habitaciones, entre ambas, la puerta del baño. Del otro lado una vieja hamaca que colgaba quieta. Pensó en dejarse caer allí, pero no lo hizo. Más bien terminó de sacar la carta del sobre.

 

¿Qué pasa contigo, Romero? ¿Por qué no respondes?

 

Martín Romero echó la carta en la mesa, junto con las otras cosas que había desempacado días antes al llegar a la casa y que había dejado allí. Y allí se quedarán. El revólver, el cuaderno, un bolígrafo, una botella de ron. Mas latas. Y mi pocillo. Nunca lo olvidaría. Lo sé. Por qué, no lo sé. Creo que aquí, en Buenaventura, he llegado a desarrollar cierto afecto por aquello de los objetos personales. Nunca pensé en esas cosas sino como cosas, instrumentos para cualquier cosa. Pero ahora creo entender esa manía de algunos de ser enterrados con sus cosas, incluso con sus esclavos y sus mujeres. Cosas. Claro, dudo que hoy alguno quiera llevarse a la mujer consigo ¿Imaginas? Llevarte a Amanda. Allí, junto al quieto cadáver, con sus enormes senos en medio de una irreparable espera. No. Un cuaderno, un revolver, este pocillo pasa. Pero quien te ama no debe ser buena compañía en el más allá. La muerte es individual, acto de sublime y soberbia soledad, y brutal ensimismamiento; cualquier cosa, más allá de lo que muere, lo profana. Los muertos son porcelana. Lloriqueo y lamentaciones, baba de lo aún vivo y que aún durante algún tiempo más se derrama por fuera de su impenetrable acabado. Mira al Moise. Ese sí que no se llevó nada. Lo demás, nos lo ha dejado en generoso testamento de silencio. Nadie lo lloró, nadie lo lamentó. Hasta las oraciones estuvieron de más. El cura tenía razón.

Ese cuaderno. Me gustaría llevármelo a la tumba. Y no precisamente por lo que haya escrito en él. Quizás porque simboliza éste, mi íntimo ser nada. Mira ese lomo mugriento y pelado. Pobre. Se parece a ti, Romero. El revólver. También. Aún no he matado a alguien con él. Pero es como el cuaderno, anda conmigo sin ejercer. Mis objetos reflejan, acaso sin querer, mi propia ineficacia. Son mis objetos para nada, sólo para ser míos. Los objetos personales. Debe ser. Algo reciente y relativamente nuevo para mí. Nunca me había sucedido, de adulto, quiero decir. Porque de niño, creo que sí. Ese bulto escolar estaba lleno de ellos. De haber tenido que morir entonces, me lo habría llevado conmigo a la tumba; seguro que sí. Así lo recuerdo ahora ¿Añoranza? No lo creo. No es el bulto y sus objetos en lo que se fija mi recuerdo, sino en lo que sentía de niño hacia ellos, por el simple hecho de pertenecerme, supongo. Los aires de buenaventura, como dice el cura, debe ser lo que me torna tan extrañamente cercano a tan familiares como lejanas sensaciones.

Cosas que jamás sospeché siguieran allí, al alcance de la memoria, parecen huchear desde los rincones más inmundos del pasado al pasar y llamarme. Ah, con que tú por aquí. Mira qué cosas ¿eh? Pájaro de mar por tierra ¿no es que se dice en estos casos? Policía de mierda sin querer se detiene a sentir lo que sentía cuando llevaba de la mano su bulto escolar. Vaya. Descubrió que quería llevárselo a la tumba. Y ¿también recuerdas el día que partiste aquel delicioso helado y la mitad con la que no pudiste la guardaste en el bolsillo derecho del bulto? Cuatro horas más tarde, cuando metiste la mano en el bulto para buscar, ahora sí, aquella otra mitad ¿recuerdas lo que sentiste? Sí, estúpido. Me habría llevado un carrito de helados completo para la eternidad.

Ahora sí. El policía se dejó caer en la hamaca, colgada al otro extremo del salón. Hasta allí, a través de la puerta abierta, se metía la brisa tibia que traía olor a salitre y leves sonidos que imaginaba como venidos del mar. Aunque del todo flácido de voluntad y empeño, aquella era ya, a decir de Martín Romero, otra guardia, en la que el policía realizaba el recorrido por las oscuras calles de su ánimo. Es como estar en una ciudad mugrienta, dónde no se ve la mugre, pero se la siente detrás de la paredes, allende el corazón de la gente. Una ciudad llena del humo antiguo de nuevas vanidades, papeles sucios de impolutas verdades y argumentos. Cuánto crimen perpetrado en contra de la nada. A la vuelta de la esquina, cualquier cosa puede pasar en sus inmediaciones. Hay que ir a paso lento y sigiloso, como si uno no quisiera llegar a ninguna parte, que así es. Sólo girar y girar entre esquinas y calles de ésta, mi ciudad inmunda en la que me soy, sin nada ser. Los recuerdos asaltan como ladrones a sueldo o borrachos pedigones en medio de una noche demasiado larga para mis ambiciones, demasiado aburrida para mi conciencia aburrida. A ver. Esa podría ser Amanda, siempre con su cara circunspecta e inconforme en medio de ese torrenete hormonal. ¡Oh! Su inolvidable carga de papas y ese enorme trasero acongojado. Romero, Romerito. Detrás de Amanda, Susana. La pobre. Su cara triste y llena de vida, y ya ha comenzado a adaptarse tan bien al lento ritmo geológico del fósil. Te amo. Susana aún no ha dicho eso. Pero lo dirá. El futuro es también un fósil incrustado en la roca milenaria de mi memoria. Aquel otro podría ser Rengifo, por la panza, digo. Un poco más, ya. Perfecto. Ya debe ser un abogado de la República. Hasta aquí se siente la hediondez del orgullo académico. Es inconfundible. Se le siente como sopa de sobre; inicialmente suculento y, segundos después, ya se sabe de lo que se trata. Hurra por Rengifo. Ojo, Rengifo, dije hurra, y no surra. Lo que pasa es que una palabra te lleva a otra, sin querer, tú sabes. Corre de todo por el sumidero del subconsciente. Y también pasa con las imágenes. La de Rengifo, me lleva al señor tequeño, ahí, triste frente a su sola muerte, desprendiéndose de su microondas. Tan oportuna la desgracia del señor tequeño para yo quedar bien con los Martínez. Como nuevo, en caja y todo. Y la coincidencia me lleva a Salvador y sus panquecas, o las de su mujer, mejor dicho, que él tiene que comerse. Y las panquecas, en torre, derramando mermelada por los bordes, me llevan a la sonrisa de Salvador, derramando, también, esa melosa desolación entre dos por los bordes del amor. Ah, los mendigos del alma, puedo llamaros así, aunque esto, en realidad, no es un alma, sino el espléndido barrio abandonado de ser sí mismo cuando, como yo, nada se es. Voy bien. Voy por una calle y me regreso por otra. Agazapado, espero ver pasar a mis fantasmas, les salto al frente. Barbas blancuzcas, ojos enrojecidos, ropas enormes y raídas que dejan ver dentro el cuerpo desnudo y esmirriado. Su falso policía. Y, asustados, desaparecen.

Martín Romero se levantó de la hamaca y regresó a la mesa.

 

¿Qué pasa contigo, Romero? ¿Por qué no respondes?

 

Dos dedos más de ron. Un sorbo. Quizás sea cuestión de inspiración. Sí, que te lo creíste, Romero. Mira ese cuaderno.

A ver. Mataron al negro. Qué vaina.

Tal era, en el caso de Martín Romero, lo más parecido a una oración. Bueno, pero ¿y qué más podría yo decir en este caso, aunque creyese en Dios todo poderoso, creador del cielo y de la tierra, y en Jesucristo, su único hijo, que está sentado a la diestra…? No es por aguarle la fiesta a nadie, pero si éste se va al cielo no es cosa que me embargue de felicidad y, si tal ocurre, será por su propio peso. Yo no me atrevería empujar a nadie hasta allá. Lo llevamos hasta el cementerio y lo echamos al foso. No más. Más allá, nada hay de mi jurisdicción. Y si las cosas son, como dice el cura, divididas por el abismo entre cielo y tierra, menos. La verdad que el cura ha resuelto un dilema tan fundamental de una manera tan banal. Solito y aquí en Buenaventura. Ha de ser un genio, el condenado cura. Tachadura en el cuaderno. Rengifo puede pensar que me estoy burlando. Bueno, pero ¿y qué si es así? No, Romero. No. Las amistades, sobre todo la de aquellos que no pensamos volver a ver nunca más, no deben tomarse a la ligera. Arregla eso. Dos dedos de ron en el pocillo. Un sorbo.

También se murió el indio Joe.

Sí, es verdad, también. Bueno, pero éste sí, ni que le recen mil padres nuestros creo que vaya a subir. Este sí que se murió. Quiero decir, se mató. Yo mismo lo descolgué del techo. Pesado, el muy condenado. Otra razón para no subir al cielo. Así que cuidado si tu panza sigue progresando. No. No creo que a Rengifo le guste encontrarse con este tipo de cosas. Se preocupa por mí, y no debe ser uno cruel con alguien así. Y, entonces ¿qué le digo? ¿Ves por qué no respondo? Nunca sé qué decir cuando alguien concreto me exige una respuesta concreta ¿Qué pasa conmigo? ¿Por qué no respondes? Vete a la mierda, Rengifo. No, tampoco. Puede que éste no capte la sutileza. A ver. Otra tachadura en el cuaderno. Otro sorbo. Comencemos de nuevo. Estimado Rengifo. No. Muy frío. Querido Rengifo. Menos. Rengifo. Pelado. A secas. Mejor así. Bien. Muy bien. Qué rotundidad. Qué inteligencia. Bien ¿y ahora qué? Bueno, yo… !Hurra por el comisario Romero! El David de su esfuerzo a punto de vencer al Goliat de la indolencia. ¡Es tuyo, Romero, es tuyo! Y éste, que no es capaz de escribir una carta, va a escribir un libro entero. Vete a mierda, Romero. Me voy. Martín Romero Volvió a meterse en la hamaca. Somnoliento, alcanzó ver, aún, la luz crepuscular, afuera ¿Hermoso atardecer? No es mi asunto.

Al rato, casi al anochecer, el licenciado Valbuena llegó a casa del Comisario Martín Romero. Tocó a la puerta y, apenas con el primer contacto, ésta se entreabrió. El secretario terminó de empujarla, metió la cabeza y quedó viendo el salón pelado. A la derecha, entre las sombras aún no del todo densas, la hamaca que se mecía pesadamente. Silencio total. Silencio de piedra, y sobre él se derramaba, como sobre una piedra, el agua, el ruido del mar, el canto de los últimos pájaros, la respiración tibia del policía. Allí se sentía el mismo olor de siempre a casa vieja, abandonada, mezclado con el del salitre y alga. Sobre la mesa en un rincón, junto a la ventana, el licenciado Valbuena encontró una botella de ron a medias, un plato vacío, unas migas de pan, el cuaderno, el pocillo hasta la mitad de café. Mira nada más ¿Quién puede vivir así? Es un energúmeno. Se estiró y miró hacia las habitaciones. Se acercó hasta la cocina. Retornó a la mesa. Se estiró para mirar hacia la hamaca, que seguía meciéndose pesadamente.

 

−Comisario −dijo en voz baja. Pero nadie respondió. Esperó un rato y luego pasó− Comisario− insistió el Licenciado Valbuena, pero sin recibir respuesta. Entonces se volvió hacia la mesa. Tomó el cuaderno y, aprovechando las últimas luces, se puso a leer al azar algunas notas. Allí no vas a encontrar nada, gordito. El libro sagrado de las tachaduras. Acaso habría sido yo un escritor. Pero el trabajo no me va, y el talento menos.

A medida que la temperatura bajaba y la humedad de la noche penetraba en el lugar, crujía maderamen del techo. Absorto en aquellas notas, el licenciado Valbuena, que esperaba descubrir algo comprometedor respecto al policía, arribó a una total confusión. Si ése era, como habían supuesto él y Medina, el hombre de Montenegro, menuda esperanza tenían de hacer el más jugoso negocio de su vida en Buenaventura. Cada frase escrita allí había sido tachada, menos una. Montenegro: muerto el viejo. Luego unas cuantas tachaduras más. El secretario se sintió burlado. Para quien se había hecho a la ilusión de que comisario era el sujeto indicado, el sujeto parecía ahora un loco y un estúpido. Su curiosidad se fue apagando, al mismo tiempo que en su ánimo derrotado iba ganando terreno el desprecio hacia el policía. Por primera vez sintió inútiles todo su temor y recelo para con él y se convenció que el miedo que le inspiraba no era el de los hombres poderosos, sino el fútil, banal susto que inspiran los espantapájaros. Y con esta imagen de Martín Romero como un palo encajado en el suelo y vestido de harapos, el secretario Valbuena se dispuso a cerrar aquel cuaderno y arrojarlo de nuevo a la mesa de la que lo había tomado.

De pronto, el licenciado Valbuena sintió el cañón frío en su cuello. Martín Romero lo apoyaba con cierta presión que, de haber correspondido a su ánimo, lo habría hecho enterrar el revólver por completo entre los pliegues de aquel cuello rollizo, hasta la empuñadura, con puño y todo. Petrificado, un sudor copioso cubrió la cara al secretario, que dejó caer el cuaderno cuando, con voz temblorosa y apenada, dijo:

 

−Yo llamé, Comisario; varias veces, se lo juro. Pensé que UD. dormía. Deje que le explique por lo que he venido, Comisario. −suplicó el licenciado Valbuena

−No se inquiete, UD. Valbuena. No voy a matarlo por haber leído eso. −dijo Martín Romero luego de retirar el arma. El policía recogió el cuaderno y lo volvió a la mesa, donde también dejó el revólver. Luego fue hasta el cuarto y trajo una silla. La cedió al secretario. Después ue hasta la cocina y retornó con una taza, en la que vertió parte del café que había en el pocillo y la ofreció al visitante. Por último, antes de terminar de sentarse, dijo:

 

−Está frío, pero es todo lo que tengo. Al menos que quiera un trago de ron. Tampoco es mucho lo que queda, como puede ver.

−Con el café es suficiente. Gracias, Comisario. −dijo el licenciado Valbuena todavía visiblemente temeroso.

 

Ambos guardaron silencio un rato. Por alguna razón, el licenciado Valbuena se sintió más tranquilo de lo que cupiera esperar. El policía, le pareció, era como el cuaderno ese, algo desconocido e inhóspito, pero que no le haría daño. No era más que un espantapájaros. Sin embargo, no dejaba de mirar de vez en cuando al arma sobre la mesa. Bebió su café frío con calma. La compostura retornó poco a poco a su rostro. Hasta que, de pronto, el secretario volvió a inquietarse, como si el espantapájaros, en medio de aquel silencio que se tornaba más profundo segundo a segundo hubiera ido adivinando hasta el más mínimo de sus pensamientos. Entonces habló:

 

−No he leído nada, Comisario.

−¿Y cómo lo haría, si todo ha sido tachado? −respondió el policía.

−No todo dijo el secretario.

¿A no? −preguntó el policía

−Lo de Montenegro no −dijo el secretario y señaló el cuaderno. Luego agregó −UD. me entiende.

−A ver. −dijo Romero mientras pasaba las hojas del cuaderno y buscaba la frase de la que hablaba el gordo− Es cierto. −dijo cuando la encontró y mientras lanzaba una mirada medio risueña al hombre. Tomó el bolígrafo y agregó− listo, ya está tachado. Pero no. No entiendo. −continuó el policía.

−Allí dice que está muerto −señaló el gordo.

−Ah, eso. −dijo el policía, sin prestar la atención que el secretario esperaba para con un asunto. Luego de mirar en derredor, el secretario se inclinó hacia donde estaba el policía y en voz baja y firme respondió.

−No diré nada. Se lo aseguro. Puede confiar en mí −nsistió el secretario.

 

Martín Romero lo observaba sin decir palabra. Siempre le habían causado gracia los ojos diminutos y los pómulos rosados del secretario. Parece un cerdito con barba. No es exageradamente gordo, pero sí lo suficientemente redondo y digno de gracia como los gordos. Entonces se inclinó también y, en voz igualmente baja, preguntó:

 

−¿No dirá nada de qué?

−De Montenegro. −dijo el secretario.

−Se refiere a que... −dijo el policía mientras miraba hacia el cuaderno.

−Sí, pero esté tranquilo. −insistió en medio de una forzada sonrisa el secretario. Luego volvió la mirada al cuaderno que estaba sobre la mesita, al lado del cual colocó la taza vacía que hasta entonces había sostenido entre sus manos. Por su parte, Martín Romero estalló en carcajadas. El licenciado Valbuena no tuvo más remedio que contagiarse de la risa, mientras decía:

 

−Y el viejo Medina que ha estado preparando informes para Montenegro. −dijo el secretario.

−¿Ah si? Supongo que siempre lo hace ¿no?. −dijo el policía.

−Lo hacía, hasta hace días atrás. Sí, una versión tras otra. Una y otra vez cambiaba las palabras. Se cuidaba de los más insignificantes detalles. Y, antes de enviarlo, me lo pedía para volverlo a revisar él mismo. Cuestión de imagen, Valbuena, cuestión de imagen, decía, y entonces pasaba horas de nuevo encerrado en su oficina retocando el maldito informe. Sobre todo en el último UD. no quedaba muy bien parado, por cierto.

−Ah, con que me jodia, el viejo Medina. Y por escrito ¿me insultaba o qué? −interrumpió el policía.

−Bueno, insulto no, no directamente, quiero decir. Pero, UD. no le parecía un buen sujeto. Nunca le pareció un buen sujeto. Me lo ha dicho. Mi estimado Montenegro, le escribía al viejo, puede UD. confiar en que guardo el más absoluto respeto para con sus disposiciones y lejos de mi ánimo el intentar cuestionarlas gratuitamente. Pero, considero, que el señor Romero...

−Comisario Romero −dijo el policía, que volvió a reír.

−No, no. Precisamente. Me ordenaba expresamente que le quitara lo de Comisario. Así, decía, sin decir nada excesivamente insultante, el sujeto quedará más expuesto, como despojado de antemano de su investidura ¿comprende? El simple sujeto. Este sujeto… UD. sabe. En fin ¿qué mas da? ¿Verdad? Majaderías, las del viejo. Nosotros somos profesionales y no tenemos por qué prestar atención a majaderías de viejo. Ahora que somos socios, Medina no cuenta para nada. Estará UD. de acuerdo conmigo, supongo. −concluyó el secretario.

−Se sorprendería de lo majadero que puedo ser yo, el sujeto, mi querido secretario. Pero dígame algo: ¿Socios? ¿Quiénes? −preguntó el policía.

−Pues nosotros ¿quiénes más? −afirmó el gordo.

−No entiendo nada de lo que dice, Valbuena. No sé qué pretende, pero le diré que no me interesa. −dijo el policía.

−Claro, claro. Entiendo. Al Comisario le gusta que uno vaya al grano. Eso me gusta. Le diré que Medina ya no se levanta de la cama. No se ha muerto todavía, al menos hasta hace poco más de media hora, que yo sepa. Desde hace tres días que el viejo no porta por el despacho. Y no creo que pase de mañana. Según lo que he escuchado, su pronóstico no da pa más. El médico ha dicho que no hay nada qué hacer, sino esperar. Ya sabemos lo que eso significa ¿verdad? En este mismo momento vengo de allá. Hablé con el cura, quien iba a lo de Medina, y cuando el cura se hace cargo… bueno, ya sabemos. UD sabe, es cuestión de cumplir ciertas formalidades para con el moribundo, y esas cosas. −explicó el secretario.

−¿Qué formalidades? −preguntó el policía.

−¿Cómo dice? −preguntó el secretario.

−¿Qué formalidades? −insistió el policía.

−Qué sé yo, Comisario… extremaunción, dijo el cura… pero, y algo así ¿qué puede importar? −preguntó el gordo.

−No lo sabía. −dijo Martín Romero.

−¿No sabía qué? −preguntó el gordo.

−Que Medina estuviese tan mal −respondió el policía.

−Pues sí. odo parece indicar que no pasa de esta noche. −insistió el gordo.

−¿Y el Padre Claudio fue hasta allá, a encargarse del asunto? −preguntó el policía.

−¿Quién más? Es el cura de Buenaventura ¿o no? ¿Qué de raro puede tener que vaya a hacer lo que tiene que hacer? −preguntó el secretario.

−Nada, Olvídelo, Valbuena. −dijo el policía. Luego preguntó− ¿más café?

−Sí, está bien. −dijo el secretario.

−Sabe a mierda ¿no le parece?− preguntó el policía, mientras lo lanzaba por la puerta.

−No, está bien así− respondió el secretario Valbuena, mientras el policía agregaba un poco de ron al pocillo que acababa de vaciar bruscamente. Esperó a que el policía terminara de beber el primer trago y luego continuó− Bien. Pues, así las cosas, es obvio que yo soy el próximo Jefe aquí ¿No le parece?

−Por mí, mi querido secretario, se puede cagar en Buenaventura entero. −dijo el policía.

−No tiene UD. por qué decir eso. −reclamó el secretario.

−¿Y qué esperaba? ¿Qué salga con una pancarta a la calle y lo lleve en hombros hasta su despacho? −preguntó el policía.

−No, claro que no. Sólo que valore cuanto le conviene el asunto.

−¿Qué asunto? −preguntó el policía.

−Que yo sea el nuevo jefe aquí. De hecho, hoy estuve haciendo algunos arreglos en el despacho. Necesitaré un secretario, pero aún no sé a quien designar. Ya pensaré en ello. Aquí no es fácil ¿sabe? Esta gente... en fin. Pero es sólo un detalle. De manera, Comisario, que está UD. hablando con quien de hecho debe hablar. Conmigo, su secreto estará bien guardado.

−¿Y a qué se refiere con eso de mi secreto? −preguntó el policía.

−Pues a lo de Montenegro. Lo de la carta que UD. trajo fue genial. Hasta yo quedé convencido. Lo confieso: nos engañó a todos; no sólo al viejo Medina. −dijo el gordo.

−¿De qué carta habla? −preguntó el policía.

−De la que entregó a Medina el día que llegó ¿Hay otra, acaso? −dijo el secretario.

−Pues esa carta es auténtica. Me la entregó Montenegro, de su puño y letra, para que me presentara ante Medina, −dijo el policía.

−Vamos, Comisario, a mí también me gustan las cosas claras. Por lo demás, puede confiar en mí. Ya le digo: somos socios ¿o no? −dijo el gordo.

−Qué socios de mierda ni qué nada, Valbuena. Vine aquí porque Montenegro me mandó, y me dio esa carta para que se la entregara a Medina. Nada más. Si UD. va a ser el próximo Jefe de esta mierda, lo felicito, me alegro mucho. Pero me sabe a mierda. ¿Soy lo suficientemente claro para su gusto? −dijo el policía.

−Pero, un momento. Entonces UD. no… −dijo el secretario.

−¿Yo qué, Valbuena? −interrumpió impaciente el policía.

−Montenegro… Yo creí que UD… −balbuceó el secretario.

−¿UD. creyó qué, Valbuena? ¿Está tratando de decirme que yo maté a Montenegro, o algo así? ¿Cree que me inventé lo de la carta para impresionar a UD. a Medina, y hacerles creer que él me enviaba, cuando en ralidad estaba muerto para cuando llegue aquí? −preguntó el policía. Esperó. Y cuando vio al gordo bajar los ojos y mover la cabeza en gesto de franca decepción, continuó− Por todos los rayos, Valbuena, que es UD. estúpido. Lo dice por lo que vio en ese cuaderno. Ese es mi secreto. −el policía tomó al gordo por el cabello, y lo hizo subir la cabeza. El hombre tuvo que mirarlo directo a los ojos. Entonces agregó −No sea UD. tan imbécil, Valbuena.

 

Valbuena, el secretario. Cuánto tiempo a la espera del momento en que se sentaría en la fría silla de Medina ¿Y para qué? Un día. Algún día. Y, sin darse cuenta, ese, ahora inmerso en la noche de sombras turbias, había sido, sin más, el día. Medina podía morirse mil veces más, y allí seguiría el maldito día como cualquier día. Será el policía, digo. Siempre me pareció un sujeto atolondrado. Pero es peor que eso. Es como un trapo. Lo pones aquí, o allá. Estriegas esto, o aquello. Si lo dejas en cualquier sitio, enrollado y húmedo, amanece tieso y seco, dispuesto a que lo vuelvas a mojar para seguir estregando. Le gusta así, creo. Es un enfermo. Por eso vive así, como un perro. El muy perro.

 

−¿Por qué me mira así, Valbuena −preguntó el policía.

−Si no fuese mucho pedir, aceptaría ese trago de ron. −dijo el secretario. Esperó a que el policía se levantara, sirviera la bebida en las mismas tazas de café que habían quedado vacías, y volviera a su lugar, aunque un poco más retirado, notó. Entonces. Mientras miraba hacia afuera por la ventana, agregó −¿Y por qué ha venido a Buenaventura, entonces?

−Qué sé yo. Montenegro me mandó. Yo obedecí. Es lo que hacen los sujetos apropiados. Cuando lo hice, el viejo aún estaba vivo. Hace apenas unos días que supe de su muerte. −respondió el policía.

−¿Y qué hará ahora? −preguntó el secretario.

−Tampoco lo sé. Desde que desapareció Montenegro no tengo a dónde ir, nada que decidir. No. No es así, en verdad. En verdad yo nunca he decidido algo. Durante mucho tiempo él tomó las decisiones. Es como Dios ¿entiende? Si Dios es, en consecuencia ya todo está decidido, nada tenemos que decidir. De lo contrario, no sería Dios. Esa es la gran ventaja de Dios, o de tipos como Montenegro. No voy a decir que el viejo fuese una especie de padre para mí, o algo por el estilo. Es algo peor, en lo que no está involucrado el amor o la admiración hacia otro, sino, simplemente, uno mismo. Me quedé sin destino, con la sola conciencia de que no sabría hacerme de uno por mí mismo. Y mucho me temo que Uds., mi querido secretario, aquí en Buenaventura, se han quedado un poco ogual. Es más o menos lo mismo ¿no le parece?

 

El secretario no volvió a hablar. Rato después, el policía se levantó. Sintió algo de lástima y de desprecio, todo al mismo tiempo, por el gordo. Tomó el revólver y se lo ajustó en la cintura. Mirada vaga en derredor. Gordo mudo sin decir palabra mientras manipula la taza vacía entre las manos. Bueno y ¿éste qué? ¿No se va? Si sigue así voy a tener que empujarlo hasta afuera. Fuera.

 

−¿Cómo dice, Comisario? −preguntó el gordo.

−¿Yo? Nada. Dólo que tengo que irme. −respondió el policía.

−Ah sí. Yo también me voy. Aunque, la verdad, no quisiera irme. Me pesa volver de nuevo a casa ¿Sabe? Es como si observara de antemano el lado vacío de la cama que me tocara ocupar junto a mi mujer. No le agradará lo que tengo que decirle, y no sé qué decirle. A veces la sola presencia de una mujer en nuestra vida pesa horriblemente. −comentó el secretario como si estuviera hablando solo.

−Sé de lo que habla, Valbuena. Pero váyase tranquilo. En realidad, no es tan grave como parece. Así son las mujeres. Siempre se quejan, nunca se van. Y, cuando se van, se siguen quejando. Pero no se detenga a sufrir por ello. Véale el lado bueno, que siempre lo tiene.

 

Mientras esto decía, Martín Romero, que acompañaba al secretario hasta fuera de la casa, le iba dando palmaditas en el hombro. Hombros y espaldas gordos, como almohadillas. El borde del cuello rollizo asoma por sobre el borde del cuello de la camisa. Cuando mueve la cabeza todo el engranaje gira. Derecha. Izquierda. Parece uno de esos frascos gruesos con que las mujeres gustan adornar la cocina y sirven para conservar los alimentos. Azúcar, arroz, harina. Éste los lleva todo adentro. Normalmente son decorados con florcillas, enseres y motivos culinarios. A éste lo decoraron con barba y corbata.

 

−De todas maneras, Comisario −dijo de pronto el licenciado Valbuena− si va a seguir por aquí, en Buenaventura, espero verlo por el despacho.

−Por supuesto. −respondió el policía. Luego agregó −Su despacho ¿no?

−Todo depende de lo que pase de aquí a mañana. −respondió el secretario.

−Sí. Todo está en manos del señor, del señor Medina, digo. Oremos porque el muy cretino se muera de una vez. −sentenció Martín Romero.

 

El secretario levantó la mano en señal de despedida y se marchó. El policía se quedó viendo cómo se alejaba el gordo, al tiempo que lo invadía un ligero y ajeno pesar. El pobre, se las va a ver de rodillas para verle el lado bueno a la gorda. En fin, el sabrá. Debe ser como amar un pernil. Vayan con él mis palabras de aliento. Mañana, si la cosa es tan grave como dicen, se le pasará no más se siente en el despacho de Medina. Por mi parte, heme aquí. Otra ronda veinticuatro por veinticuatro en pro de la defensa del orden en Buenaventura. Primero, café de siete a ocho en lo de Rita. Después, ya se verá. A la muerte del Moise ha seguido una paz casi mortuoria por aquí. Esperemos, como dice Colmenares, que tampoco hoy haya novedades. Libres del Moise, imagino que así será. Mientras, la esperanza, ya un poco gastada, es verdad, pero esperanza al fin de otra oportunidad para arrancar unos cuantos gemidos más de placer de la raja de Susana. Allá voy. Hace días que no la veo. Ni siquiera el mudito ha traído recado. Quizás no vuelva a verla nunca más. Quizás aparezca hoy una vez más, por la playa. Aún dura ese blanco lunar derramado en el cuerpo inmaterial de la oscuridad. Puede que aparezca en cualquier punto de la arena, como venida de ella. Me gusta así, a la media noche, como un fantasma. Su piel, en medio de la transparencia, se acerca y, a medida que se acerca, se mezcla con la transparencia, como si la noche la invadiera con el trivial propósito de ser besada.

Ir y venir por la acera. El policía llegó de pronto a las puertas de la “Pensión Rita”. El único que pisa la “Pensión Rita”. Atraviesa el corredor de mesas y sillas amontonadas a los lados. Penetra en el silencio de su patio. Pisa y tras cada paso cruje la hojarasca. Se dice que nadie ha vuelto por aquí. Será el Indio Joe el que ahora, muerto, desde la ausencia que llena su habitación, los espanta. Esta gente. Así lo dice el cura. Medina y el gordo, también. Yo, igual, lo haré. Después de todo todos somos esta gente. Espantados o espantos. Es mas o menos igual. Por cierto, ¿será Medina, el que sigue? Quien sabe. A lo mejor y me doy una vuelta luego por lo del viejo. Pobre, el cura, metido allí, si es como el gordo dice.

Así, como todas las tardes. Martín Romero se fue hasta la "Pensión Rita". Mientras más se acentuaba el presentimiento de que los ociosos días de su existencia en Buenaventura tocaban a su fin, más atraído se sentía por el silencio de sus puertas y paredes, la ausencia de lo humano tras ellas, la ruina sublime de su patio cubierto de hojas secas, la renuncia placentera y complaciente que reinaba en su interior como en el de un moribundo que ha dejado de luchar contra la muerte. Sin empeñarse, se sentía parte de la nada de aquella casa, como nunca se había sentido parte de algo, empeñándose. Y ello no sólo cuando iba a tomar su café. Igualmente, cuando pasaba por el frente y veía desde la calle los manchones de la claridad cayendo por entre las ramas de los árboles, o deslizándose por las paredes.

Rita miró al policía llegar e hizo el gesto de siempre con la mano y que indicaba al hombre que terminara de pasar. Martín Romero siempre esperaba, primero, el mismo gesto. La mano huesuda de Rita, a medio alzar, se abría y cerraba muy levemente. Una, dos veces. No más. Quien sabe. A lo mejor temía que le faltasen veces para volverlo a saludar. No era una invitación afectuosa, ni siquiera cortés. Sólo ritual, monótona. Si, como suele decirse, la muerte nos espera, pensaba Martín Romero, ese debe ser el tono. Ya no era, desde que el policía se fue de la pensión, la señora tetas nalgas secas, quizás porque, al irse, la vieja había perdido su condición de casera. Esa noche se convirtió, sin duda alguna y sin esfuerzo mental alguno, según apreció Martín Romero, en la señora muerte nos espera. La ocurrencia se vino sola y se instaló en el portal de su ánimo. Sí. Vista desde allí, qué duda puede haber sobre la autenticidad de la señora muerte nos espera. Ya voy. Ya voy. No se impaciente. No, hombre. Quién dijo que la señora muerte nos espera se impacienta. Mírala ahí, tan quieta y entera ella. He aquí a su fantasma favorito, el de todos los días, entre siete y ocho. Las palabras de siempre salieron, pocas y precisas, de la boca desdentada de Rita:

 

–Adelante, Comisario.

 

Comisario da unos pasos más al frente y, apoyado en el mostrador, se pone a esperar su café. Mostrador vacío. Ya no hubo más torta de frutas. Martín Romero supo entonces que la idea había sido de Joe cuando volvió a Buenaventura. Una torta entera, decía, e ilustraba lo que decía con las manos regordetas simulando una circunferencia, picada así, y así y así, trozos grandes, demasiado grandes, pensaba Rita, pero nada decía. Multiplicado por diez. Ah sí, claro, claro. Ponla allí. Martín Romero miraba la bandeja vacía allí.

 

−Su café. –dijo la vieja.

−Gracias –respondió el policía.

−Y ese insomnio ¿cómo va? –preguntó la vieja.

−Va. Va. El adelante y yo detrás. UD. sabe, uno se acostumbra. Yo no creo, como dicen todos, que tenga que ver con el café. Hay días en que he bebido café para acostarme, precisamente antes de irme a la cama, y he dormido como un topo. No. El insomnio es otra cosa. La gente le huye, y con razón. Son terribles sus estragos. Pero es otra cosa distinta al mero efecto de la cafeína. Una especie de llamada desde la tumba del día a día. Una voluntad que subvierte todo el orden de nuestra amada mediocridad. Para los que piensan es la oportunidad de pensar. Y para los que no piensan, la oportunidad de no pensar. Qué se yo. Si no me para UD. no voy a parar. Y UD. ¿cómo anda hoy? −preguntó el Comisario

−Ya ve. No hay mucho. Igual que ayer. Bueno, aunque sí: estuve en lo Medina.

−¿Hoy? −preguntó Martín Romero

−Sí. Hace poco. Vengo de allá. −dijo la vieja.

−¿Y qué hay con Medina? Dicen que la cosa está mal. −comentó el policía.

−Muy mal. Casi dos días que no se mueve de la cama. Pero, le diré, Comisario, la verdad yo no creo que Medina se vaya a morir aún. Todo el mundo piensa que sí. Medina no pasa de esta noche, dicen por allí. Pero yo no lo creo −dijo Rita.

−El licenciado Valbuena dice eso mismo. −intervino el policía.

−Ése. Es el primero que lo dice. Está pendiente de la misma silla. UD. sabe. En fin. Lo cierto es, Comisario, que yo pienso que no será así. −insistió la vieja.

−¿Y porqué lo piensa así, en contrario, si hasta el mismo médico parece sugerirlo? −preguntó el policía.

−No estoy segura. O no lo estaba. Pasé allí casi toda la tarde. Vi a Medina varias veces en su habitación. El médico, cada vez que salía, decía que la cosa estaba mal. Incluso cuando el cura le preguntó, dijo que no creía que pasara de esta noche. Pero para mí hay algo que me dice lo contrario. Conozco bien a Medina. Y ese reposo es un reposo extraño.

−¿Cómo es eso? −pregunto con interés Martín Romero.

−¿Cómo le explico? Es un reposo del cuerpo. Es verdad. Uno lo ve, allí de largo a largo, en medio de la cama que le queda grande. Pero Medina no puede engañar a quien le conoce tan bien como yo le conozco. Y a pesar de tanto reposo, hay una señal: como si Medina, casi muerto, estuviera pensando en otra cosa, como si estuviera peleándose con la muerte.

−A lo mejor es así, quién sabe −asintió el policía.

−Se lo dije al Padre. Pero UD. sabe cómo es. Ya te vienes tú con tus cosas, Rita, me dijo, no más le hablé del asunto. No insistí. Aquí, entre nosotros, Comisario, yo no sé qué le pasa a ese cura. Antes no era así. Lo escuchaba a uno. Ahora, no más uno le dice algo, se enfuruña, el cura, y lo mira a uno como quien mira a un loco. Eso no es justo ¿no le parece, Comisario? −preguntó la vieja.

−Bueno, UD. sabe, yo no creo que sea un hombre malo. Tiene sus cosas, es verdad. Pero todos las tenemos ¿no le parece? −dijo el policía.

−Sí. Pero éste cura, no más uno le habla de cosas que no se ven a simple vista, y salta como si lo fueran a matar. −dijo la vieja.

−No exagere, no exagere −dijo el policía.

−No exagero, Comisario. UD. vio cómo se puso con lo del Moise. Al final, nadie podía hablarle del asunto. Esta vez fue igual. Yo diría que peor. Con decirle que me fui de allí. Yo pensaba acompañarlo, UD. sabe cómo son estas cosas. Pero que va. Me fui. −dijo la vieja con evidente molestia.

−¿Se quedó solo allí, el cura? −preguntó Martín Romero.

−Bueno, solo por completo no. Allí estaba Susana. Pero esa muchachita… −se calló la vieja.

−¿Qué pasa con la muchachita? −preguntó Martín Romero, sin darse por aludido, pero esperando sacarle algo al respecto a la vieja.

−Ha estado toda la tarde dando vueltas por la casa y arreglándose frente al espejo. Siempre caminando para atrás, la Susana. −dijo la vieja

–¿Frente al espejo? Irá a algún lado, entonces −insistió Martín Romero.

−Vamos, Comisario, claro que se va. Y UD. sabe muy bien a dónde. −dijo la vieja categórica.

−¿Y qué sé yo? ¿a dónde? −preguntó Martín Romero.

−Ella dijo que se iba con UD. Todo el mundo lo sabe ¿o no? −dijo la vieja.

−Ah. Eso dijo. −dijo el policía, y pidió más café. Rita sirvió otra taza y la colocó de nuevo en el mostrador. Esperó a que el Comisario encendiera un cigarrillo, que soltara la primera bocanada, y continuó:

−Como yo lo veo, Comisario, Medina no se muere, no hoy, al menos. Mañana, o pasado, lo veremos por allí de nuevo. Entonces será UD. o Medina. Lo que sea, pero una desgracia más se avecina por aquí.

−¿Quién lo dice? −preguntó el policía.

−o lo digo. −respondió la vieja.

 

El comisario Martín Romero terminó de tomar su café, ya frío, tras lentos sorbos, mientras se contemplaba en el mutismo que selló los labios de la vieja. Por un instante, el policía bajó la mirada, y luego volvió a posarla sobre el su rostro sus cabellos estirados hacia atrás, cenizos, amarillentos, casi sin labios, las comisuras remarcadas, la barbilla puntiaguda, los huesos de su cara apenas simulados tras el pellejo que aún cubría la viva calavera. Todo aquello graciosamente adornado por las mismas dos enormes orejas de la primera vez que la vio. Pero, ahora, la señora muerte nos espera. Ya voy. Ya voy. No se impaciente. No. Ella nunca se impacienta.

Llegó la hora de marcharse. Rita no diría más. Allí la dejó Martín Romero, muda. Acaso podían oírse los alaridos de ese silencio. Se fue al "Claro de Luna", con la vaga intención de dejarse arrastrar por Clarita hasta la pieza. Esta vez no fue el semen, que no empujaba, apenas si goteaba como el agua terrosa de un grifo descompuesto. Lo que quería, supuso, era la tibieza y desolación de un cuerpo desnudo. No estando a mano el de Susana, quién decía que el de Clarita no podría servir igual. Así estaba ahora, en la pieza de burdel que era su mente cuando no dormía y contemplaba los sueños que no soñaba. Así caminó en línea recta hasta los muelles, subió en línea recta hasta la iglesia, hizo una cuadra a la derecha, hasta la casa de Medina, bordeada por el amplio solar en que había crecido más de lo usual el monte. De seguir creciendo, se tragaría aquella casa con viejo y todo dentro. El viejo se había apartado de todo, hasta de la fachada de su casa. De allí, en leve ascenso, anduvo hasta dar con la calleja sinuosa, larga y estrecha, hasta que apareció la bombilla roja, la penumbra, la humedad del zaguán, el olor a cigarro y orines viejos, el murmullo de voces adentro del "Claro de Luna". Clarita estaba a la entrada. La puta lo obsequió con una clásica sonrisa, a la que el policía correspondió con un clásico apretón de nalgas.

 

−El patrimonio más valioso de Buenaventura. −dijo el policía.

−Policía de mierda −respondió la mujer, al tiempo que estampaba un beso en la boca del hombre. Lo tomó de la mano como a un niño y lo llevó hasta la barra. Por lo pronto, el "Claro de Luna" estaba casi vacío. Cuatro negros de pantalón corto y franela larga que jugaban al dominó en una mesa; un par de putas aburridas jugaban al aburrimiento en otra. Martín Romero pidió una cerveza y se puso a escuchar la perorata de Clarita.

 

−Esa muchachita te tiene por lo pelos, Romerito. Cada vez se te ve menos por aquí. Yo sé cómo son esas cosas. Ustedes, los policías, así como son duros para quemarse a un tipo se vuelven un majarete cuando se tiran una mujer. Pero, en fin ¿En qué andas ahora? No me digas: estás preparando la casa para cuando te lleves la muchachita ¿no?

−¿Qué pasa contigo, mujer? Mejor hablamos de otra cosa ¿No te parece? −replicó Martín Romero aturdido.

−No es que sea asunto mío, lo sé. Pero, Romerito, cuando parecía que ibas a tener Medina para rato, mira que vaina: el viejo se muere. Qué suerte la tuya ¿no? Sí, suerte la que tienes, Romerito. Tú andas por allí como que si nada, como si fueras inmortal o algo así. Pero el viejo lo sabía todo, y si algo hay peligroso es un viejo traicionado ¿Sabes? Hay quien dice por allí y que la Susana le mandó hacer un trabajo especial al viejo para sacárselo de encima. Y, por lo que se ve, la cuestión funcionó. Y que no pasa de esta noche, el viejo. Merecido que se lo tiene, después de todo ¿no?.

−Déjate de joder. El viejo no se ha muerto todavía, y si se muere, como dicen todos por allí, no será por trabajos especiales y esas vainas. ¿No que Medina estaba enfermo? −preguntó Martín Romero.

−Bueno, sí. Pero no está de más asegurarse. Yo sé que tu no crees en estas cosas. Pero mira, que para duro, el viejo ¿no? Está casi muerto. Pero, tú mismo lo has dicho, no se ha muerto todavía. Debes tener cuidado, Romerito. Debes tener mucho cuidado. −dijo la mujer.

 

Quisiera creer en esas cosas, en todas las cosas. Qué fácil es para quien cree en cosas dar respuesta a las cosas. Simular el vacío contra el que se empeña la voluntad de cada día. Todo un arte para el que me falta la mínima destreza. Mírala ahí. Su boca llena de esa risita que sólo las mujeres son capaces de sostener, una risita estúpida, graciosa y molestosa a la vez, que supura como baba, como si rieran desde la boca desdentada y lívida de la vagina. Hay que tener vagina para algo así. La gran ventosa que permite a la especia mantenerse adherida, por vacío, a la existencia. Es verdad que las mujeres tienen un sexto sentido. Pero no sé para qué tanto. Les bastaría con utilizar los otros cinco. En fin, imagino que por ese sexto sentido ella sabe que al menos por esta noche no conseguirá nada de mí. Se aleja y, en su paulatina lejanía, aún sonríe. Mañana, o cuando sea la próxima vez, lo intentará de nuevo.

El policía pidió otra cerveza y se puso a detallar las paredes, decoradas con recortes de paisajes y mujeres desnudas. Curioso contraste entre aquellas texturas verdes y rosadas con la de los pies terrosos, gruesos y encallecidos de los hombres que iban entrando, pedían su cerveza, vagabundeaban un instante por el salón; algunos pasaban directo al patio trasero, donde hombres y mujeres discutían de formas y precios al aire libre. Así es Buenaventura, luz y tierra embadurnando el ya gastado lienzo de la existencia. Debe ser eso lo que me ata aquí. Los aires de Buenaventura, como dice el cura. Sí, eso debe ser. Luz y tierra revueltos por los vientos que soplan en todas direcciones. Uno me trajo aquí. Otro me llevará. Pero igual siempre quedaré. A todos os dejaré la cochina señal de mi presencia. Cada quien aporta su íntima versión del infierno al infierno vital que a todos nos sostiene. Hasta el cielo se nos viene encima como la más hermosa de las maldiciones. Ahora entiendo al cura. El que vino se queda. De aquí nadie se va, aunque muera. No hay un camino al cielo y otro al infierno. La insalvable permanencia. De aquí nadie se va. No sólo su espíritu permanece, con nosotros, sino, incluso, la mera hediondez de su ausencia.

Antes de salir del "Claro de Luna", el policía quiso asomarse al patio. Clarita era la del cabello liso, peinado hacia atrás y atado arriba en un modo gracioso. Cuando se volteaba, era la de la nuca larga cubierta de una pelusilla invisible pero que él sabía allí, la espalda descubierta hasta la cintura y, más abajo, siguiendo el camino hacia la tierra prometida, la del trasero más plano de lo que parecía según él había comprobado. El forcejeo concluiría cuando Clarita pronunciase la frase de rigor. Vamos a la pieza. Y se fueron. Entonces recordó que la primera vez que entró al "Claro de Luna" fue directo a los muslos de Clarita, porque sólo así se terminaba de entrar allí, a través de aquellos labios gruesos como los de su boca, escondidos en la selva de cuyas profundidades emana un aire caliente y sulfuroso, y hasta un silbido sutil que lo llama a uno. Los aires de Buenaventura. Debe ser.

 

Ya fuera del “Claro de Luna”, el comisario se topó con Colmenares.

−Jefe. Ya sabía que te iba a encontrar por aquí a esta hora. −dijo Colmenares.

−¿Y qué hora es? −preguntó el Comisario.

−Casi las doce −respondió Colmenares.

−¿Las doce? −insistió con asombro Martín Romero

−Sí. Faltan tres minutos. −respondió Colmenares.

−Sí. Me he vuelto un tipo predecible. Aquí, en Buenaventura, todos somos predecibles. Somos pocos y nos conocemos mucho ¿no es así que se dice? −dijo Martín Romero mientras montaba en el “jeep”.

−Es cierto ¿A dónde vamos, Jefe? −preguntó Colmenares.

−¿Y qué sé yo? Da una vuelta, por allí. −respondió Martín Romero tras cerrar la puerta.

−Por el comando, todo bien. Y por lo que veo, el resto aquí igual ¿Ya supiste lo de Medina, supongo? −preguntó Colmenares.

−Sí. Todo el mundo habla de ello. Valbuena fue el primero. −dijo Martín Romero.

−¿Estuvo por tu casa, el gordo? −preguntó Colmenares.

−Esta tarde. −respondió Martín Romero

−El gordo. Se está aceitando el culo para sentarse en lo de Medina. Es un cretino.

−¿Por qué lo dices? ¿Quién es Medina? −preguntó Martín Romero. Luego agregó −Por cierto. Detente aquí. Aquí, frente a lo de Medina.

−¿A dónde vas? −preguntó Colmenares.

−Aquí, a ver a Medina. Entiendo que el padre Claudio también está aquí. Hablaré con el cura.

−Pero yo acabo de ver al cura entrando a su casa cuando venía para acá.−advirtió Colmenares.

−¿De veras? −preguntó Martín Romero.

–Sí. Hace un momento. Estaba abriendo la puerta de su casa. No creo que haya tenido tiempo de volver a lo de Medina. −dijo Colmenares.

−Se habrá muerto el viejo. −pensó Martín Romero en voz alta.

−Quien sabe. −dijo Colmenares.

−Bueno. De todas maneras me quedo. Tu vete al comando. Si hay alguna novedad, te aviso ¿De acuerdo? −dijo Martín Romero.

−Está bien Jefe. −dijo Colmenares y partió.

 

Cuando Martín Romero se dispuso a tocar a la puerta, notó que estaba abierta. ¿El último en entrar o en salir? ¿Cura, muchacha o viejo? Mete el hocico por allí, a ver, por entre la abertura. Abertura, y no apertura, como se jactan de decir estos políticos de la revolución cada vez que se abren las puertas de un supermercado o las de la mismísima historia. Apertura esta incertidumbre, ese sigilo con que mueven tus pies, esa cabeza de falso policía asomada a los adentros de la casa a oscuras, esa oscuridad: cerrada en el zaguán y que poco a poco se torna cada vez más transparente a medida que la mirada se dirige al patio interior, en cuyo suelo se refleja el blanco de la luna. En esta apertura, Romero, sólo faltaría el hombre lobo. Pero nos conformaremos con el policía. Pasa de una vez. El policía metió un pie, luego el otro, cerró la puerta con cuidado y, en unos cuantos pasos rápidos, recorrió el zaguán, al final del cual lo detuvo la cautela y la tenue luz de una lámpara que muy probablemente venía de la habitación de Medina e iluminaba muy débilmente el corredor. Pensó en retroceder, más que por temor, por la sensación de estupidez que lo invadía. Después de todo, en el miedo siempre hay algo de estúpido ¿no te parece, Romero? Una vez más pensó en retroceder, pero la curiosidad lo empujaba hacia adentro. Si el viejo te encuentra aquí te aniquila. Sería la gran oportunidad para librarse de ti, como un ladrón. Después de todo, en eso te has convertido, aunque sin querer, hay que decirlo. Lo haría, eso es lo que el viejo haría. Más no creo que tenga fuerzas para algo así. Si está tan mal como dicen, no podría. Sin embargo ¿y si no es así? Quién asegura que ese terrible mal que ha de llevárselo al otro mundo esta misma noche en realidad no sea más que una artimaña suya para hacerte venir aquí y enviarte a tí al otro mundo. La verdad, no lo creo. Y si no lo creo ¿por qué estoy aquí, entonces? Quizás el viejo me conozca mas de lo que yo creo conocerlo. Rita: es UD. o Medina. La voz de la vieja, ahora, aquí, me asusta. Y sus ojos. Y el gesto aquel de todos los días antes de pasar a tomar mi café. Y el obstinado silencio en que se encierra. La señora muerte nos espera. Que sea lo que ella quiera. Pero yo entro. Bien. Sigamos, entonces.

Mientras avanzaba por el corredor, el policía pensaba en Medina, su paz de viejo roto rota por él mismo años atrás. Le era fácil imaginarlo allí, dentro de aquella habitación, prolongando su rotura en forma de oscuridad y penumbra, vigilia y rabia, sueño e impotencia. Perdición y disposición a matar al policía de mierda. El policía sacó el revolver y tiró del percutor. Antes de llegar al tope, ya se había imaginado que el viejo tenía el suyo en el regazo, también listo, sobre todo ahora si es que, a lo mejor, ya sabía que el policía de mierda estaba allí, aproximándose por el corredor y del que podía sentir su presencia humana como un hedor. Así que si, en efecto, Medina no se movía ni hacía ruido alguno, no por ello iba a convencer al policía de estar durmiendo. Según el policía, era muy probable que el viejo estuviese esperando que él avanzase, que llegase hasta él para descargar su arma. Y lo que sin duda lo hacía más peligroso era que, a estas alturas, ya no le importase al viejo morir en el intento.

De modo tal que ya no era cuestión de preguntarse, como lo había hecho hacía veinte y tantos años, si valía la pena quemarse a Medina por la formidable justicia de un mundo mejor. Si este viejo si estaba allí, en su habitación, sin moverse pero totalmente consciente, no sería precisamente para congraciarse con el policía de mierda. Martín Romero advirtió que hasta entonces sólo había esperado la muerte del viejo, como se espera una hora del día o un mes del año. En realidad, nunca estuvo dispuesto a hacer otra cosa frente a Medina, ni antes por el mundo mejor, ni ahora por Susana. Sin embargo ahora, quizás, por el simple hecho de estar allí, en su propia casa, tuviera que disponer de Medina, sin razón alguna para ello que no fuese él mismo. Medina, el Jefe de Buenaventura, odiado y despreciado por todos, burócrata venido a menos, caído de la burocracia como sólo un viejo puede caerse de la vida... Con todo, nada en ese viejo le parecía causa suficiente para matarle. Ni siquiera era él mejor que el viejo, acaso un poco más joven, y por lo tanto un poco más dispuesto a defender el pellejo que a Medina se le había ido en arrugas y esperanza arremangada. Es curioso: la muerte, como la vida, siempre ha de justificarse. El militar dice que el patriotismo. El científico y el cura que la verdad. El político que la libertad y la justicia. ¿Qué dirá el inmundo policía que sólo cuenta con la razón última y sin apelación del criminal, a quien la muerte no salva y permanece condenado a ser un mero animal de supervivencia?. A ver.

Con el revolver aún empuñado, el policía pasó a la habitación. Mas volvió el arma a la cartuchera cuando, luego de unos minutos de observación, confirmó que el viejo, tal y como había dicho Rita, de largo a largo en la cama, no se movía. Se acercó más, y observó su cabeza hundida en la almohada y ese extraño rictus de solemnidad extrema que sólo la enfermedad es capaz de dibujar en el rostro de los enfermos. También observó la barbilla acentuada por los repliegues que iban desde la nariz y bordeaban la boca; los tendones subiendo como animales por su cuello; los largos brazos por sobre la sábana que cubría el resto del cuerpo; las manos casi unidas a la altura del vientre. Más abajo, la sábana, ligeramente elevada, indicaba que allí debían ir los pies. Razón tenía Rita cuando hablaba de la cama que le quedaba grande. Medina no sólo era chico, sino estrecho, y más se le notaba así, en pijama y sin las hombreras del saco. O a Medina le sobraba cama para morir, o a esa cama le faltaba muerte para llenar su propia inmensidad. Que desperdicio. Allí podrían expirar dos o tres medinas más. Ciertamente, Romero. Ahora que lo dices, este viejo podría llevarse consigo, lo menos, al gordo de su fiel secretario. Por otra parte, siendo tan chico y si de morir se trata, una silla hubiese sido más que suficiente, que si morir de pie es tenido por lo más honroso, hacerlo sentado no ha de desmerecer del todo. Pero Medina era así, siempre pensando en grande. Y ésta era una cama ciertamente grande. Si supiera lo ridículo que se ve allí, Medina jamás se hubiese bajado de la cuna. Bueno, Romero, que, en realidad, ninguno lo hubiéramos hecho, si fuésemos lo suficientemente sinceros a la hora de apreciar lo que hemos hecho después de haberlo hecho.

Un aire frío entró por la ventana abierta, cosa de la que el policía no se había percatado hasta entonces. La cortina se levantó ligeramente. Debe ser la muerte que llega. Siempre tan fresca y tan ligera ella; siempre ese inconfundible tono de sus silencios en armonía. Pero no, que va. Si era la muerte, pasó de largo. A lo mejor ni se percató de que Medina continuaba allí, tendido de largo a largo en la enorme cama. El policía tomó a Medina por la muñeca y notó que aún tenía pulso. Mas que del corazón, debe venir de las entrañas, el maldito soplo según el cual aún permanece. A lo mejor fuese sólo un aire frío. Sin magia. Cómo sea, no ha llegado todavía. Por lo demás, no se puede exigir puntualidad en un país donde todo el mundo llega tarde; más aún, aquí, en Buenaventura, donde las cosas se conducen según el lejano y extraño ritmo de las piedras. Por otra parte, si éste no está muerto ya, viéndolo bien, no lo necesita. Basta mirar esas manos para imaginar que son de rana. Hay texturas para las que la visión es mucho más rápida y eficiente que el mismo tacto. De éste, hasta la sangre debe ser fría. Quizás ni la misma muerte quiera cargar con Medina. La verdad es que si yo fuese la muerte y me asignaran esta encomienda, le largaba una trompetilla al Olimpo, me vestía de lobo y me echaba a un costado del camino a esperar pasar a Caperucita. Pero llevarme a Medina. Mierda. No. Creo que lo dejaría allí donde está.

No fue hasta entonces que el policía se fijó en el reguero ¿Y este desorden a cuenta de qué? La silla en medio. La lámpara caída. Los frascos volteados. ¿Y eso qué es? Mierda, la dentadura de Medina. Habrá sido el viejo. Quizás intentó levantarse. Después de todo ¿quién asegura que la vieja no tiene razón? Reposo del cuerpo. Uno lo ve, allí de largo a largo, en medio de la cama que le queda grande. Es verdad, hay aquí algo que no cuadra cuando de morir se trata ¿Cuál será la señal ésa de la que habla la señora muerte nos espera? No veo nada. Pero siento que, a mis espaldas, aquello que no veo se burla de mí. Debe ser eso. La dentadura. La esencia misma de Medina sumergida en cuatro dedos de agua. Lo que está allá, en la cama, sólo el hábitat. Pero y éste ¿se termina de morir o qué? No. No lo creo. Sin importar cuánto enfermen, hay quienes, como las cucarachas, no mueren hasta que se les mata. Medina debe ser de este tipo. Visto así, entiendo que Susana me haya pedido algo así. Claro. El viejo inmundo. Pero no seré yo quien se haga cargo. Hace veinte años tuve la encomienda, a nombre de la revolución de Rengifo. Hoy me la impone una muchachita que, a su vez, se ha impuesto a sí misma la de amarme. Como hormigas van y vienen trabajosamente los encomenderos de la interminable historia. Nobles causas. Nobles causas. Hasta yo lo entiendo. El mundo mejor. El amor. Pero por qué tengo que ser yo quien tiene que cargarse al viejo ¿Por qué el mundo mejor, el amor o cualquiera de las imposturas teleológicas que tanto halaga a quienes defienden con pasión la razón de ser de esta historia, no le hincan sus poderosas mandíbulas equipadas con los incisivos y terribles colmillos de la verdad y se lo tragan. Carne, hueso y cuero. No más de cincuenta y cinco kilogramos, según estimo. Por capas o por piezas. Masticado o entero. Me da igual. Ah, pero no. Amor y esperanza. Esperanza y amor. Feliz, feliz. Alegre, alegre, como siempre dice el gato idiota aquél de cuyo nombre no quiero acordarme porque, sin más, no me acuerdo. Pero lo dice. Bien que lo dice. A nombre de toda la especie, lo dice. Que nadie se quede por fuera del contubernio. Y el que no, sea sometido por la fuerza y obligado a ello. Feliz, feliz. Alegre, alegre. Y, de pronto, por cierto ¿el cochino viejo? No es problema. De eso se encarga el inmundo policía. No, si ya se lo creyeron. Pero, resulta, que el inmundo policía considera que si Medina es, como me temo, humano, no seré yo quien abogue por sus derechos, claro. Pero, que salte y dé la cara el primero que se atreva a negar que la humanidad se lo merece. Olvidado de Medina, el policía seguía mirando la dentadura del viejo. Mejor nos vamos, Romero. Bien, Medina. No es que te perdone la vida. Es que, una vez más, sigues vivo. Ya se te pasará.

La dentadura, en silencio, dejó al policía alejarse. O al menos así la imaginaba Martín Romero cuando, de regreso por el zaguán en busca de la salida hacia la calle, se detuvo por unos segundos mientras volteaba hacia atrás. Obviamente allí no había ya nadie, incluyendo el cuerpo blancuzco y esmirriado que yacía en la enorme cama de aquella habitación. Allí sólo habitaba aquella sola dentadura postiza que, por los momentos, se había quedado sin hábitat, como un corazón salido de la concha, o más bien como un alma en pena en busca de una concha que volver a habitar. Ya rn la calle, el policía cerró tras de sí la puerta, sin reparar en el ruido que ocasionó al hacerlo.

Postiza. Postiza esta vida que, según parece, tan dispuesto estoy a defender, se dijo Martín Romero mientras palpaba la cacha del revólver que llevaba al cinto y decidía a dónde debía ir. De ir, a ninguna parte debo, es la verdad. La única que creo poseer. Voy porque no hay más remedio. Porque siempre hay que ir, sin que importe a dónde. Primero el gordo. Ahora el viejo. Los hubiera matado, lo sé, de ser preciso. Lo que ahora siento es el alivio, el simple alivio de no haberlo hecho. Y algo me dice que un alivio así es mejor que el de seguir vivo. Que contrariedad. Todos nos hemos salvado, gracias a Dios, sin que nadie sepa todavía de qué y para qué. El gordo ronca junto a la gorda. Medina, en su lucha a muerte contra la muerte, gana otra batalla y quietamente retorna desde el umbral del más allá. Yo voy. Ya voy. Ah, sí, Susana. Susana. Claro. En busca de la amada. El policía de mierda se pregunta ¿dónde andará la amada? Quizás una vuelta por allá, por la playa. Es capaz de andar por allí, como un fantasma. Eso quisiera, el policía de mierda. Pero si lo que dice la señora muerte nos espera es cierto, mucho me temo que no será así. Fantasma de carne y hueso. Brazos y piernas. Una cabeza de pelo liso y un entrepiernas rosado y pelón. Vaya salvación. Ya no tendré su imagen difusa en la noche, ambigua e inaprensible, que es la única forma en que todavía puedo tener la tenue sensación de tenerla. Ahora será su burda materialidad estúpida, penetrada, hecha a la medida de mi estupidez, como un traje de ésos de los que se dice queda bien. Nada más.

Avanzada la madrugada, Martín Romero penetró de vuelta como una sombra en las sombras de la que ahora su casa. Una presencia ajena rasgaba la quietud inorgánica que dejó encerrada al salir. Por un rato se quedó parado en el umbral de la puerta. La luna dibujaba una estrecha cuchilla de luz azulosa sobre el piso, y sobre ella estaba su propia sombra. Crujían los nudos del mecate que sostenía la hamaca, y podía distinguir en la oscuridad el leve bamboleo, el volumen amorfo pero inconfundible del cuerpo metido dentro. Entonces desenfundó el revólver y se dispuso a entrar. Ya adentro, se acercó a la hamaca, levantó una de las hojas que cubría el rostro de la posible víctima y colocó el cañón en su cabeza. El cuerpo dentro de la hamaca no se movió, y el policía pudo distinguir a tiempo la cabeza de Susana. Sin respuesta. Apenas un gruñido femenino salido de sus labios pegajosos cuando sintió el duro frío de la punta del cañón. La amada. Otra que se salva. Allí la dejó Martín Romero. Volvió el arma a la revolverá. Se restregó la frente contra las mangas de la camisa y, aún así, no dejaba de sudar. Retomó a la puerta, y un largo rato después apareció la muchacha.

 

−No te escuché llegar ¿Siempre son tan silenciosos, lo policías, eh? Estás cansado. Se te ve cansado. Mira esas ojeras. Si no te cuido, te pondrás viejo antes de tiempo. Ven. Vamos ¿sí? Lo que tú necesitas es dormir. −dijo la muchacha, mientras se agachaba y metía la cara en frente de la de Martín Romero a la caza de un beso.

−¿Qué haces aquí? −preguntó el policía.

−Dale un beso y un abrazo a tu putica. −dijo la muchacha.

−Me refiero a qué haces en mi casa. −insistió el policía. Advirtió que era la primera vez que se refería a aquel sitio como “su casa”. Que contrariedad. Desde que vine a Buenaventura nunca pensé que volvería a sentir esa sensación por la que, imagino, los animales mean cuando de marcar el territorio se trata. Cuando, junto a Amanda, me sentía así, yo le echaba la culpa a la casa. Pero, en momentos así, en realidad hasta el universo nos queda chico.

−¿No vas a decir nada? −insistió Martín Romero.

−Ahora tú eres mi hombre −dijo Susana en tono de desafío.

−Y eso quiere decir que ésta es tu casa. −dijo martín Romero.

−¿Quieres que me vaya? −preguntó la muchacha.

 

Se fue por la tangente. Se fue por la tangente no. Te sacó a ti. Ahora, a ver cómo haces para volver a entrar, o anda a morirte por allá, por la playa, a solas en la añorada transparencia de tu oscuridad, pelada y sin fantasma al cual creer tocar. Estás jodido, Romero. Otra vez Romero, romerito. Vuelta en círculo. De nuevo con el hocico metido en la misma trampa. El viejo truco de la culpa prestada. No te atreverás a decirle que se largue ¿o sí? En el inhóspito jardín de tu indiferencia, aún hay lugar para que florezca la carnívora planta de la culpa, dispuesta a engullirlo todo. Calla Romero, romerito ¿Quieres que me vaya? Ah, la lengua, Romero, como pesa, como pesa. Lengua de piedra ¿Qué si castigo del cuerpo? Como grillete. El enorme grillete del silencio. Romero, romerito no hablará.

 

−¿Quieres que me vaya? –preguntó otra vez Susana. Esta vez se levantó, en un claro gesto de inconformidad frente aquel silencio. Ella no sabe. Claro que no sabe. Ella volverá a preguntar ¿quieres que me vaya? Y tú seguirás mirando alternativamente al piso y a la braza encendida del cigarrillo que sostienes entre los dedos. Nunca le dirás que se largue. Pero tendrás que aflojar, Romero. Tendrás que aflojar.

−¿Quieres que me vaya? –insistió otra vez Susana. Ah, es que esta criatura es un genio. Jamás se irá, al menos que tú se lo pidas, y ya sabe que no se lo pedirás. Lo volverá a preguntar, cuantas veces sea necesario ¿Quieres que me vaya? No se rendirá. Esta batalla la tiene ganada. A ver ¿qué dirá ahora Romero, romerito? Deja que tu genio y tu voluntad se encarguen. Quien ha luchado y sometido al feroz dinosaurio que aparece en una plaza pública ¿va a amilanarse frente a esta salvaje muchachita de Buenaventura? Vamos, Romero, romerito, muéstrale lo que tienes.

−No dije eso –respondió Martín Romero en tono ridículamente seco.

−Entonces ven a dormir conmigo. −dijo la muchacha. Martín Romero. desde el suelo, mientras encendía otro cigarrillo, miró a Susana, semidesnuda, y se percató de que la muchacha salvaje se había graduado de mujer adulta, dotada de ese sentido práctico repugnante que sólo las mujeres son capaces de adjudicar a la existencia.

−Ya voy −dijo el policía, mientras sacaba la última bocanada al cigarrillo y arrojaba el cabo a un lado.

TEMPORAL

Una historia acerca del hecho de escribir historias

(novela filosófica) 

...sucede que la vida no tiene inicios ni finales, y que sólo en el ámbito y contexto de una narración es susceptible de adquirirlos. Lo que me recuerda, por cierto, aquello que una vez dijera Beckett: ese fue mi error, uno de mis errores; exigirme una historia, cuando sólo la vida bastaba. Si es así, entonces estoy aquí para perpetrar mi propio error. Y hasta puede que ésta sea la forma de haber empezado a hacerlo. Más me vale.

Introducción General

El Bolívar histórico del que se ocupa este trabajo no es, hablando en términos rigurosos, el del pensamiento político y la estrategia militar, aunque, desde luego, mucho tendrá que ver con ello. Pero no es un análisis de ese tipo lo que busco en su discurso sino, más bien, al discurso mismo como herramienta del político y el hombre de guerra. Se trata del Bolívar de la palabra. El lenguaje como signo de conciencia histórica, como dimensión de temporalidad y como fuente de heroicidad. Del discurso de Bolívar no me interesa tanto el pensamiento como su narrativa; su inteligencia política o militar, como la semántica o discursiva. Del Bolívar histórico no busco la verdad, sino el estilo.

Introito

Un día, cuando todavía era estudiante de historia y me desempeñaba como investigador en el archivo histórico del antiguo Congreso Nacional, al fondo de la bóveda, en medio de un cúmulo de trastos tan viejos como valiosos, me topé con una desvencijada edición del Diario de Bucaramanga. Sumido en la molicie que mi burocrático cargo ya me inspiraba, aquél libro me distrajo y, allí mismo, en un improvisado asiento de cajones, lo leí. Para cuando retorné de la bóveda, mi imagen de Bolívar -como la de casi todos, determinada por ese formalismo patriota propio de la historiografía de banco de escuela, como la llama Vallenilla Lanz- cambió. Este libro es el resultado de un intento por captar y comprender aquello que cambió.

CARTAGENA: del destierro a la gloria

La Memoria dirigida a los ciudadanos de la Nueva Granada por un caraqueño, mejor conocida como el Manifiesto de Cartagena, se considera el primero de los grandes documentos políticos de Bolívar. Fechado 15 de diciembre de 1812, recoge la experiencia del incipiente gobierno republicano que, a mediados de ese mismo año, ha sucumbido en Venezuela bajo los embates del ejército español. Se trata de una memoria de la derrota, producida por alguien que ha participado como oficial en la guerra el gobierno español y que, salido al exilio, ha llegado a la Nueva Granada con el propósito de obtener hombres y recursos que le permitan invadir su país de origen y restablecer la república. Esta memoria no es, pues, el mero relato pasivo de lo que aconteció, de cómo el ejército español ha vuelto a tomar de una de las plazas más importantes y estratégicas de la América insurrecta, sino del plan para recuperarla. Se expone aquí el análisis crítico de una experiencia republicana particular, de la que se extraen conclusiones políticas y doctrinales que proporcionan una nueva perspectiva del proceso de emancipación no sólo en Venezuela, sino en toda la América Meridional. Se puede compartir en mayor o menor medida tales conceptos. Pero, en cualquier caso, es indiscutible que estamos ante la primera visión sistemática, general y de conjunto que, más allá de la dimensión logística y militar que impone la guerra, nos proporciona el primer concepto histórico y estratégico de la emancipación americana. Al menos, el primero producido por un soldado con una clara visión política. En este sentido, estamos ante la primera teoría revolucionaria de la lucha por la independencia.

CARÚPANO: vindicta, libertad y barbarie

En el Manifiesto de Cartagena nada indica Bolívar respecto a la cuestión social. Cuestión ésta tan conflictiva que, siglo por medio, llevaría al historiador Vallenilla Lanz a definir la guerra de independencia como una guerra civil. De ello nos da una particular perspectiva el Manifiesto de Carúpano. No pasó mucho tiempo para que el discurso de Bolívar hubiese de encarar el tema tabú en Cartagena. El momento sobrevino con la caída de la Segunda República, tras ese fenómeno tan contundente como efímero que fue Boves para el proceso de independencia. Efímero en cuanto a su personal actuación y liderazgo, pero en alguna medida permanente en cuanto a la guerra como forma de vida para los sectores populares y el ejército como vía de transformación de una estructura social que hundía sus raíces en la colonia. Acaso fuera Boves el más encarnizado enemigo de la república. Pese a lo cual, la república, a la postre y para ser tal, fue su más genuina heredera. De él recibió su ejército, su dinámica social y hasta el estilo de su liderazgo. A tono con la dialéctica de la guerra, los llaneros que siguieron a Boves pasaron de bandidos a patrimonio de la república. Patrimonio que en algún momento hizo decir a Bolívar que la revolución estaba sentada en un volcán social a punto de hacer explosión. Pero eso sería más tarde y en privado. En Carúpano, todavía este ejército sólo representa el modo en que la barbarie se opone a bien supremo de la libertad.

JAMAICA: Historia, Semántica y Geopolítica

1815: el descenso de Napoleón se cruza con el ascenso de Bolívar. Ambos han partido al exilio, a Santa Helena y a Jamaica, respectivamente. Tres años más tarde, el americano meridional, que ha tomado Angostura, la plaza estratégica que inclinará el curso de la guerra en favor de la causa patriota, dirá de sí mismo: yo busqué asilo en una isla extranjera, y fui a Jamaica solo, sin recursos y casi sin esperanzas. Perdida Venezuela y la Nueva Granada, todavía me atreví a pensar en expulsar a sus tiranos.1 De modo que el exilio, que para Napoleón dictamina el final de un imperio en Europa, para Bolívar anuncia el renacimiento de un proyecto en América. Esta conjunción en el cosmos simbólico de la historia que involucra la carera de dos grandes líderes políticos y militares, alude también a un cambio de época, determinado, desde el punto de vista geopolítico, por el ascenso de las potencias del capitalismo industrial y la caída del colonialismo mercantilista. A ello tributan diversos procesos: la ilustración, el nacionalismo, el industrialismo, la revolución francesa, la expansión napoleónica, la independencia estadounidense, la emancipación en América Latina. Es ésta una coyuntura en el proceso de largo plazo que lleva de la era agrícola a la era industrial. En este contexto se fraguan los cauces iniciales de un proceso histórico de alcance planetario. La Carta de Jamaica forma parte de este contexto. Es una forma de asomarse a él y otearlo desde los agrestes montes de una América irredenta. Tal es el punto de partida de este ensayo.

ANGOSTURA: el guerrero creador de repúblicas

La Carta de Jamaica concluye con la afirmación según la cual la clave para poner fin a la dominación española y fundar un gobierno libre es la unión, obtenida por efectos sensibles y esfuerzos bien dirigidos. Lo que por entonces queda en un escueto enunciado, en Angostura va a ser objeto de un denso desarrollo. Eso es el Discurso de Angostura: un efecto sensible, un esfuerzo bien dirigido. En atención a las lineas principales de su estructura discursiva, es una apelación a la conciencia histórica, un plan estratégico centrado en la implantación del Estado Nacional, y un instrumento de significación del movimiento de independencia como proceso histórico. Pronunciado por Bolívar el 15 de febrero de 1819, en el acto de instalación del segundo congreso que se daba a sí misma una república en medio de los avatares de la guerra, constituye una de las piezas oratorias más importantes de su haber político. Dicho ello por su contenido en sí mismo considerado. Y dicho también por el modo en que marca una diferencia de dimensiones estratégicas entre un antes y un después del proceso de independencia. En la visión totalizadora del Discurso de Angostura confluye lo político y lo militar. Para ganar la guerra en el siempre inhóspito campo de batalla, es preciso ganarla también en el de la política; por cierto, no menos inhóspito, agreste y peligroso que aquél.

BOLIVIA: el hombre de las dificultades como legislador

El guerrero ciudadano es aquél al que le es dado despojarse del mando. Así en la Caracas que le otorgó el título de Libertador, así en la Angostura que lo ratificó como Jefe Supremo, y dos años después lo llevara a ser designado en Cúcuta Presidente de La Gran Colombia. Las dificultades comienzan cuando la historia lo despoja a él de la guerra y se queda sin esa fuente de gloria que, hasta entonces, había sido el enorme campo de batalla y de política que, visto desde Pasto, se extendía entre el Orinoco y el Potosí. Así, Ayacucho consigna en la historia americana la emancipación, ciertamente; y en el destino particular del guerrero ciudadano el retorno de la cima de la gloria a la sima de las miserias de la burocracia y la administración. Siendo el campo de batalla la fuente fundamental de su gloria, dentro de él lo es todo; fuera de él nada, o tan sólo un ciudadano recto e iluminado que, apegado a su prestigio y honor, está llamado a dar la cara a esa oleada de anarquía que, en la paz, devora cuanto ha venido edificando en la guerra. Consumada la independencia o, más exactamente, el proceso de la guerra que habría de conducir a ella, el enorme mapa del nuevo mundo se ha teñido de una no menos enorme complejidad. Mientras se triunfa en Ayacucho se conspira en Caracas. Al tiempo que se finiquitan los últimos detalles del Congreso de Panamá, las recién creadas repúblicas se hunden en la lucha intestina y doméstica que atenta contra la anfictionía. En carta a Santander, fechada en Lima, el 6 de enero de 1825, es decir, a un mes escaso del triunfo en Ayacucho, encontramos esta situación descrita en palabras del propio Bolívar:

OCAÑA: el clamor del pueblo

Desde el punto de vista de su estructura semántica, el libertador, como instancia fundamental del discurso, representa la condición esencial de Bolívar como máximo dirigente político y militar de la emancipación americana. Más que como mera parte de la historia, el libertador concibe, administra y conduce el discurso como conciencia e instrumento hacedor de ella. Sin embargo, y como es de esperar, se trata de un discurso que siempre ha sido concebido y pronunciado desde el entorno de la dirigencia política a la que pertenece, aún en aquellos temas sensibles en que la actuación de dicha dirigencia pueda ser cuestionada por en su mensaje. Desde este punto de vista, el libertador siempre ha sido una instancia discursiva de una u otra manera asociada al estrecho círculo de la élite civil y militar que comanda el proceso independentista. Así, por ejemplo, El guerrero ciudadano del Discurso de Angostura, que dichoso convoca a la representación nacional y se despoja del mando ante ella es, con ello, al mismo tiempo, legitimado por ella. Como parte de la dirigencia, el guerrero ciudadano es jefe supremo entre iguales. En este sentido, los discursos fundamentales de El Libertador como creador de un nuevo tiempo histórico son documentos de identidad con el entorno dirigente del proceso de independencia, palancas ideológicas de su legitimación ante ella como máximo líder.

Epílogo

Hasta aquí me trajo el Bolívar con el que un día, hace mucho tiempo ya, me topé en el Diario de Bucaramanga. El hombre histórico de los discursos. El de la palabra y el estilo. El de la conciencia moderna y la faena semántica. El de la revolución como concepto y del heroísmo como ejercicio de voluntad de poder. Su discurso marca el paso de la barbarie a la civilización, con todo lo bueno y todo lo malo que una transición así supone para la gestión de su propia historia por parte de un pueblo. Y como pueblo, no tenemos conciencia de tal significación porque la historiografía de banco de escuela se ha hecho cargo de ello, bien haciendo de Bolívar una venerable pieza de museo, bien poniéndolo a comer mangos para popularizarlo. Al respecto, me limito a recordar las palabras de Vallenilla Lanz:

HERÓDOTO: los orígenes de la historiografía

Si uno se deja guiar por lo más estrictos rigores académicos, incluso los de la historia, probablemente los menos estrictos de todos, muy a pesar de los historiadores académicos, un trabajo de este tipo luce desde muchos puntos de vista desalentador, bien por lo poco con se cuenta para realizarlo, bien por la poca estima que se guarda hacia lo poco que se tiene, incluso los escritos de aquel a quien Cicerón, si no me equivoco, dio en llamar Padre de la Historia. Y lo hizo en el marco de una larga tradición representada por críticos para los que Heródoto era ya casi tan extraño como para nosotros y que, salvo contadas excepciones, se caracterizó por su desprecio, acusándolo de mal escritor, de inútil, y hasta de mercenario.

Capítulo 1: el hombre, la obra, el contexto.

Es muy difícil establecer un imperativo ideológico, filosófico, político o moral que nos ayude a comprender la aparición de la historiografía en una íntima relación con el contexto histórico en que ello tiene lugar. La vaga generalidad de la que aquí me valgo, es decir, comprender la aparición de la historiografía como parte del humanismo característico de la Grecia Clásica, que tuvo su máxima expresión en el arte y la filosofía, es fácilmente aceptable, pero, se entiende, muy poco precisa. Ese humanismo, la ruptura respecto a la mitología que a él es inherente, comienza a gestarse en la Grecia Arcaica, con la filosofía jónica y la aún ingenua pero inequívoca proximidad que ella representa respecto a la naturaleza. Por otra parte, como se sabe, dicho humanismo se prolonga mucho más allá de la época de Heródoto y en plena decadencia ateniense producirá lo más acabado de su filosofía. Este humanismo griego es, pues, el espacio histórico cultural de muchas cosas, amplio contexto en el que la historiografía luce como un ínfimo detalle, acaso el más prescindible de todos.

Capítulo 2: mito, filosofía, historiografía.

Partamos del hecho, tan magistralmente representado por la cruel simpleza del mito de Sísifo, de que el hombre es una especie condenada a la historicidad. A nadie le es dado elegir no vivir la historia. Encadenado a la infinita finitud del tiempo, el hombre histórico transcurre sin la certeza de saber para qué. Toda la historia humana pudiera comprenderse como la obsesión de este hombre histórico por darse sentido a sí mismo. Todas las cosmogonías lo han adscrito, de una u otra manera, a vagar fuera de lo eterno, perecer una y otra vez. Y todas intentan, al final, reconciliarse con el proscrito, traerlo de nuevo a casa, el paraíso perdido que, en algunos casos, puede ser, incluso, la nada cósmica, peculiar forma de eternidad que nos permite suponer que hasta la supresión de la existencia es preferible al castigo de la existencia histórica. Esta caída en el tiempo es el nudo gordiano de todo el drama bíblico y, en muy otro contexto, es, también, el mayor suplicio que la mitología griega pudo imaginar para el hombre réprobo

Capítulo 3: dioses, hombres, historias.

Heródoto cree en el Oráculo. Es fácil demostrarlo a través de la cita de párrafos como, por ejemplo, el que nos habla de la furia de Taltibio1 contra los espartanos, y otros en los que hace referencia al plano de lo divino como la última salida que encuentra para explicar, -¿o justificar?- un determinado acontecimiento histórico. Sabemos que esto le ha costado a Heródoto buena parte de las censuras que lo descalifican como historiador ya que, se supone, la historia debe explicar al hombre y sus acciones por el hombre mismo. Como se sabe, ha llegado a ser norma del oficio que recurrir a Dios es hacer trampa. Una suerte de principio epistemológico pende como espada de Damocles sobre el historiador cada vez que su discurso historiográfico apela al deus ex maquina. Heródoto puede ser, según esta misma norma, demasiado ingenuo o primitivo .

Capítulo 4: hombre, historia, tragedia.

Si nos pusiéramos a plantearnos los problemas de epistemología y método en los Nueve Libros, probablemente no hallaríamos asidero sólido alguno para el análisis y la reflexión. En realidad, estrictamente hablando, tales problemas no existen para aquella historiografía que, desde sus mismos inicios, se colocó al margen de la sabiduría y se dio a sí misma el despropósito de alimentar la memoria humana, salvar el vertiginoso acontecer humano del olvido humano. Sin embargo, pese a una tarea tan metafísicamente pobre y, en parte gracias a ello, aquella primera historiografía estaba llamada a sentar las bases para una cruel desmitificación de dicho acontecer. El hombre histórico que recién ha descubierto es objeto de paciente y crítica observación; no se le puede tomar a la ligera, tal cual lo encontramos, ni creer de buenas a primeras lo que dice y piensa de sì mismo. Racionalista pero curiosa, tolerante pero desconfiada, fue ésta una historiografía que se aproximó a su hombre histórico con acucioso sigilo, alerta a los juicios y creencias que históricamente su objeto de observación había generado respecto, y a partir de, su propia historicidad. El hombre histórico y la cultura, ámbito al que es inherente el desencadenamiento de sus acciones en el espacio y el tiempo, abrieron así el pensamiento humano hacia una dimensión hasta entonces desconocida.

 

 

Preliminar

He visto a Dios. Es espantoso. No hemos hablado. Para escucharme, tendría que ser yo hombrte de fe. Y, para escucharlo, un esquizofrénico. Pero pululamos en el mismo universo. Él en su cueva y yo en la mía, somos vecinos del mismo barrio; el del misterio. Sólo que yo la habito con la suficiente molicie e ignorancia como para no perder la cabeza. Él no. El misterio lo ha enfermado. Y, convencido de ser la verdad que lo despeja y que, por lo tanto, nos haría libres, ha perdido la suya.

De la caída a la salvación: la historia inconclusa de la creación.

La caída simboliza el inicio de la historia, al menos para la criatura; es decir, la existencia temporal a la que, tras rebelarse, ha sido condenada por su creador. Y la salvación la recuperación de una criatura que, ahora, como pecador; o sea, habiendo comprobado por experiencia lo que su creador por omnisciencia ya sabía y se negó a revelar, retorna arrepentida al paraíso en que fuera creada, y lo hace por gracia del que la condenó. Así, entre caída y salvación -fin del tiempo de por medio- el reino de este dios describe un ciclo único y total hacia la eternidad propiamente dicha, suponemos, ya que, hasta la culminación de dicho ciclo, dicho reino no ha sido otra cosa que un proyecto histórico; una teleología en la que Dios hace de sentido inmanente y la eternidad de meta trascendente.

De cómo no fui echado del paraíso: me largué yo mismo

El Génesis, como se sabe, es el primer capítulo en la historia de un dios que creó el mundo, la historia; vale decir, el pasar en que las cosas pasan y el tiempo con que lo captamos. Según esta historia, en siete días -merecido descanso incluido- este dios, emergido de las tinieblas, configuró el universo total: estableció su reino eterno, creó la criatura llamada a adorarlo por la eternidad, actualizó el abismo temporal al cual arrojarla cuando se resistió, y, por último, concibió el plan para rescatarla de su temporalidad y retornarla a su seno. Más que una historia de dios, ésta es la de un proyecto de dios. Con lo cual esta historia deja fuera lo más interesante del objeto a historiar: las tinieblas mismas, el abismo y el origen del dios-héroe que, venido de ellas, encarna la luz que ha de iluminar el nuevo todo en que se dispone a reinar. De modo que esta historia, que no indaga en su tema y que, aún así, pretende dar razón de la temporalidad mediante la eternidad, nos deja en ascuas, pues sólo vale para confirmar que la vida eterna junto al dios que nos ha creado no es menos absurda que la temporal a la que nos ha condenado. No obstante, hagámonos de la vista gorda con este detalle menor, y ocupémonos de un dios al que, en esta parte de su historia, toca hacer de inicio en la historia toda del universo. Porque, en esencia, no de otra cosa hablamos aquí: de un dios que actúa y que, sólo en cuanto tal, ha podido ser objeto de narración.

De cómo andando el camino correcto terminé en el punto de partida.

Me parece que era Artaud quien decía que Dios no existe, y que, si existe, es una mierda. Esta idea de dios es un dilema que apunta, por una parte, a su real y efectiva existencia y, por la otra, a que, en caso de existir, sea cosa digna de creencia. Y si bien la real existencia de una cosa es condición previa del juicio sobre de ella, en el caso de los dioses es tema casi irrelevante, si se lo compara con la idea de dios, que sí es históricamente real. La existencia o no de uno que se hace llamar Dios es indemostrable. Pero la idea que de él tengamos es crucial. Pasa que nuestra inteligencia, memoria y voluntad de entes temporles que para ecistir han de hacerlo históricamente es el único hilo que vincula al dios en el que pretendemos creer con la eternidad en la que debería reinar; eternidad ésta de la que vendríamos y a la que, consumada nuestra temporalidad, habríamos de retornar. El problema acá es que, entonces, hablamos de un dios, un reino, una eternidad; en suma, un ser pleno que ha salido de sí y ya no es tal, pues ha sido intervenido, socavado y puesto patas arriba por la temporalidad misma de la criatura que estaba llamada a constituirlo. De modo que, si alguna vez fue, este dios ya no tiene ser, pues ha devenido y, por tanto, sólo puede tener historia. Y el mayor problema para este dios es que, en efecto, la tiene. Se la conoce como sagrada. Lo cual no es sino un infeliz oximorón, que me veo en la obligación de corregir. Porque, el otro problema no menor para este dios, es que, además de también tener una historia, tengo, gracias a ello, una idea de dios; por cierto, ontológicamente mucho menos generosa que la de Artaud.

De mi autocondena

Una cosa es ser expulsado del paraíso, tras una patafa en el culo, y muy otra abandonarlo por los propios pies: o sra, arrojarse uno mismo. La voluntad hace la diferencia. Lo que procede entonces es la autocondena. Ello equivale a la condena de Dios, sólo que despojada de su divinidad por el acto voluntario de quien se la autoimpone. Éste es el dato fundamental acá. La rebelión de la criatura sólo acarreó la expulsión del rebelde y no alcanzó su cometido. Ciertamente, desató la ira de Dios, pero no afectó su divinidad. Sin embargo, fuera de los predios del reino, la rebelión continúa: se torna secular. Sujeta al curso de su propio devenir, si la criatura se proclama pecador, su castigo se convierte en causa y su destino en botín de guerra. Lo que a este dios toca ahora enfrentar no es la conjura, sino la reivindicación del pecado respecto a un reino que sólo molicie, desprecio e indiferencia puede inspirar. Lo cual es mucho más difícil para uno tan propenso a la cólera y que tanto requiere de ser adorado.

De Dios como significación de un pasar que no lo requiere.

El pasar no rquiere de dioes, sino de historias, que lo signifiquen como pasado-presente-futuro y den forma a la existencia temporal. Son los dioses los que rrquieren de una historia para tener sentido como artífices del pasar. Dios tiene una. Se la conoce como la sagrada. Lo cual encierra un total contrasentido, ya que si, a diferencia del mito, cuyo papel es reconocer un pasado, el de la historia es indagarlo, con lo cual toda historia es, por definición, profana; incluso la de este dios, pese a que su intención sea la de hacernos reconocer en un único y por lo tanto verdadero pasado cósmico.

De gracia divina y conciencia histórica

La Salvación es el remiendo metafísico del error ontológico de la Creación. Dios intenta recoger al final del tiempo el desastre que ocasionó con su inicio. El intento de corregir el error con que comprometió su ser pleno lo conducirá a uno aún mayor, y que hará de la eternidad un imposible. En aquel entonces se equivocó al echar a la criatura del reino, porque con ello dio paso a la historia y a sí mismo como proyecto. Ahora está dispuesto a equivocarse de nuevo, haciéndola regresar al lugar del que la echó, porque con ello se trae la conciencia y la memoria, que han de desmerecerlo por completo como ser. Si Dios, como espera, pudiera ser adorado por el pecador, éste no sería tal, pues en la eternidad no puede haber conciencia ni memoria, que es de lo que está hecho todo pecador en tanto que arte y parte de la existencia temporal. Pero este dios jura que la Salvación del pecador es su salvación como dios. Según su propia historia, lo que lo mueve a recuperar su antigua criatura no es el arrepentimiento, sino el perdón y la misericordia, en el entendido de que a quien corresponde arrepentirse es al pecador mismo. Su gracia está, pues, dirigida a aquél que, sobre la base de tal arrepentimiento, se hace acreedor del perdón y la misericordia, que es lo que de nuevo lo conducirá a la vida eterna que perdió tras su rebelión. Toca entonces considerar las implicaciones que tiene esta en apariencia armónica conciliación de gracia divina y conciencia histórica.

Epílogo

La eternidad sólo puede entenderse tal y como Platón define el ser: lo uno siempre igual a sí mismo. El tiempo, nos indica en el Timeo, es imagen móvil de la eternidad. Para Aristóteles dios vendría a ser la causa primera, el motor a partir del cual todo entra en movimiento, sin que determine el curso del movimiento al que da lugar. De tal manera que la eternidad no es espacio en el que sucedan cosas, ni un modo particular en que las cosas suceden o hayan de suceder. La eternidad es una idea, un principio, un axioma; nunca un atributo de algo distinto de ella; mucho menos el estadio superior de algo que, habiendo iniciado en calidad de temporal, se haga eterno tras dejar atrás y superar su temporalidad. La eternidad sólo podría ser la negación absoluta del antes y el después, del inicio y el final. Si algo cambia, hay movimiento, tiene una dimensión duradera y, por lo tanto, temporal, En consecuencia, la eternidad no puede ser anterior ni posterior a nada, pues sería mera episodio de lo que sucede. Y en ella nada puede suceder, porque, a diferencia de lo que sucede en las historias, no hay inicio ni final. Si algo tiene historia, no le cabe eternidad, aunque dure eternamente.

LA RATA

Yo habitaba en una vieja casa vacacional abandonada, colgada de lo alto de un cerro pedregoso y desde el que se podía ver abajo el mar en su quieta enormidad, yendo y viniendo en monótonas embestidas contra las rocas negras del acantilado en el que, por ahora, espero. 

LA ÚLTIMA CENA

Por obra y gracia del espíritu santo sigo aquí, como de costumbre, aludiendo y mendigando a cada transeúnte que pasa frente a mí. Ocupo el primer escalón de los doce que conducen a la taquilla de una sala de cine donde sólo entran hombres solos. La verdad no sé si es el primero, porque, contando desde la acera, éste sería, en realidad, el segundo. Con lo cual. el total de escalones de la escalera entonces sumaría trece, Por otra parte, trece, según he escuchado decir desde siempre, es número de mala suerte. Luego la diferencia entre doce y trece no sería sólo de un escalón, sino de un destino. De modo que ocupar el segundo o el primero no es cuestión que se pueda tomar a la ligera. Y, ciertamente, que no lo hago así. Sólo que, en mis consideraciones al respecto, encuentro razones igualmente lógicas e irrefutables como para afirmar que estoy en una o en otra posición. Esto es cosa que me gustaría resolver cuanto antes. Por primera vez, no sé por qué, me hallo en la circunstancia en que me gustaría saber, a ciencia cierta -como también se suele decir- en dónde estoy. Nunca imaginé que de un escalón a otro pudiera haber semejante diferencia. El mundo, que para mí siempre ha sido la acera, sería el primer escalón, con lo que yo estaría, entonces, a un escalón menos del cielo y a dos más del infierno. Esto en caso de que el cielo esté arriba, el infierno abajo y yo en el medio. En la perspectiva de este sanguche cósmico puede que la diferencia no se sienta tan enorme como entre el primer y segundo escalón, quizás porque la diferencia entre cielo e infierno es más de fe que de cálculo. Pero, por otra parte, la diferencia entre fe y cálculo es tan enorme como la que puede haber entre un escalón y un destino. Es el tipo de cosas que me gustaría resolver. Allá, por la acera de enfrente, va el gordo de las corbatas anchas y los zapatos chillones. A veces viene. Es el tipo de evento que siempre me distrae de mis resoluciones.

LA QUINTA PATA

Octubre. Lluvia, llovizna, tormenta o aguacero. Lo cierto es que desde hacía ya tiempo el agua no dejaba de caer como una maldición del cielo. Si, hasta cuando cesaba por un rato, no era sino para mostrarse en esa forma de bruma, neblina, calima o calina. La misma maldición; sólo que elevándose desde la tierra sobre la que ha llovido sin parar. A la hora de ser andada, no había sino dos opciones: la maleza o el barrial. Tú eliges, se dijo a sí mismo en el instante incierto en que intentaba dar con el camino para emprender la huida. De súbito, la noche se detuvo. Un relámpago de inamovilidad con el que el aguacero cesó de golpe. Y entonces fue esa quietud que parece escucharlo todo con los oídos de su silencio. Extenuado, se sentó y miró de nuevo al cielo. Durante un largo rato, ni los mismísimos dioses osaron asomarse por cima de los muros de la noche, hasta que de nuevo se dejó oír el monótono canto de los grillos.

TAXIDERMIA

A ver. Acaso esté yo en el curioso procedimiento de comprobar a través del sueño que el alma, si no se refiere a la mera forma de la materia, tal y como Aristóteles fue el primero en sugerir, es el más degenerado e infame de los conceptos. Menos mal y me leí a tiempo aquel tratado que Amanda, mi mujer, dice que lleva título de espanto o aparecido. Como sea, ya sabía yo que no podía ser tan inútil haberlo hecho, tal y como ella siempre aseguró, con ese pragmatismo repugnante tan propio del género femenino y que se va acentuando con la edad. Ella siempre dice: no creo en santo que come y caga, ni en loco que no come mierda. Y, en cierto modo, compartimos la misma poca fe. Aunque para no creer en los santos ni para creer en los locos, requiera yo concebirlos avocados a tan vitales funciones. En todo caso, por ahora, el curioso procedimiento al que aquí me refiero es la única posibilidad que me queda para salir del atolladero en que me encuentro desde hace… Ni siquiera sabría decir cuánto tiempo, pues lo primero que resalta en este asunto es la perdida de la certidumbre que el tiempo nos proporciona como el principal referente de lo que existe.

PORNOAVENTURA

¿Cómo se puede ser, durante algún tiempo, tan vital y, al mismo tiempo. morir sin necesidad alguna de haber vivido por razón distinta a la de follar? Tal era la pregunta que se hacía Henry al caer la tarde y cuya respuesta el crepúsculo se iba llevando a los confines del anochecer confundido con su propia noche de viejo y como quien, con sumo cuidado y sigilo, oculta algo muy preciado pero que le ha de resultar comprometedor o embarazoso. El Henry -dicho así, en su recuerdo, porque así lo llamaron siempre en los tiempos en que vivir era algo más que recordar- estaba sentado ante uno de los largos ventanales que iluminaban el largo pasillo donde la pasaba desde la una, tras haber tomado su almuerzo y haberse negado, como siempre, a hacer la siesta. Éste nunca quiere dormir, había exclamado, como siempre, la señora Pérez. Y allí seguía Henry, empotrado en su silla de espectador del paisaje vespertino. Durante toda la tarde llovió. Y aunque había amainado ya, aún seguía cayendo esa leve llovizna, seguramente gracias a la cual el jardín, los árboles, la calle, los cerros lejanos que todavía encajaban sus puntas en los restos de una nubosidad fragmentada y el paisaje todo, o al menos hasta donde la vista aguzada alcanzara atisbar desde aquella ventana, adquiría esa transparencia rosa que a Henry tanto agradaba. Hasta que, como siempre, a las siete y según orden inapelable de la señora Pérez, Henry fue largado a su habitación. A dormir hasta el día siguiente, como siempre.

LA PIEL INMATERIAL DE LA NOCHE

Ahora sí que estoy jodido, se dijo a sí mismo, con resignación. Boca arriba, a la vez que dibuja garabatos ininteligibles en la piel inmaterial de la noche, llega hasta él un olor agridulce, de fruta fermentada o de licor. Mas bien de las dos cosas juntas, mezcladas, concluyó, ya que la gorda había incorporado al enorme pastel que estuvo preparando durante la mañana una generosa porción de cada una. Y en ese momento, cuando ya arribaba a la media noche, volvió a recorrer, una vez más, los detalles de aquella faena, que habían ido a parar a su memoria, como lo que sobró del pastel, de un golpe seco, habla ido a parar al fondo del bote de donde emanaba aquél olor.

LA CUARENTA Y OCHO

Entré al bar. Fui hasta el extremo solitario de la barra desde el que me observaba, pedí una cerveza y me volví a la mesa de siempre, o al menos la que yo esperaba que fuese tal cada vez que entraba, y que, por esta vez al menos, ciertamente, estaba desocupada. Estuve bebiendo mi cerveza poco a poco, algo así como a un sorbo cada vez que intercambiábamos miradas. Hasta que por fin ella también se vino a la mesa de siempre. Entonces la noche, como el silencio de Dios, se fue hundiendo en el barro de nuestro mutuo decir. Barro nuestro que caes del cielo. El amanecer nos sorprendió a solas, o más bien juntos en la misma soledad desde la que cada quien defendía su propia soledad, ahora sí, sin nada que decirnos, en medio del barrial que nos había arrastrado hasta la cuarenta y ocho.

EL CENTENARIO DE STOKER

Cuando suena la hora lúgubre de los espíritus, la novia bebe el vino de un rojo sombrío como la sangre. Una vez más, aquellos versos de Goethe, que lo hacían sentir tan orgulloso de sí, resonaron en su memoria, apenas se asomó a la ventana y la noche le rozó el rostro. Luego fue esa mirada acuciosa lanzada allende los suburbios nubosos de la ciudad, más allá de los cuales se extendía la rígida horizontalidad del cementerio. Quietud. sosiego, reposo, descanso… iba buscando la palabra más apropiada para definir lo que aquél otear el horizonte de la noche le inspiraba, hasta que la encontró: ausencia. Eso. Porque la muerte no es más que ausencia. Ni menos tampoco. Entonces emprendió el vuelo.

LA POSE

De los talones a la cabeza mediría no más de metro y medio. Y si uno se fijaba bien, venida de sus adentros a flor de piel, como el alma que le daba forma en una sola y fugaz pincelada de existencia, la insignificancia demarcaba el todo de su cuerpo quieto y menudo. Quizás fuese esto, la manera en que esa insignificancia determinaba la absoluta armonía entre el ser y el aparecer lo que la hiciera lucir más joven de lo que realmente fuese, como si a estas alturas de su biografía aún no contara con una historia única y propia en la que hubiese valido la pena desgastarse y envejecer. El resto de aquella su presencia era lozanía triste, quietud de lagartija a la una de la tarde y que administra su energía en medio de un paisaje árido y sofocante. No obstante, al mismo tiempo, su pose era tan curiosa y estudiada, tan artificiosa que lo que le faltaba en tamaño y significación le sobraba en gracia y seducción. Al menos eso fue lo que pensé cuando me disponía a entrar a la tienda y la vi, parada allí, de espaldas a la puerta y con los codos apoyados en el mostrador mientras seleccionaba los botones de las cajitas que el viejo tendero iba poniendo de dos en dos a la disposición de su minuciosa inspección.

 

 

Historia

Mundial

Contemporánea

A mi modo de entender, los que están persuadidos a que por la historia particular se puede uno instruir lo bastante en la universal, son en un todo semejantes a aquellos que, viendo los miembros separados de un cuerpo poco antes vivo y hermoso, se presumen estar suficientemente enterados del espíritu y gallardía que le animaba. Pero si uno, uniendo de repente los miembros y dando de nuevo su perfecto ser al cuerpo y gracia al alma, se lo mostrase por segunda vez a aquellos mismos, bien sé yo que al instante confesarían que su pretendido conocimiento distaba antes infinito de la verdad y se asemejaba mucho a los sueños. Y ciertamente, que por las partes se forme idea del todo, es fácil; pero que se alcance una ciencia y conocimiento exacto, imposible. Por lo cual debemos estar persuadidos a que la historia particular conduce muy poco a la inteligencia y crédito de la universal, de la que únicamente el reflexivo conseguirá y podrá sacar utilidad y deleite, confrontando y comparando entre sí los acontecimientos, las relaciones y diferencias. (Polibio. Historia Universal. Exordio.)

EL CONCEPTO DE MEMORIA

...sólo de aquellos seres vivos que son conscientes del tiempo puede decirse que recuerdan y hacen esto con aquella parte del alma que es consciente del tiempo. Aristóteles. De la memoria y del recuerdo.

Grande es la virtud de la memoria y algo que me causa horror, Dios mío: multiplicidad infinita y profunda. Y esto es el alma y esto soy yo mismo.  San Agustín. Confesiones

Introducción

...sólo de aquellos seres vivos que son conscientes del tiempo puede decirse que recuerdan y hacen esto con aquella parte del alma que es consciente del tiempo.

Aristóteles.

De la memoria y del recuerdo.

 

Grande es la virtud de la memoria y algo que me causa horror, Dios mío: multiplicidad infinita y profunda. Y esto es el alma y esto soy yo mismo. 

San Agustín.

Confesiones

 

...el pasado se conserva por sí mismo, automáticamente. Todo entero, sin duda, nos sigue a cada instante: lo que hemos sentido, pensado, querido desde nuestra primera infancia, está ahí, pendiendo sobre el presente con el que va a unirse, ejerciendo presión contra la puerta de la conciencia que querría dejarlo fuera.

...no pensamos más que con una pequeña parte de nuestro pasado; pero es con nuestro pasado entero, comprendida en él nuestra curvatura original del alma, con el que deseamos, queremos y actuamos.

Henri Bergson.

La evolución creadora

La memoria: un misterio, una estructura, un proceso

Para Aristóteles la memoria residía en el corazón. Captadas por los sentidos, suponía que las impresiones que se perciben del entorno eran conducidas por la sangre hasta allí. En general, para la filosofía antigua el corazón es el reservorio de la actividad espiritual del hombre. Allí se asienta lo que para nosotros es su existencia psíquica. De modo que el corazón era tenido por el lugar de las emociones y los sentimientos, idea que, por lo demás, ha permanecido a lo largo de la historia en las más diversas culturas hasta hoy. De hecho, en latín, recordar -recorsi- significa de nuevo en el corazón. Esta creencia se mantuvo durante siglos. No es sino hasta mediados de la edad media cuando la memoria comienza a ser ubicada en la parte posterior del cerebro1. Aunque sin datos abundantes y determinantes al respecto desde un punto de vista científico, es la fisiología moderna la que la ha localizado en el cerebro. E. Kandel2, premio nobel por sus investigaciones en este campo, ha definido la memoria como una representación interna de la información adquirida mediante aprendizaje; información que se halla codificada, espacial y temporalmente, en circuitos neuronales, mediante cambios operados en las propiedades reactivas de las neuronas. Con todo, en el mundo de la ciencia aún no hay consenso en cuanto al modo como reside la memoria en el cerebro. Hay quienes piensan que la memoria tiene localizaciones específicas, que se corresponden con un determinado tipo de ella, y quienes piensan que, por el contrario, la memoria es una y que alcanza amplias regiones cerebrales que operan conjuntamente y de manera coordinada, según diversos niveles de complejidad en el registro de datos y evocación del recuerdo. También hay quien piensa que ambas hipótesis no son excluyentes entre sí y que es posible que apunten con certeza al mismo fenómeno considerado desde puntos de vistas diferentes y complementarios3.

Aristóteles: memoria, alma y experiencia

Al concebirla como parte del proceso cognitivo -junto con la percepción y el aprendizaje- la psicología cognitiva ha puesto en evidencia la complejidad de la memoria y resaltado la conexión existente entre memoria y otras funciones tanto fisiológicas como espirituales del ser y el proceder humanos. Conexión ésta que ya había sido planteada por Aristóteles. Así, por ejemplo, en Metafísica establece la relación directa y biunívoca entre memoria y experiencia de la siguiente manera:

San Agustín: memoria, alma y dios

Agustín se ocupa del tema de la memoria en el Libro X de Confesiones. Hay quien dice que este capítulo constituye una suerte de bisagra que une la primera parte de la obra, es decir, la parte autobiográfica, que recogerían los libros del I al IX, con la siguiente, la parte conceptual, correspondiente a los libros XI-XIII. Tal estructura expresaría la intención misma del autor, con el propósito de reflejar en ello su concepción de la memoria como la función mediadora entre el hombre y dios1. Aunque no hay constancia de que esto sea así, es una interpretación muy plausible. Por lo demás, cualquiera sea el caso, se trata de una interpretación que en nada contradice el concepto mismo de memoria que maneja Agustín y que constituye una excelente guía en la lectura de la obra. También, en La Trinidad trata Agustín el tema de la memoria, particularmente en los Libros del X al XIII, aunque aquí no de manera específica, sino en conjunción con el entendimiento y la voluntad, y en tanto que las tres -memoria, entendimiento y voluntad- son las facultades que a su entender definen el alma humana. Ello supone un giro completo en el concepto de alma y, en consecuencia, en el de memoria con respecto a la visión materialista de Aristóteles. Pasamos de la entelequia que define lo vivo en la naturaleza -de lo cual el hombre es una especie- al hombre cuya individualidad plena está determinada más que por la naturaleza, por su conexión con dios y la dimensión de lo divino. El alma de Aristóteles da lugar a una especie natural con conciencia del tiempo. La de Agustín a un hombre histórico conectado con la naturaleza sólo en su dimensión material y cuya conciencia del tiempo no es otra cosa que su vínculo con la eternidad.

La dimensión social de la memoria

Entre el Tratado del Alma y el Tratado de la Santísima Trinidad se abre uno de los episodios más plenos de significación en la historia de la filosofía occidental. El cristianismo avanza sobre las ruinas de un paganismo que ha sido, al mismo tiempo, fuente de inspiración y modelo de su filosofía. Esto se hace evidente en el tema de la memoria. El concepto de Aristóteles emerge de las dimensiones materiales de la naturaleza y que el cristianismo depreciará como el terreno de lo profano. El de Agustín es un concepto que desciende de los cielos. Tejida con el hilo de la lógica pagana, la memoria de Agustín se inserta en el tapete de la fe y el misterio supraterrenal de lo divino. En este tema, como en otros, el decisivo avance que el materialismo aristotélico representa respecto al idealismo de Platón, es un camino que de nuevo recorre Agustín, pero en sentido contrario. Su concepto de alma -y con él el de memoria- constituye, digámoslo así, un ejercicio de desmaterialización de lo que encontramos como tal en Aristóteles.

Mito, memoria e historia

Se dice que recordar es hacer presente el pasado. Ciertamente. Una hermosa metáfora, como casi todas las que, al jugar con el sentido de los términos, pero sin contradecir su sentido, crean una atmósfera de contrasentido que, sin estar reñida con la lógica, la ironizan, en cierto modo se mofan de ella. Una metáfora, además, muy acertada en todo sentido. Sin embargo, ello no obsta a la hora de precisar hasta qué punto es posible hacer presente el pasado, en qué grado y en qué sentido. Pues el pasado presente no es lo mismo que el pasado, El recuerdo no es mostrar lo que hay en la memoria, sino la realización de un constante proceso de selección, ordenamiento y elaboración de ella. El recuerdo es una intervención intencionada y sofisticada desde el entendimiento del material bruto de la memoria. No sólo el recuerdo vive de la memoria, sino que, a su vez, la memoria vive de la aportación y el enriquecimiento que el proceso de recordación le aporta. De modo que, como resultado del recuerdo, el pasado presente no es el pasado, sino lo que de él hemos seleccionado, ordenado y elaborado, y lo que nos decimos acerca de los resultados de tales operaciones sobre la memoria. Y como seleccionar supone, en alguna medida, el olvido -inconsciente o voluntario- hay veces en que hasta el olvido es una forma de decir acerca del pasado recordado. Si a todo esto se agrega que todas estas tareas inherentes al recuerdo y el olvido se realizan desde y a través del lenguaje, que son en sí mismos procedimiento lingüísticos, resulta entonces que la memoria es un procesamiento semántico de la experiencia temporal. Saber del pasado, individual o colectivo, es en sí mismo un proceso de significación.

 

 

HISTORIA Y CIENCIA
El silogismo se compone de proposiciones, las proposiciones de términos; los términos no tienen otro valor que el de las nociones. He aquí por qué si las nociones (y éste es punto fundamental) son confusas debido a una abstracción precipitada, lo que sobre ellas se edifica carece de solidez; no tenemos, pues, confianza más que en una legítima inducción. F. Bacon
Introducción

Soy de la generación a la que tocó aprender en clase de historia que la historia es la ciencia que estudia el pasado y, respecto al más importante hecho que da inicio a la historia, que el hombre desciende del mono. Aunque aquí el asunto nunca quedó del todo claro por aquello del eslabón perdido. Acto seguido, receso de por medio, me tocaba aprender en clase de religión que, de acuerdo a la historia sagrada, el hombre era creación de dios. Esta vez el asunto quedaba todavía menos claro, pues con ello se hacía participar al hombre de una doble naturaleza, histórica y divina. Siguiendo el razonamiento científico -que también hube de aprender en clase de física y de matemáticas- si la historia es una ciencia, la historia sagrada también lo es. Entonces ¿cómo era posible que una misma ciencia tuviera posturas científicas tan disímiles en relación al hecho más importante con el que se iniciaba la historia de la humanidad? ¿O es que hay historias científicas e historias que no lo son? Porque en el mundo de la ciencia hay más teorías falsas o erróneas que teorías verdaderas, y todas por igual son expresión del mismo modelo de conocimiento, es decir, forman parte del mismo proceso de desarrollo de ése modelo y de ese conocimiento tenido por científico. Hay verdades científicas y también falsedades que, no por tales, dejan de ser científicas, pues las unas y las otras son resultado del mismo proceder. Claro que el que la historia sagrada sea científica es bocado del conocimiento que lucía realmente grueso de tragar.

La concepción de la realidad: la relación sujeto-objeto

La caída de un individuo de lo alto de un edilicio de diez pisos puede ser interpretada de muchas maneras. Como un suicidio, es decir, el resultado de la intención de quitarse la vida, o como accidente resultado del descuido mientras contemplaba el paisaje, o como un homicidio, si es que el sujeto en cuestión fue empujado por otro o, incluso, de alguna manera inducido a acometer su propia caída. Este tipo de causa puede llegar a constituir un entramado muy sutil y complejo porque, precisamente, no supone necesariamente datos evidentes, observables y medibles, sino indicios de una posible intención o conducta particular del individuo en cuestión y, también, de otros que pudieran estar de alguna manera involucrados en su caída desde lo alto de un edificio. Por otra parte, son datos evidentes, observables y medibles, tales como la masa del individuo que cae y la distancia que lo separa del centro de la tierra, los que, convertidos en variables de una rigurosa formulación matemática con enorme capacidad de predicción, nos explican la caída del individuo desde el punto de vista científico. La diferencia entre una y otra situación a la hora de interpretar el mismo fenómeno es la objetividad científica o, dicho en otros términos, el concepto científico de realidad en el que se ha basado y se basa todo el pensamiento científico y sus nociones de conocimiento y verdad.

El historiador como sujeto y el hombre histórico como objeto

Gracias a la Ley de Gravitación Universal, la caída de un individuo de lo alto de un edilicio de diez pisos puede ser comprendida científicamente, si me fijo en los datos apropiados del evento y lo defino de la manera apropiada. Lo cual requiere, como es obvio, un observador específicamente consciente y premeditadamente preparado para ello. Esto es, un observador según lo que el método científico entiende como tal. Si como observador no me interesa la distancia del piso diez a la superficie de la calle, ni la masa molecular del individuo; si, además, no tengo la capacidad de combinar estos datos como variables de un acontecer ecuable, no soy el observador indicado para una apreciación científica del evento. Y, muy probablemente, la mayoría no lo es. Lo cual, sin embargo, no nos excluye como observadores, y dará lugar a muy diversas formas de interpretar el evento, distintas, todas ellas, a la propia de la ciencia. Lo primero que cabe preguntar es si, al ser esto así, se trata del mismo evento.

La naturaleza científica de la historia: un despropósito metodológico.

Luego de aprender a distinguir un poco, gracias a Aristóteles y Tucídides, lo que la ciencia y la historia son, o pueden ser, aquella idea que hube de aprender en la escuela según la cual ésta última es la ciencia del pasado luce como el más remoto y anquilosado arquetipo de la infancia de cualquier historiador. Pero lo mismo fui a aprender en la escuela de historia en la que me formé. Siempre recuerdo a mi profesor de ciencias sociales asegurando que la historia es una ciencia porque tiene un método, es decir -ilustraba haciendo el correspondiente gesto con su mano- un camino hacia el conocimiento que ha de ser andado. Por mi parte yo, que antes de ingresar a la Escuela de Historia había cursado durante dos años ciencias actuariales y matemática aplicada en la de Estadística -a tono con el cruel lema de mi profesor de cálculo: deriva el que sabe, integra el que puede- me preguntaba cómo es eso que, para definir un método científico, los historiadores hemos de conformarnos y apegarnos a una metáfora como, en este caso, la del caminante. Yo podía estar muy de acuerdo con una metáfora que, después de todo, se corresponde con la etimología del término método. Pero nunca con la naturaleza científica de lo que una metáfora así estaba llamada a ilustrar. Si de caminar se trata, he allí a Heródoto en el Asia Menor, o cualquier estudiante de historia por las atestadas calles que conducen al Archivo General de la Nación, la Biblioteca Nacional o la Academia Nacional de la Historia. Pero que jamás han de conducir a la ciencia.

Historia y ciencias sociales

La historia es la más antigua de las ciencias sociales. Esto afirma Fernand Braudel, y añade que lo que la diferencia de ellas no es sólo su antigüedad, sino la peculiar dificultad de que el historiador trabaja sobre lo que ya no es. Por otra parte, Georges Duby, quien, al igual que Braudel, asigna un carácter decisivo tratamiento documental, señala una estrecha vinculación entre la historia y la creación literaria, y resalta el hecho de que la historia, entre las disciplinas que habitualmente llamamos ciencias humanas, es la única que constituye un género literario.1 Tales no son distinciones diferentes o excluyentes. En realidad, la una es consecuencia de la otra. La historia es narración, porque sólo a través de la narración podemos acceder al tiempo, significar el transcurrir de la existencia como temporalidad especifica y representar lo que ya no es. Fue ese ya no ser el que llevó al sustancialismo antiguo a afirmar que de la historia no se podía extraer conocimiento alguno, pues no se puede conocer lo que deviene, sino lo esencial y permanente, lo siempre igual a sí mismo. Es ese no ser el que, todavía hoy, traza la frontera epistemológica entre ciencia e historia. Debate del cual Braudel se aparta, por considerarlo estéril, y con razón. Sólo que con ello se pierde todo derecho a considerar la historia una ciencia. Y, por último, es ese ya no ser el que hace del tiempo histórico una dimensión sólo posible de ser planteada en el contexto específico de una narración. En virtud de lo cual Duby reconoce su naturaleza decisiva como género literario. Ciertamente, hay que convenir en que la historia se distingue de las ciencias sociales por su antigüedad, y por tratar de lo que ya no es. Sólo que la más elemental consecuencia de ello es que la historia no es, en realidad, una ciencia social, sino, como muy bien dice el mismo Braudel, el arte frágil de escribir historia.

El surgimiento de la historia ciencia y las ciencias sociales

Las ciencias sociales son uno de los más genuinos productos institucionales y académicos de la sociedad industrial. Si bien el término suele utilizarse en contraposición al de ciencias naturales, y sugiere que el estudio de la sociedad no se rige por los mismos parámetros, en sus orígenes son el intento de crear lo que Comte llamaba una física social, cuyo propósito no era otro que aplicar los criterios y métodos científicos al ámbito de la sociedad y la acción humanas. La sociología no comenzó a ser reconocida como una disciplina académica hasta finales del siglo XIX, particularmente con los trabajos de Durkheim, epígono de Comte y Saint-Simon, y cuyo radicalismo científico impone una línea de trabajo que concebía la realidad social como un objeto de estudio independiente de la subjetividad del individuo. En contraposición a este concepto, posteriormente, Max Weber, más influenciado por el marxismo, aducía que no se puede estudiar la vida del hombre y sus relaciones en sociedad sin tener en cuenta el modo en que la dimensión subjetiva de su existencia incidíe en la realidad social. Las ciencias sociales surgen en el marco de esta controversia. Pero son, en conjunto, expresión del desarrollo de la sociedad industrial, de una cultura para la que la ciencia es símbolo del saber y de control sobre la existencia, bien y valor fundamental del desarrollo social. Y la historia, como ciencia social, aparece también entonces o, si se quiere, el oficio del historiador se inserta en esta cosmogonía característica del mundo contemporáneo. Dicho en otros términos, no es que la historia sea una ciencia social, sino que la historia, como ciencia, es una forma particular de concebir y escribir historia, tan reciente como las ciencias sociales con las que comparte, o intenta compartir, el mismo espacio institucional y académico.

Las ciencias sociales: signo de modernidad de la era industrial

La historiografía. Lo que desde los tiernos años de la escuela nos enseñaron a definir como la ciencia que estudia el pasado ¿por qué, en lugar de seguir sentada a las puertas del reino de la ciencia social, no emigrar al infame barrio de la narrativa. donde nació y creció sin complejos el mismísimo Heródoto? Yo creo que en buena parte ello se debe a que el empobrecimiento del historiador como narrador no es cosa que se queda en el plano del papel, sino que invade toda su interioridad como sujeto. El estilo no se aprende ni se copia; se forja en el marco de una disposición personal. El historiador científico se enajena a sí mismo como sujeto, y lo hace en aras de una falsa objetividad en virtud de la cual cree que el conocimiento histórico está fuera de sí mismo, en esa supuesta realidad del pasado que, en realidad, no existe. La idea de que la historia es la ciencia que estudia el pasado es la representación sintética de esta enajenación, reproducción del servilismo epistemológico que le otorga su dudoso rango científico y, al mismo tiempo, lo anula como narrador.