textos, pretextos y otras mentiras...

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Entre el Tratado del Alma y el Tratado de la Santísima Trinidad se abre uno de los episodios más plenos de significación en la historia de la filosofía occidental. El cristianismo avanza sobre las ruinas de un paganismo que ha sido, al mismo tiempo, fuente de inspiración y modelo de su filosofía. Esto se hace evidente en el tema de la memoria. El concepto de Aristóteles emerge de las dimensiones materiales de la naturaleza y que el cristianismo depreciará como el terreno de lo profano. El de Agustín es un concepto que desciende de los cielos. Tejida con el hilo de la lógica pagana, la memoria de Agustín se inserta en el tapete de la fe y el misterio supraterrenal de lo divino. En este tema, como en otros, el decisivo avance que el materialismo aristotélico representa respecto al idealismo de Platón, es un camino que de nuevo recorre Agustín, pero en sentido contrario. Su concepto de alma -y con él el de memoria- constituye, digámoslo así, un ejercicio de desmaterialización de lo que encontramos como tal en Aristóteles.

Aristóteles define el alma como la forma de un cuerpo que en potencia tiene vida. La memoria, junto con la imaginación, forma parte de la facultad sensitiva común de los seres vivos en la naturaleza. El recuerdo, aunque también forma parte de la misma facultad, distingue al hombre del resto de las especies, por cuanto el recuerdo supone la conciencia temporal y, con ello, la relación de la memoria como registro de experiencia con las funciones propias de la facultad intelectiva. El concepto de memoria de Aristóteles se circunscribe a un sustrato físico y forma parte de una concepción del conocimiento que se cuida mucho de que la noción de recuerdo -remitida a la percepción y conciencia del tiempo- no naufrague en la especulación y sobrepase los límites que la materialidad del mundo natural impone a su concepto de memoria.

Por su parte Agustín nos dice que el alma es memoria, entendimiento y voluntad, arrojándonos así, desde los inicios mismos de su investigación, a lo complejo y lo insondable de una espiritualidad alejada de la naturaleza. En el laberinto de la memoria, una vez perdido el hilo que nos ataba a la naturaleza y a nuestra propia, historia finita, nunca alcanzamos asir el que debía guiarnos a lo eterno y lo divino. Se trata de un concepto no excepto de contradicciones, como, por ejemplo, la que resulta de que la memoria sea común a todas las especies y, al mismo tiempo, comparta, con el entendimiento y la voluntad, una misma substancia como componente del alma, exclusiva del hombre y no, como en Aristóteles, la forma de todo lo vivo en la naturaleza. La rigurosa diferenciación entre hombre exterior y hombre interior, termina por convertirse, a nivel de la memoria, en un callejón sin salida. Pero, también -y al margen de la incidencia que la religiosidad pueda tener en el tema- con ello Agustín nos ha proporcionado una de las concepciones más dinámicas del fenómeno de la memoria, de una profunda penetración filosófica y psicológica, que la coloca en la antesala de los más avanzados estudios modernos sobre el proceso cognitivo.

Al parecer, así como con respecto al tema del tiempo, respecto a éste también Aristóteles y Agustín han dicho lo esencial de cuanto había que decir. De entonces a esta parte ha habido, sin duda, importantes avances, sobre todo en lo que se refiere a la neurofisiología. Así mismo, no han sido menores los avances de la psicología cognitiva, al dejar definitivamente atrás las concepciones mecanicistas que el positivismo lógico había impuesto en el tratamiento de este tema. Sin embargo, pese a todo ello, el misterio sigue arrojando su sombra sobre aspectos cruciales. Así, por ejemplo, no podemos explicar el que, siendo la memoria una enorme base de datos, mas tardemos en dar con un determinado registro de algo en ella que en estar ciertos de que algo no está registrado en ella. Ya lo dijo Agustín: grande es la virtud de la memoria, y algo que causa horror.

Como algo propio de todo organismo vivo en el mundo natural, para Aristóteles la memoria es un fenómeno estrictamente individual. Para Agustín no sólo es así, sino que, llevando esta individualidad propia del fenómeno de la memoria al extremo, su concepción de la memoria raya en el solipsismo. Pasar del solus ipse de Agustín es poco menos que un acto de violencia, pero necesario y fundamental es este tema, pues, de lo contrario, quedarían fuera aspectos decisivos en la comprensión de la memoria y el recuerdo. Sin embargo, como digo, no deja de haber algo de violento en la idea misma de una dimensión social de la memoria, al menos en el sentido de que ello va a contra corriente del concepto de memoria como función cognitiva y estructura neurofisiológica. Pero, al mismo tiempo, en la medida en que el proceso cognitivo, como procesador de experiencia, supone algún tipo y grado de relación del individuo con su entorno social, alguna conexión ha de haber entre memoria, como fenómeno individual, y el modo en que un grupo social se relaciona con su pasado como tal. Si la memoria está localizada en un cuerpo individual, el localizarla en un cuerpo social o grupo de individuos implica un cambio completo del concepto. De modo que la llamada memoria social o memoria colectiva, como también suele decirse1, es distinta de la memoria en sentido estricto, es decir, como facultad del individuo que recuerda, aun cuando guarde, como es de esperar, diversas maneras y diversos grados de relación con ella.

Henri Bergson fue uno de los últimos grandes filósofos en tratar el tema de la memoria y el recuerdo como fenómeno estrictamente individual. Su discípulo, Maurice Halbwachs, da un giro completo a los postulados del maestro, al plantear el tema en términos del todo diferentes: la memoria, ciertamente, es individual; pero el individuo memoriza y recuerda socialmente. Aparece entonces la noción de memoria social, y con ella uno de los temas que ha generado hasta hoy una enorme cantidad de estudios especializados y que de una u otra manera atañen de manera particular a la historiografía. De Bergson a Halbwachs, pues, la memoria ha dejado de ser solo una experiencia psicológica para convertirse, además, en una relación social. Si bien la memoria puede que siga siendo ese recolector de transcurrir incesante a lo largo del tiempo y que percibimos como aparente duración, según la concebía Bergson, el concepto de memoria colectiva de Halbwachs hace de ello un hecho histórico. La memoria, como parte del proceso general de captación y procesamiento de experiencia, es fuente de significación e identidad en un entorno que no se agota en lo individual o autobiográfico, sino que también es social y cultural.

...el recuerdo es, en buena medida, una reconstrucción del pasado con la ayuda de datos prestados del presente, y preparado además por otras reconstrucciones hechas en épocas anteriores en donde la imagen original resulta alterada. Efectivamente, si a través de la memoria nos pusiéramos en contacto directamente con tal o cual de nuestras antiguas impresiones, el recuerdo se diferenciaría –por definición- de un conjunto de ideas más o menos precisas que nuestra reflexión, auxiliada por narraciones, testimonios y confidencias de otros nos permiten recuperar eso que ha debido ser nuestro pasado. Podemos entonces llamar recuerdos a múltiples representaciones que descansan, al menos en parte, sobre testimonios y razonamientos. Es así como la parte de lo social, o si se quiere de lo histórico, en la memoria de nuestro propio pasado es bastante más amplia de lo que pensamos. 2

Es evidente que lo que Halbwachs pretende es llevar el estudio de un fenómeno, normalmente hasta entonces remitido al ámbito de la psicología individual, al terreno de la sociología y la interpretación que impone su relación con los más diversos factores de índole ideológica y cultural del contexto histórico en que se produce. De hecho, Halbwachs es un sociólogo marxista, colega de Marc Bloch y Lucien Febvre, influido por Émile Durkheim y especialista en estudios del condicionamiento del comportamiento individual en el entorno de la sociedad industrial. Su propuesta de estudiar la memoria como fenómeno social es algo que ya se ha hecho con el arte, la literatura, la religión y un sin fin de actividades humanas, incluida la misma historiografía. El problema acá es determinar por qué los seres humanos memorizan y recuerdan en grupo, pese a que la memoria es biológicamente personal e individual, y hasta qué punto se puede establecer la existencia objetiva de la memoria social.

La obra de un artista o la de un historiador pueden remitirse a un determinado estilo o una corriente de pensamiento y, por esta vía, a un determinado contexto histórico y cultural. Aunque el arte y la escritura de la historia expresan siempre una conducta y actitud individual, siempre encontraremos alguna forma de relacionarlas con el momento y las condiciones políticas, económicas o culturales en que fueron realizadas. A nadie sorprenderá algo así. Después de todo, la pintura o el libro de historia no sólo guardan relación con la cultura; son, en sí mismas, la cultura. Más no por ello estaremos afirmando la existencia de un arte colectivo o de una historiografía colectiva, pues lo primero que nos lo impide no es sólo la individualidad de la obra de arte o del trabajo historiográfico, sino el hecho mismo de que no todos los individuos de la sociedad a que pertenecen los autores son, como ellos, artistas o historiadores.

Muy otra cosa sucede con la memoria, que sí es una facultad característica del hombre como especie y por lo tanto común a todos los integrantes de cualquier grupo social. Y, siendo el hombre un animal social, es de esperarse que el ejercicio de la memoria y el recuerdo, como el de cualquier otra actividad realizada en sociedad y expuesta a los esquemas conceptuales específicos de todo orden -político, educativo, institucional, religioso, psicológico etc-, implique alguna forma de relación entre los integrantes del grupo social. Así, por ejemplo, en el ámbito de la economía, un capitalista y un obrero lo son individualmente; pero el serlo implica una relación social de explotación. Se es lo uno o lo otro socialmente, es decir, en función de una relación social de este tipo que tiene lugar en el plano de sus estructuras económicas. Y, por cierto, es muy probable que ello tenga su efecto en el proceso individual de cada uno -capitalista y obrero- en tanto que portadores de memoria y recuerdo que ambos son. De modo que, pese a que la memoria es propia de un cuerpo individual, los seres humanos memorizan y recuerdan en grupo por la misma razón que en grupo luchan por -y entre sí- el control de la naturaleza para garantizar su subsistencia, o se apegan a un determinado conjunto de creencias que dé sentido a su existencia social, incluso aquella que, desde el punto de vista económico, supone la co-existencia de capitalistas y obreros sujetos a una relación social de explotación. Los hombres memorizan y recuerdan no como meros individuos, sino como individuos pertenecientes a un todo social, sujetos a sus estructuras y esquemas, a los que legitiman o contra los que rivalizan. Y así lo hacen porque la memoria no es sólo una facultad individual sino, además, en su ejercicio, una facultad mediada en diversas direcciones en el contexto de una relación social. La memoria social viene dada por la propia interacción a que está sujeta la existencia individual.

Sólo en este sentido es que puede hablarse de memoria social. En tanto que relación social, la memoria no es meramente biográfica, sino, además de ello, conflictivamente histórica. Y si la memoria, como bien lo ha dicho Aristóteles, se ocupa del pasado, y el recuerdo es en sí conciencia individual respecto al tiempo, la llamada memoria social no es otra cosa que el modo en que el contexto social en que está inmerso el individuo interviene en la elaboración de la conciencia y el recuerdo. La memoria es facultad de cada quien. Pero quien memoriza y recuerda es sujeto y objeto de experiencia. Capitalistas y obreros memorizan y recuerdan no sólo como individuos, sino como capitalistas y obreros, es decir, como individuos a los que, en este caso, el proceso productivo asigna una determinada posición, con las correspondiente consecuencias en la distribución de la riqueza, su papel en las instituciones políticas y jurídicas, el acceso a los bienes de la cultura y un papel específico en la concepción y configuración de la cultura misma.

La memoria social es el espejo en que se refleja la realidad social, pero no al modo de una imagen sincrónica, sino de un proceso de cambio en que dicha realidad está inserta y adquiere sentido específico desde el punto de vista temporal. La memoria social no se hace con los datos de la realidad, sino con los conceptos que la definen en términos de temporalidad. Es el dispositivo ideológico que nos identifica como grupo social en el acontecer, nos indica de dónde venimos y a donde vamos. Dicho en otros términos, la memoria social es la narración del grupo social como entidad temporal. En consecuencia, la memoria social nos convierte en actores de un tiempo histórico cuyo sentido es determinado por su narrativa. En la medida que involucra al individuo en tanto que ser social, toda memoria social tiende a ser conflictiva y hegemónica como forma de hacer presente el pasado.

Así que los hombres memorizan como grupo no porque tengan una facultad grupal en el mismo sentido que la memoria es una facultad del individuo, sino porque el ejercicio de dicha facultad por parte del individuo implica en alguna medida el entorno social en que ésta se desarrolla y la interacción del grupo en relación con el pasado; es decir, con lo que es o ha de ser su pasado. La memoria pertenece al individuo. Lo que pertenece al grupo es el modo en que su ejercicio lo afecta como grupo; lo configura, lo cohesiona, lo deshace o lo transforma. La memoria social no es una memoria, sino una relación social en virtud de la cual el grupo determina lo que es o no memorable, y en qué forma o sentido lo es. Así como los hombres han de luchar por el control de la naturaleza o del poder político, y con ello entran en relaciones sociales conflictivas, igualmente han de hacerlo por el control del pasado, sin que la lucha a que ello de lugar sea menos conflictiva. Las relaciones sociales son siempre relaciones de poder. La memoria social es una relación social y, como tal, no está llamada a ser una excepción. La memoria social es una predefinición, es decir, la determinación del tiempo como temporalidad social. En tanto que relación social, se trata de la lucha por quién -grupo, sector, clase, instancia etc.- determina, predefine el todo social. En la introducción a su monumental Historia Criminal del Cristianismo, Karlheinz Deschner ha hecho la afirmación que define el entorno en que se ubica la memoria como fenómeno social:

...En la mayor parte de las fuentes relativas a nuestra era ha predominado la tradición de los opresores, y ha sido ignorada la de las capas oprimidas. Se presenta bajo la luz más favorable a los actores de la historia, al reducido grupo de los déspotas que la hicieron; los lomos que la soportaron quedan en la oscuridad, siempre o casi siempre...3

Mucho más difícil que el por qué, es determinar la existencia objetiva de la memoria social. Conceptos como salario, capital fijo, capital variable, plusvalía etc, nos pueden ayudar mucho cuando de la relación de explotación entre capitalista y obrero se trata. Lo cual no quiere decir que, más allá del ámbito económico, entre lo uno y lo otro no existan otras relaciones que escapan a la cuantificación y son mucho más difíciles de determinar. Pero en el caso de la memoria social, si nos empeñamos en hacer de ella algo similar, o equivalente a la memoria como facultad individual, esta dificultad raya en lo imposible. Si en principio nos apegamos a lo antes indicado, es decir, que la memoria individual es una facultad y la memoria colectiva una relación social, mal puede aquella servir de modelo para una definición de ésta.

No podemos asignar a la memoria social una localización fisiológica. La memoria social no se origina en un proceso de sinapsis, al menos que estemos haciendo de la compleja red neuronal del cerebro humano una metáfora para referirnos a la no menos compleja red de las relaciones entre individuos y grupos del cuerpo social. Pero una metáfora, por ilustrativa que sea de un determinado concepto, no es por sí misma un concepto. Ni las estructuras sinápticas o engramas de información en la actividad neurofisiológica del individuo son equivalentes a los complejos fenómenos ideológicos al que lo expone la actividad social. Por otra parte, y aún más, ni siquiera le podemos asignar a la memoria social una función de identidad en el mismo sentido que la memoria la tiene para el individuo. La memoria social no es ni fisiológica ni biográfica. Lo primero sería tanto como concebir la existencia de un cerebro social. Y lo segundo tanto como equiparar la historia con la psicología individual. Y las dos cosas juntas, tanto como suponer una supraconciencia de la sociedad que haría del hombre lo que Agustín dijo alguna vez: la imagen de una pesadilla soñada por dios. Y aún cuando ésta sea una muy tentadora sugerencia, por ser, a mi entender, la única hipótesis plausible que se podría enunciar respecto dios, en muy poco nos ayudará a definir la memoria social de la única forma posible: como relación social.

Desde este punto de vista y si, como bien decía Shelley, el alma es cultura interiorizada, resulta que, en realidad, la memoria social no existe. Lo que existe es el modo en que la cultura -dicho en la más amplia acepción del término- como espacio histórico y social, invade y coloniza el espacio de la memoria y el recuerdo individuales, y hace de esta individualidad una tarea de apropiación del pasado que es -o ha de ser- común al grupo social y define su identidad como tal. Lo que llamamos memoria social no es, como la psicología moderna ha definido la memoria, un componente del proceso cognitivo -junto con la percepción y el aprendizaje- sino el modo en que el proceso cognitivo en su conjunto se convierte en el campo de la batalla de las representaciones que los individuos o grupos de individuos construyen del acontecer; campo de batalla que rebasa el plano del acontecer individual o la biografía personal y en el que esta individualidad queda de alguna manera inserta. Dicho en otros términos, lo que llamamos memoria social no es en realidad una memoria, sino la concurrencia de diversas formas de interpretación y significación del acontecer a través del tiempo, que tiene lugar en el escenario social de una confrontación ideológica en la que el sentido del tiempo es el objeto central de la disputa y el pasado botín de guerra.

La memoria social: podemos seguirla llamando así, pero no en sentido de designar con ello la facultad de memorizar y recordar, sino en el de ser una relación social que gira en torno a un determinado concepto del pasado y una determinada manera de relacionamos con el tiempo. La memoria social es el modo en que el entorno social determina la dialéctica del recuerdo y el olvido -inherente al ejercicio de la memoria individual- en la dimensión pública y común que atañe al grupo. En este sentido, la memoria social no está hecha de recuerdos, sino, como la historia, de narraciones que articulan hechos y tiempo. La memoria social no es memoria, sino un proceso de configuración de ella. El individuo es memoria de sí mismo. La memoria social es narración de los individuos acerca de sí mismos en tanto que grupo y como instancia o proyecto temporal. Aunque distinta de la historiografía, la memoria social es histórica, porque se ocupa de eventos en el tiempo y porque es narrativa; pero, además, porque cambia en el tiempo. A diferencia de la memoria -y aunque de alguna manera parta de ella y retorne a ella- la memoria social no tiene su sede en el alma, sino en el discurso. No es sináptica, sino sinóptica. No es biográfica, sino semántica.

No se trata, entonces, de que la memoria, considerada en sí misma, tenga una dimensión social, sino de que su ejercicio por parte del individuo dotado de esta facultad siempre tiene lugar en un contexto social determinado, sujeto a ciertos esquemas o marcos sociales, como señala Halbwachs, y que, al mismo tiempo, contribuye a definir o transformar. Para Halbwachs, tales marcos sociales vienen dados por la familia, la religión y las clases sociales. De ello seguramente se puede hacer listas mucho más amplias o mucho más complejas. En todo caso, el error de Halbwachs, a mi entender, es que la excesiva relevancia que da a los marcos sociales prácticamente anula la memoria individual, convirtiéndola en una mera parte o fragmento del contexto social, como si los marcos sociales tuvieran vida propia y gozaran de una autonomía que recuerdan el objetivismo sociológico de Durkheim.

El problema acá es que la memoria no es sólo una facultad que el individuo ejerce en un determinado contexto social, sino, también, y al mismo tiempo, una forma determinada de reproducir dicho contexto, así como de reaccionar contra él. Entre memoria individual y marco social -es decir, entre el ejercicio de la facultad psíquica de recordar por parte del individuo y el contexto social en la que ejerce dicha facultad- existe una relación dialéctica, un ciclo constante de ida y vuelta entre recuerdo del pasado y su representación, que es a lo que llamamos memoria social. En este sentido, la memoria social no es una, ni única -aunque tienda y pueda ser hegemónica- sino múltiple y diversa. No se trata aquí de un grupo de individuos evocando el mismo pasado, sino de la narrativa en que una misma representación del pasado los convoca como grupo y hasta qué punto dicha convocatoria configura la realidad social. Al ocuparse de la experiencia del grupo, la memoria social pretende hacer público y común en el plano del discurso lo que por definición es privado y disímil en el plano de la experiencia individual. El individuo rememora. El grupo conmemora. En tanto que relación social, la memoria social es una despersonalización de la memoria en tanto que facultad individual; una imitación de la memoria despojada de la interioridad que le es propia y puesta al servicio de un determinado orden social.

Ahora bien. Como cosa pública, desde el punto de vista de su localización, la memoria social reside en lo que se ha dado en llamar lugar de memoria, y que Pierre Nora define como una unidad de significación, material o ideal, establecida de manera intencionada o espontánea a lo largo del tiempo como elemento representativo del patrimonio histórico de una comunidad determinada. El lugar de memoria es un dispositivo público de concurrencia y conmemoración, que convoca al grupo en torno a un personaje, evento o idea del pasado y con un determinado propósito de significación del mismo que involucra al grupo como tal. Nora clasifica estos dispositivos de la memoria social en tres tipos: simbólicos, tales como banderas, himnos, efemérides, lemas, pensamientos; funcionales, que incluyen publicaciones especiales, fundaciones o asociaciones dirigidas al desarrollo de políticas de memoria, diccionarios históricos, leyes para definir y regular el patrimonio histórico, manuales escolares; materiales, ejemplo de los cuales son los monumentos de conmemoración, museos, archivos, edificios patrimoniales, incluso determinados paisajes. Como es obvio deducir, se trata de una clasificación meramente intuitiva y cuyo propósito no puede ser otro que ilustrar la variedad de formas en que se puede presentar un lugar de memoria, ya que todo lugar de memoria muy difícilmente podrá ser referido a un tipo único, y mas bien tenderá a combinar características comunes a todos ellos.

El problema de una definición así es que termina haciendo del lugar de memoria un concepto demasiado amplio y, por lo tanto, laxo y ambiguo. Esto es algo que se ha señalado en reiteradas oportunidades. Un concepto que sirve para mucho termina sirviendo para poco. La virtud de un concepto está en sus limitaciones. Pero, por otra parte, ello es reflejo de lo dificultoso que puede resultar localizar la memoria social y dar cuenta de la forma en que, de alguna manera, se materializa. La memoria es una relación social, y se expresa en un discurso. Referirlo a un lugar supone una noción de lugar que rebasa lo físico y lo material, aún cuando el espacio da lugar a una de las versiones más interesantes del discurso de la memoria social. Por otra parte, desde el punto de vista patrimonial, un archivo histórico o una fundación será un lugar de memoria en un sentido muy diferente al que pueden serlo las fachadas de sus edificios sedes, un museo o un monumento conmemorativo. Y desde este mismo punto de vista habrá lugares no patrimoniales y que, sin embargo, constituyen parte esencial de la narrativa de la memoria social, como, por ejemplo, una cartelera escolar. La memoria social no se limita a lo patrimonial, aun cuando pueda tener en ello una de sus expresiones más acabadas. Y en cuanto a su naturaleza, caiga en la clasificación de funcional o material, todo lugar de memoria es, por definición, simbólico -en tanto que representa una idea, valor o conjunto de ellos- y, por otra parte, aparece siempre integrado a una narrativa, lo que hace de él una herramienta discursiva y semántica. El lugar de memoria sólo puede ser una noción operativa para designar las más diversas formas que puede asumir la memoria social como relación social y como discurso.

En suma, un lugar de memoria es un espacio social e ideológico para el discurso acerca del pasado. El lugar de memoria no lo es de la facultad, sino de su narrativa. Ubicua y versátil, la narrativa de la memoria social se localiza de las más diversas maneras y es imposible determinar el lugar de memoria como una entidad con características propias y únicas. No se le puede limitar a la materialidad de los objetos patrimoniales, y puede ser tan intangible como la pedagogía, la valoración que hacemos de las cosas humanas, el arte, la política o el lenguaje. Así, por ejemplo, el término descolonización de la memoria, que alude al modo en que un sistema de dominación colonial pasa por la implantación de la narrativa del dominador como memoria hegemónica, es, en sí mismo, un lugar de memoria. De manera similar, del término descubrimiento al término encuentro entre dos mundos, la memoria social en torno al pasado de la conquista de América describe una importante transformación semántica: pasamos de la significación por imposición a la significación por consenso en el que se sigue disimulando la más terrible, sangrienta e intolerable invasión realizada al costo de la destrucción y el exterminio de una cultura. En este contexto, el término invasión para referirse al pasado de la conquista es un lugar de memoria con miras a conquistar el pasado.

El lugar de la memoria social puede ser tan grande como un parque, tan pequeño como una insignia, tan burocrático e impenetrable como un archivo, tan sonoro y colorido como un himno o una cartelera escolar. Todo lugar de memoria es una acción de posicionamiento en el complejo de la cultura; una penetración de ella como concepto temporal a través del pasado. Para el lugar de memoria no hay espacio ni tempo inaccesibles. El agónico árbol centenario, bajo cuya sombra una vez acampó el héroe, es un buen lugar. Y si el árbol ya no está, su descendencia lo será igual. Más, reactivada la marcha del héroe, también ésta puede ser vehículo de un lugar de memoria siempre en busca de un espacio presente donde instalar su carga de pasado: el pueblo más apartado, la más desvencijada casa al borde de un camino olvidado... si acaso por allí pisaron los cascos de su caballo, también allí hay, por mínima que sea, la huella que indica un buen lugar para el ritual de la memoria.

Aún más, la memoria social, en tanto que narrativa, tiende a rebasar el lugar de memoria en tanto que localización material y espacial. Hoy en día, en El Calvario, lugar de memoria de La Guerra Federal, se elevan a aquel pasado decimonónico dos monumentos: el primero sin el nombre de Ezequiel Zamora; el más reciente con el propósito de corregir lo que a todas luces es un entuerto. El cambio, desde el punto de vista de la redistribución espacial es decisivo, pero mucho más lo es el cambio en la narrativa. Dos narrativas se superponen en el mismo lugar. El modo en que una viene a corregir a la otra constituye uno de los más interesantes episodios en la historia de la memoria social del país, y que está mucho más allá del ámbito espacial. Volveremos sobre esto.

Otro ejemplo de ello lo tenemos en San Mateo, importante lugar de memoria relativo al pasado independentista y venido de lo que para entonces era una hacienda propiedad de la familia Bolívar. El Diario de Bucaramanga en poco o nada ha afectado éste lugar de memoria. Pero la poco edificante referencia que Bolívar hace allí de Ricaurte, haciendo de aquel sacrificio un invento suyo para granjearse la simpatía de los colombianos, impacta de manera decisiva sobre la narrativa de aquel episodio de la guerra de independencia, al margen de lo verdadera que sea tal referencia. Al respecto es significativo el hecho de que tal sacrificio no haya sido registrado y exaltado en el parte de guerra de San Mateo. Y en cuanto a la autenticidad del Diario, respecto a las opiniones irónicas, amargas y decepcionantes de Bolívar que algunos juzgan inverosímiles, como señala Vallenilla Lanz, las podemos encontrar -y hasta de modo mucho más intenso e incisivo- en la vasta documentación que gira en torno a la Convención de Ocaña. Esto lo dice Vallenilla Lanz en una carta compilada en una obra publicada en 1914, que recoge la polémica que testimonios como el de De La Croix pueden suscitar en el tema de la memoria social y que bien se puede considerar todo un lugar de memoria4, lugar de polémica y transformación de ella, habría que decir, aun cuando no afecte de manera notoria el lugar de memoria de San Mateo como espacio ritual.

En efecto, el Diario de Bucaramanga no afectó el lugar de memoria de San Mateo, pero, no por ello, su impacto como episodio en la concepción de la memoria social ha sido menor. En este sentido, dividió la opinión entre quienes, siguiendo la tradicional autoridad de Blanco y Azpúrua, se convirtieron en sus más asiduos detractores, y quienes, con miras en los nuevos derroteros que el positivismo traía al quehacer historiográfico, proponían considerarlo con el cuidado heurístico que se ha de tener ante todo memorial, lo cual, sin embargo, no le resta validez. Vale la pena citar las conclusiones de Vallenilla Lanz en la mencionada carta, por el modo en que ilustran la diversidad de aspectos que pueden incidir en la configuración de la memoria social:

.En cuanto al juicio de Blanco y Azpurúa sobre el Diario, a que se contrae la segunda pregunta de su carta, le diré: que el señor don Ramón Azpurúa, el que es el autor del juicio, procedió siempre inspirado por el precepto romántico de que en historia hay cosas que no deben decirse, y algunas veces, que no conviene decir, lo cual es más práctico; y como tantos otros escritores de su época, se dio a la tarea, muy piadosa pero muy anticientífica, de convertir en dioses y semidioses a los actores de nuestra magna lucha. Yo he podido verlo claramente al comparar con los originales los documentos publicados en la Colección que todos conocemos. El pudor histórico del señor Azpurúa llegó al extremo de que en un paquetico cuidadosamente atado, que encontramos en su Archivo las personas encargadas de recibirlo y clasificarlo, decía así: "Apuntes que comprueban que el señor Antonio Leocadio Guzmán no fué nunca Coronel, ni Secretario del Libertador, ni merece el título de Ilustre Prócer. Estas notas no deben publicarse nunca, antes deben ser quemadas." Es el colmo de la pudicia (sic) respecto de una impudicia tan notoria. Como las cosas, afortunadamente para la Historia, marchan hoy por otros rumbos, es fácil deducir el valor que en el presente puede tener el juicio del señor Azpurúa.5

La memoria social es voraz. Siempre presta a apropiarse del presente a nombre del pasado, es un proceso de construcción y reconstrucción de la cultura como presente, y aún como futuro, con el material sublime y pulido del pasado. Pero no se trata de una mera representación de eventos. A partir de lo eventual, ciertamente, pero mucho más allá de ello, la memoria social busca lo conceptual, trazar las líneas maestras que, mediante lo simbólico, den sentido y legitimidad al ser social. La memoria social es una narrativa que hace de lo particular lo simbólico; de lo representado lo emblemático. No despeja el enigma del tiempo, pero al acceder a él, mediante la narración, lo estructura de una trama específica y con ello crea temporalidad. Pero, además, como ilustran los casos mencionados, en ella intervienen aspectos y factores que crean tensión y que la hacen mucho más dinámica de lo que el lugar de memoria, en cuanto dimensión espacial de la misma, sugiere. La relación social que llamamos memoria social es el escenario al que concurren las narraciones de los que narran individualmente y que el grupo asumirá, o rechazará, como propias, como signo de identidad y modo en que la cultura se narra a sí misma. Muy probablemente a nadie se le habrá ocurrido, después de leer el Diario de Bucaramanga, bajar a Ricaurte de su pedestal. Pero esta memoria aporta datos fundamentales acerca de su naturaleza y enorme alcance como narrativa social. La memoria social es la arena del lenguaje en la que se baten y mecen los discursos, se configuran los recuerdos y perpetran los olvidos; callan las voces tanto como lo que los silencios dicen.

La memoria social es, pues, una cosa francamente difícil de precisar. Más que un concepto propiamente dicho, el lugar de memoria es una noción operativa, un indicio en el vasto y diverso panorama de la cultura, dicho esto en los dos sentidos del término: como fenómeno que permite conocer o inferir la existencia de otro no percibido y como cantidad pequeñísima de algo, que termina de manifestarse como mensurable o significativa. La memoria social está en la cultura. Integrada a ella, entretejida en su tramado temporal y espacial, su narrativa asume la forma de sus usos y sus prácticas normativas; a veces se muestra elocuente, como un mural; la más se camufla y realiza sus tareas semánticas desde la clandestinidad del hacer cotidiano.

En cualquier caso, la virtud de la noción de lugar de memoria es que nos coloca ante una lectura compleja -y sobre todo muy sutil- de la memoria como fenómeno social. Ésta no está allí, como expone Platón en el Teeto para referirse a la memoria del individuo, al modo de la impresión que un anillo deja en una tablilla cubierta de cera. No hablamos de una facultad mental, sino de una relación social. En este sentido, estar en un lugar de memoria es algo muy distinto, mucho más agudo, perspicaz e ingenioso, y que no se corresponde con la clásica y reiterada imagen de la huella en la cera. Estar en un lugar de memoria no es imprimir recuerdos con el propósito de almacenarlos, sino articularlos en una narrativa con la premeditada intención de hacer uso de la recordación como herramienta de significación. Es el individuo el que evoca recuerdos. El lugar de memoria invoca pasado, en el sentido riguroso del término invocar: acogerse a una ley, costumbre o razón. El lugar de memoria no recuerda; nos dice qué recordar y en qué sentido hacerlo. Aunque establecido a partir del recuerdo, en el lugar de memoria no hay recordación en el sentido de memoria que alguien se hace de algo pasado, sino en el de memoria o aviso que alguien hace a otra persona de algo pasado. En realidad, el lugar de memoria no recuerda; narra. Y por paradójico que pueda parecer, el lugar de memoria no es un lugar de pasado, sino de presente, pues el recuerdo allí es dato del discurso, y no de la memoria; leña para la hoguera de la semántica en un ejercicio de invocación del pasado.

No es, pues, como se ve, la metáfora del bloque se cera la que mejor se ajusta a la memoria social. Ésta más bien semeja las múltiples papeleras de la sala de redacción de un diario dedicado a publicar noticias viejas, llenas de papeles manoseados y arrugados que, desplegados con dificultad, muestran sus anotaciones, así como sus enmiendas, tachaduras y borrones, venidos de autores y fuentes de todo tipo. La memoria individual es a la memoria social lo que el bloque de cera a las papeleras. Pero además, memoria individual, memoria social y lo que algunos han dado en llamar memoria histórica o historiografía, sin ser lo mismo, se entrecruzan en la misma relación social. Voy a intentar ilustrar esto con un ejemplo.

En la plaza de San Jacinto, el centro de lo que una vez fuera la capital de la Capitanía General de Venezuela, en el muro de una edificación adyacente al Museo y Casa Natal del Libertador, está impresa la famosa frase: si la naturaleza se opone lucharemos contra ella y haremos que nos obedezca, imputada a Bolívar en medio del desastre que ocasionó el terremoto de 1812. Ese muro es un lugar de memoria. Por otra parte, en el año 1967, tiene lugar otro terremoto en Caracas, de alcance igualmente devastador, aunque, al parecer -no podría asegurarlo- sin las consecuencias políticas y míticas de aquél, y del que guardo memoria, supongo que como la mayoría de los todavía vivos que una vez lo vivieron. Puedo referirme a ambos eventos telúricos como objeto de memoria, y hacerlo de manera totalmente diferente por el modo en que accedo a ellos.

Entre el terremoto de Caracas de 1812 y el de 1967 existe una diferencia de percepción que determina su naturaleza como eventos del pasado. El primero es una noticia, un dato, algo que no viví y que encuentro inserto en la narrativa histórica de la independencia. Al concebirlo como causa de la caída de la primera república, queda inserto en una narrativa determinante en el proceso de fundación de la nación. Como bien se sabe, la frase de San Jacinto es imputada a Bolívar, quien la habría pronunciado en medio del desastre ocasionado por el sismo de 1812, que afectó no sólo a la capital, sino a muchos otros lugares del territorio de la futura república. La única fuente que se conoce para tal imputación -y utilizo el término con toda intención- es la diatriba que José Domingo Díaz, un radical oponente al movimiento independentista, escribiera contra Bolívar y que se conoce como Memoria de la Rebelión de Caracas, publicado en España hacia 1929. Muy lejos está su autor, acérrimo enemigo de Bolívar, de contribuir a la carrera política del futuro Libertador. Por el contrario, lo que pretende es denostarlo, dar pruebas de su naturaleza impía y blasfema, e identificarlo como el instrumento vil de una fuerza demoníaca llamada a destruir un orden legítimo. Sin embargo, la historiografía patria lo dio por hecho histórico -es decir, verdadero, sin que se pueda probar que no lo fuera- y pasó a formar parte de la memoria social como símbolo de tenacidad y grandeza del más grande hombre en los haberes de la historia nacional. El manual del historiador indica que lo que cabe aquí es dudar de la veracidad del hecho, por la naturaleza misma de la fuente de la que es extraído, y advertir la curiosa paradoja en virtud de la cual lo que se ha atestiguado como evidencia de infamia se convierte en acta virtud en una narrativa que involucra tanto a la historiografía como a la memoria social. Hay en todo ello un cierto contrasentido. Pero también una lógica propia del lugar de memoria. En efecto, la función del muro de San Jacinto no es la determinación en rigor del acontecer, sino su captación como símbolo. No hallaremos allí al Bolívar histórico concreto, sino al narrado y discursivo, porque en el lugar de memoria hay fechas, pero no cronología; su simbología no recoge diacronía, sino sincronía en virtud de la cual coinciden en el tiempo la tenacidad y grandeza del personaje Bolívar con la tenacidad y grandeza de la nación que es su obra. Y aunque no podamos estimar que haya una indiscutible coincidencia entre lo uno y lo otro, conformémonos al menos con saber que hay lógica.

El Terremoto de 1967 es un recuerdo. Puedo evocar su movimiento y su sonido, las imágenes alargadas y negras de los suelos agrietados, el lamento de las víctimas atrapado en la pantalla de un televisor en blanco y negro, su silencio, también en blanco y negro como un toque especial que la tecnología de los sesenta, gracias a su atraso en relación con el televisor a color, añadía al luto y la muerte. Este último dato tecnológico tiene un peso decisivo en la elaboración de un recuerdo percibido por quien lo vivió hace casi medio siglo, y que se acentúa con la ulterior evolución de los enormes televisores de pantalla plana, que no caben en ninguna habitación y que ponen a nuestra disposición no menos enormes prestaciones como, entre otras, la alta resolución. Es un dato que sugiere hasta qué punto el recuerdo no es algo dado ni definitivo, sino una representación en elaboración constante y sometida a las determinaciones de nuestra propia biografía y experiencia.

El terremoto de 1812 lo puedo interpretar como un castigo de dios acarreado por el pecado de la insurrección, o como el barro de un destino llamado a forjar los héroes dispuestos a luchar incluso contra la naturaleza y hacer que ésta los obedezca. En cualquier caso, será un evento significado como parte del tiempo histórico de la independencia, y en el que ha sido articulado como causa de la caída de la primera república. Así se hace un uso político de un hecho, en este caso, geológico. Y se hace esto en dos sentidos: para comprender aquél pasado en términos de historia política y, al mismo tiempo, para significar con la comprensión de aquello que pasó el presente desde el que es captado y comprendido, es decir, desde el futuro de aquel pasado. Nadie puede demostrar hasta qué punto somos continuidad o ruptura respecto de lo que pasó. Pero la memoria social siempre establece una relación en la que el presente aparece como el futuro del pasado que evoca, porque esta relación es, por sí misma, creación de tiempo histórico, y ésta es su función. El evento terremoto de 1812, una vez articulado dentro de esta narrativa que lo trasciende, pierde su propiedad como fenómeno natural para adquirir una significación política. Es como si el evento no tuviera, en sí mismo, razón de ser, incluido en ello su dimensión trágica, tanto como el de 1967. Por experiencia sé que esto no es así. Mi intuición y mi memoria de éste último me lo dicen. Pero es el único modo en que el evento ingrese al mundo de la historia y la memoria social, cuando lo que está de por medio es dar razón no del terremoto, sino del proceso que lleva a la instauración del estado nacional.

El terremoto de 1967, reservado al ámbito de mi biografía personal -y la de muchos otros que, como yo, lo vivieron- no tiene tiempo histórico, sino dimensión autobiográfica, más allá de lo cual no es sino pasado fragmentado, diluido en individualidades y, por lo tanto, material no apto para la historia y la memoria social. Para que el recuerdo pase a integrar la narrativa de lo social habrá de salir del ámbito de lo individual, en cierto modo reaccionar contra él, para hacerse público. La memoria social no es, en realidad, una memoria, sino la relación social que la despoja de aquello que le es más propio como representación del pasado: su interioridad e intimidad respecto al individuo que lo recuerda. Pero, limitado al receptáculo de lo individual, el terremoto de 1967 seguirá a la deriva en los anchos senos de mi memoria -diría Agustín- donde se ha construido su propio habitáculo y del que extraerá el entendimiento los materiales necesarios para su faena de comprensión y hacer de aquél sismo de 1967 algo más que un mero recuerdo individual y que haga de él un hecho histórico. Esto es, hacer de mi propio recuerdo el tema objeto de una narración en el que este recuerdo adquiera una particular significación como evento del pasado no sólo para mí, como individuo, sino para el grupo que lo padeció, con el propósito de estudiar, por ejemplo, el efecto de lo catastrófico en una determinada generación. Con lo cual estaría dando a un evento de naturaleza geológica una significación psicosociológica en una narración que, por mi propia participación en el evento, así como de los individuos que como yo lo vivieron, estaría a medio camino entre la memoria social -es este caso expresada como memoria colectiva o grupal- y la historiografía o memoria histórica. De ser así, el recuerdo comenzaría a emerger de su caverna, dejaría de ser mío, comenzaría una nueva existencia, ya no en la memoria sino en la narrativa de lo que llamamos memoria social; esto es, en una dimensión distinta de la memoria, pero que la imita y la modela en el ser total de la sociedad y la cultura. Y puede que dentro de cien años alguien escriba una historia sismológica de Caracas, en la que el evento de 1812 y el de 1967 -incluido mi recuerdo éste último, que ya no será tal, ni para mí ni para el eventual autor de dicha historia, sino noticia- adquiera una significación completamente distinta en el marco de la historiografía, que acaso no sea más que una memoria erudita hecha a título personal, distinta, como veremos, de la memoria social, pero en la que puede incidir de muchas y muy decisivas maneras.

Para arribar a la memoria social las narraciones del pasado lo hacen por distintas vías. El lugar de memoria es una de las que tiene mayor peso en su estructuración. Otra es la historiografía. Inserta en la complejidad del proceso histórico de la cultura, la memoria social no es única y total, aunque aspire a serlo. Está sujeta a distintos planos o ámbitos de la existencia política o social. Así, por ejemplo, una cosa será considerar la memoria social en el plano del estado nacional, y otra en referencia a lo regional o local. Es conocida la tensión que siempre se ha generado entre uno y otro ámbito respecto al concepto de lo histórico. También, la famosa sentencia según la cual la historia la escriben los vencedores habla de una tensión no menor desde el punto de vista de las relaciones de poder y cómo se reflejan éstas en la memoria social. Los temas de género, o los de las minorías étnicas son, entre muchos otros, ejemplos que expresan el modo en que grupos particulares participan en la configuración de la memoria social. En este sentido, es evidente que toda memoria social es, o tiende a ser, hegemónica como pasado presente. Dicho en otros términos, si el objeto de la memoria social es dar identidad y significado a un grupo social a partir de la lectura y actualización del pasado, su narrativa predominante desde el punto de vista nacional, digamos por caso, ha de imponerse y desplazar otras lecturas posibles, no sólo distintas, sino aún en conflicto con ella.

En este sentido, la memoria social es una relación social, y toda relación social es signo de voluntad de poder. La memoria social no es el equivalente grupal de la memoria individual, porque no es una memoria, sino una relación social entre individuos -y grupos de individuos determinados por la clase, el género, la actividad productiva etc- que persiguen intereses propios y sujetos a concepciones propias respecto al todo social. La memoria social no es un discurso acerca del pasado, sino un discurso sobre el presente que el pasado está llamado a legitimar, incluso como forma de proyección hacia el futuro. La memoria social se ocupa del pasado, pero no en el sentido que lo afirmaba Aristóteles para distinguirla de la percepción -captación del presente- y la expectación -visión del futuro-. La memoria social se ocupa del pasado con el propósito de homogeneizar, a partir de una concepción hegemónica del tiempo histórico, nuestra relación social con el devenir.

Si es verdad, como tantas veces se ha constatado, que la historia la cuentan los vencedores, es porque la memoria social siempre ha sido la primera en emerger del campo de batalla para poner a disposición de la tarea las blancas e impolutas hojas de su narrativa. Ella es la llamada a reunir los recuerdos y los símbolos que han de dar significado y contenido a un tiempo que sin ella sería inaccesible o vacío. Pero el carácter hegemónico de la memoria social no es un hecho narrativo, sino político. Es esto lo que, a lo largo de la historia contemporánea, ha hecho del estado nacional el gran lugar de memoria -de dimensiones geopolíticas- de la modernidad. La existencia política del Bolívar histórico se puede determinar con relativa facilidad. La Campaña Admirable hace de él un libertador, y la desintegración de la Gran Colombia un proscrito. Como todo lo histórico, la existencia política de Bolívar tiene un principio y un final; es temporal. Pero en el mundo de la memoria social, aunque hecha de datos temporales y temporalidad, no se vive temporalmente, sino en el instante de lo eterno. Allí no se es libertador durante un par de décadas, ni se muere con la simple expectativa de bajar algún día tranquilo al sepulcro. Las cosas históricas van a la memoria social a cumplir una misión mítica. Es la existencia mítica de Bolívar la que lo pone a nacer como libertador en el Monte Sacro, o a vivir una eternidad como fundador de la patria, es decir, al servicio de aquellos usufructuarios de la guerra de independencia -militares oportunistas y rancios oligarcas- autores de su proscripción. De libertador a proscrito, y gracias a su existencia mítica en los cielos de la memoria social, Bolívar pasa a ser el gran vencido histórico con que los vencedores escriben la historia, mientras que el resto de los vencidos son abandonados a su existencia histórica de miseria y exclusión. De ello será expresión la Guerra Federal, que tendrá su lugar de memoria en el Arco de la Federación, monumento en el cual, como ya se ha indicado, no aparece el nombre de Ezequiel Zamora. Lo cual nos indica que así como unos entran a la fuerza en la memoria social, a otros, sin embargo, con igual fuerza, no se les deja pasar. Los lugares de memoria lo son también de olvido, por definición y por la misma naturaleza hegemónica de la memoria social.

Ahora bien. ¿Quién construye la memoria social? ¿Quién es el alquimista o artífice de esta sustancia semántica? ¿el grupo? ¿el individuo? Sin duda que no es lo mismo hacerse la pregunta antes o después de la escritura, la aparición de la imprenta o la expansión del estado Nacional, por señalar algunos de los hitos más decisivos en este asunto. El impacto de la escritura ha quedado tempranamente consignado en el Fedro, de Platón, para quien la enorme amplitud que ella supone como reservorio de la memoria implica, al mismo tiempo, un debilitamiento de la memoria como facultad. Apoyándose en el texto, el hombre traerá el recuerdo no del interior de sí mismo, sino de afuera; su fuente no será el alma, sino signos extraños a ella. Lo cual quiere decir, además, que con la escritura los grupos humanos comienzan a participar en una memoria colectiva cuya narrativa no es propia del que recuerda, sino producida por otro. Pero, en realidad, esta naturaleza, o condición extraña de la memoria colectiva respecto a la memoria como facultad individual ¿comienza a partir de la escritura o la escritura sólo acentúa, de una manera sin duda decisiva, como ocurrirá posteriormente con la imprenta, una tendencia de por sí implícita en la memoria social? O, dicho en otros términos, ¿los individuos de las sociedades ágrafas o en las que predomina la tradición oral, sí son, a diferencia de aquéllas en las que predomina la escritura, autores colectivos de la memoria social? Yo creo que, a éste respecto, así como no existe una memoria colectiva en tanto que facultad de recordar, tampoco existe una autoría colectiva de la memoria social en tanto que narrativa. Mnemosine no revela a todos los secretos del pasado, sino al poeta, que a través de la lírica reclama a los hombres el recuerdo de los grandes hombres y sus hazañas. La memoria es un don para iniciados; lo cual se expresa igualmente en las doctrinas órficas y pitagóricas. La trasmisión de generación en generación de tradiciones a través de la memoria oral no es la elaboración colectiva de ella, sino la permanencia mediante la comunicación oral de una determinada narrativa previamente elaborada. De modo que el artífice de la memoria social no es la sociedad, sino el individuo o un grupo determinado de ellos. Esto es algo que se torna más sintomático y evidente en la medida que el avance técnico proporciona a la escritura un mayor alcance como base de una memoria preconstituida:

El siglo XVIII marca en Europa el fin del mundo antiguo sea tanto en la imprenta cuando en las técnicas... En el giro de algún decenio la memoria social engulle en los libros toda la antigüedad, la historia de los grandes pueblos, la geografía y la etnografía de un mundo convertido definitivamente en esférico, la filosofía, el derecho, las ciencias, las artes, las técnicas y una literatura traducida de veinte lenguas diversas. El flujo se va agrandando hasta nosotros, hechas las debidas proporciones, ningún momento de la historia humana ha asistido a una tan rápida dilatación de la memoria colectiva. En el Settecento encontramos ya por lo tanto todas las fórmulas utilizables para dar al lector una memoria preconstituida.6

Pero no se trata sólo de la evolución técnica, sino también de a evolución política. El estado nacional es el gran artífice de la memoria social: ésta se convierte en cuestión de estado, y el estado en un generador de política de memoria. En este sentido, en lo fundamental, la memoria social se nutre de un discurso producido en la esfera de las élites políticas e intelectuales, que conlleva un uso político del pasado al servicio de los objetivos estratégicos del estado como generador de política de memoria. Ahora, implementada a través de la enorme diversidad de los lugares de memoria, la narrativa de la memoria social no sólo se ocupa del pasado, sino que lo transforma en un concepto político. Los extraños signos, a los que con sobrio desprecio se refiere el Sócrates platónico, la modernidad los convirtió en política de estado. Los secretos de Mnemosine han pasado de los salones del poeta a las oficinas de la burocracia. En el mundo contemporáneo no hay memoria social que no tribute a una política de memoria en la que ésta es concebida como un dato hegemónico que reafirma el poder del estado. Se le pueden dar todas la vueltas que se quiera a este asunto, y siempre llegaremos al mismo punto; el mismo que hace clamar a Le Goff:

La memoria, a la que atañe la historia, que a su vez la alimenta, apunta a salvar el pasado sólo para servir al presente y al futuro. Se debe actuar de modo que la memoria colectiva sirva a la liberación, y no a la servidumbre de los hombres.7

La memoria social puede ser democrática, en el sentido de promover los valores democráticos. Puede incluso ser, en sí misma, un proceso de democratización de la memoria, de modo de dar cabida a los sectores subalternos y tradicionalmente olvidados. Pero no por ello perderá su carácter hegemónico, y nada de ello se podrá realizar a costa de su carácter hegemónico. Si la visión de los vencidos viene a coexistir con la de los vencedores, ni estos dejan de ser vencedores ni aquellos vencidos. La memoria social puede ser una forma de clamar justicia. Pero para ser justa ha de ser hegemónica. No se va a los predios de la memoria social a hacer la reforma agraria de la significación y la simbología, ni se accede a su narrativa para hacer de ella una enciclopedia del recuerdo. Los lugares de memoria no son sitios para el discernimiento y la opinión, sino el modo en que el ritual sitia el discernimiento y la opinión.

Pero la naturaleza hegemónica de la memoria social, sin embargo, no justifica el uso vil del pasado en función de un proceso de significación que no es otra cosa que justificación de las vilezas políticas del pasado y del presente. En la construcción de la memoria social, la divisoria entre uso y abuso políticos del pasado es siempre confusa y ambigua, por la propia naturaleza siempre confusa y ambigua de ella como campo de batalla ideológico de las representaciones. En cualquier caso, la memoria social, como relación social en la que se impone una determinada cosmovisión del pasado es, por definición, hegemónica. En esto radica su fuerza como actor de cohesión social, y también su debilidad como forma de conocimiento del pasado. Desde el punto de vista conceptual, en realidad, la memoria social, más que un tema epistemológico, es un tema político y cultural que atañe más al presente que al pasado. Lo que para la historiografía es un objeto de estudio, para la memoria es un dato en un procedimiento de significación con miras a un horizonte político. El pasado de la historiografía es un objeto de investigación, mientras que el de la memoria social es un objeto semántico. Ello es así porque los individuos no ven el pasado como historiadores, sino como individuos.

Si, como dice Aristóteles, tenemos una parte del alma que es consciente del tiempo, es el alma toda la que requiere de una conciliación con nuestra existencia temporal. Tenemos conciencia histórica no por nuestro conocimiento de la historia, sino por ser esencialmente temporales. Para relacionarnos con el tiempo no se requiere de un conocimiento cabal y exhaustivo acerca del acontecer, sino reconciliarnos de alguna manera con el hecho de acontecer. La conciencia histórica no es erudición acerca de lo que pasó, sino certeza de que todo pasa. La memoria es el gran reservorio humano de pasado. Recordamos no porque tenemos memoria, o un pasado en nuestro haber, sino porque tenemos conciencia temporal que hemos de satisfacer de alguna manera. Usamos los contenidos de la memoria para acceder a nuestra propia existencia, y lo hacemos de forma narrativa y con propósito de significar nuestra propia presencia en medio del acontecer. Articulando lo que pasó en una narración hacemos del tiempo tiempo histórico, creamos la temporalidad en la que podemos insertar nuestra existencia. Cuando se trata no del individuo, sino del grupo al que el individuo pertenece, la tarea se realiza desde esa relación llamada memoria social, en la que unos participan como hacedores de recuerdo y olvido, y otros como aquellos que olvidan y recuerdan.

1Los trabajos sobre la memoria del sociólogo Maurice Halbwachs tuvieron un gran impacto desde mediados del siglo XX y abrieron un nuevo campo de estudio de la memoria como fenómeno social. Halbwachs distinguía entre memoria colectiva -referida a grupos particulares en el seno de la sociedad-, memoria social -referido al conjunto de la sociedad en general- y memoria histórica -referida a la escritura de la historia. Con el tiempo, el término de memoria colectiva ganó una enorme popularidad. Igualmente han ido apareciendo infinidad de términos para referirse a aspecto particulares, la más de las veces ambiguos e imprecisos y que han generado no poca confusión en el estudio social del fenómeno de la memoria: nacional, fragmentada, unificada, escindida, reactiva, antagónica, progresiva, institucional, grupal etc. En este trabajo el término memoria social sólo hace referencia a la dimensión de la memoria como relación social, entendiendo que su complejidad en este sentido siempre supondrá hacer precisiones y acotaciones específicas.

2Maurice Halbwachs. La Memoria Colectiva. p.18

3Karlheinz Deschner. Historia Criminal Del Cristianismo. p. 43

4M. PINZÓN UZCÁTEGUI. Crítica histórica sobre el diario de Bucaramanga. Litografía y tipografía Comercio. Caracas, 1914.. pp- 87-88

5M. Pinzón Uxcátegui. Op cit. pp- 87-88. En este mismo trabajo se recoge una carta de Tavera Acosta en la que hace referencia a los cambios en el quehacer historiográfico: "Nuestra historia, relacionada con la guerra de la emancipación política de España, así como la de su patria de UD. han sido escritas bajo las influencias de los personalismos. De allí el que a cada paso venga en mis insignificantes estudios históricos rectificando tanto error acumulado en las páginas de nuestros viejos historiógrafos." (p. 70) Y en cuanto a Blanco en particular, afirma: "Y es bueno que usted sepa que ese mismo Blanco, infeliz expósito recogido por deudos de la madre del Libertador, quienes lo prohijaron hasta el punto de darle su apellido, fue un incondicional de Bolívar, más aún: un fanático; y de alguna manera, aun por vías incorrectas, tenía que demostrar su adhesión y gratitud. Pero tratándose de asuntos de historia mal pueden tomarse en juiciosa consideración las declaraciones de un fanático." (p. 71)

6Jacques Le Goff. El orden de la memoria. p. 163

7Jacques Le Goff. Op cit. p. 182

TEMPORAL

Una historia acerca del hecho de escribir historias

(novela filosófica) 

...sucede que la vida no tiene inicios ni finales, y que sólo en el ámbito y contexto de una narración es susceptible de adquirirlos. Lo que me recuerda, por cierto, aquello que una vez dijera Beckett: ese fue mi error, uno de mis errores; exigirme una historia, cuando sólo la vida bastaba. Si es así, entonces estoy aquí para perpetrar mi propio error. Y hasta puede que ésta sea la forma de haber empezado a hacerlo. Más me vale.

Introducción General

El Bolívar histórico del que se ocupa este trabajo no es, hablando en términos rigurosos, el del pensamiento político y la estrategia militar, aunque, desde luego, mucho tendrá que ver con ello. Pero no es un análisis de ese tipo lo que busco en su discurso sino, más bien, al discurso mismo como herramienta del político y el hombre de guerra. Se trata del Bolívar de la palabra. El lenguaje como signo de conciencia histórica, como dimensión de temporalidad y como fuente de heroicidad. Del discurso de Bolívar no me interesa tanto el pensamiento como su narrativa; su inteligencia política o militar, como la semántica o discursiva. Del Bolívar histórico no busco la verdad, sino el estilo.

Introito

Un día, cuando todavía era estudiante de historia y me desempeñaba como investigador en el archivo histórico del antiguo Congreso Nacional, al fondo de la bóveda, en medio de un cúmulo de trastos tan viejos como valiosos, me topé con una desvencijada edición del Diario de Bucaramanga. Sumido en la molicie que mi burocrático cargo ya me inspiraba, aquél libro me distrajo y, allí mismo, en un improvisado asiento de cajones, lo leí. Para cuando retorné de la bóveda, mi imagen de Bolívar -como la de casi todos, determinada por ese formalismo patriota propio de la historiografía de banco de escuela, como la llama Vallenilla Lanz- cambió. Este libro es el resultado de un intento por captar y comprender aquello que cambió.

CARTAGENA: del destierro a la gloria

La Memoria dirigida a los ciudadanos de la Nueva Granada por un caraqueño, mejor conocida como el Manifiesto de Cartagena, se considera el primero de los grandes documentos políticos de Bolívar. Fechado 15 de diciembre de 1812, recoge la experiencia del incipiente gobierno republicano que, a mediados de ese mismo año, ha sucumbido en Venezuela bajo los embates del ejército español. Se trata de una memoria de la derrota, producida por alguien que ha participado como oficial en la guerra el gobierno español y que, salido al exilio, ha llegado a la Nueva Granada con el propósito de obtener hombres y recursos que le permitan invadir su país de origen y restablecer la república. Esta memoria no es, pues, el mero relato pasivo de lo que aconteció, de cómo el ejército español ha vuelto a tomar de una de las plazas más importantes y estratégicas de la América insurrecta, sino del plan para recuperarla. Se expone aquí el análisis crítico de una experiencia republicana particular, de la que se extraen conclusiones políticas y doctrinales que proporcionan una nueva perspectiva del proceso de emancipación no sólo en Venezuela, sino en toda la América Meridional. Se puede compartir en mayor o menor medida tales conceptos. Pero, en cualquier caso, es indiscutible que estamos ante la primera visión sistemática, general y de conjunto que, más allá de la dimensión logística y militar que impone la guerra, nos proporciona el primer concepto histórico y estratégico de la emancipación americana. Al menos, el primero producido por un soldado con una clara visión política. En este sentido, estamos ante la primera teoría revolucionaria de la lucha por la independencia.

CARÚPANO: vindicta, libertad y barbarie

En el Manifiesto de Cartagena nada indica Bolívar respecto a la cuestión social. Cuestión ésta tan conflictiva que, siglo por medio, llevaría al historiador Vallenilla Lanz a definir la guerra de independencia como una guerra civil. De ello nos da una particular perspectiva el Manifiesto de Carúpano. No pasó mucho tiempo para que el discurso de Bolívar hubiese de encarar el tema tabú en Cartagena. El momento sobrevino con la caída de la Segunda República, tras ese fenómeno tan contundente como efímero que fue Boves para el proceso de independencia. Efímero en cuanto a su personal actuación y liderazgo, pero en alguna medida permanente en cuanto a la guerra como forma de vida para los sectores populares y el ejército como vía de transformación de una estructura social que hundía sus raíces en la colonia. Acaso fuera Boves el más encarnizado enemigo de la república. Pese a lo cual, la república, a la postre y para ser tal, fue su más genuina heredera. De él recibió su ejército, su dinámica social y hasta el estilo de su liderazgo. A tono con la dialéctica de la guerra, los llaneros que siguieron a Boves pasaron de bandidos a patrimonio de la república. Patrimonio que en algún momento hizo decir a Bolívar que la revolución estaba sentada en un volcán social a punto de hacer explosión. Pero eso sería más tarde y en privado. En Carúpano, todavía este ejército sólo representa el modo en que la barbarie se opone a bien supremo de la libertad.

JAMAICA: Historia, Semántica y Geopolítica

1815: el descenso de Napoleón se cruza con el ascenso de Bolívar. Ambos han partido al exilio, a Santa Helena y a Jamaica, respectivamente. Tres años más tarde, el americano meridional, que ha tomado Angostura, la plaza estratégica que inclinará el curso de la guerra en favor de la causa patriota, dirá de sí mismo: yo busqué asilo en una isla extranjera, y fui a Jamaica solo, sin recursos y casi sin esperanzas. Perdida Venezuela y la Nueva Granada, todavía me atreví a pensar en expulsar a sus tiranos.1 De modo que el exilio, que para Napoleón dictamina el final de un imperio en Europa, para Bolívar anuncia el renacimiento de un proyecto en América. Esta conjunción en el cosmos simbólico de la historia que involucra la carera de dos grandes líderes políticos y militares, alude también a un cambio de época, determinado, desde el punto de vista geopolítico, por el ascenso de las potencias del capitalismo industrial y la caída del colonialismo mercantilista. A ello tributan diversos procesos: la ilustración, el nacionalismo, el industrialismo, la revolución francesa, la expansión napoleónica, la independencia estadounidense, la emancipación en América Latina. Es ésta una coyuntura en el proceso de largo plazo que lleva de la era agrícola a la era industrial. En este contexto se fraguan los cauces iniciales de un proceso histórico de alcance planetario. La Carta de Jamaica forma parte de este contexto. Es una forma de asomarse a él y otearlo desde los agrestes montes de una América irredenta. Tal es el punto de partida de este ensayo.

ANGOSTURA: el guerrero creador de repúblicas

La Carta de Jamaica concluye con la afirmación según la cual la clave para poner fin a la dominación española y fundar un gobierno libre es la unión, obtenida por efectos sensibles y esfuerzos bien dirigidos. Lo que por entonces queda en un escueto enunciado, en Angostura va a ser objeto de un denso desarrollo. Eso es el Discurso de Angostura: un efecto sensible, un esfuerzo bien dirigido. En atención a las lineas principales de su estructura discursiva, es una apelación a la conciencia histórica, un plan estratégico centrado en la implantación del Estado Nacional, y un instrumento de significación del movimiento de independencia como proceso histórico. Pronunciado por Bolívar el 15 de febrero de 1819, en el acto de instalación del segundo congreso que se daba a sí misma una república en medio de los avatares de la guerra, constituye una de las piezas oratorias más importantes de su haber político. Dicho ello por su contenido en sí mismo considerado. Y dicho también por el modo en que marca una diferencia de dimensiones estratégicas entre un antes y un después del proceso de independencia. En la visión totalizadora del Discurso de Angostura confluye lo político y lo militar. Para ganar la guerra en el siempre inhóspito campo de batalla, es preciso ganarla también en el de la política; por cierto, no menos inhóspito, agreste y peligroso que aquél.

BOLIVIA: el hombre de las dificultades como legislador

El guerrero ciudadano es aquél al que le es dado despojarse del mando. Así en la Caracas que le otorgó el título de Libertador, así en la Angostura que lo ratificó como Jefe Supremo, y dos años después lo llevara a ser designado en Cúcuta Presidente de La Gran Colombia. Las dificultades comienzan cuando la historia lo despoja a él de la guerra y se queda sin esa fuente de gloria que, hasta entonces, había sido el enorme campo de batalla y de política que, visto desde Pasto, se extendía entre el Orinoco y el Potosí. Así, Ayacucho consigna en la historia americana la emancipación, ciertamente; y en el destino particular del guerrero ciudadano el retorno de la cima de la gloria a la sima de las miserias de la burocracia y la administración. Siendo el campo de batalla la fuente fundamental de su gloria, dentro de él lo es todo; fuera de él nada, o tan sólo un ciudadano recto e iluminado que, apegado a su prestigio y honor, está llamado a dar la cara a esa oleada de anarquía que, en la paz, devora cuanto ha venido edificando en la guerra. Consumada la independencia o, más exactamente, el proceso de la guerra que habría de conducir a ella, el enorme mapa del nuevo mundo se ha teñido de una no menos enorme complejidad. Mientras se triunfa en Ayacucho se conspira en Caracas. Al tiempo que se finiquitan los últimos detalles del Congreso de Panamá, las recién creadas repúblicas se hunden en la lucha intestina y doméstica que atenta contra la anfictionía. En carta a Santander, fechada en Lima, el 6 de enero de 1825, es decir, a un mes escaso del triunfo en Ayacucho, encontramos esta situación descrita en palabras del propio Bolívar:

OCAÑA: el clamor del pueblo

Desde el punto de vista de su estructura semántica, el libertador, como instancia fundamental del discurso, representa la condición esencial de Bolívar como máximo dirigente político y militar de la emancipación americana. Más que como mera parte de la historia, el libertador concibe, administra y conduce el discurso como conciencia e instrumento hacedor de ella. Sin embargo, y como es de esperar, se trata de un discurso que siempre ha sido concebido y pronunciado desde el entorno de la dirigencia política a la que pertenece, aún en aquellos temas sensibles en que la actuación de dicha dirigencia pueda ser cuestionada por en su mensaje. Desde este punto de vista, el libertador siempre ha sido una instancia discursiva de una u otra manera asociada al estrecho círculo de la élite civil y militar que comanda el proceso independentista. Así, por ejemplo, El guerrero ciudadano del Discurso de Angostura, que dichoso convoca a la representación nacional y se despoja del mando ante ella es, con ello, al mismo tiempo, legitimado por ella. Como parte de la dirigencia, el guerrero ciudadano es jefe supremo entre iguales. En este sentido, los discursos fundamentales de El Libertador como creador de un nuevo tiempo histórico son documentos de identidad con el entorno dirigente del proceso de independencia, palancas ideológicas de su legitimación ante ella como máximo líder.

Epílogo

Hasta aquí me trajo el Bolívar con el que un día, hace mucho tiempo ya, me topé en el Diario de Bucaramanga. El hombre histórico de los discursos. El de la palabra y el estilo. El de la conciencia moderna y la faena semántica. El de la revolución como concepto y del heroísmo como ejercicio de voluntad de poder. Su discurso marca el paso de la barbarie a la civilización, con todo lo bueno y todo lo malo que una transición así supone para la gestión de su propia historia por parte de un pueblo. Y como pueblo, no tenemos conciencia de tal significación porque la historiografía de banco de escuela se ha hecho cargo de ello, bien haciendo de Bolívar una venerable pieza de museo, bien poniéndolo a comer mangos para popularizarlo. Al respecto, me limito a recordar las palabras de Vallenilla Lanz:

HERÓDOTO: los orígenes de la historiografía

Si uno se deja guiar por lo más estrictos rigores académicos, incluso los de la historia, probablemente los menos estrictos de todos, muy a pesar de los historiadores académicos, un trabajo de este tipo luce desde muchos puntos de vista desalentador, bien por lo poco con se cuenta para realizarlo, bien por la poca estima que se guarda hacia lo poco que se tiene, incluso los escritos de aquel a quien Cicerón, si no me equivoco, dio en llamar Padre de la Historia. Y lo hizo en el marco de una larga tradición representada por críticos para los que Heródoto era ya casi tan extraño como para nosotros y que, salvo contadas excepciones, se caracterizó por su desprecio, acusándolo de mal escritor, de inútil, y hasta de mercenario.

Capítulo 1: el hombre, la obra, el contexto.

Es muy difícil establecer un imperativo ideológico, filosófico, político o moral que nos ayude a comprender la aparición de la historiografía en una íntima relación con el contexto histórico en que ello tiene lugar. La vaga generalidad de la que aquí me valgo, es decir, comprender la aparición de la historiografía como parte del humanismo característico de la Grecia Clásica, que tuvo su máxima expresión en el arte y la filosofía, es fácilmente aceptable, pero, se entiende, muy poco precisa. Ese humanismo, la ruptura respecto a la mitología que a él es inherente, comienza a gestarse en la Grecia Arcaica, con la filosofía jónica y la aún ingenua pero inequívoca proximidad que ella representa respecto a la naturaleza. Por otra parte, como se sabe, dicho humanismo se prolonga mucho más allá de la época de Heródoto y en plena decadencia ateniense producirá lo más acabado de su filosofía. Este humanismo griego es, pues, el espacio histórico cultural de muchas cosas, amplio contexto en el que la historiografía luce como un ínfimo detalle, acaso el más prescindible de todos.

Capítulo 2: mito, filosofía, historiografía.

Partamos del hecho, tan magistralmente representado por la cruel simpleza del mito de Sísifo, de que el hombre es una especie condenada a la historicidad. A nadie le es dado elegir no vivir la historia. Encadenado a la infinita finitud del tiempo, el hombre histórico transcurre sin la certeza de saber para qué. Toda la historia humana pudiera comprenderse como la obsesión de este hombre histórico por darse sentido a sí mismo. Todas las cosmogonías lo han adscrito, de una u otra manera, a vagar fuera de lo eterno, perecer una y otra vez. Y todas intentan, al final, reconciliarse con el proscrito, traerlo de nuevo a casa, el paraíso perdido que, en algunos casos, puede ser, incluso, la nada cósmica, peculiar forma de eternidad que nos permite suponer que hasta la supresión de la existencia es preferible al castigo de la existencia histórica. Esta caída en el tiempo es el nudo gordiano de todo el drama bíblico y, en muy otro contexto, es, también, el mayor suplicio que la mitología griega pudo imaginar para el hombre réprobo

Capítulo 3: dioses, hombres, historias.

Heródoto cree en el Oráculo. Es fácil demostrarlo a través de la cita de párrafos como, por ejemplo, el que nos habla de la furia de Taltibio1 contra los espartanos, y otros en los que hace referencia al plano de lo divino como la última salida que encuentra para explicar, -¿o justificar?- un determinado acontecimiento histórico. Sabemos que esto le ha costado a Heródoto buena parte de las censuras que lo descalifican como historiador ya que, se supone, la historia debe explicar al hombre y sus acciones por el hombre mismo. Como se sabe, ha llegado a ser norma del oficio que recurrir a Dios es hacer trampa. Una suerte de principio epistemológico pende como espada de Damocles sobre el historiador cada vez que su discurso historiográfico apela al deus ex maquina. Heródoto puede ser, según esta misma norma, demasiado ingenuo o primitivo .

Capítulo 4: hombre, historia, tragedia.

Si nos pusiéramos a plantearnos los problemas de epistemología y método en los Nueve Libros, probablemente no hallaríamos asidero sólido alguno para el análisis y la reflexión. En realidad, estrictamente hablando, tales problemas no existen para aquella historiografía que, desde sus mismos inicios, se colocó al margen de la sabiduría y se dio a sí misma el despropósito de alimentar la memoria humana, salvar el vertiginoso acontecer humano del olvido humano. Sin embargo, pese a una tarea tan metafísicamente pobre y, en parte gracias a ello, aquella primera historiografía estaba llamada a sentar las bases para una cruel desmitificación de dicho acontecer. El hombre histórico que recién ha descubierto es objeto de paciente y crítica observación; no se le puede tomar a la ligera, tal cual lo encontramos, ni creer de buenas a primeras lo que dice y piensa de sì mismo. Racionalista pero curiosa, tolerante pero desconfiada, fue ésta una historiografía que se aproximó a su hombre histórico con acucioso sigilo, alerta a los juicios y creencias que históricamente su objeto de observación había generado respecto, y a partir de, su propia historicidad. El hombre histórico y la cultura, ámbito al que es inherente el desencadenamiento de sus acciones en el espacio y el tiempo, abrieron así el pensamiento humano hacia una dimensión hasta entonces desconocida.

 

 

Preliminar

He visto a Dios. Es espantoso. No hemos hablado. Para escucharme, tendría que ser yo hombrte de fe. Y, para escucharlo, un esquizofrénico. Pero pululamos en el mismo universo. Él en su cueva y yo en la mía, somos vecinos del mismo barrio; el del misterio. Sólo que yo la habito con la suficiente molicie e ignorancia como para no perder la cabeza. Él no. El misterio lo ha enfermado. Y, convencido de ser la verdad que lo despeja y que, por lo tanto, nos haría libres, ha perdido la suya.

De la caída a la salvación: la historia inconclusa de la creación.

La caída simboliza el inicio de la historia, al menos para la criatura; es decir, la existencia temporal a la que, tras rebelarse, ha sido condenada por su creador. Y la salvación la recuperación de una criatura que, ahora, como pecador; o sea, habiendo comprobado por experiencia lo que su creador por omnisciencia ya sabía y se negó a revelar, retorna arrepentida al paraíso en que fuera creada, y lo hace por gracia del que la condenó. Así, entre caída y salvación -fin del tiempo de por medio- el reino de este dios describe un ciclo único y total hacia la eternidad propiamente dicha, suponemos, ya que, hasta la culminación de dicho ciclo, dicho reino no ha sido otra cosa que un proyecto histórico; una teleología en la que Dios hace de sentido inmanente y la eternidad de meta trascendente.

De cómo no fui echado del paraíso: me largué yo mismo

El Génesis, como se sabe, es el primer capítulo en la historia de un dios que creó el mundo, la historia; vale decir, el pasar en que las cosas pasan y el tiempo con que lo captamos. Según esta historia, en siete días -merecido descanso incluido- este dios, emergido de las tinieblas, configuró el universo total: estableció su reino eterno, creó la criatura llamada a adorarlo por la eternidad, actualizó el abismo temporal al cual arrojarla cuando se resistió, y, por último, concibió el plan para rescatarla de su temporalidad y retornarla a su seno. Más que una historia de dios, ésta es la de un proyecto de dios. Con lo cual esta historia deja fuera lo más interesante del objeto a historiar: las tinieblas mismas, el abismo y el origen del dios-héroe que, venido de ellas, encarna la luz que ha de iluminar el nuevo todo en que se dispone a reinar. De modo que esta historia, que no indaga en su tema y que, aún así, pretende dar razón de la temporalidad mediante la eternidad, nos deja en ascuas, pues sólo vale para confirmar que la vida eterna junto al dios que nos ha creado no es menos absurda que la temporal a la que nos ha condenado. No obstante, hagámonos de la vista gorda con este detalle menor, y ocupémonos de un dios al que, en esta parte de su historia, toca hacer de inicio en la historia toda del universo. Porque, en esencia, no de otra cosa hablamos aquí: de un dios que actúa y que, sólo en cuanto tal, ha podido ser objeto de narración.

De cómo andando el camino correcto terminé en el punto de partida.

Me parece que era Artaud quien decía que Dios no existe, y que, si existe, es una mierda. Esta idea de dios es un dilema que apunta, por una parte, a su real y efectiva existencia y, por la otra, a que, en caso de existir, sea cosa digna de creencia. Y si bien la real existencia de una cosa es condición previa del juicio sobre de ella, en el caso de los dioses es tema casi irrelevante, si se lo compara con la idea de dios, que sí es históricamente real. La existencia o no de uno que se hace llamar Dios es indemostrable. Pero la idea que de él tengamos es crucial. Pasa que nuestra inteligencia, memoria y voluntad de entes temporles que para ecistir han de hacerlo históricamente es el único hilo que vincula al dios en el que pretendemos creer con la eternidad en la que debería reinar; eternidad ésta de la que vendríamos y a la que, consumada nuestra temporalidad, habríamos de retornar. El problema acá es que, entonces, hablamos de un dios, un reino, una eternidad; en suma, un ser pleno que ha salido de sí y ya no es tal, pues ha sido intervenido, socavado y puesto patas arriba por la temporalidad misma de la criatura que estaba llamada a constituirlo. De modo que, si alguna vez fue, este dios ya no tiene ser, pues ha devenido y, por tanto, sólo puede tener historia. Y el mayor problema para este dios es que, en efecto, la tiene. Se la conoce como sagrada. Lo cual no es sino un infeliz oximorón, que me veo en la obligación de corregir. Porque, el otro problema no menor para este dios, es que, además de también tener una historia, tengo, gracias a ello, una idea de dios; por cierto, ontológicamente mucho menos generosa que la de Artaud.

De mi autocondena

Una cosa es ser expulsado del paraíso, tras una patafa en el culo, y muy otra abandonarlo por los propios pies: o sra, arrojarse uno mismo. La voluntad hace la diferencia. Lo que procede entonces es la autocondena. Ello equivale a la condena de Dios, sólo que despojada de su divinidad por el acto voluntario de quien se la autoimpone. Éste es el dato fundamental acá. La rebelión de la criatura sólo acarreó la expulsión del rebelde y no alcanzó su cometido. Ciertamente, desató la ira de Dios, pero no afectó su divinidad. Sin embargo, fuera de los predios del reino, la rebelión continúa: se torna secular. Sujeta al curso de su propio devenir, si la criatura se proclama pecador, su castigo se convierte en causa y su destino en botín de guerra. Lo que a este dios toca ahora enfrentar no es la conjura, sino la reivindicación del pecado respecto a un reino que sólo molicie, desprecio e indiferencia puede inspirar. Lo cual es mucho más difícil para uno tan propenso a la cólera y que tanto requiere de ser adorado.

De Dios como significación de un pasar que no lo requiere.

El pasar no rquiere de dioes, sino de historias, que lo signifiquen como pasado-presente-futuro y den forma a la existencia temporal. Son los dioses los que rrquieren de una historia para tener sentido como artífices del pasar. Dios tiene una. Se la conoce como la sagrada. Lo cual encierra un total contrasentido, ya que si, a diferencia del mito, cuyo papel es reconocer un pasado, el de la historia es indagarlo, con lo cual toda historia es, por definición, profana; incluso la de este dios, pese a que su intención sea la de hacernos reconocer en un único y por lo tanto verdadero pasado cósmico.

De gracia divina y conciencia histórica

La Salvación es el remiendo metafísico del error ontológico de la Creación. Dios intenta recoger al final del tiempo el desastre que ocasionó con su inicio. El intento de corregir el error con que comprometió su ser pleno lo conducirá a uno aún mayor, y que hará de la eternidad un imposible. En aquel entonces se equivocó al echar a la criatura del reino, porque con ello dio paso a la historia y a sí mismo como proyecto. Ahora está dispuesto a equivocarse de nuevo, haciéndola regresar al lugar del que la echó, porque con ello se trae la conciencia y la memoria, que han de desmerecerlo por completo como ser. Si Dios, como espera, pudiera ser adorado por el pecador, éste no sería tal, pues en la eternidad no puede haber conciencia ni memoria, que es de lo que está hecho todo pecador en tanto que arte y parte de la existencia temporal. Pero este dios jura que la Salvación del pecador es su salvación como dios. Según su propia historia, lo que lo mueve a recuperar su antigua criatura no es el arrepentimiento, sino el perdón y la misericordia, en el entendido de que a quien corresponde arrepentirse es al pecador mismo. Su gracia está, pues, dirigida a aquél que, sobre la base de tal arrepentimiento, se hace acreedor del perdón y la misericordia, que es lo que de nuevo lo conducirá a la vida eterna que perdió tras su rebelión. Toca entonces considerar las implicaciones que tiene esta en apariencia armónica conciliación de gracia divina y conciencia histórica.

Epílogo

La eternidad sólo puede entenderse tal y como Platón define el ser: lo uno siempre igual a sí mismo. El tiempo, nos indica en el Timeo, es imagen móvil de la eternidad. Para Aristóteles dios vendría a ser la causa primera, el motor a partir del cual todo entra en movimiento, sin que determine el curso del movimiento al que da lugar. De tal manera que la eternidad no es espacio en el que sucedan cosas, ni un modo particular en que las cosas suceden o hayan de suceder. La eternidad es una idea, un principio, un axioma; nunca un atributo de algo distinto de ella; mucho menos el estadio superior de algo que, habiendo iniciado en calidad de temporal, se haga eterno tras dejar atrás y superar su temporalidad. La eternidad sólo podría ser la negación absoluta del antes y el después, del inicio y el final. Si algo cambia, hay movimiento, tiene una dimensión duradera y, por lo tanto, temporal, En consecuencia, la eternidad no puede ser anterior ni posterior a nada, pues sería mera episodio de lo que sucede. Y en ella nada puede suceder, porque, a diferencia de lo que sucede en las historias, no hay inicio ni final. Si algo tiene historia, no le cabe eternidad, aunque dure eternamente.

LA RATA

Yo habitaba en una vieja casa vacacional abandonada, colgada de lo alto de un cerro pedregoso y desde el que se podía ver abajo el mar en su quieta enormidad, yendo y viniendo en monótonas embestidas contra las rocas negras del acantilado en el que, por ahora, espero. 

LA ÚLTIMA CENA

Por obra y gracia del espíritu santo sigo aquí, como de costumbre, aludiendo y mendigando a cada transeúnte que pasa frente a mí. Ocupo el primer escalón de los doce que conducen a la taquilla de una sala de cine donde sólo entran hombres solos. La verdad no sé si es el primero, porque, contando desde la acera, éste sería, en realidad, el segundo. Con lo cual. el total de escalones de la escalera entonces sumaría trece, Por otra parte, trece, según he escuchado decir desde siempre, es número de mala suerte. Luego la diferencia entre doce y trece no sería sólo de un escalón, sino de un destino. De modo que ocupar el segundo o el primero no es cuestión que se pueda tomar a la ligera. Y, ciertamente, que no lo hago así. Sólo que, en mis consideraciones al respecto, encuentro razones igualmente lógicas e irrefutables como para afirmar que estoy en una o en otra posición. Esto es cosa que me gustaría resolver cuanto antes. Por primera vez, no sé por qué, me hallo en la circunstancia en que me gustaría saber, a ciencia cierta -como también se suele decir- en dónde estoy. Nunca imaginé que de un escalón a otro pudiera haber semejante diferencia. El mundo, que para mí siempre ha sido la acera, sería el primer escalón, con lo que yo estaría, entonces, a un escalón menos del cielo y a dos más del infierno. Esto en caso de que el cielo esté arriba, el infierno abajo y yo en el medio. En la perspectiva de este sanguche cósmico puede que la diferencia no se sienta tan enorme como entre el primer y segundo escalón, quizás porque la diferencia entre cielo e infierno es más de fe que de cálculo. Pero, por otra parte, la diferencia entre fe y cálculo es tan enorme como la que puede haber entre un escalón y un destino. Es el tipo de cosas que me gustaría resolver. Allá, por la acera de enfrente, va el gordo de las corbatas anchas y los zapatos chillones. A veces viene. Es el tipo de evento que siempre me distrae de mis resoluciones.

LA QUINTA PATA

Octubre. Lluvia, llovizna, tormenta o aguacero. Lo cierto es que desde hacía ya tiempo el agua no dejaba de caer como una maldición del cielo. Si, hasta cuando cesaba por un rato, no era sino para mostrarse en esa forma de bruma, neblina, calima o calina. La misma maldición; sólo que elevándose desde la tierra sobre la que ha llovido sin parar. A la hora de ser andada, no había sino dos opciones: la maleza o el barrial. Tú eliges, se dijo a sí mismo en el instante incierto en que intentaba dar con el camino para emprender la huida. De súbito, la noche se detuvo. Un relámpago de inamovilidad con el que el aguacero cesó de golpe. Y entonces fue esa quietud que parece escucharlo todo con los oídos de su silencio. Extenuado, se sentó y miró de nuevo al cielo. Durante un largo rato, ni los mismísimos dioses osaron asomarse por cima de los muros de la noche, hasta que de nuevo se dejó oír el monótono canto de los grillos.

TAXIDERMIA

A ver. Acaso esté yo en el curioso procedimiento de comprobar a través del sueño que el alma, si no se refiere a la mera forma de la materia, tal y como Aristóteles fue el primero en sugerir, es el más degenerado e infame de los conceptos. Menos mal y me leí a tiempo aquel tratado que Amanda, mi mujer, dice que lleva título de espanto o aparecido. Como sea, ya sabía yo que no podía ser tan inútil haberlo hecho, tal y como ella siempre aseguró, con ese pragmatismo repugnante tan propio del género femenino y que se va acentuando con la edad. Ella siempre dice: no creo en santo que come y caga, ni en loco que no come mierda. Y, en cierto modo, compartimos la misma poca fe. Aunque para no creer en los santos ni para creer en los locos, requiera yo concebirlos avocados a tan vitales funciones. En todo caso, por ahora, el curioso procedimiento al que aquí me refiero es la única posibilidad que me queda para salir del atolladero en que me encuentro desde hace… Ni siquiera sabría decir cuánto tiempo, pues lo primero que resalta en este asunto es la perdida de la certidumbre que el tiempo nos proporciona como el principal referente de lo que existe.

PORNOAVENTURA

¿Cómo se puede ser, durante algún tiempo, tan vital y, al mismo tiempo. morir sin necesidad alguna de haber vivido por razón distinta a la de follar? Tal era la pregunta que se hacía Henry al caer la tarde y cuya respuesta el crepúsculo se iba llevando a los confines del anochecer confundido con su propia noche de viejo y como quien, con sumo cuidado y sigilo, oculta algo muy preciado pero que le ha de resultar comprometedor o embarazoso. El Henry -dicho así, en su recuerdo, porque así lo llamaron siempre en los tiempos en que vivir era algo más que recordar- estaba sentado ante uno de los largos ventanales que iluminaban el largo pasillo donde la pasaba desde la una, tras haber tomado su almuerzo y haberse negado, como siempre, a hacer la siesta. Éste nunca quiere dormir, había exclamado, como siempre, la señora Pérez. Y allí seguía Henry, empotrado en su silla de espectador del paisaje vespertino. Durante toda la tarde llovió. Y aunque había amainado ya, aún seguía cayendo esa leve llovizna, seguramente gracias a la cual el jardín, los árboles, la calle, los cerros lejanos que todavía encajaban sus puntas en los restos de una nubosidad fragmentada y el paisaje todo, o al menos hasta donde la vista aguzada alcanzara atisbar desde aquella ventana, adquiría esa transparencia rosa que a Henry tanto agradaba. Hasta que, como siempre, a las siete y según orden inapelable de la señora Pérez, Henry fue largado a su habitación. A dormir hasta el día siguiente, como siempre.

LA PIEL INMATERIAL DE LA NOCHE

Ahora sí que estoy jodido, se dijo a sí mismo, con resignación. Boca arriba, a la vez que dibuja garabatos ininteligibles en la piel inmaterial de la noche, llega hasta él un olor agridulce, de fruta fermentada o de licor. Mas bien de las dos cosas juntas, mezcladas, concluyó, ya que la gorda había incorporado al enorme pastel que estuvo preparando durante la mañana una generosa porción de cada una. Y en ese momento, cuando ya arribaba a la media noche, volvió a recorrer, una vez más, los detalles de aquella faena, que habían ido a parar a su memoria, como lo que sobró del pastel, de un golpe seco, habla ido a parar al fondo del bote de donde emanaba aquél olor.

LA CUARENTA Y OCHO

Entré al bar. Fui hasta el extremo solitario de la barra desde el que me observaba, pedí una cerveza y me volví a la mesa de siempre, o al menos la que yo esperaba que fuese tal cada vez que entraba, y que, por esta vez al menos, ciertamente, estaba desocupada. Estuve bebiendo mi cerveza poco a poco, algo así como a un sorbo cada vez que intercambiábamos miradas. Hasta que por fin ella también se vino a la mesa de siempre. Entonces la noche, como el silencio de Dios, se fue hundiendo en el barro de nuestro mutuo decir. Barro nuestro que caes del cielo. El amanecer nos sorprendió a solas, o más bien juntos en la misma soledad desde la que cada quien defendía su propia soledad, ahora sí, sin nada que decirnos, en medio del barrial que nos había arrastrado hasta la cuarenta y ocho.

EL CENTENARIO DE STOKER

Cuando suena la hora lúgubre de los espíritus, la novia bebe el vino de un rojo sombrío como la sangre. Una vez más, aquellos versos de Goethe, que lo hacían sentir tan orgulloso de sí, resonaron en su memoria, apenas se asomó a la ventana y la noche le rozó el rostro. Luego fue esa mirada acuciosa lanzada allende los suburbios nubosos de la ciudad, más allá de los cuales se extendía la rígida horizontalidad del cementerio. Quietud. sosiego, reposo, descanso… iba buscando la palabra más apropiada para definir lo que aquél otear el horizonte de la noche le inspiraba, hasta que la encontró: ausencia. Eso. Porque la muerte no es más que ausencia. Ni menos tampoco. Entonces emprendió el vuelo.

LA POSE

De los talones a la cabeza mediría no más de metro y medio. Y si uno se fijaba bien, venida de sus adentros a flor de piel, como el alma que le daba forma en una sola y fugaz pincelada de existencia, la insignificancia demarcaba el todo de su cuerpo quieto y menudo. Quizás fuese esto, la manera en que esa insignificancia determinaba la absoluta armonía entre el ser y el aparecer lo que la hiciera lucir más joven de lo que realmente fuese, como si a estas alturas de su biografía aún no contara con una historia única y propia en la que hubiese valido la pena desgastarse y envejecer. El resto de aquella su presencia era lozanía triste, quietud de lagartija a la una de la tarde y que administra su energía en medio de un paisaje árido y sofocante. No obstante, al mismo tiempo, su pose era tan curiosa y estudiada, tan artificiosa que lo que le faltaba en tamaño y significación le sobraba en gracia y seducción. Al menos eso fue lo que pensé cuando me disponía a entrar a la tienda y la vi, parada allí, de espaldas a la puerta y con los codos apoyados en el mostrador mientras seleccionaba los botones de las cajitas que el viejo tendero iba poniendo de dos en dos a la disposición de su minuciosa inspección.

 

 

Historia

Mundial

Contemporánea

A mi modo de entender, los que están persuadidos a que por la historia particular se puede uno instruir lo bastante en la universal, son en un todo semejantes a aquellos que, viendo los miembros separados de un cuerpo poco antes vivo y hermoso, se presumen estar suficientemente enterados del espíritu y gallardía que le animaba. Pero si uno, uniendo de repente los miembros y dando de nuevo su perfecto ser al cuerpo y gracia al alma, se lo mostrase por segunda vez a aquellos mismos, bien sé yo que al instante confesarían que su pretendido conocimiento distaba antes infinito de la verdad y se asemejaba mucho a los sueños. Y ciertamente, que por las partes se forme idea del todo, es fácil; pero que se alcance una ciencia y conocimiento exacto, imposible. Por lo cual debemos estar persuadidos a que la historia particular conduce muy poco a la inteligencia y crédito de la universal, de la que únicamente el reflexivo conseguirá y podrá sacar utilidad y deleite, confrontando y comparando entre sí los acontecimientos, las relaciones y diferencias. (Polibio. Historia Universal. Exordio.)

EL CONCEPTO DE MEMORIA

...sólo de aquellos seres vivos que son conscientes del tiempo puede decirse que recuerdan y hacen esto con aquella parte del alma que es consciente del tiempo. Aristóteles. De la memoria y del recuerdo.

Grande es la virtud de la memoria y algo que me causa horror, Dios mío: multiplicidad infinita y profunda. Y esto es el alma y esto soy yo mismo.  San Agustín. Confesiones

Introducción

...sólo de aquellos seres vivos que son conscientes del tiempo puede decirse que recuerdan y hacen esto con aquella parte del alma que es consciente del tiempo.

Aristóteles.

De la memoria y del recuerdo.

 

Grande es la virtud de la memoria y algo que me causa horror, Dios mío: multiplicidad infinita y profunda. Y esto es el alma y esto soy yo mismo. 

San Agustín.

Confesiones

 

...el pasado se conserva por sí mismo, automáticamente. Todo entero, sin duda, nos sigue a cada instante: lo que hemos sentido, pensado, querido desde nuestra primera infancia, está ahí, pendiendo sobre el presente con el que va a unirse, ejerciendo presión contra la puerta de la conciencia que querría dejarlo fuera.

...no pensamos más que con una pequeña parte de nuestro pasado; pero es con nuestro pasado entero, comprendida en él nuestra curvatura original del alma, con el que deseamos, queremos y actuamos.

Henri Bergson.

La evolución creadora

La memoria: un misterio, una estructura, un proceso

Para Aristóteles la memoria residía en el corazón. Captadas por los sentidos, suponía que las impresiones que se perciben del entorno eran conducidas por la sangre hasta allí. En general, para la filosofía antigua el corazón es el reservorio de la actividad espiritual del hombre. Allí se asienta lo que para nosotros es su existencia psíquica. De modo que el corazón era tenido por el lugar de las emociones y los sentimientos, idea que, por lo demás, ha permanecido a lo largo de la historia en las más diversas culturas hasta hoy. De hecho, en latín, recordar -recorsi- significa de nuevo en el corazón. Esta creencia se mantuvo durante siglos. No es sino hasta mediados de la edad media cuando la memoria comienza a ser ubicada en la parte posterior del cerebro1. Aunque sin datos abundantes y determinantes al respecto desde un punto de vista científico, es la fisiología moderna la que la ha localizado en el cerebro. E. Kandel2, premio nobel por sus investigaciones en este campo, ha definido la memoria como una representación interna de la información adquirida mediante aprendizaje; información que se halla codificada, espacial y temporalmente, en circuitos neuronales, mediante cambios operados en las propiedades reactivas de las neuronas. Con todo, en el mundo de la ciencia aún no hay consenso en cuanto al modo como reside la memoria en el cerebro. Hay quienes piensan que la memoria tiene localizaciones específicas, que se corresponden con un determinado tipo de ella, y quienes piensan que, por el contrario, la memoria es una y que alcanza amplias regiones cerebrales que operan conjuntamente y de manera coordinada, según diversos niveles de complejidad en el registro de datos y evocación del recuerdo. También hay quien piensa que ambas hipótesis no son excluyentes entre sí y que es posible que apunten con certeza al mismo fenómeno considerado desde puntos de vistas diferentes y complementarios3.

Aristóteles: memoria, alma y experiencia

Al concebirla como parte del proceso cognitivo -junto con la percepción y el aprendizaje- la psicología cognitiva ha puesto en evidencia la complejidad de la memoria y resaltado la conexión existente entre memoria y otras funciones tanto fisiológicas como espirituales del ser y el proceder humanos. Conexión ésta que ya había sido planteada por Aristóteles. Así, por ejemplo, en Metafísica establece la relación directa y biunívoca entre memoria y experiencia de la siguiente manera:

San Agustín: memoria, alma y dios

Agustín se ocupa del tema de la memoria en el Libro X de Confesiones. Hay quien dice que este capítulo constituye una suerte de bisagra que une la primera parte de la obra, es decir, la parte autobiográfica, que recogerían los libros del I al IX, con la siguiente, la parte conceptual, correspondiente a los libros XI-XIII. Tal estructura expresaría la intención misma del autor, con el propósito de reflejar en ello su concepción de la memoria como la función mediadora entre el hombre y dios1. Aunque no hay constancia de que esto sea así, es una interpretación muy plausible. Por lo demás, cualquiera sea el caso, se trata de una interpretación que en nada contradice el concepto mismo de memoria que maneja Agustín y que constituye una excelente guía en la lectura de la obra. También, en La Trinidad trata Agustín el tema de la memoria, particularmente en los Libros del X al XIII, aunque aquí no de manera específica, sino en conjunción con el entendimiento y la voluntad, y en tanto que las tres -memoria, entendimiento y voluntad- son las facultades que a su entender definen el alma humana. Ello supone un giro completo en el concepto de alma y, en consecuencia, en el de memoria con respecto a la visión materialista de Aristóteles. Pasamos de la entelequia que define lo vivo en la naturaleza -de lo cual el hombre es una especie- al hombre cuya individualidad plena está determinada más que por la naturaleza, por su conexión con dios y la dimensión de lo divino. El alma de Aristóteles da lugar a una especie natural con conciencia del tiempo. La de Agustín a un hombre histórico conectado con la naturaleza sólo en su dimensión material y cuya conciencia del tiempo no es otra cosa que su vínculo con la eternidad.

La dimensión social de la memoria

Entre el Tratado del Alma y el Tratado de la Santísima Trinidad se abre uno de los episodios más plenos de significación en la historia de la filosofía occidental. El cristianismo avanza sobre las ruinas de un paganismo que ha sido, al mismo tiempo, fuente de inspiración y modelo de su filosofía. Esto se hace evidente en el tema de la memoria. El concepto de Aristóteles emerge de las dimensiones materiales de la naturaleza y que el cristianismo depreciará como el terreno de lo profano. El de Agustín es un concepto que desciende de los cielos. Tejida con el hilo de la lógica pagana, la memoria de Agustín se inserta en el tapete de la fe y el misterio supraterrenal de lo divino. En este tema, como en otros, el decisivo avance que el materialismo aristotélico representa respecto al idealismo de Platón, es un camino que de nuevo recorre Agustín, pero en sentido contrario. Su concepto de alma -y con él el de memoria- constituye, digámoslo así, un ejercicio de desmaterialización de lo que encontramos como tal en Aristóteles.

Mito, memoria e historia

Se dice que recordar es hacer presente el pasado. Ciertamente. Una hermosa metáfora, como casi todas las que, al jugar con el sentido de los términos, pero sin contradecir su sentido, crean una atmósfera de contrasentido que, sin estar reñida con la lógica, la ironizan, en cierto modo se mofan de ella. Una metáfora, además, muy acertada en todo sentido. Sin embargo, ello no obsta a la hora de precisar hasta qué punto es posible hacer presente el pasado, en qué grado y en qué sentido. Pues el pasado presente no es lo mismo que el pasado, El recuerdo no es mostrar lo que hay en la memoria, sino la realización de un constante proceso de selección, ordenamiento y elaboración de ella. El recuerdo es una intervención intencionada y sofisticada desde el entendimiento del material bruto de la memoria. No sólo el recuerdo vive de la memoria, sino que, a su vez, la memoria vive de la aportación y el enriquecimiento que el proceso de recordación le aporta. De modo que, como resultado del recuerdo, el pasado presente no es el pasado, sino lo que de él hemos seleccionado, ordenado y elaborado, y lo que nos decimos acerca de los resultados de tales operaciones sobre la memoria. Y como seleccionar supone, en alguna medida, el olvido -inconsciente o voluntario- hay veces en que hasta el olvido es una forma de decir acerca del pasado recordado. Si a todo esto se agrega que todas estas tareas inherentes al recuerdo y el olvido se realizan desde y a través del lenguaje, que son en sí mismos procedimiento lingüísticos, resulta entonces que la memoria es un procesamiento semántico de la experiencia temporal. Saber del pasado, individual o colectivo, es en sí mismo un proceso de significación.

 

 

HISTORIA Y CIENCIA
El silogismo se compone de proposiciones, las proposiciones de términos; los términos no tienen otro valor que el de las nociones. He aquí por qué si las nociones (y éste es punto fundamental) son confusas debido a una abstracción precipitada, lo que sobre ellas se edifica carece de solidez; no tenemos, pues, confianza más que en una legítima inducción. F. Bacon
Introducción

Soy de la generación a la que tocó aprender en clase de historia que la historia es la ciencia que estudia el pasado y, respecto al más importante hecho que da inicio a la historia, que el hombre desciende del mono. Aunque aquí el asunto nunca quedó del todo claro por aquello del eslabón perdido. Acto seguido, receso de por medio, me tocaba aprender en clase de religión que, de acuerdo a la historia sagrada, el hombre era creación de dios. Esta vez el asunto quedaba todavía menos claro, pues con ello se hacía participar al hombre de una doble naturaleza, histórica y divina. Siguiendo el razonamiento científico -que también hube de aprender en clase de física y de matemáticas- si la historia es una ciencia, la historia sagrada también lo es. Entonces ¿cómo era posible que una misma ciencia tuviera posturas científicas tan disímiles en relación al hecho más importante con el que se iniciaba la historia de la humanidad? ¿O es que hay historias científicas e historias que no lo son? Porque en el mundo de la ciencia hay más teorías falsas o erróneas que teorías verdaderas, y todas por igual son expresión del mismo modelo de conocimiento, es decir, forman parte del mismo proceso de desarrollo de ése modelo y de ese conocimiento tenido por científico. Hay verdades científicas y también falsedades que, no por tales, dejan de ser científicas, pues las unas y las otras son resultado del mismo proceder. Claro que el que la historia sagrada sea científica es bocado del conocimiento que lucía realmente grueso de tragar.

La concepción de la realidad: la relación sujeto-objeto

La caída de un individuo de lo alto de un edilicio de diez pisos puede ser interpretada de muchas maneras. Como un suicidio, es decir, el resultado de la intención de quitarse la vida, o como accidente resultado del descuido mientras contemplaba el paisaje, o como un homicidio, si es que el sujeto en cuestión fue empujado por otro o, incluso, de alguna manera inducido a acometer su propia caída. Este tipo de causa puede llegar a constituir un entramado muy sutil y complejo porque, precisamente, no supone necesariamente datos evidentes, observables y medibles, sino indicios de una posible intención o conducta particular del individuo en cuestión y, también, de otros que pudieran estar de alguna manera involucrados en su caída desde lo alto de un edificio. Por otra parte, son datos evidentes, observables y medibles, tales como la masa del individuo que cae y la distancia que lo separa del centro de la tierra, los que, convertidos en variables de una rigurosa formulación matemática con enorme capacidad de predicción, nos explican la caída del individuo desde el punto de vista científico. La diferencia entre una y otra situación a la hora de interpretar el mismo fenómeno es la objetividad científica o, dicho en otros términos, el concepto científico de realidad en el que se ha basado y se basa todo el pensamiento científico y sus nociones de conocimiento y verdad.

El historiador como sujeto y el hombre histórico como objeto

Gracias a la Ley de Gravitación Universal, la caída de un individuo de lo alto de un edilicio de diez pisos puede ser comprendida científicamente, si me fijo en los datos apropiados del evento y lo defino de la manera apropiada. Lo cual requiere, como es obvio, un observador específicamente consciente y premeditadamente preparado para ello. Esto es, un observador según lo que el método científico entiende como tal. Si como observador no me interesa la distancia del piso diez a la superficie de la calle, ni la masa molecular del individuo; si, además, no tengo la capacidad de combinar estos datos como variables de un acontecer ecuable, no soy el observador indicado para una apreciación científica del evento. Y, muy probablemente, la mayoría no lo es. Lo cual, sin embargo, no nos excluye como observadores, y dará lugar a muy diversas formas de interpretar el evento, distintas, todas ellas, a la propia de la ciencia. Lo primero que cabe preguntar es si, al ser esto así, se trata del mismo evento.

La naturaleza científica de la historia: un despropósito metodológico.

Luego de aprender a distinguir un poco, gracias a Aristóteles y Tucídides, lo que la ciencia y la historia son, o pueden ser, aquella idea que hube de aprender en la escuela según la cual ésta última es la ciencia del pasado luce como el más remoto y anquilosado arquetipo de la infancia de cualquier historiador. Pero lo mismo fui a aprender en la escuela de historia en la que me formé. Siempre recuerdo a mi profesor de ciencias sociales asegurando que la historia es una ciencia porque tiene un método, es decir -ilustraba haciendo el correspondiente gesto con su mano- un camino hacia el conocimiento que ha de ser andado. Por mi parte yo, que antes de ingresar a la Escuela de Historia había cursado durante dos años ciencias actuariales y matemática aplicada en la de Estadística -a tono con el cruel lema de mi profesor de cálculo: deriva el que sabe, integra el que puede- me preguntaba cómo es eso que, para definir un método científico, los historiadores hemos de conformarnos y apegarnos a una metáfora como, en este caso, la del caminante. Yo podía estar muy de acuerdo con una metáfora que, después de todo, se corresponde con la etimología del término método. Pero nunca con la naturaleza científica de lo que una metáfora así estaba llamada a ilustrar. Si de caminar se trata, he allí a Heródoto en el Asia Menor, o cualquier estudiante de historia por las atestadas calles que conducen al Archivo General de la Nación, la Biblioteca Nacional o la Academia Nacional de la Historia. Pero que jamás han de conducir a la ciencia.

Historia y ciencias sociales

La historia es la más antigua de las ciencias sociales. Esto afirma Fernand Braudel, y añade que lo que la diferencia de ellas no es sólo su antigüedad, sino la peculiar dificultad de que el historiador trabaja sobre lo que ya no es. Por otra parte, Georges Duby, quien, al igual que Braudel, asigna un carácter decisivo tratamiento documental, señala una estrecha vinculación entre la historia y la creación literaria, y resalta el hecho de que la historia, entre las disciplinas que habitualmente llamamos ciencias humanas, es la única que constituye un género literario.1 Tales no son distinciones diferentes o excluyentes. En realidad, la una es consecuencia de la otra. La historia es narración, porque sólo a través de la narración podemos acceder al tiempo, significar el transcurrir de la existencia como temporalidad especifica y representar lo que ya no es. Fue ese ya no ser el que llevó al sustancialismo antiguo a afirmar que de la historia no se podía extraer conocimiento alguno, pues no se puede conocer lo que deviene, sino lo esencial y permanente, lo siempre igual a sí mismo. Es ese no ser el que, todavía hoy, traza la frontera epistemológica entre ciencia e historia. Debate del cual Braudel se aparta, por considerarlo estéril, y con razón. Sólo que con ello se pierde todo derecho a considerar la historia una ciencia. Y, por último, es ese ya no ser el que hace del tiempo histórico una dimensión sólo posible de ser planteada en el contexto específico de una narración. En virtud de lo cual Duby reconoce su naturaleza decisiva como género literario. Ciertamente, hay que convenir en que la historia se distingue de las ciencias sociales por su antigüedad, y por tratar de lo que ya no es. Sólo que la más elemental consecuencia de ello es que la historia no es, en realidad, una ciencia social, sino, como muy bien dice el mismo Braudel, el arte frágil de escribir historia.

El surgimiento de la historia ciencia y las ciencias sociales

Las ciencias sociales son uno de los más genuinos productos institucionales y académicos de la sociedad industrial. Si bien el término suele utilizarse en contraposición al de ciencias naturales, y sugiere que el estudio de la sociedad no se rige por los mismos parámetros, en sus orígenes son el intento de crear lo que Comte llamaba una física social, cuyo propósito no era otro que aplicar los criterios y métodos científicos al ámbito de la sociedad y la acción humanas. La sociología no comenzó a ser reconocida como una disciplina académica hasta finales del siglo XIX, particularmente con los trabajos de Durkheim, epígono de Comte y Saint-Simon, y cuyo radicalismo científico impone una línea de trabajo que concebía la realidad social como un objeto de estudio independiente de la subjetividad del individuo. En contraposición a este concepto, posteriormente, Max Weber, más influenciado por el marxismo, aducía que no se puede estudiar la vida del hombre y sus relaciones en sociedad sin tener en cuenta el modo en que la dimensión subjetiva de su existencia incidíe en la realidad social. Las ciencias sociales surgen en el marco de esta controversia. Pero son, en conjunto, expresión del desarrollo de la sociedad industrial, de una cultura para la que la ciencia es símbolo del saber y de control sobre la existencia, bien y valor fundamental del desarrollo social. Y la historia, como ciencia social, aparece también entonces o, si se quiere, el oficio del historiador se inserta en esta cosmogonía característica del mundo contemporáneo. Dicho en otros términos, no es que la historia sea una ciencia social, sino que la historia, como ciencia, es una forma particular de concebir y escribir historia, tan reciente como las ciencias sociales con las que comparte, o intenta compartir, el mismo espacio institucional y académico.

Las ciencias sociales: signo de modernidad de la era industrial

La historiografía. Lo que desde los tiernos años de la escuela nos enseñaron a definir como la ciencia que estudia el pasado ¿por qué, en lugar de seguir sentada a las puertas del reino de la ciencia social, no emigrar al infame barrio de la narrativa. donde nació y creció sin complejos el mismísimo Heródoto? Yo creo que en buena parte ello se debe a que el empobrecimiento del historiador como narrador no es cosa que se queda en el plano del papel, sino que invade toda su interioridad como sujeto. El estilo no se aprende ni se copia; se forja en el marco de una disposición personal. El historiador científico se enajena a sí mismo como sujeto, y lo hace en aras de una falsa objetividad en virtud de la cual cree que el conocimiento histórico está fuera de sí mismo, en esa supuesta realidad del pasado que, en realidad, no existe. La idea de que la historia es la ciencia que estudia el pasado es la representación sintética de esta enajenación, reproducción del servilismo epistemológico que le otorga su dudoso rango científico y, al mismo tiempo, lo anula como narrador.