Ahora sí que estoy jodido, se dijo a sí mismo, con resignación. Boca arriba, a la vez que dibuja garabatos ininteligibles en la piel inmaterial de la noche, llega hasta él un olor agridulce, de fruta fermentada o de licor. Mas bien de las dos cosas juntas, mezcladas, concluyó, ya que la gorda había incorporado al enorme pastel que estuvo preparando durante la mañana una generosa porción de cada una. Y en ese momento, cuando ya arribaba a la media noche, volvió a recorrer, una vez más, los detalles de aquella faena, que habían ido a parar a su memoria, como lo que sobró del pastel, de un golpe seco, habla ido a parar al fondo del bote de donde emanaba aquél olor.
Largo rato el que había pasado la gorda cortando fruta con su cuchillo amolado. Actividad que por momentos suspendía para secarse el sudor y sorber un trago del vasito que se había servido de la botella que trajo temprano en mañana y dejó sobre la mesa. Fue lo primero que sacó de una de las dos pesadas bolsas que trajo consigo. La colocó a un lado, con un ademán especial, y a continuación hizo lo mismo con los demás paquetes que había traído en las bolsas. Todo lo ordenó meticulosamente. Había entrado a la cocina tras el fuerte empujón que hubo de dar a la batiente con el pie, ya que las sendas bolsas que sujetaba en uno y otro brazo no le permitieron hacerlo con las manos. Así. sofocada, arribó al mesón, sobre el que colocó su carga. Tomó un paño, secó el copioso sudor de su cara enrojecida y bebió un vaso de agua. Entonces permaneció durante unos minutos mirando al suelo. Era una de esas miradas que no vienen de los ojos, que tan sólo se vale de ellos para que el desengaño lo ilumine todo desde adentro.
Para comenzar, un primer trago, el del impulso inicial, y que ha empujar al cuerpo hasta la próxima parada, en que un segundo trago se hará cargo del empujón que se requiere para seguir. Luego tomó el cuchillo de la gaveta, le dio varios pases por la piedra de amolar, confirmó el filo con su dedo gordo y se puso el delantal. De esta manera, a media mañana, en el momento en que la luz solar que se mete por la ventana comienza a caer sobre el mesón, la gorda había dado inicio a la faena.
Hasta comienzos de la tarde estuvo bregando sin parar, salvo para tomar el trago correspondiente. La carne oblonga y fofa de sus brazos vibraba como si tuviera vida propia y aparte del resto del cuerpo, que permanecía quieto en su obesidad, indiferente ante lo que aquellos brazos perpetraban por cuenta propia. Cuando tuvo todo bien revuelto y mezclado en la palangana, lo vertió en el molde. Antes de introducirlo en el horno, golpeó el fondo con fuerza, un par de veces. contra la dura superficie del mesón. Luego se secó el sudor y, con los puños en la cintura, se quedó observando el horno, como advirtiéndole al aparato −que a su vez la observaba con su enorme y único ojo cuadrado de vidrio− que más le valía cuidarse de no ir a echar a perder la obra realizada con tanto fervor y esmero. Durante la siguiente hora, la gorda estuvo saliendo y entrando varias veces, con el propósito de chequear el proceso. Cada vez que lo hacía, volvía a colocarse en posición de puños a la cintura, frente al horno. Y, antes de salir, se quedaba un momento olfateando el ambiente en busca de la posible señal que le indicara que lo que horneaba estaba listo.
Cuando el intenso aroma de la masa en su punto exacto de cocción explotó en el ambiente, la gorda no estaba allí. Al poco rato empujó la batiente. Desesperada, entró a toda carrera y sacó la torta del horno. La colocó sobre el mesón. Había perdido por completo la compostura y el rigor de su lenguaje corporal al tenor de la amenaza. Respiró profundo, como para no perder nada de aquel aroma, y entonces se persignó, con una devoción tal que aquél pastel, salvado en el punto último, habría desencadenado hasta hoy la envidia del crucificado en su cruz hace más de dos mil años. Pasión se calmada, la gorda estuvo un largo rato secándose el sudor y bebiendo sorbos del vaso de licor, mientras daba tiempo a que bajara la temperatura del molde. Luego volcó la torta sobre la bandeja, la embadurnó de abundante crema y adornó con más fruta, y velas. Una vez más se armó en la posición de puños ala cintura. No instante, esta vez, no se trataba de amenazar al enemigo, sino de la merecida admiración del guerrero, solitario y triunfante, para consigo mismo. Acto seguido, como quien cuelga sus pertrechos de guerra, se despojó del delantal, tomó la bandeja con el pastel en una mano y la botella de licor en la otra. De modo que, para salir, hubo de volver a empujar la batiente con el pie.
A partir de entonces, durante largo rato se estuvo escuchando el bullicio del otro lado. Cual oleada sonora, hecha de risotadas y voces ininteligibles, aquel bullicio llegaba hasta la cocina como un presagio que, de alguna manera, lo aplastaba más de lo que, de hecho, ya estaba. Mientras escuchaba el estridente taconeo, podía imaginar los niños correteando. Por momentos alcanzaba discernir alguna voz femenina y desgarrada intentando infructuosamente poner orden en aquel aquelarre infantil. No necesariamente era la voz de la gorda, que, por el contrario, más que femenina parecía la de un hombre atrapado en sus carnes, ahogándose en sus grasas y que, tras arduo esfuerzo, apenas alcanzaba respirar cuando la gorda respiraba. En cierto modo, percibir aquella confusión de voces y sonidos venidos del otro lado de la puerta, en la que por instantes se distinguía la de la gorda, era peor que vivir la presencia de la gorda misma en la cocina. Claro que −hubo de reconocer con ironía lamentable− basada en lo que sucedía o dejaba de suceder de un lado a otro de la puerta, aquella era una diferenciación banal, comparada con el terror que le inspiraba, tanto lo uno como lo otro, sumados y contenidos en el mismo todo con vida propia.
Así fue hasta que cayó la noche, y por algún tiempo más, todavía. Pasa que el arribar a la noche siempre es una pauta en el curso de la existencia a lo largo del día. Uno se conforma con ver la noche llegar, sin reparar en cuanto de ése que uno es ha sido avanzar hacia ella. Hacia la media noche, en medio de la quietud y el silencio, todavía seguía allí ese olor, cada vez más intenso, a medida que avanzaba el proceso de fermentación a lo largo de la madrugada, y que ahora emana, con toda la atractiva potencia de su podredumbre en marcha, del fondo inalcanzable del bote de basura, a donde fueron a parar los restos del pastel que la misma gorda había traído más temprano, tras la conclusión del festín.
Inalcanzable no sólo el fondo de aquel bote. Igualmente inalcanzables el techo y las paredes de aquel recinto en el que, en cierto modo, hasta el mismísimo piso en el que yacía desde la media noche se hizo inalcanzable, particularmente a partir del momento en que, tras intentar salir por la ventana, cayó y quedó en tan incómoda posición. Si en lugar de ello se hubiese dirigido directamente al bote de basura, ahora al menos estaría degustando los deliciosos restos de aquél pastel. en cuya preparación tanto se había esmerado la gorda. Bien que sabía lo rico que eran sus pasteles, y cuanto de sus gordas manos saliera en busca de una boca y un estómago que lo tragara y digiriera. Después de este percance tendría que irse con las manos vacías, y justo hoy que la gorda había preparado pastel de frutas con licor, y arrojado aquellos restos al fondo del bote, del que emana un cada vez más intenso olor. Pero ¿qué podía importar si vacías o no las manos cuando lo único que tocaba hacer, si quería salvarse, era levantarse y marcharse de aquél lugar cuanto antes? Y en ello había estado pensando desde la media noche. Sólo que el olor que venía del fondo del bote de basura lo distraía y lo empujaba a pensar en otras cosas. Después de todo, no sólo tenía miedo. También tenía hambre. El miedo lo impulsaba a salir corriendo cuanto antes. El hambre a pensar en aquel pastel que la gorda había estado preparando desde la media mañana.
Este recinto se había convertido en peligro inminente que aumentaba segundo a segundo, conforme la madrugada avanzaba hacia el amanecer. Permanecía allí bajo amenaza de muerte. Cuando lo que determina la supervivencia no es pensar, sino correr, hay que correr y no pensar. El problema era cómo, si todo era igualmente inalcanzable. A ratos captaba los reflejos de la luna llena sobre la superficie de aluminio del bote, ubicado a un lado de la estufa; así como en los vidrios de la alacena, ubicada en la pared opuesta a la ventana y en la misma línea que el bote y la estufa. Entre ésta y aquella, se extendía el mesón liso, en el que la gorda estuvo realizando su faena, y sobre el que ahora iban y venían, inquietas y atareadas, las chiripas. Al mirar hacia el lado opuesto, podía ver la luna a través del cristal de la ventana. Era una luna llena, y una ventana estrecha pero lo suficientemente amplia como para que cupiera la inmensidad de aquella, y captarla, pese a tan dificultosa posición, entera en su transparente movimiento. A ratos se fijaba sólo en la ventana, por la que había intentado salir, y que ahora, cerrada, hacía de marco de una luna llena, conformando el cuadro perfecto que un pintor habría imaginado. Era ventana de una sola hoja, que permanecía abierta durante el día, para que entrara el fresco, y cerrada durante la noche, para que no se metieran los bichos, según solía asegurar la gorda, mientras la cerraba, antes de apagar la luz e irse a dormir. Luego de cerrar la ventana y salir por la batiente de la cocina, se podía escuchar del otro lado el sonido del agua saliendo del grifo mientras la gorda se cepillaba los dientes y ese gargajeo prolongado con el que concluía la jornada. Entonces todas las luces se apagaban. La quietud y el silencio se instalaban, como venidos de fuera a hacer espacio a la noche dentro.
Debía ser mucho más tarde de lo que en principio imaginó. Desde hacía horas que nadie empujaba la batiente de entrada. Y, seguramente, según lo indicaba la experiencia, nadie volvería a hacerlo hasta el amanecer, cuando, apenas rayando el día, tal y como siempre lo ha hecho, la gorda entrase, encendiese la luz, abriese la compuerta del refrigerador y, con sus ojos aún hinchados, se quedase mirando largo rato el interior del que viene esa luminosidad fría que baña su rostro somnoliento, a medio camino entre la malevolencia y la estulticia. Es entonces cuando la gorda se llevará la jarra de agua fría a los labios. Beberá un trago igualmente largo y que, según el nutricionista, ha de contribuir a que baje de peso. Era tal la fijación de este último detalle de la gorda iluminada por la luz del interior del refrigerador, que de súbito creyó que la gorda estaba allí, en ese mismo instante; si hasta podía captar el movimiento de su epiglotis al tragar, allí, ahora, en plena oscuridad trasparentada por la luminosidad lunar. Volvió a mirar hacia la ventana, donde seguía enmarcada esa luna llena. Y cuando retornó a ver en dirección opuesta, hacia donde supuestamente estaba la gorda bebiendo agua. Pero ésta ya no estaba allí. Lo cual para nada lo tranquilizó, pues si se había librado de algo no era de otr cosa que de su propia imaginación. Lo que más bien le pareció un anuncio de lo que estaba por venir. Ya sabe lo que de nada le sirve saber: que, acto seguido, la gorda encenderá la hornilla de la izquierda, que es la de mayor intensidad de las dos que funcionan de las cuatro que componen la estufa, y pondrá en el fuego encendido la hoya en la que ha hervir el agua con la que cuela su café. Allí mismo permanecerá, aprovechando el calor al que calienta sus manos gordas y frías. Y también sabe que éste no es el problema.
El verdadero problema es que empiece a amanecer. Cuando la gorda empuje la batiente y su mano accione el interruptor que enciende la bombilla, allí estará el verdadero problema, que ya está aquí, mientras el permanezca aquí, quieto y sin poder salir corriendo. Entonces ¿qué hará él? Sabe de memoria lo que la gorda haría si él no estuviera allí, como ahora, en tan incómoda posición. Pero éste no es el caso. Si al menos pudiera alcanzar tocar la masa de aquel suelo que, por experiencia propia, sabe tangible, como tangibles son estas paredes y este techo. Tendría más claridad de su situación y hasta podría reintentar salir. Pero es inútil pensar en ello. Los objetos todos siguen allí, al alcance de la mano y, sin embargo, tan absurdamente lejanos en su perspectiva. En realidad, no parecen objetos, sino líneas y volúmenes inalcanzables en sus formas caprichosas y burlonas, que disfrutan la perversión de no poder ser tocados nunca más. Preciso es salir corriendo cuanto antes de este recinto, en lugar de seguir midiendo lo inalcanzable que había llegado a ser con tan sólo haber caído por error en medio de él y quedar en posición tan comprometedora. Había que huir de la gorda por venir, que no otro era su porvenir, y nada tenía que ver con el porvenir de la gorda, en cuya biografía todo estaba consumado y nada había por venir. En donde fuese estuviera ahora, había que escapar de esta gorda, la real, en vez de jugar al registro con la que tenía en la memoria. Apenas se dijo esto, de súbito se sorprendió de cuánto sabía de la gorda y cuán capaz era de seguir de memoria sus rutinas, con las que ella jura cumplir siempre a solas.
Hoy se había repetido la misma rutina de siempre. Sin embargo, al parecer, se trataba de un día especial, ya que muy temprano, luego de tomar su café y sin haber comido, la gorda salió por la puerta y no regresó hasta la media mañana, cuando arribó pateando la batiente y con una bolsa en cada brazo. Aunque, por otra parte, también hay que decir que para la gorda todos los días son de alguna manera lo suficientemente especiales como para no respetar el riguroso régimen del maldito nutricionista. Así lo llama ella. Es éste otro detalle que reluce con toda claridad en su memoria, que, pese a su incómoda posición, no deja de operar ni por un momento. Ya entrado en las arenas del agotamiento, mientras la noche remonta indiferente los filosos fríos de la madrugada, ha comenzado a sentir las palpitaciones de su corazón en la noche de su adentro. Es ésta una noche distinta de aquella en la que yace, que a su vez es distinta de aquella afuera, del otro lado de la ventana, en la que la luna ya ha desaparecido en medio de la tenue, todavía incipiente luminosidad que anuncia el día. La de su adentro es una noche en la que nunca hubo luna: sólo quietud derruida y fríos derretidos por el fuego del espanto. A estas alturas, el flujo sanguíneo marcha a paso acelerado, La noche de su adentro ya está herida por la luminosidad de la de afuera, que insinúa el inminente esplendor de la mañana. No obstante resiste. Mientras nadie entre por esa puerta y no haya luz que se meta por esa ventana, hay esperanza. Aquí no funciona eso de la luz al final del túnel, como señal redentora. La única esperanza está en que el túnel nunca termine y que la oscuridad jamás sea despejada. Pero en medio de aquellas cuatro paredes, entre aquel piso y aquel techo que no se dejan tocar, el túnel ha de llegar a su fatídico final. El velo de la oscuridad ha de ser descorrido para dejar al descubierto el inframundo del que jamás querría salir. La experiencia indica que, cuando llegue el día, todo habrá terminado. La gorda entrará por esa puerta, encenderá la luz que iluminará del todo lo que aún el día no ilumina por completo y todo habrá terminado.
La noche sigue su curso. La resistencia se va convirtiendo en espera. Si no supiera que pronto se desvanecerá en la bruma del amanecer, diría que esta situación en la que ahora zozobra es espera. Pero ni siquiera se trata de zozobra, pues se zozobra en el mar, sometido a la fuerza y el embate de los vientos de distinto signo. Y, también, se zozobra por la incertidumbre acerca de lo que conviene hacer en caso de inminente peligro. Pero en esta mortal quietud, si de hacer se trata, él sólo puede seguir dibujando garabatos ininteligibles en la piel inmaterial de una noche quieta que avanza, pero sin vientos. En cualquier momento, desde cualquier punto de la masa de negro vacío, emergerá la vida que arrasará con la suya. Ya puede escuchar los pasos al ras del suelo en el que yace, cada vez más próximos, venidos del otro lado de la puerta. Es la gorda, qué duda cabe. Desde la puerta de su habitación, atraviesa el salón hasta la batiente de la cocina. Se viene encima, como la luz del día, con la misma fatalidad y la misma parsimonia. Pero como nada vivo muere de miedo, espera hasta el último momento, cuando la muerte corte el miedo y todo cuanto sobra a lo que muere. Sigue el olor agridulce que emana del fondo del bote. Sólo que ahora va mezclado con el veneno de la gorda arrastrando los pies, paso a paso, cual peregrino que, expulsado de los predios de la cama en la que sueña durante la noche, al amanecer inicia el éxodo hacia la tierra en la que, según un dios le ha prometido, ha de tener lugar el estallido brutal de la bombilla en el techo.
Y, en efecto. Primero la mano gorda que empuja la puerta. Tras ella, en bata de dormir, la gorda entera. Ojos hinchados, irrumpe como siempre, desengañada y greñuda. Sólo que, por alguna razón, luce mucho más descomunal que de costumbre. Quizás porque, visto desde abajo y al ras del miedo, su rostro es más espeluznante. Primero su boca abierta en un bostezo. Luego la somnolencia rota por la mueca del asco. Por último el zapatazo bajo el cual cruje la dolida madera del que no podía moverse. Cesan, por fin, los garabatos −ahora sí, inteligibles− que la cucaracha estuvo dibujando en la piel inmaterial de la noche.




