textos, pretextos y otras mentiras...

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Cuando suena la hora lúgubre de los espíritus, la novia bebe el vino de un rojo sombrío como la sangre. Una vez más, aquellos versos de Goethe, que lo hacían sentir tan orgulloso de sí, resonaron en su memoria, apenas se asomó a la ventana y la noche le rozó el rostro. Luego fue esa mirada acuciosa lanzada allende los suburbios nubosos de la ciudad, más allá de los cuales se extendía la rígida horizontalidad del cementerio. Quietud. sosiego, reposo, descanso… iba buscando la palabra más apropiada para definir lo que aquél otear el horizonte de la noche le inspiraba, hasta que la encontró: ausencia. Eso. Porque la muerte no es más que ausencia. Ni menos tampoco. Entonces emprendió el vuelo.

Ligera y pertinaz, la llovizna se dejaba caer monótona sobre los techos, chorreaba su transparencia de los aleros, en gotas se deslizaba por los vidrios de las ventanas. Las calles cruzaban entre sí sus vacíos de media noche y el pavimento macerado brillaba bajo la luz blanca de los postes del alumbrado público. Entre sombra y sombra, de vez en cuando el ronquido de algún automóvil retardado, los pasos de uno que otro transeúnte insomne, o el ruido de algún papel empujado por la brisa al ras del suelo quebraban el cristal de la soledad nocturna. Conforme se aproximaba al cementerio, el viento se batía contra la verja que bloqueaba el arco adintelado de la entrada. Planeó al ras de la curvatura superior, siguió directo hasta la lápida en la que había fijado la vista y sobre la cual fue descendiendo paulatinamente hasta posarse sobre ella: Abraham "Bram" Stoker. 8 de noviembre de 1847 – 20 de abril de 1912. Durante un tiempo indeterminado, como el de esos siglos en cuyo transcurrir nadie repara hasta que se les advierte allí, paralizados en su masa de haber temporal y durmiendo el hermético silencio del pasado, nada se escuchó. De súbito, tras cien años de haber muerto, Stoker se sorprendía a sí mismo sentado a los pies de su propia tumba.

Señor Stoker, no debería asustarse UD. más de lo literariamente necesario, o apropiado, para una historia de terror como la que sigue, que UD. está llamado a protagonizar y según la cual, como muerto, le corresponde vivir su propia y personal ausencia en el curso de la existencia temporal, y hacerlo por la eternidad. Si seguimos los mismos postulados míticos de la famosa novela que lo encumbró como autor de la literatura de terror, entenderá que ésta es la única posibilidad de ser que cabe a un muerto vivo. E igualmente entenderá que la terrible crueldad que ello le pueda inspirar no es imputable a mí, su criatura, sino a la lógica del ser temporal a la que Dios condenó la suya. Es la inteligencia quien lo exige. Éste será, pues, nuestro punto de partida; su acimut literaria en este ahora ontológico. No la pierda UD. y UD. no se perderá.

Se trata de una historia que apenas comienza. Yo tan sólo lo colocaré en el umbral de ella. Lo demás corre por su cuenta. Calma y paciencia. Es lo que en adelante va a necesitar. Sin embargo, está UD. aterrado. Lo cual, viniendo de un experto en manipulación del terror, desentona un tanto. Mas, insisto, en que no desespere UD. Tendrá mucho más tiempo del que imagina para comprender. De lo contrario, ese terror no cesará. Y le puedo asegurar que lo que es necesario y apropiado para el transcurrir de una historia, no lo es cuando a uno toca permanecer a solas consigo mismo en medio de la eternidad, como consecuencia, precisamente, de haber cesado la posibilidad de toda historia. En eso estamos, mi querido Stoker; en ese ahora único, sólo suyo, porque la muerte es personal; y eterno, porque el morir es la forma en que en cada caso cesa el devenir temporal y nuestro ser histórico se ausenta del mundo histórico, Así es de sencillo. Pese a que UD. tanto haya contribuido en convertirla en fuente de terror, le toca ahora descubrir que la muerte no es más que mera ausencia,. De modo que, a cien años de su muerte, Señor Stoker, yo no he venido aquí a contar mi historia, sino a insertarlo a UD. en la suya, la que ya escribió y de la que a su vez soy principal protagonista y el único capaz, en este ahora, de ubicarlo en la que le toca asumir como personaje. Y si de este ahora ausente de la historia acaso resultase alguna historia, será porque otro se habrá hecho cargo de que así sea. Pero esto no es cosa que nos incumba ni sobre la cual podamos incidir de manera alguna. Este asunto es entre UD. y yo. Haga, pues, un esfuerzo, y que el terror ‒esa emoción que UD., como buen irlandés, tanto ha cultivado, literariamente hablando‒ no lo confunda en ésta, la noche del primer centenario de su muerte. Sí, mi querido Stoker, hoy es 20 de abril de 2012.

Debo comenzar diciendo que me he preparado para la ocasión desde el mismo momento en que, en su caso, cesó la existencia. Me he tomado un siglo para ello. Ya sabe, tan propenso soy al reposo que mi historia se confunde con una de mucho mayor calado, como lo es la del planeta. Ciertamente, algo geológico va en mi ser, y que aumenta conforme pasa el tiempo, aunque yo no pase porque soy, en mi ausencia, eterno, como muchos aspiran llegar a ser pero apelando para ello a la gracia de Dios. Imagino que UD. estuvo entre ellos. Ahora está aquí, sentado a los pies de su propia tumba. UD. también acaba de ingresar a su propia eternidad. Y lo ha hecho no gracias a intervención divina, sino por la puerta de atrás, como quien dice; la que yo le he abierto al correr la pesada tapa de lo que hasta hoy fue una mera lápida en medio de la fría bruma de la noche.

Van Helsing es quien más se ha referido a mi naturaleza geológica. Basado en la copiosa documentación de su colega Arminius de Budapest, proporciona todo tipo de detalles al respecto. Permítame aquí una primera digresión importante. Como sabemos, el tal Arminius no es más que un personaje de referencia. Sin embargo, yo lo habría colocado en la primera línea de la trama y en cruda confrontación conmigo. Pero, imagínese cómo podría alguien esperar algo así de su afamada novela. Si en esta historia hasta yo, el héroe villano, he sido desplazado a un segundo plano ¿qué se puede esperar del pobre de Arminius? No obstante, lo puedo imaginar, con ese nombre de bibliotecario medieval, todo un erudito, solitario y huraño en medio de la barbarie de la Europa Oriental. Perdone UD. la digresión, pero le diré algo: me habría gustado conocer al tal Arminius; verlo de cerca, chico y encorvado; captar su olor a libro viejo, mirarlo a los ojos rojos de cansancio, escuchar el carraspeo crónico de su voz venida de esa garganta que se mueve entre los tendones remarcados de su largo cuello mientras expone su erudito discurso acerca de la criatura demoníaca a la que ha dedicado años de investigación y su existencia toda de hombre metódico y sabio. En ningún momento UD. pensó en algo así cuando escribía su historia. No. Claro que no. UD. tenía otros planes para su relato. No pensaba en su monstruo, sino en sus víctimas, UD. sólo pensaba en la salvación, con lo que hizo de mí el chivo expiatorio del proyecto divino, y del tal Arminius el decorado de trasfondo que imprimiera a su historia la legitimidad del rigor y la erudición. En fin, como sea. La investigaciones de este brumoso personaje constituyen la fuente primera y fundamental de lo que se cuenta sobre mí en su historia. Al menos de lo significativo de ella, a mi entender, más allá de las clásicas y monótonas referencias en las que aparezco como mero hematófago. Por eso me he referido a este sujeto.

Según Arminius de Budapest, soy una inagotable combinación de muerte y pasado. He ahí la auténtica fuente de mi poder. Es la primera vez en la historia del vampirismo que alguien ha penetrado la esencia de mi condición de ente sobrenatural ‒con lo cual, claro está, ya no sería tan sobrenatural. Lo cierto es que el tal Arminius, como era de esperar y gracias a la caja de resonancia que es Van Helsing, hace de mi la reencarnación del mal. No obstante, más allá de la mera imagen demoníaca que mi ser, para tener algún sentido, siempre ha de inspirar ‒y si es que de una reencarnación se trata‒ ésta hunde sus raíces en el curso mismo de la historia del planeta, como si la historia la supurara en su quehacer secular. ¿Podemos afirmar entonces, Señor Stoker, que soy la existencia temporal misma que, tras la muerte, vuelve una y otra vez sobre sus propios pasos? Es el tipo de conclusión de las que UD. nada dice y que me habría gustado confrontar con el tal Arminius. Al menos no me negará UD. que eso sería mucho más interesante que las necias parrafadas que tan cristianamente brotan de la devota jeta de Van Helsing. Pero lo que más llama mi atención es cómo, gracias a este personaje, Arminius. en su narración lo sobrenatural no viene del cielo o del infierno, sino, al parecer, del ser mismo de la historia en su dimensión humana y aún geológica. Si estoy en lo cierto al afirmar esto, ¡vaya que habría sido interesante un encuentro con el tal Arminius! Que, como digo, es quien en realidad sabe todo lo que hay que saber acerca de mí y no es, según creo, como el mediocre de Van Helsing, cuya única virtud es repetir, con el propósito de manipulación religiosa, el conocimiento del tal Arminius acerca del monstruo que amenaza a sus amigos y la civilización toda que ellos representan.

Le decía que me he preparado concienzudamente para la ocasión. Y aunque debo confesar que por momentos me impacientaba ‒lo que ha de imputarse a lo que en mí halla aún de vivo‒ no es menos cierto que, por otra parte, me he vuelto experto en cuestión de espera, cosa ésta que debo a mi condición de muerto y el modo en que ello afina mi percepción del tiempo. Así que, después de todo ¿que puede significar cien años en medio de la eternidad? Le aseguro que con la muerte cambia nuestra noción del tiempo y la escala de temporalidad. UD. no lo sabe porque es un recién llegado llegado de la tumba y apenas empieza a ejercer como muerto. Pero insisto: cien años es nada en ésta, la ausencia eterna. Y, por cierto, que Iba yo a decir en este momento: ya tendrá UD. tiempo para comprender mejor esto. Pero esto es tan sólo eso, un decir. Ya que en la eternidad, en realidad, no se tiene tiempo, pues ella no es más que la forma en que el tiempo, en su cesar, lo tiene a uno. ¿Me sigue UD., Señor Stoker? Quiero decir ¿advierte las consecuencias implícitas en los relatos basados en la idea de muerto vivo y en las que tales relatos repararían con más acierto si sus autores no estuviesen mucho más ocupados en servir a Dios que a la inteligencia? Supongo que estará pensando que el propósito de tales relatos no es otro que explotar el terror. Pero ¿acaso le parece poco el que la eternidad pueda inspirar por sí misma? Emergido de su propia tumba, tal y como yo lo veo, mi querido Stoker, el problema no es a dónde ha ido a parar el alma del muerto vivo, sino qué puede hacer éste con esa conciencia temporal que ha de pesar sobre sí mismo por la eternidad. Ahora tiene UD. la oportunidad de averiguarlo.

Ahora bien. Lo que ambos sí sabemos ya es que, desde un punto de vista racional, tras cien años de haber muerto no debería UD. tener todavía esos ojos grises y esa cabellera pelirroja que tan bien le sentaron en vida. Mucho menos ir ataviado con ese hermoso traje con que lo vistieron para su funeral. Sin duda, convendrá UD. en que esto no es lógico. Por el contrario, tras cien años de haber muerto, acaso ese crucifijo ‒que como joya luce de muy buena calidad‒ podría seguir allí, adornando tan mortal pecho. Y hablando de adorno y mortalidad, una segunda digresión. Yo me pregunto si, en su caso, ese crucifijo, más que un símbolo de fe, no sea más bien una condecoración. Pregunta inevitable, sobre todo si se piensa que el mundo burgués, religioso y moralista que con tanta saña condenó a Wilde es el mismo que a UD., con no menos generosidad, ha premiado, Mas no nos adelantemos, que tenemos tiempo de sobra, y esta odiosa comparación es materia sobre la que volveremos después. Por los momentos, la cuestión es que, si nos ceñimos a la estricta lógica, UD. sería ahora sólo hueso: un esqueleto de cuyas vértebras cervicales cuelga un crucifijo. De manera tal que si esta imagen le parece excesivamente cruel, tanto para Ud. como para con el dios representado en ese amuleto, una vez más se lo debe a la lógica, y no a mi maldad. Espero lo tenga en cuenta.

Lo cierto es que UD. no debería estar ahora tal cual cuando estaba vivo. De hecho, ni siquiera debería estar, salvo que consideremos al estar ausente una forma de ser. Sin embargo, como UD. y yo bien sabemos, en el caso de los muertos vivos ‒esos redivivos, como los llamara el viejo Calmet y que tan profunda impresión dejaron en el obsesionado benedictino‒ la muerte no nos priva de esos atributos temporales, que lo son del pecador; salvo el del alma, que nada tiene de temporal y que de bien poco nos sirve en el reino en que nos toca, por así decir, vivir como muertos nuestra propia ausencia. De manera que, pese al rigor de la lógica, está muy bien que UD. conserve aún sus ojos grises, su cabellera pelirroja, su hermoso traje y ese crucifijo que tan mono le va a su cadáver ‒y que yo debería rehuir despavorido, Pero algo así sólo es para muertos vivos de segunda, hematófagos apenas capaces de guardar mínima distancia de su putrefacción, y no, como UD. me ha configurado, para uno hecho de conciencia, tiempo y muerte.

Así que, mi querido Stoker, al diablo con la lógica. Cosa ésta que, dicha por mí, resulta algo altisonante. Empero sucede que así somos los creadores, altisonantes que todo hacemos a nuestra imagen y semejanza ‒y bien que sabemos cuán familiar le ha de resultar la frase. Después del primero, todo creador es, en alguna medida, un profano de la Creación misma. Hasta UD. lo es, mi querido Señor Stoker, muy a pesar de sus convicciones religiosas y de las que nadie puede dudar, sobre todo después de haber leído su novela. Sólo que, una vez perpetrado el acto creador, como UD. lo ha hecho con su historia, ya no hay vuelta atrás. Héme aquí. En su caso, desde hace más de cien años que no la hay, ¿verdad, Señor Stoker? Yo sé que UD. me entiende, y muy bien. Porque a estas alturas supongo que habrá advertido que hoy, en esta narración, no hago con UD. algo distinto de lo que UD. ya hiciera hace más de cien años conmigo en la suya: crearlo. No soy novelista ni pretendo competir con una gloria como UD. Sólo vivo después de muerto en aquélla, su narración, tanto como ahora UD., vuelto a la vida, le toca hacerlo en la mía. Y no ponga UD. esa cara, por favor, que tampoco se trata de alguna venganza o algo parecido ni mucho menos. Sucede que, arrojados de la eternidad al tiempo, para vivos y muertos por igual las narraciones son la única dimensión posible de la existencia temporal. Esto es cosa que UD. ya debería saber, como autor, digo. Y que ahora le toca aprehender como personaje.

Y, a propósito de esta primera mención de lo temporal ‒que bien puede considerarse el tema que nos convoca en una conmemoración como ésta, para la que me he preparado durante cien años‒ antes de continuar permítase UD. hacerse una pregunta algo capciosa, que así han de ser siempre las buenas preguntas; ¿ha pensado UD. Señor Stoker, que mientras los seres humanos, en esa manía de fijar cronológicamente el tiempo, cada uno apenas si tiene un número mortalmente finito de ocasiones para celebrar su nacimiento, pero toda una vida, como quien dice, para conmemorar el aniversario de su muerte? Es esta pregunta que UD. ya ha respondido a su manera, novelescamente hablando. De lo que no puedo estar tan seguro es de hasta qué punto esté UD. consciente de los alcances de haberlo hecho, quiero decir, ontológicamente hablando. ¿Tiene UD. idea de cuánto filósofo se ha estrellado contra el tiempo, que es, al fin y al cabo, lo que siempre nos ocupa como narradores? Ahí tiene UD. al equilibrado de Aristóteles: no más se mete con el tiempo y sucumbe a la aporía en un tratado de física vigente hasta que Newton volteó patas arriba su universo. ¿Y qué me dice del obseso de Agustín, que, por cierto, copiándose de Aristóteles, terminó aplicando al mundo interior del creyente lo que aquél al mundo exterior de la naturaleza, con resultados no menos aporéticos, pero muy ricos para inventar la filosofía de la historia. Con lo cual Dios se apropiaba definitivamente del devenir. O ¿qué otra cosa es la filosofía de la historia sino el modo de insertar la existencia temporal en el proyecto divino y concluir que acaso no seamos más que los personajes de una pesadilla soñada por Dios? De ser así, es cosa que por sí sola justificaría mi existencia, pues yo seguiré aquí como garantía de que esa pesadilla nunca termine

Permítame UD. una tercer digresión. ¡Estos cristianos!Plagiarios y herejes del paganismo, me acusan a mí de ser el demonio mismo, cuando su dios, como un Cronos, siempre dispuesto a comerse a sus propios hijos, no se sostendría en pie si no fuese gracias al demonio en cualquiera de sus versiones a lo largo de la historia. Sí, Señor Stoker, el demonio no es éste o aquél, ni está aquí o allá como algo que se pueda conjurar con un crucifijo. Una vez que Dios ha arrojado a su criatura por el precipicio de lo temporal, el demonio es la esencia del ser mismo de la historia. Que, gracias a UD., haya sido yo quien cargara a cuestas con la responsabilidad en esta cuestión es otra cosa. Pero créame. No me quejo, ni le guardo rencor por ello. Se lo puedo asegurar: muerto es mucho lo que se aprende de la existencia temporal. Ya lo verá. A partir de hoy, UD. tendrá su oportunidad.

Y volviendo a la cuestión de ser, como en efecto somos, seres temporales que sólo pueden existir históricamente, como le digo, yo podría escribir una historia universal del fracaso filosófico basada en cada uno de los momentos en que la ontología ha pretendido plantar cara al tiempo. Pero no se amaña a la escritura quien todo lo lleva aquí, en la tablilla de cera de la memoria, como gustaban los antiguos de imaginar esta facultad. Y tampoco voy a torturarlo con pormenores filosóficos que UD. tendrá tiempo de sobra para descubrir y torturarse por sí mismo. Créame, no soy tan malo. Por ahora nos confortaremos con mucho menos.

Mire, Stoker. A ver. Lo tengo por aquí, en alguno de mis bolsillos. Estoy bien seguro de ello. Cien años preparándome para la ocasión y ahora resulta que… No. Imposible haberlo olvidado. Un minuto. ¿Sabe? Lo que sucede es que, gracias a mi generosa memoria, no acostumbro llevar notas y es posible que se me haya olvidado guardarla, o en dónde la guardé, en el caso de haberlo hecho. Sí. Por fin. Aquí está. Mire. Como puede ver, no vengo con las manos vacías. Le he traído esto. Lo apunté en este papelito, ya que me pareció algo muy apropiado para la ocasión y que UD. no podía tener la oportunidad de conocer cuando vivo. Pero ahora puede. Tenga, pues. Tómelo, sin miedo, Es tan sólo un papelito. Yo podría recitarlo de memoria. Más lo he apuntado acá para que UD. lo lea, en silencio y para sí mismo. Es el único modo de saber algunas cosas. Haga de cuenta que yo no estoy aquí y tómese su tiempo, que no es cuestión de andar a la ligera en asunto tan crucial no sólo para el que se toma toda una vida en morir, sino, sobre todo, para el que, muerto, vuelve sobre sus pasos para tomarse toda una eternidad en recrear su propia existencia temporal a tono con su ausencia en ella:

El ser-ahí tiene en sí mismo la posibilidad de encontrarse con su muerte como la posibilidad más extrema de sí mismo. Esta posibilidad más extrema de ser tiene el carácter de lo que se aproxima con certeza, y esta certeza está caracterizada a su vez por una indeterminación absoluta. La propia interpretación del ser-ahí, que sobrepasa a cualquier otra en certeza y propiedad, es la interpretación de cara a su muerte, la certeza indeterminada de la más propia posibilidad del-ser-relativamente-al-fin.

¿Qué tal? No se conforme UD. con esa primera impresión de extrañeza y desasosiego. Léalo de nuevo, cuantas veces sea preciso. Ya sabe. Estos filósofos, siempre ásperos, con esa manía de tomar la existencia con las pinzas esterilizadas de la terminología. Pero le propongo un ejercicio. Sustituya lo de el ser-ahí por Bram. Hágalo, sin miedo. Y disculpe que no pueda yo evitar reír en este instante. Pero es que se ve UD. gracioso, allí sentado, en medio de la noche brumosa, lanzando esas miradas escurridizas a su alrededor. Haga el ejercicio que le sugiero, sin miedo. Yo le puedo asegurar que, a estas alturas de la historia, al riguroso ése de Heidegger ya no le importará, ni a ningún otro:

Bram tiene en sí mismo la posibilidad de encontrarse con su muerte como la posibilidad más extrema de sí mismo. Esta posibilidad más extrema de ser tiene el carácter de lo que se aproxima con certeza, y esta certeza está caracterizada a su vez por una indeterminación absoluta. La propia interpretación de Bram, que sobrepasa a cualquier otra en certeza y propiedad, es la interpretación de cara a su muerte, la certeza indeterminada de la más propia posibilidad del-ser-relativamente-al-fin.

Según parece, por su expresión, ha de haber completado UD. el ejercicio más de una vez. Yo no tengo apuro. Si es precisa, esperamos cien años más... Pero ¿qué hace? No, no es necesario, Señor Stoker. Guarde para UD. el papelito ese, que, como le digo, yo cuento con una portentosa memoria. UD. bien que lo sabe. Guárdelo, pues. Acaso no necesite leer nada más durante los próximos cien años. Que si Arminius de Budapest lo estuviera viendo ahora, ya estaría preparando sobre UD. la documentación correspondiente que habría de enviar al holandés y que seguro incluiría un grueso tomo de Ser y Tiempo. ¡Y cuánto no daría yo por ver al gordito especialista en ciencias de lo oculto batiéndose en duelo a muerte con el Heidegger! Se lo puedo asegurar: no habría palos, ajos ni crucifijos suficientes para acabar con un demonio así.

En todo caso, como puede ver, el sujeto habla de la existencia temporal, que es tal por el modo en que está determinada por la muerte. No me refiero al acto en sí de morir y en virtud del cual la existencia cesa, sino a la evidencia de que vivimos muriendo. Como filósofo, Heidegger no podía hacer otra cosa, y mucho menos él, que miraba con ojeriza a la teología. Le sorprenderá saber que esto lo dijo en su cara a un auditorio de teólogos, Por supuesto que tal cosa hizo en el delicado y formal estilo que una conferencia sobre el tiempo impone. Pero hasta allí. Nunca podría haber ido más allá. Luego escribió ese tratado sobre el tiempo al que terminó llamando proyecto imposible, que es el modo con que los filósofos se refieren al sublime fracaso en que han invertido su genio. Al final tenemos que, mientras Heidegger se batía a duelo con el tiempo en las arduas páginas del grueso volumen con el que apenas alcanzó concluir la tercera parte de su proyecto, UD., precisamente por no tener escrúpulo alguno en eso de ir más allá, desde hacía tiempo ya disfrutaba de las mieles del triunfo editorial. Así que, si, por una parte, pensando la vida y la muerte, la filosofía ha fracasado intentando resolver el dilema del que UD., haciendo del terror un arte, ha salido ileso, le diré que me lo debe a mí. Aunque, por otra parte, también es justo reconocer que, si bien todos los filósofos han fracasado donde yo me mantengo en pie, es gracias a UD., por haberme creado y convertido en el personaje más famoso de la literatura de terror.

Así pues que, Señor Stoker, estamos a mano y juntos en esto. Y mire que tenemos toda una eternidad para seguir ajustando cuentas en este asunto. No se impaciente UD,, que siempre habrá un centenario más que conmemorar. Y, para empezar, una de las primeras cosas que deberíamos ajustar es a cuenta de qué, siendo yo, en tanto que héroe villano, el personaje principal de su novela, luego del primer capítulo haya sido desplazado al último plano de la trama por una caterva de pequeñoburgueses tan mojigatos como moralistas dirigidos por un charlatán positivista y mesiánico. Después de haberme creado, UD: me ha dejado mudo. Por lo que en ésta, mi narración, digo todo aquello de lo que en la suya he sido privado. En su historia yo carezco de historia propia, y no porque no la tenga, sino porque todo lo que de mí se sabe es lo que Van Helsing y sus amigos saben o creen saber y consignan en los diarios personales que cada uno lleva a los efectos. UD. replicará diciendo que esto es cuestión de técnica narrativa. Vaya y pase. Pero ¿le parece verosímil que todos los personajes de una historia lleven un diario y, además, sobre el mismo tema? Esto no tiene mucho sentido, salvo que, por pequeñoburgués, mojigato y moralista, UD. haya puesto todo su empeño en hacer de una historia de terror una epopeya de salvación. Y en apego a ello, Van Helsing y sus amigos, como personajes heroicos, terminaron por destruirme. Sólo que, en la medida que lo lograban, UD. se destruía a sí mismo como autor. ¿No se da cuenta acaso de que, tras haberlo encumbrado como reencarnación maléfica del ser y el quehacer históricos, matar a palos al vampiro literario fue el mayor desacierto narrativo en el haber de la literatura del terror? UD.,no sólo me hizo venir de la tumba como cualquier muerto vivo de la tradición vampírica, sino que, además, hizo de mi huesa la dimensión subterránea del mal a la que tributaba el devenir. Gracias a ello, encarno el tiempo al que Dios condenó a su criatura. Por eso, mas que un pecador, yo soy el pecado mismo. Y no puedo morir, porque soy la muerte misma... Míreme, Stoker. ¿Está UD. cansado? Porque, si así lo desea, podríamos dejarlo hasta aquí y retomar el asunto en cien años. No hay apuro. En fin. Como quiera. Tomaré su silencio por un no. Así que continuemos. Por cierto, hay un compatriota suyo que, ante el negro cristal del silencio contra el que se estrellan las palabras, siempre decía: hay que seguir, voy a seguir. No sé por que lo he recordado en este momento. Sigamos, pues.

Por haber sido Ud. mi creador, bien sabe que si alguien hay experto en cuestión del tiempo ése soy yo; vale decir, aquél gracias al cual su especie, ‒esto es, la nuestra, vivos y muertos por igual‒ ha descubierto que el autentico y único pase a la eternidad es la muerte, y que no se requiere de dios alguno para que ello sea así, mucho menos de uno que nos arrojó del paraíso, precisamente, marcándonos con ella. El problema acá para este dios ‒suyo, mío y que sólo puede serlo de un pecador‒ es no haber tomado en cuenta que morir no es lo mismo que no haber existido nunca. Se precisa de una historia para ello. Ya lo dijo un compatriota ‒en este caso mío: uno lucha por forjarse una conciencia para advertir, con horror, que no puede deshacerse de ella. En efecto, nadie se va a la tumba sin que pese sobre él una conciencia de la que sólo la muerte ha de liberarlo. Siendo así, dígame UD. ¿qué tendríamos que buscar en el paraíso del que fuimos arrojados? Conciencia de por medio ¿qué nos podría todavía unir con aquél que nos arrojó? De rodillas y dispuesto a la humillación eterna, el más vil de los espíritus jamás alcanzaría unirse a su infame Creador: su conciencia histórica lo impediría. Yo no soy un ángel caído, como aseguran Van Helsing y sus amigos. Dios no me arrojó del paraíso. Me arrojé yo mismo. Tampoco estoy en rebelión. Soy la rebelión misma.

Yo no sé si venimos de la nada, como supone el creer en este dios. Pero sí que el morir de un ente temporal no desemboca en la nada, sino en su ausencia. La existencia temporal es lo que media entre la nada de no existir y la ausencia que sigue al dejar de hacerlo. Y es esta ausencia la que en sí misma es eterna, cosa ésta para lo que no se requiere de paraíso ni de infierno. Es Dios el que requiere de ella para fundar lo uno o lo otro; vale decir, su reino. Luego, y como le será fácil deducir por propia inteligencia temporal, el atributo de eternidad con que Dios pretende congraciarse ‒suerte de prolongación de nuestra existencia temporal tras habernos condenado a ella‒ nos es dado como consecuencia de la existencia temporal por sí misma, está implícita en la finitud de cada quien y brota de la muerte a la que cada uno se dirige mientras vive. Que Dios se posesione del alma no es más que una farsa metafísica tan grande y grotesca como el alma misma y que en nada cambia esta certeza según la cual la existencia temporal se extiende entre nacimiento y muerte. Acusarme de que carezco de alma es como acusar a un árbol de no tener ojos o a un perro de ser incapaz de andar en dos pies. Expulsada del paraíso, no se puede acusar a la criatura de haber caído, cuando el caer es su signo. Yo no sé qué piensa UD., mi querido Stoker, que sigue allí, tan cabizbajo. Pero a mí se me hace que a este dios se le fue la mano con una condena que hubo de poner en evidencia su obsesión por la historia y por aparecer como el hacedor cósmico de su inicio. Dígame: ¿cómo no desconfiar de un dios que pone en cuestión su reino en un arranque de ira contra su propia criatura? En todo caso, convertida ésta en pecador, la perdió; la tornó inalcanzable en el mundo histórico al que la confinó y al que con tanto desprecio Él mismo se refiere cuando habla de su reino: mi reino no es de este mundo. Por supuesto que no. Tu reino es uno que se quedó vacío el día de La Caída. Un árbol pelado adorna desde entonces sus dsiertos, a la espera de que te cuelgues de una de sus resecas ramas, si no lo has hecho ya. Este dios y yo sólo podemos estar de acuerdo en que su reino no es de este mundo. Al reino de la existencia temporal sólo puede seguir el de la ausencia a la que tributa el haber histórico de cada quien, según se cumpliendo su destino. Su reino no es de este mundo. Y aquí estamos los muertos, dando testimonio de que así es Así que cuente UD,, mi querido Señor Stoker, con que jamás lo abandonaré. Gracias a UD.‒y ahora también a mí, claro está‒ estaremos siempre aquí, en este cementerio que lo acoge desde hace cien años, para conmemorar siglo a siglo todos y cada uno de sus centenarios.

Señor Stoker¿Me equivoco o mis palabras de aliento no son suficiente como para infundir el ánimo que este asunto requiere en quien, como UD. pasó por la existencia temporal como todo un experto en cuestión de tiempo, muerte y eternidad? Cese ya en ese desespero de mirar en derredor, que ni UD. ni yo tenemos ya a dónde ir. Eso de ir a alguna parte es propio de la existencia temporal y no cuenta para quien se ha ausentado de ella. Gracias a ello, como todo lo terrorífico, puede que infundamos terror en ella, pero no podemos ser más que meros espectadores de la escena, sin posibilidad alguna de participar en ella, por cuanto estamos ausentes. A ver ¿Recuerda a Harcker, y aquélla, nuestra primera entrevista en el castillo? Ese primer capítulo es lo mejor de su novela, y el único segmento de su narración en que me deja ser por mí mismo. Bien. Pues resulta que este Harcker, con el espíritu y el metabolismo descuartizados, terminó en la cama de un hospital, aferrado a un crucifijo y escapando de la muerte en la hora postrera. El sujeto sucumbió a su propio terror, lo cual UD. describe muy bien. Pero UD. no puede darse ese lujo de escapar de la muerte, como su personaje. Sólo lo vivo puede escapar de la muerte, y quien puede escapar es porque tiene a donde ir. Los muertos no pueden hacerlo, porque en ello consiste estar muerto: no tener a dónde ir. Ud. y yo no tenemos a dónde ir. Mientras antes entienda esto, mucho mejor para UD. Así que vuelva sentarse, que aún no termino. En realidad, apenas hemos comenzado.

Así está mucho mejor. Soy su criatura. Esto es entre UD. y yo. Como mi creador, espero me ahorre UD. el mal gusto de verlo implorar a Dios y pretender intimidarme con ese crucifijo que dejaron colgado en su pecho el día en que lo enterraron y que ahora adorna su cadáver. No estamos en una novela de terror. Somos el terror mismo, configurándose como tal en la mente de aquellos que creen en los muertos vivos. Después de todo, si alguien cree que después de muerto se irá volando a la eternidad del paraíso que una vez perdió ¿por qué no ha de creer en un muerto vivo que se niega a volver al paraíso del que ha sido arrojado? Los puedo imaginar; los creyentes. A estas alturas más de uno ya estará resintiéndose de su anhelo de eternidad. Pero volvamos a lo nuestro. Le decía que UD. me ha creado. Para lo cual hubo de sacarme de la tumba ‒tal y como siempre lo ha exigido esa ya larga tradición mítica que UD. con tanto éxito supo explotar‒ y que es lo único que explica y justifica mi presencia en este mundo y, ahora, la de UD. igualmente. Podemos afirmar que UD. hizo literariamente conmigo lo que Cristo con Lázaro. No voy a agotarlo con las implicaciones metafísicas y teológicas de este tipo de actos creadores, a las que ya se refirió el mencionado Calmet y que UD. bien conoce. Conformémonos tan sólo con decir que, como si de un milagro se tratara, vengo de la muerte. He vuelto a la vida como muerto. Sin embargo, me pregunto si quien me ha vuelto a ella, como UD. lo ha hecho en su novela, ha pensado realmente en lo que esto pueda significar en su narrativa, Señor Stoker, el venir de la muerte no es tan simple como el milagro que a cualquier dios se pueda imputar por ser dios.

Estoy hecho de muerte y de tiempo, ya que no sólo vengo de la tumba, ‒para lo cual, muy a diferencia, por ejemplo, de Frankenstein:, primero he debido morir‒ sino que, según asegura el mismísimo Van Helsing, mi ser hunde sus tenebrosas raíces en un remoto pasado, a lo largo del cual he acumulado geológicamente el enorme poder con el que me dispongo a destruir el presente de esa civilización de la moral, la ciencia y el progreso que UD. de modo tan ferviente defiende. Soy la cumbre del vampiro literario gracias a que UD. ha hecho de mí la reencarnación ‒por lo pronto bien poco importa cuán maléfica‒ del pasado temporal que se yergue de sus propias ruinas y amenaza el presente al que la civilización ha arribado en la era victoriana. Con lo cual UD., mi querido Stoker, no es sólo un cultor de la literatura de terror, sino, además, un filósofo de la historia. A diferencia de Walpole, Polidori o Le Fanu, ‒por nombrar algunos de los más famosos colegas que le precedieron‒ UD. es un auténtico creador de tiempo histórico, tanto como lo fueron Voltaire, Hegel o Marx. Créame, no me pesa reconocerlo. UD. mismo me ha dotado de la inteligencia para ello. Más por ello estoy aquí.

Ahora dígame ¿cómo es posible que un ser así, la esencia misma de la filosofía de la historia de la que su obra es portavoz y eje en torno al cual fluye su drama y se entreteje el todo de su trama, sucumba ante una pandilla de mojigatos moralistas armados de un palo, un crucifijo y la fe que les inspira el especialista en ciencia de lo oculto que es ese gordito venido de Holanda? Tengo que repetirlo una vez más: como personajes, ellos mataron a su Drácula y, al hacerlo, UD., como autor, mató al vampiro literario. ¿Se da cuenta, Señor Stoker?. Le diré algo. No me importa morir cuántas veces sea necesario. Al fin y al cabo, dentro o fuera de la tumba, soy un cadáver. De lo cual me enorgullezco, como UD. bien sabe. Pero más me enorgullezco de la soberbia inteligencia de la que UD. mismo, como ya he referido también, me ha dotado en tanto que su criatura. Y es en razón de ello que UD. matándome de forma tan estúpida, me ha decepcionado. Sabemos que su obra ha sido alabada hasta por el mismísimo Oscar Wilde. No obstante, por mi parte, debo decir que, de no haber convertido su novela en esa zaga tediosa y mediocre de salvación que sigue al capítulo primero, yo no estaría en este momento aquí, molestando su sueño eterno y sacándolo de su huesa para que ajustásemos las cuentas literarias que la cuestión exige. Quizás ahora, como cadáver sentado en ese frío mármol, pueda entender mejor lo que trato de decir. A ver. ¿Cree todavía que, después de muerto, se puede volver a morir? Si en éste momento le clavara yo esta estaca en el corazón ¿UD. moriría otra vez? ¿Pero qué gracia ‒si no sentido‒ puede haber en matar un cadáver? Desde el punto de vista lógico, ninguna. y desde punto de vista literario es estúpido. ¡Y quédese tranquilo, por favor, que lo de la estaca ha sido sólo una metáfora!

Yo no soy sólo mi propio presente, mi ahora eterno. Hay en mi haber un remoto pasado, del que soy, aún después de muerto ‒y gracias a ello‒ un activo y en cierto modo insondable reservorio de existencia temporal. En mi continúa el espíritu de Vlad Tapes, el empalador, símbolo de crueldad así como, también, héroe del nacionalismo rumano y terror de los turcos otomanos. Y, en correspondencia con ello, según el estimado colega de Van Helsing, el ya referido Arminius de Budapest, yo era en vida un hombre extraordinario. Soldado, estadista y alquimista, cuyos conocimientos se encontraban entre los más desarrollados de su época. Poseía una mente poderosa, conocimientos incomparables y un corazón que no conocía el temor ni el remordimiento. Por alguna razón desconocida, pero en la que ha de participar el curso mismo del devenir cósmico, mis poderes mentales sobrevivieron a la muerte física y no han dejado de incrementarse desde entonces. Como bien asegura Van Helsing, mi fama ha perdurado por siglos y, en correspondencia con ello, soy el más inteligente y sabio, así como el más valiente de los hijos de lo que él llama la tierra más allá de los bosques. De modo tal que lo terrible, poderoso y desafiante de su criatura, Señor Stoker, reside en su propio ser histórico y proviene del modo en que su inteligencia y los contenidos de su pasado y su memoria se actualizan con la muerte. En mí, la muerte es la llave al mundo de la existencia temporal, del que ya no formo parte, pero que soy capaz de manipular desde mi ausencia, como la trama y los personajes de una narración cualquiera. Mi historia y mi muerte son una y la misma cosa, en virtud de lo cual mi ser, parte ya de la historia geológica del planeta, se convirtió en el más temible enemigo de la civilización de la que UD. participa como insigne novelista de terror.

Gracias a mí, su insigne monstruo, venido de las tierras más allá de los bosques, acaso haya UD. escrito la obra de terror más laureada del mundo. Más permítame que le diga que lo que en realidad ha hecho, mi estimado Stoker, es vulgar terrorismo, al hacer de la literatura de terror ‒a la que tanto debe, por cierto, su sufrida Irlanda‒ acaso la primera, más sistemática y tendenciosa justificaciones del colonialismo británico. UD. apela a lo sobrenatural como modo de plantear la ya clásica confrontación entre civilización y barbarie, burguesía y aristocracia, ubicándolo para ello en un espacio y un tempo determinados que hacen del antiguo principado de Transilvania el centro desde el que el mal se irradia al resto del mundo. Dígame sinceramente ¿no le parece que esto es hacer trampa, mojigatez moralista para consuno de súbditos complacientes y siempre tan prestos a olfatear la podredumbre lejana que no son capaces de advertir en la punta de sus propias narices? No diga nada, por ahora. Tenemos tiempo de sobra. Quizás en el próximo centenario esté UD. mejor preparado para responder. En todo caso, déjeme continuar.

Venido de las tierras más allá de los bosques, le diré que no soy yo el llamado a cuestionar su decadente propuesta literaria, aunque, desde el punto de vista ideológico, su novela lo haya hecho acreedor de todas los reconocimientos y honores como escritor. Y digo decadente en sentido estricto, porque con ella comenzó la decadencia del vampiro literario, que dominó buena parte de la literatura de terror durante el siglo XIX. Todavía recuerdo a La novia de Corinto : cuando suena la hora lúgubre de los espíritus, la novia bebe el vino de un rojo sombrío como la sangre. ¡Ah! Todo un caballero, este Goethe. De allí a esa señora ‒¿cómo se llama la señora? ¿Meyer? Sí. Estefanía, creo que se llama‒ En fin, UD. me dirá. En todo caso, yo diría que allí, con Goethe, empezó el vampiro literario, ¿Está de acuerdo conmigo? Porque lo que es la vampiresa de Hoffmann luce todavía demasiado necrófaga y vulgar. ¿No lo cree UD. así? Ésa Aurelio sólo sale de su casa para participar, junto con sus congéneres, en ese grotesco festín de cementerio que celebran cada noche, A mí esto me parece vulgar. No sólo por la necrofagia, sino porque soy un convencido de que el vampiro es un solitario empedernido, como yo. ¿Quien ha visto vampiro en pandilla, salvo en las películas modernas, donde el muerto vivo no es más que un mediocre chupa sangre domesticado en busca del consuelo burgués? En eso hay que reconocer que UD. ha sido muy sensible y acertado. Si, Creo que el vampiro siempre ha de ser el ser más solitario del mundo, el que sólo se tiene a sí mismo, en plena ausencia, y por la inútil eternidad. Y, por cierto, que es ese sólo tenerse a sí mismo lo que hace de él un auténtico aristócrata. Razón por la cual UD. como buen burgués, al igual que Van Helsing y sus amigos, también lo odia hasta morir. ¿Acaso no estoy en lo cierto, Señor Stoker? ¿O qué es en su novela el pasado aristocrático que yo represento sino el enemigo jurado de la modernidad burguesa? No se haga el loco conmigo. Vivo en su mente, como la Inglaterra del siglo XIX vive en su narración.

Como resultado de todo ello, curiosamente, soy el vampiro con más conciencia histórica de toda la literatura de terror, pese a su decadente, aunque exitosa, propuesta literaria. UD. bien sabe que, de habérmelo permitido, de buena gana habría yo conquistado Inglaterra, y aún toda Europa, sin el más mínimo remordimiento. En tanto que azote, yo podría haber sido mucho peor que Atila y Napoleón. ¿Sabe UD. que Atila significa el azote de los dioses? En fin. De ser así, hoy todos andarían por sus calles, como la adorable Mina, a la espera del juicio final y de que Dios, entonces, en su divina discreción, advirtiera su pureza y borrara la marca que dejé en su lozana frente. Pero mientras UD., a través de los tiernos ojos de Van Helsing y su pandilla, siga viendo allende el Danubio el terrible mal que lo amenaza y que, al mismo tiempo, no le permite reparar en la podredumbre en la que hunde sus pies, le diré, mi querido Stoker, que UD. jamás será mejor que yo. Por el contrario, haber convertido su novela de terror en una mediocre epopeya de salvación, lo hace mil veces peor como creador de lo que yo jamás podría llegar a ser como criatura.

Yo no soy más que el personaje principal de una historia de terror al que UD. ha relegado al último plano de su narrativa con el propósito de satisfacer la hipocresía y cinismo de una época; lo que hizo al enorme costo de la decadencia del género. Mi muerte en esa historia no sólo es necia, sino, sobre todo, irrelevante. Lo que para mí cuenta en este asunto no es mi muerte en su historia, sino la del vampiro como héroe villano en la historia de la literatura. Es a nombre de dicha muerte que ahora hablo. Sin duda, UD. y yo somos distintos, y hasta diría que diametralmente opuestos. Sin embargo tenemos un denominador común: compartimos el mismo dios. En efecto, el que Ud. adora es el mismo que yo detesto. No más haberla creado, ese dios decretó la caída de su criatura. Devenida pecador, ésta adquirió el derecho a rebelarse contra quien, como su creador, la despreció. ¿Acaso no le parece justo, Señor Stoker? A ver. ¿De qué aspira salvarnos un dios así si al paraíso del que nos expulsó sólo podrían retornar a adorarlo los desmemoriados. El pecado, mi querido Stoker, no es otra cosa que el acta de nacimiento de la conciencia histórica. Yo no soy más que muerte y tiempo, y no otra cosa pretendo ser. A diferencia de UD. que, para consagrase como representante de la literatura de terror, no ha hecho otra cosa que servir a este dios con una historia en la que yo soy la reivindicación del pecador, conspiro día a día contra él. Y ahora, para confirmarme en éste, mi papel en su historia, no puedo menos que retornar a UD. la gracia de haberme creado. A cien años de su muerte, hoy, yo lo he vuelto a la vida, sin que por ello deje UD., como yo mismo, de estar muerto. Por esta vez, no ha salido ni una sola palabra de su boca, pese a haber escrito más de cuatrocientas páginas en mi contra. Puede UD. disponer de ésta, su eternidad, para seguir en silencio. Por mi parte, yo siempre estaré presto a conmemorar su próximo centenario. En todo caso, y siendo que, para UD. y para mí, ya no hay a dónde ir, sea UD., mi querido Stoker, bienvenido a mi reino, que, como ya habrá podido comprobar, sí que lo es de este mundo.

De súbito, tras una ráfaga de viento que le cruzó la cara, Stoker, que permanecía sentado en su propia lápida en medio de la helada quietud del cementerio y todavía apretujaba en sus manos rígidas el papelito con el texto que había leído más de una vez y seguía leyendo en su memoria, se quedó viendo cómo el vampiro emprendía el vuelo a la inmensidad del universo nocturno y se regresaba por la misma ruta por la que, según supuso, habría venido.

 

 

TEMPORAL

Una historia acerca del hecho de escribir historias

(novela filosófica) 

...sucede que la vida no tiene inicios ni finales, y que sólo en el ámbito y contexto de una narración es susceptible de adquirirlos. Lo que me recuerda, por cierto, aquello que una vez dijera Beckett: ese fue mi error, uno de mis errores; exigirme una historia, cuando sólo la vida bastaba. Si es así, entonces estoy aquí para perpetrar mi propio error. Y hasta puede que ésta sea la forma de haber empezado a hacerlo. Más me vale.

Introducción General

El Bolívar histórico del que se ocupa este trabajo no es, hablando en términos rigurosos, el del pensamiento político y la estrategia militar, aunque, desde luego, mucho tendrá que ver con ello. Pero no es un análisis de ese tipo lo que busco en su discurso sino, más bien, al discurso mismo como herramienta del político y el hombre de guerra. Se trata del Bolívar de la palabra. El lenguaje como signo de conciencia histórica, como dimensión de temporalidad y como fuente de heroicidad. Del discurso de Bolívar no me interesa tanto el pensamiento como su narrativa; su inteligencia política o militar, como la semántica o discursiva. Del Bolívar histórico no busco la verdad, sino el estilo.

Introito

Un día, cuando todavía era estudiante de historia y me desempeñaba como investigador en el archivo histórico del antiguo Congreso Nacional, al fondo de la bóveda, en medio de un cúmulo de trastos tan viejos como valiosos, me topé con una desvencijada edición del Diario de Bucaramanga. Sumido en la molicie que mi burocrático cargo ya me inspiraba, aquél libro me distrajo y, allí mismo, en un improvisado asiento de cajones, lo leí. Para cuando retorné de la bóveda, mi imagen de Bolívar -como la de casi todos, determinada por ese formalismo patriota propio de la historiografía de banco de escuela, como la llama Vallenilla Lanz- cambió. Este libro es el resultado de un intento por captar y comprender aquello que cambió.

CARTAGENA: del destierro a la gloria

La Memoria dirigida a los ciudadanos de la Nueva Granada por un caraqueño, mejor conocida como el Manifiesto de Cartagena, se considera el primero de los grandes documentos políticos de Bolívar. Fechado 15 de diciembre de 1812, recoge la experiencia del incipiente gobierno republicano que, a mediados de ese mismo año, ha sucumbido en Venezuela bajo los embates del ejército español. Se trata de una memoria de la derrota, producida por alguien que ha participado como oficial en la guerra el gobierno español y que, salido al exilio, ha llegado a la Nueva Granada con el propósito de obtener hombres y recursos que le permitan invadir su país de origen y restablecer la república. Esta memoria no es, pues, el mero relato pasivo de lo que aconteció, de cómo el ejército español ha vuelto a tomar de una de las plazas más importantes y estratégicas de la América insurrecta, sino del plan para recuperarla. Se expone aquí el análisis crítico de una experiencia republicana particular, de la que se extraen conclusiones políticas y doctrinales que proporcionan una nueva perspectiva del proceso de emancipación no sólo en Venezuela, sino en toda la América Meridional. Se puede compartir en mayor o menor medida tales conceptos. Pero, en cualquier caso, es indiscutible que estamos ante la primera visión sistemática, general y de conjunto que, más allá de la dimensión logística y militar que impone la guerra, nos proporciona el primer concepto histórico y estratégico de la emancipación americana. Al menos, el primero producido por un soldado con una clara visión política. En este sentido, estamos ante la primera teoría revolucionaria de la lucha por la independencia.

CARÚPANO: vindicta, libertad y barbarie

En el Manifiesto de Cartagena nada indica Bolívar respecto a la cuestión social. Cuestión ésta tan conflictiva que, siglo por medio, llevaría al historiador Vallenilla Lanz a definir la guerra de independencia como una guerra civil. De ello nos da una particular perspectiva el Manifiesto de Carúpano. No pasó mucho tiempo para que el discurso de Bolívar hubiese de encarar el tema tabú en Cartagena. El momento sobrevino con la caída de la Segunda República, tras ese fenómeno tan contundente como efímero que fue Boves para el proceso de independencia. Efímero en cuanto a su personal actuación y liderazgo, pero en alguna medida permanente en cuanto a la guerra como forma de vida para los sectores populares y el ejército como vía de transformación de una estructura social que hundía sus raíces en la colonia. Acaso fuera Boves el más encarnizado enemigo de la república. Pese a lo cual, la república, a la postre y para ser tal, fue su más genuina heredera. De él recibió su ejército, su dinámica social y hasta el estilo de su liderazgo. A tono con la dialéctica de la guerra, los llaneros que siguieron a Boves pasaron de bandidos a patrimonio de la república. Patrimonio que en algún momento hizo decir a Bolívar que la revolución estaba sentada en un volcán social a punto de hacer explosión. Pero eso sería más tarde y en privado. En Carúpano, todavía este ejército sólo representa el modo en que la barbarie se opone a bien supremo de la libertad.

JAMAICA: Historia, Semántica y Geopolítica

1815: el descenso de Napoleón se cruza con el ascenso de Bolívar. Ambos han partido al exilio, a Santa Helena y a Jamaica, respectivamente. Tres años más tarde, el americano meridional, que ha tomado Angostura, la plaza estratégica que inclinará el curso de la guerra en favor de la causa patriota, dirá de sí mismo: yo busqué asilo en una isla extranjera, y fui a Jamaica solo, sin recursos y casi sin esperanzas. Perdida Venezuela y la Nueva Granada, todavía me atreví a pensar en expulsar a sus tiranos.1 De modo que el exilio, que para Napoleón dictamina el final de un imperio en Europa, para Bolívar anuncia el renacimiento de un proyecto en América. Esta conjunción en el cosmos simbólico de la historia que involucra la carera de dos grandes líderes políticos y militares, alude también a un cambio de época, determinado, desde el punto de vista geopolítico, por el ascenso de las potencias del capitalismo industrial y la caída del colonialismo mercantilista. A ello tributan diversos procesos: la ilustración, el nacionalismo, el industrialismo, la revolución francesa, la expansión napoleónica, la independencia estadounidense, la emancipación en América Latina. Es ésta una coyuntura en el proceso de largo plazo que lleva de la era agrícola a la era industrial. En este contexto se fraguan los cauces iniciales de un proceso histórico de alcance planetario. La Carta de Jamaica forma parte de este contexto. Es una forma de asomarse a él y otearlo desde los agrestes montes de una América irredenta. Tal es el punto de partida de este ensayo.

ANGOSTURA: el guerrero creador de repúblicas

La Carta de Jamaica concluye con la afirmación según la cual la clave para poner fin a la dominación española y fundar un gobierno libre es la unión, obtenida por efectos sensibles y esfuerzos bien dirigidos. Lo que por entonces queda en un escueto enunciado, en Angostura va a ser objeto de un denso desarrollo. Eso es el Discurso de Angostura: un efecto sensible, un esfuerzo bien dirigido. En atención a las lineas principales de su estructura discursiva, es una apelación a la conciencia histórica, un plan estratégico centrado en la implantación del Estado Nacional, y un instrumento de significación del movimiento de independencia como proceso histórico. Pronunciado por Bolívar el 15 de febrero de 1819, en el acto de instalación del segundo congreso que se daba a sí misma una república en medio de los avatares de la guerra, constituye una de las piezas oratorias más importantes de su haber político. Dicho ello por su contenido en sí mismo considerado. Y dicho también por el modo en que marca una diferencia de dimensiones estratégicas entre un antes y un después del proceso de independencia. En la visión totalizadora del Discurso de Angostura confluye lo político y lo militar. Para ganar la guerra en el siempre inhóspito campo de batalla, es preciso ganarla también en el de la política; por cierto, no menos inhóspito, agreste y peligroso que aquél.

BOLIVIA: el hombre de las dificultades como legislador

El guerrero ciudadano es aquél al que le es dado despojarse del mando. Así en la Caracas que le otorgó el título de Libertador, así en la Angostura que lo ratificó como Jefe Supremo, y dos años después lo llevara a ser designado en Cúcuta Presidente de La Gran Colombia. Las dificultades comienzan cuando la historia lo despoja a él de la guerra y se queda sin esa fuente de gloria que, hasta entonces, había sido el enorme campo de batalla y de política que, visto desde Pasto, se extendía entre el Orinoco y el Potosí. Así, Ayacucho consigna en la historia americana la emancipación, ciertamente; y en el destino particular del guerrero ciudadano el retorno de la cima de la gloria a la sima de las miserias de la burocracia y la administración. Siendo el campo de batalla la fuente fundamental de su gloria, dentro de él lo es todo; fuera de él nada, o tan sólo un ciudadano recto e iluminado que, apegado a su prestigio y honor, está llamado a dar la cara a esa oleada de anarquía que, en la paz, devora cuanto ha venido edificando en la guerra. Consumada la independencia o, más exactamente, el proceso de la guerra que habría de conducir a ella, el enorme mapa del nuevo mundo se ha teñido de una no menos enorme complejidad. Mientras se triunfa en Ayacucho se conspira en Caracas. Al tiempo que se finiquitan los últimos detalles del Congreso de Panamá, las recién creadas repúblicas se hunden en la lucha intestina y doméstica que atenta contra la anfictionía. En carta a Santander, fechada en Lima, el 6 de enero de 1825, es decir, a un mes escaso del triunfo en Ayacucho, encontramos esta situación descrita en palabras del propio Bolívar:

OCAÑA: el clamor del pueblo

Desde el punto de vista de su estructura semántica, el libertador, como instancia fundamental del discurso, representa la condición esencial de Bolívar como máximo dirigente político y militar de la emancipación americana. Más que como mera parte de la historia, el libertador concibe, administra y conduce el discurso como conciencia e instrumento hacedor de ella. Sin embargo, y como es de esperar, se trata de un discurso que siempre ha sido concebido y pronunciado desde el entorno de la dirigencia política a la que pertenece, aún en aquellos temas sensibles en que la actuación de dicha dirigencia pueda ser cuestionada por en su mensaje. Desde este punto de vista, el libertador siempre ha sido una instancia discursiva de una u otra manera asociada al estrecho círculo de la élite civil y militar que comanda el proceso independentista. Así, por ejemplo, El guerrero ciudadano del Discurso de Angostura, que dichoso convoca a la representación nacional y se despoja del mando ante ella es, con ello, al mismo tiempo, legitimado por ella. Como parte de la dirigencia, el guerrero ciudadano es jefe supremo entre iguales. En este sentido, los discursos fundamentales de El Libertador como creador de un nuevo tiempo histórico son documentos de identidad con el entorno dirigente del proceso de independencia, palancas ideológicas de su legitimación ante ella como máximo líder.

Epílogo

Hasta aquí me trajo el Bolívar con el que un día, hace mucho tiempo ya, me topé en el Diario de Bucaramanga. El hombre histórico de los discursos. El de la palabra y el estilo. El de la conciencia moderna y la faena semántica. El de la revolución como concepto y del heroísmo como ejercicio de voluntad de poder. Su discurso marca el paso de la barbarie a la civilización, con todo lo bueno y todo lo malo que una transición así supone para la gestión de su propia historia por parte de un pueblo. Y como pueblo, no tenemos conciencia de tal significación porque la historiografía de banco de escuela se ha hecho cargo de ello, bien haciendo de Bolívar una venerable pieza de museo, bien poniéndolo a comer mangos para popularizarlo. Al respecto, me limito a recordar las palabras de Vallenilla Lanz:

HERÓDOTO: los orígenes de la historiografía

Si uno se deja guiar por lo más estrictos rigores académicos, incluso los de la historia, probablemente los menos estrictos de todos, muy a pesar de los historiadores académicos, un trabajo de este tipo luce desde muchos puntos de vista desalentador, bien por lo poco con se cuenta para realizarlo, bien por la poca estima que se guarda hacia lo poco que se tiene, incluso los escritos de aquel a quien Cicerón, si no me equivoco, dio en llamar Padre de la Historia. Y lo hizo en el marco de una larga tradición representada por críticos para los que Heródoto era ya casi tan extraño como para nosotros y que, salvo contadas excepciones, se caracterizó por su desprecio, acusándolo de mal escritor, de inútil, y hasta de mercenario.

Capítulo 1: el hombre, la obra, el contexto.

Es muy difícil establecer un imperativo ideológico, filosófico, político o moral que nos ayude a comprender la aparición de la historiografía en una íntima relación con el contexto histórico en que ello tiene lugar. La vaga generalidad de la que aquí me valgo, es decir, comprender la aparición de la historiografía como parte del humanismo característico de la Grecia Clásica, que tuvo su máxima expresión en el arte y la filosofía, es fácilmente aceptable, pero, se entiende, muy poco precisa. Ese humanismo, la ruptura respecto a la mitología que a él es inherente, comienza a gestarse en la Grecia Arcaica, con la filosofía jónica y la aún ingenua pero inequívoca proximidad que ella representa respecto a la naturaleza. Por otra parte, como se sabe, dicho humanismo se prolonga mucho más allá de la época de Heródoto y en plena decadencia ateniense producirá lo más acabado de su filosofía. Este humanismo griego es, pues, el espacio histórico cultural de muchas cosas, amplio contexto en el que la historiografía luce como un ínfimo detalle, acaso el más prescindible de todos.

Capítulo 2: mito, filosofía, historiografía.

Partamos del hecho, tan magistralmente representado por la cruel simpleza del mito de Sísifo, de que el hombre es una especie condenada a la historicidad. A nadie le es dado elegir no vivir la historia. Encadenado a la infinita finitud del tiempo, el hombre histórico transcurre sin la certeza de saber para qué. Toda la historia humana pudiera comprenderse como la obsesión de este hombre histórico por darse sentido a sí mismo. Todas las cosmogonías lo han adscrito, de una u otra manera, a vagar fuera de lo eterno, perecer una y otra vez. Y todas intentan, al final, reconciliarse con el proscrito, traerlo de nuevo a casa, el paraíso perdido que, en algunos casos, puede ser, incluso, la nada cósmica, peculiar forma de eternidad que nos permite suponer que hasta la supresión de la existencia es preferible al castigo de la existencia histórica. Esta caída en el tiempo es el nudo gordiano de todo el drama bíblico y, en muy otro contexto, es, también, el mayor suplicio que la mitología griega pudo imaginar para el hombre réprobo

Capítulo 3: dioses, hombres, historias.

Heródoto cree en el Oráculo. Es fácil demostrarlo a través de la cita de párrafos como, por ejemplo, el que nos habla de la furia de Taltibio1 contra los espartanos, y otros en los que hace referencia al plano de lo divino como la última salida que encuentra para explicar, -¿o justificar?- un determinado acontecimiento histórico. Sabemos que esto le ha costado a Heródoto buena parte de las censuras que lo descalifican como historiador ya que, se supone, la historia debe explicar al hombre y sus acciones por el hombre mismo. Como se sabe, ha llegado a ser norma del oficio que recurrir a Dios es hacer trampa. Una suerte de principio epistemológico pende como espada de Damocles sobre el historiador cada vez que su discurso historiográfico apela al deus ex maquina. Heródoto puede ser, según esta misma norma, demasiado ingenuo o primitivo .

Capítulo 4: hombre, historia, tragedia.

Si nos pusiéramos a plantearnos los problemas de epistemología y método en los Nueve Libros, probablemente no hallaríamos asidero sólido alguno para el análisis y la reflexión. En realidad, estrictamente hablando, tales problemas no existen para aquella historiografía que, desde sus mismos inicios, se colocó al margen de la sabiduría y se dio a sí misma el despropósito de alimentar la memoria humana, salvar el vertiginoso acontecer humano del olvido humano. Sin embargo, pese a una tarea tan metafísicamente pobre y, en parte gracias a ello, aquella primera historiografía estaba llamada a sentar las bases para una cruel desmitificación de dicho acontecer. El hombre histórico que recién ha descubierto es objeto de paciente y crítica observación; no se le puede tomar a la ligera, tal cual lo encontramos, ni creer de buenas a primeras lo que dice y piensa de sì mismo. Racionalista pero curiosa, tolerante pero desconfiada, fue ésta una historiografía que se aproximó a su hombre histórico con acucioso sigilo, alerta a los juicios y creencias que históricamente su objeto de observación había generado respecto, y a partir de, su propia historicidad. El hombre histórico y la cultura, ámbito al que es inherente el desencadenamiento de sus acciones en el espacio y el tiempo, abrieron así el pensamiento humano hacia una dimensión hasta entonces desconocida.

 

 

Preliminar

He visto a Dios. Es espantoso. No hemos hablado. Para escucharme, tendría que ser yo hombrte de fe. Y, para escucharlo, un esquizofrénico. Pero pululamos en el mismo universo. Él en su cueva y yo en la mía, somos vecinos del mismo barrio; el del misterio. Sólo que yo la habito con la suficiente molicie e ignorancia como para no perder la cabeza. Él no. El misterio lo ha enfermado. Y, convencido de ser la verdad que lo despeja y que, por lo tanto, nos haría libres, ha perdido la suya.

De la caída a la salvación: la historia inconclusa de la creación.

La caída simboliza el inicio de la historia, al menos para la criatura; es decir, la existencia temporal a la que, tras rebelarse, ha sido condenada por su creador. Y la salvación la recuperación de una criatura que, ahora, como pecador; o sea, habiendo comprobado por experiencia lo que su creador por omnisciencia ya sabía y se negó a revelar, retorna arrepentida al paraíso en que fuera creada, y lo hace por gracia del que la condenó. Así, entre caída y salvación -fin del tiempo de por medio- el reino de este dios describe un ciclo único y total hacia la eternidad propiamente dicha, suponemos, ya que, hasta la culminación de dicho ciclo, dicho reino no ha sido otra cosa que un proyecto histórico; una teleología en la que Dios hace de sentido inmanente y la eternidad de meta trascendente.

De cómo no fui echado del paraíso: me largué yo mismo

El Génesis, como se sabe, es el primer capítulo en la historia de un dios que creó el mundo, la historia; vale decir, el pasar en que las cosas pasan y el tiempo con que lo captamos. Según esta historia, en siete días -merecido descanso incluido- este dios, emergido de las tinieblas, configuró el universo total: estableció su reino eterno, creó la criatura llamada a adorarlo por la eternidad, actualizó el abismo temporal al cual arrojarla cuando se resistió, y, por último, concibió el plan para rescatarla de su temporalidad y retornarla a su seno. Más que una historia de dios, ésta es la de un proyecto de dios. Con lo cual esta historia deja fuera lo más interesante del objeto a historiar: las tinieblas mismas, el abismo y el origen del dios-héroe que, venido de ellas, encarna la luz que ha de iluminar el nuevo todo en que se dispone a reinar. De modo que esta historia, que no indaga en su tema y que, aún así, pretende dar razón de la temporalidad mediante la eternidad, nos deja en ascuas, pues sólo vale para confirmar que la vida eterna junto al dios que nos ha creado no es menos absurda que la temporal a la que nos ha condenado. No obstante, hagámonos de la vista gorda con este detalle menor, y ocupémonos de un dios al que, en esta parte de su historia, toca hacer de inicio en la historia toda del universo. Porque, en esencia, no de otra cosa hablamos aquí: de un dios que actúa y que, sólo en cuanto tal, ha podido ser objeto de narración.

De cómo andando el camino correcto terminé en el punto de partida.

Me parece que era Artaud quien decía que Dios no existe, y que, si existe, es una mierda. Esta idea de dios es un dilema que apunta, por una parte, a su real y efectiva existencia y, por la otra, a que, en caso de existir, sea cosa digna de creencia. Y si bien la real existencia de una cosa es condición previa del juicio sobre de ella, en el caso de los dioses es tema casi irrelevante, si se lo compara con la idea de dios, que sí es históricamente real. La existencia o no de uno que se hace llamar Dios es indemostrable. Pero la idea que de él tengamos es crucial. Pasa que nuestra inteligencia, memoria y voluntad de entes temporles que para ecistir han de hacerlo históricamente es el único hilo que vincula al dios en el que pretendemos creer con la eternidad en la que debería reinar; eternidad ésta de la que vendríamos y a la que, consumada nuestra temporalidad, habríamos de retornar. El problema acá es que, entonces, hablamos de un dios, un reino, una eternidad; en suma, un ser pleno que ha salido de sí y ya no es tal, pues ha sido intervenido, socavado y puesto patas arriba por la temporalidad misma de la criatura que estaba llamada a constituirlo. De modo que, si alguna vez fue, este dios ya no tiene ser, pues ha devenido y, por tanto, sólo puede tener historia. Y el mayor problema para este dios es que, en efecto, la tiene. Se la conoce como sagrada. Lo cual no es sino un infeliz oximorón, que me veo en la obligación de corregir. Porque, el otro problema no menor para este dios, es que, además de también tener una historia, tengo, gracias a ello, una idea de dios; por cierto, ontológicamente mucho menos generosa que la de Artaud.

De mi autocondena

Una cosa es ser expulsado del paraíso, tras una patafa en el culo, y muy otra abandonarlo por los propios pies: o sra, arrojarse uno mismo. La voluntad hace la diferencia. Lo que procede entonces es la autocondena. Ello equivale a la condena de Dios, sólo que despojada de su divinidad por el acto voluntario de quien se la autoimpone. Éste es el dato fundamental acá. La rebelión de la criatura sólo acarreó la expulsión del rebelde y no alcanzó su cometido. Ciertamente, desató la ira de Dios, pero no afectó su divinidad. Sin embargo, fuera de los predios del reino, la rebelión continúa: se torna secular. Sujeta al curso de su propio devenir, si la criatura se proclama pecador, su castigo se convierte en causa y su destino en botín de guerra. Lo que a este dios toca ahora enfrentar no es la conjura, sino la reivindicación del pecado respecto a un reino que sólo molicie, desprecio e indiferencia puede inspirar. Lo cual es mucho más difícil para uno tan propenso a la cólera y que tanto requiere de ser adorado.

De Dios como significación de un pasar que no lo requiere.

El pasar no rquiere de dioes, sino de historias, que lo signifiquen como pasado-presente-futuro y den forma a la existencia temporal. Son los dioses los que rrquieren de una historia para tener sentido como artífices del pasar. Dios tiene una. Se la conoce como la sagrada. Lo cual encierra un total contrasentido, ya que si, a diferencia del mito, cuyo papel es reconocer un pasado, el de la historia es indagarlo, con lo cual toda historia es, por definición, profana; incluso la de este dios, pese a que su intención sea la de hacernos reconocer en un único y por lo tanto verdadero pasado cósmico.

De gracia divina y conciencia histórica

La Salvación es el remiendo metafísico del error ontológico de la Creación. Dios intenta recoger al final del tiempo el desastre que ocasionó con su inicio. El intento de corregir el error con que comprometió su ser pleno lo conducirá a uno aún mayor, y que hará de la eternidad un imposible. En aquel entonces se equivocó al echar a la criatura del reino, porque con ello dio paso a la historia y a sí mismo como proyecto. Ahora está dispuesto a equivocarse de nuevo, haciéndola regresar al lugar del que la echó, porque con ello se trae la conciencia y la memoria, que han de desmerecerlo por completo como ser. Si Dios, como espera, pudiera ser adorado por el pecador, éste no sería tal, pues en la eternidad no puede haber conciencia ni memoria, que es de lo que está hecho todo pecador en tanto que arte y parte de la existencia temporal. Pero este dios jura que la Salvación del pecador es su salvación como dios. Según su propia historia, lo que lo mueve a recuperar su antigua criatura no es el arrepentimiento, sino el perdón y la misericordia, en el entendido de que a quien corresponde arrepentirse es al pecador mismo. Su gracia está, pues, dirigida a aquél que, sobre la base de tal arrepentimiento, se hace acreedor del perdón y la misericordia, que es lo que de nuevo lo conducirá a la vida eterna que perdió tras su rebelión. Toca entonces considerar las implicaciones que tiene esta en apariencia armónica conciliación de gracia divina y conciencia histórica.

Epílogo

La eternidad sólo puede entenderse tal y como Platón define el ser: lo uno siempre igual a sí mismo. El tiempo, nos indica en el Timeo, es imagen móvil de la eternidad. Para Aristóteles dios vendría a ser la causa primera, el motor a partir del cual todo entra en movimiento, sin que determine el curso del movimiento al que da lugar. De tal manera que la eternidad no es espacio en el que sucedan cosas, ni un modo particular en que las cosas suceden o hayan de suceder. La eternidad es una idea, un principio, un axioma; nunca un atributo de algo distinto de ella; mucho menos el estadio superior de algo que, habiendo iniciado en calidad de temporal, se haga eterno tras dejar atrás y superar su temporalidad. La eternidad sólo podría ser la negación absoluta del antes y el después, del inicio y el final. Si algo cambia, hay movimiento, tiene una dimensión duradera y, por lo tanto, temporal, En consecuencia, la eternidad no puede ser anterior ni posterior a nada, pues sería mera episodio de lo que sucede. Y en ella nada puede suceder, porque, a diferencia de lo que sucede en las historias, no hay inicio ni final. Si algo tiene historia, no le cabe eternidad, aunque dure eternamente.

LA RATA

Yo habitaba en una vieja casa vacacional abandonada, colgada de lo alto de un cerro pedregoso y desde el que se podía ver abajo el mar en su quieta enormidad, yendo y viniendo en monótonas embestidas contra las rocas negras del acantilado en el que, por ahora, espero. 

LA ÚLTIMA CENA

Por obra y gracia del espíritu santo sigo aquí, como de costumbre, aludiendo y mendigando a cada transeúnte que pasa frente a mí. Ocupo el primer escalón de los doce que conducen a la taquilla de una sala de cine donde sólo entran hombres solos. La verdad no sé si es el primero, porque, contando desde la acera, éste sería, en realidad, el segundo. Con lo cual. el total de escalones de la escalera entonces sumaría trece, Por otra parte, trece, según he escuchado decir desde siempre, es número de mala suerte. Luego la diferencia entre doce y trece no sería sólo de un escalón, sino de un destino. De modo que ocupar el segundo o el primero no es cuestión que se pueda tomar a la ligera. Y, ciertamente, que no lo hago así. Sólo que, en mis consideraciones al respecto, encuentro razones igualmente lógicas e irrefutables como para afirmar que estoy en una o en otra posición. Esto es cosa que me gustaría resolver cuanto antes. Por primera vez, no sé por qué, me hallo en la circunstancia en que me gustaría saber, a ciencia cierta -como también se suele decir- en dónde estoy. Nunca imaginé que de un escalón a otro pudiera haber semejante diferencia. El mundo, que para mí siempre ha sido la acera, sería el primer escalón, con lo que yo estaría, entonces, a un escalón menos del cielo y a dos más del infierno. Esto en caso de que el cielo esté arriba, el infierno abajo y yo en el medio. En la perspectiva de este sanguche cósmico puede que la diferencia no se sienta tan enorme como entre el primer y segundo escalón, quizás porque la diferencia entre cielo e infierno es más de fe que de cálculo. Pero, por otra parte, la diferencia entre fe y cálculo es tan enorme como la que puede haber entre un escalón y un destino. Es el tipo de cosas que me gustaría resolver. Allá, por la acera de enfrente, va el gordo de las corbatas anchas y los zapatos chillones. A veces viene. Es el tipo de evento que siempre me distrae de mis resoluciones.

LA QUINTA PATA

Octubre. Lluvia, llovizna, tormenta o aguacero. Lo cierto es que desde hacía ya tiempo el agua no dejaba de caer como una maldición del cielo. Si, hasta cuando cesaba por un rato, no era sino para mostrarse en esa forma de bruma, neblina, calima o calina. La misma maldición; sólo que elevándose desde la tierra sobre la que ha llovido sin parar. A la hora de ser andada, no había sino dos opciones: la maleza o el barrial. Tú eliges, se dijo a sí mismo en el instante incierto en que intentaba dar con el camino para emprender la huida. De súbito, la noche se detuvo. Un relámpago de inamovilidad con el que el aguacero cesó de golpe. Y entonces fue esa quietud que parece escucharlo todo con los oídos de su silencio. Extenuado, se sentó y miró de nuevo al cielo. Durante un largo rato, ni los mismísimos dioses osaron asomarse por cima de los muros de la noche, hasta que de nuevo se dejó oír el monótono canto de los grillos.

TAXIDERMIA

A ver. Acaso esté yo en el curioso procedimiento de comprobar a través del sueño que el alma, si no se refiere a la mera forma de la materia, tal y como Aristóteles fue el primero en sugerir, es el más degenerado e infame de los conceptos. Menos mal y me leí a tiempo aquel tratado que Amanda, mi mujer, dice que lleva título de espanto o aparecido. Como sea, ya sabía yo que no podía ser tan inútil haberlo hecho, tal y como ella siempre aseguró, con ese pragmatismo repugnante tan propio del género femenino y que se va acentuando con la edad. Ella siempre dice: no creo en santo que come y caga, ni en loco que no come mierda. Y, en cierto modo, compartimos la misma poca fe. Aunque para no creer en los santos ni para creer en los locos, requiera yo concebirlos avocados a tan vitales funciones. En todo caso, por ahora, el curioso procedimiento al que aquí me refiero es la única posibilidad que me queda para salir del atolladero en que me encuentro desde hace… Ni siquiera sabría decir cuánto tiempo, pues lo primero que resalta en este asunto es la perdida de la certidumbre que el tiempo nos proporciona como el principal referente de lo que existe.

PORNOAVENTURA

¿Cómo se puede ser, durante algún tiempo, tan vital y, al mismo tiempo. morir sin necesidad alguna de haber vivido por razón distinta a la de follar? Tal era la pregunta que se hacía Henry al caer la tarde y cuya respuesta el crepúsculo se iba llevando a los confines del anochecer confundido con su propia noche de viejo y como quien, con sumo cuidado y sigilo, oculta algo muy preciado pero que le ha de resultar comprometedor o embarazoso. El Henry -dicho así, en su recuerdo, porque así lo llamaron siempre en los tiempos en que vivir era algo más que recordar- estaba sentado ante uno de los largos ventanales que iluminaban el largo pasillo donde la pasaba desde la una, tras haber tomado su almuerzo y haberse negado, como siempre, a hacer la siesta. Éste nunca quiere dormir, había exclamado, como siempre, la señora Pérez. Y allí seguía Henry, empotrado en su silla de espectador del paisaje vespertino. Durante toda la tarde llovió. Y aunque había amainado ya, aún seguía cayendo esa leve llovizna, seguramente gracias a la cual el jardín, los árboles, la calle, los cerros lejanos que todavía encajaban sus puntas en los restos de una nubosidad fragmentada y el paisaje todo, o al menos hasta donde la vista aguzada alcanzara atisbar desde aquella ventana, adquiría esa transparencia rosa que a Henry tanto agradaba. Hasta que, como siempre, a las siete y según orden inapelable de la señora Pérez, Henry fue largado a su habitación. A dormir hasta el día siguiente, como siempre.

LA PIEL INMATERIAL DE LA NOCHE

Ahora sí que estoy jodido, se dijo a sí mismo, con resignación. Boca arriba, a la vez que dibuja garabatos ininteligibles en la piel inmaterial de la noche, llega hasta él un olor agridulce, de fruta fermentada o de licor. Mas bien de las dos cosas juntas, mezcladas, concluyó, ya que la gorda había incorporado al enorme pastel que estuvo preparando durante la mañana una generosa porción de cada una. Y en ese momento, cuando ya arribaba a la media noche, volvió a recorrer, una vez más, los detalles de aquella faena, que habían ido a parar a su memoria, como lo que sobró del pastel, de un golpe seco, habla ido a parar al fondo del bote de donde emanaba aquél olor.

LA CUARENTA Y OCHO

Entré al bar. Fui hasta el extremo solitario de la barra desde el que me observaba, pedí una cerveza y me volví a la mesa de siempre, o al menos la que yo esperaba que fuese tal cada vez que entraba, y que, por esta vez al menos, ciertamente, estaba desocupada. Estuve bebiendo mi cerveza poco a poco, algo así como a un sorbo cada vez que intercambiábamos miradas. Hasta que por fin ella también se vino a la mesa de siempre. Entonces la noche, como el silencio de Dios, se fue hundiendo en el barro de nuestro mutuo decir. Barro nuestro que caes del cielo. El amanecer nos sorprendió a solas, o más bien juntos en la misma soledad desde la que cada quien defendía su propia soledad, ahora sí, sin nada que decirnos, en medio del barrial que nos había arrastrado hasta la cuarenta y ocho.

EL CENTENARIO DE STOKER

Cuando suena la hora lúgubre de los espíritus, la novia bebe el vino de un rojo sombrío como la sangre. Una vez más, aquellos versos de Goethe, que lo hacían sentir tan orgulloso de sí, resonaron en su memoria, apenas se asomó a la ventana y la noche le rozó el rostro. Luego fue esa mirada acuciosa lanzada allende los suburbios nubosos de la ciudad, más allá de los cuales se extendía la rígida horizontalidad del cementerio. Quietud. sosiego, reposo, descanso… iba buscando la palabra más apropiada para definir lo que aquél otear el horizonte de la noche le inspiraba, hasta que la encontró: ausencia. Eso. Porque la muerte no es más que ausencia. Ni menos tampoco. Entonces emprendió el vuelo.

LA POSE

De los talones a la cabeza mediría no más de metro y medio. Y si uno se fijaba bien, venida de sus adentros a flor de piel, como el alma que le daba forma en una sola y fugaz pincelada de existencia, la insignificancia demarcaba el todo de su cuerpo quieto y menudo. Quizás fuese esto, la manera en que esa insignificancia determinaba la absoluta armonía entre el ser y el aparecer lo que la hiciera lucir más joven de lo que realmente fuese, como si a estas alturas de su biografía aún no contara con una historia única y propia en la que hubiese valido la pena desgastarse y envejecer. El resto de aquella su presencia era lozanía triste, quietud de lagartija a la una de la tarde y que administra su energía en medio de un paisaje árido y sofocante. No obstante, al mismo tiempo, su pose era tan curiosa y estudiada, tan artificiosa que lo que le faltaba en tamaño y significación le sobraba en gracia y seducción. Al menos eso fue lo que pensé cuando me disponía a entrar a la tienda y la vi, parada allí, de espaldas a la puerta y con los codos apoyados en el mostrador mientras seleccionaba los botones de las cajitas que el viejo tendero iba poniendo de dos en dos a la disposición de su minuciosa inspección.

 

 

Historia

Mundial

Contemporánea

A mi modo de entender, los que están persuadidos a que por la historia particular se puede uno instruir lo bastante en la universal, son en un todo semejantes a aquellos que, viendo los miembros separados de un cuerpo poco antes vivo y hermoso, se presumen estar suficientemente enterados del espíritu y gallardía que le animaba. Pero si uno, uniendo de repente los miembros y dando de nuevo su perfecto ser al cuerpo y gracia al alma, se lo mostrase por segunda vez a aquellos mismos, bien sé yo que al instante confesarían que su pretendido conocimiento distaba antes infinito de la verdad y se asemejaba mucho a los sueños. Y ciertamente, que por las partes se forme idea del todo, es fácil; pero que se alcance una ciencia y conocimiento exacto, imposible. Por lo cual debemos estar persuadidos a que la historia particular conduce muy poco a la inteligencia y crédito de la universal, de la que únicamente el reflexivo conseguirá y podrá sacar utilidad y deleite, confrontando y comparando entre sí los acontecimientos, las relaciones y diferencias. (Polibio. Historia Universal. Exordio.)

EL CONCEPTO DE MEMORIA

...sólo de aquellos seres vivos que son conscientes del tiempo puede decirse que recuerdan y hacen esto con aquella parte del alma que es consciente del tiempo. Aristóteles. De la memoria y del recuerdo.

Grande es la virtud de la memoria y algo que me causa horror, Dios mío: multiplicidad infinita y profunda. Y esto es el alma y esto soy yo mismo.  San Agustín. Confesiones

Introducción

...sólo de aquellos seres vivos que son conscientes del tiempo puede decirse que recuerdan y hacen esto con aquella parte del alma que es consciente del tiempo.

Aristóteles.

De la memoria y del recuerdo.

 

Grande es la virtud de la memoria y algo que me causa horror, Dios mío: multiplicidad infinita y profunda. Y esto es el alma y esto soy yo mismo. 

San Agustín.

Confesiones

 

...el pasado se conserva por sí mismo, automáticamente. Todo entero, sin duda, nos sigue a cada instante: lo que hemos sentido, pensado, querido desde nuestra primera infancia, está ahí, pendiendo sobre el presente con el que va a unirse, ejerciendo presión contra la puerta de la conciencia que querría dejarlo fuera.

...no pensamos más que con una pequeña parte de nuestro pasado; pero es con nuestro pasado entero, comprendida en él nuestra curvatura original del alma, con el que deseamos, queremos y actuamos.

Henri Bergson.

La evolución creadora

La memoria: un misterio, una estructura, un proceso

Para Aristóteles la memoria residía en el corazón. Captadas por los sentidos, suponía que las impresiones que se perciben del entorno eran conducidas por la sangre hasta allí. En general, para la filosofía antigua el corazón es el reservorio de la actividad espiritual del hombre. Allí se asienta lo que para nosotros es su existencia psíquica. De modo que el corazón era tenido por el lugar de las emociones y los sentimientos, idea que, por lo demás, ha permanecido a lo largo de la historia en las más diversas culturas hasta hoy. De hecho, en latín, recordar -recorsi- significa de nuevo en el corazón. Esta creencia se mantuvo durante siglos. No es sino hasta mediados de la edad media cuando la memoria comienza a ser ubicada en la parte posterior del cerebro1. Aunque sin datos abundantes y determinantes al respecto desde un punto de vista científico, es la fisiología moderna la que la ha localizado en el cerebro. E. Kandel2, premio nobel por sus investigaciones en este campo, ha definido la memoria como una representación interna de la información adquirida mediante aprendizaje; información que se halla codificada, espacial y temporalmente, en circuitos neuronales, mediante cambios operados en las propiedades reactivas de las neuronas. Con todo, en el mundo de la ciencia aún no hay consenso en cuanto al modo como reside la memoria en el cerebro. Hay quienes piensan que la memoria tiene localizaciones específicas, que se corresponden con un determinado tipo de ella, y quienes piensan que, por el contrario, la memoria es una y que alcanza amplias regiones cerebrales que operan conjuntamente y de manera coordinada, según diversos niveles de complejidad en el registro de datos y evocación del recuerdo. También hay quien piensa que ambas hipótesis no son excluyentes entre sí y que es posible que apunten con certeza al mismo fenómeno considerado desde puntos de vistas diferentes y complementarios3.

Aristóteles: memoria, alma y experiencia

Al concebirla como parte del proceso cognitivo -junto con la percepción y el aprendizaje- la psicología cognitiva ha puesto en evidencia la complejidad de la memoria y resaltado la conexión existente entre memoria y otras funciones tanto fisiológicas como espirituales del ser y el proceder humanos. Conexión ésta que ya había sido planteada por Aristóteles. Así, por ejemplo, en Metafísica establece la relación directa y biunívoca entre memoria y experiencia de la siguiente manera:

San Agustín: memoria, alma y dios

Agustín se ocupa del tema de la memoria en el Libro X de Confesiones. Hay quien dice que este capítulo constituye una suerte de bisagra que une la primera parte de la obra, es decir, la parte autobiográfica, que recogerían los libros del I al IX, con la siguiente, la parte conceptual, correspondiente a los libros XI-XIII. Tal estructura expresaría la intención misma del autor, con el propósito de reflejar en ello su concepción de la memoria como la función mediadora entre el hombre y dios1. Aunque no hay constancia de que esto sea así, es una interpretación muy plausible. Por lo demás, cualquiera sea el caso, se trata de una interpretación que en nada contradice el concepto mismo de memoria que maneja Agustín y que constituye una excelente guía en la lectura de la obra. También, en La Trinidad trata Agustín el tema de la memoria, particularmente en los Libros del X al XIII, aunque aquí no de manera específica, sino en conjunción con el entendimiento y la voluntad, y en tanto que las tres -memoria, entendimiento y voluntad- son las facultades que a su entender definen el alma humana. Ello supone un giro completo en el concepto de alma y, en consecuencia, en el de memoria con respecto a la visión materialista de Aristóteles. Pasamos de la entelequia que define lo vivo en la naturaleza -de lo cual el hombre es una especie- al hombre cuya individualidad plena está determinada más que por la naturaleza, por su conexión con dios y la dimensión de lo divino. El alma de Aristóteles da lugar a una especie natural con conciencia del tiempo. La de Agustín a un hombre histórico conectado con la naturaleza sólo en su dimensión material y cuya conciencia del tiempo no es otra cosa que su vínculo con la eternidad.

La dimensión social de la memoria

Entre el Tratado del Alma y el Tratado de la Santísima Trinidad se abre uno de los episodios más plenos de significación en la historia de la filosofía occidental. El cristianismo avanza sobre las ruinas de un paganismo que ha sido, al mismo tiempo, fuente de inspiración y modelo de su filosofía. Esto se hace evidente en el tema de la memoria. El concepto de Aristóteles emerge de las dimensiones materiales de la naturaleza y que el cristianismo depreciará como el terreno de lo profano. El de Agustín es un concepto que desciende de los cielos. Tejida con el hilo de la lógica pagana, la memoria de Agustín se inserta en el tapete de la fe y el misterio supraterrenal de lo divino. En este tema, como en otros, el decisivo avance que el materialismo aristotélico representa respecto al idealismo de Platón, es un camino que de nuevo recorre Agustín, pero en sentido contrario. Su concepto de alma -y con él el de memoria- constituye, digámoslo así, un ejercicio de desmaterialización de lo que encontramos como tal en Aristóteles.

Mito, memoria e historia

Se dice que recordar es hacer presente el pasado. Ciertamente. Una hermosa metáfora, como casi todas las que, al jugar con el sentido de los términos, pero sin contradecir su sentido, crean una atmósfera de contrasentido que, sin estar reñida con la lógica, la ironizan, en cierto modo se mofan de ella. Una metáfora, además, muy acertada en todo sentido. Sin embargo, ello no obsta a la hora de precisar hasta qué punto es posible hacer presente el pasado, en qué grado y en qué sentido. Pues el pasado presente no es lo mismo que el pasado, El recuerdo no es mostrar lo que hay en la memoria, sino la realización de un constante proceso de selección, ordenamiento y elaboración de ella. El recuerdo es una intervención intencionada y sofisticada desde el entendimiento del material bruto de la memoria. No sólo el recuerdo vive de la memoria, sino que, a su vez, la memoria vive de la aportación y el enriquecimiento que el proceso de recordación le aporta. De modo que, como resultado del recuerdo, el pasado presente no es el pasado, sino lo que de él hemos seleccionado, ordenado y elaborado, y lo que nos decimos acerca de los resultados de tales operaciones sobre la memoria. Y como seleccionar supone, en alguna medida, el olvido -inconsciente o voluntario- hay veces en que hasta el olvido es una forma de decir acerca del pasado recordado. Si a todo esto se agrega que todas estas tareas inherentes al recuerdo y el olvido se realizan desde y a través del lenguaje, que son en sí mismos procedimiento lingüísticos, resulta entonces que la memoria es un procesamiento semántico de la experiencia temporal. Saber del pasado, individual o colectivo, es en sí mismo un proceso de significación.

 

 

HISTORIA Y CIENCIA
El silogismo se compone de proposiciones, las proposiciones de términos; los términos no tienen otro valor que el de las nociones. He aquí por qué si las nociones (y éste es punto fundamental) son confusas debido a una abstracción precipitada, lo que sobre ellas se edifica carece de solidez; no tenemos, pues, confianza más que en una legítima inducción. F. Bacon
Introducción

Soy de la generación a la que tocó aprender en clase de historia que la historia es la ciencia que estudia el pasado y, respecto al más importante hecho que da inicio a la historia, que el hombre desciende del mono. Aunque aquí el asunto nunca quedó del todo claro por aquello del eslabón perdido. Acto seguido, receso de por medio, me tocaba aprender en clase de religión que, de acuerdo a la historia sagrada, el hombre era creación de dios. Esta vez el asunto quedaba todavía menos claro, pues con ello se hacía participar al hombre de una doble naturaleza, histórica y divina. Siguiendo el razonamiento científico -que también hube de aprender en clase de física y de matemáticas- si la historia es una ciencia, la historia sagrada también lo es. Entonces ¿cómo era posible que una misma ciencia tuviera posturas científicas tan disímiles en relación al hecho más importante con el que se iniciaba la historia de la humanidad? ¿O es que hay historias científicas e historias que no lo son? Porque en el mundo de la ciencia hay más teorías falsas o erróneas que teorías verdaderas, y todas por igual son expresión del mismo modelo de conocimiento, es decir, forman parte del mismo proceso de desarrollo de ése modelo y de ese conocimiento tenido por científico. Hay verdades científicas y también falsedades que, no por tales, dejan de ser científicas, pues las unas y las otras son resultado del mismo proceder. Claro que el que la historia sagrada sea científica es bocado del conocimiento que lucía realmente grueso de tragar.

La concepción de la realidad: la relación sujeto-objeto

La caída de un individuo de lo alto de un edilicio de diez pisos puede ser interpretada de muchas maneras. Como un suicidio, es decir, el resultado de la intención de quitarse la vida, o como accidente resultado del descuido mientras contemplaba el paisaje, o como un homicidio, si es que el sujeto en cuestión fue empujado por otro o, incluso, de alguna manera inducido a acometer su propia caída. Este tipo de causa puede llegar a constituir un entramado muy sutil y complejo porque, precisamente, no supone necesariamente datos evidentes, observables y medibles, sino indicios de una posible intención o conducta particular del individuo en cuestión y, también, de otros que pudieran estar de alguna manera involucrados en su caída desde lo alto de un edificio. Por otra parte, son datos evidentes, observables y medibles, tales como la masa del individuo que cae y la distancia que lo separa del centro de la tierra, los que, convertidos en variables de una rigurosa formulación matemática con enorme capacidad de predicción, nos explican la caída del individuo desde el punto de vista científico. La diferencia entre una y otra situación a la hora de interpretar el mismo fenómeno es la objetividad científica o, dicho en otros términos, el concepto científico de realidad en el que se ha basado y se basa todo el pensamiento científico y sus nociones de conocimiento y verdad.

El historiador como sujeto y el hombre histórico como objeto

Gracias a la Ley de Gravitación Universal, la caída de un individuo de lo alto de un edilicio de diez pisos puede ser comprendida científicamente, si me fijo en los datos apropiados del evento y lo defino de la manera apropiada. Lo cual requiere, como es obvio, un observador específicamente consciente y premeditadamente preparado para ello. Esto es, un observador según lo que el método científico entiende como tal. Si como observador no me interesa la distancia del piso diez a la superficie de la calle, ni la masa molecular del individuo; si, además, no tengo la capacidad de combinar estos datos como variables de un acontecer ecuable, no soy el observador indicado para una apreciación científica del evento. Y, muy probablemente, la mayoría no lo es. Lo cual, sin embargo, no nos excluye como observadores, y dará lugar a muy diversas formas de interpretar el evento, distintas, todas ellas, a la propia de la ciencia. Lo primero que cabe preguntar es si, al ser esto así, se trata del mismo evento.

La naturaleza científica de la historia: un despropósito metodológico.

Luego de aprender a distinguir un poco, gracias a Aristóteles y Tucídides, lo que la ciencia y la historia son, o pueden ser, aquella idea que hube de aprender en la escuela según la cual ésta última es la ciencia del pasado luce como el más remoto y anquilosado arquetipo de la infancia de cualquier historiador. Pero lo mismo fui a aprender en la escuela de historia en la que me formé. Siempre recuerdo a mi profesor de ciencias sociales asegurando que la historia es una ciencia porque tiene un método, es decir -ilustraba haciendo el correspondiente gesto con su mano- un camino hacia el conocimiento que ha de ser andado. Por mi parte yo, que antes de ingresar a la Escuela de Historia había cursado durante dos años ciencias actuariales y matemática aplicada en la de Estadística -a tono con el cruel lema de mi profesor de cálculo: deriva el que sabe, integra el que puede- me preguntaba cómo es eso que, para definir un método científico, los historiadores hemos de conformarnos y apegarnos a una metáfora como, en este caso, la del caminante. Yo podía estar muy de acuerdo con una metáfora que, después de todo, se corresponde con la etimología del término método. Pero nunca con la naturaleza científica de lo que una metáfora así estaba llamada a ilustrar. Si de caminar se trata, he allí a Heródoto en el Asia Menor, o cualquier estudiante de historia por las atestadas calles que conducen al Archivo General de la Nación, la Biblioteca Nacional o la Academia Nacional de la Historia. Pero que jamás han de conducir a la ciencia.

Historia y ciencias sociales

La historia es la más antigua de las ciencias sociales. Esto afirma Fernand Braudel, y añade que lo que la diferencia de ellas no es sólo su antigüedad, sino la peculiar dificultad de que el historiador trabaja sobre lo que ya no es. Por otra parte, Georges Duby, quien, al igual que Braudel, asigna un carácter decisivo tratamiento documental, señala una estrecha vinculación entre la historia y la creación literaria, y resalta el hecho de que la historia, entre las disciplinas que habitualmente llamamos ciencias humanas, es la única que constituye un género literario.1 Tales no son distinciones diferentes o excluyentes. En realidad, la una es consecuencia de la otra. La historia es narración, porque sólo a través de la narración podemos acceder al tiempo, significar el transcurrir de la existencia como temporalidad especifica y representar lo que ya no es. Fue ese ya no ser el que llevó al sustancialismo antiguo a afirmar que de la historia no se podía extraer conocimiento alguno, pues no se puede conocer lo que deviene, sino lo esencial y permanente, lo siempre igual a sí mismo. Es ese no ser el que, todavía hoy, traza la frontera epistemológica entre ciencia e historia. Debate del cual Braudel se aparta, por considerarlo estéril, y con razón. Sólo que con ello se pierde todo derecho a considerar la historia una ciencia. Y, por último, es ese ya no ser el que hace del tiempo histórico una dimensión sólo posible de ser planteada en el contexto específico de una narración. En virtud de lo cual Duby reconoce su naturaleza decisiva como género literario. Ciertamente, hay que convenir en que la historia se distingue de las ciencias sociales por su antigüedad, y por tratar de lo que ya no es. Sólo que la más elemental consecuencia de ello es que la historia no es, en realidad, una ciencia social, sino, como muy bien dice el mismo Braudel, el arte frágil de escribir historia.

El surgimiento de la historia ciencia y las ciencias sociales

Las ciencias sociales son uno de los más genuinos productos institucionales y académicos de la sociedad industrial. Si bien el término suele utilizarse en contraposición al de ciencias naturales, y sugiere que el estudio de la sociedad no se rige por los mismos parámetros, en sus orígenes son el intento de crear lo que Comte llamaba una física social, cuyo propósito no era otro que aplicar los criterios y métodos científicos al ámbito de la sociedad y la acción humanas. La sociología no comenzó a ser reconocida como una disciplina académica hasta finales del siglo XIX, particularmente con los trabajos de Durkheim, epígono de Comte y Saint-Simon, y cuyo radicalismo científico impone una línea de trabajo que concebía la realidad social como un objeto de estudio independiente de la subjetividad del individuo. En contraposición a este concepto, posteriormente, Max Weber, más influenciado por el marxismo, aducía que no se puede estudiar la vida del hombre y sus relaciones en sociedad sin tener en cuenta el modo en que la dimensión subjetiva de su existencia incidíe en la realidad social. Las ciencias sociales surgen en el marco de esta controversia. Pero son, en conjunto, expresión del desarrollo de la sociedad industrial, de una cultura para la que la ciencia es símbolo del saber y de control sobre la existencia, bien y valor fundamental del desarrollo social. Y la historia, como ciencia social, aparece también entonces o, si se quiere, el oficio del historiador se inserta en esta cosmogonía característica del mundo contemporáneo. Dicho en otros términos, no es que la historia sea una ciencia social, sino que la historia, como ciencia, es una forma particular de concebir y escribir historia, tan reciente como las ciencias sociales con las que comparte, o intenta compartir, el mismo espacio institucional y académico.

Las ciencias sociales: signo de modernidad de la era industrial

La historiografía. Lo que desde los tiernos años de la escuela nos enseñaron a definir como la ciencia que estudia el pasado ¿por qué, en lugar de seguir sentada a las puertas del reino de la ciencia social, no emigrar al infame barrio de la narrativa. donde nació y creció sin complejos el mismísimo Heródoto? Yo creo que en buena parte ello se debe a que el empobrecimiento del historiador como narrador no es cosa que se queda en el plano del papel, sino que invade toda su interioridad como sujeto. El estilo no se aprende ni se copia; se forja en el marco de una disposición personal. El historiador científico se enajena a sí mismo como sujeto, y lo hace en aras de una falsa objetividad en virtud de la cual cree que el conocimiento histórico está fuera de sí mismo, en esa supuesta realidad del pasado que, en realidad, no existe. La idea de que la historia es la ciencia que estudia el pasado es la representación sintética de esta enajenación, reproducción del servilismo epistemológico que le otorga su dudoso rango científico y, al mismo tiempo, lo anula como narrador.