Blanco enredado en azulosa transparencia que poco a poco se despoja de sus más recientes oscuridades ¿Qué te dice este blanco? Nada. Se le siente como un bostezo. Sólo se ocupa de eso: despojarse de sus oscuridades, tornar su piel inasible en ese brillo matutino que a cada quien va empujando hacia las afueras de la caverna del sueño. Un día más, que le dicen, sin que este blanco diga nada, y mientras nada dice sigue en su silencioso ir de lo frío a lo tibio. Indiferente silencio sí; tiene que ser así o nunca amanecería. Blanco atrapado, para siempre allí, en su silenciosa pureza violentada por el ambiguo e inaprensible colorido que es la luz. En realidad, es un blanco inexistente, un blanco que es blanco pero que no existe, o que existe sólo en mi mente, concepto inútil que al final es una forma de existir. Blanco concentración de todos los colores que, descompuesto, desata el espectáculo del color. A esta hora es así. Luz que va de lo más frío a lo más caliente, como si la noche se desnudara y dejara ver las ondulaciones diversas e infinitas de su inexistente cuerpo blanco descompuesto en colores. Al atardecer, es como si se volviera a vestir con la engañosa luz del negro, ausencia de todos los colores. Eso sí es un vestido de noche ¿Cómo? ¿Otro concepto? Otra forma de existir sólo en mi mente. Vaya existencia agotadora, cura de Buenaventura. En un abrir y cerrar de ojos se puede sudar toda la copiosa y febril ambigüedad de estar vivo. Hay días en que atribula el corazón, y días en que lo alegra. Hágase la luz, y la luz se hizo. Ah cura maldito. De haber sido Dios no habrías podido inventar el mundo. ¡Qué digo el mundo! Ni siquiera esa montaña pelada de allá atrás por la que el sol se asoma y esos metros cúbicos de agua verde a esta hora que van y vienen sin cesar. El eterno retorno, sí, todo se va a la mierda y siempre vuelve. ¿Ves? No puedes. Nunca has sabido cómo empezar. Agazapado allí, bajo tu sábana, te la habrías pasado meditando sobre el asunto, desmontando en piezas, hasta el último tornillo, el enorme y complejo engranaje sobre el que se asienta el más pueril acto de voluntad. Adán y Eva, y toda su descendencia apeñuscados en desesperada espera a la puerta de atrás del paraíso para entrar en la escandalosa escena de la creación. Siete días. ¡Jah! Todavía estaríamos esperando. Crear el mundo no es cosa de meditar.
Quién sabe si así fue. El pobre de Dios caminando de un lado para otro del fastuoso palacio de su soledad…¿amigo de fausto, acaso? Quizás, quizá…¿por qué no? Bien. Ya veremos. Impaciente, camina para allá, camina para acá. El incesante cuchicheo de la turba afuera que no para. El Todopoderoso se pasea por todos los cálculos posibles ¿Son, en verdad, todos los posibles? Se come las uñas ¿Por qué he de dejarlos entrar, a ver? Dejarán su cálido e inmundo rastro por todos los rincones y querrán comérselo todo. Glotones, dice, mirando sus frondosos árboles silenciosos cuya hermosura adorna con graciosas salpicaduras verdimarrones los sublimes desiertos blancos de su eterna y siempre añorada nada. Mi nada. Mi exclusiva y adorada ausencia ¿Por qué he de compartirla con estos enanos de cien mil años que claman y vociferan su ansiedad allá afuera? Energúmenos. Mira sus manos y sus rostros de hambre. Mejor dejarlos allá atrás. Todo está bien así. Es el todo que nada significa porque no tiene a quién satisfacer con su significado ¿Qué? ¿aburrido? Un poco, tal vez, un poco. Pero quién asegura que no es preferible un decoroso aburrimiento a la ruin adoración y el vil compromiso de conciencia de la historia de nunca acabar que estos me quieren imponer. Me necesitan para inmolarme. Ah lo sé, lo sé. Quieren mi cabeza. Quieren que mi cerebro divino sueñe su destino y ser imágenes de la pesadilla divinamente construida. Lo sé, lo sé. Quieren mi cabeza, invadir mi paz, desmantelar los infinitos rigores de mi ausencia. Malditos. Esto es una rebelión. Siete días. Sí, quizás siete días pudo aguantar el pobre sosteniendo con sus propias manos enervadas y de uñas carcomidas aquella, la gran puerta de atrás.
El Padre Claudio, una vez más, a punto de fracasar en su intento número… en fin, el que sea, de crear el mundo. Bueno, en cierto modo, así es. Vivir en un mundo creado por otro es, quizás, una forma de crearlo no en siete días, sino en el inmundo día a día de nunca acabar y que ya acabará. Comprender es crear, aunque yo no comprendo nada. Bien. Bien, ya. Arriba. Ya es de día. Echa la sábana a un lado. Dobla el cuerpo a la altura del abdomen. Gira las piernas. Los pies ya tocan el piso apenas apoyados sobre el borde externo de la planta. Mira sus manos, que abre y cierra sin cesar. La enorme espalda encorvada. La cabeza se levanta. Y si se le ve de lado puede apreciarse la protuberancia en el cuello: bocado, manzana o nuez de Adán. Parece un bicho raro ¿Qué es? Un cura sentado al borde de la cama. No parece en verdad un cura. Sólo un viejo sin camisa. Viejo descamisado al borde de la cama que no parece cura deja de mirar sus manos que abre y cierra sin cesar, deja de abrirlas y cerrarlas para mirar hacia el escaparate donde cuelgan sus ropas negras. Cuando se meta en ellas volverá, así sí, de nuevo a adquirir su apariencia de cura ¿Está bien? Y después dicen que el hábito no hace al monje ¿Quién los entiende? Se rasca la cabeza. Siempre hay que hacerlo, es parte del amanecer, parte fundamental del amanecer cuando se amanece en un mundo inmundo creado por otro. También, quizás y le pique alguna idea debajo de la cabellera pinchuda. Eso también pasa. Las ideas son a la conciencia lo que las hormigas al pan dulce. O simplemente puede que este cura se esté rascando la ausencia de ideas. Pan dulce que nadie quiere comer. Miga reseca ¿Quién la aprecia? Quien sabe y a lo mejor también hay un blanco atrapado allí dentro ¿Dónde? En el cerebro del cura. Ah, puede ser. Y no es un concepto, sino un blanco de ausencia verdadera, como la miga del pan, como la ausencia a la que se abrazaba Dios antes de la rebelión…digo, de la creación, digo. No empieces de nuevo. Esas teorías tuyas son descabelladas, y te conducen por mal camino. Es posible, pero, al fin y al cabo, aquí en Buenaventura el mal camino es el único posible ¿o no? ¿Quién se enterará? Ni siquiera Dios, creo, podría darse cuenta de algo así. Crees tú. No desde aquí. Bueno. Pero ¿y el mundo? Ah, sí. Eso. Entraron y se lo comieron todo. Glotones. ¡Dale! Pero es verdad. No quedó árbol en pie. No hay fruto que no haya sido mordisqueado por las incansables mandíbulas de la significación humana ¿Y?
Dejémoslo así. Otro día. Sólo eso, otro día. Si esto hubiese sido algo nuevo, seguramente el cura se lo habría dicho a sí mismo en silencio, mientras se vestía frente al escaparate. Hoy sólo se limitaría a sacar algunas inútiles cuentas. Este amanecer que se repite, una y otra vez, que se ha repetido cuántas veces…a ver, cincuenta y nueve por trescientos sesenta y cinco −habría que descontar los bisiestos…− en fin, cuanto sea, no ha sido tanto si se le compara con otras duraciones, como…a ver…la montaña que está allá atrás. Que estará allí todavía, digo. Si no es así, menudo pelón me habré echado. Y, sin embargo, este amanecer que se repite; hay días en que se parece tanto a la inmutable eternidad, perfecto en su claridad paulatina que todo lo invade de tibia quietud. Quizás la eternidad sea eso, una mera repetición vaya UD. a saber de qué fragmento definitivamente olvidado, irrecuperable, que sólo Dios (¿a quién puede ocurrírsele algo así sino a un dios) intenta recuperar. Vaya. Con que husmeando otra vez por los paisajes arqueológicos del Eterno Retorno, diría Edigardo. Pasa, pasa. En algún momento todos lo hacemos. Claro que pasa ¿Quién puede vivir todo el tiempo erguido en fe? Encogimiento de hombros. El encogimiento de hombros nos mantiene sanos, en un relativo equilibrio. Pasa, claro que pasa. Pasa que los paganos formularon la única pregunta posible imposible de responder y, en sana lógica, no respondieron. Humilde silencio clásico. Los demás, los que pretendemos responderla, siempre sucumben a la tentación de la sabiduría original, cuando no puede hacer más que encogerse hombros, coexistir con la incertidumbre original. Entra muchacho. Muchacho entra. ¡Pam, pam, pam! Mierda. Y antes de sentirse adentro los golpes desmantelan aquel ensueño al que llegaba sin esfuerzo, solo, sólo dejándose llevar y en el que el cura se encontraba con las piezas más agradables e intactas de su pasado. ¿Por qué así? Esos golpes en la puerta. A esta hora. Son golpes de hombre. Algo urgente. Así es en Buenaventura ¿Por qué siempre a esta hora? No lo sé. Sí recuerdo que cuando llegué a aquí no me molestaban tanto esos golpes. Ahora quisiera no volverlos a escuchar nunca más. ¿Y no que viniste aquí buscando la paz, la reconciliación con la naturaleza… así, creo, llamabas entonces a la vulgar idea de venir a morir a Buenaventura. ¿O, en realidad, viniste a otra cosa? Debo haber venido a otra cosa,,, pero se te olvidó ¿ves?, lo que digo: a morir. Te conozco, cura maldito.
−Ah, es UD., Colmenares −dijo el Padre Claudio asomado a la puerta.
−Buenos días, Padre. Disculpe que lo moleste a esta hora. Es el Moise. Como UD. dijo que le avisaran no más apareciera de nuevo. Bueno. Apareció de nuevo. −dijo Colmenares.
Siempre decía lo mismo. Siempre. Cuando aparecía el Moise venía Colmenares en la mañana a decir la misma vaina. Como UD. dijo que le avisaran no más apareciera de nuevo. Bueno. Apareció de nuevo. Después de tantos años, uno diría que se burlaba, el Colmenares. Pero nadie puede burlarse con esa cara hierática, semioculta bajo la gorra de policía. O quizás sí que se burlaba. Sólo que nadie podría, así, reprochárselo. Bueno, pero, en verdad, tú dijiste aquella primera vez, luego que el Moise se marchó y mientras lo veías alejarse por la calle y sin rumbo. que te avisaran no más apareciera de nuevo. Lo sé. Lo sé. Lo dije, y casi que me arrepiento de haberlo dicho.
−Apareció de nuevo. −dijo el cura para sí mismo en voz baja.
−Anoche. El Comisario Romero y yo hacíamos ronda por el malecón. Y, de pronto, allí estaba. Vagando como alma en pena. Medio desnudo y en el hueso. Lo trajimos al comando. Está de mugre hasta el último poro. Tiene esa celda hedionda. Allí está ahora. Como siempre, sentado, despatarrado. No ha dicho una sola palabra, como siempre. −se apresuró a explicar Colmenares.
−¿Y en qué estado se encuentra? −preguntó el Padre Claudio, que no había prestado atención a lo que recién le describía Colmenares.
−Como le digo −insistió el policía− yo lo veo igual que siempre. Inmundo, flaco y en silencio. UD. sabe que nunca dice nada. Parece que lo hubieran cosido por dentro. Uno le pregunta: ¿Moise, tienes hambre?. ¿Moise, qué te duele? Y nada. Es como hablar con un animal asustado. O peor. Un perro gruñe ¿verdad? O mueve la cola ¿verdad? Pero a este no se le saca nada, ni un gruñido. Yo recuerdo que la primera vez que apareció (hace tiempo ya ¿verdad?) al menos gruñía. Bueno, en realidad gruñó un par de veces, cuando le hundí el rolo por un costado para obligarlo a entrar a la celda. En realidad no dijo nada. Sólo unos gruñidos. Pero ahora, ni eso.
−Va a haber problemas, esta vez. −advirtió el cura, como si pensara en voz alta.
−¿Por qué lo dice, Padre? −preguntó Colmenares.
−La gente ya anda murmurando por allí. Que si el negro esto, que si el negro lo otro. El negro terminará por ser culpable de todo lo malo. Ya sabe cómo es, Colmenares. −concluyó el cura.
−Bueno, sí, como UD. dice, ya sabemos cómo es. Pero no creo que sea para alarmarse. Esas cosas son así. La habladuría de la gente nadie puede detenerla. Pero, la verdad, no creo que vaya a pasarle nada, al negro. En el fondo la gente le tiene afecto. El pobre diablo no le haría daño a nadie. En fin. −dijo Colmenares mientras miraba en derredor, como si por allí anduviese la habladuría de la gente.
−Está bien, Colmenares. Está bien. Ojalá y fuese como UD. asegura. Pero no sé. Presiento cosas que no me agradan. Son las mismas habladurías de siempre. Es verdad. Pero como marcadas por cierto tono… No sé. En fin, como sea. Hizo bien en venir a avisarme. Adelántese. Yo lo alcanzaré en un rato. Me termino de vestir, preparo algunas cosas y salgo para la comisaría. −dijo el padre Claudio, y tras un gesto de despedida del policía, al que respondió tímidamente, cerró la puerta.
¿Por qué no dijiste que no querías verlo, que estabas harto de ese aparecer desaparecer del negro? Cuánto se parece ahora ese eterno retorno a los costrosos pies del negro. Pero era cierto. El cura recordó cómo, desde la primera vez que el Moise apareció deambulando por una de las tres calles de Buenaventura y fue a parar al comando policial, dijo que le avisaran si aparecía de nuevo. Cierto, muy cierto. Saliste del comando policial con una cara ahogada en preocupación e, indignado, retornaste aquí, mientras acusabas al mismísimo Medina de haber vuelto loco al pobre negro. Todavía la vibración inquieta y decidida de tu voz aquel día, la primera vez, reverbera en tus oídos ¿Acaso no sientes el cosquilleo de la transcurrida abnegación? Es curioso. Uno recuerda con los ojos y los oídos, aunque no vea ni escuche nada. Los recuerdos son visiones y sonidos que ya no se ven ni se escuchan, sólo están allí, ocupando un inaprensible espacio en la memoria. No. Ojalá fuesen meras visiones y sonidos pelados, allí. Están cargados de una mortuoria simbología que arrastran como cadenas por entre las calles del pasado, es decir, del cementerio que llevamos dentro, que somos hacia dentro, hacia ese extraño adentro del ya no ser. Entonces, en aquel entonces, sintió la viva y irreprimible responsabilidad de velar por el negro. Cura compadecido, ciudadano bendecido. El hecho siempre reconfortante de compartir la desgracia ajena convirtiéndose en receptáculo del dolor que ella es. Ah, que fortuna si aún pudiera vivir de una conmiseración así. Ya iban más de veinte años de apariciones esporádicas del negro, siempre en la noche, seguidas de las compasiones del cura al amanecer. Se lo llevaban al comando y, a la mañana siguiente, venía Colmenares a avisarle que el negro estaba de nuevo allí, agazapado en el rincón de una celda. Hasta allá iba el Padre Claudio. Hasta allá iría ahora. El blanco del amanecer se curtía, como si la mugre del negro lo alcanzara sin querer. Pobre blanco. No. Pobre negro, quise decir. Siempre lo he dicho, desde aquel maldito primer día en que lo dije al verlo en un rincón de la cochina celda. Agua y jabón. Cepillo para estregar la piel inmunda. Zapatos viejos y algo de ropa... esta camisa está bien, este pantalón está bien, siempre han estado bien. Claro que el cura es el doble del negro, o el negro es la mitad del cura. Cabrían lo menos dos negros más en esas ropas y esos zapatos. Pero está bien. Siempre ha estado bien ¿O no? Una vez zampado dentro de ellas, cuando se aleja el negro, parece que el viento se lo fuera a llevar volando ¿Y si se lo lleva? Quizás pase esta vez. Colmenares dice que está más flaco, el Moise. Lo que el viento se llevó al cura liberó. No. Ni el viento quiere llevarse a ese negro. Pobre viento. Digo, pobre negro. El volverá, el Moise siempre volverá, inmundo a su celda hedionda de donde lo he de sacar oloroso a jabón y zapato viejo. Bien, aquí vamos. Allá va el Padre Claudio, presto siempre a salvar al negro, con su generoso corazoncillo hecho de compasión agazapada en el pecho y la bolsa bajo el brazo. Pobre padre. Digo, pobre negro. En la bolsa lleva el jabón, la camisa, los pantalones y un par de zapatos viejos ¿Y el pan? Mierda, me olvidé del pan.
El cura hubo de regresar a buscar el pan. Doble camino. Doble esfuerzo. No tanto. Que exagerado. No son más de quince o veinte metros de más. Sí, pero volver a empezar lo empezado es más pesado que empezar ¿Qué pasa? Pasa que flaquea la voluntad. Claro, si no, no fuera voluntad. ¡Uy, que lógica tan aplastante que todo lo ilumina desde el manantial aristotélico que fluye en lo más profundo de la caverna cerebral del cura de Buenaventura. Mira pues a donde fueron a parar dos milenios de filosofía para que un cura de mierda se sostenga mas o menos vivo en medio de su esplendorosa muerte moral. Sí, la muerte tiene un sutil esplendor que sólo los muertos saben captar en cada cosa que miran o, quizás, mas bien en cada cosa por la que son mirados. Ese trozo de pan me mira; desde sus ojos de miga brilla la opacidad inerte de su entendimiento. El pan sabe que se trata de un cura de mierda. Claro. Ése, su esplendor. ¡Zás!, a la bolsa y ya. El negro se lo comerá. Pobre pan. Digo, pobre negro.
La boca sin dientes del Moise se cerraba una y otra vez sobre el mullido cuerpo del pan que el cura había traído. El cura permanecía en cuclillas frente al Moise en un rincón de la celda. Las paredes peladas rezumaban un vaho de media mañana. Colmenares tenía razón. Una hediondez tibia lo invadía todo. El Moise, mutis, seguía comiendo lentamente. Pero el cura no desesperaba. Se levantaba en señal de pausa, respiraba profundo, inhalaba un poco de aquella hediondez ya familiar, y volvía a agacharse frente al negro. Quién le había enseñado eso no lo recordó. Recordó sí el modo en que quien se lo enseñó cerraba los ojos, así como él ahora, como si el aire inhalado tuviera un poder sanador. Fue una mujer. Quizás mamá. No. Mamá no haría cosas así. Casi ni respiraba. Hay seres que parecen no respirar, como si nada de dentro les exigiese cumplir con ése o cualquier otro tipo de función vital. Y así era el negro. Cada trozo blando de pan desaparecía tras el abismo del paladar, y el Padre Claudio esperaba verlo descender por la garganta. Ahí va. Sin decir nada. Habla, negro, habla ¿Por qué no te callas? Nada dices. Me pregunto qué piensas. Digo que por qué no te callas ¿Por qué no gastas hasta la última hebra del hilo de tu moral maltrecha cosiéndote la jeta de tus tribulaciones de cura? Ahora deberías estar en la biblioteca del viejo Edigardo, sumido en la frescura en la que flotan fragancias de papel viejo ¿No es eso lo que quisieras, eh? Ya no más sigilosas escapadas al mundo pagano que tanto disfrutabas. ¿No es allí donde querrías tener metidas las narices de tu entendimiento, en lugar de estar respirando en medio de semejante pestilencia? Cada vez que intentas encerrarte más en tu cueva, y pam, pam pam: otra vez el negro. Otra vez el negro que vieno a comer tu pan y calzar tus zapatos viejos. Mira esas patas, no más. Y acaso no sería mejor, digo yo, que el negro se fuese a la mismísima mierda, que se lo llevara el viento, y ya no más negro; se elevó como un angelito al cielo. Mira esas alas blancas pegadas con la goma de la fe a sus enclenques espaldas y cómo le cuelgan las patas. Que se las lave Pedro. Eso. El negro al cielo y el cura a la biblioteca pagana de su cerebro. Ya no más arrancadas tempraneras de la cama y la fresca hediondez de la mañana que se mezcla con éste, tu viejo y añorado salitre marinero. A ver ¿Dónde estará ese mágico remolino de la nada que ha de limpiarlo todo? Tú no quieres que el negro se muera. La magia en la que piensas no es como morir ¿eh? Morir es una forma de hacer, de perpetrar la obra maestra de nuestra permanencia en el museo del olvido. No. Tú no quieres eso. Es como no haber sido nunca. Eso es distinto. Eso sí es limpio. Lo verdaderamente limpio. La auténtica liberación que tanto anhelas desde que viniste una vez a parar aquí, a este pueblucho miserable ¿Te has preguntado, cura, acerca de esa grande deuda que crees tener para con la humanidad? Quizás sea sólo una forma de sentirte menos solo en ésta, tu real soledad. Hay quienes no gustan de visitar enfermos en el hospital, y por eso se abstienen de tener amigos. Tú no tienes amigos, pero te empeñas en tener a este negro por el que sientes lo que sientes por el resto de la especie. Y la deuda nunca se salda. Mas bien crece ¿No es verdad? No importa cuántos panes y zapatos viejos traigas. Ah, pobre cura. Digo, pobre negro.
Por más que lo intentara, Martín Romero no lograba recordar a ése que vio pasar raudo por el pasillo con una bolsa debajo del brazo y por la que asomaba la punta de un largo pan. Salió de su oficina y lo siguió hasta la celda donde habían metido al Moise la noche anterior. Allí se quedó, a la entrada, junto a Colmenares. El negro elevó una lánguida mirada hacia lo alto, hasta alcanzar los ojos del cura. Era la primera vez, desde que lo encontraron, que el Moise miraba hacia algún objeto con precisión. El objeto era una extraña mezcla de compasión y repugnancia que manaba de los ojos del cura cuando se quitó los anteojos y se quedó mirándolo sin saber qué decir. Por un momento cesó aquella mirada vaga y perdida del Moise. Pero sólo por un momento. El cura arrancó un pedazo de pan y lo pasó al negro. Este no lo tomó. El cura dejó el trozo de pan sobre sus piernas. Al rato el negro lo tomó, y retornó la mirada vaga y perdida que ni la presencia del mismo cura logró recuperar más.
−Siempre es igual −al rato comentaba Colmenares en voz baja al comisario Martín Romero− Primero esperamos que coma algo. Luego, manguera con el negro. Pero siempre hay que esperar que coma algo. Sólo así reacciona. Es normal, supongo.
−Es normal ¿qué? −inquirió el Comisario
−Digo, que no reaccione hasta haber comido algo. El padre dice que los carbohidratos, y la depresión, y la energía muscular y…en fin. Algo así dice el Padre. −dijo Colmenares, esperó un rato y luego continuó−Ya verás, jefe. Ahora, en lo que salga de allí, dice el Padre: ¿por qué no me avisaron antes? Siempre pregunta lo mismo. Y, digo yo ¿para qué tanto apuro, verdad? Después de todo, además, es mejor que el Moise se vaya de día y no de noche. Así que ¿para qué ir a avisarle antes? Pero, igual, el Padre siempre pregunta.
Martín Romero volvió a fijarse en el Padre Claudio. De haberlo visto alguna vez no lo hubiera olvidado ¿Por qué? No lo sé. Quizás esa suerte de estremecimiento adormilado que cruza el rudo rostro del cura. La verdad, no parece cura, salvo por la vestimenta. Quién sabe. A lo mejor es tan cura como tú policía, Romero. Y ¿qué nombre le pondremos? Matarile li le lo. Con que no lo sabes. Te jodiste, Romero. No lo sé. Tiene que haber algo espontáneamente captado, directo, que el nombre vaya justo a ello y lo atrape sin dejarlo escapar. En el caso de este cura ya lo he pensado demasiado. Quizás ya no tenga gracia. Entonces puede quedar como el reverendo Matarile. Es posible.
Martín Romero se percató entonces de que de ese Buenaventura de quince años antes no recordaba gran cosa. Apenas Medina, y ahora al Moise. Ni siquiera Rita. La torta de fruta de la señora tetas nalgas secas sería inolvidable para cualquiera. Bueno, quizás quince años atrás… no; la torta no. Esa siempre ha sido y será la misma. Así que Medina, el Moise. De resto nada. Como si nunca hubiese estado en Buenaventura. Claro, si el fin de semana que pasaste aquí lo hiciste metido en el cerro. Ni siquiera la playa te podría ser familiar, salvo por el hecho de ser eso, playa. Mar que no pudo más, es que te gusta llamarla ¿no? Lo anoté en el cuaderno una vez, no sé cuando, pero ni siquiera tenía puta idea de que volvería a esta mierda. No había una playa delante. Ni siquiera estaba pensando en alguna playa. Bah, Romero. Aquí no tienes nada, ni siquiera recuerdos ¿Creías venir al sitio dónde transcurrió algo así como un gran episodio de tu vida? ¿Por qué te ríes? Bueno sí, es para reírse. Pero, en verdad ¿creías venir al encuentro de un gran trozo podrido de tu propio ser? Claro, así te hubiese gustado que fuese este retorno a Buenaventura ¿eh?, algo así como retornar a un gran cementerio, todo tuyo, todo lleno de ti, de tus pedazos, mientras más podridos mejor, siempre tuyos ¿Pero qué es esto? Oh, el corazón de aquel Romero que ahora es Comisario de Buenaventura. ¡Saca para allá!. Eso te gustaría mucho. Ejercer el desprecio profundo hacia lo que fue. Manso, entregarte a la terapia de tu propio cinismo tan rico cuando se ejerce sobre uno mismo. Muy bien, Romero, muy bien. Sólo que aquí no hay nada. El idiota de Medina y este pobre negro cuya mirada ni siquiera se deja precisar por tus observaciones. ¿Qué más? A ver, trata de recordar, sigue exprimiendo tu mamoria. ¿Acaso crees que, en realidad, puede llamarse episodio, o como quieras llamarlo, a un fin de semana con Rengifo y el Moise echando pestes de Medina, el imperialismo, y haciendo votos por el hombre nuevo. No, tú no crees algo así ¿O sí? Es posible que los días pasados allí, metido en ese monte, hayan distorsionado un poco tu percepción de la realidad. Es posible que las evocaciones de Rengifo alimentaran esa distorsión. Pero esa distorsión no dura. Si fue, te alcanzó hasta hoy. No hay nada, no eres nada. Ese negro de mierda, al menos, sigue aquí, igual que aquél día, deambulando como auténtico fantasma del hombre nuevo que una vez creyó encarnar. El permanece, Puede verse y sentirse. Tú puedes verlo y sentirlo como nunca te verás ni sentirás a ti mismo. Podrías largarte ahora mismo de Buenaventura, y sería como no haber estado nunca aquí, una vez más. Ya pasó. Estuviste aquí una vez. Sólo eso.
Martín Romero volvió la mirada hacia dentro de la celda. Ahí, de nuevo en cuclillas, la corpulencia del cura tapaba casi por completo al negro. Apenas asomaba por encima algo de su cabeza y, por un costado, un largo pie mugroso. El sacerdote no lograba sacarle palabra al negro, si es que era eso lo que, al parecer, intentaba. No podía ver su rostro, pero Martín Romero lo imaginaba inquiriendo con la mirada la mirada esquiva del otro. Es gracioso, pensaba el Comisario, cuánto vociferó el negro aquella frase aprendida de Rengifo, el gran maestro: la religión es el opio del pueblo ¿Qué estaría pensando ahora el negro, mientras veía al enorme cura sobre él mientras sacaba el pan de la bolsa, la enorme camisa, los enormes zapatos con que se disponía a vestir, una vez más, al hombre nuevo? ¿Cómo se sentirá el hombre nuevo vestido con ropa y zapatos viejos? Te quedarás con las ganas de saberlo.
−¿Por qué no me avisaron antes? −dijo el cura al salir por un momento de la celda y toparse con la caras aún soñolientas de Colmenares y Martín Romero.
Colmenares se limitó a mirar de reojo al Comisario. Éste, por su parte, se entretenía sacando sus propias conclusiones acerca del aborrecimiento que creyó descubrir en el rostro del cura al asomarse por la puerta de la celda. Era la primera vez que lo veía de cerca. El sacerdote guardaba por Moise un especial afecto y consideración, seguramente nacido de las más elementales nociones cristianas de amor y caridad. A partir de algún momento, aquel sentimiento mas o menos vulgar se fue convirtiendo, sin que él supiese exactamente cómo, en una suerte de camino hacia la misoginia y un cada vez más incontrolable desprecio por la humanidad que ni él mismo sabe precisar ¿Por qué dices eso, Romero? Lo sé, como se adivina la lluvia gracias a algún dato peculiar en un día soleado, o como intuimos que, de seguir en contacto con el sujeto que tenemos delante, vamos a chocar con él. En este caso es algo que se dibuja en el rostro del cura, o más bien se desdibuja, quizás, bajo esos pómulos huesudos; una extraña mueca, que cualquiera confundiría con un trazo de mera vejez. Y lo es, sin duda que lo es. Sólo que los trazos del envejecimiento son algo más que la mera geometría del envejecimiento; son el discurso de la vejez misma asida de aquello que envejece. Vamos, Romero. Sólo te estás viendo tú mismo metido en esa sotana. Déjalo ya. Deja al pobre señor matarile en paz. Señor matarile. ¿Para qué más? No. No es tan simple. Este cura merece más. Mira como mira. Ansioso y agotado, este cura no sabe cómo mirar. Acaso sea, como dicen por allí, los aires de Buenaventura. Pero, sea lo que sea, un desequilibrio atraviesa de largo a largo su corpulenta humanidad. ¿Acaso no era su misión, señor cura, la de estar con los hombres, cualquiera fuese su condición, como una vez hizo Cristo? ¿No tenía UD. la sagrada obligación, en cualquier circunstancia, de aproximarse a la conflictiva y turbulenta conciencia humana con la única y sagrada misión de iluminar, hasta donde le fuese posible, el camino a la salvación? Ah claro. Pero y ¿ quién era UD., mediocre y vulgar mamífero en sotana, para juzgar la condición humana? ¿No es esto, acaso, juzgar la creación de Dios y, con ello, perpetrar el más aborrecible de los crímenes, madre de todos los demás, como es la rebelión? Entiendo. Uno se rebela contra este gobierno, aquel maestro, este jefe de la fábrica. Pero un cura, si en realidad lo es, sólo podría rebelarse contra Dios. Es eso ¿no?
−En realidad −dijo Colmenares tras un prolongado silencio− no tiene por qué preocuparse mas de la cuenta, Padre. Esto ya es cuestión de rutina ¿no le parece? Mírelo, ya está de nuevo comiendo. Casi se ha hartado el pan completo. Yo diría que hasta come con ganas ¿no le parece?
El cuerpo de Cristo. Cállate, Romero, y deja que el cura hable… no, nunca hablará. Hay confesiones de las que nunca nos desharemos. Las mandíbulas del Moise arrancaban otro pedazo de pan. Fieles a las recomendaciones de nuestro salvador y siguiendo su divina enseñanza, nos atrevemos a decir. Nada. Este cura no se atreve a decir nada. Eso es.
−Esperamos un poco. −siguió Colmenares, mientras el Padre Claudio miraba al Moise masticar− Cuando termine de comer, lo bañamos, y luego lo vestimos. Lo de siempre. Es lo único que podemos hacer por él.
−Y siempre lo hacemos− cortó el cura sin apartar la mirada de aquello que seguía viendo dentro de la celda.
Es un hombre. Sólo un hombre, mi estimado cura de alma volteada por lo aires de Buenaventura. Un auténtico representante de la especie. Sólo eso. Quizás lo que de él tanto te atormenta es saber que no se puede hacer nada por él, que con tus ropas y zapatos viejos es más que suficiente.
−¿Tendría un cigarrillo, Colmenares −pregunto el Padre Claudio
−Yo no fumo, Padre −respondió el policía
−Sí, claro. Lo sé −dijo el cura, mientras miraba la caja de cigarrillos que le aproximó Martín Romero −Gracias, Comisario −gracias agregó el cura luego de una leve sonrisa para con Martín Romero, y tomó un cigarrillo.
−Con que UD. está del lado despreciable de la especie, Padre. −dijo Martín Romero mientras encendía el cigarrillo que el cura se había llevado a la boca. Observó la boca larga y fina que, entreabierta, dejaba ver la hilera de dientes amarillentos.
−¿Cómo dice? −preguntó el cura
−El lado despreciable de la especie −volvió a decir Martín Romero, al tiempo que señalaba con la boca la bocanada de humo salida de la boca del cura.
−Ah, eso. Sí. Así parece… el lado despreciable,,, claro, claro. Los fumadores nos hemos convertido en seres despreciables, sin duda. La gente miente, azota, ofende; comete los actos más abominables contra el prójimo. Pero se preocupa porque el fumar es el peor de los vicios. Mire a este −y el cura señaló hacia el Moise, que había quedado a sus espaldas mientras hablaba al Comisario −nunca se ha fumado un cigarrillo en su vida, creo. Y ya lo ve. Un cigarrillo no sé cuantos minutos menos de vida. Pero hay vidas que… ya UD. ve.
El cura se volteó y, de espaldas a Martín Romero, se quedó mirando de nuevo al Moise. El negro ya se había terminado con el pan que le había dejado en las piernas, y el cura volvió adentro para darle la otra mitad. El negro ni se inmutó. El cura lo siguió mirando por largo rato. El Moise que todos llevamos dentro.
Años atrás no era así. No. Ese cura recién llegado a Buenaventura estaba lleno de voluntad y pasión. Bueno, bueno, no exageres. Voluntad puede ser, pero ¿pasión? Si siempre, en el fondo, no has sido sino un frío aristotélico empedernido. Bueno para razonar. No tan bueno para creer. En vano pasó aquel cura días enteros hurgando en los cajones de la doctrina a ver si daba con el antídoto que detuviera los efectos devastadores de aquel veneno que se extendía hasta penetrar los más recónditos rincones de su conciencia. Por donde se le mirase, la salvación era cuestión de orden, y él no era sino el reservorio de su propio silencio en rebelión. Serán los aires de Buenaventura. Sí, seguramente. Así dijiste aquel día en que se te ocurrió encaramarte en lo más alto del cerro con el propósito de calmar y ordenar tu mente. Mientras subías, te imaginabas entrar al cielo por la puerta de atrás y sorprender a los ángeles en su vacío eterno. Pero ya en la cima, viene el ventarrón, y por poco y no te larga de culo por el otro lado del cerro. Te imaginas cuántas interrogantes se te deben haber caído allí, en aquel fondo azul y quieto, mientras pataleabas sujeto a las rocas. Sí, han de ser los aires de Buenaventura. Qué más. Del otro lado las casas, regadas como piedras dejadas en la playa del tiempo según el ir y venir de un mar siempre eterno; sus techos, brillando como temporales cielos por entre las copas de los árboles para protegerse del cielo; sus mujeres y sus hombres, viviendo una vida miserable de cuerpo entero. Claro, han de ser los aires de Buenaventura, volvió a decir aquél cuya humana soledad era igual a la de todos, sólo que siempre había estado, como era de esperar, invadida por Dios.
El cura retornó a las afueras de la celda. Colmenares, mientras miraba dentro de la bolsa que el Padre Claudio había traído, dijo:
−¿Que seria de estos desgraciados si no fuera por gente como UD. Padre? −acto seguido, miró a Martín Romero, buscando su aprobación
Martín Romero sólo sonrió. No quiso agregar nada porque, para una faena de mal gusto, le pareció suficiente con lo que Colmenares acababa de decir. Pero lo suscribió con su sonrisa y su silencio. Por su parte, el cura calló, sin saber a dónde mirar ni qué decir, como si se reprochara por algo que faltara y hubiese olvidado. Pero bien sabía el Padre Claudio que nada había olvidado. Hubiera repetido mil veces el trayecto entre la iglesia y el comando, y sólo hubiese traído otros mil panes y mil pares más de zapatos viejos para salvar al negro.
−Bueno. Terminemos de una vez −dijo el Padre Claudio en tono áspero.
El hombre nuevo no era más que un mono caído del árbol del mundo mejor, vuelto a los más infames rigores de una historia que transcurría entre miseria y miseria. Hecho un ovillo, permanecía tras la reja, tal cual lo dejaron aquella noche, fragmento de historia a modo de montoncito de basura en un rincón y que hacía temblar los labios a quien pensara, como el cura pensó, en la palabra hombre. Martín Romero estaba más ocupado en prestar atención al cura que del mismo Moise. Y cuando lo vio blanco y de labios temblorosos, tuvo el impulso involuntario de sujetar a quien, supuso, se habría mareado. Pero lo detuvo su forma de mirar. Era una mirada firme, dura, casi impasible, que nacía de un estado ubicado al otro extremo del desvanecimiento que parecía apoderarse del resto del cuerpo. Mas que mirar, aquel cura parecía un general degradado pasando revista a la soldadesca de la humanidad que se disponía a fusilarlo.
−Vamos. No esperen, que éste no va a reaccionar por sí solo. −dijo el cura
Colmenares soltó el chorro de agua sobre el cuerpo encogido del negro. Así comenzó a deslizarse la grasa y la tierra pegadas. El cura lo tomó por los largos cabellos enmarañados y lo volteó poco a poco para que el agua alcanzase llegar a las distintas partes. El hombrecillo cedió; sin oponer la más leve resistencia se dejó llevar sobre sí mismo. El cura le espolvoreó el jabón por todas partes y empezó a estregarlo con el cepillo. Al rato, el cura se apartó del Moise y Colmenares terminó de quitarle el jabón con el chorro de la manguera. El Moise se quedó quieto, tiritando de frío, los brazos abrazando su enclenque tórax, de cara al rincón. De la bolsa que trajo el cura Martín Romero había sacado un pantalón recortado. La camisa blanca y los zapatos todavía enteros eran obviamente del cura. Ya bañado y vestido, le entregaron la bolsa con el resto de pan que el mismo cura había preparado. Salieron de la celda y caminaron junto a él. Colmenares lo tiraba del brazo cada vez que el Moise equivocaba la salida metiéndose por la primera puerta que encontraba. Ya afuera, lo colocaron de nuevo en la acera, y todos se quedaron viendo mientras se alejaba a lo largo de la calle.
−Se perderá de nuevo y volverá a aparecer en cualquier sitio, acaso muerto la próxima vez. −dijo el padre Claudio
−¿Está loco? −preguntó Martín Romero, sólo por escuchar lo que el cura tuviera que decir ante una pregunta así de boba.
−Cuando la condición humana está por debajo de lo humano, Comisario, eso no tiene importancia. En su caso, sería mejor que lo creyeran loco. Hizo bien en traerlo aquí, pero no permita que eso dure mucho. Pueden lincharlo. La mayoría de las personas aquí cree que el Moise es la reencarnación de algo maléfico que mora en las montañas de los alrededores. −dijo el Padre Claudio.
−Si, ya he escuchado sobre eso. Algo maléfico ¿Cómo qué? −preguntó el policía
−Cualquier cosa. No me haga repetir las sandeces con que la gente alimenta su miedo al más allá −respondió el cura.
Los dos hombres se pusieron a caminar en dirección contraria a la que se había marchado el negro. De vez en cuando volteaban para observarlo.
−¿Y qué con eso de que el Moise estuvo con los comunistas? −preguntó Martín Romero
−Una especie que el mismo Medina se encargó de regar hace mucho tiempo... −respondió el cura
−Veinte años. −interrumpió Martín romero
−¿Y cómo lo sabe? −preguntó el cura.
−Lo que oigo por allí. −dijo Martín Romero.
−Todavía lo recuerdo. Se diría que venia huyendo de las garras del mismo demonio. Me causa un poco de gracia recordar su cara. −dijo el cura
−¿En verdad iban a matarlo? −preguntó Martín Romero
−La verdad no lo sé. No puedo asegurar cuánto habrá de cierto en eso de que una vez fue secuestrado y que astutamente escapó del fusilamiento. Es sólo su versión. Todo quedó en las nebulosas. Según dijo, reconoció al Moise y al Indio, que para entonces eran unos muchachos. −Explicó el Padre Claudio
−¿Y UD. qué cree? −insistió el policía.
−No sé. Es posible. Lo digo por el Indio, siempre fue muy atravesado. El Moise sólo lo copiaba en todo lo que podía. Un día le dije que estaba loco, que para eso de jugar a la revolución había elegido el sitio equivocado. Imagínese, Buenaventura. Llevo aquí casi treinta años, y le digo que esta gente no sabe distinguir entre un comunista y un espíritu maléfico. Yo he querido hacer algo, no sé qué; en realidad, ya no lo sé. Se supone que para eso se es cura ¿no?, para hacer algo por la humanidad.
VLos comunistas también suponen eso. −aclaró el Comisario
−Sí, también. Pero cuando la humanidad es esta gente...
Antes de terminar, el cura volteó. Del Moise sólo quedaba un manchón difuso que se confundía con la sombra de la hilera de cocoteros apostados a lado y lado de la entrada del pueblo.
−Como sea, me parece que Medina exagera −dijo Martín Romero.
−Para Medina sirve todo cuanto le dé poder sobre los demás. Su más reciente ataque cardiaco, que lo tuvo durante casi una semana al borde de la muerte; ya no tarda en convertirse en una prueba de su capacidad de librarse de la muerte. Si UD. lo conociera como yo he llegado a conocerle, sabría bien de lo que hablo. Es el típico héroe funcionario forjado por la democracia. Dictadores en miniatura; eso fue lo que nos dejó la dictadura, uno en cada escritorio, puerta o bebedero de oficina pública. Ahora se la dan de postmodemos. ¿No ha tenido aún la oportunidad de presenciar el espectáculo de Medina estrenando su argot liberal? −preguntó el cura
−Sí. Creo que algo de eso. −respondió el polucía
−Si no, ya la tendrá. Causa risa ver como se le llena la boca de recetas a lo Adam Smith. mercado, antisindicalismo y demás manías de moda hoy en día. La globalización para arriba y la globalización para abajo, a la derecha y a la izquierda. Buenaventura, piensa él, dejará de ser este rincón olvidado y miserable del planeta para formar, ahora sí y como siempre dice, parte del mundo. −continuó el cura
−¿Lo ve? Otro que piensa en hacer algo por la humanidad. −dijo Martín Romero.
−Al final, quien sabe si la humanidad se la pasaría mejor sin sus bienhechores. −aseveró el cura. Calló por un momento, como si midiera su ánimo para seguir hablando. Luego continuó −No es que yo esté en contra del progreso, se lo aseguro. Pero cuando el progreso consiste en saltarse el atraso que supone la miseria, el retraso mental y la superchería es un crimen de lesa humanidad. Y cuando veo a estos fanfarrones del modernismo que, desde el más apartado rincón del planeta, pretenden sentirse parte del planeta por la mera repetición que hacen de las frases hechas, le juro que olvido mi condición de cura.
Cuando llegaron a la iglesia, el Moise ya había desaparecido completamente. De él sólo quedaba en Buenaventura lo que cada quien tuviera en la mente. El cura se detuvo e hizo la pausa que, según lo que pensaba el comisario, marcaba el fin de su discurso y precedía a la despedida. Martín Romero ya tenía preparadas en su boca las formales palabras, "hasta luego, ha sido un placer" o cualquier cosa por el estilo, cuando el cura, de manera automática y casi involuntaria, continuó:
−Nuestro siglo parece extraño, y lo es, pero sólo porque es la primera vez que lo vivimos. Se sorprendería quién tuviera la paciencia y disposición para ponerse a detallar la de cosas que se repiten una y otra vez.
−La verdad que en eso de creer que la humanidad es una sola, los cristianos llevan dos mil años de adelanto a nuestros modernos liberales −interrumpió sin querer Martín Romero. El cura, algo perplejo porque no esperaba una salida así del policía, y porque se sintió expresamente aludido por ella, continuó
–Yo me refería a eso de andar con los ojos deslumbrados por la tecnología y midiendo la vida en término de estadísticas y economía política. Es algo ya viejo; de por lo menos unos ...trescientos años; diría yo. Los hombres no son hombres; sino individuos, números que expresan fuerzas impersonales, bien la mano de obra, el crecimiento demográfico o el índice de analfabetismo. Pero, la verdad, ¿quién sabe para qué trabaja, procrea o aprende a leer y escribir? El hombre se toma cada vez más inútil en medio de un mar cada vez más profundo de cosas inútiles, fantásticamente eficientes...
La voz del cura se fue quedando ahogada en medio de la algarabía de un grupo de niños desarrapados que a esa hora iban llegando a la puerta de la iglesia. El grupo ya alcanzaba el número de ocho o diez, que se tiraban de los cabellos, brincaban, y vociferaban a todo pulmón. El cura se volteó a mirarlos, dejando ver en su mirada una mezcla de lástima y aburrimiento. Martín Romero, que hasta entonces estuvo escuchando mecánicamente lo que el cura decía, se ajustó la gorra y la sombra de la visera ocultó su rostro de un sol que ya comenzaba a mostrarse agresivo. Señalando hacia atrás con el pulgar de la mano izquierda, el cura dijo con obvia resignación, como quien confiesa una culpa, y que contrastaba con su entusiasmo anterior:
−Los preparo para la primera comunión.
Acto seguido se despidió, y el Comisario se quedó viendo cómo se acercaba a la iglesia mientras los niños, entre los que estaba su compañero patón del primer día, se adherían como insectos a los pantalones anchos del hombre corpulento y piernilargo.




