textos, pretextos y otras mentiras...

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Extremaunción. La última, a última hora de la tarde. Gracia especial del Espíritu Santo. A ver si el espíritu del viejo casi muerto alcanza la luz de la perfección. No digo yo. Espíritu el destello de terror que ha de haberlo sacudido. Mira esa cara. Es fácil de imaginar. Asomado al borde del abismo, ha clamado salvación. Siempre pasa. Nadie se salva de un clamor así. Y estos, con esas caras largas y esa postura de palo ¿qué se traen? Juran que lucen lo más adecuado para la ocasión. Bueno, y así es. Como sea, he aquí al cura. Allá voy. Vaya uno a saber quién fue el que tuvo la genial ocurrencia de llamarlo. Pero, en fin, el cura fue llamado, y el cura se vino a lo de Medina. A última hora de la tarde, cuando la luz languidece y el viento, empujado por la noche, sopla fuerte, el cura se presentó. Tardó en llegar, ciertamente. Un poco más y se muere el viejo antes de que el cura llegue. Claro que tardó. Quizás lo que esperaba era encontrarlo muerto. ¿No han pensado en eso, verdad? Después de todo, nadie puede negar que Medina es de los que, así, inspira menos repulsión. Bueno, pero el cura llegó. Nunca es tarde cuando la la salvación llega ¿Y llegó? El cura, al menos. No se puede pedir más.

Por otra parte, nadie piensa en cuánto le costó al cura llegar. Habría que estar en su pellejo. Pero, en fin, la gente, siempre cruel, sólo piensa en las dos cuadras y media que el cura ha debido caminar desde la puerta de su casa hasta lo de Medina. Pero ¿y el otro tramo del camino, el más prolongado y tortuoso, el que empieza detrás de la puerta, allende el sueño del alma? ¿Qué alma? Bueno, allende el sueño, no más. Lo que pasa es que el cura llama alma a eso de soñar despierto, mientras espera, sin saber qué, y se entretiene matando el tiempo. Que esto del alma ya hace tiempo que le suena cosa hueca. Los aires de Buenaventura, debe ser. Bueno, pero esto es otro tema. ¿O no? Pensándolo bien, acaso no. Aunque el cura ya está aquí, detrás de aquella puerta, la de su casa, aún cerrada, continúan esos aires, los de Buenaventura, que hoy, durante casi todo el día, han llevado y traído por la casa olor a hervido de cabeza de pescado. Su presencia aquí, en lo de Medina, es una suerte de versión indeseada de su ausencia allá, en la casa, cuando, adormilado, se disponía a seguir así, antes de ser llamado y decidir venir. Hay decisiones que se toman a empujones. Es decir, en realidad no lo son. Los empujones de qué o quién dirán, en este caso. Está bien, dígale al Médico que ya voy para allá, dijo a Colmenares cuando, al abrir la puerta, éste anunció el inminente deceso. El cura cerró la puerta. Se volvió al sillón donde había pasado casi todo el día, y sintió un poco de esa lástima muy próxima a la ira que, cuando se refiere a uno mismo, se llama contrariedad. Medina muere. ¿Y qué? Hubiera sido tan sencillo dejarlo hasta allí. Pero el cura nunca ha dejado de atender un llamado. Que contrariedad.

Los pantalones. Por allí hubo que empezar. Buscar los pantalones. Luego de un prolongado y exhaustivo esfuerzo anímico para remontar la cuesta del desasimiento y la repulsión hacia aquel llamado, el cura empezó a vestirse. Muere Medina. Bueno, será Medina. Pero, igual, hay que ir. Tardó mucho. ¿Medina?. No hombre. El cura, en vestirse. Ciertamente. Estuvo largo tiempo sentado a la mesa pensando en cómo sería no acudir, dejarlos a todos allí, con esas caras, rodeando al viejo moribundo. El muerto suyo de ellos. Con el Moise no fue así. Cuando vinieron a avisar, el negro ya estaba muerto. Igual hubo de acudir el cura. Un montoncito de carne sucia y sanguinolenta en medio de la calle y una turba que salió corriendo en desbandada cuando apareció la policía. Eso fue lo que encontró. Otro muerto suyo de ellos. Pero, al final, siempre se vino. Era su trabajo. Fue lo que al final concluyó. Conclusión estúpida. Sí. Pero, cuando logró por fin decidirse según una estupidez así, creyó que estaba listo. Entonces aprovechó para terminar de vestirse y salir afuera. Sin embargo, claro, estupidez al fin, la justificación bo le duró ni media cuadra. En realidad, nunca se está listo en Buenaventura. No es necesario. En Buenaventura, los que aún viven, sólo lo hacen porque no han muerto todavía, y para no levantar sospechas acerca de algo así.

Ya en la calle, se topó por segunda vez con el licenciado Valbuena, y caminaron juntos hasta lo de Medina. El cura tocó a la puerta. Susana abrió. Como siempre, sin zapatos, pensó al ver los pies desnudos de la muchacha. Luego la sonrisa ligera a la que el cura correspondió con una igualmente ligera. Pasó. Atravesaron el fresco zaguán. Al desembocar en el salón, los presentes, sin disimular cierto grado de desaprobación por la tardanza, abrieron paso, y el cura llegó hasta la puerta de la habitación. Por más que intentara ocultarlo, se le notaba el desgano ¿Y éste qué? ¿Viene a salvar al moribundo o a terminar de sucumbir con él? Fariseos hipócritas. Ritual de moribundos. En fin, manos a la obra o, en este caso, más bien a las sobras, porque, cuando vio a Medina de largo a largo en la cama, eso fue lo que le pareció, una suerte de secreción de la existencia temporal. Antes de que esta cosa pegue el salto al otro mundo, aparece la mano misteriosa cuyo dedo engrasado le mancha la adusta frente en signo de gracia de última hora. Signo el de la muerte, que nos toca y nos deja, al mismo tiempo, seguir siendo. Pero, igual, aquí vamos. A ver esa frente. Ex opere operato, digo, si es cierta la especie de que el sacramento en sí mismo conlleva la gracia de Dios con independencia de la fe y del carácter moral y mortal del celebrante y de su destinatario. Menos mal y no se trata de despertar la gracia que se supone debía estar en el mismísimo Medina, sino de conferírsela, muy a su pesar, y aunque el mismísimo cura esté en pecado mortal. El sacramento no es magia. Pero funciona como tal. Porque para que a los aquí involucrados les sonría la gracia por sí mismos, ya te digo. Así. Listo ¿Ya? ¿Y no que el Padre Claudio debió haber uncido ojos, oídos, nariz, labios y manos con aceite bendecido por un obispo en Jueves Santo? Vaya uno a saber dónde conseguir aceite así ¿Éste? A lo mejor ni bendecido estaba ¿Y no que sólo en caso de emergencia se aplica la unción sobre la frente? Pero eso fue lo que el cura hizo, y ya. Rapidito. Como que andaba apurado, el cura. Al parecer, se diría que lo que quería era salir del paso, cuanto antes. Algo dijo. Casi ni habló. Soltó algunas palabras, entre dientes, que nadie entendió ¿Qué dijo? Se preguntaron en silencio y con miradas entremezcladas los presentes. Y aunque tenía el librito azul de oraciones en la mano, ninguna pronunció. De súbito, el cura, tras una mirada en derredor, dio por terminado el asunto ¿Ya? Volvieron a mirarse entre sí los escasos presentes.

El médico, Rita, Colmenares, Susana y el licenciado Valbuena. Solo faltaba el Comisario Martín Romero. Pero ello a nadie extrañó. Colmenares, siempre tan oportuno, dijo que el jefe estaba ocupado. Pero nadie le creyó. Ese policía lo único que hace es andar por allí. Mas parece un vagabundo que un guardián de la ley y el orden. En Buenaventura se dice que está medio tocado, el Comisario. Que dicen que lo vieron por el “Claro de Luna”, comentó malicioso el licenciado. Susana miró con rabia e impaciencia al gordo cuando dijo eso. El Padre Claudio les pidió que se callaran y los invitó a salir del cuarto. Extremaunción. Se cree que los efectos incluyen no solamente la curación espiritual, sino también la restauración de la salud corporal, si es la voluntad de Dios, claro. Pero Medina como que va a tener que conformarse con la pura salud del alma. Ya veremos. Todos salieron de la habitación. Sólo el cura se quedó. Arrimó una silla, y se sentó.

Enfermos, los hombres esperan que Dios logre todo aquello que no esté al alcance de una aspirina, pensaba el padre Claudio mientras, sentado junto al lecho de Medina, manipulaba el librito azul de oraciones impreso en letra menuda para implorar a la enormidad del cielo. Más que esperar, albergan esperanza mientras esperan, como para no desesperar. A Medina no se le nota porque está quieto, casi muerto. Pero en algún lugar de esa escueta geología corporal, a nivel de algún imperceptible estrato aprisionado bajo cada capa de carne blanca y reseca, debe palpitar todavía la vida. Signos vitales, gustan llamar los técnicos al asunto. Dicho así, suena a señales remotas y débiles emitidas desde el otro mundo por el moribundo. Pero lo que es éste, a simple vista, nada. Ni la más leve indicación. Será que ya se murió. Cómo saberlo. En fin, ni que le inyecten el bendito aceite en las venas, éste se recupera. Habrá que esperar un rato todavía. Paciencia.

El atardecer había sido lento y denso. El día se había ido apagando con la pesadez y quietud de una vela derretida. Sin darse cuenta, el cura se había quedado a oscuras y, de pronto, se sobresaltó. Entonces caminó hasta la mesita de noche junto a la cama y encendió la lámpara. La noche se había instalado en Buenaventura, una vez más ¿Y ahora qué? Miró el librito de oraciones que aún tenía en la mano. Orar. Acto de comunión con Dios, o las meras palabras utilizadas con este fin. Las meras dos cosas. Bueno, sí. Pero lo que cuenta es la comunión. Y sin algo así ¿qué? Invocación, alabanza, acción de gracias, petición, confesión y llamamiento al perdón. El modelo del Padre Nuestro, es decir. Palabras. Sin magia no hay oración. La comunión es magia. La magia está en sentirse parte de algo. Y el cura sólo estaba allí, sentado, a la diestra de su propio ánimo también sentado. Vieja crisis ésta de no hallar sentido a la oración, que ya no parecía crisis. Más bien una costra de conciencia. Porque la conciencia, como la piel, se arruga y encostra al contacto con el tiempo y los aires de Buenaventura. La primera vez que habló del asunto, por poco y lo votan del seminario. Lo salvó el viejo Julián. Tú quédate quieto, muchacho. Paciencia. Date tiempo. La cuestión llega poco a poco. Mucho ejercicio y mucho tesón. Ya verás. Con el tiempo conoces la verdadera comunión. Tiempo y paciencia. Y la crisis se repetía, cada vez con más ahínco y contundencia ¿Vocación? Claro que hay vocación. Por eso no te preocupes. Sólo ten paciencia. A punta de paciencia se envejece. Y envejeció. Uno se acostumbra. La costumbre lo condenó. Lo que crujió fue el cuero de la silla al sentarse.

Y qué con todas aquellas horas por venir, hasta ahora empeñadas en monótona negrura y el infecundo bostezo de la espera. Espera: que el viejo termine de morir. Eso es lo que el cura espera. Más o menos lo mismo que todos en Buenaventura, sólo que al cura ha tocado hacerlo de cerca, sentado a su lado, mirando de largo a largo ese cuerpecillo de niño avejentado, que parecía haber nacido viejo y cargado de una vez de todos los años que iba a tener. Vaya espera. Por otra parte, si aún no se ha muerto, el viejo Medina también espera. El cura lo que hace es esperar a que el viejo ya no espere más. Así, sin mirarse ni escucharse, tan ausentes entre sí y tan próximos, las esperas se entrecruzan, mezclan y enturbian el transcurrir de las horas. Acaso las esperas tienen vida propia y de allí proviniese esa sensación de sentirse mirado, escuchado o expiado por el viejo moribundo. A ver. Una mirada atenta a lo largo del cuerpo inerte. Cabeza hundida en la almohada entre la cabellera grisácea y enmarañada. Cuerpo embojotado y brazos por fuera cubiertos por las mangas anchas del pijama azul claro y por las que se asoman las manos blancas, quietas sobre el vientre. Al final, las puntas de los pies. Deben ser esos picos. Recorrido de vuelta. Nada. Ningún movimiento o signo en ese rostro de papel. Acaso respira. Debe ser, aunque no parezca. Vaya quietud que inquieta. Es como si mirase desde ella. Quietud que se siente como una mirada. Éso, concluyó. En fin. Mejor mirar este librito. Si no para orar, al menos servirá para esperar.

Edición de bolsillo. Barata. Tapas plásticas, normalmente azules, o rojas. Igual, siempre chillonas. Esos ribetes y letras doradas, brillantes, mugrientas y desconchadas. Porque el sudor humano todo lo desconcha. También el tiempo. Sí, también el tiempo desconcha. Mira esos dedos. Y el simple abandono en el fondo del cajón también desconcha. Pero igual siempre ese dorado imitando oro, supongo. Metáfora pobre, quién diría si de lo sublime, o de lo costoso. Librito de oraciones. La oración derrite el más duro de los corazones, ha dicho alguien. No recuerdo quien. Quizás la memoria, que falla, o me está jugando sucio. Es igual. Lo dijo un místico, seguramente. Quién más. Sólo un místico es capaz de arder en comunión con lo divino. Los demás puede que nos recalentemos algo al mirar el cielo, si antes no nos pinchan las ganas de comer o dormir. Exhaustos ayunos de San Juan de la Cruz. Verbo misterioso y delirante. Pastores de las majadas ¿por fin habéis visto aquél que yo más quiero y por el que aún adolezco, peno y muero? Amor a Dios. Erotismo vehemente. Seducción total. Cuando de invadir el cielo se trata, no hay límites. Estos místicos. Nada los detiene. Pedazos de carne y pescado cuelgan del cuello de Ángela desnuda por calles y plazas: aquí tenéis la criatura más vil ¿Cómo se sentirá Dios ante devociones así? Y yo que ni siquiera habría podido declarar mi amor abiertamente a la sirvienta que, de niño, recuerdo hacía mi cama. Cuando de silencio se trata, dura como tumba. Y si el asunto es gritar, hasta los muros del convento se resquebrajan. Que, la verdad, estos místicos… uno no sabe si es ardor o ferocidad lo que los guía en la misión que se han impuesto por propia voluntad. Debes tener miedo de corazones así derretidos por los divinos rayos de tu luz. Digo. Pero, en fin, era otra época. El misticismo es historia de guerreros y conquistadores. Otra época. Este mundo moderno es demasiado blando para algo así. A lo sumo gritones de plaza y librito de oraciones, curas que tardan más de lo debido en ponerse los pantalones cuando los llaman a la puerta. Pero nada más. Nada que inspire ese miedo sublime que, desatando las llamas de la más erótica devoción, conduzca a la comunión. Bien. Quizás la oración derrita al más duro de los corazones. Pero este librito. A ver.

El padre Claudio todavía conservaba bastantes ediciones de este tipo: el Elogio a la Locura, los poemas de Mao Se Tung, todos los manuales del comunismo, el Sentimiento Trágico de la Vida y otras cosas de Unamuno que no pudo recordar, y éste mismo librito de oraciones del que aún le quedaban seis o siete ejemplares. Distribuidor de mediocridades. Los demás los había ido obsequiando a quienes, de visita en la Iglesia, permanecían largo rato, esperando algo que él no les podría dar jamás. Entonces iba al cajón (nunca los puso en la biblioteca porque ese no era sitio para libros así), sacaba uno y lo dejaba en la mano abierta del feligrés. El acto siempre adquiría, de manera automática y sin él pretenderlo así, el sentido de una entrega e inmediato retiro solemnes. O al menos así era percibido por la oveja en cuestión, digo yo, que se levantaba, en silencio, y tras una tímida reverencia se despedía y se ponía de nuevo en camino ¿A dónde? No lo sé. La tierra prometida. Siempre nos dirigimos a alguna. Siempre alguien, como yo, observaba alejarse al desdichado. Mientras más lejos, esa desdicha más se va semejando una mezcla de paz y resignación que lo invade todo como un agua quieta y turbia. Luego la puerta, el modo cuidadoso, casi delicado, en que el golpe al cerrarla cae sobre la espalda del que se va. Y ya no hay nadie allí, de este lado de la puerta.

¿Cuántos de esos libritos habría entregado? ¿A cuántos había privilegiado con aquél salvoconducto para andar seguro en el universo de la desolación? Quién podría saberlo. Y contaba con los dedos de la mano. Sí recordó que cuando llegó a Buenaventura (hacía una buena cantidad de libritos ya) se trajo consigo un cajón lleno. Quedarían seis o siete en el fondo. Podía contemplar aquel fondo de la caja ya destartalada en el fondo destartalado de su propia memoria. Quizás ocho. Inquietud. Siempre la ruda exactitud de los números genera inquietud. Salmos y oraciones. Allí en el fondo de aquella caja. Al final ¿Qué podía importar hubiese impreso allí? Alabanza, doctrina y mucho pensamiento. Papel barato y tipografía de segunda, la más grande obra o la más mísera. Aquellos libritos, como el que ahora reposaba entre sus manos entumecidas, siempre le parecieron ausentes de sabiduría y cualquier forma de valor ¿Qué cosa? ¿Sabiduría? ¿En qué piensas, viejo? Si eso que tienes entre tus manos parece más bien algo para engullir que para leer o estudiar. A ver ¿Qué es eso? Una pastilla de jabón, un atado de cigarrillos, una cajita de perfume caro, o barato. ¡Ah no!. Pero si es un libro, chiquito, sí, muy chiquito tal vez, y con letras y todo dentro. Las de afuera las peló el tiempo o el uso, que es mas o menos lo mismo. El tiempo. Aquí en Buenaventura esa palabreja rechina ¿eh? Tu eterno gruñido, digo yo. ¡Ah!, si me escuchara Agustín, esta pobre teología mía le arrancaría un gesto más de ira e impotencia. Quizá, en realidad, no seamos más que imágenes de la divina pesadilla que a Dios ha tocado soñar. A ver qué dice el librito. Casi no puede leerse. Pero no es sólo porque esté mal impreso. No te engañes echando la culpa al tipógrafo. Tú también tienes tu buena parte en este desgaste. Te estás quedando ciego. Desde hace mucho has debido ya cambiar los cristales de esos viejos anteojos.

Apagón. Lo que faltaba. El cura hubo de pararse y encender la vela que estaba en la mesita. Acercó la silla y se puso otra vez a leer. Bajo los párpados caídos del cura sus ojos se toparon con un texto ya hecho de manchas deformes que parecían elevarse levemente de la superficie de la página, reflejando sombra y todo, en medio de la luminosidad movediza de la luz de la vela. No distinguía una letra de la otra. Ni siquiera lograba definir con precisión las líneas. Apenas manchones leves, nada más que manchones leves, cada vez más leves, y que parecían alejarse y acercarse como quien juega con una lupa. Maldita corriente eléctrica. Ya no la repondrán por lo que resta de noche. Aquello ya no era texto, sino suerte de danza sucia en que cada palabra, desnuda de sentido o significado alguno, muestra la escueta risa brutal del esfuerzo absurdo. Mera burla. De súbito, llegó hasta su nariz el olor de la esperma derretida, y acto seguido abrió los ojos por completo. El cura arrugó con molestia el entrecejo. Ya no estaba, en realidad, leyendo y, sin embargo, su boca seguía bisbisando aquellas frases tímidas en medio de la penumbra. Oraba de memoria. Se había callado. Incluso apretó los labios en un gesto infantil, y sin embargo aquellos retazos de oración seguían sonando allí, entre sus labios adormecidos, ecos silbantes que, como gotas de sudor de la noche, corrían por la paredes de aquella penumbra en la que seguía sumido. Padre Nuestro. Que estás en los cielos. Y este cura aquí abajo, velando este muerto. Bueno, se supone que aún no está muerto. Y éste médico ¿no piensa venir a ver? Se volteó hacia la puerta. Atento, aguardó escuchar algo. Pero, al parecer, para entonces todos se habían marchado.

¿Había llegado vasi al anochecer? Sí, en efecto, se dijo, en un intento de despejar cualquier duda. Y ya era casi medía noche, supuso. A veces se hacía este tipo de pregunta. Lo comenzó a notar años después de haber llegado a Buenaventura. Surgía sola, en cualquier momento y bajo cualquier circunstancia. Era como quién, borracho, despierta sin tener idea de dónde. Olor a muerte. Y eso ¿a qué huele? Muchas cosas. En este caso a almizcle, o cualquier otra de esas sustancias odoríferas que venía del pecho de Medina. Miró el reloj en su muñeca varias veces. Un poco más de las diez. Comparó la hora con el reloj de la pared. No halló casi diferencia. También se acercó a observar el reloj de muñeca de Medina, para lo cual tuvo que aproximar la vela hasta el vientre del cuerpo tendido de largo a largo, donde reposaban las manos del viejo. Tampoco allí encontró diferencia significativa. Los relojes de Medina eran exactos, nada podía ganarles en exactitud en todo Buenaventura, y pensarlo así proporcionó al cura una muy superficial sensación de realidad, pero que requería casi con angustia. Casi dos horas para la media noche. Se quitó los lentes. Se estrujó la frente y restregó los ojos. Volvió a ponerse los lentes. Hizo todo esto con mucha paciencia, imprimiendo a cada movimiento un dejo de indiferencia que, después de todo, nadie podría notar en el encierro de aquella habitación ¿A quién engañas, cura de pueblo? Se te nota en el rostro la perturbación por el miedo que en un instante te ha recorrido los huesos. Pero, ya lo digo, es algo que nadie notará en el encierro de esta penumbra. Por un rato puso atención al sonido del reloj. Cada tictac era un paso de su ánimo hacia tierras más seguras. Miraba en la penumbra. Miraba hacia el reflejo de la luna que se metía por la ventana. Sus ojos volvían a perderse en la oscuridad amontonada en los rincones. Se levantó y caminó a tientas. Se asomó a la ventana. Asoció la luna con la cabeza de un pescado que había adquirido la víspera. La había encontrado, muy temprano en la mañana, en un puesto del mercado. La compró y la llevó a casa para cocinarla. Salido del mar. Descabezado. Ahora volvía a estar allí, en el mar oscuro de su mente, brillando. Sabía que el mar estaba allá, pero no lo veía, pues quedaba tras el amasijo de casas. No. Él estaba en medio del amasijo de casas, y el mar quedaba por fuera. Así su sonido, ahí, pero al mismo tiempo muy a lo lejos, sin que nadie pueda saber cuánto de agua, cuánto de sal, cuánto de noche y luna, cuánto de lejanía o cuánto de encierro y grillo. Del mar sólo le quedaba, por ahora, aquella cabeza de pescado. Entonces, aquello de fuera también era un amasijo de sonido penetrando el último rincón del silencio de la noche. Sus ojos iban de adentro hacia afuera, y viceversa. Su oído se cansó. Y el cura volvió a la silla de palo y cuero de cuyo crujido ni siquiera se percató. Colocó el librito sobre la mesita, al lado de la vela, en el mismo sitio de dónde lo había tomado. Se estiró y luego de nuevo estuvo observando el cuerpo inmóvil de Medina.

Ya debería estar muerto hace rato. Frío y tieso. Una vez más la imagen de la cabeza de pescado que había comprado esa mañana. Sin embargo no se animó a tocarlo. Sin apartar la mirada del moribundo, se puso a revisar los hechos recientes. Siempre lo hacía en momentos así, cuando, de pronto, le sobrevenía esa sensación de aparecido en medio de su propia presencia. Hechos recientes. Inventario uno a uno, como si no fueran parte de una escena, y hasta de una historia más completa, sino estuvieran allí, colgados del hilo inútil de su coherencia en el tendedero de la memoria.

Todo empezó… ¿Hermoso día? Podría decirse que sí. Porque, total, en Buenaventura todos lo son, incluso los nublados y lluviosos, cuando el mar y hasta el aire se tornan grises. Hay veces que, como hoy, a la mañana soleada sigue una tarde nublosa. De modo que una claridad tempranera, cuya tibieza se siente no más abrir la puerta, ha dado, pues, inicio al día. El cura se dispone a salir. Y salió. Así, en la mañana, temprano, cabeza de pescado en un puesto del mercado y cura mirando a ver si se decide a llevarla a casa. Aún son pocos los clientes. Pero hay movimiento incesante de hombres cargando y descargando pescado. Olor a salitre, licor y muerte aún fresca allende las blancas panzas. La pesca ha sido buena, se comenta. Se sobreentiende, entre comentario y comentario, que la muerte del Moise ha contribuido a que mejore la suerte de los pescadores ¿Lo ve, Padre? Ha hablado Rita, en tosco e ingenuo gesto de confirmación. La vieja estaba al lado del cura y el cura no la había visto. Giró la cabeza y bajó la mirada para verla mejor. En efecto, allá abajo estaba Rita, viéndolo desde sus ojos hundidos y atrapados en su cara arrugada. Volteó hacia la cabeza de pescado. Estará más vieja la vieja, pensó el cura. Luego volteó de nuevo hacia Rita, que se había arrimado un poco para mirar otros pescados. El cura miró por encima de Rita, hacia la playa. Por allá, por el malecón, va el Comisario Martín Romero. El muchacho delante y el perro enorme atrás. Últimamente andan así, por allí, esos tres. Vuelve a hablar Rita, que ha seguido la mirada del cura y captado al policía en la otra punta. Hay quienes dicen que el policía está medio loco. Quién sabe. ¿De dónde vendrá a ésta hora? De guardia, se supone, dijo el cura sin mirarla. Si es cierta la especie de que se está viendo a escondidas con la Susana, menuda guardia. El cura volvió a mirar la cabeza de pescado ¿Y Medina? Preguntó el cura. Va para el tercer día consecutivo sin pararse de la cama ¿UD. qué cree,? Preguntó a su vez Rita. Nunca se sabe. Al tercer día, Cristo resucitó. Silencio. Largo silencio que venía de abajo, allende la boca de Rita. El cura habló sin dejar de ver la cabeza de pescado. No supo por qué dijo algo así ¿Se la empaco, Padre? Dijo el tendero. Cuando el cura hubo levantado de nuevo la cabeza, el Comisario ya había pasado de largo, camino al Comando Policial, y Rita se había retirado. La observó alejarse, cada vez más chica, cada vez menos notoria su cojera ¿Se la empaco, Padre? Insistió el tendero ¿Qué? La cabeza. El cura se llevó la mano a la cabeza. El tendero señaló la cabeza de pescado. Sí claro. El cura se retiró luego de haber pagado y se propuso ir directo a su casa.

Entonces, tropezón con el licenciado Valbuena. Perdone UD., Padre, dijo el gordo mientras sacaba el pie de debajo del pie del cura. Éste, que ha de haber metido el pie allí abajo para gozar la oportunidad de mostrar esa cara bondadosa. Siempre lo hace. Siempre quiere hablar, congraciarse. Ahora soltará alguna estupidez. Ahí va. El gordo toca con su dedo el paquete que lleva el cura. El cura mira el paquete, y luego vuelve a mirar al gordo. Con que temprano para llevar lo mejor de comer a casa ¿eh? Lo hizo, no más. El otro día hizo algo parecido, cuando se topó con el cura en el malecón. Con que contemplando la tarde para llevar lo mejor de la inspiración a casa ¿eh? Idiota. Es de los que jura que hay más inspiración en un crepúsculo que en una cabeza de pescado. Forzada sonrisa del cura ¿Ya supo lo de Medina? Sigue allí, sin pararse de la cama. Sí, gordo, sí. Por tercer día consecutivo. El cura, que ha decidido retirarse antes que el gordo se venga con otra sobre Medina, se dispone a emprender la retirada. Aprieta la cabeza de pescado y de un largo paso emprende la fuga. Ha dejado al gordo atrás con esa expresión bobalicona dibujada en la boca. No la ve, pero puede imaginarla y sentirla pegada a su espalda ¿Cuánto caminó, el cura? Cuatro o cinco cuadras. Intenta precisar. Pasó de largo por lo de Rita y casi llegó al camino que lleva al “Claro de Luna”, donde apalearon al Moise, por cierto. Allí, en el suelo, el montón de carne y hueso del negro. Una mueca de desagrado aflora en la boca del cura. Hay recuerdos así. Se van a los labios y afloran como muecas. Es su forma de convertirse en hecho del inventario. Media vuelta. El cura se devuelve. Menos mal y era temprano todavía. Al parecer, por allí no había nadie. Si alguien lo vio, seguro habrá dicho que el cura se iba de Buenaventura. Se devolvió rápidamente. Mejor ir a casa de una vez y preparar esa cabeza.

Cabeza de pescado. El cura se lo dijo a sí mismo mientras se miraba frente al espejo, porque siempre le pareció que su cabeza era como de pescado, con anteojos. Después de todo, razón que tenía la muchachada aquella de la cuadra cuando lo veía pasar: cabeza e’ pescao. Malditos. Pero esa cabeza no es de pescado, mi niño, decía mamá al mocoso, recordó el cura mientras observaba la cabeza de pescado en la mesa. Una mueca de desagrado aflora en la boca del cura. Hay recuerdos así. Se van a los labios y afloran como muecas. Es su forma de convertirse en hecho del inventario. Tomó la cabeza, la troceó, colocó los trozos en una olla y la puso al fuego. Ya no más recuerdo. Caminó hasta la ventana y estuvo largo rato asomado. Largo día. Lo sabía. Preparar hervido de cabeza de pescado es bueno para días así. Minutos antes de salir al mercado estuvo pensando en componer la desordenada biblioteca. Antes lo hacía. Pero, al final, se convenció de que preparar hervido de cabeza de pescado es mejor para días así.

Los hechos. Qué hechos ni qué hechos. Luego de arrojar la verdura a la olla, fue a sentarse en el sillón. Allí pasó casi todo el día. A ratos se levantaba, iba hasta la cocina, removía la olla y volvía al sillón. En cada ir y venir, de vuelta, se quitaba los anteojos, empañados por el vapor. Cabeza de pescado. Cabeza vacía, como de pescado, por dentro y por fuera. Ni una idea. Ni una sola ocurrencia. El calor que aumenta. Gotas de sudor corren por la frente y las mejillas del cura. Cada vez es más intenso el olor que viene de la cocina.

Luego de un gran plato de hervido de cabeza de pescado, el cura ha entrado en pesada somnolencia. De súbito, golpes en la puerta. Tres. Golpes en la puerta escuchados. Tres. Espera. Tres golpes más. Entonces la pregunta del que no está dispuesto ni a pestañear.¿Quién será? Por debajo de la puerta se advertía la sombra del que estaba del otro lado. La cara impaciente de Colmenares detrás apareció violentamente al abrir. Sí, está bien, dígale al doctor que voy enseguida. Pero el cura ya sabe: enseguida, en Buenaventura, no existe. Más bien todo aquí tiene lugar de seguidas. No importa cuáles hechos, no importa cuánto tiempo. Lo mismo cien años que cien segundos. El antes y el después pueden ubicarse en cualquier punto, incluso intercambiarse; igual todo aquí va de seguidas, una cosa detrás de la otra, como los cuadros de una película. Medina dijo. Medina hizo. Ahora: se muere Medina. Ahora voy, enseguida, –¿o de seguida?– no más me levante de esta silla en la que ahora estoy sentado y a punto de permanecer así para siempre. Eso sería bieno. Pero el Señor dijo: Claudio, levántate y anda. Y yo mirando en la mesa el plato vacío, los restos amontonados a un lado; el vaso boca abajo, junto a la jarra de agua; la cesta con la hogaza de pan, y una mosca revoloteando sobre la envoltura de tela roja con lunares blancos con la que había envuelto la pieza. El cura toma un pedazo de pan y se lo lleva a la boca. No es en realidad comer, sino una forma de preguntar al estómago si quiere más alimento. Engulle. Aguarda un rato. La boca seca como algodón. Esta vez no hubo señal. Vuelve a envolver el pan con la tela. Entonces sólo bebe agua. Luego, y antes de buscar los pantalones, fue remontar la terrible cuesta hasta convencerse de que debía ir a lo de Medina. En realidad nunca se convenció. Pero, al final, terminó de vestirse. La noche, aunque todavía lejana, ya mostraba ganas de meterse por la ventana. El cura se secó los labios con la servilleta y salió. Allá va, de seguida.

Ya afuera, a punto de cerrar la puerta, se detuvo. Palpó sus bolsillos. Entonces empujó la puerta, fue hasta el cajón de los libritos y tomó uno. ¿Seis o siete? Quizás ocho. No sabía lo que haría con el librito. Dejarlo a Medina, quizás. Ya le había dado uno ¿por qué hacerlo de nuevo ahora? La muerte. Bueno, la verdad nunca había sentido que debía hacerlo, ni con Medina ni con nadie, ni en vida ni en muerte. Solo lo había dado, sin saber por qué. Además, si el viejo estaba como decían, ni cuenta se daría. Salió de nuevo. Cerró. Caminó dos cuadras hacia abajo, en ruta al malecón. Aunque por allí era más lejos, prefirió hacerlo así. En seguida voy. De seguida. Así era en Buenaventura. Ya lo había dicho, y no sabía porqué lo repetía. Supuso que era por lo de Medina, porque intentó así apartar su repugnante imagen de sí y que se hacía más repugnante en el umbral de la muerte.

Allá va, dijo el licenciado Valbuena al ver subir al cura desde el malecón a lo de Medina. Figura agigantada. Caminar lento y pausado del peregrino que no tiene a dónde peregrinar. Cabello corto, como el de un soldado, de hebras gruesas y rebeldes, y un bigote espeso que casi cubría por completo el labio superior. Desaliñado y, sin embargo, de presencia ligera, en sus ojos relucía siempre un brillo violento detrás de los lentes de cinco dioptrías. El vientre ligeramente hinchado iba acorde con su estampa ligeramente encorvada. Al caminar, su cuerpo perdido dentro de sus ropas anchísimas batidas por el viento. Arriba, el follaje de los árboles batido por las brisas. Más arriba, trepando por el verde intenso de los cerros, todavía podían seguirse las tonalidades rosas que la humedad de la lluvia por venir imprimía a los restos del día. Del sol sólo quedaba una última claridad persistente. Las nubes ya se habían tragado las cimas de los cerros.

Pese a su aspecto huraño, olvidado por Dios y por el mundo, aquel cura era el hombre más culto que el licenciado Valbuena hubiera conocido jamás. El Padre Claudio había tenido que aceptar sus halagos en este sentido, aunque, como bien sabía, el criterio del gordo y rollizo secretario no fuese, en realidad, algo digno de tomar en cuenta. El cura no ocultaba del todo su desprecio hacia el secretario, y acaso por lo mismo, pese a conocerlo desde hacía más de veinte años, éste nunca había podido acceder a él de manera alguna. Su sola presencia lo incomodaba. Ciertamente, en el cura había algo de erudito que no alcanzaba a aniquilar del todo al hombre tosco. Y esto era algo que el licenciado Valbuena no lograba manejar. En él se mezclaba con violenta parsimonia el monje medieval, el enciclopedista dieciochesco, el filósofo darwinista y el existencialista de post guerra. Era lo más parecido a un Guillermo de Baskerville de finales del siglo XX, aunque un poco más desilusionado; los occamistas vivieron deslumbrados por los albores de una nueva era a la que entraron por las puertas del progreso científico, mientras que ese cura que deambulaba por Buenaventura era apenas un despojo lúcido de la era del progreso y de la ciencia. Condenado como cualquier mortal, habitaba el mismo universo que una vez fue incomprensible, luego aristotélico, más tarde Newton–copernicano y hoy por hoy lleno de huecos negros como la ausencia de Dios.

‒Precisamente, iba yo a buscarlo –dijo el licenciado Valbuena, rojizo y jadeante, que había acelerado el paso para alcanzar al cura.

‒Ya me han avisado –contestó secamente el cura.

‒Sí. Colmenares dijo que UD… pero como no llegaba yo vine a ver… ¿Y UD. va a…?

‒En realidad no sé a qué voy, licenciado. No puedo saberlo. –dijo el cura.

‒Yo sólo pensaba…–dijo el licenciado Valbuena

‒En la extremaunción. –Interrumpió el cura.

‒A decir del médico, el hombre no pasa de esta noche. –dijo el licenciado Valbuena. El cura esperó unos segundos antes de continuar, sin que el licenciado Valbuena dijera nada. Luego continuó, como quien lee en voz alta:

‒Sacramento de la Iglesia, que consiste en la unción con óleo sagrado a los fieles que se hallan en peligro inminente de morir.

‒La cosa es grave ¿no? –preguntó el licenciado Valbuena.,

‒Sí. Así parece. Así dicen. –dijo el cura.

El cura se puso a caminar. Miraba hacia el suelo, como si inspeccionara la calle por la que avanzaba. El licenciado Valbuena reaccionó con leve retardo y compulsivamente dio uno pasos rápidos, hasta que logró alcanzar al cura y ponerse a su ritmo. Allí iba el secretario, en su natural nerviosismo, empeñado torpemente en mantenerse al lado del otro, para lo cual debía dar tres pasos por cada dos del cura. De vez en cuando lanzaba miradas de soslayo a su acompañante y buscaba en su mente algo que valiera la pena decir ante un hombre que siempre lo evadía para no tener que mostrar su aversión. Caridad cristiana, a lo mejor. Primero pasa un camello, pero este gordo ni que lo empuje la mano del mismísimo Dios.

Aunque el cura no observaba al secretario y continuaba con la mirada distraída por el suelo, tenía clara, como si lo estuviera viendo, la imagen del burócrata. Su cara rojiza y circundada por la barba espesa y que siempre iba enjugada en sudor. Por más que llevara la corbata completamente desceñida, igual parecía ahogado por un lazo fuertemente atado al rollizo cuello. Hablaba con voz gutural y jadeante, y las comisuras de la fina boca se le llenaban de saliva tras cada palabra pronunciada, masticada, se diría mas bien, como si fueran gusanos reventados por las estridencias de su voz y que soltaban allí la leche de sus significados. El secretario tenía la costumbre de mirar a cada instante la esfera blanca de su reloj amarillo hundido en la pelambre negra del antebrazo derecho. Porque era de los que usan el reloj en la derecha. Luego se lo pasaba por la frente. Vuelto a ver la hora. Vuelto a la frente. No era preciso mirarlo para sentir el movimiento de aquel brazo. Un leve vapor se dejaba ir en cada giro maquinal. En el brazo izquierdo, recogido sobre el pecho, llevaba una carpeta con papeles. Tampoco era preciso mirarlo para escuchar los pasos de sus zapatos de punta ancha y redonda, brillantes, de un brillo que se dejaba percibir bajo el polvo. No era preciso mirarlo para saber que estaba allí, en todo su volumen, y que, luego de marcharse, seguiría por un rato más, como si su ausencia tuviera su propia voluntad aparte. Así, pese a las intenciones del secretario, ambos caminaron en silencio hasta que arribaron a la casa de Medina. Entonces, tras un esfuerzo que lo enrojeció aún más que la misma caminata, el licenciado Valbuena habló:



‒Cree UD., Padre, que Medina ...es decir... –dijo el licenciado Valbuena

‒¿Que Medina no vuelve a levantarse de la cama? –preguntó el cura.

‒Bueno…yo… –balbuceo el licenciado Valbuena.

‒No se angustie UD. licenciado, que si es por el parecer del médico, ya es UD. el próximo Jefe Civil de Buenaventura. Y si a lo que se refiere es al parecer de Dios, no hay quien pueda saberlo. Seguramente le dará igual. Sea lo que sea, es cuestión de tiempo. Duerma tranquilo esta noche. Y mañana, como siempre, a las ocho en la oficina ¿Le parece? ‒concluyó el cura.

Durante la última semana, el licenciado Valbuena había hecho la misma pregunta a todos en Buenaventura. Día y noche la había pasado en vilo entregado de cuerpo y alma a aquella encuesta sobre el destino. En su mente había ido reuniendo las opiniones, restando los "síes" de los "noes", descifrando los silencios y los encogimientos de hombro de todo aquel que, experto en la tarea de durar, exponía sus impresiones. El padre Claudio sabía, como todos en Buenaventura, que el licenciado Valbuena ya daba a Medina por muerto y que era tal su convicción al respecto que ya había reorganizado todos los papeles de la oficina, aunque aún no se atrevía a sentarse en la silla del jefe. No pudo el cura evitar la tentación de inquietar un poco al secretario quien, ante la irónica ternura con que se expresaba, se paralizó.

Fue entonces que se abrió la puerta y apareció el cuerpo menudo de Susana. Ambos caminaron por el largo zaguán. Adelante el secretario. Pliegue rollizo de cuello gordo. Calva incipiente. El rostro burocrático enmarcado en la barba espesa desapareció, y ahora vuelve a estar aquí, rojizo, pero tan frío como aquella cabeza de pescado, que ya no está aquí. Es un rostro más que se fosiliza en la piedra de mi mente; toda su estolidez y toda su angustia por el puesto que Medina está a punto de dejar. Hecho.

Se acabó el inventario de hechos recientes. No. Puede que lo que se haya acabado sea esa lógica que habita en la casa de tu cerebro como uno de esos personajes ricos que, soberbio y solitario, deambula por entre las paredes y entrepisos de su magnífica mansión. ¿Desde cuándo? Desde que tienes uso de razón –¿no es que le dicen a ese primer paso firme y sin retorno en abismo del envejecimiento?– Bueno, como sea, allí, por entre los resquicios de ese aposento de hueso y que difícilmente sostiene su precario equilibrio por cima de los hombros, la vieja se aburre y entrega a sus aristotélicas aporías, ordena sus tesoros depreciados por el transcurrir, disecciona vacíos, arruma horas, deviene tiempo devanado en el enorme ovillo de su tedio. Pobre Agustín ¿Y a qué viene eso? El viejo se fue a la tumba. Por lo del tiempo, digo. Si. El tiempo es este tictac en la cabeza de un viejo cuya vida está al servicio del señor y que a media noche, sobresaltado, como un borracho al que el guardián del parque ha sacudido para que se levante de su duro banco, se pone a revisar uno a uno los hechos recientes. Aquí te escondes, o te pierdes –¿cuál es la diferencia?–. Llegaste hasta aquí, en lógico inventario, de pieza en pieza hasta el fondo de esta penumbra densa que huele a madera antigua. Penumbra tibia, casi fría como el aliento de este moribundo. Penumbra: sombra débil entre la luz y la oscuridad. Sombra raída que me obsequia y me cobija con su negro enfermo. Todo aquí está enfermo.

Sobre la mesita que estaba junto a la cama, había varios frascos y cajas de medicamentos, una antigua cucharilla de plata, una medallita de oro con la inscripción del bautizo de Medina, y un vaso con agua en el que, desde hacía casi tres días, permanecía sumergida, sin usar, la dentadura postiza del viejo. Desprendida de Medina, semiabierta, protagonizando una mueca de pasta y porcelana, aquella dentadura era todo Medina sin necesitar de Medina. Lo sobrevivía en su hora poetrera. Eternizaba sus ademanes y manías, los dolores de viejo que ya no duelen, los hedores de enfermo que ya no hieden. En la ortopedia de aquella sonrisa fósil se conservará por los siglos la muerte que no muere. Cada vez que se despabilaba, inmóvil en la penumbra, el cura observaba uno a uno cada diente, el modo cómo todos ellos no habían dejado de vigilarle ni por un instante, hasta que volvía a sumirse en la incontrolable somnolencia. Entonces la sonrisa en escena de aquellas piezas dentales blancas y perfectas desaparecía tras el telón caído de sus párpados. Vuelto a despertar, la dentadura seguía allí, en el falso movimiento de su inamovilidad circular, la tramposa divisoria entre la hilera de arriba y la de abajo, y en esa disposición a masticarlo todo. Sobre todo eso, la disposición: ordenada distribución, calculada colocación. Podría comenzar por este dedo, este brazo, este cuerpo, y continuar con el universo entero, y esperar, seguramente tendría la paciencia de esperar –siempre esperamos– por si acaso quede algo más. Quien contemplara el silencio postizo, no propio del material dental, sino agregado, limitado, fingido o sobrepuesto de esta dentadura suelta en la noche, con una temperatura sensiblemente inferior a la del medio ambiente y que produce efectos macabros como el verde azul del agua en que permanece quedamente sumergida desde hace tres días, despejaría de un porrazo todo el misterio que cree lo ata a la vida. No se precisa de grandes eventos para algo así. Baste una dentadura, aunque sea postiza, con qué ejecutar la feroz mordida a la nada que es vivir. Asquerosa, repetida, sí, se repetía el cura en cada abrir y cerrar de ojos en medio de aquella vigilia a medias, torpe como manotazos al sueño y que, al mismo tiempo, sin embargo, no alcanzaba para insomnio. Tan cierto le parecía su desprecio por Medina como su sentimiento de que en cada quien hay un Medina que lucha por vivir, una dentadura de verdades postizas que convierte a cada uno en cancerbero de su propia mentira de durar. Quien desee ver en cada hombre las heces en que consiste la presencia de cada hombre, podía lanzar una mirada a Medina. Ya no verá almas, buenas y malas, sino el mismísimo espectáculo humano de tener una ¿Cómo evitar estos ataques de misoginia? se preguntó el Padre Claudio mientras se incorporaba obstinadamente de la silla y, al mismo tiempo, imploraba a los cielos de su propio silencio. Volvía a sentarse. Crujido del cuero de la silla. De nuevo Medina hecho al horizonte de su perfecta quietud. Si el viejo volviese a ponerse de pie, pensó, lo echaría todo a perder.

Allí seguía Medina, pues, de largo a largo, a un costado de la cama enorme, su cuerpo enjuto cubierto hasta la mitad del pecho por una sábana. En los extremos de la cabecera se erguían dos puntas de madera laboriosamente torneadas. Del otro lado de la cabecera se alzaba levemente la sábana al cubrir los pies juntados. Pies chicos, como de niño, que le daban el aire de un niño envejecido. La cabeza, hundida en la almohada, o se le había achicado o le sobraba cabello, nariz y cejas. Las orejas se le habían llenado de pelo. He aquí al hombre. El dueño de la dentadura postiza. El que con la voz de su mutismo de moribundo le insufla vida. Se le han aflojado las comisuras de la boca y de los párpados. Quizás sea esa la causa del tono acobardado que se ha apoderado su rostro blancuzco. Se le ve tranquilo, como si no supiera que va a morir, quizás no sabe que va a morir, o ya murió. La última vez que lo supo estaba aterrado. Una mezcla de rojo cólera con amarillo miedo. Así lo recuerdo ahora. Allí no había nada de blanco resignación, como ahora. No sé, quizás los degradados manchones verdosos en las mejillas, ahora, en aquel entonces fuesen soberbia o el mero artificio de creer que nos hemos liberado de algo por el hecho de seguir vivos. Se le veía tan diferente, entonces. Hace tiempo ya ¿no? Veintitrés años casi. A ver.

Recién llegado a Buenaventura, no era yo tan indolente como ahora. También se me veía tan diferente, entonces. El Padre Claudio esto. El Padre Claudio lo otro ¿Le dijeron al Padre Claudio? Nuevos, la gente gusta estrenar curas y zapatos. Pero no negarás que, por un tiempo, al menos, fue bueno sentirte útil ¿Al servicio de la humanidad? Al servicio de la humanidad, aunque sea la humanidad de Buenaventura. Eras un tipo en crisis ¿recuerdas? Así gustabas de llamarte, en silencio. Y luego las clásicas preguntas de rigor. Dios: ¿símbolo de fe? ¿instrumento de justicia? Nunca, en definitiva, has terminado de resolver el asunto que, en parte, te trajo aquí. Así es en Buenaventura. Las cosas adquieren un color distinto al que tenían antes de llegar. Fe o justicia. Aquí es difícil de precisar ese tipo de cosas. Pasa que uno, sin querer, se topa de frente con uno mismo ¿y éste? ¿Quién es? ¿Qué se trae? Y termina uno por allí, objeto de su propia perdición. O perdiciones. Porque, en realidad, hay muchas. Casi todos los días una distinta. O, quizás, la misma, y sólo pasa que no se le siente igual. Mírate hoy. Aquí frente a Medina, a lo mejor ya muerto ¿Será que ya no es? Cómo gustas de esas formas aristotélicas, tan perfectas que no conducen a ningún sitio. Ni siquiera sabes donde estás parado, o sentado. Bueno, sí, en lo de Medina casi muerto o muerto ya ¿Es igual? Pero genial, el tipo ¿eh? Hay que reconocerlo. Todo tú eres un silencioso tributo de reconocimiento. Hay cierto placer en ello ¿orgullo de pagano derrotado? Creo que así podría decirse. Pero eso suena a mierda. Es mierda. Se le puede oler desde aquí, en Buenaventura.

Leves toques a la puerta. El cura se volteó y esperó. En efecto, leves toques a la puerta. El cura se levantó y abrió. Era Susana, que estaba allí parada, sin decir nada. El cura abrió la puerta por completo, y dijo:



‒La verdad, no sé por qué la mantengo cerrada. Hace calor. Mejor dejarla así ¿Vas a pasar? ‒preguntó el cura.

 

La muchacha, al principio no dijo nada ni se movió. El cura esperó un momento. Vio sus pies, siempre descalzos. Luego volvió a mirarla a los ojos. La muchacha pasó. El aire tibio, hecho de expiración y medicamento se le fue a la cara. Avanzó apenas un par de pasos, dejando con ello clara constancia de su negativa a avanzar más al interior de la habitación. El cura tomó la silla, la ladeó un poco para poder quedar sentado frente a Susana. Esperó a ver si la muchacha hablaba. Al rato, el cura volvió a hablar:



‒Yo pensé que dormías.

‒No. No tengo sueño –replicó la muchacha.

‒¿Se fueron todos? –preguntó el cura.

‒Se fueron temprano –respondió la muchacha.

‒¿Y tú? ¿Por qué estás despiertas todavía? –insistió el cura.

‒Ya le digo. No puedo dormir.

‒¿Qué te pasa? –preguntó el cura.

‒Nada. –respondió la muchacha.

‒¿Tienes miedo?

‒No.

‒Y, entonces ¿qué pasa? –insistió el cura.

‒No me pasa nada.

‒Está bien. Si no quieres hablar… ‒concluyó con tono obstinado el cura.



El cura no supo qué más decir. Se consideraba bueno para tratar con niños o con viejos, incluso con el mismísimo Medina, pensó, y volteó para echarle una rápida mirada. Seguía allí, quieto, de largo a largo en la cama. Y qué ¿pensabas que podía haberse ido? Con niños o con viejos. Pero los jóvenes se le hacían intratables. Mejor era dejarlos hablar o que se pudrieran en su silencio. Volvió a ver a la muchacha. Esperó. Rato después, Susana, por fin, habló:

‒¿Es verdad que andaba por el “Claro de Luna? –preguntó.

‒¿Cómo? –replicó el cura sorprendido.

‒Lo que dice el gordo, UD. sabe. –dijo la muchacha.

‒El gordo no. El licenciado Valbuena, querrás decir. –advirtió el cura al rato, mientras recordaba lo que el licenciado Valbuena podría haber dicho en la tarde.

‒Bueno, como sea. –siguió la muchacha en tono contrariado.

‒¿Quién andaba por el “Claro de Luna”? –preguntó el cura.

‒UD. sabe. –se limitó a decir la muchacha.

‒¿El Comisario? –preguntó el cura, al recordar lo que había dicho el secretario.

‒Ajá –confirmó la muchacha.

‒Sí, eso fue lo que dijo el gordo. Digo, el licenciado Valbuena. La verdad, Susana, no lo sé. Hace días que no veo al Comisario Romero. Pero tú no deberías estar preocupándote por cosas así ¿No te parece? Seguro que es por eso que no puedes dormir ¿eh? No eres más que una niña, Susana ¿Qué edad tienes, a ver? –preguntó el cura, mientras buscaba sus ojos difusos en la penumbra.

‒No lo sé. –respondió la muchacha.



El cura se levantó y caminó, una vez más, hasta la ventana. Hizo un rápido recorrido por la sombras azules de la noche. Se volvió. Susana tenía la mirada fija en Medina. Al principio le pareció que la expresión en ese rostro de niña era de odio. Pero, al observar con más calma, notó más bien espontáneo desprecio con inconfundible pinceladas de asco. Así lo percibió, cuando pensó aquel rostro con más calma. Calma aristotélica. Sí, sirve para eso, para captar las frescas líneas de la naturaleza, que nunca son, por cierto, rectas.



‒¿Quieres que te diga la verdad, Susana? No sé si está muerto ya, o sigue vivo todavía. Y creo que prefiero no saberlo, si el costo es acercarme a él y tocarlo. Cuando le puse el aceite, lo hice con éste dedo, de punta y rápido. (el cura muestra el dedo a la muchacha y hace una rápida y corta señal de la cruz). Todavía siento aquí esos pliegues de la frente. ‒Y con el mismo dedo señala la frente de Medina. No es para nada agradable su cercanía, yo que te lo digo. ‒Y su mirada se cruza con la de la muchacha. Entonces calla por un momento y, rato después, agrega. ‒Lo que, imagino, sabes tú mucho mejor como mujer de lo que yo como cura ¿verdad?



El cura se acercó de nuevo a la silla y se sentó. Luego de un rato, viendo que Susana no daba señales de salir, continuó.



‒¿Sabes? Hace casi veintitrés años que conozco a Medina, o que lo vi por primera vez, mejor dicho. Y es sorprendente que, durante ese tiempo, no se haya modificado ni un milímetro la distancia que nos separa. Nada nos ha acercado, es verdad. Y también es verdad que nada, tampoco, nos ha separado. Es como si estuviéramos juntos, aislados, en el mismo lugar. Ahora lo veo allí, y no sé bien qué sentir. Un poco de desprecio y asco, creo. Pero ello, seguramente, se debe tan sólo a la proximidad física. Y pensar que fui yo quien intercedió para que te vinieras a vivir aquí. Eso es algo que me hace sentir un poco culpable, lo confieso. De pronto, en este momento, me parece que debería yo patearlo, en lugar de estar aquí, esperando... Pero ¿para qué? ¿verdad? ‒el cura se detuvo para mirar a Susana que, al mismo tiempo, lo miraba ¿Estará escuchando ésta? ¿Y qué importancia puede tener si escucha o no? Puedes continuar. El cura continuó.

‒Cuando tocaste a la puerta pensaba yo en el día en que Medina apareció temprano en la mañana, luego de que, según dijo, lo hubiesen secuestrado los comunistas. Lo recuerdo y todavía me dan ganas de reír. Yo estaba recién llegado aquí, a Buenaventura. No más acabo de llegar, y mira lo que uno tiene que escuchar. Comunistas en Buenaventura, Bueno, esa mañana, temprano, escuché, si se puede llamar así a lo que uno percibe como sonido en medio de la inconsciencia del sueño, golpes desordenados a mi puerta. Pam, Pam ‒el cura simula golpes a una puerta imaginaria y se lleva la mano al oído para escuchar‒Largo rato, aunque no sé cuán largo. Primero fueron golpes cuyo ruido se perdía en el sueño antes de llegar a mi oído y que traspasaban como fantasmas la pared del entendimiento. En algún instante aquellos golpes fueron golpes allí, tras la puerta, sin más. Por fin, cuando mis ojos dieron con la puerta, en realidad los escuché, y aún así dudaba de su realidad. Claudio, levántate y anda ‒el cura se levanta y camina como sonámbulo hacia la ventana de la habitación de Medina, la muchacha lo sigue atentamente con la mirada‒ y de paso abre la puerta para que sepas quién es el impertinente que está del otro lado. En fin ‒el cura, de súbito, medio apenado, retorna a la silla y continúa desde allí‒. Todavía me tomé algún tiempo para elaborar alguna hipótesis. Mientras, aprovecharía para ponerme los pantalones y la camisa. Noche calurosa, me dije, cuando en realidad ya no era de noche. Amanecía. Emergencia. Asunto que requiere una especial atención por ser imprevisto, urgente, apremiante, peligroso ‒el cura se lleva la mano a la frente, como si atisbara algo en el entorno de oscuridad. Luego mira a la muchacha‒ No me gustan las emergencias ¿Sabías? ¿Emergencia de qué? No. No estoy hecho para ese clase de ritmo. Ahora lo sé. En fin, en aquél entonces, primero me dije: ¿emergencia de quién? Eso me daría el qué ¿Pero quién, en Buenaventura, podría requerir de este cura a esta hora? Próximo el amanecer, según la tonalidad morada que alcancé percibir por lo bordes de las cortinas. Al final, me eché la camisa encima. Los golpes, inicialmente desesperados, habían adquirido un ritmo débil y resignado. Abrí. Medina estaba allí.



‒Y ¿de dónde venía? ‒preguntó Susana. El cura, que hasta entonces creía estar hablando solo y sorprendido porque no imaginaba que la muchacha estuviese, en realidad, escuchando y siguiendo lo que decía, respondió.

‒Al marcharse, dijo que iba a entrevistarse con Montenegro. Por fin, dijimos todos por aquí, a ver si nos deja quietos con su majadería acerca del progreso. Luego de casi dos días de ausencia, Medina apareció en Buenaventura. Desgreñado, sofocado, el hombre entró corriendo. Llevaba la cara sucia y las ropas desechas. Se dejó caer en una silla y hundió el rostro entre las manos. Yo imaginaba que aquellas manos eran, como siguen siendo ahora que las veo, animales salidos por las mangas de la camisa. ‒dijo el cura, y señaló las manos de Medina en la cama. Susana miró, soltó un mueca de desagrado, y sonrió. Lo cual el cura consideró una generosidad. Sonrió y, acto seguido, se levantó de la silla para continuar con el relato, mientras repetía un pausado ir y venir entre la silla y la ventana.



‒Esos malditos –dijo Medina, envuelto en una rabia pasmosa.

‒Malditos ¿quiénes? –pregunté.



Después de un rato, cuando se hubo calmado y luego de beber el vaso de agua que le aproximé, volvió a hablar.



‒Querían matarme. Así, sin más. Un tiro en la cabeza ‒el cura, que intentaba en voz baja simular la voz gutural de Medina, se apunta con la punta del dedo en la cabeza y ponía cara de desesperado. Susana, por su parte, ríe‒. Pero se equivocaron los malditos. Comunistas ‒voz muy chillona y muy baja‒ Ahora es que hay Medina para rato. Ellos a cambiar el mundo de mierda, Dios está de mí lado. ¡Ah, claro que sí! Quien se salva de algo así es porque algo superior vela por él ¿no lo cree UD., Padre? Ya los tendré en mis manos, antes que llegue el día del mundo mejor, los tendré en mis manos. UD. verá, en mis manos, y vaya que van a llorar, los escucharé rogar.

‒Pero ¿a quiénes? ¿de qué está hablando UD.? Todos aquí lo hacían bebiendo güisqui con Montenegro ¿o no? ‒pregunté.

‒Me estaban esperando –dijo Medina.

‒¿Quienes? ‒insistí.

‒Para empezar, el Moise y el Indio. A los demás no los conozco. Jamás los había visto por aquí. Pero esos dos ya regresarán. Ese par no tiene a dónde ir. Ni que existiera el mundo mejor tendrían a dónde ir. Ya se arrepentirán. Y entonces van a cantar de lo lindo. –dijo Medina.

‒¿Y esos dos qué hacían allí? Seguro que eran ellos ‒pregunté, sin dar mucho crédito a lo que el viejo decía.

‒No los vi.la verdad. Pero los escuché. Los reconocí enseguida. Eran sus voces, entre otras, claro, pero inconfundibles. Estaban medio borrachos, pero no me equivoco. Estoy seguro. UD. sabe, cualquier imbécil los halaga con un par de frases acerca de la igualdad de los hombres, el mundo mejor y esas majaderías. Decidí volver y quedarme aquí, en Buenaventura, porque supuse que aquí estaríamos en paz. Pero se les va a pasar. Yo los voy a curar de su fiebre. Se lo prometo. ‒Aseguró Medina.

‒¿Y yo qué puedo hacer? –pregunté entonces.

‒Nada, Padre. Supongo que nada. Sólo necesitaba decírselo a alguien. Di vuelta toda la madrugada hasta llegar aquí. Iba a seguir a mi casa. Pero preferí llegar aquí. Es la iglesia ¿No? –Protestó el viejo.

‒Por supuesto. ‒respondí. Transcurrió un largo silencio. Al rato me levanté. Fui hasta el cajón. Tomé el librito de oraciones como ése que ves allí en la mesita y lo entregué a Medina. Éste lo miró con extrañeza y nada dijo. Permaneció por unos minutos más en total silencio. Luego se levantó y salió, sin ni siquiera despedirse.



El cura volvió a sentarse. Entonces agregó:

‒Hoy le traje otro de estos. ¿Qué te parece? –dijo, mientras tomaba el librito de oraciones de la mesita de noche.

‒¿Otro qué? ‒preguntó la muchacha.

‒Otro de éstos ‒dijo el cura, mientras mostraba el librito de oraciones que tenía en las manos a la muchacha.

‒Es bonito –dijo la muchacha.



Aquella noche, la de su relato, el cura observaba cómo la mirada de Medina, a medida que se recuperaba del susto y la desesperación, se clavaba con más vehemencia sobre todas las cosas a su alrededor, como si mordiera las carnes de las paredes, los muebles, la luz tímida del alba y él mismo, camisa abierta, recién salido de la cama y sin entender nada de lo que sucedía. En los ojos de aquel hombre asustado, salido como rata apaleada de en medio de la hondura del monte, destellaba la magnificencia de los resucitados. Ahora, veintitrés años después, lo veía inmóvil, aquellas mismas manos reposando en el vientre, los ojos cerrados, toda aquella vehemencia pudriéndose como tez de viejo muriendo ¿O ya murió? Pero de esto nada dijo.

Esta noche, mientras Susana seguía allí parada, acaso esperando que el cura dijera algo más, volvía a ver todo aquello, lo imaginaba o creía percibirlo en forma de opacidad blancuzca, ambigua que se desdibujaba tras el cristal del negro nocturno. Más allá del estrecho y débil haz de luz de la vela, el resto de la habitación estaba a oscuras. Aquella luz ni siquiera alcanzaba el rostro de Medina. Por momentos, cuando la luz de la luna se libraba de la cortina de nubes, se metía por la ventana, alcanzaba la cabecera de la cama, aparecían las protuberancias huesudas de la frente del viejo, y también los labios finos, apretados, de su boca llena de silencio sin dientes. Pero sólo a veces, por momentos. Quizás fue por eso que el cura no se daba cuenta de que Medina acusaba señales de movimiento: primero muy leves, pero cada vez más inequívocas. Los párpados, los dedos de las manos y de los pies, las mejillas. Cada parte del viejo que dejaba de ser iba siendo otra vez objeto de la irracional palpitación de la vida.

De pronto, retornó la corriente eléctrica. La habitación se clareó con la luminosidad que venía del pasillo y la lámpara nuevamente encendida de la mesita de noche. El cura miró a la muchacha, que volvió a sonreír y preguntó con entusiasmo inesperado:



‒¿Quiere café, Padre?.

‒¿Cómo dices? –preguntó el cura distraído.

‒¿Qué si quiere tomar café? –repitió la muchacha.

‒¿Café? Sí, claro. Eso sería bueno, café. –dijo el cura, sin mirar a la muchacha.

‒Bueno, Padre. Voy a bañarme, preparo café y vuelvo ¿sí? –dijo la muchacha, y salió corriendo, sin esperar más comentarios.

TEMPORAL

Una historia acerca del hecho de escribir historias

(novela filosófica) 

...sucede que la vida no tiene inicios ni finales, y que sólo en el ámbito y contexto de una narración es susceptible de adquirirlos. Lo que me recuerda, por cierto, aquello que una vez dijera Beckett: ese fue mi error, uno de mis errores; exigirme una historia, cuando sólo la vida bastaba. Si es así, entonces estoy aquí para perpetrar mi propio error. Y hasta puede que ésta sea la forma de haber empezado a hacerlo. Más me vale.

Introducción General

El Bolívar histórico del que se ocupa este trabajo no es, hablando en términos rigurosos, el del pensamiento político y la estrategia militar, aunque, desde luego, mucho tendrá que ver con ello. Pero no es un análisis de ese tipo lo que busco en su discurso sino, más bien, al discurso mismo como herramienta del político y el hombre de guerra. Se trata del Bolívar de la palabra. El lenguaje como signo de conciencia histórica, como dimensión de temporalidad y como fuente de heroicidad. Del discurso de Bolívar no me interesa tanto el pensamiento como su narrativa; su inteligencia política o militar, como la semántica o discursiva. Del Bolívar histórico no busco la verdad, sino el estilo.

Introito

Un día, cuando todavía era estudiante de historia y me desempeñaba como investigador en el archivo histórico del antiguo Congreso Nacional, al fondo de la bóveda, en medio de un cúmulo de trastos tan viejos como valiosos, me topé con una desvencijada edición del Diario de Bucaramanga. Sumido en la molicie que mi burocrático cargo ya me inspiraba, aquél libro me distrajo y, allí mismo, en un improvisado asiento de cajones, lo leí. Para cuando retorné de la bóveda, mi imagen de Bolívar -como la de casi todos, determinada por ese formalismo patriota propio de la historiografía de banco de escuela, como la llama Vallenilla Lanz- cambió. Este libro es el resultado de un intento por captar y comprender aquello que cambió.

CARTAGENA: del destierro a la gloria

La Memoria dirigida a los ciudadanos de la Nueva Granada por un caraqueño, mejor conocida como el Manifiesto de Cartagena, se considera el primero de los grandes documentos políticos de Bolívar. Fechado 15 de diciembre de 1812, recoge la experiencia del incipiente gobierno republicano que, a mediados de ese mismo año, ha sucumbido en Venezuela bajo los embates del ejército español. Se trata de una memoria de la derrota, producida por alguien que ha participado como oficial en la guerra el gobierno español y que, salido al exilio, ha llegado a la Nueva Granada con el propósito de obtener hombres y recursos que le permitan invadir su país de origen y restablecer la república. Esta memoria no es, pues, el mero relato pasivo de lo que aconteció, de cómo el ejército español ha vuelto a tomar de una de las plazas más importantes y estratégicas de la América insurrecta, sino del plan para recuperarla. Se expone aquí el análisis crítico de una experiencia republicana particular, de la que se extraen conclusiones políticas y doctrinales que proporcionan una nueva perspectiva del proceso de emancipación no sólo en Venezuela, sino en toda la América Meridional. Se puede compartir en mayor o menor medida tales conceptos. Pero, en cualquier caso, es indiscutible que estamos ante la primera visión sistemática, general y de conjunto que, más allá de la dimensión logística y militar que impone la guerra, nos proporciona el primer concepto histórico y estratégico de la emancipación americana. Al menos, el primero producido por un soldado con una clara visión política. En este sentido, estamos ante la primera teoría revolucionaria de la lucha por la independencia.

CARÚPANO: vindicta, libertad y barbarie

En el Manifiesto de Cartagena nada indica Bolívar respecto a la cuestión social. Cuestión ésta tan conflictiva que, siglo por medio, llevaría al historiador Vallenilla Lanz a definir la guerra de independencia como una guerra civil. De ello nos da una particular perspectiva el Manifiesto de Carúpano. No pasó mucho tiempo para que el discurso de Bolívar hubiese de encarar el tema tabú en Cartagena. El momento sobrevino con la caída de la Segunda República, tras ese fenómeno tan contundente como efímero que fue Boves para el proceso de independencia. Efímero en cuanto a su personal actuación y liderazgo, pero en alguna medida permanente en cuanto a la guerra como forma de vida para los sectores populares y el ejército como vía de transformación de una estructura social que hundía sus raíces en la colonia. Acaso fuera Boves el más encarnizado enemigo de la república. Pese a lo cual, la república, a la postre y para ser tal, fue su más genuina heredera. De él recibió su ejército, su dinámica social y hasta el estilo de su liderazgo. A tono con la dialéctica de la guerra, los llaneros que siguieron a Boves pasaron de bandidos a patrimonio de la república. Patrimonio que en algún momento hizo decir a Bolívar que la revolución estaba sentada en un volcán social a punto de hacer explosión. Pero eso sería más tarde y en privado. En Carúpano, todavía este ejército sólo representa el modo en que la barbarie se opone a bien supremo de la libertad.

JAMAICA: Historia, Semántica y Geopolítica

1815: el descenso de Napoleón se cruza con el ascenso de Bolívar. Ambos han partido al exilio, a Santa Helena y a Jamaica, respectivamente. Tres años más tarde, el americano meridional, que ha tomado Angostura, la plaza estratégica que inclinará el curso de la guerra en favor de la causa patriota, dirá de sí mismo: yo busqué asilo en una isla extranjera, y fui a Jamaica solo, sin recursos y casi sin esperanzas. Perdida Venezuela y la Nueva Granada, todavía me atreví a pensar en expulsar a sus tiranos.1 De modo que el exilio, que para Napoleón dictamina el final de un imperio en Europa, para Bolívar anuncia el renacimiento de un proyecto en América. Esta conjunción en el cosmos simbólico de la historia que involucra la carera de dos grandes líderes políticos y militares, alude también a un cambio de época, determinado, desde el punto de vista geopolítico, por el ascenso de las potencias del capitalismo industrial y la caída del colonialismo mercantilista. A ello tributan diversos procesos: la ilustración, el nacionalismo, el industrialismo, la revolución francesa, la expansión napoleónica, la independencia estadounidense, la emancipación en América Latina. Es ésta una coyuntura en el proceso de largo plazo que lleva de la era agrícola a la era industrial. En este contexto se fraguan los cauces iniciales de un proceso histórico de alcance planetario. La Carta de Jamaica forma parte de este contexto. Es una forma de asomarse a él y otearlo desde los agrestes montes de una América irredenta. Tal es el punto de partida de este ensayo.

ANGOSTURA: el guerrero creador de repúblicas

La Carta de Jamaica concluye con la afirmación según la cual la clave para poner fin a la dominación española y fundar un gobierno libre es la unión, obtenida por efectos sensibles y esfuerzos bien dirigidos. Lo que por entonces queda en un escueto enunciado, en Angostura va a ser objeto de un denso desarrollo. Eso es el Discurso de Angostura: un efecto sensible, un esfuerzo bien dirigido. En atención a las lineas principales de su estructura discursiva, es una apelación a la conciencia histórica, un plan estratégico centrado en la implantación del Estado Nacional, y un instrumento de significación del movimiento de independencia como proceso histórico. Pronunciado por Bolívar el 15 de febrero de 1819, en el acto de instalación del segundo congreso que se daba a sí misma una república en medio de los avatares de la guerra, constituye una de las piezas oratorias más importantes de su haber político. Dicho ello por su contenido en sí mismo considerado. Y dicho también por el modo en que marca una diferencia de dimensiones estratégicas entre un antes y un después del proceso de independencia. En la visión totalizadora del Discurso de Angostura confluye lo político y lo militar. Para ganar la guerra en el siempre inhóspito campo de batalla, es preciso ganarla también en el de la política; por cierto, no menos inhóspito, agreste y peligroso que aquél.

BOLIVIA: el hombre de las dificultades como legislador

El guerrero ciudadano es aquél al que le es dado despojarse del mando. Así en la Caracas que le otorgó el título de Libertador, así en la Angostura que lo ratificó como Jefe Supremo, y dos años después lo llevara a ser designado en Cúcuta Presidente de La Gran Colombia. Las dificultades comienzan cuando la historia lo despoja a él de la guerra y se queda sin esa fuente de gloria que, hasta entonces, había sido el enorme campo de batalla y de política que, visto desde Pasto, se extendía entre el Orinoco y el Potosí. Así, Ayacucho consigna en la historia americana la emancipación, ciertamente; y en el destino particular del guerrero ciudadano el retorno de la cima de la gloria a la sima de las miserias de la burocracia y la administración. Siendo el campo de batalla la fuente fundamental de su gloria, dentro de él lo es todo; fuera de él nada, o tan sólo un ciudadano recto e iluminado que, apegado a su prestigio y honor, está llamado a dar la cara a esa oleada de anarquía que, en la paz, devora cuanto ha venido edificando en la guerra. Consumada la independencia o, más exactamente, el proceso de la guerra que habría de conducir a ella, el enorme mapa del nuevo mundo se ha teñido de una no menos enorme complejidad. Mientras se triunfa en Ayacucho se conspira en Caracas. Al tiempo que se finiquitan los últimos detalles del Congreso de Panamá, las recién creadas repúblicas se hunden en la lucha intestina y doméstica que atenta contra la anfictionía. En carta a Santander, fechada en Lima, el 6 de enero de 1825, es decir, a un mes escaso del triunfo en Ayacucho, encontramos esta situación descrita en palabras del propio Bolívar:

OCAÑA: el clamor del pueblo

Desde el punto de vista de su estructura semántica, el libertador, como instancia fundamental del discurso, representa la condición esencial de Bolívar como máximo dirigente político y militar de la emancipación americana. Más que como mera parte de la historia, el libertador concibe, administra y conduce el discurso como conciencia e instrumento hacedor de ella. Sin embargo, y como es de esperar, se trata de un discurso que siempre ha sido concebido y pronunciado desde el entorno de la dirigencia política a la que pertenece, aún en aquellos temas sensibles en que la actuación de dicha dirigencia pueda ser cuestionada por en su mensaje. Desde este punto de vista, el libertador siempre ha sido una instancia discursiva de una u otra manera asociada al estrecho círculo de la élite civil y militar que comanda el proceso independentista. Así, por ejemplo, El guerrero ciudadano del Discurso de Angostura, que dichoso convoca a la representación nacional y se despoja del mando ante ella es, con ello, al mismo tiempo, legitimado por ella. Como parte de la dirigencia, el guerrero ciudadano es jefe supremo entre iguales. En este sentido, los discursos fundamentales de El Libertador como creador de un nuevo tiempo histórico son documentos de identidad con el entorno dirigente del proceso de independencia, palancas ideológicas de su legitimación ante ella como máximo líder.

Epílogo

Hasta aquí me trajo el Bolívar con el que un día, hace mucho tiempo ya, me topé en el Diario de Bucaramanga. El hombre histórico de los discursos. El de la palabra y el estilo. El de la conciencia moderna y la faena semántica. El de la revolución como concepto y del heroísmo como ejercicio de voluntad de poder. Su discurso marca el paso de la barbarie a la civilización, con todo lo bueno y todo lo malo que una transición así supone para la gestión de su propia historia por parte de un pueblo. Y como pueblo, no tenemos conciencia de tal significación porque la historiografía de banco de escuela se ha hecho cargo de ello, bien haciendo de Bolívar una venerable pieza de museo, bien poniéndolo a comer mangos para popularizarlo. Al respecto, me limito a recordar las palabras de Vallenilla Lanz:

HERÓDOTO: los orígenes de la historiografía

Si uno se deja guiar por lo más estrictos rigores académicos, incluso los de la historia, probablemente los menos estrictos de todos, muy a pesar de los historiadores académicos, un trabajo de este tipo luce desde muchos puntos de vista desalentador, bien por lo poco con se cuenta para realizarlo, bien por la poca estima que se guarda hacia lo poco que se tiene, incluso los escritos de aquel a quien Cicerón, si no me equivoco, dio en llamar Padre de la Historia. Y lo hizo en el marco de una larga tradición representada por críticos para los que Heródoto era ya casi tan extraño como para nosotros y que, salvo contadas excepciones, se caracterizó por su desprecio, acusándolo de mal escritor, de inútil, y hasta de mercenario.

Capítulo 1: el hombre, la obra, el contexto.

Es muy difícil establecer un imperativo ideológico, filosófico, político o moral que nos ayude a comprender la aparición de la historiografía en una íntima relación con el contexto histórico en que ello tiene lugar. La vaga generalidad de la que aquí me valgo, es decir, comprender la aparición de la historiografía como parte del humanismo característico de la Grecia Clásica, que tuvo su máxima expresión en el arte y la filosofía, es fácilmente aceptable, pero, se entiende, muy poco precisa. Ese humanismo, la ruptura respecto a la mitología que a él es inherente, comienza a gestarse en la Grecia Arcaica, con la filosofía jónica y la aún ingenua pero inequívoca proximidad que ella representa respecto a la naturaleza. Por otra parte, como se sabe, dicho humanismo se prolonga mucho más allá de la época de Heródoto y en plena decadencia ateniense producirá lo más acabado de su filosofía. Este humanismo griego es, pues, el espacio histórico cultural de muchas cosas, amplio contexto en el que la historiografía luce como un ínfimo detalle, acaso el más prescindible de todos.

Capítulo 2: mito, filosofía, historiografía.

Partamos del hecho, tan magistralmente representado por la cruel simpleza del mito de Sísifo, de que el hombre es una especie condenada a la historicidad. A nadie le es dado elegir no vivir la historia. Encadenado a la infinita finitud del tiempo, el hombre histórico transcurre sin la certeza de saber para qué. Toda la historia humana pudiera comprenderse como la obsesión de este hombre histórico por darse sentido a sí mismo. Todas las cosmogonías lo han adscrito, de una u otra manera, a vagar fuera de lo eterno, perecer una y otra vez. Y todas intentan, al final, reconciliarse con el proscrito, traerlo de nuevo a casa, el paraíso perdido que, en algunos casos, puede ser, incluso, la nada cósmica, peculiar forma de eternidad que nos permite suponer que hasta la supresión de la existencia es preferible al castigo de la existencia histórica. Esta caída en el tiempo es el nudo gordiano de todo el drama bíblico y, en muy otro contexto, es, también, el mayor suplicio que la mitología griega pudo imaginar para el hombre réprobo

Capítulo 3: dioses, hombres, historias.

Heródoto cree en el Oráculo. Es fácil demostrarlo a través de la cita de párrafos como, por ejemplo, el que nos habla de la furia de Taltibio1 contra los espartanos, y otros en los que hace referencia al plano de lo divino como la última salida que encuentra para explicar, -¿o justificar?- un determinado acontecimiento histórico. Sabemos que esto le ha costado a Heródoto buena parte de las censuras que lo descalifican como historiador ya que, se supone, la historia debe explicar al hombre y sus acciones por el hombre mismo. Como se sabe, ha llegado a ser norma del oficio que recurrir a Dios es hacer trampa. Una suerte de principio epistemológico pende como espada de Damocles sobre el historiador cada vez que su discurso historiográfico apela al deus ex maquina. Heródoto puede ser, según esta misma norma, demasiado ingenuo o primitivo .

Capítulo 4: hombre, historia, tragedia.

Si nos pusiéramos a plantearnos los problemas de epistemología y método en los Nueve Libros, probablemente no hallaríamos asidero sólido alguno para el análisis y la reflexión. En realidad, estrictamente hablando, tales problemas no existen para aquella historiografía que, desde sus mismos inicios, se colocó al margen de la sabiduría y se dio a sí misma el despropósito de alimentar la memoria humana, salvar el vertiginoso acontecer humano del olvido humano. Sin embargo, pese a una tarea tan metafísicamente pobre y, en parte gracias a ello, aquella primera historiografía estaba llamada a sentar las bases para una cruel desmitificación de dicho acontecer. El hombre histórico que recién ha descubierto es objeto de paciente y crítica observación; no se le puede tomar a la ligera, tal cual lo encontramos, ni creer de buenas a primeras lo que dice y piensa de sì mismo. Racionalista pero curiosa, tolerante pero desconfiada, fue ésta una historiografía que se aproximó a su hombre histórico con acucioso sigilo, alerta a los juicios y creencias que históricamente su objeto de observación había generado respecto, y a partir de, su propia historicidad. El hombre histórico y la cultura, ámbito al que es inherente el desencadenamiento de sus acciones en el espacio y el tiempo, abrieron así el pensamiento humano hacia una dimensión hasta entonces desconocida.

 

 

Preliminar

He visto a Dios. Es espantoso. No hemos hablado. Para escucharme, tendría que ser yo hombrte de fe. Y, para escucharlo, un esquizofrénico. Pero pululamos en el mismo universo. Él en su cueva y yo en la mía, somos vecinos del mismo barrio; el del misterio. Sólo que yo la habito con la suficiente molicie e ignorancia como para no perder la cabeza. Él no. El misterio lo ha enfermado. Y, convencido de ser la verdad que lo despeja y que, por lo tanto, nos haría libres, ha perdido la suya.

De la caída a la salvación: la historia inconclusa de la creación.

La caída simboliza el inicio de la historia, al menos para la criatura; es decir, la existencia temporal a la que, tras rebelarse, ha sido condenada por su creador. Y la salvación la recuperación de una criatura que, ahora, como pecador; o sea, habiendo comprobado por experiencia lo que su creador por omnisciencia ya sabía y se negó a revelar, retorna arrepentida al paraíso en que fuera creada, y lo hace por gracia del que la condenó. Así, entre caída y salvación -fin del tiempo de por medio- el reino de este dios describe un ciclo único y total hacia la eternidad propiamente dicha, suponemos, ya que, hasta la culminación de dicho ciclo, dicho reino no ha sido otra cosa que un proyecto histórico; una teleología en la que Dios hace de sentido inmanente y la eternidad de meta trascendente.

De cómo no fui echado del paraíso: me largué yo mismo

El Génesis, como se sabe, es el primer capítulo en la historia de un dios que creó el mundo, la historia; vale decir, el pasar en que las cosas pasan y el tiempo con que lo captamos. Según esta historia, en siete días -merecido descanso incluido- este dios, emergido de las tinieblas, configuró el universo total: estableció su reino eterno, creó la criatura llamada a adorarlo por la eternidad, actualizó el abismo temporal al cual arrojarla cuando se resistió, y, por último, concibió el plan para rescatarla de su temporalidad y retornarla a su seno. Más que una historia de dios, ésta es la de un proyecto de dios. Con lo cual esta historia deja fuera lo más interesante del objeto a historiar: las tinieblas mismas, el abismo y el origen del dios-héroe que, venido de ellas, encarna la luz que ha de iluminar el nuevo todo en que se dispone a reinar. De modo que esta historia, que no indaga en su tema y que, aún así, pretende dar razón de la temporalidad mediante la eternidad, nos deja en ascuas, pues sólo vale para confirmar que la vida eterna junto al dios que nos ha creado no es menos absurda que la temporal a la que nos ha condenado. No obstante, hagámonos de la vista gorda con este detalle menor, y ocupémonos de un dios al que, en esta parte de su historia, toca hacer de inicio en la historia toda del universo. Porque, en esencia, no de otra cosa hablamos aquí: de un dios que actúa y que, sólo en cuanto tal, ha podido ser objeto de narración.

De cómo andando el camino correcto terminé en el punto de partida.

Me parece que era Artaud quien decía que Dios no existe, y que, si existe, es una mierda. Esta idea de dios es un dilema que apunta, por una parte, a su real y efectiva existencia y, por la otra, a que, en caso de existir, sea cosa digna de creencia. Y si bien la real existencia de una cosa es condición previa del juicio sobre de ella, en el caso de los dioses es tema casi irrelevante, si se lo compara con la idea de dios, que sí es históricamente real. La existencia o no de uno que se hace llamar Dios es indemostrable. Pero la idea que de él tengamos es crucial. Pasa que nuestra inteligencia, memoria y voluntad de entes temporles que para ecistir han de hacerlo históricamente es el único hilo que vincula al dios en el que pretendemos creer con la eternidad en la que debería reinar; eternidad ésta de la que vendríamos y a la que, consumada nuestra temporalidad, habríamos de retornar. El problema acá es que, entonces, hablamos de un dios, un reino, una eternidad; en suma, un ser pleno que ha salido de sí y ya no es tal, pues ha sido intervenido, socavado y puesto patas arriba por la temporalidad misma de la criatura que estaba llamada a constituirlo. De modo que, si alguna vez fue, este dios ya no tiene ser, pues ha devenido y, por tanto, sólo puede tener historia. Y el mayor problema para este dios es que, en efecto, la tiene. Se la conoce como sagrada. Lo cual no es sino un infeliz oximorón, que me veo en la obligación de corregir. Porque, el otro problema no menor para este dios, es que, además de también tener una historia, tengo, gracias a ello, una idea de dios; por cierto, ontológicamente mucho menos generosa que la de Artaud.

De mi autocondena

Una cosa es ser expulsado del paraíso, tras una patafa en el culo, y muy otra abandonarlo por los propios pies: o sra, arrojarse uno mismo. La voluntad hace la diferencia. Lo que procede entonces es la autocondena. Ello equivale a la condena de Dios, sólo que despojada de su divinidad por el acto voluntario de quien se la autoimpone. Éste es el dato fundamental acá. La rebelión de la criatura sólo acarreó la expulsión del rebelde y no alcanzó su cometido. Ciertamente, desató la ira de Dios, pero no afectó su divinidad. Sin embargo, fuera de los predios del reino, la rebelión continúa: se torna secular. Sujeta al curso de su propio devenir, si la criatura se proclama pecador, su castigo se convierte en causa y su destino en botín de guerra. Lo que a este dios toca ahora enfrentar no es la conjura, sino la reivindicación del pecado respecto a un reino que sólo molicie, desprecio e indiferencia puede inspirar. Lo cual es mucho más difícil para uno tan propenso a la cólera y que tanto requiere de ser adorado.

De Dios como significación de un pasar que no lo requiere.

El pasar no rquiere de dioes, sino de historias, que lo signifiquen como pasado-presente-futuro y den forma a la existencia temporal. Son los dioses los que rrquieren de una historia para tener sentido como artífices del pasar. Dios tiene una. Se la conoce como la sagrada. Lo cual encierra un total contrasentido, ya que si, a diferencia del mito, cuyo papel es reconocer un pasado, el de la historia es indagarlo, con lo cual toda historia es, por definición, profana; incluso la de este dios, pese a que su intención sea la de hacernos reconocer en un único y por lo tanto verdadero pasado cósmico.

De gracia divina y conciencia histórica

La Salvación es el remiendo metafísico del error ontológico de la Creación. Dios intenta recoger al final del tiempo el desastre que ocasionó con su inicio. El intento de corregir el error con que comprometió su ser pleno lo conducirá a uno aún mayor, y que hará de la eternidad un imposible. En aquel entonces se equivocó al echar a la criatura del reino, porque con ello dio paso a la historia y a sí mismo como proyecto. Ahora está dispuesto a equivocarse de nuevo, haciéndola regresar al lugar del que la echó, porque con ello se trae la conciencia y la memoria, que han de desmerecerlo por completo como ser. Si Dios, como espera, pudiera ser adorado por el pecador, éste no sería tal, pues en la eternidad no puede haber conciencia ni memoria, que es de lo que está hecho todo pecador en tanto que arte y parte de la existencia temporal. Pero este dios jura que la Salvación del pecador es su salvación como dios. Según su propia historia, lo que lo mueve a recuperar su antigua criatura no es el arrepentimiento, sino el perdón y la misericordia, en el entendido de que a quien corresponde arrepentirse es al pecador mismo. Su gracia está, pues, dirigida a aquél que, sobre la base de tal arrepentimiento, se hace acreedor del perdón y la misericordia, que es lo que de nuevo lo conducirá a la vida eterna que perdió tras su rebelión. Toca entonces considerar las implicaciones que tiene esta en apariencia armónica conciliación de gracia divina y conciencia histórica.

Epílogo

La eternidad sólo puede entenderse tal y como Platón define el ser: lo uno siempre igual a sí mismo. El tiempo, nos indica en el Timeo, es imagen móvil de la eternidad. Para Aristóteles dios vendría a ser la causa primera, el motor a partir del cual todo entra en movimiento, sin que determine el curso del movimiento al que da lugar. De tal manera que la eternidad no es espacio en el que sucedan cosas, ni un modo particular en que las cosas suceden o hayan de suceder. La eternidad es una idea, un principio, un axioma; nunca un atributo de algo distinto de ella; mucho menos el estadio superior de algo que, habiendo iniciado en calidad de temporal, se haga eterno tras dejar atrás y superar su temporalidad. La eternidad sólo podría ser la negación absoluta del antes y el después, del inicio y el final. Si algo cambia, hay movimiento, tiene una dimensión duradera y, por lo tanto, temporal, En consecuencia, la eternidad no puede ser anterior ni posterior a nada, pues sería mera episodio de lo que sucede. Y en ella nada puede suceder, porque, a diferencia de lo que sucede en las historias, no hay inicio ni final. Si algo tiene historia, no le cabe eternidad, aunque dure eternamente.

LA RATA

Yo habitaba en una vieja casa vacacional abandonada, colgada de lo alto de un cerro pedregoso y desde el que se podía ver abajo el mar en su quieta enormidad, yendo y viniendo en monótonas embestidas contra las rocas negras del acantilado en el que, por ahora, espero. 

LA ÚLTIMA CENA

Por obra y gracia del espíritu santo sigo aquí, como de costumbre, aludiendo y mendigando a cada transeúnte que pasa frente a mí. Ocupo el primer escalón de los doce que conducen a la taquilla de una sala de cine donde sólo entran hombres solos. La verdad no sé si es el primero, porque, contando desde la acera, éste sería, en realidad, el segundo. Con lo cual. el total de escalones de la escalera entonces sumaría trece, Por otra parte, trece, según he escuchado decir desde siempre, es número de mala suerte. Luego la diferencia entre doce y trece no sería sólo de un escalón, sino de un destino. De modo que ocupar el segundo o el primero no es cuestión que se pueda tomar a la ligera. Y, ciertamente, que no lo hago así. Sólo que, en mis consideraciones al respecto, encuentro razones igualmente lógicas e irrefutables como para afirmar que estoy en una o en otra posición. Esto es cosa que me gustaría resolver cuanto antes. Por primera vez, no sé por qué, me hallo en la circunstancia en que me gustaría saber, a ciencia cierta -como también se suele decir- en dónde estoy. Nunca imaginé que de un escalón a otro pudiera haber semejante diferencia. El mundo, que para mí siempre ha sido la acera, sería el primer escalón, con lo que yo estaría, entonces, a un escalón menos del cielo y a dos más del infierno. Esto en caso de que el cielo esté arriba, el infierno abajo y yo en el medio. En la perspectiva de este sanguche cósmico puede que la diferencia no se sienta tan enorme como entre el primer y segundo escalón, quizás porque la diferencia entre cielo e infierno es más de fe que de cálculo. Pero, por otra parte, la diferencia entre fe y cálculo es tan enorme como la que puede haber entre un escalón y un destino. Es el tipo de cosas que me gustaría resolver. Allá, por la acera de enfrente, va el gordo de las corbatas anchas y los zapatos chillones. A veces viene. Es el tipo de evento que siempre me distrae de mis resoluciones.

LA QUINTA PATA

Octubre. Lluvia, llovizna, tormenta o aguacero. Lo cierto es que desde hacía ya tiempo el agua no dejaba de caer como una maldición del cielo. Si, hasta cuando cesaba por un rato, no era sino para mostrarse en esa forma de bruma, neblina, calima o calina. La misma maldición; sólo que elevándose desde la tierra sobre la que ha llovido sin parar. A la hora de ser andada, no había sino dos opciones: la maleza o el barrial. Tú eliges, se dijo a sí mismo en el instante incierto en que intentaba dar con el camino para emprender la huida. De súbito, la noche se detuvo. Un relámpago de inamovilidad con el que el aguacero cesó de golpe. Y entonces fue esa quietud que parece escucharlo todo con los oídos de su silencio. Extenuado, se sentó y miró de nuevo al cielo. Durante un largo rato, ni los mismísimos dioses osaron asomarse por cima de los muros de la noche, hasta que de nuevo se dejó oír el monótono canto de los grillos.

TAXIDERMIA

A ver. Acaso esté yo en el curioso procedimiento de comprobar a través del sueño que el alma, si no se refiere a la mera forma de la materia, tal y como Aristóteles fue el primero en sugerir, es el más degenerado e infame de los conceptos. Menos mal y me leí a tiempo aquel tratado que Amanda, mi mujer, dice que lleva título de espanto o aparecido. Como sea, ya sabía yo que no podía ser tan inútil haberlo hecho, tal y como ella siempre aseguró, con ese pragmatismo repugnante tan propio del género femenino y que se va acentuando con la edad. Ella siempre dice: no creo en santo que come y caga, ni en loco que no come mierda. Y, en cierto modo, compartimos la misma poca fe. Aunque para no creer en los santos ni para creer en los locos, requiera yo concebirlos avocados a tan vitales funciones. En todo caso, por ahora, el curioso procedimiento al que aquí me refiero es la única posibilidad que me queda para salir del atolladero en que me encuentro desde hace… Ni siquiera sabría decir cuánto tiempo, pues lo primero que resalta en este asunto es la perdida de la certidumbre que el tiempo nos proporciona como el principal referente de lo que existe.

PORNOAVENTURA

¿Cómo se puede ser, durante algún tiempo, tan vital y, al mismo tiempo. morir sin necesidad alguna de haber vivido por razón distinta a la de follar? Tal era la pregunta que se hacía Henry al caer la tarde y cuya respuesta el crepúsculo se iba llevando a los confines del anochecer confundido con su propia noche de viejo y como quien, con sumo cuidado y sigilo, oculta algo muy preciado pero que le ha de resultar comprometedor o embarazoso. El Henry -dicho así, en su recuerdo, porque así lo llamaron siempre en los tiempos en que vivir era algo más que recordar- estaba sentado ante uno de los largos ventanales que iluminaban el largo pasillo donde la pasaba desde la una, tras haber tomado su almuerzo y haberse negado, como siempre, a hacer la siesta. Éste nunca quiere dormir, había exclamado, como siempre, la señora Pérez. Y allí seguía Henry, empotrado en su silla de espectador del paisaje vespertino. Durante toda la tarde llovió. Y aunque había amainado ya, aún seguía cayendo esa leve llovizna, seguramente gracias a la cual el jardín, los árboles, la calle, los cerros lejanos que todavía encajaban sus puntas en los restos de una nubosidad fragmentada y el paisaje todo, o al menos hasta donde la vista aguzada alcanzara atisbar desde aquella ventana, adquiría esa transparencia rosa que a Henry tanto agradaba. Hasta que, como siempre, a las siete y según orden inapelable de la señora Pérez, Henry fue largado a su habitación. A dormir hasta el día siguiente, como siempre.

LA PIEL INMATERIAL DE LA NOCHE

Ahora sí que estoy jodido, se dijo a sí mismo, con resignación. Boca arriba, a la vez que dibuja garabatos ininteligibles en la piel inmaterial de la noche, llega hasta él un olor agridulce, de fruta fermentada o de licor. Mas bien de las dos cosas juntas, mezcladas, concluyó, ya que la gorda había incorporado al enorme pastel que estuvo preparando durante la mañana una generosa porción de cada una. Y en ese momento, cuando ya arribaba a la media noche, volvió a recorrer, una vez más, los detalles de aquella faena, que habían ido a parar a su memoria, como lo que sobró del pastel, de un golpe seco, habla ido a parar al fondo del bote de donde emanaba aquél olor.

LA CUARENTA Y OCHO

Entré al bar. Fui hasta el extremo solitario de la barra desde el que me observaba, pedí una cerveza y me volví a la mesa de siempre, o al menos la que yo esperaba que fuese tal cada vez que entraba, y que, por esta vez al menos, ciertamente, estaba desocupada. Estuve bebiendo mi cerveza poco a poco, algo así como a un sorbo cada vez que intercambiábamos miradas. Hasta que por fin ella también se vino a la mesa de siempre. Entonces la noche, como el silencio de Dios, se fue hundiendo en el barro de nuestro mutuo decir. Barro nuestro que caes del cielo. El amanecer nos sorprendió a solas, o más bien juntos en la misma soledad desde la que cada quien defendía su propia soledad, ahora sí, sin nada que decirnos, en medio del barrial que nos había arrastrado hasta la cuarenta y ocho.

EL CENTENARIO DE STOKER

Cuando suena la hora lúgubre de los espíritus, la novia bebe el vino de un rojo sombrío como la sangre. Una vez más, aquellos versos de Goethe, que lo hacían sentir tan orgulloso de sí, resonaron en su memoria, apenas se asomó a la ventana y la noche le rozó el rostro. Luego fue esa mirada acuciosa lanzada allende los suburbios nubosos de la ciudad, más allá de los cuales se extendía la rígida horizontalidad del cementerio. Quietud. sosiego, reposo, descanso… iba buscando la palabra más apropiada para definir lo que aquél otear el horizonte de la noche le inspiraba, hasta que la encontró: ausencia. Eso. Porque la muerte no es más que ausencia. Ni menos tampoco. Entonces emprendió el vuelo.

LA POSE

De los talones a la cabeza mediría no más de metro y medio. Y si uno se fijaba bien, venida de sus adentros a flor de piel, como el alma que le daba forma en una sola y fugaz pincelada de existencia, la insignificancia demarcaba el todo de su cuerpo quieto y menudo. Quizás fuese esto, la manera en que esa insignificancia determinaba la absoluta armonía entre el ser y el aparecer lo que la hiciera lucir más joven de lo que realmente fuese, como si a estas alturas de su biografía aún no contara con una historia única y propia en la que hubiese valido la pena desgastarse y envejecer. El resto de aquella su presencia era lozanía triste, quietud de lagartija a la una de la tarde y que administra su energía en medio de un paisaje árido y sofocante. No obstante, al mismo tiempo, su pose era tan curiosa y estudiada, tan artificiosa que lo que le faltaba en tamaño y significación le sobraba en gracia y seducción. Al menos eso fue lo que pensé cuando me disponía a entrar a la tienda y la vi, parada allí, de espaldas a la puerta y con los codos apoyados en el mostrador mientras seleccionaba los botones de las cajitas que el viejo tendero iba poniendo de dos en dos a la disposición de su minuciosa inspección.

 

 

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A mi modo de entender, los que están persuadidos a que por la historia particular se puede uno instruir lo bastante en la universal, son en un todo semejantes a aquellos que, viendo los miembros separados de un cuerpo poco antes vivo y hermoso, se presumen estar suficientemente enterados del espíritu y gallardía que le animaba. Pero si uno, uniendo de repente los miembros y dando de nuevo su perfecto ser al cuerpo y gracia al alma, se lo mostrase por segunda vez a aquellos mismos, bien sé yo que al instante confesarían que su pretendido conocimiento distaba antes infinito de la verdad y se asemejaba mucho a los sueños. Y ciertamente, que por las partes se forme idea del todo, es fácil; pero que se alcance una ciencia y conocimiento exacto, imposible. Por lo cual debemos estar persuadidos a que la historia particular conduce muy poco a la inteligencia y crédito de la universal, de la que únicamente el reflexivo conseguirá y podrá sacar utilidad y deleite, confrontando y comparando entre sí los acontecimientos, las relaciones y diferencias. (Polibio. Historia Universal. Exordio.)

EL CONCEPTO DE MEMORIA

...sólo de aquellos seres vivos que son conscientes del tiempo puede decirse que recuerdan y hacen esto con aquella parte del alma que es consciente del tiempo. Aristóteles. De la memoria y del recuerdo.

Grande es la virtud de la memoria y algo que me causa horror, Dios mío: multiplicidad infinita y profunda. Y esto es el alma y esto soy yo mismo.  San Agustín. Confesiones

Introducción

...sólo de aquellos seres vivos que son conscientes del tiempo puede decirse que recuerdan y hacen esto con aquella parte del alma que es consciente del tiempo.

Aristóteles.

De la memoria y del recuerdo.

 

Grande es la virtud de la memoria y algo que me causa horror, Dios mío: multiplicidad infinita y profunda. Y esto es el alma y esto soy yo mismo. 

San Agustín.

Confesiones

 

...el pasado se conserva por sí mismo, automáticamente. Todo entero, sin duda, nos sigue a cada instante: lo que hemos sentido, pensado, querido desde nuestra primera infancia, está ahí, pendiendo sobre el presente con el que va a unirse, ejerciendo presión contra la puerta de la conciencia que querría dejarlo fuera.

...no pensamos más que con una pequeña parte de nuestro pasado; pero es con nuestro pasado entero, comprendida en él nuestra curvatura original del alma, con el que deseamos, queremos y actuamos.

Henri Bergson.

La evolución creadora

La memoria: un misterio, una estructura, un proceso

Para Aristóteles la memoria residía en el corazón. Captadas por los sentidos, suponía que las impresiones que se perciben del entorno eran conducidas por la sangre hasta allí. En general, para la filosofía antigua el corazón es el reservorio de la actividad espiritual del hombre. Allí se asienta lo que para nosotros es su existencia psíquica. De modo que el corazón era tenido por el lugar de las emociones y los sentimientos, idea que, por lo demás, ha permanecido a lo largo de la historia en las más diversas culturas hasta hoy. De hecho, en latín, recordar -recorsi- significa de nuevo en el corazón. Esta creencia se mantuvo durante siglos. No es sino hasta mediados de la edad media cuando la memoria comienza a ser ubicada en la parte posterior del cerebro1. Aunque sin datos abundantes y determinantes al respecto desde un punto de vista científico, es la fisiología moderna la que la ha localizado en el cerebro. E. Kandel2, premio nobel por sus investigaciones en este campo, ha definido la memoria como una representación interna de la información adquirida mediante aprendizaje; información que se halla codificada, espacial y temporalmente, en circuitos neuronales, mediante cambios operados en las propiedades reactivas de las neuronas. Con todo, en el mundo de la ciencia aún no hay consenso en cuanto al modo como reside la memoria en el cerebro. Hay quienes piensan que la memoria tiene localizaciones específicas, que se corresponden con un determinado tipo de ella, y quienes piensan que, por el contrario, la memoria es una y que alcanza amplias regiones cerebrales que operan conjuntamente y de manera coordinada, según diversos niveles de complejidad en el registro de datos y evocación del recuerdo. También hay quien piensa que ambas hipótesis no son excluyentes entre sí y que es posible que apunten con certeza al mismo fenómeno considerado desde puntos de vistas diferentes y complementarios3.

Aristóteles: memoria, alma y experiencia

Al concebirla como parte del proceso cognitivo -junto con la percepción y el aprendizaje- la psicología cognitiva ha puesto en evidencia la complejidad de la memoria y resaltado la conexión existente entre memoria y otras funciones tanto fisiológicas como espirituales del ser y el proceder humanos. Conexión ésta que ya había sido planteada por Aristóteles. Así, por ejemplo, en Metafísica establece la relación directa y biunívoca entre memoria y experiencia de la siguiente manera:

San Agustín: memoria, alma y dios

Agustín se ocupa del tema de la memoria en el Libro X de Confesiones. Hay quien dice que este capítulo constituye una suerte de bisagra que une la primera parte de la obra, es decir, la parte autobiográfica, que recogerían los libros del I al IX, con la siguiente, la parte conceptual, correspondiente a los libros XI-XIII. Tal estructura expresaría la intención misma del autor, con el propósito de reflejar en ello su concepción de la memoria como la función mediadora entre el hombre y dios1. Aunque no hay constancia de que esto sea así, es una interpretación muy plausible. Por lo demás, cualquiera sea el caso, se trata de una interpretación que en nada contradice el concepto mismo de memoria que maneja Agustín y que constituye una excelente guía en la lectura de la obra. También, en La Trinidad trata Agustín el tema de la memoria, particularmente en los Libros del X al XIII, aunque aquí no de manera específica, sino en conjunción con el entendimiento y la voluntad, y en tanto que las tres -memoria, entendimiento y voluntad- son las facultades que a su entender definen el alma humana. Ello supone un giro completo en el concepto de alma y, en consecuencia, en el de memoria con respecto a la visión materialista de Aristóteles. Pasamos de la entelequia que define lo vivo en la naturaleza -de lo cual el hombre es una especie- al hombre cuya individualidad plena está determinada más que por la naturaleza, por su conexión con dios y la dimensión de lo divino. El alma de Aristóteles da lugar a una especie natural con conciencia del tiempo. La de Agustín a un hombre histórico conectado con la naturaleza sólo en su dimensión material y cuya conciencia del tiempo no es otra cosa que su vínculo con la eternidad.

La dimensión social de la memoria

Entre el Tratado del Alma y el Tratado de la Santísima Trinidad se abre uno de los episodios más plenos de significación en la historia de la filosofía occidental. El cristianismo avanza sobre las ruinas de un paganismo que ha sido, al mismo tiempo, fuente de inspiración y modelo de su filosofía. Esto se hace evidente en el tema de la memoria. El concepto de Aristóteles emerge de las dimensiones materiales de la naturaleza y que el cristianismo depreciará como el terreno de lo profano. El de Agustín es un concepto que desciende de los cielos. Tejida con el hilo de la lógica pagana, la memoria de Agustín se inserta en el tapete de la fe y el misterio supraterrenal de lo divino. En este tema, como en otros, el decisivo avance que el materialismo aristotélico representa respecto al idealismo de Platón, es un camino que de nuevo recorre Agustín, pero en sentido contrario. Su concepto de alma -y con él el de memoria- constituye, digámoslo así, un ejercicio de desmaterialización de lo que encontramos como tal en Aristóteles.

Mito, memoria e historia

Se dice que recordar es hacer presente el pasado. Ciertamente. Una hermosa metáfora, como casi todas las que, al jugar con el sentido de los términos, pero sin contradecir su sentido, crean una atmósfera de contrasentido que, sin estar reñida con la lógica, la ironizan, en cierto modo se mofan de ella. Una metáfora, además, muy acertada en todo sentido. Sin embargo, ello no obsta a la hora de precisar hasta qué punto es posible hacer presente el pasado, en qué grado y en qué sentido. Pues el pasado presente no es lo mismo que el pasado, El recuerdo no es mostrar lo que hay en la memoria, sino la realización de un constante proceso de selección, ordenamiento y elaboración de ella. El recuerdo es una intervención intencionada y sofisticada desde el entendimiento del material bruto de la memoria. No sólo el recuerdo vive de la memoria, sino que, a su vez, la memoria vive de la aportación y el enriquecimiento que el proceso de recordación le aporta. De modo que, como resultado del recuerdo, el pasado presente no es el pasado, sino lo que de él hemos seleccionado, ordenado y elaborado, y lo que nos decimos acerca de los resultados de tales operaciones sobre la memoria. Y como seleccionar supone, en alguna medida, el olvido -inconsciente o voluntario- hay veces en que hasta el olvido es una forma de decir acerca del pasado recordado. Si a todo esto se agrega que todas estas tareas inherentes al recuerdo y el olvido se realizan desde y a través del lenguaje, que son en sí mismos procedimiento lingüísticos, resulta entonces que la memoria es un procesamiento semántico de la experiencia temporal. Saber del pasado, individual o colectivo, es en sí mismo un proceso de significación.

 

 

HISTORIA Y CIENCIA
El silogismo se compone de proposiciones, las proposiciones de términos; los términos no tienen otro valor que el de las nociones. He aquí por qué si las nociones (y éste es punto fundamental) son confusas debido a una abstracción precipitada, lo que sobre ellas se edifica carece de solidez; no tenemos, pues, confianza más que en una legítima inducción. F. Bacon
Introducción

Soy de la generación a la que tocó aprender en clase de historia que la historia es la ciencia que estudia el pasado y, respecto al más importante hecho que da inicio a la historia, que el hombre desciende del mono. Aunque aquí el asunto nunca quedó del todo claro por aquello del eslabón perdido. Acto seguido, receso de por medio, me tocaba aprender en clase de religión que, de acuerdo a la historia sagrada, el hombre era creación de dios. Esta vez el asunto quedaba todavía menos claro, pues con ello se hacía participar al hombre de una doble naturaleza, histórica y divina. Siguiendo el razonamiento científico -que también hube de aprender en clase de física y de matemáticas- si la historia es una ciencia, la historia sagrada también lo es. Entonces ¿cómo era posible que una misma ciencia tuviera posturas científicas tan disímiles en relación al hecho más importante con el que se iniciaba la historia de la humanidad? ¿O es que hay historias científicas e historias que no lo son? Porque en el mundo de la ciencia hay más teorías falsas o erróneas que teorías verdaderas, y todas por igual son expresión del mismo modelo de conocimiento, es decir, forman parte del mismo proceso de desarrollo de ése modelo y de ese conocimiento tenido por científico. Hay verdades científicas y también falsedades que, no por tales, dejan de ser científicas, pues las unas y las otras son resultado del mismo proceder. Claro que el que la historia sagrada sea científica es bocado del conocimiento que lucía realmente grueso de tragar.

La concepción de la realidad: la relación sujeto-objeto

La caída de un individuo de lo alto de un edilicio de diez pisos puede ser interpretada de muchas maneras. Como un suicidio, es decir, el resultado de la intención de quitarse la vida, o como accidente resultado del descuido mientras contemplaba el paisaje, o como un homicidio, si es que el sujeto en cuestión fue empujado por otro o, incluso, de alguna manera inducido a acometer su propia caída. Este tipo de causa puede llegar a constituir un entramado muy sutil y complejo porque, precisamente, no supone necesariamente datos evidentes, observables y medibles, sino indicios de una posible intención o conducta particular del individuo en cuestión y, también, de otros que pudieran estar de alguna manera involucrados en su caída desde lo alto de un edificio. Por otra parte, son datos evidentes, observables y medibles, tales como la masa del individuo que cae y la distancia que lo separa del centro de la tierra, los que, convertidos en variables de una rigurosa formulación matemática con enorme capacidad de predicción, nos explican la caída del individuo desde el punto de vista científico. La diferencia entre una y otra situación a la hora de interpretar el mismo fenómeno es la objetividad científica o, dicho en otros términos, el concepto científico de realidad en el que se ha basado y se basa todo el pensamiento científico y sus nociones de conocimiento y verdad.

El historiador como sujeto y el hombre histórico como objeto

Gracias a la Ley de Gravitación Universal, la caída de un individuo de lo alto de un edilicio de diez pisos puede ser comprendida científicamente, si me fijo en los datos apropiados del evento y lo defino de la manera apropiada. Lo cual requiere, como es obvio, un observador específicamente consciente y premeditadamente preparado para ello. Esto es, un observador según lo que el método científico entiende como tal. Si como observador no me interesa la distancia del piso diez a la superficie de la calle, ni la masa molecular del individuo; si, además, no tengo la capacidad de combinar estos datos como variables de un acontecer ecuable, no soy el observador indicado para una apreciación científica del evento. Y, muy probablemente, la mayoría no lo es. Lo cual, sin embargo, no nos excluye como observadores, y dará lugar a muy diversas formas de interpretar el evento, distintas, todas ellas, a la propia de la ciencia. Lo primero que cabe preguntar es si, al ser esto así, se trata del mismo evento.

La naturaleza científica de la historia: un despropósito metodológico.

Luego de aprender a distinguir un poco, gracias a Aristóteles y Tucídides, lo que la ciencia y la historia son, o pueden ser, aquella idea que hube de aprender en la escuela según la cual ésta última es la ciencia del pasado luce como el más remoto y anquilosado arquetipo de la infancia de cualquier historiador. Pero lo mismo fui a aprender en la escuela de historia en la que me formé. Siempre recuerdo a mi profesor de ciencias sociales asegurando que la historia es una ciencia porque tiene un método, es decir -ilustraba haciendo el correspondiente gesto con su mano- un camino hacia el conocimiento que ha de ser andado. Por mi parte yo, que antes de ingresar a la Escuela de Historia había cursado durante dos años ciencias actuariales y matemática aplicada en la de Estadística -a tono con el cruel lema de mi profesor de cálculo: deriva el que sabe, integra el que puede- me preguntaba cómo es eso que, para definir un método científico, los historiadores hemos de conformarnos y apegarnos a una metáfora como, en este caso, la del caminante. Yo podía estar muy de acuerdo con una metáfora que, después de todo, se corresponde con la etimología del término método. Pero nunca con la naturaleza científica de lo que una metáfora así estaba llamada a ilustrar. Si de caminar se trata, he allí a Heródoto en el Asia Menor, o cualquier estudiante de historia por las atestadas calles que conducen al Archivo General de la Nación, la Biblioteca Nacional o la Academia Nacional de la Historia. Pero que jamás han de conducir a la ciencia.

Historia y ciencias sociales

La historia es la más antigua de las ciencias sociales. Esto afirma Fernand Braudel, y añade que lo que la diferencia de ellas no es sólo su antigüedad, sino la peculiar dificultad de que el historiador trabaja sobre lo que ya no es. Por otra parte, Georges Duby, quien, al igual que Braudel, asigna un carácter decisivo tratamiento documental, señala una estrecha vinculación entre la historia y la creación literaria, y resalta el hecho de que la historia, entre las disciplinas que habitualmente llamamos ciencias humanas, es la única que constituye un género literario.1 Tales no son distinciones diferentes o excluyentes. En realidad, la una es consecuencia de la otra. La historia es narración, porque sólo a través de la narración podemos acceder al tiempo, significar el transcurrir de la existencia como temporalidad especifica y representar lo que ya no es. Fue ese ya no ser el que llevó al sustancialismo antiguo a afirmar que de la historia no se podía extraer conocimiento alguno, pues no se puede conocer lo que deviene, sino lo esencial y permanente, lo siempre igual a sí mismo. Es ese no ser el que, todavía hoy, traza la frontera epistemológica entre ciencia e historia. Debate del cual Braudel se aparta, por considerarlo estéril, y con razón. Sólo que con ello se pierde todo derecho a considerar la historia una ciencia. Y, por último, es ese ya no ser el que hace del tiempo histórico una dimensión sólo posible de ser planteada en el contexto específico de una narración. En virtud de lo cual Duby reconoce su naturaleza decisiva como género literario. Ciertamente, hay que convenir en que la historia se distingue de las ciencias sociales por su antigüedad, y por tratar de lo que ya no es. Sólo que la más elemental consecuencia de ello es que la historia no es, en realidad, una ciencia social, sino, como muy bien dice el mismo Braudel, el arte frágil de escribir historia.

El surgimiento de la historia ciencia y las ciencias sociales

Las ciencias sociales son uno de los más genuinos productos institucionales y académicos de la sociedad industrial. Si bien el término suele utilizarse en contraposición al de ciencias naturales, y sugiere que el estudio de la sociedad no se rige por los mismos parámetros, en sus orígenes son el intento de crear lo que Comte llamaba una física social, cuyo propósito no era otro que aplicar los criterios y métodos científicos al ámbito de la sociedad y la acción humanas. La sociología no comenzó a ser reconocida como una disciplina académica hasta finales del siglo XIX, particularmente con los trabajos de Durkheim, epígono de Comte y Saint-Simon, y cuyo radicalismo científico impone una línea de trabajo que concebía la realidad social como un objeto de estudio independiente de la subjetividad del individuo. En contraposición a este concepto, posteriormente, Max Weber, más influenciado por el marxismo, aducía que no se puede estudiar la vida del hombre y sus relaciones en sociedad sin tener en cuenta el modo en que la dimensión subjetiva de su existencia incidíe en la realidad social. Las ciencias sociales surgen en el marco de esta controversia. Pero son, en conjunto, expresión del desarrollo de la sociedad industrial, de una cultura para la que la ciencia es símbolo del saber y de control sobre la existencia, bien y valor fundamental del desarrollo social. Y la historia, como ciencia social, aparece también entonces o, si se quiere, el oficio del historiador se inserta en esta cosmogonía característica del mundo contemporáneo. Dicho en otros términos, no es que la historia sea una ciencia social, sino que la historia, como ciencia, es una forma particular de concebir y escribir historia, tan reciente como las ciencias sociales con las que comparte, o intenta compartir, el mismo espacio institucional y académico.

Las ciencias sociales: signo de modernidad de la era industrial

La historiografía. Lo que desde los tiernos años de la escuela nos enseñaron a definir como la ciencia que estudia el pasado ¿por qué, en lugar de seguir sentada a las puertas del reino de la ciencia social, no emigrar al infame barrio de la narrativa. donde nació y creció sin complejos el mismísimo Heródoto? Yo creo que en buena parte ello se debe a que el empobrecimiento del historiador como narrador no es cosa que se queda en el plano del papel, sino que invade toda su interioridad como sujeto. El estilo no se aprende ni se copia; se forja en el marco de una disposición personal. El historiador científico se enajena a sí mismo como sujeto, y lo hace en aras de una falsa objetividad en virtud de la cual cree que el conocimiento histórico está fuera de sí mismo, en esa supuesta realidad del pasado que, en realidad, no existe. La idea de que la historia es la ciencia que estudia el pasado es la representación sintética de esta enajenación, reproducción del servilismo epistemológico que le otorga su dudoso rango científico y, al mismo tiempo, lo anula como narrador.