textos, pretextos y otras mentiras...

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El gran gentío, bullicioso, había arribado temprano al amanecer y se agolpaba desde los cuatro costados de la plaza contra la tribuna en la que, con grandes esfuerzos, habían encaramado al poeta para que fuese visible objeto del merecido halago de la multitud. Mierda ¿Yo, poeta?¿Están locos o qué? Si soy de los que cuando mira al cielo se conforma con su azul. Es tu destino. Mi destino ¿quién lo dice? Rangel lo dice. No digo yo; dale Rangel con lo mismo. Majaderías de Rangel ¿A quién le importa? Yo lo quiero mucho, al viejo. El viejo Rangel, claro; siempre el viejo Rangel. Se deja querer, el muy majadero ¿Quién lo niega? Pero, en este caso, está loco. Están locos. A ver ¿qué quieren todos ésos de mí? Tu espíritu ¿Mi qué? La magia de tu palabra. Ser acogidos como signo de tu alma prodigiosa. Sí, claro. Rangel lo dice ¿no? Y, digo yo ¿por qué Rangel no se ahorca en su propio árbol, que yo me encargo de encontrar el mío? Están locos. ¡Suéltenme! Nada tengo que decir. Magia de la palabra. Magia la de la mentada de madre que ha de acogeros a todos por la eternidad en el cálido infierno de vuestra propia estupidez. De verdad os digo, que nada tengo que decir, y mucho menos acogerlos en un alma que no sé tener. No puedes dejarles vacíos ¿Qué no puedo? No más déjenme ir y verán. Son tu gente ¿Son mi qué? Nadie ni nada es mío. Ni el más miserable perro sobre la faz de la tierra me pertenece. Nadie puede acusarme de algo así. Tranquilo, y recapacita. Sí, claro. Rangel lo dice ¿no? Yo estaba tranquilo, metido en el frío anaquel de un moderno archimóvil ¿eh? Así es que le dicen ¿No? ¿Los han visto? La ruedita que mueve la compuerta gira a la derecha, entra la luz, corre la estantería entera. La ruedita que mueve la compuerta gira a la izquierda, entra la luz, corre la estantería entera.

Gran invento ¿eh? y tan sencillo. Izquierda–derecha, derecha–izquierda; mucho menos conflicto ideológico de lo que pudiera pensarse, pues cuando se trata de cosas muertas que a nadie interesan, el criminal péndulo de las opiniones permanece inmóvil como ahorcado quieto por su propio peso. La ruedita en el sentido de las agujas del reloj. La ruedita en sentido inverso al de las agujas del reloj. Si la vida es movimiento ¿qué más se puede pedir? El archivo ocupa el mínimo volumen. Genial. Yo era un archivo que ocupaba el mínimo volumen. Así, aplastadito, como una cucaracha, compartiendo el frío del hierro y el calor de los papeles desechos que ya nadie lee junto con las cucarachas. Yo estaba tranquilo. Muerto que gozaba de buena salud, como dicen por ahí. No tenían por qué irme a sacar de allí. Traerme hasta aquí, expuesto al sol y la humedad de la mañana. No digo yo. Ahora sí que me cundiré de hongos. Y ese absurdo griterío. A mi me gustaba mi silencio de archivo muerto. Pero te quieren. No puedes dejarlos así, sin más. Claro que puedo. De hecho, es lo que quisiera. Pero, está bien. Ustedes lo han pedido. A ver. Aquí voy. Pero luego me dejan en paz ¿no? Bien. Aquí vamos.

 

No combatí.

Ninguno me mereció.

Cuando yo decía que sí.

Mi mamá decía que no.

 

Listo ¿Aplausos o qué? El muy maldito que se va ¿A dónde? A Buenaventura. Todos están de nuevo felices, por mi genio o qué. Puedo largarme tranquilo ¿no? El gran gentío, bullicioso, se viene desde los cuatro costados de la plaza sobre el poeta. Tranquilo nada. A correr se ha dicho.

 

−Romero, Romerito. −dijo Amanda.

 

¿Romero, romerito? Se preguntaba Martín Romero entre ahogadas carcajadas cuando despertó. La puerta. Ah sí, la puerta. Cuando yo decía que sí mi mamá decía que no. Has tocado fondo, Romero. Hay que andar con cuidado. A cierta altura, la estupidez acaricia, y cada vez con más sensualidad Y Amanda ¿qué hace aquí? Esto no anuncia nada bueno. Del otro lado Amanda, que se preguntaba por las carcajadas de adentro, volvió a tocar a la puerta y a insistir en su llamado, pero esta vez en tono más regio, pelado, sin el “romerito”:

−Romero, romerito.

 

Bueno. De paso, y puede que allá en Buenaventura se acaben los sueñitos estos. No me molestan, y hasta me hacen reír. Pero ¿y si Amanda tiene razón? ¿y si en verdad me estoy volviendo loco? El mismo Salvador ¿no me estaba mirando feo anoche? Después de todo, el ridículo de mis sueños se parece mucho al de la realidad, mi realidad, quiero decir. Debe ser la forma en que esa realidad me sigue mientras duermo. De día me habla, como una cosa extraña, ajena manera de pensar. Mientras duermo, se mete en mis sueños.

La puerta. Sí ¿Y entonces? Amanda ¿Qué hace aquí? Yo pensé que no volvería a verla. Estaba seguro de ello. No me molesta que haya venido. Creo que no. No siento lo que se dice molestia. Sólo modorra aplastante. Eso sí. La hora de la modorra: todas lo son. PNo estoy preparado para sorpresas así. Ya me había hecho a la desazón. Amanda, lejana, con esa vara de cartón que va adquiriendo lo vivo en el recuerdo. Y lo muerto también. El recuerdo no hace diferencia entre lo uno y lo otro. La muerte no es más que la pérdida de la memoria. Por eso los muertos del Hades son espectros que vagan sin rumbo y sin saber de sí. No son almas, sino la imposibilidad absoluta de tener una. Tiene razón Rangel: estos griegos del coño eran geniales. Hasta ese día me alcanzó esa idea del recuerdo como material de nostalgia originada por la evocación de alguna dicha perdida. Nadie hoy tiene puta idea de lo que significa que toda tu existencia penda de ese puto hilo que llamamos memoria y que entreteje la trama de la historia de cada quien; un retazo más del retazo que es el gran retazo del universo. Y ahora, de aquí ¿quién arranca al modorro? La mismísima Amanda. No digo yo. Empezamos de nuevo. Otro retazo. Toda historia es, a retazos, interminable.

 

−¡Romero! Abre ya ¿quieres? –insistió la mujer. Luego agregó −Yo sé que está allí.

−Ya voy, ya voy −decía Martín Romero desde la cama con voz enredada entre la somnolencia. No combatí, ninguno me mereció. Mierda. Pobre, Pessoa. En que inconsciente criminal has caído. Voy. Voy. Hago todo lo que puedo. Ya me levanto y ando cómo Lázaro salido de la cripta de mi sueño. Lo que pasa es que esa puerta está muy lejos. Un poco más, Martín Romero; puedes lograrlo. Ten fe. Sin fe. Pero, igual, lo logró.

 

−¿Qué es lo que pasa, Romero? ¿Estás bien? −preguntó Amanda en el momento en que el hombre asía con su lenta mano aún tibia el picaporte frío de la puerta.

 

A ver. Venga ese Romero, romerito. A Martín Romero le gustaba esa costumbre provinciana según la cual Amanda lo llamaba cariñosamente por el apellido, y sólo por eso esperó a que se repitiera un par de veces más aquel llamado. Romero, romerito. Pero que va. Nada. Más golpes en la puerta. Sábado. Hoy es sábado, advirtió. Y Josefina ¿qué habrá pasado con Josefina? Hoy no hubo olor a aceite quemado. Claro, cuando llegué yo sabía que algo faltaba. El aire rancio. No me di cuenta, imagino, porque estaba llegando, entrando a la cama. Si hubiese estado saliendo de ella, habría captado enseguida aquella ausencia. Y hasta la habría disfrutado como un brutal gesto de generosidad de parte de Josefina para con todos los que amontonamos nuestra existencia aquí, en el estrecho y mugriento edificio.

 

−¿Vas a abrir o qué? −continuaba Amanda del otro lado.

−¿Voy a abrir? Sí, claro que voy a abrir ¿Tengo otra opción, acaso? −dijo Martín Romero.

 

Lo que es ésta, si no abro va a tumbar esa puerta. Mierda. Las llaves ¿dónde coño habré dejado las llaves?

 

−Ya voy. −dijo Martín Romero tras alejarse de la puerta y mientras hurgaba entre las ropas que había arrojado a un costado de la cama al acostarse casi al amanecer. Era una luz opaca, grisácea, tibia y tímida. En realidad no la percibí, no fijé mi atención en ello. Sólo sé que estaba allí: la mirada del afuera observando a través de la ventana al adentro. Las habitaciones han de ser como almas sucias y desordenadas para los amaneceres que las descubren cada mañana. Allí sigue éste, el imbécil del quinto. Cuánto trabajo para atinar introducir la llave en el hueco de la cerradura. Mira nada más, como se baja la botella de agua. Como puede se saca las ropas. Quizás, si pudiera, también la piel, hasta quedar en el limpio hueso. Pero se conforma con quedar en calzoncillos. De la caja de aspirina sobre la mesa toma dos, y vuelto a la nevera a buscar más agua. El más valioso consejo recibido del viejo Rangel: un par, no más al llegar, y matas el ratón. Sí, ese en el espejo, eres tú, imbécil, el siempre del quinto. Las ojeras del cansancio y el eterno juramento siempre repetido: no vuelvo a beber esa mierda. Seguro, seguro; nunca más. Levantó la mirada. Las llaves estaban sobre la mesa, junto a la caja de aspirina. Entonces soltó el pantalón. Las tomó, retornó a la puerta y por fin abrió. Esperaba verla con las manos en la cintura. Pero no fue así. No tenía actitud de reto. Más bien estaba abrazada a la bolsa que traía consigo.

 

−¿Qué pasa contigo? ¿Hay alguien aquí? ¿Con quién estás aquí? Dime la verdad. No es necesario que disimules. Ya imagino por dónde te vienes con todo ese cuento del viaje, y Montenegro. −Amanda entró violentamente, con la bolsa entre los brazos, y, mientras hablaba, se metía en el baño, volvía al salón y abría las puertas del pequeño escaparate ubicado a un lado de la cama.

−Amanda, no vas a encontrar a nadie aquí, y mucho menos en ese escaparate. −dijo Martín Romero en medio de un enorme bostezo.

−Pero tú te estabas riendo −la mujer detuvo la brusca búsqueda y colocó sobre el mesón de la cocina la bolsa que traía consigo. −¿Te reías sólo o qué?

−Sí, me reía sólo. Estuve soñando algo muy estúpido. Tú sabes. Eso es todo −dijo Martín Romero.

–Bueno, yo creí que tú...en fin. Pero ¿Qué es lo que pasa contigo? ¿Estás loco? Me preocupas. Te he llamado varias veces, sin recibir respuesta, y de pronto te ahogabas en las carcajadas. −preguntó Amanda.

−Quién lo sabe. Ya te digo. Estaba soñando que era un poeta muy cotizado. Todos me aclamaban, hasta que, claro, hablé. Yo no quería. Pero me obligaban a ello. Menos mal y desperté. Gracias a ti, después de todo. Si no hubiese sido así, ni te cuento la paliza. Porque las palizas, hasta en los sueños duelen. −Martín Romero hablaba mientras sostenía abierta la puerta de la nevera, con el propósito de beber agua. −¿dónde está la botella?

−Allí, en la mesa, junto a las aspirinas. −dijo Amanda.

−Ah, sí. −dijo Martín Romero, y tomó la botella.

−Así habrás bebido anoche, imagino. Vine ayer, esperé largo rato y nadie me respondió. Entonces me fui. −dijo Amanda, mientras veía al hombre beber agua directamente de la botella.

−Sólo un poco −respondió Martín Romero, y, luego de la pausa, siguió bebiendo.

−Por lo que veo fue algo más que un poco. No es extraño que hayas soñado esas cosas. Ya te ha pasado otras veces. Tú no deberías beber, no te hace bien −advirtió la mujer.

−Hablas como si yo fuese un borracho empedernido. No exageres ¿sí? No soy buen bebedor, como dicen. Lo admito. Pero tampoco es cosa que me interese. Sólo lo hago de vez en cuando. Anoche, por ejemplo, tenía compromiso en lo de Salvador. −dijo Martín Romero.

−Está bien. Entonces no deberías beber nunca ¿Recuerdas lo del dinosaurio? ¡El colmo de la ridiculez! −dijo Amanda.

 

Al tiempo que esto decía, la mujer largó una penetrante mirada por los treinta metros cuadrados del departamento. Caminó hasta la ventana y la abrió. Media vuelta. Mesa pequeña con restos de comida. Más allá, escaparate atiborrado. Al lado, colgadero de ropa a media altura. Pantalón y camisa regados a un costado de la cama. Junto a la mesa, silla de cuyo respaldo colgaban una chaqueta y una cartuchera con el revólver que Rengifo había traído la víspera a Martín Romero.

−¿Y eso? –preguntó Amanda.

−¿Eso qué? –replicó Martín Romero.

−Esa cosa. –dijo Amanda.

−¿Esa cosa? ¿Cómo esa cosa? Es mi arma ¿Qué pasa con ella? −preguntó Martín Romero.

−Primero, que esa no es la que tú tenías. Ésta es más gorda. Pero, además, nunca la cuelgas allí. Siempre te dije que no me gustaba ver esa cosa por allí, y siempre la guardaste en el escaparate ¿Qué pasa? ¿Estás metido en un problema, verdad? ¿Dime la verdad? −dijo Amanda.

−Nada de eso. Me la trajo Rengifo ayer. La dejé allí porque la estaba limpiando. −dijo Martín Romero.

−¿Y por qué la cambiaste? ¿La otra no servía o qué? −preguntó Amanda.

−La cambié por cambiarla. Idea de Rengifo. Como me voy a Buenaventura, se le ocurrió que cambiara de revólver. Eso es todo. No hay nada de malo en ello. Salí ganando, en todo caso. Tú sabes. −respondió sin dar interés al asunto Martín Romero. −Bueno, pero estábamos en lo del dinosaurio. Sí ¿Recuerdas lo del dinosaurio? Uno de mis mejores momentos en la escena del inconsciente. Pobre Daniel. De haber sido yo rey de Egipto, no quiero ni imaginar el trabajo que habría pasado el pobre.

−Daniel, rey de Egipto… ¿qué pasa, Romerito? ¿Ves lo que te digo? Hablas de cosas que no tienen sentido. Como lo del dinosaurio. ¡El dinosaurio! Claro que recuerdo, lo del dinosaurio ¿Sabes qué? Ese día, de haber podido, te habría llevado a un médico de inmediato. Pero, por supuesto, ya sabemos que Romero no cree ni en Dios ni en los médicos. −dijo Amanda impaciente, mientras recogía la ropa regada. −¿Estás seguro de que no hubo nadie por aquí?

−Ahora que lo mencionas: también sucedió en la plaza, por cierto. ¿Sabes que tengo manía por las plazas? No sé muy bien por qué. Quizás sea esa sensación de detenimiento que me inspiran. Sentarse en una plaza es la forma más fácil de concluir que no vale la pena continuar. Por eso los viejos llenan las plazas desde la mañana. Entonces se es libre para pensar cualquier pendejada, sin consecuencias. Bueno, pero en mis sueños, al parecer, siempre tengo una misión. Ese día salvé a la multitud. Era muy temprano en la mañana. Mientras, valientemente sujetaba el largo cuello de la enorme bestia, y me balanceaba con violencia de una lado a otro, saqué el frasco de champú del sujetador elástico de mis calzoncillos (ése día andaba yo en calzoncillos, tú sabes, salí de emergencia) lo regué en la cabeza de la bestia y lo froté hasta sacar espuma. ¡Bien! ¡Bien! ¡Dale! Cómo me aclamaban todos. Con sus brazos en alto y sus ojos llenos de furia, exigian venganza para con la pobre bestia. Sin embargo, esta vez no me aplaudieron. Por poco y me linchan, luego de escuchar mi poema. La gente gusta más de los dinosaurios que de la literatura, digo yo. −relató Martín Romero.

−Lo recuerdo bien, Romero; lo recuerdo bien. Es ridículo. Además, te diré, hay algo que me preocupa. Hablas como si hubiera sucedido en realidad. Mírate: cuentas de nuevo ese sueño, no como quien cuenta un sueño, sino como si hubiera ocurrido en realidad. Eso es lo que me preocupa. A veces no sé qué pensar. No sé si estás hablando en broma o en serio. Ya estás grandecito, Romero, te lo aseguro, y creo que a veces disfrutas más de lo debido del asunto, de este tipo de cosas raras y locas. Es sólo un sueño, y ya. Deberías hablarlo con tu amigo, el médico ¿cómo se llama? −preguntó Amanda.

−Salvador. −respondió Martín Romero.

−Ése. Creo que te dirá lo mismo que yo. Claro, más técnico, imagino. Los médicos saben de esas cosas. Pero tú no puedes seguir así. −dijo Amanda.

−Salvador. Él dice que el nombre le queda grande, que ningún hombre debía llamarse así. De joven jugaba con la idea de asociar su nombre de pila a su profesión. Pero luego… en fin. Los sueños son la otra posibilidad de ser. No recuerdo ahora quién lo dijo. Quién sea. La cuestión es que algo así los hace cosas más serias de lo que normalmente solemos aceptar. Jugamos con lo sueños. Nos reímos, cuando podemos, de lo que vemos en ellos. Pero muy pocas veces nos detenemos en el hecho de que son nuestros, están en nosotros. Somos el mundo real en el que acontece lo que alegremente llamamos irreal. Los sueños son reales, aunque nos parezca estúpida su realidad. Los antiguos no tomaban este tipo de cosas tan a la ligera. −dijo Martín Romero.

−Sí, claro. Quizás deberíamos ocuparnos sólo de los sueños. Sobre todo de los tuyos. Así que ahora, por tus estúpidos sueños, debemos considerarte héroe o poeta. Que bien. Sólo eso nos faltaba. −dijo Amanda

−No soy lo uno ni lo otro. Tú y yo lo sabemos muy bien. Ni siquiera quisiera serlo. Pero si fuese héroe o poeta lo sería como en mis sueños. Así sería mi poesía, así mis actos de salvación. De eso sí estoy seguro. Ese es el punto. −dijo Martín Romero.

−Está bien, Romerito. −dijo Amanda

−Sí. Está bien. Tú no quieres hablar del asunto. Hoy es sábado ¿no? −preguntó Martín Romero.

−Sí ¿por qué? −respondió la mujer.

−¿Y qué hora es? −preguntó Martín Romero cuando, al ver hacia la ventana, se percató de que anochecía.

−Más de las seis. Vaya que andas perdido. −dijo Amanda. Luego, mientras se llevaba las manos a la cintura, agregó −Mira nada más ¿cómo puedes vivir en esta cueva?

−No decías eso cuando vivías aquí. Entonces era nuestro nidito. −respondió Martín Romero.

−Entonces yo lo cuidaba y lo mantenía bonito. No así. Por cierto, toma. Te traje comida de verdad. No esa basura con la que vas a terminar estropeándote el estómago. −la mujer sacó entonces lo que traía en la bolsa.

−Llueve. −advirtió Martín Romero, que había vuelto de nuevo la mirada a la ventana.

−¿Cómo? −preguntó Amanda.

−Digo que está lloviendo. −confirmó Martín Romero.

−Ah, sí. −exclamó la mujer mientras veía hacia la ventana. Luego, con la vista vuelta de nuevo a la mesa, agregó −Vaya, todavía está allí ese florero.

−¿Cómo? −preguntó Martín Romero.

−El florero, el florero…todavía no lo has tirado a la basura. −dijo la mujer.

−¿Y por qué habría de hacerlo? −preguntó Martín Romero.

−No sé. Imagino que no querrías tener nada mío cerca de ti, o que te recordara a mí. −dijo la mujer, al tiempo que sonreía.

 

Mientras esto decía, la mujer se inclinó sobre la mesa con el propósito de recogerla y limpiarla. Apartó con cuidado el florero, no sin antes dedicarle una dulce mirada de triunfo, como la de los competidores cuando toman el trofeo y quieren mostrarse modestos, pero no lo logran. Sí, esa sonrisa dulzona, tan generosa para con el infame espectador y tan corta para con la gigante vanidad que se eleva como una ola en el soso mar de la eventualidad ¿Ya pasó? Ya pasó. Bien, podemos, entonces, volver el rostro al quieto y sano aburrimiento. La mujer recogió vasos vacíos, un plato, varías servilletas a medio usar y un sucio cuaderno. Lo que consideró basura lo fue echando en el bote que estaba debajo de la misma mesa. Luego retomó al centro de mesa el florero y, por último, vació el cenicero. Se entregaba a su tarea con tal ímpetu y convicción que si él, se decía Martín Romero mientras la miraba desde la cama, las hubiera tenido ya hubiera sepultado con sus volúmenes escritos la memoria de Balzac. Al mismo tiempo miraba al basurero, por cuyo borde asomaba una punta del cuaderno ¿Por qué lo hace? Sé que ese cuaderno no vale nada. Tan bien lo sé, que ni siquiera me atrevería a reclamárselo. Pero no debería hacerlo, Podría dejarlo allí, donde está, objeto de una total indiferencia. No se precisa tomarlo así y arrojarlo con tal ímpetu, como si fuese la fuente de todo mal. Quizás, lo que pasa, es que se imagina que ese cuaderno soy yo, la fuente de todo mal. Entiendo, mi amada Amanda, que quieras tomarme por la cabellera y arrojarme con el mismo ímpetu en ese bote de basura. Tampoco me atrevería a reclamártelo. Desecho sólido, que le dicen ahora ¿no? Ah, la cosa humana es como el plástico: no hay forma de deshacerse de ello. Bueno, pero en un mundo que lucha por recuperar su perdido equilibrio ecológico, podría uno, si quiere, hasta considerarse mas o menos valioso. Gracias a Dios. Todo depende de cómo se le mire. Por eso a la basura se le llama ahora desecho sólido. Todos lo somos. Si lo aprendiéramos a tiempo estaríamos un poco más cerca de nosotros mismos. Pero que va; no hay quien quiera una cercanía así. Dios o el amor, lo que sea, cualquier cielo con tal y nos ubique lo más lejos posible de la podrida tierra de nuestra soledad.

Era un cuaderno viejo, maltratado por las veces en que, sin darse cuenta, se había quedado dormido sobre él y por los manchones que la humedad producía tras prolongados períodos de encierro. Estaba lleno de notas y apuntes aislados, sin coherencia o ilación alguna entre ellos. Garabatos. En la primera página aparecía escrita y tachada las palabras "idea general" porque, en algún momento, había pensado escribir algo con cara de libro, novela, tratado o cualquier cosa parecida. Martín Romero nunca supo en verdad qué. Eran los tiempos en que, quizás, tomó más en serio lo que decía el viejo Rangel cuando insistía: tú puedes, Romero, tú puedes; es cuestión de que confíes en esa cabezota que estoy seguro debe servir para algo más que para tragar libros y soñar idioteces. Tengo olfato para estas cosas. Aunque, por otra parte, te diré que, en realidad, nadie debería meterse a escritor, y probablemente a ninguna de esas vainas que son, o se han catalogado, como arte. Arte el de estar aquí sentado llenándose el buche hasta más no poder y que, sin embargo, te quede buche para poder seguir mañana. El arte de quemarse el culo, sin causa que te abrase. Si eres un escritor mediocre, te conformas con lo que haces. Una mierda. Y si eres un escritor auténtico, digámoslo así, nunca estarás conforme, jamás nada darás por terminado; el fin de una obra, por maestra que pudiera ser, jamás sobrevendrá, jamás podrás distinguir a ciencia cierta entre su terminación y tu hastío. Otra mierda. En fin, más o menos así es la cosa. Pero Martín Romero, jamás pensó en ser escritor, no al menos en el sentido sublime que creía desprenderse de las observaciones del viejo Rangel sobre el acto de escribir. Es que para Martín Romero no se trataba de un acto, sino de la mera acción. No se trataba de la tarea cumplida, sino, como en tiempos de la escuela, de cumplir con la tarea. Sólo lo halagaba el placer de escribir algo que supusiera un transcurrir página en página, como si fueran días, precisamente, sin propósito alguno y, por lo tanto, sin terminación. Si eso era lo que debía sentir o no un escritor, era otro asunto. Pero la verdad nada se le ocurría. Tienes que pensar en el género que mejor te vaya, decía el viejo Rangel. Un diario, quizás, pensó alguna vez Martín Romero. Pero ¿quién, salvo una mujer enamorada o un verdaderamente profundo enajenado, tiene la paciencia de llevar un diario? A ver. Martes, 4:30 AM: huele a mierda, Josefina ha puesto el caldero al fuego. Yo, aplastado contra la cama, me niego a mover un dedo ¿y luego qué? El miércoles habría que apuntar lo mismo, y así el jueves y el viernes...hasta nunca parar. Bueno, quizás pudiera ser esa cosa inacabada de la que habla el viejo Rangel. Pero, para mí, que ha de haber vidas de mierda que no sirven para ser apuntadas en papel, como ésta de imbécil del quinto. No, pasa que sólo ve el que tiene ojos para ver, diría siempre orgulloso de su sublime fracaso el viejo Rangel. Entonces, será que hay quien sólo los tiene para oler. 4:30 AM: huele a mierda. Sí, debe ser.

También hubo días en que pasó largo rato en la biblioteca de Montenegro contemplando los tomos más gruesos. Los había que, medidos en cantidad de papel y tamaño de letra, eran realmente impresionantes ¿Cómo es posible que alguien tenga tanto que decir? ¿Cómo se hace para vivir con tanto encima? Por Ánimas hay un recoge latas que debe llevar una existencia más ligera que la de estos. Entonces se convencía de que jamás lograría nada parecido, ni siquiera en el peso. Pese a su indolencia, había días en que pensar era ejecutar un maquinal recorrido por las calles ciegas del pensamiento, extraviarse en los escondrijos de un alma que, como sentía en sus sueños ridículos, no sabía tener. Pero nada de eso, en realidad, podía ser dicho, escrito ante la simpleza de un: !que vaina!, me estaré volviendo un poco loco. Más de allí, cualquier cosa que pudiera decir le parecía un exabrupto o una estafa. En momentos así sobrevenía un prolongado insomnio que lo dejaba a solas consigo mismo como una puta sin oficio parada en cualquier esquina de la madrugada. Tal fue la víspera, cuando, casi al amanecer, llegó de casa de Salvador. Entonces Martín Romero tomaba el cuaderno en el que había ido vertiendo las vagas conjeturas de sus aburrimientos más recientes. A ver. Mira nada más. Que letra tan fea. Cuánto has decaído desde los tiempos en que realizabas las planas a punta de que mi mamá me ama y yo amo a mi mamá, sin que para nada importase la peliaguda cuestión del amor, sino que esas líneas fuesen lo más rectas posible y esas letras bien redondas, como pelotas con rabos a un lado y otro. Si te viera tu maestra: Martín Romero ¿el escritor?; te tiraba de las orejas ¿Ésa? Siempre me recriminaba porque yo no quería escribir por el reverso de la hoja ¿Por qué es malo escribir allí, a ver? ¿No es una página igual que todas las páginas? ¿No es tan página como la que más? No, maestra. Es una mierda. Claro, lo digo ahora, con la serenidad, convencimiento y aplomo de que soy capaz de dirigirme a la imagen difusa de aquélla que, por entonces, tenía a cargo mi educación y me pillaba sospechosamente ensimismado con la punta de la hoja en la punta de mis dedos, paralizado en medio del aborrecible pasaje. Odiaba aquella moral comunista aplicada a las hojas de un cuaderno. A los hombres está bien, cabe. Pero ¿a quién se le ocurre comparar el placer de iniciar una hoja por el anverso con la repugnancia y la decepción de continuarla por el reverso? Hubiera preferido mil veces escribir la mitad de lo que he escrito, obtener la mitad del grado y la mitad de las calificaciones a las que haya podido hacerme acreedor, haber egresado medio bachiller, medio licenciado, con tal y no tener que escribir en ese lado de la hoja. Claro, lo digo ahora, cuando ya no importa, a una maestra muerta que si no ha muerto tampoco importa. Era una mujer un poco gorda y un poco chica. Aunque es posible que su poca estatura hiciera verla más gorda de lo que realmente era. No podría asegurarlo. Es una duda que me sobreviene ahora, cuando, basado en mi memoria, intento describirla. Vestía de falda negra a la altura de las rodillas, o casi siempre oscura, y blusa en tonos amarillos y azules que caía por fuera, de modo que jamás lograría determinar con precisión la línea de su cintura. Esto también genera mucha ambigüedad en cuanto a su real gordura. De modo que mejor retiro lo de un poco gorda. Sólo diré chica, o más bien retaca. Sí, así está mejor. Luce retaca, gruesa y de poca altura. Eso le da un muy ligero toque siniestro que es lo más inconfundible que guardo de ella. Sólo un toque. Cielos, como se pierde, difumina la ruda geometría de lo vivo en el tenue y frágil humo muerto del recuerdo cuando éste logra elevarse hasta las narices de nuestra conciencia. No la odie y tampoco la amé. Tengo la sensación, no se por qué razón, según la imagen que de ella guardo, que en eso yo no me distinguía de otros, que nadie la odió, nadie la amó. No tuve la suficiente intimidad con ella, por razones de tiempo, y se entiende que mucho menos por razones de edad, como para afirmar esto con argumentos lo suficientemente sólidos. Pero esa es la idea que de ella obtengo al hurgar en los anaqueles de mi memoria. Es decir, ella está allí, como cualquiera de tantos objetos: silla, escritorio, pupitre, pizarrón, cuaderno, hoja, mañana tibia, bullicio de niños que viene desde el patio, sudores, olores, su voz monótona, algo chillona y al mismo tiempo adormecida que va desgranando párrafo a párrafo el dictado. Todos comprendemos ¿Qué dijo? Menos Rengifo. Ese nunca entendió nada. Me doy cuenta que está allí, objeto inservible en un rincón sobre el que sin querer he posado la mirada, porque noto la dicha ausencia de odio y amor a la que ahora me refiero y que sólo ahora puedo nombrar así. La mujer se calla por un rato corto pero muy largo para un dictado. Todos miramos a Rengifo, su cabeza gorda cubierta de enmarañados rizos casi metida en el cuaderno. El dictado continúa. La mujer, sin embargo, se ha desvanecido. Supongo que, en realidad, lo que se ha desvanecido es el hecho, de por sí ya muy difuso, de ser mi maestra. Como sea, desaparece de escena. Si la dejó, en mí, su huella se pierde con ella en mí. No hay significado. Lo lamento, en caso de que hubiese que lamentar algo así. No quisiera parecer ingrato. Sólo queda su voz, aquel dictado monótono que ni siquiera su muy factible muerte acalla ¿Qué dice? Insiste Rengifo. Y el silencio corto pero muy largo para un dictado tampoco le pertenece ya a la desaparecida maestra. Yo permanezco inmóvil con la punta de la hoja en la punta de los dedos. Estoy en medio del pasaje fatal. La veo venir. Ha cerrado el libro. Ha insertado su dedo índice en medio de las hojas para marcar la que estaba leyendo en voz alta para todos nosotros. Amanece. Inician las chenchenas…Sí, hasta recuerdo algún fragmento de aquel dictado. Su inicio. Pero nada de eso le da significado a ella. Sólo su voz, el ruido de su voz, no lo que dice a mí y a todos. Sólo su voz, el ruido de su voz en pausa, sólo en pausa, sin dejar por eso de ser su voz, ahora frente a mi pupitre. Con el libro entero señala aquél reverso que detesto ¿Por qué es malo escribir allí, a ver? ¿No es una página igual que todas las páginas? Podría decir ahora, como el bruto de Rengifo entonces ¿Qué dice? Quizás Rengifo no era tan bruto como todos creíamos, sino una oculta inteligencia precoz capaz de percibir sólo el ruido de aquella voz, lo que yo he tardado tantos años en percibir. En suma, las observaciones de aquella mujer tampoco me pertenecen más, son parte del aborrecimiento que me inmoviliza, antes como ahora. Si vuelvo sobre este asunto, por ella no será. Me doy cuenta. Nada hay que anotar, pues, en este cuaderno.

Luego Amanda se puso a trapear el piso. Martín Romero dejó de mirar la punta de aquél cuaderno, para fijarse con más detalle en la mujer. Entre las cualidades morales de Amanda había que contar, aparte de su profunda fe en Dios, su obsesión por la limpieza, acaso más profunda todavía. Tan orgullosa se sentía de ello que Martín Romero siempre se sintió, más que un miserable ateo, un puerco miserable. Alma de puerco ¿Te imaginas? Romero esperando paciente a las puertas del cielo a que Pedro, del otro lado de la verja, pañuelo en la nariz, se digne abrir. Romero, romerito, clama Amanda desde el mismo lado por su amado cerdo cubierto de suave túnica y adornado con aureola flotante entre las picudas y rosadas orejas. Pero ni se te ocurra hablar de ello en este momento. Con lo del dinosaurio es más que suficiente para una jornada. Romero, romerito, mira nada más; el polvo te va aplastar vivo si yo no estoy aquí. Habla la salvadora, que, por ahora, se sobrepone a la condenadora. Cierto que sus carnes se habían aflojado un poco, que los plomos del tiempo comenzaban a colgarse de ellas, pero, aún así, las mujeres buenas, las que tienen las caderas y espaldas de Amanda, las que han sido forjadas en los hornos hormonales de la biología, deberían olvidarse de la perfección moral: las falsea, aunque las dignifique como humanos, las idiotiza como animales. Esto pensaba Martín Romero cuando se fijó en sus muslos y sus pantorrillas gruesas, sus nalgas ligeramente asomadas por el borde de la falda, los pies graciosos, en puntillas, ahora, mientras limpiaba la parte alta de los vidrios de la ventana.

 

−Ya puedes bajar los pies −dijo Martín Romero.

 

La mujer sonrió. Debe haber entendido que aquello quería decir que se metiera en la cama, porque se metió. Bueno, sí, lo pensé. Pero no fue mi intención. No me hubiese atrevido a pedirle nada parecido, por temor a que me rechazase o se ofendiera. Qué sé yo. Sé que suena falso, o cuando menos necio. Pero así fue. Yo sólo la observaba en la distancia, extasiado en la lejanía de su piel cuyo aroma y calor podría yo recordar a kilómetros de existencia, como si los tuviese a mano. Yo estaba conforme con esperar mi entrada al cielo, sin la esperanza de entrar. Jamás he albergado semejantes ambiciones. Porque, para ello, se requiere de un alma que no poseo. Cuando muera, al Hades, a vagar como un espectro. Ahora, que aún tengo memoria, lo sé; entonces, para cuando la haya perdido, ni siquiera habrá forma de saberlo. Al ritmo del manoseo y el dudoso estar del sueño, seguía yo a la distancia aquel aroma y aquel calor. Mas lejanía, más aroma y más calor fue lo que vino después en oleadas de pasión que descomponían el quieto mar de la noche.

 

Una jornada más, se dijo Martín Romero cuando, casi al amanecer, correteaba por la habitación y daba de zapatazos al suelo, hasta que crujió la piel reseca y se mezcló con la leche salida de dentro.

 

−No sé por dónde se pudo haber metido ese bicho. −dijo a Amanda, que lo observaba desde la cama y había permanecido despierta desde la madrugada.

−Siempre dejas las ventanas abiertas −dijo Amanda, y salió de la cama.

−¡Oye, oye! No es mi culpa ¿eh? −se quejó Martín Romero.

−Está bien −cortó Amanda.

−¿Qué pasa? −preguntó Martín Romero.

−Nada −volvió a cortar la mujer.

 

Martín Romero intentó recuperar de nuevo el sueño. Era la mañana de todos los días. El mismo ciclo de sueño y desidia. Una luz azul grisácea manchaba con su sucio habitual la cortina que cubría la ventana por la que, probablemente, se había metido el bicho. Esa fue ella que, luego de estar limpiando con tanto afán esa ventana, se metió aquí, en la cama, y la dejó abierta. Ahora resulta que yo. Casi que salgo al mugroso patio y a empujones me traje el bicho hasta aquí. A empujones el día, que se abría paso una vez más, con un contundente puñetazo de luz y calor sobre la débil humanidad de la modorra. Martín Romero despertó del todo cuando llegó hasta él el aroma del café que Amanda colaba en la cocina. Hay para quienes el amanecer es símbolo de esperanza; para Martín Romero un golpe de estado dado al reino del letargo. Sin voltearse, estiró la mano hacia la mesa, palpó hasta dar con la caja de cigarrillos y encendió uno. En ese momento comenzó a llover de nuevo.

Ahora sí, al voltearse, Martín Romero quedó viendo a Amanda parada frente a la estufa, mientras preparaba el desayuno, como si estuviera a solas, o más bien envuelta en un silencio que la desolaba. Aquel debía ser un silencio hecho de calendario deshojado, maternidad inconclusa, y frustración. Con la cabeza aún hundida en la almohada, los ojos del hombre recorrían poco a poco el cuerpo de la mujer, desde la cabeza con el cabello recogido arriba, se iba por la espalda oculta bajo la dormilona corta y transparente, las piernas, las pantorrillas, el pie derecho graciosamente apoyado sobre el izquierdo. Siempre coloca los pies así. No sé cómo lo hace. Yo ya me hubiera caído en el intento. Pero ella podría permanecer así durante horas. Nada tiene que ver con que esté alegre o, como ahora, contrariada y con deseos de estrellarme esa sartén en la cabeza. Son pies con una inteligencia aparte del resto del cuerpo. Por alguna razón se ha convencido de que su Romero, romerito se decidiría, como siempre le había propuesto, a largarse con ella. Por eso ha vuelto. Pero, en realidad, ha sido muy estúpido pensar en que algo así sería posible. Sólo ahora se da cuenta, asomada al abismo que siempre deja el coito de por medio. Este sujeto es un monstruo insensible, o algo por el estilo se debía estar diciendo. Bueno, recapacitaba, Amanda. La verdad no es malo, pero está como hechizado por la pereza. Nunca llegará a nada. Hay sujetos así. Y éste, no te digo, casi cuarenta, y soñando con poetas y dinosaurios de plaza pública ¿Qué se puede esperar de un sujeto así? En el fondo no es más que un niño conformista. En el fondo tiene miedo ¿Pero miedo de qué? Ella podría serle fiel, ser su apoyo en las buenas y en las malas, y con esos pies ¿quién lo niega? Toda una vida para compartir juntos todo aquello que tuviera a bien concederles ¿Por qué no puede este sujeto sentirse atado a ti por una lealtad semejante a la que lo ata a Montenegro? Buena pregunta ¿eh? Sí, muy buena pregunta. Tan buena, que sería estúpido responderla. Y mientras Martín Romero hacía tales disquisiciones, hasta las manos frías de Amanda llegaba el calor del fuego, y seguía de largo, sin sentirlo, hasta su vientre pegado al borde del cajón y oculto tras el delantal curtido. Luego de terminar el cigarrillo, Martín Romero se levantó, y se sentó a la mesa donde Amanda le sirvió una taza de café.

 

−No sé… −dijo Martín Romero.

−¿No sabes qué? −preguntó Amanda.

−La cucaracha ...Yo no abrí la ventana. −dijo Martín Romero mientras se rascaba la cabeza.

−Entonces debe tener llave. Al menos tiene más que yo ¿No te parece? −dijo Amanda con forzada ironía.

−Bueno, al menos no recuerdo haberla abierto. Eso es lo que quiero decir. −dijo Martín Romero

−Llegaste demasiado bebido para recordar nada. Y luego, supongo que ni siquiera recuerdas lo que hicimos ¿verdad? −preguntó la mujer

−Oye, espera un momento. Eso fue lo que dijiste ayer respecto a anteayer. Anoche, cuando nos acostamos, ya era otra historia. Así que no exageres. Es más. Ahora recuerdo que cuando llegaste ayer tú abriste la ventana. Para limpiarla ¿recuerdas? −dijo Martín Romero

−Está bien, Romero: es mi culpa ¿Ahora qué? −preguntó Amanda

−No he dicho eso. Sólo confirmo que yo no abrí la ventana. Es decir, la ventana estaba abierta y por allí se debe haber metido el bicho. Eso es todo. −respondió Martín Romero, con el convencimiento de quien soluciona un enigma.

−¡Oh! Una vez más la portentosa mente deductiva del detective Romero ha solucionado el complicado caso de la cucaracha ¿Para qué preocuparnos, si estamos en tan buenas manos? El salvador de la plaza no sólo es poeta y lucha contra temibles dinosaurios; también sabe por dónde se meten las cucarachas y quién ha dejado la ventana abierta. Pero quien sabe si su mente se tome algún tiempo todavía en darse cuenta de que lo importante ahora no es la cucaracha. Veamos si puede apartar la mirada por un instante de sus heroicas hazañas para preguntarse por qué vine aquí ¿No hay gente en la plaza a la cual salvar hoy domingo? A ver. No. Parece que los domingos los dinosaurios no van a la plaza. Nuestro héroe puede estar tranquilo. El dinosaurio no se va a comer a nadie hoy. −dijo la mujer.

−Está bien, mujer. Está bien ¿De qué se trata? −se resignó Martín Romero.

−¿De qué se trata? ¡De que estoy aquí ¿entiendes? La mujer que te ama está aquí ¿No te has dado cuenta? Acabamos de hacer le amor ¿No te has dado cuenta? Claro, no lo hicimos en la plaza. Quizás sea eso lo que necesitas para tomártelo en serio. Si quieres nos vamos a la plaza y lo hacemos en un banco. No tengo ningún problema, con tal y logre hallar en ti el más mínimo rastro de sensibilidad, Romero. −dijo Amanda.

 

La mujer se detuvo por un momento, mientras observaba impaciente a Martín Romero sumido en el silencio.

 

¡Mierda! expresó Martín Romero.

−¿Es todo lo que tienes que decir? −preguntó la mujer.

−Sí, creo que sí. −respondió Martín Romero

−Dime algo ¿Es que acaso piensas pasar allí el resto de tu vida?– preguntó la mujer

−No. Antes terminaré mi café y me levantaré a cepillarme los dientes. −dijo Martín Romero

−¡Por todos los santos, Romero! Me refiero al pueblucho ese a dónde te manda el Montenegro. −aclaró Amanda

−Ah, eso. No lo sé. Ni siquiera sé cuánto suma ese resto. Supongo que dependerá de Montenegro. No tengo opción. No es algo sobre lo que yo decida, ni sobre lo que yo quiera o aspire decidir. −respondió Martín Romero.

−Claro, tú no tienes nada que ver en tu propia vida. Todo es responsabilidad de Montenegro. No te disculpes con algo así, por favor. Tú supuesta lealtad al viejo no es más que una excusa para huir de ti mismo. −acusó a Amanda.

−Aunque así fuera„ para algo así no necesito excusas, te lo aseguro. Hago lo que me indican, sigo instrucciones y a veces hasta me aburro. Por algo así, me pagan lo suficiente ¿Sabes una cosa? Montenegro, entre otras cosas, me dijo que yo era el tipo indicado, que no se había equivocado el día que me contrató. Yo no soy un ejecutivo, sino lo que él llama un ejecutor. Y creo que tiene razón. Es algo que a cualquiera le sonaría horrible en este mundo moderno y lleno de sensibles como tú. Pero para mí está bien. Me encaja perfectamente. Quién sabe. Quizás, sin quererlo, hasta haya yo descubierto la verdadera felicidad al haberme ahorrado mil preguntas que ya no me hago o me hago sólo en mis fases lunares de aburrimiento, para matar el lunar aburrimiento. Hasta que, de pronto, llega Montenegro: Romero esto, Romero lo otro. Allá va Martín Romero. −replicó Martín Romero.

–¡Vaya! Yo esperaba algo más. Pero veo que esto es prácticamente la despedida. Como que tiene razón Montenegro ¿Sabes? En verdad, creo, no eres mejor que el viejo. La única diferencia entre tú y él será, acaso, el dinero. Y, al menos, el viejo lo tiene a montones. Pero tú, Romero ¿No has pensado lo que vas a ser en el futuro? Y cuándo estés viejo ¿qué pasará, eh? ¿No has pensado en ello? ¿O es que tienes la fórmula de la eterna juventud, o algo así? ¿Sabes algo, Romero? Cuando estés viejo, te vas a la plaza, pero no a luchar contra dinosaurios, y leer poemas estúpidos a la gente, sino a podrirte en tus propias lamentaciones y achaques. Porque, te lo juro, actitudes como la tuya se pagan, y se pagan caro. Por eso es que, después, cuando están viejos y bien acabados, se quejan. −dijo Amanda.

–Ya estoy viejo. A veces pienso que ya debo haber muerto varias veces y que, sólo por majadería, me repito una vez más. Mira, Amanda, en verdad, sé que debo parecer el peor de los hombres. Está bien. Pero, créeme, Amanda, he hecho mi mejor esfuerzo. −dijo Martín Romero.

−Estoy harta ¿entiendes? −dijo Amanda.

−Eso quiere decir que también tú has hecho tu mejor esfuerzo. −dijo Martín Romero

−Maldición, Romero. Me doy por vencida. Esto no tiene remedio. −dijo Amanda, y se echó a llorar.

 

Aún tenía en sus manos sudadas las nalgas sudadas de Amanda. Aún tenía frente a si la vulva grosera y muda de Amanda. Aún tenía su cuello sobre el suyo, y un leve olor a champiñones que venía de debajo del cabello y de la nuca. Ahora, además, tenía el llanto de Amanda. Todo se mezclaba en un sólo tener demasiadas cosas juntas e inaprensibles para una manos agotadas ¿Y qué podía decir? Entonces tocaron a la puerta.

 

−Hola, Romerito −dijo Glamour.

−Hola −respondió Martín Romero, mientras sostenía la puerta abierta y veía las pantuflas de conejo de Glamour.

−¿Ya supiste? −preguntó Glamour.

−¿Supe qué? −replicó Martín Romero.

−Lo de Josefina, mi amor −dijo Glamour.

−¿Qué pasa con la vieja? −preguntó Martín Romero.

−Bueno. No con ella, con el viejo. −dijo Glamour.

−¿Qué pasa con el gordo? −preguntó Martín Romero.

−Se murió el gordo. −dijo Glamour.

−¿Se murió el señor Tequeño? −bisbisó Martín Romero.

−¿Se murió quién? Yo me refiero al gordo, al marido de Josefina. −dijo Glamour, sin entender lo que había dicho Martín Romero.

−Está bien, está bien. Digo que si se murió el marido de Josefina. −aclaró Martín Romero.

−Eso. −replicó Glamour.

−¿Cuándo? ¿Cómo? –rectificó Martín Romero.

−Y tú qué, Romerito ¿Vives en otro planeta o acabas de llegar? El viernes, mi amor; el viernes. Casi a la media noche.

−Vaya. Y tan contento que estaba el viejo con el aparatito que le sacó hasta el último centavo. −dijo Romero mientras señalaba hacia el corazón. −No digo yo. Y ¿cómo sucedió el asunto? ¿Estabas aquí? −preguntó Martín Romero.

−Yo volví temprano el viernes, y cuando esperaba el ascensor (tú sabes, esa mierda casi nunca funciona) escuché los gritos de Josefina. Ni siquiera llegué al cuarto, sino que me detuve en el segundo y bajé corriendo por las escaleras. ¡Uy! Eran unos gritos desgarradores que me pusieron los pelos de punta. Te lo juro. −relató Glamour.

−Sí, me imagino.−dijo Martín Romero mientras observaba la cabellera siempre alborotada de Glamour más alborotada todavía.

−Si no es porque reconozco la voz de la vieja, te lo juro que salgo corriendo. Bueno, pero me fui a su casa, toqué varias veces, hasta que en una de esas abrió y se me fue encima. ¡Se murió, se murió!, seguía gritando y llorando, y señalaba hacia el baño. −mientras esto decía, sujetaba a Martín Romero por el cuello para ilustrar la escena. −Yo quería pasar a ver, pero ella, en la desesperación, no me lo permitía. Cuando logré medio calmarla, me fui hasta allá, corrí la cortina y allí estaba el gordo sentado en el piso de la regadera. Estaba morado. Los médicos dicen que le estalló el corazón. −se detuvo Glamour

−Pobre −acertó a decir mecánicamente Martín Romero, mientras pensaba en el microondas que le había comprado esa noche al señor Tequeño. Por cierto, el microondas ¿Qué pasó? Nadie lo mencionó aquella noche en casa de Salvador. Mierda. Seguramente se quedó en el carro. No, no se quedó allí. Se lo di a Sofía. Sí, recuerdo su cara cuando puse el aparato en sus manos. Mejor hubiera sido dejarlo en el carro.

−Sí, pobre. Y ¿qué te cuento, Romerito? ¡Para sacarlo!. Uno no puede estar tan gordo, ni siquiera sirve para morir. Mira que estaba pesado el gordo ¿eh? Al principio los bomberos intentaron levantarlo de una vez. Pero que va, mi amor. Se le deslizaba de las manos; además, el gordo, enjabonado como estaba. Entonces tuvieron que ducharlo allí mismo. Luego, medio embojotado en unas toallas, fue que lograron llevárselo, y eso entre tres y sudando. Menos mal y vivía en la planta baja ¿no?.

−Sí. Menos mal −consintió Martín Romero.

−Bueno, Romerito. Vine a avisarte. Lo están velando desde ayer y creo que ya deben estar por sacarlo al cementerio. Pobre. No hay nada, Romerito, nada. Pendemos de un hilo. −dijo Glamour.

−Sí, y si se es tan gordo como el señor Tequeño, imagínate. −dijo Martín Romero.

−Más respeto, Romerito; más respeto. Bueno, también vine a pedirte un poquito de sal ¿si? Me la pones aquí, en esta tacita. −dijo Glamour

−Sí, claro. Espera un momento. −Martín Romero tomó la sal de la cocina y la trajo a Glamour.

−Gracias, Romerito. Eres un amor. −se despidió Glamour

−¡Mierda! Por eso no hubo olor a aceite quemado en la madrugada. Pobre Josefina −dijo Martín Romero luego de cerrar la puerta.

−Ay sí ¿Romerito? −dijo Amanda, vuelta del sollozo al enfado.

−¿Qué? −preguntó Martín Romero, mientras veía a la mujer vestirse para marcharse.

−¿Qué? ¿De cuándo acá te gustan los maricas? ¿Ahora resulta que también eres raro? Esto es el colmo, Romero. −preguntaba Amanda que iba de un lado a otro.

−¡Oye, oye! −exclamó Martín Romero

−Me das asco, Martín Romero. Pero quizás hayas encontrado lo que necesitas para ser feliz. Es posible. Ahora sí. −concluyó Amanda y salió tras un contundente portazo.

−¡Oye! −dijo todavía Martín Romero.

 

El resto de la mañana, Martín Romero lo pasó, a ratos, pensando en ir al sepelio del señor Tequeño, a ratos en el desencanto de Amanda. Abría el escaparate a ver que podía encontrar allí de ropa oscura. Debe ser un gran ataúd, muy espacioso. Aún así, han de haberlo forzado para poderlo cerrar. Cuantas manos presionando con cuanta fuerza sobre la tapa pulida. Más. Ya casi. Menos mal y el alma va por separado, porque lo que es éste no cabe entero. Que no se vaya a salir la grasa por los bordes. Vaya banquete el que se van a dar los gusanos. Cuidado y no les alcanza la eternidad ¿Y quién lo va cargar? Serán más caros estos por el sobrepeso. Seguramente Josefina tendrá que pagar por ello. Pobre. Aunque, quién sabe. Ya, a esta hora, se lo han de haber llevado. Cielos, el saco de siempre. Estará bien. Si Rangel se entera: lo que es bueno para buscar trabajo, es bueno para acompañar al difunto a su ultima morada. Estará bien.

Para cuando Martín Romero llegó a la funeraria, ya todos se habían marchado. Lo sabías. Sabías que llegarías tarde y, sin embargo, te viniste. Me empeñé en ello. Sentía que tenía que cumplir con el gordo. No sé por qué. Quizás aquellos ojos de la mañana del viernes, cuando se mostraba feliz, hasta donde podía, por haber vuelto a la vida gracias al aparatito ese que lo obligó a deshacerse hasta del microondas.

 

−Si se apura UD. un poco, a dos o tres cuadras, aún debe alcanzar la cola del cortejo. −dijo el funcionario a cargo.

−Sí, claro. −dijo Martín Romero.

−Que muy nutrido no era, le digo. −agregó el funcionrio.

−¿A qué cosa se refiere? −preguntó Martín Romero.

−El cortejo, digo…me refiero al cortejo…−aclaró el hombre.

−Ah, sí. Eso. −dijo Martín Romero.

−¿Es UD. de la familia? −preguntó el funcionario.

−Más o menos. −dijo Martín Romero.

−Cuánto lo siento. −dijo el hombre.

−Sí, claro. −dijo Martín Romero, y se puso en camino en la dirección por la que, según indicaba el otro, se había ido el cortejo.

 

Si aprietas el paso alcanzas al difunto Tequeño en el seguramente estrecho ataúd a su última morada. Y si aprietas el culo, hasta puede que entiendas por qué coño te empeñas en algo así. A ver. El gordo infartado se va a la tumba. El inquilino del quinto intenta alcanzar el cortejo ¿Qué relación puede haber en ello? Quién sabe. El gordo infartado no es cualquier gordo, es el señor Tequeño, y lo es en tanto que tú lo has nombrado así. Y el inquilino del quinto es el estúpido del quinto, quien así imagina haber sido nombrado por aquél. Es el problema de nombrar las cosas; uno se posesiona de ellas, se hunde, como Dios, en el inútil compromiso de darles vida, y termina, como Dios, poseído por ellas, atrapado en una mutua contemplación entre lo uno y lo otro igualmente inaccesibles. El lenguaje es la convención de los silencios. Ah, si tuviera el cuaderno aquí. Me habría gustado apuntar esto.

Se fue el gordo. Jamás lo alcanzaré. Pero sé muy bien que no lo necesito para seguirlo contemplando. Allí seguirá el señor Tequeño de aquella, mi historia, y del que tan sólo conocí su volumen y sus ojos perdidos en aquél volumen aquella mañana de aquel viernes que viene a mi memoria en medio de éste desierto dominguero mientras camino a paso rápido a ver si alcanzo el cortejo que lo conduce al cementerio. Todo lo que tengo de él es un lejano aquel respecto del cual, sin embargo, si lo considerara necesario para mí, podría escribir un libro tan gordo como él. A ver. Érase una vez un gordo como un tequeño gigante movido por un pequeño marca paso. Quizás, a esta hora, ya lo deben estar bajando a la fosa. Bueno, después de todo, quizás ese libro no iba a ser tan gordo como pensé. Claro que no, Tolstoi. Tú sabes bien que esta historia, como todas las demás, cabe en el mismísimo cuaderno que Amanda dejó allá en el bote de la basura, Romero. Así que no exageres. Y toma el camino de vuelta antes de que empiece a llover de nuevo. Sí, ya voy, ya voy, Ya me vuelvo, quiero decir; sólo un poco más que, aunque no alcance ver el cortejo, voy detrás, acompañando al señor Tequeño a su última morada. Es como ir en el cortejo, sólo que a cierta distancia, claro. Dos o tres cuadras, dijo el funcionario de la funeraria. Pero, en circunstancias como estas, qué puede importar metros más metros menos. Si cuando de morir se trata siempre se hace en medio del mismo pelado universo. En fin, allí va el gordo, el señor Tequeño. Que ir, en realidad, no va. El que va soy yo, dos tres cuadras atrás, la cola de la cola del cortejo ¿qué puede importar? ¿Lluvia? Como que mejor me vuelvo. En la próxima esquina. Ya. Una esquina más. Hazlo por el señor Tequeño, Romero. El último empujón al cementerio.

Por fin, de vuelta. Pero no llovió hasta el anochecer. Una vez más, Amanda. Como no consiguió a nadie, debe haber dejado allí, introducido por debajo de la puerta, el sobre que Martín Romero se topó a sus pies cuando abrió. Pese a estar de vuelta, se sentía que todavía iba en el cortejo fúnebre del señor Tequeño. Lo seguiré por el resto de mi vida, pensaba Martín Romero cuando se agachó para recoger aquel sobre. No me gustan los sobres con mensajes adentro. Me dan miedo. Prefiero que permanezcan cerrados, pues abrirlos siempre augura un desastre. Pensó que era mejor guardarlo así, sin abrir. Sin embargo, al rato, luego de colocarlo sobre la mesa y no dejar de mirarlo de reojo, decidió abrirlo. En efecto, como para rematar su faena sentimental del día, la mujer vino a decirle que él era como la sarna, a la que sólo se le arranca con piel y todo. Debe haberse arrancado piel y todo escribiendo aquello. Una letra redonda, grande e infantil. Sólo las mujeres pueden alcanzar a un mismo tiempo, pensó Martín Romero, los extremos de la fascinación y el desprecio. Sin saber cómo lo hacían, supuso que parte de la virilidad consiste en no saberlo. De la mañana a la noche se había transformado de "mi rey" en "un cretino". Del dulzón "Romero, romerito", sólo quedaba un segundo trastazo violento de la puerta tras el cual, una vez más, se marchó la mujer. El era ahora la piel colgada de los huesos de un tiempo que ya no era y que, desde las profundidades del ser gastado, la pensaba, se secaba al rozarlo el cierzo de su muerte transcurrida.

Martín Romero se agachó y tomó de debajo de la mesa el bote de basura. Sacó el cuaderno que, durante todo el día, había pensado dejar allí para siempre. Afuera seguía lloviendo. Ya cesaría el aguacero. Martín Romero permanecía vuelto a la madriguera inmunda del pensamiento. La lluvia, pensó Martín Romero mientras escuchaba las gotas golpear contra los techos, bien podía ser algo sublime, halago gratuito para el espíritu poético que a algunos vuelve cursis y bellos. La lluvia podía ser un milagro, fuente de éxtasis y reflexión para quien pueda seguir pensando. Pero cuando se está del otro lado, eso allá afuera, cayendo limpio y cristalino sobre la tierra del humano fracaso, no podía ser más que una lluvia de mierda.

TEMPORAL

Una historia acerca del hecho de escribir historias

(novela filosófica) 

...sucede que la vida no tiene inicios ni finales, y que sólo en el ámbito y contexto de una narración es susceptible de adquirirlos. Lo que me recuerda, por cierto, aquello que una vez dijera Beckett: ese fue mi error, uno de mis errores; exigirme una historia, cuando sólo la vida bastaba. Si es así, entonces estoy aquí para perpetrar mi propio error. Y hasta puede que ésta sea la forma de haber empezado a hacerlo. Más me vale.

Introducción General

El Bolívar histórico del que se ocupa este trabajo no es, hablando en términos rigurosos, el del pensamiento político y la estrategia militar, aunque, desde luego, mucho tendrá que ver con ello. Pero no es un análisis de ese tipo lo que busco en su discurso sino, más bien, al discurso mismo como herramienta del político y el hombre de guerra. Se trata del Bolívar de la palabra. El lenguaje como signo de conciencia histórica, como dimensión de temporalidad y como fuente de heroicidad. Del discurso de Bolívar no me interesa tanto el pensamiento como su narrativa; su inteligencia política o militar, como la semántica o discursiva. Del Bolívar histórico no busco la verdad, sino el estilo.

Introito

Un día, cuando todavía era estudiante de historia y me desempeñaba como investigador en el archivo histórico del antiguo Congreso Nacional, al fondo de la bóveda, en medio de un cúmulo de trastos tan viejos como valiosos, me topé con una desvencijada edición del Diario de Bucaramanga. Sumido en la molicie que mi burocrático cargo ya me inspiraba, aquél libro me distrajo y, allí mismo, en un improvisado asiento de cajones, lo leí. Para cuando retorné de la bóveda, mi imagen de Bolívar -como la de casi todos, determinada por ese formalismo patriota propio de la historiografía de banco de escuela, como la llama Vallenilla Lanz- cambió. Este libro es el resultado de un intento por captar y comprender aquello que cambió.

CARTAGENA: del destierro a la gloria

La Memoria dirigida a los ciudadanos de la Nueva Granada por un caraqueño, mejor conocida como el Manifiesto de Cartagena, se considera el primero de los grandes documentos políticos de Bolívar. Fechado 15 de diciembre de 1812, recoge la experiencia del incipiente gobierno republicano que, a mediados de ese mismo año, ha sucumbido en Venezuela bajo los embates del ejército español. Se trata de una memoria de la derrota, producida por alguien que ha participado como oficial en la guerra el gobierno español y que, salido al exilio, ha llegado a la Nueva Granada con el propósito de obtener hombres y recursos que le permitan invadir su país de origen y restablecer la república. Esta memoria no es, pues, el mero relato pasivo de lo que aconteció, de cómo el ejército español ha vuelto a tomar de una de las plazas más importantes y estratégicas de la América insurrecta, sino del plan para recuperarla. Se expone aquí el análisis crítico de una experiencia republicana particular, de la que se extraen conclusiones políticas y doctrinales que proporcionan una nueva perspectiva del proceso de emancipación no sólo en Venezuela, sino en toda la América Meridional. Se puede compartir en mayor o menor medida tales conceptos. Pero, en cualquier caso, es indiscutible que estamos ante la primera visión sistemática, general y de conjunto que, más allá de la dimensión logística y militar que impone la guerra, nos proporciona el primer concepto histórico y estratégico de la emancipación americana. Al menos, el primero producido por un soldado con una clara visión política. En este sentido, estamos ante la primera teoría revolucionaria de la lucha por la independencia.

CARÚPANO: vindicta, libertad y barbarie

En el Manifiesto de Cartagena nada indica Bolívar respecto a la cuestión social. Cuestión ésta tan conflictiva que, siglo por medio, llevaría al historiador Vallenilla Lanz a definir la guerra de independencia como una guerra civil. De ello nos da una particular perspectiva el Manifiesto de Carúpano. No pasó mucho tiempo para que el discurso de Bolívar hubiese de encarar el tema tabú en Cartagena. El momento sobrevino con la caída de la Segunda República, tras ese fenómeno tan contundente como efímero que fue Boves para el proceso de independencia. Efímero en cuanto a su personal actuación y liderazgo, pero en alguna medida permanente en cuanto a la guerra como forma de vida para los sectores populares y el ejército como vía de transformación de una estructura social que hundía sus raíces en la colonia. Acaso fuera Boves el más encarnizado enemigo de la república. Pese a lo cual, la república, a la postre y para ser tal, fue su más genuina heredera. De él recibió su ejército, su dinámica social y hasta el estilo de su liderazgo. A tono con la dialéctica de la guerra, los llaneros que siguieron a Boves pasaron de bandidos a patrimonio de la república. Patrimonio que en algún momento hizo decir a Bolívar que la revolución estaba sentada en un volcán social a punto de hacer explosión. Pero eso sería más tarde y en privado. En Carúpano, todavía este ejército sólo representa el modo en que la barbarie se opone a bien supremo de la libertad.

JAMAICA: Historia, Semántica y Geopolítica

1815: el descenso de Napoleón se cruza con el ascenso de Bolívar. Ambos han partido al exilio, a Santa Helena y a Jamaica, respectivamente. Tres años más tarde, el americano meridional, que ha tomado Angostura, la plaza estratégica que inclinará el curso de la guerra en favor de la causa patriota, dirá de sí mismo: yo busqué asilo en una isla extranjera, y fui a Jamaica solo, sin recursos y casi sin esperanzas. Perdida Venezuela y la Nueva Granada, todavía me atreví a pensar en expulsar a sus tiranos.1 De modo que el exilio, que para Napoleón dictamina el final de un imperio en Europa, para Bolívar anuncia el renacimiento de un proyecto en América. Esta conjunción en el cosmos simbólico de la historia que involucra la carera de dos grandes líderes políticos y militares, alude también a un cambio de época, determinado, desde el punto de vista geopolítico, por el ascenso de las potencias del capitalismo industrial y la caída del colonialismo mercantilista. A ello tributan diversos procesos: la ilustración, el nacionalismo, el industrialismo, la revolución francesa, la expansión napoleónica, la independencia estadounidense, la emancipación en América Latina. Es ésta una coyuntura en el proceso de largo plazo que lleva de la era agrícola a la era industrial. En este contexto se fraguan los cauces iniciales de un proceso histórico de alcance planetario. La Carta de Jamaica forma parte de este contexto. Es una forma de asomarse a él y otearlo desde los agrestes montes de una América irredenta. Tal es el punto de partida de este ensayo.

ANGOSTURA: el guerrero creador de repúblicas

La Carta de Jamaica concluye con la afirmación según la cual la clave para poner fin a la dominación española y fundar un gobierno libre es la unión, obtenida por efectos sensibles y esfuerzos bien dirigidos. Lo que por entonces queda en un escueto enunciado, en Angostura va a ser objeto de un denso desarrollo. Eso es el Discurso de Angostura: un efecto sensible, un esfuerzo bien dirigido. En atención a las lineas principales de su estructura discursiva, es una apelación a la conciencia histórica, un plan estratégico centrado en la implantación del Estado Nacional, y un instrumento de significación del movimiento de independencia como proceso histórico. Pronunciado por Bolívar el 15 de febrero de 1819, en el acto de instalación del segundo congreso que se daba a sí misma una república en medio de los avatares de la guerra, constituye una de las piezas oratorias más importantes de su haber político. Dicho ello por su contenido en sí mismo considerado. Y dicho también por el modo en que marca una diferencia de dimensiones estratégicas entre un antes y un después del proceso de independencia. En la visión totalizadora del Discurso de Angostura confluye lo político y lo militar. Para ganar la guerra en el siempre inhóspito campo de batalla, es preciso ganarla también en el de la política; por cierto, no menos inhóspito, agreste y peligroso que aquél.

BOLIVIA: el hombre de las dificultades como legislador

El guerrero ciudadano es aquél al que le es dado despojarse del mando. Así en la Caracas que le otorgó el título de Libertador, así en la Angostura que lo ratificó como Jefe Supremo, y dos años después lo llevara a ser designado en Cúcuta Presidente de La Gran Colombia. Las dificultades comienzan cuando la historia lo despoja a él de la guerra y se queda sin esa fuente de gloria que, hasta entonces, había sido el enorme campo de batalla y de política que, visto desde Pasto, se extendía entre el Orinoco y el Potosí. Así, Ayacucho consigna en la historia americana la emancipación, ciertamente; y en el destino particular del guerrero ciudadano el retorno de la cima de la gloria a la sima de las miserias de la burocracia y la administración. Siendo el campo de batalla la fuente fundamental de su gloria, dentro de él lo es todo; fuera de él nada, o tan sólo un ciudadano recto e iluminado que, apegado a su prestigio y honor, está llamado a dar la cara a esa oleada de anarquía que, en la paz, devora cuanto ha venido edificando en la guerra. Consumada la independencia o, más exactamente, el proceso de la guerra que habría de conducir a ella, el enorme mapa del nuevo mundo se ha teñido de una no menos enorme complejidad. Mientras se triunfa en Ayacucho se conspira en Caracas. Al tiempo que se finiquitan los últimos detalles del Congreso de Panamá, las recién creadas repúblicas se hunden en la lucha intestina y doméstica que atenta contra la anfictionía. En carta a Santander, fechada en Lima, el 6 de enero de 1825, es decir, a un mes escaso del triunfo en Ayacucho, encontramos esta situación descrita en palabras del propio Bolívar:

OCAÑA: el clamor del pueblo

Desde el punto de vista de su estructura semántica, el libertador, como instancia fundamental del discurso, representa la condición esencial de Bolívar como máximo dirigente político y militar de la emancipación americana. Más que como mera parte de la historia, el libertador concibe, administra y conduce el discurso como conciencia e instrumento hacedor de ella. Sin embargo, y como es de esperar, se trata de un discurso que siempre ha sido concebido y pronunciado desde el entorno de la dirigencia política a la que pertenece, aún en aquellos temas sensibles en que la actuación de dicha dirigencia pueda ser cuestionada por en su mensaje. Desde este punto de vista, el libertador siempre ha sido una instancia discursiva de una u otra manera asociada al estrecho círculo de la élite civil y militar que comanda el proceso independentista. Así, por ejemplo, El guerrero ciudadano del Discurso de Angostura, que dichoso convoca a la representación nacional y se despoja del mando ante ella es, con ello, al mismo tiempo, legitimado por ella. Como parte de la dirigencia, el guerrero ciudadano es jefe supremo entre iguales. En este sentido, los discursos fundamentales de El Libertador como creador de un nuevo tiempo histórico son documentos de identidad con el entorno dirigente del proceso de independencia, palancas ideológicas de su legitimación ante ella como máximo líder.

Epílogo

Hasta aquí me trajo el Bolívar con el que un día, hace mucho tiempo ya, me topé en el Diario de Bucaramanga. El hombre histórico de los discursos. El de la palabra y el estilo. El de la conciencia moderna y la faena semántica. El de la revolución como concepto y del heroísmo como ejercicio de voluntad de poder. Su discurso marca el paso de la barbarie a la civilización, con todo lo bueno y todo lo malo que una transición así supone para la gestión de su propia historia por parte de un pueblo. Y como pueblo, no tenemos conciencia de tal significación porque la historiografía de banco de escuela se ha hecho cargo de ello, bien haciendo de Bolívar una venerable pieza de museo, bien poniéndolo a comer mangos para popularizarlo. Al respecto, me limito a recordar las palabras de Vallenilla Lanz:

HERÓDOTO: los orígenes de la historiografía

Si uno se deja guiar por lo más estrictos rigores académicos, incluso los de la historia, probablemente los menos estrictos de todos, muy a pesar de los historiadores académicos, un trabajo de este tipo luce desde muchos puntos de vista desalentador, bien por lo poco con se cuenta para realizarlo, bien por la poca estima que se guarda hacia lo poco que se tiene, incluso los escritos de aquel a quien Cicerón, si no me equivoco, dio en llamar Padre de la Historia. Y lo hizo en el marco de una larga tradición representada por críticos para los que Heródoto era ya casi tan extraño como para nosotros y que, salvo contadas excepciones, se caracterizó por su desprecio, acusándolo de mal escritor, de inútil, y hasta de mercenario.

Capítulo 1: el hombre, la obra, el contexto.

Es muy difícil establecer un imperativo ideológico, filosófico, político o moral que nos ayude a comprender la aparición de la historiografía en una íntima relación con el contexto histórico en que ello tiene lugar. La vaga generalidad de la que aquí me valgo, es decir, comprender la aparición de la historiografía como parte del humanismo característico de la Grecia Clásica, que tuvo su máxima expresión en el arte y la filosofía, es fácilmente aceptable, pero, se entiende, muy poco precisa. Ese humanismo, la ruptura respecto a la mitología que a él es inherente, comienza a gestarse en la Grecia Arcaica, con la filosofía jónica y la aún ingenua pero inequívoca proximidad que ella representa respecto a la naturaleza. Por otra parte, como se sabe, dicho humanismo se prolonga mucho más allá de la época de Heródoto y en plena decadencia ateniense producirá lo más acabado de su filosofía. Este humanismo griego es, pues, el espacio histórico cultural de muchas cosas, amplio contexto en el que la historiografía luce como un ínfimo detalle, acaso el más prescindible de todos.

Capítulo 2: mito, filosofía, historiografía.

Partamos del hecho, tan magistralmente representado por la cruel simpleza del mito de Sísifo, de que el hombre es una especie condenada a la historicidad. A nadie le es dado elegir no vivir la historia. Encadenado a la infinita finitud del tiempo, el hombre histórico transcurre sin la certeza de saber para qué. Toda la historia humana pudiera comprenderse como la obsesión de este hombre histórico por darse sentido a sí mismo. Todas las cosmogonías lo han adscrito, de una u otra manera, a vagar fuera de lo eterno, perecer una y otra vez. Y todas intentan, al final, reconciliarse con el proscrito, traerlo de nuevo a casa, el paraíso perdido que, en algunos casos, puede ser, incluso, la nada cósmica, peculiar forma de eternidad que nos permite suponer que hasta la supresión de la existencia es preferible al castigo de la existencia histórica. Esta caída en el tiempo es el nudo gordiano de todo el drama bíblico y, en muy otro contexto, es, también, el mayor suplicio que la mitología griega pudo imaginar para el hombre réprobo

Capítulo 3: dioses, hombres, historias.

Heródoto cree en el Oráculo. Es fácil demostrarlo a través de la cita de párrafos como, por ejemplo, el que nos habla de la furia de Taltibio1 contra los espartanos, y otros en los que hace referencia al plano de lo divino como la última salida que encuentra para explicar, -¿o justificar?- un determinado acontecimiento histórico. Sabemos que esto le ha costado a Heródoto buena parte de las censuras que lo descalifican como historiador ya que, se supone, la historia debe explicar al hombre y sus acciones por el hombre mismo. Como se sabe, ha llegado a ser norma del oficio que recurrir a Dios es hacer trampa. Una suerte de principio epistemológico pende como espada de Damocles sobre el historiador cada vez que su discurso historiográfico apela al deus ex maquina. Heródoto puede ser, según esta misma norma, demasiado ingenuo o primitivo .

Capítulo 4: hombre, historia, tragedia.

Si nos pusiéramos a plantearnos los problemas de epistemología y método en los Nueve Libros, probablemente no hallaríamos asidero sólido alguno para el análisis y la reflexión. En realidad, estrictamente hablando, tales problemas no existen para aquella historiografía que, desde sus mismos inicios, se colocó al margen de la sabiduría y se dio a sí misma el despropósito de alimentar la memoria humana, salvar el vertiginoso acontecer humano del olvido humano. Sin embargo, pese a una tarea tan metafísicamente pobre y, en parte gracias a ello, aquella primera historiografía estaba llamada a sentar las bases para una cruel desmitificación de dicho acontecer. El hombre histórico que recién ha descubierto es objeto de paciente y crítica observación; no se le puede tomar a la ligera, tal cual lo encontramos, ni creer de buenas a primeras lo que dice y piensa de sì mismo. Racionalista pero curiosa, tolerante pero desconfiada, fue ésta una historiografía que se aproximó a su hombre histórico con acucioso sigilo, alerta a los juicios y creencias que históricamente su objeto de observación había generado respecto, y a partir de, su propia historicidad. El hombre histórico y la cultura, ámbito al que es inherente el desencadenamiento de sus acciones en el espacio y el tiempo, abrieron así el pensamiento humano hacia una dimensión hasta entonces desconocida.

 

 

Preliminar

He visto a Dios. Es espantoso. No hemos hablado. Para escucharme, tendría que ser yo hombrte de fe. Y, para escucharlo, un esquizofrénico. Pero pululamos en el mismo universo. Él en su cueva y yo en la mía, somos vecinos del mismo barrio; el del misterio. Sólo que yo la habito con la suficiente molicie e ignorancia como para no perder la cabeza. Él no. El misterio lo ha enfermado. Y, convencido de ser la verdad que lo despeja y que, por lo tanto, nos haría libres, ha perdido la suya.

De la caída a la salvación: la historia inconclusa de la creación.

La caída simboliza el inicio de la historia, al menos para la criatura; es decir, la existencia temporal a la que, tras rebelarse, ha sido condenada por su creador. Y la salvación la recuperación de una criatura que, ahora, como pecador; o sea, habiendo comprobado por experiencia lo que su creador por omnisciencia ya sabía y se negó a revelar, retorna arrepentida al paraíso en que fuera creada, y lo hace por gracia del que la condenó. Así, entre caída y salvación -fin del tiempo de por medio- el reino de este dios describe un ciclo único y total hacia la eternidad propiamente dicha, suponemos, ya que, hasta la culminación de dicho ciclo, dicho reino no ha sido otra cosa que un proyecto histórico; una teleología en la que Dios hace de sentido inmanente y la eternidad de meta trascendente.

De cómo no fui echado del paraíso: me largué yo mismo

El Génesis, como se sabe, es el primer capítulo en la historia de un dios que creó el mundo, la historia; vale decir, el pasar en que las cosas pasan y el tiempo con que lo captamos. Según esta historia, en siete días -merecido descanso incluido- este dios, emergido de las tinieblas, configuró el universo total: estableció su reino eterno, creó la criatura llamada a adorarlo por la eternidad, actualizó el abismo temporal al cual arrojarla cuando se resistió, y, por último, concibió el plan para rescatarla de su temporalidad y retornarla a su seno. Más que una historia de dios, ésta es la de un proyecto de dios. Con lo cual esta historia deja fuera lo más interesante del objeto a historiar: las tinieblas mismas, el abismo y el origen del dios-héroe que, venido de ellas, encarna la luz que ha de iluminar el nuevo todo en que se dispone a reinar. De modo que esta historia, que no indaga en su tema y que, aún así, pretende dar razón de la temporalidad mediante la eternidad, nos deja en ascuas, pues sólo vale para confirmar que la vida eterna junto al dios que nos ha creado no es menos absurda que la temporal a la que nos ha condenado. No obstante, hagámonos de la vista gorda con este detalle menor, y ocupémonos de un dios al que, en esta parte de su historia, toca hacer de inicio en la historia toda del universo. Porque, en esencia, no de otra cosa hablamos aquí: de un dios que actúa y que, sólo en cuanto tal, ha podido ser objeto de narración.

De cómo andando el camino correcto terminé en el punto de partida.

Me parece que era Artaud quien decía que Dios no existe, y que, si existe, es una mierda. Esta idea de dios es un dilema que apunta, por una parte, a su real y efectiva existencia y, por la otra, a que, en caso de existir, sea cosa digna de creencia. Y si bien la real existencia de una cosa es condición previa del juicio sobre de ella, en el caso de los dioses es tema casi irrelevante, si se lo compara con la idea de dios, que sí es históricamente real. La existencia o no de uno que se hace llamar Dios es indemostrable. Pero la idea que de él tengamos es crucial. Pasa que nuestra inteligencia, memoria y voluntad de entes temporles que para ecistir han de hacerlo históricamente es el único hilo que vincula al dios en el que pretendemos creer con la eternidad en la que debería reinar; eternidad ésta de la que vendríamos y a la que, consumada nuestra temporalidad, habríamos de retornar. El problema acá es que, entonces, hablamos de un dios, un reino, una eternidad; en suma, un ser pleno que ha salido de sí y ya no es tal, pues ha sido intervenido, socavado y puesto patas arriba por la temporalidad misma de la criatura que estaba llamada a constituirlo. De modo que, si alguna vez fue, este dios ya no tiene ser, pues ha devenido y, por tanto, sólo puede tener historia. Y el mayor problema para este dios es que, en efecto, la tiene. Se la conoce como sagrada. Lo cual no es sino un infeliz oximorón, que me veo en la obligación de corregir. Porque, el otro problema no menor para este dios, es que, además de también tener una historia, tengo, gracias a ello, una idea de dios; por cierto, ontológicamente mucho menos generosa que la de Artaud.

De mi autocondena

Una cosa es ser expulsado del paraíso, tras una patafa en el culo, y muy otra abandonarlo por los propios pies: o sra, arrojarse uno mismo. La voluntad hace la diferencia. Lo que procede entonces es la autocondena. Ello equivale a la condena de Dios, sólo que despojada de su divinidad por el acto voluntario de quien se la autoimpone. Éste es el dato fundamental acá. La rebelión de la criatura sólo acarreó la expulsión del rebelde y no alcanzó su cometido. Ciertamente, desató la ira de Dios, pero no afectó su divinidad. Sin embargo, fuera de los predios del reino, la rebelión continúa: se torna secular. Sujeta al curso de su propio devenir, si la criatura se proclama pecador, su castigo se convierte en causa y su destino en botín de guerra. Lo que a este dios toca ahora enfrentar no es la conjura, sino la reivindicación del pecado respecto a un reino que sólo molicie, desprecio e indiferencia puede inspirar. Lo cual es mucho más difícil para uno tan propenso a la cólera y que tanto requiere de ser adorado.

De Dios como significación de un pasar que no lo requiere.

El pasar no rquiere de dioes, sino de historias, que lo signifiquen como pasado-presente-futuro y den forma a la existencia temporal. Son los dioses los que rrquieren de una historia para tener sentido como artífices del pasar. Dios tiene una. Se la conoce como la sagrada. Lo cual encierra un total contrasentido, ya que si, a diferencia del mito, cuyo papel es reconocer un pasado, el de la historia es indagarlo, con lo cual toda historia es, por definición, profana; incluso la de este dios, pese a que su intención sea la de hacernos reconocer en un único y por lo tanto verdadero pasado cósmico.

De gracia divina y conciencia histórica

La Salvación es el remiendo metafísico del error ontológico de la Creación. Dios intenta recoger al final del tiempo el desastre que ocasionó con su inicio. El intento de corregir el error con que comprometió su ser pleno lo conducirá a uno aún mayor, y que hará de la eternidad un imposible. En aquel entonces se equivocó al echar a la criatura del reino, porque con ello dio paso a la historia y a sí mismo como proyecto. Ahora está dispuesto a equivocarse de nuevo, haciéndola regresar al lugar del que la echó, porque con ello se trae la conciencia y la memoria, que han de desmerecerlo por completo como ser. Si Dios, como espera, pudiera ser adorado por el pecador, éste no sería tal, pues en la eternidad no puede haber conciencia ni memoria, que es de lo que está hecho todo pecador en tanto que arte y parte de la existencia temporal. Pero este dios jura que la Salvación del pecador es su salvación como dios. Según su propia historia, lo que lo mueve a recuperar su antigua criatura no es el arrepentimiento, sino el perdón y la misericordia, en el entendido de que a quien corresponde arrepentirse es al pecador mismo. Su gracia está, pues, dirigida a aquél que, sobre la base de tal arrepentimiento, se hace acreedor del perdón y la misericordia, que es lo que de nuevo lo conducirá a la vida eterna que perdió tras su rebelión. Toca entonces considerar las implicaciones que tiene esta en apariencia armónica conciliación de gracia divina y conciencia histórica.

Epílogo

La eternidad sólo puede entenderse tal y como Platón define el ser: lo uno siempre igual a sí mismo. El tiempo, nos indica en el Timeo, es imagen móvil de la eternidad. Para Aristóteles dios vendría a ser la causa primera, el motor a partir del cual todo entra en movimiento, sin que determine el curso del movimiento al que da lugar. De tal manera que la eternidad no es espacio en el que sucedan cosas, ni un modo particular en que las cosas suceden o hayan de suceder. La eternidad es una idea, un principio, un axioma; nunca un atributo de algo distinto de ella; mucho menos el estadio superior de algo que, habiendo iniciado en calidad de temporal, se haga eterno tras dejar atrás y superar su temporalidad. La eternidad sólo podría ser la negación absoluta del antes y el después, del inicio y el final. Si algo cambia, hay movimiento, tiene una dimensión duradera y, por lo tanto, temporal, En consecuencia, la eternidad no puede ser anterior ni posterior a nada, pues sería mera episodio de lo que sucede. Y en ella nada puede suceder, porque, a diferencia de lo que sucede en las historias, no hay inicio ni final. Si algo tiene historia, no le cabe eternidad, aunque dure eternamente.

LA RATA

Yo habitaba en una vieja casa vacacional abandonada, colgada de lo alto de un cerro pedregoso y desde el que se podía ver abajo el mar en su quieta enormidad, yendo y viniendo en monótonas embestidas contra las rocas negras del acantilado en el que, por ahora, espero. 

LA ÚLTIMA CENA

Por obra y gracia del espíritu santo sigo aquí, como de costumbre, aludiendo y mendigando a cada transeúnte que pasa frente a mí. Ocupo el primer escalón de los doce que conducen a la taquilla de una sala de cine donde sólo entran hombres solos. La verdad no sé si es el primero, porque, contando desde la acera, éste sería, en realidad, el segundo. Con lo cual. el total de escalones de la escalera entonces sumaría trece, Por otra parte, trece, según he escuchado decir desde siempre, es número de mala suerte. Luego la diferencia entre doce y trece no sería sólo de un escalón, sino de un destino. De modo que ocupar el segundo o el primero no es cuestión que se pueda tomar a la ligera. Y, ciertamente, que no lo hago así. Sólo que, en mis consideraciones al respecto, encuentro razones igualmente lógicas e irrefutables como para afirmar que estoy en una o en otra posición. Esto es cosa que me gustaría resolver cuanto antes. Por primera vez, no sé por qué, me hallo en la circunstancia en que me gustaría saber, a ciencia cierta -como también se suele decir- en dónde estoy. Nunca imaginé que de un escalón a otro pudiera haber semejante diferencia. El mundo, que para mí siempre ha sido la acera, sería el primer escalón, con lo que yo estaría, entonces, a un escalón menos del cielo y a dos más del infierno. Esto en caso de que el cielo esté arriba, el infierno abajo y yo en el medio. En la perspectiva de este sanguche cósmico puede que la diferencia no se sienta tan enorme como entre el primer y segundo escalón, quizás porque la diferencia entre cielo e infierno es más de fe que de cálculo. Pero, por otra parte, la diferencia entre fe y cálculo es tan enorme como la que puede haber entre un escalón y un destino. Es el tipo de cosas que me gustaría resolver. Allá, por la acera de enfrente, va el gordo de las corbatas anchas y los zapatos chillones. A veces viene. Es el tipo de evento que siempre me distrae de mis resoluciones.

LA QUINTA PATA

Octubre. Lluvia, llovizna, tormenta o aguacero. Lo cierto es que desde hacía ya tiempo el agua no dejaba de caer como una maldición del cielo. Si, hasta cuando cesaba por un rato, no era sino para mostrarse en esa forma de bruma, neblina, calima o calina. La misma maldición; sólo que elevándose desde la tierra sobre la que ha llovido sin parar. A la hora de ser andada, no había sino dos opciones: la maleza o el barrial. Tú eliges, se dijo a sí mismo en el instante incierto en que intentaba dar con el camino para emprender la huida. De súbito, la noche se detuvo. Un relámpago de inamovilidad con el que el aguacero cesó de golpe. Y entonces fue esa quietud que parece escucharlo todo con los oídos de su silencio. Extenuado, se sentó y miró de nuevo al cielo. Durante un largo rato, ni los mismísimos dioses osaron asomarse por cima de los muros de la noche, hasta que de nuevo se dejó oír el monótono canto de los grillos.

TAXIDERMIA

A ver. Acaso esté yo en el curioso procedimiento de comprobar a través del sueño que el alma, si no se refiere a la mera forma de la materia, tal y como Aristóteles fue el primero en sugerir, es el más degenerado e infame de los conceptos. Menos mal y me leí a tiempo aquel tratado que Amanda, mi mujer, dice que lleva título de espanto o aparecido. Como sea, ya sabía yo que no podía ser tan inútil haberlo hecho, tal y como ella siempre aseguró, con ese pragmatismo repugnante tan propio del género femenino y que se va acentuando con la edad. Ella siempre dice: no creo en santo que come y caga, ni en loco que no come mierda. Y, en cierto modo, compartimos la misma poca fe. Aunque para no creer en los santos ni para creer en los locos, requiera yo concebirlos avocados a tan vitales funciones. En todo caso, por ahora, el curioso procedimiento al que aquí me refiero es la única posibilidad que me queda para salir del atolladero en que me encuentro desde hace… Ni siquiera sabría decir cuánto tiempo, pues lo primero que resalta en este asunto es la perdida de la certidumbre que el tiempo nos proporciona como el principal referente de lo que existe.

PORNOAVENTURA

¿Cómo se puede ser, durante algún tiempo, tan vital y, al mismo tiempo. morir sin necesidad alguna de haber vivido por razón distinta a la de follar? Tal era la pregunta que se hacía Henry al caer la tarde y cuya respuesta el crepúsculo se iba llevando a los confines del anochecer confundido con su propia noche de viejo y como quien, con sumo cuidado y sigilo, oculta algo muy preciado pero que le ha de resultar comprometedor o embarazoso. El Henry -dicho así, en su recuerdo, porque así lo llamaron siempre en los tiempos en que vivir era algo más que recordar- estaba sentado ante uno de los largos ventanales que iluminaban el largo pasillo donde la pasaba desde la una, tras haber tomado su almuerzo y haberse negado, como siempre, a hacer la siesta. Éste nunca quiere dormir, había exclamado, como siempre, la señora Pérez. Y allí seguía Henry, empotrado en su silla de espectador del paisaje vespertino. Durante toda la tarde llovió. Y aunque había amainado ya, aún seguía cayendo esa leve llovizna, seguramente gracias a la cual el jardín, los árboles, la calle, los cerros lejanos que todavía encajaban sus puntas en los restos de una nubosidad fragmentada y el paisaje todo, o al menos hasta donde la vista aguzada alcanzara atisbar desde aquella ventana, adquiría esa transparencia rosa que a Henry tanto agradaba. Hasta que, como siempre, a las siete y según orden inapelable de la señora Pérez, Henry fue largado a su habitación. A dormir hasta el día siguiente, como siempre.

LA PIEL INMATERIAL DE LA NOCHE

Ahora sí que estoy jodido, se dijo a sí mismo, con resignación. Boca arriba, a la vez que dibuja garabatos ininteligibles en la piel inmaterial de la noche, llega hasta él un olor agridulce, de fruta fermentada o de licor. Mas bien de las dos cosas juntas, mezcladas, concluyó, ya que la gorda había incorporado al enorme pastel que estuvo preparando durante la mañana una generosa porción de cada una. Y en ese momento, cuando ya arribaba a la media noche, volvió a recorrer, una vez más, los detalles de aquella faena, que habían ido a parar a su memoria, como lo que sobró del pastel, de un golpe seco, habla ido a parar al fondo del bote de donde emanaba aquél olor.

LA CUARENTA Y OCHO

Entré al bar. Fui hasta el extremo solitario de la barra desde el que me observaba, pedí una cerveza y me volví a la mesa de siempre, o al menos la que yo esperaba que fuese tal cada vez que entraba, y que, por esta vez al menos, ciertamente, estaba desocupada. Estuve bebiendo mi cerveza poco a poco, algo así como a un sorbo cada vez que intercambiábamos miradas. Hasta que por fin ella también se vino a la mesa de siempre. Entonces la noche, como el silencio de Dios, se fue hundiendo en el barro de nuestro mutuo decir. Barro nuestro que caes del cielo. El amanecer nos sorprendió a solas, o más bien juntos en la misma soledad desde la que cada quien defendía su propia soledad, ahora sí, sin nada que decirnos, en medio del barrial que nos había arrastrado hasta la cuarenta y ocho.

EL CENTENARIO DE STOKER

Cuando suena la hora lúgubre de los espíritus, la novia bebe el vino de un rojo sombrío como la sangre. Una vez más, aquellos versos de Goethe, que lo hacían sentir tan orgulloso de sí, resonaron en su memoria, apenas se asomó a la ventana y la noche le rozó el rostro. Luego fue esa mirada acuciosa lanzada allende los suburbios nubosos de la ciudad, más allá de los cuales se extendía la rígida horizontalidad del cementerio. Quietud. sosiego, reposo, descanso… iba buscando la palabra más apropiada para definir lo que aquél otear el horizonte de la noche le inspiraba, hasta que la encontró: ausencia. Eso. Porque la muerte no es más que ausencia. Ni menos tampoco. Entonces emprendió el vuelo.

LA POSE

De los talones a la cabeza mediría no más de metro y medio. Y si uno se fijaba bien, venida de sus adentros a flor de piel, como el alma que le daba forma en una sola y fugaz pincelada de existencia, la insignificancia demarcaba el todo de su cuerpo quieto y menudo. Quizás fuese esto, la manera en que esa insignificancia determinaba la absoluta armonía entre el ser y el aparecer lo que la hiciera lucir más joven de lo que realmente fuese, como si a estas alturas de su biografía aún no contara con una historia única y propia en la que hubiese valido la pena desgastarse y envejecer. El resto de aquella su presencia era lozanía triste, quietud de lagartija a la una de la tarde y que administra su energía en medio de un paisaje árido y sofocante. No obstante, al mismo tiempo, su pose era tan curiosa y estudiada, tan artificiosa que lo que le faltaba en tamaño y significación le sobraba en gracia y seducción. Al menos eso fue lo que pensé cuando me disponía a entrar a la tienda y la vi, parada allí, de espaldas a la puerta y con los codos apoyados en el mostrador mientras seleccionaba los botones de las cajitas que el viejo tendero iba poniendo de dos en dos a la disposición de su minuciosa inspección.

 

 

Historia

Mundial

Contemporánea

A mi modo de entender, los que están persuadidos a que por la historia particular se puede uno instruir lo bastante en la universal, son en un todo semejantes a aquellos que, viendo los miembros separados de un cuerpo poco antes vivo y hermoso, se presumen estar suficientemente enterados del espíritu y gallardía que le animaba. Pero si uno, uniendo de repente los miembros y dando de nuevo su perfecto ser al cuerpo y gracia al alma, se lo mostrase por segunda vez a aquellos mismos, bien sé yo que al instante confesarían que su pretendido conocimiento distaba antes infinito de la verdad y se asemejaba mucho a los sueños. Y ciertamente, que por las partes se forme idea del todo, es fácil; pero que se alcance una ciencia y conocimiento exacto, imposible. Por lo cual debemos estar persuadidos a que la historia particular conduce muy poco a la inteligencia y crédito de la universal, de la que únicamente el reflexivo conseguirá y podrá sacar utilidad y deleite, confrontando y comparando entre sí los acontecimientos, las relaciones y diferencias. (Polibio. Historia Universal. Exordio.)

EL CONCEPTO DE MEMORIA

...sólo de aquellos seres vivos que son conscientes del tiempo puede decirse que recuerdan y hacen esto con aquella parte del alma que es consciente del tiempo. Aristóteles. De la memoria y del recuerdo.

Grande es la virtud de la memoria y algo que me causa horror, Dios mío: multiplicidad infinita y profunda. Y esto es el alma y esto soy yo mismo.  San Agustín. Confesiones

Introducción

...sólo de aquellos seres vivos que son conscientes del tiempo puede decirse que recuerdan y hacen esto con aquella parte del alma que es consciente del tiempo.

Aristóteles.

De la memoria y del recuerdo.

 

Grande es la virtud de la memoria y algo que me causa horror, Dios mío: multiplicidad infinita y profunda. Y esto es el alma y esto soy yo mismo. 

San Agustín.

Confesiones

 

...el pasado se conserva por sí mismo, automáticamente. Todo entero, sin duda, nos sigue a cada instante: lo que hemos sentido, pensado, querido desde nuestra primera infancia, está ahí, pendiendo sobre el presente con el que va a unirse, ejerciendo presión contra la puerta de la conciencia que querría dejarlo fuera.

...no pensamos más que con una pequeña parte de nuestro pasado; pero es con nuestro pasado entero, comprendida en él nuestra curvatura original del alma, con el que deseamos, queremos y actuamos.

Henri Bergson.

La evolución creadora

La memoria: un misterio, una estructura, un proceso

Para Aristóteles la memoria residía en el corazón. Captadas por los sentidos, suponía que las impresiones que se perciben del entorno eran conducidas por la sangre hasta allí. En general, para la filosofía antigua el corazón es el reservorio de la actividad espiritual del hombre. Allí se asienta lo que para nosotros es su existencia psíquica. De modo que el corazón era tenido por el lugar de las emociones y los sentimientos, idea que, por lo demás, ha permanecido a lo largo de la historia en las más diversas culturas hasta hoy. De hecho, en latín, recordar -recorsi- significa de nuevo en el corazón. Esta creencia se mantuvo durante siglos. No es sino hasta mediados de la edad media cuando la memoria comienza a ser ubicada en la parte posterior del cerebro1. Aunque sin datos abundantes y determinantes al respecto desde un punto de vista científico, es la fisiología moderna la que la ha localizado en el cerebro. E. Kandel2, premio nobel por sus investigaciones en este campo, ha definido la memoria como una representación interna de la información adquirida mediante aprendizaje; información que se halla codificada, espacial y temporalmente, en circuitos neuronales, mediante cambios operados en las propiedades reactivas de las neuronas. Con todo, en el mundo de la ciencia aún no hay consenso en cuanto al modo como reside la memoria en el cerebro. Hay quienes piensan que la memoria tiene localizaciones específicas, que se corresponden con un determinado tipo de ella, y quienes piensan que, por el contrario, la memoria es una y que alcanza amplias regiones cerebrales que operan conjuntamente y de manera coordinada, según diversos niveles de complejidad en el registro de datos y evocación del recuerdo. También hay quien piensa que ambas hipótesis no son excluyentes entre sí y que es posible que apunten con certeza al mismo fenómeno considerado desde puntos de vistas diferentes y complementarios3.

Aristóteles: memoria, alma y experiencia

Al concebirla como parte del proceso cognitivo -junto con la percepción y el aprendizaje- la psicología cognitiva ha puesto en evidencia la complejidad de la memoria y resaltado la conexión existente entre memoria y otras funciones tanto fisiológicas como espirituales del ser y el proceder humanos. Conexión ésta que ya había sido planteada por Aristóteles. Así, por ejemplo, en Metafísica establece la relación directa y biunívoca entre memoria y experiencia de la siguiente manera:

San Agustín: memoria, alma y dios

Agustín se ocupa del tema de la memoria en el Libro X de Confesiones. Hay quien dice que este capítulo constituye una suerte de bisagra que une la primera parte de la obra, es decir, la parte autobiográfica, que recogerían los libros del I al IX, con la siguiente, la parte conceptual, correspondiente a los libros XI-XIII. Tal estructura expresaría la intención misma del autor, con el propósito de reflejar en ello su concepción de la memoria como la función mediadora entre el hombre y dios1. Aunque no hay constancia de que esto sea así, es una interpretación muy plausible. Por lo demás, cualquiera sea el caso, se trata de una interpretación que en nada contradice el concepto mismo de memoria que maneja Agustín y que constituye una excelente guía en la lectura de la obra. También, en La Trinidad trata Agustín el tema de la memoria, particularmente en los Libros del X al XIII, aunque aquí no de manera específica, sino en conjunción con el entendimiento y la voluntad, y en tanto que las tres -memoria, entendimiento y voluntad- son las facultades que a su entender definen el alma humana. Ello supone un giro completo en el concepto de alma y, en consecuencia, en el de memoria con respecto a la visión materialista de Aristóteles. Pasamos de la entelequia que define lo vivo en la naturaleza -de lo cual el hombre es una especie- al hombre cuya individualidad plena está determinada más que por la naturaleza, por su conexión con dios y la dimensión de lo divino. El alma de Aristóteles da lugar a una especie natural con conciencia del tiempo. La de Agustín a un hombre histórico conectado con la naturaleza sólo en su dimensión material y cuya conciencia del tiempo no es otra cosa que su vínculo con la eternidad.

La dimensión social de la memoria

Entre el Tratado del Alma y el Tratado de la Santísima Trinidad se abre uno de los episodios más plenos de significación en la historia de la filosofía occidental. El cristianismo avanza sobre las ruinas de un paganismo que ha sido, al mismo tiempo, fuente de inspiración y modelo de su filosofía. Esto se hace evidente en el tema de la memoria. El concepto de Aristóteles emerge de las dimensiones materiales de la naturaleza y que el cristianismo depreciará como el terreno de lo profano. El de Agustín es un concepto que desciende de los cielos. Tejida con el hilo de la lógica pagana, la memoria de Agustín se inserta en el tapete de la fe y el misterio supraterrenal de lo divino. En este tema, como en otros, el decisivo avance que el materialismo aristotélico representa respecto al idealismo de Platón, es un camino que de nuevo recorre Agustín, pero en sentido contrario. Su concepto de alma -y con él el de memoria- constituye, digámoslo así, un ejercicio de desmaterialización de lo que encontramos como tal en Aristóteles.

Mito, memoria e historia

Se dice que recordar es hacer presente el pasado. Ciertamente. Una hermosa metáfora, como casi todas las que, al jugar con el sentido de los términos, pero sin contradecir su sentido, crean una atmósfera de contrasentido que, sin estar reñida con la lógica, la ironizan, en cierto modo se mofan de ella. Una metáfora, además, muy acertada en todo sentido. Sin embargo, ello no obsta a la hora de precisar hasta qué punto es posible hacer presente el pasado, en qué grado y en qué sentido. Pues el pasado presente no es lo mismo que el pasado, El recuerdo no es mostrar lo que hay en la memoria, sino la realización de un constante proceso de selección, ordenamiento y elaboración de ella. El recuerdo es una intervención intencionada y sofisticada desde el entendimiento del material bruto de la memoria. No sólo el recuerdo vive de la memoria, sino que, a su vez, la memoria vive de la aportación y el enriquecimiento que el proceso de recordación le aporta. De modo que, como resultado del recuerdo, el pasado presente no es el pasado, sino lo que de él hemos seleccionado, ordenado y elaborado, y lo que nos decimos acerca de los resultados de tales operaciones sobre la memoria. Y como seleccionar supone, en alguna medida, el olvido -inconsciente o voluntario- hay veces en que hasta el olvido es una forma de decir acerca del pasado recordado. Si a todo esto se agrega que todas estas tareas inherentes al recuerdo y el olvido se realizan desde y a través del lenguaje, que son en sí mismos procedimiento lingüísticos, resulta entonces que la memoria es un procesamiento semántico de la experiencia temporal. Saber del pasado, individual o colectivo, es en sí mismo un proceso de significación.

 

 

HISTORIA Y CIENCIA
El silogismo se compone de proposiciones, las proposiciones de términos; los términos no tienen otro valor que el de las nociones. He aquí por qué si las nociones (y éste es punto fundamental) son confusas debido a una abstracción precipitada, lo que sobre ellas se edifica carece de solidez; no tenemos, pues, confianza más que en una legítima inducción. F. Bacon
Introducción

Soy de la generación a la que tocó aprender en clase de historia que la historia es la ciencia que estudia el pasado y, respecto al más importante hecho que da inicio a la historia, que el hombre desciende del mono. Aunque aquí el asunto nunca quedó del todo claro por aquello del eslabón perdido. Acto seguido, receso de por medio, me tocaba aprender en clase de religión que, de acuerdo a la historia sagrada, el hombre era creación de dios. Esta vez el asunto quedaba todavía menos claro, pues con ello se hacía participar al hombre de una doble naturaleza, histórica y divina. Siguiendo el razonamiento científico -que también hube de aprender en clase de física y de matemáticas- si la historia es una ciencia, la historia sagrada también lo es. Entonces ¿cómo era posible que una misma ciencia tuviera posturas científicas tan disímiles en relación al hecho más importante con el que se iniciaba la historia de la humanidad? ¿O es que hay historias científicas e historias que no lo son? Porque en el mundo de la ciencia hay más teorías falsas o erróneas que teorías verdaderas, y todas por igual son expresión del mismo modelo de conocimiento, es decir, forman parte del mismo proceso de desarrollo de ése modelo y de ese conocimiento tenido por científico. Hay verdades científicas y también falsedades que, no por tales, dejan de ser científicas, pues las unas y las otras son resultado del mismo proceder. Claro que el que la historia sagrada sea científica es bocado del conocimiento que lucía realmente grueso de tragar.

La concepción de la realidad: la relación sujeto-objeto

La caída de un individuo de lo alto de un edilicio de diez pisos puede ser interpretada de muchas maneras. Como un suicidio, es decir, el resultado de la intención de quitarse la vida, o como accidente resultado del descuido mientras contemplaba el paisaje, o como un homicidio, si es que el sujeto en cuestión fue empujado por otro o, incluso, de alguna manera inducido a acometer su propia caída. Este tipo de causa puede llegar a constituir un entramado muy sutil y complejo porque, precisamente, no supone necesariamente datos evidentes, observables y medibles, sino indicios de una posible intención o conducta particular del individuo en cuestión y, también, de otros que pudieran estar de alguna manera involucrados en su caída desde lo alto de un edificio. Por otra parte, son datos evidentes, observables y medibles, tales como la masa del individuo que cae y la distancia que lo separa del centro de la tierra, los que, convertidos en variables de una rigurosa formulación matemática con enorme capacidad de predicción, nos explican la caída del individuo desde el punto de vista científico. La diferencia entre una y otra situación a la hora de interpretar el mismo fenómeno es la objetividad científica o, dicho en otros términos, el concepto científico de realidad en el que se ha basado y se basa todo el pensamiento científico y sus nociones de conocimiento y verdad.

El historiador como sujeto y el hombre histórico como objeto

Gracias a la Ley de Gravitación Universal, la caída de un individuo de lo alto de un edilicio de diez pisos puede ser comprendida científicamente, si me fijo en los datos apropiados del evento y lo defino de la manera apropiada. Lo cual requiere, como es obvio, un observador específicamente consciente y premeditadamente preparado para ello. Esto es, un observador según lo que el método científico entiende como tal. Si como observador no me interesa la distancia del piso diez a la superficie de la calle, ni la masa molecular del individuo; si, además, no tengo la capacidad de combinar estos datos como variables de un acontecer ecuable, no soy el observador indicado para una apreciación científica del evento. Y, muy probablemente, la mayoría no lo es. Lo cual, sin embargo, no nos excluye como observadores, y dará lugar a muy diversas formas de interpretar el evento, distintas, todas ellas, a la propia de la ciencia. Lo primero que cabe preguntar es si, al ser esto así, se trata del mismo evento.

La naturaleza científica de la historia: un despropósito metodológico.

Luego de aprender a distinguir un poco, gracias a Aristóteles y Tucídides, lo que la ciencia y la historia son, o pueden ser, aquella idea que hube de aprender en la escuela según la cual ésta última es la ciencia del pasado luce como el más remoto y anquilosado arquetipo de la infancia de cualquier historiador. Pero lo mismo fui a aprender en la escuela de historia en la que me formé. Siempre recuerdo a mi profesor de ciencias sociales asegurando que la historia es una ciencia porque tiene un método, es decir -ilustraba haciendo el correspondiente gesto con su mano- un camino hacia el conocimiento que ha de ser andado. Por mi parte yo, que antes de ingresar a la Escuela de Historia había cursado durante dos años ciencias actuariales y matemática aplicada en la de Estadística -a tono con el cruel lema de mi profesor de cálculo: deriva el que sabe, integra el que puede- me preguntaba cómo es eso que, para definir un método científico, los historiadores hemos de conformarnos y apegarnos a una metáfora como, en este caso, la del caminante. Yo podía estar muy de acuerdo con una metáfora que, después de todo, se corresponde con la etimología del término método. Pero nunca con la naturaleza científica de lo que una metáfora así estaba llamada a ilustrar. Si de caminar se trata, he allí a Heródoto en el Asia Menor, o cualquier estudiante de historia por las atestadas calles que conducen al Archivo General de la Nación, la Biblioteca Nacional o la Academia Nacional de la Historia. Pero que jamás han de conducir a la ciencia.

Historia y ciencias sociales

La historia es la más antigua de las ciencias sociales. Esto afirma Fernand Braudel, y añade que lo que la diferencia de ellas no es sólo su antigüedad, sino la peculiar dificultad de que el historiador trabaja sobre lo que ya no es. Por otra parte, Georges Duby, quien, al igual que Braudel, asigna un carácter decisivo tratamiento documental, señala una estrecha vinculación entre la historia y la creación literaria, y resalta el hecho de que la historia, entre las disciplinas que habitualmente llamamos ciencias humanas, es la única que constituye un género literario.1 Tales no son distinciones diferentes o excluyentes. En realidad, la una es consecuencia de la otra. La historia es narración, porque sólo a través de la narración podemos acceder al tiempo, significar el transcurrir de la existencia como temporalidad especifica y representar lo que ya no es. Fue ese ya no ser el que llevó al sustancialismo antiguo a afirmar que de la historia no se podía extraer conocimiento alguno, pues no se puede conocer lo que deviene, sino lo esencial y permanente, lo siempre igual a sí mismo. Es ese no ser el que, todavía hoy, traza la frontera epistemológica entre ciencia e historia. Debate del cual Braudel se aparta, por considerarlo estéril, y con razón. Sólo que con ello se pierde todo derecho a considerar la historia una ciencia. Y, por último, es ese ya no ser el que hace del tiempo histórico una dimensión sólo posible de ser planteada en el contexto específico de una narración. En virtud de lo cual Duby reconoce su naturaleza decisiva como género literario. Ciertamente, hay que convenir en que la historia se distingue de las ciencias sociales por su antigüedad, y por tratar de lo que ya no es. Sólo que la más elemental consecuencia de ello es que la historia no es, en realidad, una ciencia social, sino, como muy bien dice el mismo Braudel, el arte frágil de escribir historia.

El surgimiento de la historia ciencia y las ciencias sociales

Las ciencias sociales son uno de los más genuinos productos institucionales y académicos de la sociedad industrial. Si bien el término suele utilizarse en contraposición al de ciencias naturales, y sugiere que el estudio de la sociedad no se rige por los mismos parámetros, en sus orígenes son el intento de crear lo que Comte llamaba una física social, cuyo propósito no era otro que aplicar los criterios y métodos científicos al ámbito de la sociedad y la acción humanas. La sociología no comenzó a ser reconocida como una disciplina académica hasta finales del siglo XIX, particularmente con los trabajos de Durkheim, epígono de Comte y Saint-Simon, y cuyo radicalismo científico impone una línea de trabajo que concebía la realidad social como un objeto de estudio independiente de la subjetividad del individuo. En contraposición a este concepto, posteriormente, Max Weber, más influenciado por el marxismo, aducía que no se puede estudiar la vida del hombre y sus relaciones en sociedad sin tener en cuenta el modo en que la dimensión subjetiva de su existencia incidíe en la realidad social. Las ciencias sociales surgen en el marco de esta controversia. Pero son, en conjunto, expresión del desarrollo de la sociedad industrial, de una cultura para la que la ciencia es símbolo del saber y de control sobre la existencia, bien y valor fundamental del desarrollo social. Y la historia, como ciencia social, aparece también entonces o, si se quiere, el oficio del historiador se inserta en esta cosmogonía característica del mundo contemporáneo. Dicho en otros términos, no es que la historia sea una ciencia social, sino que la historia, como ciencia, es una forma particular de concebir y escribir historia, tan reciente como las ciencias sociales con las que comparte, o intenta compartir, el mismo espacio institucional y académico.

Las ciencias sociales: signo de modernidad de la era industrial

La historiografía. Lo que desde los tiernos años de la escuela nos enseñaron a definir como la ciencia que estudia el pasado ¿por qué, en lugar de seguir sentada a las puertas del reino de la ciencia social, no emigrar al infame barrio de la narrativa. donde nació y creció sin complejos el mismísimo Heródoto? Yo creo que en buena parte ello se debe a que el empobrecimiento del historiador como narrador no es cosa que se queda en el plano del papel, sino que invade toda su interioridad como sujeto. El estilo no se aprende ni se copia; se forja en el marco de una disposición personal. El historiador científico se enajena a sí mismo como sujeto, y lo hace en aras de una falsa objetividad en virtud de la cual cree que el conocimiento histórico está fuera de sí mismo, en esa supuesta realidad del pasado que, en realidad, no existe. La idea de que la historia es la ciencia que estudia el pasado es la representación sintética de esta enajenación, reproducción del servilismo epistemológico que le otorga su dudoso rango científico y, al mismo tiempo, lo anula como narrador.