Saber y honradez, no dinero, es lo que requiere el ejercicio del poder público.
Bolívar. 1826
Introducción
El guerrero ciudadano es aquél al que le es dado despojarse del mando. Así en la Caracas que le otorgó el título de Libertador, así en la Angostura que lo ratificó como Jefe Supremo, y dos años después lo llevara a ser designado en Cúcuta Presidente de La Gran Colombia. Las dificultades comienzan cuando la historia lo despoja a él de la guerra y se queda sin esa fuente de gloria que, hasta entonces, había sido el enorme campo de batalla y de política que, visto desde Pasto, se extendía entre el Orinoco y el Potosí. Así, Ayacucho consigna en la historia americana la emancipación, ciertamente; y en el destino particular del guerrero ciudadano el retorno de la cima de la gloria a la sima de las miserias de la burocracia y la administración. Siendo el campo de batalla la fuente fundamental de su gloria, dentro de él lo es todo; fuera de él nada, o tan sólo un ciudadano recto e iluminado que, apegado a su prestigio y honor, está llamado a dar la cara a esa oleada de anarquía que, en la paz, devora cuanto ha venido edificando en la guerra. Consumada la independencia o, más exactamente, el proceso de la guerra que habría de conducir a ella, el enorme mapa del nuevo mundo se ha teñido de una no menos enorme complejidad. Mientras se triunfa en Ayacucho se conspira en Caracas. Al tiempo que se finiquitan los últimos detalles del Congreso de Panamá, las recién creadas repúblicas se hunden en la lucha intestina y doméstica que atenta contra la anfictionía. En carta a Santander, fechada en Lima, el 6 de enero de 1825, es decir, a un mes escaso del triunfo en Ayacucho, encontramos esta situación descrita en palabras del propio Bolívar:
Cada día me convenzo más de que es necesario darle a nuestra existencia una base de garantía. Veo la guerra civil y los desórdenes volar por todas partes, de un país a otro, mis dioses patrios devorados por el incendio doméstico. Hablo de Venezuela, mi querido país. Esta consideración me ocupa noche y día; porque contemplo que el primer desorden que allí nazca destruye para siempre hasta la esperanza, porque allí el mal será radical y penetra luego a la sangre; vuelvo, pues, a mi primer proyecto como único remedio: la federación,,,1
El discurso para la presentación de la Constitución de Bolivia se inscribe en esta encrucijada, a mi entender la más crucial de toda la existencia de Bolívar como líder político y militar. De hecho, la Constitución Boliviana debía ser, como lo propuso en más de una oportunidad, la ley fundamental de esta confederación y de los estados que la integrasen. En este sentido, puede decirse que ésta es su carta de presentación ante las circunstancias bien poco halagadoras en que lo ha colocado el destino luego de la victoria en Ayacucho. Es ésta la que marca el inicio de una nueva tarea como legislador, a la que ha sido llamado por el Alto Perú.
¡Legisladores! Felices vosotros que presidís los destinos de una República que ha nacido coronada con los laureles de Ayacucho, y que debe perpetuar su existencia dichosa bajo las leyes que dicte vuestra sabiduría, en la calma que ha dejado la tempestad de la guerra.
Lima, a 25 de mayo de 1826. Concluye así el discurso que Bolívar habría de haber leído ante el Congreso de Bolivia, en el acto de la presentación de la Constitución que él mismo redactara para la naciente república, lo cual no fue posible, pues no obtuvo la aprobación del Congreso de Colombia. De alguna manera, la guerra sigue siendo, como en Angostura, fuente de libertad. Toca a los legisladores de Bolivia presidir los destinos de una república coronada con los laureles de Ayacucho. Sin embargo, lo cierto es que, luego de esta victoria, consolidada la causa independentista en América desde el punto de vista militar, la guerra pasa a un segundo plano. Limitada a movimientos logísticos de tropas, o situaciones específicas, como la del sitio de El Callao, la actividad militar pierde relieve como fuente de heroísmo y de gloria. De modo que, en esta oportunidad, toca al guerrero ciudadano callar. Como hacedor de naciones nada tiene que decir. Habla el hacedor por sí mismo: el legislador.
Aquí, y en lo adelante, cambia por completo el estilo discursivo de Bolívar. Abandonado a su sola gloria y su prestigio como el más eminente líder de la emancipación americana, habrá de enfrentar la debacle de un republicanismo débil y decadente en el que todo se hunde, incluso su propio liderazgo. Más propenso a la denuncia que a la imposición y el convencimiento, el discurso se torna seco, plano y directo. Siendo en el sentido literario de una madurez y una maestría indiscutibles, es, desde el punto de vista de su arquitectura semántica, sencillo y formal; como en Cartagena, apegado a los patrones del informe y el diagnóstico de una realidad en a que cunde el caos, la corrupción y la anarquía.
Han transcurrido poco más de seis años del Discurso de Angostura y, ante la naciente Bolivia, a su creador lo abruma la misma preocupación: su degeneración en un régimen tiránico o anárquico. Respecto a lo cual, igualmente, se plantea la necesidad de instaurar un gobierno fuerte, centralizado, estable, cuya tarea fundamental ha de ser la educación y formación del ciudadano, única forma de sostener y desarrollar un régimen republicano. Siempre receloso del gobierno débil y que a la postre degenere, inevitablemente, en tiranía o anarquía, presenta en esta oportunidad otro proyecto de constitución que, como el de Angostura, pretende conjurar los males que, en su concepto, amenazan las incipientes repúblicas surgidas en América tras la disolución del nexo colonial. De modo que, desde un punto de vista ideológico y doctrinario, el Bolívar que presenta la Constitución de Bolivia no es esencialmente distinto del que presenta la de La Gran Colombia. La soberanía del pueblo sigue siendo la única autoridad legítima de las naciones y la debilidad del gobierno la fuente de los males que la socavan y destruyen. El Bolívar de Bolivia es, como el de Angostura, rousseauniano y republicano, pero también pragmático y realista. Igualmente, para cuidar que la unidad de la nación y la democracia no se le escapen de las manos, opta por un riguroso centralismo y, aunque, a diferencia de muchos de los líderes que lo acompañaron, siempre fue opuesto a la monarquía, hubo de seguir tomando prestado de ella algo de su fuerza y de su experiencia histórica, como su presidente vitalicio o su cámara de censores. Pero desde el punto de vista de la semántica del discurso, es, como queda dicho, simple y directo.
En este sentido, el itinerario doctrinal de El Libertador de Angostura a Bolivia muestra, pues, un relativo nivel de continuidad, que se expresa no sólo en esta preocupación fundamental, sino, también, en la presencia de algunos datos importantes, tales como, por ejemplo, la exigencia de la abolición de la esclavitud, o el establecimiento de un poder moral que, en este caso, deja de ser un poder del estado en sí mismo y pasa a manos de los censores, una de las tres cámaras que componen el legislativo. Pero se trata, como digo, de una continuidad relativa, pues también aparecen diferencias significativas, como es el caso de la presidencia vitalicia y hereditaria, o la abolición del censo como requisito para ser elector, cuestión ésta última a la que Bolívar se refiere de manera tajante: saber y honradez, no dinero, es lo que requiere el ejercicio del poder público. Lo primero le ha valido a Bolívar el ser acusado de autócrata -pese al reiterado rechazo que siempre hizo de los planes monárquicos- y lo cual es el resultado de una lectura que atiende más a las partes del discurso que al todo, -cosa ésta de lo que ya se quejara el mismo Bolívar respecto a su discurso de Angostura-. Lo segundo ha sido poco resaltado por la historiografía, y le valió la resistencia de los sectores pudientes, que veían en esto, así como el la abolición de la esclavitud, un atentado contra sus intereses materiales. Pero con ello, la propuesta de Bolivia es más progresista que todas las constituciones elaboradas en Venezuela y América Latina durante buena parte del siglo XIX.
Esta relativa continuidad también se encuentra en otras dimensiones del discurso. Así, por ejemplo, la independencia como expresión del espíritu libertario de los pueblos en su acontecer histórico presente en el Discurso de Angostura, también lo encontramos en Bolivia. De hecho, la famosa frase, tomada de la parte del discurso en que Bolívar agradece el haber dado su nombre a la nueva nación,¿Qué quiere decir Bolivia? Un amor desenfrenado de libertad, no hace referencia, como se ha popularizado, al amor de Bolívar por la naciente república, sino al de los ahora bolivianos por la libertad; resultado de lo cual nace Bolivia. Otro ejemplo en este mismo sentido es el extracto final citado al inicio de esta introducción: si la guerra como fuente del nacimiento de la república es uno de los signos característicos del Discurso de Angostura, en este caso, incluso, corona el nacimiento de la nueva república, la consagra y la legitima como aspiración histórica de un pueblo.
Pero en Angostura habla el guerreo ciudadano. En Bolivia el legislador. Aquí comienzan las diferencias de uno a otro momento de la existencia política de El Libertador. La instancia predominante del discurso ha cambiado. El guerrero ciudadano de Angostura se nos presenta dichoso y seguro de sí mismo. No cabe duda de que, si los representantes se atienen a sus indicaciones, habrán tomado el camino correcto hacia una república estable y duradera. El legislador de Bolivia, por el contrario, se haya confundido y tímido por la tarea que le ha sido encomendada como tal. No se trata de que el legislador sea menos capaz que el guerrero ciudadano, sino de que su tarea es mucho más ardua, inmensa y sensible que la del guerrero, y es realizada de cara a la incertidumbre. La generosidad y el desprendimiento del guerrero que se despoja del mando y aspira al título de ciudadano, da paso a la modestia del legislador que reconoce su minusvalía ante la enorme y exigente tarea de dictar la ley general por la que se ha de guiar el nuevo Estado. Mientras que el guerrero ciudadano se integra a la sociedad y desde ella contribuye a la construcción de la república, el legislador es un hacedor de ella en sí mismo, desde fuera de ella. El guerrero ciudadano es un soldado y un republicano; el legislador un sabio y un vigía en medio de la incertidumbre y el caos que se agiganta día a día. En cierto modo, el legislador pareciera anunciar que su tarea, aparte de ser ardua como ninguna, es también estéril e inútil.
El libertador -que siempre es la instancia pensante en los discursos de Bolívar- asume aquí una nueva personalidad discursiva, ajustada a los parámetros de la antigüedad clásica; aquella para la que el legislador representa la sabiduría en materia de organización de la existencia social. Desde el punto de vista de su estructura semántica, Solón, tenido por uno de los siete sabios de la Grecia Antigua, es el modelo en que se inspira el libertador de Bolivia. Muy al contrario de lo que encontramos en el Discurso de Angostura, la arquitectura semántica de este discurso es sumamente sencilla: el legislador ocupa todo el escenario del mensaje. Sin preliminares ni justificaciones de ningún tipo, va directo al tema. En el primer párrafo habla de sí mismo y su tarea, para pasar de inmediato a describir cada una de las partes que integran su proyecto constitucional. Al final agradece haber dado su nombre a la recién nacida república y se despide del modo indicado al inicio de esta introducción. Si bien, desde el punto de vista formal, existe una instancia destinataria que, al igual que en Angostura, son los representantes, ésta no tiene, en realidad, ninguna función específicamente significativa dentro del discurso. Tampoco encontraremos toda la cuidadosa y premeditada tarea de legitimación y justificación del guerrero como ciudadano y líder del proceso de independencia. Como es obvio, después de Ayacucho, es del todo innecesaria. A diferencia del guerrero ciudadano de Angostura, el legislador de Bolivia no anda en busca de gloria. Consagrado como máximo líder del proceso de la emancipación americana, escribe y presenta su proyecto constitucional desde ella. Y lo hace, como siempre sugiere el estilo de el libertador, apegado a una modestia proverbial que comienza poniendo en duda, incluso ironizando, su capacidad para satisfacer, como anhela, el enorme compromiso que le ha sido impuesto.
Sin embargo, pese a la sencillez de la estructura semántica, si se lo compara con el Discurso de Angostura o la Carta de Jamaica, este discurso brilla por lo claro y conciso de su estilo. Pese a reconocer las insuperables limitaciones de su esfuerzo, el legislador no sugiere ni persuade. Simplemente crea una república de su puño y letra. Rehuye el análisis circunstancial y la apelación a las máximas de la teoría política. Centrado en la metáfora que lo ilumina, cada uno de los componentes del mecanismo constitucional propuesto es descrito de manera precisa y recalcando la armonía del todo. En este sentido, se trata de una pieza magistral, que constata la madurez del Bolívar escritor. El legislador se ha liberado de todo aquello a lo que permanece atado el guerrero ciudadano. No requiere de legitimarse como líder, ni de justificar la independencia y la implantación del Estado Nacional como signo del nuevo tiempo histórico. En realidad, el legislador no viene a sugerir un proyecto de constitución, sino a consumarlo como modelo para toda la América surgida de más de dos décadas de guerra y la ruina del imperio español.
A los efectos del desarrollo de este ensayo, voy apegarme a las tres partes antes señaladas: el legislador, el proyecto, agradecimiento y despedida. Pero antes será preciso hacer una mínima referencia de contexto centrada en ese Bolívar que desciende de la cúspide de la gloria a los ingratos menesteres a la burocracia y la administración. Por allí comenzaré.
El contexto
El Discurso de Angostura fue el acta de consagración de Bolívar como máximo líder del proceso independentista. Durante la siguiente década, consagrado como máximo estratega militar después de Boyacá y Carabobo, presidió los destinos de la Gran Colombia y, con la Campaña del Sur, fue el artífice político y militar de la emancipación sudamericana. El guerrero ciudadano representa la confluencia de lo político y lo militar. Fue éste el signo distintivo de una estrategia tan efectiva en tiempos de guerra como ineficaz en tiempos de paz. Bolívar ya barruntaba ello cuando afirmaba, en los inicios de la década, al referirse a la inescrutable idiosincrasia del llanero: más temo la paz que la guerra. A finales de 1824, la victoria de Ayacucho marca el fin de la dominación española en el continente, tanto como un lustro más tarde la muerte de Bolívar el fin de la nación grancolombiana. Reconocida por Estado Unidos en 1822, así como por Inglaterra en 1825. por diversas razones, de las que el mismo Bolívar estaba del todo consciente, era ésta, en realidad, un proyecto imposible o, para decirlo con más precisión, en palabras de su propio creador dirigidas a O’Leary en 1829: este ensayo no tuvo otro fin que la concentración de fuerzas en contra de la metrópoli española2.
En su prólogo a la compilación Discursos y Proclamas de Bolívar, Rufino Blanco Fombona presenta de la siguiente manera el itinerario del estilo de Bolívar como escritor:
Este proceso de su estilo puede seguirse en el Epistolario del Libertador, que es, quizás, lo mejor de su pluma. También puede seguirse allí el proceso mental del prócer y advertirse que al optimismo de 1810 a 1824, mientras fue menester vencer, sucedió hasta promedios de 1826 la embriaguez del triunfo, y luego vino poco a poco el pesimismo apoderándose de su espíritu hasta que, en 1830, la desesperación lo aniquila.3
Según esta referencia, el estilo de Bolívar como líder político y militar describe una línea de ascenso y descenso cuyo quiebre se ubica hacia mediados de la década de 1820, y que yo observo asociada con el paso de los tiempos de la guerra a los tiempos de la paz, el contraste entre sus triunfos como general del Ejército Libertador y su precariedad como Presidente y líder político en el mundo de las facciones y los intereses particulares que corroen la estabilidad de las nacientes repúblicas. Mientras duró la guerra, ese liderazgo político y militar que emerge de Angostura se proyecta en una dimensión continental, al ritmo de lo que el mismo Bolívar llamara el demonio de la gloria. Advenida la calma que ha dejado la tempestad de la guerra, un ritmo de intensidad similar, pero de signo contrario, lo va socavando sin cesar hasta las puertas del sepulcro. En el punto de quiebre que determinan esa guerra y esa calma en la biografía de Bolívar como líder político y militar hemos de ubicar el discurso de presentación de la constitución redactada para Bolivia. El legislador de Bolivia es aquél, el libertador con un pie en los campos sublimes de la gloria y otro en el de la anarquía y la ruina.
Como es bien sabido, la gloria es el tema fundamental en la existencia de Bolívar como político y militar. Es el corolario de sí mismo como líder del proyecto independentista. El signo de la victoria que relampaguea de Boyacá y Carabobo hasta Pichincha, Junín y Ayacucho pareciera dejar en la penumbra lo que el Bolívar que emprende la Campaña del Sur llama las sacaliñas de Cúcuta -para referirse a temas de orden institucional, sin dejar por ello de reconocer que de estas miserias y bagatelas dependen el honor y la gloria. En efecto, a menos de dos meses de su triunfo en Carabobo y en momentos en que se prepara para iniciar la campaña del sur, escribe a Santander lo siguiente:
Mi amigo, voy a hacer a Vd. una visita, dejando esto ya arreglado y tranquilo en cuanto es posible. Antes de ir al congreso pienso pasar por Maracaibo a arreglar aquello, que no está muy arreglado, según se dice. Luego sigo a Cúcuta, y a mediados de setiembre estaré en Bogotá de paso para Quito. Pero cuidado, amigo, que me tenga Vd. adelante 4.000 o 5.000 hombres, para que el Perú me dé dos hermanas de Boyacá y Carabobo. No iré, si la gloria no me ha de seguir, porque ya estoy en el caso de perder el camino de la vida, o de seguir siempre el de la gloria. El fruto de once años no lo quiero perder con una afrenta, ni quiero que San Martín me vea, si no es como corresponde al hijo predilecto [así lo ha llamado Santander]. Repito que mande Vd. todo lo que tenga al Sur para que allí se forme lo que se llama un ejército libertador.4
La preocupación por la gloria no es en este texto un detalle menor. Por el contrario, en medio de un accionar casi febril, se la piensa y planifica. Y casi con desparpajo, concluye:
Yo no hablaré a Vd. nada, porque no tengo tiempo para nada, quiero decir de congreso, constitución, vicepresidentes y todas las demás sacaliñas de Cúcuta y sus cercanías. Estas bagatelas me harían escribir una resma si yo supiera escribir y tuviera tiempo. Digo más, ni aun de palabra, podré decir la mitad de las cosas que me ocurren sobre estas miserias. Miserias de las cuales dependen nuestra vida y alma, sin contar el honor y la gloria.5
Uno lee esto y se pregunta por lo que ya entonces estaría pensando o sintiendo ese Santander al que el mismo Bolívar, más tarde, distinguirá con los títulos de héroe de la administración americana y hombre de las leyes, y si tal distinción, venida del hombre de las dificultades para con su segundo, no recoge, en realidad, una singular ironía. Volveremos sobre esto.
Por ahora, en cualquier caso, lo que queda bien claro es la decisiva propensión de Bolívar a la acción y la guerra. Es obvio que huye de la burocracia, la administración, la rutina institucional y el contubernio político como de un mal o enfermedad paralizante. El laureado en Boyacá y Carabobo no está dispuesto a sumirse en la paz de los aposentos de palacio; o más bien, diríamos, su quietud, que sería la simbólica cicuta de su suicidio como hombre de gloria. Desde entonces será un presidente itinerante. Santander está bien al frente del aparato burocrático de la patria. El libertador requiere de la guerra; la guerra en el campo de batalla y en el de la política, que para el guerrero ciudadano son uno solo. La guerra es, en el reino eternamente perecedero de lo histórico, el néctar y la ambrosía de su divinidad como hombre al frente de una América irredenta.
Casi dos años después, ya en Quito, habiendo triunfado en Pichincha un año antes, pero, también ahora, habiéndose levantado los pastusos, y habiendo entrado Canterac en Lima6, Bolívar antepone a la difícil situación una visual del Orinoco al Potosí como un inmenso campo de guerra y política del cual se siente excluido por tener que ocuparse de los estos insurrectos:
¡Qué bonitos estamos! El sur invadido; el norte cortado: sin veteranos, sin comunicaciones para recibir de allá las noticias políticas y militares, y sin que usted pueda recibir esta inmensa noticia para que tome sus medidas y el congreso sus resoluciones. Pocas veces he estado en situación más interesante y rara: no la llamo crítica porque la palabra es común, ni peligrosa porque también puede tener sus grandes ventajas. Mi corazón fluctúa entre la esperanza y el cuidado: montado sobre las faldas del Pichincha, dilato mi vista desde las bocas del Orinoco hasta las cimas del Potosí, este inmenso campo de guerra y de política ocupa fuertemente mi atención y me llama también imperiosamente cada uno de sus extremos, y quisiera, como Dios, estar en todos ellos. Lo peor es que no estoy en ninguna parte, pues ocuparme de los pastusos es estar fuera de la esfera de la gloria, y fuera del campo de batalla. ¡Que consideración tan amarga! Solamente mi patriotismo me la hiciera soportar sin romper las miserables trabas que me detienen.7
Un mes después, en Guayaquil, lo encontramos haciendo un análisis detallado de la situación en el Perú, que se haya sumido en la total anarquía8. En medio de los pormenores políticos de que se ocupa la misiva, el libertador hace de todo ello las menudencias que, en realidad, lo anteponen a su propio destino, el signo del demonio que lo dirige. La Campaña del Sur no es sólo un tema estratégico del proceso de emancipación americana, sino, mucho más que eso, en la cosmogonía de el libertador, la gran metáfora de su destino como hombre de gloria en el escenario cruel, complejo y fascinante de la historia. Todo en su vida como político y militar es signo de su mismísimo destino como tal. En este caso se ve a sí mismo repitiendo la empresa desesperada que, diez años antes, diera lugar a la Campaña Admirable.
No puede Vd. imaginar cuánto temo esta marcha al Perú por sus inconvenientes así políticos como militares, por lo menos no faltarán enredos de suma importancia. También temo alguna gracia como la de Cartagena cuando fui allí, pero qué hemos de hacer, peor es perderlo todo a golpe seguro como sucederá infaliblemente si yo no voy. Parece que el demonio dirige las cosas de mi vida; Vd. me vio partir de Cúcuta a la cabeza de una empresa desesperada y ahora volvemos a los diez años a la misma, después de no haber dado un paso que fuese fácil y muchos casi imposibles. Esto quiere decir que si salgo bien, un buen genio me guía y si salgo mal, es un demonio mi custodio.9
De esta manera, el que pide al Vicepresidente Santander los recursos para formar un ejército libertador en el sur se apega a su propia teoría revolucionaria. Como ya quedara consignado en el Manifiesto de Cartagena, el proceso de independencia sólo era posible en una dimensión continental. En efecto, La Campaña del Sur, desde el punto de vista militar y geopolítico, es un requerimiento estratégico para conservar y consolidar lo arrebatado al imperio español en los territorios de la antigua Capitanía General de Venezuela y el Virreinato de Nueva Granada. Pero es también la proyección de una voluntad de poder que, siempre atenta a la historia, ha decidido entre perder el camino de la vida, o seguir siempre el de la gloria. Por eso, cuando Bolívar se define como el hombre de las dificultades acaso esté dando de sí la más genuina definición que puede sintetizar su biografía política y militar en conexión directa y profunda con su concepto de gloria. Ésta no viene dada por el halago y la admiración a las que pueda dar lugar su heroísmo en el campo de batalla o su majestad al frente de la magistratura; esto es sólo el aspecto exterior de ella, percibido en términos de majestad, esplendor y magnificencia. La gloria, en su esencia, es corolario de su voluntad de poder, un ejercicio de voluntad humana frente a la historia con el propósito de transformarla, recrearla; un auténtico desafío a la historia. En virtud de ello, la gloria es el signo del guerrero en total soledad y conflicto insaciable, permanente. Detengámonos un momento en este punto.
La definición de sí mismo como el hombre de las dificultades, aparece en una carta fechada en Lima el 9 de febrero de 1825, esto es, a dos meses de la victoria que, en Ayacucho, ha dictaminado el fin del Virreinato del Perú y, con ello, la caída del dominio español en América. Sólo queda un reducto español en El Callao, plaza que Bolívar, en esta misma carta, estima que no durará más de dos meses en poder de los españoles (si bien el sitio de El Callao duró hasta principios del año 1826). Bolívar notifica a Santander el buen curso de la capitulación española y su decisión de renunciar a la dictadura que hasta entonces ha ejercido en el Perú. Hace algunas referencias a las intrigas y acechanzas de personeros representantes de Francia y la Santa Alianza y elogia a Santander por su inmensa tarea al frente de la administración de Colombia. El que antes de ir al Perú estaba dispuesto a cargar con el peso de Atlante, a su salida asegura que ni aún la prosperidad lo anima a llevar adelante la carga. El final de esta carta es una especie de recomposición, mucho más elaborada, desde luego, y escrita con una notable maestría, de lo que ya había dicho, desde El Tocuyo, al mismo Santander después de la victoria de Carabobo y en vísperas de los inicios de la Campaña del Sur:
Supongo a Ud. muy ocupado con su congreso; ¡quiera Dios que salgan de él como de los otros! Cuanto más considero al gobierno de Ud. tanto más me confirmo en la idea de que Ud. es el héroe de la administración americana. Es un prodigio, que un gobierno flamante sea eminentemente libre y eminentemente correcto y, además eminentemente fuerte. Es un gigante que marcha al nacer, combate y triunfa. Este gigante es Ud. Es una gloria que dos de mis amigos y segundos hayan salido dos prodigios de entre las manos. La gloria de Ud. y la de Sucre son inmensas. Si yo conociese la envidia los envidiaría. Yo soy el hombre de las dificultades; Ud. el hombre de las leyes y Sucre el hombre de la guerra. Creo que cada uno debe estar contento con su lote, y Colombia con los tres. Feliz madre que nunca puede dejar de tener un hijo que le sirva de báculo, aunque el mayor la abandone como su ingratitud se lo aconseja: la ingratitud del hijo, se entiende.10
Las sacaliñas de Cúcuta, las bagatelas sobre las que escribiría una resma si supiera escribir, las miserias de las que depende la gloria, de súbito se han transformado en objeto de halago y admiración. Pero el libertador de Ayacucho, al igual que el de Carabobo, no dirá nada de ellas. Ha convertido a Santander en un gigante parte de su misma gloria que, junto con Sucre, constituye uno de los dos prodigios salidos de sus manos. Son sus dos grandes segundos, a los que cualquiera podría envidiar, menos él, el hombre de las dificultades, que nada requiere envidiar. Opera aquí la ya clásica modestia de paisano propia de el libertador como instancia discursiva y que es siempre la visual desde la cual se reafirma y acrecienta su gloria. El hombre de las dificultades no tiene rango, porque está por encima de todos los rangos. No tiene historia, porque él mismo es la historia. Sólo aspira al letargo prolongado y profundo, Pero hasta su cansancio y desánimo son signo de grandeza. Santander es el hombre de las leyes, -aunque él haya propuesto una constitución para Venezuela y esté a punto de presentar otra para Bolivia-, y Sucre el de la guerra, aunque él haya sido el jefe supremo, político y militar, de la gesta independentista. Sucede que no necesita ya legitimarse ni como administrador ni como guerrero o político. Y puede jactarse de que lo comparen con ...”el tirso de Mercurio, que reunía amistosamente las serpientes sin devorarse. La comparación parece muy exacta, porque ninguno se entiende entre si, y todos se entienden conmigo.”11 Él es, pues, un mortal que, como dirá más adelante, sólo está bien en las dificultades y los embarazos. Sin embargo, a pesar de ello, o por ello, es el único con la autoridad para repartir los lotes de gloria de la patria, y se ha posesionado del suyo, siendo, incluso, un hijo ingrato de la obra que él mismo ha creado. Entonces, ¿qué puede distinguir a un hombre así sino la gloria?
Siete meses después, el 8 de septiembre de 1825, vuelve a escribir a Santander. Ahora desde La Paz, Le notifica que ...”la asamblea del Alto Perú, ahora Bolívar, me ha pedido que le dé un código constitucional y me ha rogado interponga mi influencia para que el general Sucre quede por algunos años mandando esta república.”12 Y entre otras noticias relativas a la situación internacional en el continente, refiere el caso argentino y hace una particular solicitud:
Del lado de Buenos Aires todo va mal, pues los portugueses cada día los aprietan más. Se me pone que tendremos que auxiliar a esos malvados ingratos. El demonio de la gloria debe llevarnos hasta la Tierra del Fuego; y a la verdad ¿qué arriesgamos? Este ejército no es necesario por allá y las naciones del Sur necesitan para su reposo y para su libertad de una parte de los vencedores de Ayacucho. Con darnos de baja pueden Vds. dar de alta las cuatro repúblicas del Sur.13
Al final, después de Ayacucho, el demonio de la gloria parece haber colocado al ahora hombre de las dificultades en una situación similar a la planteada tiempo atrás en el Tocuyo, después de Carabobo. Todo parece indicar que, una vez más, está en el caso de perder el camino de la vida, o de seguir siempre el de la gloria. Acaso ya no quede espacio para la gloria entre el Orinoco y el Potosí, ese inmenso campo que ya no lo es de guerra y política, sino de rutina e intriga institucional y administrativa. Si en el Quito de 1823 los pastusos lo dejaban fuera de la esfera de la gloria ¿será que ahora la paz tiene un efecto similar que mueve su visual del Potosí a la Tierra del Fuego? En todo caso, esto no es un detalle menor en esta carta. A renglón seguido, Bolívar insiste en su solicitud:
Ruego a Vd. que le pida al congreso en mi nombre que me deje seguir mi destino y que me deje ir a donde el peligro de la América y la gloria de Colombia nos llama. Sucre, Córdoba y el ejército entero participan de este sentimiento conmigo.14
Y, por si fuera poco, añade una posdata en la que reafirma su insistencia y en la que, con notoria maestría literaria, tras celebrar el muy posible éxito de Santander en su reelección como vicepresidente, se define de nuevo como el hombre de las dificultades:
He visto con mucho gusto que Vd. ha salido triunfante de sus enemigos sobre el negocio de los comisionados para el empréstito, y también he visto que los departamentos del Sur piensan en Vd. para vicepresidente. Si Vd. no sale reelecto no me encargo de la presidencia, porque no quiero que otro me pierda. Vd. y Sucre son los hombres de Colombia para el mando supremo. Yo no valgo nada para esto y lo digo de todo corazón. Yo soy el hombre de las dificultades y no más: no estoy bien sino en los peligros combinados con los embarazos; pero no en el tribunal ni en la tribuna; que me dejen seguir mi diabólica inclinación y al cabo habré hecho el bien que puedo. Basta de posdatas.15
Ya el libertador no distingue, como en vísperas de su ida al Perú, entre el genio que lo dirige -para salir bien- y el demonio que lo custodia -para salir mal-. Después de Ayacucho, todo su destino ha quedado en manos del demonio de la gloria. El hombre de las dificultades es aquel al que sólo queda seguir su diabólica inclinación, para hacer el bien que pueda. Sólo que para ello depende de la sabia vital de la guerra. El año de 1825 es el de el hombre de las dificultades, que no dejará de ser tal hasta el fin de sus días. El hombre de las dificultades es el guerrero colocado en un destino sin guerra, la conciencia de un destino así de cara a las sacaliñas y bagatelas de la existencia institucional. Su primera gran tarea en este nuevo destino es la creación y presentación de un código constitucional para el Alto Perú, su acta de nacimiento como nación independiente. Una vez más, pues, toca al libertador hacer de legislador. Sólo que, a diferencia del guerrero ciudadano de Angostura, el legislador de Bolivia no se encuentra en los inicios del camino de la gloria, sino de vuelta, a las puertas de un destino que lo obliga a retomar el de la vida. Seguir hasta la Tierra del Fuego hubiera sido la manera de mantenerse en el camino de la gloria. Pero ni siquiera pudo ir a la Paz a presentar su discurso en persona. Hubo de enviarlo. Concluida la Campaña del Sur, sólo quedaba, para quien una vez optó entre perder el camino de la vida o seguir siempre el de la gloria, regresar. El camino de regreso comienza con la Constitución de Bolivia. Y termina en Santa Marta.
El Legislador
Bolívar es un enciclopedista; esto es, en América, un aristócrata, mantuano de la sociedad colonial, forjado en el pensamiento político y social que abre las puertas de la historia a lo que se conoce como la modernidad. Estado, nación y soberanía son los temas fundamentales que lo ocupan como militar y como político; como libertador y como legislador. En el marco de esta perspectiva histórica y doctrinal, es un rousseauniano, afecto a la Revolución Francesa. Es decir, participa de las tendencias más progresistas del pensamiento político para la época. En lo que tuvo una enorme influencia su maestro Simón Rodríguez. Todos estos son datos harto conocidos, aunque no siempre se consideren de la manera más apropiada. Ello, sobre todo, si se toma en cuenta que Bolívar no fue sólo un pensador sino, esencialmente, un hombre de acción. Sus ideas y propuestas no las extrae sólo de los libros, sino que fluyen en la misma realidad con la que tiene que lidiar; viajan con él, son parte de la logística, se mueven de un lado a otro, como el parque y los pertrechos. Como dice Rufino Blanco Fombona, al referirse a sus discursos y proclamas:
Esos documentos crearon opinión pública; que no había, a favor de la independencia, y una conciencia nacional. A Bolívar le tocó representar el papel de los enciclopedistas, de la convención y de Bonaparte.16
Bolívar es, pues, un enciclopedista, pero no un mero teórico. Cree en la república, pero no en la calidad ética e intelectual de los ciudadanos que están llamados a conformarla. Y cree también en la democracia, pero más teme al oportunismo y la anarquía a la que siempre ha de conducir la demagogia. Sabe que la independencia es el camino a seguir en la creación de una nación, pero que ésta no será más que una mera formalidad institucional si no desarrolla en los nacionales un sentimiento de patria, que sólo es posible sobre la base de nuevos presupuestos de igualdad y justicia social. Bolívar está en contacto constante y directo con la realidad. En su condición de hombre de guerra y presidente itinerante, esa realidad desborda los presupuestos teóricos del liberalismo. Es lo que imprime a su pensamiento ese pragmatismo y ese realismo tan característicos en su narrativa. El mismo Bolívar tuvo esto muy claro desde los inicios del proceso de independencia, como puede verse, por ejemplo, en el Manifiesto de Cartagena. Pero vale la pena detenerse en la referencia expresa que hace de ello en víspera de la batalla de Carabobo, desde San Carlos, el 13 de junio de 1821, en carta dirigida a Santander, en la que hace un retrato exaltado y vivo de un sistema político basado en meras teorías y no en la realidad políticas y social en la que se desarrolla la guerra de independencia:
Por aquí se sabe poco del congreso y de Cúcuta: se dice que muchos en Cundinamarca quieren federación; pero me consuela con que ni Vd., ni Nariño, ni Zea, ni yo, ni Páez, ni otras muchas autoridades venerables que tiene el ejército libertador gustan de semejante delirio. Por fin, por fin, han de hacer tanto los letrados, que se proscriban de la República de Colombia, como hizo Platón con los poetas en la suya. Esos señores piensan que la voluntad del pueblo es la opinión de ellos, sin saber que en Colombia el pueblo está en el ejército, porque realmente está, y porque ha conquistado este pueblo de mano de los tiranos; porque además es el pueblo que quiere, el pueblo que obra y el pueblo que puede; todo lo demás es gente que vegeta con más o menos malignidad, o con más o menos patriotismo, pero todos sin ningún derecho a ser otra cosa que ciudadanos pasivos. Esta política, que ciertamente no es la de Rousseau, al fin será necesario desenvolverla para que no nos vuelvan a perder esos señores. Ellos pretenden con nosotros representar el segundo acto de Buenos Aires, cuando la segunda parte que van a dar es la del Guárico. Piensan esos caballeros que Colombia está cubierta de lanudos, arropados en las chimeneas de Bogotá, Tunja y Pamplona. No han echado sus miradas sobre los caribes del Orinoco, sobre los pastores del apure, sobre los marineros de Maracaibo, sobre los bogas del Magdalena, sobre los bandidos de Patia, sobre los indómitos pastusos, sobre los guajibos de Casanare y sobre todas las hordas salvajes de África y de América que, como gamos, recorren las soledades de Colombia. ¿No le parece a Vd., mi querido Santander, que esos legisladores más ignorantes que malos, y más presuntuosos que ambiciosos, nos van a conducir a la anarquía, y después a la tiranía, y siempre a la ruina? Yo lo creo así, y estoy cierto de ello. De suerte, que si no son los llaneros los que completan nuestro exterminio, serán los suaves filósofos de la legitimada Colombia. los que se creen licurgos, numas, franklines, y camilos torres y roscíos, y ustáriz y robiras, y otros númenes que el cielo envió a la tierra para que acelerasen su marcha hacia la eternidad, no para darles repúblicas como las griegas, romana y americana, sino para amontonar escombros de fábricas monstruosas y para edificar sobre una base gótica un edificio griego al borde de un cráter. Adiós, mi querido Santander; páselo Vd. bien: espere en la victoria de Carabobo que vamos a dar; forme su ejército de reserva, sea dócil con el congreso y tenga por mí el aprecio que yo le profeso.17
Las élites incrustadas en los cuerpos legislativos y las instituciones del Estado, y los llaneros que conforman el grueso del ejército libertador; tales son las fuentes de las que Bolívar siempre percibió han de sobrevenir los males que habrían de conducir a la ruina de la república18. La posición política de Bolívar en este sentido, y que intenta refrendar con la Constitución de Bolivia como modelo, es, pues, clara y precisa. Es la que ha sostenido desde Angostura, la que sostiene ahora, una vez concluida la guerra, y la que seguirá sosteniendo años después y que encontraremos, formulada con la misma precisión y claridad, todavía a mediados de 1828, de la siguiente manera, en comunicación dirigida a Páez:
Para que un pueblo sea libre debe tener un gobierno fuerte, que posea medios suficientes para librarlo de la anarquía popular y del abuso de los grandes. Del contrapeso de estos dos cuerpos resulta el equilibrio social, la libertad de todos y la estabilidad del Gobierno.19
Bolívar busca un punto medio, lo que Aristóteles llamara una democracia atemperada que pudiera contener los extremismos bien de los sectores populares, bien de la oligarquías, y que amenazan el equilibrio social. Todo el pensamiento político de Bolívar gira en torno a este tema fundamental: que la anarquía y su correlato, la tiranía, no devoren las incipientes naciones surgidas en América del proceso de emancipación. Ésta preocupación es constante a lo largo de toda su existencia como dirigente político y militar, Es la idea central de todo su análisis crítico respecto al federalismo desarrollado en el Manifiesto de Cartagena, aunque éste esté más vinculado al desarrollo de la guerra que al tema social. Es también la terrible amenaza que busca conjurar con sus los proyectos constitucionales presentados en 1819, en Angostura, y posteriormente en 1826, en Bolivia. Sólo que, lo que en Angostura era parte de una estrategia con el propósito de fundir en el mismo proceso lo político y lo militar, a partir de Bolivia se convierte en una tarea política que está llamado a realizar por sí mismo, y en la que se quedará solo. La misma carta citada es un testimonio casi conmovedor de este esfuerzo;
Sí, mi querido General, esta es la época oportuna para que se autorice el gobierno a fin de que dé una constitución conveniente y práctica y no de esas ideales que nos han perdido y reducido a la necesidad de escandalizar al mundo con nuestras operaciones políticas. Vd., pues, hará lo que tenga por conveniente en esta parte luego que la opinión pública esté bastante preparada para dar este paso, el que debería ser precedido por escritos públicos llenos de razón y de calor, a fin de que se conozca la necesidad que tenemos de poner un término a una revolución tan larga, tan complicada y tan desastrosa.20
Como queda dicho más arriba, en el punto de quiebre que determinan la guerra y la paz en la biografía de Bolívar como líder político y militar hemos de ubicar el discurso de presentación de la constitución redactada para Bolivia. Este discurso es a un tiempo que signo de la gloria alcanzada en el inmenso campo de guerra y política que se extiende del Orinoco al Potosí, una mirada al incierto porvenir de las incipientes naciones, cuando ese mismo inmenso campo se convierte en un espacio para la guerra entre partidos, la deliberaciones apegadas a los grandes clásicos de la teoría política y la demagogia. La república que nace coronada con los laureles de Ayacucho, se enfrenta a dos males de los que ya ha hablado reiteradamente el libertador desde los tiempos de Angostura: el despotismo y la anarquía. En aquél entonces, el guerrero ciudadano se despoja de su mando supremo como militar, sin dejar por ello de ser un soldado. El legislador, que como guerrero ha alcanzado el pináculo de la gloria, no es, sin embargo, un soldado, sino un sabio o, dada la ironía con la que él mismo se presenta, un hombre de las dificultades puesto a hacer las veces del sabio, de vigía de una nación que recién ingresa a la comunidad de los pueblos del mundo.
Desde el punto de vista discursivo, puede decirse que el legislador es una suerte de Solón21 en una América que, zafada del dominio español, se dispone a organizar la vida institucional y social de las naciones recién fundadas. Solón concibió su tarea en base a un principio fundamental, que de alguna manera también sigue Bolívar en su proyecto constitucional de Bolivia: la moderación. En virtud de ello, para Solón cada clase ha de gozar de privilegios en proporción a sus responsabilidades públicas. Como es sabido, a la postre, las reformas del fundador de la democracia ateniense fueron demasiado democráticas para satisfacer a los más ricos y no lo suficientemente democráticas para complacer a los más pobres. De hecho, fue tal la oposición que hubo de enfrentar que, al año de su desempeño como arconte, salió de Atenas y no regresó durante los siguientes diez años. Y quien sabe si acaso fuese este ejemplo histórico el que tendría Bolívar en mente cuando escribió aquel primer párrafo de su discurso, en que de modo tan mordaz como preciso ironiza sobre sí mismo como legislador y sobre quienes han confiado tamaña tarea a quien considera que el más esclarecido legislador es la causa inmediata de la infelicidad humana.
Desde el punto de vista literario, hay un cambio de estilo sorprendente en el discurso de presentación de la constitución de Bolivia. A pesar de ser éste uno de los discursos más perfectos y acabados de la narrativa de Bolívar, acaso sea, también, el más escueto de sus textos doctrinarios. El autor no recurre aquí a ninguna estrategia discursiva. No encontramos planos diversos ni tareas asignadas por instancias superpuestas. El mensaje va al descubierto. Sin adornos ni ambages, se dirige por sí mismo a su propio objetivo. Discurre seco y estricto. Apenas los dos primeros párrafos contienen lo que se pudiera incluirse como consideraciones preliminares. El primero recoge la ya referida referencia al legislador y su difícil tarea. Nada más como texto introductorio. El segundo se limita a señalar los males que amenazan a la naciente república, indica la estructuración del Estado en cuatro poderes y comienza ya a hacer una primera referencia al electoral. El resto del discurso se ocupa de la descripción de cada uno de los componentes del proyecto.
Quizás ello se deba a que éste es un discurso planteado contra todas las fuerzas adversas a la reforma social que, por ejemplo, a través de medidas como la exigencia reiterada de abolir la esclavitud, comienza a representar el proyecto político de Bolívar desde Angostura, y de lo cual era plenamente consciente. En esta perspectiva ubica Augusto Mijares el comentario que el propio Bolívar hace a Santander respecto a la presentación de su proyecto constitucional para Bolivia:
Fácil es imaginar, pues, los numerosos intereses que en la América Hispana presionaban contra aquella medida, y la alarma que ésta debía causar estando ya comprometida la nación en una guerra contra España. Tan poderosas eran esas fuerzas reaccionarias que en 1826, comentando Bolívar en carta a Santander su proyecto de Constitución para la recién nacida República de Bolivia, decía: “Mi discurso contiene ideas algo fuertes, porque he creído que las circunstancias así lo exigían; que los intolerantes y los amos de esclavos verán mi discurso con horror, mas yo debía hablar así, porque creo que tengo razón y que la política se acuerda en esta parte con la verdad”22
Como sea, Bolívar tiene plena confianza en su proyecto. Piensa, como dice a Páez, al rechazar el plan que le ha propuesto para instaurar una monarquía, que, sin cambiar los principios fundamentales de la república democrática, pueden hacerse reformas que fortalezcan y estabilicen el gobierno, y asegura que el modelo para tales reformas es su proyecto constitucional para Bolivia23. Con igual propósito intenta contactar a los personajes más influyentes de La Gran Colombia24. Incluso llegó a plantearla como la constitución que podría regir una eventual confederación americana que incluyera la Gran Colombia, Perú y Bolivia25. De modo que, cuando concibió este proyecto constitucional, Bolívar no pensaba sólo en la naciente Bolivia, sino en toda América. Pero estos intentos y otros similares dejan entrever la sombra del escepticismo y la desesperanza. Bolívar apela a su prestigio y su influencia; invoca a quienes pudieran tener en favor de su proyecto alguna incidencia en la opinión pública. Pese a todo ello, para el momento crítico en que se reúne la Convención de Ocaña (abril de 1828), veremos a Bolívar describiendo de un modo descarnado la crisis política, económica, moral e institucional en que se hunde La Gran Colombia y, apelando una vez más a su verbo contundente, pidiendo por un gobierno fuerte:
Un gobierno firme, poderoso y justo es el grito de la patria. Miradla de pie sobre las ruinas del desierto que ha dejado el despotismo, pálida de espanto, llorando quinientos mil héroes muertos por ella, cuya sangre sembrada en los campos hacía nacer sus derechos. Sí, legisladores, muertos y vivos, sepulcros y ruinas, os piden garantías.26
Ahora bien, aunque comparten los mismos presupuestos doctrinales y, también, las mismas dudas, el guerrero ciudadano de Angostura y el legislador de Bolivia se presentan de modo muy diferente. Aquél se muestra dichoso por ser el convocante de la representación nacional, y éste dudoso, casi apesadumbrado por venir a hablar en su presencia acerca del modo de manejar hombre libres. De la sublime dicha, pasamos a una insuperable, poco menos que paralizante modestia,.
Al ofreceros el proyecto de constitución para Bolivia, me siento sobrecogido de confusión y timidez, porque estoy persuadido de mi incapacidad para hacer leyes. Cuando yo considero que la sabiduría de todos los siglos, no es suficiente para componer una ley fundamental que sea perfecta, y que el más esclarecido legislador es la causa inmediata de la infelicidad humana, y la burla, por decirlo así, de su ministerio divino ¿qué deberé deciros del soldado que, nacido entre esclavos, y sepultado en los desiertos de su patria, no ha visto más que cautivos con cadenas, y compañeros con armas para romperlas? ¡Yo Legislador...! Vuestro engaño y mi compromiso se disputan la preferencia: no sé quien padezca más en este horrible conflicto, si vosotros por los males que debéis temer de las leyes que me habéis pedido, o yo del oprobio a que me condenáis por vuestra confianza. He recogido todas mis fuerzas para exponeros mis opiniones sobre el modo de manejar hombres libres, por los principios adoptados entre los pueblos cultos; aunque las lecciones de la experiencia sólo muestran largos períodos de desastres, interrumpidos por relámpagos de ventura. ¿Qué guías podremos seguir a la sombra de tan tenebrosos ejemplos?27
Todos los elementos que encontramos aquí ya estaban presentes en el discurso de Angostura. Así la modestia del proponente, la presencia de fondo del soldado como garante de la libertad, el difícil problema de la libertad a la hora de emprender la organización política y social, la historia con sus tenebrosos ejemplos respecto a todos estos temas. Pero todos estos temas ahora son presentados de modo tan escueto que sugieren un escenario de total desconcierto y escepticismo. El legislador de Bolivia no cree, como el guerrero ciudadano de Angostura, en la tarea histórica que está llamado a realizar. En cuanto al porvenir, todo es duda y confusión. La confianza de que ha sido objeto pesa sobre él como una condena. Aún así, asume la tarea que, como él mismo indica, se reduce en lo esencial a prevenir a la República de los males que la acechan: la tiranía y la anarquía. La imagen catastrófica que en Angostura adquiere la guerra contra el imperio español, en Bolivia nos remite a la paz en la que ha de surgir la nueva nación.
¡Legisladores! Vuestro deber os llama a resistir el choque de dos monstruos enemigos que recíprocamente se combaten, y ambos os atacarán a la vez: la tiranía y la anarquía forman un inmenso océano de opresión, que rodea a una pequeña isla de libertad, embatida perpetuamente por la violencia de las olas y de los huracanes, que la arrastran sin cesar a sumergirla. Mirad el mar que váis a surcar con una frágil barca, cuyo piloto es tan inexperto.
Este apelar a la duda y lo terrible, la incertidumbre y el caos, ante lo cual toda la obra de la emancipación americana puede sucumbir, sin que el mismísimo Libertador pueda hacer nada por sí solo, es la instancia discursiva a la que recurre el libertador en esta oportunidad, con el propósito de imponer en los representantes del congreso boliviano en particular, y en la opinión pública en general, su ya vieja tesis de la necesidad de establecer un gobierno fuerte, sopena de destruir en la paz todo cuanto se ha logrado en la guerra. Por eso el discurso entra directo al tema. Sin circunloquios ni ambages, se conduce como un manual de instrucción y acción política. De manera descarnada aborda el tema más sensible desde los inicios mismos del proceso de independencia: el centralismo como forma de gobierno. No media en ello la teoría política, ni tipo alguno de consideraciones preliminares. Este discurso, mas allá de su propuesta política, es una declaración de alarma general respecto a un mal que ya comienza a carcomer los cimientos de una república; cimientos que, como siempre advierte el libertador, comienzan a ser sembrados en el más abrupto terreno que ha dejado tras de sí la prolongada dominación colonial y el paso destructivo y feroz de la guerra. El legislador de Bolivia no es sólo modesto, sino que se muestra, hasta cierto punto, impotente. Como soldado no tiene nada que agregar; su gloria y su heroísmo son memoria. De la historia solo restan ejemplos tenebrosos que no va a rememorar. A diferencia del guerrero ciudadano de Angostura, el legislador de Bolivia no es, en realidad, un constructor de naciones, sino, más bien, un salvador de ellas, que se sabe a sí mismo sólo y precario en la tarea. A diferencia de aquél, soldado consciente de su papel en la historia, no aspira al mayor de los títulos -el de ciudadano- pues se sabe a sí mismo un ciudadano impotente, protagonista de una historia que se dirige al derrumbe y la anarquía. Y, pese a todo ello, este discurso es una obra maestra de la modernidad, sobre todo si se toma en cuenta que no se ocupa de lo grandioso y trascendente del porvenir, sino, por el contrario, de su vileza y su caos ya presente. A diferencia de la Carta de Jamaica o el Discurso de Angostura -en donde la construcción del tiempo histórico se basa en la utopía-, la presentación de la constitución boliviana no es una proyección utópica, sino un diagnostico realista. En este discurso, la construcción del tiempo histórico no opera desde el futuro, sino desde el presente que está llamado a corregir.
El Proyecto
Desde esta precaria situación comienza el hombre de las dificultades su camino de regreso de la Campaña del Sur y a enfrentar la mayor de todas: la anarquía que amenaza con el derrumbe de su propia obra. La Constitución de Bolivia y el enorme peso de su prestigio como máximo líder militar y político de una América emancipada son, prácticamente, las únicas herramientas con las que cuenta para salvar el orden institucional. Acaso esto explique el estilo parco, directo y preciso del discurso de presentación y, también, una de sus curiosas características: el modo en que cada componente del sistema constitucional que propone es, desde el punto de vista literario, adscrito a una metáfora específica con que se busca iluminarlo en sí mismo como parte armoniosa del todo.
El legislador se ha trazado un plan discursivo que, cuidadosamente elaborado, va cumpliendo a la perfección, y cuyo objetivo fundamental es implantar la idea según la cual un gobierno fuerte y centralizado no está reñido con la república democrática; por el contrario, es condición necesaria de su realización y estabilidad, más aún en la condiciones particulares de una América que recién emerge de la prolongada dominación colonial y el inefable proceso de la guerra. Este es un discurso concebido contra los teórico liberales del federalismo a ultranza. Quizás por eso comienza hablando del cuarto poder, que viene a complementar los clásicos tres del estado nacional moderno.
...El proyecto de constitución para Bolivia está dividido en cuatro poderes políticos, habiendo añadido uno más, sin complicar por esto la división clásica de cada uno de los otros. El electoral ha recibido facultades que no le estaban señaladas en otros gobiernos que se estiman entre los más liberales. Estas atribuciones se acercan en gran manera a las del sistema federal. Me ha parecido no sólo conveniente y útil, sino también fácil, conceder a los representantes inmediatos del pueblo los privilegios que más pueden desear los ciudadanos de cada departamento, provincia y cantón. Ningún objeto es más importante a un ciudadano que la elección de sus legisladores, magistrados, jueces y pastores. Los colegios electorales de cada provincia representan las necesidades y los intereses de ellas; y sirven para quejarse de las infracciones de las leyes, y de los abusos de los magistrados. Me atrevería a decir con alguna exactitud, que esta representación participa de los derechos de que gozan los gobiernos particulares de los estados federados. De este modo se ha puesto nuevo peso a la balanza contra el ejecutivo; y el gobierno ha adquirido más garantías, más popularidad, y nuevos títulos para que sobresalga entre los más democráticos.
Este Poder Electoral es un concepto que, en el discurso, está llamado a hacer prácticamente innecesario el federalismo, o más bien la contradicción federalismo-centralismo -que tanta disputa ha acarreado desde los inicios del proceso de independencia- pues el gobierno centralista y fuerte que propone el legislador está basado en un orden constitucional que de alguna manera incorpora las bondades y derechos de que gozan los gobiernos particulares de los estados federados. Ante los representantes de la naciente nación boliviana, el libertador no se ocupa tanto, como en Cartagena o Angostura, de cuestionar las debilidades del gobierno federal como de acallar las preocupaciones de quienes adversan su postura centralista. La atribuciones de este Poder Electoral aproximan el proyecto que propone a las virtudes del sistema federal, pues lo más importante para un ciudadano es la elección de las autoridades que han de regir la república.
Hay en todo esto un cambio de estilo en el mensaje que es signo de un nuevo tiempo marcado por el fin de la guerra como el factor dinámico del proceso de independencia. Bolívar, que está de regreso de la Campaña del Sur, sabe que la contradicción federalismo-centralismo es, desde todo punto de vista, corrosiva, y sólo puede conducir a callejones sin salida. Mientras la guerra fue el factor determinante en el escenario político, no fue necesario atender, con la sutileza que corresponde, este asunto. Pero en la paz ello va a ocupar el primer plano. Y esto es lo que el legislador se propone: que la contraposición centralismo-federalismo pase a ser en la cultura política un punto de vista mal empleado, cuando de atender la realidad de las naciones latinoamericanas en incipiente formación se trata.
Pero al mismo tiempo, este Poder Electoral tiene una característica que es tan única como temprana en las tendencias constitucionales predominantes durante mucho tiempo a lo del siglo: la abolición del censo electoral. Con lo cual Bolívar no sólo muestra ser uno de los pensadores políticos más progresistas y democráticos de su tiempo, sino, además, que su proyecto no es una mera condescendencia con los sectores más poderosos económicamente. Presentado este cuarto poder como el factor del proyecto constitucional que, por así decirlo, federaliza a su manera el gobierno central, el legislador pasa, a renglón seguido, a resaltar la proporción de la representación nacional y a asestar el golpe que este proyecto representa para la hegemonía de los sectores pudientes en la elección de las autoridades de la república.
Cada diez ciudadanos nombran un elector, y así se encuentra la nación representada por el décimo de sus ciudadanos. No se exigen sino capacidades, ni se necesita de poseer bienes, para representar la augusta función del soberano; mas debe saber escribir sus votaciones, firmar su nombre, y leer las leyes. Ha de profesar una ciencia, o un arte que le asegure un alimento honesto. No se le oponen otras exclusiones que las del crimen, de la ociosidad, y de la ignorancia absoluta. Saber y honradez, no dinero, es lo que requiere el ejercicio del poder público.
Con ello Bolívar está asestando un golpe institucional a las aristocracias criolla similar, o mas bien equivalente, al que Clístenes, el continuador de Solón, asestó a la aristocracia de la Antigua Grecia cuando concibió la reforma con la que tuvo lugar la creación del demos. De hecho, no es para nada improbable que Bolívar se haya inspirado en este tipo de experiencia histórica . Como el mismo lo indica, respecto a la cámara de Censores, ésta es una especie de institución equivalente al Areópago28 de Atenas. Si a esto se suma las diversas reformas que Bolívar realizó o intentó realizar en favor de los sectores particularmente deprimidos de las sociedades que emergían del mundo colonial29, es preciso concluir que la eliminación del régimen censatario en el proyecto de constitución para Bolivia es un signo de conciencia política que sintetiza su propio proceso como líder del movimiento emancipador en América. Saber y honradez, no dinero, es lo que requiere el ejercicio del poder público. Bolívar ni argumenta ni justifica su propuesta. Esta es la primera metáfora que ilumina el primer elemento del sistema. Más que una metáfora, es un dictamen fundamental de la república democrática y la voluntad general.
El legislativo está conformado por tres cámaras. Los Tribunos, que tienen la iniciativa en la legislación correspondiente a hacienda, paz y guerra, es decir, sobre las funciones que por definición corresponden al Ejecutivo. Los Senadores, a los que corresponde lo relacionado con los tribunales y la religión, y eligen prefectos, jueces y gobernadores. Por último los Censores que, como en Atenas o Roma antiguas, velan por el cumplimiento de la constitución y las leyes, así como por la calidad de la administración del Ejecutivo. En tono de solemnidad bíblica, afirma el legislador que los Censores son los sacerdotes de nuestras sagradas tablas.
La primera cámara es de Tribunos, y goza de la atribución de iniciar las leyes relativas a hacienda, paz y guerra. Ella tiene la inspección inmediata de los ramos que el ejecutivo administra con menos intervención del legislativo. Los Senadores forman los códigos y reglamentos eclesiásticos, y velan sobre los tribunales y el culto. Toca al senado escoger los prefectos, los jueces del distrito, gobernadores, corregidores, y todos los subalternos del departamento de justicia. Propone a la cámara de Censores, los miembros del tribunal supremo, los arzobispos, obispos, dignidades y canónigos. Es del resorte del senado cuanto pertenece a la religión y a las leyes. Los Censores ejercen una potestad política y moral que tiene alguna semejanza con la del Areópago de Atenas, y de los censores de Roma. Serán ellos los fiscales contra el gobierno para celar si la constitución y los tratados públicos se observan con religión. He puesto bajo su égida el juicio nacional, que debe decidir de buena o mala administración del ejecutivo. Son los Censores los que protegen la moral, las ciencias, las artes, la instrucción y la imprenta. La más terrible, como la más augusta función pertenece a los censores. Condenan a oprobio eterno a los usurpadores de la autoridad soberana, y a los insignes criminales. Conceden honores públicos a los servicios y a las virtudes de los ciudadanos ilustres. El fiel de la gloria se ha confiado a sus manos; por lo mismo los censores deben gozar de una inocencia intacta, y de una vida sin mancha. Si delinquen, serán acusados hasta por faltas leves. A estos sacerdotes de las leyes he confiado la conservación de nuestras sagradas tablas, porque son ellos los que deben clamar contra sus profanadores.
En este discurso, el Poder Legislativo no tiene una metáfora que lo defina por sí mismo. Pero una de las cámaras que lo componen sí: los Censores, que son, como se indica, los sacerdotes de nuestras sagradas leyes y en cuyas manos se ha depositado el fiel de la gloria. Dado la cuidadosa y esmerada concepción del mensaje que pone en evidencia este discurso, ello no parece ser resultado del mero descuido. Pareciera, por el contrario, que esto es premeditado, con el propósito de que el mensaje apunte hacia la necesidad de corregir la presencia sobredimensionada de un legislativo que, desde los inicios de la existencia republicana, ha ejercido la hegemonía en el espacio institucional del Estado. Acaso esta sutileza no sea un dato menor pues, en realidad, Bolívar adelanta aquí la dura critica que más tarde le veremos hacer respecto al mismo tema ante Convención de Ocaña, cuando comienza afirmando:
Nuestros diversos poderes no están distribuidos cual lo requiere la forma social y el bien de los ciudadanos. hemos hecho del legislativo solo el cuerpo soberano, en lugar de que no debía ser más que un miembro de este soberano; le hemos sometido el ejecutivo, y dado mucha más parte en la administración general que la que el interés legítimo permite. Por colmo de desacierto se ha puesto toda la fuerza en la voluntad, y toda la flaqueza en el movimiento y la acción del cuerpo social.30
Lo que si es seguro es que, al hablar de los Censores como los sacerdotes de nuestras sagradas leyes, el legislador de Bolivia está señalando hacia uno de los males que él mismo a advertido desde los tiempos de Cartagena: la lenidad e impunidad que relajan la existencia institucional del Estado. Este componente del sistema, apunta al rigor moral como condición de la existencia republicana y de la estabilidad y fortalecimiento del gobierno. En este sentido, lo que en Angostura era un poder independiente, pasa a tener más fuerza y significación al ser insertado como parte del legislativo y convertido en una de sus funciones fundamentales: velar por el cumplimento de las leyes, y de la vida institucional de la república en general.
El presidente es el sol del universo político. Así comienza definiendo el legislador el Poder Ejecutivo. El presidente es vitalicio, con la prerrogativa de designar sucesor. Es más un símbolo de orden que de voluntad y acción.
El presidente de la República viene a ser en nuestra constitución, como el Sol que, firme en su centro, da vida al universo. Esta suprema autoridad debe ser perpetua; porque en los sistemas sin jerarquía, se necesita más que en otros, un punto fijo alrededor del cual giren los magistrados y los ciudadanos, los hombres y las cosas. Dadme un punto fijo, decía un antiguo, y moveré el mundo. [2] Para Bolivia, este punto es el presidente vitalicio. En él estriba todo nuestro orden, sin tener por esto acción. Se le ha cortado la cabeza para que nadie tema sus intenciones, y se le han ligado las manos para que a nadie dañe.
El presidente de Bolivia participa de las facultades del ejecutivo americano, pero con restricciones favorables al pueblo. Su duración es la de los presidentes de Haití. Yo he tomado para Bolivia el ejecutivo de la república más democrática del mundo.
Es obvio que, una vez más, el legislador se esmera en despejar los temores que esta figura pudiera suscitar como atentado contra la democracia. Para insistir en ello, luego de anteponer una imagen positivista del continente americano como una geografía que, por su misma naturaleza, es opuesta al orden monárquico31, concluye afirmando que:
Los límites constitucionales del presidente de Bolivia son los más estrechos que se conocen; apenas nombra los empleados de hacienda, paz y guerra; manda al ejército. He aquí sus funciones.
Sin embargo, el legislador es racional y pragmático. Observador de la historia, extrae de ella decisivas enseñanzas en virtud de las cuales para nada oculta hasta qué punto lo ha inspirado la monarquía en la concepción de su proyecto constitucional. Pues ésta tiene ventajas que, manejadas de manera consciente y apropiada, pueden contribuir en mucho al fortalecimiento y la estabilidad del régimen republicano en proceso de conformación. Es así como, respecto al vicepresidente, afirma:
Siendo la herencia la que perpetúa el régimen monárquico, y lo hace casi general en el mundo, ¿cuánto más útil no es el método que acabo de proponer para la sucesión del vicepresidente? Que fueran los príncipes hereditarios elegidos por el mérito, y no por la suerte; y que en lugar de quedarse en la inacción y en la ignorancia, se pusiesen a la cabeza de la administración; serían sin duda, monarcas más esclarecidos, y harían la dicha de los pueblos. Si, legisladores: la monarquía que gobierna la tierra, ha obtenido sus títulos de aprobación, de la herencia que la hace estable, y de la unidad que la hace fuerte. Por esto, aunque un príncipe soberano es un niño mimado, enclaustrado en su palacio, educado por la adulación y conducido por todas las pasiones; este príncipe que me atrevería a llamar la ironía del hombre, manda al género humano, porque conserva el orden de las cosas, y la subordinación entre los ciudadanos, con un poder firme, y una acción constante. Considerad, legisladores, que estas grandes ventajas se reúnen en el presidente vitalicio, y vicepresidente hereditario.
Si a ello se suma la independencia absoluta del Poder Judicial32 y el cuidado que el gobierno central debe poner en el manejo de las regiones del territorio sobre el que se asienta la república33, la exigencia de la abolición de la esclavitud34 y la libertad de culto35, el proyecto, en su conjunto, es de una armonía casi perfecta, y refrendada por una máxima indiscutible de la doctrina política del estado nacional moderno:
Se han establecido las garantías más perfectas, la libertad civil es la verdadera libertad; las demás son nominales, o de poca influencia con respecto a los ciudadanos. Se ha garantido la seguridad personal, que es el fin de la sociedad, y de la cual emanan las demás.
Las ideas y conceptos de este discurso son, sin duda, harto discutibles, desde el punto de vista político y doctrinal. Pero en lo que a este ensayo atañe, el mismo representa una obra maestra de la semántica histórica de la modernidad, por su originalidad y por las condiciones históricas concretas a las que intenta responder esa originalidad. Aquí es preciso detenerse un momento a considerar al menos dos cosas: por una parte, la continuidad y coherencia del pensamiento de Bolívar, que ha ido evolucionado desde los inicios del proceso de independencia; por la otra, la significación de su pensamiento y del discurso como creador de tiempo histórico en las condiciones históricas adversas de la república y de su propio liderazgo.
En cuanto a lo primero. Bolívar sostiene, en lo esencial, los mismos presupuestos ideológicos y políticos que ya encontramos consignados desde el Manifiesto de Cartagena, en este caso en lo fundamental referidos a la dimensión estratégica de la guerra de emancipación. Pero, la necesidad de un gobierno fuerte y estable no es tema de teoría y doctrina filosófica, sino un requerimiento propio de la realidad concreta y objetiva que ha de enfrentar las tareas de la guerra, y también las de la organización política e institucional posterior a ella. Las nacientes repúblicas han de fundarse en el terreno abrupto que dejan tras de sí la dominación colonial y los estragos de la guerra. Ello impone una realidad peculiar a la que han de apegarse, de manera realista y creativa, los conceptos de esta organización política y social. No se trata de seguir las meras teorías de los grandes filósofos, sino la realidad tosca y concreta, el abrupto terreno en que siembran los cimientos de la república.
De allí su insistencia en abrir en la estructura institucional del Estado un auténtico espacio de poder, claramente definido, para la formación moral del ciudadano, es decir, para el ejercicio de la tarea fundamental que Bolívar asigna al Estado: la creación del republicano que ha de conformar la república. Y de allí también su preocupación por establecer un punto medio del equilibrio social que prevenga a ésta última tanto de los excesos de los sectores populares como de los abusos de los más ricos. Educación y formación moral, e igualdad social ante la ley; tales han sido los parámetros del pensamiento político de Bolívar, y que adquieren plena madurez en Bolivia. Hacia ello apunta la reivindicación de la educación como valor social supremo, la abolición de la esclavitud y la abolición del censo. Todas ellas medidas que le valieron la más férrea oposición de una oligarquía que, desde lo inicios mismos del proceso de independencia, se concibió a sí misma como la exclusiva heredera del poder colonial en la nueva era de las naciones soberanas. La independencia: lo que para esta oligarquía -y la generación de militares que la guerra llevó a equiparar con ella- era una mera transferencia de poder, para Bolívar se fue convirtiendo en un cada vez mas complejo problema de orden social, político e institucional que, de no resolverse a tiempo y de modo apropiado a la realidad, daría al traste con las incipientes naciones. Considerado en una evolución que va de Cartagena a Bolivia, este último discurso es expresión de su conciencia respecto a dicha complejidad. Lo que para muchos, antes y ahora, no fue más que le mera expresión de un espíritu ambicioso y autocrático, acaso sea, en realidad, el resultado de una concepción objetiva y pragmática de la tarea que asumió como el ultimo esfuerzo en la creación y consolidación de un Estado Nacional en las condiciones específicas que siguieron a la guerra de emancipación en América Latina.
En conexión directa con este pragmatismo político, nos encontramos con un discurso creador de tiempo histórico, pese a la calamidad que el propio Bolívar avizora. Como se ha dejado indicado, la modernidad, como forma de conciencia histórica, cambió la posición del hombre respecto a su propio devenir. Más que como un resultado constituido de pasado, se ve a sí mismo como un agente constructor de futuro. En efecto, es lo que podemos percibir claramente en la Carta de Jamaica o en el Discurso de Angostura. Son estos mensajes concebidos en función de un futuro luminoso y prometedor. La visión de Centro América como el emporio del universo o de la Gran Colombia como el emporio de la familia humana que muestra al mundo antiguo la majestad del mundo moderno, son signos de la concepción teleológica del tiempo histórico característica de la modernidad.
Pero después de Ayacucho no son faros tan potentes como estos los que iluminan el porvenir de la América recién emancipada. Por el contrario, el futuro se torna oscuro, borrascoso para una Bolivia que es una pequeña isla de libertad en medio del océano de la tiranía y anarquía, y a punto de ser sumergida por el huracanado y violento oleaje que la golpea. El proyecto de constitución presentado al Congreso Boliviano -pero concebido para toda América zafada de la dominación española- no es sino la frágil barca para cruzar un mar así encrespado, y el legislador su inexperto piloto. La arquitectura semántica del discurso ha cambiado por completo. La fuerza de la historia, que en medio de la guerra empujaba a la libertad, ahora, en medio de la paz, parece acarrear todo al abismo. El futuro sigue siendo, como en Jamaica o Angostura, el horizonte de significación de la historia, pero lo es de signo contrario. Ahora se trata de un futuro del que hay que apartarse y huir, ante el cual sólo es dable alarmarse y precaver, conducirse con premeditado esmero, sensatez y creatividad. Ya no es el tiempo histórico hecho de lo sublime del futuro, sino de las menudencias y mediocridades que impone ese ahora enorme campo de la burocracia y la administración que se extiende, como una vez el de la guerra y la política, entre el Orinoco y el Potosí. El libertador -ahora legislador-, que siempre ha rehuido la teoría pura, recurre una vez más al pragmatismo político.
Por eso ese proyecto republicano de toscos rasgos monárquicos para revestir al gobierno de la fortaleza y la estabilidad que se requieren para conducir en sociedad hombres libres. Por eso, también, su carácter práctico, alejado de los modelos ideales del federalismo a ultranza que escandalizan al mundo y han lanzado a los dioses patrios a ser devorados por el incendio doméstico. Es esta constitución el instrumento simbólico, legal e institucional que el legislador ha creado con el insumo de su propia experiencia y que está llamado al rescate de una república cuya historia se debate entre los llaneros, que han hecho de la independencia un volcán pronto a hacer su explosión y los suaves filósofos de la legitimada Colombia, que se creen licurgos venidos del cielo para edificar sobre una base gótica un edificio griego al borde de un cráter.
En este sentido, el discurso de presentación de la constitución de Bolivia es, como la Carta de Jamaica o el Discurso de Angostura, un documento representativo de la semántica histórica de la modernidad. Sólo que ahora, consumada la guerra de emancipación americana, aquel americano meridional, luego guerrero ciudadano, que ha desatado y conducido la revolución llamada a cambiar la historia de un continente entero, se ha quedado, de súbito, sin brújula que la guíe. Con este discurso se ha inventado una. Sin faro histórico que ilumine el futuro como en Jamaica o Angostura, el libertador de Bolivia no es más que un hombre de las dificultades que, laureado en una guerra gloriosa, es ahora condenado en la paz a hacer de legislador en la escena decadente que cierra el acto de la emancipación. Esto es decir un navegante inexperto en una frágil barca dispuesto a cruzar la borrasca de la anarquía, con la ardua misión de salvar lo que una vez él mismo vislumbrara como el emporio del universo y la familia humana. De allí el acento que pone el discurso en la duda y lo incierto, su narrativa precisa, directa e incisiva, ese estilo impecable de manual de operaciones y ese rigor literario y deslumbrante de las metáforas que iluminan las partes en medio de la cosmogonía del conjunto. Todo el poder del lenguaje puesto a crear un instrumento nuevo con los mismos presupuestos que, en el haber político de el libertador, ya eran, como él mismo, viejos.
Agradecimiento y Despedida
Pero, como es de esperarse, a la postre, la construcción de tiempo histórico en la cosmogonía de la modernidad siempre ha de hacerse desde el futuro. Toda su semántica histórica es, en lo esencial, un ejercicio de teleología. Por más que el ahora de la historia se cubra de densos nubarrones, ella está llamada a despejar el futuro metahistórico que la ilumina y le da sentido. Esta es su clave metafísica, la llave de su simbolismo que abre las puertas de lo inescrutable. Allí reside el poder de significación de sus conceptos y sus enormes posibilidades de asignar temporalidad específica a los procesos en los que el hombre se encuentra involucrado sin saber por qué y para qué, hasta que el genio teleológico de la modernidad se lo indica apuntando con el dedo de la utopía hacia el porvenir. En los textos políticos de Bolívar, república y soberanía son de este tipo de concepto; los fundamentales en su discurso a todo lo largo de su carrera política y militar. A veces tales conceptos lucen como realidades despejadas a las que conduce el tortuoso y cruel camino de la guerra; a veces como meros destellos en la noche del caos al que va arribando la paz. Por la frontera que demarca el contraste entre ambas visiones, pasa la divisoria semántica que en el discurso de presentación de la constitución boliviana representa el agradecimiento y la despedida. En realidad, un esfuerzo discursivo por atrapar un destello que vuelva a iluminar el camino.
En efecto, el final de este discurso está conformado por los tres últimos párrafos, en los que el autor agradece haber dado su nombre a la naciente república y se despide. En esta parte del discurso calla el legislador. Habla el libertador. El primero ha cumplido con la tarea asignada: advertido y diagnosticado el mal, ha elaborado la fórmula curativa. El segundo, venido de tras bastidores, ocupa ahora toda la escena. Es la conciencia total del discurso, que habla desde su propia gloria al ensalzar la de un nuevo estado que entra la sociedad de los demás, motivo de júbilo para el género humano, porque se aumenta la gran familia de los pueblos36.
Con ello, hemos pasado del espectáculo sombrío de las catacumbas de las que fluyen los vapores densos y enrarecidos de la descomposición y la anarquía políticas que ha mostrado el legislador, a la América como emporio de la familia humana a la que siempre ha aspirado, y aún aspira, el libertador. Como otros grandes textos políticos de Bolívar, éste también deja constancia de su enorme capacidad para ir de un extremo a otro. Lo hemos visto ir de la mansedumbre de un pueblo que clama por la libertad a la inexorable justicia a nombre de la cual adviene la libertad misma; de la atrocidad de la guerra a la gloria que ella misma conlleva; de la mediocridad de la burocracia a la sublimación de la administración; del fracaso en sí a su idealización como parte de la fortuna y la grandeza del proyecto emprendido. El libertador es la instancia incansable de la narrativa bolivariana, incluso en textos, como éste, acentuadamente marcados por el escepticismo y la incertidumbre. Es, en el fondo, la instancia de la gloria en sí. En este caso, una gloria que ha sido reconocida por el hecho de poner su nombre a la república que le ha solicitado el proyecto de constitución y cuya munificencia, dedicándome una nación, se ha adelantado a todos mis servicios; y es infinitamente superior a cuantos bienes pueden haceros los hombres. Desde luego que, como es usual, tal reconocimiento no puede pasar sin ser sometido a un intenso ejercicio de modestia, que es la que siempre coloca el texto en una perspectiva que realza la figura gloriosa de el libertador:
Mi desesperación se aumenta al contemplar la inmensidad de vuestro premio, porque después de haber agotado los talentos, las virtudes, el genio mismo del mas grande de los héroes, todavía sería yo indigno de merecer el nombre que habéis querido daros ¡y el mio!!! ¡Hablaré yo de gratitud, cuando ella no alcanzará jamás a expresar ni débilmente lo que experimento por vuestra bondad que, como la de Dios, pasa todos los límites! Si: sólo Dios tenía potestad para llamar a esta tierra Bolivia.
Y por si quedara alguna duda respecto de hacia dónde apunta tal modestia, el discurso se ocupa en dejar claro que es el amor de los bolivianos a la libertad que, al recibirla -no hay que decir de manos de quien, obviamente- no encontró nada con qué compensar tal recibimiento que dar el nombre de El Libertador a todas sus generaciones:
¿Qué quiere decir Bolivia? Un amor desenfrenado de libertad, que al recibirla, vuestro arrobo no vio nada que fuera igual a su valor. No hallando vuestra embriaguez una demostración adecuada a la vehemencia de sus sentimientos arrancó vuestro nombre, y dio el mio a todas vuestras generaciones. Esto que es inaudito en la historia de los siglos, lo es aun más en la de los desprendimientos sublimes.
Por último, a modo de despedida, el libertador recuerda a los legisladores que están llamados a perpetuar la existencia dichosa de una república que ha nacido coronada con los laureles de Ayacucho, con lo cual se hace tácito el enorme compromiso que tienen los políticos en la paz para continuar elevando la obra que iniciaron los héroes en la guerra. En este sentido, el libertador de Bolivia sigue los pasos del guerrero ciudadano de Angostura, al hacer de la guerra una fuente de creación, y aún de legitimación, de la existencia republicana en América liberada de la dominación española. Ante la amenaza de la descomposición política -imputada a llaneros ambiciosos y a los suaves filósofos de la legitimada Colombia, el libertador intenta borrar la frontera temporal que el incierto destino de los acontecimientos ha trazado entre la guerra y la paz, en el sentido de hacer de éstas últimas signos del proceso histórico único de la independencia y la creación del estado nacional y, por lo tanto, dimensiones de una misma temporalidad signada por la eticidad de los conceptos de república y soberanía nacional. Esto determinará el resto de su existencia como líder de la América Independiente hasta el mismo momento de su muerte. Mientras los más ven en el Bolívar de Bolivia el futuro autócrata del nuevo mundo suramericano, éste mismo Bolívar intenta que tal novedad no degenere en el abismo de la descomposición y el caos, respecto a lo cual tanta razón le dio la historia posterior a 1830.
Acaso esto pueda sonar a artículo de fe. Pero soy de los que piensa que si estudiáramos en realidad a Bolívar, si no nos detuviéramos sólo a entresacar frases de ocasión, utilizadas para reforzar bien el culto, bien la diatriba, y nos esforzáramos por atender, tal y como exige el mismo Bolívar, en tanto que autor y en tanto que hombre histórico, más que a las partes al todo de su discurso como generador de tiempo histórico en el mundo moderno, acaso tendríamos una mejor comprensión del proceso de independencia y aún del siglo XIX, de nuestro pasado más reciente y hasta de nuestro propio presente. Después de todo, Bolívar ha sido el primer historiador del proceso de la emancipación americana, testigo y participante de los hechos, en el mismo sentido que Tucídides lo fue de las guerras del Peloponeso. Claro está, no porque aquél que se jactara de no saber escribir se sentara alguna vez a escribir un libro de historia, sino por el modo en que, en su misma existencia histórica, el lenguaje siempre se empeño en crearla, transformarla y conducirla.
1Doctrina del Libertador. Prólogo; Bolívar como reformador social, de Augusto Mijares. Compilación y notas Manuel Pérez Vila. Biblioteca Ayacucho. 1976. p. 254. El término federación refiere aquí, en realidad, a la unión de los Estados, es decir, la confederación.
2Mientras teníamos que continuar la guerra, parecía, y casi se puede decir que fue conveniente la creación de la República de Colombia. Habiéndose sucedido la paz doméstica y con ella nuevas relaciones, nos hemos desengañado de que este laudable proyecto, o más bien este ensayo, no promete las esperanzas que nos habíamos figurado. Los hombres y las cosas gritan por la separación, porque la desazón de cada uno compone la inquietud general. Últimamente la España misma ha dejado de amenazarnos; lo que ha confirmado más y más que la reunión no es ya necesaria, no habiendo tenido ésta otro fin que la concentración de fuerzas contra la metrópoli. Documento No 2117. Blanco y Azpúrua, XIII, 629 O:C:B. Carta del Libertador Simón Bolívar al General Daniel Florencio O’Leary, fechada en Guayaquil, 13 de septiembre de 1829. www.archivodellibertador.gob.ve
3Discursos y proclamas de Bolívar. Compilación, prólogo y notas de Rufino Blanco Fombona. Biblioteca Ayacucho. 2007, p. 37
4Documento No. 6073. Carta oficial de Bolívar al General Francisco de Paula Santander, fechada en El Tocuyo, el 16 de agosto de 1821. El subrayado es mío. www.archivodellibertador.gob.ve
5Doc. citado
6Se trata de una situación francamente difícil, que pone en entredicho la Campaña del Sur y amenaza gravemente a la Gran Colombia. En palabras de Bolívar: Imagínese usted el conflicto en que yo estaré, habiéndose levantado los pastusos el 12 de junio, y habiendo entrado Canterac en Lima en 19 del mismo mes. Los pastusos derrotaron 600 hombres nuestros que tenía Flores en su país, y nos tomaron las armas y las municiones etc., según todas las noticias que hay: ellos tenían antes 200 fusiles y más de 600 hombres; quiere decir que estos determinados malvados pueden invadir la provincia de Quito, y tomarla si yo mismo no me les opongo con dos pequeños escuadrones y los pocos veteranos que nos quedan de Yaguachi y Vargas. Por supuesto que he traído 1.700 fusiles de Guayaquil con 300 veteranos, y se están levantando todas las milicias del país para quitarles la provincia de los Pastos, y después pasar el Guáitara, que es lo más difícil de todo, con gente de Bochalema [1] Llevaré cuatro piezas de cañón, zapadores y un buen oficial de ingenieros que hay aquí, para observar las reglas de la guerra con más exactitud que nunca, porque las circunstancias lo demandan así, pues si tenemos un revés, se unen los pastusos con los enemigos del Perú, y llegan hasta Popayán, sin contar para nada Morales y sus tropas, que de ese caballero nada sé. Documento 7572. Carta de Bolívar para Santander, fechada en Quito, el 3 de julio de 1823. www.archivodellibertador.gob.ve.
7Doc. citado
8Por fin las cosas del Perú han llegado a la cima de la anarquía. Sólo el ejército enemigo está bien constituido, unido, fuerte, enérgico y capaz de arrollarlo todo. Lo de la patria está todo perdido. Siete potencias beligerantes se combaten entre sí bajo las siguientes banderas: Perú, Chile, Colombia, Buenos Aires, gobierno, congreso y Guayaquil, cada uno tiene su partido: ahora hay dos más, el particular de Sucre, que tiene un poder militar y el de Torre Tagle, opuesto al de Riva Agüero, ambos fuertes por la opinión y por la autoridad; pues el primero es presidente, aunque depuesto y culpable, y el segundo está nombrado por Sucre que tiene un poder dictatorial, en el teatro de la guerra. Valdés [1] es jefe de nuestras tropas, y un tal Martínez de la de Buenos Aires, es el mayor faccioso que hay en todo el país; estos dos últimos están sirviendo juntos, y ya Vd. se acordará que el señor Valdés se ha disgustado hasta con Mires que es pariente de Job [2]. Todos, todos, todos, excepto Sucre son el mismo demonio. Podemos contar con 15 o 16.000 hombres disponibles si vienen los de Chile, pero sin pies ni cabeza; sin pies por falta de movilidad, y sin cabeza porque a nadie obedecen. Nadie obedece a nadie y todos aborrecen a todos. Documento 7212. Carta de Bolívar para Santander, fechada en Guayaquil, el 4 de agosto de 1823. www.archivodellibertador.gob.ve
9Doc. citado
10Documento No. 10123. Carta de Simón Bolívar para el General Francisco de Paula Santander, fechada en Lima, el 9 de febrero de 1825. www.archivodellibertador.gob.ve
11Véase posdata del último documento citado.
12Documento 938. Del original O.C.B. Carta del Libertador Simón Bolívar al general Francisco de Paula Santander, fechada en La Paz, el 8 de febrero de 1825. www.archivodellibertador.gob.ve
13Doc. citado
14Idem.
15Idem.
16Discursos y Proclamas de Bolívar. Compilación, prólogo y notas de Rufino Blanco Fombona. p. 27
17Doctrina del Libertador. Prólogo; Bolívar como reformador social, de Augusto Mijares. Compilación y notas Manuel Pérez Vila. Biblioteca Ayacucho. 1976. pp. 224-225. Esta preocupación por instituciones y leyes que atiendan a la realidad concreta y no sólo a conceptos abstractos, está claramente señalada en el Discurso de Angostura, cuando Bolívar apela a ello haciendo referencia a Montequeau. También la encontraremos posteriormente. Así, por ejemplo, en la carta a Páez, ya citada, del 26 de agosto de 1828, pp.361362 de estamisma compilación: “Yo creo que el nuevo gobierno que se dé a la República debe estar fundado sobre nuestras costumbres, sobre nuestra religión y sobre nuestras inclinaciones, y últimamente, sobre nuestro origen y sobre nuestra historia. la legislación de colombia no ha tenido efecto saludable, porque ha consultado libros extranjeros, enteramente ajenos de nuestras cosas y de nuestros hechos.”
18Con respecto a estos últimos, ya había afirmado casi dos semanas antes: No pueden Vds. formarse una idea exacta del espíritu que anima a nuestros militares. Estos no son los que Vds. conocen; son los que Vds. no conocen: hombres que han combatido largo tiempo, que se creen muy beneméritos, y humillados y miserables, y sin esperanzas de coger el fruto de las adquisiciones de su lanza. Son llaneros determinados, ignorantes y que nunca se creen iguales a los otros hombres que saben más o parecen mejor. Yo mismo, que siempre he estado a su cabeza, no sé aun de lo que son capaces. Los trato con una consideración suma; y ni aun esta misma consideración es bastante para inspirarles la confianza y la franqueza que debe reinar entre camaradas y conciudadanos. Persuádase Vd., Gual, que estamos sobre un abismo, o más bien sobre un volcán pronto a hacer su explosión. Yo temo más la paz que la guerra, y con esto doy a Vd. la idea de todo lo que no digo, ni puede decirse. Documento 5670. Carta de Bolívar al Doctor Pedro Gual, fechada en Guanare, el 24 de mayo de 1821. www.archivodellibertador.gob.ve
19Doctrina del Libertador. Prólogo; Bolívar como reformador social, de Augusto Mijares. Compilación y notas Manuel Pérez Vila. Biblioteca Ayacucho. 1976. p, 362
20Idem
21Uno de los siete sabios de Grecia Antigua. Legislador y político ateniense (638-559 a.C.) considerado el fundador de la democracia. Es uno de los personaje que en la obra histórica de Heródoto representa la sabiduría.
22Doctrina del Libertador. Prólogo: Bolívar como reformador social, de Augusto Mijares. Compilación y notas Manuel Pérez Vila. Biblioteca Ayacucho. 1976. p. 14
23...creo que, en el próximo período señalado para la reforma de la constitución, se pueden hacer a ella notables mutaciones en favor de los buenos principios conservadores y sin violar una sola de las reglas más republicanas. Yo enviaré a Ud. un proyecto de constitución que he formado para la república de Bolivia; en él se encuentran reunidas todas las garantías de permanencia y de libertad, de igualdad y de orden. Si Ud. y sus amigos quisieran aprobar este proyecto, sería muy conveniente que se escribiese sobre él y se recomendase a la opinión del pueblo,,. Documento No. 1124. Carta el Libertador para el General en Jefe José Antonio Páez. Fechada en la Magdalena el 6 de marzo de 1826. www.archivodellibertador.gob.ve
24Véase al respecto el borrador, de fecha 3 de agosto de 1826, en que hace un resumen descriptivo del proyecto y afirma: “Yo concibo que el proyecto de constitución que presenté a Bolivia puede ser el signo de unión y de firmeza para estos gobiernos.” Doctrina del Libertador. Prólogo; Bolívar como reformador social, de Augusto Mijares. Compilación y notas Manuel Pérez Vila. Biblioteca Ayacucho. 1976. p. 330
25En carta particular dirigida al General Antonio Gutiérrez de la Fuente, fechada en La Magdalena el 12 de mayo de 1826, afirma: “Al fin he terminado la constitución de Bolivia, y mando a mi edecán a que la lleve al General Sucre, para que él la presente al congreso del Alto Perú. Vs, pues, llegado el momento que yo diga a Vd. que esta constitución va a ser el arca que nos ha de salvar del naufragio que nos amenaza por todas partes, sobre todo, por aquella por donde Vd. menos piense. Ahora pocos días ha llegado el señor Pando, de Panamá, y el cuadro que me ha hecho de los negocios en general, y de la situación actual de Colombia, ha excitado toda mi atención, y por algunos días me ha tenido sumergido en las más angustiadas meditaciones. Ha de saber Vd. que los partidos tienen dividida a Colombia; que la hacienda está perdida; que las leyes abruman; que los empleados se aumentan con la decadencia del tesoro, y, últimamente, ha de saber que en Venezuela claman por un imperio.” Doctrina del Libertador. Prólogo; Bolívar como reformador social, de Augusto Mijares. Compilación y notas Manuel Pérez Vila. Biblioteca Ayacucho. 1976. p. 308
26Doctrina del Libertador. Prólogo; Bolívar como reformador social, de Augusto Mijares. Compilación y notas Manuel Pérez Vila. Biblioteca Ayacucho. 1976. p. 355
27Documento No. 11128. Discurso de El Libertador, redactado en Lima, el 25 de mayo de 1826. www.archivodellibertador.gob.ve Salvo que se indique lo contrario, todas las citas de este documento provienen de la misma fuente.
28El Areópago era el antiguo tribunal griego emplazado al oeste de la Acrópolis en la antigua Atenas. Estaba formado por un consejo de nobles que se reunían al aire libre. Bajo el mandato del legislador ateniense Dracón (c. 650-621 a.C.), se ocupo de casos de asesinato. Y tras las reformas de Solón tuvo poder para juzgar a funcionarios y ciudadanos particulares por delitos morales y actos contra el bienestar comun, Aunque no podía tomar parte directa en la administración y en la legislación de la ciudad, fue la autoridad legal más venerada en Atenas, incluso después de la conquista romana en el siglo II a. C.
29Indicar varios ejemplos
30Doctrina del Libertador. Prólogo; Bolívar como reformador social, de Augusto Mijares. Compilación y notas Manuel Pérez Vila. Biblioteca Ayacucho. 1976. p. 348
31¡Legisladores! La libertad de hoy más, será indestructible en América. Veáse la naturaleza salvaje de este continente, que expele por sí sola el orden monárquico; los desiertos convidan a la independencia. Aquí no hay grandes nobles, grandes eclesiásticos. Nuestras riquezas eran casi nulas, y en el día lo son todavía más. Aunque la Iglesia goza de influencia, está lejos de aspirar al dominio, satisfecha con su conservación. Sin estos apoyos, los tiranos no son permanentes; y si algunos ambiciosos se empeñan en levantar imperios, Dessalines, [4] Cristóbal, [5] Iturbide, [6] les dicen lo que deben esperar.
32El poder judicial que propongo goza de una independencia absoluta: en ninguna parte tiene tanta. El pueblo presenta los candidatos, y el legislativo escoge los individuos que han de componer los tribunales. Si el poder judicial no emana de este origen, es imposible que conserve en toda su pureza, la salvaguardia de los derechos individuales. Estos derechos, legisladores, son los que constituyen la libertad, la igualdad, la seguridad, todas las garantías del orden social. La verdadera constitución liberal está en los códigos civiles y criminales; y la más terrible tiranía la ejercen los tribunales por el tremendo instrumento de las leyes.
33El territorio de la República se gobierna por prefectos, gobernadores, corregidores, jueces de paz y alcaldes. No he podido entrar en el régimen interior y facultades de estas jurisdicciones; es mi deber sin embargo, recomendar al congreso los reglamentos concernientes para el servicio de los departamentos y provincias. Tened presente, legisladores, que la naciones se componen de las ciudades y de las aldeas; y que del bienestar de éstas se forma la felicidad del estado. Nunca prestareis demasiado vuestra atención al buen régimen de los departamentos.
34La infracción de todas las leyes es la esclavitud. La ley que la conservara, sería la mas sacrílega. ¿Qué derecho se alegaría para su conservación? Mírese este delito por todos aspectos, y no me persuado que haya un sólo boliviano tan depravado que pretenda legitimar la más insigne violación de la dignidad humana.
35La religión es la ley de la conciencia. Toda ley sobre ella la anula, porque imponiendo la necesidad al deber, quita el merito a la fe que es la base de la religión. Los preceptos y los dogmas sagrados son útiles, luminosos y de evidencia metafísica; todos debemos profesarlos, mas este deber es moral, no político.
36Legisladores: al ver ya proclamada la nueva nación boliviana !Cuán generosas y sublimes consideraciones no deberán elevar vuestras almas! La entrada de un nuevo estado a la sociedad de los demás, es un motivo de júbilo para el género humano, porque se aumenta la gran familia de los pueblos. ¡Cuál, pues, debe ser el de sus fundadores! ¡Y el mio!!! ¡Viéndome igualado con el más célebre de los antiguos el padre de la ciudad eterna! Esta gloria pertenece de derecho a los creadores de las naciones, que siendo sus primeros bienhechores, han debido recibir recompensas inmortales; mas la mía, además de inmortal, tiene el mérito de ser gratuita por no merecida. ¿Dónde está la República? ¿Dónde la ciudad que yo he fundado? Vuestra munificencia, dedicándome una nación, se ha adelantado a todos mis servicios; y es infinitamente superior a cuantos bienes pueden haceros los hombres.




