Por cima de los muros torcidos y grisáceos que bordean el patio de la Pensión Rita se asomaban las cimas pelonas de los cerros que circundaban la ensenada y que, a la hora ya postrera del mediodía, dejaban caer sobre Buenaventura la mirada impasible de su lejanía. Ellos allá, cual bestias prehistóricas echadas a la enormidad de su exilio geológico desde el que ofrecen su pedregoso abrazo de tierra colorada a los que acá, como reptiles, abrimos nuestras bocas al calor. Ellos allá, mudos e inmóviles parecen. Pero sólo parecen. Los de acá sabemos que se mueven en su tosca inamovilidad; se dan codazos y dicen cosas entre sí, atrapados en su mutismo, el mismo con el que nos atrapan y que, por lo tanto, es también nuestro. Vieron al comisario éste, con su bolsito a cuestas y los ojos medio cerrados bajo la visera de la gorra atisbando el cielo erguido por sobre los lomos de los cerros ¿A dónde piensa éste que va? Lo sé, lo sé bien. Ellos saben que yo sé que no voy a ningún lado, aunque me vaya mil veces y algo más. Se extasían mirando al mortinato que los mira asomado al hueco de sus miradas desde el hueco de la habitación como si abandonara el útero del que acaba de nacer. No se trata de renacer, sino, simplemente, de nacer a diario, una y otra vez, el mismo mundanal del sin sentido de seguir vivo. Ciertamente, Como quien dice, no huyo del mundanal ruido, sino que voy hacia él, desde hace cuarenta años, una y otra vez. Nunca aprenderé. Sin embargo, aquí, al menos he aprendido a leer esos desdibujados labios de tierra y piedra hechos mole inútil, a sentirme parte de su mole, así, como desmoronado de ella. Alma de terrón en el gran terrón del alma humana de tierra colorada. Algo así es fácil de aprender tras unas cuantas semanas en Buenaventura. Los aires de
Buenaventura, como dice el cura. Y, podría uno agregar, esos cerros calvos que contemplan como sepultureros la faena aún inconclusa del caserío que se rinde a sus pies. Cada casa, cada habitación. Ésta, que desde hoy ya no será más mi habitación, por el simple hecho de que sin irme creo que me voy. Puedo sentir cómo su vacío se va despojando de mí. No empujes, vacío, que ya me voy. Penumbra ya caliente de la habitación que ya no es mía por el simple hecho de que sin irme creo que me voy. Si, en lo que llegue Colmenares nos vamos, Romero. Mira que si no, nos calamos el resto del día tu jueguito de palabras que no quiero. A otro lugar. No hagas caso a esos cerros. A otro lugar, aunque te miren igual. Pero, desde aquí, Buenaventura ya luce demasiado pesado. Como Indio colgado. Sí. Qué cosas ¿no? El Moise, El Indio... se acabó el ejército de Rengifo, y Medina sigue vivo. Pero aún estás tú, Romero. No todo se ha perdido. Eso diría Rengifo. El muy pendejo. Está bien, Romero. Ya sabemos todo lo que hay que saber del Rengifo. ¿Nos vamos?
Así, según Martín Romero, se veía Buenaventura desde el patio de la Pensión Rita, mientras permanecía recostado del marco de la puerta semiabierta de la que, hasta ese día, sería su habitación. Miró por un momento al interior de la habitación, y luego volvió a posar la mirada sobre aquellos cerros. Estábamos en que el pueblucho éste... ya, Buenaventura. No parecía ese pueblo roñoso y olvidado al que una vez arribó por una de sus tres calles en el autobús escacharrado que conducía aquel al que poco tiempo después descolgaría del techo de la habitación contigua ahora para siempre cerrada según disposición de la señora muerte nos espera y a la que de súbito se le ocurrió llamar así mientras colocaba el morral sobre el suelo y calculaba la hora exacta: la una, a la primera, se dijo por decirse. Y no se equivocó Martín Romero. Mira tú, esta vez había atinado, y con una precisión tal que le hizo sonreír muy levemente. No, lo que le hizo sonreír, advirtió inmediatamente, fue la azarosa manera de atinar y, además, en las cosas banales. Si Amanda estuviera aquí, pensó, ya tendría otro motivo para quejarse de mi estupidez. Romero, romerito. Pero yo no me quejo. Quizás porque soy estúpido por voluntad propia, sólo gracias a mi personal, exclusivo esfuerzo. A los demás debo todo, menos eso; mi íntima estupidez. Bajó de nuevo la vista al patio. El sol caía de plano sobre el piso salpicado de hojas secas a su vez caídas de un almendrón semipelado plantado en la esquina y que, según la señora muerte nos espera, había crecido allí solo, sin que nadie lo plantase, esperase o cuidase. El azar.
¿Y qué parecía entonces? ¿Qué parecía qué cosa? Ese pueblo roñoso y olvidado mirado por los cerros de cimas pelonas, distantes y amarillos. Ah, eso. A ver ¿Qué podría parecer? Qué sé yo. Y cómo saberlo. Habría que verlo desde allá, precisamente encaramado en esos cerros. Como los sepultureros, que son los únicos que pueden tener un ángulo de visión apropiado cuando de la vida se trata ¿no? Cada quien, a su manera, tiene ojos de sepulturero, aunque entre todos nos hagamos de la vista gorda. Sólo que en este caso, frente a esos cerros, más que sepulturero yo soy lo sepultado. El modo que, desde aquí, sólo se me ocurre un pueblo roñoso y olvidado con comisario y todo dentro parado en el patio de la Pensión Rita y que como un idiota mira a lo lejos por cima de los muros grisáceos las cimas pelonas de los cerros. Eso no dice mucho. Pero no importa. Desde aquí, atrapado en las maderas del cajón de mis imaginerías, si estuviese yo en aquellos cerros, se le distingue −al comisario, digo− apenas un miserable punto junto a la puerta de su habitación contigua a la ahora siempre cerrada mientras aguarda la llegada de Colmenares, que dijo que vendría al mediodía; seguro, Jefe, con toda puntualidad, espérame allá; es decir, aquí, desde donde me imagino viéndome desde allá, encaramado en los cerros. Y, por cierto, que ya es la una, y Colmenares no llega. Pero el comisario no se impacienta por ello. Ya sabemos cómo es Colmenares. Y lanza su mirada a los cerros, y esos cerros que ya le corresponden en amable lejanía. Graciosa inteligencia la de ese comisario para el que, visto desde aquí, Buenaventura ya no parece ese pueblo roñoso y olvidado al que una vez arribó por una de sus tres calles, sino la acogedora guarida de sí mismo. Al parecer, se ha terminado de convencer de que es éste el mejor sitio para terminar sus días. Aunque en realidad, Romero, tú y yo sabemos que tus días no conforman eso que con tanta facilidad suele llamarse toda una vida, como reza el bolero. Pues, en tu caso, los días no son más que trozos inconclusos en sí mismos, vidas repetidas que no terminan de terminar cuando ya apareces en el día siguiente, una vez más vuelto a empezar; cada mañana, a eso de las diez, la otra vida ¿No es así, Romero? Martín Romero murió ayer, y hoy lo volverá a hacer ¿Y no se cansa el muy majadero? No, para nada. Es terco como mula, además de majadero. Sísifo. Lo recuerdas ¿verdad, Romero? Aquel tomo gordo y verde de mitología con un bicho raro en la portada que resultó ser el minotauro y con el que te entretenías durante largas horas. Hete, pues, mi querido comisario, aquí, en Buenaventura, tu propio Tártaro, siendo tú mismo la roca de tu mortal y eterna tarea. Y pensar que todo aquello parecía, tiempo atrás, mero cuento. Mira cómo piensan éstos. Lindo cuento. Cuento el miedo de haberte creído el cuento de lo eterno y ahora no saber si, en verdad, algún día esta mierda se terminará.
Por cierto, Romero, y hablando de Sísifo, mira quien viene por allá. ¡Mierda!, la señora muerte nos espera. Y yo que esperaba que, de pronto, ni se daba cuenta de que me marchaba. Cuando me voy, no me gusta que me pregunten a dónde ni por qué. Nunca lo sé, y no me importa hasta que alguien pregunta. Entonces me siento ridículo. Carita de yo no fui y disposición al mundo mejor. Bueno, Ud. sabe, me voy allá ¿Allá dónde? A la mierda. Ah, con que razones de fuerza mayor, entonces. La mayor de las estupideces. Ah, entiendo, sí claro, cómo no ir, claro. Uno siempre ha de estar donde se sienta mejor. A paso lento pero constante se anda el camino al mundo mejor. No. A paso lento pero constante la vieja no tardará en llegar hasta aquí y seguro preguntará ¿ya se va, el comisario?, o algo por el estilo, a lo que el comisario contestará en tono aburrido pero cortés... ¿qué contestaré? A la mierda. No lo sé y, en realidad, ¿qué puede importar? Importa, Romero, importa. A ti te importa. No quieres mentir y, sin embargo, quieres que la gente −la vieja, en este caso− quede complacida. Que lindo, el Comisario, tan serio y disciplinado, en cumplimiento del deber, camino a la mierda ¿Te das cuenta? ¿De qué? La pierna. Mira a la vieja montada en sus dos desiguales piernas: ya casi ni cojea. Viendo el asunto en detalle, cada vez la vieja cojea menos: un detalle sutil. Pero allí está. Quizás lo que pasa es que, al achicarse el cuerpo, se achica el defecto. Claro. Eso puede ser. Suena lógico ¿no? La desgracia, podemos concluir, es directamente proporcional al tamaño de cada quien. Si es así, puede que, al final, la felicidad esté en achicarse, lo suficiente como para desaparecer sin dejar rastro. Dicho en un lenguaje cosmológico y algo más condescendiente con la sublime vaciedad carnal que encarna el cuerpo sin carne de la filosofía, sería lo que unos gustan llamar salvación, otros nirvana, y así por el estilo. Como sea, puestos a degustar el suculento manjar de la liberación es imposible no reconocer el magistral toque de la muerte. Aunque en el caso de la peculiar y pausada liberación de la señora muerte nos espera, habrá que considerar también lo que tenga que ver en el asunto el color negro que lleva desde la muerte del Indio. Como si la iluminase desde dentro la luz opaca del recogimiento. Sí, se está recogiendo. Qué duda puede caber. Después de todo, ws un forma de achicarse.
−¿Ya está listo, el Comisario? –preguntó Rita.
−¿Cómo? −respondió algo sorprendido Martín Romero, pues, aunque no dejó de contemplar a la mujer mientras ésta se aproximaba hacia él, su voz, al escucharla, le era completamente ajena a su contemplación.
−Digo que si ya está listo −insistió la vieja, mientras señalaba moviendo los labios hacia el maletín que estaba en el suelo. Martín Romero miró hacia el maletín y respondió sin mirar a la mujer:
−Ah, eso. Sí, estoy listo. −una pausa y esperó a que su vista se posara de nuevo sobre el rostro de la vieja para continuar −Sólo espero por Colmenares, para llevarme el resto. No es mucho. Todo está empacado en un par de cajas allí. −agregó, y señaló hacia el interior de la habitación.
−Pero ¿y ya acomodaron la casa? Hasta donde supe, esa edificación es un desastre, en total abandono... −observó la vieja.
−¿Un desastre? −preguntó el policía.
−Sí. Me refiero al abandono. Ya sabe. Por allí no va nadie desde hace no sé cuántos años. Eso no es más que paredes en medio del monte y el viento. −aclaró la vieja.
−¿Y el Moise? −preguntó con sorna martín Romero.
−Eso es otra cosa... −replicó la vieja.
−Lo sé, lo sé... Sólo pregunté por preguntar. Uds. hicieron del negro el propio fantasma, durante años. Ño que de alguna manera lo convirtió en tal. Y a veces me pregunto por lo que sentiría el día que lo apalearon hasta matarlo. Imagino cuánto habrá deseado el miserable ser uno de verdad. De ser así, habrá sido una cruel manera de aprender que los fantasmas no existen. ¿No le parece?
−Mire, Comisario −replicó la vieja en tono ligeramente molesto −Ud. puede pensar los que quiera. Pero ese negro...
−Está bien, está bien. −se adelantó a interrumpir Martín Romero− No se moleste Ud. Dejemos el asunto así. Yo sé lo que piensan todos aquí del Moise. Y en relación a lo de la casa, la verdad, no; no he hecho ningún arreglo todavía. Ni siquiera había pensado en ello. Pero algo así no será problema. Haré lo necesario mientras estoy allá. Ya sabe, un sujeto solo... hábleme del asunto ¿quiere? −dijo Martín Romero.
−¿Qué asunto? –preguntó la vieja.
−De la casa, digo −respondió Martín Romero.
−¿Y qué puedo decirle yo, Comisario? −preguntó la vieja.
−No sé. No espero nada en específico. Sólo una historia, como cualquiera. Algo a lo que referirme cuando esté allá. Además, Colmenares aún no llega. Ya sabe cómo es. Comience por donde UD. quiera. −insistió Martín Romero.
−¿Qué puedo decirle? No es mucho. Hace tanto tiempo ya. Lo que sí, es que el día que arrancó la obra fue todo un acontecimiento. Creo que nunca, al menos que yo recuerde, hubo tanto movimiento y escándalo en Buenaventura. Quien ve esa casa hoy no lo creería. Camiones de materiales que iban y venían. Obreros por aquí y por allá. El mismo Medina dirigía e inspeccionaba toda la movilización, con un entusiasmo que siempre consideré exagerado. Pero, según él decía, esa casa era más que una simple casa; el símbolo del cambio total para todos en Buenaventura. −dijo la vieja que, mientras hablaba, según creyó advertir Martín Romero, seguía lentamente con sus ojos las sombras sobre el suelo del patio.
−Y ¿a qué se refería Medina con eso? −interrumpió Martín Romero.
−Según Medina, si el viejo Montenegro se había decidido a construir esa casa aquí, es porque iban en serio sus planes de convertir este pueblucho en un paraíso turístico. Quizás el viejo, decía Medina por aquellos días, ni ponga un pie en esta vaina, pero levantar una casota como esa es su forma de estar presente. Lo conozco. Es de los que para vivir le basta no más de dos metros cuadrados, pero desde allí hacen sentir su poder a miles de kilómetros a la redonda, en cualquier parte. Recuerdo que así decía Medina, como si lo estuviera escuchando ahora; tantas veces lo repitió. Y el dueño de la casa que nunca se aparecía. Pero él, como si nada; lo repetía.
−Es como Dios. −interrumpió Martín Romero.
−¿Medina? −preguntó con sorpresa la vieja.
−No. El viejo Montenegro, digo. −respondió Martín Romero.
−Eso mismo, por cierto, decía Medina. −aseveró la vieja tras levantar la mirada y quedarse viendo a los ojos a Martín Romero.
−Lo sé. Cuando llegué a Buenaventura, luego de mi primera entrevista con Medina, ya me sentía parte del mismo culto. −comentó Martín Romero.
−Yo creo que por mucho dinero y poder que un hombre tenga, nunca será Dios. Puede hasta creérselo, y hacérselo creer a los demás. Soberbia que caro se paga ¿no cree UD., Comisario?. −dijo la vieja, y volvió la vista al suelo.
−La verdad, no sabría qué decirle ¿Sabe algo, Rita? Pasa que cuando Dios está de por medio, cualquiera sea el asunto... no sé, pero siempre termino rascándome la cabeza. Quizás Dios castigue la soberbia de sentirse Dios; quizás no le interese para nada algo así, si está, como a veces pienso, harto de serlo. No lo sé. No logro imaginarme la eternidad sino en el plano de un terrible aburrimiento. De modo, pues, que lejos de mi la soberbia de creerme Dios. Pero dudo que Dios me premie por un desinterés así. Creo que no me entiende. Tampoco espero que lo haga. Olvídelo ¿quiere?
Extrañada, la vieja optó por lanzar al hombre una mirada de recelo, y éste por parar en seco y callar. Mira nada más, Romero, venir con todo eso a la señora muerte nos espera ¿Qué es lo que te pasa, Romero? Esta vieja no tiene puta idea de lo que estás diciendo, y no tiene por qué tenerla ¿De cuándo a acá te interesas por comunicar tu estupidez a los otros? ¿A cuenta de qué esa profanación, Romero? Como que te estás poniendo viejo. Quizás sea mejor que tomes el cuaderno y te reserves para él, en lugar de andar por allí jodiéndole la paciencia al prójimo ¿no te parece? El cuaderno lo aguanta todo. Pero esta pobre vieja. No digo yo. Mírala mirar.
Luego de la pausa de mutuo silencio, Martín Romero pudo reconocer la inequívoca señal de quien anhela saber más y no haya cómo. Quizás el intento de mirar más allá del cuerpo del hombre, que permanecía parado a la puerta de la habitación, hacia la sombra de la habitación; o quizás el modo de entrecruzar las manos y volver la vista al suelo. Mírala mirar. Ese piso, esos pies, esa puerta, esa penumbra, de nuevo los pies que sostenían al comisario Romero cuando, luego de escuchar el ronquido del jeep en la calle, dijo en sutil tono de liberación:
−Allí está Colmenares.
La vieja se volteó hacia la entrada de la pensión, espero, y al poco rato apareció la figura gigante de Colmenares.
−Este Colmenares. Siempre llegando tarde. −comentó el policía.
−La policía siempre llega tarde. –agregó Rita.
−¿Qué hay, Jefe? Tardé un poco porque me entretuve con el secretario, Jefe. −dijo Colmenares mientras se enjugaba el sudor de la frente.
−¿El gordo? −quiso confirmar Martín Romero.
−Ajá −exclamó Colmenares.
–−Ha de ser por lo de Medina. −intervino secamente Rita.
−Precisamente −dijo Colmenares mientras la señalaba levemente con el dedo. Luego agregó, dirigiéndose de nuevo a Martín Romero− Tuve que llevarlo a buscar al médico, y el médico que se tardó un poco porque estaba ocupado... Ya sabes.
−¿Y qué pasa con Medina? −preguntó Martín Romero.
−Se puso malo. −respondió Colmenares.
−Más de la cuenta, según parece. Ya venía descompuesto desde días atrás. Pero desde ayer no sale de la casa. Qué digo de la casa, de la cama. Yo, de pronto, creo que no se para. −agregó inmediatamente Rita.
−Bueno ¿nos vamos? −preguntó Colmenares. Martín Romero entró por las cajas que estaban aún en la habitación, y ambos salieron de la Pensión Rita.
Martín Romero y Colmenares transitaban lentamente por la vía del malecón. El Comisario fijó de nuevo la mirada en los cerros, y advirtió el modo en que el cielo repentinamente se había nublado.
−Va arreciar fuerte, la lluvia. −dijo Colmenares, que veía de reojo al otro.
−Va a aguantarse hasta el anochecer. −dijo Martín Romero.
−¿Cómo lo sabes? −preguntó Colmenares.
−Así es cuando las nubes se amontonan por el suroeste. Fíjate bien. Todavía no han llegado a los cerros de allá ¿ves? −respondió Martín Romero.
−Nunca me había fijado en eso, pero si tú lo dices. En ese caso, entonces, quizás tengas tiempo de reparar algunas goteras. −dijo Colmenares.
−¿Por qué lo dices? −preguntó Martín Romero.
−No lo sé. Imagino que debe haber más de una en esa casa. Nadie le ha hecho un arreglo no sé desde cuando. En realidad, esa vaina ni siquiera la terminaron. −dijo Colmenares.
−Igual habrá que esperar a que llueva, para saber dónde están las goteras, digo −dijo Martín Romero.
−Es cierto. −concluyó Colmenares.
−¿Por qué todos hablan de esa casa con tanto recelo y temor? Yo creo que a nadie le importa ni el friso escarapelado ni el techo destartalado, ni las goteras, ni el montarral que se la ha tragado. Lo importante aquí no es eso. Lo sé. Imagino que es por el Moise ¿no?… y, además, que ese tipo (el comisario de mierda, quiero decir) se vaya a meter allí. −preguntó Martín Romero.
−Algo de cierto hay en lo que dices, Jefe. Esta mañana, cuando le dije al gordo que te mudabas, puso cara de asombro ¿Allí? Preguntó, con los ojos así de abiertos. Yo creo que nadie en Buenaventura se mudaría a esa vaina, ni yo mismo. Y el negro, claro que tiene que ver en el asunto. El negro se la pasaba allí, al menos cuando aparecía por acá abajo ¿por qué crees que Medina no se ha agarrado esa vaina? −replicó Colmenares.
−Bueno, pero ya está muerto. −replicó Martín Romero.
−Para casi todos aquí, el Moise está muerto desde hace mucho, desde que Medina, supuestamente, lo mató aquella vez… bueno, o lo matamos, quise decir. −dijo Colmenares.
−¿Y lo que ellos apalearon y nosotros enterramos qué era? ¿un fantasma o que? −inquirió Martín Romero.
−Vainas del negro. Otra burla. Te aseguro que ni el mismo Medina está muy seguro de qué fue lo que metimos en esa tumba. Lo que sí, es que no ha vuelto a mencionar al negro para nada. Yo creo que el viejo está, como todos, esperando, a ver si aparece de nuevo o qué. −dijo Colmenares.
−¿Y tú? −preguntó Martín Romero.
−¿Yo qué, Jefe? −preguntó Colmenares.
−¿Tú qué piensas? −insistió Martín Romero.
−Yo sé bien que no lo maté esa noche. Sólo hice que lo creyeran. Y funcionó. Jamás los convencerás de lo contrario, ni al mismísimo Medina. Se lo dije más de una vez, luego de varios años. El viejo decía que estaba bien, que olvidásemos el asunto. Pero, en verdad, él nunca lo olvidó. Cuando se enteraba de que el Moise había aparecido, se ponía más blanco de lo que ya es, le sudaban las manos y andaba nervioso. Entonces insistía en que lo capturase. Si está vivo, como tú dices, entonces hay que meterlo preso por rebelión ¿o no?, me decía. Pero el cura siempre intervino, ya sabes. Nunca estuvo conforme, el viejo. Un día hasta me dijo: ¿sabes qué, Colmenares? Si el negro en verdad estuviera vivo, ya me lo habrías traído, al menos para que yo te dejara de joder ¿o no? Te lo juro, Jefe, que, de no haber sido por el cura, se lo llevo y se lo estrujo en la cara, así mugriento, como siempre aparecía. −relató Colmenares, que advirtió la sutil sonrisa en el rostro de su interlocutor. Entonces preguntó−¿qué te hace gracia?
−Vivo o muerto, al menos tendría yo que agradecer al Moise que, sin él quererlo, por supuesto, guardó esa casa para mí. O se la habría agarrado Medina, por lo que dices. −respondió Martín Romero.
−Ahora sí que no entiendo, Jefe. −dijo Colmenares.
−No te lo he dicho, pero esa casa es mía, por así decirlo. No me tomes muy en serio cuando te diga que algo es mío, Colmenares. −dijo Martín Romero.
−¿En serio? −preguntó Colmenares, y detuvo el vehículo.
−No lo digo por comunista, aunque, quién sabe, quizás sea la única forma de serlo, sino porque mucho me pesa sentirme o que me hagan sentir dueño de algo, cualquier cosa. −dijo Martín Romero.
−Yo me refiero a lo de la casa. −aclaró Colmenares.
−Eso. Lo que digo exactamente es que Montenegro me la obsequió, cuando me envió para Buenaventura. Tómela, Romero, me dijo. Vista la escena desde aquí, ahora que la recuerdo, era como si Dios te ofreciera su salvación a modo de tumba abierta: pásele, pásele es toda suya. Eso dijo el muy maldito: es toda suya. Yo creo que el viejo tenía la certeza de que se iba a morir y, dado cierto grado de compromiso que manejaba para conmigo y que nunca he sabido dilucidar del todo, no encontraba cómo deshacerse de mí. Entonces inventó este viaje a Buenaventura de su hombre de confianza. Nada de planes ni proyectos para realizar en este pueblucho, si es que alguna vez los hubo. Nada que preparar ni que cuidar. Yo sólo debía esperar, según me indicó, sus instrucciones. Pero sus instrucciones nunca llegaron, y nunca llegarían. No sé cómo no me di cuenta. Bueno, quizás sí lo sepa. Pero el muy maldito lo sabía. Sólo que no hallaba cómo deshacerse de su hombre de confianza; el perfecto ejecutor, como me llamaba ¿Te imaginas que puedo ser yo perfecto para algo? Quien sabe si para el viejo Montenegro. En fin, por mi parte, jamás me tomé en serio el ofrecimiento. Por lo que digo: mucho me apena y pesa sentirme dueño de algo, o que me lo hagan sentir. Pero, además, digo que no me lo tomé en serio, no porque dudara del viejo o algo así, sino porque siempre imaginé que estaría fuera de Buenaventura antes de que ni siquiera imaginara yo que optaría por meterme en esa vaina, como acabas de llamarla. Vaina la que me echó el Montenegro. Una casa. La verdad, te lo juro, jamás me he supuesto metido en una; como propietario, quiero decir. Tengo, o tenía, una pequeña habitación en la enorme mansión del viejo Montenegro. Estaba bien para mí. Sobre todo porque no era mía. Era como estar en lo de Rita, sólo que un poco menos calurosa y un poco más cómoda. En cualquier momento, yo volvía a la primera. El señor manos de noche. Ese fue el último nombre que le endilgué; para mi uso personal, claro está. Un día te hablo de eso. Pero, a lo que iba, me jugó sucio el maldito viejo ¿Sabías que el viejo Montenegro dependía mucho de mí? Ya habría querido Medina estar tan cerca de él. Yo no sólo cumplía todas sus instrucciones sin preguntar, y era su chofer que a todas partes lo llevaba, sino que, además, a veces hasta lo cargaba en mis brazos ¿No me crees? ¿Puedes imaginarlo? Tan excesivamente liviano como perfumado, más de una vez hube de tomarlo de la silla para pasarlo al asiento del carro, y viceversa. Un bebé siniestro y milenario, pero, bebé al fin, tan dependiente de su siervo gusano.
A medias entre el recelo y la incomprensión, Colmenares, que escuchaba sin decir palabra, esperó un rato, para luego decir:
−Y si lo que quieres es irte, por qué no te vas, te buscas otro trabajo... en fin, qué sé yo…
–En realidad no quiero irme, y tampoco quiero quedarme. Ese no es mi trabajo, como quien dice, pretender una cosa u otra. Siempre he partido de ello. Es decir, trato de no querer esto o lo otro. Y ese es el punto, creo. Siempre ha sido el punto, creo. En fin, lo que digo es que siempre he vivido bajo la... ¿cómo llamarlo? ¿norma?... de no decidir nada. En realidad no es una norma, ni un principio o algo por el estilo. Eso. Es, mas bien, un estilo. Creo que podría decirse así. En fin, el asunto es no decidir nada. Te sorprendería saber cuán fácil es y que la vida continúe como si nada. Hay quien me ha acusado de ello, te lo juro, sobre todo quienes dicen amarte. Y yo digo, bueno, está bien, ámame como a un perro: me siento, doy la pata, me dejo acariciar y me como todo lo que me metas en la boca ¿Qué más se le puede pedir a lo que amas, eh? Pero no hay quien se conforme con los perros. Ya sabes. A veces pienso que soy como esos religiosos exagerados que dicen poner su vida en manos de Dios.
−Pero tú muy creyente no eres, jefe, que yo sepa... −interrumpió Colmenares.
−No, claro. El realidad soy peor. Pondría mi vida en manos de cualquier cosa… hasta de un perro... qué sé yo. Lo cierto es que mi voluntad, que la tengo, es como una pieza cara, que tiene un valor histórico, simbólico o sentimental, pero nunca de uso. Así que no me gasto en querer irme o quedarme. Me dispongo a meterme en esa casa, como si la voluntad del viejo siguiera ejecutándose aún después de muerto. Aún tengo dinero, y aquí no hay mucho en qué gastarlo. Luego veremos. Dios proveerá. −dijo Martín Romero en medio del total mutismo al que había retornado Colmenares, que lo miraba con extrañeza. Luego de una pausa, agregó Martín Romero mientras miraba hacia la playa− Espera un momento.
Martín Romero descendió del jeep y caminó directo y pausadamente hasta donde estaba el perro con el que casi siempre se topaba en sus rondas por el malecón. Colmenares notó que el hombre sacaba algo del bolsillo, lo destapó y ofreció al animal que, al poco rato se aproximó y tomó de la mano. Martín Romero esperó a que el perro comiera, y luego le rascó levemente la cabeza. Al rato retornó de manera igualmente pausada al vehículo hasta que, asomado a la ventana, preguntó a Colmenares:
−¿Te fijaste? Ya logré que comiera de mi mano, y hasta que se dejara rascar la cabeza. Bueno, lo de la cabeza fue hoy. Espero que en una próxima oportunidad no me arranque la mano. Éste y yo, a menudo nos encontramos por allí, a lo largo del malecón. Desde el primer día que llegué a Buenaventura ha sido así. Casi siempre me topo con él. Me he convertido en sujeto de su confianza. Quién sabe. Quizás sienta hacia mí algo parecido a lo que yo respecto a Montenegro. Pero se anotó mal este perro. Yo no soy bueno como dueño ¿Cuál te parece, por cierto, sea un buen nombre para ese perro?
−Y qué puedo saber yo, Jefe. Es un perro, nada más que un perro... −dijo Colmenares entre risas.
−¡Perro! eso es. −exclamó Martín Romero.
−Sí, no es más que un perro. −insistió Colmenares.
−Digo que Perro. Se llamará Perro, el perro. O yo lo nombraré así. Yo no creo que él necesite un nombre, pero yo necesito nombrar las cosas a mi manera; me siento más cómodo frente a ellas. Ya te dije: Montenegro era el señor manos de noche. Un día te contaré por qué. Por ahora no es más que el maldito viejo. Cambian las cosas, cambian los nombres. Perro es un buen nombre para éste ¿No te parece? No pretendo acogerlo en mi seno, ni mucho menos convertirme en su dueño. Nos topamos. Es suficiente para mí, y estoy seguro que para él. No es poca cosa compartir un encuentro siempre casual. Lo he pensado bien. Cualquier otro nombre sería como profanar el azar que compartimos. −dijo Martín Romero y se quedó mirando a Colmenares que, apenado, se puso a ver hacia otro lado. Al poco rato, agregó− Puedes seguirme mirando como a un loco, Colmenares. No te lo reprocharé. Si hasta lo puedo aceptar de buena manera, créeme. Tenía un amigo que pensaba lo mismo. Era médico. Quien sabe si hasta tengas razón. Así le dije a él.
Martín Romero abrió la puerta, subió al vehículo e hizo señas a Colmenares para continuar el camino. Al rato, volvió a hablar:
−Al fin y al cabo, cada quien pensara lo que bien le parezca, en este caso, del Comisario Martín Romero ¿No te parece? Unos dirán que loco, otros que ladrón o asesino... en fin. La incertidumbre dará lugar a todos los matices posibles, sin que nadie alcance despejar su duda ¿Viste a Rita? ¿No te has fijado? Fíjate bien, para que veas. Es amable conmigo y, al mismo tiempo, recelosa. Si acaso soy incapaz de matar una mosca, ni tú mismo te lo creerías. Nunca he usado esta vaina sino para anunciar advertencia, como el otro día, con lo del Moise. Pero, quiero decir, nunca lo he usado para lo que realmente es. Y me parece que nunca lo usaré, aunque siempre lo tengo al día. Éste me lo dio Rengifo cuando me vine a Buenaventura, me lo cambió por un viejo treinta y ocho, como el tuyo, pero corto.
−Esa vaina es mucho más potente. −interrumpió Colmenares.
–Sí. Pero nada tan potente como las mariqueras de Rengifo. En fin, él se empeñó, y está bien. Y yo llegué a Buenaventura, como un viento anónimo, y de la misma manera me iré, si es el caso. Soy, como dice el candidato: una débil paja arrastrada por la vil borrasca. Sólo que a él le luce glorioso, y a mí ridículo. Pero, en mi caso, yo debería estar aquí por alguna razón, con algún propósito. Eso es lo que todos quieren, necesitan saber. Al parecer, el mundo mejor y la mismísima mierda, tienen efectos similares. Quien sabe si hasta sean lo mismo.
Colmenares detuvo el vehículo y la casa apareció semi escondida tras los matorrales cortos partidos en dos por un camino que conducía hasta la puerta de entrada ubicada al centro de la misma. No era, en realidad, una casa lujosa. Sólo era grande y plana, sin gracia alguna. Elevada sobre un grueso escalón, representaba la clásica estructura de techo a dos aguas y un enorme corredor circundante.
−La verdad, Colmenares, nunca te lo había comentado, pero no imagino a Montenegro ocupando una casa así. Sería muy poca cosa para el viejo. Es, o era, de los que requiere cien aunque, en realidad, sólo haga uso de uno. Si lo hubieras visto comer. Un enorme y suculento plato del que tomaba no más de seis u siete minúsculas porciones con el cubierto. −dijo Martín Romero.
−Terminada y arreglada, te aseguro que sería lo más lujoso que hallarías en Buenaventura. −replicó Colmenares.
−No es cuestión de lujo. Sino de grandiosidad. Hay una diferencia que, para ser captada, no basta el dinero. Pero, en fin, lo que importa es que... ¿Ves? Yo no la veo tan mal. Un poco mas alto el monte que la primera vez que anduve por aquí. Ha de ser por la lluvia. Ya pasará. Por cierto, allá adelante hay una hermosa ensenada. −dijo Martín Romero.
−Cuidado con los riscos. −advirtió Colmenares.
–Lo sé. De vaina no me caigo ese día con el mudito y la maleta. −recordó Martín Romero, mientras se apeaba. Luego de cerrar la puerta, Colmenares exclamó:
−Espera un momento, Jefe. −se estiró hasta alcanzar la guantera, sacó la botella de anís que siempre llevaba y la ofreció a Martín Romero.
−¿Y eso? −preguntó el otro.
−Ya sé que no bebes esta mierda. Aún es temprano y puede que esa vaina te parezca hasta acogedora. Pero, también puede que esta noche te sea útil esta mierda. −dijo Colmenares.
Martín Romero tomó la botella. Observó que quedaba un poco más de la mitad. Luego dijo:
−Está bien. Creo que puedo acostumbrarme a beber esta mierda. Quien sabe, a lo mejor hasta nos pegamos una pea el Moise y yo.
−Si quieres paso más tarde. −dijo Colmenares, mientras bajaba las cajas del jeep.
−Déjalas allí mismo, Colmenares. No es necesario que vengas por aquí, en verdad. No pases, al menos no por hoy. −dijo Martín Romero.
−Está bien, –dijo Colmenares− Pero cualquier cosa, no dejes de avisarme, Jefe.
−Por supuesto. Vete tranquilo. −dijo martín Romero.
Luego de que Colmenares se marchara, en lugar de cruzar el camino y andar en dirección a la casa, Martín Romero siguió de largo, trepó por los riscos y pasó a la ensenada del otro lado. Sin pensarlo. Fue un acto automático y de lo cual se dio cuenta sólo cuando estuvo del otro lado. Estará encantada, esta vaina, se dijo, mientras se desabotonaba la camisa y colocaba el revólver a un lado. Después de todo, los lugares, una vez que hemos estado en ellos, son como fantasmas; como si algo, que sin querer han tomado de nosotros, se empeñan en devolvérnoslo con cierto desprecio.
La ensenada le pareció más chica que la primera vez. Quizás porque, a diferencia de entonces, bajo el intenso sol de aquella tarde, hoy, por el contrario, el día, o lo poco que de él quedaba, estaba nublado. Miró hacia el fondo los árboles retorcidos que, como siempre, con sol o con lluvia, seguían en la interminable faena de extender sus largos y rugosos brazos según un abigarrado entramado que entraba y salía de las arenas. Recordó su fascinación del primer día por aquellos ramales. Los nervios de una inteligencia de piedra y la arena. Podría decirse. Del otro lado el mar gris, turbio, o más bien, como decía, no recuerdo quien, un mar verde moco, y de desdibujado horizonte tras copiosa nubosidad. Ha de haber Dios estornudado aquí, a mis pies, y sacudido la mucosa cósmica de su ya agotada majestad. Pobre. Ser Dios para toparse de cara con el mismísimo Martín Romero que, sentado en la arena, se saca los zapatos y mueve sin parar los dedos de los pies. Lo siento, Señor, pero lo que es a éste no le sacas ni pizca así. No es humano, ni siquiera inhumano. Es lo más parecido a un mono o un perro. No te engañes por lo del dedo gordo y la manía de andar erguido. Esas vainas se aprenden y cualquiera puede infiltrase en la especie superior una vez ha logrado la hazaña intelectual de pararse en los dos pies. Yo que te lo digo, señor, éste no es mas que un infiltrado; un bárbaro que perdió la caverna y se ha quedado por aquí, Tú sabes, a ver si pasa por debajo de la mesa de la civilización, espiando cuanto califica de absurdo o sin sentido. Va y viene. La voluntad sede, mientras la sabiduría hiede. Así es éste.
Así permaneció Martín Romero el resto de la tarde. El viento cargado de alga y salitre recorriendo sin descanso sobre el rostro y la espalda. Pese al inagotable silbido y el rumoreo de las olas, un silencio imposible de callar se elevaba desde el subsuelo de su ánimo, y poco a poco dejó de pensar y recordar. Sólo escuchaba. Si, claro, el Comisario Romero se ha convertido, todo él, en una gran oreja. Échate para allá, Romero. También yo quiero recostarme un rato aquí a esperar que nos sepulte la noche. El universo por tumba. No empieces ¿eh? Que aquí no están ni el mudito, ni la vieja Rita, ni Colmenares o cualquier otro de tus excelsos interlocutores. Échate para allá, ¿quieres? comisario orejota.
La noche fue cayendo lentamente. El cosmos se apagaba en Buenaventura, para seguramente encenderse en algún otro lugar. O la luz no alcanza para todos al mismo tiempo, o alguien, o algo, se entretiene jugando a la candelita aquí y allá. Mientras el sol empuja a unos, a otros la oscuridad. El caso es que la cuestión es a empujones, Romero. Aquí no vale ni siquiera quedarse quieto, porque los que se quedan quietos en realidad están empujando hacia la cueva del sí mismo, como si allí nadie ni nada los fuera a encontrar. Pero hasta allá se meten las aguas sucias de lo vivo, a seguir empujando lo vivo, hasta volverlo a su lugar. Puede ser Buenaventura. Sí, éste pudiera ser el lugar. Quizás ese mar, será, que para empujar ni siquiera ha de tomarse la molestia de llegar hasta aquí, esos pies, sino hacerse el que se viene cuando en realidad se va, y viceversa.
Lo que se venía era una noche ligeramente calurosa, enredada entre brisas leves y cortas que se cruzaban en diversas direcciones, y diluida en la blancuzca transparencia nebulosa de su cielo pesado y lunar. No era una noche hermosa, porque no era del todo una noche, sino más bien una suerte de obstinado día empeñado en sabotear la oscuridad sin lograrlo del todo. Quizás por eso no hubo hoy ese rosado del aire en las postrimerías del atardecer; ese crepúsculo de crepúsculo tan efímero como sutil y que tanto agradaba a Martín Romero. Hoy el blanco sucio, mezcla de algodón de nube y falsa luminosidad, ocupó desde temprano el cielo, atrapó la luna y la aplastó hasta hacerla drenar sus leches a lo ancho y largo de la oscuridad. Por eso ese cielo sin estrellas contra el que se estrella la mirada como contra un muro; por eso ese cielo, no claro sino blancuzco; no fresco sino húmedo. No era una noche hermosa, pero sí la hermosa ocasión de formar parte de la noche, dejarse ir como parte del torrente quieto y blancuzco de su leche lunar ¿o de su luna lechosa? Por ahí va la cosa. Al final, era que con plácido consentimiento Martín Romero se dejaba tragar lentamente por las sombras de una noche lechosa y húmeda que se anunciaba con pereza y cierto dejo de melancolía que Martín Romero, pensó el hombre, quizás debía tomarse un poco en serio. La melancolía inspira por igual a grandes músicos que a borrachos miserables ¿Por qué no a falsos policías o escribidores mediocres, que en tu caso es más o menos lo mismo, Romero? Como fuese, fue la primera vez que se convenciera de que jamás saldría de Buenaventura, y quizás fuese por ello que se puso a recordar cosas, al azar, sin orden ni interés especial por ninguna. Imágenes que se cruzaban en múltiples direcciones y desaparecidas en una lejanía súbita con apariencia de cielo lechoso y húmedo que no cesaba de tragarlo todo.
Martín Romero se adormilaba a ratos, sin querer. Una ya conocida somnolencia entrecortada lo conducía a empujones por el nebuloso camino de la conciencia. Confundía instantes, intenciones y sensaciones. Como, por ejemplo, el haberse convencido en un instante atrás de que jamás se marcharía de Buenaventura con la curiosa y ligera sensación de haber estado allí toda su vida, como caído del cielo, de este cielo lechoso y húmedo, y no de otro, se insistía a sí mismo el hombre, ahora boca arriba. Sentía en la espalda desnuda la arena fría y, por alguna razón que sólo sus pies conocían, que la marea había subido y que pronto las aguas lo alcanzarían ¿Y cuán capaz serías de dejarte cubrir por ellas y que sólo tu cadáver salga a flote? A ver. Sabemos que no eres un suicida, pero cómo te obstinas en perpetrar la imagen del cadáver que aún no eres pero portas día a día en cada gesto, cada acción. No has muerto todavía, al menos eso es lo que todos creen, incluso tú mismo. Pero, el día que lo hagas, quizás te encuentres pensando en el asunto: ummmh, esto como que ya ha sucedido antes, y no logres dilucidarlo nunca, como ahora. Eso es esa cosa que dice ser Martín Romero, Comisario de Buenaventura, y de más: ausencia presenciando cosas, silencio para nombrarlas. Ni pasado ni presente. Sólo tiempo, como caldo de cultivo de una placentera incertidumbre. Te diré: si yo fuera mundo y de pronto me cae del cielo Martín Romero, lo largo de una patada en el culo, te lo juro. Debe ser eso lo que ha pasado. Seguramente. Por fin comenzamos a estar de acuerdo, Romero. Mira que venir a parar a Buenaventura para algo así. En fin, lo importante es que ya comenzamos a entendernos ¡Cuántos años, por cierto! Y ya deja esa jactancia boba para con tus interlocutores cada vez que te miran como a un loco: puedes seguirme mirando así, no me importa. Sí te importa; sí que te importa, Romero. No tu supuesta locura, o lo que suponen ellos, sino cuanto miedo puedas llegar a inspirarles. No te importa que te supongan loco, sino que te tomen en serio. Tú y yo lo sabemos. Entre nosotros no hay secretos. Y no te vengas con que la cosa te suena muy mujeril. Que te lo digo yo, que jamás me casaría con una cosa como tú. Y ahora ¿qué tal si nos dormimos un rato, eh, Romero?
La brisa es suave. Viene de lejos sin saber que lo sabes. Muy suave. Sin embargo, pese a ello, lo suficientemente clara y precisa como para sentir su leve susurro al oído sobreponiéndose al ruido del mar en su ir y venir constante y monótono. La brisa, por su parte, no es tan constante. Habla en ligeras y cortas oleadas. A medias su mensaje se completa entre uno y otro instante para volver a empezar. Un soplo ondulado a la vez, pausa, como si dejara tiempo al entendimiento para entender ¿Entenderá, Romero? Seguramente no llueva esta noche. Por todos los cielos, Romero, mira ese cielo, la transparencia blancuzca y húmeda que nos separa de él. Hoy tiene cara de mujer. De mujer cuya silueta se desdibuja en la piel inmaterial de la noche, hecha de la misma ausencia corpórea que la noche. Pesan los párpados, y caen sin querer; el plomo placentero y sutil del molimiento ganado a punta de espera inútil. Bien. Eso es todo lo que tienes que entender. Un cielo que cada vez está más cerca, mirando con sus ojos de mujer, tocando la arena con sus manos y sus pies blancos, fríos, desnudos de mujer. Como si fuera una mujer. Claro, Romero, por supuesto. Una mujer de manos y pies sobre la arena, ligeramente hundidos en la arena, dibujando un rastro curvilíneo en el rostro frío de la arena. Más se acerca. Ya no es necesario ni siquiera abrir los ojos para ver y saber que está allí, al alcance de la mano. Un cuerpo envuelto por los mantos de la noche, una desnudez de fantasma que se diluye en su lunar transparencia; una piel tibia y húmeda, erizada, como si fuese a rompérsele el tenso silencio molecular de su contextura femenina. Escucha las burbujas de sus mudas explosiones y recorre con tus dedos las auroras luminosas que se abren sin cesar en las carnosas curvaturas de sus múltiples horizontes.
Quizás no amanezca ya. La verdad, sería bueno que fuese así, que el día no fuese más, que la enorme bola del empezar una vez más se desinflase antes de remontar los cerros y que estos, los ojos somnolientos de la sublime abulia de tanta muerte como yace en mí, no fuesen ya más aojados por los filosos brillos de sus intenciones de seguir siempre adelante. Aquí, sumido en las frescas sombras de mi ignorancia, no hay adelante, sólo alrededores, turbios, difusos, por los que a veces pica la curiosidad y me conformo con percibir a través de la estrecha apertura de mis ojos semicerrados. Al universo total, al incesante momento; dioses y astros todos, luces y movimiento, elipses y constelaciones que tanto admiráis los científicos desde sus instalaciones y los enamorados desde su estupidez apoltronada en un banco del parque, os ofrezco a todos el camposanto de mi entendimiento; veníos por un rato a reposar bajo las arenas de la quietud fría y ondulante de mi hueca sabiduría, y os sorprenderá saber cuánto ha aportado cada quien al ripio de la eternidad. A ver. Primero un dedito. Luego el pie completo. Ahora el otro piecito. No tengáis miedo que yo os cuido desde abajo, de jaloncito en jaloncito, hasta que, en un acto de incontenible generosidad, os trague de cuerpo entero. Aquí tienes, pues, mi tierna muchachita venida sobre mí como la noche, una noche interminable para amar a tu cadáver insepulto.
−¿Cómo llegaste aquí?
Preguntó Martín Romero, luego de estar, por más de una hora, escuchando la respiración de Susana que se había quedado profundamente dormida a un costado. La muchacha no dijo nada. Seguía dormida profundamente. Martín Romero tuvo ganas de fumar. Para ello, primero tuvo que sustraer despacio y cuidadosamente su brazo izquierdo, ya muy adormecido, por debajo del cuello de la muchacha. Luego se sentó, alcanzó la caja de cigarrillos del bolsillo de la camisa que había arrojado horas antes, y encendió uno. Se quedó durante un rato mirando a la muchacha, que continuaba desnuda y dormida a su lado ¿Cómo llegaste aquí? ¿Y para qué preguntar algo así? Llegó caminando, como cualquiera. Quien sabe si hasta lo hizo caminando para atrás. Ésta es capaz de algo así. Me gustaría seguir imaginando que cayó del cielo, como la noche, y que de la misma manera se irá. En realidad, sabemos que no fue así. Que sólo me husmeó como un perro a un perro. Lo que no me preocuparía si, en realidad, fuésemos perros y todo nuestro amor un husmearse entre sí, hocico a hocico y siempre a cuatro patas. Pero, con seguridad, antes de que amanezca habremos recobrado nuestra posición erguida y con ello la disposición plena a mentirnos mutuamente y de todo corazón. Mira esa espalda y esa cintura, y esa ligera depresión que va directo al promontorio de las nalgas blancas y erizadas. Quizás esté muerta de frío, o más bien se trate del frío muerto sobre su vida húmeda y lechosa como la noche ¿Qué harás ahora, Romero? ¿Habrá que despertarla? ¿O más bien esperar a que despierte sola, en un lento y confuso abrir de ojos, como los amaneceres? A ver. Puedes, con tu mano aletargada, acariciar su cabellera, incrustar tus dedos largos por entre los mechones cortos. También puedes, simplemente, hundir tu dedo curioso en ese costado curvo expuesto a tu curiosidad. Gruñido. Voz del cerdo. Sonido inarticulado como el del perro cuando amenaza o de la mujer amada cuando duerme. Hasta allí todo va bien. Pero ¿y después? Cuando ese gruñido comience a configurar la pulida arquitectura de la palabra ¿qué? Sí, quizás lo mejor sería salir corriendo, lo sabemos. Pero te encontrará, Romero; te encontrará. Como un perro. Como a un perro. Ahora sí que está empezando a hacer frío. Lo mejor será esperar.
De súbito, la mano fría se introdujo por entre las piernas recogidas y el abdomen tibio del hombre sentado y quieto. Trepó desordenadamente por los vellos hasta el pecho. El hombre, que permanecía mirando la oscuridad posada sobre la superficie marina, no se movió, para nada. Esperó, sin decir palabra. Y, al poco rato, en medio del persistente mutismo, la muchacha ya había metido la cabeza y medio cuerpo.
−Tengo frío −dijo.
−Toma, ponte la camisa. −dijo Martín Romero.
−Así está bien. Mejor tus pelos. −respondió Susana, mientras restregaba su nariz contra el cuello del hombre. Luego agregó −¿es cierto, entonces, que vas a mudarte a la casa ésa?
−Sí, es cierto. −respondió Martín Romero.
−Pero dejaste tus corotos afuera. −observó la muchacha.
−¿Están todavía allí? −preguntó Martín Romero.
−Sí. vi las cajas cuando venía para acá. −respondió Susana.
−Es que todavía ni siquiera he entrado. Qué digo entrado. Ni siquiera he abierto la puerta. Colmenares me dejó allí, y de una me vine para acá. Así, sin pensarlo mucho. Como si algo me llamara desde acá. De todas maneras, no hay mucho que valga la pena robar en esas cajas. −dijo Martín Romero.
−Como si algo te llamara ¿Qué cosa? ¿un fantasma o qué? −interrumpió la muchacha.
−No lo sé. La ensenada... sólo la ensenada. No tiene por qué haber fantasmas para sentir que las cosas te hablan. Quien tenga el oído atento escuchará todo cuanto tiene que decir hasta el silencio de la piedras. −dijo Martín Romero, al tiempo que colocaba su mano cerca de la oreja. Susana salió de debajo de su cuello y se quedó mirando por un instante al hombre en ademán de quien escucha.
−Por allí dicen que tú eres un tipo raro. −comentó Susana.
−¿Loco? −preguntó el hombre.
−Sí. También eso han dicho. Y este loco ¿qué se trae por acá? −dijo la muchacha.
−Así es la cosa ¿Y tú qué dices? −preguntó Martín Romero.
−Yo no digo nada. A lo mejor. Quién sabe. Cuando vi las cajas allí tiradas, dije: “éste como que está loco” ¿Cómo vas a dejar tus cosas en medio del camino. Pero no me importa. De veras. Fui hasta la casa y no vi a nadie por todo eso. Vine hasta acá por no dejar, y porque algo me dijo que podía encontrarte acá. Y, por cierto, cuidado con esta playa. No puedes bañarte aquí. Es muy peligroso. ¿Me estás escuchando? No lo digo por decir. −advirtió Susana.
−Eso dijo el mudito. Bueno, no lo dijo. Lo expresó con sus ojos desorbitados la primera vez que llegué a Buenaventura. Por poco nos caemos al pasar por las piedras. Debes tener cuidado tú también. −confirmó Martín Romero.
−Lo he hecho muchas veces. A nadie le gusta venir aquí. Dicen que es muy solo y la playa peligrosa. Más de uno se ha ahogado, según cuentan. Pero a mí me gusta. Siempre, cuando me escapo, vengo para acá. −dijo Susana.
−Cuando te escapas ¿de quién o qué? −preguntó Martín Romero.
−Ya sabes. −respondió Susana.
−No lo sé. −insistió Martín Romero.
−Pues del viejo. −replicó la muchacha.
−¿De Medina? −preguntó Martín Romero.
−¿Y de quién más? −replicó molesta la muchacha.
−Está bien, −dijo al rato Martín Romero. −Si no quieres no hablemos de ello.
−La verdad, si quiero. −se apresuró a decir Susana. Martín Romero esperó a que continuase. −¿Tú me amas?
−Sí… claro que te amo. −dijo Martín Romero.
−Y harías cualquier cosa por mí −dijo la muchacha como si continuase, por su parte, diciendo lo que Martín Romero no se atrevía a decir.
−Sí, supongo que haría cualquier cosa por ti. −dijo Martín Romero.
−Quiero deshacerme del viejo. −dijo Susana en tono temeroso.
−¿Cómo dices? −preguntó Martín Romero.
−Nunca, nunca me dejará ir. Lo sé. Lo conozco demasiado −agregó la muchacha con desesperación.
−Supe que cayó enfermo. −dijo Martín Romero.
−Ése nunca se va a morir. −replicó Susana.
−No puedes pedirme eso. −advirtió Martín Romero.
−Tú puedes. −replicó enérgica la muchacha.
−¿Por qué lo dices? −preguntó con curiosidad Martín Romero.
−Eres policía. −respondió secamente la muchacha.
−Sí, claro. Me olvidaba de que la policía está para matar a los viejos babosos de los que se hartan las muchachitas malcriadas. Elemental justicia. No sé cómo se me pasó por alto algo así. En un rato, voy un momento, lo saco de su lecho de enfermo y resuelvo ese asunto con un par de tiros ¿Te parece? ¿Tengo tiempo de fumar un cigarrillo, no? −habló Martín Romero, mientras sonreía levemente.
−¿Pero tú me amas, no? −insistió Susana.
−Sí, claro. Yo te amo y soy policía ¿Qué más se puede pedir para ir y romperle el alma a Medina? Escucha bien: tú vas a volver allá, y esperamos, a ver qué pasa. Te vas a olvidar de lo que me acabas de decir. Espero que no se te haya ocurrido hablar de esto con alguien más, porque nos metes en tremendo lío ¿De verdad hablas en serio? ¿Cómo se te ocurre algo así? ¿Se te ocurrió a ti sola? Mírame bien, muchachita: uno no puede andar por allí matando a las personas como si nada, porque se nos tornan molestas o adversas, qué sé yo… −dijo Martín Romero, y calló de súbito, sin encontrar qué otra cosa decir a la muchacha, que lo miraba como si no entendiera nada de lo que decía.
−¿Pero tú me amas, no? −inquirió de nuevo la muchacha, esta vez en medio de un sollozo repentino que, en un primer momento, la hizo soltarse con violencia de los brazos de Martín Romero para, de seguida, volver a él, tomándolo con fuerza por el cuello y buscando los labios del hombre. Martín Romero calló, ya no por no saber qué más decir, sino, además, por el modo en que aquella lengua se hundía en su boca.
Al amanecer, Susana ya se había marchado. Martín Romero no podía precisar el momento exacto en que la muchacha se retiró. Una o dos horas, calculó, mientras se percataba de las primeras siluetas de los cerros sobre el fondo todavía opaco de la mañana. Acerca de lo que dijo o hizo, nada. Recordaba sí, la piel y los olores de la muchacha, la textura de su cabello y el sabor de su saliva, la temperatura de sus carnes firmes y erizadas, tersas y en reposo a salvo de la fatiga y las dificultades físicas y morales. Pero era ésta una memoria casi física, donde el intelecto no alcanzaba intervenir ni imponer orden alguno. Como si todos aquellos incompletos registros hubieran quedado en las narices y las manos vacías del que ahora se rascaba la cabeza, Martín Romero pensó: matar a Medina. No digo yo. De nuevo el viejo en la mira de mi expectativa. Algo, al parecer, siempre lo empuja hasta el sitio exacto donde yo he de darle el tiro de gracia. Una vez fue Rengifo y la revolución. Esta vez Susana y el amor. No digo yo. Mejor nos vamos, Romero.
¿Qué esperas? ¿Te vas a quedar allí, echado como un perro? Ya amaneció. Mejor irnos a la casa de una vez ¿no te parece? Mira ese gris. Ya no más blanco leche, sino gris transparente y efímero sobre el que ya no tarda en latiguear el sol. Olvídalo, Romero ¿Por qué insistes, eh? Esta mierda es, aparece, suena, calla o hiede; lo que quieras, pero no se puede describir. El mar gris, el mar verde, el cielo azul, la noche blanco leche, el amanecer transparente... y dale con el podrido cerebro de Martín Romero supurando palabras por las que ni el mar ni el cielo se interesan. Las palabras. Mejor dejarlo así. Con palabras no vas a quitarle ni agregarle nada al planeta, ni a su lluvia, ni a su tierra, ni a su noche ni a su día; es como rozar una piedra con los dedos y esperar a ver qué le pareció. Las palabras no son más fragmentos caídos del discurso inútil y sin fin de nuestra espera. Sí, está bien Romero. Romero, levántate y anda. Y Romero nada. Pero a Cristo le funcionó. Cristo es salvación, metáfora del cielo, alma de lo eterno, si se quiere, y si es que acaso la eternidad requiera de poseer una. Tú no, Romero. Tú sólo eres el cadáver dentro del cual pienso, imagino, construyo mis juegos de palabras. No vas a ninguna parte si yo no me muevo. Tú eres, digamos, el frankenstein trasnochado, y yo el majadero genio del amanecer. A donde yo vaya, vamos. Cuando yo termine, terminamos. Nos vamos. Está bien, Romero, está bien. Pero no empujes. Mira que eres majadero.
Tras volver de la ensenada, Martín Romero retomó el maletín y las cajas que había abandonado la tarde anterior y caminó por el sendero que conducía hasta la casa. Al abrir la puerta, la luz aún tibia de la mañana iluminó el interior aún frío y elevó una leve cortina de partículas de polvo. El hombre dejó lo que traía consigo en el suelo y, acto seguido, lentamente recorrió con acuciosa mirada el gran salón rectangular, casi vacío, comenzando por la izquierda, hasta retornar por la derecha, junto a la ventana, donde había una mesa pelada y sobre la cual, rato después, colocó el maletín y las cajas que había dejado en el suelo al entrar. A su izquierda, observó, quedaba otra ventana, tapada con unos trapos y de cuya estructura colgaba una hamaca que habían atado al extremo de la pared adyacente. Más adelante un corto pasillo, por el que Martín Romero asomó la cabeza para percatarse de que el mismo desembocaba en la cocina. De vuelta, se detuvo en el distribuidor que conducía a las habitaciones de lado y lado, y el baño de por medio. Puerta a puerta, el hombre echó un vistazo. La habitación de la derecha estaba completamente vacía. En la de la izquierda había arrumbado toda clase de trastos, cajas y muebles. Aunque grande y de fuerte estructura, aquella casa no era, sin embargo, tan lujosa como la había imaginado. Se encogió de hombros y volvió al salón. Tomó la hamaca, la abrió, percibió el olor a polvo y tela húmeda. Estuvo sacudiéndola durante un rato, se sentó, y se puso a ver hacia fuera mientras se mecía levemente con los pies.
Ahora estoy dentro. Esta casa no me pertenece, diga lo diga Montenegro. Y sin embargo, puedo sentir −no sin cierto recelo− mas bien cómo empiezo yo a pertenecer a ella, cómo me acoge en el seno de su abandono y su silencio, el modo pausado y anatómico en que me integro a ese abandono y ese silencio. Afuera cantan los pájaros. El mar continúa en su eterno rumoreo. En toda su luz, la mañana se ha instalado. Adentro la marea del sueño, el pajarear del pensamiento que no termino de atrapar indican que sigo vivo.
Pasado el mediodía, Martín Romero aún dormía. Las gotas de sudor le corrían de la frente al cuello. A ratos, retazos de brisa que alcanzaban entrar por la puerta abierta y las ventanas le llenaban la cara de un súbito frescor. De súbito esa extraña respiración cálida, cada vez más próxima al rostro y cómo una suerte de esponja suave, húmeda y fría que le rozaba la mejilla. Dudoso, en medio de la pesada somnolencia, no quiso abrir los ojos. Se mantuvo quieto como un muerto, mientras deslizaba de modo imperceptible la mano derecha hasta palpar la cacha del revólver, todavía al cinto, e intentaba adivinar qué podía ser aquello. Suave, terso, se retiraba y volvía de igual modo. Un pubis, el de Susana. No. Ni que se colgara del techo y fuese de goma. Además, un pubis es la trampa de la ventosa que te quiere atrapar. Lo que sea, esta cosa sólo toca, reconoce. No atrapa. Si me fuese a hacer daño, ya lo hubiese hecho ¿Un sueño? La muerte, quizás, que así se anuncia al objeto de su codicia. Si yo fuese la muerte, así me anunciaría. Suave y terso: a pararse, que nos vamos. Pero no pudo seguir pensando en ello, pues algo que cayó bruscamente hizo que Martín Romero abriera los ojos, aunque permaneció inmóvil en la hamaca. Entonces vio de frente la cara del perro que lo husmeaba con su hocico.
−Perro. −dijo, mientras se erguía y, aún sentado, acariciaba la cabeza del animal− Ya se lo había dicho a Colmenares: éste y yo nos vamos entendiendo, poco a poco. Pero no pensé que habíamos avanzado tanto.
El que había ocasionado el ruido era Mudito que, tras hurgar en una de las cajas que Martín Romero había dejado en la mesa, dejó caer unas latas.
−Mudito. −dijo Martín Romero, mientras el muchacho lo miraba asustado y al tiempo que recogía las latas del suelo y las volvía a la mesa. Luego agregó −Esta bien, Mudito. Está bien. No tienes por qué poner esa cara, que no voy a hacerte nada. Todos tenemos hambre.
El hombre se estiró, bostezó y su cuerpo sugirió la disposición a levantarse. El muchacho volvió a poner cara de susto. El perro se apartó a un lado. No obstante, el hombre aflojó. Antes, encendería un cigarrillo. Hay quienes elevan una oración al levantarse y quienes, más modestos en su ambición cósmica, se conforman con elevar el humo de un cigarrillo. De modo que, mientras fumaba, todavía permaneció durante un rato más sentado en la hamaca. Tras mirar por la ventana hacia fuera, calculó que serían las tres de la tarde. Pero, por primera vez, no reparó en la posible exactitud de su cálculo. Por el contrario, notó que le importaba un bledo tal exactitud. Al tiempo se le vive y, si bien se le pueda calcular, los números nada pueden decir de vivencia semejante. El tiempo es la trampa en que consistimos. Alguien lo dijo. Sólo que en este momento no tengo puta idea de quien. Si estuviera en la biblioteca del viejo me habría gustado aclararlo. Ni biblioteca ni viejo. Ya no puede caber duda alguna: éste es el lugar, porque cualquiera ha podido ser el lugar. Pasa que el problema, Romero, no es de espacio, sino de tiempo. Volvió la mirada adentro, sobre Perro, que se había echado, y luego a Mudito, que permanecía con una mano apoyada en le mesa y una lata en la otra. El equipo completo, Romero.




