textos, pretextos y otras mentiras...

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Torta de frutas. Eso es lo que dice el cartelito pegado del otro lado del vidrio con cinta adhesiva ya amarillento y reseco. Cuando alguien en la "Pensión de Rita" lee el cartelito y procede en consecuencia, Rita coloca a su alcance una porción de esa especial mampostería que toma de la pequeña vitrina de aluminio opaco y cristal también amarillento. Cuidado con las moscas. O algo así parece decir la huesuda mano de la señora tetas nalgas secas cuando se mueve en el interior de la vitrina espantando al bicho indeseable. Esa mano. Algo más dice que el Comisario Romero no logra determinar con precisión ¿Yo? y el policía se señala a sí mismo en el pecho. Que me adelante, o que me quiete del medio ¿Él? Y señala a Mudito a su lado y que a veces lo acompaña a esta hora. Es contigo Mudito, ahí te hablan. Seguro que tú sí puedes entender lo que dice. Tenga, Comisario, su torta. Ah, sí, la cosa. Y yo todavía con la mente en aquella mano en la vitrina, y que ya no está en la vitrina, porque ni cuenta me di de cuándo la sacó. Venga ese plato. Vamos Mudito. Enseguida le llevo café, Comisario. Esto Rita no lo dice, pero se sobreentiende por la expresión de cortesía que tímidamente asoma por entre los pliegues de su arrugado rostro cuando coloca el plato con los dos trozos de torta en las manos del policía. Es el único que aquí goza del privilegio de usar plato para comer la mierda de torta que vende Rita. Los demás la comemos a mano pelada. La puta de Rita. La que se traerá entre manos el policía éste. Casi no habla, y de pronto se aparece en el sitio y momento menos esperado. Igual se pierde. Para mí no es más que un sicario. Y que lo puso allí el mismo Montenegro. Por lo mismo, el tipo manda más que el mismísimo Medina, entonces. Hay por allí quien dice que van a llenar Buenaventura de edificios y hoteles. Yo no lo creo. Si es por eso, Medina ya lo hubiera hecho. Medina no corta ni pincha. Pero este policía…Ya veremos.

Acaso historiadores y geólogos apreciarían el gran valor testimonial de aquello que el Comisario lleva entre sus manos mientras camina con parsimonia hacia la mesa de siempre en el corredor pelado, y Rita que se queda detrás del mostrador viendo, apreciando la extraña lealtad de su especial cliente. Pero quien, como Martín Romero, fuese tan adicto al dulce, se expondría a una de sus más desoladoras experiencias. Se la llevaba la boca y le hincaba los dientes. En cada intento había que retirar las supuestas frutas. Si la historia y las piedras pudieran comerse, se les sentiría así, como la torta de frutas de la Pensión Rita. Era la hora de recordar a Amanda. Romero, Romerito mira lo que tengo para ti. Eso sí es torta. No. Yo me refiero a eso que tienes entre las piernas. Grosero. Abusador. Saca para allá. Que dulcero el Comisario Romero, se escuchaba al fondo la voz de Rita hecha de temblorosa dulcedumbre. Mentira, Romero. Que días atrás la señora tetas nalgas secas lo dijo sí. Bueno, pero pasa que en Buenaventura las cosas dichas parecen seguir sonando como un eco. En cualquier momento puedo recordar, es decir, seguir escuchando, las voces de pescadores y pájaros ahogadas en la luz matutina al pasar por el malecón. Me sucede también con otras cosas más insignificantes, como el chirriar de las rejas en el comando, o el cuchicheo de los policías en los cuartos. Podría hacer un inventario completo de sonidos que, al recordarlos, más me parece que nunca han dejado de sonar. Alucinaciones. Cuidado con la esquizofrenia. Algo así diría Salvador. Por su parte, Mudito daba cuenta de su trozo de torta cuando el Comisario aún no había concluido el primer mordisco al suyo, y el resto de la cena la pasaba el muchacho tomando y llevándose a la boca los cuadritos de colores que el otro arrancaba con el dedo antes de cada mordisco ¿Café? Mas café. Siempre el Comisario repetía la porción de café, pese a las observaciones de Rita que, aunque halagada, imputaba a ello la causa de los insomnios del Comisario Romero. Llene el pocillo. Pocillo lleno.

 

−Voy a pedirle algo. −dijo Martín Romero a al vieja Rita cuando ésta colocó el pocillo sobre la mesa. −Quiero que lo reserve para mí.

−¿Eso? −preguntó la vieja mientras señalaba el pocillo de peltre.

−Sí. Si es preciso, se lo compro ahora mismo. −dijo Martín Romero.

−No es necesario, Comisario. No es necesario. −insistió Rita apenada y mientras observaba a Martín Romero tomando el primer sorbo.

−¿Qué le vamos a hacer? Lo mejor de todo Buenaventura es este café −dijo Martín Romero, al tiempo que encendía un cigarrillo. Al rato, agregó −Hay quienes viven despiertos en la oscuridad, y quienes dormidos en la luz ¿Qué le parece? −dijo Martín Romero haciendo uso de su colección de frases hechas, mientras miraba a Rita con detenimiento.

−¿Quién dijo? −preguntó Rita.

−Un chino, creo. Es algo que me viene a la mente cuando ando insomne. −respondió Martín Romero.

−Dígale al chino ése, si de verdad quiere ver a alguien que duerme todo el día, que se pase por el despacho de Medina, a eso de la diez de la mañana, y se pare frente al escritorio de su secretario. Ése sí que sabe lo que es dormir a pleno día. −dijo Rita

−Se refiere al Licenciado Valbuena −preguntó Martín Romero.

−¿Quién más? −replicó Rita.

−Sí. Es muy cierto lo que dice. Lo he observado. Ha desarrollado un estilo casi perfecto ¿no le parece? Toma un libro, un periódico, cualquier cosa que tenga letras. Lo coloca al frente, así, en sus manos, al tiempo que apoya los antebrazos sobre el borde del escritorio. Los lentes gruesos van casi en la punta de la nariz. Los párpados, completamente caídos, como si mirara hacia el libro, abajo. Cualquiera, al entrar, juraría que está abstraído leyendo. El visitante carraspea. Dirá buenos días, Licenciado, o algo por el estilo. El secretario, sobresaltado, levanta la cabeza, se quita los lentes y responde: buenos días. Hay veces en que hasta le he escuchado soltar un pequeño comentario respecto a lo que tiene entre las manos. El visitante cree que lo ha desencajado de una profunda concentración en la lectura, y quién sabe si hasta se disculpe por su impertinencia. Ha pasado. −relató Martín Romero.

 

−Yo también lo he visto. Hace mucho que lo hace así, con la gente común, claro. Vaya a ver si se atreve a hacérselo a la mujer. Esa sí que lo pone en su sitio rapidito, al gordo ése. Le ha dicho de tripas verdes para arriba, cualquier cosa. Y allí mismo, en la oficina. No eres más que un dormilón, le dice, y el otro que se queda mudo. −dijo Rita.

−Bueno, pero el hecho es que, sin duda, el tipo tiene lenguaje corporal impecable cuando de molicie se trata. Y eso es algo que sólo se adquiere con el ejercicio constante, le digo −agregó Martín Romero.

−Para mí es un vago y bueno para nada. En fin, sea lo que sea. Lo mencioné sólo porque, hace rato, el Licenciado se estuvo por aquí, y volvió a preguntar por UD ¿Es que acaso no se ven en lo de Medina UDS.? En fin. No es mi asunto. −dijo Rita, recogió los dos platos en los que había traído sendas porciones de torta y retornó a la cocina. −Y tú quédate quieto. Bueno por hoy −agregó cuando, al pasar, Mudito metió la mano para tomar el último cuadrito de fruta del plato de Martín Romero.

 

Otra. Como todos por acá, una ocasional incertidumbre le carcome el alma curiosa. La vieja también anda capciosa, a medio camino entre la amabilidad y el recelo, que se yuxtaponen como sombras en su ánimo de madera al anochecer. Digo de madera porque, me parece, cruje. Debe ser. De súbito, en medio de ese semblante cordial, florece la sutil mueca del cálculo infructuoso que no ha cesado durante largas horas y lo torna inhóspito. Algo ha de traerse éste entre manos ¿Qué será? Lo que es Medina, no lo traga, pero nada dice por temor al Montenegro. Y quién lo diría; aún está vivo aquél viejo. Y manda que manda, por lo que veo. Pero el Comisario como piedra; nada que suelta prenda. A veces hasta parece algo tocado. Quién sabe. Señora tetas nalgas secas sacas cuentas que no te dan. Sabemos que la arremetida contra el gordo secretario es, al mismo tiempo, contra el Comisario de mierda que vaya uno a saber con qué propósitos se vino a Buenaventura y que, por lo que se ve, no se va. Porque nadie se larga al quinto infierno por su propia voluntad. No estés tan segura, señora tetas nalgas secas sacas cuentas que no te dan. Dejadme ir al infierno; sólo eso os pido. No puedo recordar quién lo dijo, pero lo dijo, y hace tiempo que debe haber arribado a su destino, como yo al mío. Sí, éste debe ser el lugar. Algo me lo dice así. Quizás esa sensación de no estar en ningún lugar y no ser otra cosa que una muerte a la deriva buscando dónde acontecer. Buenaventura está bien. Como caído del cielo. Si Dios, como se dice, creó el mundo, debe haber hecho esta vaina con lo que le sobró. Lo último fue largar a Martín Romero allí. Puedes considerarlo un toque maestro y darte por un enviado del señor. Y ahora ¿qué te parece si nos vamos a dormir?

Bueno, Mudito, se acabó. Mañana será otro día. Ya sabes cómo es. Otro giro sobre sí mismo; del Planeta, digo, así. Nosotros a dormir y a joderse los chinos. Bueno, yo que lo digo, pero que no vale mucho para el Licenciado Valbuena, ni para mí tampoco. Yo no creo que sea el café, como dice Rita. Café. La de taza que he bebido antes de dormir como un topo. Más bien parece un cuerpo harto de un cerebro majadero. Es posible, pero no te preocupes, Romero; lo venceremos, lo venceremos. Siempre lo hemos hecho. Dale un par de semanas más. Es cuestión de aclimatarse, como diría Clarita ¿Y, por cierto, si nos vamos a lo de Clarita? Podría ser falta de sexo ¿Qué tal? No. Mejor a la cama ¿Tú qué dices, Mudito? Ya. Con esa cara lo dices todo. La misma cara frente a todo ¿Sabes? Al principio pensé que era una cara de curiosidad y asombro; algo por el estilo. Pero no. Que va. Han pasado más de dos semanas, y mírate: la misma cara ¿cómo le haces, eh? En fin. No es una cara de esto o aquello. Es la cara, cuando del Mudito se trata. Si no te vas de una vez, el cura te va cerrar la puerta y tendrás que dormir fuera. Rita siempre te lo advierte, y no más salga de la cocina, te lo advertirá de nuevo. Yo te entiendo, Mudito. Ese cura ha de ser para ti lo que para mí el viejo Montenegro. Después de todo, no eres más que el Mudito que todos llevamos dentro. Ahí se viene a vieja. Ya mira el reloj en la pared. Bueno por hoy.

Dicho por la señora tetas nalgas secas sonaba tan contundente y perfecto. Bueno por hoy. Era como pasar un interruptor. Plac. Si todo se pudiese apagar así, sobre todo este cerebro mío, se suele decir, que cargo obligadamente como un guacal de frutas. Hay días en que me pregunto si, en realidad, será mío. Puede que alguien lo haya dejado allí, sobre mis hombros ¿Olvidado o con mala intención? Quién lo sabe. Ojalá y fuese fruta lo que cargas allí. Hermosos olores y colores. Dormirías tranquilo. Pero quién va a dormir con esa estantigua de visiones y recuerdos, hecha del dudosamente noble material del raciocinio y la memoria. Una idea o un recuerdo jamás dispensarán la generosa luz y textura de un amarillo plátano maduro, o el gris sucio y sobrecogedor de un cielo encapotado. A ver. Inténtalo ¿ves? Inútil ¿Crees que eso es Amanda, su fiel reflejo, como se dice? Acostada aquí. Caminando allá. Ojos. Un mechón de pelo. Fragmentos de voz femenina. Mirada escapada de ojos femeninos ¿Eso es Amanda? ¿En realidad lo crees así? Vamos, Romero. Eso es materia inerte, nada más, como la torta de frutas de Rita. Trocitos de Amanda que el tiempo sirve en el plato frío de tu memoria ¿El tiempo, será? Amanda deshecha de escenas truncadas y que valen lo que un brazo o una pierna, par de ojos, mechón de pelo, fragmentos de voz femenina. Piezas sueltas para jugar al rompecabezas del recuerdo, Comisario de mierda. Cerebro de urna. Trampa en la que habitas a tus anchas. Echa para allá ¿Quién dijo eso? Has de ser tu mismo. Quién más.

Camastro. Porque lo que es cama no podía llamarse aquello. Martín Romero lo miraba un rato antes de acostarse. Quién sabe. Quizás esperaba que le hablase. Vaya historias las que podría contar ese camastro todavía sostenido en sus cuatro patas nada confiables y ofreciendo al hombre insomne el centro destripado de su mullido colchón. Historias de cuerpos, sudores y podridos cansancios con qué alimentar la quietud del sueño. Allí iba el Comisario Romero a agregar también la suya, luego de cenar su torta de frutas y despachar a Mudito como si no fuese a verlo nunca más. Adiós, Mudito. Mirada bobalicona de Mudito metiéndose por los ojos de Martín Romero. Era como partir a la misión sin retorno que comenzaba detrás de la puerta de la habitación de fondo. Insomnio. Venga de una vez, Romero, le decía aquella vulva gigante de goma espuma. Así, sin ropa, hundido, al centro, como si fuera a dormir eternamente, hasta mañana, al menos ¿Dormir eternamente? Mentira. Bien sabes que algo así es mentira, que por no saber dormir eternamente los hombres como tú se van quedando insomnes, lo mismo que muñecos, adornando la cama de su finita existencia. Pero igual, cuando podía, disfrutaba el superficial placer de un cansancio profundo que lo desprendía de ella hasta el día siguiente ¿De qué? De esa finita existencia. Ah bueno. A veces, sí, pese al calor sofocante, dormía en las tardes. Entonces, como si saliese del sueño o, todo lo contrario, se sumergiese más aún en él, lo despertaba momentáneamente una brisa fría como la cercanía de la muerte. ¡Y dale con Romero y la muerte! En realidad no vas a morir, Romero, así como tú crees. Te vas a ir deshilachando mediocremente. Tienes toda una vida para eso. O al menos eso creía él cuando la luz crepuscular que se metía por la ventana, rasgaba la oscuridad del cuarto, y él, con enorme esfuerzo sólo comparable al de cualquier dios creando un mundo que lo adore, entreabría los ojos que, como si no fueran suyos, sino de ese mismo dios ya olvidado, volvían a cerrarse para seguir durmiendo.

De esta manera, haciéndose a las pequeñas miserias rituales de la cotidianidad, Martín Romero se fue haciendo su lugar en Buenaventura. Y vaya lugar. Sólo faltaba cambiar de habitación. Quizás se decidiera a tomar en serio el ofrecimiento de Montenegro.

 

−Allá, la que está en la punta. −dijo el gordo. Al rato agregó −Pero esa construcción tiene años de abandono, Comisario. Allí sólo encontrará ratas y demás alimañas.

−Como el Moise, por ejemplo. −dijo Martín Romero.

–Eso dice la gente. Yo no lo sé, pero no me extrañaría. UD. no debería, digo yo. Puede alquilar una casa en cualquier otra parte de Buenaventura. Si quiere le hago la gestión.

−Yo no quiero alquilar nada. Esa casa está bien para mí. Arreglaré lo que haya que arreglar. Montenegro dijo que podía disponer del sitio por entero. No veo necesidad de desairarlo. Y si por el fantasma del Moise es, no ocupará mucho lugar ¿no cree UD.? −dijo Martín Romero.

−Muy gracioso. −replicó el secretario.

−Dígame algo, Valbuena. Esa vaina es una pequeña mansión, o iba a serlo. Me pregunto ¿por qué nadie se la ha apropiado? Medina, o UD. mismo, por ejemplo. −inquirió Martín Romero.

−Nadie aquí se atrevería a ir contra Montenegro. Menos Medina. Él mismo no lo permitiría. −respondió el secretario.

−Y ese cuento acerca del Moise ¿UD., en verdad lo cree, o sólo le conviene creerlo? −replicó Martín Romero.

−No me agrada lo que insinúa, Comisario. −replicó el secretario Valbuena.

−No hay por qué molestarse, Valbuena. UD., con seguridad, en mi lugar pensaría lo mismo ¿o no? −dijo Martín Romero.

−Además, si yo hubiese querido tomar esa casa, ya lo hubiera hecho ¿no le parece? −agregó el gordo.

−Eso es una argumentación boba, mi querido secretario. Como UD. mismo afirma, si Medina lo hubiera permitido, a lo mejor ya tendría dueño. −dijo Martín Romero. Luego de encender un cigarrillo, agregó −Ya sabe cómo es: entre tramposos nos cuidamos bien.

 

Con lo dicho, quedaba trazada una clara divisoria entre el Comisario y el secretario Valbuena. No lo había hecho con esa intención, pero Martín Romero lo notó en la cara del gordo que, impotente, se puso a mirar hacia otro lado.

Por fin, con el tiempo, desaparecieron los insomnios y todo impulso vano como aquel que, el primer día, le hizo escribir aquella estúpida nota en el cuaderno ¿El cuaderno? Debía seguir allí, en el fondo del maletín. Sus hojas amarillentas. Sus dos tapas de cartón. Su lomo de alambre en espiral. Quería ese cuaderno. No por lo que había escrito, o pudiese escribir en él, sino por el cuaderno mismo. A la mierda los contenidos. Cuadernos llenos de texto. Corazones llenos de pasión. Cerebros llenos de pensamiento. A la mierda, digo. Me basta el cajón. Vacío mío. Cuadernos. corazones y cerebros. Papel, carne y hueso. Cascarones. Amo el maldito cuaderno. Era un afecto egoísta, el que emana del mero hecho de poseer, como el que tiene el dueño por su perro, sin que jamás se pregunte por el significado de los ladridos. ¡Guau, guau! Sí, claro. Yo también ¡guau, guau! Coincidimos en lo fundamental. Un perro. Cuando me mude a la casa, me llevaré un perro. Quizás el renco ése que se la pasa por el malecón. Cuaderno. Perro. Ah, y mi pocillo. Y Montenegro que aún no ha escrito. Cuaderno. Perro. Pocillo. Si el viejo viese al sujeto indicado haciendo sus planes. Su presencia se ha ido desdibujando; de súbito lo siento así, como una brisa tenue a la que sólo se advierte cuando ya ha pasado. Quién sabe si el viejo está un poco más muerto. Sí lo sabemos.

Así, tres semanas y Martín Romero ya había conseguido adaptarse a un destino que transcurría en jornadas veinticuatro por veinticuatro. Un día de guardia y vigilia por uno de noche y ronquido. Buenaventura. Pueblucho plantado al borde del mar. No se puede decir más. Pero el Comisario Romero no se conforma con ello ¿verdad? No claro. Él siempre tiene qué ver donde nada hay. Quizás por eso había días en que el mismísimo pueblucho plantado al borde del mar mas bien parecía huir del mar y permanecer asido como niño miedoso a las faldas del cerro. Otros, por el contrario, parecía descolgarse del cerro y dejarse ir en quieto desprendimiento hacia las aguas quietas. En cualquier caso, las casas de Buenaventura eran como manos, asidas, desmoronando la tierra caliente y colorada. Está bien, Romero. Pero nada de cuadernos ¿eh?, que después vas y te crees todo eso. Puedes dejarlo allí, a la vista. Será suficiente. Bien. Ahora fuera, que esta vaina ya parece olla de presión. Eso entonces quiere decir que son más de las diez.

En la mañana el Comisario dormía cuanto podía, hasta que el calor lo empujara fuera. Aquí no había olor a grasa y monóxido, ni ruido detrás de las paredes. Lo olores de la cocina de Rita, si los había, no alcanzaban, como los de Josefina, llegar hasta su habitación. Es más, aún llegaban los del cocido de Josefina. Muy por el contrario, aquí en Buenaventura nada parecía manar del exterior. El sonido y olor del mar. Sí, pero eso era parte del exterior mismo. Aquí uno salía de la cama por propia voluntad, como propinarse a sí mismo una patada en el culo. Fuera, Romero. A rondar tu pueblucho. Pueblucho plantado al borde del mar con Comisario dentro que, a ratos, como gusano en dos patas, vaga por sus calles. Pesada quietud de mediodía. Uno se adapta. También se había adaptado al sol aplastante de sus días, la brisa cálida de sus noches, la grasa y el salitre como segunda piel. El rengo ¿dónde andará? Voy a bajar hasta el malecón. De escuchar, escucha sus propios pasos y el zumbido de la brisa, cuando la hay. De cuidar ¿cuidar qué cosa? ¿defender qué orden? Para eso está la policía. Pero aquí, en Buenaventura, el deber no tiene cosa ni orden. Hay cosa y orden. Pero el deber es una forma informe. Por entre largas paredes blancas, aunque sean de cualquier color, y esos silencios que hablan siempre de lo mismo y al mismo tiempo, aunque uno no sepa de qué. Allí va el Comisario Romero. Comisario de Buenaventura. Siempre atento a sus colores y sus silencios, sin importar cuán blancos y cuán inteligibles. Ver y escuchar. Así dijo Montenegro. El señor ojos blancos y manos de noche. Quizás haya muerto, el viejo ¿Por qué lo dices? Siempre lo digo, desde que lo vi la primera vez. Ya veremos. Allá va el rengo. Viene remontando la escollera. Debe comer de los restos y desperdicios que consigue entre las piedras.

Martín Romero se interpuso en la línea por la que, de haber seguido, hubiera pasado el perro. Pero éste se detuvo a distancia. Martín Romero se sentó sobre una piedra. El animal disimuló mirando hacia un lado y hacia otro. Flaco y corpulento. Marrón. Lomo rojizo, Patas largas. Orejas a medio caer. Un toque de ambigua soberbia resplandecía en la opacidad de su desecha mansedumbre. Rengo ven. Sí, que te crees que voy a ir. Martín Romero sacó una barra de chocolate del bolsillo. El animal se quedó mirando sus manos por un rato. El hombre mordió un trozo. Toma. El animal se aproximó con sigilo. El hombre mordió otro trozo. O me quitas la mano o me aceptas de una maldita vez. Puede que las dos cosas. No. O una u otra. Los perros no hacen las dos al mismo tiempo. El animal avanzó un par de pasos y se echó. Martín Romero hubiera querido hacer lo mismo, pero no se atrevió. Bien. Ya entendí. La tercera opción. Aceptas el chocolate pero no a mí. Animal inteligente. Inteligencia superior. Lo dejo aquí, pues. Martín Romero mordió un último trozo y el resto lo colocó sobre la piedra que tenía al lado. Se alejó y, tras unos cuanto pasos, al voltear, vio al perro lamiendo la piedra una y otra vez.

En poco más de quince días Martín Romero había logrado el peculiar triunfo de esas especies que, tras milenios de evolución, desarrollan órganos y hábitos que le permiten vencer al medio adaptándose a él ¿Triunfo? Y es que allí, en Buenaventura, en realidad ¿había algo que vencer? Bien. Digamos, entonces, que Martín Romero sólo luchaba contra los fantasmas que hucheaban e iban tomando forma en los montes de su conciencia. De súbito, y sin saber cómo, adquirían existencia corpórea fuera de ella: calor, tedio, sol, congéneres, aquellos árboles de abigarradas raíces con que se topaba cada vez que volvía al extremo más retirado de la playa, como el día que llegó, y cosas así. Por otra parte, no se trataba de ninguna lucha, sino, más bien, de una sucesión de manías y obsesiones a las que se entregaba casi con misticismo en medio de la aplastante cotidianidad, como ésa de quedarse inmóvil durante largos minutos mientras concentraba toda su atención en el paulatino recorrido de una gota sudor a lo largo del inerte rostro. La gota se iba deslizando y podía sentir cómo, al mismo tiempo, se secaba y dejaba tras el paso de su perfecta y vibrante redondez un sutil rastro de sal. Adivinarlo era sentirlo. Archivaba la experiencia en alguna de tantas gavetas de su mente, a sabiendas de que, en algún momento, retornaría a repetirla, exactamente igual. Gota de sudor. Rastro de sal. Casi podía verla, saborearla, sin haberla visto, saboreado; con sólo dejarla correr, quedarse quieto, atento a su recorrido.

 

−Jefe −llamó Colmenares.

−¿Qué? −preguntó Martín Romero sobresaltado, mientras tomaba el pañuelo para secarse el sudor.

−¿Nos vamos? −preguntó Colmenares.

−¿Qué hora es? −replicó Martín Romero.

−Casi la diez −respondió Colmenares.

−Está bien −dijo Martín Romero, y volvió a recostarse en el respaldo de la silla por unos segundos antes de levantarse.

 

Cierto que allí en Buenaventura Martín Romero seguía siendo un extraño, incluso para sí mismo, sobre todo para sí mismo, y que probablemente nunca dejaría de serlo. Sentía exactamente lo mismo que cuando, de niño, era mudado de colegio. Nuevas caras, nuevos amigos. Quisiera uno tener por amigos a esos extraños sujetos que te miran de reojo y cuchichean entre ellos ¿Y éste quién es? Y la mismísima sonrisita dibujada en el rostro de quien está dispuesto a ser aceptado a cualquier precio y creer que algún día los muy malditos pueden, en verdad, llegar a apreciar alguno de esos estúpidos detalles de la personalidad de cada quien y que, normalmente, tenemos por virtudes. Espera, que en medio de la incertidumbre, se torna vulgar y ambigua esperanza que sirve para seguir esperando. Mientras, el sujeto ése, que nadie sabe quién es, día tras día va sumando su mirada a las miradas, su carcajada a las carcajadas. Y cuando ya casi está a punto de ser aceptado y ha logrado plantar un pie en el círculo de los nuevos amigos, termina el año escolar y lo vuelven a cambiar de colegio ¿Y éste quién es? Podéis iros todos a la mismísima mierda. El intruso os depara una temporada sin principio ni fin en éste, mi infierno, que también es el vuestro. La condena no será eterna, pero la viviremos como tal y, sólo así, de ser el caso, la recordaremos. Así, por fin, llegó el momento en que Martín Romero se vio instalado en el comando policial, al frente de cuatro mierdas que, igual que él, le sobraban a la vida. Entonces Martín Romero hizo su juramento: la burocracia y el crimen lo habían traído a Buenaventura, y sólo la burocracia y el crimen lo sacarían de allí.

En las noches, solía hacer sus rondas en compañía de Colmenares quien, pese a ser Martín Romero el jefe −condición no exenta de cierta irónica cortesía que ambos comprendían bien− mantenía su ascendencia sobre todos los del comando policial, acaso por ser el más viejo, el que todo lo sabía sin decir nada. El señor bola arrugada cuando se viene. El señor culo plano cuando se va. La virtud de la doble personalidad. O mas bien de la ausencia de personalidad. Muchos hay que toman este tipo de cosas a mal, pero Colmenares se ha liberado de ese conjunto de cualidades que constituyen a la persona o supuesto inteligente, la amargura de distinguirse como gota en el torrente de la especie, la esclavitud de atarse a las cualidades que nos hacen mejor que los demás. Este Colmenares sí que es un árbol plantado viejo al margen de un caminó que no se trazó. Qué digo plantado, echado de costado a un costado del camino su humano tronco da de comer a los robustos insectos; color y matiz a la variada y ondulante textura del terreno. Nadie ha notado que ha aparecido Colmenares, y cuando desaparezca igual nadie lo notará.

 

−¿Eres de aquí, de Buenaventura? −preguntó Martín Romero.

−¿Yo? ¿De dónde más? Toda la vida. Me fui por un corto tiempo, con Medina, que me lo pidió. Tú sabes, personal de confianza y esas majaderías. Pero que va. Me volví casi enseguida. Yo no estoy echo para trajines de gran ciudad. −respondió Colmenares.

−Y ¿qué piensas de Medina? −preguntó Martín Romero.

−¿Que qué pienso? −preguntó Colmenares.

−Sí ¿Qué piensas? −insistió Martín Romero.

−La verdad, no mucho. Ahora que lo preguntas, creo que nada. No sé. Él está allí, es el que manda, o para eso está allí ¿No?. Yo estoy aquí, hago lo que me toca hacer ¿Qué debo pensar? No lo sé. Soy policía, y aquí es mas fácil que en otro lugar. Un borracho en esta esquina. Alguna que otra pelea por allá. En fin. −dijo Colmenares.

−Y Medina ¿es muy mandón? −preguntó Martín Romero.

−La verdad mandón, así, como se dice, mandón, no lo creo. Como ya te he dicho, ladra más de lo que muerde. Gritón sí, y mientras más viejo más gritón y más majadero. Gritón y majadero, sí. Pero mandó… Aquí no es mucho lo que se puede hacer. Toda su vida Medina ha imaginado cosas grandiosas para Buenaventura. Pero, en verdad, están más en su mente que en la realidad. Esto es un pueblo de mierda, y a mi me parece bien que sea así. Quizás estoy más viejo de lo que creo, pero, tú sabes, cuando empiezan las mejoras empiezan los problemas. Mira este mismo paseo por el que caminamos, Jefe. Muy bonito, sí, el muro, los cañoncitos, las parejitas mirando el mar, los turistas van de aquí para allá sin joderse los pies. Sí muy lindo, Buenaventura tiene un lindo paseo. Pero, los fines de semana, al menos, el olor a marihuana se extiende de punta a punta. Hijos de puta. Y eso que este pueblo de mierda sigue siendo un caserío ¿Cómo será cuando esté lleno de edificios, hoteles y restaurantes, como quiere Medina? El progreso se lo llevará todo a la mismísima mierda. Ya verás.

−¿Qué se llevará? −preguntó Martín Romero.

−¿Qué se llevará? −replicó Colmenares.

−Sí. El progreso ¿Qué es lo que se llevará de aquí el progreso? −insistió Martín Romero

−Bueno. No lo sé. Yo me refiero a que aquí estamos tranquilos así ¿Qué más? En cierto modo, digo yo, el viejo Medina no debió haber vuelto nunca. Cuando lo hizo parece haber querido traerse consigo la ciudad. Siempre anduvo obsesionado con esa vaina del progreso. Aquí entre nos, para mí, está medio tocado, el viejo. También te he hablado de eso. Pero en fin, no jode más de lo que puede. Y eso es poco. −dijo Colmenares.

−La nada −dijo Martín Romero.

−¿La qué? −preguntó Colmenares.

−Eso es lo que se llevará el progreso, la nada. O, mejor dicho, nos traerá a todos la mismísima mierda de ser algo. Es lo que quiero decir. Lo he aprendido aquí, en Buenaventura. −Sentenció Martín Romero. Luego de un prolongado silencio, Colmenares se encogió de hombros y agregó

−Yo no entiendo.

−No hay problema, viejo. Nada hay que entender en esta vaina. Oye ¿qué hora es? −preguntó Martín Romero.

−Casi media noche, Jefe. −respondió Colmenares.

−¿Sabes que me gusta adivinar la hora? −dijo Martín Romero.

−¿Sí? −preguntó Colmenares.

−Soy muy bueno para eso. Pero, desde que llegué a Buenaventura, no sé. No pego una. Ahora, pensaba yo que no sería ni las once. −dijo Martín Romero.

−Pero Jefe, si cuando salimos del Comando ya eran las diez. Sólo aquí, en la plazoleta, llevamos casi una hora. −advirtió Colmenares.

−Casi una hora. No te digo. El primer día estuve aquí mismo. Allí, el mudito. Y por allí nos fuimos caminando los dos, hasta el otro lado de aquella punta, luego de pasar la casa. Hoy me parece haber mucha más distancia. −dijo Martín Romero.

−Hasta la casa, unos trescientos metros. −aclaró Colmenares.

−Sí. Mas o menos. −confirmó Martín Romero.

−Escuché al Licenciado Valbuena decir que te ibas a meter allí, Jefe. −dijo Colmenares.

−¿Meterme allí? Lo dices como si eso fuese una cueva y yo un ladrón. −dijo Martín Romero.

−No quise decir eso. −aclaró Colmenares.

–Pero, en el fondo, es más o menos así. Y, el gordo…¿no dijo que yo estaba loco? −preguntó Martín Romero y aguardó a que el otro se decidiera a responder. Como no lo hiciera, insistió −Sí, lo dijo.

−Pero Medina lo contrarió. −dijo Colmenares.

−¿Cómo es eso? −preguntó Martín Romero.

–No se fíe, Valbuena, dijo Medina. Éste es más astuto de lo que parece. Él quiere que pensemos que está medio loco y que anda por allí como despistado. UD. cayó. Pero yo no. Ese sujeto sabe muy bien lo quiere. Yo que se lo digo. −recitó de memoria Colmenares.

−¿Eso dijo el viejo? −preguntó con sumo interés Martín Romero.

−Si algo tengo, Jefe, es muy buena memoria para grabar lo que escucho, −dijo Colmenares.

−¿Y tú qué piensas? −preguntó Martín Romero.

−Yo prefiero no pensar nada. No es mi asunto. Aquí, cada quien a su trabajo, y ya. Siempre se lo digo a los muchachos.−sentenció Colmenares.

−Está bien. Pero, dime algo ¿Piensas que Medina me conoce, como si me hubiese conocido antes, quiero decir; en otra ocasión? −preguntó Martín Romero.

−¿Tú lo conoces? −preguntó Colmenares.

−No. −respondió Martín Romero.

−¿Y entonces? −preguntó Colmenares.

−Puede haberme confundido con alguien, digo ¿no? −advirtió Martín Romero.

−No. –dijo Colmenares con desprecio. Rato después agregó −Medina siempre ha dicho lo mismo de todos, hasta de mí: yo conozco a ese sujeto. Ya sabes. Es de lo que creen que se las sabe todas. No es más que un majadero.

−Cuidado. Estás hablando mal del Jefe, viejo. −dijo Martín Romero, al tiempo que sonreía.

−Todo el mundo en Buenaventura lo hace. A espaldas de Medina, por supuesto. Y Medina lo sabe; sólo que no se da por aludido. −replicó Colmenares.

 

A sugerencia de Martín Romero, ambos montaron de nuevo en el jeep, con el propósito de dar otro recorrido por las calles de Buenaventura. Luego de un prolongado silencio, Martín Romero reinicio la conversa.

 

−¿Qué piensas de los comunistas, Colmenares?

−¿Yo? Y qué voy a pensar. En realidad, Jefe, no sé nada de política, pero pienso lo que pienso de todos los políticos: una mierda. Y esa pregunta ¿a cuenta de qué? −respondió Colmenares.

−Lo digo por lo de Medina. −dijo Martín Romero.

−Lo de Medina −aguardó Colmenares.

−Bueno, por lo que se dice. Y que tuvo lío con esa gente. Y que lo secuestraron por un par de días…ya sabes.

−Eso, claro. Yo no sé muy bien lo que en realidad pasó. En realidad, nadie lo sabe. Medina dijo que iban a lincharlo, pero que logró escaparse a tiempo. Esos coños, decía, creyeron que era muy fácil joder a Medina. Durante meses, creo yo, estuvo contando la historia. Hasta que ya nadie lo tomó en serio, y cada quien fue sumando sus propios comentarios. Ya sabes cómo es. Pueblo chico, infierno grande, como dicen. Hay quien dice que fue una estupidez. −dijo Colmenares.

−¿Quién? −preguntó Martín Romero

−Al cura se lo he escuchado decir. Nunca se la ha llevado bien con Medina. Cuando están uno frente a otro, basta verle la cara al Padre Claudio; como descompuesta por la náusea. La verdad, no se tragan esos dos. Una vez, estando yo de guardia en el despacho de Medina, los escuché discutir. El cura lo acusaba hasta de criminal. Cuando entró a la oficina estaba obviamente molesto. Pero cuando salió de allí era el mismo demonio en persona −relataba Colmenares.

−Pero fue. −afirmó Martín Romero.

−¿Cómo? −preguntó Colmenares.

−Lo del secuestro, digo. Estupidez y todo, fue. −aclaró Martín Romero.

−Sí, claro, se supone. Sólo que el cura dice que Medina no se escapó gracias a su destreza y valor, como él pretende hacer ver a todos. Según el cura él mismo lo vio (y fue el único) aterrado, en la madrugada, casi al amanecer, luego que los sujetos, que supuestamente lo secuestraron, lo soltaron. −dijo Colmenares.

−¿Y tú que piensas? –preguntó Martín Romero.

−Yo no vi nada. Pero confío en lo que dice el Padre Claudio. Es un hombre serio. Además, en ese asunto estaban metidos el Indio y el Moise. Yo me pregunto, y se lo pregunté un día a Medina ¿cuán grave podría ser una conspiración (así llama Medina el asunto), o cualquier vaina, en la que estén metidos ese par? Si tú los vieras. El Indio sólo habla bobadas. Hoy está deprimido, vuelto mierda en medio de una borrachera que se lo lleva al infierno hasta por tres días. Al otro día, lo marea a uno hablando de grandes proyectos. Si por él fuese, cuando anda de buenas, la “Pensión Rita” sería un hotel de cinco estrellas.

−¿Y el Moise? −interrumpió Martín Romero.

−¿Ése? El Indio es el genio. El Moise es un completo tarado. Lo digo en serio. Ése no le haría daño a nadie, ni bien tampoco. Si lo hubieras visto por aquellos días; un mocoso de trece o catorce años, no sé. Los dientes pelados de alegría no más aparecía el Patiño. Si lo vieras ahora. De vez en cuando aparece por allí. −respondió Colmenares.

−¿Patiño? −preguntó Martín Romero

–Durante un tiempo, casi todos los fines de semana, se veía por Buenaventura a un tal Patiño; un gordito hablador que nadie tomaba en serio y fue el que embaucó a los otros dos en su aventura; digo, si fue él el del asunto. Y alguien tuvo que hacerlo, porque el Indio y el Moise por sí solos no habrían hecho un carajo. Pero, tú sabes, deslumbramiento citadino, y el par de pendejos que se sentían como reyes por haber sido escogidos por el tal Patiño. Lo cierto es que, después de lo de Medina, no se le volvió a ver más por Buenaventura. Para mí no eran más que unos locos. Si cogieron a Medina, lo devolvieron sin saber qué hacer con él. Y, tú me dirás, Jefe, pero ¿qué coño iban a hacer en Buenaventura? No eran más que una bola de pendejos. Eso es lo que pienso. Sólo Medina se tomó esa vaina en serio. Y se le pasó la mano. −concluyó Colmenares.

−¿Cómo es eso? −preguntó Martín Romero.

−Cuando hace un rato te dije que me topé con el cura al salir de la oficina de Medina como un energúmeno, en realidad los escuché desde la sala discutir por lo del Moise. −dijo Colmenares.

−He escuchado a Rita hablar de ello −interrumpió Martín Romero.

−Al viejo se le pasó la mano con el negro. El dice que no, pero...

−¿Es cierto, entonces? −preguntó Martín Romero

−¿Qué cosa? −replicó Colmenares.

−Que lo mató. −dijo Martín Romero.

−Sí y no. −respondió Colmenares.

 

Sólo porque todos los hombres son iguales y por la lástima que tal sentimiento inspiraba hacia él, el Moise fue aceptado en el equipo que, emergido de entre los cerros pedregosos de Buenaventura y con Rengifo a la cabeza, cambiaría el mundo. Pese a su humanidad de feto que no tuvo tiempo de nacer completo, amasijo de alambre recubierto de carne chamuscada al que sólo el soplo de un idiota pudo haber dado vida, el Moise era, también, un hombre nuevo, copiado de ese prototipo que imaginó Marx en los talleres de la Inglaterra victoriana, metahistórico y judeocristiano, y que, de este lado del planeta, asumía formas extrañas según la infamia de una raza mezcla de todas las razas. Aún no sabía leer ni escribir, y el Moise ya tenía que vérselas con la dialéctica y la lucha de clases. Le hablaban de la condición del proletariado y su liberación, cuando él ni siquiera alcanzaba la condición humana. Pero, aún así, formaba parte del equipo, y eso lo llenaba de orgullo y satisfacción humana prestados. Cuando Rengifo leyó las dos cuartillas del manifiesto y el Moise escuchó hablar por primera vez de ese "fantasma del comunismo" que recorría el mundo, −dijo Rengifo, en lugar de Europa− el negro, como siempre, cada vez que Rengifo hablaba del mundo mejor, se encontró agradablemente confundido, y quedó muy conforme con que la llegada del mundo mejor fuese cosa de fantasmas.

 

−¡Hay que matar al viejo!

Gritaba el medio hombre del Moise a nombre de la humanidad entera, señalando la casucha donde habían encerrado a Medina. Y aún lo estuvo gritando días después del secuestro del viejo, en medio de una borrachera consecutiva de tres días. Nunca el pequeño Medina había sido representado con tanta grandiosidad como lo hizo el negro durante aquellos tres días. El mediocre y oscuro burócrata se había convertido en la bestia que asolaba el mundo; sonreía como la serpiente que hizo caer a Adán del paraíso y vestía como Rockefeller. El Indio, que intentaba cerrarle la boca, nada pudo hacer para contener el ímpetu revolucionario del Moise. Salió corriendo y lo dejó a solas en medio de la plaza. Allí mismo, donde ahora estaban parados Martín Romero y Colmenares, lo cogió la policía.

 

−¿Qué hacemos con él? −preguntó Colmenares a Medina.

−Ya sabía yo que éste caería solito. Ya tengo algo preparado para que lo cante todo. Esta noche nos llevamos a ese negro al cementerio. −respondió Medina.

−Oye, no exageres. Y el pobre diablo ¿qué va a cantar? Que el Indio también estaba metido en el asunto. Eso ya lo sabemos. −advirtió Colmenares.

−¿Y los otros qué? −preguntó Medina.

−¿El Patiño? Ese no ha vuelto más nunca por acá. Los otros de los que tú hablas, si los hay, no los he visto nunca en Buenaventura. Pero, como sea ¿por qué no dejas esta vaina así? Se trata sólo de un par de idiotas. Que le calentaron las orejas. Está bien. Pero no son más que un par de mocosos, y ya ¿Qué peligro pueden representar, a ver? −insistió Colmenares.

−Tú sólo piensas como policía, Colmenares. Pero yo voy más allá. Estos dos serán, como tú dices, unos idiotas, pero aquí no hablamos de eso, sino de conspiración. No estoy dispuesto a que un grupito de ñángaras, valiéndose de un par de idiotas, enciendan Buenaventura. −dijo Medina.

−Pero ¿en verdad tú te estás creyendo eso de la conspiración, coño? Por favor, viejo. No fue más que una muchachada. No es correcto, por supuesto. Pero no tanto como para exagerar así. −interrumpió Colmenares.

−Mira, Colmenares, el comunismo está metido en este país desde hace casi cien años, y si los gobiernos hubiesen pensado como tú (siempre se trata de muchachos, como tú los llamas), ya se hubieran cogido esta vaina. A los comunistas se los compra o se los mata. No hay alternativa. Si yo dejo que esto pase como si nada, a la larga, yo que te lo digo, nos jodemos todos. Lo que pasa es que tú, y todos aquí, viven en este pueblo sin saber nada de nada. Pero yo no. Yo sé cómo terminan estas vainas. Si tú supieras, como yo, de historia, te sorprendería saber de lo que pueden ser capaces los idiotas. Así que no discutamos más el asunto.

Después de santiguarse, el Moise arrojó la primera palada de tierra. Hay que matar al viejo, decía una voz que, de tan lejana en lo adentro, ya no le parecía suya. Mientras veía cada palada de tierra estrellarse contra el suelo y desparramarse como sus días de negro. En pleno desierto del miedo, recordaba frases sueltas del manifiesto, la teoría de Darwin en forma de mono pariendo y el mundo mejor como un cielo lleno de negros y hombres nuevos. Todo daba vueltas, desperdigado, retazos de esperanza rota y enredada en lo rincones de su mente. El terror le llegó a las sienes. El sudor se le colaba por las comisuras de la boca, y le iba dejando dentro un sabor salado que le corría hasta el estómago, y más adentro todavía, de víscera en víscera, hasta llegar a eso que debía ser el alma, invisible, pero que debía estar allí, golpeando, como si quisiera romper el encierro de su cuerpo aun vivo.

Uno tras otro se escuchaban los golpes secos, sordos de las paladas de tierra al caer sobre la tierra, y el hoyo se iba haciendo más profundo ¿Moriría completo o algo, que ya no sería él, lo sobreviviría, acaso con el único propósito de joder a los vivos? Mientras más tierra arrojaba fuera de la fosa, más extraña se tomaba su propia presencia en medio de la noche de la que nunca se había sentido tan parte. Su piel, su respiración forzada, los movimientos mecánicos de sus brazos y su cintura, su vista nublada, y hasta ese toque íntimo de la amargura, seguían allí, pero como si no fuesen actos suyos sino humores del cuerpo descompuesto de la noche.

Cuando el borde del hueco que excavaba ya le llegaba casi al cuello, Colmenares se aproximó. Miró al negro dentro. Dio media vuelta y volvió hacia Medina, sentado sobre un tronco, que aguardaba a unos metros de distancia.

 

−¿Qué dijo? −preguntó Medina.

−Nada. −respondió Colmenares.

 

Entonces Colmenares se volvió a la fosa. Sacó al Moise y lo metió en un saco. Ató la boca y, según orden de Medina, disparó una vez.

 

−Aún no estoy muerto. −dijo el negro. Luego otro disparo, y su voz se confundió con el trastazo al caer en la hondura de la fosa.

 

−¡Coño, Colmenares! La verdad, te digo, es como para volver loco a cualquiera. −dijo Martín Romero, luego de que ambos se montaran en el "jeep" para continuar la ronda.

−Por supuesto. Y lo mismo dijo el cura, por cierto ¿Pero qué podía yo hacer? Yo no iba a matarlo. Eso fue lo que ordenó Medina: se jodió; liquida a ese maldito negro y nos vamos. Lo vi a los ojos y me di cuenta que Medina no cambiaría su decisión. El odio se le iba por los ojos. Entonces le dije que me encargaría del asunto. Porque si el mismo Medina se iba hasta el foso, seguro que lo mata. Claro, en el caso de que se hubiera decidido a hacerlo. También sabía que el viejo preferiría siempre que lo hiciera otro. Y que el muy cobarde se mantendría a distancia para no ver el fusilamiento. Enseguida se me ocurrió la idea. Me volví hasta la fosa, tomé el saco, metí al negro dentro y disparé. Dos tiros, como para que no quedase duda. Varias veces se lo dije al negro en voz baja mientras tomaba el saco: te haces el muerto, te haces el muerto y ya. −susurraba Colmenares con la mano en la boca, como si tuviera el oído del Moise del otro lado. Luego agregó, mientras volteaba a mirar a Martín Romero −Cuando me volví, Medina ya había iniciado el camino de regreso.

−¿Y alguien más supo del asunto? −preguntó Martín Romero.

−Nadie. Sólo semanas después, comenzó el Indio a decir que el Moise se le había parecido, que lo vio salir de su propia tumba. No más se pegaba un par tragos, y dale con que el negro esto, el negro lo otro. Yo creo que el Indio, o vio todo en el cementerio, o llegó por casualidad no más nosotros nos vinimos. Ya en la oficina, Medina, muy inquieto, me preguntó ¿tapaste el hueco? Por supuesto, le dije. Volví en la madrugada, para ver qué había pasado con el negro. Pero ya no estaba allí. Debe haber salido por su propia cuenta.

−Y, desde entonces, de vez en cuando aparece. −acotó Martín Romero.

−Sí. Para mí que está completamente loco. Él siempre fue un poco chiflado. Pero, desde entonces, loquito, loquito. Se pierde por allí, hacia la montaña. Pero no es peligroso. Se mantiene alejado por miedo a que lo jodan aquí abajo, supongo. Pero a veces aparece, como si se hubiese extraviado, completamente extraviado. −dijo Colmenares.

−Y como se supone que está muerto, entonces lo que aparece es un fantasma, o algo por el estilo. −dijo Martín Romero.

−Ajá. El muerto, pues. −confirmó Colmenares. Rato después agregó −En fin, ya hace más de veinte años ¿a quién le importa ya?

 

Le importa a Romero. Porque a Romero importa todo cuanto no tenga remedio. Ya lo sabemos ¿no es así, Comisario? Quizás por eso y te sienta tan bien ese papel de policía, pues con esa idea que tienes de toda existencia como de crimen consumado. A ver ¿cómo es la cosa? Nadie puede abandonar la historia. Todos, incluso Dios, están bajo sospecha ¿no es así, Comisario? Bueno, Romero. La noche será larga, como todas las noches; así que date. Veinticinco años. Lo recuerdo. Pero no sé si lo que recuerdo es lo que debería recordar y, además, si así fuera, igual no sabría qué hacer con lo que recuerdo. Contigo siempre es el cuento de nunca acabar, Romero. Pero, en fin, veremos hasta donde llegamos hoy. Comencemos con el negro. Allí está. Borracho, desecho, despatarrado en el suelo. El hombre nuevo, le dije a Rengifo, creo, mientras señalaba hacia atrás con mi dedo pulgar; éste mismo que ahora muevo de un lado para otro en medio de la oscuridad, sin que nadie, ni siquiera Colmenares, se haya percatado de que así lo muevo. Eso también lo recuerdo. Llena, la luna dejaba caer sobre todos nosotros esa luminosidad azulosa, o más bien grisácea. Creo que las dos cosas extrañamente mezcladas en una transparencia sin lugar en el lugar donde permanecíamos estacionados a aquella hora de la noche. En fin, luminosidad lunar de luna llena que, en realidad, no sabes si recuerdas (la de aquella noche y hora) o sólo sabes como luminosidad lunar de luna llena independiente de cuál sea la noche y de si baña al despatarrado del Moise y los demás. Tampoco recuerdo la hora. Según Rengifo la una. Pudiera ser. Pero eso lo dijo después del evento, cuando hablábamos a propósito del evento. Rengifo miró la punta de mi dedo, luego al Moise y por último a mí: vete a la mierda, Romero. No lo dijo, pero lo entendí. Yo no creo en eso de leer los ojos, pero a veces funciona; sobre todo cuando se trata de irte a la mierda. Y me fui. La mierda es como el cielo; generosa, inmensa, cualquiera puede acceder a ella con tal y observe la conducta apropiada. La mierda prometida. En este caso, estaba allí cerca, a unos pasos y tenía forma de piedra. Me senté. No. Coloqué las nalgas allí, sobre la dura y áspera superficie. Mi ánimo siguió de pie. Nalgas de piedra. Ánimo de mierda. Puedo recordar la incomodidad, y que yo recuerde es la primera vez que lo hago. Sólo ahora me detengo en algo así. Mientras, miraba al Moise del otro lado. El hombre nuevo calzaba unos zapatos de goma rotos y sin trenzas. El pantalón subido dejaba ver unos tobillos flacos, y la camisa de cuadritos abierta en un pecho enjuto. Por el borde de la gorra estirada hacia atrás asomaban los pinchos desordenados de la cabellera ¿Y los ojos? Yo diría que muy abiertos en relación con el desplome del resto del cuerpo; la mirada perdida, aunque fija entre las piernas abiertas también. Bien, Romero ¿y ahora qué hacemos con todo esto? Yo no sé, ya habrá tiempo de pensar en ello. Sólo intenté reconstruir aquella escena en la que el Moise era el centro. No sé para qué. Lo bueno de Buenaventura es el modo en que uno está siempre tan dispuesto a diferirlo todo.

 

−Jefe. −dijo Colmenares, al tiempo que ofrecía a Martín Romero la botella de anís que acababa de extraer de la guantera.

−Ya sabes que no bebo esa mierda. −dijo Martín Romero.

−Lo será. Pero hay tradiciones en este país que no cambian. Mi padre, y hasta mi abuelo, bebían esta misma mierda. −replicó Colmenares.

−“El Mono". −dijo Martín Romero.

−“El Mono".

−No deberías hacer eso mientras estás de servicio. −dijo Martín Romero en tono irónico.

−Vamos, Jefe. Es sólo un trago. Uno más uno menos ¿en qué podría cambiar la rutina? Otra ronda. Toda la vida me he dicho lo mismo al salir del comando. A ésta hora, un trago de esos me ayuda a soportarlo mejor. Las noches aquí pueden ser interminables. −replicó Colmenares.

−Y ¿por qué no te jubilas de una vez? −preguntó Martín Romero.

−Ya me acostumbré, supongo. Siempre pasa ¿no? A todos les pasa. −respondió Colmenares.

−Sé a lo que te refieres. En el fondo, también, no soy más que un mediocre. −afirmó Martín Romero.

−Yo no dije eso. −aclaró Colmenares.

−Pero yo, en mi caso, sí. Es como lo veo. Si no lo fuera, sería el "che" Guevara, por decir lo menos, lo que quiere decir que ya no sería, que habría dejado de ser en el momento oportuno. Por cierto: la muerte es el momento crucial en la vida de un hombre, recuerdo que decía el "che" Guevara. La mediocridad consiste en pasar por alto la oportunidad, y sólo tener plena conciencia de ello cuando ya no hay remedio. La muerte...crucial... El coño sabía lo que decía ¿eh?; puede que hasta supiera lo que iba a encontrar en Bolivia (estratégicamente, no tenía mucho sentido; pero existencialmente era ideal). La muerte,.. crucial... Para no ser mediocre habría que buscarla, en lugar de sentarte a esperarla como quien espera un autobús.

−Oye, Jefe ¿seguro que no quieres un trago? −insistió Colmenares, que había vuelto a sacar la botella de la guantera, mientras escuchaba al otro, que hablaba como si estuviese solo.

−Creo que sí. Pasa para acá. −dijo Martín Romero y tomó la botella.

−Menos mal y no bebes esta mierda. −comentó Colmenares al tomar de nuevo la botella y luego de observar el nivel del líquido.

−Mira para allá. −señaló Martín Romero hacia el malecón.

−¡Mierda! −exclamó el otro, mientras volvía la botella a la guantera.

−Lo que es éste, muerto, tendría mejor semblante −agregó Martín Romero.

 

Ya habían dado una vuelta completa y, ahora, a lo largo de la playa, por el paseo del malecón, caminaba algo anterior al mono, se dijo Martín Romero para sí, luego de mirar la etiqueta de la botella de la que acababa de beber. Hizo una señal a Colmenares, que disminuyó la velocidad y se aproximó lo más posible. Las luces del jeep iluminaron el cuerpo desnudo y escuálido, espalda estrecha y encorvada, pierniarqueado y de nalgas secas, desdibujadas, como si el tiempo le hubiera desgastado el trasero. Desgreñado de años de olvido, una costra de sucio le cubría la piel.

 

−Apareció de otra vez. −dijo Colmenares con pena, y detuvo el "jeep" nuevamente junto a la plazoleta.

 

Ambos bajaron. Hombre Nuevo que ya no es nuevo salvo por ser el mismo negro de aquella vez y que ahora nombro así por mi manía de nombrar cosas apareció de nuevo. El hombre no se detuvo. Siguió caminando lento y constante, inmutable en su paso, como si nada sucediera a su alrededor, hasta que Colmenares lo tomó por un brazo.

 

−¿Qué vamos a hacer contigo, Moise? −preguntó Colmenares, mientras que el otro se dejaba conducir mansamente hasta la parte posterior del vehículo. Entró a la cabina y se sentó. Fue en ese momento que Martín Romero lo reconoció. Era él, claro que si. Cómo confundir los mismos ojos desorbitados del que nada ha comprendido, la boca semiabierta de la que se habían caído más de la mitad de los dientes, las manos exageradamente grandes, la misma posición encogida de su cuerpo al sentarse en el piso del jeep.

−¿Qué hacemos con él, Jefe? −preguntó Colmenares.

−Lo llevamos al comando. −dijo Martín Romero.

−Los muchachos van a quejarse. Cada vez que aparece el Moise alguien tiene que bañarlo y vestirlo con cualquier cosa que haya a la mano. Se pasan la orden como una pelota. −dijo Colmenares mientras ponía en marcha el vehículo para volver al comando policial.

TEMPORAL

Una historia acerca del hecho de escribir historias

(novela filosófica) 

...sucede que la vida no tiene inicios ni finales, y que sólo en el ámbito y contexto de una narración es susceptible de adquirirlos. Lo que me recuerda, por cierto, aquello que una vez dijera Beckett: ese fue mi error, uno de mis errores; exigirme una historia, cuando sólo la vida bastaba. Si es así, entonces estoy aquí para perpetrar mi propio error. Y hasta puede que ésta sea la forma de haber empezado a hacerlo. Más me vale.

Introducción General

El Bolívar histórico del que se ocupa este trabajo no es, hablando en términos rigurosos, el del pensamiento político y la estrategia militar, aunque, desde luego, mucho tendrá que ver con ello. Pero no es un análisis de ese tipo lo que busco en su discurso sino, más bien, al discurso mismo como herramienta del político y el hombre de guerra. Se trata del Bolívar de la palabra. El lenguaje como signo de conciencia histórica, como dimensión de temporalidad y como fuente de heroicidad. Del discurso de Bolívar no me interesa tanto el pensamiento como su narrativa; su inteligencia política o militar, como la semántica o discursiva. Del Bolívar histórico no busco la verdad, sino el estilo.

Introito

Un día, cuando todavía era estudiante de historia y me desempeñaba como investigador en el archivo histórico del antiguo Congreso Nacional, al fondo de la bóveda, en medio de un cúmulo de trastos tan viejos como valiosos, me topé con una desvencijada edición del Diario de Bucaramanga. Sumido en la molicie que mi burocrático cargo ya me inspiraba, aquél libro me distrajo y, allí mismo, en un improvisado asiento de cajones, lo leí. Para cuando retorné de la bóveda, mi imagen de Bolívar -como la de casi todos, determinada por ese formalismo patriota propio de la historiografía de banco de escuela, como la llama Vallenilla Lanz- cambió. Este libro es el resultado de un intento por captar y comprender aquello que cambió.

CARTAGENA: del destierro a la gloria

La Memoria dirigida a los ciudadanos de la Nueva Granada por un caraqueño, mejor conocida como el Manifiesto de Cartagena, se considera el primero de los grandes documentos políticos de Bolívar. Fechado 15 de diciembre de 1812, recoge la experiencia del incipiente gobierno republicano que, a mediados de ese mismo año, ha sucumbido en Venezuela bajo los embates del ejército español. Se trata de una memoria de la derrota, producida por alguien que ha participado como oficial en la guerra el gobierno español y que, salido al exilio, ha llegado a la Nueva Granada con el propósito de obtener hombres y recursos que le permitan invadir su país de origen y restablecer la república. Esta memoria no es, pues, el mero relato pasivo de lo que aconteció, de cómo el ejército español ha vuelto a tomar de una de las plazas más importantes y estratégicas de la América insurrecta, sino del plan para recuperarla. Se expone aquí el análisis crítico de una experiencia republicana particular, de la que se extraen conclusiones políticas y doctrinales que proporcionan una nueva perspectiva del proceso de emancipación no sólo en Venezuela, sino en toda la América Meridional. Se puede compartir en mayor o menor medida tales conceptos. Pero, en cualquier caso, es indiscutible que estamos ante la primera visión sistemática, general y de conjunto que, más allá de la dimensión logística y militar que impone la guerra, nos proporciona el primer concepto histórico y estratégico de la emancipación americana. Al menos, el primero producido por un soldado con una clara visión política. En este sentido, estamos ante la primera teoría revolucionaria de la lucha por la independencia.

CARÚPANO: vindicta, libertad y barbarie

En el Manifiesto de Cartagena nada indica Bolívar respecto a la cuestión social. Cuestión ésta tan conflictiva que, siglo por medio, llevaría al historiador Vallenilla Lanz a definir la guerra de independencia como una guerra civil. De ello nos da una particular perspectiva el Manifiesto de Carúpano. No pasó mucho tiempo para que el discurso de Bolívar hubiese de encarar el tema tabú en Cartagena. El momento sobrevino con la caída de la Segunda República, tras ese fenómeno tan contundente como efímero que fue Boves para el proceso de independencia. Efímero en cuanto a su personal actuación y liderazgo, pero en alguna medida permanente en cuanto a la guerra como forma de vida para los sectores populares y el ejército como vía de transformación de una estructura social que hundía sus raíces en la colonia. Acaso fuera Boves el más encarnizado enemigo de la república. Pese a lo cual, la república, a la postre y para ser tal, fue su más genuina heredera. De él recibió su ejército, su dinámica social y hasta el estilo de su liderazgo. A tono con la dialéctica de la guerra, los llaneros que siguieron a Boves pasaron de bandidos a patrimonio de la república. Patrimonio que en algún momento hizo decir a Bolívar que la revolución estaba sentada en un volcán social a punto de hacer explosión. Pero eso sería más tarde y en privado. En Carúpano, todavía este ejército sólo representa el modo en que la barbarie se opone a bien supremo de la libertad.

JAMAICA: Historia, Semántica y Geopolítica

1815: el descenso de Napoleón se cruza con el ascenso de Bolívar. Ambos han partido al exilio, a Santa Helena y a Jamaica, respectivamente. Tres años más tarde, el americano meridional, que ha tomado Angostura, la plaza estratégica que inclinará el curso de la guerra en favor de la causa patriota, dirá de sí mismo: yo busqué asilo en una isla extranjera, y fui a Jamaica solo, sin recursos y casi sin esperanzas. Perdida Venezuela y la Nueva Granada, todavía me atreví a pensar en expulsar a sus tiranos.1 De modo que el exilio, que para Napoleón dictamina el final de un imperio en Europa, para Bolívar anuncia el renacimiento de un proyecto en América. Esta conjunción en el cosmos simbólico de la historia que involucra la carera de dos grandes líderes políticos y militares, alude también a un cambio de época, determinado, desde el punto de vista geopolítico, por el ascenso de las potencias del capitalismo industrial y la caída del colonialismo mercantilista. A ello tributan diversos procesos: la ilustración, el nacionalismo, el industrialismo, la revolución francesa, la expansión napoleónica, la independencia estadounidense, la emancipación en América Latina. Es ésta una coyuntura en el proceso de largo plazo que lleva de la era agrícola a la era industrial. En este contexto se fraguan los cauces iniciales de un proceso histórico de alcance planetario. La Carta de Jamaica forma parte de este contexto. Es una forma de asomarse a él y otearlo desde los agrestes montes de una América irredenta. Tal es el punto de partida de este ensayo.

ANGOSTURA: el guerrero creador de repúblicas

La Carta de Jamaica concluye con la afirmación según la cual la clave para poner fin a la dominación española y fundar un gobierno libre es la unión, obtenida por efectos sensibles y esfuerzos bien dirigidos. Lo que por entonces queda en un escueto enunciado, en Angostura va a ser objeto de un denso desarrollo. Eso es el Discurso de Angostura: un efecto sensible, un esfuerzo bien dirigido. En atención a las lineas principales de su estructura discursiva, es una apelación a la conciencia histórica, un plan estratégico centrado en la implantación del Estado Nacional, y un instrumento de significación del movimiento de independencia como proceso histórico. Pronunciado por Bolívar el 15 de febrero de 1819, en el acto de instalación del segundo congreso que se daba a sí misma una república en medio de los avatares de la guerra, constituye una de las piezas oratorias más importantes de su haber político. Dicho ello por su contenido en sí mismo considerado. Y dicho también por el modo en que marca una diferencia de dimensiones estratégicas entre un antes y un después del proceso de independencia. En la visión totalizadora del Discurso de Angostura confluye lo político y lo militar. Para ganar la guerra en el siempre inhóspito campo de batalla, es preciso ganarla también en el de la política; por cierto, no menos inhóspito, agreste y peligroso que aquél.

BOLIVIA: el hombre de las dificultades como legislador

El guerrero ciudadano es aquél al que le es dado despojarse del mando. Así en la Caracas que le otorgó el título de Libertador, así en la Angostura que lo ratificó como Jefe Supremo, y dos años después lo llevara a ser designado en Cúcuta Presidente de La Gran Colombia. Las dificultades comienzan cuando la historia lo despoja a él de la guerra y se queda sin esa fuente de gloria que, hasta entonces, había sido el enorme campo de batalla y de política que, visto desde Pasto, se extendía entre el Orinoco y el Potosí. Así, Ayacucho consigna en la historia americana la emancipación, ciertamente; y en el destino particular del guerrero ciudadano el retorno de la cima de la gloria a la sima de las miserias de la burocracia y la administración. Siendo el campo de batalla la fuente fundamental de su gloria, dentro de él lo es todo; fuera de él nada, o tan sólo un ciudadano recto e iluminado que, apegado a su prestigio y honor, está llamado a dar la cara a esa oleada de anarquía que, en la paz, devora cuanto ha venido edificando en la guerra. Consumada la independencia o, más exactamente, el proceso de la guerra que habría de conducir a ella, el enorme mapa del nuevo mundo se ha teñido de una no menos enorme complejidad. Mientras se triunfa en Ayacucho se conspira en Caracas. Al tiempo que se finiquitan los últimos detalles del Congreso de Panamá, las recién creadas repúblicas se hunden en la lucha intestina y doméstica que atenta contra la anfictionía. En carta a Santander, fechada en Lima, el 6 de enero de 1825, es decir, a un mes escaso del triunfo en Ayacucho, encontramos esta situación descrita en palabras del propio Bolívar:

OCAÑA: el clamor del pueblo

Desde el punto de vista de su estructura semántica, el libertador, como instancia fundamental del discurso, representa la condición esencial de Bolívar como máximo dirigente político y militar de la emancipación americana. Más que como mera parte de la historia, el libertador concibe, administra y conduce el discurso como conciencia e instrumento hacedor de ella. Sin embargo, y como es de esperar, se trata de un discurso que siempre ha sido concebido y pronunciado desde el entorno de la dirigencia política a la que pertenece, aún en aquellos temas sensibles en que la actuación de dicha dirigencia pueda ser cuestionada por en su mensaje. Desde este punto de vista, el libertador siempre ha sido una instancia discursiva de una u otra manera asociada al estrecho círculo de la élite civil y militar que comanda el proceso independentista. Así, por ejemplo, El guerrero ciudadano del Discurso de Angostura, que dichoso convoca a la representación nacional y se despoja del mando ante ella es, con ello, al mismo tiempo, legitimado por ella. Como parte de la dirigencia, el guerrero ciudadano es jefe supremo entre iguales. En este sentido, los discursos fundamentales de El Libertador como creador de un nuevo tiempo histórico son documentos de identidad con el entorno dirigente del proceso de independencia, palancas ideológicas de su legitimación ante ella como máximo líder.

Epílogo

Hasta aquí me trajo el Bolívar con el que un día, hace mucho tiempo ya, me topé en el Diario de Bucaramanga. El hombre histórico de los discursos. El de la palabra y el estilo. El de la conciencia moderna y la faena semántica. El de la revolución como concepto y del heroísmo como ejercicio de voluntad de poder. Su discurso marca el paso de la barbarie a la civilización, con todo lo bueno y todo lo malo que una transición así supone para la gestión de su propia historia por parte de un pueblo. Y como pueblo, no tenemos conciencia de tal significación porque la historiografía de banco de escuela se ha hecho cargo de ello, bien haciendo de Bolívar una venerable pieza de museo, bien poniéndolo a comer mangos para popularizarlo. Al respecto, me limito a recordar las palabras de Vallenilla Lanz:

HERÓDOTO: los orígenes de la historiografía

Si uno se deja guiar por lo más estrictos rigores académicos, incluso los de la historia, probablemente los menos estrictos de todos, muy a pesar de los historiadores académicos, un trabajo de este tipo luce desde muchos puntos de vista desalentador, bien por lo poco con se cuenta para realizarlo, bien por la poca estima que se guarda hacia lo poco que se tiene, incluso los escritos de aquel a quien Cicerón, si no me equivoco, dio en llamar Padre de la Historia. Y lo hizo en el marco de una larga tradición representada por críticos para los que Heródoto era ya casi tan extraño como para nosotros y que, salvo contadas excepciones, se caracterizó por su desprecio, acusándolo de mal escritor, de inútil, y hasta de mercenario.

Capítulo 1: el hombre, la obra, el contexto.

Es muy difícil establecer un imperativo ideológico, filosófico, político o moral que nos ayude a comprender la aparición de la historiografía en una íntima relación con el contexto histórico en que ello tiene lugar. La vaga generalidad de la que aquí me valgo, es decir, comprender la aparición de la historiografía como parte del humanismo característico de la Grecia Clásica, que tuvo su máxima expresión en el arte y la filosofía, es fácilmente aceptable, pero, se entiende, muy poco precisa. Ese humanismo, la ruptura respecto a la mitología que a él es inherente, comienza a gestarse en la Grecia Arcaica, con la filosofía jónica y la aún ingenua pero inequívoca proximidad que ella representa respecto a la naturaleza. Por otra parte, como se sabe, dicho humanismo se prolonga mucho más allá de la época de Heródoto y en plena decadencia ateniense producirá lo más acabado de su filosofía. Este humanismo griego es, pues, el espacio histórico cultural de muchas cosas, amplio contexto en el que la historiografía luce como un ínfimo detalle, acaso el más prescindible de todos.

Capítulo 2: mito, filosofía, historiografía.

Partamos del hecho, tan magistralmente representado por la cruel simpleza del mito de Sísifo, de que el hombre es una especie condenada a la historicidad. A nadie le es dado elegir no vivir la historia. Encadenado a la infinita finitud del tiempo, el hombre histórico transcurre sin la certeza de saber para qué. Toda la historia humana pudiera comprenderse como la obsesión de este hombre histórico por darse sentido a sí mismo. Todas las cosmogonías lo han adscrito, de una u otra manera, a vagar fuera de lo eterno, perecer una y otra vez. Y todas intentan, al final, reconciliarse con el proscrito, traerlo de nuevo a casa, el paraíso perdido que, en algunos casos, puede ser, incluso, la nada cósmica, peculiar forma de eternidad que nos permite suponer que hasta la supresión de la existencia es preferible al castigo de la existencia histórica. Esta caída en el tiempo es el nudo gordiano de todo el drama bíblico y, en muy otro contexto, es, también, el mayor suplicio que la mitología griega pudo imaginar para el hombre réprobo

Capítulo 3: dioses, hombres, historias.

Heródoto cree en el Oráculo. Es fácil demostrarlo a través de la cita de párrafos como, por ejemplo, el que nos habla de la furia de Taltibio1 contra los espartanos, y otros en los que hace referencia al plano de lo divino como la última salida que encuentra para explicar, -¿o justificar?- un determinado acontecimiento histórico. Sabemos que esto le ha costado a Heródoto buena parte de las censuras que lo descalifican como historiador ya que, se supone, la historia debe explicar al hombre y sus acciones por el hombre mismo. Como se sabe, ha llegado a ser norma del oficio que recurrir a Dios es hacer trampa. Una suerte de principio epistemológico pende como espada de Damocles sobre el historiador cada vez que su discurso historiográfico apela al deus ex maquina. Heródoto puede ser, según esta misma norma, demasiado ingenuo o primitivo .

Capítulo 4: hombre, historia, tragedia.

Si nos pusiéramos a plantearnos los problemas de epistemología y método en los Nueve Libros, probablemente no hallaríamos asidero sólido alguno para el análisis y la reflexión. En realidad, estrictamente hablando, tales problemas no existen para aquella historiografía que, desde sus mismos inicios, se colocó al margen de la sabiduría y se dio a sí misma el despropósito de alimentar la memoria humana, salvar el vertiginoso acontecer humano del olvido humano. Sin embargo, pese a una tarea tan metafísicamente pobre y, en parte gracias a ello, aquella primera historiografía estaba llamada a sentar las bases para una cruel desmitificación de dicho acontecer. El hombre histórico que recién ha descubierto es objeto de paciente y crítica observación; no se le puede tomar a la ligera, tal cual lo encontramos, ni creer de buenas a primeras lo que dice y piensa de sì mismo. Racionalista pero curiosa, tolerante pero desconfiada, fue ésta una historiografía que se aproximó a su hombre histórico con acucioso sigilo, alerta a los juicios y creencias que históricamente su objeto de observación había generado respecto, y a partir de, su propia historicidad. El hombre histórico y la cultura, ámbito al que es inherente el desencadenamiento de sus acciones en el espacio y el tiempo, abrieron así el pensamiento humano hacia una dimensión hasta entonces desconocida.

 

 

Preliminar

He visto a Dios. Es espantoso. No hemos hablado. Para escucharme, tendría que ser yo hombrte de fe. Y, para escucharlo, un esquizofrénico. Pero pululamos en el mismo universo. Él en su cueva y yo en la mía, somos vecinos del mismo barrio; el del misterio. Sólo que yo la habito con la suficiente molicie e ignorancia como para no perder la cabeza. Él no. El misterio lo ha enfermado. Y, convencido de ser la verdad que lo despeja y que, por lo tanto, nos haría libres, ha perdido la suya.

De la caída a la salvación: la historia inconclusa de la creación.

La caída simboliza el inicio de la historia, al menos para la criatura; es decir, la existencia temporal a la que, tras rebelarse, ha sido condenada por su creador. Y la salvación la recuperación de una criatura que, ahora, como pecador; o sea, habiendo comprobado por experiencia lo que su creador por omnisciencia ya sabía y se negó a revelar, retorna arrepentida al paraíso en que fuera creada, y lo hace por gracia del que la condenó. Así, entre caída y salvación -fin del tiempo de por medio- el reino de este dios describe un ciclo único y total hacia la eternidad propiamente dicha, suponemos, ya que, hasta la culminación de dicho ciclo, dicho reino no ha sido otra cosa que un proyecto histórico; una teleología en la que Dios hace de sentido inmanente y la eternidad de meta trascendente.

De cómo no fui echado del paraíso: me largué yo mismo

El Génesis, como se sabe, es el primer capítulo en la historia de un dios que creó el mundo, la historia; vale decir, el pasar en que las cosas pasan y el tiempo con que lo captamos. Según esta historia, en siete días -merecido descanso incluido- este dios, emergido de las tinieblas, configuró el universo total: estableció su reino eterno, creó la criatura llamada a adorarlo por la eternidad, actualizó el abismo temporal al cual arrojarla cuando se resistió, y, por último, concibió el plan para rescatarla de su temporalidad y retornarla a su seno. Más que una historia de dios, ésta es la de un proyecto de dios. Con lo cual esta historia deja fuera lo más interesante del objeto a historiar: las tinieblas mismas, el abismo y el origen del dios-héroe que, venido de ellas, encarna la luz que ha de iluminar el nuevo todo en que se dispone a reinar. De modo que esta historia, que no indaga en su tema y que, aún así, pretende dar razón de la temporalidad mediante la eternidad, nos deja en ascuas, pues sólo vale para confirmar que la vida eterna junto al dios que nos ha creado no es menos absurda que la temporal a la que nos ha condenado. No obstante, hagámonos de la vista gorda con este detalle menor, y ocupémonos de un dios al que, en esta parte de su historia, toca hacer de inicio en la historia toda del universo. Porque, en esencia, no de otra cosa hablamos aquí: de un dios que actúa y que, sólo en cuanto tal, ha podido ser objeto de narración.

De cómo andando el camino correcto terminé en el punto de partida.

Me parece que era Artaud quien decía que Dios no existe, y que, si existe, es una mierda. Esta idea de dios es un dilema que apunta, por una parte, a su real y efectiva existencia y, por la otra, a que, en caso de existir, sea cosa digna de creencia. Y si bien la real existencia de una cosa es condición previa del juicio sobre de ella, en el caso de los dioses es tema casi irrelevante, si se lo compara con la idea de dios, que sí es históricamente real. La existencia o no de uno que se hace llamar Dios es indemostrable. Pero la idea que de él tengamos es crucial. Pasa que nuestra inteligencia, memoria y voluntad de entes temporles que para ecistir han de hacerlo históricamente es el único hilo que vincula al dios en el que pretendemos creer con la eternidad en la que debería reinar; eternidad ésta de la que vendríamos y a la que, consumada nuestra temporalidad, habríamos de retornar. El problema acá es que, entonces, hablamos de un dios, un reino, una eternidad; en suma, un ser pleno que ha salido de sí y ya no es tal, pues ha sido intervenido, socavado y puesto patas arriba por la temporalidad misma de la criatura que estaba llamada a constituirlo. De modo que, si alguna vez fue, este dios ya no tiene ser, pues ha devenido y, por tanto, sólo puede tener historia. Y el mayor problema para este dios es que, en efecto, la tiene. Se la conoce como sagrada. Lo cual no es sino un infeliz oximorón, que me veo en la obligación de corregir. Porque, el otro problema no menor para este dios, es que, además de también tener una historia, tengo, gracias a ello, una idea de dios; por cierto, ontológicamente mucho menos generosa que la de Artaud.

De mi autocondena

Una cosa es ser expulsado del paraíso, tras una patafa en el culo, y muy otra abandonarlo por los propios pies: o sra, arrojarse uno mismo. La voluntad hace la diferencia. Lo que procede entonces es la autocondena. Ello equivale a la condena de Dios, sólo que despojada de su divinidad por el acto voluntario de quien se la autoimpone. Éste es el dato fundamental acá. La rebelión de la criatura sólo acarreó la expulsión del rebelde y no alcanzó su cometido. Ciertamente, desató la ira de Dios, pero no afectó su divinidad. Sin embargo, fuera de los predios del reino, la rebelión continúa: se torna secular. Sujeta al curso de su propio devenir, si la criatura se proclama pecador, su castigo se convierte en causa y su destino en botín de guerra. Lo que a este dios toca ahora enfrentar no es la conjura, sino la reivindicación del pecado respecto a un reino que sólo molicie, desprecio e indiferencia puede inspirar. Lo cual es mucho más difícil para uno tan propenso a la cólera y que tanto requiere de ser adorado.

De Dios como significación de un pasar que no lo requiere.

El pasar no rquiere de dioes, sino de historias, que lo signifiquen como pasado-presente-futuro y den forma a la existencia temporal. Son los dioses los que rrquieren de una historia para tener sentido como artífices del pasar. Dios tiene una. Se la conoce como la sagrada. Lo cual encierra un total contrasentido, ya que si, a diferencia del mito, cuyo papel es reconocer un pasado, el de la historia es indagarlo, con lo cual toda historia es, por definición, profana; incluso la de este dios, pese a que su intención sea la de hacernos reconocer en un único y por lo tanto verdadero pasado cósmico.

De gracia divina y conciencia histórica

La Salvación es el remiendo metafísico del error ontológico de la Creación. Dios intenta recoger al final del tiempo el desastre que ocasionó con su inicio. El intento de corregir el error con que comprometió su ser pleno lo conducirá a uno aún mayor, y que hará de la eternidad un imposible. En aquel entonces se equivocó al echar a la criatura del reino, porque con ello dio paso a la historia y a sí mismo como proyecto. Ahora está dispuesto a equivocarse de nuevo, haciéndola regresar al lugar del que la echó, porque con ello se trae la conciencia y la memoria, que han de desmerecerlo por completo como ser. Si Dios, como espera, pudiera ser adorado por el pecador, éste no sería tal, pues en la eternidad no puede haber conciencia ni memoria, que es de lo que está hecho todo pecador en tanto que arte y parte de la existencia temporal. Pero este dios jura que la Salvación del pecador es su salvación como dios. Según su propia historia, lo que lo mueve a recuperar su antigua criatura no es el arrepentimiento, sino el perdón y la misericordia, en el entendido de que a quien corresponde arrepentirse es al pecador mismo. Su gracia está, pues, dirigida a aquél que, sobre la base de tal arrepentimiento, se hace acreedor del perdón y la misericordia, que es lo que de nuevo lo conducirá a la vida eterna que perdió tras su rebelión. Toca entonces considerar las implicaciones que tiene esta en apariencia armónica conciliación de gracia divina y conciencia histórica.

Epílogo

La eternidad sólo puede entenderse tal y como Platón define el ser: lo uno siempre igual a sí mismo. El tiempo, nos indica en el Timeo, es imagen móvil de la eternidad. Para Aristóteles dios vendría a ser la causa primera, el motor a partir del cual todo entra en movimiento, sin que determine el curso del movimiento al que da lugar. De tal manera que la eternidad no es espacio en el que sucedan cosas, ni un modo particular en que las cosas suceden o hayan de suceder. La eternidad es una idea, un principio, un axioma; nunca un atributo de algo distinto de ella; mucho menos el estadio superior de algo que, habiendo iniciado en calidad de temporal, se haga eterno tras dejar atrás y superar su temporalidad. La eternidad sólo podría ser la negación absoluta del antes y el después, del inicio y el final. Si algo cambia, hay movimiento, tiene una dimensión duradera y, por lo tanto, temporal, En consecuencia, la eternidad no puede ser anterior ni posterior a nada, pues sería mera episodio de lo que sucede. Y en ella nada puede suceder, porque, a diferencia de lo que sucede en las historias, no hay inicio ni final. Si algo tiene historia, no le cabe eternidad, aunque dure eternamente.

LA RATA

Yo habitaba en una vieja casa vacacional abandonada, colgada de lo alto de un cerro pedregoso y desde el que se podía ver abajo el mar en su quieta enormidad, yendo y viniendo en monótonas embestidas contra las rocas negras del acantilado en el que, por ahora, espero. 

LA ÚLTIMA CENA

Por obra y gracia del espíritu santo sigo aquí, como de costumbre, aludiendo y mendigando a cada transeúnte que pasa frente a mí. Ocupo el primer escalón de los doce que conducen a la taquilla de una sala de cine donde sólo entran hombres solos. La verdad no sé si es el primero, porque, contando desde la acera, éste sería, en realidad, el segundo. Con lo cual. el total de escalones de la escalera entonces sumaría trece, Por otra parte, trece, según he escuchado decir desde siempre, es número de mala suerte. Luego la diferencia entre doce y trece no sería sólo de un escalón, sino de un destino. De modo que ocupar el segundo o el primero no es cuestión que se pueda tomar a la ligera. Y, ciertamente, que no lo hago así. Sólo que, en mis consideraciones al respecto, encuentro razones igualmente lógicas e irrefutables como para afirmar que estoy en una o en otra posición. Esto es cosa que me gustaría resolver cuanto antes. Por primera vez, no sé por qué, me hallo en la circunstancia en que me gustaría saber, a ciencia cierta -como también se suele decir- en dónde estoy. Nunca imaginé que de un escalón a otro pudiera haber semejante diferencia. El mundo, que para mí siempre ha sido la acera, sería el primer escalón, con lo que yo estaría, entonces, a un escalón menos del cielo y a dos más del infierno. Esto en caso de que el cielo esté arriba, el infierno abajo y yo en el medio. En la perspectiva de este sanguche cósmico puede que la diferencia no se sienta tan enorme como entre el primer y segundo escalón, quizás porque la diferencia entre cielo e infierno es más de fe que de cálculo. Pero, por otra parte, la diferencia entre fe y cálculo es tan enorme como la que puede haber entre un escalón y un destino. Es el tipo de cosas que me gustaría resolver. Allá, por la acera de enfrente, va el gordo de las corbatas anchas y los zapatos chillones. A veces viene. Es el tipo de evento que siempre me distrae de mis resoluciones.

LA QUINTA PATA

Octubre. Lluvia, llovizna, tormenta o aguacero. Lo cierto es que desde hacía ya tiempo el agua no dejaba de caer como una maldición del cielo. Si, hasta cuando cesaba por un rato, no era sino para mostrarse en esa forma de bruma, neblina, calima o calina. La misma maldición; sólo que elevándose desde la tierra sobre la que ha llovido sin parar. A la hora de ser andada, no había sino dos opciones: la maleza o el barrial. Tú eliges, se dijo a sí mismo en el instante incierto en que intentaba dar con el camino para emprender la huida. De súbito, la noche se detuvo. Un relámpago de inamovilidad con el que el aguacero cesó de golpe. Y entonces fue esa quietud que parece escucharlo todo con los oídos de su silencio. Extenuado, se sentó y miró de nuevo al cielo. Durante un largo rato, ni los mismísimos dioses osaron asomarse por cima de los muros de la noche, hasta que de nuevo se dejó oír el monótono canto de los grillos.

TAXIDERMIA

A ver. Acaso esté yo en el curioso procedimiento de comprobar a través del sueño que el alma, si no se refiere a la mera forma de la materia, tal y como Aristóteles fue el primero en sugerir, es el más degenerado e infame de los conceptos. Menos mal y me leí a tiempo aquel tratado que Amanda, mi mujer, dice que lleva título de espanto o aparecido. Como sea, ya sabía yo que no podía ser tan inútil haberlo hecho, tal y como ella siempre aseguró, con ese pragmatismo repugnante tan propio del género femenino y que se va acentuando con la edad. Ella siempre dice: no creo en santo que come y caga, ni en loco que no come mierda. Y, en cierto modo, compartimos la misma poca fe. Aunque para no creer en los santos ni para creer en los locos, requiera yo concebirlos avocados a tan vitales funciones. En todo caso, por ahora, el curioso procedimiento al que aquí me refiero es la única posibilidad que me queda para salir del atolladero en que me encuentro desde hace… Ni siquiera sabría decir cuánto tiempo, pues lo primero que resalta en este asunto es la perdida de la certidumbre que el tiempo nos proporciona como el principal referente de lo que existe.

PORNOAVENTURA

¿Cómo se puede ser, durante algún tiempo, tan vital y, al mismo tiempo. morir sin necesidad alguna de haber vivido por razón distinta a la de follar? Tal era la pregunta que se hacía Henry al caer la tarde y cuya respuesta el crepúsculo se iba llevando a los confines del anochecer confundido con su propia noche de viejo y como quien, con sumo cuidado y sigilo, oculta algo muy preciado pero que le ha de resultar comprometedor o embarazoso. El Henry -dicho así, en su recuerdo, porque así lo llamaron siempre en los tiempos en que vivir era algo más que recordar- estaba sentado ante uno de los largos ventanales que iluminaban el largo pasillo donde la pasaba desde la una, tras haber tomado su almuerzo y haberse negado, como siempre, a hacer la siesta. Éste nunca quiere dormir, había exclamado, como siempre, la señora Pérez. Y allí seguía Henry, empotrado en su silla de espectador del paisaje vespertino. Durante toda la tarde llovió. Y aunque había amainado ya, aún seguía cayendo esa leve llovizna, seguramente gracias a la cual el jardín, los árboles, la calle, los cerros lejanos que todavía encajaban sus puntas en los restos de una nubosidad fragmentada y el paisaje todo, o al menos hasta donde la vista aguzada alcanzara atisbar desde aquella ventana, adquiría esa transparencia rosa que a Henry tanto agradaba. Hasta que, como siempre, a las siete y según orden inapelable de la señora Pérez, Henry fue largado a su habitación. A dormir hasta el día siguiente, como siempre.

LA PIEL INMATERIAL DE LA NOCHE

Ahora sí que estoy jodido, se dijo a sí mismo, con resignación. Boca arriba, a la vez que dibuja garabatos ininteligibles en la piel inmaterial de la noche, llega hasta él un olor agridulce, de fruta fermentada o de licor. Mas bien de las dos cosas juntas, mezcladas, concluyó, ya que la gorda había incorporado al enorme pastel que estuvo preparando durante la mañana una generosa porción de cada una. Y en ese momento, cuando ya arribaba a la media noche, volvió a recorrer, una vez más, los detalles de aquella faena, que habían ido a parar a su memoria, como lo que sobró del pastel, de un golpe seco, habla ido a parar al fondo del bote de donde emanaba aquél olor.

LA CUARENTA Y OCHO

Entré al bar. Fui hasta el extremo solitario de la barra desde el que me observaba, pedí una cerveza y me volví a la mesa de siempre, o al menos la que yo esperaba que fuese tal cada vez que entraba, y que, por esta vez al menos, ciertamente, estaba desocupada. Estuve bebiendo mi cerveza poco a poco, algo así como a un sorbo cada vez que intercambiábamos miradas. Hasta que por fin ella también se vino a la mesa de siempre. Entonces la noche, como el silencio de Dios, se fue hundiendo en el barro de nuestro mutuo decir. Barro nuestro que caes del cielo. El amanecer nos sorprendió a solas, o más bien juntos en la misma soledad desde la que cada quien defendía su propia soledad, ahora sí, sin nada que decirnos, en medio del barrial que nos había arrastrado hasta la cuarenta y ocho.

EL CENTENARIO DE STOKER

Cuando suena la hora lúgubre de los espíritus, la novia bebe el vino de un rojo sombrío como la sangre. Una vez más, aquellos versos de Goethe, que lo hacían sentir tan orgulloso de sí, resonaron en su memoria, apenas se asomó a la ventana y la noche le rozó el rostro. Luego fue esa mirada acuciosa lanzada allende los suburbios nubosos de la ciudad, más allá de los cuales se extendía la rígida horizontalidad del cementerio. Quietud. sosiego, reposo, descanso… iba buscando la palabra más apropiada para definir lo que aquél otear el horizonte de la noche le inspiraba, hasta que la encontró: ausencia. Eso. Porque la muerte no es más que ausencia. Ni menos tampoco. Entonces emprendió el vuelo.

LA POSE

De los talones a la cabeza mediría no más de metro y medio. Y si uno se fijaba bien, venida de sus adentros a flor de piel, como el alma que le daba forma en una sola y fugaz pincelada de existencia, la insignificancia demarcaba el todo de su cuerpo quieto y menudo. Quizás fuese esto, la manera en que esa insignificancia determinaba la absoluta armonía entre el ser y el aparecer lo que la hiciera lucir más joven de lo que realmente fuese, como si a estas alturas de su biografía aún no contara con una historia única y propia en la que hubiese valido la pena desgastarse y envejecer. El resto de aquella su presencia era lozanía triste, quietud de lagartija a la una de la tarde y que administra su energía en medio de un paisaje árido y sofocante. No obstante, al mismo tiempo, su pose era tan curiosa y estudiada, tan artificiosa que lo que le faltaba en tamaño y significación le sobraba en gracia y seducción. Al menos eso fue lo que pensé cuando me disponía a entrar a la tienda y la vi, parada allí, de espaldas a la puerta y con los codos apoyados en el mostrador mientras seleccionaba los botones de las cajitas que el viejo tendero iba poniendo de dos en dos a la disposición de su minuciosa inspección.

 

 

Historia

Mundial

Contemporánea

A mi modo de entender, los que están persuadidos a que por la historia particular se puede uno instruir lo bastante en la universal, son en un todo semejantes a aquellos que, viendo los miembros separados de un cuerpo poco antes vivo y hermoso, se presumen estar suficientemente enterados del espíritu y gallardía que le animaba. Pero si uno, uniendo de repente los miembros y dando de nuevo su perfecto ser al cuerpo y gracia al alma, se lo mostrase por segunda vez a aquellos mismos, bien sé yo que al instante confesarían que su pretendido conocimiento distaba antes infinito de la verdad y se asemejaba mucho a los sueños. Y ciertamente, que por las partes se forme idea del todo, es fácil; pero que se alcance una ciencia y conocimiento exacto, imposible. Por lo cual debemos estar persuadidos a que la historia particular conduce muy poco a la inteligencia y crédito de la universal, de la que únicamente el reflexivo conseguirá y podrá sacar utilidad y deleite, confrontando y comparando entre sí los acontecimientos, las relaciones y diferencias. (Polibio. Historia Universal. Exordio.)

EL CONCEPTO DE MEMORIA

...sólo de aquellos seres vivos que son conscientes del tiempo puede decirse que recuerdan y hacen esto con aquella parte del alma que es consciente del tiempo. Aristóteles. De la memoria y del recuerdo.

Grande es la virtud de la memoria y algo que me causa horror, Dios mío: multiplicidad infinita y profunda. Y esto es el alma y esto soy yo mismo.  San Agustín. Confesiones

Introducción

...sólo de aquellos seres vivos que son conscientes del tiempo puede decirse que recuerdan y hacen esto con aquella parte del alma que es consciente del tiempo.

Aristóteles.

De la memoria y del recuerdo.

 

Grande es la virtud de la memoria y algo que me causa horror, Dios mío: multiplicidad infinita y profunda. Y esto es el alma y esto soy yo mismo. 

San Agustín.

Confesiones

 

...el pasado se conserva por sí mismo, automáticamente. Todo entero, sin duda, nos sigue a cada instante: lo que hemos sentido, pensado, querido desde nuestra primera infancia, está ahí, pendiendo sobre el presente con el que va a unirse, ejerciendo presión contra la puerta de la conciencia que querría dejarlo fuera.

...no pensamos más que con una pequeña parte de nuestro pasado; pero es con nuestro pasado entero, comprendida en él nuestra curvatura original del alma, con el que deseamos, queremos y actuamos.

Henri Bergson.

La evolución creadora

La memoria: un misterio, una estructura, un proceso

Para Aristóteles la memoria residía en el corazón. Captadas por los sentidos, suponía que las impresiones que se perciben del entorno eran conducidas por la sangre hasta allí. En general, para la filosofía antigua el corazón es el reservorio de la actividad espiritual del hombre. Allí se asienta lo que para nosotros es su existencia psíquica. De modo que el corazón era tenido por el lugar de las emociones y los sentimientos, idea que, por lo demás, ha permanecido a lo largo de la historia en las más diversas culturas hasta hoy. De hecho, en latín, recordar -recorsi- significa de nuevo en el corazón. Esta creencia se mantuvo durante siglos. No es sino hasta mediados de la edad media cuando la memoria comienza a ser ubicada en la parte posterior del cerebro1. Aunque sin datos abundantes y determinantes al respecto desde un punto de vista científico, es la fisiología moderna la que la ha localizado en el cerebro. E. Kandel2, premio nobel por sus investigaciones en este campo, ha definido la memoria como una representación interna de la información adquirida mediante aprendizaje; información que se halla codificada, espacial y temporalmente, en circuitos neuronales, mediante cambios operados en las propiedades reactivas de las neuronas. Con todo, en el mundo de la ciencia aún no hay consenso en cuanto al modo como reside la memoria en el cerebro. Hay quienes piensan que la memoria tiene localizaciones específicas, que se corresponden con un determinado tipo de ella, y quienes piensan que, por el contrario, la memoria es una y que alcanza amplias regiones cerebrales que operan conjuntamente y de manera coordinada, según diversos niveles de complejidad en el registro de datos y evocación del recuerdo. También hay quien piensa que ambas hipótesis no son excluyentes entre sí y que es posible que apunten con certeza al mismo fenómeno considerado desde puntos de vistas diferentes y complementarios3.

Aristóteles: memoria, alma y experiencia

Al concebirla como parte del proceso cognitivo -junto con la percepción y el aprendizaje- la psicología cognitiva ha puesto en evidencia la complejidad de la memoria y resaltado la conexión existente entre memoria y otras funciones tanto fisiológicas como espirituales del ser y el proceder humanos. Conexión ésta que ya había sido planteada por Aristóteles. Así, por ejemplo, en Metafísica establece la relación directa y biunívoca entre memoria y experiencia de la siguiente manera:

San Agustín: memoria, alma y dios

Agustín se ocupa del tema de la memoria en el Libro X de Confesiones. Hay quien dice que este capítulo constituye una suerte de bisagra que une la primera parte de la obra, es decir, la parte autobiográfica, que recogerían los libros del I al IX, con la siguiente, la parte conceptual, correspondiente a los libros XI-XIII. Tal estructura expresaría la intención misma del autor, con el propósito de reflejar en ello su concepción de la memoria como la función mediadora entre el hombre y dios1. Aunque no hay constancia de que esto sea así, es una interpretación muy plausible. Por lo demás, cualquiera sea el caso, se trata de una interpretación que en nada contradice el concepto mismo de memoria que maneja Agustín y que constituye una excelente guía en la lectura de la obra. También, en La Trinidad trata Agustín el tema de la memoria, particularmente en los Libros del X al XIII, aunque aquí no de manera específica, sino en conjunción con el entendimiento y la voluntad, y en tanto que las tres -memoria, entendimiento y voluntad- son las facultades que a su entender definen el alma humana. Ello supone un giro completo en el concepto de alma y, en consecuencia, en el de memoria con respecto a la visión materialista de Aristóteles. Pasamos de la entelequia que define lo vivo en la naturaleza -de lo cual el hombre es una especie- al hombre cuya individualidad plena está determinada más que por la naturaleza, por su conexión con dios y la dimensión de lo divino. El alma de Aristóteles da lugar a una especie natural con conciencia del tiempo. La de Agustín a un hombre histórico conectado con la naturaleza sólo en su dimensión material y cuya conciencia del tiempo no es otra cosa que su vínculo con la eternidad.

La dimensión social de la memoria

Entre el Tratado del Alma y el Tratado de la Santísima Trinidad se abre uno de los episodios más plenos de significación en la historia de la filosofía occidental. El cristianismo avanza sobre las ruinas de un paganismo que ha sido, al mismo tiempo, fuente de inspiración y modelo de su filosofía. Esto se hace evidente en el tema de la memoria. El concepto de Aristóteles emerge de las dimensiones materiales de la naturaleza y que el cristianismo depreciará como el terreno de lo profano. El de Agustín es un concepto que desciende de los cielos. Tejida con el hilo de la lógica pagana, la memoria de Agustín se inserta en el tapete de la fe y el misterio supraterrenal de lo divino. En este tema, como en otros, el decisivo avance que el materialismo aristotélico representa respecto al idealismo de Platón, es un camino que de nuevo recorre Agustín, pero en sentido contrario. Su concepto de alma -y con él el de memoria- constituye, digámoslo así, un ejercicio de desmaterialización de lo que encontramos como tal en Aristóteles.

Mito, memoria e historia

Se dice que recordar es hacer presente el pasado. Ciertamente. Una hermosa metáfora, como casi todas las que, al jugar con el sentido de los términos, pero sin contradecir su sentido, crean una atmósfera de contrasentido que, sin estar reñida con la lógica, la ironizan, en cierto modo se mofan de ella. Una metáfora, además, muy acertada en todo sentido. Sin embargo, ello no obsta a la hora de precisar hasta qué punto es posible hacer presente el pasado, en qué grado y en qué sentido. Pues el pasado presente no es lo mismo que el pasado, El recuerdo no es mostrar lo que hay en la memoria, sino la realización de un constante proceso de selección, ordenamiento y elaboración de ella. El recuerdo es una intervención intencionada y sofisticada desde el entendimiento del material bruto de la memoria. No sólo el recuerdo vive de la memoria, sino que, a su vez, la memoria vive de la aportación y el enriquecimiento que el proceso de recordación le aporta. De modo que, como resultado del recuerdo, el pasado presente no es el pasado, sino lo que de él hemos seleccionado, ordenado y elaborado, y lo que nos decimos acerca de los resultados de tales operaciones sobre la memoria. Y como seleccionar supone, en alguna medida, el olvido -inconsciente o voluntario- hay veces en que hasta el olvido es una forma de decir acerca del pasado recordado. Si a todo esto se agrega que todas estas tareas inherentes al recuerdo y el olvido se realizan desde y a través del lenguaje, que son en sí mismos procedimiento lingüísticos, resulta entonces que la memoria es un procesamiento semántico de la experiencia temporal. Saber del pasado, individual o colectivo, es en sí mismo un proceso de significación.

 

 

HISTORIA Y CIENCIA
El silogismo se compone de proposiciones, las proposiciones de términos; los términos no tienen otro valor que el de las nociones. He aquí por qué si las nociones (y éste es punto fundamental) son confusas debido a una abstracción precipitada, lo que sobre ellas se edifica carece de solidez; no tenemos, pues, confianza más que en una legítima inducción. F. Bacon
Introducción

Soy de la generación a la que tocó aprender en clase de historia que la historia es la ciencia que estudia el pasado y, respecto al más importante hecho que da inicio a la historia, que el hombre desciende del mono. Aunque aquí el asunto nunca quedó del todo claro por aquello del eslabón perdido. Acto seguido, receso de por medio, me tocaba aprender en clase de religión que, de acuerdo a la historia sagrada, el hombre era creación de dios. Esta vez el asunto quedaba todavía menos claro, pues con ello se hacía participar al hombre de una doble naturaleza, histórica y divina. Siguiendo el razonamiento científico -que también hube de aprender en clase de física y de matemáticas- si la historia es una ciencia, la historia sagrada también lo es. Entonces ¿cómo era posible que una misma ciencia tuviera posturas científicas tan disímiles en relación al hecho más importante con el que se iniciaba la historia de la humanidad? ¿O es que hay historias científicas e historias que no lo son? Porque en el mundo de la ciencia hay más teorías falsas o erróneas que teorías verdaderas, y todas por igual son expresión del mismo modelo de conocimiento, es decir, forman parte del mismo proceso de desarrollo de ése modelo y de ese conocimiento tenido por científico. Hay verdades científicas y también falsedades que, no por tales, dejan de ser científicas, pues las unas y las otras son resultado del mismo proceder. Claro que el que la historia sagrada sea científica es bocado del conocimiento que lucía realmente grueso de tragar.

La concepción de la realidad: la relación sujeto-objeto

La caída de un individuo de lo alto de un edilicio de diez pisos puede ser interpretada de muchas maneras. Como un suicidio, es decir, el resultado de la intención de quitarse la vida, o como accidente resultado del descuido mientras contemplaba el paisaje, o como un homicidio, si es que el sujeto en cuestión fue empujado por otro o, incluso, de alguna manera inducido a acometer su propia caída. Este tipo de causa puede llegar a constituir un entramado muy sutil y complejo porque, precisamente, no supone necesariamente datos evidentes, observables y medibles, sino indicios de una posible intención o conducta particular del individuo en cuestión y, también, de otros que pudieran estar de alguna manera involucrados en su caída desde lo alto de un edificio. Por otra parte, son datos evidentes, observables y medibles, tales como la masa del individuo que cae y la distancia que lo separa del centro de la tierra, los que, convertidos en variables de una rigurosa formulación matemática con enorme capacidad de predicción, nos explican la caída del individuo desde el punto de vista científico. La diferencia entre una y otra situación a la hora de interpretar el mismo fenómeno es la objetividad científica o, dicho en otros términos, el concepto científico de realidad en el que se ha basado y se basa todo el pensamiento científico y sus nociones de conocimiento y verdad.

El historiador como sujeto y el hombre histórico como objeto

Gracias a la Ley de Gravitación Universal, la caída de un individuo de lo alto de un edilicio de diez pisos puede ser comprendida científicamente, si me fijo en los datos apropiados del evento y lo defino de la manera apropiada. Lo cual requiere, como es obvio, un observador específicamente consciente y premeditadamente preparado para ello. Esto es, un observador según lo que el método científico entiende como tal. Si como observador no me interesa la distancia del piso diez a la superficie de la calle, ni la masa molecular del individuo; si, además, no tengo la capacidad de combinar estos datos como variables de un acontecer ecuable, no soy el observador indicado para una apreciación científica del evento. Y, muy probablemente, la mayoría no lo es. Lo cual, sin embargo, no nos excluye como observadores, y dará lugar a muy diversas formas de interpretar el evento, distintas, todas ellas, a la propia de la ciencia. Lo primero que cabe preguntar es si, al ser esto así, se trata del mismo evento.

La naturaleza científica de la historia: un despropósito metodológico.

Luego de aprender a distinguir un poco, gracias a Aristóteles y Tucídides, lo que la ciencia y la historia son, o pueden ser, aquella idea que hube de aprender en la escuela según la cual ésta última es la ciencia del pasado luce como el más remoto y anquilosado arquetipo de la infancia de cualquier historiador. Pero lo mismo fui a aprender en la escuela de historia en la que me formé. Siempre recuerdo a mi profesor de ciencias sociales asegurando que la historia es una ciencia porque tiene un método, es decir -ilustraba haciendo el correspondiente gesto con su mano- un camino hacia el conocimiento que ha de ser andado. Por mi parte yo, que antes de ingresar a la Escuela de Historia había cursado durante dos años ciencias actuariales y matemática aplicada en la de Estadística -a tono con el cruel lema de mi profesor de cálculo: deriva el que sabe, integra el que puede- me preguntaba cómo es eso que, para definir un método científico, los historiadores hemos de conformarnos y apegarnos a una metáfora como, en este caso, la del caminante. Yo podía estar muy de acuerdo con una metáfora que, después de todo, se corresponde con la etimología del término método. Pero nunca con la naturaleza científica de lo que una metáfora así estaba llamada a ilustrar. Si de caminar se trata, he allí a Heródoto en el Asia Menor, o cualquier estudiante de historia por las atestadas calles que conducen al Archivo General de la Nación, la Biblioteca Nacional o la Academia Nacional de la Historia. Pero que jamás han de conducir a la ciencia.

Historia y ciencias sociales

La historia es la más antigua de las ciencias sociales. Esto afirma Fernand Braudel, y añade que lo que la diferencia de ellas no es sólo su antigüedad, sino la peculiar dificultad de que el historiador trabaja sobre lo que ya no es. Por otra parte, Georges Duby, quien, al igual que Braudel, asigna un carácter decisivo tratamiento documental, señala una estrecha vinculación entre la historia y la creación literaria, y resalta el hecho de que la historia, entre las disciplinas que habitualmente llamamos ciencias humanas, es la única que constituye un género literario.1 Tales no son distinciones diferentes o excluyentes. En realidad, la una es consecuencia de la otra. La historia es narración, porque sólo a través de la narración podemos acceder al tiempo, significar el transcurrir de la existencia como temporalidad especifica y representar lo que ya no es. Fue ese ya no ser el que llevó al sustancialismo antiguo a afirmar que de la historia no se podía extraer conocimiento alguno, pues no se puede conocer lo que deviene, sino lo esencial y permanente, lo siempre igual a sí mismo. Es ese no ser el que, todavía hoy, traza la frontera epistemológica entre ciencia e historia. Debate del cual Braudel se aparta, por considerarlo estéril, y con razón. Sólo que con ello se pierde todo derecho a considerar la historia una ciencia. Y, por último, es ese ya no ser el que hace del tiempo histórico una dimensión sólo posible de ser planteada en el contexto específico de una narración. En virtud de lo cual Duby reconoce su naturaleza decisiva como género literario. Ciertamente, hay que convenir en que la historia se distingue de las ciencias sociales por su antigüedad, y por tratar de lo que ya no es. Sólo que la más elemental consecuencia de ello es que la historia no es, en realidad, una ciencia social, sino, como muy bien dice el mismo Braudel, el arte frágil de escribir historia.

El surgimiento de la historia ciencia y las ciencias sociales

Las ciencias sociales son uno de los más genuinos productos institucionales y académicos de la sociedad industrial. Si bien el término suele utilizarse en contraposición al de ciencias naturales, y sugiere que el estudio de la sociedad no se rige por los mismos parámetros, en sus orígenes son el intento de crear lo que Comte llamaba una física social, cuyo propósito no era otro que aplicar los criterios y métodos científicos al ámbito de la sociedad y la acción humanas. La sociología no comenzó a ser reconocida como una disciplina académica hasta finales del siglo XIX, particularmente con los trabajos de Durkheim, epígono de Comte y Saint-Simon, y cuyo radicalismo científico impone una línea de trabajo que concebía la realidad social como un objeto de estudio independiente de la subjetividad del individuo. En contraposición a este concepto, posteriormente, Max Weber, más influenciado por el marxismo, aducía que no se puede estudiar la vida del hombre y sus relaciones en sociedad sin tener en cuenta el modo en que la dimensión subjetiva de su existencia incidíe en la realidad social. Las ciencias sociales surgen en el marco de esta controversia. Pero son, en conjunto, expresión del desarrollo de la sociedad industrial, de una cultura para la que la ciencia es símbolo del saber y de control sobre la existencia, bien y valor fundamental del desarrollo social. Y la historia, como ciencia social, aparece también entonces o, si se quiere, el oficio del historiador se inserta en esta cosmogonía característica del mundo contemporáneo. Dicho en otros términos, no es que la historia sea una ciencia social, sino que la historia, como ciencia, es una forma particular de concebir y escribir historia, tan reciente como las ciencias sociales con las que comparte, o intenta compartir, el mismo espacio institucional y académico.

Las ciencias sociales: signo de modernidad de la era industrial

La historiografía. Lo que desde los tiernos años de la escuela nos enseñaron a definir como la ciencia que estudia el pasado ¿por qué, en lugar de seguir sentada a las puertas del reino de la ciencia social, no emigrar al infame barrio de la narrativa. donde nació y creció sin complejos el mismísimo Heródoto? Yo creo que en buena parte ello se debe a que el empobrecimiento del historiador como narrador no es cosa que se queda en el plano del papel, sino que invade toda su interioridad como sujeto. El estilo no se aprende ni se copia; se forja en el marco de una disposición personal. El historiador científico se enajena a sí mismo como sujeto, y lo hace en aras de una falsa objetividad en virtud de la cual cree que el conocimiento histórico está fuera de sí mismo, en esa supuesta realidad del pasado que, en realidad, no existe. La idea de que la historia es la ciencia que estudia el pasado es la representación sintética de esta enajenación, reproducción del servilismo epistemológico que le otorga su dudoso rango científico y, al mismo tiempo, lo anula como narrador.