−Éste cada vez va peor ¿No te parece? −preguntó Rengifo una vez que abordaron el carro y se pusieron en camino.
−¿Qué va peor? −preguntó Martín Romero.
−El viejo ¿quién más? −respondió Rengifo.
−Ah, eso ¿Por qué lo dices? −preguntó Rengifo.
−¿Que por qué lo digo? ¿Estás ciego, o sordo o qué? ¿No te has dado cuenta? El viejo está descompuesto por completo. Esas cosas se notan. No es sólo la manera de beber, a lo que siempre ha sido muy asiduo, el viejo. Además, en este país se bebe como para irse a la mierda o no se bebe. Pero no es sólo eso ¿No te has fijado en sus ojos? −preguntó Rengifo.
−¿Qué tienen sus ojos? −replicó Martín Romero.
−No sé. Miran como de lejos, como si no lo viesen a uno…
−Como si mirase en uno lo que uno no es, o lo que uno no sabe, o no cree que es ¿Eso? −interrumpió Martín Romero.
−No sé. Es posible. Sí, puede ser…algo así. La verdad, no lo sé, pero es incómodo. Lo que sea, está descompuesto, el viejo. −insistió Rengifo.
−Yo no diría eso. La verdad, lo veo igual. Un poco más él, a lo mejor. Más Rangel, quizás. Demasiado Rangel, para gustos tan prácticos como el tuyo. Puede ser. Sólo eso. Un día escuché a alguien decir: lástima, tan brillante, el viejo…pero el licor, y el pesimismo… En fin, es sabido que lo que la gente no quiere escuchar normalmente lo imputa a uno de los dos. Al final, la historia académica del viejo Rangel, y la no académica también, es sencilla ¿Nunca te la ha contado? −preguntó Martín Romero.
−¿A mí? No. No tengo tanta confianza con él −respondió Rengifo.
−Al principio, asegura, iba a los eventos académicos con ávido interés por las ponencias. No hay nada más precioso para un intelectual que el tema, y la precisión por el tema. Dios creó al hombre. El intelectual lo convirtió en tema. Pero el afán se va perdiendo, dice el viejo Rangel: la luminosa precisión se opaca. Tú sabes. Llega el día en que uno sigue asistiendo a los eventos, pero sólo por las carajitas. Para lo cual no se requiere de mucha precisión en el tema. Por último, lo que te interesaba es apenas la comida y bebida. −dijo Martín Romero.
−¡Ja! Eso dice el viejo. No digo yo: son iguales. Tú dices eso porque, lo que pasa, es que cada vez te pareces más a él. Mal ejemplo el que sigues, digo yo. −dijo Rengifo.
−¿Qué me parezco a Rangel? −preguntó Martín Romero.
−Tu maestro, así lo llamas tú mismo ¿o no? −advirtió Rengifo.
−Sí, así lo llamo, por puro joder. Y él lo sabe. Ojalá y me pareciera siquiera un poco a él. Él lo quisiera, mucho más que yo mismo. Pero que va. Yo no tengo ni la sombra de semejante constancia. El viejo es constante, persistente, tenaz; casi un místico, habría que decir. Ahí está la gran diferencia. Rangel es, en realidad, lo más parecido a un maestro, lo siente como tal, quiero decir. Lo que haya alcanzado, bueno o malo, lo ha alcanzado. Piensa y escribe. Vuelto a pensar, vuelto a escribir. Es incansable, el viejo. Y siempre lo ha sido. ¡Vaya tenacidad! ¿Cómo crees que ha logrado permanecer en el mundillo de la academia hasta jubilarse? Háblale de eso, si quieres verlo soltar fuego por la boca. Pero, en realidad, no es un pesimista, sino de los que pone un sofisticado toque de crueldad en todo lo que hace y lo que ofrece; ése es su estilo. Que no haya quien lo tome; ése es su problema. ¡Ja!, para nada nos parecemos. Yo ni siquiera he alcanzado llenar un cuaderno escolar de 32 páginas. −dijo Martín Romero.
−Oportunidad has tenido. Para el viejo siempre has sido un preferido. Romero, siempre dice: si usara esa cabeza para algo útil. Además, por si fuera poco, según dices tú mismo, te has tragado media biblioteca de Montenegro. −dijo Rengifo.
−Lo sé. Y a veces me da cierta pena, te lo juro. Pero no es cuestión de oportunidad, y de cabezotas, como él dice, o de tragarse un tomo completo cuando no hay nada mejor qué hacer. Es cuestión de talento. Capacidad de entendimiento: eso hay que tener. Y me temo que no es mi fuerte ¿sabes? Yo capto cosas, por los ojos, los oídos…qué sé yo, pero dudo que las entienda; o mas bien dudo de lo que pueda yo entender. Es decir, se me ocurren muchas cosas cuando capto cosas, pero nunca sé si realmente las he entendido; si ellas son en realidad lo que yo he entendido. Tengo ocurrencias; algo así como fogonazos en la torpe noche de mi ánimo. Sólo eso. Sólo de algo así puedo estar seguro. Hubo un fogonazo. Bien. Hasta allí llegó Romero. −dijo Martín Romero.
–Tú como que tampoco tienes remedio ¿eh, Romero? Bueno, será como tú dices. Pero yo lo veo cada vez peor, al viejo. Hace un momento, cuando me disponía a salir del Mesón, le dije que se viniera con nosotros, para llevarlo a su casa. Tú sabes. De buena gana le palmeo el hombro: vámonos ya, viejo. Me dice que sí, pero que primero otra cerveza. No. Suficiente por hoy. Vamos a tu casa. Yo te llevo. Y el viejo que no, que él se quedaba allí. Pero nadie aquí queda ya, le digo. Mira a tu alrededor ¿Y qué me dice el muy pesado? ¿Cómo? ¿Llamas nadie a mi amigo? ¿Qué amigo? pregunto. Eso que está allí es mi amigo, dice, y señala hacia el contador, o lo que queda de él volcado sobre la barra. Me reí. Pero ¿qué? El viejo pidió más cerveza y dijo: La beberé con mi amigo. Lo repitió no sé cuántas veces, mientras me veía con desprecio. Ya sólo quise ayudarlo, y él se quedó allí, hablando con el contador que estaba del todo destripado. −dijo Rengifo.
−¿Era el contador el que estaba allí doblado, dices? −preguntó Martín Romero.
−Ajá −exclamó Rengifo.
−El que hace tiempo, me contaste, quebró con el asunto aquél de la aduana, o algo así −preguntó Martín Romero
−Sí, hombre. Yo digo el que estaba en la barra, vuelto mierda ¿no? −preguntó Rengifo.
−Ajá. −exclamó Martín Romero.
−Quién más. Ése es otro que está jodido. El tipo ya no aguanta dos tragos. Supe que ahora se la pasa en El Mesón todos los días y todo lo debe. Cuando voy por allí, siempre lo veo igual, volcado sobre la barra y gruñendo no sé qué vainas. Nadie le hace caso ¿Lo conoces? Vive cerca de tu edificio. −dijo Rengifo.
−Estaba así desde que llegué, temprano, al anochecer. No logré verle la cara. Apenas la raya del culo. No lo conozco. Pero supongo que es como verle el alma. −dijo Martín Romero, y al poco rato agregó− En cierto modo, sí, quizás puedo decir que lo conozco. Usa calzoncillos blancos muy curtidos. Eso conozco de él ¿Qué más se puede pedir? Tú sabes. Desde las afueras del edificio conoces a uno y los conoces a todos.
−Bueno. Pero, como te digo, allí se quedó el viejo Rangel. Para mí, es un caso perdido. −insistió Rengifo.
−¿Hay alguno que no lo sea? −preguntó Martín Romero.
−¡Bah! No te vengas tú con tus vainas, Romero. −cortó Rengifo.
−¿Mis vainas? Bueno, lo serán −dijo Martín Romero.
−¿Sabes? Creo que yo no voy más por El Mesón. Lo hago porque tengo algunos asuntos con el dueño. Pero es el tipo de ambiente que me parece hay que rehuir. Uno no saca nada de gente así. Y si tú sigues así vas a terminar igual. −advirtió Rengifo.
−¿Igual a quién? −preguntó Martín Romero
−Al viejo Rangel, digo. −respondió Rengifo
−Bueno, al fin y al cabo, es mi maestro ¿no? En realidad, mi querido gestor, hay una única forma de terminar. Una caja de hermosa madera, como tú lo llamas ¿recuerdas? El resto es sólo adorno intelectual. −dijo Martín Romero
−Bueno. Yo me refería a “terminar” antes de terminar, se entiende. −insistió Rengifo.
−Lo que digo: adorno intelectual. Hoy estuve con el viejo Montenegro Ese para ti es un modelo, por lo del dinero, al menos ¿No? Bien, debiste haber estado allí, para que vieses un caso acabado.. −dijo Martín Romero.
−¿Ah, si? ¿Y qué te dijo? −preguntó Rengifo.
−Hablamos largo. Bueno, no. Él habló largamente. Nunca lo había visto así. Creo que en dos horas habló más de lo que ha hablado en los diez años que tengo trabajando para él. Para nada me ha parecido buen augurio. Por lo demás, me enteré de cosas que jamás habría imaginado. −dijo Martín Romero.
−¿Cosas cómo qué? −interrumpió Rengifo.
−Medina. −dijo Martín Romero.
−¿Qué Medina? −preguntó Rengifo.
−Medina, el de Buenaventura ¿Cuál Más? −dijo Martín Romero.
−Ah, Medina ¿Y qué pasa con él? −preguntó Rengifo con curiosidad.
−Viene siendo pariente de Montenegro; ahijado o algo así, creo. −dijo Martín Romero.
−¿Cómo? ¿Estás hablando en serio, Romero? −inquirió Rengifo.
−Claro que sí. −dijo Martín Romero.
−Entonces, dejas el asunto, supongo. −dijo Rengifo.
−¿Cómo que dejo el asunto? −preguntó Martín Romero.
−Digo, que ya no te vas a Buenaventura. −aclaró Rengifo.
−No. Nada de eso. Me voy, igual me voy. Ahora con más razón, creo yo. Al principio iba a hacerlo sólo porque era mi trabajo. Ahora, además, deseo ir. En realidad, me gustaría estar de nuevo allí. No sé muy bien por qué. Algo me atrae. −dijo Martín Romero.
−Pero estas loco. Ahora sí que estás loco, Romero ¿No se te ha ocurrido pensar que el viejo te manda allá a propósito, para echarte una vaina? ¿No se te ocurre que él y Medina están de acuerdo en ello? −preguntó Rengifo.
−No. Montenegro no tiene puta idea de lo que intentamos hacer con Medina aquella vez. Y si la tuviera, no creo que lo afectaría en mucho. En realidad, no guarda ninguna estima por Medina, y hace mucho que no lo ve. Medina es sólo uno de esos sujetos que le puede y debe servir en éste particular negocio. Lo que me asombra, es que me haya contado ciertas intimidades. Al mismo tiempo pienso que si tuviera algo en mente contra mí, no me las habría contado. Por último, te diré, mi querido gestor, que si éste último fuese el caso, igual me iría a Buenaventura. −dijo Martín Romero.
−Como quieras. Sigo pensando que es una estupidez. Deberías dejar ese trabajo, alejarte de Montenegro. Hay otras posibilidades. A ver ¿porqué no trabajas conmigo en lo de la publicidad? Te he hecho el ofrecimiento varias veces; no más me graduó y le meto el pecho de lleno al asunto. Tengo el papeleo casi listo, y hasta puedes trabajar desde tu casa; nos dedicamos principalmente a Internet ¿bien? Bien, Romero. Con esa mirada lo dices todo. Bueno, era sólo un consejo, a los que no eres muy adicto, por lo que veo. Caso cerrado, Romero −concluyó Rengifo.
–Acabado. Cuando un amigo te empieza a dar consejo es porque está dejando de ser tu amigo. −dijo Martín Romero de memoria.
−¿A qué viene eso? −preguntó Rengifo
−Byron −dijo Martín Romero.
−¿Qué? −preguntó Rengifo
−Byron lo dijo. −insistió Martín Romero
−Mira, me importa un coño lo que el coño ése haya dicho. Si tú no crees en tus amigos, está bien. Uno sólo quiere ayudar. Por tu bien. −dijo Rengifo molesto.
−No he dicho eso. ¡Oye, oye! ¿a dónde vamos? −preguntó Martín Romero cuando Rengifo dobló.
−A la clínica. Quedé con Salvador en que lo recogeríamos en la clínica. −respondió Rengifo
−Detente. −ordenó Martín Romero
−¿Y ahora qué? −preguntó Rengifo luego de detener el vehículo.
−No quiero ir hasta allá. −dijo Martín Romero.
−¿Qué pasa contigo? Tengo que recoger a Salvador. −dijo Rengifo.
−Está bien. Pero yo me quedo. Puedo llegar a pie desde aquí. Y seguro que llego primero que UDS. Estamos cerca. Lo prefiero. En verdad. Para nada me tienta meterme en ese cajón de cloroformo. −dijo Martín Romero.
−Es sólo un momento. −insistió Rengifo
−Sólo un momento, cuernos. Cuando uno entra allí, nunca es un momento. La última vez estuve viendo a Salvador, metido en la ridícula bata blanca, de un lado a otro del pasillo, como un fantasma, durante más de dos horas. Detesto ese sitio, como de vidrio, maldición de espera y renquera, y hediondo a cloroformo. −replicó Martín Romero.
−Bueno, ya, cálmate. Está bien. Espéranos en casa de Salvador, entonces. −dijo Rengifo, a sabiendas de que Martín Romero no cedería.
−Llévate el aparato ése y no te olvides de bajarlo cuando llegues. −dijo Martín Romero, luego de apearse, refiriéndose al microondas que había colocado en el asiento trasero.
Mientras caminaba, advirtió que por aquellas calles aún iba y venía demasiada gente. Cielos no acabará nunca este flujo de casos acabados. Los mismos que la víspera, sólo que de noche lucen un poco más frescos, quizás. El brillo nocturno. Eso debe ser; sus rasgos y sus almas retorcidos disimulados en el brillo nocturno, como putas. Pero, con todo, no era eso algo peor que ir a meterse en casa de Salvador. Quizás sólo por algo así los veía más frescos, le importaban menos, los padecía sólo de lejos. Los prefería a ellos, en la calle, que a Sofía, los niños, la suegra y el suegro parapléjico en la casa. Quién sabe si ya haya muerto, por cierto. Es posible. Aunque cuando se quedan así, definitivamente quietos, como que duran más. O será que, a los que seguimos en dos patas, nos parece que tardan más de lo que realmente duran. Pobre. Cuando llegó a la puerta del edificio, se detuvo. Podría devolverme ahora mismo. Mañana será otro día. Tú sabes, me dolía el estómago. No. Otra cosa. Me encontré con fulano y me entretuve, tú sabes. No. Tampoco. Cielos, cómo es posible ser tan inconforme a la hora de seleccionar una estúpida excusa para salvarse de una estúpida cena. Que se dan cuenta de que es una excusa falsa. Bueno ¿y qué puede importar algo así? No. A los amigos no se les puede tratar así, Romero. Pollo. Seguramente Sofía ha preparado pollo. Nadie prepara el pollo mejor que Sofía. La grandeza del pollo de Sofía sólo es comparable al orgullo de Salvador cuando habla del pollo de Sofía. Sexto piso. Que lento que va. Debe ser por la gorda que se montó en el segundo. La lentitud me hace dudar ¿Y si me devuelvo ahora? Que no. Así no se trata a los amigos ¿Y, digo yo, será que esta gorda en verdad piensa que la puedo a violar? Quede tranquila, señora, quede tranquila; que no creo que corra UD. semejante riesgo. Tercer piso. La gorda se montó para subir un piso. Es posible que lo haya hecho con la esperanza de que la violasen. Mira nada más ese cuello. Si Drácula estuviese en mi lugar, se vuelve vegetariano. Si la gorda no se baja del ascensor ahora, juro que lo hago yo. Ábrete sésamo. Buenas noches. Buenas noches. Ciérrate sésamo. No era la gorda. Igual va lento. O la ausencia de la gorda, igual pesa. Sexto piso. Podría devolverme ahora mismo. Ábrete sésamo. Fuera ya. Ciérrate sésamo. Es allí, esa cueva, la sesenta y cuatro, de donde vienen esas voces de niño. Podría devolverme ahora mismo. Toca el maldito timbre y termina de entrar. Bien. Que sea lo que Dios quiera. Aunque ya sabemos muy bien lo que Dios quiere: que caminemos humildemente junto a él, los niños, la mujer, la suegra y el parapléjico si aún está vivo. Si no, que en paz descanse. El parapléjico, digo.
−!Niños, que traigan al abuelo! −gritó Sofía por tercera o cuarta vez, supuso Martín Romero, mientras pulsaba el timbre.
¡Mierda!. Sigue vivo. Otro caso acabado que no acaba. Desde hace no sé cuántos años que a Sofía le dicen en tono de resignación: es cuestión de tiempo. Nunca he entendido esas indicaciones médicas. Hasta la eternidad es cuestión de tiempo. No le podemos dar un diagnóstico preciso. Es cuestión de esperar. Vaya que es cuestión de esperar. Y míralo, sigue allí, sentado en el balcón, inmóvil, mirando sin que nadie sepa lo que mira; escuchando sin que nadie sepa lo que escucha. Sólo cuando se caga todos lo saben, porque hiede y nadie hay que no sepa a lo que hiede. Pero es sólo cada dos días, he escuchado decir alguna vez a Salvador en tono medianamente liberador. A veces he pensado si, en realidad, el parapléjico no se burla de todos. La cagada en cada cagada.
−¿Y tu mamá? −preguntó Martín Romero al niño que abrió la puerta y lo miraba con curiosidad a través de la verja de seguridad hasta que el hombre habló.
−¡Mamá! −gritó el niño.
−¡Ricardito! Te he dicho que no abras la puerta... −dijo Sofía, que venía furibunda desde la cocina −Ah, pero su eres tú, Martín. Hola −cambió el tono de Sofía; de furibunda a desganada. Pero disimuló. Su rostro se iluminó de disimulo. La mujer abrió la verja.
−Hola −respondió Martín Romero sin moverse.
–¿Te vas a quedar allí arado o qué? Pasa, pasa, Martín ¿Y Salvador? ¿No venía contigo? −preguntó la mujer.
−Viene en camino. Salvador y Rengifo vienen en camino. Rengifo fue a recogerlo a la clínica. Tú sabes, no me gustan mucho esos sitios. −respondió Martín Romero.
−A nadie le gustan, imagino. −dijo Sofía.
−No. Hay gente a la que sí. Es como con las funerarias: hay quienes las disfrutan. Tenía una tía que no se perdía un velorio. Cuando mi papá murió, llegó de primera y se fue de última. Todos pensaban que era afecto por el hermano que se iba, pero hubiera hecho lo mismo por cualquiera. −dijo Martín Romero.
−Bueno. Está bien. Pero pasa. No vas a quedarte allí afuera hablando de las funerarias ¿O sí?
−Claro. −dijo Martín Romero, al tiempo que sonreía, y pasó.
−¡Cuidado! −advirtió Sofía tras cerrar la verja, y el enorme perro detrás de la puerta gruñó.
−No puedo decir que ni los perros me ladran. −dijo Martín Romero.
−No te hará nada. Es sólo un majadero. Pasa y siéntate, que yo tengo que volver a la cocina. El pollo ¿Te gusta el pollo? −preguntó Sofía.
−Sí, claro. Huele bien. −dijo Martín Romero.
−Bien. Vuelvo enseguida. −dijo la mujer, mientras se estrujaba nerviosa la manos con el trapo.
−No tengas cuidado. −dijo Martín Romero.
−Bien. −asintió de nuevo Sofía.
Bien. Por fin puedes callar, Romero. Sí, es verdad. A veces no puedo controlarme. Pasa. Con las mujeres siempre pasa. Trato de seguir sus comentarios con comentarios que no son. Las funerarias ¿a qué viene algo así? Hay quienes disfrutan de las funerarias. ¡Por dios, Romero! ¿Qué es lo que te pasa? Con Sofía siempre me pasó. Martín o Salvador, Sofía siempre hubo de llevarse a uno de los dos. Perro gruñón. Mejor vivir ésta, la dicha de no haber sido yo. Y pensar que por algo así llegué a romper ¿durante cuánto tiempo?... mi amistad con ellos, y que a ellos, por algo así, los acosó el remordimiento. Haberme "casado" con Montenegro fue muy preferible a hacerlo con Sofía. Al viejo se le sirve como a Dios, desde lejos, desde la plena libertad de ser y sentirse inferior ante quien se encarga del universo. Pero hacerlo con Sofía hubiera sido ser el mismo Dios en este universo entre cuatro paredes donde dos niños empujan a un parapléjico aún vivo, por cierto. Mira nada más. En la mañana lo sacan al balcón para que tome sol. Allí el día va descubriendo lentamente su cuerpo, desde la cabeza, cubierta con una cabellera blanca y que deja ver las manchas en la piel, hasta los pies, forrados con unas gruesas medias y que se asoman bajo la cobija. Al caer la noche, el viejo, como el sol, inicia el viaje de regreso, vuelve a sumirse en el olor a encierro y naftalina entre las cuatro paredes de su habitación. De haber sido yo, ya habría llevado al viejo un poco más allá de la verja del balcón. Sí claro, y cuando Sofía preguntara ¿y papá? Se me cayó. Una vez, contó Salvador, se les olvidó y, con enorme pena arrugando el alma de cada quien, lo encontraron, tarde en la mañana del domingo, en el balcón. Cielos. No lo habían guardado, al viejo, y allí pasó la noche. Se cruzaron las miradas impotentes, todos se acusaron entre sí, se mostraron tan avergonzados. Vamos, a arrastrarse como peregrinos hasta el templo de su paraplejia. Cuánto desconsuelo habrá derramado allí la familia, a los pies de esos pies tiesos. Imperdonable traición consumada en familia, en familia se desconsumó. Sofía se esmeró en un buen desayuno, especial tributo en café con leche, panquecas y fruta. Los niños jugaron y rieron por el suelo cercano a los pies del anciano. Salvador colocó sus manos sobre los huesos empellejados de sus hombros. Luego el viejo comió, lento y cuanto pudo, y en medio de su pétrea quietud accedió a perdonarlos, supusieron todos, porque comió mucho. Mucho debe ser el doble de la migaja que normalmente traga en una jornada. Al anochecer lo guardaron, como siempre, sin haber pronunciado palabra durante todo el día.
Martín Romero se había instalado en el balcón. Demasiado cercano al viejo, desde quién sabe cuándo instalado en su quietud. Pero, por otra arte, lo suficientemente alejado del perro gruñón. Martín Romero miraba al anciano garrapateado entre los pliegues de la cobija. Cuando llegaron Salvador y Rengifo, volvió la mirada hacia puerta. Se escuchaba la queja de Salvador, que no daba con la llave correcta. Y cómo, si carga un manojo de llaves más pesado que el de San Pedro, dijo Sofía asomada a la puerta de la cocina. Martín Romero sonríe. Perro gruñón mueve impaciente la cola. Es lo malo de los perros. De tan leales, defienden sin proporción alguna la familia de mierda que les toca. Este me descuartizaría si me acercara al par de mocosos. Los de Montenegro igual. Su lealtad no les permite distinguirse de la mierda que con tanto celo cuidan. Bueno, hablo de aquellos y de estos perros, y yo soy un poco así. De modo que mejor me callo. Galleta. Galleta para el perrito de la casa, dice Salvador mientras abre la caja. Con cuanto gusto metería el hocico completo en la caja para dar cuenta de una vez de las malditas galletas. Pero no. Una por una. Infame bondad humana. Generosidad de dueño. Colmillos blancos, a lado y lado, enfilados y afilados a lo largo de la larga boca aterciopelada. No morder la mano del que te da de comer, y mucho menos del que te pasa una maldita galleta y una caricia entre las orejas aplastadas. La patita. Encima, venga con la patita. Más galleta. Yo le habría quitado la mano. Mentira, sabes que lo que dices es mentira. Si ni siquiera te atreviste a devolverte cuando se abrió el ascensor. No vengas ahora a hacerte el bravucón con el jodido perro.
−¡Qué día! –dijo Salvador, mientras pasaba la caja de galletas a los niños y se limpiaba la mano babosa de un lado del pantalón.
−¡Qué día! el día que no digas ¡qué día! −dijo Martín Romero
−Y éste ¿qué? ¿anda de mal humor? −preguntó Salvador a Rengifo
−A mí no me preguntes. Sólo sé que se bajó espantado antes de llegar a la clínica. Mucha vocación de médico no tiene. −dijo Rengifo.
−Bueno. Martín no deja de tener razón. Fíjate. Hoy estaba todo listo cuando llegaste y, de pronto, mujer en parto. Sin complicaciones, menos mal. Si no, aún estuviéramos allí. Bueno, pero ya. Estamos de cumpleaños ¿o no? A lo mejor tú lo dejaste de ése tamaño. Treinta y nueve. Qué vaina ¿no? −preguntó Salvador.
−No es para tanto −dijo Martín Romero.
−¡Papá!, Gruñón tiene hambre −gritó el niño
−Dale más galleta. −ordenó Salvador.
Sofía, que entraba y salía de la cocina, en el primero de sus viajes había estirado su cuello y, con su boca a modo de chupón, estampado un beso en a mejilla de Salvador. El hombre siguió hablando con la mejilla manchada de rojo, como si no se hubiera dado cuenta de ello. Cada vez que la mujer volvía veía el manchón desdibujándose en aquella mejilla que a ratos le parecía extraña. También se fijaba en el cabello descuidado de Salvador, cayendo a mechones sobre su frente amplia y en la nariz larga, aguileña y rojiza saliendo demasiado prominente de en medio de cara flaca ¿Y qué de la magia? ¿Qué hacer cuando ya no se escuchan las ciegas y transparentes campanas? Madurez, dijo el médico. Pero ¿Qué madura? ¿Lo que se siente o quien lo siente? Quizás el amor sea como los cristales de los anteojos: dice uno que se vencen, cuando en realidad es uno el vencido. Quizás Martín Romero haya captado una de aquellas miradas vencidas de Sofía, y haya sido por algo así que la mujer, apenada, sonrió. Que apacible instante el de esa sonrisa: rápida, ligera, furtiva, sutil. Corazoncito ése, el que, a hurtadillas, se ha asomado durante un instante por entre la maleza áspera y reseca de su propio tedio. Sólo lo fugaz permanece. Sólo aquello que se esfuma antes de aprehenderlo, nos libera.
Luego de varias rondas de cerveza, cuando Sofía hubo servido la mesa, todos se sentaron y dispusieron a elevar una oración de gracias por sus alimentos de este día. Por hambre se rinden ante la nada del cielo. Antes de posesionarse de los dos pollos que yacen patas arriba en sendas bandejas, retribuyen a quien, sentado a la mesa del universo, se alimenta de almas. Bendice, Señor, éste par de pollos en salsa negra que, patas arriba, te hacen objeto de su adoración antes de que los descuarticemos. Bien, Romero. Pero deja esos pollos en paz. No es el momento. Ésta es una reunión de amigos. A no cagarla, ¿eh?
Uno de los pollos fue colocado hacia el lado de la mesa donde se sentaron Martín Romero y Rengifo. Del otro daban cuenta Salvador y su familia. Los muslos y las alas se deshuesaban entre las manos y los dientes grasientos de los dos niños. Sofía y Carmela, su madre, siempre tan femeninamente amargadas por los kilos de más, compartían hilacha a hilacha el magro tejido de la pechuga partida en dos. Por su parte, Salvador daba cuenta de las nalgas y el pescuezo. Siempre el mismo equipo, tan horrorizado e indignado el día que Benito, el gato, se tragó a Caruso, el canario ¿Hacía cuánto ya? Años. Ricardito aún no caminaba, pero sus ojos muy abiertos se sumaron al horror del espectáculo, igual que hoy a la fruición del comer.
−Me gusta el pescuezo −dijo Salvador, y las mujeres lo miraron en silencio.
−Ya se viene éste −dijo la suegra.
−Mamá...−advirtió Sofía, y Salvador continuó mientras chupaba la pieza.
−Saca lo peor de mí. −dijo Salvador.
−Aunque lo peor de ti no es cosa de la que puedas alardear, mi querido yerno −interrumpió Carmela. Salvador insistió.
−Es cierto. Soy un criminal sin crimen; lo más parecido a un judas sin traición. Como sea, lo chupo hasta que el ave, me parece, clama por una merecida paz en el bote de la basura. Puedo sentirlo, hacerme de su sentimiento, porque siempre me toca el pescuezo. Siento el clamor del animal en la rigidez del hueso. Sigue, mientras lo despojo, el trayecto de un impulso vital iniciado el día en que se descascaró. Recorre la esperanza de no servir ya e ingresa, por fin, al reino del desecho. ¿Nunca te toca el pescuezo, Martín? −preguntó Salvador.
−¿A éste? −se apresuró a intervenir Rengifo −Si es un despescuezado.
−Conozco la teoría −dijo Martín Romero
−¿La teoría? −preguntó Rengifo
−Sí –respondió Salvador −Resulta que con los años he ido poco a poco reconstruyendo una teoría según la cual, en el ritual de la comida en familia, el pescuezo −la única pieza que no tiene doble ¿eh?− representa el reconocimiento hecho por la tribu al mediocre jefe. Símbolo de afecto cuando los afectos se nos han ido al pescuezo. Se siente uno sórdido objeto de consideración cada vez que ve la pieza rodar hasta su plato. Igual que uno mismo hasta el profundo plato de esta existencia familiar de lunes a lunes. Pero es mejor que pare ya. Esto no es cuestión de decir en la mesa. Es el tipo de discurso que uno se traga solo a solas. Vas directo a un callejón sin salida. Ahí se viene de nuevo. Los tragos. Debe ser. Recuerdo que, también, al plato de mi padre iba a parar siempre esa parte cilíndrica, semicurva y descabezada del pollo. −añadió Salvador.
−Si no te gusta ¿por qué la comes? Nunca me lo has dicho −intervino Sofía con controlado enfado.
−No he dicho que no me guste. −respondió Salvador.
−¿Y entonces? −preguntó la suegra.
−Nada. Pensaba en voz alta. Sólo eso. Papá se sentaba hacia la misma punta de la mesa a la que ahora yo. En aquel entonces lo veía tan lejano, desconocido, sin que pueda decir cuándo me alcanzó esa lejanía desconocida en la que me he convertido. En la pared ubicada detrás de la cabeza de mi padre colgaba un cuadro que contenía, en sobrerelieve de bronce, la escena de la última cena. −dijo Salvador.
−Y allí está, guardado en el escaparate −interrumpió Sofía.
−¿Aún no te has librado de esa cosa, Sofía?. −preguntó Salvador con asombro.
−No. Tu madre me hizo prometerle que lo cuidaría ¿recuerdas? −respondió Sofía.
−Es verdad. Bueno. Ninguno de aquellos sujetos reparaba en la mesa servida, y todos estaban pendientes de la luminosa figura del Redentor, menos uno que, en un primer plano hacia la izquierda, escondía para los comensales la bolsa de los treinta denarios que mostraba al mundo fuera del cuadro ¿Y qué creen, eh? Durante muchos años, hasta que me enteré de que ése era Judas, creí que lo que había en la botija era el dinero para pagar aquélla cena, así como mi padre siempre sacaba la cartera para pagar cuando nos llevaba a comer fuera de casa. Desde entonces, nunca dejé de pensar en la posibilidad de que hubiera un judas en la mesa familiar ¿Seré yo?, jugaba en silencio, mientras mi madre sacaba los platos de la vitrina, iba y venía entre el comedor y la cocina, y mi padre leía el periódico. Igual que ahora yo. −relató Salvador.
−Si tú quieres, papá, la próxima vez te cambio mi muslo por el pescuezo −dijo Ricardito con la boca llena de pollo y el alma de vanidad de niño bueno. Desde el otro lado, el hermano mayor lo miró con desprecio.
−Gracias, hijo. Pero no es necesario. Cada vez que tu mamá, luego de repartir el cuerpo del animal, dice: "y para el jefe de la casa...", me siento heredero de una inmortal tradición. −dijo Salvador. mientras contemplaba el modo en que sus ironías hacían aguas en la perdurabilidad familiar.
Sofía ya mira muy molesta. La vieja Carmela ni se diga: ésa ni disimula cuánto desea lincharte. Y tú esquivas la mirada de las mujeres que miran hacia el pendejo éste, el que ocupa su sitio de honor, el de siempre, en la mesa, sentado hacia esa punta del mundo que ni si quiera sabes por qué detestas. Un día terminarás como tu suegro, que ya no participa de esta guerra a muerte contra un pollo muerto porque, el pobre, incapaz de engullir nada que no haya sido previamente molido, se mantiene a distancia, en la misma ya familiar lejanía, expuesto en el balcón. Acaso nos escucha y mira tras sus sentidos inútiles como quien, para saber lo que hay del otro lado del muro, le basta el muro. Has tomado el camino más directo. Callejón sin salida.
−Niños ¿no les dije que vinieran a recoger al abuelo? −dijo Sofía.
Después del pollo vinieron las panquecas, uno de los baluartes de la tradición familiar en su rama femenina, y después de las panquecas el café, que Salvador, siempre tan original y lleno de arrojo en medio de una existencia hecha de dios entero y pollo despresado, acompañaba con un cigarrillo que fumaba lentamente.
−El alquitrán y la nicotina te llevarán a la muerte −apuntó la suegra de Salvador que, junto con Sofía, iba y venía entre el comedor y la cocina recogiendo los platos de la mesa.
−Soy el único que tiene el vicio ¿Sabes? −dijo Salvador. dirigiéndose a Martín Romero. −A veces he imaginado mi nombre en uno de esos libros de "records" mundiales, alargando orgulloso la lista de sujetos que sólo se saben vivos en medio del peligro de muerte. Así yo, en medio del humo del cigarrillo que sostengo entre los dedos y llevo a la boca en cada vez más lentos movimientos, protagonizando una vez más el temerario acto de permanecer sentado. Después de todo, no hay mayor riesgo de muerte que envejecer.
−Vamos −replicó Rengifo− estás medio borracho.
Salvador esperó a que se fuese su mujer, y entonces continuó, ahora muy cerca de los otros dos y hablando en voz baja:
−¿Te parece? Y eso que no te he dicho nada sobre las panquecas. −dijo Salvador.
−Rengifo tiene razón. Déjalo de este tamaño. Creo que estás echando a perder la reunión. Mira que estás pesado ¿eh? −advirtió Martín Romero. Pero, igual, Salvador continuó.
–Podría destrozarla en un segundo con sólo decirle o mostrarle en cualquier lenguaje código de matrimonio lo harto que estoy de sus panquecas semidulces de queso y mermelada. Siempre me las prepara, semidulces en el punto exacto, algo especial. Suman ya quince años de "algos" especiales de queso y mermelada, para quien, como yo, es especial. Cada vez que pienso en esas panquecas, las huelo, como ahora, desde lejos en su punto exacto de cocción y dulce, mientras las veo aproximarse a mí, en torres de a tres, derramándose en mermelada y queso fundido por los bordes, me parecen bocas sin rostro sonriendo. Yo en la mesa, también sonriendo, el especial, encogido de corazón y hombros, deseando ser un cualquiera, perdido, anónimo, con tal y no volver a enfrentarme con esas panquecas ¿Es justo sentir lo que sé es posible sentir? y antes de sentirlo y darme respuesta, engullo; de un lado de mi sonrisa engullo, y del otro, el que queda a la vista de todos, me muestro agradecido. Siempre termino limpiándome con la servilleta los restos de panquecas en mis labios, y diciéndome en silencio: aún hay tiempo. Y el tiempo pasa, pero siempre hay tiempo. No entiendo. Paso yo. Soy, en mi bobalicona manera de sentir que aún hay tiempo, todo lo que él no es y destruye matemáticamente según el calendario colgado en la pared de la cocina. Me siento tan muerto que cuando muera no necesitaré ya morir. −dijo Salvador, como quien lee algo en voz alta.
−Vamos −dijo Martín Romero− No puede ser tan malo. Rengifo tiene razón. Estás pasado de tragos. Te portas como un chiquillo ¿A dónde crees que vas con toda esta retahíla? Además, si estuvieras en mi lugar te estarías quejando de la soledad...y qué se yo. Te conozco.
−¿Sabes? Sofía se empeño un día en que tuviéramos un hijo para amarnos más, y luego otro. Los hacíamos, y sólo hemos logrado ser más. Primero dos, luego tres, luego cuatro. ¿Quieres que te diga algo, mi querido Martín? Cuando Rengifo me dijo que te ibas a Buenaventura, le dije que estabas loco. Y aún sigo pensando lo mismo, no voy a negarlo. Pero, por otra parte, también debo decir que a veces te envidio. No porque crea que vas a un paraíso ni mucho menos. Claro que no. Es ése instinto suicida que siempre te ha dominado. Creo que eres un maldito bastardo cuyo único objetivo (si hubiera que adjudicarte uno) es la burla. Yo sé que eres capaz de sentarte aquí toda la noche a mostrarme las bondades de mi existencia. Pero eso es como pagar el servicio de luz eléctrica de tu vecino: te complace realizar el favor porque no representa para nada el asqueroso compromiso de ir a pagar tu propio recibo. Pero no es necesario. Tú, comisario Romero, eres el que no sabe lo que es la soledad. Te cambio mi silla por la tuya ...quince días, eso será suficiente. Entonces me hablas del infierno. −dijo Salvador.
−¿Y es que tú envidias a éste? Si, en realidad, está completamente loco. Yo que te lo digo. −dijo Rengifo.
−En todo caso ¿por qué no lo dejas, entonces? Habla claro con Sofía, y ya. −agregó Martín Romero
−Si fuese tan sencillo no sería infierno. −resplicó Salvador.
−¿Ves lo que te digo? No tienes remedio. −insistió Martín Romero
−Es cierto −remató Rengifo. Luego, dirigiéndose a Martín Romero −¿Recuerdas? Ya lo decía el viejo Rangel allá en El Mesón.
−¿Qué decía, qué viejo? −preguntó Salvador
−Olvídalo −dijo Martín Romero.
−¿Estuvieron en El Mesón? Yo creí que lo habían cerrado −dijo Salvador.
−Si lo cierran lo harán con el viejo Rangel adentro. −dijo Rengifo.
−¿Picamos la torta? −preguntó Sofía asomada a la puerta de la cocina.
−Está bien −dijo Salvador.
Todos se ubicaron alrededor de la mesa. Sofía encendió las velas de la torta, y Rengifo apagó la luz.
Ay que noche tan preciosa
Éste noche de tu día
Todo lleno de alegría
De dicha y felicidad
−¿Por qué no cantan un cumpleaños normal, estándar? Cumpleaños feliz tan, tan, tan...y ya −dijo Salvador en voz baja a Martín Romero, que balbuceaba algo inaudible.
−Calla y canta −le ordenó Martín Romero a Salvador en voz baja.
−Estúpido el que inventó el bolerito. Criminal el que lo convirtió en canción oficial. −insistió Salvador.
−Está bien. Pero ahora canta y ya. −replicó Martín Romero.
−Y a Rengifo como que le gusta ¿no? Mira como conduce el desgañitado coro −dijo Salvador.
−Las velas. UDS. dos ¿No van a apagar las velas? −dijo Sofía cuando terminaron de cantar.
Martín Romero dio un codazo a su compañero de festejo, que ni se movió. Entonces, solo, se adelantó y sopló sobre el pastel. Aplausos. Los sintió sobre su cabeza, como si el sutil silbido de sus ecos metálicos se blandieran a sí mismos cerca de sus orejas mientras retornaba a la posición inicial. Aplausos por los treinta y nueve, la obra maestra de envejecer, lento, seguro, podridamente incansable en tan fútil faena. No. Aplausos porque aún eres capaz de inclinarte y soplar sobre el círculo de velitas. Mientras la estupidez del hombre distraiga la estupidez del hombre, siempre habrá quien le aplauda ¿Y el Salvador? Vaya malcriadez. Aún no terminan los aplausos y el muy majadero ya se retira de la mesa. Mira que la cosa también es contigo ¿eh? Una reverencia al ridículo. Bien. Por los dos. Que hacerlo los dos, al mismo tiempo, quizás hubiese sido más ridículo aún. Ah, pero el caso es que tenía que ser yo ¿eh? ¿Por qué no tú, Salvador? ¿eh? Lo sé. No estoy hecho para éstas cosas. No importa lo que piense, siempre trato de pasar desapercibido. No me gusta llamar la atención, menos aún negándome a lo que todos, por razones que normalmente desconozco, suponen como procedente. Sí, claro, gracias, gracias. Beso. El lápiz labial de Sofía huele a agua de flores con salsa de pollo. No tenías por qué molestarte. No me lo esperaba. Me gusta ese olor. Tiene la fuerza de lo verdadero. Debe ser. De tu parte y de Salvador, claro. Se los agradezco mucho, aunque seguro que fue idea tuya y no de él. Nadie habría inventado un olor así adrede. Se mezcla con un sutil olor a champiñones que viene del cuello, hacia donde comienza la cabellera, y nada tiene que ver con la culinaria, sino con la piel misma al mezclarse con el cabello. Ah sí, el microondas ¿te gustó? No es lindo, pero sí práctico; eso sí. Debí haber buscado un regalo apropiado, que hablara bien de mí. He quedado como un patán. Se nota que salí del paso. A Sofía le hubiera gustado otra actitud de mi parte. Pese a su sonrisa siempre cortés, casi tierna, es obvio que esperaba otra cosa de mí. Una figura en madera; eso seguro le habría gustado. Las personas siempre respetan la inutilidad de la madera, que es la textura de la madera. O una cobija con algún dibujo de esos que hace olvidar la cobija. La mitad cubriría su cuerpo en la indecible mitad de su sueño. Vamos, Romero. Que cuando el señor tequeño te mostró el microondas, lo único en que pensaste fue que ya no tendrías que andar por allí de tienda en tienda buscando un bonito obsequio. Es verdad. Ya no habrá otra oportunidad. Que sutiles y endebles son los hilos que conectan a las personas. Este es otro caso acabado. Así es, Romero.
−Gracias por el regalo −dijo Martín Romero a Salvador, con la caja de discos compactos en la mano, luego de acercarse al balcón, a donde Salvador había ido a sentarse poco antes.
−Las mujeres tienen un tacto especial para esto de los obsequios ¿Te das cuenta? Nunca se equivocan, y siempre quedan bien. −dijo Salvador, mientras Martín Romero colocaba la caja sobre la mesa.
−Una colección completa ¿no? −comentó Rengifo, que se había acercado a los otros dos.
−Es verdad −dijo Martín Romero −Y yo con un mierda microondas.
−Vamos, Martín. Yo no lo dije por eso. −dijo Salvador.
−No. Tú y Sofía están muy satisfechos con lo del microondas. −dijo Martín Romero.
−Bueno. En todo caso, eso confirma lo que te digo respecto a ese tacto especial con la mujeres ¿Tú crees que a mi se me hubiera ocurrido la más mínima mierda de regalo? Sofía siempre se ha encargado de eso. −dijo Salvador.
−Bien, Romero. Una colección completa para rebobinar ¿eh? Ya sabes cómo es. Ahora no le dicen a uno viejo, o pureto, como decíamos nosotros, sino adulto contemporáneo. −dijo Rengifo, mientras tomaba uno de los discos de la caja.
−Sí. Traducido a lenguaje real: chamo de otoño, que no es chamo ni es un coño. Bueno, y ¿por qué extrañarnos ¿eh? Al fin y al cabo estamos en la era de las ambigüedades ¿no? −dijo Salvador.
−¿Cómo es eso? −preguntó Rengifo, mientras seguía manipulando los discos de la caja.
−¿Qué cómo es? ¿No sienten que estamos como en medio de una turbia niebla ideológica, en el sentido mas riguroso del término, quiero decir? La gente es más inteligente y piensa más, se dice. Pero si no piensa mejor. Nos abruma la información, y uno siente que no hay nada más inútil que la información, pero es un deber estar bien informado. Nunca se ha comido más mierda, y nunca ha sido la salud un valor tan estimado. La gente grita, y es difícil saber si se trata de gritos de felicidad o de terror. Estamos vacíos, pero jamás hemos estado tan ocupados ¿Han visto algo más ambiguo que el postmodernismo? Se acabaron las utopías, pero el progreso nada lo detiene. En verdad, alguno de Uds. dos podría establecer ahora mismo una clara diferenciación entre ser mediocre y ser feliz? A ver.
−Feliz, feliz. Alegre, alegre. −dijo Martín Romero.
−Y eso ¿qué? −preguntó Salvador.
−Lo dice el gato de la comiquita. −respondió Martín Romero.
−Ah sí. Stimpy. La verdad que para conseguir algo de valor en esta época habrá que hurgar en los dibujos animados. Porque si te vas a la academia o a los foros institucionales, estamos fritos. −dijo Salvador.
−Hey ¿qué pasa con Uds.? Parecen ancianos mascullando contra el pasado. Si quieren, les consigo una silla fija en la plaza Bolívar ¿eh? Allí se la pueden pasar el día entero jodiendo sin molestar a los demás. Oigan, miren esto: El último beso. A ver, Romero, dime si el peludo no se parece a Salvador. −indicó Rengifo.
−La verdad, sí −dijo Martín Romero entre risas.
−¿Qué si no? Ponle un coleto a éste en la cabeza, y es igualito. −dijo Rengifo, mientras levantaba el disco para observarlo mejor. Al rato agregó −Yo no creo, la verdad, que esta mierda fuese mucho mejor. Se los digo.
–Quién sabe. A lo mejor hay algo de envejecimiento prematuro en cuanto digo. Pero no creo que sean meras masculladas de viejo, como tú dices, Rengifo. Y si no, mírate tú mismo ¿Recuerdas cómo criticabas a Martín porque te parecía, justamente, ambiguo? Tremendo lío el que se armó cuando éste dejó escapar al viejo… ¿cómo se llamaba? Medina ¿Lo recuerdas? −preguntó Salvador.
−Si. Y recuerda también cómo enfrentaste al mismo Salvador cuando insultó al negro. −acotó Martín Romero.
−¿Qué negro? −preguntó Rengifo.
−Al chiquito, al que llamaban el Moise ¿recuerdas? −respondió Martín Romero.
−Ah sí, el Moise. −dijo Rengifo.
−El hombre nuevo, lo llamaba Martín. −intervino Salvador.
−¡Bueno, qué carajo! Era cuestión de disciplina ¿o no? Romero nunca debió haber ido al rancho por su cuenta y soltar al viejo, así, por cuenta propia. Habíamos acordado que lo fusilaríamos ¿o no? Eso fue lo que acordamos. Se supone que Romero sólo iría a darle de comer y a vigilarlo. El no era quien para decidir por su cuenta. Yo creo que importa poco cuánto sentido tenía lo que hacíamos. Hoy nos reímos de ello, lo sabemos. Pero en aquél momento había que guardar la disciplina. −explicó Rengifo.
−Dime una cosa, Rengifo, con toda sinceridad ¿En verdad ibas a matar al viejo? −preguntó Salvador.
−¿Iba o íbamos? Yo no estaba sólo en ese asunto. −respondió Salvador.
−Bueno, sí. Pero pregunto por ti ¿Habrías dejado que mataran al viejo? −insistió Salvador. Esperó unos segundos tratando de atrapar a mirada esquiva de Rengifo en medio del silencio, y luego continuó. −No lo habrías hecho, y tú lo sabes. Ninguno hubiera aceptado aquello; ni el mismo Joe, que, creo, era el más dispuesto de todos nosotros y, no en balde, el más desquiciado. Al amanecer, tú y él recriminaron violentamente a Martín. Y yo, aunque no intervine, lo acepté en silencio. Pero, en el fondo, todos nos sentimos liberados con aquella decisión. Yo no sé por qué lo hizo Martín, pero nos quitó un peso de encima. Por supuesto, que no íbamos aceptarlo así, sin más, y preferimos interpretarlo como que Martín había echado todo a perder. Pero, en el fondo, reconócelo, nos sacó, sin él proponérselo, de una necedad que nos agobiaba y nos hubiera agobiado aún más con la muerte del viejo, sin que ello nos hiciese menos necios. −dijo Salvador.
−Bueno, sí, lo reconozco ¿y con eso qué? −preguntó Rengifo.
−Lo que te decía, viejo, lo que te decía. Nos tocó una época necia, o más bien, quiero decir, en la que todo lo que te planteas, cuando te propones realizarlo, se disuelve en necedad. No creo que sea esto mera mascullada de viejo, no señor. Últimamente he pensado mucho en el asunto…no sé, quizás con esto de que el demente éste se va a Buenaventura. Digo yo. −dijo Salvador mientras señalaba a Martín Romero.
−Vaya −dijo Martín Romero –jamás pensé que sería motivo de reflexión para alguien que en realidad piense.
−Como le gusta burlarse ¿eh? Habrá que reconocer que es bueno para eso −dijo Salvador a Rengifo.
−Y has pensado ¿qué cosa? −preguntó Rengifo.
−Bueno, tengo una teoría al respecto. −dijo Salvador.
−¿Tan buena como al del pescuezo? −interrumpió Martín Romero.
−Déjalo que hable ¿quieres? −apuntó Rengifo.
−Me temo que no tan buena. Pero, en fin. Hay generaciones que, vaya uno a saber por qué dictamen del azar o cualquier otra vaina que se pueda considerar causa, coinciden en una época de hacer y cambiar. Y las hay que, por más voluntad que pongan, hacen aguas en la desidia y el ridículo. −dijo Salvador, y esperó durante unos segundos de silencio.
−Ajá. Y nosotros formamos parte de éste último tipo. −dijo Rengifo.
−Exactamente ¿No se dan cuenta? Teníamos por detrás una de las décadas mas jodidas. La política, la economía, la resistencia y la militancia en un tiempo donde el obrero y el estudiante en verdad sacudieron al sistema imperante. En medio de un Estado de Bienestar en decadencia, la insurgencia florecía en todo el mundo en respuesta a las intervenciones en Santo Domingo, Argelia, el Congo y Vietnam. Las calles de las ciudades se llenaban de protestas y los campos de Indochina ardían con NAPALM. Y luego ¿qué? Esos cuellos largos, las patas de elefante, colores chillones y mucha gomina. Bienvenidos a los setenta, camaradas. John Travolta es el rey, y el Rocky de Stallone ha conseguido el Oscar a la mejor película. Tres meras cifras, 666, el número de la bestia, infunden el horror. Bueno, para ser justos, hay que decir que también a Gene Hackman le dieron un Oscar por Contacto en Francia. Nosotros nos fuimos a Buenaventura cuando la guerrilla ya había desaparecido en el país. Los grandes personajes andaban por las calles bebiendo café y dictando conferencias en los salones. Douglas, Moleiro, Martín ¿Qué eran si no las vedettes que todos iban a escuchar y contemplar envueltos en su luz dudosamente heroica? Imagínense lo que hubiera sido del pobre Medina si, en lugar de subir a Buenaventura en las postrimerías de los setenta, lo hacemos diez o quince años antes, los mismos cinco pendejos, eh? A lo mejor Romero lo hubiera soltado igual, pero allí mismo lo volvemos a traer, lo fusilamos, si es que lo íbamos a fusilar, y quien sabe si hasta al mismo Romero. −dijo Salvador.
−Pero el Moise y el Indio no pensaban así, te lo aseguro. −dijo Martín Romero.
−Claro que no. Ellos no tenían puta idea de nada; les daría lo mismo hoy que cien años atrás. El uno por retrasado mental; el otro por demente, mitómano. −replicó Salvador, mientras Rengifo le miraba apenado. Entonces continuó −Y tú no pongas esa cara… ¿cómo era que éste se llamaba? −preguntó a Martín Romero.
−Patiño −respondió Martín Romero mientras sonreía.
−Comandante Patiño –siguió Salvador. −No pongas esa cara. Sé que muchas veces te reclamé el habernos puesto a seguir a un par de idiotas. Pero qué carajo, nosotros lo sabíamos. Pasa que siempre tenemos que culpar a los demás de nuestra propia estupidez. Es humano, como dicen. Subimos a aquel cerro por mera voluntad, pero en el fondo sabía que íbamos a nada, que habíamos llegado tarde, muy tarde ya. Vivimos toda la vida hablando de la maldita crisis que en verdad nunca existió, o al menos todos eran incapaces de ver. Y hoy, cuando la vaina está realmente jodida, que la gente en verdad se muere de hambre y que las transnacionales en verdad se comen a los que no terminan de morirse ¿qué? Tiene que venir un militar a ver si arregla esta vaina, porque ni los de izquierda ni los de derecha sirven para un coño; a todos se los llevó lo que algunos comienzan a llamar la cuarta. −dijo Salvador.
−¿Y en verdad piensas que ese loco de carretera va a arreglar algo? −preguntó Rengifo.
−No lo sé. Por ahora, lo que digo, no es eso, sino que el liderazgo viene del sitio que más despreciamos: el ejército ¿Te das cuenta? ¿No que los militares no eran más que gorilas y los curas opio para el pueblo? Pues hoy la esperanza, la utopía, se entiende, la representa un militar bolivariano y cristiano. −dijo Salvador.
−Para mi no es más que una mierda. −dijo Rengifo.
–Lo será, lo será. No lo sé. Pero allí está, ese es el punto. Para nosotros todo es una mierda, y ese carajo arrastra gente con símbolos por los que tú y yo no habríamos apostado jamás. −insistió Salvador.
−¿Y es que tú, Salvador −como Romero− crees que esa espantajo de dictador va a ganar las presidenciales con esa cantaleta nacionalista del siglo XIX? Estamos a las puertas de un nuevo milenio, digo, por si no se han dado cuenta. −preguntó Rengifo.
−Otro que todavía lo duda −dijo Martín Romero dirigiéndose a Salvador.
–Uds. Están locos. El mundo cambió ¿no lo ven? Adiós imperialismo, che Guevara y proletariado. Todo muy bonito, sí, está bien. Caso acabado, como dice Romero. Los rusos la cagaron, y si Cuba dura durará lo que Fidel. −dijo Rengifo.
−Soviéticos. −aclaró Salvador.
−Como quieras ¿Qué mas da? Lo que cuenta, amigo mío, es que ésta es otra época, y Uds. y el loco ése que soltaron de Yare, unos meros majaderos que no lo ven. −dijo Rengifo.
−Vaya, ha hablado el señor calidad total. −dijo Martín Romero.
−¿El mismo que hace casi veinte años me estaba dando una clase de moral revolucionaria y de mundo mejor? −preguntó Salvador.
−Pasa que el mundo mejor ya llegó. Es esta mierda en la que Uds. se niegan a poner los pies. La realidad, mi querido moralista, no la inventé yo. A mí sólo me toca verla, pararme en ella y sobrevivir. −replicó Rengifo.
−Discurso a lo Oxford. Sigan así, que es el camino más directo para que Chávez les dé una paliza de la que no se van a recuperar ni que vuelvan a nacer. −advirtió Salvador.
−No, si el indio ese ya que jodió a los adecos con sus refritos bolivarianos y sus moralejas bíblicas. No me jodas, Salvador. Éste no es mas que un bolsa que se viene al suelo no más se apague su luz de mártir. No te das cuenta, pero eso es lo que hicieron al liberarlo. En la cárcel, el tipo es un héroe. En libertad un político de poca monta que desaparece al día siguiente de las elecciones, si es que alcanza llegar completo a ellas. Ya verás. Bolívar, Zamora, Simón Rodríguez, Jesús, en un mundo donde mandan Internet y las computadoras, la telemática y la gerencia total. No, si ya que se montó en Miraflores el indio este. −replicó Rengifo entre carcajadas.
−Ese es el punto, viejo. ¿No te das cuenta? El tipo ha retomado la utopía que la nueva generación de adecos ha rechazado por innecesaria o superflua. Se van a joder. Estos niñitos de la política no lucharon por el poder; se encontraron con él en las manos. Por eso les es fácil deshacerse de la utopía y hacer del discurso político una suerte de memo salido de la gerencia, y eso es lo que los va a joder a todos; yo que te lo digo. La política, mi querido amigo, no puede prescindir de la utopía, del futuro, del quehacer a realizar según voluntad y esperanza. Este Chávez lo sabe muy bien, y sólo nuestros modernos políticos, que se quieren despojar de su imagen de tales y aparecer como eficientes técnicos y gerentes, lo ignoran. El liderazgo político, sin utopía, es incapaz de infundir esperanza. Estos políticos modernos se dirigen a una masa sin esperanza, seguros de que nada hay que despierte esa esperanza. Toda su garantía de poder se basa en que la gente ya no se interesa por la política ni los políticos. Mientras así sea, bien. Pero Chávez se dirige a un pueblo, a ese mismo pueblo al que tanto alabamos nosotros en los tiempos en que, incluso, fuimos capaces de trepar los cerros de Buenaventura a sabiendas de que nada íbamos a hacer allí. Y eso le puede dar un vuelco completo a la tortilla. −dijo Salvador.
−Yo no sé. Lo que dices suena muy lógico, en teoría. Pero ¿a quién va a impresionar hoy día un militar que se llena la boca con un discurso decimonónico? −preguntó Rengifo.
−La idea de que el futuro puede deparar cosas mejores, es, en sí misma, hueca, vacía. Si la quieres llenar de contenido sólo puedes ir al pasado. Te prometo el porvenir, pero el porvenir, al final, es una forma de retomar la esperanza frustrada tiempo atrás. Es lo que le da sentido a la utopía, lo que la arraiga entre nosotros, lo que la hace distinta al mero Dios, y la torna corpórea, material. Así ha sido siempre. Todas las revoluciones se han basado en una actualización de lo tradicional; así lo hicieron Gandhi, Mao, Lenin, Khomeini. Sus revoluciones no salieron de la nada intelectual, sino que fueron futuros lanzados como reivindicación de valores tradicionales, de promesas abandonadas, esperanzas traicionadas. −explicó Salvador.
−Mierda. Eso sí que suena raro ¿no? Uno piensa que la revolución es romper con el pasado, no vincularse a él. −dijo Martín Romero.
–Eso crees tú, Pero te sorprendería saber cuánto depende una revolución de las más conservadoras tradiciones para darse sentido a sí misma, Si, viejo. La historia, que no es más que una manera más o menos técnica de llamar a la existencia, es mero acontecer. Las cosas aparecen, las cosas desaparecen. Y así una y otra vez, no importa cuantas veces miremos o dejemos de mirar. Si te pregunto por qué, a lo sumo atinarías a encogerte de hombros; tú y yo lo sabemos. Y también sabemos que un tipo como tú pueda hasta estar muy conforme con un encogimiento de hombros. Pero a la gente no le agrada eso. Para la gente no es suficiente un encogimiento de hombros. La historia horroriza a todos. Por eso Dios está allí, dándole sentido a su terrenal desgracia, pero sin mezclarse con ella, claro. Los revolucionarios son mas o menos como Dios: te prometen el cielo, pero, a diferencia de Dios, no te exigen el salto a la eternidad sino, por el contrario, te dejan permanecer eternamente en la historia. Sólo eso los hace creíbles, políticamente concebibles; ellos lo saben bien. Chávez lo sabe. −dijo Salvador.
−Los rusos pusieron la cagada… −insistía Rengifo entre dientes, recostado en el sillón, vencido por el licor y el sueño.
−Éste sí que me está siguiendo ¿no? −dijo Salvador entre risas.
−Es del tipo pragmático, ya sabes. En tiempos de revolución nunca pudo entender que te leyeras los tres tomos de El Capital. En tiempos de conformismo menos entiende que te vengas con todo ese análisis. Chávez es una mierda y ya. Éste no es, en realidad, un reaccionario; es sólo un conformista que, como tantos, nada quiere saber que lo distraiga de su conformidad ¿Recuerdas cómo odiaba al Indio? −preguntó Martín Romero.
−Que si no. No podía verlo ni en pintura. −respondió Salvador.
−Al principio fue así. Pero, ahí tienes, no más el Indio le habló de Buenaventura y de sus planes con Medina y toda aquella fanfarronada, tanta antipatía desapareció como por encanto. Comenzó la ardua tarea de contribuir a la construcción del mundo mejor llevando el comunismo a Buenaventura. Rengifo encontró en el Indio y el Moise sus más sólidos aliados, acaso por ser los únicos que en este mundo lo tomaron en serio. El Moise era el último de una trilogía en la que el Indio se consideraba inferior a Rengifo y el Moise inferior al Indio. En dirección descendente, el Moise ya no tenía a quién mirar. Un día en que Rengifo, según me contó él mismo, explicaba las teorías de la evolución y de la creación como los paradigmas que intentaban dilucidar el origen del hombre, el Moise preguntó por el origen de tanto negro como había en Buenaventura. Patiño (ya sabes, éste era el nombre que se daba Rengifo en Buenaventura) le informó de la masiva importación de esclavos traídos al continente durante siglos en barcos negreros europeos. Entonces el Moise preguntó: ¿Y eso qué es, creación o evolución? Buena pregunta ¿eh? Rengifo se rió mucho cuando me comentó el asunto, y yo todavía la recuerdo como una patada en el culo. Con una pregunta así yo me volvía mierda, dije. Pero Rengifo ni siquiera escuchó. En fin, para Rengifo, si había que hacer la revolución, aquellos sujetos le proporcionaba el material adecuado y ya; suficiente para Rengifo. −dijo Martín Romero.
−Y para nosotros. −advirtió Salvador.
−Sí. También para nosotros. −dijo Martín Romero.
−¡Que tiempos aquellos! −dijo Salvador.
−¿Qué? Bueno ¿no y que era una época de mierda? ¿En qué quedamos, viejo? −preguntó Martín Romero.
−Sí. Una época de mierda. Pero, por aquel entonces, sólo veíamos el principio. Mira a donde fuimos a parar. Éramos idiotas. Ahora lo somos un poco más. Mira a Rengifo. Como ronca el condenado ¿eh? Yo, que sólo me quejo de las panquecas de mi mujer y soy incapaz de pasar una noche fuera de casa. Tú, otra vez de policía y que te vuelves a Buenaventura. Cuánto hemos avanzado todos ¿No te parece? Por cierto ¿en verdad quieres ir allá de nuevo? ¿Qué puedes ir a buscar en esa mierda, Romero? −preguntó Salvador.
−No lo sé, y la verdad, no me importa −respondió Martín Romero.
−¿Cómo es eso? −preguntó Salvador.
−En realidad no sé muy bien cómo es esto. Sólo quiero volver. En verdad, aunque no fuese así, lo haría. Hago lo que me ordena el viejo Montenegro, ya sabes. Pero, en éste caso, tengo interés en ir, mi propio interés, quiero decir. Tiempos de revolución, tiempos de conformismo. Quizás quiera decir lo mismo, pero yo lo veo de esta manera. Aquellos eran los tiempos en que a mí el mundo me parecía injusto, y buscaba con una idea o un hombre, salvarlo. Idea encarnada o carne idealizada, al final es más o menos lo mismo. Yo lo imitaba. Estos son los tiempos en que nunca he sabido de lo que sería capaz por mi mismo. Es la ventaja de las épocas de mierda; cuando nada vale nada, nada puede distraerte ¿no es cierto? En fin, supongo que, por algo así, me vuelvo una vez más a aquel lugar. −concluyó Martín Romero.
−¿Y no se te ha ocurrido que puedan reconocerte, o algo así? −preguntó Salvador.
−No. Bueno, la verdad, no he pensado mucho en eso. Algo me dice que vaya. No sé qué, ni para qué. Simplemente no pienso mucho en ello ¿Sabes? Me parece que nunca se está tan cerca de un hombre como cuando se sabe, de verdad, de su miedo. Medina tendría cincuenta años, más o menos ¿no? ¿Cómo será ahora? Ese tipo de cosas me pregunto. Nada más. −respondió Martín Romero.
–Ya tendrás ocasión de saberlo. Pero insisto en que debes estar un poco loco, más o menos, Martín Romero. Aunque, viniendo de ti, no es cosa que me extrañe. No sé cómo le haces, pero, con revolución o sin ella, siempre te las arreglas para protagonizar tus propias pequeñas aventuras. Quizás deberías tomar en serio lo que dice el viejo Rangel y ponerte a escribir novelas; debes ser muy bueno para eso. −dijo Salvador.
−¿Tú también? Pendejadas de Rangel. No sirvo para eso, y ya. Jamás podría sostener una historia completa. Miles de cabos que atar hasta hallar la coherencia perfecta. Mantener la tensión y la atención del lector ¿te imaginas? ¿Que uno tenga que mantener la atención de otros que ni conoces? ¿Entretenerlos? Si yo ni siquiera logro entretenerme yo mismo. No, no tengo tanta paciencia. Yo no lo llamaría aventuras, como tú dices, sino, mas bien, escenas…sí, escenas, como los cuadros de una obra de teatro, uno tras otros, pero aislados, y sin la coherencia de la obra toda, sin cabos sueltos. Una historia en pedazos sin conexión, sin solución de continuidad ¿no es que le dicen Uds. los historiadores? −preguntó Martín Romero.
−Soy médico. Lo de historiador no es más que un pasatiempo. −respondió Salvador.
–Bueno, al final la historia es eso, un pasatiempo ¿o no? Como los crucigramas y las sopas de letras ¿no? Bien. Podemos llamarla sopa de tiempos. Sí, creo que sí. Escenas…sí, hablábamos de escenas. Inconexas, una detrás de otra, sin que tengas derecho a conocer la obra completa ni mucho menos las intenciones del autor. Sí, tenemos derecho a suponer que tales intenciones no son muy buenas. Por otra parte, a lo mejor, ni el mismo autor las conoce, y hasta puede que te sientas tan perdido como autor, como nosotros como personajes. Bueno, como sea, lo cierto es que ahí aparece uno, en plena escena, día tras día. A veces más de una escena al día; sí, mucho más de una, a veces. Le puede pasar a cualquiera, si se fija un poco y no está demasiado ocupado en Dios o la revolución; siempre pasa, yo que te lo digo. No es como escribir novelas, claro que no. Más bien se parece a concursar en uno de esos humillantes concursos de televisión de fin de semana. −dijo Martín Romero.
−¿Le has hablado de eso a Rangel? −preguntó Salvador.
−No. −respondió Martín Romero.
−¿Nunca le has dicho nada al respecto? −insistió Salvador.
−No, nunca. −respondió Martín Romero.
−¿Y por qué? −preguntó Salvador.
−No lo sé. Nunca me lo ha preguntado. −dijo Martín Romero.
−Con razón y el viejo sigue pensando que deberías dedicarte a escribir novelas. −dijo Salvador.
−Ya te lo he dicho; pendejadas de Rangel. −dijo Martín Romero.
−Bueno, pero dime ¿por qué a Buenaventura? ¿Qué vas a hacer en ese lugar de mierda? Allí no hay nada que buscar, Martín. −dijo Salvador.
−Yo no busco nada. Es un bonito paisaje. −dijo Martín Romero.
−Bueno, eso sí, Lo recuerdo. Si me hablas de un fin de semana, más aún con una bella mujer, bien, muy bien. Pero tú no vas de vacaciones. −dijo Salvador.
−En cierto modo sí. −dijo Martín Romero, mientras recordaba las palabras de Montenegro.
−No comprendo. −dijo Salvador.
−Olvídalo. Te lo explicaría, pero la verdad que ya, a esta hora… −dijo Martín Romero.
−Casi las tres. −interrumpió Salvador tras mirar el reloj.
−Así dice Montenegro. −dijo Martín Romero.
−Sí, claro: vestido de policía ¿no? −advirtió Salvador.
−Según él, lo único que debo hacer es mirar y esperar. Y eso me parece bien ¿Sabes que es lo que más recuerdo de Buenaventura? Su quietud. En realidad, no voy buscando algo, para nada. Y nunca me he sentido tan conforme con algo así. Sólo voy ¿Entiendes a lo que me refiero? −preguntó Martín Romero.
−La verdad, no. −dijo Salvador.
−Pasa que desde hace tiempo, quizás desde que fui a Buenaventura aquella vez, podría ser, he ido siendo invadido por una sensación de ridículo en todo cuanto hago o digo. Como las mareas ¿sabes? Baja, y uno ya sabe que volverá. Apenas abro la boca o muevo un dedo, comienza. No se trata de lo que haga o diga, sino de hacer o decir. Es como si en algún momento, el menos esperado, mi voluntad, transmutada en algo que no soy yo mismo, o que, si soy, desconozco, me señalara con el dedo: y a éste ¿qué le sucede? ¿te volviste loco o que? ¿a dónde crees que vas? −se detuvo de súbito Martín Romero. El otro lo miraba con acuciosa curiosidad. Entonces, luego de un corto silencio, Martín Romero observó −Me miras como si estuviera loco ¿eh?
−No es eso. −dijo Salvador.
−Sí es eso. −replicó Martín Romero.
−Bueno ¿qué quieres? Al final, soy médico, y no puedo evitar pensar en esas divisorias de las que hablas...
−Lo sé. Esquizofrenia. Significa mente dividida ¿no es así? −preguntó Martín Romero.
−Sí ¿Cómo lo sabes? −preguntó Salvador.
−He leído algo sobre el asunto. La cuestión afecta el pensamiento. Y las percepciones, y los sentimientos, y la relación con otros; para mí es lo mismo. Sucede entonces que cuando el pensamiento no puede establecer conexiones lógicas, aparecen los delirios. Las alucinaciones no son otra cosa que la expresión de esta incapacidad, y las más frecuentes son las auditivas ¿no? Sí, uno oye sus propios pensamientos en voz alta, o escucha voces que le ordenan realizar ciertos actos, o que simplemente comentan cosas. Que si esto. Que si aquello. Como tener un barrio lleno de vecinos habladores en la cabeza. Las reacciones emocionales son frías o inapropiadas. También están las alteraciones del movimiento: la catatonia, una postura rígida durante largos periodos de tiempo; los movimientos incongruentes y reiterativos realizados de forma impulsiva. Las relaciones interpersonales se deterioran progresivamente, ya que el esquizofrénico tiende a ser introvertido ¿Qué falta, doctor? −preguntó Martín Romero.
−Nada. Parece que estás listo para ser tu propio paciente, Dr. Romero. −dijo Salvador, al tiempo que se reía.
−¿Ves? −preguntó Martín Romero.
−¿Qué? −preguntó Salvador.
−Piensas que estoy loco. −insistió Martín Romero.
−Ya deja eso ¿quieres? −dijo Salvador.
−Puede que yo sea esquizofrénico, y que tal no sea estar tan loco, como pensamos, sino, mas bien, una cuestión de conciencia. También he leído algo sobre eso. Nadie, entiendo, podría estar consciente de un sólo golpe; se volvería loco de atar. De modo que el entendimiento es algo muy lento. Tú sabes, poco a poco, para poder resistir el trauma. Y al final, digo yo, uno sólo sirve para morir. Ahora, me pregunto ¿cómo sería alguien realmente consciente? ¿Sería distinto a lo que llamamos esquizofrénico? −dijo Martín Romero.
−Vamos, Martín. Ya hemos escuchado sobre eso. Los locos no son tan locos, sino sujetos que dicen la verdad. Muy sublime, bien. Pero la locura es locura. Las cosas son lógicas o no. Es posible que cualquiera produzca hasta grandes obras. Pero al final, una personalidad disociada puede llegar hasta el crimen. −aclaró Salvador.
−Te lo diré de esta manera. Yo sólo digo que si la conexión lógica es una capacidad del pensamiento, el delirio o la alucinación también puede que lo sean, de otro tipo, pero igual: capacidad. La voz de la conciencia; todo el mundo habla de ello. Debe tener, como cualquier voz, mil formas de hacerse sentir ¿o no? Que sólo atendamos a una, o sólo una tomemos en serio, es otra cosa. Seamos lógicos ¿eh? Si nos obcecamos en escuchar sólo la voz de la lógica ¿no sería lógico que otras voces resuenen allí, en los más oscuros rincones de nuestro ánimo, incomprensibles, fantasmales? A ver. Que el tipo es un introvertido: pobrecito, sacudámoslo, a ver si suelta todo para fuera; pero a nadie se le ocurre pensar que, por ejemplo, los extrovertidos son incapaces de sumergirse en su propia, y siempre, tenebrosa interioridad. Que la comunicación esto, la comunicación lo otro; pero ¿cuántos se reconocerían en la absoluta imposibilidad de que un ser humano comprenda a otro ser humano? El silencio no es necesariamente incomunicación, sino ausencia de palabra estúpida; el respeto, pues, que cada quien debería guardar para con su soledad y la de sus semejantes. En fin, quién sabe; puede que las piedras y los cementerios sean la ulterior sabiduría. −dijo Martín Romero. Salvador se quedó un rato mirando el vaso que tenía en las manos.
−¿Por qué estamos hablando de esto? Al final ¿cuál es el punto? −preguntó Salvador.
−El punto es que, revolucionarios o conformistas, con o sin utopía, todos anhelan ir al ritmo del progreso; si a la cabeza, mejor. Es una estéril carrera idolátrica ¿ves?: adelante, qué puede importar a dónde, si adelante. Ahora, digo yo, si Buenaventura es una mierda, como tú dices, lo será porque allí nada se mueve, como en los cementerios, digamos ¿eh? Pues bien, allí me quedo, entonces. Me gustaría saber cómo es eso. Una vez fui a llevar el cielo. Hoy sólo voy a pasearme por sus calles, instalarme en su inmóvil infierno. Estará bien para un esquizoide ¿no? −dijo Martín Romero.
−¿Sabes algo, Martín? Luego de aquél viaje a Buenaventura, consumada ya la fanfarronada y pasado el tiempo, siempre he pensado que, de todos nosotros, tú hubieras sido el único que, de ser preciso, hubieras matado al viejo. El Indio azuzaba a Rengifo: bueno, ¿y qué con el viejo, Patiño? Mira que nos coge el amanecer en esta vaina ¿no? Y nuestro comandante Patiño miraba alrededor sin saber qué decir ¿recuerdas? Cuando, de pronto, te levantaste y te fuiste hasta el cuarto donde habíamos encerrado al viejo, me quedé congelado. No sé por qué, yo estaba convencido de que ibas a matarlo, y, aunque ello me parecía una barbaridad, no atiné ni por un segundo a moverme e impedirlo. Y creo que a todos nos pasó algo parecido. No lo sé, en realidad, porque lo que es éste −Salvador señala a Rengifo con el dedo− nunca ha querido hablar del asunto. Olvídate de eso, dice; no fue más que una fanfarronada. ¡Fanfarronada, sí! Pero cuando vi a Martín Romero, revólver en mano, entrando a lo de Medina, no me sentí ya un fanfarrón más, sino el mismísimo criminal. En fin, cuando te vimos pasar y salir del rancho mientras te llevabas a empujones al hombre, nos jodimos, me dije. Todos nos quedamos quietos y callados. Bueno, todos menos el Moise; ése sólo roncaba; ni se enteró. Esperábamos una señal; un tiro, lo más probable. Pero nada. Horas después, cuando regresaste, solo, nadie supo qué pensar. Sólo al rato escuché murmurar al Indio, que otra vez hablaba con Rengifo: lo habrá ahorcado, entonces. −dijo Salvador.
–Pero, al amanecer, el comandante Patiño me recriminaba por lo que consideraba un acto de indisciplina que echaba a perder nuestra misión. −acotó Martín Romero.
−Sí, lo sé. La fanfarronada pudo, entonces, continuar ¿no? En fin, tú lo sabías ¿no? −dijo Salvador.
−¿Saber qué? −preguntó Martín Romero.
−El efecto que provocaría eso de ir revólver en mano a sacar al viejo del cuarto. −aclaró Salvador.
−En cierto modo. No lo hice con esa intención, pero, al hacerlo, me di cuenta de que se creaba la expectativa. −dijo Martín Romero.
Un concierto de ronquidos inundaba la única pieza del rancho. Agazapado en un rincón, Medina permanecía al fondo, atado de pies y manos, con los ojos vendados. Yo observaba el cuerpo del hombre enjuto, doblado en la oscuridad, manchado por lo retazos de luz lunar que se metían por los agujeros del techo. Cuando me acerqué a él escuché su respiración nerviosa, advertí la camisa sucia en la que el sudor había dejado marcas deformes, blancuzcas e imagino que salobres. Las manos atadas, muy blancas y largas, permanecían semicerradas, sin fuerza, como si se hubieran cansado de la angustia y hubieran muerto antes de la muerte. Los pies permanecían igualmente juntos, zapatos y medias embarrados, quietos como el resto de todo aquel cuerpo. Quizás aquel hombre, pese a que no roncara como los demás, se había quedado dormido por extenuación, igualmente, pensé. Pero su quietud era tan total y sobrecogedora que pensé en la posibilidad de que hubiese muerto, y que la respiración, el miedo y las ganas de seguir vivo fuesen sólo emanaciones de lo vivo suspendidas en el aire de aquella noche húmeda. Esperé un rato. Luego encendí un fósforo y, tras el fogonazo, aquel cuerpo reaccionó volteando la cabeza hacia arriba, como si me mirara, no con los ojos, sino con su impotencia toda. Todavía con el olor a pólvora quemada en la nariz, y mientras intentaba adivinar las intenciones de quien tenía a su lado, Medina habló, con voz trémula, casi imperceptible: Si vas a matarme por qué no lo haces de una vez. Llevo aquí casi dos días; de un momento a otro me encontrarán, y cuando lo hagan te prometo que voy a desollar vivos a ti y tus amigos. Hablaba por hablar. −relató Martín Romero.
−Escuché algo. Escuché su voz, pero no comprendí nada. Parecía el quejido de un animal. −acotó Salvador.
–Para levantarse, Medina tomó mi mano. Eran manos de rana, me he repetido muchas veces después. Salimos del rancho y nos internamos en la oscuridad de la noche. Continuaba la llovizna ¿recuerdas? Esa noche lloviznó sin parar. Leve y sin parar. Afuera nos salpicaba el rostro. En medio del silencio, rasgado por alguna rama venida al suelo, o por el movimiento de algún animal, quien sabe si gato, rata, serpiente o todas esas cosas juntas, caminábamos sin saber a dónde, los ojos cerrados por el sueño y el cansancio, abiertos por el miedo y la duda. Anduvimos a paso lento y constante, adelante Medina, detrás yo, que con la mano izquierda lo tomaba por el cuello de la camisa para guiarlo, mientras en la derecha llevaba el revólver. Así lo conduje por un lado y por otro, a veces retrocediendo un trecho, otras haciendo pequeños giros en redondo. −dijo Martín Romero.
−¿Y entonces? −preguntó Salvador.
–Al final, luego de casi una hora de caminata, no habríamos avanzado más de un par de kilómetros, creo yo. Pero Medina debía sentir que lo había conducido por un laberinto sin regreso. Cuando nos detuvimos, el viejo estaba exhausto, las piernas le temblaban. Cuando vi su rostro noté que no sabía si los últimos instantes emplearlos pidiendo perdón a Dios o a mí, su victimario, que lo dejara vivir. Su boca se retorcía en gesticulaciones que nadie alcanzaría a ver en la noche, sin que lograra articular palabra. Dio vueltas sobre sí mismo, obligado por mí que, sujetándolo por los hombros, lo hice girar una y otra vez, hasta que ya no pudo mantenerse en pie y cayó mareado. Regresé al rancho antes del amanecer y me metí en la hamaca correspondiente. −dijo Martín Romero.
−¿Y por qué no lo mataste? −preguntó Rengifo.
−No lo sé. A veces, quieto como un muerto de ojos abiertos dentro del ataúd de aquella noche, pienso en el asunto, y no lo sé. La verdad, no es algo que me inquiete. En realidad, la pregunta es ¿hay alguna razón por la que lo hubiese matado? Es algo que nunca sabré. −dijo Martín Romero.
−Yo aún pienso que debimos, como decía aquel maldito negro, matar a Medina ¿recuerdan al negro? −dijo Rengifo que, de súbito, había despertado, y hundido por completo en la borrachera. Se detuvo un momento, miró a los otros dos, y volvió a dormirse.
−¿Recuerdo a un infeliz? −respondió Salvador.
−Olvídalo. Volvió a dormirse. Es mejor que me vaya. −dijo Martín Romero.
−¿A esta hora? −preguntó Salvador.
−Estaré bien. −aseguró Martín Romero.




