El gran gentío, bullicioso, había arribado temprano al amanecer y se agolpaba desde los cuatro costados de la plaza contra la tribuna en la que, con grandes esfuerzos, habían encaramado al poeta para que fuese visible objeto del merecido halago de la multitud. Mierda ¿Yo, poeta?¿Están locos o qué? Si soy de los que cuando mira al cielo se conforma con su azul. Es tu destino. Mi destino ¿quién lo dice? Rangel lo dice. No digo yo; dale Rangel con lo mismo. Majaderías de Rangel ¿A quién le importa? Yo lo quiero mucho, al viejo. El viejo Rangel, claro; siempre el viejo Rangel. Se deja querer, el muy majadero ¿Quién lo niega? Pero, en este caso, está loco. Están locos. A ver ¿qué quieren todos ésos de mí? Tu espíritu ¿Mi qué? La magia de tu palabra. Ser acogidos como signo de tu alma prodigiosa. Sí, claro. Rangel lo dice ¿no? Y, digo yo ¿por qué Rangel no se ahorca en su propio árbol, que yo me encargo de encontrar el mío? Están locos. ¡Suéltenme! Nada tengo que decir. Magia de la palabra. Magia la de la mentada de madre que ha de acogeros a todos por la eternidad en el cálido infierno de vuestra propia estupidez. De verdad os digo, que nada tengo que decir, y mucho menos acogerlos en un alma que no sé tener. No puedes dejarles vacíos ¿Qué no puedo? No más déjenme ir y verán. Son tu gente ¿Son mi qué? Nadie ni nada es mío. Ni el más miserable perro sobre la faz de la tierra me pertenece. Nadie puede acusarme de algo así. Tranquilo, y recapacita. Sí, claro. Rangel lo dice ¿no? Yo estaba tranquilo, metido en el frío anaquel de un moderno archimóvil ¿eh? Así es que le dicen ¿No? ¿Los han visto? La ruedita que mueve la compuerta gira a la derecha, entra la luz, corre la estantería entera. La ruedita que mueve la compuerta gira a la izquierda, entra la luz, corre la estantería entera.
Gran invento ¿eh? y tan sencillo. Izquierda–derecha, derecha–izquierda; mucho menos conflicto ideológico de lo que pudiera pensarse, pues cuando se trata de cosas muertas que a nadie interesan, el criminal péndulo de las opiniones permanece inmóvil como ahorcado quieto por su propio peso. La ruedita en el sentido de las agujas del reloj. La ruedita en sentido inverso al de las agujas del reloj. Si la vida es movimiento ¿qué más se puede pedir? El archivo ocupa el mínimo volumen. Genial. Yo era un archivo que ocupaba el mínimo volumen. Así, aplastadito, como una cucaracha, compartiendo el frío del hierro y el calor de los papeles desechos que ya nadie lee junto con las cucarachas. Yo estaba tranquilo. Muerto que gozaba de buena salud, como dicen por ahí. No tenían por qué irme a sacar de allí. Traerme hasta aquí, expuesto al sol y la humedad de la mañana. No digo yo. Ahora sí que me cundiré de hongos. Y ese absurdo griterío. A mi me gustaba mi silencio de archivo muerto. Pero te quieren. No puedes dejarlos así, sin más. Claro que puedo. De hecho, es lo que quisiera. Pero, está bien. Ustedes lo han pedido. A ver. Aquí voy. Pero luego me dejan en paz ¿no? Bien. Aquí vamos.
No combatí.
Ninguno me mereció.
Cuando yo decía que sí.
Mi mamá decía que no.
Listo ¿Aplausos o qué? El muy maldito que se va ¿A dónde? A Buenaventura. Todos están de nuevo felices, por mi genio o qué. Puedo largarme tranquilo ¿no? El gran gentío, bullicioso, se viene desde los cuatro costados de la plaza sobre el poeta. Tranquilo nada. A correr se ha dicho.
−Romero, Romerito. −dijo Amanda.
¿Romero, romerito? Se preguntaba Martín Romero entre ahogadas carcajadas cuando despertó. La puerta. Ah sí, la puerta. Cuando yo decía que sí mi mamá decía que no. Has tocado fondo, Romero. Hay que andar con cuidado. A cierta altura, la estupidez acaricia, y cada vez con más sensualidad Y Amanda ¿qué hace aquí? Esto no anuncia nada bueno. Del otro lado Amanda, que se preguntaba por las carcajadas de adentro, volvió a tocar a la puerta y a insistir en su llamado, pero esta vez en tono más regio, pelado, sin el “romerito”:
−Romero, romerito.
Bueno. De paso, y puede que allá en Buenaventura se acaben los sueñitos estos. No me molestan, y hasta me hacen reír. Pero ¿y si Amanda tiene razón? ¿y si en verdad me estoy volviendo loco? El mismo Salvador ¿no me estaba mirando feo anoche? Después de todo, el ridículo de mis sueños se parece mucho al de la realidad, mi realidad, quiero decir. Debe ser la forma en que esa realidad me sigue mientras duermo. De día me habla, como una cosa extraña, ajena manera de pensar. Mientras duermo, se mete en mis sueños.
La puerta. Sí ¿Y entonces? Amanda ¿Qué hace aquí? Yo pensé que no volvería a verla. Estaba seguro de ello. No me molesta que haya venido. Creo que no. No siento lo que se dice molestia. Sólo modorra aplastante. Eso sí. La hora de la modorra: todas lo son. PNo estoy preparado para sorpresas así. Ya me había hecho a la desazón. Amanda, lejana, con esa vara de cartón que va adquiriendo lo vivo en el recuerdo. Y lo muerto también. El recuerdo no hace diferencia entre lo uno y lo otro. La muerte no es más que la pérdida de la memoria. Por eso los muertos del Hades son espectros que vagan sin rumbo y sin saber de sí. No son almas, sino la imposibilidad absoluta de tener una. Tiene razón Rangel: estos griegos del coño eran geniales. Hasta ese día me alcanzó esa idea del recuerdo como material de nostalgia originada por la evocación de alguna dicha perdida. Nadie hoy tiene puta idea de lo que significa que toda tu existencia penda de ese puto hilo que llamamos memoria y que entreteje la trama de la historia de cada quien; un retazo más del retazo que es el gran retazo del universo. Y ahora, de aquí ¿quién arranca al modorro? La mismísima Amanda. No digo yo. Empezamos de nuevo. Otro retazo. Toda historia es, a retazos, interminable.
−¡Romero! Abre ya ¿quieres? –insistió la mujer. Luego agregó −Yo sé que está allí.
−Ya voy, ya voy −decía Martín Romero desde la cama con voz enredada entre la somnolencia. No combatí, ninguno me mereció. Mierda. Pobre, Pessoa. En que inconsciente criminal has caído. Voy. Voy. Hago todo lo que puedo. Ya me levanto y ando cómo Lázaro salido de la cripta de mi sueño. Lo que pasa es que esa puerta está muy lejos. Un poco más, Martín Romero; puedes lograrlo. Ten fe. Sin fe. Pero, igual, lo logró.
−¿Qué es lo que pasa, Romero? ¿Estás bien? −preguntó Amanda en el momento en que el hombre asía con su lenta mano aún tibia el picaporte frío de la puerta.
A ver. Venga ese Romero, romerito. A Martín Romero le gustaba esa costumbre provinciana según la cual Amanda lo llamaba cariñosamente por el apellido, y sólo por eso esperó a que se repitiera un par de veces más aquel llamado. Romero, romerito. Pero que va. Nada. Más golpes en la puerta. Sábado. Hoy es sábado, advirtió. Y Josefina ¿qué habrá pasado con Josefina? Hoy no hubo olor a aceite quemado. Claro, cuando llegué yo sabía que algo faltaba. El aire rancio. No me di cuenta, imagino, porque estaba llegando, entrando a la cama. Si hubiese estado saliendo de ella, habría captado enseguida aquella ausencia. Y hasta la habría disfrutado como un brutal gesto de generosidad de parte de Josefina para con todos los que amontonamos nuestra existencia aquí, en el estrecho y mugriento edificio.
−¿Vas a abrir o qué? −continuaba Amanda del otro lado.
−¿Voy a abrir? Sí, claro que voy a abrir ¿Tengo otra opción, acaso? −dijo Martín Romero.
Lo que es ésta, si no abro va a tumbar esa puerta. Mierda. Las llaves ¿dónde coño habré dejado las llaves?
−Ya voy. −dijo Martín Romero tras alejarse de la puerta y mientras hurgaba entre las ropas que había arrojado a un costado de la cama al acostarse casi al amanecer. Era una luz opaca, grisácea, tibia y tímida. En realidad no la percibí, no fijé mi atención en ello. Sólo sé que estaba allí: la mirada del afuera observando a través de la ventana al adentro. Las habitaciones han de ser como almas sucias y desordenadas para los amaneceres que las descubren cada mañana. Allí sigue éste, el imbécil del quinto. Cuánto trabajo para atinar introducir la llave en el hueco de la cerradura. Mira nada más, como se baja la botella de agua. Como puede se saca las ropas. Quizás, si pudiera, también la piel, hasta quedar en el limpio hueso. Pero se conforma con quedar en calzoncillos. De la caja de aspirina sobre la mesa toma dos, y vuelto a la nevera a buscar más agua. El más valioso consejo recibido del viejo Rangel: un par, no más al llegar, y matas el ratón. Sí, ese en el espejo, eres tú, imbécil, el siempre del quinto. Las ojeras del cansancio y el eterno juramento siempre repetido: no vuelvo a beber esa mierda. Seguro, seguro; nunca más. Levantó la mirada. Las llaves estaban sobre la mesa, junto a la caja de aspirina. Entonces soltó el pantalón. Las tomó, retornó a la puerta y por fin abrió. Esperaba verla con las manos en la cintura. Pero no fue así. No tenía actitud de reto. Más bien estaba abrazada a la bolsa que traía consigo.
−¿Qué pasa contigo? ¿Hay alguien aquí? ¿Con quién estás aquí? Dime la verdad. No es necesario que disimules. Ya imagino por dónde te vienes con todo ese cuento del viaje, y Montenegro. −Amanda entró violentamente, con la bolsa entre los brazos, y, mientras hablaba, se metía en el baño, volvía al salón y abría las puertas del pequeño escaparate ubicado a un lado de la cama.
−Amanda, no vas a encontrar a nadie aquí, y mucho menos en ese escaparate. −dijo Martín Romero en medio de un enorme bostezo.
−Pero tú te estabas riendo −la mujer detuvo la brusca búsqueda y colocó sobre el mesón de la cocina la bolsa que traía consigo. −¿Te reías sólo o qué?
−Sí, me reía sólo. Estuve soñando algo muy estúpido. Tú sabes. Eso es todo −dijo Martín Romero.
–Bueno, yo creí que tú...en fin. Pero ¿Qué es lo que pasa contigo? ¿Estás loco? Me preocupas. Te he llamado varias veces, sin recibir respuesta, y de pronto te ahogabas en las carcajadas. −preguntó Amanda.
−Quién lo sabe. Ya te digo. Estaba soñando que era un poeta muy cotizado. Todos me aclamaban, hasta que, claro, hablé. Yo no quería. Pero me obligaban a ello. Menos mal y desperté. Gracias a ti, después de todo. Si no hubiese sido así, ni te cuento la paliza. Porque las palizas, hasta en los sueños duelen. −Martín Romero hablaba mientras sostenía abierta la puerta de la nevera, con el propósito de beber agua. −¿dónde está la botella?
−Allí, en la mesa, junto a las aspirinas. −dijo Amanda.
−Ah, sí. −dijo Martín Romero, y tomó la botella.
−Así habrás bebido anoche, imagino. Vine ayer, esperé largo rato y nadie me respondió. Entonces me fui. −dijo Amanda, mientras veía al hombre beber agua directamente de la botella.
−Sólo un poco −respondió Martín Romero, y, luego de la pausa, siguió bebiendo.
−Por lo que veo fue algo más que un poco. No es extraño que hayas soñado esas cosas. Ya te ha pasado otras veces. Tú no deberías beber, no te hace bien −advirtió la mujer.
−Hablas como si yo fuese un borracho empedernido. No exageres ¿sí? No soy buen bebedor, como dicen. Lo admito. Pero tampoco es cosa que me interese. Sólo lo hago de vez en cuando. Anoche, por ejemplo, tenía compromiso en lo de Salvador. −dijo Martín Romero.
−Está bien. Entonces no deberías beber nunca ¿Recuerdas lo del dinosaurio? ¡El colmo de la ridiculez! −dijo Amanda.
Al tiempo que esto decía, la mujer largó una penetrante mirada por los treinta metros cuadrados del departamento. Caminó hasta la ventana y la abrió. Media vuelta. Mesa pequeña con restos de comida. Más allá, escaparate atiborrado. Al lado, colgadero de ropa a media altura. Pantalón y camisa regados a un costado de la cama. Junto a la mesa, silla de cuyo respaldo colgaban una chaqueta y una cartuchera con el revólver que Rengifo había traído la víspera a Martín Romero.
−¿Y eso? –preguntó Amanda.
−¿Eso qué? –replicó Martín Romero.
−Esa cosa. –dijo Amanda.
−¿Esa cosa? ¿Cómo esa cosa? Es mi arma ¿Qué pasa con ella? −preguntó Martín Romero.
−Primero, que esa no es la que tú tenías. Ésta es más gorda. Pero, además, nunca la cuelgas allí. Siempre te dije que no me gustaba ver esa cosa por allí, y siempre la guardaste en el escaparate ¿Qué pasa? ¿Estás metido en un problema, verdad? ¿Dime la verdad? −dijo Amanda.
−Nada de eso. Me la trajo Rengifo ayer. La dejé allí porque la estaba limpiando. −dijo Martín Romero.
−¿Y por qué la cambiaste? ¿La otra no servía o qué? −preguntó Amanda.
−La cambié por cambiarla. Idea de Rengifo. Como me voy a Buenaventura, se le ocurrió que cambiara de revólver. Eso es todo. No hay nada de malo en ello. Salí ganando, en todo caso. Tú sabes. −respondió sin dar interés al asunto Martín Romero. −Bueno, pero estábamos en lo del dinosaurio. Sí ¿Recuerdas lo del dinosaurio? Uno de mis mejores momentos en la escena del inconsciente. Pobre Daniel. De haber sido yo rey de Egipto, no quiero ni imaginar el trabajo que habría pasado el pobre.
−Daniel, rey de Egipto… ¿qué pasa, Romerito? ¿Ves lo que te digo? Hablas de cosas que no tienen sentido. Como lo del dinosaurio. ¡El dinosaurio! Claro que recuerdo, lo del dinosaurio ¿Sabes qué? Ese día, de haber podido, te habría llevado a un médico de inmediato. Pero, por supuesto, ya sabemos que Romero no cree ni en Dios ni en los médicos. −dijo Amanda impaciente, mientras recogía la ropa regada. −¿Estás seguro de que no hubo nadie por aquí?
−Ahora que lo mencionas: también sucedió en la plaza, por cierto. ¿Sabes que tengo manía por las plazas? No sé muy bien por qué. Quizás sea esa sensación de detenimiento que me inspiran. Sentarse en una plaza es la forma más fácil de concluir que no vale la pena continuar. Por eso los viejos llenan las plazas desde la mañana. Entonces se es libre para pensar cualquier pendejada, sin consecuencias. Bueno, pero en mis sueños, al parecer, siempre tengo una misión. Ese día salvé a la multitud. Era muy temprano en la mañana. Mientras, valientemente sujetaba el largo cuello de la enorme bestia, y me balanceaba con violencia de una lado a otro, saqué el frasco de champú del sujetador elástico de mis calzoncillos (ése día andaba yo en calzoncillos, tú sabes, salí de emergencia) lo regué en la cabeza de la bestia y lo froté hasta sacar espuma. ¡Bien! ¡Bien! ¡Dale! Cómo me aclamaban todos. Con sus brazos en alto y sus ojos llenos de furia, exigian venganza para con la pobre bestia. Sin embargo, esta vez no me aplaudieron. Por poco y me linchan, luego de escuchar mi poema. La gente gusta más de los dinosaurios que de la literatura, digo yo. −relató Martín Romero.
−Lo recuerdo bien, Romero; lo recuerdo bien. Es ridículo. Además, te diré, hay algo que me preocupa. Hablas como si hubiera sucedido en realidad. Mírate: cuentas de nuevo ese sueño, no como quien cuenta un sueño, sino como si hubiera ocurrido en realidad. Eso es lo que me preocupa. A veces no sé qué pensar. No sé si estás hablando en broma o en serio. Ya estás grandecito, Romero, te lo aseguro, y creo que a veces disfrutas más de lo debido del asunto, de este tipo de cosas raras y locas. Es sólo un sueño, y ya. Deberías hablarlo con tu amigo, el médico ¿cómo se llama? −preguntó Amanda.
−Salvador. −respondió Martín Romero.
−Ése. Creo que te dirá lo mismo que yo. Claro, más técnico, imagino. Los médicos saben de esas cosas. Pero tú no puedes seguir así. −dijo Amanda.
−Salvador. Él dice que el nombre le queda grande, que ningún hombre debía llamarse así. De joven jugaba con la idea de asociar su nombre de pila a su profesión. Pero luego… en fin. Los sueños son la otra posibilidad de ser. No recuerdo ahora quién lo dijo. Quién sea. La cuestión es que algo así los hace cosas más serias de lo que normalmente solemos aceptar. Jugamos con lo sueños. Nos reímos, cuando podemos, de lo que vemos en ellos. Pero muy pocas veces nos detenemos en el hecho de que son nuestros, están en nosotros. Somos el mundo real en el que acontece lo que alegremente llamamos irreal. Los sueños son reales, aunque nos parezca estúpida su realidad. Los antiguos no tomaban este tipo de cosas tan a la ligera. −dijo Martín Romero.
−Sí, claro. Quizás deberíamos ocuparnos sólo de los sueños. Sobre todo de los tuyos. Así que ahora, por tus estúpidos sueños, debemos considerarte héroe o poeta. Que bien. Sólo eso nos faltaba. −dijo Amanda
−No soy lo uno ni lo otro. Tú y yo lo sabemos muy bien. Ni siquiera quisiera serlo. Pero si fuese héroe o poeta lo sería como en mis sueños. Así sería mi poesía, así mis actos de salvación. De eso sí estoy seguro. Ese es el punto. −dijo Martín Romero.
−Está bien, Romerito. −dijo Amanda
−Sí. Está bien. Tú no quieres hablar del asunto. Hoy es sábado ¿no? −preguntó Martín Romero.
−Sí ¿por qué? −respondió la mujer.
−¿Y qué hora es? −preguntó Martín Romero cuando, al ver hacia la ventana, se percató de que anochecía.
−Más de las seis. Vaya que andas perdido. −dijo Amanda. Luego, mientras se llevaba las manos a la cintura, agregó −Mira nada más ¿cómo puedes vivir en esta cueva?
−No decías eso cuando vivías aquí. Entonces era nuestro nidito. −respondió Martín Romero.
−Entonces yo lo cuidaba y lo mantenía bonito. No así. Por cierto, toma. Te traje comida de verdad. No esa basura con la que vas a terminar estropeándote el estómago. −la mujer sacó entonces lo que traía en la bolsa.
−Llueve. −advirtió Martín Romero, que había vuelto de nuevo la mirada a la ventana.
−¿Cómo? −preguntó Amanda.
−Digo que está lloviendo. −confirmó Martín Romero.
−Ah, sí. −exclamó la mujer mientras veía hacia la ventana. Luego, con la vista vuelta de nuevo a la mesa, agregó −Vaya, todavía está allí ese florero.
−¿Cómo? −preguntó Martín Romero.
−El florero, el florero…todavía no lo has tirado a la basura. −dijo la mujer.
−¿Y por qué habría de hacerlo? −preguntó Martín Romero.
−No sé. Imagino que no querrías tener nada mío cerca de ti, o que te recordara a mí. −dijo la mujer, al tiempo que sonreía.
Mientras esto decía, la mujer se inclinó sobre la mesa con el propósito de recogerla y limpiarla. Apartó con cuidado el florero, no sin antes dedicarle una dulce mirada de triunfo, como la de los competidores cuando toman el trofeo y quieren mostrarse modestos, pero no lo logran. Sí, esa sonrisa dulzona, tan generosa para con el infame espectador y tan corta para con la gigante vanidad que se eleva como una ola en el soso mar de la eventualidad ¿Ya pasó? Ya pasó. Bien, podemos, entonces, volver el rostro al quieto y sano aburrimiento. La mujer recogió vasos vacíos, un plato, varías servilletas a medio usar y un sucio cuaderno. Lo que consideró basura lo fue echando en el bote que estaba debajo de la misma mesa. Luego retomó al centro de mesa el florero y, por último, vació el cenicero. Se entregaba a su tarea con tal ímpetu y convicción que si él, se decía Martín Romero mientras la miraba desde la cama, las hubiera tenido ya hubiera sepultado con sus volúmenes escritos la memoria de Balzac. Al mismo tiempo miraba al basurero, por cuyo borde asomaba una punta del cuaderno ¿Por qué lo hace? Sé que ese cuaderno no vale nada. Tan bien lo sé, que ni siquiera me atrevería a reclamárselo. Pero no debería hacerlo, Podría dejarlo allí, donde está, objeto de una total indiferencia. No se precisa tomarlo así y arrojarlo con tal ímpetu, como si fuese la fuente de todo mal. Quizás, lo que pasa, es que se imagina que ese cuaderno soy yo, la fuente de todo mal. Entiendo, mi amada Amanda, que quieras tomarme por la cabellera y arrojarme con el mismo ímpetu en ese bote de basura. Tampoco me atrevería a reclamártelo. Desecho sólido, que le dicen ahora ¿no? Ah, la cosa humana es como el plástico: no hay forma de deshacerse de ello. Bueno, pero en un mundo que lucha por recuperar su perdido equilibrio ecológico, podría uno, si quiere, hasta considerarse mas o menos valioso. Gracias a Dios. Todo depende de cómo se le mire. Por eso a la basura se le llama ahora desecho sólido. Todos lo somos. Si lo aprendiéramos a tiempo estaríamos un poco más cerca de nosotros mismos. Pero que va; no hay quien quiera una cercanía así. Dios o el amor, lo que sea, cualquier cielo con tal y nos ubique lo más lejos posible de la podrida tierra de nuestra soledad.
Era un cuaderno viejo, maltratado por las veces en que, sin darse cuenta, se había quedado dormido sobre él y por los manchones que la humedad producía tras prolongados períodos de encierro. Estaba lleno de notas y apuntes aislados, sin coherencia o ilación alguna entre ellos. Garabatos. En la primera página aparecía escrita y tachada las palabras "idea general" porque, en algún momento, había pensado escribir algo con cara de libro, novela, tratado o cualquier cosa parecida. Martín Romero nunca supo en verdad qué. Eran los tiempos en que, quizás, tomó más en serio lo que decía el viejo Rangel cuando insistía: tú puedes, Romero, tú puedes; es cuestión de que confíes en esa cabezota que estoy seguro debe servir para algo más que para tragar libros y soñar idioteces. Tengo olfato para estas cosas. Aunque, por otra parte, te diré que, en realidad, nadie debería meterse a escritor, y probablemente a ninguna de esas vainas que son, o se han catalogado, como arte. Arte el de estar aquí sentado llenándose el buche hasta más no poder y que, sin embargo, te quede buche para poder seguir mañana. El arte de quemarse el culo, sin causa que te abrase. Si eres un escritor mediocre, te conformas con lo que haces. Una mierda. Y si eres un escritor auténtico, digámoslo así, nunca estarás conforme, jamás nada darás por terminado; el fin de una obra, por maestra que pudiera ser, jamás sobrevendrá, jamás podrás distinguir a ciencia cierta entre su terminación y tu hastío. Otra mierda. En fin, más o menos así es la cosa. Pero Martín Romero, jamás pensó en ser escritor, no al menos en el sentido sublime que creía desprenderse de las observaciones del viejo Rangel sobre el acto de escribir. Es que para Martín Romero no se trataba de un acto, sino de la mera acción. No se trataba de la tarea cumplida, sino, como en tiempos de la escuela, de cumplir con la tarea. Sólo lo halagaba el placer de escribir algo que supusiera un transcurrir página en página, como si fueran días, precisamente, sin propósito alguno y, por lo tanto, sin terminación. Si eso era lo que debía sentir o no un escritor, era otro asunto. Pero la verdad nada se le ocurría. Tienes que pensar en el género que mejor te vaya, decía el viejo Rangel. Un diario, quizás, pensó alguna vez Martín Romero. Pero ¿quién, salvo una mujer enamorada o un verdaderamente profundo enajenado, tiene la paciencia de llevar un diario? A ver. Martes, 4:30 AM: huele a mierda, Josefina ha puesto el caldero al fuego. Yo, aplastado contra la cama, me niego a mover un dedo ¿y luego qué? El miércoles habría que apuntar lo mismo, y así el jueves y el viernes...hasta nunca parar. Bueno, quizás pudiera ser esa cosa inacabada de la que habla el viejo Rangel. Pero, para mí, que ha de haber vidas de mierda que no sirven para ser apuntadas en papel, como ésta de imbécil del quinto. No, pasa que sólo ve el que tiene ojos para ver, diría siempre orgulloso de su sublime fracaso el viejo Rangel. Entonces, será que hay quien sólo los tiene para oler. 4:30 AM: huele a mierda. Sí, debe ser.
También hubo días en que pasó largo rato en la biblioteca de Montenegro contemplando los tomos más gruesos. Los había que, medidos en cantidad de papel y tamaño de letra, eran realmente impresionantes ¿Cómo es posible que alguien tenga tanto que decir? ¿Cómo se hace para vivir con tanto encima? Por Ánimas hay un recoge latas que debe llevar una existencia más ligera que la de estos. Entonces se convencía de que jamás lograría nada parecido, ni siquiera en el peso. Pese a su indolencia, había días en que pensar era ejecutar un maquinal recorrido por las calles ciegas del pensamiento, extraviarse en los escondrijos de un alma que, como sentía en sus sueños ridículos, no sabía tener. Pero nada de eso, en realidad, podía ser dicho, escrito ante la simpleza de un: !que vaina!, me estaré volviendo un poco loco. Más de allí, cualquier cosa que pudiera decir le parecía un exabrupto o una estafa. En momentos así sobrevenía un prolongado insomnio que lo dejaba a solas consigo mismo como una puta sin oficio parada en cualquier esquina de la madrugada. Tal fue la víspera, cuando, casi al amanecer, llegó de casa de Salvador. Entonces Martín Romero tomaba el cuaderno en el que había ido vertiendo las vagas conjeturas de sus aburrimientos más recientes. A ver. Mira nada más. Que letra tan fea. Cuánto has decaído desde los tiempos en que realizabas las planas a punta de que mi mamá me ama y yo amo a mi mamá, sin que para nada importase la peliaguda cuestión del amor, sino que esas líneas fuesen lo más rectas posible y esas letras bien redondas, como pelotas con rabos a un lado y otro. Si te viera tu maestra: Martín Romero ¿el escritor?; te tiraba de las orejas ¿Ésa? Siempre me recriminaba porque yo no quería escribir por el reverso de la hoja ¿Por qué es malo escribir allí, a ver? ¿No es una página igual que todas las páginas? ¿No es tan página como la que más? No, maestra. Es una mierda. Claro, lo digo ahora, con la serenidad, convencimiento y aplomo de que soy capaz de dirigirme a la imagen difusa de aquélla que, por entonces, tenía a cargo mi educación y me pillaba sospechosamente ensimismado con la punta de la hoja en la punta de mis dedos, paralizado en medio del aborrecible pasaje. Odiaba aquella moral comunista aplicada a las hojas de un cuaderno. A los hombres está bien, cabe. Pero ¿a quién se le ocurre comparar el placer de iniciar una hoja por el anverso con la repugnancia y la decepción de continuarla por el reverso? Hubiera preferido mil veces escribir la mitad de lo que he escrito, obtener la mitad del grado y la mitad de las calificaciones a las que haya podido hacerme acreedor, haber egresado medio bachiller, medio licenciado, con tal y no tener que escribir en ese lado de la hoja. Claro, lo digo ahora, cuando ya no importa, a una maestra muerta que si no ha muerto tampoco importa. Era una mujer un poco gorda y un poco chica. Aunque es posible que su poca estatura hiciera verla más gorda de lo que realmente era. No podría asegurarlo. Es una duda que me sobreviene ahora, cuando, basado en mi memoria, intento describirla. Vestía de falda negra a la altura de las rodillas, o casi siempre oscura, y blusa en tonos amarillos y azules que caía por fuera, de modo que jamás lograría determinar con precisión la línea de su cintura. Esto también genera mucha ambigüedad en cuanto a su real gordura. De modo que mejor retiro lo de un poco gorda. Sólo diré chica, o más bien retaca. Sí, así está mejor. Luce retaca, gruesa y de poca altura. Eso le da un muy ligero toque siniestro que es lo más inconfundible que guardo de ella. Sólo un toque. Cielos, como se pierde, difumina la ruda geometría de lo vivo en el tenue y frágil humo muerto del recuerdo cuando éste logra elevarse hasta las narices de nuestra conciencia. No la odie y tampoco la amé. Tengo la sensación, no se por qué razón, según la imagen que de ella guardo, que en eso yo no me distinguía de otros, que nadie la odió, nadie la amó. No tuve la suficiente intimidad con ella, por razones de tiempo, y se entiende que mucho menos por razones de edad, como para afirmar esto con argumentos lo suficientemente sólidos. Pero esa es la idea que de ella obtengo al hurgar en los anaqueles de mi memoria. Es decir, ella está allí, como cualquiera de tantos objetos: silla, escritorio, pupitre, pizarrón, cuaderno, hoja, mañana tibia, bullicio de niños que viene desde el patio, sudores, olores, su voz monótona, algo chillona y al mismo tiempo adormecida que va desgranando párrafo a párrafo el dictado. Todos comprendemos ¿Qué dijo? Menos Rengifo. Ese nunca entendió nada. Me doy cuenta que está allí, objeto inservible en un rincón sobre el que sin querer he posado la mirada, porque noto la dicha ausencia de odio y amor a la que ahora me refiero y que sólo ahora puedo nombrar así. La mujer se calla por un rato corto pero muy largo para un dictado. Todos miramos a Rengifo, su cabeza gorda cubierta de enmarañados rizos casi metida en el cuaderno. El dictado continúa. La mujer, sin embargo, se ha desvanecido. Supongo que, en realidad, lo que se ha desvanecido es el hecho, de por sí ya muy difuso, de ser mi maestra. Como sea, desaparece de escena. Si la dejó, en mí, su huella se pierde con ella en mí. No hay significado. Lo lamento, en caso de que hubiese que lamentar algo así. No quisiera parecer ingrato. Sólo queda su voz, aquel dictado monótono que ni siquiera su muy factible muerte acalla ¿Qué dice? Insiste Rengifo. Y el silencio corto pero muy largo para un dictado tampoco le pertenece ya a la desaparecida maestra. Yo permanezco inmóvil con la punta de la hoja en la punta de los dedos. Estoy en medio del pasaje fatal. La veo venir. Ha cerrado el libro. Ha insertado su dedo índice en medio de las hojas para marcar la que estaba leyendo en voz alta para todos nosotros. Amanece. Inician las chenchenas…Sí, hasta recuerdo algún fragmento de aquel dictado. Su inicio. Pero nada de eso le da significado a ella. Sólo su voz, el ruido de su voz, no lo que dice a mí y a todos. Sólo su voz, el ruido de su voz en pausa, sólo en pausa, sin dejar por eso de ser su voz, ahora frente a mi pupitre. Con el libro entero señala aquél reverso que detesto ¿Por qué es malo escribir allí, a ver? ¿No es una página igual que todas las páginas? Podría decir ahora, como el bruto de Rengifo entonces ¿Qué dice? Quizás Rengifo no era tan bruto como todos creíamos, sino una oculta inteligencia precoz capaz de percibir sólo el ruido de aquella voz, lo que yo he tardado tantos años en percibir. En suma, las observaciones de aquella mujer tampoco me pertenecen más, son parte del aborrecimiento que me inmoviliza, antes como ahora. Si vuelvo sobre este asunto, por ella no será. Me doy cuenta. Nada hay que anotar, pues, en este cuaderno.
Luego Amanda se puso a trapear el piso. Martín Romero dejó de mirar la punta de aquél cuaderno, para fijarse con más detalle en la mujer. Entre las cualidades morales de Amanda había que contar, aparte de su profunda fe en Dios, su obsesión por la limpieza, acaso más profunda todavía. Tan orgullosa se sentía de ello que Martín Romero siempre se sintió, más que un miserable ateo, un puerco miserable. Alma de puerco ¿Te imaginas? Romero esperando paciente a las puertas del cielo a que Pedro, del otro lado de la verja, pañuelo en la nariz, se digne abrir. Romero, romerito, clama Amanda desde el mismo lado por su amado cerdo cubierto de suave túnica y adornado con aureola flotante entre las picudas y rosadas orejas. Pero ni se te ocurra hablar de ello en este momento. Con lo del dinosaurio es más que suficiente para una jornada. Romero, romerito, mira nada más; el polvo te va aplastar vivo si yo no estoy aquí. Habla la salvadora, que, por ahora, se sobrepone a la condenadora. Cierto que sus carnes se habían aflojado un poco, que los plomos del tiempo comenzaban a colgarse de ellas, pero, aún así, las mujeres buenas, las que tienen las caderas y espaldas de Amanda, las que han sido forjadas en los hornos hormonales de la biología, deberían olvidarse de la perfección moral: las falsea, aunque las dignifique como humanos, las idiotiza como animales. Esto pensaba Martín Romero cuando se fijó en sus muslos y sus pantorrillas gruesas, sus nalgas ligeramente asomadas por el borde de la falda, los pies graciosos, en puntillas, ahora, mientras limpiaba la parte alta de los vidrios de la ventana.
−Ya puedes bajar los pies −dijo Martín Romero.
La mujer sonrió. Debe haber entendido que aquello quería decir que se metiera en la cama, porque se metió. Bueno, sí, lo pensé. Pero no fue mi intención. No me hubiese atrevido a pedirle nada parecido, por temor a que me rechazase o se ofendiera. Qué sé yo. Sé que suena falso, o cuando menos necio. Pero así fue. Yo sólo la observaba en la distancia, extasiado en la lejanía de su piel cuyo aroma y calor podría yo recordar a kilómetros de existencia, como si los tuviese a mano. Yo estaba conforme con esperar mi entrada al cielo, sin la esperanza de entrar. Jamás he albergado semejantes ambiciones. Porque, para ello, se requiere de un alma que no poseo. Cuando muera, al Hades, a vagar como un espectro. Ahora, que aún tengo memoria, lo sé; entonces, para cuando la haya perdido, ni siquiera habrá forma de saberlo. Al ritmo del manoseo y el dudoso estar del sueño, seguía yo a la distancia aquel aroma y aquel calor. Mas lejanía, más aroma y más calor fue lo que vino después en oleadas de pasión que descomponían el quieto mar de la noche.
Una jornada más, se dijo Martín Romero cuando, casi al amanecer, correteaba por la habitación y daba de zapatazos al suelo, hasta que crujió la piel reseca y se mezcló con la leche salida de dentro.
−No sé por dónde se pudo haber metido ese bicho. −dijo a Amanda, que lo observaba desde la cama y había permanecido despierta desde la madrugada.
−Siempre dejas las ventanas abiertas −dijo Amanda, y salió de la cama.
−¡Oye, oye! No es mi culpa ¿eh? −se quejó Martín Romero.
−Está bien −cortó Amanda.
−¿Qué pasa? −preguntó Martín Romero.
−Nada −volvió a cortar la mujer.
Martín Romero intentó recuperar de nuevo el sueño. Era la mañana de todos los días. El mismo ciclo de sueño y desidia. Una luz azul grisácea manchaba con su sucio habitual la cortina que cubría la ventana por la que, probablemente, se había metido el bicho. Esa fue ella que, luego de estar limpiando con tanto afán esa ventana, se metió aquí, en la cama, y la dejó abierta. Ahora resulta que yo. Casi que salgo al mugroso patio y a empujones me traje el bicho hasta aquí. A empujones el día, que se abría paso una vez más, con un contundente puñetazo de luz y calor sobre la débil humanidad de la modorra. Martín Romero despertó del todo cuando llegó hasta él el aroma del café que Amanda colaba en la cocina. Hay para quienes el amanecer es símbolo de esperanza; para Martín Romero un golpe de estado dado al reino del letargo. Sin voltearse, estiró la mano hacia la mesa, palpó hasta dar con la caja de cigarrillos y encendió uno. En ese momento comenzó a llover de nuevo.
Ahora sí, al voltearse, Martín Romero quedó viendo a Amanda parada frente a la estufa, mientras preparaba el desayuno, como si estuviera a solas, o más bien envuelta en un silencio que la desolaba. Aquel debía ser un silencio hecho de calendario deshojado, maternidad inconclusa, y frustración. Con la cabeza aún hundida en la almohada, los ojos del hombre recorrían poco a poco el cuerpo de la mujer, desde la cabeza con el cabello recogido arriba, se iba por la espalda oculta bajo la dormilona corta y transparente, las piernas, las pantorrillas, el pie derecho graciosamente apoyado sobre el izquierdo. Siempre coloca los pies así. No sé cómo lo hace. Yo ya me hubiera caído en el intento. Pero ella podría permanecer así durante horas. Nada tiene que ver con que esté alegre o, como ahora, contrariada y con deseos de estrellarme esa sartén en la cabeza. Son pies con una inteligencia aparte del resto del cuerpo. Por alguna razón se ha convencido de que su Romero, romerito se decidiría, como siempre le había propuesto, a largarse con ella. Por eso ha vuelto. Pero, en realidad, ha sido muy estúpido pensar en que algo así sería posible. Sólo ahora se da cuenta, asomada al abismo que siempre deja el coito de por medio. Este sujeto es un monstruo insensible, o algo por el estilo se debía estar diciendo. Bueno, recapacitaba, Amanda. La verdad no es malo, pero está como hechizado por la pereza. Nunca llegará a nada. Hay sujetos así. Y éste, no te digo, casi cuarenta, y soñando con poetas y dinosaurios de plaza pública ¿Qué se puede esperar de un sujeto así? En el fondo no es más que un niño conformista. En el fondo tiene miedo ¿Pero miedo de qué? Ella podría serle fiel, ser su apoyo en las buenas y en las malas, y con esos pies ¿quién lo niega? Toda una vida para compartir juntos todo aquello que tuviera a bien concederles ¿Por qué no puede este sujeto sentirse atado a ti por una lealtad semejante a la que lo ata a Montenegro? Buena pregunta ¿eh? Sí, muy buena pregunta. Tan buena, que sería estúpido responderla. Y mientras Martín Romero hacía tales disquisiciones, hasta las manos frías de Amanda llegaba el calor del fuego, y seguía de largo, sin sentirlo, hasta su vientre pegado al borde del cajón y oculto tras el delantal curtido. Luego de terminar el cigarrillo, Martín Romero se levantó, y se sentó a la mesa donde Amanda le sirvió una taza de café.
−No sé… −dijo Martín Romero.
−¿No sabes qué? −preguntó Amanda.
−La cucaracha ...Yo no abrí la ventana. −dijo Martín Romero mientras se rascaba la cabeza.
−Entonces debe tener llave. Al menos tiene más que yo ¿No te parece? −dijo Amanda con forzada ironía.
−Bueno, al menos no recuerdo haberla abierto. Eso es lo que quiero decir. −dijo Martín Romero
−Llegaste demasiado bebido para recordar nada. Y luego, supongo que ni siquiera recuerdas lo que hicimos ¿verdad? −preguntó la mujer
−Oye, espera un momento. Eso fue lo que dijiste ayer respecto a anteayer. Anoche, cuando nos acostamos, ya era otra historia. Así que no exageres. Es más. Ahora recuerdo que cuando llegaste ayer tú abriste la ventana. Para limpiarla ¿recuerdas? −dijo Martín Romero
−Está bien, Romero: es mi culpa ¿Ahora qué? −preguntó Amanda
−No he dicho eso. Sólo confirmo que yo no abrí la ventana. Es decir, la ventana estaba abierta y por allí se debe haber metido el bicho. Eso es todo. −respondió Martín Romero, con el convencimiento de quien soluciona un enigma.
−¡Oh! Una vez más la portentosa mente deductiva del detective Romero ha solucionado el complicado caso de la cucaracha ¿Para qué preocuparnos, si estamos en tan buenas manos? El salvador de la plaza no sólo es poeta y lucha contra temibles dinosaurios; también sabe por dónde se meten las cucarachas y quién ha dejado la ventana abierta. Pero quien sabe si su mente se tome algún tiempo todavía en darse cuenta de que lo importante ahora no es la cucaracha. Veamos si puede apartar la mirada por un instante de sus heroicas hazañas para preguntarse por qué vine aquí ¿No hay gente en la plaza a la cual salvar hoy domingo? A ver. No. Parece que los domingos los dinosaurios no van a la plaza. Nuestro héroe puede estar tranquilo. El dinosaurio no se va a comer a nadie hoy. −dijo la mujer.
−Está bien, mujer. Está bien ¿De qué se trata? −se resignó Martín Romero.
−¿De qué se trata? ¡De que estoy aquí ¿entiendes? La mujer que te ama está aquí ¿No te has dado cuenta? Acabamos de hacer le amor ¿No te has dado cuenta? Claro, no lo hicimos en la plaza. Quizás sea eso lo que necesitas para tomártelo en serio. Si quieres nos vamos a la plaza y lo hacemos en un banco. No tengo ningún problema, con tal y logre hallar en ti el más mínimo rastro de sensibilidad, Romero. −dijo Amanda.
La mujer se detuvo por un momento, mientras observaba impaciente a Martín Romero sumido en el silencio.
−¡Mierda! −expresó Martín Romero.
−¿Es todo lo que tienes que decir? −preguntó la mujer.
−Sí, creo que sí. −respondió Martín Romero
−Dime algo ¿Es que acaso piensas pasar allí el resto de tu vida?– preguntó la mujer
−No. Antes terminaré mi café y me levantaré a cepillarme los dientes. −dijo Martín Romero
−¡Por todos los santos, Romero! Me refiero al pueblucho ese a dónde te manda el Montenegro. −aclaró Amanda
−Ah, eso. No lo sé. Ni siquiera sé cuánto suma ese resto. Supongo que dependerá de Montenegro. No tengo opción. No es algo sobre lo que yo decida, ni sobre lo que yo quiera o aspire decidir. −respondió Martín Romero.
−Claro, tú no tienes nada que ver en tu propia vida. Todo es responsabilidad de Montenegro. No te disculpes con algo así, por favor. Tú supuesta lealtad al viejo no es más que una excusa para huir de ti mismo. −acusó a Amanda.
−Aunque así fuera„ para algo así no necesito excusas, te lo aseguro. Hago lo que me indican, sigo instrucciones y a veces hasta me aburro. Por algo así, me pagan lo suficiente ¿Sabes una cosa? Montenegro, entre otras cosas, me dijo que yo era el tipo indicado, que no se había equivocado el día que me contrató. Yo no soy un ejecutivo, sino lo que él llama un ejecutor. Y creo que tiene razón. Es algo que a cualquiera le sonaría horrible en este mundo moderno y lleno de sensibles como tú. Pero para mí está bien. Me encaja perfectamente. Quién sabe. Quizás, sin quererlo, hasta haya yo descubierto la verdadera felicidad al haberme ahorrado mil preguntas que ya no me hago o me hago sólo en mis fases lunares de aburrimiento, para matar el lunar aburrimiento. Hasta que, de pronto, llega Montenegro: Romero esto, Romero lo otro. Allá va Martín Romero. −replicó Martín Romero.
–¡Vaya! Yo esperaba algo más. Pero veo que esto es prácticamente la despedida. Como que tiene razón Montenegro ¿Sabes? En verdad, creo, no eres mejor que el viejo. La única diferencia entre tú y él será, acaso, el dinero. Y, al menos, el viejo lo tiene a montones. Pero tú, Romero ¿No has pensado lo que vas a ser en el futuro? Y cuándo estés viejo ¿qué pasará, eh? ¿No has pensado en ello? ¿O es que tienes la fórmula de la eterna juventud, o algo así? ¿Sabes algo, Romero? Cuando estés viejo, te vas a la plaza, pero no a luchar contra dinosaurios, y leer poemas estúpidos a la gente, sino a podrirte en tus propias lamentaciones y achaques. Porque, te lo juro, actitudes como la tuya se pagan, y se pagan caro. Por eso es que, después, cuando están viejos y bien acabados, se quejan. −dijo Amanda.
–Ya estoy viejo. A veces pienso que ya debo haber muerto varias veces y que, sólo por majadería, me repito una vez más. Mira, Amanda, en verdad, sé que debo parecer el peor de los hombres. Está bien. Pero, créeme, Amanda, he hecho mi mejor esfuerzo. −dijo Martín Romero.
−Estoy harta ¿entiendes? −dijo Amanda.
−Eso quiere decir que también tú has hecho tu mejor esfuerzo. −dijo Martín Romero
−Maldición, Romero. Me doy por vencida. Esto no tiene remedio. −dijo Amanda, y se echó a llorar.
Aún tenía en sus manos sudadas las nalgas sudadas de Amanda. Aún tenía frente a si la vulva grosera y muda de Amanda. Aún tenía su cuello sobre el suyo, y un leve olor a champiñones que venía de debajo del cabello y de la nuca. Ahora, además, tenía el llanto de Amanda. Todo se mezclaba en un sólo tener demasiadas cosas juntas e inaprensibles para una manos agotadas ¿Y qué podía decir? Entonces tocaron a la puerta.
−Hola, Romerito −dijo Glamour.
−Hola −respondió Martín Romero, mientras sostenía la puerta abierta y veía las pantuflas de conejo de Glamour.
−¿Ya supiste? −preguntó Glamour.
−¿Supe qué? −replicó Martín Romero.
−Lo de Josefina, mi amor −dijo Glamour.
−¿Qué pasa con la vieja? −preguntó Martín Romero.
−Bueno. No con ella, con el viejo. −dijo Glamour.
−¿Qué pasa con el gordo? −preguntó Martín Romero.
−Se murió el gordo. −dijo Glamour.
−¿Se murió el señor Tequeño? −bisbisó Martín Romero.
−¿Se murió quién? Yo me refiero al gordo, al marido de Josefina. −dijo Glamour, sin entender lo que había dicho Martín Romero.
−Está bien, está bien. Digo que si se murió el marido de Josefina. −aclaró Martín Romero.
−Eso. −replicó Glamour.
−¿Cuándo? ¿Cómo? –rectificó Martín Romero.
−Y tú qué, Romerito ¿Vives en otro planeta o acabas de llegar? El viernes, mi amor; el viernes. Casi a la media noche.
−Vaya. Y tan contento que estaba el viejo con el aparatito que le sacó hasta el último centavo. −dijo Romero mientras señalaba hacia el corazón. −No digo yo. Y ¿cómo sucedió el asunto? ¿Estabas aquí? −preguntó Martín Romero.
−Yo volví temprano el viernes, y cuando esperaba el ascensor (tú sabes, esa mierda casi nunca funciona) escuché los gritos de Josefina. Ni siquiera llegué al cuarto, sino que me detuve en el segundo y bajé corriendo por las escaleras. ¡Uy! Eran unos gritos desgarradores que me pusieron los pelos de punta. Te lo juro. −relató Glamour.
−Sí, me imagino.−dijo Martín Romero mientras observaba la cabellera siempre alborotada de Glamour más alborotada todavía.
−Si no es porque reconozco la voz de la vieja, te lo juro que salgo corriendo. Bueno, pero me fui a su casa, toqué varias veces, hasta que en una de esas abrió y se me fue encima. ¡Se murió, se murió!, seguía gritando y llorando, y señalaba hacia el baño. −mientras esto decía, sujetaba a Martín Romero por el cuello para ilustrar la escena. −Yo quería pasar a ver, pero ella, en la desesperación, no me lo permitía. Cuando logré medio calmarla, me fui hasta allá, corrí la cortina y allí estaba el gordo sentado en el piso de la regadera. Estaba morado. Los médicos dicen que le estalló el corazón. −se detuvo Glamour
−Pobre −acertó a decir mecánicamente Martín Romero, mientras pensaba en el microondas que le había comprado esa noche al señor Tequeño. Por cierto, el microondas ¿Qué pasó? Nadie lo mencionó aquella noche en casa de Salvador. Mierda. Seguramente se quedó en el carro. No, no se quedó allí. Se lo di a Sofía. Sí, recuerdo su cara cuando puse el aparato en sus manos. Mejor hubiera sido dejarlo en el carro.
−Sí, pobre. Y ¿qué te cuento, Romerito? ¡Para sacarlo!. Uno no puede estar tan gordo, ni siquiera sirve para morir. Mira que estaba pesado el gordo ¿eh? Al principio los bomberos intentaron levantarlo de una vez. Pero que va, mi amor. Se le deslizaba de las manos; además, el gordo, enjabonado como estaba. Entonces tuvieron que ducharlo allí mismo. Luego, medio embojotado en unas toallas, fue que lograron llevárselo, y eso entre tres y sudando. Menos mal y vivía en la planta baja ¿no?.
−Sí. Menos mal −consintió Martín Romero.
−Bueno, Romerito. Vine a avisarte. Lo están velando desde ayer y creo que ya deben estar por sacarlo al cementerio. Pobre. No hay nada, Romerito, nada. Pendemos de un hilo. −dijo Glamour.
−Sí, y si se es tan gordo como el señor Tequeño, imagínate. −dijo Martín Romero.
−Más respeto, Romerito; más respeto. Bueno, también vine a pedirte un poquito de sal ¿si? Me la pones aquí, en esta tacita. −dijo Glamour
−Sí, claro. Espera un momento. −Martín Romero tomó la sal de la cocina y la trajo a Glamour.
−Gracias, Romerito. Eres un amor. −se despidió Glamour
−¡Mierda! Por eso no hubo olor a aceite quemado en la madrugada. Pobre Josefina −dijo Martín Romero luego de cerrar la puerta.
−Ay sí ¿Romerito? −dijo Amanda, vuelta del sollozo al enfado.
−¿Qué? −preguntó Martín Romero, mientras veía a la mujer vestirse para marcharse.
−¿Qué? ¿De cuándo acá te gustan los maricas? ¿Ahora resulta que también eres raro? Esto es el colmo, Romero. −preguntaba Amanda que iba de un lado a otro.
−¡Oye, oye! −exclamó Martín Romero
−Me das asco, Martín Romero. Pero quizás hayas encontrado lo que necesitas para ser feliz. Es posible. Ahora sí. −concluyó Amanda y salió tras un contundente portazo.
−¡Oye! −dijo todavía Martín Romero.
El resto de la mañana, Martín Romero lo pasó, a ratos, pensando en ir al sepelio del señor Tequeño, a ratos en el desencanto de Amanda. Abría el escaparate a ver que podía encontrar allí de ropa oscura. Debe ser un gran ataúd, muy espacioso. Aún así, han de haberlo forzado para poderlo cerrar. Cuantas manos presionando con cuanta fuerza sobre la tapa pulida. Más. Ya casi. Menos mal y el alma va por separado, porque lo que es éste no cabe entero. Que no se vaya a salir la grasa por los bordes. Vaya banquete el que se van a dar los gusanos. Cuidado y no les alcanza la eternidad ¿Y quién lo va cargar? Serán más caros estos por el sobrepeso. Seguramente Josefina tendrá que pagar por ello. Pobre. Aunque, quién sabe. Ya, a esta hora, se lo han de haber llevado. Cielos, el saco de siempre. Estará bien. Si Rangel se entera: lo que es bueno para buscar trabajo, es bueno para acompañar al difunto a su ultima morada. Estará bien.
Para cuando Martín Romero llegó a la funeraria, ya todos se habían marchado. Lo sabías. Sabías que llegarías tarde y, sin embargo, te viniste. Me empeñé en ello. Sentía que tenía que cumplir con el gordo. No sé por qué. Quizás aquellos ojos de la mañana del viernes, cuando se mostraba feliz, hasta donde podía, por haber vuelto a la vida gracias al aparatito ese que lo obligó a deshacerse hasta del microondas.
−Si se apura UD. un poco, a dos o tres cuadras, aún debe alcanzar la cola del cortejo. −dijo el funcionario a cargo.
−Sí, claro. −dijo Martín Romero.
−Que muy nutrido no era, le digo. −agregó el funcionrio.
−¿A qué cosa se refiere? −preguntó Martín Romero.
−El cortejo, digo…me refiero al cortejo…−aclaró el hombre.
−Ah, sí. Eso. −dijo Martín Romero.
−¿Es UD. de la familia? −preguntó el funcionario.
−Más o menos. −dijo Martín Romero.
−Cuánto lo siento. −dijo el hombre.
−Sí, claro. −dijo Martín Romero, y se puso en camino en la dirección por la que, según indicaba el otro, se había ido el cortejo.
Si aprietas el paso alcanzas al difunto Tequeño en el seguramente estrecho ataúd a su última morada. Y si aprietas el culo, hasta puede que entiendas por qué coño te empeñas en algo así. A ver. El gordo infartado se va a la tumba. El inquilino del quinto intenta alcanzar el cortejo ¿Qué relación puede haber en ello? Quién sabe. El gordo infartado no es cualquier gordo, es el señor Tequeño, y lo es en tanto que tú lo has nombrado así. Y el inquilino del quinto es el estúpido del quinto, quien así imagina haber sido nombrado por aquél. Es el problema de nombrar las cosas; uno se posesiona de ellas, se hunde, como Dios, en el inútil compromiso de darles vida, y termina, como Dios, poseído por ellas, atrapado en una mutua contemplación entre lo uno y lo otro igualmente inaccesibles. El lenguaje es la convención de los silencios. Ah, si tuviera el cuaderno aquí. Me habría gustado apuntar esto.
Se fue el gordo. Jamás lo alcanzaré. Pero sé muy bien que no lo necesito para seguirlo contemplando. Allí seguirá el señor Tequeño de aquella, mi historia, y del que tan sólo conocí su volumen y sus ojos perdidos en aquél volumen aquella mañana de aquel viernes que viene a mi memoria en medio de éste desierto dominguero mientras camino a paso rápido a ver si alcanzo el cortejo que lo conduce al cementerio. Todo lo que tengo de él es un lejano aquel respecto del cual, sin embargo, si lo considerara necesario para mí, podría escribir un libro tan gordo como él. A ver. Érase una vez un gordo como un tequeño gigante movido por un pequeño marca paso. Quizás, a esta hora, ya lo deben estar bajando a la fosa. Bueno, después de todo, quizás ese libro no iba a ser tan gordo como pensé. Claro que no, Tolstoi. Tú sabes bien que esta historia, como todas las demás, cabe en el mismísimo cuaderno que Amanda dejó allá en el bote de la basura, Romero. Así que no exageres. Y toma el camino de vuelta antes de que empiece a llover de nuevo. Sí, ya voy, ya voy, Ya me vuelvo, quiero decir; sólo un poco más que, aunque no alcance ver el cortejo, voy detrás, acompañando al señor Tequeño a su última morada. Es como ir en el cortejo, sólo que a cierta distancia, claro. Dos o tres cuadras, dijo el funcionario de la funeraria. Pero, en circunstancias como estas, qué puede importar metros más metros menos. Si cuando de morir se trata siempre se hace en medio del mismo pelado universo. En fin, allí va el gordo, el señor Tequeño. Que ir, en realidad, no va. El que va soy yo, dos tres cuadras atrás, la cola de la cola del cortejo ¿qué puede importar? ¿Lluvia? Como que mejor me vuelvo. En la próxima esquina. Ya. Una esquina más. Hazlo por el señor Tequeño, Romero. El último empujón al cementerio.
Por fin, de vuelta. Pero no llovió hasta el anochecer. Una vez más, Amanda. Como no consiguió a nadie, debe haber dejado allí, introducido por debajo de la puerta, el sobre que Martín Romero se topó a sus pies cuando abrió. Pese a estar de vuelta, se sentía que todavía iba en el cortejo fúnebre del señor Tequeño. Lo seguiré por el resto de mi vida, pensaba Martín Romero cuando se agachó para recoger aquel sobre. No me gustan los sobres con mensajes adentro. Me dan miedo. Prefiero que permanezcan cerrados, pues abrirlos siempre augura un desastre. Pensó que era mejor guardarlo así, sin abrir. Sin embargo, al rato, luego de colocarlo sobre la mesa y no dejar de mirarlo de reojo, decidió abrirlo. En efecto, como para rematar su faena sentimental del día, la mujer vino a decirle que él era como la sarna, a la que sólo se le arranca con piel y todo. Debe haberse arrancado piel y todo escribiendo aquello. Una letra redonda, grande e infantil. Sólo las mujeres pueden alcanzar a un mismo tiempo, pensó Martín Romero, los extremos de la fascinación y el desprecio. Sin saber cómo lo hacían, supuso que parte de la virilidad consiste en no saberlo. De la mañana a la noche se había transformado de "mi rey" en "un cretino". Del dulzón "Romero, romerito", sólo quedaba un segundo trastazo violento de la puerta tras el cual, una vez más, se marchó la mujer. El era ahora la piel colgada de los huesos de un tiempo que ya no era y que, desde las profundidades del ser gastado, la pensaba, se secaba al rozarlo el cierzo de su muerte transcurrida.
Martín Romero se agachó y tomó de debajo de la mesa el bote de basura. Sacó el cuaderno que, durante todo el día, había pensado dejar allí para siempre. Afuera seguía lloviendo. Ya cesaría el aguacero. Martín Romero permanecía vuelto a la madriguera inmunda del pensamiento. La lluvia, pensó Martín Romero mientras escuchaba las gotas golpear contra los techos, bien podía ser algo sublime, halago gratuito para el espíritu poético que a algunos vuelve cursis y bellos. La lluvia podía ser un milagro, fuente de éxtasis y reflexión para quien pueda seguir pensando. Pero cuando se está del otro lado, eso allá afuera, cayendo limpio y cristalino sobre la tierra del humano fracaso, no podía ser más que una lluvia de mierda.




