La eternidad sólo puede entenderse tal y como Platón define el ser: lo uno siempre igual a sí mismo. El tiempo, nos indica en el Timeo, es imagen móvil de la eternidad. Para Aristóteles dios vendría a ser la causa primera, el motor a partir del cual todo entra en movimiento, sin que determine el curso del movimiento al que da lugar. De tal manera que la eternidad no es espacio en el que sucedan cosas, ni un modo particular en que las cosas suceden o hayan de suceder. La eternidad es una idea, un principio, un axioma; nunca un atributo de algo distinto de ella; mucho menos el estadio superior de algo que, habiendo iniciado en calidad de temporal, se haga eterno tras dejar atrás y superar su temporalidad. La eternidad sólo podría ser la negación absoluta del antes y el después, del inicio y el final. Si algo cambia, hay movimiento, tiene una dimensión duradera y, por lo tanto, temporal, En consecuencia, la eternidad no puede ser anterior ni posterior a nada, pues sería mera episodio de lo que sucede. Y en ella nada puede suceder, porque, a diferencia de lo que sucede en las historias, no hay inicio ni final. Si algo tiene historia, no le cabe eternidad, aunque dure eternamente.
De modo que una eternidad, a modo de jardín, en el que un adulto mayor en bata larga juega a las escondidas alrededor de un árbol con el par de mocosos en pelotas que ha creado para que lo adorasen y que, de súbito, son víctimas de la conseja de una serpiente subversiva, que acarrea la perdición de la criatura y el berrinche de su creador, no es precisamente evidencia de un rigor ontológico que se pueda tomar en serio. Desde el punto de vista filosófico, este dios no es más que un engendro. Y, desde el punto de vista literario, también. Su historia carece por completo de estilo. Pero es una historia y, por lo tanto, por más que lo enaltezca hasta en sus más aberrantes manifestaciones, implica su degeneración en tanto que dios.
Mi autocondena es reivindicación del estilo y la inteligencia. En aras de ello, sólo estaría dispuesto a creer en un dios así como forma de atentar contra él, y de rebelarme contra la idea que encarna y la metáfora en que consiste. Por eso, su suicidio sería el único gesto que devolvería a este dios el estilo y la inteligencia de los que las sagradas escrituras lo despojaron. Pues, en efecto, se trata de uno de los personajes más despreciables, atrapado en sus terribles contradicciones, determinadas por esa tensión entre lo eterno y lo temporal que caracteriza su gesta divina. La historia sagrada sólo tendría sentido como novela gótica. Para lo cual, sin embargo, tendría que haber sido mucho mejor escrita. Como antihéroe, su dios es uno de los personajes peor configurados desde el punto de vista narrativo, porque no es un personaje al servicio de la creación literaria, sino de la sumisión teológica. En realidad, lo que la historia sagrada ha creado no un dios, sino, más bien, un bestia histórica que, condenada a no morir, es abandonada en medio de la nada para hacerse de un reino en el que durar. Con lo cual, este dios carece de Olimpo. No tiene una sede cósmica que le sea propia como tal y desde la cual gobernar el cosmos. Ni siquiera tiene, como el malvado gótico, un castillo enorme, húmedo y laberíntico, lleno de pasajes secretos y pasadizos mortales, en el que perpetrar su maldad. Éste dios la despliega al aire libre, en un jardín que no llama la atención; no tienta, no seduce, ni siquiera despierta curiosidad. Nadie teme su venganza sino en ese pos-tribunal burocrático conocido como juicio final. Todo en este dios, hasta su justicia, es diferimiento. Lo cual está muy bien para comprometerse con las más grandes atrocidades de la historia real, pero es pésimo como literatura. Hacerse de su propia sede es, pues, la gesta histórica de un condenado a durar eternamente, y que. para ser dios. depende de la curiosa combinación de temporalidad y ausencia de muerte. En realidad, si uno lo piensa bien, lo que esta literatura sagrada ha creado no es un dios, sino esta bestia histórica degenerada que ni siquiera tiene la esperanza de morir.
De esta manera, llamado a dar sentido a la existencia temporal, este dios hubo de ir contra sí mismo. La pobre bestia hizo lo que pudo. Es fácil imaginarlo. Solitario, ocioso, abriendo su boca en enorme bostezo. Mientras se rasca la cabeza piojosa y contempla su propio vientre fofo, medita en la creación del mundo que ha de distraerlo de su cósmico aburrimiento. ¿Quién en su lugar no habría hecho lo mismo? ¿Cómo no crear un mundo?. ¡Qué digo uno! Yo habría creado mil y uno más. En mis manos, el universo habría sido un enorme cementerio de proyectos fracasados, mundos pateados como éste al que este dios arrojó su criatura, y al que me arrojé yo mismo antes de llegar a serlo.
Solidario, pues, con la desgracia de aquél que ni siquiera goza, como yo, de la certeza de morir completo, cualquiera puede perdonar a este dios haber creado el mundo. Yo no lo hubiese hecho mejor. Mas no el haberlo hecho con la vulgar pretensión de ser adorado por una criatura que salió mal. Su primer intento resultó en el fracaso de la caída. Si la obra cae, también cae el creador. Que se lo pregunten a Frankenstein. Lo de la salvación tampoco pinta bien. Como control de daños, es reafirma el fracaso de este dios. Al menos que se conforme con ser adorado por un desmemoriado insepulto sobre el que ha de recaer la gracia, ya no cuenta con la criatura original, sino con una versión degenerada por su propia existencia temporal como pecador, y que, perdida su inocencia, deja a este dios en manos de una cosa que se llama alma, y que no es sino un residuo de materia, como él, a medio camino entre conciencia y vida eterna. Sin más, otro esperpento ontológico. Pero, en fin, si de lo que trata es de ser adorado, puede que entre esperpentos la cosa funciones.
En todo caso, habrá que tener en cuenta lo de la la oración, que es el modo en que el alma establece comunión con Dios, incluso antes de que la muerte la libere para ir a reunirse con él. Sin embargo ¿cómo comulgar con una entidad superior que requiere de semejante reconocimiento? Instrumento de adoración por excelencia, la oración está reñida con la inteligencia. Es enajenación de ella y degradación del estilo. Su propósito es hacerse del favor de Dios, atribuyéndole el control de lo que no podemos controlar. Lo cual conlleva ese sentimiento infame de creer en un dios por temor a no obtener sus favores, incluido el de la salvación, que es el modelo de todos los favores. La oración hace espacio al interés en cuestión de fe. De modo que, no hay que quitar del todo la razón a Pascal en este punto. De hecho, lo más aborrecible de la fe es ese sentido de contraprestación con el que la idea de una salvación otorgada por gracia la ha determinado. Al parecer, no por convicción este dios también actúa por vulgar interés. Puede que sea como el apostador de Pascal, pero al revés. Como sea, si un dios es realmente admirable, deberíamos admirarlo aunque ello nos condujera de cabeza al mismo infierno. Pero admirar muy distinto a idolatrar.
Por esto es que al pecador hay que aniquilarlo. Para lo cual, mucho más poderosa que a furia de este dios, es la oración misma. Se le aniquila a punta de oración y dotándolo de un alma que envenena su existencia temporal con la falacia de la vida eterna; que lo priva de morir completo y gracias a cuya privación es susceptible de ser condenado a la misma eternidad ficticia que la de su señor: la del nunca morir. No es la criatura la que, venida del polvo, fue creada a la imagen y semejanza de su dios, sino el pecador que, venido de la muerte, ha de ser recreado para que siga siendo dios. El alma no es esa luz que fluye del interior del pecador que reconoce a su señor, sino el grillete que lo encadena a la misma eternidad del no morir. Cielo o infierno no cuentas sino como datos episódicos de la misma condena. Pero, como la bestia histórica que es, este dios no entiende de sutilizas ontológicas. Él sólo pretende ser adorado. Para satisfacer lo cual, le basta la mitad de la eternidad, al costo de ceder la otra mitad al diablo. En un universo en el que dios debería prevalecer como monarca absoluto, la salvación conlleva esta curiosa geopolítica cósmica.
Sin embargo, no es de extrañar la similitud con la historia. Pasa que la salvación, como la caída, no es ontología, sino melodrama. Iniciado con la expulsión de la criatura, y siendo que sólo puede concluir con la recuperación del pecador, el reino de este dios es un proyecto de naturaleza eminentemente histórica. Pero, al mismo tiempo, eminentemente trascendental, por su meta u objetivo, que no es otro que reinstalar a este errático dios en su reino, para ser adorado por aquél a quien, una vez creado, echó, y que ahora ha de recrear para seguir siendo el dios adorado. Lo que hace de éste un dios que tiene que amenazar y aterrar, persuadir y negociar con un pecador que goza de su propia existencia temporal. Persuade con su antropomorfismo dolido, sufriente y lacerante. Para ello cambia su imagen de dios implacable e iracundo de los tiempos de la caída, por la del padre justo, sabio, sereno y misericordioso de los de la salvación.
Para negociar se vale de la gracia y del terror al infierno. Aquella la administra a discreción. Al menos eso asegura Agustín, aún cuando no son pocos los que piensan que la oración y la lisonja pueden influir en la decisión. Último destino de los que no van al cielo, lo del infierno es invento de última hora. Es posible que lo debamos al genio de Pedro. El infierno hace las veces de segunda versión de la caída, o de caída que, aplicada al pecador, redobla con azufre y fuego el castigo de la criatura, para convertirla en objeto del tormento sempiterno. En la versión de Mateo, se le conoce como submundo del llanto y el crujir de dientes. Al parecer, lo del polvo estuvo bien para la criatura. Pero a los fines de obtener cierta ventaja en la negociación de su destino último, como pecador debe ser expuesta al sufrimiento y terror total. En todo caso, a partir de una gracia que bien poco tiene de tal, así como en el cielo, en el infierno también hay eternidad. Curioso desdoblamiento del ser supremo, según el cual éste sigue siendo un dios implacable e iracundo, a la vez que noble y misericordioso. El resultado de tales negociaciones sólo se sabrá tras el fin del tiempo. Mientras ello tiene lugar, tendremos tiempo para preguntarnos hasta qué punto es este dios −¿eterno?− capaz de ser sin el tiempo. Clásico ejercicio de autocondena.
Por lo demás, la literatura ofrece ilustrativos ejemplos de autocondena. Baudelaire se acredita ante el infierno con sus Letanías, donde define a Satán como padre adoptivo de aquellos que, en su negra cólera, desterró Dios del paraíso. La literatura maldita abunda en ilustraciones similares. Maldoror, el héroe épico de Lautréamont, en su enconada lucha contra este dios, hace del lenguaje arma de profanación por excelencia, y de la existencia temporal campo de batalla. Beckett proclama a voz en cuello: dejadme ir al infierno, sólo eso os pido. Y no conforme con el que a tales efectos ha dispuesto la literatura bíblica, se crea el suyo propio en la realidad del discurso literario. Y, digo yo, cuando los pies fríos de Malone se asoman tímidos al universo para indicarle que ha comenzado a salir del enorme coño de la existencia ¿a cuenta de qué melodramas como el de la salvación? No faltará quien replique: mera literatura. Como si la historia sagrada no lo fuera, y de la peor. En todo caso, lo cierto es que este dios no alcanzaría sobrevivir un sólo día en el mundo literario en que Beckett entre otros, ha vivido toda una vida. Hay formas más sutiles, y hasta académicas de autocondena. Cuando Heidegger afirma que la esencia del ser es existir, no sólo está poniendo patas arriba toda la tradición metafísica desde Platón a la hermenéutica, sino que, sin quererlo, está haciendo la trompetilla ontológica a todos los dioses y sus eternidades.
Mi autocondena es reivindicación de la existencia temporal: del tiempo -que nos da ser- y de la muerte, que es su estilo. También lo es de la conciencia como acto narrativo, así como de la memoria con que nos la narramos para decir que somos, aunque no sepamos qué es ser. El tiempo es el único camino de ese ser temporal en el que yendo al futuro vamos al pasado. Vivir muriendo es él único sentido que puede haber en recorrer un camino así. Si la muerte es el estilo de la existencia temporal, para cumplir el cometido ha de ser completa. A ella sólo puede seguir la ausencia, que, como señal de que algo pasó, se basta a sí misma, no requiere de de eternidad.
Artaud decía que este dios no existe, y que si existe es una mierda. Lo cual, a los efectos de una auténtica autocondena, no ha de hacer mucha diferencia, pues, en este caso, se entiende que un dios todo bondad sería tan inútil como uno que fuese toda una mierda. Este dios no puede ser más que metáfora de la existencia temporal. Cada quien ha de construirse la suya propia, o conformarse con la que la teología establece por defecto en contra de la inteligencia y el estilo. En ello consiste la libertad. Agustín hizo lo propio, cuando decía que quizás no seamos sino los personajes de una pesadilla soñada por Dios. Yo he hecho lo propio en esta apostasía. Y si fuese el condenado que creo que es, acaso sea este dios la pesadilla soñada por un universo neurótico en el que cada quien, a su manera, hace de terapeuta. Unos pocos piensan. Algunos otros se encogen de hombros. Y oran los más.




