textos, pretextos y otras mentiras...

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Una vez más. por cima de los muros grisáceos asomaban con molicie las cimas pelonas de los cerros que dejan caer sobre Buenaventura la mirada impasible de su lejanía. Sólo que esta vez Martín Romero no otea desde el patio de la “Pensión Rita”, sino que ha de conformarse con lo poco que alcanza ver desde la celda de su propio comando policial, y lo hace a través del tragaluz abierto arriba. Pero, además, lo hace a una hora distinta: ya no el pesado inicio de la tarde −al que en éste país llaman la hora del burro− sino el aún ligero y fresco de la mañana, cuando el nuevo día todavía parece nuevo antes de arrastrar tras de sí la misma maldición del mediodía. Luego no serán, entonces, los mismos cerros, los mismos azules y amarillos, ni la misma lejanía. No. Aparentemente, no. De la misma manera que Romero, al parecer, tampoco, ahora que Medina muerto ya forma parte de su haber. Es como haberse posesionado en el instante de un disparo del tiempo total de la historia de Medina. La magia de la muerte. No. No es la magia de la muerte, sino la del matar. La muerte de cada quien empieza al nacer. El matar es el roque personal de quien interviene en un proceso que no es el suyo, sino ajeno, y con lo que se posesiona de su final. Así que ese muerto es más tuyo que todo cuanto siempre te has negado a poseer. Precisamente en eso pensaba el policía cuando, una vez dentro de la celda, dijo a Colmenares, antes de que éste saliera, que cerrara bien la reja.

 

−Pero algo así no es necesario, Jefe. Ni que fueses un delincuente común. Insisto: por qué hay que meterte aquí, si puedes permanecer allá, en la oficina. No tienes por qué estar aquí, donde se mete a todos. No veo por qué te empeñas en esto. −Colmenares.

−¿Qué todos? −preguntó Romero.

−Todos. Qué sé yo. Al Moise lo metíamos aquí ¿Recuerdas? ¿Dónde más? −respondió Colmenares.

−Y a nadie había matado. Mejor así. Aquí me siento menos policía. Y, ahora que lo mencionas, me siento más como un Moise. Algo mejor vestido, quizás. Pero igual de fantasmal, al fin y al cabo; como todos, tal y como tú lo has dicho. Así que cierra esa reja. ¿sí? −Romero.

−Está bien, Jefe. Como quieras. −Colmenares.

−Por cierto; ¿recogieron al muerto? −preguntó Romero.

−Sí. Yo me encargo de todo. Yo creo que el asunto no tiene vuelta de hoja. Fue en defensa propia. Tenía el arma en la mano. Y todavía la tenía cuando lo recogimos. Fue directo a tu casa con la clara intención de agredirte ¿o no es así? −Colmenares.

−No lo sé. Medina nunca disparó. No le di tiempo −Romero.

−Bueno, pero igual tenía un revólver en la mano. Además, te apuntó. Te seguro ue no levantó el brazo para brindar por ti. Por lo demás, a las personas no se les visita revólver en mano ¿o si? Es verdad que nadie puede saber cuán decidido estaba. Pero allí, en tu casa, con eso en la mano: es una evidencia inobjetable. ¡Qué vaina, con Medina! Nunca imaginé que iría tan lejos, el viejo. Pero vaya uno a saber lo que pasa por la mente de las personas. Hace años que ni siquiera cargaba con ése viejo treinta y ocho. En realidad, el viejo nunca lo había disparado. Luego de tantos años, si lo hubiera hecho, quien sabe si el arma se hubiera atascado. Jamás, que yo sepa, cambió esos proyectiles. Hubo un tiempo en que se lo advertí. Mire, el día en que a UD. en verdad le toque accionar esa cosa se va a quedar con el susto en la boca. Pero el viejo nunca hizo caso. Lo manoseaba un poco, lo limpiaba y lo volvía a guardar en la caja. Sólo lo sacaba para manosearlo y limpiarlo. Pero, esta vez, como que tenía otras intenciones ¿no?. −Colmenares.

−Quién sabe. Es posible. −Romero.

−Cómo ¿Quién sabe? Jefe, Fue a tu casa, revólver en mano ¿Qué intenciones podría tener que no fuesen matarte? −Colmenares.

−¿Tú crees que, en realidad, de haberlo dejado, hubiese disparado? No estoy tan seguro −Romero.

−Por supuesto que no ¿Y que se debe hacer en esos casos? ¿probar? Aquí no se trata de estar seguro. No hay manera de estar seguro. Veamos, si este fulano me mata es porque tenía las intenciones. Vamos, Jefe. Yo, ni nadie, sabe las reales intenciones que pudo tener Medina, y mucho menos de lo que hubiera sido capaz en tales condiciones. Si es preciso responder, digo que sí, iba a matarte −Colmenares.

−Aún así, estaba borracho. −Romero.

−Precisamente: de haber disparado, podía haber atinado como no hacerlo. Pero, igual, el asunto es que hubiera disparado ¿Sabes lo que pienso? Que bueno y sano, en plena conciencia, el viejo no lo hubiera hecho. Ni siquiera hubiera ido hasta tu casa, eso pienso. Pero borracho, hay que pensar que estaba dispuesto a todo. Debe haber estado todo el día de trago en trago, preparándose de ánimo, tú sabes, armándose de valor para el asunto. En fin ¿quién puede determinar con precisión las intenciones de quien te amenaza con un revólver? Puede que se haya convencido de meterte un balazo. Puede que sólo intentase amedrentarte. Pero la posible víctima no tiene forma de saberlo. Lo objetivo es la amenaza y el revólver, ¿Qué más? Eso te da derecho a defenderte ¿o no? −Colmenares.

−En eso tienes toda la razón Ya puedo imaginar el expediente y cuánto me favorecen los argumentos objetivos. En fin, de todo ello se encargará Rengifo, me imagino. Eso no me preocupa gran cosa... −Romero.

−¿Rengifo? −interrumpió Colmenares.

−Es el tipo de la correspondencia ¿recuerdas? −Romero.

−Ah, sí. El de las cartas ésas. Por cierto, que más no ha escrito, que yo sepa ¿Es abogado, el tal Rengifo? −Colmenares.

−Debe serlo ya. −dijo Romero.

−¿Y de los buenos? Mira que en estas vainas, por más que estén a favor, hay que manejarse con mucho tacto. Lo mejor siempre es un tipo con experiencia, Jefe. −Colmenares.

−La tiene, Colmenares, la tiene. −Romero.

−¿Lo llamaste? −Colmenares.

−Temprano. Apenas llegué al Comando. −respondió Romero.

−Bien. Entonces ¿qué es lo que te preocupa? −preguntó Colmenares.

−Que Medina haya pasado a formar parte de mi propia historia. Durante años años, nunca lo imaginé así. Es como si ahora me tocara cargar con él. Y no me refiero a culpa ni nada parecido, sino al hecho de que entras en la muerte de otro para decidir sobre un proceso que, hasta entonces ajeno, pasa a formar parte de tu propio proceso. Los espectros van y vienen, como entidades solitarias que son, hasta que sus destinos se entrecruzan y confunden, sin que dejen por ello de ser solitarias. Matar hace de la mera muerte una intersección. −dijo Martín Romero, y se quedó mirando hacia el tragaluz. Al rato agregó− Consigue café ¿quieres? Eso me vendría muy bien.

−Voy a lo de Rita para llenar el termo ¿Y tú, Jefe, en verdad, vas a quedarte allí? −insistió Colmenares

−Sí, cierra esa reja. −Romero.

−Bueno, como quieras. Pero sin llave ¿no? −Colmenares.

−Como quieras −Romero.

 

Colmenares que, al parecer, había entendido que lo mejor era marcharse, en efecto, se marchó. Un nombre para cuando viene. Un nombre para cuando va. Pero Romero no recuerda ninguno de los dos. Recuerdo, sí, que una vez dejé el asunto pendiente para un mejor momento. Pero èste no es el momento, Romero. Es más, bien que sabes que el momento ya no será. Sí. He perdido la facultad de nombrar cosas, o ya no encuentra gracia alguna en hacerlo. Tiempo atrás, hacerlo era como profanarlas. Pero ahora, cuando las encuentra ya abiertas como tumbas ¿qué gracia puede tener? Todas son más o menos iguales. Nada distingue la inmaterialidad de sus vacíos expuestos a las noches y los días vacíos. Y quizás sea la música Insonora del vacío lo que lo ha adormilado. Se ba de lado hasta cabecear bruscamente, cuando de súbito siente que se precipita en el vacío. No. Allí está el suelo. Lo siento bajo sus pies. ¿Y si ,e saco los zapatos? Pero aún no lo decide. Este Romero, siempre en una encrucijada. Dejemos que lo medite cuanto tenga que meditarlo. Romero se ha vuelto lento hasta para decidir en este tipo de cosas. A ver. Esperemos.

¿De dónde habrá tomado esa maña de mover los dedos así, como si se tratara de un mago manipulando sus polvos mágicos? Por fin. Toma una punta de la agujeta del zapato. ¡Detente, Romero. Mucho ojo con lo que vas a hacer ¿eh?! Romero sabe que hay que tener cuidado. Un paso en falso puede ser fatal. Si toma esa punta de la agujeta puede que, en lugar de deshacer el lazo, haga un nudo que le costará trabajo deshacer. Esto, considera Romero, es estar al filo de la coyuntura. Toma la otra punta. La misma incertidumbre. O quizás mayor. Más opciones, más libertad. Y, también, más incertidumbre. Para despejarla, preciso es analizar cuál es la mejor. Para eso, Romero recurre al método del descarte. Que no es lo mismo que el método de Descartes. Ah, si la duda en realidad fuese metódica y nos condujera a la perfección, estaríamos hechos. No. Romero es de los que están convencidos de el olor a mierda es el que mejor guía. Filosofía del sabueso, la llama él, según le enseño a llamarla el viejo Rangel, que a su vez la copió de un literato francés tan célebre como odiado. ¿Qué habrá sido del viejo Rangel, por cierto? A lo mejor y el licor ya terminó por reventarle el hígado. Un gran tipo, el viejo. Y cuanto se empeñó en que Romero era un posible escritor. La borrachera, debe ser ¿Y que tal si hubiese sido cierto? ¿Si el viejo tenía razón? Nunca lo sabremos. Bueno. Olvida eso, Romero ¿Las agujetas o el cuaderno? Las dos cosas al mismo tiempo no es posible. Filosofía del sabueso. Sí. Veamos. Ir descartando una a una las opciones, hasta quedarnos con la única. Menos incertidumbre. Y, también, menos libertad. Menuda lucha ésta, hasta lograr aplastar a su mínima expresión el libre albedrío. Ah, por fin, la ansiada paz de nuestra esclavitud a la ausencia de opciones ¿Estás seguro? Mira que esa punta puede conducir al horrible desenlace, que no es, en verdad, tal, sino un intrincado nudo que vas a tener que morder con la punta de los dientes para deshacerlo. Y tú no quieres eso, Romero. A Romero jamás le ha gustado morder tela con la punta de los dientes, porque eso le produce dentera. Pero va a tener que decidirse. Porque eso de estar allí doblado, el pecho sobre las piernas y las manos en los pies, tomando alternativamente una y otra punta de las agujetas del zapato a ver si acierta y, en lugar de atar un nudo, atina deshacer un lazo, y evitar así la frustración de tener que sacarse el zapato a la fuerza y la incómoda dentera de morder con la punta de los dientes el nudo de la agujeta en que terminó su fallido intento de deshacer un lazo, cansa. No lo puedo creer: Romero ha optado por dejar las cosas así. Es decir, frente al desafío, ha reculado. Mejor dejarse puestos los zapatos ¿Retirada estratégica? Sí, podemos llamarla así. Suena muy bonito, muy técnico, fríamente técnico. Es el sonido de la dignidad, o lo más parecido a ella, que tanto reconforta al corazón humillado. Además, después de todo, si al caso vamos, reculando también se es libre.

Ahora, con los zapatos puestos, Romero yace recostado en un rincón. El cuerpo se extiende a lo largo de un segmento corti de la alargada plancha de concreto que bordea las paredes de la celda. Desde donde está el policía aun alcanza mirar por el tragaluz. Las cabezas y espaldas grasosas de los que antes han estado también allí, a la misma altura, han ido dejando la huella de su mugre. Romero, pues, hace su personal aporte en tal sentido. La plancha se interrumpe en la pared izquierda, donde se abre el hueco de la puerta que conduce al baño. Está oscuro adentro, y ahora el policía mira hacia esa oscuridad ¿Qué será lo que ve? Por ahora no lo sabemos. Pero sí sabemos que Romero algo inventará. Cosas. Está bien, Romero. Cosas. Sabemos cuánto te gusta la palabra, con ese dejo de magia que deja tras sí el sólo pronunciarla. En efecto. A las cosas no se las analiza. Si en verdad algo son, tan sólo se tropieza con ellas, para sorprenderse, tocarlas o recular. Romero se dedica a imaginar y recordar cosas como sombras que se mueven y despliegan en la oscuridad. Divertido, el juego. Tropiezo, reculo, recuerdo. Así anda Romero por el mundo, como por una habitación a oscuras llena de cosas. De pronto, emergen de ella, muestran su rostro enigmático incluso en su misma banalidad o estupidez. La cosa, se dice Romero. Así dijo hace un rato cuando, al amanecer, echó una última mirada a Medina en el suelo. La cosa. Ciertamente. Acabo de recordarlo en este instante. Y por eso tienes ahora esa cara del que revisa los detalles de la obra terminada. La cosa. Hace rato, cuando lo dije, apenas iniciaba el amanecer. Entonces nos vinimos, temprano, directo al comando. Ya no hubo trilogía. Mudito y Perro no daban señales de vida por todo aquello. Sólo el policía, y yo, que, como se sabe, no cuento. Romero no dijo nada durante todo el camino. Desde entonces no me habla. Y hasta parece no tomar en cuenta para nada mis opiniones. Ni mis silencios. Éste, quizás, lo que está pensando es deshacerse de éste, su cadáver preferido. Ya sabemos cómo es Romero. Conozco esos amagues de soberbia, y ese invisible gesto de distanciamiento que me depara desde el otro extremo de la lejanía en el que cree ubicarse cada vez que quiere deshacerse de mí. Es nuestro juego. Él lo sabe. Cuando no lo pueda jugar, se va a aburrir. Un aburrimiento tan grande que le va a faltar cerebro para consumarlo completo, Romero. Pero esto también lo sabe. Saberlo es parte del juego. Ahora se propone revisarlo todo de nuevo, una vez más. Está bien, Romero.

Tras haberlo matarlo, Martín Romero estuvo largo rato parado frente a Medina, contemplando el montón de carne y hueso que el disparo certero había dejado en el suelo. Al principio, ni siquiera se acercó a verlo de cerca y tomarle el pulso. En parte porque, policía al fin, el muerto podría no estar tan muerto y aguardando un mejor momento. Tenía las manos en el vientre y aún sujetaba el revólver. Desde allí, a cuatro o cinco pasos de distancia, aunque Romero sabía que el viejo estaba muerto, sin embargo, aguardaba. Esperaba la mínima señal, el más imperceptible movimiento. Pero nada. Por otra parte, había algo que le repugnaba. Pensó en ello mientras observaba detalle a detalle el inmóvil cuerpo. Se percató entonces de que lo que en realidad no quería era tocar aquella mano ¿Tomarle el pulso a esto? El señor manos de rana muerto. O el señor muerto manos de rana. O el señor manos de rana muerta. O el señor manos muertas de rana. Las rases recorrían el plano negro de su mente como los créditos de una película siguen a su final. Todas las posibilidades cabían, ajustándose a una lógica que sólo la muerte puede implicar de modo tan perfecto en su objeto. Y ahora, Romero ¿cómo llamamos a eso? ¿eh?, pregunté. Pero Romero nada dijo. Es que no sabría cómo llamarlo. Y ya sabemos cuánto se jactaba Romero de la grotesca posibilidad de nombrar las personas y las cosas. O más bien la posibilidad de nombrarlas grotescamente. Bueno. Como sea. Romero ya no se interesaba en nombrarlas. Se ha dicho. Medina fue el último, que recordara Romero, y sin saberlo. Pero lo supo, al final, cuando lo vio en el suelo e intentó nombrarlo, lo supo. Si de rana se trataba, ya no había una, sino manos, pies, brazos, piernas, cabeza, dentadura y demás partes sueltas, allí amontonadas. Montoncito de cosa humana, que no deja terminar de ver lo humano; como los que vemos en el mostrador de la carnicería sin que veamos la res o la gallina. Así era Medina muerto. Aquellas piezas podían ser de rana y. si así fuese. ya no había ninguna gracia en ello.

Medina murió de culo. De no haber sido por la borrachera que traía, lo habría hecho de pie, como dicen los valientes que hay que hacerlo. Por eso quedó como un montoncito de carne y hueso, tratando de cubrirse el vientre con los brazos, y esa porción de cabello desmarañado cubriéndole la frente y los ojos. Pero, para quien se fijara con más detalle, como se fijó Romero, los ojos del viejo no quedaron ocultos por completo y, mientras lo contemplaba desde el otro lado, se estuvo imaginando no la mirada de Medina, que seguía allí congelada en su inercia, sino su mirar por entre aquellos mechones de cabello. Comisario de Buenaventura, habría dicho el viejo, según Romero, hasta aquí llegaste ¿Lo habría reconocido? No había forma de saberlo. Sin embargo, según Romero, a juzgar por la mirada del viejo después de muerto, sí. Quizás sea mera majadería de policía. Pero, a decir verdad, quien vea los ojos de Medina muerto mirando a Romero aún no muerto, no dejará de dar crédito a sus conjeturas. Luego fue aquél esfuerzo de Medina para levantar el revólver que, de tan pesado, no alcanzó a levantar completo y mucho menos a apuntarlo como debía si lo que pretendía era matar a Romero. Allí quedó esa mirada de odio incompleto, exaltada por el terror y congelada en el tiempo. Debe ser que ya miraba hacia adentro.

Mientras todos estos detalles le sirven de contexto, durante lo que va de mañana Romero se ha repetido varias veces la misma secuencia: policía saca su revólver del cinto, viejo tambaleante cae sentado de culo, viejo eleva la mano donde lleva el viejo treinta y ocho, policía le mete una bala en el pecho al viejo. Es tan simple, y aún Romero no termina de convencerse de ello. Cuando, veinte años atrás, tuvo la misión de matar a Medina, no lo mató. Veinte años después, cuando jamás pensó en hacerlo, Medina termina muerto a manos suyas. En ambos casos ha sobrevivido Romero. Todo esto bien puede ser mera casualidad, lo sabemos. Pero toca a Romero vivirlo como si hubiese venido a Buenaventura a concluir aquella misión estúpida, de la que tanto se habían burlado todos, menos El Moise. Romero siente ser lo que ya no es pero aún vive como para revisar los detalles. Piensa en el presente como su imperecedera antigüedad y el espanto en que consiste saberlo así. Al mismo tiempo, comienza a percibir en cuanto le rodea la curiosidad, el distanciado y sutil afecto del anticuario por la pieza sublime e inútil. Heme aquí, digo a estas paredes sucias que me rodean y miran con hierática curiosidad. Esas paredes, esa reja, ese hueco que conduce al baño, y hasta la oscuridad que lo llena son, por ahora, combinados en forma de celda al fondo del comando policial, el museo que me conserva. Colmenares ha sido el primer visitante del día ¿Quién más vendrá? Veremos. “Museo Martín Romero”. Ya empieza éste de nuevo. Sí. Imagino un cartel. No. Mejor una placa modesta, de ésas gris oscuro con letras blancas. Así: “Museo Martín Romero” ¿Entramos? Entremos. Como se puede ver, una colección de piezas antropológicamente más o menos completa. Cabeza. Brazos. Tórax. Piernas. Se ha logrado establecer, sin lugar a dudas, que el espécimen alcanzó la posición erguida en dos pies, lo que le ha valido el reconocimiento unánime respecto a ésta, la más notable de sus realizaciones intelectuales ¿Y por qué en dos pies? Porque debía andar el camino al mundo mejor, se supone. Pero éste, que va. Sólo describe círculos que a ninguna parte van. De pronto, un día cualquiera, luego de tanto caminar, se despierta en el mismo lugar de dónde una vez creyó partir. Se rasca la cabeza. Así lo ha encontrado el cura. Sorprendido en sus lucubraciones, Martín Romero dijo:

 

−Padre ¿Ha venido UD. a tomar mí confesión? −Del otro lado el Padre Claudio, para quien Colmenares hizo traer una silla, permaneció sentado y de brazos cruzados. De vez en cuando se espantaba las moscas que revolotean en tomo suyo y posaban sobre su rostro sus patas inquietas y peludas. Miró al policía con paciencia, y respondió:

−De ninguna manera.

−¿Y a qué, si no, entonces? −replicó el policía.

−No lo sé. Por lo demás, UD. no espera realmente que lo haga ¿o sí? Por lo pronto traje esto. Susana me lo entregó hace un rato, cuando estuve en su casa. De allá vengo. Llegué justo cuando la muchacha estaba a punto de marcharse. Entonces le die que yo me hacía cargo de traerlo. Me pareció lo mejor.

−La casa −dijo el policía.

−Ah, sí claro. “La casa”, como UD. prefiere referirse a ello −dijo el cura, y sonrió mientras acercaba al policía el bolso que trajo consigo. Era el mismo bolso con el que Romero había a Buenaventura. Luego de reclinarse y abrirlo, en su interior observó el policía la gorra y el cuaderno, junto a otras pertenencias. Miró el cura. Luego volvió a mirar al interior del bolso, y preguntó:

 

−¿Y mi pocillo?. −el cura mira con extrañeza hacia el bolso que sostienía el policía abierto entre las manos, y se encogió de hombros. Qué pocillo ni qué pocillo. El cura no lo dice. Pero esto es lo que dice su mirada cada vez que va del bolso a los ojos de Romero y de éste al bolso. El pocillo. Ante la inocente mirada del cura, Martín Romero sacude la cabeza, como para quitarse de encima aquella mirada, al mismo tiempo que sonríe, y continua.

−No me haga caso, Padre. Es sólo un trasto. Susana lo sustituyó por un lindo par de tazas. Si UD. las viera. La mía tenía un mono. La de ella una vaca ¿Sabe por qué la de ella tenía una vaca? Piense. A ver. Porque ella toma café con leche. Ah, con que años de sesuda teología y, ante semejante lógica, también UD., cura de Buenaventura, debe callar. Lo entiendo, Padre, lo entiendo ¿Cómo puede uno estar preparado para una lógica así? Yo también me quedé callado, yo también. El amor me silencia. Sus detalles me amedrentan como duendes en los penumbrosos salones de mi soledad. Anoche yo iba a preguntar por mi pocillo. Sólo eso me preguntaba. Pero callé. Aquella lógica me acobardaba. Mi poderosa mente deductiva tenía poco que concluir. Debe haberlo echado a la basura ¿Qué más? Ya me disponía a buscarlo, anoche, en la madrugada, antes de salir. Debí haberme quedado en la casa buscando mi pocillo. Pero salí. Quizás Mudito o Perro anduvieran todavía por allí. En fin, salí y me topé con Medina. Me habría gustado encontrar ese pocillo y tenerlo ahora, aquí. Creo que me sentiría un poco más completo. Lo sostenía. Tenía los bordes escarapelados que ya me eran familiares cuando lo elevaba hasta mi boca y posaba allí mis labios, y ligeras abolladuras que, reconocidas al tacto, se acomodaban en mi mano. Nunca había yo pensado en ello. Créame. Todo eso apareció claro, y hasta un poco hiriente, diría yo, cuando vi aquellas lindas tasas frente a mí sonriendo su lindura como una burla. El mono ama a la vaca. El mono toma café negro. El mono duerme poco. La vaca ama al mono. La vaca toma café con leche. La vaca duerme mucho. El pocillo de peltre escarapelado yace volteado en el fondo ácido y mugriento de algún bote de basura ¿Obsesión inútil por una flor marchita en medio de un jardín florido? Podría ser. Pero habrá que reconocer, también, que sólo lo inútil nos proporciona alguna pista mas o menos certera acerca de nosotros mismos ¿No le perece? Pero, en fin, el caso es que ese pocillo… UD. sabe, extraña maña la que se dan los objetos personales para formar parte de nosotros, sin ser nosotros. He pensado que esas cosas que, además de tales, percibimos como los objetos personales, afirman su existencia inorgánica como órganos materiales de nuestra inmaterial soledad. Creo que se entiende ¿o no? Bueno, yo lo entiendo. −concluyó el policía y calló de súbito. El cura tardó mucho más de lo que hubiera imaginado en responder:

−Bueno. La verdad, no sé qué decir. Lamento lo del pocillo, Comisario. Yo sólo vine a traerle eso, y a ver cómo le iban las cosas por acá.

−Pero no se marche UD., por favor. No se desanime. Créame, no he querido ser descortés. Lo del pocillo no es culpa suya, por supuesto. Ni de nadie más. Ni siquiera de Susana. En cierto modo, creo que lo que quiero es confesarme. Eso, me parece. −dijo el policía

−¿Que UD. qué? −preguntó el curacura

−Sabía que pondría esa cara. Pero no me mire UD. así. Hablo en serio, Padre. −dijo el policía.

−Pues yo aseguraría que me toma UD. el pelo. −respondió el cura

−Claro que nada oficial. Quiero decir, nada que cuente a la hora del juicio final, digamos. Sólo pido que me escuche. Estará de acuerdo conmigo en ése es el único sentido que puede tener una confesión. Incluida la liturgica. A ver. Vivimos como si, en realidad, fuese posible hacerlo distinguiendo entre el bien y el mal. Eso es lo que nos ha enseñado cualquiera que pueda considerarse nuestro maestro. Nuestra moral es, o debería ser, un mecanismo perfecto. Esto virtud. Aquello pecado. Como de esto. De aquello no, porque me indigesta y se paga caro. Pero, como todo mecanismo perfecto, hay lagunas y penumbras que quedan fuera del área de perfección. Por ejemplo ¿Quién, frente al hecho de que el mal fuese su única opción, pondría fin a su existencia? Y acaso ¿no sería una inconsecuencia no hacerlo? Por otra parte, de hacerlo, además, estaría igualmente condenado ¿cierto? En primer lugar, se vive como se puede. Luego, si es posible y en segundo lugar, distinguiendo entre bien y mal. Esto podría hacer de cualquier existencia un único, prolongado y aburrido objeto de confesión. −apuntó el policía.

−Entonces tenga cuidado, Comisario. Mire que, si de juicio se trata, todo lo que diga puede ser usado en su contra. −agregó el cura.

−Sentido del humor ¿eh? Eso es bueno. Sabía que me entendería UD. Por cierto, mire ¿Me haría el favor de darle esto a Mudito? −continuó el policía, al tiempo que àsaba la gorra sacada del maletín al cura.

−¿Mudito? ¿Y quién es Mudito? −interrogó el cura.

−Mudito. Bueno, el mudito, quiero decir. La verdad no lo sé, Padre. A veces lo he visto junto con los demás que se reúnen en la iglesia con UD. No sabría cómo describirlo. Es negrito, patón y un poco bobalicón, como todos, creo. Últimamente, se me había pegado como un chicle. Así decía Susana, al menos. Salíamos los tres. Él, yo y Perro, en ese orden. De la casa al comando. Del comando a la casa. Un gran equipo. −sonrió el policía.

−Sí, el perro gris ése ¿no?. −indicó el cura.

−Perro. −aclaró el policía.

−El perro. Sé cual es. Debe ser viejo. Hace años que lo veo por el malecón. Llegó allí. No sé de dónde. Hay seres que parecen fantasmas, aparecidos de repente, quiero decir, sin genealogía posible. Eso siento cuando veo un perro callejero. Bueno, no sólo con los perros, por cierto −dijo el cura.

−Perro. −insistió el policía.

−¿Perro? −preguntó el cura.

−Se llama Perro, el perro −dijo el policía.

−Se llama Perro, el perro. Muy apropiado el nombre. Entiendo. Pero me decía UD. que iban los tres...−intentó retomar cura.

−Mudito, yo y Perro. O, también podría decirse, Perro, yo y Mudito. Dependiendo por donde empiece uno a contar el asunto. Pero, al final, el resultado es el mismo. Para el que va en el medio, digo, al menos, es igual. Siempre en ese orden. De un lado las patas de Mudito arrancando polvo del suelo. Del otro el jadeo de Perro lengua afuera. Ras ras, ras ras. Jaffgg jaffgg, jaffgg jaffgg. Mas o menos ¿no? Bueno, ya puede UD. imaginarlo. Había veces en que Mudito se adelantaba demasiado. Otras, quizás, éramos Perro y yo los que nos quedábamos atrás. UD. tiene razón. Ese perro está viejo. Y también yo, por cierto. También yo. −dijo el policía.

−Eso que dice me recuerda al Moise. −observó el cura.

−¿Qué cosa? −preguntó el policía.

−Lo de ir de aquí para allá, sin que importe por dónde se empiece a contar −respondió el cura

−Sí. Todo un modelo, el Moise ¿no? Hace un rato estuve pensando en él. Pero, en fin, le será fácil dar con el mudito. La verdad no sé si es mudo. UD. sólo póngase la gorra y verá cómo él mismo se denuncia. No podrá quitarse su mirada de encima, y cuando se la entregue verá al ser más feliz sobre la faz de la tierra. Esa gorra es para él algo así como el mundo mejor para el Moise y el resto de la especie. −el cura se estiró hasta alcanzar la mano estirada del policía y tomó la gorra. Retornó de nuevo a su posición y volvió a cruzarse de brazos. En ese momento, entró Colmenares.

−Ah, mire UD. De lo de Rita, han traído café, Padre. Aún está caliente ¿Un poco? −preguntó el policía.

−Sí. Un poco. −respondió cura.

−Es uno de los privilegios de ser el jefe aquí. Porque, aunque del otro lado de la reja, sigo siendo el jefe. Curioso ¿No? −dijo el policía.

 

Tras salir Colmenares, hubo un silencio que se prolongó por un largo rato. Martón Romero se levantó y se puso a servir el café. Tú como que quieres que el cura no se vaya, al menos todavía ¿Y eso qué es? ¿Debilidad? ¿O qué? Confesarte. Mira que se te ocurre cada vaina, Romero. Ganas de hablar paja, Romero. Sí, claro. Lo que pasa es que hay conversaciones así, que parecen confesiones. Con el cura siempre son así. No es la primera vez ¿Por qué será? Éste debe ser un verdadero cura, aunque ya no sirva como tal. Si Rengifo lo viera, cómo se burlaría de éste Romero. El azúcar ¿Dónde puso Colmenares el azúcar? Colmenares entró con el azúcar, y volvió a salir. Se te ocurre cada vaina, Romero. Y en medio de la ocurrencia, entonces, me abirro. Confesarás su aburrimiento, entonces. Un buen pecado, el aburrimiento. Largo. Constante. Esencial. Una vida entera, o casi ¿Y cómo se confiesa eso?.

 

−Está bueno. −dijo el cura.

−El café de Rita; lo mejor de Buenaventura. Siempre lo he dicho. Inevitable pensar en mi pocillo. El pocillo me lleva a aquellas tazas. Las tazas a Susana. Antes no era así. Todo quedaba allí, en mi pocillo. Por cierto, ¿Ha visto a Susana? ¿Qué dice ella? Cuando me vine, aún dormía. Ni se enteró, hasta que Colmenares y los muchachos fueron a recoger a Medina, creo. Colmenares no supo decirme nada. Que Susana estaba allí, sentada. Le dijo lo del bolso, pero no trajo nada. −dino el policía.

−Lo sé. Colmenares me dijo que iba a buscar el maletín, y yo le dije que lo recogería; de paso veía a la muchacha. La he dejado en la casa antes de venir para acá. Como le digo, estaba a punto de marcharse cuando llegué. En realidad, creo que espera que UD. vuelva allí. No habló mucho. En realidad, casi no habló. Está como asustada por lo de Medina. −dijo el cura.

−¿Asustada? −preguntó eñ policía.

−Eso me pareció. ¿Sabe, Comisario? Ña otra noche, cuando se marchó de lo de Medina, la vi. Entusiasmada, decidida. UD. sabe. Recién bañada. Vestida. Lista, como quien dice. De pronto gritó y dijo que Medina se había movido. Salió corriendo y no la vi más. Cuando la vi esta mañana, no quedaba ni resto de aquél entusiasmo. Estaba sentada en la hamaca, sin decir nada durante un largo rato. Le pregunté por lo que había pasado. Pero nada. Permanecía callada. Tras largo rato, sólo preguntó que si UD. volvería. No supe ni qué responder. −dijo el cura.

−!Vaya!. Asustada. Y ella misma me pidió que lo matara. −dijo el policía.

−¿Que lo matara? −preguntó el cura.

−Sí. A Medina. −aclaró el policía.

−¿Susana? −insistió el cura.

−Ella misma. −respondió policía.

−¿Y UD. qué le dijo cuando le pidió algo así? −preguntó el cura.

−Que no lo haría. Que era tonto que me pidiera algo así. Según ella, para mí sería algo fácil, porque soy policía. Eso pensaba Susana cuando me lo pidió −respondió policía.

−Bueno. Debo decir que en el fondo la comprendo. −dijo el cura.

−¿Y al final qué? Igual voy y mato al viejo. −replicó el policía.

−No es igual. UD. lo sabe. Comisario. −cura.

−Yo no lo sé. No lo hice por la petición de Susana. Es verdad. Pero, por otra parte, si Susana no se hubiera ido a la casa, no hubiera pasado esto. Eso lo sabemos. Cuando acepté que Susana se quedara, de alguna manera estaba provocando, por otra vía, un desenlace similar. No lo pensé así entonces, pero debí haberlo hecho. −dijo el policía.

−Pero no creo que la muchacha lo haya hecho con esa intención ¿o si? ¡Pobre muchacha! Sólo quería librarse del viejo. Pedirle a UD. que lo matara acaso sea una muy irresponsable forma de haberlo expresado. Y ahora ¿qué? Le diré. Ya la veo metida de cabeza en el "Claro de Luna". Lo digo porque ya una vez creí salvarla de algo así. ¿Sabía que se vino a Buenaventura con esa otra del “Claro de Luna”.

−¿Clarita? −preguntó el policía.

−Sí. Era una niña. Decía que era su tía. Pero, la verdad, no le creí. Ahora, quisiera hacer algo por ella, pero no me atrevería a darle mi consejo. La última vez que lo hice la mandé directo a lo de Medina. Luego apareció UD. No sería peor que permanecer en lo del viejo, me dije. −observó el cura.

 

Por un instante, Martín Romero imaginó su regreso junto a Susana. Ese hogar, esos hijos, ese sexo, y cuántas presencias extrañas en que pudiera degenerar el fantasma de aquella, la casa, de súbito convertida en la cosa invadida por una existencia ajena, curiosa y espesa, y por la que, como un héroe, debería el policía morir. Se acuerdó entonces de Amanda. Susana era también, como aquella, un dios que desde su reino de la eterna espera le suplica comprometerse con la ley sagrada de un universo que ya este Romero aborrece. Mejor dejarlo así. Que los muertos entierren a sus muertos.

 

−Aunque pudiera, Padre, yo no volvería. Acaso la salvaría del oficio de puta. Pero la hundiría en el vicio aún más deleznable de amarme, el de “ser mía”, como ésa casa, ese pocillo, o cualquier otra cosa. ¿Se imagina UD.? Jamás he podido ser dueño de nada. UD. sabe, en cuestión de pertenencias sigo siendo un auténtico comunista o, quién sabe, un capitalista fracasado. En fin, cómo explicar a Susana que no me halaga una espera así, como la que UD. indica, ni ese tono de súplica que suena, sigiloso y nada confiable, tras su silencio. Ese tono. Lo conozco bien. Llega hasta aquí. Clama como sólo las causas justas son capaces de clamar. Aunque no sean tan justas, claman. Yo puedo morir. Claro que sí. Sólo que puedo morir sin necesidad de morir por cosa alguna. Quizás haya que ser policía para entenderlo. En todo caso, ni los dioses ni las mujeres entienden algo así.

−¿Y qué hará ahora, Comisario? −preguntó el cura

−No lo sé. −respondió el policía, y calló por un rato antes de continuar− Bien. Hablo como si ahora no supiera, y la verdad es que no lo he sabido nunca. He dejado que los demás lo sepan por mí. Siempre lo hice así. Hallarme en medio de esta celda no es muy distinto a hacerlo en medio del universo; un poco más incómodo, claro, pero sólo eso ¿Quisiera salir? Por supuesto que sí. Pero sólo eso. Como escuché a Medina decir una vez, la muerte es ese silencio que uno lleva por dentro y lo va callando de a poquito. Yo enmudezco desde hace tiempo. Ha arribado a un lugar desde el que aún se dejan oír a lo lejos las voces de mi charlatanería. Hubo días en que, como hoy, se me ocurrió anotar cosas en este cuaderno. Pero siempre fracaso en el intento. Este mugroso cuaderno es como yo. ¡Báh! Esta es otra comparación que me he repetido tantas veces. Olvídelo. −mientras esto decía, sus dedos, que, rozaban las páginas del cuaderno que sostenía entre las manos, pensaba en esas notas que le sonreían allende la boca desdentada de su escritura. Entonces devolvió el cuaderno al maletín, y volvió a mirar al cura para decir:

−Éste no volverá a salir de allí. Bueno, me lo digo. No es la primera vez que me lo digo, y por eso sé que no puedo confiar en lo que me digo. ¿Sabe las veces que he salvado al mugroso éste de la basura? Nunca dije nada cuando lo lanzaron al basurero. Ni siquiera un tímido reclamo a propósito. Nada. Cuando pasa, hasta me muestro conforme; liberado, incluso. Adiós al mugroso. Sin embargo, cuando nadie se da cuenta, me agacho, me arrastro raudo y preciso como cucaracha, voy hasta el bote de la basura y lo saco. Una vez más, he salvado al mugroso.

−¡Vaya! Al parecer, Comisario, ha tomado UD. el más engorroso camino para no hacer nada. A mí me pasa. Pero simplemente no hago nada, y ya. Pero Ud. acomete el asunto con un heroísmo casi que conmovedor. En fin, como sea, Buenaventura es el paraíso del perezoso. −dijo el cura

−Es cierto. Lástima tener que irme ahora. Si pudiera, resucitaba a Medina, se lo juro ¿Sabe? De pronto, se me ocurre que nunca debí separarme de Mudito y Perro. No más lo hice, y mire. Perdí el camino correcto. La regué. −dijo el policía.

−Bueno, pero, y digo yo. Si lo que UD. pretende es escribir… ¿un libro? o cualquier cosa ¿Por qué no hacerlo? Y listo. Que la cuestión resulta peor de lo que imaginó: se acabó, y ya. Siempre será mejor que andar en ese rodeo interminable ¿No le parece? Tendrá la oportunidad de no hacer nada, y de deshacerse, en verdad, del mugroso, como UD. lo llama. −observó el cura.

−He pensado en ello, se lo aseguro. Sin embargo, sucede que no tengo ni la paciencia ni el talento. Aunque eso es lo de menos. La cuestión está en que, por otra parte, padezco una sensación de morbosidad más o menos incontrolable por el rodeo interminable, como UD. bien lo llama. Precisamente, es eso lo que me lleva al rodeo interminable. Creo que, en el fondo, lo que necesito es salvar al mugroso una y otra vez. Aunque me ahogue en la charlatanería, nunca he tenido, en realidad, mucho qué decir, ni una imperiosa necesidad de hacerlo. Creo que un libro entero, de ser posible para mí hacerlo, nunca me colmaría tanto como ese instante en que salvo al mugroso. Tiempo atrás yo llamaba a esto duda. Usted sabe, la duda que nos lleva a crear, y ese tipo de pendejadas propias de quien ve en la creación un acto sublime. Pero que va, se trata de mera morbosidad. La misma que me despierta el curioso hecho de estar vivo cada vez que despierto cada mañana. Y, aquí entre nos, Padre, hasta ahora, pareciera que lo de Medina ha acentuado más aún el asunto ¿Más café? −preguntó el policía

−Sí, por favor. −asintió el cura

−¿Un cigarrillo? −preguntó el policía. Luego de servir el café y encender el cigarrillo al cura, agregó:

¿Quién lo creería, no? Me preguntaba cuando venía para acá esta mañana. Hace veinte años, como un dios perdoné la vida a Medina. Y hoy ese mismo dios, lo mata sin pensarlo dos veces. Y no fue casualidad, ni un acto irreflexivo del que, en la serenidad de mi ánimo, me arrepienta. Sé que si el viejo se volviera a parar lo volvería a matar, las veces que fuese necesario. No tengo límites cuando de monotonía se trata. dijo el policía.

−¿Cómo es eso de que hace veinte años UD….? −preguntó lleno de curiosidad el cura.

−Sí. Hace veinte años, más o menos. No se lo había dicho, pero cuando lo del secuestro de Medina, andaba yo con El Indio y El Moise. Yo era uno de los malditos comunistas de los que hablaba Medina. −dijo el policía.

−Entonces fie cierto lo del secuestro. −observó el cura.

−Bueno, en cierto modo. Que estábamos allí, yo y los otros, es cierto. Que nos llevamos al viejo, también. Hasta allí. Ahora, que luchábamos por el mundo mejor y que por ello íbamos a fusilar a Medina, eso es otra cosa. Jamás, nadie pensó, en realidad, matar a Medina. Es verdad que El Moise y El Indio lo decían. Pero estaban borrachos, y decirlo era como tratar de acallar esos horribles silencios que nos gritamos desde el fondo mismo de nuestra inutilidad. Lo cierto es que mos llevamos a Medina y después no supimos qué hacer con él. Matarlo hubiera sido todo un acto de consagración en la metafísica de las causas justas, si en realidad hubiésemos tenido alguna. Todo fue planificado por Rengifo. Siempre tan eficiente, el Rengifo. Estuvimos en el lugar indicado, a la hora indicada. El único que llegó tarde fue Rengifo, pero no nos importó. Una curva del camino, allá arriba. El viejo. Lo detuvimos. Nos lo llevamos, atado de manos. Un ambiente tenso. Se podía oler la adrenalina, como dicen. Eso era lo que queríamos. Llegamos a donde teníamos que llegar. Metimos en el rancho a Medina. Por fin, llegó Rengifo. Y allí estábamos, sin que supiéramos qué decirnos, sentados, casi aburridos. Y, entonces, ahora ¿qué hacemos? Pobre del viejo Medina −al que, por cierto, recuerdo tan viejo como ahora. Son de esos seres que parecen nacer ya viejos, con la edad que van a tener al morir de una vez. Era como un trofeo a nuestra inutilidad. En algún momento, ya en la madrugada, El Indio dijo: hay que matar a Medina. Todos volteamos a verlo. El Moise fue quien lo secundó. Entonces comenzó la algarabía. Que si sí. Que si no. Al menos salimos de aquel aplastante silencio que pesaba sobre los hombros de cada quien. −dijo el policía.

−¿Y Medina? −preguntó el cura.

−El viejo seguía en el rancho. Dejé a los demás discutiendo y me fui hasta allá. Cuando entré, el viejo estaba sentado en el suelo, con las piernas encogidas y abrazadas. No se movió. Me acerqué. Encendí un cigarrillo. Y entonces volteó el rostro hacia mí. ¿Y es esto lo que tengo que matar? Me pregunté. El viejo vociferó algunas amenazas vagas. UD. sabe, lo que los expertos llamamos pataleo de ahogado. Le dije que se levantara; nos íbamos. Fue entonces que me tomó del brazo para erguirse. La sensación de esa mano de rana allí, en mi antebrazo, es lo único que conservo vivo en el recuerdo. Lo demás, es como andar por un cementerio, por entre las nubes calinosas de la memoria. Dimos vueltas por allí, por casi una hora, y lo dejé ir. −respondió el policía.

−Ese día, casi al amanecer, Medina llegó a mi casa. Yo no sabía qué pensar. Al principio pensé que estaba borracho, o algo así. Luego me di cuenta que estaba aterrado. Pero, en realidad, pensé que todo lo que me decía lo había inventado. Que si El Moise y El Indio. No podía tomarlo en serio. −comentó el cura.

−Al final, lo maté ¿Se da cuenta? Sólo que tardé un poco más de lo previsto. −observó el policía.

−¿El Destino, acaso? −sugirió el cura.

−No he dicho eso. Simplemente no lo sé. Aquél día no lo maté porque no creí hallar alguna razón para ello. Esta mañana ni siquiera me pregunté si tenía alguna razón para ello −respondió eñ policía.

−Pero fue en defensa propia ¿Qué otra razón tendría que tener? −dijo el cura.

−Ciertamente. Defensa propia. Pero el punto está en que yo sigo vivo y que, para algo así, siempre, al final, he debido matar al viejo. Y he debido volver a Buenaventura para ello. No se vaya a reír UD., Padre, pero siento como si esta mañana, al hacerlo, hubiese saldado una vieja deuda que jamás sospeché tener con mi existencia. −dijo el policía.

−UD. puede sentir muchas cosas. Eso es comprensible. Pero, lo objetivo, mi querido Comisario, y lo que cuenta en estos casos, es que de no haber sido él hubiese sido UD. Así son estas cosas. −dijo el cura.

−Lo que cuenta ¿para qué? Para el sujeto del tribunal que, dado que se trata de un caso de defensa propia, me deje libre para seguir como si nada. Eso está bien. Esa es una cara de la moneda; acaso la más superficial y menos discutible. Soy un sujeto éticamente sano. Sólo mato cuando no hay más remedio. Pero, como le digo, éticamente sano… que sigue vivo sólo gracias al hecho de haber matado al mismísimo viejo. Éste es, para mí, el caso. Y, por cierto, de mi única jurisdicción. El problema aquí no es de absolución, sino de entendimiento. Esos son los jodidos, cuando no se es gato o perro. Observó el policía.

−¿Y qué es lo que hay que entender, en tal caso? −preguntó el cura.

−Que matar, amén las implicaciones éticas que cada quien pueda deducir de ello, es un infame descubrimiento. Siempre actuamos en defensa propia. Por encima de cualquier cosa, defendemos ésa, nuestra miserable existencia ¿No se da cuenta, Padre? La existencia de cada quien es como el mugroso cuaderno ése. Una y otra vez nos arrastramos al basurero de la circunstancia para ponerla a salvo, aunque después no sepamos qué hacer con ella. Y volveremos a salvarla cuantas veces sea necesario, aunque nuca sepamos qué hacer con ella. Hasta el día en que conseguimos la causa justa. Cualquiera puede servir de tal; esto no importa. Entonces, no es que nuestra existencia valga algo más, sino que, en realidad, sólo aquello por lo que no creemos capaces de dar la vida nos permite deshacernos de ella. Ah ¿lo ve? La liberación. La liberación. Por eso Dios, Amor, Revolución… ¡qué sé yo!: tienen siempre ese curioso efecto liberador, a pesar de lo devastadores que de hecho puedan ser para nuestra individualidad, pese a la agotadora enajenación en nos puedan sumir. Los valores supremos son, en cierto modo, como la muerte misma. Sólo que con tan sólo morir no sometemos a nadie. La muerte de cada quien consuma la existencia de cada quien. La causa justa la deshace, la somete y empuja a actuar bajo pena de muerte. Entonces actuamos, igual, en defensa propia; en este caso, nos salvamos de nosotros mismos, de la estupidez y mediocridad intrínseca que tanto nos acongoja ¿Más café? −preguntó el policía.

–No. Está bien, por ahora –cura.

−Yo sí ¿Sabe? Cuando me vine a Buenaventura, lo hice con el único propósito de cumplir ciertas instrucciones. Esto es algo que siempre me ha sido fácil. Uno actúa como un autómata ¿qué dificultad puede haber en ello? Sin embargo, no más llegué aquí tuve una impresión extraña respecto a mí mismo. Estaba parado en la playa, cerca de la casa, en lo que después llamé la ensenada ¿Sabía que lo de ensenada viene de seno? El mar, en esos sitios, forma como un seno. Me gustó saber eso. Es el tipo de cosas de las que me gusta enterarme. Ligeros y curiosos detalles. En fin. Hay por allí unos curiosos árboles cuyas ramas entran y salen de la arena, y así recorren un alargado espacio con sus troncos pelados y retorcidos. Es un increíble espectáculo de fuerza, tenacidad y desierto. Ligeros y curiosos detalles a granel. Ya le digo, me gusta eso. A veces hasta recogen un insospechado concepto de la mismísima vida. Como le digo, estando allí parado, frente a aquellos árboles y el mar del otro lado, sentí que yo, si acaso fuese yo, no era más que el arduo trabajo de cargar con el cadáver que aún no soy, una suerte de memoria de esa máquina en dos patas que aún no se ha detenido por completo. Desde entonces me imagino que lo llevo de una lado a otro. En la mañana lo saco al sol. En la noche lo tumbo a soñar, y hasta velo su sueño. Cuando tiene hambre lo siento a comer. Y si de amar se trata, lo desnudo y dejo que se deshaga, hasta recogerlo y, de nuevo, a cargar con él. Mi cadáver preferido. Puedo llamarlo así.

−Y ahora ¿dónde está? −preguntó el cura.

−Aquí. No iba a dejar que Medina lo matara. −replicó el policía.

−Menuda faena, la suya, Comisario. Yo nunca lo hubiera imaginado así. −dijo el cura.

−Quizás porque UD. tiene, o ha tenido, otras cosas que atender, cuando de existir se trata. Como Dios, por ejemplo. UD. debe haber cargado con lo suyo, y me puedo imaginar cuánto; hasta poner a Dios del otro lado, donde ya no es posible alcanzarlo, según ha dicho UD. mismo. En mi caso es un poco diferente. Mi universo es provinciano, comparado con el de aquellos que salen a buscar a Dios. Yo no. Sólo he dado pequeños recorridos furtivos alrededor de mí mismo. Ha escuchado aquello de que el hombre es esclavo de sí mismo. Bueno, sé algo sobre el asunto. −dijo el policía.

–Y sólo por curiosidad, dígame algo ¿quién habla ahora? ¿UD., Comisario, o su cadáver preferido? −preguntó el cura.

−No es tan sencillo. No es cuestión de doble personalidad ni nada parecido, sino lo propio, creo, de quien para vivir ha de hacerlo muriendo. Así que, en principio, hablo yo, el mismísimo Comisario de Buenaventura, si lo quiere llamar asi. Sin embargo, siendo que el tal comisario no es otra cosa que la memoria del cadáver que aún no es ¿cuál cree será la fuente de todo cuanto dice? Así como lo asoleo, lo duermo, le doy de comer, le salvo la vida y demás, también, cuando el muy majadero quiere hablar, es a mí a quien toca hablar por él. Sólo digo lo que él ha de decir. La cuestión, como le digo, no es tan sencilla. A veces, hasta nos contradecimos. A éste cadáver soy yo quien le da vida, una que sólo puede decir de sí lo que ya no es −apuntó el policía.

−¿Y quién se la quita? −preguntó el cura.

−Yo mismo, en la medida que se la doy. −replicó el policía.

−Y si yo le preguntara ahora ¿UD. quién es? −preguntó el cura.

−¿Yo? El policía. Si me preguntara ¿UD. qué es? Le diría el cadáver que aún no soy, su memoria, existencia compilada. Si me preguntara ¿Quién mató a Medina? Le diría que yo, sólo que por demanda de aquél, para salvarlo a él. Él es, en suma, el autor intelectual. Yo un mero sicario. −respondió el policía.

−Bueno, Comisario, si es así, le recomiendo no mencionar el asunto en un tribunal ¿eh? Lo pueden tomar muy a mal. −acotó el cura.

−Lo sé. Lo sé muy bien. Ellos me absolverán porque fue en defensa propia. No tengo que decir nada. Ellos lo pensarán, dirán y concluirán todo por mí. Basta con que yo calle y que mi silencio tenga cara de yo no fui. Ahora ¿si va con ese café? −preguntó el policía.

−Sí, por favor. Y un cigarrillo también −dijo el cura. Y acto seguido preguntó− Puedo preguntar, Comisario ¿por qué me dice a mí todo esto?.

−¿Por qué? Porque UD. ha sido una suerte de fuente de inspiración. Colocar a Dios del otro lado, es decir, buscarlo, como seguramente UD. se ha empeñado, y encontrarlo del otro lado, tras algo así como un vidrio a través del cual podemos verlo completo, sin acceder a él, sin ni siquiera escucharlo y ser escuchados, y sin embargo viviéndolo allí, del otro lado, la sublime oportunidad de lo inaccesible. Eso me parece genial, Padre. Normalmente el problema de Dios ha sido colocado en la maniquea perspectiva de su mera, pueril posibilidad de ser o no ser. En uno u otro caso, no hay desafío. Si lo trascendente está a la mano como posibilidad afirmativa o negativa, se torna pueril. Si Dios es, para qué buscarlo, si está allí. Y, por otro lado, si no es, para qué buscarlo, si no está allí. Los comunistas me enseñaron que no, y yo dejé el asunto así. Ellos decían que afirmar o negar la existencia de Dios era un punto de vista mal empleado. Y es cierto. Simplemente no despertó ningún interés en mí. Pero pienso que planteado de otra manera, como UD. lo hace, por ejemplo, el asunto de Dios se torna realmente interesante. Según su punto de vista a nadie le es dado renunciar a la búsqueda de Dios y confirmar que, con ello, ha tomado el camino de lo imposible. Del reino de la fe y la esperanza al mundano mundo de la voluntad y la espera. A eso llamo yo arrancar al hombre del paraíso, y en la feroz arrancada llevarse a Dios consigo. Genial, Padre. Pensar que tuve que venir a Buenaventura para enterarme del asunto. Cuando le dije que me quería confesar, lo dije en serio. −dijo el policía.

−Yo… ¿qué puedo decir? Yo sé que le dije cosas. Lo dije por decir. No pensé que prestara verdadera atención a lo que decía ¿Sabía UD. de alguna manera que yo vendría hoy? −preguntó el cura.

−No. En realidad no lo sabía. Pero sí sabía que, si UD. venía, iba yo a confesarme. Es como si me hubiera preparado toda la vida para ello. − respondió el policía.

−Quizás tenga UD. razón, después de todo. Si el que come azúcar carga su terrón, pues poco ha de extrañar que el que viva que cargue con su muerto ¿no? −cura.

−¡Ese es el espíritu! Sí, señor. −celebró el policía.

–Cuando dijo que quería confesarse, en realidad, no lo tomé en serio, Comisario. Pero, pensé, que lo que quería era hablar de Medina; es decir, de su muerte y demás. Yo ya estaba más o menos preparado para ayudarlo con lo que suponía podría ser el sentimiento de culpa por haberlo matado. UD. sabe cómo es ¿no? Y, por cierto ¿cree UD. que Medina sabía que UD. era el mismo fulano que una vez…? −preguntó el cura.

−La verdad, no lo creo. Mejor dicho, no tengo forma de saber si lo que sentí al verme mirado por sus ojos muertos, es cierto. Según esto, sí. Pero no tengo argumentos para asegurar que es así. Sin embargo, hubo veces en que lo imaginé en plena faena de venganza. Un revólver, un cuchillo, sus propias manos, quizás, salidas de la noche como un sueño arrancándome del sueño de estar aún no muerto. Pero, le diré, Padre, que hasta las mentiras que nos construimos para durar nos duran poco. Ahora, luego de haber matado a Medina, lo siento así. Quizás, si, como me digo, al matar al viejo salvé a mi cadáver preferido, al salvarlo, el cadáver se me deshizo. Todo esto me hace sentir necio, hasta el punto de que no me basta con sentirme así, y me dedico a saber que soy así. No lo sé a través del pensamiento, sino de un aburrimiento tan grande que me va faltar cerebro para terminar de pensarlo completo. Cuando es necesario fingirlo todo, hasta ser necio cuesta trabajo. Sigo aquí, en el mismo sitio que mi ausencia de mí ocupa desde no sé cuándo. Me he quedado sin espacio y sin tiempo. Sólo caigo en el abismo donde no termino de caer, porque hasta para eso hay que tener fuerza y dedicación. Así que, en verdad, sólo imagino que caigo, porque imaginar cuesta menos y los sueños son más verdaderos que la realidad en la que ya no creo. Creí que mi abdicación era real, o más bien creí en la realidad de una significación así. Pero nada de eso hay. −dijo el policía.

–Comisario, abdicar, como UD. lo llama, supone tanta voluntad humana como creer que se es hombre por el accionar. Aunque en UD. haya tanta vida como en una lata de sardinas, si no ha muerto completo, sigue siendo un hombre, aunque sólo se trate de un "no muerto todavía". Llámelo como quiera; después de todo, vivir no es más que muerte transcurrida. Pero aunque hubiesen transcurrido milenios en ese morir, no ha muerto aún. No confunda muerte con mortalidad. −dijo el cura.

−Sólo soy memoria del cadáver que aún no soy, decía yo hasta hace un momento. −replicó el policía.

−Supongo que en algo así consiste ser mortal. Medina es el muerto. −acotó el cura.

−Le diré algo: aún me parece estarlo viendo sentado en el suelo. No es cuestión de remordimiento. No fue un acto de justicia, venganza; ni siquiera de conservación. Ni su cadáver, ni la conmoción de su deceso; nada de cuanto es motivo de escándalo, condolencia o resignación me pertenece. Mía es la magnitud de la hazaña, el esfuerzo consumado en mí como homicida, toda la culpa y la causa de su muerte, la voluntad de crear ausencia a falta de algo mejor. La verdad, me parece haber culminado la obra que Dios dejó a medio terminar. El creó al hombre, a su imagen y semejanza, y yo me he encargado de descrearlo, a la imagen y semejanza de mi fracaso. He dado sentido a lo que en sus manos era absurdo acto fallido. Quizás haya sido a eso a lo que vine a Buenaventura. Quien sabe si el auténtico drama de la teología no sea, en realidad, Dios, sino el mero hombre, solo, en dos patas, sin nada que ver en sus congéneres. Hay días en que aquél sólo parece ser la propuesta intelectual para lidiar con la imperecedera voluntad de éste. Puede que no estemos condenados a nada que no sea nuestra propia voluntad. De ser así, cada quien ha de hacerse cargo de sus cargos. −dijo el policía.

−Ese tema, Comisario. Ya no soy quien para tratarlo. −dijo el cura.

−¿Lo aburre? −preguntó el policía.

−Un poco −respondió el cura.

−Se acaba el juego −dijo el policía.

−¿Cómo dice? −preguntó el cura.

−Mi confesión… llega a su final. −observó el policía.

−Eso es algo que nunca terminará. UD. y yo lo sabemos. −dijo el cura.

−Pero se acaba el juego… se acaba. −insistió el policía.

TEMPORAL

Una historia acerca del hecho de escribir historias

(novela filosófica) 

...sucede que la vida no tiene inicios ni finales, y que sólo en el ámbito y contexto de una narración es susceptible de adquirirlos. Lo que me recuerda, por cierto, aquello que una vez dijera Beckett: ese fue mi error, uno de mis errores; exigirme una historia, cuando sólo la vida bastaba. Si es así, entonces estoy aquí para perpetrar mi propio error. Y hasta puede que ésta sea la forma de haber empezado a hacerlo. Más me vale.

Introducción General

El Bolívar histórico del que se ocupa este trabajo no es, hablando en términos rigurosos, el del pensamiento político y la estrategia militar, aunque, desde luego, mucho tendrá que ver con ello. Pero no es un análisis de ese tipo lo que busco en su discurso sino, más bien, al discurso mismo como herramienta del político y el hombre de guerra. Se trata del Bolívar de la palabra. El lenguaje como signo de conciencia histórica, como dimensión de temporalidad y como fuente de heroicidad. Del discurso de Bolívar no me interesa tanto el pensamiento como su narrativa; su inteligencia política o militar, como la semántica o discursiva. Del Bolívar histórico no busco la verdad, sino el estilo.

Introito

Un día, cuando todavía era estudiante de historia y me desempeñaba como investigador en el archivo histórico del antiguo Congreso Nacional, al fondo de la bóveda, en medio de un cúmulo de trastos tan viejos como valiosos, me topé con una desvencijada edición del Diario de Bucaramanga. Sumido en la molicie que mi burocrático cargo ya me inspiraba, aquél libro me distrajo y, allí mismo, en un improvisado asiento de cajones, lo leí. Para cuando retorné de la bóveda, mi imagen de Bolívar -como la de casi todos, determinada por ese formalismo patriota propio de la historiografía de banco de escuela, como la llama Vallenilla Lanz- cambió. Este libro es el resultado de un intento por captar y comprender aquello que cambió.

CARTAGENA: del destierro a la gloria

La Memoria dirigida a los ciudadanos de la Nueva Granada por un caraqueño, mejor conocida como el Manifiesto de Cartagena, se considera el primero de los grandes documentos políticos de Bolívar. Fechado 15 de diciembre de 1812, recoge la experiencia del incipiente gobierno republicano que, a mediados de ese mismo año, ha sucumbido en Venezuela bajo los embates del ejército español. Se trata de una memoria de la derrota, producida por alguien que ha participado como oficial en la guerra el gobierno español y que, salido al exilio, ha llegado a la Nueva Granada con el propósito de obtener hombres y recursos que le permitan invadir su país de origen y restablecer la república. Esta memoria no es, pues, el mero relato pasivo de lo que aconteció, de cómo el ejército español ha vuelto a tomar de una de las plazas más importantes y estratégicas de la América insurrecta, sino del plan para recuperarla. Se expone aquí el análisis crítico de una experiencia republicana particular, de la que se extraen conclusiones políticas y doctrinales que proporcionan una nueva perspectiva del proceso de emancipación no sólo en Venezuela, sino en toda la América Meridional. Se puede compartir en mayor o menor medida tales conceptos. Pero, en cualquier caso, es indiscutible que estamos ante la primera visión sistemática, general y de conjunto que, más allá de la dimensión logística y militar que impone la guerra, nos proporciona el primer concepto histórico y estratégico de la emancipación americana. Al menos, el primero producido por un soldado con una clara visión política. En este sentido, estamos ante la primera teoría revolucionaria de la lucha por la independencia.

CARÚPANO: vindicta, libertad y barbarie

En el Manifiesto de Cartagena nada indica Bolívar respecto a la cuestión social. Cuestión ésta tan conflictiva que, siglo por medio, llevaría al historiador Vallenilla Lanz a definir la guerra de independencia como una guerra civil. De ello nos da una particular perspectiva el Manifiesto de Carúpano. No pasó mucho tiempo para que el discurso de Bolívar hubiese de encarar el tema tabú en Cartagena. El momento sobrevino con la caída de la Segunda República, tras ese fenómeno tan contundente como efímero que fue Boves para el proceso de independencia. Efímero en cuanto a su personal actuación y liderazgo, pero en alguna medida permanente en cuanto a la guerra como forma de vida para los sectores populares y el ejército como vía de transformación de una estructura social que hundía sus raíces en la colonia. Acaso fuera Boves el más encarnizado enemigo de la república. Pese a lo cual, la república, a la postre y para ser tal, fue su más genuina heredera. De él recibió su ejército, su dinámica social y hasta el estilo de su liderazgo. A tono con la dialéctica de la guerra, los llaneros que siguieron a Boves pasaron de bandidos a patrimonio de la república. Patrimonio que en algún momento hizo decir a Bolívar que la revolución estaba sentada en un volcán social a punto de hacer explosión. Pero eso sería más tarde y en privado. En Carúpano, todavía este ejército sólo representa el modo en que la barbarie se opone a bien supremo de la libertad.

JAMAICA: Historia, Semántica y Geopolítica

1815: el descenso de Napoleón se cruza con el ascenso de Bolívar. Ambos han partido al exilio, a Santa Helena y a Jamaica, respectivamente. Tres años más tarde, el americano meridional, que ha tomado Angostura, la plaza estratégica que inclinará el curso de la guerra en favor de la causa patriota, dirá de sí mismo: yo busqué asilo en una isla extranjera, y fui a Jamaica solo, sin recursos y casi sin esperanzas. Perdida Venezuela y la Nueva Granada, todavía me atreví a pensar en expulsar a sus tiranos.1 De modo que el exilio, que para Napoleón dictamina el final de un imperio en Europa, para Bolívar anuncia el renacimiento de un proyecto en América. Esta conjunción en el cosmos simbólico de la historia que involucra la carera de dos grandes líderes políticos y militares, alude también a un cambio de época, determinado, desde el punto de vista geopolítico, por el ascenso de las potencias del capitalismo industrial y la caída del colonialismo mercantilista. A ello tributan diversos procesos: la ilustración, el nacionalismo, el industrialismo, la revolución francesa, la expansión napoleónica, la independencia estadounidense, la emancipación en América Latina. Es ésta una coyuntura en el proceso de largo plazo que lleva de la era agrícola a la era industrial. En este contexto se fraguan los cauces iniciales de un proceso histórico de alcance planetario. La Carta de Jamaica forma parte de este contexto. Es una forma de asomarse a él y otearlo desde los agrestes montes de una América irredenta. Tal es el punto de partida de este ensayo.

ANGOSTURA: el guerrero creador de repúblicas

La Carta de Jamaica concluye con la afirmación según la cual la clave para poner fin a la dominación española y fundar un gobierno libre es la unión, obtenida por efectos sensibles y esfuerzos bien dirigidos. Lo que por entonces queda en un escueto enunciado, en Angostura va a ser objeto de un denso desarrollo. Eso es el Discurso de Angostura: un efecto sensible, un esfuerzo bien dirigido. En atención a las lineas principales de su estructura discursiva, es una apelación a la conciencia histórica, un plan estratégico centrado en la implantación del Estado Nacional, y un instrumento de significación del movimiento de independencia como proceso histórico. Pronunciado por Bolívar el 15 de febrero de 1819, en el acto de instalación del segundo congreso que se daba a sí misma una república en medio de los avatares de la guerra, constituye una de las piezas oratorias más importantes de su haber político. Dicho ello por su contenido en sí mismo considerado. Y dicho también por el modo en que marca una diferencia de dimensiones estratégicas entre un antes y un después del proceso de independencia. En la visión totalizadora del Discurso de Angostura confluye lo político y lo militar. Para ganar la guerra en el siempre inhóspito campo de batalla, es preciso ganarla también en el de la política; por cierto, no menos inhóspito, agreste y peligroso que aquél.

BOLIVIA: el hombre de las dificultades como legislador

El guerrero ciudadano es aquél al que le es dado despojarse del mando. Así en la Caracas que le otorgó el título de Libertador, así en la Angostura que lo ratificó como Jefe Supremo, y dos años después lo llevara a ser designado en Cúcuta Presidente de La Gran Colombia. Las dificultades comienzan cuando la historia lo despoja a él de la guerra y se queda sin esa fuente de gloria que, hasta entonces, había sido el enorme campo de batalla y de política que, visto desde Pasto, se extendía entre el Orinoco y el Potosí. Así, Ayacucho consigna en la historia americana la emancipación, ciertamente; y en el destino particular del guerrero ciudadano el retorno de la cima de la gloria a la sima de las miserias de la burocracia y la administración. Siendo el campo de batalla la fuente fundamental de su gloria, dentro de él lo es todo; fuera de él nada, o tan sólo un ciudadano recto e iluminado que, apegado a su prestigio y honor, está llamado a dar la cara a esa oleada de anarquía que, en la paz, devora cuanto ha venido edificando en la guerra. Consumada la independencia o, más exactamente, el proceso de la guerra que habría de conducir a ella, el enorme mapa del nuevo mundo se ha teñido de una no menos enorme complejidad. Mientras se triunfa en Ayacucho se conspira en Caracas. Al tiempo que se finiquitan los últimos detalles del Congreso de Panamá, las recién creadas repúblicas se hunden en la lucha intestina y doméstica que atenta contra la anfictionía. En carta a Santander, fechada en Lima, el 6 de enero de 1825, es decir, a un mes escaso del triunfo en Ayacucho, encontramos esta situación descrita en palabras del propio Bolívar:

OCAÑA: el clamor del pueblo

Desde el punto de vista de su estructura semántica, el libertador, como instancia fundamental del discurso, representa la condición esencial de Bolívar como máximo dirigente político y militar de la emancipación americana. Más que como mera parte de la historia, el libertador concibe, administra y conduce el discurso como conciencia e instrumento hacedor de ella. Sin embargo, y como es de esperar, se trata de un discurso que siempre ha sido concebido y pronunciado desde el entorno de la dirigencia política a la que pertenece, aún en aquellos temas sensibles en que la actuación de dicha dirigencia pueda ser cuestionada por en su mensaje. Desde este punto de vista, el libertador siempre ha sido una instancia discursiva de una u otra manera asociada al estrecho círculo de la élite civil y militar que comanda el proceso independentista. Así, por ejemplo, El guerrero ciudadano del Discurso de Angostura, que dichoso convoca a la representación nacional y se despoja del mando ante ella es, con ello, al mismo tiempo, legitimado por ella. Como parte de la dirigencia, el guerrero ciudadano es jefe supremo entre iguales. En este sentido, los discursos fundamentales de El Libertador como creador de un nuevo tiempo histórico son documentos de identidad con el entorno dirigente del proceso de independencia, palancas ideológicas de su legitimación ante ella como máximo líder.

Epílogo

Hasta aquí me trajo el Bolívar con el que un día, hace mucho tiempo ya, me topé en el Diario de Bucaramanga. El hombre histórico de los discursos. El de la palabra y el estilo. El de la conciencia moderna y la faena semántica. El de la revolución como concepto y del heroísmo como ejercicio de voluntad de poder. Su discurso marca el paso de la barbarie a la civilización, con todo lo bueno y todo lo malo que una transición así supone para la gestión de su propia historia por parte de un pueblo. Y como pueblo, no tenemos conciencia de tal significación porque la historiografía de banco de escuela se ha hecho cargo de ello, bien haciendo de Bolívar una venerable pieza de museo, bien poniéndolo a comer mangos para popularizarlo. Al respecto, me limito a recordar las palabras de Vallenilla Lanz:

HERÓDOTO: los orígenes de la historiografía

Si uno se deja guiar por lo más estrictos rigores académicos, incluso los de la historia, probablemente los menos estrictos de todos, muy a pesar de los historiadores académicos, un trabajo de este tipo luce desde muchos puntos de vista desalentador, bien por lo poco con se cuenta para realizarlo, bien por la poca estima que se guarda hacia lo poco que se tiene, incluso los escritos de aquel a quien Cicerón, si no me equivoco, dio en llamar Padre de la Historia. Y lo hizo en el marco de una larga tradición representada por críticos para los que Heródoto era ya casi tan extraño como para nosotros y que, salvo contadas excepciones, se caracterizó por su desprecio, acusándolo de mal escritor, de inútil, y hasta de mercenario.

Capítulo 1: el hombre, la obra, el contexto.

Es muy difícil establecer un imperativo ideológico, filosófico, político o moral que nos ayude a comprender la aparición de la historiografía en una íntima relación con el contexto histórico en que ello tiene lugar. La vaga generalidad de la que aquí me valgo, es decir, comprender la aparición de la historiografía como parte del humanismo característico de la Grecia Clásica, que tuvo su máxima expresión en el arte y la filosofía, es fácilmente aceptable, pero, se entiende, muy poco precisa. Ese humanismo, la ruptura respecto a la mitología que a él es inherente, comienza a gestarse en la Grecia Arcaica, con la filosofía jónica y la aún ingenua pero inequívoca proximidad que ella representa respecto a la naturaleza. Por otra parte, como se sabe, dicho humanismo se prolonga mucho más allá de la época de Heródoto y en plena decadencia ateniense producirá lo más acabado de su filosofía. Este humanismo griego es, pues, el espacio histórico cultural de muchas cosas, amplio contexto en el que la historiografía luce como un ínfimo detalle, acaso el más prescindible de todos.

Capítulo 2: mito, filosofía, historiografía.

Partamos del hecho, tan magistralmente representado por la cruel simpleza del mito de Sísifo, de que el hombre es una especie condenada a la historicidad. A nadie le es dado elegir no vivir la historia. Encadenado a la infinita finitud del tiempo, el hombre histórico transcurre sin la certeza de saber para qué. Toda la historia humana pudiera comprenderse como la obsesión de este hombre histórico por darse sentido a sí mismo. Todas las cosmogonías lo han adscrito, de una u otra manera, a vagar fuera de lo eterno, perecer una y otra vez. Y todas intentan, al final, reconciliarse con el proscrito, traerlo de nuevo a casa, el paraíso perdido que, en algunos casos, puede ser, incluso, la nada cósmica, peculiar forma de eternidad que nos permite suponer que hasta la supresión de la existencia es preferible al castigo de la existencia histórica. Esta caída en el tiempo es el nudo gordiano de todo el drama bíblico y, en muy otro contexto, es, también, el mayor suplicio que la mitología griega pudo imaginar para el hombre réprobo

Capítulo 3: dioses, hombres, historias.

Heródoto cree en el Oráculo. Es fácil demostrarlo a través de la cita de párrafos como, por ejemplo, el que nos habla de la furia de Taltibio1 contra los espartanos, y otros en los que hace referencia al plano de lo divino como la última salida que encuentra para explicar, -¿o justificar?- un determinado acontecimiento histórico. Sabemos que esto le ha costado a Heródoto buena parte de las censuras que lo descalifican como historiador ya que, se supone, la historia debe explicar al hombre y sus acciones por el hombre mismo. Como se sabe, ha llegado a ser norma del oficio que recurrir a Dios es hacer trampa. Una suerte de principio epistemológico pende como espada de Damocles sobre el historiador cada vez que su discurso historiográfico apela al deus ex maquina. Heródoto puede ser, según esta misma norma, demasiado ingenuo o primitivo .

Capítulo 4: hombre, historia, tragedia.

Si nos pusiéramos a plantearnos los problemas de epistemología y método en los Nueve Libros, probablemente no hallaríamos asidero sólido alguno para el análisis y la reflexión. En realidad, estrictamente hablando, tales problemas no existen para aquella historiografía que, desde sus mismos inicios, se colocó al margen de la sabiduría y se dio a sí misma el despropósito de alimentar la memoria humana, salvar el vertiginoso acontecer humano del olvido humano. Sin embargo, pese a una tarea tan metafísicamente pobre y, en parte gracias a ello, aquella primera historiografía estaba llamada a sentar las bases para una cruel desmitificación de dicho acontecer. El hombre histórico que recién ha descubierto es objeto de paciente y crítica observación; no se le puede tomar a la ligera, tal cual lo encontramos, ni creer de buenas a primeras lo que dice y piensa de sì mismo. Racionalista pero curiosa, tolerante pero desconfiada, fue ésta una historiografía que se aproximó a su hombre histórico con acucioso sigilo, alerta a los juicios y creencias que históricamente su objeto de observación había generado respecto, y a partir de, su propia historicidad. El hombre histórico y la cultura, ámbito al que es inherente el desencadenamiento de sus acciones en el espacio y el tiempo, abrieron así el pensamiento humano hacia una dimensión hasta entonces desconocida.

 

 

Preliminar

He visto a Dios. Es espantoso. No hemos hablado. Para escucharme, tendría que ser yo hombrte de fe. Y, para escucharlo, un esquizofrénico. Pero pululamos en el mismo universo. Él en su cueva y yo en la mía, somos vecinos del mismo barrio; el del misterio. Sólo que yo la habito con la suficiente molicie e ignorancia como para no perder la cabeza. Él no. El misterio lo ha enfermado. Y, convencido de ser la verdad que lo despeja y que, por lo tanto, nos haría libres, ha perdido la suya.

De la caída a la salvación: la historia inconclusa de la creación.

La caída simboliza el inicio de la historia, al menos para la criatura; es decir, la existencia temporal a la que, tras rebelarse, ha sido condenada por su creador. Y la salvación la recuperación de una criatura que, ahora, como pecador; o sea, habiendo comprobado por experiencia lo que su creador por omnisciencia ya sabía y se negó a revelar, retorna arrepentida al paraíso en que fuera creada, y lo hace por gracia del que la condenó. Así, entre caída y salvación -fin del tiempo de por medio- el reino de este dios describe un ciclo único y total hacia la eternidad propiamente dicha, suponemos, ya que, hasta la culminación de dicho ciclo, dicho reino no ha sido otra cosa que un proyecto histórico; una teleología en la que Dios hace de sentido inmanente y la eternidad de meta trascendente.

De cómo no fui echado del paraíso: me largué yo mismo

El Génesis, como se sabe, es el primer capítulo en la historia de un dios que creó el mundo, la historia; vale decir, el pasar en que las cosas pasan y el tiempo con que lo captamos. Según esta historia, en siete días -merecido descanso incluido- este dios, emergido de las tinieblas, configuró el universo total: estableció su reino eterno, creó la criatura llamada a adorarlo por la eternidad, actualizó el abismo temporal al cual arrojarla cuando se resistió, y, por último, concibió el plan para rescatarla de su temporalidad y retornarla a su seno. Más que una historia de dios, ésta es la de un proyecto de dios. Con lo cual esta historia deja fuera lo más interesante del objeto a historiar: las tinieblas mismas, el abismo y el origen del dios-héroe que, venido de ellas, encarna la luz que ha de iluminar el nuevo todo en que se dispone a reinar. De modo que esta historia, que no indaga en su tema y que, aún así, pretende dar razón de la temporalidad mediante la eternidad, nos deja en ascuas, pues sólo vale para confirmar que la vida eterna junto al dios que nos ha creado no es menos absurda que la temporal a la que nos ha condenado. No obstante, hagámonos de la vista gorda con este detalle menor, y ocupémonos de un dios al que, en esta parte de su historia, toca hacer de inicio en la historia toda del universo. Porque, en esencia, no de otra cosa hablamos aquí: de un dios que actúa y que, sólo en cuanto tal, ha podido ser objeto de narración.

De cómo andando el camino correcto terminé en el punto de partida.

Me parece que era Artaud quien decía que Dios no existe, y que, si existe, es una mierda. Esta idea de dios es un dilema que apunta, por una parte, a su real y efectiva existencia y, por la otra, a que, en caso de existir, sea cosa digna de creencia. Y si bien la real existencia de una cosa es condición previa del juicio sobre de ella, en el caso de los dioses es tema casi irrelevante, si se lo compara con la idea de dios, que sí es históricamente real. La existencia o no de uno que se hace llamar Dios es indemostrable. Pero la idea que de él tengamos es crucial. Pasa que nuestra inteligencia, memoria y voluntad de entes temporles que para ecistir han de hacerlo históricamente es el único hilo que vincula al dios en el que pretendemos creer con la eternidad en la que debería reinar; eternidad ésta de la que vendríamos y a la que, consumada nuestra temporalidad, habríamos de retornar. El problema acá es que, entonces, hablamos de un dios, un reino, una eternidad; en suma, un ser pleno que ha salido de sí y ya no es tal, pues ha sido intervenido, socavado y puesto patas arriba por la temporalidad misma de la criatura que estaba llamada a constituirlo. De modo que, si alguna vez fue, este dios ya no tiene ser, pues ha devenido y, por tanto, sólo puede tener historia. Y el mayor problema para este dios es que, en efecto, la tiene. Se la conoce como sagrada. Lo cual no es sino un infeliz oximorón, que me veo en la obligación de corregir. Porque, el otro problema no menor para este dios, es que, además de también tener una historia, tengo, gracias a ello, una idea de dios; por cierto, ontológicamente mucho menos generosa que la de Artaud.

De mi autocondena

Una cosa es ser expulsado del paraíso, tras una patafa en el culo, y muy otra abandonarlo por los propios pies: o sra, arrojarse uno mismo. La voluntad hace la diferencia. Lo que procede entonces es la autocondena. Ello equivale a la condena de Dios, sólo que despojada de su divinidad por el acto voluntario de quien se la autoimpone. Éste es el dato fundamental acá. La rebelión de la criatura sólo acarreó la expulsión del rebelde y no alcanzó su cometido. Ciertamente, desató la ira de Dios, pero no afectó su divinidad. Sin embargo, fuera de los predios del reino, la rebelión continúa: se torna secular. Sujeta al curso de su propio devenir, si la criatura se proclama pecador, su castigo se convierte en causa y su destino en botín de guerra. Lo que a este dios toca ahora enfrentar no es la conjura, sino la reivindicación del pecado respecto a un reino que sólo molicie, desprecio e indiferencia puede inspirar. Lo cual es mucho más difícil para uno tan propenso a la cólera y que tanto requiere de ser adorado.

De Dios como significación de un pasar que no lo requiere.

El pasar no rquiere de dioes, sino de historias, que lo signifiquen como pasado-presente-futuro y den forma a la existencia temporal. Son los dioses los que rrquieren de una historia para tener sentido como artífices del pasar. Dios tiene una. Se la conoce como la sagrada. Lo cual encierra un total contrasentido, ya que si, a diferencia del mito, cuyo papel es reconocer un pasado, el de la historia es indagarlo, con lo cual toda historia es, por definición, profana; incluso la de este dios, pese a que su intención sea la de hacernos reconocer en un único y por lo tanto verdadero pasado cósmico.

De gracia divina y conciencia histórica

La Salvación es el remiendo metafísico del error ontológico de la Creación. Dios intenta recoger al final del tiempo el desastre que ocasionó con su inicio. El intento de corregir el error con que comprometió su ser pleno lo conducirá a uno aún mayor, y que hará de la eternidad un imposible. En aquel entonces se equivocó al echar a la criatura del reino, porque con ello dio paso a la historia y a sí mismo como proyecto. Ahora está dispuesto a equivocarse de nuevo, haciéndola regresar al lugar del que la echó, porque con ello se trae la conciencia y la memoria, que han de desmerecerlo por completo como ser. Si Dios, como espera, pudiera ser adorado por el pecador, éste no sería tal, pues en la eternidad no puede haber conciencia ni memoria, que es de lo que está hecho todo pecador en tanto que arte y parte de la existencia temporal. Pero este dios jura que la Salvación del pecador es su salvación como dios. Según su propia historia, lo que lo mueve a recuperar su antigua criatura no es el arrepentimiento, sino el perdón y la misericordia, en el entendido de que a quien corresponde arrepentirse es al pecador mismo. Su gracia está, pues, dirigida a aquél que, sobre la base de tal arrepentimiento, se hace acreedor del perdón y la misericordia, que es lo que de nuevo lo conducirá a la vida eterna que perdió tras su rebelión. Toca entonces considerar las implicaciones que tiene esta en apariencia armónica conciliación de gracia divina y conciencia histórica.

Epílogo

La eternidad sólo puede entenderse tal y como Platón define el ser: lo uno siempre igual a sí mismo. El tiempo, nos indica en el Timeo, es imagen móvil de la eternidad. Para Aristóteles dios vendría a ser la causa primera, el motor a partir del cual todo entra en movimiento, sin que determine el curso del movimiento al que da lugar. De tal manera que la eternidad no es espacio en el que sucedan cosas, ni un modo particular en que las cosas suceden o hayan de suceder. La eternidad es una idea, un principio, un axioma; nunca un atributo de algo distinto de ella; mucho menos el estadio superior de algo que, habiendo iniciado en calidad de temporal, se haga eterno tras dejar atrás y superar su temporalidad. La eternidad sólo podría ser la negación absoluta del antes y el después, del inicio y el final. Si algo cambia, hay movimiento, tiene una dimensión duradera y, por lo tanto, temporal, En consecuencia, la eternidad no puede ser anterior ni posterior a nada, pues sería mera episodio de lo que sucede. Y en ella nada puede suceder, porque, a diferencia de lo que sucede en las historias, no hay inicio ni final. Si algo tiene historia, no le cabe eternidad, aunque dure eternamente.

LA RATA

Yo habitaba en una vieja casa vacacional abandonada, colgada de lo alto de un cerro pedregoso y desde el que se podía ver abajo el mar en su quieta enormidad, yendo y viniendo en monótonas embestidas contra las rocas negras del acantilado en el que, por ahora, espero. 

LA ÚLTIMA CENA

Por obra y gracia del espíritu santo sigo aquí, como de costumbre, aludiendo y mendigando a cada transeúnte que pasa frente a mí. Ocupo el primer escalón de los doce que conducen a la taquilla de una sala de cine donde sólo entran hombres solos. La verdad no sé si es el primero, porque, contando desde la acera, éste sería, en realidad, el segundo. Con lo cual. el total de escalones de la escalera entonces sumaría trece, Por otra parte, trece, según he escuchado decir desde siempre, es número de mala suerte. Luego la diferencia entre doce y trece no sería sólo de un escalón, sino de un destino. De modo que ocupar el segundo o el primero no es cuestión que se pueda tomar a la ligera. Y, ciertamente, que no lo hago así. Sólo que, en mis consideraciones al respecto, encuentro razones igualmente lógicas e irrefutables como para afirmar que estoy en una o en otra posición. Esto es cosa que me gustaría resolver cuanto antes. Por primera vez, no sé por qué, me hallo en la circunstancia en que me gustaría saber, a ciencia cierta -como también se suele decir- en dónde estoy. Nunca imaginé que de un escalón a otro pudiera haber semejante diferencia. El mundo, que para mí siempre ha sido la acera, sería el primer escalón, con lo que yo estaría, entonces, a un escalón menos del cielo y a dos más del infierno. Esto en caso de que el cielo esté arriba, el infierno abajo y yo en el medio. En la perspectiva de este sanguche cósmico puede que la diferencia no se sienta tan enorme como entre el primer y segundo escalón, quizás porque la diferencia entre cielo e infierno es más de fe que de cálculo. Pero, por otra parte, la diferencia entre fe y cálculo es tan enorme como la que puede haber entre un escalón y un destino. Es el tipo de cosas que me gustaría resolver. Allá, por la acera de enfrente, va el gordo de las corbatas anchas y los zapatos chillones. A veces viene. Es el tipo de evento que siempre me distrae de mis resoluciones.

LA QUINTA PATA

Octubre. Lluvia, llovizna, tormenta o aguacero. Lo cierto es que desde hacía ya tiempo el agua no dejaba de caer como una maldición del cielo. Si, hasta cuando cesaba por un rato, no era sino para mostrarse en esa forma de bruma, neblina, calima o calina. La misma maldición; sólo que elevándose desde la tierra sobre la que ha llovido sin parar. A la hora de ser andada, no había sino dos opciones: la maleza o el barrial. Tú eliges, se dijo a sí mismo en el instante incierto en que intentaba dar con el camino para emprender la huida. De súbito, la noche se detuvo. Un relámpago de inamovilidad con el que el aguacero cesó de golpe. Y entonces fue esa quietud que parece escucharlo todo con los oídos de su silencio. Extenuado, se sentó y miró de nuevo al cielo. Durante un largo rato, ni los mismísimos dioses osaron asomarse por cima de los muros de la noche, hasta que de nuevo se dejó oír el monótono canto de los grillos.

TAXIDERMIA

A ver. Acaso esté yo en el curioso procedimiento de comprobar a través del sueño que el alma, si no se refiere a la mera forma de la materia, tal y como Aristóteles fue el primero en sugerir, es el más degenerado e infame de los conceptos. Menos mal y me leí a tiempo aquel tratado que Amanda, mi mujer, dice que lleva título de espanto o aparecido. Como sea, ya sabía yo que no podía ser tan inútil haberlo hecho, tal y como ella siempre aseguró, con ese pragmatismo repugnante tan propio del género femenino y que se va acentuando con la edad. Ella siempre dice: no creo en santo que come y caga, ni en loco que no come mierda. Y, en cierto modo, compartimos la misma poca fe. Aunque para no creer en los santos ni para creer en los locos, requiera yo concebirlos avocados a tan vitales funciones. En todo caso, por ahora, el curioso procedimiento al que aquí me refiero es la única posibilidad que me queda para salir del atolladero en que me encuentro desde hace… Ni siquiera sabría decir cuánto tiempo, pues lo primero que resalta en este asunto es la perdida de la certidumbre que el tiempo nos proporciona como el principal referente de lo que existe.

PORNOAVENTURA

¿Cómo se puede ser, durante algún tiempo, tan vital y, al mismo tiempo. morir sin necesidad alguna de haber vivido por razón distinta a la de follar? Tal era la pregunta que se hacía Henry al caer la tarde y cuya respuesta el crepúsculo se iba llevando a los confines del anochecer confundido con su propia noche de viejo y como quien, con sumo cuidado y sigilo, oculta algo muy preciado pero que le ha de resultar comprometedor o embarazoso. El Henry -dicho así, en su recuerdo, porque así lo llamaron siempre en los tiempos en que vivir era algo más que recordar- estaba sentado ante uno de los largos ventanales que iluminaban el largo pasillo donde la pasaba desde la una, tras haber tomado su almuerzo y haberse negado, como siempre, a hacer la siesta. Éste nunca quiere dormir, había exclamado, como siempre, la señora Pérez. Y allí seguía Henry, empotrado en su silla de espectador del paisaje vespertino. Durante toda la tarde llovió. Y aunque había amainado ya, aún seguía cayendo esa leve llovizna, seguramente gracias a la cual el jardín, los árboles, la calle, los cerros lejanos que todavía encajaban sus puntas en los restos de una nubosidad fragmentada y el paisaje todo, o al menos hasta donde la vista aguzada alcanzara atisbar desde aquella ventana, adquiría esa transparencia rosa que a Henry tanto agradaba. Hasta que, como siempre, a las siete y según orden inapelable de la señora Pérez, Henry fue largado a su habitación. A dormir hasta el día siguiente, como siempre.

LA PIEL INMATERIAL DE LA NOCHE

Ahora sí que estoy jodido, se dijo a sí mismo, con resignación. Boca arriba, a la vez que dibuja garabatos ininteligibles en la piel inmaterial de la noche, llega hasta él un olor agridulce, de fruta fermentada o de licor. Mas bien de las dos cosas juntas, mezcladas, concluyó, ya que la gorda había incorporado al enorme pastel que estuvo preparando durante la mañana una generosa porción de cada una. Y en ese momento, cuando ya arribaba a la media noche, volvió a recorrer, una vez más, los detalles de aquella faena, que habían ido a parar a su memoria, como lo que sobró del pastel, de un golpe seco, habla ido a parar al fondo del bote de donde emanaba aquél olor.

LA CUARENTA Y OCHO

Entré al bar. Fui hasta el extremo solitario de la barra desde el que me observaba, pedí una cerveza y me volví a la mesa de siempre, o al menos la que yo esperaba que fuese tal cada vez que entraba, y que, por esta vez al menos, ciertamente, estaba desocupada. Estuve bebiendo mi cerveza poco a poco, algo así como a un sorbo cada vez que intercambiábamos miradas. Hasta que por fin ella también se vino a la mesa de siempre. Entonces la noche, como el silencio de Dios, se fue hundiendo en el barro de nuestro mutuo decir. Barro nuestro que caes del cielo. El amanecer nos sorprendió a solas, o más bien juntos en la misma soledad desde la que cada quien defendía su propia soledad, ahora sí, sin nada que decirnos, en medio del barrial que nos había arrastrado hasta la cuarenta y ocho.

EL CENTENARIO DE STOKER

Cuando suena la hora lúgubre de los espíritus, la novia bebe el vino de un rojo sombrío como la sangre. Una vez más, aquellos versos de Goethe, que lo hacían sentir tan orgulloso de sí, resonaron en su memoria, apenas se asomó a la ventana y la noche le rozó el rostro. Luego fue esa mirada acuciosa lanzada allende los suburbios nubosos de la ciudad, más allá de los cuales se extendía la rígida horizontalidad del cementerio. Quietud. sosiego, reposo, descanso… iba buscando la palabra más apropiada para definir lo que aquél otear el horizonte de la noche le inspiraba, hasta que la encontró: ausencia. Eso. Porque la muerte no es más que ausencia. Ni menos tampoco. Entonces emprendió el vuelo.

LA POSE

De los talones a la cabeza mediría no más de metro y medio. Y si uno se fijaba bien, venida de sus adentros a flor de piel, como el alma que le daba forma en una sola y fugaz pincelada de existencia, la insignificancia demarcaba el todo de su cuerpo quieto y menudo. Quizás fuese esto, la manera en que esa insignificancia determinaba la absoluta armonía entre el ser y el aparecer lo que la hiciera lucir más joven de lo que realmente fuese, como si a estas alturas de su biografía aún no contara con una historia única y propia en la que hubiese valido la pena desgastarse y envejecer. El resto de aquella su presencia era lozanía triste, quietud de lagartija a la una de la tarde y que administra su energía en medio de un paisaje árido y sofocante. No obstante, al mismo tiempo, su pose era tan curiosa y estudiada, tan artificiosa que lo que le faltaba en tamaño y significación le sobraba en gracia y seducción. Al menos eso fue lo que pensé cuando me disponía a entrar a la tienda y la vi, parada allí, de espaldas a la puerta y con los codos apoyados en el mostrador mientras seleccionaba los botones de las cajitas que el viejo tendero iba poniendo de dos en dos a la disposición de su minuciosa inspección.

 

 

Historia

Mundial

Contemporánea

A mi modo de entender, los que están persuadidos a que por la historia particular se puede uno instruir lo bastante en la universal, son en un todo semejantes a aquellos que, viendo los miembros separados de un cuerpo poco antes vivo y hermoso, se presumen estar suficientemente enterados del espíritu y gallardía que le animaba. Pero si uno, uniendo de repente los miembros y dando de nuevo su perfecto ser al cuerpo y gracia al alma, se lo mostrase por segunda vez a aquellos mismos, bien sé yo que al instante confesarían que su pretendido conocimiento distaba antes infinito de la verdad y se asemejaba mucho a los sueños. Y ciertamente, que por las partes se forme idea del todo, es fácil; pero que se alcance una ciencia y conocimiento exacto, imposible. Por lo cual debemos estar persuadidos a que la historia particular conduce muy poco a la inteligencia y crédito de la universal, de la que únicamente el reflexivo conseguirá y podrá sacar utilidad y deleite, confrontando y comparando entre sí los acontecimientos, las relaciones y diferencias. (Polibio. Historia Universal. Exordio.)

EL CONCEPTO DE MEMORIA

...sólo de aquellos seres vivos que son conscientes del tiempo puede decirse que recuerdan y hacen esto con aquella parte del alma que es consciente del tiempo. Aristóteles. De la memoria y del recuerdo.

Grande es la virtud de la memoria y algo que me causa horror, Dios mío: multiplicidad infinita y profunda. Y esto es el alma y esto soy yo mismo.  San Agustín. Confesiones

Introducción

...sólo de aquellos seres vivos que son conscientes del tiempo puede decirse que recuerdan y hacen esto con aquella parte del alma que es consciente del tiempo.

Aristóteles.

De la memoria y del recuerdo.

 

Grande es la virtud de la memoria y algo que me causa horror, Dios mío: multiplicidad infinita y profunda. Y esto es el alma y esto soy yo mismo. 

San Agustín.

Confesiones

 

...el pasado se conserva por sí mismo, automáticamente. Todo entero, sin duda, nos sigue a cada instante: lo que hemos sentido, pensado, querido desde nuestra primera infancia, está ahí, pendiendo sobre el presente con el que va a unirse, ejerciendo presión contra la puerta de la conciencia que querría dejarlo fuera.

...no pensamos más que con una pequeña parte de nuestro pasado; pero es con nuestro pasado entero, comprendida en él nuestra curvatura original del alma, con el que deseamos, queremos y actuamos.

Henri Bergson.

La evolución creadora

La memoria: un misterio, una estructura, un proceso

Para Aristóteles la memoria residía en el corazón. Captadas por los sentidos, suponía que las impresiones que se perciben del entorno eran conducidas por la sangre hasta allí. En general, para la filosofía antigua el corazón es el reservorio de la actividad espiritual del hombre. Allí se asienta lo que para nosotros es su existencia psíquica. De modo que el corazón era tenido por el lugar de las emociones y los sentimientos, idea que, por lo demás, ha permanecido a lo largo de la historia en las más diversas culturas hasta hoy. De hecho, en latín, recordar -recorsi- significa de nuevo en el corazón. Esta creencia se mantuvo durante siglos. No es sino hasta mediados de la edad media cuando la memoria comienza a ser ubicada en la parte posterior del cerebro1. Aunque sin datos abundantes y determinantes al respecto desde un punto de vista científico, es la fisiología moderna la que la ha localizado en el cerebro. E. Kandel2, premio nobel por sus investigaciones en este campo, ha definido la memoria como una representación interna de la información adquirida mediante aprendizaje; información que se halla codificada, espacial y temporalmente, en circuitos neuronales, mediante cambios operados en las propiedades reactivas de las neuronas. Con todo, en el mundo de la ciencia aún no hay consenso en cuanto al modo como reside la memoria en el cerebro. Hay quienes piensan que la memoria tiene localizaciones específicas, que se corresponden con un determinado tipo de ella, y quienes piensan que, por el contrario, la memoria es una y que alcanza amplias regiones cerebrales que operan conjuntamente y de manera coordinada, según diversos niveles de complejidad en el registro de datos y evocación del recuerdo. También hay quien piensa que ambas hipótesis no son excluyentes entre sí y que es posible que apunten con certeza al mismo fenómeno considerado desde puntos de vistas diferentes y complementarios3.

Aristóteles: memoria, alma y experiencia

Al concebirla como parte del proceso cognitivo -junto con la percepción y el aprendizaje- la psicología cognitiva ha puesto en evidencia la complejidad de la memoria y resaltado la conexión existente entre memoria y otras funciones tanto fisiológicas como espirituales del ser y el proceder humanos. Conexión ésta que ya había sido planteada por Aristóteles. Así, por ejemplo, en Metafísica establece la relación directa y biunívoca entre memoria y experiencia de la siguiente manera:

San Agustín: memoria, alma y dios

Agustín se ocupa del tema de la memoria en el Libro X de Confesiones. Hay quien dice que este capítulo constituye una suerte de bisagra que une la primera parte de la obra, es decir, la parte autobiográfica, que recogerían los libros del I al IX, con la siguiente, la parte conceptual, correspondiente a los libros XI-XIII. Tal estructura expresaría la intención misma del autor, con el propósito de reflejar en ello su concepción de la memoria como la función mediadora entre el hombre y dios1. Aunque no hay constancia de que esto sea así, es una interpretación muy plausible. Por lo demás, cualquiera sea el caso, se trata de una interpretación que en nada contradice el concepto mismo de memoria que maneja Agustín y que constituye una excelente guía en la lectura de la obra. También, en La Trinidad trata Agustín el tema de la memoria, particularmente en los Libros del X al XIII, aunque aquí no de manera específica, sino en conjunción con el entendimiento y la voluntad, y en tanto que las tres -memoria, entendimiento y voluntad- son las facultades que a su entender definen el alma humana. Ello supone un giro completo en el concepto de alma y, en consecuencia, en el de memoria con respecto a la visión materialista de Aristóteles. Pasamos de la entelequia que define lo vivo en la naturaleza -de lo cual el hombre es una especie- al hombre cuya individualidad plena está determinada más que por la naturaleza, por su conexión con dios y la dimensión de lo divino. El alma de Aristóteles da lugar a una especie natural con conciencia del tiempo. La de Agustín a un hombre histórico conectado con la naturaleza sólo en su dimensión material y cuya conciencia del tiempo no es otra cosa que su vínculo con la eternidad.

La dimensión social de la memoria

Entre el Tratado del Alma y el Tratado de la Santísima Trinidad se abre uno de los episodios más plenos de significación en la historia de la filosofía occidental. El cristianismo avanza sobre las ruinas de un paganismo que ha sido, al mismo tiempo, fuente de inspiración y modelo de su filosofía. Esto se hace evidente en el tema de la memoria. El concepto de Aristóteles emerge de las dimensiones materiales de la naturaleza y que el cristianismo depreciará como el terreno de lo profano. El de Agustín es un concepto que desciende de los cielos. Tejida con el hilo de la lógica pagana, la memoria de Agustín se inserta en el tapete de la fe y el misterio supraterrenal de lo divino. En este tema, como en otros, el decisivo avance que el materialismo aristotélico representa respecto al idealismo de Platón, es un camino que de nuevo recorre Agustín, pero en sentido contrario. Su concepto de alma -y con él el de memoria- constituye, digámoslo así, un ejercicio de desmaterialización de lo que encontramos como tal en Aristóteles.

Mito, memoria e historia

Se dice que recordar es hacer presente el pasado. Ciertamente. Una hermosa metáfora, como casi todas las que, al jugar con el sentido de los términos, pero sin contradecir su sentido, crean una atmósfera de contrasentido que, sin estar reñida con la lógica, la ironizan, en cierto modo se mofan de ella. Una metáfora, además, muy acertada en todo sentido. Sin embargo, ello no obsta a la hora de precisar hasta qué punto es posible hacer presente el pasado, en qué grado y en qué sentido. Pues el pasado presente no es lo mismo que el pasado, El recuerdo no es mostrar lo que hay en la memoria, sino la realización de un constante proceso de selección, ordenamiento y elaboración de ella. El recuerdo es una intervención intencionada y sofisticada desde el entendimiento del material bruto de la memoria. No sólo el recuerdo vive de la memoria, sino que, a su vez, la memoria vive de la aportación y el enriquecimiento que el proceso de recordación le aporta. De modo que, como resultado del recuerdo, el pasado presente no es el pasado, sino lo que de él hemos seleccionado, ordenado y elaborado, y lo que nos decimos acerca de los resultados de tales operaciones sobre la memoria. Y como seleccionar supone, en alguna medida, el olvido -inconsciente o voluntario- hay veces en que hasta el olvido es una forma de decir acerca del pasado recordado. Si a todo esto se agrega que todas estas tareas inherentes al recuerdo y el olvido se realizan desde y a través del lenguaje, que son en sí mismos procedimiento lingüísticos, resulta entonces que la memoria es un procesamiento semántico de la experiencia temporal. Saber del pasado, individual o colectivo, es en sí mismo un proceso de significación.

 

 

HISTORIA Y CIENCIA
El silogismo se compone de proposiciones, las proposiciones de términos; los términos no tienen otro valor que el de las nociones. He aquí por qué si las nociones (y éste es punto fundamental) son confusas debido a una abstracción precipitada, lo que sobre ellas se edifica carece de solidez; no tenemos, pues, confianza más que en una legítima inducción. F. Bacon
Introducción

Soy de la generación a la que tocó aprender en clase de historia que la historia es la ciencia que estudia el pasado y, respecto al más importante hecho que da inicio a la historia, que el hombre desciende del mono. Aunque aquí el asunto nunca quedó del todo claro por aquello del eslabón perdido. Acto seguido, receso de por medio, me tocaba aprender en clase de religión que, de acuerdo a la historia sagrada, el hombre era creación de dios. Esta vez el asunto quedaba todavía menos claro, pues con ello se hacía participar al hombre de una doble naturaleza, histórica y divina. Siguiendo el razonamiento científico -que también hube de aprender en clase de física y de matemáticas- si la historia es una ciencia, la historia sagrada también lo es. Entonces ¿cómo era posible que una misma ciencia tuviera posturas científicas tan disímiles en relación al hecho más importante con el que se iniciaba la historia de la humanidad? ¿O es que hay historias científicas e historias que no lo son? Porque en el mundo de la ciencia hay más teorías falsas o erróneas que teorías verdaderas, y todas por igual son expresión del mismo modelo de conocimiento, es decir, forman parte del mismo proceso de desarrollo de ése modelo y de ese conocimiento tenido por científico. Hay verdades científicas y también falsedades que, no por tales, dejan de ser científicas, pues las unas y las otras son resultado del mismo proceder. Claro que el que la historia sagrada sea científica es bocado del conocimiento que lucía realmente grueso de tragar.

La concepción de la realidad: la relación sujeto-objeto

La caída de un individuo de lo alto de un edilicio de diez pisos puede ser interpretada de muchas maneras. Como un suicidio, es decir, el resultado de la intención de quitarse la vida, o como accidente resultado del descuido mientras contemplaba el paisaje, o como un homicidio, si es que el sujeto en cuestión fue empujado por otro o, incluso, de alguna manera inducido a acometer su propia caída. Este tipo de causa puede llegar a constituir un entramado muy sutil y complejo porque, precisamente, no supone necesariamente datos evidentes, observables y medibles, sino indicios de una posible intención o conducta particular del individuo en cuestión y, también, de otros que pudieran estar de alguna manera involucrados en su caída desde lo alto de un edificio. Por otra parte, son datos evidentes, observables y medibles, tales como la masa del individuo que cae y la distancia que lo separa del centro de la tierra, los que, convertidos en variables de una rigurosa formulación matemática con enorme capacidad de predicción, nos explican la caída del individuo desde el punto de vista científico. La diferencia entre una y otra situación a la hora de interpretar el mismo fenómeno es la objetividad científica o, dicho en otros términos, el concepto científico de realidad en el que se ha basado y se basa todo el pensamiento científico y sus nociones de conocimiento y verdad.

El historiador como sujeto y el hombre histórico como objeto

Gracias a la Ley de Gravitación Universal, la caída de un individuo de lo alto de un edilicio de diez pisos puede ser comprendida científicamente, si me fijo en los datos apropiados del evento y lo defino de la manera apropiada. Lo cual requiere, como es obvio, un observador específicamente consciente y premeditadamente preparado para ello. Esto es, un observador según lo que el método científico entiende como tal. Si como observador no me interesa la distancia del piso diez a la superficie de la calle, ni la masa molecular del individuo; si, además, no tengo la capacidad de combinar estos datos como variables de un acontecer ecuable, no soy el observador indicado para una apreciación científica del evento. Y, muy probablemente, la mayoría no lo es. Lo cual, sin embargo, no nos excluye como observadores, y dará lugar a muy diversas formas de interpretar el evento, distintas, todas ellas, a la propia de la ciencia. Lo primero que cabe preguntar es si, al ser esto así, se trata del mismo evento.

La naturaleza científica de la historia: un despropósito metodológico.

Luego de aprender a distinguir un poco, gracias a Aristóteles y Tucídides, lo que la ciencia y la historia son, o pueden ser, aquella idea que hube de aprender en la escuela según la cual ésta última es la ciencia del pasado luce como el más remoto y anquilosado arquetipo de la infancia de cualquier historiador. Pero lo mismo fui a aprender en la escuela de historia en la que me formé. Siempre recuerdo a mi profesor de ciencias sociales asegurando que la historia es una ciencia porque tiene un método, es decir -ilustraba haciendo el correspondiente gesto con su mano- un camino hacia el conocimiento que ha de ser andado. Por mi parte yo, que antes de ingresar a la Escuela de Historia había cursado durante dos años ciencias actuariales y matemática aplicada en la de Estadística -a tono con el cruel lema de mi profesor de cálculo: deriva el que sabe, integra el que puede- me preguntaba cómo es eso que, para definir un método científico, los historiadores hemos de conformarnos y apegarnos a una metáfora como, en este caso, la del caminante. Yo podía estar muy de acuerdo con una metáfora que, después de todo, se corresponde con la etimología del término método. Pero nunca con la naturaleza científica de lo que una metáfora así estaba llamada a ilustrar. Si de caminar se trata, he allí a Heródoto en el Asia Menor, o cualquier estudiante de historia por las atestadas calles que conducen al Archivo General de la Nación, la Biblioteca Nacional o la Academia Nacional de la Historia. Pero que jamás han de conducir a la ciencia.

Historia y ciencias sociales

La historia es la más antigua de las ciencias sociales. Esto afirma Fernand Braudel, y añade que lo que la diferencia de ellas no es sólo su antigüedad, sino la peculiar dificultad de que el historiador trabaja sobre lo que ya no es. Por otra parte, Georges Duby, quien, al igual que Braudel, asigna un carácter decisivo tratamiento documental, señala una estrecha vinculación entre la historia y la creación literaria, y resalta el hecho de que la historia, entre las disciplinas que habitualmente llamamos ciencias humanas, es la única que constituye un género literario.1 Tales no son distinciones diferentes o excluyentes. En realidad, la una es consecuencia de la otra. La historia es narración, porque sólo a través de la narración podemos acceder al tiempo, significar el transcurrir de la existencia como temporalidad especifica y representar lo que ya no es. Fue ese ya no ser el que llevó al sustancialismo antiguo a afirmar que de la historia no se podía extraer conocimiento alguno, pues no se puede conocer lo que deviene, sino lo esencial y permanente, lo siempre igual a sí mismo. Es ese no ser el que, todavía hoy, traza la frontera epistemológica entre ciencia e historia. Debate del cual Braudel se aparta, por considerarlo estéril, y con razón. Sólo que con ello se pierde todo derecho a considerar la historia una ciencia. Y, por último, es ese ya no ser el que hace del tiempo histórico una dimensión sólo posible de ser planteada en el contexto específico de una narración. En virtud de lo cual Duby reconoce su naturaleza decisiva como género literario. Ciertamente, hay que convenir en que la historia se distingue de las ciencias sociales por su antigüedad, y por tratar de lo que ya no es. Sólo que la más elemental consecuencia de ello es que la historia no es, en realidad, una ciencia social, sino, como muy bien dice el mismo Braudel, el arte frágil de escribir historia.

El surgimiento de la historia ciencia y las ciencias sociales

Las ciencias sociales son uno de los más genuinos productos institucionales y académicos de la sociedad industrial. Si bien el término suele utilizarse en contraposición al de ciencias naturales, y sugiere que el estudio de la sociedad no se rige por los mismos parámetros, en sus orígenes son el intento de crear lo que Comte llamaba una física social, cuyo propósito no era otro que aplicar los criterios y métodos científicos al ámbito de la sociedad y la acción humanas. La sociología no comenzó a ser reconocida como una disciplina académica hasta finales del siglo XIX, particularmente con los trabajos de Durkheim, epígono de Comte y Saint-Simon, y cuyo radicalismo científico impone una línea de trabajo que concebía la realidad social como un objeto de estudio independiente de la subjetividad del individuo. En contraposición a este concepto, posteriormente, Max Weber, más influenciado por el marxismo, aducía que no se puede estudiar la vida del hombre y sus relaciones en sociedad sin tener en cuenta el modo en que la dimensión subjetiva de su existencia incidíe en la realidad social. Las ciencias sociales surgen en el marco de esta controversia. Pero son, en conjunto, expresión del desarrollo de la sociedad industrial, de una cultura para la que la ciencia es símbolo del saber y de control sobre la existencia, bien y valor fundamental del desarrollo social. Y la historia, como ciencia social, aparece también entonces o, si se quiere, el oficio del historiador se inserta en esta cosmogonía característica del mundo contemporáneo. Dicho en otros términos, no es que la historia sea una ciencia social, sino que la historia, como ciencia, es una forma particular de concebir y escribir historia, tan reciente como las ciencias sociales con las que comparte, o intenta compartir, el mismo espacio institucional y académico.

Las ciencias sociales: signo de modernidad de la era industrial

La historiografía. Lo que desde los tiernos años de la escuela nos enseñaron a definir como la ciencia que estudia el pasado ¿por qué, en lugar de seguir sentada a las puertas del reino de la ciencia social, no emigrar al infame barrio de la narrativa. donde nació y creció sin complejos el mismísimo Heródoto? Yo creo que en buena parte ello se debe a que el empobrecimiento del historiador como narrador no es cosa que se queda en el plano del papel, sino que invade toda su interioridad como sujeto. El estilo no se aprende ni se copia; se forja en el marco de una disposición personal. El historiador científico se enajena a sí mismo como sujeto, y lo hace en aras de una falsa objetividad en virtud de la cual cree que el conocimiento histórico está fuera de sí mismo, en esa supuesta realidad del pasado que, en realidad, no existe. La idea de que la historia es la ciencia que estudia el pasado es la representación sintética de esta enajenación, reproducción del servilismo epistemológico que le otorga su dudoso rango científico y, al mismo tiempo, lo anula como narrador.