textos, pretextos y otras mentiras...

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He visto a Dios. Es espantoso. No hemos hablado. Para escucharme, tendría que ser yo hombrte de fe. Y, para escucharlo, un esquizofrénico. Pero pululamos en el mismo universo. Él en su cueva y yo en la mía, somos vecinos del mismo barrio; el del misterio. Sólo que yo la habito con la suficiente molicie e ignorancia como para no perder la cabeza. Él no. El misterio lo ha enfermado. Y, convencido de ser la verdad que lo despeja y que, por lo tanto, nos haría libres, ha perdido la suya. Por eso se atribuye como propio el nombre genérico de su especie y está siempre presto a cortar la cabeza a sus congéneres, con tal y la sensible distinción entre dios y Dios pase por debajo de la mesa. No es mera cuestión semántica, sino de poder. De modo que, para ser dios, este tal Dios, omnisciente, omnipresente y omnipotente, ha debido comportarse como un monstruo históricamente malo. Porque éste, aunque dios, resulta que también tiene su historia. De hecho, si creó el tiempo y el espacio, fue en un arrebato de ira. Por suerte, como ha quedado demostrado, el tiempo y el espacio ya existían, o este dios, ni siquiera él, pese a su delirio y megalomanía, podría haber actuado. Pasa que es un ególatra violento y malcriado, que crea para que se lo adore y que, si no se lo adora, arrasa con lo creado. Su odio y venganza no tienen límites; se trate de la humanidad o de una higuera, los mira por igual: desde el encono. Dada su paranoia, en todo ve al mismo diablo.

Con semejante alucinación, justifica sus crímenes y enaltece su maltrato. Mas, conociendo la historia de este dios, si el diablo existiera lo haría sonrojado. Sub envargo, asegura que todo es culpa de una serpiente que pasaba por allí. Y, en cierto modo, sí; es la serpiente del pasar la que lo ha enfermado. No lo aniquiló. Pero, una vez picado, en lugar de ser eterno, ha debido conformarse con nunca morir. Así que sólo es un viejo déspota condenado a envejecer eternamente. Experto en envejecer, sin embargo, no es sabio, sino el más oscuro y secular cancerbero del no saber y pertinaz perseguidor del conocimiento. Es antiguo; demasiado como para sentir curiosidad por algo más allá de las narices de su propia divinidad. Pastor y hortelano, bárbaro y cruel como el que más, los harapos de su moralismo agrícola y provinciano no alcanzan cubrir la desnudez de una tosca y ficticia universalidad, a la que el más mínimo atisbo de modernida siempre le ha sentado tan mal. Ver a este dios equivale a presenciar el grotesco espectáculo narrativo de la barbarie en forma un proyecto histórico sagrado con ínfulas de metahistoria trascendente. Y lo he hecho del unico modo que puedo: desde la cueva de al lado y con estos ojos, para los que, tras la espantosa visión, el que se los coman los gusanos es un gesto de misericordia. He visto a Dios. Ya ni siquiera dudar me cabe: es un engendro ontológico.

Si, como bien ha dicho Saramago, la historia de los hombres es la de sus desencuentros con Dios, he aquí la mía, basada en el hecho de que aquélla, mi visión del engendro, demanda de ésta, mi apostasía. ¿El reino de Dios? Me niego a ser parte de semejante proyecto. Y, para ello, no requiero de ser tentado; me bastan mi ignorancia y molicie, Con lo cual, no me rebelo, pues mal podría hacerlo ante quien jamás ha sido ni mi creador ni mi dueño. Tan sólo me limito a salir por un rato de mi cueva, con el propósito de eswtirar las piernas y hacer un ejercicio de finitud y mortalidad. No me empeñaré, pues, en negar la verdad religiosa que a este dios atañe. Eso sólo me haría un apóstata; que lo soy. De hecho, ésta es mi apostasía. No obstante, no pretendo escandalizar la fe que lo consagra -al menos no más allá de lo inevitable- sino poner a prueba su ser, que, a mitad de camino entre eternidad y temporalidad, se deshace en esa narrativa envilecedora de la vida, conocida como historia sagrada.

Sin embargo, apostatar se dice de aquél que abandona publicamente su religión, o sea, que abjura del dios con que ha comprometido su existencia y se retracta o reniega de la fe que, hasta entonces, ha profesado. Y pasa que, en este caso, aun cuando bautizado católico, ésta jamás ha sido mi religión, sino la que me impusieron. Por costumbre y terror secular, un día -que, por suerte, he olvidado y al que, gracias al olvido, he sobrevivido- fui objeto del aquelarre en que el enorme dedo de un cura marca la frágil frente del neonato bajo su sombra con la fatídica ceniza que lo incorpora al redil de una iglesia. El bautismo es el ritual en que este caporal con sotana en medio de la llanura sin límites de la existencia temporal hierra los ganados, esclavos y delicuentes que han de pertenecer a su señor. Y Yo me niegop a ser oveja de esta iglesia y siervo de este señor. No sólo porque no soy oveja ni siervo, sino, además, porque serlo sería convalidarlos, lo que a su vez sería sería tanto como convalidar sus crímenes y enaltecer la servidumbre de la que históricamente han hecho y hacen gala.

Desde entonces, lo que sea, o no sea, aquella cosa me enseñaron a llamar Dios nunca me ha inspirado confianza, mucho menos fe, sino horror. De hecho Cristo, su representación histórica, sea real o imaginario, es igualmente para mí un personaje repulsivo. Ni siquiera el más repulsivo. La Biblia me parece un manual, moralista y provinciano, de perversión, violencia y maldad concebido contra los entes temporales con inteligencia, memoria y voluntad. No es de sorprender que aborrecibles insituciones como la Santa Inquisición, otras formas más modernas de defensa de la fe, así como los más famosos manuales de tortura, como el Malleus Maleficarum, se inspiraran en este libro sagrado. Tosco, vulgar y mal escrito, jamás podría identificarme con su ontología retorcida, su monoteísmo antropomórfico, déspótico, patriarcal y procaz, y mucho menos con su estética grotesca. No recuerdo el más mínimo indicio de afinadad con una religión que, por el contrario, día a día se me hacía más detestable; ni siquiera cuando hice la primera comunión, a la que, como en obvio, asistí obligado, bajo amenaza de ser expulsado de la escuela, y de la que sóĺo me quedó una repulsiva sensación de desvanecimiento y vacío en mi boca que, esa sí, jamás olvidaré. Bueno, tampoco olvidaré la fotografía que atrapó el momento, en la que aparezco trajeado de gala para ocasión, de lazo y pañuelo, y con cara de idiota condecorado con un cordón y a la espera de que, habiendo hecho el mérito suficiente, se abran las puertas del cielo.

O el cielo no tiene puerttas, o Dios nunca las abrió. Lo cierto es que mi conciencia religiosa nunca fue suficiente como para determinar asunto tan elemental. Lo mismo me pasaba a la hora de la confesión. Comenzaba por lo más grueso, lo venial; como quien dice, la basurilla del alma, que la afea, pero no la destruye. Contaba mis pecados uno a uno, grosería por grosería, por ejemplo. Aquí, me preguntaba qué era lo que había que contabilizar como pecado propiamente dicho ¿la grosería en sí, o las veces que la había pronunciado, incluso pensado? Lo segundo me parecía excesivo y monótono. Por otra parte, las groserías eran unas cuantas y siempre las mismas; igualmente monótono. Y con la masturbación, ni se diga. La confesión debía ser algo más que una eterna retahila repetitiva. Pero ¿cómo? Si el pecado era la misma cotidianidad expuesta en un confesionario. Luego había que contar los domingos sin ir a misa. Pese a ser mortal, con este pecado pasaba algo parecido ¿o acaso faltar a misa dos o tres domingos en lugar de uno aumentaba su mortalidad? En todo caso, la confesión de un pecado mortal tenía la ventaja de que le ahorraba a uno la de los veniales. Lo contrario sería como detenerse a juzgar a un conductor que ha matado una persona arrollándola por la falta de haberse comido un semáforo. Aunque, claro, si el semáforo es la causa de haberla arrollado, la cosa cambia. Es como no asistir a misa por estarse masturbando. Imaginaba que, en ese caso, la venialidad de éste engrandece la atrocidad de aquél y, en cierto modo, su mortalidad. Sé que todo esto suena un poco ridículo. Pero es lo que pasa cuando se intenta ceñir a lógica lo que de hecho no la tiene. El pecado es moralización intencional del pasar, de la vil cotidianidad, incluso. Es un instrumento implacable de control udeológico y sociaql, pero que nada tiene que ver con la verdad. Y, sin embargo, si se considera el ciclo cósmico de la caída a la salvación es lo único que conecta a Dios con este mundo; el pasar, como pecado, es lo que justifica su monstruosidad y su emponzoñamiento del pasar mismo, que es su única razón de ser. En fin. Lo cierto es que mi conciencia religiosa no daba pie con bola.

En realidad, mi primer acto de auténtica conciencia en cuestión religiosa tuvo lugar el día en que comprendí, como Cioran, que jamás podría abrazar el dios que otro ha creado. De modo que no podría apostatar de la religión que nunca profesé, pero sí de la violencia, el chantaje y la coerción de que siempre se ha valido para atrapar fieles que no lo son; del horror y la repugnancia que siempre me han inspirado este dios y su iglesia. En tal sentido, esta apostasía no obedece sólo a la motivación personal de mi propia experiencia y biografía, sino, sobre todo, a la más profunda convicción a la que ello me empuja, como es la necesidad de reivindicar la existencia temporal, nuestra propia entidad rn tanto que entes temporales, ante uno de los credos religiosos que más la ha desvirtuado, desnaturalizado y humillado a lo largo de la historia. El dios que se hace llamar Dios no es nuestro salvador, porque no hay nada qué salvar y porque la salvación no es más que un mito vil y retrógrado. Pero sí que es el enemigo histórico, no porque sea Dios, sino porque la idea de dios, que si es históricamente real, nos afecta existencialmente. Para ilustrar lo cual me voy a valer de uno de los argumentos aparentemente más sólidos acerca de la existencia de Dios, o, mejor dicho, de la posibilidad de su existencia y de la necesidad de creer en él. Me refiero al célebre argumento de Pascal, cuya lógica apariencia enmascara una monstruosidad cultural, histórica y antropológica.

La famosa apuesta de Pascal, es un argumento filosófico y probabilístico según el cual es más racional apostar por la existencia de Dios que no hacerlo, ya que la ganancia potencial -vida eterna- es infinita, mientras que la pérdida, si Dios no existe, es finita. O sea, que el costo de creer, si Dios no existe, es relativamente pequeño, en comparación con el de no creer, en caso de que exista. De tal manera que, ante la incertidumbre de su existencia, la lógica de la ganancia infinita hace que apostar por Dios sea la decisión más prudente, incluso si la probabilidad de su existencia es mínima, según cuatro escenarios posibles de apuesta y sus consecuencias: creer/Dios existe (ganancia infinita), creer/Dios no existe (pérdida finita), no creer/Dios existe (pérdida infinita), no creer/Dios no existe (ganancia finita).

Probablemente éste sea el argumento racional más mediocre y repulsivo que haya sido capaz de producir la mente de un hombrte de ciencia genial. En este bodrio de la lógica con ínfulas de modelo probabilístico no participa la inteligencia matemática, sino el terror al más allá. Concebido, por si acaso, para ganarse un pase al cielo y, sobre todo, asegurarse que las llamas del infierno no lo alcancen después de muerto, este hombre de ciencia religioso se ha retratado de cuerpo entero, pero con tal vileza espiritual que sólo un dios que se haga llamar a sí mismo Dios podría estar complacido con semejante esperpento de racionalidad. Si tal dios existe, espero que Blas esté junto a él. En cuyo caso, sóĺo cabría decir: así habrás bailado que te aplaudió el oso. Y si no existe, también. Porque lo que cuenta acá no es que este dios exista o no exista, sino la idea de dios a la que, históricamente, hemos sido sometidos física, mental y emocionalmente, y, sobre todo, cuánto nos ha costado dicho sometimiento en tanto que entes temporales que para existir hemos de hacerlo históricamente.

Este argumento no hace otra cosa que el manso favor de ceder su lógica a una determinada narrativa teológica que tiene por bien supremo la eternidad junto a un dios implacable que premia o castiga a discreción. No es científico, sino, en sí mismo, teológico-cristiano. Parte de una premisa histórica falsa, según la cual el dios que se hace llamar Dios es el uno y, por lo tanto, verdadero, ignorando todos los demás dioses, como éste, con raices históricas e igualmente posibles. Aun cuando racional en su forma, no es, en su contanido, un argumento científico, sino ideológico y, específicamente, teocéntrico, en correspondencia con una narrativa religiosa que, a lo largo de la historia de la civilización, ha acarreado costos políticos, sociales, económicos, culturales y demográficos ante cuya enormidad, si bien finita, como diría Pascal, la eternidad la palidece. Con su apuesta, Pascal no ha hecho otra cosa que apuntalar uno de los más infames de los dogmas históricos, con los puntales de su lógica.

Empero, hablemos de eternidad ¿Cuál es la razón científica para presumir de ella como ganancia infinita y no como condena infinita? Y aquí no me refiero a cielo o infierno, que es lo implícito en la lógica del argumento, sino a una eternidad que, sólo por razones morales, es posible dar por buena, en contraposición a una finitud que, por el mismo efecto moralizador, ha de ser tenida por mala. De modo que los cuatro escenarios de la apuesta no constituyen un modelo probabilístico, sino la forma sintética y esquemática de una narrativa de vieja data, en vistur de la cual el ser, lo siempre igual a así mismo -lo apolíneo- es bueno, superior; mientras que el devenir, el no ser y siempre otro -lo dionisíaco- es malo, inferior. Rodo lo cual, obviamente, redunda en la degradación y rebajamiento moral de la finitud y mortalidad del apostador. Nada original, y que, gracias a Platón, no haya sido institucionalizado como verdad por una teología cristiana y su infame doctrina del pecado original, de la cual el argumento de Pascal es subsidiario.

Más este argumento no sólo no es científico, sino que se basa en una concepción infame de la fe y que sugiere que, a la hora de creer o no creer, hay que optar por la opción que nos asegure el menor mal posible. Lo que quiere decir que, en esta apuesta, la autenticidad de la elección no viene dada por el aquello en que se cree, sino por la conveniencia del apostador. Lo cual vale para pasar un rato en un casino, pero no para formar parte de una iglesia y participar en un proyecto divino. En otras palabras, el pragmatismo de Pascal nos propone creer por interés y no por convicción. Lo cual no sólo es imposible y niega la idea misma de fe, sino que hace de su dios un epectador ingenuo incapaz de advertir la falsedad de la elección, o tan hipócrita como el que apuesta a él. Aunque, en este punto, acaso Pascal esté más cerca de Dios de lo que el mismo Pascal creía. En todo caso, creer por interés y no por convicción es de una racionalidad, ciertamente, pragmática, pero que nada tiene que ver con la fe.

Como argumento racional a favor de la existencia de Dios, la apuesta de Pascal nos coloca ante una estrategema moral disfrazada de modelo probabilístico, y que, en realidad, no es sino que una valoración de la idea de eternidad como bien supremo y divino -maxima ganancia potencial- medido como tal por el castigo que su posible pérdida supone -riesgo infinito. Valoración ésta que es inseparable de una devalorización de la temporalidad, ya que, como el mismo modelo indica, creer Dios si no existe, representa un riego menor de perdida es finita. Con lo cual el modelo se derrumba, pues se basa en una premisa moral que da por sentado lo que en realidad desconoce. De tal manera que, empujado por la incertidumbre, el bueno de Blas hace su apuesta apelando a la racionalidad de la ciencia, pero sin advertir que el crupier de la teología lo ha puesto a jugar en la mesa de la moral con los dados cargados de su narrativa. Y así, convencido de que con su modelo se asegura la mayor ganancia posible en forma de eternidad imposible, pasa por alto que, en realidad, ha sido moralmente despojado de la única certeza con la que puede contar -su propia finitud y mortalidad- en una partida ideológicamente amañada y que, tal y como él mismo la ha planteado, tiene perdida de antemano.

Por cientificista que pueda ser, lo que esta apuesta a favor de la existencia de Dios no puede ocultar es ese espíritu que pivota en torno al terror y el castigo divinos. ¿Qué puede importar que Dios exista o no exista, cuando lo que cuenta es vivir como si existiera so pena de ser condenados? A esto llama Pascal una pérdida menor. No puedo imaginar mayor favor hecho, más que a un dios, a la teología que lo representa y que es la dimensión en que lo dioses del cielo se lo juegan todo en la tierra. En todo caso, salvo por el miedo a la muerte y el más allá que la misma teología se ha hecho cargo de consagrar ¿a cuenta de qué apostar en una mesa moral que sobrevalora la irreal e imposible eternidad como ganancia máxima, cuando lo que en realidad hacemos es convalidar la infravaloración de nuestra real e inminente temporalidad como pérdida mínima? Pascal apuesta a un dios posible, cuando en realidad lo hace a uno que se hace llamar a sí mismo Dios con el propósito de aniquilar a todos los demás; aplica su modelo a una idea abstracta, más no a la realidad temporal y narrativa que le ha dado ser histórico consagrando su barbarie, despotismo y crueldad.

Por otra parte, no creer en Dios no es una mera opción equivalente, aunque de signo contrario, a la de creer en Dios, y únicamente evaluable desde su posible existencia y sus consecuencias para la otra vida, tan cara a la apuesta de Pascal. En este sentido, la racionalidad no se puede limitar a una apuesta pura al creer o al no creer. Si se trata de racionalidad, tiene que haber disposición a cuestionar el creer mismo, en tanto que idea de dios, como generador de creencia. Si hemos de ser racionales, comencemos por cambiar de mesa, pues, entonces, no se trata de una apuesta que da por sentada nuestra posible existencia en el la otra vida, sino del dilema en el que nos coloca esta vida y nuestra temporalidad misma, por el hecho de existir históricamente. ¿Se cree en un dios porque existe, como efecto directo e inmediato de su existencia? ¿o un dios sólo existe en la medida en que, si y sólo sí, se crea en él? ¿La idea de dios puede despejar realmente el misterio de la existencia, o sólo ha demostrado ser útil en tanto que instrumento narrativo para apoderarse históricamente de tal misterio? Si un dios al que cabe eternidad, para ser eterno, ha de ser pleno y siempre igual a sí mismo ¿es posible uno, como el de Pascal, que sale de sí mismo para ser adorado y que está condenado a actuar históricamente por la eternidad?

Llegados a este punto, ya no podemos seguir siendo los ingenuos jugadores empujados por la incertidumbre a apostar en una mesa viciada y en la que hemos de escoger entre las dos opciones de un dilema que nos es ajeno y, sin embargo, nos determina. Somos el dilema mismo. No criaturas predeterminadas por el ego de un ser infinito que ha debido salir de sí mismo y temporalizarse como voluntad y acción, sino ente temporales que para existir han de hacerlo históricamente. No somos sino pasar que, para tener ser, ha de dárselo históricamente. Ese es el dilema en que consiste nuestro existir. No existimos para resolverlo, sino para ser a través de él. La existencia o no de uno u otro dios, no despeja el misterio; sólo lo cambia narrativamente de dueño. Cuando se comprende esto, esque se ha terminado de perder la inocencia. Ya no estamos desnudos. Somos la desnudez misma, imposible de disimular con una hoja de parra y en la que ya no cabe el dios por el que Adán fue expulsado del Edén y por el que todavía Pascal sigue apostando.

...En un universo inmóvil, un principio del tiempo es algo que ha de ser impuesto por un ser externo al universo; no existe la necesidad de un principio. Uno puede imaginarse que Dios creó el universo en, textualmente, cualquier instante de tiempo. Por el contrario, si el universo se está expandiendo, pueden existir poderosas razones físicas para que tenga que haber un principio. Uno aún se podría imaginar que Dios creó el universo en el instante del big bang, pero no tendría sentido suponer que el universo hubiese sido creado antes del big bang. ¡Universo en expansión no excluye la existencia de un creador, pero sí establece límites sobre cuándo éste pudo haber llevado a cabo su misión! (Hawking)

En un arranque de ira y soberbia, Dios dijo a su criatura cuando la echó: del polvo vienes y en polvo te convertirás. La salvación es control de daños de la caída; ese desastre cósmico que hizo del reino de este dios el proyecto histórico de una eternidad diferida. Aún no ha concluido su proyecto, y ya aquellos polvos de la Caída han traído estos barros de la Física, en los que el dios por el que apostara Pascal aparece como un paciente terminal en la sala de emergencias de la ciencia, cuyo diagnóstico concede la posibilidad remota de no ser excluido como creador del universo, pero, sin rubor alguno, establece los límites temporales de acción. El hecho es que, si la creación está determinada por un cuándo, este dios no sólo no pudo haber creado el tiempo, sino que ha quedado atrapado en él. Con lo cual, la física se ha convertido en un parte de guerra en elk cuál es fácil leer cuánto territorio del paraíso ha conquistado y devastado la criatura que una vez fue expulsada de él. El problema ya no es, como para Pascal, si Dios existe, sino el que, en caso de existir, ya debe estar arrepentido de haberse dejado llevar por la ira y actuar impensadamente como lo hizo.

Bastaría esto para pensar no sólo que la Creación ha sido un acto inconcluso −primera tesis de esta apostasía− sino, además, que la historia, es decir, el camino que Dios se ha impuesto a sí mismo para concluirlo, es evidencia de su fracaso −segunda tesis, consecuencia de la primera. Desde esta perspectiva, no se trata de una apuesta a favor de la ganancia infinita, sino de una apostasía contra la narrativa en la que finitud y mortalidad -nuestra intratemporalidad misma- penden de un imposible. El árbol aquél a partir del cual este dios tramó la expulsión de la criatura, no sería, en realidad, el del fruto prohibido, sino el auténtico caballo de Troya con el que el demonio de la temporalidad se introdujo en los predios de la eternidad. En todo caso, más que un valor moral −el de la tentación− la física nos autoriza a ver en la serpiente un cuestionamiento ontológico de la eternidad.

Tras 15.000 años de historia del universo, gracias a la física, la criatura, en planas facultades como pecador, tiene con qué meditar, más que en Dios, en su fracaso. Así, por ejemplo. si no entiendo mal lo de los agujeros negros, estos no son otra cosa que reediciones, en regiones parciales del universo, de aquel proceso en que se supone consistió su inico; esto es, espacios en los que ya ha tenido lugar el final del tiempo. Y si esto es terrible para cualquier dios. cómo no lo será para aquél que se jacta de haberlo creado y que, sin siquiera haber tenido tiempo de celebrar el anunciado juicio final, su creación, al ritmo de su propia inteligencia y parecer, ya está dando el asunto por terminado, al menos en las regiones que considera apropiadas para consumar el final.

Todo lo cual ilustra las incalculables dimensiones del error de haber arrojado a la criatura a un universo en marcha, es decir, de haber creado uno que no fuera, como el de Platón, inmóvil, y que sería el único en que un dios puede guarecerse de la inclemencia del pasar. No faltará quien vea este ejemplo como una artimaña, ideada con propósito de confundir a creyentes de poca convicción. Sin embargo, mientras los tales agujeros negros no puedan ser interpretados, científicamente, como pasajes directos al infierno, constituyen prueba irrefutable del fracaso de este creador atrapado en ls redes de la dialéctica. Dice la célebre paradoja: ¿acaso será este dios capaz de crear una piedra tan pesada que ni él mismo pueda levantar? El problema, al parecer, es que lo ha hecho; si acaso fue este dios el que creó este universo histórico que, antes del fin del tiempo, se le ha venido encima.

Si, como siempre se ha afirmado, la criatura fue expulsada del paraíso por su ansia de conocimiento, no quiero ni pensar lo que estará pensando este dios del citado Hawking, empeñado en determinar los justos linderos del reino, o la ley que explique, de manera única y total, lo que el universo es y su propósito de ser; o de aquél Einstein que se pregunta si, a la hora de crear el universo, tuvo Dios la libertad de elegir entre varias opciones iguales entre sí, o si, por el contrario, se vio obligado a optar por el mejor universo posible, como afirmaba Leibniz en su célebre disputa con Newton. Comparada con casos como estos, en los que la la ciencia sí que va al centro espinoso del dilema, la apuesta de Pascal lo hace lucir como niño relamido que, atrapado en plena travesura científica, esconde las sucias manos con las que, al mismo tiempo, la niega. El caso es que una cosa es enfrentar a la criatura, supuestamente inocente, que ni siquiera sabía de su propia desnudez, y otra al pecador experimentado e históricamente en pelotas que, pese a su total e irreversible desnudez, se hace cargo de su propia historia. Ya no se trata de determinar si fue o no este dios el qie creó el universo -lo cual ha de ser ya bastante ofensivo para un Creador- sino si, en caso de haberlo hecho, eligió la opción correcta o metió la pata.

Ahora bien. El dios al que se refiere esta apostasía no es sólo aquél al que Pascal tanto temía, y que la física, a lo largo de la historia, tanto ha sacudido. Es, también, el de la historia y la filosofía que, para pensar, ha debido considerarlo como tema fuera de lugar, tal y como lo propuso tempranamente Aristóteles y, mucho más tarde, Heidegger. Para ilustrar lo cual voy a valerme de las siguientes palabras de Tertuliano, centradas en la idea de que, dados los evangelios, nada más hay que saber, y quien, vistos los resultados, tanta razón tenía al considerar el pensar como la más horrible herejía:

...Todas las herejías en último término tienen su origen en la filosofía. De ella proceden los eones y no sé qué formas infinitas y la tríada humana de Valentín; es que había sido platónico. De ella viene el Dios de Marción, cuya superioridad está en que está inactivo; es que procedía del estoicismo. Hay quien dice que el alma es mortal. y ésta es doctrina de Epicuro. En cuanto a los que niegan la resurrección de la carne, se apoyan en la enseñanza de todos los filósofos sin excepción. Los que equiparan a Dios con la materia siguen las enseñanzas de Zenón. Los que pretenden un Dios ígneo aducen a Heráclito. Las mismas cuestiones tratan los filósofos y los herejes, y sus disquisiciones andan entremezcladas: ¿de dónde viene el mal?; ¿cuál es su causa?; ¿de dónde y cómo ha surgido el hombre? Y también lo que hace poco propuso Valentín: ¿de dónde viene Dios? Está claro de la Entimesis y del Ectroma. Es el miserable Aristóteles el que les ha instruido en la dialéctica, que es el arte de construir y destruir, de convicciones mudables, de conjeturas firmes, de argumentos duros, artífice de disputas, enojosa hasta a sí misma, siempre dispuesta a reexaminarlo todo, porque jamás admite que algo esté suficientemente examinado. De ella nacen las fábulas y las genealogías interminables. las disputas estériles, las palabras que se insinúan como un escorpión... Quédese para Atenas esta sabiduría humana manipuladora y adulteradora de la verdad, por donde anda la múltiple diversidad de sectas contradictorias entre sí con sus diversas herejías. Pero, ¿qué tiene que ver Atenas con Jerusalén? ¿Qué relación hay entre la Academia y la Iglesia? ¿Qué tienen que ver los herejes y los cristianos? Nuestra escuela es la del pórtico de Salomón, que enseñó que había que buscar al Señor con simplicidad de corazón. Allá ellos los que han salido con un cristianismo estoico, platónico o dialéctico. No tenemos necesidad de curiosear, una vez que vino Jesucristo, ni hemos de investigar después del Evangelio. Creemos, y no deseamos nada más allá de la fe: porque lo primero que creemos es que no hay nada que debamos creer más allá del objeto de la fe... (Tertuliano) 

No es frecuente que la patrística nos deje disfrutar de un odio tan ilustrativo, históricamente hablando. De hecho, la sofisticada discrecionalidad de Aristóteles y Heidegger juntos para separar el quehacer filosófico del religioso palidece ante la enorme y brutal muralla que Tertuliano eleva con las rocas ígneas extraídas de la masa de fusión de su odio. Que no se diga, pues, que el distanciamiento entre filosofía y religión es cosa de mentes poco religiosas, emparentadas con la herejía y el paganismo; que Tertuliano nos ahorra complicadas sutilizas en tal sentido. Cuando el lobo temporal de la física ni siquiera asomaba las picudas orejas por el quieto horizonte de la eternidad, Tertuliano hacía de vocero de un dios que, revolcándose en su rabieta, reclamaba venganza contra una criatura que, no conforme con rebelarse y haber recibido el merecido castigo por ello, persistía en su rebelión: se recreaba y regodeaba en ella.

Epicuro, Zenón, Haráclito, entre otros grandes pecadores, iniciaban una lista hasta hoy interminable. En su estilo jadeante y torturado, Tertuliano los llama herejes, en correspondencia con esa tradicional manera en que una iglesia, por definición intolerante, siempre ha debido sublimar la ignorancia. Y, en tal sentido, cuánta razón cabe todavía a este Tertuliano: nada tiene que ver Atenas con Jerusalén; la Academia con la Iglesia. Una cosa es alabar a Dios desde el pórtico de Salomón, y muy otra pensarlo desde la física y la historia. Lo que Tertuliano no quiere es que pensemos; mucho menos si se trata de su fracasado dios. Mas no es eso lo que se cabe esperar de un pecador. Aunque se trate del miserable de Aristóteles, o de uno que, más miserable todavía, suma a la lista negra su apostasía, es inevitable que Dios se convierta en objeto del pensar. Demasiado histórico como para esperar algo así.

De hecho, el cristianismo fue un mito cosmológica sin filosofía, hasta que la tomó del paganismo. Su institucionalización la debe al Impario Romano, del que la católica es religión heredera. Y lo que con tanto desprecio Tertuliano califica de filosofía, en dicho proceso fue el botín de guerra que hubo de disputar con los paganos. De Agustín a Santo Tomás, la metafísica cristiana debe más a Platón y Aristóteles que al mismísimo patriarcado de esta iglesia. Lo que la hace nucho más tributaria del paganismo de lo que Tertuliano, en su desprecio, jamás habría estado dispuesto a reconocer. Aplastó sus dioses, pero se abrevó en su sabiduría. Derrotó su cosmogonía, pero se arrodilló ante su lógica. Como cualquier invasor histórico, el cristianismo no conquistó el Mundo Antiguo, sino que, a la postre, fue conquistado por él. Sus aportes son poca cosa, comparada con cuanto le debe. Tertuliano se queja de la dialéctica, sin que su fe o su iracundia le dejen advertir que profesa la doctrina que dará inicio, nada más y nada menos, que a la filosofía de la historia. Lo que poco mas tarde confirmará Agustín, quien, por cierto y a pesar de Tertuliano, hace expresa su gran simpatía por Platón, por el modo en que −deduce él, nadie sabe de dónde− se inspiró en la tradición bíblica.

Este es, pues, mi personal apostasía. No es una metáfora. Es lo que en rigor y por derecho corresponde a un bautizado que se niega a formar parte de la iglesia que lo bautizó. Aunque mi solicitud en tal sentido sea ignorada, es auténtica. En todo caso, para mí no tiene una significación menor el ser formalmente excluido del registro de una institución en cuyos datos se apoya la cuantía de su feligresía y cuanto ello supone, en términos de influencia y apoyo financiero, para quienes la dirigen y constituyen sus autoridades. De modo que, hasta que en mi partida de bautismo no se agregue el sello de apóstata, mi derecho de conciencia habrá sido violado.

Por lo demás, me asisten razones legales. En el Código de Derecho Canónico vigente, en su canon 751 se señala:

Se dice herejía la negación pertinaz, después de recibido el bautismo, de una verdad que ha de creerse con fe divina y católica, o la duda pertinaz sobre la misma; apostasía es el rechazo total de la fe cristiana; cisma, el rechazo de la sujeción al Sumo Pontífice o de la comunión con los miembros de la Iglesia a él sometidos.

En razón de lo cual no hay duda alguna: soy un apóstata, un hereje y un cismático. En todo caso, es obvio que el rechazo total de la fe cristiana define e implica todo lo demás. Lo digo, porque también soy un lógico. Allá los redactores de este código, que no se cuidan de las redundancias.

Más adelante, el canon 1184, dicho código indica que se han de negar las exequias eclesiásticas -salvo que antes de morir hayan dado expresa señal de arrepentimiento- entre otros, a los notoriamente apóstatas, herejes o cismáticos. Bien. Puedo demostrar que tales usos me son del todo despreciables, incluso, estéticamente. Los considero expresiones de un ritual infame.

Soy mortal no porque deje de existir en un instante, sino porque vivo muriendo; es decir, por tomarme toda una vidas en ello. No hay dios que me impida caminar hacie mi muerte como la posibilidad maś extrema de ser, ni que, con ello, me obliga a renunciar al derecho de morir completo. Incapaz, como lo soy, de abrazar un dios que otro ha creado, es imposible que deje algo al creador al que nada debo. No soy criatura, sino ente temporal. Y si tengo entidad como ser histórico, es porque en este mundo no hay dios que tenga con qué negarse a ser pensado. 

TEMPORAL

Una historia acerca del hecho de escribir historias

(novela filosófica) 

...sucede que la vida no tiene inicios ni finales, y que sólo en el ámbito y contexto de una narración es susceptible de adquirirlos. Lo que me recuerda, por cierto, aquello que una vez dijera Beckett: ese fue mi error, uno de mis errores; exigirme una historia, cuando sólo la vida bastaba. Si es así, entonces estoy aquí para perpetrar mi propio error. Y hasta puede que ésta sea la forma de haber empezado a hacerlo. Más me vale.

Introducción General

El Bolívar histórico del que se ocupa este trabajo no es, hablando en términos rigurosos, el del pensamiento político y la estrategia militar, aunque, desde luego, mucho tendrá que ver con ello. Pero no es un análisis de ese tipo lo que busco en su discurso sino, más bien, al discurso mismo como herramienta del político y el hombre de guerra. Se trata del Bolívar de la palabra. El lenguaje como signo de conciencia histórica, como dimensión de temporalidad y como fuente de heroicidad. Del discurso de Bolívar no me interesa tanto el pensamiento como su narrativa; su inteligencia política o militar, como la semántica o discursiva. Del Bolívar histórico no busco la verdad, sino el estilo.

Introito

Un día, cuando todavía era estudiante de historia y me desempeñaba como investigador en el archivo histórico del antiguo Congreso Nacional, al fondo de la bóveda, en medio de un cúmulo de trastos tan viejos como valiosos, me topé con una desvencijada edición del Diario de Bucaramanga. Sumido en la molicie que mi burocrático cargo ya me inspiraba, aquél libro me distrajo y, allí mismo, en un improvisado asiento de cajones, lo leí. Para cuando retorné de la bóveda, mi imagen de Bolívar -como la de casi todos, determinada por ese formalismo patriota propio de la historiografía de banco de escuela, como la llama Vallenilla Lanz- cambió. Este libro es el resultado de un intento por captar y comprender aquello que cambió.

CARTAGENA: del destierro a la gloria

La Memoria dirigida a los ciudadanos de la Nueva Granada por un caraqueño, mejor conocida como el Manifiesto de Cartagena, se considera el primero de los grandes documentos políticos de Bolívar. Fechado 15 de diciembre de 1812, recoge la experiencia del incipiente gobierno republicano que, a mediados de ese mismo año, ha sucumbido en Venezuela bajo los embates del ejército español. Se trata de una memoria de la derrota, producida por alguien que ha participado como oficial en la guerra el gobierno español y que, salido al exilio, ha llegado a la Nueva Granada con el propósito de obtener hombres y recursos que le permitan invadir su país de origen y restablecer la república. Esta memoria no es, pues, el mero relato pasivo de lo que aconteció, de cómo el ejército español ha vuelto a tomar de una de las plazas más importantes y estratégicas de la América insurrecta, sino del plan para recuperarla. Se expone aquí el análisis crítico de una experiencia republicana particular, de la que se extraen conclusiones políticas y doctrinales que proporcionan una nueva perspectiva del proceso de emancipación no sólo en Venezuela, sino en toda la América Meridional. Se puede compartir en mayor o menor medida tales conceptos. Pero, en cualquier caso, es indiscutible que estamos ante la primera visión sistemática, general y de conjunto que, más allá de la dimensión logística y militar que impone la guerra, nos proporciona el primer concepto histórico y estratégico de la emancipación americana. Al menos, el primero producido por un soldado con una clara visión política. En este sentido, estamos ante la primera teoría revolucionaria de la lucha por la independencia.

CARÚPANO: vindicta, libertad y barbarie

En el Manifiesto de Cartagena nada indica Bolívar respecto a la cuestión social. Cuestión ésta tan conflictiva que, siglo por medio, llevaría al historiador Vallenilla Lanz a definir la guerra de independencia como una guerra civil. De ello nos da una particular perspectiva el Manifiesto de Carúpano. No pasó mucho tiempo para que el discurso de Bolívar hubiese de encarar el tema tabú en Cartagena. El momento sobrevino con la caída de la Segunda República, tras ese fenómeno tan contundente como efímero que fue Boves para el proceso de independencia. Efímero en cuanto a su personal actuación y liderazgo, pero en alguna medida permanente en cuanto a la guerra como forma de vida para los sectores populares y el ejército como vía de transformación de una estructura social que hundía sus raíces en la colonia. Acaso fuera Boves el más encarnizado enemigo de la república. Pese a lo cual, la república, a la postre y para ser tal, fue su más genuina heredera. De él recibió su ejército, su dinámica social y hasta el estilo de su liderazgo. A tono con la dialéctica de la guerra, los llaneros que siguieron a Boves pasaron de bandidos a patrimonio de la república. Patrimonio que en algún momento hizo decir a Bolívar que la revolución estaba sentada en un volcán social a punto de hacer explosión. Pero eso sería más tarde y en privado. En Carúpano, todavía este ejército sólo representa el modo en que la barbarie se opone a bien supremo de la libertad.

JAMAICA: Historia, Semántica y Geopolítica

1815: el descenso de Napoleón se cruza con el ascenso de Bolívar. Ambos han partido al exilio, a Santa Helena y a Jamaica, respectivamente. Tres años más tarde, el americano meridional, que ha tomado Angostura, la plaza estratégica que inclinará el curso de la guerra en favor de la causa patriota, dirá de sí mismo: yo busqué asilo en una isla extranjera, y fui a Jamaica solo, sin recursos y casi sin esperanzas. Perdida Venezuela y la Nueva Granada, todavía me atreví a pensar en expulsar a sus tiranos.1 De modo que el exilio, que para Napoleón dictamina el final de un imperio en Europa, para Bolívar anuncia el renacimiento de un proyecto en América. Esta conjunción en el cosmos simbólico de la historia que involucra la carera de dos grandes líderes políticos y militares, alude también a un cambio de época, determinado, desde el punto de vista geopolítico, por el ascenso de las potencias del capitalismo industrial y la caída del colonialismo mercantilista. A ello tributan diversos procesos: la ilustración, el nacionalismo, el industrialismo, la revolución francesa, la expansión napoleónica, la independencia estadounidense, la emancipación en América Latina. Es ésta una coyuntura en el proceso de largo plazo que lleva de la era agrícola a la era industrial. En este contexto se fraguan los cauces iniciales de un proceso histórico de alcance planetario. La Carta de Jamaica forma parte de este contexto. Es una forma de asomarse a él y otearlo desde los agrestes montes de una América irredenta. Tal es el punto de partida de este ensayo.

ANGOSTURA: el guerrero creador de repúblicas

La Carta de Jamaica concluye con la afirmación según la cual la clave para poner fin a la dominación española y fundar un gobierno libre es la unión, obtenida por efectos sensibles y esfuerzos bien dirigidos. Lo que por entonces queda en un escueto enunciado, en Angostura va a ser objeto de un denso desarrollo. Eso es el Discurso de Angostura: un efecto sensible, un esfuerzo bien dirigido. En atención a las lineas principales de su estructura discursiva, es una apelación a la conciencia histórica, un plan estratégico centrado en la implantación del Estado Nacional, y un instrumento de significación del movimiento de independencia como proceso histórico. Pronunciado por Bolívar el 15 de febrero de 1819, en el acto de instalación del segundo congreso que se daba a sí misma una república en medio de los avatares de la guerra, constituye una de las piezas oratorias más importantes de su haber político. Dicho ello por su contenido en sí mismo considerado. Y dicho también por el modo en que marca una diferencia de dimensiones estratégicas entre un antes y un después del proceso de independencia. En la visión totalizadora del Discurso de Angostura confluye lo político y lo militar. Para ganar la guerra en el siempre inhóspito campo de batalla, es preciso ganarla también en el de la política; por cierto, no menos inhóspito, agreste y peligroso que aquél.

BOLIVIA: el hombre de las dificultades como legislador

El guerrero ciudadano es aquél al que le es dado despojarse del mando. Así en la Caracas que le otorgó el título de Libertador, así en la Angostura que lo ratificó como Jefe Supremo, y dos años después lo llevara a ser designado en Cúcuta Presidente de La Gran Colombia. Las dificultades comienzan cuando la historia lo despoja a él de la guerra y se queda sin esa fuente de gloria que, hasta entonces, había sido el enorme campo de batalla y de política que, visto desde Pasto, se extendía entre el Orinoco y el Potosí. Así, Ayacucho consigna en la historia americana la emancipación, ciertamente; y en el destino particular del guerrero ciudadano el retorno de la cima de la gloria a la sima de las miserias de la burocracia y la administración. Siendo el campo de batalla la fuente fundamental de su gloria, dentro de él lo es todo; fuera de él nada, o tan sólo un ciudadano recto e iluminado que, apegado a su prestigio y honor, está llamado a dar la cara a esa oleada de anarquía que, en la paz, devora cuanto ha venido edificando en la guerra. Consumada la independencia o, más exactamente, el proceso de la guerra que habría de conducir a ella, el enorme mapa del nuevo mundo se ha teñido de una no menos enorme complejidad. Mientras se triunfa en Ayacucho se conspira en Caracas. Al tiempo que se finiquitan los últimos detalles del Congreso de Panamá, las recién creadas repúblicas se hunden en la lucha intestina y doméstica que atenta contra la anfictionía. En carta a Santander, fechada en Lima, el 6 de enero de 1825, es decir, a un mes escaso del triunfo en Ayacucho, encontramos esta situación descrita en palabras del propio Bolívar:

OCAÑA: el clamor del pueblo

Desde el punto de vista de su estructura semántica, el libertador, como instancia fundamental del discurso, representa la condición esencial de Bolívar como máximo dirigente político y militar de la emancipación americana. Más que como mera parte de la historia, el libertador concibe, administra y conduce el discurso como conciencia e instrumento hacedor de ella. Sin embargo, y como es de esperar, se trata de un discurso que siempre ha sido concebido y pronunciado desde el entorno de la dirigencia política a la que pertenece, aún en aquellos temas sensibles en que la actuación de dicha dirigencia pueda ser cuestionada por en su mensaje. Desde este punto de vista, el libertador siempre ha sido una instancia discursiva de una u otra manera asociada al estrecho círculo de la élite civil y militar que comanda el proceso independentista. Así, por ejemplo, El guerrero ciudadano del Discurso de Angostura, que dichoso convoca a la representación nacional y se despoja del mando ante ella es, con ello, al mismo tiempo, legitimado por ella. Como parte de la dirigencia, el guerrero ciudadano es jefe supremo entre iguales. En este sentido, los discursos fundamentales de El Libertador como creador de un nuevo tiempo histórico son documentos de identidad con el entorno dirigente del proceso de independencia, palancas ideológicas de su legitimación ante ella como máximo líder.

Epílogo

Hasta aquí me trajo el Bolívar con el que un día, hace mucho tiempo ya, me topé en el Diario de Bucaramanga. El hombre histórico de los discursos. El de la palabra y el estilo. El de la conciencia moderna y la faena semántica. El de la revolución como concepto y del heroísmo como ejercicio de voluntad de poder. Su discurso marca el paso de la barbarie a la civilización, con todo lo bueno y todo lo malo que una transición así supone para la gestión de su propia historia por parte de un pueblo. Y como pueblo, no tenemos conciencia de tal significación porque la historiografía de banco de escuela se ha hecho cargo de ello, bien haciendo de Bolívar una venerable pieza de museo, bien poniéndolo a comer mangos para popularizarlo. Al respecto, me limito a recordar las palabras de Vallenilla Lanz:

HERÓDOTO: los orígenes de la historiografía

Si uno se deja guiar por lo más estrictos rigores académicos, incluso los de la historia, probablemente los menos estrictos de todos, muy a pesar de los historiadores académicos, un trabajo de este tipo luce desde muchos puntos de vista desalentador, bien por lo poco con se cuenta para realizarlo, bien por la poca estima que se guarda hacia lo poco que se tiene, incluso los escritos de aquel a quien Cicerón, si no me equivoco, dio en llamar Padre de la Historia. Y lo hizo en el marco de una larga tradición representada por críticos para los que Heródoto era ya casi tan extraño como para nosotros y que, salvo contadas excepciones, se caracterizó por su desprecio, acusándolo de mal escritor, de inútil, y hasta de mercenario.

Capítulo 1: el hombre, la obra, el contexto.

Es muy difícil establecer un imperativo ideológico, filosófico, político o moral que nos ayude a comprender la aparición de la historiografía en una íntima relación con el contexto histórico en que ello tiene lugar. La vaga generalidad de la que aquí me valgo, es decir, comprender la aparición de la historiografía como parte del humanismo característico de la Grecia Clásica, que tuvo su máxima expresión en el arte y la filosofía, es fácilmente aceptable, pero, se entiende, muy poco precisa. Ese humanismo, la ruptura respecto a la mitología que a él es inherente, comienza a gestarse en la Grecia Arcaica, con la filosofía jónica y la aún ingenua pero inequívoca proximidad que ella representa respecto a la naturaleza. Por otra parte, como se sabe, dicho humanismo se prolonga mucho más allá de la época de Heródoto y en plena decadencia ateniense producirá lo más acabado de su filosofía. Este humanismo griego es, pues, el espacio histórico cultural de muchas cosas, amplio contexto en el que la historiografía luce como un ínfimo detalle, acaso el más prescindible de todos.

Capítulo 2: mito, filosofía, historiografía.

Partamos del hecho, tan magistralmente representado por la cruel simpleza del mito de Sísifo, de que el hombre es una especie condenada a la historicidad. A nadie le es dado elegir no vivir la historia. Encadenado a la infinita finitud del tiempo, el hombre histórico transcurre sin la certeza de saber para qué. Toda la historia humana pudiera comprenderse como la obsesión de este hombre histórico por darse sentido a sí mismo. Todas las cosmogonías lo han adscrito, de una u otra manera, a vagar fuera de lo eterno, perecer una y otra vez. Y todas intentan, al final, reconciliarse con el proscrito, traerlo de nuevo a casa, el paraíso perdido que, en algunos casos, puede ser, incluso, la nada cósmica, peculiar forma de eternidad que nos permite suponer que hasta la supresión de la existencia es preferible al castigo de la existencia histórica. Esta caída en el tiempo es el nudo gordiano de todo el drama bíblico y, en muy otro contexto, es, también, el mayor suplicio que la mitología griega pudo imaginar para el hombre réprobo

Capítulo 3: dioses, hombres, historias.

Heródoto cree en el Oráculo. Es fácil demostrarlo a través de la cita de párrafos como, por ejemplo, el que nos habla de la furia de Taltibio1 contra los espartanos, y otros en los que hace referencia al plano de lo divino como la última salida que encuentra para explicar, -¿o justificar?- un determinado acontecimiento histórico. Sabemos que esto le ha costado a Heródoto buena parte de las censuras que lo descalifican como historiador ya que, se supone, la historia debe explicar al hombre y sus acciones por el hombre mismo. Como se sabe, ha llegado a ser norma del oficio que recurrir a Dios es hacer trampa. Una suerte de principio epistemológico pende como espada de Damocles sobre el historiador cada vez que su discurso historiográfico apela al deus ex maquina. Heródoto puede ser, según esta misma norma, demasiado ingenuo o primitivo .

Capítulo 4: hombre, historia, tragedia.

Si nos pusiéramos a plantearnos los problemas de epistemología y método en los Nueve Libros, probablemente no hallaríamos asidero sólido alguno para el análisis y la reflexión. En realidad, estrictamente hablando, tales problemas no existen para aquella historiografía que, desde sus mismos inicios, se colocó al margen de la sabiduría y se dio a sí misma el despropósito de alimentar la memoria humana, salvar el vertiginoso acontecer humano del olvido humano. Sin embargo, pese a una tarea tan metafísicamente pobre y, en parte gracias a ello, aquella primera historiografía estaba llamada a sentar las bases para una cruel desmitificación de dicho acontecer. El hombre histórico que recién ha descubierto es objeto de paciente y crítica observación; no se le puede tomar a la ligera, tal cual lo encontramos, ni creer de buenas a primeras lo que dice y piensa de sì mismo. Racionalista pero curiosa, tolerante pero desconfiada, fue ésta una historiografía que se aproximó a su hombre histórico con acucioso sigilo, alerta a los juicios y creencias que históricamente su objeto de observación había generado respecto, y a partir de, su propia historicidad. El hombre histórico y la cultura, ámbito al que es inherente el desencadenamiento de sus acciones en el espacio y el tiempo, abrieron así el pensamiento humano hacia una dimensión hasta entonces desconocida.

 

 

Preliminar

He visto a Dios. Es espantoso. No hemos hablado. Para escucharme, tendría que ser yo hombrte de fe. Y, para escucharlo, un esquizofrénico. Pero pululamos en el mismo universo. Él en su cueva y yo en la mía, somos vecinos del mismo barrio; el del misterio. Sólo que yo la habito con la suficiente molicie e ignorancia como para no perder la cabeza. Él no. El misterio lo ha enfermado. Y, convencido de ser la verdad que lo despeja y que, por lo tanto, nos haría libres, ha perdido la suya.

De la caída a la salvación: la historia inconclusa de la creación.

La caída simboliza el inicio de la historia, al menos para la criatura; es decir, la existencia temporal a la que, tras rebelarse, ha sido condenada por su creador. Y la salvación la recuperación de una criatura que, ahora, como pecador; o sea, habiendo comprobado por experiencia lo que su creador por omnisciencia ya sabía y se negó a revelar, retorna arrepentida al paraíso en que fuera creada, y lo hace por gracia del que la condenó. Así, entre caída y salvación -fin del tiempo de por medio- el reino de este dios describe un ciclo único y total hacia la eternidad propiamente dicha, suponemos, ya que, hasta la culminación de dicho ciclo, dicho reino no ha sido otra cosa que un proyecto histórico; una teleología en la que Dios hace de sentido inmanente y la eternidad de meta trascendente.

De cómo no fui echado del paraíso: me largué yo mismo

El Génesis, como se sabe, es el primer capítulo en la historia de un dios que creó el mundo, la historia; vale decir, el pasar en que las cosas pasan y el tiempo con que lo captamos. Según esta historia, en siete días -merecido descanso incluido- este dios, emergido de las tinieblas, configuró el universo total: estableció su reino eterno, creó la criatura llamada a adorarlo por la eternidad, actualizó el abismo temporal al cual arrojarla cuando se resistió, y, por último, concibió el plan para rescatarla de su temporalidad y retornarla a su seno. Más que una historia de dios, ésta es la de un proyecto de dios. Con lo cual esta historia deja fuera lo más interesante del objeto a historiar: las tinieblas mismas, el abismo y el origen del dios-héroe que, venido de ellas, encarna la luz que ha de iluminar el nuevo todo en que se dispone a reinar. De modo que esta historia, que no indaga en su tema y que, aún así, pretende dar razón de la temporalidad mediante la eternidad, nos deja en ascuas, pues sólo vale para confirmar que la vida eterna junto al dios que nos ha creado no es menos absurda que la temporal a la que nos ha condenado. No obstante, hagámonos de la vista gorda con este detalle menor, y ocupémonos de un dios al que, en esta parte de su historia, toca hacer de inicio en la historia toda del universo. Porque, en esencia, no de otra cosa hablamos aquí: de un dios que actúa y que, sólo en cuanto tal, ha podido ser objeto de narración.

De cómo andando el camino correcto terminé en el punto de partida.

Me parece que era Artaud quien decía que Dios no existe, y que, si existe, es una mierda. Esta idea de dios es un dilema que apunta, por una parte, a su real y efectiva existencia y, por la otra, a que, en caso de existir, sea cosa digna de creencia. Y si bien la real existencia de una cosa es condición previa del juicio sobre de ella, en el caso de los dioses es tema casi irrelevante, si se lo compara con la idea de dios, que sí es históricamente real. La existencia o no de uno que se hace llamar Dios es indemostrable. Pero la idea que de él tengamos es crucial. Pasa que nuestra inteligencia, memoria y voluntad de entes temporles que para ecistir han de hacerlo históricamente es el único hilo que vincula al dios en el que pretendemos creer con la eternidad en la que debería reinar; eternidad ésta de la que vendríamos y a la que, consumada nuestra temporalidad, habríamos de retornar. El problema acá es que, entonces, hablamos de un dios, un reino, una eternidad; en suma, un ser pleno que ha salido de sí y ya no es tal, pues ha sido intervenido, socavado y puesto patas arriba por la temporalidad misma de la criatura que estaba llamada a constituirlo. De modo que, si alguna vez fue, este dios ya no tiene ser, pues ha devenido y, por tanto, sólo puede tener historia. Y el mayor problema para este dios es que, en efecto, la tiene. Se la conoce como sagrada. Lo cual no es sino un infeliz oximorón, que me veo en la obligación de corregir. Porque, el otro problema no menor para este dios, es que, además de también tener una historia, tengo, gracias a ello, una idea de dios; por cierto, ontológicamente mucho menos generosa que la de Artaud.

De mi autocondena

Una cosa es ser expulsado del paraíso, tras una patafa en el culo, y muy otra abandonarlo por los propios pies: o sra, arrojarse uno mismo. La voluntad hace la diferencia. Lo que procede entonces es la autocondena. Ello equivale a la condena de Dios, sólo que despojada de su divinidad por el acto voluntario de quien se la autoimpone. Éste es el dato fundamental acá. La rebelión de la criatura sólo acarreó la expulsión del rebelde y no alcanzó su cometido. Ciertamente, desató la ira de Dios, pero no afectó su divinidad. Sin embargo, fuera de los predios del reino, la rebelión continúa: se torna secular. Sujeta al curso de su propio devenir, si la criatura se proclama pecador, su castigo se convierte en causa y su destino en botín de guerra. Lo que a este dios toca ahora enfrentar no es la conjura, sino la reivindicación del pecado respecto a un reino que sólo molicie, desprecio e indiferencia puede inspirar. Lo cual es mucho más difícil para uno tan propenso a la cólera y que tanto requiere de ser adorado.

De Dios como significación de un pasar que no lo requiere.

El pasar no rquiere de dioes, sino de historias, que lo signifiquen como pasado-presente-futuro y den forma a la existencia temporal. Son los dioses los que rrquieren de una historia para tener sentido como artífices del pasar. Dios tiene una. Se la conoce como la sagrada. Lo cual encierra un total contrasentido, ya que si, a diferencia del mito, cuyo papel es reconocer un pasado, el de la historia es indagarlo, con lo cual toda historia es, por definición, profana; incluso la de este dios, pese a que su intención sea la de hacernos reconocer en un único y por lo tanto verdadero pasado cósmico.

De gracia divina y conciencia histórica

La Salvación es el remiendo metafísico del error ontológico de la Creación. Dios intenta recoger al final del tiempo el desastre que ocasionó con su inicio. El intento de corregir el error con que comprometió su ser pleno lo conducirá a uno aún mayor, y que hará de la eternidad un imposible. En aquel entonces se equivocó al echar a la criatura del reino, porque con ello dio paso a la historia y a sí mismo como proyecto. Ahora está dispuesto a equivocarse de nuevo, haciéndola regresar al lugar del que la echó, porque con ello se trae la conciencia y la memoria, que han de desmerecerlo por completo como ser. Si Dios, como espera, pudiera ser adorado por el pecador, éste no sería tal, pues en la eternidad no puede haber conciencia ni memoria, que es de lo que está hecho todo pecador en tanto que arte y parte de la existencia temporal. Pero este dios jura que la Salvación del pecador es su salvación como dios. Según su propia historia, lo que lo mueve a recuperar su antigua criatura no es el arrepentimiento, sino el perdón y la misericordia, en el entendido de que a quien corresponde arrepentirse es al pecador mismo. Su gracia está, pues, dirigida a aquél que, sobre la base de tal arrepentimiento, se hace acreedor del perdón y la misericordia, que es lo que de nuevo lo conducirá a la vida eterna que perdió tras su rebelión. Toca entonces considerar las implicaciones que tiene esta en apariencia armónica conciliación de gracia divina y conciencia histórica.

Epílogo

La eternidad sólo puede entenderse tal y como Platón define el ser: lo uno siempre igual a sí mismo. El tiempo, nos indica en el Timeo, es imagen móvil de la eternidad. Para Aristóteles dios vendría a ser la causa primera, el motor a partir del cual todo entra en movimiento, sin que determine el curso del movimiento al que da lugar. De tal manera que la eternidad no es espacio en el que sucedan cosas, ni un modo particular en que las cosas suceden o hayan de suceder. La eternidad es una idea, un principio, un axioma; nunca un atributo de algo distinto de ella; mucho menos el estadio superior de algo que, habiendo iniciado en calidad de temporal, se haga eterno tras dejar atrás y superar su temporalidad. La eternidad sólo podría ser la negación absoluta del antes y el después, del inicio y el final. Si algo cambia, hay movimiento, tiene una dimensión duradera y, por lo tanto, temporal, En consecuencia, la eternidad no puede ser anterior ni posterior a nada, pues sería mera episodio de lo que sucede. Y en ella nada puede suceder, porque, a diferencia de lo que sucede en las historias, no hay inicio ni final. Si algo tiene historia, no le cabe eternidad, aunque dure eternamente.

LA RATA

Yo habitaba en una vieja casa vacacional abandonada, colgada de lo alto de un cerro pedregoso y desde el que se podía ver abajo el mar en su quieta enormidad, yendo y viniendo en monótonas embestidas contra las rocas negras del acantilado en el que, por ahora, espero. 

LA ÚLTIMA CENA

Por obra y gracia del espíritu santo sigo aquí, como de costumbre, aludiendo y mendigando a cada transeúnte que pasa frente a mí. Ocupo el primer escalón de los doce que conducen a la taquilla de una sala de cine donde sólo entran hombres solos. La verdad no sé si es el primero, porque, contando desde la acera, éste sería, en realidad, el segundo. Con lo cual. el total de escalones de la escalera entonces sumaría trece, Por otra parte, trece, según he escuchado decir desde siempre, es número de mala suerte. Luego la diferencia entre doce y trece no sería sólo de un escalón, sino de un destino. De modo que ocupar el segundo o el primero no es cuestión que se pueda tomar a la ligera. Y, ciertamente, que no lo hago así. Sólo que, en mis consideraciones al respecto, encuentro razones igualmente lógicas e irrefutables como para afirmar que estoy en una o en otra posición. Esto es cosa que me gustaría resolver cuanto antes. Por primera vez, no sé por qué, me hallo en la circunstancia en que me gustaría saber, a ciencia cierta -como también se suele decir- en dónde estoy. Nunca imaginé que de un escalón a otro pudiera haber semejante diferencia. El mundo, que para mí siempre ha sido la acera, sería el primer escalón, con lo que yo estaría, entonces, a un escalón menos del cielo y a dos más del infierno. Esto en caso de que el cielo esté arriba, el infierno abajo y yo en el medio. En la perspectiva de este sanguche cósmico puede que la diferencia no se sienta tan enorme como entre el primer y segundo escalón, quizás porque la diferencia entre cielo e infierno es más de fe que de cálculo. Pero, por otra parte, la diferencia entre fe y cálculo es tan enorme como la que puede haber entre un escalón y un destino. Es el tipo de cosas que me gustaría resolver. Allá, por la acera de enfrente, va el gordo de las corbatas anchas y los zapatos chillones. A veces viene. Es el tipo de evento que siempre me distrae de mis resoluciones.

LA QUINTA PATA

Octubre. Lluvia, llovizna, tormenta o aguacero. Lo cierto es que desde hacía ya tiempo el agua no dejaba de caer como una maldición del cielo. Si, hasta cuando cesaba por un rato, no era sino para mostrarse en esa forma de bruma, neblina, calima o calina. La misma maldición; sólo que elevándose desde la tierra sobre la que ha llovido sin parar. A la hora de ser andada, no había sino dos opciones: la maleza o el barrial. Tú eliges, se dijo a sí mismo en el instante incierto en que intentaba dar con el camino para emprender la huida. De súbito, la noche se detuvo. Un relámpago de inamovilidad con el que el aguacero cesó de golpe. Y entonces fue esa quietud que parece escucharlo todo con los oídos de su silencio. Extenuado, se sentó y miró de nuevo al cielo. Durante un largo rato, ni los mismísimos dioses osaron asomarse por cima de los muros de la noche, hasta que de nuevo se dejó oír el monótono canto de los grillos.

TAXIDERMIA

A ver. Acaso esté yo en el curioso procedimiento de comprobar a través del sueño que el alma, si no se refiere a la mera forma de la materia, tal y como Aristóteles fue el primero en sugerir, es el más degenerado e infame de los conceptos. Menos mal y me leí a tiempo aquel tratado que Amanda, mi mujer, dice que lleva título de espanto o aparecido. Como sea, ya sabía yo que no podía ser tan inútil haberlo hecho, tal y como ella siempre aseguró, con ese pragmatismo repugnante tan propio del género femenino y que se va acentuando con la edad. Ella siempre dice: no creo en santo que come y caga, ni en loco que no come mierda. Y, en cierto modo, compartimos la misma poca fe. Aunque para no creer en los santos ni para creer en los locos, requiera yo concebirlos avocados a tan vitales funciones. En todo caso, por ahora, el curioso procedimiento al que aquí me refiero es la única posibilidad que me queda para salir del atolladero en que me encuentro desde hace… Ni siquiera sabría decir cuánto tiempo, pues lo primero que resalta en este asunto es la perdida de la certidumbre que el tiempo nos proporciona como el principal referente de lo que existe.

PORNOAVENTURA

¿Cómo se puede ser, durante algún tiempo, tan vital y, al mismo tiempo. morir sin necesidad alguna de haber vivido por razón distinta a la de follar? Tal era la pregunta que se hacía Henry al caer la tarde y cuya respuesta el crepúsculo se iba llevando a los confines del anochecer confundido con su propia noche de viejo y como quien, con sumo cuidado y sigilo, oculta algo muy preciado pero que le ha de resultar comprometedor o embarazoso. El Henry -dicho así, en su recuerdo, porque así lo llamaron siempre en los tiempos en que vivir era algo más que recordar- estaba sentado ante uno de los largos ventanales que iluminaban el largo pasillo donde la pasaba desde la una, tras haber tomado su almuerzo y haberse negado, como siempre, a hacer la siesta. Éste nunca quiere dormir, había exclamado, como siempre, la señora Pérez. Y allí seguía Henry, empotrado en su silla de espectador del paisaje vespertino. Durante toda la tarde llovió. Y aunque había amainado ya, aún seguía cayendo esa leve llovizna, seguramente gracias a la cual el jardín, los árboles, la calle, los cerros lejanos que todavía encajaban sus puntas en los restos de una nubosidad fragmentada y el paisaje todo, o al menos hasta donde la vista aguzada alcanzara atisbar desde aquella ventana, adquiría esa transparencia rosa que a Henry tanto agradaba. Hasta que, como siempre, a las siete y según orden inapelable de la señora Pérez, Henry fue largado a su habitación. A dormir hasta el día siguiente, como siempre.

LA PIEL INMATERIAL DE LA NOCHE

Ahora sí que estoy jodido, se dijo a sí mismo, con resignación. Boca arriba, a la vez que dibuja garabatos ininteligibles en la piel inmaterial de la noche, llega hasta él un olor agridulce, de fruta fermentada o de licor. Mas bien de las dos cosas juntas, mezcladas, concluyó, ya que la gorda había incorporado al enorme pastel que estuvo preparando durante la mañana una generosa porción de cada una. Y en ese momento, cuando ya arribaba a la media noche, volvió a recorrer, una vez más, los detalles de aquella faena, que habían ido a parar a su memoria, como lo que sobró del pastel, de un golpe seco, habla ido a parar al fondo del bote de donde emanaba aquél olor.

LA CUARENTA Y OCHO

Entré al bar. Fui hasta el extremo solitario de la barra desde el que me observaba, pedí una cerveza y me volví a la mesa de siempre, o al menos la que yo esperaba que fuese tal cada vez que entraba, y que, por esta vez al menos, ciertamente, estaba desocupada. Estuve bebiendo mi cerveza poco a poco, algo así como a un sorbo cada vez que intercambiábamos miradas. Hasta que por fin ella también se vino a la mesa de siempre. Entonces la noche, como el silencio de Dios, se fue hundiendo en el barro de nuestro mutuo decir. Barro nuestro que caes del cielo. El amanecer nos sorprendió a solas, o más bien juntos en la misma soledad desde la que cada quien defendía su propia soledad, ahora sí, sin nada que decirnos, en medio del barrial que nos había arrastrado hasta la cuarenta y ocho.

EL CENTENARIO DE STOKER

Cuando suena la hora lúgubre de los espíritus, la novia bebe el vino de un rojo sombrío como la sangre. Una vez más, aquellos versos de Goethe, que lo hacían sentir tan orgulloso de sí, resonaron en su memoria, apenas se asomó a la ventana y la noche le rozó el rostro. Luego fue esa mirada acuciosa lanzada allende los suburbios nubosos de la ciudad, más allá de los cuales se extendía la rígida horizontalidad del cementerio. Quietud. sosiego, reposo, descanso… iba buscando la palabra más apropiada para definir lo que aquél otear el horizonte de la noche le inspiraba, hasta que la encontró: ausencia. Eso. Porque la muerte no es más que ausencia. Ni menos tampoco. Entonces emprendió el vuelo.

LA POSE

De los talones a la cabeza mediría no más de metro y medio. Y si uno se fijaba bien, venida de sus adentros a flor de piel, como el alma que le daba forma en una sola y fugaz pincelada de existencia, la insignificancia demarcaba el todo de su cuerpo quieto y menudo. Quizás fuese esto, la manera en que esa insignificancia determinaba la absoluta armonía entre el ser y el aparecer lo que la hiciera lucir más joven de lo que realmente fuese, como si a estas alturas de su biografía aún no contara con una historia única y propia en la que hubiese valido la pena desgastarse y envejecer. El resto de aquella su presencia era lozanía triste, quietud de lagartija a la una de la tarde y que administra su energía en medio de un paisaje árido y sofocante. No obstante, al mismo tiempo, su pose era tan curiosa y estudiada, tan artificiosa que lo que le faltaba en tamaño y significación le sobraba en gracia y seducción. Al menos eso fue lo que pensé cuando me disponía a entrar a la tienda y la vi, parada allí, de espaldas a la puerta y con los codos apoyados en el mostrador mientras seleccionaba los botones de las cajitas que el viejo tendero iba poniendo de dos en dos a la disposición de su minuciosa inspección.

 

 

Historia

Mundial

Contemporánea

A mi modo de entender, los que están persuadidos a que por la historia particular se puede uno instruir lo bastante en la universal, son en un todo semejantes a aquellos que, viendo los miembros separados de un cuerpo poco antes vivo y hermoso, se presumen estar suficientemente enterados del espíritu y gallardía que le animaba. Pero si uno, uniendo de repente los miembros y dando de nuevo su perfecto ser al cuerpo y gracia al alma, se lo mostrase por segunda vez a aquellos mismos, bien sé yo que al instante confesarían que su pretendido conocimiento distaba antes infinito de la verdad y se asemejaba mucho a los sueños. Y ciertamente, que por las partes se forme idea del todo, es fácil; pero que se alcance una ciencia y conocimiento exacto, imposible. Por lo cual debemos estar persuadidos a que la historia particular conduce muy poco a la inteligencia y crédito de la universal, de la que únicamente el reflexivo conseguirá y podrá sacar utilidad y deleite, confrontando y comparando entre sí los acontecimientos, las relaciones y diferencias. (Polibio. Historia Universal. Exordio.)

EL CONCEPTO DE MEMORIA

...sólo de aquellos seres vivos que son conscientes del tiempo puede decirse que recuerdan y hacen esto con aquella parte del alma que es consciente del tiempo. Aristóteles. De la memoria y del recuerdo.

Grande es la virtud de la memoria y algo que me causa horror, Dios mío: multiplicidad infinita y profunda. Y esto es el alma y esto soy yo mismo.  San Agustín. Confesiones

Introducción

...sólo de aquellos seres vivos que son conscientes del tiempo puede decirse que recuerdan y hacen esto con aquella parte del alma que es consciente del tiempo.

Aristóteles.

De la memoria y del recuerdo.

 

Grande es la virtud de la memoria y algo que me causa horror, Dios mío: multiplicidad infinita y profunda. Y esto es el alma y esto soy yo mismo. 

San Agustín.

Confesiones

 

...el pasado se conserva por sí mismo, automáticamente. Todo entero, sin duda, nos sigue a cada instante: lo que hemos sentido, pensado, querido desde nuestra primera infancia, está ahí, pendiendo sobre el presente con el que va a unirse, ejerciendo presión contra la puerta de la conciencia que querría dejarlo fuera.

...no pensamos más que con una pequeña parte de nuestro pasado; pero es con nuestro pasado entero, comprendida en él nuestra curvatura original del alma, con el que deseamos, queremos y actuamos.

Henri Bergson.

La evolución creadora

La memoria: un misterio, una estructura, un proceso

Para Aristóteles la memoria residía en el corazón. Captadas por los sentidos, suponía que las impresiones que se perciben del entorno eran conducidas por la sangre hasta allí. En general, para la filosofía antigua el corazón es el reservorio de la actividad espiritual del hombre. Allí se asienta lo que para nosotros es su existencia psíquica. De modo que el corazón era tenido por el lugar de las emociones y los sentimientos, idea que, por lo demás, ha permanecido a lo largo de la historia en las más diversas culturas hasta hoy. De hecho, en latín, recordar -recorsi- significa de nuevo en el corazón. Esta creencia se mantuvo durante siglos. No es sino hasta mediados de la edad media cuando la memoria comienza a ser ubicada en la parte posterior del cerebro1. Aunque sin datos abundantes y determinantes al respecto desde un punto de vista científico, es la fisiología moderna la que la ha localizado en el cerebro. E. Kandel2, premio nobel por sus investigaciones en este campo, ha definido la memoria como una representación interna de la información adquirida mediante aprendizaje; información que se halla codificada, espacial y temporalmente, en circuitos neuronales, mediante cambios operados en las propiedades reactivas de las neuronas. Con todo, en el mundo de la ciencia aún no hay consenso en cuanto al modo como reside la memoria en el cerebro. Hay quienes piensan que la memoria tiene localizaciones específicas, que se corresponden con un determinado tipo de ella, y quienes piensan que, por el contrario, la memoria es una y que alcanza amplias regiones cerebrales que operan conjuntamente y de manera coordinada, según diversos niveles de complejidad en el registro de datos y evocación del recuerdo. También hay quien piensa que ambas hipótesis no son excluyentes entre sí y que es posible que apunten con certeza al mismo fenómeno considerado desde puntos de vistas diferentes y complementarios3.

Aristóteles: memoria, alma y experiencia

Al concebirla como parte del proceso cognitivo -junto con la percepción y el aprendizaje- la psicología cognitiva ha puesto en evidencia la complejidad de la memoria y resaltado la conexión existente entre memoria y otras funciones tanto fisiológicas como espirituales del ser y el proceder humanos. Conexión ésta que ya había sido planteada por Aristóteles. Así, por ejemplo, en Metafísica establece la relación directa y biunívoca entre memoria y experiencia de la siguiente manera:

San Agustín: memoria, alma y dios

Agustín se ocupa del tema de la memoria en el Libro X de Confesiones. Hay quien dice que este capítulo constituye una suerte de bisagra que une la primera parte de la obra, es decir, la parte autobiográfica, que recogerían los libros del I al IX, con la siguiente, la parte conceptual, correspondiente a los libros XI-XIII. Tal estructura expresaría la intención misma del autor, con el propósito de reflejar en ello su concepción de la memoria como la función mediadora entre el hombre y dios1. Aunque no hay constancia de que esto sea así, es una interpretación muy plausible. Por lo demás, cualquiera sea el caso, se trata de una interpretación que en nada contradice el concepto mismo de memoria que maneja Agustín y que constituye una excelente guía en la lectura de la obra. También, en La Trinidad trata Agustín el tema de la memoria, particularmente en los Libros del X al XIII, aunque aquí no de manera específica, sino en conjunción con el entendimiento y la voluntad, y en tanto que las tres -memoria, entendimiento y voluntad- son las facultades que a su entender definen el alma humana. Ello supone un giro completo en el concepto de alma y, en consecuencia, en el de memoria con respecto a la visión materialista de Aristóteles. Pasamos de la entelequia que define lo vivo en la naturaleza -de lo cual el hombre es una especie- al hombre cuya individualidad plena está determinada más que por la naturaleza, por su conexión con dios y la dimensión de lo divino. El alma de Aristóteles da lugar a una especie natural con conciencia del tiempo. La de Agustín a un hombre histórico conectado con la naturaleza sólo en su dimensión material y cuya conciencia del tiempo no es otra cosa que su vínculo con la eternidad.

La dimensión social de la memoria

Entre el Tratado del Alma y el Tratado de la Santísima Trinidad se abre uno de los episodios más plenos de significación en la historia de la filosofía occidental. El cristianismo avanza sobre las ruinas de un paganismo que ha sido, al mismo tiempo, fuente de inspiración y modelo de su filosofía. Esto se hace evidente en el tema de la memoria. El concepto de Aristóteles emerge de las dimensiones materiales de la naturaleza y que el cristianismo depreciará como el terreno de lo profano. El de Agustín es un concepto que desciende de los cielos. Tejida con el hilo de la lógica pagana, la memoria de Agustín se inserta en el tapete de la fe y el misterio supraterrenal de lo divino. En este tema, como en otros, el decisivo avance que el materialismo aristotélico representa respecto al idealismo de Platón, es un camino que de nuevo recorre Agustín, pero en sentido contrario. Su concepto de alma -y con él el de memoria- constituye, digámoslo así, un ejercicio de desmaterialización de lo que encontramos como tal en Aristóteles.

Mito, memoria e historia

Se dice que recordar es hacer presente el pasado. Ciertamente. Una hermosa metáfora, como casi todas las que, al jugar con el sentido de los términos, pero sin contradecir su sentido, crean una atmósfera de contrasentido que, sin estar reñida con la lógica, la ironizan, en cierto modo se mofan de ella. Una metáfora, además, muy acertada en todo sentido. Sin embargo, ello no obsta a la hora de precisar hasta qué punto es posible hacer presente el pasado, en qué grado y en qué sentido. Pues el pasado presente no es lo mismo que el pasado, El recuerdo no es mostrar lo que hay en la memoria, sino la realización de un constante proceso de selección, ordenamiento y elaboración de ella. El recuerdo es una intervención intencionada y sofisticada desde el entendimiento del material bruto de la memoria. No sólo el recuerdo vive de la memoria, sino que, a su vez, la memoria vive de la aportación y el enriquecimiento que el proceso de recordación le aporta. De modo que, como resultado del recuerdo, el pasado presente no es el pasado, sino lo que de él hemos seleccionado, ordenado y elaborado, y lo que nos decimos acerca de los resultados de tales operaciones sobre la memoria. Y como seleccionar supone, en alguna medida, el olvido -inconsciente o voluntario- hay veces en que hasta el olvido es una forma de decir acerca del pasado recordado. Si a todo esto se agrega que todas estas tareas inherentes al recuerdo y el olvido se realizan desde y a través del lenguaje, que son en sí mismos procedimiento lingüísticos, resulta entonces que la memoria es un procesamiento semántico de la experiencia temporal. Saber del pasado, individual o colectivo, es en sí mismo un proceso de significación.

 

 

HISTORIA Y CIENCIA
El silogismo se compone de proposiciones, las proposiciones de términos; los términos no tienen otro valor que el de las nociones. He aquí por qué si las nociones (y éste es punto fundamental) son confusas debido a una abstracción precipitada, lo que sobre ellas se edifica carece de solidez; no tenemos, pues, confianza más que en una legítima inducción. F. Bacon
Introducción

Soy de la generación a la que tocó aprender en clase de historia que la historia es la ciencia que estudia el pasado y, respecto al más importante hecho que da inicio a la historia, que el hombre desciende del mono. Aunque aquí el asunto nunca quedó del todo claro por aquello del eslabón perdido. Acto seguido, receso de por medio, me tocaba aprender en clase de religión que, de acuerdo a la historia sagrada, el hombre era creación de dios. Esta vez el asunto quedaba todavía menos claro, pues con ello se hacía participar al hombre de una doble naturaleza, histórica y divina. Siguiendo el razonamiento científico -que también hube de aprender en clase de física y de matemáticas- si la historia es una ciencia, la historia sagrada también lo es. Entonces ¿cómo era posible que una misma ciencia tuviera posturas científicas tan disímiles en relación al hecho más importante con el que se iniciaba la historia de la humanidad? ¿O es que hay historias científicas e historias que no lo son? Porque en el mundo de la ciencia hay más teorías falsas o erróneas que teorías verdaderas, y todas por igual son expresión del mismo modelo de conocimiento, es decir, forman parte del mismo proceso de desarrollo de ése modelo y de ese conocimiento tenido por científico. Hay verdades científicas y también falsedades que, no por tales, dejan de ser científicas, pues las unas y las otras son resultado del mismo proceder. Claro que el que la historia sagrada sea científica es bocado del conocimiento que lucía realmente grueso de tragar.

La concepción de la realidad: la relación sujeto-objeto

La caída de un individuo de lo alto de un edilicio de diez pisos puede ser interpretada de muchas maneras. Como un suicidio, es decir, el resultado de la intención de quitarse la vida, o como accidente resultado del descuido mientras contemplaba el paisaje, o como un homicidio, si es que el sujeto en cuestión fue empujado por otro o, incluso, de alguna manera inducido a acometer su propia caída. Este tipo de causa puede llegar a constituir un entramado muy sutil y complejo porque, precisamente, no supone necesariamente datos evidentes, observables y medibles, sino indicios de una posible intención o conducta particular del individuo en cuestión y, también, de otros que pudieran estar de alguna manera involucrados en su caída desde lo alto de un edificio. Por otra parte, son datos evidentes, observables y medibles, tales como la masa del individuo que cae y la distancia que lo separa del centro de la tierra, los que, convertidos en variables de una rigurosa formulación matemática con enorme capacidad de predicción, nos explican la caída del individuo desde el punto de vista científico. La diferencia entre una y otra situación a la hora de interpretar el mismo fenómeno es la objetividad científica o, dicho en otros términos, el concepto científico de realidad en el que se ha basado y se basa todo el pensamiento científico y sus nociones de conocimiento y verdad.

El historiador como sujeto y el hombre histórico como objeto

Gracias a la Ley de Gravitación Universal, la caída de un individuo de lo alto de un edilicio de diez pisos puede ser comprendida científicamente, si me fijo en los datos apropiados del evento y lo defino de la manera apropiada. Lo cual requiere, como es obvio, un observador específicamente consciente y premeditadamente preparado para ello. Esto es, un observador según lo que el método científico entiende como tal. Si como observador no me interesa la distancia del piso diez a la superficie de la calle, ni la masa molecular del individuo; si, además, no tengo la capacidad de combinar estos datos como variables de un acontecer ecuable, no soy el observador indicado para una apreciación científica del evento. Y, muy probablemente, la mayoría no lo es. Lo cual, sin embargo, no nos excluye como observadores, y dará lugar a muy diversas formas de interpretar el evento, distintas, todas ellas, a la propia de la ciencia. Lo primero que cabe preguntar es si, al ser esto así, se trata del mismo evento.

La naturaleza científica de la historia: un despropósito metodológico.

Luego de aprender a distinguir un poco, gracias a Aristóteles y Tucídides, lo que la ciencia y la historia son, o pueden ser, aquella idea que hube de aprender en la escuela según la cual ésta última es la ciencia del pasado luce como el más remoto y anquilosado arquetipo de la infancia de cualquier historiador. Pero lo mismo fui a aprender en la escuela de historia en la que me formé. Siempre recuerdo a mi profesor de ciencias sociales asegurando que la historia es una ciencia porque tiene un método, es decir -ilustraba haciendo el correspondiente gesto con su mano- un camino hacia el conocimiento que ha de ser andado. Por mi parte yo, que antes de ingresar a la Escuela de Historia había cursado durante dos años ciencias actuariales y matemática aplicada en la de Estadística -a tono con el cruel lema de mi profesor de cálculo: deriva el que sabe, integra el que puede- me preguntaba cómo es eso que, para definir un método científico, los historiadores hemos de conformarnos y apegarnos a una metáfora como, en este caso, la del caminante. Yo podía estar muy de acuerdo con una metáfora que, después de todo, se corresponde con la etimología del término método. Pero nunca con la naturaleza científica de lo que una metáfora así estaba llamada a ilustrar. Si de caminar se trata, he allí a Heródoto en el Asia Menor, o cualquier estudiante de historia por las atestadas calles que conducen al Archivo General de la Nación, la Biblioteca Nacional o la Academia Nacional de la Historia. Pero que jamás han de conducir a la ciencia.

Historia y ciencias sociales

La historia es la más antigua de las ciencias sociales. Esto afirma Fernand Braudel, y añade que lo que la diferencia de ellas no es sólo su antigüedad, sino la peculiar dificultad de que el historiador trabaja sobre lo que ya no es. Por otra parte, Georges Duby, quien, al igual que Braudel, asigna un carácter decisivo tratamiento documental, señala una estrecha vinculación entre la historia y la creación literaria, y resalta el hecho de que la historia, entre las disciplinas que habitualmente llamamos ciencias humanas, es la única que constituye un género literario.1 Tales no son distinciones diferentes o excluyentes. En realidad, la una es consecuencia de la otra. La historia es narración, porque sólo a través de la narración podemos acceder al tiempo, significar el transcurrir de la existencia como temporalidad especifica y representar lo que ya no es. Fue ese ya no ser el que llevó al sustancialismo antiguo a afirmar que de la historia no se podía extraer conocimiento alguno, pues no se puede conocer lo que deviene, sino lo esencial y permanente, lo siempre igual a sí mismo. Es ese no ser el que, todavía hoy, traza la frontera epistemológica entre ciencia e historia. Debate del cual Braudel se aparta, por considerarlo estéril, y con razón. Sólo que con ello se pierde todo derecho a considerar la historia una ciencia. Y, por último, es ese ya no ser el que hace del tiempo histórico una dimensión sólo posible de ser planteada en el contexto específico de una narración. En virtud de lo cual Duby reconoce su naturaleza decisiva como género literario. Ciertamente, hay que convenir en que la historia se distingue de las ciencias sociales por su antigüedad, y por tratar de lo que ya no es. Sólo que la más elemental consecuencia de ello es que la historia no es, en realidad, una ciencia social, sino, como muy bien dice el mismo Braudel, el arte frágil de escribir historia.

El surgimiento de la historia ciencia y las ciencias sociales

Las ciencias sociales son uno de los más genuinos productos institucionales y académicos de la sociedad industrial. Si bien el término suele utilizarse en contraposición al de ciencias naturales, y sugiere que el estudio de la sociedad no se rige por los mismos parámetros, en sus orígenes son el intento de crear lo que Comte llamaba una física social, cuyo propósito no era otro que aplicar los criterios y métodos científicos al ámbito de la sociedad y la acción humanas. La sociología no comenzó a ser reconocida como una disciplina académica hasta finales del siglo XIX, particularmente con los trabajos de Durkheim, epígono de Comte y Saint-Simon, y cuyo radicalismo científico impone una línea de trabajo que concebía la realidad social como un objeto de estudio independiente de la subjetividad del individuo. En contraposición a este concepto, posteriormente, Max Weber, más influenciado por el marxismo, aducía que no se puede estudiar la vida del hombre y sus relaciones en sociedad sin tener en cuenta el modo en que la dimensión subjetiva de su existencia incidíe en la realidad social. Las ciencias sociales surgen en el marco de esta controversia. Pero son, en conjunto, expresión del desarrollo de la sociedad industrial, de una cultura para la que la ciencia es símbolo del saber y de control sobre la existencia, bien y valor fundamental del desarrollo social. Y la historia, como ciencia social, aparece también entonces o, si se quiere, el oficio del historiador se inserta en esta cosmogonía característica del mundo contemporáneo. Dicho en otros términos, no es que la historia sea una ciencia social, sino que la historia, como ciencia, es una forma particular de concebir y escribir historia, tan reciente como las ciencias sociales con las que comparte, o intenta compartir, el mismo espacio institucional y académico.

Las ciencias sociales: signo de modernidad de la era industrial

La historiografía. Lo que desde los tiernos años de la escuela nos enseñaron a definir como la ciencia que estudia el pasado ¿por qué, en lugar de seguir sentada a las puertas del reino de la ciencia social, no emigrar al infame barrio de la narrativa. donde nació y creció sin complejos el mismísimo Heródoto? Yo creo que en buena parte ello se debe a que el empobrecimiento del historiador como narrador no es cosa que se queda en el plano del papel, sino que invade toda su interioridad como sujeto. El estilo no se aprende ni se copia; se forja en el marco de una disposición personal. El historiador científico se enajena a sí mismo como sujeto, y lo hace en aras de una falsa objetividad en virtud de la cual cree que el conocimiento histórico está fuera de sí mismo, en esa supuesta realidad del pasado que, en realidad, no existe. La idea de que la historia es la ciencia que estudia el pasado es la representación sintética de esta enajenación, reproducción del servilismo epistemológico que le otorga su dudoso rango científico y, al mismo tiempo, lo anula como narrador.