textos, pretextos y otras mentiras...

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Introducción

Desde el punto de vista de su estructura semántica, el libertador, como instancia fundamental del discurso, representa la condición esencial de Bolívar como máximo dirigente político y militar de la emancipación americana. Más que como mera parte de la historia, el libertador concibe, administra y conduce el discurso como conciencia e instrumento hacedor de ella. Sin embargo, y como es de esperar, se trata de un discurso que siempre ha sido concebido y pronunciado desde el entorno de la dirigencia política a la que pertenece, aún en aquellos temas sensibles en que la actuación de dicha dirigencia pueda ser cuestionada por en su mensaje. Desde este punto de vista, el libertador siempre ha sido una instancia discursiva de una u otra manera asociada al estrecho círculo de la élite civil y militar que comanda el proceso independentista. Así, por ejemplo, El guerrero ciudadano del Discurso de Angostura, que dichoso convoca a la representación nacional y se despoja del mando ante ella es, con ello, al mismo tiempo, legitimado por ella. Como parte de la dirigencia, el guerrero ciudadano es jefe supremo entre iguales. En este sentido, los discursos fundamentales de El Libertador como creador de un nuevo tiempo histórico son documentos de identidad con el entorno dirigente del proceso de independencia, palancas ideológicas de su legitimación ante ella como máximo líder. 

Esta asociación entre el libertador como instancia fundamental del discurso y la dirigencia política como entorno político e institucional la encontraremos igualmente en otros documentos. El crudo analista del Manifiesto de Cartagena, cuando aún no ha aparecido el libertador como instancia fundamental del discurso, es un dirigente, en este caso militar. En el Manifiesto de Carúpano es el máximo dirigente militar el que rinde cuentas de su responsabilidad por el fracaso y busca la vindicta ante la dirigencia -en este caso el Congreso de la Nueva Granada. Es posible que la Carta de Jamaica, ese memorial hecho a nombre de los pueblos de una América sola a irredenta, sea una excepción en este punto; pero acaso ello se deba a la naturaleza esencialmente geopolítica de este documento. Sin embargo, también la encontramos en la presentación de la constitución boliviana; aunque actuando en solitario, el legislador es, ante todo, un dirigente.

El Mensaje ante la Convención de Ocaña rompe con esta tendencia en la obra discursiva de El Libertador. Desde el punto de visa de la estructura semántica, ésta es su primera característica fundamental: el ser un discurso concebido y realizado desde fuera del entorno de la dirigencia y, en cierta medida, en contra de ella. En este sentido, este discurso representa un giro de 180 grados, en virtud del cual la tradicional y natural asociación entre el libertador como instancia discursiva y el entorno dirigente se disuelve. El Mensaje a la Convención de Ocaña representa la ruptura de identidad, el insalvable abismo que se abre entre el libertador -su supremacía- y el entorno dirigente.

En efecto, desde el punto de vista semántico, lo más característico del Mensaje a la Convención de Ocaña es la forma en que el libertador se desmarcarse de la dirigencia política, y hacerlo apelando al clamor popular y el concepto de soberanía, es decir, las ideas fundamentales con las que tanto cuidado ha puesto en identificar su actuación política desde los tiempos de Angostura. El libertador de aquel entonces, en tanto que guerrero ciudadano, apela a la identidad entre lo civil y lo militar. La representación nacional por él convocada es la plataforma de su gloria en ascenso. Mientras que el libertador de Ocaña es un escéptico contumaz, el glorioso guerrero, de regreso, que personifica al pueblo y se estima a sí mismo como propio para captar su desgracia y ser su portavoz. Muy a diferencia de lo que vemos en Angostura, y aunque llamada a salvar la incipiente república, la convención no representa al pueblo y su soberanía.

En Ocaña, pues, el libertador no habla desde el seno de la dirigencia, sino que se dirige a ella desde la tribuna republicana y llana de la soberanía popular. En este caso los representantes no son los hacedores de la República, sino mas bien sus destructores y los llamados a reparar los males que ellos mismos han contribuido a ocasionar. Desde luego, no es esto algo que el libertador manifieste expresamente. A nadie acusa de manera directa. Pero la descripción misma que hace de la crisis de la Gran Colombia que la Convención está llamada a reparar, apunta desde todos los temas tocados a la dirigencia misma que se ha hecho cargo de su administración. Es como si el guerrero ciudadano, devolviendo la autoridad depositada en sus cansadas manos, viniese a pedir cuentas de la tarea encomendada casi diez años antes. Pero no es el guerrero ciudadano el que habla, sino el libertador decepcionado y escéptico, cuya trémula voz queda asociada, desde los mismo inicios, a la desilusión y languidez del pueblo.

Todo el discurso ha sido estructurado en base a dos ejes: la descripción de una crisis total y el clamor por una reforma total. Este discurso forma parte del retorno de la Campaña del Sur. Es su término y, también, la antesala de la dictadura. Desde el punto de vista simbólico, desaloja a el libertador del entorno dirigente, lo arranca bruscamente del sitial de honor que siempre ha conservado en su seno y lo desmarca de la élite a la que siempre ha estado sujeto como instancia discursiva. No es que haya dejado de ser dirigente, incluso dirigente máximo. Pasa que el libertador se ha arrojado a sí mismo del paraíso de la dirigencia y puesto a vagar por las inhóspitas calles de la ciudadanía que se hunde y desespera en la vertiginosa disolución de la existencia republicana. A vagar, sí, dicho en el sentido de que el libertador se desnaturaliza como instancia del discurso y queda a solas y sin rumbo en el mundo histórico que él mismo ha creado. Pero, también, más que a vagar, habría que decir a deambular, si nos apegamos, como debemos, al ambiente necrofílico en el que el ahora desarraigado libertador subsume su franco y cruel análisis crítico de una Gran Colombia en ruinas, y que se dispone a pintarnos con los lúgubres colores de la tenebrosa mansión de los misterios, copiados por él de una realidad que la luz del escándalo ilumina. No es, pues, en el tradicional seno simbólico de dirigencia, sino como un ciudadano más entre muertos y vivos, sepulcros y ruinas, que el otrora rousseauniano de Angostura clama ahora por un gobierno que impida la transgresión de la voluntad general y los mandamientos del pueblo.

Este cambio en la estructura semántica del discurso no es, desde luego, una mera cuestión de estilo, sino que, por el contrario, está directamente vinculado con el cambio de circunstancias al que se enfrenta Bolívar como máximo dirigente militar y político. Una cosa es el libertador como hacedor de tiempo histórico y vigía del futuro, y otra muy distinta como administrador de un futuro que, con llegar, se ha degradado. En la paz, el máximo dirigente de la emancipación americana jamás podrá jugar el mismo papel que jugó en la guerra. El guerrero-ciudadano, símbolo estratégico dn la unión de lo civil y lo militar en Angostura, ha quedado escindido en Ocaña. Es preciso detenerse un momento en este punto. para captar a cabalidad al autor del mensaje a la Gran Convención.

En efecto, consagrado como héroe máximo en Boyacá y Carabobo, y revestido de la autoridad suprema como Presidente de la Gran Colombia, Bolívar inicia la Campaña del Sur, con el propósito de destruir definitivamente el poderío español en América y salvaguardar los recién liberados territorios de Venezuela y La Nueva Granada. Es un presidente itinerante, un futuro hombre de las dificultades que con su partida nos indica su menosprecio por las menudencias de la burocracia y la administración. Hacia el sur parte el guerrero ciudadano dispuesto a escalar la siempre ansiada cumbre de la gloria, lo cual consigue con creces en Ayacucho, luego de posesionarse de lo que, atrapado en Pasto, calificó como el enorme campo de batalla y de política que se extiende entre el Orinoco y el Potosí, y de haberse otorgado a sí mismo en el proceso el título de hombre de las dificultades.

El fin de la guerra puso el punto final al meteórico ascenso. En Bolivia comienzan a escribirse las tediosas páginas de la historia del retorno, de la que la constitución propuesta para la fundación de esta nueva república conforma el primer capítulo de una obra discursiva que culmina en Ocaña. Allí se quedó el hombre de las dificultades, con la mirada puesta en la Tierra del Fuego, a donde hubiera llegado si lo hubieran dejado seguir su diabólica inclinación y haber hecho el bien que podía. El que regresa es un resignado, sublime burócrata que aborrece los negocios de la administración y le son muy fastidiosos los cuidados sedentarios, como dice en carta de despedida al General Andrés de Santa Cruz, desde Guayaquil, a escasos cuatro meses de su discurso de presentación de la constitución boliviana y cuando se dispone a entrar en lo que una vez, en Angostura, fuera el clamor de todos los pueblos, y que ahora llama el laberinto horrible de Colombia1. Allí comienza el camino a Ocaña, el de la larga decepción y la postergada renuncia; el que primero toca la anárquica Bogotá, pasa por la insurrecta Caracas, la bucólica Bucaramanga, y termina de nuevo en Bogotá, la de la dictadura. Es el camino del héroe que retorna de la guerra por entre los escombros, aún humeantes, de su propia obra, que se derriba en la paz.

Tal es el perfil que Bolívar nos da sí mismo. El que en Bolivia era el piloto inexperto de una débil barca para cruzar el tempestuoso océano de la anarquía, al retorno se ha convertido en reo de ella. Al frente de una máquina torpemente construida que se había mantenido firme porque no se había puesto en movimiento, el libertador que retorna de la Campaña del Sur se ve ante un destino incierto. Sin cejar en sus convicciones, no lo mueve, sin embargo, la luz de la gloria, sino la inercia del retorno; mas que a la esperanza, sus motivaciones responden a la tenacidad y la persistencia. La disolución de la que una vez fuera paradigma de la libertad suramericana, y ahora mostrenca Gran Colombia, lo tiene por asunto decidido y aún condenado sin apelación. Esto dice, tres semanas después, desde Ibarra, en carta reservada y confidencial a Santander:

Mañana continúo mi marcha. Estaré un día en Pasto, y cinco o seis en Popayán, para ver el país y conocer las opiniones; después seguiré a Bogotá a donde llegaré como un reo, o como una víctima que va a ser sacrificada en un tumulto anárquico. Tiemblo de llegar a donde debo decidir de la suerte de Colombia y de la mía...

...La cosa de Páez no es nada; y si es algo, no es más que el primer tropezón que ha sufrido una máquina torpemente construida que se había mantenido firme porque no se había puesto en movimiento. La extensión de Colombia y la complicación de sus elementos no debía marchar sino por prodigios, y como nunca congreso ha hecho prodigios, el resultado ha sido natural y necesario.

Otros pueden ver este asunto bajo otro aspecto, por el contrario, yo lo considero enteramente decidido y aun condenado sin apelación.

Nuestro sagrado pacto está cubierto de una pureza intacta; gozaba de una virginidad inmaculada; ahora ha sido violado, manchado, roto, en fin; ya no puede servir de nada; una ley fundamental no debe ser sospechada siquiera, como la mujer de César; la integridad debe ser su primer atributo; sin esto es un espantajo ridículo, o más bien el símbolo del odio. Un nuevo contrato general debemos hacer para mantener una organización que no sólo parezca libre sino que lo sea y lleve el sello de todas las partes. El divorcio lo indicó el congreso, y Páez lo consumó.

Nuevo himeneo debemos celebrar para que las bodas sean aplaudidas por el júbilo general y se olviden las infidelidades que ahora nos deshonran, y que difícilmente podemos reparar sino en otra era.2

Este carta es el documento de identidad del héroe que retorna del sur. Y, en cierto modo, el preámbulo de lo que dos años después será el mensaje a la Convención de Ocaña. En Ocaña, ante la dirigencia llamada a salvar la república, el libertador no hace sino ratificar, de manera detallada y escrupulosa, los conceptos emitidos al inicio de su retorno de manera reservada y confidencial. Colombia es un coro de lamentación -como pudiera haberlo en el purgatorio- de civiles y militares ante el despilfarro, la burocracia y la corrupción. Mientras los legisladores disfrutan de sus eminentes cargos, los empréstitos han arruinado a la nación. La administración es torpe e ineficiente. Toda una situación calamitosa que se agrava con leyes complicadas, engorrosas y ajenas a la realidad. Todos estos temas, que por cierto evocan el crítico análisis del Manifiesto de Cartagena, serán tratados de manera rigurosa y sistemática en el Mensaje a la Convención de Ocaña. Convertida la política en mera lucha entre facciones, afirma Bolívar que la pardocracia triunfa en medio de este conflicto general que se extiende como una llaga por toda la república3. Todos estos males, venidos de la actuación de políticos y legisladores más obsesionados con la filosofía y la teoría política que conscientes de la realidad concreta y el bien común de la república, han desvirtuado el signo de la independencia y la implantación del estado nacional como proceso histórico de una América libre y soberana. Ante ello, Bolívar se plantea la necesidad de desmarcarse de una actuación tan perniciosa para la incipiente existencia republicana.

 

...cada día me confirmo más en que la república está disuelta, y que nosotros debemos volver al pueblo su soberanía primitiva, para que él se reforme como quiera y se dañe a su gusto. El mal será irremediable, pero no será nuestro, será de los principios, será de los legisladores, será de los filósofos, será del pueblo mismo; no será de nuestras espadas. He combatido por dar la libertad a Colombia; la he reunido para que se defendiese con más fuerza; ahora no quiero que me inculpe y me vitupere por las leyes que le han dado contra su voluntad: este será mi código, mi antorcha; así lo he dicho a todo el pueblo del Sur, y así lo diré a toda Colombia. He combatido las leyes de España, y no combatiré por leyes tan perniciosas como las otras y más absurdas por ser espontáneas, sin necesidad siquiera de que fueran dañosas como las de una metrópoli. Un congreso de animales habría sido, como el de Casti, más sabio.4

Es éste un párrafo definidor de sí mismo y que explica en buena medida toda su actuación posterior hasta día mismo de su muerte. Estas palabras son la clave para captar en lo esencial al autor del Mensaje a la Convención de Ocaña en particular, y en general su conducta como jefe político y militar tras su retorno del sur. Leyes y espadas. Lo que en Angostura surge fuertemente atado por el lazo del guerrero ciudadano como signo de supremacía, después de los esplendores de Ayacucho se muestra disoluto y resquebrajado. Como lo afirmara el mismo Bolívar desde inicios del 1825, el primer desorden venido de Caracas destruiría toda esperanza. Su propio vaticinio lo ha alcanzado ya. El hombre de las dificultades ha dejado paso al héroe escéptico. La Gran Colombia, genialidad geopolítica de una América que navegaba hacia la libertad en medio del tempestuoso océano de la guerra, es ahora percibida como la mostrenca maquinaria que hace aguas varada en el pozo cenagoso y sin fondo de la paz. Leyes y espadas. Desmarcar la gloria ganada en Carabobo a Ayacucho de la nefasta actuación de la élite al frente del poder civil; tal es, como indica el mismo Bolívar, su código, su antorcha. Ésta es la concepción que tiene de sí mismo como máximo líder y la que ahora define, desde el punto de vista de la estructura semántica del discurso, la instancia de el libertador.

De esta manera, a diferencia del guerrero ciudadano, que en el marco de la guerra simbolizaba la unión de lo político y lo militar como estrategia para el desarrollo del proceso independentista, en la paz el libertador nos plantea la diferenciación de ambas dimensiones. Atrás quedan los tiempos de Angostura, en los que el guerreo-ciudadano se mostraba dichoso por convocar a los representantes del pueblo, ahora convertidos en instrumento de su desgracia. Es éste el signo que caracteriza el discurso con motivo del mensaje a la Convención de Ocaña. El libertador se ha convertido en portavoz de su propia decepción y escepticismo.

...No puedo creer que sea útil ni glorioso cumplir las leyes existentes y mucho menos aun dejarme conducir por hombres más ciegos que yo. Esta moderación no entra en mi conciencia. Tengo mil veces más fe en el pueblo que en sus diputados. El instinto es un consejero leal; en tanto que la pedantería es un aire mefítico que ahoga los buenos sentimientos. 5

En Ocaña, el libertador se asume uno más del pueblo, con lo que se puede decir que ésta es la instancia fundamental en la que se desarrolla. Desmarcado de la dirigencia política, el libertador se ha convertido en el paisano que, sentado ahora sobre el hogar de un simple ciudadano, y mezclado entre la multitud, recobra su voz y su derecho.

 

El retorno como contexto

Todavía resonaban los ecos triunfales de Ayacucho, y ya Bolívar hablaba de los dioses patrios devorados por el incendio doméstico, para referirse a esa América recién emancipada y, en particular, a la Venezuela de principios del año 1825. Y, en efecto, en abril del año siguiente, mientras El Libertador afina los últimos detalles del discurso de presentación de la constitución boliviana, estalla en Valencia la rebelión. Conocido como La Cosiata, el movimiento se propaga hacia Caracas y otras poblaciones. De esta manera, acaudillada por José Antonio Páez, se inicia lo que a la postre terminará en la disolución de la Gran Colombia. Bermúdez en Oriente y Urdaneta en Occidente se oponen a la insurrección. La guerra civil está a punto de estallar. Con ello se cumplía el vaticinio de Bolívar según el cual el desorden que se suscitara en Venezuela destruiría para siempre toda esperanza de sostener el orden grancolombiano, porque allí el mal sería radical. Bolívar regresa del Perú, pasa a Bogotá y luego a Maracaibo. Allí, a mediados de diciembre de 1826, emite una proclama de exhortación cuyo planteamiento central reza lo siguiente:

¡Venezolanos! os empeño mi palabra. Ofrezco solemnemente llamar al pueblo para que delibere con calma sobre su bienestar y su propia soberanía. Muy pronto, este año mismo, seréis consultados para que digáis cuándo, dónde y en qué términos queréis celebrar la Gran Convención Nacional. Allí el pueblo ejercerá libremente su omnipotencia, Allí decretará sus leyes fundamentales. Tan sólo él conoce su bien y es dueño de su suerte; pero no un poderoso, ni un partido, ni una fracción. Nadie sino la mayoría es soberana. Es un tirano el que se pone en lugar del pueblo: y su potestad, usurpación.6

A tener en cuenta que esta exhortación es del Presidente. No emana de su despacho, sino del Cuartel General Libertador en Maracaibo. Y concluye con una frase resaltada: ¡¡¡Desgraciados de los que desoigan mis palabras y falten a su deber!!!. Si, es una exhortación de quien, ante la inminente guerra civil, está dispuesto a colocarse entre los tiros y los pechos. Pero también es una reivindicación de su autoridad única, legítima, entiéndase suprema, como él mismo ha de precisar una semana más tarde, en carta dirigida desde Coro a Páez, ante la insolencia de quien, habiéndolo llamado para restablecer el orden en Venezuela, asegura que éste llega como simple ciudadano, y en la que, a propósito, acuña la famosa frase: a la sombra del misterio no trabaja sino el crimen.

No hay más autoridad legítima en Venezuela sino la mía, se entiende suprema. El vicepresidente mismo ya no manda nada aquí, como lo dice mi decreto. Ya no habrá motivo para queja ni desobediencia. El origen del mando de Vd. viene de municipalidades, data de un tumulto causado por tres asesinatos. Nada de esto es glorioso, mi querido General.

Ofrezco a Vd. con la mayor franqueza toda mi amistad, todos mis servicios y cuanto pueda serle honroso; mas todo debe marchar por la senda del orden, por la verdadera soberanía, que es la mayoría nacional. Cumaná misma no ha desconocido al gobierno. Ojalá que el general Mariño haya sido bien recibido, para que Cumaná no se convierta en Nueva Guinea y se entienda conmigo para restablecer la paz pública.

Lo que más me asombra de todo es que Vd. no habla una palabra de mi autoridad suprema ni de mi mediación. Vd. me ha llamado, y ni siquiera me escribe una letra después de tan graves acontecimientos; todo esto me deja perplejo. Crea Vd., General, que a la sombra del misterio no trabaja sino el crimen. Quiero desengañarme: deseo saber si Vd. me obedece o no, y si mi patria me reconoce por su jefe. No permita Dios que me disputen la autoridad en mis propios hogares, como a Mahoma, a quien la tierra adoraba y sus compatriotas combatían. Pero él triunfó no valiendo su causa tanto como la mía. Yo cederé todo por la gloria; pero también combatiré contra todo por ella. ¿Será ésta la sexta guerra civil que he tenido que apagar? ¡Dios mío, me estremezco!7

En esta carta Bolívar, igualmente, reitera su compromiso, anunciado en Maracaibo, de reunir una gran convención nacional, en los siguientes términos:

La prueba más invencible de mis sacrificios a Venezuela y a Vd. es mi decreto que ahora le mando. Yo me comprometo con el deber y con la ley al convocar la Convención Nacional; no lo debo, y sin embargo me inmolo por evitar una guerra civil. ¿Y aún quiere Vd. más de mi consagración?

Crea Vd. que no pretendo hacer triunfar un partido sobre otro ni en la convención ni fuera de ella. No me opondré a la federación; tampoco quiero que se establezca la constitución boliviana. Sólo quiero que la ley reúna a los ciudadanos; que la libertad los deje obrar y que la sabiduría los guíe para que admitan mi renuncia y me dejen ir lejos, muy lejos de Colombia.8

La insurrección separatista de Venezuela ha cambiado la geopolítica de la Gran Colombia, y con ello la situación política objetiva del hasta entonces presidente itinerante que alcanzó la cúspide de la gloria en Ayacucho. Por primera vez, ya de regreso, ha debido enfrentar sin ambages, de manera clara y decidida a quienes le disputan la autoridad suprema. El título de ciudadano lo honra, siempre y cuando sea el resultado de su propio desprendimiento, del apego al orden y la ley, y no del desacato del líder de un movimiento reñido con la gloria. Está dispuesto a renunciar y abandonarlo todo, incluso Colombia, pero no a costa de su propia gloria ganada en el seguimiento de una causa que vale más que la del mismo Mahoma. Después de Carabobo, por primera vez tiene que batirse Bolívar a campo abierto en las viles arenas de la conjura y la sedición. La turbias aguas de la anarquía no sólo han inundado los campos de la república, sino su misma existencia como máximo líder del proceso de la emancipación americana y la implantación del Estado Nacional.

Mucho se ha hablado en la historiografía acerca de la traición a Bolívar y su proyecto. Lo cual, aparte de conllevar una visión demasiado plana y muy ingenua de un fenómeno histórico complejo, como lo es la disolución de la Gran Colombia, acaso haya sido muy útil como herramienta en la gestación del culto al héroe nacional. En todo caso, llama la atención que el propio Bolívar nunca se haya planteado el asunto en estos términos. En esta misma carta a Páez, personaje que juega un enorme papel en este fenómeno, lo más cerca que pasa Bolívar del tema de la traición personal tiene que ver con la lealtad gremial, es decir, la propia entre camaradas militares9. Por el contrario, Bolívar se refiere al tema como problema moral, político e institucional. Desmerece el mando de Páez no como traidor a su persona, sino por lo poco glorioso del tumulto que está en su origen. Defiende su propia gloria como legitimadora de su suprema autoridad, que está dispuesto a ceder, más no por desacato, sino con honor y con apego a las leyes. Ante la conjura, Bolívar no habla de traición, sino de anarquía y usurpación.

Por lo demás, Bolívar deja constancia de su percepción de la debacle de La Gran Colombia desde los inicios del año 1825, a poco del triunfo de Ayacucho y antes del estallido de La Cosiata. Como ya se ha indicado, la idea de que la Gran Colombia era una máquina mal construida, firme sólo porque no se había puesto en movimiento, marca su retorno de la exitosa Campaña del Sur y desde entonces pasará a formar parte de sus más concienzudos análisis políticos y geopolíticos, y en los que él mismo se sabe la única resistencia a la fuerza de los acontecimientos y de las cosas que impele a este sacudimiento.

La fuerza de los sucesos y de las cosas impele a nuestro país a este sacudimiento, o llámese mudanza política. Yo no soy inmortal; nuestro Gobierno es Democrático y Electivo. De contado las variaciones que se puedan hacer en él no han de pasar de la línea de provisoras; porque hemos de convenir en nuestra posición o estado social es puramente interino. Todos sabemos que la reunión de la Nueva Granada y Venezuela existe ligada únicamente por mi autoridad, la cual debe faltar ahora o luego, cuando quiera la Providencia, o los hombres. No hay nada tan frágil como la vida de un hombre: por lo mismo, toca a la prudencia precaverse para cuando llegue ese término. Muerto yo ¿qué bien haría a esta República? Entonces se conocería la utilidad de haber anticipado la separación de estas dos secciones durante mi vida; entonces no habría mediador ni amigo ni consejero común. Todo sería discordia, encono, división.10

Así, pues, que ver la disolución de la Gran Colombia como el mero resultado de la traición a un proyecto personal no es sólo imponer una estrecha visión que cercena las posibilidades del análisis histórico, sino, incluso, desmerecer de un modo grosero la inteligencia y la conciencia histórica que demuestra su propio creador a la hora de enfrentarla. Acaso comience aquí una nueva fase más en el espinoso itinerario que sigue el hombre de las dificultades, marcada por el recrudecimiento del desengaño y la decepción que caracterizan su retorno de la Campaña del Sur. Pero, en realidad, el hombre de las dificultades se quedó en Bolivia, del otro lado de Ayacucho, con la mirada postrera fija en el sur. El que retorna es el héroe decepcionado y escéptico, que se refugia en su propia gloria, ganada en la guerra, como única dimensión existencial de significación en medio de la disolución política que cunde en la paz. Hasta este momento, si algo queda claro es el hecho de que Bolívar concibe su retorno de la Campaña del Sur como parte de su renuncia definitiva a la existencia política como jefe supremo del proceso de la emancipación americana. De hecho, el itinerario del retorno puede ser dividido en al menos dos partes o fases. La primera, hasta Caracas, caracterizada por un Bolívar resuelto a apartarse de la actividad política, o al menos de la autoridad suprema y limitarse al entorno local de su país. La segunda fase, corresponde al periplo de Caracas a Bogotá y que, tras el fracaso de la Convención de Ocaña, lo lleva a asumir la dictadura.

Nos encontramos así con que el libertador que retorna de la Campaña del Sur es el mismo que la emprendió y culminó con éxito. Pero en su esfuerzo por evitar la guerra civil, está dispuesto a abandonar la constitución boliviana como proyecto viable, no pretende oponerse más al federalismo y está presto a convocar una gran convención nacional. Ésta, en efecto, se reunirá en Ocaña dos años más tarde, y ante ella presentará un mensaje cuyos colores, si bien no han salido de la tenebrosa mansión de los misterios11, pintan con una fuerza conceptual tenaz y arrolladora, sin ceder nunca a la mínima condescendencia, la calamitosa situación en la que se hunde la República. Este mensaje es el dictamen sobre su disolución.

De allí que Ocaña sea la antesala de la dictadura. En medio de su total decepción respecto a la república, Bolívar lo avizora. Y, al parecer, ya desde el año de 1827 se debate entre la idea de salvarla a como de lugar -lo cual supone asumir la dictadura- y abandonarlo todo. Respecto a lo primero, afirma:

...la libertad se halla de ordinario enferma de anarquía. Mi constancia no obstante, no desmaya y aun se fortifica con la adversidad, pero hay dificultades invencibles para un ciudadano. Un monarca goza de prerrogativas y derechos capaces de proporcionarle una autoridad suficiente para reprimir el mal o promover la ventura de sus súbditos. Un magistrado republicano, constituido para esclavo del pueblo, no es otra cosa que una víctima. Las leyes de un lado lo encadenan, y las circunstancias por otra parte lo arrastran. Así es que, aunque se me quiera suponer muy superior a lo que realmente soy, me encuentro bastante embarazado para deshacerme de los grandes inconvenientes que me rodean. Yo podría arrollarlo todo, mas no quiero pasar a la posteridad como tirano. Las malas leyes y una administración deshonesta han quebrado la República; ella estaba arruinada por la guerra: la corrupción ha venido después a envenenarle hasta la sangre, y a quitarnos hasta la esperanza de mejora.

Las imputaciones con que me han oprimido en estos últimos días los republicanos celosos, o facciosos, me han obligado a renunciar decididamente mi empleo de Presidente. Yo, en realidad, deseo ansiosamente salir de la carrera política, porque ya no tiene para mí atractivos. El bien que podría hacer sería demasiado tachado de ambición. No se puede soportar la situación de Colombia, que no ofrece más que rivalidades, disturbios y desagrados. Una dictadura sería capaz solamente de salvar el país, pero la dictadura es el escollo de las repúblicas. 12

Y respecto a lo segundo, en carta dirigida a Antonio José de Sucre el 8 de junio del mismo año:

Yo no sé lo que Vd. habrá hecho ni lo que ha sucedido, y lo peor es que no me atrevo a darle consejos a Vd. a la distancia a que nos hallamos y sin la presencia de los eventos; pero como la amistad no pierde nada en mostrar sus deseos, diré algo de lo que me parece. Si fuese a Vd. posible mantener su puesto con la gloria que esperábamos de nuestros esfuerzos, salve Vd. a Bolivia y si esto no es posible véngase Vd. a Venezuela a contribuir a la salud del país que nos ha dado la vida. Yo, en el caso de Vd., no me detendría en el Sur, porque a la larga tendremos el defecto de ser venezolanos, así como hemos sido colombianos en el Perú y también merece alguna atención lo que el deber nos impone. Si aquí no podemos hacer nada por el bien común, el mundo es grande y nosotros tan pequeños que cabremos en cualquier parte. Venga Vd. a correr mi suerte, querido general, todo nos ha unido, no nos separará, pues, la fortuna: la amistad es preferible a la gloria.13

Este convidar a Sucre, va acompañado de algunas observaciones optimistas respecto a la situación política en Venezuela y las reformas administrativas que el mismo Bolívar asegura haber conseguido. No vemos aquí a un libertador obsesionado por la Gran Colombia. Por el contrario, lo que resalta al respecto es una fría indiferencia, reafirmada por la decisión de permanecer en lo adelante en su país de origen:

...la moral misma ha tenido ejemplos modificantes y lecciones severas. Todo esto es mucho, pero falta todavía más. Yo estoy resuelto a servir a Venezuela todo el tiempo que pueda y a no hacer otra cosa. Este es mi país y este es mi deber.

La gaceta que incluyo dirá a Vd. grandes cosas sobre mi resolución de no mandar más a Colombia y de las reformas que se han hecho en hacienda. Yo no quiero estar como aquel condenado de la fábula renovando siempre su trabajo. El Perú estaba en orden cuando salí, y esto destruido ¿y será justo que destruya esto por ir a organizar a Bogotá? No lo creo. Mi resolución está tomada de un modo irrevocable.14

Todo indica que es tal el convencimiento que tiene Bolívar respecto al hundimiento de la república y la disolución de la Gran Colombia, que está resuelto a permanecer en el entorno local de su país de origen, apartado de la vida política si es preciso, pues, incluso, como afirma ahora, la amistad es preferible a la gloria. Desde Caracas, teme los desórdenes del sur; el hundimiento del Perú, que arrastrará a los vecinos, incluso a Cundinamarca. A poco menos de un año de que la Gran Convención con la que se ha comprometido inicie sus actividades, asegura que ella no será más que un certamen político, como se indica al final de esta carta a Sucre, en lo que puede considerarse una auténtica proclama de su total escepticismo:

La gran convención de Colombia será un certamen, o por hablar mejor, una arena de atletas: las pasiones serán las guías y los males de Colombia el resultado. En una palabra, este Nuevo Mundo no es más que un mar borrascoso que en muchos años no estará en calma. Algunos me atribuirán parte del mal: otros la totalidad, y yo, para que no me atribuyan más culpa, no quiero entrar más adentro. Me conformaré con la parte que me adjudiquen en esta diabólica partición.15

Su realista análisis de la Gran Colombia como entidad política y geopolítica posesiona a Bolívar de una visual que, desde las postrimerías de su primer tercio, le permite avizorar lo que, de hecho, será todo el siglo XIX, comenzando por el propio fracaso de la convención llamada a salvarla. Que la amistad sea preferible a la gloria acaso sea afirmación que sólo se permitiera Bolívar ante Sucre, pero, en cualquier caso, inequívoco signo de su convencimiento a este respecto. Con ello, ha nacido el héroe escéptico en la narrativa de Bolívar. Al margen de la dirigencia y en medio de la ruina política a la que ha arribado su obra como militar, una trágica combinación de gloria y decepción invade los espacios del discurso.

Para Insistir un poco en este punto, tan importante en la captación del discurso de el libertador que retorna del Sur, muy particularmente el de Ocaña, cabe advertir que los conceptos emitidos en esta carta a Sucre, de principios de junio del años 1827, no son nuevos; es decir, no aparecen en Caracas. Por el contrario, los encontramos claramente expuestos en cartas dirigidas a diversos personajes durante los últimos meses del año anterior y de los que se puede deducir que la ida de Bolívar a Caracas, si bien tiene como propósito fundamental mediar en el conflicto y detener la guerra civil, es también una manera de abrir un compás de espera por el curso definitivo que puedan tomar los acontecimientos. Una de estas cartas es escrita en Pasto, a mediados de octubre. Allí dice el libertador que a las hogueras que devoran los dioses patrios sólo queda apagarlas con un Chimborazo de nieve. Tal es la aguda metáfora con la que define, de manera clara y sin titubeos, su posición ante a Santander:

Vd. me dice que sólo mi genio puede salvar esta república, Dios lo quiera. "La Estrella del Sur" ha dicho ya lo que se debe hacer: ella indica el camino que se ha de seguir en el océano proceloso de tantas pasiones y principios opuestos. La dictadura con su omnipotencia fundirá todos los partidos, y los hará entrar en el silencio, después se debe consultar la voluntad nacional para saber qué quiere: luego es preciso hacer lo que ordene el soberano, y si el soberano divide sus opiniones, que las divida; y si quiere hacer tres o cuatro repúblicas, que las haga.

La dictadura ha sido mi autoridad constante; Mollien dice que nadie se ha quejado de ella; la autoridad es recusable, aunque errónea. Esta magistratura es republicana; ha salvado a Roma, a Colombia y al Perú.

Supongamos que un congreso se reuniera en enero ¿qué haría? Nada más que agriar los partidos existentes, porque a nadie satisfaría y porque cada uno traería sus pasiones y sus ideas. Jamás un congreso ha salvado una república. Yo se lo repito a Vd. este congreso traería los reclamos más agrios de Venezuela y del Sur. Cartagena mostraría sus pretensiones. A este cúmulo de hogueras no hay más que echarle un Chimborazo de nieve.16

Bolívar, como lo ha hecho a lo largo de toda su carrera política y militar, sigue abogando por un gobierno fuerte y altamente centralizado. Pero sabe que, en el nuevo contexto en que la guerra ha dejado de ser el factor determinante del proceso de emancipación, la lucha partidista que arrastra a Colombia conspira contra la supremacía de su liderazgo. Y también sabe que, como consecuencia de ello, esa supremacía lo convierta en el mero instrumento de los partidos, que buscan su apoyo para imponerse o hacer de él el chivo expiatorio de la crisis en que se hunde la república. Es aquí donde se produce el quiebre con la dirigencia civil que ha accedido al poder en el proceso.

Vd. me aconseja de que no admita el mando sin una autorización especial como la que traje al Sur. Ciertamente que yo no admitiré la autoridad que ha puesto a Vd. en el estado en que se halla. Por otra parte, ¿qué haría yo en medio de ese caos? Mi única resolución es pasar a Venezuela a terminar aquella disidencia y a preguntarle al pueblo lo que desea; lo mismo haré con toda la república, si toda ella me proclama dictador; y si no lo hace no admito mando ninguno, pues tengo demasiado buen tacto para dejarme atrapar por esos imbéciles facciosos que se llaman liberales.

(...)

Yo confieso sin rebozo que Colombia no se puede gobernar como está; que nadie tiene una popularidad universal, y que cada una de las tres secciones tiene un espíritu aparte, y, por consiguiente, que salgamos de estos compromisos por la gran vía popular, dejando que el bien o el mal se haga por la voluntad de todos. También confieso con sinceridad, que aunque gozo de una popularidad general, yo no sé como contentar a cada uno de los colores de que se compone nuestro pabellón. Esto me desespera hasta el último punto, de lo que resulta que tengo un desaliento mortal y un desgano de mandar en Colombia, que no puede Vd. imaginarse. Esté Vd. cierto, mi querido general, de que yo no encuentro otro medio de salir bien de nuestros compromisos, sino adoptando el partido que he indicado.17

Consciente de la popularidad que su prestigio y gloria le proporcionan, Bolívar se niega a aceptar el mando de una dirigencia que no está dispuesta a reformar la estructura del Estado y convocar la soberanía nacional para que se pronuncie y decida sobre la situación. Esta será su posición táctica en las poco halagadoras circunstancias políticas que marcan el retorno del héroe de la Campaña del Sur, y en el marco de la cual hay que comprender su mensaje a la Convención de Ocaña. Otras dos cartas apuntan en la misma dirección. A principios de Noviembre de 1826, vuelve a dirigirse a Santander. Es prácticamente el ultimátum con que se demarca definitivamente de la dirigencia, incluido el mismo vicepresidente:

Yo no quiero, mi querido general, presidir los funerales de Colombia; por esto no desisto de mi resolución de rechazar la presidencia y de irme de Colombia, pero muy pronto, muy pronto, muy pronto. El año de 27 será peor mil veces que los de 14 y 15. El despotismo lleva consigo su remedio y la anarquía envenena para siglos la sangre del cuerpo social. La insurrección de Páez tendrá reatos en todo este siglo, pues su imperio será dividido entre los consabidos. Desengáñese Vd., esto no tiene remedio, bueno o malo: esto está perdido enteramente y para siempre; y mientras que el pueblo quiere asirse de mi, como por instinto, Vds. procuran enajenarlo de mi persona con las necedades de la Gaceta y de los oficios insultantes a los que ponen su confianza en mi. Está bien, Vds. salvarán la patria con la constitución y las leyes que han reducido a Colombia a la imagen del palacio de Satanás que arde por todos sus ángulos. Yo, por mi parte, no me encargo de tal empresa.

El 1 de enero le entrego al pueblo el mando si el congreso no se reúne para el 2. Marcharé a Venezuela a dar allí mi última prueba de consagración al país nativo. Si Vd. y su administración se atreven a continuar la marcha de la república bajo la dirección de sus leyes, desde ahora renuncio el mando para siempre de Colombia, a fin de que lo conserven los que saben hacer este milagro. Consulte Vd. bien esta materia con esos señores, para que el día de mi entrada en Bogotá sepamos quien se encarga del destino de la república, si Vd. o yo.

Repito, el ejercicio que yo haga de este poder será devolverlo al pueblo, quiero decir, a los colegios electorales para que dispongan de Colombia como quieran. Yo no quiero enterrar a mi madre; si ella se entierra viva, la culpa será suya, o del congreso que la ha reducido a la extremidad por el acto inicuo y torpe contra Páez. 18

Y, por último, una dirigida a Páez, del último día de ese año 1826, en la que afirma:

Mi querido general, un libro no bastaría para explicar de una parte y otra los motivos de queja que podemos tener. Diré mi excusa: que no he tenido parte en las turbulencias de Venezuela; que he venido porque Vd. me ha llamado; ninguna ambición me anima, puesto que no he querido aceptar las ofertas de Vd. ni la dictadura que me han ofrecido las actas de los pueblos. Ahora bien, tampoco quiero la guerra, porque ella matará la patria. Yo ofrezco convocar al pueblo para que determine lo que quiera y haga cuanto alcance su poder. Haré más, me iré de Colombia el día que se reúna; por consiguiente, ninguna mira política me animará a tomar partido por nada.19

Para Bolívar la situación en Venezuela es parte de un problema mucho más amplio y complejo sobre la organización y administración del Estado y que sigue remitiendo a la ya clásica disputa entre centralistas y federalistas. Una Colombia ingobernable sólo deja la alternativa de la dictadura, para realizar las reformas mas urgentes e inmediatas y convocar la soberanía nacional, de modo que ésta defina su propio destino. Y esto es lo que a la postre sucederá.

En efecto, convocada por el Congreso, el 7 de agosto de 1827, la Convención Nacional se instaló en Ocaña el 9 de abril del año siguiente, con el propósito de sancionar una nueva constitución. Dos tendencias se enfrentan. Los santanderistas, partidarios del federalismo y la constitución de Cúcuta, y los bolivarianos, partidarios del centralismo y el modelo de la constitución boliviana. Fue un fracaso y se disolvió a mediados de junio, sin resultado alguno. Días antes, una revuelta en Bogotá se ha pronunciado contra la Convención y pedido poderes dictatoriales para Bolívar. El 24 de junio, por aclamación popular, en Bogotá, Bolívar asume la dictadura, y el 27 de agosto dicta su proclama20 con motivo de la disolución de la convención y el decreto orgánico21 en virtud del cual queda eliminada la vicepresidencia y se crea el Consejo de Estado. Mientras se desarrolla la Convención de Ocaña, Bolívar aguarda en Bucaramanga, en una actitud predominantemente escéptica ante sus posible resultados. Prácticamente la totalidad de las cartas en las que trata el tema así lo confirman22. Sus expectativas giran en torno a dos opciones: ir a Ocaña, según moción presentada en la Convención y que a la postre fue negada, o la renuncia al mando y volver a Caracas, lo que tampoco tendrá lugar, pues tras la disolución de la Convención Bolívar termina asumiendo la dictadura, lo que para él representa la única oportunidad de establecer las reformas que exigía la Gran Colombia. De hecho, la disolución estuvo planteada desde un principio, pues los partidarios de Bolívar siempre consideraron como opción la de retirarse. Por otra parte, dominada por un partidismo enconado, el evento terminó por convertirse en una fuente de propaganda contra El Libertador y un modo de desafiar y minar su autoridad y prestigio23.

La disolución de la convención y la revuelta que lo proclama dictador son comentados por el propio Bolívar, días antes de su llegada a Bogotá, de la siguiente manera:

Ya tenemos un desenlace, o más bien, un resultado de las locuras de la convención. Su vergonzosa disolución y los actos populares, porque el de Bogotá va a promover otros en toda Colombia, no es lo que deseaba, porque semejantes sucesos no afirman la república, son, al contrario, golpes que no sólo conmueven sus cimientos sino que echan a perder la moral pública, la obediencia y el respeto de los pueblos, acostumbrándolos a las inconstancias políticas, a las sediciones y a los excesos populares, Lo que yo anhelaba era una buena constitución análoga al país y a todas sus circunstancias, un código capaz de afianzar el gobierno y hacerlo respetar; capaz de dar estabilidad a las instituciones, garantías a todos los ciudadanos y toda la libertad e igualdad legales que el pueblo colombiano es susceptible de recibir en el actual estado de su civilización; finalmente, una constitución en que los derechos y los deberes del hombre fuesen sabiamente calculados, como igualmente los deberes y facultades de las autoridades. La convención no lo ha querido; la mayoría de sus diputados, alucinados, los unos por falsas teorías, y los otros dirigidos por su maldad y por miras personales, han preferido el desorden al orden, la ilegalidad a la legalidad, más bien que ceder a la razón, a la voz de la patria y al interés general. Todo esto me confunde, me quita mi energía y enfría hasta mi patriotismo; y, sin embargo, más que nunca necesito de ellos para sobrellevar la pesada carga que está sobre mis hombros.24

Como se ve, es el mismo Bolívar de Angostura el que habla, el que reivindica un gobierno fuerte como única forma de dar estabilidad a la república y la necesidad de establecer leyes apegadas a la naturaleza de la sociedad que las mismas están llamadas a regular. Esto es algo expresado de manera clara y directa en algunos de los documentos arriba citados, así como al inicio de la proclama antes mencionada25. Ya disuelta la Convención, es, también, lo que indica a Páez:

...ésta es la época oportuna para que se autorice el gobierno a fin de que dé una constitución conveniente y práctica y no dé esas ideales que nos han perdido y reducido a la necesidad de escandalizar al mundo con nuestras operaciones políticas.26

Pero no es lo mismo el guerrero ciudadano que el dictador, aunque piensen igual y se empeñen en el mismo propósito. La Convención de Ocaña no fue más, ciertamente, que un certamen, una arena de atletas arrastrados por las pasiones, y que no tardó en convertirse en la antesala de la anunciada dictadura. Y la dictadura, que, como pensaba el libertador, había salvado al Perú en tiempos de guerra, terminaría de sepultar a la Gran Colombia en tiempos de paz. Y con ello se hundía, de manera definitiva, su liderazgo político. El retorno del héroe está marcado por un signo trágico, en el sentido griego antiguo del término: en nombre de la obra que ha creado como guerrero, se resiste, como político, a complacer a ningún partido en particular (aunque trate de conciliarlos a todos), a sabiendas de que todos, por ello mismo, se volverán contra él. Como dice el mismo Bolívar, prefiere una derrota a una capitulación En este sentido, su soledad y escepticismo son tan grandes como su perseverancia y gloria.

...Yo me sepulto vivo entre las ruinas de esta patria por complaciente y dócil a los consejos de los tontos y de los perversos; por lo mismo, debo irme o romper con el mal. Lo último seria la tiranía y lo primero no se puede llamar debilidad, pues que no la tengo. Estoy convencido de que si combato triunfo y salvo el país y Vd. sabe que yo no aborrezco los combates. ¿Mas por qué he de combatir contra la voluntad de los buenos que se llaman libres y moderados? Me responderán a esto que no consulté a estos mismos buenos y libres para destruir a los españoles y que desprecié para esto la opinión de los pueblos; pero los españoles se llamaban tiranos, serviles, esclavos y los que ahora tengo al frente se titulan con los pomposos nombres de republicanos, liberales, ciudadanos. He aquí lo que me detiene y me hace dudar.27

Ya, como bien sabemos, el triunfo y la salvación del país no eran posibles, tal y como sugiere en este texto el convencimiento de quien no aborrece los combates. Pero éste es otro tema. En lo que a este ensayo atañe, de lo que se trata es de fijarnos en lo que detiene y hace dudar al héroe escéptico que retorna del sur: éste es el libertador que habla en Ocaña.

 

El mensaje del héroe escéptico

De Angostura partió al Sur un dichoso guerrero ciudadano que, colmado de gloria en Ayacucho, se ha convertido en Bolivia en un legislador solitario, una suerte de Solón de América, asido de un código constitucional con el que espera dar estabilidad, equilibrio y fortaleza a las recién creadas repúblicas. Y, a diferencia de Bolivia, donde habla el legislador solitario, a Ocaña arribó un héroe escéptico, sumido en la multitud, que habla a nombre de la soberanía del pueblo, vocero del clamor popular y que se debate entre abandonarlo todo, incluso Colombia, o asumir la dictadura como único medio para salvarla. Convertido así en la voz del pueblo, el libertador de Ocaña no es el guerrero heroico ni el jefe supremo, sino la mera inteligencia decepcionada que vuelca toda la fuerza del colectivo contra una dirigencia que considera falaz instrumento de perdición de la república. De allí esa imagen sensiblemente trémula que invade toda la apertura del discurso:

Constituido por mis deberes a manifestaros la situación de la República, tendré el dolor de ofreceros el cuadro de sus aflicciones. No juzguéis, que los colores que empleo los ha encendido la exageración, ni que han salido de la tenebrosa mansión de los misterios: yo los he copiado a la luz del escándalo: su conjunto puede pareceros ideal; pero si lo fuera, ¿Colombia os llamará?28

Ciertamente, este discurso comienza, como es lo propio en estos casos, con dos formalidades clásicas. Por una parte, el expreso reconocimiento de la convención como autoridad suprema para realizar la tarea de reforma a que ésta ha sido convocada. Por la otra, la cesión del mando por parte de quien, hasta entonces, ha sido la autoridad ejecutiva y militar suprema. Sin embargo, no es éste momento de dicha, como lo fue diez años antes en Angostura, sino de ventura por parte de quien devuelve la autoridad que había sido depositada en sus cansadas manos a los delegados del omnipotente augusto de quien es súbdito y soldado. Es claro que la dicha de Angostura por convocar la representación nacional, se ha convertido en Ocaña en mera ventura del guerrero por quitarse un gran peso de encima. Y es aún más claro que esto hace ante quienes son meros delegados del único soberano, es decir, del pueblo. Con el escrúpulo y la precisión que le son propios, el libertador ha trazado desde el inicio mismo del mensaje una inequívoca divisoria entre la dirigencia a cargo de una administración mediocre y el concepto de soberanía popular, y además se ha colocado del lado desde el que emanará su discurso y que lo desmarca de dicha dirigencia. Lo que en esta cesión entrega son el bastón de presidente y la espada de general, que no son sólo símbolos de mando, sino símbolos de mando y de gloria, aclara, cuya cesión deberá ser utilizada en beneficio de la soberanía popular. Así quedan claramente establecidos los roles en el discurso. La sutiliza del reconocimiento de la autoridad de los delegados, se desdibuja en la ruptura que, en los inicios mismos del preámbulo, se produce entre el hombre de gloria y la dirigencia civil.

Declarada la ruptura, el libertador tiene las manos libres para pasar al lúgubre escenario antes indicado y que se mantendrá hasta el final del discurso. A casi una década de su creación, Colombia es un destello rutilante y fugaz. Vista desde Ocaña, es como esas estrellas que se han desintegrado y de la que aún percibimos su luz. Convertida en la mansión de los misterios, el escándalo la ilumina, detenida, como está, a las puertas del sepulcro. Cuidadosamente elaborado, éste es el escenario que con gran maestría ha construido el libertador para Mensaje a la Convención de Ocaña.

Identificada antes con la causa pública, no estima ahora su deber como la única regla de salud. Los mismos que durante la lucha se contentaron con su pobreza, y que no adeudaban al extranjero tres millones, para mantener la paz han tenido que cargarse de deudas vergonzosas por sus consecuencias. Colombia, que al frente de las huestes opresoras respiraba sólo pundonor y virtud, padece como insensible el descrédito nacional. Colombia, que no pensaba sino en sacrificios dolorosos, en servicios eminentes, se ocupa de sus derechos, y no de sus deberes. Habría perecido la Nación si un resto de espíritu público no la hubiese impelido a clamar el remedio y detenido al borde del sepulcro.

E insistiendo en este lúgubre ambiente, advierte que su discurso no será una mera descripción de los males que aquejan a Colombia, sino análisis crítico del orden político e institucional que ha conducido a la república a tan lamentable estado, muy a sabiendas de que ello no será bien visto por aquellos a quienes lo dirige. Al igual que en el caso de la presentación de la constitución boliviana, tras un corto preámbulo, el libertado a entrado en el tema: un orden apegado a leyes obsesionadas por un liberalismo puro y divorciadas de la realidad ha conducido a la ruina de la república.

Nada añadiría a este funesto bosquejo, si el puesto que ocupo no me forzara a dar cuenta a la Nación de los inconvenientes prácticos de sus leyes. Sé que no puedo hacerlo sin exponerme a siniestras interpretaciones, y que a través de mis palabras se leerán pensamientos ambiciosos; mas, yo que no he rehusado a Colombia consagrarle mi vida y mi reputación, me conceptúo obligado a este último sacrificio.

Y, en efecto, acto seguido, el problema central queda claramente definido desde el principio:

Debo decirlo: nuestro gobierno está esencialmente mal constituido. Sin considerar que acabamos de lanzar la coyunda, nos dejamos deslumbrar por aspiraciones superiores a las que la historia de todas las edades manifiesta incompatibles con la humana naturaleza. Otras veces hemos equivocado los medios y atribuido el mal suceso a no habernos acercado bástame a la engañosa guía que nos extraviaba, desoyendo a los que pretendían seguir el orden de las cosas, y comparar entre sí las diversas partes de nuestra constitución, y toda ella con nuestra educación, costumbres e inexperiencias para que no nos precipitáramos en un mar proceloso.

Lo que está haciendo Bolívar aquí es retomar una posición que se remonta en sus inicios a los tiempos del Manifiesto de Cartagena, posición en la que ha insistido a lo largo de toda su carrera política y militar y que constituye el eje conductor de documentos fundamentales como el Discurso de Angostura. La única diferencia estriba en que, en esta oportunidad, el libertador ha cambiado de táctica discursiva. En este sentido, el libertador no apela, como en Angostura, a la seducción y el convencimiento; el discurso no pretende ser, como en aquél entonces, fuente de inspiración y reconocimiento de todos -militares y civiles- en un mismo y único proyecto: la independencia e implantación del estado nacional. No encontraremos aquí a un libertador que se ruboriza a la hora de cuestionar las instituciones y las leyes, que apela a la historia como fuente de ejemplo y enseñanza, sino uno que increpa ese liberalismo puro y divorciado de la realidad, y que va directamente a su impugnación. Lo que en aquel entonces, en Angostura, pese a su importancia como factor estratégico fundamental, aparece como una referencia subsidiaria de las exigencias que impone el proyecto independentista en el marco de la guerra, en Ocaña es el tema central: un estado disoluto en tiempos de paz. En realidad, Ocaña no es, como Angostura, la visual del surgimiento de la nación, sino de su postración y decadencia. El tema del Mensaje a La Convención de Ocaña es uno solo: nuestro gobierno está esencialmente mal constituido.

En efecto, indicados en el mismo orden en que son desarrollados a lo largo del discurso, aparecen una serie de aspectos con que se ilustran los males provenientes de una equivocada concepción y organización del Estado: exagerada preponderancia del legislativo, malas leyes que no se corresponden con la realidad particular de la región, debilidad del ejecutivo, impertinencia del judicial, inutilidad de los gobiernos municipales, falta de policía, descontento del ejército, hundimiento del erario público. Los mismos temas que reiteradamente ha señalado como la fuente de disolución de la existencia republicana. Los mismos temas. Pero otro contexto, mucho más adverso y complicado para el desarrollo de la incipiente república que el de la misma guerra: el de una paz sujeta al enconado conflicto entre facciones y partidos. Si una vez, en vísperas de la batalla de Carabobo, para vaticinar al volcán social sobre el que se asentaba la guerra de independencia, afirmaba Bolívar yo temo más la paz que la guerra, en Ocaña ha llegado la hora de mirar de frente a su propio vaticinio.

Persuádase Vd., Gual, que estamos sobre un abismo, o más bien sobre un volcán pronto a hacer su explosión. Yo temo más la paz que la guerra, y con esto doy a Vd. la idea de todo lo que no digo, ni puede decirse.29

En Ocaña ha llegado el momento de decirlo. No hay otra alternativa. En cierto modo, no hay nada qué perder haciéndolo. Bolívar se niega, como ha sido indicado más arriba, a ser conducido por hombres más ciegos que él, bien por representantes alucinados por la filosofía o pervertidos por sus intereses personales; se niega a defender instituciones y leyes que tiene por causa del desastre en que se hunde la república. Mientras la guerra ha llevado al triunfo del proyecto independentista, en la paz el conflicto entre federalistas y centralistas ha llevado a Ocaña. El libertador del mensaje a la Convención es expresión de esta dialéctica que, de seguro, él mismo calificaría de diabólica. Desde ella se puede avizorar el advenimiento de la dictadura. Bolívar lo sabe. Y si bien la Convención fue, por parte del sector antibolivariano, el caldo de cultivo para el desprestigio de su liderazgo como máximo líder, Bolívar -que hasta entonces se ha mantenido a la expectativa- ve en la dictadura la única opción para salvar la incipiente república.

De allí su ataque directo a un orden institucional que, en manos de la dirigencia civil, ha otorgado una preponderancia excesiva del poder legislativo en la cosa pública. De hecho, esta preponderancia del legislativo constituye, en realidad, el mal estructural que, de una u otra manera, origina todos los demás. Por eso el libertador comienza su análisis crítico por allí, cuestionando la naturaleza hegemónica de un legislativo que, aunque conceptualmente parte del Estado, es, de hecho, el todo del Estado mismo. He aquí el enunciado general y fundamental del mensaje, el que define dónde está el mal de lo que ya ha sido calificado como un gobierno esencialmente mal constituido; tal enunciado es lo que asigna al mal general nombre y apellido, significación y contenido político específico. Como él mismo afirma, Bolívar no rehuye el combate. El Mensaje a la Convención de Ocaña es, desde el punto de vista político, una declaración de guerra.

Nuestros diversos poderes no están distribuidos cual lo requiere su forma social y el bien de los ciudadanos. Hemos hecho del legislativo sólo el cuerpo soberano, en lugar de que no debía ser más que un miembro de este soberano; le hemos sometido al ejecutivo, y dado mucha más parte en la administración general, que la que el interés legítimo permite. Por colmo de desacierto se ha puesto toda la fuerza en la voluntad, y toda la flaqueza en el movimiento y la acción del cuerpo social.

El derecho de presentar proyectos de ley se ha dejado exclusivamente al legislativo, que por su naturaleza está lejos de conocer la realidad del gobierno y es puramente teórico.

El arbitrio de objetar las leyes concedido al ejecutivo, es tanto más ineficaz, cuanto que se ofende la delicadeza del Congreso con la contradicción. Este puede insistir victoriosamente, hasta con el voto de la quinta o menos parte de sus miembros; lo que no deja medio de eludir el mal.

Prohibida la libre entrada a los secretarios del despacho en nuestras cámaras, para explicar o dar cuenta de los motivos del Gobierno, no queda ni este recurso que adoptar para esclarecer al legislativo en los casos de objetarse algún acuerdo. Mucho habría podido evitarse, requiriendo determinado lapso de tiempo, o un número proporcional de votos, considerablemente mayor que el que ahora se exige para insistir en las leyes objetadas por el ejecutivo.

La hegemonía del legislativo en la institución del Estado es total. Pero, además, el derecho exclusivo que tiene de presentar leyes y la imposibilidad de que las leyes sancionadas sean objetadas convierten dicha en hegemonía en poco menos que una oligarquía institucionalizada. Es éste señalamiento no expreso, sino tácito, propio del espíritu crítico y mordaz con el que ha sido concebido y desarrollado el Mensaje a la Convención de Ocaña. De hecho, acto seguido, hace Bolívar una aplastante crítica a la malas leyes que, se sobrentiende, he producido esa dirigencia que ejerce su hegemonía desde uno de los poderes del Estado y que convierte al legislativo en la única instancia de poder de la república.

Obsérvese, que nuestro ya tan abultado código en vez de conducir a la felicidad ofrece obstáculos a sus progresos. Parecen nuestras leyes hechas al acaso: carecen de conjunto, de método, de clasificación y de idioma legal. Son opuestas entre sí, confusas, a veces innecesarias, y aun contrarias a sus fines. No falta ejemplo, de haberse hecho indispensable contener con disposiciones rigurosas vicios destructores y que se generalizaban: la ley, pues, hecha al intento ha resultado mucho menos adecuada que las antiguas, amparando indirectamente los vicios que se procuraban evitar. Por aproximarnos a lo perfecto, adoptamos por base de representación una escala que nuestra capacidad no admite todavía. Prodigándose esta augusta función se ha degradado y ha llegado a parecer, en algunas provincias, indiferente y hasta poco honroso representar al pueblo. De esto ha emanado en parte el descrédito en que han caído las leyes; y leyes despreciadas ¿qué felicidad producirán?

Y uno e pregunta ¿qué diferencia puede haber entre señalar al ejecutivo como una máquina productora de bodrios legalistas y calificar a esa dirigencia de burocracia mediocre e ineficiente, en virtud de cuya conducta institucional hasta se ha hecho poco honroso representar al pueblo? Es claro que el libertador de Ocaña no viene a conciliar con el establecimiento institucional, tal cual como hiciera ocho años antes en Angostura como parte de una estrategia de guerra con la que buscaba hacer coincidir la dimensión de lo civil y de lo militar del proyecto independentista. En aquél entonces, la tarea discursiva de el libertador como creador de tiempo histórico lo lleva a establecer una unidad total de lo civil y lo militar, del paso y el presente, que da significación al proyecto independentista como un único proceso. De allí, las referencias históricas a las que apela, los conceptos políticos de la Ilustración en los que se detiene como basamento doctrinario de su propuesta republicana. Pero, de allí también que, en Ocaña, donde la Gran Colombia nacida en Angostura como estrella que ilumina el futuro de una América independiente se muestra como la mostrenca maquinaria torpe y corrupta. incapaz de sostenerse por sí misma, no encontremos nasa significativo en términos de historia y pensamiento político. A diferencia de Angostura, el libertador no va a Ocaña a sentar cátedra de historia universal, sino a dictaminar sobre la disolución de un proyecto que, sublime en tiempos de guerra, ha degenerado en la paz. Y, con ello, va también a desafiar a quienes tiene por responsables de este crimen político.

Ahora bien. Arribado a la paz, lo que el proyecto independentista ha proporcionado en gloria a El Libertador como guerrero éste lo ha ido cediendo como político. Bolívar lo sabe mejor que nadie. Pero, aún así, sigue siendo El Libertador. No hay otro. De allí su duda entre abandonarlo todo o emprender un combate, esta vez en el terreno de la política, que inevitablemente a de conducir a la dictadura, si es que de sostener La Gran Colombia se trata. Lo ha dicho en varias oportunidades desde los inicios de su regreso de la Campaña del Sur. Por otra parte, aunque espera por la Convención, no espera nada de ella. Luego de su breve y última estadía en Caracas, y de convidar a Sucre para que vaya a reunirse con él a compartir vida de paisano, parte como presidente de la Gran Colombia. En Bucaramanga aguarda por el desarrollo de los debates. A la postre, el fracaso mismo de la convención, y una revuelta en Bogotá que lo proclama dictador, define esta coyuntura. Todo ello permite pensar que, desde mediados de 1827, cuando parte de Caracas, Bolívar ha tomado resolución en un dilema que lo perturba desde los inicios mismo de su regreso de la Campaña del Sur. Espera por la Convención, pero lo hace con la mirada fija en la dictadura. El libertador de Ocaña es, en este sentido, el protagonista de un mensaje que bien puede considerarse el preámbulo del venidero decreto del 27 de agosto de 1828.

Con ello no pretendo hacer recaer el clásico dictamen moral30 sobre el Libertador dictador, sino captar en sus apropiadas dimensiones el contexto del cual es expresión el Mensaje a la Convención de Ocaña. Al fin y al cabo, impugnar la dictadura de Bolívar a a luz de los valores democráticos modernos es desconocer dicho contexto y, aún más, un contrasentido en virtud del cual es fácil hacerse de la vista gorda respecto a una posteridad en la que ha predominado hasta hoy, bajo la formalidad y muy dudosa solidez de las instituciones democráticas que con tanto afán defendieron los detractores de Bolívar, la tiranía y la anarquía31.

El punto acá es que Bolívar asume el único camino que, en su parecer, podría salvar la Gran Colombia. Lo que en sí mismo encierra un sentido trágico, si se considera, a la luz de lo indicado por el mismo Bolívar, que ésta estaba irremediablemente perdida. Lo otro hubiera sido resignarse a su caída y vivir su gloria desde el retiro, al estilo Washington, lo cual aborrecía tanto como a la misma burocracia. ¿Y es que acaso hubiera sido más digno retirarse con el único propósito de vivir de una gloria complaciente y objeto de los más dudosos halagos? Bolívar actúa en plena conciencia. Es, como él mismo lo ha indicado, de los que prefiere una derrota a una capitulación. En cualquier caso, Bolívar asume el combate político. Y el que el Mensaje a la Convención de Ocaña deba ser considerado como el preámbulo de la dictadura es lo que lo hace, por su valor analítico y su crudeza crítica, uno de los documentos más interesantes de su haber político en particular, y de la peculiares circunstancias a las que ha arribado el proyecto independentista en general.

Corolario de la desmesurada preponderancia del legislativo en la esfera del Estado, es, como cabe esperar, la debilidad intrínseca del ejecutivo. Respecto a lo cual, el libertador prolonga su crítica incisiva haciendo referencia a los vicios de la constitución y haciendo responsable a esta desproporción de que el gobierno de Colombia sea una fuente mezquina de salud, o un torrente devastador.

El Ejecutivo de Colombia no es el igual del Legislativo; ni el Jefe del Judicial: viene a ser un brazo débil del poder supremo, que no participa en la totalidad que le corresponde, porque el congreso se ingiere en sus funciones naturales sobre lo administrativo, judicial, eclesiástico y militar. El gobierno, que debería ser la fuente y el motor de la fuerza pública, tiene que buscarla fuera de sus propios recursos, y que apoyarse en otros que le debieran estar sometidos. Toca esencialmente al gobierno ser el centro y la mansión de la fuerza, sin que el origen del movimiento le corresponda. Habiéndosele privado de su propia naturaleza, sucumbe en un letargo que se hace funesto para los ciudadanos, y que arrastra consigo la ruina de las instituciones. No están reducidos a estos los vicios de la Constitución con respecto al ejecutivo. Rivaliza en entidad con los mencionados, la falta de responsabilidad de los secretarios del despacho. Haciéndola pesar exclusivamente sobre el jefe de la administración, se anula su efecto, sin consultar cuanto es posible la armonía y el sistema entre las partes; y se disminuyen igualmente los garantes de la observancia de la ley. Habrá más celo en su ejecución, cuando con la responsabilidad moral obre en los ministros, la que se les imponga. Habrá entonces más poderosos estímulos para propender al bien. El castigo que por desgracia se llegara a merecer, no sería el germen de mayores males, la causa de trastornos considerables y el origen de las revoluciones. La responsabilidad en el escogido del pueblo será siempre ilusoria, a no ser que voluntariamente se someta a ella, o que contra toda probabilidad carezca de medios para sobreponerse a la ley. Nunca, por otro lado, puede hacerse efectiva esta responsabilidad, no hallándose determinados los casos en que se incurre, ni definida la expiación.

Todos observan con asombro el contraste que presenta el ejecutivo, llevando en sí una superabundancia de fuerza al lado de una extrema flaqueza: no ha podido repeler la invasión exterior o contener los conatos sediciosos, sino revestido de la dictadura. La Constitución misma, convencida de su propia falta, se ha excedido en suplir con profusión las atribuciones que le había economizado con avaricia. De suerte que el Gobierno de Colombia es una fuente mezquina de salud, o un torrente devastador.

Esta debilidad intrínseca del ejecutivo no es sólo el resultado de la estructura misma del Estado y la enorme preponderancia que en ella tiene el legislativo, sino, además, de las injerencia que éste y los demás poderes tienen sobre sus naturales funciones. Así, la preponderancia del poder judicial sobre las causas militares32, las leyes que afectan el orden y la disciplina militar33, o el modo como el poder municipal se atribuye la soberanía que pertenece a la nación34.

El hundimiento del erario público es el último señalamiento que hace el libertador a la decadente dirigencia civil atrincherada en el legislativo y desde la que dimana el desastre moral, político, económico e institucional que ha convertido a la Gran Colombia en la mostrenca maquinaria de la incipiente existencia republicana. Y este tema, respecto al cual no se señalan sino algunos escuetos datos, es directamente vinculado con el prestigio de la nación que derrumba en el contexto internacional, con lo que el libertador dispara sobre la dirigencia política el tiro de gracia. Con una sutileza que sólo es comparable a su demoledora ironía, traza la divisoria entre la gloria de una nación ganada en la guerra y la ruina de su prestigio con la que retrograda en la paz:

Al describir el caos que nos envuelve, casi me ha parecido superfluo hablaros de nuestras relaciones con los demás pueblos de la tierra. Ellas prosperaron a medida que se exaltaba nuestra gloria militar, y la prudencia de nuestros conciudadanos, inspirando así, confianza de que nuestra organización civil y dicha social alcanzarían el alto rango que la Providencia nos había señalado. El progreso de las relaciones exteriores ha dependido siempre de la sabiduría del Gobierno y de la concordia del pueblo. Ninguna nación se hizo nunca estimar, sino por la práctica de estas ventajas: ninguna se hizo respetable sin la unión que la fortifica. Y discorde Colombia, menospreciando sus leyes, arruinando su crédito, ¿qué alicientes podrá ella ofrecer a sus amigas? ¿Qué garantes para conservar siquiera a las que tiene? Retrogradando, en vez de avanzar, en la carrera civil, no inspira sino esquivez. Ya se ha visto provocada, insultada por un aliado, que no existiera sin nuestra magnanimidad. Vuestras deliberaciones van a decidir, si arrepentidas las naciones amigas de habernos reconocido hayan de borrarnos de entre los pueblos que componen la especie humana.

El Bolívar de Ocaña actúa apegado a lo que a finales de 1826 llamara su código, su antorcha.35 Retornar la soberanía al pueblo; por irremediable que el mal sea, no será nuestro, es decir de los militares que han llevado a cabo la guerra de independencia. El mal será de la dirigencia civil, los legisladores y las leyes perniciosas que no está dispuesto a defender. Así se propone proclamarlo a toda Colombia, y Ocaña no es otra cosa que el primer gran episodio de esta proclamación.

Precisamente. El final del discurso -clásico cierre y despedida- no es, en realidad, otra cosa que una proclama expuesta como reivindicación del clamor de todo un pueblo; una exigencia hecha a nombre de la soberanía nacional. Así se construye en el discurso el espacio político del que el libertador se posesiona clavando su propia bandera: la salvación de Colombia y la sublimación del sacrificio que ha supuesto su instauración y que la legitima como proyecto; el derecho de más de quinientos mil muertos. Tal es la tarea que el libertador asigna a los representantes de la convención, a los legisladores, como los llama de manera expresa. Tarea que, por lo demás, y en atención a lo expuesto a todo lo largo del discurso, sólo puede ser realizada a través de la implantación de un gobierno firme, poderoso y justo; lo cual ya no es, como en Angostura, el clásico parecer del guerrero ciudadano conocedor de historia y de política, sino el dictamen de la voluntad nacional, el anhelo y única esperanza de una patria pálida de espanto en medio de su propia disolución.

¡Legisladores! Ardua y grande es la obra que la voluntad nacional os ha cometido. Salvaos del compromiso en que os han colocado nuestros conciudadanos salvando a Colombia. Arrojad vuestras miradas penetrantes en el recóndito corazón de vuestros constituyentes: allí leeréis la prolongada angustia que los agoniza, ellos suspiran por seguridad y reposo. Un gobierno firme, poderoso, y justo es el grito de la Patria. Miradla de pie sobre las ruinas del desierto que ha dejado el despotismo, pálida de espanto, llorando quinientos mil héroes muertos por ella: cuya sangre sembrada en los campos hacía nacer sus derechos.

De modo que, si bien habla a los representantes de la convención, el libertador de Ocaña mira hacia el amplio horizonte del pueblo. Es, en realidad, a la opinión pública a quien está dirigido el discurso. Desmarcado de la dirigencia política y personificándose a sí mismo como uno más del pueblo, el libertador se convierte en su vocero. en el paisano que, sentado ahora sobre el hogar de un simple ciudadano, y mezclado entre la multitud, recobra su voz y su derecho.

Sí, legisladores, muertos y vivos, sepulcros y ruinas, os piden garantías.

Y yo que sentado ahora sobre el hogar de un simple ciudadano, y mezclado entre la multitud, recobro mi voz y mi derecho, yo que soy el último que reclamo el fin de la sociedad, yo que he consagrado un culto religioso a la Patria y a la Libertad, no debo callarme en momento tan solemne. Dadnos un gobierno en que la ley sea obedecida, el magistrado respetado, y el pueblo libre: un gobierno que impida la transgresión de la voluntad general y los mandamientos del pueblo.

Y a renglón seguido, en un párrafo que recuerda la inspiración rousseauniana del Discurso de Angostura o la dureza crítica del Manifiesto de Cartagena, agrega:

Considerad, legisladores, que la energía en la fuerza pública es la salvaguardia de la flaqueza individual, la amenaza que aterra al injusto, y la esperanza de la sociedad. Considerad, que la corrupción de los pueblos nace de la indulgencia de los tribunales y de la impunidad de los delitos. Mirad que sin fuerza no hay virtud; y sin virtud perece la República. Mirad, en fin, que la anarquía destruye la libertad, y que la unidad conserva el orden.

Concluye el discurso pidiendo para todos -que nos deis, dice exactamente- leyes inexorables. Al final, pues, los representantes de la convención -los legisladores- quedan sublimemente aislados en la trinchera simbólica que el libertador ha construido para ellos y colocados de cara a la masa del soberano, hecha de vivos y muertos, de sepulcros y ruinas, al frente de la cual encontramos al mismo libertador. Y yo no creo que sea casualidad que, a todo lo largo del discurso, a los integrantes de la convención se les llame legisladores y nunca representantes., Muy probablemente ello se deba a que el libertador pretende indicar, de manera tácita, que no son estos legítimos representantes de la voluntad nacional, sino legisladores, vale decir, los responsables de ese Estado deforme, resultado las exageradas dimensiones que tiene el poder legislativo en su estructura, y que constituye el tema fundamental de su mensaje. Pedir leyes inexorables como único remedio al mal descrito a todo lo largo del discurso, es insistir, de manera contundente y sintética, en dicha responsabilidad.

Ahora bien. Visto el asunto desde la visual del hombre que se ha convertido el máximo líder de la gesta emancipadora, hay que admitir que no estamos hablando de una mera responsabilidad institucional o administrativa, sino histórica. Desde este punto de vista, no se trata sólo de un Estado deforme o mal estructurado, corrupto o ineficiente, sino de la inserción de América en una nueva era en la historia de la civilización mundial. Ocaña es el evento formal e institucional en que el proyecto independentista, arribado a la posguerra, muestra sus más cortantes aristas y complejas contradicciones, de las que no se puede apartar la mirada con el único propósito de fijar la atención en los rasgos conservadores del pensamiento político de El Libertador, o su obsesión por el poder. Ciertamente, no hay aquí espacio para ir más allá en este aspecto. Solo digo que esperar que Bolívar se apartase en paz a vivir un retiro pleno de gloria y vejez, y sobretodo hacerlo por el prurito de no contaminar los aires puros de su gloria con los tóxicos efluvios de la dictadura, es no comprender su naturaleza de guerrero y, particularmente, su condición de agente histórico de la modernidad, de inteligencia creadora de tiempo histórico.

En efecto, consumada la independencia desde el punto de vista militar, Bolívar no puede conformarse con la mera disolución, desde el punto de vista político e institucional, del proyecto de implantación del estado nacional que desde hace casi dos décadas viene transformando la historia toda de América. Salvar una Gran Colombia que el mismo Bolívar, en más de una oportunidad y según criterios de análisis muy precisos y realistas, ha dado por perdida, no puede entenderse de otra manera. Más que un objeto real en sí mismo, la Gran Colombia es el símbolo que conecta el tiempo presente de las recién creadas repúblicas americanas con el proceso de independencia y, a través de tal conexión, con el tiempo total de la civilización moderna. Éste es para Bolívar el campo inteligible de su accionar político. Bien que lo demostró en Jamaica y Angostura. No son sus virtudes militares las que lo convierten en líder supremo, sino su conciencia histórica, su inteligencia como creador de tiempo histórico en el mundo moderno. Por mostrenca que a la postre haya resultado como maquinaria institucional, la Gran Colombia es, en sí misma, creación de tiempo histórico, signo de independencia y soberanía, la puerta de entrada de una América retrógrada, española y colonial a la historia del mundo moderno. El último combate de Bolívar, cuyas primeras de cambio tienen lugar en Ocaña y se prolonga hasta su misma muerte y la disolución de la Gran Colombia, no es tanto por las menudencias de la organización de una determinada entidad político administrativa como por un símbolo, una idea, un nuevo tiempo histórico parido a punta de muertos y vivos, sepulcros y ruinas, y del cual ha sido partero y conciencia.

Yo no me desgataría mucho en escudriñar las debilidades de Bolívar respecto al poder, o los rasgos conservadores de sus propuestas cuando incluyen, por ejemplo, cargos hereditarios o vitalicios, o medidas de contención del empuje popular. Por lo demás, en una tarea así hay mucho de mezquindad e hipocresía, sobretodo si se toma en cuanta que instituciones como la esclavitud permanecieron hasta más allá de mediados del siglo XIX, en las tantas repúblicas sujetas a constituciones censatarias que quedaron en manos de los liberales que con tanto encono lo adversaron. Bolívar es un político pragmático, que no cree en modelos ideales ni en principios acogidos a una libertad pura, y que siempre buscó apegarse a la realidad concreta, específica y particular en la que actuó. Buena parte de las teorías de Rousseau se basan en sus observaciones a distancia de los salvajes del nuevo mundo, incluso de Venezuela. Bolívar no es más que el rousseauniano a quien tocó lidiar políticamente con ellos. Insisto: Bolívar es un político pragmático y realista. Asumir la dictadura es expresión de este pragmatismo y este realismo, muy lejos, por cierto, del de esas oligarquías locales y pardocracias oportunistas que, agazapadas en su liberalismo puro y sublime, terminaron por hacer de la independencia la gran oportunidad para imponer sus propios intereses grupales o personales.

Con lo dicho a este respecto, tampoco quisiera sumarse a ese ejercicio evocativo de un Bolívar incomprendido cuyas ideas estaban adelantadas a su tiempo y respecto a las cuales tenemos una deuda impagable. Hay también en esto mucho de falacia e hipocresía, y no es cosa por la que aquí me interese. Supongamos, por el contrario, que esas ideas no tienen vigencia alguna hoy y que el combate iniciado en Ocaña por la Gran Colombia era, ya para ese momento, una mera ilusión. ¿Hay acaso algo que nos haga suponer que el mismo Bolívar no lo sabía así, y que no hubiera actuado de la misma manera a pesar de ello? Yo creo, por el contrario, que Bolívar tenía plena conciencia de ello, es decir, de que la Gran Colombia era una mostrenca maquinaria incapaz de sostenerse por sí misma. Lo demuestran los documentos. La pregunta, entonces ¿qué sentido tendría luchar por algo, a sabiendas que está perdido? Como ya lo he indicado, no es lo mismo luchar por la Gran Colombia como entidad político administrativa que como signo y símbolo de un nuevo tiempo histórico. La disolución de la Gran Colombia en el primer sentido no lo es, necesariamente, en el segundo, es decir, como conexión del presente con un nuevo tiempo histórico definido por la independencia y la soberanía nacional. Cuando Bolívar, ya en pleno ocaso, dictamina con su famosa frase: la independencia es el único bien que hemos conseguido a costa de todo lo demás lo que está reafirmando es ese nuevo tiempo. Y cuando todos los estados nacionales nacidos del antiguo imperio español fundan su nacimiento en la independencia, es esto mismo lo que están haciendo. Hoy nos puede parecer muy fácil admitirlo, pero no era lo mismo en tiempos de la Convención de Ocaña. Y por eso lucha Bolívar hasta el último día.

Además, no olvidemos que se trata del empeño de aquél que prefiere una derrota a una capitulación. Lo propio de un espíritu trágico; es decir, un espíritu que no rehuye los combates y que ejerce su voluntad de poder no en función de determinados resultados, sino del ejercicio mismo de la voluntad. En última instancia, habremos de reconocer que Bolívar ha asumido el desafío de salvar la Gran Colombia como un reto a sí mismo, a su propia condición de guerrero y hombre de gloria.

El Mensaje a la Convención de Ocaña estaba listo dos meses antes de que ésta iniciara sesiones. Lo cual parece indicar que su autor trabajó con la suficiente antelación y que se cuidó de no dejar lugar a improvisaciones. Por lo demás, si uno observa con detenimiento el cuidado y esmero puestos en la concepción y desarrollo del discurso, uno no puede menos que poner en duda esa disposición del más grande hombre de la América independiente a compartir con el Mariscal Sucre una existencia de paisano insignificante en cualquier rincón de un mundo que le queda grande hasta a los grandes. El modo en que esa metáfora inicial que da a Colombia el lúgubre colorido de la casa de los misterios y cuya verdad es iluminada por la lámpara del escándalo con las que nos guía su autor, imprime a la narrativa un simbolismo premeditamente dantesco que nos recuerda la literatura folletinesca que floreció en la Inglaterra Victoriana; pero, sobre todo, tratándose de un texto político crucial -por aquél de quien emana y por la misma coyuntura en la que se inserta- lo dota de un poder destructivo fulminante. En virtud de ello, el líder histórico, el que ha consagrado un culto religioso a la Patria y a la Libertad, el libertador de Ocaña de súbito se ha convertido el sublime y modesto cabecilla de una turba de muertos y vivos, sepulcros y tumbas que claman garantías. Es en medio de esta multitud lúgubre y lamentable que el libertador de Ocaña recobra su voz y su derecho como defensor de la voluntad general y los mandamientos del pueblo.

Sin un sólo insulto ni una sola agresión directa a persona o grupo determinado, a través de esta simbología de lo dantesco, logra el libertador la despersonalización que el discurso requiere como herramienta demoledora de su adversario y, al mismo tiempo, reivindicadora de su propia personalidad política, sin faltar en nada a las rigurosas formalidades que el evento impone. Es ésta simbología de o dantesco la que genera un silencio mortuorio de fondo ensordecedor, que permite al libertador, manteniendo un decoro en el análisis soló equivalente a la precisión del mismo, hacer recaer la responsabilidad de la situación en la dirigencia contumaz que se ha pertrechado políticamente, a lo largo del proceso de una guerra devastadora, sangrienta y cruel, en la desproporcionada preponderancia del legislativo en la institución del Estado, y hacer crecer como bola de nieve esta responsabilidad a los largo de la descripción desarrollada en el discurso.

Así, si bien ardua y grande es la tarea que la voluntad nacional ha impuesto a los legisladores, estos sólo podrán cumplir su cometido salvando a Colombia. Lo impone la voluntad nacional, los ciudadanos que los verdaderos constituyentes y una patria, pálida de espanto, que llora quinientos mil héroes muertos por ella. Los derechos a los que el libertador de Ocaña apela, los mismos suyos, no manan sólo de la esencia misma de la república y el concepto de soberanía, sino, sobre todo, de sangre sembrada en el campo de batalla. Con lo que, de suyo, el crimen político de los legisladores es doble: de lesa doctrina y de lesa patria.

Como quedó indicado más arriba, y según palabras del propio Bolívar que es preciso volver a citar aquí por la naturaleza sintética del extracto respecto al propósito de esta ensayo:

...Estoy convencido de que si combato triunfo y salvo el país y Vd. sabe que yo no aborrezco los combates. ¿Mas por qué he de combatir contra la voluntad de los buenos que se llaman libres y moderados? Me responderán a esto que no consulté a estos mismos buenos y libres para destruir a los españoles y que desprecié para esto la opinión de los pueblos; pero los españoles se llamaban tiranos, serviles, esclavos y los que ahora tengo al frente se titulan con los pomposos nombres de republicanos, liberales, ciudadanos. He aquí lo que me detiene y me hace dudar

El Mensaje a la convención de Ocaña es la resolución con la que se despeja esta duda. En una declaración de guerra, cuando la política, invirtiendo, claro está, la famosa máxima Clausewitz, es la continuación de la guerra por otros medios. Desde este punto de vista, y para utilizar los mismos términos de la comparación entre españoles y liberales. El Mensaje a la Convención de Ocaña es a los pomposos republicanos de la paz de 1828, lo que el Decreto de Guerra Muerte fue a los españoles y canarios de la campaña de 1813. El Libertador ha emprendido su última campaña, a sabiendas de que, como ya era usual, habría de librarla solo.

1“Mi Querido General, voy a entrar en un laberinto horrible que me ocupará todo entero de Colombia, por lo mismo, Vd. no extrañará el que no hable mucho de las cosas del Perú sino respuesta de lo que Vd. me diga. La dictadura que me espera debe operar una reforma completa, porque la organización misma que tenemos, es un exceso de fuerza mal empleada; y, por consiguiente, dañosa. Vd. sabe que yo ya aborrezco los negocios de administración, y que me son muy fastidiosos los cuidados sedentarios: todo esto me abrumará, me quitará el humor de escribir a Vd. y a los otros amigos con la extensión que yo deseara.” Documento No. 1190. Carta del Libertador Simón Bolívar dirigida al Gran Mariscal Andrés de Santa Cruz, fechada en Guayaquil el 14 de Septiembre de 1826. www.archivodellibertador.gob.ve

2Documento No. 1200. Carta del Libertador Simón Bolívar al General Francisco de Paula Santander, fechada en Ibarra el 8 de octubre de 1826. www.archivodellibertador.gob.ve

3“Una dictadura quiere el Sur, y, a decir verdad, puede servir algo por un año, pero esta dictadura no será más que una moratoria para la bancarrota que en último resultado ha de tener lugar. El Sur no gusta del Norte: las costas no gustan de la sierra. Venezuela no gusta de Cundinamarca; Cundinamarca sufre de los desórdenes de Venezuela. El ejército está descontento, y hasta indignado por los reglamentos que se le dan. La hermosa libertad de imprenta, con su escándalo, ha roto todos los velos, irritado todas las opiniones. La pardocracia triunfa en medio de este conflicto general. En Guayaquil (que no es fuerte) hace repetidos y violentos ataques. Ahora mismo tenemos una causa pendiente con los primeros magnates. La libertad de imprenta la causa y, por lo mismo, es incurable; no sé que hacerme en este negocio, semejante a la llaga del amigo de Teseo, que la irritaban cuantos remedios se le ponían.” Idem

4Idem

5Idem

6Doctrina del Libertador. Prólogo; Bolívar como reformador social, de Augusto Mijares. Compilación y notas Manuel Pérez Vila. Biblioteca Ayacucho. 1976. p. 331.

7Doctrina del Libertador. Prólogo; Bolívar como reformador social, de Augusto Mijares. Compilación y notas Manuel Pérez Vila. Biblioteca Ayacucho. 1976. p. 335.

8Idem. pp. 335-336

9El voto nacional ha sido uno solo: reformas y Bolívar. Nadie me ha recusado, nadie me ha degradado. ¿Quién, pues, me arrancará las riendas del mando?; ¿Los amigos de Vd., y Vd. mismo? La infamia sería mil veces más grande por la ingratitud que por la traición. No lo puedo creer. Jamás concebiré que Vd. lleve hasta ese punto la ambición de sus amigos y la ignominia de su nombre. No es posible, General, que Vd. me quiera ver humillado por causa de una banda de tránsfugas que nunca hemos visto en los combates. No pretenda Vd. deshonrar a Caracas haciéndola aparecer como el padrón de la infamia y el ludibrio de la ingratitud misma. ¿Qué no me deben todos en Venezuela, y hasta Vd. no me debe la existencia?. El Apure sería la habitación del vacío, el sepulcro de sus héroes sin mis servicios, sin mis peligros y sin las victorias que he ganado a fuerza de perseverancia y de penas sin fin. Vd., mi querido General, y los bravos de aquel ejército no estarían mandando en Venezuela, y los puestos que la tiranía les habría asignado serían escarpias y no las coronas de gloria que ahora ciñen sus frentes.

10Documento No. 2117. Blanco y Azpurua, XIII, 629. O.C.B. Carta del Libertador Simón Bolívar al General Daniel Francisco O’Leary, fechada en Guayaquil el 13 de septiembre de 1829. www.archivodellibertador.gob.ve Este documento constituye un pormenorizado análisis de Bolívar sobre la realidad política y geopolítica de la Gran Colombia, basado en los diversos y complejos factores él mismo sugiere considerar: ...”Consultemos la extensión de Colombia, su población, el espíritu que domina, la moda de las opiniones del día, el continente en que se halla situada, los estados que la rodean y la resistencia general a la composición de un orden estable.”

11Constituido por mis deberes a manifestaros la situación de la República, tendré el dolor de ofreceros el cuadro de sus aflicciones. No juzguéis, que los colores que empleo los ha encendido la exageración, ni que han salido de la tenebrosa mansión de los misterios: yo los he copiado a la luz del escándalo: su conjunto puede pareceros ideal; pero si lo fuera, ¿Colombia os llamará?. Documento 173. O.C.B. Mensaje a la Convención de Ocaña, Bogotá, el 29 de febrero de 1828. www.archivodellibertador.gob.ve Todas las citas relativas a este documento han sido tomadas de la misma fuente,

12Documento 1356. Carta del Libertador Simón Bolívar a Sir Robert Wilson. Fechada en Caracas, el 30 de abril de 1827. www.archivodellibertador.gob.ve

13Documento 1372. Carta del Libertador Simón Bolívar al General José Antonio Sucre. Fechada en Caracas, el 8 de junio de 1827. www.archivodellibertador.gob.ve

14Idem

15Idem

16Documento 1203. Carta del Libertador Simón Bolívar Dirigida al General Francisco de Paula Santander, fecha en Pasto, el 14 de Octubre de 1826. www.archivodellibertador.gob.ve. La idea de asumir la dictadura y la convocatoria de la soberanía nacional ya había sido planteada un mes antes en carta al mismo destinatario: “La dictadura está a la moda, promovida por Guzmán, que mandé a Venezuela donde el general Páez a decirle que me pidiese para su tiempo la constitución boliviana, que participa de la federación y de la monarquía que desean los dos partidos de aquel país, En el Sur están con las mismas ideas. Los militares quieren fuerza, y el pueblo independencia provincial. En esta confusión la dictadura lo compone todo, porque tomaremos tiempo para preparar la opinión para la gran reforma de la convención del año de 31, y en tanto calmamos a los partidos de los extremos. Con las leyes constitucionales no podemos hacer más en el negocio de Páez que castigar la rebelión: pero estando yo autorizado por la nación lo podré todo. Yo no creo que este congreso se reúna en enero y, por lo mismo, tan sólo la nación tiene derecho de darme su confianza absoluta. Por otra parte, este país está malcontento con todo, bueno y malo”. Documento 1195. Carta del Libertador Simón Bolívar Dirigida al General Francisco de Paula Santander, fechada en Guayaquil, el 19 de septiembre de 1826. www.archivodellibertador.gob.ve.

17Idem

18Documento 1195. Carta del Libertador Simón Bolívar Dirigida al General Francisco de Paula Santander, fechada en Neiva, el 5 de noviembre de 1826. www.archivodellibertador.gob.ve.

19Documento 1236. Carta del Libertador Simón Bolívar Dirigida al General en Jefe José Antonio Páez, fechada en Puerto Cabello, el 31 de diciembre de 1826. www.archivodellibertador.gob.ve.

20Documento 179. Proclama del Libertador a los colombianos ante la disolución intempestiva de la Gran Convención de Ocaña. 27 de agosto de 1828. www.archivodellibertador.gob.ve

21Documento buscar en la web

22Véase, por ejemplo, los documentos Nos 1666 (a M. Antonia Bolívar), 1678 (a Rafael Urdaneta), 1687 (a J. M. Restrepo), 1691, 1695, 1697, 1698 (a J. A. Páez), 1703 ( J. Torres) en www.archivodellibertador.gob.ve.

23Como lo sugiere la aclamación del General Padilla, líder de una revuelta contra el gobierno en la plaza de Cartagena. De la misma manera, la negativa a aceptar Miguel Peña por crimen de conjuración, pese al decreto de Amnistía que Bolívar había dictado un año antes respecto al movimiento de La Cosiata. Véase Documentos Nos. 175 y 176, respectivamente en www.archivodellibertador.gob.ve.

24Documento 1710. Carta del Libertador Simón Bolívar al Coronel Luis Perú Delacroix, fechada en El Socorro el 16 de junio de 1828. www.archivodellibertador.gob.ve

25Las voluntades públicas se habían expresado enérgicamente por las reformas políticas de la nación: el cuerpo legislativo cedió a vuestros votos, mandando convocar la gran convención, para que los representantes del pueblo cumplieran con sus deseos, constituyendo la República conforme a nuestras creencias, a nuestras inclinaciones y a nuestras necesidades: nada quería el pueblo que fuera ajeno de su propia esencia.

26Documento 1783. Carta del Libertador Simón Bolívar Dirigida al General en Jefe José Antonio Páez, fechada en Bogotá, el 26 de agosto de 1828. www.archivodellibertador.gob.ve.

27Documento 1783. Carta del Libertador Simón Bolívar Dirigida al General Rafael Urdaneta, fechada en Bucaramanga, el 7 de mayo de 1828. www.archivodellibertador.gob.ve.

28Documento No. 173. Mensaje a la Convención de Ocaña, redactado por El Libertador Simón Bolívar en Bogotá, el 29 d febrero de 1828. www.archivodellibertador.gob.ve. Salvo que se indique lo contrario, todas las citas han sido tomadas de la misma fuente.

29Documento No. 5670, Carta de Bolívar para el Doctor Pedro Gual. Fechada el 24 de mayo de 1821. www.archivodellivertador.gob.ve

30En 1828, en los momentos en que se debaten en la Convención de Ocaña las nuevas instituciones que habían de darse a Colombia, las autoridades mismas toman la iniciativa de un enorme delito político. Se conculca la Constitución que subsistía vigente, y en Bogotá se proclama la dictadura suprema de Bolívar. El incurre en la indisculpable debilidad de cambiar el título de primer Magistrado nacional, que derivaba de la Constitución y del sufragio popular, por el de dictador, que le confieren las juntas perturbadoras del orden .. . En aquella ocasión, hay que reconocerlo, Bolívar fue verdaderamente culpable; debió resistir a las sugestiones de sus amigos, y mantenerse tal cual era: presidente constitucional de Colombia y fiel a su palabra. José María Samper. Bolívar. p. 47, Tomo el ejemplo de este autor colombiano, cuyo trabajo es una reivindicación de la figura histórica de Bolívar, como él mismo advierte, harto deformada por la historiografía colombiana.

31Al respecto dice el mismo Samper: Con todo, hoy día, en el momento en que formo estos juicios, se me ocurre preguntar: ¿Los hechos han condenado de todo en todo las ideas sobrado conservadoras que profesó Bolívar? Después de su fallecimiento, llevamos cuarenta y ocho años de práctica de las ideas contrarias; ¿y qué resultados han producido? ¿Existe verdaderamente en Hispanoamérica la república democrática? ¿La decantada libertad que nos fingimos tener es positiva? Salvo algunos días de tranquilidad y regular gobierno, en cada una de nuestras repúblicas (exclusive la de Chile), ¿hemos tenido algo que no sea tiranía o anarquía, o las dos cosas juntas, es decir, inseguridad casi constante? ¡Respondan los que han arrojado a Bolívar la primera piedra!. J.M. Samper. Op cit. p. 37

32No satisfechos con esta exaltación hemos dado por leyes posteriores a los tribunales civiles una absoluta supremacía en los juicios militares, contra toda la práctica uniforme de los siglos, delegatoria de la autoridad que la Constitución atribuye al Presidente, y destructora de la disciplina que es el fundamento de una milicia de línea. Las leyes posteriores en la parte judicial han extendido, hasta donde nunca debió ser, el derecho de juzgar. A consecuencia de la ley de procedimiento se han complicado las litis. Por todas partes se han establecido nuevos juzgados y tribunales de cantón, por cuya reforma claman los miserables pueblos, que enredan y sacrifican en provecho de los jueces. Repetidas ocasiones han decidido de la buena o mala aplicación de la ley cortes superiores, compuestas casi exclusivamente de legos. El Ejecutivo ha oído lastimosos reclamos contra el artificio o prevaricación de los jueces, y no ha tenido medios para castigarlos: ha visto la hacienda pública, víctima de la ignorancia y de la malicia de los tribunales, y no ha podido aplicar el remedio.

33La ley que permite al militar casarse sin licencia del gobierno ha perjudicado considerablemente al ejército con su movilidad, fuerza y espíritu. Con razón se ha prohibido tomar reemplazos de entre los padres de familia: contraviniendo a esta regla, hemos hecho padres de familia a los soldados. Mucho ha contribuido a relajar la disciplina el vilipendio que han recibido los jefes de parte de los súbditos por escritos públicos. El haberse declarado detención arbitraria una pena correccional, es establecer por ordenanzas los derechos del hombre y difundir la anarquía entre los soldados, que son los más crueles, como los más tremendos cuando se hacen demagogos. Se han promovido peligrosas rivalidades entre civiles y militares con los escritos y con las discusiones del congreso, no considerándolos ya como los libertadores de la patria, sino como los verdugos de la libertad. ¿Era esta la recompensa debida a tan dolorosos y sublimes sacrificios? ¿Era ésa la recompensa reservada para los héroes? Aun ha llegado el escándalo al punto de excitarse odio y encono entre los militares de diferentes provincias para que ni la unidad ni la fuerza existieran.

34Las municipalidades, que serían útiles como consejo de los gobernadores de provincia, apenas han llenado sus verdaderas funciones; algunas de ellas han osado atribuirse la soberanía que pertenece a la Nación, otras han fomentado la sedición; y casi todas las nuevas, más han exasperado, que promovido el abasto, el ornato, y la salubridad de sus respectivos municipios. Tales corporaciones no son provechosas al servicio a que se les ha destinado: han llegado a hacerse odiosas por las gavelas que cobran, por la molestia que causan a los electos que las componen, y porque en muchos lugares no hay siquiera con quien reemplazarlas. Lo que las hace principalmente perjudiciales es la obligación en que pone a los ciudadanos de desempeñar una judicatura anual, en que emplean su tiempo y sus bienes, comprometiendo muy frecuentemente su responsabilidad y hasta su honor. No es raro el destierro espontáneo de algunos individuos de sus propios hogares, porque no los nombren para estos enojosos cargos. Y si he de decir lo que todos piensan, no habría decreto más popular que el que eliminase las municipalidades.

35Véase Documento No. 1200. Carta del Libertador Simón Bolívar al General Francisco de Paula Santander, fechada en Ibarra el 8 de octubre de 1826. www.archivodellibertador.gob.ve ya citado

TEMPORAL

Una historia acerca del hecho de escribir historias

(novela filosófica) 

...sucede que la vida no tiene inicios ni finales, y que sólo en el ámbito y contexto de una narración es susceptible de adquirirlos. Lo que me recuerda, por cierto, aquello que una vez dijera Beckett: ese fue mi error, uno de mis errores; exigirme una historia, cuando sólo la vida bastaba. Si es así, entonces estoy aquí para perpetrar mi propio error. Y hasta puede que ésta sea la forma de haber empezado a hacerlo. Más me vale.

Introducción General

El Bolívar histórico del que se ocupa este trabajo no es, hablando en términos rigurosos, el del pensamiento político y la estrategia militar, aunque, desde luego, mucho tendrá que ver con ello. Pero no es un análisis de ese tipo lo que busco en su discurso sino, más bien, al discurso mismo como herramienta del político y el hombre de guerra. Se trata del Bolívar de la palabra. El lenguaje como signo de conciencia histórica, como dimensión de temporalidad y como fuente de heroicidad. Del discurso de Bolívar no me interesa tanto el pensamiento como su narrativa; su inteligencia política o militar, como la semántica o discursiva. Del Bolívar histórico no busco la verdad, sino el estilo.

Introito

Un día, cuando todavía era estudiante de historia y me desempeñaba como investigador en el archivo histórico del antiguo Congreso Nacional, al fondo de la bóveda, en medio de un cúmulo de trastos tan viejos como valiosos, me topé con una desvencijada edición del Diario de Bucaramanga. Sumido en la molicie que mi burocrático cargo ya me inspiraba, aquél libro me distrajo y, allí mismo, en un improvisado asiento de cajones, lo leí. Para cuando retorné de la bóveda, mi imagen de Bolívar -como la de casi todos, determinada por ese formalismo patriota propio de la historiografía de banco de escuela, como la llama Vallenilla Lanz- cambió. Este libro es el resultado de un intento por captar y comprender aquello que cambió.

CARTAGENA: del destierro a la gloria

La Memoria dirigida a los ciudadanos de la Nueva Granada por un caraqueño, mejor conocida como el Manifiesto de Cartagena, se considera el primero de los grandes documentos políticos de Bolívar. Fechado 15 de diciembre de 1812, recoge la experiencia del incipiente gobierno republicano que, a mediados de ese mismo año, ha sucumbido en Venezuela bajo los embates del ejército español. Se trata de una memoria de la derrota, producida por alguien que ha participado como oficial en la guerra el gobierno español y que, salido al exilio, ha llegado a la Nueva Granada con el propósito de obtener hombres y recursos que le permitan invadir su país de origen y restablecer la república. Esta memoria no es, pues, el mero relato pasivo de lo que aconteció, de cómo el ejército español ha vuelto a tomar de una de las plazas más importantes y estratégicas de la América insurrecta, sino del plan para recuperarla. Se expone aquí el análisis crítico de una experiencia republicana particular, de la que se extraen conclusiones políticas y doctrinales que proporcionan una nueva perspectiva del proceso de emancipación no sólo en Venezuela, sino en toda la América Meridional. Se puede compartir en mayor o menor medida tales conceptos. Pero, en cualquier caso, es indiscutible que estamos ante la primera visión sistemática, general y de conjunto que, más allá de la dimensión logística y militar que impone la guerra, nos proporciona el primer concepto histórico y estratégico de la emancipación americana. Al menos, el primero producido por un soldado con una clara visión política. En este sentido, estamos ante la primera teoría revolucionaria de la lucha por la independencia.

CARÚPANO: vindicta, libertad y barbarie

En el Manifiesto de Cartagena nada indica Bolívar respecto a la cuestión social. Cuestión ésta tan conflictiva que, siglo por medio, llevaría al historiador Vallenilla Lanz a definir la guerra de independencia como una guerra civil. De ello nos da una particular perspectiva el Manifiesto de Carúpano. No pasó mucho tiempo para que el discurso de Bolívar hubiese de encarar el tema tabú en Cartagena. El momento sobrevino con la caída de la Segunda República, tras ese fenómeno tan contundente como efímero que fue Boves para el proceso de independencia. Efímero en cuanto a su personal actuación y liderazgo, pero en alguna medida permanente en cuanto a la guerra como forma de vida para los sectores populares y el ejército como vía de transformación de una estructura social que hundía sus raíces en la colonia. Acaso fuera Boves el más encarnizado enemigo de la república. Pese a lo cual, la república, a la postre y para ser tal, fue su más genuina heredera. De él recibió su ejército, su dinámica social y hasta el estilo de su liderazgo. A tono con la dialéctica de la guerra, los llaneros que siguieron a Boves pasaron de bandidos a patrimonio de la república. Patrimonio que en algún momento hizo decir a Bolívar que la revolución estaba sentada en un volcán social a punto de hacer explosión. Pero eso sería más tarde y en privado. En Carúpano, todavía este ejército sólo representa el modo en que la barbarie se opone a bien supremo de la libertad.

JAMAICA: Historia, Semántica y Geopolítica

1815: el descenso de Napoleón se cruza con el ascenso de Bolívar. Ambos han partido al exilio, a Santa Helena y a Jamaica, respectivamente. Tres años más tarde, el americano meridional, que ha tomado Angostura, la plaza estratégica que inclinará el curso de la guerra en favor de la causa patriota, dirá de sí mismo: yo busqué asilo en una isla extranjera, y fui a Jamaica solo, sin recursos y casi sin esperanzas. Perdida Venezuela y la Nueva Granada, todavía me atreví a pensar en expulsar a sus tiranos.1 De modo que el exilio, que para Napoleón dictamina el final de un imperio en Europa, para Bolívar anuncia el renacimiento de un proyecto en América. Esta conjunción en el cosmos simbólico de la historia que involucra la carera de dos grandes líderes políticos y militares, alude también a un cambio de época, determinado, desde el punto de vista geopolítico, por el ascenso de las potencias del capitalismo industrial y la caída del colonialismo mercantilista. A ello tributan diversos procesos: la ilustración, el nacionalismo, el industrialismo, la revolución francesa, la expansión napoleónica, la independencia estadounidense, la emancipación en América Latina. Es ésta una coyuntura en el proceso de largo plazo que lleva de la era agrícola a la era industrial. En este contexto se fraguan los cauces iniciales de un proceso histórico de alcance planetario. La Carta de Jamaica forma parte de este contexto. Es una forma de asomarse a él y otearlo desde los agrestes montes de una América irredenta. Tal es el punto de partida de este ensayo.

ANGOSTURA: el guerrero creador de repúblicas

La Carta de Jamaica concluye con la afirmación según la cual la clave para poner fin a la dominación española y fundar un gobierno libre es la unión, obtenida por efectos sensibles y esfuerzos bien dirigidos. Lo que por entonces queda en un escueto enunciado, en Angostura va a ser objeto de un denso desarrollo. Eso es el Discurso de Angostura: un efecto sensible, un esfuerzo bien dirigido. En atención a las lineas principales de su estructura discursiva, es una apelación a la conciencia histórica, un plan estratégico centrado en la implantación del Estado Nacional, y un instrumento de significación del movimiento de independencia como proceso histórico. Pronunciado por Bolívar el 15 de febrero de 1819, en el acto de instalación del segundo congreso que se daba a sí misma una república en medio de los avatares de la guerra, constituye una de las piezas oratorias más importantes de su haber político. Dicho ello por su contenido en sí mismo considerado. Y dicho también por el modo en que marca una diferencia de dimensiones estratégicas entre un antes y un después del proceso de independencia. En la visión totalizadora del Discurso de Angostura confluye lo político y lo militar. Para ganar la guerra en el siempre inhóspito campo de batalla, es preciso ganarla también en el de la política; por cierto, no menos inhóspito, agreste y peligroso que aquél.

BOLIVIA: el hombre de las dificultades como legislador

El guerrero ciudadano es aquél al que le es dado despojarse del mando. Así en la Caracas que le otorgó el título de Libertador, así en la Angostura que lo ratificó como Jefe Supremo, y dos años después lo llevara a ser designado en Cúcuta Presidente de La Gran Colombia. Las dificultades comienzan cuando la historia lo despoja a él de la guerra y se queda sin esa fuente de gloria que, hasta entonces, había sido el enorme campo de batalla y de política que, visto desde Pasto, se extendía entre el Orinoco y el Potosí. Así, Ayacucho consigna en la historia americana la emancipación, ciertamente; y en el destino particular del guerrero ciudadano el retorno de la cima de la gloria a la sima de las miserias de la burocracia y la administración. Siendo el campo de batalla la fuente fundamental de su gloria, dentro de él lo es todo; fuera de él nada, o tan sólo un ciudadano recto e iluminado que, apegado a su prestigio y honor, está llamado a dar la cara a esa oleada de anarquía que, en la paz, devora cuanto ha venido edificando en la guerra. Consumada la independencia o, más exactamente, el proceso de la guerra que habría de conducir a ella, el enorme mapa del nuevo mundo se ha teñido de una no menos enorme complejidad. Mientras se triunfa en Ayacucho se conspira en Caracas. Al tiempo que se finiquitan los últimos detalles del Congreso de Panamá, las recién creadas repúblicas se hunden en la lucha intestina y doméstica que atenta contra la anfictionía. En carta a Santander, fechada en Lima, el 6 de enero de 1825, es decir, a un mes escaso del triunfo en Ayacucho, encontramos esta situación descrita en palabras del propio Bolívar:

OCAÑA: el clamor del pueblo

Desde el punto de vista de su estructura semántica, el libertador, como instancia fundamental del discurso, representa la condición esencial de Bolívar como máximo dirigente político y militar de la emancipación americana. Más que como mera parte de la historia, el libertador concibe, administra y conduce el discurso como conciencia e instrumento hacedor de ella. Sin embargo, y como es de esperar, se trata de un discurso que siempre ha sido concebido y pronunciado desde el entorno de la dirigencia política a la que pertenece, aún en aquellos temas sensibles en que la actuación de dicha dirigencia pueda ser cuestionada por en su mensaje. Desde este punto de vista, el libertador siempre ha sido una instancia discursiva de una u otra manera asociada al estrecho círculo de la élite civil y militar que comanda el proceso independentista. Así, por ejemplo, El guerrero ciudadano del Discurso de Angostura, que dichoso convoca a la representación nacional y se despoja del mando ante ella es, con ello, al mismo tiempo, legitimado por ella. Como parte de la dirigencia, el guerrero ciudadano es jefe supremo entre iguales. En este sentido, los discursos fundamentales de El Libertador como creador de un nuevo tiempo histórico son documentos de identidad con el entorno dirigente del proceso de independencia, palancas ideológicas de su legitimación ante ella como máximo líder.

Epílogo

Hasta aquí me trajo el Bolívar con el que un día, hace mucho tiempo ya, me topé en el Diario de Bucaramanga. El hombre histórico de los discursos. El de la palabra y el estilo. El de la conciencia moderna y la faena semántica. El de la revolución como concepto y del heroísmo como ejercicio de voluntad de poder. Su discurso marca el paso de la barbarie a la civilización, con todo lo bueno y todo lo malo que una transición así supone para la gestión de su propia historia por parte de un pueblo. Y como pueblo, no tenemos conciencia de tal significación porque la historiografía de banco de escuela se ha hecho cargo de ello, bien haciendo de Bolívar una venerable pieza de museo, bien poniéndolo a comer mangos para popularizarlo. Al respecto, me limito a recordar las palabras de Vallenilla Lanz:

HERÓDOTO: los orígenes de la historiografía

Si uno se deja guiar por lo más estrictos rigores académicos, incluso los de la historia, probablemente los menos estrictos de todos, muy a pesar de los historiadores académicos, un trabajo de este tipo luce desde muchos puntos de vista desalentador, bien por lo poco con se cuenta para realizarlo, bien por la poca estima que se guarda hacia lo poco que se tiene, incluso los escritos de aquel a quien Cicerón, si no me equivoco, dio en llamar Padre de la Historia. Y lo hizo en el marco de una larga tradición representada por críticos para los que Heródoto era ya casi tan extraño como para nosotros y que, salvo contadas excepciones, se caracterizó por su desprecio, acusándolo de mal escritor, de inútil, y hasta de mercenario.

Capítulo 1: el hombre, la obra, el contexto.

Es muy difícil establecer un imperativo ideológico, filosófico, político o moral que nos ayude a comprender la aparición de la historiografía en una íntima relación con el contexto histórico en que ello tiene lugar. La vaga generalidad de la que aquí me valgo, es decir, comprender la aparición de la historiografía como parte del humanismo característico de la Grecia Clásica, que tuvo su máxima expresión en el arte y la filosofía, es fácilmente aceptable, pero, se entiende, muy poco precisa. Ese humanismo, la ruptura respecto a la mitología que a él es inherente, comienza a gestarse en la Grecia Arcaica, con la filosofía jónica y la aún ingenua pero inequívoca proximidad que ella representa respecto a la naturaleza. Por otra parte, como se sabe, dicho humanismo se prolonga mucho más allá de la época de Heródoto y en plena decadencia ateniense producirá lo más acabado de su filosofía. Este humanismo griego es, pues, el espacio histórico cultural de muchas cosas, amplio contexto en el que la historiografía luce como un ínfimo detalle, acaso el más prescindible de todos.

Capítulo 2: mito, filosofía, historiografía.

Partamos del hecho, tan magistralmente representado por la cruel simpleza del mito de Sísifo, de que el hombre es una especie condenada a la historicidad. A nadie le es dado elegir no vivir la historia. Encadenado a la infinita finitud del tiempo, el hombre histórico transcurre sin la certeza de saber para qué. Toda la historia humana pudiera comprenderse como la obsesión de este hombre histórico por darse sentido a sí mismo. Todas las cosmogonías lo han adscrito, de una u otra manera, a vagar fuera de lo eterno, perecer una y otra vez. Y todas intentan, al final, reconciliarse con el proscrito, traerlo de nuevo a casa, el paraíso perdido que, en algunos casos, puede ser, incluso, la nada cósmica, peculiar forma de eternidad que nos permite suponer que hasta la supresión de la existencia es preferible al castigo de la existencia histórica. Esta caída en el tiempo es el nudo gordiano de todo el drama bíblico y, en muy otro contexto, es, también, el mayor suplicio que la mitología griega pudo imaginar para el hombre réprobo

Capítulo 3: dioses, hombres, historias.

Heródoto cree en el Oráculo. Es fácil demostrarlo a través de la cita de párrafos como, por ejemplo, el que nos habla de la furia de Taltibio1 contra los espartanos, y otros en los que hace referencia al plano de lo divino como la última salida que encuentra para explicar, -¿o justificar?- un determinado acontecimiento histórico. Sabemos que esto le ha costado a Heródoto buena parte de las censuras que lo descalifican como historiador ya que, se supone, la historia debe explicar al hombre y sus acciones por el hombre mismo. Como se sabe, ha llegado a ser norma del oficio que recurrir a Dios es hacer trampa. Una suerte de principio epistemológico pende como espada de Damocles sobre el historiador cada vez que su discurso historiográfico apela al deus ex maquina. Heródoto puede ser, según esta misma norma, demasiado ingenuo o primitivo .

Capítulo 4: hombre, historia, tragedia.

Si nos pusiéramos a plantearnos los problemas de epistemología y método en los Nueve Libros, probablemente no hallaríamos asidero sólido alguno para el análisis y la reflexión. En realidad, estrictamente hablando, tales problemas no existen para aquella historiografía que, desde sus mismos inicios, se colocó al margen de la sabiduría y se dio a sí misma el despropósito de alimentar la memoria humana, salvar el vertiginoso acontecer humano del olvido humano. Sin embargo, pese a una tarea tan metafísicamente pobre y, en parte gracias a ello, aquella primera historiografía estaba llamada a sentar las bases para una cruel desmitificación de dicho acontecer. El hombre histórico que recién ha descubierto es objeto de paciente y crítica observación; no se le puede tomar a la ligera, tal cual lo encontramos, ni creer de buenas a primeras lo que dice y piensa de sì mismo. Racionalista pero curiosa, tolerante pero desconfiada, fue ésta una historiografía que se aproximó a su hombre histórico con acucioso sigilo, alerta a los juicios y creencias que históricamente su objeto de observación había generado respecto, y a partir de, su propia historicidad. El hombre histórico y la cultura, ámbito al que es inherente el desencadenamiento de sus acciones en el espacio y el tiempo, abrieron así el pensamiento humano hacia una dimensión hasta entonces desconocida.

 

 

Preliminar

He visto a Dios. Es espantoso. No hemos hablado. Para escucharme, tendría que ser yo hombrte de fe. Y, para escucharlo, un esquizofrénico. Pero pululamos en el mismo universo. Él en su cueva y yo en la mía, somos vecinos del mismo barrio; el del misterio. Sólo que yo la habito con la suficiente molicie e ignorancia como para no perder la cabeza. Él no. El misterio lo ha enfermado. Y, convencido de ser la verdad que lo despeja y que, por lo tanto, nos haría libres, ha perdido la suya.

De la caída a la salvación: la historia inconclusa de la creación.

La caída simboliza el inicio de la historia, al menos para la criatura; es decir, la existencia temporal a la que, tras rebelarse, ha sido condenada por su creador. Y la salvación la recuperación de una criatura que, ahora, como pecador; o sea, habiendo comprobado por experiencia lo que su creador por omnisciencia ya sabía y se negó a revelar, retorna arrepentida al paraíso en que fuera creada, y lo hace por gracia del que la condenó. Así, entre caída y salvación -fin del tiempo de por medio- el reino de este dios describe un ciclo único y total hacia la eternidad propiamente dicha, suponemos, ya que, hasta la culminación de dicho ciclo, dicho reino no ha sido otra cosa que un proyecto histórico; una teleología en la que Dios hace de sentido inmanente y la eternidad de meta trascendente.

De cómo no fui echado del paraíso: me largué yo mismo

El Génesis, como se sabe, es el primer capítulo en la historia de un dios que creó el mundo, la historia; vale decir, el pasar en que las cosas pasan y el tiempo con que lo captamos. Según esta historia, en siete días -merecido descanso incluido- este dios, emergido de las tinieblas, configuró el universo total: estableció su reino eterno, creó la criatura llamada a adorarlo por la eternidad, actualizó el abismo temporal al cual arrojarla cuando se resistió, y, por último, concibió el plan para rescatarla de su temporalidad y retornarla a su seno. Más que una historia de dios, ésta es la de un proyecto de dios. Con lo cual esta historia deja fuera lo más interesante del objeto a historiar: las tinieblas mismas, el abismo y el origen del dios-héroe que, venido de ellas, encarna la luz que ha de iluminar el nuevo todo en que se dispone a reinar. De modo que esta historia, que no indaga en su tema y que, aún así, pretende dar razón de la temporalidad mediante la eternidad, nos deja en ascuas, pues sólo vale para confirmar que la vida eterna junto al dios que nos ha creado no es menos absurda que la temporal a la que nos ha condenado. No obstante, hagámonos de la vista gorda con este detalle menor, y ocupémonos de un dios al que, en esta parte de su historia, toca hacer de inicio en la historia toda del universo. Porque, en esencia, no de otra cosa hablamos aquí: de un dios que actúa y que, sólo en cuanto tal, ha podido ser objeto de narración.

De cómo andando el camino correcto terminé en el punto de partida.

Me parece que era Artaud quien decía que Dios no existe, y que, si existe, es una mierda. Esta idea de dios es un dilema que apunta, por una parte, a su real y efectiva existencia y, por la otra, a que, en caso de existir, sea cosa digna de creencia. Y si bien la real existencia de una cosa es condición previa del juicio sobre de ella, en el caso de los dioses es tema casi irrelevante, si se lo compara con la idea de dios, que sí es históricamente real. La existencia o no de uno que se hace llamar Dios es indemostrable. Pero la idea que de él tengamos es crucial. Pasa que nuestra inteligencia, memoria y voluntad de entes temporles que para ecistir han de hacerlo históricamente es el único hilo que vincula al dios en el que pretendemos creer con la eternidad en la que debería reinar; eternidad ésta de la que vendríamos y a la que, consumada nuestra temporalidad, habríamos de retornar. El problema acá es que, entonces, hablamos de un dios, un reino, una eternidad; en suma, un ser pleno que ha salido de sí y ya no es tal, pues ha sido intervenido, socavado y puesto patas arriba por la temporalidad misma de la criatura que estaba llamada a constituirlo. De modo que, si alguna vez fue, este dios ya no tiene ser, pues ha devenido y, por tanto, sólo puede tener historia. Y el mayor problema para este dios es que, en efecto, la tiene. Se la conoce como sagrada. Lo cual no es sino un infeliz oximorón, que me veo en la obligación de corregir. Porque, el otro problema no menor para este dios, es que, además de también tener una historia, tengo, gracias a ello, una idea de dios; por cierto, ontológicamente mucho menos generosa que la de Artaud.

De mi autocondena

Una cosa es ser expulsado del paraíso, tras una patafa en el culo, y muy otra abandonarlo por los propios pies: o sra, arrojarse uno mismo. La voluntad hace la diferencia. Lo que procede entonces es la autocondena. Ello equivale a la condena de Dios, sólo que despojada de su divinidad por el acto voluntario de quien se la autoimpone. Éste es el dato fundamental acá. La rebelión de la criatura sólo acarreó la expulsión del rebelde y no alcanzó su cometido. Ciertamente, desató la ira de Dios, pero no afectó su divinidad. Sin embargo, fuera de los predios del reino, la rebelión continúa: se torna secular. Sujeta al curso de su propio devenir, si la criatura se proclama pecador, su castigo se convierte en causa y su destino en botín de guerra. Lo que a este dios toca ahora enfrentar no es la conjura, sino la reivindicación del pecado respecto a un reino que sólo molicie, desprecio e indiferencia puede inspirar. Lo cual es mucho más difícil para uno tan propenso a la cólera y que tanto requiere de ser adorado.

De Dios como significación de un pasar que no lo requiere.

El pasar no rquiere de dioes, sino de historias, que lo signifiquen como pasado-presente-futuro y den forma a la existencia temporal. Son los dioses los que rrquieren de una historia para tener sentido como artífices del pasar. Dios tiene una. Se la conoce como la sagrada. Lo cual encierra un total contrasentido, ya que si, a diferencia del mito, cuyo papel es reconocer un pasado, el de la historia es indagarlo, con lo cual toda historia es, por definición, profana; incluso la de este dios, pese a que su intención sea la de hacernos reconocer en un único y por lo tanto verdadero pasado cósmico.

De gracia divina y conciencia histórica

La Salvación es el remiendo metafísico del error ontológico de la Creación. Dios intenta recoger al final del tiempo el desastre que ocasionó con su inicio. El intento de corregir el error con que comprometió su ser pleno lo conducirá a uno aún mayor, y que hará de la eternidad un imposible. En aquel entonces se equivocó al echar a la criatura del reino, porque con ello dio paso a la historia y a sí mismo como proyecto. Ahora está dispuesto a equivocarse de nuevo, haciéndola regresar al lugar del que la echó, porque con ello se trae la conciencia y la memoria, que han de desmerecerlo por completo como ser. Si Dios, como espera, pudiera ser adorado por el pecador, éste no sería tal, pues en la eternidad no puede haber conciencia ni memoria, que es de lo que está hecho todo pecador en tanto que arte y parte de la existencia temporal. Pero este dios jura que la Salvación del pecador es su salvación como dios. Según su propia historia, lo que lo mueve a recuperar su antigua criatura no es el arrepentimiento, sino el perdón y la misericordia, en el entendido de que a quien corresponde arrepentirse es al pecador mismo. Su gracia está, pues, dirigida a aquél que, sobre la base de tal arrepentimiento, se hace acreedor del perdón y la misericordia, que es lo que de nuevo lo conducirá a la vida eterna que perdió tras su rebelión. Toca entonces considerar las implicaciones que tiene esta en apariencia armónica conciliación de gracia divina y conciencia histórica.

Epílogo

La eternidad sólo puede entenderse tal y como Platón define el ser: lo uno siempre igual a sí mismo. El tiempo, nos indica en el Timeo, es imagen móvil de la eternidad. Para Aristóteles dios vendría a ser la causa primera, el motor a partir del cual todo entra en movimiento, sin que determine el curso del movimiento al que da lugar. De tal manera que la eternidad no es espacio en el que sucedan cosas, ni un modo particular en que las cosas suceden o hayan de suceder. La eternidad es una idea, un principio, un axioma; nunca un atributo de algo distinto de ella; mucho menos el estadio superior de algo que, habiendo iniciado en calidad de temporal, se haga eterno tras dejar atrás y superar su temporalidad. La eternidad sólo podría ser la negación absoluta del antes y el después, del inicio y el final. Si algo cambia, hay movimiento, tiene una dimensión duradera y, por lo tanto, temporal, En consecuencia, la eternidad no puede ser anterior ni posterior a nada, pues sería mera episodio de lo que sucede. Y en ella nada puede suceder, porque, a diferencia de lo que sucede en las historias, no hay inicio ni final. Si algo tiene historia, no le cabe eternidad, aunque dure eternamente.

LA RATA

Yo habitaba en una vieja casa vacacional abandonada, colgada de lo alto de un cerro pedregoso y desde el que se podía ver abajo el mar en su quieta enormidad, yendo y viniendo en monótonas embestidas contra las rocas negras del acantilado en el que, por ahora, espero. 

LA ÚLTIMA CENA

Por obra y gracia del espíritu santo sigo aquí, como de costumbre, aludiendo y mendigando a cada transeúnte que pasa frente a mí. Ocupo el primer escalón de los doce que conducen a la taquilla de una sala de cine donde sólo entran hombres solos. La verdad no sé si es el primero, porque, contando desde la acera, éste sería, en realidad, el segundo. Con lo cual. el total de escalones de la escalera entonces sumaría trece, Por otra parte, trece, según he escuchado decir desde siempre, es número de mala suerte. Luego la diferencia entre doce y trece no sería sólo de un escalón, sino de un destino. De modo que ocupar el segundo o el primero no es cuestión que se pueda tomar a la ligera. Y, ciertamente, que no lo hago así. Sólo que, en mis consideraciones al respecto, encuentro razones igualmente lógicas e irrefutables como para afirmar que estoy en una o en otra posición. Esto es cosa que me gustaría resolver cuanto antes. Por primera vez, no sé por qué, me hallo en la circunstancia en que me gustaría saber, a ciencia cierta -como también se suele decir- en dónde estoy. Nunca imaginé que de un escalón a otro pudiera haber semejante diferencia. El mundo, que para mí siempre ha sido la acera, sería el primer escalón, con lo que yo estaría, entonces, a un escalón menos del cielo y a dos más del infierno. Esto en caso de que el cielo esté arriba, el infierno abajo y yo en el medio. En la perspectiva de este sanguche cósmico puede que la diferencia no se sienta tan enorme como entre el primer y segundo escalón, quizás porque la diferencia entre cielo e infierno es más de fe que de cálculo. Pero, por otra parte, la diferencia entre fe y cálculo es tan enorme como la que puede haber entre un escalón y un destino. Es el tipo de cosas que me gustaría resolver. Allá, por la acera de enfrente, va el gordo de las corbatas anchas y los zapatos chillones. A veces viene. Es el tipo de evento que siempre me distrae de mis resoluciones.

LA QUINTA PATA

Octubre. Lluvia, llovizna, tormenta o aguacero. Lo cierto es que desde hacía ya tiempo el agua no dejaba de caer como una maldición del cielo. Si, hasta cuando cesaba por un rato, no era sino para mostrarse en esa forma de bruma, neblina, calima o calina. La misma maldición; sólo que elevándose desde la tierra sobre la que ha llovido sin parar. A la hora de ser andada, no había sino dos opciones: la maleza o el barrial. Tú eliges, se dijo a sí mismo en el instante incierto en que intentaba dar con el camino para emprender la huida. De súbito, la noche se detuvo. Un relámpago de inamovilidad con el que el aguacero cesó de golpe. Y entonces fue esa quietud que parece escucharlo todo con los oídos de su silencio. Extenuado, se sentó y miró de nuevo al cielo. Durante un largo rato, ni los mismísimos dioses osaron asomarse por cima de los muros de la noche, hasta que de nuevo se dejó oír el monótono canto de los grillos.

TAXIDERMIA

A ver. Acaso esté yo en el curioso procedimiento de comprobar a través del sueño que el alma, si no se refiere a la mera forma de la materia, tal y como Aristóteles fue el primero en sugerir, es el más degenerado e infame de los conceptos. Menos mal y me leí a tiempo aquel tratado que Amanda, mi mujer, dice que lleva título de espanto o aparecido. Como sea, ya sabía yo que no podía ser tan inútil haberlo hecho, tal y como ella siempre aseguró, con ese pragmatismo repugnante tan propio del género femenino y que se va acentuando con la edad. Ella siempre dice: no creo en santo que come y caga, ni en loco que no come mierda. Y, en cierto modo, compartimos la misma poca fe. Aunque para no creer en los santos ni para creer en los locos, requiera yo concebirlos avocados a tan vitales funciones. En todo caso, por ahora, el curioso procedimiento al que aquí me refiero es la única posibilidad que me queda para salir del atolladero en que me encuentro desde hace… Ni siquiera sabría decir cuánto tiempo, pues lo primero que resalta en este asunto es la perdida de la certidumbre que el tiempo nos proporciona como el principal referente de lo que existe.

PORNOAVENTURA

¿Cómo se puede ser, durante algún tiempo, tan vital y, al mismo tiempo. morir sin necesidad alguna de haber vivido por razón distinta a la de follar? Tal era la pregunta que se hacía Henry al caer la tarde y cuya respuesta el crepúsculo se iba llevando a los confines del anochecer confundido con su propia noche de viejo y como quien, con sumo cuidado y sigilo, oculta algo muy preciado pero que le ha de resultar comprometedor o embarazoso. El Henry -dicho así, en su recuerdo, porque así lo llamaron siempre en los tiempos en que vivir era algo más que recordar- estaba sentado ante uno de los largos ventanales que iluminaban el largo pasillo donde la pasaba desde la una, tras haber tomado su almuerzo y haberse negado, como siempre, a hacer la siesta. Éste nunca quiere dormir, había exclamado, como siempre, la señora Pérez. Y allí seguía Henry, empotrado en su silla de espectador del paisaje vespertino. Durante toda la tarde llovió. Y aunque había amainado ya, aún seguía cayendo esa leve llovizna, seguramente gracias a la cual el jardín, los árboles, la calle, los cerros lejanos que todavía encajaban sus puntas en los restos de una nubosidad fragmentada y el paisaje todo, o al menos hasta donde la vista aguzada alcanzara atisbar desde aquella ventana, adquiría esa transparencia rosa que a Henry tanto agradaba. Hasta que, como siempre, a las siete y según orden inapelable de la señora Pérez, Henry fue largado a su habitación. A dormir hasta el día siguiente, como siempre.

LA PIEL INMATERIAL DE LA NOCHE

Ahora sí que estoy jodido, se dijo a sí mismo, con resignación. Boca arriba, a la vez que dibuja garabatos ininteligibles en la piel inmaterial de la noche, llega hasta él un olor agridulce, de fruta fermentada o de licor. Mas bien de las dos cosas juntas, mezcladas, concluyó, ya que la gorda había incorporado al enorme pastel que estuvo preparando durante la mañana una generosa porción de cada una. Y en ese momento, cuando ya arribaba a la media noche, volvió a recorrer, una vez más, los detalles de aquella faena, que habían ido a parar a su memoria, como lo que sobró del pastel, de un golpe seco, habla ido a parar al fondo del bote de donde emanaba aquél olor.

LA CUARENTA Y OCHO

Entré al bar. Fui hasta el extremo solitario de la barra desde el que me observaba, pedí una cerveza y me volví a la mesa de siempre, o al menos la que yo esperaba que fuese tal cada vez que entraba, y que, por esta vez al menos, ciertamente, estaba desocupada. Estuve bebiendo mi cerveza poco a poco, algo así como a un sorbo cada vez que intercambiábamos miradas. Hasta que por fin ella también se vino a la mesa de siempre. Entonces la noche, como el silencio de Dios, se fue hundiendo en el barro de nuestro mutuo decir. Barro nuestro que caes del cielo. El amanecer nos sorprendió a solas, o más bien juntos en la misma soledad desde la que cada quien defendía su propia soledad, ahora sí, sin nada que decirnos, en medio del barrial que nos había arrastrado hasta la cuarenta y ocho.

EL CENTENARIO DE STOKER

Cuando suena la hora lúgubre de los espíritus, la novia bebe el vino de un rojo sombrío como la sangre. Una vez más, aquellos versos de Goethe, que lo hacían sentir tan orgulloso de sí, resonaron en su memoria, apenas se asomó a la ventana y la noche le rozó el rostro. Luego fue esa mirada acuciosa lanzada allende los suburbios nubosos de la ciudad, más allá de los cuales se extendía la rígida horizontalidad del cementerio. Quietud. sosiego, reposo, descanso… iba buscando la palabra más apropiada para definir lo que aquél otear el horizonte de la noche le inspiraba, hasta que la encontró: ausencia. Eso. Porque la muerte no es más que ausencia. Ni menos tampoco. Entonces emprendió el vuelo.

LA POSE

De los talones a la cabeza mediría no más de metro y medio. Y si uno se fijaba bien, venida de sus adentros a flor de piel, como el alma que le daba forma en una sola y fugaz pincelada de existencia, la insignificancia demarcaba el todo de su cuerpo quieto y menudo. Quizás fuese esto, la manera en que esa insignificancia determinaba la absoluta armonía entre el ser y el aparecer lo que la hiciera lucir más joven de lo que realmente fuese, como si a estas alturas de su biografía aún no contara con una historia única y propia en la que hubiese valido la pena desgastarse y envejecer. El resto de aquella su presencia era lozanía triste, quietud de lagartija a la una de la tarde y que administra su energía en medio de un paisaje árido y sofocante. No obstante, al mismo tiempo, su pose era tan curiosa y estudiada, tan artificiosa que lo que le faltaba en tamaño y significación le sobraba en gracia y seducción. Al menos eso fue lo que pensé cuando me disponía a entrar a la tienda y la vi, parada allí, de espaldas a la puerta y con los codos apoyados en el mostrador mientras seleccionaba los botones de las cajitas que el viejo tendero iba poniendo de dos en dos a la disposición de su minuciosa inspección.

 

 

Historia

Mundial

Contemporánea

A mi modo de entender, los que están persuadidos a que por la historia particular se puede uno instruir lo bastante en la universal, son en un todo semejantes a aquellos que, viendo los miembros separados de un cuerpo poco antes vivo y hermoso, se presumen estar suficientemente enterados del espíritu y gallardía que le animaba. Pero si uno, uniendo de repente los miembros y dando de nuevo su perfecto ser al cuerpo y gracia al alma, se lo mostrase por segunda vez a aquellos mismos, bien sé yo que al instante confesarían que su pretendido conocimiento distaba antes infinito de la verdad y se asemejaba mucho a los sueños. Y ciertamente, que por las partes se forme idea del todo, es fácil; pero que se alcance una ciencia y conocimiento exacto, imposible. Por lo cual debemos estar persuadidos a que la historia particular conduce muy poco a la inteligencia y crédito de la universal, de la que únicamente el reflexivo conseguirá y podrá sacar utilidad y deleite, confrontando y comparando entre sí los acontecimientos, las relaciones y diferencias. (Polibio. Historia Universal. Exordio.)

EL CONCEPTO DE MEMORIA

...sólo de aquellos seres vivos que son conscientes del tiempo puede decirse que recuerdan y hacen esto con aquella parte del alma que es consciente del tiempo. Aristóteles. De la memoria y del recuerdo.

Grande es la virtud de la memoria y algo que me causa horror, Dios mío: multiplicidad infinita y profunda. Y esto es el alma y esto soy yo mismo.  San Agustín. Confesiones

Introducción

...sólo de aquellos seres vivos que son conscientes del tiempo puede decirse que recuerdan y hacen esto con aquella parte del alma que es consciente del tiempo.

Aristóteles.

De la memoria y del recuerdo.

 

Grande es la virtud de la memoria y algo que me causa horror, Dios mío: multiplicidad infinita y profunda. Y esto es el alma y esto soy yo mismo. 

San Agustín.

Confesiones

 

...el pasado se conserva por sí mismo, automáticamente. Todo entero, sin duda, nos sigue a cada instante: lo que hemos sentido, pensado, querido desde nuestra primera infancia, está ahí, pendiendo sobre el presente con el que va a unirse, ejerciendo presión contra la puerta de la conciencia que querría dejarlo fuera.

...no pensamos más que con una pequeña parte de nuestro pasado; pero es con nuestro pasado entero, comprendida en él nuestra curvatura original del alma, con el que deseamos, queremos y actuamos.

Henri Bergson.

La evolución creadora

La memoria: un misterio, una estructura, un proceso

Para Aristóteles la memoria residía en el corazón. Captadas por los sentidos, suponía que las impresiones que se perciben del entorno eran conducidas por la sangre hasta allí. En general, para la filosofía antigua el corazón es el reservorio de la actividad espiritual del hombre. Allí se asienta lo que para nosotros es su existencia psíquica. De modo que el corazón era tenido por el lugar de las emociones y los sentimientos, idea que, por lo demás, ha permanecido a lo largo de la historia en las más diversas culturas hasta hoy. De hecho, en latín, recordar -recorsi- significa de nuevo en el corazón. Esta creencia se mantuvo durante siglos. No es sino hasta mediados de la edad media cuando la memoria comienza a ser ubicada en la parte posterior del cerebro1. Aunque sin datos abundantes y determinantes al respecto desde un punto de vista científico, es la fisiología moderna la que la ha localizado en el cerebro. E. Kandel2, premio nobel por sus investigaciones en este campo, ha definido la memoria como una representación interna de la información adquirida mediante aprendizaje; información que se halla codificada, espacial y temporalmente, en circuitos neuronales, mediante cambios operados en las propiedades reactivas de las neuronas. Con todo, en el mundo de la ciencia aún no hay consenso en cuanto al modo como reside la memoria en el cerebro. Hay quienes piensan que la memoria tiene localizaciones específicas, que se corresponden con un determinado tipo de ella, y quienes piensan que, por el contrario, la memoria es una y que alcanza amplias regiones cerebrales que operan conjuntamente y de manera coordinada, según diversos niveles de complejidad en el registro de datos y evocación del recuerdo. También hay quien piensa que ambas hipótesis no son excluyentes entre sí y que es posible que apunten con certeza al mismo fenómeno considerado desde puntos de vistas diferentes y complementarios3.

Aristóteles: memoria, alma y experiencia

Al concebirla como parte del proceso cognitivo -junto con la percepción y el aprendizaje- la psicología cognitiva ha puesto en evidencia la complejidad de la memoria y resaltado la conexión existente entre memoria y otras funciones tanto fisiológicas como espirituales del ser y el proceder humanos. Conexión ésta que ya había sido planteada por Aristóteles. Así, por ejemplo, en Metafísica establece la relación directa y biunívoca entre memoria y experiencia de la siguiente manera:

San Agustín: memoria, alma y dios

Agustín se ocupa del tema de la memoria en el Libro X de Confesiones. Hay quien dice que este capítulo constituye una suerte de bisagra que une la primera parte de la obra, es decir, la parte autobiográfica, que recogerían los libros del I al IX, con la siguiente, la parte conceptual, correspondiente a los libros XI-XIII. Tal estructura expresaría la intención misma del autor, con el propósito de reflejar en ello su concepción de la memoria como la función mediadora entre el hombre y dios1. Aunque no hay constancia de que esto sea así, es una interpretación muy plausible. Por lo demás, cualquiera sea el caso, se trata de una interpretación que en nada contradice el concepto mismo de memoria que maneja Agustín y que constituye una excelente guía en la lectura de la obra. También, en La Trinidad trata Agustín el tema de la memoria, particularmente en los Libros del X al XIII, aunque aquí no de manera específica, sino en conjunción con el entendimiento y la voluntad, y en tanto que las tres -memoria, entendimiento y voluntad- son las facultades que a su entender definen el alma humana. Ello supone un giro completo en el concepto de alma y, en consecuencia, en el de memoria con respecto a la visión materialista de Aristóteles. Pasamos de la entelequia que define lo vivo en la naturaleza -de lo cual el hombre es una especie- al hombre cuya individualidad plena está determinada más que por la naturaleza, por su conexión con dios y la dimensión de lo divino. El alma de Aristóteles da lugar a una especie natural con conciencia del tiempo. La de Agustín a un hombre histórico conectado con la naturaleza sólo en su dimensión material y cuya conciencia del tiempo no es otra cosa que su vínculo con la eternidad.

La dimensión social de la memoria

Entre el Tratado del Alma y el Tratado de la Santísima Trinidad se abre uno de los episodios más plenos de significación en la historia de la filosofía occidental. El cristianismo avanza sobre las ruinas de un paganismo que ha sido, al mismo tiempo, fuente de inspiración y modelo de su filosofía. Esto se hace evidente en el tema de la memoria. El concepto de Aristóteles emerge de las dimensiones materiales de la naturaleza y que el cristianismo depreciará como el terreno de lo profano. El de Agustín es un concepto que desciende de los cielos. Tejida con el hilo de la lógica pagana, la memoria de Agustín se inserta en el tapete de la fe y el misterio supraterrenal de lo divino. En este tema, como en otros, el decisivo avance que el materialismo aristotélico representa respecto al idealismo de Platón, es un camino que de nuevo recorre Agustín, pero en sentido contrario. Su concepto de alma -y con él el de memoria- constituye, digámoslo así, un ejercicio de desmaterialización de lo que encontramos como tal en Aristóteles.

Mito, memoria e historia

Se dice que recordar es hacer presente el pasado. Ciertamente. Una hermosa metáfora, como casi todas las que, al jugar con el sentido de los términos, pero sin contradecir su sentido, crean una atmósfera de contrasentido que, sin estar reñida con la lógica, la ironizan, en cierto modo se mofan de ella. Una metáfora, además, muy acertada en todo sentido. Sin embargo, ello no obsta a la hora de precisar hasta qué punto es posible hacer presente el pasado, en qué grado y en qué sentido. Pues el pasado presente no es lo mismo que el pasado, El recuerdo no es mostrar lo que hay en la memoria, sino la realización de un constante proceso de selección, ordenamiento y elaboración de ella. El recuerdo es una intervención intencionada y sofisticada desde el entendimiento del material bruto de la memoria. No sólo el recuerdo vive de la memoria, sino que, a su vez, la memoria vive de la aportación y el enriquecimiento que el proceso de recordación le aporta. De modo que, como resultado del recuerdo, el pasado presente no es el pasado, sino lo que de él hemos seleccionado, ordenado y elaborado, y lo que nos decimos acerca de los resultados de tales operaciones sobre la memoria. Y como seleccionar supone, en alguna medida, el olvido -inconsciente o voluntario- hay veces en que hasta el olvido es una forma de decir acerca del pasado recordado. Si a todo esto se agrega que todas estas tareas inherentes al recuerdo y el olvido se realizan desde y a través del lenguaje, que son en sí mismos procedimiento lingüísticos, resulta entonces que la memoria es un procesamiento semántico de la experiencia temporal. Saber del pasado, individual o colectivo, es en sí mismo un proceso de significación.

 

 

HISTORIA Y CIENCIA
El silogismo se compone de proposiciones, las proposiciones de términos; los términos no tienen otro valor que el de las nociones. He aquí por qué si las nociones (y éste es punto fundamental) son confusas debido a una abstracción precipitada, lo que sobre ellas se edifica carece de solidez; no tenemos, pues, confianza más que en una legítima inducción. F. Bacon
Introducción

Soy de la generación a la que tocó aprender en clase de historia que la historia es la ciencia que estudia el pasado y, respecto al más importante hecho que da inicio a la historia, que el hombre desciende del mono. Aunque aquí el asunto nunca quedó del todo claro por aquello del eslabón perdido. Acto seguido, receso de por medio, me tocaba aprender en clase de religión que, de acuerdo a la historia sagrada, el hombre era creación de dios. Esta vez el asunto quedaba todavía menos claro, pues con ello se hacía participar al hombre de una doble naturaleza, histórica y divina. Siguiendo el razonamiento científico -que también hube de aprender en clase de física y de matemáticas- si la historia es una ciencia, la historia sagrada también lo es. Entonces ¿cómo era posible que una misma ciencia tuviera posturas científicas tan disímiles en relación al hecho más importante con el que se iniciaba la historia de la humanidad? ¿O es que hay historias científicas e historias que no lo son? Porque en el mundo de la ciencia hay más teorías falsas o erróneas que teorías verdaderas, y todas por igual son expresión del mismo modelo de conocimiento, es decir, forman parte del mismo proceso de desarrollo de ése modelo y de ese conocimiento tenido por científico. Hay verdades científicas y también falsedades que, no por tales, dejan de ser científicas, pues las unas y las otras son resultado del mismo proceder. Claro que el que la historia sagrada sea científica es bocado del conocimiento que lucía realmente grueso de tragar.

La concepción de la realidad: la relación sujeto-objeto

La caída de un individuo de lo alto de un edilicio de diez pisos puede ser interpretada de muchas maneras. Como un suicidio, es decir, el resultado de la intención de quitarse la vida, o como accidente resultado del descuido mientras contemplaba el paisaje, o como un homicidio, si es que el sujeto en cuestión fue empujado por otro o, incluso, de alguna manera inducido a acometer su propia caída. Este tipo de causa puede llegar a constituir un entramado muy sutil y complejo porque, precisamente, no supone necesariamente datos evidentes, observables y medibles, sino indicios de una posible intención o conducta particular del individuo en cuestión y, también, de otros que pudieran estar de alguna manera involucrados en su caída desde lo alto de un edificio. Por otra parte, son datos evidentes, observables y medibles, tales como la masa del individuo que cae y la distancia que lo separa del centro de la tierra, los que, convertidos en variables de una rigurosa formulación matemática con enorme capacidad de predicción, nos explican la caída del individuo desde el punto de vista científico. La diferencia entre una y otra situación a la hora de interpretar el mismo fenómeno es la objetividad científica o, dicho en otros términos, el concepto científico de realidad en el que se ha basado y se basa todo el pensamiento científico y sus nociones de conocimiento y verdad.

El historiador como sujeto y el hombre histórico como objeto

Gracias a la Ley de Gravitación Universal, la caída de un individuo de lo alto de un edilicio de diez pisos puede ser comprendida científicamente, si me fijo en los datos apropiados del evento y lo defino de la manera apropiada. Lo cual requiere, como es obvio, un observador específicamente consciente y premeditadamente preparado para ello. Esto es, un observador según lo que el método científico entiende como tal. Si como observador no me interesa la distancia del piso diez a la superficie de la calle, ni la masa molecular del individuo; si, además, no tengo la capacidad de combinar estos datos como variables de un acontecer ecuable, no soy el observador indicado para una apreciación científica del evento. Y, muy probablemente, la mayoría no lo es. Lo cual, sin embargo, no nos excluye como observadores, y dará lugar a muy diversas formas de interpretar el evento, distintas, todas ellas, a la propia de la ciencia. Lo primero que cabe preguntar es si, al ser esto así, se trata del mismo evento.

La naturaleza científica de la historia: un despropósito metodológico.

Luego de aprender a distinguir un poco, gracias a Aristóteles y Tucídides, lo que la ciencia y la historia son, o pueden ser, aquella idea que hube de aprender en la escuela según la cual ésta última es la ciencia del pasado luce como el más remoto y anquilosado arquetipo de la infancia de cualquier historiador. Pero lo mismo fui a aprender en la escuela de historia en la que me formé. Siempre recuerdo a mi profesor de ciencias sociales asegurando que la historia es una ciencia porque tiene un método, es decir -ilustraba haciendo el correspondiente gesto con su mano- un camino hacia el conocimiento que ha de ser andado. Por mi parte yo, que antes de ingresar a la Escuela de Historia había cursado durante dos años ciencias actuariales y matemática aplicada en la de Estadística -a tono con el cruel lema de mi profesor de cálculo: deriva el que sabe, integra el que puede- me preguntaba cómo es eso que, para definir un método científico, los historiadores hemos de conformarnos y apegarnos a una metáfora como, en este caso, la del caminante. Yo podía estar muy de acuerdo con una metáfora que, después de todo, se corresponde con la etimología del término método. Pero nunca con la naturaleza científica de lo que una metáfora así estaba llamada a ilustrar. Si de caminar se trata, he allí a Heródoto en el Asia Menor, o cualquier estudiante de historia por las atestadas calles que conducen al Archivo General de la Nación, la Biblioteca Nacional o la Academia Nacional de la Historia. Pero que jamás han de conducir a la ciencia.

Historia y ciencias sociales

La historia es la más antigua de las ciencias sociales. Esto afirma Fernand Braudel, y añade que lo que la diferencia de ellas no es sólo su antigüedad, sino la peculiar dificultad de que el historiador trabaja sobre lo que ya no es. Por otra parte, Georges Duby, quien, al igual que Braudel, asigna un carácter decisivo tratamiento documental, señala una estrecha vinculación entre la historia y la creación literaria, y resalta el hecho de que la historia, entre las disciplinas que habitualmente llamamos ciencias humanas, es la única que constituye un género literario.1 Tales no son distinciones diferentes o excluyentes. En realidad, la una es consecuencia de la otra. La historia es narración, porque sólo a través de la narración podemos acceder al tiempo, significar el transcurrir de la existencia como temporalidad especifica y representar lo que ya no es. Fue ese ya no ser el que llevó al sustancialismo antiguo a afirmar que de la historia no se podía extraer conocimiento alguno, pues no se puede conocer lo que deviene, sino lo esencial y permanente, lo siempre igual a sí mismo. Es ese no ser el que, todavía hoy, traza la frontera epistemológica entre ciencia e historia. Debate del cual Braudel se aparta, por considerarlo estéril, y con razón. Sólo que con ello se pierde todo derecho a considerar la historia una ciencia. Y, por último, es ese ya no ser el que hace del tiempo histórico una dimensión sólo posible de ser planteada en el contexto específico de una narración. En virtud de lo cual Duby reconoce su naturaleza decisiva como género literario. Ciertamente, hay que convenir en que la historia se distingue de las ciencias sociales por su antigüedad, y por tratar de lo que ya no es. Sólo que la más elemental consecuencia de ello es que la historia no es, en realidad, una ciencia social, sino, como muy bien dice el mismo Braudel, el arte frágil de escribir historia.

El surgimiento de la historia ciencia y las ciencias sociales

Las ciencias sociales son uno de los más genuinos productos institucionales y académicos de la sociedad industrial. Si bien el término suele utilizarse en contraposición al de ciencias naturales, y sugiere que el estudio de la sociedad no se rige por los mismos parámetros, en sus orígenes son el intento de crear lo que Comte llamaba una física social, cuyo propósito no era otro que aplicar los criterios y métodos científicos al ámbito de la sociedad y la acción humanas. La sociología no comenzó a ser reconocida como una disciplina académica hasta finales del siglo XIX, particularmente con los trabajos de Durkheim, epígono de Comte y Saint-Simon, y cuyo radicalismo científico impone una línea de trabajo que concebía la realidad social como un objeto de estudio independiente de la subjetividad del individuo. En contraposición a este concepto, posteriormente, Max Weber, más influenciado por el marxismo, aducía que no se puede estudiar la vida del hombre y sus relaciones en sociedad sin tener en cuenta el modo en que la dimensión subjetiva de su existencia incidíe en la realidad social. Las ciencias sociales surgen en el marco de esta controversia. Pero son, en conjunto, expresión del desarrollo de la sociedad industrial, de una cultura para la que la ciencia es símbolo del saber y de control sobre la existencia, bien y valor fundamental del desarrollo social. Y la historia, como ciencia social, aparece también entonces o, si se quiere, el oficio del historiador se inserta en esta cosmogonía característica del mundo contemporáneo. Dicho en otros términos, no es que la historia sea una ciencia social, sino que la historia, como ciencia, es una forma particular de concebir y escribir historia, tan reciente como las ciencias sociales con las que comparte, o intenta compartir, el mismo espacio institucional y académico.

Las ciencias sociales: signo de modernidad de la era industrial

La historiografía. Lo que desde los tiernos años de la escuela nos enseñaron a definir como la ciencia que estudia el pasado ¿por qué, en lugar de seguir sentada a las puertas del reino de la ciencia social, no emigrar al infame barrio de la narrativa. donde nació y creció sin complejos el mismísimo Heródoto? Yo creo que en buena parte ello se debe a que el empobrecimiento del historiador como narrador no es cosa que se queda en el plano del papel, sino que invade toda su interioridad como sujeto. El estilo no se aprende ni se copia; se forja en el marco de una disposición personal. El historiador científico se enajena a sí mismo como sujeto, y lo hace en aras de una falsa objetividad en virtud de la cual cree que el conocimiento histórico está fuera de sí mismo, en esa supuesta realidad del pasado que, en realidad, no existe. La idea de que la historia es la ciencia que estudia el pasado es la representación sintética de esta enajenación, reproducción del servilismo epistemológico que le otorga su dudoso rango científico y, al mismo tiempo, lo anula como narrador.